Gerión 53 ISSN: 0213-0181 2010, 28, núm. 2, 53-84 Esencialismo, normativismo, posmodernismo: las interpretaciones sobre la etnicidad en la Arqueología española Francisco José GARCÍA FERNÁNDEZ Departamento de Prehistoria y Arqueología, Universidad de Sevilla
[email protected] Manuel Alberto FERNÁNDEZ GÖTZ Departamento de Prehistoria, Universidad Complutense de Madrid
[email protected] Resumen En el marco del presente artículo se ofrece una perspectiva diacrónica de las formas en las que la Arqueología española ha abordado el estudio de la etnicidad pretérita y por ende de la imagen generada sobre los “pueblos” peninsulares. Para ello se comienza con un repaso de los antecedentes presentes en la historiografía de la Edad Moderna, para pasar posteriormente a las etapas iniciales de la disciplina, a la introducción del método de la escuela alemana y a la influencia del franquismo. Por último, en la parte final del trabajo se abordan las aproximaciones llevadas a cabo desde inicios de los años 1980, así como el notable interés y debate que viene generando la temática en el ámbito popular de la mano del desarrollo del Estado de las Autonomías. Palabras clave: Etnicidad, Historiografía, Arqueología Española, Nacionalismo. Essentialism, normativism, postmodernism: ethnic interpretations in Spanish archaeology Abstract This article presents a diachronic view of the ways in which Spanish Archaeology has approached the study of past ethnicity and consequently the image this has created of the peninsular “peoples”. To this end we begin with a review of the precedents contained in the historiography of the Early Modern Period which will be followed by a look at the initial phases of the discipline, the introduction of the cultural-historical method of the German School and the influence of the Franco regime. In the final section we will examine the approaches used since the beginning of the 1980s as well as the public interest and debate this issue has created as a result of the development of the Autonomous Communities. Key words: Ethnicity, Historiography, Spanish Archaeology, Nationalism. Las interpretaciones étnicas, entendidas tradicionalmente como la adscripción de restos materiales a determinados pueblos, han venido disfrutando de una larga y continuada tradición en la investigación española. En efecto, la identificación y caracterización de antiguos grupos étnicos ha sido un tema recurrente, ya fuese desde el campo de la Historia Antigua, ya desde el de la Arqueología. Aunque tradicionalmente ha sido la Edad del Hierro, periodo para el cual se dispone de las
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 54 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 primeras referencias escritas sobre grupos étnicos prerromanos, la etapa que ha generado un mayor interés, tampoco debe minusvalorarse la dispar importancia atribuida –según cada época y contexto– a otros componentes como el romano, visigodo, musulmán e incluso judío. En el marco del presente trabajo se pretende realizar una aproximación historiográfica a esta compleja temática, en un recorrido que abarque desde las crónicas de época moderna hasta las propuestas más recientes deudoras de corrientes postprocesuales. Evidentemente, un análisis de este tipo puede ofrecer únicamente breves “pinceladas” de cada etapa. Aún así, creemos que se trata de una tarea necesaria, ya que constituye la primera visión de conjunto realizada hasta la fecha. En este sentido, hemos intentado superar especialmente la tradicional división existente en los estudios de Protohistoria entre la investigación de la denominada “Hispania indoeuropea” y la de las regiones mediterráneas, solar de las poblaciones de lengua ibérica. Por último, en la parte final del trabajo se realizan una serie de reflexiones que pretenden ofrecer “puntos de partida” desde los cuales acometer el análisis de las complejas relaciones entre cultura material y etnicidad. 1. El peso de la tradición: los pueblos de España en la historiografía moderna Se atribuye con frecuencia al triunfo de los nacionales en la Guerra Civil la formalización de los tópicos que han impregnado la arqueología española durante la mayor parte de la pasada centuria. La crítica historiográfica suele remontarse, como mucho, a los últimos decenios del siglo XIX o inicios del XX, cuando comienza en España la profesionalización de la Arqueología, con la creación de la primera cátedra en Madrid y la fundación de la Junta Superior para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, justo en el momento en que se intensifican los contactos con universidades extranjeras, favoreciendo de este modo la alineación de los investigadores españoles con los postulados del Historicismo Cultural. Sin embargo, las claves que han servido secularmente para interpretar las etapas primigenias de la historia española tienen su inicio mucho antes (Wulff 2003a; 2003b). A principios del siglo XVI la herencia política e ideológica de los Reyes Católicos y la definitiva unificación de los reinos de España a manos de Carlos V habían generado un clima favorable para la construcción de una historia nacional acorde con las expectativas de la corona y con el papel que nuestro país estaba destinado a jugar en el panorama internacional en los años venideros. En este contexto se sitúan los primeros intentos serios por escribir una Crónica General de España desde los orígenes hasta la época moderna, empeño en el que destaca sobre todo la labor de Florián de Ocampo y Ambrosio de Morales, cronistas de Carlos V y Felipe II respectivamente. La obra de Ocampo quedó inconclusa en los inicios de la II Guerra Púnica, mientras que la de Morales sólo llegó hasta el año 1037. Pese a todo, ambas sirvieron de inspiración a Juan de Mariana, que pudo concluir con éxito la primera Historia General de España, “más resumida que la de Ocampo y Morales, pero con una organización compacta, unilineal y bien organizada” (Ferrer 1996: 39). Las Histo-
