«Entre opuestas montañas de dificultoso y agrio acceso»: testimonios de la retirada inglesa bajo John Moore (1809) por el Bierzo
Abstract
Sigue aquí la serie sobre la persecución francesa al ejército inglés en su retirada a La Coruña desde Benavente; se consignan las últimas etapas de la salida por el Bierzo a Galicia. Pone el hilo conductor August von dem Busche (1771-1844), capitán de caballería en el iii regimiento de húsares de la Legión Alemana, que protegía la retaguardia inglesa.
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Argutorio 41 - I semestre 2019 - 21 Sigue aquí la serie sobre la persecución francesa al ejército inglés en su retirada a La Coruña desde Benavente; se consignan las últimas etapas de la salida por el Bierzo a Galicia. Pone el hilo conductor August von dem Busche (1771-1844), capitán de caballería en el iii regimiento de húsares de la Legión Alemana,1 que protegía la retaguardia inglesa.2 En la noche del 1 al 2 de enero, Baird alcanza Cacabelos; Gordon llega a Bembibre por la tarde y, tras encontrarlo atestado por los regimientos ingleses, hace noche en Matachana («Mansanassa») (Grd 151). Ormsby (1809: 121) había dormido en este pueblo la noche anterior: para llegar desde Bembibre, hubo de cruzar el río Boeza. Este se pasaba por un vado practicable a duras penas por caballos pero no por mulas. Había un puente de varas encestadas («bridge of hurdles») tan quebrantado que fue penosa la operación de atravesarlo con bagajes. El artillero Evelegh alcanzó Bembibre el 1 a mediodía (Whinyates 1893: 42); Leslie, también de artillería, llega a Bembibre a las 9 pm, con soldados de La Romana, y descansa en San Román (Leslie 1908: 62). En la retaguardia, la reserva de E. Paget intentaba espolear a algunos rezagados del ejército inglés en Bembibre, muchos de los cuales terminarían en manos de los cazadores franceses (Sturgis 1899: 50; Napier 1867: 315). 3 Santacara (2005) incluye descripciones, anteriores y coetáneas a la retirada, entre Galicia y Astorga (Vaughan, Vivian, Gordon). García Fuertes (1999- 2000) recoge en traducción crónicas de este mismo recorrido, de oficiales y soldados como D’Urban, el fusilero Harris, Verner, Gunn, Milburne, Vaughan y Gordon. Al atardecer del día 1, Busche busca aposento en Bembibre, que está de bote en bote. Nuevamente, los ingleses nos habían dejado sin sitio alguno, por lo que, bajo una lluvia torrencial, hubimos de buscar cobijo en cuadras y cobertizos. Me alegró encontrar una capilla aún vacante, donde hice mi acuartelamiento. Mis caballos estaban ante el altar; yo, con algunos oficiales que se me agregaron, puse mi yacija sobre tumbas, y ciertamente dormí más en blando de lo que tenía desde hace mucho por costumbre, pues el lucido heno, rico en hierbas, de esta aldea, me proporcionó un lecho tan bueno como no recordaba desde Selandia (Kh 108).4 La confesión evangélica de los de Hannover explica sus escasos remilgos tras hacer noche en un templo católico: Una gran fogata ardía en el medio de la capilla, para preparar el rancho y al tiempo secar nuestra ropa y calentarnos, mientras que la lamparilla del altar había sido reavivada de nuevo y daba luz a nuestra espaciosa estancia, ornada con imágenes sacras y bellas vírgenes decoradas. A mitad de la noche, un fuerte chaparrón, con recio viento, viene a turbar su descanso: las tejas salen volando, y soldados y oficiales se mojan a conciencia; no avezados a dormir junto al fuego, a uno se le queman las botas, a otro el capote, a otro el pie; un jamón que Busche guardaba celosamente sobre un banco cae al suelo, rueda entre los pies de los soldados y termina, hecho un despojo, en manos de la guardia (Kh 108-109, D 351). Schaumann, que llega a Bembibre el 1 al mediodía,5 topa con dificultades similares para alojarse. Con mucha dificultad logré alojar, o más bien embutir, a mi caballo en una de las casas, todas ates- «ENTRE OPUESTAS MONTAÑAS DE DIFICULTOSO Y AGRIO ACCESO»: TESTIMONIOS DE LA RETIRADA DE JOHN MOORE (1809) POR EL BIERZO Pascual Riesco Chueca
22 - Argutorio 41 - I semestre 2019 tadas de gente y caballos. Repté al interior de una horrenda casa, en la que apenas había sitio para escasamente yacer y descansar. Llevaba el pañuelo repleto de centeno, que me sirvió de forraje. Por el camino, había conseguido algo de pan, que un nativo sacó de un escondrijo; a cambio le puse un tálero en la mano […]. Luego me eché pacientemente sobre el santo suelo entre un tropel de rezagados exhaustos y quedé dormido al instante, envuelto en el capote de felpilla, pese a que estaba calado hasta la piel, botas y calzas incluidos, y me castañeteaban los dientes de frío (Schm 312). Villafranca, con tropas inglesas. Fuente: Lámina en Schaumann (1922: 313), a partir del manuscrito del propio autor. En estas condiciones se echa una larga siesta, hasta las 6 p. m., en que resuena la trompeta llamando a la marcha. Tras buscar frenéticamente el caballo, que tarda en encontrar debido a la confusión general, emprende una marcha nocturna con descanso cerca de Cubillos, cruza Cacabelos por la mañana, y alcanza Villafranca en la tarde del 2 (Schm 313-314). Sprünglin, bajando desde Manzanal, aporta sus apuntes de paisaje: Para llegar [a Bembibre] es preciso atravesar un torrente por