Full text
E S T U D I O Y E D I C I Ó N D E L E P I S T O L A R I O
D E G Ó N G O R A . V A R I A C I Ó N S I N T Á C T I C A
Y D I S C U R S O R E F E R I D O A L I N I C I O D E L
S I G L O X V I I
Isabel Marín García
Tesis doctoral
2023
Directora: Marta Fernández Alcaide
Departamento de Lengua Española, Lingü ísti ca y Teoría
de la Literatura
1
2
Gran cosa e s entre los que bien se qu ieren
la co r respon dencia; mucho entre ti ene un
locutorio de papel a los ause ntes .
Luis de Góngo ra. Epistolario
3
4
ÍNDICE GENER AL
Agradecimientos .............................................................................................................. 9
Presentac ión ................................................................................................................... 11
1. MARCO TEÓRICO Y ESTADO DE LA CUESTIÓN ......................................... 15
1.1.El contexto histórico-lingüístico del espistolario .................................................. 15
1.1.1. El siglo XVII en la historia de la lengua española ................................................ 16
1.1.2. Principales proce s os de cambio sintáctico en el siglo XVII ................................ .. 25
1.1.3. Estado general de la cuestión de las variables analizadas……………………….31
1.1.4. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. La sintaxis del predicado ……34
1.1.4.1. Duplicación clítica de l objeto…………… …………………………….34
1.1.4.2. Marcación pre po sicional del objeto directo……………………………3 9
1.1.4.3. Régimen preposicional de l verbo……………………………………...45
1.1.5. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. Las relac ion es
intraorac ion ales…………………………………………………………………………52
1.1.5.1. Sintaxis de la oración subordinada sustantiva…………………………52
1.1. 5.2. Sintaxis de los relativos………………………………………………..63
1.1.6. Estado de la cuestión de las varia bl es analizadas. La sintaxis de la oración
compleja………………………………………………………………………………...70
1.1.6.1. Causales………………………………………………………………..74
1.1.6.2. Consecutivas…………………………………………………………...82
1.1.6.3. Condicionales…………………………………………….……………88
1.2. El discurso referido. Aspec tos gene rales ………………………………………..95
1.2.1. El discurso referido en los estudios de sintaxis histórica de la le n gua española.
Estado de la cuestión…………………………………………………………………...96
1.2.2. La polifonía textual. L a teoría de la enunciación y su aplicac ión a los
procedimientos citativos……………………………………………………………… 115
5
1.2.3. El discurso referido y la Gramática…………………………………………….124
1.2.3.1. El discurso referido en la tra dición gramatical……………………….124
1.2.3.2. La gra mátic a del discurso referido desde la perspectiva discursiva. El
continuum de reproducción……………………………………………………139
1.2.4.El discurso referido y la organización discur s iva. Aspectos externos e
internos……………………………………………………………………………….. 146
1.2.4.1. Discurso referido y unidades discur sivas ……………………………..146
1.2.4.2. Organización interna del enunciado de discurso referido: marco
reproduc tor y cita……………………………………………………………...151
2. EL CORPUS ……………………………………………………………………… 159
2.1.Contexto biográfico del epistolario …………………………………………….. 159
2.1.1. Góngora e n M adrid (1617- 1626)………… …………………………………….161
2.1.2. Los corre spons ales y los temas trat ados………………………………………..169
2.2 . Perfil concepcional del epistolario ……………………………………………...187
2.3 . La transm isi ón del epistolario ………………………………………………….192
2.3.1. Manuscritos…………………………………………………………………….194
2.3.2 . Ediciones……………………………………………………………………….212
2.4. La edición del corpus. Criterios de edición y prese ntación ………………….. 218
3. EL CAMBIO SINTÁCTICO EN EL EPISTOLARIO …………………………229
3.1.Cambios en la sintaxis del predicado ………………………………………….. .229
3.1.1. Duplicación clítica del objeto…………………………………………………..230
3.1.1.1. Recapitulación………………………………………………………..250
3.1.2. Marca do p reposicional del objeto directo……………………………………...252
3.1.2.1. Recapitulación………………………………………………………..266
3.1.3. Régimen preposicional del verbo………………………………………………268
3.1.3.1. Verbos de entendimiento y proceso intelectual……………………...269
3.1.3.2. Verbos causativos emocionales………………………………………275
3.1.3.3. Verbos de habla y comunicación……………………………………..286
6
3.1.3.4. Régimen de l v erbo servir y de los predicados complejos formados con
merced y menester …………………………………………………………….293
3.1.3.5. Recapitulación………………………………………………………..305
3.2.Cambios en la sintaxis de las relaciones intraor acionales ……………………..307
3.2.1. Sintaxis de la subordinación sustantiva……………………………………….. .308
3.2.1.1. Variantes en re la ción con el nexo que . Omisión y duplic ación de la
conjunción. Que no regido…………………………………………………….308
3.2.1.2. El artículo determinado ante or a ciones de infinitivo…………………327
3.2.1.3. Diversificación del nexo completivo…………………………………331
3.2.1.4. Recapitulación………………………………………………………..335
3.2.2. Sintaxis de los relativos……………………………………………………….. .337
3.2.2.1. Vacilac ion es en el paradigma de los relativos………………………. .337
3.2.2.2. Elisión y p rolepsis preposicional ante que relativo…………………..342
3.2.2.3. [Artículo + que ] en relativas preposicionales y relativas c on antecedente
oracional……………………………………………………………………….349
3.2.2.4. Relativas enfá ti cas [ lo + SN + que ], [SN + que + ser ]……………….357
3.2.2.5. Recapitulación………………………………………………………..361
3.3. Sintaxis de la oración com pleja …………… ………………………………….. .363
3.3.1. Oraciones causales……………………………………………………………..366
3.3.1.1. Que ……………………………………………………………………369
3.3.1.2. Porque ………………………………………………………………..381
3.3.1.3. Pues , ya que …………………………………………………………. .391
3.3.1.4. Por + infinitivo……………………………………………………….400
3.3.1.5. Como , según ………………………………………………………….403
3.3.1.6. Recapitulación………………………………………………………..410
3.3.2. Oraciones consecutivas…………………………………………………………412
3.3.2.1. Consecutivas de intensidad………………………………………….. .414
3.3.2.2. Consecutivas de manera………………………………………………425
7
3.3.2.3. Otros nexos consecutivos. Y así , co nque …………………………… ..431
3.3.2.4. Recapitulación………………………………………………………..436
3.3.3.Oraciones condicionales……………………………………………………… ... 437
3.3.3.1. Oraciones condicionales con si . Correlaciones modales y
temporales…………………………………………………………………… ..437
3.3.3.2. Funcionalidad discursiva de las oraciones condicionales c on si ……. .446
3.3.3.3. Otros indicadores de la c ondicionalidad. Como si , y más si , [ a no +
infinitivo], cuando , ge ru ndio con valor condicional…………………………..458
3.3.3.4. Recapitulación………………………………………………………. .467
4. EL DISCURSO REFERIDO EN EL EPISTOLARIO …………………………469
4.1. El discurso directo ………………………………………………………………469
4.1.1. Caracterización y variantes……………………………………………………..470
4.1.2. La s formas prototípicas del discurso directo………………………………….. .481
4.1.2.1. Aspectos formales……………………………………………………481
4.1.2.2. La funcionalidad discursiva de l di scurso directo en el epistolario…..484
4.2. El continuum entre la re producción in directa y e l d iscurso mixto … ………..513
4.2.1. El discurso indirecto.Caracter iz ación y varian tes…………………… …………514
4.2.2. El discurso mixto……………………………………………………………….519
4.2.3. Reproducción indirecta y proce sos d e variación sintáctica en el siglo XVII…..529
4.2.4. Los verbos introductores de la reproducción indirecta y la e x presión de la
subjetividad……………………………………………………………………………535
4.2.5. Contextos discursivos de la reproducc ión i ndirecta y sus va riantes en el
epistolario……………………………………………………………………………..549
4.3.En los límites entre narración y reprodución: el discurso narrado …………..567
4.4. El discurso referido entre la f unción evidencial y la modalidad epistém ica ...584
4.4.1. Dicen / se dice / díc ese + que. Sintaxis y valor es discursivos…………………… .588
4.4.2. Como / según dice ( n ) y v ariantes . Sintaxis y valores discur sivos …… ………….596
4.4.3. Funcionalidad discursiva de la c it a de autoridad en el epistolario……………..605
8
5. CONCLUSIONES ………………………………………………………………..618
BIBLIOGRAFÍA …………………………………………………………………….632
Índice de tablas ………………………………………………………………………674
Índice de figuras ……………………………………………………………………..675
Índice cronológico de cartas ……………………………………………………….. .676
ANEXO I. Transcr ip ción paleográfica
ANEXO II . Presentación crítica
15
1. MARCO TEÓRICO Y EST ADO DE LA C UEST IÓN
1.1. EL CONTEX TO HISTÓR I CO-LI NGÜÍSTICO DEL
EPISTOLARI O DE GÓNGORA
16
1.1.1. El siglo X VII en los es tudios d iacrónicos de la len gua esp añola
Es un hecho admitido que, en el estudio diacrónico de la lengua española, el
siglo XVII ocup a una posición privileg iada, que que da subra yada tanto por la atención
que dedican a esta c enturia los estudios monográficos y las obras de conjun to, como por
su papel central en las diversas propue stas d e periodización del españ ol (Company
Company, 2016). Resulta evidente, también, que a esta posi ción de privileg io no es
ajeno el hecho de que la centuria seiscentista concentre una serie de grandes
individualidades li terarias cu ya obra “c onstit u y e, sin duda alguna, la mayor riqueza de
nuestra lengua ” y por ello “ justifican sobradamente la denominación de Siglo de Oro
que se suele dar a este periodo” (López Grigera, 2013 [ 2004]: 707-708). En realidad,
este marbete, que a coge a los sig los XVI y XV II, es una noción de límites temporales
no del todo prec isos , i ntroducida por la hist oriografía literaria y asumida, como
veremos, por la Lingüística histórica.
Parece , sin embargo, qu e las dos centurias englobadas bajo el rótulo Siglos de
Oro han re cibido diferente atención por parte de los estudios l ingüísticos. Mie ntras los
especialistas en literatura que analizan el periodo áureo, “terminan por concentrar su
atención en el siglo XVII ” (Company (2016: 132), los lingüistas que estudian esta
misma época pa r ecen seguir un a tendencia opuesta, de tal forma que s e ha llamado la
atención reiteradamente (Cano Aguilar, 2017: 28 2; Girón Alconchel 2004a: 251) sobre
la poca atención prestada al siglo XVII, espe cialmente en lo que se refiere a su se gunda
mitad
1
. Por ejemplo, Octa vio de Toledo y Hue rta (2016b: 17) efectúa un recuento de las
fuentes citadas en los Congresos de Historia d e la Lengua Español a durante dos décadas
y encuentra qu e, para tod os los géneros textuales, las obras del XV I son cit adas un 45%
más que las del XV II y que los autores del Quinientos mencionados son el doble que los
del Seiscientos. Además, la nómi na de estos auto res seiscentistas es consi derablement e
reducida: solo Cerv antes y Qu evedo acumulan la mi tad de las menciones , a las que cabe
añadir nombres como Mateo Alemán, Lope de Vega, Gracián o Calderón
2
. Igualmente,
señala este autor que un corpus de referencia como es el CORDE presenta una clara
1
Girón Alconchel llegó a señalar (2004 a:251) , qu e se trata de “una época (16 50 -1725) que p ermanece
ignota en gra n medid a para la historia lin güística”. En el mismo se ntido se pro nuncia Octa vio de T oled o y
Huerta (201 6b).
2
Góngora suele ser un autor sistemática mente excluido como fuente do cumental en los estudios
lingüísticos, si e xceptua mos el estudio de Lapesa ( 1973 ) sobre el uso del s ustantivo sin act ualizad or en la s
Soledades y , más recienteme nte, el de Serradilla Castaño (20 04), que utiliza, entre otras fuentes, la ob ra
del cor dobés para do cum e ntar las for mas superlativa s en el español c lásico.
17
asimetría en c uanto a los textos de las dos ce nturias implicadas, de forma que solo los
primeros años del XVII alcanzan una representación paralela a la del XVI. Parece un
hecho confirmado, pues, que “la confi guración y la evolución del español en este si glo
[XVII ] ha sido a menud o desplazada – o tal vez s olo imbuida – por el recu rrente int erés
que el XVI h a tenido” (Fernández Alcaide y Leal Aba d, 2016 : 27).
La nómina de autores recopilada por Octavi o de Toledo que acaba de
mencionarse confirma u na marcada tendencia de los estudios lingüísti cos del periodo
seiscentista: su fuente documental es principalmente de carácter literario y se ha venido
config u rando, en su gran mayor í a, por la obra de escritores de pri mera lí nea,
pertenecientes a un c anon sancionado po r la hi storia de la literatura. Como ha sido
señalado en numerosas ocasiones, el análisis ling üístico ha corrido así e l riesgo de
quedar contaminado por el estilí stico y el literario. Por ejemplo, Oct avio de Toledo y
Huerta ( 2016b: 14 ) hace al respecto la siguiente reflexión:
C abe pr eguntarse […] si a efectos lingüísticos nuestra visión del tra mo seiscentista d el Siglo de
Oro no ha sido eclipsada en buen a medida po r el ‘or o del siglo’ , esa peq ueña pero deslumbrante
pléyade de genios cr eadores cuyos pr imo res de estilo config uran, p or sinécdoque, nuestra
imagen de la leng ua del pri mer XVII .
En el mismo sentido se pronuncia C ano Aguilar (2016 a: 85), qui en habl a de un
‘deslumbramiento’ de los historiadores de la len gua motivado por la excelenc ia de la
literatura seis centista, qu e a menudo ha sido considerada como la culminación de las
posibilidades expresivas de la lengua española. De hecho, l a distorsión operada en la
image n de la lengua de este periodo parece quedar acreditada con las d enominaciones
‘español c l ásico’ o ‘español áure o’ con la s que reiteradamente se califica la lengua d e
esta época y que, en realidad, serían adecuadas exclusivamente para l a le ngua literaria.
Al respecto, Compan y Compan y (2016 ), al estudiar el comportamiento de una serie de
variables lin güísticas en el seiscientos, advierte d el peligro d e qu e el análisis li ngüístico
en este si glo qu ede dif uminado debido a l a si ngularidad de los rasgos estilísti cos
individuales de los grandes creadores y conclu y e que
no es un hecho dado q ue el siglo XVII sea u n per iodo áureo, no al menos en sintaxi s histó rica, ni
tampoco es un hecho dad o que la lengua del siglo XVII sea un modelo , o al menos, a la luz de
los datos, d ebemos preguntarn os qué es un mo delo d e lengua . ( Co mpany Co mpany, 2016 :156)
18
En realidad, la posi ción privilegiada del texto literario como fuente de la
investigac ión lingüística hispánica ha sido, hasta hace poco tiempo, una constante desde
los inicios de esta disciplina; únicamente el primer español mediev al h a s ido estudiado
sobre textos a jenos a e ste á mbito, básica mente porque eran los únicos disponibl es;
recuérdense los esfuerzos del fundador de la filología hispánica (Menéndez Pidal, 2021
[1942]: 29-41) destinados a en contrar y editar tex tos que le permitieran avanzar en su
investigac ión. Pero, como señala Cano Aguilar (2 006: 53), “para épocas p osteriores los
textos literarios se convierten e n el cuerpo básico del estudio”. Sin embargo, en el siglo
que estudiamos, la distorsi ón ocasionada por una posible ex trapolación inadecuada de
los resultados obtenidos tiene ma yor r epercusión, debido a las grandes ind ividualidades
que concentra y a l a excelencia de sus obr as li terarias, consideradas, como hemos visto,
la más alta manife sta ción de la lengua española
3
.
Por otra parte, la excesiva dependencia d el texto li terario en los estudi os de
sintaxis histórica no un hecho exclusivo del á mbito hispánico, ya qu e, en líneas
ge n erales, las obras de cre a ción literaria, además de las mejor conservadas, han sido
siempre consideradas un a s manifestaciones del le nguaje emitidas por autores a los que
se les supone una cierta autoridad lingüística y sumi nistran , por tanto, “una imagen
sumamente atra y ente para la elaboración de la his toria d e la len gua general, en especial
en los planos sintáctico y l éxico” (Cano Aguilar, 2006: 53). Sin embargo, la
procede n cia y aun la fiab ilidad del tex to literario como corpus del estudio lingüístico ha
sido puesta en evidencia en los últimos años por diversos autores. Desde la temprana
llamada de atención de Narbona Jiménez (2014[1989]), han sido muchos los autores
(Ebere nz , 1991, 2009; C ano Aguilar, 2006; Fernández Ordóñez, 2006 … ) que han
advertido sobre l a necesidad de ampliar el cuerpo de los estudi os hacia dive rsas
tradiciones textuales como único medio de caracterizar adecuadamente la lengua
ge n eral de un periodo y obtener una visión más completa de todos sus niveles, que no
son accesibles a través d el ex amen exclusivo d e la lengua elaborada. Al m ismo tiempo,
estas posturas críticas se han visto reforzadas por el creciente int erés por localizar en los
testimonios escritos posibles huellas de la len gua oral y situaciones d e inmediatez
3
A l respecto, es sig nificativo que Menén dez Pidal (1991 [ ca .1941]: 173] hablar a de una “ literatizació n
del hab la co mún ” e n el siglo XVI I, q ue se habría visto in fluida incl uso por los estilos más osc uros y
difíciles d el Barroco . Véa se a l respecto Can o Aguilar (2 006), q ue of rec e u na visión críti ca sobre esta y
otras po sturas planteadas en el seno de la filología hispánica sobr e el asunto.
19
comunicativa ( Koch y Oesterreicher, 2007/2 011 [ 1990]), difíciles de hallar, en
principio, en las muestras de la lengua más elabora da
4
.
Como s eñalaba Cano Aguilar, este asp ecto caracterizador de la lingüística
histórica no ha obedecido en España tanto a un fu ndamento teórico sistemático cuan to a
una prác ti ca investigadora, porque, en realidad,
la Escuela lingüística esp añol a rar a vez reflexionó sobre la naturaleza y condicio namiento s de
sus fuentes de dato s; y e n las poca s ocasiones que lo hizo, se m o stró dotad a de una notab le
apertura metodoló gica y po co seg uidora de deter minados po stulados id ealistas ex tremos” ( Cano
Aguilar, 20 06: 53).
Por otra parte, l a aplicación en el análisis lingüístico histórico de los
planteamientos elaborados por la Lingüística hist órica de orientación variacionista, con
la introduc ción de nueva s perspectivas como la superación de la dicotomía
escrituralidad/oralidad y la noción de variedad c onc epcional (Koc h y Oesterreicher
2007/2011 [ 1990]) o, especialmente, el paradigma de las tradiciones discursivas
(Kabatek 2001, 2005 ; López S erena, 2011, 2 021a, 2021b, 2023 ) ha contribuido
notablemente a superar el ‘prejuicio literario’, en el convencimiento de lo i mprocedente
de establecer determinadas “ jerarquías de r epresentatividad” entre los n iveles de una
lengua histórica o e ntre sus dife rentes tradiciones tex tuales, ya que todos forman parte
de ella y la repre s entan legítimamente ( cf . Cano Aguilar, 2017: 281).
Ahora bien, la incorporación de estas perspectivas en la L in güística histórica ha
hecho también evidente que un análisis centrado en un determinado tipo de tex to, sea
literario o no, solo puede aportar una visión necesariamente parcial del estado de la
lengua en un determinado momento y que únicamente la apertura del estudio hac ia los
más variados tipos tex tuales podrá aportar un m ejor conocimiento y una visión más
amplia de los diferentes niveles que conforman una lengua hist órica. De hecho, desde
los primeros años de este siglo, los investigadores han venido acercándose
decididamente hacia esta otra nómi na de tex tos, más as equibles ahora gracias a los
medios telemáticos, situados al margen de la tradición literaria: gacetas, relac iones de
sucesos, memorias, tex tos científicos, historiográficos y un lar go et cétera de tradiciones
textuales vige ntes en el s iglo XVII, cada un a con sus propias convenciones discursivas,
4
Sobre el desarrollo d e esta línea de investigació n, véase el apar tado 1.2.1.
20
son ahora objeto de estudio lingüístico
5
. En esta corriente se inc lu y e nu estra
investigac ión sobr e el epistolario personal de Góngora.
Por lo que se refiere a l a posición de la centuria seiscentista en l as diferentes
propuestas presentadas en el ámbito de la ling üíst ica histórica en torno al
establecimiento de periodos cronológicos en la evolución diacrónica de la lengua ,
encontramos que todas e llas c oinciden en situar e l siglo XVII en un periodo c entral de
su evolución, denominado ‘ español clásico ’ o ‘ español del Siglo de Oro ’ , que sucede al
‘español medieval’ y da paso a la lengua moderna.
Así, este periodo aparece espe cialmente singularizado en las ob ras dedicadas a la
historia de la lengua es pañola, las cuales, si bi en no definen un modelo concre to de
periodización, sí articulan su contenido con arreglo a dete rminadas etapas cronológicas.
Por e jemplo, la obra de Lapesa (1981 [1942]), de indudable re percusión posterior,
distingue los siguiente s p eriodos:
— Época de orígenes (siglos IX-XI)
— Castellano medieval (siglos XII-XIV)
— Español preclásico (1474-1525)
— Español del Siglo de Oro (sig los XV I y XVII )
— Español moderno (a p artir del siglo XV III )
Cano Aguilar (1992 [ 1988] ), aunque apreciando periodos evolutivos de carácter
intermedio, aplica una p eriodiz ación de c arácter tr ipartito:
— Español medieval (ha st a el siglo XV)
5
Co mo exponente de esta ampliación d e fuentes d ocumentales, m encio nare m os solo algunas de las
pr incipales i nvestigaciones, la mayoría de el las ce ntradas e n el esp añol d e lo s Siglos de Oro . Entre ellas,
los corpus epistolares constit uyen una tradición te xtual que ab arca una diversa tipolo gía y q ue viene
mereciendo una ate nción espe cial p or par te de lo s investigad ores (Cano Aguilar,1 996; Fernández Alcaide ,
2009 a, 20 1 9b y 202 2; Mén d ez Gar cía de Par edes y Fer nandez Alcaide, 20 20; Navar ro Gala, 202 1;
Octavio de T oled o y Huerta, 201 9a ), al igual que las memorias y los textos co nfesionales ( Cano Aguilar,
2018 ; Girón Alconchel, 2002b; Octa vio de T oled o y Huerta, 201 1 ; Stoll 2021 ). En este aspec to, tienen
especial relevancia los estudios de B las Arroyo ( dir. 2019) y Blas A rr oyo y Vela ndo Casanova (2022 ),
que analiza n d iverso s pr ocesos diacrónicos de variació n y c a mbio lingüístico so bre un co rpus diacrónico
conformado excl usivamente p or cartas privadas y textos memorialístico s. La i mportancia adq uirida por el
discurso periodístico como fu ente d e la investigac ión lingüística de car ácter his tór ico ha s ido puesta de
manifiesto por Carm o na Yanes ( 2013) y queda comprobad a en los estudios de Borreguero Zuloa ga y
Octavio de Toled o y Huerta (2 007 ), Cano Aguilar ( 2016 a), Leal Abad (2011), Leal Abad y Mé ndez
García de Pared es (20 12), Leal Abad y Fernández Alcaide ( 201 6) o Méndez García d e Par edes (20 08) . La
investigación se ha abierto igualmente hacia los más d ispares tipos textuales, como e l his to riográ fico
(Girón Alconchel, 2016 a, 2016b ), los tratad os técnicos (Cano Aguilar, 2 017; Gi ró n Alconchel, 2018 b ) y,
en general, la p rosa ensayística (Girón Alconchel, 20 04a; Sáez Rivera, 2014 ).
21
— Español clásico (siglos XVI y XVII )
— Español moderno (siglo XVIII en adelante)
L a Historia de la lengua española coordinada por este mismo autor (2013
[2004]), analiza la evolución del español distinguiendo también sucesivos periodos:
— L a época de constitución de los romances peninsulares (hasta el siglo XII)
— El castellano del siglo XIII
— La Baja Edad Media (si glos XIV y XV)
— El Siglo de Oro (siglos XVI y XV II)
— El español moderno (a partir del siglo XVIII )
Por lo que se re fiere a pr opuestas teór icas de pe riodiz ación, c abe señalar la
formulada por Ebere nz (1991 y 2009), quien, en la línea de Marcos Marín (1991),
defiende la aplicación de criterios internos d e carácter lingüístico par a articular la
evolución de l a len gua, a unque no deja de recono cer que existen fenóm enos culturales y
sociales que influy eron en la evolución del español
6
. Dife rencia este autor (1991: 105)
tres periodos en esta evolución, susceptibles de posibles subdivisiones:
— Fase antigua (entre 1200 y 1450) , caracterizada por una relativa estabilidad
en las estructur as esenciales de la lengua dentro d e los mol des cread os por la
reforma de Alfonso X.
— Fase m edia (entre 1450 y 1650), m arcada po r una transformación má s rápida
y perceptible de los fenómenos fonológicos y morfosintácticos.
— Fase moderna (desde 16 50 hasta la actualidad), que presenta de nuevo un
sistema estable en lo esencial.
En lo que concierne al periodo que nos int eresa, observamos que la propuesta de
Eberenz modifica la denominación de ‘español de los Siglos de Oro’ , que se estima
influenciada po r la historiografía li teraria, por l a de ‘español medio’ , a l tiempo que
introduce novedades respecto a lo s límites temporales conven cionales de l os dos siglos
implicados. El adelantamiento de la fecha d e inicio de este p eriodo pare ce haber sido
6
En Sánchez Lancis (20 01) y Granvik y Sánchez La ncis (2018) se ofrece una panorá m ica de las
diferentes prop uestas de per iodización que, con arreglo a cri terios externos o i nternos de l a len gua, se han
formulado d esde la lingüística histórica .
22
objeto de aceptación por otros estudios post eriores
7
, pero no ha sucedido lo mismo co n
la fecha propuesta inicialmente por Eberenz pa ra fina liz ar el periodo medio, 1650, que
parte en dos mitades la c enturia seiscentista y adelanta a esa fecha el inicio del español
moderno. Así, Girón Alconchel (2004b: 90) s eñala que “no pasa nada que autorice a
establecer e l final de un período de la historia lin güística a mediados del siglo XVII”,
porque en ese momento están y a consumados los c ambios fonológicos y, en cuanto a los
morfosintácticos, tienen una cronolo gía mu y va riada, sin que nin guno de ellos se vea
especialmente afectado en los años centrales del XVII
8
.
La posibilidad de establecer una p eriodización que ofrezca una cronología
absoluta basada en factor es internos de la lengua ha resultado un a tar ea ardua, debido a
que el cambio lingüístico no afecta por i gual a los diferentes niveles de l idi oma
(Sánchez Lancis, 2001). Así, ha y transformaciones relevantes que af ectan, por ejemplo,
a la fonología que no tienen repercusión alguna en otros planos de l a lengua; además, es
necesario calibrar si la i mportancia del cambio y su extensión justifica vincularlo con
una nueva etapa en la evolución de la lengua. Per o, sobre todo, hay qu e tener en cuenta
el carácter gra dual de todo cambio lingüístico y las difusas fronteras observables entre
sus fases de inicio, difusión y , en su caso, definitiva culminación. C omo señala Girón
Alconchel (2004b), todo cambio lin güístico es u n continuum que puede identificarse
con la evolución dia crónica de la l engua y, de he cho, los cambios morfológ i cos y
sintácticos de la é poca clásica desbordan ampliamente el límite e strict o de las dos
centurias implicada s. Propone este autor una subdivisión de la etapa conocida como
‘español del Siglo de Oro’ , que fundamenta so b re la base de criterios doc umentales,
metalingüísticos, li terarios, políti cos y de reforma y mod ernización del español.
Distingue así tre s subp eriodos:
[U]no que va desd e 1492 a 155 5 o 1556, desde el fin al del reinado de los Reyes Católic os a la
abdicació n de Carlos V, d esde la Gramática d e Nebrij a a la de V illalón y los Anónim o s de
Lovaina, d esde la Cele stina al La zarillo ; un segundo sub perío do q ue va d esde 1556 a 164 8,
7
Véase, por ejemplo, Girón Alco nchel (2 004 b: 8 8): “En principio, n os par ece acertado colocar el inicio
del per iodo antes de 1500 […] , aunque qu izá el per íodo al que pertenece n con to da pr opiedad los ca mbios
analizados co mience no en 1 450 , sino m á s bien entre 14 70 y 1 492 ”. T ambién Cano Aguil ar ( 1992 ) había
señalado y a la rele vancia lin güística d el español de finales d el si glo XV, q ue deno mina ‘ épo ca del
Descubrimie nto ’, cuyas muestr as más relevantes sit úa en torno a 1490 .
8
Eberenz ( 2009 : 188) justifica su prop uesta inicial e n la reo rganización de las estruct ur as fo nológicas,
especial m e nte de las sibilan tes ; no o bstante, reconoce que “la mitad del siglo XVII no se j ustifica co mo
término d el perio do medio” , por que en esta ép oca el españ ol está ya con solidado y las tr ansfor m ac iones
no se pr esentan como ruptura, sino dentro de un conti nuum d iacrónico. Con base en los cambios
m o rfosi ntácticos a nalizados por Giró n Alconch el ( 2004 b), sitúa ahora este autor el fin del per iodo medio
“hacia 170 0 o algo más tarde” .
23
aproxi m ad amente, desde lo s comienzo s del reinado de Felipe II a los Tratad os de Westfalia,
desde las Gramática s de Lovaina a la del Padre Villar, desde el Lazarillo a Grac ián (este
subperíodo central es el v er dad ero Siglo d e Oro d e la liter atura española); y un tercero que v a
desde 1 648 a 1726, desde lo s últimos años del reinado de Felipe IV al pr imer Borbó n, desd e el P.
Villar a la Real Acade mia E spañola, desde Calderó n y lo s epígonos de la literat ura barroca a
Feijoo ( Girón Alconchel (201 3 [2 004]: 885).
Pero también h a y cambios de tipo interno, morfosintácticos, que sustentan esta
subperiodización, porque se observa
que la morfología ar caica conclu ye co n el reinado del E mperad or, que la gramaticalización plena
de h aber como verbo auxiliar (y los cambios que arras tra) term i na hacia 164 0 y que la
regularización y e stand arización de la sintaxis intraorac ional e interoracional dan u n paso de
gigante hacia 17 26 ( ibid ).
En esta línea, también Octavio de Toledo y Huerta (2005, 2016 a) ha prop uesto
una subperiodización qu e no se atiene al lí mite convencional del fin de la ce nturia
seiscentista, y a que distingue un su bpe riodo que arrancaría de las últimas déca das del
siglo XVII para termina r hacia 1725, que d enomina ‘primer español m oderno’, en el
que identifica formas de expresión sintácticas caracter íst icas y exclusivas de este
periodo.
A pesar de los des acuerdos en torno a las f echas absolutas de ini cio o
finalización
9
, parece hab er un consenso general entre los estudiosos en considerar la
lengua del siglo XV II como una etapa intermedia entre el español medieval y el
moderno, en la cual s e registran variados p rocesos de cambio que afectan a las
estructuras internas de l a leng u a, definitivamente consolidadas en el si glo XVIII (Cano
Aguilar, 1992 [1988] )
10
. En este periodo intermedio se sustancia el paso de la lengua
9
Co mo se ñala Eb erenz ( 2009 : 196 ), hay que tener en cuenta que en el á m b ito de la histo ria de la lengua
“la deter minación de periodo s evolutivos en m or fosintaxis histórica no es un obj etivo en sí mismo. Más
in teresantes q ue las meras fe chas son las implicaciones filológicas, d iscursivas, sociolingüísticas y de
historia cultural”.
10
Para una revisión de la perio dización diacró nica del español tradicional mente aceptad a , véase Melis ,
Flores y Bogard (2003 ) y Me lis y F lores (20 15) . Estas autoras pro ponen una nueva perio dización, en la
que d istinguen una época medieval, que se e xtiende desde los p rimeros textos hasta el siglo XV; un
period o medio o clásico , q ue ab a rca desde el siglo XVI hasta el XVIII i nclusive y un terce r p eriodo,
m o der no, que arr anca en el si glo XI X, ép oca e n la q ue dete ctan impor tantes fases evoluti vas e n di versas
variables lingüísticas (exte nsión d el estímulo sujeto en lo s pr edicado s ca usativos emocionales,
duplicación clítica, m arca ció n de objetos, construcciones co n se , or den de palabras, extensión del artículo
indefinido, evolución d e la construcción ten er + par ticipio, r eorganización del par adigma d e relativos o
creación de m arca dores d el discurso) q ue j ustifican la consi deración d e este siglo co mo un terce r perio do
24
medieval al español moderno; ello implica una situación mu y intensa de evolución
lingüística (Eberenz, 2009; Girón Alconchel, 201 3[2004]; Octavio de Toledo y Huerta,
2016b; Fernández Alcaide, 2023a) en la que diversas estructuras presentan una f alta de
fijación determinada por la incidencia de procesos de cambio y variación si ncrónica que
operan según diferentes tendencias normativas , de tal manera que las formas
innovadoras conviven co n las más conservadoras, cada una de las cuales compite por su
espacio lin güístico. La i ntensidad de la v ariación lingüística registrada en la centuria
seiscentista queda confirmada también en el an álisis de Company Compan y (2016),
quien estudia la evolución de ocho variables sintácticas y encuentra que en todos los
casos el fenómeno analiz ado ex perimenta “un quiebre o inflex ión fuerte en el si glo
XVII que se escapa de la dinámica esperada o normal del cambio sintáctico” (2016:
140), lo que ll eva a esta autora a calificar a este periodo como un outlier (desvirtuador
cuantitativo) desde el pu nto de vista es tadístico, comportamiento que se explica a través
de diversos factore s relacionados con la historia externa de la lengua
11
.
evolutivo e n la le ngua e spaño la. Girón A lco nchel (200 8c) ha e fectuado una re visión crítica de esta
prop uesta.
11
Las v ariab les lingüísticas an alizadas p r esta au tor a son: la po sición inicial de deter minado s adverbio s
temporales aspectuales, su adyacencia al verbo, la f rec uencia de empleo de los adverbio s en – men te , el
uso de las prepo siciones a , entre y por [ + frase nominal], el uso de p ara [+ infinitivo] y determinadas
construcciones con secutivas de intensidad.
31
1.1.3. Estad o gener al de la cuestión de las variable s analizadas
Es un hecho aceptado q ue ha y zonas del sistema lingüístico más estables, que
tienen un carácter nucl ear y son menos se nsibles a los proc esos d e ca mbio, y ot ras
periféricas, más permeables a estos procesos, porque se adaptan a las necesidade s
comunicativas y a las exige n cias del contex to de situación (Compan y C ompan y , 1997;
Girón Alconc h el, 2004b: 85). En pr im er lugar, n os ocupamos en esta investigación de
los cambios sint ácticos más relevantes que afectan en este pe riodo a la estructura del
predicado, ámbito en el que se opera la m arcación de las dist intas funciones
gramatica les, que es en sí misma una zona int ermedia entre el núcleo y la periferia
(Girón Alconchel 2013 [ 2004]: 885)
20
. En la época que estudiamos, este context o
sintáctico ex perimenta u na fase int ensa de cambios , muchos de los cuales necesitan una
explicación que incluya el aspecto discursivo. Concretame nt e, nuestra in vestigación se
centra en este ámbito en tres tipos de cambio qu e han sido ca lificados como ‘de larg o
recorrido’, porque se iniciaron mucho antes del periodo que estudiamos y algunos no
han alcanzado todavía su plena gra maticaliz ación. Sin embarg o, “casi en todos los casos
la situación al inicio y al término de la centuri a [siglo XV II ] es llamativamente distinta”
(Octavio de Toledo y Huerta, 2016b: 21). Agrupamos aquí los siguientes:
— Duplicación del objet o media nte un pronombre clítico. Esta posi bilidad, que e st aba
presente en la lengua y a desde los textos medievales, conoce en este momento el ini cio
de su progresivo desarro llo, que se re la ciona estrecha ment e con la tradición discur siva
en la que se inse rta la va riable; en principio, la co nstrucción duplicada es más frecuente
en las tradi ciones afines a la prox imidad comunicativa. No obstante, se registra en los
textos de esta época un estado de variación motivado, como sucede en la evolución
diacrónica de todo cambio lingüístico, por la convivencia de l as construcciones más
innovadoras, en este ca so las duplicadas, con las más conservadoras.
20
Desde un a persp ectiva basad a en las categorías ling üísticas, Company Compan y ( 19 97) analiza
diversos ca mbio s op erado s en la historia del español ( muchos de ellos co inciden con los que analiza mos
aquí: marcación OD, duplica ción clítica d el dativo, extensión del artículo, régi men d e las or aciones
sustantivas) y lle ga a la conclusió n de tod os ellos comparte n el hecho co mún d e ocup ar zonas fro nterizas
y periféricas e n sus respectiva s categorías.
32
— Marcado preposicional del objeto directo. L a aparición de la preposición a ante el
objeto directo, también de gran profundidad histórica en nuestra len gua, es un fenómeno
lingüístico que se resiste a ser definido en término s absolutos de presencia/ausencia. Lo
caracter íst ico del siglo XVII es el estado de variación sincrónica que presenta e l
fenómeno, debido a que los rasgos de anima ción y definitud del objeto, que parecen
haber gobernado la extensión de la varia ble, no ha adquirido todavía una posición
determinante e n di cha extensión.
— Régimen preposicional del verbo. En la sintaxis del régimen verbal, el siglo XVII
viene definido también p or una serie d e v acilaciones, referidas tanto a la alt ernanc ia que
una forma puede registrar entre la construcción transitiva directa y la preposicional,
como a l a selección v ariable de las dif erentes preposiciones, que todavía no han
alcanzado el niv el de f ijación del español mo derno. Otro factor que incide en l a
situación de va ria ción v iene definido por el ent orno sintáctico, confo rme a l cual el
régimen del verbo depe n de de la categoría gramatical de su c ompl emento.
Por lo que se refiere a las relaciones intraoracionales, nuestra investigación se ha
centrado en los cambios lingüísticos que afect an a la subordinación sustantiva y
adjetiva:
— La sintax is de la oración subordinada sustantiva se encuentra en esta época sometida
igualmente a unos c ambio s relacionados con la manera en qu e se muestra la
dependencia sintáctica de este tipo oracional r especto de l a principal. Se trata de
fenómenos lingüísticos como el asíndeton nexual, la dupli cación del nexo que , la
expansión de otros nex os relacionantes o la aparición del artículo determi nado como
introductor de estas orac i ones.
