Tauromaquia Rituales e Identidad
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Revista de Estudios Taurinos N.º 16, Sevilla, 2003, págs. 295-302 TAUROMAQUIA RITUALES E IDENTIDAD •' A. ..a-"'" .. 111~' Pedro Romero de Solís Universidad de Sevilla m e acuerdo con Ortega y Gasset, filósofo de principios de siglo, y con Caro Baroja, antropólogo del presente tiempo, podemos asegurar sin temor a equivocamos que el conjunto de rituales festivos que conocemos con el nombre de Fiestas de toros, esto es, las tauromaquias y tauroludias -respectivamente los distintos combates y los diferentes juegos del hombre y el toro-- constituyen el hecho diferencial que, del resto de los humanos, mejor nos distingue, a nosotros los españoles; pero también a buena parte de franceses, portugueses y latinoamericanos. En efecto, el juego sacrificial con los toros bravos -práctica, muchas veces, festiva pero también, otras, bellas y tremendasnos acompaña; en España como testimonian las pinturas en los abrigos rupestres del Levante español, desde el fondo de los tiempos: los españoles oriundos de cualquiera de los diversos reinos que antaño constituyeron su múltiple monarquía, juegan y jugaron, sacrifican y sacrificaron desde siempre y, posiblemente, para siempre, toros. Algo parecido ocurre en Francia, al mismo tiempo que en España,
296 Pedro Romero de Salís como lo prueba la impresionante Rotonda de los Toros de la cueva de Lascaux donde, hace quince mil años, el nacimien- to del Arte se muestra unido al culto a los toros salvajes. A partir del sensacional descubrimiento de los frescos del palacio de Knossos en Creta se sabe que el juego con los toros es una de las bases rituales sobre las que se ha erigido la antigua cultura mediterránea de la que somos, casi todos los europeos, deudores. Posteriormente, gracias a la invención del método de lectura de las tabletas de arcilla producidas por la civilización súmero-acádica, se ha podido leer, en el libro más antiguo que conserva la Humanidad, en el Poema de Gilgamesh y en versos conmovedores, el primer combate de un hombre, de un héroe, con un toro que más que un animal salvaje representa la espectacular epifanía de una divinidad inmensa y poderosa. Este descubrimiento llevó hacia el Oriente el origen de la Tauromaquia pero, nuevos y sorprendentes hallazgos, como las pinturas pa~ietales de bóvidos encontradas en abrigos de Heishan, en el País de Gansu situado al Norte de China, han trasladado, definitivamente, las fronteras de las relaciones originales del toro y de los hombres desde Europa Occidental, hasta los últimos confines del Planeta, es decir, hasta unas tierras vinculadas a las regiones extremas de la lejana región del Sol Naciente. En resumen, hubo un tiempo lejano en que toda la sociedad de los hombres se constituyó a partir de una relación sagrada con los bóvidos. Esta religión ha sido barrida de la faz de la Tierra y, con ella, también ha desaparecido el toro salvaje que la sustentaba. Sólo aquí en España, y en parte de Francia y Portugal, en fin, en este insignificante rincón de Euroasia, el toro
Tauromaquia rituales e identidad 297 vivo y real ha prevalecido milagrosamente y sigue paseando su portentosa estampa por las dehesas, muchas de ellas, auténticos restos del bosque primordial. En Iberia, gracias a la existencia de los juegos rituales con los toros, ha supervivido el último testimonio del primer hálito espiritual del hombre civilizado. Esta relación sagrada es, sin duda, la que ha permitido que bajo su amparo el toro no se haya extinguido, que este impresionante y bello animal no haya desaparecido para siempre. No es un lugar común, en la literatura taurómaca, reconocer que las corridas de toros fueron las ceremonias que salvaron de una desaparición total a la soberbia raza de los toros bravos. Sin embargo, de todos es conocido que las corridas de toros, tal como hoy las contemplamos, son una invención del siglo XVIII. Pero en esas mismas e ilustradas fechas se produjo la desaparición de uno de los últimos ejemplares de toros salvajes que quedaban en Europa: los uros que pastaban