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La poesía de Manuel Gahete: los signos de la tradición

Criado Costa, Joaquín

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69 Debo comenzar agradeciendo a los excelentísimos señores miembros de esta Real Academia Sevillana de Buenas Letras el inmerecido honor de haberme elegido Académico Correspondiente de la misma, título al que trataré de hacerme acreedor, y agradeciendo también a los Excmos. Sres. D. Manuel Clavero Arévalo, D. Manuel González Jiménez, D. Enrique Valdivieso González, D. Ramón Mª. Serrera Contreras y D. Rogelio Reyes Cano que firmaran en su día la propuesta de nombramiento. Entiendo que no es necesario explicar en este selecto auditorio las razones de un título, pero, aun sabiéndolo, creo que no está de más, para iniciar mi conferencia, atraer las palabras de Armando Villegas afirmando con él que “debemos reflexionar sobre la necesidad de proteger la tradición e inventar estrategias para que ese acervo de enseñanzas y prácticas milenarias (…) no sea eliminado”1. Muchos autores coinciden en señalar que la poesía es la esencia de la cultura, ponderando el dictamen de Miguel de Unamuno cuando aseveraba que la poesía es la quintaesencia de la literatura. La originalidad se ha valorado como un valor superior a la herencia, olvidando que, de la nada, nada 1. Armando villegas, “El exterminio de la tradición”, en Con–fabulación (entrevista al autor del día 6 de diciembre de 2013). LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: loS SiGnoS de la tRadiciÓn Por Joaquín criado costa Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 43, 2015, pp. 69–88. 70 surge; y perdiéndose en ese oscuro espejo de la ignorancia que niega lo que no conoce o no entiende. Porque a veces hay que retroceder para avanzar. Villegas es elocuente y taxativo: Nuestra civilización irrespeta la memoria. El mundo que hemos erigido a partir de raíces robustas de repente comienza a negar nuestro pasado, dejándonos desprotegidos (…) y exponiendo nuestro pensamien- to, urdido en el curso de los siglos, a un imaginario torrentoso, constituido por formas que sólo poseen el valor de ser nuevas, como si la novedad fuese una cualidad por sí misma. Toda innovación carece de importancia si no se origina en las raíces. Y es así como este trivializado escenario que vivimos, que muestra las conquistas del pasado sustituidas por formas nuevas y casi siempre fugaces, lleva a reflexionar sobre la obligación que tiene todo artista integral de beber en la misma fuente que calmó la sed de sus antepasados2. En este mismo sentido se expresa el escritor, columnista y crítico Javier Sánchez Menéndez cuando afirma que “la meta de un escritor es acercarse al centro indudable y absorber de él ese alimento necesario. Plasmar en tu propia obra a los autores clásicos es la culminación. Un camino en armonía”3. Ecléctico colector de las más acendradas tradiciones, la obra poética de Manuel Gahete deviene asociada a la línea capital de los clásicos. Sin embargo, nuestro poeta sabe muy bien qué terreno pisa y él es el primero en concertar el valor de las tradiciones y el peso de su influjo. Así nos transmite: “para escribir, ahondar en el misterio, iniciados sin duda por la mano de otros, pero no eternamente guiados. Solo así es posible salvaguardar la personalidad del verdadero artista de toda influencia necesaria de la que somos herederos pero nunca deudores”4. Y este pensamiento lo resume a 2. Ibidem. 3. Javier sáncHez Menéndez, “Naturaleza, las guardas”, en Cuadernos del Sur (Suplemento cultural del diario Córdoba), 1204 (8 de febrero de 2014), p. 8. 