Vox humana [Novelas cortas y memoria justificativa]
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Máster en Escritura Creativa Universidad de Sevilla TRABAJO FIN DE MÁSTER Convocatoria 2018-2019 VOX HUMANA Modalidad: creación literaria DARÍO MÉNDEZ SALCEDO Tutor: D. ANTONIO MOLINA FLORES
1 Contenido 1. Memoria justificativa ................................................................................................................ 2 I. Punto de partida de la creación. Objetivos y fundamentos. ................................................... 2 a) Objetivo general ............................................................................................................... 2 b) El idioma del inconsciente: Jung y los símbolos .............................................................. 3 c) Las pretensiones de la conciencia: la alegoría y la novela de formación ......................... 8 d) Vox humana: frontera, puente y aspiración .................................................................... 13 II. Técnicas y recursos comunes ............................................................................................. 16 a) Tono y ritmo ................................................................................................................... 16 b) El diálogo y los personajes ............................................................................................. 17 c) Símbolos y sueños .......................................................................................................... 18 d) Cronotopo ....................................................................................................................... 19 III. Estructura de la composición ............................................................................................ 20 a) En el valle del ocaso ....................................................................................................... 21 b) Ardalos ........................................................................................................................... 28 c) El manzano y Dios ......................................................................................................... 34 IV. Resultados y conclusión: un breve epílogo y una bienvenida .......................................... 40 Referencias.............................................................................................................................. 41 2. Creación literaria ..................................................................................................................... 43 EN EL VALLE DEL OCASO ................................................................................................ 43 I. Shān ................................................................................................................................. 43 II. Shuǐ ................................................................................................................................ 57 III. Mù ................................................................................................................................ 70 IV. Xún ............................................................................................................................... 76 ARDALOS.............................................................................................................................. 78 I. El Río .............................................................................................................................. 78 II. El Mendigo .................................................................................................................... 81 III. La Sacerdotisa .............................................................................................................. 85 IV. Tínico ........................................................................................................................... 89 V. El Mecenas .................................................................................................................... 94 VI. El Templo ..................................................................................................................... 99 VII. El Manantial .............................................................................................................. 104 VIII. Fidias y Eróstrato ..................................................................................................... 109 IX. El Esclavo ................................................................................................................... 115 EL MANZANO Y DIOS ...................................................................................................... 119 I. El monje ........................................................................................................................ 119 II. La mujer ....................................................................................................................... 131 III. Dios ............................................................................................................................ 145
2 1. Memoria justificativa I. Punto de partida de la creación. Objetivos y fundamentos. a) Objetivo general Desde un primer momento, nuestro objetivo fue realizar una colección de tres novelas cortas. En ellas se explorarían algunos conceptos filosófico-existenciales, tomando como base una estética simbólica (en el sentido jungiano), la preponderancia del diálogo como dilucidador de posibilidades y el interés por el desarrollo interno de los personajes, cuyos rasgos obedecerían más al influjo de la alegoría y la novela de formación que al realismo. Así, la primera novela se ubica en la China ancestral de los primeros taoístas, y relata una búsqueda psicológica entre ambos polos de la oposición que, arquetípicamente, es representada por la relación dialéctica entre el Yin (lo femenino, lo instintivo, lo inconsciente, lo lunar…) y el Yang (lo masculino, lo racional, lo consciente, lo solar…). La segunda novela se ubica en el contexto relacionado con la Grecia clásica, y en ella se expone el conflicto de un arquitecto y escultor que ha erigido el más bello templo de la historia humana y cuyos coetáneos, sin embargo, no reconocen el mérito como suyo, sino que consideran que su genio pertenece a los dioses. Este relato explora las consecuencias psicológicas de dos teorías relacionadas con el papel del autor-creador: la teoría platónica de la inspiración divina y la tesis de Barthes sobre la muerte del autor, ambas enfrentadas al deseo del genio individual propio del Romanticismo hasta nuestros días. La tercera novela, ubicada en un contexto propio del Medievo cristiano, constituye un ahondamiento en la experiencia psicológica y espiritual derivada de la llamada “apuesta de Pascal”. En el relato, un religioso en busca de la trascendencia encarnará el devaneo interior de una y otra posibilidad (lo ascético, espiritual y virtuoso contra el deseo, lo mundano y lo placentero) con respecto a la creencia en Dios y la vida monacal, confrontándose con las posibilidades y las limitaciones de cada una de las opciones, “apuestas”, existenciales. A continuación, explicaremos las influencias de la psicología de Jung en nuestra obra, así como sus relaciones con la alegoría, el simbolismo de fin de siècle y la novela de formación.
3 b) El idioma del inconsciente: Jung y los símbolos El sustrato creativo de Vox Humana encuentra su referente directo en la teoría de Carl Gustav Jung sobre la psique. Dada la relevancia de su sistema de pensamiento en nuestra obra, consideramos necesaria una sucinta exposición de este, la cual nos pondrá en disposición de abordar con más provecho las influencias jungianas de nuestro trabajo. Como psicólogo analítico, Jung divide la estructura psíquica del individuo (o «psique») en dos grandes instancias: la consciente y la inconsciente. Por lo general, las personas son más o menos conscientes de ciertos elementos de su psique, pero tras estos subyace un humus de «material subliminal» que, según Jung (2002, p. 34), puede constar de todos los deseos, impulsos e intenciones; todas las percepciones e intuiciones; todos los pensamientos racionales e irracionales, conclusiones, inducciones, deducciones y premisas, y toda la variedad de sentimientos. Algunos o todos esos pueden tomar la forma de inconsciente parcial, temporal o constante. Gran parte de ese caldo de «material subliminal» está vedado a la conciencia, es decir, comprende una naturaleza que escapa a las leyes de la racionalidad (y, especialmente, la racionalidad «occidental»; trataremos este punto más adelante), por lo que nuestros medios habituales de conocimiento y aprehensión, basados en la lógica aristotélica, no son suficientes para su desentrañamiento. A este respecto, afirma Jung que «nuestra psique es parte de la naturaleza y su enigma es ilimitado» (2002, p. 20). No podemos, por tanto, comprender su intríngulis, y mucho menos domeñarlo. Sin embargo, ¿qué quedaría de la ciencia psicológica y, en concreto, de la psicología analítica, si el prolífico reino del inconsciente permaneciera aislado del entendimiento y completamente inaccesible para el pensamiento? Jung es claro en este sentido: «no podemos definir ni la psique ni la naturaleza. Solo podemos afirmar qué creemos que son y describir, lo mejor que podamos, cómo funcionan» (2002, p. 20). Así, nuestro autor adopta una postura intermedia entre el misterio y lo cognoscible, entre la cerrazón y la apertura: relega la parte inconsciente al abismo, pero mantiene la esperanza de poder describir las leyes que rigen en la oscuridad. No pretende iluminar la tiniebla; únicamente trazar su mapa. En este punto es legítimo plantear una cuestión de vital importancia: ¿cómo cartografiar el abismo, si este es inaccesible para la conciencia? Según la teoría jungiana,
4 la relación entre el contenido consciente y el inconsciente de la psique no es de hermetismo, sino de ligazón. Los elementos inconscientes invaden la mente consciente y se manifiestan en pequeños gestos, expresiones verbales, sueños, proyecciones… y, en definitiva, en conductas a las que difícilmente prestaría atención un lego en la ciencia psicológica. Jung resume la relación entre ambas instancias de la psique de la siguiente manera: «Parte del inconsciente consiste en una multitud de pensamientos oscurecidos temporalmente, impresiones e imágenes que, a pesar de haberse perdido, continúan fluyendo en nuestra mente consciente» (Jung, 2002, p. 29). Así pues, cabe preguntarse: ¿cómo aborda el psicólogo el finísimo hilo que une ambos dominios de la psique? Si el inconsciente tiene sus propias leyes, y estas son inaprehensibles para la lógica racional, ¿cómo podemos hacer ciencia de lo que —a priori— no podemos conocer? Tales cuestiones nos obligan a tratar el núcleo de la teoría jungiana: los símbolos como punto de unión entre lo consciente y lo inconsciente. Define así nuestro autor la noción de símbolo: Una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio. Tiene un aspecto «inconsciente» más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado. […] Cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a ideas qe yacen más allá del alcance de la razón (Jung, 2002, p. 18). Los símbolos son, dentro del sistema jungiano, el nexo entre el afán de comprensión y los límites de la racionalidad, o dicho de otra manera, la vía de que dispone la razón para acceder a los dominios de lo inconsciente. El símbolo se estructura como un lenguaje perceptible para la razón. Como lenguaje, esta puede acceder a él, pero, como símbolo, no puede aprehenderlo en su totalidad. «Podemos tocar el símbolo, aunque no logremos descifrarlo a nuestra entera satisfacción» (Jung, 1999, p. 69). El inconsciente se expresa mediante símbolos; y el símbolo no es un concepto cerrado, inequívoco ni esencial, sino, en última instancia, una realidad ilimitada, un horizonte abierto y un idioma del que el ser humano solo conoce los rudimentos. Es un misterio cuya naturaleza, por otro lado, entraña grandes posibilidades para la creación artística. Estos símbolos, como expresión del inconsciente, se manifiestan por lo general en sueños, fantasías mentales y en la propia ejecución artística, y no obedecen a los
5 propósitos conscientes del ego. De esta forma describe Jung este tipo de «irrupciones» del inconsciente en la labor creadora: […] pueden surgir por sí mismos del inconsciente pensamientos nuevos e ideas creativas, pensamientos e ideas que anteriormente jamás fueron conscientes. Se desarrollan desde las oscuras profundidades de la mente al igual que un loto y forman una parte importantísima de la psique subliminal (Jung, 2002, p. 35), y a continuación añade el ejemplo del «despertar místico» de Descartes, o la revelación que tuvo Stevenson a partir de un sueño y que lo inspiró para trazar el argumento de Doctor Jekyll y Mr. Hyde (Jung, 2002, p. 35). Más ilustrativas —y de mayor belleza— son las palabras pronunciadas en su conferencia Relaciones de la psicología con la obra de arte, que abordan así el proceso inconsciente de creación artística: El análisis práctico de los artistas demuestra una y otra vez lo poderoso que es el impulso que, partiendo de lo inconsciente, insta a la creación artística, y también lo caprichoso y despótico que es. […] La obra que late en el alma del artista antes de nacer es una fuerza de la naturaleza que se impone, bien con tiránica violencia, o con esa argucia sutil del fin natural, sin reparar en el bienestar o en el dolor del ser humano sometido al ansia creadora (Jung, 1999, pp. 66-67). Kandinsky, otro explorador (a su manera) de los dominios profundos del espíritu, se refiere al mismo hecho con las siguientes palabras: «El artista, cuya meta no es la imitación de la naturaleza, […] quiere y debe expresar su mundo interior» (Kandinsky, 1996, p. 46). Los símbolos del inconsciente concretan su forma en arquetipos; en estos reside la riqueza psicológica, la profundidad y la fuente inagotable de significado que aquellos insuflan en el alma humana. Los arquetipos son los motivos recurrentes de que dispone la psique humana y que, de alguna u otra forma, son universales. Esta universalidad los hace presentes en todas las culturas y, por ende, identificables en todos los sistemas religiosos y mitológicos. Según Jung, la estructura de la psique humana tiene su base en dichos arquetipos heredados de nuestros antepasados, de la misma forma que el cuerpo físico consta de una estructura anatómica heredada y reproducida de generación en generación. El lenguaje del inconsciente, esto es, los símbolos en general y los arquetipos
6 en particular, no es individual, sino colectivo; en su esencia no subyace la historia personal del sujeto, sino la historia colectiva de la Humanidad, la evolución de la especie humana. Así se explica el concepto de «inconsciente colectivo», más profundo que el «inconsciente individual» y, a la vez, más rico y revelador para los artistas y creadores; pues estos, como estandartes de la cultura de su época, son los encargados de adaptar y transmitir los arquetipos universales de acuerdo con la sensibilidad de su tiempo. Las figuras del héroe, el dragón o la madre no son sino arquetipos que se repiten y se actualizan a través de la historia y de las culturas, y que nos hablan de las realidades psíquicas de un tiempo determinado. De esta forma, los artistas, como alquimistas del símbolo, son los encargados de condensar, explorar y ampliar el espíritu de su época mediante la obra de arte; obra que, si se concibe desde el impulso creador, inconsciente, a que nos referíamos antes, «rebasaría el alcance del entendimiento consciente en la misma medida en que la conciencia del autor se alejaría del desarrollo de su obra» (Jung, 1999, p. 67). Este valor simbólico de la obra de arte significa «posibilidad e insinuación de un sentido más amplio y elevado, más allá de nuestra capacidad actual de comprensión» (Jung, 1999, p. 67). Dicho lo cual, ya estamos en condiciones de hibridar la teoría jungiana con nuestra propia creación. ¿De qué forma descansa Vox Humana en los pilares de la psicología analítica? Ya hemos indicado antes que en nuestra obra hemos concebido un contenido particular, así como un método de escritura (o de creación, en sentido más amplio) que hunde sus raíces en la psicología de Jung. En lo referido al contenido, el conjunto de las tres novelas pretende la realización literaria de una «obra simbólica», esto es, un texto rico en arquetipos y símbolos que, de una u otra manera, abra el horizonte literario y expanda la elaboración intuitiva de la percepción consciente. Por expresarlo en palabras de Jung (1999, p. 69): «La obra abiertamente simbólica […] con su lenguaje rico en intuiciones ya nos advierte: estoy diciendo algo más de lo que realmente digo; mi “sentido” va más allá». De esta forma, hemos incluido elementos arquetípicos como la figura del Sabio-Sol o la Madre-Luna en En el Valle del Ocaso; la montaña, el río o el templo en Ardalos; el árbol, la manzana y los niños en El manzano y Dios. Estos símbolos, que únicamente hemos mencionado como ejemplo, serán adecuadamente tratados en el apartado correspondiente.
7 Por otra parte, los personajes encarnan, asimismo, el proceso de indagación y descubrimiento de lo inconsciente. Los sueños, las intuiciones, los cuestionamientos y la duda acerca de la racionalidad; tales son algunos de los motivos que se repiten en los tres relatos y que, de alguna u otra forma, representan el descenso a las profundidades de lo inconsciente y el efecto que este tiene en la conducta —mal llamada— deliberada. En este sentido, Vox Humana es la expresión de la dualidad entre el misterio y la lucidez, entre la razón y la intuición, entre lo deseado y lo posible y, en definitiva, entre las instancias consciente e inconsciente de la psique humana. Una vez señalada la naturaleza simbólica del contenido de nuestra obra, no podemos sustraernos del método que ha guiado su elaboración. No hemos pretendido crear un texto deliberadamente simbólico, pues, de lo contrario, habríamos contradicho los postulados de la teoría en que hemos afirmado basarnos hasta ahora. Inspirados por las tesis de Jung, y dejándonos guiar por sus postulados, hemos intentado adoptar una postura “psicoanalítica” hacia nuestro proceso creador. Por nuestra parte, dicho proceso ha contado con la incertidumbre del experimento y con el rigor del método; y, con la máxima honestidad de que hemos sido capaces, hemos tratado de no intervenir “conscientemente” en el desarrollo de la trama ni en la simbología de las obras, sino que, con una adecuada apertura y receptividad hacia el lenguaje de las profundidades, hemos dejado hablar (o creemos que hemos dejado hablar) al inconsciente. Hemos usado, de forma explícita o implícita, material proveniente de sueños, así como imágenes mentales espontáneas o intuiciones espirituales difíciles de sistematizar. Quizá por esto, el poso de los tres opúsculos guarde cierta semejanza de forma y contenido; la elaboración consciente, al menos en una primera instancia, brilló por su ausencia. El lector avezado notará que, a pesar de su apariencia sesuda y racionalizadora, las tres novelas cortas son una sucesión de símbolos que, a veces con apariencia humana y a veces no, se interpretan a sí mismos y emplean nuestro lenguaje para esbozar su significado, sus implicaciones y su eco en la psique. En un primer momento, como decimos, las tres novelas que componen Vox Humana fueron redactadas «por sí mismas», obedeciendo a las pulsiones desconocidas del inconsciente de su autor. No obstante, y a pesar de que el contenido de la obra cumplía nuestras pretensiones (i.e., haber sido concebido y redactado con éxito según las bases de nuestro método «jungiano»), la forma estaba tan poco definida que llegamos a anticipar cierta compasión por los posibles lectores que a ella se enfrentaran. Era tiempo, pues, de
8 definir la forma según unos estándares que, aunque libres y de marcado subjetivismo, respetaran el contenido y la coherencia interna de la obra, evitando, a su vez, que la lectura de esta fuera una experiencia desagradable. c) Las pretensiones de la conciencia: la alegoría y la novela de formación Lo puramente inconsciente, el símbolo desnudo, devienen, como los sueños, en una mera sucesión de elementos profundos, sí, pero desordenados y ajenos a las pretensiones de la conciencia; y, como nuestras raíces culturales se nutren de la racionalidad y la lógica aristotélicas, optamos por no descuidar dichas exigencias formales propias de nuestra tradición. Al fin y al cabo, el artista no es creador en el sentido radical, sino más bien transmisor; como decíamos, retoma los motivos arquetípicos del imaginario de nuestra especie y los traduce al idioma y a la sensibilidad de su tiempo. De esta forma, hemos adaptado el contenido de Vox Humana a dos géneros bien arraigados en la tradición occidental y que, al mismo tiempo que brindan una estructura y un género literarios reconocibles a nuestra obra, consideramos que se amoldan exquisitamente a su contenido. Hablamos de la alegoría y de la novela de formación. En cuanto a la primera, es fácil establecer una analogía con Vox Humana. Tanto en nuestra obra como en las alegorías tradicionales se emplean imágenes a través de las cuales se pretende transmitir un significado diferente del literal. Esto se hace patente, por ejemplo, en los maestros de En el valle del ocaso, cuya presencia en el relato hace referencia a una intuición espiritual más rica y compleja que su literalidad estricta. De esta forma, obras alegóricas como El progreso del peregrino, de John Bunyan (en cuyo caso también se presenta el viaje como un avance de descubrimiento y de toma de conciencia), podrían ser comparables a cualquiera de las novelas cortas que componen Vox Humana. Sin embargo, una diferencia conceptual media entre la alegoría y los símbolos presentes en nuestra obra, y es el alcance, la trascendencia, de dichos símbolos. Estébanez Calderón define la alegoría como un procedimiento retórico que consiste en expresar un pensamiento por medio de una o varias imágenes, o metáforas, a través de las cuales se pasa de un sentido literal a un sentido figurado o alegórico, que es el que, en definitiva, se desea transmitir (Estébanez Calderón, 2009, p. 22).
15 engancha. Hay mucha técnica; y la mucha técnica es la mucha racionalidad. ¿Dónde queda lo misterioso, lo espiritual, lo intuitivo…? Para ilustrar este sentir, y aun a riesgo de pecar de exhibicionismo, reproducimos una nota personal que, redactada durante el proceso creativo de Vox Humana, incide en lo expuesto: «Quiero ser escritor auténtico, no prosista agradable y cuentista seductor; quiero ser explorador de los abismos, inspirador de los cielos, puente entre lo sagrado y lo inmundo, y no un canto arrastrado por las corrientes; quiero ser el libro que, hallado por cualquier veinteañero ajeno al ruido, le haga esbozar una sonrisa y exhalar un suspiro de gozo en el alma. “Por fin he descubierto a alguien que me hace vivir”, pensará el joven ingenuo, inmerso en las letras de unos personajes-alma que, como él, han de enfrentarse a la vida desde la profundidad remota de las contradicciones y los símbolos misteriosos. No aspiro a una lectura ágil, ligera y resbaladiza, sin más océano que la playa y sin más horizonte que la aceptación; aspiro a las fosas más profundas e ignotas, de donde nadie ha regresado jamás —si es que acaso se ha llegado a ellas—. No quiero contar historias, sino sumergir al ser humano en el mar donde la historia se deshace y la identidad se resquebraja. Los autores de éxito entretienen, mas yo me declaro enemigo del entretenimiento: cuando duele el corazón, elijo el cuchillo antes que la anestesia.» Estas afectadas palabras ponen de manifiesto la necesidad de una literatura simbólica frente al realismo que invade las calles y las conciencias. Desde nuestro punto de vista, su materialismo (maquillado bajo el concepto de «verosimilitud») y su protectorado hacia la inamovible racionalidad de Occidente suponen un riesgo para la espiritualidad profunda y para la expansión de horizontes de que la literatura puede ser bandera. Actualmente, el realismo verosímil y el entretenimiento narrativo están siendo monopolizados por las series de televisión, y sus estilos monopolizan la creatividad narrativa de hoy. Es tiempo, pues, de que la literatura ocupe el lugar y la función que ella, y solo ella, puede reivindicar. La obra simbólica, hoy, supone una transgresión necesaria.
