scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Problemas fonológicos en español antiguo

Cano Aguilar, Rafael

Full text

LEXIS. Vol. XX. Nos. 1-2. 1996 PROBLEMAS FONOLOGICOS EN ESPAÑOL ANTIGUO Rafael Cano AguiJar Universidad de Sevilla l. En la historia de la historia de la lengua española, en la fonología diacrónica de nuestro idioma, hay un "antes" y un "después" tras el magnun opus de Amado Alonso sobre las transformaciones del consonantismo castellano en el decisivo período que va desde los finales de la Edad Media al pleno Siglo de Oro. La constitución del español moderno en esta faceta de su estructura tuvo en Amado Alonso un analista de excepción. Muchos fueron sus trabajos, exhaustivos al tocar todas las cuestiones pertinentes, intensos en la interpretación y desentrañamiento de los datos obtenidos: 1 piénsese, por l. Desgraciadamente, esos trabajos no llegaron a configurar un estudio único. Pero la coherencia de su temática, de su metodología y de sus conclusiones les confiere un claro carácter unitario. Algunos, los más "centrales", fueron reunidos gracias a la abnegada labor de Rafael Lapesa: De la pronunciación medieval a la modema en español, 2 vols., Madrid: Gredos (1: 2.' ed., 1967; 11: 1969). Los demás continúan en las revistas donde vieron la luz: "Las correspondencias arábigo españolas en los sistemas de sibilantes", Revista de Filoloxía Hispánica, VIl, 1946, 12-76: "Trueques de sibilantes en antiguo español", Nueva Revista de Filoloxía Hispánica, 1, 1947, 1-12, "Examen de las noticias de Nebrija sobre antigua pronunciación española", Nueva Revista de Filoloxía Hispánica, 111, 1949, 1-82; "Cronología de la igualación C-Z en español", Hispanic Review, XIX, 1951. 37-164; "Formación del timbre ciceante en la C. Z españolas", Nueva Revista de Fi/oloxía Hispánica, V, 2/3, 1951. 121-172/263-312: ""O ~e~ear cigano de Sevilla", 1540", Revista de Filotoxía Espwlola, XXXV, 1952, 1-5. 201 ejemplo, en la sabia utilización de las noticias aportadas por los gramáticos de Jos siglos áureos (quizá no haya habido otro filólogo que mejor los conociera) o en la profusión de datos fonéticos con que intenta describir y explicar Jos procesos de cambio. Sin embargo, no son las hipótesis de Amado Alonso las seguidas hoy por el consenso de los lingüistas. La historia lingüística hispánica posterior revisó sus afirmaciones, volvió a analizar las pruebas ofrecidas, aportó nuevos datos, y, finalmente, obtuvo conclusiones muchas veces radicalmente opuestas a las defendidas por Alonso. Las fechas del ceceo/seseo peninsular o la cuestión del andalucismo del español americano son un buen ejemplo de esa revisión radicaJ.2 Quizá Alonso se fió demasiado de algunos de sus gramáticos, utilizó muchos menos textos, y textos originales, que estudiosos posteriores, fue a veces demasiado "foneticista" . . . Pero no podemos dejar de reconocer que, como en tantas otras ocasiones de la historia de la ciencia, fueron los caminos abiertos por él Jos que permitieron más tarde ir más allá de sus hipótesis, y también refutarlas. No obstante, Jos problemas fonológicos que planteó Alonso y que delimitan la frontera entre el castellano medieval y el español clásico y moderno aún no han sido resueltos, no ya en su totalidad, sino ni siquiera en muchos aspectos básicos. Un homenaje a Amado Alonso parece una buena ocasión para revisarlos. 2. En el subsistema consonántico los rasgos que distinguen al castellano antiguo (medieval y, en parte, áureo) del moderno son, en general, Jos que constituían divisorias internas en el idioma antiguo. Ignoramos si de ello puede sacarse alguna consecuencia teórica o metodológica, pero Jo cierto es que hechos tales como la aspiración o no procedente de Flatina, la oposición o no de labiales sonoras y las vicisitudes de sibilantes y palatales sirven tanto 2. La revisión adopta en ocasiones tonos francamente hostiles. Más fundamentados en G. L. 202 Guitarte: véanse, por ejemplo, los trabajos contenidos en Siete estudios sobre el espwiol de América, México: UNAM, 1983, y también "Cecear y palabras afines", en M. Ariza, R. Cano, J. Mendoza, A. Narbona (eds.), Actas del/1 Congreso lntenwcimwl de Historia de la Lengua Espatio/a, l, Madrid: Pabellón de España, 1992, 127-164, "La teoría de lar como mezcla de siseo y ciceo", Scripta Philologica in hmwrem Juan M. Lope Blanch, l, México: UNAM, 1992, 285-328. Más atropellados (mezclando en ocasiones de forma injustificada las hipótesis de