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El Conde de las Navas y Sevilla

Aguilar Ortiz, José María

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Excma. Sra. Directora de esta Real Academia. Excelentísimos e ilustrísimos señores académicos. Es un gran honor presentarme ante ustedes, y ante el distinguido público que nos acompaña esta noche, para ser acogido, como correspondiente, en el seno de esta insigne Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Debo tal privilegio al amparo de don Manuel Olivencia Ruiz, así como a la delicadeza de los señores don Manuel Clavero Arévalo y don Ramón María Serrera Contreras, quienes lo acompañaron en la signatura de la propuesta de elección, que el claustro de académicos tuvo a bien suscribir. El honor que me hacéis al aceptarme entre vosotros es inmenso, máxime al considerar que mi bisabuelo, el V conde de las Navas, recibió idéntica distinción hace más de cien años, lo que proporciona a este acto solemne un sugestivo sabor de centenario, y me concede la oportunidad de recordar la intensa y simpática relación que aquel mantuvo con Sevilla y los sevillanos al finalizar un siglo tan literario y tan culto. Sin duda alguna, la tarea que comencé siendo todavía un adolescente, movido por el propósito de rescatar la figura intelectual de mi noble antepasado, así como la benevolencia de la Academia al tomarla en consideración, fue causa suficiente para introducirme, como el aire -ese aire envolvente y de ensueño que el conde de laS navaS Y Sevilla Por JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 41, 2013, pp. 67-89. fluye por Sevilla, al que aludió Rafael Valencia en su discurso de recepciónpor las rendijas del señorial edificio que nos cobija, y reunirme, de este modo tan sutil, con todos vosotros1. Las palabras que ha empleado nuestro querido vicedirector al presentarme no pueden ser más amables ni exactas. Gracias a mi bisabuelo me hallo entre vosotros. Tanto es así, que pienso que hoy será su espíritu el que oficie desde este púlpito. Yo solamente haré de monaguillo. Un millón de gracias, queridos compañeros, ya me atrevo a llamaros así, a pesar de que apenas he traspasado el umbral del saber que custodia esta cordial y noble Casa. La magnífica hospitalidad con que me habéis obsequiado desde el primer día, la finura de nuestra directora, Enriqueta Vila, la cortesía de Antonio Collantes de Terán, así como las constantes atenciones prodigadas por Dioniso Punta desde el inicio de mi investigación en el Archivo, con objeto de preparar este acto, despiertan en mi espíritu el más sincero y profundo agradecimiento. Desde entonces, y sin mediar contribución alguna por mi parte, he recibido de vosotros toda clase de cuidados. Habéis conseguido que me tome al pie de la letra vuestra generosa invitación. “Pasa, estás en tu casa” -me dijisteis-, y aquí me hallo, feliz y cómodamente instalado. Es también mi voluntad emplear durante la exposición un lenguaje sencillo, de acuerdo con el simplísimo emblema de la Academia, el olivo, símbolo de la sabiduría, que he podido admirar en el grabado que aparece en la portada de la edición de los Estatutos de 1772, elegante impreso que recibí como obsequio de un buen amigo cuando supo que había sido elegido. Al conocer la fecha de mi presentación pública y oficial ante vosotros, así como el turista recurre a la guía de viaje buscando orientación, acudí yo, presuroso, a consultar algunos papeles relativos a la Academia, con la idea de imbuirme de su espíritu ancestral. 1. Discurso de ingreso. Recepción Pública del Excmo. Sr. D. Rafael VALENCIA RODRÍGUEZ y contestación del Excmo. Señor D. Rafael MANZANO MARTOS, “El aire de Sevilla (Los refranes de la Sevilla árabe. A la sombra de Pascual Gayangos)”, Boletín de la Academia Sevillana de Buenas Letras. Segunda Época. Vol. 39, Sevilla, 2011. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ68 Particularmente útiles se mostraron el excelente libro de Francisco Aguilar Piñal sobre esta Real Academia en el siglo XVIII2 y los catálogos de la Casa; otras publicaciones, como la titulada El mundo de las Academias3, editada por Enriqueta Vila y Rogelio Reyes, me han guiado en este primer contacto. Entre nosotros, José Villalobos, se ha ocupado de la honda y extensa degradación de la vida pública que padecemos en estos tiempos, a los que califica de desolados e inciertos, comparándolos con aquellos otros de la crisis del 98, y ha propuesto un loable método o saber de salvación, al que denomina La razón diligente4, fruto de la autoconciencia del mal que padecemos y del trabajo colectivo y solidario de grupos convergentes en la misma finalidad de remediarlo, muy en consonancia con la secular aspiración académica de vindicación de España y de Sevilla. Trataré, a partir de ahora, en la medida en que lo permitan mis fuerzas, os lo aseguro, de sumarme a los elevados objetivos y empresas prescritas y desempeñadas por la Academia. * En su original libro, Curiosidades de Sevilla5, Manuel Grosso trata una cuestión que me preocupa sobremanera en estos momentos y explica mi estado de ánimo al presentarme ante vosotros. Permitidme que cite textualmente sus palabras: “Hay un cierto pánico a ser calificado como turista cuando se va a pasear o conocer una ciudad; temor en parte justificado, ya que tal denominación parece ser mágica a la hora de ser engañado y explotado”, dice el autor. 2. La Real Academia Sevillana de Buenas Letras en el siglo XVIII. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla, reedición facsímil, Sevilla, 2001. 3. El mundo de las Academias: del ayer al hoy, Actas del Congreso Internacional celebrado con motivo del CCL aniversario de la fundación de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras (1751-2001) entre los días 20 y 23 de noviembre de 2001, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Fundación de Aparejadores, Real Academia de Buenas Letras. Sevilla, 2003. 4. “La razón diligente”, Boletín de la Academia Sevillana de Buenas Letras, Segunda Época, 39, 2011. 5. El País y Aguilar, 1992. el conde de laS navaS Y Sevilla 69 Naturalmente, el temor que yo siento ahora, acudiendo a la ciudad del Betis, no es el de ser burlado, sino más bien el contrario, el de aparecer como un impostor que trata de engañaros. De modo que, antes de comenzar mi disertación, os ruego seáis indulgentes con este pasajero, que al ocupar su asiento de clase turista en el AVE, se percata de pronto, de que ha sido acomodado por error o distracción del revisor, en preferente, y, naturalmente, no desea cambiarse de sitio. Y vayamos, de una vez, derechos al grano, no vaya a ser que me suceda como a aquel guitarrista que después de pasarse toda la noche afinando su guitarra, exclamó al despuntar el día: “si no llega a amanecer tan pronto la dejo como un piano”. * Comenzaré remontándome hasta el año 1876, cuando mi bisabuelo Juan Gualberto, al que dedicaré la presente disertación, terminó sus estudios e inició la trayectoria literaria que, veinte años después, le conduciría a este venerable recinto de las letras sevillanas. Había nacido en Málaga, en 1855, aunque fue siempre considerado como un lucentino más en la noble ciudad de sus antepasados, donde residió durante mucho tiempo en compañía de su abuela, doña Carmen Pizarro, de la que heredó el título nobiliario de Las Navas. Vino a terminar sus estudios de Derecho, que realizaba, al parecer, sin mucha vocación, en Sevilla, después de un itinerario que le había llevado por las universidades de Granada, Madrid y Salamanca6. La presencia del estudiante en Sevilla coincide con la Restauración monárquica de Alfonso XII, después del período revolucionario que envió a su madre, Isabel II, al exilio, circunstancia muy importante para entender su vida. Debido a la lejanía de los acontecimientos que voy a relatar -pensad que han transcurrido ya, más de 130 añosre- 6. John demidoWicz, El conde de las Navas, un polígrafo español, Tesis doctoral, Edición no venal (cien ejemplares), Imprenta Murillo, Madrid, 1957. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ70 sulta imprescindible preguntarse cómo era la ciudad y cuál el ambiente que se encontró este joven. Responderé brevísimamente. La intensa vida intelectual de Sevilla está marcada por la influencia aristocratizante de los Montpensier. Asimismo, el particular temple del pueblo sevillano a lo largo del siglo XIX supo transformar su acostumbrado estoicismo en una visión alegre y placentera de la vida, de lo que da fe la existencia de numerosos círculos literarios y tertulias7. En este ambiente el conde de Las Navas descubrió su vocación principal, los libros y las letras, así como el estilo y el tono que marcarían para siempre su literatura. Mientras nuestro deudo estudiaba el último año de carrera, escribía sus primeros versos la joven sevillana Blanca de los Ríos. Andando el tiempo llegaría a ser la mayor escritora de España y su mejor amiga. Quiero recordar que el conde de Las Navas, académico desde 1922, solicitó de sus compañeros de corporación la entrada en la Real Academia Española de la escritora, quien fue la primera mujer en ser propuesta de forma oficial, ante la misógina corporación, una vez que por real decreto de 27 de noviembre de 1926, Alfonso XIII había establecido que “eran elegibles las personas de ambos sexos que merezcan tan alta distinción”. El conde de Las Navas, notable feminista opinaba que la iniciativa para la admisión de mujeres entre los académicos debió corresponder a la Academia en lugar de imponérselo el rey por decre- to, como nos ha recordado muy recientemente José Martínez de Sousa en la obra colectiva titulada El dardo en la Academia8. El 4 de abril de 1877 moría casi en la pobreza Cecilia Böhl de Faber, más conocida por el sobrenombre de Fernán Caballero, 7. Véase José Manuel cuenca ToRiBio, Historia de Sevilla. La Sevilla del siglo XIX, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1992. Véase también Rogelio Reyes y Miguel cRuz, Estampas sevillanas del ochocientos, Colección Biblioteca de Temas Sevillanos, Ayuntamiento de Sevilla, Instituto de la Cultura y las Artes (ICAS), 2.ª edición, Sevilla, 2006. Véase también José María de mena, Historia de Sevilla, Plaza y Janés, Barcelona, 1985. 8. “La obra académica a lo largo de tres siglos”, en Silvia senz y Montserrat alBeRTe, (eds.), I y II. Melusina 2011, Capítulo 8, Vol. I. el conde de laS navaS Y Sevilla 71 la mujer que después de Santa Teresa de Jesús dio más gloria a la literatura española, precisamente cuando se reanudaba la vida aristocrática de la ciudad. Actualmente, esta Academia, guarda celosamente el escritorio y algunos objetos del despacho de la popular y simpatiquísima autora de novelas inolvidables, como La Gaviota o Clemencia9. Gran importancia tuvieron dos extremeños, los hermanos gemelos Pérez de Guzmán, Manuel y Juan, animadores de la vida cultural sevillana de la época, con quienes sostuvo mi bisabuelo una prolongada amistad y también un interesante vínculo editorial. Gracias al generoso patrocinio de estos mecenas se imprimieron algunos de sus primeros libros10. * No cabe la menor duda de que la Restauración del rey Alfonso XII favoreció a la familia del conde de Las Navas, cuyo estrecho vínculo con la Monarquía, desde los tiempos anteriores a la revolución, se reanudó enseguida. Debido al destierro de su padre en Francia, doña Carmen Pizarro, IV condesa de Las Navas adquirió una exquisita educación y elegancia, como se puede comprobar en el bello retrato que le hizo el pintor sevillano Romero donde aparece luciendo sus joyas y la banda de Noble Dama de María Luisa, que le fue concedida por su servicio en la corte sevillana. Gracias a María Álvarez-Garcillán, hemos podido rescatar una reproducción de la bonita acuarela sobre hojalata compuesta por Carmen Pizarro y depositada en el Museo del Prado, procedente de una donación de la duquesa viuda de Pastrana en 1889, lo que demuestra que en Francia cultivó además, con cierto talento, la pintura. Parece que este bagaje cultural fue suficiente para justificar la presencia de nuestra antepasada en Sevilla por estas fechas, 9. Noticia tomada del libro de Santiago monToTo, Fernán Caballero. Algo más que una biografía (Gráficas del Sur, Sevilla, 1969, p. 360), donde remite a lector al libro de su padre, Luis Montoto, titulado En aquel tiempo. 10. Antonio RodRíguez moñino, El marqués de Jerez de los Caballeros. Semblanza de un gran bibliófilo, Departamento de publicaciones Excma. Diputación Provincial de Badajoz. Badajoz, 1989. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ72 circunstancia que, muy probablemente, aprovechó para introducir a su nieto Juan Gualberto, de cuya educación se había ocupado, en el saturado ambiente monárquico y cortesano que estaba resurgiendo en la ciudad. En las interesantes memorias del valenciano Antonio Guerola, que fue gobernador civil de Sevilla, puede estudiarse con detalle el reestablecimiento de la Corte, o, mejor dicho, de las dos Cortes rivales, la de Isabel II y la de los duques de Montpensier, a partir de octubre de 1876, así como los acontecimientos dignos de mención que durante aquel tiempo allí sucedieron11. Guerola destaca dos, por encima de todos. El primero es la visita del marqués de Alcañices y otros altos dignatarios venidos de Madrid, en representación del rey Alfonso XII, a la petición solemne de la mano de la Infanta María de las Mercedes, el día 10 de diciembre de 1877. Estos, desde la estación y vestidos de gran uniforme, fueron acompañados por el propio Guerola al palacio de San Telmo, donde tuvo lugar la ceremonia. El segundo es el grandioso baile dado por los infantes de Montpensier en la noche del 26 de diciembre con motivo de la venida del rey. La familia de mi bisabuelo estuvo bien representada en ambos acontecimientos. En efecto, uno de los personajes de la comitiva que acompañó a Alcañices, y que aparece retratado en la fotografía que se tomó del acto de pedida, en el palacio de San Telmo, es Norberto, padre del joven Juan Gualberto. Acababa de volver de Filadelfia, donde había jugado un destacado papel como Director de Bellas Artes en la Exposición Universal celebrada en aquella ciudad. Aún se conservan las invitaciones enviadas desde la secretaría del duque de Montpensier, firmadas por el Jefe de la Casa, Rafael Esquivel, a la condesa del Donadío e hijas y al propio Juan Gualberto, a la recepción del 10 de diciembre, día de la celebración del anunciado enlace real, y al gran baile del 26. La importancia que Sevilla tuvo para nuestro antepasado, fue confesada por él mismo en un interesante artículo, titulado Pax, que apareció impreso en el libro Quien no vio a Sevilla…, producto de la 11. Sevilla en la segunda mitad del siglo XIX, Edición dirigida por Federeico Suárez, Fundación Sevillana de Electricidad, Sevilla, 1993, Vol. 4 (1-4). el conde de laS navaS Y Sevilla 73 colaboración de veintiocho escritores de principios del siglo pasado, en su mayoría sevillanos, publicado con ocasión de la Feria de Abril de 1920, a iniciativa del concejal José María Tassara12. Mi bisabuelo recordó la importante relación que tuvo con Sevilla, así como el nacimiento de su vocación literaria, en el discurso que dio al ingresar en la Academia Española, titulado La conversación amena, en 1924. Cito sus palabras: Y dejando a los actores para tratar de los escenarios -se refiere a los de la conversación amena-, mucho podría decir a propósito de las tertulias a las que concurrí y asisto. En la de D. Juan José Bueno -erudito y castizo literato-, Director de la Biblioteca Universitaria de Sevilla, me inicié, siendo aún muy joven, en las aficiones que han constituido después el objetivo de mi vida y el empleo de todas mis actividades13. Participó también de otros asuntos tanto o más originales que el de “si el huevo fue antes de la gallina o ésta primero que aquel”, polémica que mantuvieron en su presencia, en el Hotel de Londres, doña Emilia Pardo Bazán, y don Prudencio Mudarra. Su temprana inclinación a la gallinicultura -como bautizó esta rama de la ornitología agrícola M. Mariot Didieuxse transformó en decidida afición después de haber presenciado aquella originalísima discusión de sobremesa. Esta es una faceta poco conocida del conde de Las Navas, quien hacia 1887 fundó, junto a su amigo y protector, el marqués de Alcañices, a quien llamaba padrino, una importante explotación avícola, El Gallo de Plata, establecida a 28 kilómetros de Madrid, en la gran finca que poseía allí el marqués, cerca del pueblo de Algete, de la que fue director-gerente durante casi 20 años. Además, logró reunir la biblioteca más importante de Europa sobre este tema. 12. Reedición facsímil en Colección de Clásicos Sevillanos, Servicio de Publicaciones Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1993. 13. La conversación amena. Discursos leídos ante S. M. El Rey don Alfonso XIII en la recepción pública del Exmo. Sr. CONDE DE LAS NAVAS. Discurso del Excmo. Sr. CONDE DE LA VIÑAZA en contestación al precedente, Gráficas Reunidas, S. A., Madrid, 1924. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ74 El profesor John P. Demidowicz, biógrafo del conde de Las Navas nos proporciona una curiosa noticia al respecto: Las tertulias del Instituto de Valencia de Don Juan [en Madrid] constituyeron uno de los placeres más gratos para el conde. Allí se reunieron los domingos, durante muchos años, un grupo de escritores y artistas. En el mismo palacete-museo he visto un curioso libro con caricaturas de los contertulios, firmadas con el anagrama «J.M.F»; allí está don Juan Gualberto con cuerpo de gallo, rematado por la propia cabeza del conde, cabeza que lleva una corona condal. En la parte superior izquierda del dibujo hay una leyenda que dice: “El gallito de los bibliógrafos”, y en la parte inferior derecha esta inscripción: “Bibliógrafo de los gallitos”. Volviendo a la tertulia antes mencionada, continúa diciendo el conde de Las Navas: De las reuniones presididas por el castizo literato y bibliófilo D. Juan José Bueno, traje yo a Madrid dentro del cuerpo, como su semilla la alcaparra, la idea primera hacia el rumbo definitivo, que años más tarde emprendieron mis aficiones, hasta cristalizar en la Escuela Superior de Diplomática, constituyendo el núcleo de mi vida. En aquella tertulia me inicié en el oficio con el que vivo tan bien avenido, de redactar la partida de bautismo o cédula de vecindad de un libro; distinguir de papeles a primera vista y al trasluz en busca de filigranas; no confundir la letra de tortis con la elzeveriana, y poder opinar, con algún fundamento, si el cuerpo, impreso o manuscrito, está bien vestido: con simple chichonera, coraza o galas cortesanas; por un artista o solo por un artesano. Bueno fue quien me inyectó el amor al libro, no solo por el contenido, sí que también por las formas contingentes del que es molde o estuche el más amplio, exacto, genuino y duradero del pensamiento humano. el conde de laS navaS Y Sevilla 75 Señor Conde de Las Navas Carísimo amigo y dueño: …A la Señor Condesa, A cuyo noble desvelo, He debido la alegría Que rebosa por mi cuerpo, Al saber la grata nueva Del tan justo nombramiento Con que la Señora y Reina De virtudes claro ejemplo Justa ha querido premiar Los grandes merecimientos Que ganasteis en la liza Del trabajo y el talento, etc., etc. El conde de Las Navas fue objeto del humor de su amigo Gestoso en numerosas ocasiones. Debo recordar que mi bisabuelo gozó siempre de lo que popularmente se conoce como una mala salud de hierro. Desde muy joven, sufría de gota. Además experimentó un padecimiento no muy frecuente, que una vez resuelto, dio lugar a la siguiente broma de Gestoso. Este, con fecha de 20 de marzo de 1895, emite un curioso certificado dirigido al conde de Las Navas desde Sevilla. En el anverso, bajo el dibujo esquemático de una tenia o solitaria, tocada de corona condal, metida dentro de un frasco de vidrio, figuraba la siguiente leyenda: Caso maravilloso, suceso memorable, portentosa aparición de la más monstruosa fiera, que alojada cuarenta años ha en la abdominal región y entre el laberinto de las estomacales vísceras de un maltrecho bibliotecario, dejó al cabo aquellas concavidades para salir a la luz del sol dando grandes asuntos a los discípulos de Avicena. Dalo a luz en Sevilla un amigo del paciente para aprovechamiento de enfermos desahuciados. En el reverso, hay una sola frase: “Ya que apareció la solitaria, ¿aparecerá también la vergüenza?”. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ82 Hablando precisamente de humor, aunque ambos amigos fueron humoristas, cada uno lo fue a su manera. Gestoso, para lucir su ingenio y distraerse, bromeaba con la palabra y con el lápiz y produjo un buen número de romances históricos y burlescos que quedaron inéditos. Uno de ellos, el titulado El Horóscopo, obra en nuestro archivo. Está fechado en 1896, dedicado al conde de Las Navas y precedido de un bello dibujo caballeresco, donde glosa la reciente afición de su amigo, amante de los deportes, por los velocípedos. Comienza así: Cabalgando va el buen conde El buen conde de Las Navas, En su palafrén ruano Que en Mequinez se criara. Y termina diciendo: Assi dixo D. Clarife Al buen conde de Las Navas Que callado y pensativo Y con la cabeza baja, Juró para sus adentros Dejarse de cavalgadas En veloces bicicletas E infernales maquinarias. Por su parte, el conde de Las Navas escribió