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Estudio y edición del epistolario de Góngora. Variación sintáctica y discurso referido al inicio del siglo XVII

Marín García, Isabel

Abstract

Esta tesis doctoral presenta la edición y el estudio lingüístico del epistolario de Góngora. Se trata de un conjunto de cartas escritas durante la etapa madrileña del poeta (1617- 1626), que fueron dirigidas al círculo íntimo de amigos cordobeses. El estudio parte de una perspectiva variacionista, interesada en el cambio lingüístico, que se analiza desde el prisma de las tradiciones discursivas. La tesis analiza el modo en el que el epistolario refleja algunos de los procesos de cambio activos en la lengua del siglo XVII, para lo que se han seleccionado tres contextos sintácticos. En cuanto a la sintaxis del predicado, se analiza la duplicación clítica del objeto, la marcación preposicional del objeto directo y el régimen verbal. Los cambios que afectan al ámbito intraoracional se han centrado en la subordinación sustantiva y adjetiva. Por último, el estudio lingüístico incluye el de la oración compleja, dedicado a oraciones causales, consecutivas y condicionales. El análisis de las variables lingüísticas seleccionadas integra la perspectiva discursiva, que tiene en cuenta el punto de vista enunciativo, las circunstancias concretas que rodean la emisión de un texto, su orientación pragmática y, particularmente, su carácter polifónico. Una parte importante de la tesis está dedicada a los enunciados de discurso referido, que concebimos como una constante transversal que es necesario atender en el estudio diacrónico de los hechos lingüísticos. Se ha prestado especial atención a las variadas estructuras sintácticas mediante las que se articulan estas manifestaciones lingüísticas y a la funcionalidad discursiva de cada una de ellas. Se dedican apartados específicos a cada una de las formas de reproducción –discurso directo (DD), indirecto (DI) y narrado (DN)–, en los que se analizan tanto las construcciones prototípicas como sus variantes. Por otra parte, se dedica un apartado especial al análisis de la vinculación entre DR y determinadas funciones discursivas, como la evidencialidad o la modalidad epistémica y, como rasgo particular de nuestro corpus, se analiza la funcionalidad de la cita de autoridad.

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E S T U D I O Y E D I C I Ó N D E L E P I S T O L A R I O D E G Ó N G O R A . V A R I A C I Ó N S I N T Á C T I C A Y D I S C U R S O R E F E R I D O A L I N I C I O D E L S I G L O X V I I Isabel Marín García Tesis doctoral 2023 Directora: Marta Fernández Alcaide Departamento de Lengua Española, Lingü ísti ca y Teoría de la Literatura 1 2 Gran cosa e s entre los que bien se qu ieren la co r respon dencia; mucho entre ti ene un locutorio de papel a los ause ntes . Luis de Góngo ra. Epistolario 3 4 ÍNDICE GENER AL Agradecimientos .............................................................................................................. 9 Presentac ión ................................................................................................................... 11 1. MARCO TEÓRICO Y ESTADO DE LA CUESTIÓN ......................................... 15 1.1.El contexto histórico-lingüístico del espistolario .................................................. 15 1.1.1. El siglo XVII en la historia de la lengua española ................................................ 16 1.1.2. Principales proce s os de cambio sintáctico en el siglo XVII ................................ .. 25 1.1.3. Estado general de la cuestión de las variables analizadas……………………….31 1.1.4. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. La sintaxis del predicado ……34 1.1.4.1. Duplicación clítica de l objeto…………… …………………………….34 1.1.4.2. Marcación pre po sicional del objeto directo……………………………3 9 1.1.4.3. Régimen preposicional de l verbo……………………………………...45 1.1.5. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. Las relac ion es intraorac ion ales…………………………………………………………………………52 1.1.5.1. Sintaxis de la oración subordinada sustantiva…………………………52 1.1. 5.2. Sintaxis de los relativos………………………………………………..63 1.1.6. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. La sintaxis de la oración compleja………………………………………………………………………………...70 1.1.6.1. Causales………………………………………………………………..74 1.1.6.2. Consecutivas…………………………………………………………...82 1.1.6.3. Condicionales…………………………………………….……………88 1.2. El discurso referido. Aspec tos gene rales ………………………………………..95 1.2.1. El discurso referido en los estudios de sintaxis histórica de la le n gua española. Estado de la cuestión…………………………………………………………………...96 1.2.2. La polifonía textual. L a teoría de la enunciación y su aplicac ión a los procedimientos citativos……………………………………………………………… 115 5 1.2.3. El discurso referido y la Gramática…………………………………………….124 1.2.3.1. El discurso referido en la tra dición gramatical……………………….124 1.2.3.2. La gra mátic a del discurso referido desde la perspectiva discursiva. El continuum de reproducción……………………………………………………139 1.2.4.El discurso referido y la organización discur s iva. Aspectos externos e internos……………………………………………………………………………….. 146 1.2.4.1. Discurso referido y unidades discur sivas ……………………………..146 1.2.4.2. Organización interna del enunciado de discurso referido: marco reproduc tor y cita……………………………………………………………...151 2. EL CORPUS ……………………………………………………………………… 159 2.1.Contexto biográfico del epistolario …………………………………………….. 159 2.1.1. Góngora e n M adrid (1617- 1626)………… …………………………………….161 2.1.2. Los corre spons ales y los temas trat ados………………………………………..169 2.2 . Perfil concepcional del epistolario ……………………………………………...187 2.3 . La transm isi ón del epistolario ………………………………………………….192 2.3.1. Manuscritos…………………………………………………………………….194 2.3.2 . Ediciones……………………………………………………………………….212 2.4. La edición del corpus. Criterios de edición y prese ntación ………………….. 218 3. EL CAMBIO SINTÁCTICO EN EL EPISTOLARIO …………………………229 3.1.Cambios en la sintaxis del predicado ………………………………………….. .229 3.1.1. Duplicación clítica del objeto…………………………………………………..230 3.1.1.1. Recapitulación………………………………………………………..250 3.1.2. Marca do p reposicional del objeto directo……………………………………...252 3.1.2.1. Recapitulación………………………………………………………..266 3.1.3. Régimen preposicional del verbo………………………………………………268 3.1.3.1. Verbos de entendimiento y proceso intelectual……………………...269 3.1.3.2. Verbos causativos emocionales………………………………………275 3.1.3.3. Verbos de habla y comunicación……………………………………..286 6 3.1.3.4. Régimen de l v erbo servir y de los predicados complejos formados con merced y menester …………………………………………………………….293 3.1.3.5. Recapitulación………………………………………………………..305 3.2.Cambios en la sintaxis de las relaciones intraor acionales ……………………..307 3.2.1. Sintaxis de la subordinación sustantiva……………………………………….. .308 3.2.1.1. Variantes en re la ción con el nexo que . Omisión y duplic ación de la conjunción. Que no regido…………………………………………………….308 3.2.1.2. El artículo determinado ante or a ciones de infinitivo…………………327 3.2.1.3. Diversificación del nexo completivo…………………………………331 3.2.1.4. Recapitulación………………………………………………………..335 3.2.2. Sintaxis de los relativos……………………………………………………….. .337 3.2.2.1. Vacilac ion es en el paradigma de los relativos………………………. .337 3.2.2.2. Elisión y p rolepsis preposicional ante que relativo…………………..342 3.2.2.3. [Artículo + que ] en relativas preposicionales y relativas c on antecedente oracional……………………………………………………………………….349 3.2.2.4. Relativas enfá ti cas [ lo + SN + que ], [SN + que + ser ]……………….357 3.2.2.5. Recapitulación………………………………………………………..361 3.3. Sintaxis de la oración com pleja …………… ………………………………….. .363 3.3.1. Oraciones causales……………………………………………………………..366 3.3.1.1. Que ……………………………………………………………………369 3.3.1.2. Porque ………………………………………………………………..381 3.3.1.3. Pues , ya que …………………………………………………………. .391 3.3.1.4. Por + infinitivo……………………………………………………….400 3.3.1.5. Como , según ………………………………………………………….403 3.3.1.6. Recapitulación………………………………………………………..410 3.3.2. Oraciones consecutivas…………………………………………………………412 3.3.2.1. Consecutivas de intensidad………………………………………….. .414 3.3.2.2. Consecutivas de manera………………………………………………425 7 3.3.2.3. Otros nexos consecutivos. Y así , co nque …………………………… ..431 3.3.2.4. Recapitulación………………………………………………………..436 3.3.3.Oraciones condicionales……………………………………………………… ... 437 3.3.3.1. Oraciones condicionales con si . Correlaciones modales y temporales…………………………………………………………………… ..437 3.3.3.2. Funcionalidad discursiva de las oraciones condicionales c on si ……. .446 3.3.3.3. Otros indicadores de la c ondicionalidad. Como si , y más si , [ a no + infinitivo], cuando , ge ru ndio con valor condicional…………………………..458 3.3.3.4. Recapitulación………………………………………………………. .467 4. EL DISCURSO REFERIDO EN EL EPISTOLARIO …………………………469 4.1. El discurso directo ………………………………………………………………469 4.1.1. Caracterización y variantes……………………………………………………..470 4.1.2. La s formas prototípicas del discurso directo………………………………….. .481 4.1.2.1. Aspectos formales……………………………………………………481 4.1.2.2. La funcionalidad discursiva de l di scurso directo en el epistolario…..484 4.2. El continuum entre la re producción in directa y e l d iscurso mixto … ………..513 4.2.1. El discurso indirecto.Caracter iz ación y varian tes…………………… …………514 4.2.2. El discurso mixto……………………………………………………………….519 4.2.3. Reproducción indirecta y proce sos d e variación sintáctica en el siglo XVII…..529 4.2.4. Los verbos introductores de la reproducción indirecta y la e x presión de la subjetividad……………………………………………………………………………535 4.2.5. Contextos discursivos de la reproducc ión i ndirecta y sus va riantes en el epistolario……………………………………………………………………………..549 4.3.En los límites entre narración y reprodución: el discurso narrado …………..567 4.4. El discurso referido entre la f unción evidencial y la modalidad epistém ica ...584 4.4.1. Dicen / se dice / díc ese + que. Sintaxis y valor es discursivos…………………… .588 4.4.2. Como / según dice ( n ) y v ariantes . Sintaxis y valores discur sivos …… ………….596 4.4.3. Funcionalidad discursiva de la c it a de autoridad en el epistolario……………..605 8 5. CONCLUSIONES ………………………………………………………………..618 BIBLIOGRAFÍA …………………………………………………………………….632 Índice de tablas ………………………………………………………………………674 Índice de figuras ……………………………………………………………………..675 Índice cronológico de cartas ……………………………………………………….. .676 ANEXO I. Transcr ip ción paleográfica ANEXO II . Presentación crítica 15 1. MARCO TEÓRICO Y EST ADO DE LA C UEST IÓN 1.1. EL CONTEX TO HISTÓR I CO-LI NGÜÍSTICO DEL EPISTOLARI O DE GÓNGORA 16 1.1.1. El siglo X VII en los es tudios d iacrónicos de la len gua esp añola Es un hecho admitido que, en el estudio diacrónico de la lengua española, el siglo XVII ocup a una posición privileg iada, que que da subra yada tanto por la atención que dedican a esta c enturia los estudios monográficos y las obras de conjun to, como por su papel central en las diversas propue stas d e periodización del españ ol (Company Company, 2016). Resulta evidente, también, que a esta posi ción de privileg io no es ajeno el hecho de que la centuria seiscentista concentre una serie de grandes individualidades li terarias cu ya obra “c onstit u y e, sin duda alguna, la mayor riqueza de nuestra lengua ” y por ello “ justifican sobradamente la denominación de Siglo de Oro que se suele dar a este periodo” (López Grigera, 2013 [ 2004]: 707-708). En realidad, este marbete, que a coge a los sig los XVI y XV II, es una noción de límites temporales no del todo prec isos , i ntroducida por la hist oriografía literaria y asumida, como veremos, por la Lingüística histórica. Parece , sin embargo, qu e las dos centurias englobadas bajo el rótulo Siglos de Oro han re cibido diferente atención por parte de los estudios l ingüísticos. Mie ntras los especialistas en literatura que analizan el periodo áureo, “terminan por concentrar su atención en el siglo XVII ” (Company (2016: 132), los lingüistas que estudian esta misma época pa r ecen seguir un a tendencia opuesta, de tal forma que s e ha llamado la atención reiteradamente (Cano Aguilar, 2017: 28 2; Girón Alconchel 2004a: 251) sobre la poca atención prestada al siglo XVII, espe cialmente en lo que se refiere a su se gunda mitad 1 . Por ejemplo, Octa vio de Toledo y Hue rta (2016b: 17) efectúa un recuento de las fuentes citadas en los Congresos de Historia d e la Lengua Español a durante dos décadas y encuentra qu e, para tod os los géneros textuales, las obras del XV I son cit adas un 45% más que las del XV II y que los autores del Quinientos mencionados son el doble que los del Seiscientos. Además, la nómi na de estos auto res seiscentistas es consi derablement e reducida: solo Cerv antes y Qu evedo acumulan la mi tad de las menciones , a las que cabe añadir nombres como Mateo Alemán, Lope de Vega, Gracián o Calderón 2 . Igualmente, señala este autor que un corpus de referencia como es el CORDE presenta una clara 1 Girón Alconchel llegó a señalar (2004 a:251) , qu e se trata de “una época (16 50 -1725) que p ermanece ignota en gra n medid a para la historia lin güística”. En el mismo se ntido se pro nuncia Octa vio de T oled o y Huerta (201 6b). 2 Góngora suele ser un autor sistemática mente excluido como fuente do cumental en los estudios lingüísticos, si e xceptua mos el estudio de Lapesa ( 1973 ) sobre el uso del s ustantivo sin act ualizad or en la s Soledades y , más recienteme nte, el de Serradilla Castaño (20 04), que utiliza, entre otras fuentes, la ob ra del cor dobés para do cum e ntar las for mas superlativa s en el español c lásico. 17 asimetría en c uanto a los textos de las dos ce nturias implicadas, de forma que solo los primeros años del XVII alcanzan una representación paralela a la del XVI. Parece un hecho confirmado, pues, que “la confi guración y la evolución del español en este si glo [XVII ] ha sido a menud o desplazada – o tal vez s olo imbuida – por el recu rrente int erés que el XVI h a tenido” (Fernández Alcaide y Leal Aba d, 2016 : 27). La nómina de autores recopilada por Octavi o de Toledo que acaba de mencionarse confirma u na marcada tendencia de los estudios lingüísti cos del periodo seiscentista: su fuente documental es principalmente de carácter literario y se ha venido config u rando, en su gran mayor í a, por la obra de escritores de pri mera lí nea, pertenecientes a un c anon sancionado po r la hi storia de la literatura. Como ha sido señalado en numerosas ocasiones, el análisis ling üístico ha corrido así e l riesgo de quedar contaminado por el estilí stico y el literario. Por ejemplo, Oct avio de Toledo y Huerta ( 2016b: 14 ) hace al respecto la siguiente reflexión: C abe pr eguntarse […] si a efectos lingüísticos nuestra visión del tra mo seiscentista d el Siglo de Oro no ha sido eclipsada en buen a medida po r el ‘or o del siglo’ , esa peq ueña pero deslumbrante pléyade de genios cr eadores cuyos pr imo res de estilo config uran, p or sinécdoque, nuestra imagen de la leng ua del pri mer XVII . En el mismo sentido se pronuncia C ano Aguilar (2016 a: 85), qui en habl a de un ‘deslumbramiento’ de los historiadores de la len gua motivado por la excelenc ia de la literatura seis centista, qu e a menudo ha sido considerada como la culminación de las posibilidades expresivas de la lengua española. De hecho, l a distorsión operada en la image n de la lengua de este periodo parece quedar acreditada con las d enominaciones ‘español c l ásico’ o ‘español áure o’ con la s que reiteradamente se califica la lengua d e esta época y que, en realidad, serían adecuadas exclusivamente para l a le ngua literaria. Al respecto, Compan y Compan y (2016 ), al estudiar el comportamiento de una serie de variables lin güísticas en el seiscientos, advierte d el peligro d e qu e el análisis li ngüístico en este si glo qu ede dif uminado debido a l a si ngularidad de los rasgos estilísti cos individuales de los grandes creadores y conclu y e que no es un hecho dado q ue el siglo XVII sea u n per iodo áureo, no al menos en sintaxi s histó rica, ni tampoco es un hecho dad o que la lengua del siglo XVII sea un modelo , o al menos, a la luz de los datos, d ebemos preguntarn os qué es un mo delo d e lengua . ( Co mpany Co mpany, 2016 :156) 18 En realidad, la posi ción privilegiada del texto literario como fuente de la investigac ión lingüística hispánica ha sido, hasta hace poco tiempo, una constante desde los inicios de esta disciplina; únicamente el primer español mediev al h a s ido estudiado sobre textos a jenos a e ste á mbito, básica mente porque eran los únicos disponibl es; recuérdense los esfuerzos del fundador de la filología hispánica (Menéndez Pidal, 2021 [1942]: 29-41) destinados a en contrar y editar tex tos que le permitieran avanzar en su investigac ión. Pero, como señala Cano Aguilar (2 006: 53), “para épocas p osteriores los textos literarios se convierten e n el cuerpo básico del estudio”. Sin embargo, en el siglo que estudiamos, la distorsi ón ocasionada por una posible ex trapolación inadecuada de los resultados obtenidos tiene ma yor r epercusión, debido a las grandes ind ividualidades que concentra y a l a excelencia de sus obr as li terarias, consideradas, como hemos visto, la más alta manife sta ción de la lengua española 3 . Por otra parte, la excesiva dependencia d el texto li terario en los estudi os de sintaxis histórica no un hecho exclusivo del á mbito hispánico, ya qu e, en líneas ge n erales, las obras de cre a ción literaria, además de las mejor conservadas, han sido siempre consideradas un a s manifestaciones del le nguaje emitidas por autores a los que se les supone una cierta autoridad lingüística y sumi nistran , por tanto, “una imagen sumamente atra y ente para la elaboración de la his toria d e la len gua general, en especial en los planos sintáctico y l éxico” (Cano Aguilar, 2006: 53). Sin embargo, la procede n cia y aun la fiab ilidad del tex to literario como corpus del estudio lingüístico ha sido puesta en evidencia en los últimos años por diversos autores. Desde la temprana llamada de atención de Narbona Jiménez (2014[1989]), han sido muchos los autores (Ebere nz , 1991, 2009; C ano Aguilar, 2006; Fernández Ordóñez, 2006 … ) que han advertido sobre l a necesidad de ampliar el cuerpo de los estudi os hacia dive rsas tradiciones textuales como único medio de caracterizar adecuadamente la lengua ge n eral de un periodo y obtener una visión más completa de todos sus niveles, que no son accesibles a través d el ex amen exclusivo d e la lengua elaborada. Al m ismo tiempo, estas posturas críticas se han visto reforzadas por el creciente int erés por localizar en los testimonios escritos posibles huellas de la len gua oral y situaciones d e inmediatez 3 A l respecto, es sig nificativo que Menén dez Pidal (1991 [ ca .1941]: 173] hablar a de una “ literatizació n del hab la co mún ” e n el siglo XVI I, q ue se habría visto in fluida incl uso por los estilos más osc uros y difíciles d el Barroco . Véa se a l respecto Can o Aguilar (2 006), q ue of rec e u na visión críti ca sobre esta y otras po sturas planteadas en el seno de la filología hispánica sobr e el asunto. 19 comunicativa ( Koch y Oesterreicher, 2007/2 011 [ 1990]), difíciles de hallar, en principio, en las muestras de la lengua más elabora da 4 . Como s eñalaba Cano Aguilar, este asp ecto caracterizador de la lingüística histórica no ha obedecido en España tanto a un fu ndamento teórico sistemático cuan to a una prác ti ca investigadora, porque, en realidad, la Escuela lingüística esp añol a rar a vez reflexionó sobre la naturaleza y condicio namiento s de sus fuentes de dato s; y e n las poca s ocasiones que lo hizo, se m o stró dotad a de una notab le apertura metodoló gica y po co seg uidora de deter minados po stulados id ealistas ex tremos” ( Cano Aguilar, 20 06: 53). Por otra parte, l a aplicación en el análisis lingüístico histórico de los planteamientos elaborados por la Lingüística hist órica de orientación variacionista, con la introduc ción de nueva s perspectivas como la superación de la dicotomía escrituralidad/oralidad y la noción de variedad c onc epcional (Koc h y Oesterreicher 2007/2011 [ 1990]) o, especialmente, el paradigma de las tradiciones discursivas (Kabatek 2001, 2005 ; López S erena, 2011, 2 021a, 2021b, 2023 ) ha contribuido notablemente a superar el ‘prejuicio literario’, en el convencimiento de lo i mprocedente de establecer determinadas “ jerarquías de r epresentatividad” entre los n iveles de una lengua histórica o e ntre sus dife rentes tradiciones tex tuales, ya que todos forman parte de ella y la repre s entan legítimamente ( cf . Cano Aguilar, 2017: 281). Ahora bien, la incorporación de estas perspectivas en la L in güística histórica ha hecho también evidente que un análisis centrado en un determinado tipo de tex to, sea literario o no, solo puede aportar una visión necesariamente parcial del estado de la lengua en un determinado momento y que únicamente la apertura del estudio hac ia los más variados tipos tex tuales podrá aportar un m ejor conocimiento y una visión más amplia de los diferentes niveles que conforman una lengua hist órica. De hecho, desde los primeros años de este siglo, los investigadores han venido acercándose decididamente hacia esta otra nómi na de tex tos, más as equibles ahora gracias a los medios telemáticos, situados al margen de la tradición literaria: gacetas, relac iones de sucesos, memorias, tex tos científicos, historiográficos y un lar go et cétera de tradiciones textuales vige ntes en el s iglo XVII, cada un a con sus propias convenciones discursivas, 4 Sobre el desarrollo d e esta línea de investigació n, véase el apar tado 1.2.1. 20 son ahora objeto de estudio lingüístico 5 . En esta corriente se inc lu y e nu estra investigac ión sobr e el epistolario personal de Góngora. Por lo que se refiere a l a posición de la centuria seiscentista en l as diferentes propuestas presentadas en el ámbito de la ling üíst ica histórica en torno al establecimiento de periodos cronológicos en la evolución diacrónica de la lengua , encontramos que todas e llas c oinciden en situar e l siglo XVII en un periodo c entral de su evolución, denominado ‘ español clásico ’ o ‘ español del Siglo de Oro ’ , que sucede al ‘español medieval’ y da paso a la lengua moderna. Así, este periodo aparece espe cialmente singularizado en las ob ras dedicadas a la historia de la lengua es pañola, las cuales, si bi en no definen un modelo concre to de periodización, sí articulan su contenido con arreglo a dete rminadas etapas cronológicas. Por e jemplo, la obra de Lapesa (1981 [1942]), de indudable re percusión posterior, distingue los siguiente s p eriodos: — Época de orígenes (siglos IX-XI) — Castellano medieval (siglos XII-XIV) — Español preclásico (1474-1525) — Español del Siglo de Oro (sig los XV I y XVII ) — Español moderno (a p artir del siglo XV III ) Cano Aguilar (1992 [ 1988] ), aunque apreciando periodos evolutivos de carácter intermedio, aplica una p eriodiz ación de c arácter tr ipartito: — Español medieval (ha st a el siglo XV) 5 Co mo exponente de esta ampliación d e fuentes d ocumentales, m encio nare m os solo algunas de las pr incipales i nvestigaciones, la mayoría de el las ce ntradas e n el esp añol d e lo s Siglos de Oro . Entre ellas, los corpus epistolares constit uyen una tradición te xtual que ab arca una diversa tipolo gía y q ue viene mereciendo una ate nción espe cial p or par te de lo s investigad ores (Cano Aguilar,1 996; Fernández Alcaide , 2009 a, 20 1 9b y 202 2; Mén d ez Gar cía de Par edes y Fer nandez Alcaide, 20 20; Navar ro Gala, 202 1; Octavio de T oled o y Huerta, 201 9a ), al igual que las memorias y los textos co nfesionales ( Cano Aguilar, 2018 ; Girón Alconchel, 2002b; Octa vio de T oled o y Huerta, 201 1 ; Stoll 2021 ). En este aspec to, tienen especial relevancia los estudios de B las Arroyo ( dir. 2019) y Blas A rr oyo y Vela ndo Casanova (2022 ), que analiza n d iverso s pr ocesos diacrónicos de variació n y c a mbio lingüístico so bre un co rpus diacrónico conformado excl usivamente p or cartas privadas y textos memorialístico s. La i mportancia adq uirida por el discurso periodístico como fu ente d e la investigac ión lingüística de car ácter his tór ico ha s ido puesta de manifiesto por Carm o na Yanes ( 2013) y queda comprobad a en los estudios de Borreguero Zuloa ga y Octavio de Toled o y Huerta (2 007 ), Cano Aguilar ( 2016 a), Leal Abad (2011), Leal Abad y Mé ndez García de Pared es (20 12), Leal Abad y Fernández Alcaide ( 201 6) o Méndez García d e Par edes (20 08) . La investigación se ha abierto igualmente hacia los más d ispares tipos textuales, como e l his to riográ fico (Girón Alconchel, 2016 a, 2016b ), los tratad os técnicos (Cano Aguilar, 2 017; Gi ró n Alconchel, 2018 b ) y, en general, la p rosa ensayística (Girón Alconchel, 20 04a; Sáez Rivera, 2014 ). 21 — Español clásico (siglos XVI y XVII ) — Español moderno (siglo XVIII en adelante) L a Historia de la lengua española coordinada por este mismo autor (2013 [2004]), analiza la evolución del español distinguiendo también sucesivos periodos: — L a época de constitución de los romances peninsulares (hasta el siglo XII) — El castellano del siglo XIII — La Baja Edad Media (si glos XIV y XV) — El Siglo de Oro (siglos XVI y XV II) — El español moderno (a partir del siglo XVIII ) Por lo que se re fiere a pr opuestas teór icas de pe riodiz ación, c abe señalar la formulada por Ebere nz (1991 y 2009), quien, en la línea de Marcos Marín (1991), defiende la aplicación de criterios internos d e carácter lingüístico par a articular la evolución de l a len gua, a unque no deja de recono cer que existen fenóm enos culturales y sociales que influy eron en la evolución del español 6 . Dife rencia este autor (1991: 105) tres periodos en esta evolución, susceptibles de posibles subdivisiones: — Fase antigua (entre 1200 y 1450) , caracterizada por una relativa estabilidad en las estructur as esenciales de la lengua dentro d e los mol des cread os por la reforma de Alfonso X. — Fase m edia (entre 1450 y 1650), m arcada po r una transformación má s rápida y perceptible de los fenómenos fonológicos y morfosintácticos. — Fase moderna (desde 16 50 hasta la actualidad), que presenta de nuevo un sistema estable en lo esencial. En lo que concierne al periodo que nos int eresa, observamos que la propuesta de Eberenz modifica la denominación de ‘español de los Siglos de Oro’ , que se estima influenciada po r la historiografía li teraria, por l a de ‘español medio’ , a l tiempo que introduce novedades respecto a lo s límites temporales conven cionales de l os dos siglos implicados. El adelantamiento de la fecha d e inicio de este p eriodo pare ce haber sido 6 En Sánchez Lancis (20 01) y Granvik y Sánchez La ncis (2018) se ofrece una panorá m ica de las diferentes prop uestas de per iodización que, con arreglo a cri terios externos o i nternos de l a len gua, se han formulado d esde la lingüística histórica . 22 objeto de aceptación por otros estudios post eriores 7 , pero no ha sucedido lo mismo co n la fecha propuesta inicialmente por Eberenz pa ra fina liz ar el periodo medio, 1650, que parte en dos mitades la c enturia seiscentista y adelanta a esa fecha el inicio del español moderno. Así, Girón Alconchel (2004b: 90) s eñala que “no pasa nada que autorice a establecer e l final de un período de la historia lin güística a mediados del siglo XVII”, porque en ese momento están y a consumados los c ambios fonológicos y, en cuanto a los morfosintácticos, tienen una cronolo gía mu y va riada, sin que nin guno de ellos se vea especialmente afectado en los años centrales del XVII 8 . La posibilidad de establecer una p eriodización que ofrezca una cronología absoluta basada en factor es internos de la lengua ha resultado un a tar ea ardua, debido a que el cambio lingüístico no afecta por i gual a los diferentes niveles de l idi oma (Sánchez Lancis, 2001). Así, ha y transformaciones relevantes que af ectan, por ejemplo, a la fonología que no tienen repercusión alguna en otros planos de l a lengua; además, es necesario calibrar si la i mportancia del cambio y su extensión justifica vincularlo con una nueva etapa en la evolución de la lengua. Per o, sobre todo, hay qu e tener en cuenta el carácter gra dual de todo cambio lingüístico y las difusas fronteras observables entre sus fases de inicio, difusión y , en su caso, definitiva culminación. C omo señala Girón Alconchel (2004b), todo cambio lin güístico es u n continuum que puede identificarse con la evolución dia crónica de la l engua y, de he cho, los cambios morfológ i cos y sintácticos de la é poca clásica desbordan ampliamente el límite e strict o de las dos centurias implicada s. Propone este autor una subdivisión de la etapa conocida como ‘español del Siglo de Oro’ , que fundamenta so b re la base de criterios doc umentales, metalingüísticos, li terarios, políti cos y de reforma y mod ernización del español. Distingue así tre s subp eriodos: [U]no que va desd e 1492 a 155 5 o 1556, desde el fin al del reinado de los Reyes Católic os a la abdicació n de Carlos V, d esde la Gramática d e Nebrij a a la de V illalón y los Anónim o s de Lovaina, d esde la Cele stina al La zarillo ; un segundo sub perío do q ue va d esde 1556 a 164 8, 7 Véase, por ejemplo, Girón Alco nchel (2 004 b: 8 8): “En principio, n os par ece acertado colocar el inicio del per iodo antes de 1500 […] , aunque qu izá el per íodo al que pertenece n con to da pr opiedad los ca mbios analizados co mience no en 1 450 , sino m á s bien entre 14 70 y 1 492 ”. T ambién Cano Aguil ar ( 1992 ) había señalado y a la rele vancia lin güística d el español de finales d el si glo XV, q ue deno mina ‘ épo ca del Descubrimie nto ’, cuyas muestr as más relevantes sit úa en torno a 1490 . 8 Eberenz ( 2009 : 188) justifica su prop uesta inicial e n la reo rganización de las estruct ur as fo nológicas, especial m e nte de las sibilan tes ; no o bstante, reconoce que “la mitad del siglo XVII no se j ustifica co mo término d el perio do medio” , por que en esta ép oca el españ ol está ya con solidado y las tr ansfor m ac iones no se pr esentan como ruptura, sino dentro de un conti nuum d iacrónico. Con base en los cambios m o rfosi ntácticos a nalizados por Giró n Alconch el ( 2004 b), sitúa ahora este autor el fin del per iodo medio “hacia 170 0 o algo más tarde” . 23 aproxi m ad amente, desde lo s comienzo s del reinado de Felipe II a los Tratad os de Westfalia, desde las Gramática s de Lovaina a la del Padre Villar, desde el Lazarillo a Grac ián (este subperíodo central es el v er dad ero Siglo d e Oro d e la liter atura española); y un tercero que v a desde 1 648 a 1726, desde lo s últimos años del reinado de Felipe IV al pr imer Borbó n, desd e el P. Villar a la Real Acade mia E spañola, desde Calderó n y lo s epígonos de la literat ura barroca a Feijoo ( Girón Alconchel (201 3 [2 004]: 885). Pero también h a y cambios de tipo interno, morfosintácticos, que sustentan esta subperiodización, porque se observa que la morfología ar caica conclu ye co n el reinado del E mperad or, que la gramaticalización plena de h aber como verbo auxiliar (y los cambios que arras tra) term i na hacia 164 0 y que la regularización y e stand arización de la sintaxis intraorac ional e interoracional dan u n paso de gigante hacia 17 26 ( ibid ). En esta línea, también Octavio de Toledo y Huerta (2005, 2016 a) ha prop uesto una subperiodización qu e no se atiene al lí mite convencional del fin de la ce nturia seiscentista, y a que distingue un su bpe riodo que arrancaría de las últimas déca das del siglo XVII para termina r hacia 1725, que d enomina ‘primer español m oderno’, en el que identifica formas de expresión sintácticas caracter íst icas y exclusivas de este periodo. A pesar de los des acuerdos en torno a las f echas absolutas de ini cio o finalización 9 , parece hab er un consenso general entre los estudiosos en considerar la lengua del siglo XV II como una etapa intermedia entre el español medieval y el moderno, en la cual s e registran variados p rocesos de cambio que afectan a las estructuras internas de l a leng u a, definitivamente consolidadas en el si glo XVIII (Cano Aguilar, 1992 [1988] ) 10 . En este periodo intermedio se sustancia el paso de la lengua 9 Co mo se ñala Eb erenz ( 2009 : 196 ), hay que tener en cuenta que en el á m b ito de la histo ria de la lengua “la deter minación de periodo s evolutivos en m or fosintaxis histórica no es un obj etivo en sí mismo. Más in teresantes q ue las meras fe chas son las implicaciones filológicas, d iscursivas, sociolingüísticas y de historia cultural”. 10 Para una revisión de la perio dización diacró nica del español tradicional mente aceptad a , véase Melis , Flores y Bogard (2003 ) y Me lis y F lores (20 15) . Estas autoras pro ponen una nueva perio dización, en la que d istinguen una época medieval, que se e xtiende desde los p rimeros textos hasta el siglo XV; un period o medio o clásico , q ue ab a rca desde el siglo XVI hasta el XVIII i nclusive y un terce r p eriodo, m o der no, que arr anca en el si glo XI X, ép oca e n la q ue dete ctan impor tantes fases evoluti vas e n di versas variables lingüísticas (exte nsión d el estímulo sujeto en lo s pr edicado s ca usativos emocionales, duplicación clítica, m arca ció n de objetos, construcciones co n se , or den de palabras, extensión del artículo indefinido, evolución d e la construcción ten er + par ticipio, r eorganización del par adigma d e relativos o creación de m arca dores d el discurso) q ue j ustifican la consi deración d e este siglo co mo un terce r perio do 24 medieval al español moderno; ello implica una situación mu y intensa de evolución lingüística (Eberenz, 2009; Girón Alconchel, 201 3[2004]; Octavio de Toledo y Huerta, 2016b; Fernández Alcaide, 2023a) en la que diversas estructuras presentan una f alta de fijación determinada por la incidencia de procesos de cambio y variación si ncrónica que operan según diferentes tendencias normativas , de tal manera que las formas innovadoras conviven co n las más conservadoras, cada una de las cuales compite por su espacio lin güístico. La i ntensidad de la v ariación lingüística registrada en la centuria seiscentista queda confirmada también en el an álisis de Company Compan y (2016), quien estudia la evolución de ocho variables sintácticas y encuentra que en todos los casos el fenómeno analiz ado ex perimenta “un quiebre o inflex ión fuerte en el si glo XVII que se escapa de la dinámica esperada o normal del cambio sintáctico” (2016: 140), lo que ll eva a esta autora a calificar a este periodo como un outlier (desvirtuador cuantitativo) desde el pu nto de vista es tadístico, comportamiento que se explica a través de diversos factore s relacionados con la historia externa de la lengua 11 . evolutivo e n la le ngua e spaño la. Girón A lco nchel (200 8c) ha e fectuado una re visión crítica de esta prop uesta. 11 Las v ariab les lingüísticas an alizadas p r esta au tor a son: la po sición inicial de deter minado s adverbio s temporales aspectuales, su adyacencia al verbo, la f rec uencia de empleo de los adverbio s en – men te , el uso de las prepo siciones a , entre y por [ + frase nominal], el uso de p ara [+ infinitivo] y determinadas construcciones con secutivas de intensidad. 31 1.1.3. Estad o gener al de la cuestión de las variable s analizadas Es un hecho aceptado q ue ha y zonas del sistema lingüístico más estables, que tienen un carácter nucl ear y son menos se nsibles a los proc esos d e ca mbio, y ot ras periféricas, más permeables a estos procesos, porque se adaptan a las necesidade s comunicativas y a las exige n cias del contex to de situación (Compan y C ompan y , 1997; Girón Alconc h el, 2004b: 85). En pr im er lugar, n os ocupamos en esta investigación de los cambios sint ácticos más relevantes que afectan en este pe riodo a la estructura del predicado, ámbito en el que se opera la m arcación de las dist intas funciones gramatica les, que es en sí misma una zona int ermedia entre el núcleo y la periferia (Girón Alconchel 2013 [ 2004]: 885) 20 . En la época que estudiamos, este context o sintáctico ex perimenta u na fase int ensa de cambios , muchos de los cuales necesitan una explicación que incluya el aspecto discursivo. Concretame nt e, nuestra in vestigación se centra en este ámbito en tres tipos de cambio qu e han sido ca lificados como ‘de larg o recorrido’, porque se iniciaron mucho antes del periodo que estudiamos y algunos no han alcanzado todavía su plena gra maticaliz ación. Sin embarg o, “casi en todos los casos la situación al inicio y al término de la centuri a [siglo XV II ] es llamativamente distinta” (Octavio de Toledo y Huerta, 2016b: 21). Agrupamos aquí los siguientes: — Duplicación del objet o media nte un pronombre clítico. Esta posi bilidad, que e st aba presente en la lengua y a desde los textos medievales, conoce en este momento el ini cio de su progresivo desarro llo, que se re la ciona estrecha ment e con la tradición discur siva en la que se inse rta la va riable; en principio, la co nstrucción duplicada es más frecuente en las tradi ciones afines a la prox imidad comunicativa. No obstante, se registra en los textos de esta época un estado de variación motivado, como sucede en la evolución diacrónica de todo cambio lingüístico, por la convivencia de l as construcciones más innovadoras, en este ca so las duplicadas, con las más conservadoras. 20 Desde un a persp ectiva basad a en las categorías ling üísticas, Company Compan y ( 19 97) analiza diversos ca mbio s op erado s en la historia del español ( muchos de ellos co inciden con los que analiza mos aquí: marcación OD, duplica ción clítica d el dativo, extensión del artículo, régi men d e las or aciones sustantivas) y lle ga a la conclusió n de tod os ellos comparte n el hecho co mún d e ocup ar zonas fro nterizas y periféricas e n sus respectiva s categorías. 