Palazuelo: un pintor joven
Abstract
Texto póstumo de Juan Daniel Fullaondo, dedicado a su amigo pintor. Pablo Palazuelo, con motivo de la muestra antológica de su obra realizada en el Centro de Artes Reina Sofía, Madrid, 1995.
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PALAZUELO: UN PINTOR JOVEN Juan Daniel Fullaondo Texto póstumo de Juan Daniel Fullaondo, dedicado a su amigo pintor. Pablo Palazuelo, con motivo de la muestra antológica de su obra realizada en el Centro de Artes Reina Sofía, Madrid, 1995. - CXX I - 121 ASTRAGALO, 03 (1995) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1995.i03.15 Arquitecto, catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, historiador y crítico.
122 He escrito bastante sobre Pablo Palazuelo. La verdad es que hace ya bastantes años que no le veo. En «Arte, arquitectura y todo lo demás», intenté aproximarme a sus poéticas. Allí lo definía, supongo que otros ya lo habrían hecho, como un pintor «mágico>>. Casi todo giraba largamente en tomo a esa idea, susceptible, incluso ahora, de un amplio desarrollo. Han pasado casi veinticinco años desde entonces y, aunque me ha interesado moderadamente lo que releo, estoy atento a otras cosas. Por lo menos, en parte. Por ejemplo, un encuadre historiográfico que hacía entonces. Palazuelo, y ésta es una hipótesis arriesgada, podría ser entendido como un artista correspondiente a la «generación del 36>>. Esta terminología se ha popularizado recientemente en el famoso texto de Francisco Umbral. Intento racionalizarlo. Nace en 1916. Comienza, lo que es habitual, estudios de Arquitectura en Madrid, y adolescente>>. Joyce partía, casi definitivamente, de Irlanda en 1904. Pablo Palazuelo lo hace, con menos radicalismo, de España en 1947. Intentemos una breve recapitulación de los hechos. La generación del 36, extrapolando hacia la pintura lo ya consabido de Luis Rosales, José Hierro, etc., establece un paralelo con el «exilio>> de James Joyce. Esto tendría una corroboración extraña; Palazuelo es uno de los pocos creadores con quien Eduardo Chillida reconoce una cierta, amistosa, deuda, también surgida tras su estancia parisina. Inevitable el recuerdo de Ezra Pound y del propio Joyce. Luego los papeles se trocarían con el joven Beckett. Joyce falleció en Suiza en 1941. Es también el momento de la gloria de Villon, largo tiempo marginado por los críticos, una de las referencias significativas en la aventura de Palazuelo. Villon era un creador de la galería Louis Carré ( 1944 ). Palazuemás tarde en Londres, en la School of Arts lo, de la galería Maeght. and Crafts, y en Oxford, hasta la obtención, como nos dice, del «intermediate exam» del RIBA. Por intermediación de su madre, Clotilde, desde 1939 se dedica ya de lleno a la pintura. Después descubre el cubismo y más tarde a Klee «que le conduce a la abstracción>>. Palazuelo frecuenta la célebre galería y librería Bucholz donde se publican, en 1947, dibujos abstractos en revistas de poesía y obtiene, a través del Instituto Francés de Madrid, una beca de estudios en Francia, instalándose en el pabellón de la Ciudad Universitaria de París. De alguna forma, se puede decir que así se cierra su primer período, el «retrato del artista Lectura expresionista Hay una temprana relación con Paul Klee al que, con rapidez, podríamos relacionar con una variante del exp re sionismo de entreguerras. Palazuelo, por varios motivos, podría vincularse también a este expresionismo, con su propio acento. Estos son los puntos de partida del pintor al comienzo de su odisea parisina. Y las divergencias. Unos años después, se generaría en España Dau-al-Set, El Paso, el Equipo 57, etc., el informalismo, de alguna forma, consiguió abrirse paso. Nada más opuesto a la sensibilidad de Palazuelo. Los americanos suelen denominar expresionismo - CXXII -
