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El betilo estiliforme de Torreparedones

Seco Serra, Irene

Abstract

El presente trabajo estudia el betilo (imagen divina de culto pétrea anicónica) de Torreparedones (Córdoba) a la luz de los nuevos datos aportados por la publicación en 1999 de la memoria de excavación de B. Cunliffe y M. C. Fernández Castro. Se analiza el santuario y el propio betilo, prestando especial atención a las implicaciones de la morfología betílica y al ritual, que incluyó probablemente funciones oraculares. La diosa del lugar, Dea Caelestis, heredera romana de la púnica Tanit, ejemplifica la importante influencia púnica.

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EL BETILO ESTILIFORME DE TORREPAREDONES por IRENE SECO SERRA RESUMEN El presente trabajo estudia el betilo (=imagen divina de culto pétrea anicónica) de Torreparedones (Córdoba) a la luz de los nuevos datos aportados por la publicación en 1999 de la memoria de excavación de B. Cunliffe y M. C. Fernández Castro. Se analiza el santuario y el propio betilo, prestando especial atención a las implicaciones de la morfología betílica y al ritual, que incluyó probablemente funciones oraculares. La diosa del lugar, Dea Caelestis, heredera romana de la púnica Tanit, ejemplifica la importante influencia púnica. ABSTRACT This paper deals with the baetyl (i. e. aniconic stone cult image of a deity) of Torreparedones (Córdoba). Knowledge of this Andalusian site has been substantially improved by the publication of the dig report by B. Cunliffe and M. C. Fernández Castro in 1999. The sanctuary and the baetyl itself are analyzed; special attention is paid to baetylic morphology and its implications as well as to ritual, which probably included oracular activity. The important Punic influence is best exemplified by the goddess being Dea Caelestis, the Roman counterpart of Punic Tanit. El santuario del yacimiento cordobés de Torreparedones, entre los términos municipales de Castro del Río y Baena, es probablemente uno de los lugares de culto betílico más interesantes de la Península Ibérica. Hasta hace muy poco, sin embargo, apenas si se contaba con algunos datos puntuales, muchos de ellos procedentes de estudios anteriores a la excavación propiamente dicha (llevada a cabo por Fernández Castro y Cunliffe entre 1987y 1992; el santuario corresponde a la campaña de 1988). Este panorama ha cambiado con la publicación en Oxford de The Guadajoz Project. Andalucía in the first millenium B. C. Volume 1: Torreparedones and its hinterland, que es al tiempo la memoria de excavación de Torreparedones y la primera de una serie de monografías dedicadas al desarrollo socioeconómico del área del valle del río Guadajoz durante el primer milenio antes de nuestra era. Se desconoce el nombre antiguo del lugar, aunque son varios los que se inclinan, siguiendo a Hübner, por la colonia inmune Virtus Iulia Itucci —que para otros se sitúa en Tejada la Vieja. La ciudad, cuyos materiales más antiguos remiten a la Edad del Bronce —sobre cuyas construcciones defensivas se asientan las murallas del s. VII a. C— se desarrolló espectacularmente en época ibérica, si bien el santuario que albergó el betilo objeto de este estudio pertenece, en la SPAL 8 (1999): 135-158 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 136  IRENE SECO SERRA forma en que hoy se ve (fase 8), al momento inicial de la romanización de la zona, habiéndose propuesto para su construcción un momento difícil de determinar del final de la República, y la última etapa del primer siglo de nuestra era para el fin de su utilización. El poblamiento de Torreparedones, sin embargo, continuó a lo largo de toda la época romana, y tampoco la disgregación del Imperio supuso el abandono total del lugar, que continuó estando habitado de forma más o menos residual hasta el fin de la Edad Media. No cabe duda de que la ciudad presenta numerosos otros puntos de interés; pero es quizá la presencia de un betilo en su santuario uno de los aspectos más destacados, por lo poco conocido del fenómeno betílico en general en Hispania. Este intento de análisis del betilo de Torreparedones comenzará con una introducción al concepto de betilo, seguida por una brevísima aproximación al recinto sacro (con una esquemática alusión al importante conjunto votivo), con el fin de que el estudio del betilo no sea el de una pieza aislada, sino el de una imagen en su lugar de culto. Tras ello, se centrará en el propio betilo, cuyas implicaciones serán consideradas a la luz de los nuevos datos proporcionados por el libro de Cunliffe y Fdez. Castro. ¿Qué es un betilo? Nombre y connotación Una de las primeras cosas de las que puede darse cuenta quien se asome al fascinante y complejo mundo de los cultos betílicos es, sin duda, la falta de consenso entre los distintos investigadores que se han ocupado de estos temas a la hora de emplear el término betilo. Así pues, sin ánimo de restar mérito a las aproximaciones decimonónicas y a los utilísimos pero necesariamente cortos capítulos que Lenormant y después Lilliu le dedicaron (en el Daremberg-Saglio y Enciclopedia dell'Arte Antica respectivamente; Lenormant, a fines del XIX, parte del mundo griego, mientras Lilliu, ya en los arios 50, añade el punto de vista del área semita. En ellos se basan, confesadamente o no, todas las definiciones que se han escrito después), se intentará proponer una definición que ayude a comprender el fenómeno del betilismo, y a partir de la cual