Otra forma de hacer historia de la comunicación social
Abstract
Esta comunicación propone otra forma de hacer historia de la comunicación social, poco convencional, que se apoya en la excepcionalidad metodológica y en el uso de lecturas interdisciplinares. Más que construir modelos y paradigmas, la historia de la comunicación social debe localizar nuevos problemas, así como ver viejos problemas de formas nuevas. Debe incluir la historia de la gente corriente. En concreto, nuestra apuesta metodológica parte de Michel Foucault para apropiarse de los conceptos de discurso y de estrategias de poder. A partir de ahí aúna las aportaciones de varias corrientes historiográficas, tales como la historia desde abajo, la historia cultural o la microhistoria italiana.
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1 OTRA FORMA DE HACER HISTORIA DE LA COMUNICACIÓN SOCIAL Francisco Baena Sánchez Universidad de Sevilla Resumen Esta comunicación propone otra forma de hacer historia de la comunicación social, poco convencional, que se apoya en la excepcionalidad metodológica y en el uso de lecturas interdisciplinares. Más que construir modelos y paradigmas, la historia de la comunicación social debe localizar nuevos problemas, así como ver viejos problemas de formas nuevas. Debe incluir la historia de la gente corriente. En concreto, nuestra apuesta metodológica parte de Michel Foucault para apropiarse de los conceptos de discurso y de estrategias de poder. A partir de ahí aúna las aportaciones de varias corrientes historiográficas, tales como la historia desde abajo, la historia cultural o la microhistoria italiana. Abstract This article brings up another way of making Social Communication History, not conventional, based on exceptional methodology and interdisciplinary readings. Social Communication History must find new subjects and study old subjects in new ways. It must include People’s History. Particularly, this proposal begins in Foucault’s concepts of speech and strategies of power, and goes on with History from below, Cultural History and Italian Microstoria. Palabras clave: Comunicación, Historia de la comunicación, Metodología, Historia desde abajo, Postmodernismo. Keywords: Communication, Communication History, Methodology, History from below, Postmodernism. Esquema del texto 1. Una reflexión en torno a la disciplina de la historia de la comunicación social 2. Postmodernismo e historia 3. Del giro lingüístico al giro cultural 4. Discurso y estrategias de poder 5. Historia desde abajo 6. Materialismo cultural 7. El mundo de las representaciones 8. Microhistoria 9. Conclusiones 1. Una reflexión en torno a la disciplina de la historia de la comunicación social La historia de la comunicación social que planteamos en las próximas páginas pretende, en primer lugar, hacer presente un pasado no bien conocido, en el que nos adentramos como verdaderos agentes de la memoria con el firme propósito de traer al presente acontecimientos y sujetos silenciados, ignorados, otorgándoles la voz y la visibilidad que durante largo tiempo pudieron haberles sido negadas. Así pues, nuestro enfoque aspira a convertirse en una forma de hacer historia que no se contente con el simple conocimiento, sino que se interese también por la ejemplaridad, la legitimidad, la
2 conmemoración y la identidad. Tratamos de hacer efectivo lo que tan exitosamente Paul Ricoeur designó como devoir de mémoire1. Así pues, el historiador de la comunicación social se ve obligado a cumplir un deber de memoria por el que deliberadamente contrae un compromiso social y se adhiere a la historia radical que plantea el marxista británico Edward P. Thompson. Hacer una historia radical de la comunicación social exige descubrir la racionalidad de la sinrazón social desde los niveles más exigentes de la disciplina histórica. “La historia radical debe ser buena historia. Debe ser tan buena como la historia pueda ser”2. También Eric Hobsbawm ha insistido a menudo en la responsabilidad social del historiador a la hora de desmontar una historia construida sobre anacronismos y mitos: “Debemos oponer resistencia a la formación de mitos nacionales, étnicos o de cualquier otro tipo, mientras se encuentren en proceso de gestación”3. En buena medida, el adjetivo “social” que los historiadores han añadido a la historia de la comunicación se debe a las enseñanzas de Thompson. En función de este posicionamiento