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El estudio de las relaciones humano-animales en la actual encrucijada ambiental

Montero Cruzada, Santiago; Marvin, Garry

Abstract

Las relaciones entre seres humanos y animales se han convertido en un tema clave, emergente y a tener muy en cuenta dentro del actual debate, tanto académico como social, preocupado por cuestiones ambientales. Pero a pesar de su importancia, los animales han permanecido relegados a un segundo plano analítico en los relatos etnográficos, fundamentalmente como elementos subsidiarios de las prácticas, los discursos y los simbolismos culturales. No obstante, las herramientas teóricas y metodológicas que posee la antropología pueden ayudar a la mejor comprensión de dichas relaciones y, con ello, a estimular el entendimiento acerca de cómo y por qué se construyen ciertas ecologías. Trayendo a los animales al centro de los estudios antropológicos y considerándolos actores implicados en la construcción de los mundos sociales, con este trabajo invitamos a reflexionar sobre la pertinencia de adoptar una mirada que vaya “más allá de lo humano” –pero relacionada e íntimamente conectada con lo humano- como una forma de comprender adecuada y empíricamente las relaciones socioecológicas particulares dentro del nuevo escenario global de crisis ambiental.

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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 18: MIRADAS DESDE LA ANTROPOLOGÍA AMBIENTAL. ABRIL DE 2020 ISSN 2174-6796 [pp. 4-30] https://dx.doi.org/10.12795/RAA.2020.18.02 EL ESTUDIO DE LAS RELAcIONES hUMANO-ANIMALES EN LA AcTUAL “ENcRUcIjADA AMBIENTAL” Santiago M. cruzada Universidad de Sevilla Garry Marvin University of Roehampton Resumen Las relaciones entre seres humanos y animales se han convertido en un tema clave, emergente y a tener muy en cuenta dentro del actual debate, tanto académico como social, preocupado por cuestiones ambientales. Pero a pesar de su importancia, los animales han permanecido relegados a un segundo plano analítico en los relatos etnográficos, fundamentalmente como elementos subsidiarios de las prácticas, los discursos y los simbolismos culturales. No obstante, las herramientas teóricas y metodológicas que posee la antropología pueden ayudar a la mejor comprensión de dichas relaciones y, con ello, a estimular el entendimiento acerca de cómo y por qué se construyen ciertas ecologías. Trayendo a los animales al centro de los estudios antropológicos y considerándolos actores implicados en la construcción de los mundos sociales, con este trabajo invitamos a reflexionar sobre la pertinencia de adoptar una mirada que vaya “más allá de lo humano” –pero relacionada e íntimamente conectada con lo humanocomo una forma de comprender adecuada y empíricamente las relaciones socioecológicas particulares dentro del nuevo escenario global de crisis ambiental. Palabras claves: relaciones humano-animales, ecologías multiespecies, antropología, etnografía, antropoceno, crisis ambiental. 4 Abstract The relationships between humans and animals have become a key, emerging issue to be considered within the current academic and social debate concerned with environmental matters. But despite their importance, animals have remained relegated to an analytical background in ethnographic accounts, mainly as subsidiary elements of cultural practices, discourses and symbolisms. Nevertheless, the theoretical and methodological tools that anthropology possesses can help to better understand these relationships and, in doing so, stimulate understanding of how and why certain ecologies are constructed. Bringing animals to the centre of anthropological studies and considering them as actors involved in the construction of human worlds, with this work we invite a reflexion on the relevance of adopting a view that goes “beyond the human” –but related, and intimately connected with, the humanas a way to properly and empirically understand the particular socioecological relationships within the new global scenario of environmental crisis. Keywords: human-animal relations, multispecies ecologies, anthropology, ethnography, anthropocene, environmental crisis. 1. EL ANTROPOcENO cOMO INTRODUccIóN (y cOMO cONTExTO) Es innegable que el contexto ambiental contemporáneo obliga a reajustar los marcos de estudio y las agendas de investigación para ofrecer un análisis lo más riguroso posible de lo que se ha venido en llamar “el antropoceno” (Crutzen y Stoermer, 2000; Castree 2014; Hamilton, Gemenne y Bonneuil, 2015; Haraway, 2015; Arias Maldonado, 2017; Trischler, 2017), un concepto que articula tres dimensiones fundamentales para su definición: por un lado implica observar si la humanidad –pero no todos los grupos ni en la misma medidase ha convertido en una fuerza geológica de primera magnitud y si la intensidad de las actividades de la sociedad industrial sobre el planeta –con sus consecuentes huellas biofísicasrequieren la denominación de una nueva época geológica; por otro supone identificar cuáles son dichos efectos a nivel ecosistémico y cómo o en qué medida