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· 97 · DE LA LIBERTAD AL MIEDO. CONFORMISMO Y LÓGICA DEL PODER* Gerhard Steingress (Universidad de Sevilla) Artículos · Gerhard Steingress RESUMEN El discurso hegemónico impuesto por la cúpula gobernante de Estados Unidos desde Septiembre del 2001 se caracteriza por una visión política que define los objetivos, métodos y razones de su actuación a nivel mundial en concordancia con dos fines: primero, garantizar su supremacía económica, política y militar; segundo, justificar esta y sus consecuencias a partir de un fundamentalismo religioso agresivo mezclado con diversas declaraciones de principios políticos. Basado en las obras de John Dewey, Erich Fromm, David Riesman, Herbert Marcuse y otros, así como desde la perspectiva de la sociología contemporánea como la de Anthony Giddens, Urich Beck, Richard Sennett, Christopher Lasch etc., el presente artículo analiza no sólo la coincidencia de la ideología defendida por el sector ultraconservador estadounidense con los intereses estratégicos del capitalismo globalizado. También destaca el peculiar papel de la manipulación de la opinión pública y de la producción interesada de miedo como instrumentos para la sumisión de la conciencia social bajo los intereses dominantes, generando al mismo tiempo una generalizada y difusa disposición psíquica hacia el debilitamiento del yo y hacia el conformismo con el poder, así como la desconfianza en la democracia, dos tendencias características de la personalidad autoritaria. Se intenta analizar las tendencias actuales hacia la destrucción del “carácter social” en las sociedades “postmodernas” y el resurgimiento del irracionalismo. ABSTRACT The hegemonist discourse imposed by the ruling political class of the United States since September 2001 is guided by a vision which defines the objects, methods and reasons of its political behaviour on a global scale in accordance with two strategic aims: first, to guarantee its economic, political and military supremacy, and, second, to justify it and its consequences with the help of an aggressive religious fundamentalism merged with the declarations of political principles. Based on the works of John Dewey, Erich Fromm, David Riesman, Herbert Marcuse and others, and from the perspective of contemporary sociology, such as that of Anthony Giddens, Ulrich Beck, Richard Sennett, Christopher Lasch etc., this article analyses the coincidence of this ideology defended by US–ultraconservatives with the strategic interests of globalized capitalis. It emphasizes the peculiar function of the manipulation of public opinion and the intentional production of fear as instruments for the purpose of submitting public consciousness to the dominant interests, generating a generalized and diffuse psychological disposition towards a diminution of the ego and towards conformity with the ruling power–elites, and producing distrust in democracy, characteristics of the authoritarian personality. It is an attempt to analyse the actual trends of destruction of the “social character” in “postmodern” societies and the upcoming of a new kind of irrationalism. * Este artículo fue escrito en concordancia argumentativa con otro, “Armamento, desarme y seguridad internacional después del fin de la Guerra Fría. Acercamiento a la Economía Política de la Globalización” (Praxis Sociológica, 7, Universidad de Castilla– La Mancha).
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 98 · 1 Introducción: la lógica del poder y sus consecuencias Desde el fin de la Guerra Fría mantenida por las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, los indicios del juego del poder se han perfilado con creciente claridad y horror a partir de una fatal coincidencia entre científicos y políticos: los estrategas, reclutados entre la clase intelectual estadounidense, han dibujado con antelación los futuros escenarios de la supremacía planetaria de su país, y los políticos, feroces defensores del neoliberalismo unido a un muy popular fundamentalismo religioso, llevan a cabo una política revanchista basada en la aplicación de los intereses del “gran capital” y una oportuna instrumentalización del miedo ante el nuevo terrorismo y todo lo ajeno a lo suyo. De este modo –como demuestra la algo sorprendente reelección de George W. Bush como presidente de Estados Unidos– se están produciendo consecuencias que intensifican el conformismo en una población que busca justificar su amplia ignorancia y despreocupación ante la responsabilidad internacional mediante un ciego apoyo a su gobierno ultraconservador. Interpretamos este apoyo como acto de una sobreidentificación a partir de la represión de los sentimientos de culpa surgidos en el transcurso de la injustificada guerra contra Irak. De este modo, se dan las condiciones socio–psicológicas de convertir el capitalismo monopolista globalizado en base de un nuevo fascismo. No obstante, en esta ocasión el racismo –último argumento del fascismo histórico– va camuflado con argumentos “culturales”. La dinámica política, desatada por los atentados del 11 de septiembre del 2001, incluye una dimensión cultural significativa a nivel mundial, resumida por Samuel Huntington1 en su fórmula del choque de civilizaciones. En su libro del mismo título, publicado en 1997 y basado en un artículo anterior (Huntington, 1993), encontramos el diseño de la lógica que se está materializando en la política de Estados Unidos ¿Habéis observado que en este siglo XX cada cosa se ha vuelto más verdadera, más auténticamente ella misma? El soldado se ha convertido en asesino profesional; la política, en crimen; el capital, en gran industria exterminadora de hombres y equipada con crematorios; la ley, en regla para el juego sucio; la libertad universal, en cárcel para los pueblos; el antisemitismo, en Auschwitz; el sentimiento nacional, en genocidio. Nuestra era es la era de la verdad, no cabe la menor duda. Aun así, seguimos mintiendo por mera costumbre, aunque todo el mundo nos vea el plumero; cuando se grita “¡amor!”, todos saben que ha llegado el momento del asesinato; cuando se grita “¡ley!”, todos saben que es la hora del robo, del atraco... (Imre Kertész, Yo, otro. Crónica del cambio, pp. 80/81) “¿Estás soñando en una revolución sin sangre?”, preguntó Andrej. “¡No, no!”, exclamó Mitja, “¡pero detesto a la sangre sin revolución!” (Jurij Trifonow, Ungeduld, p. 68) 1Profesor en la Universidad de Harvard y Director del John M. Olin Institute for Strategic Studies, antiguo director del National Security Council durante el gobierno de Jimmy Carter, y propulsor y co–editor de la revista Foreign Policy.
· 99 · sobre todo a partir de los ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono. La tesis principal del autor es que en vista del peligro por la estabilidad internacional producida tras la desaparición del sistema comunista y la creciente sustitución de las naciones e ideologías como principales fuerzas de la acción política, la paz mundial requiere un orden internacional basado en “civilizaciones” como única medida para evitar una guerra global.2 Lo que en un primer plano parece plausible, se revela como justificación de un “rehacer del orden mundial”3 bajo las condiciones del poder hegemónico de Estados Unidos. La auto–adscrita responsabilidad de la superpotencia mundial4 surge de la ambición de llenar el vacío político creado de manera completamente inesperado a partir del derrumbamiento de la Unión Soviética, y la llevó –tras un corto respiro armamentístico– a la reanudación de la política de aumento de los gastos militares a partir de 1996, la política de “construcción de naciones”, las “intervenciones humanitarias” y hasta a la “guerra preventiva”.5 Ante este telón político–histórico y teniendo en cuenta la creciente influencia de los sectores neoconservadores y hasta fundamentalistas estadounidenses, iniciada durante la administración Reagan, la nueva política exterior de EE. UU. opta por un abandono de la responsabilidad ante las instituciones y el derecho internacionales para enredarse en el unilateralismo como estrategia hegemónica. De este modo, su política se convierte en el principal factor responsable de un posible choque de civilizaciones dominado por la constelación maniqueísta de dos fundamentalismos opuestos: el islamista y el protestante, y la tesis de Huntington en una self–fulfilling prophecy. Otro destacado ideólogo del sector neoconservador y diseñador de la línea actual del presidente Bush es Francis Fukuyama6. Su aportación más reciente (Fukuyama, 2004) se centra en la importancia del factor político en la lucha por la hegemonía. A diferencia del enfoque culturalista de Huntington, el destacado colaborador del New American Century y co–autor de la famosa “Declaración de Principios” pone especial énfasis en los aspectos político–administrativos de la construcción de estados fuertes como bases de un orden mundial afín a los intereses de Estados Unidos y dirigido contra los “estados débiles”, considerados un peligro para la estabilidad internacional y –de este modo– objetivos de la “guerra preventiva”. 2Últimamente, Francis Fukuyama ha aportado más argumentos afines a la tesis de Huntington en su libro La construcción del Estado. Hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI (Fukuyama 2004). 3Consecuentemente, Huntington subtitula su libro en este sentido como “Remaking of World Order”. 4En 1997, Zbigniew Brzezinski, el ex–consejero para la seguridad nacional de la presidencia de EE.UU. y asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de la Universidad John Hopkins, destacó la importancia del reto de Asia Central respecto al ejercicio del poder norteamericano a nivel planetario. El título de su libro dedicado a este tema es revelador: “El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos” (Brzezinski, 1998). La actual política del gobierno Bush es, pues, nada sorprendente sino más bien la realización de una estrategia desatada por el fin de Guerra Fría que caracterizó el periodo entre 1945 y 1990. 5La reciente aportación de Benjamin R. Barber (2004) incluye una excelente crítica de este concepto clave de la nueva política exterior o imperialista de Estados Unidos. 6Catedrático de Economía Política Internacional en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad John Hopkins y miembro del Consejo de Bioética del actual gobierno estadounidense. Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 100 · La apoteosis de esta política fue la invasión y posterior ocupación de Irak, justificadas a partir de mentiras interesadas y la lógica del poder subyacente quedó expresada en el alto valor simbólico de las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib7. La reacción internacional a los hechos no se hizo esperar y se refleja en un creciente alejamiento de la opinión pública de todo lo que el país norteamericano pudo haber representado en el pasado, hasta incitar el aumento de hostilidad.8 No obstante, las fotos –cuyo contenido recuerda al sadismo de los esbirros nazis– no sólo revelaron unos hechos escandalosos sino también la perversión sexual como fuente de la violencia. La lógica del poder y su camuflaje religioso encuentran, pues, una importante base en la represión sexual, y el ejercicio directo de la violencia libera los impulsos sexuales reprimidos por la cultura oficial. De este modo estamos ante las bases psicofísicas de la lógica del poder, una lógica que instrumentaliza la represión sexual no como fuente de la sublimación sino como dispositivo cultural del ejercicio de la violencia. En este contexto no extraña la estrecha relación entre la sexualidad reprimida y el miedo que induce a estados mentales propios del fundamentalismo religioso compartido de manera significativa por amplios sectores de la población estadounidense.9 2 Conformismo y carácter social A continuación se intentará reconstruir el sentido de la actual práctica política estadounidense a partir de la lógica del poder que caracteriza su estructura socio– económica y demostrar como la producción y explotación del miedo forma parte de ella. A partir de ahí, se trata de responder a dos preguntas claves relacionadas con esta política peligrosa y destructiva: la primera se refiere a sus consecuencias para la democracia como valor central de la cultura occidental, la segunda se centra en las bases y el estado de la moral pública en la sociedad estadounidense que hace posible dicha política gracias al ascenso de un grupo de fundamentalistas cuyo 7Abu Ghraib y Guantánamo sólo son la punta de un iceberg. Aparte de los 17 instalaciones de este tipo reconocidos oficialmente por Washington, se insiste que EE. UU. mantiene una red global de cárceles que incluye 13 secretas, alejadas de cualquier control, responsabilidad y legalidad. (Dana Priest/Joe Stephens, “U.S. holds huge global network of secret terror prisons”, Washington Post/Detroit News, 16 de mayo 2004, edición digital: http://www.detnews.com/2004/nation/ 0405/16/a04-154385.htm). 8Esta tendencia se expresa –entre otras cosas– en la espectacular caída de simpatía hacia EE.UU. en todo el mundo. Según las encuestas del Eurobarómetro de octubre de 2003, realizadas en los países de la Unión Europea, mucha gente considera a EE.UU. igualmente peligroso para la paz mundial como a Irán. Esto ocurre incluso en el Reino Unido (55 %); y en Grecia, España, Finlandia y Suecia el país norteamericano es considerado actualmente como amenaza superior a Irán o Corea del Norte. No sorprende que en otras regiones del planeta, esta opinion esté aun más acentuada. (Véase Andrew Koshut, “Anti–Americanism: Causes and Characteristics”, The Pew Center, 10 de diciembre de 2003, http://www.eurolegal.org/user/usneocon3.htm). 9Este hecho se refleja en la composición del electorado que apoyaba a George Bush en noviembre de 2004 y cuyo perfil se puede describir de la siguiente manera: masculino, blanco, mayor de 30 años, ingresos mayores de 50.000 dólares anuales, nivel educativo inferior y medio, protestante o católico activo y casado. A diferencia, el electorado de John Kerry: femenino, de color, jóven, ingresos bajos, nivel educativo o muy bajo o muy alto, judíos o sin confesión, preferentemente laicos, no casados. (http://derstandard.at/?id=1846965, consulta: 23/12/04).