16 II. Técnicas y recursos comunes a) Tono y ritmo En cuanto a estilo, es probable que ninguna obra literaria haya influido tanto en Vox Humana como Así habló Zaratustra de Nietzsche, y no nos es difícil presuponer por qué. Ambas obras —salvando el abismo que media entre ellas— fueron concebidas y redactadas desde la pulsión interior a que venimos refiriéndonos hasta ahora; ambas responden al bullicio y la tormenta espirituales que a duras penas encuentran su expresión en el lenguaje. Las dos obras buscan la expresión de las imágenes del espíritu, aquellas que hacen vibrar los estratos profundos del pensamiento y que necesitan una forma para ser transmitidas. En este sentido, Andrés Amorós reproduce una carta que el propio Nietzsche le escribió a su hermana durante el proceso de gestación del Zaratustra «¿Cómo decir en una sola palabra hacia dónde tienden todas las energías que tengo dentro de mí?» (Nietzsche, 2011, p. 15). No en vano, el propio Nietzsche se considera «el inventor del ditirambo» (Nietzsche, 1998, p. 113), esto es, del estilo afectado, pasional, exasperado y desmedido, que, recordemos, tiene su origen en el culto a Dionisio, hecho que no es causal y que nos conecta, de nuevo, con el misterio y el frenesí de las creaciones inconscientes. En efecto, ¿qué otro estilo podría ser el propio de las composiciones que irrumpen desde los dominios de lo profundo? De la misma forma que los volcanes no vierten, sino que erupcionan, las imágenes de la psique se liberan con generosa energía y caudaloso torrente. El uso de exclamaciones, las largas y afectadas declamaciones, el intento de ritmo y musicalidad, la preferencia por las «grandes palabras», las preguntas retóricas, la elusión de cualquier detalle que no percuta directamente en el corazón del símbolo, la radical apuesta del alma por los opuestos y sus consecuencias; todos ellos son los aspectos más característicos de una obra, Vox Humana, que ha brotado de lo informe y que ha sido redactada con la fuerza de lo caótico. A este respecto es ilustrativa, y sugerente, la descripción que hace Nietzsche del proceso de inspiración: […] de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que lo conmueve y lo trastorna a uno en lo más hondo […] Se oye, no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; […] un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de
17 un sinnúmero de delicados temblores y estremecimientos que llegan hasta los dedos de los pies (Nietzsche, 1998, p. 107-108). En tales afirmaciones reverberan los postulados relacionados con el inconsciente que discutíamos en el anterior apartado, cuyo énfasis en la actuación de lo inconsciente «por sí mismo» guarda estrecha relación con ese «algo» que, según el filósofo prusiano, «se deja ver y se deja oír». A estos procesos inconscientes de creación les corresponde, como vemos, un estilo propio, una forma de expresión característica que nuestro autor describe así: «la longitud, la necesidad de un ritmo amplio son casi la medida de la violencia de la inspiración, una especie de contrapeso a su presión y a su tensión» (Nietzsche, 1998, p. 108). De nuevo hablamos de esas amplias declamaciones que menudean en el Zaratustra y que, de alguna u otra forma, también suponen uno de los más característicos rasgos estilísticos de Vox Humana. Inspirados por el más insigne libro del filósofo, también hemos empleado el recurso de la «cita oculta» en En el valle del ocaso. Tal recurso será abordado de manera específica en el apartado correspondiente. b) El diálogo y los personajes Los diálogos entre protagonista y personajes secundarios gozan de una dilatada y ubicua presencia en nuestra obra; podríamos afirmar, de hecho, que suponen el recurso principal de Vox humana. Sin embargo, el nuestro es un «diálogo de ideas simbólicas» cuyas características es conveniente especificar. En primer lugar, no existe una verdadera comunicación en los diálogos de Vox humana. Los únicos personajes que se ven afectados por los diálogos son los protagonistas; los otros personajes no son más que meros símbolos que se exploran a sí mismos y manifiestan su alcance, pero cuya cosmovisión no es modificada ni alterada por el diálogo. Ninguno de los personajes cambia, sino que se mantiene firme en sus postulados; y el diálogo, esto es, el verdadero y eficaz intercambio de ideas, solo afecta a los protagonistas de las tres novelas cortas, que aprenderán y evolucionarán a partir de las intervenciones de los demás personajes. Podríamos decir que, aunque formalmente
18 aparenten ser diálogos, su contenido se mueve en una sola dirección: la transformación interna del protagonista. En segundo lugar, y estrechamente relacionado con lo anterior, se trata de diálogos no sujetos al naturalismo ni a la verosimilitud, sino a la exploración lingüística de los símbolos-ideas que encarnan dichos diálogos con su ejecución. En este sentido, los diálogos ilustran movimientos espirituales, imágenes arquetípicas, preceptos abstractos; son, como indicábamos anteriormente, símbolos que se exploran a sí mismos. Esto es más patente cuando los propios personajes tienen nombres que hacen referencia a la postura arquetípica que defienden con sus intervenciones, como, por ejemplo, el Maestro del Sol en En el valle del ocaso, la Sacerdotisa en Ardalos o «el más grande asceta del mundo» en El manzano y Dios. Por ello, los diálogos y los personajes han sido concebidos, al igual que toda la obra, como emanaciones del inconsciente que se concretan en símbolos; y es por ello por lo que en los diálogos toma especial fuerza el estilo ditirámbico de que hablábamos en la sección anterior, pues es el diálogo un lugar privilegiado donde se exploran los símbolos y los arquetipos mediante la contraposición de ideas y la indagación mayéutica en su significado. Los protagonistas, así, preguntan, interpretan y contradicen, y, con base en tales acciones, progresan; y no es dicho progreso otra cosa que la profundización hermenéutica sobre el alcance de los símbolos encarnados en los personajes. c) Símbolos y sueños La naturaleza inconsciente de nuestra obra alcanza su clímax, tanto en método como en contenido, cuando reproducimos los sueños de los protagonistas. En método, porque tales sueños tienen su origen en los nuestros; en contenido, porque el sueño es el mensajero de lo que aún no se ha concebido desde la conciencia y que, sin embargo, ya está funcionando en el interior de la psique. Irvin Yalom, psiquiatra conocido por su original esfuerzo de aunar los postulados psicoanalíticos con los de la filosofía existencial, afirma: «[los sueños] representan una reafirmación incisiva de los problemas más profundos del paciente, solo que en un lenguaje diferente, un lenguaje de imaginería visual» (Yalom, 2003, p. 239-240). Según Yalom, los sueños son mensajeros privilegiados de las preocupaciones esenciales —e inconscientes— de la psique, que son cuatro: el miedo a la muerte, la (falta de) libertad, la soledad y (la falta de) el sentido de
19 la vida (Yalom, 1984). Estas son las cuatro problemáticas radicales a las que el ser humano debe dar respuesta —o morir buscándola— y de las cuales hablan los sueños a través de lo simbólico. Podemos ilustrar la relevancia de los sueños en los de Philipp, protagonista de El manzano y Dios. Si se exploran con atención, todos sus sueños parecen anunciar algo: la caída del dogma de la razón y el advenimiento (y el deseo) de la madre primordial. La recurrencia de la figura de la mujer poderosa en sus sueños nos hace pensar en la pulsión de lo inconsciente que pugna por expresarse, mientras que el hombre desvalido habla del adormecimiento y el incipiente debilitamiento del esfuerzo consciente en el protagonista. Esto le hará preguntarse, cada vez con más resonancia, sobre su papel en el mundo (problema de la libertad) y sobre su relación con la mujer y el deseo de unión (problema de la soledad), asuntos estrechamente relacionados, en última instancia, con su deseo de salvación (problema del miedo a la muerte) y la adopción de una postura vital (problema del sentido de la vida). Los símbolos de los sueños hacen vibrar la problemática del inconsciente y tratan de hacerla perceptible para la conciencia, que deberá adecuar su receptividad a una intuición «más allá de la lógica y la razón» para captar la profundidad existencial de los símbolos oníricos. d) Cronotopo Por lo expuesto anteriormente, en Vox humana no cabe otra conclusión que un cronotopo onírico, simbólico, alejado de las categorías comunes de espacio-tiempo. Las leyes físicas no parecen operar en nuestra obra; solo hay vagas referencias al transcurso temporal, como «pasaron varios años»; o mínimas descripciones del espacio, como «allá lejos se alzaba la colina fundacional». Sin embargo, no hay cifras, no hay datos empíricos, no hay constatación de la realidad; las leyes internas de Vox Humana no son físicas, sino espirituales. Los símbolos «están ahí», en un espacio y en un tiempo indeterminados que, más que una representación de las coordenadas, son un reflejo de la imagen espiritual, psíquica, que pretenden expresar. A pesar de las referencias culturales que parecen mediar entre los tres relatos (China, Grecia, Medievo cristiano), no hay un verdadero tiempo ni localización geográfica (ni real ni fantástica); solo elementos dispuestos uno detrás de
20 otro, convenientes para el itinerario espiritual del protagonista y secuenciados según su evolución interna. En este punto cobra especial importancia el motivo del viaje. En las tres novelas cortas, la trama se presenta al lector como un viaje; y, en cierta forma, podríamos decir que el cronotopo simbólico de la obra no es otra cosa que ese viaje. No existe más mundo que los pasos del protagonista, no se hace referencia a nada más que a aquello que provoca en él cambio y evolución. No nos interesa crear un mundo, sino narrar acontecimientos internos, vaivenes psicológicos; y, en este sentido, el viaje se presenta como el único espacio de que dispone el espíritu para su progreso. La relación entre lo consciente y lo inconsciente no cuenta con más coordenadas ni dimensiones que el viaje: la propia exploración, la propia confrontación con el límite y el propio afán por encontrar el equilibrio y la integración. III. Estructura de la composición Como hemos indicado, Vox Humana está constituida por tres novelas cortas, cada una de las cuales se ambienta en una cultura diferente: la China ancestral, la Grecia clásica y el Medievo cristiano. El rumbo espiritual que representan tales épocas guarda estrecha relación con nuestra propia trayectoria interior, por lo que la elección de los escenarios no es casual ni arbitraria. Pertenece a los dominios del alma: las intuiciones de que cada novela es adalid adquieren su forma y su significado por mediación de los imaginarios taoísta, helenístico y cristiano, ricos en símbolos de la psique que señalan hacia hondas experiencias filosóficas, espirituales y psicológicas. A continuación, introduciremos cada una de las novelas cortas y comentaremos sus rasgos más característicos. Permítasenos, no obstante, una última aclaración: en el apartado correspondiente a los símbolos de cada novela, nos hemos ayudado (para su comentario a posteriori) de la extraordinaria compilación de símbolos de Tom Chetwynd (1982), basada en la psicología de Jung y titulada A dictionary of symbols. Sería contrario a los postulados y las intenciones de esta obra realizar un análisis sistemático de los símbolos presentes en ella, y no ha de entenderse, bajo ningún concepto, que esa es nuestra pretensión. Nuestro objetivo no es acotar ni agotar el significado de los símbolos presentes en las novelas, pues, como se ha indicado anteriormente, el símbolo, según la perspectiva jungiana,
21 «representa algo más que su significado inmediato y obvio. Tiene un aspecto “inconsciente” más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado» (Jung, 2002, p. 18). Por tanto, de la sección destinada a los símbolos no ha de esperarse una interpretación precisa de los símbolos, sino una mínima orientación que insinúe su relevancia en la tradición cultural y que, en última instancia, sea un acicate para la profundización y el desarrollo de la psique; del espíritu. a) En el valle del ocaso Sinopsis argumental Shan Shui¸ «misterio humano de edad incierta», se presenta como un caminante y buscador insaciable de las grandes preguntas humanas. La acción narrativa, esto es, el periplo espiritual de Shan Shui, se desarrolla en tres escenarios: la cima de la montaña, la caverna junto al lago y la cabaña en el bosque. Cada uno de estos lugares es habitado por un personaje arquetípico: el Maestro del Sol, la Maestra de la Luna y el Maestro de los Árboles, respectivamente. Cada uno de los Maestros ilustra a Shan Shui según sus preceptos y su concepción de la realidad esencial. El Maestro del Sol le instruye en el culto al espíritu, a lo intelectual y ascético, inspirado en la luz del rey de los astros. La Maestra de la Luna le instruye en el desenfreno emocional, en la vida como devenir y en los placeres del cuerpo. Por último, el Maestro de los Árboles, hijo y síntesis de los dos anteriores, le muestra la necesidad de despreciar a todos los maestros y de encontrar su propio maestro interior. Cuando el Maestro de los Árboles muere, Shan Shui se encuentra, solo, en el mismo lugar donde comenzó su viaje y el relato: en el centro del valle, desde donde se observan la montaña, el lago y el bosque. Es entonces cuando Shan Shui, encarnando a todo ser humano obligado a decidir sobre sus principios vitales, se revela como Maestro de la Búsqueda. Influencias teóricas En el valle del ocaso es un intento de superación de la dualidad psicológica y metafísica. Cada idea tiene su opuesto, y la vida humana no es sino un afán de trascender el contraste de la dualidad insalvable. Esta noción de la realidad dual, y de la superación
22 de dicha dualidad, hunde sus raíces en la filosofía taoísta. La sensibilidad china representa la noción de la Unidad, esto es, la conciliación de los opuestos de que hablamos, con la figura simbólica del Tai Ki, donde, sobre la base de una circunferencia, interaccionan el principio Yin (lo negativo, femenino, oscuro) y el Yang (lo positivo, masculino, lúcido). Así, a la mentalidad china no le es extraña la paradójica concepción de la realidad como un nudo de dos hilos contrapuestos, como el abrazo de dos polos en sutil oposición. No es la primacía, sino el equilibrio entre ambas nociones metafísicas, lo que las anula y permite la contemplación del Ser en su totalidad, o, dicho de otro modo, del No-ser en su vacuidad (Wilhelm, 2012). En el paradigma de Occidente, pocos han expresado la complementariedad arquetípica entre el Yin y el Yang como Erich Neumann, citado por Ortiz-Osés (2013, p. 194): Lo masculino posee respecto a lo femenino un carácter progresionista, lo femenino respecto a lo masculino un carácter retrogresivo: lo masculino significa para lo femenino liberación para la consciencia, la mujer para el hombre liberación respecto de la consciencia. Sin embargo, la cosmovisión china, proclive a la paradoja y a la conciliación, difiere notablemente de la tradición occidental, amparada, desde Aristóteles, en el polo «Yang» de la existencia, de corte lógico, racional y empírico (Fromm, 2007). Fue Nietzsche quien, en cierta forma, recuperó la noción «Yin»: con El origen de la tragedia ilumina de nuevo la dualidad y la —extraña— complementariedad entre los principios positivo y lo negativo, traducidas a la mentalidad occidental mediante las figuras de Apolo y Dionisio, que irrumpen (a pesar de la indiferencia inicial) en las arenas intelectuales de Europa. Así resume tales nociones Carlos García-Gual, en su prólogo a El origen de la tragedia: «de un lado, Apolo, el civilizador, el dios del sueño, del orden, de lo formal aparente, del arte de la escultura y la plástica; del otro Dionisio, el dios de la música, del instinto natural, salvaje y violento, dios del éxtasis y la embriaguez. La síntesis de ambos impulsos da lugar a la visión trágica de mundo» (Nietzsche, 2000, p. 13). Marvin Harris, en su ya clásico manual de Antropología cultural, se refiere a la estructura binaria de la mente humana de la siguiente manera:
23 […] ciertas clases de estructuras formales se repiten en las más dispares tradiciones de literatura oral y escrita, incluyendo los mitos y los cuentos. Estas estructuras se caracterizan por los contrastes binarios, es decir, por la presencia de dos temas o elementos que ocupan una posición diametralmente opuesta (Harris, 1998, p. 404). y, enlazando su teoría con los postulados psicoanalíticos y el estructuralismo de Lévi- Strauss, añade: Desde el punto de vista estructuralista, la principal tarea del estudio antropológico de la literatura, la mitología y el folclore estriba en identificar los contrastes binarios inconscientes y comunes que yacen bajo la superficie del pensamiento humano y en poner de manifiesto cómo experimentan transformaciones-representaciones inconscientes (Harris, 1998, p. 405). Heredera directa del contraste binario-arquetípico, En el valle del ocaso se plantea como una novela de búsqueda y de oscilación, de exploración y de descripción literarias de ambos polos: el Yang, representado por el Maestro del Sol, y el Yin, representado por la Maestra de la Luna. Tales personajes encuentran sus raíces en dos símbolos espirituales, también opuestos, que recoge el I Ching: por un lado está Li, que simboliza la luz y el Sol; por otro está Kan, que simboliza lo abismal, el agua y la Luna (Jung y Wilhelm, 1955). El afán humano de encontrar una síntesis psíquica y metafísica entre ambas polaridades está encarnado por Shan Shui, el protagonista, a quien ninguna de ellas satisface por separado. Es así como encuentra al Maestro de los Árboles, hijo de los dos anteriores y síntesis de sus pretensiones. Sin embargo, es tras la muerte de este cuando Shan Shui, solo, se ve enfrentado al horizonte y a la esperanza: la síntesis entre el Yin y el Yang, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el Ser y el No-ser, es posible. Está en la utopía, y desde la utopía es posible la vida. Quizá también la salvación. Influencias literarias: las «citas ocultas» El principal inspirador de En el valle del ocaso, tanto en la forma como en el contenido, es el literato alemán y ganador del Nobel Hermann Hesse. En prácticamente todas sus novelas se aborda la dualidad: el desgarro existencial entre un polo y otro, la tensión psicológica entre un extremo y otro. No obstante, es uno de sus poemas (de lo
24 más repetidos y reelaborados a lo largo de su carrera), y, en concreto, una de sus estrofas, la que supuso el resorte definitivo para la gestación de En el valle del ocaso. Perteneciente al poema Reflexión, los versos dicen así: Así entre padre y madre, así entre espíritu y cuerpo, vacila lo más frágil de la creación, esa alma temblorosa, el hombre, capaz de sufrir como ningún otro ser y capaz, también, de lo más sublime: de un amor todo esperanza y fe (Hesse, 1983, p. 39). Entre ambos polos, entre ambos Maestros irreconciliables, el ser humano no pierde su afán. Esperanza en el amor, el amor tornado en fe: en eso consiste «lo más sublime» y así finaliza En el valle del ocaso. En este punto es conveniente hablar de las citas ocultas del texto, es decir, aquellos fragmentos que aparecen como propios y que, sin embargo, son inserciones pertenecientes al genio de otros. De esta forma, En el valle del ocaso cuenta con, además del fragmento de poema mencionado, tres citas ocultas más. La primera de ellas inaugura el relato, y es una transcripción del capítulo seis de la primera parte del Tao te King. El «Viejo Maestro de Orejas Grandes» es una referencia a Lao Tsé, verdadero autor del texto (Wilhelm, 2012). La segunda y la tercera pertenecen al ya mencionado Hermann Hesse, y, aunque las hemos adaptado mínimamente, son las siguientes: Yo no poseo esta fuerza de entrega a un objeto amado, o, mejor dicho, tal objeto no fue nunca material para mí; nunca fue una persona o incluso un pueblo, sino algo totalmente superior a mí: el Sol, o el Universo, o la Humanidad, o el espíritu, o la virtud, o la búsqueda de la perfección... Y, a pesar de que el amor mundano no signifique ninguna de esas elevadas aspiraciones (pues este amor material puede ir aparejado con mil vicios y conducir a todo tipo de fanatismo y crimen), hace de quienes aman personas firmes, ciegas y capaces de realizar cualquier heroicidad; es una fuerza que lleva a saltar al agua
31 teoría platónica), y el odio hacia su propia obra, que eclipsa su nombre y acapara toda la admiración de sus coetáneos (aquí reverberan las proclamas de Barthes). Además, no olvidemos que nuestro protagonista es un artista manual, y que, debido a ello, pertenecería a uno de los grupos sociales más denostados en la Grecia Clásica. Como indica Zilsel (2008, p. 44): «Junto a las veneradas imágenes divinas, parece que en los tiempos antiguos se consideraba al artista tan solo como un residuo terrestre.» El viaje interior de Ardalos hacia la disolución de su ego será acompañado por el Río, símbolo donde comienza y termina el relato, y que vela todas las fases del periplo de nuestro protagonista. En la elección del Río como símbolo —y sino— conductor de la obra podemos intuir el rumor de las ninfas de la fuente Castalia, que así murmuran los versos del poeta: Nos es negado ser. O tan solo somos corriente (Hesse, 1978, p.415). Tales verdades descubrirá Ardalos cuando, aceptando las tesis de Barthes, acepte su muerte en favor de la humanidad. Ardalos: origen del nombre del protagonista En una primera instancia, el nombre del protagonista debía cumplir tres condiciones: en primer lugar, que estuviera asociado con el mundo clásico; en segundo, que expresara, de alguna manera, su esencia de artesano; en tercero, que, en la medida de lo posible, no hubiera sido demasiado explotado por la tradición. Así pues, el método más directo fue la investigación sobre Hefesto, dios griego de la fragua y la metalurgia, el artesano por excelencia; y, por fortuna, nos percatamos de que el dios tuvo varios hijos… Algunos de los cuales no contaban con una historia propia (o esta se había perdido). Así, probablemente el vástago más olvidado de Hefesto sea Árdalo, que ni siquiera tiene una entrada propia en uno de los más prolijos diccionarios sobre mitología editados en nuestra lengua (Alvar Ezquerra, 2000). Así, Árdalo, caracterizado «por la habilidad en el trabajo manual heredada por su padre» (Alvar Ezquerra, 2000, p. 395), se nos presentó como el perfecto protagonista de nuestra novela corta, pues a su genio manual se le añadía el hecho de que todavía no existía un mito que narrara su historia.
32 Lo escribiríamos nosotros. Otros personajes En el relato aparecen otras referencias a personajes clásicos que es interesante señalar. Nos referimos aquí a los personajes Tínico, Fidias y Eróstrato (estos últimos subsumidos en la personalidad del Mendigo), cuya significancia argumental guarda relación con aquellos hechos por los que son recordados históricamente. El primero de ellos es Tínico, al cual se refiere Platón en su ya citado diálogo Ion como ejemplo de poeta mediocre al que, sin embargo, los dioses le insuflaron un ánimo extraordinario para escribir un hermoso peán al dios Apolo: Tínico de Calcis […] jamás hizo un poema digno de recordarse con excepción de ese peán que todos cantan, quizá el más hermoso de todos los poemas líricos; y que, según él mismo decía, era «un hallazgo de las musas». Con esto, me parece a mí que la divinidad nos muestra claramente, para que no vacilemos más, que todos estos hermosos poemas no son de factura humana ni hechos por los hombres, sino divinos y creados por los dioses, y que los poetas no son otra cosa que intérpretes de los dioses, poseídos cada uno por aquel que los domine. (Platón, 1985, p. 258). Tínico, personaje de Ardalos, es, así, el poeta que reivindica el peán como suyo, y no como obra «de unos dioses que no existen». Es conveniente, por otra parte, realizar una sucinta reseña del personaje apodado «el Mendigo», uno de los más ricos personajes del opúsculo, pues en él confluyen varias concepciones y ángulos del pensamiento. En primer lugar, su apodo, «el Perro», está estrechamente relacionado con la escuela griega de los cínicos, así llamados, precisamente, por su vida frugal y austera, que los asemejaba a los perros (cínico proviene de kyon, en griego «perro»; García Gual, 2014). En una primera instancia, es consistente el uso de tal apodo para el Mendigo, personaje que proclama de manera explícita un estilo de vida acorde con la escuela cínica. Sin embargo, posteriormente se revela que el Mendigo se llamó, a su vez, tanto Fidias como Eróstrato, nombres a los que renunció. Fidias y Eróstrato, así, no solo son
33 parte de la historia de este personaje, sino, como veremos a continuación, símbolos sobre la relación entre un autor y su obra. Fidias, conocido artesano griego, fue, según Zilsel, «condenado judicialmente por haberse atrevido a esculpir un autorretrato en el escudo de su famosísima estatua de Atenea» (Zilsel, 2008, p. 44). En la figura de Fidias impera, todavía, el ego, la rebeldía del creador, el afán del individuo por hacer primer su subjetividad y ser el autor original de la obra. He ahí el propósito inicial de Ardalos, y el cual supone el acicate del conflicto principal nuestro opúsculo. Eróstrato, por su parte, llevó dichas pretensiones hasta tal punto que no ejerció la reivindicación de su ego alterando la obra de arte, sino destruyéndola. En Eróstrato vemos el deseo del individuo por regir sobre todas las cosas y aun sobre la propia obra; es el último estertor del Autor que no quiere verse superado por la eternidad de lo creado, sino que desea alzarse como el único dios, el único sujeto, la conciencia suprema. El propio don Quijote nos habla del envite de Eróstrato por la gloria individual: «Aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, solo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros» (Cervantes, 2005, p. 93). La pulsión destructora de Eróstrato es la última esperanza del individuo por hacer valer su nombre y su genio. Sin embargo, el ego es tan mortal como vulnerable, y, finalmente, el ego de Ardalos acepta su destino trágico: la disolución, el hundimiento en la corriente del río. Símbolos A continuación, enumeramos los principales símbolos presentes en Ardalos, ordenados según su aparición en el texto. ordenados según su aparición en el texto. Aunque hay muchos más, los siguientes son los que conforman el esqueleto de la obra, y, de alguna forma u otra, los consideramos fundamentales para su desarrollo. Nos basamos en el ya citado trabajo de Chetwynd (1982). • El sueño como la fuerza psíquica que dirige la conciencia hacia otros materiales simbólicos de mayor alcance. En nuestro relato, la intuición interna que hace a Ardalos dirigirse al Río. • El río como la conciencia que disminuye, como el torrente que detiene el tiempo y las pretensiones. En nuestro relato, es el elemento que señala la progresión
34 espiritual de Ardalos hacia la disolución de su ego consciente en lo inconsciente colectivo. • Los dioses como el don perfecto, la potencialidad extrema, lo creativo superior. En nuestro relato suponen la fuerza generatriz de la obra artística que, sin embargo, permanece como un misterio para el artista. • El templo como el Ser Inmutable, lo concluido, lo permanente. En nuestro relato, el Templo del Ocaso alude a la imposibilidad humana de la eternidad. • La montaña como el afán de alcanzar a Dios, la altura espiritual, las más elevadas aspiraciones humanas. En nuestro relato, tanto Tínico como Ardalos intentan alcanzar las alturas divinas aislándose en la montaña. • La soledad como la confrontación con las fuerzas siniestras, oscuras y destructivas del interior. En nuestro relato, Ardalos se percata de su miedo a la muerte cuando se aísla en la montaña. • El manantial como el origen de la vida, el brote de lo nuevo, la energía motriz del mundo. En nuestro relato, el manantial devuelve a Ardalos a la vida, lo concretiza sus pulsiones, lo hace abandonar las pretensiones abstractas e inmateriales. • El fuego como la comprensión consciente, el ego racional y lógico. En nuestro relato, el uso del fuego supone el intento desesperado del individuo por primar sobre lo inconsciente. • La muerte y el hundimiento como el renacer, la conciencia nueva, el redescubrimiento de la psique inconsciente. La muerte de Ardalos supone, al mismo tiempo, su redención, su liberación de las cadenas del ego. c) El manzano y Dios Sinopsis argumental Philipp, religioso y devoto cumplidor de los preceptos monásticos (conocidos como «Regla del Padre»), acostumbra a rezar bajo el manzano de su priorato. El árbol no da fruto, pero le brinda solaz y sosiego espiritual. Sin embargo, un día encuentra un manuscrito con una ilustración en que aparece Eva, la mujer primordial, ofreciéndole una manzana a un monje bajo el mismo manzano donde Philipp suele rezar. La imagen le produce inquietud, y, tras varios días, comienza a soñar con la mujer y su calma espiritual se agita. Se pregunta sobre esa mujer y sobre el misterio del
35 manzano: ¿por qué no da fruto? ¿Quizá sea posible conocer ese secreto? Además, empieza a sentirse atraído hacia la figura de Eva; no en términos sensuales, sino espirituales. ¿Qué representa la mujer en el idioma de su interior? ¿Qué significa el deseo para un buen cristiano como él? La zozobra crece y Eva acaba apareciendo. Discuten sobre el espíritu y la materia, sobre la eternidad y la vida. Entonces Philipp, desesperado por volver a su anterior estado de paz interior, se aísla en una celda… Pero Eva no lo abandona, y, por su causa, y debido a que escucha el griterío de unos niños que juegan, se da cuenta de que el pecado —la culpa religiosa— solo existe para aquellos que creen en ella. Philipp, que hasta entonces había creído en que su fiel cumplimiento de los preceptos monásticos lo conduciría a la vida eterna, ahora duda de tales principios. Cuando sale de la celda, Eva le ofrece la manzana y él la prueba. Sin embargo, se desmaya cuando le da el primer bocado. El prior lo encuentra desnudo bajo el manzano, con la Regla del Padre en una mano y la manzana en la otra. Entonces le obliga a viajar a la Ciudad Sagrada como penitencia por su actitud. Philipp, por su parte, ha caído en el nihilismo: la vida no tiene sentido, pues el ser humano no sabe qué le depara tras la muerte: aunque viva según los preceptos religiosos, puede que no exista Dios; aunque viva según los impulsos del deseo, puede que haya un Dios que lo castigue. Philipp se limita a sobrevivir: cumple con lo ordenado por su superior, y su viaje a la Ciudad Sagrada no es más que una peregrinación superficial, sin sentido espiritual para él. Sin embargo, la última tarea en la Ciudad Sagrada consiste en la confesión en una pequeña iglesia. Allí Philipp conoce a Segneri, quien resulta ser el autor del manuscrito y de aquella ilustración que desencadenó la zozobra espiritual de Philipp. Segneri, entonces, se mofa de su nihilismo, y le muestra a Dios como la palabra «amén»: Dios existe, y es la afirmación extrema, el amor incondicional al destino. Philipp, entonces, da por concluido su periplo interior, pues por fin adquiere la certeza de que Dios existe: es el «sí y el amén». Influencias teóricas En la tercera parte de sus Pensamientos, Pascal escribe lo siguiente: La inmortalidad del alma es algo que nos importa tanto, que nos toca tan profundamente, que es necesario haber perdido todo interés
36 para hallarse en la indiferencia en cuanto a saber qué hay acerca de ello. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar caminos tan diferentes, según que se puedan esperar o no bienes eternos, que es imposible dar un paso con sentido y juicio, a no ser que se lo regule de acuerdo con este punto, que debe ser nuestro último objetivo (Pascal, 2001, p. 163). El filósofo francés da en el clavo: lejos de lo que pudiera parecer, el asunto de la inmortalidad del alma no es un tema baladí, únicamente reservado a los ajedrecistas del pensamiento y a los especuladores de la teología. Como indica acertadamente Unamuno (quien, por otra parte, parecía vivir más en la eternidad a la que aspiraba que en el mundo en que residía), «el problema de la inmortalidad personal del alma implica el porvenir de la especie humana toda» (Unamuno, 1912, p.49). Este grave problema de fondo (la vida eterna es el gran fondo de la mortalidad humana) repercute, inexorablemente —y a pesar de que muchos se empeñen en negarlo, o meramente hayan decidido ignorar estos asuntos— en el vivir inmediato, en los actos cotidianos, en el pensamiento diario. ¿Cómo no iba a afectar a la existencia humana la cuestión de la eternidad? Tales razonamientos constituyen el núcleo temático de El manzano y Dios. Philipp, el protagonista, lo sabe muy bien, y por ello se afana por encontrar la certeza que rige más allá de la muerte; pues, dependiendo de si cabe esperar la eternidad o no, su vida será vivida de muy dispares maneras. Este opúsculo es, en cierta forma, una reelaboración de los temas que ya se mencionan en En el valle del ocaso, aunque en un contexto cristiano y provistos de una mayor urgencia metafísica; pues en lo que en la primera obra de Vox Humana no suponía sino el relato de una búsqueda, en esta el viaje conlleva unas repercusiones gravísimas: la posibilidad (o no) de la salvación después de la muerte. En esta obra es palpable el sufrimiento espiritual de quien no sabe qué creer y, por ende, desconoce cómo vivir; y toda ella es un intento último, y casi desesperado, por dar respuesta a tales interrogantes. En el texto es palpable la influencia católica en lo referido a la salvación del alma. Durante toda la obra, Philipp pretende alcanzar la salvación; y lo pretende mediante sus obras, esto es: lo que haga en vida será determinante para que Dios decida si merece la salvación eterna o no. No será hasta el final de la obra cuando se plantee la idea de que la salvación reside en el asentimiento, en el amor; y, en cierta forma, es en este punto cuando
37 se da un viraje desde una perspectiva más anclada en el catolicismo hasta una tesis comparable a las de Lutero y su principio de sola fide: «si creen y confían en que en el sacramento recibirán la gracia, entonces esta fe sola les hace puros y dignos» (Lutero, citado por Atkinson, 1971, p. 143). La fe y la confianza en el amor de Dios son la virtud que garantiza al ser humano su salvación, independientemente de las obras que realice en vida: el qué subsume al cómo. Sin embargo, el cambio de paradigma espiritual al final de la obra va un paso más allá, pues, según la proclama de Segneri, no solo debe aceptarse la salvación, sino, eventualmente, la condenación eterna: «No importa el infierno si lo amas con fervor, no importan los sacrificios si los honras con tu risa». La aceptación no solo ha de ser teológica, sino existencial; no solo religiosa, sino trágica. Es necesario amar el destino, sea como sea, exista Dios o no; en esto consiste la verdadera transformación y la verdadera salvación, a la que ya no le importa el paraíso ultraterreno, sino únicamente la afirmación incondicional, estoica, de lo que venga. La evolución espiritual narrada en El manzano y Dios encuentra su referente en las tres transformaciones del espíritu de que habla Nietzsche en su Zaratustra, y a cada uno de tales estadios —camello, león y niño— le corresponde una parte de la obra. El camello, el espíritu de carga («su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso la más pesada de todas»; Nietzsche, 2011, p. 65) es encarnado por el Philipp de la primera parte, que se describe como un cumplidor incondicional de la Regla del Padre y el más ejemplar religioso del priorato. Sin embargo, su encuentro con Eva y su posterior decepción metafísica lo asemejan al león, el que se rebela («con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria. ¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios?»; Nietzsche, 2001, p. 66), el que rechaza el orden moral y la salvación del cielo. Pero, finalmente, el león se convierte en niño: «inocencia es el niño, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí». Es en este último estadio cuando Philipp encuentra la salvación inmortal, la del espíritu que afirma y entona la canción del sí y del amén: «¡Pues yo te amo, oh, eternidad!» (Nietzsche, 2011, p. 370 y ss.). Al final del relato, el árbol sigue creciendo, y no deja de hacerlo nunca. Tal es su secreto: la afirmación perenne, la que no da fruto porque su fruto es ella misma. El manzano, al igual que el Río en Ardalos, supone el elemento aglutinador de toda la obra, y de la misma forma, su símbolo es la conclusión del viaje espiritual, la respuesta que el
38 buscador tenía delante de sí desde el principio y que únicamente desde la intuición derivada del inconsciente, y favorecida por el viaje y la exploración del interior, fue capaz de reconocer y aceptar. Philipp, Eva y Segneri: origen del nombre de los personajes principales Philipp fue el nombre elegido para el protagonista en honor a Philipp Melanchton, figura capital para el desarrollo teológico del protestantismo y conocido por su afán conciliador e intereses humanistas (Atkinson, 1971). Con este personaje histórico, en cuya personalidad se unieron la prudencia política con la búsqueda de la verdad, y la inteligencia desaforada con el deseo de comunión de lo diverso, hemos decidido ligar el nombre de nuestro protagonista, cuyo interior es un nudo de contradicciones y descubrimientos que, finalmente, son regidos por la afirmación metafísica-religiosa. Eva, por otra parte, se alza como el personaje femenino que, en cierta forma, ya anuncia la Maestra de la Luna en En el valle del ocaso. Es el arquetipo de la mujer primordial, de la amante, de la que desea; y en ella se encarna, según el relato bíblico, el primer pecado, esto es, la primera muestra de desobediencia a los mandatos de Dios, consistente en haber probado el fruto del árbol de la ciencia del bien y de mal (Génesis, 3). Esta unión del pecado con el deseo del conocimiento está representada en la tentación de Eva hacia Philipp, esto es, el ofrecimiento de la manzana que ya es preconizado por la ilustración del manuscrito de Segneri. Por último, la adopción de «Segneri» como el nombre de la figura que, en cierta forma, representa a Dios en el relato, no obedece a motivos lógicos, sino más bien intuitivos y biográficos. Por obra del azar o del destino, pero a todas luces por influjo del misterio, en abril del año 2018 llegó a nosotros un libro editado en Parma en el año 1825, en lengua italiana. Se trataba del séptimo volumen de La manna dell’anima, obra del religioso italiano Paolo Segneri, en la que, a lo largo de trece volúmenes, el sacerdote plasmó sus meditaciones diarias, dedicando un volumen a cada mes y reservando el decimotercero para un sumario y un índice. Tal libro, que hasta el día de hoy reposa en nuestra biblioteca, desencadenó un caudaloso torrente de imágenes y figuraciones que, con deleite y gracia, trasladaron nuestra mente a un universo de ideas y posibilidades relacionadas con la doctrina cristiana y las relaciones entre pensamiento, escritura y fe.