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 55 2010, 28, núm. 2, 53-84 riae de rebus Hispaniae gozan además del mérito de haberse convertido durante más de doscientos cincuenta años en la historia “oficial” de España, hasta la publicación entre 1850 y 1867 de la obra de Modesto Lafuente. Las claves de este éxito se debieron sin duda a su capacidad para dar respuestas a las necesidades y exigencias de la sociedad española durante el Antiguo Régimen (Álvarez 2005: 31; Wulff 2003a: 60). Ocampo, Morales y Mariana sentaron las bases de la imagen que de los pueblos de España se proyectará en la historiografía posterior, perdurando de forma explícita o velada en los discursos paleoetnológicos hasta bien entrado el siglo XX. Como afirma Álvarez (2005: 25-26), las claves ideológicas que sustentarán el discurso historiográfico a partir de este momento serán la unidad de los españoles desde sus más remotos orígenes y la temprana aparición de la monarquía como forma más elevada de organización. En efecto, la idea de que España había existido como tal desde tiempos inmemoriales es una constante en la literatura histórica que se mantendrá durante siglos en la visión que los españoles tenían de sí mismos. Asimismo, las alusiones de los historiadores griegos y romanos a reyes legendarios o semilegendarios, como Habis y Gárgoris, o el propio Argantonio, permitieron situar en Tarteso el inicio de la civilización y de la primitiva monarquía hispana. Esta situación de independencia, no obstante, se vería pronto interrumpida por la presencia de pueblos extranjeros, colonizadores e invasores, atraídos por las inmensas riquezas naturales del país. Se perfila, de este modo, otro de los rasgos característicos del español: su naturaleza ingenua y su secular propensión a la desunión política (Álvarez 2005: 26). Con la llegada de los fenicios se inicia, pues, una larga etapa en la que España se verá ininterrumpidamente sojuzgada por potencias extranjeras: cartagineses, romanos y visigodos se suceden en el tiempo hasta el inicio de la última y más perniciosa de todas las invasiones, la de los musulmanes. La presencia de estas poblaciones, sin embargo, no alterará sustancialmente los rasgos esenciales de los españoles, que se mantendrán latentes hasta la recuperación de su unidad y libertad durante el reinado de los Reyes Católicos. Es precisamente en este contexto donde se forja la imagen negativa de los fenicios, deudora de buena parte de los tópicos heredados de la Antigüedad Clásica y que tanta trascendencia tendrá en la literatura posterior. A diferencia de los griegos, los fenicios van a ser vistos desde entonces como un pueblo taimado de astutos comerciantes, despiadados y ávidos de riquezas, que se aprovechan de la bondad y candidez de los hispanos (Wulff 2003a: 27 ss). Esta imagen se proyectará también sobre los cartagineses, a quienes las fuentes atribuyeron la conquista de Tarteso y el fin de la independencia de los pueblos hispanos (Ferrer 1996: 33 y 41). En Ambrosio de Morales y, posteriormente, en Juan de Mariana encontramos también la primera organización del mapa paleoetnológico de la Península Ibérica, que distinguirá a partir de ahora entre el sur civilizado y opulento (Tarteso), permeable a las influencias externas, y un norte austero, indomable y luchador (celtíberos, cántabros y astures), donde se mantienen puras las mejores virtudes de “lo español” (Álvarez 2005: 30-32). Este modelo bipolar permitía encomiar los logros de
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 56 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 los tartesios, la primera gran cultura de Occidente, y al mismo tiempo aplaudir la animosa resistencia de los pueblos del interior (que finalmente se acaban identificando con el carácter castellano), como último baluarte de identidad e independencia hispana ante la ocupación extranjera. Como señala Álvarez (2005: 32), resulta sumamente revelador el éxito que uno u otro modelo arquetípico adquirirán a partir de ahora en función del contexto ideológico-político y de la conciencia histórica de cada momento. Durante el siglo XVIII se abrió, no obstante, un paréntesis en literatura histórica, imponiéndose una actitud crítica ante las fuentes y propuestas sumamente innovadoras (Wulff 2003: 65-66). Se desarrollan, parafraseando a Ferrer (2002-03: 10), “labores de higiene” en la historiografía española a partir de una concepción renovada de la Historia, de su función social y de su trascendencia política. El objetivo fue, ante todo, construir una historia de España acorde con las necesidades de los nuevos tiempos y recobrar el prestigio perdido a causa de los excesos perpetrados en las centurias anteriores. Asimismo, se produjo una inversión del sujeto de la Historia (Maravall 1972: 250 ss.). Si durante los siglos XVI y XVII el interés se centró en el genio individual de príncipes, monarcas, generales y obispos, dentro de una concepción aristocrática y didáctica de la Historia, como espejo y arquetipo donde los futuros gobernantes podían inspirarse, el modelo ilustrado se ocupará sobre todo de la sociedad civil y de la historia nacional, en su sentido más amplio: economía, política, instituciones, cultura, moral, religión, etc. Estos cambios de orientación en la historiografía, unido a la significativa reducción del repertorio de fuentes escritas, provocada por un intenso expurgo crítico, favoreció la superación del género cronístico, que había dominado en la literatura histórica desde finales de la Edad Media (Ferrer 2002-03: 11). En este contexto la percepción de los pueblos prerromanos dio un sorprendente giro, tanto en lo que se refiere a su caracterización cultural como a su valoración histórica. En ello tuvieron que ver no sólo los avances en el campo metodológico – análisis crítico de las fuentes, documentación y recopilación de vestigios arqueológicos, aparición de las Reales Academias, etc.– sino, sobre todo, “la proyección al pasado de los valores del ideario ilustrado” (Álvarez 2005: 36). Sin embargo, es preciso advertir que en ningún momento se renunció a los principios indiscutibles que constituían la base de la identidad nacional: la unidad original de España y la existencia de una serie de rasgos esenciales, sempiternos, compartidos por todos los españoles, entre los que sobresaldrían la religión católica y la institución monárquica. Si algo tienen en común los historiadores españoles del siglo XVIII es su interés por la Antigüedad y más concretamente por rescribir y actualizar la información conservada de sus etapas primigenias, bajo la luz del nuevo prisma historiográfico. Prueba de ello es la publicación en 1756 de los Anales de la Nación Española, obra de Luis José Velázquez, Marqués de Valdeflores, donde se revisa exhaustivamente la cronología de edad antigua sobre la base del nuevo sistema desarrollado algunas décadas antes por el propio Isaac Newton (Álvarez 1996: 103). Con Valdeflores se inicia además una corriente tendente a revalorizar el papel de los fenicios en la His-
