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A vueltas sobre la tradición retórica en Francisco de Quevedo: "La España defendida" como "monumento" propagandístico y de canonización (con un excurso sobre la pervivencia de Quintiliano)

Escobar Borrego, Francisco Javier

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La Perinola, 16, 2012 (165-185) recibido: 16-2-2012 / aceptado: 14-4-2012 A vueltas sobre la tradición retórica en Francisco de Quevedo: La España defendida como monumento propagandístico y de canonización (con un excurso sobre la pervivencia de Quintiliano) Francisco J. Escobar Universidad de Sevilla Facultad de Filología. Departamento de Literatura Española C / Palos de la Frontera, s / n 41004 Sevilla [email protected] [La Perinola, (issn: 1138-6363), 16, 2012, pp. 165-185] Los escritos son sepulcro que conservan el nombre y memoria de cada uno. (Quevedo, Migajas sentenciosas) En el amplio y variado corpus textual de Francisco de Quevedo (1580-1645) resulta visible el empleo de diferentes técnicas o procedimientos retóricos1. Lo demuestran, entre otros, los recursos de argumentación empleados en Su espada por Santiago o en el Memorial por el patronato de Santiago en virtud de los preceptos de Aristóteles en sus libros primero y segundo de la Retórica, el quinto de Quintiliano, el primero del De inventione de Cicerón y, por último, el segundo de la Rhetorica ad Herennium2. Esta perspectiva de análisis viene avalada, a su vez, por el hallazgo de un ejemplar anotado por Quevedo de la Retórica de Aristóteles, uno de los autores de relieve en la ratio studiorum de los jesuitas, bajo cuya férula se instruyó nuestro humanista3. Las huellas del Estagirita son constatables, en efecto, en la carta al Conde-duque de Olivares —dedicatoria de las Obras de Fray Luis de León—, revestida, por añadidura, de citas de Marcial, Estacio, Demetrio Falereo y Antonio 1. Entre la amplia bibliografía sobre la presencia de recursos retóricos en la obra de Quevedo destacamos: López Grigera, 1998; Alonso Veloso, 2002, y, especialmente, los trabajos de Azaustre, como el realizado en el 2005. Citaremos los textos quevedianos por la edición de Buendía. 2. Según ha estudiado Azaustre, 1997, 2000. 3. López Grigera, 1998. La Perinola, 16, 2012 (165-185) 166 FRANCISCO J. ESCOBAR Lulio4. Incluso, en ocasiones, Quevedo relaciona la Retórica aristotélica (es el caso de iii, 2) con la Institutio Oratoria de Quintiliano (viii, 6, 17), al que acude, si nos atenemos a sus escolios conservados en el ejemplar referido, para reforzar su lectura reflexivo-argumentativa5. En dicho testimonio evoca Quevedo, de otro lado, al sofista Gorgias a partir del texto aristotélico (iii, 1; iii, 3; iii, 18)6, motivo que presenta relación con la España defendida; de hecho, se guarece de la acusación foránea según la cual los españoles continuaban siendo receptivos a la influencia sofística7. En este sentido, se ha puesto de relieve la pervivencia de tal tradición retórica, contextualizada en el neoestoicismo, en la obra de Quevedo8. En un desarrollo de esta perspectiva crítica, se viene recordando, además, los ecos de Gorgias en los sermones barrocos, como los realizados por el humanista madrileño. Según estos planteamientos teóricos, acepta nuestro autor la retórica sofística en calidad de método para la elocuencia en un ámbito de polémica, lo que justifica que cite, de un lado, a Antifón en Virtud militante y a Protágoras, de otro, en Defensa de Epicuro. El motivo de la sofística fue tratado, igualmente, por Quevedo a modo de recreación literaria, si leemos el romance Funeral a los huesos de una fortaleza que gritan mudos desengaños: «Aquí, en cátreda de muertos, / atento le oí discursos / del bachiller Desengaño, / contra sofísticos gustos» (vv. 45-48). Los sofismas, entre otras posibilidades, dotan al discurso quevediano de una agudeza conceptista así como de una hábil argumentación. El humanista incluso debió redactar, al parecer, un tratado de retórica con puntos de unión con la disciplina sofística9. Por otra parte, no menos presencia de la tradición retórica en Quevedo se encuentra en las jácaras de la musa Terpsícore, asociadas a una estrategia retórica de imitación10, y en las relaciones entre inventio y dispositio en la concepción del soneto quevediano Al Rey Católico, Nuestro Señor don Filipe IV, infestado de guerras («No siempre tienen paz las siempre hermosas»), inserto en la musa Clío11. Cabe subrayar, de un modo significativo, la construcción silogística mediante la condicional Si: «Si las mentiras de Fortuna, Licas»; «Si tu país y patria son los cielos», «Si no duerme su cara con Filena» o «Si pretenden gozarte sin 4. Como recuerdan López Grigera, 1998, p. 47; y Azaustre, 2003a, p. 73. También sobre esta cuestión: Cuevas, 2003. 