El trabajo fosilizado : patrón cotidiano de actividad física y organización social del trabajo en la Gran Canaria prehispánica
Abstract
Programa de doctorado: Fuentes, Métodos e Historiografía para la Investigación en el Mundo Atlántico
Full text
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS HISTÓRICAS
EL TRABAJO FOSILIZADO:
PATRÓN COTIDIANO DE ACTIVIDAD FÍSICA Y
ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL TRABAJO EN LA GRAN
CANARIA PREHISPÁNICA
JONATHAN A. SANTANA CABRERA
OCTUBRE 2011
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
A mis muertos,
y a mis vivos
A G R A D E C I M I E N T O S
El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan.
Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerd o, en narración...
El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje.
José Saramago
El trabajo que se presenta en estas páginas es la culminación de un viaje comenzado hace
años en compañía de muchas personas sin las cuales esta tesis doctoral no se hubiera podido realizar.
Muchos aspectos esbozados en estas páginas son reflexiones colectivas que co mpeten a muchos
amigos y amigas con las que com parto la pasión por este oficio y por el pasado de nu estras islas. E n
estas lín eas pretendo expresar mi más si ncera gratitud a todas aquellas personas que creyeron en m i
persona y en mi trabajo durante estos años.
Quisiera agradecer a Amelia Rodríguez la con fianza puesta en mí y en este proyecto, su
implicación con esta tesis do ctoral y con mi person a, razones que no sólo tienen que ver con este
trabajo, sino con cuantos vengan en el futuro. Gracias por aceptarme como soy y creer en mí.
Debo agradecer a Javier Velasco la confianza y generos idad que desde el primer momento
brindó en mi persona. Su predisposición y ánim o son culpables de que yo mis mo llegara a tomar en
consideración un reto como éste. Gracias por tu afecto y por la pasión que me supiste transmitir.
Sin duda los aciertos de este trabajo son resultado de la dirección – me cuesta mucho usar
esta palabra cuando para mí han sid o maestros y compañeros – de Ame y Xabi. Me siento
enormemente honrado de haber emprendido este viaje en su compañía. Siento también que soy un
enorme privilegiado por merecer el tiempo y el es fuerzo de estos dos grandes investigadores, que s i
bien sus aportaciones a la arqueología me han inspirado y me inspiran, en esta tesis doctoral -y en mi
formación como investigador- ha influido sobremanera su calidad humana. Creo además que juntos
constituyen el referente ideal, pu es ambos se complementan a la perfec ción y lo que uno no ve, lo
ve el otro. Para ellos mi más sincera gratitud.
Otras personas también me hicieron saber qu e hab ía encontrado mi oficio. Debo agradecer
a Verónica Alberto su modo de enseñarme la arqueología. Probablemente ella no sospeche cuanto
ha influido en mi vida, de hecho, qu izás est é escribiendo estas líneas porque una mañana, en un
yacimiento, se puso a mi lado y me contó lo que hacíamos realmente ahí. Ella lo sigue sabiendo y
cuantos trabajan a su lado también. Gracias por creer en mí.
Jacob Morales intentó enseñarme muchas cosas que no entendí hasta que esta tesis doctoral
iba completándose. Ahora soy consci ente de su enorme generosidad. Su implicación con mi trabajo,
su apoyo y su confianza han sido para mí fundamentales. Gracias mono por creer en mí.
Debo agradecer especialmente a mis amigos Ricardo Cabrer a, Julie Campagne, Miguel del
Pino y Marco Moreno sus comentarios y sugerencias en esta tesis doctoral. No só lo me han
aportado su amistad, cosa que valor o por encima de todo, también han sido críticos cuando tenían
que serlo.
Agradezco a las empre sas de arqueología Arqueocanaria y Tibicena su inestimable
colaboración, facilitando en todo momento el acceso a los materiales esq ueléticos y a la
documentación de los contextos arqu eológicos donde habían intervenido. Valentín y Cheli han
estado siempre abierto s a mis peticiones y me han mostrado su apoyo incondicional . Gracias por su
generosidad y su predisposición. Me siento en deuda con Marco Moreno, Félix Men doza e Ibá n
Suárez por su confianza y aprecio. Espero que este trabajo merezca su respeto y sientan amo rtizada,
en cierta medida, la inversión monetaria qu e hicieron en mí algunas veces bajo el pretexto de un
puesto de trabajo. Jam ás hubiera sospechado lo impo rtante qu e era el “imprimir pantalla” sin su
ayuda – ellos me entienden- . Aprendí mucho y me formé com o profesional gracias a ellos. Con
amigos así uno puede estar tranquilo.
Las personas que trabajan en El Museo Canario merecen mi especial reconocimien to por su
impecable trato y pred isposición. En todo momento han facilitado mi acces o a los materiales
esqueléticos que ellos custodiaban. Muchas gracias por su apoyo y ánimo durante este tiempo a
Coqui, Tere, Antonio, Manolo y Mari Carmen.
Quisiera expresar mi gratitud hacia Ignasi Galtés po r su trabajo, del qu e soy deudor, y por
su atención y ayuda siempre qu e lo necesité. Espero que esta tesis doctoral sea merecedo ra de su
respeto. Muchas gracias también a Pere Ibáñez por su predisposición a trabajar conmigo y a
compartir sus contribuciones desinteresadamente, algunas de las cuales constituyen parte de los
procedimientos relacionados con la metodología. Igualmente, mi gratitud a Xavier Jorda na quién
me aconsejó acerca de las estrategias est adísticas a emplear en esta tesis doctoral. Tam bién mi
agradecimiento a Assumpció Malgosa por aceptarme en la Unitat d’Antropologia Biològica de la
Universidad Autónoma de Barcelona durante una estancia de investigación.
Gracias a Juan José Ibáñez por conf iar en mí y en mi trabajo. Me ha dad o la oportunidad de
participar en un proyecto sumamente enriquecedor que me ha permitido entrar en contacto con
una parcela de la arqu eología apasionante . Gracias también a la amistad y a los buenos momentos
del equipo de este proyecto: Joana, Luis, Jesús Emilio, Lydia, Xavi, Encarni, Manu, Amaia, Talia,
Ángel, Jesús, Eneko, Andrea, Unai, Esper…y a toda la gente de Qarassa .
Ernesto Martín me ha dado su apoyo y su confian za durante este tiempo. Siempre ha estado
dispuesto a ayudarme y con la mejor predisposición. Espero que este trabajo merezca su respeto.
Asimismo debo mostrar mi gratitud hacia otros miembros del Departamento de Ciencias Históricas
que se han interesado por mi trabajo y qu e me han ofr ecido su apoyo y su estima. Mil gracias a
Macri, Alberto y Pedro . También a Claudio Martín por su ayuda y por facilitarme las cosas con ese
mundo que él bien conoce.
Agradezco a María Dolores Garral da su predisposición a compart ir con nosotros
documentación que ha sido fundamental para este trabajo y para el conocimiento de uno de los
espacios más carismáticos de la arqueología insular. Esp ero que vuelva a recuperar el contacto con
su isla y que nunca lo pierda.
Unas cuantas personas han aportado tranquilidad a mi vida cuando tuvieron la generosidad
de revisar fragmentos de esta tesis doctoral. Mi agradecimiento a Emili o González, Ma tilde Arnay y
Eva Rodríguez por comprobar aquellas partes que mis limitaciones for mativas me impedían valorar
con mucho criterio.
Gracias al equipo que intervino en el yacimiento arqueológico de Maspalomas pude
compartir sus interesantes reflexiones acerca de las prácticas funerarias prehispánicas, mucha s de las
cuales están expuestas en el correspondiente apar tado de esta tesis doctoral. Para mí fue un
auténtico placer compartir aquellas mañanas entre amigos. Todos ellos se mostraron
verdaderamente interesad os en este tr abajo y consiguieron que me sintiera apreciado como
investigador.
Agradezco a Pepe Guillén su cariño y a mistad todos estos años. Espero qu e este trabajo sea
merecedor de su respeto. Algo me dice que vamos a pasar horas y horas discutiendo…como a
nosotros nos gusta. Hace cuatro años empecé a mirar unos cráneos con Martha . Hay descub rimos
que éramos unos seres totalmente su bjetivos, ella si empre veía mujeres y, yo sólo hombres. Muchas
gracias por tu amistad y cariño.
Desde que entré en este mundo siempre me he sentido qu erido po r los compañeros y
compañeras del ofi cio. En todo momento me han ofrecido su amis tad, confianza y apoyo. Con cada
una de ellas tengo un motivo de gratitud: Gabo, Tinguaro, Pedro , Eliezer, Patri, Feye, Óscar, las
Raqueles, Pepe el Uru , Bea , David, Soraya, Cristina, Rita, Guaci, Hacomar, May, Carlitos , Cris to,
Bertila, Ithaysa, Ainara, Sarabel, Victor, Eduardo, Ricardo, Efraín , etc. También quisiera agradecer
el entus iasmo y la generos idad de la gente qu e empieza, con especial ded icación a los Pedrillos ,
Gabriel, Aridane, Pablo...su inquietud es maravillosa.
Me hubiera gustado mucho que mi padre Arístides Santana, mi abuela Carmen Figueroa y
mi abuelo Agustín Santana estuvieran conmigo el día de la lectura de mi tesis do ctoral. Ellos no
pudieron estudiar como yo lo hice po rque vivieron en una é poca donde los poderosos no creían
conveniente que necesitaran hacerlo. Siento, y espero no parecer pretencioso, que en cierta medida
esta tesis es un éxito p ara los míos, para mis muertos. Les doy las gracias por intentar hacer de mí
una buena persona.
También quiero agradecer el cariño y apoyo de mi familia (los vivos) du rante todo este
tiempo: a mi mad re Rosa, mi hermano Carlos, mi abuelo Benito, mis tíos y tías: Eloi na, Carlos,
Alberto, Marina, Mari, Fernando, Pedro, Paco, Tino, Mercedes, Carmelo…a mis primos y
primas...Espero que sientan que este trabajo es parte de ellos. Igualmente, le doy las gracias a Ros i,
Cristobal y Tania por hacerme sentir parte de su familiar con su cariño y apoyo.
Mis amigos y amigas me han tenido mucha paciencia y si empre han sido comprensi vos con
mi trabajo. Su confianza y generosidad hacen mi vida especial cada día . Especialmente, m uchas
gracias a Diego, Bene, Alba, Cris, Fran, Orlando y David. Ojalá este trabajo merezca su respeto.
Cada día que Carlota llena mis horas con su sonri sa me siento confiado, tranq uilo y en paz.
Quisiera que le gustara este trabajo porque muchas horas que pasé para escribirlo las robé de tiempo
para estar con ella. Le agradezco su apoyo, su cariño y su compañ ía. Sólo espero que si enta que esta
tesis valió la pena por tanta paciencia…
Finalmente, quisiera agradecer al Cabildo de Gran Canaria la concesión de una beca de
investigación pre-doctoral qu e ha financiado mi formación y este proyecto de investigación durante
los últimos cuatro años. Esta tesis doctoral no se hubiera podido realizar en este tiempo y forma
sino hubiera disfrutado de esta beca .
Mil gracias a todos y todas.
Yoni
1
No hay final.
No hay principio.
Es sólo la infinita pasión de la vida.
Federico Fellini
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BIBLIOGRAFÍA ........................................................................................................... 419
LISTA DE FIGURAS Y DE TABLAS .............................................................................. 457
F O R M A T O D I G I T A L :
A N E X O I : A T L A S V I S U A L Y D E S C R I P T I V O D E L O S M AR C A D O R E S
M Ú S C U L O - E S Q U E L É T I C O S D E A C T I V I D A D F Í S C A D E C L A V Í C U L A , H Ú M E R O ,
C Ú B I T O Y R A D I O
A N E X O II : C O R P U S D E RE S U L T A D O S E S T A D Í S T I C O S D E L A T E S I S
D O C T O R A L
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Nuestras clases domina ntes han procurado siempre que los trabajadores no
tengan historia, no tengan doctrina, no ten gan héroes y m ártires. Cada lucha
debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia
colectiva se pierde, las lecciones s e olvidan. La historia parece así como
propiedad privada cuyos dueños son los due ños de todas las otras cosas.
Rodolfo Walsh
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I N T R O D U C C I Ó N
Los que no habéis sudado jamás, l os que andáis yertos,
En el ocio sin brazos, sin músic a, sin poros,
No usaréis la corona de los poros abiertos,
Ni el poder de los toros.
Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
La encendida hermos ura reside en los talones
De los cuerpos que mueven sus mie mbros trabajados
Como constelaciones.
Viento del Pueblo
Miguel Hernández
Esta tesis doctoral propo ne una aproximación a la organización social del trabajo en la
sociedad prehispánica de Gran Canaria, caracterizando para ello la división social del trabajo
y, por lo tanto, la distribución de los sujetos en det erminada s funciones como agentes de la
producción
1
. Para ello se ha elegido abordar esos procesos a través del análisis de los restos
óseos, partiendo de la idea de que en estos elementos queda la
huella fosilizada
de su papel
como fuerza de trab ajo (Castro
et al
., 1998; Risch, 2 002). Su estudio debe servir para
caracterizar un patrón biomecánico mediante el análisis de los marcadores óseos de actividad
física, los cuales aportan datos directos y sustanciales sobre la intensidad, variabilidad y
duración de los esfuerzos físicos que habitualmente realizan las personas. Esa es la
perspectiva que permite valorar a los sujetos estudiados según su po sición en la organización
social del trabajo.
Este proyecto de investigación se inscribe teóricamente en el Materialismo Histórico,
un marco sustantivo que aporta sus fundamentos valorativos, ontológicos y epistemológicos -
metodológicos. Desde esta perspect iva se entiende a la sociedad como objeto de estudio que
está determinado por las bases m ateriales de existencia y las relaciones sociales de
1
Este trabajo se integra en una de las líneas de est udio del grupo TARHA d el Departamento. de Ciencias Históricas de
la Universidad de La s Palmas de Gran Canaria. Su objetivo principal es la reconstru cción de las relaciones sociales de
producción durante la etapa preeuropea del poblamiento insular y se está plasmando en varios p royectos nacionales
sucesivos, de los que los más recientes son: HUM2006 -09189 “La explotación de los recursos abióticos en la isla de Gran
Canaria. La reconstrucción de las relaciones sociales de producción en época preeuropea y colonial” y HAR2010-19328: “Las
relaciones sociales de producción en la isla de Gran Canaria en época preeuropea y colonial. Análisis de los procesos de trab ajo” ,
ambos dirigidos por Amelia Rodríguez.
12
producción. Esto significa que se considera a las prácticas económicas como asp ecto
fundamental que explica la historia de las formacio nes sociales .
La organización social del trabajo se define por un determinado modo de distribuir a
los sujetos como fuerza de trabajo en los distintos ámbitos donde se materializa la
producción. La diversificación de estas estrategias permite consolidar el modelo económico,
asegurando con ello la obtención e incremento de la producción y su exce dente. La primera
consecuencia de esta diversificació n es la propia división técnica de la producción y la división
social del trabajo, parámetr os que dependen del grado de desarrollo de las fuerzas
productivas (Bate, 1998; Risch, 2002). Se asume que el conocimiento de estas relaciones
sociales es esencial para historizar una sociedad. No obstante, somos conscientes de las
limitaciones que tiene l a disciplina arqueológica para gen erar datos empíricos capaces de
definir dichos aspectos.
Son numerosas las referencias historio gráficas que abordan la organizació n social del
trabajo para la formación histórica de los canarios antiguos (Jiménez González, 1999; Martín
et al
., 2001; Onrubia, 2003; Velasco y Alberto, 2005; Delgado, 2009; Rodríguez, 2010). Muchas
de ellas se apoyan fundamentalmente en los datos etnohistóricos del periodo de contacto
entre europeos y aborígenes. Tambié n se ha recurrido al estu dio de las evidencias
arqueológicas más relacionadas con las bases económicas de esta sociedad, pero esa vía, por
sí sola, no proporciona todavía los suficientes indicadores. Por ello, la aplicación del estudio
de los marcadores óseos de actividad física c onstituía una oportunidad para completar este
panorama, contando, además, con el respaldo de un método contrastado en diferentes
contextos crono- culturale s (Galtés
et al.,
2006; Santos
et al
., 2011). Asimismo, se ha realizado
un esfuerzo importante para pr ofundizar en los aspectos metodológicos de esta línea de
trabajo, desarrollando nuevas herramientas de investigación que ya han sido aplicadas
preliminarmente en la muestra poblacional de Gran Canaria (Santana, 2009). Con estos
procedimientos se ha propuesto respo nder a los si guientes obj etivos fundamentales:
1. Caracterizar el patrón cotidiano de actividad física de la sociedad prehispánica
de Gran Canaria en el marco temporal de los siglos XI-XV d.E. Para ello se examina, con la
metodología propuesta, a dif erentes grupos poblacionales que ofrecen perfiles válidos para
estudiar la división social del trabajo a través de los restos óseos y qu e son los comúnmente
utilizados en este tipo de estudios: necrópolis de procedencia, sexo, lateralidad y edad (Robb,
1998 ). Las similitudes y diferencias en los registros de los marcadores óseos de actividad
física, así como las relaciones y agrupaciones que se establecen entre ellos, permiten vincular
patrones biomecánicos concretos a los gru pos poblacionales definidos. Est os modelos son
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resultado de la adaptación músculo - esquelética a los esfuerzos físicos realizados de forma
cotidiana, lo que debería reflejar la actividad laboral (K ennedy, 1989; Hawkey y Merbs, 1995).
Establecer esa circunstancia puede ayudar a aproximarnos a los factores qu e determinaron la
posición de los individ uos en el trab ajo y, con ello, en las relacio nes sociales de pro ducción.
2. Especificar la división sexual del trabajo, lo que constituye un aspecto
fundamental de la organización social del trabajo y subyace en muchas de las desigualdades
presentes en cualquier formación histórica. El objetivo es caracterizar la relación que se
establece entre sistema de gén ero y trabajo, identificando la función de hombres y mujeres
en la distribución de l as tareas laboral es.
3. Establecer si se puede determinar la existencia de variaciones territoriales en el
patrón cotidiano de actividad física, con objeto de identificar asimetrías significativas entre los
distintos asentamientos. En este sentido, un perfil de marcad ores de act ividad física
caracterizado por desigualdades entre las series poblacionales de las distintas necrópolis
podría ser indicativo de una articulació n supra -local de las activi dades productivas, al menos
un porcentaje de aquéll as que impliquen mayor grado de especialización, ya sea por
imperativos terr itoriales, tecnológicos o ideológicos.
4. Identificar la relación de la división social del trabajo en la composición de los
espacios sepulcrales. Las prácticas funerarias prehispánicas presentan una reali dad compleja
donde se advierten diferencias formales y organizativas que redundan en la idea de la
existencia d e es tratificación social , también sugeri da por otras evidencias documentales.
Resultaría interesante indagar si estas diferencias pueden vincular se de algún modo con la
posición de los individ uos en la organi zación social del trabajo.
La base material que sustenta el trabajo son las evidencias que dejaron los canarios
antiguos en un territorio concreto y bien delimitado, la isla de Gran Canaria. Los datos
arqueológicos conocidos hasta el momento señalan que estuvieron aislados de otros grupos
durante un largo periodo de tiempo, pues no se han identificado arqueológicamente
contactos con otras islas o con el continente. Igualmente, esta población tie ne ciertos rasgos
culturales que la diferencian de los otras sociedades asentada s en el resto del archipiélago.
Esto sugiere que su existencia estuvo princip almente determinada p or mecanismos
endógenos de reproducción social. De ahí que las particularidades históricas de esta sociedad
pueden considerarse como originales. Sin embargo, hay etapas de ocupación de las que
apenas se posee información arqueológica, principalmente en el um bral cronológico que la
mayoría de autores propo nen para la c olonización del archipiélag o (s. V a.E. -s. I d.E.) .
14
El principal recurso informativo que se emplea son los esqueletos de los antiguos
canarios, en combinación con sus contextos arqueológicos. Se analizaron los huesos largos de
la extremidad superior e inferior. En los b razos se examinaron clavícula, húmero, cúbito y
radio mediante el estudio de los marcadores músculo - esqueléticos y las dimensiones métricas
del esqueleto, ya que esta extremidad es la encargada de interactuar con la realidad por
medio del trabajo, para lo que, en algunos casos, se sirve de herramientas. Por esta razón es
el segmento del cuerpo humano que mejor representa la variabilidad biomecánica de los
individuos. En las piernas ún icamente se estudiaron los caract eres métricos con el objeto de
investigar el patrón de m ovilidad y la rob ustez.
El material de estudio de esta tesis doctoral procede de diez necrópolis prehispánicas
situadas en distintos puntos de la geografía insular. Su elección se vio supeditada a los
criterios metodológicos de selección de la muestra y a las posibilidades que ofrecían los
repertorios exhuma dos hasta la fec ha.
La mayoría de los yacimientos fue objeto de intervenciones arqueológicas de
urgencia. De ahí que estos cementerios se circunscriban al litoral insular, donde se ha
con centrado el desarrollo urbanístico de las últimas décadas. Una cuestión singular es el
marco cronológico documentado en todos ellos, ya que se sitúa en los últimos cinco siglos
de historia de esta formación social (s. XI - XV d.E.). El límite final responde al momento en que
la corona de Castilla concluye la conquista armada de la isla, acontecimiento que representó
un auténtico genocidio para los antiguos canarios, provocando la desaparición de la cultura
prehispánica mediante la fuerza o la aculturación. Ad emás de los mecanismos de imposición
cultural, la población fue muy diezmada y no constituyó un grupo lo suficientemente
numeroso – o cohesio nado- para m antener una i dentidad social vis ible en siglos posteriore s.
Resulta curioso que no se pueda documentar un número significativo de restos
humanos vinculados al primer milenio de existencia de la formación social de los canarios. Las
evidencias son escasas en número y, ya sea por las dudas suscitadas sobre los contextos
sepulcrales de los que proceden, ya sea por sus deficientes condiciones de conservación, no
han podido incluirse e n este trabajo. Es ta circunsta ncia nos obliga a restringir , por el
momento, las conclusiones qu e se obtengan a esos últimos cinco siglos, una etapa para la
que, precisamente, se ha sugerido que ciertos procesos productivos pudieron experimentar
algunos cambios, ligados a una mayor intensificación y especialización, cuya gén esis pudo ser
de naturaleza exógena o endógena.
Esta circunstancia no es privativa de los cont extos sepulcrales, ya que la mayor parte
de la información arqueológica disponible actu almente se sitúa tambié n en este arco
15
cronológico. Es a coincidencia facili ta conjugar esos datos en la elaboración en la
argumentación histórica de este trabajo e incluir igualmente con m ás libertad las
informaciones obtenidas de la documentació n escrita, que se refiere precisamente a los
últimos siglos de exis tencia de los c anarios.
La estrategia de análisis elegida se centra en la observación de los marcadores de
actividad física en los restos esqueléticos de los antiguos canarios, perspectiva analítica que
ha sido considerada como una
“traceología paleoantropoló gica”
, (Dutour, 1993; Risch, 2002).
Para ello se ha recurrido a una propuesta metodológica novedosa en el contexto insular, que
consiste en el análisis sistemático de una serie de modificaciones óseas y dentales derivadas
de patrones habituales de actividad, centrando la atención en los marcadores músc ulo -
esqueléticos
2
y las dimensi ones métricas de los huesos largos.
En el primer caso se trat a de examinar las variaciones morfo-estructurales de las
entesis, regiones específicas del sistem a esquelético donde se insertan músc ulos, tendones y
ligamentos. Estas áreas se adaptan a las cargas mecánicas que padece el individuo de forma
ha bitual, hipertrofiándose o modificando su arquitectura con objeto de satisfacer las
demandas biomecánicas que soporta el esqueleto. Para ello se ha aplicado el protocolo
propuesto por Galtés y colaboradores (2006) para el radio, aunque aquí se ha utiliza do para
elaborar un atlas visual y descriptivo de clavícula, húmero, cúbito y radio, basado en
caracteres cualitativos, que es capaz de defin ir diferentes estadios de robust ez en las entesis.
Este atlas fue testado mediante procedimientos estadísticos para d eterminar el error inter -
observador, ofreciendo resultados óptimos para su aplicación. Igualmente, con objeto de
comprobar si estos cambios eran producto de la actividad física, se llevó a cabo un modelo
de validació n estadístic o cuyos datos revelaron que este sistema refleja patrones
biomecánicos coherentes y, por lo tanto, constituye una herramienta de análisis válida para
estudiar la actividad física en los restos esqueléticos. La aplicación de estos procedimientos
metodológicos aporta datos directos y sustanciales acerca del papel de los sujetos en la
organización social del trabajo, ya que estos marcadores se generan durante los procesos de
trabajo, reflejando fisiológicamente los movimientos, esfuerzos y posturas realizados por las
personas en el transcurso de sus actividades cotidianas. Conjuntamente, se tomaron las
debidas precauciones para limitar la influencia que ejercen factores endógenos y exógenos en
las características del esqueleto (herencia genética, edad, sexo, patologías , etc.) (Hawkey y
Me rbs, 1995; Santos
et al
., 2011). En s íntesis, el método presentado supone una herramienta
2
Conocidos en la bibliografí a anglosajona co mo “muskuloskeletal stress markers (MSM)” (H awkey y Merbs, 1995 )
16
eficaz para el análisis de la actividad física puesto que actúa dentro de un marco biomecánico
coherente.
Además, se analizaron las dimensiones métricas de los princi pales huesos del
esqueleto apendicular (clavícula, húmero, cúbito, radio, fémur y tibia). Estos caracteres ofrecen
valores cuantitativos que son indicativos de la adaptación morfo -estructural del hueso a las
cargas biomecánicas, informando acerca del régimen de fuerzas qu e actúan sobre el tejido
óseo y su variabilidad (presión, torsión, cizallamiento, etc.). De este modo se puede registrar
la naturaleza de los hábitos cotidianos de act ividad física que influyen en la configuración
arquitectónica del hueso. Asimismo, el análisis comparativo de estos parámetr os en una escala
inter- o intrapoblacional pe rmite estudiar variacio nes significativas en los pat rones de esfuerzo
físico propios de cada grupo e xaminado.
En esta tesis se pretende contextualizar los resultados de los patrones de act ividad
identificados en un marco que integre en su justa medida otros datos históricos de diversa
índole para dotarlos de sign ificación social. Por ello son fundamentales las referencias
arqueológicas sobre el proceso productivo prehispánico, especialmente las alu sivas a las
actividades de subsistencia que aseguraban la reproducción biológica y social de esta
formación histórica. También se incide de forma destacada en la documentación de
actividades laborales de carácter más o menos especializado. Se cuenta con un volumen
importante de información qu e sugiere la producción excedentaria de recursos alimentarios
(Velasco, 1999; Morales, 2010), y cada vez son más numerosos los estudios que han aportado
elementos de juicio para eva luar la especialización laboral en determinados procesos de
trabajo prehispánicos (Velas co
et al
., 2001; Delgado, 2009; Rodríguez, 2010). Estas dos
circunstancias son necesarias para articular un modo de producción con individuos eximidos
de participar en el proceso productivo directo. Dicha particularidad supone la base de todos
los modelos teóricos que explican la existencia de división social del trabajo y complejidad
social (Vicent, 19 98).
Otro recurso importante para discutir los resultados está consti tuido por el corpus de
textos etnohistóricos y otros documentos escritos alusivos al periodo de contacto entre
canarios y europeos. La información que emana de estos testimonios constituye un excelente
medio para contrastar las hipótesis derivadas de las i nterpretaciones biomecánicas sobre la
división social del trabajo, aunque no debe obviarse que estas fuentes presentan un conjunto
de limitaciones qu e obligan a ser sumamente cautelosos en su empleo como herramienta
histórica (O nrubia, 200 3; Baucells, 2004). Es necesario mantener una actitud crí tica qu e
permita percibir los sesgos eurocéntricos y androcéntricos, producto de su propio contexto
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histórico y de las circunstancias concretas de sus autores. Igualmente, no hay que perder de
vista que hacen referen cia a un periodo limitado del poblamiento prehispánico de la isla, por
lo que los datos se refieren a momentos inmediatamente anteriores al cont exto cronológico
donde fueron realizadas ( ss. XV - XVII). La investigación ha de ser conscie nte de que a medida
que se retrocede en el tiempo las posibilidades de cambio son mayores. No obstante
constituyen un recurso inestimable, qu e en este caso tiene una cierta sincronía con el marco
temporal del contex to arqueológi co analizado.
Teniendo en cuen ta esas premisas , la tesis se ha estructurado en seis ca pítulos. El
primero aborda cuestiones generales acerca de la organización social del trabajo y el proceso
económico prehispánico en el último tramo de su historia. Este capítulo se apoya en estudios
previos que sugieren que los antiguos canari os integraban una sociedad jerar quizada
compuesta por dos grupos que estaban separados por la tenencia objetiva de los medios de
producción. También se hace especial hincapié en la descripción de la fuerza trabajo aborigen
como objeto de estudio, con especial protagonismo de los aspectos relativos a la
organización social del trabajo deducidos de la información proporcionada por los textos
etnohistóricos.
El segundo explica una serie de consideraciones previas acerca de la biolog ía del
sistema esquelético y de los procesos fisiológicos qu e definen la viabilidad de la línea
metodológica propuesta. También se presenta un estado de la cuestión de los marcadores
óseos de actividad física, que sirve de la introducción a las líneas metodológicas que se
emplean en esta tesis doctoral.
En el tercer capítulo se expone la serie poblacional que compone la muestra de
estudio y se describen los contextos arqueológicos de procedencia. También se presenta el
estado de la cuestión sobre las práct icas funerarias prehispánicas. Este apartado es necesario
para comprender en su justa medida la naturaleza de las necrópolis aborígenes. Del mismo
modo se hacen explícitos los criterios de selección de la muestra y los fundamentos de su
representatividad c omo dato empírico, así como los protocolos utilizados para la asignación
del sexo y de la e dad.
En el cuarto capítulo se especifican los procedimientos empleados para estudiar los
restos óseos. De forma independiente se describen los métodos utilizados pa ra el análisis de
los marcadores músculo - esqueléticos y para la determinación de las dimensiones métricas de
los huesos largos. Un aspecto fundamental atañe al proceso de justificación, elaboración y
validación de un atlas visual y descriptivo de marcadore s músculo - esqueléticos. Esta
herramienta establece un sistema para cuantificar los diferentes estadios de la robustez de las
24
materializaba en una relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales
de producción. En el m ismo sentido, todo proceso de producción no sólo genera bienes
materiales, sino que también crea y reproduce sus condiciones sociales de producción, es
decir, perpet úa constantemente las relaciones de trabajo dentro de las cuales opera el
proceso de produc ción (Acosta, 2001). Las fuerzas p roductivas se caracterizan por un conjunto
de atributos que combinan aspectos de carácter cuantitativo y cua litativo, donde cobra
especial protagonismo la fuerza de trabajo, los sujetos qu e lo hacen posible. Estos últimos
atributos definen las propiedades de los componentes que participan en el proceso
económico general, y de qué forma se combinan
11
. Así, la complejidad del proceso producti vo
depende fundamentalmente del grado de desarrollo de las fuerzas productivas, esto e s, de la
organización técnica del trabajo, la división social del trabajo y la organizac ión social de la
producción (Bate, 1998) .
Se ha explicado cómo las fuerzas productivas están compuestas por los medios
materiales e intelectuales de los que dispone una sociedad concreta. Los medios materiales
más importantes son las propias mujeres y los hombres, su cuerpo y sus capacidades físicas y,
asimismo, los instrumentos que interponen entre ellos y la naturaleza que desean transformar.
Todos estos medios se integran en el proceso producti vo en estado natural, sin
modificaciones previas, o pueden ser fabricados a partir de un proceso de trabajo anterior.
No obstante, la utilización del cuerpo como medio material implica, simultáneamente, la
existencia de un complejo conjunto de representaciones, donde se incluye la propia idea del
objetivo, de las etapas necesarias para su consecución y de los efectos que tendrá (Bate,
1998). Estas r epresentaciones remite n a su vez a determinados conoci mientos, como las re glas
de f abricació n de objetos, las actitudes corporales y a la relación de la persona con la
naturaleza (Godelier, 1989). Estos principios, como interpretación de lo real, organizan las
formas adoptadas por los procesos de trabajo y su desarrollo: las característi cas del paisaje,
plantas y animales, las propiedades de los suelos y las costas, la climatología y los ciclos
estacionales, la forma en que han de elaborarse los objetos y el uso de las herramientas, y
también su propia conducta simbólica. Dichas represent aciones son las que contribuyen a
explicar cómo se orga niza el trabajo e n función de los disti ntos agentes de la producción y en
cómo se aglutinan a partir de determinados grupos sociales, ya sean antagónicos,
complementarios, etc. Son además, “
las representaciones que legitiman el lugar y el estatus
trabajo humano, “su identificación arqueológica resulta consustancial a la propia identificación del objeto arqueológico, es decir, a
la posibilidad misma de generar co nocimiento arqueoló gico en arqueología” (Risch, 2002:20).
11
Lo que supone particularizar históricamente la organizaci ón social del trabajo entre los antiguos canarios , gracias al
desarrollo de teorías mediad oras entre la singulari dad específic a (los restos humanos ) y la totalidad histórica.
25
de los individuos y de los grupos frente a las real idades, que se le permite n, se le prohíbe n,
se le imponen, etc .”
. (Godelier, 1989 :161).
Las fuerzas productivas únicamente se ponen en práctic a en el ámbito d e unas
determinadas relaciones sociales de producción, que son específicas a cada grupo humano,
pues otorgan un valor determinado a una tarea y la vinculan a una categoría determinada
(hombres/mujer es, jóvenes/adultos, etc.). Esta relació n tiene a su vez una representació n social
que es comunicada y legitimada de generación en generación a través del lenguaje y el
aprendizaje corporal (
producciones de mantenimiento
)
12
. Conjuntamente, la concreción de las
fuerzas productivas depende del rendimiento m edio del trabajo vivo necesario para la
reproducción social. De ahí que un cambio en su grado de desarrollo suponga nuevas formas
de organización técnica del trabajo, una intensificación del esfuerzo o un cambio tecnológico
significativo. La caracterización del des arrollo de las fuerzas productivas implica , por tanto, no
sólo un análisis de la tecnología y su aplicación en la transformación de la naturaleza, sino
también, profundizar en el conocimiento de la organización social del trabajo, especialmente
cuando no s e observan cambios tecnológicos importa ntes (Godelier, 1989; Bate, 1998; Acosta,
2001). En estos casos, el au mento de la complejidad en la división social y en la organización
técnica del trabajo puede implicar mutaciones en el grado de desarrol lo de las f uerzas
productivas, variaciones qu e desde una perspectiva arqueológica alcanzan a reflejar se de
forma más evidente en los esqueletos de la fuerza de trabajo
13
.
1. LA APROPIACIÓN DEL TERRITORIO: GRAN CANARIA COMO MARCO DE
REFERENCIA
Las mujeres y hombres que colonizaron la isla de Gran Canaria, previamente a la
conquista castellana, a finales del siglo XV, materializaron una forma social con identidad
histórica. La isla se constituye en base y efecto de esa identidad, materializada en un modo
de vida circunsc rito a los límites de su geografía, lugar donde construyeron socialmente su
propio
territorio viv ido
.
12
De este modo , el lenguaje y otros medios de comunicació n social, como e l arte, forman parte de las fuerzas
productivas ya que son los encargados de expresar y transmitir socialmente la naturaleza de estas fuerzas dentro de una
sociedad con creta (Godelier, 1989) .
13
Elemento básico para cambiar el modo en que afronta el estudio de la realidad histórica y la materialidad social de los
antiguos canarios. Tal cambio d e persp ectiva es esencial para calibrar el alcance de esta investi gación.
26
Gran Canaria tiene un origen volcánico que dio comienzo en el mioceno medio y
terminó en el cuaternario reciente. Su superficie apr oximada es de 1532 kiló metros cuadrados,
con un diámetro aproximado de 48 kilómetros y una altitud máxima de 1949 m.s.n.m. El
relieve de la isla es producto de distintos episodios eruptivos y eros ivos que dieron lugar a un
edificio cupuliforme caracterizado por la presencia de a bundantes barrancos que se disponen
radialmente desde la cumbre central hasta la costa. La orientación, la fragmentación
morfológica y la altitud han determinado un singular paisaje que los canarios percibieron, se
apropiaron y tran sformar on. La altitud su pone un factor muy importante en el clima insular,
donde la vertiente norte- este expuesta a los vientos alisios cuenta con temperaturas más
suaves y mayores precipitaciones, mientras que la sur - oeste es considerablemente más cálida
y con menos lluvias. Est e aspecto determina asimismo las características de la vegetación, la
cual se escalona verticalmente en distintos pisos bioclimáticos y según una vertiente húmeda
y otra seca (García y Hernández, 1990), constituyendo cinco grandes comunidades potenciales
n aturales (Arco Aguilar y Rodríguez Delgado, 2003): vegetaci ón halóf ila costera, matorrales
xerófilos, bosque termófilo, mon teverde y zona de pinar (Figura 1.1).
