La lengua de la fama
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LA LENGUA DE LA FAMA Por JACOBO CORTINES TORRES Como caballero medieval, cortesano de Alfonso XI, subido a un escenario teatral de la Sevilla barroca allá por 1620, Don Juan no podía menos que estar obsesionado por la idea de Ja fama, al igual que lo estaban, en mayor o menor grado, los otros personajes que aparecen en la famosa comedia El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra, cuya autoría sigue siendo uno de los grandes enigmas de nuestra Literatura. Allí la fama: "opinión que las gentes tienen de una persona", con sus derivaciones hacia conceptos muy afines como el honor: "gloria o buena reputación que sigue a Ja virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas del que se la granjea", y la honra: "buena opinión y fama, adquirida por la virtud y el mérito", según algunas de las acepciones del DRAE, es uno de los pilares básicos que sostienen el armazón de la pieza como reflejo de una sociedad en la que el parecer está por encima del ser, o por decirlo de otra manera: se es lo que se aparenta. Aspecto éste que no es privativo de la comedia objeto de nuestro comentario, sino que se hace extensivo a la mayoría de las obras que componen el inmenso corpus de nuestro teatro áureo. Al Don Juan del Burlador -y dejo para otra ocasión Ja evolución del mito en versiones posteriores que dan como resultado personajes distintosle obsesiona tanto la fama para sí mismo como la infamia para los demás. Evidentemente la fama que busca Don Juan no se sustenta en la virtud, sino en el vicio; no en los méritos propios, sino en la deshonra ajena. No es una fama proyectada en la posteridad, más allá de la muerte, porque Don Juan aplaza sistemáti-
32 JACOBO CORTINES TORRES camente su inexorable llegada: "¡Tan largo me lo fiáis!", sino buscada en vida, en el presente, en el aquí, ya sea Nápoles, Tarragona, Sevilla, Dos Hermanas, y en el ahora: en su tiempo y entre los suyos, sus contemporáneos, tanto si son víctimas como encubridores. Sin esa pasión por ser famoso, por obtener un nombre: "Burlador de Sevilla", "Burlador de España", el "Burlador", a costa de lo que sea - sus burlas-, sería muy difícil explicarse el comportamiento del personaje, desde su desasosiego existencial hasta su trágica muerte en un temerario desafío con el más allá. En este sentido, como en tantos otros, la figura de Don Juan es la inversión de unos valores que la tradición occidental había jerarquizado en una compleja axiología. No es que Don Juan sea un rebelde contra el sistema, como tantas veces se ha afirmado, quizás con exceso de deslumbramiento, sino más bien alguien que se jacta de pertenecer a la esfera más privilegiada de la sociedad y que se aprovecha de su situación para ser admirado por el sistema mismo, aunque para ello tenga que romper normas escudado siempre en la impunidad que le proporciona la corrupción del propio sistema. Porque ¿contra quién o contra qué se rebela Don Juan? podríamos preguntar a los que tanto han insistido en ello. ¿Quiere Don Juan cambiar la sociedad en la que vive? ¿Acaso se muestra enemigo de la Monarquía? ¿De la Nobleza a la que pertenece? ¿Desea un cambio social para el estamento de los plebeyos? ¿Defiende la liberación de la mujer? ¿Adopta otras creencias que