determinan (o rompen) los principales procesos ecológicos tanto para humanos como para otras especies no humanas; por último, debate sobre las causas epistemológicas, ontológicas, filosóficas, económicas o políticas –entre otras- en las que se han soportado los cambios, el impacto y las transformaciones, así como las responsabilidades y las acciones a tomar ante la fehaciente, variada, imprevisible, y quizás irreversible, crisis ambiental (Alexiades, 2018: 17-20). A pesar de que la antropología y otras disciplinas afines vienen subrayando desde hace décadas que separar dicotómicamente la “naturaleza” de la “cultura” no tiene validez analítica dado que, por ejemplo y junto a otras, la idea de “ecosistema” es imprecisa sin 5 el prefijo “socio” (véase Ellen y Fukui, 1996; Milton, 1997; Berkes y Folke, 1998; Descola y Pálsson, 2001), parece ser que los datos que actualmente se manejan han convencido a los más escépticos y evidencian definitivamente que la biosfera terrestre posee un fuerte carácter antropogénico, vislumbrándose ahora, más que nunca y en sentido negativo, el entrelazamiento o el desarrollo inextricablemente unido de “sociedad” y “medio ambiente” (Liu et al., 2007; Ellis, 2011). Cabe matizar, como bien apunta Escalera- Reyes (2018), que efectivamente no todas las actividades humanas en/sobre el entorno han de ser forzosamente negativas e, igualmente, que no toda la humanidad ha estado implicada en el deterioro ambiental (Sloterdijk, 2018: 9). Sin duda se trataría de observar en detalle la diversidad de casos, escalas, dimensiones, historias y ecologías particulares (Chakrabarty, 2014). Sin embargo, un recorrido por los fenómenos más conspicuos de dicho ensamblaje negativo visibiliza que las causas y los efectos del antropoceno desembocan en el “final, literalmente, de la naturaleza” que hoy conocemos, reajustando, incluso redefiniendo, “lo que significa la ‘vida’” (Alexiades, 2018: 39 y 42). El cambio climático –y todo lo que ello implicaes el “resultado más espectacular y emblemático” de lo que venimos comentando (Arias Maldonado, 2016: 796-797), pero a él han de unírsele, entre otros muchos efectos que dan forma a la crisis socioecológica global, la desaparición de la “superficie virgen” –o poco influida por humanos- en el planeta, la pérdida de biodiversidad, la hibridación de organismos o la acidificación de los océanos, aspectos que suelen tener sus causas en actividades humanas como la urbanización, la agricultura industrial, las infraestructuras de transporte, el extractivismo minero, la modificación genética de los organismos o los avances tecnológicos (ibidem). Ante este panorama que algunos consideran catastrófico (Stengers, 2015), este artículo se pregunta por cómo la antropología podría contribuir a comprender adecuadamente las relaciones sociecológicas particulares y específicas que se vienen dando en el contexto actual de crisis ambiental y, concretamente, cómo las herramientas teóricas y metodológicas que posee la disciplina pueden ser utilizadas para tal fin. En ese sentido, las vinculaciones que se producen entre seres humanos y otras especies no humanas suponen uno de los elementos clave a problematizar en la época del antropoceno, siendo un buen punto de partida desde el que analizar sus causas, efectos y consecuencias. Particularmente, la antropología está haciendo grandes esfuerzos por conocer cómo son las relaciones entre humanos y animales en diferentes lugares del planeta y cómo estas se insertan, responden o han sido modeladas por los cambios ambientales. Sin embargo, los animales (entendidos como una variante entre las especies) y las relaciones que con ellos se mantienen, a pesar de la centralidad que vienen teniendo en el plano político y social, no han ocupado las agendas de investigación antropológica –en términos de esa compleja centralidadhasta hace relativamente poco tiempo, abriéndose ahora paso en un campo de conocimiento que históricamente ha negado su crucial papel en la conformación de las diversas realidades humanas. 6 Trayendo a los animales al centro de nuestras preocupaciones y considerándolos sujetos importantes en la construcción de los mundos sociales humanos, con este trabajo teórico invitamos a reflexionar sobre la pertinencia de adoptar una mirada que vaya “más allá de lo humano” como una forma, entre otras muchas, de dar cabida a la complejidad de relaciones socioecológicas particulares que se sostienen en el nuevo escenario ambiental que estamos presenciando a nivel global. Para ello, en un primer momento, las cuestiones girarán sobre el lugar que mantienen las especies en los debates medioambientales y cómo la categoría de “especie” puede ser útil no solo para analizar las realidades socioecológicas, sino también para cuestionar las premisas básicas de la antropología y otras disciplinas afines de carácter humanista. Posteriormente nos centraremos en cómo se está abordando el estudio de las relaciones humano-animales en su amplia diversidad temática. En los últimos años este campo de investigación ha experimentado un auge sin precedentes en ciencias sociales y humanidades, lo cual ha posibilitado una ingente producción académica que explora otros caminos a través de los cuales se ponen de manifiesto los factores que modelan, como grupo social, nuestra percepción, pensamiento y actuación sobre/con los animales y el medio ambiente. A renglón seguido expondremos las contradicciones y críticas que el llamado “giro animal” está teniendo en la disciplina antropológica para, finalmente, detenernos en revisar algunos casos de investigación aplicada a las relaciones entre seres humanos y animales en el contexto ecológico actual, los cuales supondrán la base para resaltar las virtudes que la etnografía tiene, a diferencia de otros métodos, en este campo de estudio. 