Aunque no existen trabajos específicos que hayan reconstruido el paisaje de la isla,
más allá de algunas aportaciones desde la geología y la geografía histórica (Hansen, 1987;
Santana Santana, 2001), todo apunta a que el contexto ecológico de Gran Canaria du rante la
etapa prehispánica debía presentar una mayor riqueza en recursos híd ricos y una cobe rtura
vegetal mucho más importante (Santana Santana, 1992). Durante el periodo de contacto con
los europeos, los textos etnohistóricos describen la presencia de riachuelos estables en las
grandes cuencas hidrográficas de la isla, como son el caso de los barrancos de Arguineguín,
Guiniguada y Tirajana (Morales Padrón, 2008). Los antiguos canarios se asentaron y
transformaron el medio insular mediante distintas estrategias productivas, que muy
probablemente variaron en el espacio y en el tiempo, articulando u n modelo económico
acorde a su percepción del paisaje y sus potencialidades en cada momen to, la evolución en la
organización social, las variaciones demográficas, las tradiciones , las innovaciones
tecnológicas, etc. Es evidente que el medio físico debe hac erse partícipe de la explicación
histórica de la organización espacial de la producción y la disposición de los asentamientos,
cuya densidad se acrecienta en los tramos finales de las grandes cuencas hidrográficas de
Gran Canaria, al menos en las etapas fi nales de la ocupación preeuropea. Es en esas zonas,
donde las condiciones ecológicas favorecerían el desarrollo de una agricultura excedentaria,
base del modelo económico de los antiguos canarios (Jiménez González, 1999; Velasco, 1999;
Morales, 2010).
27
U n modelo de apropiación del territorio insular podría estar configurado por la
presencia de lugares co n fuerte contenido sim bólico, como las grandes necrópoli s, las
estaciones de gra bados o centros para el culto, que a su vez determinarían la presencia de
asentamientos estables. Sin embargo, el modelo de ocupación territorial de la Gran Canaria
prehispánica hace qu e sea más sencillo articularlo como reflejo de la gestión y explotación de
los recursos económicos qu e hacían posible la reproducció n de aquella formación social. Por
ello se presta una atención especial a la ubicación y características de los poblados,
concibiéndolos como los asentamientos donde se organizaba la mayoría de las prácticas
económicas, políticas y sociales de los contingentes poblacionales qu e se distribuían por su
territorio de influencia. Estos enclaves perduraban más o menos en el tiempo en función de
las estrategias de explotación del territorio, orientadas a asegurar los procesos de producción
y reproducción social. Constituyen, p or tanto, la unión entre un territorio y diferentes ámbitos
funcionales, donde tienen cabida actividades productivas y político - ideológicas, que son
desarrolladas en los espacios domésticos y tambié n en otros cont extos con funciones
económicas, funerarias, políticas o religiosas. No se limita a un conjunto variable de dist intas
unidades domésticas relacionadas entre sí por lazos de parentesco, sino que supone un a
realidad social que cobija innumerables procesos productivos de carácte r doméstico y
especializ ado (Velasco Vázquez y Albert o, 2005).
Las fuentes etnohistóricas dan cuenta de muchos de los poblados que tuvieron los
antiguos canarios en tiempos de la conquista de la isla. Si bien estos textos pueden contener
errores en las transcripciones del nombre de los asentamientos, la mayoría de estos lugares
están identificados arqueológicamente y cont inúan siendo núcleos de importancia. Como
Figura 1.1 : Distribució n territorial d e l os recursos ve getales potenciales
(Autor: Jacob Mor ales)
28
ejemplos en la pervivencia del hábitat se pueden citar las localidades de Gáldar, Telde y
Agüimes (Abreu Galindo, 1977; Torriani, 1978; Marín de Cubas, 1986; Morales Padrón, 2008).
Entre estas fuentes destaca la descripción del cronista de los Reyes Cat ólicos, Andrés
Bernáldez, quién na rra lo sig uiente:
“E así el rey don Fernando e la reina Doña Isabel conquistaron e ganaro n a la Gran
Canaria. E avía en ella los lugares e aldeas siguientes pobladas: Telde, de donse se intitularon
el rey e un obispo. Galda, de donde se intitularon el otro rey e obispo. Araguacad. Aragüimes,
Temensas. Atrahacana . Ataira. Atagad.Adfatagad. Furi e. Artenaran. Afaganigé. Areaganigui.
Arecacasumaga. Atasarti. Aeragraca. Arbenuganias. Arereh uy. Afirma. Aracuzem. Artubrirguais.
Atamariaseid. Arteguede. Aregaieda. Aregaldar. Areagraja. Areagamasten. Areachu. Afurgad.
Arehucas. Aterura. Atenoya. Araremi gada. Ateribiti. Araustiagasia. Todos estos lugares tenían
poblados al tiempo qu e la conquista se començó. Avía entre estos canarios hombres hidalgos
e cavalleros, a quie n los otros tenía n acatamien to”
. (Bernáldez, e n Morales Pa drón, 2008:515).
Estas desc ripciones dan idea de la identidad territorial y social que tenían estos
lugares en el cont exto insular, especialmente aquellos núcleos principales que centraliz aban
las instituciones y órganos de poder de los antiguos canarios, como eran Telde y Agáldar
( Gáldar) (Onrubia, 200 3; Velasco y Albe rto, 2005)
14
.
La investigación arqueológica ha demostrado que los asentamientos prehispánicos de
Gran Canaria no sólo vienen definidos por unidades de gra n envergadura, sino existe también
un conjunto de enclaves de me nor entidad qu e participaba por igual en la articulación del
sistema social aborigen y, especialmente, en la ordenación de sus prácticas económicas. Para
referirse a ellos se ha acuñado el término de
“comunidades locales”
15
. Estos espacios estarían
vinculad os entre sí mediante relaciones de dependencia, de tal forma que las comunidades
locales podrían llegar a constituir unidades menores de los grandes asentamientos (Velasco y
Alberto, 2005 :43).
14
Cabe destacar el minucioso análisis que realiza Jorge Onrubia (2003) de los topónimos mencionados en esta lista
utilizando para ello la do cumentación de car ácter etnohistóric o y jurídico.
15
Este concepto ha sido desarrollado para concretar un modelo de asentamiento común para las culturas ínsulo -
amaghzíes de Canarias, aunque con especial referencia a la comarca de Buenavista del Norte en Tenerife (Hernández y
Alberto, 2005). No obstante, también ha sido aplicado a ciertos enclaves habitacionales de la Gran Canaria preeuropea
en una reciente aproximación al modelo de ocupación del territorio (Velasco Vázquez y Alberto Barroso, 2 005). Se
trata de una propuesta que, como indican sus autores, supone una visión muy limitada de los aspectos esenciales que
tuvieron que definir estos espacios, los cuales, precisan de un ace rcamiento arqueológico en profundidad, tanto desde la
perspectiva micro como macro-espacial.
29
El poblado
16
y la comunidad local, como modelo de ocupación del territorio, fueron
probablemente los ámbitos básicos donde los canarios se manifestaron como formación
histórica. En este sentido, en el seno de nuestro equipo de investigación se postula que la
organización social del proceso productivo se debe entender como el resultado de las
interacciones que se producían en dos planos asimétricos. Uno a escala insular, marcado por
la integración de todas las unidades económicas de la Gran Canaria prehispánica en un
mismo sistema de relaciones. Y otro, el segundo, compuesto exclusivamente por las diferentes
realidades locales que afectaban a cada una de las comunidades de manera más restring ida.
En la actualidad, gran parte de nuestros esfuerzos están dirigidos al conocimiento de estos
determinantes locales, tanto terri torial como diacrónicamente. Disponemos, por el momento,
de algunos datos arqueológicos que ponen de manifiesto la importancia de la distribución y
consumo de los productos en la definición del territorio. Entre ellos destacan la explotación
de los recurso s abióticos y los análisis bioantropológicos de nutrición y dieta. Y a los que
habría q ue sumar la existencia de referencias etnohistóricas que apuntan en la misma
dirección.
La mayoría de los asentamientos preh ispánicos se localiza n desde el límite c oster o y la
desembocadura de los grandes barrancos de la isla hasta los 800 m.s.n.m. Este área del
territorio coincide con los espacios más ricos y diversificados en recursos naturales, con
cercanía a las fu entes regulares de agua y a las zonas aptas para la ag ricultura y la ganadería
(Jiménez González, 1999; Velasco y Alberto, 2005; Morales, 2010). No obstante, también son
numerosos los asentamientos en el interior de la isla y en zonas de montaña, con unidades
de habitación de gran importancia, como los conjun tos trogloditas del Bentayga y Acusa
(Figura 1.2)
17
. Cabe destacar que el soporte físico donde se ubican los asentamientos, e n
cueva o en construcciones de superficie, no determinaba su envergadura y naturaleza diversa,
sino su papel en la organización social de la producción. Debería añadirse, además, la
significativa densidad de yacimientos arqueológicos en Gran Canaria que dan cuenta de una
extensa ocupación ma terial del terri torio.
16
Entendido aquí como asentamie nto de gran enver gadura.
17
El hábitat troglodita tiene en Gran Canaria numerosos ejemplos. Probablemente, fue el soporte físico más extendido
durante la etapa prehispánica, representado no sólo por cuevas naturales, sino también y, especialmente, por cavidades
artificiales. Entre todos los ejemplos, son sumamente importantes los conjuntos trogloditas de Tara y Cendro (T.M. de
Telde); Rosiana (T.M. de Santa Lucia) y Guayadeque (T.M. Agüimes y T.M. de Ingenio). Su papel en la organización
social de la producción explica su naturaleza diversa. Para un análisis más pormenorizado de los distintos tipos de
hábitat y su variabilidad se puede consultar las sig uientes obras de referencia: Jiménez González, 1999, Velasco, 1999,
Onrubia, 2003; Velasc o y Alberto, 2005 ; Delgado, 2009.
30
Conjuntamente, la arqueologí a insular cuenta con una serie de espacios que
trascienden la naturaleza estrictamente habitacional o doméstica de los asentamientos, cuya
funcionalidad parece orientarse a otras prácticas económicas o político - ideológicas en el
contexto de un territorio socializado. En este sentido, son de especi al relevancia los centros
de producción de materias primas líticas en los macizos de La Aldea o las estaciones cultuales
de Amurga (T.M. de San Bartolomé de Tolentino) y Cuatro Puertas (T .M. de Telde)
18
.
2. PROPIEDAD Y RELACIONES SOCIALES DE PRODUCCIÓN EN LA GRAN
CANARIA PREHISPÁNICA
En esta tesis doctoral se entienden las “relaciones sociales de produ cción” como
“las
relaciones entre los hombres, cua lesquier a que sean en concret o, que asumen una, otra o las
tres funciones siguientes: determinar la forma soc ial de acceso a los recursos y al control de
las condiciones de la producción; organizar el desenvolvimiento del proceso de trabajo y
distribuir a los miembros de la sociedad en ese proceso; y determinar la forma social de l a
circulación y la redistribución de los productos del trabajo individual y colectivo”
(Godelier,
1989: 39). En las sociedades no capitalistas, el objetivo de las relaciones sociales de
producción no es la acumulación de riqueza, sino la reproducción de los grupos de interés y
de los vín culos que existen entre los sujetos sociales de la sociedad concreta, es decir, la
reproducción social (Godelier, 198 9).
18
Una crítica acerca de la natur aleza de estos espacio s se puede enco ntrar en Rodríguez Fleitas y colaboradores. (2 0 00)
Figura 1 .2 : Asentamien to en cueva de La M ajada (Acusa, T.M. de Arte nara)
31
2 . 1 . L a p r o p i e d a d e n l a G r a n C a n a r i a p r e h i s p á n i c a
Las relaciones sociales de producción vienen determinadas por la propiedad objetiva
de los agentes de la producción sobre los elementos del proceso productivo (Bate, 1998). La
propiedad objetiva sign ifica que se tiene capacidad real para disponer, usar o gozar de un
bien de consumo . En cambio, ésta es subjetiva cuando supone un derecho insti tucionalizado
en base a una concepción superestructural, pero que no tiene porqué corresponderse con la
propiedad obje tiva.
En el caso de la formación histórica de los antiguos canarios, estas relaciones sociales
de producción estaban determinadas por el sistema de propiedad de medios de producción,
nos referimos a campos de cultivo, pastos, ganado, franja costera, recursos hídricos, etc. La
información que se tiene en la actualidad acerca de las formas de propiedad de los antiguos
canarios se fundamenta p rincipalmente en las fuentes etnohistóricas del periodo de contacto
entre europeos y aborígenes (s. XIV - s. XV d.E.) (Baucells, 2004; Morales Padrón, 2008).
También existen documentos notariales sobre litigios y compra -ventas de tierras donde se
describen a spectos relativos a los sistemas de propiedad precedentes (Quintana Andrés, 1995;
Onrubia, 2003). Conjuntamente , los datos arqueológicos también han permitido profundizar
en la naturaleza de la propie dad, especialmen te, en cuanto a la distribución y acceso a lo
producido se refiere (Velasco, 1999; Martí n
et al.
, 2001; Rodríguez y Morales, 2008; Delgado,
2009).
Según las fuentes etnohistóricas, el grupo social que gozaba de la propiedad objetiva
de los medios de producción repartía periódicamente lotes de tierra cultivable, pastos y agua,
así como otros recursos necesarios a los miembros del sector social no propietario (Jim énez
González, 1999; Velasco, 1999; Onrubia, 2003, Velasco y Alberto, 2005; González Quintero,
Moreno y Jiménez, 2009). Este sistema de propiedad permitía el derecho de uso de las
unidades domésticas, de modo que el mantenimiento de unas relaciones de dependencia con
respecto a los propietarios aseguraba el acceso a los medios de producción. Véase como
ejemplo los textos siguientes:
“las tierras eran concejiles, que eran suias mientras duraba el
fruto, cada años se repartían”
(Gómez Escudero en Morales Padrón, 2008:373), y que “
todos
los bienes he ran comunes en quanto a la distribución (…) Al señor reconocían la superioridad
y obediencia, y siemp re se le daua lo mejor”
(López Ulloa en Morales Padrón, 2008: 315).
Durante el periodo de contacto con los europeos, los propietarios de los medios de
producción organizaban y administraban la pro piedad colectiva de la c omunidad como
representantes de la misma. Como se desprende de los textos:
“las tierras y haciendas eran
comunales, repartíanse cada año por cabildos”
(Sedeño en Morales Padrón, 2008:373 ).
32
Consiguientemente , los no propiet arios accedí an de forma regulada a los medios de
producción, qu e disfrutaban en calidad de usufructo. De este modo, el control y
administración de la propiedad colectiva por parte del grupo dominante determinaba
socialmente la desigualdad en el acceso a los medios de producción y articulaba las
relaciones de dependenc ia
19
. Es preci samente esta capacidad de gestión del proces o de
producción lo que les proporciona al gru po social propietario un fu erte grado de coerción
social hacia e l no propietario
20
.
Estas desigualdades en la propiedad objetiva de los medios de producci ón implicaban
asimetrías en las capacidades productivas de los distintos grupos de parente sco o sectores en
los que se dividía la sociedad, las cuales, se veían todavía más mermadas por el tributo qu e
estaban obligados a entregar al grupo dirigente como co ntraprestació n por el usufructo de la
tierra u otros medios de producción. La existencia de este tributo era fundamental para la
reproducción social de los antiguos canarios, pues no sólo implicaba el trasvase de lo
producido hacía el grupo dirigente, sino que además, comportaba el sostenimiento del
sistema redistributivo que articulaba el proceso productivo a escala insular, lo que, en el caso
de los alimentos, constituía además una reserva para épocas de carestía. Este tributo suponía
un
plusproducto
proc edente de la apropiación del rendimiento social del trabajo directo de
los grupos no propietarios, especialmente en el caso de la producción de alimentos (Velasco,
1999).
Las redes de distribución movilizaban parte de la producción y permitían el acceso de
los sujetos sociales a los recursos necesarios para su mantenimiento y reproducció n biológica
y social. Esta sistema, que pudo ser visto por el gru po no propietario como un elemento
19
Según Jorge Onrubia, la distribuci ón anual de los medios de producción , principalmente la tierra, era producto de
una conciencia previsora del grupo propietario (y de la comunidad) para solventar posibles fluctuaciones en la
envergadura de las unidades domésticas, por una evolución demográfica o por la fluidez residencial de los grupos
parentales prehispáni cos, así como para solventar episodios de carestía (2003:478) . En este caso se asiste a una
dicotomía valorativa entre este autor y la mayoría de investigadores. Si bien para Jorge Onrubia los miembros del grupo
social dirigente constituían grandes distribuidores, para el resto de autores la posición de estos sujetos en las relaciones
sociales de producción s uponía que ejercían el rol de grandes apropiadores que monopolizan la coerción y explotación
social del contingente poblacional encargado de las actividades productivas generales (Jiménez González, 1999; Velasco
y Alberto, 2005; Rodr íguez y Morales, 20 08).
20
En este sentido, cabe destacar un argumento de Francisco Nocete acerca de la coerción en las sociedades tributarias
que podría muy bien concordar con los datos que se tiene para el caso de los antiguos canarios : “Si la coerción se ejerce
fundamentalmente desde el parentesco, la ideología, el asum ir el rol dominante de la cre ación y circulación desigual del excedente ,
hace innecesario la existencia de instituciones de coerción legibles en el espacio, como el desarr ollo de ejércitos más o menos permanentes
y asentamientos especializad os en la coerción o un desarrollo desigual de obras públicas de carácter ofensivo- defensivo” (1990:80).
Asimismo, para el caso de los antiguos canarios habría que sumarle una serie de circunstancias especiales que muy
probablemente también influyeron en la conformación de su formación histórica, en especial, el aislamiento cultural
durante cientos de año s.
33
solidario entre los distintos ag entes de la producción, servía a su vez p ara consolidar el
dominio político del grupo dirigente (Velasco y Alberto, 2005). No obstante, Jorge Onrubia ve
en la existencia de este tributo y en su almacenamiento y distribució n un
“fondo especial de
previsión”
, constituido para atender las necesidade s básicas de los sujetos sociales en caso de
catástrofe natural, y para contribuir en el mantenimiento de los sectores sociales más pobres.
Aun así, los datos bioantropol ógicos ponen de manifiesto divergencias en el estado
nutricional de los sujetos (Velasco, 1999, Delgado, 2009), circunstancia que permite defender
que este sistema implicaba un acceso desigual a los productos alimenticios, y por
consiguiente, constituye una evidencia del ejercicio de dominación social mediante la
captación del excede nte.
L a existencia del tributo no sólo está recogida en las fuentes etnohistóricas, sino
también en los documentos jurídicos de la administració n colonial castellana, entre los que
cabe destacar la probanza de hidalguía de Luisa de Betancor a principios del sigl o XVI, hija
del guanarteme
Ayme Diacoan
, defendiendo que disfrutó de
“(…) libertades, preeminenci as é
franquezas que gozaban los caballeros e nobles hijosdalgo en tiempo de los antiguos de esta
isla é no sufriendo las sujeciones é pechos de tributos que pa gaban los villanos en tiempo de
los antiguos (…) ”
(en Onrubia, 2003:472). La aportación de este documento es fundamental
por su naturaleza jurídica y porque esta circunstancia, la probanza de hidalguía, se dirigía a la
exención en el pago de tributos a la administración colonial castellana. De ahí qu e es factible
tomar como ciertos los argumentos esgrimidos por Luisa de Betancor , ya que son conocidos
por los funcionarios coloniales, y posteriormente se le concede la hidalguía
21
. Si bien esta
información está referida solamente al últ imo tramo del poblamiento prehispánico de Gran
Canaria, en concreto al siglo XV, la inmensa mayoría de datos sobre el periodo de tiempo
trabajado en esta tesis doctoral (S. XI- XV d.E.) apuntan en esa dirección (Velasco, 1999;
Rodr íguez y Morales, 2008; Delgado , 2009; Morales, 2010) .
2 . 2 . L a s r e l a c i o n e s s o c i a l e s d e p a r e n t e s c o e n t r e l o s a n t i g u o s c a n a r i o s
En las sociedades no capitalistas de carácter tributario las relaciones de parentesco
que articulan socialmente a los grupos y a los individuos son al mismo tiempo mecanismos
de coerción social y de justificación ideológica que ga rantiz an el reparto desigual de la
21
Es necesario puntualizar que el tributo de los antiguos canarios y el de la administración castellana no eran iguales, ni
en su naturaleza jur ídica, ni en el trabajo alineado de los produc tores directos que repr esentaban.
40
etnohistóricos que controlaban territorios más pequeños y que debían obediencia a los
guanartemes.
Estos mantenían cierta independencia económica y política, como así lo
sugieren las numerosas referencias a robos de ganado y peleas entre los diferentes
guayres
de la isla (González Antón y Tejera, 1990; Jiménez González, 1999). Es posible que el dominio
efectivo del territorio lo realizaran los
guayres
, quienes ejercían el poder en poblados y
comarcas, vinculados a los
guanartemes
mediante lazos de parentesco, con relaciones de
dependencia asociadas que aseguraban desde un punto de vista práctico, el mantenimiento
de los intereses del grupo social dominante (Velasco y Alberto, 2005). Si bien los textos
etnohistóricos suponen un excelente recurso, el panorama que describen está profundamente
mediatizado por la propia cosmogoní a de sus escritores, que traducían a su propio lenguaje
bajomedieval las particularidades políticas de los an tiguos canarios (Onru bia, 2003; Baucells,
2004; González y Rodríguez, 1998, Rodríguez y González, 2006). Cabe destacar su óptica
androcéntrica, que encaja perfect amente con la ideología de su época y de su sociedad. De
tal modo, que son pocas las referencias acerca de las figuras femeni nas, en todos los ámbitos
de la población.
La presencia de este colectivo estaba institucionalizada por diversos medios de
cohesión y coerción social, uno de cuyos aspectos más importantes era la desvinculación de
sus miembros en el ejercicio directo de la producción de bienes de subsistencia y de
consumo, aunque también intervenían elementos de carácter identitario y de expresión social
como la vestimenta y otros atributos externos (Rodríguez, 1999). Las ta reas que realizaban de
forma cotidiana serían trabajos que estarían mejor valorados que aquellos que ejercía el
sector no dominante:
“La manera que ten ían en hacer los nobles e hidalgos era qu e, desde
cierta edad que tenían determinada, criaban o dejaban criar el cabello largo; y cuando tenían
edad y fuerza para poder ejercitar las armas y cosas de la guerra y sufrir los trabajos de ella,
Figura 1.3: Antiguo s canarios vestid os con sus ro pas (Torriani, 197 8)
41
íbase al faycag y decíale: yo soy Fulano, hijo de Fulano noble; y qu e él quería también ser. El
faycag convocaba los nobles y los demás del pueblo donde el mozo nacía y habitaba; y,
perjurándolos por Acorán, que era su Dios, dijesen si habían visto a Fulano entrar en el corral
a ordeñar cabras , o matar cabras , o guisar carne, o l os había visto hurtar en tiemp os de paz, o
ser descortés y mal hablado y mal mirado , princip almente con las mujeres ; porque estas cosas
impedían el ser nobles. Y si decían que no, el faycag le cortaba el cabello redondo por debajo
de la orejas y le daba una vara que llamaban magade, con que peleaban, que era cierta arma,
y quedaba hecho noble, se nt ándolo entre los nobles”
. (Abreu Galindo, 1977:149-150). De esta
forma, las desigualdades entre grupos sociales quedaban instituidas a partir de la sanción
religiosa y social, determinando en buena medida el rol que desempeñaban los sujetos
masculinos de la jerarquía insular. Cabe destaca r que el principal elemento que impedía ser
noble era la participación en la producción de ciertos bienes de subsistencia y la clara
vinculación de la distinción nobiliar con el ámbito bélico y religioso. De este modo, se
acredita una primera división social del trabajo, aunque restringida aparentemente , al sexo
masculino.
Las atribuciones de este grupo social, especialmente los hombres, incluían un
conjunto de trabajos de carácter simbólico, social y militar. Las fuentes etnohistóricas incluyen
alusiones al especial protagonismo de los individuos más maduros
32
, como encargados de
salvaguardar y transmitir las creencias y la memoria histórica a través de la tradición oral:
“La
doctrina eran historias como corrid os y jácaras de valientes, de sus reies y hombres señalados ,
linajes y otras cosas de campo de plantar, sembrar, i lluuias, i señales de los tiempos como
pronósticos en refrancito s”
(Sedeño, en Mor ales Padrón, 2008:373). Así, el grupo social
dirigente también se adueñ ab a de la historia vivida de todos, reproducie ndo para su beneficio
una det ermi nada cosmogonía que explicaba y justificaba el porqué de las cosas, de tal modo
que
“la dominación simbólica aparece así naturalizada y universalizada, esta vez con el
concurso que a los mecanismos de p ersuasión ap orta el acto de hablar, de contar y de cantar,
cuyas funciones políticas resultan evidentes”
(Onrubia, 2003:455). Conjuntamente , este sector
controlaba el sistema judicial y la coerción física y simbólica. Cabe destacar la mención
expresa que se hace en los textos, describiendo que
“la justici a era mui rigurosa i en cada
pueblo o lug ar tenían jueces. Como alcalde ten ía personas que acusaban a los vecin os de
todo quanto hacían por leue que fuesse el caso”
(Sedeño, en Mora les Padrón, 2008:373).
También resalta la referencia a la violencia física que era ejercida para aquellos que
32
Esos individuos maduros no tienen po r qué ser siempre de la clase dominante. La memoria colectiva es patrimonio de
todos y también los dominad os pueden tener sus propias historias. Además, si se explican las tareas agrícolas ¿quiénes
son los destinatario s de esas enseñanzas? ¿lo s nobles? Y si es así, ¿ellos eran qui enes las ponían en pr áctica?
42
incumplían las normas sociales , la cual, incluía la pena de muerte para los casos más graves:
”
En lugar de açotes a el delinquente mandaba la just icia dar palo s, tanto como fuese el delito.
La mu erte la da ban con una piedra; hacíanles de pechos echado sobre un a ñaja, i el verdugo
le dexaba caer una sobre las spaldas que fu esen bien rolliza y pesada”
(Sedeño, en Morales
Padrón, 2008 :373).
El conjunt o de fuentes etnohistóricas, así como numerosos documentos de finales del
siglo XV y principios del XVI, destacan el papel bélico del grupo social dirigente de los
antiguos canarios (Jiménez González, 1999; Velasco, 1999; Morales Padrón, 2008). En este
sen tido, los textos comentan la existencia de un
“consejo de gu erra”,
denominado
Sábor
, y
constituido por los
guanartemes
y los
guayres
. Esta institución era la encargada, entre otras
atribuciones, de permitir los desafíos entre guerreros, muy comunes con el objeto de adquirir
capital simbólico: “
La orden que te nían, queriendo salir al desafío , era pedir licencia a los doce
consejeros de la guerra, que llamaban guayres y había seis en Telde y otros seis en Gáldar (…)
y después iban al faca g, la confirm ase”
(Ab reu Galindo, 1977 :151).
Para el sector femenino del grupo dirigente la institución de su estatus era diferente,
vinculado a su capacidad reproductiva y articulado a partir de una política de matrimonios
que aseguraba la perduración de las relaciones de dep endencia ent re los miembros
masculinos de la jerarquía dominante. Cabe destacar la existencia de un grupo de mujeres
procedentes de las familias nobiliarias ind ígenas denominadas
harimaguadas
y/o
maguadas,
que se mantienen bajo un régimen diferente al rest o de mujeres y que participan junto al
faycag
en determinadas prácticas de carácter religioso o trabajos de carácter simbólico o para
producir bienes de consumo, por lo menos hasta que son dadas en matri monio. Las fuentes
etnohistóricas explican que
“Tenían también de doncellas que guardaban castidad, viuían en
cuevas i casas de tierra”
. (Sedeño, 2008:373).
“Estas maguas no salían de su monasterio s ino
era para pedir a Dios buenos tiempos; si alguna quería salirse fu era hauía se ser para casar
(…)
” (Gómez Escudero, 2008:436). Asimismo, durante este recogimiento aprendían aquellas
labores que socialmente estaban ads critas a las mujeres de este colect ivo, así exis tían
“maestras para las niñas a enseñarles cantares y coser pieles i hacer thamarcos, todo a costa
de el sustento que les daba el Rey; i había casas o cuevas onde asistían éstas”
(Gómez
Escudero, en Morales Padrón, 2008:434 ). Esta cita es sumamente ilustrativa de la
institucionalización de la división sexual del trabajo entre los antiguos canarios y,
e specialmente, en el seno del sector dominante. Igualmente, es subrayable la alusión expresa
que se ha ce sobre cómo el “Rey” sustentaba a es tas m ujeres, probablemente con los
productos apropiados a los productores directos mediante el tributo. El destino de la
43
producción de estas mujeres no queda claro, aunque es probable que fuera una
contraprestación por su mantenimiento. Según Ig nacio Reyes (2011) las
maguadas
33
eran las
jóvenes vírgenes que constituían las aprendices de esta comunidad y las
harimaguadas
34
eran
las maestras encargadas de transmit ir los conocimientos necesarios. Estas actividades de
carácter político - ideológico también constituían procesos de trabajo especializado que
contribuían a cohesionar y justificar el ent ramado social. Esta circunstanc ia implicaba, además,
la explotación social de las mujeres, que en definitiva, constituían un sector socialmente
dominado dentro del propio grupo jerárquico, sirviendo a los intereses de los hombres en la
creación y reforzamiento de vínculos parentales a t ravés de determinadas estrategias
matrimoniales, lo que conllevaba, evidente mente, al mantenimiento del poder patriarcal.
Como comenta J. Onrubia,
“La dominación simbólica y material que soporta la mujer canaria,
transcrita como “sujeción” por el habitus colonial, se percibe, por ejemplo, en su carácter de
objeto e instrumento que denotan prácticas como el engorde prematrimoni al o la
hospitalidad de lecho”
(2003:440). Igualmente, las propias fuentes etnohistóricas detalla n
cómo alguna s mujeres ejercieron un papel importante en las cuestiones políticas, en las que
cabe destacar el caso de
Atidamana,
aunque siempre vinculadas a sus funciones como
reproductoras y le gitimadoras de la descende ncia aristocrática ( Onrubia, 2003).
El colectivo no dominante, y como ya se ha señalado , no disponía de la propiedad de
los medios de producción, que disfrutaba en modo de usufructo a cambio de un tributo
constituido por un excedente intencionalmente generado, inversión de trabajo, etc. Era la
base de la organización socio -e conómica de los antiguos canarios, pues en él recaía la
reproducción material de la vida social. Estaba formado por un grupo heterogéneo, donde se
incluyen tanto trabajadores comunes como especialistas en la producción de determinados
bienes de consumo. Su s miembros son denomi nados en los text os etnohistóricos como
“villanos”
y
“trasq uilados”,
ya que se distinguían del sector dirigente por su aspecto físico:
“el
villano cortadas barbas y cauello”
(Gómez Escud ero en Morales Padrón, 2008:432), y los
“los
pleu ieos andaban descalç os de pie y pierna (…) i con un zamarrón de pieles sin costura por
los hombros, los brazos de fu era”
(Morales Padrón, 2008:432). Estas variaciones en el aspecto
físico entre
“nobles”
y
“villanos”
ayudaban a dejar patente las diferencias de estatus social que
existían entre estos dos grupos, y así lo percibieron los propios europeos durante el periodo
33
*m -awa ḍ , adj. vb. amb. sing. de [W• Ḍ ] “ad olescente” (Reyes, 2011 ).
34
*ar ə y-mawa ḍ > arimaw a ḍ , comp. amb. sing. lit. “(mujer) virgen que con trae parentesco (o protege)” (Reyes, 2011).
44
de contacto entre ambas culturas (González y Rodríguez, 1998; Rodríguez, 1999, Onrubia,
2003)
35
.
Es preciso subrayar que, por lo general, lo s textos etnohistóricos no son muy pródigos
en noticias acerca de este grupo social, de hecho “
cuando hablan de “nobles” evocan un
número crecido de ellos, aparentemente mu y superior a lo que presentan como una minoría
de “villanos””
(Onrubia, 2003:397). E l conjunto de la información permite defender que este
colectivo estaría constituido por sujetos sociales jurídicamente libres, aunque vinculados al
grupo propietario por relaciones de dependencia
basadas en principios económicos
(Velasco,
1999). Igualmente, como ya sucediera en el caso anterior, hay pocos datos acerca del papel
de la mu jer en este colectivo, limitados norma lmente a la descripción de aspectos gen erales
de la vida familiar y a algunas actividades de cará cter doméstico y especializado (Rodríg uez,
1997, 2000).
Siempre según algunos textos etnohis tóricos, en el grupo social de los
“trasquilados”
estaban incluidos, como si de un subgrupo se tratara, ciertos personajes encargados de
determinas tareas productivas que no estaban socialmente bien co nsideradas, como son los
embalsamadores , carniceros y verdugos
36
. No obstante, este colectivo de no propietarios
estaría formado principalmente por agricultores y ganaderos puesto que dichas actividades
suponían la base fundamental de sus prácticas económicas. Es importante señalar qu e no s e
tiene certeza de cómo se organizaba el resto de las actividades productivas, de carácter
doméstico o extra - doméstico, orientadas a la producción de otros bienes de subsistencia o
consumo. Aquí debe incluirse tanto lo vin culado a complementar la dieta, como la
explotación de los recursos marinos, la recolección de vegetales, la captura de pequeños
animales o lo orientado a la fabricación y mantenimiento de determinados objetos e
instalaciones. En este sentido, destacan las referencias etnohist óricas sobre la presencia de
especialistas, descripciones que sugieren división social del trabajo:
“los canarios tenían entre
sí oficiales de hacer casas debajo y encima de la tierra, carpinteros, sogueros que trabajaban
con yerb as y con hojas de palma”
(Torriani, 1978:112-113). De hecho, ya se ha sugerido que
la explotación de minas de obsidiana y canteras de molino, o las labores más refinadas
relacionadas con las industrias coriopl ásticas son obra de obreros y obreras especializados ,
35
“Una evidente c oherencia encontramos en las fuentes isleñas en su unánime consideración del pelo de cabeza y cara como la marca
corporal de distinción social más discriminante. En efec to, en todas ellas se dibuja un escenario consistente en identificar “nobles” con
cabel los largos y, en el caso de lo s hombres, también co n barbas crecidas, y “v illanos” con “trasquilados” (Onrub ia, 2003:394-395).
36
“El oficio de carnicero tenían por vil y soez, y siempre lo us aba el hombre más bajo que se hallaba; y era tan asqueroso, que no
permitían tocase otra cosa, y traía una cara en la mano, con que señalaba lo que q uería” (Abreu Galindo, 1977 :158-159).
45
aunque no se pueda especificar si se emplean a tiempo parcial o completo (Rodríguez, 1997,
1999b, 2002; Mar tín
et ali
, 2001, 2003 ; Rodríguez
et ali
, 2006a y b).
4. LA FUERZA DE TRABAJO COMO OBJETO DE EST UDIO: EL CASO DE LOS
ANTIGUOS CANARIOS
Ya se ha come ntado en la introducción que la caracterización del desarrollo de las
fuerzas pro ductivas implica no sólo un análisis de la tecnol ogía y su aplicación en la
transformación de la naturaleza, sino el estudio de la organización social del trabajo,
especialmen te cuando no se observan cambios tecnológicos importantes (Marx, 1972;
Godelier, 1989; Bate, 1998). En estos casos, el aumento de la complejidad en la división social
y en la organización técnica del trabajo puede implicar mutaciones en el grado de desarro llo
de las fu erza s productivas. En esta tesis se va a intentar demostrar que esas variaciones se
pueden llegar a reflejar desde una perspectiva arqueológica en los restos materiales que
constituyen el testim onio directo de la fuerza de tra bajo.
La
fuerza de trabajo
se define como la capacidad y energía humana empleada en el
proceso de trabajo y está compuesta por los agentes de la producción, sujetos sociales que
participan en el proceso productivo mediante el trabajo (Montané, 1980). Se combinan la
capacid ad física y mecánica del cuerpo humano y la conciencia, que es la que dirige la acción
y reconoce y controla las propiedades de los objetos y medios de trabajo y su relación con
las posibilidades de la acción. Esta relación hace posible que los resultados sean previstos con
anterioridad y, en consecuencia, se organicen las acciones necesarias para producir los efectos
esperados. La
fuerza de trabajo
como agente de la producción se puede clasificar según dos
perspectivas, la técnica y la social. En la técnic a, se puede distinguir entre trabajadores
directos y no-directos; y en la social, entre propietarios y no -propietarios de los medios de
producción. Estas dos perspectivas ilustran sobre el modo en que los trabajadores están
doblemente determi nados (Bate, 1998 )
37
.