poder desarrollar el estudio del betilo de Torreparedones. Los análisis etimológicos suelen mostrarse muy reveladores, tanto a la hora de entrar en el propio sentido del término como a la de conocer la actitud de quienes se acercan y se han acercado a él —y la palabra betilo no es una excepción. Existen tres corrientes principales a la hora de establecer la etimología de la palabra: algunos (Svoronos 1888:222; Mayerl 890:154) han mantenido la etimología que, para los autores clásicos, hace venir la palabra betilo aítuXoQ) del griego 13 atril (cabra o piel de cabra), en alusión a la piedra envuelta en piel de cabra que Cronos tragó en sustitución de Zeus —piedra que efectivamente se veneraba por esta razón, y cuyo nombre se habría hecho así extensivo a todas las demás piedras sagradas. Otras opiniones (Rachet 1983, Labarbe 1985) defienden un origen preindoeuropeo y presemítico de la palabra, en la línea de Zuntz (1946). Lo cual no es imposible, desde luego, pero sí algo difícil. Ya lo resultaría que dos palabras de tres consonantes hubieran coincidido en significado, pero todavía más lo sería lo defendido por estos autores, según los cuales una "etimología popular" semitizante habría podido ser aplicada a un término pre-semita y pre-indoeuropeo. La mayoría de los autores, en suma, parece estar de acuerdo en que el idioma griego tomó la palabra del área semítica, donde los betilos se conocerían como Beit-El, la morada del dios —el ejemplo paradigmático es, por supuesto, el beit-El de Jacob en Génesis 28,16-22. Conviene puntualizar que en este discutido episodio el término Betel como nombre propio se aplica al lugar, mientras la piedra en sí (y esto es generalmente pasado por alto por quienes no ven en la piedra de Jacob un betilo, sino una masebá conmemorativa) es calificada, genéricamente, pero empleando la misma raíz, de "casa de Dios" (beit-Elohim) —es el et lapis iste quem erexi in titulum vocabitur domus Dei de la Vulgata. Por otra parte, no se debe confundir este nombre propio Betel con el dios Baitylos o Betilo, que pudo ser una de las deidades fenicias adoradas bajo forma betílica por una confusion entre le symbole et la divinité symbolisée (Labarbe 1985), o tal vez una hipóstasis del propio El, como quiere Dussaud (1949:360-361); aparece en solitario, SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  137 junto a otras deidades —vide Ebeling y Meissner 1932:392—o de forma sincrética (el caso de Zeus Betilo —vide Fauth 1964:807.44 seqq.). Según lo que hasta aquí se ha dicho, parece claro que se puede entender el betilo, en sentido amplio, como la imagen cultual pétrea anicónica de la divinidad, imagen que cuenta con unas características muy particulares, y toda una serie de implicaciones. En este sentido, el betilo se encuadraría dentro de una determinada línea de las concepciones religiosas, y como tal, es posible hallarlo en los más variados momentos históricos, y, aún hoy, en un amplísimo número de lugares del planeta. De todas formas, aunque el inicio del empleo de betilos como imagen divina pueda corresponder a una etapa determinada —que nos resistimos a calificar de primitiva— dentro de las culturas en las que aparece, esto no significa que las tendencias a la antropomorfización dentro de la iconografía sacra, presentes en la mayor parte de los casos, y ya concretamente en el ámbito del mediterráneo antiguo, terminen por hacer desaparecer el fenómeno betílico; muy al contrario, éste no sólo sobrevive, sino que lo hace además con muy buena salud, y durante mucho tiempo. El caso indio contemporáneo puede constituir un ejemplo esclarecedor: en una tierra iconográficamente saturada, abrumadora en la complejidad de sus imágenes divinas, de templos atestados de representaciones figuradas incomparablemente ricas en minuciosidad y carga simbólica, un modesto betilo ocupa muchas veces el lugar de honor. Se trata del lingam de Shiva, betilo fálico identificado con la esencia misma del dios, y elemento absolutamente ubicuo a todo lo largo y ancho de la India. Es difícil comprender por qué este tipo de representación no fue desbancado hace muchísimo tiempo por la pujanza de la imagen icónica, a no ser que entendamos que la iconografía betílica no es una manera peor o más simple de representar a la divinidad, sino otra manera, y que, como tal, sigue su propio cauce de desarrollo dentro del sistema religioso. El betilo es, así pues, una piedra habitada por la divinidad. Puede ser natural, pero, al menos en algunas zonas, tiende también a tallarse de forma más o menos regular, a fin de hacer así más evidente un determinado simbolismo. Siguiendo a Lenormant, pueden citarse dos tipos principales de betilo tallado: el cuadrangular y el cónico, al que se añadirá además el ovoideo y el estiliforme, en forma de columna o pilar, tipología dentro de la cual se inscribiría el caso de Torreparedones. Al tipo cuadrangular pertenecieron en la Antigüedad, sobretodo, ejemplos del área arábiga, como Allath o Dusares —aunque también existieron betilos cuadrangulares en Grecia, como el Zeus Teleyo de Arcadia o los dioses de Farae— sin que sea posible hoy precisar con seguridad el origen del tipo. En cuanto a la forma cónica, ésta sí de origen claramente oriental, se encuentra ya en ejemplos tan antiguos como los de Ugarit o Tell Hazor (en la segunda mitad del segundo milenio), siendo más adelante empleada con profusión en la zona sirio-fenicia. Los betilos cónicos pueden ser de cuerpo corto, o alargarse hasta llegar