2. LA “ENcRUcIjADA AMBIENTAL” y LA cUESTIóN DE LAS ESPEcIES Dentro del nuevo escenario global de crisis ambiental que hemos delimitado anteriormente, uno de los aspectos que más preocupa es la pérdida y extinción de las especies1. No son pocos los estudios que analizan las dinámicas de vida y muerte de diversas especies no humanas en el contexto del antropoceno y a lo largo del planeta (Locke y Münster, 2015: 33-34). Básicamente se centran en cómo las acciones antrópicas provocan (o han provocado) el rápido colapso de los procesos socioecológicos en los cuales se insertan determinadas especies de plantas o animales para, con ello, cuestionar las formas de proceder del ser humano como agente transformador del medio ambiente 1. De hecho, las alteraciones en la biodiversidad planetaria, y específicamente la desaparición acelerada de especies, es uno de los criterios que se están evaluando por las comisiones científicas internacionales para poder concluir que el antropoceno es un momento histórico, ecológico y geológico “marcadamente distinto a la época estable del Holoceno de los últimos 11.700 años” en la que se desarrolló la civilización humana (Trischler, 2017: 47-48). 7 y como principal “administrador” del planeta (Chrulew, 2011; Rose y Van Dooren, 2011; Ceballos et al., 2015; Lorimer, 2015)2. En estos trabajos se resalta de manera central la necesidad de pensar el medio ambiente como “multiespecífico”, es decir, conformado inevitablemente por variadas especies que se “ensamblan” entre sí a través de encuentros “multisituados” en el contexto de relaciones distribuidas más amplias que conforman el todo medio ambiental que hasta ahora hemos conocido (Van Dooren, 2011; Jaclin, 2013; Kirksey, Shapiro y Brodine, 2013; Lestel, 2013). Donna Haraway (2011: 114) plantea esta cuestión bajo la premisa básica de la “relacionalidad”, afirmando que el mundo está conformado por una gran diversidad de “seres vivos en ecologías anudadas y dinámicas”. Sin embargo, esta diversidad de relaciones, tipos de ensamblajes, especies y ecologías se encuentra en una posición vulnerable en la época del antropoceno, principalmente porque se sugiere que en su seno se está llevando a cabo una “homogeneización de las formas en que los seres humanos y las sociedades se relacionan con la naturaleza, de manera que las variaciones locales son ya menos relevantes que el proceso global de hibridación socionatural” (Arias Maldonado, 2016: 801). Efectivamente, podría decirse que la imparable homogeneización de los procesos ecológicos en el antropoceno plantea un escenario reduccionista y simplificado en lo que se refiere a las formas de vida sobre la faz de la tierra o las intersecciones que se producen entre ellas, algo que va en paralelo a otras dinámicas sociales –fundamentalmente de cariz económico, político y epistemológicodesencadenadas por el auge de la globalización y la universalización del capitalismo (ibidem). El resultado general de todo ello, a nuestro juicio, esboza varios interrogantes y abre el camino hacia discusiones muy interesantes en el plano intelectual, a saber: la continuidad o no de la histórica preponderancia de la especie humana como objeto de estudio; la vigencia o decadencia de las categorías taxonómicas como forma de entender las relaciones ecológicas entre especies; o el debate sobre la forma en que se aborda desde las ciencias sociales, aunque particularmente desde la antropología, el lugar de las especies –o más bien las experiencias, encuentros y relaciones interespecies- en el marco de la “encrucijada ambiental” que delinea el antropoceno. 2. Hay que decir que no todos los trabajos realizados sobre las relaciones que se producen entre humanos y otras especies no humanas en el contexto ambiental contemporáneo se limitan a estas cuestiones críticas (véase Cassidy, 2012). Sin embargo, como señala Miguel Alexiades (2018: 39), “ciertas acciones antrópicas están generando índices de extinción entre cien y mil veces superiores a la tasa natural, posiblemente los mayores niveles en 65 millones de años”, lo que provoca que la pérdida y extinción de especies sea un tema capital dentro de los discursos sobre el antropoceno. 