En el camp o de la cie ncia arqueol ógica el a nálisis de la producción se realiz a
fundamentalmente desde la perspectiva de los demás componentes del proceso productivo
(materia base, medios de producción, objeto de trabajo, productos, etc.). La investigación se
centra en los productos humanos, sus objetos y medios de trabajo, o el medio ambiente
37
Esta relación puede o no ser proporcional, es decir, es posible que exista un desfase entre el papel que realizan los
sujetos en el proceso pr oductivo y en cómo dis frutan de lo producido.
46
donde la sociedad se concreta (Castro
et al.,
1998; Rolland, 2005). Se analizan, como norma
general, procesos de trabajo concretos que funcionan de forma más o me nos independiente
según la
organización técnica del trabajo
que suponen, por tanto, un fragmento del proces o
productivo general. Sin embargo, las personas como
fuerza de trabajo
son resultado del
conjunto total de los procesos de trabajo en los que inter vienen com o agentes de la
producción y, por lo tanto, constituyen el indicador más completo, o más sensible, a las
particularidades ge nerales del proceso productivo de una sociedad co ncreta
38
.
No obstante, esta visión global supone en sí misma un hándicap fundamental a la
hora de pr ofundizar en el estudio de proces os de trabajo, puesto qu e la escala de
observación es esencial mente general. Igualmente, la propia materialidad de los seres
humanos se ve afectada por factores biológicos de variado signo, como l a edad, la nutrición,
las enfermedades, etc., aspectos que intervienen en la configuración general del sujeto. No
obstante, la incidencia de estos elementos puede ser minimizada y controlada en el marco de
una metodología de i nvestigación adec uada.
La
fuerza de trabajo
de los antiguos canarios estaba constituida por el conju nto de
sujetos sociales que convivían en esta formación social. Su composición no era homogénea y
estaba determinada por el papel de los ind ividuos en las relaciones sociales de producci ón.
Como se ha comentado, el primer factor que regulaba esta organización era la separación
entre propietarios y no propietarios de los medios de producción, es decir, estaba
determinada en primer término por la dimensión social del trabajo. Esta primera c ondición
establecía quién par ticipaba de la producció n directa de los bienes nece sarios para la
subsistencia del grupo, y qu iénes no. La naturaleza de esta dicotomía no significaba que los
propietarios de los medios de producción no ejercieran ningún tipo de labor, al contrario,
llevaban a cabo un conjunto de procesos de trabajo de carácter político - ideológico necesarios
para la reproducción de unas relaciones sociales de producci ón concretas e históricamente
definidas, dond e este grupo social ejercía como det entador de los privilegios. Evidentemente,
esta dialéctica entre productores directos y no - directos implicaba una relación de explotación
social de un grupo a otro, que se materializaba, entre otros aspectos, en desigualdades en el
acceso a lo producido (Velasco, 1999; Delgado, 2009). Esta relación se producía en el ámbito
representativo del proceso productivo, donde los distintos procesos de trabajo que
componían las prácticas económicas adquirían diferentes rasgos valorativos, admitidos por
todos. Los textos etnohistóricos registran algunas de las valoraciones sociales que adquirían
38
En el capítulo 4 se explica detalladamente la forma en que los restos esqueléticos de los sujetos sociales acumulan en
su propia constituc ión los procesos de trabajo que realizaro n a lo largo de su vida como agentes de l a producc ión.
47
ciertos procesos de trabajo, como el de carnicero, cuya función resultaba fundamental para la
reproducción social pero que, sin embargo, era juzgado como la faena más repuls iva (Morales
Padrón, 2008). Otra ilustración ya comentad a de esos aspectos valorativos es la descripción
del
rito de paso
de los adolescentes masculinos pertenecientes al grupo social dominante. En
este acontecimiento los jóvenes debían jurar que no habían participado en trabajos asociados
a la producción de bienes de subsistencia, labores reservadas al colectivo social no
propietario. De lo contrario, estaban deslegitimados para formar parte del estatuto
privilegiado. Estas representaciones del trabajo no sólo explicaban el mantenimiento de las
relaciones de explotación social, sino que además, suponían la base ideológica que limitaba el
acceso al grupo so cial dirigente.
4 . 1 . O r g a n i z a c i ó n y d i v i s i ó n s o c i a l d e l t r a b a j o e n e l p r o c e s o p r o d u c t i v o
El análisis de la organizac ión social del trabajo en la Gran Canaria preeurop ea, se ha
centrado hasta ahora, como norma general, en el análisis de los procesos de trabajo de
carácter especializado (Rodríguez, 1997, 2002; Martín
et al
., 2001; Velasco y Alberto, 2005;
R odríguez
et al.,
2006a; Rodríguez y Morales, 2008; Rodríg uez, 2010). No obstante, y si bien
las labores especializadas resultan fundamentales para categorizar esta organización, son
determinadas ocupaciones aparentemente no especializadas, como las relacionados con la
agricultura, las que cualifican mejor a la fuerza de trabajo (Morales, 2010). En el proceso
productivo prehispánico la actividad agrícola ten ía un papel esencial. Coherentemente, la
fuerza de trabajo empleada tuvo que suponer un porcentaje ele vado de la población
aborigen, condicionada eso sí, por las diferencias territoriales, la intensidad de otros procesos
de trabajo y por las propias circunstancias demográficas. La presencia de grandes
asentamientos con contingentes poblacionales significat ivos permitió, según los textos
etnohistóricos y la documentación jurídica del siglo XVI, el desarrollo de estrategias
productivas que implicaban un importante trabajo colectivo con la participación de
numerosos sujetos sociales, orientado a la instalaci ón y mantenimiento de medios de
producción como acequias, albercones, etc. (Abreu Galindo, 1977; Grau -Bassas, 1980; Lobo
et
al.,
1994; Sora, 1994; Quintan a Andrés, 2004; Velasco y Alberto, 2005; Morales Padrón, 2008).
No exis ten prueb as ar queológicas definit ivas de que estas infraestructuras tuvieran una
importancia real, y que contribuyera n significativamente en la regulación de la producción. Sin
embargo, los estudios de Jacob Morales (2010) sí qu e demuest ran que en los últimos siglos
de existencia de esta formación social se produjo un aumento significativo de la
productividad. Otro elemento arqueológico que aboga por la existencia de una agricultura
48
orientada a la producción de excedentes es la presencia en muchos poblado s de los graneros
colectivos, una c ategoría de yacimiento que en estos momentos está comenzando a ser
estudiada por miembros de nuestro equipo de investigación. Por ello es plau sible proponer
que la producción de excedentes agrícolas permitió su trasvase al grupo social dirigente, pero
tamb ién propició simultáneamente la existencia de sujetos no propietarios qu e pudieron
dedicarse a la pro du cción de otros bie nes de consumo, al menos a tiempo p arcial.
Probablemente, estos procesos de trabajo ocuparon una parte importante de sus
actividades cotidianas, p ues algunos de estos bienes y los desechos generados en los
procesos de trabajo constituyen un porcentaje significativo del registro material qu e hoy se
conserva. Por esta razón el análisis del trabajo especializado resulta más sencillo, ya que los
elementos que configuran estos procesos productivos y las consecuencias de los mismos se
alejan de la normalid ad y son más vis ibles en el co ntexto arqueológico .
4 . 2 . L a d i v i s i ó n s o c i a l d e l t r a b a j o e n t r e l o s a n t i g u o s c a n a r i o s
Ya se ha expresado más arriba que las fuerzas productivas se ponen en práctica en el
ámbito de unas determinadas relaciones sociales, lo que supone que se otorga un valor
determinado a una tarea, la cual se adscribe a una categoría social. Esta asociación tiene a su
vez una repre sentación que es comu nicada de generación en generació n a través del lenguaje
y el aprendizaje corporal (producciones de mantenimiento). Como resultado, la división social
del trabajo representa la existencia de personas o grupos de personas que se dedican a la
producción de determin ados bienes de consumo, normal mente mediante el trabajo
especializado (Bate , 1998).
El crecimiento de la complejidad social en el proceso productivo, representado
fundamentalmente con la especialización laboral, constituye una o rganización y jerarquización
de los procesos de trabajo que se combina con la distribución de la fu erza de trabajo ent re
esas labores. Este reparto de los sujetos qu e participan en el proceso productivo se realiza
según las divisiones sociales existentes e n el sen o de la formación social, las cuales pueden
estar sustentadas en razones de naturaleza variada y, que pueden significar, o no,
jerarquización social: s exo, edad, raza , grupo étnico y clase social (Com as, 1995).
En el caso de Gran Canaria, la cons olidación de u n sistema tributario permitió
mantener un régimen social caracterizado por la multiplicidad de procesos de trabajo. Varios
investigadores/as consideran que hay suficientes indicadores arqueológicos para corroborar el
trabajo especializado (Velasco
et al.,
2001; Velasco y Alberto, 2005; Rodríguez y Morales , 2008;
49
Delgado, 2009; Rodríguez, 2002, 2010). Se han identificado unos cuantos procesos de trabajo
cuya organización técnica sug iere la participación de agentes especializados y cuya
producci ón se orientaba específicamente a generar un excedente. No obstante, Jorge Onrubia
(2003) argumenta que no se puede defender la división social del trabajo excepto en los
procesos de trabajo asociados al grupo dominante y a la
“pseudocasta”
de carniceros y
verdugos. En cambio, afirma que la multiplicidad de proceso s de trabajo documenta dos
responde a una distribución de tareas en el seno de las unidades domésticas durante los
tiempos muertos del trabajo agríco la. Este argumento lo sustenta en una apare n te
a utosubsistencia de las unidades domésticas, caracterizadas por ser autónomas en la
organización de la producción, distribución y consumo de lo producido socialmente
39
. Esta
propuesta destaca por su perspectiva
antiproductivis ta
, que señala las actividades p ropias del
grupo dirigente en la división social del trabajo, pues, como normal general, el trabajo
especializado se ha relacionado con la producción de bienes de consumo y no con la
generación de productos intangibles asociados a la práctica de la política, la religión o la
cultura. Posiblemente sea en este campo de acción donde residen las mayores asimetrías
entre los integrantes de la fuerz a de trabajo.
La división sexual del trabajo forma parte de la propia división social del trabajo, no
obstante, dado su carácter universal por su presencia en todas las sociedades humanas
conocidas, merece ser considerada de forma independiente. La repartición de tareas entre
sexos se basa en un principi o de compleme ntariedad entre hombres y mujeres, especialmente
en sociedades pre- capitalistas, que se sanciona a través del matrimonio y se institucionaliza
mediante la vida doméstica (Comas, 1995). La división sexual de los procesos de trabajo no
implica que el volumen de las labores sea equivalente ni esté valora do por i gual. La pres encia
actividades vinculadas a un determinado sistema de género es produ cto de unas relaciones
sociales concretas y no de diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Lo común es que
la mujer y su trabajo aparezcan subordinad os como element o fundamental de esta relación,
la cual se concreta en la forma en qu e se distribuye el trabajo, que por norma general vincula
a las mujeres al ámbito doméstico y a los hombres al ámbito extra doméstico (Sanahuja,
2002). Su papel como artífices de la reproducción biológica justifica de forma casi universal la
distribución de actividades laborales y la vinculación de estas con l a esfera doméstica
(Sanahuja, 2007). De hecho, la propia construcción social del género es producto de la misma
sexualidad y de las creencias con respecto a la procreación y a la reproducción humana. La
39
Si bien este autor defiende que la reproducción econó mica de esta sociedad se realiza en un nivel superior al de las
unidades domésticas, no fun damentada en la fuerza de trabajo de los grupo s parentales, sino en el control, distribución y
disfrute de los medios de producción (p astos, terrenos cultivables, agua, etc.) (Onrubi a, 2003:464) .
56
Alberto, 2005). Aun así, estas contribuciones, junto a los textos etnohistóric os, han permitido
esbozar las principales característi cas de esta prá ctica económic a.
La cabaña ganadera prehisp ánica estaba formada fundame ntalmente por cabras,
aunque también existían ovejas
pelibuey
y cerdos. Junto a estos animales estaba el perro, que
aparentemente no era consumido y cuyo papel estaba ligado a las actividades pastoriles. Esta
actividad productiva permitía el acceso a proteínas animales de forma regular, especialmente
a través del consumo de productos se cundarios, como leche, mantecas y derivados (Alberto,
2004). De h echo, la ex plotación de la cabaña ganadera estaba dirigida a optimizar la
explotación de este tipo de recursos, complementando una dieta alimenticia caracterizada por
una presenc ia muy elevada de productos ag rícolas (Velasco, 1999). Estas especies también
eran explotadas para el consumo cárnico, especialmente los cerdos, pero siguiendo una pauta
de aprovechamiento precisa que favorecía a los productos de carácter secundario (Alber to,
2004).
La organización técnica de la actividad ganadera estaba separada por dos grandes
ámbitos de producció n. El primero era la actividad pastoralista, proces o de trabajo que
organiza la constitución de la cabaña animal, donde tiene lugar su ma nteni miento y la
preparación para su explotación, así como el aprovechamiento de determinados productos
secundarios. Algunos autores han relacionado este proceso con el pastoreo tradicional que se
implantó tras la conquista armada de la isla, argumentando que c omenzó siendo llevado a
cabo por los propios aborígenes y que sobrevivió siglos después, si bien la organización
económica donde se insertaba esta actividad nada tenía que ver con el modelo productivo
prehispánico (Alberto, 2004; Velasco y Alberto, 2005)
.
A pesar de que se ha señalado que el
pastoreo conllevó la trashumancia en busca de los mejores pastos
41
, lo más probable es que
una parte de la cabaña ganadera estuviera estabulada para el consumo cot idiano de leche y
derivados. E sto supondrí a la existencia de dos tipos de ganado, uno orientado a la
subsistencia coti diana y el otro a la pr oducción de un excedente.
Lo cierto es que la actividad pastoril fue un importante proceso de trabajo en el
contexto de la organización técn ica de la producción ganadera pr ehispánica. Esta práctica
estuvo regulada y organizada territorialmente, condicionando el acceso a las tierras de pastos
y a los recursos acuífe ros (Velasco y Alberto, 2005). La ganadería intervino de forma
41
No obstante, a día de hoy no existen pruebas concluyentes que permitan hablar de trashumancia d urante el periodo
prehispánico de Gran Canaria, si bien de forma sistemática se ha dado por supuesto como reflejo de las representaciones
de los aborígenes como pastores, producto de l pensamiento romántico decimonónico que ha visto en la sociedad
campesina tradicional canaria el lógico sucesor del modo de vida prehispáni co, especialmente para las islas de Tenerife,
Lanzarote y Fuerteventu ra (Aznar, 1992 ; Cabrera, Perera, y Tejera , 1999; Hernández Gómez, 2005).
57
importante en la conformación del espacio productivo indígena a través de la instalación y
mantenimiento de elementos funcionales como
goros
,
gambuesas y majadas
. Conjuntamente,
también se acondicionaron zonas de pastos con la potenciación de las especies vegetales
forrajeras y la restricción de las actividades agrícolas (Onrubia, 2003). La articulación territorial
de la ganadería se refleja en varias descripciones de los text os etnohistóricos:
“(…) como
siempre las diferencias y debates que habían entre los canarios por la mayor parte era sobre
los pastos , sus pastores se fueron a quejar cada un o a su señor. Juntáronse los dos (…) a
tratar del desagravio de las diferencias que tenían sus pastores”
(Abreu Galindo, 1977:173). El
relato de Abreu Galindo es sumamente interesante por varias cuestiones: En primer lugar
sugiere que existen derechos de propiedad sobre los pastos y, por lo tanto, restricciones en
su uso y disfrute. Esta circunstancia se suma a lo dicho hasta el momento sobre la propiedad
objetiva de los medios de producción. En esta misma línea, la existencia de dos personajes
que se identifican como copropietarios del mismo tipo de elementos del proceso productivo
supone que la naturaleza de la propiedad no sea colectiva sino particular, puesto que es
compartida por un grupo que se distingue de otros grupos de la misma sociedad, formas que
son típicas de las formaciones sociales clasistas (Bate, 1998). En segundo lugar, se puntualiza
que existen personas dedicadas a la actividad del pastoreo de forma especializada, o por lo
menos, con un nivel de ded icación importante. La existencia de estos trabajadores sugiere
que se trata de una labor orientada a la generación de un excedente, pues globalmente
implica que la producción sea suficiente para rentabilizar el mantenimiento de la fuerza de
trabajo y asegurar el trasvase de parte de lo producido hasta el grupo propietario. La
producción de esta variabilidad de ganadería se compondría de recursos lácteos, cárnicos,
corioplásticos y óseos, si bien en el estado actual de la investigación es imposible profundi zar
en todo ello. Asimismo , este sistema se complementaría con una actividad ganadera
doméstica de menores dimensiones orientada al mantenimiento directo de los sujetos
sociales y de la fuerza de trabajo. En tercer lugar, resulta significativo que se recal que que
eran las disputas por los pastos y el ganado el principal motivo de disensión entre los
canarios. Cabe destacar en este sentido que era común el robo de ganados entre unos y
otros, actividad que llevaban a cabo los miembros del grupo propietario co n el objeto de
acumular prestigio y acrecentar su patrimonio (Abreu Galindo, 1977; Torriani, 1978; Morales
Padrón, 2008; Onrubia, 2003). De hecho, existía una estrecha relación entre los miembros del
grupo dirige nte y la c abaña gana dera, vinculac ión que se pone de manifiesto c uando
Fernando Guanarteme es recompensado por los servicios prestados a los castellanos en la
conquista de la isla. Este dirigente recibe como
merced
los terrenos del Valle de Guayedra,
territorio caracterizado por la presencia de buen os pastos aún hoy en día (Onrubia, 2003). En
58
cuanto a las zonas de pastoreo, la parcelació n del espacio productivo para los campos de
cultivo tuvo que limitar el número de terrenos accesibles en las áreas adyacentes a los
núcleos poblacionales. De ahí que fuera fundamental asegurar el control y acceso a las zonas
de pasto para satisfacer las necesidades de los animales y potenciar la estabilidad y desarrollo
de los ganados.
La otra parte de la organización técnica del trabajo estaba constituida por el con junto
de faenas asociadas con el sacrificio del an imal y su manipulación posterior (Alberto, 2004).
Los datos apuntan a que la matanza se llevaba a c abo en los mismos contextos donde tenía
lugar el procesado y su consumo como alimento en las áreas doméstic as o de habitación. Se
han documentado
“espacios funcionales”
en algunos asentamientos, zonas delimitadas donde
se concentraban las prácticas de manipulación primaria y secundaria vinculadas al consumo.
Contextos similares o idénticos han sido recogidos por las fuentes etnohistóricas, señalando
que
“Y nadie podía matar res, sino en el lugar diputado por el carnicero, y en estas casas no
era lícito entrar los mozos, ni mujeres ni niños”
(Abreu Galindo, 1977:159). En el presente se
conocen varios contextos ar queológicos que quizás correspondan con estos
“espacios
funcionales”,
como El Tejar (Ascanio
et al
., 2002), El Llanillo (Propat, 2004) y Lomo Los
Melones (Alberto, 2004; Rodríguez Santana
et al.
, 2008). No obstante, algunos de estos
espacios pudieran estar asociadas a prácticas de redi stribución puntual de lo producido, como
así se ha propues to para El Tejar (Asc anio
et al
., 2002).
El procesado de los animales domésticos una vez sacrificados fue realizado por
especialistas a
tiempo completo
. Los textos et nohistóricos relatan qu e existían personajes
dedicados en exclusiva a estas actividades, los carniceros, cuyo oficio
“tenían por vil y soez, y
siempre lo usaba el hombre más bajo que se hallaba; y era tan asqueroso, qu e no permitían
tocase a cosa, y traía una vara en la mano, con que señalaba lo que quería. No le era lícito
entrar en las casas, ni acompañarse, sino con otros de su oficio; y, en recompensa de esta
sujeción, le daban lo que había menester”
(Abreu Galindo, 1977:158-159). De hecho, durante
los enfrentamientos bélicos con los castellanos los canarios relegaban a sus prisioneros a los
trabajos de carn icería:
“a los spañoles qu e coxían el maior daño era trasquilarlos i hacerlos
matar carne i coserla i asarla”
(Gómez de Ulloa, en Morales Padrón , 200 8:434). En este
sentido, las fuentes son mu y taxativas a la hora de vincular este oficio con las capas sociales
más marginadas de s u comunidad.
A los carniceros también se les asocia con el trabajo del hueso y la elaboración de hilos y
cordelería:
“Los ca rniceros sacaban de los lomos de las reses que mataban los nervios, y los
secaban. Eran los nervios del espinazo todo del largo entero, y los untaban con manteca y los
59
sobaban al fuego, y de allí sacaban hilos delgados o gruesos, y de los huesos hacían agu jas
para coser”
(Abreu Galindo, [1977:159). Lo que no está tan claro es su papel en el trabajo de
la piel y cuándo los cueros pasan a ser manipulados por otros sujetos sociales, curiosamente
mujeres a las que en ocasiones se define como integrantes del gr upo social dominante
(Rodríguez, 1997, 1999, 2002).
Los datos etnohistóricos ponen de manifiesto q ue estos sujetos sociales constit uían un
grupo social institucionaliz ado y determinado por la división social del trabajo. Eran indiv iduos
que realizaban un trabajo especializado cuya producción excedía sus propias necesidades y
que se orientaban a satisfacer las demandas de los contextos domésticos de su influencia. A
cambio, estos personajes recibían lo necesario para su subsistencia a modo de
contraprestaci ón, lo que suponía el intercambio y distribución de unos
inputs
por otros. En
estas noticias se asume que este grupo social no podía relacionarse directamente con otros
miembros del colectivo, re stringiendo su interacci ón a aquellos individuos q ue formaban parte
de su mismo estatuto social. En este sentido, no es extraño que algunos autores hayan v isto
en este colectivo una “
pseudocasta”
marginada por debajo de los sectores aristocráticos y de
“mediana sphera”
(Onrubia, 2003). No obstante, es preciso recalc ar que estas diferencias
estaban principalmente en el papel de los individuos dentro de la organización social del
trabajo y, de forma especial, en el conjunto de procesos valorativos que socializaban las
distintas labores y oficios, y su sanció n por parte de la ideología domi nante.
Las prácticas económicas relacionadas con el mar tuvieron un papel significativo en
las actividades de subsistencia de los antiguos canarios, especialmente como una estrategia
de consolidación del proceso productivo y orientad a a diversificar –y quizás a perpetuar - un a
dieta basada fundamenta lmente en el consumo de cereales. La explotación los recursos
marinos fue realizada con mayor intensidad desde los asentamientos costeros, como así lo
sugieren los numerosos restos arqueoló gicos relacionados con estas act ividades, las
particularidades de la dieta de los individuos sepultados en las necrópolis cercanas al mar y la
presencia de exostosis del can al auditivo en un 40% de los sujetos localizados en los
cementerios de los asentami entos del litoral (Rodríguez Santana, 1996; Velasco
et al
., 2001;
Velasco y Alb erto, 2005; Rodrí guez Santana
et al
., 2008).
Las r eferencias etnohistóricas describen a los canarios como un grupo fuertemente
vinculada a la mar. Estas descripciones son esp ecialmente pródigas cuando tratan sobre la
explotación de los recursos alimenticios que les proporcionaba este medio a través de la
pesca y el marisqueo:
“ Cogían gran cantidad de pescado en corrales que hacían, y los más
con ançuelos de ciernos de carneo l abrados con fuego y agua caliente con los pedernales y
60
eran fuertísimos y au n mejores qu e los de acero. La cuerda para el ançuelo hacían de la stipa
de las palmas una tomicita mui fuerte i delgada i otra gruesa, las cañas no las tenían i eran
varas de sabi na largas y encorvadas a las puntas. Tenían también redes que las echaban a
nado, teníanlas de pardo, y las bolas de corteza de pino y pencas de palma u las más redes
tejían de juncos”
(Sedeño, en Morales, 2008:374).
“Quando reconocían en la costa del mar
hauer cardume de pescado, se arrojaban a nado hombres i mujeres i muchachos, i la
rodeaban i hacían venir cerca de tierra, i con esteras de juncos poniendo piedras por la parte
vaxa sacaban gra n cantidad de sar dina i liças”
(Gómez E scudero, en Morales , 200 8:441).
La depredación marina constituía una de las estrategias globales que aseguraban la
viabilidad del sistema productivo ca nario. Si bien este modelo se fu ndamentaba en las
actividades agropecuarias, los productos marinos aportaban alimentos de calidad ricos en
proteínas, compone nte de la dieta sistemáticamente deficitari o en la nutrición aborigen
(Velasco, 1999; Delgado, 2009). Todas l as especies captu radas proced ían del sustrato más
cercano a la costa, incluye ndo variedades como la vieja (
Sparisoma cretense
) , la cabrilla
(
Serranus atricauda
), la sama (
Dentex dentex
), la palometa (
Trachynotus ovatus
) y la sardina
(
Sardina pilchardus
) ( Rodríguez Santana, 1996 ), sin que haya ninguna evidencia que apunte a
la utilización de embarca ciones para la captura de peces. La presencia de sardinas sugiere la
estacionalidad de ciertas actividade s pesqueras, pues esta especie se acerca el litoral
únicamente entre los meses de mayo y octu bre, lo que implic ó, probablemente, l a
intensificación de su captur a (Rodríguez S antana, 1996). Esta práctica productiva se articulaba
desde los asentamien tos costeros, que adquieren sentido en un contexto en el que la
explotación de estos recursos toma un especial significado a través de su organización técnica
en distintos ámbitos de actuación. El primero de ellos estaría const ituido por las propias
acciones depredadoras realizadas en el mar, labores que incluían distintas modalidades de
pesca junto al marisqueo y, cuyos niveles de producción se situarían por encima de las
necesidades de subsistencia local. El segundo se caracterizaba por el procesado de productos
marinos con objeto de prepararlos para su consumo. En este sentido, se ha n registrado
espacios funcionales donde tuvieron lugar ciertos procesos de trabajo relacionados con e l
procesado de productos marinos, como sucede en los concheros o determinadas áreas de
actividad vinculadas al ámbito doméstico (Jiménez Sánchez, 1946; Velasco y Alberto, 2005 ;
Rodríguez Santan a
et al.,
2008 ).
El marisqueo también supuso una actividad productiva fundamental en la economía
de subsistencia aborigen. Los desechos de esta práctica están bien representados en todos
los asentamientos costeros prehispánicos, siempre en un número elevado de ind ividuos. Esta
61
actividad de subsistencia no requiere un proceso de trabajo complejo para la captación de los
moluscos, aunque no se dispone de datos sobre las modalidades de procesado . Es muy
posible que se respeta ra cierta estacionalidad en la captura de algunas especi es para asegurar
su reproducción biológi ca (Velasco, 1999; Delgado, 2009). Las variedades apresadas incluían
principalmente lapas (
Patella aspera, Patella candei crenata y Patella piperata
) y burgados
(
Ossilinus atratus
) y en menor proporción crustáceos y equinodermos. L as características
nutric ionales de este recurso, su disponibilid ad y su cercanía, supusieron que probablemente
fuera explotado de forma intensiva durante todo el poblamiento aborigen, diversificando las
estrategias prod uctivas de los a ntiguos canarios (Velasco y Albe rto, 2005).
La bioantropología ha identificado a los especialistas encargados de la explotación de
los recursos marinos (Dutour y Onrubia, 1991; Velasco,
et al.,
2001). En un trabajo que abarca
todo el ámbito insular, Javier Velasco y colaboradores (2001) analizaron l a presencia de la
exostosis auditiva en una muestra de 358 cráneos pertenecientes a 27 yacimientos de toda la
isla y estaba compuesta p or 200 hombres , 144 mujeres y 14 alofisos. Entre hombre s y mujeres
no se detectaron diferencias estadístic amente signific ativas (hombres: 16%; mujeres: 11,11%).
Sin embargo, en la distribución territorial se observaron diferencias considerables entre el
interior y la costa, que fueron consideradas como
“disimetrías territoriales en la articulación
del modelo productivo global y en las estrategias seguidas para su estabili dad y
perpetuación
” (Velasco
et al.,
2001:12). Estos datos se complementan con los aportados por
otros análisis bioarqueológicos, ya que los yacimientos funerarios que presentan una mayor
incidencia de exosto sis auricular coinciden plename nte con aquéllos cuyos individuos basaban
una parte importante de su dieta en los recursos marinos (Delgado, 2009). Sin embargo,
algunos enclaves situa dos en la franja costera como El Hormiguero no reportaron exostosis
auricular en ninguno de los individuos sepultados en este espacio. Esta circunstanci a es
coherente con los resultados del estudio paleodietético que señalaban una alimentación
basada en los cer eales (Velasco, 1999 ; Delgado, 20 09).
El análisis intra -poblacional de las distintas series esqueléticas que componían la
muestra mostró dif erenci as significativas ent re individuos. Los porcentajes de presencia de
exostosis auriculares oscilaban entre un 9% y un 87%, con una media del 40%, lo que viene a
indicar que no todos los ind ividuos participaron del mismo modo o con la misma intensidad
en las actividades que desencadenaron la aparición de esta anomalía ósea. En este sentido,
parece evidente que entre los antiguos canarios existían sujetos que se dedicaban de forma
s ignificativamente más intensa y, por lo tanto, de modo especializado, a ciertas labores
específicas relacionadas con el medio marino, tales como la pesca y el marisqueo (Velasco
et
62
al.,
2001). La inexistencia de diferencias sexuales en la presencia de las exostosis auriculares
supone que el gén ero no es el único elemento a la hora de explicar la división social del
trabajo y la organización social de la producción en Gran Canaria. Estos datos contrastan con
la existencia de otros procesos de trabajo en los sí que existe una separación evidente de
tareas entre hombres y m ujeres (Rodríguez , 2006).
El estudio de las exostosis del canal auditivo no pudo relacio nar estas anomalías óse as
con diferencias sociales más allá de las referidas entre unidades territori ales. No obstante, si
bien las actividades de subsistencia vinculadas a la agricultura y la ganadería estaban
relegadas al grupo no propietario, no parecía ocurrir lo mismo con la explotación de los
recursos marinos. Los textos etnohistóricos relatan como
“i aún el Guanartheme era famoso
pescador”
(Sedeño, en Morales Padrón, 2008:374), y por lo general, constituía una práctica
común entre los miembros del grupo dirigente:
“El entretenimiento mas noble de los mas
principales era la casa y la pesca. El mesmo Rei guanarteme era el que mas usaba”
(Sosa,
1994:290). Posiblemente la participación en las actividades de explotación de los recursos
marinos del grupo propietario estaba vinculada a la búsqueda de capital simbólico por medio
de la demostración de su valentía y su capacidad para controlar a la naturaleza (Rodríguez
Santana, 1996; O nrubia, 2003).
Las actividades de explotación de los recursos marinos son reflejo de un sistema
general de organización social de la producción, donde la territorialización de ci ertas
estrategias productivas, la división social del tr abajo y la redistribución de parte de lo
socialmente producido, constituyen aspectos fundamentales que permiten la reproducción del
modo de vida de los antiguos canarios. La presencia de especialistas indica que esta actividad
se dirig ió a gen erar un excedente
que pasaría a formar parte de los
inputs
que circula ba n en
las redes prehispánicas de distribu ción e intercambio . En este sentido, es sumamente
ilustrativa una cita de Fray José de Sosa acerca de cómo las mujeres se bañaban en la mar:
“las mujeres vivian muy oprimidas sin menearsse de casa ni hacer otra cosa sin licencia o
paresser voluntario de sus maridos excepto para irse a bañar al mar, unas con otras, en cuyos
márgenes tenían una e nsenada señalada para esto y otros puert os donde no podía n llegar los
hombres so pena de la vida”
(1994:307). De este texto pude desprenderse que los límites
costeros también estaban perfectamente organizados y articulados, de ahí que el acceso a las
áreas de explotación de los recursos marinos nunca debió de ser libre, al contrario, estarían
controladas por derec hos de propie dad.
La r ecolección vegetal y la captura de animales no domésticos parecen tener un
carácter secundario e n el organigram a productivo prehis pánico. Su función se entiende dentro
63
de una diversificación de los componentes de la dieta con el objeto de enriquec er la
naturaleza nutritiva y culinaria de la al imentación (Alberto, 1998; Morales, 2 010).
La información arqueobotánica sobre las especies si lvestres explotadas incluye plantas
procedentes de los distintos nichos ecológicos del territorio insular, las cuales fueron
recolectadas en el entorno inmediato a los asentamientos (Morales, 2010). Cabe destacar la
recolección de los frutos de la palmera canaria
(Phoenix canariensis),
la más abundante entre
distintos yacimientos arqueológicos que han sido muestrea dos con métodos arqueobotánicos .
Otras especies na tivas como el mocán
(Visnea mocanera),
el almácigo
(Pistacia atlantica),
el
balo
(Plocama pendula),
la leñabuena
(Neocha maelea pulverulenta)
y la zarza
(Rubus
sp.)
también han sido identificadas como recurso alimenticio, mientra s que ciertas plantas
silvestres fueron recogidas y empleadas para otros menes teres. Entre estas es pecies se
incluyen la retama blanca
(Retama rhodorhizoides) y
el codeso
(Adenocarpus foliolosus)
(Morales, 2010) . También es destacable la explotación del d rago
(Dracaena draco)
, cuya savia
era extraída con fines medicinales por lo antiguos canarios y qu e incluso fue objeto de
co mercio entre ca narios y europeos (A breu Galindo, 1977) .
En la actualidad no se tienen datos que permitan relacionar los procesos de trabajo
asociados a la recolección de vegetales con un determinado grupo social o con individuos. Lo
cierto es que la explo tación de algunos de estos recursos tuvo que suponer un a actividad
importante, por lo menos durante el tiempo en que los frutos eran recolectados. Los datos
disponibles sobre la captura de aves, reptiles y r oedores son ínfimos. Por ello no se puede
evaluar su impacto en la dieta o la organización social del trabajo. En algunos yacimientos de
otras islas del Archipiélago se ha estudiado la presencia de estos animales, indicándose en
ciertos casos su consumo y aún, vinculando algunas extinciones a la acción d epredadora de
los colonos preeuropeos, de forma directa o a través de sus animales domésticos (Alberto,
1998). Sin embargo, la ausencia de estudios arqueozoológicos generalizados en Gran Canaria
no permite contrib uir a este deba te.
4 . 3 . 1 . L a p r o d u c c i ó n d e b i e n e s y s u m a n t e n i m i e n t o
La producci ón de bienes y su mantenimiento está encaminada a satisfacer un
conjunto de necesidades de carácter material y social que pueden ser de diversa índole y en
consecuencia también lo son los propios productos. De esta for ma, se puede definir
diferentes tipos de productos según sus propias características: sujetos sexuados (hombres y
mujeres); objetos concretos (
materia prima
de un nuevo proceso de trabajo; medios de
64
trabajo y objetos de consumo directo); instalaciones (est ructuras, medios de producción y de
trabajo, etc.); objetos singulares (productos finales empleados en las prácticas político -
ideológicas); productos culturales (adiestramiento , socialización, etc.); mantenimiento
(subsistencia de sujetos sociales; reparac ión de objetos concretos y medios de trabajo, etc.)
(Bate, 1998; Castro
et al
., 1998; Acosta, 2001). Todos estos productos están encaminados a su
uso y consumo como elementos activos en la reproducción social, pues la producció n supone
una relación entre l os sujetos como agentes sociales y los objetos, vínculo que se establece a
través del tra bajo y el consumo de los productos
42
(Acosta, 2001).
En la arqueología de Gran Canaria existen numerosas evidencias acerca de la
producción de bienes y su mantenimiento. Estos datos proceden en su mayoría de materiales
recuperados en diferentes intervenciones arqueológicas o de rebuscas más antiguas qu e hoy
se depositan en El Museo Canario
43
, y otros emplazamientos, los propios asentamientos y
demás instalaciones que todavía se conservan en el territorio, y por la información recogida
en los documentos escritos. Se puede afirmar que el proceso productivo de bienes básicos se
realizaba de forma local o comarcal en el marco de los poblados o las comunidades locales.
Las aport aciones de distintas líneas de investigación puntualizan el carácte r eminentemente
local de algunas de estas actividades productivas, como por ejemplo, la captación de recursos
líticos de rocas de grano grueso (Rodríguez y Galindo, 2004), la recolección de plantas
silvestres (Morales, 2010), de arenas para la elaboración de cerámicas (Pino, 2010), o la
explotación de recursos marinos (Rodríguez Santana, 1996; Velasco
et al
., 2001; Delgado,
2009). Esto no supone que todos los elementos que forman parte del p roceso productivo
procedan o sean produc to de trabajos anteriores de carácter local, ni la localidad signific a que
en exclusiva se produzca para el consumo en tales centros. En cambio, se propone la
existencia de un sistema redistributivo que hace circular distintos tipos de bienes en el ámbito
extra- local, pero que conviven con otras más locales y, donde, ciertamente, la territorialización
de las estrat egias productivas es determinante en la materialización de los procesos de
trabajo. No obstante, existe o tro tipo de producciones que tienen un carácter regional e
incluso insular. Son procesos de trabajo que están orientados a la creación de bienes de
consumo con un valor de uso import ante, pero que adquieren su verdadero sentido tras un
42
Como afirma Carlos Marx “La producción facil ita los objetos que responden a las necesidades, la distribución los reparte según
las leyes sociales; el cambio reparte de nuevo lo que ya está distribuido según la necesidad individual; y finalmente, en el consum o, el
producto desaparece del movimiento social, se convierte directamente en objeto y servidor de la necesidad individual y la satisface con
el disfrute” (En “C ontribución a la críti ca de la economía política”, 19 80:254).
