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“Las normas ortográficas son blancas, masculinas y elitistas”. Dilemas políticos en la prensa actual como fuente para el estudio de la conciencia lingüística ante la ortografía

Cuadros Muñoz, Roberto; Sancha Vázquez, Julián

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‒  ‒ CAPÍTULO 24 “LAS NORMAS ORTOGRÁFICAS SON BLANCAS, MASCULINAS Y ELITISTAS”. DILEMAS POLÍTICOS EN LA PRENSA ACTUAL COMO FUENTE PARA EL ESTUDIO DE LA CONCIENCIA LINGÜÍSTICA ANTE LA ORTOGRAFÍA CUADROS MUÑOZ, ROBERTO Universidad de Sevilla SANCHA VÁZQUEZ, JULIÁN Universidad de Cádiz-Universitat de les Illes Balears110 1. LA PRENSA COMO FUENTE DE ACTITUDES ¿Es posible juzgar la forma por la que escribimos? Y, de ser así, ¿detrás de qué idea partirán aquellos que opinan que la ortografía pueda ser “blanca, masculina y elitista”? Bajo esta premisa se originó el planteamiento de este trabajo. El investigador José del Valle (apud Alemany, 23-4-2021) opinaba que «está generalizada la idea de que un error ortográfico es señal de incompetencia intelectual. Es falsa. Un error ortográfico indica la clase social a la que pertenece una persona y el tipo de colegios a los que asistió». En este esbozo teórico nos ha interesado comprobar hasta qué punto esta opinión estaría también presente en los medios de masas que más consume la opinión pública: los periódicos. A raíz de la publicación de una noticia que daba cuenta de diversos sucesos relacionados con la ortografía acaecidos en 2021, que 110 El autor firmante ha realizado este trabajo en calidad de investigador Juan de la Cierva Formación (2022). El contrato es parte de la ayuda FJC2020-045066-I, financiado por MCIN / AEI / 10.13039/501100011033, y por la Unión Europea «NextGenerationEU/PRTR (Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia)», siendo FJC2020-045066-I la referencia que figura en la resolución de concesión (FJC2020-045066-I); MCIN el acrónimo del Ministerio de Ciencia e Innovación; AEI el acrónimo de la Agencia Estatal de Investigación; 10.13039/501100011033 el DOI (Digital Object Identifier) de la Agencia y PRTR el acrónimo del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. ‒  ‒ abordaremos más adelante, esta investigación se plantea poner de relieve una sucinta discusión teórica de carácter sociolingüístico, colindante con las actitudes lingüísticas de sus usuarios. El estudio de la actitud de los hablantes sobre la grafía de su código, con el un individuo pretende establecer la relación entre monema y grafema, parece siempre tratarse de un modo un tanto «utópico», debido a los ya consabidos problemas que conlleva poner por escrito un código hablado. Sabemos que la ideología está presente en todas las publicaciones periódicas, inserta en su propia labor como portavoces e informadores (Fairclough, 2001: 2)111. A este respecto, parece también interesante tener en cuenta la opinión de Moreno Cabrera (2011: 183), quien ya apuntaba a esta misma diana hace una década a la hora de pensar sobre los medios de información: Me refiero a una serie de mitos referentes al funcionamiento, uso y difusión de las lenguas, que están hondamente arraigados en el pensamiento occidental y que tienen manifestaciones tanto en las reflexiones de los especialistas e intelectuales, como en las opiniones comunes y habituales del público en general y de los medios de comunicación, que reflejan y, en gran medida regulan, ese conjunto de creencias, puntos de vista, opiniones e intenciones que se suelen incluir en lo que se denomina frecuentemente opinión pública. En este sentido, como se verá en § 3, ha sido en la prensa donde hemos hallado la noticia que nos generó, a su vez, múltiples dudas, lo que se pondrá en relación con diferentes manuales y publicaciones con el único fin de entender el germen de esta batalla ideológica antes de hacernos nuevas preguntas que puedan alimentar, en el futuro, un trabajo de mayor calado sobre el asunto. 