8 En congruencia con la primera cuestión planteada anteriormente, muchos autores y autoras abogan por lo que Clark (2014: 25) denomina el “descentramiento” de la humanidad, una idea que confía en que la realidad pueda ser pensada de forma menos antropocéntrica, redundando en el debate de si la especie humana posee singularidad y preeminencia sobre las otras en este nuevo contexto de hibridación socionatural. En ese sentido y de manera paradójica, el antropoceno demanda la atención simultánea de un enfoque centrado en el ser humano al mismo tiempo que exige desviar la mirada hacia una humanidad que hoy más que nunca puede definirse desde su relación con otras especies. Este movimiento supone un desafío para la epistemología humanista en la que convencionalmente se ha construido la antropología y otras disciplinas de las ciencias sociales, generalmente basadas en oposiciones dualistas que tendían a separar, a la manera cartesiana, al ser humano de la naturaleza o de otras especies no humanas (Van Dooren, Kirksey y Münster, 2016), sirviendo estas como contrapunto para definir “lo humano” en su amplia y diferentes manifestaciones socioculturales. A tenor de todo ello, no es casualidad que las tesis que se manejan para definir y pensar en el antropoceno hayan encontrado amparo académico entre posthumanistas y ciertas filosofías postestructuralistas, esforzándose en apaciguar lo que Giorgio Agamben denomina la “maquinaria antropológica” (2010: 41-53), un histórico proyecto intelectual que reduce lo humano al rechazar cualquier atisbo de su naturaleza conformada en relación a otras especies no humanas. Cuestionar la arquitectura conceptual del humanismo supone desmitificar la excepcionalidad que el ser humano ha tenido en la construcción de los relatos académicos sobre el mundo (Deleuze y Guattari, 1987; Derrida, 2002; Viveiros de Castro, 2004; Descola, 2013), pero también implica difuminar las fronteras entre “naturaleza” y “sociedad”, entre “objeto” y “sujeto”, otorgando preponderancia y capacidad de agencia a otros seres no humanos, ya sean animales, plantas, bacterias, virus, androides o los híbridos de todos ellos (Badmington, 2003; Wolfe, 2010). Reconstruir los soportes fundacionales del anthropos es una consecuencia lógica e inherente a la preocupación ambiental actual que considera que seres humanos y otras especies no humanas comparten un mismo devenir en el planeta (Livingston y Puar, 2011). Por ello, dicen algunos autores, pensar “más allá de lo humano” es un ejercicio necesario y oportuno en la actualidad (véase Kohn, 2007; Ingold, 2013). Bruno Latour se manifiesta en estos términos planteando que: “El punto de vivir en la época del antropoceno es que todos los agentes comparten el mismo destino que cambia de forma. Un destino que no se puede seguir, documentar, decir y representar mediante el uso de cualquiera de los atributos asociados con la subjetividad o la objetividad. Lejos de tratar de ‘conciliar’ o ‘combinar’ la naturaleza y la sociedad, la tarea política fundamental es, por el contrario, distribuir la agencia tan lejos y de una forma tan diferenciada como sea posible, hasta que hayamos 9 perdido por completo cualquier relación entre estos dos conceptos de objeto y sujeto, que no son más de interés, excepto patrimonial […] Vivir con un mundo que no ha sido previamente des-animado hará una gran diferencia para los [habitantes] de la Tierra” (Latour, 2014: 17). Pero si bien es necesario cuestionarse la prevalencia de “lo humano” en la epistemología social y quizás para ello debamos trazar relatos –digamosmás “inclusivos” que ahonden en cómo las categorías históricas pierden vigencia analítica en el marco del antropoceno, hay quien entiende que, ambiguamente, abolir ciertas categorías sería un error dado que oscurecería la distancia crítica y reflexiva que necesariamente se debe mantener para seguir reajustando las propuestas de investigación a los tiempos de crisis ambiental (Arias Maldonado, 2017: 144). Este es el caso de la noción de “especie”, la cual se posiciona en el corazón de los debates actuales sobre las relaciones socioecológicas (véase Dupré, 1992; Kirksey, 2015; Yate-Doerr, 2015). A pesar de la deposición del concepto que reclama Tim Ingold (2013: 19-20), quien considera que la idea de “especie” puede llegar a ser la quintaesencia del modelo ontológico occidental y academicista que aleja a los seres humanos de otros seres vivientes, continuar pensando en términos de “especie” puede ser productivo en la actual “encrucijada ambiental” porque se articulan diferencias y similitudes entre entidades vivas (Haraway, 2008), vinculando diversos seres con tipos de relaciones. Esto no quiere decir que se “descuiden” las singularidades de cada ser vivo con el que los seres humanos se relacionan por supeditar sus competencias a la categoría genérica de la especie a la que pertenece (Lestel, 2011: 88), sino más bien se trata de resaltar cómo los límites que definen sus atributos, aspectos, imágenes o cualidades están modelados, alterados y cargados de cultura, de ideologías, de intereses, de políticas (Kirksey, 2015; Benson et al., 2017; Despret, 2018)3. El concepto de “especie”, por ello, no debe ser tomado como “identidad genealógicamente mapeable, sino como una coherencia situada en medio de divisiones y conexiones siempre en