no sean las elementales cristianas? A ninguno de estos interrogantes contestaríamos de manera afirmativa. Don Juan no se pr eocupa en cambiar nada, no se le pasa por la imaginación ni por el pensamiento la transformación del sistema que le ha tocado vivir. Como miembro de la aristocracia medieval, como hijo de una de las familias más poderosa de su tiempo: los Tenorio, Don Juan no se cuestiona que el orden social en el que vive tenga que ser otro del que es. Acepta con natural indiferencia la idea generalizada de una sociedad rígidamente estamental como reflejo de una voluntad superior. Y porque acepta ese sistema, admite un código en el que el honor, la honra y la fama cumplen un papel decisivo. Y ahí está el juego de Don Juan; parte de un código establecido no para destruirlo y sustituirlo por uno nuevo y distinto, sino simplemente para transgredirlo en su propio provecho, para violarlo en su deseo de destacarse por encima de los demás, para violentarlo en su obsesión por ser famoso entre los que se rigen por ese código. Si la opinión de los otros no contara, si lo que se dice, lo que se cuenta, la fama, no fuera deter-
LA LENGUA DE LA FAMA 33 minante para la afirmación o la destrucción de la persona, Don Juan carecería de personalidad. Y no es éste el caso, ya que Don Juan pretende y logra ser famoso. El cómo lo consigue es la cuestión que paso a de sarrollar teniendo ante los ojos el texto de la comedia . Descartado queda que Don Juan consiga hacerse famoso por los procedimientos tradicionales: las arma s o las letra s, o la armónica combinación de ambas actividades como hicieron otros. Desde el principio de la obra, con ese comienzo in media res tan característico de la agitada existencia del protagonis ta en su perpetua huida, vemos a Don Juan entregado a su actividad favorita: la burla. Ha entrado en el palacio del rey de Nápoles, en el dormitorio de la duquesa Isabela, no tanto para gozarla carnalmente como para burlarla haciénd ose pa s ar por el duque Octavio y prometiéndole cu mplir el juramento de ser su esposo; todo ello en la más absoluta clandestinidad, con nocturnidad y alevosía que dirían los jurista s. Y cuando Isabela cae en la cue nta del engaño y le pregunta a Don Juan quién es, su respuesta no puede ser más apropiada: ¿Quién soy? Un hombre sin nombre. ( 1, 15)1 Un hombre sin más, un s er anommo, lo má s contrario a un fa moso. La autodefinición no por insincera es falsa, sino que puede considerarse la má s verdadera, la que mejor le cuadra: simplemente un hombre, indeterminado, un varón, un macho. De ahí que vuelva a insistir en ello a los po cos versos, cuando el Rey acude ante los g ri - tos de Isabela y pregunta qué pa sa: ¿Q ué ha de ser? Un hombre y una mujer. (I,22-23) Con esta re sp ue sta Don Juan e I sa be la quedan reducidos a la elementalidad, a un macho y a una hembra, a dos sexos frente a frente, al má s puro anonimato. Pero eso no deja de ser, por otra parte, un mecanismo de defensa ante la comprometida situación. Pronto Don Juan se presenta co mo caballero (43) ante los que pr etenden pr enderle y luego como so br ino (54) ante el Embajador de España, 1 Para las citas sigo la edición de Alfredo Rodríguez López-Vázquez: Atribuida a Tirso de Molina: El burlador de Se1 •illa. Madrid, Cátedra, séptima edición, 1995.