· 101 · programa reaccionario es bien conocido desde hace más de una década y apoyado mediante el sufragio libre y secreto, según parece. De este modo, se trata de establecer una relación entre los fines y objetivos políticos de la extrema derecha en Estados Unidos, sus representantes integrados en el sistema político institucionalizado, y el carácter social de una sociedad abatida por y al mismo tiempo entregada al neoliberalismo económico.10 El poder se establece y mantiene mediante el discurso político que busca establecer la concordancia ideológica independientemente de los objetivos de la clase política. De este modo, el carácter popular de la derecha política estadounidense se basa en el patriotismo conservador y religioso que funciona como enlace ideológico entre el poder y amplios sectores sociales de la sociedad norteamericana. Por supuesto, George Bush no representa la mayoría de la población, pero sí de una mayoría numérica suficiente para ejercer el poder. La política neoconservadora, diseñada por los intelectuales orgánicos de la clase política en el poder y reunidos en los diversos think tanks, como por ejemplo The Heritage Foundation, The American Enterprise Institute y The New American Century11 , se “vende” a través de los medios de comunicación afines al poder gracias a su capacidad de acercarla a las visiones religiosas que predominan en amplias partes de la sociedad. El neoconservadurismo económico–social y las ambiciones estratégicas se funden, pues, con el mesianismo (pseudo)religioso que atribuye a la actual política exterior del gobierno Bush un claro carácter fundamentalista. Sólo así se explica como la América “profunda”, es decir, conservadora, pobre, mayoritariamente rural y sobre todo religiosa puede funcionar como instrumento electoral para imponer una política que va –en muchos sentidos– en contra los intereses de la mayoría de la población, incluyendo los votantes de Bush. No obstante, el fenómeno no se explica con la demagogia que 10 No faltan los que ven en esta tendencia las bases sociopsicológicas de un “fascismo estadounidense”, como por ejemplo George Soros, conocido “filántropo y financiero” de origen húngaro y decidido adversario de la política de G. Bush: “Muchos piensan que algo ha ido mal (...) un grupo de idólogos extremistas, fundamentalistas, se ha apoderado de uno de los partidos, a través de una maquinaria paralela de fundaciones y asociaciones y ha capturado el poder (El País, 14 de abril de 2004, pág. 5). 11 Un buen ejemplo es Samuel Huntington (nac. 1927): este ex–alumno de Harvard, fundador y coeditor de la revista Foreign Policy y actual “Eaton Professor of the Science of Government at Harvard” recibió a lo largo de 15 años 4,719,832 dólares de la Fundación John M. Olin, un think tank neoconservador vinculado a la industira química y de municiones. Huntington fue, además, consejero político de los presidentes Johnson y Carter. Otro ejemplo es Francis Fukuyama: doctorado por Harvard, es actualmente Bernard L. Schwartz Professor of International Political Economy en la Paul H. Nitze School of Advanced International Studies (SAIS) de la Johns Hopkins University. Entre 1979 y 1996 perteneció en repetidas ocasiones al Departamento de Ciencias Políticas de la RAND Corporation, al mismo tiempo que fue miembro del Equipo de Planificación Política del US Department of State (1981–1982 y 1989), dedicándose a asuntos de Oriente Próximo y asuntos político–militares respecto a Europa. Entre 1996 y 2000 fue profesor de Ciencias Políticas en la George Mason University. Actualmente es presidente del Consejo de Bioéticas del gobierno Bush. La RAND Corporation, nacida después de la Segund Guerra Mundial en el marco de la industria de aviación (Douglas), se define a si misma como institución independiente que se dedica a desarrollar proyectos políticos, centrándose actualmente en temas tan dispares como la lucha contra la obesidad y el abuso de drogas, el futuro de la industria aeronáutica y la protección ante los ataques terroristas. Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 102 · convierte la opinión publicada en opinión pública. Hay un elemento más profundo que indica a la propia identidad de la nación, es decir, a procesos sociales y a estructuras psíquicas correspondientes cuya disparidad puede producir estados mentales de crisis y el deseo de superarlo mediante la sobreidentificación con uno de sus elementos, como la religión o el patriotismo. No extraña que la psicología social y la sociología norteamericanas hayan dedicado especial énfasis a esta temática, sobre todo durante la primera mitad del siglo XX. El miedo a la diferencia y la discrepancia en el comportamiento en una nación compuesta por inmigrantes de las mas diversas procedencias culturales y étnicas es, pues, omnipresente en la historia de Estados Unidos, y la insistencia en la libertad (del mercado), la democracia (clasista) y la religión (cristiana) son considerados como los tres pilares de la nación y de su misión en el mundo. Si bien es verdad que desde la perspectiva sociológica europea el recurso al concepto del “carácter social” resulta algo dudoso, hay que tener en cuenta la larga tradición que éste ha desarrollado en el pensamiento norteamericano sobre la relación entre “comunidad” y “sociedad”. Desde el punto de vista de nuestro tema del papel del fundamentalismo religioso en la política imperial actual de Estados Unidos, conviene diferenciar al respecto entre dos niveles de factores: uno macrosciológico y otro microsociológico o socio–psicológico. Por un lado se trata de encontrar explicaciones contundentes a la pregunta sobre si en Estados Unidos se está condensando un clima político–ideológico favorable a la constitución de un nuevo tipo histórico de fascismo, anclado en su poder económico–financiero y militar, legitimado por las instituciones de la democracía y apoyado por una extendida mentalidad formada a partir del omnipresente fundamentalismo religioso y otras fuentes del conservadurismo. Por otro lado se intenta demostrar la importancia del análisis de la relación entre el sistema productivo, la estructura social y el carácter social de la sociedad a partir de la perspectiva de la situación de los individuos sometidas a los procesos macrosociológicos. Se trata, pues, de analizar la dialéctica entre procesos objetivos y subjetivos, entre las estructuras socio–económicas y políticas por un lado, y la conciencia individual y colectiva por otro12. Richard ha dado un ejemplo de la actualidad de este tema y de su acercamiento metodológico en el marco de la sociología (Sennett, 2000). Para entrar en esta temática, se parte de algunos hechos y acontecimientos que han conducido al 11 de septiembre del 2001 y sus consecuencias. Debido a su carácter histórico y global, la explicación sólo es posible a partir de una combinación de datos objetivos con la comprensión del sentido de las acciones que representan. Y este sentido es un doble: uno se refiere a la esfera de la intencionalidad, mientras que otro remite a proyecciones de lo inconsciente colectivo, a emociones, deseos reprimidos y miedos procedentes de la imposición de intereses y del poder a la naturaleza humana. Mientras que en el primer caso el sentido de los acontecimientos se revela mediante el análisis sociológico y socio–psicológico de la relación entre ideología y mentalidad, el segundo caso hace especial hincapié en la necesidad de profundizar el análisis mediante la introducción de las categorías psicoanalíticas. 12 Richard Sennet, en Corrosión del carácter.
· 103 · 3 Acercamiento teórico al “carácter social” norteamericano El primer estudio de Erich Fromm, escrito tras su alejamiento definitivo de los demás miembros de la Escuela de Francfort, emigrados, como él mismo, a Estados Unidos debido a la amenaza del régimen nazi, fue El Miedo a la Libertad13 . Su principal objetivo fue encontrar una explicación del emergente fascismo en Europa a partir del análisis de la relación entre el carácter social de un pueblo y los acontecimientos políticos marcados por el auge de los partidos de la extrema derecha. A pesar de su peculiar enfoque psicoanalítico, la orientación cognitiva de Fromm siguió una línea investigadora anteriormente establecida en Estados Unidos por los defensores del análisis integral del hombre a partir de la antropología cultural, lo sociología y el psicoanálisis. Habría que destacar en este sentido sobre todo a Ralph Linton14 y Abram Kardiner15 , centrados en el estudio sociopsicológico de la constitución del carácter nacional y su relación con la personalidad básica. En su libro mancomunado The Psychological Frontiers of Society (“Las fronteras psicológicas de la sociedad”), publicado en 1945, Linton y Kardiner definieron la “personalidad modal típica” (basic personality type) de cualquier sociedad como aquella “configuración de la personalidad compartida por la mayoría de los miembros de la sociedad y que es el resultado de las experiencias comunes de su temprana infancia” (Kardiner 1945: VIII). Hay que tener en cuenta la influencia de este nueva estrategia investigadora para una serie de estudios sociológicos clásicos del periodo de la postguerra, aunque se trató de una a veces considerable ampliación de la hipótesis de los dos antropólogos norteamerica- 13 Versón original: The Fear of Freedom, publicado en Estados Unidos en 1941 bajo el título Escape of Freedom (“Huida de la libertad”). Fromm estudió psicología y sociología en la Universidad de Heidelberg hasta 1922. Dos años antes había entrado en el grupo surgido en torno a la Casa Judía Libre de Enseñanza, donde conoció a Martin Buber. Más tarde se sintió atraído por el marxismo y el psicoanálisis, lo que le alejó en 1926 de sus creencias religiosas, aunque no abandonase la influencia de la tradición judía en su pensamiento. Tras el breve periodo de dedicación a la praxis psicoanalítica en Berlin, se incorporó en 1931 al Institut für Sozialforschung en Frankfurt, dirigido por Max Horkheimer, al que perteneció hasta 1939. El miedo a la libertad es, pues, el primer intento de reconciliar o, mejor dicho, compaginar Freud y Marx. Las posteriores publicaciones de Fromm se alejarían de su temática inicial, aunque éste mantuvo una entonces poca corriente actitud oscilatoria entre la psicología, el psicoanálisis y la sociología, como demuestra su obra postuma On Disobedience and Other Essays (1981), prueba de su gran sensibilidad psicológica para la comprensión de los problemas sociales y políticos de la época, desarrollada a partir de su participación activa en diversos movimientos sociales de resistencia civil, como por ejemplo el movimiento obrero, el movimiento pacifista y de desarme. No obstante, existe una clara continuidad en su obra en torno a su convicción de que el único camino que puede salvar a la humanidad del fracaso de la civilización consiste en la desobediencia frente a las autoridades falsas. 14 The Study of Man (1936); The Cultural Background of Personality (1937). 15 The Individual and his Society (1939). En 1921, Kardiner conoció a Freud en Viena y, a diferencia de aquellos científicos en Estados Unidos, quienes introdujeron elementos aislados en la teoría sociológica, Kardiner llegó más lejos al reconocer la importancia de la infancia para el desarrollo de la personalidad modal o básica y el valor del psicoanálisis como método de descubrir la dimensión de lo inconsciente en este proceso. Últimamente, la teoría de lo inconsciente y de su influencia en los procesos de percepción y cognición fue retomada por la neurobiología. De acuerdo con la observación de los procesos cognitivos observados en el cerebro, se deduce que la voluntad del hombre está sometido a una determinación por lo inconsciente, los impulsos y los genes (véase Roth, 2003). Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 104 · nos. En The Authoritarian Personality (“La personalidad autoritaria”) de Th. W. Adorno (1950)16 , The Lonely Crowd (“La muchedumbre solitaria”) de David Riesman (1950), o The One–Dimensional Man (“El hombre unidimensional”) de Herbert Marcuse (1964), el concepto de la personalidad adquirió una importancia más sociológica al incorporar el concepto de la personalidad básica en el del carácter social der la personalidad y al ampliar esta categoría respecto a la dialéctica entre individuo y sociedad en general. Por esta razón, el acercamiento entre sociología y psicoanálisis atribuyó de manera decisiva a la explicación de los mecanismos de la influencia de determinadas ideologías en la formación de mentalidades afines a los intereses del poder y –como su consecuencia– a la construcción de la personalidad sumisa y manipulable. No obstante, el esfuerzo crítico–analítico de toda una generación de científicos e intelectuales de la época entre las dos Guerras mundiales y la posguerra ya contó con unas observaciones reveladoras procedentes de un gran pensador y crítico de la mentalidad de muchos norteamericanos: John Dewey. 3.1 El “carácter americano” y el escepticismo de John Dewey El pensamiento de Dewey (1859–1952) es, sustancialmente, guiado por un naturalismo empírico. De este modo, uno de sus principales objetivos como filósofo y educador es revelar el hecho de que el hombre, debido a su constitución como ser natural al mismo tiempo que social, tiende hacia condiciones de vida que le permiten superar la inseguridad mediante estructuras estables. De este modo considera la sociedad como conjunto de individuos, relacionados mediante la conciencia de si mismos, que forma la base de un comportamiento dirigido hacia la comunidad. Es ahí, donde localiza los problemas que le interesan desde una perspectiva socio–histórica, para centrarse en la temática de la relación entre el individuo y la sociedad en situaciones de cambio. Si bien es verdad, que la obra de Dewey destacó por su amplia dimensión histórico– filosófica del cambio del carácter social de los norteamericanos, para comprender su trayectoria intelectual hay que tener en cuenta que se desarrolló en contacto con el auge de la psicología social, el constructivismo y el funcionalismo imperante de su época. Tras el célebre estudio de Thorstein Veblen sobre la clase ociosa, que puso de relieve la importancia del condicionamiento social mediante el ocio como lugar de libertad en términos de consumo y posicionamiento en el mercado (prestigio social), otros científicos sociales posteriores y de diferentes disciplinas se empeñaron en aclarar el carácter y los mecanismos de la relación entre el individuo y la sociedad.17 Desde entonces, el tema del determinismo social y sus consecuencias conformistas en los individuos se había convertido, debido a la propia dinámica del tipo de sociedad norteamericana, en punto de referencia para muchos científicos sociales. Analizaron las condiciones de la cohesión social y el cambio de sus bases, en una primera fase, con la peculiar vista antropológica a las llamadas sociedades primitivas (M. Mead, Malinowski) 16 Junto con E. Frenkel–Brunswick, D. J. Levinson y R. N. Sanford. Adorno publicó, además, una serie de ensayos sobre la propaganda fascista y el antisemitismo en Estados Unidos, basándose en material empírico, el método psicoanalítico aplicado y el análsisis social (véase Adorno, 2003). 17 A continuación nos referimos al debate que se inició en el periodo entre las dos guerras mundiales en el ámbito de la sociología, la psicología y la antropología social en Estados Unidos. Dejamos aparte, pues, otras aportaciones semejantes de origen europeo, como por ejemplo El proceso de la civilización, de Norbert Elías (1939).