2. ACTITUDES LINGÜÍSTICAS SOBRE LA ORTOGRAFÍA ESPAÑOLA La sociolingüística variacionista, basada sobre todo en el habla y el prestigio de las variantes desde los años 60, no centró tanto su atención, sin embargo, en la ortografía como elemento conflictivo. El profesor y sociólogo Sebba (2012) ha descrito las ideologías subyacentes a las 111 Cf. Fowler (1991), Cameron (1995) y Fairclough (1995). El profesor Moreno Cabrera (2011: 183) integraba, dentro de sus «mitos lingüísticos», la labor de difusión de la “lengua perfecta”, donde, entre otros aspectos, se institucionaliza la ortografía de la misma. ‒  ‒ lenguas o dialectos aún no codificados, con lo que la consideración político-lingüística y hasta ideológica ha cobrado la necesaria atención científica que hasta la fecha no había tenido. En lo que se refiere a nuestra ortografía, la de la lengua española, podemos hacer mención de algunos antecedentes. Se encuentra en Peñalver Castillo (2004) un estudio sobre las últimas ortografías académicas, donde se consideró, de la misma manera, un corpus de textos periodísticos «por ser la prensa un fiel reflejo del español actual» (ibidem: 129), lo que se hizo para «estudiar el estado de la ortografía en la sociedad de nuestro tiempo». Por su parte, la profesora González García (2011: 93) inspeccionó las reacciones en redes ante la Ortografía académica del año 2010 y las actitudes al respecto de sus hablantes: este hecho resulta novedoso, pues ya no son solo los expertos e intelectuales los que opinan sobre las obras académicas, ahora la voz la tienen los hablantes de español [...] la red se convierte así en observatorio que posibilita el análisis de actitudes lingüísticas y que debe aprovecharse para conocer usos lingüísticos y opiniones de los usuarios (ibidem: 94- 95)112. Se encuentran más estudios sobre la ortografía en Sánchez Fajardo (2017), acerca de estudiantes universitarios y su opinión respecto de la misma; o en Llopis-Susierra (2020), quien ha estudiado la ortografía en redes sociales como Facebook y Whatsapp. Además, Montoro del Arco (2015) había compilado una serie de estudios que analizaba, sobre todo, la ortografía en las redes y, concretamente, el impacto que las nuevas tecnologías ha(ya)n podido tener en esta y su «corrupción». Sin embargo, todos estos estudios abordaban la ortografía centrando la lupa únicamente sobre elementos concretos, ya fuesen gráficos o tipográficos (las comas, polémicas varias como la tilde diacrítica o la acentuación de nuevos términos, entre otros aspectos.), pero ninguno de ellos estudiaba directamente la cuestión política que se esconde detrás 112 Así, por ejemplo, en Twitter comprobamos a diario, como usuarios activos en esta red social que somos los autores de este trabajo (de entre los 192 millones que arrojan las estadísticas, según los datos de Affde, 2021), las críticas a errores ortográficos de personajes públicos, entidades corporativas, así como el hecho de que es excusa para confrontación política; o bien la aparición de testimonios en contra, que cuestionan decisiones de la RAE o se plantean, como estamos viendo en este trabajo, actitudes discrepantes o anárquicas. ‒  ‒ de nuestra escritura113. Por ello, en este sintético texto queremos preguntarnos a) si acatamos nuestra norma ortográfica como algo que nos incluye y nos representa (o lo contrario); y b) si es esta un marcador de prestigio, como había estudiado toda la sociolingüística clásica hasta la fecha, o, en su defecto, si esta, por el contrario, ha dejado de considerarse prestigiosa. 