34 JACOBO CORTINES TORRES su tío Don Pedro Tenorio. En la corte, un personaje así, con tal grado de parentesco con un alto cargo, no podía ser un desconocido, como había querido hacerse pasar, pero tampoco implicaba que tuviera que se r necesariamente famoso; sí conocido en un estrecho círculo como el cortesano donde todos tenían a gala el saberse entre ellos. No olvidemos, por otra parte, que Don Juan ha sido enviado a Nápoles no para cumplir ninguna misión militar o diplomática, sino simplemente para evitar las malas consecuencias que a él y a su familia pudiera causarle la traición (79) llevada a cabo en España con la deshonra de otra noble mujer (80). Contraviniendo las normas de la hospitalidad napolitana, de la fidelidad al Rey , de la amistad con el Duque y del respeto a la mujer que todo caballero debe profesar, Don Juan repite una acción múltiplemente deshonrosa: profanación del Palacio real, deshonra del novio haciéndolo un cornudo, y des - honra de Isabela que exclama viéndose burlada: ¡Ay, perdido honor! (I, 26) Por más que se lo recrimine su tío, Don Juan no sólo no se arrepiente sino que parece jactarse de que tarde o temprano llegará a conocerse su hazaña, primero en Nápoles y luego en Sevilla, donde seguro será muy celebrada por los mozos de su tiempo. Esta primera aventura a la que el espectador ha tenido ocasión de asistir no Je ha salido mal a Don Juan para sus propósitos de aumentar su fama a costa de deshonrar a los demás. Con la connivencia de su tío, que no quiere verse desfavorecido ante el Rey por la fechoría de su sobrino, escapa impunemente mientras que el acusado será el deshonrado Don Octavio con el apoyo tácito de la cínica Isabela que ve la recuperación de su honra en el casamiento con el Duque: (Mas izo será el yerro tanto si el Duque Octavio lo enmienda.) (I, 89-90) Don Juan no acepta las recomendaciones de su tío de que se vaya para Sicilia o Milán donde viva encubierto, lejos del suceso triste (113-4) (para él alegre, 115) que ha causado; no quiere vivir clandestina y anónimamente, y por eso se vuelve gozoso (120) para
LA LENGUA DE LA FAMA 35 España, con la idea , sin duda, de contar a sus amigos la burla napolitana y recibir los parabienes de sus compinches. Don Pedro será el encargado de comunicar al Duque: lo que al mundo es ya notorio, y que tan claro se sabe: (I,313-14) que esa noche encontraron a Isabela con un hombre en el Palacio. Puede que Don Pedro, como hombre barroco que es, exagere un poco la repercusión del suceso en el mundo, pero el adjetivo que aplica al hecho, notorio, se va a hacer consustancial con el apellido del protagonista Tenorio, y no sólo por una cuestión de rima fácil. Cuanto hace Don Juan será muy pronto notorio: "público y sabido por todos"; es decir, famoso. Con esta fama naufraga Don Juan en las costas de Tarragona, donde tiene lugar la segunda burla: la de la pescadora Tisbea, la bella desdeñosa que hace a su modo burlas del Amor despreciando a todos sus pretendientes. Pero cuando Tisbea se entera de quién es el náufrago que llega inconsciente en brazos de Catalinón Es hijo aqueste seíior del Camarero Ma .v or del Rey .... (I, 571-573) y pregunta cómo se llama, su actitud ante el sexo contrario cambia radicalmente al escuchar Ja respuesta del criado: Don Juan Tenorio. (1, 578-579) Ella entonces lo coge en su regazo y le dirige estas cariñosas y desusadas palabras en boca suya: Mancebo excelente, gallardo, noble y galán, volved en vos, caballero. (1, 580-583)
36 JACOBO CORTINES TORRES La que se jactaba de ser tirana (406), libre de la przszones locas ( 407) amorosas; la que en su cabaña afirmaba orgullosa que Mi honor conservo en pajas como fruta sabrosa, vidrio guardado en ellas para que no se rompa. La que soberbia reconocía que De cuantos pescadores con fuego Tarragona de piratas defiende en la argentada costa, desprecio soy, encanto, a sus suspiros, sorda, a sus ruegos, terrible, a sus promesas, roca. (1 , 420-424) (1,424-431) Esa misma se rinde de manera incondicional, sin que por mi parte encuentre otra razón del cambio de actitud ante los hombres que la de tener entre sus brazos a un famoso, nada menos que al hijo de lo que hoy en día equivaldría al cargo de primer ministro o presidente del Gobierno. No se aprecia en el texto - y a esto es a lo que nos debemos atener- un proceso de enamoramiento por parte de la pescadora, aunque éste fuese súbito, sino a la fascinación que en el estamento popular provoca la presencia tangible de alguien de quien se ha oído hablar y parecía inaccesible. Don Juan pretendía actuar anónimamente, y así le había pedido al criado que no revelase su identidad, pero el otro ya se le había adelantado, convencido de que si no decía quién era su señor, con nombre y apellido, poco tendría que hacer éste con la altiva pescadora. Catalinón, que conoce bien la condición de burlador de su señor, parece también conocer asimismo las debilidades femeninas ante el fenómeno de la fama. El diálogo de lo que algunos llaman el "proceso de seducción" de Don Juan ante Tisbea es de un claro convencionalismo interesado por ambas partes: la una, deseosa del ascenso social y de ser famosa, exige promesa de matrimonio, y