en los grandes y oscuros bosques de Jaktorowka, en el occidente de Polonia. ¿La coincidencia de fechas es simplemnte una casualidad? Preocupados por aquella irreversible catástrofe ecológica nos preguntamos ¿antes del siglo XVIII, antes de existir las actuales corridas de toros, quién fue, en España el responsable de la conservación de nuestro toro salvaje, del más antiguo descendien-' te del bos primigenium? El conservador principal ha sido, sin duda, el pueblo de Iberia jugando con los toros; son las fiestas populares con novillos, bueyes y vaquillas que se celebran desde siempre en: España, desde el País Vasco hasta Andalucía, desde el Reino de Valencia hasta Extremadura, las responsables de
298 Pedro Romero de Salís que aquí, entre nosotros, acontezca cotidianamente el milagro de la supervivencia del toro bravo, animal que la moderna actividad humana, violando por todas partes el entorno natural y cultural, ha aniquilado. Por el contrario en Iberia han subsistido fiestas cuyos orígenes desconocemos, pero que parecen ser fragmentos de mitos, girones de ritual, trozos desgarrados de cruentas y festivas escenas sacrificiales. Es el simple y trepidante tumulto festivo, que levanta a los. pueblos y arrastra a sus gentes hacia comportamientos extremos, jolgorios escandalosos y crueldades insensatas, la palanca que dispara el mecanismo de resistencia y conservación de las fiestas de toros pues, por debajo de la gozosa turbamulta popular, parecen actuar mecanismos automáticos de conducta colectiva que no son sino reproducciones fragmentarias de antiquísimos rituales que dramatizan trozos de mitologías paganas procedentes de un discurso religioso hoy día, sin embargo, en su mayor parte desconocido y, para siempre, olvidado. Así, mito, rito y sacrificio estuvieron indisolublemente unidos en esta fiesta taurina del primordio. En este contexto unitario el sacrificio, esto es, la destrucción total o parcial de un ser vivo, constituía la escena culminante de un proceso dramático, el ritual, que representaba un relato, el mito, cuya función consistía en revivir, entre los vecinos de un pueblo o una pequeña villa, aquel illo tempore en que los hombres dieron, por primera vez, cuenta de su constitución en sociedad explicándose así el misterio de su procedencia. La sociedad quedó fundada por el sacrificio y por la repetición ritual de la escena de dicho origen ha lanzado, eri dirección a la eternidad, su voluntad de perpetuarse.
Fig. n.º 45.- folian Pitt-Rivers en unas.Jornadas sobre Fiestas Populares de Andalucía desde la perspectiva de las Ciencias Sociales organizadas por la Universidad Complutense de Madrid en Purchena (Almería). De izquierda a derecha: los Drs. Romero de Solís, Pitt-Rivers, Vincent y Rodríguez Becerra (Fot. de autor desconocido, Archivo Pitt-Rivers, Maison René Ginouves, Universidad de Nanterre, París). ¡;-i ;:: <:s :i ~ ;:: ¡;;· ... ~ ~ "' ~ ¡:¡_ ~ .,_ N \Q '°
300 Pedro Romero de Salís El sacrificio no es, sin más, infringir la muerte a un ser vivo: para comprender esta institución, es preciso recordar que, en general, las sociedades primitivas y, en particular, los pequeños grupos de población de las sociedades históricas se han organizado, desde siempre, a través de reglas de parentesco: es decir, el criterio de identidad que ha unido a los iguales ha sido, a lo largo de miles y miles de años, la consanguinidad. Para el pensamiento arcaico y tradicional la ley de consanguinidad quiere decir que la sangre -real o espiritual- es la instancia que verdaderamente une a los hombres entre sí: teniendo la misma sangre se tiene la misma carne y, y por ende, un alma idéntica. En las fiestas populares esta concepción profunda y antigua pem1anece activa: la responsabilidad compartida por una mayoría de vecinos de matar, con sus propias manos, un toro, refuerza, la hemóstasis social en la que su propia comunidad se sustenta. Y el banquete colectivo de carne de toro, con el que culmina, en muchos de nuestros pueblos, el festejo no es otra cosa sino una comunión general con la intención memorial de, al ingerir una misma carne, volvemos a hacer todos de una misma sangre para poder renovar los lazos de identidad social y, con ello, restaurar la sociedad que la cotidianidad, llena de conflictos y rutinas, siempre debilita. Repetimos, en Iberia, hostigando al astado, derramando su sangre y cobrando su vida se establecen las condiciones rituales necesarias para que una celebración, que tiene por objetivo principal restaurar la alianza de todos con todos, renueve a la comunidad como lugar de convivencia ideal. La persecución colectiva -la corridadel animal feroz, la presentación y exhibición ostentosa del animal victimado, la
