La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién
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215 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién* Carmen Mena García Universidad de Sevilla una frontera es siempre, por lo menos, un asunto de dos, un fenómeno humano por encima del sentido instintivo de territorialidad que separa o enfrenta a las especies y a los individuos de una misma especie animal. Es, esencialmente, un espacio físico que permite el encuentro y la interacción cultural entre diversos grupos que entran en contacto por circunstancias muy diversas. Escribe Alfredo Jiménez Núñez: «[…] la frontera nos ofrece un inmenso campo de observación, análisis e interpretación de la conducta humana y pone de relieve aspectos fundamentales del sistema cultural»2. Sin ninguna duda, el hambre fue uno de los factores determinantes más poderosos de la conquista de América. El hambre, * Este artículo fue publicado con anterioridad: Carmen Mena García, «La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico del Darién», en Mesoamérica, 24 (45) (2003), 35-64. Para la presente edición, se revisó el estilo y se adecuó la ortografía, de acuerdo a las normas vigentes. 2 Alfredo Jiménez Núñez, «El fenómeno de las fronteras y sus variables: notas para una tipologia», en Estudios fronterizos (40), 11-25. Sobre el concepto historiográfico de frontera, véanse también David J. Weber y Jane M. Rausch, eds., Where Cultures Meet: Frontiers in Latin American History (Wilmington-Delaware: Scholary Resources Books, 1994).
216 Carmen Mena García la imperiosa necesidad humana de alimentarse, provocó la búsqueda desesperada de alimentos que, como a continuación se verá, condicionó, en innumerables ocasiones, el desplazamiento de las fronteras. El hambre no solamente frenó el desarrollo de más de una empresa conquistadora, como ha notado Guillermo Céspedes, sino que, a veces, era también un acicate, un impulso alentador, primario e insaciable3. La ruptura ecológica provocada por la conquista La primera reflexión que se impone apunta en una sola dirección: la ruptura ecológica que tuvo lugar en la América colonial —observa Pedro Vives Azancot— no procedió solo de agresiones sobre ecosistemas concretos, sino de una paralela desarticulación de las sociedades americanas sobre las que se aplicó un modelo o proyecto sociopolítico homogeneizador4. Ello implica que, en el estudio del cambio ecológico provocado por la conquista, deben contemplarse, al menos, dos dimensiones principales del proceso. La primera se concreta en la agresión depredadora sobre paisajes y grupos humanos. Se trataría, operativamente hablando, de una larga coyuntura (entre 1492 y 1550), que coincide con el periodo de la conquista pura que llevó al continente americano una larga y traumática sucesión de alteraciones y devastaciones bien loca- 3 Guillermo Céspedes, «Oro y hambre: estímulos y frenos en el poblamiento español de América», en Real Academia de la Historia, Homenaje académico a D. Emilio García Gómez (Madrid: La Academia, 1993), 465-478. 4 Pedro Vives Azancot, «Los conquistadores y la ruptura de los sistemas aborígenes», en Francisco de Solano, comp., Proceso histórico al conquistador (Madrid: Alianza, 1988), 95-118. El tema ha sido tratado también por Alfred W. Crosby, Jr., en sus obras The Columbian Exchange: Biological and Cultural Consequences of 1492 (Westport: Connecticut, Greenwood, 1972); Imperialismo ecológico: la expansión biológica de Europa, 900-1900 (Barcelona: Crítica, 1988); y por David Watts, The West Indies: Patterns of Development, Culture, and Environmental Change since 1492 (Cambridge: Cambridge University Press, 1987). De esta última obra existe una versión española, Las Indias Occidentales: modalidades de desarrollo, cultura y cambio medioambiental desde 1492 (Madrid: Alianza, 1992).
217 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién lizadas. Los sucesos de este periodo se repitieron en etapas posteriores, merced al mantenimiento de no pocas fronteras vivas a lo largo de toda la etapa colonial. La segunda dimensión a la que alude Vives Azancot es la relativa a la construcción de una nueva estructura ecológica, a la progresiva articulación de nuevos ecosistemas a lo largo del periodo colonial, siempre con una constante: la presencia de la superestructura hispanizante que se sobrepuso a las pervivencias aborígenes. La conquista, como sabemos, no solo representó la implantación violenta de un nuevo dominio político sobre otro pueblo, de nuevas instituciones y de una nueva organización del espacio físico. No solo fue una conquista espiritual y evangelizadora, puesto que también significó la invasión por parte de una nueva cultura dominante, habida cuenta de que las diferencias de desarrollo entre las culturas que entraron en contacto (la española y la indígena) eran muy grandes5. Así, se impuso la cultura alimentaria del Viejo Mundo. El dominio hispano fue también un dominio biológico. España transformó el paisaje e impuso su dieta mediterránea —especialmente la trilogía de vino, aceite y trigo— a todo lo largo y ancho del Nuevo Mundo conquistado y poblado; inundó América con su ganado vacuno y porcino y transformó radicalmente su variado ecosistema con nuevos cultivos y nuevos hábitos alimenticios. No fue obra de un día, sino el resultado de un proceso largo, soterrado y plagado de dificultades e interferencias mutuas al que Serge Gruzinski ha calificado como la «occidentalización»6. A lo largo de este proceso de interacción recíproca, de aculturación, que paralelamente venía gestándose a otros niveles y que terminaría produciendo una fusión o síntesis, se aceptaron algunos hábitos alimenticios de la cultura dominada, se rechazaron otros y se modificó el resto. Pero, en sus comienzos, lo que prevalecía era la alteridad cultural y los conquistadores 5 El clásico estudio es el de Robert Ricard, La conquista de México: ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523 a 1572 (México: fce, 1986). 6 Serge Gruzinski, La colonisation del l´imaginaire: occidentalisation et sociétés indigènes dans le Mexique espagnol, xvie-xviiie siècles (Paris: Gallimard, 1988).