4. Manuel gaHete Jurado, Cuatro poetas: Recordando a Dámaso, Col. Violeta de Ediciones de la Posada, Córdoba, 2000, p. 98. JOAQUÍN CRIADO COSTA70 71 la perfección la doctora María José Porro Herrera, catedrática de Literatura Española de la Universidad de Córdoba y estudiosa de la poesía del cordobés, cuando habla sobre la dificultad de encuadrar al poeta Manuel Gahete en algún movimiento o escuela poética específica: ni poesía de la experiencia, ni poesía de la sensibilidad: poesía a secas, que como a Juan Ramón, otro de sus mentores líricos en cuya estela figura con todo derecho, le pide llegar al alma de las cosas5. El hispanista estadounidense Russell P. Sebold, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Pensilvania, discípulo de Américo Castro en la Universidad de Princeton donde se doctoró en 1953, seguidor y comentarista de la obra de Gahete, es explícito en sus manifestaciones: La palabra del buen poeta goza de autoridad, y es enorme la autoridad de la palabra poética de Manuel Gahete (…) El poeta rememora versos de predecesores predilectos que, en diferentes momentos de la historia, se han hallado en la misma situación afectiva que él (…) El lector culto es consciente de esta serie de ecos confirmativos y merced a ellos descubre en la vivencia del poeta actual la secular “autoridad” de la tradición poética. A tal poeta algunos lo llamarán clásico (…) Revestido de la autoridad de sus maestros, el poeta habla por la Poesía. Manuel Gahete es, en este sentido, un poeta neoclásico de máxima autoridad6. En este mismo sentido se expresa el doctor en Filología Clásica y profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Luis Alberto de Cuenca, además traductor, ensayista, crítico, editor literario, investigador y académico, quien afirma que 5. María José Porro Herrera, apud Joaquín criado costa, “El tiempo y la palabra de Manuel Gahete”, en Boletín de la Real Academia de Córdoba, 60 (Enero–Diciembre 2011), p. 369 [370–373]. 6. Russell P. sebold, “Prólogo”, en José cenizo JiMénez: Emoción y ritmo: La visión poética de Manuel Gahete, Biblioteca Ensayo, 15, Delegación de Cultura de la Diputación Provincial, Córdoba, 2007, p. 11. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 71 72 Manuel Gahete “es uno de los poetas españoles que más y mejor han trasladado a nuestros días el sentido, y hasta la forma, de los grandes autores de nuestra tradición centenaria”7. Este sentir ha sido una máxima constante en la mayoría de los críticos que se han acercado a la obra de Gahete. El doctor Ángel Estévez, profesor titular de la Universidad de Córdoba, declara que afirmado en las raíces de la tradición clásica, o mejor, en el fluir especular de esa tradición en la que se implica, Manuel Gahete se escudriña humana y poéticamente, entrecruzando experiencia vital y aliento lírico. La palabra, entonces, sobre el espacio abierto de la página virgen, se hace carne que tiembla en el perfil del verso, inflamado de amor, herido de lumbre, contrapunteado de muerte. Toman así forma y sentido los universales del corazón humano8. El filósofo, poeta y crítico y cordobés Antonio Flores proclama: De lo que no hay ninguna duda es que este poeta no concede el más mínimo atisbo al tono coloquial. Su fidelidad a ese “sueño creador” que la palabra primigenia tenía, y que –como bien dejó dicho María Zambrano– sólo se consigue “violentándola” a través de la metáfora, lo aleja de prosaísmos y alacridades (…) La exquisita musicalidad que desprende su léxico de secuencias armoniosas dota a sus poemas de una brillantez estético–formal, propia de la madurez lírica de (…) un clásico”9. Porque, en esta caravana de pseudopoesía que nos está invadiendo, Gahete no se integra. Él es un filólogo que, al poetizar, 7. Luis Alberto de cuenca y Prado, “Palabras para Manuel Gahete”, en Las lecturas poéticas de la Generación del 27, Área de Cultura de la Diputación, Málaga, 1998, s. p. 8. Ángel estévez Molinero, “Topoi y ritmo en la poesía de Manuel Gahete”, en José María Molina caballero (ed.), El universo luminoso de Manuel Gahete, Revista literaria Ánfora Nova, 61–62 (2005), p. 67. 