La ausencia de un sentido. El absurdo en la obra de Albert Camus.
Abstract
La obra de Camus ha sido objeto de infinidad de análisis a lo largo de nuestra historia reciente. Este trabajo pretende comprender la novela-ensayo, la literatura-filosofía como un todo indivisible para este autor. Tomando su obra novelística, compuesta por El extranjero, La peste y La caída, diseccionaremos los principales conceptos filosóficos que pueblan dichas novelas a través de sus personajes. El interés de este trabajo estriba principalmente en cómo el suceso de la muerte supone el detonante de la producción camusiana, tanto en la propia teoría del absurdo como su consecución en la filosofía de la rebeldía.
Full text
1 LA AUSENCIA DE UN SENTIDO. EL ABSURDO EN LA OBRA DE ALBERT CAMUS. TRABAJO DE FIN DE GRADO FACULTAD DE FILOSOFÍA GRADO EN FILOSOFÍA, CURSO 2021/2022 DEPARTAMENTO DE METAFISÍSICA Y CORRIENTES ACTUALES DE LA FILOSOFÍA, ÉTICA Y FILOSOFÍA POLÍTICA Tutor: Dr. César Moreno Márquez. Alumno: Rafael Algaba Torrealba.
2 Resumen: La obra de Camus ha sido objeto de infinidad de análisis a lo largo de nuestra historia reciente. Este trabajo pretende comprender la novela-ensayo, la literatura-filosofía como un todo indivisible para este autor. Tomando su obra novelística, compuesta por El extranjero, La peste y La caída, diseccionaremos los principales conceptos filosóficos que pueblan dichas novelas a través de sus personajes. El interés de este trabajo estriba principalmente en cómo el suceso de la muerte supone el detonante de la producción camusiana, tanto en la propia teoría del absurdo como su consecución en la filosofía de la rebeldía. Palabras clave: Muerte, absurdo, rebeldía, nihilismo, exilio, alteridad. Abstract: Camus's work has been the subject of countless analyses throughout our recent history. This work aims to understand the novel-essay, literature-philosophy as an indivisible whole for this author. Taking his novelistic work, composed of The Stranger, The Plague and The Fall, we will dissect the main philosophical concepts that populate these novels through their characters. The interest of this work lies mainly in how the event of death is the trigger for Camusian production, both in the theory of the absurd itself and its achievement in the philosophy of rebellion. Keywords: Death, absurdity, rebellion, nihilism, exile, otherness.
3 Índice: 1. Introducción. Págs. 4-5. 2. El extranjero. 2.1 Primera parte, la muerte natural. Págs. 6-10. 2.2 Segunda parte, la muerte administrada. Págs. 10-14. 2.2.1 Précision. Fini. Étincelant. Págs. 14-17. 2.2.2 “Deus ex machina”: La anti-conversión de Meursault. Págs. 17-20. 3. El enfrentamiento coral ante la muerte de La Peste. Págs. 21. 3.1 Orán. Págs. 21-29. 3.2 Rieux: Faire son métier. Págs. 29-33. 3.3 Paneloux: el conflicto del jesuita. Págs. 33-35. 3.4 Rambert o el amor. Págs. 35-37. 3.5 Cottard o el destierro del desesperado. Págs. 37-38. 3.6 Tarrou: Recomenzar. Págs. 38-40. 4. La caída. 4.1 El paraíso perdido de un hombre ridículo. Págs. 41-43. 4.2 La irrupción de la vergüenza. Págs. 43-44. 4.3 El exilio del culpable. Págs. 44-47. 4.4 La confesión-acusación de un juez-penitente. Págs. 47-48. 4.5 El mal, la muerte y la separación: El tridente de Clamence. Págs. 48-50. 4.6 La insoportable necesidad del otro: Camus versus Clamence. Págs. 50-53. 5. Conclusión. Págs. 54-56. 6. Bibliografía. Págs. 57-62.
4 1. Introducción: Consideraciones previas: Varios motivos son los que nos mueven a la realización de este trabajo, tanto en forma como en contenido. Un motivo esencial es reivindicar la figura del Camus filosófico, un autor que a través de sus novelas, obras de teatro y artículos supo vehiculizar su pensamiento sin limitarse a una única forma de discurso. En segundo lugar, la rabiosa actualidad de la figura de Camus y su pensamiento nos empuja a revisitar a este creador profundamente comprometido con su tiempo, puesto que la Europa presa del nihilismo de su propia historia no dista tanto de nuestro panorama actual. Asistimos cada día al ascenso de ideologías extremas, conflictos de índole global e incluso una pandemia que ha conducido a una honda reflexión sobre nuestra propia condición como individuos, como sociedad y como especie. Quizá redescubrir al autor de La peste, que experimentó en sus propias carnes las consecuencias de la guerra mundial, de la xenofobia y de la miseria y supo elaborar una filosofía que pudiera sacar al hombre del atolladero de su propia desesperación pueda ayudarnos a tomar conciencia de nuestra propia realidad. Estructura: El siguiente trabajo se divide en tres bloques cada uno de ellos correspondiente a una novela de Camus (no hemos incluido su última obra El primer hombre debido a su estado preliminar e incompleto). La intención de esta estructura se corresponde, en primer lugar, a la perspectiva del propio autor de lo que debía ser considerada la propia novela: La novela [...] es el instrumento de ese conocimiento a la vez relativo e inagotable, tan parecido al del amor. Del amor, la creación novelística tiene el asombro inicial y la rumia fecunda." La obra de arte, y muy especialmente la novela, es entonces la culminación de una filosofía habitualmente implícita, su ilustración y su coronamiento. 1 El eje central de nuestro enfoque se centrará en como la muerte supone el detonante de la corriente de pensamiento del autor, tanto de su filosofía del absurdo como de su trasformación en el acto de rebeldía. Para este cometido, seguiremos el eje argumental de dichas novelas intentando extraer el componente filosófico de la existencia de los personajes salidos de la pluma camusiana. Objetivos: Establecemos con este estudio básicamente un triple propósito: En primer término, la capacidad de Camus como escritor de establecer una obra claramente filosófica, pero enmarcada dentro del estilo novelesco en lo que supone, en palabras de Kundera: 1 Albert Camus. (2020). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza editorial, págs. 178-179.
5 La novela no examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es lo que ya ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades humanas, todo lo que el hombre puede llegar a ser, todo aquello de que es capaz. […] El novelista no es ni un historiador ni un profeta: es un explorador de la existencia. 2 En segundo, la muerte como hecho desgarrador pero primordial en el inicio y desarrollo de la filosofía camusiana. Por último, las consecuencias de la lucidez que conlleva la aceptación de dicho fenómeno y su posterior resolución en el acaecimiento de la révolte. 2 Kundera, M. (1987). El arte de la novela. Barcelona: Tusquets., págs. 43-44.
6 2. El extranjero: 2.1 Primera parte: La muerte natural. Para comenzar, nos valdremos del esquema propuesto por Joël Malrieu, que no por sencillo deja de ser menos certero: La novela se articula por el propio autor en tres momentos fuertes que tienen como punto en común la muerte: - El entierro de la madre al principio. - El homicidio del árabe a la mitad. - La probable ejecución al final. 3 La obra se inicia con el comunicado de la muerte de la madre de Meursault. El telegrama, árido y escueto, supondrá la carta de presentación de lo que será el estilo de la obra y el de su protagonista. Si al cabo de pocas líneas, tras comer en el restaurante de Celeste le espetan: “madre no hay más que una”, esto no parece afectar sobremanera a nuestro protagonista ya que como se ha afirmado: Este es el único caso que aparece en la obra camusiana [de la muerte] como muerte natural. Y aparece, se puede decir, de refilón. Camus no describe esta muerte, simplemente nos habla de ella porque es lo que afecta la vida de Meursault. Camus anuncia esta muerte contundentemente, y hacer afrontar al lector este hecho desde el principio de la obra. 4 Hay que hacer hincapié en el adjetivo “natural”, puesto que durante esta primera parte de la obra nos encontramos con un sujeto de carácter sensualista, hedonista, e incluso también ha sido calificada su actitud con el adjetivo de mediterránea. Todo se nos revela en las primeras líneas de la novela, la muerte pasa por la vida de nuestro protagonista de soslayo, sin más trascendencia que la incomodidad que le suponen los ritos fúnebres en los que se ve inmerso. El luto, el velatorio, los pésames…Son convencionalismos sociales de los que Meursault participa a la manera de un espectador pasivo. Él pertenece al mundo, pero no al mundo de los hombres. Esos rituales, cargados de manierismo y pompa son rehusados por nuestro héroe. El estilo de la narración, la descripción de las actitudes del protagonista con respecto a los demás y su comportamiento indiferente ante las circunstancias no hacen más que recalcar ese desapego a toda forma de esquematismo que envuelve la muerte como acontecimiento social. Al hablar del Meursault de la primera parte de la novela, no podemos evitar tomar el Camus de El verano, de Noches o de El revés y el derecho. Un Camus que rezuma exaltación por la naturaleza, por el paisaje, por la luz y el mar. Un autor impregnado por la sensibilidad mediterránea donde, al igual que para Meursault, no hay espacio para la muerte. El amor de Camus por la naturaleza es rasgo permanente de su obra; en sus primeros libros — L'envers et L'endroit, Noces, L'Eté, Minotaure ou halte d'Oran —, el sol, el 3 Malrieu, Joël, comentario a la novela en Camus, Albert. L’étranger. Paris, Éditions Gallimard, 2001, pág. 136. 4 Valencia, J. A. V. (2007). La muerte en Albert Camus: sobre «el extranjero», «la peste», «el mito de Sísifo», «la muerte feliz» y« la caída». Bajo palabra. Revista de filosofía, (2), pág. 199.
7 mar, los árboles, las flores la tierra áspera o las dunas quemantes de Argelia son la materia prima de la descripción o el punto de partida de la reflexión, las referencias obligadas del joven ensayista cuando trata de definir la belleza, exalta la vida o especula sobre su vocación artística. Belleza, vida y arte se confunden en esos textos breves y cuidados en una suerte de religión natural, en una identificación mística con los elementos. 5 Estas palabras de Vargas Llosa ilustran perfectamente lo que queremos transmitir en esta primera toma de contacto con la visión del mundo que tiene Meursault durante la primera parte de la novela. Cada partícula de la novela nos coloca ante esa posición inmanente e inmediata de la vida que tiene Meursault. El mismo estilo de la obra nos comunica esta mirada. Como dirá Sartre en su Explicación de El extranjero «cada frase es un presente. Entre cada frase y la siguiente el mundo se acaba y renace: la palabra, desde el momento en que se eleva, es una creación ex nihilo; un frase de L’Étranger es una isla.» 6 De esa profunda relación existente entre Meursault y la naturaleza se deduce que la narración se recree más en su interacción con su entorno que con los hombres que lo pueblan ya que, en las circunstancias en las que se encuentra Meursault durante el funeral, todo lo humano se encuentra encorsetado en una serie de rituales artificiales en los que él rehúsa participar. Como bien afirma Cuquerella, en relación con lo dicho, «esta perspectiva sensorial es la tónica de toda la primera parte de la novela. El infantilismo natural del personaje resulta a menudo chocante.» 7 El comportamiento de Meursault parece guiarse por impulsos simples. Lo único que parece dirigirle es la satisfacción de sus apetencias y el rechazo de aquello que le provoca dolor o malestar; parece así que nos encontramos ante una fase inicial o estadio moral primigenio del protagonista. Si quiere fumar, fuma. Si alguien le ofrece café con leche y le apetece, lo toma (independientemente de que sea el lugar y el momento adecuado). Si tras el funeral de su madre decide tomar un baño en la playa, coquetear con Marie, hacer el amor e ir al cine; todos estos comportamientos residen en el gozo inmediato de los deseos básicos, de ahí el “infantilismo” al que alude Cuquerella. Esta sencillez o infantilidad también lo es de forma cognoscitiva, siendo Meursault puramente sensorial, intuitivo y ajeno a cualquier tipo de abstracción o introspección profunda. Otros muchos detalles conducen a la misma impresión de inmadurez. Por ejemplo, también su incapacidad para ver el mundo a nivel conceptual, y no sólo sensorial, sorprende e inquieta. Meursault es plenamente consciente de su placer y de su dolor, de ahí que su pensamiento esté formado única y exclusivamente por «el vaivén de las sensaciones.» 8 De ahí la insistencia durante la primera parte de la novela en la influencia constante del sol en nuestro héroe. El zarandeo constante del calor, la fulguración de la luz en su cabeza nos transmiten esa sensación de opresión del ambiente. Más allá de la incomodidad que experimenta Meursault ante las dinámicas sociales, es mucho más patente la mella carnal que producen sobre él los fenómenos naturales. 5 Llosa, M. V. (1976). Albert Camus y la moral de los límites. Inti, (4), pág. 8. 6 Sartre, J.P. (1960). Explicación de «L’Étranger». Buenos Aires. Losada, pág. 11. 7 Madoz, I. C. (2014). Meursault o el martirio de un asesino. Scientia helmantica: revista internacional de filosofía, 2(3), pág.133. 8 Ibídem, pág. 134.