43
Esta institución es actualmente la depositaria de las evidencias arqueológicas de la isla de Gran Canaria. Igualmente, es
un centro de referenci a en la investigación arque ológica en Canarias.
65
proceso valorativo q ue trasciende esta significación y lo convierten en producciones con un
valor de cambio.
En el presente se cuenta con varias líneas de investigación que han puesto de relieve
la capacidad del análisis de los procesos productivos para la reconstrucción de las relaciones
sociales de producción de la isla (Rodríguez Santana, 1996; Martín
et al
., 2001; Rodríguez y
Barroso, 2001; Rodríguez
et al
., 2004; Morales, 2006; Pino, 2010). Uno de los principales
proyectos abordados es la caracterización de la explotació n de los recursos minerales,
concretamente los “
centros de producción”
de industria lítica. Su objetivo ha sido caracterizar
las materias primas líticas utilizadas por los antiguos canarios, sus sistemas de adquisición,
transformación, su distribución y consumo como productos sociales (Rodríguez
et al.,
2006a y
b; Rodríguez, 2010). La adquisición de la mayoría de los materiales líticos explotados por los
canarios se basaba en el aprovisionamiento y transformación de soportes na turales basálticos
de carácter local (cantos, disyunciones columnares, bloques de colada, etc.) (Rodríguez y
Galindo, 2005; Velasco y Alberto, 2005; Rodríguez, 2010)
44
. Sin embargo, otras rocas tenían
una localización más específica y su aprovechamiento exigía una importante inversión de
fuerza de trabajo, circunstancia que no impidió que fueran explotadas de forma sistemática a
lo largo de un dilatado periodo de tiempo. Así, la investigación ha centrado su atención en
dos producciones líticas concretas, la explotación minera de la obsi diana y la fabricación de
molinos rotatorios de mano con tobas volcánicas. Esta perspectiva de análisis s e
fundamentaba en que los registros materiales de los contextos domésticos incluían obsidianas
y tobas procedentes de los centros de producción especia lizados (Rod ríguez Rodríguez
et al.
,
2006a) (Figura1.4 ).
Los antiguos canarios extrajeron la obsidiana mediante minas en ga lerías y a cielo
abierto en las montañas de Hogarzales, Las Vacas y El Cedro, situadas en el Oeste de Gran
Canaria (T.M. de La Aldea de San Nicolás) (Martin
et al.,
2001; 2004). Las intervenciones
arqueológicas llevadas a cabo en estos espacios han permitido caracterizar los procesos de
trabajo de la extracción minera de la obsidiana y registrar otras estaciones arqueológicas
asociadas a esta actividad (Martín
et al
., 2003). Dichos exámenes, junto al estudio de los
materiales extraídos en estas intervenciones (productos finales, desechos, medios de trabajo,
etc.), permiten afirmar que se trataba de un proceso de trabajo especializado qu e precisaba
de una destacada cualificació n (Martín
et al
., 2001; Rodríguez
et al
., 2005; Rodríguez y
44
Como se ha señalado para la isla de Tenerife, “la presencia de estos estos elementos en los asentamientos está relacionada con la
ge stión que estas comunidades realizan de su entorno local y el tipo de material es siempre una imagen fiel de las características
geológicas y geomorfológicas de dic ho entorno” (Hernánd ez y Galván, 2001 :30).
72
sugerido que indican un proceso de trabajo especializado protagonizado por una fuerza
trabajo instruida (Rodríguez, 1997). Valga esta cita como ejemplo:
"Tenían oficiales que les
cortaban los vestidos [...] y la paga era cebada, carne y legumbre..."
(Abreu Galindo, 1978:
297).
Recientemente, la bioantropol ogía ha reconocido especialistas femeninas en el trabajo
de la piel y las fibras vegetales. Teresa Delgado (2004; 2009) analizó piezas dentarias de un
número mu y significativo de antiguos canarios, identificando en el total de la muestra que
sólo cuatro mujeres tenían desgastes anómalos en algunas de sus piezas dentarias (1,5% del
total y 3,25% de las mujeres). Estas alteraciones se relacionaron con actividades no
masticatorias que friccionan de los dientes con algún tipo de material blando, como pieles o
fibras vegetales . En este sentido, Delgado comenta que
“cabría plantear que en el caso de la
población prehispánica de Gran Canaria ese escaso porcentaje de sujetos en los que s e
r econocen estos indicios podría constituir el reflejo de que tan sólo una porción minoritaria
de la población desarrolló este tipo de trabajos con una especial intensidad, quizá en directa
relación con una cier ta especializació n en la división de tareas”
(D elgado, 2004:462 ).
En definitiva, estos datos señalan diferencias en el patrón de actividad de las mujeres
canarias, cuyo papel como fuerza de trabajo no se limitaba a la producción de carácter
doméstico, al contrario, algunas de ellas protagonizaro n actividades de especialización
artesanal orientadas a la producción de un excedente que no era consumido, al menos en su
totalidad, por su propia unidad doméstica (Velasco y Alberto, 2005; Rodríguez, 2006; Delgado,
2009).
4 . 3 . 2 . T r a b a j o y p r o d u c c i ó n p o l í t i c o - i d e o l ó g i c a
Los textos etnohistóricos enumeran una serie de tareas de distinta naturaleza llevadas
a cabo por el grupo dominante, generalmente sin estar orientadas a la producción de bienes
materiales de consumo. Entre ellas destacan las de carácter políti co - ideológico,
monopolizadas en beneficio de sus propios intereses , para legitimar las relaciones de
dependencia y dominación social (Onrubia, 2003). En estas descripciones se indica que la
dirección de las prácticas religiosas quedaba en manos de los lin ajes nobiliarios. De hecho,
Eanes de Zurara detalla que únicamente doscientos
“caballeros”
conocían las creencias y
adoctrinaban al conjunto de la población (1949). No obstante, los referentes más importantes
acerca del control religioso son las figuras de los
faycanes
y
harimaguadas,
anteriormente
mencionados, quienes con sus prerrogativas para atraer la lluvia y estimular la fecundidad de
73
la tierra, aparecen como valedores del conjunto de la sociedad, interactua ndo con la
naturaleza y el mundo simbólico p or el bien común (Abreu Galindo, 1977; Torriani, 1978;
Morales Padrón, 2008). Como comenta Jorge Onrubia (2003), el monopolio de las creencias
abarcaría no sólo el mundo religioso, sino qu e además, se extendería en otros ámbitos
culturales y simból icos de la realidad s ocial prehispánic a.
Las act ividad es relacionadas con el ámbito bélico y las pruebas de destreza también
estuvieron monopolizadas por el gru po social propietario. En las fuentes etnohistóricas se
encuentran numerosas ref erencias a episodios bé licos en los que los varones d e este colectivo
participaban activamente en combates, tanto contra los invasores europeos como entre
ellos:
“(…) y con muy buenas armas de la propia tierra, como dardos y piedras y tarjas, que
eran como rodelas, co n se amparab an y defe ndían con gra n ligereza, pes treza y certeza, y con
varas como dardos, tostadas y aguzadas las puntas, que pasaban una adarga y una cota de
malla, por fina que fuese”
(Abreu Galindo, 1977:120). Estas descripciones dan idea del carácter
“guerrero”
d e las elites indígenas, estatuto que era institucionalizado mediante la sanción
social:
“Tenía cada Guanarteme seis hombres para su consejo, de los más valientes y de
mayores fuerzas, por cuyo acuerdo regía y gobernaba su señorío y término, los cuales eran
nombrados gayres ”
(Abreu Galindo, 197 7:1972).
Son numerosas las referencias acerca de la belicosidad de los hombres del grupo
dirigente, que constante mente estaban enfrentán dose entre ellos, posiblemente con objeto de
acrecentar su capital simbólico. De tal forma que incluso existían lugares diputados para estos
enfrentamientos:
“Tenían lugares públicos fuera de los pueblos, donde hacían sus desafíos,
que era un compás cercado de pared de piedra, y hecha una plaza alta, donde pudiesen ser
vistos. La orden que tenían, queriendo salir al desafío, era pedir licencia a los doce consejeros
de la guerra, que llamaban gayres ”
(Abreu Galindo, 1977 :151).
El gru po dirigente buscaba acumular capital simbólico como signo de distinción social
dirigido a f ortalecer las diferencias con el colectivo no propietario. En este se ntido, la
“institucionalización y codificación de las estrategias de distinción suministra, en lo que tienen
de transfiguración mental, la piedra angular sobre la que se asienta la construcción del g rupo
de estatuto nobiliario al convertir en permanente y naturales las diferencias de hecho”
(Onrubia, 2003:422- 423). Si bien la acumulación del capital simbólico suponía el principal
objetivo del grupo diri gente, no es menos cie rto que esto era pos ible gracias a que
primeramente eran propietarios de los medios de producción y, por consiguiente, se veían
liberados de la producción de alimentos y otros bienes de consumo. De ahí qu e la razón
principal que explica las asimetrías entre unos y otros no sea la ac umulación de prestigio
74
social, sino en todo caso, la propiedad de los medios materiales que permiten la
supervivencia y la reproducción de un modelo económico donde un grupo de personas
acaparan ciertos privilegios. De este modo, la acumulaci ón de capital simbólico es sólo
posible para aquellos que no participan en el trabajo directo y pueden dedicarse a ejercitarse
en las artes de la guerra o en trab ajos asociados al mundo reli gioso.
En definitiva, el monopolio de las actividades relacionadas con la relig ión, el
adoctrinamiento y la guerra permitían a los hombre s del grupo dirigente reproducir las
condiciones de asimetría social con respecto al colectivo no propietario. El cont rol de los
medios coercitivos, políticos, ideológicos y sociales aseguraban la reproducción de las formas
de organización social. En este sentido, parece evidente que la propiedad de los medios de
producción y la naturaleza de los trabajos protagonizados por unos y otros están en la
génesis de las asimetrías sociales de los antiguos canarios. De ahí se entiende que el estudio
de la organización social del trabajo suponga una vía de análisis importante para la
reconstrucción de es tas relaciones so ciales.
5. DISTRIBUCIÓN, INTERCAMBIO Y ACCESO A LO PRODUCIDO
El proceso económico gen eral de los antiguos canarios se reproducía gracias al
intercambio y distribución del excedente producido socialmente. Ello permite igualmente
liberar fuerza de trabajo de la producción básica de alimentos, que puede ocupar otros
puestos en la organiz ación socia l del trabajo .
Este modelo se puede detectar de forma más clara en las redes de distribución e
intercambio de lo socialmente producido . El análisis de las obsidianas y molinos de toba en
los contextos domésticos ha corroborado la presencia de redes de dis tribución a escala
insular y comarcal durante la mayor parte del poblamiento prehispánico (S. VI -XV d.E. )
(Rodríguez, 2010). Si bien también se ha sugerido que donde parece adquirir un a dimensión
global es en la pro ducción agrícola.
El conjunto de datos a portados por los estudios arqueobotánicos y bioantropológicos ,
así como las fuentes etnohistóricas, señalan que en Gran Canaria existía una producción
agrícola excedentaria, parte de la cual era almacenada en graneros
48
(Morales, 2010). Este
48
La mayoría de investigadores han sugerido el carácter colectivo de estos espacios. No obstante, todavía no se ha
definido y acotado las implicaciones de este concepto en la realidad histórica de los antiguos canarios. En este sentido,
75
excedente supon e el resultado de una estrategia económica que busca generar una cantidad
de producto superior a las necesidades de reproducción biológica de los productores. El
objeto de este
plusproducto
, dejando aparte los remanentes desti nados a prevenir hambrunas
por malas cosechas u otras catástrofes naturales, podría dirigirse para el mantenimiento de
los grupos que no producían bienes de subsistencia, de manera que se constituía en una
contraprestación por beneficios materiales o simbó licos. La información disponib le sugiere la
coexistencia de dos canales de distribución de la cosecha diferenciados: una parte para el
consumo directo de la fuerza de trabajo, y otra para la redistribución (ya como tributo o
como intercambio entre las distintas unidades productivas). L a primera de estas vías se
concretaba entre los campos de cultivo y los contextos domésticos donde se realizaba el
consumo. Se orientaba al mantenimiento y reproducción del grupo productor y no
propietario durante todo el año, lo que suponía además, la con servación de simientes para la
siguiente siembra. La segunda hacía circular la producción, por las redes de redistribución,
pasando a formar parte de los productos que se trasvasaban al gru po propietario y qu e eran
también almacenados. Pero integraba igual mente otros circuitos de intercambi o que
facilitaban el acceso de unas unidades productivas a lo socialmente producido por otras, tal
vez como un a estrategia social para satisfacer las demandas de cada grupo y fortalecer las
relaciones de solidaridad y rec iprocidad entre unidades domésticas y políticas (Velasco y
Alberto, 2005). En las estructuras de almacenamiento y procesado analizadas en Cueva
Pintada y Lomo Melones, los restos carpológicos encontrados se restringen a cebada e higos,
sin residuos de la c osecha de los cereales, lo que viene a indicar un acceso no directo a la
cosecha y probablemente la procedencia de parte de esta producción de los canales de
distribución de los e xcedentes (Rodríg uez y Morales, 200 8:15; M orales, 2010).
El estudio del patrón de consumo a través de los restos óseos de los antiguos
canarios ha permitido caracterizar su dieta y estado nutricional. Ello ha posibilitado conocer
qué capacidad de acceso ten ían a los diversos aliment os, cómo se articulaba territorialmente
la producc ió n y de qué manera se materializaban las diferencias entre los miembros de esta
formación social. El modelo de consumo alimentario estaba sustentado en los productos
agrícolas, especialmente los de carácter cerealístico (González Reimers y Arnay, 1992; Ve lasco,
1999; Delgado, 2009). Los estudios puntualizan cómo las mujeres tenían una dieta y un
estado nutricional de menor calidad con respecto a los hombres, circunstancia que se explica
por un acceso desigual a los productos alimentarios, especialmente a l os procedentes de la
habría que explicar si estos “graneros colectivos ” lo son porque almacenan el excedente de distintos grupos y propietarios
o, en cambio, porque lo que se guarda p ertenece a una comuni dad concreta.
76
cabaña ganadera (González Reimers y Arnay, 1992; Velasco, 1999; Delgado, 2009). Las
asimetrías en el patrón de consumo también se vieron reflejadas más allá del sistema de
género, percibiéndose desigualdades entre individuos de la mism a comunidad, con algunos
sujetos que no llegaban a cubrir sus necesidades básicas de alimentación, ya fuera por una
dieta insufici ente o por una mala combinación de n utrientes (Velasco, 1999). Llama la
atención la alta prevalencia de procesos
osteopénicos entre la población ab origen de
Gran Canaria, con un os porcent ajes cercanos al
20 % en la serie esquelética analizada, valores
que se encuentran de forma recurrente en
sociedades jerarquizadas con un régimen
alimentario rico en carbohidratos (Velasco
et al.
,
1999). Estos datos sugieren un acceso desigual
a los productos de subsistencia, circunstancia
que se ha vinculado a la capacidad de disfrute
de los individuos según la cat egoría social a la
que pertenecen, de tal modo que estas
diferencias, en un sentido u otro, se relacionan
con los grupos dominante y no dominante, es
decir, supone un sistema jerarquizado y
disimétrico. Así, es plausible defender que los
miembros del
“estatuto nobiliar”
disfrutaron de
modo preferente de lo producido socialme nte
como con secuencia de su derecho de propiedad sobre los medios de producción. Este acceso
privilegiado y restringido explica la naturaleza de la organización económica prehispánica,
sustentada en una agricultura excedentaria y en la diversificación territorial de o tras
actividades productivas, integradas a través de redes de distribución jerárquicas (Velasco y
Alberto, 2005 :197-198).
Además de lo dicho, los resultados de estos estudios permiten defender disimetrías
en la organización territorial del sistema product ivo, con evidentes desigualdades en los
patrones alimentarios según la procedenci a de los sujetos analizados. Estas divergencias son
más claras en otras producciones más relacionadas con las potencialidades de los diversos
territorios, como es el caso de l a captación de recursos alimenticios de carácter marino. Más
difícil de establecer es el papel de la desigual capacidad de las unidades territoriales para
Figura 1.7: Graner o colectivo de Cuevas Muchas
(Guayadeque, T.M . de Agüimes )
77
producir el volumen necesario de alimentos (limitaciones del suelo, disponibilidad de fuerza
de traba jo, sistema de propiedad de los medios de producción o la organización del proceso
productivo).
Por otra parte, también se ha sugerido que la distribución de lo socialmente
producido amortiguaba las posibles diferencias que se pudieran dar en la capacidad
productiva de las unidades territoriales, proceso que se materializaba mediante la integración
económica de los esp acios productivos a escala loca l, comarcal, i nter -comarcal e insular .
En este contexto se ent iende a las redes de distribución de los produc tos sociales
como vértice que posibilita la integración económica, donde la gestión de las diversas
producciones territoriales se orienta a la optimización del modelo económico global,
asegurando con ello la reproducción biológica y social de los antiguos canarios y,
especialmente, de sus relaciones de dependencia y dominación social. Esta diversificación
territorial explica la asimetría que exhiben en su extensión los asentamientos poblacionales
documentados en l a isla.
Otros autores defienden un sistema redistributivo menos complejo y más igualitario
caracterizado como un circuito simple de mercancias (Onrubia, 2003). En este caso, los
elementos intercambiados son valorados según su uso y están orientados a satisfacer las
necesidades de las unidades domés ticas que no pueden producirlos por sus propios medios.
En este sentido, se relaciona la existencia del tributo con la creación de un
fondo especial de
previsión
para cubrir las necesidades de la población en situaciones de emergencia, como una
sequía por ejemplo, y, que estaría constituído colectivamente por las jerarquías familiares d e
las unidades domésticas o rurales. Aun así, no se niega la circulación de parte de estas
producciones sociales hacia el grupo jerárquico , cuyas funciones, aparte de su mant enimiento,
estaban
“destinadas a alimentar los distintos fondos por ellas administrados, como los
reservados a la hospitalidad o a la comensalía comunal con ocasión de fiestas o de trabajos
colectivos”
(Onrubia, 2003:474). Para este autor, el objetivo de l as un idades domésticas una
vez asegurada su supervivencia
49
ante futuras épocas de carestía
“consiste en la conversión
opaca del capital económico en capital simbólico cuya plusvalía será apropiada en exclusiva
por los grupos de estatuto. Se produce así una asimetría social que se sustenta en lazos de
dependencia económicamente fundados pero travestidos en vínculos morales. A los ojos de
los demás, esta plusvalía simbólica legitimadora hará aparecer a sus depositarios como
particularmente generosos y caritativos,es decir, como titulares de algunas de las virtudes
49
La supervivencia no implica equidad alimenticia ni justicia en el reparto, ni siquiera, se gún las necesidad es.
78
socialmente más apreci adas por los canarios”
(Onrubia, 2003:475-475). De este modo, la
naturaleza del sistema redistributivo, a la vez que naturalizaba el poder, frenaba la
acumulación de capital económico disminuyendo con ello las dif erencia s económicas y la
estratificación social. Desde este punto de vista, la participación en el fondo de consumo por
parte de las unidades domésticas se entiende dentro de una dinámica solidaria que conlleva
al aument o de la producción mediante un sobreproducto, cuya cuantía sirve para alcanzar
mayor capital simbólico entre los antiguos canarios, escondiendo con ello, la verdadera
explotación económica .
La posición defendida en este trabajo se sustenta en que los dato s arqueológicos y
bioantropológicos de que se dispone actualmente se ajustan mejor a las propuestas más
materialistas de la investigación insular (Velasco, 1999; Velasco y Alberto, 2005; Rodríguez y
Morales, 2008; Delgado, 2009; Morales, 2010; Rodríguez, 2010). La información
biaontropológica respald a la presencia de un grupo social diri gente que era propietario de l os
medios de producción y que se adueñaba de los productos elaborad os por los trabajadores
directos mediante el tributo
50
. Esta imposición condi cionaba el acceso a lo producido po r
parte de los productores, ya que su naturaleza estab a determinada por las directrices de los
dirigentes, asegurando su propio mantenimiento e insertándola en la red de redistribución
insular, reproduciendo de este modo las relaciones de dependencia de distintos grupos con
diferentes necesidades. Como se comenta en las fuentes etnohis tóricas, los productores
directos “
daban de todos sus frutos (…) cierta porción que algunos llamaron diezmos, otros
rentas o limosna, que se cobraba por cuenta del rey en todos los lugares”
(Marín de Cubas,
1993:206);
“observ aron entre sí estos jentiles Canarios buena horden i admirable disposición
de gouierno en su república. Tenían tracto y contracto de todas las cosas para su menester,
tanto en ganados como seuada, pieles para sus ropas i otras cosas necesarias, trocando unas
por otras”
(Sedeño, en Morales Padrón, 2008:370). De hecho, se especifica qu e los antiguos
canarios tenían regulado el intercambio de productos, gracias a qu e
“tenían p esos para unos
y medidas pa ra otras”
(Sedeño, e n Morales Padrón , 2008:370).
El gru po dominante garantizaba la producción para poder captar el excedente
mediante el tributo. Esto le permitía asegurar su reproducción biológica y social, renovando
con la arti culación de la red de redistribución las distintas relaciones de dependencia, de tal
forma que en caso de carestías los productores directos veían satisfacer sus necesidades por
50
“La subsistencia de los no productores está asegurada mediante la separación de una parte del excedente suministrada por los
pro ductores (…) hace falta no sólo que la subsistencia de la primera esté asegurada por e l trabajo adicional de la segunda, lo q u e
ocurre en el caso de todos los no productores, sino que es necesario, además, que la primera esté en una posición que le perm ita imponer
sus condiciones a la segunda y determinar, ella misma, la cantidad de exc edente de la que se apropia” (Terray, 1977 :109).
79
la existencia de estos vínculos. La configuración del modelo tributario prehispánico es posible
que sea resultado de un proceso de jerarquización fortalecido, entre otros aspectos, por el
aislamiento cultural. Esta circunstancia pudo haber obligado a dinamizar la producción del
excedente, en los términos propuestos por J. Onrubia de un “fondo especial”, orientado a
potenciar la estabilidad económica. De esta forma, la redistrib ución suponía el elemento
fundamental en el e ntramado político , social y eco nómico de los anti guos canarios.
Eran las relaciones sociales las qu e regulaban el acceso a lo producido, tanto lo
necesario para su mantenimiento y su reproducción básica, como a los excedentes. El pago
del tributo condicionaba la variabilidad en la cantidad de alimento de que disponía el grupo
no productor y su posibilidad de acumulac ión para alcanzar otros productos, ya que los
propietarios de los medios de producción eran los mismos que organizaban el sistema
redistributivo, y los que determinaban en qué forma se producían las contraprestaciones que
permitían el manteni miento de la organizació n social y de la articulaci ón económica.
80
81
C A P Í T U L O 2
L O S M A R C A D O R E S Ó S E O S D E A C T I V I D A D F Í S I C A : E S T A D O
D E L A C U E S T I Ó N Y C O N S I D E R A C I O N E S P R E V I A S
88
documentación etnográfica y arqueológica. Sus resultados relacionaron los marcadores
presentes en la serie esq uelética con los procesos de trabajo que se conocían para este
grupo. Tam bién en 1983 aparece un trabajo de K. Kennedy donde destaca la alta incidencia
de ent esopatías en las inserciones cubitales de los mú sculos supinador y ancóneo en un a
población mesolítica del Ganges, pato logías que relacionó con la utilizaci ón de lanzas .
Años después, Olivier Dutour (1986) publica otro de los trabajos pioneros en el
estudio de los marcadores de actividad. Este investigador analizó la presencia de entesopatías
en los restos humanos de varios grupos del Neolítico Sahariano con el objetivo de identificar
patrones de actividad, asociando tales dolencias con el conocimiento clínico que se tenía
sobre su incidencia en la población contemporánea. De este modo identificó una serie
ocupaciones, como el lanzamiento de jabalinas, el tiro con arco, la tala de árboles y un nivel
destacado de desplazamiento. Fue una apuesta arriesgada que abrió el camino al estudio de
poblaciones carentes de información etnográfica como sucede en el caso de las formaciones
sociales prehistóricas.
Posteriormente, apareció otro trabajo de L. Angel y colaboradores (1987, en Kennedy,
1989) donde analizaban los cambios en la robustez de algunas entesis entre dos poblaciones
norteamericanas contemporáneas entre sí, una de ellas esclava y vinculada a explotaciones
agrícolas latifundistas. Con este objetivo utilizaron un método de graduación que clasificaba
las modificaciones de las entesis en una escala que iba desde ausente a muy desarrollada. Los
resultados revelaron que la serie esquelética esclava exhibía una robustez más imp ortante en
sus uniones ósteo -musc ulares.
Esta primera etapa se caracterizó por un análisis parcial de las patologías y
expresiones óseas vinculadas a la actividad física, con visiones generales acerca de la
incidencia y presencia de las enfermedades de car ácter laboral en las poblaciones
arqueológicas. A partir de estos trabajos se puso d e manifiesto la necesidad de valorar en su
justa medida la naturaleza de los marcadores de actividad y sus posibilidades reales como
estrategia analítica dirigida a reconst ruir patrones laborales. En consecuencia, en 1988 Eric
Crubézy y Diane Hawkey desarrollaron independientemente dos métodos sistemáticos y
reproducibles para registrar los cambios morfológicos que se dan en las entesis. En el primer
caso, Crubézy (1988) estableció un estándar de puntuación a partir de cuatro grados en
función del tamaño de la exostosis en los lugares de inserción. Este método lo aplicó al
estudio de una población medieval francesa, relacionando los niveles de actividad y no
vinculándolos a actividades específicas. Sus resultados mostraron una división sexual del
trabajo que se veía respaldada por la documentación histórica. En el segundo caso, Hawkey
89
(1988) propuso un sistema basado en tres características óseas: osificación exostósica,
robus tez y lesiones de estrés, y lo aplicó al estudio de una población arqueológica de los
inuit Thule.
Justo en este momento aparece un artículo de Kenneth Kennedy
“Skeletal markers of
occupational stress”
(1989), donde sintetizaba todas las aportaciones realizadas h asta el
momento y sus perspectivas de futu ro. También explicaba las últimas contribuciones de la
anatomía funcional en el análisis de los fenómenos osteológicos provocados por el estrés
mecánico y su aplicación al estudio de los restos esquelético s. Este trabajo sirvió como punto
de partida para la investigación futura de los marcadores músculo - esqueléticos, puesto que
invitaba a profundizar en el análisis de la robustez de las ent esis como respuesta a los
estímulos mecánic os mantenidos de forma co tidiana .
Una siguiente fase en el estudio de este tipo de expresiones óseas tiene su inicio
cuando en 1995 Diane Hawkey y Charles Merbs p ublican
“Activity -induce d musculoskeletal
stress markers (MSM) and subsistence strat egy changes among ancient Hudson Ba y Eskimos”,
un trabajo que ha representado la referencia fundamental en el estudio de marcadores
músculo - esqueléticos de actividad física (Santos
et al.,
2011). Su principal aportación es que
consolida el método estandarizado propuesto por Hawkey años atrá s. Este sistema visual y
descriptivo gradúa las inserciones musculares relacionándolas directamente con el grado e
intensidad de un estrés mecánico. De modo que el concepto de robustez se refiere a la
hipertrofia de la unión ósteo - muscular como adaptación fisiológica. E n este se ntido, el
marcador músculo - esquelético ya no aparece vinculado directamente a una profesión, sino en
función de los patro nes biomecá nicos protagonizados por las p oblaciones estudiadas.
Esta etapa culmina con el LXVI encuentro anual de la Asociación Americana de
Antropólogos Físicos (
AFAA
) de 1997, titulado “
Activity patterns and Musculoskeletal Stress
Markers: An integrative approach to Bioarchaeological Questions”.
Las aportaciones realizadas
en este encuentro fueron posteriormente publicadas en un número especial del
Internat ional
Journal of Osteoarchaeology
en 1998, que recogía las pri ncipales líneas de investigación
abiertas en el ámbito anglosajón y supuso la consolidación de este campo de estudio en la
Bioantropología internacion al (Churchill y Morris, 1998; St een y Lane, 1998; Stirland, 1998;
Wilczak, 1998, H awkey, 1998; Peterson, 1998 ; Robb, 1998).
En general, los artículos presentados denotan una actitud más crítica con la na turaleza
de los marcadores de actividad y con los da tos obtenidos en su investigación. Robb (1998)
descartó la posibilidad de relacionar actividades específicas con ciertos marcadores de
actividad, proponiendo centrar el estudio en la variabilidad de los patrones generales dentro
90
de una colección ósea cerra da
57
. Asimismo, destacó la necesidad de establecer criterios de
observación estandarizados que pudieran ser analizados estadísticamente , como por ejemplo,
el método desarrollado por Hawkey y Merbs (1995).
En estas aportaciones también se percibe un interés cada vez mayor por los
mecanismos fisiológicos que regulan la transformación del tejido óseo y la influencia de la
actividad física en los lugares de inserción (Stirland, 1998). No obstante, esta preocupación se
centra casi en exclusiva en el impacto de la edad y del sexo en el proceso de remodelación
ósea (Wilczak, 1998). A tal efecto, en varios artículos se puso de relieve la necesidad de
planificar la investigación a partir de grupos poblacionales definidos por esas variables (Steen
y Lane, 1998; Wilczak, 1998)
58
. La robustez también fue un factor ten ido en cuenta entre las
problemáticas meto dológicas, especial ment e co n respecto al di morfismo sexual .
Esta publicación marca el final de esta etapa y pone los cimientos para una nueva
revisión donde se proponen otros interrogantes metodológicos para el futuro de la disciplina.
Comienza un periodo de profunda reflexión y re - conceptualiz ación propicia do por la propia
autocrítica de los investigadores. Esta fase está caracterizada por un clima de escepticismo
gene ral sobre la capacidad de los cambios morfológicos de las entesis como herramienta de
análisis de los patrones de act ividad física. En consecuenc ia, la falta de una solución
satisfactoria a las contradicciones metodológicas hizo disminuir el nú mero de publ icaciones.
En este contexto surgiero n varias líneas de investi gación, tanto experimental es como prácticas,
que buscaba n profundiza r en el origen de la problemática descrita, abordándose desde
diversas perspectivas la influencia del sexo, la edad y el tamañ o corporal con el objetivo de
delimitar el modo en que afectan a l os marcador es músculo - esqueléticos.
Una de las principales aportaciones de esta n ueva etapa es la de A. Zumw alt
(Zumwalt, 2005). Esta autora trabajó principalmente con programas experimental es en
animales (primates y ovejas), analizando la influencia de la actividad física en la aparición y
desarrollo de los marcadores músculo - esqueléticos. En el artículo publicado en el año 2000,
Zumwalt y colaboradores examinaron las extremidades superiores e inf eriores en una muestra
de primates, encontrando que las expresiones de marcadores musculares correlacionaban con
el tamaño corporal y no variaban con el tipo de extremidad. En otro trabajo, Zumwalt (2006)
analizó cómo los marcadores musculares aumentaban en un grupo de ovejas cuando éstas
eran sometidas a entrenamiento físico. Sus resultados no señalaron relación alguna entre la
57
Esta recomendación había sido realizada con an terioridad por Stirland (1993).
58
En la actualidad, es pr áctica común trabajar con grupos de edad, sexo y lateralidad.
91
actividad física y los cambios hipertróficos de las entesis. No obstante, esta autora puntualizó
que tal vez las ovejas eran demasiado viejas o que el ejercicio no era suficienteme nte intenso
para que las alteracio nes fueran signifi cativas.
Otra de las contribuciones más críticas fue la línea de trabajo defendida por Elizabeth
Weiss (2003, 2004, 2007), quien examinó la relación entre edad, sexo, tamaño corporal y
marcadores músculo - esqueléticos . Para ello utilizó el método de graduación propuesto por
Hawkey y Merbs (1995) combinado con algunas dimensiones métricas de los huesos largos.
Sus resultados reflejaron un a correlación directa ent re la edad, el tamaño corporal y la
expresión de algunos de los marcadores musculares estudiados. En cuanto a la edad, Weiss
observó cómo los grados de robustez de las entesis eran superiores en los adultos seniles y
más reducidos en los j óvenes , explicando tales dif erencias como el resultado de la
disminución de la actividad osteogénica en los lugares de inserción. Según esta investigadora,
el grado de expresión de los marcadores musculares es, en parte, producto del tamaño
corporal (Weiss, 2003, 2004)
59
. De esta manera, las diferencias en sus grados de expresión
entre hombres y mu jeres son consecuencia, en primer término, del dimorfismo sexual
60
. En
base a estas conclusiones, Weiss recomendó la necesidad de realizar controles de edad y de
tamaño corporal par a matizar las impli caciones biomecánicas de los mar cadores.
Otros autores han optado por prescindir de un sistema específico de graduación de
las entesis, valorando únicamente la expresión de cada marcador muscular bajo criterios de
ausencia/prese ncia. En el trabajo de Al-Oumanoui y colaboradores (2004) cada marcador fue
examinado por tres observadores independientes con el objetivo de disminuir la subjetividad,
utilizando grupos de lateralidad, edad y sexo para el análisis conjunto de la muest ra. Los
resultados fueron comparados con la información arqueológica y etnohistórica relativa a las
poblaciones estudiadas. Según estos autores , la ventaja esencial de esta metodología residía
en que
“the broad agreement betwe en the results obtained for th ese populations and the
known historic and archaeological data is an importan t fi nding. It indicates that is a
methodology that could be applied to the study of the modes and means of life of other
populations on which there are inadequate data, providing a minimum base for results
interpretation an d minimizing gratui tous speculatio n”
(Al -Ouma noui,
et al
., 2004:358).
59
Esta hipótesis la sustenta además en las aportaciones de Zumwal t y colaborado res (2005).
60
“Consequently, when muscle markers were ranked in males and females and compared to the effect of size on muscle markers, results
showed that on the right side some high ranking muscle markers in females than in males were also the muscle markers that had low
correlations with humeral size. On the left si de, rankings and correlations with size were identical, which is a result of the high effect
of size on rankings” (Weiss, 20 07: 938).
92
A pesar del clima general de escepticismo, otros grupos de investigación continuaron
trabajando en esa línea. Se trata de aportaciones que sig uen las propuestas publicadas en el
International Journal of Osteoarchaeology
de 1998, pero que sin embargo, son
profundamente más críticos que los precedentes, a pesar de su actitud positiva (Knüssel,
2000; Eshed
et al.
, 2004; Molnar, 2006;). En la mayoría de estos casos, se continuó empleando
el método visual de graduación de entesis propuesto por Hawkey y Merbs (1995). En cambio,
otros investigadores se decidieron por los procedimientos de Robb (1998). La novedad con
respecto a los artículos de 1998 radi ca en una serie de cuestiones fundamentales: existe un
criterio más estricto en la selección de la muestra, así como en la creación de grupos por
lateralidad, edad y sexo (Eshed
et al
., 2004) . Igualmente, se profundiza en el análisis
estadístico de los datos, con un uso más crítico de las pruebas y los resultados obtenidos en
el transcurso de la investigación. Sin embargo, la particularidad más representativa de estos
nuevos trabajos es la importancia que confieren a los referentes arqueológicos y
etnohistóricos. Estos autores hacen un análisis exhaustivo de los procesos de trabajo
documentados en los yacimientos arqueológicos. En este pun to, las pautas biomecánicas
establecidas a partir del análisis estadístico de los marcadores músculo - esqueléticos son
pue stas en relación con los patrones de actividad reconocidos arqueológicamente. Es un
proceso de inferencia sumamente complejo pero que se sustenta en observaciones,
antropológicas y arqueológicas, realizadas sobre: una form ación so cial concreta. Como
ejempl os más ilustrativos de este nuevo rumbo se encuentran los trabajos de Eshed y
colaboradores (2004) y los de Pe tra Molnar (200 6)
61
.
Una nueva etapa surge cuando se incorporan los avances de la anatomía funcional
que profundizan en la naturaleza de las entesis. Son fundamentales las aportaciones de los
autores que centran su trabajo en la morfogénesis mecánica y la estructura de las entesis
(Benjamin and Ralp hs, 1998; Benjamin y McGonagle, 2001; Hem s y Tillmamm, 2000; Milz
et al.
,
2002; Shaw y Benjamin, 2 007) . Estos progresos imp lican un mayor conocimie nt o anatómic o de
los lugares de inserción y su relación con las cargas mecánicas, vínculo que se establece a
través de la remodelación ósea. Como resultado, estas aportaciones permiten una mejor
comprensión de los procesos fisiológicos que intervienen en la aparición y desarrollo de los
marcadores músc ulo - esqueléticos (Gal tés
et al.
