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"Bomarzo": el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Laínez

Caballero Wangüemert, María del Milagro

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¡SSN: 02¡0-4547 Anales de Literatura Hispanoamericana ¡999, 28: 489-506 Bomarzo: el Renacimiento italiano en la pluma de MujicaLáinez MARÍA CABALLERO Universidad de Sevilla En este trabajo con el que quiero sumarme al homenaje a un colega al que aprecio muy sinceramente, mi buen amigo el doctor Luis Sáinz de Medrano, me propongo un nuevo acercamiento a una gran novela, Bomarzo, texto publi - cado en 1962 por el escritor Manuel Mujica Láinez y que considero la cum - bre de su narrativa. Mi deseo es enfocarlo a la luz de ciertos planteamientos de la nueva narrativa histórica’, concretamente de aquellos que, partiendo de la deconstrucción, interpretan el texto como fundación escritural que reescri - be la historia2. Y, dentro de esos parámetros, enmarcar su novela en elcontexto de la fundación/deconstrucción de la identidad personal y colectiva que el escritor ya había abordado desde sus primeras obras y cuyo objeto está intrín - secamente relacionado con binomios como la búsqueda!desencanto o la cons - trucción/deconstrucción del país, nacionalidad e historia argentinas. En esa búsqueda de la utopia, Mujíca abordará la cultura argentina desde sus inicios, desde la fundación de la ciudad de Buenos Aires. En un segundo momento y en la denominada «saga argentina», intentará recuperar sin éxito ¡ Muy de moda en Hispanoamérica. Vid, al respecto: S. Menton. Latin Arnerica is New ¡-¡istorical Novel. Austin, University of Texas Press, 1993 (trad. La nueva novela histórica de la América Latina,1979-1992. México, FCE, 1993; E Aínsa (coord.). La novelahistórica. Cuaderno de Cuadernos, 1. México, UNAM, 1991; U. Balderston (cd.). The historical Novel in Latin America. Maryland, Hispamérica, 1986. Por lo que se refiere a las actas de congre - sos, son importantes las del XXVI Congreso Internacional delL 1 1. L (New York, 1987), III Congreso Internacional del C. E. L. C. L R. P (Regensburgh, 1990), las del C. R. 1 A. 1?. del 91; o los números momográficos de la revista América (Paris, 1996) y e’ U A. A. (Poi - tiers, 1996). 489 Maria Caballero Romano: el Renacimientoitaliano en la pluma de Mujica Lóinez su propia clase social, el mundo decimonónico que se derrumba ante el pro - greso contemporáneo. En la tercera entrega de su proyecto narrativo volverá al viejo continente para rescatar, tras el fracaso americano, una parte de sus raíces que identifica con el universo italiano y a cuyas fuentes se acude en Bomarzo. Vamos, pues, por partes. La génesis del texto Podría pensarse que al finalizar la escritura de ladenominada saga argen - tina, el creador no ha logrado encontrar un sustituto a la sangre europea de su estirpe. Lo que debería haber significado el final de la eterna dependencia, no ha supuesto sino ladesintegración de su propia clase social, frívola, desen - raizada y a esas alturas ya sin proyecto nacional. No hay alternativas en los márgenes, porque los criados y personajes de nivel inferior que van, paulati - namente, apoderándose de la casa —en la novela homónima—, se degradan sin ser capaces de desenvolver su propia visión del mundo. Un viaje ocasional a Italia el 13 de julio de 1958 le permitirá «recuperar la vida distante de Vicino Orsini, en mi memoria —son sus palabras— (...); el deslumbramiento me devolvió en tropel las imágenes y las emociones per - didasW. Mujica vuelve al pasado, a la raíz europea que nunca quiso perder, para reencarnarse —mejor para sentirse la reencarnación— de un maquiavé - lico Orsini, príncipe de la Italia renacentista, dueño del feudo de Homarzo. En realidad se trata de buscar más allá, en el espacio y el tiempo originarios, esas raíces que permitan fundar de nuevo la propia estirpe. Fundarla a dos niveles: el vivencial y el de la escritura. Y por si no fuera suficiente, revali - dar incluso la primera fundación de Buenos