5. Escribe el humanista madrileño: «Yo añado que, por el contrario, con justicia reprehendió el severo Quintiliano en Horacio — cana nibe conspuit Alpes. Porque la palabra conspuere es baja e inmunda e indigna» (López Grigera, 1998, p. 160). Ambas fuentes pueden ir de la mano, en efecto, en el pensamiento de Quevedo. 6. López Grigera, 1998, pp. 156, 163 y 169. 7. España defendida, pp. 563 y 580. 8. Lo demuestra Cuevas (1979, p. 367) a partir de un pasaje de la Defensa de Epicuro, p. 1094). 9. Cuevas, 1979, p. 375. 10. López Grigera, 1998, pp. 69-79. 11. Le dedicó un pormenorizado estudio monográfico Azaustre, 2002b. La Perinola, 16, 2012 (165-185) «A VUELTAS SOBRE LA TRADICIÓN RETÓRICA…» 167 bolsón». Está basado este proceder retórico, como se ve, en una diátaxis dialógica en la que interviene un interlocutor —con frecuencia, en un contexto de confrontación argumentativa— a partir de una propositio o quaestio simplex et finita, presente en la ratiocinatio de la España defendida12. De forma similar, Quevedo opera con argumentos retóricos a fin de demostrar la validez de un motivo puntual en su poesía amorosa13. Por último, en este sucinto repaso por la pervivencia de la tradición retórica en la obra de Quevedo, la oratoria como caudal temático sobre el que el humanista reflexiona recibe buena acogida en diversos planos. Lo comprobamos en un texto de La Fortuna con seso y la Hora de todos en el que consta una crítica al ars retórica como mecanismo de persuasión14. Tampoco está ausente el tratamiento paródico del tema en un conocido pasaje del Buscón (i, 7), justamente cuando el tío de Pablos le comunica al protagonista que, con sus conocimientos «de latín y retórica», habrá de ser un excelente profesional «en el arte de verdugo»15. Pues bien, trazado este pórtico contextual como ilustración de la relevancia de la retórica en Quevedo, pasaremos a analizar, a continuación, el caso concreto de una obra en la que resulta especialmente visible la vigencia de dicha tradición en continuo diálogo, además, con el mundo grecolatino. Nos referimos a la España defendida, con data de 1609 y dedicatoria a Felipe III, que acusó un proceso de redacción prolongado hasta 161416. En efecto, en este proyecto inconcluso —como muestra su final truncado—, con enmiendas y variantes redaccionales fruto de una labor compositiva in fieri, Quevedo hace gala de su erudición e ideología político-religiosa con el propósito de defender su patria mediante estrategias y mecanismos discursivos procedentes del ars oratoria. Así, junto a la presencia de la diavlexi~ y la controversia —con huellas de Epicteto, Séneca con sus Cartas a Lucilio y el corpus textual transmitido por Séneca el Viejo17—, cabe referir, en un lugar de excep- 12. Pozuelo, 1999. La ratiocinatio mediante la condicional en el soneto «No siempre tienen paz las siempre hermosas» ha sido puesto de relieve por Azaustre (2002b, pp. 36-37): «Si habitan en el cielo mal seguras». En cuanto a la España defendida, p. 579. A la técnica silogística se refiere Quevedo en su Defensa de Epicuro, p. 1105). 13. Schwartz, 1993, pp. 318-320. 14. El pasaje, que contrasta con el Marco Bruto —según veremos—, es el siguiente: «Luego que Cicerón, Bruto, Hortensio y César introdujeron la parola y las declamaciones, ellos propios la turbaron en sedición y con las conjuras se dieron muerte unos a otros y otros a sí mismos y siempre la república y los emperadores y el imperio fueron deshechos y por la ambición de los elegantes aprisionados» (La Fortuna con seso y la Hora de todos, p. 742). 15. Cabo, 1993, pp. 103-104. 16. Según Roncero (1999a, p. 199). Sobre la España defendida —custodiada en un manuscrito autógrafo de la Real Academia de la Historia con la signatura 9-805—, Roncero (1997, pp. 222-234, con edición parcial del capítulo cuarto; 1998, 1999a, 1999b, 2002) y Jauralde (1997). Brinda Plata, por su parte (2000), noticias relativas a un testimonio apógrafo de la obra procedente de la Biblioteca March (ms. 102/A/12). De otro lado, un compendio de las directrices analíticas aplicadas a la España defendida ofrece Roncero en los capítulos i-iii de 1999b, pp. 13-119, así como en 1999c. 17. Ver Escobar, en prensa (a). Asimismo, Adiego, Artigas y Riquer, en un artículo La Perinola, 16, 2012 (165-185) 168 FRANCISCO J. ESCOBAR ción, el conocimiento de una importante auctoritas para la adquisición rigurosa de técnicas retóricas: Quintiliano y su Institutio oratoria18. A estas cuestiones habremos de dedicar, por tanto, las páginas que siguen, lo que nos permitirá, en buena medida, proponer un estudio circunscrito a la naturaleza retórico-propagandística de la España defendida y sus paralelos textuales respecto al Marco Bruto. Comencemos, en primer lugar, con los ecos de la Institutio oratoria en la España defendida. conjunto (2009), analizan la vigencia de Séneca el Viejo en la traducción parcial de las suasorias 6 y 7 que consta en la Vida de Marco Bruto en consonancia, al tiempo, con la traslación de varias controversias por parte de Quevedo. 