, 2006; Mariot ti
et al
., 2007; Villote
et al
., 2010).
61
Esta autora se manifiesta muy claramente en este sentido: “The present study documents skeletal evidence of prehistoric
activities that are specific to a certain site, and discusses the potentials and approaches of studies of activity - related changes (…)
Statistical analysis of certain MSM patterns is furthermore performed in order to investigate potential relationships bet ween MSM at
Ajvide and plausible prehistoric activities, such as archer y, kayaking, and h arpooning or spearing” (Molnar, 20 06: 13).
93
Uno de los rasgos más sobres alientes de esta etapa es la crítica a la efectivid ad de los
métodos de registro propuestos hasta el momento, en especial alusión al sistema de Hawkey
y de Merbs (1995), sin duda el más empleado (Santos
et al
., 2011). La alta variabili dad
morfológica que represen tan las entesis implica una notable subjetiv idad en las observaciones
que se ve reforzada por la insuficiente información gráfica de los métodos de observación
publicados, lo que dificultaba en exceso las reproduccio nes de los sistemas propuestos
(Mariotti
et al
., 2007). Era necesario confeccionar u n estándar descriptivo y visual que
graduara los diferentes cambios en las entesis de forma individual y particularizada. La
utilización de un método de observación sistematizado reduce los márgenes de error inter - e
intra-observador, a la vez que implica una caracterización más completa de los rasgos que
definen los cambios morfológicos de los lugares de inserción. Los atlas visuales y descriptivos
de Ignasi Galtés y colaboradores (2006) y Valentina Mariotti y colaboradores (2007) han
supuesto un verdadero salto cualitativo en el est udio de marcadores músculo - esqueléticos.
Ellos han per mitido el desarrollo de una metodología de observación reproducible por otros
investigadores, introduciendo, además, una sensible reducción del error intra - e inter-
observado r. Como comentan Galtés y Malgosa, su atlas
“pretende aportar una herramienta
visual comparativa para la categorización y graduación del desarrollo tanto de cada una de
las entesis (…) como del resto de zonas de la superficie ósea (…) que tienen una relaci ón
fisioanatómica directa con el músculo”
(2007:3). Los estándares propuestos por los equipos de
Galtés y Mariott i marcaron el camino a seguir en el estudio de los marcadores músculo -
esqueléticos, pues son capaces de definir un siste ma reproducible a parti r de la observ ación
de características cualitativas. Sin duda, parte fundamental en las contribuciones de ambos
trabajos es la pre sentación gráfi ca de los grados pr opuestos par a cada marcador es tudiado.
En la actualidad, el análisis de marcadores músculo - esqueléticos de actividad física ha
vuelto a recuperar protagonismo. Muestra de ello es el
“Workshop in musculoskeletal stress
markers (MSM): limitations and achievements in the reconstruction of past activity patterns”
,
celebrado en Julio de 2009 en la Un iversidad de Coimbra (Portugal) (Santos
et al.
, 2011). En
este encuentro se presentaron las principales líneas abiertas actualmente y se discutió acerca
del presente y futuro de este ámbito de investigación. Entre los aspectos más debatidos
estuvo la preoc upación por definir un sistema de registro qu e minimizara los error es de
observación. En este sentido, se puso de manifiesto la necesidad de trabajar con atlas visuales
y descriptivos qu e sistematizaran los cambios ocurridos en las entesis. Igualmente, varios
investigadores llamaron la atención sobre la dificultad que entrañaba la correcta identificación
94
de las áreas de inserció n en la superficie del hueso
62
. Por últ imo, también se puso de relieve
el estupendo contex to que los últimos avances met odológicos habían aport ado a esta ma teria
de estudio y las excele ntes persp ectivas de futuro ( Santos
et al.,
2011).
1 . 4 . D i m e n s i o n e s m é t r i c a s d e l o s h u e s o l a r g o s
El estudio de las características métricas de los huesos largos también ha servido para
la reconstrucción de los patrones de actividad. Esta línea de investigación ha ido madurando
como resultado de un mayor conocimiento del objeto de estudio y gracias a la incorpora ción
de nu evas herramientas metodológicas.
63
. Como norma general, son húmeros, fémures y
tibias los huesos más utilizados, aunque se haya ampliado el abanico de posibilidades (Stock
y Pfeiffer, 2001). En general, el dimorfismo sexual, la asimetría bilateral y las diferencias en los
patrones de activi dad han sido las principales cuesti ones abordadas.
Lo s estudios se iniciaron a partir de la década de los 70 del siglo pasado y se
desarrollaron en los años 80 y 90 como consecuencia de las mejoras experimentadas en los
procedimientos de trabajo (Ruff y Hayes, 1983; Bridges, 1989; Ruff
et al.,
1984, 1993; Trinkaus
et al
., 1994, 1998; Trinkaus, 1997; Trinkaus y Churchill, 1999). Entre estos avances destaca la
aplicación de fórmulas matemáticas para caracterizar la geometría de la sección transversal de
las diáfisis de los huesos largos . La variabilidad en las dimensiones métricas de estas
secciones ha sido relacionada con el tamaño corporal (Ruff
et al
., 1993), con la edad (Ruff,
1981; Ruff y Hayes, 1983), la asimetría bilateral (Trinkaus
et al
., 1994), el sexo (Mays, 1999) y
con estilos de vida concretos (Bridges, 1989; Ruff
et al.
, 1984; Wescott y Cunningham, 2006;
Maggiano
et al.
, 2008).
Una de las razones fundamentales que ha posibilitado la expansión de este tipo de
estudios es, sin duda, la existencia de un método capaz de determinar caracteres cuantitat ivos
a través de sistemas de registros mensurables. En este sentido, son esenciales los progresos
en la exploración de imágenes radioló gicas gracias al uso de tomogr afías computarizadas y su
análisis matemático (Ruff, 2008). El amplio abanico de posibilida des que tiene esta línea de
62
Por ello se recomendó que la formación de los investigadores se completara con la disección de las regiones
anatómicas objeto de estudio. De esta manera que se tendría un conocimiento exhaustivo de las uniones musculares en
el hueso.
63
Por el contrario, los cambios experimentados en el estudio de marcadores músculo -esqueléticos responden a
verdaderas transform aciones conceptuales y metodológicas. Probablemente, la diferencia más clara entre ambos tipos
de marcadores es que en el análisis de la robustez se trabaja con caracteres mensurables, mientras que en el otro caso, se
centra en el estudio d e caracteres cualitativos.
95
trabajo ha proporcionado ingente información acerca de cómo varía el tamaño corporal ante
diferentes estímulos. Igualmente, ha supuesto el fundamento para comprender en qué
medida estos parámetros son representativos del modo de vida de las sociedades
arqueológicas.
1 . 4 . 1 . P r o p i e d a d e s g e o m é t r i c a s d e l a s e c c i ó n t r a n s v e r s a l d e l o s h u e s o s l a r g o s
El estudio de las particularidades geométricas de la sección transversal de los huesos
largos ha permitido analizar las variaciones que se suced en en la densidad del tejido óseo
como resultado del estímulo de las cargas mecánicas (Ruff, 2000). Estas características son
visibles en la cantidad y distribución del tejido óseo en la sección transversal y determinan la
robustez del hueso largo (Ru ff, 2 008). Esta
robustez
64
se puede cuantificar mediante la
aplicación de la
“teoría de vigas”
a las características geométricas del esqueleto. Los principios
de esta teoría proporcion an un método fiable para estimar el rendimiento mecánico de la
diáfisis del hu eso en virtud de los diversos tipos de carga que padece (Shaw y Stock, 2009;
Olgivie y Hilton, 2011). La aplicación de esta metodología, en combinación con las fuentes
arqueológicas y etnográficas constituye una valiosa vía de aproximación a los modos de v ida
del pasado, evaluando las cargas habituales de trabajo físico y los patrones de actividad (Ruff,
2008).
Las imágenes de la sección transversal de los huesos largos son obtenidas mediante
tomografías computarizadas que posteriormente son analizadas sigu iendo los procedimientos
desarrollados por diferentes autores (Stock y Pfeiffer, 2001; Shaw y Stock, 200 9). Estos
métodos extraen medidas geométricas que cuantifican el
área
y
segundos momentos de área
de la sección transversal, cuyas propiedades dependen y varían en función de las fuerzas
mecánicas soportadas y la capacidad del hueso para adaptarse a ellas (Ruff y Hayes, 1983). Se
calcula las propiedades geométricas de máximo y mínimo segundo momento de área
(
I max , I mín
), que informan sobre la rigidez del hueso; el área cortical (CA), que examina la
compresión axial y la resi stencia a la tracció n; y la superficie su bperióstica total (TA) . Con estas
medidas se calculan otros índices como el segundo momento de área polar (
J: I max + I mín
), que
documenta la tor sión y la rigidez de flexión media; el porcentaje de la zona cortical (% CA: TA
/ CA); y la forma diafisaria. Otros parámetros complementa rios son la circunferencia perióstica,
la circunferencia del endostio y el esp esor cortical promedio (Sha w y Stock, 2009).
64
En paleontología, se entiende como “robustez” a la rigidez estimada de un elemento esquelético como resultado de la
adición de tejido óseo (Shaw y Stock, 2009 ).
96
Dada la variación corporal entre individuos inherente a la especie humana se realizan
controles que minimizan estas diferencias mediante la estand arización de las características
geométricas de la sección transversal. Existen desigualdades en la masa corporal y en la
estatura de los distintos grupos humanos como consecuencia de los factores ecogeográficos
y genéticos (Ogilvie y Hilton, 2011). Recientemente, Auerbach y Ru ff (2005) han señalado qu e
el tamaño de la cabeza femoral está relacionado con la masa corporal y la longitud del fémur,
estableciendo una fórmul a capaz de caracterizar este aspecto y controlar el tamaño corporal
entre sujetos. Otros autores han indicado que estas oscilaciones pueden influir de forma
importante a la hora de realizar análisis comparativos entre poblaciones. Por esta razón se
realizan controles que estandarizan las características geométricas de los huesos largos en las
poblaciones examinadas y comparadas (Bridges
et al,
2000, Stock y Pfeiffer, 2001; Auerbach y
Ruff, 2006; Shaw y Stock , 2009).
Shaw y Stock (2009) han recalcado qu e los valores de la robustez diafisaria
proporcionan información sobre la actividad relativa, mientras que los índices de la secció n
transversal aportan datos sobre la orientación de la carga biomecánica. La rigidez de un
hueso está en función de dos fact ores: la cantidad de hueso cortical presente y su
distribución sobre el centro de gravedad de la diáfisis. Cuanto más lejos de la sección del
centro de gravedad se encuentra una un idad de masa ósea, mayor es la capacidad del hueso
para resistir la deformación por flexión en ese plano. En base a esta teoría, se ha sugerido
que la variación en la robustez de la diáfisis entre los grupos humanos refleja distintos niveles
de actividad, mientras que las de sigualdades en la forma de su diáfisis refleja contrastes en la
variabilidad de los patro nes de activid ad
65
.
Recientemente, Shaw y Stock (2009) ha n realiz ado un estudio expe rimental con
población actual para estudiar este fenómeno. Para ello tomaron imágenes de la sección
transversal de los huesos largos de la extremidad superior en nadadores y jugadores de
cricket universitarios. Sus resultados señalan altos niveles de robustez en el brazo dominante
de los jugadores de cricket y en ambas extremidades de lo s nadadores. Por otro lado, los
niveles inf eriores de robustez se localizaron en los brazos de la población de control, no
deportista, y en el brazo no dominante de los jugad ores de cricket. Igualmente, los húmeros
del lado dominante de los jugadores de cr icket exhibían una sección menos circular que la
población de control. Esta arquitectura es una adaptación a las cargas de torsión que se
65
Un ejemplo de este aprovechamiento defiende que el lanzamiento habitual de jabalinas durante el Paleolítico Medio
generó como pr oceso adaptativo el fortalecimiento antero -posterior de la diáfisis del húmero en sujetos neandertales o
húmeros con di áfisis menos circulares en humanos anatómicamente modernos durante el Paleolítico Superior (Ruff,
2008)
97
aplican al hueso de forma cotidiana. Conjuntamente, el nivel de robustez cubital era mayor en
la extremidad dominante de los jugadores de cricket y en ambos brazos de los nadadores. La
asimetría en la robustez del húmero y del cúbito de los practicantes de cricket era mucho
mayor que entre los nadadores y la población de control. Estos resultados sugieren que lo s
elemento s óseos se fortalecen a medida que soportan cargas mecánicas. Suponen, por tanto,
un reflejo directo de los patrones co tidianos de actividad física
66
.
En Bioarqueología el estudio de las propiedades geométricas de la sección transversal
de los huesos largo s se ha dirigido a comparar variaciones biomecánicas ent re poblaciones
arqueológicas (análisis intra - población e inter - población). Los temas principales que han
centrado el interés de los investigadores son la caracterización de los niveles de actividad
(W anner
et al
., 2007; Ruff, 2008; etc.), el proceso de hominización (Churchill
et al.
, 1996;
Trinkaus y Churchill, 1999; etc.), las diferencias según el modo de vida (Stock y Pfeiffer, 2001;
Ogilvie y Hilton, 2011; etc.); los patrones de movilidad (Marchi, 2 008; Maggiano
et al
., 2008;
etc.), y la división sexual del trabajo (Larsen y Ruff
et al.,
1995; Carlson
et al
., 2007; Ogilvie y
Hilton, 2011, etc.) .
Las diversas líneas de investigación enumeradas determinan qué huesos largos son
analizados. La extremidad supe rior es estudiada para caracterizar patrones de ac tividad
cotidiana, mientras la inferior (fémures y tibias), se examina para determinar pautas de
movilidad. Igualmente , el estudio de ambas extremidades se combina para analizar de forma
más detallada las particularidades biomecánicas de los restos esqueléticos (Ruff, 2008).
66
“ The results from this study have demons trated that “unique” habitual upper limb loading can result in meaningful morphologica l
“signatures”. This provides support for descriptions of prehistoric behavior patterns made from hominin skeletal and fossil r em ains. In
particular, the co rrespondence between habitual throwing activities, and humeral diaphysis sh ape and asymmetries for bilatera l
rigidity may inform future be havioral interpretat ions” (Shaw y Stock, 20 09:171).
104
Uno de los aspectos fundamentales que explica la capacidad biomecánica del hueso
es su geometría. En tensión y co mpresión, la carga h asta el colapso y la rigidez son
proporcionales al área de la sección transversal del hueso, que es más fuerte y resistente
cuanto mayor sea. Durante la flexión, el área de corte transversal y la distribución del tejido
óseo alrededor del eje neutral afectan al comportamiento biomecánico del hueso. La relación
entre es tos dos factores en flexión se llama el
“momento del área de inercia”:
cuanto mayor
es, más fuerte y ríg ido es el hu eso. También su longitud inf luye en la fuerza y rigidez, como
así sucede en los hu esos largos, que padecen altas solicitaciones tensiles y compresiles que
son capaces de tolerar gracias a su morfología tubular, la cual les permite soportar los
momentos de flexió n en todas las direcciones ( Nordin y Fra nkel, 2004) .
2 . 1 . 3 . L a s e n t e s i s
Son elementos anatómicos muy complejos que transmiten las cargas mecánicas desde
un tejido blando a otro duro de forma moderada, siendo capaces de soportar altas tensiones
mecánicas minimizando el riesgo de rot ura. De hecho, las entesis tienen menos
probabilidades de fallar ante las cargas mecánicas que otros elementos del sistema músculo -
esquelético. No obstante, un sobreuso que vulnere su capacidad estructura l puede produ cir
cambios patológicos comúnmente denominados entesop atías (Shaw y Benjamin , 2007).
Se ha propuesto el concepto de
“órgano de entesis”
para enfatizar que existen
elementos adyacentes a la entesis que ayudan a disipar la concentración de estrés mecánico
en las zonas de unión (Benjamin y McGonagle, 2001) (Figura 2.4). Este estrés es fundamental
en la configuración de tales regiones, puesto que las inserciones representan el punto de
encuentro de dos materiales con propiedades físicas bien diferenciadas : el t ejido esquelético y
el tejido muscular (Shaw y Benjamin, 2007). También se ha introducido el concepto de
“entesis funcional”
, que define las inserciones con tendones o ligamentos donde hay cambios
en la dirección de las cargas mecánicas a través de poleas fibrosas u óseas (Benjamin y
McGonagle, 2001). Así, se ha observado cómo a medida que aumentan los estímulos
mecánicos, las inserciones se hipertrofian aumentando su superficie de contacto. Como
ejemplo, varios autores han analizado la inserción del tendón de Aquiles en el calcáneo,
donde se advierte el aumento de tamaño de las entesis a medida que las fuerzas mecánicas
son mayores y además, cómo dif erentes entesis se int ercone ctan para crear uniones más
estables (Milz
et al.
, 2002)
72
.
72
Esto explica por qué aparecen entesopatías en entesis adyacentes a la principal involucrada, como por ejemplo, en el
caso de epicond ilolisis lateral (Milz, et al. , 2004).
105
Figura 2. 4 : Estructura histológica de las entesis y concepto de un órgano de entesis (Shaw y Benjamin, 2007). En la
foto (a) se puede observar la entesis fibrocartilaginosa de un tendón de Aquiles (CF: zonas de ca lcificación ; UF:
fibrocartílago no calcificado; FC: células de fibrocartílago; T: frente de calcificación; B: límite entre el tejido del tendón
y el hueso, marcado por una línea cementaria irregular (flechas); Escala=100 µm. En la foto (b) aparece la entesis
fibrosa del músculo pronador redondo (DCFCT: tejido conectivo fibroso del tendón que se acerca al hueso en un
ángulo muy oblicuo y que se conecta directamente al hueso, sin que exista periostio entre ambos elementos).
Escala=200 µm. En la foto (c) se observa la unión fibrosa periostal de un ligamento de caballo. En este caso, el
ligamento se une al hueso indirectamente mediante el periostio (P). Esca la=100 µm. En la (d) aparece una vista del
órgano de entesis
asociado al tendón de Aquiles. Esta unidad comprende la propia entesis (E), el sesamoide o (SF), el
fibrocartílago periosteal (PF), la bolsa retrocalcánea (RB), y la punta de la almohadilla de grasa de Kager (FP). Es de
señalar la práctica ausencia de hueso compacto en la entesis. Escala=3 mm. En la foto (e) aparece una imagen
aumentada del mismo órgano de entesis, correspondiente al recuadro de la imagen (d) En esta foto se observa
además la presen cia de células fibr ocartilaginosas.
106
D esde un punto de vista histológico las entesis consti tuyen cualquier unión al hueso
de carácter fibroso o fibrocartilaginos o (Benjamin y McGonagle, 2001; Benjamin et al., 2006).
Las inserciones fibrosas son aquéllas donde el músculo se une directamente al tejido óseo
mediante fibras directas en la diáfisis o metáfisis . Hems y Tillmamm (2002) argumentan que
este tipo de entesis puede ser subdividida en óseas o periostales en función de si el músculo
se ancla directamente al hueso o a través del periosti o. Por su parte, las uniones
fibrocartilaginosas son las más comunes del sistema músculo - esquelético y predominan en las
epífisis y apófisis de los huesos largos y cortos. Este tipo de inserción puede ser
estructuralmente muy variable (Benjamin
et al.,
1986; Hems y T illmamm, 2002).
Las inserciones fibrocartilaginosas son más complejas que las entesis fibrosas. Tienen
como función crear un anclaje eficiente de los tejidos blandos al hueso, amortiguar y disipar
el estrés mecánico en las zonas de inserción y promover el crecimiento óseo. Este tipo de
entesis son de carácter avascular y su nutrición la realizan los vasos de la médula ósea, de la
región fibrosa del tendón y los procedentes de las arterias periostales, no obstante están
cuantiosamente inerva da s (Shaw y Ben jamin, 2007).
2 . 2 . L a r e m o d e l a c i ó n ó s e a
Para realizar de forma efectiva las funciones encargadas al sistema esquelético se
precisa de una correcta integración de las dos cualidades fundamentales del tejido óseo: su
calidad (arquitect ura, recambio, ac úmulo de lesiones y mineralización correctas) y su den sidad
ósea (Lafita, 2003). Para ello el tejido óseo se mantiene en una dinámica de remodelación
continua por la cual el hueso viejo es sustituido por el nuevo, proceso que permite a medio y
largo plazo responder a las necesidades mecánicas y metabólicas del organismo (homeostasis
del calcio). Esta dinámica incluye una combinación de funciones reabsortivas y deposicionales
sobre las superficies pe riósticas y endó sticas del hueso (Kenne dy, 1989).
La remode lación ósea es un proceso de renovación del tejido óseo mediante el cual
se conserva la integridad del esqueleto en todo momen to, sin variaciones estructurales ni en
el volumen corporal. Este fenómeno se compone de un conjunto variado de mecanismos
donde s e involucra n conjuntamente vasos sanguíneos, células especializadas y la mat riz
osteoide. Incluye la eliminación continua de hueso (reabsorción ósea) y su creación a través
de la síntesis de la m atriz óse a y su mineralización (formación ós ea).
107
Los facto res que regulan la remodelación ósea son las hormonas sistémicas y locales,
citoquinas, factores de crecimiento y los efectos de las cargas mecánicas que afectan al
sistema músculo - esquelét ico. Este proceso se activa como respuesta a microtraumatismos
adve rtidos por los osteocitos, o bien por estímulos hormonales o de otro tipo sobre las
células tapizantes del hueso (Figura 2.5). Estas células segregan RANKL (RANK ligando), una
proteína que activa al receptor RAK (activad or del factor nuclear kappa ) en lo s
preosteoclastos. La rela ción entre RAN K y RANKL permi te que los osteoclastos activos c apaces
de reabsorber el tejido óseo se diferencien y maduren. Este proceso lo realizan en dos fases:
en primer lugar, y com o ya se ha explicado antes, solubi lizan el componente mineral
acidificando el microambiente creado ent re la matriz ósea y el borde en cepillo. En segundo
lugar digieren la matriz orgánica del hu eso, principalmente el colágeno. Este proceso se
realiza mediante la deg radación del colágeno por metalopro teinasas y captesinas K, B y L
segregadas por el osteoclasto (Lafita, 2003; Manolagas
et al
, 2000). Una vez finalizado este
proceso de reabsorción, los osteoclastos mueren por apoptosis (Mandalunis, 2006) (Figura
2.6).
La formación de tejido nuevo es lleva da a cabo por los osteoblastos. Estas células
llegan al lugar de la remodelación a través de diversos estímulos de crecimiento, segregando
nueva matriz orgánica (osteoide). Tras once día s de int eracción, el osteoide comienza a
mineralizarse hasta que se rellena la cavidad traumatizada, proceso que dura de dos a tres
meses, dando por concluida así la remodelación ósea
73
. Una vez en reposo, algunos
osteoblastos involucrados en la remodelación de la
BMU
pueden ser captados en la matriz
ósea y convertidos en ost eocitos. Otros osteoblastos permanecen en la superficie del hueso
como célula s de revestimiento (superficies en reposo), y otros mueren por apoptosis
(Manolagas
et. al
, 2000).
73
La remodelación ósea es un proceso muy lento, aunque constante, de manera que en siete años tenemos el
equivalente a un esqueleto nu evo (Mand alunis, 2006).
Figura 2.5 : Esquema sinté tico de la acción de las cél ulas involucradas en
la re mo de la ció n ó se a
108
2 . 2 . 1 . C a r g a s m e c á n i c a s y t e j i d o ó s e o : M o r f o g é n e s i s m e c á n i c a
Las cargas mecánicas son un fac tor fundamental en la regulaci ón de la re modelación
ósea y determinan, en cierta medida, la relación entre reabsorción y formación ósea. La
ausencia de este tipo de estímul os puede conllevar procesos osteopénicos, pues la
reabsorción se impondrí a a la formación de hueso (Argawal, 2008). Igualmente, el uso
excesivo puede causar daños demasiado importantes como para que la regeneración del
tejido esquelético se realice de forma satisfactoria. En estos casos la acu mulació n de
microfracturas puede propagarse y comprometer la estabilidad estructural del hueso. Los
lugares donde se produce la remodelación ósea, por falta de uso o por uso excesivo, vienen
precedidos por la muerte programada de los osteocitos. Los factores que inician la muerte de
estas célul as (apoptosis) no son bien conocidos. En la actualidad se contemplan como
posibles causantes a los daños directos que sufren mediante microfisuras en la matriz ósea o
a la falta de fluidos por desuso (Robling
et al
., 2006). El efecto ocasionado por las fuerzas
mecánicas en la remodelación ósea sigue una curv a en forma de “U” qu e se incrementa con
el uso excesivo o con el desuso del hu eso
74
.
Los huesos largos del esqueleto humano poseen una geometría eficaz que les permite
ser altamente resistentes a las car gas mecánicas, a la vez que son relativamente ligeros. Se
74
Dentro de esta curva hay un umbral donde se minimiza la remodelación ósea y que se conoce como “rango fisiológico”
(Robling et al ., 2006) .
Figura 2.6 : Proceso de remodelación ósea con líneas de diferenciació n hematopoyética
para los osteclastos y mesenquimal para los osteoblastos. También se observan las líneas
de efecto molecular de TGF- β, IGF, RANKL, RANK. Cuando los osteclastos terminan su
proceso d e reabsorción ósea llegan a la apoptosis. En cambio, los osteoblastos termin an
por convertirse en nuevas células, los osteocitos ( Modificado de Garzón -Alvarado
et al.,
2010).
109
fortalecen añadiendo tejido nuevo en el periostio superficial cuando reciben estímulos
mecánicos, como por ejemplo, fuerzas de torsión o de compresión. De esta forma se reduce
el estrés y la disminución de los puntos inestables que pueden suponer un riesgo para la
estructura del tejido óseo. Este proces o actúa en primer término en la regula ción y
diferenciación celular, donde los osteocitos cumplen la función de mecanotransductores
75
de
las cargas mec ánicas que afectan al sistema músculo - esquelético. Tales estímulos son los
principales causantes del ajuste de la masa ósea, que se adapta en función de cómo se
aplican estas cargas. Esta relación entre fuerzas mecánicas y transformación morfológica del
te jido esquelético ha sido descrita como “
morfogénesis mecánica”
(Benjamin
et al.,
2004;
Galtés
et al.
, 2006).
En los huesos largos, las tensiones mecánicas son más altas en algunas regiones de la
superficie perióstica que en otras, con variaciones en la relación tensión - compresión y en
cómo se distribuye la carga, lo que incide en la formación desigual de tejido óseo (Robling
et
al
., 2006). Conjuntamente, las trabéculas tienden a variar su estructura en función de las
tensiones que reciben para poder conservar la fuerza y la rigidez del esqueleto en aquellas
zonas que se vean comprometi das. De este modo el hueso esponjoso aumenta su capacidad
de carga sin increme nto de masa mejorando su eficiencia estruct ural. Los estímulos mec ánicos
también mejoran la capacidad de resistencia del tejido óseo, influyendo en la alineación de
colágeno cuando se está formando el hueso nuevo. Las regiones óseas que sufren cargas de
tracción más elevadas tienen un mayor porcentaje de fibras de colágeno, las cuales se alinean
a lo largo del eje axial del hueso. En cambio, en las zonas que padecen mayores ten siones de
compresión las fibras de colágeno se orientan transversalmente al eje longitudinal. Estas
diferencias en la disposición y construcción del colágeno durante la remodelación ósea van
encaminadas a mejorar las propiedades mecánicas del aparato esquelético (Takano
et al
,.
1999).
El hueso se adapta a un entorno mecánico distinto gracias a qu e las células óseas son
capaces de determinar los cambios que se producen. Las células deben conseguir esta
información a nivel local porque el tejido óseo está poco inervado y, a diferencia de las
células mecanorrecep toras, muchas de ellas no pueden confiar en el sistema nervioso central
75
La mecanotransdu cción es la conversión de una fuerza mecánica en una respuesta bioquímica/celular (Robling et al .,
2006). Este proceso se realiza gracias a canales iónicos (mecanosensibles y tipo L), adhesiones focales, a una proteína G
mecanotransductora (Weinbaum et al., 2001), y a la acción de las prostaglandinas y el óxido nítrico, que son los
mediadores bioquímicos más importantes de la mecanotransdu cción. Algunas prostaglandinas son anabólicas por la
capacidad de estimular la actividad de los osteoblastos y la f ormación de hueso nuevo. El óxido nítrico es un p otente
inhibidor de la reabsorción ósea que funciona en parte por la supresión de RANKL y aumenta la expresión de células
osteoprogenitoras, que a su vez con duce a la disminuc ión de osteoclastos (Robling et al ., 2006)
110
para integrar y distribuir la información sobre las señales mecánicas. Cada célula
mecanosensible tiene un umbral de estímulo por encima del cual una señal mecánica provoca
una reacción celular, que es producto de la propia historia de carga local a la que se ha visto
sometida. Ig ualmente, la mecanosensibil idad celular puede ser alterada a través de la
remodelación del área local
76
.
El desuso del sistema esquelético (baja tensión) provoca la disminución del ritmo de
formación de hueso en la superficie perióstica y el au mento de la reabsorción ósea, así como
el volumen de las áreas endóstica y trabecular. La combinación de estos efectos conduce a la
pérdida de hueso
77
. Aun así, en el conjunto del esqueleto, la masa ósea tiende a conservarse,
puesto que los lugares donde existe desuso o sobre uso son parcialme nte compensados con
cambios en la masa ósea de otros lugares del esqueleto que entran dentro del umbral
fisiológico.
De forma cotidi ana el esqueleto es expuesto a la carga de diferentes fuerzas
mecánicas muy por debajo de su máxima resistencia. El hueso, como cualquier material, es
susceptible a verse dañado por la fatiga, provocan do efectos que se materializan en forma de
grietas microscópicas (Frost, 1987). Estos daños son, por lo general, más abundantes en el
tejido trabecular qu e en el cortical, aumentando con la edad y más rápidamente entre
mujeres que entre hombres (Wenzel
et al.
, 1996). El tipo de afección en el tejido óseo
depende en muchos casos de la modalidad de la carga mecánica (Burr
et al.
, 1998). En este
sentido, existen lesiones comunes para det erminadas actividades profesionales (soldados,
atletas y bailarines, etc.) (Khan
et al.
, 1995). Estas dolencias suelen ser fracturas por fat iga del
hueso y se producen como resultado de la acumulación de microdaños y por pérdida de
rigidez y resistencia ós ea (Robling
et al
., 2006). Algunos autores plantean que la remodelación
ósea representa un papel fundamental en la etiología de las fracturas por fatiga, ya que
mientras la regeneración celular intenta reparar los daños ocasionados, el aumento de la
porosi dad transitoria asociada puede reducir la resistencia ósea y la rigidez, originando má s
daño (Burr
et al.
, 1998).
Los osteocitos dentro del hueso y las células tapizantes ha n sido consideradas durante
mucho tiempo metabólicamente inactivos y con un papel limitado en la biología ósea. Sin
76
En el caso de los osteocitos, cualquier modificación en su microambiente extracelular puede llevar a cambios en su
mecanosensibilidad. Este entorn o extracelular no se mantiene constante, ya que estas células están for mándose y
reabsorbiéndos e de forma continua en la matriz ó sea (McKee y Na ncy, 1996).
77
Estos efectos se ven condicionados por el periodo osteogénico , por lo que los cambios pueden variar desde una menor
sección transversal (afecci ón en el perios tio) a un aumento de la cavid ad medular (endostio ) (Jaworski et al. , 1980).
111
embargo, su abu ndancia y su conectivid ad los convierten en b uenos sensores para la
detección de las cargas mecánicas. Los osteocitos se distribuyen por todo el tejido óseo y
tienen la capacidad de comunicarse con otras cél ulas óseas mediante un variado conjunto de
procesos celulares. Las células tapizantes del hueso cubren más del 90 % de su superficie y
contienen las conexiones entre osteocitos y osteoblastos. A tal efecto, se ha descrito que los
osteocitos reaccionan al f lujo del líquido extracelular que se mueve cuando el tejido óseo se
ve afectado por la carga mecánica. Cuando esto se produ ce, estas células envían señales
celulares en forma de prostaglandinas y óxido nítrico. Los osteoblastos responden a los
estímulos mecánicos secretando las mismas sustancias junto a factores de crecimiento, de tal
suerte que las cargas mecánicas aumentan la presión hidrostática dentro de la médu la ósea
del hueso. Este proceso activa las células preosteoblásticas que disminuyen la creaci ón de
osteoclastos a través de la reducción de RANK - L. Así, las células preosteoblásticas hacen de
mediadoras en los efectos que producen los estímulos mecánicos en la reabsorción ósea
(Robling
et al
., 2006).
2 . 2 . 2 . M o r f o g é n e s i s m e c á n i c a y e n t e s i s
Las regiones e squeléticas que concentran mayor tensión mecánica son las zonas de
unión del hueso con los músculos, tendones y ligam entos afectados o responsables de la
trasmisión de fuerzas de un elemento a otro. Estos cambios se producen de forma rápida y
evidente medi ante el proceso de remodelación ósea, de tal modo que las ent esis se adaptan
al estrés mecánico mediante la reparación constante. Este proceso consiste en variaciones
morfológicas que son resultado de las particularidades de estos estímulos, del periodo
os teogénico del indivi duo y de factore s hormonales y ge néticos
78
.
La adaptación de la entesis supone la hipertrofia de su fisionomía como consecuencia
directa de la intensidad, dirección, patrón y duración de las cargas mecánicas que soporta
(Hawkey y Merbs, 1995). Los estudios han puesto de manifiesto que la apariencia osteológica
de las uniones ósteo -musculares depende de su naturaleza: fibrosas o fibrocartilaginosas.
Cuando se trata de inserciones musculares por fibras carnosas la respuesta del tejido óseo se
manifiesta a través de cambios arquitectónicos en la superficie cortical del hu eso. No
obstante, cuando la entesis se une al esqueleto mediante tejido fibrocartilagi noso la respuesta
del hueso es de tipo osteogénico y susceptible de sufrir patologías en forma de entesopatías
(osteofitos y defectos corticales) Como estos cambios morfológicos son de carácter
78
En este proceso de adaptación otros tejidos a dyacentes a la propia inserción a ctúan conjuntamente para disipar el
estrés y promueven la remod elación y adaptación de su morfología (Benjamin y Mc Gonagle, 2001).
112
acumulativo es posible valorar el grado de hipertrofia de las entesis y de este modo analizar
el perfil biomecánico a partir de restos esqueléticos (Galtés
et al
., 2006).
2 . 2 . 3 . E n t e s o p a t í a s
Una entesopatía define cambios patológicos en las entesis (Dutour, 1986; Benjamin
et
al.
, 2002), resultando en expresiones óseas que se man ifiestan según la región afectada. Para
el margen exterior de la inserción, los cam bios típicos son rugosidades y osteofitos de diversa
consideración. En el área central se producen erosiones del fibrocartílago calcificado,
irregularidades en la línea cementaría, vascularización del fibrocartílago, calcificación y
osificación de los teji dos blandos (Resnick y Niwayama, 1991; Milz,
et al
., 2004; Benjamin
et al
,
2004)
79
. En el sistema esquelético, una entesopatía está presente cuando hay irregularidades
en el borde exterior de la inserción y cuando hay defectos corticales, depósitos calcific ados o
producción óse a en la región i nterior de la i nserción
80
.
79
Sin embargo, no exi ste info rmación clínica sobre el proc eso de formación de la enteso patía (Alves -Cardoso y
Henderson, 20 10).
80
En cambio, una entesis sin entesopatías tiene un aspecto uniforme, con una impresión bien definida en el hueso, sin
foramina vascular y con un margen regular (Resnick y Niwa yama, 1991 ).
113
C A P Í T U L O 3
E L C O N T E X T O B I O A R Q U E O L Ó G I C O :
S E R I E P O B L A C I O N A L Y P R Á C T I C A S F U N E R A R I A S
120
conquista y colonización castellana a finales del siglo XV d.E., cuando finaliza la anexión de
todo el territorio ca nario a la mo narquía hispánica.
c. Aislamiento cultural y genético : La información arq ueológica dis ponible hasta
el momento descarta los contactos de los antiguos canarios con el resto de las islas o con el
continente africano, al menos desde una perspectiva frecuente y regular (Velasco y Alberto,
2005). De hecho , se observa cierta continuidad en el registro arqueológico que bien pudiera
ser indicativo de un aislamiento cultural, por lo menos en los últ imos cientos de años de
ocupación. En la historiografía canaria se ha defendido en varias ocasiones la llegada de
diferentes arribadas poblacionales con tradiciones culturales propias. En este sentido, habría
que destacar las teorías racistas de buena parte del siglo XX que dividían el poblamiento
insular en dos grandes oleadas: una primera protagonizada por cromañon es con un bagaje
cultural bas tante
“primitivo”
, y una segunda, de poblacio nes
mediterranoides
co n una
tecnología más compleja y avanzada (Schiwedezk ty, 1963), propuestas qu e serían
aprovechadas y estructuradas décadas después desde una perspectiva más cultura l (Martín de
Guzmán, 1984). No obstante, la información arqueológica y bioantropológica actual refutan
estas hipótesis (Billy, 1982; Maca -Meyer, 2002; Fregel
et al.,
2009). En cambio, hoy en día se
plantea la existencia de un mismo grupo étnico que se m aterializó como sociedad du rante
dos mil años (Velasco y Alberto, 2005) .
d. Procesos de trabajo limitados y conocidos: Existe un conjunto amplio y
variado de procesos de trabajo documentados en la pre historia de Gran Canaria. Esta
información es resultado de l análisis arqueológico, de las fuentes etnohistóricas y de la
etnoarqueología. De todo ello se ha intentado dar b uen a cuenta en el capítulo 1 de esta tes is.