Alonso con las posteriores de Lapesa u otros), J. A. Frago, Historia de las htlblas andaluzas, Madrid: Arco Libros, 1993. para oponer un sistema antiguo a otro moderno como para oponer diversos sistemas antiguos entre sí. Es más, algunos de esos procesos de cambio (la aspiración y, en parte, la suerte de las antiguas sibilantes) aún no han concluido propiamente, pues siguen siendo materia de convivencia dinámica de formas. Por otro lado, se trata de cambios muy antiguos, algunos de ellos originados en el mismo latín (así, los que atañen a las labiales sonoras y a las sibilantes). Por el contrario, cambios más "recientes" como la sonorización de sordas intervocálicas concluyeron antes de la constitución de la lengua literaria, sin dejar en ella otro atisbo de variación que la habitual escisión entre formas "patrimoniales" y "(semi)cultas".3 Los "puntos débiles" en el consonantismo del castellano antiguo no radican sólo en esa diversidad interna de sistemas sino también en la configuración interna de algunas de sus variantes. Así, en el sistema que distinguía dos labiales sonoras no era muy sólida, desde el punto de vista fonético, tal distinción, a la vez que se presentaba como algo único y aislado (ninguna variedad de castellano distinguía ya fonemas sonoros por los rasgos 'oclusivo' vs. 'fricativo'); el sistema que tenía aspirada tenía también /f/ y no es clara su relación mutua; por último, el sistema que distinguía sibilantes sordas de sonoras se enfrentaba con que tal distinción no operaba con el debido aprovechamiento (en s/z sólo se daba entre vocales y en s/z no funcionaba en inicio de palabra). Como ya señaló Alarcos4 un problema general para el sistema conservador de todas estas distinciones era el excesivo número de elementos fonemáticos, no siempre fáciles de distinguir en la realización (y quizá de captar con la debida precisión), concentrados además en ciertas áreas articulatorias (la que va de los dientes al paladar), mientras que otras presentaban un inventario mucho más parvo. Las razones internas para la crisis estaban, pues, dadas. 3. De la abundantísima bibliografía reciente sobre Fonología histórica del español citaremos por el momento sólo los grandes manuales (además del imprescindible R. Lapesa, Historia de la lengua espatiola, 9.• ed., Madrid: Gredos, 1981): M. Ariza, Manual de fonología histárica del espatio/, Madrid: Síntesis, 1989, y Sobre fonética histárica del español, Madrid: Arco Libros, 1994: P. M. Lloyd, De/latín al español (trad. de A. Alvarez), Madrid: Gredos, 1993: R. Penny, Gramática hi.nárica del espmiol (ed. esp. de J. l. Pérez Pascual), Barcelona: Ariel, 1993. 4. Fonología espwiola, 4.• ed., Madrid: Gredos, 1986; véase el capítulo IX dedicado a "Fonología diacrónica del español", en especial 157-162. 203 2.1 La wntienda entre un sistema con dos labiales sonoras opuestas entre sí y otro sólo con una, en la que funcionan como variantes lo que en el otro sistema son unidades fonemáticas distintas, así como el triunfo general de este último sistema, no es un fenómeno específico del castellano dentro de la Romanía. Cuenta con abundante escritura, aunque no en tan elevado número ni con argumentaciones tan enconadas como otros grandes fenómenos (f > h > 0, o las sibilantes). Los antecedentes son bien conocidos: ya en latín, en una época que remonta, al menos, al s. I d.C., las disidencias gráficas respecto al modelo imperante muestran una conjunción de dos fenómenos: la conversión de la antigua V latina (una semivocal o semiconsonante, alófono no silábico de la vocal /u/) en un sonido plenamente consonántico, labial, fricativo y sonoro (la articulación consonántica más próxima a la originaria); y el relajamiento de B en posición "débil" (según la hipótesis y terminología de H. Weinrich5 ), esto es, entre vocales, también en una fricativa. Aunque la posición "débil" se daba tanto en interior como en inicio de palabra (en situación posvocálica) el carácter constante de la primera situación debió de ser el responsable de que ahí la confluencia fuera total, y en toda la Romaniá; por el contrario, en principio de palabra Bse relajaría o no, en los mismos signos, según el contexto (un contexto que, no lo olvidemos, empezaba a ser cambiante también, al estarse dando la desaparición de ciertas consonantes finales de palabra, pero también la apócope vocálica en algunas zonas). En situación no "débil", tras consonante o pausa, la diferencia debería de haberse