— La relación sintáctica de los relativos con otras unidades morfológicas ,
especialmente a rtículos y preposicion es en las de nominadas relativas obl icuas, está
sometida a muchas menos restricciones que en la lengua actu al, de forma q ue constituye
el escenario de unos procesos variación que atraviesan el siglo XVII. Analizamos la
extensión de la prolepsis y la elisión preposicionales a nte el relativo que , que son
relevantes e n los c onte xtos sintácticos en los que su presencia es n ecesaria po rque
33
actúan como índic es funcionales. Estas variables prese ntan, a su vez, otros fenómenos
conexos, como las ora ciones denominadas ‘ relativas de pronombre pleonástico o
re asuntivo ’ , construcciones de g ran vitalidad en el X VII. C apítulo aparte mer ece el
análisis de la presencia o ausencia d el artículo en las oraciones relativas oblicuas, uno
de los procesos de cambio que ha llegado hasta la lengua actual si n terminar de
resolverse po r completo.
La s variables señ aladas se encue ntr an en la época que estudiamos e n un estado
de gran ebullición, de f orma que conviven un as y otr as soluciones de bido a que la
estabilidad de estas estructuras era mucho más dé bil que en la le ngua actual, donde, en
algunos casos, t ampoco han terminado de fijarse completamente. En una línea señalada
por Girón Alconchel (2004b), Octavio de Toledo y Huerta (2016b) relac iona e stos
fenómenos con una tendencia más amplia, orientada a una ma yor jerarquización
oracional, qu e se traduce en un pro gresivo aumento de la hipot axis y una más explícita
marcación tanto de l os argumentos de la oración , como de l as relaciones
interorac ion ales . Se trat aría de una p rogresiva ‘sint actización’ del perio d o oracional,
mediante el que este se organiz aría si guiendo más parámetros de se cuencialidad
sintáctica y menos de estructuración informativa, seg ún un proceso de c arácter general
“en cu ya b ase par ece estar una ma y or preocupación de los esc ribientes por g ui a r las
inferencias interpretativas de sus destinatarios mediante señales explícitas ” ( Octavio de
Toledo y Huerta, 2016b: 22).
El terce r ámbito sintáctico que analizamos es el de la or ación compleja. A este
respec to, el periodo clásico va a suponer un ava nce en la regularización y
estandarización de estas estructuras sintácticas que acaba con el polimorfismo de épocas
anteriore s. Ahora bi en, es evidente también que se trata d e un ámbito sintáctico en el
que las variaciones de tectadas no son equivalentes a los cambios li ngüísticos
prototípicos, como los que acaban de rel acionarse. Como veremos en el apartado 1.1.6.,
el estudio de la oración compleja se presenta como un contexto privileg iado para
estudiar la prof undid ad h istórica de la interrelac ió n entre sintaxis y dis curso .
34
1.1.4. Estad o de la cuestión de las variables a naliz adas. L a sintaxis del
predicado
1.1.4.1. Duplicación clítica del obje to
Frente a otras lenguas romances, el español presenta desde sus primeros tex tos la
posibilidad de que un a rg umento con función d e objeto – especialmente el OI, pero
también el OD – aparezca duplicado en la misma orac ión a través de una forma clíti ca
correfere ncial. S e trata d e construcciones del tipo “h y a l es va pesando a lo s ynfantes de
Carrion ” (Poema de Mio Cid), “et a nos nin nos estorvara pobreza” ( General Estoria ),
“et al leon ca y o le esta palabra en el coraçon” ( Calila et Dimna )”
21
, las cuales, no
obstante, conviven en estos mismos textos con las c onstrucciones simples.
Diacrónicamente, la duplica ción clítica del objeto ha experimentado un proc eso de
expansión, de forma qu e lo que en principio fue una posibilidad de la lengua se ha
convertido, en de te rminados contextos sintácticos, en marc a obligatoria. Es el caso, en
la lengua actu al, de la mayoría de los objetos en posición antepuesta al verbo y d e todos
los constituidos por pronombres personales, sea cual sea su posición en el enu nciado. Se
alude, en virtud de esta evolución diacrónica, al proceso de gramaticalización de la
duplicación clíti ca de obj eto (DCO), f enómeno también denominado ‘ doblado clítico de
objeto ’ .
Desde la Gra m ática, la DCO ha sido explicada como una manifestaci ón de
concorda n cia sintáctica entre la forma verbal y sus argumentos. Bajo esta perspectiva, el
clítico duplicador tendría como cometido señalar la concurrencia en el predicado de un
sintagma con función d e objeto, de forma que se le atribu y e un comportami ento
parec ido a las marca s morfológicas que deter min an la concordancia con el sujeto de la
oración en las formas ve rbales conjugadas. Fue Alarcos (1961: 10) uno de los primeros
gramáticos en acerc a rse a este planteamiento:
Así co mo las desine ncias ver bales son indicadores d e la perso na sujeto, lo s pro nombres átonos
indican la persona e n que se complementa o i mplementa el verb o […] P arece, pues, que los
pronombres / me , te , etc./ son signos m or fológicos q ue deter min a n el signo verb al del mismo
m o do que lo s sig nos morfológ icos que constitu yen sus desi nencias
22
.
21
Son ejemplos apo rtados p or Com pa ny (2006 ).
22
En su Gramá tica de la Lengua Espa ñola (1994) , Alarcos ab unda en esta noción: p artiendo de la
distinción entre pro nombres per sonales tón icos (que deno mina s ustantivos perso nales) y pro nombres
personales átonos, a grupa a es tos últimos baj o la categor ía de in crementos person ales átonos d el verbo .
35
Como vemos, esta tesis tiene sus implicaciones en cuanto al e status gramatical
con el que habría que calificar a estos clíti cos que, de formas pronominal es, pasarían a
ser consideradas afijos flexivos del verbo (Bogard, 1992). En este sentido, Compan y
Company (2006: 546) califica de “prueba fuerte de que el O I ge ner a concordancia con
el verbo” el proceso de expansión que viene experimentando la falta d e concordancia
entre los OI plural es y su clítico du plicador, de forma que la construcción dupli cada de
estos O I con la forma sin gular ( le ) p arece sup erar a la duplicación concordada, al menos
en el español america n o. Este cambio indicaría que
el p rono m b re átono DAT estaría perdiendo , o ha perd ido ya, su e sta tus de prono mbre a nafórico
para convertirse en un marcado r que anticipa en el verbo , como cas i un afij o verb al, que en esa
oración sigu e o existe un argumento locus , el OI; es decir, es una marca li gada al verbo que
señala e n co ncordancia obj etiva la p resencia de un argumento o bj eto. ( Compan y Co mpany,
2006: 546)
Incluso, se ha planteado la existencia de una especie de conjugación objetiva del
es pañol ( Llorente y Mo ndéjar, 1974 ), par alela a la conjugación subjetiva. Pero como
señalan otros estudios (García-Mi guel, 1991; Girón Alconchel, 20 12) ha y que
considerar que, dado que la DCO no ha llegado a gramaticalizarse en todos los
contextos sintácticos, se trataría en todo caso de u na t endencia de la len gua, siempre
más evidente en el español america no qu e en el europeo
23
.
La consideración de los clíti cos pronominales como marcadores de concordancia
con los a rgumentos del verbo ha permiti do a algunos autores profundizar en el valor
anafór i co que adquieren estas formas en el disc urso. Así, Company (2012) traza las
líneas generales del proceso de gramaticalización de la duplicación clítica a través de l a
evolución de su fuerza a nafórica. En principio, el valor original de estas formas es la de
actualizar en el discurso unidades previamente referenciadas en oraciones anteriore s; es
decir, las formas clíticas realizarían un an claje ex traorac ional, constit uyendo una
anáfora fuerte . Pero cuando el clítico comienza a aparecer en la misma or ación que su
referente, en posición ad y a cente o p róxim a a é l, su valor anafórico se debilita y se
23
Llorente y Mondéj ar (1 974) no dej an de reconocer que, de las tres condicio nes nec esarias para
constatar la existe ncia de una conjugació n objetiva en el e spañol, solo se cumpliría cab almente una de
ellas: el hec ho de q ue los morfemas átonos obj etos son fo rm a s li gadas al verbo, si n el que no p uede n
aparecer . L a seg unda condición, la modificación de los m orfe mas subj etivos a causa d e la presencia de
m o rfe mas obj etivos, no se cumple porque en español no suele p roducirse ese contacto. En cuanto a la
tercera, la obligatoried ad de la presencia del m or fema obj eto, hablan de “proceso en marcha” .
36
convierte en una anáfora débil , potenciándose su valor discursivo como aviso emitido al
rece pto r de la exist encia de un ar gumento objeto releva nte.
Esta perspectiva discursiva de la DCO ha pr opor cionado considerables avances
en la comprensión del fenómeno debido a l a estre cha vinculación que s e r econoce entre
la DCO y l a pragmática, de tal forma que el dobl ado clítico viene siendo asociado a la
posibilidad que ti ene un objeto de constituirse en tópi co de una oración. Más
específicamente, se atribu y e al clítico dupli cador la func ión pragmática de señalar que
el sint ag ma correferente tiene un alto valor de topicidad (Silva -Corvalán, 1980). Desde
esta perspectiva discursiva, se contempla la DCO como un meca nism o mediante el que
los hablantes refuerzan l os argumentos qu e pragmáticamente consideran más relevantes
en el discurso. La capacidad de un det erminado objeto de convertirse en tópico de un
enunciado dete rminado viene da da por la con currencia de una serie de r asgos que han
sido ordenados por Givón ([1976] apud Silva-Corvalán, 1980) conforme a una jerarquía
de valores binarios: refer encia humana > no huma na; definido > indefinido; participante
más involucrado > p articipante menos involucrado (S > OI > OD ); primera persona >
segunda p ersona > t ercera persona. Con arreglo a esta jerarquía, serán lo s objetos de
referenc i a humana, conocidos, especificados y con ma yor grado d e im plicación en la
acción ve rbal, los candi datos perfectos para ser duplicados mediante un clítico
correferenc ial.
Existe, además, otro factor rel evante en la frecuencia de aparición de la DCO: su
posición sint agmática en el enunciado. Así, C ompany Compan y (2006: 539) afirma que
los objetos antepuestos al verbo “activan la dupli cación en todas las épocas y toda clase
de textos”. Ello es perfectamente ex plicable desde la noción de topicalización, ya que
un procedimiento discursivo habitual para señalar la relevancia pragmática de un
elemento consiste en desplaz arlo de su posición no mar cada (en el orden neutro del
español S-V- O)
24
y anteponerlo al verbo, e incluso situarlo en posición inicial del
enunciado.
La jerarquía de valores antes ex puesta ex plica la ma y or p resencia de dupli cación
registrada sincrónica y diacrónicamente por el OI frente al OD. Y ello, no s olo porque el
OI tiene referencia humana con mucha más frecuencia que el OD, sino porque es un
24
Sobre las dificultades que, no obstante, plantea una sistematizació n del orden de palab ras en nuestra
lengua, véase Narb ona J iménez (20 15 [1996]: 168- 169) .
37
participante más afectad o por la acción si gnificada por el verbo. Así, la noción del OI se
equipara con el d estino final en el que conclu y e esta acción, sin p erjuicio de la
polisemia del papel semántico que pueda revestir (Company Compan y, 2006: 481)
25
.
De hecho, otros asp ectos que se han considerado releva ntes en la extensión de la DCO
tienen que ver con este papel semántico. L os estudios que tienen e n cuenta este factor
arrojan datos que, en pri ncipio, parecen ir en dir ección opuesta a lo expuesto sobre el
papel del clíti co como marca do r de topicalidad. Por ejemplo, Compan y (2006) señala
que el estudio diacrónico de la DCO r evela qu e duplican con más frecuencia los O I
beneficiarios que los O I receptores y lo just ifica argumentando qu e el O I con papel
semántico de beneficiario tiene menos carác ter argumental y es más secundario en la
estructura oracional que el OI con el papel semántico prototípico de receptor, por lo que
necesitaría de l a presencia del clítico para s eñalar m ás claramente su carácter
argumental (Company C ompany, 2006: 523). En la misma línea, Ibáñez Cerdá (2008 :
729) postula que una de las funciones del clítico es la d e “introducir participantes
periféricos en la estructura oracional nuclear con d ativos ajenos a la valenci a del verbo”,
de forma qu e el entorno preferido de la DCO sería justamente la de O I no argumentales,
actuando a la manera de elementos de cohesión textual
26
. También Gutiérrez Ordóñe z
(1999) observa qu e la obliga toried ad del clítico se manifiesta sobre todo ante los OI no
argumentales, por ejemplo, con el papel semántico de poseedor.
En cualquier c aso, como también señalan estos mismos estudios, es un hecho
que la p rogresiva expansión diacrónica de la DCO ha ll egado a diluir los ya de por sí
difusos límites de las dist inciones referidas al pape l semántico del O I. Al respecto,
Company Compan y ( ibid .) habla de continuum s emántico, motivado por la vari edad d e
matices que cada uno de ellos puede presentar y c ompartir con el resto. P or otra parte,
en esta evolución diacró nica parecen haber primado motivos fundados en la cohesión
textual (Girón Alconchel, 2012), porque la ex tensión del doblado clítico está
actualmente casi generalizada ante verbos que tienen el dativo como argumento,
especialmente los de transferencia y comunic ación. L o que sí es posible es que en tales
entornos tardara más tiempo en expandirse el fe n ómeno.
25
Company (2006: 52 0) recoge cinco papeles semánticos básicos para el OI : receptor, experimentante,
poseedo r, meta y beneficiario.
26
Girón Alconche l (2 012 ) encu entra d atos que corr obor arían esta hipótesis en el a nálisis de un corpus d el
siglo XVIII.
38
También en relación con la extensión de la duplicación del objeto indirec to ,
diversos autores (Comp any C ompan y , 2012 ; Melis y Flores, 2006 y 2015; Girón
Alconchel, 2012; Sáez Rivera, 2004 ) señalan la vinculación que esta variable tiene con
un fenómeno paralelo en su evolución diacrónica: la marcación preposicional del objeto
directo. Se trat a de dos procesos de gramaticalización interrelacionados , que están
vinculados con la función discursiva de topicalización de referentes animados y
definidos. De hecho, como veremos en el apa rt ado correspondiente, la aparición de
ambos fenómenos está también subordinada a una parecida jerarquía de valores, entre
los que cobr an especial importancia la hum anidad y la d efinitud . En esta línea, se ha
señalado qu e la di fusión de la p reposición a ante objeto directo humano ha difuminado
la diferenciación entre este y el objeto indirecto, de for ma que la expansión de l a
duplicación ante este últim o ha podido a ctuar como mecanismo para volver a estable cer
las distinciones entre ambos argumentos. Así lo proponen Me lis y Flores:
Creemos que la duplicación d e o bjeto in direc to, existente m uy te mprano en la le ngua c omo un
recurso pragmático y disc ursivo de topicalización, se expande a contextos cada vez m e nos
estrechos co m o una e specie de efecto secu ndario de la prim ar ia y mayor difusión de la
introducción d e a ante ob jeto directo . La expansión de la estructura duplicada estaría i ntentando
[…] recuperar la identidad formal d el o bjeto indirecto, o bscurecida p or la adopci ón de su marca
formal en el terreno del objeto d irecto animado (20 06: 670)
Por lo que se refiere a la evolución diacrónica de la DCO, y a s e ha señalado su
aparición desde los primeros textos del español. Desde aquí va a te ner lugar un
lentísimo avance, que n o conoce una fas e de especial rendimiento hasta después del
siglo XV I (Compan y Co mpany, 2006). En el si glo XVII, y especialmente a lo lar go del
XVIII , si gue d esarrollándose progresivamente, si bien lo característico de este periodo
es la variación sincrónica que aflora en los tex tos. No obst ante, diversos autores
(Company Compan y , 2 012 ; Girón Alconchel, 2012; S áez Rivera, 201 8; Oc tavio de
Toledo y Hu erta, 2020 ) advierten una estrecha relación entre las co nstrucciones
dobladas y los entornos vinculados con l a oralidad y la proxim idad comunicativa,
mientras que la variable es menos aceptada en el ámbito de la escrituralidad elaborada.
Un ex ponente de esta menor aceptabilidad sería el retraso que se detecta en la
gramatización de las formas duplica das, lim itada primero a las formas pronominales y
39
durante mucho tiempo c alificada s en l as obras gramaticales como pleonasmo o giro
familiar y coloquia l (Sáe z Rivera, 2018)
27
.
En realidad, l a DCO no c onoce su verdadera eclos ión hasta la segunda mitad del
siglo X IX (Compan y Company, 2006 y 2012; Girón Alconche l, 2012)
28
. Actualmente,
es mar c a obligatoria con los pronombres personales en función de obj eto y con la
mayor í a de los objetos constituidos por sintag mas nominales en posic ión a ntepuesta a l
verbo. En posición pospuesta, la DCO está también genera li zada para la función de
objeto indi recto, mientras que para la función de objeto direc to (a excepción del objeto
directo codificado por el indefinido todo , que exige la duplicación) se observa una clara
diferencia diatópica ent re el español europeo y el americano (NGLE, 2009:1249),
ámbito este último en el que, en líneas generales, el fenómeno parece estar mucho más
extendido (Company Company, 2006, 2012, 2020).
1.1.4.2. Marcación preposicional del objeto directo
El marcado diferencial d el objeto directo , a través de la preposición a o si n ella,
está presente en nuestra lengua desde los primeros tex tos. No obstante, se trata d e un
fenómeno que se resiste a ser codificado medi ante parámetros fijos y u niversales que
puedan expli car su distribución en términos binarios de presencia/ausencia de marca
preposicional en todos los contextos sint ácticos. S on numerosos, sin embargo, los
estudios que se h an dedicado al tem a, tanto desde una p erspectiva sincrónica como
diacrónica . La bibl iografía es un ánime en su referencia a tres hipótesis
29
que han tratado
de explicar el origen del objeto directo pr eposicional (en adelante, ODP)
30
. Ninguna de
ellas parece ofrecer por sí misma una expli cación definitiva, pero, dado que no son
excluyentes entre sí, estas hipótesis vienen sirviendo de punto de partida para un
acerca mi ento al tema en la ma y oría de los estudios.
27
Como señala este autor (20 18: 7 5) , “la tendenc ia [d e las ob ras gramaticales] a descri bir el estándar
escrito obstaculiza el reg istro de estruct uras o rales y d e la i nmediatez co municativa”. El e studio ofrece un
recorr ido diacrónico sobre la gramatización de la duplicac ión .
28
Es, por ello, u na de las v ariab les aducidas po r Melis y Flo res (2015) par a situ ar en esta centu ria una
tercera etap a evolutiva del esp añol.
29
Una síntesis de ellas puede ve rse en Laca (1 995 , 2006 ) y Barraza Carbajal (2008 ).
30
Como señala Sáez Ri vera (2008 : 24 n.72), la expresión objeto directo prep osiciona l es en sí misma un
oxímoron, ya q ue lo s tér minos ‘co mplemento directo’ y ‘ co m p le mento i ndirecto ’ fueron acuñados p or la
tradición gra matical en función de la presencia o ause ncia de prep osición.
40
La primera de estas hip ótesis surge en el ámbito de los estudios comparativos
romanísticos y relaciona la gé n esis del ODP con la ruina de l sistema de casos latinos.
En algunas lenguas romances caracterizadas po r no adoptar un orden fijo de palabras,
entre e ll as el castellano, el ODP surgió debido a la necesidad d e des ambiguar las
funciones de sujeto y objeto directo, que pueden confundirse cuando ambos comparten
rasgos morfológicos o r eferenciales. En realidad, se tra ta de una id ea que enc ontramos
y a en Valdés (1969 [1535]: 157), quien en su Diálogo de la Lengua afirma:
En este error ca en especialmente lo s que quitan una a q ue se debe poner delante de algunos
acusativos, y as sí, aviendo de dez ir el varón p rudente ama a la justicia , dizen ama la justicia , la
qual manera de hablar, como véis, puede tener d os entendi mientos; o que el varó n p rudente ama
a la j usticia, o q ue la justicia a me al varón prude nte, por que sin la a parece q ue están tod os d os
nombres en un mismo caso .
Desde su adopción por Rodolfo L enz (1925 : 52), la tesis de la desambiguación
con la función sujeto como orige n del ODP ha gozado de cierto éxito en la tr adición
gramatica l española – véa nse Seco Sánchez (1 971 [1953]: 145) o Alarcos (1994 : 346) – .
Sin perjuicio de su ac eptabilidad en determinados entornos, cabe op oner algunas
objeciones a esta ex plicación. Como señala Pensado (199 5b), el español y otras lengu as
derivadas del latín h an mantenido la diferencia entre nominativo y acusativo en las
formas de los pronombres personales tónicos, y es este el ámbito donde, desde un
principio y sin excepciones, surge la m arcación preposicional. Tampoc o los estudios
filológicos parecen apo yar esta tesis. Por ejemplo, Cano Aguilar ( 1992 [ 1988]: 124)
encuentra mu y po cas vece s la preposición con esta función desambiguadora en los
primeros tex tos castellanos, por lo que co ncluye que “tal función, sim plemente
gramatica l, no parece, pues, haber estado en el ori ge n de a +objeto, f rente a lo afirmado
por muchos romanistas”. Igualmente, para Vega García - Luengos (1980: 146), la
función diacrítica d el ODP en el Cantar de Mio Cid so lo ope ra e n un número mínimo
de casos, muchos de los cuales pue d en resolverse por el contexto.
La segunda de las hipót esis fue formulada por Me y er -Lübke (1899, apud Lapesa
2000 [1964]) y basa el origen del ODP en un cambio analógico con e l OI, del que
habría tomado su marca originaria. En la b ase d e esta teoría está la dif erenciación que la
lengua esp añola hab ría establecido entre objetos directos inanimados, que r eciben
pasivamente la acción d el verbo, y objetos directos animados, más involucrados en la
acción verbal y susceptibles de asimilarse for malmente a los OI. A favor de esta
47
que aporta una dimensión teórica a la función si ntáctica de este complemento, que él
denomina suplemento , y que define como un adyacente v erbal de contenido semejante
al OD ( implemento en la terminología alarquiana), que formalmente s e caracteriza
porque es siempre introducido por una preposición, de la cua l queda forzosamente
huella funcional en cas o de omisión ( hablan de política > hablan de eso; *hablan
eso )
35
.
No obstante, a partir de esta primera aportación de Alarcos, la caracterización y
definición del CRP ha sido objeto de múltiples modifica ciones y matizaciones por parte
de los e studi os gra maticales, en su ma y or parte centra dos en las notas definitorias que
esta categoría comparte con otros complementos. Se han subra y ado, por ejemplo, sus
similitudes de ca rácter formal con el comple m ento circunstancial ( CC ) y de índole
semántica con el objeto directo ( OD ), lo que ha propiciado reflexiones acerca de la
existencia de categorías sintáctica s que se resiste n a ser dife renciadas de una manera
nítida, surgiendo la necesidad de considerar áreas de transición difíciles de delimitar
(Del Barrio, 2005). El C RP comparte con el CC la ca r acterística formal d e que ambos
son introducidos por preposición, si bien Alarcos estableció inicialmente que solo el
segundo sería susceptible de ser sustituido por un adverbio. Además, frente a la
nuclearida d del CRP (Cuesta Ma rtínez, 1997), en el CC se reconoce cas i siempre un
carácter m arginal, lo que significa que podría ser omitido sin producir agramaticalidad.
Pero en oraciones con complementos apare nteme nte circunstanciales del ti po residen en
Sevilla , planteados por Bosque (1983), que pue den ser conmutados por un adv erbio
( residen a llí ), no puede omi tirse el complemento sin producir agramaticalidad
(* residen ), lo qu e confirmaría su c arácter nuclear y su consideración categorial como
CRP. Algunos g ramáticos, como resultado de estos a nálisis, consideraron la ne cesidad
de definir subclases dentro de estos complementos; por ejemplo, Alarc os (1986, 1994),
al revisar y ampliar su estudio sobre e l suplemento, denomina a los complementos
preposicionales que p ueden sust ituirse por adverbios objetos p reposicionales
inherentes , mientras que para Rojo (1990) son complementos ad verbiales . En cu alquier
caso, es la noción de nuclearidad respecto al verbo, entendida como elemento ex igido
(1999) subra ya también como ele mento car acterístico de la noción de régi men la d epend encia entre dos
elementos si ntácticos, el regente o pri ncipal y el re gido o subord inado. La r ecció n también se ha
vinculado, desd e una perspectiva más a mplia, con los c onceptos de con cordan cia y va lencia verbal
(véase Martínez García, 1987 ).
35
En trabaj os posteriores, Alarcos ( 1986, 199 4 ) reformuló y amplió su s plantea mientos i niciales .
48
por este y ne cesario para completar su sig nificado, lo que confiere carácter ar gumental
al CRP y lo sep ara del CC.
Por otra parte, la equiparación semántica entre CRP y OD – ambos completan y
delimitan la significación léx ica del verbo – ha generado líneas de investigación de más
profundo calado, como la que estudia la posible existencia en la leng ua de una
transitividad preposicional (Cano Aguilar, 1977, 1981, 1984; Serradilla Castaño, 1997;
Gutiérrez Ara us, 1987 ; Fernández Alcaide y Leal Abad, 2023, en prensa ):
Si u n verbo admite, simultá nea o sucesivame nte, la introduc ción directa o con prep osición de su
complemento, si n q ue ha ya diferencia signi ficativa, o si la co nstrucción prepo sicional es
asimilable en valor a la directa d e o tro verbo, entonces tendr emos bue nos ar gumentos par a
afirmar que la transiti vidad es una función sintáctico se mántica q ue tiene diversos m od os
formales, no idénticos, p ero sí equi valentes, d e mani festarse en la ca dena. (Ca no Aguilar, 1984:
204) .
El conce pto de transitividad preposicional parte de un concepto más restrictivo
del CRP que aqu el que, a partir d e Alarcos, ha n atribuido a esta funci ón sintáctica
algunos estudios. Su fundamento estriba en la pérdida del contenido relacional de la
preposición que introduce este complemento: e n mucha s de estas construcciones l a
preposición carece ya de la significación que s uele a dquirir al relacionarse c on su
término, para convertirse en un simple marcador de una rel ación de rección
36
. Además
de la cohesión semántica y rítmica que se establ ece entre verbo y CRP, una prueba a
favor de la t ransitividad preposicional la constituiría la alternancia entre ré gimen directo
y preposicional e n un mismo verbo sin altera ción semántica sig nifi cativa ( tratar de un
asunto / tratar un asunto ) o la posibilidad de que alternen ambas constr ucciones con
distintas formas verbales sin alterac ión de significado ( recordar algo / acordarse de
algo ). Estos casos permiten considerar que la relación que se establece e ntre verbo y
CRP es la misma que se produce con el OD, s in per juicio de su disparidad formal
(Serradilla Castaño, 1997).
En esta misma línea, Fernández Alcaide y Leal Abad (2023, en prensa)
defienden la e x istencia en estos casos de transitividad preposicional, ya que,
36
Sin e mbargo, como el mismo Cano Aguilar señala (1 98 1 : 360) no siem pr e es posi ble determinar
cuándo la preposición está real m e nte v acía de contenido : “ No hay lí mites taj antes, pues a veces el
sintagma prepo sicional puede pro venir de casos do nde la p reposició n conserva su sent ido, o sentirse
análoga a ellos y , por tanto, conservar un cierto sentido”. En esta idea abunda en e studios posterio res
(1999).
49
funcionalmente, los CRP se comportan con respecto al verbo del mismo modo que los
OD y , semánticamente, lo complementan, aunque formalmente estén s eparados por el
elemento relacionante , la preposición
37
. Señala estas autoras, ade m ás, que
[h]ay otras r azones q ue avalan u na transiti vidad pr eposicio nal: (1) la p reposición en estos caso s
no apo rta significado , si no que cumple una función si ntáctica; ( 2) existe una gran co hesió n entre
los d os elementos, co m o se muestra e n la a usencia d e pa usa fonética entre a m b os o e n la fij ación
del orde n d e palabr as; (3) d esde el punto d e vista histórico , muchos verbos han alterad o su for ma
de construcción – d e ir co n CD a ir con CR o vicever sa – sin que ello haya supue sto un ca mbio en
el significado del verbo o en la relació n con el co m p leme nto. A esto hay q ue s umar la e xistencia
ex cepcional de algunos verbos tr ans itivos q ue llevan, ad em ás de CD, CR (acusar, ap artar, llenar,
separar, etc.) , q ue no in validan las tesis an teriores (Ferná ndez Alcaide y Leal Abad, 20 23: 7 , en
prensa).
Como vemos, la introducción de la pe rspectiva diacrónic a proporciona nuevos
argumentos a f avor d e l a noción d e tr ansitividad preposicional; al resp ecto, es relevante
igualmente la variación, tanto diacrónica como sincrónica, observable entr e
construcciones tr ansitivas con un verbo y su OD e intransitivas de este mismo verbo en
uso pronominal, con CRP (Fernández Alca ide y Leal Abad, ibid .).
No cabe dud a de que , en efecto, el estudio diacrónico del régimen verb al ha
contribuido a arrojar luz sobre todas estas cuestiones. En este sentido, las diferentes
investigac ion es concuerdan en señalar la he rencia latina como el origen de la
construcción p reposicional a partir de cier tos verbos de rección. Al respecto, Cano
Aguilar (1977: 336) afirma que “en genera l, suele hab er co rrespondencias regulare s
entre las construcciones latinas y las románicas […] y el tipo de construcción ex istente
en latín suele determinar el tipo de construcción castellana”. S in embarg o , como señala
este mismo autor, ello no impide la existencia de múltiples alternancias en e l régimen
verbal del esp añol medieval y clásico, qu e por otra parte ya existían en el latín tardío
cuando c omenzó a d eclinar el sistema casual y o rganizarse, pro gre sivam ente, el de las
preposiciones. Ad emás, “como cada c aso era sust it uido por diferentes p r eposi ciones, se
produjeron numerosas in terferencias de construcción, apoyadas por la poca fijeza d el
sistema de preposic iones en el paso del latín al romance” (Cano Aguilar, 1997: 341).
De igual modo, la analo gía ha sido calificada en la mayor í a de los es tudios como
un factor determinante en el desarrollo del CRP. S erradilla Castaño (1997) llama la
37
Advierten estas autor as que e ste ob stáculo formal es el mism o q ue p resentan los OD [ + humanos] y [ +
animados], q ue van preced idos de la pr eposición a , sin que e n este caso haya s ido motivo de objeció n.
50
atención especialmente sobre e l poder an alógico de form as como hablar de o creer en
respec to de otros verbos con los qu e comparte campo semántico, pero en su es tudio
sobre el régime n de los verbos d e entendimiento y len gua en el españ ol medieval,
observa, c on carácter general, que
[l]os verbos semánticamente cercanos influyen unos sobre otros y se tiende a una misma
construcción […] las analog ías funcionan e n dis tintas direcciones y un mismo verbo, q ue recib e
la inf l uencia de otro v erb o, puede, a su vez, influir en al gunos otros, por eso se ma ntienen las
vacilaciones cons tructivas en l a épo ca que estudiamos. ( Serr adilla Castaño, 19 97: 140)
Como se ha s eñalado, n i la adaptación rom ance a las estructuras latinas ni la
fuerza analógica que pudieron ejercer determinadas construcciones ya asentadas,
impiden la gran variedad de construcciones que se observa e n el régimen verbal desde la
época medieval. En cu alquier caso, es el español clásico la épo ca de máx imo
entrecruzamiento en las alternancias que venían operando d esde siglos an teriore s (Cano
Aguilar, 1985), sin que se aprecie una orientación decidida por ninguna de las
posibilidades que en ese mome nto confluían, especialmente cuando el com plemento es
un sustantivo o un prono mbre. Conforme señala Girón Alconchel (2013 [ 2004]: 876), se
perciben tres tipos de diver ge nci as respecto a la lengua moderna: en pri mer lugar, la
alternanc i a para una misma forma entre el régimen dir ecto y la construcc ión
preposicional; en se gundo luga r, el uso alterna tivo de diferentes preposiciones , frente a
la situación observable en la lengua actual, que ha seleccionado una preposición para
cada forma verbal. En m uchos casos, este tipo de divergencias, que se acentúan ante el
uso pronominal de las f ormas verbales , no van a resolverse completamente hasta el
español moderno, de forma que las soluciones más usuales en los textos seiscentistas no
son, en muchos casos, las que finalmente se impusieron.
El tercer tipo d e variac iación está relacionado con el entorno categ o rial de l
complemento verbal, de forma qu e su naturaleza (sustantivo, infinitivo u oración
completiva de v erbo conjugado) vien e a determinar en much as ocasiones la
construcción verbal. Así, los estudios diacrónicos concuerdan en señalar la ex istencia de
una preferencia claramente observa ble por la co nstrucción transitiva directa cuando el
complemento es una o ración completiva de verb o conjugado, sin perjuicio d el ré gimen
que el verbo pudiera presentar en otros entornos. Para Serradilla Castaño (1997), esta
tendencia puede explicarse porque este tipo de oraciones nunca p resentaba en latín
marca de caso, de ahí que “la oración introducida por que se resiste a usar
51
preposi ciones” (Ser radilla Castaño, 199 7: 177). Con todo, la alternancia más
significa ti va de este pe riodo la constitu y e la ten dencia a “diferenciar formalmente la
recc ión de infiniti vo de la de sustantivo, pre firiendo para la primera, cuand o el verbo era
transitivo, la marcación preposicional” (Cano A guilar, 1984: 240). El o rige n de este
fenómeno se d ata en ép oca medieval, a partir de la conse rvación de estructuras de
recc ión latinas qu e p asaron a los infinitivos en ép oca ta rdía “empleándose entonces las
preposiciones que sust ituy e ron a los casos o a otras como ab que d esaparecieron: la más
común fue de ” (Cano Aguilar, 1984: 248). Ahora bien, y a desde el siglo XVII, esta
tendencia compite con o tra que había empezado a operar en s entido opuesto: la que
prefiere la uni formidad y tiende a regularizar el r égimen de un mi smo verbo en dist intos
contextos sintácticos, que es la que finalmente se impuso en la lengua moderna,
“aunque no faltan restos del antig uo camino” (Girón Alconchel, 2013 [ 2004]: 877).
52
1.1.5 . Estad o de la cuestión de las v ariables an a lizad as . L as relaciones
intraoraci o nales
1.1.5.1. Sintaxis d e la or ación su bordinada sustantiva
A lo lar go del sig lo XVII , se obser v a que la sintaxis de la or ación subo rdinada
sustantiva está sometida a una serie de pro cesos de variación qu e concurren
simultáneamente en este ámbito sin táctico (Octavio de Toledo y Huerta, 2019b) y que
en su ma yoría están rel acionados con el modo en el que s e muestr a la dependencia
sintáctica con respecto a la oración principal. Algunos de los fenómenos sint ácticos
inscritos en e stos espac ios variacionales son la a pa rición del a rtículo definido ante
ciertos tipos de sustantivas, la ex pansión de la completiva asindética, la extensión del
nexo como introduciendo esta c lase de oraciones y l a duplicación del nexo que o
‘rec ompl ementación’ . Al respecto, se ha señalado ( Girón Alconchel, 2004b; Octavio de
Toledo, 2016b) que esto s procesos de vari ación, en plena ebullición durante el p eriodo
áureo, pueden ser ex ponentes de un cambio de mayor calado, detectable en la estructura
sintáctica de los textos de esta época , consistente en la tendencia a una ma y or
jerarquización or acional, que se traduce en un progresivo aumento de la hipotaxis, una
diversificac ión de los nexos relacionantes y una más explícita marcación tanto de los
argumentos de la orac ión como de las relaciones interoracionales
38
.
Una de las variables que puede vincula rse a este proceso d e sint actización es la
construcción que intro duce la subordinad a sustantiva med iante artí culo definido,
fenómeno que conoce en esta época una expansión considerable y que , en el epistolario ,
como veremos, ti ene una representación desigual, según se trate de sustantivas de
infinitivo o de verbo conjugado. Como es sabido, el infinitivo actualizado por el artículo
definido está presente en español y en otras lenguas romances desd e los primeros textos.
Desde la Gramática, la posibilidad de que un infinitivo pueda a ceptar un de terminante
como el artículo se ex plica por la concurrencia en dicha forma de ras gos nominales y
verbales: los primeros hacen posi ble qu e un infini tivo pueda ejercer dive rsas funciones
38
Octavio de T oledo ( 2016b: 22) habla de un proceso de sintactización , mediante el que el perio do
oracional va a o rganizarse seg ún p ará m e tros d e secuencialid ad sintáctica y no de estructuración
informativa, “ e n cu ya base parece estar una mayor preo cupación d e lo s escribientes p or guiar las
inferencias interpretati vas d e sus desti natarios mediante señales explícita s ”.
53
oracionale s, tal como lo hace un sinta gma nomi nal; los rasgos v erbales confieren al
infinitivo la posibilidad de seleccionar argumentos (Barra Jover, 2002a ).
Conforme señalan diversos estudios (Barra J over, 2002 a; Octavio de T oledo,
2014), es posible interpretar la evolución diacrónica de la determinac ión del infiniti vo
en español como un continuo de ex pansión diacrónica que puede materializarse en una
escala qu e parte d el carácter [+nominal] del infinitivo ac tualiz ado (en el que aparece
solo o acompañado de arg umentos típicamente nominales, como complementos del
nombre) y avanza hasta estadios en los que se hac e p atente su carácter [+verbal] (en
oraciones de infiniti vo que prese ntan sus propios arg umentos)
39
. S e trata, p or tanto, de
un proce so diacrónico hacia la verb alidad de las oraciones de infinitivo , que, como y a
señaló Lapesa (2000 [ 1984] , 1985), conoce un a fase de esplendor en el si glo XVII. Más
concre t amente, los datos aportados por Octavio de Toledo y Huerta (2014: 926) sit úan a
finales del siglo XVI el comi enzo de la expansión de la nominalización de las oraciones
de infinitivo, que conoce su auge a lo larg o de la centuria si guiente pa ra comenzar un
periodo de progresiva deca den cia desde el siglo XVIII h asta nuestros días.
Como se ha señalado, la progresiva extensión del fenómeno des crito en la época
que estudiamos confirmaría la tendencia a la si ntactización y a l a preocupación por
manifestar de forma ex presa las relaciones oracionales. Por ejemplo, en algunos
entornos sint ácticos l a presencia del a rtículo ant e la subo rdinada puede actuar como
elemento que facilita su reconocimiento y favor ece l a interpretación ade cuada, como
tendremos ocasión de co mprobar en el an álisis de nuestro corpus en deter minados casos
de anteposición de subordinada s y, especialment e, en construcciones elípticas. Como
señala Oc t avio de Toledo y Hu erta,
[a]l dejar de relacio narse con un sintagma nominal, el artículo, q ue hasta entonces es un
determinante, queda expuesto a ser reinterpretado com o un ele mento relacionante, esto es , como
una baliza, señal o m ar cador sintáctico cap az d e introducir un deter minado tipo de oración en
ciertos entornos (201 4: 930) .
