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La Constitución inglesa

Bagehot, Walter, (1826-1877)

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n ES PROPIEDAD Avrial, Sout Beraardo, 92. Telefoao 8.022 LA CONSTITUCIÓN INGLESA CAPITULO PRIMERO EL GABINETE Dice Mr. Mili, que siempre queda algo que decir acerca de los grandes problemas, siendo esta verdad muy particularmente de la Constitución inglesa. Las obras que acerca de ella se han escrito son numerosisimas; forman un contingente enorme. Sin embargo, cuando se la considera en la realidad y como en vivo, sorprende el contraste que ofrece con la imagen que de la misma se traza sobre el papel. Muchas cosas consagradas por el uso no están en los libros; y no se tropieza en la práctica rigurosa con ciertos refinamientos del comentario escrito. Era natural, quizá inevitable, que semejante vegetación de ideas parásitas germinase alrededor de la Constitución británica. El lenguaje es cosa de la tradición de los pueblos; cada generación describe lo que ve; pero emplea los términos recibidos del pasado. Cuando una gran entidad, como la Constitución británica, ha podido conservar exteriormente una apariencia uniforme, á pesar del trabajo latente de transfor- 1 2  LA CONSTITUCIÓN INGLESA oración Intima que en ella se ha efectuado durante varios siglos, lega á cada generación una serie de palabras impropias, de máximas verdaderas en otros tiempos, pero que cesan ó han cesado de expresar la verdad. Al modo como la familia de un hombre que ha llegado á la edad madura repite maquinalmente las frases incorrectas cuyo origen, sin embargo, se remonta á hechos que ha observado exactamente cuando estaba en su primera juventud, así, cuando una Constitución que tiene una historia ha llegado á su pleno desenvolvimiento y que está en plena actividad, aquellos que le están sometidos repiten las fórmulas exactas de los tiempos de sus padres é inculcadas por éstos, pero que ya no son la expresión de la verdad. O mejor aún, si se nos permite hablar así, una Constitución antigua, y que se modifica continuamente, se parece al anciano que persiste en llevar vestidos cuyo corte estaba de moda en su juventud; lo que de él se ve, presenta siempre el mismo aspecto; lo que no se ve, ha cambiado por entero. Dos maneras de explicar la Constitución inglesa han ejercido un influjo muy serio, aun cuando sean erróneas. La primera establece como principio del sistema político seguido en Inglaterra, que el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial están completamente separados; que cada uno de esos poderes está confiado especialmente á una persona ó á una asamblea de personas que, en manera alguna pueden ingerirse en el ejercicio de las funciones res: pectivas . Se ha desplegado gran elocuencia para explicar cómo el rudo genio del pueblo inglés, aun en la Edad Media en que era particularmente grosero, ha verificado y puesto en práctica, esta preconcebida división de los poderes que los filósofos hablan elaborado POR W. BAGEHOT en sus escritos, pero que no podían esperar ver realizada en ninguna parte. En segundo lugar, suele afirmarse que la excelencia propia de la Constitución inglesa se debe al equilibrio de los tres poderes unidos. Se dice que el elemento monárquico, el elemento aristocrático y el elemento democrático tienen cada uno su parte en la autoridad suprema, y que el concurso de esos tres poderes es indispensable para el ejercicio de la soberanía. La monarquía, los lores y los comunes, he ahí, según esta teoría, lo que caracteriza, no sólo la forma exterior, sino la esencia intima y la vitalidad de la Constitución. Una gran teoría, que se denomina la teoría de los «frenos y de los contrapesos», domina en la mayoría de los escritos políticos; como ejemplo y en apoyo de semejante teoría, se ha invocado ampliamente la experiencia de Inglaterra. La monarquía, se dice, tiene algunos defectos, algunas tendencias malas, la aristocracia tiene otras, la democracia también; pero Inglaterra ha demostrado que hay manera de construir un gobierno en el cual esas malas tendencias marchen perfectamente unas contra otras, y se destruyan; de este, modo, resulta un conjunto aceptable no sólo á pesar, sino merced á los mismos defectos opuestos que radican en las partes constitutivas. A partir de ahí, se afirma que los principales caracteres ó propiedades de la Constitución inglesa, son inadaptables á los paises donde no existen materiales para una aristocracia. Así, se la estima como la sistematización más completa y más prudente, y sabia de los elementos políticos legados por la Edad Media á la gran mayoría de los Estados de la Europa moderna. Se cree que con esos materiales ninguna constitución podría ser mejor que la Constitución in- LA CONSTITUCIÓN INGLESA 4 lesa; pero al propio tiempo se admite que las partes esenciale s de esta Constitución no habrían podido edificarse sin ellos. Ahora bien; esos elementos no se encuentran sino en cierta época de la historia y en una región determina da. Los Estados Unidos de América, por ejemplo, no hubieran podido convertirse en un país monárquico, aun cuando la Convención constituyente hubiera decretado esta forma de gobierno y los Estados la hubieran ratificado. Ese respeto mtgtico y esa sumisión religiosa que forman la esencia de una verdadera monarquía, provienen de pensamientos y de sentimientos que ningún poder legislativo podría crear en ningún pueblo, fuera ésto el que fuese. Ese afecto casi filial hacia el gobierno, es cosa de herencia en absoluto, como el verdadero sentimiento filial en la vida ordinaria. No es cosa más difícil adoptar un padre que una forma monárquica; nuestro sentimiento por uno es tan poco susceptible de ser desenvuelto arbitrariamente, como nuestro afecto hacia la otra. Si la parte práctica de la Constitución inglesa no fuese más que la aplicación efectiva de materiales legados por la Edad Media, no tendría más que un in terés puramente histórico, y su realización actual seria poco menos que imposible. Un conjunto de instituciones tal como la Constitución inglesa, que ha tardado varios siglos en desenvolverse, y cuyo influjo es aún preponderante en una porción notable del mundo civilizado, no puede ser con venientemente expuesto sino á condición de hacer de él una división previa, una selección con la naturaleza misma del asunto. Las co nstituciones de ese género presentan siempre dos elementos distintos que no se pueden, ciertamente, separar con una rigurosa exactitud; porque las gran- ,,  • POR W. BAGEHOT  5 des concepciones se prestan poco al análisis. El primero de esos elementos comprende todo lo que produce y conserva el respeto de las poblaciones, lo que yo denominarla las partes imponentes; el segundo se compone de las partes eficientes, que dan á la obra el movimiento y la dirección. Hay dos grandes objetos que toda Constitución debe procurar conseguir, dos objetos maravillosamente logrados por todas las que han durado, y el renombre de las cuales ha llegado hasta nosotros. Una Constitución debe primero adquirir autoridad, y luego emplear esta autoridad; sólo cuando ha asegurado la fidelidad y la confianza de los hombres, es cuando debe sacar partido de ella para la obra gubernamental. Ciertos espíritus positivos, es verdad, no quieren para partes imponentes el mecanismo político. Todo lo que pedimos, dicen, es obtener resultados; hacer obras prácticas ; una Constitución es un conjunto de medios políticos con fines políticos; y si se admite que una parte cualquiera de la Constitución no es directamente práctica, ó que una rueda más sencilla podría desempeñar la misma función, equivale esto á reconocer que esta parte de la Constitución, por imponente y venerable que sea, es en realidad inútil Otros, que encuentran esta filosofía demasiado gro -'era, han propuesto argumentos sutiles para probar que esas partes imponentes de los antiguos gobiernos, son los elementos principales que han movido el mecanismo, y obran á la manera de apoyos de utilidad esencial, con lo cual procuran disimular los sofismas que sus adversarios, más francos, no temen presentar al desnudo. Pero esas dos escuelas están igualmente equivocadas. Las partes imponentes del gobierno son las que LA CONSTITUCIÓN INGLESA le dan fuerza y lo impulsan; las partes eficientes basta, que sepan emplear esos recursos. Por su encanto fascinador, forman los primeros .la parte esencial del gobierno cuya vitalidad garantizan. No tienen, es verdad, sino una importancia secundaria en la práctica, y podrían sin inconveniente ser reemplazados por un sistema más sencillo; pero forman, en cierto modo, los preliminares y la condición previa de la obra. No ganan la batalla, pero son quienes reclutan el ejército. Sin duda, si todos los súbditos de un mismo gobierno no pensaran más que en lo que les es útil, si tuvieran todos la misma idea de lo útil, si todos se propusieran obtener la misma cosa por los mismos medios, los elementos eficientes de una Constitución les bastarían, y no serian en manera alguna necesarias las partes accesorias destinadas á impresionar los espíritus. Pero el mundo en que vivimos está organizado muy de otro modo. El hecho más extraño, aunque sea el más cierto que hay en la naturaleza, es la desigualdad de desenvolvimiento de la raza humana. Lancemos una mirada retrospectiva sobre los tiempos primitivos de la humanidad; según ellos se nos presentan á través de las brumas de un pasado lejano; evoquemos la imagen de esas tribus miserables que habitaban las aldeas, lacustres ó los ríos desolados, apenas capaces de atender á las más vulgares necesidades de la vida material, arrancando árboles mediante un trabajo lento y difícil con sus útiles de piedra, preocupados con la tarea de rechazar los ataques de los animales feroces y g igantescos, sin cultura, sin descanso, sin poesía, casi sin pensamiento alguno, sin ninguna noción de moral, s in otra religión que una especie de POR W. RAGETÍOT  7 fetichismo; comparemos esta existencia, tal cual nos la imaginamos, con la vida actual de Europa; queda- . remos sorprendidos con el contraste enorme que resulta, y experimentaremos gran dificultad para convencernos de que nuestra raza desciende de esas razas desaparecidas en tiempos tan apartados. Habla antes un prejuicio muy difundido, que aunque poco visible á primera vista, estaba muy arraigado en el fondo de los corazones, y cuyo influjo latente ha dominado largo tiempo en la filosofía politica; creiase, generalmente, que al cabo de poco tiempo, en diez años acaso, los hombres podrían, sin recurrir á medios extraordinarios, llegar á un mismo nivel. Pero hoy que, con la dolorosa historia de la humanidad por delante, vemos de donde venimos, y que fué preciso un trabajo prolongado, circunstancias favorables, esfuerzos acumulados, para que el hombre llegase á merecer en alguna pequeña medida el nombre de civilizado, y cuando medimos la marcha laboriosa de la historia, la lentitud • de los resultados, nuestra inteligencia está mejor dispuesta á concebir la marcha lenta y gradual del progreso. En el seno de un gran país, como Inglaterra, tenemos masas de gentes, cuya civilización no es superior á la mayoría de los individuos que componían la mayoría de los hombres dos mil años antes que nosotros: hay otras, más numerosas todavía, cuyo estado intelectual es análogo, ó apenas superior, al de los espíritus cultivados que vivían hace siglos. En cuanto á las clases inferiores y á las clases medias, si se les compara con el tipo de educación que se proponen los diez mil miembros de la aristocracia, no ofrece más que la estrechez de espíritu, falta de inteligencia é indiferencia por el estudio. 14  LA CONSTITUCIÓN INGLESA es en América el hombre á quien los electores hacen el primer magistrado del país. La reina ó el rey está sólo á la cabeza de las partes imponentes que com. prende la Constitución; el primer ministro está á la cabeza de las partes eficientes. Según el adagio bien conocido, la corona es «la fuente de los honores»; pero la tesorería es la fuente de los negocios. Sin embargo, nuestro primer magistrado, difiere del primer magistrado americano, en cuanto no es elegido directamente por el pueblo, sino por los representantes del pueblo. Trátase de un ejemplo de doble elección. Una asamblea, elegida en principio para hacer leyes, tiene, en realidad, por función principal crear y conservar el poder ejecutivo. Después de elegido de ese modo, el primer ministro debe elegir á su vez sus colegas, pero su elección está circunscrita en un círculo fatal. La mayoría de los miembros que componen el Parlamento tienen en la posición obstáculos que le impiden entrar en el gabinete; algunos miembros, por el contrario, son llamados por su posición á formar parte de él. Entre la lista de aquellos que debe, casi obligatoriamente, tomar como colegas suyos, y la lista de aquellos que le esimposible denegar como tal, el primer ministro no goza, en cuanto á la formación de su gabinete, de una independencia de elección demasiado grande: esta independencia se ejercita más bien en la distribución de las funciones ministeriales, que es la elección de las personas. El Parlamento y la nación designan de una manera bastante clara qué hombres deben entrar en el gabinete, pero la designación no es tan clara en lo que se refiere al puesto que cada uno de ellos debe ocupar. Esta atribución que tiene el primer ministro lo con.- , del POR W. B./4E110T fiere un poder más considerable, aun cuando su ejercicio esté encerrado en limites imperiosos, y aunque la esfera sea menor de lo que parece en teoría ó vista á distancia. El gabinete, en suma, es una especie de centro de contención que el legislativo elige, entre las personas en quien tiene bastante confianza, y á quienes conoce lo suficiente para otorgarles el cargo de gobernar la nación. En cuanto á la manera particular de elegir los ministros y á la ficción según la cual, en el sentido político, éstos son los servidores del rey, y á la regla limitativa que obliga á elegir los ministros entre los miembros del legislativo, son otros tantos detalles que en el fondo tienen poca influencia sobre la constitución del gabinete, y son independientes de su naturaleza. El rasgo especial que lo caracteriza, es que el gabinete debe ser elegido por el legislativo de entre las personas de su agrado y que tienen su confianza. Na turalmente, la elección se inclina hacia sus propios miembros, pero no hay en esto un principio exclusivo. Un gabinete en el cual entrasen hombres que no fueran miembros del Parlamento, podría muy bien desempeñar toda su tarea. Y de hecho, los lores que en tan amplia medida forman parte de los gabinetes modernos, son los miembros de una asamblea, que hoy está sólo en segundo término. La Cámara de los Lores ejerce sin embargo, todavía, varias funciones útiles, pero el influjo directivo y la facultad de decidir, han llegado á ser cosa de la que, según el lenguaje de los antiguos tiempos, se llama aún Cámara baja, es decir, de una asamblea, que, inferior á la primera en cuanto institución imponente, le es superior como institución eficiente. Una de las ventajas principalés que posee la LA CONSTITUCIÓN INGLESA Cámara de los Lores, es precisamente ser una especie de reserva para los ministerios. A menos que se llegue á modificar la composición de la Cámara de los Comunes, ó bien á aflojar las reglas que obligan á elegir los ministros entre los miembros del Parlamento, seria sin duda difícil de encontrar, á falta de lores, un número suficiente de personajes para los principales puestos del ministerio. Pero no es nuestro propósito, por el momento, trazar los detalles relativos á la composición de un gabinete, ni precisar el sistema empleado para elegirlo. Lo que por ahora nos preocupa, sobre todo, es definir el gabinete. No vamos á detenernos en los accesorios, antes de conocer, lo principal y necesario. Un gabinete es un comité combinado de tal suerte, que sería como un lazo de unión, para acercar la parte legislativa á la parte ejecutiva del gobierno. Por su origen pertenece á una, por sus funciones á la otra. Uno de los puntes más curiosos de observación respecto del gabinete, es el de que se sepa tan poco lo que en él pasa. Sus reuniones no sólo son secretas en teoría, lo son en realidad. En el uso actual no se conserva acta oficial de ellas. Si se produjera en este respecto una nota de carácter privado, no encontrarla poder ni ayuda. La Cámara de los Comunes, aun cuando desee obtener mayores noticias, y esto, en las circunstancias más agitadas, no permitirla leer una nota que se refiriese á la discusión del gabinete. Ningún ministro respetuoso, para con las cosas fundamentales de la práctica gubernamental, intentaría leer una nota semejante. El comité que reune el poder da hacer la ;ey al poder encargado de ejecutarla, y 7 que, en virtud de esta combinación, se encuentra Con que es, mientras dura y se sostiene, el poder más con.- 16 POR W. BAGEHOT  17 siderable del Estado, en cuanto es enteramente secre- to, jamás se ha dado de sus sesiones una relación exacta y auténtica. Se dice, es verdad, que á veces esas reuniones ofrecen un tanto el aspecto de las sesiones que tienen los consejos de directores, que todos hablan y que se escucha poco; pero no se sabe nada de eso (1). Un gabinete, aun siendo como es comité de una asamblea legislativa, se encuentra revestido de poderes que jamás, á no ser por virtud del influjo de la tradición y de los resultados felices de la experiencia, hubiera osado una asamblea delegar en un comité. Ese comité puede disolver la asamblea que lo ha nombrado; tiene un veto suspensivo, y, aunque nombrado por un Parlamento, puede hacer un llamamiento á otro. Cierto es, que, teóricamente, el poder de disolver el Parlamento, es un privilegio del soberano; y aun se duda, si en todos los casos en que el gabinete pide al soberano que disuelva el Parlamento, está obligado á hacerlo. Pero aparte las circunstancias de detalle y de excepción que provocan la duda, el gabinete que ha sido elegido por una Cámara de los Comunes, puede hacer un llamamiento á la Cámara de los Comunes que la sucede. Asi, pues, el comité principal de un legislativo puede disolver la parte predomi- (1) Se decía que al final de la reunión, en la cual el gabinete resolvió imponer un derecho fijo sobre los cereales, lord Melbourne se acercó á la puerta y dijo: «Bueno, si se debe no rebajar el precio de los cereales, importa poco que digamos esto ó aquello, lo que importa es entendernos y terminar.» Tal es la relación más detallada que yo he oído hacer de una sesión ministerial, pero no puede garantirse su exactitud. Lord Melbourne es un personaje á costa de quien se han inventado muchas anécdotas . 2 18  LA CONSTITUCIÓN INGLESA nante del mismo, y de hecho, en ocasiones criticas, el legislativo . El sistema inglés, no consiste, por tanto, en la absorción del poder legislativo por el poder ejecutivo, consiste en su fusión, ó bien el gabinete hace la ejecuta, ó bien puede disolver la Cámara. la ley y Es como una criatura que tiene el poder de aniquilar á sus creadores; es un poder ejecutivo que puede aniquilar el legislativo, á la vez que un poder ejecutivo que el legislativo ha elegido; y aunque de él provenga puede ejercer sobre él una acción destructiva. Esta función del poder ejecutivo y del poder legislativo, puede parecer á quienes no han reflexionado lo bastante, demasiado simple y demasiado mezquina, para explicar el mecanismo latente y la eficacia secreta de la Constitución británica; pero no puede apreciarse su importancia real, sino observando algunos de sus efectos principales, y comparando ese sistema con el gran sistema rival, cuya marcha parece, si no ,se tiene cuidado, destinada á adelantarse á la suya en el mundo. El sistema rival á que me refiero, es el sistema presidencial. El rasgo característico de este sistema es el de que el presidente es elegido por el pueblo de una cierta manera, y la Cámara de Representantes de otra. La independencia mutua del poder legislativo y del ejecutivo, es la cualidad distintiva del gobierno presidencial, mientras que, por el contrario, la fusión y la combinación de sus poderes sirve de principio al gobierno de gabinete. Ante todo comparemos esos dos gobiernos en los m omentos de calma. En un periodo de civilización, las n ecesidades de la administración exigen que se hagan cont inuamente leyes. Uno de los objetos prin- POR W. BAGEHOT  19 cipales de la legislación, es la fijación de los impuestos . Los gastos de un gobierno civilizado varían sin cesar; deben variar si el gobierno cumple con su deber. Los diversos estados ó cómputos del presupues- to inglés, presentan gran número de artículos que varían según las necesidades del momento. La instrucción, la disciplina de las prisiones, las artes, las ciencias, una porción de detalles del servicio civil, requieren más ó menos dinero cada alto. Los gastos de defensa, los de la marina y del ejército, varian más aún, según que el peligro de un ataque parezca más ó menos inminente, según que los medios de evitar ese peligro resulten más ó menos costosos. Si las personas encargadas de atender á todas esas necesidades no son las que hacen las leyes, habrá antagonismos entre las unas y las otras. Los que deberán señalar el tanto de las tasas, estarán de seguro en conflicto con los que reclamaran su establecimiento. Y habrá así una parálisis en la:acción del poder ejecutivo falto de las leyes necesarias, y:error en la del legislativo, pero no tener responsabilidad; el ejecutivo no es ya digno de ese:nombre, desde el momento en que no pueda ejecutar lo que decida; el legislativo, por su lado, resultará desmoralizado por su misma independencia, que le permite tomar ciertas decisiones, capaces de neutralizar las del poder rival. En América se ha reconocido tan bien esta dificultad, que se ha producido un lazo de unión entre el legislativo y el poder' ejecutivo. Cuando el secretario del tesoro del gobierno federal necesita un impuesto, consulta al efecto al presidente del comité financiero del Congreso. No puede acudir él mismo al Congreso y proponer el establecimiento del impuesto que le es necesario; únicamente puede dirigirse por escrito á 20  LA CONSTITUCIÓN INGLESA aquél. Pero obra de suerte que el presidente del comité financiero sea un partidario del impuesto; por medio del presidente procura que el comité lo recomiende, y por medio del comité se esfuerza por obtener que la Cámara adopte el impuesto que desea. Semejante cadena de intermediarios está muy expuesta á soluciones de continuidad; puede ser suficiente para un impuesto aislado en circunstancias favorables; pero difícilmente resistirá en el caso de un presupuesto complicado. Sin referirnos por el momento á los tiempos de guerra ó de rebelión, ya que nos limitamos ahora á comparar el sistema de gabinete y el sistema presidencial en los momentos de calma, ¿qué ocurrirá en los momentos de crisis financieras? Jamás dos inteligencias, aun siendo de las escogidas, se han puesto de acuerdo acerca de un presupuesto. Tenemos la prueba de esto actualmente, en la manera cómo un canciller del Echiquier indio, trata la hacienda inglesa en Calcuta, y aquella cómo un canciller del Echiquier inglés, trata de la hacienda india en Inglaterra. Jamás concuerdan sus cifras, y sus ideas son rara vez las mismas. Se ha suscitado entre ellos una controversia muy agria, que ha divertido á, las gentes, y hay seguramente otras no menos interesantes, escondidas en el vasto conjunto de nuestra correspondencia anglo-india. Relaciones de ese género tienen que existir por necesidad entre el jefe de un comité financiero y el legislativo y un ministro de Hacienda elegido por el ejecutivo (1). No pueden menos de encontrarse en conflicto, y el resultado de este conflicto no puede, en (1) Conviene hacer notar que aun durante la corta existencia del gobierno confederado, esos inconvenientes se han revelado de una manera saliente. Uno de los últimos inciden- POR W. BAGEHOT  21 verdad, aprovechar á ninguno de ellos. Por otro lado, cuando los impuestos no producen todo lo que se esperaba ¿quién será el responsable? Quizá el secretario del Tesoro no ha podido conquistar al presidente del comité por la persuasión: quizá éste no ha podido convencer al comité; acaso el comité no ha logrado persuadir á la Asamblea. ¿A quién, pues, castigar, quién responde cuando los recursos no alcanzan? Sólo puede ser censurada una Asamblea legislativa, reunión numerosa de personas diversas, que es dificil castigar y que están adornadas á su vez con el derecho de castigar. La parte financiera de una administración no es la única que en una época civilizada necesita ser auxiliada constantemente y acompañada por una legislación para desempeñar fácilmente su tarea. Todas las partes de la administración están en el mismo caso. En Inglaterra, en un momento grave, el gabinete puede forzar la mano al legislativo, con la amenaza de dimitir ó con la disolución: pero ninguno de esos dos medios es practicable en un gobierno presidencial. En efecto ; en este sistema el legislativo no puede ser disuelto por el ejecutivo, y no tiene nada que ver con la dimisión; porque no es el encargado de encontrar un sucesor al dimisionario. Así, cuando surge una diferencia de opinión entre ellos, el poder legislativo está obligado á combatir al ejecutivo y el ejecutivo á combatir al legislativo: y la lucha debe durar, probablemente, hasta el día en que expiren sus funciones respectivas (1). tes que se produjeron en el Congreso de Richmond fué una correspondencia financiera con Jefferson Davis. (1) Dejo este párrafo tal como estaba antes de Mr. Lincoln, y cuando todos decían que Mr. Johnson seria muy hostil al Sur. 22  - Sin embargo, hay una circunstancia en la cual ese, cuadro, aunque bastante aproximado á la verdad, no tiene una exactitud absoluta: ocurre ella cuando no hay ningún objeto motivo de conflicto posible. Antes. de la rebelión en América, gracias á la distancia que separaba á los distintos Estados, gracias también á la feliz condición económica del país, habla pocos asuntos capaces de motivar conflictos importantes: pero si. un gobierno de ese género hubiera tenido que pasar por las pruebas que la legislación inglesa ha sabido sufrir en los treinta últimos años, el antagonismo de los dos poderes, cuya cooperación constante es necesaria en el mejor gobierno, no hubiera dejado de producirse con mucha más fuerza. Y no es ese el peligro peor. Los gobiernos de gabinete son educadores de los pueblos: los gobiernos presidenciales no lo son, y además, pueden corromperlos. Se ha dicho que Inglaterra habla inventado la fórmula aquella d «La oposición de Su Majestad»; fué el primero de los Estados que habla reconocido que el derecho de criticar la administración, es un derecho tan necesario en la organización política como la administración misma. Esta oposición que tiene el encargo de hacer la critica, acompaña necesariamente al gobierno de gabinete. ¡Qué teatro más magnifico para los debates, qué maravillosa escuela de instrucción popular y de controversias políticas ofrece á todos una Asamblea legislativa! Un discurso pronunciado por un hombre de Estado eminente, un movimiento de partido que produce 'una gran combinación política, he ahí los mejores procedimientos conocidos hasta el día para despertar, animar é instruir á un pueblo. El sistema de gabinete engendra de seguro tales debates, porque constituye LA CONSTITUCIÓN INGLESA POR W. BAGEHOT  23 un medio para que los hombres de Estado se señalen para el porvenir, ó bien que sirva para fortificar la posición que ocupan en el gobierno. Ese sistema excita á los hombres de talento á tomar la palabra, y les proporciona ocasiones de hablar. Las peripecias que, deciden de la suerte de un gabinete consisten en votaciones precedidas de hermosas discusiones. Todo lo que merece ser dicho, todo lo que se debe decir, no dejará de ser expuesto. Los hombres de convicción se creen obligados á persuadir á los otros; los egoístas gustan de presentarse de modo que se les vea: el país oye así forzosamente exponer á las dos partes, y quizás á todas las partes, de la cuestión que le interesa. Y escucha con gusto esto, deseoso de instruirse. Por su naturaleza, el hombre desdeña los argumentos largos, cuando no conducen á nada, los grandes discursos que no van seguidos de ninguna resolución, las disertaciones abstractas que no tocan en los hechos y los deja inmóviles. Pero se buscan y gustan los grandes resultados, y el cambio de una administración es seguramente un gran resultado. Ese resultado tiene una porción de ramificaciones, todo el cuerpo social está penetrado por ella, hay en el cambio materia de esperanza para los unos, de decepciones para los otros. Es uno de esos acontecimientos graves que, por su grandeza dramática, ejercen en el espíritu una impresión á veces demasiado fuerte. Ahora bien; los debates que tienen un desenlace tal ó que pueden tenerlo, ¿no es seguro que llamarán la atención pública y que pane- 1  trarán profundamente en el espíritu nacional? Los viajeros que en América han recorrido los mismos Estados del Norte, es decir, el gran país donde obra por excelencia el gobierno presidencial, han observado que la nación no siente un gusto muy pronun- LA CONSTITUCIÓN INGLESA para que sea útil esbozarlas aquí. No es el elegido de la nación, es el designado por los manipuladores electotorales. Un vasto cuerpo constituyente, en los tiempos de calma, está necesaria, y puede decirse que legítimamente, sometido á la acción de los movimientos electorales; un simple elector no puede estar seguro de su voto útilmente, si no forma parte de alguna gran organización; y si forma parte de ella, abdica de su capacidad electoral en favor de aquellos que dirigen la asociación. La nación llamada á elegir por sí misma, sería, hasta cierto punto, poco hábil para la empresa, pero si ocurre que no eligiendo directamente por sí misma, vota á voluntad de agitadores ocultos, se parece entonces á un hombre corpulento y perezoso cuyo espíritu es estrecho y viciado; este hombre marcha lenta y pesadamente, pero su marcha le lleva á la ejecución de algún mal designio: su espíritu tiene pocas ideas, pero entre ellas las hay malas. Aparte de que la nación es menos apta para hacer una elección que el Parlamento , la materia sobre la cual esa elección puede recaer, es también de calidad inferior. Se ha censurado mucho á los poderes legislativos americanos del siglo XVIII por no haber cons(ntido á los ministros del presidente ser miembros del Congreso; pero, desde su punto de vista, semejante decisión indicaba previsión y cordura. Querían mantener una separación absoluta entre el poder legislativo y el poder ejecutivo; creían que era esto necesario para la existencia . de una buena constitución; pensaban que una distinción tal existía en la constitución inglesa, que los más hábiles de ellos consideraban como la mejor de todas las constituciones. Y para mantener bien semejante separación, es preciso nece 30 • :-1 • POR W. BAGEHOT  31 sariamente excluir de la Asamblea legislativa á los ministros del presidente. Si no se les excluye se convierten en el ejecutivo y eclipsan al presidente mismo . Una Cámara legislativa es por naturaleza ambiciosa; domina hasta donde puede á los demás poderes y les hace todas las menos concesiones que les sean posibles. Las pasiones de sus miembros son las que la dirigen; la facultad de hacer las leyes, que en materia de gobierno, es la más comprensiva de todas, le sirve de instrumento; se apoderará, si le es posible, de la administración. Por consiguiente, según ese principio, los fundadores de los Estados Unidos han tenido razón para prohibir á los ministros la entrada en el Congreso. Pero aunque esta exclusión sea indispensable en el sistema presidencial, no deja de ser un gran mal. Entraría la degradación de la vida pública. Un miembro del legislativo debe tener otro horizonte más amplio que el que supone el simple placer de pronunciar algunos discursos: á menos de estar excitado por la esperanza de tomar parte en la politica activa y á no sentirse responsable, un hombre de primer orden no sentirá gran satisfacción en sentarse en una Asamblea, ó bien hará en ella bien poca cosa. Pertenecer á una sociedad de debates literarios que es sencillamente el apéndice de un poder ejecutivo—y es esto una imagen aproximada, de un Congreso bajo la constitución presidencial—he ahí un objeto que no sirve gran cosa para provocar una noble ambición, he ahí una situación propia para suscitar la pereza. Los miembros de un Parlamento, si resultan excluidos de los negocios políticos, no pueden ponerse en linea de comparación, ni, mucho menos, marchar á la par, con los miembros de ese Parlamento cuando éstos pueden ser llamados á intervenir en la vida de la administración. 