39 Así las cosas, creímos justo honrar el nombre de tan enigmático e inspirador personaje bautizando así a una de las figuras capitales de la obra. Símbolos A continuación, enumeramos los principales símbolos presentes en El manzano y Dios, ordenados según su aparición en el texto. Aunque hay muchos más, los siguientes son los que conforman el esqueleto de la obra, y, de alguna forma u otra, los consideramos fundamentales para su desarrollo. Nos basamos en el ya citado trabajo de Chetwynd (1982). • El árbol como la vida que crece sin la participación de la conciencia, de forma natural, espontánea. La simbología del árbol en este relato ha sido explicada anteriormente, en el apartado «influencias teóricas». • La ley y el pecado como la rigidez de la conciencia, el imperativo moral, la racionalidad aplicada a la conducta. En nuestro relato, viene dada por la Regla del Padre, que compendia el dogma obedecido por Philipp. • Lo femenino, representado por la figura de Eva, que subsume: o lo femenino, la comprensión intuitiva y anímica o el sexo, la acción instintiva, bestial, primitiva o la oscuridad, el más elemental símbolo de lo inconsciente; y, en definitiva, o lo inconsciente: lo irracional, lo involuntario, lo pasional, lo sentimental. • La manzana, símbolo de símbolos, que contiene el germen simbólico del ser humano. En nuestro relato, la manzana y su tentación representan la aceptación del mundo simbólico, irracional y no determinado por el lenguaje; el inconsciente colectivo, la psique inescrutable para la lógica. • El sueño como la fuerza psíquica que dirige la conciencia hacia otros materiales simbólicos de mayor alcance. En nuestro relato, la intuición interna que anuncia a Eva. • La soledad como la confrontación con las fuerzas siniestras, oscuras y destructivas del interior. En nuestro relato, Ardalos se percata de su miedo a la muerte cuando se aísla en la montaña.
40 • Los niños como la inocencia, lo que no puede ser maculado, la alegría sin culpa. En nuestro relato, la risa de los pequeños simboliza la inexistencia del pecado, la confianza en la potencialidad del inconsciente para guiar la vida. • La utopía como el paraíso, el ideal, la esperanza en la integración definitiva de la psique. En nuestro relato, la utopía es representada por la Ciudad Sagrada, donde el afán de la conciencia y la inconsciencia se integran en un único emplazamiento; allí residen los más bajos impulsos humanos, pero también los más puros y nobles; y allí es donde Philipp aprende la salutífera doctrina del «sí y del amén». IV. Resultados y conclusión: un breve epílogo y una bienvenida La creación de Vox Humana ha sido una apuesta existencial. Sin apenas referentes (y sin deseo de encontrarlos), hemos esbozado el fermento de una literatura cuyo poso son las vibraciones del espíritu y cuyo idioma es el grito humano que se rebela contra el cosmos y su ley. Hemos partido del más acérrimo subjetivismo y lo hemos sostenido en el ojo del huracán; hemos sufrido la guerra contra nosotros mismos y casi sucumbimos ante las tablas del mundo; y, para ser sinceros, de alguna forma u otra hemos sido derrotados. Nuestra obra se alza frente a nosotros como un vástago: concebido, sí, mas extrañamente deseado; se nos antoja como un desliz necesario, como un capricho resplandeciente. Como toda apuesta existencial de la que nada se conoce salvo su carácter irreversible, aún no sabemos si debemos olvidarla o si, por el contrario, hemos de levantarle un altar. Este es nuestro hijo; y aún no sabemos si se trata de un prodigio o de un maldito. No obstante, una cosa es cierta: en él late una norma particular, una cosmovisión armónica y un caos con nombre propio. Vox Humana es una obra, pero también un intento; y en dicho intento subyace una postura artística y un método de creación literaria que, independientemente de su resultado final, ha sacudido nuestra alma y ha dirigido nuestro humilde taller de las letras (sobre todo, el interior). Tengan clemencia los jueces y sean despiadados los psiquiatras.
47 soldados; sus ojos otean más allá de ellos, y solo atienden al destino y a la tarea que su armada ha de cumplir sin excusa ni condición. »Así tú, cuando saludes al Sol, nunca has de pensar en tus músculos, sino en el propio Sol al que saludas. Sus etéreos rayos han de incendiar tu alma, y su brillo debe deslumbrar tu pecho y tu sangre. ¡Nunca pienses en ti mismo cuando mires al Supremo Espíritu, a la Divina Inspiración, pues tu espíritu y tu inspiración no proceden de ti, sino de aquello hacia lo que tiendes! Solo has de tener ojos, mente y existencia para el Sol, destino de tus aullidos y germen de tus preguntas; de lo contrario, tus músculos podrán obedecerte, sí, pero solo lograrán, afanados, replegarse en sí mismos y en su propia inercia. ¡Y la inercia es, amigo mío, el mayor crimen contra el espíritu y, por ende, contra la humanidad! Jamás realices unos esfuerzos que, desde este mundo, vayan dirigidos a este mundo; por el contrario, cualquier movimiento, acción y pensamiento que engendres han de dirigirse a las alturas, al cielo y al Sol. Todo aquello que emerja de tu alma debe aspirar a los elevados reinos propios de ella. ¡Bajo ningún concepto debes permitir que los hijos de tu espíritu resbalen, caigan por esta ladera y den a parar con la mediocridad pegajosa del mundo! Tú, desde estas clarividentes alturas, has de aspirar a las alturas imposibles: has de saludar no a ti mismo ni al horizonte de este mundo, sino al mismo Sol que supera y rebasa todo lo cognoscible, todo lo humano y vulgar. ¡Nunca tomes el saludo al Sol como un saludo humano, sino como un saludo divino! Si yo soy capaz de hacer este baile sagrado sin cansarme, en modo alguno es por haber entrenado mis músculos, sino por haber entrenado mi espíritu, que los impulsa hacia un plano mucho más elevado que ellos mismos. Shan Shui, que lo había escuchado con atención, replicó: —Pero, maestro, yo podría fortalecer mi espíritu manteniendo mi cuerpo en quietud, y mis músculos no ganarían fuerza alguna. ¿Por qué dices que el ejercicio de mis músculos ha de ser un ejercicio espiritual? ¿Acaso no necesito fuerza de oso para sostenerme sobre una sola pierna, o flexibilidad de serpiente para tocar mi nuca con el pie? ¿Acaso tú no has tenido que ejercitar tu cuerpo como el del oso y el de la serpiente, y acaso tal ejercicio no debió preceder al espiritual? —Tus ejercicios serán ejercicios musculares si solo centras tu atención en tus músculos. No obstante, es absurdo que subas a estas cumbres para entrenar tu fuerza, tu flexibilidad o tu respiración por sí mismas. ¡Unas actividades tan absurdas, tan vacuas,
48 solo las hacen allí abajo, en los pueblos hundidos bajo el fango! Aquí arriba, tú vives para aspirar a algo más que unos simples ejercicios. ¡Lo que distingue a lo espiritual de lo mundano no es la simple actividad, sino la altura de miras que esta tenga, la noble diana hacia donde arroje su saeta ardiente! Lo mundano nunca ha de ser un mero medio para un fin mundano; ¡más bien, lo mundano ha de servir a lo espiritual, al vuelo del alma hacia firmamentos inconcebibles! »Estos ejercicios no son más que una forma de acrecentar mi conciencia y mi dominio sobre mí mismo. De lo contrario, ¿qué sentido tendría, para mí, realizar tales esfuerzos cada amanecer? Por supuesto que es posible, como dices, hacer volar al espíritu en quietud física; pero, si así lo hiciera, pronto me acomodaría, y ya conoces los inconvenientes de una vida demasiado fácil: solo tienes que asomarte y mirar hacia abajo. Me obligo a subir aquí todas las mañanas para no perder el gusto por las cumbres, para no olvidar mis luminosas aspiraciones y para no descuidar mi voluntad. ¡El Sol es el ser más perfecto que existe, y yo lucho por ser como él...! Shan Shui comprendió entonces las profundas ideas, y los sólidos ideales, del anciano. Cuando este se hubo callado, el discípulo intentó resumir lo que había escuchado de su boca y de su hondón: —Para aspirar a la perfección del Sol, todo acto ha de ir encaminado a superar la predisposición humana a la inercia. El remedio contra la inercia es la voluntad, y a esta hay que fortalecerla continuamente. La escalada ha de ser una guerra interminable en vida, una batalla eterna contra el peso de nuestra humanidad, el cual, inexorablemente, nos arrastra hacia la existencia mediocre y corrompida. La voluntad son las alas divinas que nos acercan al Sol; y, para que así sea, toda acción humana debe aspirar a sus alturas. —Así es, Shan Shui. Veo que entiendes rápido; ahora, deberás digerir tus propias palabras calmadamente. Algunos, tras comprender lo que tú, se han roto la cabeza arrojándose desde aquí arriba; la cima es hermosa hasta que es descubierta la verdad sobre sus nubes. A partir de aquel día, Shan Shui adquirió una comprensión más auténtica y elevada de los ejercicios matutinos de su maestro. Pronto, dejó de pensar en sus músculos para pensar, únicamente, en aquel Sol que buscaba con sus movimientos. «Esta es —pensaba una de esas mañanas— la verdadera búsqueda a la que fui llamado desde mi nacimiento, pero que, hasta ahora, había desconocido. Para mí, los caminos del mundo jamás han sido
49 tan claros, límpidos y purificadores como el viento de estas montañas. ¡Aquí, aislada del ruido humano, mi alma vuela como un águila! No sé si algún día alcanzaré ese Sol al que aspiro; no obstante, cada día que paso aquí, ejercitando mi voluntad y fortaleciendo mi conciencia, siento que no necesito acercarme más a él, pues uno de sus rayos se ha instalado para siempre en mi corazón. ¡Cuán cristalino gozo, buscar en un mundo iluminado por mi propia tendencia hacia la luz!» ***** Una mañana, aprendiz y maestro bajaban hacia la cabaña, cuando este último comenzó a decir: —Has aprendido sobre bases de roca, Shan Shui; ahora sé que, aunque te zarandearan mil huracanes, no te despeñarías. Ya sabes qué haces aquí y por qué; has saludado al Sol durante sus cuatro estaciones, y tus ojos y tu pensamiento ya lo conocen sin verlo ni pensarlo. ¡Es hora, pues, de ser tan luminoso como él! —exclamó, mientras hacía pasar a su discípulo a una habitación que nunca le había mostrado. El lugar estaba lleno de libros, pergaminos y tinteros. También había algunos instrumentos musicales, frascos con pigmentos, juegos de lentes, aparatos de investigación y otras cosas similares. —Este —siguió diciendo el anciano— es el verdadero Templo del Sol. Durante este tiempo solo has visto las alturas del espíritu desde la luz y las alturas del mundo; has comprendido al Sol por sus dadivosos amaneceres y sus cegadores rayos. Hoy, sin embargo, tú mismo comenzarás a ser ese Sol al que aspiras, y estos son los caminos que has de seguir: los senderos del arte, de la filosofía y de la ciencia. Comenzarás en uno y acabarás en otro; y, después de recorrerlos todos, te cruzarás con mil más: al principio, todo neófito se pierde entre las diferentes rutas del conocimiento. Sin embargo, todos los caminos hacia el Sol comparten mapa, horizonte y buscador. Desde esta habitación anegada en las letras creadoras y el silencio musical, serás capaz de trascender tus propios muros y tus propias palabras. Shan Shui, extrañado, replicó:
50 —¿Cómo es, maestro, que para conocer al Sol debo recluirme en este cuchitril, sin la estela de unas aves que danzan libres en el cielo, sin el rastro de una brisa que es brújula para mis anhelos, sin la luz del mismo Sol que llevo tantos meses aprendiendo a venerar? El maestro del Sol había esperado las dudas de su discípulo. Esbozó una sonrisa y, con tranquilidad, respondió: —La senda del Sol es la senda de la potencialidad intelectual, Shan Shui. Has aprendido a domeñar tu voluntad caprichosa y a subyugar tu conciencia errante; has aprendido a dirigir tus esfuerzos no a causas de este mundo, sino a causas trascendentales y sagradas, más allá de tu nombre y tus raíces. ¡Y todo ello, apreciado Shan Shui, para acercarte un poco más a ese Sol al que aspiramos con ansia, para saltar un poco más alto y alejarte un poco más de la ciénaga de tu humanidad! Lo has hecho estupendamente; mas no se trata únicamente de ejercitar la voluntad y la conciencia, sino de, una vez fortalecidas, ponerlas en marcha y en búsqueda. »Tú, Shan Shui, deseas ser como el Sol; pero, dime, ¿qué caracteriza al Sol? ¿Por qué ser como él, y no como la Luna, o como los árboles? El Sol, discípulo mío, es el rey de los astros; y, como tal, todo lo comprende y todo lo alumbra. Él no ve sin iluminar y no ilumina sin ver: es el creador por derecho propio, es el señor de todas estas sus tierras. Son sus rayos los que nos dan existencia; su luz, la que nos salva de las sombras informes y caóticas. Mirando, sabe; y, sabiendo, da vida a todo aquello que mira. »Nosotros, si ansiamos ser como el Sol, hemos de movernos como uno de sus rayos por el mundo: provistos de luz y de clarividencia para comprender los senderos que habitamos, para iluminar sus entresijos y sus empalizadas, para reconocer las madrigueras de sus culebras y mangostas. El Sol es quien comprende todo lo que ve, y quien crea todo lo que quiere ver. Así, nosotros hemos de comprender todo aquello que nuestros límites nos permitan, y crear todo aquello de lo que nuestra posibilidad sea capaz. ¡Para eso la conciencia, para eso la voluntad: para saber y crear, para vivificar y dar vida! Shan Shui, que comenzaba a entrever las profundas implicaciones de las palabras de su maestro, dijo: —Bien, maestro; pero, ¿por dónde empiezo? Mi ignorancia es un abismo infinito y vacío, y no hay océano de sabiduría tan grande como para pensar siquiera en
51 humedecerlo. ¡La astronomía es tan inmensa como la matemática, y la filosofía es tan inabarcable como la música! ¿Cómo he de aprender todo esto que me propones, maestro, si no soy más que un humano limitado en la razón y en el tiempo? —Natural pregunta, aunque sea nacida del miedo a las alturas. ¿Recuerdas, aprendiz, aquello que te dije cuando me interrogaste sobre los ejercicios espirituales? —Sí, claro que lo recuerdo. Me enseñaste que toda acción ha de tender hacia su máxima potencialidad, y que no había de conformarme con unos ejercicios mundanos, sino que, más bien, tales ejercicios debían mirar siempre, y aspirar siempre, a la dignidad de un plano más elevado y más luminoso: el goce siempre insatisfecho de ser como el Sol. —Bien, bien; pues cosas semejantes te digo ahora. No obstante, prefiero que sean otros quienes te ilustren a este respecto —dijo, y fue en busca de un pergamino que guardaba entre otros muchos. Cuando lo encontró se lo entregó a Shan Shui, diciendo: —Ten este escrito. Apenas es un párrafo, pero en él reside la sabiduría entera de todos los tiempos, de todos los seres humanos, de todas nuestras altas aspiraciones e inmortales grandezas. Y, dicho esto, el Maestro del Sol dejó solo a su discípulo, quien, en aquella habitación que sería su residencia a partir de entonces, leyó varias veces aquel enigmático, pero revelador escrito. Era un fragmento anónimo de un diario, del cual no había información alguna sobre época o lugar, y decía así: «Hoy, ojeando el libro M. C., del genial H. H., he leído por casualidad las siguientes líneas: “Nunca he podido ser de una religión u otra, partidario de tal o de cual músico; para mí, la vida y la historia solo tienen sentido y valor en la diversidad con que el Sol se presenta en inagotables configuraciones. Y por eso amo y venero no solo a un dios y a otro en el mismo templo, sino que puedo amar y tratar de comprender a filósofos e historiadores irreconciliables entre sí; y no por ansia de cultura o pedantería, sino simplemente por el gozo de contemplar la diversidad del Sol Único, la riqueza de colores que existe entre la filosofía de A. y la de N., entre la música de P. y la de S. y, en fin,
52 entre todas las ciencias, disciplinas y conocimientos en cuyo fondo brilla la unidad de la vida y la eternidad de su belleza.” Quizá estos pensamientos sean los que mejor describan mi sentir durante este último tiempo. La Búsqueda me ha hecho sumergirme en la perfección del ser humano, zambullirme en el torrente luminoso de la más gloriosa y excelsa naturaleza de nuestra especie. La comunidad de las ciencias y de las artes no me parece ya una fragmentación desordenada, sino, en palabras del propio H. H., un mismo juego de mil colores y una sola regla, un ábaco de lenguaje universal donde todo cabe en el orden cósmico de las cosas. Antes escuchaba la música de grandes compositores, como B., pensando únicamente en la propia obra de B. volcada en mis oídos; ahora, puedo escucharlo sintiendo cómo se desborda en mi pecho la Magna Obra de la Humanidad; y escuchar a B. ahora es escuchar a todos los que le precedieron y a todos los que lo sucederán, ya en la música, ya en las más diversas artes (entre las cuales, como no podía ser de otra forma, incluyo todas las ciencias y todas las matemáticas). Solo mediante lo concreto y particular se puede acceder al Todo Universal. Seguiré leyendo, estudiando y conociendo; y lo haré para acercarme al Todo, al Ser Único, al Sol que reside en cada verso, en cada idea, en cada fórmula y en cada compás, sabiendo que la luminosidad inabarcable a la que aspiro se encuentra en cada rayo solitario que proviene de ella y tiende hacia ella. ¡Quién me creería cuando digo que, dado mi actual estado de conciencia y anhelo, escucho música en las fórmulas matemáticas y leo metafísica en los tratados de arquitectura!» ***** Pasó el tiempo para Shan Shui, en pos de la Magna Obra de la Humanidad a la que aspiraba. Había aprendido a navegar los misterios de la potencialidad humana, a izar las velas de las embravecidas tormentas del espíritu. Los libros le habían enseñado física, astronomía y medicina; idiomas, composición y escultura; historia, filosofía y literatura. Durante las mañanas, y hasta el ocaso, escribía poemas, tocaba la cítara y desarrollaba ideas en inacabables pergaminos; siempre bajo la luz del Sol, único e infinito inspirador de su gran obra comprensiva y creadora. Desde que se instaló en su cuchitril, no había necesitado más que aquellos tomos dorados para saciar el hambre siempre insatisfecha de
53 su intelecto; y, durante semanas enteras, dejó de ver al Maestro del Sol, a quien solo recurría en casos de zozobra espiritual. Un día, mientras estudiaba unos escritos sobre el amor y su relación con el arte, una duda se instaló en su alma y la agitó durante horas. Sobre el margen de las hojas, con una caligrafía desordenada e irregular, un lector anterior había redactado las siguientes líneas: «Yo no poseo esta fuerza de entrega a un objeto amado, o, mejor dicho, tal objeto no fue nunca material para mí; nunca fue una persona o incluso un pueblo, sino algo totalmente superior a mí: el Sol, o el Universo, o la Humanidad, o el espíritu, o la virtud, o la búsqueda de la perfección... Y, a pesar de que el amor mundano no signifique ninguna de esas elevadas aspiraciones (pues este amor material puede ir aparejado con mil vicios y conducir a todo tipo de fanatismo y crimen), hace de quienes aman personas firmes, ciegas y capaces de realizar cualquier heroicidad; es una fuerza que lleva a saltar al agua y al fuego, apaga al yo y le confiere, a la vez, una energía gigantesca. H. H., E. P.» Tras leer aquella anotación, Shan Shui, cuya sabiduría y complexión eran cada vez más semejantes a las de su maestro, trató de retornar a las páginas del volumen, pero un inquieto y desconocido torrente brotaba de su interior; y su fuerza era tal, que las técnicas de respiración y los ejercicios de concentración que había aprendido no fueron efectivos para permitirle reanudar su actividad. Así que, rendido ante su propia incapacidad, se dirigió a la cima donde el Maestro del Sol meditaba, y, cuando este hubo salido de su trance, le dijo: —Vengo a ti, maestro, porque una extraña presión empuja mi voluntad y arrastra mis pensamientos hacia el precipicio. Es un toro que embiste mi corazón y me impide mantenerme sereno; y sé que, hasta que no le ponga nombre ante ti, no dejará de cornear mi alma. El viejo, sin decir nada, le instó con la mirada a continuar. Shan Shui siguió diciendo:
54 —¿Por qué el camino del Sol es un camino de soledad? ¿Por qué, maestro, he de quedar recluido en una habitación oscura y sin más guía que mil letras y una vela, cuando esos manuscritos, tratados y composiciones de las que goza mi alma no son sino hijos espirituales de otro ser humano de carne y hueso? ¿Por qué no bajar al mundo, con el resto de mis semejantes, para buscar a aquellos de corazón superior que potencien los caminos de mi alma? ¿Por qué no buscar la comunidad del arte y de las ciencias, donde las ideas fluyan en el aire y en las conversaciones, en vez de enmohecerse en unos anaqueles ocultos, en unos libros olvidados...? El anciano se irritó ante aquellas palabras, y, sin esperar a que el discípulo acabara de hablar, le increpó: —¿Cuántas de esas comunidades de las que hablas han sobrevivido al envite de la miseria humana? ¿Cuántas conversaciones, cuántas reuniones no han sido enfangadas, antes o temprano, por una humanidad proclive a la decadencia? ¿Cuántos Maestros han sobrevivido a las antorchas y a las crucifixiones humanas, después de haberles enseñado sus verdades y haberles regalado su sabiduría? Ya lo sabes, Shan Shui: quien aspira a las alturas ha de zafarse del peso de su humanidad; y ya es casi imposible cortar los propios anzuelos como para tener que desengancharse, además, de un rebaño pegajoso y acaparador. No, Shan Shui; el alma busca soledad, necesita soledad para desear algo más que la miserable inercia colectiva. Aquellos que han puesto la incorruptibilidad de su alma en manos sucias, han sufrido mucho; y, cuando un alma noble sufre, la Humanidad entera se condena a sí misma. »Los sabios, querido aprendiz, hemos de mantenernos en las alturas; no abrazados unos con otros, buscando calentarnos del frío de las cumbres, sino soportando, individualmente, personalísimamente, las heladas tormentas de la propia cima. Es esto lo que nos hace superiores, Shan Shui: la incólume fortaleza de nuestro espíritu, el apasionado y heroico abrazo a un destino que nos ruge: «¡Quien aspira al Sol con el espíritu, padecerá todas sus llamas en su carne!» Shan Shui respondió: —La soledad del mundo es hermosa, maestro; pero la del espíritu, a veces, es horrible. Antes, cuando recorría el mundo en búsqueda de mí mismo, también estaba solo; pero ello no me impedía abrazar, reír y conversar con quienes enriquecían mi nombre y
55 mis huellas. Ahora, sin embargo, aunque estoy más cerca que nunca de mi centro y del centro del mundo, y aunque siento a la Humanidad latir en mi pecho bajo mil colores y lenguas, siento que he perdido a los propios seres humanos cuyas palabras alientan mi búsqueda. El viejo, señalando al Sol, dijo: —¿Ves al rey de los astros, del cielo e incluso de la noche? ¿Ves la estrella sobre las estrellas, la luz de luces, el creador sobre sus criaturas? Dime, ¿quién le acompaña en su reinado? ¿Quién soporta su peso, mayor que el de ningún otro ser? ¿Quién da fuego a su brillo, quién leña a su fuego? Él, el mismísimo Sol, aguanta todo su infinito poder sin más rayos y sin más luz que la suya propia. ¡Así son los espíritus elevados, que suben a la cima para sostener la montaña! Jamás dudes de tu soledad; al hacerlo, renuncias a ti mismo y a tu poder ilimitado, a tu orgullosa y aristocrática suficiencia. ¡Bien por ti, si decides ser mediocre! Pero has de saber que, en compañía de otros, jamás llegarás a ti mismo; y quien no llega a sí mismo, quien no se hunde en el doloroso cráter de su profundidad, nunca se deshará de su humanidad y jamás será Sol para el mundo ni para el cielo. Acercándose al precipicio desde el que se veían los pueblos circundantes, el Maestro del Sol sentenció: —¡Aquí tienes el camino a la ciénaga, que nunca te ha sido desconocido! No obstante, sabe que, una vez allí, los reptantes te impedirán mirar hacia arriba; y, cuando hables de lo aquí visto y recuerdes la gran Obra de la Humanidad sobre la que navegaste, un humano disparará una flecha emponzoñada contra tu vientre y, entre risas, exclamará: «¡Este era un peligro para el gozo, para el resabio de nuestras idas y venidas por la superficie!» El discípulo asintió y, mirando hacia abajo, volvió a su estancia llena de libros, instrumentos y oscuridad; una oscuridad iluminada por el Sol e imbuida de la Magna Obra de la Humanidad que, desde aquellas estanterías, se expandía hacia todos los infinitos. *****
56 Shan Shui, que siempre había tenido miedo a la noche y a la ceguera intelectual que esta le causaba, se despertó de madrugada. Una amplia Luna, llena y redonda, iluminaba la completitud del valle. Y Shan Shui, que hasta entonces solo había contemplado la inagotable luz del Sol, se dijo: «Esta es una noche excepcional. Qué inquietante atracción me produce esa pálida esfera celeste, y qué graciosos son los juegos de sombras y luces que dibuja con su hálito. Hasta ahora he estado acostumbrado a observar el mundo con la luz del Sol, y al Sol desde las alturas; pues es cierto que el Sol únicamente puede saludarse desde la más alta cima, sin sombra superior que ocluya su luz. Sin embargo, esta umbrosa luminaria es diferente. No tiene rayos, no incide directamente en los objetos, sino que se desparrama alegremente en cualquier lugar, excepto en la más alta cima. ¡Qué extraña y seductora luz, tan tenue que apenas se diferencia de la sombra, tan esquiva que acrecienta sus posibilidades y sus formas entre las ramas!». Pensando cosas parecidas comenzó a bajar por el precipicio, haciéndose algunos arañazos y magulladuras en el cuerpo. «Durante toda mi vida he sido un buscador, y los buscadores como yo jamás dejan de buscar. He sido testigo del inabarcable elenco de maravillas intelectuales del ser humano, de la inagotable luz solar que ilumina las más altas esferas de nuestra especie; pero mi búsqueda no ha de terminar ahí. Aquello que busco no se agota en el infinito de las artes y las ciencias, sino que debe haber algo más allá, algo que aún no comprendo y que, sin embargo, anhelo desde hace tiempo. Agradezco al Sol y a su fiel Maestro la sabiduría que me han brindado, pero esta noche es la noche de volver a mí mismo, de volver a calzar las huellas que trazan mi nombre y configuran mi identidad: las huellas de un buscador insaciable, a quien los caminos del mundo vuelven a poner en marcha». Atendiendo a este y a otros pensamientos semejantes, volvió por el camino que ya había recorrido muchos años atrás.