epistemológico, más que construir modelos nos interesa localizar nuevos problemas, así como ver viejos problemas de formas nuevas, haciendo énfasis en los sistemas de valores y en los rituales, en las funciones expresivas de las formas de movilización y de protesta, en la expresiones simbólicas de la autoridad, el control y la hegemonía, en la recuperación de los estados de conciencia, en aquellos personajes secundarios que considerábamos meros acompañantes del proceso. Nuestra historia radical de la comunicación social debe fijarse en suma en los episodios atípicos, en las situaciones excepcionales. Sólo así podremos explicar y aprehender en términos de hegemonía cultural el significado simbólico de las formas de dominación y control del poder, por un lado, y las formas de la protesta popular y la rebeldía, por otro. La forma de hacer historia en la que trabajamos comparte, en buena medida, estos presupuestos. Nos interesa cómo y por qué los diferentes poderes construyen identidades para su consumo masivo, cómo se difunden y qué efectos sociales producen. Nos preocupa el envoltorio en que se ofrecen y los espacios de recepción donde se despliegan. Desde esta perspectiva, que naturalmente es heredada, hablar de historia social significa también desplazar el centro de interés de la investigación –y la divulgación– histórica hacia ámbitos como la historia cultural. Esta mirada, la de una historia socio-cultural, implica abordar el estudio de la cultura popular, entendida como “la vida cotidiana de la gente en común, los objetos materiales de los que ésta se rodea, y las diversas formas de percibir e imaginar el mundo”4. La historia de la comunicación debe tomar prestado de la historia sociocultural ese interés por los significados, las representaciones y las prácticas culturales. No obstante, no se puede obviar la advertencia de Thompson en referencia al uso de la expresión cultura popular: “El mismo término cultura, con su agradable invocación al consenso, puede servir para distraer la atención de las contradicciones sociales y culturales, de las fracturas y las oposiciones dentro del conjunto”5. No olvidar las fracturas, ni la desigualdad o la injusticia, es fundamental en la forma de hacer historia de la comunicación que planteamos. 1 RICOEUR, P., La memoria, la historia, el olvido, Madrid, Trotta, 2003. 2 THOMPSON, E. P., Agenda para una historia radical, Barcelona, Crítica, 2000, p. 14. 3 HOBSBAWM, E., Sobre la historia, Barcelona, Crítica, 2004, p. 21. 4 BURKE, P., “La nueva historia socio-cultural”, en Historia Social, nº 17, Valencia, Instituto de Historia Social de la UNED, 1993, p. 11. 5 THOMPSON, E. P., Costumbres en común, Barcelona, Crítica, 1995, p. 19.
3 2. Postmodernismo e historia En los últimos treinta años, los historiadores y los filósofos de la historia han mantenido un amplio y vivo debate sobre la naturaleza del conocimiento histórico y, más en concreto, sobre cuestiones como las condiciones de producción y validez científica de las obras históricas, el carácter de la relación entre el historiador y la realidad que estudia o la posibilidad de alcanzar una verdad histórica. Según Miguel Ángel Cabrera, el “cuestionamiento crítico” o postmoderno al que se han visto sometidos los postulados filosóficos, epistemológicos y teóricos de la historia social y de su prolongación en la nueva historia cultural “constituye, sin duda, el rasgo distintivo primordial de la situación actual de los estudios históricos”6. A la crítica postmoderna también se le ha puesto frecuentemente la etiqueta de giro lingüístico porque, en esencia, lo que rechaza es el supuesto de que la historia produce una representación objetiva de la realidad social. De hecho, la posición postmoderna considera que el lenguaje del historiador no es un medio transparente y pasivo de comunicación, sino, al contrario, un factor activo en la aprehensión de la realidad social que se caracteriza por la producción de significados. Así pues, la noción postmoderna de mediación lingüística supone una ruptura sustancial basada en la premisa irrevocable de que el lenguaje no se limita a representar la realidad histórica, sino que la construye significativamente. La mayoría de historiadores españoles interpretan el postmodernismo como una corriente historiográfica que pretende privar a la historia de todo estatuto científico y, merced al giro lingüístico, reducirla a una mera actividad