· 105 · desde los presupuestos del determinismo social propio del funcionalismo imperante, ampliado más tarde por el análisis sociológico de las sociedades complejas convertidas en “sistemas” (Parsons), del constructivismo social (G. H. Mead, Blumer) con su peculiar dedicación al microclima de las relaciones sociales, y también desde la perspectiva basada en una combinación de la psicología social, la sociología y el psicoanálisis. La relación del hombre con la sociedad, sintetizada en el “rol”, así como el trasfondo cultural de la personalidad se convirtieron en el núcleo de los estudios de Abram Kardiner, Ralph Linton y otros. El contenido psicológico y psicoanalítico de la cultura como conjunto de pautas interiorizadas y manifestadas en la “personalidad básica” amplió considerablemente la perspectiva sobre el hombre y sus acciones más allá del mero funcionalismo. Esta dedicación, manifiestamente pluridisciplinaria, se vería reforzada con la llegada de los miembros de la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm), exiliados como consecuencia del ascenso del nacionalsocialismo en Alemania. Su empeño, dirigido hacia una integración de análisis social y psicológico con el pensamiento marxista, culminó en una serie de reflexiones críticas a partir de la observación del alto nivel de conformismo que la sociedad estadounidense está generando debido a las características de su sistema productivo y la correspondiente organización de la vida social. No obstante, las ideas llegadas desde el Viejo Continente encontraron unas bases filosóficas creadas en el marco de la sociedad norteamericana y facilitaron una considerable síntesis intelectual entre el pragmatismo y las concepciones críticas de la Escuela de Frankfurt. Al llegar a Estados Unidos, sus observaciones encontraron unas bases teóricas resumidas por Dewey, quien –desde el enfoque hegeliano combinado con el pragmatismo de William James– prestó especial atención a las consecuencias de la corrupción económica de los valores fundamentales de la nación resumidos en la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos y sus efectos socio–psicológicos. De este modo diferenció entre un “viejo” y un “nuevo” individualismo: entre uno inicial, “realista”, que se comprendió como condición elemental para organizar la vida económica del país durante y tras la guerra contra el colonialismo inglés, y otro “idealista”, que se ha formado como respuesta a la sumisión del concepto de libertad bajo las exigencias del mercado capitalista, es decir, como resultado de la corrupción de la vida política. Sin duda, la observaciones de Dewey ya tuvieron un predecesor en Alexis Tocqueville, quien hacia 1830 viajó a Estados Unidos para conocer de manera más directa el nuevo modelo de sociedad política que se estaba construyendo en ultramar. Fue entonces cuando le llamó la atención la importancia del dinero como lógica principal de la democracia: el mercado es pregonado como el estado natural del hombre libre y la base del interés particular convertido en teoría social, en un tipo de interés que “jamás se opone al interés general” (Mayer, 1972: 28).18 Ya en los orígenes de la cultura de masas destacó lo que hoy nos parece familiar: “Todo el mundo aquí parece ser una masa moldeable, sometida a la voluntad del hombre. Un inmenso campo, del que sólo se conoce una pequeña parte, aquí está al alcance de la industria.” (Ibíd.) No obstante, a esta “masa moldeable” habría que añadir el hombre mismo como elemento de esta 18 La actualidad de esta observación aplicada al neoliberalismo es, sin duda, clásica desde el punto de vista de la teoría marxista y queda demostrada en un ensayo reciente, el de Jean–Paul Fitoussi (2004), donde analiza la lógica capitalista que presiona hacia la sumisión de la política estatal y el valor de lo público bajo la lógica del mercado, disolviendo –de esta manera– las bases de la vida social como proyecto colectivo. Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 112 · tan inesperada en una época orgullosa de su capacidad de prever su destino. Ambos casos permiten suponer que tanto la caída del régimen soviético como la del gobierno conservador español estuvieron inducidos por un rápido y extenso desmoronamiento por parte de los ciudadanos de la fe en el correspondiente orden social y político representado por los gobiernos. Hablando en términos de Ilya Prigogine y la segunda hipótesis de la termodinámica, podríamos decir, que –tras las largas décadas de la imposición del modelo estructural–funcionalista en las ciencias sociales– estamos ante dos ejemplos de procesos que indican el papel de las estructuras disipativas o de “no–equilibrio” como causas de la superación del orden social establecido y la implantación de otro nuevo a partir de procesos no–lineales.26 La realidad social no es, pues, la prolongación de un principio estructurado y estructurante, sino la consecuencia de su variación según la dinámica de los procesos desviantes. Volviendo a los dos ejemplos presentados arriba, podríamos concluir que amplios sectores de la población simplemente dejaron de creer en el sentido del apoyo que se esperaba de ellos y debido a su estado ilusorio, cada uno de los dos sistemas cayó como una casa de naipes para dar lugar a una situación “abierta” en la que se estableció un sistema referencial distinto. Ahora bien: Estados Unidos –a pesar de ser actualmente la superpotencia “número uno” en el mundo– no está exento de esta lógica y su fin como orden social y político dominante sólo es cuestión de tiempo. Pero, no se trata de especular sobre el futuro, sino más bien de preguntarnos por qué razones este orden social tan contradictorio, conflictivo y evidentemente hipócrita se mantiene como tal. ¿Se trata simplemente de una consecuencia del poder económico y militar? En este caso sería muy lógico explicar el odio contra los Estados Unidos y su manifestación práctica, el terrorismo, como una consecuencia del propio sistema capitalista, como su estructura disipativa, cuyo fin consiste en establecer las condiciones para la readaptación de Estados Unidos al mundo en plena fase de globalización y, consecuentemente, en proceso de generar un nuevo orden mundial en todos los niveles. La respuesta no es tan simple, pues de la misma manera en que los llamados terroristas atacan al “satanás” estadounidense y “occidental”, éste mismo cierra filas en torno a sus armas económicas y militares así como a sus representantes del orden social, al que los individuos convertidos en “patriotas” se ven sometidos por amor y por miedo, por creencia y por manipulación. Esta ambigüedad se refleja en las palabras con las que Soros respondió en la revista citada a la pregunta por si la opinión pública estadounidense se está haciendo más conservadora. Dice: “El problema con las sociedades abiertas es que conllevan incertidumbre. La globalización ha contribuido a esta incertidumbre y la gente se siente un poco perdida. Es muy tentador escuchar a alguien que tiene respuestas sencillas a problemas complejos.” (El País, 14 de abril de 2004: 5). Soros acude, pues, a la existencia de unos sentimientos de “estar perdido” y la consolación que se espera del discurso de un “líder” capaz de expresar el miedo difuso que surge en una situación altamente incomprensible e incontrolable. 26 Véanse al respecto Prigogine (1998) y Prigogine/Nicolis (1977). En la sociología ha sido Niklas Luhmann quien ya hacia 1970 se acercó a este fenómeno en su teoría de sistemas sociales autorreferentes (autopoiéticos), basada no en la acción (T. Parsons), sino en la comunicación como categoría explicativa central (Luhmann, 1971).
· 113 · Todo esto queda reflejado, además, en la literatura sociológica, como por ejemplo en el mencionado libro de Richard Sennet sobre las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo (La corrosión del carácter, 2000), de Anthony Giddens y los efectos de la globalización en nuestras vidas (Un mundo desbocado, 2000) y de Christopher Lasch quien estudia los rasgos narcisistas de un tipo de personas sometidas a una alienación que sucumbe las bases culturales de sus vidas (La cultura del narcisismo, 1999). Ahora bien, si G. W. Bush representa al sector conservador e incluso reaccionario de la población de Estados Unidos, ¿por qué su retórica, mezclada de populismo y fundamentalismo religioso, ha encontrado tanto apoyo político tras los atentados del 11–S? ¿Se puede explicar el apoyo por parte de la mayoría de la población estadounidense como una reacción “natural” a los atentados? En este caso habría que preguntar ¿por qué esta actitud no se ha corregido a lo largo de los acontecimientos de los últimos años que han demostrado claramente el grado de equivocación e incluso manipulación del pueblo estadounidense por parte de su gobierno? La España del 14–M demuestra que no hace falta pensarselo mucho para acabar con este tipo de política, y es exactamente ahí donde se nos muestra quizás la única y última ventaja del sistema democrático: permite el cambio siempre que la mayoría lo desee. En el caso de España se ha demostrado la todavía estrecha relación entre voluntad ciudadana y verdad, es decir, una ética resistente a la normal manipulación de la opinión pública. A pesar del carácter trágico y criminal de los atentados del 11–M, el pueblo español, en su mayoría ha tenido la capacidad de vivirlo como una catarsis de su propio valor. A nivel político, el estupor fue grande, a nivel ético parece haber sido una reacción razonada, una “astucia de la razón”, como diría Hegel. ¿Va a ocurrir algo parecido en Estados Unidos? Según Soros, no es seguro, pues “al público de EE UU le importa menos la verdad que al español” (El País, 14 de abril 2004: 5). No se trata de una polémica. En 1929, John Dewey, en un artículo, analiza la percepción social de los norteamericanos de clase media desde la perspectiva de la reinante cultura del dinero y destaca su predilección por una interpretación idealista de los hechos materiales con el fin de desfigurar la realidad de acuerdo con sus intereses, valores y sentimientos. Refiriéndose a la imperante filosofía “de la lucha por la vida y la supervivencia de lo económicamente beneficioso”, Dewey concluye de manera autocrítica: “lo aceptamos como parte inevitable de nuestro sistema social. Detenerse en analizar su lado oscuro es blasfemar contra nuestra religión de la prosperidad. (Dewey, 2003: 56) Para justificar esta incompatibilidad de la visión idealista con los hechos reales hace falta la hipocresía como elemento básico del carácter, y la religión ha servido tradicionalmente en este sentido: “Tal vez podríamos resumir todo ello diciendo que, en ningún lugar del mundo y en ningún momento, la religión se ha tenido en tan alto respeto como entre nosotros, pero que, por otro lado, la religión nunca ha estado tan próxima a desconectarse totalmente de la vida como ahora. (...) La glorificación de la religión en calidad de sello final de aprobación del éxito económico, así como la adopción de los últimos recursos de las películas y la publicidad por parte de las iglesias casi rayan en lo obsceno.” (Ibíd.: 57) La religión, la religiosidad y los negocios: un principio de fusión ideológica que, aplicado a la política, permite fácilmente la introducción del maniqueismo como Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 114 · categoría principal del discurso político, al mismo tiempo que el pueblo, socializado en esta forma de pensar, cree comprender la trascendencia de las maniobras políticas de sus representantes y –de esta manera– justificarlas. Sobre esta “cuestión fundamental”, Dewey busca una respuesta que explique “la causa de esta dualidad y esta contradicción” (ibíd.: 58). Su respuesta demuestra su ética como liberal en el sentido ilustrado y opuesto al individualismo salvaje: “Nuestras leyes, nuestro sistema político y las particularidades de la asociación humana dependen de una nueva combinación de las máquinas y el dinero, y el resultado es la cultura pecuniaria característica de nuestra civilización. El factor espiritual de nuestra tradición, la igualdad de oportunidades y la libre asociación e intercomunicación, se ha visto oscurecido y desplazado. En lugar del desarrollo de aquellas individualidades que profetizaba, lo que se da es una perversión del ideal entero de individualismo para ajustarse a las costumbres de una cultura del dinero. Se ha convertido en la causa y la justificación de las desigualdades y opresiones. De ahí nuestros compromisos, así como los conflictos en los que los fines y criterios se han distorsionado hasta lo irreconocible.” (Ibíd.: 60) El efecto de esta distorsión es la represión, la despersonalización y la estandarización del individuo: “Las diferencias y distinciones se ignoran, consciente o inconscientemente; el ideal es la uniformidad, la similitud. No sólo hay ausencia de diferenciación social, sino también de diferenciación intelectual; el pensamiento crítico brilla por su ausencia. Nuestro rasgo más pronunciado es el carácter altamente manipulable de la masa. (...) La uniformidad de pensamiento y emoción se ha convertido en un ideal.” (Ibíd.: 64–65) En última instancia se trata de un problema relacionado con “una civilización en conflicto consigo misma”, cuyo efecto no sólo consiste en una degradación del individualismo ilustrado en un mecanismo de conformismo y egoísmo, sino también en el creciente y evidente “retraso cultural” provocado por la rápida, agotadora y estresante imposición de un potente e incontrolable aparato tecnológico, cuya instrumentalización en manos del poder económico y político ahoga el desarrollo cultural, dejando a los individuos en una situación de desprotección, de inseguridad y de miedo existencial creciente. Cabe señalar que Fromm reveló que la fatal coincidencia entre el “líder” y “su pueblo” no se puede explicar simplemente a partir de la estructura socio–económica de la sociedad capitalista y los conflictos sociales y políticos que genera la dinámica de la lucha de clases, sin tener en cuenta el papel del individuo y su situación psicológica en este proceso. Fromm explica esta dimensión, hasta entonces excluida del análisis sociológico de la sociedad moderna, a partir del estudio de la libertad como peligro y como carga para el individuo desindividualizado. Demostró cómo el capitalismo monopolista ha agudizado este proceso hasta el punto en que los individuos ante el difuso miedo de la soledad se anulan a si mismos mediante la sumisión colectiva para refugiarse en los brazos del despotismo. La explicación que ofreció a este comportamiento enfoca el aumento masivo del sentimiento de impotencia e inseguridad de los individuos que conduce al miedo y, en última instancia, a su sumisión.
