Mi Javierre, un santo secreto
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MI JAVIERRE, UN SANTO SECRETO POR JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN No me resisto a contarlo otra vez, tal vez porque esa anécdota revive al natural la figura del gran ironista que se nos ha ido y porque en ella, por supuesto, se trasluce meridianamente la calculada ingenuidad con que siempre supo construir su inocente provocación. Fue una tarde ante un abarrotado auditorio, visiblemente conservador, si me permiten la estimativa, al que el padre Javierre dejó momentáneamente de piedra al proclamar, como quien no quería la cosa, que él, durante su vida, había tenido dos amores apasionados. En una atmósfera que, durante unos segu ndo s, pudo cortarse de un tajo, aquel espíritu bienhumorado explicó que el primero, sin duda sublimatorio, había sido Nefertiti, la mujer de Faraón, y que el segundo, ya en carne mortal, no fue otro que Giuletta Masina, la esposa de Fellini, aquella inolvidable Cabiria que nos arrancó amargas lágrimas agradecidas hace ya no pocos años. Así era Javierre. En un libro lejano que publiqué en mi juventud sostuve que cada época histórica tiene su ideal de santidad, su paradigma virtuoso, lo que explica la diversidad de un santoral como el cristiano que reúne en una misma peana al mártir heroico que triunfa desafiando al Poder, con la ínfima mendiga; al prócer bueno con el "esclavo de su libertad ", como dijo algún existencialista; al "espiritual" con el hombre de acción. Una secreta vena recorre la hagiografía dando vida a creyentes tan variados que a veces confunden al observador, pero que en su diversidad no hacen otra cosa que confirmar la índole humanísima de sus creencias y de su actitud: la activa Teresa
196 HOMENAJE AL EXCMO. SR. D. JOSE Mº JAVIERRE ORTA o el alucinado Juan de Yepes, el enérgico Borromeo o la humilde y entregada Sor Angelita, el Sebastián altanero -trasunto de Longino y aroma legendaria de Jorge el del dragón- y Juan de Dios, el loco de la caridad: caras distintas de una misma moneda virtual, variados heroísmos derivados de una misma fe. Una especial proximidad, propiciatoria de muchas confidencias, que mantuve durante todos estos años con don José María, me permiten hoy revelarles mi impre sió n básica so bre su personalidad, que estoy seguro de que no dejará de resonar altisonante frente a la consciente proyección de su propia imagen en la que se divirtió siempre: yo creo que Javierre, por encima y por debajo del hombre activo y hasta hiperactivo que siempre fue, más allá del gestor incansable o del promotor de tantas empresas, fue ante todo un "es piritual" de tan sólido arraigo en sus creencias básicas que no eludió conscientemente ese perfil algo mondain con el que acaso compe nsaba su imagen humana. Nada hubie ra rechazado tanto Javierre, me parece a mí , co mo un elogio de sa ntidad dictado desde la s co nvenciones usuales. Pero quienes conocimos con reserva el alcance de sus desvelos -y supongo que no seremos pocos, aparte de su familia íntimasabemos que el hombre sencillo y cosmopolita, llano pero culto, conservador pero rebelde, que Javierre fue, no era más que la contraimagen de ese secreto "espiritual" al que, ciertamente, obsesionaba la imagen de la santidad mayor s in menosprecio de la que corrientemente tropezamos en la vida. No se hace hagiografía co n la pasión que él la hizo sin que interiormente funcione un factor religioso de subidos quilate s, co mo no se embarca uno en los problemas de una vida social y hasta política, con escasas per s pe ctivas de ganar y muchas de perder, s in una buena razón superior. La sencillez cor dial es, a veces, el disfraz de la santidad. Siempre entendí lo que Jouhandeau quería decir cuando cifraba és ta como "le comble de la politesse ". No he echado de menos tras su muerte, pero sí he constatado, la ausencia o el silencio de muchos próceres actuales o en la reserva, a los que Javierre ayudó en su día -y no hará falta recordar en medio de qué erial y frente a qué rigores- a salir del riguroso anonimato y asomar la gaita. ¡ Lo que él se habrá divertido con la anécdota! Ningún hombre cumplido vive su vida calculando el mérito y menos la gratitud. Y Javierre, que se reía de su sombra, miraba con aquella
HOMENAJE AL EXCMO. SR. D. JOSE Mº JAVIERRE ORTA 197 condescendiente sonrisa suya, tan inolvidable, este alrededor insignificante en el que, sin embargo, reside la dignidad del Hombre. Habré de morderme la lengua en este momento para no revelar qué prueba de desprendimiento tan liberal, tan generosa, tuve el privilegio de presenciar en alguna oca sión, como tendré que contenerme para no contaminar de cordial amiguismo esta instantánea inútil de un espíritu tan poliédrico. Lo que no he de callar es mi convencimiento de que José María Javierre fue un hombre bueno, sabio de muchos y variados saberes, ejemplar por su modo raro de hacer compatible la iniciativa entusiasta con la pulsión contemplativa, por su manera casi subrepticia de disimular sus virtudes tras la máscara indulgente. A ver quién nos asegura que ahora mismo no esté mirándome con guasa, parapetado en su imperturbable socarronería, quizá deseando que acabe el homenaje y vuelva por sus fueros la inconcebible eternidad. Se la ha ganado a pulso. Seguro que esos santos que él historió con una pasión y una perseverancia poco común, me dan la razón.