mantenido (pese a los muy frecuentes "errores" de escritura del latín "vulgar" en inicial de palabra, fuera cual fuera el contexto previo). Ahora bien, en determinadas zonas (según los romanistas, las más arcaizantes: entre ellas, aquélla de donde surgió el primer castellano) la variación afectó, no sólo a B latina, fricatizada en posición "débil" (de forma permanente en interior y alternante en inicial), sino también a V, que se oclusiviza en posición "fuerte" (tras pausa o consonante, en especial consonante nasal, pues las otras consonantes no producen un reparto claro de variantes), con lo que la confluencia de las antiguas B y V latinas en un solo fonema labial sonoro, oclusivo o fricativo según el contexto, con independencia total de sus orígenes, fue completa; a un sistema así hubieron de acomodarse, en las zonas donde este fenómeno se produjo, los resultados sonorizados de -Py -F-, que, por tanto, no implicaron ninguna alteración fonológica en este aspecto. En otras zonas románicas el resultado 5. H. Weinrich. Plumologische Studien zur romanischen Sprachgeschichte. Münster, 1958. 204 fue distinto: la confluencia de -By -Vinteriores intervocálicas también se produce, pero no en el resto de las posiciones, de forma que en inicio de palabra se suspende toda variación, persistiendo en general bo ven concordancia con la etimología, mientras que en posición interior posconsonántica la vieja distinción también parece mantenerse, con ciertos cruces, en general hacia la oclusiva. Suele vincularse este segundo sistema con el desarrollo de la articulación labiodental para la fricativa (articulación cuyo origen aún está hoy por determinar). Este desarrollo debió de ser relativamente tardío, pues donde existe, afectó por igual a -By -Vinteriores, previamente igualadas. Su presencia hizo más difícil la alternancia contextua! oclusiva-fricativa en principio de palabra (es inusual una variación entre bilabial y labiodental). La suspensión misma de la variación 'oclusivo'-'fricativo' en esa posición no parece tener que ver ni con la variabilidad de los contextos sintagmáticos ni con la suerte de tales rasgos en interior de palabra: así, tal suspensión se produjo en francés, donde hubo abundantísima caída de consonantes y vocales finales, y donde las sordas latinas -Ty -Kse igualaron con las sonoras -Dy -G-, relajándose y perdiéndose, pero también en italiano, donde prácticamente no se dio ninguno de esos dos fenómenos en principio concomitantes. Con un sistema así, los resultados de la sonorización pueden, en principio, ser variados: mientras que -Fsonorizada no puede sino integrarse en la fricativa, -Ppuede, o bien restaurar el elemento oclusivo (es decir, b) en interior, o bien sufrir un nuevo relajamiento y confluir con la fricativa. Ambos resultados se dan en romance, como nos muestra, por un lado, el portugués meridional (en parte), y por otro el francés o el judeoespañol. Deducir de esto último, como hace Ariza,6 que la labiodentalización en francés fue posterior a la sonorización, o que la labiodental del judeoespañol es posterior a la confluencia de los resultados de -Py -B, V- (posterior, pues, al betacismo "romance" castellano, sin ser prueba por tanto de que el castellano medieval tuviera una labiodental) es razonable pero no necesariamente concorde con la realidad histórica: una -b- ( <- P-) relajada en fricativa acaba, casi por obligación, igualándose a una v labiodental preexistente (en casi ningún idioma coexisten, no ya como fonemas sino ni siquiera como realizaciones, [13] y [ v ]), por lo que la labiodental podía ser previa y existir ya. Naturalmente, ese mismo proceso (-P- > [-b-] 6. Manual de Fonolo!(ftL Histdrica del Espatiol, Madrid: Síntesis, 1989, pp. 84-93 (en especial, p. 87); "Diacronía de las consonantes labiales sonoras en español", en Sobre fonética histórica del espmiol, Madrid: Arco Libros, 1994, pp. 47-63. 