· 115 · 4 Capitalismo global e imperio del miedo Actualmente, la libertad se ha convertido, de nuevo, en núcleo del miedo, al menos para Estados Unidos y su población. No se trata de un miedo azaroso, sino producido, sistemático: de un miedo instrumentalizado. Su origen es, pues, sólo razonable como la consecuencia espontánea de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Menos que la dimensión material y humana, fue la sorpresa la que despertó el pánico, la evidencia de ser vulnerables. Evidentemente, lo ocurrido en aquella fecha no es ni la causa del actual expansionismo ultraconservador ni explica lo que Antonio Elorza denomina como “renovado imperialismo” (Elorza, 2003: 13). Su argumentación, basada en analizar las dos líneas de la política exterior de los presidentes demócratas y republicanos, es convincente al dejar claro que los acontecimientos de aquél septiembre fueron el pretexto, inesperado pero aprovechado, para la realización de un programa de imposición de una estrategia económica, política e ideológica postcomunista basada en el uso desenfrenado de la fuerza militar diseñada a partir de 1992 por diversos think tanks estadounidenses de corte ultraconservador. Desde entonces el mundo asiste a una comedia, protagonizada –como aseguran algunos de manera despectiva– por un bravucón tejano y su bandada de halcones, con consecuencias muy trágicas, más trágicas –no cabe duda– que la de las Torres Gemelas. Se trata de una manipulación masiva cuyo fin consiste en convertir los hechos en justificaciones para la mayor expansión imperialista de Estados Unidos desde hace medio siglo. Pero, se trata de la escenificación de algo que no es el argumento de la comedia misma: la actuación política es la puesta en escena de un juego guiado por intereses económicos de fondo, muy concretos y duros, cuyo fin consiste en convertir la globalización, “asociada a la aceptación del capitalismo triunfante de estilo norteamericano” (Stiglitz, 2003: 41), en una empresa liderada –de un modo todavía no definitivo– por Estados Unidos. Esta conclusión, que resume las experiencias del anterior vicepresidente del Banco Mundial y Premio Nobel de Economía 2001, revela el hecho importante, nuclear, de la manera en que la tradición política de Estados Unidos se basa en la singularidad del pueblo americano de someter su iniciativa industrial y su carácter bajo el dominio del beneficio como valor central. A este propósito se confirma, la observación hecha por Tocqueville en una carta escrita desde América a su amigo Ernest de Chabrol, de que la república es la mejor forma de gobierno, ya que garantiza “que el interés particular jamás se encuentre en oposición al interés general” (Mayer, 1972: 28). Desde entonces la peculiar constelación de interés económico, constitución política y disponibilidad de “materiales” se ha convertido en la base para el triunfo del capitalismo al estilo americano en todo el mundo, creando su propia superestructura ideológica legitimadora: el pragmatismo y utilitarismo. El pragmatismo económico–estratégico se aprovecha, pues, de los medios políticos a su alcance y de este modo no sorprende que la globalización se nos presente como un proceso de doble filo: como posibilidad de intensificar las relaciones y el intercambio de todo tipo a nivel mundial por un lado, y como condición deformadora del “capitalismo triunfante de estilo norteamericano”. No puede haber imperialismo sin imperio, ni imperio sin imperialismo, y actualmente el mundo se encuentra en una situación –temporal, por supuesto– en la que un grupo reducido de representantes de los intereses económicos concentrados y centralizados puede manejar la maquinaria política a nivel mundial para imponer sus condiciones. El presidente de turno tiene cierto margen de juego al respecto, pero tiene que cumplir con Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 116 · su deber: defender los intereses del capital monopolista como si fueran los intereses de la nación misma, hacerle creer que está en guerra, porque una situación de guerra permite desmantelar las instituciones y principios democráticos para dar vía libre al expolio a nivel global. Elorza habla de “imperialismo renovado”, Stiglitz de “capitalismo triunfante”, argumentando que se trata de una etapa de creciente expansionismo económico, político y militar de la por el momento única superpotencia en el mundo. La contención e incluso eliminación de la autoridad de las instituciones internacionales, las presiones sobre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, la construcción de un sistema de relaciones entre el centro del poder y los estados clientes así como la doctrina de la guerra preventiva y las consiguientes intervenciones militares sólo demuestran que el imperialismo ha resurgido tras las dificultades que encontró después de la Primera Guerra Mundial y hasta la caído del sistema comunista. En lo que se refiere a este tema es necesario reflexionar sobre la terminología utilizada, es decir, precisar en qué sentido es admisible tachar la actual política estadounidense de “imperialista” o “neoimperialista”. Conviene recordar el análisis clásico del imperialismo histórico de Lenin. En un artículo, “El imperialismo como estadio superior del capitalismo”, escrito en 1916, en las vísperas de la revolución bolchevique. Lenín se dedicó, como es sabido, exclusivamente al análisis económico del imperialismo, comprendiéndolo como “el estado monopolista del capitalismo” y destacando las siguientes cinco características elementales: 1) concentración de la producción y del capital hasta la formación de monopolios, 2) fusión del capital bancario con el capital industrial y aparición del capital financiero, 3) la exportación de capitales supera la de las mercancías, 4) reparto del mundo entre las emergentes formaciones de capitalistas monopolistas, y 5) reparto definitivo del mundo entre los estados capitalistas más grandes (Lenin, 1960: 270–271). Hoy nos sorprende la coincidencia de estas características con las tendencias económicas de la globalización, hasta el punto que ésta última podría ser considerada como la reanudación del imperialismo de principios del siglo XX. No obstante, hay que tener en cuenta dos hechos esenciales estrechamente vinculados entre sí: primero, la dinámica del desarrollo del capitalismo a lo largo del siglo XX y, segundo, la influencia de la situación histórica en el desarrollo de este periodo. Se trata tanto de cambios cuantitativos como cualitativos. En lo que al primer hecho se refiere, habría que destacar sobre todo el enorme auge de las potencialidades internas de la economía capitalista (su dinámica) y del nivel tecnológico (sobre todo a nivel de las comunicaciones). La revolución científico–técnica permitió crear un nuevo tipo de capitalismo flexibilizado en torno a un tipo de sociedad, cuyo estilo de vida se basa, en primer lugar, en el acelerado consumo de bienes y servicios. Cabe recordar a Schumpeter, quien en 1942, en el capítulo 11 de su célebre libro Capitalismo, Socialismo y Democracia, introdujo por primera vez, creo, el concepto de “civilización capitalista” (Schumpeter, 1942). Algo más tarde se utilizarían términos como “capitalismo tardío”, ”postindustrial” o “postmoderno” para destacar el hecho de que el capitalismo de la segunda postguerra había cambiado considerablemente su faz, sin dejar ser lo que era. La clave es, pues, que un capitalismo, convertido en estilo de vida o civilización que promete un alto nivel de conveniencia, no tiene que actuar como los estados imperialistas anteriores a la Primera Guerra Mundial. En vez de barcos de guerra y tropas coloniales convencen las
· 117 · expectativas de poder participar de algún modo en el paraíso terrenal representado por el american way of life. El neoimperialismo, que surgió a partir de 1945 y que duró hasta la aparición del capitalismo triunfante de la globalización dura en la década de los 90, fue perfectamente compatible con la inevitable descolonialización como resultado de las dos guerras mundiales. En vez de colonizar bastaba con intervenir en determinados momentos o en situaciones de peligro para los intereses de Estados Unidos. Respecto a los movimientos de liberación nacionales todavía no se hablaba de “terroristas”, sino de “rebeldes” o “rojos”; y a nivel internacional se buscó el apoyo de la ONU y sus organizaciones para garantizar el frente multilateral contra el principal adversario: la Unión Soviética. Bajo las condiciones de la Guerra Fría, el frenado imperialismo norteamericano sólo en contadas ocasiones pudo utilizar los instrumentos de una política militar agresiva o de ocupación y control directo. Esta política tuvo éxito en aquellos casos donde no chocaba con los intereses directos de la otra superpotencia, como demuestran los casos opuestos de Cuba y de Vietnam. De este modo podríamos concluir que la capacidad económica y técnico–militar fue y sigue siendo la base material tanto de la política imperialista como de la neoimperialista. La diferencia entre el imperialismo que describió Lenin y el neoimperialismo existente entre 1945 y 1991 consiste, pues, en las diferentes condiciones políticas a nivel internacional. Con esto llegamos al segundo hecho esencial que explica la interrupción temporal de la política imperialista durante el siglo XX. En realidad, son al menos tres los determinantes que la explican: las consecuencias políticas de la Primera Guerra Mundial, concretamente el debilitamiento de las potencias imperialistas europeas y la constitución de la Unión Soviética como primer estado comunista; segundo, el auge de los fascismos alemán e italiano y la Segunda Guerra Mundial; y tercero, la competencia entre el sistema capitalista y realsocialista después de la Segunda Guerra Mundial bajo las condiciones de la Guerra Fría y el auge de los movimientos de liberación nacionales. Fueron, pues, las condiciones políticas internacionales las que obligaron a abandonar las prácticas colonialistas de antaño, al mismo tiempo que frenaron la consumación de los frutos de la victoria sobre la Alemania nazi por parte de Estados Unidos. Su traumática derrota en Vietnam motivó que jugara más que nunca la carta tecnológico–militar, forzando la carrera armamentística hasta crear, en la década de los 80, un escenario de guerra galáctica, al mismo tiempo que se veía obligado a limitar sus arsenales y aceptar la negociación. Las potenciales fuerzas destructivas y consecuentes ambiciones bélicas encontraron sus restricciones en el marco del sistema de reparto del poder marcado por la existencia del Pacto de Varsovia. Cuando la peligrosa competencia entre las dos superpotencias dejó de existir tras el derrumbamiento del bloque soviético, Estados Unidos vio la vía libre para realizar sus ambiciones globales. No obstante, la avanzada cualidad de los medios económicos y técnico–militares permite utilizarlos como instrumentos de una política imperialista diferenciada de sus formas anteriores. Para controlar otros territorios, sociedades y sistemas económicos–políticos ya no hace falta una intervención directa y permanente en el lugar del objetivo político. Esto principalmente por dos razones estrechamente vinculadas: una tecnológico–militar y otra tecnológico–económica. El texto de Stiglitz (2002) es fundamental para comprender este papel disciplinario del capital financiero para presionar, incluso destruir, cualquier economía nacional o gobierno desobediente a través de los flujos del capital caliente especulativo. Las por el momento únicas excepciones de las reglas del nuevo juegos son las intervenciones militares de Estados Unidos en Somalia, Afganistán e Irak. Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 118 · 5 Las bases ideológicas del nuevo imperialismo: “El Proyec- to para el Nuevo Siglo Americano” Como bien señala Antonio Elorza, los mismos objetivos del imperialismo –el control de otros territorios y, de esta manera, de sus riquezas y procesos productivos y comerciales en función de los propios intereses imperialistas– pueden alcanzarse mediante la política de los “estados clientes” combinada con la amenaza y capacidad de llevar a cabo la “guerra preventiva” como instrumento de intervención rápida, puntual y limitada. No coincidimos, pues, con Josep M. Colomer, cuando intenta establecer una diferencia fenomenológica entre dos tipos de política exterior: el primero –referente al periodo de la Guerra Fría– se caracteriza por el “crudo realismo de lucha por el poder”, mientras que el segundo –representado por George W. Bush– destacaría “por su énfasis en un idealismo moral” (Colomer, 2003: 13). Un primer argumento contra esta hipótesis sería que el “realismo crudo” de la política estadounidense contra las ambiciones de la Unión Soviética a nivel internacional siempre estuvo acompañado visiblemente de un “idealismo moral”, si recordamos, por ejemplo, la “lucha contra la dictatura comunista”, “por la libertad y la democracia”, “los derechos humanos”, etc. Por esta razón, más bien parece tratarse de lo contrario: Bush y consortes utilizan el antiguo “idealismo moral” simplemente como justificación ideológica de la muy real lucha por el poder económico y político a nivel global. No es difícil comprobarlo en el caso, por ejemplo, de la muy reveladora “Declaración de Principios” del “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” (Proyect for the New American Century, PNAC). Como potencia más fuerte, la justificación seudo–ética de su expansión económica y militar en el mundo –es decir, el pretexto de universalizar su concepto de valores, sobre todo el de “libertad” y “democracia”– ha alcanzado el mismo nivel de apariencia que en el anterior caso del imperialismo inglés, francés o alemán tuvo la defensa de su presencia imperial en el mundo con la obligación moral de civilizar la tierra. El imperialismo siempre ha actuado en complicidad con cierto tipo de “idealismo moral”, pero su objetivo siempre fue de carácter muy “realista”. En esto no se distingue de otras explotaciones interesadas de la moral: las repetidas “cruzadas” poco tenían y tienen que ver con el amor a Dios. La principal importancia del moralismo interesado que acompaña la política neoimperialista de Estados Unidos consiste, no obstante, menos en su justificación que en canalizar el miedo que genera entre una población entrenada en el pensamiento pragmático–racional según el cual las cosas deben tener un sentido comprensible, y si este sentido no puede ser racional, hay que recurrir al miedo para justificar lo irracional de la acción prevista. Sin duda, lo que está ocurriendo en el mundo desde el 11 de septiembre del 2001 no es comprensible sin tener en cuenta la estrecha relación entre lo social, lo ideológico y lo psicológico, enfocada por Fromm en el caso del fascismo histórico. Elorza se refiere a ese mismo nexo cuando destaca la verdadera transcendencia de los atentados: “A partir de ese momento, el dolor de los norteamericanos se convierte en el agente de legitimación de una respuesta sin límites predecibles.” (Elorza, 2003: 12) Más preciso sería decir que a partir de aquél momento se puso en funcionamiento un mecanismo que convierte a la mayoría de los ciudadanos estadounidenses en cómplices de una política neoimperialista y totalitarista, un
· 119 · mecanismo socio–psicológico de manipulación masiva en función de los objetivos del programa imperialista fundido en la “Declaración de Principios” del New American Century27. Independientemente del patriotismo patético, este documen- to permite revelar un mecanismo conocido: el de calentar los ánimos de los ciudadanos con el fin de encontrar el respaldo popular para la política imperialista. Dicho de otra manera, se trata de implementar la psicología del poder en la opinión pública mediante la construcción y posterior explotación del miedo ante un enemigo difuso pero peligroso, un enemigo que no sólo rodea a la nación americana sino que ha conseguido penetrar en ella y es capaz da atacarla desde su propio territorio. En este modelo de actuación política se repite –en cierto modo– lo que los patriots del siglo XVIII intentaron con la Declaración de la Independencia: para justificar la secesión y para ganar el apoyo popular en la inevitable guerra contra el ejército colonial inglés, hubo que convencer a los ciudadanos, entusiasmarlos para convertir su futura sangre derramada en un sacrificio por la nación orgullosa de si misma. Para comprender la “Declaración de Principios” del grupo de ideólogos e inspiradores del “nuevo siglo americano”, hay que destacar que su aparente patriotismo explota exactamente los mismos sentimientos que convirtieron la Declaración de Independencia de 1776 en un documento histórico de gran valor. La diferencia –y ahí está la esencia de nuestra argumentación– está en el hecho de que hoy no se trata de defender la independencia de la nación frente al colonialismo inglés, sino de justificar un tipo de colonialismo a nivel global bajo el dominio de Estados Unidos. Por esta razón, los últimos fines del New American Century, quizás encuentren una comparación más adecuada con Mein Kampf de Adolf Hitler, otro panfleto que propagó un patriotismo vulgar basado en la crisis social y el miedo para justificar así el exterminio de todo tipo de enemigos, opositores y razas (“terroristas”) como medidas necesarias para concretizar la ambiciones expansivas del Tercer Reich. Sin el miedo surgido tras los atentados y su manipulación por parte del eje gobierno–mass media, las ambiciones de la administración Bush Jr. no hubieran encontrado un campo tan fértil de patriotismo ciego, convertido en actitud legitimadora de Artículos · Gerhard Steingress 27 El documento, la “Declaración”, lleva la fecha del 3 de junio de 1997 y se cierra con un elogio de la política de corte reaganiana basada en la fuerza militar y claridad moral. Entre los firmantes se encuentran algunos de los conocidos “halcones” como Jeb Bush, Steve Forbes, Dan Quayle, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, así como –no sorprende– Francis Fukuyama y otros intelectuales (www.newamericancentury.org/statementofprinciples.htm, consulta 29/05/03). Como leemos en otro documento, publicado por los críticos del “Proyecto”, sus firmantes y defensores son “individuos extremadamente influyentes con contactos muy estrechos y relaciones con la administración Bush. Actúa como un tipo de think tank derechista y la página web del proyecto ofrece una muestra de su filosofía expansionista.” (www.newamericancentury.info, consulta 25/06/03). Y otro comentarista, que analiza “el poder detrás del trono de Bush”, caracteriza al PNAC como “uno de los grupos más importantes que diseña la política exterior, sobre todo la de Oriente Medio (...) Fundado por William Kristol, el editor del Weekly Standard de la News Corporation, PNAC ha conseguido gran influencia de dos de sus miembros más importantes, el Deputy Secretario of Defense, Paul Wolfowitz, y el miembro del Defense Policy Board, Richard Perle.” (www.commonsentience.com/PNAC.html, consulta: 25/06/03). En fin, Michael Caddy, en The Sierra Times (Nevada), “una publicación en internet para verdaderos americanos”, se pregunta por la razón que guía la política exterior de Bush. Según él, hay que buscarla en las doctrinas formuladas por el PNAC, iniciativa que considera como el “certificado de defunción para nuestra república” (consulta: 25/06/03).
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 120 · todo lo que el gobierno estadounidense exhibe desde entonces con gran dosis de cinismo ante los ojos de un mundo consternado. Después del 11 de septiembre el proyecto para el “Nuevo Siglo Americano” se ha convertido en algo “natural”, “lógico”: una mayoría considerable se identifica con este proyecto al identificarse con su líder, George W. Bush, tal como lo hizo la mayoría de los alemanes sin tener que haber leído el Mein Kampf de su líder de entonces. Pero, y aquí reanudamos los lazos de nuestra argumentación en torno a Erich Fromm, detrás de esta desviación de la razón está el miedo, no el miedo como reacción espontánea ante un peligro desconocido o la impotencia, sino un miedo surgido como reacción a la incapacidad de domesticar el poder, de civilizarlo, un miedo colectivo generado por la deformación de la razón, un miedo a la libertad basada en la verdad, en fin, un miedo pervertido, que es el fruto de la deconstrucción de la democracia y de las ideas de la Ilustración. Si analizamos el camino de la Declaración de Independencia de 1776 hasta la Declaración de Principios de 1997 a partir del tipo de miedo al que responden ambos documentos, y si conectamos este miedo como reacción psicológica a una determinada constelación histórica, llegaremos necesariamente a un nivel sociológico donde se revelan los factores económicos y políticos como sus principales determinantes. Su análisis pone de relieve una situación paradójica, donde se funde el miedo de los que temen ser atacados y el de unos intrépidos decididos a luchar por sus ideales hasta la muerte, cuyo fanatismo es la consecuencia de su miedo existencial en vista de las supuestamente devastadoras consecuencias culturales de la acelerada modernización en la era de la globalización. De este modo, para ambas partes es la existencia del otro la que parece ser la causa de todo el mal en la tierra. Tanto el fundamentalismo islámico como el norteamericano tienen raíces religiosas y llevan a un maniqueismo simplista contrario al pensamiento racional. Estamos ante un antagonismo, una yuxtaposición. No obstante, la simplificación, impulsada por los ideólogos de los dos bandos, tiende a convertir este hecho en la base del enfrentamiento de las civilizaciones: Occidente contra los demás, sobre todo, las culturas islámicas. Parece que ya no se trata de una lucha entre clases sociales, sino entre culturas. Pero, esta sustitución, perfilada, a su peculiar manera, por Fukuyama y Huntington, se debe simplemente a una visión interesada, a una versión de antimarxismo tras la desaparición del sistema comunista. Tras la cortina de humo ideológico existe, como sabemos desde Marx y Engels, una realidad material decisiva, una desigualdad socioeconómica, un abismo cada vez más profundo entre la riqueza y el poder de unos y la miseria y la impotencia de los otros. A pesar de la retórica tanto del poder en Washington como la de los fundamentalistas –especialmente la de Osama Ben Laden, quien parece buscar convertirse en el nuevo profeta–, la confrontación es real, es decir, se basa en las contradicciones sociales de un capitalismo triunfante que ha convertido el proceso de globalización en una empresa. El tema de la libertad es, en primer lugar, un tema social, no cultural, fruto de toda la historia de luchas sociales e ideológicas, que se ha convertido, recientemente, en referente obligatorio para la justificación de la expansión económica, política y estratégica de EE.UU. como protagonista de un programa de globalización a su medida y su institucionalización como nuevo “imperio”. ¿Es posible la libertad en el marco del neo–imperialismo globalizante? ¿Hablamos todavía de aquella libertad que junto con la igualdad y la solidaridad marcó el comienzo revolucionario
· 121 · de la Modernidad? ¿No ocurre, más bien, que el concepto de libertad ha sido vaciado, pervertido e invertido en una fórmula cínica del poder económico, político e ideológico del capitalismo globalizado? ¿Es la idea de libertad todavía un referente fiable para la liberación o se ha convertido en un instrumento de dominación al invertir su contenido en manos del poder? En fin, se nos plantea una pregunta más esencial aun: ¿Hemos llegado a un punto en el que hay que plantear seriamente la necesidad de una nueva Ilustración? ¿Quién será su sujeto histórico? Recordemos: en su lucha contra el feudalismo, las acciones históricas de la burguesía revolucionaria demostraron la relación dialéctica entre la libertad y la necesidad objetiva, aunque debido a su carácter de clase explotadora, esta concepción de libertad no pudo prosperar en el marco de la emergente sociedad burguesa o capitalista. Como consecuencia de la creciente contradicción entre el ideal y la realidad, la idea de la libertad fue reducida a un bien individual, a una categoría propia del hombre abstracto, fruto de una supuesta indeterminabilidad de la voluntad. La transformación del “reino de la necesidad” en el “reino de la libertad” fue identificandose con el establecimiento de la sociedad burguesa al convertirse en paradigma absoluto. La libertad como valor cultural revolucionario, una vez sometida a los intereses económicos y políticos de la burguesía, dejo de ser considerada como motivo de la liberación, como en la fase histórica anterior, para convertirse en la justificación de la hegemonía de la burguesía y del mercado capitalista. Desde entonces, la sumisión de los individuos y sus necesidades bajo el dominio del mercado convirtió la liberación en esclavitud salarial y valor de cambio, para dar lugar a los diferentes movimientos sociales y revolucionarios que marcarían de una manera muy singular el proceso histórico del siglo XIX y XX. Por todo ello, la imposición de los valores del mercado, la organización política y una cultura reducida a un estilo de vida, han transformado el significado de las ideas de libertad e igualdad, proclamadas en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos como bases de la soberanía popular. Se trataba de la señal inequívoca de transformar la Ilustración en una praxis política, trece años antes de que el pueblo de París se formara para atacar la Bastilla. En plena guerra contra el colonialismo británico y francés, en una situación militarmente desesperante, pero motivado por la necesidad de crear la bases legales para la rebelión, los patriots –hoy día serían considerados como conspiradores, secesionistas o simplemente “terroristas”– de las doce colonias, reunidos en Filadelfia, no dudaron en cimentar sus intenciones político–pragmáticas mediante el conjuro de la providencia divina y la promesa de defender “la vida, la propiedad y el honor sagrado” para el bien de la soberanidad del pueblo como única fuente del poder político legal y los derechos humanos violados sistemáticamente por el monarca y el parlamento británico. Esto ocurrió el 4 de julio de 1776, y a partir de ahí la república se convirtió en ideal de todos los movimientos sociales europeos del siglo XIX y XX. No obstante, de la política de realización del contenido de la Declaración se ha pasado a la justificación de la política de Estados Unidos a partir de un recurso ideológico al documento, a un pragmatismo invertido donde las conclusiones políticas desmienten la función de la razón, y donde la deformación de la razón debe legitimar los fines políticos. La idea de independencia motivó y legitimó su realización, pero la realidad posterior la ha convertido en simple ideología legitimadora de algo muy diferente de la idea inicial: en mentira. Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 128 · política realista basada en la reflexión seria de las consecuencias de la concepción clausewitziana de la guerra, la acción militar ha sustituido –de nuevo– a la política y la diplomacia. Tras la desaparición del Pacto de Varsovia, la guerra se ha convertido en la opción preferente de la actual política exterior estadounidense. De este modo, el carácter de las declaraciones del Ayn Rand Institute y el creciente clima de un patriotismo irracional en Estados Unidos reflejan una tendencia general de la visión sobre el mundo y el proceso de la globalización desde la perspectiva norteamericana. Ante este hecho cabe recordar la función fatal de Mein Kampf de Adolf Hitler, o las publicaciones de Rosenberg, el principal ideólogo del racismo nazi: cuando se publicaron sus ideas nadie pensaba que su contenido sería realidad algún día. Realmente, parece que la mayoría de los alemanes o no había realmente leído estos textos o no les prestó mucha atención. Efectivamente, no se trataba de textos que deberían convencer a los alemanes, sino más bien de declaraciones programáticas, de intenciones, en fin, de un anticipo de lo que iba a ocurrir y para lo que hubo de prepararse y responsabilizarse después. Desde esta perspectiva las declaraciones citadas de los defensores de “Nuevo Siglo Americano” son sintomáticas de un estado psicológico de gran parte de la población norteamericana y por esta razón hay que tomarlas muy en serio, pues se trata de una realidad virtual, de una profecía que se autocumplimenta (self–fullfilling prophecy). Un indicio entre muchos que demuestra la creciente disposición entre amplios sectores de la población norteamericana de someterse a la práctica que limita los derechos de libertad individual y de libre expresión pública es el increíble hecho de que actualmente se está llevando a cabo una campaña de represión en la mayoría de los campus universitarios norteamericanos, incluyendo los de las más prestigiosas universidades como Harvard, Stanford, Yale, John Hopkins y UCLA. Su objetivo es el de intimidar cualquier protesta contra la guerra o crítica al gobierno y bajo el pretexto de imponer unos códigos de conducta que incluyen medidas absurdas. Un “buen americano“ es sólo aquél que comparte las medidas y las ideas del presidente. De este modo, el americanismo se convierte en un corsé de conformismo represivo que va más allá de los asuntos políticos o ideológicos, e incluye la forma de comer, la exhibición de árboles de navidad, de exponer la Maja Desnuda de Goya o reproducir música rap en público: todo esto se considera o indecente o una provocación de la sensibilidad (El País, 23 de junio de 2003, p. 31). El nuevo totalitarismo se corresponde con lo que Fromm, en 1940, señaló como el peligro para todas las sociedades, incluyendo las aparentemente democráticas, en su vía hacia el autoritarismo y el fascismo. Tras los campos de concentración de los nazis, que prometieron cínicamente una libertad mediante el trabajo, tras el Estadio de Santiago de Chile y otras perversiones por el estilo improvisadas en nombre de la defensa de la libertad, estamos ahora ante el campo de concentración de Guantánamo y del Aeropuerto Internacional de Bagdad, lugares donde el imperio hacina a miles de individuos anónimos, aislados, culpables e inocentes, humillados y maltratados. Otro indicio del emergente fascismo estadounidense se hace presente en el hecho de que el presidente Bush, elegido y reelegido como representante político por una minoría abrumadora de la población, ha sido capaz de conseguir el apoyo mayoritario para su política de abolición de las libertades tradicionales americanas por parte incluso de sus adversarios, al repetir la fórmula ideológica mágica del peligro por la seguridad nacional en que se encuentra, según él, el país. “Seguridad” significa concretamente: propiedad indivi-
· 129 · dual, prosperidad, “felicidad”, libertad individual..., es decir, todos los valores que encontramos en la Declaración de Independencia, sólo que ahora se interpretan desde una perspectiva histórica inversa: Estado Unidos no se defiende contra el colonialismo británico, sino que en el mundo crece la resistencia contre el neo–imperialismo norteamericano. Al igual que Hitler supo fascinar a muchos alemanes tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y las consecuencias de Versalles con la idea del derecho de la nación alemana a expandir hacia el Este para asegurar las bases materiales de su supervivencia en el futuro y proclamar la necesidad, al respecto, de una profunda limpieza racial del “cuerpo alemán”, la administración Bush consigue su fines expansivos y su legitimación de sus medidas represivas como consecuencia del miedo y la sensación de vulnerabilidad desatados por los ataques del 11–S. A pesar de la diferencia histórica entre Hitler y Bush, llama la atención la coincidencia respecto a la combinación de carrera armamentística, propaganda mass–mediatizada y el desprecio (hasta la persecución y liquidación) de todos aquellos que no comparten su política. De este modo, el derrumbamiento de las Torres Gemelas y parte del Pentágono son para Bush lo que para Hitler fue Versalles: una humillación que clamó venganza. Lo que interesa especialmente es el verdadero objeto de la venganza en el caso de Bush.¿Se trataba realmente de vengar la vida de las más de tres mil víctimas de los ataques? ¿Se trataba de responder al miedo que apareció masivamente en vista de la vulnerabilidad del espacio nacional y la seguridad de los ciudadanos? Evidentemente, el miedo que surgió como una fiebre nacional tras los atentados no se puede explicar simplemente a partir de las víctimas, sin tener en cuenta el impacto simbólico que tuvieron las imágenes de los aviones convertidos en cohetes: se habían destruido dos tipos de edificios emblemáticos del poder, dos pilares de la supremacía planetaria del capitalismo triunfante. Y fue este hecho, transformado en sentimiento de miedo y sentimentalismo patriótico, el que plasmó el nuevo líder y su pueblo en un sólido organismo capaz de poner en marcha la maquinaria bélica contra un enemigo difuso, aunque eficaz. De acuerdo con el auge de la investigación socio–psicológica en torno a la personalidad básica y el carácter nacional de su época (Linton, Dollard, Kardiner, Mead etc.), Fromm afirmó que la actitud rebelde del carácter autoritario se funde en el personaje típico del “lider” y lo convierte en punto de referencia y de idolatría, porque refleja el tipo de carácter de amplios sectores sociales: ”la psicología del ‘lider’ y la del grupo de sus adeptos se hallan estrechamente ligadas entre sí” (Fromm, 1985: 88), tienen un carácter similar en muchos aspectos, son productos del mismo molde socio–cultural. Si tenemos en cuenta que tanto Hitler como Bush comparten una psicología basada en la influencia de visiones altamente irracionalistas y del destino (socialdarwinista el primero, fundamentalista el segundo) y que ambos son admiradores de la fuerza, de la agresión en nombre de sus conceptos valorativos, también la siguiente observación de Fromm debe convencernos de la tendencia autodestructiva de sus misiones: “el carácter autoritario prefiere aquellas condiciones que limitan la libertad humana; gusta de someterse al destino” (ibíd.: 194). Llegado a este punto parece imprescindible recordar –mediante un breve excurso– la ambigua relación entre el miedo como reacción psíquica del hombre y la realidad como base de ella. El miedo puede tener, como bien se sabe, una dinámica propia, independiente de su supuesta causa, hecho que lo convierte –en determinadas cir- Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 130 · cunstancias– en instrumento del poder con el fin de manipular la conciencia colectiva. La sustitución del verdadero objeto del miedo por un miedo imaginado, aunque sentido, es bastante frecuente. El siguiente ejemplo explica este hecho. El desarrollo real de actos de crimen y el miedo ante la posibilidad de convertirse en una de sus víctimas apenas muestran una relación estadística. Como demuestran los datos de una investigación longitudinal realizada en Inglaterra (British Crime Survey), sólo en dos años, entre 2001 y 2003, la cantidad de personas que creen que el crimen ha aumentado “mucho” creció del 25 al 38 %, a pesar de que la probabilidad de ser victima es muy escasa (The Economist, 2003: 30). Es decir, el miedo como creencia no tiene su base real en el desarrollo de la criminalidad misma, sino en otras causas sociales. De este modo, los expertos de dicho estudio sacaron dos conclusiones importantes: Primero, el miedo ante el crimen suele ser la reacción psíquica a una acumulación de situaciones sociales y personales percibidas como insoportables, como la fragmentación social, la permisividad sexual, la inmigración y la mezcla de razas. Segundo, este miedo ante el crimen tiene efectos serios que pueden alcanzar un grado en el que inhibe el desarrollo de una vida productiva y satisfactoria al imponerse como amenaza irracional, pero real. Es decir, el miedo, independientemente de su base real, tiene efectos que intervienen en la realidad, tanto la de los individuos como la de las relaciones sociales. Se trata, pues, de una reacción que proyecta el difuso miedo social (existencial) en el miedo ante el crimen. La conclusión final de los criminólogos implicados en dicho estudio es que para reducir el miedo ante el crimen es menos eficaz reducir las tasas de criminalidad que convencer a la población de la escasa posibilidad de caer víctima de ella. De este modo, y concluyendo, el miedo como estado psíquico –individual o colectivo– puede ser objeto de una amplia y consciente manipulación por parte de los medios de información y las élites de poder. El miedo como instrumento es, efectivamente, un instrumento eficaz de todos aquellos “juegos” cuyo objetivo consiste en ganar mayorías a partir de la construcción de una moral útil basada en principios que “se invocan sólo como disfraces de lo confesable”, como escribe Salvador Giner con vista a “la urdimbre moral de la modernidad” (Giner, 2003: 25). La construcción del “mal” como empresa interesada hace uso del miedo como terreno psíquico–social muy difuso para llevar a cabo esta inversión de lo real en lo ficticio y al revés: el monstruo, imaginado y cuidadosamente diseñado mediante el esfuerzo mediático, adquiere rasgos reales, diabólicos, suficientemente dotados para producir –más que preocupación o temor– un miedo irracional que evoca sentimientos patrióticos y comportamientos marciales como habitus de todos aquellos que se sienten defensores del “bien” y elegidos para llevar a cabo su misión civilizadora. El miedo, que según el cálculo de Bush y sus consejeros debe atribuirse al carácter diabólico de personajes tan diferentes como Sadam Hussein y Osama Bin Laden, es, pues, una reacción histérica colectiva que cumple con dos funciones diferentes aunque complementarias: por un lado desvía la opinión pública del fracaso de la política norteamericana en Oriente Próximo y de la ilegalidad del consiguiente intento de Bush de solucionar el problema con un acto de violencia militar contra Irak, cuya invasión invita, además, a repartir un botín atractivo, el petroleo. Por otro lado está la cada vez más deplorable situación en la que se encuentran amplios sectores de la sociedad estadounidense. La creciente insatisfacción, frustración y desesperanza que produce, se ve marginada, olvidada, o simplemente cubierta, aunque sólo temporalmente, por la sensación