8 La mecánica sensorial y motriz de su cuerpo se esfuerza por ajustarse al compás de la mecánica social y convencional del duelo. A pesar de la falta de expresividad del personaje, que el arte de Camus reduce a sus movimientos exteriores, Meursault se muestra incómodo ante el ritual de la muerte e intenta aferrarse al recuerdo de su madre viva […] En realidad el protagonista de El Extranjero no tiene madera de héroe: es un ser «filosóficamente pasivo», capaz únicamente de vivir físicamente en el instante y sin capacidad de proyección (ni apenas de retrospección, salvo cuando piensa fugazmente en su madre viva). Ni proyectos ni recuerdos vívidos: el matrimonio o la carrera profesional quedan excluidos de sus preocupaciones vitales ya que todo lo que no es sensiblemente actual carece para él de presencia subjetiva. 9 Esta primera etapa de nuestro protagonista, ya sea a nivel moral, cognoscitivo o social se traduce inevitablemente en su inhabilidad comunicativa. Esta confluencia de elementos se entreteje de manera esencial en la atmósfera absurda que nos transmite Camus: La experiencia de lo absurdo diluye todas las coordenadas. Desaparece toda perspectiva. No hay bases para elegir ni para evaluar: la acción humana deviene gratuita […] La ausencia de fundamentos que subyace y explica el sentimiento del absurdo afecta con especial intensidad el lenguaje, suscitando su descrédito, su drástico debilitamiento: en su retirada, los garantes del mundo abandonaron también las palabras. Estas, como se desprende de la cita, han perdido toda eficacia, desvinculándose de lo real […]: son las palabras las que padecen esa radical impotencia.8 De ahí que se llegue a afirmar en ciertos estudios sobre la obra que la interacción de Meursault con su entorno es estrictamente visual. Es el carácter restrictivo de esta correspondencia lo que determinará sus acciones: Esta utilización en exceso de la mirada conlleva una carencia del uso de la palabra en el protagonista que con frecuencia experimenta graves problemas de comunicación hablada, y rara vez la oralidad llega a establecerse entre él y los restantes personajes, llegando a revelarse esta oralidad como imposible al sufrir Meursault “crisis” momentáneas en cuanto a la expresión, lo que acarrea problemas y dificultades en el lenguaje. 10 Esta incapacidad comunicativa de Meursault es aún más honda en su torpeza a la hora de empatizar con los demás. No hay intersubjetividad posible en El extranjero. Sucede con las personas que siguen la comitiva fúnebre de la madre, con Marie y su pregunta sobre su casamiento, a la hora de justificar su ausencia laboral ante su jefe y con el viejo Salamano al hablar de su perro perdido, por citar algunos ejemplos, así «Meursault describe a personajes y cosas como lo haría un observador exterior que quisiera reducir la realidad psicológica a una serie de comportamientos.» 11 Su constante silencio, sus frases breves y repetitivas “me da igual”, “me da lo mismo”… Así, en la novela lo absurdo encuentra su expresión como lenguaje, en cada una de las expresiones del protagonista permanece el regusto amargo del nihilismo. Como lectores no podemos más que incubar esa sensación de extrañeza ante el comportamiento, la percepción de la realidad y la relación comunicativa, del protagonista. De 9 Ibídem, pág.137. 10 Rivas, N. (2013). Proyecciones de Albert Camus: el absurdo y la rebelión como experiencias del lenguaje. Intus-Legere: Filosofía, 7(2), pág. 13. 11 García Peinado, M. A. (1991). La descripción del absurdo en «L'étranger» de Albert Camus: función de la mirada. Págs. 105-106.
9 esta manera ya nos ha introducido Camus en el universo diegético de su extranjero. Con los engranajes de la narración bien engrasados, nos conduce hacia el segundo acto donde Meursault acabará descargando el tambor del revolver de Raymond sobre un árabe sin nombre. Porque si bien hemos aludido a los problemas de adaptación de Meursault a la sociedad, a su infantilismo y sensualismo exacerbado y a su insolvencia comunicativa, hemos de admitir con Cuquerella que: De natural pacífico, tampoco ofrece resistencia cuando se le pide que haga algo que no suponga trastorno físico para su persona […] Camus lo describe como un hombre bienintencionado, lo que los franceses llaman, precisamente, una actitud bon enfant: Críticas al Extranjero: la impasibilidad, dicen. El término está mal elegido. Benevolencia sería más adecuado. 12 Siguiendo el razonamiento de la autora, cuando Meursault da muerte al árabe nos encontramos ante una suerte de rito de paso, pero como hemos observado del estudio de la obra de Camus, este rito de iniciación será transfigurado (Al igual que hace en El malentendido con respecto a la parábola del hijo pródigo) y lo que conduciría a una reintegración social del niño ya convertido en adulto y reintegrado en una comunidad tras el conocimiento obtenido mediante dicho rito, supone en este caso la condena definitiva de Meursault. Aunque, de alguna forma, también su redención. Camus usa los mitos. En Prometeo en los infiernos sostiene que «los mitos no tienen vida por sí mismos. Esperan que los encarnemos nosotros.» 13 La influencia del mundo helénico transpira en cada una de sus obras y eso es particularmente palpable en El extranjero. Si como héroe absurdo toma el ejemplo de Sísifo, en el caso de Meursault se valdrá de la tragedia clásica para tejer su particular periplo. Tras el incidente de Raymond y su amante la trama se acelera. Asistimos una vez más a la pasividad de Meursault ante el mundo que le rodea. Su jefe le propone un ascenso y la posibilidad de viajar y Marie se le declara. Ante ambas solicitudes la posición de nuestro extranjero se hace más que evidente: la indiferencia como actitud, como distintivo en su proceder. La atmósfera, imbuida de un sol opresivo, se vuelve irrespirable. De esa manera asistimos a la abulia de nuestro protagonista al sostener el revólver que le procura Raymond, un revolver en el cual “el sol resbaló encima”. Se hace evidente en el trascurso de la escena el carácter trágico de esta historia en la cual nuestro héroe es marioneta del destino. Al posar la pistola en su mano se establece una lógica inapelable de la cual deducimos que todo lo que ha transcurrido hasta ahora ha dirigido los pasos de Meursault hasta su encuentro con el árabe. Hasta se dice que: “Era el mismo sol del día en que enterré a mama”. Toda la construcción de la atmósfera exuda muerte. Lo necesario de los acontecimientos, que no responden a una lógica racional, sino que como veremos a continuación, en la etapa del proceso penal de Meursault manifiestan una lógica de carácter absurdo, trágico si se quiere, en la cual el protagonista azotado durante la primera parte por su sensibilidad exclusivamente corporal será conducido a la ejecución de un semejante anulando así, en cuatro disparos, el lazo con esa parte del universo a la que pertenecía, sellando que «con el gesto criminal, comienza realmente el recorrido vital del extranjero: la ruptura cósmica, 12 Madoz, I. C. Meursault o el martirio de un asesino. op. cit., págs. 138-139. 13 Albert Camus. (1996). Reflexiones sobre la guillotina, en Obras 3. Madrid: Alianza editorial, pág. 562.
16 matado, debe morir.» 41 Esta forma de “Gestell homicida” inserta en la muerte conceptos tan ajena a ella como la “aritmética”, el “reglamento” y la “organización”. Nuestro autor sentenciará su exposición sobre la condición sintética de la pena capital de la siguiente manera: «Pero la ejecución capital no es simplemente la muerte. Es tan diferente, en su esencia, de la privación de la vida, como el campo de concentración lo es de la prisión.» 42 La reificación de la que es víctima Meursault responde a esa burocracia desalmada en la que consiste su proceso, de esta forma «todo se decide al margen de él. Ya no es un hombre, sino una cosa que espera ser manejada por los verdugos. Se le mantiene en la necesidad absoluta, la de la materia inerte, pero con una conciencia que es su principal enemigo.» 43 Adalid de la mesura, combatiente de todo pensamiento absoluto y sensible siempre a la inherente miseria humana, Camus jamás apoyará lo irremediable y lo transgresor que supone la apropiación por parte del Estado del acto de matar. «La pena de muerte, que no satisface verdaderamente ni a la ejemplaridad ni a la justicia distributiva, usurpa además un privilegio exorbitante, al pretender castigar una culpabilidad siempre relativa con un castigo definitivo e irreparable.» 44 La muerte administrativa, por su carácter irreversible, afirma la incapacidad de reinserción del reo. La imposibilidad de ciertos hombres de cambiar. Esta postura es completamente contraria a la perspectiva camusiana en la que «la compasión no excluye el castigo, pero suspende la última condena.» 45 Hemos observado como Meursault, durante sus días de encarcelamiento, sufre una evolución. Pese a lo monstruoso del crimen, Camus abogará por la redención del hombre y apelará a la solidaridad colectiva. «Decretar que un hombre debe ser objeto del castigo definitivo equivale a decidir que ese hombre no tiene ya ninguna posibilidad de reparar.» 46 Es esa mortalidad con la que cargamos en nuestra condición de hombres la que nos une. Es esta alianza contra la muerte la que queda definitivamente pulverizada cuando se ejecuta una sentencia de muerte: «Este derecho de vivir, que coincide con la posibilidad de reparación, es el derecho natural de todo hombre, incluso del peor.» 47 Camus defenderá la abolición de la pena de muerte invocando a razones: «de pesimismo razonado, de lógica y de realismo. Se propone el castigo, pero no el castigo absoluto.» 48 El ejercicio de la pena de muerte supone la consagración del Estado como heraldo de la bondad y la razón en un acto de sacralización histórica que tanto criticará nuestro autor. Se abogará por unas «leyes e instituciones de convalecencia, que le repriman sin romperlo, que le guíen sin aplastarlo.» 49 En resumen lo que se reclama es la mesura y el reconocimiento de nuestros propios límites. Este concepto, básico en la ética que nos plantea Camus, sostiene el mantenimiento de una actitud flexible y reflexiva al igual que la toma de conciencia de nuestra propia indigencia como seres finitos. 41 Ibídem, pág. 486. 42 Ibídem, pág. 487. 43 Ibídem, pág. 489. 44 Ibídem, pág. 497. 45 Ibídem, pág. 503. 46 Ibídem, pág. 505. 47 Ibídem, pág. 506. 48 Ibídem, pág. 514. 49 Ibídem, pág. 514.
17 Para cerrar este capítulo, tomaremos una vez más un fragmento donde vuelve a relucir la influencia de la cultura helénica en nuestro autor y que resumen de manera concisa su postura ante la pena capital: «Según los griegos, el crimen impune infectaba la ciudad. Pero la inocencia condenada o el crimen castigado en exceso a la larga no la manchan menos.» 50 2.2.2 “Deus ex machina”: La anti-conversión de Meursault. Tras la promulgación de la sentencia, Meursault recurre al aislamiento. La negativa de este a hablar al final de su juicio y su rechazo de conversar con el capellán ante su ejecución ha sido vista como “indignación silenciosa”. Normalmente sobrios en palabras, los personajes que habitan el universo diegético camusiano utilizarán tanto la aridez de su lenguaje como su silencio como armas contra el sistema que los oprime. En el caso de El extranjero, tomamos las palabras de Le Breton: «No ofrecer la propia palabra al otro […] implica que uno de los interlocutores guarda silencio confiriendo a su proceder un significado inequívoco capaz de causar extrañeza en los demás.» 51 Meursault, una vez que ha asumido su rol de apátrida social, calla. Es un silencio cargado de significado, no tanto comunicativo como simbólico. Si la palabra es la materia prima sobre la que se construye su martirio, tomará la determinación de no participar de ella, aumentando con ello la sensación de aislamiento y de desarraigo. «Habitualmente parco en palabras, Meursault, con más motivo, no tiene nada que decir en la lengua del tribunal, donde las palabras han perdido su identidad para no ser más que los instrumentos lógicos de un discurso hipócrita.» 52 Las páginas que suceden al dictamen del tribunal se centran en el interés de nuestro protagonista por “escapar de la mecánica”. Incapaz de asimilar la certeza de aniquilación que le aguarda, buscará en los relatos de evasión y en la especulación imaginativa posibles salidas a su terrible destino. No podemos obviar que el hincapié realizado por el autor en esta parte de la trama coincide con su visión del calvario que padece el condenado a muerte en la espera previa al cadalso. La dureza de la idea evocada por Camus no hace más que manifestar de manera fehaciente su repulsa hacia dicho tipo de penas: En general, el hombre es destruido por la espera de la pena capital mucho antes de morir. Se le infligen dos muertes, la primera de ellas peor que la otra, cuando él no ha matado más que una vez. Comparada con este suplicio, la pena del talión parece una ley civilizada. Nunca ha pretendido que haya que reventar los dos ojos de aquel que ha dejado tuerto a su hermano. 53 En este proceso de ansiedad por anticipación (tomando el término psicológico en cuestión), analizaremos los acontecimientos que cerrarán el peregrinaje de Meursault desde dos perspectivas a las que hemos aludido en el título. 50 Ibídem, pág. 502. 51 Rojas, G. (2020). El silencio… una aproximación. Calle 14 revista de investigación en el campo del arte, págs. 259-260. 52 Madoz, I. C. Meursault o el martirio de un asesino. op.cit., pág.144. 53 Camus, A. Reflexiones sobre la guillotina, en Obras 3. op. cit., pág. 492
18 Nos referimos al componente trágico y al religioso (específicamente católico) de la última parte de la novela. En su particular “monte de los olivos”, Meursault experimenta la angustia ante la inminencia de su muerte. Como trasunto de Jesucristo, Meursault también sentirá la angustia kierkegaardiana pero, mientras que en Jesucristo la catarsis llegará mediante la asunción de la voluntad de Dios, Camus transmutará los elementos de la historia bíblica en pos de su concepción de la verdad. La visita del capellán supone la introducción del “Deus ex machina” en la trágica historia de nuestro Meursault. Pese a referirse con buenos términos al cura que lo asiste “Pensé que tenía, de todos modos, un aire muy dulce”, éste no hace más que robar tiempo a Meursault, el poco tiempo que sabe que le queda. Frente a la propuesta redención mediante la creencia en un mundo extra-terrenal, Meursault se afana cada vez más en su «sentido de la tierra» 54 . El capellán, como argumento, aludirá a la incapacidad de los no creyentes en superar la prueba que supone el conocimiento de la muerte inmediata: “¿Cómo afrontará usted la terrible prueba?” Siguiendo las palabras de Octavio Fullat: «Dios no es nada para Camus. No ha hecho esfuerzo alguno para ahogarlo; simplemente, se lo ha hallado muerto.» 55 Meursault no quiere embarcarse en ningún debate dialéctico sobre la existencia o inexistencia de la divinidad. Para Camus esta porfía resulta insustancial en su pensamiento, siendo así que: «lo que debe ser puesto en claro es que esta apuesta ―apostar a que Dios no existe, sin decir si existe o no― es la única consecuente con la ausencia de Dios y que es inevitable si se toma en cuenta el método adoptado por Camus.» 56 Frente al argumento argüido por el capellán sobre la hegemonía de la justicia divina, el protagonista no transigirá a asumir su noción de pecador. Rescatando las palabras de Vargas Llosa al respecto: «Esta filosofía humanista no acepta el infierno porque piensa que el hombre ha padecido ya todos los castigos posibles a lo largo de la historia y sí admite el paraíso pero a condición de realizarlo en este mundo.» 57 No podemos obviar que la figura del cura está inmersa en la institución penitenciaria que ha procesado la muerte de Meursault. Frente al pacifismo inherente de la figura de Jesucristo y sus enseñanzas, en Reflexiones sobre la guillotina Camus relata: Pero la fe católica no se alimenta únicamente de la enseñanza personal de Cristo. Se nutre también del antiguo testamento, de San Pablo y de los padres de la iglesia. En particular, la inmortalidad del alma y la resurrección universal de los cuerpos son dogmas de fe. Partiendo de ahí la pena capital es, para el creyente, un castigo provisional que deja en suspenso la sentencia definitiva, una disposición solamente necesaria en el orden terrestre, una medida administrativa que, lejos de terminar con el culpable, puede favorecer, por el contrario, su redención. 58 A esa provisionalidad de la muerte terrenal y a esa suerte de redención apelará el cura en su arenga con Meursault. Mientras que el capellán ve, en la superficie de las piedras que conforman la celda del protagonista, el reflejo del dolor y el sufrimiento humano que queda 54 Madoz, I. C. Meursault o el martirio de un asesino. op.cit., pág.145. 55 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 38. 56 Ibídem, pág. 39. 57 Llosa, M.V. op. cit., pág. 14. 58 Camus, A. Reflexiones sobre la guillotina, en Obras 3. op. Cit., pág. 509.