18. Se erige este, en efecto, como un modelo evocado no sólo en la España defendida —en compañía de Lucano y Séneca—, sino en diferentes contextos discursivos de nuestro autor. Puede verse a este respecto el siguiente pasaje: «y vi a Josefo Escalígero por Holanda, hombre de buenas letras y de mala fe, cuya ciencia y doctrina se cifró en saber morir peor que vivió, decir mal de Quintiliano, Lucano y Séneca, y llamarlos “Pingues isti cordubenses”» (España defendida, p. 550). Además, cabe poner de relieve la relación de la Institutio oratoria para con la Retórica aristotélica en los escolios del ejemplar de Quevedo, aunque pueden percibirse otras huellas de su influencia en varias obras, si nos adentramos en Su espada por Santiago, Al excelentísimo señor Conde-duque, la Defensa de Epicuro o el Marco Bruto: «Así lo dice aquel severo maestro Quintiliano en el libro 12, capítulo 8» (Su espada por Santiago, p. 453); «Severo censor es Quintiliano, y en el libro viii de sus Instituciones, cap. iii, alaba en Virgilio lo que un mal culto usurpador deste buen renombre arrojara por bajo y asqueroso»; «Diferentes cosas estima Quintiliano que los supersticiosos y legos»; y «Hoy, señor, por no decir lo que sin asco ni escrúpulo es lícito, hay algunos que dicen lo que es torpe y abominable: Quintiliano lo enseña» (Al excelentísimo señor Conde-Duque, pp. 529, 530 y 531); «Así lo dice Quintiliano, libro iii, capítulo xiii: Paulum in his secum etiam Cicero dissentit»; y «Quiero entretenerles los dientes con las palabras del Diálogo de los Oradores, cuya posesión anda dudosa entre Tácito y Quintiliano: en las obras del uno se imprime con nombre del otro» (Defensa de Epicuro, pp. 1101 y 1102); así como «Quintiliano, libro 3, capítulo 8, defiende la lición moderna: Quum Ciceroni, inquit, dabimus consilium» (Marco Bruto, pp. 986-987), respectivamente. Del mismo modo, la crítica se ha referido a Algunos trechos de Quintiliano, que Quevedo debió redactar entre sus argumentos y escolios dedicados a modelos clásicos; ver el vol. i (Aparato biográfico y bibliográfico) de la edición de la obra de nuestro humanista por Fernández Guerra y Orbe, y Menéndez Pelayo, en concreto, la sección Apuntamientos, escolios y estudios sobre autores clásicos (1897-1907, p. 391). Por nuestra parte, sugerimos la posibilidad de que estos trechos correspondan o tengan, al menos, relación con las anotaciones apuntadas más arriba. En cualquier caso, para la pervivencia de Quintiliano en Quevedo, pueden leerse tanto el estudio de Alonso Veloso (2007) como las páginas que le dedica Guillermo Soriano Sancha en su Tesis Doctoral, de pronta aparición, dirigida por Jorge Fernández en la Universidad de la Rioja. Alonso Veloso, en concreto, acude a Quintiliano para fundamentar, a nivel de fuentes, la retórica de la agudeza de Quevedo (2007, pp. 23-26), sobre todo, en lo que hace a determinadas figuras bien presentes, por cierto, en la España defendida; así: ironía (61-62, 112), adiectio y detractatio (64, n. 58- 60), epíteto y figurae per detractionem (82), apóstrofe (90-91, n. 81), dubitatio (96, n. 87), obsecratio (96, n. 88), subiectio (97), fictio personae y sermocinatio (104), así como sententia (109); ver sobre estos recursos y estrategias retóricas en la España defendida, Escobar, en prensa (a y b). En cuanto al estudio de Soriano, se circunscribe a la recepción del rétor romano en Europa (1400-1800), con un capítulo consagrado a su presencia en los escritores españoles del Siglo de Oro. Por último, no cabe olvidar, en el contexto humanístico de Quevedo, el conocimiento de Quintiliano por González de Salas, como han subrayado Gallego, Moya y Castro, 1998. La Perinola, 16, 2012 (165-185) «A VUELTAS SOBRE LA TRADICIÓN RETÓRICA…» 169 La pervivencia de Quintiliano en la España defendida: ars retórica y revisión historiográfica En el proceso compositivo de la España defendida, Quevedo, con el objeto de ser eficaz a la hora de transmitir su propaganda