218 Carmen Mena García solían distinguir entre «comida de indios» y «comida de españoles». El mestizaje se produjo lentamente y, conforme las fronteras se desdibujaban, aquella severa alteridad fue cediendo paso a una fusión cultural, a una superposición de elementos y rasgos característicos de ambas culturas que, en el plano alimenticio, se tradujo en la «comida criolla». La frontera marina Pero aún quedaba mucho camino por recorrer, camino que comienza con las naves que, partiendo de Sevilla o Sanlúcar de Barrameda, trasladaban a los hombres a las Indias. El escenario marítimo es el primero en donde los problemas relacionados con la alimentación comienzan a constituir una verdadera preocupación, pese a que solían adoptarse toda clase de cautelas para que estas despensas marinas estuvieran siempre bien abastecidas y pertrechadas durante toda la travesía7. Bartolomé de las Casas escribe acerca del segundo viaje de Colón: En breves días se aparejaron en la bahía y puerto de Cádiz diez y siete navíos grandes y pequeños y carabelas muy bien proveídas y armadas de artillería y armas, de bastimento, de bizcocho, de vino, de trigo, de harina, de aceite, de vinagre, de quesos, de todas semillas, de herramientas, de yeguas y algunos caballos, de gallinas y otras muchas cosas de las que acá se podrían multiplicar.8 Ciertamente, el éxito o el fracaso de la empresa dependían, en gran medida, de las previsiones iniciales respecto a los abastos que contemplaban no solo el tiempo estimado del viaje, sino algo más. 7 Véase nuestra obra, Sevilla y las flotas de Indias: la gran armada de Castilla de Oro, 1513-1514 (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1998), en especial cap. 5; y nuestro último trabajo: «La Casa de la Contratación y el abasto de las flotas de Indias», que será publicado en un número monográfico dedicado a la Casa de la Contratación, cuyo quincentenario se conmemora este año. [La autora se refiere al año de 2003; nota de los editores.] 8 Bartolomé de las Casas, «Historia de las Indias», en Obras escogidas de fray Bartolomé de Las Casas, con estudio de Juan Pérez de Tudela (Madrid: bae, 1957), vol. 1, libro 1, cap. lxxxii, 346.
219 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién Pero, en estos momentos, todos los pronósticos solían quebrarse. Entre las «Instrucciones dadas a Magallanes», leemos: E por cuanto no sabemos el tiempo que vos tendréis en este descubrimiento —comunicaba el monarca a Magallanes en 1519, antes de zarpar en busca dela Especiería— e porque algunas personas que van en la dicha armada les parecerá ser mucho el tiempo que habéis andado sin hallar nada, notificadlesa todas juntamente, e cada uno por sí poniéndoles grandes penas, que mientras el mantenimiento tuvieren en abundancia, ninguno sea osado a hablar ni hable en el dicho viaje ni descubrimiento estar mucho tiempo ni poco, sino que dejen hacer a los que llevan cargo de él.9 La situación se repetía en todos los viajes de exploración y conquista de los que tenemos noticia. La magnífica flota que condujo Nicolás de Ovando a La Española, en 1502, llevaba alimentos para la travesía y para dos meses después de llegados a la isla. Otra expedición del mismo tono colonizador, la de Pedrarias Dávila al Darién, en 1514, fue aprovisionada para 16 meses, mientras que la expedición de Magallanes a la Especiería —de carácter mixto, mitad exploradora mitad colonizadora— iba abastecida para dos años10. Pero estas son provisiones excepcionalmente generosas que atienden al carácter de la recluta y a los objetivos de la misión, puesto que lo más frecuente era que los pequeños viajes de exploración, realizados con medios escasos, dispusieran de apenas lo necesario para el viaje y un poco más, lo que con frecuencia llevaba a los navegantes a situaciones de extrema necesidad. Son numerosos los testimonios de la época que muestran cómo el ser humano es capaz de franquear la barrera que 9 Martín Fernández de Navarrete, «Instrucciones dadas a Magallanes para su viaje descubridor», en Colección de los descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo xv. Edición y estudio preliminar de Carlos Seco Serrano (Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1964), vol. 1, tomolxxvi, ii, 490. 10 Ver nuestro trabajo «Lo privado y lo público en la exploración y conquista del Nuevo Mundo», en Ernest Belenguer Cebriá, comp., De la unión de coronas al Imperio de Carlos V, 3 vols. (Barcelona: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001), vol.2, 441-463.
220 Carmen Mena García separa la civilización de la barbarie para sobrevivir. A veces, se sacrificaba a un tripulante para salvar al resto de los marineros; otras, la víctima, casi siempre el más débil o enfermo, se salvaba a última hora porque se avistaba un barco al que se podía pedir socorro. Un médico y experto en temas navales como Fernando López-Ríos nos recuerda que la sintomatología de las deficiencias nutricionales se encuentra en directa relación con la carencia de nutrientes y, de forma genérica —existen hasta 38 tipos diferentes de desnutrición—, el cuadro clínico que presenta el afectado consiste en sensación de sed, presencia de astenia o fatiga, pérdida de la grasa subcutánea, edema, dermatitis descamativa, petequias, esquimosis, estomatitis y trastorno del sueño. Un individuo sin ingesta de alimentos y en situación de reposo (circunstancia imposible de darse en navegantes o conquistadores), calculando un gasto metabólico de unas 1.200 calorías o menos, podía sobrevivir hasta 67 días. La mujer, al tener más grasa corporal, tiene mayor capacidad de supervivencia en condiciones extremas como las reseñadas11. En unos pocos años, afortunadamente, los puertos caribeños, como auténticos centros nodrizas, se erigen como cabezas de puente de nuevas expediciones conquistadoras y como mercados suministradores, no solo de hombres, sino también de los pertrechos y abastos necesarios para la intendencia, especialmente pan cazabe y carne. «Dura el cazabí mucho tiempo», anota el padre de Acosta, «y así lo llevan en lugar de bizcocho para navegantes». Y añade: «donde más se usa esta comida es en las islas que llaman de Barlovento, que son Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Jamaica y algunas otras de aquel paraje; la causa es no darse trigo ni aún maíz sino mal»12. En 1523 Francisco de Garay organiza su tercera expedición hacia la provincia de Pánuco —ya pacificada y poblada por Hernán Cortés— y parte de Jamaica con una armada de 13 barcos y 840 soldados. En esta ocasión, Bernal Díaz del Castillo asegura que «basteciólos muy bien de todo lo que hubieren menester, y era pan cazabe y tocino 11 Ver Fernando López-Ríos Fernández, Medicina naval española en la época de los descubrimientos (Barcelona: Labor, 1993), 86 y ss. 12 José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias. Edición de Edmundo O’Gorman (México: fce, 1962), libro 4, cap. 17, 172.