19 purificado ante la imagen de la faz de Dios; Meursault solo vislumbrará un rostro “que tenía el color del sol y el fuego del deseo”. La universalidad, la irracionalidad y la carencia de un principio absoluto que dé sentido a la muerte en el pensamiento camusiano son el combustible que inflama el ansia de inmanencia de nuestro héroe: La única riqueza del hombre es la vida, y la vida tiene forma de presente […] El presente, con sus bienes reales, fue el jugoso alimento de estos hombres mediterráneos. Nada sacrificaron al "más tarde". Y, siempre que pudieron, sacrificaron el futuro al presente. Ese pueblo "tout entier jeté dans son présent" medía el tiempo como un bien inapreciable, escurridizo, hecho sólo de presentes. 59 Esto explica la insistencia de Meursault por deshacerse del capellán, sus reticencias a conversar con él sobre un tema que le resulta espurio. Ante su insistencia, ante la terquedad de convertirlo, de someterlo a la trascendencia la ira de Meursault se desata, clamando que «ninguna de sus certidumbres valía un cabello de mujer. Ni siquiera tenía la certeza de estar vivo porque vivía como un muerto.» 60 Precisamente si la intención del sacerdote era la conversión del protagonista al borde de la aniquilación, obtiene todo lo contrario: Sólo cuando le invade la rabia, ante la obstinación del hombre de Dios por salvar su alma, el condenado grita su rebeldía contra la muerte y se erige contra el absurdo de la condición humana […] El grito de rebeldía del protagonista es también el que sella la reconciliación con la physis y su orden trágico […] He aquí la fe, lúcida y trágica, de Meursault: vivir es resistir. Resistir al dolor y a la muerte, a la mezquindad y a la injusticia, a la lógica y al sistema; resistir también a la tentación soteriológica y a las metafísicas del consuelo… 61 Es esta anti-conversión la que sublima a Meursault. El neologismo no es baladí, la apostasía consiste en el abandono o ruptura con la doctrina profesada mientras que, si seguimos el hilo de este argumento deduciremos la importancia de la utilización del nuevo vocablo: La prueba del Monte de los Olivos... coincide con la de Camus. No autoriza el ateísmo, puesto que el silencio no comprueba la inexistencia de Dios, sino el ‘antiteísmo’. El término está muy empleado en El hombre rebelde. Su empleo significa que Camus... no se resignaba a las contradicciones del hombre. Las tomaba en serio, a lo trágico. Su espectáculo despertaba en él un movimiento de rebeldía. Pero quien dice rebeldía dice rebeldía en contra de alguien. Este testigo, hostil o indiferente, no podía ser en el pensamiento rebelde de Albert Camus, cuando seguía su curso lógico, nadie más que el Dios que disimula la noche de Getsemaní. La rebeldía contra el “absurdo”, la rebeldía ‘metafísica’ fue, propiamente hablando, un ‘antiteísmo’. 62 Finalmente, tras ser separado del capellán, presenciamos la conclusión de la tragedia de nuestro extranjero. La ambigüedad de las últimas líneas ha sido resaltada en muchos análisis previos de la obra. Desde nuestro punto de vista, pese a que coincidimos con las apreciaciones de Cuquerella: En Camus el absurdo se halla siempre del lado de la necesidad —mecánica, lógica, 59 Tacca, O. E. op. cit., pág. 99. 60 Camus, A. El extranjero. op. cit., págs. 129-130. 61 Madoz, I. C. Meursault o el martirio de un asesino. op. cit., pág. 146. 62 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 104.
20 metafísica— y es superado mediante la asunción de la azarosa felicidad, lo que Camus llama rebeldía y que personalmente entiendo como el abrazo consciente —agónico— de la contingencia de lo humano. La pasión, el martirio de ese Cristo moderno que es Meursault no habrá sido en vano. El proceso de maduración consciente que ha sufrido le permite restablecer el equilibrio natural que el homicidio había destruido. 63 También es digno de mencionar que al final de la obra Meursault reconoce que: “Por primera vez, después de tanto tiempo, pensé en mamá”. Esta frase engarza de manera esencial con el principio del libro desde nuestro punto de vista. Meursault, pese al desapego que supuso su crimen y posterior enjuiciamiento, entra en comunión con los hombres. Entiende que su madre hubiera “jugado a recomenzar”. Su celda no difiere mucho de la habitación de una residencia de ancianos al igual que su espera de la muerte no se distingue de la que experimentó su madre. Creemos apreciar aquí un verdadero ejercicio de alteridad que explicaría esa madurez que ha adquirido el protagonista durante la novela. Como bien se apunta en estas líneas seleccionadas: «Los personajes ancianos de El revés y el derecho temen la soledad con verdadero horror, precisamente porque los entrega “por entero al pensamiento de su muerte”; la soledad a que se les condena les da a entender que van a morir pronto.» 64 De esta forma, las frases que concluyen la novela conjugan de manera excepcional esa forma de conciencia “lúcida, valiente, rebelde”. “Purgado” de todo mal, desesperanzado e indiferente al mundo aún afirma: «Encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía.» 65 Y, a sabiendas de que lo más probable que le aguarde en la antesala del patíbulo son gritos de odio y desprecio, anhelará que haya muchos espectadores que lo “acojan” y “sentirse menos solo”. Es inevitable entrever en estas palabras la menesterosidad de comunión que emana de las últimas palabras de Meursault. Pese a todas sus desdichas y al igual que los héroes de las tragedias que tan honda huella provocaron en Camus nuestro protagonista acepta su sino. El Meursault redimido y reconciliado del final de la obra no podrá más que afirmar, como también afirmó Edipo: “Todo está bien”. 63 Madoz, I. C. Meursault o el martirio de un asesino. op. cit., pág. 148. 64 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 73. 65 Camus, A. El extranjero. op. cit., pág. 131.
21 3. El enfrentamiento coral ante la muerte de La Peste: La novela ante la cual nos encontramos supone un claro avance en el pensamiento especulativo del corpus camusiano. Frente a la soledad, el aislamiento y la incomprensión de la que hace gala el protagonista de El extranjero, en La peste nos encontramos con un panorama diametralmente opuesto. Camus expande su mirada, ensancha la narración como reflejo de su honda preocupación por el quehacer humano, por sus inquietudes, sus sufrimientos y sus gozos. La intención de este apartado es aspirar a una descripción, más o menos pormenorizada, de la actuación o subterfugio que cada personaje en La peste realiza ante la impronta de la muerte, ya sea directa o a través de los estragos que produce en sus congéneres. Camus en esta novela se desdobla en varios actores que, pese a su innegable individualidad como entes de ficción, no son más que un trasunto de las diferentes caras del autor. A través de una visión caleidoscópica del fenómeno de la muerte, Camus retomando las palabras de Emerson: “todo muro es una puerta”, nos muestra la conclusión a la que llegó con el ensayo de El hombre rebelde: La vía de la solidaridad. En esta novela el muro es el sufrimiento, la enfermedad, el aislamiento y el exilio, la soledad… Solo mediante la comunión de los hombres ante un embate a sabiendas perdido, ante la absurdidad de una fatalidad inevitable, encuentra Camus ese camino, esa senda carente de la esperanza vacua de las religiones de rebaño, pero que supone el único despertar posible del estado en el que se encuentra el ser humano y que tan bien ha desarrollado en El mito de Sísifo y El extranjero. No es casualidad que la novela comience con la descripción de la ciudad de Orán. Ya en nuestro análisis del extranjero incidimos en la importancia del entorno en el temperamento de sus personajes y de cómo el paisaje constituye no solo un elemento primordial sino incluso fermento de algunas de las acciones o emociones fundamentales de los hombres y las mujeres que pueblan su obra. Con la intención de dar la importancia que confirió Camus a la descripción de la colectividad oranesa y a su proceder y reflexión durante la irrupción de la peste, tomaremos dicha ciudad como un personaje más de la novela. 3.1 Orán: «El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere». 66 La ciudad se nos presenta en un primer esbozo como una población moderna, sin ningún tipo de elemento característico. «Los oraneses disfrutan de alegrías simples e inmediatas, como ir al cine, reunirse en los cafés, pasear por los bulevares, hacer el amor y bañarse en el mar. Una cotidianidad, como la de cualquier ciudad del montón, hecha de hábitos y trabajo, que la peste altera radicalmente.» 67 66 Albert Camus. (1983). La peste. Barcelona: Seix Barral, pág. 7. 67 Marulanda, V. (2011). Albert Camus. Lecciones de «La peste». Revista Universidad de Antioquia, pág. 81.
22 Sus habitantes, al igual que los ciudadanos de cualquier otra urbe, se ven abocados a una existencia carente de “tiempo” y reflexión” que los lleva a “amar sin darse cuenta”. Esa irreflexión inicial se corresponde en el pensamiento camusiano con la idea de la inocencia original que ya desarrollamos en nuestro análisis de El extranjero: «Viven también en la inconsciencia propia de quienes no han despertado al Absurdo, instalados en el presente, sin preguntarse sobre la muerte ni sobre el sentido de la vida.» 68 Ya sea tomada de manera simbólica (invasión de un régimen totalitario) o en su sentido literal (crónica de una pandemia) el hecho es que la peste, durante las primeras páginas de la narración irrumpe en esta ciudad ingenua. El interés en la población de la ciudad que motiva nuestro análisis radica fundamentalmente en la evolución de la filosofía de Camus. La senda de El mito de Sísifo a El hombre rebelde en su producción ensayística es equivalente al de sus novelas El extranjero y La peste. En la secuencia que lleva «del absurdo a la rebelión, el pensamiento de Camus recorre todo el camino que va de la soledad a la solidaridad.» 69 Porque no solo tomaremos a este conjunto de individuos asolados por la pestilencia a nivel social, sino que también los consideraremos un único cuerpo, donde el contagio de una parte es inseparable del de su totalidad como ente. Un ciudadano de Orán no es más que un ganglio inflamado. Si no se le saja el bubón al igual que si no se aísla al individuo, la enfermedad se extiende; tanto en el cuerpo como en la ciudad. Al igual que el bacilo infecta el organismo, la ideología emponzoña el alma y la conciencia de los oraneses. La podredumbre moral de un régimen autocrático no dista de la miseria que rezuma por una metrópoli sitiada por la peste. Como bien afirma Vargas Llosa: En La Peste y en El estado de sitio la dictadura está descrita de manera alegórica, no a través de quien la ejerce, sino de quienes la padecen. Allí vemos, bajo la apariencia de una epidemia, cómo esa libertad ilimitada del déspota desciende sobre la ciudad y la anega igual a una infección, destruyendo, corrompiendo, estimulando la abyección y la cobardía, aislándola del resto del mundo, convirtiendo al conjunto de los hombres en una masa amorfa y vil y al mundo en un infierno donde sólo sobreviven los peores y siempre por las peores razones. 70 Y es que, ante los primeros signos del mal, la negación o indiferencia por parte de la ciudadanía será la moneda común de los habitantes. Inmersos en su quehacer cotidiano, el espectáculo de roedores muertos, aparte del inconveniente estético e higiénico no supondrá cambios drásticos de su rutina. Tras los primeros compases de la obra, hallamos una vez más que la verdadera médula de la trama se desencadena con una muerte: la del portero Michel. La muerte del portero, puede decirse, marcó el fin de este periodo lleno de signos desconcertantes y el comienzo de otro, relativamente más difícil, en que la sorpresa de los primeros tiempos se transformó en pánico. […] Fue a partir de ese momento cuando el miedo, y con él la reflexión comenzaron. 71 No podemos obviar la profunda importancia de las palabras que componen la parte final de este 68 Ibídem, pág. 81. 69 Tacca, O. E. op. cit., pág. 113. 70 Llosa, M.V. op. cit., pág. 16. 71 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 22.