9. Antonio Flores Herrera, “La poesía de Manuel Gahete”, en Revista intercultural Tres orillas, 13–14 (2009), pp. 115 y 117. JOAQUÍN CRIADO COSTA72 73 realiza, en su propia locución, un análisis lexicológico de los vocablos escogidos. Es, sencillamente, una autoexigencia impuesta por su inclinación a la raíz. A los orígenes. Las referencias al mundo clásico siguen presentes, entremezcladas con un apasionado diálogo entre el yo íntimo y la soledad colectiva del hombre, actuando el fuego, no como arjé, origen, según postulaba Heráclito, sino como elemento depurador de todo lo viviente10. En esta búsqueda, que implica conocimiento y afirmación, Gahete reinterpreta las voces de los grandes maestros. El traductor, poeta, crítico y profesor de la Universidad de Córdoba Carlos Clementson, asevera que la obra de Manuel Gahete se inscribe bajo el signo del más acendrado barroco cordobés, al que actualiza con un lenguaje lleno de vigorosa expresividad y hondura. Clementson señala que, además de ser un excepcional dominador de las formas métricas y haber acuñado un estilo lleno de tensión personal y brillante riqueza de imágenes, en su obra destaca el excepcional magisterio de los sonetos, actuales y barrocos, en vigente diálogo con los clásicos11. Como constata el profesor de la Universidad de Sevilla José Cenizo Jiménez, que dedica uno de sus más exhaustivos trabajos a la obra de Manuel Gahete, Ningún poeta cuerdo –y Gahete lo es plenamente– puede ni debe manifestarse al margen de la tradición (…) Recibimos una cultura, una herencia literaria, un corpus poético que, ineludiblemente, nos transforma, nos modela (…) Tradición y originalidad, herencia y personalidad, escuela e individualidad son los dos canales de escritura poética que no son antitéticos, sino complementarios12. En plena madurez creativa, Gahete nos muestra los tres vértices que conforman su triángulo poético: la elegancia expresiva del clasicismo, la tradición barroca andaluza y la fascinación por 10. Ibidem, pp. 115–116. 11. Carlos cleMentson cerezo, “Fons Sophiae: Veinte siglos de literatura en Córdoba”, en Mapa literario / Córdoba, “El invisible anillo”, p. 75. 12. J. cenizo, Emoción y ritmo..., p. 70. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 73 74 la música de la palabra; sin olvidar en ningún momento un cuarto pilar irrevocable, la contradeclaración al mundo más íntima, más honda, que deja al trasluz su lucha contra la vida deshumanizada, su dolor frente a la insolidaridad y los abismos entre los seres humanos, contrarrestado por el canto a la esperanza de un poeta vitalista que nos trasmite siempre sensación de autenticidad. Según el catedrático de la Universidad de Bérgamo, referente del hispanismo internacional, Gabriele Morelli, el encuentro entre vitalismo y barroco, patente en la poesía de Gahete, genera una enorme tensión espiritual que, en algún momento, alcanza el léxico y las elevadas expresiones de los poetas místicos, en particular los de San Juan de la Cruz. El motivo del “balbuceo”, es decir la imposibilidad de expresar a fondo el sentimiento que vive el poeta, allega la experiencia literaria de nuestro autor a la tradición mística y, también, a los modelos más actuales del movimiento romántico y neorromántico, entre los que es preciso destacar el nombre de Vicente Aleixandre, para quien la palabra poética se evidencia a través de una voz balbuciente, incapaz de transmitir en plenitud su mensaje. Esta constante insatisfacción, fruto de un continuo proceso estilístico encauzado a la precisión y la síntesis, indica la importancia absoluta que el poeta reserva a la sustancia vivificante de la palabra13. Ya en Íntimo cuerpo sin luz, fiel a la tradición barroca andaluza, reclamaba la primacía de la forma frente al contenido. En este sentido coincide plenamente con lo expresado por el poeta y ensayista alemán Gottfried Benn cuando afirma No espero nada de una extensa y profunda disertación sobre la forma. La forma, aislada, es un concepto difícil. Pero la forma es sin más la poesía. Los contenidos de un poema, digamos tristeza, pánico, corrientes escatológicas, todo el mundo los tiene, pues es el bagaje propio del hombre, su patrimonio en medida más o menos múltiple y sublime, pero sólo deviene poema lírico cuando toma cuerpo en una forma que haga autóctono este contenido, lo dirija, cree a partir de éste, con las palabras, un encantamiento. Una forma aisla- 13. Gabriele Morrelli, “La poesía de Manuel Gahete: el fuego que devora”, en Manuel gaHete Jurado, El tiempo y la palabra (Antología poética 1985–2010), La Isla de Siltolá, Sevilla, 2011, pp. 11–12 y 15. JOAQUÍN CRIADO COSTA74 75 da, una forma en sí, no existe. Ella es el ser, la misión existencial del artista, su meta. En este sentido