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 57 2010, 28, núm. 2, 53-84 toria de España y su especial protagonismo en los orígenes de Tarteso, al tiempo que se resta importancia a la presencia griega y su impronta colonial (Cruz y Wulff 1992: 168). Esta orientación, que podríamos calificar de insólita en la historiografía española, al menos hasta bien entrado el siglo XX, encontrará gran acomodo entre otros autores contemporáneos y muy especialmente en los dos principales proyectos que se emprenden en este momento para elaborar una Historia General de España bajo el paradigma ilustrado (Álvarez 2005: 39): la Historia Literaria de España de los hermanos Rodríguez Mohedano y la obra de Juan Francisco Masdeu, Historia crítica de España y de la Cultura española (véase también Ferrer 1996). En cualquier caso, la idea de “pueblo” –español, extranjero; tartesio o celtíbero; gaditano o numantino– no varía sensiblemente con respecto a los momentos anteriores, pero sí su valoración histórica y moral. Supone un precedente significativo de lecturas que no volveremos a encontrar en la historiografía española hasta mediados del siglo XX y que contrasta claramente con el modelo romántico, que en el caso de España se mantendrá vigente sin grandes cambios hasta Schulten. Efectivamente, el siglo XIX supuso en buena medida un retorno a los ideales preilustrados, al menos en lo que respecta a la imagen de España y de los españoles, y muy especialmente a la percepción de la Antigüedad. No ocurre así con los procedimientos de trabajo, que seguirán en adelante las pautas marcadas por el racionalismo, el criticismo y la erudición, sin olvidar la sensibilidad y el interés por la filosofía de la historia (Cirujano et al. 1985: 11-13). Dos factores determinaron el rumbo que tomará la historiografía durante la primera mitad de esta centuria: la guerra de independencia, que contribuyó a la renovación y actualización de la conciencia nacional, y el ascenso de la burguesía liberal, responsable de los cambios políticos y de la nueva concepción del Estado, de las instituciones y de la ciudadanía. En este contexto la Historia adquiere un nuevo y elevado papel, destinada como estaba a explicar y justificar una vez más el orden de las cosas y reelaborar el pasado de acuerdo con los nuevos intereses y aspiraciones; pero, sobre todo, “la construcción de la sociedad burguesa demandaba a la historia un fin social de educación colectiva y de sensibilización patriótica” (Cirujano et al. 1985: 9). Si la Ilustración trajo consigo el reemplazo de los antiguos protagonistas individuales de la Historia (reyes, nobles, militares y clérigos) en favor de la sociedad civil, como colectivo, durante el Romanticismo se produjo un enriquecimiento del concepto de pueblo y su identificación con la nación. De hecho, la historia del siglo XIX es, por encima de todo, la historia de las naciones y sus ciudadanos, entes abstractos dotados de identidad, autonomía y destino propios. Confluyen en este punto un profundo idealismo, que hunde sus raíces, no obstante, en la filosofía ilustrada, con la noción de progreso (también heredada de la Ilustración) como motor del cambio social y meta de la historia (Moreno Alonso 1979a: 195). Sin duda, las tesis de Herder, y muy especialmente su concepto de Volksgeist (espíritu del pueblo), que se expresa en la lengua, la literatura, el arte y el folklore de las naciones, habían encontrado un terreno abonado en la Europa de las revoluciones (Fernández Götz 2008: 21-25). Mientras que Italia o Alemania iniciaban sus proyectos de unificación y Bélgica se independizaba de los Países Bajos, España, que había alcanzado su
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 58 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 “unidad nacional” mucho tiempo atrás, trataba de explicarse a sí misma en un escenario de intensos cambios sociales. La idea de “España” y de los “españoles” adquiere un nuevo significado en el marco del estado liberal, toda vez que éstos se convierten en sujeto elemental de su propia historia; sin embargo, en ningún caso los historiadores van a abandonar las mimbres con las que se habían urdido las glorias patrias durante el Antiguo Régimen. La unidad esencial de los españoles y las tendencias centrífugas que provocaron la continua intrusión de pueblos extranjeros siguen constituyendo el hilo argumental de una historia lastrada por los prejuicios y complejos heredados de la tradición preilustrada, que se verán ahora potenciados por el recuerdo de la invasión napoleónica. Sin embargo, sí se puede apreciar un desinterés por culturas o etapas que habían gozado de especial predilección en la historiografía anterior, caso de Tarteso o de los iberos, en favor de los pueblos del centro y norte de la Península, que adquieren ahora un rol especial en la construcción de la identidad española (Álvarez 2005: 49). Mientras que las poblaciones del Sur y Levante se habrían visto continuamente influidas por la llegada de extranjeros –fenicios, cartagineses y griegos– los celtíberos, lusitanos, cántabros, astures, etc. permanecieron durante siglos impermeables a las injerencias externas, manteniendo inalterados los rasgos primigenios que caracterizarían al pueblo español. Los episodios bélicos de resistencia heroica o exaltación patriótica –los cercos de Numancia y Sagunto, las campañas de Viriato o la revuelta de Sertorio, por ejemplo– (fig. 1) encuentran una gran acogida en el ideario colectivo como expresión de los valores nacionales (Ruiz Zapatero 1996: 180; Wulff 2003: 101-103), perpetuándose durante la restauración borbónica y el Regeneracionismo gracias a su enorme dramatismo y capacidad de sugestión, en un contexto marcado por la definitiva pérdida de las colonias de ultramar. Por su parte, fenicios, griegos y cartagineses son retratados de nuevo como gentes extrañas que pervierten la natural bondad y austeridad de los españoles. Si por una parte se reconoce con frecuencia a los primeros su aportación civilizadora, en este momento se forja una imagen extremamente negativa de los cartagineses y, en general, del fenómeno púnico a partir de los viejos tópicos seculares –avaricia, impiedad, tiranía, belicosidad, soberbia, etc.– que perdurará sin grandes cambios hasta bien entrado el siglo XX (Ferrer 1996: 72-76). La obra más representativa de este periodo fue la Historia General de España de Modesto Lafuente, publicada en treinta tomos entre 1850 y 1867. Se trata del primer intento logrado de elaborar una Historia “oficial” y completa de España desde la antigua crónica de Juan de Mariana, que había seguido a pesar de todo revisándose y reeditándose hasta mediados de esta centuria. Al igual que ocurrió con aquella, la obra de Lafuente se erigirá en un referente indiscutible para la historiografía posterior, marcando en buena medida las claves interpretativas con las que finalizará el siglo XIX y se iniciará el XX (Wulff 2003a: 107). La razón de su éxito se debió principalmente a la capacidad para satisfacer las necesidades de la burguesía liberal, al convertir a la nación en el sujeto de la historia, sin renunciar a la tradición y a una visión profundamente esencialista del pueblo español (Cirujano et al. 1985: 78). En efecto, el modelo interpretativo de Lafuente retoma y actualiza en gran parte viejos