23 fragmento para nuestro análisis. Porque como ya vimos en nuestro comentario de El extranjero, con la pérdida de la inocencia originaria también se adquiere la lucidez. Similar es lo acaecido en esta parte del relato de La peste. Los oraneses viven, en palabras de Camus “como si nadie supiera” que ha de morir, contando únicamente con la experiencia de la muerte del otro, que no es más que un «sucedáneo, una mera opinión, y nunca nos convence del todo» 72 . Pero la muerte del portero Michel, más que una muerte anecdótica, supone la confirmación del mal que se dispone presto a desolar Orán. La negación del hecho aún seguirá flotando en la conciencia colectiva ya que «la plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar.» 73 Tratan de mantener sus vidas intentando borrar la palabra “peste” de sus memorias. Para esto contarán con la ayuda de la prensa que «tan habladora en el asunto de las ratas, no decía nada. Porque las ratas mueren en la calle y los hombres en sus cuartos y los periódicos sólo se ocupan de la calle.» 74 La muerte anónima, la muerte que se transmuta en dígito, la muerte que se contabiliza no impacta de la misma manera en el hombre de a pie. El abuso del número ayuda a digerir mediante su asepsia abstracta de lo que sería dantesco para los ojos: La cifra, aunque causaba espanto, no conseguía mellar la voluntad de supervivencia del hombre porque, a fin de cuentas, solo eran cadáveres sin rostro, cadáveres anónimos que carecían de nexo de unión con el hombre vivo. Otra cosa bien distinta y que fulminaría la esperanza de supervivencia para cada uno de nosotros sería que pudiéramos pensar que el otro, la víctima de la peste, somos nosotros. 75 Pese a la activación de los protocolos sanitarios, las medidas de cuarentena y la búsqueda de “sueros” con el fin de paliar la enfermedad, se decide cerrar la ciudad. Con este portazo, se dará pie al exilio, tema fundamental también de la obra camusiana. La clausura deja a los habitantes aislados de aquellos que quedaron fuera de la ciudad, del foco de infección. Ante la posibilidad de contagio, los ciudadanos tienen que reducir sus comunicaciones a la simplicidad del telégrafo. El encierro se hace más asfixiante cuanto más atendemos a la primacía del cuerpo en el pensamiento de Camus: «Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne, fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras». 76 Lo que al principio se convierte en suplicio, esa incapacidad de comunicación plena con los habitantes del exterior, por medio del paso del tiempo y lo infructuoso del intento se convierte en una escritura “maquinal” o “convencional”. El poblador de una ciudad sitiada por una plaga no difiere mucho del condenado a muerte o de los ancianos que habitan una residencia. El aislamiento, la proximidad de un fin ineludible y la sensación de desamparo convierten las diferentes realidades en una sola: la del ser humano ante la muerte. Ante la separación con el exterior, los oraneses recurren al recuerdo de su vida pasada, de sus seres queridos. Su pesar por su futuro se une al sufrimiento ante la incertidumbre de lo que les podrá pasar a los suyos. Ante el sentimiento de extranjería, al igual que Meursault, se recurre a 72 Camus, A. El mito de Sísifo. op. cit., pág. 30. 73 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 33. 74 Ibídem, pág. 31. 75 Hernández-Mansilla, J. M. (2009). Mecanismos de poder en la enfermedad: el caso de La Peste en la novela de Albert Camus. Gaceta Médica de México, 145(6), pág. 525. 76 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 54.
24 la imaginación, a la especulación sobre el tiempo y al acopio de retazos de una vida pasada. No hay porvenir para quien está prisionero y no sabe cuánto durará su condena, si durante un breve periodo inicial se juega con cuánto durará la clausura, el peso de los días y la ausencia de una resolución hace que conserven “los ojos bajos” y rehuir la esperanza de un futuro libre de pestilencia: El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir en un recuerdo inútil. […] Impacientados por el presente, enemigos del pasado y privados del porvenir, éramos semejantes a aquellos que la justicia o el odio de los hombres tienen entre rejas. 77 Mientras los ciudadanos sufren, ni la peste ni la administración descansan. La analogía de la enfermedad con los gobiernos dictatoriales se hace más evidente conforme se van aplicando los mecanismos de poder por parte del sistema. 78 El cierre de locales y negocios, el racionamiento y aprovisionamiento… La reducción de las tareas y negocios que ocupaban la mayor parte del tiempo de los ciudadanos conduce a la proliferación de peatones ociosos, al abarrotamiento de cafés y cines. Observamos que frente al avance de la enfermedad, del aislamiento y de la escasez no existe aún la fraternidad, esa unión de la que habla nuestro autor ante la muerte: «El resultado fue que seguíamos poniendo en primer término nuestros sentimientos personales.» 79 Es con la venida del verano cuando comienza, desde el punto de vista de este análisis, otro punto importante del pensamiento camusiano. Si el sol mediterráneo supone la apoteosis de la comunión del cuerpo con el mundo, es ante la llegada de esa estación que bajo el signo de la peste «extinguía todo color y hacía huir toda dicha.» 80 Si bien anunciábamos al principio de este capítulo la importancia de concebir a los habitantes de Orán como un único cuerpo, este hecho radica en la innegable importancia que tiene la carnalidad en la obra camusiana. Sostenemos, junto con Tacca que: «para Camus hay hasta una historia, una psicología del cuerpo. Y es a través de éste que el mundo se nos entrega.» 81 Esta reunión establecida entre cuerpo y mundo, queda cercenada en el momento en el que la enfermedad y la muerte acceden a la ciudad. Ya no hay cabida para el goce físico en el momento en que el cuerpo se convierte en vehículo para la peste. Uniéndonos a la perspectiva del devenir animal que se produce durante el fenómeno de contagio en la población de Orán, desde un punto de vista deleuziano y como sostiene Abad: La peste está llena de deshumanización también, pero en un sentido deleuziano; es decir, en la medida en que esta deshumanización significa la desterritorialización del ser: un devenir. […]Cuando un hombre deviene-animal, no lo hace únicamente él, sino que todos a su alrededor van contagiándose paulatinamente hasta formar un devenir múltiple. Los hombres en la novela forman manadas y la enfermedad de la peste se 77 Ibídem, pág. 58. 78 Hernández-Mansilla, J.M. op. cit., págs. 526-527: «Michel Foucault nos recuerda que desde la Edad Moderna, esto es, a partir del siglo XVIII, se unen dos modelos de control, dos modelos de poder: el de la lepra y el de la peste. […] Las medidas que se establecen en la ciudad son procedimientos reales. Michel Foucault las describe siguiendo un reglamento de finales del siglo XVIII. […] El registro de lo patológico es constante y centralizado. Las relaciones de cada ciudadano con su enfermedad y con su muerte pasan inevitablemente por las instancias del poder, además del registro a que éstas las someten y las decisiones que toman.» 79 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 63. 80 Ibídem, pág. 88. 81 Tacca, O. E. op. cit., pág. 105.
25 apropia del cuerpo, y el cuerpo contagiado no es más el cuerpo, la enfermedad ya no es la peste: el cuerpo en sí es la enfermedad. Cuando el cuerpo se ha contagiado con la peste, hay posibilidad de contagio con otros cuerpos: el cuerpo que repele es también el cuerpo que contagia. En Camus, los cuerpos enfermos son aislados; sin embargo, la enfermedad se propaga inevitablemente porque una vez que ha habido un solo devenirrata, todos empiezan a dejar de ser hombres y pasan al plano del devenir-rata, porque se trata de una multiplicidad. […] En la peste, en las guerras, los cuerpos son la materia que potencia la enfermedad y el contagio. 82 Si como hemos visto el cuerpo funciona como elemento de unión para con el mundo, al ser corrompido por la epidemia, sumado a la alienación progresiva que los estamentos del poder ejercen sobre los ciudadanos no nos resultará difícil vislumbrar el suplicio de los habitantes de la Orán apestada. Así, mientras que antes de la infestación «la ciudad se abría entonces hacia el mar y desparramaba su juventud por las playas. Este verano, por el contrario, el mar tan próximo estaba prohibido y el cuerpo no tenía derecho a sus placeres.» 83 Estas palabras no hacen más que reforzar cómo convierte en apátridas la enfermedad (como anticipo de la muerte) a los miembros de la comunidad contagiada. Si por una parte tenemos una negación del cuerpo individual como vector de la enfermedad, también lo encontramos desde un punto de vista social, ya que el miedo a ser contagiado también es el miedo a contagiar al otro, al ser querido o amado. Por último, esta disociación también se establece para con el mundo, por mor de la enfermedad se nos niegan placeres terrenales (los únicos disponibles según Camus), robando los pocos momentos de felicidad inmanente de la que puede gozar el ser humano. Pero, no solo hay cabida para la fatalidad en el escenario de La peste. Al cabo de pocas páginas, entre las anotaciones de Tarrou, encontramos ciertos movimientos en los que se entrevé un cambio de actitudes en la población: «Todos los días, de once a dos, hay un desfile de jóvenes de ambos sexos en los que se puede observar esta pasión por la vida que crece en el seno de las grandes tragedias. Si la epidemia se extiende, la moral se ensanchará también.» 84 La juventud, tema predilecto de nuestro autor, hace de la exaltación de sus placeres una apología por la vida terrenal, física y tangible. Pero estas escenas, lejos de ser más que el deleite de unos cuerpos jóvenes ante la hediondez que los rodea, suponen un ejercicio de reprobación a lo que vivencian, a la reclusión en la que anidan. Coincidimos con las palabras de Otto Morales: Lo único que estimula la esperanza, es que hay unas fuentes jóvenes, que parecen olvidar todo lo que circunda, de pavor y de asco, el existir. Ellos están, desafiantes, con desparpajo, con actitud de reto ante la muerte. El contradecir las normas del aislamiento, ya presagia que el vivir, para ellos, tiene un requerimiento de protesta. Es la primacía de la esperanza lo que ellos representan. Es otro de los simbolismos de Camus en donde, cuando parece hundida toda posibilidad de salvación, se manifiestan idealismos que comienzan la batalla. […] En medio de turbiones; cuando el existir no deja resquicio para el sueño; cuando la pobreza nos cerca con sus innúmeras privaciones; cuando nos vemos despojados de toda posibilidad, alguno de los personajes de Camus enciende al ánimo de la reconstrucción. 85 82 Abad, M. M. (2019). Enfermedad en Orán: El devenir-animal en la peste, de Albert Camus. Linha Mestra, (38), pág. 81. 83 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 88. 84 Ibídem, pág. 94. 85 Benítez, O. M. (1990). «La peste» Camus y las defensas de la justicia y la libertad contra el nazismo. Revista Universidad Pontificia Bolivariana, 39(131), págs. 48-49.
32 entonces una muestra de heroísmo aislado y suicida sino una muestra de sensatez, de coherencia con la existencia y a fin de cuentas, de honestidad. 112 Para aumentar aún más el valor de la tarea de Rieux, Camus nos sitúa al hombre al borde del precipicio ya que al igual que todos los ciudadanos de la Orán apestada, nuestro médico se encuentra exiliado dentro de los muros de la propia ciudad: El principal mal que soporta Rieux tiene un nombre bien preciso: la separación. El tema de la separación como esencia del mal, se encuentra deliberadamente presente en toda la obra. Y si se piensa con detenimiento y en sintonía con la propuesta de El mito de Sísifo, todo mal es en el fondo y en su sentido metafísico, una forma de separación y por lo mismo de privación, de ruptura del hombre con los lazos que fecundan su vida. La injusticia, la mentira, la discordia, el aislamiento, la muerte, están atravesados por el factor común de la división, de la privación de aquello que alimenta y hace posible el orden de la vida. La separación es la figura del mal por excelencia. 113 Pese a que, a lo largo del relato, la disputa contra la enfermedad va dejando una mella cada vez más profunda en los habitantes de la ciudad, entre los que se encuentra el doctor Rieux, la perseverancia de este último en su trabajo, en su código moral y su reconocimiento de la valía de los hombres que combaten a su lado y de los que sufren las consecuencias de la epidemia sirven para que la confrontación siga adelante: «Su única defensa era encerrarse en ese endurecimiento, apretar el nudo que se había formado dentro de él […] Tenía un corazón. Le servía para soportar las veinte horas diarias que pasaba viendo morir a hombres que estaban hechos para vivir.» 114 Al final del relato, cuando amaina el contagio y la enfermedad comienza a remitir, Rieux acaba perdiendo a su mujer y a su amigo Tarrou. Mientras la ciudad “recomienza”, el doctor que tanto ha luchado y sufrido es mutilado de los seres que ama. En el refugio silencioso de la madre, el médico reflexiona: «Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo.» 115 Lo que parecería un final cruel y desesperanzador se sublima a través de la confesión de Rieux como narrador del relato. La rebeldía traspasa los límites de la experiencia individual y directa sufrida por Rieux en una enseñanza, un acto de amor a la humanidad que pueda servir de bálsamo y guía a las generaciones venideras. Camus afirmará: «Moraleja de la peste: no ha servido para nadie ni para nada. No hay más que aquellos a quienes la muerte ha alcanzado, o aquellos a quienes se les ha llevado a sus seres queridos al otro mundo; son los únicos que han podido sacar alguna enseñanza de la plaga.» 116 Y esa enseñanza es meritoria. La lucha, pese a desigual e infructuosa, ha ayudado a disminuir el mal y ha unido a las personas para la consecución de ese objetivo. Pese a que el aura de desaliento discurre a través de la obra, Rieux, observando y oyendo la ciudad que emerge no deja de constatar «que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.» 117 Al igual que el bacilo no muere, que la peste seguirá azotando naciones, separando inocentes y segando vidas; también se sublevarán contra ella otros rebeldes anónimos y honestos 112 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 254. 113 Mosto, M. op. cit., pág. 6. 114 Camus, A. La peste. op. cit., págs. 147-148. 115 Ibídem, pág. 221. 116 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. cit., pág. 87. 117 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 234.