63 ¡Ya es hora de hundirme en mi abismo, de olvidar las vanas clarividencias y la inútil lucha contra el mal de alturas!», pensaba, mientras agotaba poco a poco el contenido de su jarra. En tales devaneos se encontraba, cuando una chica de entre el gentío se le acercó, y, sin decirle nada, tomó su bebida, la acabó de un trago y lo agarró del brazo, llevándole a la pista de baile. Shan Shui, sorprendido, se dejó llevar por aquel sueño hecho carne, por aquel movimiento sin ruta ni brújula. Su conciencia estaba confusa, empapada de alcohol, y no comprendía qué pasaba en su derredor. Miró a los ojos a aquella mujer, y, desde ellos, por primera vez en su vida, accedió al infinito más incomprensible que jamás hubo concebido: el alma de otro ser humano. Dejó fundir su cuerpo con el de ella y con la música; y, sin saber de sí mismo, ni de su historia, ni de su identidad, se entregó al placer extático de la danza, al sensual cimbreo de los cuerpos, al embriagador aroma de la aproximación, al apasionado ritmo de los jadeos, al potente latido de dos torrentes que se consumían el uno al otro, al frenético deslizamiento de unas manos que exploraban la divina geografía de la corruptibilidad humana. La danza, el ruido, el pueblo: el mundo entero seguía allí, a su alrededor; pero hacía rato que no eran más que fantasmas, retratos irreales de una existencia lejana y desconocida. Su conciencia, timoneada por el gozoso devenir de la noche, se mezclaba con la de mil rostros que lo zarandeaban; y él respondía bailando, riendo, engullendo aquellos momentos con lascivia. Orbes de música, compases de baile e incitaciones de labios giraban, brillaban y confundían su serenidad, tergiversada y fragmentada en infinitos colores, rostros y pieles. Había sido trasladado a otra dimensión, a la esfera nocturna del abismo, donde había dejado de ser Shan Shui para ser parte de aquella vorágine anónima y colectiva, de aquel órgano fragoroso y concupiscible, de aquel primigenio motor de pasión y de éxtasis. ¡Qué hermoso ser testigo del propio gozo, sin ser su culpable artífice! ¡Qué ligero ser el simple producto del impulso, el instrumento del deseo y el siervo del instinto, sin más aspiración que el agotamiento de un instante y de una sensación inagotables! En un momento dado, el caos de la fiesta se hizo oscuridad; y, en esa oscuridad compartida, unas pocas mujeres y hombres acompañaron su placer. Le hicieron cosquillas, descubrieron zonas prohibidas y le hicieron habitar en ellas; bailaron juntos, más cerca y más cálidamente que durante la fiesta; jugaron y rieron los misterios de las caricias, excitaron su deseo con la carne y su hambre con los labios. Allí, en una penumbra que jamás recordaría, comprendió por fin la culminación del amor, aquel inefable y
64 perverso placer de la calurosa humedad, del amargo fluido del descontrol, del implacable instinto del animal y del tembloroso vacío tras el desbordamiento incontenible. ***** Despertó en la caverna. Se encontraba mareado, en un estado de conciencia primitiva a medio camino entre la inspiración metafísica y la inexistencia radical. La Maestra de la Luna había guardado su descanso durante el tiempo que este duró; y, una vez se había desperezado, le dijo: —¿Qué te ha parecido tu primera noche? ¿Qué tal fue tu «despertar»? Siempre hay miedo antes de saltar al abismo; pero la caída libre, precisamente por ser caída y por ser libre, es reconfortante para todo saltador. Shan Shui, aún embotado, respondió: —Nunca mi espíritu había gozado tanto en tan poco tiempo. He vivido la experiencia del placer por sí mismo; y este, por primera vez, ha residido en mi propio cuerpo y no en una quimera más allá de él. Me he fundido con mi propio placer, y para mí ha supuesto lo mismo que un baño gélido para el caminante del desierto. ¡He dedicado tanto tiempo a perseguir entelequias, cuando la verdadera perla del espíritu está en el mundo, en el bullicioso vientre de la tierra y del pueblo! Este ha sido mi despertar en la noche; estas, mis sagradas horas de insomnio. ¡Se ha acabado el día para el buscador, se ha extinguido el Sol para su anhelo! Ya no quiero la montaña; ¡reniego de ella en virtud de la gruta, de la caverna, de la fiesta oculta del ser humano! La maestra se le acercó y le dio un beso, diciendo: —¿Ahora entiendes por qué el amor no es asunto de los libros? ¡Ni una mísera palabra te fue necesaria para su realización! Solo se puede conocer con los sentidos y la disolución del pensamiento; nunca con la voz o el escrutinio. Shan Shui asentía. Durante algunos minutos contempló la hoguera que ardía en el centro de la estancia y, reflexivo, dijo: —Anoche me sucedió algo muy extraño, una sensación hasta entonces desconocida para mí. Cuando entregué mi conciencia al devenir de la noche, y después
65 de que mis amigos me trasladaran a un habitáculo donde siguieron las danzas íntimas y los juegos privados, sentí un vigor ilimitado en mi cuerpo, una tensión creciente que incendiaba mis entrañas y que no hacía más que expandirse en mi interior y propagarse entre quienes me rodeaban. Todos éramos partícipes de ese implacable fuego, y todos lo alimentábamos más y más. Daba la sensación de que no sería posible volver a apagarlo, cuando, repentinamente, su fragor estalló en mi vientre y sus efluvios inundaron mi bosque, implosionando placeres indescriptibles que nunca había experimentado. Y, sin embargo, aquella magna experiencia duró lo que un rayo que parte el diluvio; pues, tras ella, quedé muerto, estático, inamovible durante largo tiempo. Las altísimas cotas que acumulé durante toda la noche fueron derrumbadas y extinguidas, como una erupción tras la cual no queda rastro alguno del volcán. Dime, maestra, ¿no debería tener el amor una intensidad creciente? ¿No debería ser su brío inagotable y su impulso inextinguible? ¿Qué, si no, podría mantener la actividad interior de todos los seres humanos que no aspiran a nada más que al amor y a sus sencillas alegrías? La maestra, señalando las llamas, respondió —¿Ves ese fuego? Su luz es diferente a la del Sol que tanto echas de menos. Sus formas cambian a cada segundo, su apariencia demuda a cada instante en un ciclo imperecedero. Es una llama que decrece y que expulsa chispas, que se alza hasta el techo y que se torna ascuas; y la verdad es que no hay fuego sin leña seca, ni ascuas sin incendio que las preceda. El sublime acto del amor, hijo mío, es símbolo del bravo oleaje del abismo: por momentos, el ser humano puede ser un dios imbatible; pero, tras realizar su máxima potencialidad, muere por unos segundos y renace en un plano de virginal completitud. El anhelo y la satisfacción, el deseo y el placer; este es el juego de las profundidades, el ciclo sempiterno de la Luna. Estás acostumbrado a un Sol inmóvil, a su prolongada e imperturbable realización de lo perfecto; pero el ser humano, querido hijo, nunca será como tu añorado rey de los astros. Mira, por el contrario, a la Luna: compasiva como una madre con sus retoños, cambia sus formas y su luz de acuerdo a nuestro estado. Nosotros, al igual que ella, somos esferas perfectas que reducen su conciencia a la más absoluta nada; y, desde ese abismo de negrura inescrutable, renacemos mil y una veces en búsqueda de una perfección que se realiza y se consume, se actualiza y desaparece. Tal es nuestra naturaleza, hijo: anhelar una completitud eterna, cuyo eterno destino es el anhelo insatisfecho. ¡Goza y muere, vive y renace; tal debe ser tu abismo y tu devenir, tu ida y vuelta de la nada al todo! ¡Consume tu vida durante la noche, y muere en vida
66 durante los días! Esa, y solo esa, es la tarea del ser humano en el mundo: consumirse a sí mismo, agotar su placer y neutralizar su goce, para que este, siempre insatisfecho y siempre renacido, pueda regresar al vientre y al corazón. Shan Shui, asintiendo, miraba las llamas y pensaba: «así que este es mi destino: un eterno devenir de los acontecimientos, un ocaso reiterado que espere un crepúsculo ya condenado desde antes de su nacimiento; un quemar la noche para revivirla de sus cenizas, una alternancia entre la repleción y el vacío, entre la Luna llena y la Luna nueva a través de todas sus fases e inclinaciones. Quizá, este sea el insalvable destino de todo buscador: una oscilación eterna entre la satisfacción del cuerpo y la necesidad del alma que, por su propia naturaleza, nunca cesa ni se da por concluida...» ***** Muchos años osciló Shan Shui entre las profundidades de aquella caverna y la plaza del pueblo, satisfaciendo sus apetencias e incubando el impulso de estas. Se olvidó del saber acumulativo que, en una época pasada, aprendió en las montañas, y, simplemente, se dedicó a vivir una existencia que renovaba su monotonía con cada Luna. Ensanchó su estómago y desarrolló apetitos desconocidos; y, cada vez que su instinto comenzaba a desbordarse, bajaba a la aldea y daba salida a su energía. Cualquier deseo tenía cabida en su ilimitado vientre: la descarga sexual, el goloso apetito, el ansia de evasión..., y a todos ellos daba respuesta, sin excepción, más tarde o más temprano. No volvió, sin embargo, a estar solo. A veces recordaba los tiempos antiguos, cuando meditaba y aprendía sin nadie más que él mismo. Allí, sumergido en las aguas del mundo, bien bajo la protección de la Maestra de la Luna, bien perdido entre la caterva del pueblo, Shan Shui siempre estaba rodeado por otras personas. A veces, dándose cuenta de esto, pensaba: «muchos años atrás, mi libertad era infinita: a nadie rendía cuentas salvo al más alto juez, y nadie me observaba salvo una luminosidad de rostro incognoscible. Aquí, sin embargo, no hay acto que no sea visto por otros semejantes a mí; y, en ocasiones, la mirada de sus ojos me perturba. ¡Cada vez necesito más cerveza y más música para esconderme de ellos, pues a mí mismo hace tiempo que me di esquinazo!». Varias veces quiso recrear aquel tiempo pasado, pidiéndole algún libro a su maestra; pero ella, molesta, le daba respuestas como: «¡Aquí no existen los libros, pues no existe en el
67 mundo palabra alguna que pueda reflejar la realidad! Todo es vida, devenir y sensación; y cualquier intento de hipostasiarlo con palabras, fórmulas o expresiones está fuera de los objetivos de cualquier amante de la vida. ¡Olvídate de esas páginas amarillentas, y zambulle tu inquietud en las turbulentas aguas del placer!». El buscador, entonces, bajaba al pueblo, a la caza de algún señuelo que excitara su organismo y le hiciera olvidarse de los anhelos del espíritu. Así, cada noche agotaba su propio placer y su propia conciencia, asesinando los impulsos no más altos, pero sí más profundos, de su alma. ***** Cierta mañana, tras una noche de grandes excesos, Shan Shui dijo a la Maestra de la Luna: —Hoy me siento más vacío que nunca. He amado a varios cuerpos esta noche, mis caricias han palpado más carne que en cualquier otra ocasión; y, sin embargo, a pesar de haberme divertido infinitamente, siento que me falta algo importante. ¡Creo que, tras haberme fundido con los demás hasta el extremo, me he olvidado de mí mismo! Quizá necesite algo de soledad, maestra; quizá necesite despegarme un poco de tu seno y salir tímidamente del útero del mundo, no más que para respirar el aire de los bosques... —¡Bobadas! —respondió ella, interrumpiéndolo—. La comunidad es todo lo que el ser humano necesita. ¡Si dices eso, es porque aún guardas vestigios de aquel Maestro del Sol en quien creíste hace años! La soledad solo pertenece a los egoístas, mi niño; solo es apreciada por aquellos que se sienten más importantes que sus hermanos, por aquellos tan serios y graves que se han olvidado de reír. ¡La vida está aquí, en las profundidades! ¡No hay más alimento que el amor de los demás, no hay más calor que el del vientre materno que a todos nos amamanta! Olvídate de esas absurdas pretensiones, amado mío; recuerda que pensamientos similares te llevaron a venerar a un Sol decepcionante, inexistente y, peor aún, enemigo de la vida. ¡Recuerda que bajaste de las montañas para encontrar ese amor que la soledad nunca pudo brindarte! —En modo alguno deseo volver a mi anterior vida; solo pido, en ocasiones, un paseo solitario, una lectura para mi espíritu, algo de música distinguida. Sí, puede que quiera volver a elevarme; pero no para habitar de nuevo la incomunicada cima, sino,
68 únicamente, para reconocerme a mí mismo entre toda esta gente y volver a saber qué rasgos son míos y cuáles son producto de los demás... —No, hijo; te equivocas. Toda esta gente eres tú mismo; la Humanidad está en el rostro del otro, y no hay mayor goce que fundir la propia identidad con la identidad colectiva, con el organismo vivo del pueblo que nos cobija y mantiene nuestro calor. Yo, como madre tuya, soy gracias a ti; y tú, como hijo mío, eres gracias a mí. No aspires a una soledad que te separe del cordón de la Luna, mi niño; una persona no puede nutrirse de sí misma. ¡Goza, vive, muere y renace! No hay más camino para el ser humano; no busques más leyes ni más conciencia, pues recuerda que tu última meta es el hundimiento en el seno de todos nosotros, en el útero fértil de la Madre. ¡No quieras volar ni separarte! Aprende, más bien, a respirar bajo las aguas... Por momentos, reconoció el rostro del Maestro del Sol en la fisonomía de ella. Había dejado de escucharla: supo que, a partir de entonces, nada de lo que dijera le interesaría. El ciclo, tal y como ella le había explicado hasta la saciedad, volvía a repetirse. Era el ciclo del buscador, que nadie en el pueblo ni en las montañas podría comprender jamás. ***** Nunca más volvió Shan Shui a pisar la caverna en la que había aprendido a amar los vapores humanos. Jamás se arrepintió de haber pasado por ella; simplemente, llegó el momento de reemprender su camino inexistente: el camino del buscador. Las únicas líneas que escribió durante su estancia en la cueva fueron las de su despedida. Nadie en el pueblo advirtió su marcha, y solo la Maestra de la Luna derramó lagos de lágrimas tras leer las palabras de su hijo: «El camino hacia mí mismo empieza y termina en el único ciclo que conozco: la libertad. Tal y como me has enseñado, el anhelo es una fuerza que se consume y que vuelve a empezar; bien, pues mi anhelo de amor y de noche ya ha sido consumido, y ahora renace con unos pasos y unas sandalias nuevas. Nunca podré estar del todo
69 satisfecho adoptando un modo de vida particular; y esta eterna falta, esta insaciable avidez de horizontes, me impulsa y da sentido a mis pasos. Creo que, salvando algunos matices, esto es lo más parecido a aquello que tú llamas “amor”. Estoy seguro de que la Luna, hoy llena, se sentirá orgullosa de mi partida.»
70 III. Mù Durante varios días caminó Shan Shui por los bosques de aquella región, bebiendo de los ríos que encontraba y comiendo los frutos de los árboles. Volvió a contemplar la luz del Sol; y fue tanta su emoción al recordar sus años de disciplina espiritual, que comenzó a practicar de nuevo aquellos ejercicios que tanto le habían exigido en su día y que a duras penas podía ya realizar. Sin embargo, cuando los atardeceres oscurecían el bosque y la noche el cielo, el buscador observaba a la Luna y sonreía para sus adentros; se daba cuenta de que, tanto como a sus libros e instrumentos musicales, echaba de menos el calor de otro ser humano durante las noches. «¡Qué extraña es la vida —decíase—, y más aún la del buscador! He sido inmensamente feliz, ya alimentando el espíritu, ya nutriendo el cuerpo; y, sin embargo, ninguno de esos bocados me ha satisfecho del todo. ¡Hora es de seguir buscando el fruto de los dos colores, de las diez fragancias y de las mil texturas!» Una mañana, mientras amanecía, Shan Shui avistó una cabaña bajo el follaje de algunos manzanos. «Seguramente habite aquí algún eremita. Llamaré a su puerta y le pediré algún libro y un agradable rato de conversación. Desde mi exilio, solo requiero lectura y compañía», pensó, mientras se aproximaba a la puerta. Poco tardó en recibirlo un anciano risueño que rápidamente lo invitó a pasar, diciendo: —¡Por fin un visitante! Hacía mucho tiempo que no recibía ninguno. ¡Entra, y hablemos sobre ti! Quien vaga por estos bosques no ha de traer consigo un relato cualquiera... El viejo le ofreció té y algo de queso y pan. Una vez se hubieron acomodado, le instó a hablar, diciendo: —¡Cuéntame tus peripecias! Aún es temprano y podemos hablar hasta que muera; espero, al menos, durar unas pocas horas más —decía, riendo, el anfitrión. Shan Shui, tímidamente, respondió: —Vengo en busca de libros y de calor. Añoro las clarividentes aspiraciones del espíritu que otrora dirigí al Sol, mas también deseo la tierna compañía humana que recibí de la Luna; y solo alguien sin mayores pretensiones que las de vivir en el bosque, entre la montaña y el lago, puede aunar ambos deseos de mi corazón.
71 El anciano, mirándolo a los ojos, dijo: —Por tus palabras, parece que tú también has conocido a mis progenitores. Así es, amigo: ¡en tu discurso resuenan las voces del Maestro del Sol y la Maestra de la Luna, ambos tutores de su hijo, el Maestro de los Árboles! Dime, ¿por qué te separaste de sus enseñanzas? Nadie suele evadirse de ellos una vez comprenden sus enjundiosas verdades... Shan Shui, molesto, hizo ademán de marcharse en cuanto oyó las palabras de su interlocutor. —A mí sus verdades me dan asco; toda verdad me da asco. No reniego de sus enseñanzas, sí de sus pretensiones. Cada uno de ellos vive de forma diametralmente opuesta al otro, y, sin embargo, ambos proclaman su particular concepción de la existencia como la única cierta. Yo siempre he sido un buscador; y mi anhelo no es encontrar, sino buscar eternamente. Ellos, los maestros, agotan la realidad en sus leyes, normas y rigideces; yo, por el contrario, jamás podría constreñirla tanto, jamás podría recorrer dos y dos mil veces el mismo camino, como hacen ellos. Y, si tú te haces llamar «Maestro de los Árboles», entonces me marcharé de aquí; lo siento, pero no necesito más lecciones provenientes de alguien ajeno a mí mismo. —Bien; vete si quieres, no te obligo a quedarte. Pero recuerda que viniste en busca de libros y calor, y yo no te ofreceré más que eso: un lugar donde vivir y un compañero con quien compartir tus búsquedas. Yo no soy maestro de nadie; solo soy un ser humano que, como tú, también fue un buscador, a quien los dictados de su alma obligaron a huir de sus maestros. Shan Shui, que ya se había levantado para irse, quedó inmóvil. El anciano prosiguió: —Yo también renegué de todo maestro que no fuera mi conciencia y mi sentir; y, debido a los vaivenes de mi alma, rompí con mi padre y con mi madre, día y noche, espíritu y materia, intelecto y emoción, cultura y embriaguez, disciplina y desorden. Yo me supe más allá de todo eso; yo era la brecha que escindía las polaridades y el rayo que unía el cielo con la tierra. Y aquí, en este bosque, me hice Maestro de los Árboles, los seres de la eterna contradicción. ¡Bajo sus frondas y sobre sus raíces, el espíritu es de carne y la carne puede ser sagrada! ¡Mil dioses penden de sus insondables ramas, y mil
72 luces, claras y oscuras, se filtran por entre sus hojas! Yo soy amigo de los que buscan, de los que preguntan en un idioma que ni ellos mismos entienden; ¡este es el lugar donde se abrazan el Sol y la Luna, el dios y el animal, la vida y la muerte! Shan Shui, el buscador, volvió a sentarse. Había decidido quedarse una temporada con el Maestro de los Árboles. ***** Durante muchos años convivieron los dos compañeros bajo un mismo bosque. Trabajaban la tierra, pescaban en el río y degustaban los frutos de su trabajo; y, entre labores y manjares, ambos conversaban, tocaban música o leían hermosos poemas y encomiables obras filosóficas. Nunca hubo lecciones ni enseñanzas en uno u otro sentido; la suya fue una amistad cimentada sobre el mutuo enriquecimiento, sobre el respeto a la individualidad y el derecho a las búsquedas personales. Cada cual crecía, espiritual y anímicamente, a su manera, sin recorrer ningún sendero ya elegido por el otro; y esto no era óbice, sino acicate, para que ambos compartieran los descubrimientos de sus exploraciones. Un día Shan Shui hablaba al Maestro de los Árboles sobre pintura, y su amigo le relataba remotas batallas de antiguos conquistadores; otro día comenzaban una charla sobre botánica, y acababan enzarzados en una disputa acerca de los orígenes del Universo. Así, siguiendo el torrente de las jornadas, y sin más pretensión que la de vivir según sus propios anhelos, ambos danzaban sobre los caminos del solitario espíritu y del mutuo amor. En cierta ocasión, Shan Shui le preguntó al Maestro de los Árboles: —Dime, ¿por qué te haces llamar Maestro de los Árboles? Sin duda, conozco las razones del Maestro del Sol y la Maestra de la Luna; mas, ¿cuáles son las tuyas? Su compañero lo condujo hacia el bosque. Ambos se sentaron ante el más antiguo manzano de la región y, señalándolo, el Maestro de los Árboles dijo: —¿Ves este árbol? En cierta forma, se parece a los humanos. Hunde sus raíces en la tierra, pero eleva sus ramas hacia el cielo; y, cuanto más hondas sus raíces, más altura adquiere su copa. Los seres humanos, al igual que los árboles, también somos la frontera entre la profundidad del abismo y la clarividencia del cielo; nuestra esencia no reside en
79 océano donde desembocas, así pronuncian mi nombre los mortales con sus torpes palabras! ¡Vuelcan su admiración en los dominios del cielo y la trasladan al mármol de mi obra, con tal velocidad y ligereza que no reparan en mí, en Ardalos, el nudo entre ambos! ¡Yo, Ardalos, el único creador, el único artífice, el único pedestal de la gloria! ¡Yo, el que ha cedido su tiempo, su furor, sus noches y sus inclinaciones a un proyecto digno de los dioses, pero conquistado por mí! ¿Por qué, Río, se nos trata como un mero tránsito, un simple paso, un vano intermedio entre dos palacios maravillosos? ¿Por qué nuestra existencia se reduce a posibilitar otras? ¿Por qué, Río? ¿Por qué ni siquiera tú encuentras palabras para consolarme…?» Ardalos lloraba y derramaba su llanto en las aguas, pues, en el fondo de su alma herida, era consciente de que el Río era tan sordo a sus padecimientos como lo eran los dioses a los que había dedicado su magna obra. Con los ojos enrojecidos, tan húmedos como el agua donde se buscaba a sí mismo, Ardalos miró hacia las colinas fundacionales. Allí, en la parte más alta y más distinguida, se alzaba el Templo del Ocaso, la obra maestra con que el artista había bendecido a su pueblo y a todo el género humano. «Allí te alzas, templo maldito, usurpador de toda mi gloria y todos mis merecimientos. Tu perfección ha cegado a mis semejantes, tu belleza ha enloquecido a mis conciudadanos. ¡A causa de tu fama y tu renombre, yo seré olvidado y desvanecido! ¡Tú resplandecerás durante todas las eras oscuras y claras, durante todas las épocas corruptas y excelsas, durante todos los imperios saqueados e invictos! Y yo, tu padre y hacedor, no seré más que un cadáver polvoriento bajo tus columnas de basalto, sin más lápida que los pedregales que rodean tu frontón de mármol y sin más memoria que la pregunta de los viajantes sobre la desconocida autoría de tu esplendor. ¡Yo te maldigo a ti, la mejor de mis obras! Es triste ser olvidado después de una vida de esfuerzos, pero, ¡oh!, más penoso para el alma es ser enterrada y denostada por una creación eterna, que oculta sus orígenes y calla el nombre de quien la cinceló. ¡Si no me permites vivir por encima de tu grandeza, y ni aun sentado junto a ella, permíteme entonces maldecirla, hijo ingrato, templo de la destrucción!» Así clamaba Ardalos a su obra maestra, el oneroso Templo del Ocaso, que, como obra de mármol, ni escuchaba ni comprendía; y de esto se dio cuenta el artesano cuando calló y no obtuvo más respuesta que el fluir del Río. Entonces, furibundo como estaba contra la sordera de las piedras, cargó su invectiva contra el cielo, exclamando a las alturas:
80 «¡Y a vosotros os responsabilizo de este desastre, dioses inútiles! ¡No del mío, sino de todos aquellos como yo, que yacen en el polvo y en el olvido a causa de vuestro genio! ¡Como los más avaros reyes, arrastráis hacia vosotros todos los méritos y los logros humanos, y nosotros, las pobres gentes del mundo, solo sabemos besaros los pies! Durante una de vuestras orgías de borrachos, concebisteis la brillante idea de dar forma a este mundo; pero tamañas fueron vuestra pereza y molicie que lo dejasteis hecho a medias; y, arrastrados por vuestras urgentes bacanales y apremiantes borracheras, esbozasteis un modelo de siervo, tan imperfecto e inacabado como vuestro mundo de barro podrido, y le disteis la responsabilidad de arreglar los desperfectos de vuestra obra chapucera. Y el ser humano domesticó animales, sembró los campos, construyó ciudades y aprendió la lengua y la geometría, la música y la escultura, y el mundo se tornó bello y apacible. Pero el ser humano fue creado para que todos sus méritos y descubrimientos, esos que vosotros no quisisteis concederles a priori, fueran encomendados a vuestra gloria y genio; y así vosotros, pérfidos usurpadores de lo maravilloso, habéis engrandecido vuestro nombre durante las mil generaciones de nuestra especie y durante las diez mil que todavía no han llegado, mas cuya condena ya firmasteis al principio de los tiempos. ¡Yo os maldigo con mi garganta y mis vísceras, y toda la belleza del Templo del Ocaso os la devuelvo en forma de esputos y desaires! Yo moriré, mi genio será eclipsado por vuestra inmundicia de oropel; pero, durante la vida que me resta, y bajo la sombra del Templo del Ocaso, vuestro agravio será castigado por mi desprecio. ¡Yo, Ardalos, soy el padre de vuestro mejor templo y el estandarte de vuestra gloria en la tierra, dioses bastardos!» No obstante, y pese al paroxismo de Ardalos, los cielos tampoco respondían a sus reclamos. El Río, solo el Río, parecía recoger las diatribas del artista y conducirlas más allá de su mirada, a una tierra donde jamás serían escuchadas por el Templo ni tenidas en cuenta por los dioses.