Aires, al corporeizar a Don Pedro de Mendoza como un caballero que templa sus primeras armas en Italia, bas - tantes años antes de su aventura americana (pág. 221). Si el cronotopo no tiene nada que ver con el que preside su narrativa ante - rior, la intencionalidad primera une los textos argentinos con este Romarzo: 2 La bibliografia a! respecto es inabarcable. Me refiero a planteamientos que tienen mucho que ver con Linda Hutcheon: A Poetics of Postmodernism: History Theory flction, New York-Londres, Routledge, 1988; o con Hayden White: Meiahistory: The J-Iistorical Ima - gination ¡ti Nineteenth Century Europe. Baltimore, The John Hopkins lJniversity Press, 1973 (trad. Metahistoria. Laimaginación histórica en la Europa del siglo XIX- México, FCE, 1992). Nl. Mujica Láinez. Bomarzo, Barcelona, Círculo de Lectores, 1985, pág. 532. En ade - dante citaré en el texto por esta edición. Anales de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-5O~ 490 Maria Caballero Romano: el Renacimientoitaliano en la pluma de Mujica L6inez existe un rito fundacional, de una familia con auténtico orgullo de estirpe y orígenes cuasimíticos anclados en la tierra: Nuestro primer antepasado, un jefe godo, tuvo un hijo que fUe amamantado por una osa y a quien llamaremos Orsino. De él des - cendemos. La leche de la Osa nutrió nuestra sangre. O procedemos de Cayo Flavio Orso, general del emperador Constancio. Es posible. Pero la Osa es nuestra. Nadie nos la quitará. No la hemos incorpora - do a nuestro escudo -el escudo de la rosa y la sierpe—, mas la hemos conservado, multiplicándola, en la pareja de osos que sostie - sien nuestro blasón, los soportes, como se dice en heráldica. Somos editus ursae, engendrados por la Osa... (págs. 16-17). La lectura del texto que acabo de citar ya le da la pista al lector del doble movimiento que recorrerá la escritura: la creencia en los origenes mítico - heroicos se ve corroida por cierto escepticismo postmoderno,visibleen el tono del narrador y en la necesidad de aceptar varios posibles orígenes. Pero sobre todo es cuestionada desde la raíz por la propia formulación textual. En efecto, el párrafo al que me refiero se abre así: «Los cuentos de mi abuela Diana que me fascinaban más hondamente eran los que aludían a los oríge - nes de mi clan:’:’ (pág. 16). Mito y leyenda se entrelazan, descansando en pala - bras, meros «cuentos» —invenciones, en definitiva—... Los osos protectores «los osos vigilantesde los Orsini, cuyo áspero pela - je se disimulabaen la sombra de las galerías. Me seguían con suave cautela, enormes y mudos. Me cuidaban —recordará el duque— (...) marchaban detrás de mí en Bomarzo (pág. 17). Y «de tanto andar entre osos de piedra, de madera, de terciopelo y de oro» (pág. 183) que le comunican una ficción de fortaleza, el duque se siente un osezno, el «editus Ursae (...) ante quien los osos levantaban a lo largo de los palacios y los parques, la rosa del escu - do familiar» (pág. 217). Tal vez por ello, el colmo de la degradación —la inversión de los términos— resida en la escenaen que el duque y su prima ‘Violante disfrazan a un oso de patriarca y le coronan con flores en una fies - ta que no es sino una bufa mascarada (pág. 333). La inmortalidad, dádiva y cárcel El otro animal relacionado con el duque es la lagartija, la salamandra símbolo de inmortalidad (pág. 275). Porque la inmortalidad preside la vida 491 Anales de LiteraturaHispanoamericana ¡999, 28: 489-506 Maria Caballero Romano: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Láinez del duque, y preside asimismo eltexto como eje escondido. Inmortalidad que se desprende al menos de tres cauces: el horóscopo que Sandro Benedetto elaborara con ocasión de su nacimiento (pág. 10); las cartas que el alquimis - ta Juan Dastyn envió a Napoleón Orsiní hacia 1340 (págs. 266-267); y la oscura sentencia de la monja visionaria de Murano: «Dentro de tanto tiempo que no lo mide lo humano, el duque se mirará así mismo» (págs. 284, 531). Por no citar los reiterados comercios con el diablo