casi a parecer columnas de extremo fino y redondeado. En algunas ocasiones, tuvieron además un carácter fálico más o menos discreto, remarcado o no por la colocación del betilo sobre una base redondeada, o cuadrangular con un rebaje central —el Kteis griego, el motab nabateo o la yoni india—, como la famosa Astarté de Biblos, o, en la Península, muchos de los muñecos betiliformes (que no betilos) de Baelo Claudia (fig.1). De este modo se completaba la alusión a la reunión de ambos sexos en una sola deidad. La forma cónica fue probablemente la más extendida entre los betilos antiguos, como, por otra parte, sigue ocurriendo hoy entre los betilos contemporáneos; tan directa llegó a hacerse la relación, que algunos de los primeros estudios sobre betilismo sólo denominan betilo a este tipo de representaciones (como Smith 1876). Es posible que las formas cónicas gozaran de especial prestigio en virtud de su relación con las formas más o menos ovoideas corrientes en muchos meteoritos, aunque lo cierto es que algunos de los tipos más abundantes de betilo cilíndrico —por ejemplo el cilindro corto sobre KTEIS- pueden llegar a estar morfológicamente bastante alejados del típico betilo meteórico nigrus ac rotundus que recoge Plinio (Historia Natural 37, 136). De hecho, los betilos estrictamente ovoides conforman más bien un grupo aparte, el tercer gran grupo de betilos tallados, en el que se unen connotaciones meteóricas y cósmicas —piénsese en el Huevo Cósmico Mot citado por Filón de Biblos, y posiblemente aludido por SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 138  IRENE SECO SERRA algunas estelas púnicas (Barreca 1977). La piedra-huevo se convierte en estos casos en símbolo por antonomasia de la materia aparentemente inerte pero en realidad habitada, de la que brota la vida. El cuarto tipo principal de representación anicónica lo constituye el pilar o columna, tan frecuente en el mundo cretomicénico que no parece necesario hacer mayor hincapié a este respecto, pero presente también más adelante entre los griegos, los iberos (como en este caso de Torreparedones), y las gentes semitas, además de tener una amplia difusión en el Imperio romano. Aunque hay quien, como Nilsson —reviviendo las ideas de Adler (Arch. Zeitung 1805)—no acepta la concepción del dios como Pilar de la Casa, y defiende que la función sustentante del pilar lo inhabilita como representación anicónica divina, lo cierto es que son múltiples los casos indiscutibles de columnas sagradas con capitel, tanto en el mundo antiguo como hoy en día. En cualquier caso, el pilar betílico añade a la representación divina las connotaciones de axis Mundi y universalis columna, dentro de la noción de fuerza sustentante del eje universal. Así pues, se llama betilo a cosas que, en principio, pueden mostrar diverso carácter. Sin embargo, en la práctica cultual, tanto la piedra natural como el pilar fálico, el cono o el betilo cuadrangular son tratados de manera más o menos idéntica: se los unge (Teofrasto Carácteres 16) y se los viste, se los invoca, se los baña, se les presentan ofrendas y se sacrifica ante ellos; en suma, su función es la propia de una estatua de culto. En resumidas cuentas, en aquello que llamamos betilo confluyen dos elementos principales: por una parte, la concepción de la piedra como beit-El, como morada de la divinidad; por otra, las corrientes formales anicónicas integradas para las representaciones artificiales de dicha morada. Dentro del primer ámbito se entienden las características propias de una imagen de culto del betilo, es decir, la consideración del betilo como roca viva, animada por la teofanía que en ella se ha producido. Dentro del segundo, las connotaciones ligadas al aniconismo, desde el dos-en-uno de la asociación betilo fálico-yc3ni, pasando por la idea de axis Mundi sugerida por la columna, hasta poder llegar, en fin, a una poco menos que omnivalencia de la no-forma, digna de las omnipotencias postuladas para las deidades protagonistas de los henoteísmos más extremos. El contexto: el santuario de culto betílico de Torreparedones El santuario de Torreparedones se enclava fuera de la muralla del asentamiento, aunque adosado a ella, de forma perpendicular al bastión sur. La construcción que se ve se data, como se dijo antes, en la etapa republicana final. Este edificio sustituye, sin embargo, a otro anterior, de mediados del s. III a.C. (al que se añadieron muy poco después dos construcciones semicirculares de piedra destinadas a recibir ofrendas, tal vez de forma análoga a los pozos documentados bajo los templos de Caravaca -Ramallo y Brotons1991), que quizá sustituyó a su vez a otro recinto anterior de menos porte. El santuario presenta una estructura tripartita, compuesta por un primer ambiente de tamaño reducido, que los excavadores identifican con un corredor o porche, seguido por un patio, y, al fondo, la cella, todo ello dispuesto de forma sucesiva hacia el norte, de modo que el edificio resultante es un rectángulo de casi 17 metros de largo, con un ancho de algo más de 4 metros (fig.2). La construcción está realizada a base de una alternancia de hiladas de sillares bien escuadrados y de considerable tamaño —aunque no llegan a constituirse en un opus quadratum— y otras formadas por piedras más pequeñas y rectangulares, también de apariencia más o menos regular (lám. I). Los muros de la cella se conservan aún hasta casi los dos metros y medio de alto (lám. II), aunque se estima que la altura primitiva fue de unos