El libro en la Catedral de Sevilla (siglo XVII)
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Tesis Doctoral de Fernando Santos de la Hera Dirigida por la Dra. Mª del Carmen Álvarez Márquez El libro en la Catedral de Sevilla (siglo XVII)
EL LIBRO EN LA CATEDRAL DE SEVILLA (SIGLO XVII) Tesis Doctoral de Fernando Santos de la Hera Dpto. de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas Universidad de Sevilla
ÍNDICE SIGLAS UTILIZADAS INTRODUCCIÓN OBJETIVOS Y METODOLOGÍA I. LOS FONDOS BIBLIOGRÁFICOS DE LA CATEDRAL DE SEVILLA .................................................................................................... 15 1. LA BIBLIOTECA CAPITULAR Y COLOMBINA ...................................................... 15 1. 1. Acondicionamiento, conservación y custodia. ........................................................ 15 1. 2. La labor de Juan de Loaysa en la Biblioteca Capitular y Colombina ..................... 32 1. 3. El Manuscrito Ms 57-1-19. ..................................................................................... 42 1. 4. La Inquisición y la Biblioteca Capitular y Colombina: expurgos en la Librería. .... 77 2 LAS LIBRERÍAS CORALES ........................................................................................ 92 2. 1. Los fondos de las librerías corales .......................................................................... 97 3. LA CAPILLA MUSICAL ............................................................................................. 106 3 1. Funcionamiento: los Maestros de Capilla ............................................................. 106 3. 2. Fondos de la Capilla Musical ............................................................................... 131 3. 2. 1. Inventario I ..................................................................................................... 131 3. 2. 2. Comentario al inventario I:............................................................................. 133 3. 2. 3. Inventario II .................................................................................................... 136 3. 2. 4. Comentario al inventario II: ........................................................................... 138 3. 2. 5. Inventario III .................................................................................................. 142 3. 2. 5. Comentario al Inventario III: .......................................................................... 144 3. 2. 6. Inventario IV .................................................................................................. 145 3. 2. 7. Comentario al Inventario IV: ......................................................................... 148 3. 2. 7. Inventario V.................................................................................................... 150 3. 2. 8. Comentario al Inventario V: ........................................................................... 152
3. 2. 9. Inventario VI .................................................................................................. 157 3. 2. 10. Comentario al Inventario VI: ....................................................................... 159 3. 2. 11. Inventario VII ............................................................................................... 163 3. 2. 12. Comentario al Inventario VII: ...................................................................... 165 3. 2. 13. Inventario VIII .............................................................................................. 167 3. 2. 14. Comentario al Inventario VIII: ..................................................................... 169 4. LA LIBRERÍA DE MINISTRILES .............................................................................. 177 4. 1. Fondos de la Librería de Ministriles .................................................................. 183 4. 1. 1. Inventario I ................................................................................................ 183 4. 1. 2. Comentario al Inventario I: ....................................................................... 184 4. 1. 3. Inventario II ............................................................................................... 185 4. 1. 4. Comentario al Inventario II: ...................................................................... 186 5. OTROS REPOSITORIOS BIBLIOGRÁFICOS. .......................................................... 189 5. 1. El Sagrario ......................................................................................................... 189 5. 1. Las Capillas. ...................................................................................................... 203 II. LOS ARTESANOS DEL LIBRO: SU ACTIVIDAD BAJO LOS AUSIPICIOS DE LA CATEDRAL DE SEVILLA .................................. 208 a) Los escritores de libros. ................................................................................................. 209 b) Los iluminadores ........................................................................................................... 240 c) Los raspadores ............................................................................................................... 240 d) Los libreros .................................................................................................................... 241 e) Los impresores .............................................................................................................. 254 III. AUMENTO DE LOS FONDOS BIBLIOGRÁFICOS CATEDRALICIOS ................................................................................... 263 1. La escritura de nuevos libros ......................................................................................... 264 2. Nuevas impresiones....................................................................................................... 271 3. Incorporaciones y donaciones ....................................................................................... 304 4. Los legados .................................................................................................................... 324 IV. LA POLÍTICA DE CONSERVACIÓN Y ENMIENDA DE LOS FONDOS BIBLIOGRÁFICOS CATEDRALICIOS ................................ 331 CONCLUSIONES .................................................................................... 341 BIBLIOGRAFÍA ....................................................................................... 347 ÍNDICE DE FIGURAS ............................................................................. 354
SIGLAS UTILIZADAS ACS = Archivo de la Iglesia Catedral de Sevilla AHPS = Archivo Histórico Provincial de Sevilla BCC = Biblioteca Capitular y Colombina BNE = Biblioteca Nacional de España doc. = documento f. = folio ff. = folios Fig. = figura leg. = legajo num. = número p. = página pp. = páginas PN = Protocolos Notariales RAE = Real Academia Española r. = recto Secc. = sección ss. = siguientes sf. = sin folio ts = tomos v.= vuelto vol. = volumen VVAA = Varios Autores
INTRODUCCIÓN Abordar el estudio histórico de una institución como la Catedral de Sevilla es, siempre, un trabajo sugerente e interesante. Más aún desde un punto de vista «cultural», como es el mundo del libro. Efectivamente, la Iglesia Católica actuó, desde la caída del Imperio Romano, como un refugio de la escritura y de la cultura clásica que languidecían bajo los dominios germánicos. Su capacidad para recopilar los saberes y sobrevivir a diferentes situaciones políticas, sobreponiéndose a la fragmentación de Europa, la convierten en un referente organizativo y administrativo, siendo precursora de multitud de usos que serían, posteriormente, implementados por los diferentes reinos que se asentaron en su antiguo solar. En el caso de Sevilla, al igual que sucedía en otros arzobispados y obispados españoles, el constante absentismo de los prelados conllevó el trasvase de muchas de sus funciones a la Iglesia Mayor, ya fuera de facto o de iure. Los tentáculos de la Seo se extendían por un amplísimo territorio en el que contaba con ingentes posesiones1 y en el que ejercía labores de inspección. De la misma forma, dentro de la propia ciudad de Sevilla, contaba con un patrimonio inmobiliario de la mayor importancia. Las inmensas rentas de las que disfrutaba, así como el prestigio acumulado de sus integrantes, dotaban a la Catedral Hispalense de la mayor capacidad para afrontar todos los gastos inherentes al mantenimiento de un gran acervo bibliográfico en su Biblioteca Capitular, primero, y luego en su Biblioteca Capitular y Colombina, así como los derivados de la contratación de los más afamados profesionales de las artes, fundamentalmente músicos y compositores, que precisaban, a su vez, del uso de libros para interpretar sus piezas. Las propias obligaciones litúrgicas de los capitulares y otros integrantes de la corporación catedralicia ―cuyo número superaba los trescientos―, llevados a cabo, principalmente, en el Coro, pero también en el Sagrario y algunas capillas, hacían necesario el mantenimiento 1 Sobre los orígenes y la formación del patrimonio territorial de la Seo Hispalense, véase MONTES 1986.
de una nutrida librería coral ―más bien, librerías corales―, para cuya escritura se hubo de formar un equipo de artesanos del libro que absorbieron no pocos recursos. En definitiva y, a pesar del signo declinante de que afecta a gran parte del siglo XVII, puede decirse que en la Catedral de Sevilla se daban todas las condiciones para que el estudio del mundo de libro en ella sea de lo más productivo. El presente trabajo no tiene otro objeto que continuar con la labor investigadora iniciada por la directora del mismo2, en torno al estudio del libro en la Catedral de Sevilla. La proposición del tema de estudio fue motivo de orgullo, aunque también de incertidumbre, dados los niveles de excelencia de los trabajos precedentes, que actúan como marco comparativo. No obstante, parece que era preciso acometerlo, dado que se habían producido, desde entonces, algunos trabajos vinculados al mundo de libro en la Seo Hispalense pero ninguno de ellos desde una perspectiva global, como el presente. Efectivamente, la mayor parte de los mismos se han centrado en alguno de los que se puede denominar como «repositorios bibliográficos», ya se trate de la Biblioteca Capitular y Colombina, celebérrima y ricamente estudiada, o, desde un punto de vista más vinculado a la Musicología o la Historia de la Música, las Librerías Corales y la Capilla Musical. En este sentido, hay que tener en cuenta que éste no es un trabajo de Musicología, por lo que las referencias y la profundidad en que han sido tratados los fondos musicales con los que contaba la Catedral de Sevilla se han limitado a la vertiente libraria. Otros autores se han preocupado de realizar profundos estudios musicológicos que, por supuesto, han sido aprovechados en esta ocasión en la medida de los objetivos plateandos. Se ha procurado estructurar el trabajo siguiendo las pautas marcadas por la propia documentación, aunque compartimentando diversos bloques temáticos de forma que sea más fácilmente aprehensible la información obtenida de aquélla. Así, en primer lugar, se han recopilado y analizado todas las noticias documentales y bibliográficas pertinentes sobre los fondos de la Catedral de Sevilla en un sentido amplio, a su vez, acotadas en: Biblioteca Capitular y Colombina, Librerías Corales, Librería Musical, Librería de Ministriles y Otros Repositorios. Éste último punto hace referencia a los distintos espacios repartidos por todo el inmenso templo que empleaban o custodiaban libros, principalmente, el Sagrario y las diferentes capillas que lo trufaban. Junto al examen de 2 Mª del Carmen Álvarez Márquez ha publicado una extensa obra sobre la cuestión, que quedó culminada en El Mundo del Libro en la Catedral de Sevilla en el siglo XVI, 1992, que recibió Accésit del Concurso de Monografía de la Excelentísima Diputación Provincial de Sevilla.
16 favorable dictaminada por la Chancillería de Granada1; se ha escrito mucho sobre el número de libros que integraban el legado, según la mayoría de los autores, en torno a los 15.000, número con el que la directora de este trabajo no está de acuerdo2. La primera noticia que se tiene sobre la custodia del fondo bibliográfico capitular data del siglo XV, estando a cargo de Juan Guillén desde 1462 hasta marzo de 1467, en que murió, percibiendo un salario de 300 maravedís anuales. Al fallecer, ocupó su puesto Bartolomé Martínez, sacristán de la Capilla de san Clemente, al menos durante los meses de julio a diciembre de ese año, recibiendo 250 maravedís3. Durante algunos años los fondos capitulares y el legado colombino estuvieron en estancias diferentes, hasta que a partir de 1557 la Biblioteca Capitular se fusionó con la “Librería Fernandina”, si bien no desde el punto de vista físico, sí al menos administrativo: según nota del libro de mayordomía de Fábrica de ese año, en el que se hace un libramiento a favor de Rodrigo de Navarrete por nueve meses de su salario como guardián «de la librería general, principal o común». La nota en cuestión dice: «de aquí en adelante, cessa este salario porque ha de entrar en el salario que se diere a los guardas de la librería de Colón, que se ha de juntar con la librería de la Yglesia»4. Durante los dos años anteriores, la Librería Fernandina estuvo bajo la custodia del maestro Falcón y de Francisco Becerra, percibiendo en 1555 la suma de 8.332 maravedís. Al año siguiente, el primero recibió 10.000 y el segundo 6.000, por el cargo que tienen «de reparo y beneficio y concierto de la dicha librería»5. A partir del mes de junio de 1557 se hicieron cargo de ella el licenciado Bernardo Luis y el bachiller Romero con un salario anual de 8.000 maravedís cada uno, a los que se sumarían los 3.000 que recibían por la custodia de la Capitular que, desde el mes de octubre, pasó a ser de su competencia6. La toma de posesión dio lugar a la redacción de un nuevo inventario que, como tantos otros, no ha llegado hasta la actualidad. El lugar elegido para situar la Librería fue la Sacristía nueva, cuyos los aposentos altos comenzaron a acondicionarse en septiembre de 1551. Al no ser suficiente espacio para albergar tan elevado número de volúmenes, el 3 de agosto de 1552, se comi- 1ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 30 y ss. y 1993. 2En torno esta cuestión existe una abundante bibliografía, por lo que solo se citarán los trabajos más recientes debidos a ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1993. 3 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1987, p. 8. 4 ACS, 09410, f. 33v y ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1993, p. 279. 5 ACS, 09408, 13v y 09409, f. 12r. 6 ACS, 09410, f. 26r y ÁVAREZ MÁRQUEZ 1993, p. 279.
17 sionó al Licenciado del Corro y al mayordomo de la Fábrica Luis de Peñalosa «para que hagan solar y aderezar la pieza que está sobre la Casa de Cuentas, para que allí se pongan los libros de Colón». Confirma el hecho el que el 7 de de marzo de 1584 se acordara que todos los libros que estaban en la Sacristía nueva se pasaran a la librería, comisionando para ello a Diego Osorio, que los pondría en el orden que le pareciere7. La llegada de los libros colombinos al recinto catedralicio supuso para el Cabildo, en estos primeros años, importantes libramientos de numerario destinados a adobar y reparar sus encuadernaciones. Prueba de ello son los pagos que se hicieron entre 1555 y 1558 a los libreros Pedro Trujillo, Juan Gutiérrez y Gil de Albornoz, ascendiendo a 72.000 maravedís. Desde el punto de vista orgánico, la Librería Fernandina se vinculó de forma indisoluble a la Biblioteca Capitular en octubre de 15578. Hasta a aquí los avatares de la Biblioteca Capitular y Colombina durante sus primeros siglos de existencia. Ya en el siglo XVII, la primera noticia que se ha encontrado data del 28 de noviembre de 1608; se trata de un mandamiento para que se busquen el «breve y censura que hay»9 para que nadie pudiese sacar libros de la “Librería”. Lo que, una vez más, refleja el celo que el Cabildo Catedralicio seguía poniendo en la guarda y conservación de su tesoro bibliográfico, mediante dos bulas papales expedidas con seis años de diferencia a petición propia. La primera fue otorgada por Nicolás V en Roma el 9 de junio de 1454 y ordenaba que todos los que tuviesen libros de su Biblioteca los restituyesen en el plazo de treinta días, bajo pena de excomunión completa excepto en caso de articulo mortis. Prohibía sacarlos incluso si el Cabildo daba su aprobación, aunque permitía que se pudiesen vender los que estuviesen duplicados, así como los de menos utilidad, para comprar otros más convenientes para la comunidad catedralicia. Sin embargo, el propio Cabildo se vio en la necesidad de pedir una moderación en estas disposiciones, ya que, como el mismo expondrá a Pío II, había libros, como los de cantoría y otros necesarios para el Coro, que era menester sacarlos de la Biblioteca e, incluso, de la iglesia, con ánimo, no de venderlos o enajenarlos, sino para corregirlos, 7 ACS, 7069, f. 174r-v y ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1993, p. 278. 8 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 49-53, 75-78 y 215-243. 9ACS, 7092, f. 73v.
18 enmendarlos, encuadernarlos y leer el Oficio Divino. En estos casos no creía que los que los extrajeran pudieran incurrir en tal sentencia: «Cum autem sicut exhíbita nobis nuper pro parte uestra petitio continebat nonnunquam contingat libros predictos ccantorieui delicetac alios ad usum chori deputatos non alienandi aut surripiendi animo sed correctionis autem endationis, refectionis seuligandi, legendi aut officium preuiendi causa ab ecclessia et biblioteca uel libraría predictis extrahi, in quibus casivus extrahentes/ uelaccipientes libros predictos non creditur sententiam huius modidebere incrrere quiatam en prohibitio generaliter eisdem casibus ne quaquam excepto semanauit et bonarum metium sit culpa magnos cereubine quituer similiter reperiri, pro parte uestra nobis fuit humiliter ssuplicatum»10. Consecuencia de ello, el 7 de agosto de 1460, Pío II moderó la bula de su predecesor permitiendo la salida de libros de la Biblioteca con acuerdo y consentimiento del Cabildo catedralicio. Este celo del Cabildo por el mantenimiento y conservación de su patrimonio bibliográfico, hizo que se comisionase, ―como señalara Mª Carmen Álvarez, y ya se ha apuntado― el día 7 de marzo de 1584, a Diego de Osorio encargándole que los libros que se encontraran en la Sacristía fueran llevados a la Biblioteca, siguiendo su parecer para ordenarlos, y recibiendo las llaves de la misma el 30 de julio de ese año. De esta forma, y como ya se ha indicado, quedaron fusionados los remanentes del legado colombino y la Biblioteca Capitular. La preocupación de los capitulares no era injustificada, como se deduce del mandamiento que recibió el prebendado Fernando Gallinato Zúñiga, el primero de abril de 1609, para averiguar el hurto que había tenido lugar en la Biblioteca, concretamente en los cajones y arcas ubicados en la Librería, propiedad de los prebendados del Cabildo. Para ello, se le ordenó requerir las llaves de la Iglesia y esclarecer la actuación de los porteros, para saber si realmente cumplieron con su deber, realizando las rondas de vigilancia que tenían encomendadas. Probablemente, para mejorar el control sobre el acceso a la Biblioteca y los fondos y demás objetos allí custodiados, se llegó al acuerdo, el 17 de diciembre de 1610, de depositar las llaves de la Biblioteca en manos del maestrescuela, por aquel entonces el canónigo Juan de Fonseca y Figueroa, cometiendo, al mismo tiempo, la hechura de otra llave a Juan de Villavicencio, quien debía depositarla en la Contaduría. El mismo día se acordó poner en la puerta 10ACS, Secc. Fondo Historico General, Caja 145, doc. núm. 20/2; GESTOSO 1890, 2º, 111-113; JIMÉNEZ-CASTELLANOS 1982, p. 200; ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1987, pp. 10-11.
19 de la Biblioteca las censuras ya aludidas, por las que se impedía sacar libros de ella, ordenándose que, en caso de no hallarlas, se «pongan de nuevo». El sábado 14 de marzo de 1609, se comisionó a Manuel Sarmiento de Mendoza y al doctor Juan Checa para que visitasen la Biblioteca y refirieran si hallasen algún papel tocante a «Cristóbal Colón». A buen seguro, un error de redacción del Secretario del Cabildo, Juan Checa, dado que las noticias buscadas referían, más probablemente, a su hijo. No había transcurrido ni un mes hasta que el Cabildo, de nuevo, abordara este asunto, encargando a la Diputación de Negocios, el 11 de mayo, que tomara, efectivamente, el testamento de don Hernando Colón e hiciera relación del mismo11. Una vez más se hizo referencia al testamento fernandino, cuando fueron escuchados Manuel Sarmiento de Mendoza y Juan Fonseca sobre éste y lo que contenía «a favor de la Biblioteca de esta Santa Iglesia»12, en el cual dejaba prescritas una serie de mandas acerca de la conservación y aumento de los fondos bibliográficos legados. Mandas que el Cabildo, como heredero, quería y debía observar: «Primeramente, que por razón que yo dexo el ramaniente de mis bienes anexado a la sustentación y avmento de los dichos libros, mando quel que tuviere cargo de los gastos e gobierno de mi casa al tiempo de mi fallesçimiento, dentro de vn mes que yo fuere fallesçido, haga estimar todo lo que vale, juntamente con mis albaçeas, a tres personas idóneas juramentadas, la casa por lo que vale con su huerta y el mueble por consiguiente, y de todo lo que valiere, sacada (sic) las mandas de mi testamento, ynquiran e vean quánto juro se puede conpar e aquella cantidad o la conarán el dicho señor almirante, si quisiere quedar por señor de los dichos bienes, casa y huerta y la aplicará a la sustentación de la dicha librería, o obligará sus bienes por ella, por tal manera que la dicha cantidad esté segura e bien parada a contento de los dichos mis albaçeas e de los dos primeros subçesores, que, a falta vno de otro, an de subçeder como abaxo se contiene». «Yten que en sustentaçión e avmento de los dichos libros gastará en cada vn año toda la dicha renta, e que si pasare vn año en pos de otro syn la gastar, que incurra en comiso e pierda el abçión del dicho depósito e de la renta a él anexada, e subçeda el primero nombrado al tal depósyto e administración, salvo sy dentro dellos depositase la tal contía que sobrase como baxo será espresado que se deposite». 11 ACS, 7093, ff. 12r, 17v, 41v y 104r. 12 ACS, 7094, f. 26v.
20 «Yten quel primero gasto que hará en cada vn año será comprar los libros que aquí en Seuilla o en Salamanca se hallaren a vender de molde que aya en la librería o que no los aya «tan» cunplidos, e los que de mano se pudieren aver se conprarán por presçios moderados, segund bien visto dere al que los conpra, con tanto que vn año con otro no se pueda gastar más en comprar libros de la mitad de la renta, porque la otra mitad se gastará en enquadernaçiones «e bancos» e cadenas e otros adereços de la librería. Pero por si por casa la dicha renta llegare a treinta mil maravedís en cada vn año, que no se gasten sino diez mil maravedís en libros y los diez mil en encuadernaciones e los otros diez mil se den al mejor latino que se opusiere a la prevenda, con que sea obligado a proseguir las tablas de avtores e çiençias y epítomes e materias conforma al arte que dello dexo instituida, e que en esto enplee cada día dos oras»13. Para ello, en el mismo acuerdo se les encomendó realizar todas las diligencias judiciales y extrajudiciales que creyeran oportunas, asistidos por los letrados y demás criados del Cabildo. Consecuente con estas disposiciones es el mandamiento dirigido a los archiveros para que hagan entrega de todos los papeles conservados en el Archivo tocantes a don Hernando Colón, con su correspondiente recibo14, también en muestra del control que se pretende sobre el patrimonio escrito de la catedral. Ese mismo año, el 14 de noviembre, se registró un pago de 3.400 maravedís al mismo Juan de Fonseca, en cumplimiento de los 10.200 que se prometieron al escribano público Diego Hernández «por la busca y saca del testamento de don Hernando Colón», encargo solicitado por el Cabildo15. De esto se desprende que el testamento fernandino no se hallaba, hasta entonces, en poder de los capitulares, seguramente por haberse extraviado en el maremágnum de su Archivo, siendo preciso encargar a un notario su búsqueda y traslado para que sirviese a la Catedral, como heredera, en el tratamiento de la biblioteca Colombina. Junto a las alusiones a la herencia colombina y a sus disposiciones testamentarias, el año 1611 deja un testimonio más de la presencia de la Biblioteca entre los asuntos abordados por el Cabildo; en esta ocasión en lo referente a sus “condiciones materiales”. Así, se ordenó al Mayordomo de Fábrica que mandara trastejar la Biblioteca, es decir, arreglar los desperfectos del tejado, posiblemente para evitar filtraciones de agua, como sucedería en los años setenta del siglo XVII. Además, se cometió al Deán, junto con Luis Melgarejo y Manuel Sarmiento, para que vean «lo que hay que remediar en los 13RUIZ ASENCIO 1995, pp.109-110. 14 ACS, 7094, f. 27v. 15 ACS, 06315, ff. 243r y 252r
21 estantes de los libros» y refirieran su parecer sobre el asunto, lo que reafirma que, a pesar de la irregularidad con que se trata la problemática de la Biblioteca, ésta no estaba exenta de atención por su parte, algo que se refuerza por el hecho de implicar al propio Deán en el asunto16. Es muy probable que se encuentre vinculado a estas disposiciones capitulares el libramiento de 6.800 maravedís realizados a favor de los canónigos Juan de Fonseca, maestrescuela, y Manuel Sarmiento, «que se le dan para los gastos de quenta de la librería que dejó don Hernando Colón, de que son diputados». Transcurridos casi dos años, el 8 de febrero de 1613, se encomendó de nuevo Manuel Sarmiento de Mendoza acondicionar la Librería, de forma que los libros estuviesen de la mejor manera. La documentación calla en lo referente a la obra que se encargó al mayordomo de Fábrica sobre el tejado, así como sobre lo realizado en cuanto a la mejora o sustitución de los estantes en los que se instalaban los libros, aunque sí se trasluce un constante, aunque intermitente, afán de mejorar las condiciones de instalación y conservación de los fondos bibliográficos. Del viernes 13 de junio es la comisión dada al Arcediano de Reina y a los contadores de Fábrica para que «vean la indecencia que tienen las alacenas de los prebendados en las capillas de la Catedra (sic) y librería, y si la hubiere, qué lugares serían más a propósito para acomodar a sus mercedes, y hagan relación». No será hasta el año 1614 cuando el Cabildo vuelva a preocuparse del acondicionamiento y conservación de la Biblioteca; esta vez, ordenando, el 21 de julio, que el maestrescuela Juan de Fonseca, a quien se había confiado una de las llaves de la Biblioteca, entregase los libros que había tomado de la misma al doctor Antonio Laínez, quien, desde ese momento, sería depositario de otra llave, así como el encargado de su «aseo, curiosidad y limpieza», siendo asistido para ello por el mayordomo de Fábrica con cuantos peones fueran necesarios17. La problemática sobre quién debía poseer llaves de la Biblioteca y hacerse cargo de ella será una constante durante gran parte del siglo XVII, ya que ni el propio Cabildo parece tener una idea clara sobre el particular, como se deduce de los acuerdos tomados con referencia al asunto. Así se desprende del llamamiento realizado, el 12 de abril de 1617, para determinar «el orden que se tendrá en la librería, gobierno y guarda de ella, y las llaves que convendría que haya en ella y en poder de qué personas quedarán». Como en otras ocasiones, el Cabildo recurre al testa- 16ACS, 7091, f. 4r. 17 ACS, 7095, ff. 12r, 95r y 135r.
22 mento de don Hernando como fuente para conocer cómo debía disponerse el cuidado de la Biblioteca: el 19 de diciembre de 1618, en un llamamiento para «determinar en todos los particulares de la Librería, su limpieza, compostura, guarda y renta, según el testamento de Colón tiene para su conservación, y se mandó traer lo escrito sobre ello»18. Desde el auto capitular del 28 de abril de 1567 que recoge el cese de los custodios de la Biblioteca Capitular y Colombina ―los licenciados Bernardo Luis y Romero―, y la entrega de las llaves al Deán, como consecuencia de los frecuentes robos que se producían en ella19, los encargados de la Biblioteca serán comisarios designados por el Cabildo, cuya vinculación a la misma variará según el caso. En este sentido ha de entenderse un llamamiento acordado el 12 de febrero de 1627, para determinar «lo que convenga a la mayor guarda y limpieza de la Librería, y que se traiga cláusula del testamento de Cristóbal Colón sobre ello». Se debe de suponer que se trata de un yerro del secretario, a la sazón Baltasar de Salablanca, y que en realidad se quiere referir al testamento de don Hernando Colón. Pocos días después, el 18 de febrero, se cometió al doctor de la Serna, junto a los oficiales de la Fábrica, para que vieran los papeles podridos que hubiera en la Biblioteca, dejando a su entendimiento la decisión de sacarlos de ella20. El asunto de las llaves de la Biblioteca y su cuidado fue durante algún tiempo una preocupación recurrente, ya que el viernes 20 de julio de 1629, se insiste en la existencia dos llaves, que estén en manos del Mayordomo de Fábrica y del Contador de Fábrica, respectivamente. Además, se encarga a Alonso de la Serna «trate de componer lo que allí falta para que esté todo con el orden de guarda y aseo que es razón, de manera que para este efecto traten los tres juntamente y los dichos mayordomo y contador de Fábrica tengan particularísimo cuidado de que cada semana se limpie la librería», así como un llamamiento para determinar qué se haría con el lado derecho de la Biblioteca, que «falta»21. Es muy explicito en lo referente a su aseo: debe ser limpiada cada semana, encargo que recae en los oficiales de la Fábrica, quienes poseen las dos llaves existentes. En cuanto la referencia al lado derecho de la Biblioteca, no se sabe si tiene algo 18 ACS, 7097, ff. 24v y 142r. 19ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, p. 62 y GUILLÉN 2006, p. 188. 20 ACS, 7101, ff. 109v y 110r. 21 ACS, 7102, f. 338v.
23 que ver con las obras realizadas sobre su tejado en 1611, aunque Juan Guillén señala unos daños aludidos en 1610, a los que puede corresponder esta disposición22. Durante cerca de diez años los autos capitulares guardan silencio en lo referente a situación de la Librería, hasta que el martes 12 de marzo de 1641 se recoge un mandamiento en el que se dispone que «cuide» de la Biblioteca el doctor Dionisio de Prado en lugar del racionero Laredo. El 21 de julio del año siguiente, el Cabildo mandó que se hiciera lo que el canónigo Barrientos estimase necesario para el aseo de la Biblioteca, pues ya le estaba cometida esa función, así como las diligencias necesarias para el expurgo de la Biblioteca, como se verá llegado el momento. Al parecer, la Biblioteca debía de encontrarse, una vez más, en malas condiciones, y el Cabildo decidió acometer obras en ella para evitar su deterioro y el de los fondos en ella custodiados, como se desprende sendos acuerdos, uno dado pocos días después, el 28 de julio, en el cual, tras haber oído el parecer del doctor Juan de Guzmán, maestro mayor de la Fábrica, sobre la cantidad que el Cabildo iba a invertir en la obra, mandó que se realizara la «obra precisa, no más menester fuere para su reparo», y se le llamó para que la viera23; en el otro, de 5 de septiembre, se mandó al Deán viera la obra con el objeto de que no excediese lo ordenado por el Cabildo. Hay que entender estos desvelos de los capitulares por el control del gasto en una situación económica en deterioro, por lo que no se les debe achacar dejadez, sino que más bien parece delatar su interés por cuidar de su tesoro bibliográfico, en una época de importantes obras arquitectónicas en el conjunto de la Catedral24. Lamentablemente, nada más se dice al respecto de esta obra y la documentación calla en lo referente al estado material de la Biblioteca durante más de tres décadas, hasta que Luis Frederigui, arcediano de Carmona y canónigo coadjutor, da cuenta al Cabildo del mal estado de la Biblioteca y la necesidad de repararla. Con este fin, el lunes 17 de noviembre de 1673, se ordenó que se hiciesen los reparos necesarios, confiándoselos al mismo Luis Frederigui y a la Fábrica25. Es cierto que han pasado más de treinta años desde que se acometiera la última obra de reparo de la Biblioteca, pero no deja de sorprender el hecho de que durante gran parte de la centuria decimoséptima ésta se encuentre en un proceso de continuo deterioro y aderezo, sin que se realizara una acción de envergadura que consolidara y diera definitivo asiento al numeroso y valiosísimo acervo 22 GUILLÉN 2006, p. 209. 23ACS, 7105, ff. 26v, 154v y 157v. 24 Sobre las obras de este periodo véase MORALES 1984, pp. 207 y ss. 25 ACS, 7120, f. 92v.
24 librario. Tal vez consciente de ello y, pese a las tribulaciones económicas que asfixiaban las arcas catedralicias, se produce un llamamiento el 24 de mayo de 1675 ―dos años han pasado desde las advertencias de Frederigui sobre el mal estado de la Biblioteca― en el que, tras deliberar sobre el particular, los capitulares cometieron al susodicho, que era depositario de “la llave” de la Biblioteca, junto los encargados de la Fábrica, para buscar los maestros alarifes que de debían evaluar los trabajos necesarios «reconociendo con todo cuidado y, asimismo, qué valdrán los materiales». Es obvio que el Cabildo debía compaginar el acometimiento de estas obras, imprescindibles para la conservación de su fortuna bibliográfica, con el necesario ahorro de costes impuesto por la situación financiera de la Seo Sevillana. Pocos días después, el 5 de junio de 1675, el Cabildo, oído lo que los comisionados proponían para la reforma de la Biblioteca, ordenaba el traslado de los libros al espacio situado sobre la capilla de la Granada, mandando, asimismo, que los maestros alarifes volviesen al recinto y reevaluasen el arreglo necesario. El traslado de los libros no era una cuestión nimia, teniendo en cuenta el volumen y el valor de los mismos, por lo que la preocupación por este asunto volvió a tratarse en capítulo, ordenando de nuevo, 27 de febrero de 1676, a Luis Frederigui, comisario en estos asuntos, con asistencia de los de Fábrica, volver a reconocer el lugar señalado para depositarlos: la Capilla de la Granada. Parece que el Cabildo sentía verdadera preocupación por la suerte que correrían sus libros entretanto se acometía la reforma de la Biblioteca. De hecho, pese a que se mandó, por acuerdo del 29 de mayo del mismo año, que la obra se comenzara en otoño y que los archiveros entregaran el testamento de don Hernando Colón así como todos los papeles tocantes a la Biblioteca que hubiera en el Archivo, se encuentra en los libros de actas un asiento con fecha 3 de febrero del año 1677 en el que el propio Luis Frederigui, por entonces con el cargo bianual de secretario del Cabildo, refiere lo siguiente: «Yo, el infraescripto secretario, que tengo la llave de la Librería, hice relación de lo maltratados que están los libros y los que han quedado a riesgo de perderse por las goteras que tiene aquella pieza y lo arriesgado de su fábrica que han reconocido los señores de Fábrica diferentes veces con maestros y que, aunque su señoría ha mandado se muden los libros, yo no le puesto en ejecución hasta que se empiece la obra; que los señores de Fábrica informaron acerca de la que era necesaria y que para ello era preciso reconocer las maderas y vigas de esta pieza. Habiéndolo oído todo se mandó que los libros se pasen a la parte más decente y segura que se pudiere y que estén en guarda y
25 custodia, cuya llave tenga yo, el secretario, y que los señores de Fábrica hagan juntar mal...y reconocer otra vez la obra que es necesaria, y las calidades de las maderas para que dando cuenta al Cabildo, se ponga luego en ejecución»26. Es decir, el canónigo encargado de los asuntos de la Biblioteca debió de exponer de nuevo la mala situación en la que sus libros se encontraban, haciendo referencia a uno de los problemas que azotaban al recinto: la existencia de trasmines de agua. Hay que suponer que la obra para retejar la Biblioteca a principio de siglo, así como la acometida en la década de los cuarenta, no subsanaron los problemas en este sentido y el deterioro de la misma y de sus fondos continuó, debiendo ser evidente a esas alturas. Al parecer, la estructura y las vigas de madera se encontraban muy afectadas y reconocía que, tanto los oficiales de Fábrica como los alarifes, que habían acudido en varias ocasiones, refirieron la envergadura de los trabajos que era necesario acometer para solucionar los problemas. También deja claro que los mandamientos de julio de 1675 y febrero de 1676 en referencia al traslado de los libros no se habían cumplido27, y, en lugar de ser llevados a la Capilla de la Granada, se mantuvieron en la Biblioteca. De hecho, reconoce que es según su propio criterio por lo que decide no moverlos a la «parte más decente y segura» hasta que las obras hayan, por fin, comenzado. Una vez trasladados, los libros seguirían bajo su custodia, siendo él el depositario de la llave de su nuevo emplazamiento. Por último, se volvió a encargar a los oficiales de Fábrica que acudieran y evaluaran la obra necesaria así como los materiales idóneos para la misma. Estas gestiones debieron de llevar algún tiempo, dada la complejidad y la envergadura de los trabajos requeridos. Así, el 2 de junio de 1677, se tomó un acuerdo que merece ser transcrito: «Mandó que, en ejecución de lo acordado cerca de la obra de la Librería, los oficiales de Fábrica llamen a los maestros alarifes que la reconozcan y sean los que les pareciere, y la forma en que se hará este reparo, de forma que sea permanente, y el costo, y traigan el parecer de los dichos maestros por escrito al Cabildo para determinar»28. De nuevo se llama a los maestros alarifes elegidos por los oficiales de Fábrica, para que vean las instalaciones y proyecten la obra, refiriendo el costo de la misma. 26ACS, 7121, ff. 36v, 39r, 16r, 40r y 15r. 27GUILLÉN 2006, P. 237, afirma que sí se había producido el traslado, a pesar de que el propio Luis Frederigui reconoce lo contrario cuando ha transcurrido casi un año y parece poco probable que se hayan producido dos mudanzas de libros. 28ACS, 7122, f. 53r.
32 nens martirium passiones», cuatro misales hispalenses, cinco breviarios y la obra Legenda Sanctorum. De la misma forma, se establecía un periodo cerrado: «dentro de dos meses vuelvan al lugar de donde se sacaren»46. Las solicitudes, por lo que puede observarse, eran tramitadas en el propio Cabildo, mediante petición. Es el caso de Pedro Francisco de Lebanto, quien hizo lo propio para tomar prestado un «manuscrito De Conceptione» por quince días. Para determinar, el Cabildo mandó llamar, aunque no se han encontrado más referencias al asunto47. Algo más de una década después, el 6 de julio de 1674, se ordenó dar Diego Ortiz de Zúñiga, que escribía un libro sobre las antigüedades de Sevilla, unas «noticias que pide», aunque, en esta ocasión, se hallaban en el Archivo catedralicio, no en la Biblioteca Capitular y Colombina48. 1. 2. La labor de Juan de Loaysa en la Biblioteca Capitular y Colombina Como se apuntó, las obras efectuadas en el recinto de la Librería Capitular provocaron un completo desorden de los libros, perdiéndose cualquier composición que previamente pudieran tener, dejando inservibles los abecedarios o catálogos usados hasta la fecha. Se encargó de confeccionar un nuevo inventario don Juan de Loaysa, personaje erudito del Cabildo, interesado en las antigüedades de Sevilla y de su Iglesia Catedral. Fue un escritor prolijo, que, en sus Memorias sepulcrales de esta Santa Iglesia Patriarcal de Sevilla en epitaphios, capillas, entierros y toda noticia de este género de antigüedades en dicha Santa Iglesia…, aporta una autobiografía, de la que Juan Guillén tomó sus datos más relevantes o curiosos49, siendo transcrita en su totalidad por Juan José Antequera Luengo50. Juan de Loaysa nació el 27 de febrero de 1633 en la calle Génova, en la casa de sus abuelos. Era el mayor de los cinco hijos de Juan Rodríguez Loaysa y de Gabriela de Tejada, ambos fallecidos en 1675 y enterrados en la Capilla de San Pablo, donde acabaría acompañándoles el propio Juan de Loaysa. Sus abuelos maternos resultaron pertenecer a la familia de los Belleros, saga de mercaderes de libros 46 ACS, 7097, ff. 9r, 11v, 125r, 126r y 129r. 47 ACS, 7114, f. 33v. 48 ACS, 7120, f. 171r. 49 GUILLÉN 2006, pp. 245-248. 50ANTEQUERA 2008, pp. 19-28.