y la magia de su servidor y amigo Silvio, que le asegurará, una y otra vez, que nunca habrá de morir (pág. 239). La vida de Pier Francesco se convierte en la aventura de un ele - gido (pág. 26) que compensa así las limitaciones fisicas —su monstruosa giba, «una traición de lesa majestad al decoro y al señorío de la parentela» (pág. 25), según su padre quien le ha destinado a desaparecer (pág. 178)—. No obstante, ese airado padre reforzará la profecía al reiterar una y otra vez «los monstruos no mueren» (pág. 179). Pero ¿qué inmortalidad le aguarda realmente al duque? A través de los personajes que rodean al protagonista, el lector recibe varios mensajes que son otras tantas interpretaciones de un asunto dificil de creer: se trata de la inmortalidad que confiere el amor (pág. 341) —dicen unos—; debe ir unida a la belleza (pág. 276) —piensan otros—; es «la sucesión en el tiempo. Somos eslabones de una cadena inmensa —le dirá en el lecho de muerte su abuelo el cardenal—. Cuando tengas un hijo serás inmortal:’> (pág. 318). Aquellos que utilizan la magia, que intentan conseguir un «golem», la rela - cionan con la reencarnación (pág. 154). Para el narrador una cosa está clara y es que la inmortalidad la confiere la escritura: ¿Acaso no se descontaba mi anulación; no se calculaba, por mi quebranto descaecido, que viviría poco? ¡ Y qué equivocados estaban los cuatro Orsini en lo que a eso concernía, pues quién iba a suge - rirles la extravagante idea inverosímil de que algún día (ahora) yo escribiría sobre ellos, en tanto que ellos estarían muertos, bien muer - tos, reducidos a polvo, con cuatro siglos de muerte y de olvido enci - ma y sin nadie más que yo para recordarlos (págs. 24-25). El estatuto del narrador Esta cita puede servir como trampolín para abordar de lleno el estatuto del narrador, desde mi punto de vista una de las cuestiones más interesantes Anales de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-506 492 María Caballero Bomarzo: el Renacimientoitaliano en la pluma de Mujica Láinez de la novela. Ya en las primeras páginas se definen como memorias (pág. 13) de quien escribe «en la quietud de mi biblioteca, frente a la reproducción del retrato de Lorenzo Lotto» (pág. 27). Un personaje único en su linaje, que «puede ahora escribir su vida de hace cuatro siglos» (pág. 36), «con mano temblorosa» (pág. 147), consciente del desdoblamiento temporal entre las gestas vitales que relata, y la escritura (págs. 319, 339, 371): Debo proceder cronológicamente, para no olvidar nada. Quien consiga reconquistar como yo, en la lejanía fabulosa del tiempo, su pasado perdido, será como un pescador privilegiado que ha descubierto un escondite precioso de madreperlas en el secreto del agua profunda y que, luego, una a una, las va mostrando (pág. 374). Se trata de un narrador culto, acostumbrado a confrontar sus vivencias con el arte: los libros, los cuadros, la escultura. Es asimismo letrado, y per - tenece al siglo XX ya que los términos de comparación que utiliza incluyen el surrealismo y el pop-art. Pero no es sólo eso; al estar situado fuera del tiempo, sus ojos abordan e interpretan la realidad a través de los objetos cul - turales de cuatro siglos, conpreferencia por el Renacimiento y Barroco: Ben - venuto Cellini (pág. 61, 297>, Tiziano (pág. 271, 364), Lorenzo Lotto (pág. 62, 282-283), Miguel Ángel, Ariosto (pág. 324, 530), Cervantes, Paracelso, Fulvio Persico (págs. 398-399>, Pablo Giovio (pág. 193)... son los puntos de referencia al respecto. Cobran vida como personajes, como seres que han tenido una relación con el duque a distintos niveles: así, por -ejemplo, Paracelso se convierte en paciente médico que, a lo largo de varios meses, sana la misteriosa enfermedad de Vicino, mientras intercanibia sus conocimientos con él. En otros casos las referencias son mucho más puntuales, como suce - de con Miguel Ángel, al que se le propone pintar Bomarzo y responde con una negativa amparándose en el escudo de sus ochenta años. El destinatario.La puesta en escena de la historia Todo el Renacimiento italiano4 y las miles de referencias que se vienen comentando desfilan ante los ojos del lector, destinatario impertérrito, juez Vid. E. Montero Canche. «EJ mundo renacentista en Romano de Manuel Mujica Lái - nez>’, Anales de Literatura Hispanoamericana, n0 iS, Madrid 1989, págs. 171-180. 