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Martín Cruz, Manuel y Moreiro, Julián : Los toros en Alba de Tormes. 1407-2015, Alba de Tormes, Biblioteca de Temas Albenses, 174 págs.[Reseña]

Pedraza Jiménez, Felipe B.

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Un grupo de intelectuales ligados a la ciudad ducal y teresiana de Alba de Tormes han puesto en marcha una colección de publicaciones sobre este enclave, cuyo relieve histórico, cultural y literario es universalmente reconocido. No hace falta recordar que por allí pasaron figuras eminentes, además de la larga saga de la casa de Alba y de la santa reformadora. Nuestras letras están vinculadas a ella a través de clásicos de primerísima fila como Garcilaso, cuya Égloga II tiene como marco el entorno palaciego de los Álvarez de Toledo, Fig. n.º 104.- Martín Cruz, Manuel, y Moreiro, Julián (2015): Los toros en Alba de Tormes. 1407-2015, prólogo. de Santiago Martín El Viti, epílogo de Javier Valverde, Alba de Tormes, Biblioteca de Temas Albenses, 174 páginas. Edición no venal. Revista de Estudios Taurinos N.º 39, Sevilla, 2016, págs. 229-233 Felipe B. Pedraza Jiménez o Lope de Vega, que consumió varios años de su destierro juvenil, entre 1592 y 1595, sirviendo al V duque de Alba. Fue la corte en que se gestó lo que sería la más temprana de sus obras impresas y la de mayor éxito editorial: Arcadia (1589). La colección se abre con una rigurosa aproximación a la presencia de los toros en la ciudad salmantina. Para prestigiarla y ampararla, los promotores han contado con dos nombres ilustres de la tauromaquia, que firman el prólogo y el epílogo: Santiago Martín «El Viti» y Javier Valverde. Los dos toreros evocan, con sencillez y buen estilo, sus personales relaciones con la ciudad y su afición. «El Viti» recuerda sus faenas en la antigua plaza de toros, a la sombra del castillo ducal. Javier Valverde reivindica sus raíces albenses, ya que, como señala, «uno no es de donde nace, sino de donde estudia el bachillerato». Además de esa etapa de la formación personal (moral, afectiva e intelectual), debutó con caballos en la plaza vieja e inauguró, junto a sus paisanos Juan Diego y Eduardo Gallo, la nueva. Conociendo la trayectoria de los autores no es difícil repartir los méritos y responsabilidades de esta historia del toreo en Alba de Tormes. Manuel Martín Cruz se ha ocupado, desde hace ya unas décadas, de reunir documentación sobre su ciudad natal, con especialísima atención al mundo taurino, al que es aficionado, según se señala oportunamente en la solapa del libro, «desde que le salieron los dientes». Julián Moreiro es un prestigioso investigador de la historia literaria. Le debemos, entre otros estudios y ediciones, la más amplia, rigurosa, amena y profunda biografía de una de las figuras clave de nuestro teatro: Miguel Mihura: humor y melancolía (Madrid, Algaba, 2005). En la solapa se señala que «desempeña aquí la función de peón de confianza». El trabajo es, sin duda, conjunto; pero la responsabilidad en la reunión de datos y consultas de archivos parece deberse fundamentalmente a Martín Cruz, mientras que la organización y redacción final han corrido a cargo de Moreiro. 230 Recensiones de libros... 231 Aunque se trata de un libro de amena lectura (sin notas de pie de página ni otros elementos que distraigan del relato central), siempre se hace constar la procedencia de la información. Ante las fuentes poco precisas los autores adoptan siempre un sano escepticismo crítico y ponen en un cariñoso aunque displicente entredicho las afirmaciones que no están rigurosamente sustentadas por la documentación. Esta historia de los festejos y actividades taurinas en Alba de Tormes, frente a otros retratos de la vida local, rehúye cualquier tentación fabuladora o magnificadora de la realidad. La nota previa sitúa al lector ante la realidad: «¿Es Alba tierra de toros? En un lugar tan taurino como Salamanca, la villa ocupa un lugar discreto. […] Si se piensa en toros y Salamanca, el nombre de la villa no surge entre los primeros que vienen a la mente» (pág. 11). Sin embargo, los testimonios fehacientes de actividades taurinas se remontan a los primeros años del siglo XV, cuando ya se ofrecían toros en las fechas señaladas del verano festivo: San Juan y Santiago. El documento más antiguo