cultural o literaria. Precisamente es éste, la negación de su pretensión de cientificidad, el “principal desafío” al que se enfrenta la historia según Elena Hernández Sandoica. A su juicio, la mediación lingüística de la realidad implica básicamente que ésta “no puede ya ser pensada como una referencia objetiva, exterior al discurso” y que el objeto de la historia desaparece como tal7. Desde el punto de vista postmoderno, la historia no aportaría un conocimiento más verdadero de lo real de lo que puede hacerlo una novela. Y, lo que resulta más preocupante, las obras de los historiadores no se podrían diferenciar o jerarquizar en función de criterios epistemológicos, sino a partir de sus “propiedades formales, estéticas o retóricas”8, lo que nos abocaría al escepticismo y al relativismo. No obstante, una de las utilidades que podemos atribuir a los postulados postmodernos es como elemento de corrección en el tratamiento de las fuentes, pues nos hacen más conscientes de las mediaciones existentes entre el historiador y la realidad y nos obligan a adoptar una mayor cautela en el uso de aquellas. Esa cautela en el uso de las fuentes que sugiere la crítica postmoderna nos lleva a tener en cuenta, junto a la explicación causal, la opción de la interpretación histórica, la cual sugiere direcciones y métodos nuevos, plantea límites e inspira preguntas como, por ejemplo, cuál es la 6 CABRERA, M. A., “La situación actual de la historia: un paisaje cambiante” en CABRERA, M. A. (coord.), La situación de la historia. Ensayos de historiografía, Tenerife, Servicio de publicaciones Universidad de La Laguna, 2002, pp. 11-52 (p. 16-17). Miguel Ángel Cabrera se adscribe a lo que él mismo denomina Nueva Historia, una historia discursiva o postsocial en la línea de Patrick Joyce, Joan W. Scott y William H. Sewell. El motor teórico primordial de la historia postocial es su nueva teoría sobre la producción de significados basada en la distinción entre el lenguaje como medio de comunicación y el lenguaje patrón de categorías por medio del que el individuo capta y organiza la realidad social. Véase CABRERA, M. A., Historia, lenguaje y teoría de la sociedad, Madrid, Cátedra, 2001. 7 HERNÁNDEZ SANDOICA, E., Los caminos de la Historia. Cuestiones de historiografía y método, Madrid, Síntesis, 1995, pp. 285 y 282. 8 HERNÁNDEZ SANDOICA, E., Op. cit., 285.
4 inquietud que mueve a los actores a actuar o cómo debe adentrarse el historiador en esa motivación. En este sentido, Ricoeur supera el perpetuo conflicto entre explicación y comprensión, dos vocablos que le resultan ya inútiles, a partir del proceso más amplio y aglutinador de la interpretación: “un modo de discurso que opera en la intersección de dos dominios, el metafórico y el especulativo”9. Así pues, a la hora de hacer historia de la comunicación social, el historiador ha de tener presentes las palabras de Collingwood: “Empecé por observar que no se puede saber lo que un hombre quiere decir por el simple estudio de sus declaraciones orales o escritas, aunque haya hablado o escrito con perfecto dominio de la lengua y con una intención perfectamente veraz. A fin de encontrar su significado, hay que saber también cuál fue la pregunta (una pregunta planteada en su propio espíritu y que él supone en el lector también) a la cual quiso dar respuesta lo dicho o escrito”10. Es ahí donde se ubica la historia de la comunicación social que planteamos, en esa oscilación cíclica y tentativa entre dos polos, los que definen las nociones fundamentales de demostración y explicación, por una parte, y de comprensión e intuición, por otra. En este sentido resulta esencial delimitar lo que Le Roy-Ladurie denominó con tanto éxito como el territorio del historiador, fruto de ese diálogo recurrente entre la historia y las ciencias sociales, de los préstamos que el discurso histórico ha importado de disciplinas como la sociología, la antropología o la crítica lingüística, y que ha asumido como propios e imprescindibles. Responde a una convicción: el mayor atractivo de toda nueva historia reside en la diversidad de los objetos y en la variedad de los métodos empleados: la invasión de la temporalidad y el contexto, la intromisión de la hermenéutica y la textualidad. Hace falta, en consecuencia, disponer de teoría o enfoque filosófico (al menos de un trasfondo) y hace falta desplegar un arsenal teóricometodológico que permita proceder sistemáticamente