Según este mismo autor, tal reinterpre ta ción se consuma cuando la
determinac ión mediante el artículo definido alcanz a el punto más evolucionado en el
39
Los datos que ofrece T orres Cacoullos (2 009: 17 11) sob re la copr esencia de ar gumentos en in finitivos
nominalizados favorecen esta hipótesi s: el si glo XVI I marca u n a vance ro tundo de la co presencia de
argumentos suj eto y objeto .
54
continuo de expansión al que se h a h echo referencia: el ámbito de las su stantivas con
verbo conju gado. Los estudios son unánimes en si tuar el punto de partida de esta última
construcción en l a existencia previa de oraciones de infiniti vo introducidas por el
artículo
40
y coinciden en señalar , asimismo, que se trata de un cambio solo
perfeccionado por la len gua española, ya que el resto de las lenguas romances no llegó a
activar e st a posibilidad.
En su estudio pione ro, Lapesa (2000 [1984] ) había seña lado como el caso más
antiguo de completiva in troducida por artículo un ejemplo del Persiles , que consideró
aislado en el siglo XVII
41
. No obstante, el estudio de Octavio de Toled o y Huerta
(2014), basado en la información del CORDE , ha correg ido esta cronolo gía aportando
casos doc umentados, aunque esporádicos, d esde finales del sig lo XVI: para el pe riodo
comprendido ent re 1581 y 1620, solo documenta 45 casos. Pe ro es a m ediados del si glo
XVII cuando, coincidie ndo con el periodo de m áxim a e x pansión de la construcción
[artículo + oración de infiniti vo], cuando el esquema [artículo + completiva] “tiene una
irrupción bast ante abrupta” (Oc tavio de Toledo, 2 014: 923) en los textos. El fenómeno
se mantuvo en auge h asta mediados del XV III, cuando comienza a m anifestar un a
tendencia de creciente que continúa en la actualid ad. Como veremos, el análisis de estas
variables en el epistolario confirma la cronología que se ha señ alado, y a que no of rece
ningún c aso de a ctualización de completivas con verbo conjugado; en cambio, es
particularme nte productivo en lo que se refiere a las sust antivas de infini tivo
introducidas por artícul o definido, que detect amos ejerciendo variadas funciones
sintácticas.
Otra de las facetas de l a tendencia sintactizador a a la que venimos aludiendo
tiene relación con la diversificación de los nex os relacionantes. En est e aspecto, la
abrumadora prevalencia de que como n exo introductor de las or aciones sustantivas,
registrada desde los inicios del e spañol hasta ho y , hace qu e no sea este un ámbito
propicio para el análisis de esta variable. No obstante, es preciso atender en este
apartado al espacio de v ariación exist ente entre los nex os completivos que y como , qu e
se comienza a detectar c on especial intensidad en los tex tos jurídi cos medievales y qu e
40
Al respecto, Octavio de T oledo y Huerta (2014 : n.9) hace notar “la p oco afortunad a redacció n d e la
NGRAE, q ue p arece suger ir lo contrario ”. Efecti vamente , la gramática acadé mica, tr as referirse a la
posibilidad de que las s ubor dinadas sustantivas puedan introd ucirse por el artícul o definido, señala: “ la
construcción con artícu lo enfático se extiende a las subordinadas d e infinitivo ” (NGL E, 2 009: 3235) .
Tampoco se explica la razó n de asignar a este u so del ar tículo un valor enfático.
41
Se trata del siguiente: “ El que sea esto así, yo lo sé; el p orqué sea así, ig noro” (Cervantes, 16 16).
55
todavía en el españo l clásico presentaba una alternanc i a mucho más activa de la que
tiene en l a lengua a ctual. I glesias Re cuero (2002) menciona dos posibles hipótesis para
explicar el origen del como enunciativo: la prime ra defiende la simple sustitución del UT
completivo por la forma QUOMODO ; la segunda hipótesis, por la que se inclina esta
autora y es generalmente aceptada por la bibliografía (Cano A guilar, 1987, 1995;
Herrero Ruiz de L oiza ga, 2005 ), mantiene q ue procede del QUO M ODO adverbio
interrogativo latino de modo. Como señala Cano Aguilar (1995: 29), el proceso “no
parece pr esentar m a y ores dificultades: basta con que desaparezca el val or modal de
cómo y s e elimine la prosodia propia de la modalidad interrogativa”. A demás, se gún
señaló Iglesias Recuero (2002 ), es posi ble establecer una relación entre ambas unidades
más allá del aspecto puramente for mal:
La presuposició n i m p lícita en el comentario de las interr ogativas p arciales y el carácter de
información dad a – d iscursiva mente asu mida – de la enunciati va co n có mo son a mb as de
naturaleza pragmática. Es muy pr obab le que el uso de cómo en co m plet ivas enunci ativas
conservase tal fu nción pragmá tica (200 2: 686) .
Efectivamente , es esta autora la primera en advertir del valor pra gmático de la
completiva introducida con como , que – f rente a la neutralidad discursiva de la
construcción introducida con que – se confi gura en los tex tos como m arca de una
aserc ión fuerte , genera l mente introductora de completivas cuyo contenido se da por
sabido, y de un compromiso del hablante con la veracidad de lo enunc iado.
Otro aspecto qu e caracteriza la completiva introducida con co mo es que en
muchas ocasiones va a mantener vestigios de l a orig ina ria si gnificación modal, ya que
conceptualmente no siempre re sult a posible dif erenciar entre la realización del hecho
concre to que expone la completiva y la m anera en que se real iz a ese hecho. Como
veremos en el análisis de nuestro corpus, esta circunstancia se a gudiza en los textos
antiguos, carentes de un sistema estable de marcación prosódica
42
. En cualquier caso, el
análisis de la varia bl e en el epistolario confirma el valor prag mático d e la construcción.
42
En relació n con las vacilac iones respecto al carác ter tónico o átono del como co mpletivo y sus
consiguientes alterna ncias gráficas, I glesias Recuero (2 002 : 6 87) señala que “el hecho d e que funcione
como m arca de la asu nción d e la veracidad d e lo dic ho po r parte del habla nte, en lo q ue coincide co n la s
construcciones e xclamativas, favorecería la conservació n de la tonicidad de origen; su equivale ncia
sintáctica con la co njunción que , en cambio, pro vocaría la pér dida pro gresiva de ton icidad ”. P or el
contrario, para Alonso Cortés (1999 : 4013), con quien es ta autor a m an ifiesta s u desac uerdo , ha y que
distinguir en tre el có mo tó nico de las interro gativas y excla mativas indirec tas del como át ono equivalente
56
Uno de los p rocesos de variación más a ctivos que registra la sintaxis de la
oración subordinada sustantiva en el español clásico es el representado por la
alternanc i a entre la cons trucción que introduce la completiva mediante l a conjunción
subordinante que y l a qu e or ganiza esta s oraciones de forma asindética . En principio, la
omisión de la c onjunció n puede considerarse un fenómeno contrario a la tend encia
ge n eral hacia la jer arquización sintáctica y el reforzamiento en la m arcación de las
relaciones interora cionales a la que venimos aludiendo. Al respecto, Octavio de Toledo
y Huerta (2011) advierte, sin embargo, que la c o nstrucción sint áctica de la completiva
asindética, al exigir en t odo caso l a posición a ntepuesta del ve rbo regente y – de forma
casi general – una estricta ad yacenc i a entre este y el verbo regido, es un m ecanismo que
tiende a favorecer también el establecimiento de una sintaxis más lineal y organizada,
en la que cada oración contie ne e n su margen derecho los argumentos que le son
propios:
La s upresión d e que con dos predicad os contiguos se sitúa en la i ntersección ideal de esto s d os
vectores [la tendencia a eli minar material lingüístico no impr esc indible y el favoreci miento de
una si ntaxis más jer arquizada], por cuanto descarta material sup er fluo al tie m p o q ue f uerza la
adyacencia, restricc ión que se transfor m a e n marca del lí mit e interorac ional . (Octa vio d e T oledo
y Huerta, 201 1: 268)
En realidad, la posibil idad de int roducir una oración completiva sin nexo
subordinante estaba presente desde un prin cipio en la lengua esp añola. E s detec tad a ya
en el latín hispánico ta rdío con cierta clas e de predicados, especialmente aquellos en los
que int ervienen verbos de mandato y volunt ad regentes de una compl etiva en
subjuntivo, de tal modo que “ VOLO MI HI RESPONDE AS sust ituyó f ácilmente a lo que en
otras latitudes era VO LO QUID MIHI RESP ONDE AS y e n l atín clásico había sido VO LO UT
MIHI RESPONDE AS ” (G ir ón Alconchel, 2004 b: 81). L a estructura asindética se justifica
en el sistema li ngüísti co porque la posición de la subordinada, inmediatamente
pospuesta al verbo principal, y el modo subjuntivo en el que se conjuga su verbo
asegura n suficientemente la relación de dependencia qu e se contr ae entre ambos
predicados. Ello no ha dejado de plante ar al gún tipo de indeterminación a la hora de
establecer la ve rd adera función (presentadora o subordinante) del nex o que , de ahí que
a la conjunción subo rdinante que . Para este autor, la escritura de cómo en lugar de como produce
enunciados inacep tables: * ve r éis cómo no os enga ño . En este trabajo , siguiendo el criter io de la RAE
(2009: 3 233 y 2010 : 256) , escribi m o s sin ti ld e como cua ndo su valor sintáctico es el de conj unción
subordinante .
63
de su funcionalidad como cohesionador as del discurso, se reconocen otros valores
discursivos, especialmente la demarcación de unidades informativas
54
.
1.1.5.2. Sintaxis de lo s r elativos
En líneas generales, puede afi rmarse que el paradigma d e elementos
introductores de las oraciones de relativo presenta ba en el si glo X VII unas formas y a
normalizadas desde épocas anteriores. Destaca, por su may or frec u encia de uso, el
relativo que , y a que , debido a su poco c ontenido se mántico y su carácter i nvariable en
cuanto a g én ero y número, es la forma que prese nta una dist ribución menos restringida
y es capaz de asumir diferentes funciones sintácticas en un mayor número de contextos.
Por ello es , de sd e los orígenes de l idioma, e l relativo de mayor frecuencia d e uso
(Herrero Ruiz de Loizaga, 2005: 148; Girón Alc o nchel, 2009: 1498).
No obstante, el empleo de al guna s d e las unidades que componen este paradigma
presenta ba todavía diver gencias con respecto a la lengua actu al. En algunos casos, ello
es debido a ciertas interferencias se mánticas ( Ig l esias Casal, 1992) como en el caso, por
ejemplo, de quien , que aún no está especializado en la referencia a un ente personal y
solo ocasionalmente presenta variación de núme ro: pese a que los primeros usos de
quienes datan de final es del si glo XV I, su ascenso fue “lento y difícil” (Lope
Blanch,1998 apud Girón Alconchel, 2013 [2004] : 871); Gonzalo Correas (1984 [ 1627] )
y a gramatiza la forma p lural, pero r econoce que “no es tan usado ni antiguo” como
quien . Por su parte, el relativo donde , que siempre ha competido con las formas
pronominales [ en ( el / la ) que ] en la int roducción de las relativas locativas , aparece ya
como forma dominante cuando el refere nt e es un topóni mo (B las Arroyo, dir., 2019 :
101-128 ), aunque todavía en el si glo XV II es p osible registrar su uso referido a un
antece d ente locativo no explícito en el enuncia do o referenciar un valor locati vo
puramente fi gurado, con un valor anafórico referido al contenido global del periodo del
que depende ( Iglesias Ca sal, 1992). Al gunas de la s formas integrantes d el paradigma d e
los relativos prese ntaba n frecuencias de uso diverge ntes respecto de la leng ua a ctual,
como es el caso de cuanto y sus varia ntes de gé nero y número. Aunque hoy está
54
Sig uiendo a Blanche -Ben veniste ( 1985 ), López Serena ( 2007: 219 ) incluye las figuras de simetría entre
las realizacione s prop ias de la sintaxi s col oquial, car acteriza das co mo las repeticione s léxica s o sintácticas
realizadas p or un mismo emiso r o por otro em isor diferente.
64
práctica m ente r estringido a la e sc ritura c uidada (Herre ro Ruiz de Loizaga, 2005: 167) ,
este relativo era de uso frecuente en el S iglo de Oro, si bien si empre co mpitió con todo
lo que , for ma que acabó imp oniéndose. Por lo q ue se refiere a cuyo , es un re lativo de
uso frecuente en el epi stolario, donde no s e registra nin guna ocurrencia para las
construcciones [ que + a rtículo] ni [ que + posesivo], formas competidoras con cuyo
desde los orí genes del idioma y que han t erminado supl antándo lo en la len gua
hablada
55
. Herr e ro R uiz de L oiz aga (2005: 164) señala que es probable q ue el uso de
cuyo fuera más frecuente en la len gua medieval, en la que se registra su empleo con
valor posesivo funcionando como atributo
56
, y en el periodo clásico.
Desde un punto de vista diacrónico, revisten e spe cial interés las combinaciones
sintácticas que e stable cen las palabras relativas, e specialmente que , con otras unidade s
morfológicas como prep osiciones y artículos. E n el siglo X VII estas combinaciones
aparece n sometidas a un os procesos de variación lingüística que en muchos casos no
han terminado de fijarse en la len gua actu al. L o s fenómenos más relevantes son las
elisiones preposic ional es, que se hacen m ás patentes en aquellos contextos sintácticos
en los que estas a ctúan c omo índices funcionales, como en las relativas oblicuas, que en
el español áureo estaban sometidas a muchas menos restricciones que las q ue operan en
la len gua actual. Girón Alconchel (2009: 1562) advierte un aumento de la elipsis
preposicional en los siglos XV I y X VII y relaciona este hecho con la baja frec u encia
que en esta mi sma época presenta todavía el relativo el que , que sí va a experimentar en
épocas post eriores un amplio espacio vari acional relacionado con la presencia o
ausencia del artíc ulo.
La elisión de la preposic ión ante relativa obli cua es un fenómeno vin culado con
la len gua hablada; Cano Aguilar (2009b: 17) lo re laciona con la multifunci onalidad que
se detecta en el n exo conector que como introductor de diversos tipos oracionales y
señala que puede tratarse de una “constante de la oralidad” atesti guada des de los textos
románicos primit ivos y vinculada en español con la expresión más coloquial. En
ge n eral, se ha destacado la poca representación de la elisión en la escritura cuidada
(Pountain, 2008) y su afinidad con los contextos más próximos a la inmediatez
55
Como recuerda Fer nández Al caide (2 009 a: 2 53 n.20), Koch y Oesterreicher ( 2007 /2011 [19 90]) citan el
uso de cuyo co mo uno de los pocos eje mplos que puede n ad ucirse para caracterizar el español escrito
frente al hablado .
56
Se trata d e co nstrucciones d el tip o “ y di xonos que lo guard ássemos en ta nto q ue él busca va cuyo era ” .
(E jemplo del Amadís de Gaula , ap ortado por I glesias Casal, 1 992).
65
comunicativa (Octavio d e Toledo y Huerta, 2019 a ), si bien se detecta desd e los oríge n es
de la lengua conviviend o con la const rucción p reposicional. Gutiérrez Araus (1985 )
encuentra la elisión en el Poema de Mío Cid y en Berceo, y s e hace eco de los
numerosos ejemplos aportados por Keniston para el siglo XVI.
Como señala Herrero Ruiz de Loizaga (2005: 149) , la pr eposición se omi te con
gran frecuencia en todas las épocas en un entorno sintáctico concreto: cuando el
antece d ente de la relativ a no la necesita para ejercer la función de CC y el rela tivo
ejerce esta misma función , o bien cuando la prepo sición que debería preceder al relativo
es la mi sma que apa rece ante el antecedente, supu esto en el que se omite para evitar un
efec to redundante
57
. Pero en los siglos XVI y XV II la elipsis preposicional ante este tipo
de re lativas alcanza su punto culminante cuando se ex tiende ha cia otros contextos:
aquellos en los que el antecedente es un complemento circunstancial “de uso frecuente y
con un núcleo de si gnificado mu y general: CC de tiemp o, lugar y modo” o bien
“ desempeña cualquier función sintáctica y la preposición que se elide es de significado
muy ge n eral, como en , con , a y de ” (Girón Al conchel, 2009: 1562 ). Blas Arro y o y
Velando C asanova (2022 ) han ana liz ado la e vo lución diacrónica de esta varia nte y
advierten i gualmente “un periodo de vitalidad altísima [de la elisión preposicional],
cercana a los usos categóricos, coincidente con l os Siglos de Oro” ( ibid .: 115). Señalan
estos autores que el espacio de variación en este contorno sintá ctico está estrechamente
asociado a unos condicionantes estructurales que, no obstante, han mantenido diferente
índice de influencia a lo largo del tiempo. De acuerdo con la bibl iografía antes
mencionada, observan tambi én que la función sintáctica del ante cedente de la relativa es
el más influ y ent e d e estos condicionantes, siendo la más favorecedora la de CC , que
supera en el español de los S iglos de Oro a otro de los factores re l evantes en la elisión
preposicional: la clase de re lativa, ya que es mucho más frecuente ante e specificativa s
que ante expli cativas. El tercero de los elementos influyentes en la variable es la
ady a cencia entre el antecedente y el relativo, sobre todo en el periodo clásico
58
. Por otra
parte, el estudio de estos autores confirma la vinculación de la elisión preposicional con
las sit uaciones afines a la inmediatez comunicativa, ya que observan que la omisión de
57
En el pri mer caso se trata r ía de co nstrucciones co mo “habí a b ebido mucho la noche q ue lo d etuvieron”
y en el segundo “úsa lo en e l mome nto que lo necesite s”. Eje mplos aportad os p or Herr ero Ruiz de Loizaga
(2005: 1 49).
58
El análisis de B las A r royo y Velando Casanova (2 022 : 150- 151) considera tam b ién la incidencia de
otros factores; e ntre e llos, el modo de la subord inada, la p olaridad , la determinació n, la frecuencia, el
tenor y el se xo y estatus social d el autor del texto .
66
la preposición es mu y elevada en “ los textos de inmediatez m ás cercanos ,
fundamentalmente l as cartas priv adas e n t re miembros de la familia a los que unen
estrechos lazos de intimidad y soli daridad” ( ibid : 159), frente a su menor presencia
cuando se tratan temas más formale s y distantes.
La ausencia d e preposición en las oraciones relati vas, especialmente en aquell as
en las que el que ejerce la función de objeto directo, se relaciona con otra s
construcciones relativas, ho y vinculadas a la lengua conversacional (NG LE, 2009:
3352; Brucart, 1999: 403): las denominadas relativas de pronombre pleonástico o
reasuntivo. Se tr ata d e cláusulas relativas en las que se duplica la función sintáctica que
corre spond ería asumir al pronombre relativo medi ante la aparición en la su bordinada de
un pronombre átono o tónico, que asume esa misma función
59
. El fenómeno, que g ozó
de gran vi talidad en la lengua escrita del Siglo de Oro (Iglesias Casal, 1989) , ha querido
explicarse como un m ecanismo orientado a evitar la ambigüedad semántica causada po r
la omisión preposicional (Gutiérr ez Araus, 1985 ). En la misma línea, Brucart (1999:
406) señala que es la autonomía sintáctica ca racterística de las relativas explicativas ,
entorno en el que se d etecta e l fenómeno con ma y or fr ecuencia, la que propicia el
recur so a l a presencia anafórica d el pronombre para asegurar la r elación con el
antece d ente. P ero ha y que tener en cuenta que el pronombre reasuntivo puede aparecer
también en contextos aj enos a la elipsis preposicional y, frecuentemente, cuando los
antece d entes se sitúan en posición co ntigua a su respectiva relativa; por ello, no siempre
puede expli carse la aparición del pronombre reasuntivo como una nece sidad impue sta
por la cohesión gramatical. P or ello, la duplicación en este cont exto puede expli carse
más adecuadamente atendiendo a mot ivos pra gmáticos, como una estrategia discursiva
del hablante cuando nec esita aport ar énfasis al e nunciado (Iglesias Casal, 1989). De
hecho, actualmente el f enómeno se vincula con la lengua hablada ( NGLE: 3299) y ,
concre t amente, se considera un rasgo sintáctico carac t erístico de las situaciones más
afines a la i nmediatez comunicativa “que se reg istr a con diferente frecuencia e
intensidad en el mundo hispanohablante ” (Fernández Alcaide, 2019a: 965).
Otro elemento de la sintaxis del que int roductor de relativas qu e of rece interés
desde un punto de vist a diacrónico se refiere a su combinatoria con el artículo definido ;
59
Se trata d e oracio nes d el tipo “ No é podido besar las manos a el señor d on Alonso o y p or esta merced,
que la estim o en más que propria mía” (S89).
67
en primer lugar, el que at añe al ord en de los elementos que encabezan la relativa. C omo
explicó L apesa (1974), hasta los S iglos de Oro existió la posibilidad de interc al ar entre
el artículo y el que relativo una preposición, debido a que en este contexto el artículo
conserva todavía los ra sgos pronominales del demostrativo latino ( I LLE ) d el que
procede
60
. Aunque s e atiene al orden lógico, la secu encia [artículo + p reposición + que ]
ha sido siempre minori taria respecto a l a con strucción que presenta la prolepsis
preposicional, que constitu y e , según Brucart ( 1999: 488), “un p atrón genuino del
español, ate stiguado en todas las époc as ”. Girón Alconchel (2009: 1557) de tecta el
adelantamiento preposicional tanto cu ando el antecedente de la relativa es el artículo
con función pronominal ( para que yo sepa c on lo que debo contar ) como con
antece d entes sinta gmas nominales ( sé al blanco que tiras ). Herrero Ruiz de Loizaga
(2005) se ñal a que el ad elantamiento de la preposición era y a más abundante en el
español clásico que la in tercalación de la preposi ción, registra da más abu ndantemente
en época m edieval, au nque Obedi ente Sosa (2019: 937) todaví a la registra en
documentos americanos de los siglos XVI y XVII. Lo cierto es que a p artir de esta
centuria la prolepsis se gene raliza , aunque en las relativas con antecedente nominal su
uso está más afianzado en la lengua hablada que en la escrita (Girón Alconchel, 2009)
61
.
La presencia o ausenc i a del artículo en las re la tivas oblicuas, en las que se
produce la secuencia [a ntecedente expreso + p reposición + artículo + que ], es un
fenómeno que en la lengua a ctual todavía está sujeto a un espacio de variación, de
forma que la aparición del artículo es opcional en la ma y o ría de los entornos. Según la
NGLE (2009: 3302), interviene n en ello factores como la posición del antecedente, la
preposición de que se t rate, la función sintáctica del relativo o la clase de relativa.
Brucart (19 99: 492) lo considera uno de los fenómenos “más complejos de la lengua
española” y añ ade los componente s dialectales e incluso idiolectale s como factores
concomitantes en la a parición del a rtículo. Girón Alconchel (2009) señala que estamos
ante un cambio s intáctico secular que aún no se ha completado, d erivado de la
gramatica li zación del de mostrativo latino ILLE, que, en el entorno que analiz amos, está
60
Se trata de construccione s del tipo “…nuestro a mo tomaba t anta parte en e sto que no pod ría darle mejor
día que el en que le avisasse que todo q uedaba termin ad o”. El ejemplo lo apor ta Girón Alconchel ( 2009 :
1551), q uien documenta esta co nstrucción, aunque ya de forma espor ádica, incluso en el siglo XX.
61
Este uso en la leng ua hablada “sigue frena ndo la extens ión de el q ue : sabien do el partido al qu e
pertenece p arece mu c ho más lar go, mucho más analítico y menos econó mico que sabiend o al pa rtido que
pertenece ” (Girón Alconchel, 200 9: 1559).
68
dando como resultado l a progre siva expansión del relativo compuesto el que
62
. Como
factores influy entes en esta expansión, este autor (2009) señala la clase de relativa
(espec i al compatibilidad c on las explicativas), la función sintáctica del relativo (no
circunstanc i ales) o la posición de la relativa respecto al antecedente (no con tigüidad).
Aunque se ha n documentado casos puntuales de apa rición del artículo ant e que
en relativas preposicionales desde el si glo XIII (Girón Alconchel, 2009: 15 25), lo cierto
es que su empleo es muy poco frecuente hasta el siglo XV III , prevalecien do siempre la
construcción [antecedente expreso + Ø + preposic ión + que relativo]
63
. Herr ero R uiz de
Loizaga (2005: 149) tambi én se refiere a la baja frecuencia de uso d e el que tras
preposición en la len gua antigua, en la que se pr efería el relativo compuesto el cual en
este contexto. Guzmán Riverón (2012), que ha estudiado estas construcciones en tex tos
america nos del si glo XVIII, conclu ye también qu e es en este si glo cuando se produce la
primera expansión de relativas oblicuas con a rtículo. No obst ante, si se compara con el
español peninsular, se observa que en el ámbito hispanoamericano prevalec e la
tendencia hacia la constr ucción sin artículo, tal como corroboran los datos aportados por
Fernández Alca ide (2019 a ).
Otro aspecto interesante en la combinatoria del que relativo con el artículo lo
encontramos en los casos en los que el antecedente de la relativa es oracional. En el
español clásico, las form as que competían en este contexto fueron lo cual y el simple
que , siendo lo que minoritario frente a ambas ( Girón Alconchel, 2009: 1510). En el
epistolario es frecuente encontrar al relativo qu e encabezando en soli tario oraciones
relativas ex plicativas con antecedente oracional, posibi lidad que en la lengua actual está
sometida a bastantes restricciones (Brucart, 1999: 441; NGL E, 2009: 3348) y casi
62
No hay u nanimidad entre los gramáticos a la hora de d en o minar e interpretar el valor d e el en este
contexto, segú n se entie nda que la for ma conserva par te de su valor prono m i nal etimoló gico o bien se
trata y a d e un artíc ulo. Girón Alconchel (2 009) defiende q ue el citado pro ceso d e gramaticalización del
antiguo de mostrativo lati no IL LE ha dado co mo resultado e n este co nte xto que la for ma e l se convierta e n
un si mple afij o que marca la c oncord ancia co n el antecedent e, funcionando en el sistema d e forma simila r
a el cu al . E sto le lleva a incluir en el parad igm a de for m as relativas el compuesto el que . Otro s autor es,
como Blas Arro yo (dir. 2019: 12 9 -156), si bien admiten q ue la forma el se ha vaciad o d e contenido
pronominal p ara convertirs e en marca de valor mor fológico, cuestiona n q ue el pro ceso de
gramaticalización de el qu e co m o relativo co mpuesto esté en un estadio tan avanzado como señala Giró n
Alconchel, y a que la len gua ac tual r egistra u n a m p lio m ar gen de alter nancia, baj o restricciones
estructurales similare s, entre esta forma y el simple que . P or tanto, el qu e estaría todavía lej os de una
estructura fosilizada co mo el cual . Por su par te, la NG LE ( 200 9: 3294) denomina a la fór mu la [artículo
determinado +q ue ] ‘relativo complejo’ y dej a constancia de q ue “es po lém ica la cues tión de si estas
unidades son ele mentos for mados co n recursos sintáctico s o son, en ca mbio, p ieza s léxica s ya
constituidas mor fológicament e”.
63
P ara tod o el p eriodo medieval y clásico , Gir ón Alconc hel ( ibid .) solo docu m e nta 34 casos de la
secuencia [antecede nte nomi nal + pr eposición + ar tículo + que].
69
relega do a la lengua hab lada (Cortés Rodríguez, 19 87). Ello es debido a que, en este
contexto, que ha ido perdiendo terreno frente a lo cual y, sobr e todo, lo que . En el
español clásico ex istía toda vía la dist inción entre estas dos formas, que es recogida por
Correas (1984 [ 1627]) , para quien la fo rma idónea en este contexto es “el rrelativo
neutro tan elegante i claro lo qual ”, capaz d e “ rreferir x eneralmente sin es cluir nada de
lo pasado”, mientra s qu e “ lo que rrefiere con espezialida d i limitadamente lo que se
sigh e d espues del” , por lo que condena su uso en este cont exto. En nuestro corpus
conviven en este entorno las tres formas, pero mientras que tiene una amplia
repre s entación, el cual y lo que son minoritarios.
Sin perjuicio de que muc hos de los f enómenos qu e se han mencion ado no están
completamente resueltos en la len gua ac tu al, podemos afirmar en lí neas generales que
su estado de variación era mucho más intenso en el siglo XV II. Como veremos en el
análisis de estos procesos de cambio en nuestro corpus, la falta de fijación de señales
gramatica les explícitas y específicas de estos contextos puede ocasionar interferenc ias
con otra s construc cion es sintácticas, e sp ecialmente con oraciones causales o finales
(Obediente Sosa, 2019) o cierta indeterminación respecto a la identificación del
antece d ente de la relativa, con las consiguientes ambigüedades significativas.
70
1.1.6 . Estado de la cuestión de las varia bles analizadas. La sinta x is de
la oración c ompleja.
Los c ambios registrados en la sintax is de la oración compleja a lo lar go de l
español clásico si gnifican un avance en la re gularización y estandarización de las
estructuras sintá cticas qu e acaba con el polimorfismo y l a heterogeneidad normativa del
periodo medieval, de forma que se termina po r co nformar la si ntaxis moderna. Por ello,
como señala Girón Alconchel (2002a: 103), “pocas época s son tan apropi adas como el
siglo XV II […] para to marle el pulso a una sintax is que vemos emerger del discurso
incesantemente”.
Aunque la sintaxis de la oración compleja tardó en constituirse como objeto de
estudio para la Lingüística histórica de tradición hispánica, más int eresa d a e n sus inicios
en el análisis de los aspectos fonético/fonoló gicos y morfológ i cos de la ev olución
diacrónica del español ( Cano A guilar, 2009b ), a partir de la década d e lo s años setent a
del sig lo XX los estudios referidos a la sintaxis histórica se consolidan en nuestro
ámbito, iniciándose entonces una progresión e n esta línea de investig ación
ininterrumpida hasta hoy
64
.
La orientación for m alista de los primeros estudios sobre sintaxis histórica de la
oración compleja f avoreció que, inicialmente, el análisis se focalizara específicamente
en torno a la evolu ción d e las unidades nexuales y a l as co rrelaciones modo/ temporales
de las formas v erbales implica das (Cano A guilar, 2000). Se trata d e dos aspectos mu y
bien estudiados por la filología hispánica, de forma que, en relación con la primera
cuestión, se tiene un c onocimiento bastante completo de los cambios lingüísticos
operados en los dif erentes paradigmas de conjunciones y otros nexos re la cionantes
propios de cada uno de estos tipos oracionales
65
. Igua lm ente, es conocido el desarrollo
64
Además de los variad os est udios sob re la sintaxis de deter minado s tipos orac ionales ( cf. Cano Aguilar ,
2000 y 20 09 b), cab e señalar, co m o e xpone nte de la pro gresión de esta lí nea investigad ora , la aparición de
obras de co njunto que traza n una pa norá mica general sob re la evolución diacr ónica de la sintaxis
oracional, como la Sin taxis histórica de la ora ción compuesta en españ ol , de Herrero Ru iz de Loizaga
(2005) o, más recie ntemente, la obra colec tiva y todavía en marcha S intaxis histó rica d e la lengua
españo la , dirigida por Concepción Company y, especí fica m en te dedicada al español a mericano, los
Estudios de morfosinta xis histórica h ispanoamerican a (2019), coordinada p or Sánchez Méndez, Corredor
Aveledo y Padrón Castilla.
65
El análi sis de esto s ca mbios es uno de los aspectos p rincipales en la o bra de Herrero Ruiz de Loizaga
(2005). A tr avés de la evol ución de los nexos relaciona ntes, señala este autor có mo m uc has de las
conjunciones latinas f ueron d esapareciendo ( UT ), otr as perviven a ún en la le ngua ( si ) , algunas ha n
ampliado co nsiderable m e nte sus f unciones ( que < QUOD ), mientras las p ocas conju nciones de creació n
71
del sistema modo/temporal del ve rbo en español, que enc ontró en el ámbito de la
oración compleja el ma rco idóneo para su evolución
66
. El carácter form al de estos
primeros e studi os no i mpidió, sin embarg o, el análisis de otros factores relevantes,
como la posición relativa de las cláusulas en el conjunto del periodo y su vinculación
con una determinada especificidad semántica (por ejemplo, en causales y finales) y,
especialmente , el reconocimiento de la presencia de la voz enun ciativa en estas
construcciones, con la distinción enunciación/enunciado (L ap esa, 1978).
Ahora bien, como señala Cano A guilar (2009b: 9), ciertos cambios que af ectan a
los nex os relacionantes y , en al gunos casos, a las correlaciones modo/temp orales de los
verbos pertenec en en r ealidad a zonas del sistema gramatical diferentes d e la sintaxis de
la oración compleja, po rque son equipa rables a lo s cambios de los subsistemas léxicos o
a extensiones de cambios morfológicos. En este sentido, se hace evident e que, desde
una perspectiva discursiva, en la evolución hist órica de la o ración compleja no se
perciben c ambios equivalentes a los cambios lingüísticos prototípi cos, en los que se
parte de unas formas lingüísticas determinadas que, desde una situa ción ini cial,
experimentan un proce s o de cambio – cu y as lí neas maestras son recurrentes e n las
diversas apariciones de estas formas – y que da como resultado otras distintas. Tales
condiciones no se da n en el ámbito de la sintaxis de la oración compleja, porque
[e]n realidad , los tipos oracio nales, si tal co sa existe (‘consecuti vo’, ‘causal’, etc.) son único s
dentro de la lengua, y sus r ealizacio nes en el d iscur so s on libr es en un grado infinita mente
superior, y cua litativa mente disti nto, al grad o de libertad q ue los aló fonos m a nifiestan r especto
de sus fonemas. Los ca mbio s que se p roducen ( en el orden de p alabras, en los valores de la
relación…) no son “histórico s”, en el sentido de procesos explicables en un co ntexto co ncreto,
lingüístico y parali ngüístico, co n u n inicio y un fin, sino si tuaciones de variació n r elativa mente
permanentes. […] La situación de variación q ue se pr oduce en tod o ca m bio lingüístic o es, en lo s
sintácticos de esta clase, una r ealidad permanente consusta ncial (Cano Aguilar, 2009 b: 8 ).
Debido a esta situación de variación consustancial, el enfoque histórico de la
oración compleja prop orciona sus más relevantes aportaciones analizando la
vinculación entre estas estructura s lingüísticas y situaciones enunc i ativas concretas,
romance ( ca, mag uer ) sucum bieron ante la expa nsió n de o tras formas. E n cuanto a los n exos co mplejos,
son general mente el r esultad o de proceso s de gra m atica liza ción de los e le mentos que co m p onen las
nuevas loc ucione s, en los qu e suele interve nir la conjunció n que precedida de otra forma indicativa del
carácter d e la relació n ( para que , puesto que ).
66
P rototípicamente, los p eriodos condicionales han co nstituid o un terreno privilegiado para el estudio de
esta evolució n, desde el que es po sible seguir pr ocesos co mo la p rogresiva desap arición del futuro de
subjuntivo, la subj untivización de las for mas en – ra o la ex pansión de los tiempos co mp uestos. Véase a l
respecto el capítulo 1.1.6.3 .
72
ámbito en el que rea lm ente se ponen de manifiesto tanto la capacidad de estos ti pos
oracionale s para adquirir diferentes valores discu rsivos, como las carencias obse rvables
en las clasificaciones g r amaticales de corte tradicional:
[H]oy par ece que la dimensión ‘discursiva ’ y ‘prag mática’ es in soslayable de un estudio
gramatical co mo el r eferido a los per iodos orac ionales (como lo es también, q uizá, de la mayoría
de los estudios gramaticales posibles). En e fecto, las re ferencias a las circ unstancias concretas
del decir, la inserción de emisor y locutor en los enunciados, la p ostura del emisor en relación
con su enunciado , la d iscrim i nación d e emisores y de cires dentro de los enuncia dos, las
intenciones si gnificativas con cretas en relación no biunívo ca con deter m i nados esque mas d e
interrelación oracional, la i nteractuación social co nseguid a a través de ta les co nstruccio nes
complejas… son los conte nidos que dan verdad ero sentido a la ‘expresión’ si ntáctica que
deno m i namos o ración compleja . ( Cano Aguilar, 200 9 b: 10).
De esta forma, la sintax is de la oración compleja se constitu ye como un ámbi to
privilegiado e n el que estudiar la interrelación entre sintaxis y discur so, porque en
realidad estas estructuras li ngüísticas constitu y en por sí mismas una p rimera superación
del límite de la oración simple. Como y a señaló Narbona Jim énez (2014 [1990] ), las
cláusulas de los diversos tipos oracionales encuadr ados b ajo la denominación de
‘orac ión compleja’ no p arecen tene r correlato al guno con los componentes de la o ración
simple, contra lo postulado por la gra m ática fu nc ionalista. Por ello, su config u ración
sintáctica ha sido también objeto de controversia, ya que es capan a l a tradi cional
dicotomía coordinación/subordinación y , desde luego, a su tipificación como
‘adverbiales’ (Narbona Jiménez, 2014 [1990]). A partir de Rojo Sánc h ez (1978) se
viene aceptando qu e la r elación sintáctica qu e se e stablece entre ambos mi embros de los
periodos oracionales co mplejos no ti ene cabida en la no ción de subordin ación; se t rata
de cláusulas interordinadas que presentan una variabilidad notable en los índices de
dependencia sintáctica e integración semántica , lo que motiva que la config uración
sintáctica de estas cláusulas no se acomode tampo co a las denominaciones tradicionales
de ‘principal’ y ‘subordinada’ (Girón Alcon chel, 2014b). Es la interdependenc ia mutua
la que con forma el sent ido unitario de todo el periodo de l a or ación compleja. Esta
particular config ur ación sintáctica explica, por otra parte, otro hecho q ue evidencia
también la vinculación de estas estructuras con el elemento discursivo: a diferencia de
las subordinadas, los dos segmentos que conforman estas estructuras oracionales pueden
presentar di ferentes modalidades enunciativas.
79
adjuntos del pr edicado v erbal), en las segundas s e advie rte un a subordinación ‘débil’,
más próx ima a la coordinación. La p erspecti va enunciativa queda integrada al
considerar que las ca us ales internas son todas del enunciado, pero la s externa s pueden
ser del enunciado y d e la enunciación, con lo que estos conceptos aparecen como clases
transversa l es que afectan a ambos grupos. I gualmente, integra en la c lasificación la
función informativa al dist inguir entre causales externas antepues tas (remáticas) y
pospuestas (temática s ).
