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Los textos poéticos de Fernando de Herrera: aproximaciones desde la estilística de Corpus y la Estilometría

Hernández Lorenzo, Laura

Abstract

Esta Tesis aborda uno de los problemas textuales y de autoría más fascinantes de la poesía española, el que afecta a los textos poéticos de Fernando de Herrera (1534- 1597), y que se centra en el estudio de la plena autoría de la edición póstuma de su poesía a cargo de Francisco Pacheco, Versos (Sevilla, 1619). A través de los últimos avances en el campo de las Humanidades Digitales, y, especialmente, de la Estilística Digital y de la Estilometría, se presentan nuevos análisis obtenidos aplicando técnicas computacionales al corpus de autoría segura y a los poemas de la edición póstuma, previamente digitalizados para esta Tesis a partir de la edición más autorizada. Los resultados apuntan con gran consistencia a la autoría de mano del Divino de las variantes y de los poemas nuevos publicados en 1619, al mismo tiempo que recogen similitudes y diferencias estilísticas entre estos y el resto de la poesía de Herrera, mostrando que las Humanidades Digitales y la Estilometría pueden realizar nuevas e importantes aportaciones a la investigación en literatura española, y arrojando nueva luz sobre una polémica que no solo afecta a la obra de uno de los poetas áureos más importantes, sino a la propia transición poética del Renacimiento al Barroco.

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<30. A UN A OBR A ESP IRITUAL QUE ESC RIVIÓ DON LUIS PON CE DE LEON, H IZO FERNAN DO DE HE RRERA ESTE SONET O> Vue stro canto y alien to excelso y pí o, co n a rmonía dulce así r esuena, que se le rinde el cisne cuando suena en el c orriente vaso del gran río. 5 Dichoso vos, a quien no seca el frío, mas pur o fuego de virtud serena, y yo, pues vues tro noble cant o ordena vida inmortal al n ombre h umilde mío. Ya veo transferirse d e Elicona 10 la cumbre y de Parnaso la ribera al asient o de Náyades ond oso; y que del lauro v erde la corona os da Betis, o gloria de R ibera, y del León más fuerte y generos o. <31. A LA MUER TE D E DON LUI S P ONCE D E L EÓN, DEL MIS MO AU TOR. S ONETO> Aquí donde tú yaces sepul tado , o gloria del L eón más excelente, el val or todo yace d e Occ idente con envidi a de Marte de rribado. 5 No culpes la dur eza d e t u Hado que en ti erra aj ena tu dolor consi ente, pues cuanto ves del Austro al Oriente es sepulcr o a los fuertes consagrado. Se rá eterna en n osotros tu memoria, 10 y puesto en el dorado y alto asiento defender ás mejor tu patri o sue lo. N o queda ya a la muerte mayor gloria, pero que da igualado e l sentimient o, tristeza a España y alegría al ciel o. <32. ELEGÍA DE FER NANDO DE HERR ERA A LA MUER TE DEL MA ESTRO JU AN DE MALARA> N o se entris tece ta nto cuand o pier de desnud o, el ramo fért il y florido ya sin vigor cortado, el ár bol verde, cuanto yo viendo sue lto y dividido 5 de la alma el laz o estrech o, con la muer te que velo no podr á cubrir de olvido . ¡ Oh duro corazón que en ma l tan fuerte no r om p es!, ¿cuándo esperas abland arte despu és d e esta ter rible y gra ve su erte? 10 D e mi alma murió la mayor parte y el ciel o, que en mi l lan to es bu en tes tigo, ve que nunca e l dolor de mí se pa rte. ¡ Oh ejem plo de vir tud!, ¡o h caro amigo! , que en m is ent rañas v ivas junta mente 15 lo mismo que ya fuiste eres con migo. Que la f e del amor jamás co nsiente que la muert e consuma con t u vida la llama que mi pecho ardiend o sient e. C ortóse el paso a la a mistad crecida, 20 que nuestro dulce trato es aca bado y el cor azón de amarte n o se olvida. Pen saba yo que el cu erpo des atado de los n udos de la alma, antes viviera, que y o sin ti esperar s olo, apartado. 25 Al fin pasé esta vida lastimera, y la sufrí. ¿Qué aguardo? ¿Por qué al ciel o no te muestras m i guía ver dadera? Cansad o ya pr ocuro alzar el vuelo al lugar gl orioso y sobera no, 30 que al ánimo es pequeño asie nto el suelo. A m or t erre n o, y u n d es eo va n o, cuidad o y engañosa la es peranza, no me dejan un punt o de la mano. ¿Cuá ndo pondré en mi es tado tal m udanza 35 que solo a mor celeste en mí r espire, con segu ra firmeza y c onfianza? Divino celo al corazón i nspire, y le dé tal vir tud qu e sol o sien ta el alt o bien que a mortal pecho admir e. 40 No m e dej e caer en e sta afren ta donde m e veo en confusió n p erdido , donde el mal que con ozco me at ormenta. Tú, qu e en el cielo está s escla reci do, ruega por mí al Señor de cielo y tierra, 45 porque no muera en som bra d el olvido. Valga la peligrosa y larga guerra que en m i alma se traba noche y día, con quien el paso a bien obrar me cierra. Después que llev ó muerte oscura y frí a 50 de tu mortal cuidado los despo jos, huyó de mí el contento y alegría. Lágrimas abundaron en mis o jos, y por tu arr ebatado apar tamiento en mí se r eno var on los e nojos . 55 El in mortal y claro a yuntamiento celebr ó los trofeos de tu g loria, y gi m ió Be tis lleno de la mento. S onó una vo z llo rosa en tu memor ia, el ingenio y bondad junto a cabaron, 60 cuando el Hado gozó de tu vitoria. El valle y alt o monte suspiraron, y a Híspalis vestida en ne gro manto pluvi as y ciegas nubes ocuparon. C ontigo pereció el al egre canto, 65 y en reliquias d el daño dolo ros o quedó grav e y quejoso y triste llanto. Be tis, que al sacro Océano espumoso llevaba el son de tu dorada lira altivo, y con grandeza glorioso, 70 mud o en su gruta oscura se retira, y en el profundo vaso con gemi do las tardas ondas discurriendo mira. De t u c anto quedaba suspendido el españ ol osado, y el ro mano, 75 y el francés orgulloso y atrev id o. Por ti, el ilustre prínci pe tebano es más famoso, y vive su memoria, que por vencer al bárbaro afri cano. A unqu e se estime con eterna gloria 80 por la fiera d e Arcadia embravecid a , más val or le dará tu nobl e historia. Era trueno tu voz, pero t u vida claro r ayo, que puro respl andece , con llama presuros a y e ncend ida. 85 Que tu virtud y no mbre reflorece con perp etua memoria, y sube al cielo la fama, q ue con honra t uya crece. Aunque tú me dejaste en este suelo, queda co n Dios, ¡oh alma ve nturosa !, 90 cubierta de purpú reo y rico velo . Qu e , s i m i pe na gr av e y do lo ro s a me da lugar en la pasión que s iento, yo cantar é tu gloria generosa. En tanto , lo que s ufre mi lamento , 95 per mite este ll oros o ve rso mí o, tri ste mue stra d e du ro se ntimient o. Aqu í yace sin vida el cuerpo frío de Malara , que roto el mortal nudo do nd e a Vandalia riega el grande río 100 vo ló al cielo s u espírit u desnudo. <36. SON ETO DE HER NANDO DE HERR ERA> De estas d oradas hebras fue tejida la red en que fui preso y enlazado ; fue bland a y dulce en mi primer estado, luego en dura y amarga c onvertida. 5 Por la ocasión antigua fue sufrida la pena en qu e aborrezc o lastimado, y en tal tormento adora mi cuidado la causa de mi muerte, y de mi vida. Y de estos ojos fue her ido el p echo 10 con hierr o, y fuego, y cad a día crece con el golpe mortal el amor mío. Cr ece mi ardor y crece vuestro frí o, la red me aprieta, el áni mo fallece, y está dudo so Amor en mi prove ch o. <3 9. SONET O> De lo s rayos del so l por quien me guí o llega la luz al alma, que l a enciende, y las d elgadas venas, brava, ofende y del pr esto calor destierra el frí o. 5 Miro la pura imagen del bien mío con aquel la verdad que la al ma entie nde, y cuant o más la miro en mí se emprende la cierta lu z que al coraz ón envío. Presen te qu eda y vive en mi m emoria, 10 entrando po r mis ojos de sus ojo s, en los cuales Amor tiene más gloria. Por ell os beb e el bien y los en ojos, que Am or dio a su bellez a la victoria, como a caus a mayor de sus despo jos. <4 0. SONET O> " Pr esa so y de v os s olo, y p or vos mu er o (mi bella L uz me dijo dulce mente ), y en est e dulce err or y bi en presen te, por vuestra causa sufro el dol or fiero. 5 "Regalo y amor mío, a quien más quiero, si muriéramos ambos juntamente, poco dol or tuviera, pues au sen te no estaría d e vos, c omo ya espero." Yo, que tan tiern o engaño oí, cuitado, 10 abrí todas las p uertas al d eseo, por no q uedar ingrato al am or mío. Ah ora entiendo el mal, y que engaña do fui de mi Luz, y tarde el d añ o veo, sujeto a vo luntad de su albedrí o. <4 1. SONET O> E sta belleza, que d el largo cielo contiene en sí la más feli ce parte, a do c on clara luz su luz r eparte, ser eno dej a el ai re, a leg re el su el o. 5 Amor en torno va con puro vel o, y de sus bell os ojos no se parte, que allí de scubre su de streza y arte y en la causa del mal p one el consuel o. Dichosa la alma pu esta en tal t ormento, 10 que espera des cansar en dulce gloria; dichoso más quien es favorec ido; yo , que tambié n que de e llo alca nzo aliento para cantar su nombre y su memoria, que no p odrá temer fav or de olvido. <42. SONETO. A JUAN SANCHES ÇUMETA> Zu meta, vuestra noble y dulce lira, a quien d ará ventaja la de Orfeo, de nuestro Duque cant ará el trofeo y la virtud que Marte en él inspira. 5 Porque la mía débil aú n no espira e n gl o ria del a mor como deseo, y en é l c onsu mo el ti emp o y o y n o ve o más bland o su desdén, men or su ira. El nombre que me da el so berbio canto 10 c on ver tid e n vo s mis mo, y l os de spoj os cantad, y las hazañas y memoria. Que y o t engo la lira h echa al llant o y solo suena en honra de lo s ojos y del cabello que robó su gloria. <4 3. SONET O> Aqu í, en el gran Océano, apartado de mi Lucero , estoy en esperanza ; ya pierd o y cobro varia c onfianza y renuev o mi lástima y cuidado. 5 Tal vez mirando el piélago indignado, turba mi olvido tarde la mudanza, y esperando e n mis males la m udanza, soy de nueva fo rtuna saltea do. Y mientras de mi Luz conmigo trato, 10 el amor vuelve quieto y la du reza de ella, siempre alterada en mi m emoria, ya me aparto y enojo y me malt rato , mas cua ndo con sidero su be lleza, hallo que el mal por ella es alta gloria. <4 4. SONET O> En esas trenzas d e oro A mo r ord ena el lazo fuer te, que jamás deshe cho podrá se r de quien puesto en t al estrecho tiene igual a su gloria ete rna pena. 5 Y de los ray os d e esa L uz ser ena el fuego temo con que abraza el pe cho, y siente de su fuerza sati sfecho la llama el pe cho, al cu ello la cadena. De esa hermosa boca en quie n espira 10 las suaves razone s y el engaño, la dulce c ortesía y blando trat o; y en ellas prend e al triste que suspira, esperando la g loria de s u daño, sujeto al yugo del Amor in grato. <4 5. SONET O> ¡A y de mí! ¡A y qué lágrimas de rrama amor con do lor nuevo! ¡Ay, oh sagrada pluvia, tú en la alma mía lastim ada cae, templando el fuego que la inflama! 5 Ali enta al corazón, ya hecho llama, aunque p or culpa ajena d erramada; que tú en su mejor p arte co nservada serás ciert o remedio de quien ama. C omo la bella, tierna y fresca rosa 10 que la púrpura y niev e del ro cío tocando muestra más s u hermosura, c on esta pluvia así, de oro hermosa, más bello se descubre el amor mío con ra yos claros de su lu mbre pura. <4 6. SONET O> Los ojos bellos y las varias flores, el or o crespo y terso y fr escas rosas, que tiempla n nieve y púrpuras dicho sas, la boca dulce, asiento a los A mores; 5 l a blanca mano, larga a mis dolor es , las palabras sua ves y am oro sas, la risa y gracia y todas vuestras cosas no causan a mi alma estos te mores. Que bi en puede libr arse el que es sujeto 10 y quebrantar el lazo inexplicado, si quiere su r emedio en mal tan fuerte; mas porque es jus to y glorioso efeto que os am e quien os vio, cual yo he mirad o, mi vida ofrezco al yerro de la m uerte. <47. ESTANCIAS> Abrasa mis en trañas un templado y su ave c alor, que de cen tella mansa y bla nda p rocede so segado, y las co nsu me poco a poco en e lla. 5 Del bello ro stro el respland or rosado abraza al pecho con la fu erza de ella; cabellos, manos, ojo s, cuello y frente, abrásanme en su fuego du lcemente. A un a y otra p arte Amor me lleva 10 y me infl ama en la Luz de que estoy c iego, aunque según yo veo en mí l a prueba, no debe ser amor, s ino algún fuego . Abrasa al c orazón con fuerza n ueva y dale aliento para el dañ o luego, 15 enciéndelo , y, después de fue go hecho, más gl oria siente el abrasado pech o. En to nces hallo en vuestro s dulces ojo s un cuidad o, un dolor , un sentimie nto, que v uelve su s t rabajos , sus enoj os, 20 en am or oso premio y e n co ntento . Entrégaos de su alma los despojos, por ver tam bién cautivo el pe nsamien to, y con la honra q ue en su fuego espe ra, arde y torna a nacer sin que en él muera. 25 Purpúre o fénix que l a Arabia cría, en quien n o goza Muer te la victoria, en las lla mas que encien de con porfía, quemándose n o alcanza tanta gloria. Que el fuego que el A mor al pecho envía, 30 c om o a h ol ocau sto d i g no de memoria, nac e en más alta par te y es su efecto mejor y d e más precio en el sujeto. <4 8. AL CON DE DE GELUES. CANCI ÓN> Ilustre Conde mío, honor sagrad o y gloria g enerosa del nav egable río, que co n r ibera undo sa 5 levanta la cabeza venturosa; aunque con débil ca nto mi simple musa y mal ejercitada no pueda s ubir tanto que sea comparada 10 con la de Tajo insigne y consagrada; y aunque por culpa mía no resplandezca Betis glorioso igual a la onda fría de Pisu erga dichoso, 15 por quien Tajo dora do está dudoso, n o penséis que el ol vido pondrá en oscuridad mi nombr e y fama, por el tie mpo traído, porque Feb o me llama 20 y de su ali ento el rudo p echo inflama. En tre las ondas de oro que Taj o lleva al mar aca nalado, do su rubio tes oro, teñido en colorado, 25 espacioso pasa y derramado; y entre Pisuer ga y Tormes, y Turia con las flores olor oso, con mi can to con for me s, Betis victorioso 30 sus Ondas claras mezclará espumoso; y en to da su ribera los cisn es nu merosos y s agrados, con vo z n o lastimera sonarán sose ga do s 35 y de fa vo ni os mansos halagados. N o o s pe se que en m i cant o vuestr o valor se vea ent retejid o, aunque no sea tant o que haya merec id o 40 celebrar vuestr o nombre esclarecido. Que en él os he c ompu esto un inmortal y sacro monum ento, adonde est á dispuesto a daros nuevo aliento 45 después del tr ance y último tor mento. N o bastará la furia del Aqu ilón airado y mar y fuego a hacer os injuria, ni el tiemp o sin sosiego, 50 ni envidia ni a mbición del odio ciego. Suje tarase el had o, la rabia d e la guerra sin memoria, y del cielo estrellado desciende la victoria: 55 que consagro a las musas vuestra gl oria. Aquel es venturoso a quie n algún ingenio peregrino, con aliento dichoso, se le most ró benino 60 y de mo rtal l o hace ser divino. La levantada cu mbre, el grande anfit eatro, el muro fuerte, por no muda r costumbre, haciendo igual la suerte, 65 a llana la indignada altiv a muerte. La soberbia de i mperio, l os he ch os d e e spañ oles valer os os son tris te vituper io de días pre surosos, 70 que en largo olvido quedan te nebrosos. s olo puede Talí a vivir, que c on el tiem po nunca muere, y quien p or esta vía seguir sus pasos quie re 75 y quien loado de po etas fuere. ella se mudará, o vendrá la muerte que me pueda l ibrar de su dureza. <63. CANCIÓN> En caduca sazón de in vierno frío cuando suena co n pluvi a el bravo vie nto, Amor se mbró las flores d el verano en el huerto la brado en daño m ío, 5 y el s ol favoreció con bl ando aliento y espiró la aura fresca , aunqu e tempr ano ; y el Amor, de su man o, las plantas trasponía con estudio y porfía; 10 reverdecen las plan tas, nacen flores, y nacieron con ellas m is dolores, porque de spués el cie lo quemó el hue rto y e sp arc i ó mi s am ore s estériles en tierra, sin con cierto . 15 Con el templado tie mpo se vestían las flores del color de mi esperanza, y pensaba gozar desvan ecido el frut o que los árboles t raían. Creció sie mpre segura con fianza, 20 y las fl ores sig uiend o yo, pe rdido, solo fue co ncedido que el verd e color vies e y el dul ce olor sinties e. Miré y tr até y probé d e su belleza, 25 a ti emp o que el estí o con b ravez a se encendía i ndignado , no entendie ndo bajar a la t risteza en q ue me v eo ahora estar m uriend o. Luego, una pluv ia, en temp estad cubiert a, 30 los árboles desh oja con mi daño, las flores que mó el cielo y queda el huerto destruido, la in dustria de Amor muerta, y conozco yo tarde el cr udo eng año de bien, vié ndome solo e n tiem po inc ierto; 35 y en gra nde desco ncierto, con súbit a muda nza, olvido la esper anza; y aún no la olv ido, que a l Favonio espero que renueve mi huerto cual prim ero. 40 Y con este cuidado y pensa m ie nto , a cada paso muero y no mu ere conmigo mi t ormento. Canci ón, en frí o tiempo y en el huerto nacida, 45 con fortuna caída, si n o quier es perd erte en tal es tado, espera que a ti vuelva el bien pasado, que tendrá s, por vent ura, mejo r suerte y el daño remedi ado, 50 si no será a l os dos igua l la muerte. <64. EGLOGA> E ste es el fr esco puest o, esta l a fu ente donde se rec ogía la her mosa Leucote a, del prado y bosq ue glo r ia. De aquí se parte a la ribe ra umbrosa 5 de Pisue rga, que co rre blandame nte, y goza con su vuelta la vi ctoria; y cubre l a memoria de Betis crist alino, que al mar lleva el camino. 10 Pierde el campo su bi en en su part ida y n ace en mí la pena sin medida. Mas pues el llanto crece en noche y día y al d olor me convida, versos d e Betis suena , a vena mía. 15 Be tis murmura en su ribera y prado y los pino s responden a su canto; si empre es cuch a el a mo r de los past ores y a Pan que esparce el doloroso llanto, en amor osos fuegos inflamado. 20 Betis sient e las q uejas y dolores de tiern os amadores. Beti s sab e qué sea amar a Galat ea. Será testigo el levantado pin o, 25 el prado verde, el bosqu e sin camino, la sel va con oscura somb ra fría, que al s ol cierra el ca mino. Versos de B etis suena, av ena mía. ¿A do llevas, pastora , tu ganado? 30 ¿A qué past o, a qué río caudaloso con oro y plata? ¿A qué hermosa fuente? ¿A qué bosque encubierto y sonoroso? ¿A qué selv a, arboleda y a qué pra do? ¿Qué dura vol untad te llev a ausent e 35 de este puest o pres ente? ¿Quién l leva en tu pa rtida nuestra gl oria y la vida? ¿C óm o p odr án vivir sin ti pastores? ¿Cómo p odrás vivir sin tus p astores? 40 ¿Por qué niegas, pastora, la alegría al ca mpo y a las flores? Versos de B etis suena , avena mía. Si ya de hoy más en cuan to Betis baña con turbi o cielo, el te mp estuos o vi ento 45 derribare los árb oles hojosos y al ganad o dañare el gr ave aliento, y si huyere n ya de la campaña con t emor los p ast ores d olor os os, tristes y cong ojosos, 50 no turbe a quie n lo vea, pues se va Leucot ea. Partiendo, Leucotea, l os collados mirabas y los bosques consag rados, dese osa de ver la selva fr ía 55 de P isue rga y sus p rados. Versos de B etis suena, av ena mía. Ad mirados se mu estran los pas tores y de la selva mírante llorand o, que dejas de Vandalia el rico puesto 60 y de Betis d orado el fér til bando por Pisuerga, y olv idas sus dolo res. Pastora, quien tu ausencia ve suspira, y así, espantado, mira cuán dulce y fr esco asiento 65 dejas por tu conte nto; y viendo la ribera y bosq ue y prado, vu elv e c ontra Pi su erg a c ongoj ad o, y dice sin c onsuelo y aleg ría: "Ya todo está tr ocado." 70 Versos de Be tis suena, avena mía. Ja más veré la fu ente, el pra do, el río que llor ando no diga: "Aquí y o vide a Leucot ea, altiva, con Al bano, y ag ora d e esta fuente s e despid e." 75 ¿Cómo podré mir ar sin dolor mío en su ausencia la selva y bosque y llano? Aquí con bla nca mano la vi despojar flor es, mirando los pastores 80 su hermos ura, y con m i pena v eo que está apar tada más que yo deseo . Pisuerga ve lo que mi B etis vía y goza su deseo . Versos de B etis suena , a vena mía. 85 Cualq uier pastor qu e pasa, sola viend o sin ti es ta selva trist e, qu e her mosa era c ontigo, y es ya sola y fea, dice: "Con Leuc otea era dicho sa esta selva , sus árboles cr eciendo, 90 y desdichada es ya sin Leucotea." Sola, sin Leucotea, aquel dí a que Albano trocó el florido llano por Pisuer ga, huyeron con es panto , 95 turbadas de su daño y de mi llant o, las ovejas. Mas triste, con p orfía y con lloros o canto, versos d e Betis suena, avena mía . N o pacieron las tris tes lamentándose 100 y la agua rehuye ron de esta fuente; los bueye s en la noche no l legaron al heno, y las cabrillas tar damente vuelven de l alto monte quere llándo se. Los pastor es, confuso s, se espa ntar on 105 y tu ausencia llo raron; pero yo, ab orrecido, así dije perdido : "No d escienda a la hierb a y al rocío, pues Leucot ea va a Pisuerga frío 110 y a su estéril rib era y selva fría y deja al Be tis mío. Versos de B etis suena, av ena mía." He rmoso valle y abundosa fuente, alegre prado, de árboles ornada 115 so mbría se lva, cuando co n terneza os ví a Leu cot ea c orona d a de rojas fl ores la dorada frente, ¡cuál estaréis, n o viendo su belleza , con p erp etua tristeza! 120 Valle, la herm osura y la corri ente pura perderás, fu ente; tornaraste, prad o, con las espinas d uras eriz ado; los ram os secarás, selva so mbría, 125 del árbol despojad o. Versos de Betis sue na, avena mía. Y es justo que olv id éis, valle her mo so, la belleza, y las ondas, limpia fuent e, y la al egría, prado; y tú, a dornada 130 selva espesa, los árb oles, doliente; pues la gloria del campo deleitoso, oh valle, fu ente, prado, selva amada, os deja, y no le agrada la purpúrea ribera, 135 adonde h onrada fuera. De los árb oles altos no se acuerde la sel va, y de la flor el pr ado verde, y tú, fu ente, la vena esta nza fría; valle, lo b ello pierde. 140 Versos de B etis suena, avena mía. B etis trist e, cuánt o a q ue yo t e vid e seren o y argentado espa cioso; ahora torna turbio con tristeza y el curso inclina alzado y espum oso 145 y la s tendidas ondas ya desp ide. Cuántos ríos , tem iendo tu grande za, te daban la n obleza, y Tajo, igual pri mero, mostrábas e postrero, 150 l ugar te conce día , aunque pres ente cantase a Elisa su pastor doliente; mas ya que Leucotea se desvía, primero alza la frente. Versos de B etis suena, av ena mía. 155 B etis, que altivo de tu hermosura, Tajo te dio y Pisuerga la ventaja, pues se va Le ucotea con tu gloria, da al Tajo y a Pisuerga la ve ntaja, y al f ondo mete la cabez a oscura. 160 Con tu daño leva nta y con v ictoria Pisuerga su memo ria y el vaso de ova s lleno hinche en su curso am eno; con fl ores y con vi olas di chos as 1 65 su s av e s l a re s ue na n am o ro s as y al nu meroso canto y ar mo nía se e xtiend en d eleitosa s. Versos de B etis suena, av ena mía. V entur oso quien v iere sin tra bajo 170 su gracia, su s osiego y su belleza; dich osos, ¡oh dich osos!, los pas tores que tienen tal beldad en la aspereza de Pisu erga, ¡oh pastore s!, y de Tajo. A cuyo son sigui endo su s amo res 175 los faunos a madores, de las grutas callando, se quedan admi rando . Vos, oh past ores, gloria d e la avena que igual a Tajo cuando el c urso sue na, 180 co n el canto que Betis alto envía reson ad con voz llena. Versos de B etis suena, av ena mía. Irás , pastora , a tu qu erido Albano, y los abrazo s tiernos y amorosos 185 le darás; él p ondrá las variadas guirnalda s en tus rubio s y hermoso s cabellos, es cogiendo con su man o las frutas en los árboles colgadas, con oro señaladas. 190 Iréis ambos trabados con abrazos mesclados: con tu p astor, pastora venturosa, con tu p astor, pastora más hermosa. El cielo s iempre os abr a un nuevo día 195 co n luz pura y dic hosa . Versos de B etis suena, av ena mía. Alban o, del sagrado Betis gloria, ¿mi tigó Leucotea tu esqui veza? El suspiro p rimero, él te h a causado; 200 por él precias, pas tora, tu belleza, por él con ella ganas la victoria. Los dos ha en dulces nudo s enla zado, viendo v uestro cuida do, el A mor tierna mente, 205 fa vorabl e y pr esen te, al blando y ugo puesto p or s u mano. ¡Dich osa Leucotea con A lbano, que gemist e por él con agoní a!, triste es nue stro llano. 210 Versos de B etis suena, avena mía. De selvas gloria y h onra, Leucotea, domar la fuerza y el rigor p udiste del loza no pastor, dichoso Alba no; el suspiro p rimero a ti dio triste. 215 D ichoso Al bano con tu Le ucotea , dichosa Leuco tea co n tu A lbano. Tú le das co n tu ma no, en medio tus a mores, frescas y bella s flores; 220 é l te da con su mano las her mosas violas y p urpúreas nuev as rosas, que el sol templ a do abiertas esparcía sus h ojas olor osas. Versos de B etis suena, av ena mía. 225 Dichoso Albano, Leucotea bella contig o arde en amor y está contigo; tus verso s cantái s a mbos ju ntamen te, los vers os de qu ien B etis es testig o que sonan do su canto y su quer ella 230 se espanta Fil omela, y, d ulcemen te, os respo nde presente . Conti go L euc otea el sueñ o, el día emplea. Ag ora que contigo está, a ti mira 235 segura , a ti contempla , a ti suspira, por ti mue stra los ojos de alegría, sin tristeza y sin ira. Versos de B etis suena, av ena mía. A ti conc ede, Albano ve nturo so, 240 la tierra hierba, el prado varias fl ores; a tu cant o serena todo el cielo. Dichoso tú, que en medio l os pastores de Pisu erga, con árboles herm oso, al egre cantas sin ten er r ecel o. 245 Co ntigo t u c ons uelo, conti go L eucotea coge el fr esco y marea, y entr e la verd e gra ma r ecos tado tu amor le muestras, y e lla su cuidado, 250 y cuenta las que rellas que dec ía a este bosque apartado. Versos de Betis suena, avena mía. Mas ya el dolor que al llanto te ha ll evado, Jolas, cese con tan larga pena, 255 pues dura del t ormento la aspereza hasta que vea en la rib era, llena de ninfas y pas tores y ganado , a Leucot ea, altiva en su b elleza, y entonc es la tristeza 260 fallezca, y v enga junto Albano, a l mismo punto. Venid lo s dos, que en tanto que el ro c ío ame la abeja , el bosque alto y sombrío el jabalí, l os cisnes la ond a fría, 2 65 so is am bo s am or mío . Versos de Betis deja, av ena mía. <65. ESTANCIAS> Dichoso sea el tiemp o y sea el día y el lu gar soberano y v enturoso en que ardí en vuestr o ardor, oh Lumbre mía, y el fu ego me abrazó más glorioso. 5 Dich os o y o, y mis oj os qu e s on gu ía a mi bien, y mi pec ho el más dichoso , que está llen o de am or, y v enturo sos l os sus pir os q u e en vío, a v os ll oros os. C omo la rosa extiende los colores 10 y los colores se abren en la rosa, así mudáis el rostro en los colores de limpi a nieve y de encendida ro sa. Cuando los b lancos lirios, rojas flor es veo resplandecer con luz hermosa, 15 compárolos a vos en la b elleza, pero men ores son a vues tra alteza. Mi fueg o ve o en v os, mis bell os oj os, y el lazo en te rsas y doradas hebra s; y cua nto me e ncendéis, divi nos o jos, 20 me prenden tanto las s agradas hebras. Si el pec h o m e abrazáis, ardientes o jos, el cuello anudan las compue stas he bras; sois mi prisión y muerte, nudo y llama, y así, enlaz ado, vivo y m uero en llama. 25 Sois estrellas, mis o jos; fr escas rosa s, hermoso ros tro; y bla nca nieve, c uello; estrellas s ois y nieve, fre scas rosas, y no soi s ojos, du lce rostro y cuello; hebras del oro puro, sois hermosas, 30 y no d oradas hebras del cabell o: no s ois oro ni rosas, nieve o estr ellas, que más valor tenéis y so is más bellas. La llama, el lazo, la pris ión, el dardo que el pecho arde y anuda y a ta y hiere, 35 sois ojos, hebras ; vos, mirar gallard o, causa po rque, esperando, desespere. V eloz al dañ o y al remedi o tardo fui p or do nd e el Amor mi afrenta quiere: trenza, fle cha , armonía y la luz alma, 40 enlaza, llaga y prende , abraz a al alma. Yo sufro el laz o, flecha, ardiente llama, y pésame que tengo s olo un pe c ho para lle var el mal, per o bien ama quien proc ura torna r a ser deshecho . 45 Cuanto Amor me persigue, hiere, in flama tan to está de mi fe más sa tisfech o. ¿Qué puedo yo a mi bien dar por mi glori a si no muero? M as muerte es mi v ictoria. La vida me di o Amor para la p ena, 50 con ella satisfag o el mal que siento, y el d escanso en la muerte a la alma ordena, per o yo vi vo aleg re en mi tormen to. Amor, quien a tus m ales se c onde na, merece que le de s algún conten to; 55 mas bien pagado est á de tu gra ndeza quien ar de en fuego eterno de belleza. <66. ELEGÍA> Ard o e n el resplando r y en la pureza que da val or y gloria al alma mía de inm ortal luz y celestia l belleza. A mi pech o el Amor por ella enví a 5 sus rayo s, que, hir iendo por mis ojo s, un deseo a moroso y alto cría. Dulc es suspiro s son y sus enojo s, que en un rega lo dulce traspo rtado, me mu estra la que lleva mis despojos. 10 Alégr ome, que estoy de mí apartad o y junto de l a bella Luz se rena, do siento el corazón más inflamado. Nu nca me satisfag o de mi pena, que sie mpre miro en ella y allí tengo 15 el fin de t odo el bien que Am or ordena. C on la belleza aj ena a formar vengo la suya soberana, y me levanto con ell a adonde apena me sostengo . El rico y el d orado puro manto 20 qu e teje en laz os bell os , y el r osado color, las lu ces que celebro y cant o; la dulce habla, el tra to sosegado, la gracia, la hu mildad y c ortesía me tienen en sus llamas abrazado. 25 El deseo conmue ve a la alma mía y al resplando r de su pureza l leva y ofre ce la esperanza d e alegría. Allí hac e mi espíritu que mueva las alas a l a luz del alto ci elo 30 y halle su bell eza siempre nueva. Nunca bajo los ojos en el s uelo, que la alma, de sus nudos des atada , ro mpe la oscuridad del mortal velo. C onoc e el bien que ti ene, y a dmirada 35 en aquel claro s ol de he rmosura, alcanza su vir tud toda in flamada. Dic hoso yo, que tuve tal ven tura, que la perf ecta luz bus qué encendido , no engañado e n fing ida compostura. 40 Y el canto de sirenas esparcido huí, si n que de circes el v ene no me tuvies e de mí puest o en olvido , de vicio y confusión y de horror lleno. <6 7. SONE TO> Tras pasó de esa Luz e l tierno pe cho el a moroso fuego y la belleza, dura ocas ión de toda m i tris teza, y pusieron mi vida en grave estrecho . 