221 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién y tasajos de vaca, que ya había harto ganado vacuno»13. Para la segunda mitad del siglo xvi, estos puertos antillanos han asumido ya definitivamente su papel de mercados abastecedores de cuantas flotas y armadas participan en la carrera14. La primera frontera en la América continental: un cementerio de conquistadores Una vez en tierra, las huestes se enfrentaron a un medio desconocido y, a medida que iban adentrándose en el territorio, las complicaciones fueron acrecentando las dificultades de la marcha. Cuando las previsiones respecto al destino no se cumplían, se iniciaba la carrera hacia la desesperación: no se encontraban alimentos, no se conocían las capacidades nutrientes de muchas plantas, se había realizado una incursión de tierra quemada y, prácticamente, lo único que les quedaba a los expedicionarios era la huida hacia adelante y, en la mayoría de las ocasiones, la retirada. Tiene razón Ricardo Piqueras Céspedes cuando afirma que […] la alimentación fue un factor de primer orden en la estrategia de la conquista y quizás el factor que más problemas y preocupaciones planteó a las diversas huestes que se aventuraban hacia los paisajes de un desconocido interior continental. […] para analizar el éxito o el fracaso de muchas de estas entradas, es obligado investigar en las fuentes, cuáles fueron las estrategias que debían solucionar las cuestiones relativas al abastecimiento de las huestes, cómo se preparaban desde el punto de vista alimentario y cuáles fueron los principales problemas que tuvieron que ir resolviendo sobre la marcha.15 13 Citado por José Luis Martínez, Pasajeros de Indias: viajes transatlánticos en el siglo xvi (Madrid: Alianza, 1983), 58-59. 14 Ver agi, «Relación de los pertrechos y municiones y bastimentos para la armada de Su Majestad de la Guarda de las Indias y dónde se podrán proveer mejor y a más cómodos precios. Año de 1578 años», Patronato, 269, ramo 17, 1. 15 Ricardo Piqueras Céspedes, Entre el hambre y el Dorado: mito y contacto alimentario en las huestes de conquista del siglo xvi (Sevilla: Diputación de Sevilla, 1997), 93. Este excelente trabajo es pionero en el análisis de la problemática alimenticia durante la época de la conquista en el área del
222 Carmen Mena García Esta situación de extrema necesidad se hace sentir desde el primer encuentro, o mejor dicho «encontronazo», entre indios y españoles en el escenario continental. La llegada de los españoles al golfo de Urabá pone en marcha un nuevo proceso de dominio: la conquista de Tierra Firme. En el territorio del Darién (en la actualidad, localizado en la frontera entre Panamá y Colombia), se abre una nueva frontera, la primera de toda la América continental en donde, como veremos, se repite la triste situación vivida, años atrás, en las islas (Figura 1). Pero, con anterioridad a estos hechos, se producen otros intentos que culminan en el más absoluto fracaso. Las primeras expediciones a las costas de la Tierra Firme siguen los pasos de Colón y su cuarto viaje16. Las dirigen dos personajes de especial relieve: Alonso de Ojeda —natural de Cuenca, con amplia experiencia en reclutar y dirigir expediciones a las Indias y protegido del influyente obispo Juan Rodríguez de Fonseca— y un acaudalado vecino de La Española, el jienense Diego de Nicuesa17. litoral meridional del Caribe de Colombia y Venezuela que en aquella época fue conocido también como la Tierra Firme. 16 Siempre se ha entendido que pretendía la búsqueda de un estrecho entre dos mares. Sin embargo, puesto que ni de Ojeda ni de Nicuesa recibieron instrucciones con tal propósito, fácilmente puede inferirse que no era este el objetivo inmediato. Para Carl Ortwin Sauer, el proyecto encomendado a ambos «consistía en retomar las actividades que desde diez años antes tenían lugar en esas costas, pero ahora con una organización formal». Ver Carl Ortwin Sauer, The Early Spanish Main (Berkeley: University of California Press, 1966), cuya edición española fue publicada como Descubrimiento y dominación española en el Caribe (México: fce, 1984), 255. 17 Los infortunios de los hombres de de Ojeda y de Nicuesa son relatados extensamente por tres cronistas que conocieron a los gobernadores o hablaron con los supervivientes. Al margen de sus discrepancias en el relato, los tres coinciden en destacar el carácter catastrófico de lo que, en palabras de Kathleen Romoli, constituye «uno de los más sombríos episodios de la oscura historia de la conquista». La descripción más antigua es la de Pedro Mártir de Anglería, quien dedica casi la totalidad de su Segunda Década, redactada en 1514, justo en el año de la llegada de la flota de Pedrarias Dávila al Darién, y de la puesta en marcha de un nuevo proyecto colonizador que incurrirá en muchos de los errores pasados. El segundo cronista es Gonzalo Fernández de Oviedo —Historia general y natural de las Indias, 5 vols. (Madrid: Atlas, 1959), libros xxvii y xxviii—, acompañante de Pedrarias
223 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién El nuevo proyecto para la exploración y colonización de la Tierra Firme, asignado a ambos por la Corona, dividía la faja costera que se extendía desde el oeste de Venezuela hasta el cabo de Gracias a Dios en dos inmensas gobernaciones de límites imprecisos: una, desde el Cabo de la Vela al golfo de Urabá, inclusive, que regiría de Ojeda y que fue bautizada como Nueva Andalucía; otra, desde este mismo punto hasta el norte de Honduras, encomendada a de Nicuesa y conocida como Veragua. A juzgar por los hombres que se alistaron en cada una de las expediciones, sin duda, la dorada Veragua de Colón era la que despertaba mayor entusiasmo, pero también la jefatura de Nicuesa, un hombre de más edad y más respetado que Ojeda, fue determinante a la hora de la reclusión. Dávila y uno de los principales protagonista de la etapa darienita, quien basa su magnífico relato en su experiencia personal, en cuanto vio y oyó de los propios supervivientes que aún permanecían en el Darién o se avecindaron en las islas. Finalmente, Bartolomé de las Casas, como es sabido, no visitó aquella región, pero ofrece una de las relaciones más extensas —Historia de las Indias, 2 vols. (Madrid: Atlas, 1957), vol. 2, libros xl al lxx— con abundantes y muy interesantes datos. Figura 1. Localización colonial de Santa María de la Antigua del Darién en el actual golfo de Urabá. Elaboración propia.