un bello puente. Aquí el suelo engorda a expensas de los montes que acabamos de atravesar. La tierra vegetal que cubría antaño las cimas de estos montes, los guijarros que largo tiempo han rodado por sus laderas, y fragmentos de roca de diversa naturaleza han sido amontonados a sus pies por la acción […] del agua. La viña, el olivo, el ciprés, el laurel, la higuera dan envidiable ornato al suelo fértil que hemos de recorrer. El valle del Sil, ancho, espacioso, resguardado por igual de los vientos del norte y del ardor del mediodía, es un jardín hasta Ponferrada. Otros afluentes, que llegan de los montes de Asturias, forman valles secundarios no menos ricos (Spr 358).6 También se muestra seducido por la belleza del paisaje Porter, que duerme en Bembibre en un cobertizo de lagar: el país mostraba una fisonomía muy romántica; y, en verano, cuando la guerra se haya alejado de sus bosquetes y recovecos arcádicos, debe de ofrecer una encantadora clausura a los que estén prendados de la naturaleza en su atuendo de árboles y fuentes, y arroyos sinuosos, y la más gentil belleza (Porter 1809: 257). Desde Bembibre, el camino real7 cruzaba el Sil por Congosto y Cubillos; seguía por Cabañas Raras, pasando al norte de Magaz de Abajo, hasta Cacabelos y, de allí, por Pieros, llegaba a Villafranca y Piedrafita. Entre Magaz de Abajo y Cacabelos se le unía el camino procedente de Ponferrada, elegido por parte del ejército.8 Schaumann no fue insensible al paisaje berciano: desde Bembibre el terreno ofrece vistas románticas, y en verano y en tiempo de paz brindará un panorama en verdad arcádico, con sus boscosos y pintorescos desfiladeros, cascadas, arroyos y floridos valles alpinos. Todo el camino de Astorga a Villafranca es de una belleza bravíamente romántica (Schm 312- 313). Al alborear el día 2, Busche y sus hombres creen lejana la persecución francesa, pero deseando agrandar la distancia, estiran la marcha para llegar a mediodía a Cabañas Raras. Al enterarse del rápido avance de la caballería francesa, siguen adelante, desplegándose para la noche (Kh 109) entre Magaz de Abajo y Cacabelos. El avance de los perseguidores era fulminante. Evelegh, que había salido de Bembibre a las 7 a. m. del mismo día 2, con dos cañones en la retaguardia inglesa, se vio hostigado por los franceses durante la marcha, habiendo de dispararse los cañones varias veces. Llegados a Cacabelos esa tarde, se unen a la reserva de Paget (Whinyates 1893: 42).9 Sprünglin anota: a partir del día 2, un gran número de rezagados ingleses y casi todo el regimiento español de Cataluña habían caído en manos de la caballería ligera en Torre [del Bierzo], sin un disparo de fusil; el enemigo, apurado, intentó apostarse en Cabañas Raras, pero de nuevo fue descubierto, y la noche obligó a la caballería ligera [francesa] a detenerse en este punto (Spr 354).10 Gordon, que sale de Matachana a las 4 am el día 2, avanza todo el día bajo el hostigamiento de los chasseurs franceses. A duras penas se consigue azuzar a los soldados ingleses rezagados, demasiado ebrios de vino del Bierzo para avanzar. Muchos son abandonados a su suerte, y resultan cruelmente sableados por los perseguidores.11 Menciona Gordon a un viejo
Argutorio 41 - I semestre 2019 - 23 soldado que quedó atrás, Thomas Smith: poseedor de una pequeña fortuna –treinta o cuarenta doblones– fruto de los numerosos muertos que había hecho en la batalla de Sahagún y del pillaje de sus cadáveres, enganchó borrachera tras borrachera desde Sahagún a Bembibre (Grd 154-155).12 Quienes quedaron atrás sufrieron la cruel consecuencia. Indica Balagny que, al entrar la caballería francesa en Bembibre el día 2, encontraron centenares de soldados de infantería ingleses amontonados en las calles, en su mayoría ebrios: unos yacían inmóviles en el camino, otros caminaban con dificultades, titubeando a cada paso. Algunos se espabilaron con la llegada del enemigo: el peligro les devolvió algo de fuerza e intentaron oponer resistencia […]; nuestros jinetes cargaron contra ellos con ímpetu, los sablearon sin piedad, e hicieron más de trescientos prisioneros, la mayor parte de los cuales estaban tajados a golpe de sable (Bl 198-199). No se libraron de sablazos ni mujeres ni niños. La retaguardia de Paget volvió brevemente sobre sus pasos para repeler la caballería francesa (Napier 1867: 315), liberando a unos cuantos rezagados. A los que, tras ser sableados por los franceses, fueron así rescatados por el ejército inglés, les esperaba otra prueba. Para aleccionar a la tropa sobre los efectos de la indisciplina, Moore los hizo desfilar, sangrientos y lacerados, ante los soldados; pero de poco sirvió la lección, pues los saqueos y borracheras se habían de repetir en Villafranca (Hamilton 1847: 45; Jones 1821: 146). Los húsares de Gordon, a juzgar por su diario, estuvieron en posiciones más expuestas que Busche. En la tarde del 2, Gordon, tras atravesar el río Sil, llega a Cubillos, donde encuentra una compañía del 95º: los caballos en lamentable estado, desherrados, cojos o agotados. Recién llegados a la aldea, el regimiento de Gordon forma en apretadas filas en un descampado que constituye el corazón de Cubillos: es sabido que el pueblo se organiza como un anillo de casas alrededor de un núcleo