33 provenientes de Flandes, algunos de cuyos miembros tuvieron relación con la Catedral aún en el siglo XVII. Probablemente, su amor a los libros esté vinculado a esta filiación. Fue bautizado en la propia Seo, siendo apadrinado por Martín de Iraola, rico terrateniente vizcaíno afincado en La Resolana. Recibió educación de primeras letras, aprendiendo a leer y escribir en la escuela de Francisco Ayza, sita en la calle Sierpes, junto al antiguo Convento de Nuestra Señora de la Consolación, de las monjas Mínimas, fundado en 1593, trasladadas desde Triana por causa de las continuas inundaciones sufridas. Aprendió «a contar» con el maestro Martín de Aragón, siendo instruido, igualmente, en música, tanto cante como tañido de guitarra y arpa, y danza. Residía, ya por entonces, y hasta su muerte, en una casa situada frente a la Parroquia de San José, en la collación de Santa María la Blanca. Posteriormente, pasó a cursar estudios en el Colegio de Santo Tomás, uno de cuyos profesores, Benito Pérez, según relata, murió mártir en Japón. Allí coincidió con Luis Conique, futuro canónigo de la Iglesia Mayor de Sevilla, con quien trabó amistad, y con el que sería Prior de la Cartuja, Diego de San José, entre «otros de que no me acuerdo». Pasó luego a estudiar, de la mano de un clérigo portugués que tuvo por ayo, al Colegio de San Hermenegildo, en el que compartió aulas con insignes alumnos, como Ortiz de Zúñiga, Alonso Martínez de Herrera, que sería fiscal eclesiástico y administrador del Hospital de Santa Marta, y el Padre Aranda, del que se incluirían algunas obras en el inventario de la Biblioteca Capitular y Colombina confeccionado por Juan de Loaysa51. Graduado de Bachiller en Filosofía en el Colegio de Santa María de Jesús el año 1647, comenzó estudios de cánones y leyes en él durante los tres cursos académicos de 1648 a 1650, aunque, como el propio Juan de Loaysa reconoce, con poco aprovechamiento. Fue por ello que su padre decidió enviarlo a la Universidad de Salamanca en 1651, donde permaneció hasta mediados del año siguiente. De su etapa salmantina recuerda su composición de Cohabitatione clericorum et mulierum, dedicada al arcediano de Sevilla Alonso Ramírez de Arellano, que fue glosada e impresa por Carlos Ramírez de Arellano, maestro suyo en la Universidad, y pariente de aquél. Apenas graduado en Bachiller en Cánones, fue llamado por su padre para ocupar una coadjutoría en la Catedral, a pesar suyo, pues pretendía finalizar sus estudios. Fue admitido en ella en 1653, 51 Cajón 107.
34 cuando se concluyó con el proceso de prueba de pureza de sangre, en el que recibió dispensa para que se hiciera por entero en Sevilla, cuando, en puridad, debieron haberse realizado pesquisas en Flandes, tierra de su familia materna. Sin embargo, se hallaron dos ancianos flamencos que juraron conocer y haber tratado con su bisabuelo, con lo que entró como coadjutor del canónigo Vázquez Siruela hasta su muerte en 1664, en que recibió la ración. Previamente, había sido ordenado de todos los órdenes: en 1649 recibió el primer grado clerical, siendo luego subdiácono en 1653, y diácono y sacerdote en 1658. Ocupó, como el mismo indica, diversos cargos orgánicos dentro de la Catedral de Sevilla: Mayordomo del Comunal, por tres años; de la Mesa Capitular dos; fue archivero siete años; trabajó en la Contaduría Mayor otros dos. Como recoge Juan Guillén52, Castro Palacios alabó su desempeño como Mayordomo de la Fábrica, cargo que ocupó seis años, siendo cuestionado por derrochador53. No obstante, también dice que era honrado y que realizó importantes labores de mantenimiento del templo, ordenando limpiar las cubiertas, hacía tiempo olvidadas. Fue, también, visitador del Sagrario en los años 1675, 1676 y 1683, y Secretario del Cabildo en dos ocasiones. En 1663 fue nombrado Capellán Mayor de la Capilla de San Pablo. Destaca, asimismo, su papel en las fiestas por la beatificación del rey Fernando III en 1671, encargándose de los trabajos en la «fábrica del Triunfo», junto al canónigo Justino de Neve, que lo nombró albacea a su muerte en 1685, y a quien admiró profundamente. Tuvo, igualmente, un papel importante en la Diputación creada para procurar la beatificación del Venerable Padre Contreras, siendo nombrado procurador para el particular por el Cabildo en 1689. En estas funciones procuró, como se verá, la impresión del libro sobre la vida del beato, que escribió el Padre Aranda. Se encargó, asimismo, como Secretario del Cabildo, de llamar al Maestro Alonso Xuárez en 1675, con quien profesó una mutua estima, al punto de que se encargó del epitafio inscrito en la tumba de aquel, situada en la Catedral de Cuenca. Finalmente, falleció en Sevilla como consecuencia de la peste de 1709, epidemia que también costó la vida al maestro de Capilla Diego José de Salazar. De Juan Loaysa 52 GUILLÉN 2006, p. 247. 53 Fue Mayordomo de Fábrica por un tiempo dilatado debido a que, según el acta capitular de 24 de enero de 1695, en el cónclave de oficios de 1694 se pasó por alto el nombramiento de dicho cargo, cuando aún lo era Juan de Loaysa. El Cabildo tuvo a bien renombrarlo en el puesto (ACS, 7131, f. 14v).
35 se conservan en la Biblioteca Capitular y Colombina varias obras, como indica Juan Guillén: un Catálogo de los señores canónigos «in sacris»; Catálogo de Varones Ilustres de Sevilla; Memoria de las dotaciones que se cumplen en la Santa Iglesia; Memoria de las cosas notables que han sucedido en esta Santa Iglesia y ciudad de Sevilla, y de otras cosas antiguas; sacadas por el señor canónigo don Juan de Juan de Loaysa del Libro del Capataz desde el folio 119 en adelante en el año de 1691. Añádense algunas notas por don Diego Alejandro de Gálvez, racionero de dicha Santa Iglesia; Secas y lluvias de los años 1683 y 1684 en Sevilla; Libro titulado de Nuestra Señora del Pilar; Noticias acerca de la Santa Verónica; Noticias de San Laureano, arzobispo de Sevilla; Memoria de los arzobispos de Sevilla; Nómina por ABC. Este catálogo e índice de las personas señaladas en nobleza, letras, virtud y puestos, es sacado de varios manuscritos especialmente del archivo y otras historias en que se hallan, sólo a fin de magnificar cuán de estimación, conveniencia e ilustres ansias siempre las prebendas de Sevilla provocaron, pues con ellas se han honrado y condecorado no solo los primeros sujetos del reino de España, aun los extranjeros, sino los prebendados de otras iglesias, de los cuales ascendieron a las primeras mitras, mirando en todos los tiempos a la iglesia de Sevilla como la primera de España para honrarse con ellas varones tan grandes que siempre aspiraron y apetecieron el honor y conveniencia de tan pingües prebendas. A ellos se suma, por supuesto, el Abecedario y memoria de todos los libros que hoy están en la Librería de esta Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla, siglo XVII, obra de la que se tratará. Volviendo a los trabajos catalográficos de Juan de Loaysa, éste hubo de rehacer el orden completo de los libros de la Biblioteca Capitular y Colombina, que se había perdido. Si bien, no lo hizo partiendo de cero, sino que se basó en los trabajos que se habían realizado anteriormente. Como él mismo relata en su Abecedario54, que comienza con un recorrido histórico de la Librería, conocía la existencia del inventario efectuado en 1522 custodiado en el Archivo de la Iglesia Mayor de Sevilla, que fue estudiado por Mª Carmen Álvarez, quien hizo un repaso de todos los demás que se acometieron en el siglo XVI, y transcribe aquel, único conservado55. Por entonces, la Capitular contaba con quinientos doce cuerpos de libros divididos intelectual y físicamente en dos secciones: a la derecha se situaban los de Teología, Artes, Filosofía y Medicina; y a la izquier- 54 BCC, Ms 57-1-19. 55 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 49-53, 75-78 y 215-243.
36 da los referentes a Derecho Canónico y Civil. Estaban ubicados y encadenados en bancos, en número variable de volúmenes, según su grosor. Dejando aparte otros inventarios previos y posteriores al señalado, interesa el realizado sobre la Librería de Hernando Colón en 1557 por el Bachiller Romero, que se haría cargo de la misma junto al licenciado Bernardo Luis, siendo unificada, como ya se indicó, con la Capitular en octubre del mismo año, dando lugar a la Biblioteca Capitular y Colombina. Ya antes del inicio del inventario, desde 1545, el Cabildo tenía señalados, primero, a Rodrigo Navarrete y, a partir de 1555, al Maestro Falcón y a Francisco Becerra como custodios de la Librería Fernandina56. Como constata Tomás Marín, con esos y otros datos, los capitulares prescindieron del que pudo ser el mayor entendedor de la obra biblioteconómica de Hernando Colón, de suma complejidad: el bachiller Juan Pérez, cuya Memoria explicaba su funcionamiento. A pesar de lo cual, según afirma Juan de Loaysa, la Librería Colombina fue establecida con arreglo a los diferentes repertorios fernandinos, «por espacio de 139 años, governándose por aquellos libros y abecedarios que para ello dexó don Fernando, hasta el de 1678»57. Ello da a entender que éste orden era el que se mantenía en la biblioteca hasta que se iniciaron las obras. Durante los trabajos, además de solucionar los problemas estructurales de la estancia, se llevaron a cabo otros proyectos, entre los que se incluyó la hechura de nuevos estantes y la encuadernación, según Juan de Loaysa, de más de dos mil libros «que estaban con la mucha antigüedad desenquadernados y maltratados», siendo, además, rotulados de nuevo. Según su Abecedario, la Biblioteca Capitular y Colombina estaba compuesta por más de veinte mil libros, defendiendo esa cantidad aduciendo, tras reconocer que en la biblioteca no cabían más de cinco mil cuerpos de libros, que muchos de ellos eran volúmenes misceláneos, albergando algunos de ellos más de treinta o cuarenta tratados u obras, o lo que es lo mismo, unidades catalográficas. Sobre la encuadernación, que afectó a tan abultado número de libros, se responsabiliza a Juan de Loaysa, a veces con reproches58, por haberse mezclado y desordenado durante el proceso algunas obras. Es preciso, sin embargo, resaltar que fue Luis de Frederigui el que, a tenor de la docu- 56 MARÍN 1970, p. 22. 57 BCC, Ms 57-1-19, f. 4v. 58 MARÍN 1970, pp. 93, 174 y 214. Nicolás Antonio y Bartolomé José Gallardo, quienes responsabilizan a Juan de Loaysa de las posibles deficiencias en la encuadernación abordada en 1683. El propio Tomás Marín dice que «dio la impresión el famoso bibliotecario ― Juan de Loaysa― de haber procedido en toda esta empresa encuadernatoria un poco mecánicamente y, desde luego, sin ninguna meticulosidad en el cotejo y ensamblamiento de de las piezas asignadas por él a cada volumen en el momento de encuadernarlas».
37 mentación, se encargó de dirigir y acordar el acometimiento de la encuadernación y aderezo de los libros de la Biblioteca, dado que lo pagos se registraban en su favor, como se ha apuntado. Por ello, no se puede asegurar, como indica reiteradamente Tomás Marín, que fuera Juan de Loaysa el responsable de aquéllas, aunque tampoco se puede descartar que se ocupara de encuadernar o aderezar algunos de los cuerpos de libros. Además, sea quien fuere la persona a la que se encomendaron estas cuestiones, se antoja necesario atender a la premura con que se debió de actuar, máxime después de los desbarajustes sufridos por la Librería como consecuencia de las obras efectuadas en su recinto, por lo que, tal vez, prevalió en el ánimo el afán por salvaguardar los escritos, impidiendo un correcto estudio analítico y catalográfico. Estos dos últimos puntos ―encuadernación y rotulado― debieron de resultar de la mayor importancia, dado que hicieron inservibles los instrumentos creados para la búsqueda y recuperación de los libros dentro de la Biblioteca. Sin embargo, el propio Juan de Loaysa contradice la afirmación de que la Librería funcionó con los repertorios colombinos, dado que precisa que, «aviendo renovado la dicha librería era lo más necesario bolver a colocar con orden los dichos libros con más claridad que antes tenían, porque la que al principio tuvieron se avía confundido con el transcurso del tiempo». Es decir, en esta ocasión da a entender que aquellos habían perdido su vigencia debido al paso del tiempo, los cambios en la ubicación y cualesquiera otros factores. En cualquier caso, el sistema ideado por Hernando Colón se basaba en una serie de repertorios, la mayor parte de los mismos inconclusos, que se compendiaban en los cuatro dedicados a Autores, Epítomes, Ciencias y Materias, convertidos por Juan de Loaysa en Librorvm autores, Matheriarum epithome, Compendiarum scientiarum e Index materiarum, en su versión del epitafio de Hernando Colón, recogida tanto en la Memoria de la Librería como en sus Epitafios y Memorias sepulcrales, que se diferencia del hallado en el testamento fernandino59. Según la Memoria del bachiller Juan Pérez, reseñada por Tomás Marín, en origen los repertorios alcanzaron el número de treinta y nueve volúmenes60, si bien, no todos se referían a los libros de la Biblioteca Colombina, dado que algunos hacían referencia a datos geográficos, sobre la Cosmografía de España, que también recoge Juan de 59 MARÍN 1970, pp. 94-98; ANTEQUERA 2008, p. 57. 60 MARÍN 1970, p. 137.
38 Loaysa en su Abecedario, y noticias sobre grabados que pertenecieron a Hernando Colón. El proyecto de descripción de España, al estilo de lo que se hacía en las Indias y otros lugares, fue, en principio, aprobado por Carlos I, recibiendo Hernando Colón autorización para enviar apoderados por numerosos pueblos y comarcas, donde debían apuntar todos los itinerarios que unían unos puntos con otros, así como los datos más sobresalientes de los lugares, como el número de vecinos, las riquezas, los monumentos, etc. Sin embargo, el programa fue interrumpido por un acuerdo del Consejo Real, quedando olvidado61. Juan de Loaysa creyó, erróneamente, que lo que él llama «Itinerario de todo lo que anduvo Colón», responde, efectivamente, a la descripción sistemática, por parte de aquél, de todos los lugares por los que pasó o en los que se alojó. Como indica Tomás Marín, y ya se ha recordado aquí, don Hernando envió apoderados por todo el territorio, siendo imposible que lo describiera todo él. Según el mismo autor, no se entiende la referencia de Juan de Loaysa a los seis tomos que conformarían la Cosmografía62, ni el arco temporal que fija, para el que no encuentra justificación. Sin embargo, en esta ocasión también yerra Tomás Marín, dado que el año apuntado por Juan de Loaysa es 1517, y no 151963, hasta 1526. En cuanto al repertorio de grabados, no hay ninguna referencia por parte de Juan de Loaysa. A decir de Tomás Marín, Juan de Loaysa no debía de tener, siquiera, remota idea de lo que en verdad fueron los Epítomes64, dada la parquedad con la que se refiere a ellos. Cierto es que su descripción de lo que los repertorios fernandinos representaban es, cuanto menos, una reducción al extremo: «solo los dichos cuatro libros o tablas escritas, todas de su mano, que son los Autores, el Epíthome, las Ciencias y las Materias, reduce todo lo contenido en los 20.000 cuerpos de libro de toda la Librería». Pues bien, los repertorios de Epítomes65, inconclusos, estaban formados por resúmenes de los libros pertenecientes a la Biblioteca Colombina, con el objeto de servir a los posibles interesados en un libro para, con una lectura rápida, decidir si la obra era de su interés, al conocer, mediante el mismo, lo fundamental del tratado. 61 MARÍN 1970 137, pp. 164 y ss. 62 Se conservan dos manuscritos en la Biblioteca Capitular y Colombina, y otros dos en la Biblioteca Nacional de España. 63 MARÍN 1970, pp. 172 y 173. Sin duda, un simple error de transcripción. 64 MARÍN 1970,pp. 317-361. 65 Eran tres, dos de los cuales son calificados como borradores y el tercero, en limpio, no terminado y hoy perdido.
39 Junto al epítome se asentaban en los primeros cuadernos dos números, uno de los cuales hacía referencia al orden en el que se habían ido sacando ―que no correspondía con el numeral topográfico de los libros―, y el otro, encerrado en una cuadrícula, lo relacionaba con el libro de Materias. No obstante, en los postreros cuadernillos se añadió otro conjunto de dígitos de gran interés, dado que, ahora sí, hacían referencia al número que el libro ostentaba en la Biblioteca, de cara a su recuperación. Un valor añadido de los Epítomes era su empleo para evitar ser confundido por los títulos engañosos que muchos libreros daban a los libros, aparentando tratar asuntos que luego no se correspondían con su contenido. Los asientos variaban de tamaño, pudiendo extenderse por más de una página o limitarse a unas pocas líneas. Suelen iniciarse refiriendo el autor, el título de la obra y su fecha de escritura o publicación. A menudo, incluían un juicio crítico sobre el contenido intelectual de la obra, mas nunca se hizo referencia a sus caracteres externos, siguiendo la costumbre de la época. Ni los repertorios de Epítomes ni los de Materias fueron reencuadernados por Juan de Loaysa, no se sabe si por considerarlos de menor relevancia que los otros, o por lo dificultoso de reordenarlos, si bien esta razón no casa mucho con la disposición del bibliotecario con otros conjuntos, algo probado por sus ya denunciados errores66. Por su parte, los repertorios de Materias, también llamados de «annotaciones» o de proposiciones, estaban conformados por ocho cuerpos: cuatro pequeños, a modo de borrador, y otros cuatro grandes y definitivos. Aún se conservan en la Biblioteca Capitular y Colombina restos de los borradores y dos de los volúmenes definitivos. En ellos se inscribían los argumentos o ideas principales y secundarias de las diferentes obras, situando, en primer lugar el nombre del autor y de la obra ―en los borradores, pero no así en los definitivos―, y comenzando luego la sentencia con la palabra más sobresaliente de cada uno, utilizando el orden alfabético. Acompañando a dichas entradas se situaban dos números, uno de los cuales hacía referencia al orden por el que se habían extractado las materias, y otro que coincidía con el insertado en el conocido como Abecedarium B, siempre dentro de un rectángulo desprovisto de la arista superior. Cabe destacar que en el citado Abecedarium B se siguió la numeración inscrita en los borradores o libros pequeños, y no en los grandes. Otra serie numeral era correspondiente con 66 Ello suponiendo, como lo hace Tomás Marín, que fuera Juan de Loaysa el encargado de estas encuadernaciones, lo cual no está, en absoluto, probado.
40 el llamado Registrum B, que hacía las veces de índice topográfico67. Como señala Tomás Marín, de los tres mil doscientos ochenta y cuatro libros que, siguiendo el orden cronológico, aparecen como incluidos en el repertorio de materias, muchos de ellos contenían más de una obra. Por lo tanto, con un solo número puede haberse incluido más de una obra y de un autor, haciendo que el número de las registradas sea muy superior, aunque indeterminado aún. No parece que Juan de Loaysa conociera la existencia de un fichero o tabla, que en la Memoria del bachiller Juan Pérez se refiere como tabla de ciencias y autores o Anotaciones, que debía servir de punto de partida para la realización de otros repertorios. Estaría formado por papeles sueltos ensartados. Tomás Marín resalta la importante novedad biblioteconómica que supondría la presentación de dichas fichas, podría decirse, catalográficas, que abarcaban, según la citada Memoria, unos diez mil libros. En ellas se consignaban varias decenas de datos sobre el libro como el autor, la ciencia o materia a la que pertenecía, resumen, impreso o manuscrito, prosa o verso, fecha de la edición, caracteres externos…muchos de ellos substituidos por signos cuyo significado indica el bachiller Juan Pérez, alcanzando una gran complejidad y capacidad sintética. Al contrario, parece que sí se tuvo noticia y se empleó para la gobernanza de la Biblioteca una vez transferida a la Catedral, el que Tomás Marín llama Índice General Alfabético o Abecedarium, al que Juan de Loaysa hace referencia en varias ocasiones en sus Memorias, y que, para el citado autor, es el de mayor importancia. Se trataba de dos volúmenes grandes, abarcando uno desde la a hasta la j y el otro de l a z. El primero de ellos cuenta con una titulación de mano del propio Juan de Loaysa: «A B C Darium Biblioth[ece] Columb[ine], lo que demuestra que lo conocía y que, probablemente, lo empleó en sus propios trabajos de catalogación. En la misma dirección apunta el hecho de que fueron reencuadernados bajo sus auspicios. En ellos se asentaban por orden alfabético autores y obras, así como el íncipit o comienzo de ellas, siendo empleado, además, para constatar los libros duplicados y para determinar los que faltaban, de cara a su futura compra. Junto a estos asientos figuraba el número correspondiente del libro dentro de la Librería Fernandina. Además, mediante el empleo de códigos alfanuméricos, debía quedar reflejado ―aunque de hecho no sucede sino en una minoría de asien- 67 En este repertorio se incluían, en muchas ocasiones, notas sobre la compra, lo que permite reconstruir en tiempo y forma su adquisición. De ello se encargó Mª Carmen Álvarez (ÁLVAREZ MÁRQUEZ 2003, pp. 55-102).
41 tos― el lugar de impresión, el año de edición, así como el número que su materia tenía asentado en el Libro de las Materias y el correspondiente en el de Epítomes. Se hubo de confeccionar un suplemento o Suplementum para incluir nuevos asientos que no cabían sin perturbar el orden alfabético, quedando reflejados por un testigo, una señal. El número de signaturas topográficas rebasa las quince mil, lo que no significa que fuera el número real de libros o volúmenes. Este índice estaba relacionado con el Registrum B o Índice Numeral de los libros, ignorado ―o, al menos no mencionado explícitamente― por Juan de Loaysa en su Abecedario, si bien, reencuadernado por él, según Tomás Marín. Aún se conserva en la Biblioteca Capitular y Colombina. Su principal función era actuar como índice topográfico, asentándose en él en primer lugar el número correspondiente al libro dentro de la Librería de Hernando Colón, seguido del título y el autor, íncipit, éxplicit, epístolas o epigramas, en su caso, y otros datos acostumbrados, como su precio, fecha de edición…Destaca el hecho de que cada obra se registraba individualmente, sin importar que apenas fuera de unas hojas de extensión o estuviera compuesta por varios volúmenes. Sin embargo, este completo registro llegaba solo hasta el número 4.229, siendo el resto, hasta 15.599 solo números correspondientes con los de otros tantos libros sitos en la Colombina original, e iban acompañados de otras series de números vinculados, como se dijo, al Índice General, de forma que se supiera cuál era cada libro. Por último, venía acompañado de una tabla de equivalencia o referencias cruzadas entre los números primitivos y los que los libros recibieron definitivamente68. La obra repertorística colombina continúa con seis volúmenes69 que contenían un Índice Alfabético de Obras y Autores, que podían ir acompañados de números y signos que indicaban su lugar en la Librería y en los Libros de Epítomes y Materias, así como de otros datos usuales, como la fecha de impresión. Según parece, estos índices estaban destinados a confeccionar un fichero organizado por ciencias, razón por la que solo estaban escritos en una de las caras de los folios. A ellos se añadía otro Índice de Autores y Ciencias, un volumen conservado en la Biblioteca Capitular y Colombina, de forma apaisada. Solo se inscribían en él datos como el nombre de autor y obra y abreviaturas referidas a la materia, acompañados de dos series numéricas, una indicativa del 68 MARÍN 1970, pp. 346, 359, 393, 434,455 y ss., 486, 497, 513, 562, 591 y 613. 69 De los que se conservan tres en la Biblioteca Capitular y Colombina, encuadernados de nuevo por Juan de Loaysa.
48 el «Vocabularium Anglicus» del cajón 5; del portugués el único ejemplo está constituido por las «Ordenanzas de Portugal, en su lengua» situadas en el cajón 70, por más que aparezcan por triplicado77. Otras noticias sobre las obras refieren a su carácter de manuscritas o impresas. Junto a los asientos añadía Juan de Loaysa un «m.s» o «m-s», manu scripto, o indicaba directamente y en castellano: «manuscrito». Por el contrario, las referencias a la condición de impreso, menos habituales, suelen concretarse con el término «estanpado», caso del asiento «Gisberto da Magcoma, Historia amorsa, en toscano, estanpado (sic)», del cajón 25. La fecha de impresión se expresa en escasas ocasiones, siendo poco frecuente, como el del registro «Juan Martín, clérigo, maestro de los mozos de Coro en la Santa Iglesia de Sevilla, Arte de canto llano con el Santissimae a lo vltimo, inpreso anno 1532», contenido en el tomo 5 del cajón 137. Más completa es la información aportada en el cajón 23: «Don Fernando de Aragón, rey de Sicilia, Prozeso contra los Petrusios, impreso en Nápoles, año de 1487». En cualquier caso, lo más habitual es expresar tan solo la condición de impreso de la obra, sin alusión a fecha crónica ni tópica de la edición y, mucho menos, sobre impresor o librero, ni alguna noticia sobre el coste del libro. Esto supone un importante contraste con la obra repertorial fernandina. Son muy habituales las referencias a las obras confeccionadas en vitela, de las que cabría suponer eran manuscritas, si bien ambos datos no van siempre, ni mucho menos, unidos. Cabe destacar que no siempre se consignan los mismos datos en las diferentes entradas referidas a una misma obra, pues en una se puede asegurar que era manuscrita y silenciarlo en otra, o añadir que estaba confeccionada en vitela. Y lo mismo sucede con otros datos, como el idioma. En cuanto a la forma de las obras, en muchos de los casos se incluyen referencias a las que estaban escritas en verso, unas veces expresado como tal: «Fray Alipius Carmagnoliensis Militia spitualis, en verso italiano», cajón 118, y otras en latín con los términos «carmen» o «carmina». Ejemplo de ello son los fragmentos «Charulus Paganus Belluniensis et Lectantius Firmianus Carmen de Passione Christi» y «Eleutherius Leonicenus Vicentinus carmina de Christo et Beata Sancta Maria». Otro término latino empleado es «rima», caso del cajón 14, «Petri Bembo, Rimae». De la misma forma, se 77 Pues también fueron registradas como «Lusitania ordinamenta, en portugués» y como «Don Manuel, rey de Portugal, sus ordenanzas», todos en el cajón 70.
49 encuentran algunas obras de poesía inscritas como tal, como se aprecia en el cajón 65 ―tratados varios diverssorum en 8º― en el asiento del tomo 6 «Poesías de varios en toscano». Por su parte, suelen expresarse los libros escritos en prosa como contrapunto o complemento de otra versión poética, cuando ambas aparecen juntas. En el mismo cajón 14 se aprecia un «Bartholomaeus de Bononia en 7 tomos, manuscrito, prosa y verso». Igualemnte, se utilizó el término prosa para destacar el carácter de la obra de algún autor que también escribió en verso, por ejemplo las «Boetii prosarum epithome, manuscrito» del tomo 9 situado en el cajón 135. Por lo que respecta al formato de los libros, como se ha indicado más arriba, los «tratados varios diverssorum» estaban distribuidos según estuvieran confeccionados in quarto, in octavo o in folio. Sin embargo, entre los libros completos no es frecuente que se incluya esta información. En este sentido, destaca el cajón 3, dado que se asientan varias obras al final de cuyo enunciado Juan de Loaysa escribió «fol» o simplemente «f». Suman, en total veinticinco obras en formato folio, aunque no son, ni mucho menos, la totalidad de los mismos, dado que en dicho cajón había cincuenta y siete asientos. Esto puede implicar que Juan de Loaysa solo destacó el formato en determinados casos, o que el resto de los libros que se encontraban en el mismo no eran de aquel formato. Esta opción es más probable, dado que la forma en que los libros estaban distribuidos por los cajones no respondía ni al formato ni al orden alfabético ―aunque sí el índice de Juan de Loaysa―, sino a la facultad, materia o arte al que pertenecieran78. En el resto de cajones se encuentran repartidos, siendo lo frecuente que no haya más de tres o cuatro en cada uno de ellos. Destaca el cajón 107, en el que se hallaba la «Vida del Venerable Padre Fernando de Contreras autore Reverendo Padre Gabriele de Aranda Societatis Jesu duplicado en fol. de marca mayor»79, que, al igual que otras obras, cuenta con tres entradas en el índice, aunque en realidad responden a una misma obra, si bien duplicada. Es el único asiento que explicita ser de marca mayor, aunque ello no descarta que hubiera más. Pocas veces se recogen otras noticias sobre el formato, aunque sí ocurre, por ejemplo, en el cajón 5 «Francisci de Bruti Rhetorica manuscrito en 4» o, en el cajón 8, «Marcii Tullii Cicer. Rhetorica de 4, en vitela». 78 Salvo, como se ha resaltado, los «tratados varios diverssorum», que estaban distribuidos en función de su formato, aunque asentados en el abecedario por orden alfabético. 79 Esta fue promocionada por el propio Cabildo.
50 Otros datos aportados indican si el libro en cuestión contaba con algunos grabados, dibujos y otras representaciones. Estas noticias no son habituales, y se inscriben tanto en latín: «Bartholomaeus Chasseneus, Catalogus gloriae mundi, cum figuris» ―cajón 66―, como en castellano, caso de «Laurens Ruse, La mareschaleire, en francés con figuras», situado en el cajón 24. Asimismo, aunque aún con menor frecuencia, puede aparecer la expresión «con estanpas (sic)». Cuando la obra registrada constaba de varias partes, se indica, generalmente, con números arábigos: «Theodosis Trebellii, Pormptarium lingus latine pars. 2» ―cajón 4― y lo mismo cuando se encontraba repartida en varios cuerpos, como en el cajón 6: «Anglis Chronica, seis tomos en 2 cuerpos». A lo largo de todo el manuscrito aparece, en determinados asientos, una numeración correlativa que abarca desde el 1 hasta 59, faltando los números 12, 22, 23 y 26. Todos los asientos numerados se inscriben por la letra «A», sin que pueda establecerse otra sistematización en ello. Algunas de las obras aparecen por duplicado, como es el caso, sin duda, del cajón 50, en el que se registra: «Armamo Amarinzil de cura oculorum en español antiguo por Fernando de Toledo para el rei don Alfonso el sabio en Sevilla era de 1250 manuscrito», con el número 3[4] y «Alonso el Sabio tratado de Amarinzil de cura oculorum traducido de arábigo en castellano antiguo por el maestro Ferrando de Toledo para el dicho rei don Alonso era 1250 3[5]80». En el mismo cajón 50 se asienta un libro de «Albeyteria»81 al que corresponde el número 36; con el mismo título y número 33 se encuentra otro ejemplar en el cajón 49, y un tercero, esta vez manuscrito, en el cajón 51, con el número 37. Igualmente, numeró Juan de Loaysa los dos ejemplares de las “constituciones” del Reino de Aragón, situadas en los cajones 58 y 68. En el primero se halla el registro «Aragón, Cortes del Reino», con el número 40, y en el segundo, con el número 41, «Aragoniae leges fori». A obras de Antonio de Nebrija corresponden nueve asientos, siendo otros tres comentarios a trabajos suyos. Como puede deducirse de estos ejemplos, no se aprecia unidad temática entre los libros numerados ni tampoco les une su formato, dado que solo de siete se dice expresamente que estaban confeccionados in folio. De nuevo, son siete de los cincuenta y cinco apostillados con números los que se 80 La segunda cifra se encuentra entre corchetes porque debido a la costura no puede apreciarse. Sin embargo, siguiendo la numeración correlativa, no cabe duda de que aquellos son los números ocultos. 81 RAE: albeitería, veterinaria.
51 identifican como manuscritos, por lo que esta condición tampoco representa el “hecho diferencial” que los agrupa. La condición de borrador del abecedario de Juan de Loaysa, apuntado por él mismo, como ya se ha destacado, queda de manifiesto por la cantidad de folios en blanco, tachaduras y enmiendas que plagan el texto. Sin embargo, no todas las tachaduras responden al mismo motivo. Así, por ejemplo, en el cajón 118 consta un asiento de «Francisco Ximenez doctrina en romance Doctrina compendiosa de vivir justamente, en catalán». En este caso parece responder la enmienda a un error normal durante la ardua y tediosa labor desempeñada por el bibliotecario que, al percatarse del error, decide tacharlo y escribir en el interlinaeado la información correcta. En otros casos, Juan de Loaysa cometía un equívoco a la hora de ubicar una determinada obra en un cajón. Parece que esto sucedió, por ejemplo, en el cajón 73, cuyo último registro era «a Eclesiastica potestate ab Agustino de Ancona», mismo texto, ya sin tachaduras, que se encuentra en el cajón 74. Incluso se observan asientos tachados, como si fueran inválidos, que son revalidados una vez comprobado su adecuación, caso del fragmento «Actius Syncerus De partu Virginis et alia poetica eiusdem et aliroum», restaurado con un simple «vale» escrito a continuación. Otra cuestión pueden ser los asientos tachados que no aparecen enmendados en todo el manuscrito. Un ejemplo de ello son los Proverbios de Erasmo, tachado en el cajón 6 sin volver a encontrarse en todo el manuscrito. Probablemente se trataba de un libro que perteneció a la Biblioteca Colombina estando, a la sazón, perdida. Lo mismo puede decirse del asiento «Iovianus Pontanus, de Bello Neapolitan» del cajón 23. Es decir, Juan de Loaysa se habría apoyado en los instrumentos de referencia anteriores para intitular y catalogar las obras, cometiendo a veces el error de incluir alguna que ya no se encontraba entre los componían la Librería Capitular y Colombina82. Estos casos, de cualquier modo, no debieron ser frecuentes. En cuanto a la organización de los libros por «Artes y Ciencias», como señaló Klaus Wagner83, lo más frecuente en las bibliotecas de la época era situar en primer lugar las materias sagradas, como la Sacra Scriptura y obras relacionadas con ella, siguiendo, a continuación, disciplinas teológicas, Oficio Divino, etc. Tras ellas, se situar- 82 Ténganse en cuenta las adendas y notas realizadas por Juan de Loaysa en los repertorios estudiados por Tomás Marín, como se apuntó más arriba, que ponen de manifiesto que el bibliotecario los conocía. 83 WAGNER 2004, p. 162.
52 ían las materias o ciencias humanas, como Filosofía, Historia, Artimética…Esta forma de clasificar las materias, de mayor a menor importancia ―para la visión de la época―, aunque imperante, no era exclusiva. En el mismo siglo XVII Francisco de Araoz, alguacil mayor de la Audiencia de Sevilla, publicó su De Bene disponenda biblioteca84, transcrita y estudiada por José Solís de los Santos85, en la que proponía, razonadamente, un orden inverso que comenzaría, en una biblioteca ideal, por las materias profanas de menor erudición y aprovechamiento para el lector terminando por las materias sagradas. En cualquier caso, la Biblioteca Capitular «seguía ―según el inventario de 1522, como ya se ha apuntado―, la clasificación sistemática tradicional», dividiendo los fondos en dos grandes grupos: situados a la derecha de la entrada, In Theologia, Artibus, Philosophia et Medicina y a la izquierda In Iure Canonico et Ciuili86, organización que no concuerda con las materias que Hernando Colón tomó en consideración en su Libro de las Materias. Éstas eran: Grammatica, Ius civile, Philosophia, Theologia, Rithmus, Historia, Epistolae, Logica, Musica, Geometria, Astrologia, Astronomia, Chronologia, Phisica, Dialectica, Oratoria, Ius canonicum, Architectura, Poesia, Rethorica, Humanismus, Politica, Sermones, Cosmographia, Arithmetica, Metheorologia, Agricultura, Chronica87. Por su parte, Juan de Loaysa se inclinó por una clasificación intermedia, invirtiendo el orden tradicional de las materias situando en primer lugar la Gramática, al igual que Hernando Colón. Sin embargo, ésta es la única coincidencia entre ambos en lo que al orden se refiere. Más afinidad tiene, en este sentido, con la ordenación material propuesta por Francisco Araoz, que empieza por Gramática y termina por Oficio Divino88, al igual que el propio Juan de Loaysa, si bien no es posible determinar si el bibliotecario estuvo en alguna medida influido por la obra de aquél, editada en 1631. El caso es que Juan de Loaysa, aparte de indicar las materias en las que se clasificaban los libros en su Memoria de los libros antes de comenzar con el propio abecedario89, apuntó en ocasiones, ya dentro del mismo, el cajón en el que comenzaba o terminaba la relación de obras de una determinada materia. Así, en el primer folio dedicado 84 Madrid, 1631. 85 SOLÍS 1997. Véase para conocer las principales obras biblioteconómicas y bibliográficas desde el Renacimiento hasta el Siglo de Oro. 86 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, p. 76. 87 MARÍN 1970, p. 656. 88 SOLÍS 1994, pp. 31-32. 89 BCC, Ms 57-1-19, f. 5r.
