Las dificultades del espíritu crítico-científico en una sociedad autoritaria
Abstract
El área andina de América Latina ha experimentado tres grandes corrientes histórico-culturales que han contribuido a moldear la mentalidad colectiva: (1) el legado civilizatorio precolombino, (2) la tradición ibero-católica, y (3) la recepción instrumenta
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S Araucaria. Año 10, Nº 19 Primer semestre de 2008 Las dificultades del espíritu crítico-científico en una sociedad autoritaria H. C. F. Mansilla | Academia de Ciencias de Bolivia Resumen: El área andina de América Latina ha experimentado tres grandes corrientes histórico-culturales que han contribuido a moldear la mentalidad colectiva: (1) el legado civilizatorio precolombino, (2) la tradición iberocatólica, y (3) la recepción instrumentalista de la modernidad occidental. Las dos primeras fomentaron una cultura autoritaria y colectivista, poco favorable al espíritu crítico-científico. La restauración de la democracia (a partir de 1980) fomenta, con muchos obstáculos, una universalización de los derechos humanos y la introducción de un espíritu abierto a la investigación científica seria. Estos esfuerzos han mitigado la fuerza del autoritarismo y han debilitado las certezas dogmáticas. Palabras clave: autoritarismo, colectivismo, cultura precolombina, tradición ibero-católica, democratización. Abstract: The Andean area of Latin America has experienced three main historical and cultural currents, which had a strong influence on collective mentality: (1) the pre-Hispanic Indian civilizations, (2) the Iberian-Catholic tradition, and (3) a mere instrumental reception of actual western modernity. Both first influences furthered an authoritarian and collectivistic culture and were not favourable to a critical and scientific spirit. The reestablishment of democracy since 1980 promotes (with many impediments) a generalization of human rights and the introduction of a mentality opened to serious scientific research. These efforts have softened the power of authoritarianism and weakened the dogmatic attitudes. Key words: authoritarianism, collectivism, pre-Hispanic culture, Iberian-Catholic tradition, democratization. in entrar a un debate teórico --siempre insatisfactorio--; sobre definiciones conceptuales y problemas afines, se pueden hacer algunas aseveraciones de índole provisoria en torno a los complejos nexos entre el espíritu crítico-científico y una sociedad con rasgos autoritarios. Las afirmaciones siguientes están pensadas para el área andina de América Latina, sobre todo para la región comprendida entre Ecuador y Bolivia [1] . Aunque las generalizaciones en ciencias sociales resultan siempre precarias e inexactas, son, por otra parte, indispensables si se quiere decir algo que tenga relevancia teórica y sea algo más que una mera reproducción de la realidad
empírica. Esto es tanto más necesario cuanto faltan estudios serios y bien documentados sobre los vínculos entre la actividad que habitualmente llamamos científica y las mentalidades que han prevalecido y que aun son dominantes en la zona andina [2] . Durante el último medio siglo todos los países andinos han experimentado notables procesos de modernización, que han generado una marcada especialización de roles y funciones, una intensa diferenciación de los tejidos sociales y una expansión sin precedentes de los estratos medios. Algunos de los aspectos más importantes de este proceso son las múltiples modificaciones acaecidas en la esfera de aquello que imprecisamente llamamos la cultura popular. El fenómeno más importante y curioso es, empero, la pervivencia de mentalidades premodernas en medio del proceso de modernización acelerada. El término premoderno alude aquí a actitudes autoritarias, prerracionales, convencional-conservadoras y tradicionalistas, las cuales persisten paralelamente a la adopción de normativas occidentales modernas en la esfera económica, la administración pública y el ámbito académico. En la región andina la situación del espíritu crítico-científico puede ser mejor comprendida si consideramos brevemente las tres grandes corrientes históricoculturales que han contribuido a moldear la mentalidad colectiva: (1) el legado civilizatorio precolombino, (2) la tradición ibero-católica, y (3) la recepción instrumentalista de la modernidad occidental. El legado civilizatorio prehispánico y su pervivencia en el ámbito indígena No hay duda de los notables logros del Imperio Inca (y de las culturas que lo antecedieron) en muchos terrenos de la actividad humana, logros que se extienden desde la arquitectura y la infraestructura de comunicaciones hasta prácticas de solidaridad inmediata y un sentimiento estable de seguridad, certidumbre e identidad - lo cual no es poco, ciertamente. La dignidad superior atribuida a lo supra-individual fomentó valores de orientación y modelos organizativos de índole colectivista. Los padrones ejemplares de comportamiento social eran la predisposición a la abnegación y el sacrificio, la confianza en las autoridades y el sometimiento de los individuos bajo los requerimientos del Estado [3] . Todo esto condujo a una actitud básica que percibía en la institución gubernamental algo natural y bienvenido y que consideraba todo cambio social y político como algo negativo e incómodo.