Como se ha señalado, ni nguno de los criter ios que los distintos autore s utilizan
para trazar la clasificación de las ora ciones causales ofrece unos lí mites nítidos que
permitan su ubicación inequívoca en uno u otro grupo. En la realidad de los textos, no
es fá cil en todos los casos dete rminar el grado de efectividad, ine fectividad o
concomitancia de una causa; tampoco si esta causa forma parte del conocimiento común
de los interlocutores o más bien se ofrece como consabida o presupuesta; ni, por
supuesto, es posible siempre dilucidar si la causa constituye una ‘explicación’ o una
‘justificación’. Tampoco en muchas ocasiones r esulta posible diferenciar con claridad
entre causales del enunci ado y de la enunciación; a l respecto, cabe recordar las palabra s
del propio Lapesa (1978: 204):
La delimitación e ntre estos dos grupos no es fácil en tod os los casos. Las i nterferencias se deben
a q ue en la práctica del discurso, la causa efecti va que habitualmente da lugar a un h ec ho
satisface el entendi miento en grado suficiente p ara tomarla como justificación del aserto [ …].
Otras veces la ca usa e s a m bi valente y p uede referirse – con pausa o sin ella – al acto enunciativo,
a la acción enunciada o a los d os a un tiempo.
En cuanto al estudio diac rónico de las orac iones causales, puede afirmarse que
se trata también de un ámbito mu y analizado por los investi ga dores. Ex clusivamente
dedicados a estas oracion es, pueden destacarse los estudios de Bartol Hernández (1988)
y G arcía Santos (1992) dedicados a la época medieval; Herrero Ruiz de Loiz aga (1998),
centrado en el si glo XV, o Mendoza Ab reu (2001), en el español áureo. Los análisis de
Herrero Ruiz de L oizaga (2005) y Pérez Saldan y a (2014) abarcan la evolu ción histórica
de las oraciones causales desde los primeros te xtos hasta nuestros días. Con cará cter
ge n eral, estos estudios se han centrado de manera preferente en el tipo de nexo causal,
cuy o a n álisis ha dado resultados mu y productivos. Se ha n atendido cuestiones como la
variación observable en su frec u encia de uso se gún el periodo hist órico y el tipo de
texto; las preferencias y restricciones de estos nexos en cuanto a su posición en el
80
enunciado, que se han as ociado con determinados valores discursivos; o los procesos de
gramaticalización detectados en la evolución de algunos d e ellos. Estos análisis han
permitido trazar un a lín ea evolutiva en el d esarrollo histórico de las c o nstrucciones
causales; s e dist ingue así una se rie d e periodos en cu y a cronología coinciden autores
como Herrero Ruiz de Loizag a (2005) y Pére z Saldan y a (2014)
75
.
Por lo que se refiere al españo l áureo, encontramos un paradigma mu y variado
de nexos causales, integ r ado no solo por formas presentes en la lengua desde los
primeros textos (es el caso de que y porque ), sino por el asentamiento definitivo del
contenido causal en otros nexos que hasta este mom ento era n po rtadores de otros
valores ( ya que , puesto que o como ). A pesar d e ello, esta es la épo ca en la que se
registra la completa de s aparición d e ca , el nex o más frecuente en épo ca medieval
especialmente para la int roducción de causales de la enunciación. En realidad, su
empleo había comenzado a decaer a lo largo del siglo XV; a principios de la centuria
siguiente Juan de Valdés (1969 [1535]: 179) adv ierte y a que ca “ha recibido la injuria
del ti empo” y , au nque Gonzalo Corre as (1984 [ 1627] ) todavía lo registra, su uso tiene
y a un valor arcaizante en su época y , de h echo, no lo encontramos en el epistolario
76
. El
lugar que deja li bre ca va a ser ocupado preferentemente por que , nexo que queda
especializado en la introducción de causales d e la enunciación, sobre todo en las
orientadas a la fuerza il ocutiva (Pérez Saldanya , 2014). Su func ionalida d como nexo
introductor de causales que constitu y en la justifi cación enunciativa de actos de habla
explica la presencia ma yoritaria del que causal en los textos o fragmentos textuales más
cercanos al re gistro oral y en los qu e intentan reproducir el habla cotidiana, como señala
la ma yor p arte de la bi bliografía consu ltada. Al respecto, Herrero Ruiz de Loizaga
(2005: 365) señala que “e n la lengua escrita, que no ha sido nunca una construcción
‘prestig ios a’ para la intr oducción de or aciones causales, al cont rario de lo que sucedía
con ca ”; por ello, no solo que , sino también porque va a ocupar el espacio
corre spondi ente a la antigua ca , registrando a sí u na expansión en la f recuencia de uso
75
Ambos autores coi nciden en señalar tres etap as en la e volución d iacrónica de l parad igma de nexos
causales. La p rimera llegaría hasta el si glo XV y aparec e m ar cada po r la vitalidad d e ca y, en menor
medida, de porque ; la segunda abarca ría la épo ca prerrenacentista y los Siglos de Oro, co n la desaparició n
de ca y e l reaj uste cons iguiente d el resto de nexos; la tercer a arr ancaría en el espa ñol m o der no, donde se
aprecian ca mbios de menor ca lado, espec ialm e nte la dis minución de lo s usos de pues .
76
En Gar cía Sa ntos ( 1992 ) se señalan varias ca usas que cola bo raron en el dec live de ca : p or una p arte, el
hecho de ser el único d escendiente direc to de una conjunción latina (< QUIA ), frente al resto de nexos
causales d e for mación ro mance; por otra parte, su escasa sustancia fó nica y s u pro ximidad fonética y
semántica con que y, finalmente, la co m p etencia que ac usab a respecto a otros nexos causales po rtador es
de unos valor es semánticos más definidos.
81
durante e sta época. En realidad, ambos son nexos básicos para la in troducción de
oraciones causales a lo largo d e todas las épo cas de l esp añol, pero frente a la señalada
especialización del que causal en el dominio de lo hablado, porque se muestra más
versátil y es el que más nítidamente explicita la relac ión causal, tanto de la enunciación
como del enunciado. Además, fr ente a la c asi o bligada posposición que exigen las
causales introdu cidas por que , porque muestr a en el español áu reo menos restricciones
en cuanto a su posición en el periodo causal
77
.
Los d atos cu antitativos que o frecen los estudios diacrónicos, especialmente
Mendoza Abreu (2001) y H errero Ruiz de Loizaga (2005), coinciden en señalar a pues
como el tercer nexo en frecuencia de uso en el español áureo, tras qu e y porque . Se trata
del periodo de ma yor ex tensión de este nexo, qu e va a experimentar, y a en el e spañol
moderno, una pérdida d e vitalidad en la lengua hablada, aunque se manti ene en los
escritos de carácter exposi tivo y argumentativo. El periodo de auge de pues durante los
Siglos de Oro coincide c on un cambio de posición que se registra dur ante esta época: si
en los textos medievales su posi ción más usual es la antepuesta, comienza a aparecer
ahora cada vez con may o r vitalidad en posición pospuesta, con causales tanto de la
enunciac ión como del enunciado, con lo que en muchos contextos es un serio
competidor de porque .
También registra una considerable ex tensión en esta época el valor c ausal de
como , presente en los tex tos desde la época de los oríge nes. Su ubicación en el
enunciado es ya preferentemente antepuesta a la oración a la que se refiere y su
consolidación en esta posición – la única admitida en la len gua actual – se relaciona con
el retroceso de la anteposición de las causales introducidas con porque (Pérez Saldanya,
2014). Se gún los d atos fac ilitados por M endoza Abreu (2001 ), en esta época es
frec u ente también la aparición de como en posición int erca lad a, e specialmente
incrustada en otra causal introducida con porq ue o que , construcción que también
encontramos en nuestro corpus.
La variedad de nexos causales registrada en este periodo se ve incrementada por
el proceso de gramaticaliz ación que dio lugar a la consolidación como locuciones
77
B atllori, Sánchez y Suñer ( 2000 ) e xplican la evoluc ión d e que com o ej emplo ilustra tivo de un proceso
cíclico entre pr agmática y si ntaxis. Si en un principio que er a una p artíc ula por tadora de diversos valores
cuya interp retación se d ejab a en manos de factores pragmático s, con la introducció n de otros ne xos más
explícitos ( porque ) esta interpretación q ueda formaliza da ya mediante la sintaxis, y que ve restringidos
sus valores semá nticos para vi ncularse exclusiva mente a las causales de la enunciació n .
82
causales d e ciertas formas que hasta e sta épo ca asumían diferentes valores semánticos.
Es el caso, por ejemplo, de ya que , portador a de contenidos temporales y concesivos
que, a partir del siglo XVI, retroceden a favo r del significado c ausal, el común en la
lengua actual. En la centuria siguiente se registra igualme nte el deslizamiento hasta el
valor causal de la locu ción puesto que , hasta entonces int roductora de oraciones
concesivas, que es el uso que todavía registra nuestro corpus. Tam bién eran ya
plenamente op erativas en el señalamiento de la relación c ausal las formas no personales
del verbo, e spe cialmente las construcc ion es de por + infiniti vo y l as formadas po r
participio + que ( dado que , visto que , supuesto que ), estas últ imas de uso más
esporádico
78
.
1.1.6.2. Consecutivas
La caracterización de las or aciones consec utivas y su ubic ación en la
clasificación de la oración compuesta han venido constituyendo motivos de controversia
en los estudios gramaticales
79
. En líneas generales, estos estudios suelen atender a tr es
tipos de construcciones ex istentes en la lengua para expresar la noción de c onsecuenc i a.
La más usu al es la de las llamad as consecutivas de int ensidad, cu y a estructura
prototípica se organiza en dos enunciados correlativos, en e l primero de los cuales
aparece un el emento cuantificador ( tan , tanto , tal ) que realiza una ponderación
cuantitativa o cualitativa respecto a determinad a ma gnitud; mi entr as , en el segundo
segmento, introducido con la conjunción que , se expresa la consecuencia, re al o
subjetiva, de dich a pond eración. Otra forma que conoce el idioma esp añol para expresar
la noción de consecuencia es a tr avés d e una estruc tura de dos enunciados formalmente
enlazados por un nexo continuo, constituido por el sintagma [ de + sust antivo de manera
+ que ] o por conjunciones como conque o luego . En estas construcciones, el segundo
enunciado ex presa el resultado o consecuencia deriv ado d e lo mani festado en el
primero. En un te rcer grupo de estructuras, el ne xo lo constitu ye n locucio nes como por
78
Los aspectos que afectan a la evolució n de lo s diferentes nexos ca usales se tratan con mayor
profundidad en el anál isis con creto d e sus apariciones en nuestro corp us (ap artado 3.3.1.).
79
E n Peñalver Ca stillo (2 002 ) p uede verse un d etallado reco rrido po r las difere ntes concepc iones teó ricas
desde las q ue se ha afrontad o el análi sis d e estas e structura s sintáctica s en las principales o bras
gramaticales y estudio s específicos realizad os en el siglo XX, algunas de las c uales analizar emos más
adelante. No conte mpla el a nálisis de este autor, sin embar go, algunos a spectos que considera mos
relevantes, en especial los rela tivos a la funcionalid ad discursiva de esta s construccione s.
83
consiguiente, por lo tanto , en c onsecuencia y otras, a las que se reconoc e una fun ción
conectiva entre e nun ciados que trasciende los límites de la sintaxis oracional.
Un primer aspecto sujeto a discusión radica en determinar si todas las estructuras
lingüísticas mediante las que se expresa la relación entre un hecho y su consec uen cia
pueden encuadrarse baj o la denominación de oraciones consecu tivas o si, por el
contrario, conviene atender a las diferencias sintácticas y formales y , especialmente, a
los diversos contenidos semánticos y pra gmáticos que ca d a estructura incorpora al
texto. En función de la relación sintáctica est ablecida entre los dos miembros de la
estructura consecutiva, la tradición gramatical venía diferenciando dos grupos dentro de
este ti po de oraciones y así lo recogía también la gramática normativa (RAE, 1973:
551), cuando disting uí a entre consecutivas subordinadas, que se un en a la oración
principal por medio de la conjunción que , referida a antece d entes como tanto , tal y de
manera o de suerte , y c onsecutivas c oo rdinadas, cu y a estructura se organiza mediante
las conjunciones y locuc i ones conjuntivas.
Un primer intento de s uperación de esta dicoto mía subordinación/coordinación
que domi naba el estudio de las relaciones oracionales, lo constitu y ó la diferenciación
introducida por diversos autores entre oraciones consecutivas y oraciones ilativas
(Narbona J iménez, 1978; Bartol Hernández, 1986; García S antos, 1997). Propiamente
consecutivas serían las de intensidad, que se incardinan dentro d e la subordinación
adverbial ( ‘adverbial impropia’, en la terminología de Narbona J iménez, 2014 [1989]).
Tras la profunda revisión operada e n el análisis de la r elación sintáctica entre los dos
segmentos de la oración compuesta
80
, la may o ría de los estudios gramaticales sobre este
tipo de oraciones en el á mbito de la lengua española (Narbona J iménez, 2014 [ 1990];
Hernández Alonso, 2009; Girón A lconchel, 201 1a; Parodi Lewin, 2014) coincide en
señalar que la r elación entre los dos segmentos de las consecutivas de int ensidad es de
interdepende n cia o inte rordinación: ambos son solidarios entre sí y se necesitan
mutuamente para conformar el periodo
81
.
80
Nos re ferimos a los trab a jos sob re el te m a d e R ojo Sánc hez (197 8) o el prop io Narbo na Ji ménez (201 4
[1989]) .
81
Herrero Ru iz de L o izaga (2005: 500) , sin dejar de reco nocer la r elación de interdep endencia entre el
intensivo y la orac ión introd ucida po r que , matiza lo siguiente: “ todo ello fu ncio na como un ele mento o
parte d e un elemento de la o ración principal y , en e ste sentid o, ha y s ubordinación y la or ació n consecutiva
funciona co mo parte de un constituyente oracio nal”.
84
Sin embargo, la clasificación sint áctica de l as ora ciones ilativas es más
compleja. P arece claro q ue las orac ion es enlazad as por nexos como conque , luego o de
manera que no entablan el mismo grado de dependencia sintáctica ni de integración
semántica que las consecutivas de intensidad; al respecto, algunos estudios gramaticales
discuten si en este caso la relación contraída entre los dos segmentos de la estructura es
de coordinación (Fuentes Rodríguez, 1985; Bartol Hernández, 1986; Álvarez
Menéndez,1999), de yuxtaposición (Alarcos, 1994: 402) e, incluso, si esta relación no
opera y a en el plano si ntáctico. Así, Iglesias Recuero (2000 b: 298) considera que la
relación gramatical que e xiste entre los miembros de esta clase d e oraciones “es tan lax a
que más bi en ha y qu e co nsiderarla discursiva – en tre enunciados – que gramati cal – entre
oraciones –”. En esta misma lí nea, Girón Alconchel (2014b) apela al carácter gradual y
variable de la front era e ntre relaciones interoracionales y r elaciones supr aoracionales y
post ula que “ en la relación de int erordinación c oinciden los esqu emas c onsecutivo e
ilativo, si bien el primero en la zona más cerca n a a la subordinación (…) y el seg undo
en la de zona de confluencia de la interordinación con la coordinación y con la conexión
supraoracional” (2014b : 215), de tal forma que las oraciones ilativas ocuparían una
posición intermedia entre la sintax is oracional y la supraoracional. U n factor que
contribuy e a dificultar e l e statuto gramatical d e estas construcciones estriba en que
determinados procesos de gramaticalización operados en al gunos de los nex os que las
introducen han posibilitado su deslizamiento desde el plano sintáctico hacia el
discursivo. Es lo que suce de, entre otros casos, con la secuencia [ de + sustantivo de
manera + qu e ], que po demos encontrar circuns crita al ámbito oracional o actuando
como conector d e secue ncias tex tuales, sin que en todos los casos sea pos ible discernir
entre una u otra func ión (Cano Aguilar, 2003).
Según la gramática académica (N GLE, 2009: 344 0), solo son oraciones
consecutivas, o consecuti vas ponderativas, aquellas que expresan la consecue n cia
extrema del a lto grado alcanzado por d eterminada magnitud. Formalmente, se t rata de
las que presentan una estructura correlativa en cu y o prime r término aparece un
cuantifica do r ( tan , tanto , tal ) y el se gundo es int roducido por la conjun ción que
82
. El
resto, “ de muy dif erente naturaleza g ramatical” (NGLE, 2009: 3513) son orac iones
82
La NGLE e ngloba también e n este grupo otr as oracio nes c onsecutivas c uanti ficadoras c uya estr uctura
presenta alg una variación co n respec to a esta estr uctura, co mo las que o miten el cuanti ficador, las q ue
deno m i na ‘ consecuti vas suspendidas ’ y las constr ucciones i ntroducidas por de ta nto como y no tan (…)
como p ara .
85
ilativas que también indi can la cons ecuencia d e u n hecho, pero como simple de riv ación
natural de lo ex presado. S e forman con las conjunciones conqu e y luego o las
locuciones así que o de modo/manera/suerte qu e . En este caso, la consecuenc i a se
presenta en un periodo sintáctico difere nt e, y a que se reconoce que las conjunciones
ilativas operan en un pl ano más elevado de la t rabazón discursiva que e l resto de las
conjunciones, porqu e lo s elementos sobre los que inciden tienen ma yor complejidad
sintáctica.
La s dificultades a las que se enfrentan los estu dios gramaticales a la h ora de
tipificar y clasificar de forma unánime las oraciones c onse cutivas ponen de manifiesto
que, como señaló Cano Aguilar (201 0), la realidad de los tex tos y los discursos suele
desbordar las estructuras codificadas g ramatical mente, porque en ellos intervienen no
solo estas estructuras, sino otros elementos de carácter discursivo y pragmático,
inescindibles del hecho comunicativo. Una consecuencia de ello es la ausencia de
solución de continuidad entre los planos oracional y sup raoracional, de forma que la
estructura sintáctica de l a oración compleja carece de límites tajantes en el conjunto
enunciativo y “el paso de la oración compleja a la secuencia textual es una cuestión de
grado, no de salto de nivel” ( Cano Ag uilar, 20 10: 152). También Girón Alconchel
(2011a), al analizar las relaciones entre oraciones consecutivas e ilativas, constata la
inexistencia de fronteras infranqueables entre los planos oracional y discur sivo, y define
la exist encia de “un continuum dinámico d e las relaciones int eroracionales hacia la zona
de conexión textual o de las relaciones supraoracionales” (2011 a: 557). En el caso de las
construcciones consecutivas, esta circunstancia es todavía más relevante, ya que – como
se ha indicado – al gunos de sus nexos no han visto cumplido totalmente e l proceso de
gramatica li zación y a ctúan tanto en el plano sint áctico como en el discursi vo, de forma
que la determinación del valor de cada una d e estas unidades va a depender en muchas
ocasiones d el entorno concreto (Cano A guilar, 2 003). Además, esta imbr icación entre
sintaxis oracional y discu rsiva cobra especial relieve en el estudio de tex tos antiguos, y a
que, al no ofr ecer un sistema estable de puntuación, carecemos de instrumentos para
determinar la existencia de pausas y de rasgos articulatorios y entonativos que puedan
orientarnos sobre la introspección del autor. Así, como vere mos en el análisis de las
ocurre n cias que a port a e l epistolar io, encontramos enunciados en los que es difícil
establecer de una fo rma clara los lí mites entre oración y secuencia discursiva
(Fernánde z Alcaide, 2009 a: 131).
86
La dimensión discursiva de las oraciones consecutivas ofrece ot ros dos aspectos
que reflejan la vinculación entre los planos oracional y supraoracional. El primero de
ellos es que tanto consecutivas como ilativas pueden ser del enunciado o de la
enunciac ión
83
. En el primer caso, la segunda c láusula de la estructura c onsecutiva
expone la consecuencia de lo dicho en el prime r se gmento de la consecutiva; suele
tratarse, por t anto, de una consecuencia objetiva y r eal, esperable en razón de lo
manifestado en el enunciado que la precede. En el segundo c aso, la relación de
consecue n cia se establece con la actividad misma del decir ; esto es, ya no se expone la
consecue n cia real o natu ral de un hecho, sino la deducción o pensamiento operados en
la subjetividad del hablante en relación con ese hecho, con lo que la instancia
enunciativa se hace p resente en el enunciado.
El segundo de estos aspectos se refiere a la funcionalidad que adquiere n en el
discurso las c onstrucciones consecutivas. Desde Narbona Jim énez (1978), son muchos
los trabajos que han destacado que estas estructur as, e specialmente las consecutivas de
intensidad, que son las que más rendimiento presentan tanto en sincronía como en
diacronía, rara vez se l imitan a ex presar la consecuencia, r eal o sub j etiva, de un
determinado h echo; por el contrario, y a d esde los primeros textos se detecta que estas
construcciones vienen siendo utili zadas como medio para efectuar una ponderación
enfática de una circunsta ncia o un hecho determinados. En su construcc ió n prototípica,
el primer se gmento de la estructura consecutiva focaliza el mu y alto rango qu e,
cualitativa o cuantitativamente, adquiere ese h echo par a el hablante y el segundo
segmento delimita, de modo también extremo, los efe ctos de la evaluación ponderativa
efec tu ada
84
. De esta form a, se reconoce que la estructura consec ut iva en su conjunto
lleva a sociado un fuerte componente modalizador, pues se emplea para expresar la
subjetividad del ha blante , bien re sp ecto del enunciado o de su propia enunciación. No
debe resultar ex traño, pues, que estas construcciones formen parte de l as estrategias
discursivas vinculadas con la inmediatez comunicativa ( Leal Abad y Fernández
83
La NGLE (20 09: 351 7) reconoce esta distinción p ara las oraciones ilativas ( y par a causales y finales),
pero no así para las co nsecutivas.
84
Como se ñala Par odi Lewin (201 4: 4098), es necesario que el seg undo tér mino de la e str uctura exprese
una situación e xtre ma, pues de lo co ntrario “resulta una oración semántica y prag mática m en te extraña:
tenía tan ta hambre que se comió una papita ”.
87
Alcaide, 2016), como tendremos ocasión de comprobar en el análisis de nuestro
corpus
85
.
Frente a la inestabilidad que se ha seña lado en cuanto a su ca racterizació n
sintáctica, las oraciones consecutivas presentan cierta estabilidad dia crónica en sus
aspectos fo rmales (Giró n Alconchel, 2011 a; Leal Abad, 2015)
86
. Herrero R uiz de
Loizaga (2005: 502), se ñala que la primera ap arición de la forma que en el ámbito
hispánico aparece justamente en una construcc ión consecutiva
87
y Bartol Hernández
(1986: 32) encuentra y a la primera oración consec utiva de la lengua española en el tex to
de las Glosas Emilianen ses : “ Facanos Deus omi potes tal serbitjio fere ke denante ela
sua face g audioso segamus”. Se tra ta, ade más, de construcciones que han recibido una
atención especial por p arte de la lingüística hist órica en el ámbito de la len gua española,
cuy os estudios demuestran la continuidad de usos y valores
88
.
Desde el punto de vista histórico, solo las consecutivas de int ensidad y las que se
construy e n con así procede n del latín. El o rigen de los actuales tal , tan y tanto se
encuentra en las formas latinas T ALIS y T ANTUM , que hacían de correlatos de la
conjunción consecutiva UT , que y a en el latín tardío perdió terreno frente a QUOD . La
construcción pervivió en el romance peninsular, con la únic a v ariación de la sustit ución
de la conjunción por e l polivalente que romance (Herrero Ruiz de L o izaga, 2005).
También tiene antecedente latino el nexo consecutivo ( y ) así , procedente del adverbio
85
Sobre la funcionalid ad discur siva de las con strucciones co nsecutivas, los trab ajo s d e Leal Abad (20 11,
2015) y Leal Abad y Fernández Alcaide ( 2016 ) anali zan su rendi miento co mo e xpresión d e la
enfatización y la p onderación en el relato de enfermedad es, catástrofes naturales y hec hos extraordinarios
docu m en tados en texto s n o li tera rios de los siglos XVII y XVII I. Desde otra persp ectiva, P arod i Lewin
(2014: 4 129) señala q ue los escritor es del Siglo d e Oro tuvieron especial pr edilección p or estas
construcciones “debido a su riqueza estilí stica, sobre todo ligada a la hipérbo le de la l iteratura del
Barro co, que permite usar la b urla, la ironía, la sátira y el chiste usando la exageració n co mo rec urso
estilístico y retórico”.
86
Existe, n o obstante, una cier ta renovación en el paradigma de nexos con secutivos. Cano Aguilar
(2007c) , al estudiarlos e n te xtos d el siglo XVI, an o ta la desapar ición d e onde y de guisa qu e y la
decadencia de p or en de . T ambién Herr ero Ruiz de Loizaga (2005) señala el retr oceso de de suerte que a
partir del siglo XVII y Diez del Co rral (2015) da cuenta d el p rogre sivo avance a partir del siglo XVI I de
así frente a y así .
87
Se trata de la siguien te, contenida en el Diploma Silonis Reg is del año 775 : “ talis que illud ultimo
consequatur diuina que o mnes uide ntes terreant er audien tes contre mescant ” (tran scripci ón d e Bastardas
Parer a,1953 apud Herrero, 2005 ).
88
Además del estudio pionero de Narbona Jiménez (1978), que abarca todo el periodo m ed ieval, o tros
trabajos centrados exclu sivamente en el e studio diacrónico de las co nstrucciones con secutivas so n, por
ejemplo, los de Barto l Hernández (1986 ) sobre las Siete Partidas y García Santos (19 97) sobr e la
Fazienda de Ultramar . Giró n Alconchel (20 11a, 201 2, 2014b) las estudia en el perio do de transición
entre los siglos XVII y XVIII.
88
SIC , que en latín formaba parte de estructuras corre l ativas tanto consecutivas como
comparativa s ( Narbona Jiménez, 1978).
En cambio, el resto de los nexos c onsecuti vos es de creación romance y ha
adquirido este valor a través de procesos de gramati calización desde dive rsas estructuras
lingüísticas. Entre los qu e más rendimiento ti enen en el epistolario, está el formado po r
el sintagma [ de + sustant ivo de manera + que ], cuyo ori gen s e encuentra en el sintagma
[ de + sustantivo de manera + orac ión de relativo] con función oracional de adjunto y
que y a en el español med ieval comienza a aparecer desprovisto de gran parte de su valor
modal, como nexo capaz de señalar la relación de consecuencia entr e dos segmentos
oracionale s. Más tardío es el uso como nexo consecutivo de conque , gramaticalizado a
partir del sintagma pr eposicional [ con que ] introductor de relativas oblicuas, que ha de
esperar hasta la extensión del relativo compuesto el que (y a la correlativa presencia d e
con lo que introduciendo este tipo oracional) para su completa gramaticalización como
nexo consecutivo (Girón Alconchel, 2004d). También se recurre a la noción de
gramatica li zación para ex plicar el uso como nexo cons ecutivo del adverbio así , cuyos
valores modales y anafóricos permiten desarrollar en el contex to adecuado la infe rencia
consecutiva (Rodríguez Molina, 2014). En solitario o acompaña do de otras unidades,
( y ) así ( que ) se e mplea desde el español mediev al en la introducción de orac iones que
expresan una noción de consecue n cia respecto a la anterior, incluso con más frecuencia
que la construcción de manera que (Herrero Ruiz de L oizaga, 2005) , nexo con el que
compite en condiciones d e igualdad en nuestro corpus. Por otra parte, tanto ( y ) así como
conque int roducen secue ncias que presentan un alto grado de independencia sint áctica y
semántica y pu eden actuar c omo nexos intraoracionales y como conec to res, por lo que
se sitúan en una posición fronteriza entre las relaciones oracionales y las discursivas.
1.1.6.3. Condicionales
La s or aciones condicionales son una de las estructuras sintácticas qu e más
atención ha me recido por parte de los estudios dedica dos a la historia del español.
Además d e ocup ar un espacio preferente en las obras diacrónicas de carácter general,
son muchos los estudios centrados ex clusivamente en el proceso evolutivo de esta clase
de or aciones, entre los que cabe citar los de M arcos M arín (1979), R ojo Sánchez y
Montero C artelle (1983), Veiga Rodríguez (1989), Nowikow (1993), Porcar Miralles
95
1. 2. EL D ISCURSO REF ERIDO. ASPEC TOS GENERALES
96
1.2.1. El discurso referid o en los estudio s de sintaxis h is tóric a de la
lengua esp añola . Estado d e la cuestión
Hasta las últimas décadas del siglo XX, la ma yoría de los estudios sobre sintax is
histórica del español a doptaba una orientació n de carácter formalista que, como
señalaba Cano A guilar ( 2000), propició en el ám bito de la sintaxis oracional un análisis
focalizado, de for ma casi ex clusiva, en torno a las difere ntes unidades lingüísticas
(espec i almente conjuncio nes y otros nex os de conexión, pero también tiempos y modos
verbales) qu e intervie ne n en las relaciones oracionales. Gr a cias a estos estudios, en su
mayor parte de carácter descriptiv o, han podido determinarse f actores relevantes en la
evolución diacrónica de la lengua, como la frecuencia de ap arición de estas unidades
conjuntivas en función del periodo hist órico, sus procesos evolutivos, la posible
interacc ión o competenci a entre ella s, así como la evolución del paradigma de modos y
tiempos verbales, que halló en la oración compl eja el escenario id óneo para su
desarrollo (Cano Aguilar, 2000) . C on ello, el conocimiento que actualmente posee mos
sobre el des arrollo histórico formal de los diferentes ti pos oracionales es bastante
completo
93
.
En los primeros años de este siglo aparecen las primeras recomendaciones (Cano
Aguilar, 2000 y 2002) s obre la conveniencia de incorporar al estudio hi stórico de l a
lengua los recursos teóricos y metodo ló gicos aportados por disciplinas como la
Lingüística de la Enunciación, el Análisis del Discurso y la Pragmática. Desde esta
perspec ti va, el an álisis estrictamente gramatical se ve enriquecido, por que permite
atender al uso efectivo d e las unidades lin güísti cas en los tex tos hist óricos y det erminar
sus valores reales, que van más allá de los que están codificados gramaticalmente y ,
como se ha señalado en e l caso d e la oración c o mpleja , e n ocasiones pu eden poner en
cuestión determinadas co nclusiones apo y ada s exclusivamente en un análisis sistemático
de los datos.
93
En Ca no A guilar (2 000 ) se analiza la perspecti va ado ptada por los más i mportantes estudios sob re la
sintaxis h istórica d e la oración co m plej a realizados hasta esa fecha , concl uyendo el cará cter preferente
que la mayoría otor ga a lo s as pectos for males de las unidad es conjuntiva s. En tre los primero s trabajos q ue
trascendieron el aspecto p uramente f or mal, señala este aut or los de Rudo lph (1973 ), sobre las or aciones
finales; Narbo na Ji ménez (1978 ), sobr e las consecutivas ; Girón Alconchel ( 1988 a y 19 89), sobre las
interrogativas indirec tas y el discurso referid o en el Can tar de Mio Cid respec tivamente; o Méndez García
de P aredes (1995) , sobre las construcciones tempo rales.
97
A partir de estas nuev as orientaciones, pa ra bue na parte de los investiga dores,
los textos hist óricos c omienz an a ser considerados realizaciones discursivas en las que
interesa cono cer la posición del emisor en relación con su discurso, la fo rma en la que
se ha ce presente en él, su relación con el interloc utor o los modos mediante los que da
cohere n cia y cohesión a l a actuación comunicativa. Como señalaba Ca no A guilar (2010:
155),
[e]l discurso se c oncibe hab itualmente co mo la prod ucción r esultante de la actividad enunciativa
de un locutor , enmarcada e n una sit uación defi nida desde el exterior y el i nterior y que se
materializa en enunciados o textos. Visto, p ues, co mo ac tividad, el di scurso pone e n juego
actores: enunciador (es) y recep tor(es), q ue en esa ac tividad desarro lla a la vez otras ac ciones
(afirmar, interrogar, narrar, compro m e ter al rec eptor, etc. ), y a su vez es recurren te, pues el
discurso se nutre de otro s di scursos, pr esentes en la situ ac ión de e nunciació n o e vocados a través
de él.
En este escena rio, uno de los aspectos discursivos que más atención ha merecido
por parte d e los historiadores de la lengua ha sido el r econocimiento de la polifonía
textual; e s decir, el hec ho de que “to do discur so incluy e otros, y en todo acto de
enunciac ión otros locutores hablan por medio de su locutor” (Cano A guilar, 2010: 157).
De esta manera, las m anifestaciones d e discurso referido com enzaron a ser objeto d e
estudios e specializados desde el punto d e vista li ngüístico, que no solo han
proporcionado un mejor conocimiento de su estr uctura interna y de su si ntaxis, nunca
bien ex plicados desd e la gramática tradicional, sin o que h an revelado también cómo l as
diferentes formas de r eproducción han estado, des de los primeros textos, prese ntes en la
lengua
94
. En este sentido, la perspectiva aportada por la L in güística de la enunciación ha
sido un elemento clave en la explicación del discurso referido (DR), porque h a
permitido establecer que se trata de una manif estación lin güística qu e contiene dos
situaciones enunciativas diferentes, la del emisor que refiere un discurso y l a del
enunciante de ese discur so que es referido. Por eso, la ma yoría de los inves ti ga do res
inciden en que su construcción sintáctica no puede ser explicada ex clusivamente desde
una con cepción tradicion al de la sint axis; hay que superar el lí mite ora cional y aplicar
una ‘gra mática del discurso’ (Méndez Garc í a de Parede s, 2009), porque e s la que
permite una mejor descripción y c aracterización del salto discursivo im plícito en las
manifestaciones de DR.
94
Fuero n fundamentales e n este aspecto las ap ortaciones de Giró n Alcon chel (198 9), Cano Aguilar
(2008d ) o Méndez Gar cía de Pared es (2009).
98
Un fac tor coad yuva nte en el peso adquirido po r las investigaciones sobre DR
está relacionado con el interés que desarrolló en esta misma época la lingüística
histórica de orientación variacionista por ampliar la nómina de los textos analizados,
tradicionalmente r estringida a los li terarios
95
. Especialmente, esta corriente se ha
mostrado interesada por localizar e n los testimonios e scritos posibl es hue llas de la
lengua oral
96
. En este ámbito, una de las tradiciones textuales a la que han rec urrido los
investigadores es la consti tuida por las manifestac iones de discurso directo ( DD )
presentes en los textos históricos, al tratarse de la forma de reproducción que más se
acerca a la mímesis de lo oral. Este análisis, no obstante, no de jó al ma rgen los textos
literarios, y a que un a fuente idónea en tal línea de investigac ión pu ede ven ir constituida
por “los pasajes que los propios a utores de los tex tos cara cteriz an como fragmentos de
un discurso oral, referido en discurso directo” (Ebere nz , 2003a: 66)
97
. Fueron trabajos
pioneros en este ámbito, por ejemplo, los de Bustos Tovar (1996, 2001, 2004), quien
estudió la imbricación entre or alidad y escritura en diversas obras narra ti vas en el
tránsito de la Edad Media al Renacimiento y al Siglo de Oro. A estos trabajos se unieron
los de Narbona J iménez (2007), sobre la sinta xis de la escritura de lo oral en los
diálogos del Quijote ; L eal Abad (2008), que analiz a los proc edimientos li ngüísticos
afines a la cortesía discursiva sobre un corpus de t extos dialogados de época medieval; o
Cano Aguilar, que estu dió los mecanismos mediante los que se perciben los rasgos
orales en la escritura d el Guzmán de Alfarache (2 007b) o en el diálo go renacentista
(2016b). Sobre esta m isma tradición tex tual también analizó los procedimientos
orientados a la verosimilitud conversacional Del Rey Quesada (2011 a)
98
. En esta mi sma
95
Véase al respec to el apar tado 1.1.1 .
96
Frente a la d icotomía escrituralid ad/oralid ad, f ue deter minante al respecto la aplicació n de la noción
‘ oralidad concepcio nal ’ , en lo s tér minos descritos por Ko ch y Oesterreicher (200 7/20 11 [1990]). Véa se al
respecto el apartado 2 .2.
97
Sobr e la ido neidad d e esta fuente textual, Cano Ag uilar (2 002: 283) y a había se ñalad o que “al
historiador deb ería no obsesionarle que los d iálogos c on que se ha de enfrentar sean diálogos
‘inventados’, d iá logos que no han ocurrid o nunca [ …] . [E] llos [los diálo gos liter arios] nos pueden servir,
entre o tras co sas, para ver cómo los a utores de texto s co ncebían lo que deb ía ser un diálo go, cuáles eran
los elementos perti nentes que lo diferenciaban de otro s tipos de enunciad o, y si se les dotaba d e una
organización li ngüística específica . No será n diálogos ‘reales’, p ero sí p ueden e nseñarno s qué es lo que se
ha creído h istórica mente que es un diálogo, cuáles han sido sus modos ‘pro totípicos’ y cóm o han variados
éstos ”. Del Rey Q uesada ( 2020: 44 ), quien se p lantea ta mbién la licit ud del te xto literar io para el estudio
de la oralidad , concluye que “el análisis d e las formas de la oralidad en las obras ficcionales result[a] apto
para co nocer la rea lidad variacional de los textos del pasad o”.
98
Del Rey Que sada (20 19, 2020) llam a la atenció n sobre un hecho contradicto rio: si bien el co ntinuo
concepcional introducido por Koch y Oesterreic her ( 2007/20 11 [1990] ) atiende a toda clase de actos
comunicativos, tanto de la inmediatez co m o d e la d istancia, los trab ajos so bre lingüística histórica que
parten de esta perspectiva “ d e mu e stran un i nterés que me atrevería a calificar d e ob sesivo en investi gar
fenómenos p ropios de la i nmed iatez co municativa” (Del Rey Quesada, 202 0: 44), om i tiendo , q uizás por
suponerse suficie ntemente carac terizado s, los de la lengua d e la distancia .
99
línea de investi gación, cabe señalar también trabajos como los de Fe rn ández Alca ide
(2012), que estudió la relación entre oralidad y escrituralidad a través de l os fragmentos
dialoga dos en Fra y Geru ndio de Campazas , analizando, particularmente, las formas de
expresión propias de la interacción comunicativa, y Méndez Orense (2016), sobre la
reproducción del diálog o y sus mecanismos de cohesión en las Novelas Ejemplares de
Cervantes.
En cuanto a los textos no literarios, los investig a dores centraron su atención en
las colecciones de acta s judiciales que transcriben las declaraciones de testigos e
inculpados a través d e n umerosas manifestaciones de DR, tanto en DD como en D I. En
este ámbito se inclu ye n, por ejemplo, los estudios de Eberenz (1996, 1998, 2003b) y
Eberenz y de la Tor re (20 03) o Abad Merino (1998) que, a partir del análisis de los
enunciados d e DR e n actas de dif erentes procesos judiciales datados e n el español
clásico, efectúan importa ntes aportaciones relacionadas con la sint axis histórica. En esta
misma lí nea, Cano Aguil ar (1998) rastreó posib les conformaciones esp ecíficas de l a
lengua oral en las transcripciones de declaraciones orales halladas en documentos
america nos del si glo XVI, no sin adv ertir d e las p osibles reelaboraciones aportadas po r
los e scribanos e n e l proceso de transcripción, así como de las r estricciones discursivas
de la tradición jurídica .