abstracto a lo que por aquí denominábamos informalismo. Es el baile de las etiquetas. Consideramos que el expresionismo tiene algo que ver con Palazuelo, pero a su manera. El informalismo, no. Si, como en Villon, el formalismo tiene alguna raigambre dentro de su pintura sería en clave de los famosos formalistas rusos, extinguidos a finales de los años veinte. No es casual su temprana mención en un libro de arquitectura, la famosa enciclopedia de Alberto Sartoris. El tema de la arquitectura continúa latiendo en Palazuelo. Pero no es el único. Así también surgen los estudios en poesía o en música. De lo primero podemos recordar, por ejemplo, los dibujos realizados para ilustrar los textos inéditos del poeta Max Holzer. Y en otro terreno está el testimonio de los expresionistas y la Bauhaus. Es sabido que la Bauhaus de Gropius tuvo una época de predominio expresionista con Johannes ltten. En este terreno, se puede recordar el testimonio de Lyonel Feininger, autor del dibujo para el famoso manifiesto de la Escuela, faro, luz, de 1919. Feininger, nacido en 1871 en Nueva York, muere en esta misma ciudad en 1951, aunque pasa cincuenta años en Alemania. Dibuja arquitectura, catedrales, pueblos medievales y barcos. Todos ellos emparentados con la temática de Palazuelo. (El hijo de Feininger, llamado Lux, nombre significativo, fue fotógrafo de la Bauhaus.) Dibujo a la línea, geometrías triangulares, descomposición de la materia y la luz (el color no coincide con las líneas). Hay una frase de Feininger en 1917 que reza: «Tenemos que ir más allá de la naturaleza para ser capaces de crear libremente». El tema del barco puede hacer referencia a Ulises, odisea, la obra de Joyce ... Los barcos, sus velas y su geometría triangular, gótica, habría sido un terreno explotado por las obras de nuestro pintor, en donde vemos otra enésima caracterización de las geometrías cristalográficas del expresionismo. (Otro tema, el del manierismo, nos llevaría hasta las transparencias de Colin Rowe, los diferentes planos supe~puestos.) Otro vector, muy propio de los pintores mágicos, como Palazuelo, es la transmutación de la materia, la alquimia, la conversión de todo en cristal, esa vitrificación del mundo que Paul Scheerbart describe en su relato titulado «El horror vítreo» de 1909. Inevitablemente el vidrio, el cristal pretematural, la joya, nos llevan de la mano hacia los objetos preciosos, cerrados, intrincados, la brillantez de la línea (el río de Anna Livia) y los colores de las joyas. «Lo bello es lo pequeño», decía Inmanuel Kant. Orientalismo La Escuela de París, lugar de acomodo y de encuentro consigo mismo de Pablo Palazuelo, es cronológicamente coincidente con los expresionistas de Der Blaue Reiter (1912, Kandinsky, Marc ... ) que abren los ojos a las virtudes del arte oriental, a lo exótico. Paul Klee, por su parte, descubre el cubismo en 1912 y Africa en 1914. Dice Clement Greenberg que Paul Klee es el único artista cubista de Der Blaue Reiter que consiguió superar las influencias primarias ejercidas por el Art Nouveau. Dice, además, que Klee no crea una - CXXIII - 123 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
124 unidad a través de un esquema global que la vista capta en una sola mirada; ése es el mundo renacentista italiano. Klee es más ornamental que decorativo, más analítico que sintético. Procede por intensificación no por extensión o proyección. El pequeño formato, en la tradición del manuscrito, la pintura pequeña destinada a la posesión privada, demanda un escrutinio próximo, encerrando la atención visual en un ámbito dentro del cual el ojo puede viajar con el menor esfuerzo. Con qué fuerza resuenan estas palabras en la obra de Palazuelo. El se ha movido con habilidad en los pequeños formatos, casi ca ligráficos. pero también lo ha hecho en los formatos inmensos. Su parentesco con Paul Klee, una de sus influencias más reconocidas, es