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 59 2010, 28, núm. 2, 53-84 esquemas heredados de la tradición historiográfica, adaptándolos a las nuevas circunstancias políticas y sociales (Cfr. Wulff 1994: 864-865). El mapa de la España primitiva resultante de este modelo se caracteriza, ya lo hemos visto, por un claro antagonismo entre las poblaciones de la costa, más permeables a las influencias externas y, por lo tanto, más civilizadas, pero también más blandas y menos resistentes a los elementos invasores; y los pueblos que ocupaban el centro, norte y occidente de la Península, “que no habían sido modificados con el influjo de las colonias” (Lafuente 1889: I, 309). Entre estos últimos destacarían sobre todo los celtíberos, la raza más autóctona de todas, fruto del feliz encuentro entre los celtas procedentes del norte y los iberos, oriundos de Asia. En ellos se concentran todas las cualidades esenciales que definen el carácter del español: sobriedad, valor, ausencia de unidad, independencia, etc. (Wulff 1994: 865-866). Desde esta óptica, resulta evidente que “la búsqueda del ‘alma del pueblo’, del genio español, presidida por el concepto implícito de pureza, no cabe realizarse en un ámbito como el meridional, que se entiende definido desde siempre por la llegada de los pueblos extranjeros, por la mezcla, por muy positivos que sean los nuevos aportes” (Álvarez 2005: 53-54). Paralelamente a estas “historias generales” proliferan también durante la segunda mitad del siglo XIX las historias regionales y, sobre todo, locales, elaboradas en muchos casos por autores de segunda fila y aficionados (Moreno Alonso 1979b: 131). Entre las primeras, destaca especialmente la obra de J. Guichot, Historia General de Andalucía desde los tiempos más remotos hasta 1870 (1869-1871), y la Historia de Cataluña de V. Balaguer (1860; 2ª ed. 1885-1996), a las que habría que unir la Historia de Aragón de B. Foz (1872), la Historia de Galicia de B. Vicetto (1865-1874), o la Historia General de Guipúzcoa, publicada en 1869 por N. Soraluce y Zubizarreta (Moreno Alonso 1979b: 416-417). Es en este género, de talante apasionado, donde calan más hondo las antiguas esencias, actualizadas y adaptadas a los intereses de un auditorio burgués, erudito y provinciano, comprometido con su pasado. En ellas encontramos generalmente los mismos tópicos de la historia nacional, aunque eso sí, acomodados a las necesidades –locales– del discurso, pero sin añadir nada nuevo1. 2. Tradición y renovación: los inicios de la arqueología en España La incorporación de la disciplina arqueológica a los estudios históricos no supuso en ningún caso la modificación de estos planteamientos, que siguieron dependiendo fundamentalmente de las fuentes clásicas hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, el registro arqueológico sirvió para ilustrar y situar en el tiempo y en el espacio a los distintos grupos étnicos, aunque su identidad estuvo siempre condicionada por una óptica exógena, la de los geógrafos e historiadores grecolatinos, cuyas des- __________ 1 Quizá la única excepción en este sentido sea J. Guichot, que valora de forma sumamente positiva la instalación de los fenicios –no así de los cartagineses– en el sur de la Península Ibérica y su labor civilizadora en el solar de la antigua Tarteso (Álvarez 2005: 57-58).
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 60 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 cripciones eran extrapoladas a momentos muy anteriores. Entre los primeros investigadores que desarrollaron este tipo de aproximaciones pueden citarse algunos de los “pioneros” de la Arqueología en España, como Jorge Bonsor –que interpretó en términos étnicos las necrópolis de Los Alcores, tratando de rastrear en ellas la presencia de poblaciones semíticas y célticas (fig. 2), o Luis Siret, quien consideró “celta” la Cultura de la Edad del Bronce de El Argar (Fernández Götz 2007). Ciertamente, la aportación de investigadores extranjeros en el desarrollo de la arqueología española fue decisiva durante las primeras décadas del siglo XX. Entre ellos destaca la labor de los arqueólogos franceses Pierre Paris y Arthur Engel, cuya contribución al estudio de la cultura ibérica fue muy notable (Rouillard 1999; Ruiz et al. 2008), a los que habría que unir la controvertida figura de A. Schulten y su obsesión por los orígenes “históricos” de Tarteso (Cruz Andreotti 1991)2. Amparado por la autoridad académica que le confería su origen alemán, si por algo sabresalió el profesor de Erlangen fue sobre todo por haberse convertido en el defensor más tenaz del método filológico, como demuestra en su “Hispania” (publicada inicialmente como una colaboración dentro de la “Paulys Real-Encyclopädie” en 1913) o la edición de las Fontes Hispaniae Antiquae, que influyeron considerablemente en el método y la visión de los arqueólogos españoles durante buena parte del siglo XX. Este proceso se vio favorecido también por la propia institucionalización de la arqueología en España, con la fundación de la primera cátedra en la Universidad Central de Madrid en 1911, ganada por J. Ramón Mélida, el que fuera considerado uno de los padres de la arqueología española (Casado Rigalt 2006), seguida de la cátedra de Historia Primitiva del Hombre, concedida en 1922 al alemán Hugo Obermaier. A ello habría que sumar la creación de la Junta Superior para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en 1907, cuyas becas permitieron a las nuevas generaciones de arqueólogos y prehistoriadores –como P. Bosch Gimpera, A. García y Bellido o M. Almagro Basch– completar su formación en universidades y centros de investigación extranjeros, especialmente en Alemania (Díaz- Andreu 1995a; 1996). En su seno se creó en 1910 el Centro de Estudios Históricos, a cuyo frente se situó Manuel Gómez-Moreno, un polifacético historiador cuya nutrida labor abarcó campos tan dispares como la Prehistoria, el estudio de la len- __________ 2 Como se ha puesto de relieve recientemente (Álvarez 2005), Schulten pretendió reconstruir la historia de Tarteso apoyándose exclusivamente en las fuentes literarias y en su propia intuición, la misma que le llevaría a buscar su capital en las arenas de Doñana. Sin embargo, las críticas realizadas a las tesis de Schulten desde la primera publicación en español de su Tartessos, en 1924, no vienen tanto de sus carencias metodológicas, que las tuvo y muchas, sino de su obsesión por acomodar la información disponible a una imagen preconcebida del Mediterráneo antiguo definido por la confrontación entre un Occidente civilizado, personificado en los griegos, y un Oriente oscuro y bárbaro, cuya máxima expresión son los fenicios y, especialmente, el imperio cartaginés. Para Schulten el esplendor de Tarteso sólo podía responder a la presencia en las costas peninsulares de contingentes de origen egeo, que colonizarían estas tierras mucho antes de que los fenicios fundaran Cádiz, transmitiendo sus conocimientos y sus costumbres a las poblaciones locales (los pre-tartesios), herederas de una añeja cultura metalúrgica que se remontaría al tercer milenio, si no antes.