históriconacionalista, incorpora a su discurso diversas directrices de Quintiliano. Dejan, en efecto, su impronta, siguiendo los preceptos del rétor romano, la consideración de los tres géneros oratorios19. Estos son, como se sabe: demostrativo-epidíctico (genus demonstrativum), deliberativoforense (genus deliberativum) y judicial o genus iudicale (iii, 7-9). Sin embargo, antes de pasar al análisis de esta cuestión, aducimos una serie de claves previas con las que Quevedo estaba familiarizado gracias, entre otras fuentes, a su lectura de la Institutio oratoria. En primer lugar, el catálogo de auctores que el humanista plantea como referentes destacados en el capítulo cuarto de la España defendida tiene su paralelo en el acopio de modelos de oradores, historiadores y otros hombres de letras propuesto por Quintiliano. El rétor romano lo hace, de hecho, al igual que Quevedo, trazando una perspectiva crítica y de revisión canónica de antiguos y modernos (i, 5 y ii, 5-6 y 8). Ello justifica, además, que las continuas noticias a la materia histórica en la España defendida en este tipo de excurso tengan su correlato en la necesidad del orador a la hora de conocer, de manera precisa, dicha disciplina (ii, 4, 8 y xii, 4). Fruto de esta correspondencia textual entre la España defendida y su fuente son, de la misma forma, los capítulos relativos a la declamatio como género de ostentación (ii, 1, 11), los primeros ejercicios que ha de estudiar el orador —narraciones históricas, confirmación y refutación, alabanza y vituperio, ii, 4; V, 11—, los indicios o señales (v, 9), los argumenta y pruebas (v, 10, 12), o la refutación (v, 13) desde el iudicium (ii, 4). Todas ellas son pautas retóricas, en definitiva, que permiten esclarecer el talante (h\qo~) de Quevedo en su impostura o máscara ficticia de «orador-predicador» en la España defendida20. No menos valor merecen, para nuestro objeto de análisis, las observaciones de Quintiliano en lo que hace a la retórica de los afectos (vi, 2). En este contexto operan, de hecho, las pruebas artificiales, extratécnicas o artísticas, es decir, las sustentadas sobre el ars retórica. Su asimilación de estas directrices se encuentra, por lo demás, en consonancia con la doctrina aristotélica en la Retórica por el hecho de provocar emoción —pavqo~ o mouere, según la tradición romana— en los oyentes (ii, 2)21. Constituye, en efecto, una parte destacada de la Retórica que interesaba a Quevedo, si repasamos sus escolios en el ejemplar que poseyó. Por 19. En consonancia, a su vez, con el capítulo tercero de la Retórica de Aristóteles y el segundo de la Rhetorica ad Herennium. 20. Como también adopta la de «profeta» en la Execración contra los judíos. 21. López Grigera, 1998, pp. 145-146. Sobre la retórica de los afectos cabe recordar también, en el capítulo de fuentes, a Fray Luis de Granada, Retórica eclesiástica (i, 8, 4). La Perinola, 16, 2012 (165-185) 170 FRANCISCO J. ESCOBAR ello, reflexiona, especialmente, el humanista sobre el sentimiento de ira, contexto en el que cobran sentido su indignatio22 y tono encendido en la España defendida gracias a un efecto patético derivado de la contundente réplica a los extranjeros pleitistas. Pero, sobre todo, en el examen crítico de los pasajes históricos bajo la sospecha de fabulosos se acerca Quevedo al planteamiento conceptual de Quintiliano (ii, 4, 2) hasta el punto de que ambos censuran y refutan, en sus respectivas obras, la desmedida fantasía de Livio a propósito del fragmento de Ab urbe condita sobre la loba madre de Rómulo23. En el caso concreto de Quevedo, esta actitud reflexiva le permite la búsqueda de su identidad como erudito crítico, en la senda de Quintiliano, al adoptar el talante de un historiador escéptico y racionalista. Además, se distancia, de paso, de los principales modelos elegidos —Trogo, Estrabón y Livio— en su praxis discursiva. Pues bien, teniendo en cuenta la apología de la disciplina histórica recomendada por Quintiliano (v, 11), considera Quevedo, en el capítulo cuarto de la España defendida, que los referentes españoles destacan con merecidos honores en comparación con los autores canónicos antiguos, a la vista de los casos de Livio y Jerónimo de Zurita: No quiero competir con tu lengua propia, con la griega y latina, en el propio idioma. ¿Qué Tito Livio iguala a Jerónimo de Zurita, cuya Historia es fe en todo el mundo, autenticada con su nombre? ¿Qué estudio se iguala ni qué cuidado a sus Anales de Aragón, donde, por hacer puntuales dos descripciones hizo dos jornadas a Italia24? Precisamente a Livio y su Ab urbe condita (i, 4, 