5 Yo sufrí, conf iando , el daño hecho, porque en vo s espe raba más terne za; mas ah ora que sé vuestr a dureza, suspiro y temo , y busco mi pro vecho . Mas ya que m e obligáis al dolor mí o, 10 po r esos bel los ojo s e n quien s iento la fuerza q ue a mi alma d el mal viene, ad mitid los suspiros q ue os e nví o; qu e n o os p id o re med io a mi tor m ento, sino que co nsintá is que por vos pene. <68. EGLOGA> Paced, mis vacas, junto al claro río. mientras yo, en su riber a recostado, ahora que el suave y bla ndo alient o del Céfir o se mueve s oseg ado, 5 canto la gloria y bien del a mo r mío, con a moroso y lastimado acent o. Yo, con mís er o can to y voz dolie n te, 95 celebro de mi Luz l a hermosura, la crespa y sutil trenza de oro ardi ente. Para tan gran suje to y tal ventura corto in genio, mas digno de tal cant o por el am or, por mi firm eza pura. 100 Per o si su me moria no l e van to al purpúr eo Oriente desde Atl ante, y si mi verso siempre su ena en llanto, es por s u pecho, en mi dolo r constan te, que me trae re ndido a su crude za, 105 más dura que el pe rpetuo diamant e. Porque el valor d e su inmortal bell eza mi espíritu en sus honras enriquec e y de H elicón iguala con la alteza. Que co n el fuego que en m i alma crece 110 me mueve un generoso y alto brío para la g loria que en su n ombre ofrece. Mas aunque el fur or noble al cant o mío incita, por mi mal ella pretende que muer a de su helado, estéril frío ; 115 y as í el bien que mi Luz me da me ofe nde. <70. CANCIÓN> Ja más alzo las alas alto al ciel o, de rosad os colores adornado, mi tierno y a moroso pen samiento, que de vos , ¡ oh L uz mía!, no olvidado, 5 temie se nombre dar al ancho suelo, del cerúl eo Neptuno hondo a siento , como ahor a que el blando y dul ce alient o del mans o Amor, que fav orable espira, te mo para can tar la gloria vuestra, 10 si a la al ma no me inspi ra la lumbre que a subir al cielo adiestra; porque para estimar ta nta bellez a , no hay espíritu igual a s u grandeza. V os, a quien el ardie nte pecho mío 15 en vuestras ara s se consagra pu esto, con el olor suave desparcid o, aunque tengá is el corazón ho nesto armad o contra mí de hi elo frío, guiad mi plec tro, en vuestro am or herido, 20 po rque de vo s merezc a ser o ído; y se a mi dicho so y noble ca nto muestra de la divina he rmosura que nueueco y s olo espanto ; será ad mirado de la eda d futura, 25 que se puede quejar del t iempo in justo, pues en vo s le negó un milagr o augusto . Hermosos nudos, c respas trenza s de oro, en corona s lucientes sust enta das, que enriqu ecéis la blanca y r oja frente, 30 llena de puras p erlas y lazadas, del propi o, rico y celestial tesoro, odor es esparciend o de Or iente, al rubi o sol, cuando en L eón ardiente los ra yos altos tiende a nu estro su elo, 35 vuestros cercos rebatan, y, rendi do, huye del a zul cielo, que vuestro r espla ndor esclarecido a tierra y mar y aire alu mbra, y mue stra cuánto es mayor la ilustre lumbre vuestra. 40 Clar os zafiros, esmer aldas bellas, dulcement e mezcladas , en quien ti ene Amor su lla ma y el dol or mi pecho, de quien m i mu erte al c orazón proviene; del alma lu ces y del cielo estrellas, 45 qu e alegr e me tenéis del da ño hec ho, del mal cuan to de gloria satisfech o, vuestra lla ma envió dulc e a mis ojos el ardor q ue me abraza, y la centella se a lienta en los d espojos 50 que restan d e mi alma , ardiendo en ella vuestra luz. Si me hiere Amor, me sana con vuest ra vir tud alta y soberana. C ora l lustro so, antes rubí ence ndido, donde el risueño Amor a legre espira, 55 que cubrís de las piedras la blan cura que el rojo mar en su corriente mira; espíritu c eleste y recogid o, principio dulce a toda m i ventura, dese o eterno de mi gl oria pura, 60 grato parlar y tierno acogimiento, respuest a humilde y pi adosa vist a, causa de mi tormen to, que me last ima, pre nde y me conquis ta, de vos me viene el bi en, de vos procede 65 todo el favor que el bla ndo Amor dar puede. R os ada, tierna y bie n compuest a mano , de las per las de Idaspes rel ucient e, llena de mil vic torias con trofeo; puras pl antas, en quien perde r consi ente 70 la nieve el c olor vivo; al tivo y llano y mesurado paso, por q uien veo colgado arder en llama mi de se o, que el purpúreo coturno, en l azos de oro, por vos so b erbio, cierra con grandeza 75 e l d ich oso tes or o de la divina y celestial belleza, vos causáis mi dolor y pe na fuerte; vos, mano y plantas, me b uscáis la muerte. Hermoso blanco pecho , enhi esto cuello , 80 limpio marfil de acerbas pomas bellas, que d ulc emente muestr a el s util vel o, los oj os de oro y luz de la s estrellas y de F ebo el ardor luciente y bello no ven en cuant o cubre el an cho ciel o 85 belleza tal en el terreno suelo ; vos sois mi mal, y junto sois mi gl oria, aunque i ngratos y crudos e n mi pena; no tenéis ya memoria, después que me enlazas teis la cade na 90 que no podrá rompe r desdé n y olvido , ni el dol or de mi tiemp o mal perdido. Gra cia, valor, ingenio, entendimiento no visto e n nuestra humana com postura , hu milde brío llano y gran reposo 95 que esmaltáis la sagrada h ermosura, digna de soberano y claro as ien to; semblante ti erno, grave y amoroso, alegre risa, trato genero so, que la gloria lleváis a la belleza, 100 llevándoos la belleza y a la gloria, dais gloria a la belleza, y la bell eza os da val or y gloria, com o el sol, que da al orbe eterna lumbre y ti ene en sí l os lustr es de su lumbr e. 105 En el alto y di vino simulacro que en mis entrañas vue stra lumbre forma, por l os ojos rompiendo el paso, lle va ardiente fu ego de la ardi ente fo rm a del se mblante real, her moso y sacro; 110 y siempre en la pr esencia se r enueva para ab razarme en amor osa prueba, y tan fir me se muestra c uando ausente, cuan cierta y bella en pro pia fuerza ofrece. Aquesa Luz pres ente 115 Amo r de sus efect os e ngrande ce, que no pued e crecer más la be lleza ni verse más co nstante mi firmeza. Los rayos que espar ció Amor en mi vist a con la ardiente virtud de vuestros ojos 120 a brazan en su fue go el pecho mío y, en él quema ndo, dejan los despo jos, sin que mi alma a su val or resista; que no hall o en mi fuerz a tanto brío y fuera contrastalle desvarío. 125 Herido el c orazón, temió su pena en la sangre alterada al hecho extraño, y a q uella sangre ajena mi cuerpo inficion ó con nuevo daño , tal que e nfermo padece en su vene no, 130 que porque vive en él lo da por bue no. Tiempla el ardor q ue siento la ar mo nía del amor oso verso y dul ce llanto y con doradas alas sub o al cielo, imitando al subli me y grave can to 135 que sigue vuestra luz, Estrella mía; y la frágil corteza dejo al suelo, que impide c on su peso el leve v uelo; y contemplo p or vos la suma a lteza, el celestial espíritu y la gloria 140 de la inmortal b elleza, y a vos os debo aquesta gran victoria, pues m e prestáis el sobe rano aliento con alt o y gen er oso a tr evi mi ento. ¿Qué de bo, pues, her mos as bandas de oro, 145 rayos y bellas piedras y corales, blanca man o, rosadas plantas, pech o gallard o, apuesto cuello y celestial es pomas, y marfil terso a q uien honoro, dar igual al valor de tan g ran hecho 150 que pueda ser en parte sati sfecho, si no es que yo me abrace si empre en fue go, y ardiend o pueda ver la edad futura? Qu e de es os ra yos ciego conté vuest ra grandeza y he rmosura 155 y vi con vues tros ojos tanta gloria, que hice eterna mi ínclit a memoria. Canción, que da conmigo en te stimonio del bien de mi dolor, si n o te agrada llegar ante las luces de m i Estrella, 160 y ard er como yo en llama c onsagrada, que sola una c entella de ella puede abrazar c on fuego ardiente cuanto el s ol ve del Eur o al Occidente. <SONETO XXVII> Las luces, do el A mor su fuerza apura, con el ser eno ardor de su s centella s, el Or o crespo en mil sorti jas bellas de ray os coronado, y lla ma pura; 5 Las palabras vestidas de dulzura, (que la ar monía celestial en ellas parece) el pe cho duro a mis quer ellas, la man o que a la Nieve vuelve oscura, S on caus a del t or ment o y dol or mí o, 10 c on m uchas que c allando si ento y veo; y n o m e valen en m i esquiva sue rte. En su dure za solo el bien conf ío, porque a vana esperanza y gra n deseo no se d ebe pedir sino la muerte. <71. ELEGÍA> Debo os, m i Luz, tan poco de mi gloria y tanto s ois en carg o a mi tor mento, que no oso confiallo a mi memoria; p orque no habrá valor de sufrimiento 5 que pued a sostener tanta dureza, ni per mit e el d olor más s entimi ento. V eo el m al que temí y m ayor crudeza, porque p ara mi pena siempre crec e ocasi ón de r ecel os y trist eza. 10 Nunca Amor en so siego pe rmanece, que hiere con las flec has de mudanza a qui en d e sus servici os más mer ece. Si d esviar pudiese esta esperanza del bien que yo no tengo ni lo quie ro, 15 no daría a mis lástimas v enganza. Podéis c reer, mi Luz, q ue si n o mu ero es porque no suf rís que mis eno jos se valgan de est e bien que en vano e spero; y pues que yo os miré con estos ojos, 20 para dolor d el alma, no sería justo qu e diese a muerte mi s despojos . Matáisme dando vida , que la mía es merecer por vos qued ar desierto mi cuerpo en esta tierra est éril, fría. 25 Acabarás e todo el d esconcierto de mis g randes afanes, y gozara la gloria , que por vos so y de vos mue rto; mas vos, Luz mía, la vendéis tan cara, que no la hallo precio, y así que do 30 culpando mi temor, mi suerte avara. Un espacio peque ño m e co nced o de rep oso al dolor, y es l a memoria del tiempo y a pasado en que fui ledo . Y como v eo esta mi nueva historia 35 cercada de tristezas y su spiros, doy principi o a mi llanto con mi gloria. Tal estoy, Lumbre mía, por s erviros, que sient o más la pena que la muerte, y no oso algún remedio a l mal pediros. 40 Mas ¿cuál no pue de ser más bue na suerte , si yo m uero por vos y no e n aus encia , duro hiel o a mi fuego in menso y fuerte? Amor m e d io y F ortun a esta senten cia: que cuand o más amase lastimad o, 45 huyese de mirar vuestra presen cia. Y vos , como si fuese yo culpa do, me conde náis a muerte del olvido , qu e poco os pa re ci ó ver me apart ad o. Pero el mal que pade zco en ser perdi do 50 por vuestra h ermosura soberana, estimo en más que el bien más esc ogido. Desde la oscura n oche a la mañ ana y desde que e l s ol pinta el O riente hasta que da la blanca luz su he rm ana, 55 o s llamo, ¡oh Estrella mía! , en v oz doliente, y llevo v u estra efigie en mis entrañas, que más daño me hace estando ausente. En esta selva y soledad extrañas, voy contando mi glo ria y dolo r mío, 60 y d e A mor e l val or y sus hazañ as. Si la tierra calienta el seco estío, el fuego de mi pecho presuros o la quema, y arde juntam ente el río. De mí tod o me ol vid o sin repos o, 65 por acordarm e el mal que me habéis h echo, y huélgome d e ver me d ol oros o. Ag radezco mi lásti ma a mi pech o, que tuvo s ufrimie nto en t anta pena, y dejo a mi enemigo satis fecho. 70 Ma s ya que est oy sin vos en tierra aj ena, do el sol no tiende ray os de alegría, que to da y ac e en vues tra l uz seren a, y tuve algún valor en m i osadía, para osar levantar el pe nsamiento 75 dond e n o mereci ó la su erte mía; pues deseáis que cre zca mi torment o para ha cerme mal, tene d memoria, y acordad r enovar mi s entimiento. Porqu e yo es timar é d e tanta gloria 80 que de mi mal tené is, aquella part e que m e dará de este ac ordar victoria. Y en tanto, p ues, que vos por esta parte do todo el bi en me huye, la esp eranza irá de mi dolor adonde parte 85 quien causó a su memoria esta mudanza. <72. AMARILIS EGLOGA> A la muerta A marilis lamentaba Delfis, amor de musas, y la fuente, el sacr o río y ninfas am orosas con s ol aban su mal ; que en voz do liente 5 en la ribera s ola se quejaba a las ondas airadas y espumosas con ansias dolorosas, y sin tomar consuelo así decía al cielo: 10 "Vos dríades, nap eas, n infas bellas, que el can to lamentable y las querellas oísteis del pas tor enamo rado, referid todas ellas a quien canta su lástima y cuidado. 15 "Este pin o conti ene l as señales del dol or de Amarilis y su muer te; montes, v os sois testigos de mi llanto; vos es cuchas teis c on ll orosa su erte mis lágri mas y quejas desigu ales, 20 y en lamento aullasteis a m i canto, doblando mi quebranto . ¡ Qué dolor, qué tristeza os tendrá e n aspereza , oh valle, si erra, breña, cueva y prado! 25 Y con qué ll ant o, t odo c ong ojad o, tri ste se mostrará con el exces o del miserable hado de mi pastora y su cruel suces o. "Aun creo ah ora que en el ca mpo abierto 30 qu e nac e en vez de f ért il semen tera (seg ún la s uer te a todo mal se esfuerza) el card o áspero, espina h órrida y fiera; y qu e está el b osque e st éril y d esiert o y que las on das corren ya po r fuer za 35 .....................e rza del puro mov imiento , que va quieto y le nto. Ni trae su ganad o al past o, al río, cantando Jolas por el lla nto mío, 40 ni mu estra el vivo Tésti lis hu mos o en el ardi ente estío al labrad or cansado y cal uroso. "F értil prado y her mosa fuente clara, sombría gruta y árb oles ram osos, 45 mientras mi dulc e amor aq uí vivía; fértil, clara, s ombría voz, ram osos, ahora que muriéndoos d esampara, desnud os, turbia, estéril, no so mbría, ajenos de al egría, 50 ¡cuál quedaréis, cuitados, tristes y cong ojados, con la par tida suya y mi lamento, como yo quedo a gora desco ntento , viéndome de mi bien arr ebatado, 55 c on ete rno tor men t o, hasta que llegu e el tiemp o deseado! " Oh hermosa A marilis, mayor part e de mi alm a, no habrá ja más olvido que pued a de mi pecho enamo rado 60 borrarte, ni aún habiendo fenecido la vida, y siempre duraré en a marte. Mientras el tomillo verde su cuidad o la abeja hub iere amado, la cigarra el rocío, 65 se rás tú d olor mío; y cua nto me c ontentan dulcemen te las cabras, gl oria mía ; así al p resente tan triste mes aquella d ura muerte, que te m e llevó ausent e. 70 ¡Ay cóm o fui engend rad o en tr iste su erte! " Tu muerte ya las ninfas la llor aron. V osotr os , pi no, soi s t esti go, y r ío. Las vacas aquel tiempo n o pacieron; espantadas de oír el llanto mío, 75 la grama y la agua clara no tocaron. Tu mu erte aún crudas fieras la gimieron con d olor qu e tu vier on . Los m ont es r eson and o responde n s uspirando . 80 Están los ca mpos secos y sin gloria, viendo que muerte ensalza su v ictor ia; las sel vas gimen y peñas cos fríos tu llorosa memoria, y las montosas cumbres y los ríos. 85 "Vengan las fieras tristes a mi llanto, sus quejas crezcan, suspi rando suenen los árb oles , y hi eran con lamento las peñas im pelidas , que resuenen con un lar go clamor que ponga espanto , 90 el no mbre de Amarilis p or el viento, doblando el movimiento; esparcido con tino, y po r mi mal, mezqui no, desvane zca el rocío, y juntame nte 95 niegue la miel la abeja d iligente, los árb oles la fruta conocida; séq uese el prad o y fu ent e, y todo falt e a quien falt ó la vida. "A ymé mísero, veo yo cargada 100 la v id, con verdes pámpan os hermosa, al olmo m aridable sustentarse, y en la haya que crece a mbiciosa, las palo mas contemplo en paz amada, con dulces jueg os dulces arrullarse, 105 po rque pueda i nflamarse, creciend o en ellas luego el a moros o fu eg o; y yo, cuita do en culpa de fortuna, sin luz, sin bien, sin es peranza alguna , 110 que es lo que menos (tris te) ya pre sumo, por la su erte importuna, vi vie ndo s oli tari o, m e co ns umo. " ¿Por qué, muer ta Amarilis, estos ojos desearán mirar la luz del cielo? 115 O h ¿para qué, mi lumbr e esc urecida, debo esperar ( ¡ay Laso!) algún consuelo? ¿Por qu é no entrego a mue rte mis despo jos y sigo c on el vuelo aqu ella vida que tanto fu e querida 120 de mí, que la est imaba y co mo dea honraba? ¿A qué me tardo? ¿Para qué, tendido en la ti erra cruel, do está escondido mi bien, lloro la muda sepu ltura, 125 fatigando perdid o? Murió la luz , nació la sombra oscura. "V enid conmigo, dríad es, al llanto, y náyades que en corros os j untaba mi pastora suave y a mo rosa 130 y con vo s en las onda s se bañaba. Venid ahora, Oreas, a m i canto, Hamadrias, Napea lasti mosa, que en la ribe ra umbrosa del río d erramado 135 y e n el herboso prad o os acordáis de corros con certados, hechos allá en l os montes le vantados; los lame ntos doblad en l a es pesura , que suene n congo jados. 140 Murió la luz, nació la sombra oscura. " Ya no caiga el r ocío deleitoso, ni amiga pluvia ; caían el rocío y pluvia en tristes lágrimas mudad os, de don de corra un quer elloso río 145 c on rib era y c oncu rs o d olor os o; y los mismos murmureos redoblad os, confusos y mezc lados, resuene n suspirando , su muerte la mentand o; 150 la arena cr ezca en lágrimas bañada, do la urn a en cristales s u stentada tien e Beti s, y triste , en su h ondura , aunque silve stre sue na, y ad mite de pas tores el lament o, pues tú amas te, y con voz suave y ll ena, 25 al resonar del viento, día y noche esparciste el tierno canto, buscand o a tu pastora y la llamaste, y los pinos amaste, donde ella, recostándose, dormía. 30 Sentarte en ellos n o te pese ah ora, como s i tu pas tora se te mostrase en ellos c ual solía. En tanto que descubro s u cuidad o, escúch ame, y al can to v en tú, rí o, 35 que de esta gloria, Betis, te ha alcanzad o. Con el pr i me r ro c ío la Aurora se m os traba cuando a un pino recostá ndose Olim pio, con indi no dolor y con gemido largo habiendo 40 suspirado, c omienza así diciendo: " Calla en las ondas Betis ya q uieto y dej a el g rave vien to su rabia, c on la sombra a crecentada, y no calla ni a mansa su t ormento 45 la llaga reno vada de mi pech o, do el fu ego es tá secr et o, mas en ella me abraso b ravamente. Con el dolor presente el duro Amor e n mis entrañas pr ueba 50 su fuerza y s e enfurece en mi partida. ¿Qué suert e aborrecida al mar airado con dolor me lleva? ¿Qui én m e aparta de verte, Gala tea? ¿Qué río con mi llanto n o ha crecido? 55 No hay quien mi dolo r no e ntienda y vea: han vi sto m i ge m i do , han visto mi lamento el nuevo día, y sin sueñ o la noche más tardía; queján dome a los campos si n concie rto, 60 resp onde a mi dolor t od o el desi erto. " Ya, mísero , no tengo y o cui dado que el lucero tardío el ciel o cierre, o que a la roja Aur ora destiña el claro sol, que el dolor mío 65 aun no me deja un hora libre de mi tormento; mas, cuitado, suspiro d e lo hondo de mi pe cho y lla mo en tal es trech o a mi cruda y querida Galatea. 70 L a voz m e vue lve, y su ena en dulc e ace nto el quebrant ado vient o, y las ondas murmuran " Galatea". Ya no g uío el ganado a la alta fuente, ni al pur o río en la corrie nte fría, 75 ni corono de flores ya mi fre n te. Pasada es mi alegría en este du ro y largo apartamien to, y en su lugar tristezas y t ormento entraron en mi alma, y por mezquino, 80 siguiendo so lo el áspero camino . "Ah ora me re cuerdo, Galatea, del lugar p or mi daño donde v ieron mis ojos tu be lleza , que me enlazó co n amoros o engaño. 85 Y o e ntonces con s impleza no sabía de Amo r, aunque Nerea conmigo estaba en dulce com pañía desde la n oche al día. Acuérdome que siendo niño tier no, 90 que aun apena l levaba mi ganado , en un hermo so prado, deshelando ya el sue lo el duro inv ierno , engañand o las aves junto al rí o, en un cicla mor alto a A mor vi puest o, 95 c om o lo vi p or gra ve d olor mí o, de s us plumas compue sto. Junté alegre las varas enligadas para trabar sus alas variadas, y con callad o paso me a cercaba, 100 si me sentía aten to o si miraba." " Deja, niño, esa caza p eligrosa, díjome Melibeo (ri endo d e mi en gaño y mi rude za); deja, niño , ese cie go devaneo, 105 y huy e con presteza , que es cr uel a ve la q ue v es her mosa, y tú serás, Olimpio, venturoso, si en quie to r eposo vivieres libr e de ella y de su engaño; 110 mas cuando en la edad verde y fl oreciente estu vieres pres ente, hallarás al A mor por may or daño, que pondrá al cuello tuy o la cadena que te trae rá suje to y condenado ." 115 " Ya sé que es el Amor; ya sé su pena habién d ote mirado. Nació en áspe ras peñas del desie rto y vive d e mi mal y des concierto. Ya sé q ue es el Am or en mi partida, 120 qu e se muestr a sedi ento d e mi vida. " Ya voy al mar dudoso, a la ribera importuna, buscand o los pastos p eregrinos, y ya dejo del llano Betis el he rmoso bando , 125 y de mi bien me alejo, adonde s olo y sin memoria muera. Oh Galate a, mi suspiro y llanto, si Amor pudie se tanto , que te hallas e aquí en la vuelt a mía, 1 30 el m a l s ería brev e, mas ya te mo , por mi dolor supr emo, que desa mpares esta selva fría. Ya me despido de esta se lva y prado, de esta arb oleda y río, mas primero 135 iré triste aquel monte levantado, y v eré p or enter o el lugar do nde estabas y la fuente, d o la sies ta tuvi mos ju nta mente. El dolor moverá los tristes oj os, 140 vi en do p er did os tod os mi s d esp ojos . " Que dad, adiós , hermoso prado mío; adiós, oh Gal atea, más que él h ermosa, y tú , dichosa fuente. Adiós, oh prado, fuente y Galatea. 145 Volved ya tarda mente, ovejas tristes, y huid el río y el c onoc id o pa sto. Ad iós , oh s elva , a do mi bien se enselva. Envidioos, selva u mbrosa y fértil prado ; 150 más umbrosa y más fértil, pues mi gloria y mi sola memoria en v os sufre el calor del sol airad o, y calland o suspira el am or nuestro. Ahora os mira ella y habla aho ra 155 y s e hu elga en el verde s itio vuestr o, y c on l a voz son ora mis dulces v ersos, meditando , suena; o con la d eleitosa y blan da avena canta, cual ya cantaba e n mis amores, 160 los celos de mi alma y los d olo res. " Envidioos selva u mbrosa y fértil prad o, ambos muy ventur osos, ambos digno s de nombre so berano , e n quien ella pondrá los pies h ermoso s 165 y con s u blanca mano cogerá v erdes flores; y el dorado cabello, rec ogiendo entr e las rosas las luces gl oriosas, encubrirá, sus miembros rec linando, 170 y doblará la hierba ti erna y fría ; y de la gloria mía el bien pas ado son aho ra cant ando, gozaranse l os valles, cueva y fuente y callarán las aves, retar dándose 175 las reparadas ondas lentamente, que bajan de slizándose , mientras c on voz cantaré deleit osa mi s quej as blandas y pas ión llo rosa. Envidioos, sel va y prado, pues e s vuestra 180 la que ha sido alegría y g loria nuestra. " Mas ya con el d olor del mal que si ento la fuerza se entorpece y el calor de mi cuerpo c on el frío de la muerte se aparta y desfallece, 185 pue s que veo el bi en mío de mí alejad o y voy al h ondo asiento de Neptuno si n él, mirando alzars e las ondas y bajarse. Tú, c arnero m ayor d e mi ga nado, 190 jamás tu amor se escon de ni se aleja, ni que bales te deja en el b osque desierto y apartado, solo y trist e; mas antes va siguiendo tu past o, al valle, al río, y va contigo. 195 ¿ Por qué y o, mi pastora , a l mar partiendo, n o te lle vo c onmi g o? Tú, clara Luna, que co n luz dudosa vuelves a tu pastor, tú, p iadosa, pues sabe s el dolor de amo r qué sea, 200 te n dolor de mi mal sin Galatea." E sto cantó el past or, y, suspirando, calló con gran g emido. El pra do y v alle y grut a y río y fuente responde n a su canto entrist eci do, 205 co n acento do liente, de Galat ea el nombre re sonando, tri stes d e su d olor y grav e pena que la ausencia le ordena. Tú, lo q ue siguió Tirsi lamentando, 210 refi ere con el d ulce ver so, Feb o, qu e l os ver s os a Feb o conviene n, que en la hierba re costa do comenzó con vo z tierna el bla ndo canto, de su inte nso dolor tri stes despojos , 215 deshaciendo en c ontino y largo llanto lo s fatigados ojos, porque Leuc ipe mire su lam ento y escuche de su am or el senti miento; que l o tien e en te mor y en llanto etern o, 220 pu es no viste d e robl e el p echo ti erno. "Si no hay quien esc uche mi lamento en est e solo prado y a las ninfas ofende mi g emido, a est e monte, a este r ío arrebata do, 225 a es te pi no ex tendido mis versos cantaré con triste ac ento. Oídme, montes, ríos, selvas mías, pinos y p eñas frías, pues Leucip e, a mi llanto endurecida, 230 e s sorda y huye . Arded en fuego, mo ntes; arded conm igo, montes; arded, sel va y ribera des parcida, pues Leucip e me deja en bravo fueg o encendido y a m uerte me c onde na 235 po r un van o fu r or, q ue mi s osi ego trocó en per petua pena. ¿Quién pudier a pensa r que hubie ra día que la bella y cruel pasto ra mía mi avena y dul ce canto no e scuchara y del fa vor pasado se olvidara? " ¿Po r ventura t e di, L eucipe, en vano los jacint os y rosas, los amarant os y agradables fl ores, y te puse gu irnaldas amorosas, 245 de m is tristes d olores mem oria y triste don de Amor tiran o? Cruel Leuci pe , escuc ha estas mis que jas, pues a T irsis ya dejas y de tu pecho a Tir sis has huido . 250 Si no tienes a mor, ten ya memoria, que se ofe nde tu gloria , ingrata a qu ien te adora tan perdido. Mira la a marillez de mi semblant e y los hondos suspiros y lamento 255 y la flaqueza del vencido a mante, y muév ate el tormen to. Estos ojos que fueron gloria tu ya no ven, que l os dejó la lu mbre suya; ni llev o al pasto ni al hermoso río 260 mis ovejas, llorando el dolor mío. "N o d espreci es, Leuci pe , el tiern o cant o que resonó en tu gloria y puso ad miración a nue stro Jolas, que me ciñó la y edra en mi vic toria, 265 las rosas y vi olas, am oro sos d espojos de mi llanto, cuand o vencí en la selva Alfesibe o y el viejo Melibeo, cuya memoria y pastoral avena 270 engrandece de Betis la ribera; mas la mí a primera con ventaja mayor y nombre suena, y Fauno, que e scuchó mi canto atento, quedó del armo nía suspendido ; 275 p ar ó Betis su curso, cal ló el viento, cesando su r uido. La bella Libia díj ome, he rida de amor, que e ra su luz, que era s u vida. No me pudo vencer con s u be lleza, 280 l lena de pie dad y de terneza. " ¡Oh am ada de mí más que mi vi da! , el d elei toso p rado , el verde b osque, el caud aloso río que el alt o curso tiende al mar h inchado, 285 s in t i s on dol or mío, sin ti mi quie tud está perdida, sin ti t odo me cansa y d esagrada; por ti teng o olvidada la fría fuent e, ninfas y ga nados. 290 Por tu bel leza y oj os amor os os, los pasto s abundosos , por ti, Leucip e, son, por ti olvidad os. Ven ya, pues, mi Leucipe, a es ta ribera y a este abierto y le vantado pi no, 295 testigo de la p ena lastimera de tu Tirs is mezquino . Desc ansar é con tigo d el tor ment o, contig o estará el campo más contento; verase el llano verde, el río puro, 300 que parece sin t i seco y oscuro . "N o c on f íes , Leuci pe , en tu belleza, que no siem pre hermosa serás, que el lirio las colores pierd e. Pierde el olor y la beldad la rosa, 305 la flor el árbol v erde; huye la edad y c orre con pre steza , que dura poco su verano tie rno, ve n cido del inviern o. Vendrá alg ún tiempo que a marás, pastora, 310 he rida del amo r que yo pade zco, y es te bi en qu e te ofrezc o llorarás, la mentando en algú n hora este perdid o bien, esta vi ctoria. Cuando perdie res el col or hermoso 315 y de la luz la deseada g loria y el se mblante amoroso, sabrás ent onces el dolor, la pena con que el olv ido y el desdén co ndena, y de tu Tirsis muerto y olvidado 320 lástima te hará tu triste estado. "V en ya, Leucipe; mira el fres co vi ento que espir a mans amente por toda e sta ribera soseg ada; el río, qu e las ondas man samente 325 va volviend o callando y su ena d e las a ves el con cento. Ahora ríe el prado y se le vanta toda hermo sa planta ale g re con tu n ombre, y ya las flore s 330 guardan y, en nueva luz, las frescas r osas y violas d ichosas con tu g loria su lustre y l os olores. Yo co geré, L eucipe, con mi m ano las castañas del árbol ex tendido 335 y los dorados frut os del manzan o, de Aretus a querido; y en la alta peña, al blando v iento pues to, esp eraré que vengas a e ste pues to. Ven ya, Leucipe, ven, pastora mía ; 340 aquí, ondas; aqu í, Aura y s ombría fría. "Aquí resonará el pasado canto y tu dich osa gloria y mis antiguos ásperos dolores, presente muestra de mi triste historia. 345 Tú enlazarás d e flores mi frente, y romperás t al vez en tanto la v oz, hurtando el amor oso ali e nto , y con suave ace nto con migo cantarás, Leuci pe mía, 350 n ues tr o am or, mi dol o r y tu s e noj os, y v ol verás l os oj os blandos, que mi tristeza en alegría troca rán. Ven, pues , ya; ven a este pino . Así hal les buen pasto a tu gan ado, 355 y siempre el curs o de ondas cris talino quieto y sosegado . ¿Qué gusto puede darte en la a spereza de aquesa so ledad y su triste za? ¿Qué gusto puede darte que y o muera, 360 solo, sin luz, tend ido en la ribera?" Aquí T irsis par ó y sonó un g emido, testi go del t orment o que padecía su ca nsado pec ho. El río res pondió con ro nco acento, 365 de t ristes o ndas hec ho; el pino, de su daño enterneci do, las ramas e stremece sus pirando; los past ores, alzand o los fatigados cuerpos, e l ganado 370 llevan con tard o paso, q ue ya el cielo mostraba , abriendo al su elo, el sol, de puros rayos coron ado, y con las cañas juntas , dulcement e, pr ov ocan s u dol or c on n u evo l lan to. 375 Uno siguiendo al otro en diferente nú mero y trist e can to, Leucipe resonaba y Galatea. Blanda mente suave a la marea, Olimpio al fin al mar torc ió el camino, 380 y Tirsis vuelve sol o y triste al pino. <77. SON ETO> C on largo pas o el áspero camino de este per juro Amor seguí cuita do, de mil van os temores m altratado y siempre me ha llé de bien indino . 5 Ahora que descubro el mal con t in o , de desdén y de o lvido reforza do, condeno mi deseo y m i cuid ado, la dura in clinación de mi destino. Que bien fuera raz ón alzar el vu elo 10 c on al to pensam iento y noble pecho de la abatida suerte que he sufrido; y no esperar que tierra y mar y cielo supieran cuan to mal Am or me ha hech o para que dar má s preso y despe dido. <7 8. SONET O> Por altos bosques v oy con paso incierto; iba arrastrando el hierro al cuello impue sto; gra ve es, y el son que ha ce me es molest o, que m e recuerda el dañ o y dolor ciert o. 5 Los ojos alzo y ve o un gran desierto lleno de ho rror, de espino s mal compue sto; de sm ay o en un intens o dolor puesto y a mi salud no hallo pas o abierto. E sper anza des nuda me suste nta, 10 deseo ardiente y Aura breve y fría, y mis suspiros rompo en triste llanto. Y cuando la raz ón del mal me afrenta, en medio d el trabajo y p ena mía, de mi ene miga la belleza canto. <89a. Betis, que en e ste tiemp o solo y frio. Versión de B> B etis, que en est e tiem po s olo y frí o escuchas mi dolor; del hondo asient o aco ge en tu q uieto m ovimie nto los últ imos suspi ros; que yo env ío. 5 Y si tiene valor tu sacr o río; da me qu e en árb ol verd e mi tormen to lamente trasformado; q ue ya siento cual Cisne débil voz al canto mí o. Porque con nuevas ramas tu corriente 10 cercaré cor onando, y destilado iré en tu curso larg o y extendido. Que mi luz ceñirá su bella frente de mis h ojas; o en llant o desatado seré en sus b lancas manos r eco gid o. <92. SO NETO. Ve rsión de B> Oh soberbia y cruel en tu belleza y con su verde flor victoriosa, cuand o la edad tr ocare presurosa del oro crespo en plata la fineza ; 5 y al color encendido con fla queza destiñere en la vi ola la rosa, y el dulce resplando r de luz h ermosa perdiere el vivo fue go y su pure za, dirás ento nces, viendo tant o daño 10 en el cristal luciente: "Est e deseo ¿por qué no fue en la edad primera mía? " ¿Po r qué, ya que conozco el mal extraño , con esta volunt ad que yo poseo no vuelve la belleza q ue solía?" <10 7. SONETO II. Versión de B> V oy siguiendo la fuerz a de mi hado por este campo estéril y escondido. todo calla, y no cesa mi g emido; y lloro la d esdicha de mi estado. 5 Crece el camino, y c rece mi cuidado; que nunca m i dolor pone en o lvido. el curso al fin acaba, a unque extendido ; pero n o acaba el daño dil atado. Que vale contr a u n ma l siempr e pres ente 10 apartarse y huir, si en l a memoria se esta mpa, y muestr a fr escas las seña les? Vuela Amor en mi alc ance; y no consi ente en mi afrenta, que olvide aqu ella historia, que descubierto el paso dio a mis m ales. <116. SONET O X. Versión de B> R ojo Sol, que con lla ma gloriosa das color al profundo y alto cielo, hallaste tal b elleza en tod o el suelo, que igualas e a mi bella Luz d ichosa? <175. SONETO LXI. Versión de B> Cual d e oro era el cabello variado, en mil varias lazadas dividido; y cuanto e n más figuras esparcido , tanto de más centellas i lustrado. 