205 > [ -v-]) puede darse en épocas muy distintas, de lo que podrían ser ejemplos, precisamente, el francés y el judeoespañol (o el mismo castellano "toledano", si se acepta tal hipótesis), como fechas antigua y moderna de un "mismo" proceso. Que el castellano antiguo, en esta cuestión, no fue homogéneo es algo bien sabido. Lo que ya es más discutible son los términos de la variedad. Los primitivos textos (los documentos más antiguos) apenas aclaran nada: en ellos parece pervivir el viejo betacismo gráfico del latín tardío y "vulgar", junto con la persistente escritura de lo que ya debía ser [-b-] (¿o [-B-]?) usando la vieja -p (cuando la sonorización adquiere reflejo directo, éste suele ser, pero no siempre, -b- ). La historia posterior de la scripta castellana vieJa va a estar muy mediatizada no sólo por la realidad fónica que la sustentaba sino, sobre todo, por el sistema gráfico desarrollado en los centros normativos de la lengua literaria medieval. Ahora bien, no tenemos en absoluto ninguna prueba cierta de que este otro sistema castellano, que ahora describiremos, fuera de raíz geográfica "toledana"; y tampoco podemos estar seguros de que el sistema que no distinguía fuera básicamente "norteño" o burgalés: de hecho, ignoramos incluso si el sistema que no distinguía era así desde los orígenes, o si hubo un nuevo proceso de betacismo sobre una distinción previa, semejante a la que consagró el castellano escrito medieval. Lo cierto fue que el castellano medieval, en especial (pero no sólo) tras la sistematización alfonsí, desarrolló un sistema de escritura bastante estable (y coherente con una evolución fonética hipotetizable): empleó b para By -P-, mientras que v, u mostraban la herencia de V, -B- -F- (hubo excepciones, sobre todo en dirección V- ~ B-, casi todas ellas susceptibles de explicación individual, aunque según condiciones potencialmente generalizables: así, las disimilaciones de boz, bivir; bívora, etc.; aparte hay que situar los casos de posición interior posconsonántica, que en castellano literario muestran el mismo resultado que la posición intervocálica, es decir, v, salvo tras nasal, donde se impone b: frente a los más habituales barva o salvar, eran sistemáticos enbiar o conbenir). Evidentemente, un sistema como éste no podía basarse sólo en los recuerdos etimologizantes del escriba, entre otras razones porque en posición interior el reparto de b y v no seguía el latino, y eso incluso en términos de historia transparente, identificables para casi cualquier escriba (¿no iban a saber, por ejemplo, los redactores alfonsíes que en latín cauallo o prouar no se escribían de esa forma?); si ello es así, no tenemos por qué atribuir la 206 diferencia entre las iniciales de beuer y venir a otra razón que no sea la fonológica: en los textos "canónicos" del castellano antiguo, la persistencia en la diferenciación es suficiente como para que veamos ahí algo más que "latinismo" gráfico (tan irrelevante, por cierto, en tantos aspectos de la escritura medieval). En cuanto a los textos, ciertamente numerosos, que se equivocaban (equivocaciones mucho más frecuentes en inicio de palabra que en interior) la razón de tales "faltas" habría de ser, evidentemente, la ausencia de distinción fonológica, pero el modelo que inspiraba su escritura, y el que los impulsaba a emplear unas veces b y otras v era el de la cancillería castellana y el de los textos más "nobles", no el de un latín que no empezó a actuar como referente gráfico hasta muy tarde, y parcialmente (Siglos de Oro y, en todo caso, el s. XV). Que la base de la distinción b/v en este sistema castellano era la oposición 'oclusiva'/'fricativa' es evidente para todo romanista; que a ello se uniera la sustancia fonética 'labiodental' para la fricativa ha sido mucho más discutido. Según puede comprobarse en las lenguas romances (pero no sólo en ellas) 'labiodental' no es nunca elemento distintivo (fonológicamente, sólo tenemos derecho a hablar de •Jabiales'), pero sí es elemento casi indispensable para garantizar una diferencia constante, es decir, fonológica (no una mera diferencia contextua)) entre un elemento labial fricativo sonoro y otro oclusivo (al igual que ese mismo hecho de sustancia parece constante a la hora de distinguir una labial oclusiva sorda y otra fricativa). Ciertamente, no es requisito absoluto: la diferencia de labial oclusiva vs. fricativa sonora (como elementos constantemente distinguidos) se hace en algunos lugares de Cáceres, únicos restos actuales de la antigua distinción, como dos bilabiales, según han mostrado M. Ariza y A. Salvador (frente a lo dicho hace 70 años por A. M. Espinosa, quien afirmó la existencia en esos lugares de labiodental).7 Es imaginable, pues, que ésa fuera la distinción atribuible al castellano antiguo, sin necesidad de postular ninguna labiodental: no.olvidemos que, frente a lo ocurrido con la aspirada (o, incluso, con las sibilantes sonoras) en ningún lugar ni ámbito de lengua española pervivió la labiodental (excluida la de los "dómines" y "pedantes" modernos, ahistórica por completo8 ); por el contrario, sí hay puntos en que se ha mantenido la distinción de labiales sonoras. 