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 61 2010, 28, núm. 2, 53-84 gua ibérica o la arqueología medieval española (Gómez-Moreno 1995). No en vano, en 1913 obtuvo la cátedra de Arqueología Árabe de la Universidad Central de Madrid y más tarde fue director del Instituto Valencia de Don Juan. En Barcelona, por su parte, destaca la figura de P. Bosch Gimpera, catedrático de Historia Antigua y Medieval de la Universidad de Barcelona, director del Servicio de Investigaciones Arqueológicas del Institut d'Estudis Catalans y fundador del Museo Arqueológico de Barcelona. A pesar de su formación filológica, y gracias a los contactos establecidos durante su estancia en la Universidad de Berlín (Díaz-Andreu 1995a), Bosch orientó su carrera hacia el estudio de la Prehistoria, convirtiéndose en uno de los pioneros de la protohistoria de la Península Ibérica (Cortadella 1991). Es en este ambiente en el que se formalizarán los dos modelos antagónicos sobre la etnología antigua de la Península Ibérica y, en definitiva, sobre la propia concepción histórica de España que se mantendrán con mayor o menor fortuna hasta los años sesenta del pasado siglo XX. Por un lado la visión tradicional, encabezada por R. Mélida y M. Gómez-Moreno, que defienden el origen común y la unidad esencial de todos los pueblos de la Península desde el Paleolítico, sólo alterada por la sucesiva arribada a este solar de componentes exógenos, como los fenicios, los cartagineses y posteriormente los romanos o los árabes; y, por otro lado, la tesis de P. Bosch Gimpera (1932), que como se verá rompe definitivamente con la imagen unitarista proponiendo no sólo la existencia de diferentes grupos étnicos durante la Prehistoria, sino incluso la posibilidad de rastrearlos a través de la cultura material a lo largo de la Protohistoria y la Antigüedad, cuando la sucesión de influencias y aportes foráneos terminarán por dibujar la personalidad de los diferentes reinos cristianos en la Edad Media (Bellón Ruiz y García Fernández 2009: 63). Así pues, Gómez-Moreno reproduce y actualiza en sus obras, sobre la base de los recientes avances en Prehistoria, añejas teorías sobre los orígenes bíblicos de las primitivas poblaciones peninsulares. Adam y la Prehistoria (1958), una síntesis extemporánea de sus presupuestos paleoetnológicos, refleja de forma preclara este compromiso entre tradición y renovación epistemológica, auspiciado por la vigencia del paradigma histórico cultural. Fiel a una percepción profundamente providencialista de la historia, Gómez-Moreno sitúa en el Oriente hebráico el primer y único foco de civilización posible. Desde este punto de vista, los iberos históricos serían el resultado de una migración de los camitas (descendientes de Cam, hijo de Noé), que habrían llegado a la Península desde norte de África durante el Neolítico; mientras que los jafeitas (descendientes de Jafet, hijo de Noé) penetraron en dos oleadas sucesivas: una por el norte, a través de los Pirineos, dando lugar a los grupos protoligures asentados en el cuadrante noroccidental de la Península, y otra desde el sur, donde se instalaron los tartesios y mastienos, procedentes del Mediterráneo Oriental. Estos pueblos desplazarían a los primitivos grupos aborígenes del paleolítico, que Gómez-Moreno asocia al uso de la lengua vasca y a las manifestaciones del arte rupestre cantábrico. Este substrato constituye el núcleo originario de la identidad española, que irá transformándose y enriqueciéndose con la aportación de los distintos pueblos colonizadores sin perder los rasgos esenciales que le otorgan su personalidad ancestral (Bellón et al. 2005: 37; 2006). Metodológicamente
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 68 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 y caracterización de las culturas arqueológicas, que se siguen identificando con las ethne mencionadas en las fuentes literarias grecolatinas. Sin embargo, estas investigaciones no van más allá de la mera descripción “objetiva” de sus rasgos materiales (cerámica, metalurgia, etc.) o culturales (patrón de asentamiento, costumbres funerarias, etc.), así como de la identificación de influencias y aportaciones foráneas, continentales y mediterráneas principalmente (Maluquer 1967; Savory 1968; Schüle 1969). El papel de la cultura de Campos de Urnas es sobrevalorado desde las posiciones más indoeuropeistas, hasta el punto de hacerle responsable de la introducción del ritual de incineración en el interior y sur de la Península Ibérica, amén de otras novedades tecnológicas y culturales (Almagro 1952; 1960: 830-833), un planteamiento que mantendrá aún cierta vigencia en la investigación posterior (Molina 1978: 206-207; Torres 1999: 150; véase Belén 2001: 44-50; Pellicer 1986: 445- 447). No cabe duda de que el paradigma celtista, debilitado con respecto a las primeras décadas de la dictadura, sigue estando vigente, aunque poco a poco se va descargando de contenido étnico para adoptar una aproximación más descriptiva (Ruiz Zapatero 1993: 48-49; 2003: 230). Con algunas excepciones como las referentes a arqueólogos alemanes vinculados al Instituto Arqueológico Alemán de Madrid –quienes siguiendo la tradición centroeuropea identificaron arqueológicamente a los celtas de las fuentes antiguas con la cultura cultura material del Hallstatt Final y La Tène (por ejemplo Lenerz-de Wilde 1991; Sangmeister 1960)–, en líneas generales puede decirse que hasta los años 1980 se siguieron repitiendo en cierto modo los viejos esquemas de Bosch Gimpera y Almagro Basch, sin apenas nuevos puntos de vista (Ruiz Zapatero 1993: 48-49). 