32 — Marcado preposicional del objeto directo. L a aparición de la preposición a ante el objeto directo, también de gran profundidad histórica en nuestra len gua, es un fenómeno lingüístico que se resiste a ser definido en término s absolutos de presencia/ausencia. Lo caracter íst ico del siglo XVII es el estado de variación sincrónica que presenta e l fenómeno, debido a que los rasgos de anima ción y definitud del objeto, que parecen haber gobernado la extensión de la varia ble, no ha adquirido todavía una posición determinante e n di cha extensión. — Régimen preposicional del verbo. En la sintaxis del régimen verbal, el siglo XVII viene definido también p or una serie d e v acilaciones, referidas tanto a la alt ernanc ia que una forma puede registrar entre la construcción transitiva directa y la preposicional, como a l a selección v ariable de las dif erentes preposiciones, que todavía no han alcanzado el niv el de f ijación del español mo derno. Otro factor que incide en l a situación de va ria ción v iene definido por el ent orno sintáctico, confo rme a l cual el régimen del verbo depe n de de la categoría gramatical de su c ompl emento. Por lo que se refiere a las relaciones intraoracionales, nuestra investigación se ha centrado en los cambios lingüísticos que afect an a la subordinación sustantiva y adjetiva: — La sintax is de la oración subordinada sustantiva se encuentra en esta época sometida igualmente a unos c ambio s relacionados con la manera en qu e se muestra la dependencia sintáctica de este tipo oracional r especto de l a principal. Se trata de fenómenos lingüísticos como el asíndeton nexual, la dupli cación del nexo que , la expansión de otros nex os relacionantes o la aparición del artículo determi nado como introductor de estas orac i ones. — La relación sintáctica de los relativos con otras unidades morfológicas , especialmente a rtículos y preposicion es en las de nominadas relativas obl icuas, está sometida a muchas menos restricciones que en la lengua actu al, de forma q ue constituye el escenario de unos procesos variación que atraviesan el siglo XVII. Analizamos la extensión de la prolepsis y la elisión preposicionales a nte el relativo que , que son relevantes e n los c onte xtos sintácticos en los que su presencia es n ecesaria po rque 33 actúan como índic es funcionales. Estas variables prese ntan, a su vez, otros fenómenos conexos, como las ora ciones denominadas ‘ relativas de pronombre pleonástico o re asuntivo ’ , construcciones de g ran vitalidad en el X VII. C apítulo aparte mer ece el análisis de la presencia o ausencia d el artículo en las oraciones relativas oblicuas, uno de los procesos de cambio que ha llegado hasta la lengua actual si n terminar de resolverse po r completo. La s variables señ aladas se encue ntr an en la época que estudiamos e n un estado de gran ebullición, de f orma que conviven un as y otr as soluciones de bido a que la estabilidad de estas estructuras era mucho más dé bil que en la le ngua actual, donde, en algunos casos, t ampoco han terminado de fijarse completamente. En una línea señalada por Girón Alconchel (2004b), Octavio de Toledo y Huerta (2016b) relac iona e stos fenómenos con una tendencia más amplia, orientada a una ma yor jerarquización oracional, qu e se traduce en un pro gresivo aumento de la hipot axis y una más explícita marcación tanto de l os argumentos de la oración , como de l as relaciones interorac ion ales . Se trat aría de una p rogresiva ‘sint actización’ del perio d o oracional, mediante el que este se organiz aría si guiendo más parámetros de se cuencialidad sintáctica y menos de estructuración informativa, seg ún un proceso de c arácter general “en cu ya b ase par ece estar una ma y or preocupación de los esc ribientes por g ui a r las inferencias interpretativas de sus destinatarios mediante señales explícitas ” ( Octavio de Toledo y Huerta, 2016b: 22). El terce r ámbito sintáctico que analizamos es el de la or ación compleja. A este respec to, el periodo clásico va a suponer un ava nce en la regularización y estandarización de estas estructuras sintácticas que acaba con el polimorfismo de épocas anteriore s. Ahora bi en, es evidente también que se trata d e un ámbito sintáctico en el que las variaciones de tectadas no son equivalentes a los cambios li ngüísticos prototípicos, como los que acaban de rel acionarse. Como veremos en el apartado 1.1.6., el estudio de la oración compleja se presenta como un contexto privileg iado para estudiar la prof undid ad h istórica de la interrelac ió n entre sintaxis y dis curso . 34 1.1.4. Estad o de la cuestión de las variables a naliz adas. L a sintaxis del predicado 1.1.4.1. Duplicación clítica del obje to Frente a otras lenguas romances, el español presenta desde sus primeros tex tos la posibilidad de que un a rg umento con función d e objeto – especialmente el OI, pero también el OD – aparezca duplicado en la misma orac ión a través de una forma clíti ca correfere ncial. S e trata d e construcciones del tipo “h y a l es va pesando a lo s ynfantes de Carrion ” (Poema de Mio Cid), “et a nos nin nos estorvara pobreza” ( General Estoria ), “et al leon ca y o le esta palabra en el coraçon” ( Calila et Dimna )” 21 , las cuales, no obstante, conviven en estos mismos textos con las c onstrucciones simples. Diacrónicamente, la duplica ción clítica del objeto ha experimentado un proc eso de expansión, de forma qu e lo que en principio fue una posibilidad de la lengua se ha convertido, en de te rminados contextos sintácticos, en marc a obligatoria. Es el caso, en la lengua actu al, de la mayoría de los objetos en posición antepuesta al verbo y d e todos los constituidos por pronombres personales, sea cual sea su posición en el enu nciado. Se alude, en virtud de esta evolución diacrónica, al proceso de gramaticalización de la duplicación clíti ca de obj eto (DCO), f enómeno también denominado ‘ doblado clítico de objeto ’ . Desde la Gra m ática, la DCO ha sido explicada como una manifestaci ón de concorda n cia sintáctica entre la forma verbal y sus argumentos. Bajo esta perspectiva, el clítico duplicador tendría como cometido señalar la concurrencia en el predicado de un sintagma con función d e objeto, de forma que se le atribu y e un comportami ento parec ido a las marca s morfológicas que deter min an la concordancia con el sujeto de la oración en las formas ve rbales conjugadas. Fue Alarcos (1961: 10) uno de los primeros gramáticos en acerc a rse a este planteamiento: Así co mo las desine ncias ver bales son indicadores d e la perso na sujeto, lo s pro nombres átonos indican la persona e n que se complementa o i mplementa el verb o […] P arece, pues, que los pronombres / me , te , etc./ son signos m or fológicos q ue deter min a n el signo verb al del mismo m o do que lo s sig nos morfológ icos que constitu yen sus desi nencias 22 . 21 Son ejemplos apo rtados p or Com pa ny (2006 ). 22 En su Gramá tica de la Lengua Espa ñola (1994) , Alarcos ab unda en esta noción: p artiendo de la distinción entre pro nombres per sonales tón icos (que deno mina s ustantivos perso nales) y pro nombres personales átonos, a grupa a es tos últimos baj o la categor ía de in crementos person ales átonos d el verbo . 35 Como vemos, esta tesis tiene sus implicaciones en cuanto al e status gramatical con el que habría que calificar a estos clíti cos que, de formas pronominal es, pasarían a ser consideradas afijos flexivos del verbo (Bogard, 1992). En este sentido, Compan y Company (2006: 546) califica de “prueba fuerte de que el O I ge ner a concordancia con el verbo” el proceso de expansión que viene experimentando la falta d e concordancia entre los OI plural es y su clítico du plicador, de forma que la construcción dupli cada de estos O I con la forma sin gular ( le ) p arece sup erar a la duplicación concordada, al menos en el español america n o. Este cambio indicaría que el p rono m b re átono DAT estaría perdiendo , o ha perd ido ya, su e sta tus de prono mbre a nafórico para convertirse en un marcado r que anticipa en el verbo , como cas i un afij o verb al, que en esa oración sigu e o existe un argumento locus , el OI; es decir, es una marca li gada al verbo que señala e n co ncordancia obj etiva la p resencia de un argumento o bj eto. ( Compan y Co mpany, 2006: 546) Incluso, se ha planteado la existencia de una especie de conjugación objetiva del es pañol ( Llorente y Mo ndéjar, 1974 ), par alela a la conjugación subjetiva. Pero como señalan otros estudios (García-Mi guel, 1991; Girón Alconchel, 20 12) ha y que considerar que, dado que la DCO no ha llegado a gramaticalizarse en todos los contextos sintácticos, se trataría en todo caso de u na t endencia de la len gua, siempre más evidente en el español america no qu e en el europeo 23 . La consideración de los clíti cos pronominales como marcadores de concordancia con los a rgumentos del verbo ha permiti do a algunos autores profundizar en el valor anafór i co que adquieren estas formas en el disc urso. Así, Company (2012) traza las líneas generales del proceso de gramaticalización de la duplicación clítica a través de l a evolución de su fuerza a nafórica. En principio, el valor original de estas formas es la de actualizar en el discurso unidades previamente referenciadas en oraciones anteriore s; es decir, las formas clíticas realizarían un an claje ex traorac ional, constit uyendo una anáfora fuerte . Pero cuando el clítico comienza a aparecer en la misma or ación que su referente, en posición ad y a cente o p róxim a a é l, su valor anafórico se debilita y se 23 Llorente y Mondéj ar (1 974) no dej an de reconocer que, de las tres condicio nes nec esarias para constatar la existe ncia de una conjugació n objetiva en el e spañol, solo se cumpliría cab almente una de ellas: el hec ho de q ue los morfemas átonos obj etos son fo rm a s li gadas al verbo, si n el que no p uede n aparecer . L a seg unda condición, la modificación de los m orfe mas subj etivos a causa d e la presencia de m o rfe mas obj etivos, no se cumple porque en español no suele p roducirse ese contacto. En cuanto a la tercera, la obligatoried ad de la presencia del m or fema obj eto, hablan de “proceso en marcha” . 36 convierte en una anáfora débil , potenciándose su valor discursivo como aviso emitido al rece pto r de la exist encia de un ar gumento objeto releva nte. Esta perspectiva discursiva de la DCO ha pr opor cionado considerables avances en la comprensión del fenómeno debido a l a estre cha vinculación que s e r econoce entre la DCO y l a pragmática, de tal forma que el dobl ado clítico viene siendo asociado a la posibilidad que ti ene un objeto de constituirse en tópi co de una oración. Más específicamente, se atribu y e al clítico dupli cador la func ión pragmática de señalar que el sint ag ma correferente tiene un alto valor de topicidad (Silva -Corvalán, 1980). Desde esta perspectiva discursiva, se contempla la DCO como un meca nism o mediante el que los hablantes refuerzan l os argumentos qu e pragmáticamente consideran más relevantes en el discurso. La capacidad de un det erminado objeto de convertirse en tópico de un enunciado dete rminado viene da da por la con currencia de una serie de r asgos que han sido ordenados por Givón ([1976] apud Silva-Corvalán, 1980) conforme a una jerarquía de valores binarios: refer encia humana > no huma na; definido > indefinido; participante más involucrado > p articipante menos involucrado (S > OI > OD ); primera persona > segunda p ersona > t ercera persona. Con arreglo a esta jerarquía, serán lo s objetos de referenc i a humana, conocidos, especificados y con ma yor grado d e im plicación en la acción ve rbal, los candi datos perfectos para ser duplicados mediante un clítico correferenc ial. Existe, además, otro factor rel evante en la frecuencia de aparición de la DCO: su posición sint agmática en el enunciado. Así, C ompany Compan y (2006: 539) afirma que los objetos antepuestos al verbo “activan la dupli cación en todas las épocas y toda clase de textos”. Ello es perfectamente ex plicable desde la noción de topicalización, ya que un procedimiento discursivo habitual para señalar la relevancia pragmática de un elemento consiste en desplaz arlo de su posición no mar cada (en el orden neutro del español S-V- O) 24 y anteponerlo al verbo, e incluso situarlo en posición inicial del enunciado. La jerarquía de valores antes ex puesta ex plica la ma y or p resencia de dupli cación registrada sincrónica y diacrónicamente por el OI frente al OD. Y ello, no s olo porque el OI tiene referencia humana con mucha más frecuencia que el OD, sino porque es un 24 Sobre las dificultades que, no obstante, plantea una sistematizació n del orden de palab ras en nuestra lengua, véase Narb ona J iménez (20 15 [1996]: 168- 169) . 37 participante más afectad o por la acción si gnificada por el verbo. Así, la noción del OI se equipara con el d estino final en el que conclu y e esta acción, sin p erjuicio de la polisemia del papel semántico que pueda revestir (Company Compan y, 2006: 481) 25 . De hecho, otros asp ectos que se han considerado releva ntes en la extensión de la DCO tienen que ver con este papel semántico. L os estudios que tienen e n cuenta este factor arrojan datos que, en pri ncipio, parecen ir en dir ección opuesta a lo expuesto sobre el papel del clíti co como marca do r de topicalidad. Por ejemplo, Compan y (2006) señala que el estudio diacrónico de la DCO r evela qu e duplican con más frecuencia los O I beneficiarios que los O I receptores y lo just ifica argumentando qu e el O I con papel semántico de beneficiario tiene menos carác ter argumental y es más secundario en la estructura oracional que el OI con el papel semántico prototípico de receptor, por lo que necesitaría de l a presencia del clítico para s eñalar m ás claramente su carácter argumental (Company C ompany, 2006: 523). En la misma línea, Ibáñez Cerdá (2008 : 729) postula que una de las funciones del clítico es la d e “introducir participantes periféricos en la estructura oracional nuclear con d ativos ajenos a la valenci a del verbo”, de forma qu e el entorno preferido de la DCO sería justamente la de O I no argumentales, actuando a la manera de elementos de cohesión textual 26 . También Gutiérrez Ordóñe z (1999) observa qu e la obliga toried ad del clítico se manifiesta sobre todo ante los OI no argumentales, por ejemplo, con el papel semántico de poseedor. En cualquier c aso, como también señalan estos mismos estudios, es un hecho que la p rogresiva expansión diacrónica de la DCO ha ll egado a diluir los ya de por sí difusos límites de las dist inciones referidas al pape l semántico del O I. Al respecto, Company Compan y ( ibid .) habla de continuum s emántico, motivado por la vari edad d e matices que cada uno de ellos puede presentar y c ompartir con el resto. P or otra parte, en esta evolución diacró nica parecen haber primado motivos fundados en la cohesión textual (Girón Alconchel, 2012), porque la ex tensión del doblado clítico está actualmente casi generalizada ante verbos que tienen el dativo como argumento, especialmente los de transferencia y comunic ación. L o que sí es posible es que en tales entornos tardara más tiempo en expandirse el fe n ómeno. 25 Company (2006: 52 0) recoge cinco papeles semánticos básicos para el OI : receptor, experimentante, poseedo r, meta y beneficiario. 26 Girón Alconche l (2 012 ) encu entra d atos que corr obor arían esta hipótesis en el a nálisis de un corpus d el siglo XVIII. 38 También en relación con la extensión de la duplicación del objeto indirec to , diversos autores (Comp any C ompan y , 2012 ; Melis y Flores, 2006 y 2015; Girón Alconchel, 2012; Sáez Rivera, 2004 ) señalan la vinculación que esta variable tiene con un fenómeno paralelo en su evolución diacrónica: la marcación preposicional del objeto directo. Se trat a de dos procesos de gramaticalización interrelacionados , que están vinculados con la función discursiva de topicalización de referentes animados y definidos. De hecho, como veremos en el apa rt ado correspondiente, la aparición de ambos fenómenos está también subordinada a una parecida jerarquía de valores, entre los que cobr an especial importancia la hum anidad y la d efinitud . En esta línea, se ha señalado qu e la di fusión de la p reposición a ante objeto directo humano ha difuminado la diferenciación entre este y el objeto indirecto, de for ma que la expansión de l a duplicación ante este últim o ha podido a ctuar como mecanismo para volver a estable cer las distinciones entre ambos argumentos. Así lo proponen Me lis y Flores: Creemos que la duplicación d e o bjeto in direc to, existente m uy te mprano en la le ngua c omo un recurso pragmático y disc ursivo de topicalización, se expande a contextos cada vez m e nos estrechos co m o una e specie de efecto secu ndario de la prim ar ia y mayor difusión de la introducción d e a ante ob jeto directo . La expansión de la estructura duplicada estaría i ntentando […] recuperar la identidad formal d el o bjeto indirecto, o bscurecida p or la adopci ón de su marca formal en el terreno del objeto d irecto animado (20 06: 670) Por lo que se refiere a la evolución diacrónica de la DCO, y a s e ha señalado su aparición desde los primeros textos del español. Desde aquí va a te ner lugar un lentísimo avance, que n o conoce una fas e de especial rendimiento hasta después del siglo XV I (Compan y Co mpany, 2006). En el si glo XVII, y especialmente a lo lar go del XVIII , si gue d esarrollándose progresivamente, si bien lo característico de este periodo es la variación sincrónica que aflora en los tex tos. No obst ante, diversos autores (Company Compan y , 2 012 ; Girón Alconchel, 2012; S áez Rivera, 201 8; Oc tavio de Toledo y Hu erta, 2020 ) advierten una estrecha relación entre las co nstrucciones dobladas y los entornos vinculados con l a oralidad y la proxim idad comunicativa, mientras que la variable es menos aceptada en el ámbito de la escrituralidad elaborada. Un ex ponente de esta menor aceptabilidad sería el retraso que se detecta en la gramatización de las formas duplica das, lim itada primero a las formas pronominales y 39 durante mucho tiempo c alificada s en l as obras gramaticales como pleonasmo o giro familiar y coloquia l (Sáe z Rivera, 2018) 27 . En realidad, l a DCO no c onoce su verdadera eclos ión hasta la segunda mitad del siglo X IX (Compan y Company, 2006 y 2012; Girón Alconche l, 2012) 28 . Actualmente, es mar c a obligatoria con los pronombres personales en función de obj eto y con la mayor í a de los objetos constituidos por sintag mas nominales en posic ión a ntepuesta a l verbo. En posición pospuesta, la DCO está también genera li zada para la función de objeto indi recto, mientras que para la función de objeto direc to (a excepción del objeto directo codificado por el indefinido todo , que exige la duplicación) se observa una clara diferencia diatópica ent re el español europeo y el americano (NGLE, 2009:1249), ámbito este último en el que, en líneas generales, el fenómeno parece estar mucho más extendido (Company Company, 2006, 2012, 2020). 1.1.4.2. Marcación preposicional del objeto directo El marcado diferencial d el objeto directo , a través de la preposición a o si n ella, está presente en nuestra lengua desde los primeros tex tos. No obstante, se trata d e un fenómeno que se resiste a ser codificado medi ante parámetros fijos y u niversales que puedan expli car su distribución en términos binarios de presencia/ausencia de marca preposicional en todos los contextos sint ácticos. S on numerosos, sin embargo, los estudios que se h an dedicado al tem a, tanto desde una p erspectiva sincrónica como diacrónica . La bibl iografía es un ánime en su referencia a tres hipótesis 29 que han tratado de explicar el origen del objeto directo pr eposicional (en adelante, ODP) 30 . Ninguna de ellas parece ofrecer por sí misma una expli cación definitiva, pero, dado que no son excluyentes entre sí, estas hipótesis vienen sirviendo de punto de partida para un acerca mi ento al tema en la ma y oría de los estudios. 27 Como señala este autor (20 18: 7 5) , “la tendenc ia [d e las ob ras gramaticales] a descri bir el estándar escrito obstaculiza el reg istro de estruct uras o rales y d e la i nmediatez co municativa”. El e studio ofrece un recorr ido diacrónico sobre la gramatización de la duplicac ión . 28 Es, por ello, u na de las v ariab les aducidas po r Melis y Flo res (2015) par a situ ar en esta centu ria una tercera etap a evolutiva del esp añol. 29 Una síntesis de ellas puede ve rse en Laca (1 995 , 2006 ) y Barraza Carbajal (2008 ). 30 Como señala Sáez Ri vera (2008 : 24 n.72), la expresión objeto directo prep osiciona l es en sí misma un oxímoron, ya q ue lo s tér minos ‘co mplemento directo’ y ‘ co m p le mento i ndirecto ’ fueron acuñados p or la tradición gra matical en función de la presencia o ause ncia de prep osición. 40 La primera de estas hip ótesis surge en el ámbito de los estudios comparativos romanísticos y relaciona la gé n esis del ODP con la ruina de l sistema de casos latinos. En algunas lenguas romances caracterizadas po r no adoptar un orden fijo de palabras, entre e ll as el castellano, el ODP surgió debido a la necesidad d e des ambiguar las funciones de sujeto y objeto directo, que pueden confundirse cuando ambos comparten rasgos morfológicos o r eferenciales. En realidad, se tra ta de una id ea que enc ontramos y a en Valdés (1969 [1535]: 157), quien en su Diálogo de la Lengua afirma: En este error ca en especialmente lo s que quitan una a q ue se debe poner delante de algunos acusativos, y as sí, aviendo de dez ir el varón p rudente ama a la justicia , dizen ama la justicia , la qual manera de hablar, como véis, puede tener d os entendi mientos; o que el varó n p rudente ama a la j usticia, o q ue la justicia a me al varón prude nte, por que sin la a parece q ue están tod os d os nombres en un mismo caso . Desde su adopción por Rodolfo L enz (1925 : 52), la tesis de la desambiguación con la función sujeto como orige n del ODP ha gozado de cierto éxito en la tr adición gramatica l española – véa nse Seco Sánchez (1 971 [1953]: 145) o Alarcos (1994 : 346) – . Sin perjuicio de su ac eptabilidad en determinados entornos, cabe op oner algunas objeciones a esta ex plicación. Como señala Pensado (199 5b), el español y otras lengu as derivadas del latín h an mantenido la diferencia entre nominativo y acusativo en las formas de los pronombres personales tónicos, y es este el ámbito donde, desde un principio y sin excepciones, surge la m arcación preposicional. Tampoc o los estudios filológicos parecen apo yar esta tesis. Por ejemplo, Cano Aguilar ( 1992 [ 1988]: 124) encuentra mu y po cas vece s la preposición con esta función desambiguadora en los primeros tex tos castellanos, por lo que co ncluye que “tal función, sim plemente gramatica l, no parece, pues, haber estado en el ori ge n de a +objeto, f rente a lo afirmado por muchos romanistas”. Igualmente, para Vega García - Luengos (1980: 146), la función diacrítica d el ODP en el Cantar de Mio Cid so lo ope ra e n un número mínimo de casos, muchos de los cuales pue d en resolverse por el contexto. La segunda de las hipót esis fue formulada por Me y er -Lübke (1899, apud Lapesa 2000 [1964]) y basa el origen del ODP en un cambio analógico con e l OI, del que habría tomado su marca originaria. En la b ase d e esta teoría está la dif erenciación que la lengua esp añola hab ría establecido entre objetos directos inanimados, que r eciben pasivamente la acción d el verbo, y objetos directos animados, más involucrados en la acción verbal y susceptibles de asimilarse for malmente a los OI. A favor de esta 47 que aporta una dimensión teórica a la función si ntáctica de este complemento, que él denomina suplemento , y que define como un adyacente v erbal de contenido semejante al OD ( implemento en la terminología alarquiana), que formalmente s e caracteriza porque es siempre introducido por una preposición, de la cua l queda forzosamente huella funcional en cas o de omisión ( hablan de política > hablan de eso; *hablan eso ) 35 . No obstante, a partir de esta primera aportación de Alarcos, la caracterización y definición del CRP ha sido objeto de múltiples modifica ciones y matizaciones por parte de los e studi os gra maticales, en su ma y or parte centra dos en las notas definitorias que esta categoría comparte con otros complementos. Se han subra y ado, por ejemplo, sus similitudes de ca rácter formal con el comple m ento circunstancial ( CC ) y de índole semántica con el objeto directo ( OD ), lo que ha propiciado reflexiones acerca de la existencia de categorías sintáctica s que se resiste n a ser dife renciadas de una manera nítida, surgiendo la necesidad de considerar áreas de transición difíciles de delimitar (Del Barrio, 2005). El C RP comparte con el CC la ca r acterística formal d e que ambos son introducidos por preposición, si bien Alarcos estableció inicialmente que solo el segundo sería susceptible de ser sustituido por un adverbio. Además, frente a la nuclearida d del CRP (Cuesta Ma rtínez, 1997), en el CC se reconoce cas i siempre un carácter m arginal, lo que significa que podría ser omitido sin producir agramaticalidad. Pero en oraciones con complementos apare nteme nte circunstanciales del ti po residen en Sevilla , planteados por Bosque (1983), que pue den ser conmutados por un adv erbio ( residen a llí ), no puede omi tirse el complemento sin producir agramaticalidad (* residen ), lo qu e confirmaría su c arácter nuclear y su consideración categorial como CRP. Algunos g ramáticos, como resultado de estos a nálisis, consideraron la ne cesidad de definir subclases dentro de estos complementos; por ejemplo, Alarc os (1986, 1994), al revisar y ampliar su estudio sobre e l suplemento, denomina a los complementos preposicionales que p ueden sust ituirse por adverbios objetos p reposicionales inherentes , mientras que para Rojo (1990) son complementos ad verbiales . En cu alquier caso, es la noción de nuclearidad respecto al verbo, entendida como elemento ex igido (1999) subra ya también como ele mento car acterístico de la noción de régi men la d epend encia entre dos elementos si ntácticos, el regente o pri ncipal y el re gido o subord inado. La r ecció n también se ha vinculado, desd e una perspectiva más a mplia, con los c onceptos de con cordan cia y va lencia verbal (véase Martínez García, 1987 ). 35 En trabaj os posteriores, Alarcos ( 1986, 199 4 ) reformuló y amplió su s plantea mientos i niciales . 48 por este y ne cesario para completar su sig nificado, lo que confiere carácter ar gumental al CRP y lo sep ara del CC. Por otra parte, la equiparación semántica entre CRP y OD – ambos completan y delimitan la significación léx ica del verbo – ha generado líneas de investigación de más profundo calado, como la que estudia la posible existencia en la leng ua de una transitividad preposicional (Cano Aguilar, 1977, 1981, 1984; Serradilla Castaño, 1997; Gutiérrez Ara us, 1987 ; Fernández Alcaide y Leal Abad, 2023, en prensa ): Si u n verbo admite, simultá nea o sucesivame nte, la introduc ción directa o con prep osición de su complemento, si n q ue ha ya diferencia signi ficativa, o si la co nstrucción prepo sicional es asimilable en valor a la directa d e o tro verbo, entonces tendr emos bue nos ar gumentos par a afirmar que la transiti vidad es una función sintáctico se mántica q ue tiene diversos m od os formales, no idénticos, p ero sí equi valentes, d e mani festarse en la ca dena. (Ca no Aguilar, 1984: 204) . El conce pto de transitividad preposicional parte de un concepto más restrictivo del CRP que aqu el que, a partir d e Alarcos, ha n atribuido a esta funci ón sintáctica algunos estudios. Su fundamento estriba en la pérdida del contenido relacional de la preposición que introduce este complemento: e n mucha s de estas construcciones l a preposición carece ya de la significación que s uele a dquirir al relacionarse c on su término, para convertirse en un simple marcador de una rel ación de rección 36 . Además de la cohesión semántica y rítmica que se establ ece entre verbo y CRP, una prueba a favor de la t ransitividad preposicional la constituiría la alternancia entre ré gimen directo y preposicional e n un mismo verbo sin altera ción semántica sig nifi cativa ( tratar de un asunto / tratar un asunto ) o la posibilidad de que alternen ambas constr ucciones con distintas formas verbales sin alterac ión de significado ( recordar algo / acordarse de algo ). Estos casos permiten considerar que la relación que se establece e ntre verbo y CRP es la misma que se produce con el OD, s in per juicio de su disparidad formal (Serradilla Castaño, 1997). En esta misma línea, Fernández Alcaide y Leal Abad (2023, en prensa) defienden la e x istencia en estos casos de transitividad preposicional, ya que, 36 Sin e mbargo, como el mismo Cano Aguilar señala (1 98 1 : 360) no siem pr e es posi ble determinar cuándo la preposición está real m e nte v acía de contenido : “ No hay lí mites taj antes, pues a veces el sintagma prepo sicional puede pro venir de casos do nde la p reposició n conserva su sent ido, o sentirse análoga a ellos y , por tanto, conservar un cierto sentido”. En esta idea abunda en e studios posterio res (1999). 49 funcionalmente, los CRP se comportan con respecto al verbo del mismo modo que los OD y , semánticamente, lo complementan, aunque formalmente estén s eparados por el elemento relacionante , la preposición 37 . Señala estas autoras, ade m ás, que [h]ay otras r azones q ue avalan u na transiti vidad pr eposicio nal: (1) la p reposición en estos caso s no apo rta significado , si no que cumple una función si ntáctica; ( 2) existe una gran co hesió n entre los d os elementos, co m o se muestra e n la a usencia d e pa usa fonética entre a m b os o e n la fij ación del orde n d e palabr as; (3) d esde el punto d e vista histórico , muchos verbos han alterad o su for ma de construcción – d e ir co n CD a ir con CR o vicever sa – sin que ello haya supue sto un ca mbio en el significado del verbo o en la relació n con el co m p leme nto. A esto hay q ue s umar la e xistencia ex cepcional de algunos verbos tr ans itivos q ue llevan, ad em ás de CD, CR (acusar, ap artar, llenar, separar, etc.) , q ue no in validan las tesis an teriores (Ferná ndez Alcaide y Leal Abad, 20 23: 7 , en prensa). Como vemos, la introducción de la pe rspectiva diacrónic a proporciona nuevos argumentos a f avor d e l a noción d e tr ansitividad preposicional; al resp ecto, es relevante igualmente la variación, tanto diacrónica como sincrónica, observable entr e construcciones tr ansitivas con un verbo y su OD e intransitivas de este mismo verbo en uso pronominal, con CRP (Fernández Alca ide y Leal Abad, ibid .). No cabe dud a de que , en efecto, el estudio diacrónico del régimen verb al ha contribuido a arrojar luz sobre todas estas cuestiones. En este sentido, las diferentes investigac ion es concuerdan en señalar la he rencia latina como el origen de la construcción p reposicional a partir de cier tos verbos de rección. Al respecto, Cano Aguilar (1977: 336) afirma que “en genera l, suele hab er co rrespondencias regulare s entre las construcciones latinas y las románicas […] y el tipo de construcción ex istente en latín suele determinar el tipo de construcción castellana”. S in embarg o , como señala este mismo autor, ello no impide la existencia de múltiples alternancias en e l régimen verbal del esp añol medieval y clásico, qu e por otra parte ya existían en el latín tardío cuando c omenzó a d eclinar el sistema casual y o rganizarse, pro gre sivam ente, el de las preposiciones. Ad emás, “como cada c aso era sust it uido por diferentes p r eposi ciones, se produjeron numerosas in terferencias de construcción, apoyadas por la poca fijeza d el sistema de preposic iones en el paso del latín al romance” (Cano Aguilar, 1997: 341). De igual modo, la analo gía ha sido calificada en la mayor í a de los es tudios como un factor determinante en el desarrollo del CRP. S erradilla Castaño (1997) llama la 37 Advierten estas autor as que e ste ob stáculo formal es el mism o q ue p resentan los OD [ + humanos] y [ + animados], q ue van preced idos de la pr eposición a , sin que e n este caso haya s ido motivo de objeció n. 50 atención especialmente sobre e l poder an alógico de form as como hablar de o creer en respec to de otros verbos con los qu e comparte campo semántico, pero en su es tudio sobre el régime n de los verbos d e entendimiento y len gua en el españ ol medieval, observa, c on carácter general, que [l]os verbos semánticamente cercanos influyen unos sobre otros y se tiende a una misma construcción […] las analog ías funcionan e n dis tintas direcciones y un mismo verbo, q ue recib e la inf l uencia de otro v erb o, puede, a su vez, influir en al gunos otros, por eso se ma ntienen las vacilaciones cons tructivas en l a épo ca que estudiamos. ( Serr adilla Castaño, 19 97: 140) Como se ha s eñalado, n i la adaptación rom ance a las estructuras latinas ni la fuerza analógica que pudieron ejercer determinadas construcciones ya asentadas, impiden la gran variedad de construcciones que se observa e n el régimen verbal desde la época medieval. En cu alquier caso, es el español clásico la épo ca de máx imo entrecruzamiento en las alternancias que venían operando d esde siglos an teriore s (Cano Aguilar, 1985), sin que se aprecie una orientación decidida por ninguna de las posibilidades que en ese mome nto confluían, especialmente cuando el com plemento es un sustantivo o un prono mbre. Conforme señala Girón Alconchel (2013 [ 2004]: 876), se perciben tres tipos de diver ge nci as respecto a la lengua moderna: en pri mer lugar, la alternanc i a para una misma forma entre el régimen dir ecto y la construcc ión preposicional; en se gundo luga r, el uso alterna tivo de diferentes preposiciones , frente a la situación observable en la lengua actual, que ha seleccionado una preposición para cada forma verbal. En m uchos casos, este tipo de divergencias, que se acentúan ante el uso pronominal de las f ormas verbales , no van a resolverse completamente hasta el español moderno, de forma que las soluciones más usuales en los textos seiscentistas no son, en muchos casos, las que finalmente se impusieron. El tercer tipo d e variac iación está relacionado con el entorno categ o rial de l complemento verbal, de forma qu e su naturaleza (sustantivo, infinitivo u oración completiva de v erbo conjugado) vien e a determinar en much as ocasiones la construcción verbal. Así, los estudios diacrónicos concuerdan en señalar la ex istencia de una preferencia claramente observa ble por la co nstrucción transitiva directa cuando el complemento es una o ración completiva de verb o conjugado, sin perjuicio d el ré gimen que el verbo pudiera presentar en otros entornos. Para Serradilla Castaño (1997), esta tendencia puede explicarse porque este tipo de oraciones nunca p resentaba en latín marca de caso, de ahí que “la oración introducida por que se resiste a usar 51 preposi ciones” (Ser radilla Castaño, 199 7: 177). Con todo, la alternancia más significa ti va de este pe riodo la constitu y e la ten dencia a “diferenciar formalmente la recc ión de infiniti vo de la de sustantivo, pre firiendo para la primera, cuand o el verbo era transitivo, la marcación preposicional” (Cano A guilar, 1984: 240). El o rige n de este fenómeno se d ata en ép oca medieval, a partir de la conse rvación de estructuras de recc ión latinas qu e p asaron a los infinitivos en ép oca ta rdía “empleándose entonces las preposiciones que sust ituy e ron a los casos o a otras como ab que d esaparecieron: la más común fue de ” (Cano Aguilar, 1984: 248). Ahora bien, y a desde el siglo XVII, esta tendencia compite con o tra que había empezado a operar en s entido opuesto: la que prefiere la uni formidad y tiende a regularizar el r égimen de un mi smo verbo en dist intos contextos sintácticos, que es la que finalmente se impuso en la lengua moderna, “aunque no faltan restos del antig uo camino” (Girón Alconchel, 2013 [ 2004]: 877). 52 1.1.5 . Estad o de la cuestión de las v ariables an a lizad as . L as relaciones intraoraci o nales 1.1.5.1. Sintaxis d e la or ación su bordinada sustantiva A lo lar go del sig lo XVII , se obser v a que la sintaxis de la or ación subo rdinada sustantiva está sometida a una serie de pro cesos de variación qu e concurren simultáneamente en este ámbito sin táctico (Octavio de Toledo y Huerta, 2019b) y que en su ma yoría están rel acionados con el modo en el que s e muestr a la dependencia sintáctica con respecto a la oración principal. Algunos de los fenómenos sint ácticos inscritos en e stos espac ios variacionales son la a pa rición del a rtículo definido ante ciertos tipos de sustantivas, la ex pansión de la completiva asindética, la extensión del nexo como introduciendo esta c lase de oraciones y l a duplicación del nexo que o ‘rec ompl ementación’ . Al respecto, se ha señalado ( Girón Alconchel, 2004b; Octavio de Toledo, 2016b) que esto s procesos de vari ación, en plena ebullición durante el p eriodo áureo, pueden ser ex ponentes de un cambio de mayor calado, detectable en la estructura sintáctica de los textos de esta época , consistente en la tendencia a una ma y or jerarquización or acional, que se traduce en un progresivo aumento de la hipotaxis, una diversificac ión de los nexos relacionantes y una más explícita marcación tanto de los argumentos de la orac ión como de las relaciones interoracionales 38 . Una de las variables que puede vincula rse a este proceso d e sint actización es la construcción que intro duce la subordinad a sustantiva med iante artí culo definido, fenómeno que conoce en esta época una expansión considerable y que , en el epistolario , como veremos, ti ene una representación desigual, según se trate de sustantivas de infinitivo o de verbo conjugado. Como es sabido, el infinitivo actualizado por el artículo definido está presente en español y en otras lenguas romances desd e los primeros textos. Desde la Gramática, la posibilidad de que un infinitivo pueda a ceptar un de terminante como el artículo se ex plica por la concurrencia en dicha forma de ras gos nominales y verbales: los primeros hacen posi ble qu e un infini tivo pueda ejercer dive rsas funciones 38 Octavio de T oledo ( 2016b: 22) habla de un proceso de sintactización , mediante el que el perio do oracional va a o rganizarse seg ún p ará m e tros d e secuencialid ad sintáctica y no de estructuración informativa, “ e n cu ya base parece estar una mayor preo cupación d e lo s escribientes p or guiar las inferencias interpretati vas d e sus desti natarios mediante señales explícita s ”. 