evidente. Insistimos, por tanto, en la aproximación que hace el crítico Clement Greenberg (hombre clave en el panorama americano y en particular en el descubrimiento de Jackson Pollock), recientemente fallecido, al propio Paul Klee. Muchas de sus observaciones encontrarán acomodo en nuestro pintor. Se nos dice que su método recoge la primitiva historia del arte gráfico, de su desarrollo liberándose de imágenes reconocibles. En la lectura tan americana de Greenberg, se comenzaría dibujando sin ningún objeto definido en la mente, dejándolo discurrir libremente para ser capturado por asociaciones accidentales, una asociación daría paso a otra y así sucesivamente. Gradualmente el artista descubrirá su tema y, dentro de él, el título del cuadro. Este cuadro no siempre ilustrará el título, pero el título arrojará luz sobre el cuadro, ayudará a concluirlo, proporcionando al artista un control. Así el medio es literario, aunque el fin no lo sea. Lo pictórico comprende todo sistema de realización de marcas sobre una superficie, utilizado siempre por la humanidad como medio de comunicación: ideogramas, diagramas, jeroglíficos, alfabetos. manuscritos, notaciones musicales, cartas, mapas, etc. Todos pueden estar incluidos en la parodia, en la ironía omnipresente, en el contenido literario de su pintura, una ironía total. De todos modos, Klee (como Palazuelo) no es un pintor subversivo. Lejos de protestar contra el mundo tal como es trata, con su arte, de colocarse más cómodamente en ese mundo, precisamente rechazándolo, y luego haciéndolo inofensivo al negarlo. Más tarde, puede ya retomarlo amistosamente. Toda esta operación, dice Greenberg, nos coloca ante el artista más filosófico, lírico y musical de los pintores modernos. Palazuelo, en ese sentido, sería también el más filosófico, lírico y musical de nuestros pintores. En otro lugar, habla Greenberg sobre la pintura oriental. Aunque el término oriental, tal y como se ve en su famoso y magistral vídeo, es un poco confuso en Palazuelo; no está claro si hace referencia al llamado Oriente Medio -el genuinamente mágicoo al Extremo Oriente. Se indica que, en China, todas las actividades parecen estar bajo la influencia de una sensibilidad artística generalizada. La íntima relación entre la literatura y la pintura en China queda sellada por la práctica de la caligrafía como arte. Muchos pintores chinos son también escritores que realizan sus versos y su -CXXIV -
crítica junto a su pintura. El pintor es, ante todo, un estudioso, literariamente consciente de todas las referencias de su arte donde el efecto estético se funde con el estado místico. El estudioso chino busca en la pintura claves sobre la naturaleza y la realidad. La pintura es leída como un poema o más que un poema. De ahí la sutileza de la luz y la oscuridad, la explotación del vacío, el énfasis en la huella dejada por el pincel. El arte oriental ha sido fácilmente aceptado en Occidente por su preciosismo decorativo, como ha sido la escultura helenística. Un mundo muy próximo al arte de Palazuelo en quien, sin embargo, falta esa deleitación marcada por la huella del pincel. Finalizando con esta lectura de Greenberg, restaría una referencia a los grandes «cósmicos» del Expresionismo abstracto americano y a su práctica coetaneidad con Palazuelo (Pollock nace en 1912, Reinhardt en 1913, Motherwell en 1915). Hemos recordado la aventura universitaria de Palazuelo, aventura truncada. Curiosamente, la primera generación americana de universitarios sería la generación siguiente, la de los artistas pop. En cuanto a Palazuelo, llama la atención, en este sentido, esa lejana observación de Will Grohman cuando señalaba hace años que, más que de pintor, tiene aspecto de médico cosa que, no sé bien por qué, no le hizo ninguna gracia. En el libro que escribí hace años citaba unas cuantas cosas, en general relacionadas con el mundo mágico. Allí me refería a los Libros Sagrados, la palabra de Dios (de alguna manera, también al espacio auditivo de McLuhan, la mentalidad prealfabética), la palabra inalterable, la interpretación de los textos, la revelación, el sentido oculto, misterioso, entre líneas ...