33 confirmando la filantropía natural de Rieux, que no es otra que la del propio Camus. 3.3 Paneloux: el conflicto del jesuita. «Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido.» 118 Durante el primer sermón del padre Paneloux asistimos a uno de los conflictos fundamentales que recorren toda la producción camusiana: El origen del mal, la justificación que hacen las religiones del sufrimiento humano. Como lo dice De Luppé: “Paneloux presenta la epidemia como un castigo de Dios y como la ocasión de convertirse. Desde este punto de vista el mal tiene razón de ser, se integra en un orden. El padre racionaliza el sufrimiento, le da un sentido. No constituye ya un escándalo; la actitud justa es, por tanto, la sumisión, no la rebelión.” 119 Durante el pronunciamiento del primer sermón, Camus recalca la condición disciplinada de los feligreses, todos se arrodillan ante las palabras de un Paneloux que recalca la situación de extremada ligereza en la que vivían los ciudadanos de Orán antes de la invasión de la peste. Si antes la misericordia divina los cobijaba, ahora con la peste apelará a expresiones tan aparentemente contradictorias como “devoradora ternura” de la que Dios hace gala para purgar los pecados de la urbe. Al igual que el bacilo inocula la enfermedad física, el sermón de Paneloux vehicula el padecimiento del alma: la culpa. Esa culpa puede entenderse como instrumento de dominación por parte de ideologías totalitarias entre las cuales pueden encontrarse las religiones: El poder de generar un sentimiento de culpa es un mecanismo de control dentro de un sistema mayor. Primero se produce un pecado desconocido a los ojos de los hombres y después se produce el momento preciso en que le es revelado. […] Esta revelación no se produce de cualquier forma pues viene impuesta por la sanción, por la culpa. El padre Paneloux reprende a sus fieles por sus actos decadentes, éstos los han llevado a la situación en la que se encuentran, a una situación límite de agonía, una situación límite donde cada hombre espera su muerte. 120 La médula del discurso consiste en la liberación del hombre por medio del sufrimiento: «Hoy la verdad es una orden. […] Este mismo azote que os martiriza os eleva y os enseña el camino.» 121 No es difícil advertir la clara confrontación existente entre estas palabras y el pensamiento rebelde camusiano. Si el proceso para alcanzar la felicidad trascendente consiste en aceptar el sufrimiento y la muerte terrenal, si el mal que padecen los inocentes forma parte de la aritmética divina, el hombre en rebeldía que propone Camus blandirá un “no”. El rechazo a esa lógica 118 Ibídem, pág. 74. 119 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 95. 120 Hernández-Mansilla, J.M. op. cit., pág. 528. 121 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 77.
34 conlleva la insurrección colectiva contra Dioses y tiranos: Éste es probablemente uno de los núcleos centrales de El hombre rebelde: la denuncia de todo régimen totalitario desde una argumentación basada en la búsqueda de la justicia […] Como hubiera dicho Nietzsche, cristianos y marxistas participan de lo mismo: la creación ficticia de un mundo utópico alejado de éste (los cristianos, el más allá\ los marxistas, el más adelante) […] Y es bien conocido que toda teoría de liberación, sea religiosa, sea filosófica, encuentra seguidores que la hacen derivar hacia formas de totalitarismo dogmático. 122 Pero Camus no caerá en el maniqueísmo simplista de reprender la actitud cristiana en la figura de Paneloux; por el contrario, dotará al personaje de buenos sentimientos y piedad por sus semejantes. Paneloux también es un hombre, pese a estar en las antípodas de su pensamiento, Camus tendrá esa conmiseración tan característica con los seres que pueblan su universo diegético: Hemos tenido ocasión de considerar de qué modo el humanismo de Rieux se enfrentaba a la tesis del voluntarismo divino del jesuita. Sin embargo, dicho enfrentamiento va atenuándose, al menos en la práctica, conforme avanza la acción del relato, si bien Paneloux no renuncia en ningún momento a sus ideas. […] el paso del "vosotros" al "nosotros". Con este detalle Camus dota al personaje de Paneloux de una nueva sensibilidad que le permite considerarse parte integrante de las víctimas, solidario con ellas, y no ya juez de los pecados ajenos. El Padre pierde así su carácter prepotente para acercarse a los hombres. Sin embargo, esta evolución hacia la solidaridad no significa que el personaje se desdiga de las tesis en que se basaba su primer discurso, a saber, que hay que amar a Dios no incluso sino sobre todo cuando somete al hombre a duras pruebas. 123 Pese a que su ideología es diametralmente opuesta al pensamiento del religioso, Rieux admite cuando le informan que el jesuita se ha unido al voluntariado que éste “es mejor que su sermón”. Pese a rechazar plenamente las tesis del otro, estos hombres aúnan fuerzas para mitigar el sufrimiento generalizado confirmando así las palabras de Cuquerella sobre el personaje: «En cierta forma, el autor parece pensar que mientras la religión se emplee para ayudar al hombre, poco importan las ideas que la fundamenten.» 124 De la asistencia sin descanso a los enfermos, del cuidado de los inocentes consumidos por la fiebre y los bubones surge el segundo sermón. La síntesis de éste consiste en la aceptación sin concesiones de la voluntad divina en la formula “creerlo todo o negarlo todo”. Pese a la estrechez de miras de los hombres para entender la lógica divina, debemos claudicar y dejar hacer su voluntad. Pese a todo no se niega el sufrimiento, porque el sufrimiento existe. Él lo palpa junto a sus compañeros voluntarios cada día llegando a preguntar delante del auditorio: « ¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?» 125 El resumen de esta nueva perspectiva de Paneloux reside en los términos “fatalismo activo”, que se hallan condensados en el final del segundo sermón: No se trataba de rechazar las precauciones, el orden inteligente que la sociedad impone 122 Borrega, E. C. (2003). Albert Camus y la filosofía del límite (lectura casi nietzscheana de «El hombre rebelde»). Éndoxa, 1(17), págs. 280-283. 123 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 260. 124 Ibídem, pág. 262. 125 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 171.
35 al desorden de una plaga. No había que escuchar a esos moralistas que decían que había que ponerse de rodillas y abandonarlo todo. Había únicamente que empezar a avanzar en las tinieblas, un poco a ciegas, y procurar hacer el bien. Pero por lo demás, había que perseverar y optar por encomendarse a Dios, incluso ante la muerte de los niños, y sin buscar subterfugios personales. 126 No es difícil observar que existen puntos afines entre la nueva perspectiva de Paneloux y el código de conducta que sigue Rieux, pero mientras que este último ve inadmisible el sufrimiento de sus iguales, el hecho de que haya un propósito para dicha angustia; Paneloux seguirá siendo consecuente con su fe: amar sin comprender. En su lecho de muerte, y siguiendo las palabras de Tarrou en las que asevera la negativa de Paneloux a perder su fe y el mismo alegato de éste ante el compromiso de Rieux: «Pero los religiosos no tienen amigos. Lo tienen todo puesto en Dios.» 127 Nos apoyamos en la explicación de B. East que Cuquerella usa en su juicio sobre esta cuestión: "Camus no acepta que un creyente no se encomiende completamente a Dios. Según el autor de La Peste, si creyese realmente, el cristiano se contentaría con rezar y dejar a Dios actuar solo. El cristiano que se compromete y lucha contra el mal está en contradicción con su fe. Para Camus, a la resignación intelectual debería responder la resignación práctica." Paneloux, aceptando participar con el doctor Rieux en la atención de los enfermos cuestiona en cierto modo la voluntad de Dios. Evidentemente tanto Rieux como Camus aprueban dicha actitud porque para ellos la contradicción lógica es secundaria con respecto al bienestar y a la felicidad del hombre. Qué duda cabe de que para ambos, es preferible superar la contradicción renunciando a Dios. Retomando la distinción camusiana entre honestidad y heroísmo podría decirse que, desde el momento en que enferma, la honestidad de Paneloux coincide con el heroísmo. 128 Pese a la contribución de Paneloux en la batalla contra la epidemia, al acercamiento con la realidad de la enfermedad y la decrepitud, en el último momento como hemos visto será tenaz con sus ideas. Frente a la amistad, elegirá el crucifijo. Frente a lo corporal, lo místico. Frente a lo relativo, lo absoluto. 3.4 Rambert o el amor: Este personaje se nos presenta en la novela como un joven periodista que, ante la irrupción de la peste en la ciudad de la que es extraño, recurrirá a todo tipo de medios para eludir el encierro y recuperar lo que más anhela; el reencontrarse con su amada. Durante su primera querella con el doctor Rieux nos encontramos ante un joven apasionado, que reitera su extrañeza para con la ciudad y sus derroteros y lo único que busca es el amor de esa mujer de la que la peste le ha apartado: «El amor al que alude Rambert es un amor vivido, no teórico.» 129 Es de suma importancia entender que este “amor vivido” es un tipo de amor que pierde sentido en su no consumación. Si retomamos la importancia del presente en el pensamiento camusiano, 126 Ibídem, pág. 173. 127 Ibídem, pág. 178. 128 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., págs. 262-263. 129 Ibídem, pág. 273.
36 su exaltación de la juventud y del goce terrenal, entendemos el suplicio por el que pasa Rambert. Éste le espeta al doctor su falta de comprensión: «Habla usted en el lenguaje de la razón, usted vive en la abstracción.» 130 Pero él desconoce que el médico se halla en su misma situación, solo que para éste ya se ha producido ese paso decisivo que lleva de la felicidad individual al deber colectivo. Rieux, no puede negarse a que Rambert busque la felicidad por todos sus medios. Aunque no pueda ayudarle, siempre apoyará su propósito de ir en busca del ser amado por encima de la ayuda que pueda prestar a los apestados. Si este personaje es determinante en este análisis es porque supone el representante directo de ese amor que supone uno de los elementos ingénitos de la nervadura del pensamiento camusiano: El amor, por tanto, no sería sino la máxima actualización de las potencias de la rebelión, o bien, la fuerza de vida y de creatividad que brota de la rebelión cuando ésta revela la solidaridad humana. Como lo dice Roger Quilliot, indudablemente uno de los autores que mejor conocen el pensamiento de Camus y que más han profundizado en su obra: Que uno lo aborde como quiera, se encontrará siempre en el absurdo, la rebelión y el amor. El absurdo es... el límite humano, el silencio de los cielos, la puerta cerrada a la cual la humanidad entera está confrontada... Pues la rebelión... prorrumpe primeramente en delirio, en odio de sí y del mundo, en deseo de destrucción, antes de convertirse a la creación... Entonces surge el amor. El amor animal y terco de los hijos por la madre, el amor obstinado que el pie manifiesta a la tierra y el cielo a las olas, el deseo del hombre por la mujer o la ternura desgarradora de los que van a morir. 131 Tras estos primeros encontronazos, el narrador nos relatará a un Rambert que se refugia en las estaciones de tren clausuradas en busca del recuerdo: «Rambert se encontraba allí una especie espantosa de libertad que se encuentra en el fondo del desasimiento.» 132 Ese amor carnal que inflama la juventud es el perfecto antagonista a la muerte, a la enfermedad y a la miseria en el mundo de Camus. Rambert no puede soportar que su amada envejezca durante su separación, perder el tiempo (sucesión de instantes vividos corporalmente) es lo que resulta inexplicable y angustioso para el personaje. Si bien los primeros intercambios entre Rambert y Rieux no han sido satisfactorios, no podemos sino suscribir las siguientes palabras: «No obstante, la visión del hombre de Rambert no es antagónica respecto de la de Rieux: ambas se basan en el amor y condenan el heroísmo, pero la segunda admite un componente racional que la primera desecha justamente como destructor del sentimiento.» 133 Pero Rambert acabará dando el paso. Aludirá a la vergüenza de escapar del sufrimiento colectivo como estorbo o impedimento para amar completamente. Su primacía por su felicidad, independiente del destino que deparase a los ciudadanos apelando a su condición de forastero para salir, finalmente, acabará reconociendo que: «Este asunto nos toca a todos.» 134 De repente en el extraño que había sido hasta aquel momento se ha despertado un sentimiento de solidaridad humana, tanto en el dolor como en la felicidad. Escoge el compartir voluntaria, libremente lo que se había negado a aceptar como obligación, y 130 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 68. 131 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 197. 132 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 86. 133 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., págs. 273-274. 134 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 160.