5 Tal suele de sus he bras co ronado, Febo mostrarse en llamas encendido; tal discurre en el cie lo esclarecido un ardiente c ometa arrebatado. Debajo el puro y ric o y sutil velo 10 Amor, Gracia, Val or y la belleza te mplada e n nieve y púr pura se ví a. Pensara , qu e se ab rió esta vez el ci elo, y mostró su po der y su riqueza, si no fue ra la Luz de la al ma mía. <178. EGLOGA VENATORIA. Versión de B> De aljaba y arc o tu Diana armada, que por el mo nte umbroso y ext endido a las fiera s fatigas presur osa, huye del a lto Ladmo desdicha da, 5 donde tu c azador duerme escondido; porque otra cazadora más hermosa per sigue i mpetu osa al jabalí e spumoso y enojado; porque otra más hermosa cazadora 10 al ciervo sigue ahora. y si la viere Endimió n, tu cuidado, ya corriend o la fiera en la mal eza, te dejará p or ella en la aspereza. Mas a Endimión no de jes tú Diana , 15 queda con él, no siga al am or mío. Endimió n, amor tuyo, esté contigo . en la callada n oche, en la mañana, al Sol ardi ente, al importuno frío mi dulce cazad ora esté c onmigo. 20 est e b osque e s testig o, cuantas vece s la llamo y busc o en van o. la Aur ora me oye s ola sin su amante, y se ofr ece delante, cuand o es p era las fieras en el llano. 25 suspira ella su a mor, y o lloro el mío, si al monte mira , yo a mi bosque y río. He rmosa cazadora, q ue has llevad o del frío bo sque mi herid o pecho con el cabell o de oro su elto al viento, 30 y de fl ores y rosas coronad o; eres Nape a de este valle estrecho, que alcanz as con ligero movi miento al jabalí s ediento, y del ciervo la planta v oladora? 35 que tu paso, y tu voz, y tu be lleza mas que m ortal grandez a descubre a tu Menalio, q ue te adora. tal va Cintia con traje s oberano, encendie ndo de amores a Silvano . 40 ¿ Qué dios, oh Ninfa b ella, te ha ofrecido a mis ojos, c orriendo yo una fiera sin cuidado de Amor; y vista luego te me llevó , dejá ndome perdi do, porque en llama inmortal ardiendo muera? 45 d e tu s oj os pr obó el t ir ano c ieg o con mi daño su f uego. mas tú habit es el bosque o scuro y prado , o la tendida sel va de est e río, jam á s de l pe c ho m ío 50 se apartará el Amor, que me ha abras ado, el bosque y prado del amor test igo, a amarte aprenderá también conmigo. O la ligera garza levantan do mire al halc ón veloz y atr evido, 55 o espere al jabalí cerdoso y fi ero, o la Aura entre los árb oles gozando; con silencio o vo z muda e n l o es condido de l pe c ho so lo l lo ra ré p ri me ro el do lor, e n que muero. 60 sin t i el feroz caball o, el rayo ardient e del imitado trueno, y la sabro sa caza, me es e nojosa, pues tú me d ejas míse ro y doli ente. todo me agradará, y será mi gloria, 65 si vuelves, y de mí tienes memoria. Porque huyes, y quie res que sin lumbre en esta sel va muera con torment o, y no mir as tu amante, q ue te llama? baja de es a fragosa y alta cumbre; 70 que, según el ruid o grave siento, por entre un a y otra esp esa rama, que las hoj as derrama, un feroz jabalí se ha recogido. con el arc o en la blanca y tierna man o 75 baja antes que al llano llegues, atr avesado, y extendido de mi venablo , y muerto, la e spumos a cabeza, ll evarás victoriosa. N o te confíes, N infa, en tu bell eza, 80 que ve ndrá el día, en q ue la s hebras de or o mude l a edad ligera en blanca plata. antes muera, que v ea tu tristeza. mas para qué suspiro triste, y ll oro por quien a mis querellas es ingrata? 85 si tu dure za mat a a qui en t e sigu e, aqu el, que te aborr ece, qué pena habr á, que iguale co n su culpa? pero quién no me c ulpa, pues sigo solo el mal, qu e se me ofrec e? 90 suspenso en el amor y en el deseo, al fin doy e n un ciego devaneo. Mas vos A more s, r oj os d ulc eme nte , dejad las ondas claras d e Citera, y a mi Ninfa herid c on vuestra llama; 95 que su hermosa f lor perder no sient e sin fruto inútil en la eda d primera. y tú Diana, pues, Amor t e inflama, c uand o el monte te llama p or el dor mido amante, y ya el tor mento 100 c onoces d el Am or; si h e v enerado tus aras, y colgado del jabalí t errible y viole nto la alta fr ente, y del ci ervo la ramosa, muéstrate a mis d olo res piadosa. 105 Si c ontigo viviera, Ni nfa mía, en esta s elva, tu su til cabello adornara de rosas, y cog iera las frutas varias en el nu evo día; las blancas plu mas del pintado cuello 110 de la garza ofreciendo, y te trajera de la sil vest re fie ra l os de sp ojos, con tig o r ec osta d o, y en la sombr a cantando tu bell eza; y en l a v erde c orteza 115 de la frondosa encina mi cuidado extendiend o, conmigo lo le yeras, y s obre mí las flores espa rcieras. Ah cuantas v eces e ntr e aquest e jueg o a tu cuell o los brazos rod eara! 120 y e n tus ojos mi s ojos encendiendo , cuando mas descuidada de m i fuego, a tu bo ca el espíritu hurtara, mi espíritu en el tuyo convirtiendo, dulcement e m uriendo . 125 esto preciar a m ás, qu e v e r el vu elo del halcó n, más que dar de un golpe mue rte al jabalí m ás fuerte, o alcanzar p or el ancho y larg o suelo junto al agua herido y sin aliento 130 al ciervo que atrás deja el leve viento. N o dudes, ven c onmigo, Ninfa mía. yo no so y feo, aunque la altiva frente no se muestra a tus hebr as semejant e. mas tengo amor, y fuerza y osadía, 135 y tengo pare cer de hombre valiente; que al caza dor co nvie ne este s emblant e ro busto y arrogan te. iremos a la fuente, al du lce frío, y en blando s ueño puesto s al rui do 140 de l murmureo e sparcido de la agua, tú en mis bra zos, amor mío, y yo en los tuyo s blanco s y hermosos, a los F aunos haría envidiosos. Mas si te agrada, y o si te agradas e, 145 ven conmigo a esta sombra, d o resuena la aura en los ciclamoros re vestidos de hiedra, do jamás se vio que entrase alzad o el Sol con luz ardiente y llena. aquí ha y álamos verdes y crecidos, 150 y l os p ob os fl orid os , y el fresco prado riega l a alta fuente con murmurio suave y sosega do. aquí el tie mpo templado te convida a huir el Sol caliente. 155 ven, Ninfa bella, ven y a Ninfa mía, este prad o te llama y fu ente fría. <1 98. SON ETO. V ersi ón de B > Sufrí ll orando, al crudo Amor rend ido, el dol or c ongoj oso d el cui dad o; a cel o, a pena, a ausencia c ondenado, y a desdén y a asperezas ofreci do. 5 Am or movió mi cant o entristecido y gobernó mi ingenio desc uidado ; él pudo levantarme a tal es tado, que por ventu ra ex ced eré al olvid o. Quien conocier e bien cuanto Amor puede, 10 qu e leye re mis ver sos que compo ngo, muéstrese agradecido a mi memoria. Que él solo enti ende cuánto mal ex cede al dolor, que en mi canto, Amor, dispongo , y él sabe si es igual el premio y gloria. <200. SON ETO. Ver sión d e B> Pues de este gra ve mal m orir espero y no hay conf ianza en tanto daño, Amor me diese en premio de m i engaño este remedio solo, aunque post rero: 5 que en duro bro nce y en la brado acero, estuviese el d olor y el mal extraño, y la dura oc asión del desenga ño, p or quien, con tri ste suer te, tri ste mue ro. Para quien de mi muerte la memoria 10 y de la f e que tuve la fir meza a la futura edad fuese no toria. Que habría quien ll orase mi tristeza con n oble canto, y mi pasad a gloria, despojos de mi bien y mi rique za. <2 03a. S ONETO. V er sión de B> C on el cielo seren o, al mar abierto mi na ve corre, y fresco el viento llega, y, entrando e n g olfo, la salud l e niega cielo turbio , aire ad verso, mar incierto. 5 Vu elv e, te miendo el mal pres ente, a l puer to; te mo r y oscuridad la turba y ciega; y arr ójala, y abierta, qu e se anega, libre la tempe stad del daño c ierto. Arr ebatada va p or el mar la rgo, 10 sin espe ranza al guna de remedio , y con temor d e perdición terrible. Na vegando en el mar de a mor amargo, yo hallo en su peligr o el mejor medio que es desear salud en lo imp osible. <203 b. SONETO. Versión de B> Al viento y al mar do y la vela y re mo; pr ósper o el viento es, y el mar q uieto, y al fin puerto seguro me prometo y el voto ha go d e salu d extre mo. 5 Dentro en el g olfo airado el daño te mo , con s opl o ad ver so y p i élag o in qui eto, y el cielo a oscuridad e stá sujeto: no hay remedio a mi dolor supremo. Una Luz mue stra clara el Occidente, 10 que viste el cielo y la esperanza crece , el viento cae, s osiega el mar incierto. La prora vuel vo a ella, y juntamente la tierr a en altas pu ntas aparece, y nunca llega al des eado p uer to. <2 05. SON ETO. V ersi ón de B > ¿Qué recio y fu erte laz o me encadena con h ermosura y respla ndor sagrado, que en lla ma ardiente, mísero, abrasado, a et erno y grave dañ o me condena? 5 El cel este tesor o es, qu e mi p ena en cr espas hebras d e oro fue tirad o; por él levanto al ciel o mi cuidado; por él gozo de gloria p uesto en pena. Dic hosos nudos del dorad o hilo, 10 q ue soi s dulce cons uelo a mi tormento y s ois honra de España y luz d el cielo, si fuese tal mi humil de y simple estilo que alzase vuestro nombre e n alto acento , ¿quién pudiera igualarme en mo rtal velo? <2 12. SON ETO. V ersi ón de B > La púr pura en la nieve de steñida sus dulces llamas d el Amor perdía, y en los dorados cercos se v eía Venus des fallecer con vuestra vida. 5 La fiera muerte, d e beldad vestida, su oscura n oche vuelve en claro día, y en vuestros oj os puesta descon fía mi alma, que en vos muere partida. Pero espirand o Amor, suave y tierno, 10 en el bell o semblante, la victoria llevó esperada, y se rindió la suerte. Ardió con vuest ra luz su fue go eterno , y a la belleza dio de sí la gloria, que nuevo Amor en vos hizo a la mue rte. <2 13. SONETO. Vers i ón de B> C orta, vana alegría, inútil gloria, dese os sin efectos mal perdidos, suspiros tarde en mi d olor nacidos, despojos tristes de ll orosa historia; 5 par a amargo tem or d e la memoria os si ento en daño mío reducido s; mas después de mis males pretendido s, ¿qué podéi s pretender que os dé victo ria? C ono zco ya y entien do bien mi engaño , 10 que las heridas que en mi pecho veo mostraron la experiencia de mi afrenta. Dej adme, pues huís, mi desengaño: que ni vuest ras promesas ya deseo , ni el bi en de vues tra pena me contenta . <214. SON ETO. Ver sión d e B> V eo el pla cer aj eno y el con tento que ofrec e Am or en el humild e estad o, y co mo estoy doli ente y fatigado procuro al gún remedio a mi tormento . 5 Levanto de la pena al pens amiento y digo que ya soy afortunado, y finjo la muda nza en más cuidado y da me la esperanza sufrimiento. H uye en v ano mil vec es mi deseo , 10 la presa s e le va, por quien yo muero, y se remonta, c on desdén, pe rdido . Te mo que habré de ser cual Salmoneo, que pret endió mudar el rayo fiero y fue con rayo cierto co nfundido . <216. CANCIÓN. Al sueño. Versión de B> Sua ve sueño, que con tardo vuelo las alas perezosas blandament e bates, de adormi deras coronado , por el sereno y ad ormido ci elo, 5 ven ya a l extr emo pue sto de Occid ente, y del licor sagrado baña mis ojos; que, d e am or cansado, co n l as re v ue lt a s d e m i pe nsam iento, no ad mito algún rep oso, 10 y el d olo r d esespera al sufrimiento. ¡Oh sueño venturo so, ven ya, ven dulce a mor de Pasitea, a qu ien rendirse a tu valor des ea! Divino sueño, gl oria de mo rtales, 15 descanso alegre al mísero aflig ido, sueñ o a moros o, ven a quien es per a descansar br eve tie mpo de sus males, con el humor celeste despar cido . ¿Cómo sufres q ue m u er a 20 lib re d e tu p oder q ui en tuy o era ? ¿No es dureza dejar un solo pecho en perpe tuo tor men to y que no ent ienda el bien que al mundo has hecho 25 sin g ozar de tu alient o? Ven, sueño blando , sueño d elei toso, vuel ve a mi al ma ya , vuel ve el r eposo. S ienta y o en es te p aso tu gra ndeza , baja esparciendo el inmortal rocío, huía la Alba, que en t orno resplandec e; 30 mira mi grave llanto y mi tristeza y la razón del descontent o mío, y mi fr ente hu medec e, en la sazón en que la lumbre crece. Vuelve , sabroso sueño, y l as hermosas 35 alas suenen ahora, y huya con sus alas pr esuro sas la desabrida Au rora; Y l o que en mí faltó l a noche fría acabe la cercana luz del día. 40 Una corona fres ca de tus flores, sueñ o , ofr ezco , y d escub re el du lce ef et o en lo s cansad os cercos de mis ojos; que el aire, ll eno en líqu idos o lore s, ya tiene por qué sea más secr eto; y de est os mis enoj os destierra, m anso sueño, los despojos. Ven ya, pues, bland o sueño, ven d ichoso, ant es q ue el O rien te descubra al sol co n fuego presuros o. 50 Ven ya, sueñ o pr esen te, y acabará el dolor: así te vea en brazos de tu dulce Pas itea. Canción, si no agradares hecha en sueño, como y o alcance a ser d el sueño oído, 55 sufre el mal q ue te d iere quien más cui dado en tu dolor pidi ere. <217. SON ETO. Ver sión d e B> En este espaci o de camino inciert o, ar mad o c on l os r is cos y esp antos o, ay afán largo y paso peligroso, dudos a la salud y temor cierto. 5 Entre espinas, huyendo este desie rto, pruebo buscar el paso no dañoso. Resu ena á spero el vi ent o te mpestu oso, el cielo en negra s ombra está cub ierto. Ya corr o, d espeñá ndo me, sin ti ento ; 10 ya doy en las espinas con lo s ojos, y tér mino no hallo en mi camino. Cánsa se y desespera el sufrimiento, y n o teme ya tanto los abrojos cuanto v er la ocasi ón d el mal contino. <219. SON ETO. Ver sión d e B> E sta ba en varios nudos reco gido el cab ello dorado a qu ien ad oro; no cab ello dorado, ant es el oro, por quien alegre lle vo el mal sufrido. 5 Estaba el resplan dor m ás ence ndido de aquellas luces, del Amor tesoro, por quien mi gloria, ya perdida, lloro, pues son caus a del da ño a que he ven ido. La veste negra, la beld ad del cielo 10 era, y la voz de angélica armonía, el aire y gracia, de divino ali ento. Yo que buscaba, tri ste, algún consue lo, viendo el valor de aquesta lumbre mía , llegué para llevar mayor tormen to. <2 21. SON ETO. V ersi ón de B > En tus cristales cla ros la belleza, Océan o, yo veo figura da de mi Luz, que, en sus hebras coro nada, muestra s u majestad y su grandeza. 5 Tus ondas respla ndecen con la alteza de los ra yos de Feb o, y la d orada frente en ellas contemp lo reformada y de púrpura y nieve l a pureza. Si alzo al ci elo los oj os, donde junt o 10 imitas su c olor, hallo p resente mi Lucer o, de llama s esparcido. Yo , dudoso del bien, al mismo punto vuelvo a ti, y en tus ondas refulgent e y en el cielo lo miro dividido. <2 23. SON ETO. V ersi ón de B > Tan alto llevó el vuelo mi esperanza, que m ereció perderse e n su osadía; yo bien l o imaginaba y le decía que no subies e al bien que ella no alcan za. 5 No me e scuchó, y fundose en con fianza incierta, y perdió el bien que p oseía; y puesta en tal extr em o y ag onía, con migo se lamenta en la mudanz a. Y para consolalla de su daño, 10 de Faet ón el ray o le recuerdo y de su osada e mpresa la memoria. Que a mi m al solo val e ya el engaño, c on quien de mi esperan za el premio pierd o, y aun esto juzgo por más alta gloria. <224. SESTINA I. Versión de B> Un verde Lauro, en mi dicho so t iempo, solía dar me sombra, y con sus hojas mi frente coronaba junto a Betis : entonces yo en su gloria alzaba el canto, 5 y resonaba como blanco Cisne, la Soledad testigo fue, y el bosque. Des pués que al b ien me dio princ ipio el bos que, y en la sombr a gocé del dulce t iem po, a lo íntim o llegó de la al ma mía. <248. SESTINA II. Versión de B> Al b ello resplandor d e vues tros ojos mi pecho abra só Amor e n dulce llama, y desató el rigor de fría n ieve, que entorpecía el fue g o de mi alm a; 5 y en los es trech os Lazos d e oro y h ebra s sentí preso y sujeto al yugo el cu ello. Ca yó mi altiva pre sunción del cuello, y en vos vieron s u pérdida m is ojos, luego que me rindieron vue stras hebr as; 10 luego que ardí, S eñora, en tierna llama; pero alegre en su mal vive mi alma, y no te me la fuerza de la nie ve. Yo en fuego ard o, vos heláis en nie ve; y libre d el Amor alzáis el cuello, 15 ingrata a los tormentos de mi alma, que aun blando s a su mal no dais los ojos; mas sie mpre la abrasáis en vi va llama, y sus alas pre ndéis en vuest r as hebras. Vi ese yo, las d oradas ricas hebras 20 bañadas de mi llanto, si la niev e vuestra, dies e lugar a es ta mi llama; que la dureza de ese yerto cue llo la plu via ablandaría de mis ojos, y en d os cuerpos habría sola una alma . 25 La Celestial bell eza de vuestra alma mi alma enlaza en sus et ernas hebras; y penetra l a luz de ardiente s ojo s, con divino valor la helada nieve; y lleva al alto cielo alegre el cuello, 30 que enciende el limpio ardor inmortal lla ma. A mor, q ue me sustentas e n tu llama , da fu erza al vuelo presto d e mi alma; y del terreno peso alzan do el cuello inflamarás la luz de sacr as hebras; 35 que ya, sin r ecelar la du ra nieve miro tu cla ridad con puros ojos. Por vos vi ven mi s oj os en su lla ma, o Luz d e la alma, y las d oradas hebras la niev e rompen, y dan g loria al cuello. <249. ELEGIA IV. Versión de B> Si es l ey de Amor que quien o s am a m u e ra, y pague c on la vida la os adía mi pena, y m uerte sea la primera. Mas si pretende Amo r, oh Lumbre mí a, 5 que quie n merece ama ros siempre v iva, por qué quer éis matarme c on porfía? Acabe ya, vuestr a dur eza e squiv a, que no suf re razón tan gran crude za, ni es bien, al tierno aman te ser altiva. 10 Si n o merezco ama r vuestra bell eza, y buscáis con la muerte mi castigo, por ser in digno yo de tan ta alteza; E ste a mor oso puest o e s buen testi go de quien fue la ocasió n de mi tormento, 15 dando principio al mal que yo prosigo. Nu nca osé levantar el pensamie n to, a más que conte mplar la hermosura, vuestro v alor, y bland o acogimiento. Nunca me confié de mi v entur a 20 tanto, que pr etend iese tal victoria, siendo justo perder ta l coyunt ura. V os disteis causa a mi prim era glo ria, v os pusisteis aliento a la esperanza; pro metiendo cert ísima memoria. 25 Creí vuestro des eo, y la b onanza que vi en el mar quie to y sosega do, dio me vuestra amorosa confianza. Ah ora veo, mi dich oso estad o en miserable vuelto, y m i alegría 30 en tristeza, y mi bien en mal trocado. N o sé a quién yo me v uelva en mi porfía, que pueda cons olarme en ta l fortuna , sino a v os, enemiga dulc e mía. Mis quejas os publi co de una en una, 35 muestr oos mi p ena, y lásti ma pres ente, y veo que mi m al os im p ortuna. E stáis a mis tor mentos inclem ente, ingr ata, es quiva, dura , y desde ñosa; y de vuestra me moria estoy ausente. 40 Mi al ma que con vos era dichosa, sin vos triste, sin vos es de sdichad a, sin v os de su dolor ja más reposa. N o hay quien de mi pe na lastimada no su s pire , y n o tenga desc ontent o, 45 y vos estáis más cruda, y obstinada. Oh Luz, gloria de H esperia, y orna mento, criada por mostrarnos la belleza, del alt o, y claro, y celes tial asiento. Mirad, que si en vos falta la terneza, 50 perdéis parte mayor d e vuestra gloria, y el más ilustre n om bre de la alteza. Sufriréis que os escriba la memoria por bella , y por cruel? oh Lumbre mía! no deis a tal pecado tal victoria. 55 Sed, pues que soi s mi Luz hermosa , pía; dad a quien os a dora algún cons uelo, en premio de s us penas, y agonía . N o me dejéis morir con desconsuelo, d e vuestra cru eldad d esesp erado ; 60 baste el d olor sufrido, y su re celo. C ómo sufrís que muer a en tal estado quien era vues tro am or, vu estro c onten to, y du lcem ente fu e de vos tratad o? Mas si vuestra dureza y mi tormento, 65 quieren cortar el hilo de mi vida, y esto es ya d e los d os p ostrer o inte nto; En este breve espac io, y despe dida, mostrad dolor alguno d e mi muerte; en t érmino tan áspero ofrecida. 70 Que despué s no habrá p ena, o mal tan f uerte, que pue da de shacerme e sta memoria , último bien d e mi infelice su ert e, y de spojo dichoso de mi gloria. <253. SONETO LIII. Versión de B> Mues tras de breve bien que huye l uego, antes que la ocasión vuelva la frente, fueron las que el Amor halló pres ente, con que mi alma ar dió en su ete rno fuego. 5 Pero glorias de un n iño solo y ciego, que presto las deshace un acciden te, cómo pueden valer a un pecho ause nte; que no s abe q ué es ti empo d e s osieg o? Alcé mis espe ranzas sobre arena, 10 que el viento aparta, y lleva sin concierto, y no temo los golpes de mudanza; Ca yeron, y el Amor, por mayor pena, quedó en las alt as nub es desc ubierto ; con temor, y sin f uer za, y c onfianza. <254. SONETO LIV. Versión de B> Duro es est e peñasc o leva ntad o, que no teme el fu ror del bravo v iento; fría esta n ieve, que el so berbio aliento del Aqu ilón arroja apresu rado. 5 Más duro es vue s tro pec ho, y más helado , en quien la pi edad no ha hecho asiento ; ni el fueg o de a mor oso s entimien to en él ja más, por culpa vu estra, ha entrado. S ordas las ondas son d e aqueste río, 10 pero más sorda vos, a mis clamores; que aú n po co os pareció ser dura y fría. Mas tod o e ste dol or al p echo mí o no causa tant as penas y dolo res cuanto la sol edad de la alma mía. <255. ELEGIA V. Versión de B> Los ojos que son luz de la alma mía, hú medos vi tornarse con lamento, la púrpura bañan do, y ni eve fría. Un tiern o y con gojoso sentimi ento 5 con suspiros forzad o, fatigaba el pecho, donde inspir a Amor su ali ento. A la armonía, y llan to atento es taba el aire , suspendido el alto c ielo, y a mí, junto con ella se quejaba. 10 Cuándo oyó tan suave canto el sue lo? aunque tenga de Orfeo l a memoria, y de F ebo cubi erto en mortal vel o? Cuánd o tuvo el A mor tan gran vic toria? cuándo si n tió el valor de su grand eza? 15 sino en esta dich osa y sola gloria. Qué piedad fue v er en tal tristeza los dulce s ojos, qu e jamás vi o tales la luz d el rojo Sol puesto en alteza. Los dulces verd es ojo s celestial es, 20 que entre la blanca nie ve, y frescas rosas (a quien son l as de Pesto desi guales ) E sparcían las lágrima s hermosas, a viva nd o el col or c on e l rocí o que cubría las fl ores am orosas. 25 Qu é lástima, era ver, en el Sol mí o el puro r es plando r, q ue me ence ndía, am ortiguado sin aliento y frío. Qué compasión m irar la gloria m ía sujeta a u n triste y miserable estado, 30 y ver que Amor en ella padecía. N o hubie ra pecho (aunque de ace ro armado ) que al d olor no entregar a sus despojos de la asp ereza en pieda d trocado. El licor que bajaba d e los ojos 35 por los pech os, y veste variada, de lazo s plateados, y d e abrojos. En nieve con dureza c onge lada co nv ertida su for ma en la figura de una lu ciente perla bi en tallada. 40 N o cría con tal Luz y hermosura en sí el r osa d o y olor os o Ori ent e perla de tan perfecta Co mpo stura, Si tuviera esta pe rla refulgente Juno, de la al t a Sam o sacra Diosa, 45 Paris le diera el pr emio fácilmente. C on esta fuera V enus más dich osa, y el resplandor más bla nco de Diana, y de Febo la luz más poderosa. Llegué yo a esta mi per la s oberana 50 ay triste, inad vertido por mi daño, que su lu z a mis ojos fue tirana. N o me temí d el am oro so engañ o, no pude p ersuadirme a tal afrenta; no si endo de la ley de A mor extrañ o; 55 A la luz que en mis ojos se apose nta iba para quej arme de la pe na que la f ortuna adversa l e presenta. Cuand o cerca del mal que Amor ordena miré con pied ad, y confiado , 60 la que t odas mis gloria s enajena. La lu z, y el dulce resplando r nevado el c orazón venció con su belleza, y la tomé en mis manos admirado. Llor os o y c on t em or de su tri ste za 65 me olvidé de la perl a que traía, y a mi boca llevela con si mpleza. Disuelta al punto, oh dura suerte mía, a las entraña s descendi ó, y en fuego se t rasmudó la niev e dura y fría. 70 El c orazón se abrasa ardiendo luego, com o si por mi bella Luz no ardiera, y su calor dej ome aun tiemp o ci ego. Oh crud o engaño , quién jamás creye ra que en un cuajado y recogido hi elo 75 oculto un fuego líquido es tuviera. Qué, fuera del A mor, virtud d el cielo, pud o mostrar en lágri mas hermosas un nuevo efecto , nunca vi sto, al suelo. E stas lágrimas puras, y amorosas, 80 eran fuego de Amor, eran mi muerte, estas lágrima s tiernas, y dichosas. Si estas pudo arr ojar con triste su erte p or l os ojos , d obla nd o e l de svarí o al pecho, que rindió su brazo fuerte, 85 Si es tas pudo enviar en hielo frío, conocie ndo en la luz de su bel leza más vir tud que en su fu erza, el Am or mío; Por qué quiere que vi va en su dure za siempre s ujeto, y preso, y engañado , 90 pues no trató conm igo con llan eza? Mejor fuera, que ya que mal tra tado debía y o vivir, en su tormento, me lle vara al dolor sin ser forzad o. Y no que co n su fraude, y crudo inten to, 95 me robara la gloria de mi pena, dejándome en co nfuso senti miento rebelde el cuello siempre a la cadena. <258. SONETO LVII. Versión de B> F ormar quis o el artífice dich oso que vi o vuestra belleza y lumbre p ura al pensa miento igual l a herm osura que hac e el tie mpo nu estro v enturo so. 5 La dulce gra cia, el respland or hermoso que dan púrpura y niev e en su pintura dio, y luz que venza a l a tinie bla osc ura, má s q ue tod os osa do y te mer oso. Pero la celestial sola belleza, 10 las hebras de oro y la rosada frent e, los ojos bl andos, do nde Amor se cría, n o pudo, y ju sto fue que su rudeza n o muestr e glorio sa y excelente vuestra beldad, oh ínclit a María. <267. SONETO LXIV. Versión de B> Si el dulce y tierno canto Am or te inspira, si pone en tu memoria algún cuidado la luz que te guió en el mar turba do, torna, A malteo, a r esonar tu lir a. 5 Por ti Betis al Tebro altivo ad mira, al Tebr o con el Arn o ya igualad o, y entre puras e strellas colocado envidioso Erídan o lo mira. C ontigo calla el coro de Helicona, 10 que en su c ristal se b aña reluciente, y Am o r p ierde en tu olvido los des pojos. Yo, qu e tan to t e esti mo, la c or ona pido que no rehúy as a tu frente: así t e miren sus h ermosos oj os. <270. SONETO LXVI. Versión de B> A lf onso , vu es tr o nob le y dulce canto , con quien su ena del cielo la ar monía, debiera c elebrar de la Luz mía las hebras de oro crespa s que honro y ca nto. 5 Que yo mues tro la f uerza de mi llanto y el bien que a mi esperanza s e desví a, y solo el mal que Amor a la alma envía cuand o mi ruda voz d ébil levanto. N o que a mi nombre h umilde vida y gloria 10 diera, que ya alza igu al la altiva frente a quien ilu stra el Arno puro y frío. Mas si pued o estimar esta memoria, verá el templa do pu esto d e O ccident e que vuestro valo r canta el Betis mío. <280. ESTANCIAS II. Versión de B> Oí el son d el a moros o ca nt o, herm osa Est rella mía, que y o veo en vuestra luz el fue go, en quien levanto, ardiendo pres tas alas, al deseo. 5 Por vos n o puede en mí el d olor y el llanto, y, ll eno de la gl oria que poseo, hallo que en vos m i pena me disculpa y en mi dichos o mal estoy sin culpa. Abráz ame las venas este fu ego; 10 las junturas y entrañas abrasadas siento, y nervios ard er y correr luego las lla mas por los va sos dilatadas. Mi llanto tiembla al fue go, y si sosiego, crecen las llamas, súbit o alentadas; 15 el fuego en la ceniz a me revuel ve y en lágrimas al pe cho el A mor vuelve. Cuand o en v os pienso, en alt a fantasía me arreba to, y ausent e me pr esent o, y crece , contempland oos, mi alegría, 20 dond e vuestra bell ez a repres ent o las parte s con que si ente la al ma mía, enlazada en mo rtal a yuntamiento, y r ecibe en figuras con ocidas al sentid o las cosas ofrecidas. 25 Aunque en honda s tinie blas s epulta do, y estoy en grave silencio y escondido , casi en perpetua vela del cuidado se me ad orm ecen, y en el bi en cr ecido, de esta memoria, co n am o r fo rm ad o , 30 se venc en, y allí to do suspendi do el e spíritu os halla, y tanto veo, cuanto pi de el amor y mi deseo. C on la grande igualdad qu e en la b elleza vuestra halla mi al ma semejante, 35 qu e tras figure en mí vuestra grandeza me fuerza, y a mí en v os, y del s emblante de vuestra luz proc ede c on ter neza a los ojos de vuest ro humilde amante un furor bla ndo, en que perderme si ento, 40 y se dobla en la vi st a m i to rm e nto . A mor me hier e y hace qu e mi pena exceda a la que ha sido más terrible; anda d e mí mi al ma hecha ajena, sufriendo el mal, que a mor es i mpos ibl e. 45 Solo estoy d o mi alm a se condena , y estoy do al mortal cuerpo n o es posible; d o es toy no es toy, y e stoy d o n o me ve o, y véome d o es tar si em pre dese o. Ca si sin esperar , mi bien, os temo, 50 y en temor infinito os sirvo y a mo con infinit o amor, y en tanto extremo más d esconfío cuanto más me inflam o; y mi desconfianza en lo supremo se halla del dolor, per o si llam o 55 la esperanza al f avor, se me retira, y l ejos de salud mi empresa mira. Pade zco yo por vos sin espe ranza y menos me debi era si g ozara el do lor de mi mal en confianza, 60 porque por mi provecho ya penara y no po r el valor que la alma alcanz a; y es ta su erte de mal m e es d ulce y car a, porque gozo mis gl orias, apartado de remedio, en la pe na del cuidado. 65 Tengo esper anza d e do lor, y tengo por ella algun a cuenta de esta vida que aborrezc o, y las penas que sos tengo dese o, por ser v os de ellas servida; y aunque me tratan mal las entret engo 70 y en med io de mi alma doy cabida, y duél eme perder la vida y ell as, porque mereceré el dolor con ellas. Aunque perder la vida me asegura mis trabaj os, no tom o algún content o, 75 porque es m i gloria verdadera y pura acordar me quién causa mi tormento; mas lu ego Amor sus alas bate y jura que el bien que dará el mal del pensamiento es la muerte, pues ve que la memoria 80 de quien me olvida, al abará mi gl oria. N o tengo de vos bien sino el cuida do que sient e el coraz ón, y es mejor parte es to de l ma yo r p re cio y es t im ado , que vu estra corta p iedad reparte; 85 y tén golo en secreto tan guardado , que ja más daré d e él algu na parte; que solo nac í y o para tenello y él para darme muerte en merecello. Yo no esperé al gún bien cuando mis ojos 90 os dieron de su alma la vict oria, los males esperé de mis desp ojos, y gusta tanto de ellos mi mem ori a, que ya no trocaré de mis eno jos el menor por el bi en de mayor gloria 95 que n o ve nga de v os , y en ellos vivo tan hecho, que al descanso estoy esquivo. C onten to est oy, pu es el dol or n o mu ere, que nazca más dolo r d e vuest ra mano, porque me quede más razó n do espere 100 merecer el tor men to s oberano ; y ya no podrá Amor que de sespere quien ve que su osadí a no fue en vano, no para confiar d e bien que venga, mas p ara que en la pena otro mal tenga. 