El juego del toro: mito, rito y tótem
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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 21-42 EL JUEGO DEL TORO: MITO, RITO Y TÓTEM José Segovia Pérez I.– INTRODUCCIÓN n general, la actividad del hombre desde su aparición sobre la tierra, es un continuo proceso de apropiación de lo real, tanto desde el punto de vista intelectual como del de la supervivencia física. Tal proceso es un proceso de formalización, es decir, de someter a forma algo que desde un principio aparece como radicalmente ambiguo. Desde la actitud animista o fetichista del hombre del paleolítico, que rinde culto a la naturaleza porque se siente simbióticamente parte de ella y la teme, hasta la percepción de la naturaleza como algo distinto del propio hombre, algo que se puede objetivar, definir e, incluso, transformar, hay un proceso continuo de racionalización, de formalización. Un momento peculiar de tal proceso es el punto de no retorno que significa la aparición de la filosofía griega, lo que la humanidad, siempre dada a construir tópicos, denomina «el paso del mito al logos», es decir, el comienzo de la primacía del pensamiento racional sobre el pensamiento mágico, de la ciencia sobre el mito. Probablemente la mayor diferencia que existe entre ambos tipos de pensamiento es que el
llamado pensamiento mágico tiende a explicar la totalidad de las cosas que suceden, con independencia de sus posibilidades de comprobación, mientras el pensamiento racional no conjetura acerca de aquellas cosas que no sean relevantes desde el punto de vista explicativo ni lanza hipótesis que no sean contrastables empíricamente; cuando la ciencia descubre cosas inexplicables les otorga la categoría de hechos y suspende su juicio hasta que encuentre una explicación (por qué las órbitas de los planetas son coplanarias, por qué la serie de los números es infinita, por qué hay números irracionales, por qué y cómo se produjo el big-bang, etc.). Desde un punto de vista psicoanalítico, la racionalización es un proceso de represión de los impulsos básicos inherente a toda culturización y ésta, a su vez, es consecuencia práctica del transcurso de la historia, del tiempo en sí mismo (un buen aficionado a los toros, Ortega y Gasset, afirmaba que el hombre no posee naturaleza sino historia, es decir, la conciencia del transcurrir del tiempo como tal, la conciencia de lo pasado como pasado). Desde este punto de vista no debe olvidarse el elevado número de componentes míticos (sobre todo totémicos y tabuicos) del rito del toro; el tótem se caracteriza por la ambivalencia afectiva que genera en el grupo que lo adopta: amor-odio, admiración-envidia, culto-sacrificio, etc.; sentimientos todos ellos existentes hacia el toro en cualquier corrida: el indulto, la vuelta al ruedo, los aplausos tras una brava pelea, los signos de agradecimiento del torero hacia el toro que ha propiciado su triunfo, los pitos al matador que convierte la suerte suprema en una escabechina, etc. Sigmund Freud afirma lo siguiente: «Pero sí nos es dado José Segovia Pérez 22
admitir ya, como un hecho cierto, que en la vida psíquica del [hombre] primitivo desempeña la ambivalencia un papel infinitamente mayor que en la del hombre civilizado de nuestros días. La disminución de esta ambivalencia ha tenido por corolario la desaparición progresiva del tabú, que no es sino un síntoma de transacción entre las dos tendencias en conflicto» (Freud, 1968: 92). Tampoco debe olvidarse que la mayor parte de los mitos operantes antiguamente se han convertido en las actuales sociedades no primitivas en mitos fósiles, que son los primitivos mitos racionalizados, es decir, privados de su carácter cruento, agresivo, sádico, mágico, sacro, etc. y convertidos en elementos habituales y simbólicos de las culturas actuales que se rememoran periódicamente en las fiestas, liturgias y rituales. La especie humana, que no ha sido capaz todavía de eliminar la guerra, el hambre y la explotación de las personas, sigue imperturbable su proceso de racionalización y cuando tiene cubiertas sus necesidades vitales se convierte en una sociedad lúdica que practica el deporte, el cual, según podría haber afirmado el clásico prusiano, no es otra cosa que la continuación de la guerra por otros medios. La esencia del deporte es la competitividad, la sublimación de la agresión entre grupos o personas, es decir, entre los impulsos individuales, tribales, nacionalistas y demás; la humanidad parece más tolerante con esta sublimación de la agresión que con aquella otra que todavía manifiesta algún aspecto cruento que tenga por objeto un animal, aunque entronque con los aspectos más básicos y primigenios de la cultura humana, como los restos de culto hacia los antiguos animales totémicos. El juego del toro: mito, rito y tótem 23