53 al índice, en el cajón 1 se lee: «Ars grammaticalis» y, una vez enunciados los títulos que por la «A» contenía el cajón 5, escribió «Grammatica finis». Posteriormente, antes del cajón 6, consta: «Incipit Rethorica». Hasta el cajón 17 no indica un cambio de materia, cuando comienza la Historia. Sin embargo, ya en el cajón 14 aparece la Política de Aristóteles, obra que no se clasificaría, precisamente, como Retórica. De otro lado, cuando comienzan las obras de Astronomía y Astrología, en el cajón 40, no da ningún aviso del cambio, ni establece separación alguna entre obras de una y otra materia. Además, entre las de aquéllas, se incluían otras sobre Geometría o Aritmética, caso del manuscrito anónimo «Arithemetica (sic) et Geometria», del cajón 42 o del asiento «Hieronimus Taglicut, Arithmetica», del cajón 41, en el que también se encuentra el registro «Vitrubius, de Architectura». Otro tanto puede decirse de los cajones supuestamente reservados a las obras de Medicina, que deberían ocupar, según el manuscrito de Juan de Loaysa, los cajones 45- 53. No obstante, en el cajón 46 se encuentran asientos como «Columela, Agricolationes», «De re rustica», del mismo, «Cato, De re Rustica», «Palladius Rutilius, de Re rustica» o la obra homónima de Varrón. Igualmente, en el cajón 50 se hallan registros como «Antonius Venut. De agricultura» y en el cajón 51 se lee: «Grammatica cum suis partibus». Por último, en el cajón 52, junto a algunas obras de Medicina, se hallaban registros como «Bibliotheca Hispana, authore D. Nicolao Antonio, canónigo Hispalensi, 2 tomos», «Don Bartolome Navarrao, 24 de Sevilla, Libro de privilegios antiguos, manuscrito que dio a esta librería» o «Reyes de Castilla y León, privilegios a diferentes iglesias y, en especial, a Santiago y fueros por donde se gobiernan diferentes ciudades y lugares». Los asientos son suficientemente elocuentes como para deducir que estos libros nada tenían que ver con la Medicina. Más bien, algunos de ellos estarían relacionados con la ciencia que comenzaba en el cajón siguiente, el 53, Derecho Civil. Tampoco parece que las obras relativas a las Sagradas Escrituras, Teología y Oficio Divino se encuentren sistemáticamente repartidas. Estas consideraciones deberán ser tenidas en cuenta a la hora de observar la tabla que se ha confeccionado con los libros de cada cajón y la materia a las que correspondía, pues, como se puede observar, es imposible categorizarlos correctamente habida cuenta de la confusión en la que cae el propio Juan de Loaysa. Por lo tanto, se han incluido las materias siguiendo en lo posible las indicaciones dadas por el bibliotecario, añadiendo otras, como las Sagradas Escritu-
54 ras, que no fueron señaladas por él, pero de las que puede establecerse su comienzo de una forma más o menos precisa en el cajón 95. Libros distribuidos en cajones: Artes y Ciencias Nº de cajón Nº de libros Nº de Manuscritos vitela E 90 I F A G Gramática 1 53 7 3 2 52 7 1 1 3 44 10 1 4 21 1 1 5 43 5 2 3 Retórica 6 25 7 1 7 51 2 1 8 39 7 2 9 44 2 10 33 2 2 2 11 51 1 3 1 5 12 79 5 3 2 3 1 9 13 84 7 1 1 2 5 14 53 24 2 1 15 36 9 6 4 16 56 3 1 2 Historia 17 52 2 3 2 18 47 2 1 19 44 20 42 2 2 1 2 21 34 8 2 90 Las letras refieren a los idiomas con mayor presencia entre los libros: E, español; I, italiano; F, francés, A, alemán; y G, griego.
55 22 40 9 1 3 23 41 3 3 3 1 1 1 24 52 5 4 3 27 25 53 17 16 26 42 3 3 1 5 Filosofía 27 22 1 28 49 3 3 29 28 30 33 2 1 31 21 32 29 1 33 24 3 34 38 6 35 36 4 3 36 25 5 37 37 4 1 38 34 6 1 39 0 Astronomía y Astrología 40 42 11 4 2 41 32 5 42 42 8 1 43 51 3 1 1 Música 44 21 8 Medicina 45 17 2 46 35 1 47 14 2 48 42 8 49 49 1 1 3 2 50 78 13 8 2 2 51 71 19 1 1 1 1
56 52 13 2 Derecho Civil 53 2 1 54 6 55 13 56 4 57 55 1 2 58 42 12 59 9 1 1 60 26 1 61 24 62 28 63 4 64 14 65 66 65 2 2 67 66 68 49 11 69 70 34 7 2 71 19 3 1 72 49 Derecho Canónico 73 57 5 2 74 49 10 5 75 15 1 3 76 9 1 2 77 25 4 78 29 5 79 16 1 5 80 21 2 5 81 52 7 1
57 82 36 5 2 83 15 6 4 84 27 85 29 5 1 86 34 1 2 2 87 11 3 7 88 12 1 2 89 40 3 4 90 20 4 1 91 16 2 92 26 3 93 39 8 3 1 94 24 2 6 Sagradas Escrituras 95 23 6 6 2 1 96 9 97 50 1 13 1 98 42 3 27 99 22 3 13 100 19 2 4 101 50 6 2 102 34 2 1 2 103 7 5 104 26 2 4 2 105 38 3 2 1 1 106 53 11 22 107 21 1 4 108 26 2 109 38 2 110 25 111 19 3 112 25 1 4
64 110 1 4º 111 5 4º 112 1 4º 114 6 4º 116 3 4º 119 2 4º 125 8 4º 127 1 4º 132 2 4º 133 1 4º 134 1 4º 135 4 4º 136 1 4º 138 2 4º 145 1 4º 133 3 2 4º 5 3 4º 6 1 4º 7 1 4º 8 4 4º 10 1 4º 11 1 4º 12 1 4º 13 2 4º 15 1 4º 16 1 4º 17 4 4º 19 1 4º 22 1 4º 24 1 4º 25 1 4º 112 1 4º 113 10 4º
65 114 6 4º 115 1 4º 116 9 4º 117 13 4º 118 9 4º 119 3 4º 120 8 4º 121 3 4º 122 4 4º 123 3 4º 124 4 4º 125 8 4º 126 1 4º 127 7 4º 128 7 4º 129 1 4º 130 6 4º 131 7 4º 132 5 4º 133 3 4º 134 7 4º 135 10 4º 136 7 4º 137 9 4º 138 4 4º 139 2 4º 134 9 1 4º 12 1 4º 22 1 4º 24 2 4º 25 2 4º 27 2 4º 140 1 4º
66 141 7 4º 142 1 4º 143 1 4º 144 1 4º 145 1 4º 146 1 4º 148 10 4º 149 3 4º 150 1 4º 151 12 4º 152 6 4º 153 7 4º 154 9 4º 155 5 4º 156 2 4º 157 5 4º 158 3 4º 159 2 4º 160 5 4º 161 3 4º 162 4 4º 163 4 4º 164 5 4º 165 4 4º 166 12 4º 167 1 4º 168 3 4º 169 3 4º 170 4 4º 171 3 4º 172 2 4º 173 14 4º 174 4 4º
67 175 8 4º 176 2 4º 177 9 4º 178 5 4º 135 1 7 folio 2 2 folio 3 8 folio 4 5 folio 5 18 folio 6 13 folio 7 7 folio 9 5 folio 10 5 folio 11 6 folio 12 7 folio 13 8 folio 14 11 folio 15 2 folio 16 6 folio 17 4 folio 18 8 folio 19 3 folio 20 4 folio 21 22 folio 22 6 folio 23 8 folio 24 10 folio 25 15 folio 26 3 folio 27 3 folio 33 2 folio 35 1 folio 38 1 folio
68 42 1 folio 43 1 folio 49 1 folio 136 1 1 folio 2 1 folio 9 1 folio 11 1 folio 12 1 folio 14 1 folio 16 1 folio 28 7 folio 29 11 folio 30 9 folio 31 11 folio 32 10 folio 33 33 folio 35 10 folio 36 15 folio 37 7 folio 38 7 folio 39 4 folio 40 13 folio 41 7 folio 42 20 folio 43 9 folio 44 7 folio 45 9 folio 46 9 folio 47 4 folio 48 6 folio 49 9 folio 50 2 folio 51 4 folio
69 52 4 folio 53 2 folio 54 1 folio 56 2 folio 137 1 1 8º 2 13 8º 3 10 8º 4 11 8º 5 9 8º 6 7 8º 7 3 8º 8 7 8º 9 13 8º 10 7 8º 11 4 8º 12 2 8º 13 2 8º 14 12 8º 15 2 8º 16 1 8º 17 3 8º 53 10 folio 54 4 folio 55 6 folio 56 14 folio La agrupación en tomos de las distintas obras arroja algunos problemas. Parece ser que los tomos en que se aglutinan las obras en formato in octavo abarcan desde el número 1 hasta el 52, faltando, tan solo, el tomo 23, sin que se encuentre mayor razón para ello. Estos tomos ocupaban los cajones 65 y 69. Por su parte, los trabajos in quarto se repartían entre los cajones 129 y 134, comenzando la numeración de los tomos, de nuevo, el primero de ellos, por el 1, siguiendo sin solución de continuidad hasta el 30, añadiéndose luego los números 38, 39 y 57. En el cajón 130 los tomos comienzan por el
70 31, lo que podría dar la sensación de una continuación sin más. No obstante, en el mismo cajón se cuentan tomos hasta el número 61, sin que falte ninguno. Es decir, los números 38, 39 y 57, que ya aparecían en el cajón 129, vuelven a presentarse en este cajón 130, por lo que debían de estar repetidos. Esta situación se reitera en otras ocasiones. Por ejemplo, teniendo en cuenta lo dicho sobre el cajón 129 ―que contenía los tomos 1-30―, se repetirían los tomos número 3 y del 5 al 8 en el cajón 133, así como los tomos 9, 12, 22, 24, 25 y 27 en el cajón 134. Y no solo eso, dado que los tomos 24 y 25 se contaban por triplicado, dado que, además de en el cajón 129, aparecen en los cajones 133 y 134. Por lo tanto, no se aprecia un orden claro en la numeración de los tomos, tampoco en los libros in folio, ya que, entre ellos, los números 1, 2, 9, 11, 12, 14, 35, 38, 42, 43 y 49 se cuentan tanto en el cajón 135 como en el 136. Además de éstos, se repiten los números 53 a 56, en los cajones 136 y 137. En este último, como puede observarse en la tabla, se incluían los tomos 1 a 17 con las obras que Juan de Loaysa llama «Misellanea en 8º». Aún cabe decir algo más sobre los «tratados varios diverssorum». Como puede observarse, el número de obras de cada tomo varía significativamente, aunque algunos de los que se ha contado solo uno, en realidad refieren a los asientos que Juan de Loaysa le asignó, no al número de obras, como se indicará más adelante. En cuanto a los idiomas, el más representado con gran diferencia es el italiano o «toscano», seguido, a mucha distancia, por las obras en francés. Tras ellos, los libros en español, en catalán y, por último, griego y alemán. Por último, asentó Juan de Loaysa en su Memoria de los libros los tratados sueltos y fragmentos. Al igual que en el resto de los casos, se encontraban ordenados alfabéticamente, aunque no se informa sobre el lugar que ocupaban dentro de la Librería. Estos vienen señalados, como el mismo indica, con una «E» si estaban completos o con una «F» si eran sólo fragmentos. Es relativamente frecuente que empleara los términos «fragmento» o «es fragmento» junto al asiento de la obra o dentro del mismo. No obstante, probablemente por olvido, no son pocos los asientos que no incluyen referencia alguna a su carácter de entero o fragmento, por lo que no se han incluido en la siguiente tabla:
71 Letra Enteros Fragmentos A 23 30 B 19 13 C 13 23 D 4 4 E 4 16 F 12 9 G 18 15 H 11 8 I-J 46 31 L 10 14 M 13 14 N 7 7 O 7 4 P 24 27 R 3 8 S 7 16 T 8 15 V 5 9 X 1 En esta ocasión el idioma más representado es el español, seguido del italiano. Otros idiomas presentes son griego, francés y catalán. Ante estas perspectivas, llega el momento de preguntarse cuántos libros componían la Biblioteca Capitular y Colombina. La cuestión no es baladí y ha hecho correr ríos de tinta entre los autores, antiguos y modernos, que se han ocupado de la misma. Tomás Marín hizo un repaso de algunas de ellas: a Luis Colón, sobrino de Hernando, se le informa de que heredará 15.370 libros y el bachiller Juan Pérez habla de 15.372 en alguna ocasión. Otros, como Alfonso García Matamoros o el propio Juan de Loaysa estiman la envergadura de la Biblioteca fernandina en 20.000 libros. El mismo Tomás Marín renuncia a hacer un recuento, aunque deja traslucir que, probablemente, el núme-
72 ro de obras superaría en poco las 15.000, siendo el de los volúmenes no más de 13.00091. Por ello, no deja de llamar la atención la afirmación de Juan Guillén a cuenta del número los libros, tras recoger la estimación de Juan de Loaysa sobre la Biblioteca Capitular y Colombina ―que la cifraba en 20.000― de que, de ellos solo cuatro o cinco mil procedían de la librería de Hernando Colón92. Es improbable hasta el extremo que la Biblioteca Capitular, cuyos fondos apenas superaban los quinientos libros en 152293, hubiera alcanzado en 1557, cuando se unificó con la Colombina, los quince o dieciséis mil volúmenes. En cualquier caso, la encuadernación que corrió a cargo de Juan de Loaysa debió de desfigurar cualquier semblanza de la envergadura de la Librería Colombina, dado que, según él mismo, afectó a unos dos mil libros de aquella, juntando en un solo volumen, una cantidad de obras variable, desde los treinta y cuatro que se agruparon en el volumen 74 del cajón 131, hasta el tomo 59 del cajón 129, que solo contaba con una, pasando por aquellos que incluían dos o tres, o una decena. Atendiendo al manuscrito de Juan de Loaysa, su Abecedario y memoria…, puede observarse que algunos asientos hacen referencia a una sola obra, mientras que otros incluyen más de una y, en otras ocasiones, varios asientos representan una sola. En este sentido, cuantificar los asientos registrados por Juan de Loaysa en su borrador no aporta mucha claridad sobre la cantidad de libros u obras que componían la Biblioteca Capitular y Colombina por aquel entonces. En cualquier caso, valga decir que el número de los asientos ronda los 7.670. No obstante, con miras a calcular el número de libros u obras, se hace preciso abordar un cotejo de los asientos, procurando unificar los que inequívocamente hagan referencia al mismo libro o volumen. Un ejemplo de ello se encuentra en el cajón 22, donde se lee el siguiente asiento: «Historia Hispana a Roderico Santio», inscrito por la «H» y, a continuación, por la letra «R», «Roderico Santii, Historia Hispana». En otras ocasiones son tres los asientos que se identifican con una sola obra, caso del cajón 125, en el que se encuentran estos tres registros: por la «B», «Bernardus de Parent. Lilium Missae», por la «L», «Lilium Missae a Bernardo de Perentin.» y, por último, inscrito por la letra «M», «Missae Lilium a Bernardo de Perentin.». La frecuencia con la que esto sucede es importante, siendo preciso un minucioso y preciso trabajo 91 MARÍN 1970, pp. 595-610. 92 GUILLÉN 2006, p. 244. 93 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 49-53, 75-78 y 215-243.
73 de cotejo. En este caso, se ha procurado identificar solo los asientos que incluyen todas las variables. Es decir, si se presenta una obra de un autor comentada por otro, solo se han tomado como una misma obra si, cuando se inscriba por orden alfabético, por ejemplo, por el título de la obra, expresa los nombres tanto del autor del comentario como de la obra comentada, evitando las expresiones vagas como «interpretes varii» o «et aliorum». Esta es una de las razones por la que todo cómputo debe entenderse como meramente orientativo. Además de ella, se tendrá en cuenta que algunas de las obras ocupaban más de un cuerpo o tomo, lo que Juan de Loaysa indica puntualmente junto al asiento respectivo. Así, por ejemplo, en el cajón 123 hay siete asientos, de los que dos ocupaban nada menos que diez tomos, y otro, dos. Otra de las cuestiones que se deben tener en cuenta afecta, principalmente, a los «tratados varios diverssorum» y a los fragmentos y tratados sueltos. Se trata del hecho de que en muchos de ellos los asientos hacen referencia a una multiplicidad generalmente indeterminada. Es frecuente que se enuncien, como en el tomo 1 del cajón 137: «Debotionis tractatus varii gallice per totum» o «Novelas y exámenes y otros papeles curiosos», del tomo 145 asentado en el cajón 134. Más excepcionalmente, se explicita el número de esas obras diversas, caso del tomo 140 del cajón 134, que contenía «dieciséis entremeses». Teniendo en cuenta estas variables, se puede proponer una numeración. El primer grupo de obras, los libros distribuidos en cajones, constaba de unas 4.459 obras, que se convierten en 4.850 si se suman todos los cuerpos de libros de aquellas que ocupaban más de uno. Por su parte, con los tomos de los «tratados varios diverssorum» ―353― hacen 5.203 cuerpos o tomos. En este cómputo no han entrado los fragmentos y tratados sueltos, que suman 538, resultando 5.741. Esta cifra fue apuntada por el propio Juan de Loaysa en su Memoria de los libros cuando afirma: «para mayor claridad de lo que se ha dicho quanto al número de los libros que son 20.000 y quitar la duda que sobre esto puede aver, resta advertir aquí que en la sala donde esta toda la Librería con ser mui grande caben solo 4 ó 5.000 cuerpos de libros no más: esto es tomos ó volúmenes». En lo que respecta al número de obras, que no cuerpos, la cantidad aumenta considerablemente. Para calcularlo habría que sumar el número de obras contenidas en los asientos de libros distribuidos en cajones, los 4.459 ya indicados, y el de asientos conte-
80 guel de Aguilar Arnao108, quedaba en poder de los propios inquisidores y del secretario del Cabildo. Seguramente, debido a la inmensidad del trabajo que suponía el expurgo de tan nutrida Biblioteca, en ese mismo auto, dado el 5 de marzo de 1616, se cometió a Luis Melgarejo la expurgación de los libros de Derecho, y a Manuel Sarmiento de Mendoza, todos los demás, debiendo actuar por su persona y solicitando cuanta ayuda precisase en tan ardua labor109. Nada más se sabe del trabajo de ambos canónigos en el expurgo, ni siquiera si finalmente se llevó a cabo. No obstante, el hecho de que deje de ser un asunto tratado en Cabildo, da la impresión de que debió de satisfacerse, por fin, el deseo de la Suprema de ver correctamente expurgada la Biblioteca Capitular y Colombina. Un silencio documental, que se prolonga durante casi veinticinco años, hasta después de la promulgación de un nuevo Índice en 1640, lo corrobora. Anteriormente, en 1632, se había editado otro que no había gozado de buena acogida ni tan solo en el seno de la propia Inquisición, razón por la cual pudiera no afectar a la Catedral Sevillana y a su Biblioteca. El Índice de Sotomayor, corrigiendo parte de las deficiencias del precedente, sí acarreó efectos. De nuevo, el Cabildo se ve obligado, el 9 de noviembre de 1640, a encargar la revisión de la Librería, esta vez al racionero Rodrigo Cerero, para que «vea si hay dentro ―de la Biblioteca― algunos libros comprehendidos en el expurgatorio que de nuevo ha salido». Manuel Sarmiento de Mendoza, quien se había ocupado del grueso del anterior expurgo, se había jubilado poco antes, el 22 de junio, tras solicitarlo el 18 del mismo y demostrar que había servido en su canonjía durante cuarenta años. En el mismo auto, se pedía al Tribunal de la Inquisición «más término del que está señalado»110. Es decir, de nuevo el Cabildo busca conseguir más tiempo para acometer el expurgo, probablemente, debido a las dificultades derivadas de la envergadura de sus fondos bibliográficos o quizá, simplemente, por dilatar el proceso con vistas a su no ejecución. Es lo que trasluce la petición ―14 de marzo de 1641― dirigida por el Cabildo al Inquisidor General para que «haciendo relación (…) de la Librería, se le pida licencia general para que esté sin el trabajo de expurgarla». Sin embargo, fracasaron los capitulares en su intento de eximir a la Biblioteca Capitular y Colombina de los afanes expurgatorios de la Suprema, dado que, transcurrido poco menos de un año, el 6 de marzo de 1642, se ordenaba al canónigo Francisco de Barrientos acudir a la Librería para el ex- 108 DOMÍNGUEZ y SÁNCHEZ 2009, p. 46. 109 ACS, 7096, f. 104r. 110 ACS, 7104, ff. 260v, 262r, 299r.
81 purgatorio «que se está haciendo y que se le dé un papel que tiene hecho el racionero Vidal sobre esta materia»111. Este auto capitular implica que la expurgación ya había comenzado, por lo que, a falta de una respuesta del Inquisidor General, que se supone negativa, puede intuirse que ésta debió de ser relativamente inmediata. En cuanto al escrito del racionero Vidal, no ha trascendido su contenido ni la suerte que corriera112. Sea como fuere, el mes siguiente, 8 de abril, el Cabildo se reafirmaba en su voluntad de que Barrientos se ocupara del expurgo, para lo que se le entregaron las llaves de la Librería. Sin embargo, ese mismo día, se requirió para que el canónigo se trasladara a Roma a «seguir con el pleito de los veinteneros de los Padres de la Compañía». Ante la disyuntiva, se acordó que el Deán y los contadores confirieran con Barrientos sobre la conveniencia de enviarlo a la Corte Pontificia, haciendo un llamamiento al Cabildo para determinar por votación. No parece que Barrientos fuera finalmente enviado a Roma, ya que, transcurridos más de tres meses, continuaba a cargo de la Librería, como se reconoce por el auto capitular de 21 de julio de 1642, en el que el Cabildo ordenaba que «para el aseo de la Librería se haga lo que dice el canónigo Barrientos, a quien está cometido». Por último, el 3 de octubre del mismo, se dispuso que Francisco Barrientos leyera su cátedra de escritura a partir del día 19 del mes, que debía versar sobre la Profecía de Isaías113. Pese al desempeño de Barrientos en el expurgo, a principios del año siguiente ―el 3 de febrero de 1643―, el Cabildo le encomendó conseguir una nueva prórroga del Santo Oficio. La gestión del asunto debió de dilatarse, aunque, en esta ocasión, obtuvo un resultado positivo: el 8 de enero de 1644 pudo comunicar en reunión capitular cómo el Consejo de la Inquisición había consentido en dar otro año más para el expurgo de la Librería. En esta ocasión no parece que se tratara de una maniobra de distracción y, en el mismo auto, se ordena que Barrientos busque la ayuda de cuantas personas necesitase en el Colegio de los Irlandeses y en el de Santo Tomás114. Según Juan Guillén, la noticia recogida en el auto capitular de 13 de enero de 1644 en que se manda «prestar al Doctor Barrientos los libros que están en el Archivo, dando recibo de ellos»115, está relacionada con sus trabajos expurgatorios, llegando a afirmar: «incluso pasaron por el tamiz los 111 ACS, 7105, ff. 54r, 121v. 112 GUILLÉN 2006, p. 216. 113 ACS, 7105, ff. 130r, 154v y 207v. 114 GUILLÉN 2006, p. 216. 115 ACS, 7106, f. 3v y GUILLÉN 2006, pp. 216 y 217.
82 libros que estaban depositados en el Archivo». Tal vez tenga razón, aunque la mención expresa en Cabildo a este préstamo puede deberse a que por entonces se estaba poniendo en orden el Archivo catedralicio. La cuestión fue tratada por los capitulares en varias reuniones. El Cabildo comenzaba a tener una seria preocupación por la suerte que corrían documentos fundamentales para su funcionamiento sacados por particulares ―con anterioridad ya se había prohibido siquiera mostrar papel o libro alguno de la Contaduría sin permiso expreso de los Contadores prebendados ni aunque el solicitante fuera, igualmente, prebendado116―, ordenando sacar censuras para que dichos papeles, en manos de prebendados o de cualquier otra persona fueran entregados al Cabildo y el 19 de junio de 1643, se realizó un llamamiento para recuperar los papeles del Archivo y nombrar un archivero que se hiciera cargo de ello, utilizando una paulina117 para tal efecto. El elegido fue el canónigo Antonio de Prado, que debía ser auxiliado por el racionero Pedro de […] y por un oficial que le contara las horas. Poco después del préstamo de los libros situados en el Archivo a Barrientos, el 19 de septiembre de 1644, el Cabildo otorgó 50 ducados al racionero Andrés de León por «el buen cobro y orden» que habían dado al Archivo, siendo nombrado en el oficio de archivero perpetuo118. Todas estas cautelas podrían explicar la autorización capitular para la consulta de los libros del Archivo, más allá de que aquélla estuviera vinculada a los expurgos o no. En cualquier caso, parece ser que el canónigo Francisco de Barrientos estuvo ocupado en estas labores, entre otras, hasta el 15 de octubre de 1646, cuando «dijo al Cabildo, había de proseguir en la lectura», por lo que había entregado la llave de la Librería al racionero Siruela, quien no podía acudir a la lectura. En vista de la situación, los capitulares accedieron a su petición y decidieron solicitar una nueva prórroga a la Suprema para poder «acabar de expurgar los libros». Menos de dos meses después, el 12 de diciembre, el Cabildo ordenó imprimir a su costa el sermón del día de la Concepción predicado por Barrientos, dedicándoselo al Papa119. Francisco Barrientos falleció el 9 de junio de 1656120 y, quizá fruto de su actividad en el expurgo de la Librería, queda- 116 ACS, 7105, f. 92r. 117 RAE, 1: en el catolicismo, carta o despacho de excomunión que se expide en los tribunales pontificios para el descubrimiento de algo que se sospecha haber sido robado u ocultado maliciosamente. 118 ACS, 7106, ff. 6v 30v, 39v y 42r. 119 ACS, 7106, ff. 52r y 65v. 120 ACS, 7111, f. 112r.
83 ron en su poder algunos libros «y otros bienes», para cuya recuperación los capitulares dieron requerimiento el 25 de junio del año siguiente de 1657121. Las llaves de la Librería estuvieron en manos del doctor Martín Vázquez Siruela durante años, al menos hasta el sábado 9 de abril de 1650, cuando el Cabildo ordenó que éstas pasaran a manos del Tesorero en ausencia de aquél, «y que los diputados de negocios saquen prorrogación de la licencia del Inquisidor General para expurgar la Librería»122. Es posible que la ausencia del Doctor Vázquez Siruela fuera utilizada como pretexto para volver a retrasar el expurgo de la Biblioteca, lo que da a entender que éste era el encargado del mismo, aunque, todavía, no hay una confirmación. Tampoco se puede saber, en vista del silencio impuesto por la documentación, si el Santo Oficio concedió un nuevo periodo de gracia, aunque es probable que sí, dado que la cuestión no vuelve a colación del Cabildo hasta que hubo transcurrido un dilatado periodo de más de once años. La hipótesis de que el Doctor Vázquez Siruela era el encargado del expurgo queda confirmada por el auto capitular de 31 de octubre de 1661, en el que se ordena a los diputados de negocios solicitar una nueva prórroga para llevarlo a cabo «por cuanto el doctor Martín Vázquez Siruela se halla muy impedido por sus achaques y estaba a su cuidado». El Cabildo solicitaba una nueva prórroga al Tribunal que, una vez más, consintió: el 9 de noviembre123 del mismo año, los diputados de relataron ante los capitulares que el Tribunal de la Inquisición daría la prorrogación solicitada y que proponía, para hacerse cargo del expurgo al entonces mediorracionero Andrés de León, abogado de presos del Santo Oficio en Sevilla124. Ambas instituciones llegaron a un entendimien- to, otorgando una de ellas una nueva prórroga y la otra aceptando el nombramiento sugerido. La acción de la Inquisición sobre la Seo Hispalense no se limitaba a la censura de los fondos bibliográficos de ésta, dado que también se fiscalizaban otro tipo de libros, como los de bautismos. El 9 de marzo de 1655, el canónigo Miguel Bécquer denunció ante el Cabildo que los libros de bautismo del Sagrario, que habían sido solicitados por los inquisidores, no habían sido devueltos. Solicitaba prohibir a los curas del Sagrario volver a entregar libro alguno sin permiso del presidente del mismo, ante lo que los capitulares encargaron al secretario del Cabildo, a la sazón, el canónigo Pedro 121 ACS, 7112, f. 35r. 122 ACS, 7108, f. 32r. 123 ACS, 7114, f. 95r. 124 SALAZAR 1995, p. 126.
84 Muñoz de Escobar, averiguar si el cura que los había entregado lo había hecho con licencia y encargarle que los recuperara, si es que los inquisidores habían «concluido con ellos»125. La envergadura de la Biblioteca Capitular y Colombina justificaría, sin duda, la concesión de prórrogas para su expurgo. Sin embargo, es difícil no plantearse cierta “mala fe” por parte del Cabildo en este dilatadísimo proceso para evitar plegarse ante las exigencias del Santo Oficio durante décadas, sobre todo teniendo en cuenta que, una vez se ocupó del asunto un miembro de la Inquisición, los trabajos finalizaron en poco más de seis meses. Efectivamente, el día 31 de mayo de 1662, se recoge el siguiente auto capitular: «El racionero Andrés de León hizo relación de que la Librería estaba ya expurgada en virtud de la comisión del Tribunal de la Inquisición, y que había algunos libros que era preciso llevarlos. Mandó que se lleven al Tribunal para que disponga de ellos lo que fuere servido, supuesto que no pueden estar en la Librería»126. Según parece, no tuvo problemas Andrés de León, siguiendo el cometido encargado por el Santo Oficio, en encontrar libros prohibidos entre los fondos de la librería catedralicia y seguir el cauce normal en estos casos, entregarlos al Tribunal de la Inquisición. Es posible que los expurgos precedentes hubieran, por así decirlo, hecho gran parte del trabajo antes de la intervención de Andrés de León, pero se hace más difícil pensar que fortuitamente se hubieran pasado por alto los libros prohibidos, lo que supondría una intencionalidad clara de los capitulares para evitar su salida. A pesar de todas las gestiones, parece ser que, definitivamente, la Inquisición logró su objetivo de purgar una de las bibliotecas más nutridas, variadas e importantes del orbe católico. En este sentido, el silencio del Cabildo es, igualmente, elocuente: tras haberse resistido de una forma pasiva al Santo Oficio, da la impresión de que aceptó los hechos como irrevocables. Cabe la posibilidad de que algunos de los libros llevados a la Inquisición en 1662 fuesen los llamados «libros arábigos», aquellos escritos en árabe, que estaban perseguidos por el Santo Oficio. En cualquier caso, cuando, casi treinta años más tarde, en 1690, el rey Carlos II envió una carta solicitando se buscaran este tipo de libros en la 125 ACS, 7111, f. 26v. 126 ACS, 7114, f. 36v.
85 Biblioteca Catedralicia para enviarlos a Madrid al objeto de rescatar algunos cautivos cristianos apresados en la plaza de Arache por el Rey de Mequinez127 ―que solicitaba cinco mil libros arábigos a cambio de su libertad―, se cometió a los canónigos Juan de Loaysa y Ambrosio de la Cuesta para cumplir con la petición regia, y éstos, habiendo «buscado en la Librería con todo cuidado» no encontraron ninguno128. A partir de entonces la acción de la Inquisición sobre la Biblioteca, si la hubo, no dejó más huellas durante la centuria decimoséptima. Ya entrado el siglo XVIII, en 1708 Juan de Loaysa fue comisionado para acometer un nuevo expurgo129, seguramente, como consecuencia del Índice publicado en 1707. 127 Los ataques del sultán de Mequinez continuaron, dado que, en 1695, el Cabildo hubo de librar un donativo de quinientos ducados para los enfermos de los hospitales de Ceuta, que estaba siendo asediada por entonces, realizándose rogativas «por los buenos sucesos». El año siguiente se repitió el donativo, y se dieron diez ducados al padre Mateos, que estuvo cautivo en Mequinez. Las peticiones en este sentido fueron relativamente abundantes, otorgándolas, por lo general, el Cabildo (ACS, 7131, ff. 86v y 89r y 17r). 128 ACS, 7128, ff. 124v y 128r. 129 GUILLÉN 2006, p. 246,
86 Fig. 1. Sala capitular de la Catedral de Sevilla. Fig. 2. Retrato de Hernando Colón conservado en la Biblioteca Capitular y Colombina
87 Fig. 3. Frontispicio de la Biblioteca Capitular y Colombina.
88 Fig. 4. Entrada principal de la Biblioteca Capitular y Colombina
89 Fig. 5. Interior de la Biblioteca Capitular y Colombina. Fig. 6. Facsímil del Registrum B fernandino.
96 Puentes, se passe y ponga en una quadra pequeña que está en el patinillo del antecabildo»153. La capilla mencionada en el auto es la de San Isidro, fundada por los canónigos Francisco y Fernando de la Puente Verástegui, donde los libros debieron de estar desde su traslado en 1620. Así se desprende, igualmente, de que fuera llamada «Capilla de la Librería Vieja» y a su escalera «Caracol de los Libros», en las postrimerías del siglo154. Se encuentra situada a los pies de la nave de San Pablo. La estancia sufrió una importante remodelación, que afectó al muro del edificio gótico, tallándose profusamente con ornamentación de hojarasca, quedando en él enmarcados sendos altares, hoy dedicados la Virgen del Madroño y a la Virgen de la Cinta. De los trabajos interiores de la misma se encargaron Bernardo Simón de Pineda, quien realizó la traza del retablo, y Juan Valdés y Agustín Franco, ocupados de la policromía del mismo y de las pinturas de la bóveda. Este barroco diseño rompió la simetría que guardaba el muro de la Catedral, hasta la labranza de la Capilla de San Leandro en la Nave de San Pedro en 1733. Por tanto, debido a la acción fundadora de los hermanos de la Puente, el Cabildo se vio obligado a un nuevo traslado de sus fondos bibliográficos de cantoría, ordenado que se llevaran a una cuadra, esto es, a una estancia, donde fueran guardados. Por su parte, la construcción del Antecabildo, de estilo manireista, había sido finalizada en 1585, salvo una puerta que lo comunicaba con la Capilla de del Mariscal, que se realizó dos años más tarde, en 1587155. Este es el último traslado documentado durante el siglo XVII, por lo que debieron permanecer allí hasta que en algún momento fueron trasladados, de forma que hacia finales del siglo XIX, la Librería Coral se hallaba situada en la estancia contigua a la puerta de San Cristóbal, frente al Archivo de la Música, como recoge Mª del Carmen Álvarez de las noticias dejadas por José Gestoso156. La sochantría de Jerónimo Díaz fue breve, dado que el mismo desistió del oficio «atento a estar achacoso», siendo aceptado por el Cabildo el 13 de agosto de 1663, mandando que se propusieran candidatos para suplirlo. La designación del nuevo Sochantre se llevó a cabo con suma celeridad, dado que se produjo apenas pasados cuatro días, recayendo en el veintenero Juan Galáez en idénticas condiciones que su antece- 153 ACS, 7114, ff. 48v y 51r. 154 JIMÉNEZ y PÉREZ 1997, p. 112. 155 MORALES 1984, pp. 206, 212 y 213. 156 ÁVAREZ 1992, p. 45.
97 sor157. Poco después, el 16 de noviembre de 1663, fue recibido José Jerónimo como veintenero y ayudante del Sochantre. Por último, durante la vacancia que se produjo en el oficio de Sochantre, tras la muerte de Juan Galáez el 14 de septiembre de 1681, el Cabildo cometió a los afianzadores de la Fábrica para que se encargaran de recibir los papeles de música y la llave la Librería de Canto Llano del desaparecido Sochantre, para que fueran entregados por inventario al Sochantre interino, el licenciado Pedro Blanco158, nombrado el 11 de enero de 1683, con el mismo salario que aquél159. De lo mismo no puede inferirse que se haya producido un nuevo movimiento de los libros de canto llano, pero, de nuevo, aparece el fantasma de la falta de control sobre ellos, siendo necesario recuperar los «papeles» que estaban en poder del antiguo Sochantre, y entregar a un interino su cuidado. Del citado inventario nada se sabe, desafortunadamente. Tal vez esta situación de inestabilidad acentuó el deterioro de los libros, dado que, al igual que sucedió con Sebastián Vicente Villegas durante la segunda década del siglo, los capitulares tuvieron a bien otorgar licencia de doce días al licenciado José de Soto para que «pueda asistir al aderezo de los libros de canto llano, poniendo sustituto a Maitines, a satisfacción del Chantre», el 29 de octubre de 1685160. José de Soto, como se verá, había trabajado en el aderezo de libros y misales desde 1683, escribiendo luego aleluyas y algún libro. 3. 1. Los fondos de las librerías corales Desgraciadamente, a diferencia de lo que ocurre con la documentación del siglo XVI, de la centuria decimoséptima no se conserva ninguno de los inventarios que se confeccionaron de los fondos de las librerías corales. Es por ello que, para la reconstrucción del acervo librario de canto llano en el siglo XVII, se hace preciso partir del último de los inventarios realizados en el XVI, tratando de completar la semblanza del mismo con las noticias recogidas sobre el particular en las diferentes fuentes documentales. Sin embargo, como es lógico, no podrá asegurarse a ciencia cierta la permanencia o pérdida de libros que, a buen seguro, se produciría durante el devenir de estos cien años. 157 ACS, 7115, ff. 71v y 97r. 158 ACS, 7124, f. 98v. 159 ACS, 09672, f. 40r. 160 ACS, 7126, f. 125v.
98 Mª del Carmen Álvarez recogió y estudió cada uno de los cuatro inventarios conservados de aquella centuria161, siendo el último de ellos realizado el 4 de julio de 1596 como consecuencia de la asunción de su custodia por Miguel Jerónimo de Velázquez, cuya sochantría verá llegar el siglo XVII, prolongándose, como se ha visto, hasta 1642. Se trataba de la librería de libros que entraban y salían del Coro, que, ya se apun- to, estaba a cargo del Sochantre. En este inventario se recogían ciento veinticuatro libros, debiendo ser desechados otros treinta y siete como consecuencia de su deterioro. En aquellos momentos, al igual que durante los primeros años del siglo XVII, se estaba trabajando con fruición en la enmienda de los cantorales162 para adecuarlos a los preceptos salidos del Concilio de Trento. Como señala la autora citada, el inventario no consigna, apenas, noticias sobre la materia escriptórea, así como otras características, como encuadernaciones o las dimensiones de los libros, salvo en contados casos. Los libros aparecen divididos en grupos según su carácter litúrgico, denotado por rúbricas. Así, entre los oficieros dominicales se cuentan diecinueve cuerpos de libros, a los que se suman otros seis oficieros diurnos, abarcando todo el tiempo de oficios. A ellos se añadía un oficiero iluminado que contenía las principales fiestas de Jesús ―Epifanía, Resurrección, Ascensión y Pentecostés―; otros dos oficieros, uno diurno y otro diurno y nocturno, con el oficio de la Santísima Trinidad; y otros veinte cuerpos pequeños, duplicados, situados diez en el Coro del Deán y los otros diez en el del Arcediano. Por su parte, los oficieros del Común de los Santos sumaban seis cuerpos de libros, y los diurnos y nocturnos otros diez, siendo cuatro de ellos de contenido indeterminado. Existía otro grupo de seis oficieros santorales, que cubrían todo el año, al que se sumaba otro cuerpo iluminado con las festividades marianas de la Purificación, Encarnación, Asunción, Natividad y Concepción de la Virgen, así como doce santorales diurnos y nocturnos. Los oficieros de difuntos eran tres y los de maitines, cuatro. Cerraban el repertorio de canto llano otros ocho cuerpos de contenido variado. Por último, en el mismo inventario se recogen los treinta y siete libros que debían ser destruidos por su mal estado de conservación. 161 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 78-94. 162 El Dr. Pablo Alberto Mestre Navas acaba de corregir las primeras pruebas de imprenta de un excelente trabajo sobre los cantorales titulado «Origen y evolución de los cantorales. Perspectivas codicológicas», que se publicará en breve.