230 Carmen Mena García española, que se convertirá así en la primera capital de la Tierra Firme, fue fundada en tierras del golfo de Urabá, en la margen izquierda del río Atrato, en medio de una densa selva lluviosa de infranqueables barreras constituidas por su exuberancia vegetal, la fragilidad de los suelos y la insalubridad. El tránsito de este medio inhóspito solo era posible a través de las vía fluviales que constituyen las únicas vías de penetración. Por todo ello, los primeros asentamientos hispánicos en esta costa caribeña, como Acla y Santa María de la Antigua del Darién, junto al golfo de Urabá, o Bruselas, en los paisajes lluviosos de la margen oriental del golfo de Nicoya, estaban destinados, de antemano, al fracaso y muy pronto fueron abandonados ante la atracción que ofrecían las tierras altas y del litoral del Pacífico, mucho más favorables para ser colonizadas. Estas tempranas fundaciones se realizaron no sin grandes esfuerzos y con un alto coste en vidas humanas, de manera que tuvieron una breve existencia y terminaron siendo abandonadas. Solo arraigaron las cabezas de puente, Nombre de Dios y luego Portobelo, de indudable valor geopolítico, pues aseguraban la comunicación interoceánica a través de una vía, mitad terrestre, mitad fluvial —el río Chagres, llamado originalmente «de los lagartos»27—. Cuando se funda la ciudad de Santa María de la Antigua no se elige un emplazamiento nuevo, sino que se aprovecha el poblado de los aborígenes allí asentados, utilizando sus bohíos como casas, sus tierras de labor para el sostenimiento de los invasores y todos sus materiales para la edificación de nuevas viviendas. Se procede de este modo porque, como apunta Sauer, «el traslado de los españoles a Darién no se debió a una selección deliberada de un lugar adecuado, sino a la necesidad de encontrar un lugar seguro contra 27 Pedro Cunill Grau, «La Geohistoria», en Marcello Carmagnani, Alicia Hernández Chávez y Ruggiero Romano, comps., Para una historia de América, 3 vols. (México: fce, 1999), vol. 1, Las estructuras, 42-43. Véase también David Watts, óp. cit. Una abundante información sobre las condiciones del suelo, clima y poblamiento nos la proporciona la obra de Omar Jaén Suárez, La población del Istmo de Panamá: estudio de geohistoria (Madrid: Cultura Hispánica, 1998).
231 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién los indios de Urabá y conseguir alimentos»28. La presión periférica ejercida sobre los cacicazgos vecinos se dirige, fundamentalmente, a la búsqueda desesperada de alimentos para saciar el hambre. Los supervivientes de las dos huestes, de de Ojeda y de Nicuesa, que apenas debían superar un centenar, reunidos ahora bajo la jefatura de un oscuro personaje llamado Vasco Núñez de Balboa, invaden las tierras de los indios en busca de provisiones. A los supervivientes, «rabiando de hambre cual lobos rapaces», según de Anglería, los alimentos que les proporcionan los indios les parecen «manjares y viandas regias». Las primeras entradas en la tierra son actos de rapiña y de saqueo en los que la soldadesca exige, por la fuerza de las armas, la entrega de alimentos y de todo lo que de valor haya a su paso. Estas razias proporcionan a los del Darién «comidas para matar el hambre que tenían, más no para quitar del todo la necesidad»29. En cierta ocasión el éxito de Núñez de Balboa en sus correrías por el Istmo se le atribuyó a la política de atracción y tolerancia desarrollada con los cacicazgos indígenas con los que entró en contacto. Me resisto a aceptar esta opinión que, con gran mimetismo, ha sido difundida hasta la saciedad, acrecentando así la leyenda glorificadora del héroe Núñez de Balboa para contraponerla con la de su rival el maligno Pedrarias Dávila. De Anglería, que había oído directamente el relato de los propios conquistadores, anotó en su crónica: Que como en los mataderos descuartizan las carnes de bueyes o carneros, así los nuestros de un solo tajo les cortaban a uno las nalgas, a otro el muslo, o los brazos al de más allá: como animales brutos perecieron seiscientos de ellos junto con el cacique […]. Mandó [Núñez de Balboa] echarles los perros que destrozaron a unos cuarenta.30 Qué política de tolerancia tan extraña. Se detalla aquí la entrada de los españoles en el cacicazgo de Cuarecua y los drás- 28 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 263. 29 Pedro Martir de Anglería, óp. cit., 114-115. 30 Ibíd., óp. cit., 165.
232 Carmen Mena García ticos procedimientos que solían emplear Núñez de Balboa y sus hombres, en aquellos casos en los que los indios no aceptaban pacíficamente su dominio ni ofrecían abiertamente su colaboración, siempre, claro está, bajo métodos salvajemente compulsivos. De las Casas nos dice que «la costumbre de Vasco Núñez y su compañía era dar tormentos a los indios que prendían para que descubriesen los pueblos de los señores que más oro tenían y más abundancia de comida», sobre sus poblados caían de noche y a fuego y sangre arrasaban el poblado. El mismo Núñez de Balboa escribió, en una misiva a Colón, que ya «había ahorcado a treinta caciques y había de ahorcar cuantos prendiese»31. A mi entender, la hambruna o lo que es igual, la búsqueda desesperada de alimentos, fue lo que impulsó el desplazamiento de las fronteras darienitas y la incorporación de nuevos espacios indígenas, mucho más que el oro o la caza de esclavos, cuya búsqueda también era prioritaria. Cada conquistador —anota Kathleen Romoli— sentía sed de tesoros, pero para los hombres de Darién lo más importante en aquellos días, tal y como reflejan las fuentes, era la comida: «Fasta aquí», escribió Núñez de Balboa al rey, «hemos tenido en más las cosas de comer que el oro, porque teníamos más oro que salud que muchas veces fue en muchas partes que holgara más de hallar una cesta de maíz que otra de oro»32. Muchos hombres cayeron abatidos, en su trasiego, por las tierras húmedas y palúdicas del Darién. Núñez de Balboa, durante su estancia en el cacique de Tubanamá, enfermó de fiebres muy altas y tuvo que ser evacuado a hombros de sus esclavos, mientras que el resto de sus hombres eran trasladados hasta el campamento darienita en hamacas de algodón y a los que, sin encontrarse todavía bien, les restaban algunas fuerzas, puesto que «estaban débiles de piernas, los indígenas les ayudaban con las manos bajo los sobacos»33. Este dato es importante y demuestra que Sauer no está en lo cierto cuando 31 Bartolomé de las Casas, óp. cit., vol. 2, 274-275. 32 Kathleen Romoli, Balboa of Darién: Discoverer of the Pacific (Garden City, ny: Doubleday, 1953). Hay una edición española con el título Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico (Madrid: Espasa-Calpe, 1955), 116. 33 Kathleen Romoli, óp. cit., 184.