se debe entender ciertamente la frase de Staiger: la forma es el contenido más elevado14. Con todo, Gahete responde a una doble concepción creadora, la manifestada por Mallarmé cuando afirma que la poesía “se hace con palabras, no con ideas”; y la que impulsa a decir a Wordswhort que la poesía es el “rebosar espontáneo de intensos sentimientos”. El doctor Francisco Morales Lomas, profesor titular de la Universidad de Málaga, asegura que “ambos puntos de vista: sentimiento (vida) y cuidado de la palabra se dan la mano en la obra de Gahete. Ni la técnica se sacrifica a las intuiciones creadoras ni estas reducen la técnica a una mera servidumbre formal. La simbiosis es acertada y conmovedora”15. La perfección técnica que caracteriza la poesía de Gahete está estrechamente conectada a la alta concesión del sentimiento amoroso, valor fundamental que permite el descubrimiento de sí mismo y del mundo16. En sus páginas el lector es llevado de la mano por sendas que van del amor humano al amor místico, a través de una búsqueda de la perfección formal que atiende por igual a la rigurosa arquitectura del soneto como al poema de amplio aliento discursivo y lírico. Son todas ellas vertientes complementarias de una escritura marcada por una persecución, la de la ampliación del campo léxico, como modo de apertura de las tonalidades poéticas, casi siempre con el amor como tema central. Libros como Nacimiento al amor, Íntimo cuerpo sin luz, La región encendida, El legado de arcilla o El fuego en la ceniza nos transmiten claramente la pervivencia de este eje central que continúa siendo el ansia amorosa, realidad y anhelo, humana y mística al mismo tiempo. 14. Gottfried benn, Problemas de la poesía lírica (I). Versión y edición de José Manuel Recillas. 15. Francisco Morales loMas, “Vitalismo y barroco en la lírica de Manuel Gahete”, en Ficciones. Revista de Letras (Otoño 1999/Invierno 2000), p. 38 [pp. 38–41]. 16. G. Morelli, “La poesía de Manuel Gahete...”, en M. gaHete, El tiempo y la palabra..., p. 18. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 75 76 Es el acreditado hispanista americano Sebold quien señala a Gahete como poeta neomístico, reconociendo en San Juan de la Cruz uno de sus arquetipos vivenciales, “entablando insistentes diálogos espirituales con fuerzas trascendentes, ascendentes y descendientes”17. La lucha existencial de Gahete se desarrolla en dos sentidos: hacia la armonía con lo humano en el amor terrenal, y hacia la armonía con lo divino en la fe; en ningún caso el camino carece de obstáculos, dudas y contrastes. Acompañado por reflexiones metafísicas acerca de la vida y la muerte, el tiempo que pasa y la soledad, el amor se configura como única salvación y entraña la búsqueda de la verdad, hallada a menudo en la amada, a veces en Dios, otra en sí mismo y siempre en la poesía, hiperónimo metafórico de cada uno de sus constituyentes. Símbolo imprescindible de estos encuentros es la luz, inevitablemente relacionada con la sombra: el verso alumbra la esencia del espíritu y manifiesta su Verdad preservada, aspiración –como proclama Russell P. Sebold18– de gran parte de la obra de Gahete, a través de la belleza: la poesía introspectiva, que a menudo se acerca al monólogo interior, logra ahondar en el conocimiento de las experiencias y emociones más íntimas. Escribe Gahete en un verso iluminador: “Sabes que nuestras vidas son luces de un momento”, y define la poesía como “una oscura luz, la luz más negra que el hombre reconoce, pero siempre luz, incluso cegadora”19. La profesora de la Universidad de Bérgamo Marina Bianchi, traductora y estudiosa del poeta, nos recuerda que basta emprender un paseo por La región encendida para darse cuenta de que hay un aire sanjuanista que impregna dulcemente cada uno de sus versos, hasta en el clamor de sus títulos, un aroma que dialoga prodigiosamente con esa soledad sonora bebida del más inspirado de los poetas místicos20. En acordada opinión a la expresada por los doctores Rusell P. Sebold, Gabriele Morelli y Marina Bianchi, el profesor sevilla- 17. Ibidem, p. 12. 18. Ibidem. 19. Marina biancHi, “De llamas y cenizas: La poética de Manuel Gahete”, en m. gaHete, El tiempo y la palabra…, p. 60. 