LA LENGUA DE LA FAMA 37 el otro, dispues to a gozarla y a burlarla, jura con todo cinismo cumplirl a. El compromiso estaba ya tan vacío de contenido, que como bien apunta F. Rico: "Los teólogos m ás sesudos de entonces nun ca lo habrían creído. La Suma de casos de conciencia (Salamanca,1595), de Manuel Rodríguez, por ejemplo, dictamina que el seductor de una muchacha · no estará obligado a casarse co n ella -aunque la halle virgen y esté en posesión de ellasiendo él hombre noble y ella de baja condición, porque, aunque le dio palabra de matrimonio, había ella de entender que no se la había de cumplir y, así, parece que virtualmente consinti6"'2. Es eso, en efecto, lo que hace Tisbe a: no entregarse a ciegas, sino movida por el deseo de convertirse en un a dama de la corte, por el ansia de ser ella mediante ese matrimonio una famosa. La aventura, como ya podía imaginar el espectador, acabará mal para la pescadora y bien, por el momento, para el caballero. Tisbea ha quedado deshonrada. Las pajas donde guardaba la fruta sabrosa de su honor han salido ardiendo y éste se ha roto con la fragilidad del vidrio. Los pescadores no han podido evitar que el pirata Don Juan haya llegado hasta sus costas para robarle el honor a la más envidiada. Como Isabela, Tisbea también prorrumpe en inútiles lamentos: ¡A y, choza, vil instrumento de mi deshonra y mi infamia, ¡ Ah , falso huésped, que dejas una mujer deshonrada! Engañome el caballero debajo de fe y palabra de marido, y profanó mi honestidad, y mi cama. {!, 10 00-1 021) La cama es el campo de batalla de Don Juan. Suena a parodia del famoso verso de Petrarca: Y duro campo de batalla el lecho. 2 Francisco Rico: "La sa lvación de Don Juan .. , en Breve biblioteca de autores espmioles. Barcelona, Seix Barral. 1990. pp. 239-268; la cita en p. 251.
38 JACOBO CORTINES TORRES La cama, la intimidad, es el territorio donde mejor se mueve Don Juan para obtener la fama que desea. La burla de la plebeya pronto llegará a oídos de sus admiradores. Quedan otras que darán aún más que hablar, que serán más famosas. Mientras, en Sevilla, el Rey Alfonso departe con Don Gonzalo de Ulloa acerca de em pr esas militares que han de repercutir en la gloria del reino, y en premio de los servicios prestados por su Comendador Mayor, concierta la boda de la hija de éste, Doña Ana, con el hijo de su Camarero Mayor, Don Juan. Piensa así el Rey que es una manera de honrar a su vasallo. El único persona je que en principio parece comportarse conforme a su condición de noble: valeroso, fiel, y en continua guerra contra el Moro, una forma de santificarse desde su estado, según la doctrina de un estricto contemporáneo de aquel contexto medieval: el levantisco Don Juan Manuel. Don Gonzalo orienta, pues, su ansia de gloria, de fama, en la dirección ortodoxa de servicio a Dios, fijada siglos antes por San Agustín en su Ciudad de Dios3. El antagonismo que ha de so brevenir entre Don Juan y el Comendador no se reduce, por tanto, a una cuestión de honor personal. cuando el joven pretenda o fuerce a su hija , y cuando éste cause la muerte al otro, que a su vez terminará por arrastrarlo a los infiernos. El enfrentamiento entre ambos está ya implícito en esas dos concepciones tan distintas frente a la vida y, en consecuencia, frente a la fama que persiguen ambos: la del Comendador, basada en la virtud y proyectada en el futuro, la fama póstuma que sirva de ejemplo a las generaciones venideras; la de Don Juan, en la burla por la burla, en dar que hablar a sus contemporáneos. Los planes del Rey se quiebran, s in embargo, tras ser informado al comienzo de la Segunda Jornada por el padre de Don Juan de la infamia cometida con Isabela. Ahora tiene que ser Don Juan quien se case con la Duques a, y el Duque lo hará con Doña Ana. Dice el Rey: Pues la ocasión tenemos del copete, asirla, que es ligera y siempre vuela; y viene a ser aqueste el mejor medio, que a dos casos como estos da remedio. (11, 1065-1068) 3 San Agu st ín: La Ciu dad de Dio.f, en Obras Co mple ras, traducción de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero: introducción y nocas de Victorino Capanaga, Ma - drid, BAC. quinta edición. 2 000 . Especialmente Y, 12-20.