99 Por otra parte, de los libros que se hallaban siempre en el Coro, se conserva un inventario de 1591, sumando veintiún cuerpos de libros, que, según una nota posterior, fueron sacados del Coro y entregados al veedor. De ellos, ocho estaban escritos en pergamino y doce en papel, entre los que se contaban nueve breviarios romanos nuevos. Por lo tanto, al inciarse el siglo XVII, el panorama de las librerías corales no debía ser muy distinto al planteado en las postrimerías de la centuria anterior. Es muy probable que, a pesar de que los libros que permanecían siempre en el Coro fueran puestos en manos del veedor, posteriormente volvieran a su lugar habitual. Así, cuando se adquirieron doce salterios para el Coro, como se indicó, se encargaron a quien por entonces tuviera las llaves del Coro―10 de abril de 1612―, y «se busque donde guardarlos», mandando que fueran inventariados junto a los demás. Previamente, el 3 de marzo de 1611, el Cabildo ordenó al Mayordomo de Fábrica que «haga comprar más salterios para el Coro y que se hagan libros para los aniversarios, para que haya más en cada Coro». Posteriormente, el 15 de marzo de 1612 los capitulares ordenaron que fueran situados seis salterios en cada Coro, y «encomienden a los mozos de encomendar para que estén a su cuidado»163. Quizá, a estas alturas, el estado de conservación de muchos de los libros de canto llano era precario, dado que los trabajos en el taller escriturario, dirigido desde fines del siglo XVI por Melchor de Riquelme, eran constantes. Como se verá, las noticias acerca de la corrección de los libros de canto llano son abundantes en los primeros años de la segunda década de la centuria. Por aquel entonces, otros artesanos de libro como Pedro de Arriola, estaban trabajando en la encuadernación de libros, así como en la confección de otros, en este caso himnos, quiries y credos, por los que recibió 6.800 maravedís164. Anteriormente, Sebastián Vicente Villegas había puesto en pun- to el oficio del Ángel de la Guarda, ordenando el Cabildo que «el libro que de esto presentó (…) se entregue al Sochantre y se ponga en punto en libro grande»165. La compra de los citados salterios y la previsión de que se escribieran más libros de los aniversarios apuntan, igualmente, a una necesidad de renovación de los fondos de canto llano. El ya mencionado traslado de los libros que entraban y salían del Coro en 1620, a pesar de la orden dada por los capitulares para realizar un «inventario muy comple- 163 ACS, 7094, ff. 9v, 75v, 76r y 78r. 164 ACS, 09461, ff. 12v y 17v. 165 ACS, 7094, f. 5r.
100 to»166, debió de ser, a buen seguro, un elemento de pérdida y deterioro de los fondos. Transcurridos unos años, el 26 de abril de 1624, el Maestro de Ceremonias presentó un oficio de Corona Domini167, fiesta que se celebra el 4 de mayo, «y se mandó que se saque un libro grande en la forma que es necesario para que sirva en el Coro, y el secretario le agradezca su cuidado y trabajo de parte de Su Señoría, y el presidente que fuere del Coro tenga cuenta de darle las tardes que hubiere menester para ocuparse en los demás oficios de santos que le están cometidos»168. El Maestro de Ceremonias citado era Sebastián Vicente Villegas, quien recibió un pago de 5.440 maravedís entre los días 5 y 10 de mayo de 1625, por un «libro pequeño de Corona». Como se verá en su momento, el encargado de escribir en «libro grande» fue Andrés Camacho ―quien se hizo con la dirección del taller escriturario catedralicio―, por el que recibió algunos pagos a lo largo de 1625, «dos libros colaterales del oficio de la Corona»169. La actividad de Andrés Camacho fue importante durante estos años, escribiendo algunos libros más que se añadirían al acervo de libros de Coro. Por lo tanto, en estas fechas, los fondos de canto llano se vieron incrementados por la producción propia de la Catedral Sevillana. A estas incorporaciones deben sumarse unos procesionarios que el Cabildo ordenó entregar al Sochantre, por auto de 20 de octubre de 1627, para que éste los repartiera entre los veinteneros y capellanes. Los capitulares insistían en que dichos procesionarios quedaban bajo la custodia de Miguel Jerónimo de Velázquez, quien debía responder por los que faltaran «de suerte que, andado el tiempo, dé razón de todos los que se le entregaren»170. Quizá esos procesionarios fueran los que, siete años antes, en 1620, encuadernó Lucas Martín, librero, en número de veintinueve171. Como se verá en su momento, en los años cuarenta del siglo XVII de nuevo aumentará la actividad en el taller escriturario de la Seo Hispalense, añadiéndose a la Librería Coral cinco cuerpos más. Sin embargo, las labores más importantes se centraron, a la sazón, en el aderezo de hasta ochenta y dos cuerpos de «libros de canto, que se hallaban muy maltratados»172. Lo avejentado de algunos de los libros ―recuérdese que en 1596 fueron eliminados hasta treinta y siete cuerpos―, es un elemento que hay que tener en cuenta. Aunque no se ha constatado una decisión similar a la tomada a fines del siglo XVI, lo «maltratados» 166 En el auto se dice que dicho inventario debe guardarse en la Contaduría. 167 MARCHENA 2018, p. 85. Libro 22. 168 ACS, 7100, f. 20v. 169 ACS, 09667, ff. 21r, 25v y 27v. 170 ACS, 7102, f. 211r. 171 ACS, 09468, f. 19r. 172 ACS, 09498, ff. 14v y 21r.
101 que se encontraban en 1660, como se ha visto, apunta a la posible pérdida de algunos de ellos. Así, cuando se planteó entregar al Colegio de San Isidoro un libro de canto, el «más usado que hubiere en la Librería», el 10 de julio de 1686, los encargados no debieron de ponerse de acuerdo, dado que, un año y cuatro meses después, el 12 de noviembre de 1687, el arcediano de Écija Gregorio Bastán y Aróstegui hubo de reiterar la cuestión, proponiendo la entrega del libro del rezo propio de San Diego. Esta propuesta no estaba motivada, sin embargo, por su antigüedad, sino «por quanto no se usa de él». Dos días después, el Cabildo ordenó buscar un libro, a la vez que encargaba al Sochantre de la Iglesia de Santa María la Blanca, Juan Díaz, informar de cuánto costaría la confección de un libro ex profeso para los estudiantes. Finalmente, se decantaron por esta opción, como se especificará más adelante173. Ese mismo año de 1686, la Diputación de Ceremonias informó que el Maestro de Capilla, Diego José de Salazar, había compuesto a canto llano un oficio de San Rafael, mientras que el Maestro de Canto llano del Colegio había hecho lo propio con los himnos de San Emeterio y San Celedonio. El encargado de su escritura fue, de nuevo, Juan Díaz, bajo la supervisión del Maestro de Ceremonias, Adrián del Ossu, para asegurarse una ortografía adecuada. Los pagos a Juan Díaz registrados ese mismo año confirman que, efectivamente, se llevaron a cabo las tres composiciones174. Esta disposición a financiar la escritura de nuevos libros de canto es más meritoria por cuanto, a la sazón, la crisis económica afectaba a las arcas catedralicias con virulencia. La devaluación de los bienes inmuebles y sus alquileres, entre otros muchos factores, afectaban de forma contundente a los ingresos de la Fábrica. Tanto fue así que, cuando el 23 de junio de 1690, desde la Iglesia de Alcalá de Henares remitieron una carta refiriendo la aprobación papal del rezo de los Santos Justo y Pastor, festividad del 9 de agosto, los capitulares tuvieron serias dudas sobre su aceptación, al no ser precepto. Por ello dispusieron que la Diputación de Ceremonias se reuniera de nuevo, para madurar una decisión. Sin duda, detrás de estas reticencias se encontraba una causa económica: los dispendios inherentes a la confección de un libro de canto para cubrir dicha festividad, debido a los «graves empeños de la Fábrica»175. Solo cuando, transcurridos nada menos que diez años, el 7 de agosto de 1699, un devoto decidió sufragar los gastos para la escritura de «tres libros de Coro de oficio y misa de los Santos Mártires Justo y 173 ACS, 7127, ff. 60v, 129r-v y 134v. 174 ACS, 09526, ff. 1v-2r, 3v, 4v y 5v. 175 ACS, 7128, f. 67v.
102 Pastor (…), los cuales estaban presentes en la Sala Capitular, y que estaban ejecutados con la mayor perfección y primor que cabía, en láminas, letra y punto», fueron incorporados al repertorio de canto llano. Solo restaba que el Maestro de Ceremonias, José de Soto, perfeccionara unas letras iniciales que les faltaban. Después, debían asentarse en el inventario y ser situados en su lugar. El Cabildo encomendó a la Diputación de Ceremonias transmitir su agradecimiento al devoto176. Lamentablemente, no se conoce ni el nombre del mismo, ni a quién o a quiénes encargó la escritura de estos, probablemente, últimos libros agregados a la Librería Coral en el siglo XVII. Pese a la situación económica, que impedía o dificultaba la creación de nuevos libros, los capitulares no se olvidaban del mantenimiento de los ya existentes. José de Soto realizó en las últimas décadas importantes trabajos de reparación de libros. En 1699, como se verá, percibió la importante cantidad de 17.218 maravedís por el aderezo de libros177, labor que, acaso, no debió siquiera de interrumpirse, dado que, el 2 de marzo de 1700, el Cabildo encargó a la Fábrica que se repararan los salterios del Coro178. Por lo tanto, aunque, por desgracia, no se cuenta en el siglo XVII con inventarios de los fondos de libros de canto llano, gracias a las noticias proporcionadas por las fuentes documentales puede hacerse un seguimiento de su ubicación, así como estimar su estado de conservación y vislumbrar las incorporaciones que recibieron. Este punto será abordado pormenorizadamente en su lugar. 176 ACS, 7133, f. 58v; MARCHENA 2018, p. 97; libretos 22 A y 22 B, 122 177 ACS, 09540, f. 7v. 178 ACS, 7133, f. 15r.
103 Fig. 9. Coro de la Catedral de Sevilla. Fig. 10. Facistol del Coro Catedralicio Hispalense.
104 Fig. 11. BNE. Inicial habitada correspondiente con el Primer cuerpo Dominical Oficiero para el servicio del Coro del Monasterio de la Encarnación, ya desaparecido, escrito por Miguel López de Arellano a fines del siglo XVI.
105 Fig. 12. Inicial hisoriada del Común de Confesores no Pontífices, siglo XVII. Sacado de VVAA, La Catedral de Sevilla, p.530.
112 Orden del Carmen para que no diera licencia a Santiago para salir de Sevilla hasta después de Navidad, habida cuenta de que le habían encargado dicha festividad. Al mismo tiempo, daban diligencias para que se trajera al caponcito que había señalado. Transcurridos dos días, el Cabildo determinó que las chanzonetas de Navidad y Reyes del año 1616 fueran las dadas por Francisco Santiago y que los seises acudieran, hasta la fecha, a aprender y ejercitar la pieza, yendo, si éste no pudiera acudir a la Catedral, al Colegio de San Alberto para ello206. Ya en el año 1617, transcurridas esas fiestas, se llamó, el 9 de enero, para determinar la remuneración que le correspondía por el trabajo realizado para las mismas, así como por haber enseñado a los seises. Igualmente, habrían de decidir si lo recibirían para «el gobierno de la Música». Tres días después, el 11 de enero, se votó por habas en el Cabildo, determinándose que Santiago ejerciera el magisterio de capilla mientras la salud de Lobo no mejorase, y nombrándolo sucesor en el mismo «en muriendo éste». Se decidió, además, otorgarle un salario de 400 ducados anuales mientras viviera Alonso Lobo, a contar desde inicio del presente, así como una ayuda de costa de 100 ducados, por una vez, por los trabajos hasta entonces realizados desde octubre. Por fin, el Maestro Lobo murió, como se ha dicho, el 5 de abril de 1617. Ese mismo día los capitulares, reunidos, decidieron no asistir a su entierro y, por el contrario, organizar a su propia costa un sepelio más adecuado, «atento a la pobreza con que el dixo Lovo murió», al que debían asistir veinteneros y capellanes de Coro. Para organizarlo se cometió al racionero Pedro Mejía. También mandaron al Mayordomo de Fábrica que le señalara una sepultura dentro del recinto catedralicio. Pocos días después, el 12 de marzo, ordenó el Cabildo, como era costumbre, que se «saque memoria en la Contaduría de esta Santa Iglesia de todos los libros que hay de canto de órgano viendo los que hoy hayan de ser y los que faltan para que se cobren, y de todos se haga entrega de ellos por inventario» al Maestro Santiago. Sin embargo, parece que estas disposiciones no debieron de cumplirse, dado que el día 11 de octubre se reitera la orden capitular: que el Mayordomo de Fábrica tome en la Contaduría el inventario de libros de canto de órgano e instrumentos, procurando recuperar lo que faltase, «de donde se tuviese noticia que está»207. Parece que el descontrol sobre los 206 ACS, 7096, ff. 111r, 113v, 144v, 145r y 145v. 207 ACS, 7097, ff. 1v, 2v, 21v, 25r y 66v.
113 fondos librarios de canto de órgano se había acrecentado, tal vez, debido a los problemas derivados de la larga enfermedad del Maestro Lobo. La noticia de este inventario, conservado en el Archivo de la Catedral, está presente, asimismo, en el libro de Salario 325, en el que, en una nota al margen en el folio 155r, puede leerse: «En 12 de octubre de 1617, mandó el Cabildo que los señores contadores hagan sacar una memoria de todos los libros de canto de órgano e instrumentos de ministriles que tiene la Iglesia para que se vea si están algunos [extraviados?] y esos se cobren, y todos se entreguen por inventario al Padre Fray Francisco de Santiago, maestro de Capilla de la Catedral»208. A pesar de este patente interés del Cabildo por controlar sus libros e instrumentos de polifonía, parece que algunos de ellos se hallaban dispersos, sin que se supiera en manos de quién, por lo que se hacía preciso averiguarlo y recuperarlos. Además, hay que tener en cuenta que desde la primera orden hasta esta segunda han pasado nada menos que ocho meses, si bien es cierto que el propio Maestro Santiago recibió licencia de dos meses para ir a por sus propios libros y papeles de música el día 5 de junio de 1617209. No obstante, de nuevo, existe una dilación importante, dado que, por fin, el inventario y preceptivo traspaso de los libros a Santiago se realizó en 1618. Aparecen dos inventarios, de los que el primero es una suerte de borrador, escrito con tinta tenue y sin solemnidades, en medio del cual, en el reverso hay una carta de Diego de la Cruz, en la que muestra sus agradecimientos al Maestro de Capilla. Al final del mismo se expresa la fecha, al indicar que un cierto número de los mismos están en «el seruiçio del Sagrario en 16 de mayo de 1618». A continuación, aparece la «Memoria de la librería de can- to de órgano que está a cargo del Padre maestro Sanctiago, maestro de Capilla de la Sancta Yglessia de Seuilla»210. Se trata, según parece, del inventario “en limpio”, aunque no aparece su fecha, por lo que solo se puede deducir que el traspaso de los libros de canto de órgano se produjo en algún momento posterior al 16 de mayo del año 1618. Como se verá, el número de los mismos es menor con respecto al borrador, ya que, como señala Ruiz Jiménez, los libros que aparecen destinados al servicio del Sagrario serían desechados para el uso ordinario y dedicados a la docencia del canto, que se impartía en ese mismo lugar211. 208 ACS, 09665, f. 155r. 209 ACS, 7097, f. 36v. 210 ACS, 06998, ff. 92r-95v. 211 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 24.
114 El Maestro Santiago hubo de solicitar la debida autorización al Comisario General de la Orden para pasar al servicio de la Catedral212. Según José Enrique Ayarra, no recibirá la dispensa papal hasta julio de 1618213, solicitada por el propio Cabildo un mes antes214. Sin embargo, todavía el 26 de enero de 1622 los capitulares ordenaban escribir todas las cartas necesarias a Roma para que se permita a Santiago sirva en hábito clerical. A partir de 1619 se haría cargo plenamente de los seises, según auto capitular del 3 de octubre de 1618 en el que se determina que «se le entregue toda la ropa por inventario (…) y que desde entonces se le libre lo que le toca por razón del dicho cargo de los seises (…) y le mandaron entregar un tanto del orden que el Cabildo tiene dado acerca de la enseñanza, trato y sustento de los dichos seises y que el Secretario le notifique le cumpla como en él se contiene». Al parecer, era una obligación del Maestro de Capilla encargarse de la impresión de las chanzonetas que había de componer para las fiestas de la Concepción, Navidad y Reyes, lo que hacía a costa propia. Sin embargo, las cargas inherentes al oficio llevaron, por primera vez en esta centuria, al Maestro Santiago a pedir ayuda de costa por este motivo. El asunto se abordó en reunión capitular el 5 de marzo de 1622, cuando se llamó para ver si se le concedería alguna ayuda por los gastos de esta naturaleza de los últimos seis años. Cinco días después, el 10 de marzo, el Cabildo decidió concederle 6.800 maravedís por una vez a costa de la hacienda de la Fábrica. Conforme avance el siglo, las peticiones de ayuda de costa por esta razón se harían habituales. En este mismo sentido de estado de carestía puede entenderse la pretensión del Maestro Santiago de desembarazarse del cuidado de los seises, lo que fue aceptado por el Cabildo el 23 de diciembre de 1622, nombrando maestro de seises al organista Andrés Martínez con las mismas condiciones que sus predecesores215. Igualmente, la solicitud de un aumento de salario: pese a no obtener el quórum para ser tratado en Cabildo el 12 de enero de 1624, fue dispensado, y, tras votarse verbalmente el 22 del mismo, se le otorgó un aumento de 30.000 maravedíes de la hacienda de la Fábrica, con obligación de solicitarlo cada año, siendo gracia del Cabildo. De hecho, esta dispensa no se repitió al año siguiente216. Parece que los canónigos no estaban dispuestos a “institu- 212 ACS, 7097, f. 2v. 213 AYARRA 1984, p. 710. 214 ACS, 7097, f. 104r. 215 ACS, 7099, ff. 95r, 102v, 103v, 131r, 146v 156r y198v. 216 ACS, 7100, ff. 2r, 4r y 75r-v.
115 cionalizar” el aumento de salario del Maestro de Capilla, aunque debían comprender la necesidad de una mayor remuneración, por lo que en años sucesivos optaron por la vía del aguinaldo, entregándose esa misma cantidad por este concepto, como sucedió en 1627, 1628 y 1629 no sin dificultades. En otras ocasiones, el Cabildo se negó a concedérselo, como ocurrió en 1625217 y 1633. El interés del Cabildo por las ceremonias que se celebraban en las distintas fiestas de su calendario es notorio. Es lo que se desprende de la decisión adoptada en la reunión del 9 de enero de 1634 por la que se obligaba al Maestro de Capilla, a partir de entonces, a depositar los villancicos de Pascua y Concepción dos meses antes de la fecha, al objeto de que previamente a que se cantaran, fueran impresos y «se reformara en ellos lo que no fuere muy decente y biensonante». Además, se cambió, aparentemente, la política de impresión de estas obras, pasando de ser cuestión del propio Maestro a ser competencia del Cabildo, quien se encargaría de encontrar un impresor. Por último, se declaró que, en caso de que los villancicos no fueran de la satisfacción de los capitulares, o no los hubiera, «se busque los que fueren en los archivos y esos se canten»218. El movimiento continuo de cantores y músicos que entraban al servicio de la Catedral o finalizaban en el mismo, así como las fiestas y ceremonias que se llevaban a cabo por todo el inmenso espacio de la Seo y fuera de ella, a pesar de las continuas prohibiciones reiteradas por el Cabildo, debía ser un caldo de cultivo perfecto para el descontrol de los elementos necesarios para llevarlas a cabo, su pérdida y extravío. Ello a pesar de las cautelas que formaron parte de la política de los capitulares para con sus libros e instrumentos. Es en este contexto en el que ha de entender un inquietante auto capitular recogido el día 18 de febrero de 1628: «…cometieron a los oficiales de Fábrica hagan información del estado de todos los instrumentos y libros de canto de órgano que tiene la Fábrica de esta Santa Iglesia, y que se informen si han faltado algunos y de las personas por cuyo descuido han faltado, y de todas las demás cosas que en orden a esto pudieran averiguar, y de todo hagan relación al Cabildo»219. No se han localizado más noticias acerca de las averiguaciones que debieron de realizar los oficiales de Fábrica comisionados al efecto, pero esta noticia da muestra 217 ACS, 7102, ff. 72v, 100v, 230v y 308r. 218 ACS, 7103, ff. 1v y 3r. 219 ACS, 7102, f. 239r.
116 tanto del mencionado descontrol de libros e instrumentos como de la suma importancia que a ellos concedía el Cabildo Hispalense. Fue durante el ejercicio de Santiago cuando el Cabildo se decidió a crear un Colegio-Seminario llamado de San Isidoro, al igual que el conocido como Colegio del Cardenal. Esta idea había sido propuesta ya en 1619, dado que se juzgaba que la dispersión de los elementos de custodia y docencia de los seises era más onerosa para las arcas del Cabildo que unificarlas en una institución de ese tenor. En dicha propuesta, realizada por el que, a la sazón, era secretario del Cabildo, Baltasar de Salablanca, se asegura que «la Magestad y grandeza con que esta Santa Iglesia cumple en las ceremonias del culto divino es tan grandiosa que con verdad podríamos decir que en lustre y esplendor excede a las demás de España, por lo que le producía dolor y aun ofensa el pelaje y falta que tienen en educación y crianza los muchachos (…) por no vivir en Seminario». El planteamiento se basaba, entre otras razones, en la señalada carestía del sistema utilizado. Así, asegura que se gastaban al año 2.000220 ducados en el sostenimiento de los seises, a lo que se suma la provisión de la Cátedra de Canto de Órgano, que, con el salario del Maestro se acercaban a los 4.000 ducados, que «Colegios Mayores de Universidades no le han tenido». Incluso propone como lugar para su establecimiento la casa del canónigo Hernando de Mexía, con lo que se tendría dentro del Colegio de San Miguel las cátedras de Gramática y Canto, no siendo necesario traerlos de fuera. La inteligencia de este proyecto se alarga hasta después de la estancia de los seises en el Colegio, ya que aquellos con mejor voz podrían ocupar las capellanías de Coro, las veintenas o ser músicos de la Capilla, y los que mostrasen mayor disposición al estudio podrían aspirar a los curatos221. Al parecer, la fundación se produjo en 1634, pero fue el día 26 de septiembre de 1635 cuando, tras escuchar la relación de la Diputación Secreta, los capitulares ordenaron que el Chantre, quien había contribuido a su fundación, nombrase en su nombre a treinta y dos colegiales, siempre y cuando diez de ellos hubieran servido previamente en la Catedral. Al menos seis de esas plazas debían darse a sujetos foráneos de Sevilla y su Arzobispado y, en el futuro, el Cabildo nombraría a las dos terceras partes de los becarios, sorteándose entre los prebendados. El tercio restante sería provisto por el Chantre, conforme fueran vacando, a razón de dos el Cabildo y uno él, tras presentarlo ante los capitulares, que deberían aprobarlo. Además, se asegurarían de que los cole- 220 Es decir, 750.000 maravedís. 221 ACS, 7098, f. 58v.
117 giales no fuesen hijos de padres que «tengan o hayan tenido oficio bajo», de lo que se encargaría el visitador del colegio. Asimismo, debería el Chantre nombrar un tercio de las veintenas de entre los colegiales, como había apuntado Salablanca en su propuesta, marcando un cursus honorum, siendo otros cargos provistos de entre ellos, como «las cuatro plaças de encomendador mayor y tres mancebos de encomendar del Coro». Se decidió, igualmente, dar una nueva constitución al colegio, en virtud de la bula papal recibida al efecto, que debía ser enviada a Roma para su confirmación por el Pontífice. El Licenciado Cantero, a la sazón, rector del Colegio, quedaba relevado, dado que aunque era «persona muy benemérita y virtuosa», no pertenecía a la Catedral ni «era criado de ella», por lo que se mandó informar para nombrar a alguien más adecuado. Se decidió, como hubo indicado Salablanca en 1619, que los seises vivieran en el colegio por «conveniencia a favor de la Fábrica». Además, se encargaba nombrar a un administrador para los ingresos que los seises obtuvieran por otros servicios, y dotar al colegio con media ración para su sustento, de manera que con estos fondos no les faltara comida ni ropa blanca o calzado, ni nada que necesitaran, «sin dependencia de sus padres ni otras personas algunas que les toque, pues tienen bastante hacienda para ello». Por último, se establecía que el Maestro de Capilla había de acudir allí a impartir sus lecciones por el tiempo que el Cabildo le mandare, extendiendo sus clases al resto de colegiales. Parece que las previsiones del Cabildo no se cumplían con la diligencia pretendida, dado que, solo dos años después, el 5 de octubre de 1637, por auto capitular se ordenaba al visitador del Colegio, Juan Mateos Álvarez, que buscara un maestro y ayo para los seises. Este puesto había sido ocupado por Juan Manuel de Dueñas, que tenía un servicio de Coro, desde el 18 de enero de 1636, para «enseñar y repasar a los seises y hacer oficio de aio». Se encargaba de llevarlos a la Catedral y a todas las fiestas, con un salario de 13.600 maravedís, y había sido apercibido para que cumpliera puntualmente con sus obligaciones, insistiéndose en la necesidad de la observancia de los autos dados en razón de que se hiciera cada semana ejercicio de cantores y ministriles en el colegio, «sin que en esto haya falta alguna», en el lugar designado por el visitador; se nombraba apuntador, debiendo dar cuenta «porque su señoría sepa cómo se cumplen sus órdenes y mandados». Además, se tomó en consideración revisar las obligaciones docentes del Maestro de Capilla, teniendo en cuenta que los seises contaban con un maestro en el propio colegio. Finalmente, fue nombrado como maestro de seises Bernardo Rodríguez,
118 ministril, el 12 de febrero de 1638. Este nombramiento no era, sin embargo, del agrado del Cabildo, debido a que se trataba de un seglar, al punto de que había sido provisto para el cargo Juan de Quesada. No obstante, éste envió una carta desde Berlanga, leída en reunión capitular de 25 de febrero de 1638, en la que solicitaba al Cabildo le nombrara vicerrector del colegio y le encomendara el gobierno del compás en ausencia del Maestro de Capilla. Sus peticiones fueron rechazadas222. Sin embargo, no hay noticias de que el cargo fuera ocupado por un clérigo hasta 1642, cuando se dio licencia de quince días a Gonzalo Torres, capellán de Coro223. En el mismo auto capitular en el que se rechazaron las peticiones de Juan de Quesada, entre las razones aducidas por el Cabildo se encontraba la previsión de que el encargado de substituir al Maestro de Capilla fuera el racionero y cantor contralto Manuel Correa, lo que había sido establecido por los capitulares el 23 de abril de 1635. Se determinó el orden que habría de seguirse: en caso de su ausencia, los racioneros por orden de antigüedad y, si faltaran todos, el cantor cura más antiguo. Seguramente debió de ejercer la substitución ese mismo año, dado que el maestro Santiago pidió licencia para salir de Sevilla «para componer papeles del Servicio de la Iglesia», el 5 de julio. Meses después, el propio Correa recibió dispensa de quince días para componer las chanzonetas «por enfermedad del Maestro de Capilla», el 7 de noviembre de 1638. El Maestro Santiago había estado enfermo anteriormente, como se desprende del auto capitular de 26 de julio 1635, cuando recibió una ayuda de costa de 1.360 maravedís por lo «trabajosa y costosa que le ha sido esta enfermedad»224. En esta ocasión consiguió curarse, dado que no se recogen más noticias al respecto. A partir de 1638 Santiago estaría enfermo hasta su muerte. De él se conservan en la actualidad en el Archivo Catedral de Sevilla, como apunta José Enrique Ayarra, algunos Responsorios de Jueves y Viernes Santo y el motete Conceptio tua, que muestran, según el mismo, un pleno barroquismo «tanto por la libertad y espontaneidad de su contenido como por la omnipresencia del grupo instrumental acompañando las voces»225. Parce que se ha superado ya el estilo de transición desde el renacentista de Francisco Guerrero, aún presente en la obra de Alonso Lobo. 222 ACS, 7104, ff. 3r, 36v, 46v, 73r, 89v, 90r, 92r y 136r. 223 ACS, 7105, f. 367r. 224 ACS, 7104, ff. 16r, 20v, 105v y 126r. 225 AYARRA 1984, p. 710.
119 La larga convalecencia del Maestro Santiago causó no pocos inconvenientes al correcto desempeño del culto catedralicio, lo que movió a los capitulares a tomar una serie de medidas. Las referencias a su incapacidad son recurrentes en los autos capitulares. Como se ha apuntado, el cantor contralto Manuel Correa hacía las veces de Maestro de Capilla, trabajo por el que le fueron concedidos 11.250 maravedís a costa de la Fábrica el día 2 de febrero de 1639, sin que pudiera pedir más226. No obstante, esta situación no debió de ser estable, ya que, transcurridos más de dos años, el 7 de julio de 1641, se dispuso que el Maestro recibiera la remuneración correspondiente sin acompañar a los músicos en las fiestas, «atento a los achaques» que padecía. Ese mismo día, en otro auto, a petición del canónigo Spínola, el Cabildo ordenó ver qué medidas podían tomarse para asegurar el buen servicio del culto. Dichas medidas, si se adoptaron, no debieron de ser demasiado eficaces, dado que, transcurrido un año, el canónigo Alonso Gómez de Rojas volvió a denunciar la «falta que ay en la música y en el servicio del Coro (…) con no aver Maestro de Capilla», y pidió que se tratase en el Cabildo sobre la situación. Como consecuencia de ello, ese mismo día 7 de julio de 1642, se ordenó a los oficiales de Fábrica que fueran a hablar con el Maestro Santiago y «recojan los papeles de música, que tiene muchos y trabajados, y cuidar dejarlos al Cabildo», mandamiento que se repitió el 21 del mismo mes. Estas disposiciones muestran el aprecio y la preocupación de los capitulares por asegurar la conservación y custodia de su repertorio musical, haciéndose cargo ellos mismos de aquél. Pese a las cargas que esta situación acarreaba, el Cabildo procuró asistir al Maestro Santiago, quien, a lo largo de 1642, quedó recluido en su lecho, no pudiendo prestar ningún servicio. Así, durante este tiempo se trató en diversas reuniones la posibilidad de retirar la remuneración a Santiago, cosa que finalmente no se hizo, otorgándole 8.000 reales el 27 de julio de 1642. Transcurridos casi dos meses, el 19 de septiembre, el Mayordomo del Comunal de nuevo hizo referencia a la necesidad de proveer un Maestro de Capilla, proponiendo como interino a Palacios. Esta propuesta fue aceptada al poco, el mismo día ― 3 de octubre― que el arcediano de Reina Jerónimo Zapata, insistía en el problema recordando que Manuel Correa había actuado como substituto del Maestro de Capilla en ausencias, pero que la situación era ya de incapacidad total, por lo que se hacía necesario proveer el cargo. Después de discutir la conveniencia de dicha proposición, finalmente se admitió, ordenando que fuera Manuel Correa quien hiciera 226 ACS, 7104, f. 139r.
120 las veces de Maestro de Capilla, por auto de 27 de octubre de 1642227. Por lo tanto, la interinidad de Palacios, que posteriormente ejerció de Maestro de Seises, debió de ser muy breve, apenas veinticuatro días, o siquiera llegar a producirse. Efectivamente, será Manuel Correa quien aparezca en las siguientes noticias «haciendo oficio de» Maestro de Capilla, incluyendo la composición de chanzonetas de Pascua. La inestabilidad de estas medidas supletorias se pone de manifiesto con autos capitulares como el acordado en 24 de julio de 1643, en que se mandó que el maestro de capilla del Convento del Carmen,,Fray Jerónimo, acudiera vísperas y luego tañera el órgano y gobierne la capilla «en lo que le pareciere». La situación del Maestro Santiago y los vaivenes en su suplencia en el oficio propiciaron, sin duda, un correlativo descontrol y desorden de los fondos bibliográficos, partituras y composiciones de la Capilla Musical, pese a las disposiciones que en ese sentido se tomaron el año anterior. Así, el 14 de agosto de 1643 se ordenó que los papeles y libros de música que «se están poniendo en orden», una vez terminada dicha tarea, fueran entregados nada menos que al Deán, lo que pone a las claras el alto aprecio que a dicho patrimonio musical dispensaba el Cabildo. Sin embargo, de estos trabajos de ordenación no se ha encontrado nada más, ni quién o quiénes lo estaban realizando, ni dónde. Tampoco hay más referencias a la recepción por parte del Deán de los libros y papeles de música, si bien, posteriormente, se entregarían por inventario al nuevo Maestro de Capilla. Debido a estas circunstancias, el Cabildo se vio obligado a nombrar un nuevo Maestro de Capilla, pero sin dejar desprovisto a Santiago, el 11 de noviembre de 1643: «Este día, llamado el Cabildo para determinar todo lo que pareciere más conveniente en racón de Maestro de Capilla por estar enfermo Fray Francisco de Santiago más de tres años y suspendido, con enfermedad de parlesía228 se votó si se dilataría este llamamien- to por aora o se trataría de él y salió determinado por mayor parte que se trate del luego se voto yn voce lo que sería bien si le diese algo a padre Fray Francisco de Santiago supuesto que se trata de nombrar Maestro de Capilla, atento a la mucha necesidad que ay de él y salió por mayor parte de votos verbales que se le den ocho mil reales atento a los muchos años y lo bien que a servido el dicho oficio de Maestro de Capilla y que esta tan enfermo que en la cama donde esta no se puede rebolver, si no tiene quien le ayude, y 227 ACS, 7105, ff. 128r, 150v, 154v, 297r, 380r, 402r, 438r, 455r y 475r. 228 RAE, perlesía: privación o disminución del movimiento de partes del cuerpo; debilidad muscular producida por la mucha edad o por otras causas, y acompañada de temblor.
121 que a menester el regalo y quien le sirva y le cure como es raçón y que se ponga luego edictos para desde primero diciembre de este año con termino de setenta días para proveer el dicho magisterio y que se envíen a todas partes para que vengan opositores a él». Como puede comprobarse por este elocuente auto que resume y aclara la convalecencia de Fray Santiago, la preocupación del Cabildo iba acrecentándose ante las dificultades que presentaba la situación. Por ello, sin olvidarse del cuidado del Maestro Santiago, al que de nuevo otorgaron 8.000 maravedís para ello, decidieron nombrar un nuevo Maestro de Capilla. Dicho puesto recayó, sin que haya noticias de oposiciones, en Luis Jerónimo Jalón, que por entonces se encontraba en Toledo, mandando que se le escribieran cartas notificándole su nombramiento para que acudiera a Sevilla a tomar posesión, con el mismo salario que su predecesor, por auto fechado en 14 de diciembre de 1643. Ya en enero de 1644, tras un intercambio epistolar, el Cabildo mandó dar 75.000 maravedís al nuevo maestro para su viaje. El Maestro Jalón se encontraba ya en Sevilla, al menos, en marzo, dado que el día 8 del mismo el Cabildo ordenó que ganara los manuales como los prebendados, y se llamó para determinar respecto de un futuro aumento de 75.000 maravedís, una vez muerto el Maestro Santiago. Posteriormente, ese mismo día, en cabildo extraordinario, se determinó conceder dicho aumento, pero solo después de la muerte de Santiago, al que se le entregaban 8.000 maravedís para sus atenciones. Sin embargo, dados los costes del traslado, se mandó prestarle 112.500 maravedís, que se irían descontando de su salario, y se le otorgaron otros 18.750 en ayuda de costa para el «traer su casa»229. De la misma manera, ese día 8 de marzo se realizó un inventario de los fondos musicales, en presencia del contador de la Fábrica Ángel de Aguirre y el notario de la misma, Luis de Herrera, para su entrega y traspaso de custodia al Maestro Jalón. Este interesante inventario que, como afirma Ruiz Jiménez230, ofrece valiosos datos sobre la finalidad y uso de algunas de sus piezas, será analizado en un epígrafe dedicado al asun- to. Jalón había desempeñado una carrera itinerante, probablemente siguiendo a su pariente, el organista Pedro Jalón, quien aparece en los diferentes destinos en los que se empleó el Maestro de Capilla. Antes de trasladarse a Sevilla, Bernardo Jalón fue Maestro de Capilla en el Monasterio de la Encarnación de Madrid hasta 1623, posteriormen- 229 ACS, 7106, ff. 2v, 11v, 51v, 55r, 74v y 78r. 230 RUIZ JIMÉNEZ 2007, pp. 24-25.