Pero, como se ha s eñalado, a partir de la inc orporación d e la persp ectiva
discursiva, el DR pasó a ser considerado una man ifestación lingüística que , por derecho
propio, merece ocup ar un lugar preferente en los estudios de sintaxis histórica. En este
sentido, Girón Alconche l (1986a: 236), y a había s eñalado que
[e]l estudio de las for m a s repro ductoras del d iscurso […] puede ad scribirse, co m o objeto de
pleno d erecho, a la historia d e la lengua , discip lina capaz de integrar en su se no las ap ortacio nes
fundamentales d e la lingüísti ca del discurso. Es más, la co labor ación de ambas disciplinas
parece, m ás q ue co nveniente, necesaria.
Los estudios de este autor nece sit an una mención espec ial, ya qu e su an álisis
sobre los diferentes aspe ctos del DR a lo larg o de la hist oria de la lengua ha permitido
alcanzar un ma yor conocimiento de su estructura, su función discursiva y ,
especialmente , de su sintax is. Este análisis se rea li za sobre un variado repertorio de
textos h ispánicos de diferentes épocas, e ntre los que c abe c ita r el Libro d e Buen Amor
(1986b), los Milagros de Berceo (1988b), el Poema de Mio Cid (1989), la Segunda
100
Partida (2008a), el Rimado de Palacio y las Cr ónicas del canciller A y a la (2008b), el
Discurso de mi vida de l capitán Contreras (20 02), el Sendebar (2013) o el Quijote
(2018, 2019). En todos estos trabajos destaca la preocupación de este autor por concebir
un marco teórico capaz de int eg r ar estas manifestaciones desde el punto de vista
lingüístico, superando los acercamientos parciales realiz ados desde los estudios
literarios. Así, son indispensables los dedicados a la constru cción sint áctica del D IL ,
tanto en épo ca medi eval (1992) c omo en el Si glo de Oro (2000), don de conside r a
también otras tradiciones tex tuales como la crónica de Indias, o aquellos en los que
extiende el concepto de continuum que observa en las relaciones inte roracionales a la
construcción de los e nun ciados de DR (2006 y 2017).
El estudio diacrónico del DR no solo ha permitido avanzar en el conocimiento
de su estructura y fun cionamiento propios, sino que ha mostr ado también su relevancia
en la investigación sobre la historia de la l engua, y a que en ocasiones ha aportado
nuevas perspectivas a pr oblemas no resueltos de sintax is hist órica. Así, en el ámbito de
las relaciones de subordinación, Cano A guilar (2009a y 2010) ha señalado cómo
determinada s construcci ones sintác ti cas del español medieval, c onfi guradas sobre la
agregación de sucesivos enunciados introducidos por que , no parece n responder a una
determinada c onfi guración sint áctica capaz de fundament ar un sistema de organización
oracional diferente del de la len gua moderna
99
. Por el contrario, el an álisis de estas
construcciones resulta mucho más clarificador si se tiene en cuenta que en muchos
casos la función del qu e no es la incorporar un d eterminad o valor semántico, sino la de
introducir palabras y p ensamientos ajenos, ya que los enunciados presentan indicios
internos y externos suficientes para ser considerados de discurso refe rido.
En esta misma línea, el estudio del DR ha proporcionado nuevos a r gumentos
para desmentir la supuesta anterioridad cronol ógica de la parataxis respecto de la
hipotaxis como modos de organización o racional, de fo rma que desde una primera
sintaxis ‘suelta’ se habría pasado a una sintaxis ‘trabada ’ ( Badía Margarit, 1960). A este
respec to, e s conocida la tesis de Dardel (1983), quien defendía que e l origen d e la
99
Se refiere Cano Ag uilar a la t eoría apuntada por Barra Jo ver (2002b ) según la cual en la co nfiguración
sintáctica afín a l periodo m ed ieval prima la agre gación d e elemen tos, frente a las relaciones de rección
que ob serva en ép oca posterior. Entre otras cuestiones, señala Ca no Aguilar (200 9b: 11) que bastantes
ejemplos apor tados po r este autor tiene n que ver co n la inse rción por m ed io de que de un d iscurso aj eno,
con lo q u e “la pr egunta sobre el valor específico (ca usal, final) de ese se gmento [ el introd ucido por que ]
dej a de ser r elevante, a sí co mo las el ucubracione s sob re la co m bi natoria s intáctica d e los elementos a los
que parece adscribirse esa secuencia (tra nsitivos vs. intran sitivos) ” (Ca no Aguilar, 201 0: 157) .
101
subordinación sint áctica en el románico común se encuentra en estructuras yuxtapuestas
semánticamente relacionadas, y utiliz a para d emostrarlo enunciados de D R. Seg ú n este
autor, un DI como DI CIT PAULUS KE VE NIT (subordinado) procede d el DD DICIT
PAULUS: “VENIO” ( yuxtapuesto) y surge a través de una estructura inter media ( DICIT
PAULUS KE VENIO) que re úne características d e las dos anteriores y que no se ha
conserva do en las lenguas roma nc es. Pero, como han rebatido Girón Alconchel ( 1989,
1992) y C ano Aguilar (1 998, 2000), no parece adecuado concebir las difer entes formas
de reproducción d el d iscurso como esquemas formales qu e constitu y en etapas
evolutivas en una diacronía. Según ha demostrado su estudio histórico, todas las formas
de reproducción están pr esentes desde siempre en los textos y e n su actualización solo
intervienen las intencion es comunicativas d el emisor y l a tradición discurs iva en la que
se inserta el texto. Por lo que respecta al DD y al DI, se trata de dos modos distintos de
reproduc ir palabras – se gún el emisor pr efiera narrar el discurso ajeno o bien
repre s entarlo – qu e utiliz an diferentes estructur as sintácticas, además de diversos
elementos lingüísticos, sobre los que no es posibl e establecer ninguna correspondencia,
porque uno es un caso d e y ux taposición (DD) y el otro (D I) de subo rdinación. P or otra
parte, no se ex plica la afirmac ión sobre una supuesta desaparición en las lenguas
romances de la construc ción DICIT P AUL U S KE VENIO, una fórmula de discurso mixto
que, como se ñalan Girón Alconchel (1992) y Méndez Ga rcía de Paredes ( 2009) se
documenta ampliamente en el español antiguo y moderno. Un a evid encia más contra la
hipótesis de que el DD es cronológicamente previo al D I la proporciona la constatación
de Cano Aguilar (2008d) de que e n los primitivos textos castellanos (siglos X al XIII)
los enunciados de D D, que se orga niz an en una estructura y ux tapuesta, son
cuantitativamente inferiores a los de D I, construidos mediante subordinación sustantiva
y , por tanto, supuestamente más elaborados
100
.
A este respecto, una de las conclusiones más sobresalientes que ha
proporcionado el estudio histórico del DR es la vinculación que existe entre las diversas
formas de reproducción y l a tradición discursiva de que se trata. Como señaló Girón
Alconchel (1986a: 242) , “cada ti po de texto elige sus citas y estas n o son nunca
elementos neutros” , sino que están al servicio de la orientación discursiva de la tradición
textual. De esta manera, diversas investigaciones han concluido que el pas o de un modo
100
Tal como señala Cano Aguilar ( 20 08d: 401), son razo nes textuales y disc ursivas las que justifican la
menor presencia del DD en los pr imeros textos del espa ñol .
102
de reproducir el discurso a otro no debe concebirse como un proceso cron ológico, sino
como una variación que viene determinada por la tradición discursiva de l texto. En su
diferente tradición tex tual fundamenta, por ejemplo, Girón Alconchel (1993) las
variaciones en el discurso del personaje entre el Cantar de Mio Cid y su versión
prosificada en la Primera Crónica General . Así, observa c ómo, en líneas g en erales, la
Crónica elimina el DD y el DIL del Cantar y l os transforma en DI, qu e es la forma
propia del resumen hist órico, “la más verosí mil desde el punto de vista de su
fundamentac ión epistem ológica” (Girón Alcon chel, 1993: 175). P ierde con ello el
componente teatral y d ramático qu e propo rciona el DD al Cantar y , también, los
aspectos más íntim os del personaje qu e no interesan en el disc urso hist oriográfic o
101
. L a
misma vinculación ent re cita y t radición t extual observa Girón Alconchel (2008b) al
analizar el discurso referido en dos obras d e un mismo autor: el Rimado de Palacio y las
Crónicas del canc il ler A y al a, pues repara este autor en cómo ambos textos crean sus
específicas escenas repr oductoras: cuadros estáticos en el poema, en los que el DR s e
reviste de discurso mor al y ejemplarizante, frente a escenas dinámicas y de gran
retoricismo en las Crónicas , en las que el DR se a molda a los p atrones de la poesía oral.
Estas diferencias ti enen s u reflejo en los mecanismos sintácticos por los que se obtienen
manifestaciones de discurso referido. Mientras e l primero de los tex tos, de carácter
didáctico y doctrinal aunque también narrativo, muestra una voz dual muy marcada y
una polifonía controlada por el sistema paratáctico en la que impera la cita de autoridad,
las Crónicas ofrecen una polifonía mucho más variada que se articula mediante diversas
relaciones sintácticas, es pecialmente de hipotaxis, lo que da al texto un componente de
‘modernidad’ que no es fruto de la cronología, si no de la tradición discursiva propia de
las crónica s.
En el mi smo sentido cabe interpretar las difere ncias observadas por Díez de
Revenga Torres (1992 y 1996) cuando compa ra la diferente funcionalidad discursiva del
DR entre un t exto li terario de carácter ejempl ar y moraliz ante, La historia de la
Doncella Teodor (1996), donde percibe una cierta monotonía en la construcción
sintáctica de las citas, y en una declaración judicial de finales del siglo XV, en el que
encuentra casos de DR “mucho más ricos ex presiva y estilísticamente” (Díez de
Revenga Torres, 1996: 152).
101
Señala también Girón Alconchel ( 1993 : 177) que algunos de los cam bio s observados en la Crónica
General p ueden estar m oti vad os por la concurrencia de o tras fu e ntes textuale s .
103
También Herrero Ruiz de Loizaga (2005: 97-1 01) explica la aparición de las
diferentes estructuras sintácticas de los enunciados de DD en función de la tradición
textual. Según este autor, en obras n arrativas que hacen poco uso d el DD, la es tructura
más frecuente es la que lleva el verbo de comunicación antepuesto a l a cita, como
sucede en la Primera Crónica Ge neral , mientra s que en las obras con abunda ntes
pasajes dialogados, como El Caballero Zifar , es frecuente que este verbo aparezca en
una construcción parentética, porque ali gera el ritmo del diá logo. Por su p arte, Barraza
Carbajal (2014) observa, en la evolución histórica, una marcada preferen cia por el DI
frente al DD, que se ve agudizada en los siglos XV al XVII , y lo justifica tanto p or las
estrategias discursivas propias de la épo ca como por el carácter narrativo, jurídico o
didáctico de los textos que componen el corpu s analizado, que han demost rado su
afinidad con el DI
102
. Señala esta autora que “el DD se circ unscribe a ciertos tipos de
gé n ero textual y a n ecesidades comunic ativas específicas” (Barraza Carbajal, 2014:
3057).
En esta misma línea, en un estudio sobre las formas de introducir el D R en
textos periodísticos actuales, Méndez García de P aredes (2000a) adviert e también sobre
ciertas disposiciones disc ursivas particulares de la cita de DR que parecen seleccionadas
específicamente por el género discursivo de la noticia. P or ejemplo, una cita de DD
puede presentarse enmarcada entre un cont exto re productor de carácter n arrativo, c u y o
contenido suele precisar, y un verbo de comunicación normalmente situado al final del
enunciado, que precisa la cita e infor ma al lector de l salto enunciativo. Según esta
autora, en estos enunciados, que presentan un orden discursivo prototípico de la noticia
de de claraciones, “la fu nción de la cita es dar objetividad a la infor mación previa,
aunque también puede te ner una función testim onial, para autentificar y da r veracidad al
relato” (Méndez García de Paredes, 2000a: 2095). Otra disposición ca racteríst ica de este
gé n ero textual, empleada g eneralmente en la noticia de a contecimientos, es la que
antepone la cita, normal mente de DD, a un marco reproductor que suel e alargarse a
través de varios enunciados y que, más que presentar la cita, cumple u n a función de
hacer progre s ar temáticamente la información suministrada por el periodista.
102
Este corpus se co mpone de dos cr ónicas, la de E nrique IV y la de los Reyes Católico s, u n te xto
hagiográfico, Para yso occid ental , los Documentos ling üísticos d e la Nueva España , La Celestina y El
Hombre p ráctico , un texto e ntr e el ensayo didác tico y la nar ración. Solo la ob ra d e Fernando de Rojas se
desvincularía de esta p redilecció n por el DI; al respecto señala Barraz a Carba j al (2 014: 3057), que este
texto “hace más uso del DD L que del DD”.
104
Por otra parte, las investi gaciones en lin güística hi stórica han comenzado a tener
presente l a repercusión que e l DR puede ejercer sobre las div ersas variables objet o de
análisis. Por ejemplo, Almeida Cabrejas (2003), q uien analiza las relaciones lingüísticas
de la Ge neral Estoria c on sus fuentes tex tuales, repara en cómo los redac tores del
scriptorium alfonsí modificaron o insertaron formas de DR en det erminados pasa jes qu e
en los textos base solo eran men ciones a act os de habla, y lo explica como un
procedimiento de amplif icatio . Por su parte, C ano Aguilar (2008d ), interesado en
conocer la pa rticular personalidad sintáctica y discursiva de los primitivos textos
castellanos, analiza las manif estaciones de DR en diversos documentos de los sig los X
al X III , p ara demostrar que la existencia de diversas formas de reproducción del
discurso, incluido el DIL, estaban desde el ini cio presentes en la lengua. Al mismo
tiempo, este autor estudia la inserción y funciona miento de estas formas en la tradición
jurídica y nota rial y el modo en el que ca d a una de ellas s e ajusta a una función
pragmática y discursiv a. P or otra parte, la atenci ón a las manifestaciones de DR y su
repercusión en la conformación del discurso es una constante en dif erentes estudios
sintácticos y discu rsivos realizados por Cano Aguilar
103
.
También sobre textos no li terarios de época medieval – la Crónica de Aragón y
el L ibro de los Fueros de Castilla – , han analizado los enunciados de DR H irel (2013) y
Valle Videla (2013) r espectivamente. Por su parte, Sáez Rivera (2014) profundiz a en la
config u ración ortográfica de los tex tos áureos analizando la puntuación de los
enunciados de DR que ofrece el impreso original d e una obra del siglo XVII, y García
Godoy (2018) se ba s a en el e studi o de las citas direc tas de un cor pus de declaraciones
de testigos datado en los siglos XVII y X VIII para proponer un a reformulación
cronológ i ca d el c ambio vue stra merced > uste d . Rec ientement e, el est udio de Stoll
(2021) sobre un conjunto de crónicas soldadescas de época colonial, demuestra la
funcionalidad de los enunciados de DR en el a nálisis de los fenómenos lingüísticos
propios de la inmediatez comunicativa. P or su p arte, Navarro Gala (202 1), amplía la
funcionalidad discursiva del DR al analizar la polifonía presente en cart as de petición
103
Así sucede, po r ejemplo, en Cano Aguilar (2 016 a), donde analiza textos pre -period ísticos del siglo
XVII, o en (2018), sobre las Memoria s de Leo nor López de Córdob a.
111
que recogen declaraciones de testigos en procesos judiciales, en los que tras una forma
flexionada del verbo decir ( dijo , dice ) situada al inicio, aparecen sucesivos frag mentos
encabezados con que para introducir el discurso del comparec i ente. Señala Herrero Ruiz
de Loizaga ( ibid. : 2810) que, cuando estos fragmentos adquieren cierta extensión, la
lejanía de los que respecto del verbo de comunicación y l a incrustación en el discurso de
otras oraciones hacen que se rompa la trabazón sintáctica en e stos periodos, a unque la
partícula siga funcionando como índice de reproducción del disc urso.
Por otra parte, el a n álisis de este autor se amplía también a otros usos no
propiamente conjuntivos de qu e , solo explicables en un contexto de DR ( ibid. : 2934 -
2940). Se trata, po r eje mplo, del que int roductor de juramentos, aserciones o ruegos,
ampliamente documentado en enunciados de DD durante la Edad Media y los Siglos de
Oro, que v a int roducido por una preposición y l a referencia a la entidad a la que se
realiza e l ju ramento o ruego ( a fe que… ; por Dios que …). En muchos de estos casos,
los indicios internos y externos propios d e esta forma de reproducción hacen innecesaria
la presencia explícita del verbo de lengua ( jurar , rogar ). L o mi smo sucede con el uso de
que documentado tras un DD constituido por un a ex clamación: “¡Válame Dios! – dij o el
cura, dando una gran voz – . ¡ Que esté a quí Tir ante el B lan co!” ( Quijote , apud Herrero
Ruiz de Loizaga, 2014: 2936) , ejemplo en el que la modalidad exclamativa permite
seguir considerando como DD el fragmento introducido por que
114
.
También repara Herrero Ruiz de L oizaga en otras construcciones propias del
español moderno en las que tampoco existe una forma verbal de la que dependa
sintácticamente la partícula que, como las que aparecen en los fragmentos de DD
int roduciendo oraciones interrogativas dir ectas “con idea d e apuesta, desafío o ll amada
de aten ción” ( ib id. : 293 8): “¿A que no tiene reglas la comedi a de ho y ? ” ( El sí de las
niñas , apud Herr ero Ruiz de L oizaga, 2014: 2938). Señala este autor que este ti po d e
construcción derivaría de la elisión de un verbo que indicaba la noción de apu esta o
desafío, que en un principio se construía en ré gimen directo pero que a partir del si glo
XVIII generalizan e l régimen preposicional, de ahí la perma nencia de la pr eposició n a
en las construcciones modernas una vez elidida la forma verbal.
114
Respecto d e co nstruccio nes com o las de este ej e mplo, Herrero Ruiz de Loizaga señal a q ue en su
extensión pudo influir otra estructura par ecida: la del que causal de la enunciació n que ta mbién aparece
tras oraciones exclamat ivas, sobre todo tras interjecciones ( ¡uy!, que ..) y frases estereo tipad as (¡ va ya! ,
que …).
112
Otro uso no conjuntivo d e que analizado po r H errero Ruiz de Loizaga es propio
de la len gua or al; aunque no e x ige la pr esencia de verbo de comunicación, su entorno
lingüístico nos hace suponer que s e está trasladando, esta vez mediante DI , el discur so
de otro. Se trata de enunciados propios qu e pueden ir introducidos con un vocativo o
una llamada d e atención al interlocutor y que sí hacen refere n cia expresa al enunciante
original: “Juan, (es) mamá, que no olvides darle el dinero a Felipe ” (Herr ero R uiz de
Loizaga, 2014: 2935).
Como vemos, la ma yoría de estas apariciones de l a partícula que analizadas por
Herrero Ruiz de Loizaga (2014) se ubican e n manifestaciones de DR en cu y a
config u ración sintáctica se advierten ciertas desviaciones (supresión del verbo de
comunicación, alargamiento del D I, relaciones de interdependencia en el plano de la
enunciac ión) respecto de las construcciones sintácticas prototípica s de DD y de D I ; es
decir, o cupan p recisamente una z ona interm edia en el continuum de l as re la ciones
interorac ion ales, entre la yuxtaposición y la subordinación (Girón Alconchel, 2006 y
2017) y dan lugar a variadas for mas de dis curso mix to
115
.
El DR es una manifestación li ngüística que guarda relación con la sintax is de las
oraciones subordinadas interrogativas y exclamativas indirectas (S I , SE), tanto totales
como parc iales, en la medida en que el núcleo verbal de muchas de ell as – no todas –
viene constituido por un verbo de lengua y en tal caso, la oración sustantiva subordinada
a dicho verbo expresa el contenido de un acto de comunicación. Por ello, en el capítulo
que Girón Alconchel (2014c: 3249-3445) dedica a esta clase de o raciones en la SHLE
no puede dejar de considerar los dos planos que advierte en estas manif estaciones: el
hecho discursivo de l a construcción del DR, que puede alc anzar la sintaxis
supraoracional, y el he cho de sintaxis interorac ional que constituye la estructura
sintáctica de la interroga tiva indirecta, de subord in ación sustantiva (Giró n Alconchel,
2014c: 3278). Este autor advierte, en primer lugar, la simplificación con la que
tradicionalmente se ha contemplado la relación entre construcción del dis curso y SI: los
manuales de Gramática suelen partir de una doble id entificación entre S I y discu rso
indirecto por una p arte y de interrogativa directa y discurso directo por otra . Como estas
obras suelen aceptar la reversibilidad entre DD y D I , se ofrece como hecho consumado
que toda SI pu ede tr ansformarse en una interrog ati va directa y viceversa. Señala Girón
115
Véase al respec to el apar tado 1.2.3.2.
113
Alconchel que tales pre misas no solo im plica n una simpli ficación del análisis , sino que
suponen un falseamiento de la r e alidad textual y ling üíst ica, porque
[l]a idea de la reversibilidad en tre DI y DD co ntradice el h echo disc ursivo de que tod as y cada
una de la s disti ntas formas del d iscurso referido – DD, DI, DIL, DN – son creacio nes d e imágene s
sociodiscursivas individual izad as. En la rea lidad de los textos escritos y o rales, en sentido
estricto, el discurso r eferid o no es, en ninguna de sus for m a s la reproducc ión d e un discur so r eal,
sino una c reación e interpretació n sociodiscursiva, manipulado ra del rea l i ntercambio de los
discursos en la vida so cial (2 014 c: 3277) .
De esta forma, carece d e sentido la transformaci ón de cualquier manifest ación
de DR en alguna otra de las formas que integran el paradigma; la funcion alidad de esta
transformación radica únicamente en los ejerci cios gramaticales practicados en la
enseñanza de otras lenguas (Girón Alcon chel, 2014c : 3277). El DR se localiza, en
realidad, “más arriba” del límite oracional porque impli ca la introducción en el discurso
propio de un enun ciador diferente y de un a situación c omunicativa también distint a de
la del emisor.
Desde esta perspectiva, señala Girón Alconch el que las subordinadas tanto
interrogativas como exclamativas indirectas pueden reproducir un discurs o. En relación
con las primeras, dist ingue entre interrogativa propia (S I P) , modal (S IM) o propia del
discurso (S I PD)
116
y adviert e que esta di ferente tipificación de l a S I tiene su repercusión
en la construcción del DR: mientras una SIP suele reproducir una forma de DI, que
puede ser más o menos mimético, la S IM, cuando se int egra en un DR, lo hace de un a
forma mucho menos mimética y más alejada de la tex tura verba l del discurso que se
reproduce. En cuanto a la SIPD, puede también ser vehículo de reproducción de un
discurso, siempre que se inserten en un marco de D I ( Pedro le dijo a Juan que le dij era
quién era ) o, de forma independiente, mediante un D IL ( Pedro quiso saber qui én era ).
Otra vari able sint áctica de las SI que repercute directamente en el hecho
discursivo de la construcción del DR la encuentra Girón Alconchel (2014 c: 3274-3276)
en la aparición opcional de l que enunciativo delante de la oración interrogativa: le
116
Girón Alconchel ( 2014 c : 327 0-3272) extiende ta mbién esta c lasificació n a las exclamativas.
Independiente mente de su car ácter p arcial o total, la SIP reproduce siempre u na pregunta y se con struye
con el verb o pregunta r u otros verb os de comunicación co n ese sentid o ( le preguntó quién era ) ; la SIM
no efectúa ni nguna pr egunta, sino que i ntroduce una variable (de persona, cosa, lugar, etc. ) , de forma que
el predicad o principal especifica que se ha elegido el valor que le corresponde. Rep roducen, por tanto,
una aserció n modalizada desd e el punto de vista d el enunciado ( le explicó qu ién era ). Las SIPD se
diferencian de las an teriores en que dependen de una construcción que implica ‘deseo de saber’ o
‘petición de infor mación’: dime quié n era , quiero saber quién era .
114
preguntó ( que ) quién era . Para esta variación se han intentado diversas explicaciones,
desde su consideración como pleona smo (Bello, 1973[1847]), su restri cción al uso
coloquial (RAE, 1978), hasta su conside ración como extensión a las SI de la partícula
que introductora del D I (Keniston, 1937, apud Girón Alconchel, 2014c ). También se ha
relacionado la presencia de esta partícula con la aparición de determinados verbos en el
predicado regente (NG LE, 2009). Sig uiendo una línea que habí a sido apuntada por
Alcina y Blecua ( 1994 [ 1975]), para Girón Alconchel el que ante S I es una partícula de
la enunciación referida a la entonación interrogativa y relaciona la pre gunta con el DD,
de forma qu e la S I P intr oducida por que no solo reproduce la pregunta, si no que alude,
al menos fragmentariamente o de modo su gerido, a la forma de l a interrogación (2014 c :
3276). Se trata de una construcción propia de la S I P frente a las otras dos modalidades
de S I. Así, pa ra Girón Al conchel estas S I P no constitu ye n propiam ente ma nifestaciones
de DI , sino que, dentro del continuum en el que se ubican l as distintas formas de
reproducción, se rí an casos de discurso indirecto mimético (DI M), una forma de DI en
transición al DD
117
. I gual mente, el h echo de que a partir del siglo XIX se localice el
empleo de que ante S I si n verbo regente (“tu amigo… que si va s a ir ho y al c afé”), da
lugar a otra vari ante del D I qu e se combina con un rasgo propio del DD (la ausencia del
verbo de c omunic ación) y que en este caso se acerca al DIL.
117
De esta forma, se desvi ncula el valor atribuido en esta construcción a la p artícula que (alusión a la
m o dalidad interrogati va) de la concepció n del DI co mo una transformación d el DD, q ue par ece im plícita
en dicho valor.
115
1.2.2 . La polifonía textu al . La teoría de la enunciaci ó n y su aplicación a
los proced imientos citati vos
En la década de los años veinte del siglo pasado, los estudios de teoría y crítica
literaria emprendidos po r el denominado ‘círculo de Bajtín’ c ristalizaron en una s erie d e
conceptos que, como ve remos, serán luego fructíferamente aprovechados en el campo
de la L ingüística. Al propio Bajtín (1986 [1929], 1989 [1934]) debemos las primeras
referenc i as a no ciones como polifonía , dialogismo e intertex tualidad , sobre las que
articuló un aparato c rítico mediante el que explicar el texto literario y , especialmente, l a
novela moder na. Frente a una posición tra dicion al de c orte formalista que atiende a la
lengua como sistema estable de signos, Ba jt ín descubre tempranamente la cualida d
esencialmente din ámica y dialógica de la palabra, emanada d e su función social:
La p alabra no es una cosa, sino el medio eternamente móvil y ca mbiante de la comunica ción
dialógica; nunca atie nde a una sola co nciencia, a una sola vo z, su vida consiste en pasar de bo ca
en b oca, de un co ntexto a otro, de un a colectividad social a otra, de u n a generación a otra. De
este modo, la palab ra no olvida su cami no y no puede librarse del poder de los co ntextos
concretos de lo s c uales habí a for mado p arte. Tod o m ie mbro de un a colecti vidad hablante se
enfrenta a la palabra no e n tan to que palabra n at ural de la lengua, l ibre de aspiraciones y
valoraciones ajena s, despo blada d e voces aj enas, si no que la recibe p or medio de la voz del otro
y saturada d e esa voz. La pala bra llega al contexto d el hablante a p artir d e otro contexto, col m ad a
de sentidos aj enos, su pro pio pensamie nto la encuentra ya poblad a. (Baj tín, 1986 [1929]: 295)
Desde esta concepción de la lengua como medio de comunicación en pe rpetuo
dinamismo, emprende Bajtín el análisis del te xto narrativo, en el que advierte “la
diversidad social, or ganizada artísticamente, del lenguaje” (1989 [1934]: 81): el texto
narra ti vo, esp ecialmente la novela, no habl a solo a través de l a voz del narrador o de sus
personajes, sino que en él r esuenan al mismo tiempo otros tex tos y otras voces: en
primer lu gar, l as d ebidas a la “estratificación int erna de una lengua nacional” ( ibi d .) en
dialectos, argots prof esionales, lenguas de otras generaciones, de auto ridades, de mod as
pasajeras, de los lenguajes sociales y políticos; pero también de los que muestran la
“estratificación interna de una leng ua en cada momento de su e xistencia histórica”
( ibid . ). En la novela encontró Bajtín la prosa polifónica e intertextual por excelencia,
debido a su capacidad para contener otros t extos de distinta naturaleza ( cartas, poemas,
leyendas, c anciones, crónicas, diarios), que remit en también a voces ajen as, de distinta
naturaleza a la d el na rrador. Por tanto, la polifonía mediante la que la novela or ganiza
116
sus temas se manifiesta a trav és de un lenguaje multí voco, cada u na de cu y as
manifestaciones admite una diversidad de voces sociales y una diversidad de relaciones.
Por e ll o, pa ra Bajtín, el discur so del e s critor de un texto narr ativo es un discurso
ambiguo po r natur aleza, en el que se perciben diferentes perspectivas s emánticas y
axiológicas, porque está siempre imbuido del lenguaje ajeno, de la palabra del otro.
Encontramos, adem ás, en este autor dos fo rmulaciones que van a tener un
provechoso desa rrollo posterior : en primer lug ar , el desdobla mi ento que advierte en la
figura del e s critor, en la que distingue los entes discursivos ‘autor’ y ‘narrador’:
Cada momento del relato lo p ercibi mos clara mente e n do s p lanos: en el plano del narrad or, en su
horizonte se mántico -objetual y expresi vo, y en el plano d el autor, q ue se expresa de m anera
refractiva en el mi smo relato y a través de él […]. No sotr os ad ivinamos los acentos q ue ha
puesto el a utor, tanto e n el obj eto del relato co m o en el relat o mismo, y en la imagen del nar rador
que se descubre en el p roceso del relato (Bajtín, 1989 [193 4]: 13 1).
En seg undo lu gar, postu la Bajtín que los diferentes lenguajes percibidos en un
texto entablan con el narrador, y también entre sí, relaciones dialógicas que pueden ser
de asentimiento, de confirmación o de rechazo y, aunque de fo rma imprecisa , sit úa estas
relaciones en lo que hoy denominamos un ‘ámbito discursivo’:
Las relacione s lógicas y te mático -se mánticas, p ara ser dialógicas, deb en encarnarse, es de cir, han
de formar p arte de o tra esfera d el ser, llegar a ser disc urso, esto es, e nunciado , y recibir un autor,
un e misor d e un e nunciado determinado cu ya posición este en unciado exprese (B ajtín, 1986
[1929]: 2 68).
La s nociones teóricas in troducidas por Bajtín, reunidas por este autor ba jo el
término translingüística
118
, superan tanto el ámbito de la teoría literaria co mo el de la
lingüística y se ade ntr an en la filosofía del lenguaje. Su influencia se extendió sobre
diversas discipl inas adscritas a las ciencias huma nas, al ser considerado “ el portador de
un método, de un enfoque epistemológico – el p rincipio dialógico – que h a resultado mu y
productivo. Bajtín muestra cómo la voz del otro sujeto es fundacional para la conciencia
propia” (Bubnova , 1998: 12).
118
La tra nsling üística “ estudia l a palabra no e n el si stema de la leng ua ni en el d e un texto sacado fuera
de la comun icac ión d ialógica, sino en la esfera misma de esta, que es la esfera auténtica de la vida de la
palabra ” (Baj tín, 1986 [1929 ]: 81).
117
Así, de ntro de su mismo c írculo, sus aporta cion es sobre polifonía y dialogismo
textual ampliaron conside rablemente la perspectiva desde la que afrontar el problema
planteado por el discurso referido. Por ejemplo, Voloshinov (1976 [1930] ) estudia ya
las manifestaciones del d iscurso ajeno como un hecho de la lengua y propone para ellas
una definición que parece trascender un aná li sis estrictamente oracional:
El discurso referid o es d iscurso dentro d el discurso, enunciad o d entro del enunciado y, a l mismo
tiempo, discurso ac erca d el discurso y enunciado ac erca d el enunciado. (Voloshinov, 1 976
[1930]: 143)
El discurso referido e s y a para Voloshinov una unidad de construcción del
discurso del autor, una construcción li ngüística que ti ene la capacidad de int roducirse en
otro discurso y en su configurac ión sintáctica, reteniendo su propi a autonomía
semántica y de construcción y, a l mismo tiempo, de jando perfectamente intacta la
textura lingüística del co ntexto que lo incor pora. Al efectuar esta traslación discursiva,
el discurso r eferido se convierte también en el tema del nuevo discurso, se introduce
también en su plano temático y semántico. Advierte Voloshinov (1976 [1930]: 145) que
uno de los mayores errores cometidos en el estudio del discurso referido estriba en la
distancia que los investigadores han interpuesto entre este y el contexto que lo refiere, lo
que ha llevado a establecer un modelo estático y superficial para des cribir las form as de
reproducción. Por tanto, este autor ahonda en el concepto de ‘contexto de autor’
119
y ,
particularme nte, en la rel ación a ctiva qu e se establece entre el discu rso que repr oduce y
el reproducido: “nos esta mos ocupando de palabras que reaccionan ante p alabras” ( ibid .
147). Así, entre el con texto de autor y el discurso referido descubre Voloshinov
relaciones dinámicas complejas que van desde la interpretación a la adhesión o l a
réplica y suponen una recepción valorativa d e un discurso sobre otro. Au nque de paso,
este autor no olvida el papel que hay que reservar a la g r amática: esta relación activa
entre el discu rso del a utor y el ajeno “se expresa en las paut as de construcción
estabilizadas, propias de la leng u a” ( ibid. 144).
Sin embargo, es en la segunda mitad del si glo XX, a tr avés de l a obra de autores
como Be nveniste (1977 ), Ducrot (1984 y 1986 [1982] ) y Anscombre y Ducrot (1994
[1988]), cuando la L ingüística de la enunciación funda todo un aparato teórico y
119
El ‘ contexto d e autor ’ de Vo loshinov eq uivale a lo que posteriormente otro s autores han denominado
‘marco’ o ‘contexto ’ rep rod uctor. Véase al resp ecto el ap artado 1.2.4.2.
118
metodológico adecuado para el análisis lingüístico de la polifonía, que deja de ser
analizada como una cualidad propia del texto literario, para considerarse una
caracter íst ica que pue d e ser perce pti ble en todas las manifestaciones del leng uaje. Con
ello, el estudio del DR se afronta d esde un a nueva perspectiva, la que tiene en cuenta la
enunciac ión como “ el acontecimiento hist órico q ue constitu y e por sí mismo la aparición
de un enunciado” (Ducrot, 1984: 135). Co mo ve r emos más adelante, de bemos a esta
disciplina la definición puramente lin güística del concepto de ‘en unciado’, no
suficientemente pr e cisado en las explicacione s de Bajtín y Voloshinov, cuya
formulación va a ser de vital importanc ia en las posterior es explic aciones del discur so
referido, porque le proporcionan el marco teó rico desd e el que sobrep asar el ámbito
puramente oracional mediante el que ve nía n explicándose estas manifestaciones.
La L in güística d e la e nunciación supera definitivamente la concepción
saussureana de la lengua como códi go cerrado regido por le ye s gra m aticales fijas , pa ra
situarse en una concepción pragmática del lengua j e, interesada en l a puesta en
funcionamiento de la lengua a tra vés del uso lingüístico y vinculada a su contexto. Se
relaciona ahor a el acto comunicativo con las circ unstancias mi smas de su producc ión y
se postula que el sent ido del enunciado solo adquiere validez a través de las
instrucciones y orientaciones inherentes al contexto de la situación de enunciación. Con
ello, l a lengua se abr e al discurso, entendido este como “una transacción lingüística
completa” (Re y es, 1984: 43), que inclu y e todos los elementos que c ondic ionan el acto
de comunicación. Así lo señaló Benve nist e:
La enunciació n es la p uesta e n funciona miento d e la lengua por medio d e un acto indivi dual de
utilización. […] La relació n d el locutor con la lengua deter mi na las característica s li ngüísticas de
la enunciación. […] La en unciació n supone la conversión individual de la lengua en d iscurso.
Antes d e la e nunciació n, la lengua es solamente una posi bilidad d e la lengua. Desp ué s de la
enunciación, la len gua queda ac tualizada en una i nstancia d e discurso. (B enveniste, 1977 : 80)
Ducrot (1984), recupera n do las teorías sobre dialo gicidad y polifonía en el tex to
literario de Bajtín, se cuesti ona la unicidad del sujeto hablante como produ ctor unívoco
de sus produc ciones lin güísticas y p roclama el carácter esencialmente p olifónico del
acto enunciativo. Así, distingue y defin e la multiplicidad de entes discursivos que
pueden intervenir en un acto comunicativo: aprecia en p rimer lu gar un desdobl amiento
en el hablante entre ‘sujeto empírico’, s er d e l a vida real qu e físicamente emite un
enunciado, y ‘locutor’, concepto ya puramente lingüístico que no tiene que coincidir
119
necesariamente con sujeto físico, que es quien efectivamente produce un enunciad o
120
.
Introduce, además, en el análisis la figura del ‘enunciante’, ente discursiv o actualizado
por el locutor, que se ex presa a través de la enunciación, de la que se le hace
responsable, y m ediante el que este locutor pue de evocar en su propio discurso otras
voces y otros puntos de vista. El acto enunciativo aparece así im pregnado de diferentes
perspec ti vas y actitudes con las qu e el lo cutor puede identificarse o mostrar su
disconformidad. En relación con el otro protagonista de la int eracción comunicativa, el
oye nt e, Ducrot int roduce, paralelamente a la oposición locutor/enunciador, la distinción
entre ‘alocutario’, la persona, entre otros posibles o y entes, a quien el locutor declara
dirigirse, y ‘destinatario’, “la persona a quien se dice, según él [el locutor] lo que se dice
en E [el enunciado]” (Ducrot, 1984: 137). Como veremos, la identifi cación de estos
diferentes sujetos discursivos va a ser fundamental en la descripción lin güística de los
enunciados de discurso referido
121
.
Desde esta perspectiva, constru ye este autor la teoría polifónica de la
enunciac ión, m ediante la que explica variados he chos li ngüísticos, como lo s enunciados
negativos, las p resuposiciones, las constru cciones adversativas, la ironía y ,
particularme nte, el discu rso referido. Por otra parte, los análisis que han profundizado
en la teoría polifónica y en el papel de los diversos seres discursivos que entran en
escena en el acto enun ciativo han ex tendido el concepto de polifonía, que pasa a
considerarse como un elemento inherente al le nguaje mismo. Por ejemplo, Dona ire
Fernández (1998: 49) ad vierte que la multivocidad del sujeto hablante, encarnada en los
diferentes puntos de vist a ex presados por los enunciantes que, de fo rma más o menos
velada, afloran en el disc urso, permite “adoptar u na posición fuerte respec to al papel d e
la polifonía, ya no en la enunciación, sino en la lengua […] y permite decir, evocando el
postulado de la teoría d e la argumentación , [ …] que hablar es adoptar un punto de
vista, y no se puede habl ar sin adoptar un punto de vista ”.