7. "lb/ oclusiva y lb/ fricativa en Serradilla, Cáceres", en Sobre fonética histórica ... , pp. 6570. 8. D. Alonso, "B=V en la Península Ibérica", en Obras Completas. l. Estudios lingüísticos peninsulares, Madrid: Gredos, 1972, pp. 215-290 (en especial, pp. 217, 268, 278 y 289), 207 Las razones que solemos dar para hablar de labiodental en castellano antiguo no son concluyentes. Aparte de la mayor facilidad para distinguir b de v si ésta es labiodental (pero la "facilidad" es muy relativa, y no es una "necesidad" lógica), el apoyo ha consistido en ciertos trueques de f por v (jermelya en una jarcha, o Fallado/id en Santa Teresa), en la presencia de /v/labiodental en judeoespañol, o en las formas nief, naf, nuf de la época de la "apócope extrema" (el ensordecimiento fonético, resultado de la desfonologización de sordas y sonoras en posición final de palabra, se hace como -f y no como -p); dejando aparte al judeoespañol, cuya v (en la que también se incluye la herencia de -P-) puede ser autóctona antigua o reciente, o tomada de otras lenguas (portugués, francés, italiano ... ), los contraargumentos9 se basan en que fermelya no muestra sino los problemas de adaptación de un fonema romance (labial fricativo sonoro) a una lengua, el árabe, que carece de él y solo tiene b (oclusiva sonora) o f (fricativa sorda), y Fallado/id puede ser una simple ultracorrección (¿irónica?) de la Santa de Avila; por su parte, nief, etc. no hacen sino mostrar uno de los posibles resultados de la neutralización de labiales sordas y sonoras en posición implosiva (que -p sea raro no es sino consecuencia de que en final de palabra ha de predominar una articulación fricativa, ensordecida, más concorde además con la fricativa, sonora, originaria: nada de ello prueba, por tanto, que ésta fuera labiodental). Estos contraargumentos, a los que podría añadirse otro (si se supone que f castellana podía ser bilabial, para explicar su alternancia con h, evidentemente no se puede intentar probar con ella que v fuera labiodental) son todos ellos razonables, pero tampoco son concluyentes, ni impiden pensar que en algunos sectores castellanos medievales, y aun posteriores, existiera esa realización labiodental, la cual se convertiría así en garante fonético del sistema de escritura que sólo va a ser sustituido mucho tiempo después de que se haya perdido todo rastro de una distinción fónica, fuera la que fuera, entre b y v (no es seguro tampoco que ésa supuesta labiodental fuera en época medieval un producto "latinizante" o galicista). Por cierto, en lo que respecta al (contra) argumento de niev(e) > nief lniep, no deja de ser significativo que formas como ésta última, equiparables a lob( o) > lop, se den en textos como la llegó a pensar en una labiodental sonora antigua del Sur peninsular, Sevilla o Badajoz, basándose en noticias de labiodentales andaluzas modernas, pero ésa no era sino la producida en secuencias como "las botas" = [lah bota] ~ [lavota] ~ [lafota], según fueron poniendo de manifiesto los posteriores estudios dialectológicos. 9. Que tomo de los trabajos de Ariza citados en n. 6. 208 Fazienda de Ultramar, originarios del Nordeste hispano, donde el betacismo estaba muy arraigado desde antiguo. Por todo lo dicho, si el sistema castellano distinguidor, el que accedió como forma básica a la escritura, tenía que contentarse con b y v bilabiales, las razones para su desaparición pueden ser internas: una bilabial tiende a ser oclusiva tras pausa o consonante (en especial, nasal) y fricativa tras vocal, y este proceso parece ser "universal" y "natural" (de ahí lo raro de postular una oposición fonológica entre b y v bilabiales). De este modo, la distinción b/ 6 pasaría de ser permanente a contextual, no sabemos si en bloque, o a través de pasos sucesivos: primero en inicio de palabra en posición posvocálica (todo 6-) y pos nasal (todo b- ), luego en inicial tras consonante no nasal (b- /B- > 6- ), y, por fin, en interior intervocálica (y también posconsonántica) donde se articulará b o B según vaya tras nasal o en otra posición. 10 A esta razón fundamental pueden añadirse otras: la anomalía en el sistema castellano general de una oposición entre oclusiva y fricativa sonoras, inexistente en cualquier otro punto del paradigma, así como el escaso rendimiento funcional que parece tenía la oposición. 