de huertos y cortinales. Estando aún formados, a la espera de distribuirse para la noche, los sorprende un ataque de los franceses: las balas tabletean contra los muros y perforan los tejados de las casas circundantes. La situación era apurada, pues la salida de Cubillos para enlazar con la calzada real era un camino hondo entre setos: bastaba que un caballo cayera para producir un atasco. Logran repeler la agresión francesa, mediante tiradores de rifle, y deciden pasar la noche al raso. Previamente habían saqueado las casas de Cubillos en busca de forraje y provisiones (Grd 156-157). La noche del 30 al 31 de diciembre el médico Adam Neale dice haber dormido en Cubillos; en realidad se trata de Congosto, pues alude al santuario de la Peña y a la bajada hacia el puente, de un arco, sobre el Sil (cf. idm 93): es un bello paraje, sentado junto al pie de una loma, sobre la que se alza un viejo convento, dominando vistas sobre el terreno circundante, que es muy fértil. La calzada baja a un hermoso puente, de un solo arco, tendido sobre un copioso río que corre entre rocas y bosques de castaños. Nuestra ruta nos llevaba por un paisaje vallado de setos, intercalado de campos de cereal y nabos, hasta llegar a Cacabelos, a legua y media de aquí (Neale 1808: 297). Las crónicas francesas confirman que el avance desde Bembibre de la caballería de Colbert fue fácil; el rastro del ejército inglés, por el camino real, era obvio por el reguero de rezagados y borrachos que iba a su zaga. Pero al llegar a Congosto, cuyo nombre describe las angosturas del río Sil, los franceses no logran cruzar el río durante el día 2, pues algunos grupos de tiradores ingleses, apostados en las lomas allende Sil, entre Cubillos y el río, repelen sus intentos de pasar (Bl 199).13 Por la tarde del 2, Busche pasa revista a los piquetes de guardia hasta entrada la noche. Una avanzadilla de cazadores franceses, que, desmontados, disparan desde matorral y peñascos, cruza disparos con los piquetes y un escuadrón inglés, produciéndose algún herido (Kh 109). La pernocta del 2 al 3, en Cacabelos o Magaz de Abajo, supuso para Busche otra noche toledana. Duerme en la planta alta de una casa cuyo piso terreno, como es común en la vivienda rural berciana, está destinado a cuadras, leñera y almacén. Recién conciliado el sueño, tras la medianoche, se despierta aturdido, entre espeso humo. Tambaleante se precipita escaleras abajo. Allí encuentra a unos soldados ingleses, que habían hecho una fogata de sarmientos en la entrada. El fuego lamía ya las tablas del forjado. ¡El amo y el ama, de pie, retorciéndose las manos, veían temblorosos ya su casa en llamas! Fue para mí un placer reparar el entuerto de estos horrendos soldados, y al punto di órdenes para que dos camaradas míos, que aún dormían, fuesen despertados. Habían estado muy cerca de asfixiarse (Kh 109). Peores destrozos había. Los ingleses asaltaban las bodegas y, tras saciarse, dejaban las espitas abiertas. Busche declara: «en el establo donde se recogían mis caballos, era preciso vadear a través de vino». En represalia, el general Paget, por indicación de Moore, ordenó a sus tropas abstenerse de hacer noche en la ciudad (Cacabelos), debiendo vivaquear al raso (Stur-
24 - Argutorio 41 - I semestre 2019 gis 1899: 53; Kh 110). Antes del alba, rayando el día 3, Busche se levanta para aprovisionar un piquete. Muy oscuro aún, por andurriales abruptos, sin datos sobre la posición enemiga, era imposible ponerse a la escucha, pues los arroyos raudos ensordecían la noche. En ese momento, una patrulla francesa se aproxima al piquete, retirándose al momento montaña arriba sin entablar combate; Busche, que disponía de caballos endebles, no se resuelve a perseguirlos (Kh 109- 110).14 Ello no le impide insertar en su relación un largo párrafo exaltando las bellezas de la aurora en la montaña, en un tono convencional pero rico en intuición escenográfica (Kh 110). Carruaje volcado en el camino real, con mujer yerta y su bebé al pecho. Fuente: Lámina en Schaumann (1922: 321), a partir del manuscrito del propio autor. En la noche del 2 al 3, los franceses tenían, en efecto, su vanguardia entre Bembibre y Congosto. Colbert durmió en Bembibre; su caballería estaba en Congosto; Naylies, que venía por Ponferrada, descansó en Cobrana («Koveran») (Naylies 1817: 39). Moore había llegado a Villafranca, y Baird a Las Herrerías (Napier 1867: 315). La mañana del 3, los regimientos de Colbert logran pasar el Sil y avanzan sin estorbo hasta Cabañas Raras, al retirarse los tiradores ingleses que impedían el cruce desde los altos junto a Cubillos (Bl 199). Indica Sprünglin que al amanecer el día 3, los ingleses, incluidos 3.000 hombres de infantería de la legión hannoveriana, habían apostado su flanco derecho sobre la calzada real, y el izquierdo en «Magadabo» (Magaz de Abajo), al pie de unas lomas (Spr 355), mientras que la reserva de Paget controlaba la entrada de Cacabelos, cerca de la calzada. La caballería francesa (Merle y Colbert) dominaba los altos que forman linde entre Cabañas Raras, Hervededo y La Válgoma, de un lado, y Magaz de Abajo, de otro.15 Véase un plano de las posiciones iniciales en Gordon (Grd 164): erróneamente rotula «Cubillos» un casco urbano que, sin duda, es el