1 . 3 . 1 . S e l e c c i ó n d e l a m u e s t r a
Los criterios de selección de la muestra han combinado diferentes parámet ros
cualitativos en función de los requisitos metodológicos y de los objetivos generales de este
estudio. Como se ha comentado anteri ormente, el propósito principal de esta investigación es
caracterizar la organización social del trabajo a partir del análisis del patrón cotidiano de
actividad física. Para definir este patrón es necesario asumir como unidad mínima de análisis a
los agentes sociales de la produ cción, esto es hombres y mujeres qu e formaron parte de un
modo de vida concreto como
fuerza de traba jo
. Los criterios de selección de la muestra se
pueden resumir en los si gu ientes pu ntos:
1. Esqueletos completos con un estado de conservación y representación que
permitan someterlos a un análisis bio antropológico.
2. Información arq ueológica y cro nológica de las necr ópolis de procedenci a.
121
3. Individuos ad ultos.
4. Población sin patologías que puedan interferir en la observación de los
marcadores de activid ad (espondilo artropatías seronega tivas, DISH, etc.) .
El conjunto de restos recuperados está compuesto principa lmente por los materiales
extraídos desde los añ os setenta del siglo XX hasta la actualidad, con la excepción de la serie
esquelética del Agujero - La Guancha, exhumada en los años treinta del siglo XX por un equipo
integrado por miembros del Museo Canari o.
2. ESTIMACIÓN DE LAS VA RIABLES DE SEXO Y EDAD EN LA MUE STRA DE
ESTUDIO
La mu estra poblacional analizada fue clasificada en distintos grupos según las
variables demográficas de edad y sexo. El objetivo fundamental era ubicar los restos
esqueléticos en grupos poblacional es que definieran det erminados rasgos biológicos
mutables en funció n de estos factores paleodemográficos.
Para la estimación de la edad y el sexo se combinaron varios métodos que
examinaban variaciones morfológicas en el conjunto del esquelet o. La posibilidad de contar,
por regla general, con individuos completos favoreció que estas estimaciones se realizaran
satisfactoriamente y con un alto grado de fiabili dad en la mayoría de los casos. Otra ventaja
fundamental fue la existencia de numerosos estudios que habían estimado la edad y sexo de
las poblaciones estudiadas (Velasco, 1999; Delgado, 2009). Igualmente, la determinación de
edad y sexo se hizo con la participación de observadores independientes formados en el
estudio de restos h umanos, con el obje to de asegurar la fiabilidad de las es timaciones.
2 . 1 . E s t i m a c i ó n d e l S e x o
La especie humana, como la mayoría de mamíferos, exhibe importantes variaciones
formales en su esqu eleto según el sexo. El dimorfismo sexual está presente en todos los
grupos hu manos, actuales e históricos (Larsen, 1997; Coz y Mays, 2000). Estas diferencias han
permitido establecer criterios diagnósticos en el conjunto del esqueleto gracias al análisis
forense de poblaciones de sexo co nocido (Bass, 19 95).
En este trabajo, la est imación del sexo se realizó mediante el análisis macroscópico de
diferentes regiones del esqueleto: cráneo, pelvis y huesos largos. Los métodos empleados son
122
de carácter cualitativo y cuantitativo y se basan en la presencia de caracteres morfológicos
que v arían en función del sexo. No obstante, la asignación sexual se fundamentó
principalmente en el cráneo y la pelvis . A contin uación se exponen los métodos emp leados:
a. D e t e r m i n a c i ó n d e l s e x o a t r a v é s d e l c r á n e o : Se analiza la morfología
de diferentes parámetros diagnósticos como el desarrollo de la apófisis mastoide, la presencia
de arcos superciliares, la robustez del inión, y el aspecto general del cráneo (Buikstra y
Ubelaker, 1994). Estos atributos varían desde formas consideradas hipermasculinas a otras
pu ramente femeninas. El margen de c ertidumbre de es te método varía e ntre el 80 y el 92%.
b. D e t e r m i n a c i ó n d e l s e x o p o r m e d i o d e l a p e l v i s : En este hueso las
diferencias sexuales son más evidentes y la estimación del sexo es altamente fiable (96 %). Se
analiza l a morfología de la sínfisis púbica, el ángulo subpúb ico, la rama isquio - púbica y la
escotadura ciática, así como la presencia del surco preauriculuar, entre otros. Estos caracteres
divergen según el sexo, con pelvis típicamente masculinas y otras estrictam ente femeninas, las
cuales, están evolutivamente preparad as para el parto (Buikstra y Ubelaker, 1994; Krenzer,
2006).
Otro mé todo empleado en la determinación sexual fue el análisis de funciones
discriminantes. Debido al dimorfismo sexual presente en la especie humana, por norma
general, en el interior de cada grupo los hombres son más robustos que las mujeres, en una
tasa aproximada de 92/100 (Krenzer, 2006). Esta afirmación está respaldada por multitud de
trabajos que han puesto de relieve las dif erencias evidentes que se exhiben en la robustez de
hombres y mujeres (Larsen, 1997; Wilzack, 1998). A partir de esta realidad, dif erentes
investigadores han elaborado sistemas de estimación del sexo en base a las características
métricas de la población estudiada En este trabajo se ha empleado el método propuesto por
Alemán y colaboradores para poblaci ones mediterráneas a partir del análisis métrico de los
huesos largos del esqueleto (1997). El sistema se basa en la estimación de ciertos índices
mediante fórmulas matemáticas que analizan los caracteres métricos de estos hu esos. La
fiabilidad mínima de esta técnica es del 80% con cifras que alcanzan el 98% para algunas
funciones discriminantes en la población analizada . Este método fue utilizado para la
población aborigen de Gran Canaria en anteriores trabajos (Santana, 2009), con resultados
satisfactorios en individuos donde el sexo había sido estimado anteriormente con la pelvis y
el cráneo. Además, se empleó otro sistema de funciones discrimin antes qu e había sid o
elaborado precisamente para la población prehispánica de Canarias, método que analizaba las
característica s métricas de la tibia derecha (Go nzález Reimers
et al
., 2000).
123
Finalmente, la serie poblacional fue incluida en diferentes grupos según el sexo e stimado,
como se describ e en la siguiente tabla:
Tabla 3.1: Grupos poblacionales según el sexo.
2 . 2 . E s t i m a c i ó n d e l a E d a d
La estimación de la edad biológica aproximada de los restos óseos humanos es
sumamente co mpleja pues se analiza el desarrollo del sistema esquelético y las variaciones
morfológicas fruto de la degeneración del tejido óseo y de ntal. La edad estimada puede
corresponder o no con la edad cronológica de los individuos. Lo qu e se analiza es el perio do
ontogénico del esqueleto, el cual, está caracterizado por diferentes fases de desarrollo y cuya
mecánica es fundamentalmente fisiológica. No obstante, el modo de vida de los individuos
puede influir en la co ndición del tejido óseo , modificando li geramente la din ámica natural.
La muestra seleccionada para este trabajo cumple el criterio de que son individuos
adultos, circ unstancia que ocurre cuando los sujetos alcan zan s u mad uración biol ógica,
estimada en torno a los 18 años (Bass, 1995). Dado que los m arcadores de actividad están
influenciados por los distintos periodos ontogénicos, tanto de crecimiento como de
degeneración, se excluyó la población que se encontraba por debajo de los 17 años y por
encima de los 45
82
. La edad influye como un factor det erm inante en la aparición y desarrollo
de determinadas expresiones, como por ejemplo, las entesopatías (Wilzack, 1998; Galtés
et al
.,
2006: Mariotti
et al
., 2007; Villote
et al
., 2010; Alves-Cardoso y Henderson, 2010). A partir de
los 45 añ os el fenómeno de r emodelación ósea no satisface de forma efectiva los
requerimientos del sistema músculo - esquelético y se acelera el proceso degenerativo que
conlleva la pérdida de la calidad del tejido óseo. Este detrimento del hueso favorece la
aparición de fenómenos osteológicos anómalos como la calcificación de tejidos blandos, la
osteopenia y la osteoartritis. Si bien es cierto que estas personas pudieron seguir
desempeñando sus actividades laborales de forma cotidiana, el esqueleto, la evidencia
material que se an aliza , ya no reacciona de la misma forma en que lo hacía anteriormente y,
82
No obstante, en un primer momento se incluyeron a los individuos por encima d e los 45 años con el objeto de analizar
la influencia de la edad en el desarrollo de los marcadores de actividad en la muestra poblacional de los antiguos
canarios. Para el análisis del patrón cotidiano de actividad física sí se descar tó a este segmento de edad.
SEXO
Hombre
Mujer
Alofiso
Indeterminado
124
consecuentemente, disminuye su capacidad explicativa cuando se examinan los marcadores
de act ividad física. En individuos juveniles la producción de tejido esqu elético en las entesis y
su s áreas corticales adyacentes se comporta de forma semejante a como lo hace cuando
estos cambios están ocasionados por la actividad física, por lo qu e su valoración es
especialmente complicada. En síntesis, es recomendable aplicar esta metodología entre
ad ultos cuando el tejid o óseo es mad uro y aún co nserva cierto eq uilibrio fisiológico.
La determinación de la edad se realizó a partir de la combinación de dif erentes
métodos diagnósticos que analizan varias regiones del esqueleto craneal y postcraneal. Una
vez estimada la edad los individuos fueron incluidos en diferentes grupos de edad. Estas
agrupaciones son rep resentativas de diferentes periodos onto génicos y permiten valorar en su
justa medida las expresiones óseas dentro de un ámbito fisiológico concre to
83
. Al contar con
una muestra de ind ividuos completos, la estimación de la edad pudo ser relativamente fiable
(Brothwell, 1987; Buikstra y Ubelaker, 1994; Rissech
et al
., 2007). Sin embargo, el estudio del
desgaste dental tuvo mayor significación en la pond eració n de la edad. Seguidamente se
exponen los protocolos metodológicos utilizados en la esti mación de la edad :
a. D e t e r m i n a c i ó n d e l a e d a d m e d i a n t e e l a n á l i s i s d e l d e s g a s t e
d e n t a r i o : La reiterada utilización de los dientes en el procesado del alimento dur ante la
masticación produce la fricción entre las pie zas mandibulares y maxilares. Este gesto rep etitivo
y cotidiano genera el desgaste gradual de las superficies oclusales y, consecuenteme nte, un
mayor grado de abrasión. La du reza de las piezas dentales f acilita que este desgaste se
realice progresivamente a lo largo de los años, de ta l forma que se ha podido establecer un
patrón de desgast e para diferentes tramos de edad relativamente fiable (Brothwell, 1987). Sin
embargo, existen diversos factores que co mplican la capacidad diagnóstica de este sistema de
estimación de la edad. Probablemente , los que más intervienen son la naturaleza abrasiva de
los alimentos que componen la dieta y los procedimientos culinarios asociados a su consumo.
Junto a esto, tambié n constituyen elementos influyentes la salud dental y los desgastes extra -
masticatorios. Para la población de Gran Canaria, el patrón de desgaste dental propuesto por
Brothwell fue matizado por Teresa Delgado (2009) con el objeto de considerar en su justa
medida la influencia de estos factores. En este sentido, cabe destacar qu e la composición de
la dieta de los antiguos habitantes de la isla estaba constituida por un porcentaje muy alto de
cereales, que además, eran procesados mediante molinos de mano elab orados en toba
volcánica o basaltos vacuolares, instrumentos que desprendían gran cantidad de partículas
83
La existencia de estos grupos no impide el estudio de la población en su conjunto, tanto para establecer pautas
generales como para determin ar variaciones temporales .
125
durante su utilización, y por lo tanto, acrecentaban la capacidad abrasiva de estos alimentos.
Para ello se estimó el patrón de desgaste en la población inf antil, estudio que permitió
analizar esta pauta en los individuos adultos, de tal modo que en la actualidad se cuenta con
un modelo de desg aste propio para Gran Canaria (Delgado, 200 9)
84
.
b. D e t e r m i n a c i ó n d e l a e d a d a t r a v é s d e l a n á l i s i s d e l a s í n f i s i s
p ú b i c a : Esta articulación une a los dos huesos coxales a través de una unión muy estática
que apenas se mueve. Gracias a esto, las variaciones morfológicas que produce el
envejecimiento se preservan en muy buen estado, con poca influencia de otros factores,
como por ejemplo, la actividad física. Los cambios de carácter degenerativo que se
manifiestan en la sínfisis púbica evolucionan desde la pubertad hasta la vejez de forma
regular. Estas modificaciones han sido analizadas en poblaciones de edad conocida co n el
objeto de establecer un procedimiento de estimación de la edad. Aunque existen varios
métodos propuestos, en este trabajo se ha utilizado el sistema de Brooks y Suchey (1990),
que divide en seis fases las modificaciones de la sínfisis púbica, que se c orresponden con
umbrales determinados de edad en función del sexo del individuo. Este método es
ampliamente utilizado en Bioarqueolo gía a pesar de que los rangos de edad que ofrece son
demasiado amplios (Buik stra y Ub elaker, 1994; Ca mpillo y Subirá , 2004; Krenzer, 200 6).
Se emplearon otros métodos de estimación de la edad que vinieron a matizar y
ponderar los resultados obtenidos en el análisis del desgaste dental. Uno de ellos fue el
estudio de l a f a c e t a a u r i c u l a r d e l o s c o x a l e s , r e g i ó n a n a t ó m i c a d o n d e s e producen
modificaciones de carácter degenerativo que son comunes entre ambos sexos. Estos cambios
oscilan desde un a superficie organizada transversalmente y con buena calidad del tejido en
individuos jóvenes, a otra superficie muy erosionada y porótica en individuos adultos. Este
sistema define ocho fases de desarrollo que se vinculan a otros tantos márgenes de edad
bastante estrechos ( Krenzer, 2006). Otr o procedimiento emple ado, según la disp onibilidad que
ofrecía el estado de conservación de los restos esqueléticos, fu e el análisis del grado de
osificación del extremo esternal de la s costillas. Diferentes estudios radiológ icos, histológicos
y osteológicos han demostrado cómo el extremo esternal de las costillas se ve afectado por
procesos degenerativos que repercuten en la configuración del borde. Estos efectos por
envejecimiento son bastante homogéneos entre individuos ya que la articulació n costo -
esternal es relativamente estable. A partir del análisis de estos cambios en la cuarta costilla,
Iscan y colab oradores elaboraron un sistema de estimación de la edad dividido en nueve
fases para cada sexo (Iscan
et al
, 1985; Loth e Iscan, 1989; Krenzer, 2006). Cada una de estas
84
Cabe destacar que Teresa Delgado participó como observadora independiente en l a estimación de la edad de la
población analizada en esta tesi s doctoral.
126
fases se adscribe a un determinado grupo de edad según el sexo. También, y como primera
experiencia en la población aborigen de Gran Canaria, se estimó la edad de los individuos
masculinos a partir d e l a n á l i s i s d e l o s cambios morfológicos que se originan por el
envejecimiento en el acetábulo, sintetizadas en siete variables que corresponden a diferentes
fases de desarrollo. Posteriormente, estos grados son procesados mediante un software
específico que proporciona un determinado umbral de edad (Rissech
et al
., 2007). Por último,
se examinó la osificación progresiv a de los elementos que compon en el tiroides y su
vinculación con determinados umbrales de edad. Este sistema dispone de nueve fases que
describen un rango de edad que va desde los 15 hasta los 68 años de edad y que es común
para ambos se xos (Loth e Iscan, 1989 ; Krenzer, 20 06).
En la actualidad, el campo de la Bioarqueología cuenta con otros procedimientos para
la estimación de la edad en esqueletos adultos, no obstante, estas técnicas están
condicionadas por una elevada variabi lidad interpo blacional, lo que en cierta medida merma
su fiabilidad y no siempre proporcionan unos resultados satisfactorios. En todo caso, los
métodos empleados en este trabajo permitieron clasificar la población analizada en diferentes
grupos de edad a partir de pautas uniformes y aplicadas con el mismo criterio a toda la serie
esquelética. En base a los procedimientos descritos, y fundamentalmente, a partir del estudio
del desgaste dental , se pudo est ablecer los di ferentes grupos (T abla 3.2).
EDAD
18 - 25
26 - 35
36 - 45
+45
Indeterminado
Tabla 3.2: Grupos poblacionales seg ún la edad.
127
3. PRÁCTICAS FUNERARIAS EN LA PREHISTORIA DE GRAN CANARIA
Los cementerios son una de las expresiones arqueológicas más singulares de los
antiguos can arios. En ellos se concretaron las prácticas funerarias que socializaban la mu erte
de los sujetos desde una perspectiva individual y colectiva. Estas prácticas son normas
reguladas basadas en gestos y hábitos que organizaban el mundo de los muertos y eran
reconocidas por los miembros de la comunidad (Leclerc, 1990; Hutchinson y Aragon, 2002;
Duday, 2009). Las necrópolis aborígenes son el resultado de unos procedimientos socializados
que da ban sentido al propio espacio funerario y que lo entroncaban con las relaciones
sociales que regulaban y explicaban el modo de vida de los antiguos canarios (Velasco y
Alberto, 2005 ).
3 . 1 . L o s c e m e n t e r i o s a b o r í g e n e s y e l t e r r i t o r i o i n s u l a r
La huella arqueológica de las prácticas funerarias prehis pánicas se manifiesta
principalmente en las necrópolis, entidades físicas y conceptuales qu e se imbricaron en el
territorio habitado, en clara vinculación con los asentamientos habitacionales (Velasco y
Alberto, 2005). Constituían entidades corporativas qu e acogían a los individuos fallecidos de
una comunidad en un espacio delimitado y utilizado a lo largo del ti empo. Es decir, son
resultado de distintas fase s cronológicas pues están concebidas para perdurar. En estos
contextos se desarrollaron gestos vinculados a realidades materiales y simbólicas que superan
la simple colocación primaria de cadáveres, incluyendo además, depósitos funerarios
secundarios, reestructuraciones del área cementerial y ritos asociados al mundo de la muerte
(Crubezy, 2000; Hutchins on y Aragon, 2002). En defin itiva, suponen un espacio funcional y
especializado qu e acoge de forma mayoritari a los procesos de trabajo asociados al ámbito
sepulcral, cuya producción se orientaba fundamentalmente a la creación de memoria social y
su perduración a lo l argo del tiempo (Canno n, 2002).
Las necrópolis ind ígenas se asentaban en lugares acondicionados para este fin y que
cumplían un conjunto de requisitos de diversa índole (espaciales, simbólicos, temporales),
cuya naturaleza tenía sentido para el colectivo (Alberto y Velasco, 2004). En esta línea
argumental, es evidente que constituían referentes terri toriales en el
espacio vivido
prehispánico como lugares visibles que fueron explicados y comprendidos a través de la
tradición y la historia, convirtiéndose en referentes esenciales de la memoria colectiva (Parker
Pearson, 1999).
128
Existe una eno rme varieda d formal en la constitución de los cementerios
prehispánicos. Hay, o había, grandes ag rupaciones de sepulturas como las necrópolis
constituidas por cientos de túmulos, como Arteara (T.M. de San Bartolomé de Tirajana), El
Maipés (T.M. de Agaete) o La Isleta (T.M. de Las Palmas de G.C.), o por fosas como Juan
Primo (Figura 3.2, T.M. Gáldar). Tambié n extensos ámbitos funerarios en cueva, como los
situados en el barranco de Guayadeque (T.M. de Agüimes e Ingenio) o en los riscos de El
Hormiguero (T.M. de F irgas). Asimismo aparecen depósitos funerarios de tamaño más
reducido, como los contextos sepulcrales de El Llanillo (T.M. de San Bartolomé de Tirajana),
Barranco Hondo (T.M. de Sta. M. de Guía) o Guayedra (T.M. de Agaete). Estas estaciones
mortuorias se reparten por todo el territorio insular, desde la cumbre, donde existen ejemplos
muy significativos, como las cuevas funerarias del Bentayga y Risco Chimirique (T.M. de
Tejeda) o el túmulo de la M ontaña del Aserrador (T .M. de Tejeda); hasta las zonas c osteras, en
las que se sitúa un gran número de espacios sepulcrales de variada naturaleza, como Lomo
Galeón (T.M. de San Bartolomé de Tirajana), El Aguj ero - La Guancha (T.M. de Gáldar) o El Risco
(T.M. de Agaete). Pero si algo explica la ubicación de las ne crópolis indígenas es la presencia
de contextos habitacionales, donde se insertan como una parte más del paisaje socializado y
cotidiano de los anti guos canarios ( Velasco y Albert o, 2005).
Los espacios cementeriales aparecen próximos a las áreas de habita ción o junto a las
estructuras domésticas. Ejemplo ilustrativo de esta relación es el poblado de El Agujero -La
Guancha (Figura 3.3), donde es difícil disociar espacialmente entre el ámbito de los vivos y el
Figura 3.2 : Vista G eneral de la necró polis de Juan Primo antes y despu é s de la
excavación arque ológica. ( Autor: Tibicena, 2 008)
129
de los m uertos, constituyen do al mismo tiempo la propia naturalez a del asen tamiento
(Velasco, 1999; Delgado, 2009). Esta asociación entre espacio habitado y sepulcral pone de
relieve que los sujetos fallecidos siguen forman do parte de la sociedad, al menos desde una
perspectiva simbólica, que no sólo soc ializa el hecho cotidiano de la muerte, sino que
además, transforma este acontecimiento en una estrategia donde el finado adquiere una
nueva función. Este aspecto es importante para justificar el orden de las cosas y asegurar la
reproducción de las relaciones sociales dominantes. Ciertamente, este mensaje simbólico sólo
repercute en los sujetos vivos, aquellos que deben reproducir el modo de vida, de ahí que
estos espacios constituyan expresiones terri toriales de las relaciones de dominación y
explotación, no sólo a partir de los elementos materiales que conforman estos contextos, sino
también de la tradición y simbolismo qu e emanan de los cementerios, es decir, de su propia
historia (Vicent, 1995; Härke, 1997; Cannon, 2002). Desde esta perspectiva, el espac io social se
presenta como un continuo conceptual que incluye a todos los miembros de la comunidad,
tanto vivos como muertos, materializ ando su modo de vida en un territorio concreto dond e
cada cual tiene su lu gar y su come tido.
Los datos arqueológicos dejan patente que las grandes necrópolis están asociadas a
poblados de gran envergadura, aquellos que cuentan con un contingente poblacional más
numeroso y que articulan territorialmente las prácticas económicas, junto a los aspectos de
carácter político, jurídico y religioso (Velasco y Alberto, 2005). Tambié n existen espacios
sepulcrales de menor tamaño qu e se imbrican en asentamientos más reducidos, pero
desempeñando el mismo papel que las grandes necrópolis. Este es el caso de las
“comunidades locales”
(He rnández y Alberto, 2005), enclaves de gestión local constituidos por
grupos familiares extensos con una clara pervivencia en el tiempo, los cuales, en muchas
ocasiones, cuentan con su propio cementerio. Ejemplo de ello son los yacimientos
arqueológicos de Risco Chimirique (T.M. de Tejeda) (Martín
et al.,
2003a) o El Llanillo (T.M. de
San Bartolomé de Tirajana) (Propat, 2004). La existencia de necrópolis de menor y mayor
tamaño es reflejo de la variabilidad territorial propia de la ocupación aborigen de la i sla, con
evidentes desigualdades entre núcleos poblacionales qu e plasman la comple jidad de la
organización espacial de esta formación social. En este sentido, cabe desatacar que no sólo
los grandes asentamientos parecen demostrar gran perdurabilidad en su uso, los pequeños
contextos habitacio nales tambié n parecen prolo ngarse en el tiempo con el mismo éxito.
136
Otro ejemplo significativo de reutilización de sepulturas ha sido recientemente documentado
en el túmulo de La Guancha, en el yacimiento de El Agujero -La Guancha. En esta estructura
funerari a colectiva existía una cista doble ad osada al anillo exterior del túmulo donde se
depositaron dos individuos denominados nº 28 A y nº 28 B, aunque en momentos diferentes
según las propias descripciones de campo realizadas por José Naranjo (Archivo persona l de
José Naranjo, 1935). Estos individuos fueron datados por métodos radiocarbónicos señalando
una diferencia significativa en el momento de la mu erte. El nº 28 A había fallecido en un
periodo comprendido entre los siglos XI-XII d. E. Cal., y el 28 B entre los siglos XIII-XIV d.E.
Cal., indicando no sólo que se trataba de dos depósitos realizados en momentos distint os,
sino que, además, manifiesta la importancia de este gesto en la naturaleza de las prácticas
funerarias prehispánicas. Probablemente, y a pesar de los siglos transcurridos, existió algún
tipo de vínculo entre ambos sujetos que explica su integración en una misma sepultura. Esta
relación estaría sustentada en la regulación de una práctica funeraria normalizada, construida
a partir de la memoria social de la co munidad.
Un nuevo aspecto revelador de la concepción temporal que trasluce de los contextos
funerarios aborígenes es la presencia de sepultura s construidas que no fueron ocupadas por
ningún cadáver, como ha sido recientemente documentado en algunas de las cistas de la
necrópolis de Las Crucesitas (T.M. Mogán) (Alberto, Barroso y Marrero, 200 4), lo que plantea
nuevos interrogantes. Una posibilidad para explicar este gesto sepulcral procede de ejemplos
arqueológicos de otras formaciones histór icas, donde algunas tumbas son objeto en primer
lugar de ritos funerarios en el que están ausentes los cadáveres y, que posteriormente, son
reutilizadas
para dar cobijo a los difuntos (Parker Pearson, 2002). La sepultura vacía contrasta
con otra pertenecie nte al mismo espacio habitado, la cueva A13, depósito funerario de
carácter colectivo donde se depositaron 12 individuos bajo un mismo tratamiento sepulcral.
Las distintas concepciones de lo colectivo expresadas en el ámbito funerario en un mismo
enclave ponen de relieve la complejidad de las relaciones sociales de los sujetos qu e lo
crearon.
3 . 4 . C u e s t i o n e s t i p o l ó g i c a s s o b r e l o s c e m e n t e r i o s a b o r í g e n e s
El estudio de las prácticas funerari as prehis pánicas en Gran Canaria se limitó durante
muchos años a la descripción tipológica de las sepulturas (por ejemplo, Arco, 1992 -1993). Lo
cierto es que presentan una variabilidad formal significativa, qu e se percibe tanto en los
sepulcros como en la propia fisionomía de las necrópolis, y tuvo que responder a una pauta
nor malizada. En Gran Canaria se documentan sepulturas de carácter primario y secundario. Se
137
suelen utilizar cuevas o pequeños solapones como lugar de acogida, y también los cadáveres
se depositan en fosas, fosas acondicionadas con piedras, fosas dentro de cis tas y en cistas.
Igualmente, y de forma más ostentosa, pueden incluirse en túmulos de diverso ta maño, de
carácter individual y colectivo, normalmente formando parte de agrupa ciones de diversa
entidad (Figura 3.7). Asimismo, también se han documentado sujet os con evidencias de
momificación procedentes de distintas áreas de la isla como Guayadeque, Acusa y
Arguineguín, y cuya presencia ha sido relacionada con las prácticas funerarias asociadas al
grupo social dirigente (Arco, 1992- 1993; Velasco, 1999). En sín tesis, los cementerios
aborígenes destacan por la diversificación de soportes y por el conjunto de prácticas
asociadas, y en los que se percibe, junto a los propios condicionant es ecológico s del
territorio, la inf luencia determinante de otros factores com o las razones identitarias, y
fundamentalmente, las relaciones so ciales que se e stablecen entre sujetos y grupos sociales.
La tipología de estas sepulturas y las diferencias que se observan en la inversión de
trabajo han supuesto la base epistemológica d e varias teorías explicativas sobre la prehistoria
insular. En este sentido, el yacimiento arqueológico de El Agujero -La Guancha ha servido
como referente en cada una de estas contribuciones. Estas hipótesis, por norma gen eral, han
asociado repetidamente la complejidad y monumentalidad de sus estructuras funerarias a la
élite prehispánic a (Velasco, 1999). Más aún, este yacimiento ha sido empleado a modo de
paradigma para definir etapas crono -culturales concretas en la prehistoria insular, como en el
caso de l
“Horizonte de la cultura de los túmulos”
(Martín de Gúzman, 1984), o de la “
Segunda
fase adaptativa y jefatura matrilineal”
(Jiménez González, 1999)
88
. Hipótesi s qu e llegarían
88
Según Teresa Delgado: “Esta asociación q ue establece entre los túmulos de El Agujero y la nobleza aborigen puede ser acaso un
apriorismo derivado por un lado, de la importante posición que, dentro de la estructura sociopolítica de los antiguos canaria s, se
atribuye a Gáldar en las fuentes etnohi stóricas, y por otro de los planteamientos culturales propuestos por los análisis de una
antropología física entendida como taxonomía racial. Un apriorismo que entra en contradicción no sólo con los recientes resul tados
Figura 3.7 : Necró polis tumular del Maypez de Arriba (T.M. de Agaete) .
138
incluso a plantear que alg unas de estas sepulturas, en especial referencia al t úmulo de La
Guancha, funcionaron como
“panteón real”
(Martín de Guzmán
et al
., 1992). Sea esto cierto o
no, la necrópol is de El Agujero - La Guancha constituye por su ubicación, la compleja
arquitectura de sus túmulos y la exte nsión que ocupa en un paraje si ngular, un referente
excepcional dentro de los espacios se pulcrales insulares.
De ahí que durante muchos años el análisis de este tipo de espacios se limitara a
inferencias basadas en las características formales de los espacios. No obstante , la llegada d e
nuevos enfoques teóricos y metodológicos con los qu e analizar los espacios sepulcrales y las
prácticas funerarias de los antiguos canarios han propiciado un debate fructífero, ampliando
las nociones que se tenían sobre la naturaleza de esta parcela de la sociedad prehispánica. En
este sentido, ha sido fundamental la renovación que ha s upuesto la aplicación de los
procedimientos qu e se engloban bajo la den ominada
“antropología del terreno” -
“antropología de campo”
(Duday
et al
., 1990) o
“arqueo - tanatol ogía”
(Duday, 2009). E n el caso
de Gran Canaria, las aportaciones, entre otros, de Javier Velasco y Verónica Alberto han
supuesto un avance fundamental en la comprensión del mundo funera rio prehispánico
(Velasco, 1999; Alberto y Velasco, 2004; Velasco y Alberto, 2005; Alberto y Velasco, 2008;
Alamón, 2008; Velasco, 2009). Aun así, no es menos cierto que en el presente se hace cada
vez más imprescindible volver a revisar viejos paradigmas acerca de las prácticas funerarias
aborígenes, especialmente, en las cuesti ones relativas a los aspectos formales de las
sepulturas. A día de hoy no existe una verdadera alternativa que sustituya definitivamente la
propuesta de Carmen del Arco (1992- 1993). De hecho, cabría preguntarse si resulta necesario
seguir considerando a la s necrópolis prehispánicas desde su perspectiva formal, puesto que
nuevos indicadores parecen describir pautas gen erales en la organización de estos espacios
más allá de este tipo de considera ciones
89
.
3 . 5 . R e g l a m e n t a c i ó n d e l u s o s e p u l c r a l e n l a s n e c r ó p o l i s a b o r í g e n e s
Las normas sociales expresadas en la práctica funeraria determinan qué sujetos pasan
a formar parte de una comunidad mortuoria concreta y cuáles son los criterios de selección o
exclusión que rigen tal comportamiento (Duday, 2009). Entre las razon es que regulaban el
bioantropológicos (…), sino con la e xistencia de otros enclaves arqueológicos en el mismo entorno de Gáldar, con unas características
físicas más sobresalientes que la s del propio conjunto tumular del Ag ujero” (Delgado, 2009 :164).
89
Probablemente no es tan importante revisar las categorías tipológic as de los soportes funerari os, sino corroborar si ese
modelo es el adecuado para una comprensión social de las prácticas funerarias. Más bien es necesario un nuevo enfoque
epistemológico a la hora de abordar estas manifestac iones históric as.
139
acceso a estos espacios int ervenían lo que podría denominarse, en sentido amplio, como
“
derechos de propiedad”
sobre la sepultura. Su contexto se determinaría en función de la
pertenencia del difunto a un grupo social definido por relac iones de parentesco, grupos de
edad, su género, etc., o por una comb inación de varios factores. No sólo se pauta el último
lugar que cada uno debe ocupar, sino también con quiénes se debe o se puede asociar en el
ámbito funerario.
Un estudio detallado de los cementerios permite observar la disposición de un
contexto organizado y jerarquiza do que articulaba tanto las sepulturas como la ubicación de
los sujetos. Este hecho puede vincularse con relaciones sociales de dependencia y
desigualdad entre los individuos depositados en estos espacios, marcando diferencias qu e
trascienden en el tiempo y permanecen en el recuerdo de los sujetos vivos. Las fuentes
etnohistóricas arrojan luz acerca de estas cuestiones, especificando que
“la gente noble no se
enterraba con la villana, sino que cada especie destas tenía su lugar señalado; el noble se
enterrava con las insinias de tal, y el villano también”
(López Ulloa, en Morales Padrón,
2008:316).
“a los villanos y gente común y plebeya enterraban en sepulturas y hoyos fu e ra de
las cuevas y ataúdes, en se pulturas cubiertas con piedras del malpaís”
(Abreu Galindo,
1977:163).
Un ejemplo a favor de esta hipótesis se describía anteriormente con la reutilización de
una fosa en el anillo exterior del gran túmulo de La Guancha ci entos de años después de la
inauguración del sepulcr o. En este caso , las dataciones radioc arbónicas de est e túmulo indican
que no fue ocupado progresivamente desde la cista central hasta las fosas que rodeaba n la
construcción, aunque no puede descartarse c ompletamente la posibilidad de que los
individuos sepultados en fechas más antiguas fueran sustitui dos por depósitos más recientes
(Santana, 2009). En cualquier caso, estos datos sugieren que los sujetos objeto de la práctica
fúnebre eran colocados según algún tipo de relación pautada con aquellos que ocupaban o
que ocuparían el túmulo. Esta tradición funeraria se expresaba colectivamente en el espacio
sepulcral: muertos, vivos y no-nacidos. Siguiendo a M. Godelier, esta colectivid ad era
“entendida como el conjunto de los antepasados muertos y sus descendientes vivos, además
de los aún no nacidos (…) Esta última (la comunidad) aparece -y de hecho lo es- c omo
superior a los ind ividuos, como el factor unificante entre individuos y generaciones que, al
reproduc irse a lo largo del tiempo, aseguran a todos las condiciones de existencia”
(1981: 73-
74).
Algunos de los factores que podemos detectar en la ordenación del espacio sepulcral
tienen que ver con el sexo y la edad de los sujetos sepultados. En lo referente al sexo, si bien
140
algunas necrópolis presentan un número equitativo de hombres y mujeres, en otros casos
exhiben una evidente disimetría en el género, normalmente en claro detrimento de estas
últimas. Por ejemplo, en el caso de El Agujero -La Guancha se advi erte una selección qu e
prima a los individuos varones. La distribución sexual documentada se compone de un 70%
de hombres y un 30% de mujeres, mientras que en otras necrópolis como Juan Primo, esta
distribución es de 45% y 55% respectivamente (Santana, 200 9). Estos datos sugieren
desigualdades que deben tener su reflejo en otros ámbitos de la realidad prehispánica, y que
permiten defender la existencia de un sistema de gén ero jerarquiz ado donde la mujer se ve
sometida al hombre, no sólo en el m undo de los vivos, sino tam bién en el espacio de dicado a
los antepasados (Rodríguez, 2000). Asimismo, cabe preguntarse qué condiciones reunían las
mujeres sepultadas en esta necrópolis, si están presentes por unos lazos de parentesco lo
suficientemente cercanos a los v arones o, desde otra perspectiva, por u n señalado papel entre
los habitantes de este poblado, circunstancia que les permitió entrar a formar parte de estos
túmulos, es decir, de esta comunidad mortuoria. En este sentido, los resultados del trabajo de
Ricar do Cabrera (2010) indican que la población de este yacimiento mante nía lazos de
consanguineidad propios de grupos parentales matrilocales
90
. No obstante, todos los
indicadores arqueológicos y bioantropológicos ponen de relieve la excepcionalidad de esta
nec rópolis, donde las disimetrías en el sexo de los individuos sepultados no viene más que a
fortalecer el carác ter singular de es te espacio (Vela sco, 1999, Delgado, 2009).