El auge actual de libros como El clan del oso cavernario revela el perpetuo interés de nuestra especie por las fabulaciones acerca de nuestros orígenes; el mito es, ciertamente, una forma de conocimiento, real o imaginario, pero dotado de un valor determinado, funcionalmente válido, según Levi-Strauss, para el grupo social que lo establece. En realidad parece que hoy se carece todavía de un concepto e interpretación satisfactorios del mito. «El mito es un producto de la formalización cultural del mundo humano..., no es una obra arbitraria de la fantasía, ni calculado resorte social de una casta dominante..., escapa a la iniciativa individual..., tiene una función signitiva... El ser humano ha poseído desde las etapas más arcaicas de su existencia la inquietud imprecisa... de trascender sus meras facticidades anecdóticas en constelaciones de sentimientos y de valor, se ha visto obligado a crear mitos, que no son fábulas... sino respuesta a las cuestiones más profundas y graves que un grupo humano se plantea... En los mitos se decanta una reflexión impersonal y milenaria» (Cencillo, 1970: 7 y ss.). Otro autor clásico en el asunto señala que «El mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea esta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre, el relato de una “creación”: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser» (Eliade, 1968: 18). José Segovia Pérez 24
II.– EL TORO: RITO Y TÓTEM En este contexto hay que valorar e interpretar mitos como el de Europa –el ocaso, la tarde, el crepúsculo– transportada al oeste, Creta, para recibir por esposo a Zeus, transformado en toro (Fig. n.º 5), o el de Pasiphae –«la resplandeciente a todos»– seducida por un ser sobrehumano con figura bovina, el Minotauro (Fig. n.º 6), del que engendrará a Asterion –«el astral»–, sin olvidar el sacrificio y comida ritual del toro en Creta (Fig. n.º 7), la presencia del toro en las culturas sumerias (Fig. n.º 8), acadias, hurritas, etc. Los mitos primordiales están siempre presentes en una cultura aunque sea en estado fósil y reducido a ritos que la humanidad mantiene vivos sin tener conciencia clara de por qué, pero con gran convicción e intensidad. El sacrificio ritual del toro de lidia muy bien pudiera responder al grupo genérico de mitos acerca de la divinidad asesinada (Fig. n.º 9). «Al lado de los dioses supremos y creadores que pasan a ser dii otiosi [dioses ociosos] y se eclipsan, la historia de las religiones conoce dioses que desaparecen porque les dieron muerte los hombres (precisando más, los antepasados míticos). Contrariamente a la muerte del deus otiosus, que no deja sino un vacío rápidamente ocupado por otras figuras religiosas, la muerte violenta de estas divinidades es creadora. Algo muy importante para la existencia humana aparece a consecuencia de su muerte. Aún más: esta creación participa de la sustancia de la divinidad asesinada y, por consiguiente, El juego del toro: mito, rito y tótem 25
José Segovia Pérez 26 Fig. n.º 5.– El rapto de Europa por Zeus tauromorfo. Mosaico. Peloponeso (Grecia) (Apud. Delgado Linacero, 1996: lám. 87). Fig. n.º 6.– Teseo mata al Minotauro. Ala izquierda Ariadna devana el hilo que ha de salvarlos del Laberinto. Cerámica griega del s. VI a. de C. (Apud. Meuleau, 1968: 413).
El juego del toro: mito, rito y tótem 27 Fig. n.º 7.– Hércules y el Toro de Creta. Anfora ática de figuras negras, s. VI a. de C., cerámica, altura 53 cms. Boston, Museum of Fines Arts (Apud. Instituto Geográfico De Agostini, 1990: lám. 187). Fig. n.º 8.– Escena mitológica. Gilgames y Enkidú vencen al león y dominan al toro. Desarrollo de un cilindro mesopotámico de la época acádica, 2.ª mitad del III milenio a. de C., esteatita, altura 3,6 cms. (Apud. Parrot, 1969: fig. 193).
prolonga en cierto modo la existencia. Asesinada in illo tempore, la divinidad sobrevive en los ritos mediante los cuales el crimen se reactualiza periódicamente... La divinidad asesinada no se olvida jamás, aunque puedan olvidarse detalles de su mito. Menos aún se puede olvidar que es especialmente después de su muerte cuando se hace indispensable a los humanos. Veremos en seguida que en numerosos casos está presente en el propio cuerpo del hombre, sobre todo por los alimentos que consume. Mejor dicho: la muerte de la divinidad cambia radicalmente el modo de ser del hombre. En ciertos mitos, el hombre pasa a ser también mortal y sexuado. En otros mitos, el asesina- to inspira el escenario de un ritual iniciático, es decir, de la ceremonia que transforma al hombre “natural” (el niño) en hombre cultural» (Eliade, 1968: 114-1158). José Segovia Pérez 28 Fig. n.º 9.– Crucifixión en Altarejos, 1986, Fot. de Cristóbal Hara (Apud. 1992: 62).