• la figura del iniciado, el exégeta, la kábala, el hermetismo, la matemática mágica, Pitágoras y Diofanto. De alguna manera, surgía el tema de la luz, portadora de sentido premístico y vivificador. Así nació una de las obras más curiosas, el famoso techo de madera de Pablo Palazuelo, un artesonado, una suerte de gruta urbana, en donde lo pesado, lo denso, se encuentra arriba. (Es significativo el parangón con los techos del expresionista Poelzig, luminosos, activos.) Allí surgió la forma primaria y la opuesta, la inversa, la simétrica, el negativo, el cambio de escala, el fragmento, el giro, la traslación, el desplazamiento. De ahí la asociación prácticamente inmediata con la célebre frase de Spinoza de que «la libertad no es más que la ignorancia de las causas que nos determinan ». Predominancia estructural En este sentido, el famoso artesonado evidencia la predominancia estructural y aparente subordinación del color. Este es uno de los enigmas de Palazuelo. Resulta relativamente fácil aproximarse a sus trazados reguladores, a sus tramas. Pero, ¿y el color? Este es un tema muy distinto. Los verdes, los morados, los amarillos de Palazuelo. Hablábamos también de su hipotética crisis hacia 1953, signada por un curioso afán expresionista. Mallas exagonales, triangulares (las velas de Feininger), en medio de un angustioso afán de continuidad, un discurso interiorizado y una articulación cinética donde florecen los relámpagos preanunciando las -cxxv - 125 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
126 mallas metálicas en el desierto de Walter de María. Veíamos los ejemplos tempranos aludidos por Sartoris. Ahora, de 1950 a 1964, el tránsito de aquella visión ortogonal hasta un fenómeno espacia! más complejo, desplazándose hacia la diagonal, la oblicua. Inevitablemente, ya que Palazuelo es un «sabio », surgen la tipología de los silogismos, la escolástica, hasta llegar a la atomización gnóstica del Finnegans Wake. Aquí también el misterio de la línea, relampagueante trayectoria, como un discurso fluvial que demuestra el tránsito del movimiento racionalista hasta la aureola orgánica (Alvar Aalto), desde ese Art Nouveau que veíamos en las lectur as de Greenberg. Esta línea constantemente azarosa está en el Modernismo y en el arte japonés. (Es interesante una observación de Spengler que, ante ciertas arquitecturas tradicionales nórdicas -y Alvar Aalto es escandinavo-, sugería que un estudio en profundidad incluiría inevitablemente rastros, herencias de trazados del Lejano Oriente.) Palazuelo, frente a algunos de sus brillantes coetáneos, se muestra más lento, menos desenvuelto, más intelectual, frío, contenido y estudioso. Y su optimismo gnóstico -h erétic o, tras unas primeras incursiones tomistas, parece que reproduce la evolución de Joyce que ha ejemplificado Umberto Eco. Así surgen sus beatitudes, sin entrada ni salida, coherente hasta el final, entre sus acumulaciones pretematurales de flores, joyas, pavos reales ... En definitiva, un cuento de hadas, desde los cuadros hasta el despliegue de sus pulidas esculturas. Y volvamos a pensar en la generación del 36. En España, el fenómeno reviste como todo el mundo sabe, sobre todo en arquitectura, caracteres de arcaísmo y de un intento de vuelta hacia los vectores más clasicistas de los fenómenos pictóricos. En este sentido, puede establecerse un parangón entre Palazuelo y Giorgio De Chirico. Interesa ver cómo De Chirico, tras su período metafísico, sufre una involución hacia vectores clásicos y quizá no lejanos del círculo personal donde se