233 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién escribe que «no hay ninguna mención de fiebres o de fiebres y escalofríos» con anterioridad a la llegada de la expedición de Pedrarias Dávila, añadiendo, a continuación, que «Núñez de Balboa y sus hombres pasaron por regiones que luego fueron notoriamente maláricas sin enfermar»34. La necesidad de alimentos era grande y la producción agrícola escaseaba en estos nuevos asentamientos, que ahora daban sus primeros y balbuceantes pasos, más aún si se tiene en cuenta que era preciso contar con los excedentes necesarios para proveer a las expediciones que salían de la ciudad e iban a internarse durante largo tiempo en territorio indio. Romoli escribe que el cacique Chima, tras sellar su alianza con Núñez de Balboa, «regresó a su aldea para acudir a la siembra y enviar labradores al Darién»35. Como ya vimos, a diferencia de los primeros contactos hispano-indígenas en Veragua de los que se tiene relación, en el Darién, una vez superada la resistencia inicial, existió una colaboración por ambas partes que benefició la estabilidad del asentamiento de La Antigua. Los invasores practicaron, a partir de entonces, una política de captación de los cacicazgos vecinos, mientras que los indios, convencidos de que no había otra salida, regresaron a su antiguo poblado —ahora, en manos de los españoles— y se ofrecieron a vivir y trabajar para ellos, recolectando alimentos, cazando y pescando36. No obstante, la mayor parte de la fuerza laboral indígena es reclutada a la fuerza. Las intempestivas visitas de los españoles a los cacicazgos de la periferia se acompañan casi siempre de la captura de un abundante número de indios esclavos utilizados como transportistas o remeros, pero, fundamentalmente, en el cultivo de las sementeras. En las tierras aluviales de las márgenes del río Darién se encontraban las tierras de labranzas de los españoles37. Los indios trabajaban en sus rozas y siembras y las cosechas eran abundantes, lo que garantizaba la estabilidad del asentamiento. A solo tres años de 34 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 375. 35 Kathleen Romoli, óp. cit., 117. 36 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 263. 37 agi, «Información de los méritos y servicios de Lorenzo Martín, canónigo de Santa María de la Antigua, 25 de febrero de 1523», Patronato, 92, n.º 1, ramo 2.
234 Carmen Mena García la fundación de la colonia, ya había prósperos hacendados, como Rodrigo de Colmenares, de quien cuenta de Anglería que, antes de viajar a España, en 1513, como procurador de los vecinos del Darién, «había comprado muy grandes predios y había dejado sembradas muy grandes sementeras, con cuya venta esperaba muy fijamente que conseguiría de sus compañeros el oro de las compras»38. Cultivos y animales en la selva húmeda de los cueva En los tiempos precolombinos, las poblaciones amerindias habían logrado domesticar más de cien especies de plantas, todas ellas, excepto el camote (batata) y el algodón, desconocidas en el Viejo Continente. No obstante, anota Richard Cooke, en la época del contacto hispano-indígena los alimentos vegetales básicos eran el maíz, la yuca y otro tubérculo llamado aje, una variedad del camote39. A diferencia de las Antillas, no se cultivaba la yuca amarga en el Darién septentrional y, por tanto, no existía aquí el pan cazabe, tan valioso y tan nutritivo, por sus cualidades, para resistir largo tiempo. Esta es una característica común a toda la costa occidental de la Tierra Firme, incluso hoy día. «Cualquiera que haya sido el lugar donde se cultivó primero la yuca amarga», observa Sauer, «se difundió por la costa atlántica de los trópicos americanos; solo la variedad dulce se encuentra en la zona occidental de la región del Caribe, en las tierras bajas intraandinas y a lo largo del Pacífico. En ninguna de estas zonas se hacía pan cazabe de la yuca dulce»40. Todas se cocinaban asándolas en las cenizas. Martín Fernández de Enciso, cuando describe los alimentos que se producen en la costa sudoccidental de la Tierra Firme, aporta interesantes datos sobre diferencias regionales: por ejemplo, que el pan y el vino se hacían del maíz igual que en la costa colombiana de Cartagena y que existían las mismas raíces que utilizaban los 38 Pedro Mártir de Anglería, óp. cit., 132; Bartolomé de las Casas, óp. cit., vol. 2, 281. 39 Richard Cooke, «Subsistencia y economía casera de los indígenas precolombinos de Panamá», en Aníbal Pastor Núñez, ed., Antropología panameña: pueblos y culturas (Panamá: Universidad de Panamá, 1998), 61 y 73. 40 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 360.
235 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién arahuacos para hacer el pan en las Antillas, solo que estas eran venenosas si se comían crudas, mientras que las de la Tierra Firme no lo eran41. Fernández de Enciso se extiende, especialmente, en consideraciones de tipo alimenticio: describe con minuciosidad las batatas, las piñas, (que inundan con su delicioso olor: «estando en una sala, huele toda la casa») y otras frutas, como el aguacate, fruta extraordinaria que al madurar se hace amarilla y dentro es «como manteca y de maravilloso sabor y deja el gusto tan bueno y tan blanco que es cosa maravillosa». El maíz era el centro medular de la civilización mesoamericana y, debido a su gran capacidad de adaptación a variedad de climas y latitudes, era el cultivo rey de extensas áreas, desde Canadá hasta el sur de Chile. A falta de pan cazabe, el de maíz fue un buen sustituto ampliamente utilizado por los españoles en el Darién desde los primeros momentos, aunque los indios también hacían pan de tubérculos, como la yuca y el aje, así como del fruto de una palma que Sauer identifica probablemente con la guilielma42. «Eran aquellas siembras de pan», anota de Anglería, «de la clase de grano que en La Española llaman maíz y los de Urabá dicen hobba, que hemos dicho sazonan tres veces al año porque aquellas regiones no sufren los rigores del invierno por su proximidad a la línea equinoccial». Y, como no podía ser menos, puesto que de Anglería acostumbra a elogiar en sus escritos la benignidad de la naturaleza del Nuevo Mundo, en armonía con la vida inocente de los indios, destaca sus cualidades alimenticias, superiores a las del trigo: «Que el pan de hobba o maíz es más saludable que el de trigo para los habitantes de aquella región por digerirse más fácilmente lo explica la razón física porque, no haciendo frío, las extremidades no envían calor a 41 Martín Fernández de Enciso, Suma de la Geografía que trata de todas las partidas e provincias del mundo, en especial de las Indias (1519) (Sevilla, s.e., 1546); y «Descripción de las Indias Occidentales», sacada de la «Suma de Geografía de este autor, y reimpresa con un prólogo bibliográfico por José Toribio Medina, (Santiago de Chile, s.e, 1897). 42 Pedro Mártir de Anglería, óp. cit., 116-117; Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 363.