32  LA CONSTITUCIÓN INGLESA Por su naturaleza misma, el gobierno presidencial divide la vida política en dos mitades distintas, la una puramente ejecutiva, la otra legislativa. Esta división hace que una y otra no merezcan que un hombre se consagre á ellas como á una carrera continuada, y que absorban, como ocurre en el gobierno de gabinete, toda su alma. Los hombres de Estado, entre los cuales la nación tiene derecho á elegir bajo el gobierno presidencial, son de una calidad muy inferior á aquella con que los ofrece el sistema de gabinete; y el cuerpo electoral, encargado de elegir la administración, es también mucho me, tos esclarecido. Todas esas ventajas tienen mucha más importancia en los momentos críticos, porque la acción gubernamental tiene entonces un interés de mayor gravedad. Una opinión pública bien formada, un legislativo respetable, hábil y disciplinado, un ejecutivo convenientemente elegido, un Parlamento y una administración que no se molestan mutuamente, sino más bien cooperan juntos, son grandes ventajas, cuya importancia es más grande aún, cuando se tienen entre manos graves negocios, que cuando se trata sólo de asuntos de poca entidad; más grande cuando se tiene mucha tarea, que cuando se trata de una tarea de carácter fácil. Pero añádase, además, que un gobierno parlamentario, en el cual hay constituido un gabinete, posee todavía otro mérito particularmente útil en los tiempos muy tempestuosos; tiene á su disposición lo que puede llamarse una reserva de poder muy bien preparada, para obrar cuando lo exijan circunstancias extremas. El principio del gobierno popular es, que el poder supremo, capaz de determinar las corrientes políticas, POR W. BAGEHOT  s g reside en el pueblo, no necesaria ni ordinariamente en el pueblo todo entero, ni en la mayoría numérica, sino en el pueblo elegido y puesto aparte. Así ocurre en Inglaterra y en todos los países libres. Bajo un gobierno de gabinete, en una ocasión extraordinaria, ese pueblo puede elegir un hombre á la altura de las circunstancias. Es posible, y hasta probable, que semejante hombre no haya sido llamado al poder hasta entonces. Esas grandes cualidades, el dominio de la voluntad, la energía decisiva, la rapidez en el golpe de vista, que tanto importan é influyen en los instantes críticos, no son necesarias y hasta pueden no convenir en los tiempos normales. Un lord Liverpool sirve mejor para la política de todos los días que un Chatham, un Luis Felipe que un Napoleón. El mundo está hecho de una manera tal, que cuando sobreviene una tempestad peligrosa, es preciso cambiar de timonel, sustituir el piloto de los tiempos de calma por el de los tiempos tempestuosos. En Inglaterra hemos tenido tan pocas catástrofes, después que nuestra Constitución ha llegado á su madurez, que apenas si nos damos cuenta de esta excelencia latente. No hemos tenido necesidad, para dirigir una revolución, de un Cd.vour, si se me permite citar como modelo este hombre, hecho como ninguno á la altura de las circunstancias; y por un medio natural y legal hemos vuelto al orden. Pero aun en la misma Inglaterra, en el momento que en estos últimos años hemos estado más próximos á una gran crisis, en el momento de los asuntos de Crimea, hemos acudido á ese recurso. Hemos derribado el gabinete Aberdeen, el mejor quizá que ha-habi- do después del acta de reforma, y que era un gabinete, no sólo conveniente, sino eminentemente apropiado á todo género de situaciones difíciles, aun la que había 3 34  LA CONSTITUCIÓN INGLESA que resolver entonces; un gabinete que para la paz era excelente, y al cual no faltaba más que un poco de malicia, y se elevó al poder á un hombre de Estado que tenia el mérito necesario para el caso; un hombre que se siente firmemente apoyado por Inglaterra, y advierte que la potencia va detrás de él, marcha sin vacilación y pega sin detenerse. Como entonces se decía «hemos dejado al cuákero y tomado al luchador». 13-Ljo un gobierno presidencial, nada semejante es posible. El gobierno americano se vanagloria de ser el gobierno del pueblo soberano; pero cuando llega una crisis inesperada, circunstancia en la cual el uso de la soberanía es absolutamente necesario, no se sabe dónde encontrar al pueblo soberano. Hay un Congreso elegido por un periodo fijo, que puede dividirse en fracciones dadas, cuya duración no se puede ni retrasar ni precipitar; hay un presidente elegido por un periodo de tiempo fijo, é inamovible durante todo ese tiempo ; todos los arreglos y acomodamientos están previstos de una manera determinada. Nada de elástico hay en todo eso; antes por el contrario, todo está especificado y señalado. Ocurra lo que ocurra, no puede precipitarse nada ni puede detenerse nada. Es un gobierno de antemano impulsado, y que venga bien ó no, que cumpla ó no las condiciones queridas, la ley obliga á conservarlo. En un país que tuviera relaciones extranjeras complicadas con esa fijeza de gobierno, ocurriría la 'mayoría de las veces que durante el primer año de una guerra, es decir, durante el ato más critico, se tendría un jefe de gabinete nombrado para la época de paz, y que el primer año después del establecimiento de la paz, estaría en el poder un jefe de gabinete elegido para el período de la guerra. En uno y otro caso el POR W. BAGEHOT  35 periodo de transición seria dirigido fatalmente por un hombre elegido, no para sostener el orden de cosas que inaugura, sino para el tiempo contrario ; este hombre de Estado habría sido nombrado para seguir una politica, el abandono de la cual, se le impondría  kig  por los acontecimientos, y no para seguir la que pre-  ik  valece con su administración. Toda la historia de la guerra civil en América, historia que viene á aclarar el mecanismo de un gobierno presidencial en las coyunturas en que el arte de la guerra tiene más importancia, no es más que una vasta y larga serie de pruebas en apoyo de esas reflexiones. Sin duda seria absurdo atribuir en principio al gobierno presidencial la excepcional anomalía,  kit  que ha procurado el advenimiento del vicepresidente  11'  Johnson á la presidencia, confiando así á un hombre  )1  elegido para una sinecura, las funciones administrad-  5  vas más importantes del mundo político. Semejante defecto, aun cuando revela al propio tiempo el verdali doro pensamiento de los que han hecho la Constitución (1) y el lado débil del mecanismo, no es más que 111 un accidente propio de esta variedad de gobierno presidencial, y no un elemento esencial del sistema. 1/ 9 '  Pero, en cambio, la primera elección de Lincoln no ofrecía esta particularidad: ha mostrado de una ma- 1  nera saliente y notable, el juego natural del sistema (1) En la intención de los autores de la Constitución federal, la elección del colegio electoral debía llevar á la vicepre_ sidenci g al hombre que, después del presidente, ofreciese por su habilidad política una garantía al país. Sin embargo, como lavieepresidencia es, en rigor, una sinecura, se eleva á ella como de contrabando, de ordinario algún espíritu a Ilocenado pero que sabe manejar 1 , )s resortes electorales. Las probabilidades que tiene de suceder al presidente son demasiado lejanas para tomarlas en cuenta. 36  LA CONSTITUCIÓN INGLESA es una gran ocasión, y este modo de obrar puede resumirse con estas palabras: eso es gobernar para lo desconocido. Casi nadie en América tenia la menor idea. de lo que podría ser Lincoln ni de lo que podía hacer. Bajo el gobierno de gabinete, por el contrario, los principales hombres de Estado son familiarmente conocidos de todos, no sólo por sus nombres, sino por sus ideas. No siempre resulta con una semejanza fiel, pero si resulta siempre grabado de un modo profundo en el espíritu público el retrato de hombres como Gladstone ó Palmerston. Ni imaginamos siquiera que pueda confiarse el ejercicio de la soberanía á un desconocido. Sólo la idea de designar á gentes desconocidas, que pudieran ser medianías, para atender á las eventualidades desconocidas que acaso alcancen importancia, nos parece sencillamente ridícula. Ciertamente, Lincoln resultó ser un hombre, si no de gran capacidad, á lo menos de muy buen sentido. Tenía un fondo de naturaleza puritana que era el fru- to de algunas pruebas y que no dejaba de tener sus encantos. Pero el éxito de la lotería no es argumento en pro de los juegos de azar. ¿Qué probabilidades había para que un hombre de los antecedentes de Lincoln y elegido en las condiciones que lo había sido, diera de sí todo cuanto luego dió de si? Y sin embargo, este estado de incertidumbre es lo ordinario en el gobierno presidencial. El presidente se nombra en él por un procedimiento que hace imposible la elección de personajes conocidos, fuera de determinadas circunstancias particulares y en los momentos en que el espíritu público escitado se decide y manifiesta imperiosamente. Por lo tanto, si sobreviene una crisis inmediatamente después de la I •7 POR W. BAGEHOT  37 elección presidencial, se tiene lo desconocido por gobierno y el cuidado de conjurar esta crisis se deja á lo que nuestro gran satírico hubiera llamado «el hombre de Estado X». Aun en los mismos tiempos de calma, el gobierno presidencial, por las razones diversas que dejamos enumeradas, es inferior al gobierno de un gabinete; pero la dificultad que puede presentarse entonces, no es nada en comparación de lo que pueda ella ser en los tiempos de agitación. Los defectos relativos de un gobierno presidencial, son mucho menores en la vida normal y corriente, que lo serán en momentos de perturbación inesperados y repentinos la falta de elasticidad, la imposibilidad de la dictadura, la to • tal falta de una reserva revolucionaria. Este contraste explica por qué la cualidad saliente que poseen los gobiernos de gabinete, tiene una importancia tan preponderante. Voy ahora á indicar qué naciones pueden tener un gobierno de ese género y bajo qué forma existe en Inglaterra. CAPITULO II EL GOBIERNO DE GABINETE. -SUS CONDICIONES PREVIAS: SU FORMA ESPECIAL EN INGLATERRA El gobierno de gabinete es una cosa rara, porque necesita un gran número de condiciones previas. Exige la coexistencia, en una nación, de varios caracteres que no se encuentran con frecuencia en el mundo, y el análisis de los cuales debería hacerse con algún mayor cuidado del que suele emplearse. Imaginase que una cierta inteligencia y algunas virtudes simples son las condiciones que bastan para el caso. Sin duda, esas cualidades intelectuales y mo• rales son necesarias, pero hay muelas otras cosas necesarias también. Un gobierno de gabinete es el gobierno de un comité elegido, por un legislativo, por lo que debe reunir condiciones de dos órdenes: primeramente las que son esenciales, por su naturaleza, á todo gobierno electivo; y en segundo lugar, las que reclama ese género particular de gobierno electivo. Hay condiciones previas comunes al género y otras condiciones particulares á la especie. La primera condición previa que supone un gobierno electivo es la confianza mutua de los electores. Acostumbrados á aceptar por gobernantes ministros elegidos, nos inclinamos á pensar que el mundo ente- POR W. BAGEHOT  39 111111...  ro recibirá ó aceptará disposiciones análogas. El estado de nuestros conocimientos y, la civilización, han hecho en nosotros bastantes progresos para que instintivamente y sin razonar, casi sin tener de ello conciencia, concedamos á un cierto número de personas el derecho de elegir nuestros gobernantes. Nos parece esto la cosa más sencilla del mundo. Y, sin embargo, es una de las más graves. Lo que particularmente indica el estado de semibarbarie en un pueblo es el sentimiento general de desconfianza y la tendencia á sospechar que en él se advierten. Los hombres, aparte circunstancias felices de tiempo y de país, tienen fuertes raíces en el suelo natal: piensan como en él se piensa, y no pueden sufrir otra manera de pensar. La misma parroquia cercana es para ellos un objeto de sospechas: sus habitantes tienen usos que, por tener diferencias imperceptibles, comparadas con los suyos, se estiman diferentes: tienen su acento particular, emplean ciertas palabras que les son propias, la tradición les atribuye una fe equívoca. Y si la parroquia vecina suscita de un modo tales sospechas, el condado próximo se presta á muchas más todavía. Sellálanse en los comienzos como de máximas nuevas, de pensamientos nuevos, de nuevos hábitos; este limite, que de tiempo inmemorial separa los dos condados, hace presentir la existencia de un mundo extraño. Si respecto del condado vecino hay todas esas prevenciones, respecto de los condados lejanos la desconfianza es absoluta. «De allí vienen los vagabundos»; he ahí todo lo que de ello se sabe, y no se conoce nada más. Los habitantes del Norte hablan un dialecto que no se parece al dialecto de los del Sur: tienen otras leyes, otra aristocracia, otra vida, en suma. En las épocas 46  LA CONSTITUCIÓN INGLESA mejorar esta Cámara. No pensamos en este momento ni en la perfección, ni en lo que puede ser excelente, limitándonos sólo á investigar las condiciones de capacidad. Esas condiciones son dos: primeramente es necesario tener un buen poder legislativo; luego es preciso conservarlo bueno. Esos dos problemas no tienen un enlace tan intimo como pudiera creese á primera vista. Para conservar una Asamblea legislativa en todo su valor, es preciso darla un trabajo serio como ocupación. Que se emplee la mejor de las Asambleas en no hacer nada, y los miembros de tal Asamblea discutirán sobre nada. Cuando se zanjan las grandes cuestiones, comienzan los pequeños partidos. Y así el Estado más feliz, si tiene pocas leyes nuevas que hacer, pocas leyes antiguas que derogar y relaciones extranjeras poco complicadas, tropezará con dificultades graves para dar un buen empleo á su legislativo. Como éste no tenga nada que decretar, ni nada que regular, corre el riesgo, á falta de mejores asuntos que ventilar, de entregarse á disputas y querellas acerca de la parte de su tarea que á las elecciones se refiera. Ocuparán todo su tiempo las discusiones relativas á los ministerios, y ese tiempo podrá ser muy mal empleado: una serie continua de administraciones débiles, incapaces de gobernar y muy poco adecuadas para el manejo de los intereses públicos, he ahí lo que surgirá en lugar de lo que un gobierno de gabinete debe procurar cuando funciona bien, es decir, un número suficiente de hombres capaces que se mantienen en el poder el tiempo necesario para desplegar sus facultades. No es tarea fácil determinar la suma de asuntos que, sin tener que ver con las elecciones, deben con- POR W.' BAGEHOT  47 fiarse á un Parlamento, encargado de elegir el Ejecutivo. No hay ni cifras ni estadísticas en la teoría de las Constituciones. Todo lo que puede decirse, es que un Parlamento, si tiene pocos asuntos de que tratar, no puede ser tan bueno como un Parlamento en el cual los asuntos son numerosos ; merece que no sea aquél mejor que este último en todos los demás respectos. Un Parlamento mediano mejora mucho en el roce de los asuntos, pero si no tienen negocios importantes en que ocuparse, debe ser intrinsecamente d3 una naturaleza perfectamente superior, para no sefialar su existencia de una manera deplorable. Si es difícil conservar una Asamblea legislativa en buen estado, es evidentemente más difícil obtenerla tal desde luego. Dos clases de naciones son aptas para elegir un buen Parlamento. Figura, en primer lugar, la nación donde el pueblo es inteligente y goza de bienestar. Allí donde no hay lo que se llama la pobreza honesta, allí donde la educación está difundida y donde la inteligencia política es común, nada más fácil para la masa popular que elegir una buena Asamblea legislativa. Los rasgos principales de este ideal se presentan en las colonias inglesas de la América del Norte y en todos los Estados libres de la Unión. Esos paises no conocen la pobreza honesta: el bienestar material se obtiene allí en un grado que nuestros pobres de Inglaterra no se imaginan, y se obtiene fácilmente con salud y trabajando. La educación está muy extendida y se difuL de rápidamente. Los emigrantes que parten del viejo mundo, ignorantes, al llegar á su nueva patria, tienen á menudo ocasión de apreciar las ventajas intelectuales de que ellos mismos están desprovistos, y sufren las consecuencias de su inferioridad en un pais en el cual sólo la educación elemental es común. 48  LA CONSTITUCIÓN INGLESA La mayor dificultad que se experimenta en regiones tan nuevas, consiste únicamente en cosas que provienen de la geografía; en general, la población está diseminada, y dondequiera que la población está diseminada la discusión resulta difícil. Pero aun en un país muy grande como los que contamos en Europa, un pueblo realmente inteligente, realmente bien educado, que goce realmente de bienestar, formaría pron- to una buena corriente de opiniones. No puede ponerse en duda que algunos Estados de Nueva Inglaterra, si constituyesen un país separado , tendrían una educación, una capacidad política y una inteligencia medias, tales como no ha poseído jamás la mayoría en un pueblo tan numeroso. En un Estado de ese género, donde el pueblo es capaz de elegir una Asamblea legislativa, es posible y acaso hasta fácil elegir una. Si los Estados de Nueva Inglaterra formasen una nación separada con un gobierno de gabinete, lograrían consolidar en el mundo, por su sagacidad política, una reputación igual á la que tienen ya, en virtud de su prosperidad general. La estructura de esos Estados, está ciertamente fundada en el principio de la igualdad, y es imposible que ningún Estado de ese género pueda satisfacer por entero y de una manera segura á un teórico político. En todos los Estados del antiguo mundo, la igualdad no es más que una ficción legal casi siempre en desacuerdo con los hechos. Teóricamente, todos los hombres tienen los mismos derechos políticos y no pueden ejercitarlos más que si tienen una prudencia igual. Pero en los comienzos de una colonia agrícola, esta hipótesis está tan cercana á la verdad cuanto lo exigen las necesidades de la política. En un país de ese género, no hay grandes propiedades, ni grandes capitales, ni POR W. BAGEHOT  49 clases aristocráticas, cada cual tiene su bienestar y su vida' sencilla, y nadie es superior á su vecino. La igualdad no se ha establecido artificialmente en una colonia nueva: ha surgido por si misma. Cuéntase que entre los primeros colonos de la Australia occidental, 111 1 algunos, que eran ricos, arrendaron obreros y pretendieron darse el lujo de tener coches para pasearse. /11  Pero pronto tuvieron que plantearse el problema de 111 si podrían arreglarse de manera que tuvieran que vi- 111 vir en sus carruajes. Antes de que las casas de sus amos Ild  hubieran sido construidas, los obreros se hablan mar- 111  chado, edificaban casas para si propios y cultivaban 1/1 • por si mismos sus tierras. Ignoro si el hecho ha pasado tal como se cuenta; en todo caso, hechos de ese género han ocurrido miles de veces. A menudo se ha intentado trasplantar á las colonias, con sus diversas clases, la imagen de la sociedad inglesa; y siempre se ha fracasado desde el primer momento. Las clases groseras, bajas, pronto han sentido cb que eran iguales á las clases colocadas en lo alto de la escalad bien que les eran superiores ; han cambiado de posición dejando á las otras arreglárselas á su mo- e  do; y faltando asi la base de la pirámide, lo alto se ve-- 0  lila á tierra inmediatamente, desapareciendo. En la infancia de una colonia agricola, tenga á no una democracia politica, hay necesariamente una democracia social; la naturaleza se encarga de crearla con el con- 111  curso del hombre. Pero con el tiempo, con el aumento de riqueza, la desigualdad comienza. A y sus hijos son industrosos y prosperan : B y los suyos son hol- /,1  gazanes y fracasan. Si se establecen grandes manu- P1   facturas y la mayoría de los pueblos jóvenes tienden á establecerlas aun por medio de derechos protecto- 10  res, la tendencia á la desigualdad aumenta más y /P I  4 50  LA CONSTITUCIÓN INGLESA más. Sólo el capitalista llega á conseguir una gran fortuna; sus obreros, en cambio, forman la muchedumbre que tiene escasos recursos. Después de algunas generaciones bien formadas se crean varias diversidades de clases, surgiendo un millar de aristócratas ó algunas docenas de mil que componen una clase cuya educación es superior, en medio de un gran pueblo cuya educación es ordinaria. En teoría, es deseable que esta clase que tiene más riqueza y dispone de más tiempo, tenga un influjo grande: una Constitución perfecta encontrará un hábil recurso para conceder á las ideas delicadas de esta clase una acción potente sobre las ideas más groseras de la muchedumbre, pero en la marcha presente del mundo, cuando toda la población de un pais está tan instruida y es tan inteligente como ocurre en el caso que he supuesto, no tiene por qué preocuparse con resolver semejante problema. Los grandes Estados, casi nunca, como no sea en los momentos de transición, han sido gobernados por la aristocracia del pensamiento; y si se consigue que se dejen gobernar por un pensamiento de una capacicidad conveniente, ya hay motivo para felicitarse. Se habrá conseguido más de lo que podía esperarse, y aún se pudiera esperar más. En todo caso, un Estado isocrático, es decir, donde todos votan y donde todos votan de la misma manera, puede, si la educación es sólida y la inteligencia está difundida, ofrecer cierta materia para un gobierno de gabinete. Cumple con la condición esencial del sistema, porque tiene un pueblo capaz de elegir un Parlamento encargado de elegir á su vez el poder ejecutivo. Supongamos el caso en que la masa del pueblo no es capaz de elegir el Parlamento, que es lo que ocu- AJA POR W. BAGEHOT  51 rre en la mayoría de las naciones, pues la excepción de ésta regla es muy rara: ¿cómo entonces ha de ser posible un gobierno de gabinete? Entonces es posible sólo á los pueblos que yo llamarla respetuosos. Se ha mirado el hecho como extraño, pero es una gran verdad, que hay naciones en las cuales la multitud, menos hábil políticamente que el pequeño número de privilegiados, debe ser gobernada por ellos. La mayoría numérica, sea por hábito, sea con propósito deliberado, no importa, está dispuesta hasta con gran calor á delegar el poder de elegir un gobernante á una minoría escogida. Abdica en favor de esta minoría escogida, y obedece sin esfuerzo á quienes tienen la confianza de esta aristocracia intelectual. Reconoce, como sus electores de segundo grado, encargados como tales de elegir sus gobernantes, los miembros de una minoría bien educada capaz y que no encuentra resistencia; otorga una especie de mandato á algunas personas que le son superiores, que pueden elegir un buen gobierno y á las cuales no se hace oposición. Una nación en circunstancias tan felices, presenta medios singularmente ventajosos de organizar un gobierno de gabinete. Tiene los mejores ciudadanos para elegir una Asamblea legislativa, y, por consiguiente, se puede con razón esperar que le e:egirán buena y capaz á su vez de elegir una buena administración. Inglaterra es el tipo de la nación respetuosa, y la manera cómo lo es y cómo ha llegado á serlo, es cosa curiosa en extremo. Las clases medias, es decir, la mayoría de las gentes que tienen educación: he ahí cuál es la fuente del poder en Inglaterra. «La opinión pública hoy, es la opinión del gran burgués que usa el ómnibus.» No es, en modo alguno, la opinión de 0 '52  LA CONSTITUM3N INGLESA las clases aristocráticas como tales, ni las de las clases que tienen más educación y más gusto; es sencillamente la opinión de la masa ordinaria que ha recibido una cierta instrucción, pero que no por eso deja de ser bastante vulgar. Observad, si no, los colegios electorales; tienen poca cosa de interesantes, y si pasáis vuestra mirada por el interior de la escena, para ver allí las gentes que maniobran y dirigen el movimiento electoral, quizá, resultará para vosotros el espectáculo menos interesante aún. La Constitución inglesa en la plena verdad de su forma tangible, se reconoce de este modo: la masa del pueblo obedece á un cierto número de individuos, y cuando se examina á esos individuos, se advierte que no son de la última clase, pero, sin embargo, son individuos bastante toscos y groseros; son, si se les pasara revista, los últimos en quienes una gran nación pensaría para otorgarles una preferencia exclusiva. De hecho, la masa del pueblo inglés tiene una gran obediencia á algo que es cosa muy distinta de sus gobernantes. Lo que respeta, es lo que pudiera llamarse la pompa teatral de la sociedad. Que se presente ante sus ojos como una ceremonia imponente, un cortejo ' de grandes personajes, un cierto espectáculo de mujeres elegantes, ó cualquiera de esas representaciones en las cuales se despliega el lujo y la riqueza, y tendremos á esa masa profundamente impresionada. Su imaginación se ve como dominada, siente su inferioridad ante el aparato que de ese modo se revela. Las cortes y las aristocracias tienen una gran superioridad para dominar á la multitud, y aunque los filósofos no lo vean, estriba ello en su brillo y en su solemnidad. - POR W. BAGEHO?  .53 Mi§ Las gentes de la corte pueden hacer lo que á otros seria imposible. Un hombre de pueblo que se propusiera rivalizar en la representación escénica con los actores, fracasaría lo mismo que si intentase rivalizar con los miembros de la aristocracia en, , el desempeño de su papel. El gran mundo visto desde afuera es una especie de teatro, donde los actores dominan las tablas como los espectadores no sabrían hacerlo. El drama se representa en todos los distritos. Un hombre del campo reconoce que su casa no se parece al castillo ó palacio del lord, su vida no es la vida del lord, su mujer no tiene el aspecto de mylady. Y la última palabra del drama es la reina; nadie supone que su hogar propio se parezca á la morada de la corte, que la vida de la reina tenga nada que ver con la vida de un particular, ni, por fin, que las órdenes dadas por él se asemejen á las ordenanzas reales. Hay en Inglaterra un espectáculo encantador que fascina á la multitud y que se apodera de su imaginación dominada. Asi como un campesino al llegar á Londres se encuentra ante un grande é inmenso conjunto de objetos que le aturden, por el incomprensible misterio de su construcción mecánica, así la constitución de nuestra sociedad lo pone frente á frente de una porción de objetos políticos, que jamás ha podido imaginarse ni fabricar, y con los cuales su espíritu no encuentra nada parecido. Que los filósofos supriman esta superstición, no por eso dejará de tener resultados inapreciables. Gracias al espectáculo de esta sociedad imponente, la multitud ignorante obedece á un pequeño número de 'alees torea nominales, es decir, á los hacendados con 10 libras en los burgos y á los mismos con 50 libras en loa condados. 54  LA CONSTITUCIÓ N INGLESA y ' sin embargo, esas gentes no tienen en si nada de imponentes, nada propio para atraer las miradas ó seducir la imaginación. Lo que impresiona á la multitud no es el pensamiento, sino los resultados del pensamiento; y el más grande de esos resultados es el maravilloso espectáculo, siempre mudo y siempre el mismo, en el cual los accidentes pasan y la esencia persiste, donde una generación perece y otra la reemplaza, como si se tratase de pájaros enjaulados ó de animales en una granja; observando esta sociedad admirable, es un lenguaje demasiado metafórico decir de sus diversas partes que son como los miembros pertenecientes á un ser eterno, con tal tranquilidad se efectúan los cambios, tal identidad existe entre la vida que anima este año al cuerpo social y aquella que lo ha animado el ano anterior. Los personajes que gobiernan en apariencia á Inglaterra, son como los que figuran más ostensiblemente en una procesión, son los que atraen las miradas de la muchedumbre y que provocan sus aclamaciones. Los que en realidad gobiernan están encerrados en los carruajes de segunda clase, nadie repara en ellos ni pide sus nombres, pero se les obedece implícita é intuitivamente en virtud del esplendor desplegado por aquellos que les eclipsan y les preceden. Es verdad que un sentimiento producido por la imaginación se apoya en un fondo de satisfacción política. No puede decirse que la masa del pueblo inglés es, en definitiva, extremadamente feliz. Hay clases enteras que no tienen idea alguna de lo que las clases superiores llaman bienestar, no tienen ni las condiciones indispensables de la existencia moral, no viven la vida que conviene á la dignidad humana. Sin embargo, las más miserables no imputan su miseria á la política. si POR W. BAGEHOT  55 Si un agitador, dirigiéndose á los campesinos del Yorkshire, intentase excitar en ellos la desafección política, más bien resultaría lapidado que llevado en triunfo: es lo más probable. Esos seres miserables apenas conocen al Parlamento; jamás han oído hablar del gabinete: pero, á pesar de todo lo que se les hubiera hecho oir, exclamarían al final: « ¡ Después de todo, la reina es buena!» Revelarse contra la. organización política seria, para ellos, revelarse contra la reina, que gobierna la sociedad, cuyos más imponentes caracteres, aquellos que .ellos conocen, tienen una expresión suprema en su persona. La masa del pueblo inglés está políticamente satisfecha y es políticamente respetuosa. Un pueblo respetuoso, aunque las clases inferiores sean poco inteligentes, conviene mucho más al gobierno de gabinete que un país democrático, porque proporciona más seguros medios de llegar á la excelencia política. Las clases elevadas pueden gobernar. Ahora bien; las clases elevadas tienen más habilidad política que las otras. Una vida de trabajo, una educación incompleta, una ocupación monótona, una carrera que ocupe mucho los brazos y poco el espíritu, no pueden permitir tanta flexibilidad de espíritu, tanta aplicación de la inteligencia, como una vida libre, de largos estudios, una experiencia variada, una existencia que ejercite, sin cesar, el juicio y que continuamente lo perfecciona. Un pais donde hay pobres respetuosos, aunque puede ser menos próspero que los paises donde no los hay, es, sin embargo, mucho más propio que estos últimos para la existencia de un buen gobierno. Es posible utilizar los mejores ciudadanos en un Estado respetuoso; en cambio , en un Estado Úí 62  LA CONSTITUCIÓN INGLESA ciones, entonces poco numerosas, cuyo ejercicio es útil á la sociedad, se desempeñan bajo su cuidado y mediante sus órdenes. Su ascendiente personal, que proviene de la protección divina dispensada á su persona ó á su raza, y quizá, además, de que se le cree descendiente de los dioses, es el rasgo que pueda estimarse como principal del cuadro: el pueblo escucha su voz, adopta sus proposiciones, obedece sus órdenes; no sólo no encuentra la menor resistencia, sino que no se le dirige la menor crítica en son de censura; jamás se tropieza con un ejemplo de'esto, como no sea aisladamente, ó en algunos príncipes subordinados.» El rasgo característico de la monarquía inglesa consiste en que conservando siempre el prestigio sobre el cual se apoyaba la autoridad, en los tiempos heroicos, reune para gobernar la fuerza moral con que las Constituciones han adornado más tarde el poder en Grecia en un tiempo más civilizado. Somos un pueblo más mezclado que el de Atenas, y probablemente que todos los demás pueblos de la Grecia política. Nuestro progreso ha marchado con un paso más desigual que el suyo. Los esclavos, en otros tiempos, formaban una clase separada, con leyes distintas y pensamientos diferentes de los de los hombres libres. No había por qué ocuparse de ellos haciendo una Constitución: no se sentía la necesidad de mejorar su suerte para hacer el gobierno posible. Un legislador griego no tenía por qué abarcar en la economía de sus obras gentes como los jornaleros del condado de Sommerset y espíritus distinguidos á lo M. Grote. No tenía que organizar una sociedad en la cual los elementos pertenecientes á la barbarie primitiva sirvan de base al edificio de la civilización. Para nosotros, el caso cambia mucho. No tenemos esclavos á que es necesario contener con los terrores de una legislación especial. Pero, en cambio, tenemos clases enteramente incapaces de hacerse á la idea de una Constitución,. incapaces de experimentar el menor acatamiento á las leyes abstractas. Muchas personas, sin duda, en estas muchedumbres, saben bien de una manera vaga que hay, además de la reina, otros poderes establecidos, y que hay leyes para dirigirlas en el gobierno. Pero la masa se preocupa más con la reina que con todo el resto, y he ahí lo que da al papel de la reina un valer tan precioso. La república sólo tiene ideas difíciles de coger en su teoría gubernamental: la monarquía constitucional tiene, por el contrario, la ventaja de ofrecer una idea simple, encierra un elemento que puede ser comprendido por la multitud de los cerebros vulgares, aunque sea presentando los problemas complejos de sus leyes y de sus principios á la curiosidad de una minoría. Una familia sobre el trono tiene tambien su utilidad, en cuanto sirve para llevar los rayos de la soberanía hasta las profundidades de la vida común. Nada más pueril, en apariencia, que el entusiasmo de los ingleses con el matrimonio del príncipe de Gales. Se dió las propociones de un gran acontecimiento político á un hecho que en si mismo no tenía sino escasa importancia. Pero ningún sentimiento esta más en armonía con la naturaleza humana tal como ella es, y como será siempre probablemente. Las mujeres, que componen en una mitad al menos, la raza humana, se preocupan cien veces más con un matrimonio que con un ministerio. Todas, salvo algunos espíritus enfermos, gustan de contemplar el encanto de una novela bonita, mezclarse en las escenas austeras de la vida seria. Un matrimonio de príncipes es la expresión brillante y lla- LA CONSTITUCIÓN INGLESA mativa de un hecho usual, y á este título llama la atención general. Se nos ocurrirá sonrreir leyendo el 130- letin de la corte, pero ¡pensemos cuántos serán los que leen ese boletín! Su utilidad previene, no tanto de lo que en él se encuentra, como del público á quien se dirige. Los americanos, se dice, han acogido con más satisfacción la carta de la reina á Lincoln que cualquier otra acto del gobierno inglés. Este acto espontáneo, comprendido por todos, ha iluminado con una luz generosa la marcha confusa y fatigosa de los negocios. He ahí de qué manera la existencia de una familia real dulcifica los hechos de la política, introduciendo en ella la gracia y el encanto cuando se presente la ocasión. Ciertamente, hay episodios en la vida política, pero son de los que hablan al corazón de los hombres y ocupan sus pensamientos. En resumen: la monarquía es una forma de gobierno que concentra la atención pública sobre una persona cuya acción nos interesan á todos, mientras que esta atención, bajo la república, se divide entre muhas personas, cuyos actos privado no son interesantes. Por lo tanto, en tanto que la raza humana tenga mucho corazón y poca razón, al monarquía será un gobierno fuerte, porque concuerda con los sentimientos difundidas por todas partes, y la república un gobierno débil, porque se dirige á la razón. Segunda consideracion. La monarquía, en Inglaterra, añade á la potencia del gobierno la fuerza del sentimiento religioso. No es fácil dar la razón de esto. Todo teólogo instruido afirmarla que se debe, cuando se ha venido al mundo bajo una república, obedecer á esta república, al modo como el individuo que ha nacido bajo una monarquía debe obediencia al monarca. 