LA LENGUA DE LA FAMA 39 Piensa el Rey que la situación queda así remediada. Don Juan restituirá la honra a la Duquesa, que dejará de ser una infamada, y Don Octavio se sentirá honrado por la deci sión regia, al tiempo que Don Gonzalo también se verá premiado ya que la casa ducal es superior a la de Ulloa. Pero ese remedio pronto se comprobará que es una utopía. Don Juan ha vuelto a Sevilla, como si le .faltase tiempo para contar lo que ha hecho a sus amigos, esos que lo han elevado a la categoría de héroe homérico, según el testimonio del padre en algunas ediciones de la comedia: y le llaman los mozos de su tiempo el Héctor de Sevilla, porque ha hecho tantas y tan extrañas mocedades, (II, 1085-1087)4 Llamar Héctor al héroe de una comedia era lugar común en la época, pero en el caso de Don Juan adquiere un matiz irónico, sarcástico, que no se ha de pasar por alto. En el universo homérico, el primero que atestigua el vivísimo interés por lo individuaP, Héctor representaba la vocación de fama desinteresada y pura. Comparar a Don Juan con el héroe troyano significaba poner del revés los valores en los que se sustentaba la gloria homérica. Don Juan ha conseguido ya dejar de ser ese hombre sin nombre del principio para convertirse en el Héctor de Sevilla gracias a sus extrañas mocedades; es decir, a sus de sa tinadas calaveradas. Quienes le otorgan este título son los mozos de su tiempo, los jóvenes ociosos, entre ellos el marqués de la Mota y Don Pedro de Esquive!, que ven en él el modelo donde reconocerse. A medida que se lee la comedia, se percibe una mayor interacción del protagonista con los miembros de la sociedad que comparte. Don Juan actúa para ellos y ellos "justifican" el ser de Don Juan, que es el producto de sus necesidades y aberraciones. Don Juan no encuentra en esa sociedad quien lo frene. El Rey como castigo se ha limitado a desterrarlo a Lebrija, y antes de emprender el camino para tan próximo lugar Don Juan se entretiene con sus compinches 4 Ya que la citada edición de Alfredo Rodríguez López-Vázquez no recoge estos versos. sigo aquí el texto de la princes de 1630. reproducida en la edición. entre otros, de Héctor Brioso: Tirso de Molin a: El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Madrid. Alianza. 1999. p. l 15 . 5 Vid. María Rosa Lida de Malkiel: La Idea de la Fama en la Edad Media Castella1u1. México, D. F., Fondo de Cultura F.conómica, l 952; Primera reimpresión en España. Madrid, 1983.