81 II. El Mendigo Caminaba por los linderos del río un viejo mendicante, a quien la gente llamaba «el Perro». Su único alimento eran algunas lentejas y hojas amargas; sus únicas posesiones, una tela para cubrirse y un cuenco para comer. Muchas décadas había vivido el anciano en aquellos parajes cercanos al río, y muchos lo habían buscado para aprender de sus enseñanzas. Sin embargo, el viejo nunca aceptaba discípulos; según decía, era él quien aún andaba buscando un maestro que lo instruyera, y, según creía, no había mejores maestros que quienes andaban perdidos. Cuando columbró la figura de Ardalos llorando en el río, el Mendigo se aproximó a él con interés. Pocos maestros había en el mundo, pero solo los más sabios confesaban sus miserias a las aguas. —¿Qué te ocurre, joven? Atisbo una profunda desdicha en tu corazón, tan lacerante que ni siquiera el río puede llevarla consigo. Ardalos se percató de la presencia del viejo. Enjugándose las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, le miró con ojos desafiantes y le respondió: —Nada que pueda interesar a un vividor errante como tú. Ojalá, Mendigo, mi contento fuera tan simple como el tuyo; ojalá mi dicha solo dependiera del fluir de estas aguas. ¡Tú paseas todos los días junto a la corriente, y ni la mordedura del frío ni la asfixia del calor alteran tu armónica rutina! Mucho pienso en las personas como tú, y mentiría si afirmara que no os envidio. ¡Calla, no hables todavía! Sé lo que me diríais, tú y tu sabiduría de siglos: «ven, sígueme; es tan fácil como arrojar todo a las aguas y aprender a regocijarse en la pobreza». ¡De buen grado me haría pobre como tú, encomiable Mendigo! Pero en mi espíritu late un deseo intenso, una aspiración demasiado alta para la vida que me proponen tu túnica y tu cuenco. ¡Hasta sin túnica y sin cuenco podría vivir, Mendigo, con tal de que los hombres reconocieran mi genio y los dioses me devolvieran mi virtud! El anciano sonrió, pues no era la primera vez que un joven talentoso le hablaba en aquellos términos. —Deseas que los hombres reconozcan y que los dioses restituyan; difíciles deseos, joven aprendiz de río. ¿Acaso podrías tú modificar los extraños hábitos de los humanos?
82 ¡Hah! ¡Y pretendes influir en las acciones de los dioses…! ¡En efecto, amigo mío, eres más pobre y desdichado que yo! —rio el viejo. —De los hombres y de los dioses depende mi gloria, Mendigo. Si aquellos no inmortalizan mi nombre y si estos no aceptan mi genio, entonces me extinguiré. ¡Nadie recordará a Ardalos, nadie reparará en mí cuando contemplen el majestuoso Templo del Ocaso! La historia se maravillará ante la solercia de los dioses y la grandeza de su templo, pero mi firma habrá sido borrada de la más hermosa pintura que hay sobre la tierra. El viejo meditó lo que acababa de escuchar por boca de Ardalos, y, después de un tiempo, le respondió: —¿Para qué quieres que te recuerden, si tú no estarás presente después de muerto? —Precisamente, Mendigo, quiero que el mundo me recuerde para estar presente en él, aun después de haber abandonado esta vida. El anciano volvió a reír, pues le divertía la ingenuidad del muchacho. —Solo hay un camino: la vida; y solo un horizonte: la extinción. Una vez en el horizonte, habremos perdido el camino para siempre; y si el camino era la vida, y la vida es sensación y percepción y pensamiento y juicio, el horizonte es todo menos la sensación, la percepción, el pensamiento, el juicio. Y dime, joven: ¿para qué quieres la gloria si no la sentirás, ni podrás percibirla, ni pensarás en ella y ni mucho menos harás juicios sobre ella? En el horizonte más allá de la vida todo eso se habrá extinguido: no habrá gloria, pero tampoco anonimato; no habrá templos ni ríos, no existirán las ciudades ni las montañas, ni tampoco los seres humanos ni los dioses. En el horizonte no hay nada de lo que hay en el camino… —En efecto —respondió Ardalos—, solo los pesimistas como vosotros podríais ser felices viviendo como lo hacéis. ¡Ya entiendo por qué te llaman «el Perro», y puedo intuir que tal distintivo no te supone un insulto, sino un elogio! Tú, al igual que los animales, solo confías en lo inmediato y desprecias todo tipo de trascendencia; para ti no hay más eternidad que los pocos años que tiene la vida, no existen más dioses ni más deseos que tu río y tus lentejas. ¿Me equivoco, camarada Mendigo? —Te quedas corto; son demasiado tímidas tus conclusiones. No solo desprecio cualquier atisbo de trascendencia, sino que también rechazo cualquier tipo de inmanencia. Antes he empleado la alegoría del camino y del horizonte. ¿Camino? ¿Horizonte?
83 ¡Ninguno me interesa! ¡Ni siquiera yo, el caminante, tengo importancia! Todo es ilusión, todo fantasía. Hay quien canta a la naturaleza, hay quien piensa a todas horas en la amada, hay quien emplea horas y horas para cocinar exquisitos platos… ¡todo es vano, todo apariencia, todo un esfuerzo de los seres humanos por ocupar su tiempo en espejismos! ¿Por qué camino junto al río, y por qué repito la misma actividad todos los días? Simplemente para cumplir mi obligación, y hacerlo con serenidad. —¿A qué obligación te refieres? —A la única obligación que nos ha sido impuesta: vivir. No está en nuestras manos el nacimiento ni la muerte, y solo en el tiempo que media entre ambos, conocido desde antiguo como «vida», tenemos capacidad de elección. ¡La vida solo es tiempo! Y, como tiempo que es, lo único que yo espero de ella es paz… y aquí la he encontrado, tan lejos de los hombres como de los dioses, y tan apartado de cualquier deseo que la muerte me acompaña en todo momento y a mí no me incomoda su presencia. —Hablas con tanta altanería, y tus palabras arrojan tanta desgracia sobre el resto de seres humanos, que no sé si admirarte o despreciarte. La serenidad y la sencillez con que afrontas la vida te dan la razón, pero las consecuencias de tu filosofía son tan terribles… —¿Terribles? ¿Por qué terribles? ¿Acaso crees que yo acogería en mi regazo una vida terrible? ¡No, no, apártala de mí! —bromeó el viejo, que se mofaba de casi todas las intervenciones de Ardalos. —Terribles porque eliminan desde el principio toda posibilidad de vida eterna, ya en el mundo, ya en los cielos. Para los que estimamos nuestro nombre, lo terrible existe y se llama anonimato… —Verás, amigo de estimado y desconocido nombre: yo solo he eliminado lo superfluo de esta vida. Me he quedado con la esencia, con el tiempo; y nada puede desviar mi atención. Ningún más allá, ninguna promesa ni ningún horóscopo me llaman ni me alteran la sangre como a ti. ¡Tú, jovencísimo compañero, vives en el perpetuo sufrimiento de una búsqueda imposible! Eres desgarrado por la sed, por el hambre y por el anhelo de ese más allá, por esa promesa y por ese horóscopo que no existen; has apostado tu vida por un barco que yace hundido en ultramar. Yo, sin embargo, vivo feliz en tierra, contemplando las mismas olas que se repiten a cada instante y a cada estación, y que nada
84 me prometen, es cierto, pero que nada mío se llevan a las profundidades. ¡Cuántos tesoros como el tuyo se han tragado esas aguas a las que vosotros, los genios, confiáis vuestra vida…! —¿A qué te refieres, Mendigo? —Me refiero a que otros como tú han llorado por la gloria arrebatada, y sé de alguno que todavía se afana buscándola. Yo, desde luego, no he visto vuestras obras, pero dudo que sean tan ilustres como para que os oxidéis intentado demostrar a los hombres, e incluso a los dioses, su injusticia para con vosotros. ¡No obstante, no seré yo quien frene vuestros penosos esfuerzos! A Ardalos, sin embargo, poco le interesaban ya las consideraciones morales, pues el Mendigo había dicho algo de su incumbencia. —Mendigo, dices que conoces a más artistas como yo, que dedican sus esfuerzos a recuperar su gloria. ¿Sabrías indicarme dónde puedo encontrarlos? Querría hablar con ellos, puesto que… —¡…puesto que eres un rebelde! —interrumpió el anciano, y soltó varias carcajadas antes de continuar—. Sí, te diré lo que sé, pero prométeme que volverás victorioso —el anciano volvió a reír—. Conozco a un poeta que, al igual que tú, pretende que su nombre sea inmortalizado junto al de su obra, y no olvidado por culpa de esta. Ve al pueblo al pie de la montaña y, una vez allí, pregunta por él. Tínico es su nombre, y, hasta donde sé, es bien conocido por las gentes de la zona. Es todo cuanto puedo decirte. —Está bien, Mendigo; ya has dicho bastante. Sigue caminando junto al río, antes de que mi corazón deje de latir como el tuyo. —Acepto la broma y te saludo, joven. Espero que colmes tus aspiraciones… y que no entren en conflicto con las mías, que ya lo fueron hace mucho tiempo. —Adiós, Mendigo, adiós. Nunca olvides a Ardalos, artífice del Templo del Ocaso… Sin embargo, el Mendigo ya se había alejado varios pasos hacia el oeste, siguiendo la corriente de su amado Río y el torrente de su humilde vida. Era mediodía.
85 III. La Sacerdotisa Caminaba Ardalos hacia el este, a contracorriente del río, siguiendo la estrella de ese poeta del que el Mendigo le había hablado. «Si otra persona sufre como yo, entonces mi sufrimiento está justificado», se decía Ardalos mientras recorría las llanuras de aquella región. Y tan absorto se encontraba en sus humanísimas tribulaciones, que no se percató de que una Sacerdotisa vestida de blanco se aproximaba a él en dirección opuesta. No obstante, la mujer sí que reparó en el hombre, y, fiel a su doctrina, llamó su atención de esta manera: —¡Tú, mortal que caminas sobre el vergel de nuestra tierra! ¡Detente unos instantes y saluda a esta humilde enviada de los dioses, puesto que los dioses desean bendecir tus pasos de polvo y de sangre! Ardalos, atendiendo a las palabras de la Sacerdotisa, suspendió su marcha y se detuvo frente a ella, saludándola con un escupitajo que dirigió al suelo. —No manches esta tierra con las fruslerías de tus dioses. Bastante mal hacen en sus cielos, como para que también quieran contaminar el mundo del que reniegan. ¡Atrás, mensajera de lo inexistente! La Sacerdotisa, lejos de alterar su ánimo ante las provocaciones del artista, le preguntó con voz calma: —¿Por qué esas invectivas contra el reino divino? ¿Qué males te asolan aquí abajo como para que rechaces la canción de las alturas? —Yerras tanto como tus creencias, Sacerdotisa. Ningún mal me asola aquí abajo. Es más: todos mis males han venido desde arriba… ¡de tus dioses ladrones, que se han llevado mi nombre y lo han guardado en sus palacios celestiales! —¿De qué hablas, joven mortal? Ningún ser humano puede acusar a los dioses de ladrones sin incurrir en una gran injusticia. ¿Acaso los dioses no nos han regalado todo lo que vemos, sentimos y vivimos? ¿Qué nos iban a robar ellos, que todo lo crearon para sus amados retoños? ¿Cómo puedes, oh, mortal, acusar de asesina a la parturienta?
86 —Cuando la parturienta concibe al hijo para comérselo, como hacen las salvajes del panteón, entonces son, en efecto, asesinas; pero también ladronas. —Ve al grano, muchacho. Aún me queda un largo viaje, y no tenía más propósito que entregarte la bendición de los dioses. —¿Por qué, entonces, te retienes tanto tiempo conmigo? ¿Acaso gimen tus miedos cuando un mortal como yo se enfrenta con tus dioses filicidas? ¿Acaso temes dejar marchar a un sacrílego? —Te equivocas, mortal. Solo quiero verter luz en tu alma; no salvarte ni convertirte, sino conocerte. ¿No es cada alma humana un reflejo de la Humanidad en su conjunto? Como Sacerdotisa y mediadora entre los dioses y los seres humanos, debo vislumbrar el interior de estos con la magnanimidad de aquellos. No veo mal en tus herejías, aunque tampoco bien; solo veo sufrimiento, y de las heridas de los mortales crece la compasión de los dioses. Por eso yo, la concordia entre la destrucción y el amor, te pregunto: ¿qué padecimientos afligen tu alma, pobre mortal? Ardalos suspiró. —Te hablaré de mis dominios internos, Sacerdotisa; mas no creas que lo hago por arrepentimiento ni devoción. Tu pureza y tu fe son para mí encomiables, y, aunque tu causa sea equivocada, es sincera; y yo me congratulo con los de corazón honesto. »Yo, Ardalos, padre del insigne Templo del Ocaso, he sido muerto por una terrible emboscada, perpetrada por mi obra y por tus dioses. El Templo me ha hecho invisible a ojos de mis semejantes, que alaban los frisos sublimes y no saben reconocer a su creador; y no solo eso, sino que consideran a los dioses como los verdaderos creadores del Templo. «Loados sean los dioses por esta muestra de su magnanimidad, lustre y genio», se admiran unos; «solo la privilegiada perspectiva de los reinos celestes podría concebir semejante esplendor arquitectónico», se maravillan otros; y unos y otros, todos equivocados y todos engañados, olvidan al verdadero genio de los reinos celestes… ¡Olvidan a Ardalos, el único dios digno de tal distintivo! La Sacerdotisa dedicó unos instantes a reflexionar sobre las diatribas de Ardalos, y le dijo: —Tu soberbia me inspira lástima, joven mortal. No te conformas con ser reconocido, sino que pretendes emular a los mismísimos dioses. Sin embargo, y como ya
87 te dije, tus deseos no suponen más que una gran injusticia contra el cosmos. ¿Acaso compusiste tú el mármol que usaste para el Templo? ¿Acaso brotó de tu aliento el alabastro que da forma a los triglifos? ¿Acaso son de tu autoría los mitos que recorren el tímpano? ¿Y elaboraste tú, quizá, las leyes de la geometría, la perspectiva o el dibujo proyectado? Es más: ¿fuiste tú el moldeador de tus propias manos, o el ingenioso escultor de tu habilitad con el cincel? —De ninguna de las maneras. —¡En efecto! Hay muchos tesoros que hacen bien a la Humanidad y que, sin embargo, no han sido creados por ella. ¿Quiénes, salvo los dioses, podrían haber puesto a nuestra disposición las canteras de mármol y los bosques de madera para nuestro uso y disfrute? ¿Y quiénes, salvo los dioses, podrían haber modelado tu talento para las artes plásticas? Si tú no has creado tu talento, sino que este ya latía en ti desde tu primera infancia, tu talento es obra de los dioses; y, si tu talento es obra de los dioses, entonces el Templo que has erigido gracias a tu talento debe tener, por fuerza, su origen en los dioses. »Con esto queda demostrado, joven mortal, que tu genio no es tuyo, sino de aquellos que le han dado forma; y que, al igual que tú has usado ciertas herramientas para construir el Templo, ellos te han usado a ti para tal propósito. Por tanto, el origen del Templo no reside en ti, sino en aquellos que de ti se han servido para levantarlo. Tú, al igual que yo, solo eres un mediador; los dioses nos han dado una misión y una virtud que hablan el idioma de su grandeza. ¡No quieras empequeñecer lo poderoso! ¿Por qué te aferras a tu mediocre nombre de mortal, cuando en tu interior laten los enhiestos cantos del cielo? Ardalos, sin embargo, no cedió ante los razonamientos de la Sacerdotisa, sino que, con una furia desmedida, respondió con la voz en grito: —¡No hay seres que se arrastren más que vosotros, los que solo sabéis mirar hacia arriba! Tú y tu veneno, Sacerdotisa, no sois de este mundo; residís más allá de la tierra, camináis sobre esteras de nubes mustias. ¡Lejos quedéis tú y tus augurios! En esta tierra no hay cabida para vosotros, buitres del más allá, que robáis todas las virtudes humanas y las amontonáis en las letrinas de los dioses. »El Mendigo, aunque rechazaba la tierra que yo amo, también rechazaba el cielo; y yo admiro su resistencia completa, su feroz rebelión contra todos los engaños. ¡Es mejor
88 rechazarlo todo que quedarse con lo de arriba, más noble es morir de inanición que comer los frutos maldecidos! No quiero oírte más, Sacerdotisa, dispensadora de condenas y maldiciones a tus hermanos de especie. Me alejo de ti corriendo, serpiente divina, antes de que me hagas tan inmortal como inexistente. ¡Quédate con tus dioses de vapor, pues yo marcho a conquistar mi Templo de mármol! Y Ardalos, antes de que la Sacerdotisa volviera a hablarle de los dioses, reemprendió su caminar hacia el este. Seguía en busca de su propia trascendencia y en guerra contra la tiranía del cielo: un cielo que, para muchos, era más cercano y más verdadero que los propios latidos de la tierra. «Ojalá no consideraras tu bondad como obra de los dioses, sino como virtud de tu corazón; pues sé que no hay maldad en ti, sino valentía y, por encima de todo, fe. Y ¿acaso no me mueve a mí también la fe? ¿Acaso no es la fe nuestra condena, la de ambos…?», pensaba Ardalos mientras se alejaba de aquella mujer convencida por la mentira. «Adiós, joven mortal», musitó la Sacerdotisa mientras observaba la figura de Ardalos; y, antes de que sus huellas desaparecieran tras la bruma, lo bendijo en el nombre y con la voz de los dioses. Entonces reanudó su camino hacia el oeste. Se dirigía al Templo del Ocaso: la obra magna que los dioses, con las manos de Ardalos; y Ardalos, con el genio de los dioses, habían construido.
95 fantástico? ¡Ya cae sobre nuestros labios la gloria, la nuestra, la que nos pertenece por derecho, la que corresponde a nuestro genio y virtud! —Es justificado tu entusiasmo; he oído que varios lugareños marchan a la Ciudad con el propósito de contemplar el Templo del Ocaso, eminente obra de aquel a quien ya conocen como «maestro Ardalos». —Has oído bien, amado Tínico; y es más: dicen que dicha comitiva de peregrinos guarda otras intenciones bajo la túnica, las cuales, llevadas a buen término, nos beneficiarían incalculablemente… Tínico, sorprendido, preguntó: —¿Qué pretenden tus admiradores? Ardalos rio, y, alzando su jarra de vino, le respondió a su amigo: —No hay ser humano que no desee la fama; y los mediocres, aquellos que no han logrado conquistar la perfección de su individualidad, se refugian en esa quimera llamada «logros comunes». Este pueblo sin nombre, cuya mayor hazaña colectiva es —y siempre ha sido— estar erigido bajo la sombra de la montaña, ha encontrado una bendición en nosotros dos. Pueden ser ignorantes, pero no son idiotas: se han percatado de que dos dioses, dos genios divinos, viven en sus calles, y no han tardado en acogernos como a sus hijos predilectos. Hemos logrado algo insólito en la historia del ser humano: que, por vez primera, nuestros semejantes no achaquen nuestra grandeza a los dioses, sino a nosotros mismos. ¿Eres consciente de lo que supone esta revolución? ¡El ser humano comienza a ser dueño de sus propias creaciones! ¡Los artistas, los creadores, ya no somos un mero tránsito entre la voluntad divina y su manifestación en la tierra, sino que somos los mismísimos dioses encarnados! »Como decía, la gente de este pueblo no es imbécil; y esos peregrinos que marchan a la Ciudad no solo lo hacen para maravillarse ante el Templo del Ocaso, sino para predicar su mecenazgo y defender la gloria colectiva de este su pueblo invisible. ¡Nosotros, los artistas, no solo nos glorificamos a nosotros mismos, sino a todo aquel que se refugia bajo nuestra sombra! Y este pueblo de buitres sabe que el brillo de nuestro nombre, coronado de suave plata y fulgurante oro, también iluminará el suyo. ¡Así se regocijan los mediocres, que, incapaces de crear belleza y de encumbrar su propio busto, tapan sus vergüenzas ensalzando a las grandes personalidades de su pueblo! No nos
96 engañemos: no sienten devoción hacia nosotros, sino hacia ellos mismos, que se considerarán élite por tratar con dioses como nosotros… ¡Sí, amigo Tínico! Somos alabados por esos mismos cretinos que consideraban nuestras obras concebidas por los dioses; pero no debe preocuparnos. Nuestro nombre está en boca de todos esos sacerdotes de la conveniencia, pero, ¿es que acaso podría estar en boca de alguien más? Tal es el precio de la gloria, tal su condición; y, si por fortuna hemos arrebatado a los dioses lo que por derecho nos correspondía, ahora debemos soportar las oraciones y las ofrendas de quienes buscan ser como nosotros sin nuestra genialidad ni sacrificio. Un apuesto caballero, que había escuchado el discurso de Ardalos desde una mesa cercana, se acercó a la pareja de artistas y dijo: —Hablas mucho y hablas bien, apadrinado forastero; mas permitid que me presente, pues, a pesar de que yo os reconozco, vosotros no sabéis quien soy. ¡Aunque, por otra parte, en eso consiste vuestra fama! Yo soy el Mecenas: aquel que ha mandado editar tus poemas, Tínico; y aquel que ha encomendado la partida de peregrinos hacia tu Templo del Ocaso, Ardalos. ¿Puedo sentarme con vosotros, hijos predilectos de este pueblo aún inexistente? El hombre se unió a la pareja y, mirando a Ardalos, continuó hablando: —Es acertado tu discurso sobre la gloria, amigo mío; y nadie entiende más de gloria que nosotros, los mecenas. ¿Es nuestro deber servir al arte? ¿Es lo nuestro amor a lo bello? ¿Es generosidad para con los creadores? ¿Acaso pasión filantrópica? ¿Preocupación por el futuro? ¿Quizá una lucha contra el aburrimiento? ¡No, no, no! ¡Solo los artistas nos conocéis bien, y solo vosotros sabéis dar caza a nuestro abrumador, insaciable y terrible deseo de gloria! Todos los elevados propósitos que el pueblo reconoce en nuestro corazón, todas las ejemplares inquietudes que las generaciones ven en nuestra figura… ¡Mentiras, mentiras, mentiras! Tienes más razón que los dioses, Ardalos, cuando dices que todo ser humano desea la gloria. La única diferencia entre todos los seres humanos y nosotros, los mecenas, es que nosotros tenemos oro y público; y vosotros, sin oro ni público, dependéis de nosotros para vivir y para asegurar vuestra inmortalidad. —De la misma forma, la diferencia entre todos los mecenas y nosotros, los artistas, es que nosotros tenemos genio y virtud; y vosotros, sin genio ni virtud, dependéis
97 de nosotros para erigir algo sublime, algo digno de la eternidad, en nombre de vuestras miserias espirituales —sentenció Tínico. —Nadie podría ser mas certero —reconoció el Mecenas esbozando una ladina sonrisa—. Por eso yo, el Mecenas de este pueblo perdido, me he encargado de orquestar vuestro ascenso. No por vosotros ni por vuestro arte, pues yo no distingo un templo de una ermita y no diferencio un peán de un ditirambo; sino por mi pueblo y, en última instancia, por mí. ¡Aplaudo tu fina percepción, Tínico! Mas, por favor, no nos consideres «buitres», «cretinos» ni «mediocres». —¿Y «sacerdotes de la conveniencia»? —arremetió el literato. —Sea —respondió el Mecenas—. Pero (y a este punto quería llegar), ¿no somos todos nosotros, acaso, meros sacerdotes de la conveniencia? Cada cual, con sus dones y talentos, haciendo uso de su naturaleza y de su fortuna, pretende ya no una buena vida, sino la vida eterna: la vida que no cesa, la vida de los dioses. ¿Y qué, si los pobres habitantes de este pueblo lo intentan alabando vuestras obras y debatiendo quién es vuestro más acérrimo admirador? ¿Y qué, si los ricos mecenas lo intentamos invirtiendo oro e intrigas para promover el ascenso de nuestro pueblo, al que estamos ligados por sangre y destino? ¿Y qué, si los artistas lo intentáis realizando obras de extraordinaria belleza y armonía? Todos somos víctimas de la misma maldición: un irresistible deseo de gloria que jamás se colma, un frenético impulso de eternidad que nunca se da por satisfecho. Todos somos sacerdotes de la conveniencia, querido Tínico, pues a ninguno nos conviene morir ni ser olvidados. —¡Y qué grande vuestra fortuna, que os ha concedido la presencia de dos sabios sacerdotes muy bien convenidos! —se mofó Tínico. —Siempre es afortunada la presencia de un ser humano excepcional; pues su gloria no solo ensancha su nombre, sino el de su pueblo; y el grande nombre de un pueblo no solo es buena nueva para sus habitantes, sino para toda la Humanidad. Pues ¿acaso hay noticia más afortunada para nuestra especie que la existencia de un ser humano capaz de emular a los dioses? —¡Nada convendría más a la Humanidad que surcar los cielos! —exclamó Ardalos, ebrio, alzando su jarra—. ¡Dejad de discutir y brindemos por todos los dioses con nombre humano!