64 rlÉ POR w. BAGEHOT  65 Pero no es esa precisamente la opinión del pueblo inglés, que, tomando á la letra el juramento de fidelidad, cree de su deber obedecer á la reina, y no se imagina sino de nn modo imperfecto que esté obligado á obedecer á las leyes si no hubiese monarquía. Ea otro tiempo, cuando nuestra Constitución era aún incompleta, esta manera de atribuir á un solo poder el derecho sagrado de ser obedecido, no dejaba de tener sus efectos perniciosos. Todos los poderes estaban en lucha, pero los prejuicios populares sólo concedían á la monarquía los medios de aumentar á su gusto, sin que se permitiese á los demás poderes crecer por encima de ella. El partido de los cavalleros, todo él, tenla como máxima que se debla obedecer al rey, á pesar de todo; le otorgaban una obediencia pasiva y no se creían obligados á obedecer á ninguna otra autoridad. El rey, para ellos, era el ungido del Se1or y ningún otro poder tenía un carácter sagrado. El Parlamento, las leyes, la prensa, no eran más que instituciones humanas, mientra que la monarquía era una institución divina; de este modo, concediendo atribuciones exagerada á uno de los poderes establecidos, se dificultaba el progreso del conjunto. Después de la revolución, ese prejuicio funesto no tardó en aminorarse. El cambio de dinastía le dió un golpe decisivo. Si alguno, en efecto, tenía una especie de investidura divina, debió ser evidentemente Jacobo II; si había una obligación moral de los ingleses de obedecer á un soberano á pesar de todo, él era quien en rigor tenía el d . Jrecho á ser obedecido; si la soberanía era una especie de privilegio hereditario, era el rey, al hijo de los Stuards, á quien la corona correspondía por su nacimiento, y no al rey de la revolución, que sólo tenia la corona gracias á un voto del Parlamento. 5 66  LA. CONSTITUCIÓN INGLESA Durante todo el reinado de Guillermo III hubo, empleando los términos vulgares, un rey hecho por los hombres y otro rey que Dios había hecho. El rey que gobernaba, en realidad, no podía contar con la fidelidad que la religión impone de un modo sagrado, aunque para el soberano de hecho habla en Francia, según la teoría del derecho divino, otro rey que debía gobernar. Pero era difícil para el pueblo inglés, con su buen sentido y su espíritu positivo, conservar por largo tiempo su sentimiento de veneración por ese aventurero extranjero que vivía bajo la protección del rey de Francia, no haciendo más que cosas absurdas, y no revelando más que en lo que dejaba de hacer alguna chispa de cordura. Inmediatamente después que la reina Ana ocupó el trono, efectuóse un cambio en los espíritus; las antiguas creencias de la monarquía sagrada se fundieron en ella.' Había muchas dificultades que hubieran hecho detenerse en el camino á muchos; pero el inglés marcha de corazón, y no se acobarda fácilmente. La reina Ana tenía su hermano y su padre, ambos vivos, y que, según todas las reglas de sucesión, sus derechos eran superiores á los suyos. Pero, en general, se aceptó una manera de ser que salvaba esos obstáculos. Dijose entonces que Jacobo II, al huir, había abdicado por el hecho mismo de huir. Sin embargo, no había huido sino bajo la acción del miedo, y forzado, por tanto; y constantemente recordaba á sus súbditos el juramento de fidelidad. El pretendiente, se afirmaba, no era un hijo legítimo, aunque la legitimidad de su nacimiento resultase probada por testimonios que cualquier Tribunal de Justicia habría aceptado. Por último, el pueblo inglés, después de haberse librado de una monarquía revestida con el carácter POR W. BAGEHOT  67 sagrado, hizo grandes esfuerzos para reconstruir otra análoga. Pero los sucesos tomaron otro rumbo. Se había consentido con gusto en tomar á la reina Ana para engendrar un mundo dinástico; se hablan pasado en silencio los derechos de su padre y los de su hermano; pero en el momento critico aquel, no le quedaban hijos. Habla tenido trece en otros tiempos; pero les habla sobrevivido, y era preciso, ó volver á los Stuardos, ó crear un nuevo rey por un acto del Parlamento. Con arreglo á la ley de sucesión adoptada por los wigs, la corona pasó á los decendientes de la princesa Sofía de Hannover, hija menor de una hija de Jacobo I. Habla antes que ella Jacobo II, su hijo, los descendientes de una hija de Carlos I y la hija de más edad de su propia madre. Pero los wigs prescindieron de ellos porque eran católicos, y eligieron á la princesa Sofía, que por lo menos tenia el mérito de ser protestante. Seguramente, semejante elección era una buena política; pero no podía ser muy popular. Imposible declarar que era un deber para todo inglés obedecer á la casa de Hannover, sin admitir los principios que reconocen al pueblo el derecho de elegir sus gobernantes, y no hacen descender á la monarquía de la esfera aislada en donde recoge majestuosamente los homenajes para colocarla en el rango mismo de tantas otras instituciones que tienen sencillamente su utilidad. Si un rey no es más que un funcionario público útil que se puede cambiar y reemplazar, no exijáis que se tenga hacia él una veneración profunda. Aun durante todo el reinado de Jorge I y Jorge II, los sentimientos de fidelidad que la religión impuso se negaron á apoyar á la corona. La prerrogativa real no LA CONSTITUCIÓN INGLESA tuvo partidarios; los tories, que de ordinario la sostenían, no gustaban demasiado de la persona del rey, y los wigs no se sentían inclinados, por sus ideas mismas, á amar á la monarquía. Hasta el advenimiento de Jorge III, la corona encontró sus más vigorosos adversarios entre los nobles del campo, que son, sin embargo, sus amigos naturales, y entre los representantes de los distritos rurales, donde la fidelidad monárquica tiene su predilecto asilo. Pero cuando Jorge III subió al trono, el sentimiento público revivió, como en los tiempos de la reina Ana. Los ingleses consintieron en ver en la juventud del nuevo príncipe el germen de una rama sagrada, como en otro tiempo habían hecho respecto de la vejez de una mujer que era prima, en segundo grado, de su tatarabuelo. Y he ahí dónde estamos. Preguntad á la inmensa mayoría de los súbditos ingleses cuáles son los títulos de la reina para gobernar: jamás os dirán que reina en virtud de un acto del Parlamento, dictado en el ato sexto de la reina Ana, cap. VIII; os responderán que reina por la gracia de Dios, y se creen obligados, por un deber religioso, á obedecerla. Cuando su familia subió al trono era casi un crimen de traición, pretender que la transmisión hereditaria de la soberanía en una rama es inalienable, porque eso equivaldría á decir que otra familia tenía derechos superiores á los de la familia reinante; pero hoy, por un singular renacer de las cosas, su sentimiento es el apoyo más seguro y el mejor de la reina. Sin embargo, seria un grave error creer que al advenimiento de Jorge III, el instinto de fidelidad monárquica haya tenido tanta utilidad como hoy. Lo que entonces comenzaba á dejarse sentir era el vigor de este instinto, no su influjo beneficioso. Mezelábansa 68 POR W. BAGEHOT  '69 tantas y tales trabas con el bien producido por ese sentimiento nuevo, que puede preguntarse verdaderamente si en definitiva era útil ó perjudicial. Durante la mayor parte de su existencia, Jorge III fué para la politica inglesa una especie de oráculo sagrado. Todo cuanto hacía, tenía una cualidad santa que no poseían los actos de ningún otro poder: desgraciadamente resultaba que, en general, sus acciones eran malas. Sin duda, sus intenciones eran bastante buenas, y se ocupaba en los negocios de su pais con tanta asiduidad como un empleado que necesitase del empleo para ganarse la vida, y tuviera, por tanto, que no distraerse en el desempeño de su tarea. Pero su espíritu era débil, su educación mediana, y además vivía en una época agitada. Así se manifestó siempre adversario de las reformas y protector de los abusos. Hizo una oposición funesta, pero potente por su carácter sagrado, á la mitad de sus ministros; y cuando la Revolución francesa suscitó el horror universal y lanzó sobre la democracia la mancha del sacrilegio, la piedad de Inglaterra concentró todas sus adhesiones alrededor del rey, agrandando así de una manera extraordinaria su autoridad. La monarquía, hoy, extiende su sanción religiosa sobre todo el orden político; en la época de Jorge III, sólo se servia de ella para su propio uso. Ahora da un gran vigor á todo el sistema constitucional, asegurándole, por los lazos de la fe, la obediencia de masas muy numerosas; pero antes, manteniéndose apartada, absorbía para si misma el beneficio de ese carácter sagrado, dejando al resto del cuerpo político el papel de instrumento de su voluntad. Uno de los motivos principales que permiten á la monarquía dar una tan buena consagración al meca- 70  LA CONSTITUCIÓN INGLESA nismo gubernamental, es esta particularidad de nuestro sistema que suele ser un mero objeto de burla para los americanos y para un gran número de utilitarios. Se ríe de este extra, como los yankis dicen, de este elemento aislado en su potencia. Se cita la palabra de Napoleón, diciendo que no quería étre mis á l'engrais cuando negaba el titulo de gran elector, que la constitución de Sieyes había creado para una función que, según Thiers, estaba tomada con razón de la monarquía constitucional. Pero esas objeciones son completamente erróneas. Sin duda era absurdo, de parte de Sieyes, proponer una institución nueva desprovista de todo respeto tradicional y de toda consagración religiosa, para ocupar el lugar ocupado por un rey constitucional en las naciones cuya historia es monárquica. Semejante institución, lejos de ser bastante augusta para extender alrededor suyo una especie de respeto por acción refleja, tiene un origen demasiado reciente y demasiado artificial, para que pueda llegar á ser imponente: y además, si lo absurdo de la idea pudiera aún acentuarse, seria mediante la oferta de una sinecura inútil, pero que se suponía sagrada, á Napoleón, es decir, al hombre más activo de Francia, al hombre que teniendo en el más alto grado el genio de los negocios, pero en manera alguna el carácter sagrado, parecía hecho exclusivamente para la acción.. El error de Sieyes, después de todo, no sirve más que para poner más en claro la excelencia de la monarquía real. Si un monarca puede hacer la felicidad de un pueblo, lo mejor que puede hacerse es colocarle fuera del alcance de todo ataque. Es preciso admitir como un axioma, que no puede hacer el mal y no rebajarle en las proporciones mezquinas de la realidad. Su puesto debe ser elevado y solitario. Como la POB W. BAGEHOT  71 monarquía inglesa no tiene más que funciones latentes, cumple esta condición. Parece mandar, pero ja- 1  más parece luchar. Ordinariamente esta, como oculta 1 1   tras el velo del misterio, á veces atrae las miradas como un gran espectáculo, pero jamás se mezcla en los conflictos. La nación se divide en partidos, la cok rona permanece extrafia á todos. Su aislamiento aparente de los negocios la pone á cubierto de las hostilidades y de las profanaciones, la conserva un encanto misterioso, y la permite reunir á la vez el afecto de los partidos contrarios, y ser como el simbolo visible 14  de la unidad para las gentes, cuya educación, incomr  pleta aún, todavía no puede pasar sin símbolo. En tercer lugar, la monarquía sirve de cabeza á la sociedad. Si no existiese, el primer ministro sería el primer personaje del país. El y su mujer serían los que tendrían que recibir los embajadores, y á veces á los príncipes extranjeros, ofrecer las más grandes fiestas al país, dar el ejemplo de la vida lujosa, representar á Inglaterra ante el extranjero, y al gobierno de Inglaterra á los ojos de los ingleses. Es fácil imaginar un mundo donde en cambio no tendría malas consecuencias. En un país donde el pue blo no tenga en el afán de las pompas exteriores, ni el gusto del aparato teatral, y mire, por tanto, al fondo de las cosas, eso seria una bagatela. Que lord y lady Derby sean los encargados de recibir á los embajadores extranjeros, á bien que desempeñen este de- ()1 ber lord y lady Palmerston, poco importa en ese caso, y la superioridad de unos á de otros en la organización de sus fiestas, cosa es que sólo interesaría á sus invitados. Una nación de filósofos austeros no se pre- ,,  ocuparía en manera alguna con tales detalles. El nombre del director de escena no tiene valor más que 78  LA CONSTITUCIÓN INGLESA príncipe consorte. A partir de ese momento, toda la vida parece que ha sido como suspendida en la, corte, y, durante algún tiempo, no ha pasado nada en ella. La sociedad no por eso se detiene; sigue su curso ordinario. Algunas personas que no tenían hijas que casar ó que poseían pocas rentas se aprovecharon de la ocasión para dar menos reuniones, y las que no tenían en rigor dinero, se quedaron en el campo; pero, en definitiva, la diferencia con lo pasado fué poco sensible. La reina de las abejas se había retirado, pero la colmena marcha. Se ha dirigido recientemente á la corte de Inglaterra de nuestros días la critica sutil y original de que despliega poco esplendor. Se le ha comparado con la corte de Francia, cuyo fasto llama la atención de todos y cuya magnificencia es un espectáculo sin igual en el pais. Se ha dicho que, en otros tiempos, «la corte de Inglaterra tomaba del pueblo demasiado dinero y lo gastaba mal, mientras que ahora, cuando se puede tener confianza en su discreción, no emplea todos los recursos que la nación podría otorgarle. Puede sostenerse que no debe haber corte; puede sostenerse también que debe haber una corte, y una corte magnífica, pero es imposible sostener que una corte deba ser mezquina. Vale más gastar un millón para aturdir á las gentes, cuando se juzgue esto necesario, que consagrar las tres cuartas de un millón en intentar la cosa sin maravillar á nadie». Quizá hay algo de verdad en esta critica, porque la corte de Inglaterra no es tan suntuosa como debería serlo. Pero que no se la compare con la corte de Francia. El emperador representa una idea distinta de la de la reina. No es la cabeza del Estado, es el mismo Estado. La teoría sobre la cual descansa su gobierno r1111 POR W, BAGEHOT  79 es la de que todos los franceses son iguales, y que el emperador personifica el principio de la igualdad. Engrandeciéndole, se achica y, por consiguiente, se pone bajo el nivel de igualdad al resto de Francia. Elevar al emperador es un medio de rebajar todas las otras individualidades. La monarquía inglesa tiene como base el principio contrario. Así como en política perdería todo su prestigio si se encerrase en si mismo, así, desde el punto de vista social, si se excediese, llegaría á ser un peligro. Ya tenemos bastante lujo voluntario en Londres; antes de que sea necesario fomentarlo y aumentarlo, más bien convendría detener ó restringir sus progresos. Nuestra, corte no es más que la cabeza de una aristocracia, cuyos miembros rivales no son igualmente ricos; el esplendor de la corte no contendría á nadie en los límites prudentes, y excitaría la ambición de ciertos individuos. La monarquía es útil en tanto que sirve para alejar las ambiciones del rango supremo, y mientras cabe su reserva en esta situación aislada. Pero seria funesta si añadiese un nuevo alimento al gasto ruinoso de la clase opulenta, si diese la sanción majestuosa de un ejemplo á los que luchan en el terreno de la prodigalidad. Cuarta consideración. Miremos ahora la corona como modelo de moralidad. Las virtudes de la reina Victoria y las de Jorge III han emocionado profundamente el corazón del pueblo. Hemos llegado á creer que un soberano es de un modo natural virtuoso, y que el trono da á las virtudes domésticas tanta facilidad como brillo para producirse. Pero un : " poco de experiencia y la más pequeña reflexión demuestran que los reyes no se distinguen por la excelencia de sus costumbres domésticas. 80  LA CONSTITUCIÓN INGLESA Ni Jorge I, ni Jorge II, ni Guillermo IV fueron ejemplo en este respecto; Jorge IV era más bien todo lo contrario. La verdad es que si los otros monarcas se sienten arrastrados á no proceder bien, porque están rodeados de seducciones, un rey constitucional está más expuesto que nadie á caer, porque tiene en rigor menos cosas en que emplear su tiempo que los demás soberanos. El mundo entero con sus pompas, sus atractivos y sus incentivos, he ahí lo que un príncipe de Gales tiene siempre y tendrá delante de sus ojos. ¿Se puede razonablemente esperar que la virtud va á presentarse en todo su esplendor allí donde las tentaciones más atractivas se ejercen en la edad más y mejor dispuesta á las debilidades? Si las ocupaciones de un rey constitucional son graves, sañas é importantes, jamás apasionan; no son las más propias para agitar la sangre, despertar la imaginación y distraer el pensamiento. En los hombres que, como Jorge III, tienen el gusto innato de los negocios, los deberes prácticos de un rey constitucional pueden ciertamente tener un influjo calmante y saludable. La enajenación mental contra la cual luchó, y á menudo con éxito, durante varios anos, se hubiera manifestado frecuentemente si no hubiera sido detenida por la regularidad de una vida laboriosa. Pero ¡qué pocos príncipes tienen en un grado tan singular el amor al trabajo, y cuán raro es encontrarlo, aun en los otros que no sean príncipes! ¡Qué poco á propósito es la educación de los príncipes para empujarlos hacia ese lado, y qué poco debe contarse con ese instinto para que sirva como de remedio contra las seducciones que les rodean! Los soberanos de espíritu serio y circunspecto pueden aportar algunas virtudes domésticas á un trono constitucional; pero hasta éstos 1,9 I ;:: POR, W. Bá.GEHOT tienen á veces sus debilidades, y en cuanto á pretender que los soberanos cuyo temperamento es más ar, diente, den de ordinario el ejemplo de las virtudes, es pedir peras al olmo. Por último, la monarquía constitucional tiene aquella función respecto de la cual he insistido más arriba, y que, aunque con mucho, la más importante, no se presta, por mi parte, á nuevos desenvolvimientos. Tal función es que viene á ser un paliativo. Permite á los que gobiernan realmente, sucederse sin que el vulgo lo advierta. Las masas, en Inglaterra, no son propias para un gobierno electivo; si se dieran buena cuenta de lo cerca que estamos de esta forma de gobierno, quedarían sorprendidos y casi temblando. En definiva , y casi casi por la misma razón que es un excelente paliativo, la monarquía constitucional es un bien precioso en los momentos de transición. Lo que mejor facilita la sustitución de un gobierno de gabinete por un gobierno absoluto, es el advenimiento r  de un rey favorable al sistema constitucional y deci- ;1'  dido á sostenerla. Un gobierno de gabinete, dada su 'r t , novedad, no tiene fuerza en los tiempos de agitación. El primer ministro, ese jefe de quien todo depende, y que, si hay alguna responsabilidad que asumir, debe tomarla sobre si mismo y emplear la fuerza si hace falta recurrir á ella, no tiene garantía alguna de estabilidad. No ocupa su puesto, por la naturaleza misma del gobierno de gabinete, más que de una manera precaria. En un pueblo muy acostumbrado á esta forma de gobierno, semejante funcionario debe tener gran firmeza: su apoyo, si no lo encuentra en 1 1 el Parlamento, debe buscarlo en la nación que lo comprenda y lo estime. Pero cuando el gobierno este 6 ol 151' id! 82  LA CONSTITUCIÓN INGLESA es de creación reciente, le es dificil al primer ministro tener la firmeza necesaria; su tendencia se inclina demasiad o á contar con la razón humana y á olvidar los instintos de las masas. Entonces es cuando el prestigio con que la tradición rodea á su monarca hereditario es de una utilidad incalculable. Inglaterra jamás hubiera podido atravesar felizmente los primeros anos que siguieron á 1688, sin la admirable habilidad de Guillermo III; jamás Italia hubiera llegado á obtener y á conservar su independencia sin Victor Manuel; ni la obra de Cavour, ni la de Garibaldi, eran más necesarias que la obra de su monarca. La caída de Luis Felipe, ocurrida porque no supo servirse del poder reservado á un rey constitucional, es una enseñanza que prueba de la manera más concluyente la importancia de este poder reservado. En Febrero de 1848, M. Guizot era débil porque no se sentía seguro en el ministerio. Luis Felipe hubiera debido asegurarlo. Inmediatamente se hubiera podido conceder la reforma parlamentaria á la opinión bien informada, pero era preciso no conceder nada á la muchedumbre. Se hubiera debido resistir al pueblo de Paris, según deseaba Guizot: Si Luis Felipe hubiera sido un rey capaz de introducir en Francia el gobierno libre, hubiera fortificado con todo su apoyo á los ministros en el momento en que se trataba de entablar el orden, salvo prescindir de ellos cuando el restablecimiento del orden hubiera permitido entregarse á las discusiones políticas. Pero el rey era uno de esos hombres en quien el sentido de la previsión se apagaba á medida que envejecía; aunque tuvo una gran experiencia y una habilidad consumada, llegó á tener un momento de debilidad y cayó por no haber mostrado un poco de aquella energía que, POR W. BAGEHOT  83 en semejante crisis, un hombre resuelto jamás hubiera dejado de desplegar. He ahí, en sus detalles principales, los motivos que justifican la institución de la monarquía por el influjo exterior que ejerce en la muchedumbre de los hombres; y en el estado actual de la civilización inglesa tiene aquella ventaja preciosa. En cuanto á la tarea particular del soberano, es decir, al trabajo real de que la reina está encargada, será el objeto del capitulo que sigue. CAPITULO IV LA MONARQUÍA (CONTINUACIÓN) La Cámara de los Comunes ha hecho investigaciones acerca de la mayor parte de las cuestiones, pero jamás ha tenido un comité «de la reina». Ningún blue book trata de lo que hace la reina; tal investigación no podría efectuarse, y sin embargo, si se consintiera hacer, probablemente ahorraría á la reina muchas molestias ordinarias, y la pérdida de un tiempo que emplea trabajosamente en una tarea inútil. En la teoría admitida generalmente sobre la Constitución inglesa, hay dos errores respecto del soberano. El primero es, que en otro tiempo al menos, se le miraba como un Estado del reino, es decir, como si tuviera la autoridad con el mismo título que la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes. Y, en efecto, el soberano de otros tiempos tenía esta autoridad; su poder era hasta muy superior al del Parlamento, pero ya no es así. El ejercicio de semejante autoridad supone en el monarca un derecho de veto en los actos legislativos. Sería preciso que le fuese posible rechazar los bilis, si no á la manera de la Cámara de los Comunes, á lo menos como la Cámara de los Lores. Pero la reina no tiene por arma el veto. Se verla POR W. BAGEHOT obligada á firmar su propia sentencia de muerte si las dos Cámaras, se pusieran de acuerdo para someterla á su firma. Sólo en virtud de una ficción del pasado se le atribuye el poder legislativo. Hace mucho tiempo que no posee ni una sola partícula de semejante poder. En segundo lugar, la teoría antigua pretende que la reina es el poder ejecutivo. La Constitución americana ha sido el fruto de discusiones muy detenidas cuando fué hecha, y entonces se admitió como verdad que el rey era en la Constitución inglesa un administrador supremo; y se acordó, en definitiva, que la primer necesidad era la creación de un administrador análogo sin la herencia, es decir, un presidente. Viviendo más allá del Atlántico, y dejándose arrastrar por las doctrinas corrientes, los hábiles autores de la Constitución federal, á pesar de toda su atención y cuidado, no han visto que el primer ministro tiene como suya la parte principal del poder ejecutivo en la Constitución inglesa, mientras que el monarca era una simple rueda del mecanismo político. Cierto es que pueden muy bien encontrar disculpa los legisladores americanos en la historia de aquella época. La idea que tenían de nuestra Constitución, se la hablan formado según lo que hablan tenido ocasión de advertir. En los tiempos en que lord North se estimaba que administraba el pais, era Jorge III quien en realidad gobernaba. Lord North no era hechura suya, si no su agente. Si el ministro proseguía una guerra que desaprobaba con todas las fuerzas de su alma, es porque esta guerra tenía la entera aprobación del rey. De donde se sigue de un modo inevitable, que los miembros de la Convención americana han debido ver el verdadero ejecutivo en el , rey, cuyos actos les perju- 86  LA CONSTITUCIÓN INGLESA 41. dicaban, y no en un ministro que no les habla hecha daño alguno. Si, dejando á un lado la teoría de las gentes ilustra-. das, examinamos nuestra antigua legislación no derogada, verdaderamente sorprende todo lo que puede hacer el soberano. Hace algunos anos la reina quiso con mucha razón nombrar pares del reino vitalicios; los miembros de la Cámara alta cometieron el gran error, en contra de sus mismos intereses, de oponerse á ese deseo. Pretendieron que el derecho reivindicado por la reina había caído en desuso, que en otro tiempo sin duda la monarquía lo habla poseído, pero que por prescripción lo habla perdido. Léase el Digesto de Comyn ó cualquier otro libro de este género: en el epígrafe Prerogativa real se encontrará que la reina tiene cien derechos de ese género, los cuales no se podrá decir si existen aún ó si han caldo en desuso, y que darían lugar á largas é interesantes discusiones si la reina intentase ejercerlos. Seria bueno que un buen jurisconsulto escribiese una obra encaminada á distinguir entre esos derechos los que están en vigor y los que no lo están, merced á la prescripción. No hay en verdad noticias más auténticas acerca:de lo que la reina puede hacer, que sobre lo que en realidad hace. Desde el punto de vista estrictamente superficial de la teoría, hayen esto, en nuestras libres instituciones, un defecto evidente. En un gobierno popular, todo poder debe estar definido. La idea dominante de ese gobierno, es que el mundo político, el que gobierna, da á los negocios la dirección que juzga conveniente. Todos los actos de una administración se aquilatan con gran cuidado: se inspeccionan esos actos para saber si son buenos, y para oponerse á ellos de una ma- POR W. BACISROT  87 nera ó de otra, si parecen malos. Pero no se puede juzgarlos más que con conocimiento de causa, no es posible ponerlos en orden si se ignora la extensión de esos distintos derechos. Una prerrogativa secreta es una anomalía. Y, sin embargo, ese carácter secreto es indispensable á la monarquía inglesa hoy para que pueda ser todo lo útil posible. Ante todo , la monarquía quiere ser respetada, y si se quiere excavar en el dominio de sus prerrogativas, es imposible respetarla. Desde el momento en que se estableciese un comité especial «de la reina» desaparecería todo el encanto fascinador de la monarquía. Este encanto existe merced al misterio. La magia no se concibe en plena luz. No se debe llevar á la monarquía al terreno político, so pena de dejar de ser respetada por los combatientes; no será más que un combatiente como los otros. Si la existencia de ese poder secreto es desde el punto de vista puramente abstracto, un vicio de nuestra Constitución política, se trata de un vicio inherente á una civilización como la nuestra, en la cual es necesario tener poderes augustos y, por consiguiente, desconocidos, á la vez que esos poderes • dependan de un uso ordinario. Si para apreciar el funcionamiento de ese poder secreto se acude á los testimonios de aquellos que, entre los muertos ó los vivos, lo han tenido más de cerca, se observa una extraña diferencia entre sus opiniones. Como los cortesanos de Jorge III, los hombres de Estado, que van á la corte de la reina Victoria están unánimes en lo de afirmar la extensión de la influencia real. Unos y otros admiten que la corona hace mucho más de lo que parece hacer. Pero hay esa misma divergencia de opiniones en lo que concierne al valor de los actos que ejecuta. Mr. Fox no sentía escrú- 94  LA CONSTITUCIÓN INGLESA ciente, de un ministro que hubiera debido su nombramiento á ser una medianía y que no hubiera sido respetado ni aun por sus amigos. Por otra parte, un gobierno ministerial obra á la luz del día, toma su fuerza en la discusión. Un presidente puede ser un hombre mediocre, y sin embargo, si tiene buenos ministros hasta el fin de su administración, puede no revelar que es un mediocre sin dejar en duda la cuestión de saber si es un hombre inteligente ó incapaz. En cambio, un primer ministro debe mostrarse tal cual es, es preciso que se mezcle en los debates de las Cámaras de los Comunes, es preciso que guíe á esta Asamblea en el manejo de los negocios, es preciso que en toda ocasión la aconseje y que la dirija en los momentos agitados. Su entera personalidad está sometida á la prueba de las investigaciones, y si no sabe resistir á ellas, deberá abandonar el poder. Ningún partido consentirla investir á un hombre que fuese una medianía, con las graves funciones que un gobierno de gabinete pone en manos del primer ministro. Este personaje, aunque designado por el Parlamento, puede disolver el Parlamento. Los representantes cuidarán de un modo natural, de que ese derecho de poner fin á su mandato, tan codiciado, no caiga en manos que no sean hábiles. No irán á confiar á manos inhábiles el ejercicio de un derecho que, perjudicando á la nación, pueda arruinarles á ellos mismos. Puede, pues, estarse seguro de que, aun en el caso de que el partido preponderante esté dividido, un gobierno de gabinete, si no hay monarca, no dejará de encontrarse en el Parlamento un jefe hábil y capaz, no dejará de presentar un buen primer ministro, ya que no el mejor posible. Mas, se dirá: ¡es POR W. BAGEHOT  95 que bajo la monarquía, un gobierno puede resultar mejor! Si, así lo creo, pero con una sola condición. Si el monarca constitucional está dotado de una rara penetración, si no tiene prejuicios, si ha procurado acumular vastos conocimientos políticos, puede hasta llegar él mismo á elegir en las filas de un partido dividido el jefe mejor, cuando precisamente ese partido, entregado á sus propios instintos, no sabría, elegirlo. Cuando el soberano está en situación de desempeñar el papel de aquel espectador muy inteligente y muy desinteresado que ocupa un puesto tan hermoso en las obras de ciertos moralistas, puede elegir mejor que sus mismos súbditos el ministro que les conviene. Pero si el monarca no está libre de prejuicios, si no tiene un maravilloso discernimiento, según todas las probabilidades, no sabrá hacer una elección mejor que la haría un partido dividido. Evidentemente no tiene los mismos motivos que ese partido para conducirse sabia y prudentemente en su elección. Su posición está asegurada, ocurra lo que ocurra, mientras que la caída de un partido puede producirse á causa de la incapacidad desplegada por el ministro elegido. Es muy razonable temer que el soberano obedezca á prejuicios. Durante más de cuarenta años las antipatías personales de Jorge III paralizaron las administraciones que en el poder se sucedieron. Casi al principio de su carrera prescindió de lord Chatham, y cas i al fin de su reinado, no consintió á Mr. Pitt entenderse con Mr. Fox. Sintió siempre una gran debilidad por las medianías; en general, no le agradaban las gentes hábiles y mostró siempre una gran repugnancia y alejamiento hacia las grandes ideas. Si los monarcas constitucionales resultan ser hombres que tie- LA CONSTITUCIÓN INGLESA nen una experiencia limitada y una inteligencia común, y no hay derecho alguno á suponerles por obra de un milagro cualidades superiores, las elecciones de esos soberanos tendrán, la mayoría de las veces, menos valor que las de un partido dividido; el peligro que se deberá siempre correr en esos casos, es que el soberano prefiera un servidor obsequioso y vulgar, como Addington, á un hombre de talento poco común, pero independiente como Pitt. Llegaremos á una conclusión análoga examinando la manera de elegir un primer ministro bajo los dos sistemas de gobierno si se supone el caso más critico, esto es, el caso en que haya tres partidos. Es este el caso en el cual el gobierno de gabinete corre más riesgo de poner de relieve sus defectos, y está en las mejores condiciones de desplegar sus buenas cualidades. Lo que caracteriza principalmente el gobierno de gabinete, es que el poder ejecutivo es elegido por la Asamblea legislativa; pero cuando hay tres partidos es imposible hacer una elección satisfactoria. No