493 Anales de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-506 Maria Caballero Romarzo: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica L6inez y testigo de lo que se representa ante sus ojos. El narrador cuenta con él (págs. 307, 372, 378, 525), le interpela (pág. 36) o se defiende (pág. 139, 315, 330). Porque las memorias despliegan un gran panel, hacen revivir para él como si de una representación dramática se tratara, la intrahistoria de la Ita - lia renacentista, poblada de seres apasionantes. Por ejemplo, el relato del tras - lado del «David» de Miguel Ángel por las calles de Florencia, en boca del padre del duque, se convierte en un alegre carnaval bullanguero que, por un momento, logra abatir las barreras que separan eternamente al hijo del padre (págs. 41-43). 0 la llegada a la corte de los Médicis en Florencia por parte del duque y su séquito —en el capitulo II— se reviste de teatralidad (págs. 72-75)... Y ello, en el marco de la gran Historia: tres papados, el saqueo de Roma por Carlos Y la coronación del emperador en Bolonia, Lepanto... cons - tituyen el contexto para que la escena cobre vida y se llene de color Paradó - jicamente, el relato consigue fijar, apresar, inmovilizar como en un cuadro esa vida bullente que el narrador transmite (pág. 301). La visión postmoderna de la historia y el cuestionar el documento por parte del narrador De cualquier forma, son avatares de la ficción y, por tanto, sin interés especial desde el estatuto del narrador. Pero —y esto es lo importante— abandonando el plano del personaje y retomando al punto de vista del narra - dor, gracias a los cuatro siglos de distancia que le separan de los aconteci - mientos, éste verifica, matiza o contradice tanto los hechos como las versio - nes que de ellos han pasado a la gran Historia... Es decir, la pintura, el libro sirven para certificarlos, en unos casos; pero en otros, hay un cuestionamien - to del documento, un hacer ver al lector que las cosas no necesariamente fue - ron como el documento hace creer. El documento puede ser falaz, ayudar a consagrar una versión torcida de los hechos. Pondré dos ejemplos: al ser pre - sentado al emperador en Bolonia, poco antes de la coronación, el duque lo vísualiza a través de la lectura de Pablo Giovio, confirmando su impresión primera: El emperador no dijo una palabra. Me sorprendió la palidez de sus treinta años, el color plateado que Pablo Giovio cita, el frío de sus ojos azules, el mentón heredado... (pág. 193). Anal~ de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-506 494 María Caballera Bamnarzo: el Renacimientoitaliana en la pluma de Mu/ka Láinez En el polo opuesto, el narrador hace patente su desacuerdo con una inter - pretación histórica, o la completa para que haga honor a lo que él cree ser la verdad: Cinco años más tarde, cuando Cellini fue detenido y encarcelado en el Castel Sant’Angelo, bajo la custodia de un gobernador loco que se creía murciélago, ello se debió —el propio Benvenuto lo con - signa en sus memorias— a intrigas de Pier Luigi. El artífice se refie - re en su libro a que Farnese lo acusó de que, durante el saqueo de Roma, en ese mismo castillo donde luego sufrió una cárcel larga, había robado pedrerías vaticanas por valor de ochenta mil ducados. Era en realidad un pretexto absurdo. La verdadera ——que ignoro por qué no ha sido apuntada por Benvenuto en su obra prolij a— brotaba del odio que nació entre los dos en Bomarzo (pág. 297). Se enmienda la escritura -el documento— histórico para, además, dar consistencia y verosimilitud, engrandecer la historia de Bomarzo. Respecto a este asunto, escondido tras su narrador, Mujica expone su teoría narratológi - ca de forma contundente, en un