11 Ahora bien, si el sistema distinguidor lo era sólo, como en francés, italiano o portugués, a costa de contar con la articulación labiodental para la fricativa, ninguna de las razones aducidas arriba es válida: sólo hemos de aceptar como hipótesis el vuelco de norma lingüística que por razones históricas se produjo en el castellano en el s. XVI (ya traído a colación por Menéndez Pidal, Lapesa y Catalán), sobre todo en su segunda mitad. Muy probablemente, ese sistema, distinguidor y con labiodental, fuera minoritario, y de ahí sus nulos restos en la lengua posterior, a pesar de ser el modelo "canónico" (el que inspiró, por ejemplo, la primera normalización de la imprenta): pero su desaparición se debería únicamente al abandono en masa de sus usuarios, nunca a razones lingüísticas internas. 2.2 Las grandes líneas definidoras del proceso que llevó de las sibilantes y patatales del castellano antiguo al sistema mucho más simple, pero escindido, del español actual pueden darse por sentadas: una larga serie de investigacio10. Hemos combinado, según puede verse, los procesos imaginados por D. Alonso (art. cit.) y por R. Penny, "The Convergence of B, V and -Pin the Península: a reappraisal", Medieval Hispanic Studies presented to Rita Hamilton, London: Tamesis Book Ltd., 1976, 149-159, aunque ninguno de ellos es suficientemente conclusivo. 11. Cfr. R. N. Jr. Phillips, "The development of the Modern Spanish /bf', Studies in Honor of Lloyd A. Kasten, Madison, 1975, 209-219. 209 lugar a signos distintos, fonologizándose por tanto, hasta plena época romance; esta evolución alternativa la conoce también DY, si bien con resultados 't. mucho más escasos y sospechosos de catalanismo (enojo, pujar, etc.). Cabría, pues, pensar que en un principio la patatal sonora castellana era 'rehilante' o no, pero sin que esto fuera diferencial, según muestran esas alternancias. Sólo al producirse la característica evolución castellana LY > z (cuyas razones tampoco están muy claras), se produjo la polarización, en la patatal sonora, del rasgo 'rehilante', que se apropió este nuevo fonema, frente al 'no rehilante', que quedó para el más antiguo (también pudo haberse producido la indiferenciación de uno y otro orígenes, como muestra el leonés con y para ambos). Esta polarización llevaría a acentuar el carácter no rehilante de y, lo que podría llegar incluso a abrir su articulación, aproximándose al carácter cuasivocálico que Nebrija llegó a entrever y que sirvió para hacer sinalefa (Garcilaso) en «Si yo ... » o para dar paso a grafías como «los cuerpos dyuso» (Lapidario) o «¿Heos hech 'yo mal?» (Lozana), así como para que algunos lingüistas modernos (Ariza, y en parte Alarcos) hayan creído ver aquí un fonema semivocálico del español antiguo (no hay que decir que el uso de las grafías, i o y, no ha de ser considerado reflejo del status fonológico de esta unidad). Del mismo modo, esa polarización impediría la formación en este fonema de variantes reforzadas o africadas (más próximas, según se desprende de lo dicho por Alarcos y otros, al elemento 'rehilante'), que sólo se desarrollarán, junto con la recuperación de posibles variantes rehiladas, cuando la antigua z haya ensordecido y velarizado. Es probable también que el desarrollo de la oposicJOn entre las dos patatales sonoras en los comienzos del romance fuera la responsable de que en la época primitiva el elemento 'rehilante' fuera africado de modo general. Ese carácter africado, más o menos constante, parece traslucirse del hecho de que en los documentos primitivos las grafías de z son compartidas con e, y algunas primitivas muestras de ensordecimiento lo son entre estos dos fonemas (así, las que ya señaló D. Alonso a propósito del Fuero de Madrid: Toia (= Atocha) frente a conechos (= conejos)), pero nunca con s. No es creíble, ni parece haber pruebas para ella, la suposición del Corominas (DCECH, s. v. coger) de que africada y fricativa rehilantes correspondían a orígenes distintos: africada para J-, G-, y fricativa para -LY-. Muy pronto, sin embargo, este fonema debió de realizarse universalmente como fricativo, con pocos entornos de africación (correspondiendo así a la habitual variación 'oclusivo'- 'fricativo' en los fonemas sonoros castellanos), aunque en el Este peninsular de habla aragonesa más o menos castellanizada subsistió la articulación africada, como testimonian, indirectamente, el valenciano Martín Viciana (a