· 131 · de grandeza que produce el festival zarzuelístico en Washington. Los atentados del 11–S desató, no hay duda, una dinámica especial que permitió de una manera imprevista hacer uso del miedo para bajar el nivel de racionalidad en amplios sectores de la población norteamericana y sus élites hasta el punto de justificar la agresión, el unilateralismo y la deconstrucción de la legalidad internacional. El miedo social, convertido en fuente del patriotismo, recuerda, ¿quién podría negarlo?, mucho a la situación de Alemania durante el periodo de la República de Weimar y los primeros años de la dictadura hitleriana. En última instancia, suponemos con esperanza y tras la propia experiencia europea de entre 1933 y 1945 (que –recordémoslo bien– culminó en la resistencia organizada y en los hombres del 20 de Julio de 1944), volverá a imponerse la razón. 8 La actualidad del planteamiento de Fromm: a favor de una reacción racional europea La psicología de los pueblos, así Fromm y volviendo a nuestra temática central, cambia según el nivel histórico alcanzado y es, pues, una psicología epocal. Para cada vez más personas en el mundo el concepto de libertad, tal como lo defienden los ideólogos norteamericanos, es menos convincente. Por esta razón hay que distinguir muy detenidamente entre el ideal democrático y revolucionario de la Declaración de Independencia de 1776 y su deformación por parte de ciertos políticos norteamericanos en nombre del egoísmo económico y las aspiraciones imperialistas actuales. El rechazo del imperialismo norteamericano no debe incluir el rechazo de los valores en los que se basó inicialmente. La actual política estadounidense no es la aplicación de los valores de la Independencia, sino su corrupción. Pero, la línea política de la administración Bush, igual que la de otros gobiernos anteriores, no es una confabulación personal o fruto de una usurpación del poder por un grupo de fundamentalistas. El asunto es el fruto del desarrollo histórico del modelo de sociedad mismo que ha surgido en América del Norte a partir de 1776. Quizás el 11 de septiembre ha marcado el salto cualitativo de este proceso de ahuecamiento de los ideales de la libertad y la democracia al destacar el fracaso del modelo capitalista neoliberal convertido en norma obligatoria no sólo para las economías en desarrollo, sino incluso para las sociedades capitalistas desarrolladas.31 En este sentido hay que tomar en serio las propuestas hechas recientemente por Habermas y Derrida bajo el título “Nuestra renovación”32, donde defienden la necesidad de un renacimiento europeo como acto de concienciación histórica motivado en la necesidad de crear una alternativa fuerte frente a la creciente hegemonía norteamericana. En este sentido insisten en la posible misión histórica de la “vieja Europa” de defender los ideales de la Ilustra- Artículos · Gerhard Steingress 31 Ya Veblen, hacia finales del siglo XIX, advirtió del peligro de un modelo nomolítico del capitalismo, defendiendo la necesidad de su variedad de acuerdo con las condiciones sociales y culturales de cada país. Una postura semejante demuestra actualmente John Gray, de la London School of Economics, al levantar la voz ante el peligro de un capitalismo global a la manera exclusiva de Estados Unidos para la civilización (John Gray, Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, Barcelona: Paidós, 2000). 32 “Unsere Erneuerung”, Frankfurter Allgemeine Zeitung, 31 de mayo del 2003, págs. 33–34 (edición española: El País, 4 de junio de 2003, págs. 10–11).
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 132 · ción a partir de las dolorosas experiencias que los pueblos europeos han acumulado durante los últimos dos siglos y de los logros que han conseguido en su realización, tales como la más estricta diferenciación entre Estado y religión, la política de bienestar social como medida para frenar el capitalismo antisocial y amortiguar los conflictos de clase, cierta sensibilidad frente a y solidaridad con los otros, etc. No obstante, el filósofo Habermas no tiene en cuenta los hechos que contrastarían estas declaraciones desde el punto de visto del sociólogo Habermas. Su conocida idealización de la acción comunicativa y su racionalismo discursivo le alejan en muchos aspectos de las condiciones socio–económicas y políticas que básicamente acercan Europa a Estados Unidos y que hacen relativizar la fuerza de la historia en ambas regiones del capitalismo planetario. Respecto a ello, el psicólogo Fromm ha ofrecido un modelo más realista: “Todo análisis detallado de la historia europea y americana del período que va desde la Reforma[ción] hasta nuestros días, podría mostrar de qué manera las dos tendencias contradictorias, inherentes a la evolución de la libertad corren paralelas o, con más precisión, se entrelazan de continuo.” (Fromm, 1985: 146) A continuación Fromm describe como la “tendencia hacia la libertad humana”, tras su culminación en la segunda parte del siglo XIX y comienzos del siglo XX, apoyada e impulsada por las clases medias y la clase obrera, colapsó como modelo de desarrollo de la sociedad para dar lugar a las conocidas tendencias totalitarias del siglo XX. Fromm analiza al respecto como la etapa monopolista del capitalismo cambia el papel y el significado de la libertad como proyecto político–social. Como psicólogo (aunque de manera parecida a la del sociólogo Durkheim) destaca el debilitamiento del yo individual, el aumento del sentimiento de impotencia y de soledad como consecuencias de la desaparición de los vínculos sociales tradicionales y la imposición del mercado como mecanismo de intercambio social: “El individuo se siente amenazado por fuerzas gigantescas, y la situación es análoga en muchos respectos a la que existía en los siglos XV y XVI” (ibíd.: 147–148), es decir, al comienzo de la modernización. A continuación señala el crecimiento del poder del capital monopolista como el “factor más importante de este proceso” que se convierte en amenaza –muchas veces percibida de manera inconsciente– del individuo, desprovisto no sólo de los medios económicos sino también de competencia social. El individuo individualizado, reducido a un elemento insignificante del engranaje de la máquina económico–político–militar, socializado con el fin de convertirse en un consumidor de pseudo–libertades, produce resignación en aquellos que se reconocen como tal, conformismo en aquellos que prefieren evitar complicaciones o rebeldes que se resisten de manera individual y, una vez carentes de personalidad, buscan refugio en movimientos inspirados por personajes aparentemente fuertes que expresan lo que ellos sienten: rabia. Fromm, desde la perspectiva de su época describe el carácter del “hombre común norteamericano” profundamente “invadido por este sentimiento de miedo y de insignificancia” a partir de la popularidad del Ratón Mickey como construcción simbólica de su realidad y que recuerda mucho a la imagen de la nación perseguida y amenazada que el presidente Bush intentó dar al mundo después del 11 de septiembre de 2001: “algo pequeño es perseguido y puesto en peligro por algo que posee una fuerza abrumadora, que amenaza matarlo o devorarlo; la cosa pequeña se escapa y, más tarde, logra salvarse y aun castigar a su enemigo” (ibíd.: 157). Hoy, la
· 133 · creación de Walt Disney ya es un arquetipo superado por el progreso tecnológico que lo ha convertido en el robocop cultivado por Hollywood. Los efectos son escalofriantes: la cultura de la violencia, tan apreciada y explotada por los medios de comunicación estadounidense ha creado un carácter medio que combina la agresividad y el culto a las armas sofisticadas con el miedo y la inseguridad personal del yo reducido a la insignificancia absoluta. Sólo el pragmatismo, convertido en ideología, explica la compatibilidad de ambas tendencias. Resumiendo, podríamos decir que las actuales tendencias totalitarias de la política exterior e interior de Estados Unidos siguen unas pautas cuyo origen está en la propia constitución socio–económica del país y cuyos conflictos sociales suelen expresarse sólo de manera latente debido a la impresionante capacidad represiva del aparato ideológico que ha generado esta sociedad. Se trata, como escribió Marcuse respecto a la ideología de la sociedad avanzada, de una sociedad sin oposición que genera un tipo de pensamiento unidimensional y, como consecuencia, la personalidad reprimida, conformista, el “hombre unidimensional”. La conflictividad social reprimida, ahogada en el mar del consumismo y el pensamiento único, se ha convertido, de este modo, en un factor decisivo del debilitamiento del Yo, en la causa principal de la transformación del individualismo en un instrumento de control social internalizado. Los efectos culturales de este proceso acercan, para volver a Fromm, la constitución psíquica del individuo desindividualizado, caracterizado por la “conciencia infeliz”, al aparato del poder y lo someten a sus fines e intereses en nombre de una libertad falsa: la desublimación represiva, como escribió Marcuse. Esta consiste en un espectacular aumento del nivel de satisfacción de las necesidades en el marco de la sociedad avanzada, es decir, madiatizada por el mercado. No obstante, el precio de la felicidad que ésta produce es muy alto: en el transcurso de la satisfacción se ve reducido el principio de placer, ya que la satisfacción excluye todas aquellas aspiraciones placenteras incompatibles con la sociedad. Una vez sometido a este mecanismo conformista, “el placer, adaptado a este modo, genera sumisión” (ibíd.: 105). La defensa frenética de este tipo de “libertad” se nos revela, pues, como medida de imponer el poder económico–político de las clases capitalista y dirigentes mediante la distorsión ideológica de la realidad. La virtualidad de la libertad, una vez desaparecido o reducido a la insignificancia el movimiento social que había sido capaz durante casi un siglo de representar –aunque sólo de alguna manera– la alternativa al sistema capitalista, sustituye a la libertad real y de este modo resurge todo el abanico de mitos irracionalistas que reemplazan la conciencia crítica mediante los diversos maniqueísmos con los que se pretende justificar la hegemonía económica, política e ideológica de Estados Unidos en el mundo. Marcuse no dejó ninguna duda sobre la infelicidad del “hombre unidimensional”, fruto de la represión sistemática de sus necesidades reales y la frustración que produce el intento de conseguirla. La lectura detenida de su libro del mismo título demuestra la cercanía de su concepción con la que Fromm había desarrollado trece años antes, cuando ambos todavía compartían muchas ideas comunes de la Escuela de Frankfurt. No obstante, fue Fromm quien –hasta entonces– más ha profundizado en la dimensión psicológica del dilema social. Con todo esto Fromm intentó explicar la importancia de los factores psicológicos en el proceso de la determinación económica e ideológica de nuestra época como pro- Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 134 · ceso de progresivo ahuecamiento de las ideas que guiaron el proceso de cambio social y cultural de los últimos tres siglos, es decir, como consecuencia de la modernización. Los hombres actúan, escribió Marx cien años antes, a través de su conciencia, y a partir de Freud y Fromm habría que añadir: también lo hacen a partir de o en relación con su subconsciente e inconsciente. Sólo en la medida en que su conciencia es una conciencia social concretizada de manera individual, podemos hablar de determinación social de la conciencia. La psicología no sigue, pues, a un mecanismo social, sino que se desarrolla a través de él. Fue Gramsci quien, en la cárcel, se acercó a este conocimiento en sus estudios sobre el papel de la cultura popular y la vida cotidiana en la constitución de la conciencia social (Gramsci, 1978 y 1983). Todo esto ofrece, pues, puntos de referencia en un doble nivel: en un nivel social, donde los individuos se encuentran gracias a ideas en las que reflexionan o simplemente reflejan la realidad con el fin de cooperar, y en otro nivel, donde sus mentes se acercan debido a la correspondencia de los mecanismos que hacen funcionar la psique humana. El miedo no es un hecho social, sino psíquico: es un estado psicológico, aunque sus causas y sus consecuencias no sean psicológicas, sino sociales. Pero, el procedimiento psicológico de la transformación de las imágenes, palabras y experiencias del individuo hechos en sociedad tiene una dinámica que funciona independientemente de estos contenidos: esta es la tesis de Fromm y no dudamos de su actualidad. Su planteamiento de la relación dialéctica entre personalidad, sociedad y cultura tuvo como objetivo hacer comprender el comportamiento masivo de los individuos en los estados fascistas de la época (Alemania e Italia), su renuncia a la libertad y su entrega a un régimen autoritario contrario a las posibilidades históricas. No obstante, no hay argumento esencial que permita suponer que la misma dialéctica no funcione también en otros casos históricos. Fromm utilizó los factores económicos e ideológicos, que caracterizaron el auge de los fascismos en la Europa de la primera mitad del siglo XX, como ejemplos para poner especial énfasis en el objetivo estratégico de su estudio: analizar los factores psicológicos que han favorecido dicho proceso de la inversión de la libertad en sumisión y dominación como ejemplos que explican la dialéctica entre la economía, la ideología y la psique. Su respuesta se desarrolla, pues, en el marco de su interés general “referido a la estructura del carácter del hombre moderno y a los problemas relativos a la interacción de los factores psicológicos y sociológicos” (Fromm, 1985: 21). De manera parecida a Norbert Elias (El proceso de civilización), e influenciado por las teorías de Kardiner, Lint, Benedict, Dollard, Mead, Mannheim y otros sobre la relación entre la personalidad y la cultura que le rodea, desarrolló una concepción que, desde la perspectiva de hoy, oscila entre el constructivismo social de Mead y Blumer por un lado y el neoestructuralismo de Bourdieu por otro: las relaciones económicas, la estructura social y la cultura sí determinan a los individuos, su comportamiento, su manera de pensar, su habitus, en fin, su psicología; pero son estos mismos individuos los que intervienen en los procesos de determinación social como fuerzas activas. De este modo, la determinación económica, social e ideológica no esta exenta a la importante influencia de los factores psicológicos, relacionados tanto con lo consciente como con lo inconsciente, y a los que atribuye, aparte de considerarlos como “fuerzas activas en el proceso social” (ibíd.: 29), una dinámica y leyes propias dentro de la naturaleza humana comprendida como producto de la evolución (ibíd.: 37). Con esto, Fromm abrió una perspectiva más profunda y dialéctica que posteriormente lo haría