105 Quien nació com o vos tan ex tremada y de tanto valor y tan h ermosa, ¿cuál al ma dejará no c ondenada a la lla ma de Amor maravillosa, y qué vida a serviros no obligada; 110 y qué pena daréis, que glo riosa no s ea más que el bien de la más bella, si alguno o s osa amar, m i pura Estrella? Mi gloria es y galardón crecido que os acordé is que, aunque por vos yo peno, 115 ha ciendo lo qu e debo en lo servido, de esperanza de premio estoy ajeno; que en aceta llo queda agradeci do cuanto en serv iros tie ne Amor por bueno; y n o que vos lo agradezcáis, se ñora, 120 que no se debe tanto al que os adora. Deu da es de Am or , a quien estoy obliga do, que por pagalla gl oria no merezco, mas mucha pena que tendrá el cui dado cuando el dolo r huyere, a que me o frezco. 125 Si no la sati sfago est oy culpado, y no la pago en cuanto mal pa dezco. A perder me av entur o d e tal suer te, que gano de mi v ida viva mue rte. El galardón que aguarda la fe mía, 130 e n fin de los trabajo s que ha sufrido , es quedar con más fuerza y agonía otro para pasar más extendido. Amenázame un mal y se desvía por dar lugar al mal que v e encendido; 135 quien parec e más grave n o me mata, porque de otro ma yor se d esbarata. A usen te en s oledad me hu elgo ta nto por el mal que me hace mi tristeza, que no tengo otra gl oria de mi llan to 140 sino pensar mi mal y su dureza. Las h oras que pas é y el t iem po ca nto crezca, y dé honra al Céfiro dorad o 15 este sacr o lucero ven erado. Las victorias, trofeos le vantados en los desnudos robles, el sangrie nto suces o del feroz arma do Marte, las alz adas bander as en el vie nto, 20 los presos, lo s imperios conquistad os con áni mo, prudencia, fuerza y arte, que dieron t anta parte de la rota y herida y muerta Francia al prim ero Fernando gl orioso, 25 que al turc o belicoso ro mpió en el alt o Jonio la jactancia y en Italia ganó el soberbio no mbre con más valor que cabe en mortal h om br e, con al as de encendid a y viva gloria 30 a Europa y Asia muestra su memoria. El ánimo del nieto esclarecido, igual en nom bre y en virt ud y en fama, que pertur bó de Enrico la braveza , como de Feb o la luciente llama 35 que deshace al nublado oscurec ido, así se exti ende l len o de gran deza pues to en mayor a ltez a, siguiend o al blando Apolo y a B elona, y de laur o y de yedra fl oreciente, 40 a su sagrad a frente doblada ciñe, y orna la c orona; pero tratar de su valor f amoso pertene ce a un espírit u dicho so; mas ¿qué, si canto y o la soberana 45 Francisca, al uno nieta , al otro hermana? ¡Oh alma llena de valor y gloria, ilustre muestra de real grandeza, a quien el fa vorable y lar go cielo sus dones en tregó con su riqueza 5 0 y en v os sola ocupó nuestra memoria, que igual no ve la luz que nació e n Delo; el n uestr o hesp eri o suelo a vuestra deida d consagra un tem plo, de ingenio, d e virtud, pr udencia rara, 55 cual el que dedicara Atenas gene ro s a c o n e jem p lo a la ar mada doncella q ue sin madre nació de la cabe za de su padre! Y no es mucho que igual es ta honra sea, 60 pues se os rinde la virgen At enea. De vos procede, ¡oh sola lu z de Espa ña!, la divina virtud que m i deseo inflama en nuevo ard or y glorioso. Ya debaj o mis pies la ti erra veo, 65 y el anch o y largo P onto que la baña, cortando el campo llan o y luminoso, y ve o en el d ich os o so l d e vuestro valor y e n las estrellas cuanta gr andez a en s í contien e el cielo 70 qu e os cubre el mortal velo, y vuestras alabadas obras bellas; y en vue stro r espla ndor conte mplo a tento el s er, vir tud , el cl aro en tend imiento, y hallo la c eleste hermos ura 75 que espira en vues tra lumbre exc elsa y pura. C omo el ardiente sol la antigua ti erra con sus ray os alumbra y enriquece, haciendo el campo fértil, selva y prado, que co n sus va rios dones re florece 80 y en su seno los frutos nos encierra, tiene así el resplandor c laro y sagrado nuestro ing enio ilustrado, y produce , esparciendo su riqueza, el fruto de l espírit u divino 85 con valor peregrin o, y celebra las obras de grandeza con alta, insig ne y gloriosa lira; y tanto en vos de scubre que se adm ira, porque halla encerrado en v os el cielo 90 y al tivo de ell o y arr oga nte el suel o. Todo cuanto al t erreno cuerpo alienta, por la virtud eterna fabr icado, en v os se halla con igual efeto. Vos sois ejemplo a t odo lo criado ; 95 de v os la tierra vi ve, y s e alimenta el mar, el aire y fuego más perfeto ; que con valo r secr eto , a tierr a, a mar, al aire, al puro fueg o, cual la virtud del ci elo, y las es trellas, 100 son vuestras obras bellas la tierr a, el mar, el aire, el puro fuego. ¡Oh glori oso cielo en n uestro suel o! ¡Oh sue lo g l orios o c on tal ciel o!, ¿quién podrá celebrar vuest ra grandeza? 105 ¿Quién osará alab ar vu estra belleza? V u estr o va l or e ter n o y sob era no exced e a nuestr o rud o entendimi ento y ciega vuestra luz resplandecie nte los ojos del human o sentimi ento. 110 Yo (aunque el sagrado A mor me da la man o) te mo del hondo Pado la c orriente y el mar qu e dentr o si ente del atr evido joven la c aída. N o s oy el in sol e nte Sal moneo 115 que con vano deseo imitó el rayo que abrazó su vida. Cuanto ve el sol y cu anto el cielo cubre, todo en vuest ra alabanza se descub re, y toda se presenta a gloria vuestra 120 la ingeniosa y cl ara madre nu estra. ¿Qué pue do, pues, yo da r a la grandeza del inm ortal vigor, porq ue las flores, las perlas que enriquece el Oriente y de Arabia dichosa l os olores, 125 e s don pequeño a la su blime alteza? Daré a su templo de mi pecho ar diente el c orazón caliente, que se abrase en sus aras ofrecid o; la libertada voluntad sujeta, 130 si pued e ser a cepta al val or y al ingenio e sclarecido ; si es poco, daré la al ma, y si tu viera otra c osa mayor, tambi én la diera. Que su lu mbre será feli ce guía 135 a la voz simple de la musa mía. Canción, de puro afecto hecha, aunque indigna puest a ante sus ojos, di con humil de frente: "A vu estra gloria ofrece estos despoj os 140 qu ien ven era el valor vue str o excel ente." <299. SONETO XCI. Versión de B> Al ma , que ya en la luz del pur o cielo ardes de sant o amor; a quien s uspira tu ausencia, con suaves oj os mira, y ali enta a que l evan te el débi l vuel o. 5 Ceñida en to rno de purpúreo velo, en mi llor oso pecho el fu ego inspira; porque sin odio, sin temor, sin ira desprecie el vano amor del frágil suel o. Lloré yo tu partida, a mé tu gloria, 10 y en tu últi mo dolor creció mi pena ; para seguir c ontigo el mism o hado. Si el amor te renue va la memoria ; en esta som bra ven con faz sere na a consolar el c orazón cansado. <301. SON ETO. Ver sión d e B> En este p rado y sole dad desierta, que tien e en temor tris te el viento airad o, del caudal oso Betis apa rtado, considero mi est ado y vida incierta . 5 Hall o del grave Amor la vía abierta, que para mi t ormento ha levantado ; espacio larg o veo y no tratado, difícil la salud, la muer te cierta. De lejo s aún no veo árbol desnudo 10 que n o sea león, y si ento a la ora cuajárse me la sangre al pecho fría. N o hay quie n ya no sienta el do lor crudo que mi alma padece en esta hora, que rehúy e mirar la luz del día. <302. SON ETO. Ver sión d e B> Luces llenas de a mor, en quien c olora los ray os de or o Febo y las es trellas, con vuestra claridad qu edan más bella s en la pri mera sombra y nueva Aurora. 5 ¿Qué oscuridad os turba y descolora y des m aya el vigo r de e sas centellas? ¿Por q ué con viva fuerza ardiendo en ellas el pech o no abrazáis de l que os ad ora? C on l lan to sí p od rá, amor os os oj os, 10 ten er vuestra bell eza oscur o vel o, cual nube rara al s ol que e st é encendido. Después qu e al dol or dais estos despojos, se cubre Amor de luto y queda el cielo en tinieb la, confuso y esco ndido. <304. SON ETO. Ver sión d e B> En alto y bra vo mar, sin luz a lguna, con tempestad contraria y fiero viento, mi na ve abierta está, y airado si ento en mi daño, Arellano , la fortuna. 5 Ya esperanza de bie n tengo ninguna, que aun e sto n o se d ebe al pensa mien to; la fuerza y arte falta, y el tor mento de la pr esent e mu erte me i mportun a. Pues el am or m e deja y nieg a el puert o 10 que ve o en las reliqui as de mi nave , que el mar lleva esparcidos mis desp ojos, la vest e y ar mas de es te amant e muerto, que res tan del naufrag io duro y grave, consagrad a mis dulces verdes ojos. <305 . CANCIÓN. Ver sión de B> De las más b ellas trenzas y d oradas que jamás v io el sol clar o, estoy ausente, en tre est as peñ as, s olo en el d esier to, que mis queja s responden t iernament e. 5 De las más bellas luces y sagrad as estoy en sole dad, de bien inci erto, y puesto en dolor c ierto. De a que llas hebras bellas y her mosas estrellas 10 mi fortuna cruel , mi suerte dura me aparta en larga, en fría noche oscura. Amor, ll évame aquel cabello y oj os de cuya hermosur a fui y s oy y seré siempre los desp ojos. 15 No so n más reluci entes y e ncendido s cuand o más rojos son e n claro día los pur os rayos del s ol alto ardiente, que son de la enemi ga dulce mía los filos, enlaz ados o es parcidos 20 por la s erena, blanca y limpia frente; d onde el Amo r pres ent e la red dorada ordena, la entrenzada c adena al al ma, que merece ser vencida, 25 y sufrir sa tisfecha y bien perdida el dol or a moros o y el tor men to que le da e terna vida, cual me da en mi trabajo el sufri miento. Las llamas del purpú reo abierto cielo, 30 c on qui en la noche sola se corona de lucient es figuras ad ornada, componi endo en su frente una co ron a de vari o resplandor, qu e ilustra el suelo, vence mi Luz, de ray os inflamada; 3 5 do ti e ne Am o r fo rm ada toda su mayor gloria, su imp erio, su victoria, y con d oradas flechas e n la mano en ella s e descubre se r tirano, 40 y al dulce centellear de luz ardient e no deja pecho s ano, que cuanto m ira hiere crudam ente. Cuand o crece la s ombra y mengua el día, el fuego d el Amor con mayor fuerza 45 me abrasa, y yo no hall o en dolor mío remedio alguno, que mi mal se esfuerza en es ta miserable su erte mía; y d e mi s oj os va un llor o so rí o que en el invier no frío 50 la condensada nieve disuelv e en tiem po breve; mas d e los ojos blandos la terneza y el respland or ilustre d e belleza podrían mitigar su fuerz a ardiente, 55 si en es ta mi tristez a n o estuvie se apar tad o, s olo, aus ente. A mor no dulce, sin o Amor amargo, ¿con qué vir tud me tienes, que no m uero de mi h ermosa Estrella n o alumbrado? 60 ¿A do está el bien? ¿A do el fav or primero? ¿Qué ti empo es este de destierr o largo? Los oj os, de mí t od o tra ns port ad o, vuelvo al p uesto sagrado, donde está la Luz mía, 65 y allí, suspens o, el día paso y la noche en mísero lamento, y mi deseo , alzando el pensam iento , llévame a cont emplar mi Luz, qué hace, y si mi apar tamiento 70 le agrada, si mi mal le s atisface. Mil cosas imagino que deseo; hácelas verdaderas la esperanza, último bie n del amado r mezquino . Hallo si empre razón y con fianza 75 de conseguir el bi en de mi deseo . Ya corre el pensamient o sin camin o por el err or contino de mi antigua fo rtuna. Halla tal vez alguna 80 mu estra d e su d olor, y t eme y huye, y el pasado contento se dest ruye, y por el mismo paso que ha llevado entrar lueg o rehúye: tal va de su temor, triste y cuitado. 85 ¿ Qué p odré yo hacer en t al extr emo, pues m e obliga mi suerte a mi torment o, sino sufrir el mal que Am or me diere? Hecho est oy al dolor y al sufrimiento, y, primero qu e venga, el daño temo, 90 y espe ro cuanto su dureza quie re. Y aunque cr uel me hiere, no servir á que qu iera rehusar la carrera. Haga, pues, el do lor en mí su o ficio, 95 Y Amor crud o y sangrien to s u ejercicio; que no p odrá el torment o ser más fuerte que hacer sacrificio a la ara de mi Lumbre con mi muerte. solo p erm i t e, ya que estoy aus ente, 100 quejarme de mi mal a este desierto, pri mero qu e a l a esp ada entregu e el cuell o y el cuerp o al fu ego q ue me ti ene muer to, y mis perdidas glorias que recuen te, cuand o el dorado lazo del cabello 105 c respo, sut il y bello en mi cerviz se puso, dejándome confuso, y que imprima la causa de mi afrenta en esta ar ena est éril y s edienta , 110 y, r epitiendo de principio el daño, haré que el campo sienta , pues solo estoy , la fuerza de mi engaño . Se rá el desi erto y mi dolo r testigo de mi liviana culpa y grave pena, 115 y c uán en vano, tri st e, me l amen to; porque quie n a la muert e me condena, ingrata y dura y ásp era es conmigo, y siempre va dobla ndo mi tormento . Mas si el dolor qu e siento 120 t urbase po r un día esa enemiga mía y me llevase ant e sus b ellos ojos, s erían gloria todos mis enojos; y p or el bien de verm e en tal estad o, 125 querría ser d espojos de ausenc ia y de tem or y de cuidado . A m or, yo muer o s olo en e l d es eo, y aunque es mi dolor g rave y trabaj os o, huelgo, que de la causa po rque muero 130 querrías tú morir envidioso. Si do y e n gl or i a y e n amo r p rim e ro , tal es mi mal, que tú tendría s por bueno no morir como yo, muriendo, p eno. <SON ETO CV> Teme rario Pinto r, por qué di, e n vano, te cansas en mostrar la hermosura de la e xcelsa Heliodora; y la luz pura, y el se mblante amoroso, y soberano. 5 S erá trabajo el tu yo sobrehumano, que n o deb e esp erar l o q ue procu ra; mas cuándo ofreció el cielo tal ventura al rud o conseguir de mortal man o? Si tú m uy confiado en la grandeza 10 de toda la b eldad que e spira en ella, osares descubrir alguna parte, Pinta la mis ma imagen de belleza; y si pued e imitar las luces d e ella habrás llegad o a perfección de la Arte. <311. SONETO CIV. Versión de B> Aqu el sagrado ardor que resplandece en la belleza de la Aurora mía, mi espíritu moviendo, al pec ho envía la pura i magen, que en mi alma crece. 5 En ella está afijada; y de allí ofr ece al pecho su valor en co mpañía; y de sí misma efectos alt os cría; con que me inge nio y nombre se e ngrandece. Vuel o tan alto que con rayo fiero 10 o con ardiente Sol fuera impedid o; si no me diera aliento mi Luz pura. Mas ya que mu ero, como sie mpre espero; ni en Mar seré, ni en Río sumer gido; que el mundo me será l a sepul tura. <316. SONETO CIX. Versión de B> Quien la luz de b elleza amando adora, si quiere ver la vuestra, al Sol dorado y al lucero de Venus estimado mire; y la claridad de bla nca Aurora; 5 L os rayos que espa rciendo mue stra Flora; de Diana el semblante v enerado; el valor, l a grandeza, ing enio, estado; y cuant o el ser humano en sí atesora. Que en ello s vuestr a al teza y her mosura 10 verá, y la Aur ora, y Flor a, y Sol vencido; y rendirs e el lucero con Diana. Mas si hermosa blanca la luz pura volvéi s, de Casto amo r dirá ence ndido que sois t oda inmortal y soberana. <323. SON ETO. Ver sión d e B> La red, la h acha, el am oroso dardo que en la belleza de mi Lumbre veo , dieron d e mí al A mor justo tr ofeo y al fuego me lle varon en qu e ardo. 5 Ja más a p resa tan v eloz el pardo se vio com o el amo r de mi deseo . Yo resis tí por mal y no d eseo ser ya contra sus fuerz as más gallardo. El brío y l ibertad del pens amiento . 10 las vanas esperanzas de victoria <333. SON ETO. Ver sión d e B> Grand e fu e, aunque infelice, tu osadía, oh valeroso hijo de Climene , que por guiar e l carro que co ntiene la ardiente luz que da color al d ía, 5 d el rayo muerto en la intentada vía, Erída no en sus ondas te sostiene , hecho claro sepul cro, cual c onv iene a la muer te qu e Jú piter te en vía. Mas yo que el glorioso fueg o y lumbre 10 de mi sag rado Sol y rayos de oro si empre esp eré regir co n diestra suer te, c aí herido de mi ex celsa cumbre con desdeñoso r ayo, y mi tes oro perdí en vida, sujeto a dura mu erte. <355. SON ETO. Ver sión d e B> Tú, que de nuestro Betis extendido por el Tebro dejaste el rico llano, y aquella gloria del valor ro mano miras en el sepulcro d el olvido, 5 ¿por ventura del yugo sacudi do la cer viz libre muestras, y el tirano Amor pru eba sus flechas en ti en van o, o en nuevas llam as ardes encendido? Que y o en la patria si n mi bien me veo, 10 triste, preso, herid o, solo, aus ente, y siempre perse guido de un cuidado . Sin esp eranza vivo con d eseo y apena de este rí o la corriente descubro el mal que s ufro no ca nsado . <359. SON ETO. Al Cond e de G elves. Versi ón de B> S eñor, si es te d olor d el mal que si ent o yo veo quebrantado en mi m emoria y olv idada la triste y grave hist oria, dura ocasió n de todo mi tormento, 5 d e España c on voz alta y noble aliento cantaré los triunfos y victoria, y alzando al cielo igual su eterna gl oria daré a vuestro valo r in signe asiento. Mas unas encrespadas t renzas de oro , 10 un resplandor divi no, una armonía y gracia nunca vista en nuestro su elo; una bell eza a quien suspenso adoro, rompe el impedi mento y dej a llano camin o a la dureza d e la muerte. En tonces de la tierra el a mor vano y la gl oria caduca al al ma ingrata 135 s on d olor y t or ment o sob reh uman o. Las esperanzas todas desbarata la mu erte, y al q ue en vicio sepul tado yace , en eterna pena aflige y tra ta. Dichoso tú, qu e, al cielo arrebatad o, 140 alegre relucir ves las estrellas y bajo de tus pies el mar hinc hado; y del vi ento l os sop los, las centella s que el aire errand o ilustran esparcido y nues tro clamor oyes y querellas; 145 y an te el in menso Rey es clarecido que al al to cielo rig e y pone freno al m ar, que no se extienda e mbravecido, de g loria y pi edad celestial llen o, ruegas por nue stras culpas po r ventura, 150 abriendo de a mor santo el largo sen o. Aunque la voz del l lanto y veste os cura no sufra la alegría d e tu suerte que goza de la e xcelsa herm osura, per mite que a tu ace rba y grave mu erte 155 publ ique, co n señales de tris teza, cuánto Espa ña sintió tu dolor fuerte. Af ectos s on de la in mo rtal du reza es tos h ondos suspiro s y lam entos, que muestr an su dolor con tu grandeza . 160 Porque sie mpre perp etuo el senti mien to con memoria será del bien p erdido, pues era s nuestra gloria y orna mento. Yo al a mor que te d ebo , a gradecido (si algo pued en mis versos) , te prometo 165 que tu nombre no bañe etern o olvido . Antes por donde Betis v a quieto al extend ido vaso de Nereo y siente en su pro fundo al so l secreto, de l os pi nos del piél ago Eritreo, 170 do ve del nuevo mar la gran corriente el español muriendo en su deseo, y don de el roj o pu esto de Or iente mira la r ociada y pura Aurora, do i mprime el hielo, do arde el sol cal ien te, 175 s erá tu n om br e en la sagrada Flora más ilu stre y famoso y esti mado de quien no solo por tu ausenc ia mora, mas de q uien tu val or aventajado, de quien oyere tu virtud y gloria : 180 po rque tu nombre siem pre celebrado hará ig ual con el ti empo su memoria. <371 . CANCIÓN. Ver sión de B> E ste lugar d esierto y este sile ncio oscuro y escon dido, do el sol no ha ya abierto el pas o al carro ardiente, 5 test igos son del dul ce bien perdido y de mi dañ o cierto, mem oria amarga de mi gloria ausente, d onde en grav e tor mento cansa el vano deseo al pensamient o. 10 Aquí, junto a esta s flo res, al pie d e este alt o lauro coronado, vol aba n l os A mor es sobre la bella frente, que el c erco , en hebra s de oro relaza do, 15 c on los var i os col or es de las dichosas perlas de Oriente, a la Aura descubría y a los Amores de su amor hería. V olaban rociando 20 con la ambrosía el ro sado, apuesto cuello, y yo atento, mirando su luz ardien te, en fuego preso, en las rosas vueltas d el cabello, y vi mi muerte cuan do 25 en sus ojos se puso el niñ o cie go, y en s u he r mo so pe c ho quedó espíri tu dulce el Amor hecho . Salían de los ojos rayos que me ro mpieron las entrañas, 30 llevando mis d esp oj os en señal de su gloria y en ellos descu brieron sus haza ñas, doblando mis enojos para m ayores muestras de victoria: 35 que el Amor no co ndena a quien ama a pequeña o jus ta pena. Las perlas qu e en el seno rojo y del claro Hidasp es relucían en el cu rso s eren o, 40 formaban diadem as en las cogidas trenz as que ceñían del oro en ámbar llen o, y esparciendo las puntas más extremas por la purpúrea f ren te, 45 mi al ma se abrasó en su fu ego ardiente. Cuál fue mi grave pe na, luego que en su bel leza vi mi mue rte, sábelo quien ordena que muera aquí perdido 50 c on e squiva memori a de mi suerte. Cuán pres to desordena Amor l o que des ea un afligido; que luego en la mudanza corta el vuelo sin tiempo a la esperanza. 55 Pequeña fue mi gl oria, per o gra nde y eterno mi tormen to que dejó en la memoria soleda d de bell eza y vana confianza al p ensamiento, 60 que en miserable hist oria revuelve la pasión de su triste za; y quédame en despo jos fue g o en el cor az ón, lla nt o en los oj os. Quieto y fresco río, 65 y de los ver des á rbol es vestido, alto m onte, y tú, frí o b osqu e, sol o y cerra d o, ¿cuántas ve ces mi llanto hab éis oído? Y e l gr av e do lo r mío 70 ¿cuántas veces turbó vuestro callado silencio , sin que vi ese que piedad e n mi señora hubiese? Su n ombre en la cort eza vuestr a ex tendi endo, en ll anto d eshacía 75 mis oj os con terneza , y en el lugar donde ella se r ecos tó, ll oroso me tend ía; y atento en su belle za, hasta que daba luz la Id alia estrella, 80 allí e staba llo rand o y al cielo de mis lágri mas cansando. Pasó mi bien lig ero cual niebla qu e la espar ce y rompe el viento; quedome d olor fiero, 85 que nunca de mí parte, y en su memoria desmayar me siento; y j amás , tris te, esper o que el tiempo en mí deshaga alg una parte; que en la al ma con fir meza 90 fijó el A mor su gracia y su belleza. Can ción, sola y desnuda y hecha de dolor y pena mía, huye de la alegría, busca donde no pueda 95 ofender tu desdi cha a gente le da. <381 . CANCIÓN. Ver sión de B> A mor, tú que en lo s tie rnos bello s oj os, toc ad os de h er mosa p lu via d e or o, centellaste, l as alas esparciendo, y mi pecho encendie ndo, 5 llevas te nueva mente l os d esp ojos, tu s a cr a ha c ha y t u fav o r im p lo ro para cantar la Luz d e mi cuidad o; las hebras que Aura muev e por el cuello, que pura leche y n ieve 10 en la blan cura vence, y el templado color d e la purpú rea y fresca r osa, en sombra deste ñido, de vi ola suave y a morosa, donde quedé ot ra ve z preso y perdido; 15 y en la robada f orma de b elleza cantaré tu valor y su gr andeza. Cual en la s olitaria n oche oscura resplande ce de Venus el lucero con la sag rada fren te rut ilante, 20 qu e al s ol c orre d ela nte, tal mi Lumbre, de ete rna hermosura, en el horror se d escubrió primero, y la sombra venci ó, mostrando el día en el nubloso manto , 25 y con el amo roso y dulce l lanto enterneció el dolor a l a alma mía: rocío c elestial, que en vario lustre las nubes hace bellas. Cuando tiende sus rayos Febo ilust re 30 no iguala en el c olor a sus centellas, que por las esmeraldas y zafiro s de mi pecho traj eron mil suspir os. N o mereci ó esta plu via nu estr o suel o. aunque el templa do puest o y esco ndido 35 enriquezca p or ella al egre Flora, y a la rosada Au rora exceda , que bañar debía el ci e lo . Esta esparci ó de Psique Amor herido y quien dejó las ondas de Cit era 40 por Adonis hermoso . Este ro cío, dulce y am oroso, que dobla e l mal do quiere Amo r que muera, en fueg o me abras ó, d ando a mis ojos nueva ocasió n de pena 45 y otro in mortal princip io a sus enojos. No habrá canto sua ve de sirena, ni circe que nos busque igual engaño , como es ta Luz ll oro sa causó el daño. Las hebras esparcidas por el cu ello, 50 cual or o en filos vuelto y derramado sobre el blanc o marfil, q ue el mans o viento bat e al egre y con tento, cogidas unas va n en lazo bello, otras si n arte sue ltas y cuidado ; 55 cual juega errando p or la pura fr ente, cual cubre un sutil velo. Así el dorado ardor y lu z del cielo aun no encelan las nubes de Occidente. En unas Amor hace el jugo, y t ie ne 60 en ot ras ordenada la cadena, en la cual mi error s ostiene, de bellas piezas presa y enlazada. Unas me dan la v ida y o tra m uerte, y si empr e crec e en el dolor mi su erte. 65 No he vis to yo d e púrpura ence ndida la gracia desnudarse nu eva rosa, que solo se desc ubra su blancura, que así quede tan pura, tan bella, tierna y de color perdida, 70 cuanto mi Luz turbada y amo rosa. Blanco alabastro el r ostro parecía, blando y desco lorido, de dolor y de lástima o fendi do, que m e robó el sosiego y alegría. 75 La Alba, cuando, enlazado al hombro, ciñe el mant o entr etejid o que la concha sidonia en perlas ti ñe, ríndese a su color esclarecido. Tal e s Amor her moso y Venu s bella 80 cual mi luciente y clar a y blanca Estrella. La lu z turbada, pues , las trenzas de oro, sin ord en apartadas, la belleza de l ro st ro , si n c olo r y des m ay ad o , si no fuera el cuid ado 85 que tengo suyo y el valor que hono ro, rindiéram os al poder d e su grandeza. Y aunque de su señal halló a puntada mi fr ente, y p reso el cuello del glorio so nudo del cabello , 90 mi al ma se sintió y p aró alterada; las alas sacudió y ardi ó en el fuego que en sus c entellas cr ece, y yo quedo otra vez herido y ciego, y la llama presente res pl andece 95 en las entrañas mías, y conmigo en la ausencia y o soy del mal testigo. Bien creo yo que puede una luz bella arder en pecho tiern o y am oro so y de satallo en la ceniza ardiente, 100 más que pueda a mi ausente pecho ab landar la fuerza d e mi Estrella en su fu ego p erpetu o y presu roso, estando tr iste, s in cuidado, ajena del compu est o ornam en to 105 y llena de ll oroso se ntimiento, que muev e m ás a lás t im a qu e a p e na; y que en ella se admira aquella gl oria de e terna hermosura con el dolor que siente en la memoria 110 y en la virtud que r esta en su figura, esto es ser de belleza soberana, qu e no debe alabar lengu a profana. Ya no pr ocure Amor para mi dañ o el cr espado cabello, el vario nudo, 115 la alegre luz, l a púrpura suave; pues no es al dolor grave remedio alguno de mi mal extraño luz lloros a, oro suelto y el desnudo color d e blanca y no tocada n ieve; 120 que en ellos abrasado estoy, cual rudo am ante lastimado. Y aunque ya mi temor en vano prue be sacarme de este fuego que me infla ma, ni el A mor lo p ermite, 125 ni yo quier o huir mi dulce llama, ni qu e mi muer te mi t orment o e vite, porque yo sé que gano con la muerte eterna vida y nue va y alta su erte. Tú, sacro Am or, que con doradas alas 130 atraviesas del A ustro al Oriente y abr es con tu fu erza el mar sonante, y a Febo, al arr ogante Marte vences, subiendo , y alto igualas a Jove y sobrepujas tú, pr esent e; 135 pues viste la Luz mía, dame aliento para cantar su gl oria, mi firm eza, constancia, tu vict oria, mis quejas y suspi ros y lamento . Yo no te pido premio ni deseo , 140 que bien sé que no debo e sperar bien algun o a mi d eseo; mas p or el mal qu e siempre sufro y llevo, mem oria sola pido en la mudanza y una pequeña mue stra de esperanza. 145 Tú esculpiste (admitiendo la belleza mis ojos) en el p echo s u figura, y en él, respland eciendo por las venas, de su forma no ajenas . cobr ó valor y fu erza con presteza, 150 y se de scubre en mí su hermo sura. De aqu í me nace espíritu y el brío que me l evan ta al ciel o y hac e que aborrezca el frágil velo que dentr o encierra todo el valor mío; 155 y el puro ardor me abrasa en pura llama y en la sagrada cumbre la vista h ermosura más me lla ma de la in mortal, celeste i nmensa lumbr e; y t odo el bien , Am or, de tu ser vien e 160 y e l ancho mundo en tu poder sosti ene. Canción, Amo r me muev e y mi alma c on él es tá p resente en ti erra y mar y aire y fuego y cielo, que no hay donde pueda es tar ausente; 165 yo solo esto y en el s uelo, falta d el ser hu mano; si te agrada con migo queda en s oledad criada. <382. SON ETO. Ver sión d e B> En cer c os de or o fino y llama ardiente, de blancas rosas tierna s coronada, con h ermosas figuras e nlazada, mi Luz vistió la pura y bella fr ente. 5 Los olores que e sparce el Oriente y la ámbar de sus heb ras con sagrada se movieron con la aur a sosegada, cual en las ondas nuevo sol lucie nte. E spíritus de a mor en aquel fuego 10 armaron las saetas y cadena, y A mor herido ardió y anudó el cuello. Yo, pr eso y ence ndido, quedé ciego, Conde, ma s fue mayor mi grave pena, porque más me in flamé con el cab ello. <384. SON ETO. Ver sión d e B> En esta h elada parte, d o no envía el s ol sus rayos a la intensa nieve, aus ente quiere A mor que el dol or lleve , en sombra de la noche , en luz del día. 5 Jam á s de e st os m is ojo s se de sv í a el llant o, y si d escanso un ti empo bre ve , más d oloroso llanto de ellos llueve, con soledad del bien d el alma mía. El mal no me quebr anta, que ya hecho 10 est oy a su fur or, mas verme ausen te y en una vida muerta cond enado , d onde el fuego de A mo r me abrasa el pecho, donde mi alma ve su bien pres ente para más confus ión de mi cuidado . <390. SON ETO. Ver sión d e B> De vu estr o inten so y du ro hi elo frí o, te miendo A mor la fue rza y aspe reza, puso en él, con su afrenta y rustique za, el alt o y presto ardiente fuego mío. 5 Su ni eve muestra y llama el fueg o y frío, y contrasta ndo extienden s u grandeza; el fueg o al frío ablanda la d ureza y lo sujeta a todo su albedrío . Quedó A mo r, d el asalto g lorioso, 10 y v os y y o con ten tos n os ha lla m os, pero todo mi bien turbos e luego. Que por un triste caso y lastim oso, con daño de mi vida , ambo s quedamos, vos c on más frí o y yo c on mayor f ueg o. <393. SON ETO. Ver sión d e B> In me nso r espl andor de hermo sura en vuestra du lce l uz se me pa rece, y ardien d o en mis entr añas sie mpr e crec e con su fuerza inm ortal la lla ma pura. 5 Con alteza y valor vuestra figura sin igual en mi pec ho resplandec e, y pu es c on ella sufr e, bien m erec e algún c orto favor de su ve ntura . V os toda bella s ois y la belleza 10 ya no p uede ser más, y así a mis oj os no es justo que hir áis con mayor fuego. Que si al pecho mos tráis vuestra grandeza, hecho llam a, no puedo dar desp ojos , los que pudier a dar quedando ci ego. <396. SON ETO. Ver sión d e B> Cuando mi pecho ar dió en su dulce fuego, osé cantar el mal que g rave siento, y di ome al canto glorioso aliento aquel l a Luz que me detuvo ciego . 5 Osé mostrar mi llanto en tierno ru ego a quien Amor no estima y su torment o, y el humilde qu ejar d e mi lamento me dio osadía y esper anza luego. Ah ora que la Luz y o dejo ausente 10 y cr ece mi d olor con su b elleza, sin qu e haya piedad de la al ma mía, ll oro el pasad o bien y el mal p resente, y pu esto en s oledad d e mi tristeza, la es peran za m e falt a y osadía. <398. SON ETO. Ver sión d e B> Si yo pudi ese con mejor ventura trocarm e como Júpiter solía, en blanco cisne vuelt o ya estaría delante de mi Luz he rmosa y pura. 5 Y sin algún te mor de muerte oscura, en honra s uya el c anto ensalzaría; la boc a y a lo s ojos besaría, alegre de per derme en tal dulzura. Mas en d orada pluvia convertido, 10 perdería el electro la fineza, si el vel o esp arce en vuelto en hebras d e oro. Y si en su pech o fue se recogid o, aunque no i gual, gozando su bel leza, tendría el precio de mayor tesoro. <399 . SO NET O LXXXI X> Mi bello Sol, si v oy de vos ausente a parte extraña, do el dolor me ofende, y el fuego dulce que mi amo r enciende, en ella s e contien e y va p resen te. 5 Aunque el color p urpúreo de Orient e, do el S ol menor de vuest ra luz des ciende, vea cerca ; y d o el man to oscuro ti ende el a partad o extr em o de Occidente , C onmigo irá el A mor igual en parte 10 con la mitad de la alma; que me alienta; que vive el re sto en vuestra luz que adora , Y d ividido en una y otra parte, present e con el bien; que me s ustenta , siempre veré resplandec er mi Aurora. <401. EL EGÍA. Versi ón de B> Yo pensé, dulce bien del a lma mía, que prim ero con muerte el cuerpo au s ente desamparar a en tierra sola y fría, y que la fu erza del d olor presente 5 pudie ra humedecer de vuestros ojos la pu ra luz y r esplandor ardiente, pues remed io sin vos, mi Luz, n o espero. <SONETO I> Osé, y temí; m as pudo la osadía tan to, qu e despr ecié el tem or coba rde. subí a d o el fuego más me enciende y ard e. cuanto más la esperanza se desvía. 