tres metros. Hubo también un piso superior, sostenido por una columna central, o bien un techo plano cubierto de signinum —no se han encontrado rastros de las terracotas arquitectónicas o acróteras de piedra propias de otros santuarios con fases de monumentalización republicana, como la Encarnación de Caravaca, o el Cerro de los Santos. Bajo la columna central se hallaron cuatro bandas de plomo, dispuestas allí quizá para evitar que la pieza se moviera (Cunliffe y Fdez. Castro 1999:102). SPAL 8 ( 1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  139 Hay además en la cella una segunda columna, adosada a la pared del fondo. No se trata de un elemento arquitectónico con función estructural, sino de la imagen de culto, el betilo, del que nos ocuparemos con detalle más abajo. El hecho de que en el centro de la estancia se encuentre la columna que sostenía el piso de arriba o el tejado supone en principio un problema, pues dicha columna obstruiría completamente la visión de la imagen divina desde la puerta. No se trata, desde luego, de la primera vez que ocurre algo similar; una dificultad parecida tuvieron ya, por poner un ejemplo antiguo y bien conocido, los constructores del Heraion de Samos geométrico. Allí el problema se solventó desplazando del eje la imagen de culto, de forma que la hilera de columnas centrales no la tapara. Aquí, sin embargo, el betilo y la columna central guardan el mismo eje. Observando la planta más atentamente se verá, sin embargo, que es la puerta la que está desplazada hacia la derecha, de forma que desde ella pueda verse algo más de la mitad izquierda de la columna betílica (lám. III). De la cella provienen también un fragmento de tambor, empleado probablemente como base, y dos altares, presumiblemente augusteos. Dentro del patio, en la esquina noreste y en la noroeste, se construyeron bancos adosados, cuya finalidad fue muy probablemente la de expositores de exvotos —del banco NW viene el grueso de los exvotos hallados en la excavación. Frente a la puerta de la celta, una base de piedra fue posiblemente apoyo para un altar. El conjunto votivo Existe un numeroso conjunto de exvotos de piedra provenientes del santuario ibero-romano de Torreparedones. Se trata sin duda de los exvotos que se dedicaban en el santuario para ser colocados en los bancos del patio y en la cella durante algún tiempo, pasando probablemente después a los depósitos votivos, de forma similar a lo que ocurría en otros lugares de culto. Los exvotos, salvo una cabeza de terracota, son de caliza local, y pueden dividirse en dos grupos principales: representaciones de figuras humanas, y miembros del cuerpo. Todos ellos, salvo un pequeño relieve, son de bulto redondo (un estudio de las piezas halladas con anterioridad a la excavación en Morena López 1989a; catálogo general en Cunliffe y Fdez. Castro 1999:321-398). Pero los más interesantes desde el punto de vista de el estudio del betilo, son sin duda algunos ejemplares, que más allá de una tendencia esquemática general, tienen un aspecto decididamente estiliforme (Cunliffe y Fdez. Castro 1999:346-51, 353, 355, 387). Unos cuantos incluso se ciñen con cordones sogueados idénticos al que después se verá que adorna el betilo. En algún caso los exvotos son directamente anicónicos, adoptando forma de columna, o bien morfologías paralelizables con cipos betiliformes púnicos. Formalmente, los exvotos presentan ciertos rasgos comunes con los procedentes de otros santuarios ibéricos, como Torrebenzalá, la Bobadilla, o el mismo Cerro de los Santos (dentro de un estilo esquematizante de influencia púnica, plenamente enmarcable, como se verá, en el culto a la deidad determinada que se veneró aquí), aunque ningún otro yacimiento posee un conjunto que pueda realmente calificarse de paralelo. Además de figuras humanas y representaciones anicónicas, hay también, como se ha dicho, exvotos que representan miembros del cuerpo, concretamente piernas y pies, posiblemente, como resalta Morena López (1989a), en relación con el manantial de aguas con virtudes terapéuticas asociado al culto que se verá más abajo, pero también, como apuntan los propios Cunliffe y Fdez. Castro en este nuevo trabajo (452), con las características de la divinidad, que tanto en sí misma como dentro de sus opciones sincréticas presenta una especial conexión con este tipo de exvotos. Sobre este punto se volverá más abajo. SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 140  IRENE SECO SERRA El betilo de Torreparedones Tipología e implicaciones El betilo de Torreparedones (fig.3) es un betilo estiliforme (es decir, en forma de columna), encalado, de fuste liso, sin basa, de 2.80 metros de altura. El diámetro del imoscapo es de 0.36 m; el del sumoscapo, de 0.31 m. El fuste está rematado por un capitel vegetal que presenta ocho hojas almendradas, de nervaduras marcadas, de aproximadamente 15 cm de alto por 11 de ancho, entre las que se ven los extremos de otras dos (medidas del fuste según Cunliffe y Fdez. Castro 1999:102; las de las hojas y, en general, el resto de medidas referentes al betilo que aparecen en este trabajo se dan a partir de la anastilosis propuesta por iid.1997:148, recogida de nuevo en ud. 102 y son por tanto aproximadas). Así pues, nos encontramos ante un betilo artificial, lo que excluye el carácter meteórico y refuerza la existencia del concepto de no-representación voluntaria de la deidad. Está claro que en este caso sus sacerdotes, o sus fieles, o ambos, no consideraron que