frecuentaban los nombres de Roberto Longhi, Matteo Marangoni y Lionello Venturi. De Chirico, en ese sentido, es curiosamente también un pintor «hermético», materno. Conocida es la frase: «¿Qué amaré sino lo que es enigma?». Si el ademán hermético de De Chirico puede emparentarse con Palazuelo, observamos la disensión incoercible entre su clasicismo y el entero postulado vanguardista de Palazuelo. El enigma toca aquí el corazón de la creación. Frente a ese discutido gambito de De Chirico, vemos en Palazuelo un profundizar constante en las vías del llamado arte abstracto. Si De Chirico se mueve como Picasso, por movimientos bruscos, discontinuos, Palazuelo es continuo, investigador de una sola línea, la misma joya hermética, la mi sma flor, el mismo pavo real, el mismo relámpago perforando las densas tinieblas. A lo sumo, el extraño repertorio expresionista de sus propios paraísos. Se habla del cristal como caracterización pretematural de esos edenes expresionistas. De alguna manera, se podría pensar en los edenes de Palazuelo, un expresionismo muy personal, distinto, «autre», bañado constantemente en las diversas luces de su preternaturalidad íntima. Porque la indagación de Palazuelo, en el fondo, es también r ea lista y melancólica, su afán se centra en la búsqueda desesperada de -CXXVI -
esas enésimas variantes paradisíacas de su expresionismo. Densidad semántica Equivocadamente se ha hablado, a veces, de un juego formalista. Es un error. Decir eso equivale a considerar sus cualidades fundamentalmente asemánticas y, si algo tiene la tenaz búsqueda de Palazuelo, es precisamente el espesor, la densidad semántica, el juego infinito de significados subyacentes. No son fórmulas alegres, divertidas, como algunos de los brillantes juegos de Miró. En Palazuelo están en juego los infinitos quehaceres de la existencia. En este sentido, puede hablarse de un existencialismo de Palazuelo, encubierto, pero sólo encubierto de formalismo. Uno de los testimonios de mayor interés del reciente Pablo Palazuelo es el vídeo realizado sobre su figura. Es difícil decirlo todo en uno de esos vídeos al uso. El de Palazuelo es magnífico. Nos dice que habla muy mal y realmente habla muy bien. Existen momentos curiosos de su rostro en esas imágenes: habla de la arquitectura oriental y se le pone cara de mandarín. (Oteiza decía, por su parte, que cada vez se parece más a Borges.) El vídeo incide en algunas de las cuestiones que hemos manejado aquí. Es un apresurado, vertiginoso, resumen de su obra y no apreciamos rastro del expresionismo abstracto, el «minimal», el «povera», el «pop» ... A lo sumo, a su manera, un determinado registro del conceptual en alguna de sus últimas obras, tan secas, tan desmaterializadas, casi una apoteosis antihedonística de sus paraísos. Digamos dos cosas. Palazuelo, el fondo de Palazuelo es de un expresionismo encubierto. Y junto a ello, Palazuelo es eminentemente un temperamento optimista. Aparentemente, ambas ideas están en contradicción. De hecho, en España surgió un enfoque dual del expresionismo: uno, vagamente figurativo, nostálgico del clasicismo, de alguna manera enraizado en De Chirico, y otro de acento, digamos, alemán y con ecos catalanes, donde se enseñorean gloriosas las figuras de Gaudí y José María Jujol. Ese es el que está emparentado con Pablo Palazuelo, siempre a favor de la vanguardia, vagamente conectado con el surrealismo. La transformación del cubismo Y otra relación. Hemos hablado de sus paraísos, las joyas, los pavos reales. Quizá de los pájaros paradisíacos. Aquí nos surge otra valencia, muy olvidada entre nosotros, la de Braque. Por este terreno, hemos hablado ya de Paul Klee como enlace expresionista, deberíamos hacer mención alternativa de la herencia cubista y su evolución. Para ello, vamos a transcribir algunos párrafos de la Introducción a la Literatura del siglo XX de Vintila Horia: «Georg e Braque ( 1882 - 1963 ), cuyos "caprichos cúbicos" bautizan una época, enlazando con otro "capricho", el de Juan de Herrera, es el pintor que hace entrar en la pintura contemporánea la tradición creadora. Su novedad es una continuación, como todo lo nuevo, pero adaptada a lo que Ferdinand Gonseth llamará "el clima necesitario" de su tiempo. Hablar de continuidad en el marco de una ruptura, como lo fue el cubismo, parece paradójico, pero, al tener de -CXXVII - 127 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