6. El Estado de las Autonomías y la “revitalización” étnica Habrá que esperar a la transición democrática y especialmente a los primeros años de la década de los ochenta para que las nuevas generaciones de investigadores comiencen a mostrar un renovado interés por la cuestión étnica. Un ejemplo es el trabajo de Almagro-Gorbea (1982) sobre la distribución de las cajas de piedra y las necrópolis de cámara en el área bastetana, o la Tesis Doctoral de Ruiz Zapatero sobre los Campos de Urnas del Noreste de la Península (1985), que puso punto y final a las tradicionales teorías invasionistas. Ello responde, por un lado, a la apertura epistemológica que se vive en estos años en la universidad española, con la paulatina introducción de los enfoques sociales y la Arqueología Procesual. Al mismo tiempo, se inicia un proceso de revisión crítica de las líneas de trabajo iniciadas en las décadas anteriores, con la reexcavación de yacimientos clave (como Las Cogotas o Castellones de Ceal) y el estudio de conjuntos materiales, que se plasma en la celebración de congresos y reuniones monográficas sobre las distintas áreas culturales de la Edad del Hierro, como es el caso de las I Jornadas Arqueológicas sobre Mundo Ibérico (Jaén 1985), el Coloquio Internacional sobre la Edad del Hierro en la Meseta Norte (Salamanca 1984), o el I Symposium sobre los Celtíberos (Daroca 1986). Fue por esta época cuando se produjo también un replanteamiento sustancial de la problemática “celta”, fundamentalmente de la mano de las propuestas de Al-
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 69 2010, 28, núm. 2, 53-84 magro-Gorbea (1987; 1993). Este autor desarrolla una hipótesis alternativa que desliga a los celtas hispanos de los centroeuropeos y los entronca con un substrato cultural indoeuropeo (“protocelta”), extendido en el Bronce Final por el Occidente y el Norte de la Península Ibérica. En la conformación de las posteriores culturas “célticas” a partir de la evolución de este substrato común habrían intervenido también procesos de aculturación de distinto signo, entre los que destacarían las influencias del mundo tartésico, de los Campos de Urnas y de las culturas ibéricas. Así, según Almagro-Gorbea, los “celtas de Iberia” serían el resultado de un largo y complejo proceso acumulativo de celtización “en mosaico”. La revitalización de los estudios étnicos –fundamentalmente de aquellos referidos a la Protohistoria– cristalizaría finalmente con la celebración, en 1989, del congreso Paleoetnología de la Península Ibérica (Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero 1992). La reunión, que constituye la aportación más importante al campo de las interpretaciones étnicas desde la obra de Bosch Gimpera (1932), supuso un intento de avanzar en el conocimiento de los pueblos prerromanos a través de la combinación de fuentes históricas, lingüísticas y arqueológicas (fig. 6). Sin embargo, la metodología que muestran numerosas contribuciones se diferencia ciertamente poco de la aplicada por Bosch en los años 1930, es decir, se advierte en ellas un incremento más cuantitativo (cantidad de datos disponibles) que cualitativo (escasa renovación del marco teórico-metodológico). Como se ha señalado, la celebración del congreso marcó un punto de inflexión fundamental en los estudios sobre identidades étnicas. A partir de este momento se han ido multiplicando los trabajos que abordan el tema de la etnicidad en la Hispania Antigua, una tendencia que continúa hasta la actualidad, como muestra la publicación de libros como Identidades étnicas – Identidades políticas en el mundo prerromano hispano (Cruz Andreotti y Mora Serrano 2004), La construcción arqueológica de la etnicidad (Fernández Götz 2008), Identidades, culturas y territorios en la Andalucía prerromana (Wulff y Álvarez 2009) o Arqueología Espacial: Identidades (Sastre 2009). Estos y otros muchos ejemplos convierten a la investigación española en una de las tradiciones punteras a nivel internacional en los estudios sobre identidades étnicas, al menos en cuanto a número de trabajos, congresos y proyectos de investigación7. El renovado interés por la etnicidad pretérita no se limita ni mucho menos al ámbito académico. Muy al contrario, de la mano del desarrollo del Estado de las Autonomías –y en reacción contra el centralismo impuesto durante la dictadura franquista– se ha producido una revitalización de los nacionalismos periféricos (Ruiz Zapatero 2006b), que en muchos casos han buscado reforzar su identidad retrotrayendo sus supuestos orígenes a un pasado más o menos remoto (Ruiz Zapatero 1996: 189-190; 2006a). De este modo, a lo largo de las últimas décadas se vie- __________ 7 En este sentido, resulta indicativo que una de las sesiones del prestigioso Theoretical Archaeology Group (TAG) de 2008 (Southampton, 15-17 diciembre), con el título de Ethnic identity and political construction in the ancient World, haya sido organizada por investigadores españoles (G. S. Reher Díez y Mª C. Cardete del Olmo).