· 135 · Riesman: mientras que este se centró en la relación causal entre la determinación social y la conformidad del comportamiento para asegurar la cohesión social, Fromm y Marcuse destacaron la tendencia implícita de una sistemática negación del individuo como sujeto histórico. La consecuencia de la disolución del Ego, siguiendo a Fromm, produce conformismo, inseguridad y, finalmente, miedo en el individuo ante la necesidad de elegir entre la libertad a y la libertad de algo. Influenciado por los acontecimientos de su época, el auge del fascismo alemán y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Fromm –en el prefacio a su libro citado– intentaba formular sus respuestas en el marco de “un estudio más amplio referido a la estructura del carácter del hombre moderno y a los problemas relativos a la interacción de los factores psicológicos y sociológicos” (ibíd.: 21). Partiendo de la hipótesis de que el “hombre moderno”, caracterizado por el predominio de la individualidad y la personalidad, ha entrado en una crisis social y cultural, el autor presta especial atención al “significado de la libertad para el hombre moderno” (ibíd.). Su tesis principal es que “el hombre moderno, libertado de los lazos de la sociedad pre–individualista –lazos que a la vez lo limitaban y le otorgaban seguridad–, no ha ganado la libertad en el sentido positivo de la realización de su ser individual, esto es, la expresión de su potencialidad intelectual, emocional y sensitiva. Aun cuando la libertad le ha proporcionado independencia y racionalidad, lo ha aislado y, por lo tanto, lo ha tornado ansioso e impotente. Tal aislamiento le resulta insoportable, y la alternativa que se le ofrece es la de rehuir la responsabilidad de esta libertad positiva, la cual se funda en la unicidad e individualidad del hombre.” (Ibíd.: 22) De este modo, Fromm intentó profundizar en el análisis de las condiciones económicas y sociales que han originado el fascismo al centrarse en lo que llama “el problema humano”, es decir, “en la estructura del carácter del hombre moderno, que le hicieron desear el abandono de la libertad en los países fascistas, y que de manera tan amplia prevalecen entre millones de personas de nuestro propio pueblo” (ibíd.: 28). Dicho de otro modo, Fromm busca una explicación referente al origen del fascismo en cuanto fenómeno manifiesto y latente, a partir del análisis de “la función que cumplen los factores psicológicos como fuerzas activas en el proceso social” y, respectivamente, “de la interacción que los factores psicológicos, económicos e ideológicos ejercen en aquel proceso” (ibid.). Es decir, Fromm vio en el fascismo europeo un fenómeno social y económico relacionado con la disposición psicológica de los individuos a aceptar unas ideas ideológicas congruentes con “las fuerzas irracionales e inconscientes que determinan parte de la conducta humana” (ibíd.: 31). Llama la atención que, de acuerdo con su planteamiento teórico, Fromm está lejos de considerar el fascismo como un fenómeno explícitamente alemán o italiano: más bien se trata de la consecuencia de la propia lógica de un concepto de libertad que conduce de la individualización a la soledad y el aislamiento con las respectivas consecuencias psico–sociales que caracterizan al fascismo. La referencia al pensamiento de Dewey que ofrece es irrefutable y esclarecer respecto a la demagógica formula de los llamados Estados canallas: “La amenaza más seria para nuestra democracia, no es la existencia de los Estados totalitarios extranjeros. Es la existencia en nuestras propias actitudes personales y en nuestras propias instituciones, de aquellos mismos factores que en esos países han otorgado la victoria a la autoridad exterior y estructurado la disciplina, la uniformidad y la Artículos · Gerhard Steingress
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 4 – 2004 · 136 · confianza en el ‘líder’. Por lo tanto, el campo de batalla está también aquí; en nosotros mismos y en nuestras instituciones.” (Dewey, cit. por Fromm, 1985: 27) Efectivamente, “el campo de batalla” sigue situado en la propia sociedad de Estados Unidos, donde surgen los indicios de un totalitarismo que –en muchos aspectos– recuerdan a los que el mundo conoce desde la primera mitad del siglo pasado y surgen debido a las mismas contradicciones. Según Fromm, la Modernidad es caracterizado por el proceso de la abolición de la dominación exterior (la “solidaridad mecánica”, en términos de Durkheim) y la creación de una cultura basada en la libertad del individuo, fuente de su aislamiento y soledad (ibíd.: 26). La vuelta del sistema autoritario (el fascismo) tiene que ver con esta masiva tendencia hacia la inseguridad provocada por la crisis económica y social que produjo el miedo como reacción colectiva: “millones de personas, en Alemania, estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella; que en lugar de desear la libertad buscaban caminos para rehuirla; que otros millones de individuos permanecían indiferentes y no creían que valiera la pena luchar o morir en su defensa.” (ibíd.: 27) Para comprender este comportamiento hay que “analizar aquellos factores dinámicos existentes en la estructura del carácter del hombre moderno, que le hicieron desear el abandono de la libertad en los países fascistas, y que de manera tan amplia prevalecen entre millones de personas de nuestro propio pueblo.” (ibíd.: 28) Es decir, Fromm considera el fascismo como la consecuencia de una tendencia de las sociedades modernas en general, de las características psicológicas que se forman bajo la influencia de las condiciones económicas y sociales que prevalecen en ellas. Dicho de otra manera: la relación entre el aspecto humano de la libertad y de las fuerzas autoritarias debe ser explicada a partir del análisis de la “función que cumplen los factores psicológicos como fuerzas activas en el proceso social” (ibíd.: 29), de modo que Fromm propone partir “de la interacción que los factores psicológicos, económicos e ideológicos ejercen en aquel proceso” (ibid.). La atracción psicológica del fascismo consistió, según Fromm, en su capacidad de “movilizar aquellas fuerzas diabólicas del hombre que creíamos inexistentes o, por lo menos, desaparecidas hace tiempo” (ibid.). La era moderna, comprometida con las fuerzas racionales, pensó que había superado lo irracional e interpretó las guerras y las crisis económicas como fenómenos efímeros, accidentales. No obstante, Nietzsche, Marx y Freud advirtieron –cada uno a su manera– del peligro de este complaciente optimismo. Fromm, por su parte, desarrolló un punto de vista distinto del de Freud, considerado demasiado estático, biologista y pesimista: el hombre vive en una relación ambigua con la naturaleza que permite desarrollar una naturaleza humana como producto del proceso social “que crea al hombre” (ibíd.: 35), para añadir: “la sociedad no ejerce solamente una función de represión –aunque no deja de tenerla–, sino que posee también una función creadora. La naturaleza del hombre, sus pasiones y angustias son un producto cultural; en realidad el hombre mismo es la creación más importante y la mayor hazaña de ese incesante esfuerzo humano cuyo registro llamamos historia.” (Ibid.)
· 137 · De este modo, la realidad del hombre se define de acuerdo con esta creación histórica que siempre es concreta y permite distinguir la estructura del carácter humano de una época a otra. Hoy, en vista de que el uso ideológico del concepto “libertad” lo ha separado irrevocablemente no solamente de su base social real, convirtiendo la represión en un acto de liberación (recuerdese simplemente la lema “Arbeit macht frei”, “El trabajo libera”, con la que fueron recibidos los millones de prisioneros en los campos de concentración), sino también del pensamiento ilustrado hasta el punto de enfrentarse a este, como señalaron Horkheimer y Adorno en su Dialéctica de la Ilustración, escrita en 1944, y que su fracaso o tendencia retrógrada es, pues, consecuencia de la “autodestrucción de la Ilustración”. Su efecto no puede ser comprendido si no se tienen en cuenta sus causas económicas e ideológicas, es decir, una sociedad entregada a la dominación científico–tecnológica de la naturaleza a gran escala y la correspondiente progresiva cosificación del pensamiento y la razón. El conocimiento, transformado en instrumento de la dominación de la naturaleza y del hombre en nombre de lo positivo y pragmático, queda transformado, pues, en el engaño total de las masas (Horkheimer/Adorno, 1997: 95). Según ellos, esta “autodestrucción” se debe a la degeneración del pensamien- to en positivismo como el “mito de lo que es” (ibíd.: 50) o “falsa claridad” (ibid.: 54), que genera “la enigmática disposición de las masas técnicamente educadas a caer en el hechizo de cualquier despotismo” (ibid.: 53). Horkheimer y Adorno consideraron este hecho de “caída del hombre bajo el dominio de la naturaleza” como estrechamente vinculado con el progreso social, y aunque no profundizaron en sus mecanismos socio–económicos, es decir, el capitalismo, llegaron a la importante conclusión que explica la coexistencia del progreso científico–técnico y la creciente alienación del hombre: “El individuo es anulado por completo frente a los poderes económicos. (...) Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, éste le provee mejor que nunca.” (Ibíd.: 54) En la medida en la que la sociedad y la dominación, mejor dicho: la sociedad civil y la sociedad política, se plasmaron en un complejo impenetrable basado en la división del trabajo social, el individuo desaparece como sujeto: “Lo que sucede a todos por obra de unos pocos, se cumple siempre como avasallamiento de los individuos singulares por parte de muchos: la opresión de la sociedad lleva en si siempre los rasgos de la opresión por parte de un colectivo” (ibíd.: 76). Regresión e impotencia son sus consecuencias y causan aquel estado de lo absurdo “en el cual el poder del sistema sobre los hombres crece con cada paso que los sustrae al poder, que los sustrae al poder de la naturaleza, denuncia como superada la razón de la sociedad racional” (ibíd.: 90). De esta manera, los autores de la Dialéctica de la Ilustración responden al problema de la dialéctica entre lo económico, lo ideológico y lo psicológico hecho suyo unos años antes por Fromm. Pero, a diferencia de éste, su intención se centró más en las consecuencias del desarrollo del pensamiento moderno mismo como factor de la “inconsciente instrumentalización de la ciencia” (ibíd.: 52), cuyo efecto provoca aquella pérdida de sentido, basada en la separación radical del pensamiento de la realidad. Es ahí donde aparece, de nuevo, la magia como aquella otra, cada vez más impertinente cara de la ciencia que pretende legitimar lo que Freud llamó la “imperturbable confianza en la posibilidad de dominar el mundo” (Freud en Horkheimer/ Adorno, 1997: 66). A diferencia de Fromm, quien atribuyó el aumento del miedo, de la soledad y la desesperación a la consiguiente disposición a someterse a los Artículos · Gerhard Steingress