Verdaderamente, el texto anterior sugiere multitud de escenas de la tauromaquia que confirman la hipótesis: el escenario habitual de las corridas de toros –las fiestas de los pueblos– con el carácter orgiástico típico de toda fiesta, es decir, la violación pactada y consentida de la norma en virtud de la cual el animal totémico –dios protector y temido– puede ser sacrificado, el rito de la alternativa, el corte de las orejas –apropiación su-blimada de partes más viriles del animal– y tantos y tantos otros aspectos que a los aficionados –equivalentes al corode la tragedia griega, comparsas del héroe– nos hacen «perder la conciencia y entrar en trance», un trance que no se logra con ninguna otra manifestación cultural ni artística de nuestra época (Fig. n.º 10). El juego del toro: mito, rito y tótem 29 Fig. n.º 10.– Picasso: Tres mujeres y Torero, 1954, litografía, Fragmento, Madrid, Museo de la Real Academia de San Fernando (Apud. Martínez Novillo, 1988: 202).
antes y, desde luego, con menos variedad. Hay que esperar a momentos mágicos como el de Joselito en Madrid (2/5/96) para disfrutar de escenas que ya creíamos perdidas para siempre*. – Se pierden suertes y pases que sólo el buen gusto y torería de algunos maestros nos permiten disfrutar de vez en cuando: en realidad el muestrario queda reducido a las verónicas, chicuelinas, medias verónicas, alguna revolera, muchos derechazos, menos naturales, los obligados de pecho con los que ahora se hacen inexplicables dobletes y abundantes bajonazos (las crónicas taurinas ya no pueden aludir como antes a «los pases de todas las marcas», que decían los clásicos). – Prima el torero perfilero, encimista y pegapases. Al toro no se le puede dar una distancia larga porque no tiene suficiente viaje y no repite más de dos o tres veces; las series, así, son cortas y sin ligar, porque el poco recorrido del toro obliga a salirse de su terreno. – Habitualmente las reseñas de prensa aluden a toros «sospechosos de pitones», pero no se investiga, ni existe la certeza de que no existe fraude en las astas. Tales sospechas quedan en agua de borrajas y son una muletilla más de las crónicas a las que ya casi nadie da la importancia que tienen. – Sorprende oír las quejas habituales de algunas figuras porque un toro se le cae o no embiste, cuando ese toro lo han elegido ellos y todos sabemos qué ganaderías no se caen y qué ganaderías suelen embestir aunque sea con genio. José Segovia Pérez 36 *Nota de la Redacción: Ver en este mismo número de la Revista de Estudios Taurinos, el artículo de Álvaro Acevedo “El estado actual de la fiesta de los toros”, págs. 105-136.
– Los precios siguen subiendo y las plazas se empiezan a vaciar; por lo que yo conozco, es barato ir a los toros sólo en Madrid; la crisis se nota y, probablemente, el elevado número de corridas televisadas influye en ello. Si una corrida aburrida es insufrible contemplada en directo, alcanza cotas indescriptibles a través de la TV. – No soy de los que mide el éxito de una corrida por las orejas cortadas, sino por la emoción, los detalles, el buen hacer, la torería, la profesionalidad, etc. Bastan unos pocos detalles para proporcionar una agradable tarde de toros. Pues bien, el aburrimiento es la nota dominante en la mayor parte de los festejos. ¿Qué sentido tiene un rito vacío de contenido, aburrido y sin emoción? – En los toros, como en todos los aspectos de la vida humana, vale tan poco el purismo testimonial como contemporizar por doquier; la vida es un pacto y una transacción en todos los aspectos: es muy comprensible que los picadores protesten porque les quitan 200 kilos de peso a los caballos, pero deben entender que la autoridad y los aficionados estemos a favor de ello. Al final, los toros derriban estos años igual de poco que los anteriores, lo cual no significa que ése sea el objetivo de la suerte de varas . La primera vara sigue siendo eterna y las demás un simulacro; no obstante, si estos años los derribos fueran moneda corriente, sólo cabría esperar cuatro o cinco años para encontrarnos un toro con menos fuerza todavía que ya no fuera capaz de dar con el jaco en tierra. Yaquí tropezamos ya con la naturaleza y objetivos de toda legislación. El juego del toro: mito, rito y tótem 37