transformación” (Yate-Doerr, 2015: 309). Las especies están supeditadas a su consideración humana y, por ello, a su valoración cultural (Dupré, 1981). En ese sentido, mantener intacta a nivel de pensamiento la idea de “especie” –en términos esencialespuede informar críticamente sobre las prioridades de los diferentes grupos humanos en relación a otros seres no humanos, por ejemplo: qué especies se eligen conservar, por qué, por cuánto tiempo o para quién (Ellen, Parkes y Bicker, 2000). Al fijar la categoría de “especie” como herramienta epistemológica y analítica no se está 3. Gran parte de estas reflexiones también se sostienen desde los “estudios de ciencia, tecnología y sociedad” (véase a modo de ejemplo Mol, 2002), los cuáles han proporcionado conceptos, herramientas y teorizaciones que permiten comprender cómo las culturas científicas modelan a través de sus prácticas y discursos las taxonomías de especies. 10 apostando por el mantenimiento de una visión técnica que estanque a los diferentes seres en nomenclaturas científicas y catálogos taxonómicos, sino precisamente en ofrecer la oportunidad de reconocer la diferencia, en delinear la convergencia o las conexiones globales de la biodiversidad (Tsing, 2004). Si la noción de “especie” no mantuviese su estatus como marcador de la diferencia en las relaciones ambientales, quizás correríamos el riesgo de auspiciar la homogeneización socioecológica de la que se pretende huir al ocultar las marcas distintivas de la biodiversidad. ¿De qué manera, por tanto, pueden ser abordadas las relaciones que los seres humanos mantienen con otras especies no humanas dentro del panorama actual del antropoceno? Lestel y Taylor (2013) o Faier y Rofel (2014), por ejemplo, abogan por la producción constructivista de un conocimiento relacional que dé cuenta de cómo los mundos humanos y no humanos se entretejen mutuamente a partir de los “encuentros” entre distintas especies. Para ello, matizan, es preciso reconocer cierta “agencia significativa” en los otros no humanos que permita vislumbrar cómo la vida humana se redistribuye a través de otras criaturas, pero también cómo las vidas de estas están estrechamente ligadas a las nuestras. Como afirma Anna Tsing (2013: 46), “ningún organismo puede llegar a serlo sin la ayuda [intervención] de otras especies”. Esto, por un lado, implicaría dejar de reducir la “naturaleza” a un mero recurso conceptual o como la base material del mundo humano, poniendo en primer plano de existencia y de descripción a los seres humanos “junto a” otras especies (Latimer, 2013: 93). Sin embargo, por otro, también supone adoptar una serie de recursos que suelen salirse fuera de los históricos marcos conceptuales de las ciencias sociales y las humanidades. Al fijarnos en los “encuentros más que humanos”, los debates ya no se producen en torno a cómo los seres humanos interpretan el mundo, sino más bien se discute sobre cómo el mundo es construido a través de las relaciones entre especies. Por ello y como recuerda Eduardo Kohn (2007), se necesita un marco de análisis que mire otras dimensiones, con otras herramientas, que hasta ahora habían sido confinadas a las disciplinas particulares, intersectando o entrecruzando, por ejemplo, la etnografía con la etología y la geografía (Lestel, Brunois y Gaunet, 2006), o con el bioarte, el cine, la epidemiología, la arquitectura, etc. (Locke y Münster, 2015). De ello nos ocuparemos a continuación y observaremos cómo la antropología, disciplina comprometida con los procesos de cambio social y ambiental, viene abordando estas cuestiones, concretamente a través de las relaciones que los seres humanos mantienen con otros animales al entender a estos como un tipo particular de especie no humana. Su justificación proviene de la importancia que tanto para la academia como para la sociedad actualmente tienen los procesos relacionales que vinculan a seres humanos y 11 animales. La cuestión animal ha llegado a un nivel de debate tan profundo que hace dos décadas sería inimaginable, pudiendo decirse sin lugar a dudas que es uno de los pocos temas que viene definitivamente disolviendo las fronteras entre la ciencia y la sociedad. No obstante, la antropología ha tenido un interés de larga data sobre el manejo humano de los animales bajo condiciones ambientales cambiantes, dando cuenta de la diversidad de “encuentros” e interacciones entre ellos, por lo que un acercamiento a dichas relaciones puede ayudarnos a comprender no solo cuáles han sido los mecanismos que han posicionado a los animales en el primer plano de las investigaciones, sino también para poner de manifiesto el cambio de precepción, pensamiento y actuación sobre/con los animales y el medio ambiente. 