5 Gasté en err or la edad florida mía; ahora veo el daño, pero tarde; que ya mal puede ser, que el seso gua rde a quien se entrega ci ego a su porfía. Tal ve z pruebo (mas qué me va le?) alzarme 10 del grave pe so, que m i cuell o oprim e; aunque fal ta a la poca f uerza el hecho. Sig o al fin mi fur or, porque mudar me no es honra ya, ni justo, que se estime tan mal de qui en tan bien rindió su pecho. <SONETO II> V oy siguiendo la fuerz a de mi hado por este campo estéril y escondido. todo calla, y no cesa mi g emido; y lloro la d esdicha de mi estado. 5 Crece el camino, y c rece mi cuidado; que nunca m i dolor pone en o lvido. el curso al fin acaba, a unque extendido; pero n o acaba el daño dil atado. Qué vale contr a u n ma l siempr e pres ente 10 apartarse y huir, si en l a memoria se esta mpa, y muestr a fr escas las seña les? Vuela Amor en mi alc ance; y no consi ente en mi afrenta, que ol vide aquella historia, que descubr ió la se nda de mis male s. <SONETO III> Pens é, mas fu e eng añ oso pensa mient o, armar de duro hielo el p ech o mí o; porque el fuego de Am or al grave frí o no desatas e en nuevo encendim iento . 5 Procuré no rendirm e al mal, que siento ; y fue to d o mi esfuerzo desvarío. perdí mi libertad, perdí mi brío; cobré un perpet uo mal, co bré un t ormento . El fueg o al h ielo des te mpló en ta l su erte, 10 que, gastando s u humor, quedó a rdor hecho; y es llam a, es fuego, t odo cuanto espiro. E ste inc endio no puede darme muert e; que, cuanto d e su fuerza más des hecho, tanto má s de su eterno a fán respir o. <SONETO IIII> El Sátiro, que el fueg o vio primero, de su viv o esp l end or tod o venc id o, llegó a t ocallo; mas prob ó encendido, que era, cuant o hermo so, ardient e y fie ro. 5 Yo, que la pura luz, do a rdiendo mue ro, mísero vi, engañado, y o frecido a mi d olor, en llanto c onvertido acabar no pens é, como ya espe ro. B elleza, y claridad an tes no vista, 10 dieron principio al mal de mi d eseo, dura pena y afán a un rudo pecho. Pade zco el dulce engaño de la v ista; mas si m e pier do co n el bien que veo , como no estoy ceni za todo hecho? <SONETO V> H órrido invierno, qu e la luz serena, y agradable color del pu ro cielo cubres de oscura sombra y turbio velo con la mojada faz de nie blas llena; 5 Vu elve a la fría gruta, y la cadena del nevoso Aquilón; y e n aquel hielo, que o prime con rigor el duro sue lo, las furias de tu ímpetu refrena. Que e n tanto que, en tu ira embravec ido, 10 asaltas el d ivino Hesperio río, que corr e al sa cro sen o d e Occid ente ; Yo trist e, en nub e eter na d el olvid o, culpa tuya, apartado del Sol m ío, n o me en ciend o en l os r ayos de s u fr ente. <SONETO VI> A l mar desier to en el profund o estrecho entre las d uras rocas con mi na ve desnuda tras el canto voy suave, que forzado me lleva a mi despecho. 5 Te merario d eseo, incau to pecho, a quien r endí de mi poder la llave, al peligro me entregan f iero y grave; sin que pueda aparta rme del ma l hecho. V eo lo s huesos blan quear, y si ento 10 el triste son d e la engañada gente ; y c re c er de las ondas el b ramido. Huir no puedo ya mi perdi mie nto; que no me da lugar el m al presente, ni osar me vale en el temor perdido. <ELEGIA I> Si el grave mal, que el corazón me part e, y sie mpre tien e en á sper o tor mento, sin darme de sosiego algu na parte; Pusiese fin al mísero lamento, 5 que en l os hú medos cer cos de mis ojos cono ce solo su perp etu o asiento; Podrí a y o, Señ or, vu es tr os enoj os consolar, c om o bien ej er citado del ansio so afán en los despojos . 10 P ero nunca permite Amor airado, que y o levante la cerviz cansada, o en algo desoc upe mi cuidado . Por la prolija senda y n o acabada de mi d olor prosigo; y mi porfía 15 en e l mayor peligro es más osada. En el silencio de la noche fría me hiere el mie d o del eterno olvido, ausente de la Luz de la alma mía. Y en la sombra del aire desparcido 20 se me pres enta la visión d ichosa, cierto desc anso al ánimo afligido. Mas veo m i serena Luz hermo sa cubrirse; p orque en ella haber esper o sepulcro, com o simple mariposa. 25 Ent onces me derriba el dolor fier o, y mi llorosa faz fijando en ella, cual cisne hi ere el aire en son postrero; Digo, Luz de mi alma , pura estr ella, si os pert urba el osado intent o mío, 30 y por eso celáis la imag en bella; Ponedme, no en h orror de duro frío, mas d onde a la abrasad a África e ncie nde el cálido vap or del seco e stío; Y allí veréis, que al corazón no ofend e 35 su fuerza toda; que e l sutil ve neno, que d e vos lo p enetra, lo d efiende. N o me escondáis el respland or sereno, que siempre he de seguir v uestr a belleza, cual Clicie al Sol de ardie ntes rayos llen o. 40 Amo, mas con temo r, vuestra gr andeza; para ap urar en vuestro sacro fu ego, lo que en mi guarda esta mortal corteza. Que sea inmensa gl oria, yo no niego ; per o por e ste p aso en alto vuelo, 45 do es sin vos imposible alcanzar, llego. Y separada del u mbroso velo, como dese a estar, mi alma pura, se halla al egre en el lucie nte cielo. Yo espero a v uestra s ola hermosura 50 por tanto bien co n inmorta l memoria hacer del tiempo y su fur or segura. N o gravaré en c olumnas vuestra historia, ni en las t ablas con lumbres engañad as, y s om bras falsas os daré la g loria; 55 Má s en eternas carta s y sagradas, con la virt ud, que Febo Apolo inspi ra de las Cirr eas cumbres e nsalzadas. Y si a do opreso A tlante no respira con la p esada carga, y a do suena 60 turbado el alto Ganges, lleno de ira : Y si a do el Nilo la secreta vena de rrama do el Duina gran de y frío las tardas o ndas con el hielo enfrena; N o pudiere alcanzar el canto mí o, 65 al men os honrará vuestra belleza, cuanto Ebro y Tajo cerca, y nuestro río. Seré el pr imero yo, que con pureza de coraz ón, y con humilde f rente osé mirar, mi Luz, vuestr a grandeza. 70 Así le digo, y viendo e l Oriente, do el ciel o y tierra tocan , esmaltado, y que mi Luz se esconde en Occide nte; Al ll oroso ejercicio del cuidado vuelvo , de m is trabajos perseguido, 75 de vida si, no de pasi ón cansado . En tal mísero estad o aquí perdido me halla el canto vuestro , que esclarece, y guarda vuestra gl oria del olvido. Y al rudo ingenio y n ombre mío ofrece 80 et ernam ente n o cansad a fama, merced de l ardor sacro, que en vos crece. Si d o el deseo justo, que me infla ma, fuese mi voz, se ría en honra v uestra una in mo rtal y siempre viva llama. 85 P ero no sufre la fo rtuna nuestra, que in tente tant o bien, y así me d eja desplegar s olo esta pequ eña muestra. El Tracio amante, a cuya dulce que ja el severo Pl utón, enter necido, 90 vuelve aquella, que en sombra del s e aleja; Cuando en el frío Ródope , y tend id o yugo del alto y áspero Pangeo cantó llorand o con dolor perdido; Y trajo al son d el número Febeo 95 las peñas, fieras , y árboles mezclados, y atento el coro, que bañó el Olmeo; C on inmortales v ersos y sagrad os en la escondida niebla r efería los principi os de l mun do comen zados; 100 El S ol ardiente, Cinti a blanca y fría, los celes tiales giros, y belleza de la alta, inmensa luz, y la armonía. Y arrebatado en la mayor grandeza del tenebr oso c erc o reluc iente, 105 cantó el ard or profundo y su riqueza. Mas porque el mortal ánimo doliente, indigno de senti r su her mosur a, se ofusca ba en aquella luz present e; C on otra voz menos excelsa y pura, 110 pe ro sublime , y que rudeza hum ana desdeña, y solo la virtud procura; V olvió a sonar la lira s oberana, honrando a quien la bella Melp ómene lejos de tan ta multitud profana 115 C on b lan dos oj os mi ra , y l o s osti ene en alteza , do nunca verse pued e el gran varó n, que su favor no t iene. A est e solo tant o bien conced e, que cuand o llegue la imp lacable muerte, 120 l ibre de su furo r vivie ndo quede. A quel tambi én, qu e mer eció tal suert e, que el s acro verso haga de él memoria, no tem erá su agudo hier ro fuerte. Tal por este camin o dio a la gloria 125 de la inmortalidad el paso abierto, quien celebr ó de Grecia l a victoria; Y el otr o ma yor q ue él (si no es inci ert o lo que la fama afirma) qu e el Troyano puso en Itali a, y cantó a Turno muerto. 130 Tal el sua ve espíritu Romano huyó con Delia del morta l tormento, y el p uro, el terso y el ge ntil Toscano. Por esta senda sub e al alto asiento Laso, gloria in mortal de toda Españ a, 1 35 mezclad o en el sagrado ayuntami ento. Do, si al deseo mío amor no engaña, yo esper o ver os, sien do col ocad o en la al ta cumbre; que C astalia baña, Si en medio el curso no dejáis cansad o 140 la vía, llana a v os, y no ofendido l leváis por ella el paso ac ostumbrado. El rico Tajo vues tro, conocido será p or vos, a donde rie ga el Indo, y el collad o de Cintra, es clarecido 145 c on tal hon ra, ser á otr o nue v o Pind o. <SONETO VII> N o puedo sufrir más el dolor fier o, ni ya t olerar más el duro asalto de vuestras bellas luces, an tes falto de paciencia y valor, en e l postrero 5 Trance, arroj ando el yugo , desespe ro; y, por do voy huy endo, el sue lo esmal to de rotos laz os; y levanto en alto el cu ell o osado , y lib erta d esper o. Más que vale mostrar estos despojos, 10 y la ufanía de alcanzar la p alma de un vano atrevi miento sin prov echo? El r ay o, qu e sa li ó de vu estr os oj os, puso su fuerza en abrasar mi alma, dejando casi sin tocar el pec ho. <SONETO VIII> Por qué renuevas este e ncendimie nto, tirano A mor, en mi heri do pecho? que ya, casi olv idad o del mal hecho, vivía en s oledad de mi t ormento. 5 Cuando más desc uidado y más cont ento, revu elves a me ter me en tanto es trech o, obligasme, cru el, que a mi despecho, procure c ontrastar tu fiero intento. Las armas en el te mplo ya colgadas , 10 visto, y el ac erado escudo embrazo, y en mi venganza salgo a la batalla. Mas ay, que a las saet as, que templadas en la luz d e mi Estrella e stán, y al brazo tuyo no pued e resistir la malla. <SONETO IX> E sta desnuda playa, esta llanura, de asta s y rotas armas mal sembrada ; do el ven cedor cayó c on muerte airada, es de España sangrienta sepultura. 5 Mostró el valor su esf uerzo, mas ventura neg ó el su ceso, y di o a la muert e entrada, que rehuyó dud osa y admirada del temido fu ror la suert e dura. V enció Otomano al Es pañol ya muerto, 10 antes del mue rto el vivo fue ve n cido, y España y Grecia lloran l a victoria, Pero s erá t estig o este desiert o, que el Es pañol, murie ndo no rendido, llevó de Grecia y Asia el nombre y gloria. <SONETO X> R ojo Sol, que co n hacha lumi nosa coloras el purpúreo y alt o cielo, hallaste tal b elleza en tod o el suelo, que iguale a mi serena Luz dicho sa 5 Aura suave, blanda y amorosa, que nos halagas con tu fr esco vuelo; cuando se cubr e del dor ado velo mi Luz, toc aste trenza más hermos a Luna; honor de la n oche, ilustre c oro 10 de las errant es lumbres, y fijadas, consideraste tales dos estrellas? S ol puro, Aura, Luna, llamas de oro, oísteis vo s mis penas nunca usad as? visteis Luz más ingrata a mis quer ellas? <SONETO XI> Suspiro, y prueb o con l a voz doliente, que en su d olor expire la alma mía; crece el suspir o en vano, y mi agonía, y el mal renueva siempre su acc idente. 5 Estas peñas, d o s olo muero au sente, ro mpe mi suspirar en n oche y día; y no hiere (o h dolo r de mi porfía) a quien esto s suspiro s n o co nsiente. Suspirando no m uero, y no des hago 10 parte de mi pasión, mas vuel vo al llanto; y cesando la s lágrimas, suspiro. E sfuerza Amor el suspi rar, que hag o, y como el ci sne muere en dulce c anto, así acabo la vida en el su spiro. <SONETO XII> Yo voy por esta so litari a tierra, de antiguo s pensamie ntos molesta do, huyendo el resplandor del Sol d orado, que de su s puros rayos me destierra. 5 El paso a la esper anza se me cierra; de una ard ua cumbre a u n cerro voy enriscado, con los ojos vo lviendo al apartado lugar, sol o principio de mi guerra. Tanto bien representa la me mo ria, 10 y tant o mal encuentra la presencia; que me desmaya e l corazón venci do. Oh crueles despojos d e mi gloria, desconfianza, olvido, celo, ausencia, por qué cansá is a un mísero rendido ? <ELEGIA II> Cual fiero ardor, cual encendida llam a, que d ura mente me c onsu me el p echo, por estas venas mías se derrama Abrasad o y a estoy, ya estoy deshech o, 5 cese, A mor, el rigor de mi tormento; basten l os males, que en mi alma has h ec ho . E ste do lor, que nuevo siempre s iento; esta llaga mortal, contin o abierta; este grav e y p erpetu o se ntimient o; 10 Esta corta esperanza y siempre incierta; este van o deseo peligros o; fin d e mi s penas, esta muer te cier ta; Tal me tienen c onfus o y tem eroso, y sin valo r perdido , y que brant ado; 15 que ni aun huir de mi s pasio nes oso . N o es a mo r, es furor jamás cansado; rabia es, que des pedaza mis entrañas, este eterno dolor de mi cuidado . Qu e gran victoria, Amor, y que hazañas, 20 atravesar un cora zón rendido , un corazón, q ue dulcem ente enga ñas. Ya que me tien es p reso, y tan h erid o, que en mi pecho no hallas lugar s ano, no me acabes , crue l, en dur o olvido . 25 Mi f e, y mi pen samiento sobe rano. de mi g rande osadía la n obleza no sufre n, que me dejes de la mano. Nací para infla marme en la pureza de aquellas vivas luces, que al sagrado 30 cielo ilustran c on rayos de belleza. Y de sus flechas t odo traspasado, por gloria es timo mi que josa pena; mi d olo r p or descanso r egalado. Tal es l a dulce luz, que me co ndena 35 al tormento, y tal es por suerte mía de mi Ene miga la beldad serena. M as, aunq ue sin igual fue mi osadía, y el mal, que s ufro, por tu fuego juro, que contrastar n o puedo a mi porfía. 40 Y cuanto en el mi co razón apuro y afino, tanto más crece el deseo, y un temor, co n que nunca me asegu ro. Quién me daría, Amor, que e l bien, que veo, gozase sol o, y libre de recelo, 45 en aquella verdad, con que lo creo; Que nunc a mi ofenso r, medroso cel o, que tan grave me aflige y desbarata, podría derribar me por el suelo. A y cuánto tu c rudeza me maltrata! 50 ay cuanto puede en mí tu die stra aira da, que contino me av iva, y siempre m ata! B ella Señora, si mi voz cansada alcan za tanto bien, que no os ofende, oídla blandamente sosegada. 55 Luz de eterna be lleza, e n quien me enci ende, y gasta A mor, y en un llo roso río vuelto, contra sus llamas me defiend e; S i os pu ede en tern ecer el dol or mí o, comiencen a ab landaros mis enojos; 60 no deis ya más lugar a más desvío. N o me n egu éis es os d ivin os oj os, que todo en vos me han ya trasfigurado, llevándose c onsigo mis despojos. S i aus ente es toy d e v os, mu ero cu itado , 65 y vivo a legr e, solo cu and o os mir o. mas ay cuá n poco duro en est e estado! Que c uando a verme en vos pr esente aspiro, mi enemi ga fortuna no c ons iente, que falte causa al mal, p or quien suspiro; 70 y a sí es toy ant e vos solo y ausen te. <SONETO XIII> Dulces halagos, tiern o sentimiento, regalos b landos y amoroso engañ o, que a un rudo pecho, y del Amo r extraño fuisteis gra ve ocasión de su tormento; a mansa pluvia, a sol tem plado abierta, y todo se most raba en mi provec ho. 5 Cuando de hielo un crudo so plo hecho, de aquella par te de cal or desierta, abate en tierra mi esper anza muerta, y el trabajo e n un punto fue de shecho. Quedó en el mism o pues to el hi elo f río, 10 que con el fuego en mi dol or cont iende; y vence alguna ve z, otra es ve ncido . de allí siempre te mí en el pec ho m ío la nieve, que aunque el fuego me defie nde, medroso e stoy del daño recibido . <SONETO XXIII> En la oscura tiniebla d el olvido, y fría s ombra, do tu luz n o alcanza, Amor, me tien e puesto sin mu danza e ste fier o desdén aborre cido. 5 P or que de su crud eza persegu ido, hecho míser o ejemplo de venga nza, del todo desa mpare la esperanza de v olver al favor y al bie n perdido. Tú, que sabes mi fe, y oyes mi llanto, 10 rompe las nieblas c on tu ardie nte fue go; y torna me a la dulce su erte mía. Mas oh si oyese yo tal v ez e l canto de mi Ene miga, que saldr ía luego a la pu ra región de la ale gría. <SONETO XXIIII> Oye tú solo, eterno y sacro río el grav e y mustio son de mi lamento; y mezclado en t u grande crec imiento lleva al p adre Nereo el llan to mío. 5 L os suspiros ardien tes, que a ti env ío, ant es que l os d erra me l eve vi ento, a coge en tu so nante movimient o; porque se e sconda en ti mi desva río. N o sean m ás testig os de mi p ena 10 los árboles, las p eñas, que solían responde r, y quejars e a mi gemido . Y en estas ond as, y cor riente llen a, a quien vence r mis lágrimas p orfían, viva siempre mi mal, y amor crecido. <SONETO XXV> Salen mil pensami entos al enc uentro , cuando estoy más ajeno, y pue den tanto, que a pena de mi s males me l evan to, y y a me ha l lo en el peli gro d entr o. 5 Sin r ecelo mi afrenta sigo, y entr o osando (oh ciego error) para más llanto. y aunque me esf uerzo, al fin no puedo, cuanto debo en tant as mudanzas, co n que enc uentro. N o es la tristeza, ni el dolor, quien hace 10 la guerra, que pade zco, de mi daño; que el mal no e spanta a quien lo tiene en us o. El bien, que temo y dudo , me deshace; que yo sé bien por el ausent e engaño juzgar de es te presente el fin confuso. <SONETO XXVI> Subo, con tan gra n peso quebrant ado, por esta alt a, empinada, ag uda sierra; que aún no l lego a la cumbre , cuando yer ra el pie, y t rabuco al fo ndo despeñado . 5 Del golp e y d e la carga maltratado, me alzo a pena, y a mi antigua guerra vuelvo. mas que me v ale? que la tierra misma me falta al curs o acostumbrado. Pero aunque en el peligro desfa llezco, 10 no desamparo el pa so; que antes torno mil veces a ca nsar me en este engaño. Cr ece el te mo r, y en la porfía crezco ; y sin c esar, cual rueda vu elve en torno; así re vuelvo a despeñarme al dañ o. <SONETO XXVII> El color bello en el humor de Tiro ardió, y la nieve vuestra en llama pura, cuand o, Estrella, volvisteis con dulz ura l os oj os, por qu ien míse ro s usp ir o. 5 Vi vo color de lúcid o zafiro, dorado ciel o, eterna he rmosura, pues m erecí alcanzar est a ventura, aco ge d blandame nte mi su spiro . C on el mi al ma, en el c eleste f ueg o 10 vuestro abrasada, viene, y se trasforma en la belleza vuestra sob erana. Y en tanto g ozo, en su mayor sosieg o su bien, en cuantas almas h alla, informa; que en el comunicar más gloria gana. <SONETO XXVIII> Sua ve Filomela, que tu llanto descubre s al sereno y limpio cielo , si lamentaras tú mi desconsuelo, o si tuviera y o tu dulce canto; 5 Yo prometiera a mis trabajos t anto , que esperara al dolor algún consuelo; y se m ovieran de am oroso celo los bellos ojos, cuya lumb re canto. Mas tú con la voz dulce y armonía 10 cantas tu afr enta, y bárb aros despojos, yo llor o may or da ñ o en son qu ej oso. O haga el ciel o, que en la pena mía tu voz sue ne, o yo cante mis enojo s, vu elt o en ti, Rui señ or bl an do y ll or os o. <SONETO XXIX> Hu yo apriesa medr oso el h orro r frí o, y la asp ereza y aterido invierno, y la aura espero de Favo nio tierno contra su fu erza y contra el se co estío. 5 Mas, Herrera, en el grave estado mío me of ende el prevenir, y al fin discierno Céfiro brev e, y Aquilón e terno, y siempre en un error p or mal p orfía. Al cabo habrá de ser, que el destempl ado 10 estío acabe en fueg o, o en tanta nieve rígido invierno el pecho endurecido. V os, que en sosiego , si de amor cansa do estáis, o si pasión presente os mueve, ten ed d olor de verme ta n p erdido . <SONETO XXX> Cans o la vida en esp erar un d ía de fingido placer. huy en los a ños, y nacen de ellos mil sabrosos daños, que esfuerzan el error de mi porfía. 5 Los pasos, por d o voy a mi alegría, tan desusa dos s on, y tan extr añ os, que al fin v an a acabarse en mis engaños, y de ellos vuelvo a comen zar la vía. Descubro en e l principio otra es peranza, 10 si no mayor, igual a la p asada, y en el mismo d eseo pe r severo. Ma s luego tor no a la común mudanza de la sue rte en m i da ño conj urada, y esp eran do conti no des esper o. <ELEGIA III> N o bañes en el mar sagrado y cano, callada No che, tu corona oscura, antes de oír este amad or ufano . Y tú alza de la húmeda ho ndura 5 las verdes h ebras de la b ella frente, de Náyades lozana hermosura. A quí, d o el grand e Beti s ve presen te la armada vencedora, qu e el Egeo manch ó con sangre de la Turca gente, 10 Q uiero de cir la gloria, en qu e me veo; per o no cau se en vidia este bi en mí o a quien aún no merece mi deseo . S osi ega el curso , tú, profundo río, oye mi gloria, pues ta mbién o íste 15 mis quejas en tu pu ro asiento fr ío. Tú amaste, y c omo yo t ambi én supis te del mal d olerte, y celebrar la g loria de los peque ños biene s que tu viste. Br eve será la venturosa historia 20 de mi favor; que breve es la al egría, que tiene algún lugar en mi memoria. Cuand o del claro ciel o se desvía del Sol ardi ente el alto c arro apena, y casi ig ual espacio muestra el día ; 25 Con blanda vo z, que entre las perla s suena, te ñid o el ros tr o de col or de ros a , de hones to mied o y d e amor tiern o lle na, Me dijo así la bella desdeñosa, que un tiempo me negaba la es peranza, 30 sorda a mi llanto y ansia cong ojo sa; Si p or firmeza y dulce amar se alcanza premio de Amo r, yo tener bien de bo de los mal es, que sufro, mas holganza . Mil veces, por no ser ing rata, pruebo 35 v enc er tu amor , pero al fin no pue do; que es mi pecho a sent illo rudo y nue vo. S i en sufrir más m e vences , yo te excedo en pura fe y afectos de t erneza; vive de h oy más ya c onfiado y le do. 40 N o sé, si oí, si fui d e su belleza arrebatado, si perdí el s entido; sé, que allí se perdió mi fortaleza. Turbado dije al f in; por no ha ber sido este tan gra nde bien de mí espe rado, 45 pienso, que de be ser (si es bie n) fingido . Señ ora, bien sab éis, que mi cuidado todo se ocupa e n vos; que yo no si ento, ni pienso, s ino e n ve rme má s pe nado. Mayo r es que el humano mi to rmento, 50 y al may or mal igual esf uerzo tengo, igual con el trabajo el sen timie nto. Las penas, que por so la vos sostengo , me dan valor, y mi firme za crece, cuant o más en mis male s me entr eteng o. 55 No quiero concederos, que merece mi afán tal bien, que vos sin táis e l dañ o; mas ama, quien más sufre y más padece. N o es mi pech o tan ru do, o tan extrañ o, qu e n o con oz ca en el d ol or pr imer o, 60 si, en esto que diji stes, cabe engaño . Un corazón de imp enetrable acero tengo para sufrir, y está más fuerte, cuanto más el asalto es bravo y fi ero, Diome el ciel o en d esti no aques ta su erte, 65 y yo la pr ocuré, y hallé el camino, para p oder honrarme c on mi muerte. Lo demá s, que entr e n os pasó, no es digno , N oche, d e oír el Au stro p resuroso, ni el vien to de tus lech os más v ecino. 70 Mete en el ancho piél ago espumo so tus negras trenzas y húmedo sembl ante; que en tanto que t u yaces en repo so, podrá A mor darme gl oria semejante. <SONETO XXXI> El tiempo, que se alarg a al mal extraño, y me muestra mis pasos bien co ntados ; si término pusiese a mis cuidados, sería a mi es peranza des engaño. 5 que el oro, que me tiene en nuevo engaño , l os oj os dulceme nte regalados, sin valor a m is años mal gastados el remedio ser ían de s u daño. Pero si en él se a umen ta el d olor mí o, 10 si el oro es y las luces in mo rtales, y es et erno el valor y alti vo intento; Se rá de amor perp etuo el desvarí o; y en las penas , que a todos so n mortale s, renacerá contino mi tormento. <SONETO XXXII> Oh car a perdició n, oh dulce e ngaño; suave mal , sabroso descontento ; amad o err or d el tier no p ensami ento; luz, que nunca descubr e el dese ngaño; 5 Puerta, por la cual en tra el bien y el daño; descanso y p ena grave d el tormento; vida del mal; alma del su frimiento; de confusi ón revuelta c erco extraño; Vario mar de torment a y de bonanza; 10 segura playa y peligroso puerto; seren o, instable, oscuro y clar o cielo; Por qué como me diste confia nza de osar p erd erme, ya q ue estoy desi erto de bien, no po nes a mi mal co nsuelo? <SONETO XXXIII> Ardien tes hebras, d o se ilustra el oro , de cel estial ambrosía rociado, tanto mi gloria sois y mi cuidado, cua nt o s ois del A mor m a yor t esor o. 5 Luces, que al estrellad o y alto cor o pre stáis el bello resplan dor sagrado, cuanto es A mor por vos más estimado, tanto humi lmente os honro má s y adoro. Purpúreas rosas, perla s de Oriente, 10 marfil terso, y angélica armonía, cua nt o os con te mpl o, tan to en vos me inf lam o; Y cuanta pena la al ma por vos siente, tanto es mayor valor y gl oria mía; y tan to os t em o, cuan t o más os amo. <SONETO XXXIIII> V enció las fuerzas el A mor tirano, cortó los nie rvos con agud a espada de aquella du lce libertad amada, que sin vi gor suspiro s iempre en vano. 5 El me vuelve y me trae por la mano a do mi error y perdición la agrada. mas ya la vida, de su mal cansada, osa tornarse al curso usa do y llano. Pe ro es flaca osadía, y con la muerte 10 luchando, abrazo alegre el dul ce engaño, y me aven turo en el des eo y pierd o. Que yo no pued o ser al fin tan fuert e, que cont raste gran ti empo a tanto daño ; ni en tal e rror me vale ya ser cuerdo. <CANCION II> Si alguna vez mi p ena cantaste tierna mente, Lira mía, y en l a d esierta aren a de este camp o exten dido 5 dende la oscura noche al claro día ro mpiste mi gemido; ahora olvida el llanto, y vuelv e al alto y desusa do canto. N o cele bro los hecho s 10 del duro Marte, y sin temor osados l os valer os os pech os, la sie mpre insigne gloria, de aquello s Españole s no doma dos; que para la memoria, 15 que canto, me da al ien to Febo a l a voz, y vida al p ensamiento. E scriba otro la g uerra, y en Turca sangre el anc ho mar cuajad o, y en la abrasada tierra 20 el conflicto terribl e, y el Lusitan o orgullo que brantado co n e s t rago increíble; qu e n o men or cor on a teje a mi frente el c oro de Helicona. 25 A la g randeza vuestra no ofenda el rudo son de osada lira ; que en lo poco que muestra, gl orioso F ernando, aunque desnuda de destreza espi ra, 30 el c urso refrenando el s a cro He s pe rio r ío mil veces s e detu vo a l ca nto mío. El linaj e y grandeza, y ser de tanto s reye s de scendien te, 35 la pura gentileza y el ingenio dichoso, que entre todos os h acen excelen te, y e l pe cho ge neroso y la virtud florida 40 de vos pr ometen una her oic a vida. No ba s ta n o e l im p e rio , ni traer las cervices humilladas presas en cautiverio con vencedo ra mano; 45 ni que de las bande ras ensalzadas el Cita y Africano con medroso sem blante, y el In do y Persa sin v alor se espante. Que quien al m iedo obliga 50 y rinde el corazón, y desfallece de la virtud amiga; y va por el camino, do la pr ofana multitud perece, sujeto al yugo indigno 55 pierde la gloria y nomb re, pues sien do más, se hace meno s hombre . Los Hér oes fa mos os los nierv os al deleite derribaron, que ni en los engaño sos 60 gustos, ni en lisonjeras voces d e las Sirenas peligraron; antes las ondas fieras atravesando fu eron, por do ninguno s escapar pudieron. 65 Seguid , Señor, la lla ma de la virtud, que en vos sus fuerza s prueba ; que si bie n os infl ama de su amor en el fue go, viendo su be lla luz, con fuerza nue va, 70 sin admitir sosiego, buscaréi s e n e l suelo la que c onsigo os alzará en el cielo. N o os de svanezc a el pecho la soberbia ignorante y engañada, 75 ni l o mostr éis estr echo ; que par a aventajaros entre las s ombras de es ta edad culpada, debéis si empre esforzaros. que so lo es v uest ro a quello , 80 que por virtud pudis teis merece llo . Aquel, que libre tiene de engaño el corazón, y s olo estima lo qu e a v irtud co nvie ne ; y sobre cuant o precia 85 el vulgo inciert o, su intención su blima, y el miedo meno sprecia, y sabe m ejorarse, solo señ or merece y rey l lamarse. Que no son difere ntes 90 en la t errena masa los mortales; pe ro en ser ex celent es en virt ud y hazañas, se hacen uno s de otros desigual es. estas g lorias extrañas, 95 en los que respla ndecen, si ellos no las esfuerzan, se ent orpecen. Por e l camino cierto de las divinas Musas vais seguro; do el cielo o s muestra abierto 100 el bien, a otr os secr eto, con guía tal , que en el p eligro oscuro de perturb ado afecto venciendo el duro asal to, subiréis de la gloria en lo más alt o. 105 Y p o rque las tiniebla s, fatal estorb o a la grande za humana, no esconda n en sus nie blas el valor ad mirable, haré, que en vuestra glor ia soberana 110 siempre Talía h able; y que la bella Flora, y los rein os la canten de l a Aurora. <SONETO XXXV > Por un camino solo, al Sol abierto, de espinas y de abrojos mal sembrado, el tardo paso muevo, y voy cansado a do ci erra la vuelta el m ar incierto. 5 Si lenc io trist e hab ita este d esier to; y e l mal, que a y, conviene ser callado. cuand o pienso acaballo, acrecentado veo el ca mino, y mi traba jo cierto. A un lado levanta n su grande za 10 los riscos juntos, con el cielo iguales, al otro cae un gran desp eñadero. N o sé , de qui en m e val ga en mi es trechez a, que me lib re d e Amor, y de es tos males ; pues remed io sin vos, mi Luz, n o espero. <SONETO XXXVI> Llevarme puede bien l a suerte mía al destemplad o cerco y f uego ardiente de la abrasada Libia, o d o se siente casi perpe tua sombra y noche fría; 5 que en la niebla ten dré lumbre del día, templanza e n el calor, aunque esté ausente de vos, mi bien, y Amor siem pre incleme nte y esté con Tiro el hórrid o Enipeo; Ensalzaré yo el curso espacioso con puras ondas, esmaltado y lleno 75 de es meraldas el suelo deleitoso. Y el vaso de Cris tal y claro seno coronaré con oro y perlas b ellas, la aura esparciendo espíritu seren o. Infu ndirán propicias t us estrellas 80 virtud al ca mpo alegre y flor h ermosa. y, ard eré, yo inflamado en sus c entellas. Qué lira habrá, qué cí tara llorosa, que no se rinda humilde y dé la gloria? qué silves tre zampoña y am oros a? 85 Será eterna y sagrad a tu memo ria, en cuanto ciña el m ar, y Cintio v ea; pues das al amor mí o esta victoria, mi dulc e, bella, amada G alatea. <SONETO LXXIII> La Luz serena mía; e l oro ardiente, en mil cercos lucientes d ividido; y en dulce niev e y púrpura teñi do, Casa, el color suave de l a frente; 5 Canto, y, co mo el ingrato Amor c onsiente ciego en su esplendor b ello, estoy herido, y oscurezco sus glo rias, ofendid o de tant o bien con lira y voz doliente. Oso, y aunque el deseo me levante, 10 el pes o es grande, y cul pa mi osadía; quien amar a el peligro d e mi pena. Mas el ciel o cansó al soberbio Atlante; y no es mayor su em presa que la mía, pero si el vano error, q ue me condena. <SONETO L XXIV> Cuand o el dol or desmaya al sufrimiento, estoy de todo bi en desam parado; y sacudir d el cuello quebran tado prueb o el yugo inmortal de mi tor men to. 5 Mas vi endo el oro ter so suelto al viento; o entre s ortijas bellas enlaz ado; vuelvo alegre de nuevo a mi cuida do. tan dulce me es por él el mal, que siento! Al a rdiente crispar d e dulces ojos, 10 del tierno y puro Amo r hermo sa llama, descubro sin temor e l pe cho abierto . Mal puedo yo n egalle mis despojos; si blanda enciende, y ásp era me inflama; y c on el mal y el bien me tiene in cier to. <SON ETO LXXV> Ah ora , que cubrió de blanco hie lo el oro la hermosa Aur ora mía; blanco es el puro Sol, y blanco el día, y blanc o el color lúcido d el cielo. 