La s aportaciones de la L i ngüística de la enunciación han puesto a disposición de
los investigadores una p erspec ti va innovadora qu e ha permitido un nuevo desa r rollo en
120
Esta disti nción de carác ter lingüístico tie ne cier ta correspo ndencia co n la q ue Bajt ín (1 989 [193 4])
estableció p ara el texto literar io entre ‘autor’ y ‘narrad or’, desarro llada desp ués a mpliamente por G enette
(1989 [ 1972]).
121
La crítica poster ior ha o frecid o diferentes varian tes en relación co n la termi nología ap ortada por
Ducrot ( cf. Calsamiglia y T usón, 2012 [1999]). Con car ácter general, nue stro trab ajo sigue la
terminología de este auto r, s i b ien nos referimos más usualmente al locutor con el término em isor ,
evitando así la r eferencia a un discurso estricta mente or al ev ocada por el prim er vocab lo.
120
diferentes aspectos del estudio li ngüístico. Nos interesa resaltar aquí los nuevos caminos
abiertos en el estudio de la polifonía discursiva y de las diferentes posi bilidades que
ofrece la lengua para actualizar en el discurso voces y escenas enu nciativ as diferentes
de las del locutor (García Ne groni y Tordesillas Colado, 2001)
122
. En este a specto, una
de las líneas de investi gación de ma y or repercusión posterior fue la a doptada por
Authier-Revuz (1982, 1984), quien indaga en la polifonía lin güística como una
manifestación propia del leng uaje y la relaciona con su capacidad interdiscursiva. Esta
autora advierte, con Ducrot, un componente heterogéneo presente en todo acto de
enunciac ión mediante el que a flora una multiplicidad de perspectivas y puntos de vist a
diferentes d e los del lo cutor. Esta het erogeneidad enunci ativa puede ser mostrada
abiertamente por este lo cutor o bien quedar encubierta en su propio discurso; de esta
forma, Authier-R evuz propone una distinción binaria que diferencia dos procedimientos
mediante los que se convocan en un enunciado diferentes instancias ilocutivas. El
primero lo constit uye n las formas de la ‘heterogeneidad mostrada’, que, aunque puedan
aparecer más o menos marcadas formalmente, i nsertan explí citamente un discurso en
otro. L a heteroge neid ad mostrada formalmente más marcada se cor respondería con las
formas de DD y D I; el D IL , en cambio, por su varia bil idad intrínseca , constit uye para
Authier-Revuz una manifestación d e h eterogeneidad mostrada no ma rcada, ámbito en el
que inclu y e formas tan diversas como la ironía, la metáfora, la parodia o el recurso
gráfico de las comillas
123
.
Pero el eco de la voz ajena pued e manifestarse también de forma encubierta,
constituye ndo lo que A uthier- Revuz denomina la ‘heterogeneidad consti tutiva’ del
discurso, un concepto mu y c ercano al ‘dialogis mo’ bajtiniano, apo y ado ahora en las
122
En la obr a de García Negroni y Tordesillas Colado (20 01) se efectúa un a visión crítica de las
diferentes aportacio nes y d esa rro llos d e la teoría polifónica de la enu nciación en relación co n el estudio
lingüístico y con el discurso referid o. La noción de ‘escena enunciativa ’ introducida por estas autoras
(2001: 168) alude al hecho de que lo s disc ursos i ncorp orados tiene n su p ropio ego , hic e nun c , por lo que
aportan sus pro pias condiciones locuti vas, espaciale s y tempor ales en las d el discurso que lo s actualiza; la
forma e n la que se pro duce esta incorpor ación está estrecha mente relacionada c on el tipo d e
proced im ie nto discursivo e mpleado .
123
Esta diversidad de manifestaciones es deb ida a que los factores que esta autora contempla para
localizar la heterogeneidad mostrada son d e índole muy d iversa: alteracio nes gramaticales, variacio nes de
código, m arca s tipográficas o expresiones metalingüísticas . Este aspecto del plantea miento d e Aut hier-
Revuz y, sobr e todo, el hecho de q ue la d escripción prescinda completamente d e toda referencia de tipo
gramatical fue critic ado po r Girón Alconchel (1989 : 44): “Cierto que la hetero geneidad m o strada puede
ser marcada (el DD, por ej emplo) y no marcada (algunas var iantes del DIL). Pero meter en el mismo saco
de las for mas no marcadas al DIL, la ironía, la metáfora, etc . ya me par ece volver a la con fusión . […] Una
construcción de DIL y una metáfora son cosas bien disti ntas, po r más que una y otr a sea n (o p uedan ser)
hechos expresivos a mbiguos ”. Coincidimos con el análisis de este autor, que excluye los enunciado s
irónicos de las manifestacio nes de DR y los sitúa entre las ci tas i m p lícitas.
127
Como vemos, se cara ct eriza el DD por su literalidad, por su capacidad para
conservar la modalidad enunciativa del discu rso original, y por no present ar nexo entre
el verbo d e comunicaci ón y l a cita. En cambio , en el D I se reconoce una segunda
mención, y a que in clu y e la referencia personal de quien reproduce, lo cual le impide
conservar la modalidad orig in al. A pesar de que ambos procedimientos de cita se
incardinan dentro de l a subordinación sustantiva, encontramos en e sta obra un
planteamiento novedoso que es desarrollado en nota al pie del fragmento transcrito y de l
que, sin e mbargo, no se hacen eco las gramáticas inmediatamente post eriores. Se trata
de la definición sintác ti ca del DD como “una forma de yuxtaposición”:
En realid ad, en el estilo direct o no hay subo rdinación, aunq ue a sí lo p iensen [ sic] la ma yoría de
nuestros gramáticos. For m a l mente ( y, p or tanto, sintáct icamente) no ha y relació n en tre el “ v er bo
de decir ” y “ lo dicho ” : la relación es exclu sivamente ló gica. En el ejemplo E l orad or d ijo:
considerad me como un h ermano vuestro , lo único q ue ha y d esde el punto de vista sintá ctico es
una for ma d e yuxtaposición en la que la or ación d e “decir” p odría convertirse en un inciso:
Consideradme – dijo el orador – como un hermano vuestro [ …]. Es importante notar qu e en el
estilo directo el “ verbo de decir ” y “ lo dic ho ” presenta n sie mpre entonaciones i ndependientes,
prueba b ien clara de lo que afirmamos” ( Seco Sá nchez , 1971 [1953] : 208 , nota 1 ).
Al reconocer que la relación c ontr aída entre el v erbo de co municación y la cita
no se apoy a en ningún elemento lingüístico y que su relación es ex clusivamente de
carácter semántico, s e llega a la conclusión d e que el DD se organiza en u na estructura
y ux tapuesta, que se relaciona con las construcciones incidentales , y que s e fundamenta
en la independenc ia ent onativa de los dos segmentos que la componen. En cierta
manera, en este temprano análisis parece int uirse que la caracterización si ntáctica de la
cita de DD s e sitúa más allá de las relaciones puramente int raora cionales. Se refiere
Seco Sánchez también al DIL , que concibe como una forma mix ta de reproduc ción del
discurso limitada al ámbito literario, “en el que, al igual que en el estilo directo, las
palabras dichas por otro aparecen como oración y ux tapuesta; per o varían los modos y
tiempos verbales, c omo e n el estilo indirecto” ( ib id. : 209).
En e l Curso superior d e sintaxis española de Gili Gay a (1961), dentro del
capítulo dedicado a la subordinación sustantiva, se analizan también bre vemente el
‘estilo directo’ y el ‘estilo indirecto’, ambos en el apartado relativo a las que este autor
denomina ‘oraciones complementarias dire ctas’; e s decir, las que ejer c en la función de
complemento directo del verbo principal. No obstante, el difícil encaje en esta
128
clasificación del DD se intenta aclarar señal ando que en “el estilo directo la
subordinante y la subordinada están sim plemente y ux tapuest as” ( ib id. : 288). Se sigue
incidiendo en la literalidad inherente a la cita directa fr ente a la indirecta, “en la que el
que habla o escribe refiere por sí mismo lo que otro ha dicho” ( ibi d. : 288),
reproduc i endo casi textualmente la caracterización de la R AE de 1 931. Especial
atención dedica Gili Gay a a la concordancia verbal entre subordinante y subordinada,
efec tu ando una revisión c rítica de las normas tr adicionales de la consecutio temporum ;
dicha revisión, aunque s e refie r e con c arácter genera l a la sub ordinación sustantiva, se
apoy a precisamente en ejemplos de discurso indirecto.
El Esbozo de una nueva gramática de la lengua española (RAE, 1978) sigue
también la línea establecida e n la Gramática d e 1931 e introduce pocas novedades
respec to del planteamiento visto en Gi li Gay a (1961)
134
. Por lo que se refie r e a la
sintaxis del DR, tanto ‘estilo directo’ como ‘estilo indirecto’ se incardinan dentro de la
subordinación sustantiva complementaria directa, dentro del apartado ‘orac ion es
enunciativas’. Se cons id era, pues, que ambos tip os de reproducción ejercen el papel de
OD del verbo de comunicación. Se reconoce, no o bstante, distinta construcción para una
y otra form a: en el DD “la subordinante y l a subordinada están simplemente
y ux tapuestas, mientras en el DI se un en por medi o de la conjunción qu e ” ( ibid. : 517), y
presenta diversas alteraciones en los modos y tiempos verba les. Tanto del estudio de
Gili Gaya como del Esbo zo parece desprenderse q ue, en el caso del DD, se concede a la
estructura sint áctica de l a yuxtaposición un valor de subordinación, puesto que se habla
de ‘la subordinante y la subordinada’, con lo que en realidad el análisis no supera el
límite de la relac ión hi potáctica.
La c aracterización de un a y otra forma de reproducción del discurso es tambi én
paralela a la de Gili Gaya (1961): “llámas e directo al estilo cuando el que habla
reproduce textualmente l as palabras con que se h a expresado el autor d e ell as”, mientras
“en el estilo indirecto , el narrador refiere po r sí mismo lo que otro ha dicho” ( ib id. :
516), definición esta últim a que, como afirma Camargo F ernández (2004: 480), “se
ajusta más a las carac t erísti cas reales del estilo directo que la que los autores del Esbozo
proponen”.
134
Es sabida la par ticipación activa d e Gili Ga y a en la redacción de l Esbozo , p articularmente en la
sintaxis ( cf. Girón Alconc hel, 2007) .
129
Por otra parte, el Esbozo es la primera gramática a cad émica que trata el DIL, si
bien limitándose a ofrecer la sig uient e caracterización:
Es frecuente entre los narrad o res incorp orar al relato construcciones p ropias del estilo directo,
conservando la viveza d e este en e xclamacio nes, interrogac iones y de más el ementos e xpresivos,
pero som etié ndolos a lo s cambio s d e perso na, tiempo, etc., necesarios en estilo i ndirecto [ …]. A
este proce dimiento estilístico se le da el no mbre de estilo indirecto libre ( Esbozo . : 5 16).
Se concibe, pues, el DIL como un ‘proce d imiento estilístico’ que está
circunscr it o exclusivamente al ámbito literario. Por otra parte , si se analizaban los
enunciados de DD y DI encuadrados dentro de la sintaxis oracional, se omite ahora
cualquier r eferencia a su posible estructura sintá cti ca. No obstante, como ha señalado
Girón Alconc hel (2013: 96), enc ontramos una implícita re ferencia al mar co discursivo
al ponderar la expresión de las distintas modalidades enunc iativas.
La Gramática española de Alcina y Bl ecua (1994 [1975] ) ofrece un t ratamiento
del DR un tanto peculiar, porque lo inte gra en un capítulo dedicado a “La i nterrogación
incorporada a los sistemas complejos”, donde s e incluyen el ‘estilo directo’, el ‘estilo
indirecto’ y ‘ estilo indirecto libre’, además de la s interrogativas indirecta s parciales y
todas las oraciones encabezadas por si , independientemente d e su valor. No queda
aclarado el motivo de este tratamiento unitario, habida cuenta de la modalidad
enunciativa que suel e ad optar el DR, que solo se acomoda al esquema sint á ctico de una
interrogativa indirecta cuando el hablante utiliza el DI para reproducir un enunciado
cuy a modalidad original es interrogativa.
Según estos autores, es t ambién la adecuación o i nadecuación a la literalidad de
lo reproducido lo que d iferencia DD y DI: “tr adicionalmente se ll ama estilo directo
cuando se reproduce exactamente el enunciado producido por el sujeto”, mientras que
“se llama ‘estilo indirecto’ cuando se adscribe al verbo dominante operando cie rtas
transformaciones” ( ibid. :1120), que no entran a detallar.
En realidad, esta obra gramatical centra p articularmente su aten ción en la
explicación del DD, en cuy a caracteriz ación enc o ntramos importantes novedades:
En la lengua escrita, y al gunas vece s en el leng uaje hablado , cualquier mensaj e se puede
incorporar al discurso po r sim ple yuxtaposición a un mod us co nstituido por verbos de le ng ua con
el mismo valor sintáctico de CD. La pau sa y la entonación marcan la indep ende ncia entre mo dus
130
y dictum pero la posibilidad de integ r ar el dictum por medio de lo pronominal C D sub raya, al
mismo tiempo la dependencia sintác tica (Alcina y Blecua (199 4 [1975]) : 1120 ) .
La principal aportación de este aná lisis estriba en la apertura haci a el plano
enunciativo que implica la introducción de los conceptos modus y di ctum , evitando el
de ‘oración’ y reconociendo así implí citamente su insuficiencia en el estudio del DR
135
.
En la definición propu esta, el nivel enunciativo ( modus ) se sit úa como marco de la
reproducción del DD, concebido como dictum . No se ti ene en cuenta, sin embargo, que
en el DR no puede establece rs e una separación tajante entre ambos conceptos porque
están íntimamente vincu lados. Una prueba de ello son los verbos de comunicación
capaces de expresar el modus de la cita reproducida (así ‘ ord enar ’, ‘ exclamar ’,
‘ gritar ’…) , sin contar c o n la capac idad de las pa l abras reproducidas de modalizar todo
el enunciado en su c onju nto, en tanto que se trata de segmentos qu e se incrustan en su
estructura. En cuanto a la ca te gorización g ramatical de la cita de DD, se sigue la línea
vista en el Esbozo : a pesar de reconocer que entre modus y dictum se establece un a
relación d e yuxtaposición, la cita se considera como OD del verbo de c omunicación,
sobre la base de que es posibl e su conmutación por la forma pronominal ne utra.
En cuanto al D IL, Alcin a y Blecua ofr ecen un a d escripción que recuerda a la ya
vista en Seco Sánchez (1971 [ 1953]). En ella se hace referencia a la posibilidad de
referir el discurso sin nece sidad de acudir a verbos de comunicación, sino al empleo de
“las mismas transposiciones verbales propi as del estilo indirecto por mera
y ux taposición al discurso del narrador, o bien reproducien do sin más las mismas
palabras del enunciador que se traslada”. No obstante, supone un avance en el análisis el
hecho de que esta forma de reproducir el discurso no se limita y a a la expresión lit eraria ,
sino que se señala también que puede aparecer “parci almente en la ex presión hablada”
( ibid. : 1122).
Sin embarg o, el análisis del DR que encontramos en el Curso de gramática
española de Ma rcos Marín (1980) supone una vuelta a l a postura tradicional: tanto DD
135
Según señala Girón Alconc hel (1986a) , los términ os mo d us y dictum ap licados al DR, en el mismo
sentido e xpuesto por Alcina y B lecua, fuero n introd ucido s po r Lips (19 26). Est o s concep tos ap arecen
también en Gili Ga ya (1961), aunque n o ref er idos expresamente al D R. Para este a utor, el modus es la
actitud subj etiva del hab lante respec to al contenido p ropo sicional de lo expresado , que es el dictu m .
131
como D I s e an alizan dentro de la subordinación su stantiva, explicando l a ausencia d e
nexo subordinante en el DD como una posibilidad de la subordinada :
Una de las po sibilidades más frecuentes de que la p ropo sición sustantiva no vaya p recedida de
nexo se da en el ca so del e stilo d irecto: el verbo de la p r incipal es un verbo de pensa miento o de
dicción [ …] y la p ropo sición sustantiva rep roduce literalmente lo d icho o lo pensado ( Marco s
Marín, 198 0 : 383) .
Al margen d e la insist encia en identificar el DD con la literalidad de lo
reproduc ido, no p arece mu y adecuada la equiparación de la relación sintáctica contr aída
en las sustantivas asindéticas con la que se establece entr e mar co repr odu ctor y cita en
el DD
136
. Con respec to al DI, se caracteriza porque “no se reproduce literalmente lo
dicho o pensado, sino que se cuenta lo que s e ha dicho o pensado, utiliz ando para ello
que o si ” ( ibid. : 383). No se entra a dilucidar, en este caso, sobre la función sintáctica de
la cita re sp ecto del verbo de comunicación.
La Gramática funcional del español de Hernández Alonso (1984) trata
brevemente del DR, tan solo para referirse al ‘estilo directo’, que inclu ye entre los nexus
subordinados, concretamente dentro de los que realizan la función de SN 2 (subordinadas
sustantivas en función de OD):
Este co nsiste en una cita literal de un enunciado ya for mulado o que se formulará. Suele ap arecer
con gran frecuencia en función de SN 2 , sin ningún traspo sitor ni marca d e unión. Tiene
dependencia respecto a la oración, p ero g oza de autonomía f uncional i nterna por tratarse de un
enunciado co mpleto. La e xtensión del estilo directo es muy diversa: puede ir d esde una sola
palabra a todo un di scurso (He rnández Alonso, 1984 : 78)
A pesar de ello, se reconoce la autonomía de la cita directa, que s e concibe como
un enunciado d e sentido completo y de extensión variable. C omo vemos, sigue
vinculándose el DD con la literalidad de lo reproducido, aun que se introduce una
mención al discurso pr ospectivo, posibilidad no contemplada hasta entonces y que
tendrá poc a r epercusión en los estudios posteriores. No contiene esta ob ra r eferencia
alguna al DI cuando analiz a los ‘ nexus OD con transpositor’, como se ría esperable.
136
En efecto, en le ruego vu elva usted ma ñana hay una relac ión clara de subo rdinación; po r el co ntrario,
en me dijo: vuelva u sted mañana ha y d os enunciados yuxtapuestos.
132
Once años más tarde, en su Nueva sintaxis de la lengua española ( 1995),
Hernández Alonso ofrece una similar caracterización sintáctica del DD, encuadra do en
esta ocasión entre los funtivos que expresan la ‘función F 2 ’ , en la que este autor inclu ye
las asi gnada s al objeto directo y al complemento de régimen. La oración que contiene la
cita directa es “una or ación plena, con posibilidad de aparecer como tal autónomamente
y que se inse rta en F 2 por un proceso de retroinserción”
137
. Sin embargo, l a princip al
novedad sobre el DR q ue encontramos en esta obra no vi ene referida a su aspecto
gramatica l, sino al hech o de que los procedimientos de cita se inclu y a n en el breve
capítulo que Hernández Alonso dedica al Metalenguaje ( ibi d. : 61-64), disciplina
entendida desde una perspec tiva amplia y como una de las repre s entaciones de la
función referencial d e la len gua. Ad emás de las definiciones, descripciones y
explicaciones de carácter gramatica l, una de las realizaciones del metale ngua j e serían
las citas textuales y las c i tas indirectas:
Cita te xtual literal. Ej .: Dijo don Qu ijote a Sancho: Ten cuida do, amigo Sancho, que las
aparien cias suelen ser en gañosas . […]
Las comillas y la letra cursiva suele n ser los recurso s gráficos más frecuentes que la rep resen tan.
Cita i ndirecta, inserta con variantes formales en otro enunciado. Ej.: Y bien q ue recordó sus
palab ras sob re có mo habían perseguido la corrupción años atrás . La ci ta puede ser de una
palabra […] , o una cláusula [… ], un texto… ( Hernández Al onso, 1 995 : 63) .
Es cierto qu e el contenido referencial de las manifestaciones de DR no se
identifica con una realidad ex tralingüística , per o ello es así po rque este contenido
consiste en la reproducción de otra situación de enunciación. No obstant e, considerar
que estas manife st aciones son realizaciones del metalenguaje supondría ace pta r que el
DR efectúa exclusivamente una mención nominal de las palabr as citadas, sin hac er
referenc i a a nada que no sea esa simple mención, tal como se comportan las expresiones
metalingüísticas. P or el contrario, el DR, en cualquiera de sus varia ntes, es un a
operac ión discursiva que conserva en todo momento el componente sig ni ficativo de la
enunciac ión original y n o solo la reproduce y la integra en la d el emisor, sino que la
sitúa en la situación co municativa en la que fue emitida. Al respec to , Maldonado
137
Con este tér mino, Her nánd ez Alons o ( 1995 : 25) alude a la p osibilidad de que unidades d e un
determinado nivel formen p ar te, o p uedan ser por sí mismas, u nidades de nivel inferior. En el caso de la
cita de DD, una ‘oración autó noma’ (unidad superio r) se convierte e n un nexus (unidad inferior) de otra.
133
González (1999: 3567) diferencia entre una expresión metalingüística, que solo
‘menciona’ l a lengua y el DR, en el que se ‘usa’ la lengua.
La Gramática de la lengua española de Alarcos L lor ach (1994) se ocupa mu y
brevemente del DR, tan solo para referirse al ‘estilo directo’, pero es la primera obra
gramatica l desd e Seco Sánchez (1971[1953 ]) que defiende claramente que el DD se
organiza mediante una estructura yuxtapuesta. Lo h ace cua ndo estudia las oraciones
complejas ‘transpuestas sust antivas’, grupo del que excluy e expresamente las citas
directas. Así, señala este autor que los enunciados de DD “forman grupos oracionales
y ux tapuestos. Solo serían orac ion es c omplejas si se int rodujes e un transposit or” ( ibi d. :
406). De forma im plícita, parece reconocerse, entonces, que estas manifestaciones
desbordan e n cierto modo el marco de la sintaxis intraoracional.
Esta misma perspectiva adopta la Gramática esencial del español de Seco
Reymundo (1991[1989 ]), que no se ocupa de l D I en el capítulo dedicado a la
‘proposición sust antiva’, pero sí trata el DD en el capítulo dedicado a la “ Coordinación
de palabras y oraciones”, dentro de un aparta do denominado “Yuxtaposición narrador -
actor”
138
. El DD es caracterizado como
El e mpleado por el narrad or que, al e xponer en una o ración las palab ras text uales dichas po r o tro
(o a veces sus pensa mientos), añade u na seg unda or ación que sirve de p resentación de aquella:
Dijo (o pensó) Juan: – las co sas son buen as o malas segú n el momen to en que vienen . […] (Seco
Reymundo (19 91[1989]) : 228).
Por otra parte, cabe señalar también el novedoso planteamiento del DD como
estructura que organiza e l propio narrador en dos partes dif erenciadas: l a ‘ present a ción
de las palabras textuales’ y la cita en sí. Precisamente, esta ‘presentación’ es una de las
funciones que estudios p osteriores (Girón Alconchel 1989, Ménd ez Garc í a de Paredes,
2009) asignan a uno de los dos segmentos que se reconocen en cualquier est ructura de
DR, concretamente a l ‘ marco’ o ‘contexto’ reproductor
139
. No obstante, la explicaci ón
de Seco Re y mundo circunscribe ex presamente al límite oracional tanto las palabras
reproduc id as como su pre sentación, sin tener en cuenta que ambos pueden superar
ampliamente este límite.
138
Cabe se ñalar que, p ara Sec o Reymundo (1991 [1989] : 226) , la yuxtaposición e s una manif e stació n
formal de la coo rdinación que no ha ce uso d e ninguna conjunción .
139
Sobre la estructura interna de los enunciados d e DR , véase e l apar tado 1.2 .3.2.
134
Por lo que se refiere al aspecto gramatical, e st e autor, e n la líne a de Seco
Sánchez (1971[1953]), niega que la cita del DD pueda ser considerada co mo el OD del
verbo de c omuni cación y plantea una alternativa n o carente de interés:
Lo “dicho” o “pensado” po r Juan es la or ación las co sa s so n buen as o malas según el momento
en que vien en ; p ero, en tér minos gramaticales, n o sería exacto afirmar que esta o ración es
complemento directo de dijo o pensó , ya que es una orac ión perfe ctamente i ndependie nte, sin
ninguna palab ra de enlace. El verd adero complemento directo ser ía un i maginado pro nom b re
“esto” que, como un dedo índ ice, apuntaría a las palabras d ichas o pensadas por J uan. ( ib id .:
229)
El reconocimiento de l a existencia de un deíctico sub y a cente ( esto ) es un
concepto mu y próximo al que desarrolla la li ngüística generativa cuando intenta
explicar las manifest aciones del DR
140
y permite c onsiderar la cita de DD como una
aposición de esta for ma pronominal, que sería el verdadero OD del verbo de
comunicación. Al resp ecto, tanto Girón Alconchel (1986a) como Ménd ez García de
Paredes (2009) encuentran numerosos ejemplos en la lengua mediev al de enunciados de
DR en los que no ha y q ue acudir a la r econstrucción de un elemento implícito , porque
este suele estar pres ente en los textos y no ya l imitado al pronombre esto , sino que
frec u entemente se trata de un sintagma nominal
141
. Méndez García de Paredes (2009:
513) ave ntur a la posibilidad de que e l d esuso de estas constru cciones esté relacionado
con la pérdida de otras formas neutras en conte xtos de subordinación ajenos al DR,
desde donde se extendería a estas secuencias, cuya c onfi guración est ructural quedó
entonces fijada simplemente con la se cuencia de marco reproductor y cita.
La concepción del DD como aposición de un elemento deíctico es aplicable, por
otra parte, a determinadas manifestaciones de DR observables en la lengua actual en las
que el marco reproductor incluye una secuencia que ejerce la función del OD del verbo
de comu nicación y anticipa las palabras que van a citarse: “yo le dije esto : o trabajas o
te larga s d e aquí”; “recitó un poema de amor : me g ustas cuando callas porque estás
140
Según Banfield ( 1973 apud Giró n A lconc hel, 1986a), la generació n del DD está reglada por el
principio d e “expresión anaf órica”, según el c ual la referencia d e un sintagma OD d el verbo de
comunicación e s la m is ma que la de las p alabras que le sigue n. Por ello, el DD se concibe co m o el
resultado de una ‘ transfor mación po r supresión ’ de este OD anafórico.
141
Algu nos ej emplos apo rtado s por Mé ndez García de Paredes (2009: 512 -513) son los siguiente s:
“desque lo hubo d erribado, / desta ma nera hablar a: amad, amad, da m as ruine s” ( Roman ce de doña
Lombra ) ; “allí habló do ña J imena / pa labras de bien notar : yo te lo díría rey / como lo has d e remediar”
( Roman cero del Cid ) ; “de su boca todos dizien un a razone : / Dios q ué buen vassallo s i oviesse b uen
señor” ( Can tar de mio C id ) .
135
como ausente”
142
. Ambos elementos – OD expreso y cita – son correferenciales y puede
entenderse que lo que hace la cita es desarrollar el contenido del verdadero OD ( esto , un
poema de amor ) que pu ede estar o no expresado en el enunciado. Según García de
Paredes (2009), es a esta relación apositiva a l a que se debe la relativa independencia
sintáctica de la cita d e DD que, sin embargo, es c ompleta en la entonación. Maldonado
González (1991) advierte, no obstante, sobre la diferente categorización gramatical de
los elementos vinculados por la estructura a positi va y sobre la imposibil idad de alterar
en algunos casos su orden de aparición, lo que los diferenciaría formalmente de las
auténticas aposiciones.
La caracterización de la cita directa como OD del verbo de comunicación ha
sido defendida, por otr a parte, d esde diferentes posturas. Por ejemplo, Gu tiérrez
Ordóñez (1986) reconoce la independencia entonativa de la cita respecto al verbo de
comunicación, pero estima que ambos elementos están vinculados por un mismo
esquema sintáctico en el que la cita ejerce la función de ‘implemento’ del verbo. Ante l a
ausencia d e nex o subord inante, propone considerar la p ausa entonativa e ntre verbo y
cita como elemento transposi tor de esta a la categoría nominal . Maldonado González
(1991:108) centra también su atención en la pausa entonativa entre las dos secuenc ias
perce pti bles en el DD pero, aun reconociendo que la relación sintáctica q ue prese nta el
DD es de yuxtaposición, esta autora defiende que, cuando el argumento interno del
verbo de comunicación e stá ex plícito, funciona como predicado del conteni do de la cita
de DD; cuando no está explícito es la pausa existente entre la ex presión introductora y
la cita su realización g r amatical.
En realidad, si se p arte de la concepción de la yuxtaposición como un tipo de
organización interoracional, diferente de coordinaci ón y subordinación, cu yo valor
efec ti vo se deja en man os del componente discursivo y pragmático, no tiene sentido
config u rar la cita directa como un ar gumento del verbo d e comunicación. Así, ha y que
entender que el marco reproductor y l a cita no entablan u na r elación de rección
sintáctica: son los dos segmentos soli darios de una estructura yuxtapuesta que configura
un único enunciado y tanto uno c omo otro son necesarios para obtener su sentido
cohere nt e (Méndez García de Paredes, 2009).
142
El primer eje mplo figu r a en Gir ón Alconchel (198 6 b); el segundo pr ocede de Ma ldonado Go nzález
(1999).
136
La Gramática des criptiva de la lengua española (1999), coordinada por Bosque
y Demonte, es la primera obra gramatical que ded ica un apartado propio al DR; lo hace
en el volumen denomina do “Entre la oración y el discurso”, uno de cuyos capítulos se
denomina “Discurso di recto y discurso indir ecto” (Maldonado Gonz ález). Esta
denominación implica ya un cambio re specto de las tradiciona les desig n aciones ‘estilo
directo’ y ‘estilo indirecto’, ciertame nte ambi guas y poco adecuadas a la descripción
lingüística por sus connotaciones li teraria s y retóricas. Además, este cambio de
denominación parece ajustarse más a la implicación discursiva de estas ma nifestaciones,
que es reconocida a lo lar go d el estudio. P or otra parte, Maldonado Gonz ález (1999:
3551) comienza admitiendo que, si bie n la gra mática tradicional ha centrado su atención
particularme nte en el D D y el DI, la len gua proporciona una v ariedad de formas de
reproducción que pueden ir desde la simple mención de un suceso de habla hasta la cita
literal de palabras ajen as, reconociendo, adem ás, un componente gradual en dicha
variedad.
Sin embargo, estos n ovedosos planteamientos iniciales parecen quedar
comprometidos cuando la autora aclara su perspectiva de a n álisis:
El estudio del DD y del DI puede enfocarse desde dos puntos de vista: como un acto de
organización textual (repro ducción del discurso), o como el resultado de dicha or ganización (el
discurso repr oducido). El primer en foque co rrespo nde a un estudio pr agmáti co, más cen trad o en
el valor co municativo d e a m b o s tipos d e cita y e n la descrip ció n de lo s mecanismos p ragmáticos
que deter min a n la elecció n de uno u otro p roced im ie nto d e cita por parte d el hablante. Nos
centrare m os, n o ob stante, en el segundo enfoque, y est udiar emos las caracter ísticas de esos
enunciados una vez e mitidos, por ser ahí donde mejo r se ponen de manifiesto la s relaciones e ntre
oración y discurso . De hecho , no todas las citas son o racio nes; a menudo so n enunciado s que
comprenden un a m p lio frag mento de d iscurso. Nosotros, en los ejem plo s, intentaremos utilizar
citas oracio nales par a si m pli ficar la exposición. P ero no hemos de perder de vista q ue la cita es
un fenó m e no discursivo, no oracional ( Maldonado González, 199 9: 3554) .
Reconociendo el carácter discursivo y no exclusivamente oracional de las
manifestaciones de DR, no se comprende bien que en e l estudio gramatica l no se
incorporen los conocimientos aportados por disci plinas como el An álisis del discurso o
la Pragmática o, al menos, se adopt e una persp ectiva discursiva desde la que se enfoque
el análisis gramatical. Como ha señalado Méndez García de Paredes (2009), la ausencia
de esta perspectiva im pide avanzar en la caracterización del DR respecto de los
planteamientos tradicionales de la Gramática. Ha y qu e señalar, además, que
143
aleja la reproducción de la forma indirecta prototípica y propicia variantes de D IM y d e
DIL. Esta misma relajación de la subordinación la encontramos cuando la reproducción
de un DI se prolonga mediante varios enunciados sin que en cada uno de ellos se repita
el nexo introductor que , con lo que surge en el enunciado de DR una indeterminación
enunciativa que impide la atribución segura de las p alabras reprod ucidas: esta
indeterminación acerca t ambién el DI al DIL.
Por otra parte, da do que tampoco existen límites definidos e n los dos extremos
del continuum r elacional, este modelo teóri co permite entend er el D R como una
construcción que puede alcanzar, por el extremo izquierdo, el c ampo de las re laciones
supraoracionales hacia la s formas menos cohesionadas sintáctica y semánticamente; así,
la reproducción de conversaciones o los lar gos p asajes dialogados de las obr as
narra ti vas, que Girón Al conchel denomina ‘drama’ (2008b). Por el extremo dere cho, el
DR se manifiesta, en cambi o, mediante relac ion es puramente a r gumentales, totalmente
integradas tanto semántica como sintácticamente, a travé s del DN, l a forma m ás
abstracta d e reproducir un discurso.
Conviene tener pr esente que ni a la c ad ena de gramaticalización e n l a que
ubicamos las relaciones oracionales ni, co nsecuentemente, al continuum de
reproducción es aplicable la dimensión cronológ ica ( Girón Alconchel, 2006): como se
ha puesto de manifiesto en capítulos anteriores, l a hist oria de la len gua ha de most rado
que las construcciones coordinadas, interordinadas y subordin adas han co existido en los
textos desde los inicios de la lengua, al igual que las diversas formas d e reproducción
del discurso. Según han señalado Méndez García de Par edes (2009) y Girón Alconchel
(2014b), es la tradición discursiva el elemento q ue decide la ma yor o menor p resencia
de una estructura sintác ti ca o el equilibrio entre varias.
La aplicación del conti nuum observable en las relaciones interoracionales al
análisis de los enunciado s de DR ofrece un m arco teórico que, super ando la dicotomía
y ux taposición/subordinación, da cuenta del va riado paradigma de estructuras citativas y
puede describir l a sint axis interna de sus diversas v ariantes, y a que se muestra
especialmente e ficaz en la explicación de aquellas formas de reproducción que no se
corre spond en con los es quemas prototípicos de DD y D I refle j ados en las gramáticas.
En esta descripción es f undamental el componente gradual con el que s e conciben las
relaciones int eroracionales y el r econocimiento de zonas periféricas en las que estas
144
relaciones s e solapa n, p orque es este solapamiento el que produc e las variantes no
gramatizadas. También ex plica este modelo la noción de c ontinuum que carac t eriza las
manifestaciones de DR: el locutor qu e refiere suele transitar insensiblemente de unas
formas de reproducción a otr as, combinándolas en su propio discurso, de modo que no
abundan los casos ‘puros’ de reproducción del discurso que se ajusten fielmente a los
prototipos codificados por las gramáticas.
Este modelo ex plica también la variedad y l a gradualidad intrínsecas del
paradigma de la rep roducción, que se fundamentan en la relación sint áctica contraída
entre marco reproductor y cit a, relación qu e vien e definida “por las posibilidades de [ la
cita] en el eje sintagmático” (Girón Alconchel, 2017: 399). Estas posibil idade s son mu y
variadas y dependen de la intención comunicativa de quien reproduc e el di scurso : la cita
puede ser simplemente u n constitu y ente oracional (1a); puede ser una oración sustantiva
de verbo conjugado subordinada al de comunicación, de mo dalidad enunciativa o
interrogativa indirecta ( 1 b) o ser una oración de infinitivo (1c)
147
:
1) a. De la j ornada de Aragón b uelv en a hablar [DN] (S42)
b. El señor Juan de Frías tiene cap itulada a su hija co n un cab allero de Ávila; dice n que tiene
cuatro m il d ucados de r enta (S 6)
Entregué a mi señora la marquesa los test imonios de los valores de los b eneficios. Echó meno s
los de Marchena, y anoche me bolv ió a requerir con u n cria do si a vía escrito los r emitiese
vuestra merced lue go (S78 )
c. Mánda me le aco mpañe; no sé lo q ue haré, porque quiere ir por Sevilla y ver a m i señora la
duquesa de Véj ar y por Marchena al d uque de Arcos (S39 )
Pero la cita reproducida puede cumplir otras funciones sint ácticas; por ejemplo,
puede ser una oración causal o final (2a, 2b) o una oración autónoma que forma parte de
una estructura interordinada, en la qu e el marco r eproductor es introducido por c omo o
según (2c):
147
Los ejemplos se transcriben confor me a la presentación crítica (PC) del corp us, si bien se han
eliminado aquí las indicacione s referidas al ca mbio d e línea. Siguiendo la m eto dología propuesta po r
Girón Alconchel ( passim ), u tilizada ta mbién p or otros autores, señala mos el marco repro ductor en ne grita
y subra yamos las citas de DI. L o s frag mentos que originan v aried ades de discurso m i xto y DIL van en
cursiva. Las citas de DD van e ntre co m illa s an gulares. Cuando es necesario, otras formas d e reproducción
se espec ifican e ntre corchete s . T ras cada fragmento, se s eñala en tre paréntesis el m a nuscrito al q ue
pertenece la ca rta (S: Silos; P: P alm a; BDC: B iblioteca Dio cesana de Córd oba); el núm er o q ue sigue a la
inicial i ndica el de la carta en el caso de Silos y el de la hoja corresp ondiente en el caso d e P alma, cu yas
cartas no están numeradas. En el apartado 4 se analizan pormenorizada m e nt e estas diversas estructuras
sintácticas.
145
2) a M ientras disponía de esto el santo rey, su hijo, que Dios gua rde, lla mó a el se ñor do n
Alonso de Cabrera y lo hiço partir a m edia no che a enco ntrar a el cardena l duque, q ue
se tuvo n ueba avía salido de Valladolid para este lugar (S49)
b. Don Mig uel de Cárdenas hico
148
diligencias y a boces i m b ió un re cado al vicario p ara que
prendiese a Lope d e Vega y a Mira de Mescua (P 320)
c. De la falta de salud de nuestro a migo esto y con cuidad o; esper o en Dio s que a la o ra q ue escrivo
esta esté presidiendo en la combersació n de su çaguán , como me á dicho un paje que le á
servido y se vino con e l señor don B altasar de Góngora que se llama Diego ( S59)
Frei Lelio Bran chach io á p resentado cien capítu los h orrendos , según m e dixo u no de los
secretario s de Italia (S40)
La cita pued e ser también una oración y ux tapuesta al marco reproductor
constituye ndo enunciados de DD que r eproducen diálogos (3a) o monólo gos de ma y o r o
menor extensión (3b):
3) a. Ayer ni o y no an sido días de hallar a mi señora la marquesa d el Carpio y así, no la é b uscado.