3. LA ANTROPOLOGÍA MIRANDO A LA ALTERIDAD ANIMAL NO hUMANA La antropología no ha descuidado las relaciones que los seres humanos mantienen con otras especies no humanas a lo largo del planeta, aunque particularmente las que se producen entre humanos y animales podría decirse que suponen un universal cultural (véase Kalof y Fitzgeral, 2007; Flyn, 2008; Serpell, 2008; DeMello, 2012b; o Marvin y McHugh, 2014 como un ejemplo de ello). No conocemos sociedades donde, de alguna u otra forma, la relación entre seres humanos y animales no se produzca. El arco de posibles relaciones que se abre tras esta afirmación es descomunal si comenzamos a incluir en ellas variables de tipo cosmológico-religioso, económico, político o ambiental. Es ciertamente por eso que en la historia de la disciplina encontramos que las relaciones entre seres humanos y animales se han representado de diversas maneras o se les han dado distintas interpretaciones, pero en cualquier caso todas quedaban supeditadas a un marco humano de significado cultural que ha facilitado que las mismas puedan ser conceptualizadas desde un punto de vista social. Brian Morris (2000: 19) lo expone de este modo: “Desde la aparición de los humanos modernos y la cultura humana hace unos 100.000 años, los humanos y los animales han coexistido en estrecha proximidad. De hecho, los humanos y los animales han compartido durante mucho tiempo el mismo mundo de la vida, y la relación entre humanos y animales siempre ha sido compleja, íntima, recíproca, personal y crucialmente ambivalente. Los humanos siempre han reconocido su continuidad con los animales como sus diferencias fundamentales”. Existen muchos precedentes clásicos entre los cuales los animales han tenido la suficiente importancia como para ser calificados de “actores” principales en la construcción de los mundos sociales humanos. Piénsese, sin ánimo de ser exhaustivos, en el trabajo de Evans- Pritchard ([1940] 1977) sobre los Nuer del Sudán, donde el ganado bovino es central para la vida social de estos pueblos; o en las investigaciones de Lévi-Strauss (1965) acerca 12 estos requerimientos, especialmente por su capacidad de observación, descripción densa y triangulación in situ de las relaciones, aunque también por la oportunidad que ofrece de realizar un seguimiento de las mismas a lo largo del tiempo, esto es, el compromiso de participar de la vida de la gente que se relaciona con determinadas especies animales: en fin, de experimentar, conocer y entender estos mundos socio-culturales desde dentro y no imaginarlos o criticarlos desde afuera. La etnografía, entendemos además, favorece “capturar la riqueza de lo íntimo mientras se mapean las trayectorias de conexión global” (Ogden, Hall y Tanita, 2013: 11) y esto, en el contexto del antropoceno, genera aproximaciones rigurosas a las dinámicas del cambio ecológico global. Pero para ello, como dijimos, se necesita un marco de observación que se desprenda, en la medida de lo posible, de las herramientas de investigación construidas a partir de lo que se considera exclusivamente humano, de tal modo que ya no solo importa el lenguaje, sino lo que informan los cuerpos situados en los encuentros, no solo importa el parentesco, sino cómo los animales influyen en él, no solo importa las relaciones de producción y distribución, sino cómo los animales pueden llegar a modificarlas, no solo importan las relaciones de poder, sino cómo los animales sirven para sustentar las mismas, no solo interesan los efectos que las relaciones ecológicas tienen para las culturas humanas, sino cómo esas ecologías se conforman en la relación con otros seres no humanos, o no solo importan los sistemas de creencias, sino cómo los animales forman parte de las mismas. Para eludir la abstracción teórica que con frecuencia suele darse en estos trabajos (dado que, como apuntaba Marvin y McHugh, 2014, somos los humanos quienes forzosamente tenemos que hablar por los animales) e intentar aproximarnos de manera fehaciente a lo que ocurre en la intersección humano-animal, proponemos adoptar un enfoque etnográfico constructivista, y –quizásextremadamente fenomenológico, en el cual las interpretaciones estén estrictamente supeditadas a los procesos empíricos que se observan en, o se extraen de, la realidad investigada. Para ello, una buena proposición la realiza Digard (2012: 571-572), quien entiende que es necesario, entre otras cuestiones, “el establecimiento riguroso y la descripción precisa […] de un corpus de hechos que constituya la base de la etnología; también es a veces su fin porque la descripción meticulosa del cómo es suficiente para poner de manifiesto el porqué [y] distinguir entre las prácticas, que son realidades observables, y las representaciones, que son operaciones de pensamiento, que solo pueden transmitirse a través del discurso […] Es, en esencia, volver al materialismo –a ese materialismo metodológicolo que pido hoy”. Apostar por la etnografía como método de investigación para el análisis de las relaciones entre seres humanos y animales supone enfocar las prácticas antes que los discursos o, como señalara Tim Ingold (2000), preocuparse y comprometerse con los sistemas de percepción, interpretación y actuación de los diferentes seres que se relacionan entre sí 19 en sistemas ecológicos particulares. Al hacer esto, empero, a menudo se corre el riesgo de encontrar justificaciones sociobiológicas sobre la representación de fenómenos puramente sociales (Kohn, 2007), sin embargo, es conveniente