y recopiló durante toda su vida, cuentos y chascarrillos. Los contó de todos los estilos. Hay que recordar que su primer libro se titulaba precisamente, La docena del fraile, hoy un verdadero tesoro para bibliófilos, y contenía doce cuentos y chascarrillos. A este volumen sucedieron otros: La media docena, La decena, De chicos y grandes, De allende Pajares y Fósiles. Con motivo de la publicación del titulado La decena, en 1895, Gestoso traslada por carta a su amigo la impresión que ha obtenido de dicha colección de cuentos y chascarrillos, poniendo de manifies- to ciertas diferencias en la forma de entender el sentido del humor: Nada te digo de los chascarrillos -le comunica-, primero porque no soy aficionado al género, segundo el conde de laS navaS Y Sevilla 83 porque desdicen de la seriedad de todo un bibliotecario mayor de S. M. que sabe hacer cosas de más alto relieve. Bien sé que al público agradan estos pasatiempos, pero los que como tu tienen otra alteza de pensamientos, no deben ni aún siquiera, parar mientes en esas fruslerías buenas para… te lo diré aunque me riñas… para almanaques. Vengan pues todos los cuentos que quieras, que quien como tu sabe hacerlos merece plácemes por ellos y allá se queden los chistes para los Felipe Pérez y otro de su jaez. El conde de Las Navas no atendió el consejo, y siguió escribiéndolos; su propensión al chiste, que elevó a categoría de género literario, era invencible. Hemos de mencionar, necesariamente, otra obra del mismo estilo, en la que participó, los Cuentos y chascarrillos andaluces tomados de la boca del vulgo, obra nacida a la lumbre de las tertulias de don Juan Valera, publicado en 1896, y que también les ocasionó a ambos -como el asunto de El Centenario17- multitud de disgustos y quebraderos de cabeza. En sus apuntes biográficos sobre Valera, el conde de Las Navas refiere los temores de éste, que casi se puso enfermo y estuvo a punto de suspender la edición, debido a las críticas y al escándalo en el círculo social más bien melindroso que ambos frecuentaban. El escritor y periodista sevillano Santiago Montoto puso, con mucha gracia, todos estos incidentes por escrito18. Justamente entonces, a finales de aquel año, la Academia Sevillana, en Junta de octubre de 1896, propone su elección como académico correspondiente al conde de Las Navas. Firmaron la propuesta José Gestoso, Luis Montoto, Joaquín Hazañas y Francisco Rodríguez Marín. En esta misma reunión fue nombrado “académico preeminente”, don Marcelino Menéndez Pelayo. El diploma con su nombramiento lleva fecha de 13 de noviembre. Se cumplen hoy, casi exactamente, 116 años. 17. José María aguilaR oRTiz, “Valera y el Centenario. Historia de una amistad”, Isidora, 13 (2010), pp. 75-169 18. “Las amarguras de don Juan Valera: (De su correspondencia inédita)”, Artículos publicados en El Sol, Diario Independiente, (Sábado 13 de octubre de 1926, sábado 16 de octubre de 1926 y sábado 23 de octubre de 1926), I-III. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ84 Andando el tiempo, el 30 de noviembre de 1918 las Reales Academias Sevillanas de Buenas Letras y de Bellas Artes organizaron un homenaje para honrar la memoria de Pepe Gestoso, fallecido el año anterior. El acto tuvo un carácter solemne. El conde de Las Navas vino de Madrid con la representación del rey Alfonso XIII y en nombre de las Reales Academias Española, de la Historia y de Bellas Artes de Madrid, asistieron los señores Luis Montoto y Raustenstrauch y Vicente Lampérez y Romea, respectivamente. La prensa local se hizo eco con amplitud del acto en el que intervinieron con sendos discursos, el marqués de Torrenueva, director de la Academia de Bellas Artes, Carlos Cañal, director de la de Buenas Letras, José Sebastián Bandarán, Vicente Lampérez, Luis Montoto, Adolfo Rodríguez Jurado, que pronunció el discurso necrológico, importante fuente de información sobre el fallecido, y el conde de Las Navas, quien cerró el acto. Una anécdota digna de referirse es lo sucedido entre los académicos con motivo del almuerzo ofrecido por las dos academias hermanas, al conde de Las Navas, que se celebraba en el Hotel Madrid, ese mismo día, por cuyo cubierto debían pagar los asistentes la elevada cantidad de 25 pesetas de entonces. Una o varias epidemias parecieron