una imagen antropomorfa le hiciera justicia. Ello no quiere decir, por otra parte, que otras deidades, o incluso la misma deidad no pudiera ser representada bajo forma icónica, sino que existió en el mundo antiguo una corriente importante de representación anicónica (no necesariamente restringida al mundo semita) que se escogía para implicar toda una serie de cosas, del mismo modo en que las representaciones antropomorfas implicaban toda otra serie de cosas, influencias incluidas. De hecho, que sepamos, no se conocen sistemas exclusivamente anicónicos de representación cultual en ningún momento ni lugar del Mediterráneo antiguo; ambas corrientes, iconismo y aniconismo, conviven y se relacionan mutuamente con toda normalidad. Se trata, además de un betilo estiliforme, que alude de manera especial a la idea de axis Mundi, de columna Cósmica, y —siguiendo la terminología acuñada por Evans— de Pilar de la Casa. Los betilos estiliformes, por el hecho de ejemplificar el eje divino de comunicación cielos-tierra-infiernos fueron especialmente adecuados para las divinidades de carácter funerario, y, en general, ctónico; ello no excluye, claro, que otras deidades se representaran también bajo forma de columna, como de hecho ocurrió, pero muchos de los ejemplos que hasta nosotros han llegado pertenecen a este tipo de figuras relacionadas tanto con el submundo como con la fertilidad y la renovación (y el caso de Torreparedones, como se verá, se inscribe también en esta línea). El betilo se encuentra situado en el interior de una cella, y no en un recinto abierto como fue corriente para muchos betilos del área semita, y para no pocos de la griega —donde se puede poner el ejemplo del dístilo betílico de Zeus Liceo (Pausanias Descripción de Grecia 8, 38, 7). Por otro lado, en ambas zonas hubo también numerosos betilos venerados dentro de sus templos, por lo que el dato no parece especialmente significativo a la hora de establecer posibles conexiones entre nuestro betilo y otros betilos mediterráneos. En cuanto a paralelos morfológicos, existieron en el Mediterráneo antiguo varias áreas en las que se empleó tipología estiliforme. Un amplio grupo de columnas betílicas procede del África púnica: el betilo estiliforme aparece representado en las estelas desde principios del s. IV a.C. (y posiblemente algo antes) hasta la destrucción de Cartago (Miédan 1951; lo cual imposibilita en principio su coincidencia temporal con el betilo de Torreparedones, donde, por otro lado, la apreciable influencia púnica hace necesario examinar las tipologías africanas). Las estelas en sí, claro está, no son betilos, pero sobre ellas se graba la figuración anicónica de la deidad: mais la colonne ionique n'a pas seulement été, semble-t-il, un élement d'architecture ordinaire, faisant partie d'édifices civils ou religieux; elle parcia aussi avoir joué un róle particulier et possédé pare elle méme un caracter sacré. C'est ce qui semble ressortir de nombreuses représentations figurées sur des stéles mi nous lui voyons occuper la place d'honneur, soit comme support d'une bouteille ou une grenade, soit absolument isolée (Lézine 1962:43). SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  141 El betilo de Torreparedones y los betilos estiliformes norteafricanos se parecen (y no es poco) en el hecho de que son columnas; sin embargo, la tipología más corriente entre las columnas betílicas púnicas norteafricanas no es exactamente igual a la tipología que presenta el betilo cordobés. Estos betilos púnicos tienen generalmente el fuste acanalado, mientras en el caso hispano es liso —aunque hay también casos púnicos, más raros, de fuste liso (fig.4). En la práctica totalidad de los ejemplos que se conocen, los betilos estiliformes púnicos cuentan, además, con una basa, y están rematados por un capitel jónico —en lo que se alejan por completo del betilo hispano. En cuanto a los betilos estiliformes griegos, pertenecen fundamentalmente al tipo de Apolo Agyieo (sin que falten otras deidades, de cuyas columnas se posee mención, pero no imagen). Se trata de columnas de fuste liso, a veces sin basa y otras con ella (vide e.g. LIMC AAg y también ibid. el excelente resumen de Filippo 1984), que en ocasiones presentan un curioso remate cuyo origen e interpretación siguen siendo inciertos. Otras veces el betilo carece de remate, quedando reducido a una columna con o sin basa, como la del ya clásico ejemplo de las acuñaciones de Ambracia (fig.5), enmarcada por cintas, y tan estilizada que, en otros tiempos, Pellerin (1762, vol. 11:79) y Eckhel (1779:102) no dudaron en calificarla de obélis que y meta intralauream respectivamente. En realidad, y dejando aparte su remate, este tipo puede casi considerarse el ejemplo de betilo estiliforme griego por antonomasia; baste recordar que cuando Schliemann vio por primera vez la columna esculpida en el archifamoso tímpano de la Puerta de los Leones de Micenas, quiso identificarla inmediatamente con Apolo Agyieo, guardián de las Puertas. Así pues, la tipología del betilo de Torreparedones no coincide con las columnas betílicas púnicas, normalmente acanaladas y prácticamente siempre de capitel jónico, ni con los Agyieos griegos. Con éstos últimos sí comparte el fuste liso, como también con algunos casos púnicos menos frecuentes. El capitel, por su parte, no corresponde a ningún tipo canónico. Pero el betilo estiliforme de Torreparedones se encuadra en un ámbito cronológico en que ya no son sólo las áreas griega y púnica