hay seguridad de obtener una elección realmente buena, más que cuando una gran mayoría se decide en pro de un hombre y le concede su confianza. Pero cuando hay tres partidos, nada análogo puede ocurrir. El partido más débil numéricamente, al dar el apoyo de sus votos, determina la elección del candidato. Su conducta, en ese caso, no está sometida á ninguna sanción; renunciando al derecho de votar por su propio interés, ese partido se limita á no intervenir de una manera decisiva en favor de uno de los candidatos de los otros, en cuyo beneficio sacrifica el suyo. Cuando la elección de un ministro descanse en un acto de tal abnegación, no puede tener solidez; esa 96 POR W. BAGEHOT  97 elección puede ser rectificada en cualquier momento. Los acontecimientos de 1858, aunque no sean propios para proporcionar un ejemplo perfecto en apoyo de mi pensamiento, lo explican, sin embargo, de una manera suficiente. En esta época, el partido radical, separándose de los liberales moderados, consintió en mantener en el poder á lord Derby. Y en su virtud, el partido más avanzado estimó conveniente coaligarse con el partido de la inmoralidad. Uno de los radicales expresaba con más claridad que delicadeza sus ideas, diciendo: «Perseguimos mejor lo que nos proponemos con esas gentes , que con otras», dejando entender que, en su opinión, los tories se prestarían mejor al planteamiento de las ideas radicales que los whigs. Pero era evidente que la unión de partidos tan opuestos no podía ser duradera. Los radicales habían vendido sus votos en pro de personajes cuyos principios les eran perfectamente hostiles, y los conservadores los habían pagado consintiendo medidas perfectamente contrarias á sus doctrinas. Pasado un breve intervalo, los radicales volvieron hacia los whigs moderados, que son sus aliados naturales, si bien ofreciéndoles de una manera natural ciertos motivos de acritud. Sirviéronse , pues, del peso decisivo que entonces tenían sus votos, primero para un cierto gobierno, luego para un gobierno de opinión opuesta. No tengo por qué censurar.esta politica. Me limito á citarla para apoyar mi pensamiento, y añado que si, por hipótesis, ese juego volviera á repetirse con exceso y se prolongara demasiado, el gobierno parlamentario seria imposible. Cuando hay tres partidos, entre los cuales no hay dos que coaliguen sus esfuerzos de una manera duradera, si ocurre que el más débil, oscilando rápidamente entre los otros dos, les 98  LA CONSTITUCIÓN INGLESA otorga, por turno, su preferencia, ya á uno ya á otro, la condición elemental que exige el gobierno de gabinete falta por completo. No hay en el Parlamento un cuerpo capaz de elegir: no es posible contar con. que su elección creará un poder ejecutivo con suficientes probabilidades de duración, porque entonces no hay fijeza ni en las ideas ni en los sentimientos de aquellos que deben elegir el gobierno. Bajo todas las formas que puede tener el gobierno de gabinete, con ó sin monarquía; sólo hay un remedio contra ese mal. Es preciso que los espíritus moderados de todos los partidos se unan para sostener el gobierno que, en suma, convenga mejor al conjunto. Por ese medio es por donde la administración de lord Palmerston se ha sostenida en su tiempo, y como ese ministerio, aunque insuficiente en diversos respectos, tenía una política extranjera excelente, y desplegaba en el interior su actividad con mayor éxito que lo han hecho la mayoría de los ministerios ingleses. Los conservadores moderados y los radicales moderados lograron mantener firmemente esta administración, consintiendo en prestar su apoyo en una medida suficiente á los whigs moderados. Que haya ó no haya rey, esta abnegación saludable es la fuerza principal con la cual debe contar para asegurar su funcionamiento regular un gobierno parlamentario en las circunstancias indicadas, que para él constituyen una crisis temible. Ahora bien; ese espíritu de moderación ¿lo favorece ó lo contraría la forma monárquica? ¿Tendrá un efecto más beileficoso bajo la forma real del gobierno ministerial que bajo la otra forma? ¿Será este efecto funesto? Si el soberano lleva su penetración hasta el genio, su existencia podrá, en semejante crisis, ser de una POR W. BAC4111101' utilidad inmensa. Tomará. como. ministro y conservalr& en el ministerio, si es posible, al hombre . de Estado' en el cual el partido moderado deberá, en definitiva, fijar su elección, pero que aún busca por medio de sucesivos tanteos; siendo el soberano un hombrede: sentido, de experiencia y tacto, sabrá ver cómo puede establecerse el equilibrio y cuál es la fracción politica á la cual vendrán á unirse más tarde los espíritus moderados que hay en los otros partidos. Por medio de variaciones sucesivas y de la, incertidumbre general, el monarca tendrá probablemente varias ocasiones de hacer una elección. De él dependerá llamar al poder á A, B, ó bien á X, V y experimentarles. El estado agitado de los partidos no permite tener fijeza, pero es muy favorable á una especie de tolerancia provisional. Vese que es útil tener alguna cosa, sin saber precisamente lo que se desea, y se acepta provisionalmente todo lo que se presenta, para examinar si eso es lo que en rigor se necesita y qué resultado dará el ensayo Durante la larga sucesión de gobiernos débiles, que comienza con la dimisión del duque de Newcastle en 1762 y termina con el advenimiento de Mr. Pitt en 1784, la voluntad enérgica de Jorge III tuvo efectos e xtremadamente importantes. En. momentos en que la mezcla de los partidos presenta complicaciones prolongadas, como debe ocurrir á menudo durante largos períodos, bajo un gobierno parlamentario, cuya existencia es ya antigua, si el poder realejerce hábilmente su influjo, prestará al orden político servicios incalculables. Pero ¿se ejercerá ese poder con un tacto hábil? Un soberano constitucional, en la práctica ordinaria, no es, en general, un hombre cuyas facultades son ordi- LA CONSTITUCIÓN INGLESA narias. Tengo, en realidad, mucho miedo , considerando la decrepitud precoz de las dinastías donde el poder se transmite hereditariamente, que el soberano sea un hombre hasta de capacidad muy débil. La teoría y la experiencia están de acuerdo para enseñarnos que la educación de un príncipe no puede ser sino mediana, y que una familia real tiene, en general, menos talento que las demás. Siendo esto así, ¿hay derecho á esperar que los soberanos pertenecientes á una dinastía cualquiera puedan transmitirse á perpetuidad ese tacto exquisito, que no es más que una especie de genio, y que, por serlo, es tan raro, por lo menos, como el genio mismo? De una manera general puede afirmarse que la pru dencia y sabiduría más profundas quizá, de un monarca constitucional, deberán mostrarse bajo la forma de una inacciónestudiada. En las circunstancias tan complejas de los años 1857 á 1859, la reina y el príncipe Alberto se han abstenido con toda su prudencia de imponer jamás su propia elección al Parlamento. Si hubieran elegido un primer ministro, quizá no hubieran elegido á lord Palmerston. Pero debieron ver, á lo menos puede creerse así, que el mundo político podía prescindir de su ingerencia, y que introduciendo en la corriente regular de los negocios un elemento extraño, no harían más que retrasar el momento en el cual las fuerzas intimas del Parlamento llegaría á organizarse según el orden más ventajoso. Después de todo, hay un motivo que, por si solo, debería inclinar aún al soberano más hábil y más seguro de su habilidad á no hacer caso de ella, sino muy á la larga, y es que está bien que el Parlamento se dé cuenta de su responsabilidad. Cuando un Parlamento tle imagina que el soberano debe elegir la administra" 100 POR W. BAGEHOT  101 ción, llega hasta no saber encontrar los elementos para ello. La forma real del gobierno ministerial es la peor de todas; se llega á poner una rueda accesoria donde está una principal, y á hacer que una Asamblea se desentienda de sus funciones supremas para confiar su cumplimiento á otro poder. Para hacer la necesaria justicia al gobierno de gabinete bajo una república, notaremos en él la falta de uno de los vicios más graves y más salientes que se ven bajo la forma monárquica . Allí donde no hay corte, no se puede temer al mal influjo que una corte puede ejercer. En qué consiste este influjo, todos lo saben, aunque nadie, ni aun el observador más atento, puede precisar con seguridad la inmensidad de sus efectos. Sir Roberto Walpole, empleando un lenguaje muy fuera de las costumbres modernas, declaraba, después de la muerte de la reina Carolina, que no tenía por qué preocuparse de las hijas del rey—esas doncellas, como él decía—, y que se apoyaría exclusivamente en la señora de Walmoden, la querida del rey. «El rey, dice un escritor de los tiempos de Jorge IV, el rey nos es favorable y, lo que vale aún más, la marquesa de Conyngham está por nosotros.» Nadie ignora á qué género de influencias se han atribuido ciertos cambios que se han producido en el gobierno, en Italia, después de la unidad italiana. Esos influjos malos tienen, naturalmente, el más grande efecto en los momentos de perturbación, es decir, cuando pueden ser más peligrosos. Una querida del rey tan audaz y tan inclinada al mal como se la supone, en vano formaría complots contra una administración invulnerable; pero la intriga elegiría para obrar el momento en que estando el Parlamento indeciso, y encontrándose los partidos dividí- 102  LA CONSTITUCIÓN INGLESA dos, las probabilidades de éxito serán más numerosas y las acciones perversas más fáciles de cometer; entonces, en una palabra, es cuando el gobierno de ga. binete tropieza con las mayores dificultades para Sil ejercicio. Es muy importante ver que una buena administración puede organizarse sin monarca; varios importan tes hombres de Estado que se han ocupado en el asun- to en nuestras colonias lo dudan: ‹Admito, se dice, que un ministerio puede llegar tan lejos sin un director, una vez lanzado; pero me parece imposible prescindir de él para crear el ministerio.» Hasta se ha emitido la idea de que si una colonia se separase de Inglaterra y se viese obligada á organizar su propio gobierno, haría muy bien en elegir un direotor de por vida para confiarle únicamente el encargo de nombrar los ministros; seria esta una función análoga á la del gran elector en el sistema de Sieyes. Pero al crear una función de üse género, la colonia no haría más que procurarse un obstáculo artificial. Ese jefe sería inevitablemente un hombre que tendría las pasiones del partido. El puesto más imponente del Estado no dejarla de procurar materia suficiente para rivalidades entre los hombres de opiniones diferentes, que dividen ordinariamente todo país donde la vida política es activa. Esos hombres de los partidos se preocupan y se mezclan en todo; jamás consentirían en confiar el puesto de más honor, el más en evidencia, más que á uno de los suyos. Se diria, por otra parte, que el gran elector, designado para elegir ministros, podría, en el momento ,de una crisis importante, mostrarse COMA amigo celoso de los unos, enemigo peligroso de los otros. El partido más fuerte elegirla, dado esto, un jefe que estuviese de su lado cuando hiciera falta decidir, qte POR W. 131.GEFÉOT  103 se inclinaría á su favor cuando se tratase de manifestarse favorable; en suma, un auxiliar constante para si mismo, y al propio tiempo un obstáculo continuo para sus adversarios. Es absurdo elegir por medio de elecciones disputadas un hombre de Estado, para darle misión de elegir imparcialmente los ministros. Pero es durante el periodo de vida de un ministerio, más bien que en el momento de su formación, cuando las funciones del soberano interesan á mayor número de personas, y cuando, en general, se les atribuirá por el público mayor importancia. Declaro que yo mismo soy de esa opinión. Es posible, creo yo, mostrar que el puesto del soberano reinante sobre un pueblo 4ue es inteligente y está penetrado del espíritu público en una monarquía constitucional, es precisamente el puesto que más gustaría ocupar á un hombre sensato; se le ofrecerían en él las mejores ocasiones y medios de estimular el talento, y de oponerse á las malas tendencias del espíritu humano. Respecto de la manera como la reina entienda sus deberes mientras dura una administración, tenemos un precioso fragmento escrito por su propia mano. En 1851, Luis Napoleón habla realizado su golpe de Estado; en 1852, lord Russell dio el suyo para derribar á lord Palmerston. Mediante una muy útil derogación de la etiqueta, dió lectura en la Cámara de los Comunes del memorandum 'siguiente dirigido por la reina al primer ministro: «La reina desea primeramente que lord Palmerston le manifieste claramente lo que se propone hacer en una circunstancia dada, á fin de que ella sepa bien en qué medida puede otorgarse la sanción real. En segundo lugar, cuando esta sanción se conceda á una medida, es preciso que esta medida no se someta arbitrariamente á cambios ó á modificaciones DI 110  LA CONSTITUCIÓN INGLESA traído á usted aquí, pero yo quiero ver si no me es posible obtener del pueblo otro Parlamento, que me envíe á otro que le reemplace á usted.» Jorge III sabia muy bien que, para ejercitar ese derecho, era preciso escoger el momento favorable y no disolver el Parlamento sino á propósito de cuestiones que, según todas las apariencias, y, en todo caso, con alguna probabilidad, le procurarían el concurso del país. Se las arreglaba siempre de manera que tuviera un ministro que no le hiciera temer la sombra de un sucesor inmediato. La habilidad de que en estas materias estaba dotado, llegaba á un grado y alcance tales que, en su exageración, se encuentra en los locos. Aunque tuvo que habérselas en su lucha con los personajes más hábiles de su tiempo, casi nunca quedó debajo. Sabia admirablemente arreglárselas para reforzar un argumento un poco débil, por medio de una amenaza tácita, sobre todo cuando se dirigía á un individuo dominado ordinariamente por el sentimiento del respeto. He ahí los poderes que un hombre prudente gustaría de ejercitar, y aquellos de que menos temerla estar armado. Querer ser un déspota, aspirar á la tira- ni como decían los griegos, es, en nuestros días, señal de un espíritu pequeño. Para estar en disposición semejante, es preciso no haber tenido en cuenta lo que Butler llama «la incertidumbre de las cosas». Persuadirse de que se tiene en absoluto razón, imponer su voluntad ó tener el deseo de imponerla á otro por la violencia, no parar la atención más que sobre sus ideas fijas, y atormentarse el espíritu para realizarlas, no prestar oídos á las opiniones ajenas, ser incapaz de pesar con buen sentido lo que tienen éstas de verdad, equivale á merecer el rango propio de las inteligencias POR W.. RAJOETIC I T  1111 groseras en el estado actual de nuestra civilización. No puede ignorarse que el dominio de los hechos es inmenso, que el progreso es cosa compleja, que las concepciones ardientes como germinan en los cerebros de los jóvenes, son la mayoría de las veces falsas y siempre incompletas. El ideal de un hombre de Estado, de mirada penetrante y de voluntad de hierro, que puede trazar planes para generaciones que aún están por nacer, ese ideal es una quimera engendrada por el orgullo del espíritu humano y que no tienen en su apoyo los hechos. Los planes de Carlomagno han perecido con este emperador, los de Richelieu han abortado, los de Napoleón eran gigantescos hasta la demencia. Pero un monarca constitucional, verdaderamente grande en su prudencia y cordura, no se inclinará hacía esas vanidades grandiosas. No edifica castillos en el aire: su carrera es la del mundo positivo: se ocupa en proyectos realizables, proyectos el cumplimiento de los cuales es deseable, y que vale la pena pensar en ellos. Con los ministros que sucesivamente le serán enviados, usará este lenguaje: «Creo esto ó aquello, pensad y considerad si hay algo aprovechable en mis ideas: he hecho el asunto objeto de un memorandum que someteré á vuestro estudio. Sin duda la materia no está agotada, pero creo os dará ocasión para reflexionar acerca de ella.» Después de algunos años de discusión con cada uno de los ministros sucesivos, los mejores planes de un rey muy prudente acabarán por ser adoptados, y sus proyectos de un mérito inferior, los que son impracticables, serán rechazados y abandonados. Semejante monarca no se adelantará inútilmente á su época, porque estará obligado á convencer á los hombres distin- 112  LA CONSTITUCIÓN INGLESA guidos que mejor le representan. Y el mejor medio para él de probar que tiene buenas ideas sobre las cuestiones nuevas y poco conocidas, es que después de pasados anos de discusión, lo repito, habrá probablemente llegado á tener consigo los personajes elegidos por el pueblo, es decir, personajes que no deban su posición más que á la conformidad de sus opiniones con las del público, y, por consiguiente, dispuestos á aceptar las concepciones nuevas y los pensamientos profundos. Un monarca constitucional, de una inteligencia sagaz y original, podrá, mejor que nadie, llegar á la tumba con la conciencia libre. Sabrá que sus mejores leyes están en armonía con las necesidades de la época, que gustan al pueblo para el cual están hechas, y que debe aprovecharse de ellas. Y su vida se habrá deslizado sin nubes. Habrá tenido siempre el gusto de haber sido escuchado; gracias á él, los que debían tener la responsabilidad de las medidas habrán reflexionado siempre antes de obrar; por fin, estará seguro de que los planes cuya ejecución habrá sugerido no podrán mirarse como puras salidas debidas al capricho de un individuo y que encierran la mayoría de las veces graves errores. Sus planes tendrán todas las probabilidades de ser excelentes, porque, después de haber tenido por autor á un hombre muy inteligente, habrán pasado por una larga prueba para alfin ser aceptados y puestos en práctica por gentes ordinariamente inteligentes. Pero ¿es posible contar con la existencia de un rey así? O bien, porque este es el punto más importante, ¿puede esperarse que habrá una sucesión de monarcas semejante? Conocida es de todos la respuesta del emperador Alejandro á Mad. Stail, un día que ésta acababa de POR W. BAGEHOT  113 ponderarle pomposamente los beneficios del despotismo: «Sí, señora, le dijo; pero eso no es más que un feliz accidente.» Sabía muy bien que las grandes capacidades y las buenas intenciones, cuya reunión es necesaria para que un déspota haga obra buena y útil, no aparecen con continuidad en una dinastía, cualquiera que sea; sabia que semejantes aptitudes están muy lejos de ser hereditarias en los hombres en general. ¿Puede esperarse que las cualidades necesarias al monarca constitucional se leguen más fácilmente? No; sin duda, no puede creerse. Hemos visto que las cualidades requeridas en un monarca constitucional, cuando se trata de organizar una administración, trascienden mucho del alcance ordinario de la inteligencia que tienen los soberanos para llegar al trono por la herencia. Temo mucho que una investigación imparcial no nos conduzca á la misma conclusión, por lo que toca á la utilidad de esos monarcas, mientras dura una administración. Si echamos una ojeada sobre la historia, advertiremos que sólo durante el actual reinado es cuando en Inglaterra se han sabido desempeñar bien los deberes de los monarcas constitucionales. Los dos primeros Jorges no conocían nada la política inglesa: eran enteramente incapaces de dirigirla, ni para bien, ni para mal. Durante varios anos, en su tiempo, el primer ministro no sólo tenia que obtener el favor del Parlamento, sino además el de una mujer: á veces, ésta era la reina; otras, quien dirigía al monarca era una querida. Jorge III se mezcló constantemente en los negocios; pero siempre para hacerlo mal. Jorge IV y Guillermo IV jamás se dedicaron á guiar á sus ministros; eran para ello incapaces. En el continente, la monarquía constitucional jamás duró más 8 114  LA CONSTITUCIÓN INGLESA de una generación. Luis Felipe, Víctor Manuel y Leopoldo son fundadores de sus dinastías. No es posible contar, ni en la monarquía constitucional, ni en la monarquía absoluta, con la transmisión hereditaria de las aptitudes que posee el jefe de la familia. Hasta donde la experiencia permite juzgar, no hay razón alguna para esperar que pueda existir una sucesión de soberanos que tengan las cualidades necesarias en el trono en una monarquía limitada. Si consultamos la teoría, mostrará ésta más aún cuán poco debe contarse con lo que queda dicho. Un monarca no es útil más que en el caso en que pueda dirigir á sus ministros con provecho para el público; pero sus ministros deben necesariamente estar en el número de los personajes más capaces de su tiempo. Es preciso que hayan manejado los negocios y que sepan defender su conducta ante el Parlamen- to de modo que éste quede satisfecho. Esos actos y esos discursos exigen que un hombre tenga importantes facultades y diversas. Ese doble ejercicio es excelente para dar la experiencia de las gentes; y por otro lado, fuera de eso, ¿por qué género de educación magnífica no tiene que pasar un miembro del Parlamento antes de que llegue ó sea reconocido como jefe? Es preciso que dispute con éxito un puesto del Parlamen- to; es preciso que se haga escuchar de la Cámara; es preciso que gane la confianza del Parlamento, y es necesario que además obtenga la confianza de sus colegas. Nadie llega á cumplir esas condiciones; nadie logra, lo que es más dificil, conservar el beneficio entero, cumpliéndolas, si no está dotado de un talento particular, admirablemente ejercitado por los detalles privados de la vida. ¿Qué motivo aparece cierto para que el monarca hereditario, tal cual la naturaleza lo POR W. BAGEHOT  115 ha hecho, tal como lo presenta la historia, pueda ser superior á un personaje, la educación y el nacimiento del cual son tan diferentes? En primer lugar, el rey no puede ser más que un hombre como tantos otros; á veces será un hombre inteligente, y otras veces será un estúpido. Por lo general, no será ni lo uno ni lo otro; será el individuo simple y corriente, nacido para seguir trabajosamente 3os pasos de la rutina desde la cuna hasta el sepulcro. Su educación no alcanzará sino el nivel al cual se llega cuando no se ha tenido que luchar; estará al tanto de que nada tiene que conquistar, por estarle reservado el primer lugar sin discusión; jamás habrá tenido que conocer las necesidades de la vida. En vano querrá esperarse de un hombre nacido en la púrpura un genio como el de un hombre extraordinario, que ha visto la luz lejos de los palacios. Aquel á quien por adelantado se le ha sefialado un puesto, ¿puede tener más juicio que otro que deba á su inteligencia la conquista del suyo? Aquel cuya carrera no pueda cambiar, ya tenga discernimiento, ya carezca de él, ¿puede tener la, exquisita penetración del hombre que se ha elevado por su sabiduría, y que caerá si deja de ser sabio? La principal ventaja de un rey constitucional está en lo permanente de su posición. Esta permanencia le proporciona la ocasión de adquirir sin cesar el conocimiento de los negocios; pero se limita á proporcioliarle la ocasión. Es preciso que sepa aprovecharse de ella. No hay en política caminos ó itinerarios reales: el z0 ,+ ,   de los negocios es enorme, desagradable, coma plicado, mezclado. Para estar al igual de sus ministros 11 en la discusión, es preciso que el rey trabaje como ellos; es preciso que, como ellos, sea un hombre de ne- O'i 116  LA CONSTITUCIÓN INGLESA gocios. No obstante esto, la verdad es que un príncipe constitucional es más inclinado al placer que atraído. por el trabajo. Un déspota debe saber que es como el eje del Esta. do, todo el peso de su reino descansa sobre su cabeza. Tanto como vale el hombre, vale su obra. Puede verse seducido por el atractivo de los placeres y abandonar todo lo demás, pero corre un riesgo evidente: el de perjudicarse y exponerse á una revolución. Si resulta incapaz de gobernar, algún otro más capaz que él conspirará contra su autoridad. En cambio, un rey constitucional no tiene nada que temer. Puede abandonar sus deberes sin que por ello se perjudique. Su situación es cosa por entero fija, sus negocios están seguros, las ocasiones de entregarse al placer son tan numerosas como se quiera. ¿A qué trabajar pues? Sin duda, perderá el beneficio del influjo posible y secreto que pasados años le procuraría su habilidad: pero un joven impetuoso, á quien el mundo le ofrece sus pompas y sus tentaciones, no se sentirá atraído por la perspectiva lejana de obtener un poco de influjo en cuestiones áridas. Podrá tomar muy buenas instrucciones y decirse: «El afio próximo me dedicaré á leer tales documentos; estudiaré el mundo político y me enteraré mejor de lo que en él pasa; no consentiré á esas mujeres que me hablen como me hablan.» Y ellas le seguirán hablando como antes. La pereza más incurable, es la que se mece en medio de los mejores proyectos. «El lord del Tesoro, dice Swift, ha prometido que despachará el asunto esta misma tarde, y lo repetirá cien días seguidos.» Es preciso no olvidar que el ministro cuyo poder resulta aminorado, por la ingerencia del rey en los negocios, no le apurará demasiado para que se dedique á ellos. ?1,11,i1 POR W. BAGEHOT  117 He ahí lo que ocurre cuando el príncipe sube al trono desde joven: pero el caso es aún peor cuando no, llega á él sino ya viejo ó en su edad madura. Entonces es incapaz de trabajar. Habrá pasado en la ociosidad toda su juventud y la primera parte de su edad viril; ¿es natural que sienta deseos de trabajar? Un príncipe ocioso y amigo de los placeres no se pondrá á trabajar á la mitad de su vida, como lo hacían Jorge III ó el príncipe Alberto. El único hombre capaz de hacer un buen rey constitucional, es el príncipe que comienza á reinar pronto, que durante su juventud haya sabido desdeñar los placeres para dedicarse al trabajo , y á quien la naturaleza haya concedido una gran penetración. Semejantes reyes son los grandes presentes del cielo, pero son además los más raros. Un rey holgazán, un rey ordinario sobre el trono constitucional, no dejará huella alguna en la historia de su tiempo; pasará sin hacer bien ni mucho mal: bajo él, el gobierno de gabinete de forma monárquica funcionará como si no tuviera forma monárquica. Un cero no tiene valor puesto á la izquierda. Pero, es sabido, corruptio optimi pessima: un mal paso bajo la forma monárquica es infinitamente más peligroso que bajo la otra forma. En efecto; puede fácilmente imaginarse que sube al trono constitucional un tonto, personaje activo y renovador, que quiere mostrarse siempre cuando no debe, y que no obra cuando haga falta, distrayendo á sus ministros del cumplimiento de las medidas más preciosas, y animándoles en la realización de las más deplorables. Igualmente se comprende que un rey de esta clase puede llegar á ser el instrumento de ciertas gentes: los favoritos podrán imponérsele, las queridas 118  LA CONSTITUCIÓN INGLESA podrán corromperle y la atmósfera de una corte viciada envenenará el gobierno de un país libre. Tenemos un terrible ejemplo de los peligros quepuede ofrecer la monarquía constitucional: ocurrió cuando r jreinaba un rey loco. Durante la mayor parte de su existencia, Jorge III sintió que la razón no estaba firme y que se sobrescitaba en cada crisis. Durante toda su vida, tuvo una obstinación rayana en la locura. Y fué muy fatal esa su obstinación; no era posible sustraerle al error; su posición elevada le permitía apartar lejos del buen camino á los ministros mejores que él, pero más débiles. Daba un excelente ejemplo de:moralidad á sus contemporáneos; pero fué uno de esoshombres de quien puede decirse que el bien'que ha hecho desaparecen con ellos, mientras que el mal:subsiste;pues les sobrevive. Prolongó la guerra de América, quizá fué quien la causó, legándonos el odio - de los americanos; opúsose á los sabios proyectos de Pitt, legándonos las dificultades de la cuestión irlandesa. No permitió hacer el bien en tiempo oportuno, y ahora nuestros esfuerzos con ese objeto son inoportunos y estériles. La monarquía constitucional bajo un monarca activo y medio loco es uno de los gobiernos más tristes. Semejante monarca es un podersecreto que se mezcla en todo y que despliega ordinariamente la obstinación; su poder se engaña á menudo, dirige á los ministros mucho más de lo que éstos creen, y se impone á éstos mucho más de lo que el público se imagina; no tiene ninguna responsabilidad porque es impenetrable, no puede tener trabas porque es invisible. Seguramente las ventajas que procura un buen monarca son infinitamente preciosas, pero los. desastres que puede ocasionar un mal rey son casi irreparables. POR w. BAGEHOT  119 Estas conclusiones las veremos confirmarse examinando los poderes y los deberes que un rey de Inglaterra está llamado á ejercer cuando una administración cae del ministerio. Pero el poder de disolver la Cámara de los Comunes y la prerrogativa de crear pares, dos atribuciones del monarca en el momento de crisis, tiene una importancia tal y abrazan cuestiones tan complejas, que es imposible hablar de ellas con detalles suficientes, al final de un capitulo tan largo como éste. 1 126  LA CONSTITUCIÓN INGLESA liar, tienen menos recursos que otras veces tenían. Lo que hace su poder es el despliegue teatral de su magnificencia. Pero la sociedad pierde de día en día más y más el hábito del aparato. Como ha hecho notar nuestro gran autor satírico, «el útimo duque de San David cubría en otro tiempo con su acompañamiento el camino del Norte: los dueños de fondas y sus dependientes se inclinaban ante él. El duque actual sale de la estación fumando su cigarro en su brougham, La aristocracia no podría arrastrar el tren de otros tiempos, aun cuando así lo quisiera: un influjo más fuerte que ella se opone. Sus miembros obedecen á la tendencia que, en la sociedad moderna, eleva el nivel medio y rebaja comparativamente, quizá hasta de un modo absoluto, la cumbre. A medida que desaparecen el lado pintoresco y los colores vistosos de la sociedad, la aristocracia pierde lo que le servia para dominar. Recordando de qué profundo respeto estaba antes rodeada la nobleza, sorprenderá ver que la Cámara de los Lores, como asamblea, haya ocupado siempre el segundo rango, que siempre haya sido como hoy, no la primera, sino la segunda de nuestras asambleas. Por de contado, no hablo de la Edad Media, no trato aquí ni del período embrionario por el cual ha debido pasar nuestra Constitución, ni de su infancia. La considero tan sólo en el estado adulto. Examinémosla en los tiempos de Roberto Walpole. Sir Roberto debla su titulo de primer ministro á su manera de manejar la Cámara de los Comunes; cayó del poder, por haber sido derrotado en la Cámara baja á propósito de una petición sobre asuntos electorales; no gobernó á Inglaterra más que porque gobernaba la Cámara de los Comunes . Y, sin embargo, la nobleza era entonces POR W. BAGEHOTt  127 el poder preponderante en el pais. En muchos distritos la palabra de un lord era la ley. El lord Lowther, el malo, como se decía, dejó en Westmoreland un nombre que ha inspirado terror hasta la generación actual. La mayoría de los diputados de los burgos y la mayor parte de los diputados de los condados, eran hechura de la aristocracia; se obedecía respetuosa y piamente. Como individuos, los pares eran los pri• meros personajes del país ; pero como Cámara delibe,- rante, la asamblea de los pares no era más que la segunda del Parlamento. Diversas causas han contribuido á crear esta anomalía, pero la principal era perfectamente natural. Jamás en la Cámara de los Pares los principales nobles del país han desempeñado el papel más importante. La naturaleza se oponía á ello. Las cualidades que distinguen á un hombre en una asamblea deliberante no son hereditarias y no se legan con los grandes dominios. En medio de la nación, en las provincias, en su país, un duque de Devonshire ó un duque de Bodford era, sin duda, un personaje más grande que lord Thurlow. Esos duques tenían á su disposición grandes propiedades, varios burgos, una muchedumbre de partidarios que componían una especie de corte. Lord Thuriow no tenía ni burgos, ni partidarios, vivía de sus sueldos. Mientras la Cámara de los Lores no estaba reunida, los duques eran no sólo más grandes personajes que él, sino que lo eran sin comparación posible. Inmediatamente que la Cámara estaba reunida, lord Thurlow se elevaba muy por encima de ellos. Tenía el don de la palabra y los duques no. Podía tratar en media hora de los asuntos que éstos no hubieran sido capaces de entender y de tratar en un día, y eso en el supuesto de que aun así llegasen á con- 1 128  LA CONSTITUCIÓN INGLESA seguirlo. Cuando un par, enemigo de su influencia, era bastante tonto para aludir á su nacimiento, le imponía silencio diciendo que vale más deber su posición á sí mismo, que á sus antepasados, toda vez que la nobleza adquirida por nacimiento no es más que «el accidente de un accidente». Una Cámara así compuesta no estaba hecha para que gustase á los grandes personajes de la aristocracia. No podía convenirles desempeñar en su propia asamblea un papel que, sin embargo, hablan tenido, un papel que les ponía por debajo del abogado recién llegado á los honores, de quien podría decirse que todos le conocieron sin pleitos que defender, hablando por ganar dinero y persiguiendo constante la moneda. Los principales pares no sacaban lustre alguno de su presencia en la Cámara, antes al contrario, perdían con ello su prestigio. Para salir de esta situación tuvieron que acudir á dos recursos. Primeramente inventaron las procuraciones, que los permitían