de Magaz de Abajo. Francisco González proporciona útiles planos del entorno de la batalla (GG 40-41). Busche describe los momentos anteriores al choque en el campo inglés:16 Era mediodía. Nadie barruntaba al enemigo, y todos estaban cociendo y asando, o procurando un momento de reposo, cuando llegaron disparados los ayudantes trayendo noticia del avance de 16 escuadrones enemigos. No confiamos en nuestros caballos lo que merecían, pues no habría sido difícil formar algunos escuadrones con nuestra caballería y guarnecerlos con voluntarios (Kh 110). En todo caso, la alarma era perceptible desde la madrugada del 3. Los soldados de la reserva, cerca de Cacabelos, fueron despertados a las 4 a. m. y puestos en formación entre los márgenes del río Cúa, que bordea por el oeste la población, y una colina media legua al este del pueblo (Whinyates 1893: 42; Hamilton 1847: 46; Sturgis 1899: 54). Tal vez es el alto de Ocedo, cerca del trifinio Cacabelos-Magaz de Abajo- Magaz de Arriba, como indica González (GG 30). El mapa antes citado y el propio texto (Grd 164) precisan que los fusileros del 95º estaban a corta distancia al este de Magaz de Abajo,17 mientras que los húsares del xv se apostaban entre los dos Magaz, al norte del camino real. A partir de las 2 pm, ante el avance en masa de la caballería francesa por la calzada, precedida por una banda de música (Grd 163), estas posiciones son abandonadas, y los ingleses se retiran a través del pueblo de Cacabelos, y van pasando el puente sobre el Cúa a poniente de la población (Hamilton 1847: 46). El general Moore, avisado de la grave situación, había regresado de Villafranca y estaba en la plaza de Cacabelos cuando, sobre las 3 pm, los fusileros montados seguidos por la caballería francesa penetraron en el pueblo (Whinyates 1893: 43). Así describe Balagny la posición de Cacabelos: el pequeño pueblo […], situado en la ribera izquierda del Cúa, afluente por la derecha del Sil, está dominado al este y al oeste por dos cadenas de altozanos perpendiculares a la calzada; la de la orilla derecha, a unos 2 km al oeste, es la más alta y abrupta; está cultivada, interrumpida por muretes de piedra, plantada de viña en diversos lugares, y ofrece un terreno muy favorable para la defensa; la aldea de Pieros está colocada a media ladera, a ambos lados de la calzada, a 2 km de Cacabelos (Bl 200). Para Blakeney, el Cúa, «arroyo insignificante, aunque crecido en su lecho por la estación, corre al pie de la ladera tendida sobre la que descansa Cacabelos […] y, pasando bajo el estrecho puente de piedra, corre sinuoso entre los viñedos» (Sturgis 1899: 57). Confir-
Argutorio 41 - I semestre 2019 - 25 man los franceses que, sobre las 2 pm, la caballería de Colbert se detuvo ante las posiciones inglesas, al norte de la calzada; llegaron poco después las divisiones Lorge y La Houssaye, y se apostaron al sur de esta. Durante una hora, el escuadrón inglés del xv (el de Gordon) mantuvo su posición, pero súbitamente se retiró hacia Cacabelos, que estaba siendo atravesado por la infantería inglesa en fuga. En ese momento, la caballería francesa carga y alcanza a los ingleses, mezclados jinetes y peones, en las calles de Cacabelos. En la persecución, los franceses sablean a diestro y siniestro, y hacen 50 prisioneros (Bl 201), mientras que los ingleses se apresuran a huir cruzando el puente del Cúa, y logran establecer posiciones al oeste del puente y sobre las laderas que lo dominan, que impiden a los franceses atravesar el río. Busche, que relata cómo sus hombres dejaron la comida a medio hacer para replegarse hacia Cacabelos, no deja de lamentar las ocasiones perdidas. Sostiene que era fácil defender la retaguardia, sobre todo en los desfiladeros por los que cortaba la calzada entre Cacabelos y Villafranca: la caballería francesa no hubiera podido rodear al ejército inglés. Pero comprende los motivos de Moore: a la larga la defensa era insostenible; la colaboración española era ineficaz; la prioridad era poner a salvo al ejército inglés para futuras ocasiones (Kh 111). Así pues, Busche y sus hombres pasan el puente sobre el Cúa y se sitúan jun- to a un regimiento escocés en una altura al oeste del río. Algunos tiradores ingleses fueron víctima de sus perseguidores por haber elegido correr por las calles de Cacabelos buscando el puente, en vez de avanzar rodeando el pueblo, atajando por huertos y cortinas. Las calles del pueblo fueron una trampa, pues los caballos enemigos, que entraban al galope, les dieron alcance (Grd 165). Los detalles del avance subsiguiente están en Balagny (Bl 201-205), Moore Smith (1903: 386-387), Colbert (1863-1873: 239-242) y Sturgis (1899: 57- 64): véase GG (25-46). Colbert espera a la llegada de la infantería francesa; La Houssaye encuentra, al sur de Cacabelos, un vado en el Cúa, y algunos escuadrones suyos pasan el río. Los ingleses, pese a las ventajas de su posición, van replegándose poco a poco hacia Pieros, difícil de defender porque constaba solo de una calle flanqueada de casas a ambos lados; era sobre las 4 pm (Bu 5.1.1809). Colbert, impaciente por que la infantería dejara sitio a su caballería ligera, se plantó a caballo sobre la calzada, en la subida a Pieros, y animó a voces a los soldados para que avanzaran. En