a la explicación causal y a la interpretación. Por tanto, la historia de la comunicación social debe aceptar el desafío de la causalidad que la ciencia lleva, en principio, agregado; debe explicar, sobre la base del razonamiento causal, el origen y las motivaciones (el porqué) de los sucesos, acontecimientos o procesos humanos. Pero también debe encarar con afán la indagación acerca de los valores simbólicos que contienen las fuentes para establecer el posible repertorio de sus significados, las intenciones ocultas que representan, tomando en cuenta el contexto para dar vida al texto. Y, a partir de ahí, debe ofrecer interpretaciones más o menos afortunadas sobre sus elementos implícitos, consciente tanto de la discontinuidad (o incluso la fragmentariedad) de los procesos históricos como de la irresistible opacidad de las fuentes11. Nos interesa, por tanto, esa historia que ha adoptado otras maneras de organizar los hechos y otras formas de hacer, esa historia que tiene por misión estudiar el pasado en todo su magnífico desorden, a partir de evidencias, pero también de indicios. 3. Del giro lingüístico al giro cultural Lo que nos queda del pasado, mediaciones entre los seres que lo habitaron y el espacio exterior, son muchas veces textos letrados, si no directamente literarios. Y es de 9 RICOEUR, P., Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico, Madrid, Cristiandad, 1987, p. 303. 10 COLLINGWOOD, R. G., Autobiografía, México, FCE, 1953, p. 39. 11 Los historiadores de la comunicación emplean hoy con normalidad todo tipo de fuentes, ya sean de naturaleza escrita, visual, oral o icónica, y no sólo de carácter público u oficial sino también, cada día más, de carácter privado, personal (egodocumentos).
5 este tipo de textos (periodísticos y propagandísticos) del que mayoritariamente bebe la historia de la comunicación social. Es a ellos a los que accedemos cuando tratamos de llegar a ese pasado, de explicarlo e interpretarlo. No accedemos por tanto al pasado mismo, que quedará velado, entorpecido o distanciado por esa mediación. En esta aproximación entre la historia y el lenguaje, resulta ineludible referirse al filósofo neopragmatista Richard Rorty, quien ha popularizado el término giro lingüístico, al que ya nos hemos referido antes, como forma de crítica a los filósofos del lenguaje, aunque también como forma imperiosa de tenerlos en cuenta. Rorty ironiza sobre pensadores como el francés Jacques Derrida, para quien “no hay nada fuera del texto”: si en el siglo XIX hubo filósofos que mantenían que todo cuanto había era ideas, en el XX parece que no hubiera otra cosa que textos12. La historia de la comunicación social debe apartarse del giro lingüístico en su versión más radicalizada. ¿De qué nos serviría una perspectiva determinista para la que la construcción del sentido aparece desligada de toda intencionalidad y depende del funcionamiento automático e impersonal del lenguaje? Y si así fuera, ¿es tanto su poder que la realidad sólo podría construirse mediante el lenguaje? ¿Debemos, por tanto, los historiadores resignarnos a confundir texto y contexto, discurso y prácticas? ¿Es que ya no existe esa expresión simbólica que remite a una genérica realidad social? Es cierto que esta perspectiva radicalizada acerca del lenguaje pone de relieve una realidad antropológica esencial, pero tan general que apenas resulta operativa para el análisis de los fenómenos sociales. Según el historiador cultural Roger Chartier, la reducción de la experiencia histórica al discurso debe huir de “un uso incontrolado de la categoría de texto, demasiado a menudo indebidamente aplicado a unas prácticas (ordinarias o ritualizadas) cuyos procedimientos no se parecen en nada a las estrategias discursivas”13. Lo que resulta indudable, independientemente del extremismo alcanzado por el giro lingüístico, es la importancia concedida en la actualidad, tanto por los filósofos como por los científicos sociales, a las cuestiones que tienen que ver con el lenguaje y su valor simbólico en el conjunto de la vida social, aspecto que no puede obviar la disciplina de la historia de la comunicación social. Cosa distinta de esa radicalizada visión semiótica y deconstructivista es sostener que la realidad se expresa a través del lenguaje, y que éste adquiere significado y autoridad sólo en marcos históricos específicos, para lo que hay que ponderar el contexto político y social