5 Blancas todas tus viras; que recelo, es blanc o el arco y ray os de alegría, Am or; con que me hiere s a porfía, blanco tu ardiente fueg o y frío hielo. Mas qué pue do esperar de e sta blancur a; 10 pues tiene en blanc a nieve el pech o tierno contra mi fiera llama def endido? Oh Beldad sin am or! oh mi Ventura! que abrasado e n vigor de fue go eterno , muero en un blanc o hielo conve rtido . <SONETO LXXVI> Por estrecho camin o, al Sol abierto, de espinas y de abrojos mal sembrado, el tard o paso muevo; y v oy cansado, ado ci erra la vuelta el ma r incierto. 5 Si lenc io trist e hab ita este d esier to; y el mal, que hay, me importa ser callado. cuand o acaballo cuido, acrecentado ve o el sen der o, y v eo el dañ o cier to. A un lado empina yerto inme nsa cum b re 10 el monte h órrido, opuesto al alt o cielo, corta un des peñade ro la ot ra parte. Cr ecer la so mbra, y anub lar la lumbre sie n to , y n o ha l lo s olo e n m i re c e lo , ado pueda valerme , algu na parte. <SONETO LXXVII> T emiend o tu valor, t u ardiente espada, sublime Carlo, el bárbaro A fricano; y el es pan tos o a t od os O to mano la alti va frente inclina quebran tada. 5 I talia, en propia sang re sepultada; el inv encible, el áspero Germano, y del Fra ncés osado el pecho ufano al yugo rinde la cerviz ca nsada. Alc e España los arc os en memoria, 10 y en c olumnas a una y otra parte des p ojos y c orona s de vi ct oria ; Que ya en la tierr a y mar no queda parte; que no sea trofeo de tu g loria, ni resta mas honor al fier o Marte. <SONETO LXXIIX> Si alg o puedo cuidar, q ue vos ofenda; muera en ausen cia vuestra p erseguido; y, en ciego e ngaño y confusió n perd ido, a re mediar mi daño nunc a a tie nda; 5 Y jamás la esperanz a me defienda de ese injusto desdé n y t ibio olvido; y, cuando más me imp orte ser oído, tar de la voz de mi d olor s e enti enda. Pero si no da entra da el pensami ento 10 a cosa; que n o sea vue stra glo ria, y de cuan to es ajen o se desvía; Por qué negáis, ing rata a mi t ormento, que se ufane mi mal c on la me mo ria de ser la causa vos, Estrella mía ? <CANCION III> Desnuda el campo y valle el yerto in vierno, y empaña en torno al ci elo desvelado negra faz de enemiga, oscura niebla; y el seren o esp lendor de l Sol eter no 5 se conf unde en una hó rrida tinie bla; y, rendid o a mis lástimas , cuitado, miro el mísero estado; que mi gl oria enflaquece y confianza, cobrando sie mpre fuerza s la olvidanza. 10 y la Luz, que en mi bien respla ndecía , asombró con mudan za en triste n oche al fin mi alegre día. E sclarece en e l último Occidente el c i elo , y lo s co lo re s mat i zando , 15 baña y orna la tierra de su lu mbre. su claridad la h ierba y la flor siente, y el árb ol; que corona su alta cumbre; mas yo, mezquino, mi dolor llorando, voy en vano l amentando. 20 y la Luz, que most raba su grandeza; y me cubría de in mortal belleza, cerrada nube ofusca, y d e mis ojos la roba co n presteza , y mi llanto acrecienta y mis enojos. 25 Con instable fulgor y rayos de oro Cintia entr e sombras altas aparec e, y lleva el dulce amante a su cuidado; a quien, p ara gozar de su tesoro, la sazón y la suerte favor ece. 30 yo laso, que m e veo ma l tratado. solo y desco nfiado sin mi Lumbre en desierta no che y fría, qué traza s eguiré? qué c ierta g uí a? quién p odrá en esta nieb la aborrecida 35 adestrarme a la vía; que escogí de mi bien, tan m al perdi da? Va el piélago surc ando presurosa la nave, end erezada de l a estrella; que gobie rna su curso, y sin re celo 40 sufre la ira del Ponto procelosa ; que con terror descarga toda en ella. yo, en quien su saña tod a vierte el cielo, el ho ndo mar de l celo abro c on frágil pino, y la Luz clara 45 veo anublarse y esconderse av ara; ondas ge mir; subir el golfo en alto; y cuan p oco repara mi vida de la muerte el d uro asalto. En el horror no cturno brama air ado, 50 y quebranta l os árboles el vient o, hasta que muestra el día luz alguna; que retar da su ímpetu indignado , y espira del eitoso un blando ali ento. mas en m i o scurida d y en mi fortun a 55 una sombra import una crece, encubriend o el lustre de la Au rora, y s u im a ge n lo s ast ro s des c o lo ra . estruend o es todo, es ira, es furia h orrible, y al enfermo; que llora 60 su mal, es el remedio y a imposible. Al du lce ard or primero y pura lla ma las aves can tan ledas, y el rocío las flores c erca de esplendor lucien te; que tie mbla entre las per las, que derrama, 65 y a leg ra el ca mpo un aire tiern o y frío; y cuando m i Luz sale, el mal pre sente lloro, y d e humor caliente el suelo con mis mustios ojos baño, y no descans o con llorar mi daño; 70 que mi dolor no admi te algún co nsuelo . sol o este deseng añ o del mal te ngo en mi acerbo de sconsue lo. <SON ETO L XXI X> Cuand o el fier o Tirano de Oriente la afrenta , que sufrió, co n osadía se a ventura a pagar, y, España mía, contrastas c on valor su saña ard iente; 5 Amor se esfue rza en mi pasión do liente , y finge, y me presenta u na alegría vana; para q ue sienta e n mi porfía, del bien caye ndo, el mal más duramente. Yo cui do def ender me en m ejor s uerte; 10 y resistir sin miedo el duro asalto ; y desc ansar segur o en mi sosiego. Cuand o importa mostrar el pecho fuerte, me pierdo, y hallo de valor más falto; y rindo el c orazón al hier ro y fueg o. <SONETO LXXX> El Sátiro, que el fueg o vio primero, e n su alegre es plendor embebe cido, lleg ó a t ocar ; y con oci ó e ncen di do, que era, cuanto hermoso, ard iente y fiero. 5 Yo, que la luz vi mí sero, e n quien muero , vuelto llama, engañado, y ofrecido a mi d olor, no en llanto c onvertido cu idé trist e acabar, como ya esp ero. B elleza y claridad, nun ca antes vista, 10 dieron principio al mal de mi d eseo, dura pena y afán a un rudo pec ho. Pade zco el dulce engaño de la v ista; mas pues me pi erdo al fin con c uanto veo , cómo todo ce niza, no estoy he cho? <SONETO LXXXI> Alc é la vista acas o, descuidado de mi fu turo afán y ci erta pena, destejida d el cuello la cad ena; que me trajo en m il males enredado; 5 Y queriendo mirar (ay duro hado) el puro a rdor de aquella Luz se rena, en quien Amo r me inflama y me condena ; y con sus fl echas vibra el arco armado; S us oj os en los mí os en cont rar on, 10 y co n la fuerza de su f uego el pecho sintió la ag uda vira en la s entrañas. Que no livianamente me abrasaron, y el golpe fi er o desc endió der ech o a m ost rar en mi alma su s hazañas. <SONETO LXXXII> Eus tacio, yo seguí al A mor tirano, esperando e n su f e p or d olor mío; que al intens o rigor y ard iente estío prometi do descanso busqué e n vano. 5 Ve o, y se me desliza de la mano la ocasión, y aunque en e ste invierno frío inundo en luengo llant o el hondo río; si ento crecer el mal más inhumano. V os, a quien Feb o dio la dulce lira, 10 y la arte gl oriosa de M elampo, remediad la pasión de un vuestro am igo. Que la poción de a quella; que suspir a por su cru el belleza el Frig io campo, tal vez p odrá ten er va lor conmi g o. <ELEGIA IX> Rubio Febo y crina do, que escondi do en el ond oso sen o de O c cidente, deja s el cielo en torn o os curecid o; Si en las rosadas puertas de Oriente 5 rielaren tus pu ros rayos y oro con ard or de luz nueva y roja frente, Desvanezca el fulg or de tu tes oro; que hoy vi lo s ojos, do perdí h erida mi alma en la beldad, qu e amando adoro. 10 Ya pas ó mi dolor, ya s é, qué es vida. ya pued o esperar bien e n mi tormen to , sin recelar mi muerte ab orrecida. V erás de tu sublime y rico asient o la trenza; e n que mi afán se enreda y crece, 15 suelta el tie rno espirar del manso viento; Las luces; do rendid o Amo r se ofrece, el semblan te; que en púrpura y en nieve dulcement e mezclado , r esp landec e. Pero sea, Titán, la vista breve; 20 qu e si tu lla ma en ell a se d etien e, hará, que e n ti la suya el Niño prue be. Clara r la tierra y polo te c onvie ne, y no, cie go de aq uella Luz hermosa, que en m edros a t iniebla te conde ne. 25 Sola mente a mi alma venturosa el a mor c oncedi ó de su bel leza, y la vida y la muerte gl oriosa. Sien ta el Persa ani moso mi riqueza; quien de l Rin bebe osado la c orrient e; 30 y del Vístula ad mira la g randeza; Mi gloria a la prim era incierta fuente del Fario Nil o, imitador del cielo, y corra a la apartada, inc ulta gente. Pues entre cuant os ciñe el mortal ve lo; 35 den de el curs o de Ga ng es reson ante, hasta el dicho so nuest ro Hesperio sue lo, Yo he sido el más felice y cierto amant e, y mi L uz entre todas la más bella, aunque el T royano incend io Homer o cante. 40 N o ilustra al giro exce lso alguna estrella; o c or one a la esp osa d e Per se o, o a quien de ti, Tese o, se querella, Igu al a esta mi Luz; que alegre veo vibrar sua ves rayos a mis ojos, 45 y contien de en el mí o su deseo. Que de m i luengo afán, de m is enojos repuso la ocasión, y abrió camino fácil entr e el horror de l os abrojos. Mi alma siente ya el ardor divino 50 con dulzura am orosa, y reno vado el regal o, y sin fuerza el mal indigno. Vi su belleza inmensa , y vi alterado; que el áni mo el placer me confundía, y la vo z me dejó desamp arado. 55 Ll egó mi bien, y vi con alegría de favor bl ando el pecho e nriquec ido; y escuché el tierno acento y ar monía. Si d el cielo me fu era concedido levantar en gran deza el nombre mío 60 con diade ma y cetro esclarecido; Y al Indo ardiente, y al Bisalta frí o; sujeto a mi poder, y al fie ro viera; que riega del Danubio el g rande río, Sin est a Luz serena , por quien di era 65 la vida; si A mor sufre t anta gloria, el imperio y tiara no quis iera. Que más dese o solo y sin memoria estar h umilde en pobre apartamiento, cantando de mi bien la u fana historia. 70 Que con ella v iviera más contento, y sé bien, que alcanzara co n su lumbre gloria al dolor y grave mal; que sient o, y a mi nombre lugar en a lta cumbre. <SONETO LXXXIII> Si la fuerza, que po nen y cuidado en m i d o lo r las lágrimas ; pusiera la v oz de mi doliente su erte, fuera el dulce so n y llanto bien gas tado . 5 Que el pecho ingrat o vuestro al fin tr ocado . con piedad y lástima se viera; y a mi estrecha esperanza no ofendiera desd én ti bi o, ira inju sta de mi hado. Mas cuido, que si el mísero lamento, 10 para gemir mi m al, y el nuevo canto; que me ens eña el Am or, me ofrece el ciel o; Que, cual Áspide s orda al tierno acent o, negara al c orazón, que temo tan to, que ablande s u rigor, vue stro impí o celo . <SONETO LXXXIV> E sta desnuda playa, esta llanura de asta s y rotas armas mal sembrada, do acab ó al vencedor la I bera espada, es de España sangrienta sepultura. 5 Most ró virtud s u precio y la vent ura neg ó el su ceso, y di o a la Muert e entrad a; que rehuyó dud osa y admirada del heroico valor la suerte oscura. V enció Otomano al Es pañol ya muerto, 10 antes del mue rto el vivo fue ve ncid o, y Hes peri a llora y Grecia la victoria, Pero s erá t estig o este desiert o; que si cayó , muriendo no rendido, Tracia le rin de y Asia n ombre y gloria. <SONETO LXXXV> Duro el pecho, y fu e grand e el sufrimiento; que encel ó la crudeza d e esta llaga. mas bien no sé (mezquino) ya, que haga en el dolo r esquivo, que co nsiento . 5 Oso, y fallece el ánimo al to rmento, de mi arroj ado intento ju sta paga. pero, aunque m ás la pena me de shaga , acabará en sil encio el se ntimiento. Tan grave el golpe fue, que el fi ero arquero 10 de las purp úreas alas quedó ufano, viéndome atra vesado las entrañas. Temblé al furor, q ue trajo, y gemí, e mpero después (o h simple yo!) alabé la mano ocasión de estas ásperas hazañas. <SONETO LXXXVI> Aura suave y mansa de Occid ente, que con el t ierno soplo y blando frío halagaste el ardor del pecho mío, qué esp íritu te mue ve vehemen te? 5 Ni Euro espira, ni suena el Austr o ardiente en el fur or desierto del estío; y tú secas, cruel, el prad o y río, cual al suel o Africano el Sol caliente. Mas ay, tú te encendist e en mi Luz be lla, 10 y, envidiando e l bien de mi ven tu ra, las flores y ondas abrasaste lueg o. C esa Aura, no me enciendas m ás, que en ell a ardo y me abraso sie mpre en llama pura. no acr ecientes mas fueg o a mi gran fu ego. <SONETO LXXXVII> Si d eseáis, que muera a vuestra man o; por qué dais vida a un coraz ón abierto? es cruel dad vengar en cuerpo muerto culpa, si la ha y, de un si mple error liviano. 5 Si con saña buscáis d e amor tirano do lo r e te rn o a un mís ero d esierto; por qué hacéi s, (oh ext raño desco ncierto! ) que mengue y mi pas ión falle zca en va no? Poco e s esto, si debo yo , Luz mí a, 10 que mis en trañas corte el hierr o y parta; y me acab e el d esdén ; qu e el mal me h a hech o. Mas que mis esp eranzas y alegría ro mpa, quien tanto bien, cruel, me aparta, cómo sufre y no estalla u n tierno pecho? <CANCION IV> Desci ende de la c umbre de Parnaso, cantando dulcement e en noble lir a, oh tú, de et erna juventud, Talía; y nue vo aliento al corazón me inspira 5 aquí , donde el torc ido y luengo paso Betis al h ondo mar corrien te envía; porque de la voz mía suene el canto; y florezca la m emoria hast a el términ o r ojo de Oriente, 10 y do al Nú mida ardient e abrasa Hip erión; y en alt a gloria el nombre de la insigne, Hesperia planta; que de C órdoba y Cerda se levanta, aquiste hon or; y al Céfir o templado 15 ensalce este Luc ero ven erado. Los desp ojos ; y, en árboles alzad os, los insignes tr ofeos; el s angriento la soberbia y fr ente hórrida cortaste ; 75 que en mar móreo rigor trocó a Fineo, P ues con talares de oro sin contraste sublime al Orient e y glorioso por no u sado camino tra spasaste. Yo desd ichad o y tr iste, que el her moso 80 Lucero de mi alma aun con la vista cercar n o puedo ya, ni es pero, ni oso. Si la vida perdiere en t al conquista de males amoros os, esta pena hay sola, qu e a su ímpetu res ista . 85 Desdeñar , de dulzura tier na ajena, que ofe nda a vuestro pecho sobe rano la gloria, en que la muert e me condena. Que no s e debe a mi tormento insano tanto bien; que deshaga con la vida. 90 mi sufrimient o y mi dolor tirano. Pero si en esta aus encia aborrecida del cuidado ac ercáis la esquiva muerte, digna de mi es peranza mal perdida ; Pienso, que usáis conmigo en esta su erte 95 de últim a piedad en tiem po indigno; por ac ortar la pena a mi mal fuerte. Y acabaráse aquel temor contino en este caso injusto , y la engaña da opinió n del ánimo me zquino. 100 Mi al ma, alegremente a venturada, volará, tri unfando en los despo jos de mi afán y mi ansia n o cansada. En tanto que se aluengan mi s enojos, vos , oh mi Sol h erm oso, con t ern eza 105 mirad mi cuita y húmedos mis ojos. Y si el deseo ausente a la belleza sin igual me llevare en al gún día; volviend o a mí los rayos de esa alteza, tornad me a la primera s uerte mía. <SONETO XCIII> En esta selva h órrida y desierta, que tiene en temor tr iste el vi ento air ado; contemp lo, e n mis de sdichas obs tinado , mi peligr oso estado y vid a incierta. 5 Hall o del impío Am or la senda abierta; que descubr ió el principi o a mi cuida do. espacio luengo veo y no tratado , salud sie mpre difícil, muerte cier ta. N o ve o árbol r amos o, ni desn ud o; 10 que no sea mi bella F iera, y s iento cuajárse me la sangre al p echo fría. Dic hoso, quien su miedo venc ió, y pudo contrastar su pasi ón! ma s el torm e nto , que sufro, no se rinde a mi porfía. <SONETO XCIV> Luce s, en quie n su luz el So l renueva, y Cupido su llama, y las estrellas con cu ya claridad florecen b ellas con el noctur no horror, con la Alb a nueva; 5 Qué pesa r vos dest iñe osado, y prue ba desmayar el vigor de esas cent ellas? por qué no de scubrís con fu erza en ellas de vuestro pur o fuego al guna prue ba? Así podrá con llanto, d ulces Ojos, 10 turbar vuestro es plendor os curo vel o, cual nube rara al vivo ard or de Apolo. Después qu e al dolor d ais estos d espojos, de luto cubre Amor su faz, y e l cielo confuso ya ce en triste so mbra y solo. <SONETO XCV> Quejoso ya del ti empo mal perdido, las armas, c on que al dulce R ey tirano ofrecido segu í, esperando en van o, pongo, de mis deseos o fendido. 5 Basta en mi tierna ed ad haber crecido Amor; que en mí cansó su diestra man o. consejo me parece ya bien sano; de svia rme del curso proseguido. Bien puedo, y tengo fuerza s y osa día, 10 y valgo a c ontrastar su gran du reza; y negar d e mis m ales la victoria. Mas no sufre el cruel, que en la al ma mía mi Luz no me pres ente su belleza; y así me aflige y vence la m emoria. <SONETO XCVI> Suspiro, y pruebo y a con voz dolie nte; que en sus cuitas e xpire la alm a mía, crece el suspir o en vano y mi agonía, y el mal renueva siempre su acc idente. 5 Las p eñas, en qu e sol o pen o ausen te, ro mpe mi suspirar en n oche y día; y no t oca (oh dolor de mi porfía?) a quien esto s suspiro s n o co nsiente. Suspirando no muero, y no des hago. 10 parte de mi pasión, mas vuel vo al llanto; y, cesando l as lágrimas, suspiro. E sfuerza Amor el suspi rar, que hago, y co mo el Cisne acaba en dulce canto; así pierdo la vida en el su spiro. <SONETO XCVII> El tiempo, que se alue nga al mal extraño, y mis pasos m e muestra bien co ntados; si término pusiese a m is cuidados, sería a mi es peranza des engaño. 5 Que el oro, que me enlaza en nuevo engaño , los ojos dul cemente reg alado s, sin vigor a m is años mal gastado s el re medio serían de su daño. Pero si en él se a umen ta el d olor mí o; 10 si el cabello y las luces inmortales, son, y e terno el valor de heroico intento, Se rá de amor perp etuo el des varío; y en l os, que al fin parec en, grandes males renacerá contino m i to rm en to. <SONETO XCIIX> S ola, y en alto mar, sin luz algu na con tempest ad sañosa yace y viento mi p opa abierta; y no abr e el negro asient o del ciel o la confusa, incierta Luna. 5 Esperanza, Arellano, ya ninguna procuro, ni se debe al pensam iento . fallecen fuerza y arte; y triste siento la muerte apres urárs eme importuna. Pues el Amor me olvida, y cierra el puerto; 10 y veo en las r eliquias de mi nav e; que el Po nto espa rce y vuelv e mi s despoj os, La vest e y ar mas d e es te aman te muerto, colgad; q ue restan del n aufragio grave, a la ara de mis bellos, dulces ojos. <CANCION V> De las más ricas tr enzas y hermo sas, que ve de Febo el carro esclarecido, est oy aus ente y sol o en e l desiert o; que a mis quej as responde con gemido . 5 de las más puras Luces y amorosas peno en mi so ledad, de bien i ncierto , rendido a d olor cierto. de aquellas hebra s bellas y suaves estrellas, 10 ay torm ento cru el, mi s uerte du ra me aparta. quién en esta noc he oscura me llevará al c abello y luz serena, a cuya h ermosura mi alma en los de spojos se co ndena? 15 No son más ruti lantes y encendido s, cuand o sale n más rojos en el día, los claros ray os de Titán luciente; que son d e la enemiga d ulce mía, los hilos, o enlazados, o esparcidos; 20 con que enriquec e Amo r la blanca frente, do n de tiene presen te de fuert e red y estr echa noble cadena hecha a la al ma ; que pr ocura ser vencida, 25 y comport ar sujeta y bien perdi da la fuerza d e los males; q ue merece, y en su cuitos a vida cr ece el tem or, y el dese a r más crece. Las llamas, que fucilan en el cielo; 30 c on qui en la Noche sola se corona , de lumbr osas figuras esmaltada, relazando en su frente una coron a de cándido esplendo r; que ilust ra el suelo, vence mi L uz; de puro ardor ornada. 35 do al impío Niño agrada establecer su gloria, y estrenar su victoria. y con f ogosas flechas en la man o en ella muestra bien, si es Rey tirano; 40 y del fulgor hermoso al crispar tierno no deja pech o sano; que, cuanto mira, obliga a daño eterno. Cuand o crece la s ombra, y mengua el día, me encie nde el fuego el cor azón cuido so, 45 y d esc ubrir no pue do al dolo r mío rem edio ; que s e esfu erza el mal pen oso en esta miserable ausencia m ía. lloro, y mis ojos vierten un gran río; que en el invierno frío 50 el rigor de la n ieve disuel ve en tr echo br ev e. mas d e las luces blandas la terneza vigor florid o y llama de belleza pudieran mitigar su fuerza ardiente; 55 si en esta mi tristez a no estuviera ap artado, y siempre ausente. Ing rato Am or, no dulce, A mo r amarg o, con qué vi rtud m e va les; que n o m uero, de mi d ichosa Estrella no alumbrado? 60 a do está el bien? A do el fav or primero? qué ti e mpo de des tierr o es es te larg o? l os oj os, de mí t od o en aj ena do, vuelvo al lu gar amado, y en u n tor men to inten so 65 paso el día, y su spenso gasto la n oche en mísero lamento. y mi deseo , alzando el pensam iento , inquier e, si mi L uz pe nsosa yace? y si mi apar tamiento 70 le duel e, y m i pasión le satisface? Mil cosas imagin o, que deseo. hácelas verdaderas la esperanza, último bie n del amado r mezquino . doy crédito a m i vana confianza; 75 para aquistar el fin d e mi des eo. ya corre el pensamiento sin camino por el err or contino de mi antigua fo rtuna. halla tal vez alguna 80 traza de su dolor , y duda y huye, y el fing ido con tento se d estruy e. y por el mismo ra stro, que ha llevado , te me entrar, y rehú ye. tal va de su p eligro acobard ado? 85 Qué podré yo do liente en tal e xtremo, pues mi suerte a mis lásti mas me inclina, sin o aten der el mal, q ue A mor me d ier e? estoy di spuesto ya a mi pena i ndigna, y, antes que reconozc a el daño, temo; 90 porque ni el bie n me venga, ni lo espe re. y aunque cr uel me hiere, no se dirá; que quiera rehusar la carr era. haga pues el dolor en mi su oficio, 95 y acabe ya aquel fiero su ejercic io ; que no p odrá el torment o ser más fuerte, que honrar en sacrificio las aras de mi Lumbre co n mi muerte. S olo p ermita, ya qu e muer o ausen te, 100 quejarme de mi afán al campo abierto ; primero que a la espada entre gue el cue llo, y al fueg o abrasador el c uerpo muerto; y mis pasadas glorias que recu ente; cuand o el oro enlazado d el cabello 105 c respo, sut il y bello en mi cerviz s e puso, y me e nredó confuso; y que escriba la causa de mi afr enta en esta arena estéril y se dienta; 110 y, r epitiendo de principio el daño, haré; que el bosque sienta y las fieras la fuerza de m i engaño. Se rá el desierto y mi pesar testig o de mi liviana culpa y grav e pena; 115 y c uan en van o (tris te) me desh ago. porque e s quien me atorm enta, y me conde na, tibia, mudable y áspera conmigo; y n o se cansa en mi mortal estrago. pero si el ma l, que pago 120 s in mi ofensa, turbase un día, y me llevase mi Luz; y viese alegres yo sus o jos, serían dulce gloria mis enojos; y daría, p or verme en tal estado, 125 entr egar mis desp ojos al olvido, a la ausencia, y al cuidado. <SONETO XCIX> En lo s lucient es nudos enla zado ufan o, yo sufría mi tormento; y en lla ma dulce ardía y puro aliento, cual Ave Arabia, en ella renovado. 5 Cr eía, en tales lazos an udado se escondía el cruel; qu e el mal, que siento, causa, de su cade na tan co nte nto, cuan sin m emoria alguna en mi cuidado. Cuand o los ricos cerc os relazaron 10 el oro terso, a la aura d esparcido; y quedé nuev amente asido en ell os. En los ramos, qu e a suerte se enredaron, me abrasé, en vivo fu ego convertido; y A mor se consu mió en los ojos bello s. <SONETO C> S ombra y van o terror del pensa miento mi alma en un conf uso error co ndena; y apare ce, de horror me droso llena, la sañosa asp ereza, que lamento. 5 D esmaya en el silenci o el sufrimiento, y l a au sencia ensandece m ás la pena. cr ece y arde el desdén , y el mied o enfr ena las iras de un honrado s entimiento. R evuelvo en la inqu ieta fantasía 10 c osa s; que dan pr incipio a mayor da ño, y no acier to el remedi o en tal mudanza. De qué sirve huir, si mi porfía contrasta, as egurada de su engañ o, y abraza en el peligro a la esperanza? <SONETO CI> Po drá ser que este afán indigno aca be, y que de mi debida gloria cobre un bien peque ño; y en mi mal me sobre razón, con qu e tu nombre, Amo r, alabe? 5 Gran bien te pido, pero en mi bien c abe. mas, cuand o tu favor en mi más obre; la esperanza s e halla ya tan pobre; que ni gozal l o pue de y a, ni sabe. Si n o valgo este bien, a cuán do aguarda 10 tu crueldad; que su furor no ha rta en lo qu e más me val e y me disculpa? Oh muerte, oh vida lue go; que si tarda cualqui era, y tu dudanza no se aparta , será la dilaci ón la mayor culpa. <SONETO CII> Ardí, F ernando, en fue go claro y lento, muchos día s dichoso; y si el turba do reino de A mor no tiene f iel estado, en tre los p reso s yo viví c ontent o. 5 Después por dar la vela al blando viento. cuand o la luz del cielo se ha mostrado, de aquel est recho nudo desat ado esparcí c on el pie la llama al vi ento. Mas la imagen de A mor airada y fiera 10 siempre delante trae a mi en emiga, tal, que estoy a la o rilla de L eteo. Si muriendo pasar e su ribera escríbase en mi mármol que huía, y que murió luc hando mi des eo. <SONETO CIII> E s este el frut o, Amor, que al fin rec ojo de l c o nt ino servicio de mis añ os? esta es la cierta fe d e tus engañ os? de tus p romesas este es el despojo ? 5 Ay, que bien yo mere zco el mal, que escojo; pues que ci erro los ojo s en mis daño s; y huyo de tus c laros desengaño s; y contra mi tan sin razón me enojo. Porque no debe un noble e ntendimi ento 10 tant o abati rse, que t e dé el i mperi o; y de ti solo pen da su espera nza. Mas q ué ? si y o am o y s i go mi tor men t o; y por la glo ria abrazo el vituperio; y estimo p or firmeza la mudanza. <SONETO CIV> Aqu el sagrado ardor que resplandece en la belleza de la Auror a mía, mi espíritu moviendo, al pec ho envía la pura i magen, que en mi alma crece. 5 En ella está fijada; y de allí ofrece al pecho su valor en co mpañía; y de sí misma efectos alt os cría; con que mi i ngenio y nombr e se engra ndece. Vuel o tan alto que con rayo fiero 10 o con ardiente Sol fuera impedid o; si no me diera aliento mi Luz pura. Mas ya que mu ero, como sie mpre espero; ni en Mar seré, ni en Río sumer gido; que el mundo me será l a sepul tura. <SONETO CV> Teme rario Pinto r, por qué di, e n vano, te cansas en mostrar la hermosura de la excelsa Heliodora; y la luz pura, y el se mblante amoroso, y soberano. 5 S erá trabajo el tu yo sobrehumano, que no debe e sperar lo que pro cura; mas cuándo ofreció el cielo tal ventura al rud o conseguir de mortal man o? Si tú m uy confiado en la grandeza 10 de toda la b eldad que e spira en ella, osares descubrir alguna parte, Pinta la mis ma imagen de belleza; y si pued e imitar las luces d e ella habrás llegad o a perfección de la Arte. <SONET O CVI > Mues tras de breve bi en que huye luego, antes que l a ocasión vuelva la fr ente, fueron las que el Amor h alló presente, con que mi alma ardió e n su eterno fuego. 5 Pero glorias de un niñ o solo y ciego, que presto las deshac e un acc ident e, cómo pue den v aler a un pe cho ausente; que n o sab e que es ti empo de s osi ego? Alc é m is esperanzas sobre arena, 10 que el viento aparta, y lleva sin conci erto, y no temo los golp es de mudanza; Cay ero n , y el A mo r , po r m ay o r pe na , quedó en l as altas nubes des cubier to; con te mor, y sin fuerza, y confianza. <ELEGIA XI> E stoy pensa ndo en medio de m i enga ño, el err or de mi tiemp o mal perdido; y cuan poco me of endo de mi daño . Vu elv o los ojos, que el mej or sentido 5 alum bra; y hallo una pequeña s enda, do paso hum ano apena está esc ulpido . Proc uro, antes que el breve Sol descienda a encubrirse en el último Occiden te, llegar al fin d e esta mortal contienda. 10 Y co mo quien se v e d el daño au sente, que cons idera su temo r pasado , y aun no desc ansa con el bien pr esente ; Tal de mi afrenta y mi dolo r cargado, en la segur idad nunca sosi e go; 15 y en el sosieg o siempre es toy turb ado. Aqu el vigor, aquel celeste fuego, que encie nde mis entr añas, me leva nta de la oscura tiniebla y er ror ciego. V eo el tie mpo vel oz, q ue se ad elan ta, 20 y derriba c on vuelo presuroso, cuanto el h ombre fabrica, y cuanto planta. Oh cierto de sengaño ve rgonzo so; oh grave c onfusión de nu estro yerro; claro ene migo; amigo s ospechoso; 25 Tú me pusist e solo en un destie rro, de cuanto me podí a dar cont ento; y por ti a la alegría el pa so cierro. Cu anta s vec es me dist e al pen samien to ocasiones d e gloria; si yo osara 30 val erme d el h onor de tu torment o. Fu eme la su erte en lo mejor avara, antes V enus, las Gracias, los A mores os miren, y en vos reine l a Alegría. <SONETO CXIII> Tiéne me ya el d olor en tanto estrech o; que el desm ayado corazó n dolient e ve el gra ve mal; que más temió, pres ente, y no cuida rend irse al tris te hecho. 5 Obstinada porfía esfuerza e l pecho; y v ence en dureci do es te a ccidente. honra es , y no es valor; quien no consie nte, que el mal tej ido nudo esté de shecho . V os, que con generoso y a lto vuelo 10 alzáis alegre el noble y dulce cant o, libre de e ste amoroso sen timie nto; He rid la lira, y dad alg ún consuelo a mi p ena y afán; antes q ue el llanto último ponga fin a mi tor mento. <ELEGIA XII> Por el seguido paso d e mi gl oria A mor me ll evó tri ste y la st imado, a perder c on la vida la m emoria. Allí s e renovó mi bien pasado; 5 los dichosos lugares de esperanza; el tiemp o de mis pre mios engañado. Desfalleció mi alma en la mudanza, y rehuyó segui r por el camino; que le dio e n otro estado confianza. 10 Vio su pres ente suert e y su d estin o, y el mal ; que la afligía n o apartarse del bien; que ausente c ausa afán cont ino. Allí sintió sus fuerzas acabarse, y, como sabido ra de su daño, 15 en la ocasión, qu e tiene , repararse. Mas que pudiera al fin contra el engañ o de Amor, aunque e xcusara su pre sencia; si la traj o a perder su err or extraño. Si yo no me valía con la ausencia; 20 c ómo podía verme defendido present e, y sin ha celle resistencia? Por no usa do tormento estoy rendido , y por usado m al sufro y espero , (si puede s er) hallarme más vencido. 