norteafricana las que presentan columnas betílicas. Justo en este momento —si no antes— las representaciones de betilos estiliformes están apareciendo en Italia, por donde se van a difundir con rapidez y energía. Posiblemente el caso más temprano de representación de columna betílica romana es aquella del mosaico silano praenestino (Rostowzew 1911, Abb. 29). Se trata, precisamente, de una columna de fuste liso, como lisos serán también los fustes de tantos betilos estiliformes que se multiplicarán en la pintura romana. El mosaico de Praeneste está deteriorado en su zona superior, de forma que no se aprecia cómo era el capitel del betilo. La mayoría de los betilos estiliformes romanos posteriores, por otra parte, parece que son de capitel dórico, con lo cual tampoco se acercan en este aspecto al betilo de Torreparedones. Por otra parte, resulta significativo el orden empleado en el betilo, cuyo capitel es, como ya se ha dicho, vegetal, sin ceñirse a un modelo determinado, más cerca, es verdad, de lo corintizante que de capiteles vegetales ibéricos como la elaborada pieza hallada con anterioridad a la excavación del santuario en el mismo Torreparedones, pero muy alejado del corintio canónico romano (para esta última vide Morena López 1989a, lám. LXI; Cunliffe y Fdez. Castro 1999, fig. 2.8; se trata de una pieza de talla muy intrincada, con un motivo central de rosetas del tipo considerado en general atributo de la Gran Diosa -Kukahn 1962. La excavación ha proporcionado un fragmento de otra pieza similar, que lleva a conjeturar the presence of an undiscovered lberian building of some importance —Cunliffe y Fdez. Castro 1999:310). Aunque no constituye un unicum en cuanto a empleo de capiteles vegetales —existen tres fragmentos de orden corintio en Caravaca—, el empleo de capiteles no jónicos es ciertamente infrecuente en la monumentalización romana republicana de santuarios ibéricos, y poco usual, en general, en las construcciones contemporáneas de la zona cordobesa (en la propia capital, el estudio de Márquez 1993 muestra un solo ejemplar corintio, el n°35, fechable con anterioridad al s. I a.C.), como por otra parte en la propia Italia, donde parece que los primeros capiteles corintios no datan de fechas anteriores a la muerte de César (Cunliffe y Fdez. Castro 1999:447). De todas formas, tampoco el capitel del betilo es corintio (aunque no es imposible que, como proponen Cunliffe y Fdez. Castro (1999:337) sea una suerte de versión local del corintio), sino vegetal de un estilo SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 142  IRENE SECO SERRA sobrio y muy particular. Quizá en este caso se escogiera un orden vegetal distinto al jónico (que parece pudo emplearse en el resto del edificio) para el capitel del betilo con una intención concreta, tal vez remarcar la diferencia entre la columna betílica y la otra/s, haciendo hincapié además, en la potencia generadora de la deidad. El betilo comparte por tanto, en cuanto estiliforme, todas las características propias de los betilos estiliformes en general, cuyo rasgo más destacado es la enfatización del concepto de axis Mundi y de papel sustentante. Pero, además, presenta rasgos concretos que vienen a corroborar y remarcar dichas características: el fuste liso, elegante y de canon muy estilizado, es eje y soporte; el capitel vegetal, por su parte, dirige la atención a la renovación —ya implícita, de todos modos, en la concepción de una divinidad con gobierno en ambos mundos. El betilo-árbol y el betilo-eje se unen así en la representación estiliforme, aportando sus diferentes connotaciones al simbolismo que rodea a la divinidad. Otro elemento empleado en el betilo fue el cordón sogueado, según se ve en la reconstrucción que de la columna betílica hicieron primero Fdez. Castro y Cunliffe (1997:148) en su artículo para la exposición de París, recogida también en The Guadajoz Project... (p. 102) y en la anastilosis definitiva que puede contemplarse hoy en el museo de Baena. El motivo del cordón sogueado no parece muy frecuente en la arquitectura romana republicana, y su presencia se documenta principalmente en contextos norteafricanos, más neopúnicos que estrictamente romanos (como los casos tardorrepublicanos que recoge Ferchiou 1989:56,78). Este cordón ciñe el betilo a modo de anillo alrededor del fuste en dos lugares: en el extremo superior, justo bajo el arranque de las hojas del capitel, y de nuevo más abajo, a unos 27 cm del primer anillo y a 2.27 m del suelo; sobre su posible sentido se volverá más adelante. El betilo y su diosa La divinidad a la que se ha venido haciendo alusión, la divinidad que habitaba el betilo, tiene aquí nombre; fue con gran probabilidad Dea Caelestis, según consta en un epígrafe sobre la cabeza de una de las figuras votivas (la descripción sigue el siguiente esquema: descripción de la pieza, material y dimensiones; altura de las letras; estado de conservación; procedencia; lugar en que se encuentra en la actualidad / transcripción / lectura / comentario paleográfico; datación / bibliografía): Cabeza femenina de piedra caliza (originalmente perteneciente a una figura) con inscripción grabada muy superficialmente en la frente. Dimensiones de la pieza: anchura en la barbilla 70 mm, en la nariz: 57 mm; altura: 65 mm; grosor en la barbilla: 60 mm, en la frente: 48 mm. Altura de las letras: 6.7 máx. x 8 máx. x 6 máx. No hay signos de erosión. Procedencia: santuario (superficie).Museo de Córdoba (n° inv. 30944). DEA CAEL IVS Dea