2-3) tiene en cuenta, en el capítulo segundo, Quevedo con el motivo simbólico de la fundación de Roma por los hermanos Rómulo y Remo para mofarse de tal inexactitud histórica, como había hecho Quintiliano (ii, 4, 2). El rapto de las sabinas evoca, a su vez, el recuerdo de Livio (i, 9, 13 ss.)25 mientras que el tema de la vestal Rea Silvia (o Ilia), apuntado por Quevedo en el capítulo segundo, se conjuga con el nacimiento de Rómulo y Remo —en 22. Con visibles huellas del estilema satírico de Juvenal, Sátiras, i, 79 («Si natura negat, facit indignatio versum»), que dejó su eco en otros conocidos textos áureos tales como el arranque del autorretrato de Cervantes en el capítulo cuarto del Viaje del Parnaso («Suele la indignación componer versos»). 23. Sobre este particular, Quintiliano recomienda la lectura de Tito Livio en vez de la de Salustio (ii, 6, 1). 24. España defendida, p. 577. Zurita aparece citado, por cierto, en la Vida de Marco Bruto, p. 973. 25. España defendida, p. 553: «A muchos ha hecho esto [magnificar la realidad de los hechos] hidalgos y caballeros en nuestros tiempos, y en los pasados hizo decedientes de Júpiter y hijos de Marte a todos los que nacieron de escuro parto, como se ve en los expósitos fundadores de Roma, a quien dio el mismo Tito Livio por padres una fábula y por ama a una loba. Y no desconoció la leche en la crueldad y robos el uno, que mató a su hermano y hurtó las sabinas». La Perinola, 16, 2012 (165-185) «A VUELTAS SOBRE LA TRADICIÓN RETÓRICA…» 171 concordia con las pautas retóricas de Quintiliano—, siendo su padre Marte y teniendo por ama una loba (i, 4, 7)26. Pero, sin duda, Quevedo debió ser especialmente receptivo al planteamiento teórico de Quintiliano sobre los tres genera de la oratoria (demostrativo, deliberativo y judicial; iii, 7-9), en armonía con las fuentes clásicas mencionadas. Del primero de ellos, siguiendo los pasos de la Retórica de Aristóteles (ii, 23)27, destaca el rétor romano la alabanza y vituperio de los hombres así como el encomio de lugares, parámetros que revelan el trazado compositivo de la España defendida. Se trata, en síntesis, de un género de ostentación que propicia el alarde oratorio y erudito. Es en este pasaje concreto en el que aborda precisamente 26. En aras de desarrollar este eje central mediante expolitio —en un ejemplo de imitación compuesta—, aduce Quevedo un conocido pasaje de los Fastos de Ovidio (iii, 11-24). En síntesis, la vestal Rea Silvia se encuentra en cinta por obra de Marte, después de haberse quedado dormida plácidamente junto a un río. El hijo que habrá de nacer se convertirá, en fin, en el soberano de Roma. Ver España defendida, p. 553: «Y los romanos también sabían cuyos hijos eran Remo y Rómulo, pues, aun dorándolo mucho, que de una lavandera de Vesta: sacra labaturas mane petebat aquas, la cual llaman sacerdotisa, y de un desconocido que llaman Marte». El texto ovidiano, visible fuente de Quevedo, es el siguiente: «Silvia Vestalis (quid enim vetat inde moveri?) / sacra lavaturas mane petebat aquas. / ventum erat ad molli declivem tramite ripam; / ponitur e summa fictilis urna coma: / fessa resedit humo, ventosque accepit aperto / pectore, turbatas restituitque comas. / dum sedet, umbrosae salices volucresque canorae / fecerunt somnos et leve murmur aquae; / blanda quies furtim victis obrepsit ocellis, / et cadit a mento languida facta manus. / Mars videt hanc visamque cupit potiturque cupita». Además de esta cita puntual, no cabe olvidar que el motivo de la virgen Vestal definía el «thema» de la Controversia, vi, 8 de Séneca («Versus virginis Vestalis»), de interés para Quevedo. En dicho testimonio se menciona, del mismo modo, el exemplum de Lucrecia — presente en Livio, en el Marco Bruto y contrahecho en los romances quevedianos «Una niña de lo caro» (vv. 153-156) y «Marca Tulia se llamaba» (v. 29)—, a partir de la apovdeixi~ o técnica de representación. También tienen cabida el simbolismo del fuego «perpetuo» de las Vestales (grato a Justo Lipsio) o la continua recriminación frecuente en la España defendida. La versión quevediana puede leerse, en cualquier caso, en la edición de Plata (2001, pp. 237-238); sobre la variedad de matices contemplados por la tradición retórica, Quintiliano (v, 11, 1-5) y Cicerón (De inventione, i, 30, 49). Por otra parte, en conformidad con las consideraciones críticas de Quintiliano, la trama de la vestal Silvia y Rómulo recibe acogida, al igual que en la España defendida, en el Marco Bruto. Tiene lugar, de hecho, en una reescritura del libro primero de Livio. Marco Bruto, pp. 921-922: «Mujeres