25 Ma s luego torno a ver mi dolor fier o; y conozco su ímpetu y brav eza, y h uy o, y vu elv o a é l, y con él muer o. Helado fue mi pecho, de aspereza s e vi sti ó en otr os añ os, p or bi en mí o; 30 no se aba tió al regalo y la terneza. Ll eno de noble ard or y osado brío, seguro se hallab a y confi ado; juzgan do el dulce bien por desvarío . Vivi era yo contento en tal es tado, 35 sino vie ra la Luz resplandeciente; que encen dió el corazó n en fuego aira do. En lazos de oro y ámbar, que su fre nte ufan os e smal taban, dio a mi cuello e l y ugo ; que pade ce mansam ente. 40 Ni desatallo pude, ni rompello; ni pude desde ñar el duro impe rio; que me perdió mi m al; para querello. Es toy en un estrech o c autiveri o, ya sin algún valor; y en m i tormento 45 descubre siempr e Amor n uev o misterio. A hora, que reci ente el dañ o siento con la memoria dulce mente amarga, busco alguna ocasión al sufrimiento. Mas esta del dolor p esada carga 50 las fuerzas enflaquec e, y mi des eo, para crecer más p ena, el vuelo alarga. Bien puede mi impío Rey alzar tro feo solo de mis miserias; pu es me lleva, d onde ma yor a frenta si empre v eo. 55 Si desease yo segunda prueba de mis p asadas glorias, c obraría esfu erzo e n el afán, que se re nueva. Mas ya no teng o fuerza, ni osadía; para sufrir p resente el bi en incierto, 60 ni me cont entan casos de alegría. Moriré sol o, aus ente en el d esiert o, o ante mi sobera na L uz pres ente , si, prim er o que ll egu e, n o soy mu erto. Pero temo, que la aura se pr esente 65 del favor; que tenía, y se deshaga mi triste co nfianza vana mente. A mor estas mis d eudas tan mal paga; que no prete ndo premio, y sol o quiero, que de mi v ol untad se satisfaga. 70 Pro mesa fu e de mue rte el b ien pri mer o, y yo la consent í, y con la m udanza muerte será por bien el mal postrero; pues niego a mis trabajos la e speranza. <SONETO CXIV> Yo vi un os b ell o s ojos, que hiriero n con dulce fl echa un co razón cuit ado; y que, par a encender morta l cuidado , sus fuerzas a la s mías op usieron. 5 Yo vi, que muchas veces p rom etieron remedio, al mal, que sufro, n o cansado; y que , cuando me vi e n mejo r est ado. poco mis confianzas me v alieron. Yo ve o, q u e se esc ond en ya mi s oj os 10 y crece mi dolor, y llevo au sente en el r endido pecho el g olpe fiero. Yo ve o ya pe rd erse mi s d espoj os ; y e l ca ro premi o de mi bien pres ente, y en ciego enga ño de esperanza m uero. <SONETO CXV> Llegado al fin del cier to desengaño, qué debo hace r más en mi torme nto; si no mostrar al ciego ent endimiento el error de su c urso siempre e xtraño? 5 Desespero, no temo ya algún daño , huyo, o sando en el mal, mi perdim iento; y, aunque no gus to bien el bi en, que siento, huelg o hallarme libre de mi engañ o. Mas todo es vanidad, to do es brave za 10 de e stos m is pens amient os desvalidos; que co n cual quier favo r harán m udanza. Mal excusar y a puedo mi flaqueza; si Amo r, a m is m ejo r es d o s se nt i do s promete viv a lumbre de espe ranza. <SONETO CXVI> Yo voy, oh bello S ol de la alm a mía, buscando e l nuevo ardor del Sol lucie nte; porque, de sampara do el Occidente vuestro esplendor no veo y mi alegría. 5 Podré decir; que voy en noche fría, por donde hum ano paso no se si ent e. mas ll éva me el osad o Amor pres ente; pensa ndo que a nacer me torn a el día . En cúbre nse la s luces, que apare cen, 10 cuando en ellas humilde a vos m e inclino; y el Orient e tardo se me aparta. Que las vuestras en Hispal resp landece n, y la tersa corona de oro f ino; do procuro , que el cuerpo a veros parta. <SONETO CXVII> La falda y el tendido , yerto lado del abrasado Etna, a do s uspira del pes o opreso, y con fu ror respira el espanto so Encélado inflamado; 5 Con hierba y v erdes árboles ornado fl orece, y tod o el fu ego; que con i ra resonand o su cumbre excelsa espira, no ofende al fresco sitio variado. Mas el cruel ince ndio de mi pecho 10 c onsu me, aunque pequeña, si aparece, la flor d e la esperanza in cierta mía. Ard o to do, y, en fue go al fin deshe cho, me rehago en su llama, y siempre crece con el ardor la fuerza y la porfía. <SONETO CXIIX> La red; la hacha; la cadena; el dard o; que en el bell o espl endo r alegre veo de mi Luz, al Amor dieron tro feo, y al fueg o me llevar on, en que ardo. 5 A presa tan veloz jamás el Pardo saltó, como el cruel a mi deseo . yo resistí en mi o fensa, y no de seo ser ya c ontra sus fuerzas más gallardo. El orgullo; el desdé n; el libr e pecho; 10 y ufanas esp eranzas de victoria son vergüe nza del daño , que consie nto. Tan sujeto y sin gloria alguna, y h echo es toy p or mi d olor en mi tor men to; que solo reina e l mal en mi m emoria. <SONETO CXIX> Si A mor el gener oso y d ulce aliento en mi rendido pecho ardiendo inspira ; yo ufano ensalzaré con noble lira la hermosa ocasión de m i tormento. 5 Aquel, que en tierno y nuevo y alto acento celebró e l verde Lauro; en qui en espi ra Erato, y a q uien sigue, ho nra y admira de Italia b ella el doto ay untamiento; Oiria en el puro, Elisio pr a do 10 entre felices al mas la armonía; que llevaría d eleitosa la aura; Y diría; del can to arrebatado, o es es ta la suave lira mía, o Betis, cual mi Sorga, tien e a Laura. <SONETO CXX> R ojo Sol, que co n hacha lu m inosa coloras el purpúreo y alt o cielo; hallaste tal b elleza en tod o el suelo; que iguale a mi serena Luz dicho sa? 5 Aura suave, blanda y amorosa, que nos halagas con tu fr esco vuelo; cuando el o ro de scubre y rico velo mi Luz, tre nza tocaste más he rmos a? Luna; honor de la n oche; ilustre cor o 10 de los errante s astros y fijados, consideraste tales dos estrellas? S ol pur o; Aura; L una; luces de oro , oísteis mis dolores, nunca usados ? visteis Luz más ingrata a mis quer ellas? <SONETO CXXI> Hebras, que Amor purpura co n el oro , en inmortal ambrosía rociado; tanto mi gloria sois y mi cuidado, cua nt o de él sol o soi s ma yor tes or o. 5 Vos, que los bellos astros y alt o coro ornáis, mis Luces, de esplendor sagrado; cuanto el i mpío es por vos más estimado, tan to vos h onro hu mild e y vos ador o. A rdien tes Rosa s, Perla s de Ori ente ; 10 Marfil vivo; y, angélica Armonía, cuanto vo s m i ro más, tanto me inflamo. Y por vos cuanta pena la alma si ente; tanto es mayor valor y gl oria mía; y tanto temo más, cuanto más amo. <LIBRO SEGUN DO> <SONETO I> El bello nombre , quiere Amor, que cante, de mi Luz, por do en pr opia, o tierra ajena, nunca otro Español pie i mprimió la arena siguiend o, Cintia y Delia, a vuestro amante. 5 S eré el primero, osando que levante la humilde voz, do el Betis gra nde sue na; y que las flores coja a mano llena del rico hue rto nuestro y abun dante. V os, a quien de Cefi so; Eurot a, Ismeno 10 las dulces o ndas bañan, y d el Tebro; oíd mi canto, y dad a Am or la gloria. Porque admirando el esplendor sereno de mi Luz; ni al Erídan o, ni al Ebro pensaréis h onorar con la victoria. <SONETO II> Al pu ro ardor, que vibran mis estr ellas, do A mor sus rayos tiemp la en dulce fuego; siente abierto mi pecho el daño l uego, apurando m i alma en sus ce ntell as. 5 Crueles, aunque siem pre luces bellas; que no me sufre n consentir sosiego . y es el mal, que, herid o y preso y ciego, la pena, e s galardón, que nace de ellas. Si algú n lugar me finca de esp er anza , 10 es para padec er; y en dura suert e nueva oca sión present e a m is enojos . Tal me tiene est e ingra to en viva muer te; que puedo ya d ecir sin conf ianza; Amor para mi error c erró los ojos. <SONETO III> Pue de, o ponerse o sando mi cu idado con raz ón al rigor del Am or fiero; y de este afán , en que penando mue ro, buscar tarde el remedio no hallado. 5 Puede traer la culpa del pasado err or, y d el pr esente, y del q ue esp e ro; y darme a cono cer; que sigo y quie ro y amo mi perdic ión más obst inado . Y no po drá romper el nudo e strecho, 10 ni aliviar la c erviz del gr ave peso; que tal valor s u vil temor no encierra. S olo me muestra el mal al fin de él hech o, y, aconse ja, que huya, estando preso; porque me haga el impío ma yor guerra. <SONETO IV> Oh c óm o vu ela en a lt o mi de se o, sin que de s u osadía el premio tem a! que ya las punt as de sus alas quem a, donde ningún r emedio al tri ste veo. 5 Qué mal podrá alabarse del trofeo, si cae, est ando ufano en la su prema part e del fu ego, en esta ban da extr ema y acaba con su error y devane o. Debía en mi f ortuna ser ejemplo 10 Dédalo, no aquel joven atrevido, que honró el mar con la gloria de su no mbre. Mas ya tarde mis lás timas contemplo. si, porque osé, ya m uero al fin perdido, jamás a e mpresa igual os ó algún h om bre. <SONETO V> Cual plan ta, que pidiendo el alto ciel o, muestra el verde re mate y la belleza; y del sonant e rayo la bra veza la arr oja con estruendo r ota al suelo; 5 Tal, mi Esperanza ufa na alzaba el vuelo, mas d e vu estr o desd én cr uel dur eza sin gloria la d erriba con t risteza, cuando menos debía a su rece lo. La aura, que de Fa vonio blando espira, 10 no concede indign ado a la al ma mía Amor, que no se ha rta de mi daño. R endido al desa mor y a vue stra ira, sufro d esesperado con porfía de mi d olor la fuerza y vu estro engaño. <SONETO VI> Cuidé yo de tus lazos y tu fue go, mal grad o de tu saña, Amor tiran o librarme , y fue m i pensamiento vano; que tú no me suf riste algún so siego. 5 Tent é de tu s engañ os (rudo y cieg o) escaparme , y huy endo en campo llano, vine a caer (oh mísero) en tu mano; que tar de se conmue ve a tierno rueg o. Cuánto, decía entonces; fo rtunad o 10 es, quien se te d efien de , Señor fi er o! mas quien, fiero Señor, se te d efiende? A y, que todo es esf uerzo imaginado ; que tu fuerz a desh ace el fuerte a cero, y tu ingenio al más cauto engaña y prende. <SONETO VII> Do el Mauritano Ponto fiero baña de la s oberbia Argel el f uerte mur o, el ciel o c on t err or y h orr or osc ur o amenaz ó la muerte a t oda España. 5 Bramaba el mar ardiendo en ira extr aña, bramando ardía airado el mar p erjuro; s olo e n tanto pa vor domó s eguro César del hado adverso la impía saña. El piélago y alient o embravecido 10 abatieron su ím petu indignado; y r es pi ró el me dro s o L i bio s ue lo . V e ale gre, corazó n nunca venci do; que la vi ctoria no te impid e el Hado, ni el vient o, y mar cruel, mas todo el ciel o. <SONETO IIX> Si en mano del A mor yo puse el fren o de esta mi vol untad, no bien s ujeta , de qué me espanto pues; que se pro meta tr a erme tan r endid o y si empre a jen o? 5 Tarde ll ego al re medio; que el ven eno cruel destie mpla el pech o con secreta virtud. no e s justo y a en edad perfe cta andar ll eno de afán, de a frenta lleno. Pueda abrir la razón la niebla o scura, 10 y ose r omper p or est a sel va esp esa; que m il buenos deseos emba raza. Dura resolución, mas b ien segura; que, qui en tem e el tr aba jo, y len to ces a, el pre mio de la gloria en vano abraza. <ELEGIA I> En est e bosque fr ío, que sosti ene mi cítara, en el Sauce lev antada, más p ena de mi triste amor no su ene. C éfiro la aura b landa y s osegada 5 aparte d e las cuerdas; que hería con ar monía dulce y regalada. Que la serena Luz d e la alma mía cubre sus bellos ra yos a mis ojos, y del fa vor, que tuve, la alegría. 10 Venc en el sufrimient o mis enojos; porque tengo en mis cuitas tierno pe cho, no usado a ca minar por l os abrojos. Ya no es pero mudanza al da ño hecho; que Am or, Fortuna, y mi luciente Estrella 15 m e apr ietan, pue sto siempre en d uro estrecho . Cual d el fueg o se informa la centella; procede mi dolor del amor mío, y el lu engo afán de mi mortal querella. Sig o un error, y sig o un desvarío 20 por el confuso rastr o de mi vida, y, aunque alcanz o mi engañ o, en él porfío. C ómo podré es ta suerte aborrecida huir? cóm o podrá el cans ado cuello sacudir esta carga desab rida? 2 5 Un blando hilo de un suti l cabe llo en un laz o lo aflige apre miado , sin que pueda quebrallo , o deshace llo. Si fu era con ac ero fabricado; o en terrible s cadenas gr avemente 30 de hierro rud o y rígido labrado; Según el cora zó n la pena sient e, poco era quebrantallo entre l os brazos, roto con fuerza airada y saña ardiente; Y el esparcido pes o, en mil pedaz os 35 mostrara el in dignado sentimiento, enhiest o y libre el cuello d e embarazos. Mas ay, que da este áspero tormento del am or os o yug o; que s ost eng o, lugar, sin qu e se rompa, al m ovimiento. 40 Y cuando pie nso (triste ) que el bien t engo, el cuell o hallo atado al mismo instante; y de nuevo a s ufrir mis an sias vengo. Ojos, rayos de A mor, fulgor crispante de mi alm a, abrasada en su veneno, 45 oíd esto; que dice un pobr e amante. B elleza inmensa, y pur o Ardor sereno ; do A mor su flecha, el P olo sus estrellas, tie mpla, y baña de honor y gl oria lleno; La ilustre claridad d e esas centellas 50 me inclina al fuego, y s u vigor inflama mi pecho en las celestes luces bellas. Nu nca tocado fui d e ajena llama, ni de sembla nte dulce f ui venci do; que el vuestro la b eldad mayor d esama. 55 Sop orté mi mal siem pre, no rendido, subie ndo, a do no llega otra ventura, y no esper é el favor, jamás d ebido. Ni ard iente Sol ; ni fría noche oscura; ni peligros; q ue turban l a osadía, 60 me i mpidieron mirar vuestra luz pura. S olo fue m i regalo y m i alegría, con suj eció n d e la alma venerada, ante mi Lumbre afirma el Amor puro; que nunca en bi en tan alto y soberano ot ro fe l ice am a nte vio seguro. <SONETO XV> Yerto y doblad o Mon t e, y tú l ucient e Río, de mi zampoña con ocido, cuand o de los pastores el gemido canté, y mi mal con cítar a doliente; 5 Si en vuestra ci ma sie mpre y pura f uen te se escucha el son de mi dolor crecido; y si por el cami no, que han segui do su afán o tros llorando, voy pr esente; Una Luz bella, es caus a, y un honesto 10 sem blante; que t enta r en ca nto os ara la origen y orden firme d e las cosas. Del curso eterno es e n sazó n di spuesto , todo, esp ero (la edad sin o es avara) mostrar, cuán varias son y cuán hermosas. <SONETO XVI. A Martin R. de Ar ellano> Dura por mí fue al Tajo tu partida, dejan do s olo el Beti s, Ar ellano; y en llan to me obligó y d olor insano tu ausencia, de mí sie mpre aborrecida. 5 Tú sabes, que esparci ó a mi triste vida afán el ci elo y cuita en la rga mano; y en mi mal dulce amigo eras y her mano, y no hay quien me co nsuele y a en tu ida. Hiri ome fiera el p echo mi Luz bella; 10 y se esc ondió a mi vis ta , y con ar dien te fuego a la alma abrasó en su mal envuelta. Y tú, que eras d escanso a mi querella, te v as en tanto ; sin dej ar present e una inci erta esperanza de tu vuelta. <SONETO XVII> Ard o, Am or, y no enciende el fu ego al hielo, y con el hielo no entorpezco al fuego. contrasta el muerto hielo al vivo fu ego. tod o s oy vivo fu ego y mu er to h iel o. 5 N o tiene el frí o po lo tanto hielo, ni ocupa el cer co et erio tanto fu ego tan igual es mi pena; q ue ni el fuego me ofende más , ni menos daña el hie lo. Muero, y vivo, e n la vida, y en la m uerte, 10 y la muerte no acaba, ni la vida; porque la vida crece con la muerte. Tú, que puedes hac er la muerte vida; p or qué me tien es vivo e n esta muerte ? p or qué me ti enes muerto e n esta vida? <SONETO XIIX> Canso la vida, y s ie mpr e esp ero un día de fingido placer. huy en los a ños, y nacen de ellos mil sabrosos daños, que esfuerzan el error de mi porfía. 5 S on, por do salir piens o a mi alegría, tan inciert os los pasos, tan extrañ os; que rematan e l c urso, en m is engaño s, y de ellos vuelvo a comen zar la vía. Descubro en e l principio otra es peranza, 10 si no mayor, igual a la p asada, y en el mismo d eseo pe r severo. Ma s torno sin ces ar a la m udanza de la sue rte en m i da ño conj urada, y, esperando el fin cierto , desespero. <SONETO XIX> E stos ojos, no harto s de su lla nto; que atan estr echa su ert e me han tra íd o, lloren, sin d escansar, el bien perdido, si lágrimas prolijas valen tanto. 5 Que cuando mi dolo r subie re, cuant o debe al mal y al amor, en lento olvido solo, a la ira y al desdén r endido, cual Cisne, expiraré en fun esto c anto . Y este ciel o, ens eñado a mi la ment o, 10 podrá llevar por este campo abierto mi voz triste a la causa d e mi daño. Porque yo os o espe rar, que mi torme nto (pues es venganza indigna c ontra un muer to) o venza , o junto a cabe con mi enga ño. <SONETO XX> Si tiene a do reináis mi pura Estrella, lug ar la fe; en la pena, que consiento; mostrad algún peque ño sentim iento, y el premio vendrá a ser que espe ro de ella. 5 Pero si vos queréis, que pierda en ella este bien; acabad con mi to rmento; que, a quien daña el valor de l pensami ento, no es just o, permitáis vi vir con ella. Y si estas obras d e afición ausente 10 en vu estra voluntad tal vez la g loria gozan; que se concede al ve nturoso. A quí d o esto y, diré ; q ue est oy pres ente ; y que más v ale el mal de m i memoria, que el bien, que causa ajeno amor dichoso . <SONETO XXI> Dulces Contentos mí os, ya pasados, que sostuv e en error de mi espe ranza; lo que vuestro recuerdo más alcanza, es dolor d e mis días mal gastados. 5 P or que, envuelt o en dese os y cuidad os; me consumo, llorando l a mu d anza; y Amor, que reco noce su venga nza, mis daños me de scubre , renov ados. Qué pue do yo, si ausent e me conde no, 10 sino solo al ol vido y niebla fría esta me moria ingrata ren dir muerta? Mas ay, que tien e el corazón , a j e no de bien; presente sie mpre la Luz mía, y ofrece en cierto mal su gloria incierta. <CANCION I. AL S. DON IUAN De AUSTRIA> Cuando con resona nte rayo y fur or del brazo im petuoso a Encélado arrogant e Júpite r poderoso 5 despeñó airado en Etna cavern oso; Y la v encida T ierra, a su imp erio rebelde, qu ebrantada, desampar ó la guerra por la sangri enta espada 10 de Marte, aun c on mil muertes n o domada. En el s eren o polo con la suave cítara prese nte cantó el crinad o Apolo, en tonces d ulce mente, 15 y en oro y Lauro coronó su frente. La Canora arm onía suspe ndía de Dioses el Senado; y el ciel o, que movía su curso arreba tado, 20 el vuelo reprimía enajenado. Halag aba el s onido al piélago sañudo, al rau do viento su fragor encogido y con divin o aliento 25 las Musas consona ban a su inte nto. Can taba la vic toria del ejérc ito e terio y forta leza ; que engr and e ció s u g lo ria , el horror y aspereza 30 de la T itania estirpe y su fiere za. De Palas Aten ea el G orgóneo terror; la ar diente lanza; del Rey de la onda E gea la ind óm ita pujanz a; 35 y del Hercúl eo brazo la venganza. Mas del Bistonio Mar te hizo en grand e alabanza luenga mues tra, cantando fue rza y arte de aquella ar mada diestr a; 40 que a la Flegrea hueste fue siniestra. A ti , decía, escudo, a ti, del cielo esfuerzo ge neroso, p oner temor no pudo el escua drón Sañoso , 45 c on si erpes enro scadas espant oso. Tú s olo a Or om edon te trajiste al hierr o agudo d e la muerte junto al doblado mont e; y abrió c on diestra suerte 50 el pe cho d e Peloro, tu as ta fuert e. Oh hijo esclarecid o de Juno, oh duro y no cansa do pecho; po r q u ie n c ay ó v e nc i do , y en peligroso estrech o. 55 Mi ma nt e pa vor os o fu e de sh ech o. Tú cubi erto de ace ro, tú es trago de los h ombres ind ignado, con sangre hórrido y fie ro, ro mpes acelerado 60 del ancho muro el torreón alzad o. A ti libre ya debe de recelo Sat urnio, que el profano linaje, que se atreve alzar la o sada mano; 65 sienta su bravo orgull o salir van o. Mas aunque resplandezc a esta vi ctoria tuya c onocida con gloria , que merezc a gozar eterna vida; 70 sin que llaga en tinieblas ofendida. V endrá t iempo en que se t enga tu memoria el olv id o, y la te rmine ; y la tierra s ostenga un valo r tan insigne; 75 qu e ant e él d esmay e el tu yo, y se l e in cline. Y el f értil Occid ente, cuyo inm enso mar cer ca el orbe y baña, descubrir á present e con prez y honor de España 80 la lumbre singular de esta hazaña. Que el ci elo l e con cede aquel ra mo de César invencible; que su valor herede ; para q ue al Turco h orrible 85 derribe el corazón, y ard or terr ible. V ese el p érfido band o en la f ragosa, yerta, aérea cumbr e; que sube amena zando la s oberana lumbre, 90 fiado en su animosa muchedumbre . Y allí, de miedo ajeno, corre, cual suelta cabra, y se abalanz a con el f ogoso truen o de su cubierta estanza, 95 y sigue de sus odios la venganza. Mas después que aparec e el Joven de Austria en l a enriscada sierra, frío mie d o e ntor pece al rebeld e, y lo a tierra 100 con espanto y con m uerte la impía guerra. Cual t empestad o ndosa con h orrísono estruend o se levanta, y l a n ave , m ed ro sa de rabia y furia tant a, 105 e ntre peñascos ásperos quebra nta. O cual d el c erc o estr echo el fla mígero rayo s e desata con luen go surc o hecho, y, r om pe y desbarata, 110 c uanto al encuent ro su ímpetu arrebata . La Fama alzará lu ego, y con las alas de oro la Vitoria sobre el gir o del fueg o, resonand o su gloria 115 con puro lamp o de inmortal memoria. Y exten der á su n omb re, por d o Céfiro espira en b lando vuelo, con íncl ito renombre al re moto Ind io su elo , 120 y a d o esparce el rigor helado el cielo. Si Peloro tuvi era part e d e su destr eza y valentí a, él s olo, t e vencier a, Gradivo, aun que a porfía 125 tu esfuerzo a crecentaras y osadía. Si este al ci elo amparara contra las duras fuerzas de Mimante, ni el tran ce recelara el venced or Tonante; 130 ni sacudiera el brazo fu lminante. Trae d cielos huyend o este cansad o tiempo es pacioso; que o prime de teniendo el cur so g lori os o, 135 ha ced, que se ade lante presuroso . Así la lira suena, y Jove el c anto afirma, y se estremece el O l im po , y re su en a en torno, y res plandece, 140 y M avorte dudoso se oscurece. <SONETO XXII> Alz o ligeras alas al d eseo, sigo el b ello esplendor de mi alegría ; hállolo reluciente en la Osa fría, y desespero el bien, que m ás deseo. 5 Suspenso en un i ncierto devaneo; que mi esperanza cansa y m i porfía, digo; porque , serena Lumbr e mía leda en estéril parte ard er vos veo? Llevar debía e l Céfiro victoria, 10 siempre de vuestra llama esclarecido, al Euro u fano, que con él co ntiende. Mas oh, que el ci elo causa mi g emido, por honrar gente, indigna de memoria; que el Sol con t ibio rayo apena enc iende. <SONETO XXIII> A mor con to do el fue go, que el humo so Etna espira y las isla s de Vulcano , me abrasa el pecho; que asegura en van o a su m ortal ardor algún reposo. 5 Con la nieve, que, el C áucaso nevoso y el desnudo Rifeo hace cano , mi alma enfría; y rompe el inhumano, a la esp eranza el paso te me ros o. Que en los ojos, d o siempre el hiel o y llama 10 suya en mi m uerte acuerdan, fijo t iene el ímpetu y furor de su b raveza. Y por vengarse más, la seca rama ; do estoy asid o, sin quebrar sostiene, probando en nuevas pe nas mi flaqueza . <SONETO XXIV> Un tie mpo ave Caistra viví en fuego, pero ya bla nco Cisne en ond as vivo; que solo de m i mal cuitoso esc ribo, cuanto esc ribí de bie n en mi sosiego . 5 Pensé, trocando grad o, trocar luego suerte, y fu e vano error; que Amor esquivo en uno y otro estado al fi n cativo me opri me y en igual des asosiego. De mi p echo exhal ó un Vesubi o ardi ente, 10 aho ra, de mis ojos despedi do, corre un Ist ro nevoso desat ado. No esfuerza c on la nieve la crecient e, antes con el a rdor más encen dido va en abundos o curso dilata do. <SONETO XXV> Ningún remedio e spero en mi torment o, y d e m ejor for tuna d eses pero. muriendo v ivo, aunque viviendo m uero, ajeno y ocup ado en pensam iento. 5 Te mo el fi er o dol or, y si con te nt o alguno teng o, temo el d olor fiero. cansado mi pasión abrazo y qu iero, y el mal, que más rehúyo, más consi ento. Tan ufano estoy sie mpre en la tristeza; 10 que nunca c eso de alabar el día; que fue ocas ión de merecer mi daño. No doy lugar al bien, y en m i estreche za, perdiendo vaname nte l a e dad mía, no sé h allarme libre de mi engaño. <SONETO XXVI> V enció mi duro pech o Amor tirano, y los nier vos c ortó su ag uda espada de aquella ajena libert ad amada; que mís ero suspiro y ll or o en van o. 5 Él me vuelve y me t rae por la mano, a do mi afrenta y perdición le agrada. mas d e su afán la vida ya cansada tornar p rocura al curso u sado y llano. Pero es flaca osad ía, y, con la muerte 1 0 luchando , abrazo alegre el dulce e ngaño, y me aven turo en el des eo y pierd o. Que yo no pued o ser al fin tan fuert e que cont raste gran ti empo a tanto daño ; ni en tal e rror me vale y a ser cuerdo. <SONETO XXVII> Do vas? do vas cru el? do vas? r efrena, refrena el presuroso paso, en tanto que de mi grave afán el l uengo llanto abre en proli jo curso ho nda vena . 5 Oye la voz de mil suspiros llena, y de mi m al sufrido el triste canto; que ser n o podrás fiera y dura tanto que no t e mueva al fin m i acerba pena. Vu elve a mí tu esp lend or, vu elve tus ojos, 10 antes que oscuro que de en ciega nie bla; decía en sueñ o, o en ilus ión perdido . V olví, halleme so lo y entre abrojos, y en vez de luz ce rcado de ti niebla, y en lágri mas ardientes c onvertido. <ELEGIA III> Quién me daría, Am or, una voz fuert e, y espíritu en mis lástimas osado, para cantar las cuitas de mi suerte? Que e l luengo error de m i primer cui dado 5 ocupada me tiene la memoria, y t od o mi s osieg o en aj en ad o. Y o nací, para ver, cruel, tu gloria, cual Tántalo, engañado, y al extremo para llorar p erdido mi victoria. 10 Sufro el dolor, que ya algún m al no temo ; si a tan est recho paso reducido , de ti deses perar es bien supre mo. Pero al freno me tra es tan rendido; que en m i furor enciende s l a espe ranza; 15 que me vuelva sus penso y confund ido. Nu evo mal al antiguo mal alcanza, y tal es el pasad o y el qu e viene; que en su rigor no siento la m udanza. Ni huir, ni esperar ya me conviene, 20 y h u yo, es per o, t em o ya y c onf ío, y, l o que me des maya , m e sostien e. Por qué est e p orfi os o d esvar í o no extirpas, Rey ingrato, y de mi pecho no arrancas este indigno dolor mío? 25 Téngat e ya mi daño s atisfecho; que poca es l a venganza en e l sujeto, y matar al rendido no es derecho. S eguí si empr e en l o pú blico y s ecret o tu estandar te, y, al carr o aherrojado, 30 tu valor cel ebré con tierno afe cto . Si n o eres en las r ocas engendrado del alt o, yerto Cáucaso e spantoso, y de la A rmenia tigre ali mentado, Serás a m is tormentos piadoso; 35 que de la pena ya, que la alm a siente, no sé, gran t iempo ha, lo que e s reposo. El esplendo r de Febo, y, la fulge nte escuadra de las lúcidas e strellas rec oge el hondo sen o de Occi dente ; 40 Yo mezquino , const ante en mis que rellas , jamás descans o doy al mustio canto, y se en vuelven mis lágri mas con ellas. Que no a cabe e n t an duro mal m e es panto, y qu e c re zc a a l o s ce rco s de m is o jo s 45 perpetua e xhalación de ardiente llant o. Si cuidas tú, que llevas más despo jos en mi p asión, o gloria má s dichosa, y por es o acrecientas mis enojos; Y o te protesto, A mor, por la pe no s a 50 historia de la vida, que prosigo; que la vi ctoria alcanzas afrentosa. Fortuna, que te sir va, oh mi enemi go, quier e, su imperi o t emo, y tem o el tuy o, ya vasallo rebelde, infiel amigo. 