3. LA ORTOGRAFÍA EN LA PRENSA Se presenta, así, la prensa como termómetro para rastrear, si se nos permite el símil, la temperatura general de los usuarios de la lengua española a la hora de recibir «consejos» a través de los medios sociales de la institución que preserva, describe y prescribe su norma. Basten apenas algunos sencillos ejemplos como los ofrecidos en la introducción para entender cómo de polémica ha resultado siempre la ortografía y cómo todavía los hablantes se resisten, luchan, se rebelan y hasta crean sus propias grafías en lo que consideran un derecho y, en ocasiones, una imposición por parte de una autoridad que tal vez, según algunos, no debiera acaparar —en términos gramscianos— la hegemonía y el poder de cómo se escribe(n) su(s) lengua(s) o variantes. El problema presente en todos estos casos debe de ser, por tanto, político, puesto que «codificar una norma» siempre pasa por poner por escrito lo que es, por esencia, oral, vivo, modificable; y lo escrito y preservado «permanece», es indeleble, no se borra a menos que se haga por decreto y a través de determinadas planificaciones o estrategias político-sociales. El problema reside, precisamente, en que la «norma» —o el, siempre controvertido, concepto de «estándar»— nunca va a convencer a todos, porque nunca va a servir para representar a todas las variantes: una norma siempre será, por su carácter escrito, «invariante», contra la que se rebelarán todos aquellos que consideren que la norma deba variar al igual que varían las lenguas o dialectos que hablamos. 113 Podríamos citar, sin embargo, estudios que sí han incidido en esta cuestión, si bien desde una perspectiva del “activismo lingüístico”, y no desde la percepción de los hablantes a pie de calle (sino, en este caso, de la percepción de los propios lingüistas que así lo consideran), como los recogidos en Del Valle y Villa (2012) y en Godoy (2015), trabajos vertebrados según el enfoque crítico del lenguaje de la glotopolítica. ‒  ‒ Además de estos prolegómenos, es de rigor ponernos en situación con respecto a la noticia, mencionada al comienzo de este trabajo, que ha atraído nuestra atención y que ha generado la incertidumbre suficiente como para proponernos lanzar algunas preguntas sobre las que ahondar en posteriores trabajos. Ha sido la prensa actual la que se ha hecho eco recientemente (Alemany, 23-4-2021) de una noticia protagonizada por dos universidades inglesas —la Universidad de Hull y la Universidad de las Artes de Londres—, instituciones que han comenzado a «despenalizar» la mala ortografía o, al menos, a sugerir a los profesores que no corrijan las faltas ortográficas de sus alumnos, desde la idea de que la norma es «homogeneizante, europea del norte, blanca, masculina y elitista»114. Este hecho confirma que las políticas lingüísticas que influyen o pueden influir en el devenir de una lengua y en la influencia sobre sus hablantes, que emanaron histórica y principalmente del sistema educativo (García Folgado, 2021), no siempre se corresponden con los dictados de la autorictas o el statu quo del momento, lo que sí pareció ser norma en otros momentos de nuestra historia. En la Universidad de las Artes londinense, ha sido el propio Rectorado quien ha dictado el siguiente dictamen a modo de advertencia: «Evitad imponer vuestras propias ideas sobre lo que significa un «inglés correcto» a los alumnos. Sed conscientes de lo que son las preferencias personales», extremo que no distaría demasiado de la óptica adoptada por distintas instituciones y colectivos a lo largo de la última década en relación con el género gramatical y determinadas innovaciones que tendrían que ver con el denominado «lenguaje inclusivo» (Sancha Vázquez, 2020), ámbito en el que sería pertinente hablar no tanto de «errores» sino más bien de actitudes glotopolíticas de rebeldía ante una norma «no asumida», 114 Al respecto, concluía Rivas Zancarrón (2010: 345), en un novedoso estudio sobre las reformas ortográficas en el siglo siguiente a la creación de la Real Academia Española (1714) y hasta mitad del siglo XIX, que «hasta que la ortografía no se convierte en signo de prestigio social (uso elitista), no se manifiestan cambios aparentes», tras