53 oracionale s, tal como lo hace un sinta gma nomi nal; los rasgos v erbales confieren al infinitivo la posibilidad de seleccionar argumentos (Barra Jover, 2002a ). Conforme señalan diversos estudios (Barra J over, 2002 a; Octavio de T oledo, 2014), es posible interpretar la evolución diacrónica de la determinac ión del infiniti vo en español como un continuo de ex pansión diacrónica que puede materializarse en una escala qu e parte d el carácter [+nominal] del infinitivo ac tualiz ado (en el que aparece solo o acompañado de arg umentos típicamente nominales, como complementos del nombre) y avanza hasta estadios en los que se hac e p atente su carácter [+verbal] (en oraciones de infiniti vo que prese ntan sus propios arg umentos) 39 . S e trata, p or tanto, de un proce so diacrónico hacia la verb alidad de las oraciones de infinitivo , que, como y a señaló Lapesa (2000 [ 1984] , 1985), conoce un a fase de esplendor en el si glo XVII. Más concre t amente, los datos aportados por Octavio de Toledo y Huerta (2014: 926) sit úan a finales del siglo XVI el comi enzo de la expansión de la nominalización de las oraciones de infinitivo, que conoce su auge a lo larg o de la centuria si guiente pa ra comenzar un periodo de progresiva deca den cia desde el siglo XVIII h asta nuestros días. Como se ha señalado, la progresiva extensión del fenómeno des crito en la época que estudiamos confirmaría la tendencia a la si ntactización y a l a preocupación por manifestar de forma ex presa las relaciones oracionales. Por ejemplo, en algunos entornos sint ácticos l a presencia del a rtículo ant e la subo rdinada puede actuar como elemento que facilita su reconocimiento y favor ece l a interpretación ade cuada, como tendremos ocasión de co mprobar en el an álisis de nuestro corpus en deter minados casos de anteposición de subordinada s y, especialment e, en construcciones elípticas. Como señala Oc t avio de Toledo y Hu erta, [a]l dejar de relacio narse con un sintagma nominal, el artículo, q ue hasta entonces es un determinante, queda expuesto a ser reinterpretado com o un ele mento relacionante, esto es , como una baliza, señal o m ar cador sintáctico cap az d e introducir un deter minado tipo de oración en ciertos entornos (201 4: 930) . Según este mismo autor, tal reinterpre ta ción se consuma cuando la determinac ión mediante el artículo definido alcanz a el punto más evolucionado en el 39 Los datos que ofrece T orres Cacoullos (2 009: 17 11) sob re la copr esencia de ar gumentos en in finitivos nominalizados favorecen esta hipótesi s: el si glo XVI I marca u n a vance ro tundo de la co presencia de argumentos suj eto y objeto . 54 continuo de expansión al que se h a h echo referencia: el ámbito de las su stantivas con verbo conju gado. Los estudios son unánimes en si tuar el punto de partida de esta última construcción en l a existencia previa de oraciones de infiniti vo introducidas por el artículo 40 y coinciden en señalar , asimismo, que se trata de un cambio solo perfeccionado por la len gua española, ya que el resto de las lenguas romances no llegó a activar e st a posibilidad. En su estudio pione ro, Lapesa (2000 [1984] ) había seña lado como el caso más antiguo de completiva in troducida por artículo un ejemplo del Persiles , que consideró aislado en el siglo XVII 41 . No obstante, el estudio de Octavio de Toled o y Huerta (2014), basado en la información del CORDE , ha correg ido esta cronolo gía aportando casos doc umentados, aunque esporádicos, d esde finales del sig lo XVI: para el pe riodo comprendido ent re 1581 y 1620, solo documenta 45 casos. Pe ro es a m ediados del si glo XVII cuando, coincidie ndo con el periodo de m áxim a e x pansión de la construcción [artículo + oración de infiniti vo], cuando el esquema [artículo + completiva] “tiene una irrupción bast ante abrupta” (Oc tavio de Toledo, 2 014: 923) en los textos. El fenómeno se mantuvo en auge h asta mediados del XV III, cuando comienza a m anifestar un a tendencia de creciente que continúa en la actualid ad. Como veremos, el análisis de estas variables en el epistolario confirma la cronología que se ha señ alado, y a que no of rece ningún c aso de a ctualización de completivas con verbo conjugado; en cambio, es particularme nte productivo en lo que se refiere a las sust antivas de infini tivo introducidas por artícul o definido, que detect amos ejerciendo variadas funciones sintácticas. Otra de las facetas de l a tendencia sintactizador a a la que venimos aludiendo tiene relación con la diversificación de los nex os relacionantes. En est e aspecto, la abrumadora prevalencia de que como n exo introductor de las or aciones sustantivas, registrada desde los inicios del e spañol hasta ho y , hace qu e no sea este un ámbito propicio para el análisis de esta variable. No obstante, es preciso atender en este apartado al espacio de v ariación exist ente entre los nex os completivos que y como , qu e se comienza a detectar c on especial intensidad en los tex tos jurídi cos medievales y qu e 40 Al respecto, Octavio de T oledo y Huerta (2014 : n.9) hace notar “la p oco afortunad a redacció n d e la NGRAE, q ue p arece suger ir lo contrario ”. Efecti vamente , la gramática acadé mica, tr as referirse a la posibilidad de que las s ubor dinadas sustantivas puedan introd ucirse por el artícul o definido, señala: “ la construcción con artícu lo enfático se extiende a las subordinadas d e infinitivo ” (NGL E, 2 009: 3235) . Tampoco se explica la razó n de asignar a este u so del ar tículo un valor enfático. 41 Se trata del siguiente: “ El que sea esto así, yo lo sé; el p orqué sea así, ig noro” (Cervantes, 16 16). 55 todavía en el españo l clásico presentaba una alternanc i a mucho más activa de la que tiene en l a lengua a ctual. I glesias Re cuero (2002) menciona dos posibles hipótesis para explicar el origen del como enunciativo: la prime ra defiende la simple sustitución del UT completivo por la forma QUOMODO ; la segunda hipótesis, por la que se inclina esta autora y es generalmente aceptada por la bibliografía (Cano A guilar, 1987, 1995; Herrero Ruiz de L oiza ga, 2005 ), mantiene q ue procede del QUO M ODO adverbio interrogativo latino de modo. Como señala Cano Aguilar (1995: 29), el proceso “no parece pr esentar m a y ores dificultades: basta con que desaparezca el val or modal de cómo y s e elimine la prosodia propia de la modalidad interrogativa”. A demás, se gún señaló Iglesias Recuero (2002 ), es posi ble establecer una relación entre ambas unidades más allá del aspecto puramente for mal: La presuposició n i m p lícita en el comentario de las interr ogativas p arciales y el carácter de información dad a – d iscursiva mente asu mida – de la enunciati va co n có mo son a mb as de naturaleza pragmática. Es muy pr obab le que el uso de cómo en co m plet ivas enunci ativas conservase tal fu nción pragmá tica (200 2: 686) . Efectivamente , es esta autora la primera en advertir del valor pra gmático de la completiva introducida con como , que – f rente a la neutralidad discursiva de la construcción introducida con que – se confi gura en los tex tos como m arca de una aserc ión fuerte , genera l mente introductora de completivas cuyo contenido se da por sabido, y de un compromiso del hablante con la veracidad de lo enunc iado. Otro aspecto qu e caracteriza la completiva introducida con co mo es que en muchas ocasiones va a mantener vestigios de l a orig ina ria si gnificación modal, ya que conceptualmente no siempre re sult a posible dif erenciar entre la realización del hecho concre to que expone la completiva y la m anera en que se real iz a ese hecho. Como veremos en el análisis de nuestro corpus, esta circunstancia se a gudiza en los textos antiguos, carentes de un sistema estable de marcación prosódica 42 . En cualquier caso, el análisis de la varia bl e en el epistolario confirma el valor prag mático d e la construcción. 42 En relació n con las vacilac iones respecto al carác ter tónico o átono del como co mpletivo y sus consiguientes alterna ncias gráficas, I glesias Recuero (2 002 : 6 87) señala que “el hecho d e que funcione como m arca de la asu nción d e la veracidad d e lo dic ho po r parte del habla nte, en lo q ue coincide co n la s construcciones e xclamativas, favorecería la conservació n de la tonicidad de origen; su equivale ncia sintáctica con la co njunción que , en cambio, pro vocaría la pér dida pro gresiva de ton icidad ”. P or el contrario, para Alonso Cortés (1999 : 4013), con quien es ta autor a m an ifiesta s u desac uerdo , ha y que distinguir en tre el có mo tó nico de las interro gativas y excla mativas indirec tas del como át ono equivalente 56 Uno de los p rocesos de variación más a ctivos que registra la sintaxis de la oración subordinada sustantiva en el español clásico es el representado por la alternanc i a entre la cons trucción que introduce la completiva mediante l a conjunción subordinante que y l a qu e or ganiza esta s oraciones de forma asindética . En principio, la omisión de la c onjunció n puede considerarse un fenómeno contrario a la tend encia ge n eral hacia la jer arquización sintáctica y el reforzamiento en la m arcación de las relaciones interora cionales a la que venimos aludiendo. Al respecto, Octavio de Toledo y Huerta (2011) advierte, sin embargo, que la c o nstrucción sint áctica de la completiva asindética, al exigir en t odo caso l a posición a ntepuesta del ve rbo regente y – de forma casi general – una estricta ad yacenc i a entre este y el verbo regido, es un m ecanismo que tiende a favorecer también el establecimiento de una sintaxis más lineal y organizada, en la que cada oración contie ne e n su margen derecho los argumentos que le son propios: La s upresión d e que con dos predicad os contiguos se sitúa en la i ntersección ideal de esto s d os vectores [la tendencia a eli minar material lingüístico no impr esc indible y el favoreci miento de una si ntaxis más jer arquizada], por cuanto descarta material sup er fluo al tie m p o q ue f uerza la adyacencia, restricc ión que se transfor m a e n marca del lí mit e interorac ional . (Octa vio d e T oledo y Huerta, 201 1: 268) En realidad, la posibil idad de int roducir una oración completiva sin nexo subordinante estaba presente desde un prin cipio en la lengua esp añola. E s detec tad a ya en el latín hispánico ta rdío con cierta clas e de predicados, especialmente aquellos en los que int ervienen verbos de mandato y volunt ad regentes de una compl etiva en subjuntivo, de tal modo que “ VOLO MI HI RESPONDE AS sust ituyó f ácilmente a lo que en otras latitudes era VO LO QUID MIHI RESP ONDE AS y e n l atín clásico había sido VO LO UT MIHI RESPONDE AS ” (G ir ón Alconchel, 2004 b: 81). L a estructura asindética se justifica en el sistema li ngüísti co porque la posición de la subordinada, inmediatamente pospuesta al verbo principal, y el modo subjuntivo en el que se conjuga su verbo asegura n suficientemente la relación de dependencia qu e se contr ae entre ambos predicados. Ello no ha dejado de plante ar al gún tipo de indeterminación a la hora de establecer la ve rd adera función (presentadora o subordinante) del nex o que , de ahí que a la conjunción subo rdinante que . Para este autor, la escritura de cómo en lugar de como produce enunciados inacep tables: * ve r éis cómo no os enga ño . En este trabajo , siguiendo el criter io de la RAE (2009: 3 233 y 2010 : 256) , escribi m o s sin ti ld e como cua ndo su valor sintáctico es el de conj unción subordinante . 63 de su funcionalidad como cohesionador as del discurso, se reconocen otros valores discursivos, especialmente la demarcación de unidades informativas 54 . 1.1.5.2. Sintaxis de lo s r elativos En líneas generales, puede afi rmarse que el paradigma d e elementos introductores de las oraciones de relativo presenta ba en el si glo X VII unas formas y a normalizadas desde épocas anteriores. Destaca, por su may or frec u encia de uso, el relativo que , y a que , debido a su poco c ontenido se mántico y su carácter i nvariable en cuanto a g én ero y número, es la forma que prese nta una dist ribución menos restringida y es capaz de asumir diferentes funciones sintácticas en un mayor número de contextos. Por ello es , de sd e los orígenes de l idioma, e l relativo de mayor frecuencia d e uso (Herrero Ruiz de Loizaga, 2005: 148; Girón Alc o nchel, 2009: 1498). No obstante, el empleo de al guna s d e las unidades que componen este paradigma presenta ba todavía diver gencias con respecto a la lengua actu al. En algunos casos, ello es debido a ciertas interferencias se mánticas ( Ig l esias Casal, 1992) como en el caso, por ejemplo, de quien , que aún no está especializado en la referencia a un ente personal y solo ocasionalmente presenta variación de núme ro: pese a que los primeros usos de quienes datan de final es del si glo XV I, su ascenso fue “lento y difícil” (Lope Blanch,1998 apud Girón Alconchel, 2013 [2004] : 871); Gonzalo Correas (1984 [ 1627] ) y a gramatiza la forma p lural, pero r econoce que “no es tan usado ni antiguo” como quien . Por su parte, el relativo donde , que siempre ha competido con las formas pronominales [ en ( el / la ) que ] en la int roducción de las relativas locativas , aparece ya como forma dominante cuando el refere nt e es un topóni mo (B las Arroyo, dir., 2019 : 101-128 ), aunque todavía en el si glo XV II es p osible registrar su uso referido a un antece d ente locativo no explícito en el enuncia do o referenciar un valor locati vo puramente fi gurado, con un valor anafórico referido al contenido global del periodo del que depende ( Iglesias Ca sal, 1992). Al gunas de la s formas integrantes d el paradigma d e los relativos prese ntaba n frecuencias de uso diverge ntes respecto de la leng ua a ctual, como es el caso de cuanto y sus varia ntes de gé nero y número. Aunque hoy está 54 Sig uiendo a Blanche -Ben veniste ( 1985 ), López Serena ( 2007: 219 ) incluye las figuras de simetría entre las realizacione s prop ias de la sintaxi s col oquial, car acteriza das co mo las repeticione s léxica s o sintácticas realizadas p or un mismo emiso r o por otro em isor diferente. 64 práctica m ente r estringido a la e sc ritura c uidada (Herre ro Ruiz de Loizaga, 2005: 167) , este relativo era de uso frecuente en el S iglo de Oro, si bien si empre co mpitió con todo lo que , for ma que acabó imp oniéndose. Por lo q ue se refiere a cuyo , es un re lativo de uso frecuente en el epi stolario, donde no s e registra nin guna ocurrencia para las construcciones [ que + a rtículo] ni [ que + posesivo], formas competidoras con cuyo desde los orí genes del idioma y que han t erminado supl antándo lo en la len gua hablada 55 . Herr e ro R uiz de L oiz aga (2005: 164) señala que es probable q ue el uso de cuyo fuera más frecuente en la len gua medieval, en la que se registra su empleo con valor posesivo funcionando como atributo 56 , y en el periodo clásico. Desde un punto de vista diacrónico, revisten e spe cial interés las combinaciones sintácticas que e stable cen las palabras relativas, e specialmente que , con otras unidade s morfológicas como prep osiciones y artículos. E n el siglo X VII estas combinaciones aparece n sometidas a un os procesos de variación lingüística que en muchos casos no han terminado de fijarse en la len gua actu al. L o s fenómenos más relevantes son las elisiones preposic ional es, que se hacen m ás patentes en aquellos contextos sintácticos en los que estas a ctúan c omo índices funcionales, como en las relativas oblicuas, que en el español áureo estaban sometidas a muchas menos restricciones que las q ue operan en la len gua actual. Girón Alconchel (2009: 1562) advierte un aumento de la elipsis preposicional en los siglos XV I y X VII y relaciona este hecho con la baja frec u encia que en esta mi sma época presenta todavía el relativo el que , que sí va a experimentar en épocas post eriores un amplio espacio vari acional relacionado con la presencia o ausencia del artíc ulo. La elisión de la preposic ión ante relativa obli cua es un fenómeno vin culado con la len gua hablada; Cano Aguilar (2009b: 17) lo re laciona con la multifunci onalidad que se detecta en el n exo conector que como introductor de diversos tipos oracionales y señala que puede tratarse de una “constante de la oralidad” atesti guada des de los textos románicos primit ivos y vinculada en español con la expresión más coloquial. En ge n eral, se ha destacado la poca representación de la elisión en la escritura cuidada (Pountain, 2008) y su afinidad con los contextos más próximos a la inmediatez 55 Como recuerda Fer nández Al caide (2 009 a: 2 53 n.20), Koch y Oesterreicher ( 2007 /2011 [19 90]) citan el uso de cuyo co mo uno de los pocos eje mplos que puede n ad ucirse para caracterizar el español escrito frente al hablado . 56 Se trata d e co nstrucciones d el tip o “ y di xonos que lo guard ássemos en ta nto q ue él busca va cuyo era ” . (E jemplo del Amadís de Gaula , ap ortado por I glesias Casal, 1 992). 65 comunicativa (Octavio d e Toledo y Huerta, 2019 a ), si bien se detecta desd e los oríge n es de la lengua conviviend o con la const rucción p reposicional. Gutiérrez Araus (1985 ) encuentra la elisión en el Poema de Mío Cid y en Berceo, y s e hace eco de los numerosos ejemplos aportados por Keniston para el siglo XVI. Como señala Herrero Ruiz de Loizaga (2005: 149) , la pr eposición se omi te con gran frecuencia en todas las épocas en un entorno sintáctico concreto: cuando el antece d ente de la relativ a no la necesita para ejercer la función de CC y el rela tivo ejerce esta misma función , o bien cuando la prepo sición que debería preceder al relativo es la mi sma que apa rece ante el antecedente, supu esto en el que se omite para evitar un efec to redundante 57 . Pero en los siglos XVI y XV II la elipsis preposicional ante este tipo de re lativas alcanza su punto culminante cuando se ex tiende ha cia otros contextos: aquellos en los que el antecedente es un complemento circunstancial “de uso frecuente y con un núcleo de si gnificado mu y general: CC de tiemp o, lugar y modo” o bien “ desempeña cualquier función sintáctica y la preposición que se elide es de significado muy ge n eral, como en , con , a y de ” (Girón Al conchel, 2009: 1562 ). Blas Arro y o y Velando C asanova (2022 ) han ana liz ado la e vo lución diacrónica de esta varia nte y advierten i gualmente “un periodo de vitalidad altísima [de la elisión preposicional], cercana a los usos categóricos, coincidente con l os Siglos de Oro” ( ibid .: 115). Señalan estos autores que el espacio de variación en este contorno sintá ctico está estrechamente asociado a unos condicionantes estructurales que, no obstante, han mantenido diferente índice de influencia a lo largo del tiempo. De acuerdo con la bibl iografía antes mencionada, observan tambi én que la función sintáctica del ante cedente de la relativa es el más influ y ent e d e estos condicionantes, siendo la más favorecedora la de CC , que supera en el español de los S iglos de Oro a otro de los factores re l evantes en la elisión preposicional: la clase de re lativa, ya que es mucho más frecuente ante e specificativa s que ante expli cativas. El tercero de los elementos influyentes en la variable es la ady a cencia entre el antecedente y el relativo, sobre todo en el periodo clásico 58 . Por otra parte, el estudio de estos autores confirma la vinculación de la elisión preposicional con las sit uaciones afines a la inmediatez comunicativa, ya que observan que la omisión de 57 En el pri mer caso se trata r ía de co nstrucciones co mo “habí a b ebido mucho la noche q ue lo d etuvieron” y en el segundo “úsa lo en e l mome nto que lo necesite s”. Eje mplos aportad os p or Herr ero Ruiz de Loizaga (2005: 1 49). 58 El análisis de B las A r royo y Velando Casanova (2 022 : 150- 151) considera tam b ién la incidencia de otros factores; e ntre e llos, el modo de la subord inada, la p olaridad , la determinació n, la frecuencia, el tenor y el se xo y estatus social d el autor del texto . 66 la preposición es mu y elevada en “ los textos de inmediatez m ás cercanos , fundamentalmente l as cartas priv adas e n t re miembros de la familia a los que unen estrechos lazos de intimidad y soli daridad” ( ibid : 159), frente a su menor presencia cuando se tratan temas más formale s y distantes. La ausencia d e preposición en las oraciones relati vas, especialmente en aquell as en las que el que ejerce la función de objeto directo, se relaciona con otra s construcciones relativas, ho y vinculadas a la lengua conversacional (NG LE, 2009: 3352; Brucart, 1999: 403): las denominadas relativas de pronombre pleonástico o reasuntivo. Se tr ata d e cláusulas relativas en las que se duplica la función sintáctica que corre spond ería asumir al pronombre relativo medi ante la aparición en la su bordinada de un pronombre átono o tónico, que asume esa misma función 59 . El fenómeno, que g ozó de gran vi talidad en la lengua escrita del Siglo de Oro (Iglesias Casal, 1989) , ha querido explicarse como un m ecanismo orientado a evitar la ambigüedad semántica causada po r la omisión preposicional (Gutiérr ez Araus, 1985 ). En la misma línea, Brucart (1999: 406) señala que es la autonomía sintáctica ca racterística de las relativas explicativas , entorno en el que se d etecta e l fenómeno con ma y or fr ecuencia, la que propicia el recur so a l a presencia anafórica d el pronombre para asegurar la r elación con el antece d ente. P ero ha y que tener en cuenta que el pronombre reasuntivo puede aparecer también en contextos aj enos a la elipsis preposicional y, frecuentemente, cuando los antece d entes se sitúan en posición co ntigua a su respectiva relativa; por ello, no siempre puede expli carse la aparición del pronombre reasuntivo como una nece sidad impue sta por la cohesión gramatical. P or ello, la duplicación en este cont exto puede expli carse más adecuadamente atendiendo a mot ivos pra gmáticos, como una estrategia discursiva del hablante cuando nec esita aport ar énfasis al e nunciado (Iglesias Casal, 1989). De hecho, actualmente el f enómeno se vincula con la lengua hablada ( NGLE: 3299) y , concre t amente, se considera un rasgo sintáctico carac t erístico de las situaciones más afines a la i nmediatez comunicativa “que se reg istr a con diferente frecuencia e intensidad en el mundo hispanohablante ” (Fernández Alcaide, 2019a: 965). Otro elemento de la sintaxis del que int roductor de relativas qu e of rece interés desde un punto de vist a diacrónico se refiere a su combinatoria con el artículo definido ; 59 Se trata d e oracio nes d el tipo “ No é podido besar las manos a el señor d on Alonso o y p or esta merced, que la estim o en más que propria mía” (S89). 67 en primer lugar, el que at añe al ord en de los elementos que encabezan la relativa. C omo explicó L apesa (1974), hasta los S iglos de Oro existió la posibilidad de interc al ar entre el artículo y el que relativo una preposición, debido a que en este contexto el artículo conserva todavía los ra sgos pronominales del demostrativo latino ( I LLE ) d el que procede 60 . Aunque s e atiene al orden lógico, la secu encia [artículo + p reposición + que ] ha sido siempre minori taria respecto a l a con strucción que presenta la prolepsis preposicional, que constitu y e , según Brucart ( 1999: 488), “un p atrón genuino del español, ate stiguado en todas las époc as ”. Girón Alconchel (2009: 1557) de tecta el adelantamiento preposicional tanto cu ando el antecedente de la relativa es el artículo con función pronominal ( para que yo sepa c on lo que debo contar ) como con antece d entes sinta gmas nominales ( sé al blanco que tiras ). Herrero Ruiz de Loizaga (2005) se ñal a que el ad elantamiento de la preposición era y a más abundante en el español clásico que la in tercalación de la preposi ción, registra da más abu ndantemente en época m edieval, au nque Obedi ente Sosa (2019: 937) todaví a la registra en documentos americanos de los siglos XVI y XVII. Lo cierto es que a p artir de esta centuria la prolepsis se gene raliza , aunque en las relativas con antecedente nominal su uso está más afianzado en la lengua hablada que en la escrita (Girón Alconchel, 2009) 61 . La presencia o ausenc i a del artículo en las re la tivas oblicuas, en las que se produce la secuencia [a ntecedente expreso + p reposición + artículo + que ], es un fenómeno que en la lengua a ctual todavía está sujeto a un espacio de variación, de forma que la aparición del artículo es opcional en la ma y o ría de los entornos. Según la NGLE (2009: 3302), interviene n en ello factores como la posición del antecedente, la preposición de que se t rate, la función sintáctica del relativo o la clase de relativa. Brucart (19 99: 492) lo considera uno de los fenómenos “más complejos de la lengua española” y añ ade los componente s dialectales e incluso idiolectale s como factores concomitantes en la a parición del a rtículo. Girón Alconchel (2009) señala que estamos ante un cambio s intáctico secular que aún no se ha completado, d erivado de la gramatica li zación del de mostrativo latino ILLE, que, en el entorno que analiz amos, está 60 Se trata de construccione s del tipo “…nuestro a mo tomaba t anta parte en e sto que no pod ría darle mejor día que el en que le avisasse que todo q uedaba termin ad o”. El ejemplo lo apor ta Girón Alconchel ( 2009 : 1551), q uien documenta esta co nstrucción, aunque ya de forma espor ádica, incluso en el siglo XX. 61 Este uso en la leng ua hablada “sigue frena ndo la extens ión de el q ue : sabien do el partido al qu e pertenece p arece mu c ho más lar go, mucho más analítico y menos econó mico que sabiend o al pa rtido que pertenece ” (Girón Alconchel, 200 9: 1559). 68 dando como resultado l a progre siva expansión del relativo compuesto el que 62 . Como factores influy entes en esta expansión, este autor (2009) señala la clase de relativa (espec i al compatibilidad c on las explicativas), la función sintáctica del relativo (no circunstanc i ales) o la posición de la relativa respecto al antecedente (no con tigüidad). Aunque se ha n documentado casos puntuales de apa rición del artículo ant e que en relativas preposicionales desde el si glo XIII (Girón Alconchel, 2009: 15 25), lo cierto es que su empleo es muy poco frecuente hasta el siglo XV III , prevalecien do siempre la construcción [antecedente expreso + Ø + preposic ión + que relativo] 63 . Herr ero R uiz de Loizaga (2005: 149) tambi én se refiere a la baja frecuencia de uso d e el que tras preposición en la len gua antigua, en la que se pr efería el relativo compuesto el cual en este contexto. Guzmán Riverón (2012), que ha estudiado estas construcciones en tex tos america nos del si glo XVIII, conclu ye también qu e es en este si glo cuando se produce la primera expansión de relativas oblicuas con a rtículo. No obst ante, si se compara con el español peninsular, se observa que en el ámbito hispanoamericano prevalec e la tendencia hacia la constr ucción sin artículo, tal como corroboran los datos aportados por Fernández Alca ide (2019 a ). Otro aspecto interesante en la combinatoria del que relativo con el artículo lo encontramos en los casos en los que el antecedente de la relativa es oracional. En el español clásico, las form as que competían en este contexto fueron lo cual y el simple que , siendo lo que minoritario frente a ambas ( Girón Alconchel, 2009: 1510). En el epistolario es frecuente encontrar al relativo qu e encabezando en soli tario oraciones relativas ex plicativas con antecedente oracional, posibi lidad que en la lengua actual está sometida a bastantes restricciones (Brucart, 1999: 441; NGL E, 2009: 3348) y casi 62 No hay u nanimidad entre los gramáticos a la hora de d en o minar e interpretar el valor d e el en este contexto, segú n se entie nda que la for ma conserva par te de su valor prono m i nal etimoló gico o bien se trata y a d e un artíc ulo. Girón Alconchel (2 009) defiende q ue el citado pro ceso d e gramaticalización del antiguo de mostrativo lati no IL LE ha dado co mo resultado e n este co nte xto que la for ma e l se convierta e n un si mple afij o que marca la c oncord ancia co n el antecedent e, funcionando en el sistema d e forma simila r a el cu al . E sto le lleva a incluir en el parad igm a de for m as relativas el compuesto el que . Otro s autor es, como Blas Arro yo (dir. 2019: 12 9 -156), si bien admiten q ue la forma el se ha vaciad o d e contenido pronominal p ara convertirs e en marca de valor mor fológico, cuestiona n q ue el pro ceso de gramaticalización de el qu e co m o relativo co mpuesto esté en un estadio tan avanzado como señala Giró n Alconchel, y a que la len gua ac tual r egistra u n a m p lio m ar gen de alter nancia, baj o restricciones estructurales similare s, entre esta forma y el simple que . P or tanto, el qu e estaría todavía lej os de una estructura fosilizada co mo el cual . Por su par te, la NG LE ( 200 9: 3294) denomina a la fór mu la [artículo determinado +q ue ] ‘relativo complejo’ y dej a constancia de q ue “es po lém ica la cues tión de si estas unidades son ele mentos for mados co n recursos sintáctico s o son, en ca mbio, p ieza s léxica s ya constituidas mor fológicament e”. 63 P ara tod o el p eriodo medieval y clásico , Gir ón Alconc hel ( ibid .) solo docu m e nta 34 casos de la secuencia [antecede nte nomi nal + pr eposición + ar tículo + que]. 69 relega do a la lengua hab lada (Cortés Rodríguez, 19 87). Ello es debido a que, en este contexto, que ha ido perdiendo terreno frente a lo cual y, sobr e todo, lo que . En el español clásico ex istía toda vía la dist inción entre estas dos formas, que es recogida por Correas (1984 [ 1627]) , para quien la fo rma idónea en este contexto es “el rrelativo neutro tan elegante i claro lo qual ”, capaz d e “ rreferir x eneralmente sin es cluir nada de lo pasado”, mientra s qu e “ lo que rrefiere con espezialida d i limitadamente lo que se sigh e d espues del” , por lo que condena su uso en este cont exto. En nuestro corpus conviven en este entorno las tres formas, pero mientras que tiene una amplia repre s entación, el cual y lo que son minoritarios. Sin perjuicio de que muc hos de los f enómenos qu e se han mencion ado no están completamente resueltos en la len gua ac tu al, podemos afirmar en lí neas generales que su estado de variación era mucho más intenso en el siglo XV II. Como veremos en el análisis de estos procesos de cambio en nuestro corpus, la falta de fijación de señales gramatica les explícitas y específicas de estos contextos puede ocasionar interferenc ias con otra s construc cion es sintácticas, e sp ecialmente con oraciones causales o finales (Obediente Sosa, 2019) o cierta indeterminación respecto a la identificación del antece d ente de la relativa, con las consiguientes ambigüedades significativas. 70 1.1.6 . Estado de la cuestión de las varia bles analizadas. La sinta x is de la oración c ompleja. Los c ambios registrados en la sintax is de la oración compleja a lo lar go de l español clásico si gnifican un avance en la re gularización y estandarización de las estructuras sintá cticas qu e acaba con el polimorfismo y l a heterogeneidad normativa del periodo medieval, de forma que se termina po r co nformar la si ntaxis moderna. Por ello, como señala Girón Alconchel (2002a: 103), “pocas época s son tan apropi adas como el siglo XV II […] para to marle el pulso a una sintax is que vemos emerger del discurso incesantemente”. Aunque la sintaxis de la oración compleja tardó en constituirse como objeto de estudio para la Lingüística histórica de tradición hispánica, más int eresa d a e n sus inicios en el análisis de los aspectos fonético/fonoló gicos y morfológ i cos de la ev olución diacrónica del español ( Cano A guilar, 2009b ), a partir de la década d e lo s años setent a del sig lo XX los estudios referidos a la sintaxis histórica se consolidan en nuestro ámbito, iniciándose entonces una progresión e n esta línea de investig ación ininterrumpida hasta hoy 64 . La orientación for m alista de los primeros estudios sobre sintaxis histórica de la oración compleja f avoreció que, inicialmente, el análisis se focalizara específicamente en torno a la evolu ción d e las unidades nexuales y a l as co rrelaciones modo/ temporales de las formas v erbales implica das (Cano A guilar, 2000). Se trata d e dos aspectos mu y bien estudiados por la filología hispánica, de forma que, en relación con la primera cuestión, se tiene un c onocimiento bastante completo de los cambios lingüísticos operados en los dif erentes paradigmas de conjunciones y otros nexos re la cionantes propios de cada uno de estos tipos oracionales 65 . Igua lm ente, es conocido el desarrollo 64 Además de los variad os est udios sob re la sintaxis de deter minado s tipos orac ionales ( cf. Cano Aguilar , 2000 y 20 09 b), cab e señalar, co m o e xpone nte de la pro gresión de esta lí nea investigad ora , la aparición de obras de co njunto que traza n una pa norá mica general sob re la evolución diacr ónica de la sintaxis oracional, como la Sin taxis histórica de la ora ción compuesta en españ ol , de Herrero Ru iz de Loizaga (2005) o, más recie ntemente, la obra colec tiva y todavía en marcha S intaxis histó rica d e la lengua españo la , dirigida por Concepción Company y, especí fica m en te dedicada al español a mericano, los Estudios de morfosinta xis histórica h ispanoamerican a (2019), coordinada p or Sánchez Méndez, Corredor Aveledo y Padrón Castilla. 65 El análi sis de esto s ca mbios es uno de los aspectos p rincipales en la o bra de Herrero Ruiz de Loizaga (2005). A tr avés de la evol ución de los nexos relaciona ntes, señala este autor có mo m uc has de las conjunciones latinas f ueron d esapareciendo ( UT ), otr as perviven a ún en la le ngua ( si ) , algunas ha n ampliado co nsiderable m e nte sus f unciones ( que < QUOD ), mientras las p ocas conju nciones de creació n 71 del sistema modo/temporal del ve rbo en español, que enc ontró en el ámbito de la oración compleja el ma rco idóneo para su evolución 66 . El carácter form al de estos primeros e studi os no i mpidió, sin embarg o, el análisis de otros factores relevantes, como la posición relativa de las cláusulas en el conjunto del periodo y su vinculación con una determinada especificidad semántica (por ejemplo, en causales y finales) y, especialmente , el reconocimiento de la presencia de la voz enun ciativa en estas construcciones, con la distinción enunciación/enunciado (L ap esa, 1978). Ahora bien, como señala Cano A guilar (2009b: 9), ciertos cambios que af ectan a los nex os relacionantes y , en al gunos casos, a las correlaciones modo/temp orales de los verbos pertenec en en r ealidad a zonas del sistema gramatical diferentes d e la sintaxis de la oración compleja, po rque son equipa rables a lo s cambios de los subsistemas léxicos o a extensiones de cambios morfológicos. En este sentido, se hace evident e que, desde una perspectiva discursiva, en la evolución hist órica de la o ración compleja no se perciben c ambios equivalentes a los cambios lingüísticos prototípi cos, en los que se parte de unas formas lingüísticas determinadas que, desde una situa ción ini cial, experimentan un proce s o de cambio – cu y as lí neas maestras son recurrentes e n las diversas apariciones de estas formas – y que da como resultado otras distintas. Tales condiciones no se da n en el ámbito de la sintaxis de la oración compleja, porque [e]n realidad , los tipos oracio nales, si tal co sa existe (‘consecuti vo’, ‘causal’, etc.) son único s dentro de la lengua, y sus r ealizacio nes en el d iscur so s on libr es en un grado infinita mente superior, y cua litativa mente disti nto, al grad o de libertad q ue los aló fonos m a nifiestan r especto de sus fonemas. Los ca mbio s que se p roducen ( en el orden de p alabras, en los valores de la relación…) no son “histórico s”, en el sentido de procesos explicables en un co ntexto co ncreto, lingüístico y parali ngüístico, co n u n inicio y un fin, sino si tuaciones de variació n r elativa mente permanentes. […] La situación de variación q ue se pr oduce en tod o ca m bio lingüístic o es, en lo s sintácticos de esta clase, una r ealidad permanente consusta ncial (Cano Aguilar, 2009 b: 8 ). Debido a esta situación de variación consustancial, el enfoque histórico de la oración compleja prop orciona sus más relevantes aportaciones analizando la vinculación entre estas estructura s lingüísticas y situaciones enunc i ativas concretas, romance ( ca, mag uer ) sucum bieron ante la expa nsió n de o tras formas. E n cuanto a los n exos co mplejos, son general mente el r esultad o de proceso s de gra m atica liza ción de los e le mentos que co m p onen las nuevas loc ucione s, en los qu e suele interve nir la conjunció n que precedida de otra forma indicativa del carácter d e la relació n ( para que , puesto que ). 66 P rototípicamente, los p eriodos condicionales han co nstituid o un terreno privilegiado para el estudio de esta evolució n, desde el que es po sible seguir pr ocesos co mo la p rogresiva desap arición del futuro de subjuntivo, la subj untivización de las for mas en – ra o la ex pansión de los tiempos co mp uestos. Véase a l respecto el capítulo 1.1.6.3 . 72 ámbito en el que rea lm ente se ponen de manifiesto tanto la capacidad de estos ti pos oracionale s para adquirir diferentes valores discu rsivos, como las carencias obse rvables en las clasificaciones g r amaticales de corte tradicional: [H]oy par ece que la dimensión ‘discursiva ’ y ‘prag mática’ es in soslayable de un estudio gramatical co mo el r eferido a los per iodos orac ionales (como lo es también, q uizá, de la mayoría de los estudios gramaticales posibles). En e fecto, las re ferencias a las circ unstancias concretas del decir, la inserción de emisor y locutor en los enunciados, la p ostura del emisor en relación con su enunciado , la d iscrim i nación d e emisores y de cires dentro de los enuncia dos, las intenciones si gnificativas con cretas en relación no biunívo ca con deter m i nados esque mas d e interrelación oracional, la i nteractuación social co nseguid a a través de ta les co nstruccio nes complejas… son los conte nidos que dan verdad ero sentido a la ‘expresión’ si ntáctica que deno m i namos o ración compleja . ( Cano Aguilar, 200 9 b: 10). De esta forma, la sintax is de la oración compleja se constitu ye como un ámbi to privilegiado e n el que estudiar la interrelación entre sintaxis y discur so, porque en realidad estas estructuras li ngüísticas constitu y en por sí mismas una p rimera superación del límite de la oración simple. Como y a señaló Narbona Jim énez (2014 [1990] ), las cláusulas de los diversos tipos oracionales encuadr ados b ajo la denominación de ‘orac ión compleja’ no p arecen tene r correlato al guno con los componentes de la o ración simple, contra lo postulado por la gra m ática fu nc ionalista. Por ello, su config u ración sintáctica ha sido también objeto de controversia, ya que es capan a l a tradi cional dicotomía coordinación/subordinación y , desde luego, a su tipificación como ‘adverbiales’ (Narbona Jiménez, 2014 [1990]). A partir de Rojo Sánc h ez (1978) se viene aceptando qu e la r elación sintáctica qu e se e stablece entre ambos mi embros de los periodos oracionales co mplejos no ti ene cabida en la no ción de subordin ación; se t rata de cláusulas interordinadas que presentan una variabilidad notable en los índices de dependencia sintáctica e integración semántica , lo que motiva que la config uración sintáctica de estas cláusulas no se acomode tampo co a las denominaciones tradicionales de ‘principal’ y ‘subordinada’ (Girón Alcon chel, 2014b). Es la interdependenc ia mutua la que con forma el sent ido unitario de todo el periodo de l a or ación compleja. Esta particular config ur ación sintáctica explica, por otra parte, otro hecho q ue evidencia también la vinculación de estas estructuras con el elemento discursivo: a diferencia de las subordinadas, los dos segmentos que conforman estas estructuras oracionales pueden presentar di ferentes modalidades enunciativas. 