236 Carmen Mena García las entrañas»43. En efecto, el maíz, además de que se cultiva muy fácilmente, tiene un elevado rendimiento y, en latitudes tropicales, es posible obtener hasta tres y cuatro cosechas por año44. Fernández de Oviedo nos dice que los indios del Darién solían cultivar el maíz y la yuca en las mismas parcelas. Ese gran observador que es Fernández de Oviedo, buen conocedor del ecosistema darienita, pues estuvo avecindado en Santa María de la Antigua casi por diez años, nos ha transmitido una de las más detalladas y tempranas descripciones de cómo los indios del territorio cueva sembraban el maíz con un sistema de agricultura rotativa, también conocida como de rozas o «de tala y quema», que consistía, básicamente, en realizar la siembra en una parcela previamente talada y quemada, la cual, una vez recolectada, era dejada en barbecho hasta que la vegetación y la fertilidad del suelo volvía a regenerarla45. Tanto el maíz como la yuca se adaptan muy bien en vegas fluviales y en climas estacionales con sol abundante y precipitaciones moderadas. Cooke, sin embargo, consigna que el cultivo del maíz también se da en áreas quebradas y húmedas e, incluso, en zonas relativamente frescas en las sierras de Veragua46. Prontamente, los conquistadores convirtieron el maíz en su alimento básico, al igual que los indios, pero, dada su falta de disposición e interés por el cultivo de la tierra, saqueaban los depósitos indígenas o bien reclutaban indios a la fuerza, haciéndolos trabajar en sus sementeras. También dependieron de las mujeres indias, a las que solían llevar consigo en sus razias para que les cocinasen el pan de maíz47. Son abundantes las referencias de los cronistas a este modo 43 Ibíd., óp. cit., 122. 44 Su rendimiento puede alcanzar de 150 a 200 granos por uno sembrado; en la actualidad esa proporción puede llegar a 1.000 por 1. Juan Álvarez- Cienfuegos Fidalgo, «La conquista ecológica: el maíz ante el trigo», en Ronald Escobedo, Ana de Zaballa y Oscar Álvarez, eds., Alimentación y gastronomía: cinco siglos de intercambio entre Europa y América (Pamplona: Newbook Ediciones, 1998), 46. 45 Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la natural historia de las Indias (México: fce, 1950), cap. 4. 46 Richard Cooke, óp. cit., 73. 47 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 361.
237 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién de proceder. El maíz se preparaba molido, en «bollos» envueltos en hojas de mazorca y también en forma líquida. La chicha fermentada de maíz era ampliamente utilizada en las fiestas o para celebrar cualquier acontecimiento social o religioso. Refiere Fernández de Oviedo que el «chicheme» preparado con maíz tostado y agua era muy frecuente en los viajes por el Pacífico. Los cueva fabricaban, así mismo, un vinagre del maíz fermentado al sol48. También se obtenía vino del aje, de la yuca y del fruto de una palma. De Anglería realiza una excelente descripción de las generosas bodegas del cacique Comogre, que los españoles contemplaron admirados, llenas de tinajas de barro y de toneles «a estilo de España o de Italia» con excelentes vinos, blancos y tintos, hechos con las especies mencionadas y, utilizando referentes culturales del viejo continente, no duda en compararlos con los vinos germanos, belgas, ingleses, con los de algunos pueblos de los Alpes e, incluso, con los montañeses, vascos y asturianos en el territorio español, en donde «hemos oído que hacen sidra de la cebada, el trigo y las manzanas»49. La elaboración del vino de maíz por los indios, descrita en este caso por Fernández de Oviedo, requería gran dedicación. Primero, se ponían en remojo los granos hasta que comenzaban a germinar; luego, se hervía y, más tarde, se dejaba reposar hasta que fermentaba. La bebida estaba lista un día después, pero al cuarto día era «muy mejor» y al séptimo «no está para beber». Además de la trilogía tropical —maíz, yuca y batata— que constituye el soporte nutritivo de la alimentación de las poblaciones aborígenes del territorio panameño en general, y del darienita en particular, se cultivaba también una gran variedad de legumbres, frutas, condimentos, hojas y raíces comestibles de los que Fernández de Oviedo nos ofrece una riquísima y detallada descripción50. Así mismo, los cueva disponían de caza y pesca 48 Richard Cooke, sobre testimonios de Espinosa, Fernández de Oviedo y Suazo, óp. cit., 73. 49 Pedro Mártir de Anglería, óp. cit. 116-117. 50 Sugerimos la lectura de la obra de Richard Cooke, varias veces citada aquí, quien ha realizado un exhaustivo rastreo en las fuentes de la época y nos proporciona un completo listado de animales y especies cultivadas por las
238 Carmen Mena García en abundancia: «Hay muchos ciervos e gamos e corzos, ni más o menos que los de Castilla», escribe Fernández de Oviedo, así como grandes manadas de puercos salvajes (chuche). Los indios eran expertos cazadores y se servían de lanzas, cepos y flechas para capturarlos51. También abundaban conejos y liebres que los cueva capturaban con lazos o aprovechando su dispersión cuando quemaban los montes. Su carne en salazón era un buen sustituto de la carne fresca, al igual que la cecina, que se elaboraba de la carne de los xulos y que Fernández de Oviedo identifica con alguna variedad de perro domesticado. Pero el alimento indígena más importante entre los cueva y, especialmente en los cacicazgos de Comogre, Pocorosa y Dabeiba, era el pescado y el marisco que capturaban con redes de algodón y secaban y ahumaban en barbacoas. Como una plaga de langosta La aparente tranquilidad que reinaba por fin en la colonia del Darién, sometida ya a la autoridad del ambicioso extremeño, se interrumpió un caluroso día del mes de junio de 1514 cuando una gran flota arribó a la costa del golfo de Urabá. Núñez de Balboa, convertido ya desde un año atrás en el gran descubridor del otro mar, había hecho llegar a la Corona noticias exageradamente alentadoras sobre lar riquezas en oro —el famoso oro de Dabaibe— que ocultaban aquellas nuevas tierras: solo hacían falta tiempo y refuerzos para rescatarlas. Se necesitaban hombres bien nutridos y brazos fuertes para insuflar nuevos bríos a las agostadas huestes del extremeño, que iban siendo abatidas en sus incursiones por regiones maláricas. Por ello, Núñez de Balboa no dudó en solicitar a la Corona algunos refuerzos para continuar su labor exploradora, siempre y cuando se tratase de veteranos ya adaptados a la vida americana. Sin embargo, recibió no un pequeño grupo de baquianos bien adaptados a la dureza del clima tropical y a una vida de frontera, sino una avalancha humana de unos mil quinientos hombres venidos directamente de España, muchos de ellos «nobles poblaciones autóctonas en tierras panameñas. 51 Gonzalo Fernández de Oviedo, óp. cit., vol. 2, 45.