Las civilizaciones precolombinas no conocieron ningún sistema para diluir el centralismo político, para atenuar gobiernos despóticos o para representar en forma permanente e institucionalizada los intereses de los diversos grupos sociales y de las minorías étnicas. La homogeneidad era su principio rector, como puede detectarse parcialmente aun hoy en el seno de las comunidades campesino-indígenas. Esta constelación histórico-cultural no ha fomentado en estas latitudes el surgimiento de pautas normativas de comportamiento y de instituciones gubernamentales que resultasen a la larga favorables al individuo como persona autónoma, a los derechos humanos como los concebimos hoy, a una pluralidad de intereses y opiniones que compitiesen entre sí y, por consiguiente, al florecimiento de un espíritu críticocientífico. Las comunidades indígenas se hallan hoy inmersas en un proceso de modernización, y es verosímil que esto último haya sido inducido por factores exógenos, como el contacto diario con el mundo moderno y la influencia de la escuela y de los medios masivos de comunicación [4] . Paralelamente a este decurso modernizante las culturas indígenas del presente conservan a menudo rasgos autoritarios en la estructuración social, en la mentalidad colectiva y también en la vida cotidiana y familiar. Estos fenómenos no concitan el interés de los partidos indigenistas y de sus intelectuales, quienes más bien fomentan una autovisión de los aborígenes basada en un panorama idealizado y falso del pasado: las culturas precolombinas habrían sido profundamente democráticas y no habrían conocido relaciones de explotación y subordinación [5] . En resumen para el ámbito andino: la civilización incaica debería ser vista como un socialismo revolucionario y original, pero en estadio embrionario [6] . Es precisamente esta concepción la que dificulta la difusión de un espíritu crítico-científico: promueve una visión complaciente y embellecida de la propia historia, atribuye todas las carencias del pasado y de la actualidad a los agentes foráneos y evita un cuestionamiento del comportamiento, la mentalidad y los valores de orientación del propio pueblo. En este campo las corrientes izquierdistas y nacionalistas no han significado una ganancia cognoscitiva de la comunidad respectiva y más bien han contribuido a menudo a consolidar los aspectos autoritarios en el mundo indígena. También hoy entre cientistas sociales existen tabúes, aun después del colapso del socialismo. Así como antes entre marxistas era una blasfemia impronunciable achacar
al proletariado algún rasgo negativo, hoy sigue siendo un hecho difícil de aceptar que sean precisamente los pueblos indígenas y los estratos sociales explotados a lo largo de siglos ─ y por esto presuntos depositarios de una ética superior y encargados de hacer avanzar la historia ─ los que encarnan algunas cualidades poco propicias con respecto a la cultura cívica moderna, a la vigencia de los derechos humanos y al despliegue de una actitud básicamente crítica. No hay duda de que casi todos los grupos poblacionales indígenas intentan adoptar lenta pero seguramente numerosos rasgos básicos del mundo occidental, sobre todo en los campos de la técnica y la economía. Como este designio tiene lugar, al mismo tiempo, con el redescubrimiento de sus valores ancestrales, lo que finalmente emerge es una compleja y contradictoria amalgama que tiene una relevancia decisiva para la configuración de las identidades colectivas del presente [7] . Esta problemática se halla inmersa en el debate mayor entre valores particularistas y coerciones universalistas [8] , por un lado, y en la discusión sobre la identidad colectiva [9] , por otro. En los países andinos se puede constatar una controversia tácita entre la conservación de la tradicionalidad aborigen y los intentos de alcanzar la modernidad a la brevedad posible, controversia no explícita que tiene lugar en el seno de cada comunidad indígena y, en realidad, en la consciencia de muchos individuos. Esta pugna es particularmente clara y de intensidad mayor en grupos indígenas de urbanización reciente y formación universitaria. Además hay que consignar que numerosas reivindicaciones indígenas encubren conflictos muy habituales por la posesión de recursos naturales cada vez más escasos, como tierras agrícolas y fuentes de agua [10] . Nada de esto es sorprendente, pues pertenece al acervo de la historia universal [11] . Actualmente se puede aseverar que en la región andina se dan dos fenómenos al mismo tiempo. Por un lado el proceso de modernización, por más modesto que sea, ha socavado en forma lenta pero segura la autoridad, el prestigio y las funciones que eran inherentes a las colectividades indígenas definidas según criterios étnico-culturales. La mayor autoconsciencia individual, la construcción de la personalidad de acuerdo a parámetros urbanos, racionales y universales y las imágenes omnipotentes de la globalización cultural contribuyen a debilitar todo nexo identificatorio tradicional. Por otro lado, la misma acción modernizadora provoca una fuerte reacción defensiva de las comunidades aborígenes, que intentan preservar sus valores y normas y el control sobre sus miembros precisamente con más ahínco cuando se saben amenazadas de muerte, a menudo revitalizando tradiciones autoritarias [12] .