momento del texto: Dedúcese de ello lo dificil que resulta juzgar a un hombre, des - pués de muerto, por los escasosdocumentos que flotan, absurdos, inconexos, arbitrarios, en la vaguedad de su estela. El biógrafo arma su puzzle a conciencia, valiéndose de los incoherentes, deshilvanados testimonios escritos que el capricho del azar preservó, y el resto, la intimidad del personaje y a menudo sus rasgos y datosesenciales, se le escapan. Cree haber apresadoen las redes de la erudición y de la exégesis a alguien conquien lo vincula cierta incalculable afinidad, muertohace muchos años, y no hace más que recoger los fragmen - tos heteróclitos de un naufragio. Si el inspirador de ese estudio pudiese apreciar el frutode las investigaciones,estupefacto, no se reconocería (pág. 466. El subrayado es mio). Esos «fragmentos heteróclitos» como únicos supervivientes del naufragio del «documento>:’ remiten a una visión postmoderna de la historia y, como tal, esta cita y el planteamiento histórico-narrativo que conlíeva permiten enfocar Romanzo dentro de la nueva narrativa histórica ——con toda la especificidad y las cautelas pertinentes—. Volveré sobre ello más adelante, al hablar del papel de la escritura en la configuración de la «historia» personal y colectiva.,. 495 Anales de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-506 María Caballero Bomarzo: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Láinez El fin de la utopía Retomando de nuevo el hilo conductor que llevaba -es decir, la focali - zación del pasado a través del arte o la literatura—, habría que decir que el narrador de la novela del argentino utiliza las referencias literarias para reins - talarse melancólicamente en una época en que eran posibles los lances de amor y caballería; para revivir un mundo en que la fantasía poética y la ilu - sión convivían con naturalidad. Su estatuto de personaje del siglo XX le per - mite ver el Renacimiento como el fin de la utopia, el momento en que reali - dad y ficción van a codificarse en bloques enfrentados. Ariosto con los Orlandos ——citado varias veces en el texto— simboliza la glorificación del espíritu caballeresco inexorablemente abocado a la destrucción, devorado por un mundo moderno que carece de ideales. Así, cuando el pirata Barbarroja invade Italia llegando hasta Fondi, el castillo de los Colonna en que estaba recluida la bellísima Julia Gonzaga, el narrador apostilla lo siguiente: Este cuento de piratería y de amor hubiera excitado la imaginación del Ariosto y le hubiera inspirado numerosas estrofas memora - bles, si no mediara la circunstancia Ñndamental de que, cuando se produjo, hacía un año que Ariosto dormía eternamente. Pero, aunque él no haya podido narrarlo y cantarlo, todo el episodio tenía un aire ariotesco, tan entremezclados están en él la realidad y la fantasís poé - tica. Acaso pat-a compensar la insistencia con que a la sazón la rea - lidad quitaba color a la fantasía (porque el mundo se volvía cada vez más moderno) yacaso porque el materialismo de los móviles de muchos comerciantes disfrazados de principes y de guerreros destraía las líricas quimeras que habíamos heredado de nuestros antece - sores medievales, dejándonos de ellas sólo las cáscaras vacias, de repente se suscitaba un hecho así, hermoso y solitario, que exaltaba a nuestra ¿poca y la proyectaba en el tiempo hacia los aúreos siglos de la auténtica caballería cuya nostalgia iluminó aAriosto. Y lo mis - mo que el Orlando es un adiós nostálgico a la edad en que la reali - dad y la fantasía eran inseparables porque formaban una esencia úni - ca, sucesos minúsculos y maravillosos como el que motiva estas reflexiones, al desarrollarse repentinamente y encender de mágica claridad reverberante laatmósfera cotidiana del mercado prosaico del mundo, simbolizaban también, con susúltimos brotes esporádicos, la despedidadesconcertada de una época en la que lo real y lo fantás - tico empezaban a clasificarse en distintos ficheros para siempre, a una época en que la generosa ilusión hizo flamear