en el que los textos son producidos. La historia de la comunicación social sí debe abrazar las posibilidades que permite la hermenéutica en historiografía, condensadas en la tríada formada por el texto, la política y el contexto, unas posibilidades que conducen a términos y lenguajes nuevos, así como a usos distintos de los conceptos, renovados a fondo para una nueva historia cultural. Se trata de conformar una investigación de sentido, en el sentido que le otorga Ricoeur, que establezca significados y elija una interpretación entre las varias que se ofrecen como posibles. Pretendemos ir más allá del estructuralismo y de cualquier tipo de determinismo, insistir en que los usos reales y concretos de las palabras sólo pueden ser comprendidos en sus contextos propios: el lenguaje es siempre poseído por alguien en concreto y es emitido en una situación dada. El microhistoriador Carlo Ginzburg ha detectado con claridad la ambigüedad derivada de una lectura restringida de las fuentes que, desde la semiótica o el análisis 12 RORTY, R., Consecuencias del pragmatismo, Madrid, Tecnos, 1996, p. 217. 13 CHARTIER, R., “De la historia social de la cultura a la historia cultural de lo social”, en Historia Social, nº 17, Valencia, Instituto de Historia Social de la UNED, 1993, p. 98.
6 del discurso, obvie el contexto: “La fuente histórica tiende a ser examinada exclusivamente en tanto que fuente de sí misma (según el modo en que ha sido construida), y no de aquello de lo que se habla”. De ahí que, al analizar las fuentes en tanto que testimonios de representaciones sociales, no se puede eludir la posibilidad de analizar las relaciones existentes entre estos testimonios y la realidad por ellos designada o representada”14. No obstante, lo que resulta innegable es que la denominada posmodernidad ha abierto una importante vía de conexión entre la historiografía y la lingüística a través de la que discurren los patrones filosóficos de las escuelas del significado, de la recepción y la representación. Sin caer en la radicalidad que llega a afirmar que los actores sociales existen a través de los procesos de comunicación, que sólo a través de ellos se manifiestan y se desarrollan, se construyen (la palabra es acción), sí nos interesa su visión del lenguaje como un conjunto de estrategias simbólicas que forman parte de la sociedad y de la representación individual de mundos posibles y reales. Por otra parte, los historiadores de la comunicación social se adscriben cada vez más a esa amplia corriente que viene apelando a elementos de la cultura no como una cuestión de moda sino como clave de explicación o fuente de comprensión histórica. A partir de este giro cultural, según Javier Ugarte, la cultura pasa a convertirse en “el trasfondo que le da sentido o significado a nuestra experiencia, a las acciones y al conjunto de las relaciones sociales, sobre la base de las formas de vida”15. Ir más allá de los presupuestos de la “vieja” historia implica caminar en la misma senda de lo que Peter Burke identifica como la “nueva” historia socio-cultural (o historia cultural, a secas), abrazar su regeneración pero también asumir sus debilidades. La historia de la comunicación social debe tener en cuenta la fusión de la sociedad y la cultura, la inversión de la tradicional relación marxista entre infraestructura y superestructura en beneficio de esta última; nos interesan ese relativismo cultural implícito basado en la idea de que la realidad está social y culturalmente construida y, cómo no, esa apuesta por la heteroglosia, por un conjunto de voces diversas y opuestas, frente a la objetividad de la historia. Y frente a esa misma historia caducada, vista desde arriba, centrada en las grandes hazañas de los grandes hombres, la historia de la comunicación social se interesa también por la historia desde abajo, aquella que recupera las opiniones de la gente corriente y su experiencia del cambio social. 