Cae/(estis) ius(sit) La primera A sin travesaño. La segunda E sin el travesaño superior. La segunda L también pudo ser I o E. Otras lecturas propuestas: DEA CAELIVS; DEA CAELE(STIS) V(OTVM) S(OLVIT). Datación aprox: cambio de era. Morena 1989a: 48-49; Hispania Epigraphica 3, 1993 n° 161; Marín 1993: 826 y 1994: 221; Poveda 1995:363-64; Rodríguez 1996:18; Cunliffe y Fdez. Castro1999:329. SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  143 Este epígrafe viene a añadirse a la no excesivamente numerosa serie de inscripciones que con seguridad pueden calificarse de relativas a la Dea Caelestis aparecidas en suelo peninsular (para los casos dudosos vide Marín 1993, así como para la bibliografía específica de cada epígrafe, salvo para el de Ilici, que Marín no recoge, y para el que por tanto se incluye aquí) . Se trata del epígrafe de Tarraco, dedicado por el sacerdote de Caelestis Cayo Avidio Prímulo en la segunda mitad del s. II- s. III d. C.(CIL114310); los dos de Lucus Augusti, uno dedicado a Caelestis Augusta (CIL II 2570), y otro a una compleja Venus Vencedora África Caelestis; el epígrafe italicense , dedicado, como el de Lugo, a Caelestis Augusta; el de Emérita, pintado, y, finalmente, el más antiguo (todos los anteriores tienen parecida cronología), el de Ilici, de principios, del s. I d. C. (AE 1993: 1067; FE 43: 1993, n°190; Beltrán 1994:57; Ramos 1994:50 y 1995, Congreso Nacional de Arqueología, 350; Poveda 1995:363; Hispania Epigraphica 5, 1995 n° 29). El epígrafe de Torreparedones ha sido datado, por el tipo de letra y el soporte, a finales del s. I a. C. o comienzos del s. I de nuestra era (Poveda 1995:363). Se correspondería así a la última etapa de vida del santuario, al que hoy se ve, construido, como se dijo, en los últimos momentos de la República, y que dejaría de usarse a fines del siglo 1—quedando en pie todavía un siglo más, hasta ser definitivamente destruido por un incendio. La existencia de al menos un edificio sacro anterior al santuario de la última fase y la tradición votiva punicizante invalidan en principio una entrada directa de la Caelestis romana en el lugar, y llevan más bien a pensar que la primitiva diosa ibérica cuyo nombre desconocemos, pero sin duda vinculada como Demeter a la fertilidad y a la renovación (Lucas 1979), fue asimilada a la Tanit púnica, diosa además de fuerte carácter betílico (para los testimonios sobre esta Tanit directa antecesora de Caelestis en la Península vide García y Bellido 1957 y Marín 1987, y también el buen resumen de Cunliffe y Fdez. Castro 1999:448-49), lo que la llevó a ser venerada por último en la versión romana de Dea Caelestis, momento al cual correspondería el epígrafe. (Antes de continuar quisiéramos puntualizar en lo que respecta al nombre Tanit que algunas inscripciones neopúnicas tardías y transcripciones griegas tipo Ot vt O han llevado a postular últimamente una vocalización Tinnit, que probablemente se acerca más a la realidad que la forma clásica Tanit. Esta nueva vocalización, por otra parte, no está atestiguada para momentos anteriores, y no es descartable una evolución de las formas de pronunciar, lo que sigue manteniendo la vocalización primitiva en la incertidumbre. Para mayor claridad, en este trabajo se empleará la vocalización tradicional del nombre de la diosa). Juno Caelestis o Dea Caelestis fue el equivalente romano de la diosa políada de sus antiguos enemigos cartagineses, con fuerte vinculación a Cibeles y Venus, y en menor medida a Némesis, Diana, Bona Dea, Victoria, Fortuna, Isis, e incluso quizá Bellona. Su interpretatio se produjo inmediatamente después de la destrucción de Cartago (Servio Sobre la Eneida12, 841). La Tanit protectora de la metrópolis púnica se convirtió en Juno Caelestis, digno paralelo de la majestuosa Juno Regina del Aventino o la inquietante Juno de Lanuvio, ambas muy presentes, como señala Bloch (1975: 118) en el ambiente de la época, lo que sin duda contribuyó a que los romanos identificaran a la poderosa patrona de sus enemigos con Juno y no con otra deidad. Tanit era ahora asimilada en la propia casa como Juno, y su poder pasaba a integrarse en el lado vencedor. Su figura llegaría así a imbricarse en el pasado mítico de los romanos; la amenaza recién superada latía ya para Eneas y los suyos (Virgilio Eneida 1,12-18). Más tarde se llegaría incluso al traslado físico de la imagen de culto de la Caelestis cartaginesa a Roma; sería Heliogábalo el que la hiciera traer para desposarla con su betilo, Elagábal, aunque parece que la escultura volvió a Cartago a la muerte del emperador. De todas formas, el culto a Caelestis estaba extendido por el mundo romano para cuando Heliogábalo decretó la hierogamia; ya antes de la subida al trono del sacerdote de Emesa, los propios severos estaban siendo sus mejores propagadores. Este s. III d. C. constituye el período de apogeo de la veneración a Caelestis en el Imperio, produciéndose a continuación un paulatino SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 150  IRENE SECO SERRA el edificio representado en el relieve de las figuras y el vaso sea efectivamente el santuario, la puerta del mismo estaría precedida por dos columnas —estando esta zona en la actualidad demasiado dañada por el arado como para mostrar rastros de dichas columnas—, rasgo también en la línea de los templos semitas (recuérdense Jakim y Boaz), y muy especialmente de los fenicio-púnicos (una aproximación a los casos más relevantes en Blázquez 1977). El énfasis puesto en estas