37 permanece hasta el final con estos compañeros que ya no son una imposición. 135 Finalmente, cuando el reencuentro se produce, Rambert no puede más que aceptar que ha cambiado. Con la marca de la peste, frente a la irrupción súbita de felicidad de la ciudad liberada, reconoce en su interior esa “angustia sorda” que padecen los habitantes que saben que no volverán a ser los mismos. Rambert es un ejemplo de rebeldía. Frente al individualismo y distancia de su primera fase, su defensa del bienestar común y su inmersión en el seno de la solidaridad social supone la metamorfosis necesaria hacia la révolte camusiana. 3.5 Cottard o el destierro del desesperado: “Entrad, me he ahorcado” Con estas palabras se introduce el personaje de Cottard en la novela. Con su suicidio entra en escena el principal problema al que se enfrenta Camus en su ensayo El mito de Sísifo. Cottard ha claudicado ante la lógica del absurdo, la alteridad le es totalmente extraña. Si el rescate del acto suicida podía traerle una suerte de redención, de afinidad con los hombres en una sociedad donde prima combatir al mal de la peste, advertimos claramente que ese no será el destino del personaje. Frente a la visión del “colaborador”, circunscrita dentro de la analogía de la novela con respecto a la invasión nazi, creemos que este personaje tiene un calado más profundo si atendemos a la visión camusiana de los temas que le repercuten. No dejamos de coincidir con los autores que han abordado la personalidad de Cottard en las siguientes características definitorias: El rasgo más característico de su persona es el egoísmo que manifiesta alegrándose de la presencia de la epidemia que impide que las investigaciones policiales sobre su antiguo delito prosigan […] A su egoísmo habría que añadir su total falta de discreción […] Cottard es, por encima de cualquier otra consideración un cobarde, pues ni siquiera asume su conducta como injustificable desde un punto de vista moral. 136 Si bien Cottard no veía en los otros hombres más que delatores, la inoculación de la enfermedad en el seno de la ciudad convierte su desgracia en algo secundario. La peste ha pospuesto sus contrariedades pero él no lo ve como una oportunidad de exoneración, sino una suerte de “igualamiento” entre todos los hombres que lo rodean. En la narración que nos ofrece Tarrou, donde se pretende realizar un bosquejo de la psicología de Cottard, encontramos la siguiente cita: “es un personaje que crece”. Cottard se expande conforme avanza la plaga. No dejamos de reconocer, que frente a la visión siempre piadosa de sus congéneres, Tarrou aluda a términos como “sepultado” o “cómplice”, asumiendo que esa supuesta unión entre 135 Zielinski Picquoin, M. (1958). Albert Camus a través de «La Peste». In Anales de la Universidad de Murcia. Filosofía y Letras. Murcia: Universidad, Secretariado de Publicaciones, pág. 181. 136 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., págs. 270- 272.
38 Cottard y los hombres de la ciudad no solo es irreal sino que además es perversa: «Lo único que no quiere es ser separado de los demás. Prefiere estar sitiado con todos los otros.» 137 Si en su relato Jonás o el artista en el trabajo, Camus establece una analogía entre los términos solitario/solidario resulta evidente el retorcimiento que dicha comparación establece en el caso de Cottard. Ciñéndonos a la matriz de su visión de estos conceptos: Cottard, en La peste, “tenía un corazón ignorante, es decir, solitario”. Pero Cottard ni siquiera poseía la lucidez ante la muerte y, por consiguiente, no había alcanzado la rebelión ni la auténtica soledad. Sin esta soledad, no podía tomar conciencia de su solidaridad con los demás, y en este sentido estaba solo […] El hombre es, originalmente, un individuo, y no cobra conciencia de su solidaridad con los demás hombres sino a través de su individualidad (nunca a través de la sociedad). El hombre que no alcanza su individualidad es así un hombre separado; como Cottard, está solo. 138 Cottard, que ha sentido el pánico, que ha experimentado el terror, verá con cierta satisfacción que los demás también lo sufran. Vemos pues que el personaje de Cottard representa, como las caras de una misma moneda, el nihilismo y la ignorancia. Nunca encontrará motivos para colaborar, para unirse en el acto rebelde porque no alcanzará la claridad de descubrir que su “entre” los hombres tiene que ser un “con” los hombres, constatando « la afirmación de que a aquella lucidez de la soledad se le añade posteriormente la conciencia de ser una soledad compartida.» 139 3.6 Tarrou: Recomenzar: Tarrou es el compañero infatigable de Rieux durante el azote de la peste. A lo largo del relato, de los múltiples diálogos que mantendrá (sobre todo con el doctor), iremos desentrañando la motivación del personaje en su lucha contra la epidemia. En la actitud de ambos personajes vemos ciertos matices que hacen que difieran en lo fundamental de sus acciones, como bien ha señalado Cuquerella: Consideramos que Camus, al hacer que Tarrou dé relieve a la aspiración humanista de Rieux (ser "sólo" un hombre es más ambicioso que alcanzar la santidad) expresa su convicción de que es mucho más sencillo atenerse a una regla de acción prefijada, como hace Tarrou, que decidir la conducta adecuada en cada situación, como hace Rieux. En realidad, la posición relativista, siempre atenta a las circunstancias, es mucho más incómoda y exigente que cualquier solución "absolutista". Arriesgada sin duda, la opción de Camus admite el peso de la situación como regulador de la acción mientras que la de Tarrou, al ser dogmática, resulta útil en tiempo de peste pero es claramente insuficiente en tiempos más tranquilos. 140 Tarrou como trasunto del propio Camus es un hombre marcado por la visión de la pena de muerte. Con la irrupción de ese elemento desestabilizador de su moral comienza su particular exilio de los hombres que legitiman dichos crímenes y por ende su peregrinaje. Su periplo personal se basará en desarrollar una “moral de la comprensión” que pone en práctica de 137 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 149. 138 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 173. 139 Ibídem, pág. 172. 140 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 268.
39 manera categórica: Tarrou ha optado por la "pureza" de los medios aún a sabiendas de que a veces esa misma "pureza" lleva consigo unas consecuencias no deseadas. En cualquier caso, prefiere la acusación de "criminal inocente" antes que la de "verdugo". Parece que bajo su actitud tolerante se esconde la tranquilizadora búsqueda de absoluto. 141 La actitud de Tarrou en su enfrentamiento con la muerte (en cualquiera de sus formas) es descrita por R. Quilliot como “misticismo laico” pues hay una justificación, un asiento metafísico para su conducta: «En el caso de este personaje, dicho sustrato reside en un optimismo moral que le lleva a creer en una naturaleza humana buena.» 142 Desde esta perspectiva del “misticismo laico” Tarrou hará explícita su noción, frente al siempre comedido Rieux, de esa base común humana, piadosa y compasiva, que el siguiente fragmento describe como “trascendencia horizontal”: Es este desplazamiento de las trascendencias "verticales" de antaño a las "horizontales" de hoy, encarnadas en la humanidad misma, lo que me parece definir nuestro nuevo espacio espiritual". Si la vida de otro merece que yo le sacrifique la mía, no es porque un Dios o un imperativo exterior me dice que reconozca su dignidad, sino porque ella se me presenta como sagrada. Terry habla de "trascendencia en la inmanencia". Se trataría de los principios morales y de las verdades científicas no impuestas desde fuera por una revelación, sino inmanentes a la humanidad, aunque trascendiendo las culturas particulares. 143 Frente a la ética situacional o la visión relativista de Rieux frente a que conducta llevar a cabo según qué circunstancias, Tarrou, en su búsqueda de esa regla moral absoluta ejemplifica en la ficción el profundo dilema moral acaecido en la vida de Camus: B. East apunta: "Rieux representa a ese Camus que quiere ocuparse del hombre y ello, ejerciendo su profesión de hombre y poniéndose al servicio del hombre. Tarrou representa a ese Camus que querría no participar del mal, que estaría en cierto modo buscando nostálgicamente una inocencia perdida." 144 Esa querella contra el mal se traduce en una dedicación casi paroxística en no colaborar con dicho mal, que en este caso consiste en reducir el avance de la enfermedad. Si como bien dice el propio Tarrou: «Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la honestidad, la pureza si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca.» 145 Ese afanarse de Tarrou en no ser un pestífero, en no contagiar, en evitar distracciones y deslices para no causar (incluso de manera involuntaria) el mal ajeno, convierte su batalla en una guardia sin descanso en pos de su honestidad como hombre: «Camus da una importante reflexión a través de Tarrou: en una guerra, se deviene-rata con la violencia, pero también con la pasividad y con la ignorancia. Aquel que acepta la peste deviene-rata tanto como aquel que la ha provocado.» 146 Tarrou morirá al final del libro, privando al doctor Rieux de la amistad verdadera de la que ambos 141 Ibídem, pág. 267. 142 Ibídem, pág. 267. 143 Rondet, M. (2000). ¿Ser Santo sin Dios? Selecciones de teología, (153), pág. 3. 144 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 269. 145 Camus, A. La peste. op. cit., pág. 193. 146 Abad, M.M. op. cit., pág. 81.
40 disfrutaron durante la plaga. Si el médico se cuestiona al final del relato si su compañero pudo haber alcanzado esa paz que tanto anhelaba era porque reconocía, trágicamente, que no hay tregua para quien sepulta a un amigo.
41 4. La caída: 4.1 El paraíso perdido de un hombre ridículo: En esta inclasificable novela, la última que pudo concluir Camus antes de su prematura muerte, se nos cuenta la historia de Jean- Baptiste Clamence, un abogado que pasa sus días en una taberna de mala muerte en la ciudad de Ámsterdam con el nombre de “México City”. Poco más se puede decir del argumento, puesto que la obra se compone de un extenso soliloquio en el que el personaje principal va revelando acontecimientos de su vida (que desarrollaremos más extensamente a continuación) y en el que como lectores, asistimos al derrumbe y posterior transformación y ascenso de nuestro protagonista en la figura del juezpenitente. Al igual que en las dos novelas anteriormente analizadas, en el primer estadio de su vida, Clamence parece hallarse en un estado de inocencia originaria. Si en El extranjero nos encontrábamos con un Meursault que se recreaba en su mundo circundante, recalcando su comunión con la naturaleza (no así con la sociedad) y en La peste, la ciudad de Orán bullía sin ningún temor en esa suerte de inocencia primigenia de los que aún no se han dado de bruces con la fatalidad, Clamence utiliza su particular charlatanería para explicitar a su oyente las glorias de las que disfrutaba durante su vida en París. Lo que diferencia la situación de Clamence de las anteriores obras es que, frente a esa integración en el orden del mundo que presentan las primeras partes de La peste y El extranjero, en La caída esa supuesta inocencia se corresponde más bien a un sentimiento de superioridad por parte de su personaje principal. Clamence no parará de trufar a lo largo de su monólogo con frases que recalquen ese estatus previo. Se referirá a esa fase como el «éxito de una vida» 147 y a su condición como «un elegido» 148 o «me sentía un tanto superhombre». 149 Observamos que ninguno de los personajes de la obra camusiana ha explicitado de esta manera su grandeza o esplendor para con los que le rodean. Durante la primera parte de su relato, fiel a su elocuencia, Clamence enumera los motivos de ese estado de gracia en el que se encontraba antes de su exilio a Ámsterdam. Centrarnos en esos motivos es de fundamental importancia para el enfoque de este trabajo y para el desarrollo de capítulos posteriores ya que “la caída” de Jean-Baptiste se produce en varias dimensiones de su existencia que chocan directamente con ese estado paradisíaco inicial. Era agraciado de porte, era a la vez infatigable bailarín y erudito discreto, llegaba a amar simultáneamente a las mujeres y a la justicia, lo que no es fácil; practicaba los deportes y las bellas artes, y en fin me detengo, para no hacerme sospechoso de complacencia a los ojos suyos. 150 Encontramos en este pequeño fragmento un resumen muy apropiado para analizar esas características que conducen a nuestro protagonista a considerar su condición de triunfo en el mundo. Clamence disfruta de una buena salud. Como analizaremos más adelante y hemos observado en 147 Albert Camus. (2018). La caída. Madrid: Alianza editorial, pág. 27. 148 Ibídem, pág. 28. 149 Ídem. 150 Ibídem, pág. 27.