estas, un tirador inglés, del 95º, ajustó su rifle y le mandó un balazo sobre la ceja izquierda. Así murió al caer la tarde del día 3 Colbert, de 32 años, de quien se decía que era bello como Antinoo. Poco después los ingleses dejaban Pieros y se retiraban ordenadamente, ya de noche, hacia Villafranca, perseguidos solo por algunas patrullas de la caballería francesa. La división Merle y la caballería descansaron en la noche del 3 al 4 en Pieros y Cacabelos; la división Mermet, en Cabañas Raras (Bl 205). En las acciones de Cacabelos, los húsares alemanes registraron dos heridos y perdieron siete caballos (B 174). La caballería bajo la lluvia, en el camino hacia La Coruña. Fuente: Grabado en madera, viñeta en Maxwell (1839: 450). Un oficial napoleónico, que pasó por Cacabelos el día 4, tuvo ocasión de presenciar el entierro de Colbert en una fosa, en un campo próximo a la calzada: La oración fúnebre más elocuente no habría sido tan expresiva como estas lágrimas sinceras que caían sobre veteranos bigotes. La naturaleza enlutada parecía participar del dolor de los valientes. Nubes oscuras vertían un tinte lúgubre sobre el paisaje montañoso […]; el horizonte se mostraba revestido de un crespón circular; algunos cañonazos lejanos, dirigidos contra el enemigo en retirada, los únicos en interrumpir el silencio expresivo guardado por todos, parecían hacer las honras ante la tumba (Fantin des Odoards 1895: 195). Las etapas subsiguientes muestran una cronología desdibujada, pues apenas hubo descansos nocturnos: desde Villafranca, donde el país se vuelve aún más áspero, la caballería inglesa fue replegada directamente hacia Lugo, y los alemanes tuvieron ellos solos el honor de cubrirle la retirada al casi deshecho ejército inglés, en combate ininterrumpido y gastados por hambre, frío y cansancio –en una ocasión no se les consintió una hora de sueño durante cuatro días y cuatro noches– (Stricker 1850: 79).18 El tramo Villafranca-Lugo fue cubierto por la reserva en 48 horas; a Lugo llegaron en la tarde del 5 (Jones 1821: 149; Hamilton 1847: 48; Grouchy 1899:
26 - Argutorio 41 - I semestre 2019 122-123). Según Milburne (1809: 32), la infantería solo hizo dos breves paradas entre Villafranca y Lugo, una en As Nogais, otra en Constantín. Leslie, de artillería, salió de Cacabelos el 3 a las 6 p. m., y avanzó sin descansar llegando a As Nogais el 4 a las 9 p. m: 27 horas a caballo, salvo una, las últimas doce horas bajo una lluvia tenaz (Leslie 1908: 62). Gordon describe su paso por Villafranca, donde no se detienen, en la tarde del 3: atascos de carruajes, borracheras, incendios, riadas de alcohol, quemas de bagajes e impedimenta.19 La travesía hacia Galicia desde Villafranca contaba con 16 leguas de constantes desfiladeros y abruptos puertos, un recorrido que ponía fuera de juego a la caballería enemiga. Llegan a Las Herrerías20 a las 8 p. m. Se acuesta inmediatamente, para ser despertado dos horas más tarde con la noticia de que el grueso del ejército ya había seguido adelante, con la excepción de los regimientos 20º y 95º, de la reserva de Paget.21 Así pues, con indescriptible esfuerzo, pasa la noche marchando montaña arriba «por la larga loma de Nogales, que estaba cubierta de nieve».22 Como otros autores,23 critica al general Moore por no haber defendido la posición de Villafranca, tan ventajosa por su orografía, frente al enemigo. Influyó en ello el temor a que los franceses le cortaran la retirada en una rápida operación desde Asturias (Grd 167-170).24 Evelegh relata cómo la artillería y el 95º, en la reserva de Paget, opusieron resistencia a los franceses al atardecer del 3, una milla al este de Villafranca. Al anochecer se retiraron ágilmente por Villafranca y cruzaron su puente, no sin dificultades –un cañón se quedó atascado– evacuando la ciudad durante la noche (Whinyates 1893: 44; Bl 207). Schaumann refiere las prisas de la salida; se intentó volar el puente una vez evacuada la ciudad. Recuerda el paso por el puente, muy alto y angosto: «iba con mi caballo como llevado en volandas por el gentío, y me vi varias veces en peligro de ser aplastado por los carruajes de municiones». Se hace de noche y avanzan por la calzada; una potente detonación atrás les anuncia la voladura del puente;25 a la vez parece enrojecerse el horizonte, como si ardiera la ciudad (Schm 319). Sprünglin indica que Villafranca cuenta con 208 casas, un viejo castillo y un cuartel. «Ofrece recursos de todo género; el forraje, el vino, la carne eran de buena calidad; de vino blanco, pese al reiterado paso de tropas, las bodegas estaban aún repletas; era vino espiritoso y de mejor calidad que todos los que encontramos desde Madrid» (Spr 359). Busche cuenta su marcha a través de Villafranca en la tarde del 3: Villafranca es una pequeña ciudad de calles estrechas, y las montañas próximas arrojan una casi perpetua sombra. Una calleja, por la que hubimos de cabalgar en fila, lleva a un puente, que atraviesa una abrupta sima, inaccesible, de 100 pies; por ella discurre como una flecha un río [Burbia], y pasado este se llega a un desfiladero encajado entre empinadas laderas rocosas. A la izquierda fluye el citado río26 con sus márgenes escabrosas, y a la derecha, el alto farallón peñascoso. Por este oscuro valle