elaboradas columnas sería pues explicable tanto dentro de la arquitectura religiosa semita en general, como dentro el culto concreto desarrollado en el lugar, claramente aludido con el empleo como capitel del león, animal insignia de la diosa. A éste último elemento, el león, suman Cunliffe y Fernández Castro (1999: 452-53) otras características punicizantes del lugar que posibilitan la veneración de Caelestis: los rasgos formales esquemáticos de tradición púnica del conjunto votivo, la cista hallada en el santuario, los exvotos en forma de piernas y pies, ligados a Caelestis en su condición de protectora de los viajeros (y, como se dijo antes, relacionados también con sus opciones sincréticas Isis y Némesis), y, por supuesto, el empleo de una imagen de culto anicónica. A todo esto se puede añadir el empleo de la modulación púnica en la puerta de la muralla (Moret 1998) y la presencia en el propio betilo de un elemento decorativo generalmente asociado a la arquitectura neopúnica —y también, en el discutido caso de que la ciudad sea Virtus Iulia Itucci, el empleo en sus acuñaciones de alfabeto púnico, y el propio epíteto Virtus, asociado comúnmente a Caelestis en época imperial. De este modo, serían las corrientes púnicas las que jugarían el papel más relevante en el santuario de culto betflico de Torreparedones, que, verdaderamente, presenta un aspecto semita bastante destacado. En su fase final, el santuario albergaría así una diosa de raíces locales tempranamente fusionada con Tanit, que ya como Caelestis tendría ocasión (por supuesto no obligación) de acercarse a otra nueva serie de divinidades de parecido carácter. Aunque se desconocen una parte de los elementos que constituirían el ritual establecido en el santuario alrededor del betilo, se puede ver que la dedicación y almacenamiento de exvotos tuvo gran importancia, y que, como se ha dicho más arriba, el agua tendría dentro del rito una función principal. Se realizarían además ofrendas de otro tipo en los dos altares del recinto (uno de ellos presenta evidentes signos de combustión en la parte superior), y muy posiblemente el betilo se vestiría y desvestiría según ciertas pautas temporales. Un rasgo de gran importancia lo constituiría además la función oracular del santuario, directamente conectada también a la dedicación de exvotos. Sólo la morfología de los altares (que tampoco su presencia y uso) puede calificarse de estrictamente romana; se trata, en conjunto, de un culto compuesto por ciertos rasgos de considerable acento púnico, y por otros enmarcables dentro de la veneración betflica general del Mediterráneo antiguo. Dicha veneración estuvo presente probablemente también en la Península Ibérica, incluso con anterioridad a la llegada de influencias semitas, y (no conviene olvidarlo) incluyó el betilismo romano, cuyos betilos se visten y desvisten, se ungen y se sacan en procesión como cualquier otro; de hecho, desde el punto de vista betflico, el mundo púnico y el romano están mucho más cerca de lo que en principio se pudiera imaginar (y esto no se refiere sólo a los casos de betilos de raíz semita englobados con posterioridad en el entramado de cultos del Imperio). Nos encontraríamos así en Torreparedones con un interesantísimo ejemplo de santuario de culto betflico asociado a función oracular, que cuenta además con la imagen divina in situ, y cuya excavación ha proporcionado, si no respuestas a todas las preguntas que se podrían formular, sí un importante conjunto de datos a partir de los cuales desarrollar una interpretación plausible del funcionamiento cultual del lugar y de las características de la divinidad que en él se veneró. SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  151 BIBLIOGRAFÍA ALVAR, J. (1981): "El culto a Isis en Hispania", La religión romana en Hispania, Symposio organizado por el Instituto de Arqueología "Rodrigo Caro" del CSIC del 17 al 19 de diciembre de 1979, Madrid. BARRECA, F. (1977): "A proposito di una scultura aniconica rinvenuta nel Sinis di Cabras", Rivista di Studi Fenici V.2. BELTRÁN LLORIS, F. 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SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 , o 4- EL BETILO ESTILFORME DE TORREPAREDONES  155 f. _ Figura 2: Planta del santuario de Torreparedones (según Fernández Castro y Cunliffe 1997). SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 Figura 3: Betilo estiliforme de Torreparedones (según Fernández Castro y Cunliffe 1997). 156  IRENE SECO SERRA Figura 4: Representaciones de betilos estiliformes de fuste liso sobre estelas púnicas (1-4 según Miédan 1950, planche 23b, 20d, 29a y 15a; 5 según Vives 1917:30). Figura 5: Apolo Agyieo de las acuñaciones de la ciudad de Ambracia (según Daremberg-Saglio 1877, fig. 500) SPAL 8 ( 1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 EL BETILO ESTILFORM E DE TORREPAREDONES  157 Lámina I: Santuario de Torreparedones: detalle del opus de la cella (foto: F. Prados). Lámina II: Celia del santuario de Torreparedones: estado actual (foto: F. Prados). SPAL 8 ( 1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08 11.111, " 114:111115 •ar, • -411, ,  J1- -  ••••  ....7""` '11  "  rh• 158  1RENE SECO SERRA Paredes del salarial-lo -de Ton-eparedones. Lámina III: Excavación de B. Cunliffe y M. C. Fernández Castro en Torreparedones: la columna central y el betilo vistos desde la puerta de la cella (foto: Fernández Castro 1995). SPAL 8 (1999) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1999.i8.08