extenderse entre los académicos de ambas corporaciones, pues se recibieron numerosas disculpas de asistencia por variados motivos de salud. También se produjeron numerosos viajes imprevistos o inaplazables. No obstante se ofrecieron otras razones más sinceras y algunas pintorescas. Hubo quienes como Francisco de Torres se disculparon por “su habitual costumbre de huir de estos actos honrosísimos, sin duda alguna” o Joaquín Hazañas que recordó su opinión contraria a estos actos u otros similares. Hubo también quienes aceptaron el convite antes de recibir la notificación del precio del cubierto y se echaron para atrás al conocerlo. Don Juan Francisco Muñoz y Pabón declinó la invitación comunicando lacónicamente lo siguiente: “Mañana, Dios mediante, pienso salir para Antequera”. A principios de 1921, de acuerdo con Carlos Cañal, director de la Academia y ministro de Trabajo por entonces, recabó la el conde de laS navaS Y Sevilla 85 ayuda de la Corporación para levantar el monumento en homenaje a don Juan Valera que había realizado su sobrino el escultor Lorenzo Coullaut-Valera. La Academia aportaría 250 pesetas. Más tarde, en Junta General Ordinaria de 7 de octubre de 1921, el conde de Las Navas fue nombrado “académico preeminente”. A la recepción del Diploma, fechado en Sevilla el 31 de enero de 1922, en carta de agradecimiento que dirigió al director de la Academia, Carlos Cañal, confiesa su amor por Sevilla y el gran respeto que sentía por nuestra Casa. * Además de en la Sevilla literaria y académica, es bien seguro que en esa “otra Sevilla”, de la que nos habla Julio Martínez de Velasco, en el libro Paseo por la Sevilla del 9819, la Sevilla del pasotismo, frívola y chistosa, la que resiste dando la espalda a la realidad, el conde de Las Navas se encontraba a gusto. No en vano en ella se había aficionado a la conversación amena y a los chascarrillos, ese peculiar modo suyo de sortear la realidad. Precisamente uno de los rasgos más atractivos de su personalidad consiste en su habilidad para aunar rectitud y excelencia profesional y desenfado en el trato, que alcanza su más lograda expresión en las obras de literatura amena. En 1926, pronunció una conferencia sobre El chascarrillo andaluz, en la que desarrolló su peculiar y simpática teoría del chiste y del humor. Consideraba que el chascarrillo es ni más ni menos que la sal y la pimienta de la charla, el argumento supremo del que se suele echar mano en la tierra de María Santísima. Junto con el sol, el contento, el bullicio más o menos musical, la charla sempiterna, pintoresca y castiza, la belleza y sandunga de las mujeres, y el rumbo, puede el chascarrillo, en su opinión, considerarse uno de los valores cotizables de aquel extenso territorio. En 1929 escribió el último libro. Comprendió que no le quedaba tiempo para publicar sus obras completas, y editó un 19. Serie de artículos publicados por el diario ABC de Sevilla entre el 4 de enero y el 25 de junio de 1983, Editor: J. Rodríguez Castillejo, Sevilla, 1991. JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ86 volumen titulado Obras incompletas con los trabajos preferidos: cuentos y chascarrillos. Era su testamento litera rio. Lo que más le divertía y le hacía reír. Creía que la risa es la mejor me dicina, porque previene todas las enfermedades. Ahora os contaré un chascarrillo de mi bisabuelo, titulado El secreto de un charlatán. Pues Señor: Así el Domingo de Ramos, cuando discurre bajo sus gigantescas naves la procesión de las palmas, como en la tarde del Viernes Santo, durante el Oficio de Tinieblas, se cree uno en el cielo en la Catedral de Sevilla. Me contaron el otro día que el magnífico templo, merced a la moderna y sabia restauración, tiene más luz que en mis tiempos, cuando Enrique Tamberlick cantó en los funerales de la Reina Doña Mercedes de Orleans. Bien; ¿para qué necesitaba más luz aquella iglesia excelsa? ¡Vaya a echarle usted sal al mediterráneo! Apenas se veían los dedos de la mano: en el severo tenebrario chisporroteaban las velas llenas de mieles; por todos los ámbitos de la Catedral retumbaban los severos cánticos del Cabildo, que asistía al coro en pleno, presidido por el Señor Arzobispo Cardenal. Había muchos fieles de ambos sexos en el templo; la matraca, en lo alto de la Giralda, dejaba