angosto, sombreado de árboles, marchamos sin detenernos hasta las 12 de la noche. Estaba tan oscuro, que no nos reconocíamos los unos a los otros, y me dio pena no haber recorrido este valle de día, porque a juzgar por lo que podía adivinarse a la luz que la luna dejaba caer sobre los montes, la naturaleza aquí era rica en formas audaces y prodigiosas. A menudo nos parecía que la cima de los peñascos estaba coronada por fortines, conventos o murallones; pero eran simples rocas, de diversa forma, que engañaban al ojo (Kh 111-112).27 Encontramos una evocación similar en Schaumann, que viajó esa misma noche: íbamos por un hondo valle flanqueado por ingentes barrancos […]; en sus sinuosidades, el arroyo Valcarce se desplomaba bramando desde las montañas. A nuestra izquierda, varias millas a lo ancho, estaban los barrancos vestidos de altos, y ahora deshojados, robles y castaños. El camino en sí es el denominado Camino Real, que desde Astorga hasta aquí ha sido excavado entre peñas con indecible esfuerzo (Schm 320). Porter, que salió de Villafranca el 2, ofrece las siguientes pinceladas:28 explorábamos un valle bravío y pintoresco, por el que seguía la calzada, flanqueando el río, hasta que ascendía gradualmente llevándonos al declive de estas montañas que habíamos de recorrer y en cuyo gélido seno habíamos de yacer esa noche. No puedo dar color suficiente al lenguaje para describir la romántica sublimidad del panorama que, al avanzar, se nos abría a cada lado, hasta adentrarnos en regiones que nos hicieron decirle un adiós final y parecían abrir ante nosotros la eternidad no surcada del invierno. Teníamos un solo carril, y este se encajaba en la precipitante ladera, serpenteando monte arriba hacia el lúgubre puerto y cruzando este punto de cita de todas las tormentas (Porter 1809: 261-262). También Sprünglin describe la ruta: Tras Villafranca, la ruta sigue acompañando el río Valcarce, cuyo valle, estrecho pero refrescado por numerosas zanjas de riego,29 es fértil en heno. Este valle nace en Piedrafita, mísero pueblo situado en el puerto. La otra pendiente del puerto es el nacimien- to del río Navia, pequeña corriente que atraviesa Asturias (Spr 359).
Argutorio 41 - I semestre 2019 - 27 Otros franceses tuvieron ocasión de admirar el paisaje en este mismo desfiladero durante su marcha el día 4: a menudo nos golpeaba la belleza de los parajes: la altura de las montañas, muchas de cuyas cumbres están coronadas por ruinas de castillos construidos por los moros para dominar el territorio; se extrañaban de que el enemigo no hubiera opuesto resistencia en terreno tan favorable (Soult 1851: 14). La vegetación gustó a Southey (1823: 790): robles, alisos, chopos, avellanos y castaños crecen en el fondo y remontan por las laderas; en esta tierra hay manzano, peral, cerezo y moral en estado silvestre; también se encuentra el acebuche; y aparecen los primeros viñedos que el viajero encuentra viniendo de La Coruña al corazón de España. Los franceses, al entrar en Villafranca en la mañana del 4, dicen haber encontrado en su hospital a 300 ingleses, entre enfermos y heridos; al abandonar la ciudad los ingleses, habían dejado pertrechos artilleros destruidos, un almacén de harina y trigo en llamas y 500 caballos sacrificados.30 En las bodegas yacían soldados ingleses en pleno sopor etílico (Bu 5.1.1809).31 El sargento francés Marcel, del 69º de infantería, entró en Villafranca con su regimiento a las 5 p. m. Dos batallones se alojaron en un convento con viejos cañones de fundición abandonados, pero su batallón hizo noche en Valtuille de Arriba, donde llegan hambrientos, cansados y transidos en la tarde del 4 (Marcel 1913: 26). Encuentran un pueblo rico en vino, y se avituallan con pan de maíz (borona), jamón y cecina de cordero. Los nativos, taciturnos y temerosos, apenas musitaban palabra. Marcel describe la vivienda popular berciana: Estábamos alojados en casas tan pobres y sucias que había cerdos dentro, y hubimos de pelear con ellos para echarlos. En estas casas de Galicia32 no hay muebles ni camas ni utensilios de cocina, y los siervos de la más ruin comarca de Polonia son más limpios y gozan de una suerte más benigna que los gallegos que habitan estos montes. Lo que más me incomodaba en estas casuchas es la ausencia de chimenea; se hace fuego en medio de la habitación, y el humo, que sale a duras penas por un buraco hecho en el tejado, se difunde tanto por la casa que apenas se puede resistir; y seguro que si uno se queda varios días allí, sale ahumado como un jamón de Maguncia. Pero los pocos días en que estuvimos estacionados allí nos sirvieron para reparar un poco nuestro calzado; los cuatro quintos del regimiento iban descalzos (Marcel 1913: 26-27).33 Busche llega, acabando el día 3, a las 12 de la noche, a una aldea (¿Las Herrerías, Trabadelo?), con intención de dormir; recién acostado, hubo de ponerse de nuevo en pie, pues el enemigo parecía acercarse. Abandonan las pobres chozas y, dejando solo un piquete atrás, retoman el camino al tiempo que un recio viento se levanta, con lluvia. Van sorteando a la infantería hasta que logran dejarla atrás. Desde la citada aldea hasta la cima del puerto (es el de Piedrafita, aunque lo llame «monte Nogales» [«Berg Nogallis»]) emplean tres horas. A medida que suben y van entrando en la zona de nieves, el viento es más intenso y el frío se vuelve insoportable. Algunos jinetes se caían del caballo con las ráfagas (Kh 112).34 Jinete de la Legión Alemana del Rey. Fuente: Lámina en Schaumann (1922, II), a partir del manuscrito del propio autor. Schaumann llega en la madrugada del 4 a Las Herrerías («Heresias», cinco leguas desde Villafranca). 