haber analizado textos manuscritos frente a textos impresos y dar cuenta de que los autores de la época, independientemente de lo que decía la Academia entonces, escribían de puño y letra con un criterio más cercano al del uso (recordando al principio quintiliano de «escribo como pronuncio») y donde muchas de las normalizaciones de la Academia ya codificadas todavía aparecían ausentes o bailaban en el caos. Esto es, que «en los siglos XVIII y XIX, la ortografía no se consideraba una cuestión de prestigio, sino de comodidad editorial», lo que habría cambiado bastante a día de hoy, concediéndose la inversión. ‒  ‒ norma o estándar que se combate desde las «ideologías alternativas».115 Este concepto, amparado por los estudios de antropología del lenguaje, contempla que diferentes «ideologías lingüísticas» estarían detrás de los movimientos de la lengua (considerada, en tanto que cualquier órgano vivo, influenciable a lo largo del tiempo), que la ayudan a mutar, pues, como señalaba Gal (2012: 412), «las ideas sobre la lengua están comprendidas en los procesos mediante los cuales cualquier idea que logre la autoridad discursiva llega a ser dominante». La gran pregunta siempre reside, como ya había atisbado la sociolingüística clásica laboviana de la pasada década de los 60, en si estos «cambios» deben proceder «desde arriba» (la hegemonía) o «desde abajo» (por ejemplo, a través de las actitudes individuales de los propios hablantes o colectivos minorizados), siendo esta última postura la mantenida, por ejemplo, por el profesor Del Valle (2007: 34) desde su centro de estudios glotopolíticos en la CUNY (The City University of New York). Este enfoque considera que estos actos políticos dentro de prácticas lingüísticas concretas pueden servir para endurecer la resistencia al purismo (la RAE, el pensamiento de autores como Fernando Lázaro Carreter o Álex Grijelmo, «los guardianes» de la pureza de la lengua, como los demomina el propio Del Valle) y parte de la «batalla cultural» ejercida por los movimientos de izquierda también en relación con el lenguaje y que hoy día algunas personas estiman necesarios.116 Asimismo, al respecto de la ortografía como símbolo de poder, afirmaba la investigadora Woolard (2012: 48): 115 Para lo que piensa Alemany (23-4-2021) que «el lenguaje inclusivo, la autodeterminación sexual, la llamada ética «woke», la crisis de cualquier forma de autoridad y, ahora, el relativismo ortográfico parece partes de un mismo debate», en definitiva, las nada novedosas caídas de los grandes relatos que determinan la época de la posmodernidad donde toda asunción de lo histórico-heredado se debe poner en solfa. 116 Así, comenta el autor (ibidem) que «por lo que a la planificación del corpus se refiere, el trabajo de las agencias lingüísticas pertinentes ha sido intenso, y desde principios de los noventa han proliferado proyectos de codificación y elaboración de entre los cuales se destacan los diccionarios, gramáticas y ortografías académicos (es notable la actividad de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española), pero no hay que olvidar la importante intervención de la prensa escrita por medio de sus libros de estilo y de los corsarios de la estandarización con sus manuales de urbanidad y buena conducta lingüística». ‒  ‒ en países donde la identidad y la nacionalidad están negociándose, cada aspecto de la lengua, incluyendo su descripción fonológica y sus formas de representación gráficas, puede ser impugnado. Incluso en países donde la nacionalidad ha estado clásicamente bien arraigada, como en Francia, arden las batallas ortográficas. Esto significa que los sistemas ortográficos no pueden ser conceptualizados como una reducción simple del habla a la escritura, sino que son más bien símbolos que acarrean consigo significados históricos, culturales y políticos. A su vez, añade Alemany (23-4-2021) en su recorte de prensa: no es