votar sin estar presentes, sin exponerse á ser ofendidos por el vigor de las invectivas, sin correr el riesgo del ridículo, sindejar sus posesiones ó el palacio de la ciudad en que eran semidioses. Luego, y este recurso era más eficaz, buscaron la manera de ejercer en la Cámara de los Comunes el influjo que se les iba de la Cámara de los Lores. En efecto; por este camino indirecto es como un señor poderoso en los campos, capaz de contribuir por mitad en la elección de dos representantes de condados y de nombrar dos representantes de burgos, procurando acaso sus puestos á los miembros partidarios del gobierno, disponiendo á veces hasta del que ocupaba el jefe de la oposición, se encontraba hecho un personaje más influyente que lo hubiera sido yendo á POR W. BAGEHOT  129 su propia Cámara á escuchar la palabra del canciller. Así, la Cámara de los Lores, aunque estaba compuesta, de los primeros personajes del reino, no tenia ya más que un influjo secundario; porque los principales pares, los que tenían una importancia social, como tenían en casi todo su poder un influjo latente, pero enorme en realidad que ejercían en la Cámara de los Comunes, permanecían punto menos que indiferentes ante las discusiones de la Cámara alta. Cuando se deja de considerar la Cámara de los Lores bajo su aspecto imponente para examinarla en su lado estrictamente útil, se encuentra que nuestra teoría constitucional, como la mayoría de las obras de este género, tiene muchas faltas. Según esta teoría, la Cámara de los Lores seria un Estado del reino del mismo orden y del mismo rango que la Cámara de los Comunes, seria la rama aristocrática del Parlamento, al modo como la Cámara de los Comunes es la rama popular, y esta última no tendría, en virtud del derecho constitucional, más que una autoridad igual á la de su rival. Esta doctrina es completamente falsa: se debe notar, por el contrario, y esta es una de las ventajas particulares de la Constitución inglesa, que tenemos una Cámara alta, la autoridad de la cual, aunque real en definitiva, es siempre menor que la que tiene la Cámara de los Comunes. Es, sin duda, un inconveniente tener dos Cámaras distintas con poderes iguales. Cada una de las dos tiene el derecho de oponer un obstáculo á la obra legislativa que, en un momento dado, puede ser muy necesaria. En este momento tenemos la mejor prueba posible: la Cámara alta de nuestra colonia de Victoria, en donde tienen su asiento los ricos productores de lana, está en desacuerdo con la Cámara baja de aquel 9 130  LA CONSTITUCIÓN INGLESA pais, y, por consiguiente, la mayoría de los asuntos están en suspenso. Sin el empleo de una simple estratagema, toda la máquina gubernamental dejaría de funcionar. La mayoría de las constituciones tienen ese vicio. Se observa esto en aquellas que siguen las dos principales repúblicas del mundo. Según la Constitución de los Estados Unidos y según la Constitución de Suiza, la Cámara alta tiene tanta autoridad como la otra Cámara; podrá suscitarla dificultades extremas, y, si bien le parece, paralizarla por entero; si no lo hace, débese menos á la aplicación de las reglas constitucionales que á la prudencia de los miembros que componen la Cámara alta. En. las dos Constituciones que acabamos de mencionar, esta peligrosa división de los poderes se apoya en una doctrina particular en la cual no tengo por qué ocuparme en este momento. Se pretende que en un gobierno federal debe existir alguna institución, alguna autoridad, algún cuerpo que posea un derecho de veto y que represente sobre una base de igualdad á cada uno de los Estados que componen la federación. Declaro que esta doctrina no me parece evidente por completo, y que más bien está fundada en alegatos que en pruebas. El Estado de Delaware no tiene en realidad ni el mismo poder ni el mismo influjo que el Estado de Nueva York, y no se logrará igualarle con éste otorgándole un derecho igual de veto en la Cámara alta. Sin embargo, esta anomalía se explica refiriéndose al origen histórico de la Constitución. En efecto; era natural que los pequeños Estados procurasen introducir en la Constitución federal algún testimonio significativo, algún recuerdo de su antigua independencia. Pero cuando de una institución se trata hay que ver si satisface los sentimientos naturales y si respon- -Á» .1. POR W, BAGEHOT  131 nn ••• n •• n ••• n ••• n ~Inr../.0.. Tle á las necesidades políticas. Si es verdad que un gobierno federal debe contar con una Cámara alta que pueda, llegado el caso, tener la última palabra en ciertas cuestiones, no por eso deja de ser una causa de conflicto y de lucha, y un grave inconveniente que sumar á las ya bien numerosas imperfecciones que caracterizan esta forma de gobierno. Una imperfección, por necesaria que sea, no por eso deja de ser una imperfección. En toda Constitución, la autoridad debe residir en alguna parte. El poder soberano debe ser concedido á quien pueda ejercerlo. Eso es lo que han hecho los ingleses. La Cámara de los Lores, desde el momento del acto de reforma de 1832, estaba en tan mala actitud respecto de la Cámara de los Comunes como puede estarlo en Victoria la Cámara alta con relación á la Cámara baja; y, sin embargo, se vió obligada á ceder y á otorgarle su concurso. Como la corona tiene derecho á crear nuevos pares, el rey entonces prometió á su ministerio hacer uso de esta prerrogativa. Para evitar este precedente, que no era muy de su gusto, la Cámara de los Lores consintió en adoptar el bill. No se hizo uso de la prerrogativa, pero se vió muy bien que era tan útil como enérgica. Del propio modo que le basta á un patrono saber que sus obreros pueden ponerse en huelga, para que les haga concesiones con el objeto de evitar la huelga, así bastó que la voluntad real, de acuerdo con la opinión popular, pudiese imponer á la Cámara alta nuevos miembros destinados á dominar su oposición, para que esta última se haya visto obligada á hacer concesiones. Después del acto de reforma, las funciones que la Cámara de los Lores habla tenido en la historia han sido muy modificadas. Antes de este acto si no era, IN 132  LA CONSTITUCIÓN INGLESA propiamen t e hablando, una Cámara directiva, era,. por lo menos, una Cámara de directores. Comprendia en su seno los miembros principales de la nobleza,. cuyo influjo era preponderante en la Cámara. El influjo de la aristocracia era tan poderoso en esta última. Cámara, que jamás se pudo temer que se rompiera el acuerdo entre las dos Cámaras del Parlamento. Cuando las dos Cámaras entraban en lucha, era, por ejemplo, en el gran problema del asunto de Aylesbury, sobre sus respectivos privilegios, y no á propósito de la política nacional. El influjo de la nobleza dominaba hasta un punto tal, que no le era necesario extenderse. Aunque muy diferente entonces en este pun- to de lo que es hoy, la Constitución inglesa no estaba tocada del vicio que se observa en la Constitución de Victoria, en la Constitución de Suiza. No exigía.. que las dos Cámaras tuviesen su origen distinto; ambas, por el contrario, procedían de la misma fuente, porque el elemento preponderante era el mismo en la una que en la otra, y todo peligro de conflicto se evitaba gracias á esta unidad latente. La Cámara de los Lores se ha convertido después del acto de reforma en una Cámara de revisión que tiene una autoridad suspensiva. Puede modificar ó rechazar los bilis cuyo voto no es reclamado con insistencia por la Cámara de los Comunes, y acerca de la cual la opinión pública se muestra aún indecisa. El veto de los lores es, por decirlo así, condicional. Cuando se oponen á una medida, es como si dijesen: «Rechazaremos ese bill una vez, dos veces, hasta tres veces; pero si persistís en enviárnoslo, acabaremos por aceptarlo.» Así, pues, la Cámara de los Lores no tiene bastante influjo para dirigir los negocios, ni aun siquiera de una manera latente, pero puede rechazar POR W. BAGEHOT  183 temporalmente ó bien puede modificar las medidas propuestaá. El único titulo en que el duque de Wellington puede fundar su reputación de hombre de Estado, es haber presidido ese cambio. Quiso llevar á los lores á su verdadera posición y logró hacerlo. En 1846, en el momento de la crisis provocada por la ley sobre los cereales, y cuando se preguntaba si la Cámara de los Lores resistiría ó cedería, escribió á quien hoy se llama lord Derby: «Desde hace años, puede decirse que desde 1830, cuando dejé yo el poder, me he esforzado por dirigir la Cámara de los Lores según los principios que me parece que motivan su existencia en nuestra Constitución, según los principios conservadores. Invariablemente me he opuesto á todas las medidas violentas y extremas, lo que no es, precisamente, el medio más adecuado para adquirir influencia en un partido politico en Inglaterra, sobre todo en la oposición. Siempre apoyé al gobierno en las ocasiones más importantes; siempre he ejercitado mi influjo personal con el objeto de evitar el contratiempo de cualquier desacuerdo ó conflicto entre las dos Cámaras. Voy á citar á este propósito algunos ejemplos: bastarán para caracterizar á los ojos de usted la dirección que yo he dado al Parlamento, y al propio tiempo le explicarán, hasta tierto punto, el poder extraordinario que yo he ejercido durante tantos años, sin tener para ello ningún derecho aparente. »En cuanto pude advertir las dificultades con que había de tropezar el difunto rey Guillermo, á causa de su promesa de crear nuevos pares, el número de los que aún no estaba determinado, me decidí á conseguir, y lo logré, que un gran número de los otros lores no pa- 134  LA CONSTITUCIÓN INGLESA reciesen por la Cámara durante las últimas discusiones relativas al acta de reforma, después de la ruptura de las negociaciones entabladas para formar un nuevo ministerio. Esta conducta produjo entonces no poco descontento en nuestro partido; á pesar de eso, creo que tal conducta salvó la existencia de la Cámara de los Lores y la Constitución del país. »Mas tarde, en el período de 1835 á 1841, logré obtener de la Cámara de los Lores el abandono de ciertos principios y de ciertos sistemas que habían dictado nuestras resoluciones y nuestros votos acerca de los diezmos y de las corporaciones de Irlanda, así como sobre otras medidas, lo que contrarió á muchas gentes. Pero recuerdo sobre todo una circunstancia, la relativa á la unión entre las provincias del alto y del bajo Canadá: yo había hecho en un principio la oposición á esta medida; hasta habla protestado contra ella, y en las últimas discusiones conseguí obtener de la Cámara la aceptación y el voto del acto, para ahorrar al interés público el inconveniente de una lucha entre las dos Cámaras acerca de una cuestión de importan cia tal. »Además apoyé las medidas de gobierno y protegí á uño de sus servidores en China: el capitán Elliot. Todo eso tendía á debilitar mi influencia cerca de algunos de los nuestros; otros, en cambio, quizá la mayoría, han aprobado mi conducta. Sabido es también, que, desde el comienzo de la administración de lord Melbourne, tuve con él relaciones continuas acerca de los asuntos militares en el interior y en el exterior. Lo mismo ocurrió con respecto á otros asuntos . » Naturalmente, mí influjo en el partido conservador disminuía un_ tanto, pero mi objeto era procurar facilidades y satisfacción al soberano y mantener el_ POP W. BAGEHOT  135 buen orden. Por último, llegó el momento en que el ministerio de sir Roberto Peel presentó su dimisión, en el mes de Diciembre último, y cuando la reina quiso encargar á lord John Russell de formar una situación, el 12 de Diciembre, la reina me escribió la carta de que envio copia adjunta bajo un sobre, con la copia de mi respuesta de la misma fecha: parece ser que usted no debió de leer nunca esas cartas, aun cuando yo las haya puesto inmediatamente en conocimiento de sir Rober- to Peel. Me era imposible 'obrar de un modo distinto del que decía en mi carta á la reina. Soy servidor de la corona y del pueblo. He recibido el premio y la recompensa de mis servicios y me considero como obligado; es preciso que yo sirva según mi deber lo exige, mientras yo pueda hacerlo con dignidad y mientras mi salud y mis fuerzas me lo permitan; pero es evidente que llegará , que debía llegar el fin de las relaciones de confianza que existían entre el partido conservador y yo, su. consejero. Yo hubiera podido, sin faltar á la lógica, y hasta algunos creen que yo hubiera debido negarme á pertenecer al gabinete de sir Roberto Peel en la noche del 20 de Diciembre. Tengo la. firme convicción de que si yo hubiera obrado así, el gobierno de sir Roberto Peel no hubiera podido organizarse, y nosotros hubiéramos tenido el poder al día siguiente y... »En todo caso, es muy evidente que cuando llegue el momento de tomar una determinación de ese género, lo que ocurrirá tarde ó temprano, no tendré ya influjo alguno sobre el partido conservador, aun en el caso de que yo fuese bastante poco hábil para intentarlo. Encontrará usted, por tanto, el puesto libre, y no tendrá usted que ventilar ningún desacuerdo conmigo, cuando lo logre, porque en la carta que yo he 142  LA CONSTITUCIÓN INGLESA la atención pública, pero que de seguro á ellas les preocupa, toda vez que su fortuna se halla en ella com. prometida, harían con toda evidencia su voluntad. Tina fracción potente cuyos intereses sean contrarios á los del público, puede, gracias á cualquier azar y por un momento, tener un influjo preponderante en una gran asamblea; es, pues, muy útil que tengamos otra Cámara cuyo espíritu y cuyos elementos sean distintos de la de la otra Asamblea, y así no procuren á la indicada facción una mayor probabilidad de imperar. La más peligrosa de esas facciones ó pandillas es la que puede constituir el cuerpo ejecutivo, porque es de todas la más potente. Es muy posible, porque la cosa ya ha ocurrido y ocurrirá de nuevo, que el gabinete, con el gran influjo que tiene en la Cámara de los Comunes, se aproveche de él para imponer al pais medidas secundarias que no le interesen, pero de las cuales no se haya dado suficiente cuenta para oponerles un obstáculo. Ahora bien; si hay un tribunal de revisión en el cual el ejecutivo, á pesar de su potencia, se encuentra que tiene un influjo menor que en la Cámara de los Comunes, el gobierno no marchará tan fácilmente; en virtud del derecho que tiene de aplazar las medidas, la Cámara de revisión se opondrá á las pequeñas tentativas de tiranía parlamentaria, aunque le sea imposible impedir ni estorbar una resolución seria. Además, toda gran Asamblea está sometida á muchas fluctuaciones: no es una Cámara única, sino, por decirlo así, una colección de Cámaras que componen los distintos miembros; la reunión de hoy no es la misma que se celebrará mañana. Se obtiene, sin duda, una cierta unidad, gracias á la precaución que el eje- o POR W. RAGE110T  143 cutivo debe tomar y toma en efecto, de convocar un número de miembros suficiente; hay en esto un elemento constante alrededor del cual varían sin cesar elementos accesorios. Pero aunque sea admitiendo la ventaja que pueda tener esta experiencia saludable, la Cámara de los Comunes, como todas las Cámaras de ese género, no está menos sujeta á movimientos. inesperados y repentinos, porque los miembros que la forman se renuevan de tiempo en tiempo. De ahi nace un vicio peligroso que siempre se advierte en nuestras leyes; muchos actos del Parlamento se motivan de una manera muy confusa, lo cual proviene de que la mayoría no siempre ha estado compuesta de -la misma manera para aprobar las diferentes cláusulas de aquéllos. Pero el mayor inconveniente - que experimenta la Cámara de los Comunes, es que no tiene tiempo . La vida de esta Cámara es extremadamente penosa: es un largo tejido de ocupaciones voraces que abrazan una masa tal de asuntos, que una asamblea de ese género jamás ha podido en rigor examinar. Hay que tener en cuenta que el imperio británico es una aglomeración de paises diversos, y cada uno de esos paises envía su parte de negocios á la Cámara de los Comunes. Un día es la India, otro día es Jamaica, más tarde China, luego Schleswig-Holstein. Nuestra legislación se extiende sobre toda clase de asuntos porque nuestro imperio comprende toda clase de elementos. Las interpelaciones dirigidas á los ministros recaen, por si solas, ya sobre la mitad de los sucesos que ocurren en el mundo; los bilis de interés privado que otorga nuestro gobierno, á pesar de su interés secundario, dan, según toda probabilidad, tanto trabajo á la Cámara de los Comunes como el que hayan podi- ;IP 144  LA CONSTITUCIÓN INGLESA do proporcionar á la vez los negocios nacionales y privados á cualquier asamblea. La escena está tan llena de asuntos que sin cesar se suceden, que es muy dificil no perder la cabeza. Ocurra lo que ocurra más adelante, cuando se haya imaginado un mejor sistema, es lo cierto que la Cámara de los Comunes se ocupa de la obra legislativa con todos sus detalles, con todas sus cláusulas. Es, en verdad, un triste espectáculo el que ofrece el despilfarro de talento y de inteligencia al cual se entrega la Cámara cuando está reunida en Comité para discutir un bill cuyas cláusulas son numerosas, y los adversarios del bill piensan desnaturalizarlo, mientras  1,5 .sus partidarios hacen todo género de esfuerzos para mejorarlo. Un acto del Parlamento es cosa, por lo  :Y] menos, tan compleja como un contrato de matrimonio: cuesta tanto trabajo prepararlo corno costaría hacer el contrato, si para determinar las condiciones  I se apelase al recurso de votar la mayoría de las personas en él interesadas, incluso los hijos que han de nacer. Cada interés tiene su defensor, que trata de obtener todas las ventajas posibles. Gracias á las fuerzas disciplinadas de que dispone, y gracias á un pequello número de miembros que consagran á la obra una reflexión asidua, el poder ejecutivo consigue mantener una especie de unidad; pero el resultado es muy  ttu imperfecto. La máquina se la juzga por su obra. Si  1`11 una persona, al corriente de lo que deba ser un documento judicial, se tomase el trabajo de comparar un testamento que acaba de firmar con un acto del Parlamento, no podría menos de decir: «De seguro hubiera despedido á mi procurador si se hubiera permitido tratar mis asuntos como el Parlamento trata los del país.» Mientras la Cámara de los Comunes está en la situación en que hoy se encuentra, una Cámara alta bien compuesta, capaz de revisar, de regularizar y de aplazar sus actos, tendrá siempre una inmensa utilidad. Pero ¿es que la Cámara de los Lores es la Cámara que ahi se indica? ¿Desempeña, por ventura, su tarea de una manera adecuada? Nadie expone la cuestión. La Cámara de los Lores, desde hace lo menos treinta años, es una institución que el pueblo acepta sín discutirla. Las pasiones populares no se han vuelto hacia ese lado; las imaginaciones más ardientes no se han dedicado á estudiar el asunto. La Cámara de los Lores tiene el mayor mérito que una Cámara semejante puede tener, es posible. Es extremadamente dificil tener una buena Asamblea de revisión, porque es muy dificil encontrar una clase de revisores cuya decisión entrañe respeto. Un Senado federal, una segunda Cámara que represente al Estado en su unidad, posee esta ventaja en grado eminente: esta Cámara personifica un sentimiento profundamente arraigado en el pueblo, un sentimiento más antiguo que los accidentes complicados de la política y mil veces más fuerte que los sentimientos provocados por la política ordinaria; personifica el sentimiento local: «Mi camisa, decía un patriota suizo defendiendo los derechos de los Estados particulares; mi camisa me es más cara que una levita.» Cada Estado de la Unión americana considerarla una falta de respeto al Senado como si fuera una falta de respeto hacia él mismo. Por eso el Senado es respetado en aquel pais; sean cuales fueren sus méritos, el principal es que pueda obrar; tiene una existencia real, in.) dependiente y eficaz. Ahora, en los gobiernos ordinarios, hay un obstáculo que fatalmente se opone á que 10 146  LA CONSTITUCIÓN INGLESA una creación no emanada del pueblo tenga una influencia potente en el espíritu popular. Es casi un pleonasmo decir: la Cámara de los Lores es independiente. No seria ni potente ni posible si no se la considerase independiente. Los lores son, en diversos respectos, más independientes que los miembros de la Cámara de los Comunes: su opinión puede no ser tan buena como la opinión de los representantes; pero, á no dudar, les corresponde por entero. En cuanto constituyen un cuerpo del Estado, los lores no son accesibles á ninguno de los incentivos que ofrece las distinciones sociales, y en nuestros tiempos no es esto una ventaja despreciable. Muchos miembros de la Cámara baja, que serian insensibles á todo otro género de corrupción, no saben resistir al influjo ejercido por esas distinciones. En cuanto á los directores de periódicos y á los escritores, todavía es peor esto: por lo menos, aquellos que tienen bastante influjo para encontrarse en la órbita de la tentación, no aspiran más que á lo que se llama posición en la sociedad; por entrar en la intimidad de la aristocracia, nada hay que no estén dispuestos á hacer y á decir. En cambio, los lores son gentes en situación de distribuir esas tentaciones más bien que en la de tener que sufrir sus efectos. Están por encima de la corrupción porque pueden corromper á los demás. No tienen un cuerpo de electores á quienes temer y atraer; pueden formarse una opinión reflexiva y desinteresada mejor que cualquier otra clase de la sociedad. Además, tienen tiempo sobrado ; no están distraídos por ninguna otra ocupación verdaderamente digna de este nombre. Los placeres del campo no pasan de ser un recreo, aunque muchos lores toman el deporte con una serea I: .: I II POR W . BAGEHOT  147 nidad verdaderamente británica. Hay pocos ingleses que consientan en enterrarse bajo los libros de ciencia ó de literatura, y los miembros de la . aristocracia son acaso menos inclinados á eso que los de las clases medias. En cuanto á la sociedad, es excesivamente tiesa y aburrida para ocupar su espíritu, como ocurría en otras épocas. La aristocracia repele el contacto con la clase media; teme al comerciante y al negociante. No se atreve á crear para su entretenimiento centros de sociedad, como en otros tiempos hacia la aristocracia francesa. La política es la única cosa que puede realmente ocupar el espíritu de un par inglés. Puede entregarse á ella por entero; de suerte que la Cámara de los Lores junta á la independencia que le permite revisar sanamente las cuentas de los Comunes, y á la posición que le augura el respeto de sus decisiones, el tiempo necesario para revisar esos actos con conocimiento de causa. Son todos estos grandes méritos; vista la dificultad que existe para encontrar una segunda Cámara que sea buena, y vista la necesidad que nosotros sentimos de tener una, para completar la obra de la primera, preciso es que nos felicitemos de cómo están las cosas. Pero no nos dejemos deslumbrar por esos méritos. La Cámara de los Lores tiene también imperfecciones que los neutralizan. Su riqueza, la consideración de que goza, el tiempo libre de que disponen sus miembros, parecerán condiciones suficientes y de naturaleza adecuada para asegurarle un influjo mucho más grande, si esas ventajas no estuviesen contrapesadas por imperfecciones secretas que amenguan su valor. La primera de esas imperfecciones apenas puede llamarse secreta, aunque en el fondo no se la conozca 148  LA CONSTITUCIÓN INGLESA demasiado. Un hombre que ha criticado nuestras instituciones sin ser su adversario, ha dicho que el remedio de la admiración hacia la Cámara de los Lorea está en ver esta Cámara cuando funciona; no en un día de lucha apasionada entre los partidos, ni en un momento de solemnidad, sino en la marcha ordinaria de su vida. Puede haber en escena allí, hasta media docena de lores solamente; basta la presencia de tres lores para que haya derecho á deliberar. Algunos miembros de la Cámara se mueven mucho de un lad para otro, principalmente los grandes oradores y los jurisconsultos; hace algunos años, cuando Lyndhurst, Brougham y Campbell estaban en la fuerza de la edad, ellos eran los que más hablaban; por último, vense allí algunos hombres de Estado de todos conocidos. Pero, en suma, la masa de las Cámaras no se cuenta para nada. He ahí por qué los oradores habituados á los Comunes no gustan de tomar la palabra en la Cámara de los Lores. Lord Chatham tenía la, costumbre de llamarla le lapicería. En cuanto á la Cámara de los Comunes, ofrece un espectáculo muy animado. Cada uno de sus miembros, cada átomo de este conjunto confuso tiene sus puntos de vista propios, buenos ó malos, sus propios designios, grandes ó mediocres, sus propias ideas acerca de lo que se hace ó sobre lo que se debería hacer; hay allí una afluencia de elementos heterogéneos, pero vigorosos, y la obra que de todo ello resulta no deja de tener unidad y de ser buena. Puede decirse que existe un sentimiento, un espíritu de la Cámara; y para quien sabe darse cuenta de él, ese espíritu tiene su valor. Un hombre, con cierta ironía, ha llegado á decir que la Cámara de los Comunes tiene más espiritu que ninguno de sus miembro En cambio, la Cámara de los Lores no tiene ni un átomo de ese espíritu, porque no tiene vida. La Cáál mara baja está compuesta de hombres políticos muy activos; en la Cámara alta, la actividad, por lo menos, falta. Esta apatía, es verdad, no es tan grande en realidad como en la apariencia resulta. Como es sabido, los comités en la Cámara de los Lores trabajan mucho, y su tarea es excelente. Nada más natural, por otro lado, que los lores tiendan un tanto á la apatía. Cuando una Cámara está compuesta de gentes ricas que pueden votar por procurador sin acudir personalmente á ocupar se puesto, puede esperarse que no acudirán con gran premura. Pero no por esto queda menos patente la indiferencia real con que la mayoría de los pares desempeñan sus deberes, lo cual es un grave defecto, constituyendo su indiferencia aparente un verdadero peligro. En política, es una verdad profunda la que encierran estas palabras de lord Chesterfield: «Las gentes se juzgan según lo que parece que son, y no según lo que son efectivamente.» La gente no se preocupa más que de lo que parece ser, no de lo que es. Una asamblea, y sobre todo una asamblea de revisión cuyos miembros no se reunan y no parecen interesarse por su tarea, tienen un defecto capital desde el punto de vista político. Puede, sin duda, ser útil, pero le costará gran trabajo convencer al pueblo de su utilidad. La otra imperfección de la Cámara de los Lores tiene todavía mayor gravedad; no es sólo la opinión que se tiene de lo que hacen los lores, lo flojo, sino su obra real misma. Para ser un tribunal de revisión, la Cámara de los Lores está compuesta de elementos demasiado conformes. Los errores pueden ser de varias clases; pero según su composición, la Cámara de los 150  LA CONSTITUCIÓN INGLESA Lores no procura un preservativo sino contra una sola especie de errores: la que proviene de los cambios demasiado precipitados. Los lores, aparte algunos jurisconsultos y algunos que no es posible clasificar, son en general grandes propietarios más ó menos opulentos, todos tienen más ó menos las opiniones, las cualidades y los defectos de esta clase. No revisan la legislación, si es que la revisan, sino de una manera conforme á los intereses, á los sentimientos y á los prejuicios de los propietarios territoriales. A partir del acto de reforma, esa tendencia no se ha rectificado y está á la vista de todos. Los lores se han mostrado, si no hostiles, lo que seria mucho decir, por lo menos vacilantes en la aplicación de las leyes nuevas. Y esto porque en esas leyes hay un espíritu extraño á su espíritu, el cual han procurado, hasta donde les ha sido' posible, apagar. Este espíritu se ha llamado el espíritu moderno. No es, en verdad, fácil definir este espíritu moderna con una sola frase; su aliento vive en nosotros, anima nuestras almas y engendra nuestros pensamientos. Todos sabemos en qué consiste, y, sin embargo, seria preciso un largo estudio para señalar sus limites y su exacto sentido. Los lores son sus adversario, y, dondequiera que se muestren, no serían capaces de revisar imparcialmente, gracias á los prejuicios que les dominan. Esta unidad de comparación no sólo no seria un defecto, sino que seria ó á lo menos podría ser un méri- to, si el sentido critico de los lores, aun siendo como es sospechoso de parcialidad, se apoyase en un gran fondo de conocimientos. Las obras legislativas que llevan el sello de una época, deben participar de las imperfecciones de esta época. Como responden á ne- ao POR W. RAGEROT  151 cesidades especiales, están condenadas á ser de una naturaleza un tanto estrecha; comprenden mal ciertas cosas y abandonan otras. Si, por fortuna, entonces hubiese un sentido critico para completarlas, mediante el cual se pudiera discernir lo que la época no ve, viendo sanamente lo que la época ve mal, se conseguirían inmensas ventajas. ¿Pero es que acaso la Cámara de los Lores está dotada de semejante facultad? La oposición que revela contra las obras legislativas que reflejan el espíritu moderno, ¿puede atribuirse á que vea lo que no ven las gentes de nuestro siglo, y á que vea más claramente de cómo estas gentes logran percibirlo? El más decidido partidario de la Cámara alta, su admirador más ferviente, si es sincero y razonable, no se atreverá á afirmar ese hecho, que tiene en contra suya la evidencia. Respecto, por ejemplo, de la cuestión del librecambio; es evidente que los lores estaban en terreno falso en cuanto á la opinión que tenían y que habría inspirado su conducta si hubieran sido dueños de obrar como hubieran querido. En esta cuestión es en la que el espíritu moderno ha hecho sus pruebas de la mejor manera, y entonces ó nunca, era fácil reconocer que ese espíritu era un buen consejero. El comercio es como la guerra: sus resultados son palpables. ¿Se gana ó no se gana dinero? Las cifras dan en esto un fallo sin apelación como las batallas. Ahora bien; no ofrece duda que Inglaterra se ha aprovechado admirablemente del librecambio; desde que éste se ha establecido gana más dinero, y el dinero se defiende más, como se debía desear entre nosotros. Pues bien; en estas circunstancias, en las que el espíritu moderno ha probado de un modo incontrastable que tenia razón, la Cámara de los Lores estaba equivocada, 254  LA CONSTITUCIÓN INGLESA colonias que excede, con mucho, á las que poseen loa demás Estados de Europa. Y hoy la i nmensidad de nuestras operaciones es singularmente molesta y dificil: nos obliga á conservar un material considerable en buques y en armas, mientras que de otro lado, motivos muy importantes S nos obligan á no recargar demasiado el material que hemos de tener. El arte de  /' las construcciones navales y el arte militar, están ambos en un estado de transición; el invento de hoy puede ser relegado mañana al rango de la antigualla, á causa del descubrimiento de nuevos procedimientos. En una enorme cantidad de buques y armas, hay inevitablemente una buena parte que debe ponerse á un lado, á causa de inutilidad, de insuficiencia y de vejez prematura, cuando llega el momento de servirse de ellos. Se dirigen al Almirantazgo dos censuras contradictorias; los unos dicen: «No tenemos buques, ó por lo menos no tenemos buques con los cuales contar, ni flota digna de su nombre.» Otros exclaman: «Todos nuestros buques son malos, nuestra artillería es mala; tenemos un material malo; con su triste manía de construcción , el Almirantazgo ha acumulado un material excesivo, siendo así que hubiera debido esperar; ha reunido un verdadero museo de inventos, que han pasado de moda sin prestarnos, en definitiva, el menor servicio.» Esas censuras opuestas se elevan paralelamente contra el ejecutivo; y aun cuando el propósito que se persigue al hacerlas sea el de denigrarla, en definitiva, por su oposición misma, entrañan su mejor defensa. Examinemos ahora el departamento del Interior de Inglaterra, y veremos que lucha contra dificultades de las cuales tiempo ha que se han deshecho las administraciones extranjeras. Nos gusta tener autorida- 1 de 11,, ► 8'118111 lutos, ir. rse á Y de ser. isubu. s, .POR W. BAGBROT  255 des locales independientes, cequetios centros de autoridad dispersos por el territorio. Cuando el poder ejecutivo de la capital quiere obrar, sus medidas tropiezan con los obstáculos opuestos por esas pequellas corporaciones, que vacilan, deliberan y á veces hasta desobedecen. Pero la independencia local no es una condición indispensable del gobierno parlamentario. El grado de libertad local que un pais puede desear, varia, según diferentes circunstancias, sin dejar de hacer posible la existencia de un gobierno de ese géneró. Se obraría ciertamente con injusticia al recriminar al gobierno parlamentario , considerado como forma política y de aplicación general, atribuyéndole los errores particulares que cometen los administradores de la tasa de los pobres; y, sin embargo, eso se está haciendo todos los días. Contrasta con esta acción dificil de nuestro gobierno, una ventaja de que las administraciones gozan en el extranjero. Allí, un funcionario está considerado como un ser superior al resto del mundo; generalmente es envidiado. Esto es lo que da al gobierno la facilidad de elegir sus agentes entre lo más selecto de la nación. Todos los espíritus hábiles se complacen con servir bajo las órdenes del gobierno, y no gustan de otros empleos. En Inglaterra, en cambio, no se reconoce superioridad social á los funcionarios; es este un sentimiento para