señalar que aproximarse comprometidamente a los animales no implica tener necesariamente un punto de vista sociobiológico, sino acercarse al campo de la acción, las relaciones y el comportamiento animal (Ingold, 1989). Dominique Lestel (2011: 88) ha señalado –y estamos de acuerdo con elloque a veces “las cuestiones de la práctica tienen un estatus superior a las cuestiones de la ontología”. La realidad, efectivamente, tiene un marcado carácter fenomenológico, pero esta no es exclusivamente humana, sino que envuelve muchos fenómenos de los cuales solo una parte es humana. Por lo tanto, la etnografía de las relaciones humanoanimales ha de poner el foco de atención en los procesos en los cuales “emergen” y se “encarnan” las relaciones (Kohn, 2007: 5-6), donde las mismas toman el carácter y la apariencia de realidad observable. Es aquí, precisamente, donde el estudio antropológico de las relaciones que se establecen entre seres humanos y animales puede informar de manera adecuada sobre las causas, los efectos, el impacto o las transformaciones particulares que está teniendo la época del antropoceno en diferentes lugares del planeta, y entre grupos diferentes de personas, así como también rastrear las responsabilidades o delimitar las acciones a tomar ante la palpable crisis ambiental. A modo de ejemplo podemos citar el trabajo de Rebecca Cassidy (2012), quien evalúa diferentes etnografías de las relaciones humano-animales en el contexto de la actual “encrucijada ambiental”. Cassidy señala que, efectivamente, “los cambios en las relaciones humanas con los animales han sido uno de los principales marcadores de la creciente atención prestada al cambio climático en muchas regiones” (2012: 22). Con esta premisa, entendemos, se señala no solo el carácter fenomenológico de este tipo de etnografías, sino que reconoce implícitamente cómo las relaciones humano-animales pueden ser un buen punto de partida, muy específico, para mapear los cambios ambientales más amplios. En este trabajo Cassidy (ibidem) identifica dos formas de proceder analíticamente al evaluar el impacto del cambio ambiental sobre las relaciones humano-animales. Por un lado se encuentran aquellas investigaciones que se centran en los efectos del estrés climático en las propias relaciones entre especies y en contextos vulnerables, especialmente en la gestión y organización social de las mismas, por ejemplo, en regiones áridas y semiáridas de África. En ellas, “las personas con medios de vida centrados en los animales que experimentan cambios menores en el clima pueden ver comprometida o incluso anulada la capacidad de sus animales para completar las funciones [ecológicas] existentes. Los efectos de un clima cambiante han sido comparados con los de la migración forzada” (Cassidy, 2012: 24). 20 Por otro, asegura, se está explorando el cambio climático como un proceso generado por relaciones históricas mundiales cuyos efectos se experimentan de manera desigual en diferentes regiones del planeta, especialmente en aquellas donde prevalece una cosmovisión animista sobre las relaciones ecológicas, como ocurre en ciertos contextos siberianos o amazónicos. En ellos las personas, los animales, los paisajes o el clima son aspectos de un entorno indiferenciado, espiritualmente vivo y animado, y la extinción de determinadas especies o la pérdida de biodiversidad “puede considerarse como una especie de crisis cosmológica inmediata, así como una pérdida de adaptaciones potenciales para el futuro” (Cassidy, 2012: 26). El trabajo de campo de Hugh Raffles (2002) también es paradigmático en ese sentido por articular delicadamente los “enredos” entre humanos y animales dando cuenta de cómo estos sostienen los sociecosistemas amazónicos en la “desconcertante inestabilidad” del mundo (ibidem: 27). Hacer etnografía de las relaciones humano-animales en el antropoceno no solo permite considerar a los animales actores implicados en la construcción de los mundos sociales humanos, sino que adoptar una mirada que vaya “más allá de lo humano” facilita también comprender cómo en determinadas relaciones socioecológicas que se dan dentro del nuevo escenario global de crisis ambiental, tanto los humanos como los animales están afectados a partes iguales por las consecuencias del cambio climático, de la desaparición de la “superficie virgen” en el planeta, de la pérdida de biodiversidad, de las consecuencias de la urbanización descontrolada, de la arrolladora agricultura industrial o del extractivismo minero. La etnografía, entendemos, puede ser una muy buena herramienta que ayude a comprender de manera empírica y “desde abajo” todas estas cuestiones. 