46 JACOBO CORTINES TORRES Acude, pues, a la macabra cena en busca de la fama de valiente y para no ser tenido en opinión de cobarde (2775). No parece importarle hacer esperar a la novia y a los testigos e invitados, aunque se trate del mismo Rey y del Camarero mayor, su padre. Pendiente siempre de sí mismo, deseando dar una imagen de sí, esta vez la de temerario, dependiendo de los otros, del qué dirán; Don Juan actúa para dar que hablar, para ser dicho, que como ya apuntá bamos está en la raíz etimológica de la palabra fama. La temeridad de acudir al convite del más allá le costará caro a Don Juan que acaba en el infierno. Tras su muerte, se restablece el orden perturbado con la celebración de las bodas de las antiguas parejas: Isabela-Octavio, Tisbea-Anfriso, Ana-Mota y Arminta-Batricio. Un final feliz, aparentemente, propio del género de comedia. A su condición de Burlador de Sevilla, de sarrollada a lo largo de los tres actos, añade Don Juan la de blasfemo al final de la pieza con la incorporación de la leyenda del Convidado de piedra. ¿Por cuál de las dos se hizo más famoso? Quizás fueran indisolubles durante varios siglos, pero hoy en día no creo que nadie se tome muy en serio esa extraña unión. En un lento proceso Don Juan fue despojándose a través de sus continuadores de su perfil de burlado r, para transformarse en seductor, en Don Juan con mayúsculas o minúsculas, en un hombre que busca la notoriedad a través de las aventuras mujeriegas. En este aspecto el personaje cobra en nuestra época una gran actualidad. En una sociedad frívola y ávida de sensacionalismo, obsesionada por la fama inmediata y efímera, Don Juan logra erigirse en uno de sus arquetipos más representativos. Olvidada su faceta de condenado blasfemo; rechazado por los hombres como encarnación de la virilidad, tras las disecciones de Marañón y otros que lo calificaron de inmaduro y afeminado; superado por las mujeres progresistas, que vieron en él un reducto de machismo, resulta, sin embargo, aceptado como empedernido mujeriego que alcanza por ello la categoría de famoso. Podemos fácilmente imaginarlo como un play-boy, perteneciente a la beautifull people, vestido con ropa a la moda, entre deportivo y un toque de hortera, acompañado de su Catalinón actualizado: un guardaespalda con chaqueta y pantalones de cuero negro, gafas oscuras y pistolón al cinto para liberarlo de los inoportunos paparazzi. Podemos contemplarlo en las revistas del corazón, como uno de los asiduos imprescindibles. En las de esta semana en un yate por la bahía de Nápoles acompaña-
LA LENGUA DE LA FAMA 47 do de la duquesa Isabela, rubia y elegante, que ha roto con el duque Octavio. En las de la semana siguiente tomando el sol en una playa de Tarragona junto a la escultural Tisbea, una de las top-models más cotizadas del momento. En las de la próxima en una gran fiesta en Sevilla con Doña Ana de Ulloa, a la que no dejaron casarse con el Marqués de la Mota. Y en las de la semana última con la guapa Arminta, Miss Dos Hermanas, que abandonó al novio Batricio, obrero agrícola. Podemos escuchar sus declaraciones en los muchos programas de televisión, obteniendo las cotas de máxima audiencia. El personaje crece en popularidad, en fama, a base de vender su intimidad y la de las otras, si por intimidad puede entenderse los asuntos de la cama. Cobra bien las exclusivas y los medios de comunicación lo persiguen hasta el atosigamiento con tal de obtener alguna información. La gente lo demanda. La masa anónima lo necesita, no por ser alguien en sí, no por sus méritos y virtudes, sino por lo que tiene de común con ella, por su vulgaridad. No iba descaminado Don Juan cuando se definió como un hombre sin nombre, y su supuesta actividad amorosa como la de un hombre y una mujer. Nada más, nada del otro mundo, nada digno en el fondo de ser contado, nada más anónimo: un cualquiera. Por eso son los innumerables consumidores los que más le necesitan, los que se reconocen en él, los que lo devoran para alimentarse a ellos mismos, los que convierten a un personaje vacío en un ser singular, los que le dan la fama. Un infierno ese de los otros, a mi entender, bastante peor que el de las llamas.