dieron a Roma los reyes y los quitaron. Diólos Silvia, virgen deshonesta; quitolos Lucrecia, mujer casada y casta. Diolos un delito; quitolos una virtud. El primero fue Rómulo; el postrero, Tarquino. A este sexo ha debido siempre el mundo la pérdida y la restauración, las quejas y el agradecimiento». Por último, el tema debió estar bien presente en el pensamiento quevediano puesto que, años antes, en este proceso de reflexión crítica, la historia de Rómulo se había impregnado de contenido político gracias a la translatio del Il Romulo (1629) del marqués Virgilio Malvezzi por el humanista madrileño. Se trata, como se sabe, del autor de Tarquino el soberbio, que despertó la curiosidad de Quevedo, si atendemos al Marco Bruto y su versión de la fuente: Las obras del Marqués Virgilio Malvezzi. David perseguido, Rómulo, y Tarquino. Traducido de italiano, por don Francisco de Quevedo Villegas (1648); véase: Isasi, 1992, 1993; y Blanco, 2004 (en lo que atañe al motivo de Rea Silvia y Rómulo, p. 96). Sobre esta influencia, en contraposición a Malvezzi, Quevedo se aleja conscientemente de Livio con el objeto, claro está, de llevar a cabo su emulación del modelo. 27. En cuanto a las anotaciones quevedianas, López Grigera, 1998, pp. 154-155. La Perinola, 16, 2012 (165-185) 172 FRANCISCO J. ESCOBAR Quintiliano la exploración crítica de la historia fabulosa de Rómulo (iii, 7, 1), puesta en entredicho por Quevedo. Se siente partidario, al tiempo, el autor romano del alzamiento de estatuas y monumentos simbólicos que recuerden las obras memorables de los hombres (iii, 7, 3). Su pensamiento dejará así una notable influencia tanto en la España defendida como en el Marco Bruto, según veremos. De otro lado, esta inclinación temática por parte de Quevedo conlleva, a su vez, el empleo de la evidentia, recurso analizado por Quintiliano. El procedimiento interesó, sobre todo, a Quevedo en su lectura del concepto aristotélico de representación (iii, 11). De sus escolios se deduce, en efecto, el gusto por esta práctica retórica: «Es poner delante de los ojos de tal manera las cosas, que se vea lo que se escucha»28. En lo que al género deliberativo se refiere (iii, 8), Quevedo coincide con Quintiliano en la elección precisa del asunto sobre el que se reflexiona en la declamatio y las personas intervinientes en el litigio. A este respecto, defiende el rétor romano esta estrategia a la hora de persuadir o, como contrapunto, disuadir de un hecho (iii, 8, 2). En la España defendida, procura, por su parte, Quevedo distanciar a su «auditorio-lector» de la tesis defendida por sus contendientes foráneos. Para este propósito, resulta especialmente importante la retórica de los afectos, destinada a excitar o mover la conciencia, incluso mostrar odio y encono hacia la parte contraria (iii, 8, 2). Este recurso, en cualquier caso, relacionado con Aristóteles y las oraciones suasorias adscritas a dicho género, entroncaría con los rasgos de estilo definitorios de la España defendida29 como deuda respecto al corpus retórico legado por Séneca el Viejo. Por lo demás, en este conjunto de analogías y loci communes, personajes como Cicerón, César o Bruto son invocados por Quintiliano a modo de exempla (iii, 8, 3), en una nueva armonización de ars retórica y tema histórico30. 28. López Grigera, 1998, p. 166. Ver, asimismo, para este recurso, la Rhetorica ad Herennium (iv, 49, 62). Menciona, en este contexto, Quevedo varios autores que ilustran la representación como Homero (Odisea, xi, 598; Iliada, xiii, 587; iv, 126; xi, 574; xv, 542), Virgilio (Eneida, viii, 728) y Estacio (Teb., ii, 707; Teb., p. 167), de notorio vigor este último en las técnicas ecfrásticas de nuestro humanista. Estos mecanismos retóricos que conceden al discurso un efecto de plasticidad son perceptibles sea en la prosa —La constancia y paciencia del santo Job—, mediante la intertextualidad, la acumulatio de autoridades (Virgilio, Lucano o Claudiano) y la emulación en la etapa de senectute del humanista, sea en su poesía. En este último campo creativo, se describen, por cierto, obras artísticas (tapices) y retratos —bien desde el prisma prosopográfico o de la etopeya—, atendiendo al principio del «ante oculos ponere» o «ponite ante oculos» (Cicerón, De lege agraria, ii, 20, 53) a la manera de Marcial (iv, 42, 53; vii, 19; ix, 43; xii, 31) y las Silvae de Estacio. Se comprueba en «Mirábanse de mal de ojo», «Las selvas hizo navegar el viento», «Apenas os conocía», «Este que veis leonado de cabeza» o la imitación de las silvas del modelo latino; ver Senabre, 1982; Alcina, 1991; Jauralde, 1991, pp. 166 y ss.; Candelas, 1997, 2007; Tobar, 1999, pp. 327 y ss.; Azaustre, 2003a, pp. 92 y ss.; Medina, 2004. En lo que atañe a la vigencia de esta técnica en la poesía española áurea, Bergmann, 1979. Un caso singular de evidentia para el libro de Job brinda, por lo demás, Martinengo, 2000. 