98 Tínico y el Mecenas brindaron con Ardalos, y los tres hombres sedientos de gloria bebieron el dulce licor de la esperanza, cuyo resabio dejaba una amarga, aunque soportable, sensación de imposible en los labios del deseo.
99 VI. El Templo Pasó el tiempo para los dos creadores; y el mundo, al que tanto habían maldecido en su época de ignorados, ahora les agasajaba con sus dádivas y encomios. De todos los rincones del país se acercaban ilustres individuos y complacidas caravanas, que, tras cultivar ciega devoción hacia el genio de Tínico y Ardalos, buscaban obsequiarse a sí mismos con el aura de aquellos dos artistas; y para ello se dirigían al pueblo al pie de la montaña, transformado en la corazón del arte desde que fuera descubierto el talento de sus dos patrones. Ardalos despachaba encargos de todo tipo y envergadura: bustos de aristócratas, huecorrelieves con motivos genealógicos, placas con nombres grabados, ánforas heráldicas… Tínico, por su parte, se había zambullido en la vida pública. Escribía bellos panegíricos que ensalzaban a las gentes y a sus costumbres, a la cultura, a las leyendas y, en general, a la tradición de aquel pueblo que siempre perviviría en el cauce de la Historia gracias al poeta, encargado de hipostasiar con sus versos la atávica nobleza de aquella aldea que a él debía su creciente renombre. Sin embargo, Ardalos comenzó a cansarse. —Cada vez me siento más abochornado por esta pantomima —se quejaba en cierta ocasión. Sus amigos, Tínico y el Mecenas, escuchaban su diatriba en la taberna—. Mi gloria ya está asegurada gracias al Templo del Ocaso, y, sin embargo, no ceso de trabajar en obras menores, en todas esas bagatelas que realizo a cambio de dinero y, acaso, un poco más de fama. Estoy confuso; y a veces, mientras contribuyo a la vacua ilusión de estas gentes, pienso… ¿Qué pasaría si me retirara a tu vieja cabaña, Tínico? Ya he sido inmortalizado entre los hombres, que me rinden culto como a un dios; ¿por qué, entonces, debería mantenerme en su mundo? Ahora son ellos los que desean acceder al mío; pero mi mundo está vedado a los mediocres, y ellos, con su mediocre oro, creen que pueden comprarlo… —La fama y la gloria solo pueden saborearse aquí abajo, amigo Ardalos —le respondió el Mecenas—. Tuyo es el genio, pero el reconocimiento de dicho genio proviene de tus paisanos; ellos se nutren de tu obra tanto como tú te nutres de su miedo a morir. Si te vas del pueblo, pronto te olvidarán, como ya hicieron antes de bautizarte…
100 —No, no me olvidarán; mi Templo del Ocaso hablará con mi voz y extenderá mi luz incluso cuando brillen otros mil soles en la superficie del mundo. —¿Por qué quieres marcharte? —preguntó Tínico— ¿Acaso te has cansado de paladear tu nombre? —No; jamás me cansaría, pues yo fui su conquistador. Sin embargo, creo que mi misión aquí ha concluido. Mi interior alberga un tesoro demasiado grande; tan valioso que el oro de mis benefactores me da vergüenza, y tan perfecto que las obras que hago para esos cretinos me inspiran lástima. ¡No conocen la superioridad ni sabrán pronunciarla jamás! ¡Pretenden disimular su ignominia con unas cochinas monedas! Creen que el destino del genio es un juego, una tonta transacción, un capricho como las amapolas de sus jardines. ¡Sandeces! Ignoran mi verdadera condición, mi sagrada encomienda: seguir el curso indoblegable de mi fuente interior. Ya soy rico, ya comienzo a ser glorificado; pero, si de verdad pretendo convertirme en inmortal, debo hacer algo mucho más ambicioso y perfecto, algo más acorde con mis destrezas divinas. El Templo del Ocaso solo es una sombra de la auténtica Obra, la que espera más allá de las brumas y los espejismos de este pueblo de ignorantes. —Esa cabaña solo te traerá desgracias, Ardalos —respondió Tínico—. Muchos años pasé allí recluido, pero, debido a las alturas, ningún poema brotaba de mi pecho. ¡Demasiado lejos de los hombres se encuentra la cabaña, demasiado silencio y demasiada ausencia se respira en sus desoladas cumbres! Nada como la vida del pueblo, el amor de los paisanos, el reconocimiento de mis semejantes, para insuflar mi alma y dar al pueblo lo que el pueblo me pide. ¿Acaso ha habido temporada en la que hayas creado tanto como ahora? Los encargos con nombre propio mantienen vivo el intelecto, y gracias a ellos florecen las ideas y nunca se marchita el ánimo del creador. Si te exilias, mi querido Ardalos, te perderás en un cielo demasiado amplio, sin amarras ni raíces que justifiquen tus creaciones… —Ahora que he recuperado mi nombre, la única justificación que busco con mis obras es la de mi propia existencia; y, para justificarme a mí, debo justificar mi Obra. Por fin soy Ardalos, el artesano de la tierra; y mi destino es mostrar a los dioses que no solo puedo emularlos, sino superarlos. ¡Yo seré el único dios en que crean los seres humanos! Mi obra, Tínico, ¡mi Obra! Nada me mueve más que mi Obra: es mi única ancla, la única raíz que nutre y fortalece mi ansia por crear.
101 —No impidamos que se marche —intervino el Mecenas—. Es más: alentemos su búsqueda de lo absoluto. Su nombre ya es nuestro, y sus logros individuales solo podrán seguir expandiendo nuestra eminencia. ¡En este momento comienza el mito del maestro Ardalos! Y cuánto le gustan al pueblo los mitos… —Te lo suplico, camarada Tínico —insistió Ardalos—. Soy yo quien te rescató de aquel monte y te condujo a los brazos del pueblo que ahora amas; líbrame ahora tú del pueblo, y no me prives de la cima que mi espíritu anhela. Tínico, que conocía el orgullo de su amigo, admitió que no podría detener su afán; y, tras besar sus manos, le dio permiso para habitar la cabaña y disponer de ella cuanto quisiera. ***** Ascendió Ardalos a la cabaña de las alturas, construida junto al manantial. Allí se deshizo de todo excepto de una silla, una mesa y los pergaminos vírgenes de Tínico. Nada más le era necesario para proyectar los primeros cimientos de su Obra. Se ciñó a la tarea desde el primer instante, y, una vez focalizado en ella, nada más existió para él. Pasaba las horas fundido con su creación, plasmando armónicas leyes y trazando equilibrados bocetos en los pergaminos. Su pluma se movía con la velocidad furibunda de los huracanes, y no respiraba más aire ni comía más alimento que sus propias emanaciones creativas. Ardalos estaba sediento, y solo podía saciar su sed derramándose a sí mismo en un mundo que necesitaba sus dotes. Tras varios días sin dormir, el vigor de su cuerpo había mermado considerablemente, pero él ya no advertía el tiempo ni la necesidad. Su imaginación residía en otras tierras, las etéreas, donde el ingenio se funde con lo irrealizable y lo posible penetra en lo inexistente. «Construiré el Templo Eterno, el perfecto, el único; la idea, la esencia, lo más allá de lo humano será erigido en el mármol nacido del corazón de la tierra; y será el Templo Eterno el ombligo del mundo, la comunión sagrada entre la tierra y el cielo, entre los dioses y los seres humanos. Será la superación de todas las escisiones, el orbe donde confluirán el camino de la vida y el horizonte de la muerte. Y yo, Ardalos, seré el creador del centro del universo, donde se unificarán todas las
102 religiones y todas las almas. Todo cabrá en el infinito de mi Obra; la mía, la de Ardalos, Ardalos, Ardalos…». Así reflexionaba el creador sobre su atlántica tarea; mas tales pensamientos, que en un principio lo condujeron hacia los océanos de la genialidad, se tornaron obsesión. Y no hay luz más cegadora, ni más letal veneno, que la obsesión de un ser humano por superar los ineluctables límites de su humanidad. Transcurrieron las semanas; y lo que hasta entonces había supuesto una justificación metafísica de su Obra dio paso a la más viciada y recalcitrante enajenación: el solipsismo ególatra. Las aspiraciones del artista se redujeron a la incesante repetición del nombre propio. «Ardalos, Ardalos, Ardalos, Ardalos, Ardalos, Ardalos…». Así rezongaba el artesano mientras realizaba los bocetos de su Obra, el Templo Eterno; tal era su necesidad de colmar el silencio con su nombre, el vacío con su presencia, el todo con su aliento. Lo que había comenzado como una batalla por el reconocimiento de su genio se había transformado en un monstruo que quería engullir el universo entero, liquidar toda la existencia con el fin de que él, solo él, rigiera en el cosmos. Él subyugaría a dioses y seres humanos; y el Templo Eterno sería la prueba de que él, solo él, Ardalos, merecía regentar el Universo. ¡Qué lejos quedaba el Templo del Ocaso, qué nimia e insignificante le parecía ahora la gloria que los hombres le profesaban! La gloria era para Tínico, feliz como estaba entre los habitantes del pueblo. Él, Ardalos, deseaba más, mucho más, que Tínico… ***** El hombre en la explanada. Frente a él se difuminan las eras de la humanidad, las maravillas del mundo y las leyes de la historia. Tras de sí se alzan las torres en ruinas, los genios putrefactos, las heridas descarnadas. Está solo, pero él es el comienzo y el reducto del universo; es el caminante de la existencia, y sus pasos son los del ser siempre insatisfecho. En su marcha de milenios confluyen carne y espíritu, los dos supremos indicios que se funden en cada pisada y cada hálito. Explorador de las sendas oblicuas, solo él conoce el camino que nadie ha hollado jamás: su bandera es la perpetua búsqueda, su espada es el profundo anhelo. ¡Dioses! ¡Humanos! ¿Acaso hay caminantes
103 que pueden dirigir su mirada más allá del horizonte dividido? ¿Qué totalidad admiran las constelaciones desde sus alturas? El Templo se eleva, majestuoso, sobre el peregrino sin rostro ni túnica: mortal existencia desnuda y eterna existencia pétrea se buscan, intentan abrazarse; pero su encuentro es imposible. «Jamás seré Templo ni guijarro», se dice el caminante del infinito, tras una marcha de milenios hasta el altar de su desesperación. «¿Qué hay más duro que la roca de este Templo, y qué más difícil de romper que mis límites humanos?» El caminante desea ser roca, templo; hogar de los dioses, y no peregrino hacia ellos; útero del cosmos, y no el vinagre fétido de sus tripas. «Rezaré a los dioses; pero ellos se reirán de mí. ¿Acaso hay rezo que no sea lamento? En toda relación con los dioses se agita el deseo oculto de ser como ellos, y en toda comunicación con sus alturas gritamos sus retoños abandonados, los condenados al yermo y a la duda y a las dos sangres: la real y la posible. ¡Rezar no es sino llorar a los dioses por las desagracias que nos han impuesto!» Así se lamenta el héroe, arrodillado frente a las ruinas de un Templo maravilloso. ¿Qué es él ante tanta grandeza? ¿Qué significa él, hundido bajo el frontón de lo sagrado? Es el condenado a la muerte y al olvido, a la extinción, a la nada: morirá él y pervivirán los dioses en su Templo. «Todo es perpetuo menos la vida, todo es posible excepto la perpetuidad. ¿Qué queda, salvo tal amarga verdad? ¿Qué otra luz se pasea por las tinieblas, salvo el fanal de nuestro castigo? Me voy a morir, me voy a extinguir, voy a desaparecer. Nada me resta salvo morir; nada más puedo saber, esperar ni deducir que la muerte. No hay consuelo; únicamente hay la verdad. Todo lo demás son distracciones.» El Templo, rey implacable, ni se ríe ni se lamenta: no ve ni escucha. Es de piedra y de siglos, y la eternidad es indiferente a los padecimientos. Lo terrible es el silencio, el eco sordo de nuestro llanto, la saeta que nunca retorna. El abrazo de lo imperecedero no existe, la respuesta del cosmos nunca será. El caminante preguntará, se desgañitará, rugirá y se mutilará frente al Templo. Pero el Templo siempre hablará con el silencio de sus frisos, donde yacen los héroes olvidados…
104 VII. El Manantial Poco duró, sin embargo, el delirio de Ardalos; ningún hombre puede soportar la carga que hasta los mismísimos dioses prefieren rechazar. La angustia comenzó a manifestarse en sus sueños, la derrota se le aparecía durante las horas de trabajo; y, como un cuchillo que lo hendía con vesania, la imagen de la muerte se filtraba por cualquier recoveco de sus certezas. Ardalos, que estaba finalizando la proyección de su Templo Eterno, sentíase más pequeño cuanto más grande se hacía su Obra; y pronto, en lugar de concebirla como una extensión de su genio, su creación empezó a inspirarle pavor. Una tarde, Ardalos, demacrado y sucio, salió de la cabaña. No comprendía las tribulaciones que lo asaltaban, no se explicaba el profundo dolor que había germinado en su espíritu. ¿Acaso no debía sentirse jubiloso, exultante, sublimado? ¿Por qué la acrimonia, por qué el desvalimiento? El artista, sediento de respuestas, se dirigió al manantial junto a la cabaña, donde nacía el río. Allí se lavó y refrescó sus pensamientos. Sumergió su cuerpo bajo el agua, límpida y transparente, y se vio a él mismo como el manantial: una energía pura y cristalina que daba vida a lo marchito y que apartaba la suciedad de las cosas bellas. Sin embargo, tales pensamientos no hicieron más que agravar la difusa herida de sus hondonadas. A pesar de que deseaba fundirse con el manantial, una gran distancia mediaba entre ambos. Era una distancia metafísica, una lejanía inconmensurable, un muro sordo al deseo e indiferente a los anhelos. Ardalos, a pesar de su denodada búsqueda de trascendencia, era mortal; y por mucho que se sintiera un manantial sagrado, él no era más que un hombre hecho de materia y de condiciones. «Oh, Manantial, mi querido Manantial —exhortaba Ardalos a las aguas—, nunca podré ser como tú. Yo, que me comparo contigo y observo mi reflejo en la profundidad de tu superficie; yo, que, tal y como tú haces, calmo mi sed dando de beber al mundo; yo, que aspiro a tu eternidad creadora y dadivosa; yo, condenado a morir algún día… ¡Jamás, jamás seré un manantial como tú lo eres! Tú, señor de la montaña, seguirás alimentado al mundo con el líquido de tus entrañas, y así pervivirás durante todos los siglos y las eras y los infinitos. Yo, sin embargo, derramaré algunos cántaros de agua más o menos dulce, más o menos fresca; y, cuando de ella se hayan nutrido algunos árboles y animales, entonces llegará la hora de mi muerte; y yo ya no daré más de beber, mi río se secará, y
111 —Nada especial reside en mí; únicamente la simplicidad y la honradez. Yo solo hablo a quienes deambulan, a los perdidos, a los errantes; pues ellos son los genuinos maestros del abismo humano. —Parecieras tú el maestro, Mendigo… —¡Nada más lejos de la realidad! Ya te lo he dicho, y ahora te lo repito: solo soy un humilde aprendiz. También yo fui maestro, como tú, hace muchos años; pero soy más feliz ahora, siendo conocido como Perro y sin más aspiración que mantener mi nombre… —No, Mendigo; te equivocas. Soy yo tu aprendiz: en tus palabras distingo un eco poderoso que reverbera en los campos de mi conciencia. ¡Tú eres el maestro, querido Mendigo…! —La virtud del maestro es su certeza; la del aprendiz, la duda. El maestro está convencido, y su convencimiento ciega cualquier alternativa. El aprendiz, por su parte, comprende que no sabe; y todo lo que puede llegar a conocer, lo conoce de forma parcial, incompleta, provisional. El aprendiz nunca defiende una verdad; para él siempre hay contradicciones. ¿Acaso no eres tú el maestro obcecado que rechaza lo ajeno a su túnel? ¿Acaso no soy yo el aprendiz que escucha tus peroratas, pero que jamás las tildaría de correctas o incorrectas? Tú te cierras, y actúas según tu cerrazón; yo me abro, y mi apertura es tal que no confío ni en la vida en la muerte, ni en el ayer ni en el mañana. Tú eres maestro, pues te crees el estandarte de la verdad en el mundo; yo, por el contrario, soy el aprendiz, pues desconfío de tu verdad y de todas las verdades que intentan conquistar el mundo y el universo… Escuchaba Ardalos al Mendigo, resquebrajándose cada una de sus convicciones con cada palabra que pronunciaba. —Dices que, antaño, tú también fuiste maestro… ¿de qué verdades debiste deshacerte para convertirte en aprendiz? ¿Qué ofuscaba tu alma, y a qué renunciaste para ser libre? El Mendigo sonrió, y, mirando el firmamento que sobre ellos se elevaba sin intervenir, dijo: —Yo fui como tú, querido amigo. Me llamaba Fidias: un orgulloso escultor y arquitecto, capaz de realizar en el mármol cualquier proyección humana o divina. «El cincel de los dioses»: así me conocían en la Ciudad; mas yo, al igual que tú, rehusaba ese
112 epíteto. ¡El cincel era mío, no de cualquier dios ingrato! ¡Fidias, y solo Fidias, era el digno creador de sus obras! Yo también lloraba al Río, yo también execraba a los cielos y a los hombres por no concederme el derecho a la gloria, el derecho de mi propio nombre. »Fue en aquella tesitura cuando me encomendaron erigir el Templo del Mediodía, que coronaría la colina fundacional y reinaría eternamente sobre todas las ciudades del mundo. Exultante, puse mi genio a disposición de la magna obra, y durante años hice un heroico esfuerzo para engendrar el más maravilloso templo concebido por un ser humano. ¡Cuán orgulloso me hallaba de mi obra, de mi creación! Tanta era mi complacencia que, temiendo el anonimato al que dioses y hombres podrían relegarme una vez concluido el templo, decidí inmortalizar mi gloria no en la boca de mis conciudadanos, sino en la eternidad del propio Templo del Mediodía. En uno de sus frisos, el que narra una de las heroicas batallas de la Diosa, esculpí mi retrato en su escudo. A nadie lo confesé: había triunfado, mi genio perduraría más allá de las generaciones y los milenios, mi gloria sería eterna como el mármol… »Pero trágico fue el destino de Fidias, pues una traicionera mirada advirtió mi firma en el friso. No hubo compasión: fui juzgado y condenado al ostracismo por mi blasfemia, y la Ciudad, airada, no tardó en olvidar mi nombre… Mas, aunque de deshicieron de mí, no cesaron de admirar mi Templo del Mediodía, legítima obra de los dioses. »El genio Fidias maldijo su destino y conjuró contra el cosmos; y, cegado por su intemperante afán de gloria, fue a vivir a un pueblo cercano. Allí pastoreó y cultivó con un nuevo nombre: Eróstrato; y durante varios meses reflexionó amargamente sobre su venganza. «Quemaré el Templo del Mediodía; si no me recuerdan por mi obra, lo harán por su destrucción», me dije; y esperé hasta la primera noche sin luna para consumar mis planes. Embozado, evitando que nadie pudiera reconocer al Fidias constructor, maldije a los ciudadanos y ascendí hasta la colina fundacional. Allí, resguardado por la noche y lejos del silencio de los durmientes, amontoné yesca y odio frente al templo; y, encendiendo las chispas de mi desesperación, prendí fuego a la que había sido mi obra magna, madre de mi nuevo nombre y de su fama inmortal. «Eróstrato», dejé grabado en una lápida a salvo de las llamas; y entonces escapé mientras el templo se consumía. Ardalos enmudeció tras escuchar el relato del Mendigo, pues se vio reflejado en las historias de Fidias y de Eróstrato, el genio olvidado y el malhechor inmortal…
113 —No continúes el ciclo, joven artista —prosiguió el Mendigo—. El dolor desbordó mi cuerpo y la vida se me hizo plúmbea como a los reos. ¡Olvidado a pesar de mi obra, inmortalizado a causa de su destrucción! Mas ninguna de aquellas alternativas me satisfizo. Ninguna podría haberlo hecho. Mi desgracia era la necesidad —el Mendigo hizo una pausa, y, tras inspirar, continuó—. Acepté que, si quería vivir, debía abandonar mis nombres y mis deseos. Fidias sería recordado gracias al fuego de Eróstrato, Eróstrato sería recordado gracias al templo de Fidias… y yo, el caminante sin nombre, sería olvidado por el fuego de uno y el templo de otro. —Te zafaste de tu nombre y sus consecuencias, y entonces te hiciste Mendigo… —Me hice Mendigo porque, tras mi gesta contra el destino y contra el universo, me percaté de que solo el anonimato podría paliar mis afanes. ¿Acaso no me consideraba yo un idealista? Y, ¿acaso los idealistas no buscamos el Ideal? ¿Por qué, entonces, me limitaba al mundo humano? ¿Por qué dirigía mis esfuerzos en busca de la gloria humana, de la fama mundanal? Me di cuenta de que no necesitaba nada de eso: con un puñado de lentejas y una taza de té sería más feliz que con todas las insignias del mundo. Yo siempre había buscado la esencia de las cosas, la pureza de la vida y de la existencia; y, sin embargo, no veía que la estaba manchando con peligrosas seducciones y falsos espejismos. Pensaba que únicamente podría ser feliz convirtiéndome en un dios; y así, confiando en un imposible, vertiendo mis esperanzas en una meta opaca, sufría por mi sed insaciable. »Hoy, sin embargo, ya no sufro de sed. El Río me ayuda a olvidarla; y no porque beba de sus aguas, sino por la compañía y el ejemplo de su corriente… Ardalos se mantuvo en silencio. No sabía qué decir, qué interpretar ni cómo responder a las palabras del Mendigo; y, mientras ambos contemplaban las estrellas de aquella noche sin luna, el cielo les hablaba con un lenguaje que nacía en las montañas y desembocaba en el océano. —Allá en la colina se alza mi Templo del Ocaso, cuyo esplendor fue erigido sobre las ruinas tu Templo del Mediodía. Mi obra descansa sobre la tuya, Mendigo; en ella se dan la mano Fidias, Eróstrato y Ardalos. Tus palabras me han sacudido, pero todavía es pronto para decidir: la destrucción también es creadora, la creación también puede destruir; y mi espíritu oscila entre ambas posibilidades. Has aplacado mi frenesí y has
114 azuzado mi duda, Mendigo; me has convertido en un aprendiz como tú. Mas ahora debo marchar: he de contemplar mi propia obra con los ojos del huérfano. —Marcha pues, Ardalos. Hoy pronuncio tu nombre, mas no esperes que lo recuerde después de que amanezca… Ardalos besó la mano al Mendigo. Se despidió de él y, con paso vacilante y mirada firme, retomó el camino hasta su propia cima.
115 IX. El Esclavo Era el amanecer cuando Ardalos llegó a lo más alto de la colina fundacional. Allí se alzaba el Templo del Ocaso: su redención y tragedia, que recibía los primeros albores de la jornada. Enhiesto y solitario en las alturas, el templo brillaba con las proporciones de la perfección: era más diáfano que la luz del sol, más sugerente que los claroscuros de las nubes, más robusto que las montañas del valle. Todos sus ángulos exhalaban el quietismo de lo concluido, todos sus resquicios resplandecían con la autoridad de aquello que no admite modificaciones. Ni en los más inspiradores sueños ni en los más lúcidos arranques de agudeza cabía una obra de semejante magnitud, y así lo reconoció Ardalos cuando se arrodilló ante el templo que le había robado, y devuelto, su derecho a la gloria. Silencio. Ardalos, solo frente a su magna creación, no sabía qué hacer, qué imaginar, qué creer. En una mano portaba el pedernal y la pirita que necesitaba para iniciar el incendio; la otra se la había llevado al pecho, compungido ante la contemplación del Templo del Ocaso. Su viaje y su retorno habían concluido; había recobrado su gloria y había renegado de ella; y ahora, solo frente al templo, debía decidir si sería el creador o el destructor. ¿Obra, o silencio? ¿Fama, u ostracismo? ¿Dependencia de los hombres, o libertad solitaria? Su conciencia era una disyuntiva fracturada, un espejo desdoblado, una luz proyectada por mil sombras. ¿Qué hacer? ¿Qué decidir? ¡Amanecía! ¡Amanecía, y él aún dudaba acerca de sí mismo, acerca de su eternidad o su extinción…! —¡Ardalos! ¡Mi querido Ardalos! ¡Has vuelto a los dominios de la Ciudad! — exclamó una voz a sus espaldas. El artista, sobresaltado, se dio la vuelta y vio a un fornido individuo que se acercaba sonriente. Lo reconoció: era uno de los esclavos que habían tomado partido en la construcción del Templo del Ocaso. —¡Esclavo! —respondió Ardalos—. Dime, ¿cómo es que madrugas tanto para ascender a esta colina? ¿No es demasiado pronto para orar a los dioses del templo? El Esclavo rio. —Acostumbro a venir todos los días a esta hora. Aquí me reconcilio con los dioses y les agradezco su confianza en mí.