20. Ibidem. JOAQUÍN CRIADO COSTA76 77 no Cenizo Jiménez, en el documentado estudio titulado Emoción y ritmo: la visión poética de Manuel Gahete, publicado en 2007 en la Biblioteca de Ensayo de la Diputación cordobesa, apuesta por la influencia innegable de la impronta sanjuanista de buena parte de la obra de Manuel Gahete, nunca lejana a la suntuosa presencia de la lírica arábigo–andaluza, de lo que da sobrada muestra en su libro Códice andalusí21. Gahete asume el pronunciamiento del amor como principio y fin, como ideario sagrado que se alza en nuestro interior y transforma la naturaleza espiritual del ser humano. Pero, sobre todo, Gahete da cuenta de una fervorosa pasión por la palabra. La suya es una escritura independiente, individual y ampliamente reconocida, con claras señas de identidad tanto en un reconocible ejercicio de estilo como en un trabado universo temático. En este horizonte singular y claramente identificable, se perfila con rasgos peculiares Mapa físico22, ya desde la desusada y concreta imagen de su título, marcada por una voluntad de descenso al polvo de la tierra, a la ineludible dimensión humana de la existencia. El doctor Pedro Ruiz Pérez, catedrático de Literatura de la Universidad de Córdoba, analiza con rigor científico la materia y la forma que configura otro de los vértices fontales de Gahete: la desolada existencia del hombre. La figura del poeta como peregrino, extranjero en un mundo necesitado de la orientación del registro cartográfico, parece recoger el legado de Novalis y el romanticismo, en estrecha correspondencia con la imagen de Gahete poeta, pájaro solitario. Confirmando su vocación de reconocer su patria en el amor y la poesía, el autor da cuenta de su dolorosa experiencia de la temporalidad, conjugando el sentimiento de extrañeza con la voluntad de encontrar un freno para ella en sus irrenunciables posesiones, hechas de tiempo pero nacidas para frenar su fuga, para detenerla en un momento inmortal, pasto de la memoria. En el subtítulo del libro, “Pasos del peregrino”, Gahete resume esta otra perspectiva y se sitúa abiertamente bajo la advocación de Góngora, al que ya dedicara su Glosario del soneto a Córdoba (1992) y Casida de Trassierra (1999). De la herencia 21. Manuel gaHete Jurado, Códice andalusí, Col. Manantial, Priego de Córdoba, 2014. 22. Idem, Mapa físico, Ángaro, Sevilla, 2002. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 77 84 “con este hermoso libro, Manuel Gahete añade su nombre definitiva y dignamente a los de Pedro Soto de Rojas, Salcedo y Coronel, Domínguez Camargo, sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Rafael Alberti, Gerardo Diego y Dámaso Alonso”32. Un libro de gran intensidad, que viene marcado por las dos fuerzas antagónicas más presentes de toda la poesía occidental, el amor y la muerte. Ciertamente toda estética hace referencia a una ética. Pero Gahete no es ningún pesimista, aunque todo poeta lleve dentro esa oscura semilla de tragedia. Solo por este inmanente sello, gran parte de la obra de Gahete está profundamente signada por el legado de la tradición barroca33. Barroco es el fondo del enunciado sentimental y existencial que busca en la palabra sensual y elaborada la mejor forma de representación. El barroco denota una oscura claridad, cimentada sobre lo que Cacciari esgrime como identitario de la palabra: “La palabra puede únicamente obtener alguna claridad en cuanto que renuncia al mismo tiempo a revelar la claridad absoluta. La palabra sólo logra hacerse clara cuando ha comprendido finalmente que jamás podrá ser adecuada perfectamente a dicha claridad”34. La poesía de Manuel Gahete se configura o se revela como el relato poético de la existencia de un “hombre de luz eterna / a la efímera sombra condenado”. Símbolo primordial de la poesía de Manuel es la luz, metáfora de la presencia del amor que trae consigo la paz y la alegría, contrapuesta a la oscuridad de la soledad, a la muerte del olvido, partícipes al fin del vínculo inefable que define nuestra fatal existencia. Emilio Orozco nos avisa de que no podemos quedar indiferentes ante la lección o la 32. Fernando de villena, “Casida de Trassierra de Manuel Gahete”, suplemento cultural Cuadernos del Sur del diario Córdoba, reeditado en J. M. Molina, El universo luminoso..., p. 80. 