4. Discurso y estrategias de poder La forma de hacer historia de la comunicación social que compartimos implica, en primer lugar, realizar una lectura del filósofo francés Michel Foucault en clave histórica, intentando rescatar las categorías de análisis que se consideran aplicables a la investigación desde la nueva historia socio-cultural. La perspectiva foucaultiana nos parece un buen punto de partida y configura el modo más adecuado para analizar e interpretar los discursos, así como su permeabilidad recíproca. Parece obvio remarcarlo, pero son innumerables las herramientas conceptuales que atraviesan la producción foucaultiana susceptibles de un análisis desde esta perspectiva, por lo que en esta ocasión sólo se intentará un acercamiento a sus reflexiones sobre el discurso y sobre las relaciones y las estrategias de poder, que la 14 GINZBURG, C., El juez y el historiador. Acotaciones al margen del caso Sofri, Barcelona, Anaya & Mario Muchnik, 1993, pp. 22-23. 15 UGARTE, J., “Sobre la nueva historia cultural” en HERNÁNDEZ SANDOICA, E., LANGA, A. (eds.), Sobre la historia actual. Entre política y cultura, Madrid, Abada Editores, 2005, pp. 268-269.
7 historia y el lenguaje iluminan notablemente; reflexiones concretas que se cobijarían en un marco general definido por la búsqueda incisiva e intensiva de las condiciones de posibilidad de los discursos y las prácticas, y por la voluntad comprometida de pensar lo impensado de la vida social. Eso sí, el historiador de la comunicación social no debería forzar los hechos a un esquema teórico encorsetado, ni tampoco encerrarse en el análisis del discurso olvidando la realidad social en la que éste se desenvuelve. En relación con la historia de la comunicación, Foucault constituye una vía para aproximarse a la respuesta de determinadas cuestiones: ¿cómo lo impensable llegó a convertirse en evidente? O, con las palabras del filósofo francés, ¿cómo lo que era irracional se hizo aceptable y racional? La investigación foucaultiana enciende la luz en torno a estos interrogantes puesto que, frente a esa manida historia en la que las actitudes derivan de unos objetos o fenómenos naturales, invariables, prefiere indagar la génesis de las prácticas sociales y los discursos que han dado lugar a formas múltiples de subjetividad. Precisamente, el concepto de discurso es uno de los instrumentos teóricos que el “efecto Foucault” ha legado a la historia social. Como apunta Francisco Vázquez en referencia a Foucault, “decir que lo social está mediado simbólicamente significa sostener que está constituido, organizado de entrada discursivamente, y a la vez que el discurso sólo existe como práctica funcionando en el marco de otras prácticas, discursivas y no discursivas”16. La historia de la comunicación no puede entender el discurso como una ideología, como un instrumento al servicio de una institución o una comunidad determinada, sino como aquello a través de lo que esa institución o esa comunidad se da una identidad social determinada, radicalmente enfrentada, como aquello a través de lo que se construye. El discurso nos despierta, al igual que a Foucault, una “inquietud” reveladora: ¿qué es el discurso en cuanto cosa material pronunciada o escrita? ¿Hasta cuándo permanece su sentido? ¿Qué peligros y poderes se ocultan bajo esta apariencia material? ¿Cuántas luchas, victorias, heridas, dominaciones y servidumbres encubre? Tal inquietud parece obtener una certidumbre –y ya es decir demasiado tratándose de Foucault– en los procedimientos de control, selección y delimitación que determinan la producción del discurso en toda sociedad. “El discurso –afirma Foucault– no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”17. Aquí entra en juego otro concepto importante en el pensamiento de Foucault, el de apropiación social del discurso, así como sus límites y sus formas. ¿Qué individuos, grupos o clases tienen acceso a un tipo determinado de discurso? ¿Cómo está institucionalizada la relación del discurso con quien lo pronuncia, con quien lo recibe? ¿Cómo se señala y se define la relación del discurso con su autor? ¿Cómo se desenvuelve entre clases la lucha por la apropiación de los discursos? Finalmente, lo que Foucault plantea, y los historiadores de la comunicación deben asumir, es una historia de las prácticas discursivas en sus relaciones específicas articuladas con otras prácticas. Llegados a este punto, el foco de atención de la historia de la comunicación debe desplazarse del discurso al poder, pero sin dejar de tener presente al primero. Según Foucault, analizar el poder equivale a analizar los mecanismos de represión: el poder reprime la naturaleza, los instintos, a una clase, a los individuos. En virtud de esta 16 VÁZQUEZ GARCÍA, F., “Foucault y la historia social” en Historia Social, nº 29, 1997, p. 156. 17 FOUCAULT, M., El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1999, p. 15.