nosotros desconocido. Un empleado del Timbre ó de la Hacienda no es objeto de nuestro respeto. Un almacenista rico se cree por encima de uno y de otro. Nuestro gobierno no puede comprar, por medio de distinciones honoríficas, los servicios de las gentes más capaces, para confiarles empleos secundarios, y con la moneda sonante un gobierno cualquiera no logra jamás reunir muchos de esos espiri- 256  LA CONSTITUCIÓN INGLESA tus distinguidos. Nuestro comercio, por su pr osperidad, seduce mucho más á los ambiciosos que tienen inteligencia. En las oficinas de las administraciones extranjeras, hay ciertas gentes distinguidas como ea. pacidades; entre nosotros, es raro que la gente de talento consagre su vida á la administración. Pero no son los indicados los motivos únicos, ni aun los motivos principales que impiden á nuestra administración ser tan buena como debería serlo para responder á los efectos de un gobierno parlamentario, considerado en principio y de una manera absoluta. Esta situación tiene dos causas cuyas consecuencias abrazan una porción de detalles, pero cuyos rasgos esenciales pueden resumirse en pocas palabras. La primera de esas causas es nuestra ignorancia. Ninguna forma política puede sacar de una nación más de lo que encierra. Un gobierno libre obra ante todo por persuasión, y no obtiene sino resultados proporcionados al mismo tiempo á los esfuerzos de quienes le escuchan. Nuestra administración, en muchos respectos, se resiente evidentemente de nuestra ignorancia extrema. Desde hace mucho tiempo, según una opinión admitida, la politica extranjera del gobierno inglés no tiene lógica, ni éxito, ni previsión: no tiene objetivo preconcebido, no se funda firmemente en principios fijos. Sería preciso extenderse demasiado para estudiar con cuidado en qué medida se debe aceptar este juicio. Sin embargo, concedo perfectamente que en estos últimos tiempos, nuestra politica extranjera ha dado lugar á críticas muy graves y muy serias. Pero, ¿no sería un milagro que el pueblo inglés, dirigiendo por si mismo su política, hubiera podido darle un buen impulso en el estado en que hoy se encuentra? Inglaterra, más que ningún otro país, está SO- :10 ..1j1 ;11 POR VV. BAGEHOT  257 parada del mundo, aislada por su situación geográfica al igual que por sus costumbres; ¿no debe experi• mentar los efectos de este aislamiento, tanto los buenos como los malos? ¿No está fuera de la corriente europea? ¿No siente nuestro pueblo gran desdén por los otros? ¿He estudiado el mundo moderno y no desprecio con demasiada frecuencia este estudio? Siendo esto así, ¿cómo esperar que semejante pueblo comprenda los nuevos ó singulares sucesos que se producen en el extranjero? Lejos de sorprendernos que el parlamento inglés se haya mostrado á veces tan insuficiente en su politica extranjera, se deberla, por el contrario, mirar como una maravilla y como una prueba del instinto natural de que está dotado nuestro pueblo, el que nuestra politica haya sido en definitiva tan buena como ha sido. Lo que caracteriza la constitución inglesa, lo que distingue nuestra forma politica de la forma puramente parlamentaria, es que comprende partes «prestigiosas», partes conservadas no á causa de su valor intrínseco, sino por la seducción que ejercen en el espíritu de las poblaciones sencillas y sin luces. La existencia de esos elementos tiende á disminuir la eficacia propia del sistema. Esos elementos son como las ruedas de pura ornamentación que se introducían de más en los relojes de la Edad Media para indicar las fases de la luna ó el nombre de una constelación, para hacer entrar y salir hombrecitos ó payasos como en el escenario de un teatro. Todo ese trabajo accesorio necesita frotamientos y causa errores, é impide al mecanismo principal indicar la hora exacta; cada rueda nueva es una nueva causa de imperfección. Del propio modo, si para confiar á la autoridad de una persona se le pide, no la aptitud para el trabajo, sino cuali- 17 258  LA CONSTITUCIÓN INGLESA dades que hieran la imaginación, no podrá ser más que un elemento perturbador en el organismo administrativo. Si es verdad que por su prestigio es capaz de tener un influjo que vale más aún que si desempeñara bien su tarea, no es menos cierto que perjudica con su presencia la marcha regular de la obra en sus detalles. He ahí lo que muy á menudo hace la aristocracia inglesa. Influjo sobre el pueblo, lo tenia infinito en otros tiempos. Pero no se debe contar con los hermanos menores de familias nobles para obtener buenos administradores; por su educación, no tienen ni el conocimiento, ni la práctica, ni el hábito de los negocios; en suma, en este respecto, tienen una inferioridad particular que no reparan con ninguna ventaja especial. La clase media es, por si misma, poco propia para proporcionar los administradores que necesitamos. No puedo examinar aquí lo que hay de fundado en las censuras que se dirigen á nuestra educación; un excelente juez ha dicho que era «vanidosa, insuficiente y débil». Me limitaré á decir que no se prepara de un modo conveniente para los negocios. No hace mucho tiempo todavía que los conocimientos y los hábitos necesarios para ser simple empleado en una casa de banca estaban muy poco difundidos; el género de educación que hace á un hombre capaz de ocupar los puestos más elevados del mundo de los negocios, es aún muy raro; ni de acuerdo se está respecto del conjunto de las condiciones á que esta educación debe acomodarse. Nuestros funcionarios públicos no valdrán lo que los de los pueblos extranjeros, sino cuando sean iguales por la educación. Por grande que sea el influjo deletéreo de nuestra ignorancia sobre nuestra administración, aún hay POR W. BAGEHOT  259 otra causa que la perjudica más. Sólo dos administraciones extranjeras son preferibles á la nuestra, y esto en virtud de circunstancias que en nosotros no han concurrido. Cada una de esas dos administraciones han sido organizadas por un hombre de genio, después de un estudio concienzudo y según un plan trazado de antemano. Napoleón ha levantado la suya en un terreno que la revolución francesa le había legado completamente lleno de escombros. En cuanto á la originalidad que se atribula á su obra, era un mé - rito usurpado. Tocqueville y Lavergne han demostrado que Napoleón ha construido un hermoso edificio según un modelo que disimulaba en lo exterior las complejidades del antiguo régimen. Pero lo que ahora nos importa no es la originalidad, sino la utilidad de esta obra. Napoleón estableció la administración francesa según un sistema que le aseguraba la eficacia, la consistencia y la duración: los gobiernos siguientes tz3 han limitado á servirse de la máquina administrativa que hablan heredado . Federico el Grande ha hecho otro tanto por la monarquía prusiana, en su cuna. Francia y Prusia tienen dos máquinas nuevas, organizadas en una época de civilización para cumplir un trabajo determinado. En cuanto á las ramas diversas de la administración inglesa, desde su origen jamás han sido arregladas con un propósito de armonía, ó más bien no han sido cultivadas, han crecido por sí solas cada una por su lado. Nada más curioso de observar que esta manera de librecambio, que en la Edad Media se habla establecido entre las instituciones inglesas. Nuestros tres Tribunales de justicia, el Tribunal del Banco de la reina, el de los Pleitos Comunes y el del Echiquier, para aumentar sus honorarios, hablan extendido poco 1 •• •  '1 260  LA CONSTITUCIÓN INGLESA á poco su dominio hasta comprender todo el terreno judicial. Boni judicis est ampliare jurisdictionem, era una antigua fórmula que daba á entender que un buen juez debe aumentar los honorarios de su tribunal, sus propios ingresos y los de sus subordinados. La Administración Central del Tesoro jamás hacía que rindiesen cuentas sus tribunalesdaliia eraq ue de ese modo recibían: siempre que no se le pidiese nada estaba satisfecha. ¿No hemos visto el ano último mismo, un resto de esos viejos abusos revelarse ante los ojos del público aturdido? Un empleado del Patent-Office había distraido algunos honorarios y, naturalmente, con nuestras ideas del siglo xix, hubo de pensarse que la responsabilidad de aquél revertiría al canciller del Echiquier, por analogía con lo que en Francia ocurriría en un caso análogo. Pero la ley inglesa ve la cosa de otra manera. El Patent-Office depende del lord Canciller, y el Tribunal de Cancillería es una de esas numerosas instituciones que deben su existencia á la avidez que en otros tiempos había para disputarse los honorarios; de suerte que pertenecía al lord canciller vigilar los emolumentos de su Tribunal, lo que naturalmente no le era posible hacer, á causa de su cualidad de juez muy ocupado. Se descubrió, sin embargo, que un acto del Parlamento había declarado que el dinero proveniente del Patent Office se depositaria en poder del Echiquier, y con esto volvió á pensarse en que el Echiquier era por eso sólo hecho responsable del negocio: ¡error! Según nuestro sistema, el canciller del Echiquier es el adversario nato del Echiquier; hay toda una serie de reglamentos destinados á proteger al Echiquier contra su jefe. Hace algunos meses apenas existía aún POR W. BAGEHOT  261 una sinecura lucrativa llamada el cargo de interventor del Echiquier, y cuya misión era defender al Echiquier contra su canciller: el último titular de este cargo, lord Monteagle, acostumbraba á decir que le parecia ser como el sostén de la Constitución inglesa. No es este lugar de explicar lo que quería decir con esto, ni importa gran cosa, por lo demás; lo principal es saber que á consecuencia de diversas circunstancias que á la larga se hablan sucedido, un empleado, después de haberse hecho culpable se presentaba en una administración no judicial, se encontraba que al fin dependía, no del ministro de hacienda, su jefe natural, sino de un juez extraño que jamás habla oído hablar de él. El conjunto de las atribuciones del lord canciller está compuesto de anomalías. Es un juez, y evidentemente todas las peripecias parecen oponerse á que se encargue á un juez de funciones administrativas; importa muchísimo separar de las funciones judiciales todo motivo de tentación. Sin embargo, el lor canciller, nuestro juez principal, tiene su puesto en el gabinete, y pronuncia discursos en la Cámara de los Lores, donde sostiene las doctrinas de un partido; lord Lyndhurst era un tory declarado, y sin embargo, no por eso dejó de presidir el proceso de O'Connell; lord Westbury ha estado siempre de acuerdo con los obispos, y sin embargo, él fué el llamado á sentenciar el asunto de la «Essays and Reviews». Si el lord canciller ha llegado á ser ministro de un gabinete, es porque se encontraba cerca del soberano y gozaba de gran prestigio en la corte; no fué ello por obedecer á una teoría politica verdadera ó falsa. Uno de mis amigos me ha referido, que interrogado un día por un italiano muy inteligente respecto de loa 262  LA CONSTITUCIÓN INGLESA principales funcionarios ingleses, se habla visto muy contuso para enterarles acerca de sus deberes, y, sobre todo, para explicar las relaciones de sus funciones reales con sus títulos. No recuerdo bien todo lo que me dijo, pero no he olvidado que el italiano no podía llegar á comprender cómo era que el primer lord del Tesoro no tenía, en definitiva, nada que ver con el Tesoro, y que la administración de bosques y montes está encargada del alcantarillado en las ciudades. Esta conservación se tuvo mucho tiempo an- (." tes de la peste bovina, pero me gustarla saber las razones que podrían alegarse para encomendar al consejo privado el cuidado de conjurar esta epidemia. Ciertamente, no puede darsé una razón histórica, pero lo que yo pido es una razón administrativa, una razón capaz de explicar, no cómo es que el consejo privado está encargado de ese cuidado, sino por qué debe continuar con el mismo cuidado para el porvenir. La falta de todo espíritu de sistema y de todo cálculo regular en la organización de nuestras oficinas administrativas, sorprende mucho menos aún que la diversidad de su organización en el único punto que les es común. Como se encuentran todas bajo la dirección de un jefe parlamentario, deberían todas tener un medio particular y un medio excelente de colocar á la vista de ese funcionario elevado el conjunto de los asuntos más importantes en que se ocupan. Como ese funcionario gobierna aportando á su administración propia el concurso de una inteligencia nueva, seria preciso, ante todo, poner esta inteligencia al corriente de los negocios. Ahora bien; como la mayoría de los asuntos tiene un carácter análogo en su generalidad, la rueda empleada para darlos á conocer al POR W. BAGEHOT  268 jefe que viene de fuera, debería ser casi la misma en cada administración; en todo caso, cuando esos en- 1 11 granajes sean diferentes, deberían serlo por un motivo dado, y, cuando fuesen semejantes, esta semejanza debería también tener su razón de ser. Sin embargo, no hay quizá dos ramas de la administración perfeci- 11 tamente semejantes en lo que se refiere á las relacioli nes del funcionario permanente con el jefe parlamentarjo. Examinemos los hechos; el ejército y la marina son evidentemente las dos cosas que tienen más analogía entre sí; sin embargo de esto, para el ejército hay una oficina permanente que se llama Horse Guards, que no tienen equivalente en la marina. Y en la marina hay, por una extraña anomalía, una oficina de almirantazgo, cuyos miembros cambian con cada gabinete, y que tiene por misión informar al primer lord acerca de lo que necesita saber. No siempre se ha podido darse cuenta bien claramente de las relaciones del primer lord con la opinión del almirantazgo, y en cuanto á las relaciones de la oficina de la guerra con los Horse Guards, son enteramente confusas. Al Parlamento se le comunicó un documento presentado á la Cámara de los Comunes, y en el cual se puede advertir la singularidad de que una de las piezas sobre las cuales se apoya el trabajo tiene un origen desconocido: sólo se sabe que sir Jorge Lewis lo tuvo en su poder cuando era secretario de Guerra, hace tres años: los detalles de esta administración ofrecen dificultades inextricables, que explican muy bien la rivalidad de las dos oficinas yuxtapuestas. En cuanto á lo que se llama el Board of trade, consejo ó centro del comercio, es una expresión que no se aplica á nada, por haber cesado de existir la oficina 270  LA CONSTITUCIÓN INGLESA Estados particulares. La democracia excesiva que se señala en América, es ma resultado cuya causa no se remonta á la legislación federal, sino á la legislación particular de los Estados. Según la Constitución federal, uno de los elementos principales del mecanismo político está confiado á la discreción de los gobiernos subordinados. Una de las cláusulas del pacto federal declara que para el nombramiento de los miembros que deben componer la Cámara de Representantes en el gobierno central, las cualidades requeridas á los electores serán las mismas en cada Estado que para el nombramiento de la rama más numerosa de su poder legislativo: ahora bien; como cada Estado fija por si mismo las cualidades requeridas en los electores para el nombramiento de les miembros que componen las Cámaras de un poder legislativo, resulta que de ese modo fija también las que se exigen en los electores llamados á elegir la Cámara de Representantes federales. Otra cláusula de la Constitución federal concede á los Estados el derecho de fijar la cualidad de los electores para la designación de presidente. Así, él elemento fundamental de un gobierno libre, es decir, el derecho de decidir en qué medida pueden los ciudadanos participar en la dirección de los negocios, depen- 1111 de en América, no del gobierno central, sino de cier- 111 tos cuerpos políticos locales subordinados que , á ve -  1110 ces, como en el Sur, le pueden ser hostiles.  '111 Verdad es que los autores de la Constitución no te- 'lían mucho en que elegir. Los más sabios de ellos deseaban conceder al gobierno central el mayor poder  '1110 1 posible, y dejar lo menos posible en manos de los gobiernos locales. Peropronto se elevó una protesta  á para acusarles de crear una tiranía, de destruir la li-  , '1111 POR W. BAGEHOT  271 bertad, y gracias á esta opinión, los prejuicios locales lograron fácilmente triunfar. Todo el mecanismo del gobierno federal nos procura el espectáculo de una organización politica, en la cual, lo que yo he llamado «las partes imponentes» del gobierno no concuerdan por completo con las partes útiles. Los Estados particulares son la antigua patria, que atrae y conserva el afecto y la fidelidad de los ciudadanos: el gobierno federal es una cosa útil, pero nueva y sin atractivos. Es preciso que el gobierno federal haga concesiones á los gobiernos de los Estados particulares; porque les debe su poder motor; son los gobiernos que tienen asegurada la obediencia voluntaria del pueblo. En los paises en donde los gobiernos locales no han sabido conservar el afecto del pueblo, están condenados á desaparecer como han desaparecido los pequeilos potentados de Italia y de Alemania. Entonces, la federa - ción es inútil, un gobierno central extiende por todas partes su autoridad. La división de la soberanía, según la Constitución americana, es cosa aún mucho más compleja. La parte de autoridad dejada al gobierno federal está por si misma dividida y subdividida. Tomemos por vía de ejemplo lo más saliente de esta verdad. Si el Congreso decide de todo en materia de legislación, el presidente es dueño absoluto en materia administrativa. La Constitución no establece entre ellos más que un solo lazo para mantener la unidad de propósitos: el presidente puede oponer su veto á las leyes que no la satisfacen. Pero cuando las dos terceras partes de cada una de las Cámaras son de la misma opinión, como recientemente ha ocurrido, el Congreso se impone al presidente y se prescinde de su aprobación. Y he ahí tres depositarios de la autoridad legisla- 272  LA CONSTITUCIÓN INGLESA 'ha tiva según los casos; primero el Congreso y el presidente cuando están de acuerdo; luego el presidente cuando su veto se respeta; y, por último, los dos tercios de cada Cámara cuando el Congreso pase por encima de la voluntad presidencial. Es cierto que el presidente no debe poner gran empeño y piensa en ejecutar una ley que no aprueba. Sin duda se le puede acusar si se hace culpable de faltas graves, pero entre una negligencia criminal y un apresuramiento lleno de celo, hay muchos grados. Mr. Johnson no cumplió las prescripciones del bill relativo á la oficina de los liberados con tanto ardor como comenzara á hacerlo Mr. Lincoln que aprobó esta medida. La Constitución americana tiene su sistema particular para variar la autoridad suprema en materia legislativa, según los casos, y para separar la autoridad administrativa en todos los casos. Pero la autoridad administrativa por si misma no es ni simple ni indivisa. Una de las partes más importantes de la administración, es la política internacional; en esta materia, la autoridad suprema pertenece no al presidente, y menos aún á la Cámara de Representantes, sino al Senado. El presidente no puede hacer tratados sino con el asentimiento de las dos tercias de los senadores presentes. En virtud de esto, resulta que la soberanía en ese respecto, es decir, en lo que concierne á las más grandes cuestiones de politica internacional, está confiada á una parte del cuerpo político completamente distinto de la administración ordinaria y del poder legislativo; en suma, ocupa un lugar aparte. El Congreso es quien declara la guerra, pero le sería muy dificil, después de las leyes hechas en estos últimos años, obligar al presidente á firmar la paz. POR W. BAGEHOT  273. Sin duda entraba en los planes é intenciones de los hombres de Estado que establecieron la Constitución federal, el dar al Congreso el derecho de intervenir los actos del ejecutivo como el Parlamento lo hace entre nosotros; y con ese objeto hablan concedido exclusivamente á la Cámara de Representantes la facultad de votar los subsidios. Pero no contaban con el papel moneda», y he ahí que se ha atribuido al presidente el derecho de emitir papel moneda, sin consultar al Congreso. Durante la primera parte de la últi. ma lucha, Mr. Lincoln empleó ese medio para subvenir á los gastos de la guerra; no se servia del dinero votado por el Congreso, sino de una prerrogativa que le permitía emitir valores fiduciarios. Parecerá esto casi una broma, pero nada más cierto que ese hecho; se decidió que el presidente podía emitir «Greenbachs» en su calidad de comandante en jefe, y en virtud de lo que se llama la necesidad militar. Durante la última guerra se necesitaba dinero y la administración lo obtuvo por el medio más sencillo; y la nación, contenta porque evitaba los impuestos, aprobó por entero el sistema. Pero quedó en pie que el presidente tiene ahora, gracias á ese precedente y á esa decisión, un poderoso medio de continuar la guerra sin el asentimiento del Congreso y quizá contra su voluntad. Seguramente, si la desaprobación del pueblo le hiciera oir de una manera enérgica, su presidente se vería reducido á la impotencia, no se atrevería á resistir, el espíritu del pais y de la nación no le permitirían hacerlo. Pero si, como se ha visto recientemente, la nación estuviese dividida en dos partes, la una favorable al presidente, y la otra favorable al Congreso, el derecho indiscutible que hoy el presidente tiene de emitir papel moneda, le asegurarla los me- 18 274  LA CONSTITUCIÓN INGLESA dios de continuar la guerra, aunque el Parlamento, como aquí diríamos, le ordenase terminarla. Por último, la esfera que comprende las más grandes cuestiones del orden político esta colocado en los Estados Unidos fuera de la órbita gubernamental, depende de autoridades especiales. Cuando se trata de modificar la Constitución, las autoridades constitucionales no tienen ningún derecho á hacerlo, son au- to - ridades extraconstitucionales las únicas que tienen ese derecho. Toda modificación al pacto federal, ya sea urgente ya insignificante, debe ser sancionada por medio de un mecanismo complicado en el cual entran los Estados y sus poderes legislativos. Resultando asi que no hay remedio rápido, ni aun para los defectos más peligrosos de la Constitución, que es preciso recurrir á las ficciones más absurdas para neutralizar el efecto de las clausulas malas, que la lentitud en los movimientos y la sutileza de las discusiones detienen la vida política del pueblo más franco y más activo que hay sobre la tierra. Los argumentos que se presentan en la práctica legal en América recuerdan al espíritu la imagen de los ejecutores testamentarios que se esfuerzan por interpretar un testamento mal hecho; sus intenciones son excelentes, pero no pueden concordar perfectamente, ni expresarse sencillamente, tantos obstáculos se encuentran en los términos anticuados del extraño tentamento. Esos ejemplos y otros que podrían añadirse, muestran, como la historia lo hace también, cuál era el verdadero pensamiento de aquellos que hicieron la Constitución americana. Vacilaban en colocar la Boberania en una mano cualquiera que ella fuese, temían engendrar la tiranía. Jorge III había sido para ellos un tirano, y, en todo caso, no querían dar á U. país un Jorge HI. La teoría reinante, les decia que la Constitución inglesa dividió la autoridad soberana, y para imitar á Inglaterra fraccionaron la autoridad soberana en su Constitución. Y ya se ve cuáles han sido los resultados: en un momento critico, tal como aquel en que se encuentran, no hay, en los Estados Unidos, ningún poder pronto á marchar hacia adelante y á resolver pronto las cuestiones. El Sur, después de una gran insurrección, se encuentra á los pies de sus vencedores; sus vencedores tienen que decidir de su suerte; tienen que determinar las condiciones mediante las cuales podrán volver á ser ciudadanos libres de la Unión, votar, tener representantes, y gobernar quizá como antes. ¡Dificil problema este de convertir los enemigos vencidos en hombres libres! Si los Estados del Norte quieren ase gurar el pago de su gran deuda pública y asegurar así en el porvenir su crédito y su poder de hacer la guerra, quizá sea cosa para ellos imprescindible no confiar una parte de autoridad demasiado grande á gentes que no vean en esa deuda más que el precio de su derrota, y que deben tener una tendencia natural á rechazarla ahora que su propia deuda, es decir, el precio de su defensa, ha sido abolida por los Estados del Norte. Hay, además, una población sometida en otros tiempos, que hoy está á merced de personas llenas de odio y de desdén hacia ella: los que la.han liberado están obligados á abrirles y facilitarles las vías en su nueva marcha. En otros tiempos, el esclavo protegido por sus tierras, tenía un valor económico; hoy que se pertenece, nadie tiene interés en su vida, está á merced de los «blancos», á quienes hace concurrencia por medio de su trabajo, y que le miran con un desprecio mezclado 276  LA CONSTITUCIÓN INGLESA de disgusto. Es, en verdad, el más grande problema moral y el problema político más terrible que la historia menciona, éste que los americanos se han planteado. Y sin embargo, no se ve, por su parte, ni decisión, ni siquiera posibilidad de acción. El presidente quiere seguir una línea de conducta y puede impedir que se siga cualquier otra; por su lado, el Congreso tiene la suya con el mismo poder. El fraccionamiento, de la soberanía equivale á la ausencia total de la autoridad soberana. Los americanos de 1787 creían copiar la Constitución inglesa, y, en rigor, hacían lo contrario. El gobierno americano es el tipo de los gobiernos compuestos, en los cuales la autoridad suprema está dividida entre varios cuerpos políticos y varios funcionarios; el gobierno inglés es, por el contrario, el tipo de los gobiernos simples, en los cuales la autoridad soberana sobre todas las cuestiones, está confiada á las manos de las mismas personas. Según la Constitución inglesa, la autoridad suprema pertenece á una Cámara de los Comunes, que se renueva por elección. Que la cuestión que es preciso decidir sea del orden administrativo ó legislativo, poco importa; poco importa, además, que se trate de materias que afecten á la esencia de la Constitución de detalles relativos á la vida ordinaria; que sea preciso resolverse á declarar la guerra ó continuarla, á imponer una contribución ó á emitir papel moneda; que se trate de una cuestión relativa á las Indias, á Irlanda ó á Londres, á una nueva Cámara de los Comunes es á quien pertenece, de una manera absoluta, el derecho de decidir en última instancia. La Cámara de los Comunes, según lo hemos explicado, puede otorgar á la Cámara de los Lores un po- POR W. BAGEHOT  277 oder de revisión, y: someterse, en los asuntos en que no ponen gran empello, al veto suspensivo de esta Ch.th mara; pero cuando se estime apoyada fuertemente por el sentimiento popular, cuando acaba de ser elegida, tiene una autoridad absoluta; tiene el derecho de gobernar según le parece, de tomar las decisiones que estime conveniente tomar, y tiene, además, las mejores garantías de que esas decisiones no varían; puede asegurar la ejecución de sus decretos, porque nombra el ejecutivo; puede castigar de la manera más severa toda negligencia, derribando el ejecutivo. Para que se cumpla su voluntad, le basta elegir ministros que tengan la misma voluntad que ella, y de ese modo puede tener la seguridad de que su voluntad será cumplida. Una mayoría determinada por la Constitución puede, poniéndose de acuerdo en las dos Cámaras del Congreso, reducir á la nada la opinión del Presidente; en cambio, la de la Cámara que en nuestro Parlamento representa el elemento popular, puede dar á un ministro el poder ejecutivo y quitárselo. En una palabra: la Constitución tiene por objeto confiar la autoridad soberana en un solo poder que se elige y de modo que sea de buena calidad; la Constitución americana, por el contrario, distribuye la soberanía entre varios poderes, con la esperanza de que el número neutralizará la superioridad particular de cada una de ellas. Los americanos preconizan mucho sus instituciones; y por tal modo se privan de elogios que ellos merecen realmente. Pues bien; puede, en verdad, decirse que si no tuviesen un verdadero espíritu político, una gran moderación en los actos, que es muy singular en un país donde, á no considerar más que la forma, la palabra alcanza tanta violencia; si no tuvieran por la ley un respeto tal 278  LA CONSTITUCIÓN INGLESA. como ha mostrado jamás un gran pueblo y que supera en mucho al nuestro, la multiplicidad de autoridades que establece la Constitución americana , habría, hace ya tiempo, producido un resultado desastroso. Varios accionistas que tienen buen sentido, me decía un dia cierto procurador muy experto, pueden salir adelante en sus negocios, con un documento ó forma de sociedad cualquiera; creo más, que los habitantes de Massachussets se acomodarían á cualquier clase de Constitución (1). Pero la filosofía politica debe aplicar el análisis á la historia; debe distinguir la parte que corresponde á las cualidades que un pueblo posee y lo que toca á las instituciones que le rigen, es necesario que calcule el alcance exacto de cada elemento constitucional, á riesgo de destruir así los ídolos de la multitud; de esa manera llega á descubrir el lugar secreto donde residen las fuerzas verdaderas en un punto donde pocas personas esperarían encontrarlas. En cuanto á la importancia de la unidad de acción en política, pienso que nadie la ponga en duda. Bien está que sea posible definir separadamente cada una de las partes que en ella colaboran; la política es un todo armonioso. Tiene por instrumentos las leyes y los administradores; emplea unas veces el uno, otras emplea el otro ; pero á menos de manejar muy fácilmente esos dos instrumentos, no obrará como debe, y no teniéndolos á su disposición, de un modo absoluto, no hará sino una obra imperfecta. La naturaleza compleja de los negocios humanos exige que el movimiento se imprima con energía por (1) No hablo aqui, por supuesto, ni de Sur ni de Sureste en su estado actual. Cómo puede existir un gobierno libre en medio de sociedades con tan malos lementos, es lo que no puedo concebir. POR W. BAGEHOT  279 una sola mano: si una fuerza especial moviese cada parte, no tendríamos más que un conjunto de luchas incoherentes, aun suponiendo que cada una de esas fuerzas tuviera bastante vitalidad para producir un efecto dado. El mérito propio de la Constitución británica consiste precisamente en haber creado esta unidad de acción, en haber organizado la autoridad soberana de modo que fuese fuerte y eficaz. Ese resultado feliz se debe sobre todo á la circunstancia particular de la Constitución inglesa que otorga la elección del ejecutivo á la Cámara popular, pero no se hubiera podido alcanzar por completo si nuestra Constitución no comprendiese dos elementos que me atrevo á llamar el uno su «válvula de seguridad» y el otro su «regulador». La válvula de seguridad es aquella particularidad de la Constitución cuyas ventajas he procurado mostrar ampliamente en mi estudio acerca de la Cámara de los Lores. El jefe del ejecutivo puede vencer la resistencia de la Cámara alta nombrando nuevos pares; si no le apoy ase la mayoría, puede hacer una mayo. ría. Esta válvula de seguridad es extremadamente cómoda. Permite á la voluntad popular que el ejecutivo tiene el encargo de expresar, toda vez que para ello es nombrado, recoger en el recinto del dominio constitucional aspiraciones y opiniones y tendencias que uno de los cuerpos políticos se niega á aceptar; ofrece, además, una salida libre á sentimientos que, comprimidos, serian peligrosos y podrían deshacer la Constitución, como con frecuencia ha ocurrido en otros paises en los cuales la explosión del espíritu popular ha destruido los gobiernos. El regulador, si se me permite emplear esta palabra, es el poder concedido al ejecutivo de disolver la Cá. 286  LA CONSTITUCIÓN INGLESA de que apenas conoció á sus administrados, y de que no se interesaba por sus asuntos. No estamos, en verdad, en situación de comprender ese sentimiento generalmente extendido de nuestras colonias, nosotros que designamos sus jefes; pero fácilmente lo comprenderíamos si, á consecuencia de una metamorfosis política, estuviesen ellos encargados de nombrar nuestro soberano .Inmediatamente diríamos: ¿es posible qué un hombre venido de Nueva Zelanda esté al corriente de nuestros asuntos? ¿Es posible que un hombre que acaba de llegar de los antípodas tenga el menor interés en Inglaterra? ¿Es posible que nos confiemos á un hombre cuya posición está á merced de una autoridad tan lejana? ¿Se puede prestar una obediencia cordial á un hombre que es un verdadero extraflo para nosotros, á pesar de la identidad fortuita del lenguaje? Si hago notar esos inconvenientes que amenguan la utilidad de un gobernador en nuestras colonias, es porque ofreciendo el gobernador el más feliz ejemplo de una autoridad supra-parlamentaría, llegaremos á la conclusión de que la existencia de esta autoridad para corregir los vicios de nuestro Parlamento, no deja de estar rodeada de dificultades reales. Estamos tan habituados á gozar de los beneficios que nos procura, que apenas nos tomamos el trabajo de estudiarlo. Somos como esas gentes que, después de haber frecuentado el trato de un hombre toda su vida, se sorprenden al advertir en él cierto rasgo característico que un extraflo ha sido el primero en notar desde el primer momento. Yo he conocido á una persona que jamás había sabido cuál era el color de los ojos de su hermana, aun á pesar de verla diariamente durante veinte dios. Precisamente por haberla visto con tal regularidad, es por lo que no se habla parado á obser- POR W. BAGEHOT  287 varia. Prueba evidente de la verdad que encierra la máxima de la filosofía, según la cual abandonamos el elemento constante de nuestros pensamientos, aunque sea el más importante de todos, para preocuparnos tan sólo de los elementos variables, los cuales pueden tener un influjo mucho menor que los primeros. As!, cuando por el ejemplo de un gobernador colonial, se advierte la dificultad que hay para que un monarca constitucional ejerza su derecho de disolver el Parlamento, inmediatamente se ve cuán inverosimil es que un monarca hereditario esté dotado de las cualidades requeridas para el ejercicio de ese derecho. Un rey hereditario es una persona ordinaria, un término medio, una medianía á lo sumo: hay casi una certidumbre de que está poco preparado en el manejo de los asuntos por su educación; no ha lugar á creer que será guiado por sus gustos: rodeado desde su infancia de todas las seducciones, habrá pasado probablemente toda su juventud en la mala posición en que se encuentra su heredero presunto, el cual no puede hacer nada porque no se le señala ningún empleo y se expone á la censura de que dificulta la marcha de las cosas; si emprende alguna, emprende una obra de su elección. La mayoría de las veces , un monarca constitucional es un hombre perjudicial, que se siente impulsado por la necesidad á ocuparse de los negocios, y cuya actividad está disminuida por todas las tentaciones que rodean á un déspota. Además, la historia demuestra que las familias reales que ocupan un trono hereditariamente, acaban, bajo el perjudicial influjo de las causas que la corrompen, por tener en la sangre un vicio oculto, una especie de veneno propio para debilitar su inteligencia, entristecer su felicidad y cubrir con una nueva 288  LA CON4TITUCIóN INGLESA  / /' oé 01 los momentos de placer. Se ha dicho, si no con ver-  1 / ',PI dad, á lo menos con una cierta verosimilitud, que en l' i /,'`  0'1 1802 todos los monarcas hereditarios estaban locos.'