35 Aquí asciende suavemente la calzada y alcanza las cimas de las más elevadas montañas de Galicia, pasando las aldeas de As Nogais («Los Royales») y Constantín. Hasta Las Herrerías, donde se goza de una extensa vista, va dulcificándose el agrio caos de las montañas, y hay atisbos de casas y cultivos. En los valles y las lomas entre peñascos se ven pequeños setos verdes, y aquí y allá una cabaña techada de pizarra; con tal de contar con un poquito de suelo, no hay un rincón, por infeliz que sea, que
28 - Argutorio 41 - I semestre 2019 se encuentre desaprovechado por los laboriosos y sufridos nativos. A partir de aquí, se apilaban más y más altas las montañas (Schm 320). Blakeney, que iba con el 28º en la reserva de Paget, llegó a Las Herrerías unas dos horas antes de amanecer el día 4, y no bien alboreó siguió camino adelante (Sturgis 1899: 67). Whinyates (1893: 44) indica que la reserva alcanzó Trabadelo, Las Herrerías y aldeas vecinas, tras abandonar Villafranca, en la noche del 3 al 4 a las 2 a. m. (a las 4 a. m. según Leeke 1866: 309). Se ponen en marcha de nuevo sobre las 10 a. m., llegando a As Nogais esa misma tarde; la retaguardia estaba formada este día por dos compañías del 52º. Con carruajes y provisiones abandonadas por el ejército de Romana, hacen una barricada de fuego sobre el camino, que parece haber retrasado unas horas el avance de los perseguidores. Otras crónicas confirman que, desde Villafranca, la reserva inglesa hizo una durísima etapa nocturna,36 alcanzando Las Herrerías en la noche del 3 al 4 (Jones 1821: 147; Napier 1867: 317; GG 50-55) y siguiendo casi sin parar hasta As Nogais (Bl 451); en Las Herrerías, Moore decidió que el puerto de embarque más favorable para sus tropas era La Coruña, no Vigo. La noche del 3 al 4, Baird estaba ya entre As Nogais y Lugo, Fraser entre Doncos y Lugo, Hope entre Villafranca y Doncos (Butler 1904: 117; Napier 1867: 317; Bl 451). Jones describe las penalidades del recorrido tras Villafranca. Cada montaña oponía tres climas a los esfuerzos de los soldados: «en la base, copiosa y monótona lluvia; en la ladera, aguanieve o granizo que cortaban; y en la cumbre, espesa nieve, con frío agudo». Los menos robustos, si les cogía la noche en las cimas, perecían congelados; los bueyes que tiraban de los carruajes caían sin vida, y las mujeres y enfermos transportados eran abandonados a su sino. Desde alguno de aquellas cumbres heladas, a intervalos se columbraban las columnas en lento avance sinuoso, a millas de distancia; su traza quedaba nítidamente marcada en la nieve por el reguero de cadáveres de hombres y animales. Gran parte de estos eran caballos del ejército, que, tullidos por la travesía de estas desoladas montañas, sin clavos para sujetarles las herraduras, tras haber sido durante mucho tiempo, por la lentitud de su andar, un impedimento para el avance, habían recibido un disparo para evitar que el enemigo los aprovechara (Jones 1821: 148-149). Encontramos una descripción similar de las columnas en marcha en Porter (1809: 264-265). En el alto de Piedrafita, Busche presencia crueles escenas: Los caballos y mulos, tras penar montaña arriba bregando con carros y carga, parecían en estos parajes haberse quedado sin fuerza, y, rechazando el forraje, insensibles al látigo, se quedaban de pie inmóviles. Los carros, unos con enfermos y heridos, otros con provisiones variadas y objetos de valor, no podían seguir. Muchos habían volcado, y a su lado caballos, mulos y bueyes iban sucumbiendo de pie. Mientras que enfermos, mujeres37 y niños pedían ayuda, algunos de puro helados apenas capaces de emitir un quejido, los mozos de recua, mayorales y soldados, con barriles de ron en el cuerpo, daban furiosas voces, borrachos; los que no se podían tener en pie, rodaban medio muertos entre los desdichados que se apagaban entre frío y cansancio y las bestias de carga reventadas (Kh 112). Un mapa del puerto levantado en 1809 por Chabrier (Berthaut 1902: 196) muestra hitos de interés: a la salida de El Castro (quince casas), una fuente jun- to a la calzada; Piedrafita cuenta con tres (¿) casas; a corta distancia, en dirección a Galicia, una leyenda reza «posiciones donde los ingleses opusieron una intensa resistencia»; un poco más adelante, dos cabañas al pie del camino; las tierras a mano izquierda están cultivadas y las cumbres nevadas. Porter parece haber dormido en una palloza de Piedrafita o cercanías: finalmente llegamos a lo que se hacía llamar un pueblo; pero estaba casi del todo enterrado bajo la nieve, y con alguna dificultad unos pocos logramos encontrar cobijo. Incluso un resguardo tan leve era en comparación un paraíso. Yo, con mi partida, llegué a una pobre choza, y prendiendo una hoguera (nuestro único consuelo, porque carecíamos de cualquier provisión), nos dispusimos a su alrededor, poniendo los caballos