los estandartes poéticos (págs. 324-325). Anales de LiteraturaHispanoamericana 1999, 28: 489-506 496 María Caballero Romano: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Láinez Esa es la época en que le hubiera gustado vivir a Manuel Mujica Láinez. Por medio de sugerencias se va estableciendo la doble dependencia: si el duque desea ser un personaje de Ariosto, el argentino quisiera haber vivido en el mundo de ambos, exquisito y perverso, que le fascina. Creo que existe un pasaje en Bomarzo teñido de referencias librescas —porque Mujica mane - ja la intertextualidad a la perfección— que puede ejemplificar lo que comen - to ahora: es aquél en que, despojado de todo —requisito «sine qua non:’> de la inmortalidad (pág. 280)—, Pier Francesco Orsiní se interna en su Bosque para beber el cáliz que le hará inmortal. Deberá introducirse en el umbral mítico, representado por una testa monumental que, a su vez, duplica los ras - gos demoníacos entrevistos tiempo atrás en el espejo de la propia habitación. Tras el ritual lleno de guiños al lector —el lasciateogni pensiém dantesco—, llega el momento de ingresar en el interior, sin angustia, con «una bienan - danza incomparable:’:’. Y ;cómo no! el duque siente que corporeíza el Orlan - do furioso: Se insinuó delante de mí, como una alegórica pintura de Botti - celli, la escena del Orlando Furioso en que Astolfo obstruye la entra - da del Infierno con árboles de pimienta y plantas de amono, para que las arpías no escapen de su prisión, antes de ser recibido en el Para - íso por San Juan. La diferencia fincaba en que yo quedaría adentro, con las arpías (pág. 530). La intertextualidad sirve para invertir los signos: la salvación es condena, «un fin paradójico, tan digno de la contradicción de mi vida, tan perfecto, tan propio para fascinar, con su exacta estructura, al poeta que soñé ser, que a pesar de mi espanto —dirá el duque narrador— sonrel» (pág. 531). El conti - nuo desdoblamiento del narrador que visualiza a su personaje desde el futu - ro, se mantiene en el trágico momento final. Porque la vida es arte e intere - sa de cara a la posteridad... Pero la fascinación que ejerza sobre las generaciones futuras, sobre el propio argentino, nunca será producto del inte - lectual armonioso, amante de la Belleza —que también lo fue—, sino del satánico personaje empeñado siempre en sobrepasar los umbrales de lo esta - blecido5. 5 Vid. O. Schanzer. The persistence of human passions: Manuel Mujica Laínets satirí - cal neomodernism, London, Támesis Books, 1986. 497 Anales de LiteraturaHispanoamericana ¡999, 28: 489-506 María Caballero Romano: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Lóinez poseía más secretas raíces hundidas en el suelo ancestral, el más unido telúncamente a ese sitio extraño, insondable, metafisico, tan nuestro, tan mío (..). En aquel dominio, tas presencias etruscas, recogidas por gene - raciones, se le metían a uno en la sangre. Y las presencias romanas tam - bién» (págs. 53-54). El retorno a la tierra y rocas de Bomarzo supondrá, en consecuencia enraizarse en las más antiguas esencias de la cultura occidental, en la civi - lización etrusca y sus remotos origenes míticos8. lEle sus necrópolis se extraerá la armadura que se adjudica Vicino (págs. 32-33). Cultura y natu - raleza se fundirán como se funden las rocas con la personalidad del duque: Esas rocas grises encerraban en su estructura la materialización de mis sueños. Era a ellas a quienes habría que atacar una a una, como si fuesen endriagos, basta vencerlas. Pero no, no se trataba de vencer, no se trataba de dragones. Cada roca representaba para mi y para mis recuerdos un personaje encantado. El personaje permanecía prisionero bajo la costra. Habla que liberarlo y ganar su amistad (pág. 441). Planteamiento similar a la estética de Miguel Ángel, que le permitirá ser inmortal —como el escultor a través de sus obras—. El favorito Zanobbi es el instrumento elegido por el destino para fraguar lo que no es sino una vaga intuición (pág. 445). El tema deberá ser su propia vida: sólo así podrá ser eterna: «mi vida... mi vida transfigurada en símbolos.., salvada para las cen - tunas.., eterna.., imperecedera» (pág. 445). El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo —capítulo X—, el bosque de las alegorías, de los monstruos9. Un lugar monstruosamente bello, como monstruosamente singular a causa de su giba es el duque... «Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalona - das en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cata - clismos, formarían el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini» (pág. 445). 