/,';11Gt"  Ahora bien; ¿puede admitirse que monarcas semejan.  f' 411 tes sepan buscar el momento en que, á pesar de la  10' 1  il oposición de un ministerio que tiene mayoría, su de-0 !',  ber es disolver el Parlamento? Para obrar así, es pre-  3?/111  ciso que sean capaces de reconocer que el Parla-  11511 mento equivoca el camino y que la nación está des- 0011 contenta de él. Ahora bien; para reconocer que un Parlamento sigue mal camino, es preciso ser un grande  hombre de Estado, á lo menos un hombre de Estado,  ,0111 de algún valor, de alguna habilidad; es preciso estar  dotado de un gran vigor de espíritu necesario para  00 comprender los principios arduos de la política, es  T/1 preciso tener una gran actividad sin la cual se verá  el sujeto aplastado por los detalles que abrazan ese  uNiú principio á su aplicación variada. Un hombre á quien la naturaleza ha hecho ordinario, á quien la vida sonríe, no tendrá ni este espíritu, ni esa actividad, es casi  seguro que no será ni hábil, ni activo. Y un monarca  kku  que, retirado al fondo de su palacio en donde sus oídos  N111 están encantados por la adulación, no se mezcla en el  7:4 mundo exterior del cual está separado por su rango, ese monarca no puede ser más que un pobre juez de  la opinión pública. Aunque tuviera el deseo de cono-  , cer la opinión pública, su género de vida jamás le permitirá cumplirla, y hasta poco á poco le quitará ;111 el deseo. Una circunstancia aún más deplorable se presenta á veces, y de ella encontramos un ejemplo en la his-  toria de Jorge III, ese resumen, de todos los defectos  111 que puede tener un rey constitucional. Puede ocurrir, que siendo el Parlamento más sensato que el pueblo, el rey tenga la misma opinión que este último. Dü rante los últimos años de la guerra de América, el primer ministro, lord North, á quien incumbía el peso de la responsabilidad, no quería continuar esta guerra, convencido de que no saldría bien de ella, y el Parlamento tenía la misma opinión. Si se hubiera consentido á lord North presentarse al Parlamento con un tratado de paz en la mano, el Parlamento hubiera aceptado con gusto la insinuación, y, guiado por sus representantes, 1a nación, aunque triste por las pérdidas experimentadas, probablemente hubiera acogido la noticia con satisfacción. La opinión pública, en esta época, se parecía mucho más en Inglaterra, á la opinión actual de los Estados Unidos, que á nuestra propia opinión de hoy. Se formaba casi más lentamente que hoy se forma, obedecía más fácilmente al impulso repentino de la administración central. Si lord North hubiera podido emplear toda la energía y toda la autoridad del ejecutivo para pactar una paz fecunda, se hubiera economizado mucha sangre, se hubieran apagado muchos sentimientos hosti es que han dejado huellas en América hasta hoy dia. Pero detrás del primer ministro había un poder; Jorge III se empeñaba locamente en continuar la guerra; y la nación, no viendo cuán estéril era la lucha, no previendo la hostilidad duradera que esta obstinación engendraría, la nación ignorante, y además grosera é imprudente, perseveró también en ese mal camino. Aunque lord North hubiera querido pactar la paz y hubiera arrastrado tras de si el Parlamento, sus esfuerzos todos hubieran sido vanos; un poder superior hubiera apelado de un Parlamento sensato y pacifico, á una nación irritada y belicosa. Por tal modo, el freno que nuestra Constitución ha encontrado para 19 /y )40 ede ypCD de el y 1'4'1 111 11 ,1 v4111 290  LA. CONSTITUCIÓN INGLESA reprimir los defectos de un Parlamento se empleó entonces en contener el empuje de su previsión. Cuanto más se estudia el gobierno de gabinete, más se penetra uno de la idea de que no se debe exponer en un camino delicado á los ataques que podría dirigirle en una circunstancia vital, un extraño incapaz ó quizá medio loco. Hay muchos motivos para creer que en una ocasión solemne, el primer ministro y el Parlamento tendrían más prudencia que el rey. El primer ministro reune ciertamente á un talento verdadero el deseo de tomar las mayores decisiones; si no lo consigue, pierde su puesto, mientras que el rey conserva el suyo, á pesar de todas las faltas que pueda cometer; la inteligencia del uno, naturalmente muy activa ya, está continuamente despierta por el sentimiento de la responsabilidad, mientras que la del otro que la naturaleza ha hecho ordinaria, está libre de toda tutela. Luego el Parlamento está, de ordinario, compuesto de gentes, el espíritu de las cuales es profundo, circunspecto y práctico. El razonamiento demuestra, pues, que, en el caso de que se trata de hacer que dimita un ministro que es del gusto del Parlamento ó de disolver un Parlamento haciendo un llamamiento al pueblo, el poder de recurrir á esas medidas graves no es de aquellas que, en general, un monarca hereditario sea cual fuere, puede ejercer ventajosamente. Ese poder, si no ha desaparecido por completo, está casi por completo fuera de los usos constitucionales. Nada parecería más extraño al pueblo inglés que un golpe de Estado, por medio del cual la reina destruyese repentinamente un ministerio que tuviera en su favor la confianza y el apoyo de una mayoría parlar; mentaria. Ese podex pertenece, en teoría, á la reina, no hay duda, pero ha caldo tan en el olvido por desuso, que si la reina quisiera ejercerlo, nos producirla el mismo espanto que la noticia de una erupción vol-, \ cánica en Primrose Hill. La última circunstancia en la cual se ha podido ejercer un tanto esta prerrogativa, no ofrece un precedente que pueda intentarse seguir. En 1835, Guillermo IV hizo derrotar una administración, que aunque completamente desorganizada por la pérdida del hombre de Estado que la representaba principalmente en la Cámara de los Comunes, no por eso dejaba de existir como gobierno, teniendo en la Cámara de los Lores su primer ministro, y en la Cámara de los Comunes un personaje pronto para reemplazar á aquel que acababa de morir. El rey se imaginaba que la opinión abandonaba á los whigs y se pasaba á los tories, y creía precipitar esta transición derribando el ministerio whig. Pero los acontecimientos le demostraron su error. En el fondo veía bien; el pueblo inglés comenzaba á cansarse de los whigs, que no tenían ningún jefe popular, ningún jefe capaz de representar el liberalismo, hasta el punto de hacer de él una pasión personificada; además, como el partido whig habla estado demasiado tiempo en la oposición, cometía faltas desde que había sido llevado al poder por un movimiento popular, cuyo sentido no comprendió, y cuyo espíritu quizá aprobaba menos. Pero si veía bien, el rey obraba mal; el expediente político dificultaba la reacción en lugar de precipitarla. Llegados prematuramente á los negocios, los tories fueron muy poco afortunados, como podría preverse con un poco de tacto. El pueblo comenzaba, nada más que comenzaba á alejarse de los whigs sin haberles abandonado seriamente, y así la intervención de la corona les fué favorable, porque pareció harto contraria 292 LA CONSTITUCIÓN INGLESA á las libertades públicas. Y aun teniendo razón para  creer que la opinión pública comenzaba á cambiar de  ,fr rumbo, Guillermo IV, con su conducta, le impedía cambiar por entero. Pronto se manifestó el deseo de  que continuase la política liberal: las censuras que se  ,; 1.' hubieran podido dirigir á los whigs no eran más que Jlv de un carácter completamente personal y accidental;  n se dirigían contra la insuficiencia de los jefes y contra  011 algunas ideas particulares, por el momento, sugeridas en los principios liberales, y las cuales no alcanza- 0111 ban á los príncipes mismos. De suerte que la última agresión que la corona intentó contra un ministerio, tuvo como resultado contrariar las buenas ideas en beneficio de las malas, y perjudicar al partido que el rey quería favorecer. Después de una lección de ese género, es probable que los monarcas sigan tranquilamente la linea de conducta que una larga serie de precedentes les ha trazado, y cuando un ministerio tenga la confianza del Parlamento, se entreguen por entero á la prudencia del Parlamento. En realidad, cuando las pasiones polfticas son más ardientes en la Cámara de los Comunes que en el pais, y cuando, por virtud de opiniones propias, la Cámara de los Comunes se opone á los verdaderos intereses del pais, no son estas circunstancias demasiado peligrosas en un pueblo que tiene espíritu político y que vigila siempre los actos de sus representantes con la facultad ó poder de inspeccionarlos. No es posible que la Cámara de los Comunes haga una oposición con- 11 4 trariando la voluntad del pueblo, cuando el pueblo se preocupa tanto y tan incesantemente con los negocios políticos, y mientras los que le representen tengan tp que temer la pérdida de sus puestos en la Cámara.  11( No ha  1 y, en verdad, peligro que temer en esos dos respectos más que en los Estados en formación;d0nde las poblaciones están diseminadas, donde no se suscitan cuestiones que ofrezcan algún interés, donde las distancias son grandes, donde la opinión no está siempre pronta á castigar con su juicio los excesos parlamentarios, y donde pocas gentes se preocupan por tener asiento en la Asamblea nacional, y donde muchos representantes, por el contrario, tienen un carácter y antecedentes que no les hacen lo más á propósito para sentarse en ella. El mayor inconveniente del sistema parlamentario en un Estado que ha llegado á su madurez, es el capricho que el Parlamento puede aplicar á la elección de los ministros. El pueblo no puede vigilarlo eficazmente en ese caso, y en una cierta medida es hasta poco deseable que sea llamado á revisar actos de ese género; la manera según la cual un Parlamento apreciaunaadministración, depende, en general, de cosas que el Parlamento ve de cerca y distintamente, mientras la nación se halla demasiado alejada para verlas. Cuando las cuestiones personales entran en juego, es cuando el capricho comienza. Se comprende fácilmente que puede haber una Cámara de los Comunes descontenta de todos los hombres de Estado en absoluto, dividida en pequeños partidos que forman pequellos núcleos cuando votan; esta Cámara no sigue á un jefe único, y no da á ningún jefe facilidades para gobernar, ni la esperanza de conservar el poder. A estos Parlamentos es necesario aplicarles un remedio, es preciso disolverlos; pero el empleo de ese remedio ya se ha demostrado; vale más confiarlo á un primer ministro que á un monarca; y según el uso admitido hoy, esta prerrogativa tiende á ser quitada al monarca para pasar á sus manos con los derechos del primer minis- »11( 294  LA CONSTITUCIÓN INGLESA tro. En la actualidad la reina no puede negar á un ministro á quien la mayoría abandona en el Parlamento, el derecho de disolver la Cámara de los Comunes; no puede, como tampoco puede sin el consentimiento del primer ministro, disolver el Parlamento,. en el cual el primer ministro tiene la mayoría. Vamos á ver que lo mismo ocurre en lo que se refiere á lo que he llamado la válvula de seguridad de nuestra Constitución. Ciertamente, un monarca hereditario, si tuviera virtudes y talento, sabría usar de este recurso mucho mejor que un primer ministro, pero el primer ministro puede servirse de él convenientemente; sólo quizá una vez cada cien años nacerá un monarca capaz de superar á sus ministros desde ese punto de vista, mientras que continuamente se ven monarcas incapaces de hacerlo. Hay dos medios de ejercer el derecho que posee el ejecutivo de crear pares; es decir, de sumar más miembros á los que comprende la Cámara alta, la Cámara de revisión. El primero de esos medios tiene una acción constante, habitual, aunque el público no lo advierte de una manera suficiente; el otro tiene una acción terrible, á la cual casi jamás se ha recurrido de hecho, pero cuyo influjo conminatorio basta, como á modo de talismán, para prevenir el mal. Creando pares de tiempo en tiempo, la corona modifica poco á poco el sentimiento de la Cámara alta. He oído decir á personas competentes, que la parte puramente inglesa de la Cámara alta, donde están representados los tres reinos, que esa parte, la única sobre la cual se ejerce el poder de nombrar pares nuevos, es ahora más bien whig que tory. Hace treinta años era al contrario. Circunstancias especiales no han permitido á las dos opiniones políticas su- cederse de una manera regular como muchos teóricos lo predecían, y como es bastante corriente decir que pasa. El partido whig ha conservado el poder durante setenta años, salvo raros intervalos, desde la muerte de la reina Ana hasta la coalición de lord North y de Mr. Fox; luego los tories, siempre Icon raros intervalos, han estado en el poder durante cerca de cincuenta años, hasta 1832. Desde entonces casi siempre ha imperado el partido whig. De donde resulta que durante el largo periodo de su autoridad, cada uno de esos partidos ha podido modificar á su voluntad la Cámara alta. Las numerosas creaciones de pares hechas por los tories durante medio siglo, habían hecho de la Cámara una asamblea fanáticamente tory antes del primer bill de reforma electoral; pero hoy ya los tories distan mucho de tener un dominio tan absoluto. Los pares irlandeses y los pares escoceses, como son nombrados por un cuerpo político, las modificaciones del cual han sido casi nulas, y como representan únicamente la mayoría de esos Cuerpos políticos, cuyas minorías no tienen un sólo representante, resultan pertenecer invariablemente al elemento tory. El elemento, pues, susceptible de modificación, ha sido modificado. Que la parte inglesa de los lores sea ó no tory actualmente, lo cierto es que ya no es como era en 1832. Lo que como whig se ha introducido en ella, se ha tomado en una clase de la sociedad cuyas ideas se acercan mucho más á los tories que á los radicales. No puede, en verdad, suponerse que esos opulentos personajes sean de instintos revolucionarios. Los nuevos pares están muy de acuerdo con los antiguos pares, y su influencia ha sido tanto más grande y más penetrante. Si se hubiera impuesto á la Cama- :21110 302 LA CONSTITUCIÓN INGLESA la guerra ó de la caza de una parte, y lo que se llamaba el descanso sin gloria. En cambio, en la vida moderna, si por un lado no entrarla emociones vivas, exige por otro que se trabaje sin cesar. Los hábitos familiares del comercio han influido fuerte mente sobre ello, y como se pide todo á la bolsa, los hombres, las cosas, las instituciones, se les dice:" /Bueno! ¿qué habéis hecho desde nuestra última entrevista?» Las ciencias físicas que son el estudio principal al cual se consagran miles de individuos, y que comienza á tener sobre nuestra literatura corriente un influjo que aún quizá no se advierta bastante, esas ciencias conducen al mismo fin. Sus dos caracteres los más salientes, son la familiaridad y la curiosidad: la importancia que dan á las luchas más groseras, y el deseo continuo que inspiran de comprobar las luchas, de examinar, por medio de los sentidos, si tienen realidad. Casi se ha renunciado á la sobrescitación que el pensamiento se imponía en otros tiempos, ó más bien todo ese trabajo que se concentraba en meditaciones próximas al éxtasis, se difunde pacíficamente por todo el curso de la vida. Un filósofo de otros tiempos, Descartes, por ejemplo, se imaginaba que después de haberse dado cuenta de las verdades primeras por medio de esfuerzos intelectuales, podía por deducción sacar de ahí, el orden universal. Examinarse á si propio, á la luz de la razón, tal era, según él, el procedimiento para descubrir todas las cosas. Según una opinión admitida, sólo el alma y por sí sola, era capaz de explicar todo, siempre que se mantuviese fiel á un aislamiento sublime. El bien supremo que esta filosofía prometía á sus partidarios, era el de no engañarse jamás, de ra- ./0 zonar siempre, sin estar obligado á observar los hechos. Ahora, nuestros filósofos más ambiciosos, tienen, procedimientos muy diferentes. Véase cómo comienza Darwin: «Cuando me encontraba á bordo del buque S. M. B,, el Beagle, en calidad de naturalista, quedé muy sorprendido al notar la distribución de los seres organizados en América del Sur, y al ver las relaciones que se observan, por medio de la geología, entre las razas antiguas y las razas actuales de aquel continente. t;  Esos hechos, como se podrán ver en los capítulos siguientes, me pareció que arrojaban alguna luz sobre el origen de las especies, ese misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros sabios más Hin. u . tres. A mi vuelta á Inglaterra se me ocurrió la idea, hacia 1837, de que se avanzaría quizá en la solución de ese problema, reuniéndolos, para estudiarlos, todos los hechos que al mismo podían referirse. Después de cinco años de trabajo, he sacado algunas deducciones de esos hechos, y los he resumido con algunas notas muy breves: esas notas las he ampliado en 1844, añadiendo el bosquejo de conclusiones que me pareclan entonces probables. A partir de esa época, hasta hoy día, me he dedicado cuidadosamente á este estudio. Espero que se me dispensará de entrar en estos detalles personales; los doy para demostrar qua no me he apresurado demasiado para (llegar á una decisión. » Para llegar á la solución de ese gran problema, Darwin cuenta con las experiencias curiosas que hacia cultivando palomas y otras variedades artificiales. Su héroe no es un filósofo encerrado en su gabinete y dedicado por entero á su pensamiento; es «aquel 304  LA CONSTITUCIÓN INGLESA hábil cultivador sir John Sebright, que tenía la cos. tumbre de decir al hablar de las palomas, que produ.' ciría cualquier clase de plumas al cabo de tres anos, pero necesitaba seis para obtener una cabeza y un pico». No pretendo que la manera de pensar moderna valga más que la antigua; no es ese mi objeto: miúnico propósito es mostrar, como sólo pueden hacerlo los ejemplos, hasta qué punto de realismo, y en la apariencia, hasta qué punto de mezquinería ha llegado nuestra ciencia, aun en medio de sus más ambiciosos ensueflos. En los Estados nuevos, que nuestros hábitos de emigración crean de continuo, el prosaismo de esta manera del espíritu se acentúa aún más. En América y en las colonias, contra lo que se suponía, el viejo espíritu de Inglaterra, el espíritu de las poblaciones ha contraído hábitos muy prosaicos, una especie de tendencia á decir: «Los hechos ahí están, piense usted como quiera.» Antes de la guerra de América, se decía, de ordinario, que los americanos adoraban la omnipotencia del dollar: hoy sabemos que pueden prodigar el dinero sin medida cuando así les plazca. Pero tenían razón á medias: adoran el valor visible, el resultado evidente, indiscutible, cierto. En Australia y en Nueva Zelanda se observa el mismo aire en las ideas. La lucha con la tierra virgen lo quiere así. Las dificultades materiales apuran en común á todos los países en su cuna, y los dejan en el espíritu un sello de materialismo. Así, cuando los Estados en países recientemente colonizados tienen que elegir un gobierno, deben tomar uno en el cual todas las instituciones tengan un carácter evidente de utilidad. Los americanos se ríen 41t19 •.,1,11 ^í22D CE T, s2 2111 :ti p le d2 :1 ,111,11 Nitlk •  4p G A., POR W. BAGEHOT  305 QD de nuestra reina con el misterio que los rodea, de nuestro príncipe de Gales con la feliz inacción en la cual se halla sumergido. Su espirita prosaico no puede penetrarse de la idea de que el gobierno constitucional es un gobierno fundado en la razón, que conviene á la época moderna y á un país nuevo, que un Estado puede adoptarlo desde un principio. Los principillos que corren por el mundo con excelentes intenciones, pero que no pueden conocer la menor palabra de negocios, les sirven de testimonio para demostrar que el sistema constitucional es exclusivamente europeo y se remonta á la Edad Media; y que si aún le queda algún papel que representar en el viejo mundo, nada tienen ya que hacer en los pueblos nuevos. El implacable realismo que críticos esclarecidos advierten en las obras principales de la literatura en el siglo xix, se encuentra también en la politica. La ostentación del utilitarismo debe caracterizar sus creaciones. Por tal motivo, es preciso dar el más grande interés al problema en que nos venimos ocupando en este capitulo. Si la monarquía hereditaria fuese un elemento indispensable de gobierno parlamentario, seria preciso desconfiar de ese gobierno; pero un estudio atento demuestra que ese sistema no implica como condición esencial la existencia de la monarquía; que, en general, la monarquía no le es útil; que si un rey muy generoso y muy prudente, un rey que tenga todas las cualidades de su posición, es siempre útil, y en circunstancias raras infinitamente precioso; en cambio, un rey ordinario, un rey tal como los hace de ordinario el azar del nacimiento, no es de ninguna utilidad en los momentos de crisis, mientras que en la vida corriente, como no se siente llamado á obrar, no hace 20 306  LA CONSTITUCIÓN INGLESA nada ni necesita hacer nada. Vese con esto que un país nuevo no está obligado á recurrir á esta fútil distinción de poderes que caracteriza el sistema presidencial; puede, si las circunstancias lo permiten, tener absolutamente todas las ventajas que se desprendan de la Constitución inglesa, y eso sin la monarquía, bajo un gobierno parlamentario. ,',111.111 CAPITULO IX HISTORIA DE LA CONSTITUCIÓN INGLESA CONCLUSIÓN Sería preciso, en mi sentir, un volumen para expon ner, aunque fuese muy ligeramente, la historia de la Constitución inglesa; hay ahí materia para una obra importante y original para el autor que la emprendiese con competencia. Jamás este asunto ha sido tratado por un autor que juntase á las más nobles conquistas de la erudición, las luces de una sana filosofía. Desde el modelo dado por Hallara, los estudios políticos é históricos han hecho muchos progresos, y se podría hacer un libro que aplicase las fuerzas de la ciencia moderna á la suma de hechos hasta ahora conocidos. No tengo la, pretensión de escribir ese libro, pero hay un cierto número de particularidades que conviene reunir en un haz, tanto á causa de su interés en el pasado como de su importancia en el presente. Se advierte una política común, ó por lo menos los elementos de una política común, en los comienzos de todos los pueblos que han llegado á la civilización. Esos pueblos parecen haber comenzado por lo que yo llamaría el absolutismo consultivo y experimental. Los reyes de los antiguos días, en las naciones fuertes, no eran reyes absolutos como los déspotas de hoy; no 308 LA CONSTITUCIÓN INGLESA (I había entonces ni ejércitos permanentes para reprimir la rebelión, ni espionaje organizado para vigilar los descontentos, ni burocracia hábil para preparar la gente á la obediencia. Consagrado por una sanción religiosa, el rey de los antiguos tiempos era un hombre aparte, por encima de los demás, ungido del Señor ó hasta hijo de Dios. Pero en los pueblos capaces de ser libres, su carácter religioso no daba al rey jamás un poder despótico. Su autoridad no tenía en verdad ningún limite impuesto por la ley; la palabra misma de ley no hubiera podido traducirse en el lenguaje de la época. La idea de la ley tal como nosotros la tenemos, es decir, de una regla trazada por el hombre, y que puede ser modificada por el hombre cuando lo desee, como habitualmente la modifica, esta idea no hubiera sido )mprendida entre los pueblos primitivos que miraban la ley como una prescripción fatal, y casi como una revelación divina. La ley emanaba de los labios reales, el rey la establecía de la misma manera que Salomón dictaba sus sentencias para un caso particular, y tanto á nombre de la Divinidad como en su propio nombre. Ninguna barrera religiosa limitaba la revelación que hacia de la voluntad divina, y tal era la fuente única de la ley. Pero aunque no tuviera limite alguno impuesto por la ley, la sumisión tenía su limite práctico en lo que puede llamarse la parte pagana de la humanidad, es decir, en la obstinación propia de los hombres libres. Jamás se reducían á hacer exactamente lo que se les ordenaba. Tal como existía en Grecia, según Hornero, y tal como existía también en otras partes, puede creerse que la monarquía primitiva tiene dos cuerpos auxiliares: el uno compuesto de ancianos ó de las personas importantes, y formaba un consejo ó poOvis, á quien el POR W. BAGEHOT 809 Ll 611, aya 11,1, 111i )11 11 ledo íde au rey pedía parecer y cuyos debates hacían saber 'al rey lo que no debía hacer. Además de ese consejo, habla la a7opc's asamblea de oyentes, como algunos le han llamado, y que, en mi concepto, sería mejor llamarle asamblea de prueba. El rey acudía en medio de su pueblo, reunido con el pretexto de anunciarle su voluntad, pero, en realidad, era para tantear su pulso. Sin duda era sagrado, es muy probable que fuese popular; sin embargo, se encontraba en la situación de un primer ministro que habla delante de una Cámara apasionada. Su autoridad y su poder tenían límites que descubría según que sus órdenes fueran recibidas con aclamación, ó bien fueran acogidas, sea con murmullos, sea con un silencio significativo. Ese sistema era excelente para el tiempo y para el país; pero entrañaba un grave inconveniente. El respeto en que el gobierno descansa, y la capacidad necesaria para gobernar, son dos cosas cuyo origen es diferente. El homenaje de los pueblos se dirige á los reyes, y se transmite á su descendencia, en virtud del origen divino que se les atribuye; pero en la descendencia real aparece al pronto un nulo, ó un idiota, ó un hombre que tiene alguna incapacidad natural. Entonces se afirma la verdad aquella de que la libertad prospera bajo los príncipes débiles; entonces la asamblea de oyentes se dedica, no sólo á murmurar, sino que al fin levanta la voz, no solamente para sugerir su opinión, sino para formular órdenes. Mr. Grote refiere muy detenidamente cómo esos apéndices de la monarquía han dado origen á las libertades de los pueblos griegos; cómo esos pueblos se han formado poco á poco; los estados oligárquicos, amplificando el dominio de su consejo; los estados democráticos ampliando el de su asamblea. La historia, 310  LA CONSTITUCIÓN INGLESA tiene tan variados detalles cuantas eran las ciudades griegas; pero el fondo es en todas el mismo. Lo que caracteriza la politica de los griegos antiguos y de los antiguos romanos, es que del embrión monárquico supo sacar los órganos de una república por su desenvolvimiento progresivo. La historia de Inglaterra ha sido, en sustancia, la misma que la de los pueblos antiguos, aunque haya tenido una forma diferente y un crecimiento más lento y más largo. Las proporciones han sido más vastas y los elementos más variados. Una ciudad griega se deshacía pronto de los reyes, porque el carácter sagrado con que la política revestía al rey no podía soportar el examen diario y la crítica continua de una multitud activa y habladora. En todas partes en Grecia, los esclavos, que formaban la parte más ignorante, y, por consiguiente, la menos accesible á los influjos intelectuales, estaban privados de los beneficios ó derechos políticos. En cambio, en Inglaterra, desde un principio, ha sido un país muy extenso, habitado por razas diversas, de las cuales ninguna gustaba de discutir prosaicamente la monarquía, que era para todos objeto de superstición. La monarquía era hasta alguna cosa más que una superstición para nuestros antepasados. Se necesitaba un poder ejecutivo muy fuerte para mantener en orden á un país decidido y armado y valiente; el problema del desenvolvimiento político era, pues, muy delicado. Un gobierno libre, cuando está completamente formado, puede tener un poder muy fuerte; pero durante la época de transicción, mientras la república se desenvuelve y la monarquía decae, el ejecutivo es necesariamente débil. El sistema político se divide; su acción languidece. Por último, las diver- POR W. BAGEHOT  311 sas clases del pueblo inglés han tenido un crecimiento desigual. Si las clases elevadas se han modificado enormemente desde la Edad Media, y siempre en el sentido del progreso, en cambio las clases inferiores han variado muy poco; hasta se cree que, en ciertos respectos, han retrocedido, aunque perfeccionádose desde ciertos puntos de vista. El desenvolvimiento de la Constitución inglesa, pues, ha tenido que ser necesariamente muy lento, porque un desenvolvimiento rápido hubiera agotado al ejecutivo y dado muerte al Estado, y, además, porque como las clases más numeresas habían variado poco, no estaban en condiciones adecuadas para experimentar un cambio total en las instituciones. a En sus rasgos generales, el desenvolvimiento político de Inglaterra ha sido muy sencillo. No se conoce quizá exactamente el carácter de todas las instituciones anglo-normandas, á lo menos han provocado todas controversias. El celo político, tanto de los whigs como de los tories, ha querido encontrar en el pasado un modelo que seguir; y como el estado social de estos tiempos ha sido muy turbulento , realmente ha sido fácil recoger ingeniosos precedentes procurados por el capricho de los hombres y los azares de la historia. Lo que yo me limito á buscar en las instituciones anglonormandas es fácil de reconocer . Habla en aquellos tiempos un gran «Consejo » del reino, al cual el rey llamaba á los personajes más importantes de Inglaterra, sobre todo, á aquellos cuya opinión quería conocer y de cuyos sentimientos quería enterarse. No se sabe con exactitud cuantas personas acudían á ese Consejo, lo que no significa gran cosa. Es, pues, inútil trazar una distinción entre el gran Consejo en Parlamento y el gran Consejo fuera del .•35 OiljP° 3111111 ^de la jora In vil .';113 iarios tallo torl :Id hl T .jrdea dicho ^a resol ?.. leilte le Z` c , ' ,. 