128 Maestro de Capilla Miguel Tello no se cante». Al parecer, los capitulares no estaban dispuestos a corresponder a Tello tras su desplante. Definitivamente, Xuárez llegó a Sevilla el 18 de julio, día en que el Cabildo ordenó que se le librara la misma ayuda de costa que se le entregó en su día a Tello. Poco después, se mandaba que le fueran apuntadas las horas; y, más tarde, recibió la oportuna licencia para la composición de villancicos. Ya en 1676, tras recibir la ayuda de costa sólita por la impresión de los villancicos de Concepción y Navidad, se encargó junto al Sochantre de poner en punto de canto el rezo y misa de Nuestra Señora del Carmen, buscando la Fábrica quien lo escribiera a su costa, por auto capitular de 17 de julio258. A lo largo de los siguientes años las noticias son las habituales: concesión de licencias y ayudas de costa para la composición e impresión de los villancicos. Por fin, en el año 1684, como refiere José Enrique Ayarra259, el Maestro Xuárez decidió marcharse de vuelta a Cuenca, donde moriría en junio de 1696. Al parecer, sufría una enfermedad renal, para cuya cura los médicos le recomendaron marcharse de Sevilla260. Dicha marcha queda reflejada en los autos capitulares, dado que el Cabildo, siguiendo con su tradición de control de la custodia de sus fondos librarios, se preocupó, el 12 de abril de 1684, de que se solicitara al Maestro de Capilla que «antes que se vaya, entregue los papeles que hubiere sacado del Archivo de la Música, así como todas las obras que hubiere hecho en el tiempo que ha estado en esta Iglesia». Mandato reiterado pasadas algo más de dos semanas, cuando se ordenó, el 28 de abril del mismo, que «todos los papeles de música, así de misas, motetes, como otras cosas que hubiere hecho el Maestro de Capilla Xuárez, los archivistas soliciten se los entreguen, y que los de Fábrica hagan vuelvan al Archivo de la música los que hubiere sacado él»261. Da fe de que se cumplió dicha resolución el listado de «obras del señor maestro Alonso Xuárez» que se recoge en el antedicho inventario262. Las diligencias para proveer el Magisterio de Capilla llevaron algún tiempo, en el que Juan de Bonifaz, cometido para ello, «habiendo hecho muy grandes diligencias», propuso al Cabildo el nombramiento de José Sanz. Éste era hermano de Juan Sanz, que había sido anteriormente racionero organista en la Seo Hispalense, y que por entonces 258 ACS, 7121, ff. 7v, 29r, 30r, 32v, 34r, 50r, 54r y 85v. 259 AYARRA 1984, p. 710. 260 FUENTE 2012, p. 8. 261 ACS, 7125, ff. 18r y 24v. 262 ACS, 09739, f. 235v.
129 era segundo organista en la Capilla Real. El Cabildo tuvo a bien nombrarlo por Maestro de Capilla el 19 de enero de 1685, en las mismas condiciones que Xuárez, incluyendo la ayuda de costa para el traslado263. No obstante, la toma de posesión nunca llegó a producirse y, poco después, se volvían a colocar edictos para la oposición al cargo264. Los problemas para encontrar un candidato idóneo continuaron, ya que los edictos expiraron y los capitulares votaron una prórroga el 11 de junio de 1685 para dilatar la provisión hasta octubre del mismo, lo que se aprobó por mayoría de treinta y nueve habas blancas contra diez negras265. Más tarde, propuso Bonifaz a Francisco de Sanz, aunque este rechazó el cargo. Por último, los capitulares se decidieron por nombrar a Diego José de Salazar, que terminaría por ser el último maestro de capilla del siglo XVII, pues su magisterio alcanzaría hasta 1709, en que falleció como consecuencia de la peste que asoló la ciudad. Como legado suyo, cuenta el Archivo de la Catedral con varias obras266. Maestro de Capilla de Estepa, debió de ejercer previamente como maestro interino, dado que en el auto del 26 de noviembre de 1685 se refiere la «habilidad que ha manifestado en los días que ha regido la Capilla», así como los informes favorables que de él se obtuvieron. Además, teniendo en cuenta la difícil situación económica y los inmensos gastos que había producido la obra de reforma de la Librería, se valoró que serviría «con el magisterio solamente y con 17.000 maravedís de ayuda de costa que el Cabildo le diere para traer su casa». Fue elegido por una abrumadora mayoría de cuarenta y cuatro habas blancas contra cinco negras267. Su llegada debió de dilatarse por algún tiempo, pues no recibió el traspaso de la custodia de la Librería de Canto hasta el 9 de julio de 1686, de lo que da fe Diego José de la Torre268. Poco después, esta precaria situación financiera que aquejaba a la Seo Hispalense llevó a los capitulares a tomar la decisión de no proveer el cargo de Maestro de Ceremonias para el año siguiente «para que se ahorre su salario», y, transcurridos trece días, el 29 del mismo, se determinaó que los aumentos de salario y ayudas de costa «sean materia de gracia y se voten, siendo rechazadas con un haba negra, durante tres años». 263 ACS, 7126, f. 3v. 264 AYARRA 1984, p. 710. 265 ACS, 7126, f. 73r. 266 AYARRA 1984, p. 711. 267 ACS, 7126, f. 135v. 268 ACS, 09739, f. 241r.
130 Ya en 1686, el 11 de febrero, la Diputación de Ceremonias dio cuenta al Cabildo de cómo Salazar había compuesto el Oficio de San Rafael a canto llano, y Andrés González, maestro de canto llano del Colegio, los himnos de San Emeterio y San Celedonio, «y que era necesario escribirlos para uso del Coro». De ello se encargaría Juan Díaz, sochantre de Santa María La Blanca y, «para que fuese escrito con buena letra y la ortografía que debía», intervendría Adrian del Ossu, Maestro de Ceremonias interino. La Capilla Musical realizaba salidas habitualmente en fechas señaladas, para lo que debía transportar los libros de canto de que hacía uso en las mismas. Las noticias sobre ello son abundantes entre los autos capitulares, en los que se daba licencia para aquéllas. En este sentido se enmarca la orden dada por el Cabildo para que el visitador del Colegio se informara sobre quién debía «llevar el libro de canto de órgano cuando el Cabildo sale fuera en procesión»269. No debía ser un asunto menor, a tenor de las constantes llamadas de los capitulares para la correcta custodia de sus fondos. Como era habitual, Salazar recibía las acostumbradas licencias y ayudas de costa para la composición e impresión de los villancicos. Sin embargo, su remuneración era menor que en los anteriores casos, pues el 23 de abril de 1687 pidió el «aumento de salario que han tenido sus antecesores», lo que le fue denegado270. Durante los siguientes años percibió los 10.200 maravedís acostumbrados como ayuda de costa para la impresión de los villancicos. La condición de avezados compositores y expertos músicos de los maestros de Capilla hacía que fueran requeridos por el Cabildo para conocer su opinión. Así sucedió el 19 de diciembre de 1698, cuando se cometió al canónigo Juan de Loaysa para que junto a Salazar, el Maestro de Canto Llano del Colegio de San Isidoro y el Sochantre, determinaran si era procedente imprimir un libro de canto llano dado por Fray Diego de Velasco, de la Orden de la Santísima Trinidad Calzada271. Lamentablemente no se han hallado más referencias al asunto. Con Salazar la Capilla Musical ve finalizar el siglo, en el que, si bien ya no se alcanzaron tan altas cotas de fama internacional, la misma continuó con su evolución barroca, contando con algunos maestros de renombre. El Cabildo, como se ha podido comprobar, mostró durante todo el periodo un afanado interés por mantener a buen recaudo sus fondos musicales, realizando inventarios de los mismos. A pesar de la fuerte 269 ACS, 7126, ff. 17v, 21v, 133r y 140r. 270 ACS, 7127, f. 45v. 271 ACS, 7132, f. 152v.
131 crisis económica que azotó, mediada la centuria, a toda la Monarquía Hispánica y a Sevilla en particular, se realizaron importantes esfuerzos para atraer a los mejores candidatos a ocupar el Magisterio, y se libraron puntualmente las cantidades para la impresión de los villancicos que cada año componían los maestros. 3. 2. Fondos de la Capilla Musical 3. 2. 1. Inventario I 1603, marzo, 7, Sevilla. Inventario de la librería de canto de órgano redactado ante el notario apostólico Hernando de Torres. A.C.S. 06998. 90r-v. Memoria de la librería de canto que está a cargo de Ambrosio Cotes, maestro de Capilla de la Santa Yglesia de Seuilla. En el Sagrario: 1. 1. Primeramente vn libro grande de pergamino guarnesido de seis misas de Jusquin [Des Près]. [Está en el servicio del Sagrario] 2. 2. Otro libro grande de pergamino con tablas de cinco [misas] del maestro Francisco Guerrero. 3. 3. Otro libro grande de seis missas del maestro Francisco Guerrero, çinco de a quatro y vna de a çinco. 4. 4. Otro libro grande de çinco missas del maestro Francisco Guerrero dos y otras dos del maestro [Alonso] Lobo y una de a seis de [Francisco] Guerrero. 5. 5. Otro libro de pergamino de seis missas breves de [Cristóbal de] Morales de otros auctores. 6. 6. Otro libro grande de pergamino de quatro missas de Jusquin [Des Près]. 7. 7. Otro libro de Gregorio de la Selle, maestro del Rey, de papel de marca grande de siete misas a quatro de a çinco y dos de a seis y vna de a siete.
132 8. 8. Otro libro ynpresso del maestro Francisco Guerrero, de papel de marca grande de ocho missas, vna a seis y dos de a çinco y çinco de a quatro, impreso en Roma. 9. 9. Otro libro de Philippo [Rogier] maestro del Rey, impreso de papel de marca grande de seis missas, dos de a quatro y vna de a çinco y dos de a seis y vna de a siete. 10. 10. Otro libro azul de mizas y motetes y prossas de diferentes auctores, que está en la Antigua, es de pergamino. 11. 12. Dos libros de [Cristóbal de] Morales enquadernados en vn cuerpo de mizas. 12. 13. Vn libro de motetes de Juzquin [Des Près] de a seis y de a çinco y de a quatro de papel de marca mayor impreso. No es de. (sic?) 13. 14. Vn libro grande de pergamino de hinos de [Genet] Carpentias y de Pedro Fernández y de otros autores. 14. 15. Otro libro de motetes de Quaresma de pergamino de diferentes auctores. 15. 16. Otro libro de pergamino del maestro Francisco Guerrero de las Quatro Passiones. 16. 17. Otro libro de pergamino de psalmos de hinos de diferentes auctores. 17. 18. Otro libro de pergamino de magníficas del maestro Francisco Guerrero. 18. 19. Otro libro de pergamino de magníficas de [Cristóbal de] Morales. 19. 20. Otro libro de magníficas de [Tomás Luis de] Victoria. 20. 21. Otro libro de hinos de Uictoria [i. e. Tomás Luis de Victoria]. 21. 22. Otro libro de pergamino de Pedro Fernández de magníficas y de Incarnatus.//90v 22. 23. Otro libro de pergamino de salues y motetes de diferentes auctores, que está en poder de Carranco. 23. 24. Otro libro colorado de papel impreso de hinos y salmos y magníficas del maestro Francisco Guerrero. 24. 25. Otro libro de mano de papel de psalmos. 25. 26. Otro libro de papel de glorias. (viejo) 26. 27. Otro libro de Beatus y chiries de tinieblas y gloria laus de Ramos. 27. 29. Dos libros en vna talega de lienço manuales de pergamino con sus tablas de coloquios y motetes, del maestro Francisco Guerrero. 28. 37. Otros ocho libros de motetes de diferentes auctores manuales, escriptos de mano en papel.
133 29. 42. Çinco libros azules manuales de motetes de Francisco Guerrero. 30. 47. Otros çinco libros colorados manuales en vna talega del maestro Francisco Guerrero. 31. 48. Vn libro de complectas en papel pequeño de marca mayor. 32. 49. Otro libro de coloquios con quatro libros pequeños en él de los mismos coloquios en papel puntado de mano. En Seuilla, a siete días del mes de março, de mil y seiscientos y tres años, los señores don Benito de Uega y Alarcón, canónigo y mayordomo, y Alonso Marín, racionero y contador de la Santa Yglesia de Seuilla, entregaron al maestro Ambrosio Cote, racionero en la dicha yglesia, los libros contenidos en el ynventario de suso, y el dicho maestro Ambrosio Cote, estando presente, los recibió por presencia de mí, el notario público, y testigos infraescriptos y de cuyo entrega, yo el dicho ynfraescrito notario, doy fee y se dio por contento y entregado de todos ellos y se obligó por su bienes y rentas de que dará quenta de ellos cada y quando por los señores Deán y Cabildo de la dicha Santa Yglesia o por sus diputados le fuere pedido y de los que no diere y entregare pagará el valor de ellos y dio poder a las justicias eclesiásticas para que por todo rigor de derecho y uía executiua le compelan y apremien a lo así tener, guardar y cumplir como si fuera por sentencia difinitiua por él consentida y pasada en cosa juzgada, y renunció las leyes de su fauor y la que defende la general renunciación. Para su validación obligó sus bienes y rentas muebles y raýzes hauidos y por auer y los firmó de su nombre siendo testigos Juan Vala y Miguel Jerónimo, vecinos de Seuilla, rogadores. 3. 2. 2. Comentario al inventario I: En el presente inventario se contabilizan 32 asientos correspondientes con 48 cuerpos de libros. Catorce son de pergamino, de los que cuatro se califican como «grandes». Del resto no se especifica su tamaño, excepto en el asiento 27, en el que se indica que son libros manuales. Los de papel son diez, de entre los que cinco son grandes y uno, el asiento 26, es calificado como viejo. Los impresos son cuatro, incluyendo el asiento 8, del que se aclara su lugar de impresión: Roma. Pudiera tratarse del libro enviado por el Maestro Guerrero en 1582, impreso el mismo año en esa ciudad272. Por 272 RUIZ JIMÉNEZ 2007, pp. 282 y 283.
134 último, se aclara que son manuscritos los ocho libros recogidos en el asiento 28, y en el último, 32, un libro de coloquios, puntado a mano. Los restantes asientos (3, 4, 11, 20, 21, 26, 29 y 30) no aportan información sobre su materia escriptórea. Sin embargo, por inventarios posteriores se sabe que el ítem 29 era impreso y, por lo tanto, de papel273. Además de noticias sobre el contenido o la materia, algunas se refieren a la ubicación de ciertos libros. Así, en el Sagrario se hallaban tanto el primer asiento como el número 5. El asiento 22, por el contrario, estaba «en poder de Carranco», en la Capilla de la Antigua. Por último, el ítem 30 indica que esos cinco libros, en una talega, se encontraban en manos de Juan Vaca, capellán de la Capilla de Scalas274. Estas anotaciones están realizadas en algún momento posterior. Por lo que respecta a los autores, el más representado es el celebérrimo maestro Francisco Guerrero con un total de diecinueve libros con composiciones suyas. Contienen misas del mismo cuatro de los asientos (2, 3, 4 y 8), que se corresponden con otros tantos cuerpos de libros, en uno de los cuales había dos misas de Alonso Lobo (asiento 4); el asiento 15 es un libro de pergamino de las cuatro pasiones, siendo el número 17 de magníficats. El ítem 23 contenía himnos, salmos y magníficats. En dos había motetes (asiento 27) y en otros cinco, motetes y coloquios (ítem 29). Por último, el asiento 30, los cinco libros colorados que estaban en poder de Juan Vaca, en la Capilla de Scalas, contenían, según Juan Ruiz, motetes. El segundo autor con mayor presencia en el repertorio polifónico de la Catedral Hispalense, con cuatro cuerpos de libros, es Cristóbal de Morales. Este afamado compositor sevillano, nacido hacia 1500, al contrario que otros como Francisco Guerrero o Alonso Lobo, desarrolló parte de su carrera en el extranjero, llegando a entrar como cantor en la Cappella Pontificia con Julio III. Su obra sería objeto de impresión aun después de su muerte en lugares como Lyon, Núremberg, Amberes, Milán, Roma o Venecia, así como en la propia Sevilla. Del mismo contaba la Capilla Musical con un libro de pergamino de seis misas breves que estaba integrado, también, por obras de otros autores (asiento 5); dos libros encuadernados en un solo cuerpo, también de misas (asiento 11); por último, con un libro de pergamino de magníficats. 273 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 70; SUÁREZ 2007, pp. 291 y ss. 274 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 23.
135 De Josquin Des Près, figura central de la escuela franco-flamenca del alto Renacimiento, se contabilizan tres libros. El primero se corresponde con el asiento 1, un libro grande de pergamino guarnecido, de seis misas. De los dos restantes, uno es otro libro grande de pergamino, que contenía cuatro misas (asiento 6), siendo el otro de motetes de a seis, cinco y cuatro voces, impreso en papel de marca mayor (ítem 12). Menor es el repertorio de Tomás Luis de Victoria, reducido a dos libros. Victoria es otro de los grandes polifonistas españoles del siglo XVI, nacido en Ávila en 1548, estudió en el Collegium Germanicum de Roma, siendo nombrado después Maestro de Capilla del Seminario Romano, oficio antes ocupado por Palestrina. Su obra alcanzó una importante difusión. En el inventario se refieren un libro de magníficats (asiento 19) y otro de himnos (asiento 20). Estos libros, seguramente, sean los que el Maestro Victoria envió al Cabildo desde Roma, uno de ellos era de misas y, según él mismo relata en su misiva, fue dirigido a Guerrero y presentado por éste a los capitulares en 1580. El otro fue remitido dos años más tarde, y contenía salmos e himnos para todas las festividades, dieciséis magnificats y cuatro salves. Por último, el resto de autores solo están representados por un libro. En el caso del Maestro Alonso Lobo, Pedro Fernández y Elzèar Genet, alias Carpentras, sus obras se hallan en cuerpos de libro junto a las de otros autores. Del primero de ellos, Lobo, había dos misas en un libro grande, junto a otras siete de Francisco Guerrero (asiento 4). Pedro Fernández, fue Maestro de Capilla de la Catedral de Sevilla, nacido en 1478, y preceptor de Cristóbal de Morales. Fue sucedido en el magisterio por Francisco Guerrero. El ítem 13 contiene himnos suyos y de Genet Carpentras, compositor francés nacido en 1470. Por su parte, de Jorge de La Helle, autor franco-flamenco nacido en 1547, que fuera Maestro de la Capilla Real de Felipe II, solo hay un libro de siete misas (asiento 7), cuatro a cinco voces, dos a seis y una a siete, que probablemente sea el que remitió al Cabildo en 1584, impreso en Flandes. En cuanto a Felipe Rogier, compositor de la misma escuela que el anterior y que como él fue Maestro en la Capilla Real del Rey Prudente, resta solo un libro impreso en papel de marca grande con seis misas, dos de a cuatro voces, una de cinco, dos de seis y una de siete. Por otra parte, algunos de los libros reseñados, un total de dieciséis, contenían obras de diversos autores cuyos nombres no se citan. El primero de ellos es el que se encontraba en la Capilla de la Antigua, un libro azul de prosas, motetes y misas, en pergamino (ítem 10). El asiento 14 corresponde a un libro de motetes de Cuaresma. El
136 libro de salves y motetes (asiento 22), según Jua Ruiz Jiménez, sería el Libro de Polifonía nº 1 del catálogo de 1994, copiado en 1555 por el escritor de libros Fernando de Torres275, y servía, como indican los inventarios, en la Capilla de la Antigua. Al parecer, contuvo una Salve de Guerrero, que, no obstante, se perdió cuando el libro fue aderezado en algún momento posterior a 1721. Los asientos 24 y 25 se identifican con sendos libros de papel, uno de salmos y el otro de glorias, calificado como «viejo». Lo mismo sucede con el ítem 26, un libro de Beatus, Chiries de tinieblas y Gloria Laus de Ramos, así como el libro de completas (ítem 31) y otro de coloquios (asiento 32), que según se percibe de los inventarios posteriores, contenía obras de Francisco Guerrero y Alonso Lobo276. Por último, los ocho libros de motetes, manuscritos, de diferentes autores (asiento 28). Este inventario fue revalidado el 22 de octubre del mismo año de 1603, cuando se produjo el traspaso de la custodia de los libros de polifonía a Francisco Company, nombrado Maestro de Capilla. Ante las mismas personas se le entregó, además de aquellos, un libro de misas de Alonso Lobo «escripto de molde en papel de marca mayor enquadernado en papelón blanco, ympreso en Madrid, año de seiscientos y dos». Con toda probabilidad, este libro fue recibido por el Cabildo en agosto del mismo año 1603, encomendándose a Andrés de Jacomar evaluarlo y elevar informe al mismo277. Por lo tanto, el total de obras polifónicas sumaría cuarenta y nueve cuerpos de libros, correspondientes con un número indeterminado de obras de diferentes autores. De nuevo, cuando el 14 de enero de 1605 el propio Alonso Lobo se hizo cargo del repertorio de canto de órgano, esta vez ante el racionero Alonso Marín, contador de la obra y diputado por el Cabildo para el particular, recibió los libros por el inventario de 1603 más su libro de misas. 3. 2. 3. Inventario II Sevilla, [mayo, 16] 1618. 275 ÁLVAREZ MÁRQUEZ 1992, pp. 188-189, 281, 282 y 284. Hernando de Torres, notario de Fábrica, se encargó del traslado y realización de varios libros inventarios, así como de la confección de calendarios entre los años 1577 y 1595. 276 RUIZ JIMÉNEZ 2007, pp. 40 y 71. 277 ACS, 7091, f. 121r.
137 Borrador del inventario de libros de canto de órgano. A.C.S. 06998. 92r, 93r, 94v. 1. 1. Vn libro de missas del maestro Louo [i. e. Alonso Lobo]. 2. 2. Otro libro de Juan de Esquivel de missas. 3. 3. Otro libro segunda parte de maestro [Francisco] Guerrero, de misas. 4. 4. Vn libro de hinos y magníficas del maestro [Francisco] Guerrero. 5. 5. Vn libro de misas de [Francisco] Garro ympresso. Nuebo. 6. 6. Vn libro de antiguo de motetes de diferentes autores papel. 7. 7. Vn libro de pasiones del maestro Louo [i. e. Alonso Lobo] de papel. 8. 8. Vn libro de magníficas de [Manuel] Cardosso. Nuebo. 9. 9. Vn libro de missas de Rujer [i. e. Philippe Rogier]. 10. 10. Vn libro de magníficas de [Cristóbal de] Morales de pergamino. 11. 11. Otras magníficas de [Francisco] Guerrero de pergamino. 12. 12. Vn libro hinus antiguo de diferentes autores grande de pergamino. 13. 13. Vn libro de motetes de quaresma de pergamino. 14. 16. Tres libros grandes de [Cristóbal de] Morales de 1, 2, 3, partes de pergamino. Nuebos. 15. 17. Vn libro de çinco misas de a 4 y una de 6 y a 5. 16. 18. Vn libro de missas de [Francisco] Guerrero y Louo [i. e. Alonso Lobo] de pergamino. 17. 19. Otro libro de [Francisco] Guerrero de 5 y de a 6 de pergamino. 18. 20. Otro libro de salmos e ynus de [Francisco] Guerrero de pergamino. 19. 21. Otro libro de ynus de [Tomás Luis de] Victoria ynpresso. 20. 22. Otro libro de magníficas de [Tomás Luis de] Victoria. 21. 23. Otro libro de missas de pergamino de de Louo [i. e. Alonso Lobo], nuebo. 22. 24. Otro libro de magníficas de Louo [i. e. Duarte Lobo] ynpresso, nuebo. 23. 33. Nuebe librillos pequeños de motetes. 24. 41. Ocho libros de coloquios del maestro [Francisco] Guerrero de pergamino. 25. 46. Çinco libros de motetes del maestro [Francisco] Guerrero, papel. 26. 54. Ocho libretes negros de diferentes cosas, papel. 27. 55. Vn libro de pergamino de diferentes autores y de missas breues. 28. 56. Vn libro viejo de motetes y missas de diferentes autores.
144 21. 21. Otro libro de mano de papel de passalmos. 22. 22. Otro libro viejo de papel pequeño de glorias. 23. 23. Otro libro de Beatus y chiries de tinieblas y gloria laus de Ramos. 24. 31. Ocho libros en vna talega de lenço manuales de pergamino, con sus tablas de coloquios y motetes del maestro Francisco Guerrero. 25. 39. Otros ocho libros de motetes de diferentes autores de manuales, escriptos de mano en papel. 26. 44. Cinco libros azules manuales de motetes de Francisco Guerrero. 27. 45. Vn libro de completas en papel, pequeño, de marca mayor. 28. 46. Otro libro de coloquios con quatro libros pequeños en los de los mismos coloquios en papel puntados, de mano. 3. 2. 5. Comentario al Inventario III: En esta ocasión, se presenta lo que se puede denominar Librería de Canto de Órgano stricto sensu, dado que el repertorio parece “depurado” de aquellos libros utilizados para otros fines que sí fueron recogidos en el borrador anterior. Los aquí consignados, como indica el propio documento, son los que el Maestro Francisco Santiago tomó bajo su responsabilidad. Se trata, por tanto, del repertorio “vivo”, lo que no implica que, como en el inventario de 1603, algunos de los libros estuvieran situados en Sagrario, concretamente el asiento 1, que ya aparece en dicho lugar en el borrador, o en la Capilla de la Antigua, donde continuaba el libro de salves y motetes de diferentes autores (asiento 19), como ya se indicaba en el inventario de 1603. Dicho elenco musical “vivo” aparece, de hecho, mermado en su número con respec- to al inventario de 1603, pasándose de cuarenta y ocho cuerpos de libros de entonces a los cuarenta y seis existentes en 1618. Esta vez, el repertorio de obras de Francisco Guerrero muestra alguna divergencia con respecto al borrador ya visto. El número de sus obras asciende a quince, reapareciendo el libro de pergamino de las Cuatro Pasiones. Por el contrario, no se halla consignado el de himnos que se encontraba en el Sagrario, según el borrador294. Resulta sorprendente, en cambio, la reducción de obras de Alonso Lobo, cuya presencia pasa a ser casi testimonial, dándose solo en un libro de misas (asiento 294 Asiento 36 del mismo.
145 4) y otro de coloquios (asiento 28), ambos compartidos con Francisco Guerrero. Igualmente desaparecen Duarte Lobo, Francisco Garro, Juan Navarro, Manuel Cardoso y Juan de Esquivel. Por su parte, Josquin Des Près mantiene tanto su libro de seis misas (ítem 1), situado en el Sagrario, como el de motetes (asiento 10), perdiendo, en cambio, el de magníficats. Tanto Rogier (asiento 8) como Capentras y Fernández (asiento 11) y Victoria (ítems 17 y 18), están representados por las obras ya consignadas anteriormente. Sin embargo, no es el caso de Morales, que recupera sus dos libros encuadernados en un cuerpo, de misas (asiento 9), presente en 1603, pero pierde los tres libros grandes de pergamino, nuevos, que sí se contabilizan en el borrador. George de la Hele reaparece con su libro de misas, igualmente consignado en el inventario de 1603. En cuanto a los libros cuya autoría permanece anónima, no se recogen los nueve libros pequeños de motetes, el de Responsos y versos de Semana Santa y el intitulado Instrumentos, todos ellos inscritos en el borrador. Por el contrario, se recuperan, de 1603, el libro de salves y motetes situado en la Capilla de la Antigua (asiento 19), el de Beatus y chiries de tinieblas y gloria laus (ítem 23) y, por último, uno de completas (asiento 27). 3. 2. 6. Inventario IV 1644, marzo, 8. Sevilla. Inventario de los libros de canto de órgano entregados al Maestro de Capilla Luis Bernardo Jalón. A.C.S. Secc. IX 11.014 A, expediente 15. En la ciudad de Seuilla en ocho días del mes de março de mil y seiscientos y quarenta y quatro años, en presencia del señor don Agustín de Aguirre, contador de la Fábrica de la Santa Iglesia de esta dicha ciudad y fecha, ante Luis de Herrera, notario de la dicha Fábrica, se hizo inventario de los libros de canto de música que tiene dicha Santa Igles-
146 sia, para entregar a Luis Bernardo Jalón, maestro de Capilla, los quales son los siguientes: 1. 1. Primeramente vn libro de missas de a quatro del maestro [Francisco] Guerrero, grande y de pergamino. 2. 2. Otro libro de misas, de a cinco del dicho maestro [Francisco] Guerrero, de pergamino. 3. 5. Primera, segunda y tercera parte del maestro [Cristóbal Morales] en tres libros de pergamino. 4. 6. Otro libro de hignus estrauagantes en pergamino de pocas ojas y grande. 5. 7. Otro libro del maestro [Francisco] Garro, impreso, de missas. 6. 8. Otro libro de missas breues de pergamino, donde se dize el Incarnatus. 7. 9. Otro libro de motetes y lamentaciones, del maestro [Francisco] Guerrero, mediano, en pergamino. 8. 10. Otro libro de las quatro Pasiones de pargamino, mediano, conpuesto por el maestro [Francisco] Guerrero. 9. 11. Otro libro impreso, mediano, missas del maestro Alonso Lobo. 10. 12. Otro libro de missas, impreso, mediano, del maestro Felipe Rogier. 11. 13. Otro libro escrito en pergamino de missas del maestro Lobo y Guerrero [i. e. Alonso Lobo y Francisco Guerrero], grande, que llaman el libro pardo. 12. 14. Otro libro del maestro [Alonso] Lobo, grande, de pergamino, de missas que compuso cuando vino de Toledo. 13. 15. Otro libro de himnos de pergamino, mediano, del maestro [Francisco] Guerrero.// 14. 16. Otro libro de magníficas mediano en pergamino del maestro [Francisco] Guerrero. 15. 17. Otro libro mediano de magníficas del maestro [Cristóbal de] Morales en pergamino. 16. 18. Otro libro de pasiones y lamentaciones y miserere en papel del maestro [Alonso] Lobo, mediano. 17. 19. Otro libro de himnos antiguos, grande, de diferentes maestros, en pergamino. 18. 20. Otro libro de missas de Duarte Lobo, de papel impreso, mediano. 19. 21. Otro libro de magníficas breues de Duarte Lobo en papel. 20. 22. Otro libro de magníficas del maestro [Manuel] Cardosso, en papel, impreso.
147 21. 25. Tres libretes pequeños viejos donde está la prossa y vna missa de difuntos de diferentes autores. 22. 26. Otro libro en pergamino, mediano, del Beatus y reciuimiento de dominicas de la quaresma y señas de [Francisco] Guerrero. 23. 27. Otro libro del mismo tamaño en pergamino de glorias Patris de diferentes maestros. 24. 35. Ocho libretes medianos de pergamino de diferentes maestros y lo más del maestro [Francisco] Guerrero, coloquios y motetes. 25. 40. Cinco libros viejos, que llaman negros, para las procesiones en papel, faltan tres, porque auían de ser ocho. 26. 41Vn juego de motetes del maestro [Francisco] Guerrero, menos vn tiple. 27. 42. Otro juego de motetes de [Francisco] Guerrero y falta el contrauaxo y la quinta parte. 28. 44. Dos libretes de salmos para cantar al órgano en pergamino y aforrados en cabritillas negras.// 29. 45. Yten vn libretillo en pergamino escripto para cantar al órgano, an de ser dos, falta vno. 30. 46. Yten otro libro del maestro [Francisco] Guerrero, impreso que tiene, en él el exerçicio Diego de Palacios de missas. 31. 47. Otro libro grande en papel de misas de Jorje de la Ele [i. e. Jorge de La Hele]. 32. 51. Quatro libretes, los tres negros impreso y el otro pardo, de motetes del maestro [Francisco] Guerrero. 33. 54. Dos libros de missas del maestro [Manuel] Cardosso y [Felipe de] Magallanes, que son del racionero Manuel Correa, que los da a esta Santa Yglesia, y el dicho racionero tiene un su poder vn libro de misas de Cardoso que es de la Iglesia. 34. 55. Vn librete nueuo de letanías en pergamino y aforrado en cabritilla negra. 35. 57. Dos libros de coloquios impresos de mano en papel, del maestro [Francisco] Guerrero, vno para los ministriles y otro para la capilla; tienen completas del maestro [Alonso] Lobo y el salmo solemne que se llama el primer salmo295. 295 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 61. El mismo que el último del inventario de 1603.
148 3. 2. 7. Comentario al Inventario IV: Este inventario, realizado a la llegada de Luis Bernardo Jalón, el 8 de marzo de 1644, consta de treinta y cinco asientos correspondientes a cincuenta y siete cuerpos de libros. Muchos de ellos se encontraban recogidos en los realizados con anterioridad, a los que se suman algunos que se fueron incorporando a la Librería de Canto de Órgano a lo largo de los años transcurridos desde la confección del último inventario, en 1618. Los cuerpos de libros en pergamino continuaban siendo mayoría, alcanzando la cifra de veintiocho, teniendo en cuenta la información obtenida en ocasiones anteriores, siendo de papel veinte, e indeterminados, cuatro. Como venía sucediendo, Francisco Guerrero se constituye como la columna vertebral del acervo polifónico catedralicio, con veintitrés cuerpos de libros y dos juegos de motetes, cuyo número no se especifica. De ellos, cuatro son libros de misas, uno de los cuáles, como ya se ha indicado, contenía también misas de Alonso Lobo. Otro de ellos, además, incluía un ejercicio de Diego de Palacios (asiento 30), quien fue nombrado «maestro del facistol exercicio de canto de órgano en el Sagrario» el 8 de julio de 1628296. Son de motetes los citados dos juegos, de los que uno podría identificarse con los cinco libros azules de motetes (asiento 27) registrados anteriormente, ahora sin el contrabajo y la quinta parte, apareciendo el otro por vez primera, sin un tiple (asiento 26). Igualmente, contenían motetes cuatro libretes, tres negros y otro pardo (ítem 32) que, según Juan Ruiz Jiménez, corresponderían con los cinco libretes impresos de motetes recogidos en el borrador de 1618, de los que, por tanto, faltaría uno. Por último, además de motetes, albergaban coloquios ocho libretes de diferentes autores, entre ellos Guerrero (asiento 24), y lamentaciones otro asiento (7), que Juan Ruiz Jiménez identifica con el libro de motetes de Cuaresma que se halla en la memoria de los libros entregados a Francisco de Santiago en 1618. Cierran el elenco de obras de Guerrero un libro de magníficats (ítem 14), otro de himnos (asiento 13), uno de las Cuatro Pasiones (8) y otro con el «Beatus y reciuimiento de las dominicas de la Quaresma y señas» (asiento22). Por su parte, Alonso Lobo resurge como uno de los más importantes compositores del repertorio catedralicio, con cinco cuerpos de libros. Cuenta con tres libros de 296 ACS, 7102, f. 268r.
149 misas, uno de ellos compartido con Guerrero, el «que llaman el libro pardo» (asiento 11), y otro «que compuso cuando vino de Toledo» (asiento 12), que ya estaba presente en el borrador de 1618, pero no en la memoria de los libros entregados al Maestro Santiago. Igualmente, contaba con un libro de completas (ítem 35) y otro de pasiones, lamentaciones y miserere (asiento 16). De Morales vuelven a contarse sus «primera, segunda y tercera parte» (asiento 3) consignadas en el borrador de 1618, contando, además, con un libro de magníficats (ítem 15). Duarte Lobo está representado por un libro de magníficats y otro de misas que aparece por primera vez. Dicho libro se corresponde con el enviado por él, entonces Maestro de Capilla de Lisboa, al Cabildo Hispalense, por el que se determinó enviarle 300 reales de la hacienda de la Fábrica, siendo entregado a «la persona que cuida de los demás de canto de órgano que sirven al coro»297, por auto de 21 de febrero de 1628, lo que se llevó a efecto el 7 de abril del mismo, librándose 10.200 maravedís para él, «en satisfacción de dos libros, uno de misas y otro de magníficats»298. De la misma forma hace, de nuevo, acto de presencia Cardoso, con un libro de magníficats (asiento 20) ya consignado en el borrador de 1618, al que se suman otros dos libros de misas (asiento 33), uno de ellos donado por el racionero Manuel Correa, también portugués, quien tenía en su poder el otro, propiedad de la Catedral. El mismo Correa guardaba, asimismo, un libro de misas (asiento 33) de Felipe de Magallanes, compositor lusitano nacido en Azeitao, en 1571. Fue compañero del propio Cardoso y de Duarte Lobo, y ejerció el magisterio de la Capilla Real de Lisboa hasta 1641. De otro lado, tanto George de La Hele como Philipe Rogier y Francisco Garro figuran con libros de misas, el de este último recuperado del borrador de 1618, dado que no aparecía en la memoria de la librería de polifonía del mismo año (ítem 5). Genet Capentras y Pedro Fernández mantienen su libro de himnos (asiento 17), que contenía obras de otros autores. En cualquier caso, de entre los libros cuya autoría no se indica, aparecen en primer lugar cinco libretes viejos «que llaman negros» (ítem 25), que son cinco de los ocho libros de motetes que figuran en el anterior inventario. Quizá, la falta de alguno de ellos esté relacionada con la disposición capitular de 18 de enero de 1641 por la que ordenan al Maestro de Capilla «dé un libro viejo de canto de órgano para el 297 ACS, 7102, f. 239v 298 ACS, 09476, f. 11v.
150 ejercicio del Colegio de San Isidro»299. Aparte de éstos, se cuentan en el de 1644 seis anotados por primera vez. Es el caso del libro de «hignus estrauagantes en pergamino de pocas ojas y grande» (asiento 4); los tres libretes pequeños, viejos, con la prosa y una misa de difuntos, de diferentes autores (asiento 21); uno de pergamino con el gloria Patris, también de diferentes compositores (ítem 25). Tampoco aparecen con anterioridad los dos libretes de salmos «para cantar al órgano, en pergamino, aforrados en cabritillas negras» (asiento 28), ni el librete de letanías, en pergamino, igualmente forrado en cabritilla negra (asiento 34), ni, por último, un «libretillo» de pergamino, «escripto para cantar al órgano» (asiento 29), que, en inicio, debían ser dos, restando a la fecha del inventario solo uno. 3. 2. 7. Inventario V 1673, febrero, 27. Sevilla. Inventario de los libros de polifonía entregados por Juan Sanz a los oficiales de Fábrica canónigo Francisco de la Puente y al racionero Luis de Arroyo. A.C.S. 09739, 231r-v. En Seuilla en veinte y siete de febrero de mil y seiscientos setenta y tres años, los señores don Francisco de la Puente y Verástegui, canónigo y don Luis de Arroyo, racionero, oficiales de Fábrica, reciuieron del señor racionero Juan Sanz, maestro de Capilla, los libros de canto de órgano que paraban en su poder, que fueron los siguientes: 1. 1. Un libro grande de himnos, de [Francisco] Guerrero. 2. 2. Otro blanco de pasiones del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 3. 3. Otro grande de misas del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 4. 4. Otro de misas de a cinco del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 5. 5. Otro mediano de magníficas del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 6. 13. Ocho libretes enquadernados en tabla del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 7. 14. Otro libro de Gloria Patris del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 299 ACS, 7105, f. 11r.