para disfrutar de ella en un círculo más alejado, hasta que la aurora nos emplazó al avance y una vez más desenrolló la sombría cortina del destino. Entonces empezamos a descender el formidable puerto (Porter 1809: 268). Neale (1809: 304) dice que en la cima del puerto pasan por el pueblo de «Cabrero», errada alusión a O Cebreiro, por donde iba el camino antiguo a Santiago; a la bajada del puerto estaba el pueblo de «Honorias»,38 junto a un hermoso robledo. Schaumann (Schm 322, 324) repite el doble error. Tras la retaguardia inglesa avanzaba la punta de lanza francesa, que salió de Villafranca en la mañana del 4, compuesta ahora por la división La Houssaye.39 La ventaja lograda en la noche anterior por los ingleses les permitió pasar el puerto y entrar en Galicia sin que los franceses les dieran alcance (Bl 206-208). En cambio, la penosa ristra de rezagados ingleses, en parte heridos o congelados, fue rebasada por la caballería francesa; al ir subiendo hacia el puerto de Piedrafita, se multi-
Argutorio 41 - I semestre 2019 - 29 plicaban los soldados agotados, medio muertos de hambre y de frío; por doquier había carruajes abandonados, afustes rotos, cajas, bagajes dispersos, sacos, fusiles y pertrechos tirados por la calzada, caballos sacrificados, incluso mujeres y niños incapaces de seguir el paso del ejército (Bl 209).40 AGRADECIMIENTOS Deseo agradecer las valiosas orientaciones y sugerencias que he recibido de Arsenio García Fuertes, historiador astorgano, y Pablo Álvarez de Toledo Saavedra, profesor en la Universidad de Sevilla. BIBLIOGRAFÍA AnASt = ROJO VEGA, A. Guerra de la Independencia en Castilla y León: el Capitán Marcel. En línea: <https://investigadoresrb.patrimonionacional.es/ uploads/2013/08/GI-MARCEL.pdf> B = BEAMISH, N. L. (1837). History of the King’s German Legion. Vol. I. Londres: Th. & W. Boone. Bl = BALAGNY, D. E. P. (1906). Campagne de l’empereur Napoléon en Espagne (1808-1809). La course de Benavente. La poursuite de La Corogne. Vol. 4. Berger-Levraut. Bu = Bulletin de l’armée d’Espagne (1808-1809). París: Gauthier. d = DEHNEL, H. (1864). Erinnerungen deutscher Officiere in britischen Diensten aus den Kriegsjahren. Hannover: C. Rümpler. GG = GONZÁLEZ GONZÁLEZ, F. (2002). Retirada de Moore y batalla anglofrancesa de Cacabelos. Ayto. de Cacabelos. Grd = GOrdOn, A. (1913). A Cavalry Officer in the Corunna Campaign 1808-1809: The Journal of Captain Gordon of the 15th Hussars. Londres: John Murray. idm = cuErpO dE EStAdO mAYOr dEl EJÉrcitO (1867). Itinerario Descriptivo Militar de España. Tomo I. Madrid: Rivadeneyra. Kh = SchWErtFEGEr, B. (1904). Der Königlich Hannoversche Generalleutnant August Friedrich Freiherr V. D. Busche-Ippenburg: Ein Soldatenleben aus bewegter Zeit. Hannover y Leipzig: Hahn’sche Buchhandlung. Schm = SchAumAnn, A. L. F. (1922). Kreutz und Quer Züge. Vol. I. Leipzig: Brockhaus. Spr = dESdEviSES du dEZErt, G. (ed.) (1904). Souvenirs d’Emmanuel-Frédéric Sprünglin. Revue Hispanique, 11 (37-40): 299-537. An OFFicEr OF thE StAFF (1809). Operations of the British Army in Spain: Involving Broad Hints to the Commissariat, and Board of Transports. Londres: J. Dennet, Sherwood, Neely and Jones. BErthAut, C. (1902). Les ingénieurs géographes militaires, 1624-1831: étude historique. Tome II. París: Impr. du service géographique. BOnnAl, H. (1914). La vie militaire du Maréchal Ney, duc d’Elchingen, prince de la Moskowa. Vol. III. París: L. Chapelot. ButlEr, L.W.G. (1904). Wellington’s operations in the Peninsula (1808-1814). Vol. I. Londres: T. F. Unwin. cArrEirA vÉrEZ, A. (1988). Nuevos relatos de viajes por tierras leonesas. RDTP, 43: 105-118. cOlBErt, N.-J. (1863-1873). Traditions et souvenirs, ou Mémoires touchant le temps et la vie du général Auguste Colbert (1793-1809). Tomo V. París: Firmin Didot. ESdAilE, CH. (2008). Peninsular Eyewitnesses: The Experience of War in Spain and Portugal 1808-1813. Pen and Sword. FAntin dES OdOArdS, L. F. (1895). Journal du général Fantin Des Odoards, étapes d’un officier de la Grande Armée, 1800-1830. París: E. Plon, Nourrit et Cie. GArcÍA FuErtES, A. (1999-2000). Recuerdos y memorias de la Independencia: los soldados británicos del general Sir John Moore en Astorga y el Reino de León en 1808 (I y II). Astórica: revista de estudios, 18 y 19: 114-180; 125-200. GArcÍA FuErtES, A. (2009). El inicio de la Guerra de la Independencia en el Bierzo: tropas bercianas durante el conflicto, 1808-1811. Estudios bercianos, 34: 7-52. GArcÍA GOnZÁlEZ, M. J. (2009). Ponferrada y el Bierzo al comienzo de la Guerra de la Independencia 1808-1809. Estudios bercianos, 34: 53-75. GrOuchY, V. de (1899). Mémoires militaires du Maréchal Jourdan: écrits par lui-même. París: Flammarion. hAmiltOn, A. (1847). Hamilton’s Campaign with Moore and Wellington during the Peninsular War: Original and Compiled. Troy: Prescott & Wilson. hAY, A. L. (1831). A narrative of the Peninsular War. Vol. I. Edimburgo: Lizars. hOOK, T. E. (1832). The Life of General, the Right Honourable Sir David Baird, Bart. Vol II. Londres: R. Bentley. hYltOn, G. (ed.) (1918). The Paget Brothers, 1790- 1840. Londres: J. Murray. JOnES, J. T. (1821). Account of the War in Spain and Portugal, and the South of France, from 1808, to 1814. Vol. I. Londres: Egerton.