propósito de 216 confusiones como Chuan o chente) y numerosas muestras léxicas aragonesas de hoy (del Alto, el Medio y el Bajo Aragón). En todo caso, las confusiones bajomedievales castellanas lo van a ser exclusivamente entre x y g, j, i, es decir, entre palatales fricativas, sin que nunca haya confusiones con la africada c. 2.3.1 Muchas páginas se han dedicado al proceso de velarización de las viejas palatales fricativas rehilantes del castellano. Ahí hay varias cuestiones que aún requieren solución: cronología relativa de los diferentes procesos de cambio implicados, naturaleza del elemento velar resultante, o de los elementos velares resultantes, razones del proceso ... En lo referente a la cronología interna, desde Alarcos es habitual afirmar que el ensordecimiento precedió a la velarización, ya que en otro caso una palatal sonora velarizada hubiera confluido, total o parcialmente, con la preexistente velar sonora /g/. Ahora bien, la presencia, ya antigua, de velarizaciones en el Sur de la Península, zona en la que se concentran los primeros testimonios, parece apuntar a un marco muy diferente24: la velarización no es importada en el Sur del Norte, sino que se desarrolló allí en primer lugar, implicando con ello una fecha muy antigua para el ensordecimiento (anterior, por supuesto, al cambio de norma del XVI, y, por tanto, difícilm~nte exportado desde el Norte). Ahora bien, como muy bien ha argumentado Ariza 25 (y el mismo Frago entrevió), la documentación de la velarización es anterior y más abundante en el Sur, porque era aquí donde había pervivido una articulación 'posterior', la aspirada procedente de F-; en el Norte, donde tal aspiración no existía, era imposible que la velarización se reflejara directamente, pues allí la grafía h equivalía a "cero fonético". Por otra parte, se ha señalado que las primeras muestras gráficas de velarización (intercambios entre x, g, j, las grafías de las antiguas palatales, y h, la de la aspirada) lo son exclusivamente 24. Véase J. A. Frago Gracia, "Para la historia de la velarización española", Alrhivum XXVIIXXVIII, 1977-1978, 219-225; "El reajuste fonológico del español moderno en su preciso contexto histórico: sobre la evolución /S, Zl > lxf', Serta Philologica F Lázaro Carreter, 1, Madrid: Castalia, 1983, 219-230; "Valor histórico de las alternancias grafémicas en los fonemas del orden velar", Revista de Filología Espmiola, LXV, 1985, 273-304; Historia, Cap. VI (389-456). Véase también J. L. Rivarola, "Una nota sobre la historia de la velarización de /si en español", Anuario de Lingüística Hispánica. V, 1989, 221-231. 25. Sobre fonética histórica. pp. 235-238. 217 entre h y g, j, pero no con x (con ésta vendrán mucho más tarde), lo que apunta a una primera velarización propia de la sonora.26 En lo que se refiere a la naturaleza del elemento velar resultante, nada sustancial añadiremos a lo señalado recientemente por Ariza 27 : el resultado sería variado, antes de cristalizar en las dos formas fundamentales, la /x/ general, con matices, y la aspirada; para esta última es fundamental la existencia previa de la procedente de Flatina: de hecho, donde ésta pervivía la nueva velar se hizo normalmente aspirada (lo inverso es más raro, y siempre en zonas de conservacion precaria y aislada de la aspiración), pero en todo caso confluyendo, sin residuo alguno, ambos orígenes. A este respecto, son irrelevantes las objeciones de Frago a esta distribución geográfica: zonas como Toledo, que en la época de velarización aún tenían h < F, pero desarrollaron luego /x/, perdiendo la aspirada, no son sino muestras de adaptación a la norma general; y zonas actuales con pronunciación aspirada de /x/, pero desaparición de h < F (tantos hablantes cultos de Extremadura o Andalucía), no son sino ejemplos de la distinta consideración social, arraigada históricamente, de una y otra aspiración. 28 2.3.2 Respecto de los motivos de la velarización se ha venido afirmando que surgió de la excesiva cercanía entres y s, manifestada por ejemplo en sus abundantes trueques mutuos, y que se encaminó en la dirección en que lo hizo gracias a la existencia de un "hueco" estructural, una "casilla vacía" en el orden de las velares (donde sólo había /k/ y /g/, frente a los otros órdenes articulatorios, mucho más nutridos). Ahora bien, si se defiende el origen meridional de la velarización, tales argumentos son inconsistentes: en este ámbito s alveolar estaba desapareciendo, o había desaparecido por entero, 26. ¿Tendrá ello que ver con actuales vulgarismos andaluces como Guan, Guaquín, y otros semejantes, o se trata de trueques y disimilaciones modernas? 