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Fábrica de expertos: Posfolio

Subirats, Eduardo

Abstract

Los expertos en todas las disciplinas forman la autoridad social que ejerce el control de las masas introduciendo estereotipos, mecanización y uniformidad en la opinión.

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114 FABRICA DE EXPERTOS Eduardo Subirats Los expertos en todas las disciplinas forman la autoridad social que ejerce el control de las masas introduciendo estereotipos, mecanización y uniformidad en la opinión. Para que la palabra entelequia signifique algo en castellano ha sido preciso que la empleen los que no saben griego ni han leído a Aristóteles. De este modo, la ignorancia, o, si queréis, la pedantería de los ignorantes, puede ser fecunda. Y lo sería mucho más sin la pedantería de los sabios, que frecuentemente le sale al paso. Antonio Machado, Juan de Mairena La posibilidad de pensar por uno mismo es desalentada en nuestra sociedad con tanta naturalidad que ya ni siquiera nos sorprende. Mediante el empleo de normas de limitación, escisión, condena o aprobación de la expresividad y la sensibilidad, las sociedades se autoesterilizan a la par que alcanzan su uniformidad. En este sentido, las dogmáticas poéticas de las vanguardias de nuestro siglo han hecho un pobre favor al arte. El compositor Arnold Schoenberg ofrece un ejemplo paradigmático. Schoenberg nos habla (en Criteria for the evaluation of music, 1946) de la existencia de dos tipos de música, a saber, una popular y una alta, para la que sólo el experto puede dar los criterios de evaluación y comprensión. Esta música alta, tan perfecta en su cielo empíreo, necesita los servicios especiales de un experto, pero no de un experto cualquiera, sino de uno altamente competente, un sacerdote sagrado que interprete la voz de la divinidad. Esto es un absurdo nihilista se mire por donde se mire. Tomemos por ejemplo su Serenade opus 24. La pieza es para siete instrumentos y una voz de bajo que en uno de los números canta un soneto de Petrarca traducido al alemán. O no necesitamos -CXIV - Profesor y escritor. Enseña actualmente en Princeton (EEUU). ASTRAGALO, 06 (1997) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1997.i06.16 expertos, o bien, para comprender y juzgar la obra, necesitaríamos el siguiente regimiento: para empezar, siete especialistas instrumentistas (todos los instrumentos de la obra son distintos) que nos explicasen las excelencias o torpezas de la interpretación individual y colectiva; un experto en canto que hiciese lo mismo para la voz; uno en poesía renacentista que también lo fuese en traducción poética del italiano antiguo al alemán moderno, capaz de desentrañar todo el universo de significados del poema; un analista musical que desmenuzase el complejo sistema contrapuntístico serial y los formalismos del autor; un historiador de la música que nos encuadrase la obra dentro de su escuela y dentro de la producción propia del autor, así como el lugar que ocupa con relación a su siglo y a los siglos precedentes; un sociólogo del arte que nos explicase las dimensiones sociales de la pieza schoenbergiana; un físico que destacase Ías particularidades de las ondas sonoras que hacen que esta pieza suene como suena; un neurobiólogo que aclarase los tipos de conexiones neuronales que la música en general, y esta pieza en concreto, desencadena en nuestro cerebro; un psicoanalista que nos ayudase a comprender las relaciones inconscientes que hicieron a Schoenberg elegir el soneto de Petrarca y no un poema de Blake, y que de paso vigilase nuestra salud mental para no enloquecer entre tanto docto ... El superexperto que demanda Schoenberg habría de serlo en todas estas cosas, y quizá en alguna más -composición, por ejemplo- , lo que le convierte en una figura cuya existencia es tan poco probable como innecesaria. Nadie duda del interés que tiene el análisis de las partes del fenómeno sonoro para una comprensión más detallada de éste, pero sustituir la experiencia musical por el análisis o, si se prefiere, definir la música como medio de expresión de la inteligencia humana por medios sonoros -tal como ha hecho Iannis Xenakis (Formalized Music)- es poner el carro delante del caballo, y no a todos nos gusta viajar de esa manera. Conocer la mecánica compositiva es algo secundario con respecto a la experiencia musical. Si fuese imprescindible tal conocimiento para la comprensión de una obra, nadie sería capaz de conocer una pieza de música sin el apoyo mínimo de una partitura