nos lleva a 1408, año en que se registra el compromiso de un judío llamado don Bivas y un tal Sancho Rodríguez de Ávila, administradores de las rentas de la sal, para ofrecer «dos toros buenos e bravos el día de Santa María de Candelaria», es decir, el 2 de febrero, según costumbre al parecer ya antigua en aquel momento. El relato anota los múltiples festejos celebrados en el otoño de la Edad Media y los primeros siglos de la Moderna, de que ha quedado recuerdo en los archivos. Alba de Tormes tuvo una edad dorada, el siglo XVI, en que dispuso de «un lugar destinado a las fiestas de toros y cañas, La Corredera, próximo al castillo». Estos juegos y ritos, al tiempo que servían de solaz a la nobleza caballeresca, atraían a las gentes de los alrededores. Lope de Vega se hizo eco en sus versos y dramas de esta costumbre, y tuvo a su cargo escribir una emotiva elegía al más luctuoso de los sucesos acaecidos en esta etapa: la muerte de don Felipe B. Pedraza Jiménez 232 Diego de Toledo, como consecuencia del percance que entristeció las fiestas del lunes 17 de mayo de 1593. Como en el resto del orbe, la fiesta se profesionaliza a finales del siglo XVIII y crea a lo largo del XIX unas infraestructuras propias y exclusivas. A partir de 1851, Alba de Tormes dispone de un circo taurino (el tercero en el tiempo en la provincia de Salamanca, tras el de Béjar y el de la capital), anuncia las funciones en los periódicos e imprime carteles. Las corridas y novilladas, como en etapas anteriores, tienen un marcado carácter benéfico, a favor del Hospital, que se convierte en monopolista y promotor de la fiesta. Con agilidad pasamos revista a los acontecimientos más llamativos y las circunstancias que los rodean, incluidos los honorarios de los toreros y el precio de las localidades (cuestión capital pero generalmente silenciada en este tipo de historias). No faltan las referencias a la vinculación con los ritos y festividades religiosas. Si en 1882, con ocasión del tercer centenario de santa Teresa, se programaron dos corridas y una novillada (una auténtica feria taurina), unos años más tarde, en 1885, se convocó una procesión para agradecer a Dios y a la santa el haber salido indemnes de la epidemia de cólera que azotó a España en aquel año; la manifestación piadosa se vio «interrumpida y trastornada» por la suelta (suponemos que involuntaria) de un número indeterminado de reses que sembraron el pánico entre los devotos, y dio ocasión para que otros dieran muestras de su sangre torera. La historia, más que sexquicentenaria (151 años de vida), de la plaza vieja permite seguir las andanzas de los novilleros de preguerra (en el capítulo significamente titulado «¡Más cornás da el hambre!»). Ya en la posguerra asistimos a los primeros pasos de El Viti o a «la espantá de los Peraltas», hasta llegar en las décadas finales del siglo XX a una nueva etapa, con la presencia novilleril de “El Niño de la Capea”, la vinculación del Recensiones de libros... 233 coso con la Escuela de Tauromaquia salmantina, y la organización de coloquios y conferencias. En 2002 se demolió el viejo circo para levantar la actual plaza cubierta, que vive momentos de esplendor, aunque también es testigo de un cierto declive. Además del ameno relato histórico, el volumen ofrece al lector interesado una cumplida relación de «Toreros albenses», de «Ganaderos de Alba de Tormes» y «Ciento cincuenta años de carteles taurinos». Frente a otros intentos similares de recuperar la memoria taurina, este librito de Martín Cruz y Moreiro destaca por el rigor en las referencias documentales y por la soltura, corrección y donaire de la expresión. He aquí, pues, una obra de historia local relativa a un tema concreto y limitado; pero todos sabemos que, al tratar de una materia de tanta raigambre, siempre se adivina el escenario amplio y complejo de la realidad cultural, política y social. Este libro se propone hablar de Los toros en Alba de Tormes, pero acaba hablando de la vida de la ciudad a través de una de sus más sólidas tradiciones. No parece ocioso recordar que la historia universal no es más que la síntesis de múltiples historias locales, sobre todo cuando están tan firmemente asentadas y tan donosamente desarrolladas como la que comentamos. Felipe B. Pedraza Jiménez Universidad de Castilla-La Mancha