Braque una visión general (en la exposición retrospectiva organizada en París, en el otoño de 1973, en el pabellón de la "Orangerie"), me di cuenta de que el problema del cubismo y de cualquier otra revolución, sea ella de tipo artístico o político, no es tan sencillo. Lo que se me ocurrió pensar ante aquellos cuadros, reflejando, al mismo tiempo, la victoria de una corriente y la historia de una vida, es que la evolución interior del artista prolonga la imagen de su propio sello y característica, pone de relieve algo así como un interrogante y una duda ante el fenómeno central de su vida que fue, precisamente, el estallido del cubismo y la forrnación, alrededor suyo, de toda una forrnación satelitaria. En este sentido, me dije, la victoria de Braque no ha sido completa. Es un esfuerzo hacia algo, el derrotero de una liberación, perfectamente contada a lo largo de sus cuadros, 128 pero, de alguna manera, creo que se puede hablar aquí de fracaso, aquí como en la historia general de todo itinerario creador. Cuando Braque abandona el cubo, alrededor de 1910, y se dedica a sustituir los paisajes perfectamente enmarcados en una geometría que era la expresión de una plenitud para el artista y lo es aún para el espectador de hoy, entonces aparece de manera, diría violenta, la tragedia no de lo inacabado, sino de lo inacabable. Esta fase no puede ser más que transitoria. Picasso la abandona también. Es lo deletéreo encerrado en cualquier acto de rebeldía, obligado al suicidio, o a la traición de sí mismo. No se puede vivir eternamente en la revolución, que es un análisis enloquecido. Lo que necesitamos es la síntesis verdaderamente libertadora, o sea equilibradora y tranquilizante. La rebeldía es hundimiento en las tinieblas. Lo otro supone una luz o algo similar. Hay un deseo evidente de cambio, que aparece con claridad en 1938, se acentúa en los años de la Segunda Guerra Mundial y brota, sereno, aunque pesimista y tajante, en toda la producción de Braque que corre desde el final de la guerra hasta la muerte del artista, en 1963. No quiero referirrne aquí a obras menores -pero no menos representativas de este cambio, como "El acantilado" (1938), en una línea de autenticidad y contacto directo con la naturaleza-, sino a las dos calaveras que Braque pinta en la misma época y que son como un anuncio de la guerra (el "Vanitas" es de 1939 y resume el anhelo de sencillez, por encima de cualquier escuela o corriente, algo esencialmente personal, un contacto sin interrnediarios, entre el artista y el mundo). Pero hay más: la guerra, como escasez, como pobreza por encima de cualquier capricho cúbico, está presente en la producción de 1939-45. El pan, la mesa, la estufa, el vino, todo lo que hace falta para vivir y de lo que nos olvidamos en períodos norrnales, animan la pintura de Braque y cuentan la derrota de Francia y del hombre. También de aquella época ( 1942) es uno de los mejores cuadros de Braque, el famoso "Solitario (La patience)", en el que una mujer muy figurativa, en medio de una especie de naufragio cubista, o de antología de objetos representando recuerdos de cuadros anteriores, tira las cartas que le hablan de un destino quizá amenazador, a juzgar por la expresión de su cara; es el destino del ser humano en una tarde en que la guerra, aunque ausente en el cuadro, sigue destrozando la carne y el espíritu, en sitios más o menos lejanos. El hombro y el brazo derecho parecen figurar el perfil de una bruja. La cara es, al mismo tiempo, un perfil y -CXXVIII -