un horizonte tan lejano: en realidad, en un mundo en el que se escribe más que nunca y en el que se escribe con urgencia, en el que los hablantes no nativos y los menos educados también redactan a diario sus mensajes en las redes sociales, todos nos hemos acostumbrado a la laxitud. Acusar a alguien de una falta ortográfica en Twitter ya está peor visto que cometerla Esto es, pareciera que la ortografía ha perdido fuelle, importancia y prestigio por culpa o a causa de las redes sociales; tanto es así que hemos visto recientemente la creación por parte de neurolingüistas de «métodos infalibles» para ser educados en la «perfecta ortografía» de la forma más sencilla posible: a través de un sistema visual (cf. Queijeiro, 18-6-2021), de la tabla periódica (La Vanguardia, 14-11-2017), del dictado guiado (A.N., 29-1-2019), de un calendario (Verne, 9-12- 2017), de plataformas en línea como Walinwa, NoRedink, Grammar.ly, Sinfaltas.com y Forvo (Cortés, 2-10-2017), de personajes públicos, como la periodista apodada “Rompower”, que quiere enseñar ortografía y gramática con fotos sexis (Gómez, 7-6-2017) o de apps como «Escribir bien es de guapas», creada por la influencer «La vecina rubia», que toma realidad con un escape room para potenciar el uso correcto del idioma (ABC, 2-4-2020).117 Por otro lado, Cassany (2015) reflexionaba acerca del concepto de «escritura ideofonemática», muy presente en las redes, caracterizada por la eliminación de convenciones ortográficas comunes como tildes, 117 Incluso la propia RAE diseñó en Twitter un juego lingüístico que propone como meta encontrar un ejemplar perdido de El Buscón, de Francisco de Quevedo, «a través de variadas preguntas referidas a faltas de ortografía muy comunes (...) Utiliza un formato atractivo y actual, avanzas a través de links para cada respuesta, que van acompañadas de ingeniosos GIF que despiertan la curiosidad del receptor» (Linares Puyo, 9-2-2019). ‒  ‒ diéresis o dígrafos y por la incorporación de iconos visuales añadidos y otros «ideogramas modernos» —emoticonos—. Este tipo de «escritura hablada» (o habla escrita) podría considerarse fruto de lo que se ha denominado la «lengua de la cercanía» en los estudios clásicos de la filología alemana (por ejemplo, Koch y Oesterreicher, 1990), solo que en este caso se conduce el concepto al objeto de hablar de las redes en la actualidad. Este fenómeno, en realidad, ya había sido descrito (y cruelmente criticado) en pasadas décadas por Aurora Bernárdez, la esposa no tan conocida de su sí muy conocido esposo, Julio Cortázar. En uno de sus diarios póstumos, recogidos y transcritos recientemente (Bernárdez, 2017: 181-182), la argentina se expresaba así acerca de las cartas escritas con «lenguaje oral»: La gente que escribe cartas con lenguaje oral, creyendo así ser más natural, menos convencional. Como si forzosamente la diferencia entre una persona y un papel no nos impusiera una diferencia de tono y de lenguaje. Comme quoi esta naturalidad se convierte en la peor retórica, porque es grosera, sin refinamiento. Ahora muchos chicos jóvenes escriben así, en parte por ignorancia, en parte por timidez. Oyen su voz y se sienten más de uno, se dan ánimos. Asimismo, esa escritura ideofonemática que se estaría criticando hoy día se describiría también como espontánea y típica de la comunicación entre jóvenes a través de ordenadores y móviles, donde la «norma» escrita se diluye, de lo que, como es bien sabido, constituye un excelente ejemplo Twitter. Baste aquí realizar un inciso conceptual que precisa aclaración: podría pensarse que de nuestro estudio se desprende cierta contradicción, pues lo que aquí presentamos como «norma prescriptiva» —la ortográfica— respecto de la escritura, en la «oralidad» no tendría excesiva importancia o no debería importar. En realidad, estos textos, aunque escritos, tendrían más que ver con una idea de la «oralidad-coloquialidad», dado