33. Al que rinde un llamativo homenaje la edición del Glosario del soneto a Córdoba, que celebra la figura del insigne maestro en tándem con la ciudad de Córdoba, patria común de tantos escritores y poetas (Manuel gaHete Jurado, Glosario del soneto a Córdoba, Real Academia de Córdoba, 1992). 34. Apud Antonio varo baena, “La poesía estética de Manuel Gahete”, en Entre la espada y la poesía II (y otros textos), Biblioteca Arca del Ateneo, Córdoba, 2009, p. 77 [pp. 69–78]. JOAQUÍN CRIADO COSTA84 85 cultura del barroco, en la que descubrimos “bajo la deslumbrante vestidura del estilo ese íntimo drama que vive el hombre de la época”35. La otra cara del barroco, la conceptista, personalizada en la inabarcable figura de Quevedo, no podía faltar en este poeta tan fiel a una estética que, como él mismo señala y ya hemos reproducido, no puede limitarse a Góngora y al culteranismo. Culto a Góngora, pero asimismo al no menos genial Quevedo, al que, sin embargo, no ha dedicado el esfuerzo indagador y crítico que tributa al primero. Su aliento, no obstante, respira en muchos rincones de su poesía, visible en mayor grado en libros como Alba de lava (1990), La región encendida (2000), Mitos urbanos (2007) o El fuego en la ceniza (2014). Este “itinerario vital”36, donde conviven los sesgos humanos del dolor, la soledad, el paso del tiempo y la muerte con las reflexiones metafísicas sobre el ser y la nada, nos recuerda inequívocamente a Quevedo: Cuando me haya de morir pon en mi cuerpo de tierra un beso de cera gris y préndelo con tu fuego para que quede de mí la ceniza de tu aliento cuando me haya de morir37. Heredero de un barroquismo sufriente que pasma, que alela al lector incluso docto, Gahete siempre hace gala de un conocimiento idiomático y un dominio del verbo prístino, clarividente, que nos obliga a volver en cada verso sobre su distinción e intensidad38. En esta lectura se ha insistido en describir el cuño clásico, la impronta barroca y hasta el carácter místico en la obra de Ga- 35. Emilio orozco díaz, Mística, plástica y Barroco, Cupsa, Madrid, 1977, p. 59. 36. Leopoldo de luis, “La exaltación lírica de los contrarios: Itinerario poético de Manuel Gahete”, en Manuel gaHete Jurado, El cristal en la llama (Antología abierta 1980–1995), CajaSur, Córdoba, 1995, pp. 11–15. 37. Manuel gaHete Jurado, “Códex”, en El fuego en la ceniza, Guadalturia, Sevilla, 2014, p. 35. 38. Francisco Huelva, “El fuego en la ceniza de Manuel Gahete”, Visiones desde el Sur, Huelva, 2014. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 85 86 hete, plena e intensa en su obra El fuego en la ceniza, pero son muchos otros los ecos que nos advienen de la historia literaria, “aquilatados, todos los rasgos literarios propios de la creación de Gahete (selecto léxico culto, metáforas abundantes, antítesis y paradojas basadas en la pareja fuego–frialdad, dominio por igual del verso libre que del clásico soneto)”39, porque siempre vislumbramos un destello impreciso y titilante en la obra de Gahete que incide en la mirada del lector y evita que repose en el pliegue o la fragancia para trascender en la esencia. Así es esencial la marca del sevillano Fernando de Herrera, precursor angular de Góngora. Es preciso añadir también el nombre de Juan Ramón Jiménez, ya destacado y presente en el libro Íntimo cuerpo sin luz, donde vemos prorrumpir las imágenes oníricas que proceden sin duda de los grandes nombres de la poesía francesa de principio del siglo XX (Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Rimbaud) y el sensualismo férreo de los escritores de la cornisa mediterránea (Seferis, Cavafis, Elytis, Montale, Pavese, Ungaretti). Y tampoco faltan los signos de la influencia de los autores del 27 (Pedro Salinas, Jorge Guillén y particularmente Vicente Aleixandre); la sombra de luz de los poetas de Cántico; el misceláneo influjo de los poetas andaluces del cincuenta (Antonio Carvajal, Rafael Guillén, Ángel García López, Antonio Hernández)40; e incluso la ironía