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 70 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 ne produciendo una auténtica proliferación de “historias regionales” (fig. 7), que en ocasiones ha llevado a importantes distorsiones en el campo de las visiones pseudohistóricas y la cultura popular. Especialmente evidente resulta el caso de la Protohistoria, periodo que ocupa un lugar de privilegio al documentar las primeras menciones de pueblos prerromanos (Ruiz Zapatero 2009). Y es que parece claro que las construcciones identitarias resultan más fáciles de realizar a partir de etnónimos como “Astures” o “Vettones” que sobre asépticas terminologías arqueológicas como “Bronce Final II A” o “Cultura de las Cogotas”. Así, para una parte importante del gran público, la Edad del Hierro no es igual a otros periodos prehistóricos e incluso históricos. Especialmente en el norte de España, son muchas las personas que ven las raíces de su identidad actual en los grupos prerromanos (Ruiz Zapatero 2006a; González Ruibal 2011). Debates arqueológicos tales como el carácter “celta” o “no celta” de determinadas culturas de la Edad del Hierro trascienden en muchos casos el ámbito de la “academia” para encontrar réplica en foros más populares; un buen ejemplo serían las airadas reacciones desencadenadas a raíz de la publicación del libro de Marín Suárez Astures y asturianos (2005), en el que se realiza una deconstrucción del “celtismo” asturiano. Si esta es, en apretadísima síntesis, la situación en el Norte y Noroeste peninsular, tampoco otras regiones están libres de una utilización del pasado con fines políticos de legitimación identitaria. Tal puede ser el caso de Andalucía o Cataluña. Si en Andalucía Tarteso había acaparado la atención de eruditos e historiadores durante las primeras décadas del siglo XX, convirtiéndose en uno de los principales argumentos utilizados por Blas Infante en la legitimación ideológica del nacionalismo andaluz (Ruiz et al. 2001: 436-438), la transición democrática traerá consigo el interés por otras etapas consideradas emblemáticas para entender la “esencia” del pueblo andaluz, especialmente el periodo islámico, y la aparición de nuevos tópicos historiográficos revestidos de una buena dosis de corrección política, como ocurre con el mito de las “tres culturas”. Tarteso y la cultura ibérica siguen capitalizando en Andalucía la investigación protohistórica, mientras que en Cataluña son los mismos iberos y la presencia griega los que ostentan un papel más destacado en la construcción de la identidad nacional (García Fernández y Bellón Ruiz 2009: 110- 111). Sea como fuere, el caso más extremo de instrumentalización política del pasado es el de los vascos, cuyos orígenes étnicos son frecuentemente retrotraídos hasta el Paleolítico (ver crítica en Almagro-Gorbea 2008). Un buen ejemplo sería el de la exposición Ciento cincuenta mil años de prehistoria vasca (Gure herriaten lehen urratsak), que tuvo lugar en Bilbao en otoño de 1982 (Díaz-Andreu 1995b: 52). Especialmente paradigmáticas de esta visión esencialista son las palabras pronunciadas por el anterior Lehendakari, Juan José Ibarretxe, en el programa “Hoy por hoy” de la Cadena SER (7-10-2005), en las que afirmaba que el pueblo vasco existía desde hacía 7.000 años, y que dentro de 7.000 años seguiría existiendo (citado en Ruiz Zapatero 2006a: 201). También el escándalo de las inscripciones falsificadas de Veleia (Almagro-Gorbea 2008: 98-100) se entiende en buena medida dentro de este ambiente en el que intereses presentistas de distinta índole suelen prevalecer
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 71 2010, 28, núm. 2, 53-84 sobre el análisis riguroso del pasado. Es por ello que estudios netamente científicos y clarificadores como los desarrollados recientemente por Almagro-Gorbea (2005- 06; 2008) resultan si cabe aún más imprescindibles que en otros ámbitos. Volviendo ya a la escala peninsular, una característica llamativa de los estudios académicos es la arraigada tendencia a tomar como marco geográfico para la realización de Tesis Doctorales el territorio de grupos étnicos descritos por las fuentes. Aunque esta metodología ha permitido la elaboración de algunas síntesis regionales de gran calidad que sistematizan ingentes cantidades de datos arqueológicos (por ejemplo Álvarez-Sanchís 1999; Berrocal-Rangel 1992; Lorrio 1997), en algunos casos también se ha incurrido en la confección de argumentos circulares y en la creación de límites artificiosos que empobrecen la investigación. En cuanto a los enfoques teóricos aplicados, a grandes rasgos resulta posible diferenciar tres grandes tendencias en las investigaciones actuales sobre identidades étnicas prerromanas: 1) En primer lugar se encuentran aquellos investigadores que, de forma implícita o explícita, siguen anclados dentro de los más puros parámetros del historicismo cultural y la arqueología filológica. Este grupo continúa siendo el mayoritario, si bien en algunos casos sus argumentaciones presentan un cierto “barniz procesual” que en pocos casos llega a constituir una verdadera renovación teóricometodológica. Manifiestan en el fondo una visión profundamente esencialista, a veces inconsciente, de las culturas protohistóricas de la Península Ibérica, cuyos rasgos característicos vienen definidos desde finales de la Prehistoria. Es el caso, por ejemplo, de la imagen “ortodoxa” que se sigue transmitiendo de la cultura tartésica, como un grupo étnico compacto, con entidad propia, previo a la presencia fenicia y claramente diferenciable del componente oriental (Álvarez 2005: 214-215; García Fernández y Bellón Ruiz 2009: 101-103). 2) En segundo lugar están los autores que identifican el proceso étnico con el político, analizando las formaciones sociales desde la óptica de las organizaciones políticas. Para esta línea de investigación, hablar de etnias prerromanas equivale a realizar un análisis de las estructuras de rango estatal existentes en la Península Ibérica, es decir, se estudia la etnicidad de la Edad del Hierro en vinculación con la aparición del Estado. Entre los trabajos más destacados podrían citarse las monografías de Burillo (2007) sobre los celtíberos o de Ruiz y Molinos (1993) sobre los iberos. En una línea similar, Grau Mira (2005) ha tratado de relacionar recientemente las identidades étnicas del área valenciana en época ibérica con el surgimiento de unidades geopolíticas de carácter urbano. Esta visión de la etnicidad como resultado de una estrategia política se ha calificado en ocasiones como “instrumentalista”, aunque en realidad es común a distintos posicionamientos teóricos, como el Procesualismo o el Materialismo Histórico. 3) Finalmente, un número todavía reducido pero a la vez creciente de investigaciones viene incorporando durante los últimos años toda una serie de propuestas renovadoras procedentes de la antropología y la arqueología anglosajonas, en algunos casos bajo el patrocinio epistemológico de la sociología francesa. A su vez, aquí sería posible diferenciar entre aquellos estudios que se han centrado en realizar un