11 0 1 0 el 111 4 ) y .111111,1 411 1 des des Pr 318  LA CONSTITUCIÓN INGLESA s. cia tal al soberano, que fué preciso además el impulso de la idea religiosa. Bien sé que el pueblo inglés ha flotado entre el catolicismo y el protestantismo, sin contar con que ha habido en él varios matices y varias sectas protestantes: esta vacilación que se ha moldeado sobre la de los primeros Tudors, duró hasta la época de los puritanos. La masa de las poblaciones inglesas estaba en una situación indecisa, según nos enseria Hooper, que lo estaba su padre, el cual no tenía por el protestantismo ni cariflo ni aversión. Sin embargo, poco á poco penetraba por la clase media de Inglaterra un verdadero espíritu evangélico, como hoy diríamos, y un sentimiento antipapista aún más fuerte la dominó al fin, lo que añadía al fondo de energía potente que jamás falta á esta clase la animación moral que casi nunca tuvo. Esto es lo que ha hecho decir que Cromwell ha fundado la Constitución inglesa. En la apariencia, Cromwell no sobrevivió á su obra. Su dinastía fué derrivada al propio tiempo que la república fué derrocada; pero el espíritu de la obra no fué dominado, jamás dejó de tener en el país un influjo que, no por ser lento como el fuego de un volcán, ha dejado de conservar toda su fuerza. Carlos II decía, que jamás se habría confiado ni á los hombres ni á las cosas: sabía muy bien que, aunque sus enemigos de Worcester hubieran perecido, su espíritu estaba aún entero y vivo en otros corazones. Pero la república de Cromwell y las asperezas del puritanismo, inspiraban una profunda aversión á la mayoría de los ingleses. Velase en él, por decirlo así, lo que el partido rojo representa en Francia, y en otras partes, el único elemento revolucionario del Estado, y eso bastaba para suscitar el odio. Por si mismo este POR W. BAGEHOT  .319 elemento no podía nada: por el contrario, espantaba, alejaba á los moderados y á los indiferentes, así como á las inteligencias elevadas: por si mismo y por si solo era impotente contra la inquebrantable apatía del carácter inglés; pero dando á este elemento una envoltura material que agrade á la vista, dejándole una ocasión de explotar, y . gr., cuando las clases aristocráticas, unidas á él, lo revistieron ó adornaron con su barniz, tal elemento, aunque sea oculto á la sombra de la aristocracia, le dará como segura la victoria. Ahora bien; esta ocasión se presentó en 1688, Jacobo II, en virtud de su increíble persistencia en la falsía, había irritado, no sólo á los enemigos, sino á los partidarios de su padre, los anglicanos al igual que los puritanos, toda la nobleza whig y la mitad de la nobleza tory, y además la burguesía disidente. La autoridad del Parlamento se fundaba á la vez en el concurso de los que de ordinario estaban por la monarquía y de aquellos que estaban contra ella. Pero el resultado fué de escaso valor durante largo tiempo. Se ha dicho que Inglaterra había tenido el mínimum de una revolución porque se ha limitado á cambiar legalmente de dinastía. Jamás se ha pensado en que ese cambio era para la multitud todo lo más que podía pedirse, porque la multitud no veía en el gobierno más que una dinastía y nada más. El orden nuevo necesitó de todo el prestigio de la aristocracia para atraerle las masas, y aun á pesar de eso, las masas no se adhirieron á él sino imperfectamente, de un modo difícil y violentándose . Durante largo tiempo hubo en el aire un cierto descontento. Si entre los Stuardos hubiese habido un príncipe capaz á quien se hubiera podido considerar como protestante sincero, ese príncipe pro- 320  LA CONSTITUCIÓN INGLESA babiemente hubiera logrado destronar la casa de Ilanfo y er. El pueblo tenía un respeto tan innato por el derecho hereditario, que hasta el advenimiento de Jorge III, el gobierno inglés tuvo que temer sin cesar las empresas de un pretendiente. He ahí un hecho sobre el cual he insistido hasta la saciedad y sobre el cual deben insistir necesariamente, porque tiene un influjo supremo. Muchos ingleses, de los que componen la parte de la nación más elevada y más esclarecida, se habían familiarizado con el mecanismo del gobierno constitucional, pero la masa no lo entendía: para ella no había otro gobierno que la Monarquía; la monarquía, es decir, la persona real. Por último, la masa del pueblo se dejaba arrastrar por el encanto de la aristocracia, y sobre todo por el influjo de las grandes familias whigs y de sus partidarios: la razón y la libertad no hubieran bastado para atraérselos. Aunque la autoridad del Parlamento se estableció definitivamente en 1688, esta autoridad ha variado desde entonces en sus modos de aplicación. El Parlamento no supo ejercerla en un principio. Macaulay ha explicado perfectamente cómo aprendieron los partidos á organizarse y á designar gobiernos; hasta fecha reciente se ha atribuido con muy escaso acierto á los soberanos una intervención en la elección de ministros. Cuando Jorge III se puso completamente loco, en 1810, todos creían que Jorge IV, al llegar al poder como príncipe regente, cambiaría la administración de Mr. Perceval, confiando á lord Grey ó á lord Grenville, jefe de los whigs, el cuidado de formar un nuevo ministerio. El ministerio tory proseguía con éxito contra Napoleón una guerra de la cual dependía una cuestión de vida ó muerte; pero, en el espíritu del pue- 821. No, la Idea de que era necesario en ,el poder' esta administración en circunstancias tan graves, no nett‘ tralizaba la idea de que el regente era whig. Es verdad que este príncipe habla sido whig antes de la llevolución francesa, cuando llevaba en compaffla de Mr. Fox, en Saint James Street, una vida incalificable que lord Grey y lord Grenville no hubieran aprobado, como gente austera é incapaz de ejercer un influjo inmoral. Pero todo lo que el regente había podido tener de liberalismo en otros tiempos se habla desvanecido en él como á muchos otros ocurriera ante el reinado del terror. Entonces había reconocido, para emplear la palabra de otro soberano, que su oficio era ser realista. Así se vió pronto que lo que sobre todo quería era conservar á Mr. Perceval en el poder, y buscar cuestión con los lores del partido whig. Como es sabido, conservó el ministerio que habla encontrado en su puesto; pero el hecho sólo de que se haya, podido atribuírsele la idea de cambiar su ministerio in dica cuán moderna es la teoría de la omnipotencia parlamentaria. A través de esas peripecias que he bosquejado á grandes rasgos, y á través de otras aún de que sería demasiado largo y quizá inútil hablar, es como el cambio político en otro tiempo efectuado en las ciudades griegas, tanto en la apariencia como en el hecho, se efectuó entre nosotros en realidad sin tocar á la apariencia. Inglaterra ha visto los apéndices de la monarquía convertirse en instituciones republicanas; únicamente la existencia de una población numerosa y heterogénea de nuestro pais nos ha obligado á conservar la máscara del pasado, si bien haciendo pasar por debajo de esa máscara la realidad nueva. Una historia tan larga y tan curiosa debe dejar y 21 322  LA CONSTITUCIÓN INGLESA ha dejado huellas en la mayor parte de nuestra organización política; esas huellas son visibles en un gran número de casos importantes, y sin notarlos ó sena.. larlos como se debe no se puede llegar á la solución exacta de ciertos problemas. No es un rasgo singular del carácter inglés la desconfianza con que rodea al poder ejecutivo ? En ese respecto no somos un verdadero pueblo moderno, como los americanos. Los americanos consideran su ejecutivo como un agente nombrado por ellos. Si este agente llega á intervenir en los asuntos de la vida común, es, según ellos, en virtud de un mandato soberano, y autorizando semejante acto, frente á si mismo, el pueblo no se cree lesionado en sus derechos ni poco cuidadoso de su libertad. Los franceses, los suizos y todos los pueblos que viven la vida moderna , tienen en absoluto las mismas ideas. Las exigencias materiales de nuestra época piden que el ejecutivo sea fuerte; si no, los pueblos sufren en el respecto del bienestar, de la salud, del vigor. Una nación que se llame libre no debe temer la usurpación del poder ejecutivo, porque la condición misma de la libertad para un pueblo es que se gobierne á si mismo, y el ejecutivo no es otra cosa que el cuerpo político de que el pueblo se sirve para gobernarse. Pero la historia ha dado otro giro al sentimiento inglés. Nuestra libertad es hija de las resistencias opuestas durante varios siglos con más ó menos legalidad, y más ó menos audacia, al poder ejecutivo. Así hemos heredado sentimientos que animaban á nuestros antepasados durante la lucha, y los hemos conservado en medio del triunfo. La acción del Estado nos parece ser, no la nuestra, sino la de un extraño ; nos parece un abuso de la tiranía y no el resultado supremo de nues- tras voluntades coaligadas. Recuerdo que en el Memento del censo de 1851, una sonora anciana declara-- ba que se iba contra las libertades inglesas. «8i el g«- bierno, dice, tiene un poder tan inquisitorial, si puede' preguntar los nombres de las personas que viven bajo el mismo techo que usted ó qué edad tiene una, ¿hasta dónde no se llegará y qué no podrá hacer?» El instinto natural del pueblo inglés es resistir á la autoridad. Cuando se crearon los policemen, la cosa disgustó al pueblo. Sé de gentes, gentes viejas sin duda, que, aun hoy todavía, ven en esa creación un ataque á la independencia, una imitación de los gendarmes franceses. Si los primeros policemen hubieran usado cascos, no se sabe lo que hubiera ocurrido : se hubiera dicho que eso era una tiranía militar, y la insubordinación nativa del pueblo inglés habría triunfado sobre el amor á la paz y al orden, que es de naturaleza completamente moderna. Esta vieja idea que el gobierno es un extraño, domina siempre en los espíritus, aunque no tenga nada de verdadera, y aunque en los mo - mentos de calma y de buen sentido se sepa muy bien que es falsa. No sólo es nuestra historia la que produce estos efectos, podría prescindirse de ella, porque los resultados de nuestra historia lo produces igualmente. Así, por ejemplo, el doble carácter de nuestro gobierno. Cuando se quiere marchar contra el ejecutivo, se toma la corona, cuya autoridad está tan fuertemente limitada en el mecanismo constitucional Hay tantas gentes que, á pesar de la ley, á pesar de la evidencia de los hechos, se niegan á mirar á la reina como el instrumento pasivo de las voluntades populares, que aún es corriente declamar contra su prerrogativa y decir que se trata de un arma contra el pueblo y que es preciso desconfiar de ella. Por la naturaleza misma 324  LA CONSTITUCIÓN INGLESA del gobierno, el ejecutivo no puede, entre nosotros, obtener el mismo grado de afecto y de confianza que entre los suizos y los americanos. La historia de Inglaterra y sus resultados han producido, además, esta tolerancia que tenemos hacia las autoridades locales, hasta un extremo tal que sorprende mucho á los extranjeros. En la lucha contra la corona, el espíritu local servia de defensa y apoyo. Las corporaciones locales, los condados, los burgos, son los que han nombrado los miembros de los primeros Parlamentos:y porque esos centros locales eran libres, los Parlamentos lo han sido también. Si los representantes no hubieran sido elegidos por cuerpos, con una existencia real é independiente, no hubieran tenidoningún poder . He ahí lo que explica la variedad de los medios que en otros tiempos se empleaban para elegirrepresentantes. El gobierno dejaba el derecho de sufragio en cada ciudad al partido más fuerte, aplicando así las leyes de la naturaleza en materia electoral. Más tarde, durante la guerra civil, varias corporaciones, como la de Londres, formularon bases de operaciones para la resistencia. Tomemos por vía de ejemplo á Londres: si hay alguna cosa que los ingleses ilustrados vean con desagrado, es la Corporación de Londres. Ha conservado con cuidado todos los abusos legados por el pasado; tiene grandes ingresos mal administrados; un sistema anticuado que concentra en un circulo estrecho los esfuerzos de las autoridades; permite á cien parroquias perpetuar su deplorable existencia, y mantiene una porción de sociedades dispendiosas é inútiles. Si Londres no se ha embellecida ni tiene los esplendores de Paris, la culpa es de su Corporación, y, en una buena parte, esta Corporación esresponsable del aspecto miserable y sucio que se ado; vierte en la ciudad de Londres. Pero la Corporación de Londres fué, durante siglos, uno de los baluartes de la libertad inglesa. Porque se sentía fuerte con e/ apoyo que le dispensaba una capital bien organizada, el Parlamento Largo tuvo un vigor y una vitalidad que no hubiera podido encontrar base en otra parte. Los principales patriotas del partido parlamentario tuvieron su refugio en la ciudad, y lo que en nuestra historia se parece más á una asamblea reunida permanentemente, es un Comité del Guildhall, donde tenían derecho de votar todos los miembros á medida que se presentaban. Hasta los tiempos de Jorge III la ciudad fué un centro útil para la opinión pública. Conservándolo, hemos, como en otras circunstancias, introducido en el edificio político ciertos restos de los andamios que sirvieron para construirlo. M. de Tocqueville acostumbraba á sostener que, en ese respecto, los ingleses no sólo eran excusables por su historia, sino que, en buena política, tenían razón. Fundaron lo que puede llamarse el culto de las corporaciones. Nada más natural que en Francia, donde el pueblo no sabe organizarse por si mismo, donde el prefecto debe dar su opinión y tomar la iniciativa en todas las cosas, un pensador solitario haya sido impulsado, á causa del disgusto que le producen un sistema exagerado, cuyo mal conoce, á adoptar otro sistema no menos exagerado los inconvenientes del cual ignoraba. Pero en un país como Inglaterra, donde el espíritu práctico está tan extendido que para cualquier abuso se puede organizar un comité de vigilancia y encontrar un comité ejecutivo capaz de aplicar el remedio conveniente, no tenemos necesidad para instruirnos en materia política, como M. de Tocqueville procu- 326  LA CONSTITUCIÓN INGLESA raba hacerlo, de estudiar en qué medida es necesario distribuir el poder entre los cuerpos independientes y el poder central. Toda la educación que las municipalidades eran susceptibles de darnos la tenemos ahora : hemos acabado nuestros estudios, y, ahora , llegados ya á la edad Madura , podemos prescindir de lo que nos sirvió durante nuestra infancia. Las mismas causas sirven para explicar las innumerables anomalías de nuestra politica. Declaro que no participo enteramente de la repulsión que esas anomalías inspiran á algunos de nuestros mejores críticos. Es natural que gentes habituadas, por estudios especiales, á considerar todas las cosas desde el punto de vista artístico, sientan alguna antipatía hacia esas singularidades: pero también es natural que personas habituadas al análisis de las instituciones políticas concedan á esas anomalías cierto grado de importancia é interés, porque pueden darnos alguna enseñanza. La filosofía política es una ciencia imperfecta aún; se funda en observaciones que proporcionan algunos sistemas políticos y algunos Estados, y esas observaciones tienen resultados preciosos. Pero de todas suertes, no es 1::1111 menos cierto que los datos de que dispone son in.completos. Las enseñanzas que de ellos se sacan son muy buenas cuando están de acuerdo con la hipótesis primera, pero pueden ser falsas en el caso contrario. Para la filosofía política una anomalía política desempeña el papel de una enfermedad rara á los ojos de la ciencia médica: es un caso interesante. Hay materia para instruirse en ese caso, aunque en él falten las con-, clusiones ordinarias. No me es, pues, imposible rechazar, como tantos otros, esas anomalías. En mi C011" cepto sería esto tanto como exponerse á perder ta YGi ledida 111)01 les de Itr ° 5 estii lila 1:1) • auto nq^tt` plicar Decl.. ion g k mejoN:1,,, le el pru, .fis611' 1113 fls p011? c00. / )jg 011 101 ífi huella de verdades importantes que fácilmente se pot. drán descubrir. Con esta reserva admito y llego hasta afirmar que nuestra Constitución está llena de rarezas que la dificultan, que la perjudican y que deberían desaparecer. En varios puntos, nuestra legislación se parece á los barrios de las ciudades donde las calles serpentean de una manera tan caprichosa, que se tarda bastante tiempo en saber cómo se unen. Al fin se advierte que están formadas por el establecimiento sucesivo de casas que siguen las sendas y caminos tortuosos ya existentes, y si se las sigue hasta los campos, llega uno á darse cuenta de esta formación viéndola producirse en su origen. Lo propio parecen ciertos rasgos de nuestra Constitución, los cuales estaban destinados á épocas en las cuales la población estaba diseminada, tenía pocas necesidades y había sencillez: las aceptamos, en apariencia, aunque la civilización haya venido con sus peligros, sus complicaciones y sus goces . Esas anomalías, en un gran número de casos, señalan los sitios en que tuvieron lugar las luchas en el terreno constitucional. La línea destinada á servir de frontera contra las pretensiones contrarias ha sido trazada en los azares de la lucha, según los combatientes, antes de morir, han llegado á imponerla por la fuerza: las generaciones siguientes se han entregado, por su. parte, á otros combates, y la línea que en el origen. debió marcar tan sólo los resultados de las batallas. indecisas, ha persistido para constituir un límite perpetuo. No miro como una anomalía la existencia de nuestro doble gobierno, con sus accidentes sin número, aunque la mayoría de las rarezas de que á menudo se quejan las gentes se deriven de ahí. La coexistencia 334  LA CONSTITUCIÓN INGLESA nos, pertenecen á la burguesía, y la mayoría de los colegios electorales, en los condados, no pertenecen á la burguesía más elevada. Esos electores no son de los que atraerían á los hombres si se les viese. No son más que los depositarios de los homenajes que se rinden á otros. La masa de las poblaciones en' Inglaterra, no tienen deferencia más que para la aristocracia, los electores nominales son como los intermediarios que no se designan por su propio mérito y que no eligen representantes en su propia clase. No es en verdad una observación agradable la que se hace, al ver que nuestro sistema es artificial, y persuadirse que ningún sistema natural nos conviene. Nuestro sistema electoral produce la Cámara de los Comunes, y esta Cámara es soberana. La calidad de esta Cámara hace la del gabinete, la de la administración y la de nuestra política. Así, hemos concedido con los derechos electorales, el poder supremo á personas que no son elegidas según un sistema preconcebido, y que serían inaceptables para el cumplimiento de su tarea si se decidiesen á elegir la Cámara de los Comunes de entre los suyos. Y sin embargo, ese sistema más sencillo sería fatal. Algunas personas están descontentas de lo que llaman la debilidad del Parlamento, el cual les parece débil no en el respecto del talento ni de la opinión, sino desde el punto de vista de la acción; esas personas esperan que aumentarla la energía del Parlamento por medio de una reforma completa en el sentido democrático. No hacen más que metáforas, cuando de lo que , se trata es de Titán que recobra su fuerza tocando la tierra: temo mucho que aun para esas personas este ejemplo mitológico desempeña el papel de ese argumento. Equivale esto á suponer que en la parte baja de la escala social, .t<s• r N hay energía porque; hay allí pa g ione04 Vero.? pío tiempo que la fuerza se necesitan . ideas; y tras clases ignorantes y pobres no tienen ideafb Examinemos el asunto con atención: Supongamos que se extiende el derecho, de sufragio por toda Inglaterra, en los colegios electorales actuales. Resultaría que los condados estarán tanto, si no más á disposición que hoy, de los propietarios territáriales. Por medio cíe sus agentes que jamás han tenido una opinión politica razonable y que no aspiran á tener ni inteligencia, ni independencia, esos propietarios serán dueños de los colegios electorales. Cuanto más se rebaje el censo electoral, en los condados agrícolas, hasta ponerlo en 20 libras esterlinas, ó aunque sea hasta 15 libras esterlinas, más se afirmará el dominio de los que hoy tienen la influencia, más se confirmará el yugo de los Quarter sessions. En cuanto á los pequeños burgos, cuanto más se amplia el derecho de sufragio, más se asegurará la preponderancia del capital. Eh el mayor número de las ciudades pequeñas no hay obreros que se ocupen de politica lo bastante y que se respeten lo suficiente para no vender sus sufragios; no hay entre ellos veinte individuos, de cada diez mil, que estén siquiera en situación de comprender por qué se podría censurarles por entregarse á ese tráfico. Saben que esa es la opinión de las «gentes de buena educación»; pero estimantque se trata de un prejuicio de las clases altas, una de esas tonterías que los ricos inventan cuando hablan de los pobres. Personas bien informadas me afirman que ese sentimiento popular, lejos de disminuir, no hace más que aumentar cada día. Aparte de que el influjo del capital aumenta de año en ano, en los colegios electorales las cuestiones que se agitan están de día en 336  LA CONSTITUCIÓN INGLESA día menos al alcance de los pobres. Si el'ritualismo fu ese una cuestión política, sería indiferente. No dudo que un candidato que pudiese declararse antiritualista contra un adversario ritualista, no fuese nombrado  por aclamación. Seria el verdadero representante de  ,111. los electores en la única cuestión quizá que les peocu-  pa. En algunos sitios un elector aventuraría su vida si  i(10 consintiese en dejarse corromper para «votar en favor del Papa». Pero que una persona intente explicar la reforma administrativa ó la reforma de la ley, ó aunque sea la reforma parlamentaria ante un auditorio que el azar haya reunido en un pequeño burgo, no logrará sino aburrir á aquellas gentes. No hay un solo obrero en esos burgos que por si mismo piense en esas cuestiones, ó que sea capaz de comprenderlas si se las expone rápidamente ó de viva voz. Las personalidades interesan más á las multitudes. Un candidato  novicio preguntaba no hace mucho tiempo á un vete-  `n1 rano qué asunto debería tratar. «Hábleme usted de Gladstone ó de Garibaldi—le respondió el hombre.—  Hable usted el mayor tiempo posible y vuelva lo más  530 pronto posible.»  I Hay tan pocos asuntos que ofrezcan hoy interés á  los electores pobres y en cambio se les prodiga tanto  411 dinero, que en lugar de sugerirles que es un crimen  dejarse corromper, será preciso mirarles como anaco-  "4'; retas, en materia política, si permanecen incorruptibles. Cuanto más se rebaje el censo electoral en las pequezas poblaciones, más se aumentarla la preponderancia del capital. Respecto de las grandes ciudades, la cuestión es otra: allí por lo menos hay un poco más de variedad. Esas ciudades comprenden un gran número de artesanos que tienen realmente inteligencia, que son capa- 837 mil ux a opinión política y que están muy bien ParaWkier 'á las sugestiones de la corrupción. En qué proporgión exacta están esos artesanos, lo ignoro. Se sabe á que atenerse sobre poco más ó menos acerca del número de individuos que componen la clase de los artesanos, pero en ese número hay unos que difieren mucho de los otros; hay muchos que jamás se mezclan en política, y que, incapaces en absoluto de mezclarseen ella, sólo piensan en los placeres que pueden procurarse. A qué cifra se eleva el número de artesanos esclarecidos y el de los artesanos inferiores que no valen más que el resto de la multitud, he ahí lo que no está dentro de nuestros medios de investigación. No hay estadística mental ó moral que nos auxilie en este género de operaciones; no me reconozco como competente para dar una opinión acerca del caso, y las evaluaciones que me han proporcionado difieren entre si de una manera enorme. Limitémonos, pues, á decir que siendo las dos clases de artesanos muy numerosas, es preciso preocuparse en política mucho de ellas. Pero el voto del obrero ignorante está á disposición de los explotadores ó directores. No me es posible explicar al detalle cómo se arreglan las cosas para sacar partido de él en las 'grandes colegios electorales, pero es público y notorio que el dinero compra esos votos y que ciertas personas los toman como verdaderos mercados. Los agentes electorales dirigen una circ ular para el conjunto de una circunscripción, y cada empresario que se encarga de un distrito ó de una cierta cantidad de votos, tiene á sus órdenes otros emp resarios parciales para las diversas partes del distrito. He ahí lo que todos esperan de los obreros, á excepción de los más austeros y más independientes, seg ún ocurre ya con respecto á todos los electores que 22 338  LA CONSTITUCIÓN INGLESA pertenecen á las últimas capas de la clase media cuando no tienen ni independencia ni austeridad. De ese modo el capital domina tanto en las grandes ciudades como en las pequeñas. De este examen podemos, pues, concluir, que el sufragio ultrademocrático lejos de ofrecernos una Cámara de los Comunes más homogénea y más enérgica, nos llevaría, en definitiva, á un resultado opuesto. Habría en la Cámara: primero, un elemento nuevo que representaría á los obreros inteligentes, pero este elemento estaría por completo en minoría, y contarla para poca cosa con la muchedumbre; luego los miembros ricos representarían los grandes burgos, cuyos votos habrían comprado; otros miembros ricos representarían, por los mismos procedimientos, los peque - Líos burgos; por último, los representantes de los condados serian, sobre poco más ó menos, los de hoy, á no ser que resultaren más imbuidos por los prejuicios de su clase. Ahora bien; el capital es el más temido de todos los elementos sociales, y los representantes más dispuestos á comprar su entrada en la Cámara son las gentes que son más ignorantes en materias políticas. Enriquecidos recientemente, después de haber adquirido su fortuna con su trabajo y su habilidad en los negocios, ó bien hombres nuevos aún, que quieren pasar por ricos y que están fuertemente comprometidos en el comercio ó en las compailfas industriales, esas gentes, como jamás tienen tiempo libre, ni quizá las inclinaciones necesarias para dedicarse á estudiar la politica á la edad en que se encuentran, flotan según las opiniones en moda, se dejan guiar por los periódicos, adoptando lo que decían estos la anterior semana y prontos á adoptar lo que digan la semana siguiente. Semejantes representantes tienen un doble ,~1• n ••• n • n • n ,' .motivo para ser tímidos; én su calidad de hombtes cos debieran temer por sus capitales; en su calidattde ignorantes deberán temer dejarse llevar en estas cuestiones, cuya amplitud no son capaces de abarcar. Así, pues, por su parte, no darán ningún vigor nuevo á la Cámara, y como el propietario noble no aportará tampoco más energía, la Cámara resultará más heterogénea y probablemente más indecisa y más tímida aún que hoy lo es. Se me dirá que esta manera de razonar presupone que se mantendrá la organización actual de los colegios electorales sin cambio alguno, rebajando sólo el censo electoral, y que toda la demostración depende de eso. Lo niego y afirmo, que aunque se reformen las circunscripciones, el resultado será siempre el mismo. No habrá bastantes ciudadanos puros y austeros si se rebaja el censo electoral, para elegir una fracción nueva de la Cámara que sea de calidad superior, importando poco para el caso la organización de los colegios; la aristocracia territorial y nobiliaria tiene sus puestos señalados de antemano, y el dinero tiene en todas partes su influjo. No es nuestra Constitución lo que causa el mal, es el carácter de nuestro pueblo. Hasta donde me es posible juzgar la teoría que quisiera dar á la administración más fuerza, haciendo el gobierno más democrático, esta teoría descansa en un razonamiento preciso que no es materia de creencia. Ciertos espíritus ardientes pretenden que de una manera ó de otra, Inglaterra debe darse el mejor gobierno posible, y viendo que el Parlamento no adopta sus ideas con resolución se fijan en él y buscan los medios más fáciles de modificar la composición de Parlamen- to. Pero ¿qué vale modificar el derecho de sufragio? Lo que es preciso modificar es nuestro carácter, como 340  LA CONSTITUCIÓN INGLESA nosotros mismos. El grado de habilidad de un gobierno libre corresponde al de la nación; el gobierno proviene de la nación, debe ser como ella es. Si nuestra. política es débil, la fuente de esta debilidad está en nosotros mismos; está en nuestra ignorancia. Descompónganse los cerebros de veinte personas que conozcamos; véase qué poca conciencia precisa se encontrará en ellas, cuán pocas opiniones defienden é ideas fijas acerca de la política. Véase cómo el juicio de cada una vacila y cambia según los hechos del día,. según los artículos de los periódicos; nótense la variedad de opiniones. No hay quizá dos cabezas que tengan las mismas ideas, á menos que no se trate de una, idea venida de fuera que se hayan apropiado, y aun es posible que eso no pase de ser un prejuicio estúpido. Ni un hombre ni una nación pueden tener vigor si no tienen una doctrina definida y fija. Los que proclaman los derechos de los obreros deberían aprovecharse de la enseñanza que Francia nos ofrece. La experiencia que ha hecho, prueba de una manera concluyente que el sufragio universal no es necesariamente favorable á los obreros. Los obreros. inteligentes de Paris, de Lyon y de otras partes son los adversarios más ardientes del gobierno imperial. El socialismo que ellos habían soñado ha sido, si no el objeto real, á lo menos el pretexto aceptado por el golpe de Estado; no pasa una elección sin que envíen al Cuerpo legislativo cuantos miembros pertenecientes á la oposición les es posible enviar. Sin embargo, el emperador se vanagloria, y tiene razón, de gobernar por medio, del sufragio universal; precisamente apoyado en el miedo y en la ignorancia de los innumerables propietarios de los campos, desdeña la oposición d'e los obreros inteligentes al igual que la de la POR W. BAOEHOT clase ilustrada de las grandes ciudades sabe que no .cuenta con sus simpatías y les deja hacer. Como Francia es, en comparación con Inglaterra, un país homogéneo, como su población agrícola supera con mucho la población de las ciudades, y como un imperio fundado por la elección destruye el influjo de las minorías, es cosa cierta que el resultado en un país del sufragio universal ha sido establecer un gobierno fuerte. Pero ese gobierno está establecido sobre la esclavitud de la clase inteligente á la cual nosotros precisamente queremos dar el sufragio; además, no habiendo un país homogéneo, y poseyendo un gobierno parlamentario que concede una cierta influencia á las minorías, no obtendríamos del sufragio universal el bien que los franceses han recogido de él, y tendríamos todos inconvenientes porque el obrero inteligente resultaría aqui dominado por el número como ocurre en Francia. Asi, la naturaleza de nuestro sistema social nos prohibe esos cambios bruscos y temerarios que los doctores políticos nos prescriben. Sin duda, esos cambios no nos conducirían á los desórdenes matanzas y confiscaciones que presumen espíritus poco reflexivos. A pesar de las lecciones de Tocqueville y otros cien, dejanse dominar por los terribles ejemplos de la Revolución francesa. Se cree que la democracia significa guillotina, y que según la frase de Sedney Smíth «destruye al mismo tiempo la vida y las rentas del hombre». Entre nosotros la democracia significaría el dominio del capital, y sobre todo, la preponderancia en cuarto creciente de las fortunas nuevas, los detentadores de los que especularían con la ignorancia del pueblo. Eso no destruiría súbitamente nuestra Constitución, pero nuestra Constitución sufriría con ello mucho porque el Parlamento sufriría á su vez. 342  LA CONSTITUCIÓN INGLESA ¿Qué hacer entonces? Nuestro sistema electoral, ow tan perfecto, tan delicado que no pueda tocarse en él? ¿No podríamos, pues, poner la Constitución en armonía con las necesidades de nuestra época, como nuestros padres hicieron en sus tiempos? Es preciso hacer alguna cosa. Esos obreros que son numerosos, que están organizados, que son inteligentes, que viven ante las grandes fortunas y los más maravillosos fenómenos del crédito, sería imprudente fatigarlos ofreciéndolas constantemente, para luego negáserlo, el derecho de sufragio. Es seguro que nosotros podemos resistir á sus fuerzas, apoyándonos en el resto del país. Aunque poderosos y terribles por el número, serían vencidos si atacasen la propiedad ó perturbasen el orden público: si su causa fuere injusta podríamos resistirle; pero ¿cómo emplear la fuerza física ó moral ante una reclamación legítima? La clase obrera es digna de obtener el derecho de sufragio, y es de desear que se le conceda. El modo más sencillo que puede proponer con ese objeto, sería volver al antiguo sistema inglés de los sufragios diferentes según los burgos que existían antes del acto de 1832. Ese sistema podrá ó no podrá ser restablecido, lo ignoro, pero creo fuera de duda que no se ha estado acertado aboliéndole. Procuraba á nuestra Constitución ese elemento de variedad, allí precisamente donde era útil que lo hubiera. Sir James Mackintosh, lord Russell y otros whigs han hecho su elogio en sus escritos. En la precipitación casi revolucionaria del momento y con el deseo que se tenia de no recargar de detalles la ley nueva, se ha prescindido malamente del legado precioso que el pasado nos habla transmitido., Pero si es posible resucitar lo bueno será él medio más rápido y el más fácil de zanjar la dificultad actual. , POR vv-, BAGÉROT engo por qué exponer aquí tal á cual. plaq que se, podido sugerir para obtener que los obreros esté*, representados: la cuestión de la reforma electoral iiø' nos ocupa más que desde el punto de vista de la dificul-,' tad que ofrece, no en el respecto de la solución que pueda tener. Nos proporCiona un excelente ejemplo de los efectos que la historia y el carácter de nuestro pueblo han tenido sobre nuestra Constitución; nuestra cuán difícil es conservar y perfeccionar un sistema parlamentario en un pueblo mezclado, y en el cual las clases inferiores son ignorantes y pobres; nos prueba incontestablemente el hecho de que nuestra Constitución no está fundada, en la igualdad ni sobre principios que favorezcan abiertamente la inteligencia y la propiedad, sino sobre ciertos sentimientos antiguos de deferencia y sobre un curioso medio de representar aproximadamente el buen sentido y la inteligencia; esos dos fundamentos no deben ser destruidos bruscamente, porque una vez destruidos no podrían reconstruirse y son, sin embargo, los únicos apoyos de una política tal como la nuestra y en un pueblo tal como es el nuestro. Estas observaciones pueden servir de coronamien- to á mis estudios sobre la Constitución inglesa. Mis estudios habrán logrado su objeto si ayudan á disipar algunos prejuicios anticuados, bajo los cuales la tradición oscureciera un asunto importante; si animan á otras personas á tratarlos desde su punto de vista, según el testimenio de su vista y no de oídas, y si, aun á pesar de los errores que he podido cometer, excitan á algún gran pensador á resumir la experiencia de Inglaterra para bien del género humano. FIN