29. Que hemos analizado en otro lugar; en prensa (a). 30. Es decir, nos referimos, precisamente, a los protagonistas del Marco Bruto, obra en La Perinola, 16, 2012 (165-185) «A VUELTAS SOBRE LA TRADICIÓN RETÓRICA…» 173 Por último, en el apartado sobre el genus judicial (iii, 9) desarrolla Quintiliano la bipolaridad acusación-defensa (iii, 9, 1), tan presente en la España defendida. Esta confrontación de posturas antagónicas, como si de un juicio o pleito se tratase, coincide, a su vez, con la naturaleza de la controversia31. A la vista de los datos expuestos, seguramente esta concepción de España defendida en un contexto de práctica retórica32 explique el criterio de Jauralde al valorar este texto como una «obrita truncada»33. El poeta madrileño aplica, pues, en buena medida, las directrices teóricas esenciales que Baltasar de Céspedes desarrolló en su celebrado discurso sobre el Humanista (1600), a saber: asimilación de los clásicos grecolatinos —con los que se familiarizó Quevedo en el plan de estudios de los jesuitas—, plasmación de un saber misceláneo (fuentes sagradas y profanas) o relación de las epístolas y la oratoria en la prosa escrita. La España defendida como artefacto retórico y monumento propagandístico: implicaciones compositivas y de canonización respecto a la Vida de Marco Bruto Teniendo en cuenta las directrices de Quintiliano señaladas, procura componer Quevedo, en la España defendida, un monumento de sesgo horaciano (Carm., iii, 30, 1)34 para la posterioridad como recordatorio y la que destaca la suasoria de Séneca el Viejo al tiempo que Quevedo aparece recreado, en la ficción literaria, como un declamador canonizado junto a Cicerón. 31. Para el caso de la Vida de Marco Bruto, ver Adiego, Artigas y Riquer, 2009. 32. Fruto, además, de cierta experimentación genérica por parte del joven Quevedo. 33. Jauralde, 1997, p. 57. Se trata de una perspectiva crítica no compartida, en contraste, por Roncero, 1999c, pp. 81-82. Sea como fuere, en este contexto de experimentación compositiva en el que se armonizan la retórica clásica y la doctrina cristiana —presentes en la Política de Dios y el Marco Bruto—, recuerda Quevedo, en el capítulo cuarto de la España defendida, la oratoria sagrada de Fray Luis de Granada, autor que recibió, a su vez, el influjo de Epicteto en la Guía de pecadores. Parangona, en particular, sus obras (seguramente la mencionada y la Retórica eclesiástica) a la aportación de oradores de la talla de Demóstenes y sofistas como Isócrates para atacar, de paso, a Mercator. Ver España defendida, p. 557: «¿Sonó por ventura Gerardo Mercator la elegancia griega mejor en los labios [de] Demóstenes, Eschines o Isócrates, o la latina en Cicerón u Hortensio, que la española en las obras de Fray Luis de Granada?»; ver, a este respecto, Azaustre, 2002a; y Fernández Mosquera, 1998. A este propósito cabe recordar también que los padres de Quevedo legaron a su hijo, entre otras obras, tres de Fray Luis de Granada (Riandière la Roche, 1992, pp. 63 y 195). 34. En efecto, en consonancia con esta influencia de Quintiliano, el conocido verso de Horacio se justifica en un contexto epistolar protagonizado por Quevedo y Justo Lipsio. En este sentido, el motivo de las Vestales había interesado, de hecho, tanto a Quevedo en la España defendida como a Lipsio en De Vesta et Vestalibus syntagma. De ello ha quedado constancia en el intercambio epistolar que mantuvieron a propósito de este tema míticohistórico. Entre otras cosas, Lipsio, desde Lovaina, agradece a Quevedo haber leído el De Vesta, proyecto que habrá de reeditarse ampliado con notas suyas. Le transmite, además, que habrá de solicitar del impresor el envío de un ejemplar al tiempo que le hace saber su afán por el estudio riguroso de la producción de Séneca. Quevedo, por su parte, muestra un claro interés por el asunto. Por ello, le ruega a Lipsio la remisión de dicho opúsculo, La Perinola, 16, 2012 (165-185) 180 FRANCISCO J. ESCOBAR la tradición retórica60. De hecho, estos elogia, monumentos y medallas, con correspondencia textual en la España defendida y el Marco Bruto61, ligan el saber erudito a una reconstrucción arqueológica del pasado como «arte de la memoria» histórica62. No obstante, habían preludiado, con anterioridad, esta voluntad autorial de Quevedo (y de otros