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… 72 Gerión 2010, 28, núm. 2, 53-84 análisis crítico y en muchos casos deconstructivo de conceptos, como el de “celtas” (Díaz Santana 2003; Ruiz Zapatero 1993; 2001; véanse también las contribuciones sobre el Noroeste recogidas en Ruiz Zapatero 2005) o “celtíberos” (Beltrán 2004, entre otros); y, por otro lado, aquellos que proporcionan análisis arqueológicos de áreas geográficas concretas. Entre estas últimas nos gustaría destacar una serie de trabajos que, pese a su disparidad, tienen como denominador común encontrarse entre los más innovadores a nivel teórico-metodológico. En concreto nos referimos a la aproximación de Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís (2002) a la identidad étnica de los Vettones, el estudio de González Ruibal (2011) sobre la etnicidad del Noroeste, el análisis sobre la génesis del mundo ibérico en la costa valenciana llevada a cabo por Aranegui y Vives-Ferrándiz (2006) y las investigaciones que se vienen desarrollando en los últimos años en un contexto tan complejo y diverso étnicamente como es el Suroeste andaluz (véanse por ejemplo Belén 2007; Escacena 1992; Ferrer y García Fernández 2002; García Fernández 2007; Jiménez Díez 2008 y un reciente volumen de síntesis en Wulff y Álvarez 2009). 7. Etnicidad y Arqueología: reflexiones y perspectivas de futuro Antes de finalizar, nos gustaría plantear una serie de breves reflexiones generales de carácter teórico-metodológico de cara al futuro. Resulta indudable que la identificación de la etnicidad en el registro arqueológico constituye una tarea extraordinariamente compleja y delicada: pocas veces los arqueólogos nos vemos tan claramente confrontados con las limitaciones de nuestra disciplina. Y es que, como bien señala Herbert (2003: 105), en última instancia se trata de un intento de inferir a partir de los restos materiales cómo las gentes del pasado “se pensaron como distintas” de otras. Sin embargo, creemos que, partiendo de una postura crítica, tampoco es necesario caer en un completo escepticismo. La cultura material es un elemento activo en la práctica social (Jones 1997: 117-118), y como tal puede encontrarse también implicada tanto en el reconocimiento como en la expresión de la etnicidad. En efec- to, los grupos étnicos pueden comunicar su identidad a través de elementos culturales consciente o inconscientemente seleccionados de un amplio repertorio cultural. Por tanto, no podemos quedarnos únicamente en la deconstrucción de las visiones esencialistas, sino que debemos buscar nuevas vías para “explorar” la etnicidad del pasado desde perspectivas mucho más ricas y complejas8. La tarea ciertamente ya se ha iniciado (Fernández Götz 2008; Jones 1997), pero aún es mucho lo que falta por hacer. En este sentido, el primer paso debe ser desembarazarnos definitivamente del lastre que desde los tiempos de Kossinna ha supuesto la asociación entre “cultura arqueológica” y “grupo étnico”. Como han mostrado múltiples estudios antropológicos y etnoarqueológicos (por ejemplo Barth 1976 [1969]; Hodder 1982), la etni- __________ 8 Dos magníficos ejemplos prácticos son los estudios de Smith (2003) sobre la antigua Nubia o Roymans (2004) sobre los Bátavos del delta del Rin.
F.J. García Fernández y M.A. Fernández Götz Esencialismo, normativismo, posmodernismo… Gerión 73 2010, 28, núm. 2, 53-84 cidad es algo social y culturalmente creado, que convierte en símbolos identitarios – conscientes o inconscientes– únicamente a determinados aspectos de la cultura, no a todos. De este modo, no existen unos marcadores culturales “objetivos” de etnicidad, pero sí toda una serie de elementos que, en función de cada contexto específico, pueden aparecer vinculados a ella (Fernández Götz 2008: 126-133). Por otro lado, la identidad étnica es sólo una más de las distintas identidades existentes (Díaz-Andreu et al. 2005), por lo que su estudio no puede desligarse de otros elementos básicos en la construcción social como son la jerarquía, el poder, la edad o el género. Además, es importante tener en cuenta que la etnicidad opera a más de un nivel: nunca existe una sola identidad étnica, sino múltiples niveles que aparecen superpuestos y cointegrados y cuya importancia varía situacionalmente (Díaz- Andreu 1998; Fernández Götz 2008: 124-125). Finalmente, y a pesar de las voces que abogan por un abandono de las interpretaciones étnicas debido a su posible instrumentalización con fines actuales, creemos que una investigación arqueológica crítica, basada en la conceptualización actual de la identidad étnica en las Ciencias Sociales, puede representar una valiosa contribución de cara a contrarrestar la distorsión del pasado en beneficio de agendas políticas contemporáneas. Como ha señalado Ruiz Zapatero (1996: 192), es indudable que las categorías étnicas han sido manipuladas con fines políticos, pero si los arqueólogos no abordamos esta problemática mediante análisis rigurosos podemos estar seguros de que otros continuarán utilizándola con motivaciones ideológicas. Agradecimientos Este trabajo ha sido realizado en el marco de los proyectos “Sociedad y Paisaje. Economía rural y consumo urbano en el sur de la Península Ibérica (Siglos VIII a.C. – II d. C.)”, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (HAR2008- 05635/HIST); “Repensando Tartesos bajo el prisma de la identidad: el componente fenicio”, financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia (HUM2007- 63419/Hist) y “La construcción y evolución de las entidades étnicas en Andalucía en la Antigüedad (siglos VII a.C.- II d.C)”, Proyecto de Excelencia financiado por la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía (HUM- 3482). Agradecemos a los Profs. Gonzalo Ruiz Zapatero (Universidad Complutense de Madrid), Eduardo Ferrer Albelda (Universidad de Sevilla), Gonzalo Cruz Andreotti y Manuel Álvarez Martí-Aguilar (Universidad de Málaga) por los valiosos comentarios, referencias y opiniones que nos han aportado en la elaboración y redacción de este trabajo. Evidentemente, todas las opiniones y, por supuesto, todos los errores que pueda haber son de nuestra única responsabilidad. Bibliografía ALMAGRO BASCH, M. (1952): “La invasión céltica en España”, en R. Menéndez Pidal (ed.), Historia de España I (2). Espasa-Calpe, Madrid: 1-278. ----- (1958): Origen y formación del Pueblo Hispano. Vergara, Barcelona.
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