5. cONcLUSIONES Contribuir al mejor entendimiento de la crisis ecológica global es una tarea ardua, dado que requiere movilizar una serie de recursos a menudo fuera del alcance unívoco que suele mantenerse desde el aislamiento disciplinar. Una vez identificadas, discutidas, así como desarrolladas las causas y efectos de nuestras acciones sobre el entorno, traer algunas herramientas conceptuales y metodológicas que permitan profundizar, desde otro punto de vista, en esa “encrucijada ecológica” a la que nos estamos enfrentando actualmente, demanda un ejercicio crítico que cuestione ciertas categorías analíticas consolidadas desde hace mucho tiempo en nuestro campo de investigación. Ese punto de vista bien podría ser desde las intersecciones que se producen entre seres humanos y animales, un lugar que supone el inicio fenomenológico y constructivista de relaciones ecológicas más amplias. Sin embargo y como reconocemos en este texto, si bien el estudio antropológico de las relaciones humano-animales nos sitúa ante un espejo que permite identificar – tanto académicamente como a nivel de especieel ingenuo antropocentrismo con el 21 que los seres humanos hemos pensado las relaciones ecológicas a lo largo del tiempo, desvela también ciertas carencias –quizás por su inmatura- en el plano epistemológico, metodológico y práctico. Faltan muchas cuestiones que abordar y otras tantas por pulir dentro de este ámbito de estudio, a saber: mitigar la carga ético-moral que proyectada desde el mundo humano se otorga a las relaciones entre especies (a menos que ello sea un objeto de estudio en sí mismo); reflexionar más y profundamente desde los mundos de las prácticas –donde los procesos ecológicos se materializanantes que desde el universo de la ideología; cuestionar los núcleos fundamentales –quizás estructuralesde nuestra propia “cultura ecológica”; observar cómo se forjan distintas tradiciones intelectuales o se establecen distintos intereses en la legitimación del saber ambiental, así como entender ciertos modos de exclusión política o incluso formas de dominación a través de dichas relaciones (véase Despret, 2018). A pesar de ello, el enfoque crítico y holístico de la antropología es especialmente valioso para comprender las dinámicas del antropoceno, pues, como ha señalado Crate (2011: 176), puede introducir dos cuestiones básicas pero muy importantes: el sentido de urgencia en lugares que a menudo quedan fueran del ámbito de estudios generales –esos “trabajos de sillón” que a veces obvian realidades particularesmostrando la experiencia humana frente a los cambios ambientales y las preocupaciones locales en sus entornos; y, por otro, un nuevo nivel de reflexividad, dimensionado ya, que contrarreste el sesgo de los datos y los análisis cuantitativos procedentes de las ciencias naturales y que no suelen tener en cuenta elementos socioculturales. Ello exige un compromiso basado quizás en la transversalidad de las investigaciones o, si se quiere, en la interdisciplinariedad de la práctica antropológica. Por ello, podríamos decir que se requiere un compromiso “no antropológico” en temas que tengan que ver con las relaciones que se producen entre seres humanos y otras especies (aunque particularmente y para el caso que nos ocupa con animales), las cuales, sin duda, pueden englobarse en las llamadas “etnografías climáticas” (ibidem). Entendemos que solo a través de un escrutinio comprometido con un proyecto que introduzca contribuciones cualitativas –y sociocultural e históricamente específicasal estudio del medio ambiente, las cuestiones relativas al antropoceno (causas, efectos, decisiones, responsabilidades) pueden ser eficazmente analizadas. Sin embargo, los marcos de investigación y las herramientas tradicionales de la antropología han de ser reelaboradas para ajustarse a una realidad que se presenta de manera diferente a como hasta ahora la habíamos conocido, saliéndose fueras de los “límites del ser humano” para dar cabida a reflexiones que incorporen a otras especies junto a las cuales compartimos el devenir incierto del cambio ambiental. La actual “encrucijada ambiental” tiene implicaciones culturales, por ello, si la cultura puede entenderse como la forma en que las poblaciones humanas perciben, experimentan 22 y actúan ante los mundos en los que viven, la antropología estaría estratégicamente bien posicionada para “interpretar, facilitar, traducir, comunicar, defender y actuar en respuesta a las implicaciones culturales de un cambio sin precedentes” (Crate, 2011: 178). Si el antropoceno exige una ética “de habitar este mundo con un espíritu de responsabilidad consciente ante la vida” (Van Dooren, 2012: 232), el lugar donde las vidas de los humanos y otras especies se cruzan biológica, cultural y políticamente debe pasar a formar parte de una etnografía comprometida con el medio ambiente. Con este artículo hemos pretendido hacer precisamente ello, lanzando el mensaje –quizás arriesgadode que si bien el futuro es multiespecie o no será, la antropología ambiental igualmente ha de serlo. 23 BIBLIOGRAfÍA Agamben, Giorgio (2010) Lo abierto. El hombre y el animal. Valencia: Pretextos. Alexiades, Miguel N. (2018) “La Antropología Ambiental: una visión desde el Antropoceno”. En Beatriz Santamarina, Agustín Coca y Oriol Beltrán (coords.) Antropología Ambiental. Conocimientos y prácticas locales a las puertas del Antropoceno. Barcelona: Icaria, Institut Catalá d’Antropología, pp. 17-70. Andersson, E., Björck, A., Jennbert, K. y Lönngren, A. S. (eds.) 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