8 última hipótesis, Foucault considera que el poder, como despliegue de una relación de fuerza y de unos mecanismos de represión, debe ser analizado en términos de lucha, de enfrentamientos o de guerra. En efecto, la represión es el simple efecto y la simple continuación de una relación de dominación, esto es, la puesta en práctica, en un ambiente de paz aparente, de “una relación perpetua de fuerza”18. Según este esquema, la oposición y el antagonismo se realizan en términos de lucha, de resistencia, pero también de sumisión y obediencia. Pero el poder, según Foucault, da la impresión de orfandad si la historia de la comunicación no lo reviste de un hermanamiento razonado con la noción de discurso. En cualquier sociedad, relaciones de poder múltiples atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; y estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar, sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad que funcionen en, y a partir de esta pareja. Foucault no trata de analizar el poder en el terreno de la intención o de la decisión, sino de estudiarlo allí donde su intención está totalmente investida en el interior de prácticas reales y efectivas, y en su cara externa, allí donde está se implanta y produce efectos reales. Según Foucault, el poder no es “un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras”, ni es fruto de la división entre los que lo poseen y los que lo sufren, entre los dominadores y los dominados. El poder se organiza en redes en las que los individuos están siempre expuestos a sufrir o a ejercitar ese poder: “el poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”19. De todo lo expuesto sobre Foucault anteiormente se desprende una conclusión: los conflictos sociales han de ser concebidos, en buena medida, como luchas simbólicas, como pugnas por apropiarse de la configuración discursiva de la experiencia y por tanto de la construcción de las identidades. En definitiva, el historiador de la comunicación debe asumir como propia esa exigencia foucaultiana de historiar radicalmente las identidades sociales en el marco de una renovada historia social, de adoptar formas de pensamiento constructivista y relacional según las cuales la realidad que tratamos de conocer los historiadores no es una cosa dada, ofrecida de antemano al actor social y de una vez por todas, sino por el contrario una permanente construcción que nos implica en el proceso de conocimiento: con nuestros textos, con nuestros sentimientos, con nuestras palabras, con nuestra clase. 5. Historia desde abajo En los años sesenta y sobre todo setenta, el neomarxismo británico encabezó la reconstrucción histórica de las luchas populares no exactamente fiel al modelo de lucha de clases y comenzó a hacer virar los centros de atención de los historiadores, desplazándolos desde la economía y la sociología hacia otras disciplinas, tales como la antropología social, la lingüística y, en nuestro caso, la historia de la comunicación social20. 18 FOUCAULT, M., Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1991, pp. 136-137. 19 Ibid., 144. 20 Determinados campos de la historia cultural (en especial la producción de impresos, libros y periódicos, los índices de lectura y alfabetización, la composición de las bibliotecas y la circulación de textos, y todavía alguna que otra cuestión no referida a la alta cultura) han reclamado ya el interés de los historiadores, logrando buenos frutos y gran aceptación en todo caso sus resultados. Su tratamiento se afirma en corrientes mixtas que con mucha frecuencia parten del marxismo.