En la actualidad las tendencias indigenistas e indianistas [13] hacen evidente un cierto fundamentalismo sobre todo en el anhelo de reconstruir lo propio diferenciándose de lo ajeno, lo extranjero, moderno y occidental; y en el rechazo del "imperialismo cultural" de Europa y los Estados Unidos, rechazo que engloba creaciones civilizatorias de índole universalista como el espíritu crítico-científico, los derechos humanos y ciudadanos, algunas pautas contemporáneas de comportamiento socio-político (como la democracia representativa liberal) y algunos valores actuales de orientación (por ejemplo el individualismo y la tolerancia pluralista). Esta inclinación fundamentalista, aunque atenuada, impide el autocuestionamiento de la propia constelación, de sus valores de orientación y de sus metas históricas, lo que constituye, en el fondo, el factor más importante de una actitud crítica. Por otra parte, este intento de recrear un modelo civilizatorio propio puede ser calificado de traumatizante y de inútil: los ingredientes aparentemente más sólidos y los factores más sagrados del acervo cultural e histórico del actual espacio andino resultan ser una mixtura deleznable y contingente de elementos que provienen que otras tradiciones nacionales o que tienen una procedencia común con los más diversos procesos civilizatorios [14] . La quintaesencia identificatoria nacional o grupal, estimada como algo primordial, básico e inalterable, sólo puede ser definida y comprendida con respecto a lo complejo, múltiple y cambiante que está encarnado en lo Otro, es decir en los elementos determinantes de las culturas ajenas y hasta hostiles. Este ejercicio de la búsqueda por lo auténtico y propio tiene efectos traumáticos porque pone de relieve el hecho de que el núcleo cultural que puede ser considerado efectivamente como la identidad nacional incontaminada constituye un fenómeno de importancia y extensión decrecientes. La inmensa mayoría de los estados existentes actualmente no poseía una consciencia nacional hace escasamente doscientos años [15] . El despertar político de la población indígena en toda el área andina puede estar justificado en términos sociales e históricos, pero conlleva el peligro de un renacimiento del autoritarismo colectivista, lo que no es favorable a un espíritu crítico [16] . La tradición ibero-católica y su influencia actual No hay duda de que la larga era colonial española y luego la republicana, que continuó algunos elementos centrales de la explotación y subordinación de los indígenas, han
generado en las etnias aborígenes una consciencia muy dilatada de nación oprimida, de una injusticia secular no resuelta y de agravios materiales y simbólicos aun vivos en la memoria popular. Estas tendencias no formulan soluciones practicables, pero sí han fomentado un imaginario colectivo altamente emocional, que simultáneamente se cierra al análisis racional y al debate realista de su condición actual. La exacerbación de elementos comunitaristas y particularistas debilita los aspectos razonables de la modernidad, como la democracia pluralista, el Estado de Derecho, la concepción de los derechos humanos y la moral universalista. La mentalidad prevaleciente en el área andina no puede ser disociada del relativo estancamiento histórico que sufrieron España y Portugal a partir del siglo XVI. Este atraso evolutivo no puede ser desvinculado del conocido talante iliberal y acrítico que permeó durante largo tiempo las sociedades ibéricas, el que fue responsable parcialmente por la esterilidad de sus actividades filosóficas y científicas, por la propagación de una cultura política del autoritarismo y por la falta de elementos innovadores en el terreno de la organización social. Se pueden aducir varios argumentos contra estas aseveraciones, como su carácter generalizante, el tratamiento poco diferenciado de unos fenómenos históricos altamente complejos y el dejar de lado el erasmismo español [17] , la ensayística política española de los siglos XVII y XVIII y los aportes originales de la Ilustración en la península ibérica. Pero lo determinante es que estos factores histórico-culturales no tuvieron ninguna influencia digna de mención en el área andina, la que tampoco experimentó la notable modernización española a partir de las últimas décadas del siglo XIX. En la región andina se expandió una forma particularmente dogmática y retrógrada del legado