48 se hacen más que patentes pero siempre funcionando de manera armónica dentro del universo de Camus. El elemento religioso de la confesión queda eliminado, conservando ésta su capacidad de expiación, pero siempre para con los demás hombres (aunque veremos que en el caso particular de Clamence dicha confesión está envilecida) y dentro del marco de lo inmanente. Se ha sostenido en otros estudios la obra como respuesta de Camus ante las críticas de sus coetáneos sobre la naturaleza y calidad de su producción intelectual y literaria. Lejos de centrarnos en este tema, no deja de ser importante remarcar la importante vinculación existente entre vida y obra del autor francés. Recogemos las siguientes palabras: «Nos dice Costes que Camus confesó un día: "Mi obra es una larga - confidencia"» 189 , para señalar esa dimensión de la obra en la cual supone una forma de confesión y replica a sus detractores. Clamence como sosias y al mismo tiempo como blanco de las críticas del propio autor. La visión del protagonista de la novela coincide con la actitud de los pensadores que en tiempos de Camus abrazaron el marxismo y cuyo enfoque confluía en «la necesidad de juzgar desde el rebajamiento de los demás, la negación del orgullo de ser persona, el gusto por la esclavitud… el resentimiento, en suma» 190 , o como señalará Cuquerella: «Clamence puede ser tenido, en buena medida, como el portavoz irónico de Camus.» 191 Por último, para divisar la variedad de estratos en los que puede entenderse la forma de la obra, podemos aludir al gusto de Clamence por el teatro y, dadas sus constantes alusiones a la representación de un papel con respecto a los demás no es difícil deducir, así «el mismo Camus calificó este juego como una representación escénica. “Utilicé aquí una técnica teatral (el monólogo dramático y el diálogo implícito) para describir un comediante trágico”.» 192 Nos encontramos pues ante un juego de espejos en el cual las realidades se superponen para crear una suerte de caleidoscopio, cuyo motor principal es la auto-absolución de Clamence de la culpa y los remordimientos que lo atormentan tras el suceso del suicidio en el puente. A continuación explicaremos más detalladamente el complejo engranaje que desarrollará nuestro juez-penitente para su particular expiación. El eje central de dicho constructo no será otro que el mal, otro de los temas principales del pensamiento camusiano y que entronca necesariamente con nuestro objeto de análisis: la muerte. 4.5 El mal, la muerte y la separación: El tridente de Clamence: Coincidimos plenamente con las palabras de Kałuża en que «La literatura se convierte en una especie de laboratorio para el problema del mal, donde los escritores-filósofos presentan el problema de la tensión entre las nobles intenciones y los malos resultados de las acciones humanas.» 193 A lo largo de su confesión, nuestro profeta no hace más que especular sobre la naturaleza del mal que infecta al ser humano (imposible no recordar las palabras de Tarrou en La peste sobre 189 Bosch, D.M. Enfermedad, hundimiento, derrota. La caída de Albert Camus. op. cit., pág. 840. 190 Fraile Ovejero, F. op. cit., pág. 249. 191 Bosch, D.M. Enfermedad y caída en Albert Camus Illness and Fall in Albert Camus. op. cit., pág. 206. 192 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 312. 193 Kałuża, M. (2020). The woman had to fall? Jean-Baptiste Clamence and the literary infection by evil. Acta Universitatis Lodziensis. Folia Litteraria Polonica, 59(4), pág. 82.
49 el bacilo que se propaga). Tras su omisión ante la autolisis de la joven, Clamence hace patente aún más su condición de hombre caído, falible. La irrupción del absurdo en la vida del protagonista, como hemos observado el análisis de las otras dos novelas del autor, adquiere su máxima expresión ante la marca de la muerte: […] la muerte del otro hace que nos enfrentemos a nuestro destino, a nuestra condición mortal. Desde ese momento, su vida cambia radicalmente. Es un alma en busca de comprensión o, simplemente, el silencio esperando para la escucha que necesita su relato, que apacigua su conciencia. La confesión apacigua temporalmente la conciencia que atormenta después de cometer los pecados. […] La muerte le superó aquel día que se encontró con ella, en ese momento donde podía haber hecho algo para salvar la vida de la muchacha. Desde aquel instante, se encuentra en un mundo sin sentido, lleno de culpa que busca redimir. 194 Pero esa redención de la que se habla nunca podrá ser total. Si de algo adolece el personaje de Clamence es una falta total de empatía para con los demás. Ese defecto se materializa en su máxima expresión en la omisión de socorro a la suicida. Nuestro protagonista, en sus actos cotidianos, ha dejado patente su ausencia de un verdadero amor al prójimo (en terminología cristiana) o de una auténtica solidaridad (término más afín al pensamiento camusiano). Si, como hemos analizado anteriormente, la ciudad de Ámsterdam supone una ubicación física que funciona como analogía de la interioridad del propio personaje. De esta forma, «el mal en el ser humano se vuelve aún más activo y menos controlable una vez que la persona está, o se siente, aislada, excluida y separada de los demás.» 195 La salida (infructuosa) del nihilismo que plantea Clamence a partir de su discurso consiste en diluir, como en una especie de solución homeopática, el mal entre todos los hombres. Coincidimos sin embargo con la visión de Víquez, en la que el principal error que comete el protagonista « […] se trata de una generalización apresurada del mal. Clamence generaliza su propia mala conciencia, como si no hubiera en el mundo nadie capaz de actuar bien sin inscribir ese bien entre líneas torcidas que lo tornan en mal.» 196 Clamence utilizará su excepcional elocuencia, mostrando sin ambages sus miserias y sus faltas. Dicha oratoria no dudará en transmutar elementos del cristianismo 197 (constante en la producción camusiana) para sus propios fines. La sentencia: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” que aparece en el evangelio de Lucas será transfigurada por Clamence en “juzgaos, y podréis juzgar; condenaos, y podréis condenar”. Pero, ¿Dónde queda el perdón? Es la función de «juez penitente», que consiste en juzgarse a sí mismo primero para poder juzgar a los demás con ventaja, partiendo del presupuesto de la culpabilidad universal. Pero no se trata de establecer un baremo con el que diferenciar grados de ser culpable. La culpa se reparte de una manera homogénea. No hay juez impío, ni atenuante de necesidad. No hay hombre santo, ni culpable menor. Todos culpables, de 194 Valencia, J. A. V. op. cit., pág. 199. 195 Kałuża, M. op. cit., pág. 91. 196 Víquez, A. op. cit., pág. 180. 197 Uno de ellos, especialmente revelador y que por motivos de espacio no podemos desarrollar aquí, es el de sustitución vicaria desarrollado en el artículo: Adur, Lucas Martín. “¿De qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?: la sustitución vicaria y tres novelas de Camus.” Ponencia presentada en las III Jornadas Diálogos entre Literatura, Estética y Teología: Lenguajes de Dios para el siglo XXI, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Católica Argentina. Buenos Aires, 2007.
50 igual forma y para siempre. 198 Nadie es inocente, todos somos culpables; ese es sin duda el veredicto de Clamence. Ni siquiera Jesucristo se salva de la mancha de la maldad circunscrita en el alma humana. De esa «indignidad compartida» 199 surge su privativa absolución, que no es tal, porque no soluciona nada. Clamence, incapaz de experimentar por el otro algo que no sea su propia soberbia y voluntad de poder ha rechazado cualquier tentativa de actuación, solo le queda la palabra. Se regodea en ese discurso circular, apocalíptico y obsesivo (se relaciona su comportamiento con ciertos trastornos mentales como la «hipermnesia paroxística» 200 ). De esta forma, al igual que Sísifo, Clamence se ve obligado una y otra vez a repetir su castigo. Castigo que, frente al mito, no podrá hallar consuelo. A Clamence su destino no le pertenece. Su roca no es su casa. No puede salir del absurdo, la risa siempre lo acosará y no parará de buscar clientes-víctimas en el Mexico- City bar. Y la chica siempre volverá a caer al agua, porque, al fin y al cabo: « ¡Qué fría debe estar el agua! Pero tranquilicémonos. Es demasiado tarde, siempre será demasiado tarde. ¡Afortunadamente!» 201 4.6 La insoportable necesidad del otro: Camus versus Clamence: Si la muerte y el mal son elementos consustanciales del pensamiento camusiano, no lo es menos la libertad y la creencia en lo honorable del hombre. Frente al aparente poso de amargura que pudiera dejar el final de la novela, encontramos perspectivas que han señalado la ambigüedad inherente al mensaje de la obra y como tal, el empeño del autor en buscar salidas del nihilismo. No podemos sino adherirnos a las palabras de Cuquerella, en las que citando a su vez las de Abbou, sostiene: Abbou resume así el propósito y el mensaje de la obra: "Sádicos en esta incitación a la lucidez, catárticos y altruistas en esta distracción polémica y en esta presentación grotesca y ridícula del pesimismo, La Chute y su autor proponían al tiempo su propia solución, la solidaridad no en la culpabilidad y la denigración, sino en el perdón y la regeneración". […] Coincidimos plenamente con las palabras de Abbou: tras su aparente cinismo, la obra esconde una propuesta optimista que tendremos ocasión de analizar más adelante. 202 Si algo hemos podido comprobar de los personajes que pueblan el universo ficcional de Camus es de la necesidad de los otros. De la búsqueda de la alteridad. Si Meursault al final de El extranjero quería ser acogido con odio por la muchedumbre y si Cottard colgaba un letrero para que todo el mundo pudiera ver que se había ahorcado; Clamence verbaliza esa perspectiva viciada de la solidaridad y de la fraternidad que tienen los personajes nihilistas en las novelas citadas. Frente al diálogo, el soliloquio del protagonista niega cualquier forma de interacción entre él y 198 Bosch, D.M. La ambigüedad de la culpa y la vergüenza y las técnicas de dominación. op. cit., pág. 130. 199 Bosch, D.M. Enfermedad, hundimiento, derrota. La caída de Albert Camus. op. cit., pág. 840. 200 Kałuża, M. op. cit., pág. 93. 201 Camus, A. La caída. op. cit., pág. 122. 202 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., págs. 307-308.
51 los otros. Con este monólogo, más que la perpetuación de la sentencia sartriana “el infierno son los otros”, nos encontramos con que la condenación de Clamence radica en su propio solipsismo. Tomando las palabras de Calderón al respecto: Los personajes exiliados, en la parte de la "révolte", sufren una profunda angustia, pero, contrariamente a los del absurdo, en el encuentro con el otro, descubren un ambiente de apoyo mutuo, una salida del exilio. […] No se puede decir lo mismo de Clamence en La chute, porque el diálogo que entabla con su interlocutor no permite una comunicación, y donde no hay comunicación el único que interviene se convierte en tirano. Eso sucede con Clamence, en su calidad de juez. El interlocutor juzgado lo comprende, tiene conciencia también de su error, pero a él no le está dado el papel de reemplazar al juez. Tiene que recibir su sentencia y sufrirla, del mismo modo que el juez tiene que cumplir la suya, en su castigo del exilio de Amsterdam. Por lo mismo no se puede hablar de solidaridad, porque la idea del hombre, en la obra, es precisamente esa idea amarga de su falta de amor. Parece que entonces Camus viera al hombre desde una perspectiva irremisible; parece que ésta fuera la obra de un profundo desencanto que vuelve a hacernos pensar definitivamente en el absurdo irremediable de la vida. 203 Nuestro protagonista es incapaz de concebir su interlocutor como a un igual. No hay capacidad de diálogo porque no hay reconocimiento del otro, ese reconocimiento supondría un cataclismo en la lógica del discurso que lleva articulando Clamence a lo largo de su obra: La inevitabilidad del mal y la culpabilidad generalizada. Al rechazar cualquier tipo de alteridad se anula toda posibilidad de cambio, de restitución o de trasgresión. Para Clamence no puede haber rebeldes, ya que un rebelde es un hombre libre y eso choca diametralmente con su perorata: El ejercicio concreto, el obrar intrínseco que están en el meollo de toda libertad implican elección y la elección supone multiplicidad de posibilidades elegibles. Seleccionamos estimativamente la posibilidad que hacemos nuestra. Y la seleccionamos, cuando obramos humanamente, de acuerdo con la razón. Con nuestra razón. Es claro que nuestro libre albedrio puede optar por lo irracional. Pero entonces nos habremos dejado ganar por los factores infrahumanos. Lo específicamente humano es aceptar voluntariamente el bien que la razón propone y disponerse a realizarlo. Por el conocimiento sabemos lo que hacemos, somos conscientes y responsables. 204 Si para Camus la amistad era un eje fundamental en la articulación de su ética de la rebeldía, corporeizada en el ejemplo de Rieux-Tarrou como ya hemos analizado; Clamence también rechazará sistemáticamente la amistad como posible asidero al que agarrarse en su desplome moral. Para Cuquerella, la relación que establece Clamence con su interlocutor: Esta "unión en la complicidad" es un falso acercamiento al hombre, mucho más pesimista que el grito desgarrado de Meursault o el de Martha. Con ella, Clamence alcanza la cima del nihilismo, incluso si la escena no se cubre de cadáveres, al haber sido capaz de acallar los afectos en provecho de la conciencia lúcida de la culpabilidad. Clamence está irremediablemente solo. 205 Clamence está solo y enfermo. Si como mencionamos anteriormente, la salud acompaña al estado de candidez inicial del protagonista, en esta segunda etapa su cuerpo padece: «Camus entendía la enfermedad, su enfermedad, como un insoportable impedimento: son las cosas las 203 Calderón Rodríguez, L.A. op. cit., pág. 133. 204 Del Valle, A. B. F. (1988). Filosofía integral del Hombre. Revista portuguesa de filosofía, 44(Fasc. 2), pág. 228. 205 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 323.