y, probablemente, sin la ayuda adicional de explicitaciones formales de todo tipo por parte del compositor. Esto sería tan absurdo como sostener que sólo podemos entender el discurso de otro si nos viene dado por escrito. Por añadidura, la relación de la partitura con el sonido que a partir de ella se genera se ha complicado extraordinariamente en los últimos cuarenta años con la introducción de la aleatoriedad en diferentes niveles de la composición. El experto nos está dando siempre, de forma despersonalizada, un marco teórico sobre el que tenemos que ajustar nuestra propia experiencia, independientemente de cuáles sean nuestros intereses personales, cuáles nuestros valores existenciales. Por muy valiosas que tales manifestaciones fuesen desde el punto de vista de nuestro fetichismo cultural, la riqueza comunicativa de su experiencia sólo será efectiva si hay algo en nosotros capaz de resonar con sus palabras, si sus intereses van en nuestra propia dirección. Si yo no soy otro experto como él, nuestros intereses comunes no serán técnicos, sino que la única comunicación posible es la que lleva la experiencia del fenómeno sonoro al ámbito de la comunicación existencial más general, aquella - cxv115 116 comunicación que liga la experiencia sonora a mi vida y a la vida del interlocutor y destaca en tal experiencia los derroteros tomados por las alteraciones de la conciencia durante la escucha. No obstante, se nos dirá, la experiencia del experto enriquece la nuestra propia en cuanto que la amplitud de las perspectivas permitirá entender los entresijos de la obra con mayor profundidad, su contexto histórico, los desarrollos posteriores de la corriente estética que representa, etc. Esto no es comprender con más profundidad, sino simplemente con un andamiaje técnico específico. Qué absurdo pensar que los músicos creen sólo para los músicos, qué pobreza la de un arte así, un ejercicio de pizarra que se autoaniquila en un narcisismo que ni tan siquiera es gozoso. Lo musical se realiza con la simple percepción de la alteración de la conciencia, con ese experimentamos en el sonido que permite la música. No es preciso conocer todas las implicaciones porque todas las implicaciones involucran al universo entero y la expresión misma, «todas las implicaciones», cuando se aplica a un proceso vital como es una experiencia musical, no tiene ningún sentido. Las apelaciones que hace el experto al arte sublime, puro, ideal, serio, culto, alto, el arte que ha sido traicionado, degradado, caricaturizado por el arte basura, o el light, o el popular, o el bajo, son proclamas que olvidan ingenua o malintencionadamente las relaciones de dominación que subyacen en la mayor parte del llamado alto arte y que hacen de él un ídolo de pies, piernas, torso y barro hasta la misma coronilla. Conviene recordar que la pureza de nuestro arte, erigido a sí mismo como un mundo de libertad en contraste con la broncínea pesadumbre de la vida cotidiana, fue desde el principio posible gracias a la exclusión de grandes sectores de población. Los expertos no aprueban el mismo arte ni la ciencia que la persona ordinaria, y esto se explica sobre todo por una divergencia de intereses. Primar cualquiera de los niveles de comprensión de la obra sobre los otros es tan sólo una cuestión de preferencias personales o profesionales, habla más de prejuicios sociales que de la pretendida «Verdadera esencia» que la obra pueda tener. El experto es un profesional de la educación, y en cuanto que representa a una forma de autoridad social, tiene que elaborar estructuras y sistemas, además de defenderlas o consolidarlas ante la amenaza de otras estructuras nuevas. Claro que el experto que haya descubierto sus principios básicamente por intuiciones y reflexiones propias tenderá siempre a exhibirlos de forma menos tiránica y será más receptivo a opiniones adversas que aquel que los haya adoptado de otro en proceso de culto más que propiamente crítico. El carácter acumulativo que tiene la experiencia hace que ningún individuo, en la breve extensión de su vida, controle las inmensas fuerzas heredadas a lo largo de los siglos. Por ello, por boca del experto individual habla la institución, y en ningún caso es manifestación de una experiencia propia, pues incluso tratándose de una experiencia personal ha de estar siempre traducida al lenguaje de la institución. No es casual la vinculación del experto a la industria, sino que ésta le permite la consolidación imprescindible para ejercer las labores de control en las sociedades muy masificadas. De