27. Loe. cit.; véase también E. Alarcos, "De nuevo sobre los cambios fonéticos del siglo XVI", en M. Ariza, A. Salvador, A. Viudas (eds.), Actas del/ Con¡?reso lntemaciorUll de Historia de la Len¡?ua Española, 1, Madrid: Arco Libros, 1988, 47-59. 28. No olvidemos que lo que se valora, se pierde o se gana en la lengua "real" no son sonidos aislados, sino signos con tal o cual pronunciación; si la unidad básica fueran los sonidos, 218 o los fonemas, no entenderíamos por qué quienes dicen [muhé] o [tbo] se resisten a [háca] o [húmo]: son estas palabras, y otras del mismo origen, así pronunciadas, las estigmatizadas hace ya mucho tiempo. absorbida por la antigua africada dental (el ~e~eo-zezeo de que hablan los viejos gramáticos), de forma que la distancia entre sibilantes se había agrandado extraordinariamente (a costa, claro de la desaparición de la intermedia); por otra parte, en las hablas meridionales no había ninguna "casilla vacía" en las velares, pues la combinación de 'velar', 'fricativa' y 'sorda' estaba perfectamente ocupada por h < F (la prueba es que, según se ha dicho, una y otra confluyeron por completo). Habría que recuperar, pues, el origen norteño de la velarización para seguir manteniendo las viejas razones dadas para el cambio. Ahora bien, aquí hay que introducir una nueva precisión: si es verdad que hubo una primera velarización limitada a las sonoras (h intercambiada con j y g pero no con x), ello nos lleva a un ámbito de conservación aún del rasgo de sonoridad en estos fonemas; pero ya señalamos más arriba que este mantenimiento es más propio de niveles sociolingüísticos "elevados", mientras que la velarización parece haber nacido en las capas inferiores de la sociedad, precisamente las que antes ensordecieron. Así pues, quizá sea mejor olvidar la idea de la velarización en dos etapas (primero sobre la sonora, luego sobre la sorda): de hecho, en muchos textos en que ocurre ese intercambio exclusivo h-g, j, se observa también que éstas últimas se emplean también para la antigua palatal fricativa sorda. 3. Hemos pasado revista a algunos procesos de cambio fónico del español, muy estudiados (entre otros, por Amado Alonso) pero que aún no han sido elucidados en todos sus aspectos, algunos de los cuales son fundamentales. Nuevos datos, y, sobre todo, nuevas reflexiones sobre los datos (quizá estos últimos ya no aumenten mucho ni aporten novedades radicales) pueden ayudarnos a entender mejor esos procesos de cambio, y, por tanto, los modos en que se producen los cambios fónicos, y las motivaciones que suele haber tras ellos. En todo caso, este recorrido por algunos de los cambios más decisivos en la historia del español puede haber servido para dejar claramente sentados dos precauciones metodológicas (no nuevas, por supuesto): En los cambios fónicos, el conocimiento de la realidad fonética, "sustancial'', es más que imprescindible: ocurre, según hemos visto, que la Fonología clásica haya sido incapaz de construir debidamente esquemas de oposiciones fonológicas para unidades que eran claramente distintas en la lengua "real". Los rasgos fonológicos con los que operamos habitualmente están necesitados de revisión, al menos en ciertos sectores de la Fonología histórica. 219 Como tan clarividentemente señaló K. Togeby hace 30 años,29 en Fonología diacrónica hemos pasado demasiado tiempo atendiendo a las evoluciones de los fonemas, sus encuentros y desencuentros, sus distinciones y sus pérdidas de distinciones, sus apariciones y desapariciones como si fueran unidades independientes, cuya evolución en los hablantes pudiera explicarse por sí mismas. La historia de unidades fónicas, de distinto origen, que pueden confluir en un momento para separarse a continuación, nos indica que hemos de atender mucho más al papel de tales unidades en los signos concretos, a su función distintiva en éstos. Ya dijo Togeby algo que los repetidos fracasos de la Fonología diacrónica han puesto claramente de manifiesto: a los hablantes no les preocupa en absoluto que se distingan o confundan los fonemas (o los sonidos); lo que les preocupa es que se distingan o confundan las palabras que ellos usan en su vida. 29. "Les explications phonologiques historiques sont-elles possibles?", Romance Philology. XIII, 4, 1960, 401-413. 220