79 adjuntos del pr edicado v erbal), en las segundas s e advie rte un a subordinación ‘débil’, más próx ima a la coordinación. La p erspecti va enunciativa queda integrada al considerar que las ca us ales internas son todas del enunciado, pero la s externa s pueden ser del enunciado y d e la enunciación, con lo que estos conceptos aparecen como clases transversa l es que afectan a ambos grupos. I gualmente, integra en la c lasificación la función informativa al dist inguir entre causales externas antepues tas (remáticas) y pospuestas (temática s ). Como se ha señalado, ni nguno de los criter ios que los distintos autore s utilizan para trazar la clasificación de las ora ciones causales ofrece unos lí mites nítidos que permitan su ubicación inequívoca en uno u otro grupo. En la realidad de los textos, no es fá cil en todos los casos dete rminar el grado de efectividad, ine fectividad o concomitancia de una causa; tampoco si esta causa forma parte del conocimiento común de los interlocutores o más bien se ofrece como consabida o presupuesta; ni, por supuesto, es posible siempre dilucidar si la causa constituye una ‘explicación’ o una ‘justificación’. Tampoco en muchas ocasiones r esulta posible diferenciar con claridad entre causales del enunci ado y de la enunciación; a l respecto, cabe recordar las palabra s del propio Lapesa (1978: 204): La delimitación e ntre estos dos grupos no es fácil en tod os los casos. Las i nterferencias se deben a q ue en la práctica del discurso, la causa efecti va que habitualmente da lugar a un h ec ho satisface el entendi miento en grado suficiente p ara tomarla como justificación del aserto [ …]. Otras veces la ca usa e s a m bi valente y p uede referirse – con pausa o sin ella – al acto enunciativo, a la acción enunciada o a los d os a un tiempo. En cuanto al estudio diac rónico de las orac iones causales, puede afirmarse que se trata también de un ámbito mu y analizado por los investi ga dores. Ex clusivamente dedicados a estas oracion es, pueden destacarse los estudios de Bartol Hernández (1988) y G arcía Santos (1992) dedicados a la época medieval; Herrero Ruiz de Loiz aga (1998), centrado en el si glo XV, o Mendoza Ab reu (2001), en el español áureo. Los análisis de Herrero Ruiz de L oizaga (2005) y Pérez Saldan y a (2014) abarcan la evolu ción histórica de las oraciones causales desde los primeros te xtos hasta nuestros días. Con cará cter ge n eral, estos estudios se han centrado de manera preferente en el tipo de nexo causal, cuy o a n álisis ha dado resultados mu y productivos. Se ha n atendido cuestiones como la variación observable en su frec u encia de uso se gún el periodo hist órico y el tipo de texto; las preferencias y restricciones de estos nexos en cuanto a su posición en el 80 enunciado, que se han as ociado con determinados valores discursivos; o los procesos de gramaticalización detectados en la evolución de algunos d e ellos. Estos análisis han permitido trazar un a lín ea evolutiva en el d esarrollo histórico de las c o nstrucciones causales; s e dist ingue así una se rie d e periodos en cu y a cronología coinciden autores como Herrero Ruiz de Loizag a (2005) y Pére z Saldan y a (2014) 75 . Por lo que se refiere al españo l áureo, encontramos un paradigma mu y variado de nexos causales, integ r ado no solo por formas presentes en la lengua desde los primeros textos (es el caso de que y porque ), sino por el asentamiento definitivo del contenido causal en otros nexos que hasta este mom ento era n po rtadores de otros valores ( ya que , puesto que o como ). A pesar d e ello, esta es la épo ca en la que se registra la completa de s aparición d e ca , el nex o más frecuente en épo ca medieval especialmente para la int roducción de causales de la enunciación. En realidad, su empleo había comenzado a decaer a lo largo del siglo XV; a principios de la centuria siguiente Juan de Valdés (1969 [1535]: 179) adv ierte y a que ca “ha recibido la injuria del ti empo” y , au nque Gonzalo Corre as (1984 [ 1627] ) todavía lo registra, su uso tiene y a un valor arcaizante en su época y , de h echo, no lo encontramos en el epistolario 76 . El lugar que deja li bre ca va a ser ocupado preferentemente por que , nexo que queda especializado en la introducción de causales d e la enunciación, sobre todo en las orientadas a la fuerza il ocutiva (Pérez Saldanya , 2014). Su func ionalida d como nexo introductor de causales que constitu y en la justifi cación enunciativa de actos de habla explica la presencia ma yoritaria del que causal en los textos o fragmentos textuales más cercanos al re gistro oral y en los qu e intentan reproducir el habla cotidiana, como señala la ma yor p arte de la bi bliografía consu ltada. Al respecto, Herrero Ruiz de Loizaga (2005: 365) señala que “e n la lengua escrita, que no ha sido nunca una construcción ‘prestig ios a’ para la intr oducción de or aciones causales, al cont rario de lo que sucedía con ca ”; por ello, no solo que , sino también porque va a ocupar el espacio corre spondi ente a la antigua ca , registrando a sí u na expansión en la f recuencia de uso 75 Ambos autores coi nciden en señalar tres etap as en la e volución d iacrónica de l parad igma de nexos causales. La p rimera llegaría hasta el si glo XV y aparec e m ar cada po r la vitalidad d e ca y, en menor medida, de porque ; la segunda abarca ría la épo ca prerrenacentista y los Siglos de Oro, co n la desaparició n de ca y e l reaj uste cons iguiente d el resto de nexos; la tercer a arr ancaría en el espa ñol m o der no, donde se aprecian ca mbios de menor ca lado, espec ialm e nte la dis minución de lo s usos de pues . 76 En Gar cía Sa ntos ( 1992 ) se señalan varias ca usas que cola bo raron en el dec live de ca : p or una p arte, el hecho de ser el único d escendiente direc to de una conjunción latina (< QUIA ), frente al resto de nexos causales d e for mación ro mance; por otra parte, su escasa sustancia fó nica y s u pro ximidad fonética y semántica con que y, finalmente, la co m p etencia que ac usab a respecto a otros nexos causales po rtador es de unos valor es semánticos más definidos. 81 durante e sta época. En realidad, ambos son nexos básicos para la in troducción de oraciones causales a lo largo d e todas las épo cas de l esp añol, pero frente a la señalada especialización del que causal en el dominio de lo hablado, porque se muestra más versátil y es el que más nítidamente explicita la relac ión causal, tanto de la enunciación como del enunciado. Además, fr ente a la c asi o bligada posposición que exigen las causales introdu cidas por que , porque muestr a en el español áu reo menos restricciones en cuanto a su posición en el periodo causal 77 . Los d atos cu antitativos que o frecen los estudios diacrónicos, especialmente Mendoza Abreu (2001) y H errero Ruiz de Loizaga (2005), coinciden en señalar a pues como el tercer nexo en frecuencia de uso en el español áureo, tras qu e y porque . Se trata del periodo de ma yor ex tensión de este nexo, qu e va a experimentar, y a en el e spañol moderno, una pérdida d e vitalidad en la lengua hablada, aunque se manti ene en los escritos de carácter exposi tivo y argumentativo. El periodo de auge de pues durante los Siglos de Oro coincide c on un cambio de posición que se registra dur ante esta época: si en los textos medievales su posi ción más usual es la antepuesta, comienza a aparecer ahora cada vez con may o r vitalidad en posición pospuesta, con causales tanto de la enunciac ión como del enunciado, con lo que en muchos contextos es un serio competidor de porque . También registra una considerable ex tensión en esta época el valor c ausal de como , presente en los tex tos desde la época de los oríge nes. Su ubicación en el enunciado es ya preferentemente antepuesta a la oración a la que se refiere y su consolidación en esta posición – la única admitida en la len gua actual – se relaciona con el retroceso de la anteposición de las causales introducidas con porque (Pérez Saldanya, 2014). Se gún los d atos fac ilitados por M endoza Abreu (2001 ), en esta época es frec u ente también la aparición de como en posición int erca lad a, e specialmente incrustada en otra causal introducida con porq ue o que , construcción que también encontramos en nuestro corpus. La variedad de nexos causales registrada en este periodo se ve incrementada por el proceso de gramaticaliz ación que dio lugar a la consolidación como locuciones 77 B atllori, Sánchez y Suñer ( 2000 ) e xplican la evoluc ión d e que com o ej emplo ilustra tivo de un proceso cíclico entre pr agmática y si ntaxis. Si en un principio que er a una p artíc ula por tadora de diversos valores cuya interp retación se d ejab a en manos de factores pragmático s, con la introducció n de otros ne xos más explícitos ( porque ) esta interpretación q ueda formaliza da ya mediante la sintaxis, y que ve restringidos sus valores semá nticos para vi ncularse exclusiva mente a las causales de la enunciació n . 82 causales d e ciertas formas que hasta e sta épo ca asumían diferentes valores semánticos. Es el caso, por ejemplo, de ya que , portador a de contenidos temporales y concesivos que, a partir del siglo XVI, retroceden a favo r del significado c ausal, el común en la lengua actual. En la centuria siguiente se registra igualme nte el deslizamiento hasta el valor causal de la locu ción puesto que , hasta entonces int roductora de oraciones concesivas, que es el uso que todavía registra nuestro corpus. Tam bién eran ya plenamente op erativas en el señalamiento de la relación c ausal las formas no personales del verbo, e spe cialmente las construcc ion es de por + infiniti vo y l as formadas po r participio + que ( dado que , visto que , supuesto que ), estas últ imas de uso más esporádico 78 . 1.1.6.2. Consecutivas La caracterización de las or aciones consec utivas y su ubic ación en la clasificación de la oración compuesta han venido constituyendo motivos de controversia en los estudios gramaticales 79 . En líneas generales, estos estudios suelen atender a tr es tipos de construcciones ex istentes en la lengua para expresar la noción de c onsecuenc i a. La más usu al es la de las llamad as consecutivas de int ensidad, cu y a estructura prototípica se organiza en dos enunciados correlativos, en e l primero de los cuales aparece un el emento cuantificador ( tan , tanto , tal ) que realiza una ponderación cuantitativa o cualitativa respecto a determinad a ma gnitud; mi entr as , en el segundo segmento, introducido con la conjunción que , se expresa la consecuencia, re al o subjetiva, de dich a pond eración. Otra forma que conoce el idioma esp añol para expresar la noción de consecuencia es a tr avés d e una estruc tura de dos enunciados formalmente enlazados por un nexo continuo, constituido por el sintagma [ de + sust antivo de manera + que ] o por conjunciones como conque o luego . En estas construcciones, el segundo enunciado ex presa el resultado o consecuencia deriv ado d e lo mani festado en el primero. En un te rcer grupo de estructuras, el ne xo lo constitu ye n locucio nes como por 78 Los aspectos que afectan a la evolució n de lo s diferentes nexos ca usales se tratan con mayor profundidad en el anál isis con creto d e sus apariciones en nuestro corp us (ap artado 3.3.1.). 79 E n Peñalver Ca stillo (2 002 ) p uede verse un d etallado reco rrido po r las difere ntes concepc iones teó ricas desde las q ue se ha afrontad o el análi sis d e estas e structura s sintáctica s en las principales o bras gramaticales y estudio s específicos realizad os en el siglo XX, algunas de las c uales analizar emos más adelante. No conte mpla el a nálisis de este autor, sin embar go, algunos a spectos que considera mos relevantes, en especial los rela tivos a la funcionalid ad discursiva de esta s construccione s. 83 consiguiente, por lo tanto , en c onsecuencia y otras, a las que se reconoc e una fun ción conectiva entre e nun ciados que trasciende los límites de la sintaxis oracional. Un primer aspecto sujeto a discusión radica en determinar si todas las estructuras lingüísticas mediante las que se expresa la relación entre un hecho y su consec uen cia pueden encuadrarse baj o la denominación de oraciones consecu tivas o si, por el contrario, conviene atender a las diferencias sintácticas y formales y , especialmente, a los diversos contenidos semánticos y pra gmáticos que ca d a estructura incorpora al texto. En función de la relación sintáctica est ablecida entre los dos miembros de la estructura consecutiva, la tradición gramatical venía diferenciando dos grupos dentro de este ti po de oraciones y así lo recogía también la gramática normativa (RAE, 1973: 551), cuando disting uí a entre consecutivas subordinadas, que se un en a la oración principal por medio de la conjunción que , referida a antece d entes como tanto , tal y de manera o de suerte , y c onsecutivas c oo rdinadas, cu y a estructura se organiza mediante las conjunciones y locuc i ones conjuntivas. Un primer intento de s uperación de esta dicoto mía subordinación/coordinación que domi naba el estudio de las relaciones oracionales, lo constitu y ó la diferenciación introducida por diversos autores entre oraciones consecutivas y oraciones ilativas (Narbona J iménez, 1978; Bartol Hernández, 1986; García S antos, 1997). Propiamente consecutivas serían las de intensidad, que se incardinan dentro d e la subordinación adverbial ( ‘adverbial impropia’, en la terminología de Narbona J iménez, 2014 [1989]). Tras la profunda revisión operada e n el análisis de la r elación sintáctica entre los dos segmentos de la oración compuesta 80 , la may o ría de los estudios gramaticales sobre este tipo de oraciones en el á mbito de la lengua española (Narbona J iménez, 2014 [ 1990]; Hernández Alonso, 2009; Girón A lconchel, 201 1a; Parodi Lewin, 2014) coincide en señalar que la r elación entre los dos segmentos de las consecutivas de int ensidad es de interdepende n cia o inte rordinación: ambos son solidarios entre sí y se necesitan mutuamente para conformar el periodo 81 . 80 Nos re ferimos a los trab a jos sob re el te m a d e R ojo Sánc hez (197 8) o el prop io Narbo na Ji ménez (201 4 [1989]) . 81 Herrero Ru iz de L o izaga (2005: 500) , sin dejar de reco nocer la r elación de interdep endencia entre el intensivo y la orac ión introd ucida po r que , matiza lo siguiente: “ todo ello fu ncio na como un ele mento o parte d e un elemento de la o ración principal y , en e ste sentid o, ha y s ubordinación y la or ació n consecutiva funciona co mo parte de un constituyente oracio nal”. 84 Sin embargo, la clasificación sint áctica de l as ora ciones ilativas es más compleja. P arece claro q ue las orac ion es enlazad as por nexos como conque , luego o de manera que no entablan el mismo grado de dependencia sintáctica ni de integración semántica que las consecutivas de intensidad; al respecto, algunos estudios gramaticales discuten si en este caso la relación contraída entre los dos segmentos de la estructura es de coordinación (Fuentes Rodríguez, 1985; Bartol Hernández, 1986; Álvarez Menéndez,1999), de yuxtaposición (Alarcos, 1994: 402) e, incluso, si esta relación no opera y a en el plano si ntáctico. Así, Iglesias Recuero (2000 b: 298) considera que la relación gramatical que e xiste entre los miembros de esta clase d e oraciones “es tan lax a que más bi en ha y qu e co nsiderarla discursiva – en tre enunciados – que gramati cal – entre oraciones –”. En esta misma lí nea, Girón Alconchel (2014b) apela al carácter gradual y variable de la front era e ntre relaciones interoracionales y r elaciones supr aoracionales y post ula que “ en la relación de int erordinación c oinciden los esqu emas c onsecutivo e ilativo, si bien el primero en la zona más cerca n a a la subordinación (…) y el seg undo en la de zona de confluencia de la interordinación con la coordinación y con la conexión supraoracional” (2014b : 215), de tal forma que las oraciones ilativas ocuparían una posición intermedia entre la sintax is oracional y la supraoracional. U n factor que contribuy e a dificultar e l e statuto gramatical d e estas construcciones estriba en que determinados procesos de gramaticalización operados en al gunos de los nex os que las introducen han posibilitado su deslizamiento desde el plano sintáctico hacia el discursivo. Es lo que suce de, entre otros casos, con la secuencia [ de + sustantivo de manera + qu e ], que po demos encontrar circuns crita al ámbito oracional o actuando como conector d e secue ncias tex tuales, sin que en todos los casos sea pos ible discernir entre una u otra func ión (Cano Aguilar, 2003). Según la gramática académica (N GLE, 2009: 344 0), solo son oraciones consecutivas, o consecuti vas ponderativas, aquellas que expresan la consecue n cia extrema del a lto grado alcanzado por d eterminada magnitud. Formalmente, se t rata de las que presentan una estructura correlativa en cu y o prime r término aparece un cuantifica do r ( tan , tanto , tal ) y el se gundo es int roducido por la conjun ción que 82 . El resto, “ de muy dif erente naturaleza g ramatical” (NGLE, 2009: 3513) son orac iones 82 La NGLE e ngloba también e n este grupo otr as oracio nes c onsecutivas c uanti ficadoras c uya estr uctura presenta alg una variación co n respec to a esta estr uctura, co mo las que o miten el cuanti ficador, las q ue deno m i na ‘ consecuti vas suspendidas ’ y las constr ucciones i ntroducidas por de ta nto como y no tan (…) como p ara . 85 ilativas que también indi can la cons ecuencia d e u n hecho, pero como simple de riv ación natural de lo ex presado. S e forman con las conjunciones conqu e y luego o las locuciones así que o de modo/manera/suerte qu e . En este caso, la consecuenc i a se presenta en un periodo sintáctico difere nt e, y a que se reconoce que las conjunciones ilativas operan en un pl ano más elevado de la t rabazón discursiva que e l resto de las conjunciones, porqu e lo s elementos sobre los que inciden tienen ma yor complejidad sintáctica. La s dificultades a las que se enfrentan los estu dios gramaticales a la h ora de tipificar y clasificar de forma unánime las oraciones c onse cutivas ponen de manifiesto que, como señaló Cano Aguilar (201 0), la realidad de los tex tos y los discursos suele desbordar las estructuras codificadas g ramatical mente, porque en ellos intervienen no solo estas estructuras, sino otros elementos de carácter discursivo y pragmático, inescindibles del hecho comunicativo. Una consecuencia de ello es la ausencia de solución de continuidad entre los planos oracional y sup raoracional, de forma que la estructura sintáctica de l a oración compleja carece de límites tajantes en el conjunto enunciativo y “el paso de la oración compleja a la secuencia textual es una cuestión de grado, no de salto de nivel” ( Cano Ag uilar, 20 10: 152). También Girón Alconchel (2011a), al analizar las relaciones entre oraciones consecutivas e ilativas, constata la inexistencia de fronteras infranqueables entre los planos oracional y discur sivo, y define la exist encia de “un continuum dinámico d e las relaciones int eroracionales hacia la zona de conexión textual o de las relaciones supraoracionales” (2011 a: 557). En el caso de las construcciones consecutivas, esta circunstancia es todavía más relevante, ya que – como se ha indicado – al gunos de sus nexos no han visto cumplido totalmente e l proceso de gramatica li zación y a ctúan tanto en el plano sint áctico como en el discursi vo, de forma que la determinación del valor de cada una d e estas unidades va a depender en muchas ocasiones d el entorno concreto (Cano A guilar, 2 003). Además, esta imbr icación entre sintaxis oracional y discu rsiva cobra especial relieve en el estudio de tex tos antiguos, y a que, al no ofr ecer un sistema estable de puntuación, carecemos de instrumentos para determinar la existencia de pausas y de rasgos articulatorios y entonativos que puedan orientarnos sobre la introspección del autor. Así, como vere mos en el análisis de las ocurre n cias que a port a e l epistolar io, encontramos enunciados en los que es difícil establecer de una fo rma clara los lí mites entre oración y secuencia discursiva (Fernánde z Alcaide, 2009 a: 131). 86 La dimensión discursiva de las oraciones consecutivas ofrece ot ros dos aspectos que reflejan la vinculación entre los planos oracional y supraoracional. El primero de ellos es que tanto consecutivas como ilativas pueden ser del enunciado o de la enunciac ión 83 . En el primer caso, la segunda c láusula de la estructura c onsecutiva expone la consecuencia de lo dicho en el prime r se gmento de la consecutiva; suele tratarse, por t anto, de una consecuencia objetiva y r eal, esperable en razón de lo manifestado en el enunciado que la precede. En el segundo c aso, la relación de consecue n cia se establece con la actividad misma del decir ; esto es, ya no se expone la consecue n cia real o natu ral de un hecho, sino la deducción o pensamiento operados en la subjetividad del hablante en relación con ese hecho, con lo que la instancia enunciativa se hace p resente en el enunciado. El segundo de estos aspectos se refiere a la funcionalidad que adquiere n en el discurso las c onstrucciones consecutivas. Desde Narbona Jim énez (1978), son muchos los trabajos que han destacado que estas estructur as, e specialmente las consecutivas de intensidad, que son las que más rendimiento presentan tanto en sincronía como en diacronía, rara vez se l imitan a ex presar la consecuencia, r eal o sub j etiva, de un determinado h echo; por el contrario, y a d esde los primeros textos se detecta que estas construcciones vienen siendo utili zadas como medio para efectuar una ponderación enfática de una circunsta ncia o un hecho determinados. En su construcc ió n prototípica, el primer se gmento de la estructura consecutiva focaliza el mu y alto rango qu e, cualitativa o cuantitativamente, adquiere ese h echo par a el hablante y el segundo segmento delimita, de modo también extremo, los efe ctos de la evaluación ponderativa efec tu ada 84 . De esta form a, se reconoce que la estructura consec ut iva en su conjunto lleva a sociado un fuerte componente modalizador, pues se emplea para expresar la subjetividad del ha blante , bien re sp ecto del enunciado o de su propia enunciación. No debe resultar ex traño, pues, que estas construcciones formen parte de l as estrategias discursivas vinculadas con la inmediatez comunicativa ( Leal Abad y Fernández 83 La NGLE (20 09: 351 7) reconoce esta distinción p ara las oraciones ilativas ( y par a causales y finales), pero no así para las co nsecutivas. 84 Como se ñala Par odi Lewin (201 4: 4098), es necesario que el seg undo tér mino de la e str uctura exprese una situación e xtre ma, pues de lo co ntrario “resulta una oración semántica y prag mática m en te extraña: tenía tan ta hambre que se comió una papita ”. 87 Alcaide, 2016), como tendremos ocasión de comprobar en el análisis de nuestro corpus 85 . Frente a la inestabilidad que se ha seña lado en cuanto a su ca racterizació n sintáctica, las oraciones consecutivas presentan cierta estabilidad dia crónica en sus aspectos fo rmales (Giró n Alconchel, 2011 a; Leal Abad, 2015) 86 . Herrero R uiz de Loizaga (2005: 502), se ñala que la primera ap arición de la forma que en el ámbito hispánico aparece justamente en una construcc ión consecutiva 87 y Bartol Hernández (1986: 32) encuentra y a la primera oración consec utiva de la lengua española en el tex to de las Glosas Emilianen ses : “ Facanos Deus omi potes tal serbitjio fere ke denante ela sua face g audioso segamus”. Se tra ta, ade más, de construcciones que han recibido una atención especial por p arte de la lingüística hist órica en el ámbito de la len gua española, cuy os estudios demuestran la continuidad de usos y valores 88 . Desde el punto de vista histórico, solo las consecutivas de int ensidad y las que se construy e n con así procede n del latín. El o rigen de los actuales tal , tan y tanto se encuentra en las formas latinas T ALIS y T ANTUM , que hacían de correlatos de la conjunción consecutiva UT , que y a en el latín tardío perdió terreno frente a QUOD . La construcción pervivió en el romance peninsular, con la únic a v ariación de la sustit ución de la conjunción por e l polivalente que romance (Herrero Ruiz de L o izaga, 2005). También tiene antecedente latino el nexo consecutivo ( y ) así , procedente del adverbio 85 Sobre la funcionalid ad discur siva de las con strucciones co nsecutivas, los trab ajo s d e Leal Abad (20 11, 2015) y Leal Abad y Fernández Alcaide ( 2016 ) anali zan su rendi miento co mo e xpresión d e la enfatización y la p onderación en el relato de enfermedad es, catástrofes naturales y hec hos extraordinarios docu m en tados en texto s n o li tera rios de los siglos XVII y XVII I. Desde otra persp ectiva, P arod i Lewin (2014: 4 129) señala q ue los escritor es del Siglo d e Oro tuvieron especial pr edilección p or estas construcciones “debido a su riqueza estilí stica, sobre todo ligada a la hipérbo le de la l iteratura del Barro co, que permite usar la b urla, la ironía, la sátira y el chiste usando la exageració n co mo rec urso estilístico y retórico”. 86 Existe, n o obstante, una cier ta renovación en el paradigma de nexos con secutivos. Cano Aguilar (2007c) , al estudiarlos e n te xtos d el siglo XVI, an o ta la desapar ición d e onde y de guisa qu e y la decadencia de p or en de . T ambién Herr ero Ruiz de Loizaga (2005) señala el retr oceso de de suerte que a partir del siglo XVII y Diez del Co rral (2015) da cuenta d el p rogre sivo avance a partir del siglo XVI I de así frente a y así . 87 Se trata de la siguien te, contenida en el Diploma Silonis Reg is del año 775 : “ talis que illud ultimo consequatur diuina que o mnes uide ntes terreant er audien tes contre mescant ” (tran scripci ón d e Bastardas Parer a,1953 apud Herrero, 2005 ). 88 Además del estudio pionero de Narbona Jiménez (1978), que abarca todo el periodo m ed ieval, o tros trabajos centrados exclu sivamente en el e studio diacrónico de las co nstrucciones con secutivas so n, por ejemplo, los de Barto l Hernández (1986 ) sobre las Siete Partidas y García Santos (19 97) sobr e la Fazienda de Ultramar . Giró n Alconchel (20 11a, 201 2, 2014b) las estudia en el perio do de transición entre los siglos XVII y XVIII. 88 SIC , que en latín formaba parte de estructuras corre l ativas tanto consecutivas como comparativa s ( Narbona Jiménez, 1978). En cambio, el resto de los nexos c onsecuti vos es de creación romance y ha adquirido este valor a través de procesos de gramati calización desde dive rsas estructuras lingüísticas. Entre los qu e más rendimiento ti enen en el epistolario, está el formado po r el sintagma [ de + sustant ivo de manera + que ], cuyo ori gen s e encuentra en el sintagma [ de + sustantivo de manera + orac ión de relativo] con función oracional de adjunto y que y a en el español med ieval comienza a aparecer desprovisto de gran parte de su valor modal, como nexo capaz de señalar la relación de consecuencia entr e dos segmentos oracionale s. Más tardío es el uso como nexo consecutivo de conque , gramaticalizado a partir del sintagma pr eposicional [ con que ] introductor de relativas oblicuas, que ha de esperar hasta la extensión del relativo compuesto el que (y a la correlativa presencia d e con lo que introduciendo este tipo oracional) para su completa gramaticalización como nexo consecutivo (Girón Alconchel, 2004d). También se recurre a la noción de gramatica li zación para ex plicar el uso como nexo cons ecutivo del adverbio así , cuyos valores modales y anafóricos permiten desarrollar en el contex to adecuado la infe rencia consecutiva (Rodríguez Molina, 2014). En solitario o acompaña do de otras unidades, ( y ) así ( que ) se e mplea desde el español mediev al en la introducción de orac iones que expresan una noción de consecue n cia respecto a la anterior, incluso con más frecuencia que la construcción de manera que (Herrero Ruiz de L oizaga, 2005) , nexo con el que compite en condiciones d e igualdad en nuestro corpus. Por otra parte, tanto ( y ) así como conque int roducen secue ncias que presentan un alto grado de independencia sint áctica y semántica y pu eden actuar c omo nexos intraoracionales y como conec to res, por lo que se sitúan en una posición fronteriza entre las relaciones oracionales y las discursivas. 1.1.6.3. Condicionales La s or aciones condicionales son una de las estructuras sintácticas qu e más atención ha me recido por parte de los estudios dedica dos a la historia del español. Además d e ocup ar un espacio preferente en las obras diacrónicas de carácter general, son muchos los estudios centrados ex clusivamente en el proceso evolutivo de esta clase de or aciones, entre los que cabe citar los de M arcos M arín (1979), R ojo Sánchez y Montero C artelle (1983), Veiga Rodríguez (1989), Nowikow (1993), Porcar Miralles 95 1. 2. EL D ISCURSO REF ERIDO. ASPEC TOS GENERALES 96 1.2.1. El discurso referid o en los estudio s de sintaxis h is tóric a de la lengua esp añola . Estado d e la cuestión Hasta las últimas décadas del siglo XX, la ma yoría de los estudios sobre sintax is histórica del español a doptaba una orientació n de carácter formalista que, como señalaba Cano A guilar ( 2000), propició en el ám bito de la sintaxis oracional un análisis focalizado, de for ma casi ex clusiva, en torno a las difere ntes unidades lingüísticas (espec i almente conjuncio nes y otros nex os de conexión, pero también tiempos y modos verbales) qu e intervie ne n en las relaciones oracionales. Gr a cias a estos estudios, en su mayor parte de carácter descriptiv o, han podido determinarse f actores relevantes en la evolución diacrónica de la lengua, como la frecuencia de ap arición de estas unidades conjuntivas en función del periodo hist órico, sus procesos evolutivos, la posible interacc ión o competenci a entre ella s, así como la evolución del paradigma de modos y tiempos verbales, que halló en la oración compl eja el escenario id óneo para su desarrollo (Cano Aguilar, 2000) . C on ello, el conocimiento que actualmente posee mos sobre el des arrollo histórico formal de los diferentes ti pos oracionales es bastante completo 93 . En los primeros años de este siglo aparecen las primeras recomendaciones (Cano Aguilar, 2000 y 2002) s obre la conveniencia de incorporar al estudio hi stórico de l a lengua los recursos teóricos y metodo ló gicos aportados por disciplinas como la Lingüística de la Enunciación, el Análisis del Discurso y la Pragmática. Desde esta perspec ti va, el an álisis estrictamente gramatical se ve enriquecido, por que permite atender al uso efectivo d e las unidades lin güísti cas en los tex tos hist óricos y det erminar sus valores reales, que van más allá de los que están codificados gramaticalmente y , como se ha señalado en e l caso d e la oración c o mpleja , e n ocasiones pu eden poner en cuestión determinadas co nclusiones apo y ada s exclusivamente en un análisis sistemático de los datos. 93 En Ca no A guilar (2 000 ) se analiza la perspecti va ado ptada por los más i mportantes estudios sob re la sintaxis h istórica d e la oración co m plej a realizados hasta esa fecha , concl uyendo el cará cter preferente que la mayoría otor ga a lo s as pectos for males de las unidad es conjuntiva s. En tre los primero s trabajos q ue trascendieron el aspecto p uramente f or mal, señala este aut or los de Rudo lph (1973 ), sobre las or aciones finales; Narbo na Ji ménez (1978 ), sobr e las consecutivas ; Girón Alconchel ( 1988 a y 19 89), sobre las interrogativas indirec tas y el discurso referid o en el Can tar de Mio Cid respec tivamente; o Méndez García de P aredes (1995) , sobre las construcciones tempo rales. 97 A partir de estas nuev as orientaciones, pa ra bue na parte de los investiga dores, los textos hist óricos c omienz an a ser considerados realizaciones discursivas en las que interesa cono cer la posición del emisor en relación con su discurso, la fo rma en la que se ha ce presente en él, su relación con el interloc utor o los modos mediante los que da cohere n cia y cohesión a l a actuación comunicativa. Como señalaba Ca no A guilar (2010: 155), [e]l discurso se c oncibe hab itualmente co mo la prod ucción r esultante de la actividad enunciativa de un locutor , enmarcada e n una sit uación defi nida desde el exterior y el i nterior y que se materializa en enunciados o textos. Visto, p ues, co mo ac tividad, el di scurso pone e n juego actores: enunciador (es) y recep tor(es), q ue en esa ac tividad desarro lla a la vez otras ac ciones (afirmar, interrogar, narrar, compro m e ter al rec eptor, etc. ), y a su vez es recurren te, pues el discurso se nutre de otro s di scursos, pr esentes en la situ ac ión de e nunciació n o e vocados a través de él. En este escena rio, uno de los aspectos discursivos que más atención ha merecido por parte d e los historiadores de la lengua ha sido el r econocimiento de la polifonía textual; e s decir, el hec ho de que “to do discur so incluy e otros, y en todo acto de enunciac ión otros locutores hablan por medio de su locutor” (Cano A guilar, 2010: 157). De esta manera, las m anifestaciones d e discurso referido com enzaron a ser objeto d e estudios e specializados desde el punto d e vista li ngüístico, que no solo han proporcionado un mejor conocimiento de su estr uctura interna y de su si ntaxis, nunca bien ex plicados desd e la gramática tradicional, sin o que h an revelado también cómo l as diferentes formas de r eproducción han estado, des de los primeros textos, prese ntes en la lengua 94 . En este sentido, la perspectiva aportada por la L in güística de la enunciación ha sido un elemento clave en la explicación del discurso referido (DR), porque h a permitido establecer que se trata de una manif estación lin güística qu e contiene dos situaciones enunciativas diferentes, la del emisor que refiere un discurso y l a del enunciante de ese discur so que es referido. Por eso, la ma yoría de los inves ti ga do res inciden en que su construcción sintáctica no puede ser explicada ex clusivamente desde una con cepción tradicion al de la sint axis; hay que superar el lí mite ora cional y aplicar una ‘gra mática del discurso’ (Méndez Garc í a de Parede s, 2009), porque e s la que permite una mejor descripción y c aracterización del salto discursivo im plícito en las manifestaciones de DR. 94 Fuero n fundamentales e n este aspecto las ap ortaciones de Giró n Alcon chel (198 9), Cano Aguilar (2008d ) o Méndez Gar cía de Pared es (2009). 98 Un fac tor coad yuva nte en el peso adquirido po r las investigaciones sobre DR está relacionado con el interés que desarrolló en esta misma época la lingüística histórica de orientación variacionista por ampliar la nómina de los textos analizados, tradicionalmente r estringida a los li terarios 95 . Especialmente, esta corriente se ha mostrado interesada por localizar e n los testimonios e scritos posibl es hue llas de la lengua oral 96 . En este ámbito, una de las tradiciones textuales a la que han rec urrido los investigadores es la consti tuida por las manifestac iones de discurso directo ( DD ) presentes en los textos históricos, al tratarse de la forma de reproducción que más se acerca a la mímesis de lo oral. Este análisis, no obstante, no de jó al ma rgen los textos literarios, y a que un a fuente idónea en tal línea de investigac ión pu ede ven ir constituida por “los pasajes que los propios a utores de los tex tos cara cteriz an como fragmentos de un discurso oral, referido en discurso directo” (Ebere nz , 2003a: 66) 97 . Fueron trabajos pioneros en este ámbito, por ejemplo, los de Bustos Tovar (1996, 2001, 2004), quien estudió la imbricación entre or alidad y escritura en diversas obras narra ti vas en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento y al Siglo de Oro. A estos trabajos se unieron los de Narbona J iménez (2007), sobre la sinta xis de la escritura de lo oral en los diálogos del Quijote ; L eal Abad (2008), que analiz a los proc edimientos li ngüísticos afines a la cortesía discursiva sobre un corpus de t extos dialogados de época medieval; o Cano Aguilar, que estu dió los mecanismos mediante los que se perciben los rasgos orales en la escritura d el Guzmán de Alfarache (2 007b) o en el diálo go renacentista (2016b). Sobre esta m isma tradición tex tual también analizó los procedimientos orientados a la verosimilitud conversacional Del Rey Quesada (2011 a) 98 . En esta mi sma 95 Véase al respec to el apar tado 1.1.1 . 96 Frente a la d icotomía escrituralid ad/oralid ad, f ue deter minante al respecto la aplicació n de la noción ‘ oralidad concepcio nal ’ , en lo s tér minos descritos por Ko ch y Oesterreicher (200 7/20 11 [1990]). Véa se al respecto el apartado 2 .2. 97 Sobr e la ido neidad d e esta fuente textual, Cano Ag uilar (2 002: 283) y a había se ñalad o que “al historiador deb ería no obsesionarle que los d iálogos c on que se ha de enfrentar sean diálogos ‘inventados’, d iá logos que no han ocurrid o nunca [ …] . [E] llos [los diálo gos liter arios] nos pueden servir, entre o tras co sas, para ver cómo los a utores de texto s co ncebían lo que deb ía ser un diálo go, cuáles eran los elementos perti nentes que lo diferenciaban de otro s tipos de enunciad o, y si se les dotaba d e una organización li ngüística específica . No será n diálogos ‘reales’, p ero sí p ueden e nseñarno s qué es lo que se ha creído h istórica mente que es un diálogo, cuáles han sido sus modos ‘pro totípicos’ y cóm o han variados éstos ”. Del Rey Q uesada ( 2020: 44 ), quien se p lantea ta mbién la licit ud del te xto literar io para el estudio de la oralidad , concluye que “el análisis d e las formas de la oralidad en las obras ficcionales result[a] apto para co nocer la rea lidad variacional de los textos del pasad o”. 