IV.– QUÉ PUEDE HACER LA LEGISLACIÓN PARA AYUDAR A LA FIESTA A REMONTAR EL VUELO Puede que sorprenda el título del epígrafe, pero es que ése es el objetivo de cualquier legislación: promover la adecuada realización de las cosas. La cosa no es nueva. El espíritu liberal y noble de los ilustrados españoles, con Jovellanos a la cabeza, señala que el primer objetivo de una ley es precisamente remover los estorbos que impidan el libre desarrollo de las fuerzas humanas y proteger ese desarrollo; los ilustrados parecen ser los primeros en darse cuenta de que un país muy gobernado es, con frecuencia, un país mal gobernado y que una ley no es garantía absoluta de que lo que prescribe se cumpla. Cualquier análisis del nuevo reglamento debe intentar comprender qué puede hacer dicho reglamento para oponerse a los dos elementos entrópicos que hemos mencionado antes. Ysi cabe ser pesimista en relación con el primero de ellos, el inexorable proceso de racionalización de la fiesta, sí cabe ser esperanzado en relación con la eliminación de las corruptelas de la fiesta, con tal de que se den dos aspectos que ahora comentaremos: control social y participación, es decir, justamente lo contrario de lo que puede entenderse por autorregulación. Me parece que ésta es la perspectiva desde la que hay que contemplar el actual reglamento taurino. No es más que un marco legal, es decir, una definición del terreno de juego, pero no una salvaguarda contra las corruptelas o José Segovia Pérez 38
corrupciones internas de la fiesta. Más que nunca vienen a cuento las palabras del propio Jovellanos, aunque no le gustaría verlas utilizadas en defensa de la ortodoxia de la fiesta brava, fiesta de la que no gustaba porque la culpaba de la ignorancia supina de que hacía gala el pueblo español por aquellas calendas: «Es visto por estas reflexiones, tomadas de la sencilla observación de la naturaleza humana y de su progreso en el estado social, que el oficio de las leyes... no debe ser excitar ni dirigir, sino solamente proteger el interés de sus agentes, naturalmente activo y bien dirigido a su objeto. Es visto también que esta protección no puede consistir en otra cosa que en remover los estorbos que se opongan a la acción y al movimiento de este interés...» (Melchor de Jovellanos, 1986: 31). Procede, pues, desengañar a los que creen que el reglamento debería resolver todos los problemas y a los que creen que no resuelve ninguno. Usemos una vez más el tópico de las sociedades modernas y desarrolladas: en ellas una norma legal no es más que el instrumento que hay que utilizar a través del juego democrático y éste es, fundamentalmente, control social y participación. Esta actitud significa suponer que nuestro grupo humano es maduro y no descarga en el Estado o en el Gobierno una responsabilidad que depende del grado de conciencia de la sociedad. Creo que el reglamento propicia tanto el control social como la participación, lo cual no garantiza que suceda así, pero eso ya es responsabilidad nuestra. Ante esto no queda otro remedio que actuar a posteriori: que los toreros no soliciten las ganaderías que no El juego del toro: mito, rito y tótem 39
cumplan los requisitos, que los ganaderos manden al matadero, como en su día hizo Udaeta, las vacas y sementales culpables y que los empresarios no compren mal género. Pero ¿cómo se puede coercionar legalmente para que se actúe así? Los criterios de selección dependen de los valores del mercado, de los gustos de la época y demás; pretender regularlos directamente es vano empeño; sin embargo, de este aspecto de los criterios de selección depende en buena medida el futuro de la fiesta. Es lo mismo que el intento de regular minuciosamente la suerte de varas: ¿acaso se puede establecer que cada vara debe durar cinco segundos? No hay más posibilidad que la mentalización de los aficionados y de todo el ambiente taurino, aunque sea iluso y casi utópico: eso es el control social y la participación, pero el control social y la participación chocan con el fuerte sentimiento gremial y corporativo que existe todavía en nuestras sociedades. A título de ejemplo propondría que cuando se apruebe la nueva Ley de Colegios Profesionales que incluirá, parece, la supresión de la obligación de colegiación para el ejercicio de la profesión, se suprima igualmente la obligación de afiliarse a la Unión o la Asociación de Ganaderos, pues con ello se lograrían los mismos efectos que se pretenden con la nueva Ley de Colegios Profesionales; valdría la inscripción en el Registro. Queda por ver la manera en que ello afecta a la evolución de la fiesta y cuánto tiempo tarda en operar. Mientras tanto, los aficionados seguiremos esperando la llegada de las cinco de la tarde, las cinco en sombra de la tarde. José Segovia Pérez 40
V.– BIBLIOGRAFÍA Cencillo, Luis (1970): Mito. Semántica y realidad, B.A.C., Madrid. Eliade, Mircea (1968): Mito y realidad, trad. de Luis Gil, Guadarrama, Madrid. Freud, Sigmund (1968): Tótem y tabú, trad. de Luis López-Ballesteros, Alianza, Madrid, 2.ª ed. Melchor de Jovellanos, Gaspar (1968): Informe de la Sociedad Económica de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la Ley Agraria...”, Madrid, 1795, edición de J. C.Acerete, Edima. Platón (1972): Critias, edición de Luis Gil, J. A. Míguez y otros, Aguilar, Madrid, 2.ª ed.. El juego del toro: mito, rito y tótem 41