116 —¿Su confianza en ti? ¿A qué te refieres? —Fueron ellos, al fin y al cabo, los que me regalaron la oportunidad de participar en la construcción del templo. Su genio actuó a través de mí, y, gracias a ellos, ahora el mundo entero puede disfrutar de esta hermosa visión —dijo el Esclavo señalando el templo, cuyas marmóreas columnas irradiaban la luz del sol naciente. —Así que la virtud de los dioses se manifestó en el templo a través de ti. —Sí; y hasta ahora no he conocido privilegio mayor. ¡Cuán afortunado has de sentirte tú, Ardalos, que fuiste bendecido con el cargo de maestro de obras! Tú diseñaste, dispusiste y esculpiste; y, si yo me siento feliz por haber tallado bloques de mármol, ¿de qué regocijo no ha de gozar tu alma, ilustre Ardalos, que diste vida a una idea venida del cielo? —¿Regocijo? ¿Dicha? No estoy seguro. Tú, Esclavo, ¿no sientes envidia de los dioses? ¿No crees que quizá estén recibiendo los honores que te corresponden a ti? ¡En último término, fuiste tú quien cargó, cinceló y sufrió las más penosas labores del templo! ¿Por qué cubrir a los dioses con tales méritos, cuando solo a ti te pertenecen? El Esclavo, estupefacto, respondió: —¿Qué intentas decirme? No hay ningún mérito, ningún honor; ni para los dioses, ni para los seres humanos. —¿Cómo dices? —Lo único importante es el templo, mi apreciado Ardalos. Yo soy mortal, y, además, esclavo. ¿Qué méritos podría yo tener? Y los dioses… ¿acaso no son inmortales? ¿Para qué querrían ellos los méritos humanos? Yo nací esclavo, Ardalos; y mi nacimiento supuso mi renuncia a la gloria. Sin embargo, poco me importa: cuando asciendo a la colina y me inclino frente al Templo del Ocaso, sé que mi humilde existencia ha tenido un sentido mucho más grande que yo mismo. Por eso subo hasta aquí todas las mañanas, antes de que den comienzo las labores del día: en este lugar renuevo mi compromiso con mi modesta vida, aquí recuerdo que mi insignificancia ha sido valiosa para esta Ciudad —explicó el Esclavo mientras miraba el templo con los ojos humedecidos. Ardalos suspiró. —¿Y cuando mueras…?
117 El Esclavo respondió: —Ya estamos muertos, Ardalos. Nosotros, los creadores, morimos al crear… Ardalos sintió un fuerte pavor que emergió de sus entrañas. No comprendía bien las palabras del Esclavo, pero intuía ciertas cosas. —Los creadores somos los mártires de la existencia —prosiguió el Esclavo—. Convertimos nuestra alma en materia, en obras que perdurarán en el mundo; y tales obras, despojadas de nosotros, jamás serán nuestras… ¡Jamás podrían serlo! —¿Y de quién son, entonces? ¿De quién es este Templo, si no es mío ni tuyo? ¿De los dioses? ¿De los ciudadanos? ¿De las estrellas? ¡Dime, Esclavo, dime de quién es este Templo! —exclamó Ardalos al borde del colapso. —El templo nunca será de dioses ni de hombres, sino de todos los rezos que en él se celebren. ¡El Templo del Ocaso, Ardalos, pertenecerá a todas las épocas, a todas las religiones y a todas las constelaciones desde hoy hasta el más allá! —¿Y qué pasa con nosotros, Esclavo? ¿Dónde estamos nosotros? ¿Dónde estoy yo? ¿Acaso debo permitir que la historia, la religión y el cosmos me roben la obra que me consagró como individuo? —La existencia de los creadores es un sacrificio. Tú y yo no somos tan desemejantes: ambos hemos sido llamados a sustentar las bases de la humanidad sin que la humanidad repare en nosotros. Lo único que nos diferencia es que a mí me enorgullece la condición de esclavo, y tú, sin embargo, la maldices… —¿Cómo no iba a maldecirla? ¡Sacrificarnos a nosotros mismos en el altar de una humanidad que rechaza nuestro nombre…! El esclavo enmudeció durante algunos segundos, como si un dardo se hubiera hundido en su pecho. Sin embargo, se rehízo y le dijo a Ardalos: —Yo también tengo un nombre. Sin embargo, soy esclavo; y ningún nombre puede desvanecer mi condición. De repente comenzaron a oír una música de aires festivos que venía de lejos. Poco a poco los sonidos se tornaron más perceptibles, y la tonada no tardó en imbuir la colina. Transportaba el viento rítmicas vibraciones de panderos, pífanos y cantos: una procesión
118 de fieles ascendía en dirección al templo. La comitiva, integrada por hombres y mujeres ataviados con sugerentes vestidos y vivarachos fulares, se detuvo frente al pórtico del templo. Allí, con la alegría propia de las gentes sencillas, cantaron a los dioses para agradecerles los dones de la vida: la salud, el alimento, la amistad. El Esclavo, sin quitar ojo a sus conciudadanos, dijo al artista: —Por momentos como este me siento dichoso de que mis manos hayan ayudado a levantar el templo. ¿Crees que estas personas serían tan felices si en vez de rendir culto a los dioses tuvieran que rendirnos culto a nosotros? Ardalos tenía lágrimas en los ojos. —¿Cuál es tu nombre, Esclavo…? —preguntó al cabo de un rato. El Esclavo sonrió. —Adiós, Ardalos. Ojalá algún día me permitas olvidarme de ti. Entonces el Esclavo le dio la espalda al genio y descendió la colina calmadamente, pensando en las tareas que le aguardaban en la villa de sus amos. Ardalos observó la silueta de su antiguo compañero de obras y, cuando desapareció, rompió a llorar. Sin embargo, nadie reparó sus lágrimas, pues los cantos de aquellas gentes imbuían al mundo de la alegría contagiosa de los vivos. «Por los vivos», se dijo. Entonces, tras hacer una reverencia al Templo del Ocaso, él también abandonó la colina fundacional. Se encaminó hacia el Río, su amado Río, puente entre el remoto origen y el lejano destino; y no pudo evitar pensar en todos los esclavos que habitaban sus riberas, desde el manantial hasta el océano. Observando su reflejo en la corriente, se dijo: «soy Ardalos, el creador; y los creadores debemos morir para que la humanidad viva. ¡Soy Ardalos, el esclavo Ardalos, a quien los vivos han liberado de su nombre y de su esclavitud…!» Entonces, Ardalos se arrojó a las aguas. Hundiéndose en ellas, reía como los vivos. Era el ocaso. Había muerto el creador.
119 EL MANZANO Y DIOS I. El monje No existe el Bien; solo es el nombre que se le da a lo deseado. Caía el sol sobre el manzano junto al monasterio. Durante centurias, el noble árbol había regido el lugar con el silencio y el porte propios de su especie, y su lento crecer había acompañado la génesis, erguimiento y consolidación del priorato del valle. Muchas generaciones de monjes habían dejado acompañar sus oraciones por las robustas ramas, las satinadas hojas y las delicadas flores de aquel solitario guardián, que tan poco pedía y tantos dones recibía de los humanos que en él proyectaban su clamor religioso. A lo largo de los siglos, el árbol, maestro y guía espiritual de los perdidos, había alentado la biografía de muchos postulantes, quienes no dudaban en considerarlo una imagen de cómo Dios había regado el yermo de sus corazones. Siempre quieto y siempre creciente, inútil pero bello, mudo pero inspirador, el manzano era la palabra de Dios, que se adentraba en el núcleo de toda duda y trazaba el sendero de la vocación espiritual. Sentado bajo su amado árbol, el monje Philipp apuraba los últimos minutos de la tarde para terminar de leer la Regla del Padre, libelo que exponía las cuarenta y nueve reglas, más una, que regían la vida en el monasterio y cuyo cumplimiento garantizaba la armonía con Dios. Philipp releía el opúsculo cada semana, junto a su querido manzano, para no olvidar los preceptos que mantenían a la comunidad —y, sobre todo, a él mismo— en la senda de lo sagrado. El propio documento así lo mencionaba en su última norma escrita, la cuadragésima novena, que, con un estilo franco, amable y esmerado, decía así: Y para que podáis miraros en este librito como en un espejo y no descuidéis nada por olvido, léase una vez a la semana. Y, si encontráis que cumplís lo que está escrito, dad gracias a Dios, dador de todos los bienes. Pero si alguno de vosotros ve que algo le
120 falta, arrepiéntase de lo pasado, prevéngase para lo futuro, orando para que se le perdone la deuda y no caiga en la tentación. Tales fueron las últimas palabras que leyó Philipp antes de cerrar el pequeño libro y agradecer a Dios sus dádivas. ¡Qué inocente alegría desbordaba su pecho cada vez que repasaba los cuarenta y nueve preceptos de la comunidad! Constataba entonces que todos los cumplía con gusto, todos eran satisfechos con el buen talante y humor excepcional de quien acoge las normas por el puro deleite del alma. Él sabía, y se apiadaba, de varios hermanos que apenas podrían leer las cuarenta y nueve reglas sin sentir una profunda vergüenza; y no por miedo a los ojos de los semejantes, sino por terror a la mirada ineluctable del Altísimo. Philipp, no obstante, sabía limpio su corazón; y, si en ocasiones pedía perdón a Dios, era por si no advertía los pecados que podría estar cometiendo y que no identificaba como tales. ***** Como era de rigor, Philipp se dirigió a la biblioteca para devolver la Regla del Padre al hermano encargado de los libros. Sin embargo, este se había ausentado, por lo que el monje resolvió esperarlo mientras ojeaba los lomos de los gruesos volúmenes. ¡Cuánta sabiduría en tan modesta biblioteca! Él mismo, durante sus años más lozanos, había invertido largas horas aprendiendo álgebra, geometría y cálculo, ciencias que no solo le habían procurado solaz y estímulo intelectuales, sino que habían repercutido en el bien común gracias a la elaboración, por parte de Philipp y otros monjes, de ciertos utensilios y recipientes que aprovechaban mejor el calor del fuego en las cocinas. Ahora, sin embargo, ocupaba su tiempo libre en la oración y la contemplación. El conocimiento racional ya no le atraía; su verdadero deseo era un acercamiento íntimo a Dios. Había decidido hacerse monje para ayudar a sostener el Bien en el mundo, y había llegado a la conclusión de que, aunque solamente era un hombre, Dios actuaba a través de él y usaba sus humildes rezos para labrar la tierra prometida. Philipp estaba convencido de que, cada vez que un ser humano entregaba su corazón a Dios, la humanidad entera avanzaba un paso hacia el Reino. Poco podían ayudar las matemáticas y la lógica en
127 la bendición, y muchos son los que desean conocer su escondite para brindarle las ofrendas de la humildad. El mortal ha perdido amigos, ha pasado hambre y ha caído enfermo. La fiebre y el dolor excitan sus nervios; le es imposible mantenerse sereno. Sin embargo, ningún padecimiento es tal comparado con la bendición de la diosa, con el beso de la mujer primordial. «Te doy la gracias, diosa de la vida, por esta oportunidad de honrarte. ¡Sin tu calor, ya habría muerto! Pero soy imbatible porque tuya es mi voluntad; el mal quiere aprisionarme, pero, cuanto más sufro, más libre soy porque más cerca estoy de ti». La diosa conoce los padecimientos humanos, y a la injusticia del Universo no opone la magia, sino el amor. Ella no justifica, sino que bendice; no consuela, sino que besa; no advierte del frío, sino que hace germinar la semilla del calor. El mortal muere al pie del árbol donde besó a la diosa. La diosa de la isla teje el libro de la civilización, pero el mortal nunca podrá leerlo. ***** Poco duró el sosiego para Philipp. Lejos de disiparse, las imágenes de la mujer se sucedían en sus sueños, y las fantasías sobre la manzana se le presentaban con frecuencia. Comenzó a obsesionarse; y a las obsesiones las acompañaba el terror. Hasta entonces no le había sido difícil disimular sus tribulaciones ante sus hermanos, pero ante la mirada del Altísimo… ¡No podía escapar del juicio del Padre, y ello solo acrecentaba su angustia! ¿Por qué insistía su alma en aquella mujer? ¿Qué tenía de especial ese símbolo del pecado? Quiso olvidar el opúsculo de Segneri, desterrarlo de su imaginación y librarse de su influencia; y, aunque logró disolver las polvorientas reflexiones teológicas, no consiguió zafarse de la ilustración del manzano… ¡Él, que frente a tantas mujeres había agachado la cabeza con la alegría del virtuoso, ahora sucumbía ante el simple dibujo de un manuscrito olvidado! Así pasó otra semana, y el transido monje regresó junto al manzano para releer la querida y necesitada Regla del Padre. Volvió a recorrer aquellas líneas con seguridad,
128 sabiéndose cumplidor ejemplar de las normas comunitarias; pero su corazón fue alterado cuando, de nuevo, llegó a las normas relativas al deseo provocado por las mujeres. Philipp no se amilanó, sino que, sabiéndose necesitado de la ayuda divina, buscó un hilo de sabiduría al que confiar sus temores. No tardó en encontrarlo; y dicho haz de esperanza fue un fragmento de la vigesimonovena regla, el cual decía así: Si alguno que hubiere progresado en el mal espontáneamente lo confiesa, perdónesele y órese por él. El pasaje, que nunca había dejado una especial impronta en Philipp, ahora había vertido luz sobre él. No se sentía culpable, sino endemoniado; no responsable, sino tentado. Lo único que ansiaba era liberarse de aquella maldición femenina, escapar de las espinas y el látigo con que la mujer azotaba su espíritu. Había progresado en el mal; y el Mal, que escapaba de su voluntad consciente, necesitaba un Bien que tampoco dependiera de él. El religioso terminó de leer la Regla del Padre, y, tras despedirse del manzano, se dirigió a los aposentos del prior. Allí moraba el Bien. ***** Philipp, aherrojado por sus propias dudas, habló al prior sobre el manuscrito de Segneri y relató la honda impresión que le había producido el grabado. Describió cómo la figura femenina se le aparecía durante los sueños, las oraciones y las tareas, y cómo su conciencia no era capaz de mantener el sosiego de las horas prístinas. Tales experiencias le confió Philipp al prior; y este, que era hombre sabio y conocía los vericuetos del alma, escuchó con buen oído hasta que el monje hubo expresado todas sus tormentas. Entonces dijo:
129 —El Altísimo ha confiado en ti para que superes esta prueba. Él, que es bueno, nos quiere mejores; y, si te ha honrado con este sufrimiento, debes darle gracias y mostrarte digno de semejante don. —Soy consciente del amor del Padre por sus hijos; y vos sabéis, como Él lo sabe, que siempre seré fiel devoto de sus designios. Sin embargo, yo, que era virtuoso, no sé qué hacer para seguir siéndolo. ¡Es profunda la espina, y no conozco el remedio para extirparla! El fantasma de la mujer, esencia del pecado y fruto de la tentación, no me deja respirar sin hundir su estaca en mi pecho. Ella, la pérfida, se ha instalado en el reverso de mi espíritu, y desde el trasluz me susurra viles imprecaciones. ¡Ella es malvada, y yo no sé empuñar el Bien! —Eres ingenuo, hermano; y en tu ingenuidad reside tu pureza. Muchos como tú habrían soslayado el asunto, y no pocos lo habrían alimentado en su intimidad; pero tú sientes pavor ante lo más insignificante, y, asustado, acudes a tu superior en busca de consuelo. ¡Eres el digno practicante de la Regla del Padre! —¿A qué os referís? —Sé de hermanos que deleitan sus ojos en las mujeres que pasan junto al monasterio, e incluso podría indicarte a qué lugar y en qué momento ir si desearas llevarte una sorpresa de primer orden. El deseo carnal es la serpiente que persigue a muchos, y, sin embargo, pocos se escandalizan; pero tú, que has sentido la inocente vibración de una imagen que ni siquiera muestra el cuerpo de la mujer, vienes amilanado y demandante de guía espiritual. ¿Qué podría reprocharte yo, Philipp? ¡Mejor vete, y ora a Dios por tus lujuriosos hermanos! Olvida tu pequeño desliz; no es más que una mota de polvo al lado de la egregia Regla del Padre que tan bien conoces y practicas. —Mi mal no es el deseo de la carne —repuso Philipp—. Todavía desconozco dicha tentación, y no hay mujer ni relato que hayan conseguido hechizarme hasta el punto de gozar con el pecado. Mi tribulación, estimado prior, es de orden moral. No tiene que ver con el cuerpo de la mujer, sino con su esencia; con el origen del pecado, con la causa de que la mujer sea fuente de tentación y no de alegría. »En la imagen no se mostraba el pecado de la lujuria, sino el deseo del conocimiento. La mujer daba la manzana al monje y este la aceptaba; y dicha manzana, nacida del árbol y entregada por la mujer, nunca ha sido conocida por nosotros los monjes.
130 Nuestro árbol no da fruto, así como nuestro espíritu no tolera la presencia de la mujer; y uno y otro misterio hunden sus raíces en un pozo prohibido, en un cráter vedado, que la mujer invita a descubrir y que está simbolizado por la manzana que no crece en nuestro árbol. »Así es el mal que aguijonea mi espíritu y consume mi paciencia, prior. Sé que solo Dios es la luz del mundo, y sé que el mundo únicamente pertenece a Dios; pero la imagen, que se eleva sobre mi raciocinio y perfora mi alma, me llama a cuestionarme por lo subterráneo y por la sombra, por aquello que no pertenece a la luz ni al mundo. La mujer me ofrece el conocimiento, y yo pugno por rechazarlo; pero ella insiste, y es poderosa… En este punto, el prior se sumió en un grave silencio. ¿Cómo iba a imaginar que el pretencioso manuscrito de Segneri causaría tanto mal a un alma buena? ¿Qué régimen impondría al pobre Philipp, que había sido maldecido con la más insidiosa de las tentaciones? Tras reflexionar, el venerable hombre sentenció: —Durante dos semanas serás eximido de tus tareas. Emplearás el tiempo en orar a Dios para que su luz vuelva a iluminar tu alma, por completo y por entero. Leerás la Regla del Padre tres veces al día, con la reverencia precisa y el ánimo adecuado. Guardarás ayuno y, por supuesto, no podrás consultar el libro de Segneri nunca más. ¿Estás conforme? —Conforme y agradecido. —Muera el cuerpo, elévese el espíritu. —Así será. —Sea pues, hermano. Vuelve en dos semanas para hablarme de tu progreso. Confío en ti; confía tú en el Altísimo. —Sea, loado prior. Así hablaron los guardianes del espíritu; mas no sabían los religiosos que la mujer, hija eterna de las humedades telúricas, reía detrás de todas las luces.
131 II. La mujer No existe el Mal; solo es el nombre que se le da a lo enterrado. Desde la mañana siguiente, Philipp cumplió con lo convenido. Se levantó antes de que cantara el gallo, y, a pesar del frío y del hambre, fue junto al manzano y le habló, diciéndole: «¿Qué puede desear el hombre más que tu amor, Padre? ¿Acaso hay mayor dicha que tu abrazo, o mayor gloria que tu luz? ¿Por qué, entonces, el deseo vacuo ha destruido mi serenidad de la misma forma que los conejos acaban con las hortalizas? ¿Por qué yazgo como el hijo pródigo cuando nunca he faltado a mi deber contigo, Padre? Otros hermanos han visto el manuscrito de Segneri y no han sentido esta zozobra. ¿Por qué yo, infeliz, debo cargar con la pena de todos los pecadores? ¡Yo te amo, Padre, pero necesito tu guía y tu abrazo, pues la mujer ocluye mis ojos y me aleja de tu luz…!» Entonces, tras escuchar su plegaria, la mujer desnuda apareció detrás del manzano. Tal y como se representaba en la ilustración del manuscrito, Eva se acercó a Philipp y le dijo: —Llamas al padre, crees necesitar el calor de su ley; pero hace mucho que esas tablas se agotaron. Philipp, horrorizado, exclamó: —¡Largo de aquí, demonio! ¡Aleja tus miserias de este lugar sagrado! La mujer, sin embargo, reía. —¿Cómo iba a irme, si yo soy el propio manzano al que rezas? ¡Llevo toda la vida acompañando tus oraciones, Philipp! Pero es ahora cuando por fin me has visto… Philipp, sin embargo, no cedió. —¡Cállate, cierra tu lengua emponzoñada! Tú eres el espíritu de la serpiente, la palabra del Mal, la mujer corrupta. ¡Tú has envenenado el manzano, mas no te dejaré
132 pasar al monasterio! No sucumbirán mis hermanos a tus maleficios. ¡Antes moriré yo, bruja infame! La mujer, que había esperado pacientemente a que el monje terminara de bramar, dijo con una voz de milenios: —Pides el abrazo del Padre, querido Philipp; pero no hay más abrazo que el de Eva. Yo he velado por ti, y por todos, desde el nacimiento de todos los árboles; y, si por fin me has visto, es porque la Regla del Padre se ha agotado en tu interior. ¡Por fin! Llevas toda tu vida obedeciendo la norma; y la norma es una sutil manera de nombrar el límite. ¿Por qué buscar el amor de un Dios que limita a sus hijos? ¿Por qué enaltecer los tabúes, por qué defender la prohibición? Tú no necesitas al Padre, sino a Eva, la mujer de lo profundo, la que conoce el mundo subterráneo, la doncella del amor ilimitado. Dice la regla que no has de mirar a la mujer, pero ¿es que acaso el ser humano solo percibe el color verde, o solo identifica la fragancia de las flores violetas, o solo oye las palabras de los hombres rasurados? ¿Acaso no es la realidad una fulgurante mezcla de todas las tonalidades y aromas y sonidos? ¿Por qué, entonces, idolatras la norma, que te prohíbe ver, mirar y deleitarte con los más dichosos dones de la Creación? Philipp no sabía qué decir. Aunque seguía irritado, las palabras de Eva lo habían, en cierta forma, embriagado. Ella era un demonio, un ángel del pecado; pero había algo en su discurso que hechizaba al buen religioso… —Dios exige, pero yo amo —continuó Eva—. Cuando buscas el amor del Padre, no haces sino hundirte en sus exigencias y prohibiciones. El pretendido amor del padre no existe; solo es cumplimiento, deber y rectitud. Sin embargo, yo amo y cuido a todos mis hijos, y nada les pido salvo que desobedezcan. —El amor solo tiende hacia lo perfecto, hacia las alturas sublimes, hacia la virtud. ¿Cómo puedes amar a un hijo que se abandona al placer? —replicó Philipp—. Es más: ¿cómo puedes llamarlo hijo? El Padre solo quiere a los fuertes, a los de espíritu victorioso, a los que mortifican la comodidad en aras de la purificación. ¡Tú no amas, sino que extiendes la mediocridad y la cochambre por todo el mundo! Hemos de ser compasivos, hemos de mostrarnos amables; pero el amor verdadero solo lo merecen aquellos que, por sus obras, se asemejan a la rectitud de Dios. ¿Qué significa, si no, el Reino de Dios en la tierra? ¡Es el imperio de los hombres sabios, impecables y virtuosos, que honran todas las tentaciones con su indiferencia y que bendicen todos los dolores con su calma!
133 —Tu pretendida grandeza no habla desde la virtud, sino desde el miedo. ¡Tu moralidad se nutre del terror a lo humano! A ti, como a todos los que buscáis la imposible perfección del alma, os asusta la debilidad, el pálpito, el fluir de los vicios y los sentimientos. ¡Sentís pavor ante cualquier fenómeno humano! Para vosotros, un hombre enamorado no es más que una bestia lasciva, y una mujer desnuda no es otra cosa que la imagen del mal. Pero ¿acaso hay algo más bello, acaso algo más sublime, que el coito de dos amantes apasionados…? —dijo Eva, adoptando una sugerente postura. —¡Basta! ¡Refrena tus blasfemias, mujer! ¿Cómo podrían servir a Dios quienes se pierden en esas corrupciones? ¿Qué oración, qué rezo podrían mantener los tentados por la carne? Ojalá el espíritu humano tuviera dos direcciones y ambas pudieran desplegarse libremente, sin molestarse ni interrumpirse; pero solo tiene una, y es necesario tomar la correcta… —Quizá sea una forma de orar a Dios, y quizá sea la más acertada, unir el cuerpo y el espíritu en un acto amoroso. Al fin y al cabo, el cuerpo tiende a la materia y el espíritu tiende a lo trascendente; pero es en el acto sexual donde se transmutan todas las polaridades, donde se cruzan todos los límites y se superan todos los muros: el cuerpo se torna espíritu, el alma se posa en el mundo. ¡Lo que tú llamas perversión, yo lo identifico con la verdadera perfección! ¿Qué es más perfecto que la plenitud del orbe? La Regla del Padre solo apela al espíritu; pero ¿qué sería del espíritu sin la carne que lo humaniza? —¿Y qué de la carne sin el espíritu que la dignifica? En este punto, Eva miró a Philipp con la risa de los milenios, y dijo: —Todavía hablas con la gravedad de la Regla del Padre; no has encontrado un idioma propio porque nunca has explorado tu abismo. Sin embargo, aún tengo dos semanas, y el resto de tu vida, para enseñarte las maravillas de las grietas. ¡Largo tiempo llevaba mi pulsión agitándose en tus entrañas, y por fin ha llegado el momento de que escuches tu propio deseo! Philipp sostuvo su mirada con la de Eva. Él, monje vestido; y ella, mujer desnuda, eran el espíritu y la materia que, pugnando por unirse, se repelían con el fragor de los mitos.