Zeniça puesta, veré a su señor ía y le prese ntaré estos valores, q ue me an a so mbrado de bajos;
gran declinación. El otro día en Atocha me dixo : «Mucha fuerça m e hace el confesor;
démosle a su ahij ado el canonicato » . Yo le respond í : «Vengan lo s valores par a que hablen
cartas» (S76)
b. Pregun tó me luego por el señor J uan Alo nso de Baena, de q uien i nfor mé a s u excelencia de
manera que me re spondió : «Diferente relació n me a vían hec ho tres o cuatro personas, mas
creo a vuestra merced, co mo lo verá » (S79 )
Además de esta variedad que es inherente al paradigma de reproducción, en las
diferentes realizaciones de cada una de sus formas es perceptible también una
graduac ión interna, sustentada en el continuum gradual de las relaciones sintácticas. En
el apartado 4, qu e d edicamos al análisis del DR en el corpus , se profundi za en estas y
otras cuestiones rel evantes, en especial las derivadas de su dim ensión discursiva, ya que
partimos de la hipótesis de que estas manifestaciones lingüísticas no son nunca
expresiones neutras ni objetivas, sino estructuras complejas que se apropian del decir
ajeno y, al actualiz arlo en una nueva situaci ón de comunicación , lo modulan y
manipulan en función de la orientac ión discursiv a de quien refiere.
148
Sin cedilla en el manuscrito. El fragmento per tenece a una de las cartas autógrafas que se conservan d e
Góngora .
146
1.2.4 . El discurso referido y la organización discursiva. Aspectos
externos e in ternos
En el apartado precedente se ha señalado cómo la incorporación de la
perspec ti va dis cursiva propició en el análisis lingüístico la superac ión d el límite de la
oración, considerada por la tradición gramatical la unidad máxima comunicativa, para
situar el análisis en una posición “más allá” y “más arriba” de la sint ax is oracional
(Girón Alconchel, 2019); en una posición desde la que, sin olvi dar la gramática de la
oración, se atiende a unidades y a re laciones disc ursivas. Uno de los aspectos que más
ha llamado la atención d e los investigadores en este ámbito es la forma m ediante la que
se organiza y estructura el discurso y de qué mane ra se constru y en las unid ades que, po r
encima de la oración, conforman las diversas actuaciones comunicativas. Desde
postulados pragmalingüísticos, se apo rtó como lí nea metodoló gica la di ferenciación de
dos niveles en todo análisis tex tual: el de la microsintax is, que atiende a la oración, y el
de la m acrosintaxis, que asciende hacia las relaciones supraoracionales y a las formas
mediante las que se or ganiza y estructura el discurso (Fuentes Rodrí guez, 2017 [2000]).
En este apartado atenderemos a los aspectos organizativos y estructurales del DR: en
primer lugar, en el aspecto macrotextual, considerando sus posibilidades como un idad
de organización discursiva; en seg undo lugar, analiz ando la configuración interna de los
elementos formale s qu e componen estos enunciados: marco reproductor y cita.
1.2.4.1. Discurso referido y unidades discursivas
La funcionalidad del D R en la construcción discursi va había sido y a advertida
por Voloshinov (1976 [1930]: 143), que de fini ó el DR como “discur s o dentro del
discurso, enunciado den tro del enunciado, y al mismo tiempo discurso acerca del
discurso, enun ciado ace rca del enun ciado”
149
. Señala este autor que se tr ata de una
manifestación lingüística que no solo constitu y e un ‘tema’ d el contenido del discurso,
una materia de na rración; es decir, no solo es ‘discurso acerca del discurso o enunciado
acerca del enunciado’. Si las manifestac ion es de DR constituye r an únicamente un tema
del discurso, su contenido únicamente podría responder a cuestiones sobre el ‘acerca de
149
Profundizare m o s más adelante en esta definición, a la que Girón Alconchel (20 00: 95; 2017: 13)
atribuye “una precisió n insupe rable” .
147
qué’ habló determinada persona; para comunicar ‘qué’ fue lo que se dijo hay que referir,
de un modo u otro, las pa labras em it idas. Por eso, el DR es también ‘discurso dentro del
discurso y enunciado dentro del enunc iado ’: el e nunciado de DR ti ene la capacidad de
integrarse en el discurso del emisor qu e ref iere y en su estructura sintáctica,
conserva ndo a l mismo tiempo su propia autonomía semántica y de construcción; desde
este punto de vista, el enunciado de DR actúa por sí mismo como u na unidad de
construcción del disc u rso.
De hecho, como sub raya Méndez García de Paredes (2000b: 148), un enu nciado
de DR “cumple todas l as exi genc ias qu e caracterizan la definición de esta unidad
textual” en los términos propuestos po r Du crot (1986 [1982] ): un enunciado es una
unidad de discurso –esto es, opuesta a la unida d ‘oración’– que es p roducto de una
elecc ión re lativament e libre por p arte del emisor y que reúne las c ara cterísticas de
autonomía y cohesión. Como todo enunciado, el de DR es una manifestación
relativamente li bre d el hablante qu e, com o veremos, dispo ne de múl tiples
procedimientos gramaticales para integrar el discurso del otro en el propio: puede
limitarse a una sola palabra, constituir una oración o formar un periodo mucho más
extenso. En todo enunciado de DR se percibe también una cierta independenc ia: dado
que el contenido particular del e nun ciado de DR es la re producción de un discurso, la
autonomía de esta cl ase de enunciados se funda en la representación d e un acto de habla
producido en una determinada situación comunicativa: la s ecuencia de DR es el egida
por sí misma para reproducir un discurso ajeno, adquiriendo así auto nomía dentro de
una manifestación discursiva más amplia. Conforme señala Girón Alconchel (2013), la
autonomía de estos en unciados se percibe a través de los elementos léx icos y
gramatica les que indican el inicio y el fin de la sit uación de comunicación. Po r lo que se
refiere a la cohesión, s eg ún Ducrot (1986 [ 1982]: 179), un determinado se gmento
discursivo “tiene c oh esión cuando ninguno de sus constituye ntes es eleg ido por sí
mismo”, sino que su ele cción viene determinada por el conjunto del que forma parte .
Como vere mos más adelante, los constituy entes formales del enunciado de DR – marc o
reproduc tor y cita – no son elegidos por sí mismos, solo funcionan y se rela cionan como
integrantes de un conjunto más amplio: el conjunto del enunciado reproductor.
En este sentido, algunas de las propuestas formuladas en torno a las unidades y
categor ías estructuradoras del discurso no dejan de tener en cu enta la re percusión del
DR en la con formación de las unidades discur sivas. Por ejemplo, cuando Fu entes
148
Rodríguez (2014) analiza las posibil idades del enunciado como un idad mínima
discursiva, lo caracteriza como un segmento completo con márgenes estab lecidos por la
curva entonativa, qu e realiz a un acto de habla y constit uye ‘un acto de enunciación del
hablante’
150
. P ero en est e h ablante r econoce, con D ucrot (1984 ), dos roles: el locutor y
el enunciador, figuras que no siempre coinciden. Da do que el enunciado, como unidad
discursiva, se caracteriza por constituir un acto de enunciación, la presencia de
diferentes enunciadores se revela como un componente de primer orden en la definición
de los límites de esta unidad lingüística. Así, la autora se formula la siguiente pregunta:
“en el discu rso referido, […] ¿cuál es la relación entre margen y cita? ¿ Hay un solo
enunciado o dos?” (Fuentes Rodríguez, 2014: 149). Como el enunciado se concibe
ligado a un úni co acto enunciativo, en el momento en el que se pe rcibe la ex istencia de
un enunciador difer ente, estaríamos ante dos enunciados. No obstante, en los ejemplos
propuestos (Fuentes Rodríguez, 2014: 149), esta línea de an álisis se aplica solo a los
enunciados de DD, especialmente a a quellos en los que el verbo de c omunicación
aparece en una estructur a parentética, y no a los enunciados de DI, caracterizado, en su
forma prototípica , po r l a presencia de una única voz y , por tanto, un a sola curva
entonativa.
Por otra parte, al gunos d e los estudios diacrónicos que hemos citado se re fieren
también, de forma m ás o menos explícita, a esta c ap acidad or ganizadora de l texto que
pueden alcanzar los enunciados de DR. Por ejemplo, c uando Cano A guilar (1998)
analiza los sucesivos que introductores de secuencias de DI en declaraciones judiciales
del siglo XV I, todos ellos dependientes de un dixo ini cial, advierte que la funcionalidad
de esta construcción no es y a la de expresar la subordinación sintáctica respecto de
dicha forma verbal, sin o la de seguir caracteriz ando todo el texto como discurso
reproduc ido, de fo rma que este que “o rdena las partes del tex to en relación con ese dixo
permanentemente subyacente” (1998: 227) y constitu y e un a señal demarcativa de que se
está repr odu ciendo el discurso de otro enunciador.
En sucesivos estudios de este mismo autor, la presencia del DR es tenida en
cuenta a la hora de analizar la configuración sintác tica de los periodos y los mecanismos
150
Seg ú n esta autora, las unidades que in tervie nen e n la organización discursiva s o n, d e abajo a arriba,
enunciados, pár rafos o per iodos, secuencias y texto (F uentes Rodríguez, 201 7 [2 000]: 93).
149
mediante los que estos se relacionan
151
. Así, Cano Aguilar (2016a) estudia la
organización sintáctica y discursiva de textos pre-periodísticos del siglo XVII, en los
que abunda la atribución a las fu entes y, por tanto, los enu nciados de DR. Esta
circunstanc i a explica, po r ejemplo, la a cumulación de subordinad as completivas en los
periodos que contienen D I y t ambién la aparició n de otros que menos protot ípicos, pero
también repr oducto res de discurso, que originan manifestaciones de DIL. También los
enunciados de DI explican los pocos casos de complejidad sintáctica que este autor
encuentra en el corpus analizado, debido a l a acumulación de dive rsos tipos de
reproducción indirecta que dan cuenta de la sucesión de noticias que han sido
comunicadas al autor y que este va trasladando. En cuanto a los periodos en los qu e el
discurso se reproduce mediante DD, concentran determinados ras gos lingüísticos afines
a la mímesis de la orali dad, si bien se registra la mi sma ausencia d e con ector es
explícitos observada en l os pasajes narrativos
152
. Por el contrario, en las Memorias de
Le ono r López de Córdoba (Cano Aguilar, 201 8), es muy dist inta la configuración
sintáctica y discursiv a que este autor encuentra, p or una parte, entr e periodos narrativ os
y descriptivos – donde predominan claramente las relac iones de coordinación – y, por
otra, en los periodos de DD, en los que se muestr a “una d ecidida voluntad de adecuar la
forma li ngüística a la situación” (Cano A guilar, 2018: 398) y aparece una amplia g ama
de relaciones de subordinación, junto a inter ro gativas retóricas y abunda nt es vocativos.
La funcionalidad del enu nciado del DR en l a orga nización discursiva de un texto
ha sido también puesta de manifiesto por Méndez García de P aredes (2000a) en rel ación
con el discurso periodístico. Esta autora analiza específica m ente la función del contex to
reproduc tor mediante el que se introduce la palabra a jen a, que describe como “un
elemento fundamental en el plan global del texto, que sirve para vertebrar el d iscurso
del periodista, articulando sus diferentes partes y favoreciendo la pro gre si ón temática de
la noticia” (Méndez Ga rcía de Paredes, 2000 a: 2081). Mediante el análisis de las
diferentes estrategias di scursivas propias d el género p eriodístico par a inse rtar el
discurso ajeno, esta a utora observa cómo, en estos textos, el marco reproductor de un a
secuenc i a de DR no solo actúa en la microestructura tex tual como elemento ordenador y
151
El análisi s de Cano Ag uilar parte del co ncepto de ‘ per iodo’: “conjunto enunciativo dot ado de cierta
unidad de sentid o y delimitado por pausa” (Cano Aguilar, 1996 : 380).
152
Advierte Ca no Aguilar (20 16a: 9 6) que los p asajes dialo gados que ap arecen, por ejemplo, en la Carta
1 d e Almansa, e nlazan p or una par te con lo s de Cer vantes o Que vedo y, p or otra, pr esagian la abundanc ia
de esta form a de reprod ucción en la futura len gua de los medios de comunicación, mediante la que se
recogen declarac iones de los per sonajes.
150
orientador d e la cita que va a r eproducirse, sino q ue cumple también un a fu nción en su
macroestructura, porque permite que los fragmentos citados se integre n en la estructura
de la noticia aportando cohesión y coherencia al conjunto tex tual.
Por su parte , Girón Alc onchel es uno de los autores que más ha ex plorado la
capacidad del DR en la construcción estructural del texto. Así, ensa y a un nuevo modelo
de segmentación li ngüística del discurso sob re dos textos en prosa datados a finales del
siglo XVII (2016 a) y sob re dos muestras del discurso hist oriográfic o de pri ncipios de la
ce nturia siguiente (2016b). S eñala este autor que la ma y oría de los marcos teóricos que
intentan definir las unidades estructurales del discurso y sus mecanismos relacionales
fijan su atención en los elementos formales sit uados en la periferia izquierda – cad enas
anafór i cas, redes l éxicas, conectores – , qu e mar can la transición entre una unidad y otra.
Pero advie rte d e que en la determinación de est as unidades no solo intervienen estos
elementos, sino que pu eden hacerlo también otras marca s no específicas entre las que se
encuentran los enunciados de DR, “que son, por sí mismas, unidades discur sivas; son
escena s constitu y ent es que pueden adoptar una función estructuradora variable: adición,
causalidad, elaboración en nuestros dos tex tos” (2016b: 947). Esto se ad vierte
especialmente en los textos hist oriográ ficos donde el autor crea ‘escenas’ y da voz a los
personajes históricos mediante construcciones de DD, D I o D IL. De este modo, los
enunciados de discurso referido, dotados de coh esión y autonomía, pu eden confi gurar
unidades de discurso, cuy o signi ficado es la creación de una imagen sociodiscursiva que
se resuelv e en la propia cita como discurso d entro del discurso y acerca del discurso
(Girón Alconc h el, 2017).
También Girón Alconchel (2018 a) analiza el DR como una de las marcas no
anafór i cas que intervienen en la segmentación lingüística del Quijote , en e ste caso más
claramente efectiva, debido a la polifonía latente en el tex to y las distintas voces que
conforman un discurso al tamente complejo. Sobre el mismo texto, este autor profundiza
(2019) en la capacidad segmentadora d el discurs o de los enunciados de DR analizando
combinaciones y transiciones entre varias formas de reproduc ción. En el caso de las
combinaciones, por ejemplo entre DI y D D, s e llama la atención sobre las distint as
soluciones gráficas media nte las que difere ntes editores han seña lado, o n o, e l paso de
una forma a otra de reproducción, lo cual tiene su reperc usión en l a disposición
15 1
tipográfica de la secuenc ia
153
. En este aspecto, señala que la combinación de formas de
DD y D I tien e una repercusión en la se gmentación del discurso porque se produce entre
enunciados o unidades discursivas. En c ambio, la transición de una forma de
reproducción a otra se ubica en la sintaxis de la oración, porque ocurre entre las
cláusulas y oraciones que constituy en el enunciado (Girón Alconc h el, 2019: 236).
1.2.4.2. Organización interna del enunciado de discurso referido: marco
reproductor y cita
La adecuada explicación de la or ganización in terna d e un enunciado de DR
exige la aplicación de un modelo que trascienda los parámetros clásicos de la sintaxis
oracional, porqu e estos se han revelado claramente insuficientes para expli car su
estructura: con un planteamiento estrictamente gramatical no se puede dar cuenta del
salto discursivo que supone la actualización de un contenido emitido por una
enunciac ión aj ena e n un a situación comunicativa diferente. Así, el DI no puede se guir
identificándose unívocamente con la subordinad a sustantiva en función de OD ni el DD
con una relación de yuxtaposición o con un a for ma más o menos rel ajada de relación
hipotáctica, mediante las que las gramática s suelen just ificar la ausencia de nexo y la
independenc i a enton ativa de esta forma de rep roducción. En primer lugar , porque el
enunciado de DR sobre p asa los lími tes de estas relaciones y , en se gundo luga r, porqu e
hay ot ros elementos léxicos y gramaticales activadores del mecanismo de reproducción
que no siempre tienen parangón con las relaciones sintácticas que reconocen a tal efecto
las obras gramaticales. Además, las diferentes formas de reproducción no constituye n
compartimentos estancos, sino categor ías graduales que integran un continuum de
reproducción, que es utiliz ado en función de la intención discursiva de quien reproduce
y también de la tradición tex tual a la que pertenezca el texto. En el siguiente fragmento
de DR que nos proporciona el e pistolario podemos observar la complejidad discursiva
que encierra n estas manifestaciones:
153
Co mo es sabido, la ob ra contie ne variado s pasaj es en los que el narrador pasa, sin ninguna se ñal
explícita, de una f o rma de re pro ducción a otra, de for ma que co nfluyen la voz del n ar rador y la d e los
personaj es. Po r o tra p arte, l a aparición del guion y la s co millas con los que los ed itores introducen el DD
suele ir unida a un nu e vo p árrafo, lo que no implica necesaria mente que se trate d e una nueva unidad
discursiva ( cf. G irón Alconchel, 201 8a). También Sáez R ivera (20 14), q ue ha analizad o la p untuación
or iginal d e los e nunciad os de DR e n un texto del siglo XVI I, alude a las dudas d e los ed itor es modernos
acerca d e la señalización tipog ráfica de los lí mites de estos e nunciados.
152
El d uque de L er ma cr eo que se va acab ando y a ntes el juicio que la vida, porq ue está de
impaciente, de mentado o tan incon stante con la mela ncolía, q ue á salid o tres veces de Lerma
para Vallad olid y se á buelto a dos y a tres leg uas. Su spéndese cada ra to y, tirá ndose de la
barva, dice m uy a m enu do : « No a y consuelo para quien se á hecho el daño co n sus prop ias
manos». Así me lo conta va [DN] antes de a yer el duque de Pastra na, que vino de vello y , con
ser su a migo tanto, m e decí a q ue lo recivió envelesado y lo despidió de la mesma maner a, sin
darle el parab ién de la sentencia qu e a vía tenido en su favor sobre lo mejor del condado de
Sifuentes . Saldaña lo dejó de la m es ma suerte (S39 )
154
En este frag m ento se actualiz an dos situaciones comuni cativas diferentes, cada
una de las cuales presenta su propi a forma de reproducción. En la prime ra, el enunciante
original es el duque de Lerma , cu y as palabras se citan en DD; en la se gunda, el
enunciante es el duque d e Pastrana y l a cita utili za el DI. Además, ambas citas aparecen
engarzada s mediante una forma de DN. Ahora bien, la reproducción del discurso de este
fragmento no pued e ide ntificarse únicamente a través de la rel ación de y ux taposición
contraída en dic e muy a menudo : No ay consuelo para quien se á hecho el daño con sus
propias manos ni en la s ubordinación sustantiva observable en me decía que lo recivió
envelesado y lo despidió de la mesma manera [ …]. Este análisis g ramatical solo sería
procede nt e si el DR consistiera en la mera repeti ción de las palabras ajenas; pero narrar
palabras no es lo mismo que na rr ar hechos: el contenido real del pasaje transcrito
consiste en la recreación de unas situaciones comunicativas diferentes de la del emisor,
que, al introducirlas en su propio discurso, son evaluadas por est e subjeti vamente, con
lo que la tot alidad del p asaje transcrito es, a la ve z , representación e interpr et ación de
una situación comunica ti va.
De esta forma, la correcta ex plicación de esta unidad de DR, que integra
elementos muy diversos , exige acudir a un análisis que rebasa este lími te oracional
como el utilizado, e ntre otros autores, por Girón Alconche l ( passim ) y M éndez Garcí a
de Paredes (especialmente 1999 , 2000a y 2009). Según estos autores, los constitu y entes
de todo enunciado de D R son el marco reproductor y el discurso reprodu cido, así como
la relación sintáctica est ablecida entre ambos. Como veremos, estos constituyentes son
los que permiten la c oncepción del DR como “discur so dentro del discur so, enunciado
154
Reco rda mos que, s iguie ndo la metodología prop uesta por Girón Alconchel ( passim ), utilizada ta mbién
por otros autores, señala mos el marco repr oductor en negrita y subra yamos las ci tas de DI. Lo s
fragmentos de DI que originan variedades próximas al discurso mixto van en cursiva. Las citas de DD
van entre co millas an gulares. Cuando e s necesario, o tras for mas de repr oducción se e specifica n entre
corchetes.
255
se marca con la pr eposición el relativo ( al que trajere fabor de la ciudad )
264
. Se ha
registrado, no obst ante, un caso aislado de ausencia de m arcación en este contex to ,
reflejado en el último de los ejemplos, sin que en este caso pueda explicarse por la
naturaleza léxica de la forma verbal, y a que honrar se complementa en otros contextos
con ODP.
Ante los OD constituidos por fórmulas d e tratamiento, la m arcación
preposicional está generalizada en todos los casos y con todo tipo de v erbos. Suele
tratarse de O D no solo individualiz ados y humanos, sino releva nt es discurs ivamente. En
el caso de los tres últimos ejemplos de 23) , el referente extralingüístico del OD, vuestra
revere ndísi ma , vuestra paternidad y vuestra merced , es el destinatario de l a carta:
23) […] po rque no tengo otro refujio ni haciend a sino a su merced (S2)
Tengo po r llano en favor nuestro al de Flores, como lo á significad o, no haciéndonos merce d,
sino entendie ndo sirve a su magesta d (S2)
[…] y que esper an a vuestra reverend ísima para acudir a mis necesidades con la voluntad que
deven (P2 72)
A mi Cristóval de Her ed ia escr ivo ahora re gale a vu estra paternid ad (P320)
Al fin, señor, queda en buen estado con el m arq ués, así lo tuviéramos co n el de Uced a, aunque
no está mal, segú n me á dicho el almirante, que d esea a vuestra merced no po co. (S26)
El pr imero de estos enu nciados nos ofrece, además, un ejemplo clar o de l a a lt a
topicidad asociada al marca do pr eposicional, que es reservada en esta estructura enfática
para ma rcar al OD más relevante ( a su merced ) y se omi te ante el primero ( otro refujio
ni hacienda ). Esta omisión no puede s er enteramente ex plicada por su ref erencia
abstracta, ya que, como ve remos, se tr ata de una c ategoría en la qu e abunda todavía el
ODP.
Ante nombres propios de persona también está totalmente ex tendida la presenc ia
de la ma rca pr eposicional, tanto si aparecen en solitario como acompañados d e
determinantes y sin perjuicio de su posición respecto al verbo. Como ya se ha señalado,
es frecuente en el epi stolario la estructura o racional r epresentada en 24), que
vinculamos con una función estructuradora de la información, en la que un OD
264
Esta d istribución de la marcación prepo sicional pued e estar m o tivada por el b aj o nivel de
individuación que apo rta al sintagma nominal de referenc ia humana el inde finido algún .
256
discursivamente relevante se sit úa en posici ón inicial absoluta d el enunciado
adquiriendo un valor d e tópico discursivo, c omo marcador de un cambio de tema, qu e
es precisamente el indicado por el O D topicali zado. En este entorno, que en el
epistolario se muestra especialmente reacio a la duplicación clítica del OD
265
, la
marcación preposic ional está completamente gramaticalizada:
24) A el señor d on Fernan do Carrillo á recusado e l duque de Uceda (S5 5)
Al de Flo res encontré el o tro día y endo a palacio (S34)
A don Andrés Cortés sacra me ntaron ayer tarde (S59 )
A don Agustín veré (P262)
A nuestro F lores de Ávila no é vis to porq ue no ay para qué estos d ías que todo estanca (S27 )
El primero de estos ejemplos nos ofrece un contex to en el que efe ctivamente la
marcación preposicional puede ejercer un com etido de sambiguador e ntre las funciones
de OD y S, señalado po r parte de la bibliografía c omo origen del ODP
266
. En este caso ,
la ambigüedad entre ambas funciones sintácticas s e ve favorecida no solo porque el OD
( a el señor don Fernando Carrill o ) y el S ( el duque de Uceda ) comparten idénticos
rasgos de humanidad y definición, sino porque el primero se sit úa en una posición
topicalizada antepuesto al verbo, la cual, de form a más general y menos marca d a, es la
que suele estar res ervada al sujeto. No obsta nte, en líneas generales, la posición
focalizada del OD no es una circunstancia que influya en la aparición de la preposición,
que, como se ha indicado, es categórica ante nombre propio personal, como se ve en los
ejemplos de 25a, en lo s que la posición del ODP es pospuesta al verbo. Se han
detectado, no obstante , l as ex cepciones se ñalad as en 25b:
25) a. […] i mbió un recado al vicario para que prendie se a Lope de Veg a y a Mira de Mescua (P320 )
En grande altura tene mos a el señor d on Alonso d e Cabrera (S50)
Así Dio s guarde a v uestra merced a el señor don Rodrigo , que le co nfieso que en m i vida m e
é visto más apurado (S49)
b. Depáreme Dios Ø un Andrés d e Mendo za que lo refiera sin tantos tes timonios de sa ntos (P268)
265
Al respecto, véase el apartad o 3.1 .1.
266
Como se señala en el ap artado 1.1.4 . 2. , si b ien la tesis que señala la función desa m b iguado ra entre las
funciones de S y OD de la prep osición tiene c ierta tr adición en la s investi gaciones , no p arece que por sí
sola pueda justificar e ste hecho lingüístico. La mayoría d e l os autores coi nciden actualmente e n se ñalar l a
relevancia e n este conte xto d e razones d e tipo discursivo, vinculadas con las f unciones i nfor m at ivas y co n
el señalamiento d e objeto s relevantes en el discurso.
257
Prendiér onse los dí as pasad os a un cavallero po rtugués y otro castellano por so spechosos en las
heridas del marqués de Velad a; co n ellos lue go Ø do n Francisco de Vivanco por lo m is mo (S28 )
En el primero de los ejemplos de 25b la excepción se justifica porque el nombre
propio, precedido por el artículo indefinido, y a no hace referencia a un individuo
concre to, sino que alude de forma metonímica a un prototipo de persona y funciona en
el enunciado como un nombre común, categoría gramatical que, como veremos,
presenta tod avía un espacio de v ariabilidad en cuanto a l a marcación preposicional.
Menos aceptabilidad plantea en la len gua actual l a segunda de estas ex cepciones, y a que
en este caso el nombre propio don Francisco de Vivanco referencia a un ente humano
concre to y perfectame nte individualizado. Además, este OD ap arece en un enunciado en
el que no se ha estimado nece sa ria la r epetición d el verbo ( prendi éronse ), circunstanc i a
que en principio debía de favorecer la aparición de la marca preposicional (Laca,
2006)
267
.
No obstante, es e n los OD con re f erente humano constituidos por no mbres
comunes donde comenzamos a en contrar ma y ores alternancias en cu anto a la aparición
del ODP. En esta zona de variabilidad hay q ue conceder un papel importante al
componente d e de finitud léxica del p ropio OD y a la forma en que se ac tualiza en el
enunciado. En principio, encontramos la marca pr eposicional ante OD sin gulares y bi en
definidos:
26) [el rey] Enco mendó a su hijo mucho al duque de Uce da (S49)
El señor d on Juan Ra mírez, inquisidor de esa ciudad , prev ino a mi seño ra la marqu esa del
Carpio co n un propio par a la impetra del c ano nicato de don Fra ncisco de Ho ces, q ue est á en el
cielo (S8 4)
Vuestra merced me avise d’ello, p orque verdader amente deseo servir a su tío muy co mo se la
debo (S67)
La merced d e e l hábito salió la se mana pasad a, Dios guard e al c onde [ de Olivares] (P2 72)
Espero en Dios de conse guirlo más presto de lo que vuestra m erced i m a gina, porq ue deseo ver
a mi sobrin o o cupado (P270)
267
Ob sérvese, no ob stante, q ue la con strucción de pasi va re fleja ( p rendiéronse los d ías pasad os a un
caba llero portugu és y o tro castellano ) to davía presenta concord ancia entre el verbo y su OD; el hecho de
que el segundo OD, don Francisco de Vivanco , se sitúe en una po sición alej ada del verbo regente, con el
que y a no co ncuerda, nos remiten a una o rganizació n discursiva que parec e respo nder más a p ará m etr os
de f uncionalidad co municativa que a criter ios de precisió n sintáctica. Sobre la e xtensió n en el español
clásico de la construcció n impersonal con se a par tir de la pasiv a reflej a, v éase Girón A lco nchel (201 3
[2004]) .
258
El señor Juan de Fría s tie ne cap itulada a su hija con un caballero d e Ávila (S6)
Mucho me huel go de que tenga vuestra merced más vecino a mi amo (S18)
Efectivamente , en todo s estos ejemplos se trata de objetos singulare s con
referenc i a humana no solo perfectamente individuados y reconocidos como entidades
personales concretas, sino también actualizados en el enunciado mediante alg unos de
los determinantes que tienen ma y o r capaci dad de aportar definitud: artículo definido ( al
conde ) y posesivos ( a mi sobrino , a mi amo , a su hijo …) (Barraza Carbajal, 2008). Es
perce pti ble, a este r especto, una cierta tendencia en el contexto que analiz amos a la
marcación preposicional de aquellos ODs actualizados por un posesivo, como se aprecia
en los ejemplos de 26) . Observamos, por otra parte, que, en el prim ero de estos
ejemplos, la marcación preposicional del OD ( a su hij o ) lo iguala form almente al O I ( al
duque de Uceda ), con lo que la adecuada inter pretac ión del contenido de la oración
queda confiada exclusiva mente al orden sintagmático de am bos ar gumentos, que en este
caso si gue la p auta más general y menos marcada OD→OI (Compan y Company, 2006).
En los tres últimos ejemplos de 26), los respectivos ODs ( a mi sobrino , a su hija y a mi
amo ) se complementan con sendos predicativos ( ocupado , capitulada y vecino ),
contorno sintác ti co que, según señal a Girón Alconc hel (2004a: 256), es claramente
favorecedor de la marca preposicional.
No obst ante, encontramos igualmente casos como los de 27), también con OD
singulares y definidos, pero aquí sin marca preposicional, lo que claramente indica que
en este entorno la pre s encia ODP no se encuentra tot almente sistematizada:
27 ) a. [Rodrigo Calderó n ] llamó a la tard e Ø su le trado y consu ltóle si co n b uena co nciencia podía
dexar de suplicar d’ella (S57)
b. Elo sentido [la m uerte de Pedro d e Valencia] p or lo que debo a nuestra nación, que á p erdido Ø
el sujeto q ue mayor podía ostentar y oponer a lo s estranjeros (S33 )
Llegó a Uced a, d onde no ubo q uien le q uisiese ap osentar, a ntes todo el lugar ap ellidó
268
Ø el rey
(S51)
c . [el duque de Osu na] d exa a su mu ger allá, q ue no es lo que mejo r á hecho, po rque el reino envía
a el marqu és de Pescara […] y a fray Lelylo Branch asio […] temiendo no b uelba el duque
dexándose allá Ø la du quesa (S39)
268
“Apellidar es acla mar to mand o la voz d el rey, co mo: «Aquí del re y» o « Vi va el re y»” (Covarrubias,
2006 [ 1611] : s.v. ). El Diccionario de A utoridades (1726 : s.v. ) docu menta esta acep ció n del verbo con
ODP: “El vassa llo que teni endo E mperador apellida à otro no solo agrávia à su P ríncipe, p ero
pessada m e nte ofende al que apellída” .
259
En el primero de los ejemplos obser vamos la omisión de la preposición incluso
en un contexto en el que se origina cierta ambi güedad entre l as funciones de S ( Rodrigo
Calderón) y OD ( su letrado ), debida no solo al carácter humano y defin ido de ambos
referentes, sino especialmente porque el primero no aparece ex plícitamente y, aunque
ha sido mencionado con anterioridad, se encuentra alejado sint agmáticamente del verbo
( llamó ). En este caso, la adecuada inte rpretación del enunciado solo se resuelve
considerándolo en su contex to discursivo. Por otra parte, la inhibición de la preposición
es poco frecuente cuando e l OD complementa al verbo llamar , que es identificado por
Laca (2006: 451) como una constante global favorecedora desde los primeros tex tos de
la marcación preposicional. Es posible, por tanto, que en este ejemplo la falta de la
preposición ha y a sido propiciada por razones de fonética sintáctica, ya que en posición
inmediata anterior al OD se sitúa el CC a la tarde y, como señala Gi rón Alconchel
(2004a: 256), se ha obs ervado que la presencia en el contexto sintáctico de cualquier
otro complemento con a puede favorecer la ausencia del ODP
269
.
En los ejemplos d e 27b, encontramos i gualmen te omisión de marcación ante OD
que aluden también a ent idades personales human as y reconocibles – el suj eto (Pedro de
Valencia h a sido mencionado en el enunciado inm ediatamente anterior ) y el rey – y
definidas por el artícul o. El ejemplo de 27c es un buen exponente del espacio de
variación que tod avía se registra en el epistolario en cuanto a l a aparición de ODP ante
objetos singulare s, indi vidualizados y con ref erencia humana: está prácticamente
sistematizada ante nomb re propio, en este caso p rece dido del sustantivo que indica l a
respec tiva di gnidad ( al marqués de Pes cara y a fray Lelylo Branchasio ) y of rece
vacilaciones en el resto de los casos. Así, los otr os dos OD del enunciado de 27c ( a su
mujer y la duquesa ) c omparten forma verbal ( dejar ) y tienen el mismo referente
humano, pero solo aparece la marca p reposicional ante el primero de ellos, precisamente
el actualiz ado por un posesivo, lo que p arece confirmar la influencia favorable a la
marcación que en nuestro corpus adquiere esta categoría gramatical. P or o tra part e, est e
espacio va riacional v a a mantenerse en el tiempo: tanto Octavio de Toledo (2016a)
como Girón Alconchel (2004a) encuentran, aunq ue espor ádicamente, omi sión de ODP
269
Laca (2 006: 447 ) se refiere a un fenómeno simi lar, y a que entre las pocas excepcion es q ue enc uentra
de o misión prep osicional a nte OD no m b re pr opio personal, figuran aquel las en las que el nombre
comienza por A . Jiménez Pató n (196 5 [1 614]: 9 6) ya había aludido a ello : “Y en los sob re escritos de los
nombres que co miençan en vo cal, no d ice n a Antonio , a Andrés , sino A ntonio , Andrés ”.
260
ante objetos animados singulares de r eferencia humana en t extos de finales del
seiscientos.
El uso vacilante expuesto en relac ión con los sintagmas nominales singulares se
amplía considerablemente en los sint agmas plur ales, que, en líneas generales, aportan
menor grado de definición al referente y son, por tanto, candidatos peor situados en la
escala de factores favorecedores de la mar cación preposicional, d e forma que la
extensión de la variable ante esta categoría fue siempre lenta e insegura (Octavio de
Toledo y Huerta, 2016a). No obstante, no f altan en el epistolario casos es porádicos de
ODP ante esta categoría:
28 ) el rey nuestro señor [ …] confi rmó a lo s presidentes y o idores de su s Consejos (S49 )
Holgaré que a ya llegado vuestr a merced a su casa con la sa lud q ue le deseo y que aya hallad o a
esas señoras con la misma (P29 0)
Ahora bien, se observ a una clara tendencia a omiti r la preposición ante
sintagmas nominales humanos plurales, con tod a clase d e verbos y en entornos donde
hoy la le n gua actual requiere la presencia de a :
29 ) T enga vuestra merced bue n ánimo, que desde su ca sa á de bencer Ø sus enemig os (S77 )
[…] p orque en el tiempo que es no podré yo asistir a los consejos; harto haré en v is itar Ø los
jueces (S81 )
Creo que es lo m ej or d e todo […] d esconfiar de mi remedio por mano de quien tan po r sus
cavales quiere Ø los a migos ( S45)
[…] pues no a y r açón para contravenir a ello, antes muchas par a estimar y ser vir Ø tales deu dos
(S79)
L a ca rta […] fue ta n desollada, que no solo cr édito mas ni aun cara me dej ó para bo lver a ver Ø
los tesoreros (S6 )
Sentóse y, mandando salir fuera Ø los criados , se quedaron hablando los dos no savemos qué
S50
Aunque todos los ejemplos de 29) se actualizan formalmente mediante artí culo
definido o posesivo, hay que considerar que la pr esencia d e determinantes definidos no
siempre garantiza c ompl etamente la definitud de la entidad a que hacen referencia
261
(Laca, 2006)
270
. De hecho, en estos ejemplos, sus e nemigos , los jueces , los amigos , los
tesoreros , etc., a pesar de ir acompañados d e las formas gramatica les m á s capaces de
definir al referente, presentan un grado de individuación mucho menor que los ejemplos
de 28), donde tanto los presidentes y oidores de sus Consejos , como esas señoras
271
se
refieren d e modo unív oco a entidades hum anas concretas y r econocibles. Por el
contrario, los OD de 29) hacen menciones genérica s y atributivas referidas a grupos de
individuos.
La tenden cia a omitir la preposición ante OD plur ales de referencia human a va a
mantenerse también, al menos, hasta finales de la centuria (Octavio de T oledo y Huerta,
2016a; Girón Alconchel, 2004a). En el epistola rio la hallamos incluso e n contextos
identificados como especialmente favo rables a la marcación, como sucede con lo s
predicados regidos por verbos como servir ( pues no ay raçón para contrav enir a ello,
antes muchas para estimar y servir tales deudo s ), que en latín exigía dativo pero fue
interpretado en el romance castellano como transit ivo (Girón Alconchel, 2004a) y su
construcción más habitu al desde los primeros textos romances es con ODP
272
, como de
hecho aparece en el epistolario en otros contex tos (véase el ejemplo de 26: deseo servir
a su tío ). La preposición se inhibe también en este contexto cuando el OD complement a
a un infinitivo subordinado ( sentóse y, mandando salir fuera los criados ) que suel e
construirse con ODP cuando el re ferente humano es singular, según h emos visto por
ejemplo en 24 ( deseo ve r a mi sobrino ocupado ).
La misma situación pr esentan los OD constituidos por sinta gmas nominales
plurales cu y o referente es un ser animado no humano, menos productivos en el
epistolario. L os analizados carecen también de marcación preposic ion al:
30 ) […] favorecido de tres hombres que salieron de lo s mismos po rtales, asom braro n haca y
lacayo s a espaldar aços (P312)
el luto no dio facultad a m ás q ue a d esnudar lo s abestruces (P304)
270
Hay que tener en c uenta q ue la definitud es una pr opiedad discursiva que co mporta la exis tencia de un
continu um q ue, además de por la prese ncia de d etermi nados rasgos léxicos y gramaticales, viene dado por
factores de tipo discursivo, e ntre ellos la for ma e n que se o rganiza el te xto y la i ntención expresiva d e su
autor. De esta for m a, e s frec uente que no siempre se p ueda r ecurrir a una de scripción binar ia, en tér minos
de d efinido/no definido, sino q ue haya que ac udir a parámetros de m a yor o men or grado de definitud en
función de todos lo s factores presentes en el en unciado ( Barraza Carb ajal, 2008) .