un "de frente", según la buena técnica cubista. La expresión de la mujer es la de una persona aterrorizada ante la revelación de lo que lascartas le dicen respecto de sí misma o de todos los hombres a la vez. El negro aparece (el negro "fauve") en los sitios dominantes del cuadro: el perfil de la mujer, la ventana abierta hacia la desesperación del mundo, la botella de Jerez, presente allí como si contuviera veneno. Este cuadro tiene algo de oráculo profetizando sobre sí mismo, característico de la época en que Braque parece meditar sobre el pasado de su pintura y las perspectivas de su propio ser. "La noche" ( 1951) acentúa esta tonalidad de pensamiento oscuro y de "fatum". El color es metálico (se parece a una escultura de González) sobre fondo negro, la cabeza y el cuerpo entero semejan un relieve vacío por detrás, con algo de aparente solidez, como si allende la fachada no hubiese más que muerte y nada. Es la noche personal hacia la que se dirige el agnóstico Braque, o la noche total, la de fin de ciclo, a la que parece prometida la humanidad. Pero es en sus "Pájaros" donde la pintura de Braque se dedica a buscar una solución final, artística y personal, algo que dé matices y elocuencia de seguridad a su perennidad de artista y, quizá, a su persona mortal. Hay demasiada tradición francesa en la obra de Braque y en su manera cotidiana de ser, en su burguesismo esencial, artesanal, enraizado en los valores más auténticos de Francia, para que el problema de la supervivencia no le haya rozado, sobre todo en este período de su vida. Los primeros pájaros son de 1949; los últimos de 1961. Aparecen en "Atelier II" y en "Atelier V" cruzando el último plano de su estudio, corno sugiriendo una obsesión. Es un ave blanca, cuya silueta está parcialmente obstruida por los objetos que se encuentran entre el pintor, y esa sombra de luz blanca vuela libremente, dirigiéndose hacia algo, corno si ignorase la presencia del hombre, como si el estudio no tuviese realidad ni paredes, mensajero ultraterrenal que ignora toda limitación. Es un símbolo interior, una visión. En "Atelier VI" el pájaro, que tiene esta vez el aspecto de un gallo, se encuentra encima de un animal monstruoso sobre el que se apoya el caballete y casi se confunde con éste, corno si algo maravilloso y nuevo, una imagen de otro tiempo y espacio, de otra dimensión, hubiese venido a tornar posesión del mundo animálico, o reducido a lo bestial, a la incertidumbre, que caracterizan al artista hasta entonces, es decir, antes de que el mensajero se manifestase. Más tarde los pájaros se idealizan, asemejan la linealidad dinámica de los cuerpos alados de Brancusi. Son vuelo puro, pero vuelo proféticamente siniestro, corno "Los pájaros negros" de 1957. Sólo un año antes, en "El pájaro en su nido", obra maestra de Braque, y un año después, en "El nido en el follaje", el motivo del pájaro se vuelve cosmogónico. El tema del vuelo, por encima de cualquier concepto de especie y género (se trata de la idea de pájaro inspirada a la vez en Platón y en los tapices rumanos, que Braque habrá visto en el taller de Brancusi), y el de los huevos y el nido, situados en medio de un ambiente que puede ser el bosque o el principio del cosmos, constituyen la encamación visible de otro tipo de preocupación. ¿Tendrá todo esto algo que ver con la concepción creacionista del universo, que los científicos de su tiempo vuelven a proponer a las mentes, ya deformadas por un evolucionismo materialista, e inquieta a filósofos, escritores, físicos y astrónomos, con el "Big Bang", el de la explosión inicial, de la molécula total, ence- - CXXIX129 ASTRAGALO,03(1995)ISSN 1134-3672