9 Asimismo, este enfoque marxista renovado está emparentado con lo que se conoce como history from below, un modo de mirar diferente al usual, que contempla las cosas desde arriba, para entender los procesos desde abajo21. “La historia de abajoarriba supuso una historia alternativa frente a la propaganda de los vencedores, centrada en rescatar la acción y experiencia de los perdedores, de los sin voz y el silencio del trabajo”22. Se trata de un enfoque por lo general muy pesimista en cuanto a los efectos en las condiciones de vida del capitalismo industrial, emplea un tono solidario con los oprimidos, así como una metodología cualitativa, y comparte la utopía de las causas perdidas. La historia de la comunicación, por tanto, debe alejarse de esa historia que contempla la “experiencia de la masa de la población del pasado como algo inaccesible o carente de importancia o no consigue considerarla como un problema histórico o, en el mejor de los casos, ve a la gente corriente como un problema”23. En este sentido es manifiesta la convergencia de nuestro planteamiento con la renovación protagonizada por la historia de la vida cotidiana, una corriente historiográfica institucionalizada sólo en Alemania pero que también se asocia en Italia a la microhistoria y en Inglaterra a la historia social. La adopción de los presupuestos de la historia de la vida cotidiana implica, en principio, dos premisas: que el individuo posee una cierta autonomía en su funcionamiento y que la acción humana sólo puede entenderse en relación con los otros. Además, nos permite explorar la sociedad en relación a lo que hay latente tras las reglas, tras lo aparentemente común o aceptado, o lo que se esconde tras los roles sociales. Con esta historia se busca captar las experiencias de las gentes y reivindicar la importancia de lo cotidiano y sus prácticas. En este sentido, la historia de la vida cotidiana se inscribe en el contexto de renovación historiográfica y de descontento por las insuficiencias de las explicaciones generales suministradas por la historia estructural, incapaz de descender sobre las gentes concretas y sus experiencias Esta lectura neomarxista de la historia, la más difundida acaso y la que se mantiene más fértil con el paso del tiempo, es la que encarna Edward P. Thompson, de quien es obligado hacer mención, entre otras cosas, por su renovación del concepto de clase. El estudio de Thompson sobre la clase obrera en Inglaterra llevó el giro cultural al marxismo historiográfico al considerar la conciencia en función de la experiencia y de las mediaciones morales y culturales. “La clase obrera no surgió como el sol, a una hora determinada. Estuvo presente en su propia formación”24. Al definir la clase Thompson adopta una perspectiva constructivista y relacional: la clase no es o existe, sino que se hace, deviene, se construye (making, happening), es decir, existe y continúa por un período de tiempo. La teoría de Thompson sobre la formación de la clase obrera se puede resumir en cuatro tesis o planteamientos: que la clase es un fenómeno histórico, ya que sólo existe en el tiempo; que la clase es el resultado de la experiencia, concepto central en su obra; que los trabajadores participan activa y conscientemente en 21 La historia desde abajo se refiere no sólo a la historia de la gente común, sino también a la historia vista desde su perspectiva. 22 GÓMEZ BRAVO, G., “La Historia Social Británica: Memoria de una contribución colectiva” en Historia y comunicación social, Vol. 8, 2003, p. 133. 23 SHARPE, J., “Historia desde abajo”, en BURKE, P., Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 40. Al igual que Sharpe, somos conscientes de que estudiar la historia de esta manera implica ciertas dificultades: en particular, la que se refiere a las fuentes, puesto que “cuanto más atrás se remonten los historiadores en la reconstrucción de la experiencia de las clases bajas, tanto más se reducirá el ámbito de las fuentes disponibles”. 24 THOMPSON, E. P., La formación de la clase obrera en Inglaterra, Barcelona, Crítica, vol. 1, 1989, p. XIII (Prefacio).