humanistas) Antonio Agustín en los Diálogos de medallas, inscriciones y otras antigüedades (1587) y el canonista Martín de Azpilcueta (Doctor Navarro) con el Libro de Antigüedades, monedas y medallas de don Martín de Gurrea y Aragón. En definitiva, conforme a dicha concepción retórico-arqueológica, la España defendida presenta relación, si bien con sus diferencias, con la subscriptio verbal de los monumentos, estatuas o monedas en una «poética de la erudición». Bajo tal práctica retórica para iniciados concebida como «memorias», el verso de Horacio («un monumento más duradero que el bronce»)63 se lo brinda Quevedo, en clave, a su admirado maestro Justo Lipsio. Relaciona, justamente, el incipit de la oda horaciana con la que considera una labor imperecedera de sesgo humanístico por parte de Lipsio en una carta de Quevedo redactada por estos años de composición de la España defendida. Seguramente, con su obra —fruto de una experimentación genérica y retórica, a la par—, el joven Quevedo, siguiendo las huellas de su maestro, contempló, en cierta medida, rendirle un homenaje con vistas a superar, de paso, el anterior modelo en boga: Erasmo; de ahí que pueda entenderse, por un lado, la complici- 60. Entre estos destacamos, salvando las distancias, los elogia del Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones (ms. ca. 1599) de Francisco Pacheco, los Varones insignes en letras naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla de Rodrigo Caro, las entradas de la Junta de libros de Tamayo como repertorio bibliográfico (o «libro de memoria») y la logia de retratos de la casa-museo de Lastanosa o del III Marqués de Estepa, uno de los poetas seleccionados, por cierto, por Espinosa (Ballesteros, 2002), al igual que el joven Quevedo, para sus Flores de 1605. Sobre Lastanosa, como prueba de amistad hacia Gracián, en su Museo de las medallas desconocidas españolas, este agradece el regalo de varias monedas. El comentario tiene, además, su correspondencia textual, dado que Critilo, en el Criticón, propone inmortalizar la memoria de varones insignes en estatuas, sellos y monedas por su historia ejemplar. 61. En distintas etapas quevedianas, como hemos puesto de relieve. 62. Egido, 1986. Precisamente, en los preliminares de La Fortuna con seso y la hora de todos, Roberto de Uport, en alabanza de Lastanosa y su Museo de medallas antiguas, menciona, en este contexto, al Marqués de Estepa, Rodrigo Caro y Martín Vázquez Siruela: «Con mucha gloria de su patria de vuestra merced la ciudad de Huesca y de la nación española ha escrito y publicado el Museo de sus medallas antiguas, proponiendo las copias de los originales que permanecen, con otras de varios siglos, en su famosa biblioteca, depósito de curiosidades y maravillas. Así lo manifestaron tres clarísimos andaluces: don Adán Centurión de Córdoba, Marqués de Estepa, en un discurso muy docto de aquel assumpto, que remitió a vuestra merced con una carta de mucha estimación; el licenciado Rodrigo Caro, provisor del arzobispado de Sevilla, y el dotor Martín Vázquez de Siruela, canónigo del Santo Monte de Granada, cuya erudición es bien notoria entre los hombres de letras, por sus escritos y por los elogios que se hallan en diferentes libros» (ed. Schwartz, 2003, pp. 575-576). 63. En un visible vínculo entre la obra escrita y el monumentum simbólico planteado, como habría de ser también su Parnaso español. La Perinola, 16, 2012 (165-185) «A VUELTAS SOBRE LA TRADICIÓN RETÓRICA…» 181 dad epistolar entre ambos humanistas comentada a propósito del verso horaciano y, por otro, la crítica de Quevedo al holandés en la España defendida, identificado, no de forma casual, con la voz foránea que censura y reprende. Sea como fuere, con el inexorable transcurso del tiempo, los monumenta visibles en el Marco Bruto (es el caso de «De la medalla de Bruto y de su reverso») tenían ya en la España defendida un juvenil anticipo a modo de reconstrucción retórico-arqueológica. No obstante, ello fue posible gracias a la apasionada inclinación de Quevedo por la Historiografía —abarcando así desde la Antigüedad hasta el caso concreto de España— y su aspiración, en definitiva, por emular las autoridades clásicas, pertrechado —eso sí—, para tal propósito, de un erudito conocimiento de la tradición retórica64. Bibliografía Adiego, I.-X., E. Artigas, y A. de Riquer, «Séneca el Viejo y Quevedo», La Perinola, 13, 2009, pp. 135-147. Alcina, J. F., «Notas sobre la silva neolatina», en La silva, ed. B. López Bueno, Sevilla, Universidad, 1991, pp. 129-155. 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