Tauromaquia rituales e identidad 301 aproximación gozosa de los niños y los jóvenes al animal aniquilado son auténticos testimonios de arqueo-etnología, que, por desagradables que a algunos les parezca, son esenciales en nuestras ceremonias populares de identificación social. Las imágenes de las fiestas populares de toros, tan chocantes para cuantos se aferran a negar la universal relatividad, antropológicamente hablando, de la cultura esconden bajo su apariencia primitiva, y a veces bárbara, relaciones arcaicas que por olvidadas hoy en su significación principal -la religiosaparecen marcadas por una crueldad inaceptable pero que, vividas dentro de la propia cultura, no son otra cosa sino manifestaciones de la violencia que, tantas veces, contiene lo sagrado. Pequeños pueblos, comunidades aldea:- nas, villas encaramadas en sierras y por ello situadas en lugares marginales apartados de las estrategias políticas de la codicia, repiten, con una tenacidad irracional, contra viento y marea, en sus fiestas patronales, desde el fondo de los tiempos, estos fragmentos tremendos sin, por supuesto, comprenderlos pero sintiendo, todos cuantos participan en ellos una vaga aunque imperativa sensación que, de su exacta repetición, dependen secretos equilibrios, imperceptibles lealtades y el gozo por el cumplimiento con las obligaciones morales que cada uno tiene comprometidas con el pasado y el presente de la comunidad social de la que forma parte. Así, esta dimensión sacrificial inconsciente, sepultada en las capas profundas del alma colectiva, es la responsable que, en España, no sólo existan toros salvajes sino también que no hayan desaparecido definitivamente muchas pequeñas aldeas y que sus habitantes, perdidos los unos para los otros, no hayan sido del todo devorados en el cruel anonimato
302 Pedro Romero de Salís donde sobreviven las muchedumbres que cercan las grandes metrópolis de Occidente. Hay un vanidoso empecinamiento por intentar· comprender las sociedades del pasado sólo a través de la Arqueología. Sin embargo, las fiestas populares de toros contienen . claras resonancias, aunque fragmentarias, de aquellos antiquísimos rituales que servían de base, por todo el Mediterráneo, a la permanencia de la sociedad: es decir, hay que acostumbrarse a que nos lleguen noticias de aquel sepultado mundo no sólo a través de los hallazgos arqueológicos sino también a partir de las costumbres festivas, en general, y taurinas, en particular, cuya repetición tenaz desde el fondo de los tiempos es la garantía de su autenticidad. Es cierto que la Arqueología, a pesar de que el curso fatal de la historia ha hecho desaparecer civilizaciones, logra, a favor de su técnica de exhumación de fragmentos monumentales y documentales, dar testimonio de aquéllas y penetrar alguno de sus arcanos. No obstante, el desarrollo moderno de otras disciplinas como la Etnología, la Antropología Cultural, la Mitología, la Historia de las Religiones, etc., permitiendo el tratamiento de los ritos y, en particular, de los sacrificios como si fueran monumentos susceptibles, como aquellos líticos, de ser interrogados, contribuyen en la actualidad muy favorablemente a despejar antíguas incógnitas. En resumen, a estas fiestas populares y ritos sacrificiales, entre las que destacan las tauromaquias festivas y populares, debe atribuirse el mismo valor, o aún mayor, que a los monumentos arqueológicos puesto que son, sin lugar a dudas, testimonios venerables de· auténtica Arqueología encamada.