novísima y posmoderna de Luis Alberto de Cuenca. En efecto la visión creativa de Manuel Gahete va en busca de una síntesis que recoge, de la experiencia de la ingente tradición transmitida por la historia literaria, las instancias propias de la modernidad. Esto ocurre tanto a nivel estilístico, donde el poeta muestra una extraordinaria pericia formal, como desde el punto de vista del contenido que exalta el motivo del amor, expresión de una experiencia anímica que se carga de sobresentido, transformándose en una metafísica de enorme alcance y actualidad41. Pero, como defiende el escritor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula, en las páginas de Babelia: 39. Antonio Moreno ayora, “El fulgor de la pasión”, en Cuadernos del Sur (suplemento de cultura del diario Córdoba), 21 de diciembre de 2013. 40. J. criado, “El tiempo y la palabra…”, p. 369. 41. G. Morelli, “La poesía de Manuel Gahete...”, p. 18. JOAQUÍN CRIADO COSTA86 87 La sensibilidad de Gahete es espasmódica, interjectiva, bronca incluso. En su obra se visualiza la sombra del Arcipreste, el rastro de Quevedo, la omnipresencia de Miguel Hernández y los agonistas de la alta posguerra, Hidalgo, Gaos o Blas de Otero. En todo momento se mantiene la exasperación y la zozobra (…) para recusar el orden sinfónico que regía aquel jardín cerrado al que parecen haber desencuadernado las tempestades de la existencia42. Porque, en definitiva, como afirma la doctora María José Porro, en la poesía viva de Manuel Gahete, plena de “sentimiento, irracionalidad apasionada en cascadas de imágenes visionarias y enumeraciones caóticas, pero también, y a la vez, el engarce ajustado de la metáfora”43, emerge poderosamente la confrontación de “la pequeñez del hombre frente a la plenitud del universo, con el trasfondo del sentimiento agónico bebido en Unamuno y la expresión desgarrada de un Blas de Otero”44. Podría hablar de la poesía de Manuel Gahete refiriéndome sin equivocarme a la pasión que infunde a sus versos, a su imaginación desbordante, a su encendimiento creativo. No erraría tampoco asegurando que su obra traspasa la corteza de las emociones para penetrar en el centro del corazón humano. Acertaría sin duda si afirmo que el vigor y la belleza de su palabra son referentes inapelables de la mejor y más auténtica expresión lírica; que su lenguaje, bello y verdadero, queda al margen de modas pasajeras porque se cimienta en el núcleo de la poesía intemporal. Podría decirlo, y queda dicho; mas sobre toda admiración poética, crece en mí un sentimiento de amistad y cercanía cuya razón es ya fecunda e indeleble45. 42. Ángel Luis Prieto de Paula, “El tiempo y la palabra”, en Babelia (El País, 17/03/2012), p. 11. 43. María José Porro Herrera: “El tiempo y la palabra”, en Quaderni Ibero Americani (QIA), 103 (Gennaio–Dicembre 2012), p. 120. 44. Ibidem. 45. Joaquín criado costa, “Manuel Gahete, la ciencia literaria”, en J. M. Molina, El universo luminoso…, p. 17. LA POESÍA DE MANUEL GAHETE: LOS SIGNOS DE LA TRADICIÓN 87 88 La poesía es probablemente, en el terreno de la literatura, y quizás de las artes, la que muestra más claramente ese misterio nunca revelado que nos acerca a la suprema adivinación de la vida íntima de los elementos. Sin dejar nunca de responder las preguntas incontestables, el poeta debe ser el hombre que arde como una llama viva, álgida, inagotable; una llama que obliga al poeta a estar sobre sí mismo, depurándose, elevándose, rejuveneciéndose. La poesía de Manuel, vitalista y apasionada, expresa con refinado lenguaje un intimismo que roza cada instante la universalidad; una escritura donde toda vivencia personal se vuelve ocasión para formular o traer a la memoria leyes cósmicas, cuestiones universales cuyos versos humanos son a la vez míticos y eternos46. Por todo lo dicho, puedo terminar afirmando que Manuel Gahete es hoy una de las más reconocidas voces poéticas de Córdoba y de Andalucía. 46. Vid. M. biancHi, “Manuel Gahete [el esteticismo en la literatura española] de Antonio Moreno Ayora, Sevilla, “La Isla de Siltolá, 2013”, en Duende, Suplemento virtual de Quaderni Ibero Americani, 7 (novembre 2013), p. 16. JOAQUÍN CRIADO COSTA88