151 8. 16. Dos libretes sueltos del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 9. 17. Otro libro de misas del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 10. 18. Otro de lamentaciones y miserere del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 11. 19. Otro de misas del dicho [i. e. Francisco Guerrero]. 12. 20. Otro de magníficas de [Cristóbal de] Morales. 13. 21. Otro de motetes del dicho [i. e. Cristóbal de Morales]. 14. 22. Otro mediano de misas del dicho [i. e. Cristóbal de Morales]. 15. 25. Tres grandes de misas del dicho [i. e. Cristóbal de Morales]. 16. 26. Otro libro mediano de misas de [Manuel] Cardoso. 17. 27. Otro de magníficas del dicho [i. e. Manuel Cardoso]. 18. 28. Otro de magníficas del dicho [i. e. Manuel Cardoso]. 19. 29. Otro colorado de misas de Phelipe Rojier. 20. 30. Otro pequeño de [Luis Bernardo] Jalón. 21. 32. Otros dos por donde se canta la prosa del dicho [i. e. Luis Bernardo Jalón]. 22. 33. Otro mediano de misas de Jorje de la Ele [i. e. George de La Hele]. 23. 34. Otro grande de himnos de santos de España. 24. 35. Otro de magníficas de [Sebastián] Aguilera. 25. 37. Dos libros de Guadalupe300, vno de misas y otro de magníficas. 26. 45. Seis libretes de motetes y dos pequeños, vno de letanías y otro de Salmos de Vísperas. 27. 47. Dos quadernos de salmos de todas oras. 28. 55. Ocho quadernos de vitela de responsorios de Miércoles y Jueues Santo de Fray Francisco de Santiago. 29. 64. Nueue quadernos donde está el motete de Conçepcitua del dicho [i. e. Francisco de Santiago]. 30. 65. Un libro grande de Alonso de Alua [i. e. Alonso Pérez de Alba]. 31. 66. Un motete de san Pedro y san Pablo de Juan Sanz. 32. 78. Doce quadernos del Credo Romano. [en el margen izquierdo: libretes de motetes forrados en pergamino]. 33. 80. Dos libretes forrados en raso morado de la vendición de los Santos Olios. 34. 85. Cinco libretes de motetes de diferentes autores forrados de negro. 300 Se desconoce si se trata de un autor o hace alusión al Monasterio de Santa María de Guadalupe, con el que la Seo Sevilla tuvo siempre relación.
152 35. 86. Un libro de Vitoria [i. e. Tomás Luis de Victoria] que entregó Alonso de Castro, ministril. [en el margen izquierdo: este libro se hizo cargo Alonso de Castro, ministril, y el último que le sigue 233¿?]. Y los dichos señores entregaron los dichos libros al señor racionero Andrés García, el qual los reciuió y firmó su reciuo, de que yo, el presente notario de Fábrica, doy fe, vt supra. 36. 87. Más reciuió el susodicho otro libro blanco de misas de a çinco y de a seis de [Francisco] Guerrero, de dos terçias de largo que se compró de la viuda de Bernardino//231v Rodríguez, ministril que fue de esta Santa Iglesia. 37. 88. Otro libro blanco de misas de a quatro y de a cinco y de a seis del maestro Arcánjel Criuesti?, de dos tercias de largo. Reciuió el dicho señor racionero Andrés García todos los dichos libros eçepto los dos que quedan anotados a la marjen, firmó, de que yo, el presente notario, doy fe. 38. Un libro grande de misas de Lobo y Guerrero. 39. Más ocho vitelas que contienen O Redentor para los Olios. 3. 2. 8. Comentario al Inventario V: Este inventario, el último realizado en el siglo XVII sobre la Librería de Canto de Órgano de la Catedral de Sevilla, se efectuó como consecuencia de la partida del hasta entonces maestro de Capilla, Juan Sanz. Al marcharse, entregó todos los libros que tenía bajo su custodia, así como los papeles de música, que se verán más adelante. En él, se recogen un total de ochenta y ocho cuerpos de libros, distribuidos en treinta y nueve asientos. Como puede verse, el repertorio polifónico se encuentra notablemente ampliado en comparación con los anteriores, incluso con el “borrador” de 1618 que, como se vio, incluía obras cuya inclusión en el acervo vivo no está precisamente clara. Además, indica, en la mayoría de los casos, la autoría de las composiciones, siendo solo cinco asientos anónimos. Sin embargo, es escasa la información que aporta sobre la materia escriptórea y otras características físicas de los libros, así como su ubicación, con alguna excepción, como la referencia a la tenencia de los ministriles de algunos libros.
153 Por este último inventario se puede constatar que Francisco Guerrero continuó siendo el más importante autor en la Catedral Hispalense hasta fines del siglo. Quedan asentados, de su autoría, veinte cuerpos de libros, de los que seis contenían misas. El libro «pardo» de misas, como era llamado en el inventario de 1644, de Guerrero y Alonso Lobo, no fue entregado, definitivamente, al racionero Andrés García, como consta al final del documento. Sí se encuentra, por el contrario, el libro blanco de misas de cinco y seis voces «comprado a la viuda de Bernardino Rodríguez», ministril (asiento 36). Esta referencia puede indicar que su uso estaba destinado a los ministriles y no a la Capilla Musical en sí. En cualquier caso, el ministril sacabuche Bernardino Rodríguez está presente en los autos capitulares desde 1634, cuando solicitó al Cabildo autorizara la venida de su padre, ministril en Plasencia, para ser oído301. Posteriormente, en 1662 fue jubilado, dado que su vejez le impedía servir en sus funciones, por lo que se le concedió la mitad de su salario y parte en las fiestas de la Capilla, sin necesidad de asistir302. La última noticia viene dada en 1669, cuando se le concedió una limosna de cuarenta ducados «por esta vez, sin que sirva de ejemplar»303. Por lo tanto, aunque, lamentablemente, no se hallan más noticias acerca de la compra de este ejemplar, el arco cronológico en que se produjo abarcaría, seguramente, desde 1662, en que se jubiló y dejó de prestar servicios a la Seo Hispalense hasta la fecha del inventario, 1673. Igualmente, se encuentra un libro de himnos calificado como grande (asiento 1) pero que seguramente fuera el libro mediano de pergamino consignado en 1644 como ítem 13. El libro de Gloria Patris debe ser el así intitulado en el inventario precedente, en el que se apuntaba era de diferentes maestros, y que, según Juan Ruiz Jiménez, correspondería con el ítem 26 del realizado en 1721, libro manuscrito de pergamino que, además de obras de Guerrero, contenía alguna de Cardoso. En cuanto al libro de las Cuatro Pasiones (asiento 2), está recogido en todos los inventarios precedentes, excepto en el borrador de 1618, dado que data, según el efectuado en 1721, de 1580 y estaba, a esas alturas, «muy bien escrito y muy bien tratado». Por su parte, el libro de magníficats (asiento 5) es también un viejo conocido, estando presente en todas las memorias realizadas en el siglo XVII. Cierran «dos libretes sueltos» (ítem 8) y uno de lamentaciones y miserere (asiento 10), que podría ser el asiento número 14 del inventario de 1644, un 301 ACS, 7103, f. 111v. 302 ACS, 7114, f. 39r. 303 ACS, 7118, f. 9r.
256 vedís más en julio. Por último, en noviembre de 1608 se efectuó un libramiento de 544 maravedís por la impresión de los jubileos de los patronos de este año. Precisamente, este concepto reza en el primer pago que se ha encontrado del año 1609, en marzo del mismo, de 544 maravedís218. De este mismo año 1609 data un escueto asiento en el que consta un libramiento en su favor de 95.176 maravedís «de impresión»219. Poco o nada puede añadirse, salvo resaltar que se trata de un cantidad importante que puede responder a una acumulación de pequeños trabajos o a otros cualitativamente más importantes, como la impresión de procesionarios que abordó el año anterior. Durante los años siguientes siguen apareciendo pagos a su nombre, más o menos detallados y por cantidades que varían ostensiblemente. El 28 de junio de 1610, obtuvo 6.280 maravedís por 1.500 pliegos y 1.000 […] a 5 blancas cada pliego, y el 28 de junio 1.020 por cien instrucciones y doscientos edictos «que imprimió para la colegiatura que el Cabildo tiene en Bolonia». Por último, 22 de diciembre otros 1.700 por poner los nombres «que ha impreso» en los libros de pitanzas, manuales, de pitancería y de procesiones del Comunal. Otra de sus funciones era proveer a los distintos organismos catedralicios de los contratos precisos para llevar a cabo sus negocios y la gestión de sus bienes. Por la impresión de contratos cobró, en 1611, 53.750 maravedís y en 1612 20.400220. De nuevo, en 1615 se le paga por poner los nombres de los prebendados en los distintos libros, en esta ocasión, 2.108 maravedís. Al año siguiente, se confirma que dicha cantidad de maravedís «se le dan en cada un año por los nombres que imprimió en los libros» acostumbrados. Este año recibió otros 1.000 maravedís por la impresión de cuatrocientos pliegos de la Regla del Coro, a 5 blancas por pliego221. El Cabildo había ordenado la impresión de la Regla del Coro en varias ocasiones, tanto en febrero de 1610 como en el mismo mes de 1614222. Parece probable que el mandato se ejecutara en un tiempo razonable y se le pagase transcurrido algo más de un año desde entonces. En 1617, aparte del pago acostumbrado por imprimir los nombres de los prebendados, se registra un libramiento de 48.125 maravedís por un total de 19.250 pliegos para las rentas, cantidad que se redujo a 25.000 maravedís en 1618, año en el que, además, imprimió setenta informaciones por mandado de la Diputación de Negocios, 218 ACS, 06384, ff. 110r, 120r y 126r. 219 ACS, 09459, f. 14r. 220 ACS, 06315, ff. 3r, 15r, 28r, 60r, 61r y 122r. 221 ACS, 06316, ff. 69r, 93r y 214r y 09465, 16r. 222 ACS, 7093, f. 49r y 7095, f. 104r.
257 que montaron 1.428 maravedís223. Los años siguientes de 1619-1621, por razones similares, ingresó las cantidades 25.000, 40.905 y 36.522 maravedís, respectivamente224. Como se apuntó al principio, en 1621 falleció, siendo preciso buscar un nuevo Impresor Mayor del Cabildo. LYRA VARRETO, Francisco de (1621-1657) Al igual que en el caso de Rodríguez Gamarra, no se ha encontrado el acta de nombramiento de Francisco de Lira, si bien, su aparición justo tras la muerte de aquél, desempeñando las mismas funciones, da a entender que fue su sucesor en el cargo. Pertenecía a una familia de impresores portugueses cuya actividad se había desarrollado en Évora y Lisboa225. Además de ser impresor, se encargó de la edición de varias obras, entre las que destaca la cervantina Novelas ejemplares. Llegó a ser encarcelado por estar en posesión de obras carentes de licencia226. En enero de 1622 realizó una impresión pautada para el libro de misas de capellanías de la Fábrica, que costó 1.870 maravedís227. Meses después, en mayo y agosto del mismo año, aparece cobrando por los pliegues de contratos, paulinas o, simplemente, «a cuenta de las impresiones que hizo», por un valor total de 20.572 maravedís. Un año después se repite el mismo tipo de pagos, montando 49.453228. Además de encargarse de la tradicional impresión de contratos y otros papeles para la gestión de la Fábrica o el Cabildo, también proveyó a la Catedral de otros materiales, como demuestran los trece rollos de pergamino que vendió en julio de 1628, por 11.220 maravedís229. Otras noticias suyas refieren a la impresión de distintos tipos de documentos: en 1631, quince manos de papel de marquilla «tocantes al patronato de Santiago» por las que cobró 3.750 maravedís; dos años después, en enero de 1633 imprimió unos edictos de prebendas de músicos, ingresando 680 maravedís. El 16 de enero de 1641 recibió 1.615 maravedís por los libros de marquilla para la Mayordomía y la Receptoría del año 1639230. De la misma forma se ocupó, en 1642, de la impresión de las Constituciones del Colegio de San Isidro, que montaron 12.920 maravedís. Aún en 1645, se le realizó 223 ACS, 06317, sf. 224 ACS, 06318, sfvy 06319, ff. 1r y 168v. 225 DOMÍNGUEZ GUZMÁN 1992, p. 25. 226 DELGADO 1996, pp. 404 y 405. 227 ACS, 09469, f. 24r. 228 ACS, 06319, ff. 59r, 61r, 105r, 109r, 110r, 117v, 136v 229 ACS, 09476, f. 18r. 230 ACS, 06322, f. 352v.
258 un pago de 3.149 maravedís «por imprimir información en Derecho de los bienes de Isabel de Jesús, que pertenecen a la Fábrica»231. A diferencia de lo que sucedería en otras ocasiones, el Cabildo cerró las puertas a la concesión de una ayuda de costa por su auto de 7 de febrero de 1646 «por cuanto tiene pagado todo en lo que ha servido en esta Santa Iglesia»232. No trabajó solo para la Catedral de Sevilla, desplegando una actividad de cierta importancia en otros lugares, incluyendo el Nuevo Mundo cuando, junto a los impresores Pedro Gómez Pastrana y Nicolás Rodríguez, todos vecinos en la collación de Santa María, dieron poder al relator de Indias Fernando Jiménez Paniagua, el 10 de junio de 1641. Al año siguiente, daba poder a Juan Belero, que partía hacia Nueva España, para actuar en su nombre y requerir un cajón de libros que había enviado233. En 1648 aparece como vecino en la collación de San Salvador, cuando Nicolás Rodríguez reconoce adeudarle doscientos pesos de a ocho reales de plata doble, es decir, 54.400 maravedís que le había prestado234. Su actividad debió de prolongarse hasta 1657, cuando se produjo un nuevo nombramiento de Impresor Mayor del Cabildo. En 1661 había ya fallecido, dado que el librero Diego Hernández declaró en su testamento una deuda sobre los herederos de Francisco de Lira de 1.836 maravedís235. OSUNA, Juan de (1654) A diferencia de los anteriores, la vinculación de Juan de Osuna con la Catedral de Sevilla se muestra reducida en el tiempo al mes de enero de 1654, a un encargo puntual. Se le paga, a lo largo del mes, en cada nómina la cantidad de 3.400 maravedís, «por imprimir doscientos cuadernos de misas de Santos de Sevilla», para los misales de los Santos de Sevilla y los misales de las capillas. Desde la nómina del 5 al diez de enero, en que se efectúa el primer libramiento, hasta la nómina del 16 al 21 del mismo, recibió un montante total de 23.800 maravedís236. Cabría preguntarse por qué el Cabildo hubo de recurrir a un tercer impresor contando con uno propio, a la sazón Francisco de Lira. En cualquier caso, su nombre no vuelve a aparecer en la documentación catedrali- 231 ACS, 09479, f. 6r; 09480, f. 5v; 09487, f. 8v; 09491, f. 11r. 232 ACS, 7106, f. 7v. 233 AHPS, Secc. PN, leg. 12839, ff. 689r-v; leg. 12843, ff. 896r-897r; leg. 12873, ff. 786r-v; leg. 12877, f. 50r-v. 234 AHPS, Secc. PN, leg. 12910,f. 998r-v. 235 AHPS, Secc. PN, leg. 12062, f. 1143r. 236 ACS, 09654, ff. 2r, 3v, 5r, 8r, 9v y 10v.
259 cia. Sí se le encuentra entre los protocolos notariales de Sevilla, por ejemplo, como albacea del ya mencionado impresor Nicolás Rodríguez, en junio del año 1649237. Su actividad, tras un periodo de silencio entre 1674 y 1688, pudo prolongarse hasta fines del siglo XVII, aunque podría tratarse de dos impresores distintos238. GÓMEZ DE BLAS, Juan (1657-1667) Su nombramiento se produjo por auto capitular de 14 de noviembre de 1657 «según y cómo han sido los demás que han tenido este ejercicio»239. Como Impresor Mayor, se encargó de los trabajos habituales del cargo, siendo, también, Impresor Mayor de la ciudad de Sevilla desde 1657240. Destaca, asimismo, por el volumen de su producción y por ser editor de publicaciones periódicas, como la Gazeta Nueva sevillana241. Se hallaba asentado en la actual calle Sierpes, aunque su emplazamiento dentro de la misma varió242. Se encuentra trabajando para la Catedral de Sevilla en agosto 1659, cuando imprimió cincuenta pliegos para la Receptoría de la Fábrica, por un monto de 1.700 maravedís243; en los años 1663 y 1664, dio libros para la Mayordomía y la Receptoría de Fábrica, por 2.020 y 1.224 maravedís, respectivamente. Este último año, la carestía de los materiales le llevó a pedir un aumento al Cabildo, que vio su petición el 7 de julio de ese año, cometiendo a la Contaduría para que informara de las posibilidades. Transcurridas unas dos semanas, los capitulares decidieron otorgarle una ayuda de costa anual de 1.700 maravedís244. Definitivamente, recibía un total de 3.400 maravedís de ayuda de costa, dado que a la recién aprobada el 23 de julio, se sumaba otra de igual cantidad «por la carestía del papel»245. La última noticia hallada sobre Juan Gómez Blas data de enero de 1667, cuando, por los acostumbrados libros de Receptoría y Mayordomía de Fábrica y por el de salario de los ministros, se le pagaron 1.904 maravedís246. 237 AHPS, Secc. PN, leg. 12914, f. 547r-v. 238 DELGADO 1996, pp. 502 y 503. 239 ACS, 7112, f. 61v. 240 DOMÍNGUEZ GUZMÁN 1992, p. 36. 241 ESPEJO 2008, pp. 247 y ss. 242 DELGADO 1996, p. 283. 243 ACS, 09504, f. 3v. 244 ACS, 7115, ff. 59v y 69r. 245 ACS, 09671, f. 151r. 246 ACS, 09511, f. 1v.
260 BLAS, Juan Francisco de (1668-1700) El 13 de mayo de 1667, el Cabildo recibió la petición de Juan Francisco de Blas, quien pretendía «la plaza de impresor que tuvo su padre de los libros de esta Santa Iglesia y su Librería», encargando a los Contadores que «vean y refieran»247 sobre el particular. En primer lugar, como ya hizo Juan Guillén, cabe destacar la referencia a la Librería248, que induce a pensar que se encargaba de imprimir las obras que el Cabildo pretendía editar y difundir. Este punto no está del todo claro, pues, como se verá, el proyecto de edición de mayor envergadura acometido por el Cabildo catedralicio sevillano en el siglo XVII, el de las Fiestas de la Santa Iglesia de Sevilla al culto nuevamente concedido al señor rey San Fernando III de Castilla y León, no fue impreso por ningún Impresor Mayor del Cabildo. Por otra parte, no se conoce el informe de los Contadores ni la resolución adoptada por el Cabildo al respecto, pero lo cierto es que su petición debió de ser aceptada, dado que, el 27 de enero de 1668 se efectuó un libramiento de 1.156 maravedís «a Juan Francisco de Blas, Impresor Mayor del Cabildo, por dos libros que dio su padre el año 1667, para Mayordomía y Receptoría de Fábrica». A lo largo de ese año de 1668, se ocupó de un encargo de mayor entidad, que quizá justifica la alusión a la Librería en su petición, dado que, en diciembre, se libraron a su nombre 35.400 maravedís en cumplimiento de 57.800 que importó la impresión de cuatrocientos cuerpos del Libro de la Custodia, así como su encuadernación249. Este tipo de trabajos eran, no obstante, excepcionales en el caso de los Impresores Mayores, que, como se encarga de remarcar tozudamente la documentación, se ocupaban de forma mayoritaria de la impresión de libros blancos, contratos y otros documentos, como edictos o breves. Los libramientos por este tipo de conceptos continúan en las décadas siguientes, ingresando cantidades de mayor o menor cuantía, fundamentalmente por la impresión de escrituras y rentas, así como de libros de pitanzas y misadas. Esto no quiere decir que los montantes fueran reducidos, pues, por ejemplo, la impresión y encuadernación de quinientos informes para un pleito le reportó 68.510 maravedís en mayo de 1677250. 247 ACS, 7117, f. 23r. 248 GUILLÉN 2006, p. 257. 249 ACS, 09512, ff. 2v y 17r. 250 ACS, 06330, ff. 1r, 9r, 30r, 48v, 50r, 55v, 101r, 152r, 169v, 202v y 223r.
261 La permanencia de Juan Francisco de Blas en el cargo de Impresor Mayor tuvo un paréntesis, dado que, en 1672, éste fue ocupado por Juan de Yllanes, hasta 1675, cuando, de nuevo, el Cabildo volvió a nombrar a Blas en el mismo251. A partir de entonces, es Juan Francisco de Blas el que ve terminar el siglo, no produciéndose un nuevo nombramiento hasta 1754, recayendo en Jerónimo de Castilla. El mismo documento indica que Juan Francisco de Blas era Impresor Mayor de la ciudad de Sevilla252. Las noticias no son demasiado abundantes para este final de siglo. En 1685 se le pagaron 9.894 maravedís de resto de los villancicos253. Dos años después, le fueron abonados 1.008 por imprimir edictos de la Fábrica254 y en 1690, recibía 658 maravedís por la impresión de un rezo255. YLLANES, Juan de (1672-1675) Como se acaba de indicar, en el periodo que abarca 1672-1675, Juan de Yllanes desempeñó el cargo de Impresor Mayor del Cabildo. El 22 de enero de 1672, el Cabildo tuvo a bien nombrarlo como tal «con la misma ayuda de costa que gozaba su antecesor»256. No se sabe por qué precisó el Cabildo de un nuevo impresor, teniendo en cuenta que Juan Francisco de Blas llevaba poco tiempo ejerciendo como tal ―apenas cinco años― y, casualmente, volvió a ser nombrado una vez Juan de Yllanes se hubo marchado. En cualquier caso, lo que sí puede conocerse es el motivo por el que este último dejó de ser el Impresor Mayor. Según reza el libro de salarios correspondiente, «el dicho Juan de Yllanes quitó la imprenta, y los Contadores Mayores nombraron a Juan Francisco de Blas en septiembre de 1675»257. Es decir, fue el cese de actividad de Juan de Yllanes lo que llevó al Cabildo a buscar otro impresor, volviendo a nombrar a Juan Francisco de Blas. En julio de 1673 puede datarse un pago realizado a Juan de Yllanes por la impresión de los villancicos de Navidad de 1672 y Reyes de 1673, por un valor de 4.080 maravedís258. Poco después, el Cabildo se avino a conceder otros 1.700 mara- 251 ACS, 09672, f. 32r. 252 ACS, 09668, f. 241r. 253 ACS, 09526, f. 8v. 254 ACS, 09528, f. 4v. 255 ACS, 09531, f. 2v. 256 ACS, 7119, f. 6r y 09671, f. 29v. 257 ACS, 09672, f. 32r. 258 ACS, 09517, f. 8r.
262 vedís de la Mesa Capitular como ayuda de costa a Juan de Yllanes, en esta ocasión por «un libro que dedicó al Cabildo», del que nada más se dice, desafortunadamente259. 259 ACS, 7120, f. 126r.
263 III. AUMENTO DE LOS FONDOS BIBLIOGRÁFICOS CATEDRALICIOS Durante la centuria decimoséptima los medios de que dispuso el Cabildo Catedral para el incremento de sus fondos bibliográficos no se diferenciaron mucho de los que empleó en el siglo precedente. Sin embargo, la proporción con que se sirvió de unos y otros sí que muestra una variación en su importancia. Así, no se encontrará en el siglo barroco un legado del calibre cualitativo y cuantitativo del que dejó don Hernando Colón, serán mucho más modestos y no siempre fueron aceptados. Sí abundarán las donaciones de las que será receptor el Cabildo, no siempre de forma desinteresada, ya que muchos de los autores buscaban con ellas obtener réditos económicos al hacerlo, en forma de ayuda para la impresión de las obras, costumbre que el Cabildo trató de erradicar cuando la situación económica se deterioró. Parece que la época de las grandes compras también ha llegado a su fin, habiéndose documentado en un número muy limitado en comparación con el siglo precedente, reduciéndose prácticamente a la adquisición de obras litúrgicas y corales. Más bien se continúa con la labor de adecuación de los fondos a las disposiciones tridentinas o inquisitoriales. El taller escriturario catedralicio desplegó una importante actividad, en especial en la creación de obras de canto llano y de órgano, siendo el siglo XVII uno de los más prolíficos en cuanto a la producción de este tipo de libros. Por otra parte, la impresión de obras en forma de cuadernos de rezo y otros, sí se da con profusión, destacando, sin duda, la impresión del libro sobre las fiestas por la beatificaicón del rey Fernando III en el año 1672, que se imprimió con abundancia y difundió concienzudamente. Por lo tanto, legados, donaciones y producción propia serán los cauces que seguirá el Cabildo Catedral para el incremento de su tesoro bibliográfico.
264 1. La escritura de nuevos libros Aunque la Catedral de Sevilla contaba con un importantísimo acervo librario, cuyo mantenimiento y renovación absorbían una gran cantidad de recursos económicos y ocupaban por largo tiempo a los profesionales que trabajaban para ella, de la misma forma, precisaba de nuevos libros litúrgicos, de canto llano y de canto de órgano, según se deterioraban los antiguos fondos, se renovaba algún aspecto del culto o se aprobaban nuevos oficios y rezos de distintos santos. Efectivamente, desde el Concilio de Trento se produjo un retroceso en el número de fiestas y advocaciones admitidas por Roma, aunque pronto comenzó un nuevo repunte gracias al impulso que las distintas iglesias daban a dichos cultos. La Iglesia Sevillana destacó en este aspecto, luchando por introducir nuevos rezos en el ceremonial y obteniendo, por fin, la beatificación de Fernando III. Además, la actividad compositora de los distintos maestros de capilla y de ceremonias obligaba en muchos casos a contratar los servicios de escritores para «poner en punto de coro» o «en punto de canto» dichas obras. Para obtener estos nuevos libros de distinto carácter, la Seo acudía a su taller escriturario, así como a otros profesionales cuya labor era de carácter más o menos puntual, probablemente, debido a la imposibilidad de dicho taller para cubrir las cotas de trabajo, dado que, como se ha visto, en ocasiones se hallaba ocupado en importantes labores de reparación de los ya crecidos fondos bibliográficos. En lo que respecta a Melchor de Riquelme, escritor de los libros de la Catedral, durante los primero años del siglo XVII estuvo inmerso en la adecuación de los libros del Coro al nuevo rezado, lo que implicaba la escritura de nuevos folios y cuadernos que se interpolaban en libros anteriores, en substitución de los pasajes discrepantes con aquél. Sin embargo, como obra nueva, la primera noticia parece ser la escritura de unos libros «para que canten los versos los prebendados en las procesiones», iniciados a fines del año 1608 y finalizados en mayo de 1609, por los que se le pagó la importante cantidad de 177.948 maravedís. Se sabe que dos de ellos ocuparon ciento setenta y cuatro páginas, pero no es posible determinar si fueron los únicos incluidos bajo este epígrafe o si escribió un número mayor de los mismos. En cualquier caso, el importe, aunque elevado, no presenta discordancias con el crecido número de hojas escritas en esos dos libros. Quizá esté relacionada con esta labor escrituraria la compra de pergamino en 1606, 17.952 maravedís que se pagaron al carretero Pedro de la Fuente, por el valor del mismo
265 y de su porte260. En estos primero años de la centuria, se adquirieron obras de polifonía, concretamente, encargadas a Simón Rodríguez Carvallo, escritor de libros. Así, en 1606 dio unos cuadernos impresos, por valor de 6.800 maravedís. Dos años después, se le encuentra escribiendo «libros de canto de órgano», sin que se pueda averiguar cuántos ni cuáles eran, ya que lo asientos solo recogen pagos a cuenta de ellos, sin mencionar ni su título ni ningún otro dato, salvo su carácter polifónico. En cualquier caso, supusieron un gasto relevante de 40.800 maravedís. Por último, en esta primera década del siglo decimoséptimo, Antonio de Alarcón escribió y puntó dos libros de versetes y responsos para los seises y de Nuestra Señora. Transcurridos unos años en los que las noticias halladas suponen una actividad diversa pero que no consiste en la escritura de nuevos libros, en 1611, por fin, se encuentra Melchor de Riquelme ocupado en la escritura de un nuevo Oficio del Ángel de la Guarda, finalizado en octubre del mismo año. En total, obtuvo por esta razón 24.956 maravedís, incluyendo las «letras mayores y quebradas» que hizo en él. Como se ha visto, este Oficio fue compuesto por Sebastián Vicente Villegas, encargándose Melchor de Riquelme de su puesta en punto de canto en un libro grande. Antes de que finalizara el año, escribiría otro libro de los aniversarios, aunque solo se ha encontrado un pago de 13.294 maravedís por él, sin que se pueda afirmar que fuera el único y, por lo tanto, la cantidad final que importó su escritura. Posiblemente, habría que relacionar la confección de estos libros con el mandato emanado del Cabildo el 3 de marzo de 1611 para que se hicieran «libros para los aniversarios» de forma que hubiera más en cada Coro261. Durante ese mismo año, otros escritores prestaron sus servicios a la Catedral de Sevilla. Es el caso de Pedro de Arriola, del que se ha encontrado un libramiento de 3.400 maravedís por «escribir libros de himnos, chiries y credos». En los años siguientes, 1612 y 1613, vuelve Melchor de Riquelme a realizar nuevas escrituras, esta vez tres cuadernos de maitines de ferias que incluían veinte «letras quebradas», en el primero de los años y doce hojas de piel entera de antífonas de ferias de Adviento, así como ciertas hojas en el introito del «señor Santa Ana» y otras letras262 en 1613. En este mismo año, Jerónimo Bravo se encargó de la escritura de unos «libros para cantar los niños de no- 260 ACS, 09456, f. 11r. 261 ACS, 7094, f. 9v. 262 ACS, 09463, f. 21r.
272 Los inicios de la creencia en la Purísima Concepción de la Virgen provienen de Oriente, fundamentada en el Protoevangelio de Santiago, del siglo II. Posteriormente, en el III Concilio de Éfeso, de 431, se profundizó en esta idea. Mucho después, desde el siglo XI, arraigó en Inglaterra, desde donde fue extendida al continente por los normandos, alcanzando fuerte implantación en Flandes y otras zonas del norte europeo. Los dominicos se oponían a la Inmaculada, frente a los franciscanos, fervientes defensores de la misma. Pese a estos comienzos lejanos, desde las guerras civiles castellanas del siglo XIV, la cuestión está muy presente en la religiosidad española, incluyendo la Corona de Aragón, donde los monarcas defendieron abiertamente las tesis inmaculistas. Precisamente, a mediados del siglo XV, en medio de las disputas entre conciliaristas y partidarios de la preeminencia del Papa, durante el Concilio de Basilea277, el franciscano Juan de Segovia había defendido dichas posturas frente a Montenegro y Torquemada, dominicos. Juan de Segovia había acudido acompañando al cardenal Juan de Cervantes al Concilio y, debido a su brillantez, allí se le encargaron importantes tareas, como la aludida. Se había formado en la Universidad de Salamanca, donde llegó a ser catedrático de Prima, Vísperas y Biblia278. Acumuló una copiosa biblioteca que donó a dicha Universidad. Entre su producción bibliográfica se hallaba el libro aludido por el Cabildo Hispalense, De Conceptione sobre el dogma inmaculista, así como su obra «Contra Alcoranum», ambas manuscritas, situadas por Juan de Loaysa en el Cajón 106 de la Biblioteca Capitular y Colombina279. Esta última sería, posiblemente, su Contra Legem Maumeti, en la que volcó sus amplísimos conocimientos sobre el Corán, criticándolo de cara a conseguir la conversión de los musulmanes por vías pacíficas. En cuanto a la obra sobre la Inmaculada, es difícil identificarla, dado que escribió varias que podrían haber sido inscritas por Juan de Loaysa como lo hizo. Así, podría tratarse de la obra publicada en 1437 De Sancta Conceptione Virginis Beatissimae Generticis Mariae o De Inmaculata Viriginis Deiparae Conceptione, sive, exstensius, Septem allegationes et totidem avisamenta pro informationem PP. Concilii Basiliensis anno MCCCC XXX VI circa sacratissimam Virginis Mariae Inmaculatam conceptionem, 277 RUIZ-GÁVEZ 2008, pp. 199-200. 278 HERNÁNDEZ 1984, pp. 7-8. 279 BCC, Ms 57-1-19, f. 115v.
273 donde se recogían las alegaciones que opuso a Montenegro y que ha sido muy estudiada. Además de estas dos, escribió De miraculis a Deo Factis ad robur doctrinae ipsius de Sancta Conceptione, y un Officium de Festivitate huiusmodi noviter edictum, impresas las tres últimas en Bruselas en 1664280. Sea como fuere, las obras de Juan de Segovia llamaron la atención del Cabildo en unos momentos de gran interés por la cuestión de la Inmaculada. Los monarcas españoles estaban implicados en la causa, creando la Junta de la Inmaculada, que solicitó la pronunciación de universidades, conventos y otras instancias religiosas españolas. Además, la ciudad de Sevilla era especialmente sensible a ello, llegando a producirse altercados cuando, en 1613, el dominico Fray Molina profirió un discurso en contra de la Pura Concepción de la Virgen, provocando un escándalo tanto entre las clases populares como entre los expertos281. Al año siguiente, el Cabildo envió una diputación a Roma para tratar de obtener del Papa su apoyo al perseguido dogma, dándose en años sucesivos distintas muestras populares e institucionales de apoyo al mismo282. Aunque todos los intentos fracasaron, pues el dogma no fue aprobado hasta 1854, llegándose a prohibir, incluso la locución «Inmaculada Concepción de la Virgen» entre los años 1644-1655, fue, precisamente, en ese periodo cuando el Cabildo de la Catedral de Sevilla decidió encargar a Murillo el cuadro de la Inmaculada que preside la sala capitular, grabando en el marco, pese a la prohibición, «Sine Labe Concepta»283. Volviendo a la cuestión del libro de Juan de Segovia, pese a la advertencia capitular al Arzobispo para devolver cuanto antes la obra prestada, más de un año después, el 3 de septiembre de 1618, aún no se había producido la devolución. Se leyó una carta en la que el Deán destacaba la utilidad de realizar una edición de la obra del maestro segoviano y, para debatir la cuestión, salieron los familiares de Gaspar de Herrera, Francisco de Salablanca, Juan Quiñones, el Doctor Soria, Antonio de Covarrubias y Gaspar de Espinosa. Finalmente, se ordenó responder a la carta, aunque no ha trascendido el tenor exacto de la contestación. Pese a ello, puede deducirse que la decisión fue estimatoria para las pretensiones del Deán, dado que, tan solo siete días después, el 10 de septiembre, se decidió instar al Arzobispo la devolución del libro de Juan de Segovia 280 GONZÁLEZ GONZÁLEZ 1944, pp. 92 y ss. y 111-113. Aunque también podría ser Errores Alcorani, citado por HERNÁNDEZ MONTES 1984. 281 RUIZ-GÁLVEZ 2008, pp. 202-203. 282 GUILLÉN 2006, p. 222. 283 RUIZ-GÁLVEZ 2008, pp. 202-203.
274 «para que el Cabildo haga diligencia para discurrir y determinar si convendría o no tratar de imprimirle y el modo que habrá en esto». De nuevo, transcurridos diez días, el 20 de septiembre de 1618, se cometió al Deán para que escribiera al Arzobispo pidiéndole que devolviera el libro para que los capitulares pudieran decidir si convenía su impresión y, caso afirmativo, cómo debía efectuarse. Por fin, el 24 del mismo mes y año, se produjo la ansiada reintegración de la obra a la Catedral Sevillana. El Deán solicitó llevárselo por unos días, consintiéndolo el Cabildo284. Aunque pudiera parecer que el interés por editar el libro enmascarase en realidad un celo por impedir que un préstamo se acabara convirtiendo en una pérdida, lo que no era del todo improbable, lo cierto es que, en esta ocasión, la intención de imprimirlo era sincera, volviendo a tratarse la cuestión por los capitulares. Efectivamente, el 23 de febrero de 1619, se creó una comisión que incluía a Félix Guzmán, Luis Melgarejo y, al ya habitual en estos asuntos, Manuel Sarmiento de Mendoza para que inspeccionaran el libro y dilucidar si debía «imprimir en nombre del Cabildo, para que regulen y tenga todo mayor servicio de Dios y de esta Santa Iglesia»285. Sin embargo, como sucedía con otros asuntos, la impresión del libro de Juan de Segovia se iría enquistando y alargando por años. En 1621, 30 de abril, de nuevo se ordenaba «traer lo escrito sobre el libro de la Inmaculada que el Cabildo ha tratado de imprimir»286. Las palabras escritas por el secretario en las actas capitulares parecen indicar que se estaban encontrando problemas para lograr una edición de la obra, pese a que se había «tratado de imprimir». Lo mismo se desprende del auto capitular de 26 de agosto de 1624, en el que se constata que el Cabildo contaba ya con licencia del Consejo de Castilla y «cédula particular» para poder imprimir el «libro de las cuestiones sobre le Misterio de la Purísima Concepción cuyo autor es Juan de Segovia, canónigo que fue de Toledo, que se halló en la Librería de esta Iglesia». Según parece, el Cabildo tenía mandado imprimir la obra, aunque dicha impresión no se producía, corriéndose el riesgo de que los documentos que autorizaban a efectuarla expiraran. Por lo tanto, de nuevo, se cometió a los canónigos Arcediano de Sevilla, obispo de Mallorca, a Manuel Sarmiento de Mendoza, al Doctor Laínez y al racionero Juan López de León, para que trataran sobre el mejor mo- 284 ACS, 7097, ff. 125r, 126r y 129r. 285 ACS, 7098, f. 9v. 286 ACS, 7099, f. 32r.