134 ***** No quiso informar Philipp a sus superiores sobre Eva. Sabía que se trataba de un demonio, pero era un demonio personal que ningún daño haría al resto de sus hermanos. La mujer había surgido del propio Philipp, y a él se limitaba su existencia; nadie más debía involucrarse en un asunto que, de llegar a mayores, podría acabar con la extirpación del manzano e incluso con la destrucción del monasterio. No; aquella prueba era un pacto secreto, una tarea que el Padre le había impuesto al hijo para comprobar su fidelidad. Philipp, sin embargo, no pudo dejar de pensar en el mundo que Eva le sugería. La mujer le había hablado de las profundidades, de la libertad, de la alegría; y tales significados despuntaban en su conciencia cuando resistía jornadas enteras sin comer o cuando se flagelaba por albergar ideas pecaminosas. El monje sufría por su incapacidad de volver al estado anterior. ¡Qué lejanos le parecían aquellos días sencillos en que rezaba al Padre y se sentía dichoso por cumplir sus preceptos! Ahora solo pretendía respirar, serenarse, calmar su espíritu con mil salmos y oraciones; pero tales rituales se le quedaban a medias, fláccidos y destemplados, carentes del fervor místico que anegara el pecho de Philipp tiempo atrás. Desesperado, el religioso optó por solicitar el ingreso voluntario en una celda. Allí, lejos del mundo y de las tentaciones, no había más tiempo que el de la oscuridad ni más espacio que el de la conciencia. En su celda, Philipp debería poner en orden sus convicciones y restablecer su vínculo con el Padre. Solo así regresaría al mundo como un resucitado. No obstante, y a pesar de lo que creía Philipp, la resurrección podía tener dos direcciones… ***** La celda no aligeró la plúmbea carga que Philipp había sido condenado a soportar. Aislado, perdido, famélico, en el monje ardía un deseo que a cada hora enardecía su duda y acrecentaba su sufrimiento. No podía dejar de recordar a Eva: su presencia imbuía la
135 estancia, carcomía la imaginación y anegaba el alma; y Philipp, que no se atrevía a explorar su yacimiento interior, se castigaba por sucumbir a las tentaciones del pensamiento. El prior no le había permitido llevarse instrumentos de tortura a la celda, pero ello no era óbice para que el religioso se abofeteara las mejillas, frotara sus manos contra el muro hasta hacerlas sangrar o golpeara su cabeza contra los barrotes. Él mismo se había impuesto las reglas de la penitencia; pero estas no hacían sino incrementar su deseo de salvación. Cuanto más sufría, más necesitaba a Eva. El Padre lo obligaba a flagelarse, a torturar el cuerpo, a sufrir por la caída; y, aunque aún no estaba preparado para admitirlo, Philipp necesitaba el amor de la mujer. Era doloroso estar solo ante la Regla del Padre, era insoportable el juicio de la ley divina. En el monje había despertado una fuerza oculta, un anhelo misterioso, un rugido primordial, que bramaba por liberarse de las cadenas teológicas. El Bien se debilitaba: su luz todavía era pulcra, pero Eva le había prometido el conocimiento de las profundidades. ¿Por qué no daba manzanas el árbol, y por qué no averiguarlo junto a Eva…? Tales preguntas eran el fermento áureo que crecía en Philipp y, al mismo tiempo, la causa por la que este se castigaba sin clemencia. ***** Cierto día, Philipp escuchó las risas y los tropiezos de un grupo de niños que jugaban en el exterior. Desnutrido, con el cuerpo lacerado y las manos cubiertas de sangre seca, el penitente voluntario escuchó la alegría de los rapazuelos. No podía verlos, y quizá por ello se instalaron en su alma de un modo especial. Los sentía corretear, perseguirse, odiarse y amarse al mismo tiempo; sus carcajadas eran un himno a la inocencia, su inocencia era una muralla contra el pecado. Entonces lo comprendió. Los niños no pecaban, no podían pecar, porque no sabían qué era el pecado. Los adultos se lo explicaban, trataban de infundir la noción de lo maligno en la experiencia y en los actos de los infantes; pero estos, ingenuos por naturaleza, no comprendían a sus mayores hasta que ellos mismos crecían en cultura y espiritualidad.
136 Philipp se levantó, y, mientras oía a los niños, se dijo con acrimonia: «Los niños, eternos maestros de quienes andamos perdidos, han sabido mostrarme la verdad con su ignorancia. ¡El pecado no existe para el alma del niño! Y, como no existe el pecado, no existen ni el Bien ni el Mal. El niño vive; y, viviendo, no se pregunta por otra cosa que no sea la vida: el meollo inmediato del vivir, la dulce pulpa del instante. ¡El niño puede agredir a su amigo, escupir a sus padres y blasfemar contra los Santos, y no por ello será castigado ni juzgado en las alturas! Solo serán juzgados quienes conocen la norma; y yo, que he amado la Regla del Padre como a mí mismo, también he conocido el juicio más cruel: el del amor paterno». El monje se mantuvo junto a la abertura hasta que las voces infantiles se disiparon. Entonces volvió a sentarse, y, como no podía ser de otra forma, pensó de nuevo en la figura redentora de Eva. Sin embargo, esta vez no se castigó por ello, sino que, inspirado por los niños que lo habían sacado de la celda sin liberarlo de los barrotes, dejó que Eva deslizara sus aguas por entre sus riscos. Desde ese día, Philipp no volvió a soñar con lo femenino. ***** Eva, la mujer desnuda, se presentó ante Philipp. Él, que no había dejado de esperarla desde el incidente de los niños, le dijo: —No creas que eres bienvenida en esta celda; únicamente eres tolerada. Todavía guardo recelo hacia ti; y, aunque ya no te considero una mensajera del Mal, aún no es tiempo de confiar en los demonios. Eva, insinuante, respondió: —Dices no confiar en mí, pero me has abierto las puertas de tu soledad. Dime, Philipp, ¿por qué me llamas demonio, y no ángel? —Te llamo demonio, y no ángel, porque es misión de los demonios tentar, sugerir y avivar el desequilibrio del alma; te llamo demonio, y no ángel, porque son los ángeles
143 Se sentó bajo el manzano. Había llevado consigo la Regla del Padre, librito que había sido la piedra angular de su vida hasta hacía unas semanas. La sed profunda le incitaba a olvidar aquella ley paterna y a vivir bajo el único imperativo de su deseo, siempre cambiante y desbordado, frenético y voluptuoso. El deseo le sugería paraísos maravillosos, pero la vocación del cielo lo llamaba a recuperar su fe en la norma divina. La Madre cantaba el himno de la libertad contra la obediencia, de la aventura contra el ritual, de la vida contra el sacrificio; el Padre susurraba que la obediencia era la mayor libertad para el alma, los rituales la más excitante aventura para el espíritu, el sacrificio la vida más pura y ejemplar. Philipp estaba desgarrado: él, triste explorador de los abismos y las cumbres, era la frontera humana entre los dos rostros de Dios. —Hay que decidir —le dijo Eva, que había aparecido bajo el manzano—. Vives en el vacío, Philipp; mas el vacío no es lugar para vivir. —¿Vivir en el vacío, o vivir en la eterna duda? Dices que hay que decidir, pero cada decisión implica un rechazo. ¡Decidir no significa sino un perpetuo arrepentimiento por lo rechazado! Si decido hacer caso a mi deseo y me hundo junto a ti en las raíces de este manzano, entonces viviré alegre y dichoso, pero la duda religiosa martillearía mi conciencia cada noche. Junto a ti, Eva, mujer primordial y madre del deseo, yo me diría: «¡Sí, soy feliz!» Pero, a la vez, me preguntaría: «¿y si Dios resulta ser Padre y no Madre? ¿Y si, al tiempo que firmé esta vida ligera, firmé también mi condenación?» Y la misma duda me horadaría si me comprometiera con la vida monacal: «¡Cuánto suplicio y cuánta laceración —me diría—, y cuánta serenidad del alma me espera en la eternidad! Mas ¿y si Dios fuera Madre y no Padre? ¿Y si el sacrificio y la austeridad son en vano, pues no existe el cielo eterno sino la tierra efímera?» ¡Entiende mi duda, Eva! ¡Yo solo soy humano, y solo tengo vida para un camino del que nada sé! ¡Dudo, Eva, dudo porque no puedo ser Dios! —Dudas porque no te atreves a empuñar tu Gran Deseo —respondió Eva—. Podrías desentrañar los misterios prohibidos del mundo, podrías gozar del calor del cuerpo y el erotismo de la piel, podrías ser engullido por la tierra y hundirte en su perdición. ¡Podrías ser el puro instinto, la pulsión salvaje, la bestia poderosa! Mas el terror te paraliza; esa Regla del Padre te constriñe con sus mentiras. Eva extendió su mano hacia una de las ramas del manzano y tomó de ella un fruto carnoso, de color intenso y proporciones perfectas.
144 —¡Eva…! —intentó exclamar Philipp, pero sus palabras eran demasiado lentas para su nerviosismo. La mujer primordial había cogido una manzana del árbol donde nunca había crecido ninguna. —Este es el Beso de la Madre —dijo Eva—. Pruébalo y serás mi hijo amado. Philipp no sabía qué hacer. Eva le ofrecía la manzana prohibida, le animaba a seguirla y a olvidarse de la Regla del Padre. ¡Cuánto deseaba morderla! Ardía en él un bravo ímpetu, una feroz marcha, que pugnaba por abalanzarse sobre el fruto y devorarlo; y hacer eso mismo con el resto del árbol, con la propia Eva y con el mundo. Tenía hambre, sed y lascivia: quería engullir la vida, rugir, fornicar, saciar su apetito; quería ser grande, perderse en la concupiscencia, embriagarse, perder la noción de la ley y olvidar el nombre del padre; quería ser libre y sentirse amado: deseaba, deseaba vivir. Philipp aceptó el Beso de la Madre, y, tal y como se representaba en la ilustración de aquel manuscrito, le dio un bocado. En el mismo momento que aceptó a Eva, la rechazó para siempre. Nada más pudo recordar antes de desmayarse. Esa tarde, dos hermanos lo encontrarían desnudo bajo el manzano, con el fruto mordido en su mano izquierda y la Regla del Padre en su mano derecha.
145 III. Dios El puente hacia Dios no son los nombres, sino la afirmación. Cuando el prior fue informado sobre el escándalo de Philipp, no tuvo más remedio que ponerle un severo castigo: la peregrinación a la Ciudad Sagrada. Según la norma y la tradición, los penitentes debían purgarse confesando sus pecados en los siete principales templos de la ciudad. Aquel viaje era la última oportunidad que se les daba a los grandes pecadores antes de expulsarlos del reino divino. Philipp aceptó la encomienda mansamente, sin entusiasmo ni desagrado. Después de la sobrexcitación provocada por Eva, el monje había abandonado todas sus pretensiones de rebeldía y de amor: ya no respetaba al Padre, pero tampoco buscaba a la Madre. Todo le parecía igual de falso, todo igual de provisional. No había verdades, ni en un signo ni en el otro; tampoco había Dios, cuyos pretendidos rostros solo hacían sufrir a los ingenuos. No había nada, únicamente la vida. La vida desnuda, arrancada de todas las raíces, cruel y extraviada, tan inerme como el polvo y tan fútil como el orín de las ratas. Eso era la vida: un respirar en el lodo, una pregunta desde la mugre. Él, necio que aspiraba a lo trascendente, se había dado de bruces con la verdad: no existía el más allá, solo la decepción y la caída. Dios, el Padre, prometía una eternidad que no existía; Dios, la Madre, prometía una dicha que nunca podría existir. Había probado la apetitosa manzana de Eva, mas su sabor resultó áspero y agriado. El gozo, la plenitud, el desbordamiento: todo eran palabras baratas, conceptos vanos que nunca podrían ser experimentados por el monje infeliz. El deseo, esa absurda entelequia preconizada por la mujer, jamás se realizaba, sino que siempre se posponía. Por un instante, mientras mordía el fruto, se había alzado como el propio Dios al que aspiraba: poderoso, lúcido, completo. Mas, seguidamente, la decepción: a la anómala culminación del deseo le sucedía el hambre salvaje, la búsqueda de otro fulgor que no desapareciera como el relámpago. Comprendió entonces Philipp el secreto del árbol que no daba frutos: era la curiosidad vibrante, la pregunta insatisfecha, el afán eternamente inconcluso. ¡El deseo de conocer lo prohibido, ese deseo era el que había zarandeado sus convicciones y
146 lo había perdido en la duda! ¡Por fin conocía el secreto del manzano, que no era otro que la tentación! Philipp, el nihilista confundido, se subió al burro que lo llevaría a la Ciudad Sagrada. El padre Carlstadt, uno de los más ejemplares religiosos del monasterio, también hizo lo propio. El prior le había encomendado que acompañara al pobre Philipp en su periplo espiritual, pues conocía la sensibilidad de este y quería asegurarse de que alguien de confianza velara por su equilibrio. Así, ambos partieron hacia la Ciudad Sagrada, donde se erigían los siete templos en que Philipp debería confesar su pecado. Mas ¿qué es pecado, y qué no, para el que duda…? ***** Los dos religiosos, el convencido y el renegado, recorrían el sendero a lomos de sus bestias. No habían intercambiado palabra alguna durante el trayecto: Philipp no quería hablar y Carlstadt respetaba su silencio. Así, sin más acompañamiento que el restallar de las pezuñas y el trinar de las aves, recorrieron la región durante cuatro días y sus correspondientes noches. Cuando se detenían en las posadas, Philipp apenas se preocupaba por conversar; prefería retirarse a dormir. Carlstadt, por el contrario, disfrutaba intercambiando historietas con los viajantes y se quedaba charlando con ellos durante horas. Más de una vez le invitaron a beber vino de la tierra, pero él siempre lo rechazaba; al contrario que sus camaradas de taberna, el veterano no tenía dificultad para refrenar las pasiones de la noche y mantener la templanza interior. Así cursaron los acontecimientos hasta que, por fin, las cúpulas y torreones de la Ciudad Sagrada comenzaron a distinguirse en lontananza. Una honda emocionalidad embargó entonces a Carlstadt, quien solo había visitado la ciudad una vez en su vida. Philipp, por su parte, no sintió nada especial: detrás de las murallas no había otra cosa que un conglomerado de edificios y enfermedad, donde la gente se hacinaba y la podredumbre revestía las calles macilentas. ¡Y pretender que allí debía reencontrarse con Dios…!
147 Cuando el perfil de la ciudad parecía ya abalanzarse sobre el camino, Carlstadt se vio en la obligación de recordar a Philipp el sentido de aquel viaje. —En apenas unas horas habremos llegado a la Ciudad Sagrada. —Lo sé. Vine hace algunos años para la confirmación de mis votos —respondió Philipp sin mirar a su interlocutor. —Y ahora… ¿recuerdas para qué vienes ahora? El joven calló durante unos segundos, y entonces respondió: —Para contentar al prior. Carlstadt no supo qué responder. Philipp, quien antaño había sido el más devoto de los hermanos en el monasterio, parecía ahora defraudado con la vida, con el mundo, con Dios. Lo había estado observando: ya no reía, ya no gozaba, ya no miraba en torno suyo con ojos de niño. Había perdido esa ingenuidad que tanto agradaba a Dios y que tanto bien hacía a los hombres. Ya no era feliz, sino que vivía en una venganza difusa y generalizada, sin objeto, propósito, ni razón. ¿Cómo podía oscilar el espíritu humano de aquella manera? ¿Cómo era posible demudar el virginal entusiasmo en agrio tormento? Carlstadt no podía comprenderlo, aunque intuía ciertas cosas… —Creo que vives con demasiada seriedad, Philipp —dijo Carlstadt, con ánimo de ayudar al hermano descarriado—. No actúas, sino que indagas en el sentido último de todas las actuaciones. Exploras el reverso, te preocupas por las consecuencias; no vives, sino que cuestionas. Para ti todo significa algo más, todo se dilata hacia el plano de las ideas, todo se transmuta en una esencia filosófica que, sin embargo, nada aporta a la vida salvo penurias. Buscas el significado esencial de los actos humanos; y esa, querido Philipp, es la mayor de las torturas en un mundo que carece de significados. —Si el mundo carece de significados, ¿por qué crees en Dios? —le espetó Philipp. Carlstadt sonrió lacónicamente y respondió: —Porque me ayuda a vivir. —Guardó un instante de silencio—. Tú, sin embargo, sigues preguntándote…
148 —No te preocupes por mí —lo interrumpió Philipp—. Ya he dejado de buscar el sentido. Ahora, simplemente, me limito a vivir; y no necesito a nadie, ni a nada, que me ayude a hacerlo. Ya no me torturo —dijo con acrimonia. —Estás vivo, pero no vives —insistió Carlstadt—. Has abandonado a Dios. Entonces Philipp lo miró por primera vez en todo el trayecto y le dijo: —Dios me ha abandonado a mí. —Inclinó su cuello hacia arriba y cerró los ojos— . Nos ha abandonado a todos. Faltaba poco para llegar a la Ciudad Sagrada. ***** De las siete confesiones, la inicial era la de mayor peso teológico. Era la única que no dependía de otro religioso, sino del propio Dios. El penitente, en ayunas, debía subir de rodillas los veintiocho peldaños de la Santa Escalinata, deteniéndose a orar en cada uno. Según los escritos doctrinales, aquella primera confesión restauraba el vínculo con lo sagrado y preparaba el alma para recibir el perdón en los demás templos. Philipp se arrodilló frente a la escalinata y, tal y como le había explicado Carlstadt, accedió al primer peldaño. Entonces rezó. Lo hizo mecánicamente, sin pensar las palabras ni sentir su significado; murmuró por hábito, por aprendizaje de años, y no por devoción. Subió al siguiente y repitió la pantomima; y así hizo con otro, otro y otro más. Las rodillas le dolían, pero no merecía la pena claudicar. Tampoco rebelarse. Cumplir; solamente cumplir. Le había sido encomendada esa tarea, y, dócil como en el monasterio, la debía acatar. No esperaba ya la gracia de Dios, tampoco la paz del espíritu; simplemente, el suyo era un acto de resignación. Había que vivir, y para vivir había que comer; y, si quería comer, debía seguir en la orden. ¿El requisito para no ser expulsado era subir por una hedionda escalera que los hombres creían sagrada? Bien; él cumpliría. ¿Ayunar hasta los límites de la extenuación? Él cumpliría. ¿Peregrinar hasta el fin del mundo para confesar a hombres más pecadores que el diablo un pecado inexistente? Cumpliría. Había que resignarse. Ni más allá, ni más acá: solo había que vivir entre el suelo y el techo. Resignarse a la estrechez y al límite. Mantenerse vivo. Cumplir. Solamente cumplir.
149 Siguió ascendiendo Philipp la escalinata, sin buscar ni pretender; y así llegó a la cima, donde una cruz de mármol culminaba la elevación del espíritu. El monje, entonces, se supo el más humano de los hombres: desde aquella altura del alma, contempló el mundo y lo vio como el hijo de una mentira. La cruz reinaba sobre la Ciudad Sagrada y bendecía a los mendigos, a los comerciantes, a las prostitutas y a los religiosos; y todos se sabían dichosos, todos tenían fe en la salvación del Padre y en el amor de la Madre, todos pretendían conocer a Dios y a sus dos rostros. Las personas deseaban y se castigaban, vivían y sentían terror, pecaban y se flagelaban. Era el ciclo, el péndulo, la oscilación del alma y el estómago: tal y como le había dicho Eva, la vida era el coito entre lo espiritual y lo corporal. El Mal buscaba el Bien, el Bien anhelaba el Mal; y la vida humana nunca podría escapar de esa dualidad irresoluble, jamás nadie encontraría la respuesta a aquel laberinto de dos caminos y ninguna salida. Dios, el de los dos rostros, no era otro sino el Dios de la duda y la tentación, el de la frontera y el desgarro. Nunca la completitud, nunca el orbe, jamás la perfección; únicamente la parcialidad y la pregunta por el envés de lo elegido. Philipp, sin embargo, había escapado del péndulo. Mudo, quieto, imperturbable, era la mismísima cruz a la que el mundo encomendaba su eterno conflicto: no aspiraba, no juzgaba, no se cuestionaba. Al igual que la cruz, solo existía. «Solo hay la vida. Lo demás no existe.» Tal fue su única oración antes de bajar la Santa Escalinata y regresar a un mundo al que ya no pertenecía. ***** Durante la jornada sucesiva, Philipp pasó por tres iglesias a las que, con un humor improcedente, bautizó como «la Santísima Trinidad de la Concupiscencia». Primeramente, hubo de confesar sus pecados a un cura glotón; más tarde, a un padre lujurioso; y, finalmente, a un sacerdote haragán. «¡Ciudad Sagrada, capital del pecado capital!», pensaba el monje, a quien, por otra parte, ya no afectaban esas cuestiones. Tal y como le había sido exigido, Había confesado su extravío religioso a aquellos hombres vulgares; y estos, tal y como se esperaba de ellos, habían absuelto a Philipp a cambio de
150 algunas oraciones y rezos. ¡Gran teatro, gran simulación, gran máscara de lo trascendente! El cura cuyo aliento olía a queso y a vino le había recomendado ayuno; el padre que apestaba a perfume de mujer le había recomendado abstinencia; el sacerdote que despachaba sus misas en quince minutos le había recomendado vigilia. ¡Ecuánime hipocresía, serena contradicción! Aquel era el verdadero reino de Dios, que no era otro que el de los hombres. Humanos, profunda e irrevocablemente humanos eran aquellos que intercedían por Dios en la tierra; humanos, ¡humanos! eran quienes insuflaban el hálito divino en las gentes sencillas. Cada vez era más consciente Philipp de la verdad. La naturaleza de Dios no era más que la del hombre, pues ¿qué ser, salvo el mal llamado humano, aspiraba a algo más e intentaba comunicarlo a sus semejantes? ¿Cuál sería el lenguaje de lo sublime, de lo bello y, en definitiva, de lo divino, salvo el mismo de los únicos que pretendían conocer semejantes entelequias? Dios no hablaba el idioma del cielo, sino el del estómago; no el de la virtud, sino el del pecado. ¿Acaso conocían los hombres el cielo o la virtud? ¿Acaso podían comprender una palabra diferente al rugido de las tripas o al clamor del orgasmo? Solo el vicio reflectaba el fantasma del Bien, solo el Mal proyectaba la quimera de la perfección; y las más altas aspiraciones no eran sino espejismos que mostraban aquello de lo que carecía el desierto humano. Al final de la jornada, Philipp se reencontró con Carlstadt, y este le preguntó al joven sobre sus progresos espirituales. El monje, sonriendo con malicia, le respondió: —Creen los religiosos que han absuelto mi extravío; sin embargo, fueron ellos quienes se han confesado ante mí. Carlstadt lo miró con extrañeza. —Explícate. —He sentido compasión por ellos. Por su mediocridad. Por su humanidad. — Suspiró—. No hay nada que perdonar al ser humano, Carlstadt. Solo merecemos compasión. Philipp se despidió de su compañero y se retiró a cumplir con las oraciones y demás requerimientos que le habían prescrito el cura glotón, el padre lujurioso y el sacerdote haragán. De alguna u otra forma, y sin ser del todo consciente, rezó por ellos y por su naturaleza humana.
151 La compasión es el rezo de Dios por los hombres. ***** A la mañana siguiente, Philipp salió temprano hacia el quinto templo de la Ciudad Sagrada. Carlstadt le había advertido: «Deberás madrugar más que de costumbre, pues el sacerdote al cargo es, probablemente, el mayor asceta del país, y cientos de peregrinos lo buscan a diario». En efecto, una caterva de personas se apiñaba desordenadamente en el nártex de la pequeña basílica. Había mutilados, enfermos, gangrenados y ciegos; todos ellos se arrastraban y gritaban, pedían misericordia, reclamaban la piedad que Dios les había prometido. Philipp, por miedo al contagio, se mantuvo al margen durante largo tiempo. Sin embargo, la marabunta era cada vez mayor, y, conforme la mañana proseguía y el gentío se multiplicaba, el religioso se percató de que, si no se abría camino entre las pústulas y las infecciones, cada vez estaría más lejos de aquella absurda confesión. Había que cumplir: esa era la única regla de los vivos. Estiró su hábito de monje y, adquiriendo los andares típicos de los de su gremio, se internó en el humus de la putrefacción humana. No retiró sus ojos del suelo; se limitó a caminar a través de las manos que pretendían aferrarlo, más allá de los quejidos que le imploraban prodigios imposibles y de los escupitajos de quienes veían en él a un impostor. Philipp quería salir de aquel cráter de sufrimiento, donde la afección y la dolencia ennegrecían la dignidad humana y condenaban toda posibilidad de dicha. ¡Ojalá pudiera él salvar a todas aquellas personas…! Pero no podía, y, además, sabía algo que ellos no… Siguió avanzando, apartando de su camino las penurias y lamentos de quienes padecían los trastornos del cuerpo, y por fin pudo internarse en la basílica. La tosca arquitectura, de cerrada oscuridad y mohosa estrechez, era el perfecto escenario para aquel caos enfermizo: el sacerdote, que, efectivamente, Philipp no tardó en reconocer como «el mayor asceta del país», bendecía a los contagiados con un beso en la boca. Estos se aproximaban a él siguiendo una fila, y Philipp no tuvo más remedio que incorporarse a la cadena de penitentes. Durante largos minutos intentó no respirar más de lo necesario;
152 también escondió sus manos en las mangas de su hábito, para evitar cualquier contacto con los aquejados. Había que cumplir, y para vivir había que cumplir… Cuando no más de siete u ocho infestados le separaban del sacerdote, Philipp se percató de que este estaba repleto de insectos. Moscas, mosquitos y hasta cucarachas recorrían su piel y campaban en su derredor; parecían las telas de su vestido un hogar para aquellos seres, y era su carne el lienzo blanco donde revoloteaban aquellas salpicaduras pardas. Esto ocurría, y así lo comprobó Philipp con horror, porque el cura se mantenía de pie sobre un barreño de cerámica donde los aquejados escupían después de la ablución espiritual y donde el propio sacerdote hacía sus necesidades fecales y urinarias. Aquello revolvió las tripas vacías de Philipp y lo hizo más sensible al fuerte olor que anegaba la estancia. «Hay que cumplir, hay que cumplir», se repetía el joven minutos antes de que le llegara su turno. —He peregrinado hasta aquí para una confesión —dijo cuando, por fin, se vio frente al sacerdote. —En ese caso, deberás hundir tus pecados en los pecados del mundo —respondió el asceta, señalando sucesivamente los pies de Philipp y el barreño lleno de heces. Philipp mantuvo su respiración y cerró los ojos. «Hay que cumplir». Alzó un pie y lo sumergió en la masa viscosa. Creyó sentir el movimiento de algún insecto que moraba en aquel poso de podredumbre. Apretó la mandíbula. El padre le agarró ambas manos, y entonces Philipp metió el pie que le faltaba. Compartía el barreño con el sacerdote; y no solo con él, sino con toda la humanidad. Lo más abyecto, lo más pútrido, lo más vomitivo: en ese instante, Philipp era el mismísimo centro del desprecio humano. Entonces, el asceta lo besó en la boca. Philipp hizo un esfuerzo por reprimir una arcada. —Tus pecados han sido perdonados. Ve en paz. —Amén —musitó con urgencia. Sacó sus pies del recipiente y los sacudió como pudo, intentando no mirarlos. Salió de la basílica con premura, esquivando a los afectados. Entonces, cuando se encontró de nuevo en las calles de la ciudad, buscó el río que atravesaba la urbe y se sumergió en él durante largo tiempo.