98 Del Rey Que sada (20 19, 2020) llam a la atenció n sobre un hecho contradicto rio: si bien el co ntinuo concepcional introducido por Koch y Oesterreic her ( 2007/20 11 [1990] ) atiende a toda clase de actos comunicativos, tanto de la inmediatez co m o d e la d istancia, los trab ajos so bre lingüística histórica que parten de esta perspectiva “ d e mu e stran un i nterés que me atrevería a calificar d e ob sesivo en investi gar fenómenos p ropios de la i nmed iatez co municativa” (Del Rey Quesada, 202 0: 44), om i tiendo , q uizás por suponerse suficie ntemente carac terizado s, los de la lengua d e la distancia . 99 línea de investi gación, cabe señalar también trabajos como los de Fe rn ández Alca ide (2012), que estudió la relación entre oralidad y escrituralidad a través de l os fragmentos dialoga dos en Fra y Geru ndio de Campazas , analizando, particularmente, las formas de expresión propias de la interacción comunicativa, y Méndez Orense (2016), sobre la reproducción del diálog o y sus mecanismos de cohesión en las Novelas Ejemplares de Cervantes. En cuanto a los textos no literarios, los investig a dores centraron su atención en las colecciones de acta s judiciales que transcriben las declaraciones de testigos e inculpados a través d e n umerosas manifestaciones de DR, tanto en DD como en D I. En este ámbito se inclu ye n, por ejemplo, los estudios de Eberenz (1996, 1998, 2003b) y Eberenz y de la Tor re (20 03) o Abad Merino (1998) que, a partir del análisis de los enunciados d e DR e n actas de dif erentes procesos judiciales datados e n el español clásico, efectúan importa ntes aportaciones relacionadas con la sint axis histórica. En esta misma lí nea, Cano Aguil ar (1998) rastreó posib les conformaciones esp ecíficas de l a lengua oral en las transcripciones de declaraciones orales halladas en documentos america nos del si glo XVI, no sin adv ertir d e las p osibles reelaboraciones aportadas po r los e scribanos e n e l proceso de transcripción, así como de las r estricciones discursivas de la tradición jurídica . Pero, como se ha s eñalado, a partir de la inc orporación d e la persp ectiva discursiva, el DR pasó a ser considerado una man ifestación lingüística que , por derecho propio, merece ocup ar un lugar preferente en los estudios de sintaxis histórica. En este sentido, Girón Alconche l (1986a: 236), y a había s eñalado que [e]l estudio de las for m a s repro ductoras del d iscurso […] puede ad scribirse, co m o objeto de pleno d erecho, a la historia d e la lengua , discip lina capaz de integrar en su se no las ap ortacio nes fundamentales d e la lingüísti ca del discurso. Es más, la co labor ación de ambas disciplinas parece, m ás q ue co nveniente, necesaria. Los estudios de este autor nece sit an una mención espec ial, ya qu e su an álisis sobre los diferentes aspe ctos del DR a lo larg o de la hist oria de la lengua ha permitido alcanzar un ma yor conocimiento de su estructura, su función discursiva y , especialmente , de su sintax is. Este análisis se rea li za sobre un variado repertorio de textos h ispánicos de diferentes épocas, e ntre los que c abe c ita r el Libro d e Buen Amor (1986b), los Milagros de Berceo (1988b), el Poema de Mio Cid (1989), la Segunda 100 Partida (2008a), el Rimado de Palacio y las Cr ónicas del canciller A y a la (2008b), el Discurso de mi vida de l capitán Contreras (20 02), el Sendebar (2013) o el Quijote (2018, 2019). En todos estos trabajos destaca la preocupación de este autor por concebir un marco teórico capaz de int eg r ar estas manifestaciones desde el punto de vista lingüístico, superando los acercamientos parciales realiz ados desde los estudios literarios. Así, son indispensables los dedicados a la constru cción sint áctica del D IL , tanto en épo ca medi eval (1992) c omo en el Si glo de Oro (2000), don de conside r a también otras tradiciones tex tuales como la crónica de Indias, o aquellos en los que extiende el concepto de continuum que observa en las relaciones inte roracionales a la construcción de los e nun ciados de DR (2006 y 2017). El estudio diacrónico del DR no solo ha permitido avanzar en el conocimiento de su estructura y fun cionamiento propios, sino que ha mostr ado también su relevancia en la investigación sobre la historia de la l engua, y a que en ocasiones ha aportado nuevas perspectivas a pr oblemas no resueltos de sintax is hist órica. Así, en el ámbito de las relaciones de subordinación, Cano A guilar (2009a y 2010) ha señalado cómo determinada s construcci ones sintác ti cas del español medieval, c onfi guradas sobre la agregación de sucesivos enunciados introducidos por que , no parece n responder a una determinada c onfi guración sint áctica capaz de fundament ar un sistema de organización oracional diferente del de la len gua moderna 99 . Por el contrario, el an álisis de estas construcciones resulta mucho más clarificador si se tiene en cuenta que en muchos casos la función del qu e no es la incorporar un d eterminad o valor semántico, sino la de introducir palabras y p ensamientos ajenos, ya que los enunciados presentan indicios internos y externos suficientes para ser considerados de discurso refe rido. En esta misma línea, el estudio del DR ha proporcionado nuevos a r gumentos para desmentir la supuesta anterioridad cronol ógica de la parataxis respecto de la hipotaxis como modos de organización o racional, de fo rma que desde una primera sintaxis ‘suelta’ se habría pasado a una sintaxis ‘trabada ’ ( Badía Margarit, 1960). A este respec to, e s conocida la tesis de Dardel (1983), quien defendía que e l origen d e la 99 Se refiere Cano Ag uilar a la t eoría apuntada por Barra Jo ver (2002b ) según la cual en la co nfiguración sintáctica afín a l periodo m ed ieval prima la agre gación d e elemen tos, frente a las relaciones de rección que ob serva en ép oca posterior. Entre otras cuestiones, señala Ca no Aguilar (200 9b: 11) que bastantes ejemplos apor tados po r este autor tiene n que ver co n la inse rción por m ed io de que de un d iscurso aj eno, con lo q u e “la pr egunta sobre el valor específico (ca usal, final) de ese se gmento [ el introd ucido por que ] dej a de ser r elevante, a sí co mo las el ucubracione s sob re la co m bi natoria s intáctica d e los elementos a los que parece adscribirse esa secuencia (tra nsitivos vs. intran sitivos) ” (Ca no Aguilar, 201 0: 157) . 101 subordinación sint áctica en el románico común se encuentra en estructuras yuxtapuestas semánticamente relacionadas, y utiliz a para d emostrarlo enunciados de D R. Seg ú n este autor, un DI como DI CIT PAULUS KE VE NIT (subordinado) procede d el DD DICIT PAULUS: “VENIO” ( yuxtapuesto) y surge a través de una estructura inter media ( DICIT PAULUS KE VENIO) que re úne características d e las dos anteriores y que no se ha conserva do en las lenguas roma nc es. Pero, como han rebatido Girón Alconchel ( 1989, 1992) y C ano Aguilar (1 998, 2000), no parece adecuado concebir las difer entes formas de reproducción d el d iscurso como esquemas formales qu e constitu y en etapas evolutivas en una diacronía. Según ha demostrado su estudio histórico, todas las formas de reproducción están pr esentes desde siempre en los textos y e n su actualización solo intervienen las intencion es comunicativas d el emisor y l a tradición discurs iva en la que se inserta el texto. Por lo que respecta al DD y al DI, se trata de dos modos distintos de reproduc ir palabras – se gún el emisor pr efiera narrar el discurso ajeno o bien repre s entarlo – qu e utiliz an diferentes estructur as sintácticas, además de diversos elementos lingüísticos, sobre los que no es posibl e establecer ninguna correspondencia, porque uno es un caso d e y ux taposición (DD) y el otro (D I) de subo rdinación. P or otra parte, no se ex plica la afirmac ión sobre una supuesta desaparición en las lenguas romances de la construc ción DICIT P AUL U S KE VENIO, una fórmula de discurso mixto que, como se ñalan Girón Alconchel (1992) y Méndez Ga rcía de Paredes ( 2009) se documenta ampliamente en el español antiguo y moderno. Un a evid encia más contra la hipótesis de que el DD es cronológicamente previo al D I la proporciona la constatación de Cano Aguilar (2008d) de que e n los primitivos textos castellanos (siglos X al XIII) los enunciados de D D, que se orga niz an en una estructura y ux tapuesta, son cuantitativamente inferiores a los de D I, construidos mediante subordinación sustantiva y , por tanto, supuestamente más elaborados 100 . A este respecto, una de las conclusiones más sobresalientes que ha proporcionado el estudio histórico del DR es la vinculación que existe entre las diversas formas de reproducción y l a tradición discursiva de que se trata. Como señaló Girón Alconchel (1986a: 242) , “cada ti po de texto elige sus citas y estas n o son nunca elementos neutros” , sino que están al servicio de la orientación discursiva de la tradición textual. De esta manera, diversas investigaciones han concluido que el pas o de un modo 100 Tal como señala Cano Aguilar ( 20 08d: 401), son razo nes textuales y disc ursivas las que justifican la menor presencia del DD en los pr imeros textos del espa ñol . 102 de reproducir el discurso a otro no debe concebirse como un proceso cron ológico, sino como una variación que viene determinada por la tradición discursiva de l texto. En su diferente tradición tex tual fundamenta, por ejemplo, Girón Alconchel (1993) las variaciones en el discurso del personaje entre el Cantar de Mio Cid y su versión prosificada en la Primera Crónica General . Así, observa c ómo, en líneas g en erales, la Crónica elimina el DD y el DIL del Cantar y l os transforma en DI, qu e es la forma propia del resumen hist órico, “la más verosí mil desde el punto de vista de su fundamentac ión epistem ológica” (Girón Alcon chel, 1993: 175). P ierde con ello el componente teatral y d ramático qu e propo rciona el DD al Cantar y , también, los aspectos más íntim os del personaje qu e no interesan en el disc urso hist oriográfic o 101 . L a misma vinculación ent re cita y t radición t extual observa Girón Alconchel (2008b) al analizar el discurso referido en dos obras d e un mismo autor: el Rimado de Palacio y las Crónicas del canc il ler A y al a, pues repara este autor en cómo ambos textos crean sus específicas escenas repr oductoras: cuadros estáticos en el poema, en los que el DR s e reviste de discurso mor al y ejemplarizante, frente a escenas dinámicas y de gran retoricismo en las Crónicas , en las que el DR se a molda a los p atrones de la poesía oral. Estas diferencias ti enen s u reflejo en los mecanismos sintácticos por los que se obtienen manifestaciones de discurso referido. Mientras e l primero de los tex tos, de carácter didáctico y doctrinal aunque también narrativo, muestra una voz dual muy marcada y una polifonía controlada por el sistema paratáctico en la que impera la cita de autoridad, las Crónicas ofrecen una polifonía mucho más variada que se articula mediante diversas relaciones sintácticas, es pecialmente de hipotaxis, lo que da al texto un componente de ‘modernidad’ que no es fruto de la cronología, si no de la tradición discursiva propia de las crónica s. En el mi smo sentido cabe interpretar las difere ncias observadas por Díez de Revenga Torres (1992 y 1996) cuando compa ra la diferente funcionalidad discursiva del DR entre un t exto li terario de carácter ejempl ar y moraliz ante, La historia de la Doncella Teodor (1996), donde percibe una cierta monotonía en la construcción sintáctica de las citas, y en una declaración judicial de finales del siglo XV, en el que encuentra casos de DR “mucho más ricos ex presiva y estilísticamente” (Díez de Revenga Torres, 1996: 152). 101 Señala también Girón Alconchel ( 1993 : 177) que algunos de los cam bio s observados en la Crónica General p ueden estar m oti vad os por la concurrencia de o tras fu e ntes textuale s . 103 También Herrero Ruiz de Loizaga (2005: 97-1 01) explica la aparición de las diferentes estructuras sintácticas de los enunciados de DD en función de la tradición textual. Según este autor, en obras n arrativas que hacen poco uso d el DD, la es tructura más frecuente es la que lleva el verbo de comunicación antepuesto a l a cita, como sucede en la Primera Crónica Ge neral , mientra s que en las obras con abunda ntes pasajes dialogados, como El Caballero Zifar , es frecuente que este verbo aparezca en una construcción parentética, porque ali gera el ritmo del diá logo. Por su p arte, Barraza Carbajal (2014) observa, en la evolución histórica, una marcada preferen cia por el DI frente al DD, que se ve agudizada en los siglos XV al XVII , y lo justifica tanto p or las estrategias discursivas propias de la épo ca como por el carácter narrativo, jurídico o didáctico de los textos que componen el corpu s analizado, que han demost rado su afinidad con el DI 102 . Señala esta autora que “el DD se circ unscribe a ciertos tipos de gé n ero textual y a n ecesidades comunic ativas específicas” (Barraza Carbajal, 2014: 3057). En esta misma línea, en un estudio sobre las formas de introducir el D R en textos periodísticos actuales, Méndez García de P aredes (2000a) adviert e también sobre ciertas disposiciones disc ursivas particulares de la cita de DR que parecen seleccionadas específicamente por el género discursivo de la noticia. P or ejemplo, una cita de DD puede presentarse enmarcada entre un cont exto re productor de carácter n arrativo, c u y o contenido suele precisar, y un verbo de comunicación normalmente situado al final del enunciado, que precisa la cita e infor ma al lector de l salto enunciativo. Según esta autora, en estos enunciados, que presentan un orden discursivo prototípico de la noticia de de claraciones, “la fu nción de la cita es dar objetividad a la infor mación previa, aunque también puede te ner una función testim onial, para autentificar y da r veracidad al relato” (Méndez García de Paredes, 2000a: 2095). Otra disposición ca racteríst ica de este gé n ero textual, empleada g eneralmente en la noticia de a contecimientos, es la que antepone la cita, normal mente de DD, a un marco reproductor que suel e alargarse a través de varios enunciados y que, más que presentar la cita, cumple u n a función de hacer progre s ar temáticamente la información suministrada por el periodista. 102 Este corpus se co mpone de dos cr ónicas, la de E nrique IV y la de los Reyes Católico s, u n te xto hagiográfico, Para yso occid ental , los Documentos ling üísticos d e la Nueva España , La Celestina y El Hombre p ráctico , un texto e ntr e el ensayo didác tico y la nar ración. Solo la ob ra d e Fernando de Rojas se desvincularía de esta p redilecció n por el DI; al respecto señala Barraz a Carba j al (2 014: 3057), que este texto “hace más uso del DD L que del DD”. 104 Por otra parte, las investi gaciones en lin güística hi stórica han comenzado a tener presente l a repercusión que e l DR puede ejercer sobre las div ersas variables objet o de análisis. Por ejemplo, Almeida Cabrejas (2003), q uien analiza las relaciones lingüísticas de la Ge neral Estoria c on sus fuentes tex tuales, repara en cómo los redac tores del scriptorium alfonsí modificaron o insertaron formas de DR en det erminados pasa jes qu e en los textos base solo eran men ciones a act os de habla, y lo explica como un procedimiento de amplif icatio . Por su parte, C ano Aguilar (2008d ), interesado en conocer la pa rticular personalidad sintáctica y discursiva de los primitivos textos castellanos, analiza las manif estaciones de DR en diversos documentos de los sig los X al X III , p ara demostrar que la existencia de diversas formas de reproducción del discurso, incluido el DIL, estaban desde el ini cio presentes en la lengua. Al mismo tiempo, este autor estudia la inserción y funciona miento de estas formas en la tradición jurídica y nota rial y el modo en el que ca d a una de ellas s e ajusta a una función pragmática y discursiv a. P or otra parte, la atenci ón a las manifestaciones de DR y su repercusión en la conformación del discurso es una constante en dif erentes estudios sintácticos y discu rsivos realizados por Cano Aguilar 103 . También sobre textos no li terarios de época medieval – la Crónica de Aragón y el L ibro de los Fueros de Castilla – , han analizado los enunciados de DR H irel (2013) y Valle Videla (2013) r espectivamente. Por su parte, Sáez Rivera (2014) profundiz a en la config u ración ortográfica de los tex tos áureos analizando la puntuación de los enunciados de DR que ofrece el impreso original d e una obra del siglo XVII, y García Godoy (2018) se ba s a en el e studi o de las citas direc tas de un cor pus de declaraciones de testigos datado en los siglos XVII y X VIII para proponer un a reformulación cronológ i ca d el c ambio vue stra merced > uste d . Rec ientement e, el est udio de Stoll (2021) sobre un conjunto de crónicas soldadescas de época colonial, demuestra la funcionalidad de los enunciados de DR en el a nálisis de los fenómenos lingüísticos propios de la inmediatez comunicativa. P or su p arte, Navarro Gala (202 1), amplía la funcionalidad discursiva del DR al analizar la polifonía presente en cart as de petición 103 Así sucede, po r ejemplo, en Cano Aguilar (2 016 a), donde analiza textos pre -period ísticos del siglo XVII, o en (2018), sobre las Memoria s de Leo nor López de Córdob a. 111 que recogen declaraciones de testigos en procesos judiciales, en los que tras una forma flexionada del verbo decir ( dijo , dice ) situada al inicio, aparecen sucesivos frag mentos encabezados con que para introducir el discurso del comparec i ente. Señala Herrero Ruiz de Loizaga ( ibid. : 2810) que, cuando estos fragmentos adquieren cierta extensión, la lejanía de los que respecto del verbo de comunicación y l a incrustación en el discurso de otras oraciones hacen que se rompa la trabazón sintáctica en e stos periodos, a unque la partícula siga funcionando como índice de reproducción del disc urso. Por otra parte, el a n álisis de este autor se amplía también a otros usos no propiamente conjuntivos de qu e , solo explicables en un contexto de DR ( ibid. : 2934 - 2940). Se trata, po r eje mplo, del que int roductor de juramentos, aserciones o ruegos, ampliamente documentado en enunciados de DD durante la Edad Media y los Siglos de Oro, que v a int roducido por una preposición y l a referencia a la entidad a la que se realiza e l ju ramento o ruego ( a fe que… ; por Dios que …). En muchos de estos casos, los indicios internos y externos propios d e esta forma de reproducción hacen innecesaria la presencia explícita del verbo de lengua ( jurar , rogar ). L o mi smo sucede con el uso de que documentado tras un DD constituido por un a ex clamación: “¡Válame Dios! – dij o el cura, dando una gran voz – . ¡ Que esté a quí Tir ante el B lan co!” ( Quijote , apud Herrero Ruiz de Loizaga, 2014: 2936) , ejemplo en el que la modalidad exclamativa permite seguir considerando como DD el fragmento introducido por que 114 . También repara Herrero Ruiz de L oizaga en otras construcciones propias del español moderno en las que tampoco existe una forma verbal de la que dependa sintácticamente la partícula que, como las que aparecen en los fragmentos de DD int roduciendo oraciones interrogativas dir ectas “con idea d e apuesta, desafío o ll amada de aten ción” ( ib id. : 293 8): “¿A que no tiene reglas la comedi a de ho y ? ” ( El sí de las niñas , apud Herr ero Ruiz de L oizaga, 2014: 2938). Señala este autor que este ti po d e construcción derivaría de la elisión de un verbo que indicaba la noción de apu esta o desafío, que en un principio se construía en ré gimen directo pero que a partir del si glo XVIII generalizan e l régimen preposicional, de ahí la perma nencia de la pr eposició n a en las construcciones modernas una vez elidida la forma verbal. 114 Respecto d e co nstruccio nes com o las de este ej e mplo, Herrero Ruiz de Loizaga señal a q ue en su extensión pudo influir otra estructura par ecida: la del que causal de la enunciació n que ta mbién aparece tras oraciones exclamat ivas, sobre todo tras interjecciones ( ¡uy!, que ..) y frases estereo tipad as (¡ va ya! , que …). 112 Otro uso no conjuntivo d e que analizado po r H errero Ruiz de Loizaga es propio de la len gua or al; aunque no e x ige la pr esencia de verbo de comunicación, su entorno lingüístico nos hace suponer que s e está trasladando, esta vez mediante DI , el discur so de otro. Se trata de enunciados propios qu e pueden ir introducidos con un vocativo o una llamada d e atención al interlocutor y que sí hacen refere n cia expresa al enunciante original: “Juan, (es) mamá, que no olvides darle el dinero a Felipe ” (Herr ero R uiz de Loizaga, 2014: 2935). Como vemos, la ma yoría de estas apariciones de l a partícula que analizadas por Herrero Ruiz de Loizaga (2014) se ubican e n manifestaciones de DR en cu y a config u ración sintáctica se advierten ciertas desviaciones (supresión del verbo de comunicación, alargamiento del D I, relaciones de interdependencia en el plano de la enunciac ión) respecto de las construcciones sintácticas prototípica s de DD y de D I ; es decir, o cupan p recisamente una z ona interm edia en el continuum de l as re la ciones interorac ion ales, entre la yuxtaposición y la subordinación (Girón Alconchel, 2006 y 2017) y dan lugar a variadas for mas de dis curso mix to 115 . El DR es una manifestación li ngüística que guarda relación con la sintax is de las oraciones subordinadas interrogativas y exclamativas indirectas (S I , SE), tanto totales como parc iales, en la medida en que el núcleo verbal de muchas de ell as – no todas – viene constituido por un verbo de lengua y en tal caso, la oración sustantiva subordinada a dicho verbo expresa el contenido de un acto de comunicación. Por ello, en el capítulo que Girón Alconchel (2014c: 3249-3445) dedica a esta clase de o raciones en la SHLE no puede dejar de considerar los dos planos que advierte en estas manif estaciones: el hecho discursivo de l a construcción del DR, que puede alc anzar la sintaxis supraoracional, y el he cho de sintaxis interorac ional que constituye la estructura sintáctica de la interroga tiva indirecta, de subord in ación sustantiva (Giró n Alconchel, 2014c: 3278). Este autor advierte, en primer lugar, la simplificación con la que tradicionalmente se ha contemplado la relación entre construcción del dis curso y SI: los manuales de Gramática suelen partir de una doble id entificación entre S I y discu rso indirecto por una p arte y de interrogativa directa y discurso directo por otra . Como estas obras suelen aceptar la reversibilidad entre DD y D I , se ofrece como hecho consumado que toda SI pu ede tr ansformarse en una interrog ati va directa y viceversa. Señala Girón 115 Véase al respec to el apar tado 1.2.3.2. 113 Alconchel que tales pre misas no solo im plica n una simpli ficación del análisis , sino que suponen un falseamiento de la r e alidad textual y ling üíst ica, porque [l]a idea de la reversibilidad en tre DI y DD co ntradice el h echo disc ursivo de que tod as y cada una de la s disti ntas formas del d iscurso referido – DD, DI, DIL, DN – son creacio nes d e imágene s sociodiscursivas individual izad as. En la rea lidad de los textos escritos y o rales, en sentido estricto, el discurso r eferid o no es, en ninguna de sus for m a s la reproducc ión d e un discur so r eal, sino una c reación e interpretació n sociodiscursiva, manipulado ra del rea l i ntercambio de los discursos en la vida so cial (2 014 c: 3277) . De esta forma, carece d e sentido la transformaci ón de cualquier manifest ación de DR en alguna otra de las formas que integran el paradigma; la funcion alidad de esta transformación radica únicamente en los ejerci cios gramaticales practicados en la enseñanza de otras lenguas (Girón Alcon chel, 2014c : 3277). El DR se localiza, en realidad, “más arriba” del límite oracional porque impli ca la introducción en el discurso propio de un enun ciador diferente y de un a situación c omunicativa también distint a de la del emisor. Desde esta perspectiva, señala Girón Alconch el que las subordinadas tanto interrogativas como exclamativas indirectas pueden reproducir un discurs o. En relación con las primeras, dist ingue entre interrogativa propia (S I P) , modal (S IM) o propia del discurso (S I PD) 116 y adviert e que esta di ferente tipificación de l a S I tiene su repercusión en la construcción del DR: mientras una SIP suele reproducir una forma de DI, que puede ser más o menos mimético, la S IM, cuando se int egra en un DR, lo hace de un a forma mucho menos mimética y más alejada de la tex tura verba l del discurso que se reproduce. En cuanto a la SIPD, puede también ser vehículo de reproducción de un discurso, siempre que se inserten en un marco de D I ( Pedro le dijo a Juan que le dij era quién era ) o, de forma independiente, mediante un D IL ( Pedro quiso saber qui én era ). Otra vari able sint áctica de las SI que repercute directamente en el hecho discursivo de la construcción del DR la encuentra Girón Alconchel (2014 c: 3274-3276) en la aparición opcional de l que enunciativo delante de la oración interrogativa: le 116 Girón Alconchel ( 2014 c : 327 0-3272) extiende ta mbién esta c lasificació n a las exclamativas. Independiente mente de su car ácter p arcial o total, la SIP reproduce siempre u na pregunta y se con struye con el verb o pregunta r u otros verb os de comunicación co n ese sentid o ( le preguntó quién era ) ; la SIM no efectúa ni nguna pr egunta, sino que i ntroduce una variable (de persona, cosa, lugar, etc. ) , de forma que el predicad o principal especifica que se ha elegido el valor que le corresponde. Rep roducen, por tanto, una aserció n modalizada desd e el punto de vista d el enunciado ( le explicó qu ién era ). Las SIPD se diferencian de las an teriores en que dependen de una construcción que implica ‘deseo de saber’ o ‘petición de infor mación’: dime quié n era , quiero saber quién era . 114 preguntó ( que ) quién era . Para esta variación se han intentado diversas explicaciones, desde su consideración como pleona smo (Bello, 1973[1847]), su restri cción al uso coloquial (RAE, 1978), hasta su conside ración como extensión a las SI de la partícula que introductora del D I (Keniston, 1937, apud Girón Alconchel, 2014c ). También se ha relacionado la presencia de esta partícula con la aparición de determinados verbos en el predicado regente (NG LE, 2009). Sig uiendo una línea que habí a sido apuntada por Alcina y Blecua ( 1994 [ 1975]), para Girón Alconchel el que ante S I es una partícula de la enunciación referida a la entonación interrogativa y relaciona la pre gunta con el DD, de forma qu e la S I P intr oducida por que no solo reproduce la pregunta, si no que alude, al menos fragmentariamente o de modo su gerido, a la forma de l a interrogación (2014 c : 3276). Se trata de una construcción propia de la S I P frente a las otras dos modalidades de S I. Así, pa ra Girón Al conchel estas S I P no constitu ye n propiam ente ma nifestaciones de DI , sino que, dentro del continuum en el que se ubican l as distintas formas de reproducción, se rí an casos de discurso indirecto mimético (DI M), una forma de DI en transición al DD 117 . I gual mente, el h echo de que a partir del siglo XIX se localice el empleo de que ante S I si n verbo regente (“tu amigo… que si va s a ir ho y al c afé”), da lugar a otra vari ante del D I qu e se combina con un rasgo propio del DD (la ausencia del verbo de c omunic ación) y que en este caso se acerca al DIL. 117 De esta forma, se desvi ncula el valor atribuido en esta construcción a la p artícula que (alusión a la m o dalidad interrogati va) de la concepció n del DI co mo una transformación d el DD, q ue par ece im plícita en dicho valor. 115 1.2.2 . La polifonía textu al . La teoría de la enunciaci ó n y su aplicación a los proced imientos citati vos En la década de los años veinte del siglo pasado, los estudios de teoría y crítica literaria emprendidos po r el denominado ‘círculo de Bajtín’ c ristalizaron en una s erie d e conceptos que, como ve remos, serán luego fructíferamente aprovechados en el campo de la L ingüística. Al propio Bajtín (1986 [1929], 1989 [1934]) debemos las primeras referenc i as a no ciones como polifonía , dialogismo e intertex tualidad , sobre las que articuló un aparato c rítico mediante el que explicar el texto literario y , especialmente, l a novela moder na. Frente a una posición tra dicion al de c orte formalista que atiende a la lengua como sistema estable de signos, Ba jt ín descubre tempranamente la cualida d esencialmente din ámica y dialógica de la palabra, emanada d e su función social: La p alabra no es una cosa, sino el medio eternamente móvil y ca mbiante de la comunica ción dialógica; nunca atie nde a una sola co nciencia, a una sola vo z, su vida consiste en pasar de bo ca en b oca, de un co ntexto a otro, de un a colectividad social a otra, de u n a generación a otra. De este modo, la palab ra no olvida su cami no y no puede librarse del poder de los co ntextos concretos de lo s c uales habí a for mado p arte. Tod o m ie mbro de un a colecti vidad hablante se enfrenta a la palabra no e n tan to que palabra n at ural de la lengua, l ibre de aspiraciones y valoraciones ajena s, despo blada d e voces aj enas, si no que la recibe p or medio de la voz del otro y saturada d e esa voz. La pala bra llega al contexto d el hablante a p artir d e otro contexto, col m ad a de sentidos aj enos, su pro pio pensamie nto la encuentra ya poblad a. (Baj tín, 1986 [1929]: 295) Desde esta concepción de la lengua como medio de comunicación en pe rpetuo dinamismo, emprende Bajtín el análisis del te xto narrativo, en el que advierte “la diversidad social, or ganizada artísticamente, del lenguaje” (1989 [1934]: 81): el texto narra ti vo, esp ecialmente la novela, no habl a solo a través de l a voz del narrador o de sus personajes, sino que en él r esuenan al mismo tiempo otros tex tos y otras voces: en primer lu gar, l as d ebidas a la “estratificación int erna de una lengua nacional” ( ibi d .) en dialectos, argots prof esionales, lenguas de otras generaciones, de auto ridades, de mod as pasajeras, de los lenguajes sociales y políticos; pero también de los que muestran la “estratificación interna de una leng ua en cada momento de su e xistencia histórica” ( ibid . ). En la novela encontró Bajtín la prosa polifónica e intertextual por excelencia, debido a su capacidad para contener otros t extos de distinta naturaleza ( cartas, poemas, leyendas, c anciones, crónicas, diarios), que remit en también a voces ajen as, de distinta naturaleza a la d el na rrador. Por tanto, la polifonía mediante la que la novela or ganiza 116 sus temas se manifiesta a trav és de un lenguaje multí voco, cada u na de cu y as manifestaciones admite una diversidad de voces sociales y una diversidad de relaciones. Por e ll o, pa ra Bajtín, el discur so del e s critor de un texto narr ativo es un discurso ambiguo po r natur aleza, en el que se perciben diferentes perspectivas s emánticas y axiológicas, porque está siempre imbuido del lenguaje ajeno, de la palabra del otro. Encontramos, adem ás, en este autor dos fo rmulaciones que van a tener un provechoso desa rrollo posterior : en primer lug ar , el desdobla mi ento que advierte en la figura del e s critor, en la que distingue los entes discursivos ‘autor’ y ‘narrador’: Cada momento del relato lo p ercibi mos clara mente e n do s p lanos: en el plano del narrad or, en su horizonte se mántico -objetual y expresi vo, y en el plano d el autor, q ue se expresa de m anera refractiva en el mi smo relato y a través de él […]. No sotr os ad ivinamos los acentos q ue ha puesto el a utor, tanto e n el obj eto del relato co m o en el relat o mismo, y en la imagen del nar rador que se descubre en el p roceso del relato (Bajtín, 1989 [193 4]: 13 1). En seg undo lu gar, postu la Bajtín que los diferentes lenguajes percibidos en un texto entablan con el narrador, y también entre sí, relaciones dialógicas que pueden ser de asentimiento, de confirmación o de rechazo y, aunque de fo rma imprecisa , sit úa estas relaciones en lo que hoy denominamos un ‘ámbito discursivo’: Las relacione s lógicas y te mático -se mánticas, p ara ser dialógicas, deb en encarnarse, es de cir, han de formar p arte de o tra esfera d el ser, llegar a ser disc urso, esto es, e nunciado , y recibir un autor, un e misor d e un e nunciado determinado cu ya posición este en unciado exprese (B ajtín, 1986 [1929]: 2 68). La s nociones teóricas in troducidas por Bajtín, reunidas por este autor ba jo el término translingüística 118 , superan tanto el ámbito de la teoría literaria co mo el de la lingüística y se ade ntr an en la filosofía del lenguaje. Su influencia se extendió sobre diversas discipl inas adscritas a las ciencias huma nas, al ser considerado “ el portador de un método, de un enfoque epistemológico – el p rincipio dialógico – que h a resultado mu y productivo. Bajtín muestra cómo la voz del otro sujeto es fundacional para la conciencia propia” (Bubnova , 1998: 12). 118 La tra nsling üística “ estudia l a palabra no e n el si stema de la leng ua ni en el d e un texto sacado fuera de la comun icac ión d ialógica, sino en la esfera misma de esta, que es la esfera auténtica de la vida de la palabra ” (Baj tín, 1986 [1929 ]: 81). 117 Así, de ntro de su mismo c írculo, sus aporta cion es sobre polifonía y dialogismo textual ampliaron conside rablemente la perspectiva desde la que afrontar el problema planteado por el discurso referido. Por ejemplo, Voloshinov (1976 [1930] ) estudia ya las manifestaciones del d iscurso ajeno como un hecho de la lengua y propone para ellas una definición que parece trascender un aná li sis estrictamente oracional: El discurso referid o es d iscurso dentro d el discurso, enunciad o d entro del enunciado y, a l mismo tiempo, discurso ac erca d el discurso y enunciado ac erca d el enunciado. (Voloshinov, 1 976 [1930]: 143) El discurso referido e s y a para Voloshinov una unidad de construcción del discurso del autor, una construcción li ngüística que ti ene la capacidad de int roducirse en otro discurso y en su configurac ión sintáctica, reteniendo su propi a autonomía semántica y de construcción y, a l mismo tiempo, de jando perfectamente intacta la textura lingüística del co ntexto que lo incor pora. Al efectuar esta traslación discursiva, el discurso r eferido se convierte también en el tema del nuevo discurso, se introduce también en su plano temático y semántico. Advierte Voloshinov (1976 [1930]: 145) que uno de los mayores errores cometidos en el estudio del discurso referido estriba en la distancia que los investigadores han interpuesto entre este y el contexto que lo refiere, lo que ha llevado a establecer un modelo estático y superficial para des cribir las form as de reproducción. Por tanto, este autor ahonda en el concepto de ‘contexto de autor’ 119 y , particularme nte, en la rel ación a ctiva qu e se establece entre el discu rso que repr oduce y el reproducido: “nos esta mos ocupando de palabras que reaccionan ante p alabras” ( ibid . 147). Así, entre el con texto de autor y el discurso referido descubre Voloshinov relaciones dinámicas complejas que van desde la interpretación a la adhesión o l a réplica y suponen una recepción valorativa d e un discurso sobre otro. Au nque de paso, este autor no olvida el papel que hay que reservar a la g r amática: esta relación activa entre el discu rso del a utor y el ajeno “se expresa en las paut as de construcción estabilizadas, propias de la leng u a” ( ibid. 144). Sin embargo, es en la segunda mitad del si glo XX, a tr avés de l a obra de autores como Be nveniste (1977 ), Ducrot (1984 y 1986 [1982] ) y Anscombre y Ducrot (1994 [1988]), cuando la L ingüística de la enunciación funda todo un aparato teórico y 119 El ‘ contexto d e autor ’ de Vo loshinov eq uivale a lo que posteriormente otro s autores han denominado ‘marco’ o ‘contexto ’ rep rod uctor. Véase al resp ecto el ap artado 1.2.4.2. 118 metodológico adecuado para el análisis lingüístico de la polifonía, que deja de ser analizada como una cualidad propia del texto literario, para considerarse una caracter íst ica que pue d e ser perce pti ble en todas las manifestaciones del leng uaje. Con ello, el estudio del DR se afronta d esde un a nueva perspectiva, la que tiene en cuenta la enunciac ión como “ el acontecimiento hist órico q ue constitu y e por sí mismo la aparición de un enunciado” (Ducrot, 1984: 135). Co mo ve r emos más adelante, de bemos a esta disciplina la definición puramente lin güística del concepto de ‘en unciado’, no suficientemente pr e cisado en las explicacione s de Bajtín y Voloshinov, cuya formulación va a ser de vital importanc ia en las posterior es explic aciones del discur so referido, porque le proporcionan el marco teó rico desd e el que sobrep asar el ámbito puramente oracional mediante el que ve nía n explicándose estas manifestaciones. La L in güística d e la e nunciación supera definitivamente la concepción saussureana de la lengua como códi go cerrado regido por le ye s gra m aticales fijas , pa ra situarse en una concepción pragmática del lengua j e, interesada en l a puesta en funcionamiento de la lengua a tra vés del uso lingüístico y vinculada a su contexto. Se relaciona ahor a el acto comunicativo con las circ unstancias mi smas de su producc ión y se postula que el sent ido del enunciado solo adquiere validez a través de las instrucciones y orientaciones inherentes al contexto de la situación de enunciación. Con ello, l a lengua se abr e al discurso, entendido este como “una transacción lingüística completa” (Re y es, 1984: 43), que inclu y e todos los elementos que c ondic ionan el acto de comunicación. Así lo señaló Benve nist e: La enunciació n es la p uesta e n funciona miento d e la lengua por medio d e un acto indivi dual de utilización. […] La relació n d el locutor con la lengua deter mi na las característica s li ngüísticas de la enunciación. […] La en unciació n supone la conversión individual de la lengua en d iscurso. Antes d e la e nunciació n, la lengua es solamente una posi bilidad d e la lengua. Desp ué s de la enunciación, la len gua queda ac tualizada en una i nstancia d e discurso. (B enveniste, 1977 : 80) Ducrot (1984), recupera n do las teorías sobre dialo gicidad y polifonía en el tex to literario de Bajtín, se cuesti ona la unicidad del sujeto hablante como produ ctor unívoco de sus produc ciones lin güísticas y p roclama el carácter esencialmente p olifónico del acto enunciativo. Así, distingue y defin e la multiplicidad de entes discursivos que pueden intervenir en un acto comunicativo: aprecia en p rimer lu gar un desdobl amiento en el hablante entre ‘sujeto empírico’, s er d e l a vida real qu e físicamente emite un enunciado, y ‘locutor’, concepto ya puramente lingüístico que no tiene que coincidir 119 necesariamente con sujeto físico, que es quien efectivamente produce un enunciad o 120 . Introduce, además, en el análisis la figura del ‘enunciante’, ente discursiv o actualizado por el locutor, que se ex presa a través de la enunciación, de la que se le hace responsable, y m ediante el que este locutor pue de evocar en su propio discurso otras voces y otros puntos de vista. El acto enunciativo aparece así im pregnado de diferentes perspec ti vas y actitudes con las qu e el lo cutor puede identificarse o mostrar su disconformidad. En relación con el otro protagonista de la int eracción comunicativa, el oye nt e, Ducrot int roduce, paralelamente a la oposición locutor/enunciador, la distinción entre ‘alocutario’, la persona, entre otros posibles o y entes, a quien el locutor declara dirigirse, y ‘destinatario’, “la persona a quien se dice, según él [el locutor] lo que se dice en E [el enunciado]” (Ducrot, 1984: 137). Como veremos, la identifi cación de estos diferentes sujetos discursivos va a ser fundamental en la descripción lin güística de los enunciados de discurso referido 121 . Desde esta perspectiva, constru ye este autor la teoría polifónica de la enunciac ión, m ediante la que explica variados he chos li ngüísticos, como lo s enunciados negativos, las p resuposiciones, las constru cciones adversativas, la ironía y , particularme nte, el discu rso referido. Por otra parte, los análisis que han profundizado en la teoría polifónica y en el papel de los diversos seres discursivos que entran en escena en el acto enun ciativo han ex tendido el concepto de polifonía, que pasa a considerarse como un elemento inherente al le nguaje mismo. Por ejemplo, Dona ire Fernández (1998: 49) ad vierte que la multivocidad del sujeto hablante, encarnada en los diferentes puntos de vist a ex presados por los enunciantes que, de fo rma más o menos velada, afloran en el disc urso, permite “adoptar u na posición fuerte respec to al papel d e la polifonía, ya no en la enunciación, sino en la lengua […] y permite decir, evocando el postulado de la teoría d e la argumentación , [ …] que hablar es adoptar un punto de vista, y no se puede habl ar sin adoptar un punto de vista ”. La s aportaciones de la L i ngüística de la enunciación han puesto a disposición de los investigadores una p erspec ti va innovadora qu e ha permitido un nuevo desa r rollo en 120 Esta disti nción de carác ter lingüístico tie ne cier ta correspo ndencia co n la q ue Bajt ín (1 989 [193 4]) estableció p ara el texto literar io entre ‘autor’ y ‘narrad or’, desarro llada desp ués a mpliamente por G enette (1989 [ 1972]). 