275 do de para realizar la impresión del libro, «dónde y cómo se haga más cabo y menos costa»287. El desenlace de estas gestiones es, actualmente, desconocido, pues no se han hallado nuevas noticias referentes a ello, ni tampoco se sabe de ninguna edición sacada por la Catedral de Sevilla del libro de Juan de Segovia, más allá de la citada edición de Bruselas de 1664. En esta edición, de las Septem allegationes et totidem avisamenta pro informatione patrum Concilii Bsileensis Praesidente tunc Iudice Fidei D. D. Cardinali Arelatensi anno Domini 1436. Circa sacratissimae Virginis Mariae Inmacvlatam Conceptionem ejusque praeservationem a Peccato Originali in primo suae animationis instanti nunc primum in lucem prodeunt, sin embargo, se hace referencia a la Biblioteca Capitular y Colombina, dado que, tras el título se lee: «ex antiquis M. SS. repertis in Bibliotheca S. Eccles. Hispalensis, Thuana Prisiensi Monasterii S. Jacobi lodiensis, Monasterii Aquicintini Prope Duacum, & Duacensis Collegii Soc. Jesu. Et denique ex quídam trasumpto existente in Archivo Regio Conpetionis apud Curiam Matritensem». Es decir, se cita como fuente a la Biblioteca Capitular y Colombina, lo que podría indicar que ésta es la obra que Juan de Loaysa asentó como «De Conceptione». El tiempo transcurrido entre la iniciativa del Cabildo Hispalense y la fecha de la impresión ―nada menos que cuarenta años―, así como la concurrencia de fuentes y la ausencia de una referencia expresa a los capitulares sevillanos descarta, prácticamente, la posibilidad de que se trate de la edición pretendida en los años veinte por ellos. En cualquier caso, el proyecto de mayor entidad efectuado por el Cabildo para llevar a cabo la edición e impresión de un libro atañe a el Santo Rey, don Fernando III, conquistador de Sevilla. El proceso para su canonización había ido adquiriendo fuerza, principalmente, desde que en 1622 alcanzaron la condición de santos otros españoles como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús o Francisco Javier. Poco después, en 1624, el procurador por Sevilla a las Cortes solicitó que se iniciaran las diligencias necesarias para que comenzara el proceso de canonización de Fernando III, lo que fue aceptado, nombrándose comisarios para informar al rey Felipe IV. El monarca apoyó la idea de buen grado, llegando a venerar los restos de su antepasado. Tres años después, en 1627, el arzobispo Pedro Deza de Guzmán creó una junta para realizar las gestiones oficiales, incluyendo al Padre Juan de Pineda, de la Compañía de Jesús, al doctor Juan de Torres 287 ACS, 7100, f. 40r.
276 Alarcón y a varios canónigos de la Seo Hispalense288. Ese mismo año, el 21 de julio, el Arzobispo envió al Cabildo el libro del jesuita Juan de Pineda, Memorial de la excelente santidad y heroicas virtudes del señor rey Don Fernando, tercero deste nombre, primero de Castilla, I de León, para que los capitulares lo vieran y escribieran al Rey y al Papa «las cartas que sean necesarias para pedir que se trate con toda brevedad y afecto la canonización» de Fernando III. Siguiendo la petición del prelado, se ordenó al secretario, a la sazón, Baltasar de Salablanca, arcediano de Niebla, que escribiera «todas las cartas a este propósito que los señores diputados le advirtiese»289. El acta se refiera a la Diputación del Santo Rey, creada ex profeso para dirigir los esfuerzos tendentes a la canonización del monarca por parte de la Catedral de Sevilla. En 1632 la junta había ya conformado el expediente, listo para ser remitido a Roma y, en 1634, Felipe IV se implicó, ordenando mediante real cédula que todas las instituciones del estado habilitasen medios para sufragar los gastos originados por la causa del Santo Rey290. Ese mismo año de 1634, el 13 de noviembre, se leyó una carta de Bernardo de To[…], que enviaba dos tratados impresos que contenían una oración «que se hizo en el Consistorio de Su Santidad en la causa del Rey Fernando». Los capitulares respondieron agradeciendo su contribución a la misma y ordenaron que se imprimiera la oración a costa del Cabildo, de forma que fuera conocida por todos los prebendados. Por último, se mandó que «se junten todas las cartas y papeles que se tienen de la causa de la canonización»291. Cualquier aportación a la misma era bien recibida por el Cabildo que, como puede verse, trataba de aunar todos los documentos tendentes a la canonización de cara, probablemente, a su aportación a la causa. Poco después, otra contribución. En esta ocasión, Gil González, «cronista de Su Majestad» había decidido escribir una obra sobre la vida Fernando III, para lo que se había «llevado papeles y cosas memorables», encargando el Cabildo, el 10 de enero de 1639, al Arcediano de Niebla que buscara en el Archivo los papeles que pudieran resultar útiles para la escritura del libro y que le fueran remitidos292. Como puede comprobarse, la colaboración del Cabildo era plena, llegando, incluso, a remitir papeles de su celosamente guardado archivo. Gil González Dávila fue Cronista de Castilla en tiempos 288 GÁMEZ 2015, pp. 259-261. 289 ACS, 7101, f. 182r. 290 GÁMEZ 2015, f. 262. 291 ACS, 7103, f. 309v. 292 ACS, 7104, f. 132v.
277 de Felipe III, siéndolo, además, de Indias durante el Reinado de Felipe IV. Se dedicó, principalmente, a la historia local, así como de los arzobispados y a los episcopologios293. Igualmente, destacó por su obra cronística sobre la historia eclesiástica en Indias294. Aunque es un autor prolífico, no se tiene constancia de ninguna obra suya sobre la vida de Fernando III el Santo, por lo que es muy probable que nunca se llegara a efecturar. El proceso, no obstante, se complicó debido a las trabas interpuestas por el breve pontificio de Urbano VIII Coelismis Hierusalem, que endurecía las condiciones para la elevación a los altares de los distintos candidatos. Tampoco ayudaron las malas relaciones del Cardenal Borja, representante español ante la Santa Sede, con el Santo Padre y la muerte del Cardenal Spínola, en 1649. Por fin, ya durante el pontificado de Alejandro VII, en 1655, se abrió una vía para continuar con la canonización del Santo Rey, admitiéndose que desde antiguo se daba un culto a su persona. Se realizaron nuevos interrogatorios que probaran la santidad del monarca295, siendo repartido, impreso, entre los prebendados el 28 de 1664296. Lógicamente, los testigos no eran contemporáneos del Santo Rey, por lo que se recurrió a crónicas de su época, como La historia integral de España del arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada o el Chronicon Hispaniae de Lucas de Tuy, titular de la sede de aquella ciudad. De la misma forma, se acudió a autores posteriores, como la Historia General de España del Padre Mariana, de la Compañía de Jesús. Se ocuparon de describir la iconografía existente sobre Fernando III el gran pintor Bartolomé Esteban Murillo297 y Francisco López Caro. Por fin, el 11 de febrero de 1671, el papa Clemente X concedió misa y oficio al Monarca, aunque se trataba de una beatificación, no de una canonización298. El 20 de abril del mismo año de 1671, se leyó una carta de Juan de «Tejada, que dice haber dado un memorial de San Fernando a la Reina, de quien refiere, entre otras cosas, que la vida del Rey Santo la escriba Juan Lucas Cortés, que le parece sujeto más a propósito que se conoce y quien más particulares noticias tiene para el buen logro de este trabajo». Para ello, se proponía que la Diputación del Santo Rey buscara «cuantos 293 MANO 1994, p. 287. 294 MALDONADO 1980, p. 783. 295 GÁMEZ 2015, p. 262. 296 ACS, 7115, f. 11r. 297 Bartolomé Esteban Murillo, como se sabe, se especializó en retratos de la Virgen y de algunos santos. La Catedral de Sevilla le encargó, en los años cincuenta, la realización de una obra sobre San Antonio de Padua por 340.000 maravedís (ACS, 06324, f. 383v y 06325, f. 347r). 298 GÁMEZ 2015, pp. 263-267.
278 manuscritos y papeles particulares se pudieren hallar y se le remitan». Definitivamente, los capitulares ordenaron a dicha diputación «conteste diciendo cómo el ceremonial está bien dispuesto y ajustado a la mente del Cabildo y cómo se van a buscar los manuscritos y papeles para remitirlos a Madrid»299. Juan Lucas Cortés estudió en el dominico Colegio de Santo Tomás de Sevilla, pasando luego a la Universidad de Salamanca, en su Facultad de Leyes. Tras viajar a Flandes, volvió a Sevilla, donde ejerció numerosos oficios, yendo luego a la Corte, llegando a ser consejero del Consejo de Indias primero, y, luego, del Consejo de Castilla300. Lamentablemente, no se conoce ninguna obra de este autor referida a la figura del Santo Rey. Poco después, el 8 de junio de 1671, comenzaron las primeras diligencias por parte del Cabildo para la mayor obra de edición efectuada durante el siglo XVII. Así, ese día, el Cabildo encargó a Fernando de la Torre Farfán, «por la satisfacción que tiene de su elegante estilo para la narrativa y la buenas letras para la exornación», que describiera las fiestas que se organizaron en la Iglesia Mayor de Sevilla, «para que se comunique a todos con más individual noticia el deseo con que se ha procurado desempeñar su mayor obligación». De esta forma, se cometió a los contadores mayores que, «después de formada dicha relación», es decir, una vez escrita la obra, «la den a la impresión para que cuanto antes salga a la luz y que la costa que tuvieren, libren sobre la Mesa Capitular»301. Por lo tanto, serían las rentas propias del Cabildo las encargadas de financiar la obra. Fernando de la Torre Farfán, poeta y autor del libro Fiestas de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla, al Nuevo Cvlto del Señor Rey San Fernando el Tercero de Castilla y de León, concedido a todas las Iglesias de España, por la Santidad de Nuestro Beatísimo Padre Clemento X, era, efectivamente, célebre por su habilidad para describir distintas celebraciones y justas literarias302. De esta clase de obras había publicado ya algunas como Fiestas qve celebró la Iglesia Parrochial de Santa María la Blanca, Capilla de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarchal de Sevilla: en obseqvio del nvevo breve concedido por Nuestro Santísimo Padre Alexandro VII en favor del Pvrissimo Mysterio de la Concepcion Sin Culpa Original de María Santíssima, Nuestra Señora, en el primero instante physico de su ser, en 1666 o Templo panegírico, al certamen poético, que celebró la hermandad insigne de Santísimo Sacra- 299 ACS, 7119, f. 29r. 300 GONZÁLEZ DE SAN SEGUNDO 2000, pp. 579-583. 301 ACS, 7119, f. 40r. 302 REYES 1987, pp. 502-503.
279 mento, estrenando la grande fábrica del Sagrario nuevo de la Metrópoli sevillana, en 1663, ambos impresos por Juan Gómez de Blas, Impresor Mayor del Cabildo. Transcurrido exactamente un mes desde que le fuera encargado a dicho autor, el 8 de julio de 1671, se determinó que el libro fuera dedicado a «la Majestad del Rey Nuestro Señor», Carlos II. Al año siguiente, volvió a debatirse sobre la procedencia de los fondos que debían sufragar la impresión, cometiéndose, el 8 de marzo de 1672, a los contadores mayores, a los canónigos Alonso de Olivares y Pedro Coco y al racionero Juan de Escobar determinar «qual hacienda debe costear la impresión del libro de las fiestas con que esta Iglesia celebró la particular del Santo Rey». Por fin, el 18 de junio, los diputados reconocían al Cabildo que «este libro era medio para adelantar y facilitar» la canonización del Santo Rey, por lo que debía sufragarse de la hacienda que para ese fin se había instituido en la caja de los depósitos. Sin embargo, entre los canónigos no hubo acuerdo, por lo que se encargó a esta diputación, a la Diputación del Santo Rey y al secretario del Cabildo Francisco de Arizti para que confirieran de nuevo, con el obje- to de determinar si se pagarían los gastos del libro de la hacienda capitular, de la del Santo Rey o de ambas a partes iguales. De la misma forma, debía esclarecerse «qué libros se darán y repartirán y si los que sobran convendrá beneficiarlos y en qué forma» y, por último, «qué dinero será menester para perfeccionar, a menor costa, la impresión y encuadernación de estos libros». El Cabildo estaba interesado en controlar los gastos derivados de la impresión del libro que, como se verá, serían realmente importantes. Siguiendo lo dispuesto en el citado auto, el martes 1º de julio de 1672, se presentó de nuevo la cuestión. El acta capitular reviste la suficiente importancia, minuciosidad y elocuencia como para ser transcrita en su totalidad: «Estando llamado para oír y determinar en el parecer de la Diputación que en 18 de este mes nombró en orden a los gastos de impresión y encuadernación del libro que describe las fiestas hechas por esta Iglesia al nuevo culto del Santo Rey, la Diputación propuso que, habiendo convenido y conferido los puntos en dicho día cometidos, y reconocido el estado de esta obra parecía que sobre los 120.223 reales que para dicho efecto hasta hoy se han librado, serán necesarios 22.831 reales más para concluir y perfeccionar la dicha impresión y encuadernación; que de toda esta cantidad costee la mitad la hacienda capitular y la otra mitad la del Santo Rey; que de los 2.000 cuerpos de libros que hay impresos, los 1.000 se partan entre los prebendados, repartiéndose el gas- to que por su prebenda les corresponde y los otros 1.000 como de cuenta del Santo Rey
280 se separen para distribuirlos entre las personas y comunidades que tuvieren lugar en la atención del Cabildo y los que de ellos sobraren se beneficien para que su precio cubra parte del gasto con que la hacienda del Santo Rey contribuye; cuyo parecer, oído por el Cabildo y discutido sobre el mando que para perfeccionar esta encuadernación, los contadores mayores, tan solamente libren los dichos 22.831 reales, y les coartó la facultad de poder librar un maravedí más; y pasando al punto de la aplicación de estos gastos, por sentir algunos señores capitulares que enteramente debía contarlos la Mesa Capitular se usó de las habas, y el Deán la calificó que la blanca se haga en la forma propuesta por la Diputación, la negra que no, y regulados los votos hubo 28 blancas y 7 negras, y procediendo después a la determinación del tercero punto que es el de la distribución de estos libros, se habló por orden y respecto de ser tarde y haber quedado pocos prebendados, se requirió se dilatare para otro día la resolución, y así se votó de las habas, y el Deán calificó la blanca se dilate para mañana cabildo extraordinario, y la negra no; y habiendo 13 blancas 14 negras, mandó que después se apliquen y distribuyan como la Diputación propone, y que perfeccionada la encuadernación e todos los dichos libros y la de la plata de los de Su Santidad y ambas magestades del Rey y Reina nuestros señores, se avise para que en la Contaduría se repartan según y cómo el Cabildo fuere ordenado». Como puede constatarse, el coste de esta impresión, efectuada en la imprenta de la viuda del impresor Nicolás Rodríguez, fue astronómico: 4.863.836 maravedís que, definitivamente, se sufragaron a medias entre la Mesa Capitular y la hacienda de la Diputación del Santo Rey, pese a que algunos de los canónigos preferían que se hiciera cargo por entero el Cabildo. Tamaño dispendio obligó, no obstante, a prohibir cualquier otro pago por este concepto. La tirada era, por lo demás, generosa, alcanzando los dos mil ejemplares, de los que la mitad se entregarían a los prebendados, siendo la otra mitad remitidos entre aquellas personas e instituciones que el Cabildo consideraba de utilidad que los poseyeran, incluyendo, por supuesto, a la Reina Madre, al rey Carlos II y al Papa. Por último, los que sobraran serían puestos a la venta, con cuyo producto se resarciría a la Diputación del Santo Rey para que continuara con el proceso de canonización del mismo. Una semana después, el 8 de julio de 1672, se dispuso que 1.220.890 maravedís fueran cargados a la cuenta del superávit de 1671. En este sentido, puede parecer pequeña, incluso, la importante donación realizada el 8 de agosto de 1672 por Francisco de Carvallo Zambrano de nada menos que 125.328 maravedís para este fin.
281 Según parece, la impresión debió de estar finalizada y pagada en septiembre, dado que el 19 de dicho mes, se cometió a la Diputación de Hacienda una proposición del canónigo doctoral José Hurtado en la que transmitía que el Mayordomo de la Mesa Capitular, Juan Manuel Ortega, había «suplido de lo que es su obligación para los gastos de impresión y encuadernación» del libro del Santo Rey. La encuadernación llevaría aún un tiempo y no estuvo exenta de inconvenientes. Así, el 7 de octubre de 1672, se ordenó que el libro que se iba a remitir al Papa se forrase en terciopelo con cantoneras y escudos de plata con grabados de las armas del Pontífice, dado que «el platero no puede menos que en mucho tiempo hacer la de calados de plata» que, inicialmente, se pretendía enviar a Roma, acorde con la grandeza del receptor. Sí serían de plata los destinados al rey Carlos II y a la Reina Madre, a tenor de lo relatado por Justino de Neve ante el Cabildo el 31 de octubre de ese año. El mismo y el entonces racionero Juan de Loaysa dieron cuenta de «estar perfeccionada la encuadernación de todos los cuerpos de libros», ordenándose a continuación enviar al canónigo Juan de Tejada los guarnecidos en plata y otro ejemplar más, para que éste los entregara a los monarcas y al Presidente del Consejo de Castilla, junto a las cartas que los acompañarían, gestión de la que se habría hecho cargo el Arcediano de Niebla. Por otro lado, a Diego de Castillo, canónigo y auditor del Tribunal de la Rota, se remitiría el ejemplar destinado al Papa, para que lo pusiera «a los pies de Su Beatitud». El resto de los mil cuerpos de libros que podrían distribuirse a diferentes personalidades e instituciones, fueron encomendados a la diputación formada el 19 de junio para estos asuntos. Sin embargo, no todas las disposiciones anteriores prosperaron, dado que el 7 de noviembre de 1672, el Cabildo enmendó algunas de ellas. Así, se paralizó la entrega de su ejemplar al Presidente de Castilla, así como a los prelados y Cabildos «de estos Reinos», hasta que Juan de Tejada dispusiera en Madrid cómo realizar la encuadernación de que se habría de enviar a don Juan de Austria, que debía forrarse en terciopelo y guarnecerse con cantoneras y escudos «aún más costosos que los del libro del Presidente» de Castilla303. Parece ser, por tanto, una mera cuestión de preeminencia. Esta encuadernación importó 60.248 maravedís, que fueron remitidos a Juan de Tejada por auto capitular de 23 de enero de 1673304. Además de ello, en el Cabildo de 7 de noviembre de 1672, algunos de los canónigos dijeron no estar de acuerdo con que se repartieran de 303 ACS, 7119, ff. 49v, 21r, 41r, 43v, 51r, 63v, 70v, 80r y 82v. 304 ACS, 7120, f. 9r.
288 escribir «a Su Majestad representándole la suma estimación y aprecio grande que el Cabildo hace de las heroicas y admirables virtudes de tan venerable varón y ejemplar sacerdote, fiando que la católica piedad de Su Majestad inclinará su real ánimo a patrocinar en la Corte Romana» la causa del Venerable Padre Contreras. Además del Rey, recibiría un volumen el Colegio Mayor de San Ildefonso, «como a quien ha influido para firmar este libro con particulares noticias que le ha suministrado, a que el Cabildo se hallaba singularmente reconocido». Por último, se dispuso que se llevaran ejemplares a la Biblioteca Capitular y Colombina y al Archivo319. Efectivamente, en una adenda posterior del Abecedario y memoria…de Juan de Loaysa ―terminado el 11 de abril de 1684―, se asentó, en el cajón 107, «el libro del Venerable Padre Contreras, en papel de marca mayor, por duplicado»320. Poco después, el 11 de julio de 1692, se volvió a cometer a Juan de Loaysa para que escribiera cartas a Mariana de Austria, Reina Madre, al Nuncio y al Presidente del Consejo de Castilla, que debía remitir junto con un tomo del libro. El 25 de agosto llegó la respuesta de la Reina Madre y, el 15 de septiembre, la del Colegio de San Ildefonso321. De la misma forma que el Cabildo tomaba la iniciativa en la edición de libros referidos a destacados cristianos vinculados a Sevilla y su Arzobispado, también contribuía, con ayudas económicas, a la impresión de libros de temática similar. Fue este el caso de la petición que elevó, el 6 de julio de 1675, Antonio de Lorea, fraile dominico, en la que solicitaba alguna limosna para ayudar a la impresión de su obra sobre la vida de Fray Pedro de Tapia, quien fuera arzobispo de Sevilla (1652-1657). Para reforzar esta petición, se leyó, asimismo, «una carta del Duque de Alba recomendando al Cabildo la persona del dicho Antonio de Lorea y el asunto de la dicha impresión» y se repartió una «efigie en estampas» de Pedro de Tapia dedicada al Cabildo. Quizá por esta poderosa recomendación o por el mero interés en promocionar las ejemplares vidas de estos beatos, el Cabildo tuvo a bien contribuir a la impresión de la obra con 75.000 maravedís322. El libro se intitula El siervo de Dios Venerable Padre Fray Pedro de Tapia, de la Orden de Predicadores, Obispo de Segovia, Sigüenza, Córdova y Arzobispo de Sevilla…historia de su apostólica vida y prodigiosa muerte…, fue impresa por Juan García Infanzón y editada por Julián de Paredes en la Imprenta Real de Madrid, en 319 ACS, 7129, ff. 56r y 81r. 320 BCC, 57-1-19, ff. 17r, 65r y 210r. 321 ACS, 7129, ff. 81r, 95v y 104r. 322 ACS, 7121, f. 47r.
289 1676. No ha quedado constancia de que uno de los ejemplares fuera remitido al Cabildo, dado que no se incluye en el Abecedario y memoria…de Juan de Loaysa en 1684, aunque, actualmente, se halla en la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla. Otra iniciativa que parece conducir a la impresión de un libro se registra el 6 de julio de 1685, cuando Luis Frederigui relató al Cabildo «cómo se había deseado que saliesen a la luz los santos que ha habido en este Arzobispado, cuya memoria, con muy gran trabajo, había resucitado el Padre Juan Bernal, de la Compañía de Jesús» y cuya obra estaba, a la sazón, en poder de Matías de los Reyes, canónigo. El Cabildo ordenó que se solicitase su devolución. Sin embargo, si estas diligencias se llevaron a cabo, no tuvieron efecto, dado que, unos meses después, el 11 de febrero de 1686, el canónigo Gabriel Pérez Meñaca recordó que su igual, Gregorio de los Reyes, aún no había devuelto el «libro de los santos de este Arzobispado compuesto por el Padre Juan Bernal», ante lo que el Cabildo cometió a la Diputación de Ceremonias que «procurase recogerlo»323. Sea como fuere, el manuscrito terminó siendo devuelto, ya que en 1797 fue hallado en el Archivo Catedralicio324. No parece que prosperara la intención capitular de que este libro, cuyo título se desconoce, «viera la luz». En otro orden de cosas, ocupaba lugar importante, como impresión anual fija, el cuadernillo o tablas de rezo, de lo que se encargaba el Maestro de Ceremonias, bajo la dirección de la Diputación del mismo nombre. Como parte del nuevo rezado, el monopolio de su producción estaba en manos del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial desde 1573, cuando una real cédula de Felipe II concedió licencia al Prior y Convento de El Escorial para imprimir y vender en Castilla, e importar, Breviario, Misal y otros. Exclusiva que se amplió poco después a las Indias. Desde entonces, los jerónimos comenzaron a cobrar derechos por estos libros, estableciéndose luego que todos los libros del Nuevo rezado, que incluían otras obras, como Fiestas y Oficios Divinos, debían contar con licencia del Comisario General de Cruzada y consentimiento del Convento de El Escorial. Este monopolio causó no pocos problemas, librándose pleitos con distintas instituciones eclesiásticas a lo largo de los siglos XVI y XVII325. La Catedral de Sevilla fue una de ellas. 323 ACS, 7126, ff. 18r y 70r. 324 GUILLÉN 2006, p. 311. 325 REYES 2000, pp. 222-227.
290 Como se ha indicado, los nuevos rezos se imprimían anualmente, haciéndose cargo el Maestro de Ceremonias, que solía recibir una ayuda de costa de 10.200 maravedís, igualmente cada año, autorizada por el Cabildo. En este sentido, las primeras noticias sobre conflictos relacionados datan del 24 de enero de 1622, cuando llegó a oídos del Cabildo que el Comisario General de la Cruzada había ordenado que no se imprimieran «las reglas del rezo sin su licencia». Ante esta noticia, abandonaron la Sala Capitular los jueces de Cruzada y se mandó llamar para determinar qué se haría, debiendo el Arcediano de Carmona y el doctor Dionisio de Prado «traer relación de todo ello y de lo que se usa en otras iglesias»326. Si de este mandato capitular se siguieron otras gestiones, no se han encontrado. De hecho, hay que esperar aún una década para que la problemática de los cuadernillos o tablas del rezo vuelva a colación del Cabildo, aunque denotando que no se debieron de producir muchos avances, dado que, el 29 de noviembre de 1632, se ordenó que Manuel Sarmiento de Mendoza escuchara al Maestro de Ceremonias sobre si se debía imprimir el pliego de las tablas del rezo, dando cuenta luego sobre si había censuras, es decir, autorización, para ello327. A la misma línea parece apuntar la siguiente noticia, del 23 de enero de 1637. En la reunión capitular de ese día se acordó cometer al canónigo Alonso de Arellano para que «trate de hacer todas las diligencias que parezcan necesarias con el Comisario General y las demás personas que convengan para que se puedan imprimir las tablas del rezo y fiestas ordinarias de esta Santa Iglesia, por ser cosa tan necesaria y de utilidad»328. En este sentido, parece imponerse una calma tensa, dado que las noticias son aún esporádicas durante décadas. El 6 de octubre de 1649, disponía el Cabildo que los cuadernillos de rezo de santos del Arzobispado Hispalense, de cuya corrección se estaba encargando el racionero Martín Bosques, no fueran entregados por éste a ninguna persona «sin auto de Su Señoría, a quien pertenecen»329. Pareciera que se trataba de prevenir la intervención de otros poderes en la confección de los cuadernillos del rezo, dejando claro que los referentes a Sevilla y su Arzobispado competían, más aún, pertenecían, a la Iglesia Mayor de la ciudad. Transcurridos algo más de cinco años, el 5 de diciembre de 1653, se constata por vez primera que el Maestro de Ceremonias era el encargado de la impresión del nuevo rezado, dado que el licenciado Juan de Quesada, que ejercía el 326 ACS, 7099, f. 95r. 327 ACS, 7103, f. 205r. 328 ACS, 7104, f. 44v. 329 ACS, 7108, f. 115r.
291 magisterio por entonces, pidió ayuda de costa para los cuadernillos del año 1655, que ya tenía preparados. Del mismo auto se desprende, no obstante, que se trataba de una práctica ya asentada, dado que, según denunciaba Juan de Quesada, los herederos de Francisco de Bonifaz, anterior Maestro de Ceremonias, pretendían imprimirlos para obtener una ayuda de costa por parte del Cabildo. Ante esta situación, los capitulares optaron por una solución salomónica, ordenando que los herederos de Francisco de Bonifaz se ocuparan de los cuadernillos de 1654, pasando los de 1655 ya a competer a Juan de Quesada. Esto quedaría confirmado un año después, dado que el 4 de diciembre de 1654, reiteró su petición, ordenándose entregarle la misma cantidad que el año anterior330. Ya en la década de los sesenta, el cuadernillo del rezo volvió a ser objeto de la atención del Cabildo, en esta ocasión por el exceso cometido por el Maestro de Ceremonias, que pidió, el 10 de enero de 1661 «se le perdonen algunos yerros que hizo en la impresión del cuadernillo del rezo, innovando en algunas cosas». No es posible saber en qué consistían estas innovaciones, aunque es evidente que el Cabildo las rechazó de plano, mandando que no se admitiera ninguna, así como que el Maestro de Ceremonias no imprimiera «cosa alguna tocante a ceremonias sin consultarlo con los diputados de ella primero»331. Parece evidente que, por estos años, la Catedral de Sevilla seguía haciéndose cargo de la impresión de los cuadernillos del nuevo rezado, sin que se hayan encontrado referencias de alguna intervención por parte del Monasterio de El Escorial o del Comisario General de Cruzada para evitarlo. Así sería hasta el 31 de marzo de 1667, cuando el canónigo Juan de Tejada dio cuenta al Cabildo de que tenía acordado con el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial «correr con la impresión de los cuadernillos del rezo en la misma conformidad que lo hacía el arcediano de Sevilla Alonso Ramírez de Arellano»332. Lamentablemente, se desconocen las condiciones con las que Alonso Ramírez concertó con los frailes de El Escorial la impresión de los cuadernillos del rezo por parte de la Seo Hispalense, aunque, al menos, permite constatar que existía algún tipo de ajuste entre ambas instituciones. Sea como fuere, continuaría la Catedral de Sevilla disponiendo en la impresión del cuadernillo del rezo en los años siguientes, como se desprende el auto de 4 de no- 330 ACS, 7110, ff. 87r y 109r. 331 ACS, 7114, f. 4r. 332 ACS, 7117, f. 16r.
292 viembre de 1672, en el que se acordó que «el Maestro de Ceremonias, en adelante, no ponga en el cuadernillo del rezo, que cada año se imprime, cláusula en orden a las ceremonias que en esta iglesia se ejecutan, sin consulta de los diputados»333. Para auxiliar al Maestro de Ceremonias en las gestiones que implicaba su obligación en el cuadernillo del rezo, se le concedían ayudas de costa de 13.600 maravedís334, si bien, no de forma sistemática, debiendo ser solicitados por el Maestro de Ceremonias. La composición del cuadernillo implicaba a otros actores, además de al Maestro de Ceremonias, principalmente a Juan de Tejada, a quien se mandó entregar «siete cuadernos de la ordenación del rezo» que dejó hechos Juan de Quesada y se hallaban, el 17 de julio de 1676, en poder del licenciado Jerónimo Viscardo que, a la sazón, hacía las veces de Maestro de Ceremonias. No obstante, aún se producirían otros problemas, dado que, a inicios del año siguiente, el 17 de febrero de 1677, la Diputación de Ceremonias relató ante los capitulares que el Maestro de Ceremonias «había hecho un papel de advertencias acerca de algunos errores que tenía el cuadernillo del rezo de este año», papel que se imprimió y repartió entre los prebendados a costa de la Contaduría335. Hasta ahí, ningún problema. Sin embargo, los diputados señalaron, además, que el Maestro había redactado otro escrito «acerca de la forma en que en esta Iglesia se rezaba de algunos santos, dándoles diferente rito y alterando la forma que les da el breviario», lo que podía ser comprometedor. Por ello, se cometió a la Diputación para que diera su parecer. Meses después, el 21 de julio de 1677, el maestro Diego Díaz de Escobar remitió una carta al Cabildo en la que explicaba las razones por las que no se había hecho cargo de la composición del cuadernillo del rezo. Razones que no fueron estimadas por los canónigos, que le ordenaron ocuparse del mismo «según su obligación», añadiendo que «el cuadernillo corra por Juan de Tejada (…) que tiene privilegio de San Lorenzo el Real». Como puede verse, la solución arbitrada con los jerónimos debió de ser un privilegio que permitía a la Catedral Hispalense editar sus propios cuadernillos y tablas del rezo. Por último, el Cabildo dejó claro que al que se ocupara, al menos en esta ocasión, de realizar el cuadernillo, no se le debían entregar los 13.600 maravedís como ayuda de 333 ACS, 7119, f. 80v. 334 ACS, 7120, f. 218r. 335 Efectivamente, el 20 de marzo de 1677, se libraron 5.950 maravedís al maestro de Ceremonias Diego Díaz de Escobar «por los que gastó en imprimir las advertencias que añadió en el cuadernillo del rezo, por auto capitular de 17 de febrero» (ACS, 06330, f. 51r).
293 costa, ni ninguna otra cantidad. Ello no fue óbice para que, el 29 de octubre del mismo año, se ordenara librar 20.400 maravedís al Maestro de Ceremonias para la impresión de las tablas del rezo, «de las partes donde se libraban los 13.600 del cuadernillo», sin especificar de dónde se proveían estos fondos. Más grave aún, el 29 de noviembre de 1677, se leyó en el Cabildo una petición de Diego Díaz de Escobar, denunciando que, habiendo dispuesto la impresión de las tablas del rezo, se había ordenado al impresor que interrumpiera el proceso y entregara todas las que poseía. Según se relata en el auto, se dio dicha orden por parte del Deán, a quien Juan de Tejada visitó en su casa y transmitió que Diego Díaz de Escobar había ordenado imprimir un número excesivo de las mismas ―que se había fijado en quinientas―, por lo que se tomaron las medidas aludidas. Además, el Deán, inspeccionando las tablas, descubrió «unas notas que son muy contrarias al estilo que se ha observado, y las ha puesto sin consulta de la Diputación de Ceremonias». Ante estas noticias, el Cabildo acordó cometer a la Diputación para que averiguara «si el Maestro se ha excedido y, juntamente, si están [las tablas] conforme a reglas o contrarias a las ceremonias, estilo y loables costumbres de esta Iglesia». Asimismo, debían comunicar a los canónigos si las notas en romance añadidas por el Maestro de Ceremonias contaban con la aprobación de la misma. Finalmente, entre los días 20 y 22 de diciembre, se decidió, oída la Diputación de Ceremonias, que el maestro Diego Díaz de Escobar se había excedido al añadir las notas sin consulta, aunque esas notas no atentaban contra las ceremonias ni costumbres de la Seo Sevillana, así como en el número de tablas impresas, por lo que se dispuso que solo se le entregaran las precisas: aquellas destinadas al Coro, sacristías, Sagrario y capillas situadas fuera de su jurisdicción. En último lugar, se decidió encargar al Maestro de Ceremonias la impresión de las tablas de los últimos seis meses del año336. Desafortunadamente, no ha trascendido el nombre del impresor al que se habían encargado las tablas del rezo. Dos años después, el 5 de febrero de 1680 se mandó librar 3.400 maravedís al Maestro de Ceremonias por la impresión «de los Santos nuevos»337. Si bien la cantidad era menor, recibió idéntico montante el 23 de diciembre, al ser rechazada la petición de ayuda de costa acostumbrada. En lugar de ello, se le pagaron otros 3.400 maravedís 336 ACS, 7122, ff. 19v, 73r, 110v, 123r, 132v y 133v. 337 El 10 de febrero se pagaron a Diego de Escobar 3.400 maravedís, por auto de día 5 del mismo, «de ayuda para la impresión de la tabla de los ritos de los nuevos santos» (ACS, 06330, f. 201v).
294 «atento a estar enfermo», lo que refuerza la idea de que estas ayudas de costa eran medidas totalmente graciosas que ni la costumbre conseguía hacer oficiales. El mismo día se reiteró que el Maestro no imprimiera «cosa alguna en el cuadernillo, sin que lo vea la Diputación de Ceremonias». Durante ese mismo año se produjo otro episodio destacable en la relación entre el Cabildo y el Monasterio de El Escorial, un paso más hacia el pleito que ocupará la etapa finisecular. Así, el 8 de julio de 1680, la Diputación de Ceremonias transmitió al Cabildo que los 13.600 maravedís que se solían entregar a los religiosos de San Jerónimo por la impresión del cuadernillo del rezo, «porque voluntariamente habían querido dar Alonso Ramírez de Arellano y Antonio de Tejada», no eran pertinentes en esta ocasión, por tratarse, no de un rezo en forma, sino «solo apuntamientos para rezar». La opinión de los diputados de Ceremonias no era unánime dentro del Cabildo, por lo que se determinó que se volviera sobre el asunto «con vista de los privilegios de los religiosos de San Jerónimo»338. Cinco años después, era Adrián del Ossu, maestro de Ceremonias interino, el encargado de componer el cuadernillo del rezo para el año 1686. El 17 de octubre de 1685, la Diputación informó al Cabildo de que aquél «venía muy conforme con las rúbricas del Breviario y Misal y costumbre de esta Iglesia». Ante estas noticias, se determinó entregar a Adrián del Ossu la misma ayuda que recibiera el maestro Escobar, cantidad que se mandó librar un mes después, el 16 de noviembre de 1685. Algo más tarde se prescindió del oficio de Maestro de Ceremonias, a la vez que se calificaban tanto aumentos de salario como ayudas de costa como materias de gracia, debiendo ser sometidas a votación y aprobadas por unanimidad, medidas que se prolongarían durante, al menos, tres años. El mismo día en que se tomaron estas disposiciones, 29 de noviembre de 1685, el Cabildo ordenó a la Diputación de Ceremonias que uno de sus miembros se pusiera en contacto con los jueces de Cruzada para que se suspendiera «cualquier diligencia que se intentare por parte de los religiosos de San Jerónimo». Además, la Diputación debía, junto a Luis Frederigui y Matías de los Reyes Valenzuela, examinar el breve que los frailes decían tener «para que no se pueda imprimir sin licencia suya»339. Los jerónimos de El Escorial debieron de insistir en sus prerrogativas, pues unos meses después, el 28 de marzo de 1686, el racionero Cosme Pardo hizo relación al Ca- 338 ACS, 7123, ff. 10r, 43v y 85r. 339 ACS, 7126, ff. 118v, 121r, 133r y 140r-141r.
295 bildo de que aquéllos habían conseguido que el Comisario General de la Cruzada reconociera que se debían satisfacer 13.600 maravedís al Monasterio de El Escorial por la licencia de la impresión del cuadernillo del rezo de los Santos del Arzobispado de Sevilla. Tampoco los capitulares hispalenses estaban dispuestos a ceder, «considerándolo injusto, al no tener los padres facultad para ello», por lo que se cometió a la Diputación de Negocios la defensa de la postura del Cabildo y, dado que el canónigo Doctoral debía inhibirse por ser juez de Cruzada, se nombró en su lugar a Luis Frederigui y a Alonso de Corro. Más tarde, se dio entrada a un notario del Tribunal de Cruzada, que leyó la provisión, y el Cabildo ordenó «acudiese al Provisor y, en el ínterin, no corriese el término». Es decir, se ordenaba no atender a los escritos propiciados por los jerónimos, siendo la intención de los canónigos continuar realizando la impresión del cuadernillo y las tablas del rezo por cuenta propia. Esto queda constatado por auto de 4 de noviembre de 1686, cuando, tras examinar el cuadernillo compuesto por Adrián del Ossu, se ordenó su impresión, dándole, además, ayuda de costa por las tablas, con la misma cantidad que en años precedentes340. Pese a todo, el proceso judicial continuaba su curso y, algo más de un año después, el 19 de enero de 1688, la Diputación de Ceremonias relató al Cabildo cómo se seguía un pleito en el Tribunal de Cruzada con los frailes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial «sobre la impresión del cuadernillo añalejo341 del rezo». Desafortunadamente, el tribunal falló a favor de los frailes, ordenando que el Maestro de Ceremonias pagase 13.600 maravedís anuales por la impresión del cuadernillo. Sin embargo, esto no desalentó a los capitulares, quienes, una vez hubo abandonado la reunió el Chantre por ser juez de Cruzada, reiteraron a la Diputación de Negocios que defendiera su postura, solicitando provisión de apelación para el Tribunal Supremo de Cruzada. Hasta la resolución del asunto, se dispuso que el Maestro de Ceremonias no pagara ninguna cantidad. El 8 de noviembre llegó a oídos del Cabildo, a través de la Diputación de Negocios, que el día 5 del mismo mes se había notificado al Maestro de Ceremonias una provisión del Comisario de Cruzada para que «no haga ni imprima el cuadernillo» del año 1689 sin su consentimiento ni licencia del Monasterio de El Escorial. Los capitulares calificaron este mandato como «intempestivo, sin citación de la parte del Cabildo, como por ella consta pues, estando, como está, pendiente de pleito en dicho Comisa- 340 ACS, 7126, ff. 32r y 93r. 341 RAE: especie de calendario para los eclesiásticos, que señala el orden y rito del rezo y oficio divino de todo el año.