239 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién y mancebos, bien dispuestos, lucidos y ataviados», como si fueran a participar en un desfile militar52. En Sevilla, son muchos hombres, más de tres mil, los voluntarios para embarcarse hacia ese territorio en donde, según decían, «se pescaba el oro con redes»53. De las Casas sentenciaba, con mucho juicio, que «esta fue siempre una de las principales causas que han asolado estas Indias, como parecerá, dejar venir a ellas gente demasiada de España». Se refería a la armada de Bobadilla, quien, al igual que unos años más tarde sucediera con la encabezada por el comendador Nicolás de Ovando, «había traído más gente de la que podía remediar». Era una multitud de recién llegados que distorsionaron las bases económicas de la colonia establecida en La Española, sobre la que cayeron como una plaga de langostas, para, finalmente, morir abatidos por la hambruna y las enfermedades54. De las Casas, que viajaba en esta expedición, afirma que en aquella ocasión murieron mil hombres y otros quinientos enfermaron, angustiados por el hambre y las necesidades. Muchos de los que sobrevivieron tuvieron que vender sus ropas para alimentarse. Desgraciadamente, la expedición que condujo Pedrarias Dávila al Darién en 1514 revivió estos tristes y desgraciados sucesos. Escribe de las Casas: 52 Un grupo social es característico en estos primeros años de vida fronteriza: el baquiano, que comenzó como cazador de esclavos y terminó convirtiéndose en sinónimo de veterano en la vida de frontera. Los baquianos eran muy apreciados por sus compañeros porque conocían bien el terreno y eran expertos exploradores; sabían adentrarse sin temor a extraviarse en selvas y desiertos; eran capaces de sobrevivir, aunque se agotasen las provisiones; estaban acostumbrados a la dureza del clima tropical y eran inmunes contra sus enfermedades, como la baquía y la modorra, enfermedades cuyos síntomas conocemos, pero no así su etiología, que afectaban a casi todos los recién llegados de Europa con una mortalidad inicial del 30 al 50. Véase Guillermo Céspedes del Castillo, América hispánica (1492-1898), en Manuel Tuñón de Lara, dir., Historia de España, dirigida por Manuel Tuñón de Lara (Barcelona: Labor, 1983), vol. 6, 75. 53 Bartolomé de las Casas, óp. cit., vol. 2, 299. 54 Carl Ortwin Sauer, óp. cit., 176. Una información más amplia sobre todo lo acontecido en aquellos días puede consultarse en Carmen Mena García, óp. cit., 53-56.
246 Carmen Mena García Bajo el impulso del hambre y de la búsqueda desesperada de oro y de esclavos indios, la frontera darienita comienza a desplazarse hacia las tierras occidentales del istmo, incorporando nuevos espacios a la colonización blanca. Junto al Pacífico, reconocido como el Mar del Sur por Núñez de Balboa, se funda, en 1519, la Ciudad de Panamá, que en lengua cueva significa «lugar en donde abunda el pescado». De hecho, su abundante despensa marina será la que proporcione el principal alimento a estos hambrientos invasores. «Creo yo», aventura el cronista Cieza de León, «que la población de esta ciudad por causa de estas almejas se quedó en aquesta parte fundada». Otras fuentes aluden a la importancia de la pesca, sobre todo de las sardinas, que debieron constituir también uno de los principales sustentos de la población en el ínterin que se buscaban unos medios más estables. Sabemos que, al efectuarse uno de los primeros repartos de encomiendas entre conquistadores y pobladores, los indios del cacicazgo de Panamá, como consumados pescadores, fueron excluidos del reparto, ya que se les encomendó una misión de sumo interés. En un documento, leímos: Para que pescasen para todo el pueblo porque hay mucha sardina, que es pescado con el que el pueblo se mantiene, e que los días de pescado todo lo que montaban lo llevaban a la playa y allí se repartía por todo el pueblo de balde, que era muy gran bien e ayuda para todos los pobladores porque de otra manera no tendrían qué comer.73 El establecimiento de Natá en la región occidental del istmo, en 1522, respondía a la necesidad de abastecimiento de los dos puertos oceánicos (Panamá y Nombre de Dios) y completaba, en líneas esenciales, el primitivo plan fundacional del gobernador. Funcionalmente, como frontera con Veragua, el nuevo asentamiento estaba destinado a servir de punta de lanza para la conquista de aquella región y serviría, además, para desplazar la frontera hasta los límites con la actual Costa Rica74. La expedición de Gaspar de Espinosa a 73 Carmen Mena García, óp. cit., 126. 74 Ibíd., óp. cit., 125.
247 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién Natá, que se prolongó por cuatro meses en 1519, fue todo un éxito gracias a la abundancia de ganado y a la fertilidad de la tierra: Hallamos allí infinito maíz e tantos venados que los que los vimos lo apodamos en trescientos venados, e infinito pescado asado, e muchos ansares e avas en jaulas e toda comida de indios en mucha gran abundancia; hice luego recoger el maíz en el Real, de manera que tuvimos a la vuelta todo lo que hubimos menester para cuatro meses que allí estuvimos, e aún sobramos más de quinientas fanegas.75 El minucioso relato del sanguinario capitán de Pedrarias Dávila está lleno de referencias a los suministros indígenas hallados en los cacicazgos de las fértiles sabanas de Natá que son, a la vez, un claro exponente de cómo el hambre no siempre fue un obstáculo en el avance de las fronteras, dando al traste con muchos de los primitivos asentamientos. Por el contrario, en ocasiones como esta, el hambre incentivó la incorporación de nuevos territorios y contribuyó, definitivamente al desplazamiento de los límites fronterizos. Todos los relatos de la época coinciden en señalar el régimen de terror impuesto por los capitanes de Pedrarias Dávila y sus métodos brutales a lo largo y ancho del territorio explorado, entre ellos Fernández de Oviedo, aunque conviene recordar que, en su visión sobre la actuación de los conquistadores en tierras americanas, el cronista suele incurrir en numerosas contradicciones. La persona que exclama: «¡quién duda de que la pólvora contra los indios es incienso para el Señor!» es la misma que, en otras ocasiones, juzga con severidad los métodos seguidos por los españoles en su dominio del continente, aunque con manifiesta parcialidad, pues se deja llevar por las simpatías o antipatías que siente por los protagonistas, sus compañeros del Darién. Si Núñez de Balboa es disculpado por su política de alianzas con los jefes aborígenes, 75 La relación de Gaspar de Espinosa en Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, 42 vols. (Madrid: s. e., 1882), xxxvii, 31. Ver también Reina Torres de Araúz, Natá prehispánico (Panamá: Instituto Nacional de Cultura, 1992).