que parecen remitir a la lengua hablada, en ese «sistema híbrido» que sería lo escrito-hablado.118 Tal sistema, que 118 Han sido ingentes los estudios dedicados, tanto en la historia como en el presente, que destacan lo falaz que ha sido, en muchos casos, el reduccionismo contenido en los binomios «coloquial-culto» y «oral-escrito», pues no siempre la «coloquialidad», por ejemplo, sería un asunto de «habla», sino que ya desde antaño podría encontrarse contenida en diversos tipos discursivos y, por tanto, aparecer rasgos coloquiales o del habla espontánea en el texto escrito (Gimeno Menéndez, 1990: 33-45; Cano Aguilar, 1996: 377-379, 1998; Kabatek, 2000; ‒  ‒ debería estudiarse con mayor detenimiento, sería posibilitado gracias a que las nuevas tecnologías propulsan ahora lo escrito a la manera inversa, a saber: el verba volant vendría a ser la escritura (la mayor parte de los mensajes electrónicos en redes y chats no se almacenan o guardan para la posteridad) y no su correspondiente scripta manent, al que hasta ahora equivalían (al contrario, por ejemplo, de lo que comenzó a suceder con las cámaras de vídeo y el cine, cuando, gracias a la eterna reproducción de estos aparatos, el verba volant se convirtió en permanencia y estabilidad, lo que ocurre cuando visionamos, pongamos por caso, una película). La comunicación escrita a través de los nuevos medios tecnológicos quiebra las hasta ahora lógicas equivalencias entre «escritura» y «permanencia» y entre «habla» y «fugacidad».119 Por su parte, Kallweit (2015) concluye, en otro estudio sobre esta «neografía», que «los jóvenes adquieren un nuevo registro que eligen y utilizan según la situación —esto es, el contexto comunicativo— y la conveniencia», lo que ha sido comúnmente aceptado hasta hoy. En otras palabras: no es que influya en ellos esta nueva forma de escribir sobre Medina Morales, 2004: 129-130; López Serena, 2007). Sobre esta cuestión en particular, consideramos de especial interés el pensamiento de Beinhauer (1968: 12): «entendemos por lenguaje coloquial el habla tal y como brota natural y espontánea en la conversación diaria, a diferencia de las manifestaciones lingüísticas conscientemente formuladas y, por tanto, más cerebrales de oradores, predicadores, abogados, conferenciantes, etc., o las artísticamente moldeadas y engalanadas de escritores, periodistas o poetas […]. Al tratar de lengua coloquial nos referimos únicamente a la lengua viva conversacional. […] Refleja espontáneas tendencias lingüísticas, no ya del hombre de tipo corriente y moliente, sino aun de gentes cultas cuando su habla va impulsada por la afectividad o en momentos de expansiva intimidad». Tal pensamiento, que fue expresado en la década de los 60, todavía hoy podría rescatarse para el tema que nos ocupa en un texto como este. 119 A este respecto, podría rescatarse la teoría clásica del lingüista Nencioni (1976) y su categorización del discurso, que diferenciaba cuatro tipos: el parlato parlato (un acto comunicativo real, por ejemplo, una conversación espontánea en un parque), el parlato scritto (una carta coloquial, un email, un mensaje «no formal»...), el scritto parlato (una conferencia preparada de antemano), y, por último, el scritto scritto (un texto jurídico, cualquier texto escrito técnico con intención de perdurar...). Es evidente que, de este modo, Giovanni Nencioni, sin conocer todavía los nuevos medios tecnológicos del siglo XXI, había ideado un cajón de sastre perfecto donde podrían caber todos ellos en el tipo de discurso «parlato scritto», o sea, un nuevo dicho: el SCRIPTA VOLANT de los medios digitales. La diferencia principal que habría causado WhatsApp, por poner un ejemplo, es que la conversación espontánea de un parque habría pasado a mantenerse a través de los medios digitales, preservando una misma función y, por tanto, la ortografía en esta no tendría la misma relevancia... ¿O sí la tendría?