121 La crítica poster ior ha o frecid o diferentes varian tes en relación co n la termi nología ap ortada por Ducrot ( cf. Calsamiglia y T usón, 2012 [1999]). Con car ácter general, nue stro trab ajo sigue la terminología de este auto r, s i b ien nos referimos más usualmente al locutor con el término em isor , evitando así la r eferencia a un discurso estricta mente or al ev ocada por el prim er vocab lo. 120 diferentes aspectos del estudio li ngüístico. Nos interesa resaltar aquí los nuevos caminos abiertos en el estudio de la polifonía discursiva y de las diferentes posi bilidades que ofrece la lengua para actualizar en el discurso voces y escenas enu nciativ as diferentes de las del locutor (García Ne groni y Tordesillas Colado, 2001) 122 . En este a specto, una de las líneas de investi gación de ma y or repercusión posterior fue la a doptada por Authier-Revuz (1982, 1984), quien indaga en la polifonía lin güística como una manifestación propia del leng uaje y la relaciona con su capacidad interdiscursiva. Esta autora advierte, con Ducrot, un componente heterogéneo presente en todo acto de enunciac ión mediante el que a flora una multiplicidad de perspectivas y puntos de vist a diferentes d e los del lo cutor. Esta het erogeneidad enunci ativa puede ser mostrada abiertamente por este lo cutor o bien quedar encubierta en su propio discurso; de esta forma, Authier-R evuz propone una distinción binaria que diferencia dos procedimientos mediante los que se convocan en un enunciado diferentes instancias ilocutivas. El primero lo constit uye n las formas de la ‘heterogeneidad mostrada’, que, aunque puedan aparecer más o menos marcadas formalmente, i nsertan explí citamente un discurso en otro. L a heteroge neid ad mostrada formalmente más marcada se cor respondería con las formas de DD y D I; el D IL , en cambio, por su varia bil idad intrínseca , constit uye para Authier-Revuz una manifestación d e h eterogeneidad mostrada no ma rcada, ámbito en el que inclu y e formas tan diversas como la ironía, la metáfora, la parodia o el recurso gráfico de las comillas 123 . Pero el eco de la voz ajena pued e manifestarse también de forma encubierta, constituye ndo lo que A uthier- Revuz denomina la ‘heterogeneidad consti tutiva’ del discurso, un concepto mu y c ercano al ‘dialogis mo’ bajtiniano, apo y ado ahora en las 122 En la obr a de García Negroni y Tordesillas Colado (20 01) se efectúa un a visión crítica de las diferentes aportacio nes y d esa rro llos d e la teoría polifónica de la enu nciación en relación co n el estudio lingüístico y con el discurso referid o. La noción de ‘escena enunciativa ’ introducida por estas autoras (2001: 168) alude al hecho de que lo s disc ursos i ncorp orados tiene n su p ropio ego , hic e nun c , por lo que aportan sus pro pias condiciones locuti vas, espaciale s y tempor ales en las d el discurso que lo s actualiza; la forma e n la que se pro duce esta incorpor ación está estrecha mente relacionada c on el tipo d e proced im ie nto discursivo e mpleado . 123 Esta diversidad de manifestaciones es deb ida a que los factores que esta autora contempla para localizar la heterogeneidad mostrada son d e índole muy d iversa: alteracio nes gramaticales, variacio nes de código, m arca s tipográficas o expresiones metalingüísticas . Este aspecto del plantea miento d e Aut hier- Revuz y, sobr e todo, el hecho de q ue la d escripción prescinda completamente d e toda referencia de tipo gramatical fue critic ado po r Girón Alconchel (1989 : 44): “Cierto que la hetero geneidad m o strada puede ser marcada (el DD, por ej emplo) y no marcada (algunas var iantes del DIL). Pero meter en el mismo saco de las for mas no marcadas al DIL, la ironía, la metáfora, etc . ya me par ece volver a la con fusión . […] Una construcción de DIL y una metáfora son cosas bien disti ntas, po r más que una y otr a sea n (o p uedan ser) hechos expresivos a mbiguos ”. Coincidimos con el análisis de este autor, que excluye los enunciado s irónicos de las manifestacio nes de DR y los sitúa entre las ci tas i m p lícitas. 127 Como vemos, se cara ct eriza el DD por su literalidad, por su capacidad para conservar la modalidad enunciativa del discu rso original, y por no present ar nexo entre el verbo d e comunicaci ón y l a cita. En cambio , en el D I se reconoce una segunda mención, y a que in clu y e la referencia personal de quien reproduce, lo cual le impide conservar la modalidad orig in al. A pesar de que ambos procedimientos de cita se incardinan dentro de l a subordinación sustantiva, encontramos en e sta obra un planteamiento novedoso que es desarrollado en nota al pie del fragmento transcrito y de l que, sin e mbargo, no se hacen eco las gramáticas inmediatamente post eriores. Se trata de la definición sintác ti ca del DD como “una forma de yuxtaposición”: En realid ad, en el estilo direct o no hay subo rdinación, aunq ue a sí lo p iensen [ sic] la ma yoría de nuestros gramáticos. For m a l mente ( y, p or tanto, sintáct icamente) no ha y relació n en tre el “ v er bo de decir ” y “ lo dicho ” : la relación es exclu sivamente ló gica. En el ejemplo E l orad or d ijo: considerad me como un h ermano vuestro , lo único q ue ha y d esde el punto de vista sintá ctico es una for ma d e yuxtaposición en la que la or ación d e “decir” p odría convertirse en un inciso: Consideradme – dijo el orador – como un hermano vuestro [ …]. Es importante notar qu e en el estilo directo el “ verbo de decir ” y “ lo dic ho ” presenta n sie mpre entonaciones i ndependientes, prueba b ien clara de lo que afirmamos” ( Seco Sá nchez , 1971 [1953] : 208 , nota 1 ). Al reconocer que la relación c ontr aída entre el v erbo de co municación y la cita no se apoy a en ningún elemento lingüístico y que su relación es ex clusivamente de carácter semántico, s e llega a la conclusión d e que el DD se organiza en u na estructura y ux tapuesta, que se relaciona con las construcciones incidentales , y que s e fundamenta en la independenc ia ent onativa de los dos segmentos que la componen. En cierta manera, en este temprano análisis parece int uirse que la caracterización si ntáctica de la cita de DD s e sitúa más allá de las relaciones puramente int raora cionales. Se refiere Seco Sánchez también al DIL , que concibe como una forma mix ta de reproduc ción del discurso limitada al ámbito literario, “en el que, al igual que en el estilo directo, las palabras dichas por otro aparecen como oración y ux tapuesta; per o varían los modos y tiempos verbales, c omo e n el estilo indirecto” ( ib id. : 209). En e l Curso superior d e sintaxis española de Gili Gay a (1961), dentro del capítulo dedicado a la subordinación sustantiva, se analizan también bre vemente el ‘estilo directo’ y el ‘estilo indirecto’, ambos en el apartado relativo a las que este autor denomina ‘oraciones complementarias dire ctas’; e s decir, las que ejer c en la función de complemento directo del verbo principal. No obstante, el difícil encaje en esta 128 clasificación del DD se intenta aclarar señal ando que en “el estilo directo la subordinante y la subordinada están sim plemente y ux tapuest as” ( ib id. : 288). Se sigue incidiendo en la literalidad inherente a la cita directa fr ente a la indirecta, “en la que el que habla o escribe refiere por sí mismo lo que otro ha dicho” ( ibi d. : 288), reproduc i endo casi textualmente la caracterización de la R AE de 1 931. Especial atención dedica Gili Gay a a la concordancia verbal entre subordinante y subordinada, efec tu ando una revisión c rítica de las normas tr adicionales de la consecutio temporum ; dicha revisión, aunque s e refie r e con c arácter genera l a la sub ordinación sustantiva, se apoy a precisamente en ejemplos de discurso indirecto. El Esbozo de una nueva gramática de la lengua española (RAE, 1978) sigue también la línea establecida e n la Gramática d e 1931 e introduce pocas novedades respec to del planteamiento visto en Gi li Gay a (1961) 134 . Por lo que se refie r e a la sintaxis del DR, tanto ‘estilo directo’ como ‘estilo indirecto’ se incardinan dentro de la subordinación sustantiva complementaria directa, dentro del apartado ‘orac ion es enunciativas’. Se cons id era, pues, que ambos tip os de reproducción ejercen el papel de OD del verbo de comunicación. Se reconoce, no o bstante, distinta construcción para una y otra form a: en el DD “la subordinante y l a subordinada están simplemente y ux tapuestas, mientras en el DI se un en por medi o de la conjunción qu e ” ( ibid. : 517), y presenta diversas alteraciones en los modos y tiempos verba les. Tanto del estudio de Gili Gaya como del Esbo zo parece desprenderse q ue, en el caso del DD, se concede a la estructura sint áctica de l a yuxtaposición un valor de subordinación, puesto que se habla de ‘la subordinante y la subordinada’, con lo que en realidad el análisis no supera el límite de la relac ión hi potáctica. La c aracterización de un a y otra forma de reproducción del discurso es tambi én paralela a la de Gili Gaya (1961): “llámas e directo al estilo cuando el que habla reproduce textualmente l as palabras con que se h a expresado el autor d e ell as”, mientras “en el estilo indirecto , el narrador refiere po r sí mismo lo que otro ha dicho” ( ib id. : 516), definición esta últim a que, como afirma Camargo F ernández (2004: 480), “se ajusta más a las carac t erísti cas reales del estilo directo que la que los autores del Esbozo proponen”. 134 Es sabida la par ticipación activa d e Gili Ga y a en la redacción de l Esbozo , p articularmente en la sintaxis ( cf. Girón Alconc hel, 2007) . 129 Por otra parte, el Esbozo es la primera gramática a cad émica que trata el DIL, si bien limitándose a ofrecer la sig uient e caracterización: Es frecuente entre los narrad o res incorp orar al relato construcciones p ropias del estilo directo, conservando la viveza d e este en e xclamacio nes, interrogac iones y de más el ementos e xpresivos, pero som etié ndolos a lo s cambio s d e perso na, tiempo, etc., necesarios en estilo i ndirecto [ …]. A este proce dimiento estilístico se le da el no mbre de estilo indirecto libre ( Esbozo . : 5 16). Se concibe, pues, el DIL como un ‘proce d imiento estilístico’ que está circunscr it o exclusivamente al ámbito literario. Por otra parte , si se analizaban los enunciados de DD y DI encuadrados dentro de la sintaxis oracional, se omite ahora cualquier r eferencia a su posible estructura sintá cti ca. No obstante, como ha señalado Girón Alconc hel (2013: 96), enc ontramos una implícita re ferencia al mar co discursivo al ponderar la expresión de las distintas modalidades enunc iativas. La Gramática española de Alcina y Bl ecua (1994 [1975] ) ofrece un t ratamiento del DR un tanto peculiar, porque lo inte gra en un capítulo dedicado a “La i nterrogación incorporada a los sistemas complejos”, donde s e incluyen el ‘estilo directo’, el ‘estilo indirecto’ y ‘ estilo indirecto libre’, además de la s interrogativas indirecta s parciales y todas las oraciones encabezadas por si , independientemente d e su valor. No queda aclarado el motivo de este tratamiento unitario, habida cuenta de la modalidad enunciativa que suel e ad optar el DR, que solo se acomoda al esquema sint á ctico de una interrogativa indirecta cuando el hablante utiliza el DI para reproducir un enunciado cuy a modalidad original es interrogativa. Según estos autores, es t ambién la adecuación o i nadecuación a la literalidad de lo reproducido lo que d iferencia DD y DI: “tr adicionalmente se ll ama estilo directo cuando se reproduce exactamente el enunciado producido por el sujeto”, mientras que “se llama ‘estilo indirecto’ cuando se adscribe al verbo dominante operando cie rtas transformaciones” ( ibid. :1120), que no entran a detallar. En realidad, esta obra gramatical centra p articularmente su aten ción en la explicación del DD, en cuy a caracteriz ación enc o ntramos importantes novedades: En la lengua escrita, y al gunas vece s en el leng uaje hablado , cualquier mensaj e se puede incorporar al discurso po r sim ple yuxtaposición a un mod us co nstituido por verbos de le ng ua con el mismo valor sintáctico de CD. La pau sa y la entonación marcan la indep ende ncia entre mo dus 130 y dictum pero la posibilidad de integ r ar el dictum por medio de lo pronominal C D sub raya, al mismo tiempo la dependencia sintác tica (Alcina y Blecua (199 4 [1975]) : 1120 ) . La principal aportación de este aná lisis estriba en la apertura haci a el plano enunciativo que implica la introducción de los conceptos modus y di ctum , evitando el de ‘oración’ y reconociendo así implí citamente su insuficiencia en el estudio del DR 135 . En la definición propu esta, el nivel enunciativo ( modus ) se sit úa como marco de la reproducción del DD, concebido como dictum . No se ti ene en cuenta, sin embargo, que en el DR no puede establece rs e una separación tajante entre ambos conceptos porque están íntimamente vincu lados. Una prueba de ello son los verbos de comunicación capaces de expresar el modus de la cita reproducida (así ‘ ord enar ’, ‘ exclamar ’, ‘ gritar ’…) , sin contar c o n la capac idad de las pa l abras reproducidas de modalizar todo el enunciado en su c onju nto, en tanto que se trata de segmentos qu e se incrustan en su estructura. En cuanto a la ca te gorización g ramatical de la cita de DD, se sigue la línea vista en el Esbozo : a pesar de reconocer que entre modus y dictum se establece un a relación d e yuxtaposición, la cita se considera como OD del verbo de c omunicación, sobre la base de que es posibl e su conmutación por la forma pronominal ne utra. En cuanto al D IL, Alcin a y Blecua ofr ecen un a d escripción que recuerda a la ya vista en Seco Sánchez (1971 [ 1953]). En ella se hace referencia a la posibilidad de referir el discurso sin nece sidad de acudir a verbos de comunicación, sino al empleo de “las mismas transposiciones verbales propi as del estilo indirecto por mera y ux taposición al discurso del narrador, o bien reproducien do sin más las mismas palabras del enunciador que se traslada”. No obstante, supone un avance en el análisis el hecho de que esta forma de reproducir el discurso no se limita y a a la expresión lit eraria , sino que se señala también que puede aparecer “parci almente en la ex presión hablada” ( ibid. : 1122). Sin embarg o, el análisis del DR que encontramos en el Curso de gramática española de Ma rcos Marín (1980) supone una vuelta a l a postura tradicional: tanto DD 135 Según señala Girón Alconc hel (1986a) , los términ os mo d us y dictum ap licados al DR, en el mismo sentido e xpuesto por Alcina y B lecua, fuero n introd ucido s po r Lips (19 26). Est o s concep tos ap arecen también en Gili Ga ya (1961), aunque n o ref er idos expresamente al D R. Para este a utor, el modus es la actitud subj etiva del hab lante respec to al contenido p ropo sicional de lo expresado , que es el dictu m . 131 como D I s e an alizan dentro de la subordinación su stantiva, explicando l a ausencia d e nexo subordinante en el DD como una posibilidad de la subordinada : Una de las po sibilidades más frecuentes de que la p ropo sición sustantiva no vaya p recedida de nexo se da en el ca so del e stilo d irecto: el verbo de la p r incipal es un verbo de pensa miento o de dicción [ …] y la p ropo sición sustantiva rep roduce literalmente lo d icho o lo pensado ( Marco s Marín, 198 0 : 383) . Al margen d e la insist encia en identificar el DD con la literalidad de lo reproduc ido, no p arece mu y adecuada la equiparación de la relación sintáctica contr aída en las sustantivas asindéticas con la que se establece entr e mar co repr odu ctor y cita en el DD 136 . Con respec to al DI, se caracteriza porque “no se reproduce literalmente lo dicho o pensado, sino que se cuenta lo que s e ha dicho o pensado, utiliz ando para ello que o si ” ( ibid. : 383). No se entra a dilucidar, en este caso, sobre la función sintáctica de la cita re sp ecto del verbo de comunicación. La Gramática funcional del español de Hernández Alonso (1984) trata brevemente del DR, tan solo para referirse al ‘estilo directo’, que inclu ye entre los nexus subordinados, concretamente dentro de los que realizan la función de SN 2 (subordinadas sustantivas en función de OD): Este co nsiste en una cita literal de un enunciado ya for mulado o que se formulará. Suele ap arecer con gran frecuencia en función de SN 2 , sin ningún traspo sitor ni marca d e unión. Tiene dependencia respecto a la oración, p ero g oza de autonomía f uncional i nterna por tratarse de un enunciado co mpleto. La e xtensión del estilo directo es muy diversa: puede ir d esde una sola palabra a todo un di scurso (He rnández Alonso, 1984 : 78) A pesar de ello, se reconoce la autonomía de la cita directa, que s e concibe como un enunciado d e sentido completo y de extensión variable. C omo vemos, sigue vinculándose el DD con la literalidad de lo reproducido, aun que se introduce una mención al discurso pr ospectivo, posibilidad no contemplada hasta entonces y que tendrá poc a r epercusión en los estudios posteriores. No contiene esta ob ra r eferencia alguna al DI cuando analiz a los ‘ nexus OD con transpositor’, como se ría esperable. 136 En efecto, en le ruego vu elva usted ma ñana hay una relac ión clara de subo rdinación; po r el co ntrario, en me dijo: vuelva u sted mañana ha y d os enunciados yuxtapuestos. 132 Once años más tarde, en su Nueva sintaxis de la lengua española ( 1995), Hernández Alonso ofrece una similar caracterización sintáctica del DD, encuadra do en esta ocasión entre los funtivos que expresan la ‘función F 2 ’ , en la que este autor inclu ye las asi gnada s al objeto directo y al complemento de régimen. La oración que contiene la cita directa es “una or ación plena, con posibilidad de aparecer como tal autónomamente y que se inse rta en F 2 por un proceso de retroinserción” 137 . Sin embargo, l a princip al novedad sobre el DR q ue encontramos en esta obra no vi ene referida a su aspecto gramatica l, sino al hech o de que los procedimientos de cita se inclu y a n en el breve capítulo que Hernández Alonso dedica al Metalenguaje ( ibi d. : 61-64), disciplina entendida desde una perspec tiva amplia y como una de las repre s entaciones de la función referencial d e la len gua. Ad emás de las definiciones, descripciones y explicaciones de carácter gramatica l, una de las realizaciones del metale ngua j e serían las citas textuales y las c i tas indirectas: Cita te xtual literal. Ej .: Dijo don Qu ijote a Sancho: Ten cuida do, amigo Sancho, que las aparien cias suelen ser en gañosas . […] Las comillas y la letra cursiva suele n ser los recurso s gráficos más frecuentes que la rep resen tan. Cita i ndirecta, inserta con variantes formales en otro enunciado. Ej.: Y bien q ue recordó sus palab ras sob re có mo habían perseguido la corrupción años atrás . La ci ta puede ser de una palabra […] , o una cláusula [… ], un texto… ( Hernández Al onso, 1 995 : 63) . Es cierto qu e el contenido referencial de las manifestaciones de DR no se identifica con una realidad ex tralingüística , per o ello es así po rque este contenido consiste en la reproducción de otra situación de enunciación. No obstant e, considerar que estas manife st aciones son realizaciones del metalenguaje supondría ace pta r que el DR efectúa exclusivamente una mención nominal de las palabr as citadas, sin hac er referenc i a a nada que no sea esa simple mención, tal como se comportan las expresiones metalingüísticas. P or el contrario, el DR, en cualquiera de sus varia ntes, es un a operac ión discursiva que conserva en todo momento el componente sig ni ficativo de la enunciac ión original y n o solo la reproduce y la integra en la d el emisor, sino que la sitúa en la situación co municativa en la que fue emitida. Al respec to , Maldonado 137 Con este tér mino, Her nánd ez Alons o ( 1995 : 25) alude a la p osibilidad de que unidades d e un determinado nivel formen p ar te, o p uedan ser por sí mismas, u nidades de nivel inferior. En el caso de la cita de DD, una ‘oración autó noma’ (unidad superio r) se convierte e n un nexus (unidad inferior) de otra. 133 González (1999: 3567) diferencia entre una expresión metalingüística, que solo ‘menciona’ l a lengua y el DR, en el que se ‘usa’ la lengua. La Gramática de la lengua española de Alarcos L lor ach (1994) se ocupa mu y brevemente del DR, tan solo para referirse al ‘estilo directo’, pero es la primera obra gramatica l desd e Seco Sánchez (1971[1953 ]) que defiende claramente que el DD se organiza mediante una estructura yuxtapuesta. Lo h ace cua ndo estudia las oraciones complejas ‘transpuestas sust antivas’, grupo del que excluy e expresamente las citas directas. Así, señala este autor que los enunciados de DD “forman grupos oracionales y ux tapuestos. Solo serían orac ion es c omplejas si se int rodujes e un transposit or” ( ibi d. : 406). De forma im plícita, parece reconocerse, entonces, que estas manifestaciones desbordan e n cierto modo el marco de la sintaxis intraoracional. Esta misma perspectiva adopta la Gramática esencial del español de Seco Reymundo (1991[1989 ]), que no se ocupa de l D I en el capítulo dedicado a la ‘proposición sust antiva’, pero sí trata el DD en el capítulo dedicado a la “ Coordinación de palabras y oraciones”, dentro de un aparta do denominado “Yuxtaposición narrador - actor” 138 . El DD es caracterizado como El e mpleado por el narrad or que, al e xponer en una o ración las palab ras text uales dichas po r o tro (o a veces sus pensa mientos), añade u na seg unda or ación que sirve de p resentación de aquella: Dijo (o pensó) Juan: – las co sas son buen as o malas segú n el momen to en que vienen . […] (Seco Reymundo (19 91[1989]) : 228). Por otra parte, cabe señalar también el novedoso planteamiento del DD como estructura que organiza e l propio narrador en dos partes dif erenciadas: l a ‘ present a ción de las palabras textuales’ y la cita en sí. Precisamente, esta ‘presentación’ es una de las funciones que estudios p osteriores (Girón Alconchel 1989, Ménd ez Garc í a de Paredes, 2009) asignan a uno de los dos segmentos que se reconocen en cualquier est ructura de DR, concretamente a l ‘ marco’ o ‘contexto’ reproductor 139 . No obstante, la explicaci ón de Seco Re y mundo circunscribe ex presamente al límite oracional tanto las palabras reproduc id as como su pre sentación, sin tener en cuenta que ambos pueden superar ampliamente este límite. 138 Cabe se ñalar que, p ara Sec o Reymundo (1991 [1989] : 226) , la yuxtaposición e s una manif e stació n formal de la coo rdinación que no ha ce uso d e ninguna conjunción . 139 Sobre la estructura interna de los enunciados d e DR , véase e l apar tado 1.2 .3.2. 134 Por lo que se refiere al aspecto gramatical, e st e autor, e n la líne a de Seco Sánchez (1971[1953]), niega que la cita del DD pueda ser considerada co mo el OD del verbo de c omuni cación y plantea una alternativa n o carente de interés: Lo “dicho” o “pensado” po r Juan es la or ación las co sa s so n buen as o malas según el momento en que vien en ; p ero, en tér minos gramaticales, n o sería exacto afirmar que esta o ración es complemento directo de dijo o pensó , ya que es una orac ión perfe ctamente i ndependie nte, sin ninguna palab ra de enlace. El verd adero complemento directo ser ía un i maginado pro nom b re “esto” que, como un dedo índ ice, apuntaría a las palabras d ichas o pensadas por J uan. ( ib id .: 229) El reconocimiento de l a existencia de un deíctico sub y a cente ( esto ) es un concepto mu y próximo al que desarrolla la li ngüística generativa cuando intenta explicar las manifest aciones del DR 140 y permite c onsiderar la cita de DD como una aposición de esta for ma pronominal, que sería el verdadero OD del verbo de comunicación. Al resp ecto, tanto Girón Alconchel (1986a) como Ménd ez García de Paredes (2009) encuentran numerosos ejemplos en la lengua mediev al de enunciados de DR en los que no ha y q ue acudir a la r econstrucción de un elemento implícito , porque este suele estar pres ente en los textos y no ya l imitado al pronombre esto , sino que frec u entemente se trata de un sintagma nominal 141 . Méndez García de Paredes (2009: 513) ave ntur a la posibilidad de que e l d esuso de estas constru cciones esté relacionado con la pérdida de otras formas neutras en conte xtos de subordinación ajenos al DR, desde donde se extendería a estas secuencias, cuya c onfi guración est ructural quedó entonces fijada simplemente con la se cuencia de marco reproductor y cita. La concepción del DD como aposición de un elemento deíctico es aplicable, por otra parte, a determinadas manifestaciones de DR observables en la lengua actual en las que el marco reproductor incluye una secuencia que ejerce la función del OD del verbo de comu nicación y anticipa las palabras que van a citarse: “yo le dije esto : o trabajas o te larga s d e aquí”; “recitó un poema de amor : me g ustas cuando callas porque estás 140 Según Banfield ( 1973 apud Giró n A lconc hel, 1986a), la generació n del DD está reglada por el principio d e “expresión anaf órica”, según el c ual la referencia d e un sintagma OD d el verbo de comunicación e s la m is ma que la de las p alabras que le sigue n. Por ello, el DD se concibe co m o el resultado de una ‘ transfor mación po r supresión ’ de este OD anafórico. 141 Algu nos ej emplos apo rtado s por Mé ndez García de Paredes (2009: 512 -513) son los siguiente s: “desque lo hubo d erribado, / desta ma nera hablar a: amad, amad, da m as ruine s” ( Roman ce de doña Lombra ) ; “allí habló do ña J imena / pa labras de bien notar : yo te lo díría rey / como lo has d e remediar” ( Roman cero del Cid ) ; “de su boca todos dizien un a razone : / Dios q ué buen vassallo s i oviesse b uen señor” ( Can tar de mio C id ) . 135 como ausente” 142 . Ambos elementos – OD expreso y cita – son correferenciales y puede entenderse que lo que hace la cita es desarrollar el contenido del verdadero OD ( esto , un poema de amor ) que pu ede estar o no expresado en el enunciado. Según García de Paredes (2009), es a esta relación apositiva a l a que se debe la relativa independencia sintáctica de la cita d e DD que, sin embargo, es c ompleta en la entonación. Maldonado González (1991) advierte, no obstante, sobre la diferente categorización gramatical de los elementos vinculados por la estructura a positi va y sobre la imposibil idad de alterar en algunos casos su orden de aparición, lo que los diferenciaría formalmente de las auténticas aposiciones. La caracterización de la cita directa como OD del verbo de comunicación ha sido defendida, por otr a parte, d esde diferentes posturas. Por ejemplo, Gu tiérrez Ordóñez (1986) reconoce la independencia entonativa de la cita respecto al verbo de comunicación, pero estima que ambos elementos están vinculados por un mismo esquema sintáctico en el que la cita ejerce la función de ‘implemento’ del verbo. Ante l a ausencia d e nex o subord inante, propone considerar la p ausa entonativa e ntre verbo y cita como elemento transposi tor de esta a la categoría nominal . Maldonado González (1991:108) centra también su atención en la pausa entonativa entre las dos secuenc ias perce pti bles en el DD pero, aun reconociendo que la relación sintáctica q ue prese nta el DD es de yuxtaposición, esta autora defiende que, cuando el argumento interno del verbo de comunicación e stá ex plícito, funciona como predicado del conteni do de la cita de DD; cuando no está explícito es la pausa existente entre la ex presión introductora y la cita su realización g r amatical. En realidad, si se p arte de la concepción de la yuxtaposición como un tipo de organización interoracional, diferente de coordinaci ón y subordinación, cu yo valor efec ti vo se deja en man os del componente discursivo y pragmático, no tiene sentido config u rar la cita directa como un ar gumento del verbo d e comunicación. Así, ha y que entender que el marco reproductor y l a cita no entablan u na r elación de rección sintáctica: son los dos segmentos soli darios de una estructura yuxtapuesta que configura un único enunciado y tanto uno c omo otro son necesarios para obtener su sentido cohere nt e (Méndez García de Paredes, 2009). 142 El primer eje mplo figu r a en Gir ón Alconchel (198 6 b); el segundo pr ocede de Ma ldonado Go nzález (1999). 136 La Gramática des criptiva de la lengua española (1999), coordinada por Bosque y Demonte, es la primera obra gramatical que ded ica un apartado propio al DR; lo hace en el volumen denomina do “Entre la oración y el discurso”, uno de cuyos capítulos se denomina “Discurso di recto y discurso indir ecto” (Maldonado Gonz ález). Esta denominación implica ya un cambio re specto de las tradiciona les desig n aciones ‘estilo directo’ y ‘estilo indirecto’, ciertame nte ambi guas y poco adecuadas a la descripción lingüística por sus connotaciones li teraria s y retóricas. Además, este cambio de denominación parece ajustarse más a la implicación discursiva de estas ma nifestaciones, que es reconocida a lo lar go d el estudio. P or otra parte, Maldonado Gonz ález (1999: 3551) comienza admitiendo que, si bie n la gra mática tradicional ha centrado su atención particularme nte en el D D y el DI, la len gua proporciona una v ariedad de formas de reproducción que pueden ir desde la simple mención de un suceso de habla hasta la cita literal de palabras ajen as, reconociendo, adem ás, un componente gradual en dicha variedad. Sin embargo, estos n ovedosos planteamientos iniciales parecen quedar comprometidos cuando la autora aclara su perspectiva de a n álisis: El estudio del DD y del DI puede enfocarse desde dos puntos de vista: como un acto de organización textual (repro ducción del discurso), o como el resultado de dicha or ganización (el discurso repr oducido). El primer en foque co rrespo nde a un estudio pr agmáti co, más cen trad o en el valor co municativo d e a m b o s tipos d e cita y e n la descrip ció n de lo s mecanismos p ragmáticos que deter min a n la elecció n de uno u otro p roced im ie nto d e cita por parte d el hablante. Nos centrare m os, n o ob stante, en el segundo enfoque, y est udiar emos las caracter ísticas de esos enunciados una vez e mitidos, por ser ahí donde mejo r se ponen de manifiesto la s relaciones e ntre oración y discurso . De hecho , no todas las citas son o racio nes; a menudo so n enunciado s que comprenden un a m p lio frag mento de d iscurso. Nosotros, en los ejem plo s, intentaremos utilizar citas oracio nales par a si m pli ficar la exposición. P ero no hemos de perder de vista q ue la cita es un fenó m e no discursivo, no oracional ( Maldonado González, 199 9: 3554) . Reconociendo el carácter discursivo y no exclusivamente oracional de las manifestaciones de DR, no se comprende bien que en e l estudio gramatica l no se incorporen los conocimientos aportados por disci plinas como el An álisis del discurso o la Pragmática o, al menos, se adopt e una persp ectiva discursiva desde la que se enfoque el análisis gramatical. Como ha señalado Méndez García de Paredes (2009), la ausencia de esta perspectiva im pide avanzar en la caracterización del DR respecto de los planteamientos tradicionales de la Gramática. Ha y qu e señalar, además, que 143 aleja la reproducción de la forma indirecta prototípica y propicia variantes de D IM y d e DIL. Esta misma relajación de la subordinación la encontramos cuando la reproducción de un DI se prolonga mediante varios enunciados sin que en cada uno de ellos se repita el nexo introductor que , con lo que surge en el enunciado de DR una indeterminación enunciativa que impide la atribución segura de las p alabras reprod ucidas: esta indeterminación acerca t ambién el DI al DIL. Por otra parte, da do que tampoco existen límites definidos e n los dos extremos del continuum r elacional, este modelo teóri co permite entend er el D R como una construcción que puede alcanzar, por el extremo izquierdo, el c ampo de las re laciones supraoracionales hacia la s formas menos cohesionadas sintáctica y semánticamente; así, la reproducción de conversaciones o los lar gos p asajes dialogados de las obr as narra ti vas, que Girón Al conchel denomina ‘drama’ (2008b). Por el extremo dere cho, el DR se manifiesta, en cambi o, mediante relac ion es puramente a r gumentales, totalmente integradas tanto semántica como sintácticamente, a travé s del DN, l a forma m ás abstracta d e reproducir un discurso. Conviene tener pr esente que ni a la c ad ena de gramaticalización e n l a que ubicamos las relaciones oracionales ni, co nsecuentemente, al continuum de reproducción es aplicable la dimensión cronológ ica ( Girón Alconchel, 2006): como se ha puesto de manifiesto en capítulos anteriores, l a hist oria de la len gua ha de most rado que las construcciones coordinadas, interordinadas y subordin adas han co existido en los textos desde los inicios de la lengua, al igual que las diversas formas d e reproducción del discurso. Según han señalado Méndez García de Par edes (2009) y Girón Alconchel (2014b), es la tradición discursiva el elemento q ue decide la ma yor o menor p resencia de una estructura sintác ti ca o el equilibrio entre varias. La aplicación del conti nuum observable en las relaciones interoracionales al análisis de los enunciado s de DR ofrece un m arco teórico que, super ando la dicotomía y ux taposición/subordinación, da cuenta del va riado paradigma de estructuras citativas y puede describir l a sint axis interna de sus diversas v ariantes, y a que se muestra especialmente e ficaz en la explicación de aquellas formas de reproducción que no se corre spond en con los es quemas prototípicos de DD y D I refle j ados en las gramáticas. En esta descripción es f undamental el componente gradual con el que s e conciben las relaciones int eroracionales y el r econocimiento de zonas periféricas en las que estas 144 relaciones s e solapa n, p orque es este solapamiento el que produc e las variantes no gramatizadas. También ex plica este modelo la noción de c ontinuum que carac t eriza las manifestaciones de DR: el locutor qu e refiere suele transitar insensiblemente de unas formas de reproducción a otr as, combinándolas en su propio discurso, de modo que no abundan los casos ‘puros’ de reproducción del discurso que se ajusten fielmente a los prototipos codificados por las gramáticas. Este modelo ex plica también la variedad y l a gradualidad intrínsecas del paradigma de la rep roducción, que se fundamentan en la relación sint áctica contraída entre marco reproductor y cit a, relación qu e vien e definida “por las posibilidades de [ la cita] en el eje sintagmático” (Girón Alconchel, 2017: 399). Estas posibil idade s son mu y variadas y dependen de la intención comunicativa de quien reproduc e el di scurso : la cita puede ser simplemente u n constitu y ente oracional (1a); puede ser una oración sustantiva de verbo conjugado subordinada al de comunicación, de mo dalidad enunciativa o interrogativa indirecta ( 1 b) o ser una oración de infinitivo (1c) 147 : 1) a. De la j ornada de Aragón b uelv en a hablar [DN] (S42) b. El señor Juan de Frías tiene cap itulada a su hija co n un cab allero de Ávila; dice n que tiene cuatro m il d ucados de r enta (S 6) Entregué a mi señora la marquesa los test imonios de los valores de los b eneficios. Echó meno s los de Marchena, y anoche me bolv ió a requerir con u n cria do si a vía escrito los r emitiese vuestra merced lue go (S78 ) c. Mánda me le aco mpañe; no sé lo q ue haré, porque quiere ir por Sevilla y ver a m i señora la duquesa de Véj ar y por Marchena al d uque de Arcos (S39 ) Pero la cita reproducida puede cumplir otras funciones sint ácticas; por ejemplo, puede ser una oración causal o final (2a, 2b) o una oración autónoma que forma parte de una estructura interordinada, en la qu e el marco r eproductor es introducido por c omo o según (2c): 147 Los ejemplos se transcriben confor me a la presentación crítica (PC) del corp us, si bien se han eliminado aquí las indicacione s referidas al ca mbio d e línea. Siguiendo la m eto dología propuesta po r Girón Alconchel ( passim ), u tilizada ta mbién p or otros autores, señala mos el marco repro ductor en ne grita y subra yamos las citas de DI. L o s frag mentos que originan v aried ades de discurso m i xto y DIL van en cursiva. Las citas de DD van e ntre co m illa s an gulares. Cuando es necesario, otras formas d e reproducción se espec ifican e ntre corchete s . T ras cada fragmento, se s eñala en tre paréntesis el m a nuscrito al q ue pertenece la ca rta (S: Silos; P: P alm a; BDC: B iblioteca Dio cesana de Córd oba); el núm er o q ue sigue a la inicial i ndica el de la carta en el caso de Silos y el de la hoja corresp ondiente en el caso d e P alma, cu yas cartas no están numeradas. En el apartado 4 se analizan pormenorizada m e nt e estas diversas estructuras sintácticas. 