248 Carmen Mena García por el contrario, los relatos sobre la actuación de los capitanes lanzados por Pedrarias Dávila contra los cacicazgos indígenas van acompañados por escenas de horror y crueldad sin paralelo: «Atormentábanlos, pidiéndoles oro, e unos asaban e otros hacían comer vivos de perros, e otros colgaban, e en otros hicieron nuevas formas de torturas»76. Muchos hombres se especializaron en el arte de la guerra, en el cuerpo a cuerpo contra los indios, en la rapiña, el saqueo, la búsqueda del botín, la violencia y también en la obediencia a los mandos, el compañerismo con los iguales, la amistad y tantas otras actitudes que caracterizan a esta milicia improvisada que fue la hueste indiana. En el Darién se forjó una raza de capitanes fronterizos que extendieron sus depredaciones hacia el norte, hasta tierras de Nicaragua, y hacia el sur, hasta el Perú, llevándose miles de esclavos y arrasando la población aborigen77. El Darién también fue un importante laboratorio experimental en donde se aclimataron muchas «especies», luego difundidas por todo el continente, como el sistema de la encomienda, las normas en el reparto del botín entre los miembros de la hueste y otras que, simplemente, fracasaron por no poder adaptarse al nuevo medio, como el requerimiento del célebre jurista Palacios Rubio. Conclusión Haciendo uso de un símil que nos parece muy acertado, diríamos que, si en el oeste de Estados Unidos se forjaron, según la tesis de Frederick Jackson Turner78, muchos de los valores que ha- 76 Gonzalo Fernández de Oviedo, óp. cit., vol. 3, 235. 77 Véase William Sherman, Forced Native Labor in Sixteenth-Century Central America (Lincoln: University of Nebraska Press, 1979); Murdo MacLeod, Spanish Central America: A Socio-Economic History, 1520-1720 (Berkeley: University of California Press, 1973); Murdo MacLeod y Robert Wasserstrom, eds., Spaniards and Indians in Southeastern Mesoamerica: Essays on the History of Ethnic Relations (Lincoln: University of Nebraska Press, 1983); y David R. Radell, «The Indian Slave Trade and Population of Nicaragua during the Sixteenth Century», en William M. Deneven (ed.,) The Native Population of the Americas in 1492 (Madison: University of Wisconsin Press, 1976), 67-76. 78 Frederick Jackson Turner, The Frontier in American History (New York: H.
249 La frontera del hambre: construyendo el espacio histórico en el Darién brían de caracterizar al ciudadano norteamericano, en la frontera del Darién se forjaron los valores de la estrategia de la guerra y las actitudes propias de una vida de frontera de la hueste indiana, que adquirió un protagonismo indiscutible en el origen de la sociedad colonial —una hueste que, luego, se dispersó a lo largo y ancho del inmenso espacio americano—. La historia del primer Darién, historia fronteriza de cabalgadas esclavistas y búsqueda de oro por doquier, con clarísimas reminiscencias medievales, fue muy breve. Apenas bastaron quince años —entre 1510 y 1525— para echar por tierra un ambicioso proyecto colonizador que habría de fracasar en su primera etapa. Como nos recuerda Omar Jaén Suárez, la colonización del Darién, empresa épica de tropicales recientes, «digna de un héroe de Salvador de Madariaga», fue rápidamente abandonada en provecho de la ocupación más fácil de las sabanas que bordean el Pacífico. Desde entonces, el mantenimiento de varios puertos sobre la costa atlántica —Acla y Nombre de Dios— se convierte en algo inútil, y solo subsiste el último a causa de su inmejorable situación en el lado opuesto de la capital para el tránsito entre ambos mares79. Con el cierre de la frontera darienita y su desplazamiento hacia Occidente, se confirman ya los efectos devastadores de la occidentalización sobre la población amerindia autóctona que termina siendo arrasada. A la desarticulación de las comunidades amerindias se sumaron las epidemias que irrumpieron desde el Viejo Mundo con efectos devastadores, sin olvidar las consecuencias del intenso tráfico esclavista ya referido. En definitiva, puede hablarse con propiedad del genocidio de una población que contaba al menos con 120 siglos de presencia continua en el istmo y que desaparece, casi por completo, en menos de dos décadas. Los datos de los que se disponen hablan por sí solos: de los aproximadamente 250.000 a 500.000 indígenas que había en el istmo de Panamá hacia 1500, antes de la llegada de los españoles, no quedan más que 25.000, un 5 a un 10, en 1520. A fines del siglo xvi se cree que solo habían Holt & Co. 1920). 79 Omar Jaén Suárez, óp. cit., 123.
250 Carmen Mena García sobrevivido 15.000 indígenas en todo el territorio panameño, en su gran mayoría, concentrados en las vastas planicies y montañas de la región de Veragua, frontera con Costa Rica80. Los de la lengua cueva, que habitaban la región del Darién en tiempos de Colón, Núñez de Balboa y Pedrarias Dávila, desaparecen rápidamente del escenario darienita, de manera que los últimos reductos no habrán de superar el siglo xvii81. En 1525, el Darién, donde se había venido desarrollando una de las experiencias de dominio más sugestiva y peor conocida del pasado colonial americano, quedó convertido en una colonia fantasma. La frontera del hambre, escenario de encuentros y experiencias nuevas, arcoiris de ilusiones y vidas truncadas, se cierra definitivamente para acabar siendo engullida por el verde esmeralda de una selva que todo lo devora. 80 Ibíd., op. cit., 46. 81 Véase Reina Torres de Araúz, quien señala que «no es posible […] identificar las culturas encontradas por los hispanos a inicios del siglo xvi con las que sobreviven hoy, a más de cuatro siglos de distancia histórica […] y que los testimonios documentales permitirían […] hacernos una composición clara de ese Darién ocupado en el momento de la conquista por una mayoría de población Cueva, que ejercía fuerte hegemonía en la región, pero con algunas avanzadas Cunas que posteriormente habrían ocupado el territorio. El avance Cuna fue beligerante y agresivo […]», Panamá Indígena (Panamá: Instituto Nacional de Cultura, Patrimonio Histórico, 1980), 61. La cita procede de Omar Jaén Suárez, óp. cit., 127.
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