oír de cuarto en cuarto de hora su poco harmónico tableteo, llamado a substituir, por ser Viernes Santo, el alegre y bien templado son de las veinticuatro campanas que cuelgan en el árabe alminar. Todo era misterio, tristeza y recogimiento en la suntuosa casa de Señor. En un banquillo arrimado al cancel del coro, cierto caballerete charlaba sin cesar con otro sujeto, algo más entrado en años, que se limitaba a asentir con la cabeza. Varias veces ya, los devotos arrodillados junto al banquillo habían vuelto la cabeza demostrando escandalizarse de aquellas pláticas irrespetuosas, sacrílegas, en lugar y en día tan señalados. Por fin, uno de los señores canónigos más cercanos al cancel diputó a un sacristán, seise o lo que fuera, para que llevase un recadito de atención al hablador. el conde de laS navaS Y Sevilla 87 –Está muy bien; diga usted al señor canónigo que me callaré. ¡Qué si quieres!; a los diez minutos, la lengua del amonestado se movía más que un ventilador eléctrico. Entonces fue el Señor Deán quien envió al pertiguero del Cabildo para que hiciese callar a aquel mal cristiano. Y volvió éste a ofrecerlo humildemente, y duró un poco más su silencio que la vez anterior…; pero luego volvió a las andadas con más ánimos y con tanta facilidad como D. José Moreno Nieto peroraba. Nada menos que el señor Arzobispo se vió precisado a enviar a un beneficiado con encargo de poner en la calle, con las mejores formas, a aquel genuino representante del órgano más poderoso en nuestra raza: la lengua. –Sírvase usted ofrecer a Su Eminencia mis respetos y decirle que le juro no chistar más…; pero dígale también que estoy en el secreto… ... –Su Eminencia, que agradece a usted la promesa y que, como no entiende lo del secreto, le suplica se tome la molestia de verle en la Sacristía Mayor, donde le aguarda, concluidos los Oficios. –No faltaré… ... –¡Es muy claro, Eminentísimo Señor! El recogimiento, el duelo de Nuestra Madre la Iglesia Católica responde en este día a la muerte del Divino redentor del Mundo. ¿No es cierto? –Efectivamente. –Pues bien; yo hablaba, no tomando tan a pechos el duelo… porque sé a ciencia cierta que Nuestro Señor Jesucristo resucitará mañana, seguramente. Por eso envié a decir a Su Eminencia que estaba en el secreto. Llego al término de esta disertación, queridos amigos, lleno de emoción. El grande y espléndido honor que me ha sido concedido, la evocación de la figura de mi bisabuelo, cuya personalidad y obra literaria he admirado desde niño, la satisfac- JOSÉ MARÍA AGUILAR ORTIZ88 ción de cumplir la promesa que hace 40 años hice a mi excelentísima abuela María cuando acepté la custodia del magnífico legado moral e intelectual que nos dejó su padre, la presencia de tantas personas queridas… En fin, os lo ruego, poneos en mi lugar y juzgad con benevolencia, que es casi como no juzgar, a este descendiente, sucesor en la Academia, de quien fuera todo un caballero andaluz, español y me atrevo a decir que sevillano. Si no, escuchad la bella proclamación de andalucismo y de españolismo, en suma, que realizó en su libro de paisajes y cuentos, Allende Pajares, publicado en 1903, de tema asturiano, dedicado a don Ramón Menéndez Pidal. Dice así: ¡Ah! -exclama- Si yo no hubiese nacido bajo los verdes nopales de Gibralfaro, rezado la primera vez ante el altar de la Virgen de Araceli, y estudiado Derecho romano á la sombra de la torre de los Siete suelos, si no debiera, en parte, mis pocas felices inspiraciones si tuve alguna al elixir del Tío Pepe, y si la Reina del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo, parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese prohijado más tarde; renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y beber en el borde de la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca la lóndriga la riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra “proyectada por el ancho hórreo”, siquiera me despertase alguna vez la fuina persiguiendo á los pichones en el palomar cercano. Un millón de gracias a todos. A los que habéis venido a acompañarme en esta ocasión. A ti también, mi querido Manuel Olivencia, por tu amistad y constante apoyo. A todos vosotros, queridos compañeros, por haberme recibido con tanto afecto. He dicho. el conde de laS navaS Y Sevilla 89