hecho, para comprender el asunto del experto en nuestros días -CXVI - ASTRAGALO,06(1997)ISSN 1134-3672 hemos de comprender el sistema de expertos en el que se integra, la fábrica institucional de la experiencia. Esta fábrica proviene de la integración mediática de las academias artísticas, científicas, políticas y religiosas. Su funcionamiento institucional las iguala más que las distingue. En cuanto a su operatividad interna, se caracterizan por la comunicación especializada y la rigidez estructural necesaria para su automantenimiento. La operatividad externa es de dominación de la conciencia, con aplicación de la violencia al servicio de fines propios. En suma, la fábrica de expertos refleja la mecanización que se aplica al mantenimiento de las posiciones de poder social. La uniformidad de creencias merma la vitalidad social y la anquilosa poco a poco en la repetividad más esterilizan te. La cohesión social actúa como coartada para las más infames formas de injerencia en los juicios, propósitos y vida privada en general de los individuos. Sin embargo, no se puede despreciar nada si no queremos correr el riesgo de dejar fuera algo que luego resulte ser imprescindible. La opinión más disparatada puede ser una brillante intuición cuyas repercusiones son apenas entrevistas en el presente. La fábrica de expertos tiende en su mecanicidad a cristalizar en estructuras sociales rígidas que se adaptan mal al carácter fluyente de la vida, a la aparición de nuevos marcos de experiencia que exigen flexibilidad so pena de inadaptación y destrucción. La uniformidad educacional propiciada por el paradigma experto sólo contribuye a crear rigidez social, levantando un muro insalvable entre los que han gozado de los privilegios de la fábrica de forma plena y los que sólo reciben de ella la producción marginal y los saldos. La cohesión social que propicia un sistema de expertos se mantiene en base a la creación-imposición de necesidades comunes, más que en base a la satisfacción de anhelos personales, innecesarias necesidades que manifiestan una perpetua huida hacia el futuro mejor que nunca llega, cohesión que se deshace en cuanto se abren los ojos al vacío de un presente así constituido. La cuestión es si la experiencia vital de otros debe dirigir nuestra vida; lo que hay que aclarar es si el filósofo, el periodista, el político, el científico, el artista, el sacerdote, o cualquier otra forma de experto, en cuanto cabezas autoritativas de la sociedad, goza de algún derecho -no avalado por la violenciasobre mis propias creencias, si sabe o no mejor que yo lo que le conviene a mi vida. Conviene recalcar que aquí no estoy tratando la cuestión del/de la maestro/a, aquella relación profunda de amistad entre dos personas en la que se da un intercambio de experiencias vitales. No, aquí hablo del experto, de la figura anónima que pretende dirigir mi propia experiencia vital, en base a criterios de autoridad, por muy impecablemente documentada o argumentada que se encuentre. Por eso, lo que cuestiono no es la habilidad del pescador que sabe dónde echar las redes, ni la pericia del médico que conoce la planta o la palabra conveniente, ni la relevancia de tantas otras técnicas que favorecen o pretenden favorecer la vida, lo que cuestiono es la legitimidad de quien pretende saber más que yo sobre mí mismo y sin conocerme, cuestiono que nadie sepa mejor que yo qué veo, oigo, siento, creo o deba creer, cuestiono que la competencia intelectual -sea cual sea la autoridad que la determinehaya de ser tenida por la vara propia para medir la convivencia humana. - CXVII117 118 El impulso, el gesto, la espontaneidad, no es más ni mejor, ni más deseable que cualquiera de las actividades intelectivas, pero tampoco lo es menos. La tesis no es nueva, pero tampoco puede ser etiquetada como simplemente romántica, pues se encuentra en la mayor parte de las literaturas de todo tiempo y lugar. Así, desde los embriagadores versos del persa Khayyam en los que se proclama que los sabios no te enseñarán nada, pasando por la jocosa máxima de Lao Tsé que afirma que mientras que aprender es una acumulación de conocimiento la tarea del sabio (el que practica el Tao) es ir reduciéndolo día a día, hasta la desbordante vitalidad de Píndaro cuando duda que sea sabiduría esa pizca de conocimiento que un hombre posee más que otro, cientos de autores han proclamado la propia experiencia como la única forma de sabiduría sin necesidad de caer en el solipsismo. Marc Titman, Ciudad extensible. - CXVIII - ASTRAGALO,06(1997)ISSN 1134-3672