cultural ibero-católico, que se destacó por su espíritu irracional, autoritario, burocrático y provinciano. A causa del llamado Patronato Real, establecido en 1508 por una bula papal, la Corona castellana y luego el Estado español ejercieron una tuición severa y rígida sobre todas las actividades de la Iglesia Católica en el Nuevo Mundo [18] . La Iglesia resultó ser una institución intelectualmente mediocre, que irradió pocos impulsos creativos en los ámbitos de la teología, la filosofía y el pensamiento social. Durante la colonia el clero gozó de un alto prestigio social; la Iglesia promocionó un extraordinario florecimiento de las artes, especialmente de la arquitectura, la pintura y la escultura. La Iglesia respetó de modo irreprochable el modus vivendi con la Corona y el Estado; toleró sabiamente rituales y creencias sincretistas; y sus tribunales
inquisitoriales procedieron, en contra de lo que ocurría en España, con una tibieza encomiable. Pero esta Iglesia no produjo ningún movimiento cismático; le faltaron la experiencia del disenso interno y la enriquecedora controversia teórica en torno a las últimas certidumbres dogmáticas. Debido a la enorme influencia que tuvo la Iglesia en los campos de la instrucción, la vida universitaria y la cultura en general, todo esto significó un obstáculo insuperable para el nacimiento de un espíritu científico. Las naciones ibéricas no estimularon ni contribuyeron esencialmente al nacimiento del mundo moderno, basado en el desarrollo impetuoso de la ciencia y la tecnología, en la industrialización y la regulación metódica de la vida cotidiana. Al sur de los Pirineos y en el ámbito colonial español y portugués no se dio hasta el siglo XIX una comprensión adecuada de los cimientos espirituales y cognoscitivos de los procesos modernizadores y tampoco, paradójicamente, una actitud crítica con respecto a lo negativo de la modernidad. Cuando las naciones latinoamericanas y especialmente las andinas ingresaron al arduo camino de la modernización, lo hicieron copiando indiscriminadamente los modelos ya existentes, ofreciendo muy poca resistencia a los aspectos antihumanos contenidos en aquellos sistemas imitativos de modernización, los cuales predominan aun hoy en la fase contemporánea de la evolución latinoamericana. Algunos males del presente (baste el referirse a las prácticas cotidianas del Poder Judicial, de la administración pública y de la universidad) tienen que ver casi directamente con aquella tradición socio-histórica. La época colonial conllevó en la región andina una marcada propensión al centralismo [19] , una clara inclinación al estatismo y al burocratismo [20] y un cierto desprecio por labores intelectuales y creativas. La atmósfera de las universidades de esa época era similar a la prevaleciente en las Altas Escuelas de la Edad Media: no existía la inclinación a relativizar y cuestionar las certidumbres dogmáticas y los conocimientos considerados como verdaderos. Predominaba en cambio una enseñanza de naturaleza receptiva, basada en la memorización de textos y en la formación de destrezas retóricas. La investigación científica y las capacidades crítico-analíticas no fueron desarrolladas. Los debates podían ser intensos, pero acerca de cuestiones triviales [21] . Varias de estas características han persistido hasta hoy; los intelectuales adscritos al sistema universitario han sido ─ con pocas y notables excepciones ─ buenos receptores e intérpretes de ideas foráneas, pero no autores de planteamientos novedosos y
heurísticos a escala mundial. Todos estos factores han sido importantes para la conformación de la cultura política del autoritarismo, que durante siglos determinó el ambiente cultural de América Latina y de la región andina. Pero no se trata de esencias indelebles y perennes de una presunta identidad colectiva que es inmune al paso del tiempo, a transformaciones internas y a las influencias foráneas. Son fenómenos históricos, es decir: transitorios y pasajeros, pero que durante ciertos periodos, que pueden ser muy largos, determinan la atmósfera cultural e intelectual de un territorio. Los esfuerzos por implantar la democracia, el Estado de Derecho y el pluralismo ideológico en el área andina a partir de 1980 han mitigado la fuerza del autoritarismo y han debilitado las certezas dogmáticas; hoy en día se da, por lo tanto, la esperanza de que el espíritu críticocientífico pueda