En buena parte de los cementerios prehispánicos conocidos los espacios funerarios
con mujeres suelen aparecer subordi nados a los que acogen individuos masculinos . En el caso
del contexto sepulcral de Los Caserones, los depósitos se organizaban a partir del sexo de los
individuos. En el centro de los túmulos se localizaba una sepultura con un individuo
masculino al que se asociaban de forma periférica otras inhumaciones con sujetos femeninos
e infantiles (Jiménez
et al
., 1992; Alberto y Velasco, 2009). El mismo criterio se manifiesta en la
necrópolis de El Agujero -La Guancha, especialmente e n el túmulo de La Guancha, donde la
cista central es ocupada por un varón (Rio Ayala, 1935). No obstante, si bien esta
circunstancia resulta ser mayoritaria, recientes aportaciones, como la documentación de la
necrópolis de Maspalomas apuntan a la intervención de otros factores en la distribución de
las sepulturas. Allí ciertos individuos femeninos centralizaban la agrupación de los depósitos
funerarios. De modo que, aunque se advierte la repercusión de un sistema de género
90
El carácter matrilocal de una s ociedad no s upone en principio una relación directa entre los lazos de parentesco y la
selección de mujeres enterradas en esta necrópolis .La matrilocalidad hace referencia a una estrategia de residencia
postmarital de la cual se pueden derivar muchas realidades s ociales. En cambio, la matrilinealidad si tiene un carácter
más específico, puesto que sup one una for ma de filiación so cial.
141
desigual en las prácticas funerar ias de los antiguos canarios, otros aspectos sociales
intervienen de forma activa en la reglamentación del espacio sepulcral, transgrediendo pautas
que parecen fijas en otros cementerios aborígenes.
La edad también fue otro factor determinante en la selección de los individuos que
entraban a formar parte de la comunidad mortuoria de las necrópolis De hecho, existe una
subrepresentación evidente de sujetos subadultos – especialmente perinatales- en los
contextos sepulcrales prehispánicos. Esta circunstancia ha sido debatida recientemente por
distintos autores, recalcando la escasa representación, como norma general, de estos
individuos en el espacio cementerial (Velasco, 2009; Campagne, 2010; Santana
et al.,
2010).
Como ha defendido Julie Campagne, “
Por algunas razones social y culturalmente definidas, no
todos los pequeños integran los espacios dedicados al sepulcro y no llegan a pertenecer al
grupo de muertos albergados por una cueva, por un túmulo colectivo, o por una necrópolis
de superficie”
(2010:118)
.
P robablemente, algunos individuos subadultos todavía no disponían
del estatus social necesario para ser considerados miembr os de pleno derecho de la
comunidad. Esta es una pauta muy extendida en las sociedades pre-capitalistas, donde los
niños no son recono cidos de la misma forma que l os adultos hasta q ue no alcanzan una edad
suficiente, normalmente indicada por un rito de iniciación a la edad adulta (Godelier, 1989;
Lewis, 2009; Godelier, 2000). La necrópolis de El Agujero -La Guancha es representa tiva de esta
pauta funeraria, p ues entre los individuos se pultados no estaba pre sente ningún sujeto in fantil
(Delgado, 2009; Sa ntana, 2009) .
Figura 3.8 : Individuo infantil en el d epósito funerario del
Barranquillo del C abezo.
142
En cambio, otros cementerios como Maspalomas, Barranco Hondo, Los Caserones,
Guayadeque o Lomo Los Gatos, sí acogieron in dividuos no-adultos de distinta edad
(Campagne, 2010) . Como ejemplo se puede mencionar el depósito funerario del acantilado de
San Felipe (T.M. de Moya), localizado en una grieta de reducidas dimensiones, donde se
colocó un individuo de 7 - 9 años de edad ju nto a tres adultos. En otro caso, en el Barranquillo
del Cabezo se localizaron dos infantiles con 38 y 43 ± 2 semanas de vida respectivamente,
depositados en el interior de un solapón funerario que había sido utilizado para dar sepultura
a un individuo adu lto cientos de años antes (Figura 3.8). Si bien algunos de los s ujetos
infantiles fueron objeto de un tratamiento funerario semejante a los adultos, existen otros
testimonios arqueológicos, referidos concretamente a los perinatales, que aparecen en
context os no sepulcrales, más bie n, en relación con lugares de habitación. Ejemplo de ello son
los restos de perinatales documentados en las cuevas de Facaracas y en el yacimiento de El
Portichuelo-Cendr o, donde se han localizado numerosos individuos perinatales también
vinculados con espacios domésticos (Cuenca, Betancor y Rivero, 1996; Velasco, 2009;
Campagne, 2010). En este último caso, el número de sujetos y la edad de los individuos
encontrados han servido para interpretar ta les depósitos como el reflejo mate rial de un
episodio de infanti cidio femenino (Cue nca, Betancor y Rivero, 1996).
3 . 6 . P r á c t i c a s c o n r e s p e c t o a l c a d á v e r
Para la mayoría de los depósitos primarios documentados en los contextos sep ulcrales
insulares se registra una colocación en decúbito supin o extendido. Esta disposición puede
presentar variaciones como consecuencia de las características del espacio de acogida, donde
la colocación del individuo es adaptada a la morfología del receptáculo (Navarro, 1979;
Velasco y Alberto, 2005). En otras ocas iones, la disposición del cadáver varía con respecto a
esta normalización, señalando menos cuidado en el tratamiento de los finados. Este es el
ejemplo de una sepultura en fosa de la necrópolis de Maspalomas, en la que a dif erencia de
la mayoría de los cadáveres sepultados, se dio sepultura a una mujer en una posición
totalmente des cuidada.
Durante los últimos años se ha empezado a documentar, principalmente en las
sepulturas en fosa, algunos de los tratamientos dirigidos al acon dicionamie nto del cadáver
antes de ser instalados en el respectivo espacio funerario (Stodder, 2008; Duday, 2009). El
análisis sistemático del proceso de descomposición de los tejidos blandos en cadávere s
exhumados recientemente ha permit ido identificar la utilización de far dos fun erarios y
143
ataduras (Alberto y Velasco, 2008; Alamón, 2008; Cabrera, 2010; Campagne, 2010)
91
. En este
sentido, la mayoría de los individuos exhumados en fosas mantienen una clara normalización
de la disposición de su cuerpo, especialmente manifiesta en la fo rma en que aparecen manos,
codos, rodillas y pies. Igualmente, los movimientos de las regiones esqueléticas que se
produjeron durante el proceso de descomposición del cadáver, y la forma en que sobrevino
la progresiva entrada de sedimento dentro del volumen corpor al, dejan patente la existencia
de un elemento cobertor intermedio entre el cuerpo y el relleno de fosa (Duday, 2009). Esto
se traduce en un conjunto de desplazamientos óseos limitados al interior del volumen
corporal, pero con un mayor recorrido q ue los documentados en un espacio colmatado, entre
los cua les cabe destacar la puesta en plano de las costillas, la caída de la mandíbula hasta
apoyarse en la columna vertebral, la verticalización de las clavículas, o la semi -apertura de las
palas iliacas. Este tipo de descomposición en
“espacio colmatado diferido”
(Duday et al., 1990,
Duday, 2009) se ha descrito en las necrópolis de Juan Primo, Maspalomas, Barranquillo del
Cabezo y recientemente, gracias a una fotografía de los trabajos de campo de los año s 30 del
siglo XX, en la necrópolis de El Agujero - La Guancha (Figura 3.9) (Alamón, 2008; Alberto y
Velasco, 2008; Cabrera, 2010; Campagne, 2010; Santana
et al.
, 2010). Otro gesto preparatorio
del cadáver y, asociado a la mortaja funeraria, es la utilización de correajes para la sujeción de
las extremidades. El estudio de las sepulturas de Maspalomas permitió observar un a pauta en
la disposición del esqueleto apendicular, consistente en diferentes puntos de inmovilización y
compresión qu e se repetían en la mayoría de los sujetos exhumados. Estos elementos
permitieron el basculamiento c ontrolado de alg unas regiones es queléticas, así como el
sostenimiento de otras durante el proceso de descomposición (Duday, 2009). Esta disposición
de los restos esqueléticos, así como la forma en que se produjeron los desplazamientos
durante la descomposición del cadáver, indican la existencia de un fardo funerario que a s u
vez era ceñido mediante la utilización de correajes en aquellos puntos en los que las
extremidades planteaba n una mayor m ovilidad
92
.
Sin duda, la existencia de una práctica normalizada da idea del grado de
reglamentación que ordenaba el mundo mortuorio aborigen. Igualmente, la evidente
recurrencia de estos gestos invita a reflexionar sobre la presencia de pers onas dedicadas de
forma especi alizada al tratamiento del cadáver con anterioridad a su sepultura. Nuevamente,
los text os etnohistóricos revelan detalles sustanciosos acerca de esta particularidad:
“y, para
91
Una cuestión que ya estaba d ocumentada entre los restos momificado s.
92
La existencia de estos elementos está recogida en las fuentes etnohistóricas : “el cuerpo secaban y vendaban con unas correas
de cuero muy apret adas” (Abreu Galindo , 1977:162).
144
preparar y conservar los cuerpos difuntos, había h ombres diputados y señalados para los
varones, y mujeres para las hembras”
(Abreu Galindo, 1977:162-163). Muchas de las
envolturas para cubrir el cadáver proceden de cuevas funerarias donde se conservaron hasta
el presente (Chil y Naranjo, 1876- 1879; Jiménez Sánchez, 1946; Velasco, 1999). Estos objetos
eran elaborados con tejidos vegetales y pieles. En el primer caso, los finados eran
“ envueltos
en esteras rectangulares de tamaño semejante al cuerpo que cubrían. Esto ind ica que dichas
envolturas eran tejida s expresamente para el difunto y a su vez denota el especial cuidado y
atención con que debía prepararse”
(Galván, 1980:52). Lo mismo ocurre con las pieles, aunque
en estos fardos se observa un conjunto variado de tratamientos que sugiere qu e estos tejidos
no fueron fabricados
ex profeso
para envolver al difunto, sino que lo más probable es que
estuvieran almacenados (
com. pers.
de Eliezer Medina). También se ha asociado el número de
pieles que cubrían al muerto y su decoración con la preeminencia social de l individuo
(Rodríguez, 1997). De este modo, las prácticas funerarias acogen el final de varias cadenas
operativas que involucran los proces os de trabajo relacionados con la manufactura de fibras
vegetales y tejidos corioplástico s (Campagne, 2010), cuya co mplejidad remite
irremediablemente hacia esos especialistas antes señalados. En este sentido, el trabajo de
estos personajes tiene en el mirlado o momificado de los cadáveres su máxima expresión de
complejidad.
En el Museo Canario y otras instituciones se conservan numerosos individuos qu e
fueron objeto de este tratamiento , demostrando una inversión de trabajo diferente según los
casos, aunque no podamos compararla con la desaparecida entre sujetos los sepultados en
fosa o en cista
93
. La variación de las mo rtajas con que eran sepultado s los individuos
momificados podría po nerse en relació n con desigualda des de carácter social .
El proceso mediante el cual eran momificados los cadáveres está recogido en los
textos etnohistóricos, que describen cómo utilizaban “
leñas olorosas para exequias de los
difunctos, untándolos y ajumándolos i poniéndolos en arena quemada los dexaban mirlados, i
en 15 o veinte días lo metía en las cuevas, i éstos eran los más nobles”
(Gómez Escudero, en
Morales Padrón, 2008:376), y qu e
“eran untados algunos días con manteca de ganado cabrío
poniéndolos al sol para qu e se secasen que era como balsamarla”
(Sosa, 1994:302). El
93
S. Jiménez Sánchez describe la existencia de depósitos en cueva dond e el individuo era envuelto en una s ola capa de
tejido vegetal fabricado con junco (1960). Asimismo, cabe destacar el desigual estado de conservación que supone un
depósito en cueva de otro en superficie. En este sentido, la posibilidad de que fardos funerarios de similares
características fueran utilizados en depósitos en superficie no puede ser descartada, dada la más que probable injerencia
de los agentes naturales en la descomposición de estas materias orgánicas (Stodder, 2008). Aun así, se puede aventurar
que en estos espacios al aire li bre eran utilizados fardos funerarios, sin que se puede determinar a ciencia cierta la
naturaleza del material con que f ueron confecc ionados.
145
propósito principal de este tratamiento era desecar el cuerpo antes de depositarlo en el
sepulcro, intentando con ello preservar los rasgos de los difuntos durante el mayor tiempo
posible. Chil y Naranjo a finales del siglo XIX describe varios de estos elementos, comentando
que
“he visto esas mismas momias, delicadamente arregladas en posición supina, los brazos
adheridos a los costados, unidos los pies y envueltas con el mayor cuidado en varias pieles,
contando hasta siete; las interiores, próximas al cuerpo, de una finura notable, y las exteriores
más gruesas y toscas”
. (Chil y Nara njo, 1876:11).
Asimismo, las dif eren cias en inversión de trabajo no sólo tienen su reflejo en la
naturaleza del sepulcro, sino en los tratamientos de los que es objeto el cadáver. En un
reciente estudio que analizaba la salud dental de algunos de los cadáveres momificados de la
isla, se obse rvó cómo el patrón de consumo de esta población era sensiblemente diferente al
referido para los individuos no momif icados. Los mirlados de Gran Canaria tenían un acces o
mayor a las proteínas de origen animal y una menor proporción de alimentos agrícolas e n su
dieta, lo qu e sugiere, a priori, un estatus preferencial con respecto al resto de la población
(Delgado
et al.,
2008)
94
.
3 . 7 . R i t u a l f u n e r a r i o
Ciertas prácticas funerarias se encaminaban a socializar el fenómeno de la muerte
dentro de la comunidad media nt e fórmulas simbólicas. Gracias al ritual, el difunto entraba a
formar parte de la comunidad de los antepasados, según su posición social en vida y con el
objeto de desempeñar nuevas funciones desde el mundo de los mu ertos, así la muerte era
94
Con todo, los valores de significación estadística no fueron lo suficientemente contundentes co mo para marcar d e
forma tajante tales diferencias, por lo que es necesario seguir ah ondando en esta línea de investigación (Delgado et al .,
2008).
Figura 3.10: Indivi duo con evide ncias de haber sido m omificado. (Autor: Javier Velasco)
248
Nº
Individuo
Longitud máx
húmero
25% long.
húmero
Línea pectoral mayor
modelo
Área de la inserción
Long. línea de la
inserción
Altura máx. de la
inserción
Ángulo
medial
Ángulo lateral
GRADUACIÓN 174
1
CP1d
304,64
76,16
9,56
18,07
11,52
3
43,23
44,37
2
2
CP22e
323,41
80,8525
12,14
40,73
16,49
5,1
65,08
52,6
2
3
CP2e
302,94
75,735
9,22
15,02
10,78
2,51
41,2
37,98
2
4
CR13.1e
283,97
70,9925
6,97
6,43
7,64
1,5
34,13
27,1
1
5
CR33sup1d
322,45
80,6125
12,45
38,38
16,19
4,49
59,07
48,25
3
6
CR46.1d
322,38
80,595
5,84
7,16
7,22
1,95
45,48
42,18
2
7
CR46.1e
321,02
80,255
5,77
6,84
7,03
1,85
47,35
40,78
1
8
CT1126e
297,66
74,415
1
9
CT1134e
328,52
82,13
5,63
5,76
6,63
1,57
49,7
37,78
3
10
CT1204e
299,36
74,84
7,6
12,43
9,46
2,58
54,95
40,32
4
11
CT1208e
275,42
68,855
4,89
4,05
5,68
1,3
44,85
33,38
1
12
CT1225d
311,75
77,9375
6,73
11,18
8,84
2,71
45,23
50,65
2
13
CT1229e
288,48
72,12
11,41
26,38
13,81
3,41
47,15
49,67
2
14
gr10e
318,64
79,66
9,01
9,03
9,73
1,8
23,75
24
2
15
gr16e
292,52
73,13
5,23
3,54
5,72
1,04
33,55
29,62
2
16
gr17d
295,31
73,8275
9,48
18,95
11,78
3,25
46,58
41,02
2
17
gr20e
302,74
75 ,685
5,75
4,33
6,31
1,14
42,53
25,77
1
18
gr25d
286,39
71,5975
7,11
10,66
8,81
2,41
44,97
44,05
3
19
gr26d
292,73
73,1825
9,71
21,07
12,03
3,24
54,95
53,53
4
20
gr30e
319,1
79,775
8,35
9,92
9,54
1,81
65,18
30,42
2
21
gr3d
295,99
73,9975
5,76
6,37
6,92
1,67
58,73
41,06
4
22
gr4e
292,11
73,0275
9,64
12,19
10,54
1,96
31,72
35,47
2
23
IPc70.1d
326,54
81,635
12,68
33,87
15,59
3,98
52,37
43,45
1
24
PA1039e
314,85
78,7125
9
16,03
10,86
2,68
53,85
45,53
1
25
PA1083d
329,84
82,46
4,78
3,6
5,49
1,27
35,8
36,23
1
26
PA1094d
305,07
76,2675
14,02
48,61
18,36
5,18
66,87
46,13
1
27
PA1125e
312,32
78,08
14,37
53,19
18,9
5,29
71,26
46,9
2
28
PA1130e
317,99
79,4975
7,22
9,98
8,66
2
52,88
39,73
1
Tabla 4.24: Result ados en la entesis del pecto ral mayor
174
Se refiere a la graduació n de la robustez de la ente sis del pectoral mayor realizada a partir del atlas de marcadores músculo-esqueléticos pr opuesto en esta tesis doct oral.
249
Nº
Individ uo
85,7% longitud
húmero
Línea braquial
modelo
Área de la inserci ón
Long. de la línea
Profundidad máx .
Ángulo
medial
Ángulo lateral
GRADUACIÓN
175
1
CP1d
261,12
6,85
2,24
7,08
0,51
13,08
12
2
2
CP22e
277,208571
7,91
1,54
7,97
0,4
3,57
7,67
2
3
CP2e
259,662857
4,81
0,16
4,83
0,06
1,18
0,58
1
4
CR13.1e
243,402857
6,99
-1,02
7,04
-0,26
5,92
5,55
1
5
CR33sup1d
276,385714
10,57
1,72
11,04
0,27
3,33
6,82
2
6
CR46.1d
276,325714
7,2
0,8
7,22
0,2
4,02
3,45
0
7
CR46.1e
275,16
5,84
0,57
5,86
0,19
1,8
7,25
1
8
C T1126e
255,137143
8,08
-1
8,1
-0,19
5,7
5
1
9
CT1134e
281,588571
4,14
0,2
4,23
0,08
2,73
1,53
2
10
CT1204e
256,594286
5,83
-0,19
5,95
-0,05
2,88
0
2
11
CT1208e
236,074286
4,24
0
4,24
0
0
0
1
12
CT1225d
267,214286
5,11
0
5,16
-0,07
4,03
0,93
2
13
CT122 9e
247,268571
5,53
0
5,53
0
0
0
1
14
gr10e
273,12
7,18
-0,56
7,2
-0,12
2,38
2,53
1
15
gr16e
250,731429
5,95
-0,41
5,97
-0,11
4,28
2,75
1
16
gr17d
253,122857
9,61
-3,86
9,71
-0,65
11,63
13,27
1
17
gr20e
259,491429
7,92
1
18
gr25d
245,477143
6,59
0 ,3
6,57
0,1
2,5
3,88
1
19
gr26d
250,911429
9,37
1,54
9,44
0,32
3,12
2,35
2
20
gr30e
273,514286
3,17
0,19
3,18
0,1
3,42
6,43
1
21
gr3d
253,705714
2,82
0,27
2,89
0,14
8,12
11,05
0
22
gr4e
250,38
5,57
-0,19
5,81
-0,05
3,23
1,83
1
23
IPc70.1d
279,891429
8,65
1,76
8,7
0,37
7,13
3
2
24
PA1039e
269,871429
6,87
-2,32
6,93
-0,53
18,22
11,3
1
25
PA1083d
282,72
6,36
0,52
6,39
0,19
4,39
1,4
2
26
PA1094d
261,488571
5,79
0,43
5,85
0,12
2,08
5,12
2
27
PA1125e
267,702857
8,49
1,21
8,55
0,23
3,68
5,3
1
28
PA1130e
272,562857
5,98
0,34
6,01
0,1
1,65
1,98
1
Tabla 4.25: Result ados en la entesis del braquial
175
Se refiere a la gradu ación de la robustez de la entesis del braquial r ealizada a partir del atlas de marcado res músculo-esqueléticos pr opuesto en esta tesi s doctoral.
A continuación, esta sección era analizada de forma indepe ndiente, señalando el
punto donde limitaba medialmente la entesis del pectoral mayor (a) (Figura 4.25). Se
calculaba el centroide de esta figura (c) y se buscaba el punto más lejano entre este valor y la
inserción (b). Con el conjunto de estos parámetros se generaba una circunferencia que tocaba
el punto de la inserción más lejano al centroide (c) y el límit e medial del pectoral mayor (a).
Así, la intersección lateral entre la circunferencia creada y la sección permitía dibujar una línea
que unía ambos puntos, cuyo resultado era una n ueva figura geométrica que representaba de
forma ideal la inserción del pect oral mayor. Este modelo, al basarse en proyecciones
geométricas a partir del eje longitudinal del hueso y de un punto limítrofe de la inserción,
permitía ser reproducido en otros húmeros, y así, ser utilizado como una representación
analítica. Finalmente, esta línea entre los límites de la inserción era escalada para obtener una
referencia métrica con la que a nalizar la secció n transversal.
B. Cálculo de parámetros c uantitativos:
Una vez obtenido el modelo ideal de la sección transversal de la entesis, esta fi gura
era exportada a formato JPGE para ser procesada con otro paquete informático, el
Canvas
11.0
(
ACD System of America, Inc
.). Con él se pudo det erminar una serie de parámetros
cuantitativos que reflejaban las variaciones morfométricas de la entesis; el área, el perímetro
de la curva, los áng ulos de la i nserción, y la altura máxima de la geometría (F igura 4.25).
1 . 7 . 1 . 2 . B r a q u i a l
A. Obtenció n de la sección trans versal:
Con este marcador se siguió un procedimiento semejante al anterior. No obstante, en
este caso el plano transv ersal al eje longi tudinal fue tomado a una distancia de 6/7 (87 ,5%) de
la longitud máxima del hu eso. Los límites de la inserción en la sección transversal del húmero
fueron indicados con dos puntos (a y b) (Figura 4.26), seleccionados a p artir del biselado o
excavación de la zo na de contacto.
Figura 4.25 : Mode lo ideal de la entesis del pecto ral mayor (húmer o PA -1125e)
251
Posteriormente, estos dos puntos eran unidos con una línea (c) que generaba un
nueva figura qu e, como en el caso an terior, representaba idealmente la entesis del músculo
braquial. Finalmente, l a nueva geometría era escalada a través de la propia línea que unía los
puntos límites de la inserción.
B. Cálculo de parámetros c uantitativos:
El procedimiento para el modelo ideal de la entesis del braquial fue igual que el
desarrollado para el pectoral mayor, con las debidas precauciones para adaptarlo a las
condiciones diferenciadas de esta inserción. La figura de la sección transversal de la entesis
fue procesada igualmente con el
Canvas 11.0
, obteniendo los mismos parámetros
cuantitativos extraídos para el caso anterior. Estos valores fueron el área, longitud de la
inserción, los ángulos de la inserción y la profundidad m áxima (Figura 4 .27).
1 . 7 . 2 . R e s u l t a d o s d e l a e s t i m a c i ó n d e v a r i a b l e s c u a n t i t a t i v a s a p a r t i r d e l a n á l i s i s
m é t r i c o d e l a s e c c i ó n t r a n s v e r s a l d e l a s e n t e s i s
Los parámetros cuantitativos obtenidos tras el estudio de la sección transversal de la
inserción del pectoral mayor y del braquial se describen detalladamente en las Tablas 4.24 y
4.25 respectivamente. Con estos valores se calcularon l os estadísticos descriptivos y la
normalidad de su distribución (Tablas 4.26 y 4.27). Asimismo, se analizó la correlación ent re
los grados de robustez y los valores métricos del modelo ideal de cada entesis, utilizando
Figura 4.26 : Secci ón transversal de la entesis del b raquial en el 85 ,7% de la long itud del hueso (húmero IP -C_70.1.d)
Figura 4.27 : Mode lo ideal de la entesis del braquial (húmero PA -1083d )
252
para ello el test de correlaciones bi variadas de Pearson. Posteriormente, se exami nó la
varianza de la media de los parámetros métricos de cad a grado a través del estadístico
ANOVA. El propósito de esta prueba era comprobar si existía n diferencias significativas entre
los valores cuantitativo s propios de cada grado, de forma que se pudiera validar la hipótesis
de partida de este programa experimental. Para el cálculo estadístico se utilizó el paquete
informático
SPSS 15.0
para
Windows
.
Los resultados para el cálculo de correlaciones bivariada s entre los grados de robustez
y los valores métricos de la secci ón transversal de las entesis exami nadas mostraron
relaciones significativas en muy pocos casos. Para ambas inserciones ninguno de los
parámetros estudiados correlacionó con los grados de rob ustez propuestos
macroscópicamente. A priori, estos datos sugieren que no existe una relación directa entre los
grados prototipos propuestos en el atlas de marcadores músculo - esqueléticos. No obstante,
en la mayoría de los casos estos caracteres correlacionaban entre sí, lo que en resumidas
cuentas viene a demostrar que las variaciones morfológicas que se producen en las entesis
pueden ser cuantificadas a través de este método, a pesar de que la hipótesis de partida no
se ha verificado. Aun así no hay que olvidar que este primer acercamiento a las secciones
transversales de las entesis ha sido muy limitado y sería necesario abordar el análisis de otras
expresiones morfológicamente diferentes. Cabe la posibilidad de que las variaciones
hipertróficas de inser ciones de tipo fibrocartilaginoso, como la del bíceps braquial en el radio
o del tríceps braquial en el cúbito, respondan de forma satisfac toria a este sistema de
registro.
Para la entesis del pectoral mayo r las correlaciones entre los diferentes valores
cuantitativos fu eron altamente significativas (
p
<0,01). Sin embargo , en la inserción del
braquial correlacionaron únicamente de forma significativa el
área total
del modelo ideal con
la
profundidad de la inserción
(
p
<0,01) y el
ángulo medial
con el
lateral
(
p
<0,01). Estas
diferencias pueden deberse a la morfología de ambas ent esis y a la forma en que
transforman el hueso a medida qu e se van hipertrofiando. Como se comentaba
anteriormente, el desarrollo hipertrófi co de la inserción del pectoral mayor se mani fiesta a
través de una cresta longitudinal, que empieza siendo muy poco robusta, luego más robusta
en su región proximal y finalmente en todo su recorrido. En este caso, la elección de la
sección transversal an alizada tiene bastante importancia, dada su ex presión longitudinal. En
cambio, el anclaje del músculo braquial transforma la fisionomía del hueso de distinta forma,
generando excavaciones en la zona de contacto qu e comienzan en la región distal para ir
subiendo caudalmente hasta el extremo proximal en el estadio prototipo de robustez mayor.
253
Junto a esto, no hay que descartar la influencia del tipo de unión ósteo -muscular al hueso,
puesto que en el caso del pectoral mayor la anexión se realiza mediante un tendón aplanado
y en el braquial a travé s de las fibras carnosas del propio múscul o.
Parámetro
N
Mínimo
Máximo
Media
Desv. típ.
Área de la inserción
26
3,54
53,19
17,1896
14,34575
Long. Línea model o
26
5,49
18,90
10,5192
3,94837
Altura de la inserción
26
1,04
5,29
2,6477
1,27886
Long. De la inserci ón
26
4,76
14,37
8,6365
2,84097
Ángulo medial
26
23,75
71,26
48,6562
11,70469
Ángulo lateral
26
24,00
53,53
40,2765
8,23912
Grado de robustez
27
1,00
4,00
2,0000
,96077
Tabla 4.26: Estadí sticos descriptivos del pectoral ma yor
Parámetro
N
Mínimo
Máximo
Media
Desv. típ.
Área de la inser ción
26
-3,86
2,24
,1412
1,28241
Long. Línea model o
26
2,89
11,04
6,5996
1,96434
Altura de la inser ción
26
-,65
,51
,0446
,26283
Long. De la inserci ón
27
2,85
10,57
6,5378
1,89289
Ángulo medial
26
,00
18,22
4,7027
4,1 1318
Ángulo lateral
26
,00
13,27
4,4508
3,89795
Grado de robust ez
26
,00
2,00
1,3077
,61769
Tabla 4.27. Estadí sticos descriptivos del braquial
Estos da tos reflejan la dif icultad que representa la cuantificación de las inserciones en
el hueso, puesto que , como ocurre con el análisis macroscópico, la caracteri zación de las
entesis requiere de un examen independiente para cad a una de ellas. Probablemente, la
ausencia de correlaciones significativas entre parámetros cuantitativos y grados de robustez
se deba a la propia fisionomía de las expresiones analizadas, de morfologí a preferentemente
longitudinal, especialmente en el caso del pectoral mayor. Estos resultados, negativos a priori,
invitan a profundizar en la aplicación de esta metodología, seleccionando nuevas secciones
transversales de las inserciones analizadas, con el objeto de valorar si existen regiones de la
entesis más significativas que otras y, de ser el caso, discriminar aquéllas que cumplan mejor
con los fines propuestos. Merece la pena destaca r qu e sería conveniente analizar otro tipo de
anclajes morfo-estructural mente diferentes, de forma que se pud iera evaluar la viabilidad de
esta metodología de cuantificación en otras situaciones. Esta línea promete ser fructífera,
puesto que el sistema experimental propuesto ha sido capaz de evaluar un conjunto variado
de parámetros cuantific ables.
254
El análisis de la varianza (ANOVA) aplicado a los valores métricos de ambas
inserciones sólo mostró resultados satisfactorios en la entesis del músc ulo braquial . En
concreto, los resultados del examen estadístico exhibieron diferencias significativas entre los
grados de robustez para los parámetros de área y profundidad de la inserción (p<0,05). En la
Figura 4.28 se exponen los valores de estos caracteres para cada uno de los grados
documentados en l a muestra obje to de estudio .
Cabe destacar que son los parámetros de área y profundidad los únicos qu e
correlacionaban de forma sign ificativa (
p
<0,01) para el caso de la entesis braquial. Estos datos
ponen d e manifiesto la vinculación de estos valores con los grados de robustez observados
macroscópicamente. Aun así, los resultados del conjunto de la muestra no aportan tendencias
significativas que permitan validar cuantitativamente el at las de marcadores músc ulo-
esqueléticos y, como se comentaba anteriormente, se hace preciso abrir nu evas vías
exploratorias en l a utilización de es te método.
1 . 8 . U s o d e l a t l a s v i s u a l y d e s c r i p t i v o d e m a r c a d o r e s m ú s c u l o - e s q u e l é t i c o s
La utilización del método de observación presenta do en esta tesis doctoral resulta
sencilla en comparación con otros procedimientos de análisis bioantropológico. Sin embargo,
se precisa de un conocimiento exhaustivo de la estructura morfoló gica de las entesis,
especialmente de las variaciones que se suceden en estos lugares a medida que se van
hipertrofiando. Por este motivo es aconsejable un periodo de formación inicial enfocado a la
observación de estas regiones previo al análisis de marcadores músculo - esqueléticos. Una vez
Grado de robustez
Área total Profundidad
Figura 4.28: Área y profundidad de la entesis del bra quial
255
familiarizados con la fisiono mía de estas unidades ósteo - musculares resultará más sencill a su
puntuación mediante la aplicación de los criterios expuestos en el atl as.
El procedimiento de aplicación del atlas se puede esquematizar en los siguientes
pasos:
1. Primera obse rvación de la s entesis analizadas y prim era graduación.
2. Segunda obs ervación de las en tesis analizadas y se gunda gradu ación.
3. Comparación de las dos observaciones realizadas y señalización de los casos no
coincidentes.
4. Tercera observación de las entesis analizadas con las observaciones no
coincidentes entre obse rvaciones .
5. Tercera y def initiva graduación de las entesis a nalizadas
Dada la compleja naturaleza morfo-estructural de las entesis, el proceso de
graduación es relativamente difícil y requiere atender al protocolo de actuación de forma
estricta, con el objeto de reducir la subjetividad del observador. En este sentido también se
puede expon er un esquema del proceso de graduación de cada entesis a partir del atlas de
marcadores, méto do que tiene l a ventaja de establ ecer una rutina de trabajo efectiva :
1. Graduación a partir del esquem a general ilus trativo y fotográfico de cada entes is.
2. Confirmación de la graduación en función de la descripción específica de cada
marcador.
3. Verificación con el esquema general ilustrativo y fotográfico de cada unión ósteo -
muscular.
Como resultado se obtiene un procedimient o de trabajo controlado que asegura una
fiabilidad el evada e n la aplicació n del atlas de marc adores músculo - esqueléticos
176
. Los
resultados de las observaciones realizadas son posteriormente introducidos en una base de
datos específica donde cada individuo está particularizado con su información general
(necrópolis de procedencia, edad, sexo y cronología) y los datos recogidos en el análisis de
marcadores músculo - esqueléticos. Una vez completada esta información la base de datos es
exportada a format o
SPSS
para su anál isis estadístico.
176
No obstante, este método se ve en ocasiones desbordado por la complejidad de determinadas entesis que precisan de
un análisis más rigur oso, en cuyo caso, es recom endable ampliar el n úmero de observaciones.
256
1 . 9 . D i m o r f i s m o S e x u a l
Para profundizar en las desigualdades sexuales se calculó el porcentaje de dimorfismo
sexual de los marcadores músculo -esquel éticos mediante el parámetro MDI (Figura 4.29),
siguiendo los procedimientos expuestos por Eshed y colaboradores (2004). Este valor se basa
en la distancia de la media de los hombres (x m ) con respecto a la de las mujeres (x f ), dividida
por la medi a masculina. Los valores negativos indican que la robustez favorece al sexo
femenino y los positivos en el masculino.
MDI = x 10 0
x m
x m x f
Figura 4.29: Fórmula de parámetro MDI (Esh ed et al., 2004)
2. DIMENSIONES MÉTRICAS DE LAS EXTREMIDADES
La morfología y arquitectura del hueso dependen, entre otros factores, de las cargas
mecánicas que se aplican sobre su superficie. Esta afirmación se sustenta en la ley de Wolff,
que postula que
“los elementos óseos se colocan o desplazan en la dirección de la presión
funcional y su masa se incrementa o decrece en función de aquélla”
(modificado de Wolff,
1892 en Kennedy, 1989). La acción de fuerzas mecánicas de comprensión, torsión, cizalla,
tensión, flexión y carga combinada producen efectos deforman tes en la estructura del hueso
(Nordin y Frankel, 2 001).
Esta ley se ha corroborado en múltiples tra bajos de investigación que han abordado
de forma experimental la remodelación ósea (Larsen, 1997; Ruff, 2008). En estas
contribuciones se ha confirmado que las personas que realizan actividades físicas de forma
intensa, como los jugadores profesionales de tenis, exhiben prominentes hipertrofias en las
diáfisis de los hu esos largos más utilizados. También existe una variada y extensa bibliografía
médica que señala c ómo los individuos que re alizan ejercicio físic o tienen más masa y tamaño
óseo qu e aquellos qu e llevan una vida más sedentaria (Larsen, 1997). Al mismo tiempo se ha
comprobado como en periodos de convalecencia, inmovilidad, inactividad o ausencia de
gravedad, la masa ósea disminuye co nsiderablemen te (Trinkaus
et al
., 1994).
En la actualidad se apl ican los criterios de la biomecánica para el estudio de las
propiedades geométricas de las extremidades (Pearson y Lieberman, 2004). Dos son los
medios que disponemos para analizar los efectos de la actividad física en la estructura del
hueso: geometría de la sección transversal y dimensiones métricas de los huesos largos. El
primero es un método preciso que se viene utilizando desde los años 80 a partir del análisis
de imágenes radiológicas, especialmente tomografías computarizadas. El segundo estudia la
g eometría externa del hueso a través de medidas e índices matemáticos representativo s de
las características métricas del esqueleto. Esta segunda opción entr aba dentro de las
posibilidades que se po dían abarcar en este trabaj o de investig ación.
2 . 1 . E l a n á l i s i s d e l a s d i m e n s i o n e s m é t r i c a s d e l o s h u e s o s l a r g o s
El estudio de las caracterí sticas geométricas de los hu esos largos mediante el uso de
medidas externas es un excelente recurso para determinar variaciones biomecánicas en las
extremidades. El objetivo fun damental de este método es observar diferencias entre lados,
entre sexos y ent re poblaciones (Stirland, 1993; Jacobs, 1995; Wescott, 2006; Ruff, 2008;
Pomeroy y Zakrewski, 2009). Los métodos tradicionales han servido durante mucho tiempo
264
Índices
Descripción
%DA
((lado derecho-lado izquier do) / (valor medio de l ado derecho e izquierdo)) x 100
%AA
((máximo – mínimo) / (valor medio de máximo y míni mo)) x 100
Tabla 4.28: Índices d e asimetría en los huesos largo s
El valor %DA refleja la magnitud y dirección de la asimetría, donde los valores
positivos indican predominio de la extremidad derecha y los negativos de la izquierda. Este
método normaliza todas las diferencias asimétricas a porcentajes de asimetría direccional y
permiten comparar directamente las asimetrías en los huesos de diferente tamaño. El
porcentaje de asimetría absoluta (%AA) describe su magnitud en una dimensión determinada
y refleja la cantidad total de asime tría entre el lado derecho y el lado izquierdo,
independientemente de su direcció n.