271
Se trata de la familia del desti natario de la ca rta, Francisco Flores.
272
Girón Alconche l (200 4a) encuentra también este verb o sin ODP en un texto d e finales del seiscientos .
262
Rióse Flores conmigo antes de ayer d e una quexa que le dio por una carta suya el señor don
Antonio de Córdo va sob re no aver le enco m e ndad o la diligencia de buscar caballos de campo a
su magestad, o freciéndole a Romerillo , un caballo que tiene guardado para su señoría (S5)
Estos ejemplos están en consona nci a c on los re sult ados obtenidos por Laca
(2006: 445) para los objetos animados no humanos, ante los cua les es minoritaria la
aparición d e la marca preposicional en todo el corpus analizado por esta autora. En e l
primero de los ejemplos, la inexistencia de determi nantes propicia aún m ás la aus encia
de marc a ción pre posicio nal (Barra z a C arbajal, 2008) ante un OD compuesto por dos
elementos coordinados ( haca y lacayos ), sin que su referencia animada sea determinante
en esta época para acti var la marcación preposicional. El último ejemplo nos
proporciona un caso de ODP ante nombre propio de animal, lo que indi c a el estado de
gramatica li zación ante esta categoría nominal, con independencia de la n aturaleza de su
referente.
El comportamiento de la variable ante estos OD plurales y animados r evela, por
ta nto, un estado de gra m aticalización de la varia ble en este contex to sintáctico mucho
menos avanzado de lo que lo está en la lengua actual. Al respecto, Girón Alconc hel
(2012: 32) detecta en el siglo XV II “la coexistencia de dos normas: una más antigua,
que prescribe la preposición delante del CD definido, y otr a más innovador a, que manda
ponerla d elante de CD anim ado”, que es la que finalmente terminó impo niéndose. Los
ejemplos del epistolario relacionados en 29) r esponderían todavía a la nor ma antigua, en
la que el f actor animación no ha terminado de imponerse y da lugar a vacilaciones en la
aparición de ODP, aunque en nuestro caso es muy ma yoritaria la omi sión de la
preposición, que es también reg istrad a por L aca (2 006: 445) ante est a clase de OD . A
partir del si glo X VII, la noción de animación comienz a a ser elemento decisivo en la
marcación preposicional pero, hasta su asentami ento definitivo en este ámbito, se
produce un a sit uación de variación sincrónica qu e es la que s e apre cia nue stro corpus y
es reflejada incluso por las gramáticas de la época. Así, Gonzalo Correas (1984 [1627 ] :
118) ejemplifica con sust antivos humanos y plurales los ODs qu e pued en ir “con a y sin
a ”, entre ellos precisamente venzió a los enemigos y v enzió los enemigos , el mi smo
entorno léxico del primer ejemplo de 29).
El análisis de los OD in animados nos propo rciona nuevas evidencias d e que en
el español clásico l a de finitud tenía más peso que la anima ción en l a ap arición de O DP.
263
Se trata del contexto e n el que en contramos ma yores divergencias respecto a la len gua
actual, y a que la m arcación de estos objetos es abundante en el epistolario. Una prueba
de la pro gre siv a importancia que v a adquiriendo diacrónica m ente la animación la
hallamos en la evolución del ODP ante la categoría de nombr es geográficos. En este
entorno, la marca preposicional era obli gada en el español clásico, “y a qu e como
nombres propios poseían un alto grado d e definit ud y especificidad, pe ro en cambio no
eran animados” (Sá ez Rivera 2008: 39). Al ir ganando terreno la animación sobre la
definitud, la lengua h a id o progresivamente reaccionando contra la marca preposicional
en este contexto, si bien ho y todavía es posible registrar al guna vacilación en función de
la forma verbal emplea da
273
. En el episto lario es obligada la presencia d e la marc a
preposicional:
31 ) a. A nuestro d uque de Sogor be y Cardona le an dado a Valen cia (S59)
A do n Fra ncisco de Padilla […] an dado el castillo de Milán y a nue stro do n Ferna ndo Páez el
govierno de Villanueba de los Infantes (S42)
b. Ayer tuvimos u nas lucidas fiestas de p laça do nde no eché menos a Có rdova en la jineta ( S37)
… y mucho más que saldrá a l uz pr esto, ilustrando a Córdoba y a su ca sa, por ser este el sujeto
(S91)
Los dos ejemplos de 31a comparten un mismo entorno sint áctico y en am bos es
dar la forma verbal empl eada, p ero solo aparece ODP en el primero de ellos, en el que
el nombre propio geog r áfico es el núcleo del OD, omitiéndose en el se gundo, donde el
nombre pr opio es complemento del nombr e ( el castillo de Milán y el govierno de
Villanueba de los Infante s ), lo cual mu estra la extensión de la marca preposicional ante
esta categ o ría, que es todavía categórica en el epistolario.
La pro gresiva importancia que a lo lar go de la evo lución de la lengua adquiere la
animación en la aparición del ODP se constata también en la mar cación de OD referidos
a entidades inanimadas, tanto concre tas como abstractas, ámbito en el que el ODP es
muy productivo en el español clásico. Respecto a las entidades inan imad as concretas,
encontramos ejemplos como:
32) a. No respondo a las cartas de los señores Jua n Alonso d e Vaena y el licenc iado Antonio d e Vaena
(P282)
273
El proceso fue, no obstante, lento; r ecuérdese que tod avía Bello (1973 [184 7]: 294) aprobab a este uso:
“deseo conocer a Sevilla”, “He visto a Londres”.
264
Muy b uenos a ños me pro meto con solo aver m e lebantado t e m p rano a respo nder a las cartas de
vuestra merced (S5)
b. El d uque estonces, p erdido de co lor desd e q ue vido entrar a el m ar qués y a las ala vardas tan de
rondón (S50 )
c. […] y, como los fríos so n tan excesivos , alquilaro n el vacío y a un temí no lo to masen de po r
vida, sigún an r esistido a las vizmas (P26 2)
El ODP de los ejemplos de 32a es aceptable en la lengua actual debido a q ue el
complemento adnominal del núcleo del OD ( d e l os señores Juan Alonso de Vaena y el
licenciado Antonio de Vaena , de vuestra merced ), por su refere n cia humana y su alto
grado de definitud, pu ede llegar a adquirir u n papel relevante en el enunciado,
contagiando su carácter animado al núcleo del si ntagma (Barraza Carbajal, 2008). En
32b encontramos un OD formado po r dos sintagmas nomi nales coordi nados,
repitiéndose la marca preposicional ante ambos miembros de la coord inación, aun
cuando e l segundo de ell os es un ente inanimado. Dadas las ca racterísticas semánticas
de este segundo OD ( las alavardas ) cree mos que en este caso es proc edente aludir al
concepto de personificación para explicar la presencia de la preposición, a pesar de que
la bibliografía alerta contra la simpli ficación a la que puede llevar u na aplicación
sistemática de este concepto (Pensado, 1995a). H ay que considerar, además, que am bos
ODP son correferentes con el sujeto ló gico del infinitivo subordinado entrar , siendo
este un entorno sintáctico en el que, según señala Laca (1995) , es frecuente encontrar la
preposición aun cuando se trate un OD inanim ado. Es posible, también, que, co mo
señala L aca (2006: 470), la marcación sea debida a qu e el seg undo miembro ( las
alabardas ) aparece coor dinado con un primero ( el marqués ) que ocupa una posición
más eleva da en las escalas de animación y de finitud, circunstanc ia que esta a utor a
señala como una c onsta nte fa vorecedora del ODP ante objetos menos de finidos
274
.
Ahora bien, no se puede pasar por alto el componente pragmático y discur sivo: creemos
que en este ejemplo la presencia de la marcación preposicional obedece sobre todo a
una intención de reforzar la posición discursiva de los dos sintagmas coordina dos que
funcionan como O D en el enunciado, focaliz ando así la atención en la indudable
274
En el ep istolario no puede co nsiderarse, sin embargo, co m o un factor re levante en la aparició n del
ODP. Encontra m o s, en e ste c ontexto, varios caso s en los q ue la prep osición no se extien de al se g undo de
los ele mentos coord inados , aun c uando ante el pri mero de el los la marcación sea categór ica : Muy enfermo
está ese luga r, guarde Dio s a vuestra merced y Ø to da esa casa co mo yo deseo (S19), S ecrestaron lu ego
sus vienes, p rendieron a el secretario Ø y otros criad os más (S50) .
271
sintagma nominal prese nta siempre C RP
280
. Los estudios diacrónicos s eñalan una
al ternancia en el español clásico en el régimen de este verbo entre las preposiciones de y
en , pero, ante sint ag m a nomi nal, el epistolario ya no registra esta variación y
encontramos solo dudar de , que e s la p reposición que acabó imponiéndose:
37) […] ni me de xa n dudar del buen s uceso para vienes q ue me dan c uantos curiales tie ne e sta cor te
(S7)
D’esta m a nera proced ió aquella noche, dudand o de su sal vación y co nociendo sus o misiones
(S49)
[…] y porq ue no p areciese q ue el añadir persona era du dar de su d ilige ncia, d ejé de hacerlo
(P290)
Nuestro corpus no ofr ece muchos ej emplos de dudar ante completiva o
infinitivo, pero, como se ha a delant ado, los hallados presentan siempre rég i men directo:
38) De la j usticia de don Rod rigo Calder ón se trata y a como e xec utada […] con todo eso, d ud o Ø
que sea esta se mana (S63 )
ojalá que me dej ase vuestra merced algo que m erecer en esta d emanda, que no dudaría Ø decir
lo que san Ignacio a las fieras (S91)
Respecto a creer , lo e n contramos siempre construido con un OD que señala
aquello a lo que se da crédito. Este OD puede consistir en una forma pronomi nal neutra
( lo ) o en un sint agma nominal de carácter [ – an imado] (39a); pe ro, a veces, el verbo
adquiere el sentido de ‘creer las palabras de alguien’, con lo que el OD tiene un carác t er
[+ animado], apareciendo la preposición a (39b ). En cualquier caso, lo más llamativo es
que no aparezca en el epistolario la construcción creer en , a pesar de qu e se trata de una
estructura vi gente en tod as las épo cas p ara expresar que se tien e f e en algo o alguien
(Cano Aguilar, 1984) .
39) a. […] si bien an dicho algunos q ue al fin d’esta, mas no lo creo (S26)
Mis oj os no ac aban de tem plar se en el r igor con q ue me tr a tan estos días ni vuestra mer ced en
creer Ø las incomodidades q ue paso (S83)
280
Se registra, si n embar go, un ej emplo de o m isió n de este complemento en un e ntorno sintáctico
específico : “[…] co n que me a seguran to dos la gracia Ø q ue yo dudo p or ser en fa vor m ío” (S2 ) . Cree mos
que en e ste ca so la cuestión del régimen v erb al ha confluido con la ten d encia a la elisió n prep osicional
ante oraciones relativa s, que alcanzó s u punto culminante en el espa ñol clásico , perio do en el que, por
otra p arte, no estaba aún d esarrollad a la secuencia artíc ulo+pr eposición+ que relativo, que exigiría el
enunciado transcrito en la le ngua actual más elabo rada (…la gracia de la que y o dudo por ser en favor
mío). Véase al r especto el ap artado 3.1.2.
272
b. Diferente relación me avían hecho tres o cuatro perso nas, mas yo creo a vue stra merced ( S79)
No hay que cree r a abril llo vioso ni a mercader b ien hablado (S20)
281
Igual que sucede con sab er , es más frecuente que el OD de cr eer sea una oración
completiva, entorno e n el que encontramos siempre la construcción transitiva direc ta
282
:
40) Al fin, señor, creo Ø que si vuestra merced no da la buelta, me á de llevar a esas peña s ( P28 0)
Nada tengo de nuevo, que la musa creo Ø que, d e ociosa, haronea (P280 )
[…] y vuestra merced crea Ø que es bueno te ner amigos y, esos, b uenos (S79)
El mismo comportamiento se advierte con otros verbos de entendimiento, como
entender , qu e podían construirse desde épocas anteriores con pr eposición ( entender de ),
pero que solo encontramos en el epistolario en ré gimen dire cto ante completiva (41a).
Con pensar (41b), predomina el mismo rég imen incluso cuando su complemento es un
infinitivo, conforme a la tendencia se ñ alada para este grupo de verbos de entendimiento:
41) a. O y s e á enten dido Ø q ue an dado en Uceda y que tienen preso al duque a l’alameda (S53)
283
Entiend a Cristóval de Hered ia Ø que so y agrad ecido, pero no tan insensato que me a ya d e llevar
por la nariz (S3 5)
b. Esta carta y ese par de m elo nes p ienso Ø q ue a n d e merecer la sati sfacción de la librança d e mi
amigo (S24 )
Pensé ao ra Ø que, estando su merced en el cielo, b acaba este i m p edi m e nto (S6 7)
N o pienso Ø empeñar a vuestra merced en arrepenti m ie ntos (S80)
[…] y s intiólo callando la re solución que pensa ba Ø tomar en la prevenci ón o re m ed io d ’ese
intento (S6)
281
Cano Aguilar (1 977: 3 44) rechaza, par a los textos del español m edieval, que p ueda con siderarse como
OD este co m p leme nto c uando la p reposició n aparec e ante sustantivo [ – an imado], como sucede en el
primer OD de este ej emplo ( a a bril llovioso ) , ya que en esa ép oca la m arcació n prep osicional de OD
estaba p oco extendida. En el español clásico, no obstante, e s te fenóme no estaba mucho más d esarrollado;
véase al respecto el ap artado 3.1.2. y los ej emplos d e a ante OD de carácter inanimado que p ropo rcio na el
epistolario, incluso en entornos q ue el español peni nsular hoy rechazar ía.
282
So bre la esporádica presencia de la construcción que o m ite el nexo que ante la co mpletiva dep endiente
de creer , véase el apartado 3.2.1.1 .
283
Este ej emplo nos ofrece un interesante ca so de la co nstrucció n dar en co n el sentido d e encontrar , si
bien no hemos hallado o tros ej emplos e n el ep istolario. P or otra par te, el CC a la alamed a es una muestra
de la falta de fijación q ue todavía registra el uso de d eter minadas prepo siciones. Co mpany (2 014 : 1257)
señala que actual mente solo el español d e Buenos Aires emplea la pr eposición a co n valor locativo.
273
Dentro del grupo de verbos de actividad intel ectual, podemos distingui r un
subgrupo característico en los denominados verbos de recue rdo y olvido, que presentan
particularida d es propias en cuanto a su rég imen. C omo señala Cano Aguilar (1977), y a
en los primeros textos medievales estos verbos aparecen con un complemento
introducido por de , c u yo origen se localiza en el g enitivo con e l que solían construirse
en latín, si bien tanto OBLIUISCI como RECORDARI alternaban el genitivo con el acusativo.
La lengua actual ha fijado para los más usuales verbos de re cu erdo las estructuras
acordarse de algo , con a cordar siempre en form a pronominal y CRP ; o recordar algo ,
con recordar seguido de OD
284
. Si bien el proceso de fijación comenzó en el españo l
clásico, los textos del siglo XVII presentan toda ví a una gran variedad de construcciones,
favorecida por la diferente significa ción que en esa época tenía n al gunos de estos
verbos. Por ejemplo, en el epistolario recordar equivale todavía a despertar :
42 ) Los red iez m o s no pueden ab er do rmido tan to que e n cuatro años no a yan reco rdado m ás de d os
veces (S23)
285
De esta forma, el únic o verbo d e recuerdo u tilizado en el epistolari o es
acordar
286
, que encontramos siempre en forma pronominal y seguido de la prepos ición
de cuando lo recordado es un sintagma nomin al (43a), un pronombre (43b) o un
infinitivo (43c). Cuando el referente del recuerdo se expresa mediante una oración
completiva, vuelve a aparecer el régimen direc to (43d):
43 ) a. De la haca no se acu erdan po rque no es de oro ( S14)
b. Suplico a vuestra merced ponga remedio en tod o esto, que ya n o me a cuerdo de mí ni de m is
alimentos (S35)
284
Como señala Cano Aguilar (1977: 352) , “ acordar(se) como verbo de rec uerdo es una creación
relativamente tardía del castellano a partir de recordar(se) : si recorda r to mó el sentido de ‘ vol ver en sí ,
despertar ’ que tenía aco rdar , este últi m o adop tó el sentido , y el esque ma sintáctico , de recordar(se) .
Posterio rmente, recordar(se ) quedó co mo forma vulgar, y so lo se aceptó a cordarse de ” . Corominas (2008
[1961]: s.v. ) no documenta aco rdarse hasta 1240 : “De este verbo [r ecordar] derivó además el castella no
su acordarse , ‘tener m e moria de algo’, ajeno a las d emás lenguas ro mances”. De las inter ferencias entre
ambas construccio nes surgiero n las estructuras act uales que se han señalado .
285
Es la pri m er a acep ción q ue da Covarr ubias par a recordar : “despertar el q ue duer me o volver en
acuerdo” (2006 [1611 ] : s.v. ). Pero en e l Diccion ario de Autorida des (1737: s.v. ) es ya la segunda
acepción y le asig na un uso fi gurado: “Metaphorica mente vale desper tar el q ue está dor m i do”. El ejemplo
de 42) es un a metáfora en sí mi smo. En cartas a nteriores, Góngora se había interesado p or la posible
existencia de rentas a su favor p rocedentes de sus bene ficios eclesiásticos (rediez mos); la p resunta
respuesta negativa d e su corr esponsal motiva el co mentario t ranscrito, que revela la extrañ eza del poeta.
286
Solo hemos hallado un ca so de acor dar con el significad o de “adop tar un acuerdo ”: “ aquella
resolución fue a cordad a entre tío y sobrino ” (S6).
274
c. Entre tanto júbilo , a cuérdese v uestra paternidad de co brar d e el secretar io Juan de I nsausti la
cédula de el hábito d e Santiago (P268)
d. Y llega ndo a esto, me acuerdo Ø que el señor don Lorenço de las Infantas me alavó un ca ballejo
de el nuebo escr ivano de cabildo ( S2)
Pero también hallamos acordar como verbo de valor causativo, c on el
significa do de ‘ha c er qu e alguien re cuerde al go’, uso que la leng ua actual reserva para
‘ rec o rdar(le) a alguien algo ’
287
. Con este v alor, la construcción es si empre en régime n
directo, con independencia de la ca te goría morfológ ic a del complemento:
44 ) […] y bese las manos de mi par te a mi se ñora do ña Fr ancisca y le acuerde Ø no sé qué
coxquillas tubo su merced de imbiar me aceitunas y p o m o s de agua (P 26 6)
Sírvase vuestra merced de aco rdarle Ø que so y s u pupilo y, lo q ue es más, su a migo y servidor
(S34)
Nuestro b uen co nde d e la P uebla me ha ma ndado acu erde a vuestra merced Ø le e mbíe 4 0 varas
de anafaya (S83 )
[…] el marq ués no se olvida de vuestra merced ni yo de acordarle Ø su no mbre (S7)
Este último ejemplo es particularmente int eresante porque com bina l os dos
verbos más usuales de recuerdo/olvido en el mismo enunciado. L a pri mera oración
presenta ol vidar en forma pronominal y s eguido de CR P ( de vuestra merced ), mientr as
que en la se gunda acordar se emplea con el citado valor causativo, ho y en desus o. De
esta forma, el sujeto d e o lvidar ( el marqués ) pasa a desempeñar la fun ción de O I ( le ) en
la seg und a oración.
Un últim o uso que detectamos en acordar , y a desaparecido en la len gua actual,
es el ejemplificado en 4 5), que gozó de cierta vitalidad en el español clásico (Cano
Aguilar, 1977: 353;1984: 239):
45 ) […] p erdonamos a vuestra merce d el retor no de las ca xas de conserva, q ue se nos acuerda
ahora (P 312)
A pesar de que semánticamente esta estructura sintáctica se acerca a la
impersonalidad, con el verbo acordar con el significado de ‘venir a l a memoria’,
287
Otra forma de e xpresar literal mente este valor causativo de ‘hacer que alguien recuerd e al go’ e s la
siguiente: “ Pienso ver al e mbajador y hacerle a lgún recuerdo q ue creo importará” ( P320).
275
podemos considerar que el objeto recor dado ( las caxas de conserva ) es el sujeto formal
(en el ejemplo, e l antecedente de l qu e relativo que ejerce la función d e sujeto) de
recordar , mientras que el que recuerda ( nos ) cumple la función de OI.
Con respecto a olvidar , en el epistolario parecen y a consolidadas las actuales
construcciones ‘ olvida r algo ’, con OD (46a) y ‘ olvidarse de alg o ’, con el ve rbo en forma
pronominal y CRP (46b):
46 ) a. […] ya que su pri m o , que e sté en el ci elo, olvidó tanto esta po lítica (P2 86)
[…] si ya n o fueron b otos de enferma que, en sanando, o lvida el cumplimiento (P 266)
b. A mi gente toda se las b eso muchas vece s, aunque s us merc edes se olvidan de mí tanto (S 68)
Mire q ue no se o lvide vuestra paternidad de el pad re fra y Andrés Ortiz, que lo quiero mucho
(P322)
Pero la fijación de esta construcción p resenta al gunas fisuras cuando el
complemento es un infinitivo, y aparecen cruces e ntre ambas e stru cturas:
47) a. No se olvide vuestra reverendí sima en Sevilla de mandar so licitar lo s antojos (P2 68)
Nuestro a migo se olvida aun de co nsolarme con su carta (S16 )
b. En Sevilla no olvide vuestra p aternidad de ver al señor canónigo D uarte Pereir a (P2 72)
c. Áseme olvid ado Ø avisar a vuestra merced en las estafeta s p asadas de la Junta de Concien cia que
se á hecho (S51 )
Así, frente a la regularidad observ able en los ejemplos de 47a, con el verbo en forma
pronominal y CRP introducido por de , 47b nos o frece un caso de olvidar de , en el que
aparece el complemento preposicional aun c uando el verbo no presenta forma
pronominal. El caso de 47c, también en ré gimen directo, nos ofrece u n ejemplo de
olvidar con sentido inactivo.
3.1.3.2. Verbos causativos emocionales
Otro grupo de verbos que ofrece especial inte rés en cuanto a la variación que
presenta su régimen es el de los que expresan un estado emocional. Entre ellos,
distinguimos un subgrupo especial, por las partic ularidades que o frece su c onstrucción
276
sintáctica, en los deno minados causativos em ocionales (Cano A guilar, 1981). Los
predicados en los que in terviene este tipo de verbos se caracterizan por presentar dos
argumentos centrales entre los que s e establece una relación causativa, de forma q ue
uno de ellos, normalmente revestido de un carácter [ + humano] , experimenta un
sentimiento o una emoción; mientras, el otro, que puede ser una entidad [ – humana], es
el estímulo o la causa de esa emoción. Desde lo s inicios del idioma, la expresión del
estado emocional con este ti po de verbos ofrece dos posibilidades: la que asigna al
argumento experimentante la función de sujeto de la oración y l a que otorga est a
función al estímulo de l a emoción
288
(Melis 2000, Melis et al ., 2003). Se trata de dos
procedimientos dist intos para expresar el mod o en que se concibe el sentimi ento
referido por la acc ión verbal, que condi cionan, además de la función sintáctica de sus
dos ar gumentos centrales, toda la estructura de es tas oraciones. En l a determinación de
estas estructuras desempeña un papel determinante el régimen de las formas verbales
involucradas.
En el epistolario encontramos varios v erbos que podemos en cuadrar en este
apartado, como espantar , ex trañar y , singularmente, dos cuy o rendimi ento e s muy
productivo: holgar y p esar . Ambos ve rbos, h oy en desuso, son semánticamente
antónimos y , como veremos, su rég imen admite variadas posibil idades. S alvo alg una
excepción puntual, el ar gumento experimentante de la a cción de ambos verbos suele ser
el autor del tex to; es decir, expresan su p ropio estado emocional. Pero ha y una
diferencia fundamental e n las estructuras sint ácticas en las que ambos verbos aparecen:
mientras holgar asigna si empre al experimentante el papel de suj eto, pesar le atribu ye la
función de OI .
Por lo que se refiere a holgar , en el epistolario se emplea como sinónimo de
‘gustar de una cosa, alegrarse, experimentar placer con ella’
289
. La len gua actual emplea
precisame nt e alegrar(se) o gustar en este contexto, pero son verbos no utilizados en
nuestro corpus, donde sol o registramos una ocurrencia para gustar , construida con CRP:
48 ) Lo que fuere sucediendo ir é sin falta avi sando a vuestra merced, pues gusta d e que le canse con
mis cartas (S57 )
288
Se prod ucen así contraste s como: Me a legro de verte/Verte me alegra .
289
A pe sar de que tanto Covarr ub ias ( 20 06 [1611] : s.v. ) co mo el Diccio nario de Au toridades (1 734 : s.v. )
señalan como primera acepción de holgar la d e ‘descansar, estar ocio so’, el ep istolario s olo registra d os
ocurrencias de h olgar con este significado: La esta feta p asad a d exé holga r a vuestra merced ( S46) y P or
una parte quisiera irme a holgar (S13) .
277
De h echo, s egún s eñala Melis (2000), la a cepción actual de gustar no se
incorporó al léxico español hasta los últimos años del siglo XV I, ya que anter iormente
se empleaba como sinónimo de catar (< GUST ARE ). Como vemos en 48), el
experimentante ( vu estra merced ) es el sujeto gramatical de l a subordinada causal
introducida por pues y e l estímulo de emoción se expresa mediante la c ompletiva de
régimen preposicional d ependiente de gustar ( de que le canse con mis cartas ). Esta
estructura sint áctica para el verbo gust ar es ho y de uso muy r estringido, pero – según
Melis (2000) – fue ma yoritaria hasta el siglo XV II , centuria en la que este verbo
comienza a desarrollar la construcción preferida por la lengua actual, e n la que el
experimentante ejerce la función de OI, reservá ndose la de sujeto par a representar al
estímulo
290
.
Así pues, e s holgar el único verbo uti lizado en el epistolario para ex presar el
sentimiento de alegría, conformidad o gusto por alguna cosa. Aparece conjugado en
primera person a del sing ular, con lo que el propio autor del texto e s el arg umento
experimentante y el que ejer c e la func ión de sujeto
291
. No obstante, es tamb ién uno de
los verbos cuyo rég im en está sometido a may or variación. En primer lugar, puede
aparecer incrementado o no con una forma pronomi nal ( huelgo , me huelgo ), sin que ello
signifique preferencia po r una u otra construcción, ya que lo encontramos en r égimen
directo o preposicional con independencia de s u uso pronominal o si mple. Holgar
selecciona p referentemente la preposición de , aunque ante sinta gma nominal es
mayor ita rio el uso de con (9/14), si bien se trata e n este últim o caso de contextos
discursivos marcados por un fuerte carácter formulario y vinculados con la
tradicionalidad discur siv a del género epistolar:
49 ) Con la carta d e nuestro buen Rod rigo de Harana holg ué (S67)
No sabré encarec er lo que me holgué con dos cartas de v uestra merced q ue el s e ño r fra y
Plácido me restituyó en la buelta d e su jor nada de Tord e lagun a (S13)
290
Así, para el ejemplo de 48 ) la len gua actual ha fijado la estructur a p ues (a vuestra me rced) le g usta qu e
le canse co n mis ca rtas .
291
Se registran muy escasas ap aricion es de holga r con un s ujeto distinto d el em i sor de la carta: “ Al conde
di a leer to da la ca rta de vuestra m erced y se ho lgó d el cuidad o que vuestra merced tenía de su a nafaya ”
(S86) ; “ Veso las m a nos de vuestra m erce d m uchas veces po r lo que se huelga d e la merced que su
magestad me hace ” (S63) y un c urioso caso en el q ue ho lgar no aparece complem e ntad o: “ Buen abr il
deben de a ver tenido, pues s e animan esos ca valleros a f estej ar lo q ue es tan ta raç ón. Huélguense un
verano, que es vergüença llor ar siempre duelos u n lugar de t anta noble ça ” (S68 ).
278
En efecto, en las apariciones de holgar con el verbo siempre se conjuga e n una
forma de pasado y el núcleo del SN es el sustantivo carta , de manera que parece
constituir una fórmula retórica cuyo v alor discursivo es dar cuenta del intercambio
epistolar y a gradecer a su interlocutor una misiva. Se obse rva, po r otra parte , qu e en
estos casos de holgar con el complemento tiene un carácter menos nuclear y refleja una
dependencia más l axa co n respecto al v erbo, como vemos en los ejemplos de 49), en los
que el complemento puede situarse antepu esto o pospu esto a la forma verbal.
Además de este entorno concreto, holgar pr esenta un r égimen mu y v ariable,
reflejado en la siguiente tabla :
Holgar + de + SN
5
Holgar + Ø + co m p letiva
7
Holgar + que + com pleti va
13
Holgar + de + que + com pleti va
3
Holgar + Ø + infinitivo
6
Holgar + de + infin it ivo
10
Total
44
Tabla 1 . Distribución de las o currencias de ho lgar en funció n de su régi m e n
Cuando holgar sele cciona de , el complemento pu ede venir ya constituido por un
infinitivo (10 /1 8), un sintagma nominal (5/18) o una oración completiva (3/18). En 50 )
se reflejan algunos ejemplos holgar de complementado con un sintagma nominal, que
y a no registra libertad posicional y va siempre pospuesto al verbo:
50 ) No sab ré decir a vuestra merced cuánto me é ho lgado del ávito del señor don Rodr igo ( S89)
Mucho me huelg o de la buena elección q ue vuestra merced á hecho de nuera (S47)
Pero, may oritariamente, holgar de se complementa con infini tivo, sig uiendo en
este caso la tendencia genera l de la lengua en la é poca que estudiamos, au nque exist e un
espacio de variación en este entorno que mot iva que podamos encontrar también la
construcción en régimen directo. Ello está en consonancia con lo s eñalado por Cano
Aguilar (1984), respecto a que holgar es uno de los verbos que con mayor fre cu encia
presentan la alternancia entre ambas construcciones. En el epistolario, es de los pocos
279
verbos con los que la construcción con CRP ante i nfinitivo (51a) constitu y e mayor ía, y a
supone el 63% (10/16) del tot al, frente al 37 % (6/16 ) que presenta régimen dire cto
(51b):
51 ) a. Holguéme de dexarlo irritado y no creo q ue pequé en ello ( S9 )
[…] aunque sea riñéndo me, huelg o de leer sus renglones ( S16 )
[…] que h olga ría de servirle aco m p añándo lo en esta so licitud ( S1)
b. […] y así, ho lgara Ø escusar lo hasta ver pasa da esta nube que po r fuerça á de aped rear mi viña
(S17)
Holgaría Ø acertar en la dispo sición d ’ella (S6 3)
De m í no d igo lo que me h olgué Ø oirlo (S32)
Tampoco está completa mente fijado el régimen de holgar cuando se combina
con una o ración completiva de v erbo conju gado, e ntorno en el que admite la completiva
asindética (52a)
292
, sin expresión de nexo alguno ( 7/23); el régimen directo con que
(52b), que es la construcción mayoritaria (13/23) , y, también, el CRP con de (52c),
construcción que solo registra tr es ocurrencias:
52 ) a. la otra de este hord inario en que vu e stra merced m e avisa queda con algún d olor de i j ada, qu e
holga ré Ø no pase adelante (P2 78)
A don Luis Xi ménez de Gó n gora besé la s manos e st a mañana; viene a solicitar el hábito d el
señor do n Íñigo. Ho lgaría Ø se lo diesen de Santiago, po rque nos rele váse m o s d e costas a mbos
(P298)
b. Huélgome Ø que aya llegado el señor d on Gaspar B onifaz a esa ciudad con salud ( P28 6)
El catarro del amigo ho lgaría Ø que se ubiese rep arado con las sangrías (S33 )
293
292
Las co mpletivas asindética s se a nalizan en el apar tado 3.2. 1.1. El valor modalizad or que allí
atribuimos a e stas estructuras se refleja también en las a sindéticas dependie ntes de holgar , que solo
aparecen cuando el verbo regente está en fut uro o condicio nal, co n lo q ue conte nido d e l a s ubordinada se
presenta sie m p re co mo algo no realizad o tod avía e n la re alidad extraling üística y que, más bien, cabe
interpretar como la expresión de un deseo del emisor. En las completivas no asindéticas, h olgar p uede
conjugarse en c ualquier tie mpo verbal, además de los dos ind icados.
293
Cabe señalar en este ej emplo la lla mativa focalizació n del sintagma el ca tarro del amigo , sujeto de la
subordinada co mpletiva, que se antepo ne al verbo rege nte para co locarse en p osición inicial absoluta, d e
máxima relevancia prag mática. Ya se ha h ec ho mención en otros apartad os a esta estrategia disc ursiva
que en muchas ocasione s es utilizada par a introducir un nuevo te ma en el discurso, destacando el
elemento que consid era más relevante de este nuevo tema y focaliza ndo la atención so bre el mismo.
Sobre esta clase de anteposiciones y el orden mutuo esp erable en tre los constituyentes d e la o ración, es
imprescindible Narbo na Jiménez (2 015 [2000]), que afir ma: “La disc usión acer ca d e si el español es o no
una lengua d el tipo S -V - O […] no puede plantearse sino en funció n de las co ndiciones en unciativas de las
diversas clase s de actuacio nes co mun ica tivas. […] Es en el niv e l d el di scurso donde pued en d escubrirse
las funciones, básica mente prag máticas, (e nlace y co h esión textual, pr ominencia o focalizac ión
280
[…] huelgo Ø que vuestra mer ced se hurte del trab ajo d e escrivirme cartas po rque me esc use del
que tengo en leella s (S6 3)
c. […] abr á y a v uestra merced entendido cuá nto huelgo d e que se a ya ser vido el señor d on Martín
de Cárca mo de prendas nuestras ( S76)
Mucho me h uelgo de que tenga vuestra merced más vecino a mi amo (S18)
Huelgo de que aya llegado vuestra reverendísima con salud a Andúj ar ( P272)
Por lo que se refiere a pesar , equivale a ‘sentir do lor por alguna cosa, lame ntarse
de ella’. S u empleo es mucho menos productivo que holgar , y a que s ufre la fuerte
competencia de otros verbos del mismo campo semántico, en especial sentir . Al igual
que holgar , puede aparecer sin ninguna complementación, sin bien e ste uso sólo se ha
registrado en dos ocurrencias
294
. L a característica principa l de las construcciones con
pesar es que, c on independencia d e su régimen, siempre lo encontra mos i nmo vilizado
en tercera persona del singular y acompañado de un clíti co pronominal que señala al
argumento experimentante y ejerce la función de OI ( me pesa ). Por otra parte , su
régimen aparece som etido a menos variación de la que hemos visto con holgar :
Pesar + de + SN
5
Pesar + Ø + completiva
6
Pes ar + Ø + infinitivo
1
Pes ar + de + inf i nitivo
1
Total
13
Tabla 2 . Distribución de las o currencias de pesar en funció n de su régi men
Ante sintag m a nominal, pesar siempre rige un CRP con de , que señala el
argumento estímulo o causa del pesa r:
53) Péssame de las enfer medades de essos cavallero s y mucho m ás de la muerte del señor don
Gerónimo de Cárca mo (P 310 )
Pésame de las nuebas q ue vue stra merced me da de la co secha (S18)
contrastiva, etc.) que cumplen, solidar iamente, el o rden de los ele mentos y el conto rno en tonat ivo”
(Narbo na Jiménez, 2015 [2000]: 168).
294
En a mbos casos, el contorno sintáctico y semántico es cas i idéntico: “ Buscó la carta y n o la halló en
aquellas faldriqueras y a mí n o me pesó , por gastar el tie mpo en lo q ue más me impo rtaba ” ( S7) ; “ Par ado
está todo esto de la ca balleriça y no me pesa , par a que ay a l ugar d e solicitar al al mirante ” (S5).
287
(62b)
300
. Para la otra construcción mediante la que l a lengua actual señala al destinatario
de lo dicho, ‘hablar con alg uien’ , solo hemos halla do las dos ocurre n cias de 64c:
62 ) a. Con el marqués d e Flor es estaba antes de a y er en la carrera alta d e San J erónimo, fue desde
el coche y así no pudimos h ablar (S6)
la buena marquesa y sus hijo s an visto no sé c uá ntas ve ce s al señor don Baltasar […] con tanta s
lágrimas que no an pod ido hablar (S5 7)
Hablamo s largo y desabro chadamente; e s buen cavallero (S37 )
b. […] llamando el duq ue a su mayordo m o , no consintiero n que le h ablase (S50 )
Respondió su señoría que pen saba hab larle (P3 16)
Hablé primero al señ or don Alonso de Cabrera (S80)
Hablaré a su ilustrísima y veré lo que m e responde (S68 )
c. Esta mañana vi a d on Francisc o y leí el cap ítulo que habla ba con su hermano (P316)
Mis alimentos no es j usto que p adezcan ni h able co n ellos ningún fracaso o novedad (S5 )
Aparte de estos usos int ransitivos, en el epistola rio es genera l la presencia del
CRP con hablar para representar el asunto del que se habla. P ero mientras en la len gua
actual la construcción de este verbo presenta ma yoritariamente la preposición de , en el
español clásico es característica la alternancia entre las preposiciones de y en , sin que
ello im plique variación semántica en el enunciado. En el epistolario todavía predomina
hablar en (63a), forma de la que registramos ocho ocurrencias frente a solo dos de
hablar de (63b ). Ello concuerda con los datos ap ortados por Octavio de T oledo (2016a:
230), que indica la subsistencia de en para el r égimen de hablar hasta mediados del
Ochocientos, época e n l a que comienza a imponers e definitivamente hablar de .
63 ) a. Ayer estuve con el marqués de Flores y hablamo s en vuestra merced tan admirable mente, que
[…] (S39 )
Mas, dej ando estas civilidades, que es vergüen ça hab lar en ellas, […] (S68)
[…] si bien no habla mos en particulares de hacie nda (S88)
[…] y que é hab lado sie m p re con modestia en la r elación qu e é hecho de mis pretensiones (S78)
b. […] de la jo rnada de Aragón buel ven a h ablar (S32)
[…] m u y mal se h abla de este señor (S35 )
300
Estos dos usos, i ntran sitivo o aco mpañado de CI, son los ún icos usos re gistrad os p ara ha blar p or
Fernández Alcaide y Leal Aba d (2023 ) en el español americano de la épo ca colonial.
[Document text truncated for crawler view.]