aclimatarse adecuadamente en América Latina y en la zona andina [22] . La recepción instrumentalista de la modernidad occidental Las sociedades del área andina tienden a adoptar la modernidad occidental en cuanto la proliferación de espacios sometidos a la racionalidad de los medios, como se manifiesta de modo patente en la acogida extremadamente favorable que le ha sido deparada a la tecnología en todas sus manifestaciones. Los avances técnicos son percibidos en la zona andina como hechos de validez universal, dignos de ser incorporados inmediatamente a las actividades productivas, distributivas y organizativas del país respectivo. Esta concepción en torno al carácter únicamente positivo de la tecnología contrasta con la opinión muy difundida entre nacionalistas, izquierdistas e indigenistas de que la filosofía del racionalismo, el espíritu críticocientífico, el genuino individualismo, el respeto inviolable a los derechos de la persona, el pluralismo ideológico y la libertad de expresión, serían productos secundarios y fortuitos, circunscritos a un ámbito geográfico y temporal restringido (la Europa Occidental de los siglos XVI al XIX) y, por lo tanto, de una validez relativa. Fenómenos de vigencia parcial no merecen, obviamente, que se les preste una atención demasiado intensa y menos aún que sean integrados dentro de los valores de orientación de la vida cotidiana y de los parámetros de la planificación del desarrollo. En el área andina está difundida la idea tácita de que es posible y deseable separar un invento técnico de su contexto científico de origen. La importación masiva de tecnologías
ha dejado de lado el sustrato científico, el espíritu crítico e indagatorio que hicieron posible la ciencia y, por consiguiente, el florecimiento técnico-industrial contemporáneo. La apropiación incesante de tecnologías civiles y militares, consideradas como productos "neutrales" de la inventiva humana y, por lo tanto, como libres de las peligrosas inclinaciones occidentales en favor de actitudes indagatorias y probatorias, sirve para tender un velo sobre la posible intención socio-política que subyace a numerosos intentos de modernización acelerada: la preservación de estructuras premodernas de tinte marcadamente antidemocrático, iliberal y antipluralista. En tierras andinas el resultado es una modernidad de segunda clase: hay enormes ciudades que poseen todos los inconvenientes y pocas de las ventajas de las grandes urbes del Norte; la urbanización apresurada y la apertura de vastos territorios suceden sin una preocupación colectiva por la contaminación ambiental y la destrucción de la naturaleza; la construcción de instituciones cívicas y políticas ha ocurrido hasta cerca de 1980 prescindiendo de los designios de liberalidad, democracia, tolerancia y pluralismo que animaron los orígenes de aquéllas en el marco de la civilización occidental. Las grandes creaciones del Occidente europeo han pasado al Nuevo Mundo por un tamiz de economicismo, pragmatismo e instrumentalismo, dando como efecto una recepción acrítica, unilateral y parcialmente deformada de la modernidad. Estas aseveraciones se entienden como limitadas al campo de su aplicación práctica y no conciernen obviamente los afanes de eruditos, literatos y artistas. El sesgo utilitarista y tecnocrático que ha tomado la modernidad en el área andina viene a ser mucho más pronunciado que en sus sociedades metropolitanas de origen y se manifiesta en la cultura popular y en el destino experimentado por las universidades. Lo rescatable de las tradiciones y los dilemas actuales Esta crítica de las tradiciones socio-culturales del área andina es a todas luces insuficiente, ya que deja de lado los aspectos positivos ─ es decir, válidos hasta hoy ─ de aquellas herencias históricas. En lo referente al legado ibero-católico hay que considerar los rasgos razonables que pueden ser localizados en la configuración de la vida cotidiana, en las estructuras familiares, en los ritmos laborales, en el ornato y la estética públicas, en el mayor respeto por los ecosistemas naturales y en el
2002; Fernando Mires, Teoría del nuevo capitalismo o el discurso de la globalización, Caracas, Nueva Sociedad 2000. [25] Cf. la obra que no ha perdido vigencia: Torcuato S. Di Tella, Populism and Reform in Latin America, en: Claudio Véliz (comp), Obstacles to Change in Latin America, Londres etc., Oxford U. P. 1965, p. 48.