2 . 4 . P a t r ó n d e M o v i l i d a d
El an álisis de la movilidad en las poblaciones prehistóricas proporciona información
sobre variados aspectos de la sociedad, i ncluyendo las estrategias de subsistencia, la
organización sociopolítica, la territorialidad y el co mercio (K elly, 1992). Diversos estudios han
demostrado que en el ejercicio de determinadas actividades físicas, como la carrera o la
escalada, la contracción de los músculos isquiotibiales y los cuádriceps producen altas cargas
de flexión en la mitad de la diáfisis de los fémures y de las tibias (Ruff, 2008). Como
resultado, las cargas mecánicas modifican la sección transversal de la diáfisis, que en un
principio se caracteriza por tener un contorno circular, pero que progres ivamente se va
transformándose hacia una sección antero - posterior más alargada. De e sta manera, los
grupos con un índice diafisario más reducido representan un régimen de carga menor
caracterizado por una diáfisis más circular que las poblaciones de gran movilidad. Esta lógica
biomecánica sirve de base para el uso de las propiedades geométricas de la extremidad
inferior como reflejo de los patrones de movilidad ( Wescott, 200 6).
Clark Spencer Larsen y colaboradores (1996) y Chirstopher Ruff (2000) han defendido
que la relación o índice de movilidad
Ix/Iy
es may or en grupos cazadores-recolectores que en
productores, ya que el modo de vida de los primeros requiere desplazamientos más largos en
busca de recursos. Esto s autores han propuesto una serie de hipótesis que parten de los
resultados obtenidos en el an álisis del patrón de movilidad o de la robustez de los huesos
largos. Defienden que la práctica de la caza y la recolección conlleva un mayor grado de
división sexual del trabajo que las labores agrícolas, puesto que según ellos, los hombres eran
los responsables de las a ctividades cinegéticas y las mujeres las encargadas de recolectar los
265
alimentos. En cambio, en sociedades campesinas, las labores cotidianas están desempeñadas
por hombres y mujeres en un régimen de relativa igualdad. Esta dicotomía se traduce, entre
otros aspect os, en un mayor dimorfismo sexual en la diáfisis femoral de los cazadores -
recolectores, consecuenc ia de un patrón de movilidad diferenciado , con disimetrías entre
hombres y mujeres más elevadas que las documentadas entre los productores (Bridges, 1995;
Larsen, 1997; Ruff, 2000; Wescott, 2006). Aunque estas afirmaciones parten de un concepto
muy elemental del modo de producción cazador -recolector, las poblaciones analizadas por
estos autores son, por lo general, grupos amerindios norteamericanos para los que existe rica
documentación etnohistórica que describe algunos atributos significativos de estas
sociedades, entre ellos, los roles de género y la organizaci ón del trabajo
180
. Esta lógica
biomecánica ha sido corroborada en múltiples estudios experimentales, clínicos y
bioarqueológicos, en los que se describe que los grupos sedentarios tienen una diáfisis
femoral más circular y grácil. Sin embargo, est as diferencias morfológic as no se han
encontrado en todas las poblaciones analizadas (Bridges
et al
., 2000), lo que sugeriría que el
efecto de la movilidad en la diáfisis del fémur no es universal. Factores genéticos, climático s,
el tipo de terreno, la edad o el patrón de actividad pueden influir en las propiedades
geométricas que son analizadas para la caracterización de la movilidad (Wescott, 2006; Ruff,
2008).
En esta tesis doctoral, el patrón de movilidad se determinó mediante el análisis
osteométrico del fémur, para el que se tuvo en cuenta los siguientes índices: platimérico,
pilastérico, cnémico y Robustez de fémur y tibia. Estos parámetros llegan a reflejar
aproximadamente las características geométricas de la sección transversal del fémur (Wes cott,
2006; Pomeroy y Zakrzewski, 2009), y proporcionan una medida promedio de la fuerza y
resistencia a la flexió n del hueso (Cole , 1994).
2 . 4 . 1 . P a t r ó n d e m o v i l i d a d y á r e a d e c a p t a c i ó n e c o n ó m i c a ( A C E )
Para profundizar en la estimación de la capacidad informat iva de los índices métricos
en el estudio del patrón de movilidad de esta población se ensayó un procedimiento
interdisciplinar de validación en el que se interrelacionaban criterios bioantropológicos y el
análisis territorial. Para ello se analizaron las variables de Área y Pendiente del área de
captación económica (ACE) a 60 minutos de los asentamientos habitacionales asociados a las
180
En este tipo de documentación son comunes los puntos de vista que parten desde una perspectiva eurocéntrica y
androcentrista. No es extraño entonces mantener una actitud crít ica hacia estos textos, toda vez que son producto de su
propio contexto his tórico y de las circu nstancias concr etas de sus autores.
266
necrópolis de procedencia de la muestra
181
. El área de captación económica (ACE) es un
concepto que fue definido inicialmente por Higgs y Vita-Finzi (1972) y aplicado al estudio de
comunidades paleolíticas y epipaleolíticas de Monte Carmelo en Israel. Este parámetro tenía
como objetivo reconstruir sus pautas económicas a partir de un nicho ecológico concreto.
Previamente, Chisho lm (1968) había sugerido con datos procedentes del estudio territorial de
sociedades campesinas, que la producción ideal del modo de vida campesino iba en relación
a una ocupación ce ntral que se exten día en radios concéntricos de 0 ,3 a 6 Km.
Estos estudio s están sustentados en la ley de los rendimientos decrecientes, cuyos
principios básicos asocian directamente la fu nción y localización de los asentamientos con
respecto a la producción y a la ubicación de los productores. De este modo, el espacio de
explo tación se define por la relación tiempo -distancia desde los contextos habitacio nales a los
territorios de aprovechamiento económico. Para las formaciones históric as con economía
productora se propone como marco de referencia un área localizada a menos de u na hora de
camino desde las unidades domésticas. Como norma general, este territorio abarcaría
aproximadamente una superficie de una circunferencia de 5 km. de radio (Rodríguez Díaz,
2006).
Los modelos de cálculo de delimitación del área de captación se in iciaron defin iendo
los asentamientos mediante círculos de radio fijo, generalmente de 1, 2 y 5 km.
Posteriormente, estos procedimientos se reelaboran a partir de las isócronas con el propósito
de ad aptar el tiempo de camino a la topografía circundante, est a vez mediante el trabajo de
campo (Fernández Martínez, V.; Ruiz Zapatero, G., 1984:60) En otros casos se aplicó el
principio de Naismisth (Davidson y Bailey, 1984:30 - 31), una fórmula utilizada por los
montañeros para prever la duración de sus desplazamientos, según la cual, un adulto en buen
estado físico puede recorrer a través de un terreno llano unos 5 km/h., con variaciones según
el grado de desnivel.
En el presente, los SIG (sistema de información geográfica) permiten integrar gran
cantidad de variabl es en un soporte informático analítico que combina información
cartográfica con cualquier tipo de datos. Gracias a plataformas de este calibre se pueden
estudiar aspectos complejos de la realidad arqueológica mediante el análisis integrado de
gran número de factores, inabordables con métodos analógicos. En este sentido, los SIG
permiten examinar el ACE con la participación de cuantiosas variables, tanto cartográficas
181
Es te aprovecha miento se realizó gracias a la ayuda de Marco Moreno, arqueólogo especialista en Sistemas de
Información Geográfi ca (SIG), quién se prestó a compartir lo s adelantos de sus tesis doctoral en este trabajo.
267
como de atributos, de modo qu e se puede estructurar un proyecto de investigación con
relat iva profundidad y complejidad (B aena y Ríos, 2006) .
El ACE se contempla como un dispositivo que suministra los elementos necesarios
para la observación de un patrón locacional determinado, susceptible de ser contrastado con
el observado/esperado, si endo su s diferencias y similitudes exp licadas en términos del m odelo
histórico del problema. El estudio del ACE con un SIG se realiza a partir del modelo
raster
de
datos, generando lo que se denomina una superficie de fricción (resiste ncia al
desplazamiento), que varía según diversos criterios (relieve, vegetación, tipo de superficie,
etc.). En el presente, existen fórmulas qu e permiten adaptar las superficies generadas a las
necesidades de la investigación (Grau, 2006). Con el ACE se intenta explorar la racionali dad
locativa de los diferentes asentamientos, es decir, estudiar qué decisiones están basadas en la
“premisa de los costes mínimos” (Vicent, 1991:107). En el caso de esta tesis doctoral, este
sistema permite conocer cómo los asentamientos vinculados a las necrópolis examinadas,
procuraron situarse en las inmediaciones geográficas de las zonas de interés (económicos,
sociales, ideológicos, etc.) y qué consecuencias se podrían vincular al patrón de movilidad
desarrollado por esta p oblación.
El análisis del AC E es una herramienta con valor heurístico que permite comparar
diferentes yacimientos a partir de datos cuantitativos. En esta tesis doctoral, este tipo de
procedimientos se orienta hacia “
un enfoque arqueológico no convencional, cuyo objetivo no
sea la re construcción positiva de los hechos, sino la contrastación de hipótesis sobre los
aspectos no directamente observables del proceso (…) a partir de los qu e sí lo son”
(Vicent,
1991:37). La aplicación de las técnicas qu e estudian el esfuerzo o el costo de de terminada
superficie con respecto a un nodo requieren de la elaboración de cartografías específicas. De
esta forma se adaptaron los mapas topográficos convencionales de Gran Canaria, modelos en
los que los valores origin ales se transforman para representar la dificultad del movimiento.
Dicha modelización permitió obte ner un criterio uniforme que cuantificase el “
esfuerzo
desplazamiento”
por cada uno de los asentamientos vinculados a las dif erentes necrópolis,
obteniendo un nuev o
grid
182
para cada uno de los y acimientos ar queológicos.
El Modelo digital de Elevaciones (MDE) original con el que se construyó el
raster
específico fue realizado a partir de la base cartográfica de GRAFCAN con 10 m por pixel. A
continuación, se compuso la superficie de fricción mediante la fórmula de A. Uriarte (Uriarte,
2005; Chapa
et. al
., 2009), generada a partir de los cálcu los de Gilman y Thornes (1985),
182
Formato ráster nativo de Ar cView, ArcGis y Arc/lnf o.
268
siendo ajusta da con la propia rutina de
path distance
, ubicada en el
ArcGis 9.3.
Dicha rutina
permite generar un desplazamient o anisótropico, donde la dirección de avance, así como el
ascenso o descenso, son tenidos en cuenta a la hora del cálculo de los valores de cada nuevo
pixel o celda. Cada una de las necrópolis se asoció con un asentamiento habitacional por
motivos de proxi midad, entendie ndo que eran estas unidades los espacios domésticos donde
habitaron los sujetos qu e componen la muestra de estudio
183
. En función de estos contextos
habitacionales se generó una única isócrona de 60 minutos con la que se calculó el área y la
pendiente media que englobaba.
El objetivo de aplicar esta perspectiva de análisis es relacionar el área y la pendiente
de los asentamientos con las dimen siones métricas de la extremidad inferior, comprobando si
existe algún tipo de relación entre la orog rafía del terreno y los cambios arquitecturales del
hueso. Este aprovechamiento está sustentado en estudios biomecánicos anteriores que ponen
de manifiesto la asociación entre el terreno y las propiedades geométricas de la sección
transversal de los fém ure s (Ruff, 2008) .
183
Es evidente que la selección de cementerio pudo estar guiada por otros parámetros diferentes , mucho más difíciles
de reconocer, ligados entre otras a cuestiones de p arentesco, clase o mundo simbólico
269
3. ANÁLISIS ESTADÍSTICO
El tratamiento estadístico de los diferentes marcadores óseos de actividad física se
llevó a cabo con varios paquetes informáticos: el
SPSS
para
Windows
(Versión 15.0) y
Microsoft Excel
(versión 2007). Los principales cálculos estadísticos se realizaron en el
SPSS
,
mientras que en el E xcel se aplicaro n las fórmulas p ara los índices métricos y de asime tría.
En primer l ugar se realiz aron estadís ticos descriptivos del conjun to de variab les
examinadas según los siguientes factores de análisis: muestra general , por edad, por
lateralidad, por sexo y por necrópolis de procedencia. Igualmente, estos elementos fueron
combinados para constituir nuevos grupos de estudio. Estos estadísticos se adjuntan en el
Anexo II e incluyen lo s siguientes campos: Número de casos, valor mínimo, valor máximo,
rango, mediana, media aritmética, y desviación típica (estimación de la variabilidad de los
datos con resp ecto a la media).
Posteriormente, para evaluar la normal idad de los datos examinado s se llevó a cabo el
test de Kolmogorov-Smirnov. Como los resultados de esta prueba determinaron que la
distribución de los datos no era normal, ni para los marcadores músculo - esqueléticos, ni para
las dimensiones métricas de los huesos largos, se continuó el análisis estadístico con pruebas
de distribución libre o no paramé tricas (Landau y Everitt, 2004; Pallant, 200 7).
Para el análisis de dos grupos poblacionales y estudiar su equidistribución se utilizó el
test no paramétrico de la U de Mann -Whitney. Este sistema permite examinar muestras con
tamaños diferentes y constituye la prueba estadística más potente para analizar dos variables
continuas independientes . Este método se aplicó para examinar las diferencias entre sexos y
laterales. En cambio, cuando la variable de análisis independiente era mayor de tres se utilizó
el test de Kruskall- Wallis. Esta prueba es similar al ANOVA, aunque mucho más conservadora.
Con estos estadísticos s e analiz aron las variables de edad y nec rópolis de proceden cia.
La relaci ón entre los datos analizados se estudió con correlaciones bivariadas de la
Rho de Spearman. Este test informa acerca de los vínculos que se establecen entre dos
variables, de su intensidad y su dirección (positiva o negativa). Este método fue empleado
par a determinar la relación que se establecía entre los factores observados, especialmente en
aquellos que mostraban una distribución diferente según los grupos poblacionales
examinados.
También se ut ilizaron análisis multivariante de componentes principales (ACP) para
sintetizar el número elevado de variables músculo - esqueléticas y comprobar que los
resultados de la muestra seleccionada para la confección del atlas se asociaban según la
270
lógica biomecánica. El análisis factorial consiste en resumir la informac ión contenida en una
matriz de los datos de una serie de variables. Se pretende identificar un número de factores,
lo más reducido posible, mediante el cual se puede describir el fenómeno observado de
forma simplificada (Johnson, 2000). El ACP se realizó c abo usando la rotación VARIMAX. Las
puntuaciones se obtuvieron mediante el método de regresión. La representaci ón se consiguió
por medio de un gráfico de dispers ión simple. Este método se aplicó siguiendo las
recomendaciones de I. Ga ltés y colaboradores (2 006).
También se emplearon clústeres jerárquicos para agrupar elementos en conjuntos
homogéneos en función de las similitudes qu e existen entre ellos. Estos análisis se llevaron a
cabo para examinar las analogías y divergencias en los marcadores de activi dad según la
necrópolis de procedencia. De esta forma se puede conocer qué series esqueléticas
guardaban mayor proximidad entre sí. La representación gráfica de los resultados se hizo
mediante un dendrograma. Como medida de proximidad se ha utilizado la di stancia euclídea
al cuadrado y como método de aglomeración el UPGMA. Este procedimiento def ine la
distancia entre dos conglomerados como el promedio de las distancias entre tod os los pares
de individuos, en los cuales, un miembro del par pertenece a cada u no de los clústeres
formados anteriormente. El uso de la distancia euclídea al cuadrado es recomendable cuando
las variables vienen dadas en escalas y un idades igu ales. (Landau y Everitt, 2004; Pallant,
2007).
Finalmente, si bien los resultados del estudi o de marcadores óseos de actividad física
favorecían la aplicación de otros test estadísticos para profundizar en el alcance de los datos,
la cantidad de información generada exigía una primera reflexión para poder discernir cuáles
serían las estrategias a nalíticas más adecuadas, qu e podrían ser abordadas una vez finalizada
esta tesis doctoral. Una síntesis de los datos estadísticos se incluye en el capítulo de
resultados. No obstante, la totalidad de esta información se expone en formato electrónico en
el ANEXO II.
271
C A P Í T U L O 5
R E S U L T A D O S D E L A N Á L I S I S D E M A R C A D O R E S Ó S E O S D E
A C T I V I D A D F Í S I C A
272
273
C A P Í T U L O 5
R E S U L T A D O S D E L A N Á L I S I S D E M A R C A D O R E S Ó S E O S D E
A C T I V I D A D F Í S I C A
La estadística es una ciencia que demuest ra que,
si mi vecino tiene dos coches y yo ni nguno,
los dos tenemos uno.
George Bernard Shaw
En este capítulo se exponen los resultados obtenidos mediante la aplicación de la
metodología propuesta en e ste estudio . Se presentan los datos referidos a los marcadores
músculo - esqueléticos y a las dimens iones métricas, mientras que e l resto de la información
estadística (tablas, gráficos, etc.) se adjunta en el Anexo II . Se parte de l a exposición de los
datos generales, para luego indicar resultados en función de las categorías de edad,
lateralidad, sexo y necróp olis de procedencia.
El examen de los marcadores óseos aport ó una gran cantidad de datos acerca del
patrón cotidiano de actividad física de los antiguos canarios . L a variación registrada en los
distintos factores analizados documenta l os hábitos cotidianos de esfuerzo físico, al menos los
que datan de l os últ imos 3 - 5 años anteriores a la muerte (Capasso
et al.,
1999). Por ello son
muestra directa de una determinada fase de la vida de los individuos como fuerza de trabajo
(Porcic y Stefanovic , 2009).
N o sólo es importante el grado de robustez, sino ta mbién la relación de las unidades
motoras con otras entes is en el contexto de cadenas biomecánic as concretas. Ya se ha
apuntado que es muy posible que los distintos grupos sociales participaran en tareas
laborales diferentes o con distinta intensidad , lo que causaría un cierto grado de variabilidad
en la mues tra esquelética de Gran Canaria . En un apartado anterior se había postulado la
existencia de dos grupos de población en la isla, de los qu e el pr opietario estaba exento de
participar en la mayoría de la s actividades relacionada s con la producción de alimentos . El
grupo no propietario era el encar gado de asumirlas e inter venía además con distinta
intensidad en otros procesos de trabajo cotidianos. E n principio, esta dicotomía no implicaría
necesariamente que las actividades laborales de un grupo y otro conllevaran un régimen de
cargas mecánicas inferior/superior. Un ejemplo puede ser el alto grado de esfuerzo físico que
280
N
Mínimo
Máximo
Media
Desv. típ.
Cla vícula
Robustez derecho
57
14,18
30,49
24,6924
2,60077
Robustez izquierd o
51
14,08
29,53
24,2555
2,55829
Húmero
Robustez derecho
58
15,11
24,72
19,8114
1,96146
Robustez izquierd o
52
16,19
23,56
19,3306
1,77460
Cúbito
Robustez derecho
43
11,46
16,14
13,4973
1,12058
Robustez izquierd o
49
11,41
16,06
13,6680
1,06760
Radio
Robustez derecho
53
13,88
20,16
16,7442
1,56720
Robustez izquierd o
67
13,64
20,17
16,9222
1,53687
Fémur
Robustez derecho
42
7,75
22,72
19,4148
2,88754
Robustez izquierd o
46
4,61
23,02
18,6055
4,08727
Tibia
Robustez derecho
52
18,49
25,67
21,7911
1,61250
Robustez izquierd o
63
19,14
28,01
22,1787
1,74550
Tabla 5. 8 : Índices de robustez de l conjunto de la mu estra
2. LA INFLUENCIA DE LA EDAD EN LOS MARCADORES DE ACTIVIDAD FÍSI CA DE
LA POBLACIÓN DE GRAN CANARIA
2 . 1 . M a r c a d o r e s m ú s c u l o - e s q u e l é t i c o s
En el capítulo de metodología se exponía la influencia que ejerce la edad en el
desarrollo de los marcadores músculo - esqueléticos, fundamentalmente en las entesis de
c arácter fibrocartilaginoso (Wilczak, 1998; Robb , 1998; Galtés
et al
., 2006; Weiss, 2007; Alves-
Cardoso y Henderson, 2010; Villote
et al
., 2010). En nuestra serie se corrobora, pues las
medias de los marcadores de todos los huesos mostraban, como norma general, grados más
elevados a partir de los 45 años (Tabl as 5. 8- 5.11) . A partir de esta edad, la regeneración del
tejido óseo se ve limitada por los procesos degenerativos propios de la naturaleza bioló gica
humana y son más co munes los procesos patológi cos de carácter en tesopático en las
inserciones musculares que concentran mayor carga mecánica, especialmente en las entesis
fibrocartilaginosas (Benjamin
et al
., 2006). No obstante, si bien la pauta general fue el
aumento de la robustez, en algunos marcadores se constata su disminu ción con el paso de
los años. Aunque el número de entesis qu e presenta este cuadro es reducido (trapezoide –
clavícula
-, braquial –
húmero
-, supinador corto –
radio
- ), su dinámica en función de la edad
podría estar indicando variaciones en el patrón de actividad, como así ha sido descrito para
otras poblaciones arqueológicas (Lieverse
et al
., 2009). Por otro lado, los marcadores que
vieron acrecentar de forma más significativa su grado de robustez coincidían , en la mayoría
de los casos, co n aquellas entesis que habían sufri do ent esopat ías, como el costoclavicular –
clavícula
- , subescapular, supraespinoso, pectoral mayor, extensor común y flexor común –
húmero
- , tríceps braquial –
cúbito
- , y finalmente, bíceps braquial, pronador redon do y
281
membr ana interósea –
radio
- . Sin embargo, la diversidad presente en los datos de la muestra
no puede ser explicada únicamente por los procesos de degeneración osteológica propios de
la especie humana. Los datos reflejados en las figuras 5 .8 a 5.11 ponen de manifiesto un
comportamiento más complejo y m ultifactorial .
Para comprobar lo se llevó a cabo el test no paramétrico de Kruskall -Wallis para cada
hueso. Los resultados de esta prueba estadística mostraron variaciones significativas en el
grado de robustez de al gunas entesis segú n los distintos grupos de edad en que habí a sido
dividida la serie esquelética (Tablas 5. 12 a 5. 15). Estos marcadores fueron los siguientes:
conoideo y trapezoide –
clavícula
-; redondo mayor, dorsal ancho, coracobraquial, deltoides y
braquial –
húmero
- ; tríceps braquial, ancóneo, extensor del índice, flexor cubital del carpo –
cúbito
- ; pronador redondo y membrana interósea –
radio
- . Desde una perspectiva tipológica
en este grupo hay entesis de carácter fibroso (braquial) y fibrocartilaginoso ( tríceps braquial).
En la literatura biontropológica se había puesto de manifiesto la influencia que ejercía la edad
en las uniones fibrocartilaginosas, y la poco o nula que recibían las de carácter fibroso
(Wilczak, 1998; Galtés
et al
., 2006). No obstante, los resultados en la población de Gran
Canaria presentan variaciones en algunas entesis de esta naturaleza, como el coracobraquial,
braquial y extensor del índice.
.
282
HÚMERO
17 - 19
20 - 25
26 - 35
36 - 45
+45
Subaescapular
1,9375
2,4565
2,2581
2,5000
Supraespinoso
1,0000
1,4500
1,2667
1,5000
Infraespinoso
2,0000
2,0263
2,2121
2,5000
Redondo Men or
1,2400
1,8333
1,4839
1,4444
Redondo Mayor
2,0000
1,1389
1,4430
1,5797
1,5385
Dorsal Ancho
,9722
1,0000
1,2653
1,3810
Pectoral Mayor
2,0000
1,6216
1,8471
1,7536
2,1429
Coracobraquial
,0000
,9118
1,0400
1,3088
1,4800
Deltoides
2,5000
1,0833
1,3523
1,4928
1,6667
ERLC
1,0000
1,3143
1,3827
1,4531
1,5172
Braquial
1,0000
1,5789
1,3523
1,2464
1,0313
Ext. Común
2,1034
2,1333
2,6047
2,0000
Flx. Común
1,9355
2,0781
2,2653
2,8000
Tabla 5. 10 : Resultados gen erales c on las medi a s de los MSM segú n los gru pos de edad - Húmero
CLAVÍCULA
17 - 19
20 - 25
26 - 35
36 - 45
+45
Costoclavicular
2,1935
1,7174
2,2727
Conoideo
,5000
1,5484
,5000
1,4815
1,3043
Trapezoide
,5000
1,4000
,5000
1,5208
1,1538
Pectoral mayor
1,5000
1,5152
1,5000
1,3455
1,3704
Deltoides
1,0000
1,8125
1,0000
1,5926
1,6667
Tabla 5. 9: Resulta dos generales co n la s medias de lo s MSM según los g rupos de edad - Clavícula
283
CÚBITO
17 - 19
20 - 25
26 - 35
36 - 45
+45
Tríceps Braquial
4,0000
1,6129
2,1250
2,1186
3,0000
Ancóneo
1,3333
1,1875
1,6620
1,4576
1,7143
Braquial
1,0000
1,6111
1,6591
1,7206
1,8519
Supi nador
1,0000
1,2286
1,4205
1,1471
1,4138
Abductor largo del pulgar
1,0000
1,2973
1,4045
1,2687
1,4375
Ext. Com. del pul gar
1,5000
1,8158
1,8864
1,8182
2,0625
Ext. del índice
2,6667
1,1892
1,6429
1,6984
1,7692
Ext. cubital del carpo
1,3333
1,1842
1,3636
1,2500
1,1250
Flexor cubital del carpo
,5000
,6316
,8391
,7576
1,0323
Pronador Cuadrad o
2,0000
1,8919
1,6623
1,6111
1,8400
Flex. profundo d edos
1,0000
1,5946
1,7889
1,8806
1,7742
Tabla 5. 11 Resultados gen erales con las medias d e los MSM según lo s grupos d e edad
RADIO
17 - 19
20 - 25
26 - 35
36 - 45
+45
Bíceps Braquial
2,0000
1,8333
1,6750
2,0690
2,3462
Abductor largo del pulgar
1,0000
1,5135
1,5455
1,4127
1,4828
Ext. Corto primer dedo
,0000
,5429
,7284
,7377
,9130
Ext. largo primer dedo
,0000
,9714
,9620
1,0169
1,2105
Flexor largo del pulgar
1,0000
1,4054
1,3977
1,3226
1,2143
Flexor Superficial Dedos
2,0000
,7568
,8250
,7903
1,0385
Supinador largo
1,0000
1,0938
1,3559
1,3488
1,1000
Supinador corto
1,5000
1,1935
1,2436
1,0000
, 9500
Pronador redond o
,0000
1,6176
1,3537
1,3793
1,6154
Pronador cuadrad o
,5000
,9355
1,1154
1,0357
1,2727
Membrana interó sea
,0000
1,3611
1,5122
1,7258
1,3462
Tabla 5. 12 : Resultados gen erales con las me dias de los MSM se gún los grupo s de edad
284
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Costoclavicular Conoideo Trapezoide Pectoral mayor Deltoides
17-19
20-25
26-35
36-45
>45
Figura 5.8: Result ados generales co n las medias segú n los grupos de edad
0
0,5
1
1,5
2
2,5
3
17-19
20-25
26-35
36-45
>45
Figura 5.9: Result ados generales co n las medias segú n los grupo s de edad
285
0
0,5
1
1,5
2
2,5
3
3,5
4
4,5
Tríceps
Braquial
Ancóneo Braquial Supinador Abductor
largo del
pulgar
Ext. Com. del
pulgar
Ext. del índice Ext. cubital
del carpo
Flexor cubital
del carpo
Pronador
Cuadrado
Flex. profundo
dedos
17-19
20-25
26-35
36-45
>45
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Bíceps
Braquial
Abductor
largo del
pulgar
Ext. Corto
primer dedo
Ext. largo
primer dedo
Flexor largo
del pulgar
Flexor
Superficial
Dedos
Supinador
largo
Supinador
corto
Pronador
redondo
Pronador
cuadrado
Membrana
interósea
17-19
20-25
26-35
36-45
>45
Figura 5.10 : Resultado s generales s egún los grupo s de edad
Figura 5.11 : Resultado s generales s egún los grupo s de ed ad
286
Para estudiar cómo se producían los cambios en el gr ado de robustez según la edad
y comprobar cuál era el segmento cronológico con una mayor variabilidad, se analizaron las
entesis que mostraron diferencias significativas en el t est de Kruskall-Wallis mediante
correlaciones estadísticas y regresiones cúbicas (Tabla 5.12 y Anexo II)
185
. Los resultados de
estas pruebas esta dísticas permitieron observar cómo en la mayoría de los casos estas
desigualdades eran producto de una mayor hipe rtrofia a medida que los umbrales de edad
aumentaban. No obstante, algunos marcadores disminuyeron en el grupo de edad de más de
45 años (ligamento conoide, ligamento trapezoide, braqu ial, deltoides, extensor del índice). En
estos casos, salvo el conoide y el trapezoide, se trata de entesis fibrosas qu e rebajaron su
robustez debido, muy probablemente, a una disminución de las cargas mecánicas asociadas a
estas u nidades motoras, lo que vendría a indicar, por lo menos desde un a perspectiv a
general, variacione s en el patrón de act ividad según el segmento de edad de los sujetos
sociales. En cambio, otro marcador de natural eza fibrosa -el coracobr aquial- a umentó
progresivamente y de forma regular en los segmentos de edad más altos. Aun así, la gráfica
descrita po r esta entesis es diferente a las observadas en los marcadores de tipología
fibrocartilaginosa .
Hueso
Marcador
R cuadrado
Sig.
CLAVÍCULA
Conoideo
0,099
0,000
Trapezoide
0,083
0,002
HÚMERO
Redondo mayor
0,043
0,029
Dorsal ancho
0,047
0,043
Coracobraquial
0,071
0,002
Deltoides
0,058
0,004
Braquial
0,041
0,024
CÚBITO
Tríceps braquial
0,056
0,027
Ancóneo
0,022
0,264
Extensor del índic e
0,038
0,042
RADIO
Pronador redond o
0,031
0,102
Membrana interós ea
0,048
0,018
Tabla 5. 13 : resultados d e las regresione s cúbicas en las entesis q ue presentaron v ariabilidad según l a edad
185
En las gráficas de las regresiones cúbicas se puede observar cómo variaban con la edad los distintos marcadores
músculo-esquelético s. Se exponen los ejemplos más representativos de las trece entesis analizadas, las restantes pueden
ser consultadas en el Anexo II de esta tesis docto ral.
287
Total
COSTOCLAVICULA R
CONOIDEO
TRAPEZOIDE
PECTMAYOR
DELTOIDES
Chi-cuadrado
3,823
19,770
14,856
3,798
7,067
gl
3
4
4
4
4
Sig. asintót.
,281
,0 01
,005
,434
,132
Tabla 5. 14 : Resultados del te st de Kruskall- W allis según los g rupos de edad
Total
SB
SP
IF
RM
RM
DA
PM
CR
DT
ERLC
BR
EC
FC
Chi-
cuadrado
3,505
3,973
1,647
4,542
10,495
10,099
7,868
14,071
15,982
2,003
12,148
2,706
6,405
gl
3
3
3
3
4
3
4
4
4
4
4
3
3
Sig. asintót.
,320
,264
,649
,209
,033
,018
,097
,007
,003
,735
,016
,439
,093
Tabla 5. 15 : Resultados del te st de Kruskall- W allis según los g rupos de edad
Total
Tríceps Braquial
Ancóneo
Braquial
Supinador
ALP
ECP
EI
ECC
FCC
PC
FPD
Chi-cuadrado
15,952
12,246
5,141
6,580
1,914
4,201
13,918
4,522
9,079
3,684
3,658
gl
4
4
4
4
4
4
4
4
4
4
4
Sig. asintót.
,003
,016
,273
,160
,751
,379
,008
,340
,059
,450
,454
Tabla 5. 16 : Resultados del te st de Kruskall- W allis según los g rupos de edad
Total
BB
ALP
ECP
ELPD
FLP
FSD
SL
SC
PR
PC
MI
Chi-cuadrado
9,037
3,189
6,928
6,420
3,799
7,958
5,342
6,134
9,814
4,810
13,377
gl
4
4
4
4
4
4
4
4
4
4
4
Sig. asintót.
,060
,527
,140
, 170
,434
,093
,254
,189
,044
,307
,010
Tabla 5. 17 : Resultados del te st de Kruskall- W allis según los g rupos de edad
El p atrón de evolución que presenta la mayoría de estas entesis aumenta de forma
moderada desde el tramo de edad de 20 - 25 hasta los 45 años (figuras 5.12 a 5.17)
186
. En
cambio, en el segmento que va desde los 17 -19 hasta los 20 - 25 años y, especialmente, a
partir de los 45 años, la evolución gráfica varía de forma más exagerada, como por ejem plo,
en el caso del pronador redondo en el radio (figura 5.17). Este perfil ha sido descrito también
por otros investigadores, y por lo tanto sugiere una pauta co mún en la especie humana
(Robb, 1998; Wilczak, 1998; Weiss, 2 003, Galtés
et al
., 2006). Asimis mo, las diferencias
presentes en la evolución de las entesis fibrosas y fibrocartilaginosas ponen de manifies to la
186
Códigos de edad: 1=17 -19; 2=20-25; 3= 26-35; 4=36-45; 5=+45.
Figura 5.13 : regre sión cúbica en trape zoide
Figura 5.12 : regre sión cúbica en cono ideo
Figura 5.17 : regre sión cúbica en pr onador redo ndo
Figura 5.14 : regre sión cúbica del coraco braquial
Figura 5.15 : regre sión cúbica del delto ides
Figura 5.16 : regre sión cúbica en el t ríceps
braquial
evidente desigualdad en los comportamientos fisiológicos de estos elementos funcionales,
como ya ha sido descrito desde un p unto de vista histológico ( Benj amin y Hillen, 2003) .
Cuando se analizó la influencia de la edad según el sexo de los sujetos se observar on
nuevas diferencias significativas. En las ta blas 17 a 24 del Anexo II la mayoría de entesis que
mostraron desigualdades según la edad de la muestr a son distintas entre hombres y mujeres.
Únicamente el ligamento conoide y trapezoide en la clavícula y el exten sor del índice en el
cúbito oscilaron signific ativamente en ambos sexos. Estos resultados señalan variaciones que
no sólo responden a la influencia de este factor en la robustez de las entesis, sino qu e son
producto de patrones de actividad asimétricos. En los hombres, los MSM de mayor disparidad
en relación con la edad estaban situados en el radio, mientras que en las mujeres, se
localizaban en e l húmero. En el grupo masculino se asociaban a cadenas biomecánicas de
fineza (extensión del carpo, pronosupinación) , en el femenino se vinculaban mayoritariamente
a gestos musculares potentes, como la extensión del codo o la extensión y aducción del
brazo (Kapandji, 2007). Todo ello sugiere , que hombres y mujeres evolucionaron de forma
como fuerza de trabajo a lo largo del tiempo, posiblemente determinados por el desarrollo
de actividades físicas que fu eron sustancialme nte diferentes. Los datos obtenidos c on la
variación de la edad vienen a respaldar un patrón de actividad con evidentes divergencias
según el género de los individuos, redundando , como luego se explicará, en las
manifestaciones arqueológicas que señalan la existencia de una división sexual de l trabajo
bien delimitada en l a prehistoria de Gr an Canaria.
2 . 2 . D i m e n s i o n e s m é t r i c a s
Los resultados ponen de manifiesto la variabilidad de estos valores en la población
aborigen de Gran Canaria (Tabla 5.17) , lo que está en consonancia con otras series
poblacionales analiza das (Ruff,
et al.,
1994; Larsen, 1997; Ruff, 2008; Ar gawal, 2008 ).
Para evaluar la influenci a de la edad en los índices diafisarios y de robustez se
compararon las medias de cada registro mediante el test no paramétrico de Kruskall -Wallis
(Tabla 5.18). Se encontraron desigualdades estadísticas en el índice d iafisario del cúbito, en el
platimérico y pilastérico del fémur, y en los índices de robustez del húmero, radio y tibia.
296
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Derecha
Izquierda
Figura 5.24: Valor es de los MSM se gún la extremid ad - Clavícula
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Derecha
Izquierda
Figura 5.26: Valor es de los MSM se gún la extremid ad - Cúbito
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Derecha
Izquierda
Figura 5.25: Valor es de los MSM se gún la extremid ad - Húmero
0
0,5
1
1,5
2
2,5
Derecha
Izquierda
Figura 5.27: Valor es de los MSM se gún la extremid ad -Radio
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