296 rio por apelación de la sentencia de los Jueces del Tribunal de Santa Cruzada» de Sevilla y «no habiendo ejecutoria, como no la hay», no era preceptivo impedir la impresión del cuadernillo. Por ello, se ordenó trasladar estas novedades a los agentes de Negocios del Cabildo en Madrid y no acatar la disposición. La tenacidad del Cabildo pareció dar sus frutos cuando, el 11 de diciembre de 1688, los Diputados de Negocios relataron «que los jerónimos han insinuado que desean una composición por no seguir con el pleito», por lo que podrían llegar a un acuerdo con ellos o seguir con el pleito, en cuyo caso, estimaban los diputados que era oportuno comunicarse con otras iglesias para conocer su forma de proceder. Además, recomendaban que el cuadernillo se vendiera, hasta que se hallara una solución, en el Colegio de San Isidro, para evitar problemas «al librero que los vendiese en su casa», a lo que el Cabildo se avino. Efectivamente, el año siguiente de 1689, 12 de septiembre, se ordenó a la Contaduría que librara al Maestro de Ceremonias el costo que hubo en la impresión de los rezos de los santos Ciriaco, Paula y Pedro de Osma342. A principios de la década de los años noventa parecía que el conflicto podía llegar a su fin. El 16 de febrero de 1690, el Doctoral comunicaba al Cabildo que se había perdido el pleito sobre el cuadernillo del rezo, obteniendo el Monasterio de El Escorial sentencia para que le fueran pagados los de los años anteriores a 13.600 maravedís, aunque se había llegado a un entendimiento con el procurador del convento para reducir la cantidad a 10.200 para los precedentes, manteniéndose los 13.600 para los venideros. Sin embargo, en cuanto a que el Maestro de Ceremonias de la Seo Hispalense continuara ocupándose de los cuadernillos, dijo que el procurador «no había dado palabra fija porque dependía de la voluntad del Prior» de El Escorial. Ante estas noticias, los capitulares cometieron a la Diputación de Ceremonias averiguar la manera en la que «esta Iglesia no pierda la costumbre de que el Maestro de Ceremonias haga el cuadernillo», cuestión que tomaban como de la máxima importancia, por encima de posibles pagos, como puede observarse. La siguiente noticia referente a la cuestión se produjo el 12 de julio de 1690, cuando el Arcediano de Sevilla llamó la atención sobre la conveniencia de poner fin a la causa, apuntando, con notable buen tino, que todo se solucionaría librando al Maestro de Ceremonias los 13.600 maravedís que se acostumbraba a dar como ayuda de costa, 342 ACS, 7127, ff. 11v, 104v, 146r y 161r.
297 «y que se libren desde el primer año que cesó la libranza y en adelante para el referido efecto, pues de esta forma se compondría el maestro con el procurador», continuando la tradición de que fuera el Maestro de Ceremonias el encargado del cuadernillo. La simplísima eficacia de esta medida llevó a los capitulares a hacerla suya, ordenando librar las cantidades como había propuesto el Arcediano. No obstante, no hay que atribuir la falta de disposición a emplear fondos como una torpeza o una cuestión de cicatería, sino que es preciso comprenderla dentro del contexto de los graves apuros económicos por los que atravesaba la Fábrica de la Catedral de Sevilla ―de cuya hacienda se libraban las cantidades― que, como se ha visto, llevó a suprimir el oficio de Maestro de Ceremonias y a adoptar otra serie de medidas de control y disminución del gasto. Es más, lo reducido de la cantidad que debían pagar hace pensar, más bien, que se trataba de una cuestión de prestigio y defensa de las costumbres propias que de mero interés económico. Máxime teniendo en cuenta que los procesos judiciales fueron, a buen seguro, más onerosos que el pago que se pretendía evitar al Monasterio de El Escorial. Parece que tampoco se consiguió entonces un acuerdo, dado que, el 25 de septiembre del mismo año, el Deán confirmó la derrota del Maestro de Ceremonias frente a los jerónimos de El Escorial, que pretendían asumir la impresión del cuadernillo del rezo, advirtiendo a los capitulares de que «era preciso descuidar en esta materia de tanta novedad», por lo que se hacía necesario que la Diputación de Ceremonias confiriera sobre la cuestión «informándose del auto del Consejo y de lo que intentan ejecutar los religiosos». Efectivamente, el 2 de octubre de 1690, la Diputación de Ceremonias informó de que el auto del Consejo de Cruzada condenaba al Maestro de Ceremonias a pagar 13.600 maravedís tanto por los cuadernillos pasados como los futuros así como que «no puede imprimirlo para el año que viene, ni impresor venderle, sin licencia de año del Comisario General y consentimiento» de los jerónimos. Es más, los religiosos pretendían avocarse la impresión del mismo, teniendo ya preparado el del año de 1691. Frente a ello, la Diputación creía que el Cabildo no debía consentir «esta novedad, sino que, con todo esfuerzo», debía continuar pleiteando para defender sus posturas. Los capitulares compartían este punto de vista, por lo que encargaron a la Diputación de Negocios buscar una solución, acudiendo al «tribunal que convenga». No obstante esta actitud litigiosa por parte del Cabildo, la situación se fue haciendo más complicada para mantener su posición. Solo cuatro días después, el 6 de octubre de 1690, «entró un notario» a la Sala Capitular y transmitió un mandamiento del
304 3. Incorporaciones y donaciones La Catedral de Sevilla, como institución de la mayor consideración y prestigio, era habitual receptora de las obras que los escritores o compositores querían difundir y renombrar, esperando de paso que la Seo correspondiera el “regalo” con alguna gratificación o ayuda para la impresión de las mismas, si es que aún eran inéditas. La propia fama de la Biblioteca Capitular y Colombina era un reclamo para los autores, que solicitaban su incorporación a semejante depósito bibliográfico, sin igual en España salvo, tal vez, la Biblioteca de El Escorial. Los capitulares, por su parte, acostumbraron corresponder a los donantes con alguna recompensa económica, aunque no siempre de buena gana. Muchas de ellas fueron impresas con su concurso económico, especialmente si consideraban que tenía alguna validez o beneficio desde el punto de vista espiritual. Como se ha indicado, los compositores de obras musicales, vinculados o no a la Catedral Hispalense, entregaron sus obras de forma habitual para que fueran tañidas en las ceremonias de la misma, dado que tanto su Coro como su Capilla Musical fueron de los más célebres en la época, si bien ya no tanto como durante el siglo precedente. La primera referencia a una de estas donaciones data del Cabildo de 8 de agosto de 1603, cuando se cometió al racionero Andrés de Jacomar para que viera el libro del Maestro Lobo y, a continuación, hiciera relación350. Se trataba de una obra de Alonso Lobo, que sería maestro de Capilla de la Catedral de Sevilla pocos años después, como se ha visto. En esta ocasión, no hay constancia de que se produjera una contrapartida por parte del Cabildo, que aceptó el libro del maestro, dado que consta en el inventario efectuado poco después, ya visto. También el Maestro Alonso Lobo es el protagonista de la siguiente donación de la que se han hallado noticias, cuando el Cabildo, en reunión de 6 de enero de 1608, realizó un llamamiento para la petición del Maestro de Capilla, que ofrecía un libro de pergamino de sus misas. La petición fue rápidamente aceptada. Ese mismo año, el propio Maestro Lobo fue cometido, junto con Manuel Sarmiento de Mendoza, secretario del Cabildo, para ver el libro de Magnificats que presentó a la Seo Juan de Esquivel, maestro de Capilla de Salamanca, el 7 de mayo. Un mes y medio después, la comisión se repitió, pero en el mismo secretario y en el racionero Martín Gómez, mandando, esta vez sí, «se haga llamar para ver si se le ha de dar algo»351. 350 ACS, 7091, f. 121r. 351 ACS, 7092, ff. 42v-43r, 56r y 59v.
305 Efectivamente, aunque no se ha encontrado la decisión capitular, si la hubo, en la que se determinó qué cantidad se debía enviar en agradecimiento, definitivamente se libraron, el 29 de julio de 1608, 10.200 maravedís a Juan Carrasco para que los diera al «Maestro de Capilla de Salamanca, para pagarle un libro que escribió»352. Por el lenguaje utilizado, podría calificarse como una compra encubierta, dado que el donatario se ve compelido a «pagar» el libro enviado, sin mediar otra comunicación, por parte del Maestro de Capilla. De nuevo, el Maestro Alonso Lobo hizo una dedicación al Cabildo, el Oficio de Semana Santa a canto de órgano. Se cometió a los canónigos Pedro de Santander y Manuel Sarmiento para que lo vieran e hicieran relación, el 11 de abril de 1611, tras lo cual, el 20 del mismo, se determinó que fuera aceptado, haciendo un llamamiento para «gratificarle en la forma que al Cabildo pareciere». Definitivamente, dos días después, los capitulares mandaron dar 68.000 maravedís de la Fábrica, de ayuda de costa, al Maestro, «en gratificación de un libro que presentó, del Oficio de Semana Santa»353. Diligentemente, el pago se efectuó el 26 de abril de 1608, como consta en el libro de Mayordomía de Fábrica, reconociendo el asiento: «68.000 maravedís al maestro Lobo por auto capitular, por el trabajo de haber hecho un libro de canto de órgano»354. Un año después, fue el Maestro de Capilla de Lisboa el que «presentó» su libro de misas al Cabildo, de mano del Maestro Lobo, encargando éste, el 30 de julio de 1612, el asunto a Manuel Sarmiento355. Aunque no hay más noticias acerca de la relación que el canónigo Sarmiento pudo hacer ante los capitulares, se produjo la acostumbrada gratificación por parte de los mismos, aunque de menor cuantía que la anterior. Ni un mes tardó en realizarse el pago, pues, el 25 de agosto, se libraron 11.220 maravedís al racionero Alfonso Pablo para que los remitiera a Francisco Garro, maestro de Capilla en Lisboa356. La siguiente noticia sobre una incorporación de libros desde el exterior de la Catedral también se refiere a obras musicales. Así, el 10 de julio de 1613, el compositor italiano Pedro Flacomio envió una carta al Cabildo junto con nueve libros de música, 352 ACS, 09458, f. 7v. 353 ACS, 7094, ff. 14r, 15v y 16v. 354 ACS 09460, f. 12v. 355 ACS, 7094, f. 97r. 356 ACS 09462, f. 15r.
306 encargándose la cuestión, otra vez, a Manuel Sarmiento357. Según se desprende de estas comisiones capitulares, este canónigo era muy ducho en música, dado que era el encargado de evaluar los distintos las composiciones que llegaban a la Seo, junto a los propios maestros u otros canónigos o racioneros o, incluso, en solitario, como en esta ocasión. Según Juan Ruiz Jiménez, los libros en cuestión constituirían el impreso Liber primus concentus in duos distincti choros in quibus Vespere missa, sacreque cantiones in Nativitate Beatae Mariae Virginis aliarunque virginum festivitatibus decantandi continentur, impreso en Venecia en el año 1611. Se componía de ocho libros, cuatro para cada Coro, y un noveno para el órgano358. Si se produjo alguna contrapartida por esta obra, no se han hallado en la documentación. Por otra parte, en 1614 se produjo una reincorporación al Cabildo, si bien, de un libro de carácter administrativo, cuando, el 25 de febrero, el racionero Porras entregó un libro de mano encuadernado en holandilla359, atado con listones de seda blancos y encarnados, de marca de medio pliego de papel ordinario, «en que se contienen algunas cosas de diferentes materias y otros papeles tocantes al Cabildo», que estaba en poder del Doctor Negrón, «en cuya primera página había una declaración […] de su puño y letra y firmado de su mano». Finalmente, el Cabildo decidió remitirlo a la Contaduría para que se determinase si merecía guardarlo en el Archivo y Juan Bautista de Herrera, contador, diese recibo al secretario del Cabildo. El 28 julio, se volvió a cometer a Manuel Sarmiento, junto con Luis Melgarejo, «vean el libro que el Maestro Lobo presentó al Cabildo, qué merced o ayuda de costa se le ha dado», realizándose un llamamiento para ver la petición del maestro. Éste pidió al Cabildo alguna gratificación por un libro «que le volvieron de Toledo». Éstos votaron por habas el 30 de julio, saliendo por mayoría que se le entregaran 37.500 maravedís por aquél. Sin embargo, la gratificación venía acompañada de una advertencia en esta forma: «y que de aquí en adelante no pida otra cosa alguna por esta razón»360. Parece que la voluntad del Cabildo no era proclive a recibir estas «donaciones» que exigían una contrapartida económica. Esta advertencia debió de ser suficiente, dado que Alonso Lobo no volvió a presentar ningún libro a los Capitulares. 357 ACS, 7095, f. 54r. 358 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 198. 359 RAE, 1: lienzo teñido y prensado, usado generalmente para forros de vestidos. 360 ACS, 7095, ff. 107r y 136v.
307 Hasta transcurridos más de tres años, no se produjo una nueva «presentación» de un libro. Se trataba de un libro de magníficats, que presentó, de nuevo, el racionero Alfonso Pablo en nombre de «un Maestro de Capilla portugués»361. Este racionero sería, probablemente, portugués, como los remitentes de los libros que él presentó. Según Juan Ruiz Jiménez, el maestro portugués era Manuel Cardoso, que envió su obra Cantica Beatae Mariae Virginis, impresa en Lisboa en 1613362. Siguiendo con la actitud adoptada tras la última donación de Alonso Lobo, no se habla de ninguna gratificación, ni se han encontrado evidencias de que se produjera alguna. Como última noticia de estas características, se cuentan los seis libros de motetes de Felipe Rogier que presentó el Maestro Santiago el 30 de junio de 1618, poco después de asunción del Magisterio de Capilla en la Seo Hispalense. Al parecer, un discípulo suyo los había hecho imprimir y encuadernar en Nápoles con el objeto de enviarlos al Cabildo. Se cometió a Luis Melgarejo y al Doctor Balza para que los vieran e «hiciesen relación de lo que eran»363. En esta ocasión, ni tan siquiera se menciona el agradecimiento de los capitulares por el regalo. Por fin, en 1621, se tienen noticias de la dedicación de un libro de carácter no musical al Cabildo. En la reunión capitular de 30 de abril de 1621, el Prior del Convento de San Benito, ante la ausencia de su Abad, presentó «un libro que le dedicó el Conven- to que, como heredero de Juan de Bahamonde, prior que fue de las ermitas, ha impreso a su costa». El Cabildo ordenó que dicho libro fuera llevado a la Biblioteca Capitular y Colombina y, a modo de agradecimiento, sentó al Prior tras el canónigo más antiguo del coro del Deán364. Lamentablemente, no consigna el título del libro, por lo que no es posible rastrearlo entre los fondos bibliográficos recogidos por Juan de Loaysa en su Abecedario y Memoria (…). Ya en 1624, vuelve a producirse un nuevo obsequio librario por parte de un compositor. Así, el 2 de abril de este año, Antonio Mogavero envió unos libros de lamentaciones compuestas a canto de órgano. Se encargó que el Maestro Santiago los inspeccionara y al canónigo Félix de Guzmán, que «se informe qué cosa son y refiera». Poco más de un mes más tarde, el 10 de mayo, se votó por habas si se debía de entregar alguna ayuda de costa en agradecimiento al compositor, resultando negativa la votación, 361 ACS, 7097, f. 59r. 362 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 202. 363 ACS, 7097, f. 107r. 364 ACS, 7099, f. 31v.
308 por lo que ni se llamó ni se trató el asunto365. Juan Ruiz Jiménez ha identificado esta obra como Lamentationvm Ieremiae prophetae in maiori hebdómada pro gravi címbalo modvlando cvm sex vocibus…Canticum vero Zaccahriae, & Miserere cum octo vocibus, impresa en Venecia en 1623366. Pasados tres años, el Cabildo aceptó un libro impreso que daba un «ministril de Su Majestad» ―como se ha visto en su lugar y según el citado autor, el sacabuche Pedro de Porras― para que sirviera en la Capilla de la Antigua, cuyos fondos bibliográficos se vieron aumentados con esta nueva incorporación. No parece, en cambio, que pasase a engrosar los fondos bibliográficos catedralicios un libro que envió el Arzobispo el 21 de julio de 1627, escrito por el jesuita Padre Juan de Pineda por su mandado, en el que «están recopilados la vida y muerte, virtudes y milagros del Rey Don Fernando». Se trataba de la obra Memorial de la excelente santidad y heroycas virtudes del señor rey Don Fernando, tercero deste nombre, primero de Castilla, I de León, y pretendían tanto el Arzobispo como su autor que el Cabildo lo viese y escribiera cartas a Roma y al Rey de España para solicitar «con toda brevedad y afecto» la canonización del aquel monarca. Siguiendo estas instrucciones, se leyeron los capítulos de que constaba y se devolvió, ordenándose la escritura de las cartas solicitadas367. Esta obra, publicada ese mismo año de 1627, supuso un nuevo espaldarazo a la causa de beatificación de Fernando III de Castilla y León y popularizó algunos textos precedentes368. Además de la mención expresa a la devolución del libro, cabe señalar que no se ha encontrado entre los fondos inventariados por Juan de Loaysa en 1684. Este mismo año de 1627 se produciría otra presentación de un libro, esta sí como una donación. Sucedió en la reunión capitular de 29 de noviembre y se trataba de un libro escrito por Pablo Espinosa de los Monteros «De las grandezas y antigüedades de Sevilla». Se leyó el capítulo «de ida y venida del glorioso Apóstol Santiago a esta ciudad», tras lo que fue enviado a la Librería y encomendado al secretario del Cabildo agradecer al autor su trabajo. El libro en cuestión era la Primera parte de la historia, antigüedades y grandezas de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, impreso por Matías Clavijo en 1627. Pese al claro mandato para su inclusión entre los fondos de la Librería, tampoco ha sido hallado en el Abecedario de Juan de Loaysa. 365 ACS, 7100, f. 17r y 22r. 366 RUIZ JIMÉNEZ 2007, p. 198. 367 ACS, 7102, 182r. 368 BAUTISTA 2016, estudia un manuscrito de principios del siglo XVI que combinaba varias obras: la Estoria del fecho de los godos; la Crónica manuelina y las crónicas de Fernando III, Alfonso X, Sancho IV y Fernando IV. Dicho manuscrito fue citado, reiteradamente, por Juan de Pineda en este libro.
309 Poco después, el 16 de febrero de 1628, se ordenó que los oficiales de Fábrica vieran el último libro enviado por el Maestro de Capilla de Lisboa, dando cuenta al Cabildo posteriormente, lo que se hizo el 21 de febrero. Por tercera vez un maestro de Capilla portugués, esta vez Duarte Lobo, remitía sus obras al Cabildo Hispalense369, un libro de misas y otro de magníficats ―uno de ellos enviados en 1627―, por los que los capitulares se avinieron a darle 10.200 maravedís, que se le hicieron efectivos el 7 de abril de 1628370. Parece que, ante la insistencia de Duarte Lobo, el Cabildo se vio obligado a corresponder sus atenciones con algún emolumento, pese a la clara política implementada de no sufragar más obras no previamente solicitadas. Mucho después, por auto capitular de 28 de abril de 1634, se ordenó reintegrar en la Biblioteca Catedralicia un «cuadernito de cuatro hojas de a ocho renglones» que trajo el Doctor Alonso Gómez de Rojas, por «haberla restituido en aquella Corte cierta persona, diciendo que era de la Librería». Su contenido era una disputa acerca de si era obligatorio o no el ayuno en la vigilia de la Natividad de San Juan Bautista cuando en ella ocurría la festividad del Corpus Christi, escrita por Antonio Piscario, catedrático de la Universidad de Valencia, en 1519. A fines de 1634, el 22 de diciembre, Rodrigo Caro presentó el libro «que ha hecho de las antigüedades y grandezas de Sevilla», dedicado al Conde-Duque de Olivares, Gaspar de Guzmán y Pimentel. El Cabildo cometió al Arcediano de Niebla para que «refiera en suma lo que contiene», así como transmitir sus agradecimientos al autor371. Éste, poco antes, había concertado con el mercader de libros y familiar de la Inquisición Manuel Álvarez Osorio las gestiones de la impresión de su obra «intitulada Grandezas de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla y su metrópolis», que no podía atender debido a sus obligaciones372. Posiblemente, se tratara del libro editado en 1634, Antiguedades y principado de la ilustrissima ciudad de Seuilla y Chorographia de su conuento iuridico, o antigua Chancilleria. Aunque, como en otras ocasiones, no se ha encontrado en el Abecedario y Memoria de Juan de Loaysa, en la actualidad existen dos ejemplares impresos entre los fondos de la Biblioteca Capitular y Colombina373. 369 ACS, 7102, ff. 182r, 220r, 238r y 239v. 370 ACS 09476, f. 11v. 371 ACS, 7103, ff. 321v y 345v. 372 AHPS, Secc. PN, leg. 12832, ff. 316r-318. 373 BCC, 37-8-30 y 42-7-30.
310 En 1635, sin embargo, sucedió algo distinto. Por su auto de 31 de octubre, el Cabildo cometió a los diputados de Negocios para que hicieran las diligencias precisas para secuestrar el libro de Pablo Espinosa de los Monteros Teatro de la Santa Iglesia de Sevilla, impreso ese mismo año por Matías Clavijo. Se ordenaba que «se recoja porque así conviene a la autoridad y servicio» de la propia Seo374. Las razones de esta atípica decisión no se conocen y llaman más la atención por cuanto el propio Cabildo había contribuido a la edición de la obra con 17.000 maravedís de ayuda de costa, por su auto de 20 de noviembre de 1630375. El propio concepto de ayuda de costa invita a descartar que se tratara de alguna disputa por la propiedad del libro, que pertenecería por entero a su autor. Quizá, los capitulares pretendían ejercer algún tipo de censura o supervisión sobre su contenido, en aras de asegurarse de que el mismo se ajustara a su parecer. En cualquier caso, por fin, el 7 de mayo de 1636, el Cabildo tuvo a bien que «a Pablo de Espinosa se le devuelvan los libros que le quitaron de su poder», ordenando al Provisor que efectuara el mandato. Al igual que sucedió con Pablo Espinosa, el Cabildo se vio compelido a otorgar una ayuda de costa para favorecer un libro cuya utilidad religiosa era evidente para el mismo. Así, por auto capitular de 17 de diciembre de 1636, se mandó librar 6.800 maravedís al jesuita Padre Antonio Quintana Dueñas, para coadyuvar a la impresión de su libro Santos naturales de Sevilla y su Arzobispado, así como a Gonzalo de Córdoba agradecer al autor su trabajo. Éste devolvió el gesto ―o, más bien, el pago― unos seis meses más tarde, presentando su libro ante el Cabildo el 20 de julio de 1637, en el que entregó ochenta cuerpos de libros «en papel para todos los prebendados», agradeciéndole los capitulares por voz del secretario «el cuidado y trabajo que en esto ha puesto»376. Evidentemente, una ayuda de costa de sólo 6.800 maravedís no debía de ser suficiente para costear tantos cuerpos de libros como los entregados por el jesuita, por lo que es probable que buscara su máxima difusión al entregarlo a canónigos y racioneros, personas, por lo general, de reconocido prestigio y buenas comunicaciones con las altas esferas laicas y seglares. No se aprecia en la documentación un caso similar hasta transcurridos casi cinco años, pues no fue hasta el 7 de mayo de 1642 que el Cabildo cometió al canónigo ma- 374 ACS, 7104, f. 42r. 375 ACS, 7102, f. 119v. 376 ACS, 7104, ff. 14r, 50r y 63v.
311 gistral, Manuel Sarmiento ―habitual en este tipo de «peritajes»― para que viera el «libro que dedicó a su Señoría el Padre Herrera, de la Compañía de Jesús». Probablemente, se tratara del Padre Agustín de Herrera, quien editó en ese mismo año su obra Origen y progreso en la Iglesia Catholica de los ritos i ceremonias del sacro-santo sacrificio de la Misa, en el taller del Impresor Mayor del Cabildo Francisco de Lira. Sin embargo, pese al gesto, seguramente calculado, de Agustín de Herrera, los capitulares decidieron el 4 de julio de 1642, tras una deliberación, no dar ninguna ayuda de costa por el libro dedicado377. A fines del año siguiente, 1643, se produjo un caso similar. Así, en la reunión capitular de 4 de diciembre, «presentó ante el Cabildo el Padre Francisco Silvestre de Saavedra, de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, un libro que ha compuesto en alabanza de la Purísima Concepción de Nuestra Señora». Se ordenó agradecer el presente, y se cometió, como de costumbre, a Manuel Sarmiento la valoración del libro378. Según Juan Guillén, es posible que el libro donado fuera uno que publicó en 1615, titulado Razón del pecado original y preservación de él en la concepción de la Virgen María, Nuestra señora379. Dos años después, se registra una nueva donación, aunque se produjo desde el propio ámbito catedralicio. Se trata de los «ocho libros de canturía» que «ofreció» el maestro de Capilla Luis Bernardo Jalón, para las dominicas de adviento septuagésima y para Cuaresma. El Cabildo, por auto de 15 de noviembre de 1645, ordenó que se cantaran estas obras, compuestas a ocho voces, aunque no se menciona ninguna gratificación en el mismo, ni se han encontrado otras referencias documentales que constaten o, siquiera sugieran, que se produjo un pago a su favor por el donativo de estos libros. Esta es la última noticia de una donación encontrada en la década de los años cuarenta. Hay que esperar al año 1653 para que se produzca un acontecimiento de esta clase, lo que ocurrió el 8 de agosto, cuando se leyó una carta del doctor Diego Andrés de Rocha, enviada desde Lima junto a un libro que escribió sobre el Apocalipsis. Lo único que recoge el auto, es un escueto «mandó su Señoría que se le responda», sin que pueda aventurarse nada del tenor de dicha respuesta, salvo un probable agradecimien- to380. Este sevillano, doctor en Derecho, fiscal y oidor, es célebre por su obra Tratado único y singular del origen de los indios occidentales del Pirú, México, Santa Fe y Chi- 377 ACS, 7105, ff. 135r y 143v. 378 ACS, 7106, f. 76v. 379 GUILLÉN 2006, p. 213. 380 ACS, 7110, f. 67v.
312 le. En cuanto al libro que envió al Cabildo, posiblemente se trate del intitulado Brevis parapharsis Apocalypsis S. Ioannis Aposto. et Evangelistaem, editado en la imprenta de Julián Santos de Saldaña en 1653, en Lima. Tres años después, el 29 de mayo de 1656, volvería a colación del Cabildo, siendo fiscal en la Audiencia de Quito, por remitir «los seis tomos pequeños que ha escrito interpretando el Apocalipsis», respondiéndose en agradecimiento por «ofrecer este trabajo que ha hecho en tan breve paráfrasis», seguramente haciendo referencia al corto espacio de tiempo transcurrido entre el primer y el segundo envío. Un año antes, el 16 de marzo de 1655, se vio una petición del benedictino Padre Fray Benito de la Serna, general de la Orden, en la que dedicaba un libro «que ha escrito de la Purísima Concepción y estimando este trabajo y cuidado de tratar este Misterio» se acordó entregarle 200 pesos como ayuda de costa. El compromiso del Cabildo Hispalense con la aprobación del dogma de la Purísima Concepción de la Virgen María era indudable, como es bien conocido, y como demuestra la intención de imprimir el tratado de Juan de Segovia. Asimismo, se constituía una diputación formada por el arcediano de Sevilla Alonso Ramírez, el canónigo Justino de Neve y Andrés de Laredo, racionero, para agradecer al autor sus esfuerzos. No obstante, tantas atenciones no se debían solo al apoyo que la cuestión de la Purísima suscitaba entre los canónigos, sino que «esta demostración se hace por ser hijo de esta ciudad, sobrino del canónigo Alonso de la Serna y hermano del canónigo Melchor de la Serna». La familiaridad indisimulada llegaba hasta el punto de que se declaró, en el mismo auto, que «para delante no sirva de caso ejemplar en casos semejantes». Es decir, los capitulares, prevenidos con la posibilidad de que otros autores buscaran su patrocinio, dejaban claro que no estaban dispuestos a sufragar más obras por el mero hecho de serles donadas o dedicadas ―como sucedió, poco después, con Andrés de la Rocha, para el que no hubo gratificación pese a sus reiteradas deferencias al Cabildo―. Por último, se ordenó dar dos mil misas al convento benedictino, a propuesta del Arcediano de Sevilla381. Según la documentación, hay que esperar más de una década para encontrar otro caso de dedicación de una obra al Cabildo y poco es lo que se puede saber, dado que el auto capitular solo refleja el libramiento de 6.800 maravedís al Colegio Irlandés para ayudar a la impresión de un libro dedicado al Cabildo, del que no se dice nada más382. 381 ACS, 7111, ff. 27r y 76v. 382 ACS, 7116, f. 6v.
313 Posteriormente, fue otro jesuita, el Padre Juan Antonio Velázquez, quien remitió, el 30 de enero de 1669, un tomo intitulado De Maria Aduocata Nostra, ofreciendo «el trabajo de este libro y muy corteses deseos de mostrar siempre su afectuoso respeto». Según relataba el religioso en su carta, había asistido a la Junta de la Inmaculada, creada de iure por Felipe IV en 1652, aunque llevaba funcionando desde tiempos de Felipe III, con el objeto de reunir a teólogos y otras personas doctas para la defensa de la Inmaculada Concepción, especialmente frente a las posturas defendidas por los dominicos. El Padre Juan Antonio Velázquez se había implicado en «el lance del sermón que, con indecencia a este purísimo, predicó el Padre Velasco». Debido al ya citado afán del Cabildo en la defensa de la Inmaculada, se decidió contribuir a la impresión de libro con «solo» 75.000 maravedís, ya que «no se hallaba con posibilidad de hacerlo todo», librándolos de la propia Mesa Capitular. Para que llegasen íntegros a las manos del autor, se ordenó que se sacara una letra cuyos intereses asumía el Cabildo. Como se puede ver, ante la utilidad de la obra para los fines perseguidos por el Cabildo Sevillano, éste sí estaba dispuesto a aportar recursos de sus propios fondos, expresando, además, su deseo de financiarla por completo, lo que no era posible debido a una situación económica cada vez menos favorable. Por su supuesto, se enviaron los agradecimientos junto con el dinero, en una carta que debía redactar el Maestrescuela383 agradeciendo la dedicatoria y su trabajo al autor384. Ya en la década de los setenta, el 8 de julio de 1671, en reunión capitular, fue leída una carta del canónigo y agente del Cabildo en Roma Nicolás Antonio, quien ofrecía a los capitulares «los dos tomos de la Biblioteca de España que ha compuesto, suplicando le premie su obsequio y estudio mandando ponerlos en la Librería», lo que el Cabildo aceptó de buen grado385, siendo ubicados, años después, por Juan de Loaysa en el cajón 52 de la Biblioteca Capitular y Colombina386. Se trataba de su obra Bibliotheca Hispana Nova, para cuya confección el autor se basó, entre otros, en el estudio de la librería de Fray Benito de la Serna387, una bibliografía prosopográfica de los autores españoles de los siglos XVI y XVII. Nicolás Antonio, residía en Roma desde 1659 como agente general del Rey de España, siendo nombrado canónigo de la Catedral de Sevilla 383 Según el acuerdo adoptado el 23 de abril de 1640, el Maestrescuela era el encargado de redactar las cartas del Cabildo (ACS, 7104, ff. 240v). 384 ACS, 7118, f. 11r. 385 ACS, 7119, f. 59r. 386 BCC, Ms 57-1-19, f. 24r 387 GUILLÉN 2006, p. 214.
320 Fig. 26. Libro donado por el arzobispo Diego de Guzmán en 1627, escrito por el jesuita Juan de Pineda. Sacado de la Biblioteca Virtual de Andalucía.
321 Fig. 27. Antigüedades y grandezas…de Pablo Espinosa de los Monteros. Sacado del Fondo Antigüo de la Universidad de Sevilla.
322 Fig. 28. Antigüedades y principado de la ilustrísima ciudad de Sevilla, publicada por Rodrigo Caro en 1634. Obtendo del Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla.
323 Fig. 29. Libro de Antonio Quintana Dueñas, a cuya impresión contribuyó el Cabildo con 6.800 maravedís. Sacado de la Biblioteca Virtual de Andalucía.
324 4. Los legados Como ya se ha expuesto, en el siglo XVII quedan lejos los grandes legados de fondos bibliográficos que engrandecieron de forma irremediable la Biblioteca de la Catedral Hispalense, como sucedió con la herencia fernandina. Los casos que se han podido registrar responden íntegramente a legados «internos», es decir, provenientes de miembros de la comunidad catedralicia, ya sean miembros del Cabildo, racioneros u otros cargos u oficios que, al morir, nombran como heredera a la Seo o a una dependencia de la misma, como la Fábrica o alguna Capilla. La primera noticia de estas características es relativamente tardía, pues se remonta al 3 de febrero de 1628, cuando, en Cabildo, se leyó el testamento del canónigo Bartolomé del Salto, al que se le dio una sepultura en la nave del postigo del Coro, frente a la Capilla de la Antigua. Tras el responso acostumbrado, se cometió al mayordomo y al contador de Fábrica para que acudiesen a casa del canónigo finado «a poner en cobro los libros y papeles y otras cosas que mandó a la Fábrica». Es decir, como se ha indicado, en este caso, dejó como heredera a la Fábrica catedralicia. Destaca el interés de los capitulares por aprehender los libros y papeles, entre las otras cosas de valor, que, a buen seguro, también legó. Al día siguiente, la herencia de Bartolomé del Salto volvía a colación del Cabildo, que dispuso sobre algunos de los bienes recibidos: «mandaron que los doce medios cuerpos con reliquias de santos que el maestro del Salto dejó a la Iglesia, se guarden en la Sacristía, y también una imagen Cristo Nuestro Señor Redentor». Asimismo, se ordenó que Diego Camargo, el doctor Pedro de León y el licenciado Juan Gómez de Ávila viesen los libros que legaba, haciendo posteriormente relación sobre los fueran a propósito para guardarse en la Librería y de los que no lo fueran, para que el Cabildo decidiese. La resolución se tomó en la reunión capitular del primero de abril del mismo año 1628, cuando se decidió que tan solo los manuscritos de Bartolomé del Salto pasaran a la Librería, siendo los ejemplares impresos entregados al sobrino de aquél, siguiendo las cláusulas del testamento. A fines del año siguiente, el 28 de diciembre de 1629, se convocó un Cabildo extraordinario para abordar la cuestión de la librería del doctor Juan de Torres, quien había nombrado como al albacea al Deán y a Manuel Sarmiento de Mendoza, que hubieron de
325 ausentarse. Los capitulares decidieron que ambos albaceas se encargaran de realizar un inventario de la misma, llevándolo luego ante ellos para decidir sobre su aceptación, viendo «la cláusula del testamento». Concedieron sepultura al Doctor Torres junto a San Cristóbal. Las condiciones de la herencia, como solía suceder en estos casos, empeoraban por momentos mientras se mantenía la incertidumbre, como demuestra el Cabildo celebrado cuatro días más tarde, el 1º de enero de 1630, en el que se dijo que «de la librería de Juan de Torres y de las demás cosas que con ella mandó al Cabildo, y faltando muchas y que, aunque algunas cosas se habían cobrado, otras no parecían y que este daño iría en aumento mientras el Cabildo no aceptase o repudiase esta manda». Por ello, se proponía tomar una decisión con prontitud, máxime habida cuenta de que la librería legada incluía libros, papeles, piedras, instrumentos de astrología y monedas antiguas de oro, plata, cobre y metal, por lo que era imprescindible que toda ella quedara vinculada «para que de ninguna manera pueda enajenarse ni prestarse» mientras viviera Leonor de Alarcón, madre del finado, a la que, según el testamento, el Cabildo debería otorgarle 50.000 maravedís de renta anuales, además de hacer al Doctor Torres unas medias pitanzas perpetuas. Debido a la confluencia de tantos factores, el Deán, que sería el legatario en caso de repudiar la herencia el Cabildo, salió fuera del mismo, y se decidió llamar para el día siguiente. Efectivamente, el miércoles 2 de enero de 1630 se produjo una votación por habas, «saliendo por mayoría que se repudiaba la librería y lo que le acompañaba, dejándolo todo a disposición del testamento y las cláusulas, y que se dé fe de este acuerdo a los albaceas, si la pidieren»406. Según parece, las condiciones impuestas por el Doctor Torres excedían la disposición del Cabildo a aceptar su erudita herencia. Lamentablemente, no se han hallado más noticias acerca de si el Deán y Manuel Sarmiento la aceptaron, como tampoco se ha encontrado el inventario que debió de hacerse de la librería. Los legados no solo consistían en librerías enteras, sino que era habitual, igualmente, que se produjeran ingresos de libros y otros objetos procedentes de oratorios de canónigos o expolios de prelados. Es el caso, ya señalado, del misal que entregó, junto a otros bienes, el racionero Juan Mateo Álvarez, procedente de la capilla de su difunto tío, el canónigo Hernando Sánchez Álvarez. El Cabildo decidió su entrega a los sacristanes mayores el 14 de noviembre de 1639407. 406 ACS, 7102, ff. 235r-v, 244v y 372r-373r. 407 ACS, 7104, f. 205r.
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