8 Vid, al respecto dos trabajos muy sugerentes: A. Pyere de Mondiargues. Les monstres de Somarro, Paris, 1967; y 1. Recupero. JI sacro boso, di Somarro, Boechi, Edizioni II Turis - mo, 1977. ‘1 Vid. J. Theurillat. Les myst~res de Somarro et les jardins symbolíques de la Renais - sance, Genéve, 1973. Anales de Literatura Hispanoamericana 1999, 28: 489-506 504 Maria Cab¿fllem Bomaizo: e) Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Láinez El círculo se ha cerrado: el fascinante misterio del lugar, su milenaria fuerza etrusca, poblada de presencias invisibles (pág. 137) fue siempre la sede de la casa, hincada en la roca ancestral de Bomarzo (pág. 149), en la que se apoya la flaqueza del duque. La roca de Bomarzo, con su sólida pre - sencia, se opone a la fluidez aérea y líquida de una ciudad como Venecia; una ciudad que encanta, pero que el narrador siente como la antítesis de su región etrusca. Así el duque proyecta su obra, el bosque de los monstruos, para perdurar frente al temor que le causa la siempre amenazadora posibili - dad de disolución de la acuática ciudad veneciana. Se equivocará no obstan - te: la historia borrará su apellido de Bomarzo, como borró su nombre del cuadro de Lorenzo Lotto. Las rocas, con sus extraños arabescos, permane - cerán como un enigma sin clave. Se hará realidad el augurio que le asaba al visitar Venecia: aristocrática y atacada por el mal de la decadencia que le hincaba los dientes bajo la pompa fingidamente intacta de su ceremonioso dominio: así la vi yo, aquel otoño de mis veinte años. Y tal vez por - que estaba enfermo, la sentí profundamente. Sentí que la enferma Venecia y yo nos parecíamos, en ese momento crepuscular, anhelo - so y sin embargo soberbio; que ambos simbolizábamos algo seme - jante, destinado a menoscabarse y a perderse: la actitud de una cas - ta (¿de una idea?) frente a la vida; que, con todas nuestras debilidades arbitrarias, nuestras vanidades y nuestras corrupciones, Venecia y los hombres de mi estirpe —que habían iniciado su pro - greso en el mundo, hacia la mcta aristocrática, con similar reciura heroica, y que se fueron desmoronando juntos, en la marchita melancolía del refinamiento— habían contribuido a darle a ese mundo, a ese mundo que se iría volviendo, cuando creía volverse mejor, cada vez más uniformado y mediocre, un tono, una orgullo - sa grandeza, cuya falta lo privaría de una forma insustituible de intensidad y de pasión (pág. 258). Testamento del duque Pier Francesco Orsiní, pero sobre todo testamen - to de Manuel Mujica Láinez. El escritor, el aristócrata de la cultura, que impulsó la fundación poética de Buenos Aires y la mitificó desde la Colo - nia; que vio después con melancolía cómo su propia casta se corrompía destinada a desaparecer —en la saga porteña— y trató de frenarlo aferrán - dose a los cimientos de la «casa»; vuelve sus ojos a las raíces europeas, identificándose con el duquerenacentista que quiso ser inmortal anclado en 505 Anales de LiteraturaHispanoamericana ¡999, 28: 489-506 Maria Caballero Romano: el Renacimiento italiano en la pluma de Mujica Láinez la tierra etrusca’0. Si a nivel de historia, el duque fracasa; a nivel de escri - tura, el narrador, aunque atenazado por las lacras de la cultura postmoder - na, aspira a la inmortalidad. ¡O Vid. O. Villordo. Manucho: una vida de MujicaLóinez, Buenos Aires, Planeta, 1991. Anales de Literatura Hispanoamericana 1999, 28: 489-506 506