145 2) a M ientras disponía de esto el santo rey, su hijo, que Dios gua rde, lla mó a el se ñor do n Alonso de Cabrera y lo hiço partir a m edia no che a enco ntrar a el cardena l duque, q ue se tuvo n ueba avía salido de Valladolid para este lugar (S49) b. Don Mig uel de Cárdenas hico 148 diligencias y a boces i m b ió un re cado al vicario p ara que prendiese a Lope d e Vega y a Mira de Mescua (P 320) c. De la falta de salud de nuestro a migo esto y con cuidad o; esper o en Dio s que a la o ra q ue escrivo esta esté presidiendo en la combersació n de su çaguán , como me á dicho un paje que le á servido y se vino con e l señor don B altasar de Góngora que se llama Diego ( S59) Frei Lelio Bran chach io á p resentado cien capítu los h orrendos , según m e dixo u no de los secretario s de Italia (S40) La cita pued e ser también una oración y ux tapuesta al marco reproductor constituye ndo enunciados de DD que r eproducen diálogos (3a) o monólo gos de ma y o r o menor extensión (3b): 3) a. Ayer ni o y no an sido días de hallar a mi señora la marquesa d el Carpio y así, no la é b uscado. Zeniça puesta, veré a su señor ía y le prese ntaré estos valores, q ue me an a so mbrado de bajos; gran declinación. El otro día en Atocha me dixo : «Mucha fuerça m e hace el confesor; démosle a su ahij ado el canonicato » . Yo le respond í : «Vengan lo s valores par a que hablen cartas» (S76) b. Pregun tó me luego por el señor J uan Alo nso de Baena, de q uien i nfor mé a s u excelencia de manera que me re spondió : «Diferente relació n me a vían hec ho tres o cuatro personas, mas creo a vuestra merced, co mo lo verá » (S79 ) Además de esta variedad que es inherente al paradigma de reproducción, en las diferentes realizaciones de cada una de sus formas es perceptible también una graduac ión interna, sustentada en el continuum gradual de las relaciones sintácticas. En el apartado 4, qu e d edicamos al análisis del DR en el corpus , se profundi za en estas y otras cuestiones rel evantes, en especial las derivadas de su dim ensión discursiva, ya que partimos de la hipótesis de que estas manifestaciones lingüísticas no son nunca expresiones neutras ni objetivas, sino estructuras complejas que se apropian del decir ajeno y, al actualiz arlo en una nueva situaci ón de comunicación , lo modulan y manipulan en función de la orientac ión discursiv a de quien refiere. 148 Sin cedilla en el manuscrito. El fragmento per tenece a una de las cartas autógrafas que se conservan d e Góngora . 146 1.2.4 . El discurso referido y la organización discursiva. Aspectos externos e in ternos En el apartado precedente se ha señalado cómo la incorporación de la perspec ti va dis cursiva propició en el análisis lingüístico la superac ión d el límite de la oración, considerada por la tradición gramatical la unidad máxima comunicativa, para situar el análisis en una posición “más allá” y “más arriba” de la sint ax is oracional (Girón Alconchel, 2019); en una posición desde la que, sin olvi dar la gramática de la oración, se atiende a unidades y a re laciones disc ursivas. Uno de los aspectos que más ha llamado la atención d e los investigadores en este ámbito es la forma m ediante la que se organiza y estructura el discurso y de qué mane ra se constru y en las unid ades que, po r encima de la oración, conforman las diversas actuaciones comunicativas. Desde postulados pragmalingüísticos, se apo rtó como lí nea metodoló gica la di ferenciación de dos niveles en todo análisis tex tual: el de la microsintax is, que atiende a la oración, y el de la m acrosintaxis, que asciende hacia las relaciones supraoracionales y a las formas mediante las que se or ganiza y estructura el discurso (Fuentes Rodrí guez, 2017 [2000]). En este apartado atenderemos a los aspectos organizativos y estructurales del DR: en primer lugar, en el aspecto macrotextual, considerando sus posibilidades como un idad de organización discursiva; en seg undo lugar, analiz ando la configuración interna de los elementos formale s qu e componen estos enunciados: marco reproductor y cita. 1.2.4.1. Discurso referido y unidades discursivas La funcionalidad del D R en la construcción discursi va había sido y a advertida por Voloshinov (1976 [1930]: 143), que de fini ó el DR como “discur s o dentro del discurso, enunciado den tro del enunciado, y al mismo tiempo discurso acerca del discurso, enun ciado ace rca del enun ciado” 149 . Señala este autor que se tr ata de una manifestación lingüística que no solo constitu y e un ‘tema’ d el contenido del discurso, una materia de na rración; es decir, no solo es ‘discurso acerca del discurso o enunciado acerca del enunciado’. Si las manifestac ion es de DR constituye r an únicamente un tema del discurso, su contenido únicamente podría responder a cuestiones sobre el ‘acerca de 149 Profundizare m o s más adelante en esta definición, a la que Girón Alconchel (20 00: 95; 2017: 13) atribuye “una precisió n insupe rable” . 147 qué’ habló determinada persona; para comunicar ‘qué’ fue lo que se dijo hay que referir, de un modo u otro, las pa labras em it idas. Por eso, el DR es también ‘discurso dentro del discurso y enunciado dentro del enunc iado ’: el e nunciado de DR ti ene la capacidad de integrarse en el discurso del emisor qu e ref iere y en su estructura sintáctica, conserva ndo a l mismo tiempo su propia autonomía semántica y de construcción; desde este punto de vista, el enunciado de DR actúa por sí mismo como u na unidad de construcción del disc u rso. De hecho, como sub raya Méndez García de Paredes (2000b: 148), un enu nciado de DR “cumple todas l as exi genc ias qu e caracterizan la definición de esta unidad textual” en los términos propuestos po r Du crot (1986 [1982] ): un enunciado es una unidad de discurso –esto es, opuesta a la unida d ‘oración’– que es p roducto de una elecc ión re lativament e libre por p arte del emisor y que reúne las c ara cterísticas de autonomía y cohesión. Como todo enunciado, el de DR es una manifestación relativamente li bre d el hablante qu e, com o veremos, dispo ne de múl tiples procedimientos gramaticales para integrar el discurso del otro en el propio: puede limitarse a una sola palabra, constituir una oración o formar un periodo mucho más extenso. En todo enunciado de DR se percibe también una cierta independenc ia: dado que el contenido particular del e nun ciado de DR es la re producción de un discurso, la autonomía de esta cl ase de enunciados se funda en la representación d e un acto de habla producido en una determinada situación comunicativa: la s ecuencia de DR es el egida por sí misma para reproducir un discurso ajeno, adquiriendo así auto nomía dentro de una manifestación discursiva más amplia. Conforme señala Girón Alconchel (2013), la autonomía de estos en unciados se percibe a través de los elementos léx icos y gramatica les que indican el inicio y el fin de la sit uación de comunicación. Po r lo que se refiere a la cohesión, s eg ún Ducrot (1986 [ 1982]: 179), un determinado se gmento discursivo “tiene c oh esión cuando ninguno de sus constituye ntes es eleg ido por sí mismo”, sino que su ele cción viene determinada por el conjunto del que forma parte . Como vere mos más adelante, los constituy entes formales del enunciado de DR – marc o reproduc tor y cita – no son elegidos por sí mismos, solo funcionan y se rela cionan como integrantes de un conjunto más amplio: el conjunto del enunciado reproductor. En este sentido, algunas de las propuestas formuladas en torno a las unidades y categor ías estructuradoras del discurso no dejan de tener en cu enta la re percusión del DR en la con formación de las unidades discur sivas. Por ejemplo, cuando Fu entes 148 Rodríguez (2014) analiza las posibil idades del enunciado como un idad mínima discursiva, lo caracteriza como un segmento completo con márgenes estab lecidos por la curva entonativa, qu e realiz a un acto de habla y constit uye ‘un acto de enunciación del hablante’ 150 . P ero en est e h ablante r econoce, con D ucrot (1984 ), dos roles: el locutor y el enunciador, figuras que no siempre coinciden. Da do que el enunciado, como unidad discursiva, se caracteriza por constituir un acto de enunciación, la presencia de diferentes enunciadores se revela como un componente de primer orden en la definición de los límites de esta unidad lingüística. Así, la autora se formula la siguiente pregunta: “en el discu rso referido, […] ¿cuál es la relación entre margen y cita? ¿ Hay un solo enunciado o dos?” (Fuentes Rodríguez, 2014: 149). Como el enunciado se concibe ligado a un úni co acto enunciativo, en el momento en el que se pe rcibe la ex istencia de un enunciador difer ente, estaríamos ante dos enunciados. No obstante, en los ejemplos propuestos (Fuentes Rodríguez, 2014: 149), esta línea de an álisis se aplica solo a los enunciados de DD, especialmente a a quellos en los que el verbo de c omunicación aparece en una estructur a parentética, y no a los enunciados de DI, caracterizado, en su forma prototípica , po r l a presencia de una única voz y , por tanto, un a sola curva entonativa. Por otra parte, al gunos d e los estudios diacrónicos que hemos citado se re fieren también, de forma m ás o menos explícita, a esta c ap acidad or ganizadora de l texto que pueden alcanzar los enunciados de DR. Por ejemplo, c uando Cano A guilar (1998) analiza los sucesivos que introductores de secuencias de DI en declaraciones judiciales del siglo XV I, todos ellos dependientes de un dixo ini cial, advierte que la funcionalidad de esta construcción no es y a la de expresar la subordinación sintáctica respecto de dicha forma verbal, sin o la de seguir caracteriz ando todo el texto como discurso reproduc ido, de fo rma que este que “o rdena las partes del tex to en relación con ese dixo permanentemente subyacente” (1998: 227) y constitu y e un a señal demarcativa de que se está repr odu ciendo el discurso de otro enunciador. En sucesivos estudios de este mismo autor, la presencia del DR es tenida en cuenta a la hora de analizar la configuración sintác tica de los periodos y los mecanismos 150 Seg ú n esta autora, las unidades que in tervie nen e n la organización discursiva s o n, d e abajo a arriba, enunciados, pár rafos o per iodos, secuencias y texto (F uentes Rodríguez, 201 7 [2 000]: 93). 149 mediante los que estos se relacionan 151 . Así, Cano Aguilar (2016a) estudia la organización sintáctica y discursiva de textos pre-periodísticos del siglo XVII, en los que abunda la atribución a las fu entes y, por tanto, los enu nciados de DR. Esta circunstanc i a explica, po r ejemplo, la a cumulación de subordinad as completivas en los periodos que contienen D I y t ambién la aparició n de otros que menos protot ípicos, pero también repr oducto res de discurso, que originan manifestaciones de DIL. También los enunciados de DI explican los pocos casos de complejidad sintáctica que este autor encuentra en el corpus analizado, debido a l a acumulación de dive rsos tipos de reproducción indirecta que dan cuenta de la sucesión de noticias que han sido comunicadas al autor y que este va trasladando. En cuanto a los periodos en los qu e el discurso se reproduce mediante DD, concentran determinados ras gos lingüísticos afines a la mímesis de la orali dad, si bien se registra la mi sma ausencia d e con ector es explícitos observada en l os pasajes narrativos 152 . Por el contrario, en las Memorias de Le ono r López de Córdoba (Cano Aguilar, 201 8), es muy dist inta la configuración sintáctica y discursiv a que este autor encuentra, p or una parte, entr e periodos narrativ os y descriptivos – donde predominan claramente las relac iones de coordinación – y, por otra, en los periodos de DD, en los que se muestr a “una d ecidida voluntad de adecuar la forma li ngüística a la situación” (Cano A guilar, 2018: 398) y aparece una amplia g ama de relaciones de subordinación, junto a inter ro gativas retóricas y abunda nt es vocativos. La funcionalidad del enu nciado del DR en l a orga nización discursiva de un texto ha sido también puesta de manifiesto por Méndez García de P aredes (2000a) en rel ación con el discurso periodístico. Esta autora analiza específica m ente la función del contex to reproduc tor mediante el que se introduce la palabra a jen a, que describe como “un elemento fundamental en el plan global del texto, que sirve para vertebrar el d iscurso del periodista, articulando sus diferentes partes y favoreciendo la pro gre si ón temática de la noticia” (Méndez Ga rcía de Paredes, 2000 a: 2081). Mediante el análisis de las diferentes estrategias di scursivas propias d el género p eriodístico par a inse rtar el discurso ajeno, esta a utora observa cómo, en estos textos, el marco reproductor de un a secuenc i a de DR no solo actúa en la microestructura tex tual como elemento ordenador y 151 El análisi s de Cano Ag uilar parte del co ncepto de ‘ per iodo’: “conjunto enunciativo dot ado de cierta unidad de sentid o y delimitado por pausa” (Cano Aguilar, 1996 : 380). 152 Advierte Ca no Aguilar (20 16a: 9 6) que los p asajes dialo gados que ap arecen, por ejemplo, en la Carta 1 d e Almansa, e nlazan p or una par te con lo s de Cer vantes o Que vedo y, p or otra, pr esagian la abundanc ia de esta form a de reprod ucción en la futura len gua de los medios de comunicación, mediante la que se recogen declarac iones de los per sonajes. 150 orientador d e la cita que va a r eproducirse, sino q ue cumple también un a fu nción en su macroestructura, porque permite que los fragmentos citados se integre n en la estructura de la noticia aportando cohesión y coherencia al conjunto tex tual. Por su parte , Girón Alc onchel es uno de los autores que más ha ex plorado la capacidad del DR en la construcción estructural del texto. Así, ensa y a un nuevo modelo de segmentación li ngüística del discurso sob re dos textos en prosa datados a finales del siglo XVII (2016 a) y sob re dos muestras del discurso hist oriográfic o de pri ncipios de la ce nturia siguiente (2016b). S eñala este autor que la ma y oría de los marcos teóricos que intentan definir las unidades estructurales del discurso y sus mecanismos relacionales fijan su atención en los elementos formales sit uados en la periferia izquierda – cad enas anafór i cas, redes l éxicas, conectores – , qu e mar can la transición entre una unidad y otra. Pero advie rte d e que en la determinación de est as unidades no solo intervienen estos elementos, sino que pu eden hacerlo también otras marca s no específicas entre las que se encuentran los enunciados de DR, “que son, por sí mismas, unidades discur sivas; son escena s constitu y ent es que pueden adoptar una función estructuradora variable: adición, causalidad, elaboración en nuestros dos tex tos” (2016b: 947). Esto se ad vierte especialmente en los textos hist oriográ ficos donde el autor crea ‘escenas’ y da voz a los personajes históricos mediante construcciones de DD, D I o D IL. De este modo, los enunciados de discurso referido, dotados de coh esión y autonomía, pu eden confi gurar unidades de discurso, cuy o signi ficado es la creación de una imagen sociodiscursiva que se resuelv e en la propia cita como discurso d entro del discurso y acerca del discurso (Girón Alconc h el, 2017). También Girón Alconchel (2018 a) analiza el DR como una de las marcas no anafór i cas que intervienen en la segmentación lingüística del Quijote , en e ste caso más claramente efectiva, debido a la polifonía latente en el tex to y las distintas voces que conforman un discurso al tamente complejo. Sobre el mismo texto, este autor profundiza (2019) en la capacidad segmentadora d el discurs o de los enunciados de DR analizando combinaciones y transiciones entre varias formas de reproduc ción. En el caso de las combinaciones, por ejemplo entre DI y D D, s e llama la atención sobre las distint as soluciones gráficas media nte las que difere ntes editores han seña lado, o n o, e l paso de una forma a otra de reproducción, lo cual tiene su reperc usión en l a disposición 15 1 tipográfica de la secuenc ia 153 . En este aspecto, señala que la combinación de formas de DD y D I tien e una repercusión en la se gmentación del discurso porque se produce entre enunciados o unidades discursivas. En c ambio, la transición de una forma de reproducción a otra se ubica en la sintaxis de la oración, porque ocurre entre las cláusulas y oraciones que constituy en el enunciado (Girón Alconc h el, 2019: 236). 1.2.4.2. Organización interna del enunciado de discurso referido: marco reproductor y cita La adecuada explicación de la or ganización in terna d e un enunciado de DR exige la aplicación de un modelo que trascienda los parámetros clásicos de la sintaxis oracional, porqu e estos se han revelado claramente insuficientes para expli car su estructura: con un planteamiento estrictamente gramatical no se puede dar cuenta del salto discursivo que supone la actualización de un contenido emitido por una enunciac ión aj ena e n un a situación comunicativa diferente. Así, el DI no puede se guir identificándose unívocamente con la subordinad a sustantiva en función de OD ni el DD con una relación de yuxtaposición o con un a for ma más o menos rel ajada de relación hipotáctica, mediante las que las gramática s suelen just ificar la ausencia de nexo y la independenc i a enton ativa de esta forma de rep roducción. En primer lugar , porque el enunciado de DR sobre p asa los lími tes de estas relaciones y , en se gundo luga r, porqu e hay ot ros elementos léxicos y gramaticales activadores del mecanismo de reproducción que no siempre tienen parangón con las relaciones sintácticas que reconocen a tal efecto las obras gramaticales. Además, las diferentes formas de reproducción no constituye n compartimentos estancos, sino categor ías graduales que integran un continuum de reproducción, que es utiliz ado en función de la intención discursiva de quien reproduce y también de la tradición tex tual a la que pertenezca el texto. En el siguiente fragmento de DR que nos proporciona el e pistolario podemos observar la complejidad discursiva que encierra n estas manifestaciones: 153 Co mo es sabido, la ob ra contie ne variado s pasaj es en los que el narrador pasa, sin ninguna se ñal explícita, de una f o rma de re pro ducción a otra, de for ma que co nfluyen la voz del n ar rador y la d e los personaj es. Po r o tra p arte, l a aparición del guion y la s co millas con los que los ed itores introducen el DD suele ir unida a un nu e vo p árrafo, lo que no implica necesaria mente que se trate d e una nueva unidad discursiva ( cf. G irón Alconchel, 201 8a). También Sáez R ivera (20 14), q ue ha analizad o la p untuación or iginal d e los e nunciad os de DR e n un texto del siglo XVI I, alude a las dudas d e los ed itor es modernos acerca d e la señalización tipog ráfica de los lí mites de estos e nunciados. 152 El d uque de L er ma cr eo que se va acab ando y a ntes el juicio que la vida, porq ue está de impaciente, de mentado o tan incon stante con la mela ncolía, q ue á salid o tres veces de Lerma para Vallad olid y se á buelto a dos y a tres leg uas. Su spéndese cada ra to y, tirá ndose de la barva, dice m uy a m enu do : « No a y consuelo para quien se á hecho el daño co n sus prop ias manos». Así me lo conta va [DN] antes de a yer el duque de Pastra na, que vino de vello y , con ser su a migo tanto, m e decí a q ue lo recivió envelesado y lo despidió de la mesma maner a, sin darle el parab ién de la sentencia qu e a vía tenido en su favor sobre lo mejor del condado de Sifuentes . Saldaña lo dejó de la m es ma suerte (S39 ) 154 En este frag m ento se actualiz an dos situaciones comuni cativas diferentes, cada una de las cuales presenta su propi a forma de reproducción. En la prime ra, el enunciante original es el duque de Lerma , cu y as palabras se citan en DD; en la se gunda, el enunciante es el duque d e Pastrana y l a cita utili za el DI. Además, ambas citas aparecen engarzada s mediante una forma de DN. Ahora bien, la reproducción del discurso de este fragmento no pued e ide ntificarse únicamente a través de la rel ación de y ux taposición contraída en dic e muy a menudo : No ay consuelo para quien se á hecho el daño con sus propias manos ni en la s ubordinación sustantiva observable en me decía que lo recivió envelesado y lo despidió de la mesma manera [ …]. Este análisis g ramatical solo sería procede nt e si el DR consistiera en la mera repeti ción de las palabras ajenas; pero narrar palabras no es lo mismo que na rr ar hechos: el contenido real del pasaje transcrito consiste en la recreación de unas situaciones comunicativas diferentes de la del emisor, que, al introducirlas en su propio discurso, son evaluadas por est e subjeti vamente, con lo que la tot alidad del p asaje transcrito es, a la ve z , representación e interpr et ación de una situación comunica ti va. De esta forma, la correcta ex plicación de esta unidad de DR, que integra elementos muy diversos , exige acudir a un análisis que rebasa este lími te oracional como el utilizado, e ntre otros autores, por Girón Alconche l ( passim ) y M éndez Garcí a de Paredes (especialmente 1999 , 2000a y 2009). Según estos autores, los constitu y entes de todo enunciado de D R son el marco reproductor y el discurso reprodu cido, así como la relación sintáctica est ablecida entre ambos. Como veremos, estos constituyentes son los que permiten la c oncepción del DR como “discur so dentro del discur so, enunciado 154 Reco rda mos que, s iguie ndo la metodología prop uesta por Girón Alconchel ( passim ), utilizada ta mbién por otros autores, señala mos el marco repr oductor en negrita y subra yamos las ci tas de DI. Lo s fragmentos de DI que originan variedades próximas al discurso mixto van en cursiva. Las citas de DD van entre co millas an gulares. Cuando e s necesario, o tras for mas de repr oducción se e specifica n entre corchetes. 255 se marca con la pr eposición el relativo ( al que trajere fabor de la ciudad ) 264 . Se ha registrado, no obst ante, un caso aislado de ausencia de m arcación en este contex to , reflejado en el último de los ejemplos, sin que en este caso pueda explicarse por la naturaleza léxica de la forma verbal, y a que honrar se complementa en otros contextos con ODP. Ante los OD constituidos por fórmulas d e tratamiento, la m arcación preposicional está generalizada en todos los casos y con todo tipo de v erbos. Suele tratarse de O D no solo individualiz ados y humanos, sino releva nt es discurs ivamente. En el caso de los tres últimos ejemplos de 23) , el referente extralingüístico del OD, vuestra revere ndísi ma , vuestra paternidad y vuestra merced , es el destinatario de l a carta: 23) […] po rque no tengo otro refujio ni haciend a sino a su merced (S2) Tengo po r llano en favor nuestro al de Flores, como lo á significad o, no haciéndonos merce d, sino entendie ndo sirve a su magesta d (S2) […] y que esper an a vuestra reverend ísima para acudir a mis necesidades con la voluntad que deven (P2 72) A mi Cristóval de Her ed ia escr ivo ahora re gale a vu estra paternid ad (P320) Al fin, señor, queda en buen estado con el m arq ués, así lo tuviéramos co n el de Uced a, aunque no está mal, segú n me á dicho el almirante, que d esea a vuestra merced no po co. (S26) El pr imero de estos enu nciados nos ofrece, además, un ejemplo clar o de l a a lt a topicidad asociada al marca do pr eposicional, que es reservada en esta estructura enfática para ma rcar al OD más relevante ( a su merced ) y se omi te ante el primero ( otro refujio ni hacienda ). Esta omisión no puede s er enteramente ex plicada por su ref erencia abstracta, ya que, como ve remos, se tr ata de una c ategoría en la qu e abunda todavía el ODP. Ante nombres propios de persona también está totalmente ex tendida la presenc ia de la ma rca pr eposicional, tanto si aparecen en solitario como acompañados d e determinantes y sin perjuicio de su posición respecto al verbo. Como ya se ha señalado, es frecuente en el epi stolario la estructura o racional r epresentada en 24), que vinculamos con una función estructuradora de la información, en la que un OD 264 Esta d istribución de la marcación prepo sicional pued e estar m o tivada por el b aj o nivel de individuación que apo rta al sintagma nominal de referenc ia humana el inde finido algún . 256 discursivamente relevante se sit úa en posici ón inicial absoluta d el enunciado adquiriendo un valor d e tópico discursivo, c omo marcador de un cambio de tema, qu e es precisamente el indicado por el O D topicali zado. En este entorno, que en el epistolario se muestra especialmente reacio a la duplicación clítica del OD 265 , la marcación preposic ional está completamente gramaticalizada: 24) A el señor d on Fernan do Carrillo á recusado e l duque de Uceda (S5 5) Al de Flo res encontré el o tro día y endo a palacio (S34) A don Andrés Cortés sacra me ntaron ayer tarde (S59 ) A don Agustín veré (P262) A nuestro F lores de Ávila no é vis to porq ue no ay para qué estos d ías que todo estanca (S27 ) El primero de estos ejemplos nos ofrece un contex to en el que efe ctivamente la marcación preposicional puede ejercer un com etido de sambiguador e ntre las funciones de OD y S, señalado po r parte de la bibliografía c omo origen del ODP 266 . En este caso , la ambigüedad entre ambas funciones sintácticas s e ve favorecida no solo porque el OD ( a el señor don Fernando Carrill o ) y el S ( el duque de Uceda ) comparten idénticos rasgos de humanidad y definición, sino porque el primero se sit úa en una posición topicalizada antepuesto al verbo, la cual, de form a más general y menos marca d a, es la que suele estar res ervada al sujeto. No obsta nte, en líneas generales, la posición focalizada del OD no es una circunstancia que influya en la aparición de la preposición, que, como se ha indicado, es categórica ante nombre propio personal, como se ve en los ejemplos de 25a, en lo s que la posición del ODP es pospuesta al verbo. Se han detectado, no obstante , l as ex cepciones se ñalad as en 25b: 25) a. […] i mbió un recado al vicario para que prendie se a Lope de Veg a y a Mira de Mescua (P320 ) En grande altura tene mos a el señor d on Alonso d e Cabrera (S50) Así Dio s guarde a v uestra merced a el señor don Rodrigo , que le co nfieso que en m i vida m e é visto más apurado (S49) b. Depáreme Dios Ø un Andrés d e Mendo za que lo refiera sin tantos tes timonios de sa ntos (P268) 265 Al respecto, véase el apartad o 3.1 .1. 266 Como se señala en el ap artado 1.1.4 . 2. , si b ien la tesis que señala la función desa m b iguado ra entre las funciones de S y OD de la prep osición tiene c ierta tr adición en la s investi gaciones , no p arece que por sí sola pueda justificar e ste hecho lingüístico. La mayoría d e l os autores coi nciden actualmente e n se ñalar l a relevancia e n este conte xto d e razones d e tipo discursivo, vinculadas con las f unciones i nfor m at ivas y co n el señalamiento d e objeto s relevantes en el discurso. 257 Prendiér onse los dí as pasad os a un cavallero po rtugués y otro castellano por so spechosos en las heridas del marqués de Velad a; co n ellos lue go Ø do n Francisco de Vivanco por lo m is mo (S28 ) En el primero de los ejemplos de 25b la excepción se justifica porque el nombre propio, precedido por el artículo indefinido, y a no hace referencia a un individuo concre to, sino que alude de forma metonímica a un prototipo de persona y funciona en el enunciado como un nombre común, categoría gramatical que, como veremos, presenta tod avía un espacio de v ariabilidad en cuanto a l a marcación preposicional. Menos aceptabilidad plantea en la len gua actual l a segunda de estas ex cepciones, y a que en este caso el nombre propio don Francisco de Vivanco referencia a un ente humano concre to y perfectame nte individualizado. Además, este OD ap arece en un enunciado en el que no se ha estimado nece sa ria la r epetición d el verbo ( prendi éronse ), circunstanc i a que en principio debía de favorecer la aparición de la marca preposicional (Laca, 2006) 267 . No obstante, es e n los OD con re f erente humano constituidos por no mbres comunes donde comenzamos a en contrar ma y ores alternancias en cu anto a la aparición del ODP. En esta zona de variabilidad hay q ue conceder un papel importante al componente d e de finitud léxica del p ropio OD y a la forma en que se ac tualiza en el enunciado. En principio, encontramos la marca pr eposicional ante OD sin gulares y bi en definidos: 26) [el rey] Enco mendó a su hijo mucho al duque de Uce da (S49) El señor d on Juan Ra mírez, inquisidor de esa ciudad , prev ino a mi seño ra la marqu esa del Carpio co n un propio par a la impetra del c ano nicato de don Fra ncisco de Ho ces, q ue est á en el cielo (S8 4) Vuestra merced me avise d’ello, p orque verdader amente deseo servir a su tío muy co mo se la debo (S67) La merced d e e l hábito salió la se mana pasad a, Dios guard e al c onde [ de Olivares] (P2 72) Espero en Dios de conse guirlo más presto de lo que vuestra m erced i m a gina, porq ue deseo ver a mi sobrin o o cupado (P270) 267 Ob sérvese, no ob stante, q ue la con strucción de pasi va re fleja ( p rendiéronse los d ías pasad os a un caba llero portugu és y o tro castellano ) to davía presenta concord ancia entre el verbo y su OD; el hecho de que el segundo OD, don Francisco de Vivanco , se sitúe en una po sición alej ada del verbo regente, con el que y a no co ncuerda, nos remiten a una o rganizació n discursiva que parec e respo nder más a p ará m etr os de f uncionalidad co municativa que a criter ios de precisió n sintáctica. Sobre la e xtensió n en el español clásico de la construcció n impersonal con se a par tir de la pasiv a reflej a, v éase Girón A lco nchel (201 3 [2004]) . 258 El señor Juan de Fría s tie ne cap itulada a su hija con un caballero d e Ávila (S6) Mucho me huel go de que tenga vuestra merced más vecino a mi amo (S18) Efectivamente , en todo s estos ejemplos se trata de objetos singulare s con referenc i a humana no solo perfectamente individuados y reconocidos como entidades personales concretas, sino también actualizados en el enunciado mediante alg unos de los determinantes que tienen ma y o r capaci dad de aportar definitud: artículo definido ( al conde ) y posesivos ( a mi sobrino , a mi amo , a su hijo …) (Barraza Carbajal, 2008). Es perce pti ble, a este r especto, una cierta tendencia en el contexto que analiz amos a la marcación preposicional de aquellos ODs actualizados por un posesivo, como se aprecia en los ejemplos de 26) . Observamos, por otra parte, que, en el prim ero de estos ejemplos, la marcación preposicional del OD ( a su hij o ) lo iguala form almente al O I ( al duque de Uceda ), con lo que la adecuada inter pretac ión del contenido de la oración queda confiada exclusiva mente al orden sintagmático de am bos ar gumentos, que en este caso si gue la p auta más general y menos marcada OD→OI (Compan y Company, 2006). En los tres últimos ejemplos de 26), los respectivos ODs ( a mi sobrino , a su hija y a mi amo ) se complementan con sendos predicativos ( ocupado , capitulada y vecino ), contorno sintác ti co que, según señal a Girón Alconc hel (2004a: 256), es claramente favorecedor de la marca preposicional. No obst ante, encontramos igualmente casos como los de 27), también con OD singulares y definidos, pero aquí sin marca preposicional, lo que claramente indica que en este entorno la pre s encia ODP no se encuentra tot almente sistematizada: 27 ) a. [Rodrigo Calderó n ] llamó a la tard e Ø su le trado y consu ltóle si co n b uena co nciencia podía dexar de suplicar d’ella (S57) b. Elo sentido [la m uerte de Pedro d e Valencia] p or lo que debo a nuestra nación, que á p erdido Ø el sujeto q ue mayor podía ostentar y oponer a lo s estranjeros (S33 ) Llegó a Uced a, d onde no ubo q uien le q uisiese ap osentar, a ntes todo el lugar ap ellidó 268 Ø el rey (S51) c . [el duque de Osu na] d exa a su mu ger allá, q ue no es lo que mejo r á hecho, po rque el reino envía a el marqu és de Pescara […] y a fray Lelylo Branch asio […] temiendo no b uelba el duque dexándose allá Ø la du quesa (S39) 268 “Apellidar es acla mar to mand o la voz d el rey, co mo: «Aquí del re y» o « Vi va el re y»” (Covarrubias, 2006 [ 1611] : s.v. ). El Diccionario de A utoridades (1726 : s.v. ) docu menta esta acep ció n del verbo con ODP: “El vassa llo que teni endo E mperador apellida à otro no solo agrávia à su P ríncipe, p ero pessada m e nte ofende al que apellída” . 259 En el primero de los ejemplos obser vamos la omisión de la preposición incluso en un contexto en el que se origina cierta ambi güedad entre l as funciones de S ( Rodrigo Calderón) y OD ( su letrado ), debida no solo al carácter humano y defin ido de ambos referentes, sino especialmente porque el primero no aparece ex plícitamente y, aunque ha sido mencionado con anterioridad, se encuentra alejado sint agmáticamente del verbo ( llamó ). En este caso, la adecuada inte rpretación del enunciado solo se resuelve considerándolo en su contex to discursivo. Por otra parte, la inhibición de la preposición es poco frecuente cuando e l OD complementa al verbo llamar , que es identificado por Laca (2006: 451) como una constante global favorecedora desde los primeros tex tos de la marcación preposicional. Es posible, por tanto, que en este ejemplo la falta de la preposición ha y a sido propiciada por razones de fonética sintáctica, ya que en posición inmediata anterior al OD se sitúa el CC a la tarde y, como señala Gi rón Alconchel (2004a: 256), se ha obs ervado que la presencia en el contexto sintáctico de cualquier otro complemento con a puede favorecer la ausencia del ODP 269 . En los ejemplos d e 27b, encontramos i gualmen te omisión de marcación ante OD que aluden también a ent idades personales human as y reconocibles – el suj eto (Pedro de Valencia h a sido mencionado en el enunciado inm ediatamente anterior ) y el rey – y definidas por el artícul o. El ejemplo de 27c es un buen exponente del espacio de variación que tod avía se registra en el epistolario en cuanto a l a aparición de ODP ante objetos singulare s, indi vidualizados y con ref erencia humana: está prácticamente sistematizada ante nomb re propio, en este caso p rece dido del sustantivo que indica l a respec tiva di gnidad ( al marqués de Pes cara y a fray Lelylo Branchasio ) y of rece vacilaciones en el resto de los casos. Así, los otr os dos OD del enunciado de 27c ( a su mujer y la duquesa ) c omparten forma verbal ( dejar ) y tienen el mismo referente humano, pero solo aparece la marca p reposicional ante el primero de ellos, precisamente el actualiz ado por un posesivo, lo que p arece confirmar la influencia favorable a la marcación que en nuestro corpus adquiere esta categoría gramatical. P or o tra part e, est e espacio va riacional v a a mantenerse en el tiempo: tanto Octavio de Toledo (2016a) como Girón Alconchel (2004a) encuentran, aunq ue espor ádicamente, omi sión de ODP 269 Laca (2 006: 447 ) se refiere a un fenómeno simi lar, y a que entre las pocas excepcion es q ue enc uentra de o misión prep osicional a nte OD no m b re pr opio personal, figuran aquel las en las que el nombre comienza por A . Jiménez Pató n (196 5 [1 614]: 9 6) ya había aludido a ello : “Y en los sob re escritos de los nombres que co miençan en vo cal, no d ice n a Antonio , a Andrés , sino A ntonio , Andrés ”. 260 ante objetos animados singulares de r eferencia humana en t extos de finales del seiscientos. El uso vacilante expuesto en relac ión con los sintagmas nominales singulares se amplía considerablemente en los sint agmas plur ales, que, en líneas generales, aportan menor grado de definición al referente y son, por tanto, candidatos peor situados en la escala de factores favorecedores de la mar cación preposicional, d e forma que la extensión de la variable ante esta categoría fue siempre lenta e insegura (Octavio de Toledo y Huerta, 2016a). No obstante, no f altan en el epistolario casos es porádicos de ODP ante esta categoría: 28 ) el rey nuestro señor [ …] confi rmó a lo s presidentes y o idores de su s Consejos (S49 ) Holgaré que a ya llegado vuestr a merced a su casa con la sa lud q ue le deseo y que aya hallad o a esas señoras con la misma (P29 0) Ahora bien, se observ a una clara tendencia a omiti r la preposición ante sintagmas nominales humanos plurales, con tod a clase d e verbos y en entornos donde hoy la le n gua actual requiere la presencia de a : 29 ) T enga vuestra merced bue n ánimo, que desde su ca sa á de bencer Ø sus enemig os (S77 ) […] p orque en el tiempo que es no podré yo asistir a los consejos; harto haré en v is itar Ø los jueces (S81 ) Creo que es lo m ej or d e todo […] d esconfiar de mi remedio por mano de quien tan po r sus cavales quiere Ø los a migos ( S45) […] pues no a y r açón para contravenir a ello, antes muchas par a estimar y ser vir Ø tales deu dos (S79) L a ca rta […] fue ta n desollada, que no solo cr édito mas ni aun cara me dej ó para bo lver a ver Ø los tesoreros (S6 ) Sentóse y, mandando salir fuera Ø los criados , se quedaron hablando los dos no savemos qué S50 Aunque todos los ejemplos de 29) se actualizan formalmente mediante artí culo definido o posesivo, hay que considerar que la pr esencia d e determinantes definidos no siempre garantiza c ompl etamente la definitud de la entidad a que hacen referencia 261 (Laca, 2006) 270 . De hecho, en estos ejemplos, sus e nemigos , los jueces , los amigos , los tesoreros , etc., a pesar de ir acompañados d e las formas gramatica les m á s capaces de definir al referente, presentan un grado de individuación mucho menor que los ejemplos de 28), donde tanto los presidentes y oidores de sus Consejos , como esas señoras 271 se refieren d e modo unív oco a entidades hum anas concretas y r econocibles. Por el contrario, los OD de 29) hacen menciones genérica s y atributivas referidas a grupos de individuos. La tenden cia a omitir la preposición ante OD plur ales de referencia human a va a mantenerse también, al menos, hasta finales de la centuria (Octavio de T oledo y Huerta, 2016a; Girón Alconchel, 2004a). En el epistola rio la hallamos incluso e n contextos identificados como especialmente favo rables a la marcación, como sucede con lo s predicados regidos por verbos como servir ( pues no ay raçón para contrav enir a ello, antes muchas para estimar y servir tales deudo s ), que en latín exigía dativo pero fue interpretado en el romance castellano como transit ivo (Girón Alconchel, 2004a) y su construcción más habitu al desde los primeros textos romances es con ODP 272 , como de hecho aparece en el epistolario en otros contex tos (véase el ejemplo de 26: deseo servir a su tío ). La preposición se inhibe también en este contexto cuando el OD complement a a un infinitivo subordinado ( sentóse y, mandando salir fuera los criados ) que suel e construirse con ODP cuando el re ferente humano es singular, según h emos visto por ejemplo en 24 ( deseo ve r a mi sobrino ocupado ). La misma situación pr esentan los OD constituidos por sinta gmas nominales plurales cu y o referente es un ser animado no humano, menos productivos en el epistolario. L os analizados carecen también de marcación preposic ion al: 30 ) […] favorecido de tres hombres que salieron de lo s mismos po rtales, asom braro n haca y lacayo s a espaldar aços (P312) el luto no dio facultad a m ás q ue a d esnudar lo s abestruces (P304) 270 Hay que tener en c uenta q ue la definitud es una pr opiedad discursiva que co mporta la exis tencia de un continu um q ue, además de por la prese ncia de d etermi nados rasgos léxicos y gramaticales, viene dado por factores de tipo discursivo, e ntre ellos la for ma e n que se o rganiza el te xto y la i ntención expresiva d e su autor. De esta for m a, e s frec uente que no siempre se p ueda r ecurrir a una de scripción binar ia, en tér minos de d efinido/no definido, sino q ue haya que ac udir a parámetros de m a yor o men or grado de definitud en función de todos lo s factores presentes en el en unciado ( Barraza Carb ajal, 2008) . 