52 que reniegan de su cuerpo enfermo.» 206 Como consecuencia de su vida disoluta, empapada en ginebra y noches sin tregua, se nos presenta a un Clamence mórbido; detrás de su autosuficiencia y de sus ejercicios de dominación se esconde un animal lacerado. La soledad social coincide con el destierro que supone un cuerpo indigente. No es difícil concluir que Clamence supone la quintaesencia del nihilista; apartado de cualquier atisbo de realidad. Plegado sobre sí mismo y clausurado a cualquier vestigio de exterioridad: «La enfermedad es el símbolo en el que se encierra el fracaso del juez penitente, el de un proyecto basado en técnicas de dominación. La enfermedad es la conclusión que cierra el discurso clamenciano, al abocarlo a un proyecto que se clausura en la impotencia y la debilidad.» 207 El personaje principal de La caída usa a los demás, pero nunca un atisbo de verdadera intersubjetividad. En su particular transfiguración del mundo solo hay sitio para amos y esclavos, nunca para “otros yoes”. La perspectiva ética significa aproximación, encuentro con el otro. Clamence culpa porque es incapaz de perdonar y quizá no pueda perdonar porque ni siquiera es capaz de perdonarse a sí mismo: En todo caso, parece que el arrepentimiento inaugura la esperanza, quien se arrepiente lo hace para cambiar el futuro, no para atarse al mal realizado en el pasado; y el arrepentimiento se condensa en una palabra: "perdóname", que es como decir, "restablece el puente que yo he roto" 208 Pese a este panorama desolador que nos presenta la figura del juezpenitente, como sosteníamos al principio frente a la ambigüedad inherente a la novela, coincidimos con los análisis que encuentran una perspectiva positiva soterrada dentro del mensaje de la obra. Si temas principales de la obra camusiana son la muerte, el exilio o la enfermedad; no lo son menos la fraternidad, el amor o la libertad. Es su perspectiva de la libertad la que supone el error crucial en la tesis de Clamence. Si para el propio Camus la libertad primaba incluso sobre la justicia, Clamence ve en ésta una suerte de fardo demasiado pesado: La libertad exige creer en la capacidad constructiva del hombre y Clamence ya ha dicho que no puede tomar en serio los asuntos humanos. Camus entiende la libertad como "libertad para", la ausencia de objetivo, como en el caso de Clamence, convierte a la libertad en una carga que obliga a la responsabilidad moral sin ofrecer a cambio ninguna de sus ventajas. 209 Quizá mediante el monólogo-confesión, la intención de Camus al romper la cuarta pared consiste en un ejercicio meta-ficcional del cual el lector, cada uno de los lectores, tiene la capacidad de interpretar y decidir cómo actuaría ante las situaciones que plantea tan categóricamente Camus: «Tanto el autor que presenta el mal literario como el lector que descubre el problema del mal a través de la literatura son, en cierto modo, responsables. Ambos son responsables, porque aunque el mal que enfrentan es puramente ficticio, realmente exige una respuesta.» 210 No todos encontrarían el agua demasiado fría o afirmarían que es demasiado tarde para saltar del puente. Camus parece superar la barrera de la mortalidad al regenerar el relato con cada 206 Bosch, D.M. Enfermedad y caída en Albert Camus Illness and Fall in Albert Camus. op. cit., pág. 203. 207 Ibídem, pág. 200. 208 Fernández, O. P. (2001). Sobre el sentido plural de la libertad culpable. Thémata: Revista de Filosofía, 27, pág. 4. 209 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 324. 210 Kałuża, M. op. cit., pág. 33.
53 nueva lectura. Recomenzar, en palabras de Tarrou. Clamence está seguro, por un lado, de que existen diferencias cualitativas en la culpa; mientras que por el otro, también es consciente de la presencia de otros que sí resistieron y enfrentaron el mal. Y así, la gran dificultad para Clamence no es solo la existencia del mal, sino la conciencia de que al menos algunos se rebelaron contra él, incluso si resultó en su muerte. 211 El primer hombre será cada lector que se enfrenta a la obra. El lector será juzgado y condenado por Clamence sin remisión, pero esa estrategia solo será efectiva sin el lector consiente. Si Camus nos piensa libres también nos piensa rebeldes. Un lector podrá gritar un “no” que origine la “révolte”, que le permita salir del cerco nihilista en el que pretende acorralarlo Clamence. 211 Ibídem, pág. 90.
54 5. Conclusión: A través del análisis de la producción novelística de Albert Camus desarrollado a lo largo de estas páginas e incidiendo en la importancia de la muerte en la construcción de su pensamiento, hemos podido alcanzar una serie de conclusiones que desarrollaremos a continuación. Si atendemos al despliegue que hemos realizado durante la confección de este estudio, hallamos que en el caso de El extranjero descubrimos una clara confrontación entre individuo y sociedad, entre el hombre, hecho de carne, y el mundo: El absurdo. Esta tensión se desarrolla a varios niveles, ya sea a nivel filosófico (sensualismo vs abstracción), psicológico, lingüístico… Aparte de dicho conflicto, y centrándonos en el punto fundamental de nuestro trabajo, podemos afirmar el carácter decisivo de la muerte en el periplo vital de Meursault. El desarrollo narrativo de la novela, al igual que las consecuencias filosóficas que se exponen, están precedidas por la muerte (la madre de Meursault y el asesinato del árabe) o por la inevitabilidad de ésta (sentencia de muerte al final). Para concluir, hemos expuesto como la novela El extranjero supone la carta de presentación para la filosofía del absurdo (que después hallará su fundamentación en El mito de Sísifo) y que ya contiene todos los elementos esenciales del opus camusiano. En cuanto a La peste, si bien es cierto que la historia que transcurre en el libro puede verse como una crítica a los gobiernos autoritarios o como la narración de una epidemia, no es menos evidente que lo que se busca es mostrar cómo las medidas represivas y la dominación afectan a la sociedad y a los individuos que la forman. Hemos desplegado a lo largo de estas páginas, cómo esta obra supone una manifestación explícita de la superación del absurdo por parte del autor. A través de los personajes de la novela, Camus nos presenta la escapatoria del nihilismo por medio de la solidaridad y la amistad sincera contra la muerte que asola la ciudad. Podemos determinar que la visión poliédrica de la muerte y sus consecuencias que se despliegan la novela sirven como punto de inicio al fenómeno de la rebeldía. Por último, hemos expuesto la presencia clara en esta obra de la denominada ética de la comprensión camusiana que, basada en el diálogo abierto y sincero entre las partes y nutrida por la amistad, permite al ser humano pasar de la soledad a la colectividad. Finalizando este apartado, dedicado a las conclusiones extraídas de cada novela, encontramos en La caída una profunda crítica a los supuestos mesías modernos y sus métodos de dominación intelectual. Encontramos en el personaje principal, que otra vez por medio de la muerte ajena, descubre el teatro del mundo en el que habitaba y crea su propio círculo cerrado de nihilismo. Como hemos señalado, Camus retoma todos los elementos de su pensamiento en la que quizá sea su obra más ambigua, describiendo el tormento de un hombre incapaz de establecer vínculos reales con el otro. Si La peste suponía la salida del absurdo; en La caída se nos muestra su cara más monstruosa y sádica en la figura del juez-penitente. Con respecto a las conclusiones que conforman toda la obra novelística analizada en este trabajo, es conveniente señalar que coincidimos plenamente con el resultado de las tesis de Cuquerella y Ransanz cuyos sendos trabajos sobre la obra de Camus nos han servido de hoja de ruta en nuestro particular estudio de la cuestión. Advertimos en Camus un profundo interés por el lenguaje en sus múltiples formas. Así como en El extranjero presenciamos el aislamiento y la incomunicación del protagonista con respecto a los convencionalismos y abstracciones de la sociedad que lo rodea, en La peste se trata la importancia del diálogo como medio para la fraternidad y la escapatoria (aunque limitada) del exilio en que se encuentra el ser humano. Por último, el tema del lenguaje como instrumento de
55 dominación y engaño lo encontramos en La caída, que además supone un claro ataque contra cierto tipo de corrientes de pensamiento de la época. De nuestra investigación también hemos podido determinar, que en toda la producción novelística de Camus, se presenta el siguiente esquema narrativo-filosófico (aunque con sus respectivas diferencias): Inicio en un estado de inocencia, desequilibrio de dicho estado inicial desencadenado por la irrupción de la muerte y resolución del nuevo estado bien por medio de la lucidez y la rebeldía, o bien por el exilio y la caída en el nihilismo. Tema obsesivo en la producción de nuestro autor, como hemos expuesto, es la crítica de la sentencia de muerte (ya sea a través de sus personajes o de forma totalmente explícita en Reflexiones sobre la guillotina) como institucionalización de la muerte y como forma más deplorable de administración de “justicia”. Esto último entronca con el denominado “antiteísmo” camusiano, y que como venimos exponiendo, es punto fundamental en toda su obra escrita. Podemos establecer que Dios es visto como principio absoluto que da sentido a la muerte, como justificador de la mayor desgracia de la humanidad. Centrándonos en el núcleo de nuestra investigación propiamente, y aludiendo una vez más a Ransanz, este fragmento expresa con especial lucidez lo que supone el acontecimiento de la muerte en la producción camusiana: La muerte debe ser considerada y asumida como la irracionalidad máxima en un mundo en el que no hay un principio absoluto que garantice un sentido racional. Así, el mundo puede ser considerado irracional y carente de sentido solamente a causa de la muerte. 212 La muerte es así fundadora de la irracionalidad en el mundo. Si como hemos observado a lo largo de la producción camusiana, Dios es un tema ya descartado, la principal causa de ausencia de cualquier sentido racional del mundo es debido al hecho de la muerte. Una vez más, en palabras de Ransanz, podemos determinar que: La condición metafísica del hombre, según la concepción que asume la muerte como irracional, ha quedado hasta ahora caracterizada por tres factores: la ausencia de Dios, la falta de sentido del mundo y la mortalidad. 213 Permanecer en este punto del análisis solo conformaría una visión superficial de lo que supuso la intención del autor a la hora de enfocar el conjunto de su obra. Si bien es cierto que el fenómeno de la muerte, el absurdo y el exilio del hombre son temas de profundo impacto en el pensamiento de Camus, no es menos cierto que la actitud vitalista y humanitaria de la perspectiva del autor sobre el ser humano inunda cada una de las páginas que componen su producción. El Absurdo siempre es contemplado como punto de partida, como obstáculo inexcusable en el ciclo de superación nihilista que propone la filosofía vitalista de Camus. Al contrario de lo que pueda parecer por la omnipresencia del fenómeno de la muerte; la actitud filosófica de Camus no entierra a sus personajes (que no son más que el trasunto del género humano) en la desesperación de una vida finita y sin sentido, sino que ubica la búsqueda de la felicidad como vector principal en la vida de éstos. De esta manera, « frente a la desesperación nihilista, Camus propone como eje director de la vida la búsqueda de la felicidad.» 214 Aquel que se encuentra encerrado en su propia caverna solipsista y consumando el círculo vicioso del nihilismo (al igual que hace Clamence en La caída), nunca hallará el sendero que 212 Ransanz, A. R. P., & Quijano, A. Z. op. cit., pág. 50. 213 Ibídem, pág. 52. 214 Cuquerella Madoz, I. La superación del nihilismo en la obra de Albert Camus. op. cit., pág. 330.
56 conduce a la felicidad que propone su pensamiento. Siguiendo las acertadas palabras de Cuquerella: Sin embargo, también Camus considerará la existencia de un “nihilismo afirmador”, aquél que mueve al rebelde, y que permitirá al hombre recuperar lo efímero (la temporalidad propiamente humana) como valor. El símbolo de este “buen nihilismo” es Sísifo: cada hombre empuja su propia existencia con esfuerzo continuado y estéril, y en esa obra puede encontrar la felicidad, es decir el “sentido de la tierra”. El hombre rebelde es el hombre absurdo reconciliado con el mundo de los hombres. Su nihilismo es moral y políticamente activo. 215 Siendo la muerte lo más ajeno al hombre, es a su vez lo que más le atañe, puesto que en esa confrontación desigual es donde hallará Camus los cimientos sobre los que erigir su pensamiento. La muerte como acontecimiento supone el detonante del desarrollo del concepto del absurdo y su posterior elaboración de la teoría de la “révolte”, de esta forma se nos propondrá la utilización de un método (que se explicita en El mito de Sísifo) y las formas en la que se intenta salir de dicha condición (que constituirán la base de El hombre rebelde). Rebeldía, diálogo y amor. Tres conceptos indisociables en el pensamiento vitalista del nuevo hombre que propone Camus. Esa comunicación, basada en la justicia y la igualdad, es la que sustenta los pilares de una comunidad utópica de rebeldes que nos propone el autor. Porque, en resumidas cuentas, Camus es un escritor que a lo largo de toda su obra nos va revelando, en su concepción del ser humano, una dialéctica por la cual al hablar de la muerte no hace más que exaltar la vida en todas sus formas. Si en sus obras, la mayoría de sus protagonistas son seres solitarios marcados por el exilio no es más que para incidir en el valor de la amistad, de la solidaridad y del amor. Al tratar la opresión y la servidumbre humanas a lo largo de la historia, es para sublimar la figura del rebelde. Al descartar a Dios, se elige al hombre. Como bien sostiene Caderón: La muerte entonces no es temida, sino que se convierte en un instrumento de dignificación del hombre y que se puede convertir en uno de los mayores motivos de solidaridad y de amor. Los personajes rebeldes se convirtieron, por su sacrificio, en los mártires de la religión de la vida de Camus, santos sin Dios, que murieron por una causa sublime para dar a la vida y a la comprensión humana una oportunidad. 216 Finalizamos este trabajo recogiendo estas esclarecedoras palabras del propio autor que resumen a la perfección las ideas que se han ido desarrollando a lo largo de este trabajo y cuya concisión y exactitud nadie mejor que el propio autor pueden expresar: En lo más negro de nuestro nihilismo, he buscado solamente las razones para superar ese nihilismo. Y no por virtud, ni por una rara elevación del alma, sino por fidelidad instintiva a la luz donde he nacido y donde, desde hace miles de años, los hombres han aprendido a saludar la vida hasta en el sufrimiento. 217 215 Ibídem, pág. 413. 216 Calderón Rodríguez, L.A. op. cit., pág. 136. 217 Camus, A. Reflexiones sobre la guillotina, en Obras 3. op. cit., pág. 586.
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