271 Se trata de la familia del desti natario de la ca rta, Francisco Flores. 272 Girón Alconche l (200 4a) encuentra también este verb o sin ODP en un texto d e finales del seiscientos . 262 Rióse Flores conmigo antes de ayer d e una quexa que le dio por una carta suya el señor don Antonio de Córdo va sob re no aver le enco m e ndad o la diligencia de buscar caballos de campo a su magestad, o freciéndole a Romerillo , un caballo que tiene guardado para su señoría (S5) Estos ejemplos están en consona nci a c on los re sult ados obtenidos por Laca (2006: 445) para los objetos animados no humanos, ante los cua les es minoritaria la aparición d e la marca preposicional en todo el corpus analizado por esta autora. En e l primero de los ejemplos, la inexistencia de determi nantes propicia aún m ás la aus encia de marc a ción pre posicio nal (Barra z a C arbajal, 2008) ante un OD compuesto por dos elementos coordinados ( haca y lacayos ), sin que su referencia animada sea determinante en esta época para acti var la marcación preposicional. El último ejemplo nos proporciona un caso de ODP ante nombre propio de animal, lo que indi c a el estado de gramatica li zación ante esta categoría nominal, con independencia de la n aturaleza de su referente. El comportamiento de la variable ante estos OD plurales y animados r evela, por ta nto, un estado de gra m aticalización de la varia ble en este contex to sintáctico mucho menos avanzado de lo que lo está en la lengua actual. Al respecto, Girón Alconc hel (2012: 32) detecta en el siglo XV II “la coexistencia de dos normas: una más antigua, que prescribe la preposición delante del CD definido, y otr a más innovador a, que manda ponerla d elante de CD anim ado”, que es la que finalmente terminó impo niéndose. Los ejemplos del epistolario relacionados en 29) r esponderían todavía a la nor ma antigua, en la que el f actor animación no ha terminado de imponerse y da lugar a vacilaciones en la aparición de ODP, aunque en nuestro caso es muy ma yoritaria la omi sión de la preposición, que es también reg istrad a por L aca (2 006: 445) ante est a clase de OD . A partir del si glo X VII, la noción de animación comienz a a ser elemento decisivo en la marcación preposicional pero, hasta su asentami ento definitivo en este ámbito, se produce un a sit uación de variación sincrónica qu e es la que s e apre cia nue stro corpus y es reflejada incluso por las gramáticas de la época. Así, Gonzalo Correas (1984 [1627 ] : 118) ejemplifica con sust antivos humanos y plurales los ODs qu e pued en ir “con a y sin a ”, entre ellos precisamente venzió a los enemigos y v enzió los enemigos , el mi smo entorno léxico del primer ejemplo de 29). El análisis de los OD in animados nos propo rciona nuevas evidencias d e que en el español clásico l a de finitud tenía más peso que la anima ción en l a ap arición de O DP. 263 Se trata del contexto e n el que en contramos ma yores divergencias respecto a la len gua actual, y a que la m arcación de estos objetos es abundante en el epistolario. Una prueba de la pro gre siv a importancia que v a adquiriendo diacrónica m ente la animación la hallamos en la evolución del ODP ante la categoría de nombr es geográficos. En este entorno, la marca preposicional era obli gada en el español clásico, “y a qu e como nombres propios poseían un alto grado d e definit ud y especificidad, pe ro en cambio no eran animados” (Sá ez Rivera 2008: 39). Al ir ganando terreno la animación sobre la definitud, la lengua h a id o progresivamente reaccionando contra la marca preposicional en este contexto, si bien ho y todavía es posible registrar al guna vacilación en función de la forma verbal emplea da 273 . En el episto lario es obligada la presencia d e la marc a preposicional: 31 ) a. A nuestro d uque de Sogor be y Cardona le an dado a Valen cia (S59) A do n Fra ncisco de Padilla […] an dado el castillo de Milán y a nue stro do n Ferna ndo Páez el govierno de Villanueba de los Infantes (S42) b. Ayer tuvimos u nas lucidas fiestas de p laça do nde no eché menos a Có rdova en la jineta ( S37) … y mucho más que saldrá a l uz pr esto, ilustrando a Córdoba y a su ca sa, por ser este el sujeto (S91) Los dos ejemplos de 31a comparten un mismo entorno sint áctico y en am bos es dar la forma verbal empl eada, p ero solo aparece ODP en el primero de ellos, en el que el nombre propio geog r áfico es el núcleo del OD, omitiéndose en el se gundo, donde el nombre pr opio es complemento del nombr e ( el castillo de Milán y el govierno de Villanueba de los Infante s ), lo cual mu estra la extensión de la marca preposicional ante esta categ o ría, que es todavía categórica en el epistolario. La pro gresiva importancia que a lo lar go de la evo lución de la lengua adquiere la animación en la aparición del ODP se constata también en la mar cación de OD referidos a entidades inanimadas, tanto concre tas como abstractas, ámbito en el que el ODP es muy productivo en el español clásico. Respecto a las entidades inan imad as concretas, encontramos ejemplos como: 32) a. No respondo a las cartas de los señores Jua n Alonso d e Vaena y el licenc iado Antonio d e Vaena (P282) 273 El proceso fue, no obstante, lento; r ecuérdese que tod avía Bello (1973 [184 7]: 294) aprobab a este uso: “deseo conocer a Sevilla”, “He visto a Londres”. 264 Muy b uenos a ños me pro meto con solo aver m e lebantado t e m p rano a respo nder a las cartas de vuestra merced (S5) b. El d uque estonces, p erdido de co lor desd e q ue vido entrar a el m ar qués y a las ala vardas tan de rondón (S50 ) c. […] y, como los fríos so n tan excesivos , alquilaro n el vacío y a un temí no lo to masen de po r vida, sigún an r esistido a las vizmas (P26 2) El ODP de los ejemplos de 32a es aceptable en la lengua actual debido a q ue el complemento adnominal del núcleo del OD ( d e l os señores Juan Alonso de Vaena y el licenciado Antonio de Vaena , de vuestra merced ), por su refere n cia humana y su alto grado de definitud, pu ede llegar a adquirir u n papel relevante en el enunciado, contagiando su carácter animado al núcleo del si ntagma (Barraza Carbajal, 2008). En 32b encontramos un OD formado po r dos sintagmas nomi nales coordi nados, repitiéndose la marca preposicional ante ambos miembros de la coord inación, aun cuando e l segundo de ell os es un ente inanimado. Dadas las ca racterísticas semánticas de este segundo OD ( las alavardas ) cree mos que en este caso es proc edente aludir al concepto de personificación para explicar la presencia de la preposición, a pesar de que la bibliografía alerta contra la simpli ficación a la que puede llevar u na aplicación sistemática de este concepto (Pensado, 1995a). H ay que considerar, además, que am bos ODP son correferentes con el sujeto ló gico del infinitivo subordinado entrar , siendo este un entorno sintáctico en el que, según señala Laca (1995) , es frecuente encontrar la preposición aun cuando se trate un OD inanim ado. Es posible, también, que, co mo señala L aca (2006: 470), la marcación sea debida a qu e el seg undo miembro ( las alabardas ) aparece coor dinado con un primero ( el marqués ) que ocupa una posición más eleva da en las escalas de animación y de finitud, circunstanc ia que esta a utor a señala como una c onsta nte fa vorecedora del ODP ante objetos menos de finidos 274 . Ahora bien, no se puede pasar por alto el componente pragmático y discur sivo: creemos que en este ejemplo la presencia de la marcación preposicional obedece sobre todo a una intención de reforzar la posición discursiva de los dos sintagmas coordina dos que funcionan como O D en el enunciado, focaliz ando así la atención en la indudable 274 En el ep istolario no puede co nsiderarse, sin embargo, co m o un factor re levante en la aparició n del ODP. Encontra m o s, en e ste c ontexto, varios caso s en los q ue la prep osición no se extien de al se g undo de los ele mentos coord inados , aun c uando ante el pri mero de el los la marcación sea categór ica : Muy enfermo está ese luga r, guarde Dio s a vuestra merced y Ø to da esa casa co mo yo deseo (S19), S ecrestaron lu ego sus vienes, p rendieron a el secretario Ø y otros criad os más (S50) . 271 sintagma nominal prese nta siempre C RP 280 . Los estudios diacrónicos s eñalan una al ternancia en el español clásico en el régimen de este verbo entre las preposiciones de y en , pero, ante sint ag m a nomi nal, el epistolario ya no registra esta variación y encontramos solo dudar de , que e s la p reposición que acabó imponiéndose: 37) […] ni me de xa n dudar del buen s uceso para vienes q ue me dan c uantos curiales tie ne e sta cor te (S7) D’esta m a nera proced ió aquella noche, dudand o de su sal vación y co nociendo sus o misiones (S49) […] y porq ue no p areciese q ue el añadir persona era du dar de su d ilige ncia, d ejé de hacerlo (P290) Nuestro corpus no ofr ece muchos ej emplos de dudar ante completiva o infinitivo, pero, como se ha a delant ado, los hallados presentan siempre rég i men directo: 38) De la j usticia de don Rod rigo Calder ón se trata y a como e xec utada […] con todo eso, d ud o Ø que sea esta se mana (S63 ) ojalá que me dej ase vuestra merced algo que m erecer en esta d emanda, que no dudaría Ø decir lo que san Ignacio a las fieras (S91) Respecto a creer , lo e n contramos siempre construido con un OD que señala aquello a lo que se da crédito. Este OD puede consistir en una forma pronomi nal neutra ( lo ) o en un sint agma nominal de carácter [ – an imado] (39a); pe ro, a veces, el verbo adquiere el sentido de ‘creer las palabras de alguien’, con lo que el OD tiene un carác t er [+ animado], apareciendo la preposición a (39b ). En cualquier caso, lo más llamativo es que no aparezca en el epistolario la construcción creer en , a pesar de qu e se trata de una estructura vi gente en tod as las épo cas p ara expresar que se tien e f e en algo o alguien (Cano Aguilar, 1984) . 39) a. […] si bien an dicho algunos q ue al fin d’esta, mas no lo creo (S26) Mis oj os no ac aban de tem plar se en el r igor con q ue me tr a tan estos días ni vuestra mer ced en creer Ø las incomodidades q ue paso (S83) 280 Se registra, si n embar go, un ej emplo de o m isió n de este complemento en un e ntorno sintáctico específico : “[…] co n que me a seguran to dos la gracia Ø q ue yo dudo p or ser en fa vor m ío” (S2 ) . Cree mos que en e ste ca so la cuestión del régimen v erb al ha confluido con la ten d encia a la elisió n prep osicional ante oraciones relativa s, que alcanzó s u punto culminante en el espa ñol clásico , perio do en el que, por otra p arte, no estaba aún d esarrollad a la secuencia artíc ulo+pr eposición+ que relativo, que exigiría el enunciado transcrito en la le ngua actual más elabo rada (…la gracia de la que y o dudo por ser en favor mío). Véase al r especto el ap artado 3.1.2. 272 b. Diferente relación me avían hecho tres o cuatro perso nas, mas yo creo a vue stra merced ( S79) No hay que cree r a abril llo vioso ni a mercader b ien hablado (S20) 281 Igual que sucede con sab er , es más frecuente que el OD de cr eer sea una oración completiva, entorno e n el que encontramos siempre la construcción transitiva direc ta 282 : 40) Al fin, señor, creo Ø que si vuestra merced no da la buelta, me á de llevar a esas peña s ( P28 0) Nada tengo de nuevo, que la musa creo Ø que, d e ociosa, haronea (P280 ) […] y vuestra merced crea Ø que es bueno te ner amigos y, esos, b uenos (S79) El mismo comportamiento se advierte con otros verbos de entendimiento, como entender , qu e podían construirse desde épocas anteriores con pr eposición ( entender de ), pero que solo encontramos en el epistolario en ré gimen dire cto ante completiva (41a). Con pensar (41b), predomina el mismo rég imen incluso cuando su complemento es un infinitivo, conforme a la tendencia se ñ alada para este grupo de verbos de entendimiento: 41) a. O y s e á enten dido Ø q ue an dado en Uceda y que tienen preso al duque a l’alameda (S53) 283 Entiend a Cristóval de Hered ia Ø que so y agrad ecido, pero no tan insensato que me a ya d e llevar por la nariz (S3 5) b. Esta carta y ese par de m elo nes p ienso Ø q ue a n d e merecer la sati sfacción de la librança d e mi amigo (S24 ) Pensé ao ra Ø que, estando su merced en el cielo, b acaba este i m p edi m e nto (S6 7) N o pienso Ø empeñar a vuestra merced en arrepenti m ie ntos (S80) […] y s intiólo callando la re solución que pensa ba Ø tomar en la prevenci ón o re m ed io d ’ese intento (S6) 281 Cano Aguilar (1 977: 3 44) rechaza, par a los textos del español m edieval, que p ueda con siderarse como OD este co m p leme nto c uando la p reposició n aparec e ante sustantivo [ – an imado], como sucede en el primer OD de este ej emplo ( a a bril llovioso ) , ya que en esa ép oca la m arcació n prep osicional de OD estaba p oco extendida. En el español clásico, no obstante, e s te fenóme no estaba mucho más d esarrollado; véase al respecto el ap artado 3.1.2. y los ej emplos d e a ante OD de carácter inanimado que p ropo rcio na el epistolario, incluso en entornos q ue el español peni nsular hoy rechazar ía. 282 So bre la esporádica presencia de la construcción que o m ite el nexo que ante la co mpletiva dep endiente de creer , véase el apartado 3.2.1.1 . 283 Este ej emplo nos ofrece un interesante ca so de la co nstrucció n dar en co n el sentido d e encontrar , si bien no hemos hallado o tros ej emplos e n el ep istolario. P or otra par te, el CC a la alamed a es una muestra de la falta de fijación q ue todavía registra el uso de d eter minadas prepo siciones. Co mpany (2 014 : 1257) señala que actual mente solo el español d e Buenos Aires emplea la pr eposición a co n valor locativo. 273 Dentro del grupo de verbos de actividad intel ectual, podemos distingui r un subgrupo característico en los denominados verbos de recue rdo y olvido, que presentan particularida d es propias en cuanto a su rég imen. C omo señala Cano Aguilar (1977), y a en los primeros textos medievales estos verbos aparecen con un complemento introducido por de , c u yo origen se localiza en el g enitivo con e l que solían construirse en latín, si bien tanto OBLIUISCI como RECORDARI alternaban el genitivo con el acusativo. La lengua actual ha fijado para los más usuales verbos de re cu erdo las estructuras acordarse de algo , con a cordar siempre en form a pronominal y CRP ; o recordar algo , con recordar seguido de OD 284 . Si bien el proceso de fijación comenzó en el españo l clásico, los textos del siglo XVII presentan toda ví a una gran variedad de construcciones, favorecida por la diferente significa ción que en esa época tenía n al gunos de estos verbos. Por ejemplo, en el epistolario recordar equivale todavía a despertar : 42 ) Los red iez m o s no pueden ab er do rmido tan to que e n cuatro años no a yan reco rdado m ás de d os veces (S23) 285 De esta forma, el únic o verbo d e recuerdo u tilizado en el epistolari o es acordar 286 , que encontramos siempre en forma pronominal y seguido de la prepos ición de cuando lo recordado es un sintagma nomin al (43a), un pronombre (43b) o un infinitivo (43c). Cuando el referente del recuerdo se expresa mediante una oración completiva, vuelve a aparecer el régimen direc to (43d): 43 ) a. De la haca no se acu erdan po rque no es de oro ( S14) b. Suplico a vuestra merced ponga remedio en tod o esto, que ya n o me a cuerdo de mí ni de m is alimentos (S35) 284 Como señala Cano Aguilar (1977: 352) , “ acordar(se) como verbo de rec uerdo es una creación relativamente tardía del castellano a partir de recordar(se) : si recorda r to mó el sentido de ‘ vol ver en sí , despertar ’ que tenía aco rdar , este últi m o adop tó el sentido , y el esque ma sintáctico , de recordar(se) . Posterio rmente, recordar(se ) quedó co mo forma vulgar, y so lo se aceptó a cordarse de ” . Corominas (2008 [1961]: s.v. ) no documenta aco rdarse hasta 1240 : “De este verbo [r ecordar] derivó además el castella no su acordarse , ‘tener m e moria de algo’, ajeno a las d emás lenguas ro mances”. De las inter ferencias entre ambas construccio nes surgiero n las estructuras act uales que se han señalado . 285 Es la pri m er a acep ción q ue da Covarr ubias par a recordar : “despertar el q ue duer me o volver en acuerdo” (2006 [1611 ] : s.v. ). Pero en e l Diccion ario de Autorida des (1737: s.v. ) es ya la segunda acepción y le asig na un uso fi gurado: “Metaphorica mente vale desper tar el q ue está dor m i do”. El ejemplo de 42) es un a metáfora en sí mi smo. En cartas a nteriores, Góngora se había interesado p or la posible existencia de rentas a su favor p rocedentes de sus bene ficios eclesiásticos (rediez mos); la p resunta respuesta negativa d e su corr esponsal motiva el co mentario t ranscrito, que revela la extrañ eza del poeta. 286 Solo hemos hallado un ca so de acor dar con el significad o de “adop tar un acuerdo ”: “ aquella resolución fue a cordad a entre tío y sobrino ” (S6). 274 c. Entre tanto júbilo , a cuérdese v uestra paternidad de co brar d e el secretar io Juan de I nsausti la cédula de el hábito d e Santiago (P268) d. Y llega ndo a esto, me acuerdo Ø que el señor don Lorenço de las Infantas me alavó un ca ballejo de el nuebo escr ivano de cabildo ( S2) Pero también hallamos acordar como verbo de valor causativo, c on el significa do de ‘ha c er qu e alguien re cuerde al go’, uso que la leng ua actual reserva para ‘ rec o rdar(le) a alguien algo ’ 287 . Con este v alor, la construcción es si empre en régime n directo, con independencia de la ca te goría morfológ ic a del complemento: 44 ) […] y bese las manos de mi par te a mi se ñora do ña Fr ancisca y le acuerde Ø no sé qué coxquillas tubo su merced de imbiar me aceitunas y p o m o s de agua (P 26 6) Sírvase vuestra merced de aco rdarle Ø que so y s u pupilo y, lo q ue es más, su a migo y servidor (S34) Nuestro b uen co nde d e la P uebla me ha ma ndado acu erde a vuestra merced Ø le e mbíe 4 0 varas de anafaya (S83 ) […] el marq ués no se olvida de vuestra merced ni yo de acordarle Ø su no mbre (S7) Este último ejemplo es particularmente int eresante porque com bina l os dos verbos más usuales de recuerdo/olvido en el mismo enunciado. L a pri mera oración presenta ol vidar en forma pronominal y s eguido de CR P ( de vuestra merced ), mientr as que en la se gunda acordar se emplea con el citado valor causativo, ho y en desus o. De esta forma, el sujeto d e o lvidar ( el marqués ) pasa a desempeñar la fun ción de O I ( le ) en la seg und a oración. Un últim o uso que detectamos en acordar , y a desaparecido en la len gua actual, es el ejemplificado en 4 5), que gozó de cierta vitalidad en el español clásico (Cano Aguilar, 1977: 353;1984: 239): 45 ) […] p erdonamos a vuestra merce d el retor no de las ca xas de conserva, q ue se nos acuerda ahora (P 312) A pesar de que semánticamente esta estructura sintáctica se acerca a la impersonalidad, con el verbo acordar con el significado de ‘venir a l a memoria’, 287 Otra forma de e xpresar literal mente este valor causativo de ‘hacer que alguien recuerd e al go’ e s la siguiente: “ Pienso ver al e mbajador y hacerle a lgún recuerdo q ue creo importará” ( P320). 275 podemos considerar que el objeto recor dado ( las caxas de conserva ) es el sujeto formal (en el ejemplo, e l antecedente de l qu e relativo que ejerce la función d e sujeto) de recordar , mientras que el que recuerda ( nos ) cumple la función de OI. Con respecto a olvidar , en el epistolario parecen y a consolidadas las actuales construcciones ‘ olvida r algo ’, con OD (46a) y ‘ olvidarse de alg o ’, con el ve rbo en forma pronominal y CRP (46b): 46 ) a. […] ya que su pri m o , que e sté en el ci elo, olvidó tanto esta po lítica (P2 86) […] si ya n o fueron b otos de enferma que, en sanando, o lvida el cumplimiento (P 266) b. A mi gente toda se las b eso muchas vece s, aunque s us merc edes se olvidan de mí tanto (S 68) Mire q ue no se o lvide vuestra paternidad de el pad re fra y Andrés Ortiz, que lo quiero mucho (P322) Pero la fijación de esta construcción p resenta al gunas fisuras cuando el complemento es un infinitivo, y aparecen cruces e ntre ambas e stru cturas: 47) a. No se olvide vuestra reverendí sima en Sevilla de mandar so licitar lo s antojos (P2 68) Nuestro a migo se olvida aun de co nsolarme con su carta (S16 ) b. En Sevilla no olvide vuestra p aternidad de ver al señor canónigo D uarte Pereir a (P2 72) c. Áseme olvid ado Ø avisar a vuestra merced en las estafeta s p asadas de la Junta de Concien cia que se á hecho (S51 ) Así, frente a la regularidad observ able en los ejemplos de 47a, con el verbo en forma pronominal y CRP introducido por de , 47b nos o frece un caso de olvidar de , en el que aparece el complemento preposicional aun c uando el verbo no presenta forma pronominal. El caso de 47c, también en ré gimen directo, nos ofrece u n ejemplo de olvidar con sentido inactivo. 3.1.3.2. Verbos causativos emocionales Otro grupo de verbos que ofrece especial inte rés en cuanto a la variación que presenta su régimen es el de los que expresan un estado emocional. Entre ellos, distinguimos un subgrupo especial, por las partic ularidades que o frece su c onstrucción 276 sintáctica, en los deno minados causativos em ocionales (Cano A guilar, 1981). Los predicados en los que in terviene este tipo de verbos se caracterizan por presentar dos argumentos centrales entre los que s e establece una relación causativa, de forma q ue uno de ellos, normalmente revestido de un carácter [ + humano] , experimenta un sentimiento o una emoción; mientras, el otro, que puede ser una entidad [ – humana], es el estímulo o la causa de esa emoción. Desde lo s inicios del idioma, la expresión del estado emocional con este ti po de verbos ofrece dos posibilidades: la que asigna al argumento experimentante la función de sujeto de la oración y l a que otorga est a función al estímulo de l a emoción 288 (Melis 2000, Melis et al ., 2003). Se trata de dos procedimientos dist intos para expresar el mod o en que se concibe el sentimi ento referido por la acc ión verbal, que condi cionan, además de la función sintáctica de sus dos ar gumentos centrales, toda la estructura de es tas oraciones. En l a determinación de estas estructuras desempeña un papel determinante el régimen de las formas verbales involucradas. En el epistolario encontramos varios v erbos que podemos en cuadrar en este apartado, como espantar , ex trañar y , singularmente, dos cuy o rendimi ento e s muy productivo: holgar y p esar . Ambos ve rbos, h oy en desuso, son semánticamente antónimos y , como veremos, su rég imen admite variadas posibil idades. S alvo alg una excepción puntual, el ar gumento experimentante de la a cción de ambos verbos suele ser el autor del tex to; es decir, expresan su p ropio estado emocional. Pero ha y una diferencia fundamental e n las estructuras sint ácticas en las que ambos verbos aparecen: mientras holgar asigna si empre al experimentante el papel de suj eto, pesar le atribu ye la función de OI . Por lo que se refiere a holgar , en el epistolario se emplea como sinónimo de ‘gustar de una cosa, alegrarse, experimentar placer con ella’ 289 . La len gua actual emplea precisame nt e alegrar(se) o gustar en este contexto, pero son verbos no utilizados en nuestro corpus, donde sol o registramos una ocurrencia para gustar , construida con CRP: 48 ) Lo que fuere sucediendo ir é sin falta avi sando a vuestra merced, pues gusta d e que le canse con mis cartas (S57 ) 288 Se prod ucen así contraste s como: Me a legro de verte/Verte me alegra . 289 A pe sar de que tanto Covarr ub ias ( 20 06 [1611] : s.v. ) co mo el Diccio nario de Au toridades (1 734 : s.v. ) señalan como primera acepción de holgar la d e ‘descansar, estar ocio so’, el ep istolario s olo registra d os ocurrencias de h olgar con este significado: La esta feta p asad a d exé holga r a vuestra merced ( S46) y P or una parte quisiera irme a holgar (S13) . 277 De h echo, s egún s eñala Melis (2000), la a cepción actual de gustar no se incorporó al léxico español hasta los últimos años del siglo XV I, ya que anter iormente se empleaba como sinónimo de catar (< GUST ARE ). Como vemos en 48), el experimentante ( vu estra merced ) es el sujeto gramatical de l a subordinada causal introducida por pues y e l estímulo de emoción se expresa mediante la c ompletiva de régimen preposicional d ependiente de gustar ( de que le canse con mis cartas ). Esta estructura sint áctica para el verbo gust ar es ho y de uso muy r estringido, pero – según Melis (2000) – fue ma yoritaria hasta el siglo XV II , centuria en la que este verbo comienza a desarrollar la construcción preferida por la lengua actual, e n la que el experimentante ejerce la función de OI, reservá ndose la de sujeto par a representar al estímulo 290 . Así pues, e s holgar el único verbo uti lizado en el epistolario para ex presar el sentimiento de alegría, conformidad o gusto por alguna cosa. Aparece conjugado en primera person a del sing ular, con lo que el propio autor del texto e s el arg umento experimentante y el que ejer c e la func ión de sujeto 291 . No obstante, es tamb ién uno de los verbos cuyo rég im en está sometido a may or variación. En primer lugar, puede aparecer incrementado o no con una forma pronomi nal ( huelgo , me huelgo ), sin que ello signifique preferencia po r una u otra construcción, ya que lo encontramos en r égimen directo o preposicional con independencia de s u uso pronominal o si mple. Holgar selecciona p referentemente la preposición de , aunque ante sinta gma nominal es mayor ita rio el uso de con (9/14), si bien se trata e n este últim o caso de contextos discursivos marcados por un fuerte carácter formulario y vinculados con la tradicionalidad discur siv a del género epistolar: 49 ) Con la carta d e nuestro buen Rod rigo de Harana holg ué (S67) No sabré encarec er lo que me holgué con dos cartas de v uestra merced q ue el s e ño r fra y Plácido me restituyó en la buelta d e su jor nada de Tord e lagun a (S13) 290 Así, para el ejemplo de 48 ) la len gua actual ha fijado la estructur a p ues (a vuestra me rced) le g usta qu e le canse co n mis ca rtas . 291 Se registran muy escasas ap aricion es de holga r con un s ujeto distinto d el em i sor de la carta: “ Al conde di a leer to da la ca rta de vuestra m erced y se ho lgó d el cuidad o que vuestra merced tenía de su a nafaya ” (S86) ; “ Veso las m a nos de vuestra m erce d m uchas veces po r lo que se huelga d e la merced que su magestad me hace ” (S63) y un c urioso caso en el q ue ho lgar no aparece complem e ntad o: “ Buen abr il deben de a ver tenido, pues s e animan esos ca valleros a f estej ar lo q ue es tan ta raç ón. Huélguense un verano, que es vergüença llor ar siempre duelos u n lugar de t anta noble ça ” (S68 ). 278 En efecto, en las apariciones de holgar con el verbo siempre se conjuga e n una forma de pasado y el núcleo del SN es el sustantivo carta , de manera que parece constituir una fórmula retórica cuyo v alor discursivo es dar cuenta del intercambio epistolar y a gradecer a su interlocutor una misiva. Se obse rva, po r otra parte , qu e en estos casos de holgar con el complemento tiene un carácter menos nuclear y refleja una dependencia más l axa co n respecto al v erbo, como vemos en los ejemplos de 49), en los que el complemento puede situarse antepu esto o pospu esto a la forma verbal. Además de este entorno concreto, holgar pr esenta un r égimen mu y v ariable, reflejado en la siguiente tabla : Holgar + de + SN 5 Holgar + Ø + co m p letiva 7 Holgar + que + com pleti va 13 Holgar + de + que + com pleti va 3 Holgar + Ø + infinitivo 6 Holgar + de + infin it ivo 10 Total 44 Tabla 1 . Distribución de las o currencias de ho lgar en funció n de su régi m e n Cuando holgar sele cciona de , el complemento pu ede venir ya constituido por un infinitivo (10 /1 8), un sintagma nominal (5/18) o una oración completiva (3/18). En 50 ) se reflejan algunos ejemplos holgar de complementado con un sintagma nominal, que y a no registra libertad posicional y va siempre pospuesto al verbo: 50 ) No sab ré decir a vuestra merced cuánto me é ho lgado del ávito del señor don Rodr igo ( S89) Mucho me huelg o de la buena elección q ue vuestra merced á hecho de nuera (S47) Pero, may oritariamente, holgar de se complementa con infini tivo, sig uiendo en este caso la tendencia genera l de la lengua en la é poca que estudiamos, au nque exist e un espacio de variación en este entorno que mot iva que podamos encontrar también la construcción en régimen directo. Ello está en consonancia con lo s eñalado por Cano Aguilar (1984), respecto a que holgar es uno de los verbos que con mayor fre cu encia presentan la alternancia entre ambas construcciones. En el epistolario, es de los pocos 279 verbos con los que la construcción con CRP ante i nfinitivo (51a) constitu y e mayor ía, y a supone el 63% (10/16) del tot al, frente al 37 % (6/16 ) que presenta régimen dire cto (51b): 51 ) a. Holguéme de dexarlo irritado y no creo q ue pequé en ello ( S9 ) […] aunque sea riñéndo me, huelg o de leer sus renglones ( S16 ) […] que h olga ría de servirle aco m p añándo lo en esta so licitud ( S1) b. […] y así, ho lgara Ø escusar lo hasta ver pasa da esta nube que po r fuerça á de aped rear mi viña (S17) Holgaría Ø acertar en la dispo sición d ’ella (S6 3) De m í no d igo lo que me h olgué Ø oirlo (S32) Tampoco está completa mente fijado el régimen de holgar cuando se combina con una o ración completiva de v erbo conju gado, e ntorno en el que admite la completiva asindética (52a) 292 , sin expresión de nexo alguno ( 7/23); el régimen directo con que (52b), que es la construcción mayoritaria (13/23) , y, también, el CRP con de (52c), construcción que solo registra tr es ocurrencias: 52 ) a. la otra de este hord inario en que vu e stra merced m e avisa queda con algún d olor de i j ada, qu e holga ré Ø no pase adelante (P2 78) A don Luis Xi ménez de Gó n gora besé la s manos e st a mañana; viene a solicitar el hábito d el señor do n Íñigo. Ho lgaría Ø se lo diesen de Santiago, po rque nos rele váse m o s d e costas a mbos (P298) b. Huélgome Ø que aya llegado el señor d on Gaspar B onifaz a esa ciudad con salud ( P28 6) El catarro del amigo ho lgaría Ø que se ubiese rep arado con las sangrías (S33 ) 293 292 Las co mpletivas asindética s se a nalizan en el apar tado 3.2. 1.1. El valor modalizad or que allí atribuimos a e stas estructuras se refleja también en las a sindéticas dependie ntes de holgar , que solo aparecen cuando el verbo regente está en fut uro o condicio nal, co n lo q ue conte nido d e l a s ubordinada se presenta sie m p re co mo algo no realizad o tod avía e n la re alidad extraling üística y que, más bien, cabe interpretar como la expresión de un deseo del emisor. En las completivas no asindéticas, h olgar p uede conjugarse en c ualquier tie mpo verbal, además de los dos ind icados. 293 Cabe señalar en este ej emplo la lla mativa focalizació n del sintagma el ca tarro del amigo , sujeto de la subordinada co mpletiva, que se antepo ne al verbo rege nte para co locarse en p osición inicial absoluta, d e máxima relevancia prag mática. Ya se ha h ec ho mención en otros apartad os a esta estrategia disc ursiva que en muchas ocasione s es utilizada par a introducir un nuevo te ma en el discurso, destacando el elemento que consid era más relevante de este nuevo tema y focaliza ndo la atención so bre el mismo. Sobre esta clase de anteposiciones y el orden mutuo esp erable en tre los constituyentes d e la o ración, es imprescindible Narbo na Jiménez (2 015 [2000]), que afir ma: “La disc usión acer ca d e si el español es o no una lengua d el tipo S -V - O […] no puede plantearse sino en funció n de las co ndiciones en unciativas de las diversas clase s de actuacio nes co mun ica tivas. […] Es en el niv e l d el di scurso donde pued en d escubrirse las funciones, básica mente prag máticas, (e nlace y co h esión textual, pr ominencia o focalizac ión 280 […] huelgo Ø que vuestra mer ced se hurte del trab ajo d e escrivirme cartas po rque me esc use del que tengo en leella s (S6 3) c. […] abr á y a v uestra merced entendido cuá nto huelgo d e que se a ya ser vido el señor d on Martín de Cárca mo de prendas nuestras ( S76) Mucho me h uelgo de que tenga vuestra merced más vecino a mi amo (S18) Huelgo de que aya llegado vuestra reverendísima con salud a Andúj ar ( P272) Por lo que se refiere a pesar , equivale a ‘sentir do lor por alguna cosa, lame ntarse de ella’. S u empleo es mucho menos productivo que holgar , y a que s ufre la fuerte competencia de otros verbos del mismo campo semántico, en especial sentir . Al igual que holgar , puede aparecer sin ninguna complementación, sin bien e ste uso sólo se ha registrado en dos ocurrencias 294 . L a característica principa l de las construcciones con pesar es que, c on independencia d e su régimen, siempre lo encontra mos i nmo vilizado en tercera persona del singular y acompañado de un clíti co pronominal que señala al argumento experimentante y ejerce la función de OI ( me pesa ). Por otra parte , su régimen aparece som etido a menos variación de la que hemos visto con holgar : Pesar + de + SN 5 Pesar + Ø + completiva 6 Pes ar + Ø + infinitivo 1 Pes ar + de + inf i nitivo 1 Total 13 Tabla 2 . Distribución de las o currencias de pesar en funció n de su régi men Ante sintag m a nominal, pesar siempre rige un CRP con de , que señala el argumento estímulo o causa del pesa r: 53) Péssame de las enfer medades de essos cavallero s y mucho m ás de la muerte del señor don Gerónimo de Cárca mo (P 310 ) Pésame de las nuebas q ue vue stra merced me da de la co secha (S18) contrastiva, etc.) que cumplen, solidar iamente, el o rden de los ele mentos y el conto rno en tonat ivo” (Narbo na Jiménez, 2015 [2000]: 168). 294 En a mbos casos, el contorno sintáctico y semántico es cas i idéntico: “ Buscó la carta y n o la halló en aquellas faldriqueras y a mí n o me pesó , por gastar el tie mpo en lo q ue más me impo rtaba ” ( S7) ; “ Par ado está todo esto de la ca balleriça y no me pesa , par a que ay a l ugar d e solicitar al al mirante ” (S5). 287 (62b) 300 . Para la otra construcción mediante la que l a lengua actual señala al destinatario de lo dicho, ‘hablar con alg uien’ , solo hemos halla do las dos ocurre n cias de 64c: 62 ) a. Con el marqués d e Flor es estaba antes de a y er en la carrera alta d e San J erónimo, fue desde el coche y así no pudimos h ablar (S6) la buena marquesa y sus hijo s an visto no sé c uá ntas ve ce s al señor don Baltasar […] con tanta s lágrimas que no an pod ido hablar (S5 7) Hablamo s largo y desabro chadamente; e s buen cavallero (S37 ) b. […] llamando el duq ue a su mayordo m o , no consintiero n que le h ablase (S50 ) Respondió su señoría que pen saba hab larle (P3 16) Hablé primero al señ or don Alonso de Cabrera (S80) Hablaré a su ilustrísima y veré lo que m e responde (S68 ) c. Esta mañana vi a d on Francisc o y leí el cap ítulo que habla ba con su hermano (P316) Mis alimentos no es j usto que p adezcan ni h able co n ellos ningún fracaso o novedad (S5 ) Aparte de estos usos int ransitivos, en el epistola rio es genera l la presencia del CRP con hablar para representar el asunto del que se habla. P ero mientras en la len gua actual la construcción de este verbo presenta ma yoritariamente la preposición de , en el español clásico es característica la alternancia entre las preposiciones de y en , sin que ello im plique variación semántica en el enunciado. En el epistolario todavía predomina hablar en (63a), forma de la que registramos ocho ocurrencias frente a solo dos de hablar de (63b ). Ello concuerda con los datos ap ortados por Octavio de T oledo (2016a: 230), que indica la subsistencia de en para el r égimen de hablar hasta mediados del Ochocientos, época e n l a que comienza a imponers e definitivamente hablar de . 63 ) a. Ayer estuve con el marqués de Flores y hablamo s en vuestra merced tan admirable mente, que […] (S39 ) Mas, dej ando estas civilidades, que es vergüen ça hab lar en ellas, […] (S68) […] si bien no habla mos en particulares de hacie nda (S88) […] y que é hab lado sie m p re con modestia en la r elación qu e é hecho de mis pretensiones (S78) b. […] de la jo rnada de Aragón buel ven a h ablar (S32) […] m u y mal se h abla de este señor (S35 ) 300 Estos dos usos, i ntran sitivo o aco mpañado de CI, son los ún icos usos re gistrad os p ara ha blar p or Fernández Alcaide y Leal Aba d (2023 ) en el español americano de la épo ca colonial. [Document text truncated for crawler view.]