55 En mi muerte, Tirano, te dest ruyo, pues nací para a mar, y s olo quiero, que se entie nda, cuán poco de ti huyo. Bi en sé q ue en van o me la ment o y mu ero, por ablandar esa cruel d ureza; 60 que sin provecho m itigar espe ro. Cual r evuelve la rueda co n pr esteza a Ixión; que se huye y va siguiendo , tal me r evuelve y tu erce tu fier eza. Y cual el triste Sísif o subiendo 65 va el gran p eñasco alzad o a la alta cu mbre, 140 y al cuerpo su elta la alma en vuelo presto, cansada dejará el pesado cargo. Y en sombr a yacerá n y oscuro pues to mis d olo res conmigo sepultados; y cesarán del vago error mo lest o, 145 que ahora no repo san, mis cui dados . <SONETO XXXIII. Al Dotor Martin Martinez> Tú, qu e aleg ras el Tebr o escla recid o, y del B etis ondoso el cur so ufano dejas; y el precio antiguo Italiano miras en el se pulcr o del olv id o; 5 Por ventura d el y ugo sacudi do la cer viz alzas libre, y del tirano Amor en ti desmaya el fu ror vano? o en fier o ardor espiras e ncendido? Que yo e n la Patria sin mi Luz me veo, 10 triste, preso, herido, solo, ausente, y perseguido siempre de un c uidado . Sin esp eranza aviv o mi deseo; y apena d e este río a la c orriente descubro el mal, que sufro n o cansado. <SONETO XXXIV> Mi Luz, así en la vu estra bella fr ente nunca ofenda las rosas hielo frí o; y así bland o al ingrato Señor mío vea en es as es trellas yo p resente ; 5 Que me digáis; humi lde amante ausente si en vuestro corazón hal lo desvío? si vuestro p echo tierno el desvarío dulce , c omo en mi tie mpo aleg re, sien te? Porque por esa púrpura templada 10 en blanca y pura ni eve, y por los o jos suaves, do respira mi es peranza; Que en la más luenga ausencia y apartada n o vos ne gó mi a lma los d esp ojos, ni en mí temió el Am or jamás mudanza. <SON ETO XXXV > Cuand o cantar deseo l a belleza vuest ra y serena luz, que hum ilde hono ro; el esple ndor y puros rayo s de oro, do afinan lo s de Febo su riqueza ; 5 Re con oz co el valo r y l a grandeza, en quien d e etern o ard o r celes te cor o ensalzó de sus bienes e l tesoro, y desigual me inclino a tan ta alteza. Dadme favor alguno en vuestra gloria, 10 de honesto amor oh llama gen erosa, y de esta nuest ra edad oh raro ejem plo; Porque a la et ernidad de la Memoria por precio d e beldad ma ravillo sa con sag re vue str o n omb re yo en su t empl o. <SONETO XXXVI> Llegue el dolor, si p ued e crecer tanto, a desatar esta secreta ll aga; que no me deja repo sar, y haga ante quien t emo el justo oficio el llan to. 5 Que cuando descubr iere de ello, cua nto mostrar se d ebe, a quie n tan mal se p aga de m i m a l, p odr á ser, que se deshaga la sombra del peligro y de mi espanto. Si n o, escondido en esta oscura niebla, 10 acabe a gust o ajeno; m as de suerte, que falte d el remedio la esperanza. Po rque quien si empre yace en la tini ebla, no esp ere ver la luz, sin o en la muerte; que la gloria de amor tard e se alcanza. <SONETO XXXVII. Al Conde de G elves> S eñor, si es te d olor del mal, qu e sien to, veo desvane cer en mi memoria; y en olvido yacer la triste h isto ria; que fue dura oc asión a mi to rmento, 5 De España con v oz alta y noble alien to cantaré los triunfos y v ictoria; y daré entre su honor y e terna gloria al val or vuestro insigne igual asient o. Mas un dulce esplendo r; un cerco y o ro; 10 que en crespas hebr as arde; una armo nía y gracia ; que florece y orna el suelo; Una belleza, a quie n suspenso adoro, impiden esta altiva empresa m ía, y en su furor me llevan h asta el cielo. <CANCI ON II. A d. Luis Ponc e de Lean Duque de Arcos> Oh clara luz y hon or del Occidente, espíritu real, d o puso el cielo de su inm enso valor grand eza tanta; en quien, c ubierta de oro el vari o vel o, 5 con puro ardor de púr pura lucient e la gloria su riqueza esparce y p lanta; si el molesto dolor, que me quebranta, y me instiga a cantar la g rave pena; que abo rrezco y proc uro, 10 me d eja se algún tan to ya segur o del fuego , que en mi pecho ar diendo sue na, y del cruel rigor del hielo d uro; que me condena a doloroso lla nto y a perpetua cadena, 15 consagraría en h onra vuestra el cant o. Mas yo siguiendo voy con paso incierto e n ho r ro r de la noc he, en ciego día por l os riscos y cerros no tratados lejos el fulg or bello y la Luz mía; 20 qu e me ll eva a morir en te mor ci erto, a donde solo entraro n d esdic hados; que esto es pr emio a mis penas y cuidado s. ya en l a doblada imagen Espartana la coronada frente 25 muestra la qu inta vuelta el S ol caliente; después que abi erto e l c or azón con hierro me traj o Amor al yugo obediente. siempre s onó de allí mi lira triste, el mi luen go d estierr o, 30 y el de sdén, que en mi daño m i Luz vist e. La memor ia ; l os h ech os va ler os os; las columnas ; del fiero a rmado Marte l os tr of eos a lza dos ; qu e en rocí o sangriento manan ; la des treza y arte 35 de los ínclito s pechos genero s o s; que bañ ó Betis, Tajo, y Du ero frío, a qu e aspiraba el rudo ca nto mío, oscureci dos yacen e n olvido. solo es Amor m i canto, 40 l os oj os b el los y or o p ur o can to. tal me ti ene el cruel pres o y rend ido, y entregado a la fuerza de mi llanto! recíbe me la noche y deja el día, celebra ndo perdido 45 el sereno e splendor de la Luz mía. Aqu el, que el gl orioso y rico Lauro coronó con sus verdes ho jas de o ro; que co n suav e y cu lta noble lira; igual de Grecia y de Cas talia al cor o, 50 suspende el Indo piélago y el Mauro ; y con el canto al mism o Febo admira; y osadamente levantarse aspira con felice ar monía a la memoria y Ro mana alabanza, 55 del Itálico honor clara esperanza; y de la s almas grandes c on victoria; aquel vues tro valor dichoso alcanza solo a esculpir en el eterio ve lo con ve nturosa his tor ia; 60 que no mi canto, a jeno de c onsuelo . El peso inmenso y movimi ent o ardiente sufr e y su sten ta apena el gran de Atlan te; que siente g rave, y la cer viz inclina; yo, que no soy tan fuerte y ta n constante , 65 te mo ca er con él y jun tament e mi dese o ilustrar con fa ma indigna; y la muerte, que a Erída n o dest ina el ímpetu Paléneo acele rado, en la c orriente umbrosa; 70 que hubo del hecho el no mbre, do en l lorosa honra el dudoso elect ro fue engendra do. la suert e acerba suya y lastimosa, aparta mi esperanza y mi deseo, y el mis erable hado 75 de quien perdió el caballo de Perseo. Vues tro valor excelso; la grandeza del ánim o; la gloria verd adera; el alt o y vigilante pensamiento a Es mirna ya cansado y M antu a hubiera , 80 y del Cisne Dirc eo aquella alteza de no i mit ad o vu el o y g r ave a cen to, y de Olmeo al insigne ay untamiento; cuanto m ás una pobre, e sté ril v ena, aunque el oro ab undoso, 85 que Hermo tuerce en sus o ndas, y el dic hoso Tajo con su luciente y ric a arena, y de l Hid aspes Me do e l curso o ndoso sonasen d e mi canto en l a corriente de vuestra gloria llena, 90 y la pluvia, que Roda s vio present e. Querer cerrar en p oco el bien, que el cielo largo y felic e ofrece al n ombre vuestro, será, co mo quien piensa y osa en vano dinumerar del mar sagrad o nuestro, 95 las ondas, o en el seco, ardiente suelo las arenas ; que mira el Af ricano, o los as tros del cerco so berano. mejor es c on silencio a vuestra fa ma dar la g loria debida, 100 y venerar tanta virtud crecida; que luce y resplandece e n viva llama, como estrella del P olo esclarecida. que co ntra el Tiempo y t odo el rigor crudo, la lumbre, en que se infla ma, 105 es de in mortal f irmez a etern o escud o. <S ONE TO XX XI IX> Profun do y luengo, eterno y sac ro Río; que el ancho c urso tuyo y grande frente mezcla s en el mar hondo de Occi dente, y en él junto el amargo ll anto mío; 5 De mi deseo vano, e n quien porf ía; de esper anza y remedio siem pre ausente, en esta s oledad por tu co rriente hag o ocasión a nuevo de svarío . Tú, s i del canto mío un t iempo oíste 10 el tie rno so n, aunque mayor q ue el Ebro, y yo cuánto meno r que el claro O rfeo! A dmite en estas on da s mi v oz trist e; que serás en l os males , q ue celeb ro, solo mi P impla y mi Castalio O l meo . <SON ETO X XXI X> N o puedo sufrir más el dolor fier o, ni ya t olerar más el duro asalto de vuestras bellas luces, an tes falto de paciencia y valor, en e l postrero 5 Trance, arroj ando el yugo , desespe ro; y, por do voy huy endo, el sue lo esmalto de rotos laz os; y alzo osado en alto el cu ell o, y ver me libr e al egre esper o. Mas qué vale mostrar estos despojos, 10 y la ufanía de alcanzar la p alma de un vano atrevi miento sin prov ech o? El r ay o, qu e sa li ó de vu estr os oj os, puso su fuerza en abrasar mi alma, dejando casi sin tocar el pec ho. <SONETO XL> Cubre en oscur o cerco y so mbra fría del cielo puro el es plendor sereno la no che triste, y lloro, de afán lleno, perdido el bien, que tuve, y mi alegría. 5 Ningú n alivio en la miseria mía hallo; de ningún mal me siento ajeno. cuanto en la confus ión nublo sa peno, padezco en la purpúr ea luz del día. En otro yerto Cáucaso el cuidado 10 profundo mío, y mi mortal deseo el pecho despe daza, que renueva. Do nunca en mi tormento no cansado pudiera el hijo ínclit o de Alceo mostrar de su valo r segunda prueba. <SONETO XLI> Vi ví , cuando Amo r quiso, e n mi cuidado ufan o y sin temor; mas mi destino no sufrió, que este bie n fuese co n t ino ; que no dura en amo r un dulce est ado. 5 Desierto de reme dio y engañado, cual mísero y errante per egrino, p or l os mont es voy s ol o si n ca min o, de mí mis mo y de Am or desamparado. En medio del dol or en la memoria 10 tal vez consi ento sombras de alegría; que engañan dul cemente l a esperan za. Mas esto es la s egur, que de mi gloria corta lo ex tremo; que en la suerte mía del bien nac e en mis daños la ve nganza. <SONETO XLII> Cuand o miro e l fino oro al m anso viento en lucientes ri eles espar cido; o en h ermosas lazadas recogid o, mil causas justas hallo a mi tormento. 5 Cuando la llama y luz de puro aliento rutilar v eo en torno; y q ue el vencido pecho t iene e n su fue go con vertido, mil causas just as hallo al mal, que siento. Cuand o escucho la an gélica armonía; 10 y admiro el valor vuest ro y gentileza, mil causas hallo justas a serviros. Mas cuando en la humild ad con templo mía; y en vuestro dulc e afecto y su nobleza, no hallo causa justa a más susp iros. <ELEGIA V> Pues la luz, que escogí por cierta guía, sombra os cura del ciel o me defiende; llora con migo, Amor, la pena mía. Ya sobr e mi nubloso horro r desciende, 5 y me aflig e la suerte y rinde a llanto; que el fue go, que me abrasa, a irado enc iende. En lágrimas deshag o el triste c an to, y en ellas y a debría estar deshecho el duro co razón, que sufr e tanto . 10 Qué áspera c ondi ción de fi ero pec ho en tan sinie stro caso me levanta, y me tuerce a sufrir tan i mpío hecho? C ómo ex plica r podré congoj a tanta, si faltan las palabras? si el efecto 15 trist e el sen tido mís er o quebra nta? Qué p odré ya tem er? qué tier no afe cto habrá, que ablande en p arte mi dureza, pues vi vo en tal dolor con mal secreto? Quién me impide mirar la gran belleza ; 20 el celestial semblant e y arm onía; que d eterr aban toda mi t risteza? Ya para mí se ha oscurecido el día ; y pues en las tinieblas me lamento, llora con migo, Amor, la pena mía. 25 El puro fue go, aquel div ino al iento, que en el blando y rendido pe cho mío mi S ol bello envió de su a lto asiento; Se altera con rig or en hielo frío, y acaba d e la vida ya sus pensa 30 la parte; q ue estrenó mi des varío. Y la virtud de la al ma y fuerza inmensa; que m e llevaba sin gravez a al cielo, en torpeci da es tá de n ieve in tensa. Ya no pre tendo yo encum brar el v uelo 35 a algún fa vor; que estoy des confiado, sin bien, os curo y de rribado al suelo. Queda solo este bi en a mi cuidado, renovar c on dolor esta memoria; Amor, ll oremos mi dichoso estado. 40 A d o el favor antigu o? a do la gloria de mi pasado ti empo y venturo so? a do tantos desp ojos y v ict o r ia? C ollados altos; B osque deleitoso; Fuente abun dosa y agradable P uesto; 45 tes tigos de mi b ien y mi reposo, A d o las luces y el semblante honesto? el oro en rico cerco reco gido, con bello error entorno , o descompue sto? A d o el c oral lustroso y encendido; 50 y el col or dulce de suav e rosa, tiernamente tal vez desc olo rido? A do la blanca mano y generosa; que el yugo puso blandame nte a l cuel lo , y fue pr enda a mi alma dolorosa? 55 A d o el ardor lu ciente del cabell o? a do más que marfil y no tocada nieve del pech o tierno el cand or bello? A d o la perfección, nunca imitada, de aquella i magen viva y h erm osura, 60 con envidia de t odas admirada? Qué fu erza de astro , qué crue l ventura puede apart arme el bie n de mi deseo? de mi g rave temor quién me asegura? En u n mi sm o lu gar est oy, y n o veo 65 la Luz, que a la alma d a vi rtud crecida, y pierdo el bie n; que siempre ver deseo. Grand e d olo r, per o en cuitada vida bien lo debe abrazar, quien la consi ente, y sufre su stentar esta caída. 70 Si donde el Sol se esconde de la gente; o a do en rosado carro v a la Aurora con purpúreo celaje y blanca frent e, F ortuna, de mi daño causadora, me llevase esta Luz sere na y bella; 75 que humilde reco nozco por Señor a, A unqu e m il muer tes me ofreci ese en ella. por la tiniebla y claridad del día buscand o iría mi fatal Es trella. Y ahora una ene miga compañía 80 el pa so, al bien abier to, m e desha ce; llora con migo, Amor, la pena mía. En esta soledad me satisface cuanto e s triste, y a m uchos insufrible, y todo ex traño desconcierto aplace. 85 Quién espera en A mor? si aborrecibl e su bien y su mal e s en su mudanza, y, cuanto mas halaga, más terrible. Si pudiese perd erse la esperanza , oh cuán br eve sería el c iego engaño ; 90 que nace de amorosa confia nza! Porque descubrirí a el desengaño , presente al cielo, que mi s cuitas mira, la vanidad y causa de su daño. Mísero, quien estima, y quien ad mira 95 s imple tan frágil fuerza, y olvidado de sí, su perdi ción busca y s uspira. Pues y o ausen te, aú n n o estoy d esesp erad o; para que no desm aye el dolor crudo; Amor, ll oremos mi dichoso estado. 100 Mis quej as oiga el ímpetu s añud o de Vulturno , y las lleve reso nando, do Hiperión esconde el rayo agudo; Y traspase de allí al caliente bando , y a la llena región de fría nieve, 105 mi cuidado y d olor multiplicando. Mi dañ o alcance, q uien surcando debe abrir el hondo lago de Nept uno, y quien, oh Marte, a tu f uror se atreve. Si s e hallare desdichad o alguno; 110 que tuvo bien , y lo perdió, este puede cons uelo en mí tener má s oportu no. E scrita mi infelic e historia quede en bronzo ; y llore de mi gloria muerta quejoso e l mal; que a tanto bien suc ede. 115 Si algún amante en esta parte incierta llegare, llen o de mortal f atiga, y con dol or herido y cuit a cierta, S eñal e en esta aren a, y musti o diga ; aquí no ent ra, quien no es de sdicha do. 120 y aquí la suer te a todo afán obliga. En tanto que se acerca e l impío hado: y nos es cucha esta ribera fría, llorem os , Ojos, mi dicho so estado. Llor e Be tis l os ver s os; qu e me oía , 125 y t ú, que no te ofe ndes de mi s males, llora con migo, Amor, la pena mía. Las aves c on sus can tos desiguales acompañan la voz de mi lamento, y de esta fuente rot os los cristales. 130 No es mi q ueja mayor qu e mi tormen to; que el cora zón, que tengo , es bien b astante para cualqui er profundo s entimi ento. Mas este que pade zco, va delante a tod os c uantos tien e el Amor f iero; 135 ni puede alguno ser su semeja nte. Desconfío, aborrezco, amo, espero, y lleg a a tal extr e mo el d esconci erto; que ya no sé, si quiero, o si no qui ero. Testig o es de mis male s el desi ert o; 140 que me ve en su desnuda y roja arena vencido del d olor y casi muerto. Cándida Luna, que con luz sere na oy es aten tament e el llanto mío; has visto en otro amante otra ig ual pena? 145 Míra me en es te sol o y h ondo rí o lamentand o mi mal con su ru id o, y me cubre del cielo el manto frío. R epara el carr o instable a mi g emido; y pues Amor to có tu exento pecho , 150 dué lete de quie n ama tan perdi do. alegre r elucir ves las estr ellas, y yuso de tus pies el mar hinchado ; Y del viento los sopl os, las centellas; que ilustran espar cido el aire err ante; 135 y nuestras voc es oyes y querellas; Y al Rey del alt o Olimpo triunfante; que la tierr a gobierna, y pone freno al mar; que no se extienda res onante ; De gloria y piedad celeste lleno, 140 ruegas por nue stras culpas p or ventura, de amor santo alargando el anch o seno. Aunque la voz del llant o y veste os cura no sufra de tu suerte la alegría; que goza de la excelsa he rmosura, 145 Per mite, q ue tu muerte y pena mía publique en cuanto la grande za Hispana dilata la pujan te monarqu ía. Af ecto son de la rude za humana estos sus piros, que osan, y lament o 150 mostrar su afán y tu honra s oberana. Porque perpetuo s iempre el senti miento con memoria será del bien perdid o; pues eras nuestra gloria y ornamento. Yo al amor, que t e debo, agradecido, 155 (si algo pu ed en mis v ers os) te pr omet o, que no esconda t u nombre ingr ato o lvido. Ante s , p or do el Tarteso va quieto al vaso in mensurable de Nereo, y acoge en su prof undo al So l secreto; 160 Do los abetos mira Febo Ide o; que lleva d el mar nuev o a la corriente el Español, muriendo en su deseo; Y do el límit e r ojo de Oriente viste de pura luz la bella Aurora; 165 do rígida impresión Islanda siente; Do el Indo bebe el N ilo, y se c olora, será con más estima v enerado no solo por tu ausenci a de quien ll ora, Mas de quien tu valor aventajado, 170 y oyere la excelencia de tu gl oria; p orque, si empr e de todo s celebrad o, hará igual con el tiempo tu m emoria. <S ONE TO XL IX> H órrido Invierno, que l a luz serena y agr adable color d el puro ci elo cubres de oscura sombra y turbio velo con la mojada faz de nie blas llena; 5 Vu elve a la fría gruta, y la cadena del nevoso Aquiló n; y entre aquel hielo; que o prime con rigor el duro sue lo, l as furias de tu ímpetu refrena. Que e n tanto que, en tu ira embravec ido, 10 asaltas el di vino Hispalio río; que corr e al sa cro sen o d e Occid ente ; Yo trist e, en nub e eter na d el olvid o, culpa tuya, apartado del Sol m ío, n o me en ciend o en l os r ayos de s u fr ente. <SONETO L> Cual d ejando el Oli mpo soberano, por la c olumna ebúrnea y roja frente las ondas y sortijas de luciente oro mi Luz mov ió en semblante h umano. 5 En ellas centellando A mo r tiran o, me anudó el cora zón con red a rdient e; y blando puso el yugo a mi do liente cuello entonces la t ierna y blanca mano. Prom esa fue este d ulc e acogi miento 10 para el bien de esperanza g lorio so, y fin del p eso; que sufrí cansado. Qué n o podr é esp erar de mi t ormen to, si en hebras, que el Sol mira envidioso, me hallo estrechamente relazado? <SONETO LI> Oye tú solo, eterno y sacro Rí o, el grav e y mustio son de mi lamento; y confuso en tu grande creci miento mezcla en el Ponto inme nso el llanto mío. 5 L os suspiros ardien tes, que a ti env ío, antes que l os derrame airado vient o, acoge en tu sonante movimient o; porque se e sconda en ti mi desva río. N o sean m ás testig os de mi p ena 10 los árboles, las p eñas, que solían responde r, y quejars e a mi gemido . Y en estas ondas altas y esta llena corriente, que mis lágrimas porfían venc er , vivan mi mal y amor c recido. <SONETO LII> Del fresco seno lú cido la Aurora de ti erno hielo perlas e sparcía, y con purp úrea frente alegre abría el esplendo r suave, que atesora; 5 El sereno c onfín de Euro y de Fl ora con la rosada llam a; qu e encendía Delio aún no ro jo bien, al nuevo día esclarece y esmalta, orla y co lora. Cuando sale mi Luz, y en Oriente 10 desmaya el puro ardor, oh vos d el ciel o vag as Lu mbres, si tant o se consi ente, Digo con vuestra paz; que en mortal velo, más q ue vos bella apar eció y fulgente mi Luz; que honor a el rico Hesperio suelo . <SONETO LIII> Ardi ó en las lla mas de Eta Alcid es fiero; que desdeñó e l valor nunca v encido de su inmor tal espíritu enc endido quedar mort al, suje to al común fuero. 5 Tal yo, que en la ser ena lumbre muero de mi Estr ella inflamado; aunque el perdido d olor me tr ae míser o ren did o, eterno en su vigor vi vir espero. Mas cuanto desigual es nuestra suerte; 10 que el veneno acabó s u fuerte pecho, y del error nació su gran de gloria . Pero mi Luz no se preció e n mi muerte, y yo, en sus r ayos vivo incendi o hecho , perpetua ofrezco al tiempo e sta mem oria. <SONETO LIV> Dichoso fue el ardor, dichoso el vuel o, con que, desam parad o de la vida, dio Ícar o en su gloria esclarecida nombre ins igne al salado y hondo suel o. 5 Y quien des peñ ó el rayo den de el cielo en la onda del Erídano encendida; que llor osa lamenta y afligida Lamp ecie en el hoj oso y duro vel o. Pues de un o y otro eterna es la osadía 10 y el g eneroso int ento; que a la muer te negaron el valor de sus despojos . Yo más dich oso en la alta empresa mía; que en e l O limpo me encum bró m i sue rte, y ardí vivo en la luz d e vuestros ojos. <CANCION III> E ste lugar de sierto, y e st e sile ncio oscuro y esco ndido; do el S ol no halla abierto el paso al carr o ardiente, 5 testigo s de mi dulc e bien perdido son y del daño c ierto, mem oria amarga de mi gloria ausente, do cans a al pensamient o el mol est o d olor d e mi to rm en to. 10 Aq uí junto a las flor es; al pie de este alto Lauro coronado, volaban los Amores por la purpú rea frente; que el cerco, en hebras de oro relaza do, 15 c on los vari os col ore s de las dich osas piedras d e Ori ente a la aura descubría, y al A mor mismo de su a mor hería. V olaban rociand o 20 con la a mbrosía el ros ado, apuesto cuello, y suspenso , mirando su luz, yo ardía en fuego, preso en s ortijas bellas del cabell o, y v i m i m ue r t e, cu a ndo 25 v i en sus o jos o puesto e l n iño ciego; y en su nevado pecho quedó es píritu dulce el Amor hecho. Per las, que en rojo seno , y del Nis eo Hidaspes rel ucían 30 en el c urso sereno, muchas co ronas j untas formaban e n las trenzas, que ceñí an el o ro de ám ba r l le no , y esparcie ndo dista ntes ricas punt as 35 por la frente, a rdió luego mi alma pr esurosa en vi vo fuego. Cuál fue mi acerba pena, viendo en s u pur a luz nacer mi muerte; conoce, quie n ordena, 40 que muer a en tibio olvido con esquivo cuidado de mi suerte. cuán pres to de sordena Amor, lo que d esea un afligido ; que luego en la m udanza 45 corta el vu elo sin tiempo a la esper anza . Pequeña fue mi gloria, pero grande el afán y g rande el daño; que dejó en la memoria de belle za deseo, 50 y dejó a la alma triste cierto engaño; que en su m íse ra histo ria vuel ve y r evuel ve el s imp le dev aneo; y lleva p or despojos fuego en el corazón, llanto en l os ojos. 55 Vag o y seren o Rí o; tú, que alegr e aspirabas a mi canto, alto M onte; y tu frío B osqu e; s ol o y oscu ro, cuántas vece s oído habéis mi llanto? 60 cuántas e l pesar mío vuest ro silencio pe rturbó s eguro, sin ver d e aquella ingrat a menos desdé n, o volunt ad más grata? Su n om bre en la cort eza 65 vuestra ex tendiendo, en llanto d eshacía mis ojos co n terneza; y en el lugar, donde ella se reclinó, cuitoso me te ndía; y at ento en su b elleza , 70 hasta que dab a luz la Idalia Estrella , allí estaba llorando, y en mis quejas al cielo impo rtunando . Pasó mi bien ligero, cual niebla; que la espar ce y rompe el viento. 75 quedome dolor f iero; que nunca de mi parte, y en su m emoria des mayarm e si ento. y siempre deses pero, que el tiem po en mí deshaga alguna parte . 80 y pu est o en tal extre mo , ni el bien de seo ya, ni el daño temo. <ELEGIA VII> Si el grave mal, que el corazón me part e y ti ene si emp re en á sp ero t orment o, sin darm e de sosi ego algu na parte; Pusiese fin al mísero lamento; 5 que en mis ojo s conoce lastimoso solo en eterna pena p ropio asiento ; Podrí a yo vue str o d ol or qu ej os o consolar, como bien ej ercitado, Señor, en mi pasión y afán cuitoso. 10 Pero nunca pe rm ite Amor airado, o que levante la cerviz cansada, o en algo desoc upe mi cuidado. Por la prolija senda y no acabada de mi dolor prosigo; y mi p orfía. 15 en el mayor peligr o es más osada. En silenc io de oscura no che fría, me aflige el miedo triste del olvido, ausente de la Luz de l a alma mía. Y en la sombra del aire d esparcido 20 se me pr esenta la vi sión d ich osa, cierto d escanso al áni mo afligido. Mas veo m i serena L uz hermosa cubrirse; p orque en ella haber espe ro sepulcro, cual perdida Mariposa. 25 Ent onces me derrib a el dolor fier o, y mi llorosa faz fijando en ella, como Cisne , que hiere el son p ostrero; Digo; Luz de mi alm a, pura Estrella, si vos turba el osado intento mío, 30 y por es o celáis la i magen bella: Ponedme, no en rigor d e duro frí o, mas donde a la abras ada Á frica enciende el hórrid o calor d el seco es tío. Y allí veréis , que al c orazón no ofende 35 su fuerza toda; que el sutil ve neno, que de vos lo penet ra, lo defiende. N o me escondáis el res plando r sereno; que siempre he de seguir vu estra bel leza, cual Clicie al Sol de ard ientes rayos ll eno. 40 A mo, mas con temo r, vue stra grande za, para afin ar ufano en vuestro fueg o, lo que esta en mí defiend e vil corteza. Que es mucha gl oria mía, yo no nieg o: per o por este paso en alto vuel o, 45 d o s in vos no es p os ib le, osan do lle go. Y separada d el umbr oso velo, como des ea estar, mi alma pura se halla, y mira leda el claro cielo. E spero a vu estra sola her mo sura 50 por bien tan excelente con memo ria del tiemp o y su furor hacer s egura. No gravar é en colu mnas vuestra his toria, ni en las tablas c on lumbres engañad as, ni v os daré con sombras falsas gloria ; 55 Ma s en eternas cartas y sagradas , con la virtud, qu e Febo Apolo inspira de las Cirreas cu mbres ensalzadas. Y si, a do opreso Atla nte no respira con la pesad a carga, y a do suena 60 turbado el alto Gange s, lleno de ira. Y si, a d o el hondo A rgiro la ancha vena derrama, y el Duina grande y f río las tardas ondas co n el hiel o enfre na; N o pudiere al canzar el can to mío, 65 honrará vuestra gloria y mis en ojos, cuanto Ebro y Ta jo cerca y nuest ro río. Se ré dichoso yo, el q ue los despojos con pecho hum ilde y con ren dida frente osé en tr ega r, mi Luz, a vue st ros oj os. 70 Así l e dig o; y viendo el Oriente; do el cielo y ti erra to can, esmaltado, y que mi Luz se esconde en Occ idente; Al triste minist erio del cui dado vuelvo , ofe ndido de mi pena inte nsa, 75 de vida sí, no de pasión, cansa do. En tal suert e con la a lma al mal suspensa me halla el canto vuestro; que florece, y vuestr o nombre ilustra en gloria inm ensa. Y al rudo ingenio os curo mío ofrece 80 con eterno valor perp etua fama, del ardo r pr em io justo, que en vos crece. Si do el deseo noble, que me inflam a, fuese mi voz, serí a en ho nra vue stra una siempre inmortal y viva lla ma. 85 Ma s fortuna no sufre al fin siniestra, que in tente es te gran bi en, y así me dej a hacer solo esta corta y simple mu estra. El Tracio Amante, a cuya dulce queja, el s ever o Plutón, ente rnecid o, 90 rinde aq uella, que en sombra se la aleja, Cuando en el frío Ródope y tendido yu go del al to y á spe ro Pan ge o llo rando se acuitó y gimió perdido; Y tra jo al son del nú mero F ebeo 95 las peñas, fi eras y árboles mezclados, y el C oro; que bañ ó el florido Olme o, C on inmortales versos y sagrad os en la escondida n i ebla re fería los principi os del mundo come nzados; 100 El Sol ardiente; Cin tia blanca y fría; los cele stiales giros; y pureza de la alta, inmensa luz, y la ar monía. Y arrebatado en la mayor grand eza del teneb roso cerc o re luciente, 105 c antó el candor prof undo y s u riqueza. Mas porque al mortal ánim o doliente, de sen tir su bell eza e xcelsa indigno, turbaba aq uel fulgor y ardor presente: C on ot ro canto me nos puro y digno, 110 pe ro sublime , y que rudeza hum ana hu ye, y sigue d ifícil el camino; Volvió a herir la lira soberana, honrand o a quien la b ella Melpómene con blandos ojos mira, y, la profana 115 Multitud despreciada, lo sostiene, d o alegr e nu nca verse el H éroe pued e: que el fa vor largo suyo jamás tiene. A est e sol o el fel ice b ien con cede ; que libre, cuand o llegu e la impía muerte, 120 de su furor y olvido y sombra que de. A quel tambi én, que mer eció tal su erte, que el s acro verso ensalce su alaban za; no te merá el agu do h ierro fuerte. Tal, de las Musas glo ria y esperanza, 125 dio a la in mortalidad el paso abierto, quien celebró de Grecia la venga nza. Y el otro n o menor, (y no es incierto, lo que tu Fama, afirma s) que el Troyano piadoso cant ó, y al Daunio mue rto. 130 Tal el suave espíritu Romano huyó con Delia el l ago Estigio lento, y el b lando, el terso y el gentil T oscano. Por est a senda sube con al iento el culto Laso prez y honor de E spaña, 135 mezclado en el Pierio a yuntamiento. Do, si al d eseo mío Amo r n o engaña, pienso en la cumbre veros venturos o; que riega y la Cas talia Linfa baña, Si en medio el curso no perdéis dudoso 140 la vía llana a vos, y no ofendido lleváis por ella el p aso trabajoso. El r ic o Ta jo vue str o, con oci d o ser á por vos, d o extien de el curs o el Indo, y el c ollado de Cintra, esclarecido 145 co n tal honr a, será otr o nu ev o Pin d o. <SONETO LV> Ya pue s que no resis te mi espera nza de esta au sencia m ortal el golpe fiero, y cuido, qu e será dolor postrero este; que rena ció en vuest ra mudanza; 5 A cabad con mis ansias la venganza; que si de est a ocasión injus ta muero, libre , que en vida trist e nunca es pero, sentiré en t anto afán tal vez bonanza. Y si vos n o sufrís, que mi tormento 10 ponga término al daño co n l a mue rte; porque jam ás descanse de m i pena. Diré co ntra mi mal; que más contento estoy co n la dureza de mi sue rte; pues, esto quiere en mí, quien m e condena. <SONETO LVI> V oy siguiendo la fuerz a de mi hado por este campo estéril y escondido. todo calla, y no cesa mi g emido; y lloro ausente el bie n, que vi engañado . 5 Crece el camino, y c rece mi cuidado; que nunca m i dolor pone en o lvido. el curso al fin acaba , aunque exte ndido; pero n o acaba el daño dil atado. Qué ap rovecha e n un duro afán pr esente 10 rehuir, si s e esculpe en la memoria y frescas muestras siempre las s eñales? Vuela Amor en mi alc ance; y no consi ente en mi afrenta, que olvide aqu ella historia, que descubr ió la se nda de mis male s. <SONETO LVII> A d o inc lin o l os ojos , al lí ve o de mi in grata enemiga la belleza; y en d ulc e sen timien to d e tern eza cuitoso con mi pena devane o. 5 Cuánto debo en mi mal a mi deseo; que entibia mi dolor con tal destreza; que, c uando m ás e nvuelto en m i tri steza, descubro lo que busco y más deseo. Si este e ngañoso vel o de mi daño 10 no sustenta ra el pecho, acostum brado al perpetu o furor de mi t ormento, Ya fuera muert o. mas dañoso Engaño, que me enlaza s de nuevo en mi cuidado ; por qué me huyes más velo z qu e el v iento ? <SONETO LIIX> Nací yo p or ventura destinado al amoroso engaño, y ofrecido en mi ofensa a d esdén, a ingrato olvid o, sujeto si empre a miserable estado? 5 Rompa la aguda espada el i mplicado nudo, pues de mi industria nunc a ha sido así el d orado ardor y luz del cielo aún no encela n las nube s de Oc cidente. en unas h ace Amor el yu go, y tiene 60 en otras fabricada la red; en que mi amad o error sostiene, presa de ri cas piedras y e smaltada. de todas vid a y muer te s e me ofrece, y siempre en el dolor mi suerte crece. 65 No he visto yo de púrpura encendi da desvanecer la gracia a n ueva rosa; que solo se de scubra su blancur a; que así que de tan pura, tan bella, tierna y de color perdida, 70 cuanto mi Luz turbada y las timosa, blanco alabast ro el rostro parecía blando y desco lorido , de pasió n y de lástima ofendi do; que m e robó el sosiego y alegría. 75 la Alba, cuan do, enlaz ado al hombro, ciñe el m anto entr etejid o; que la concha Si donia en orlas tiñe, se rinde a su sem blante ente rneci do. tal es A mor hermoso y Venus bella; 80 cual mi pura y luciente y clara Estrella. La lu z medrosa pues y esm alte s de oro, sin orden apartad os; la belleza de l ro st ro, blandament e desm ayado, si no fue ra el cuidado; 85 que tengo, suyo, y e l valor, que honoro, me inclinara al p oder de su grandeza. y aunque de su señal halló apunt ada mi fr ente, y pr eso el cu el lo de l gl o rio s o c e rco de l cab ello, 90 mi alma se sintió y paró alterada. las alas sa cudió, y ardió en el fuego; que en sus cente llas luce. quedé, cua l rudo amant e, opreso y cie go. crece la lla ma súbita, y r eluce 95 en las entrañas mías, y conm ig o de mi mal en la ausencia soy testigo. Bien creo yo, que pue de una luz bell a arder en amoroso pe cho y tierno, y desatallo en la ceniza ardiente; 100 mas que pueda a mi a usente pecho atraer la fuerza de mi Estrella, y abrasar en un Etna, o V esvio eterno, estando tr iste, sin cui dado, ajena del apuesto ornamento , 105 y llena de cuit oso sentimiento; que mueve más a lástima, que ape na; y que en ella se admira aquella gloria de eterna he rmosura , con el dolo r, que siente en la memori a 110 y en la virtud, que resta en su fig ura, esto es p rez de belleza soberana; que no deb e alabar lengua p rofana. Ya no procure A mor para mi daño la dorada raíz; el vario nudo; 115 l a luz; púrpura; nieve y el roc ío, pues no es al dolor mío rem edio alg un o del tor men to extr año luz lloro sa; oro sue lto y el desnu do color de n o tocada y blan ca nieve; 120 qu e en ell os estoy s olo atent o, como Clicie al ro jo Apolo. y aunque ya mi temo r en vano pruebe sa carme d e es te fu ego; que me enci ende, ni el A mor lo permite, 125 ni quiero de la l lama, que me o fende, huir, ni que el pavor mi a frenta evite. porque yo sé , que gano con la mue rte presente n ueva vida y al ta suerte. Tú, sacro Am or, que con doradas alas 130 atraviesas del Aus tro al Oriente, y abres c on tu fuerza el mar sonante; y a F ebo, al arrogante Marte subiendo vences, y alto igualas a J ove y s obrep ujas; tú p resente , 135 pues viste la Luz mía, dame alient o, para extr emar sus glorias; tus engaño s; tus fuer zas y v itorias; mi firmeza ; mi cuita y mi lamento. yo no dema ndo prem io, ni des eo; 140 que bien sé, que no debo esperar algún b ien a mi deseo. mas p or el mal, que sie mpre humilde lle vo, te pido , no remedio, si no alguna mudanza en e l tenor de mi fort una. 145 Tú escul piste (a dmitiendo bien mis ojos la belleza) en el pecho su semblanza; y, en él r esplandeciendo por las venas, de su form a no ajenas, cobr o aliento y reparo a mis enojos; 150 y de scubro a mis ans ias esper anza. de aquí n ace el val or, que de la tierra me alza a la in mensa altez a, y hace, qu e aborrezca es ta corteza; que, lo mejo r que es mío, dent ro encierr a. 155 y el puro ard or me vuelve en p ura llama, y en la sagrada cumbre la vista hermosura m ás me llama de la inm ortal, celeste, impírea lu mbre; y todo el bien, Amor, de ti proviene, 160 y e l ancho mundo en tu poder sos tiene. <SONETO LXVI> Serena Luz, prese nte en quien espir a divi no amor, que enci ende y junto enf rena pecho gent il; que en la mortal cad ena al alto Oli mpo glorioso aspira; 5 Ricos Cercos y oro, do se mira tes oro cel estial de e tern a ven a; arm onía de angélica Sirena, que entre las perlas y el coral respira; Cuál nu eva m aravilla, cu á l ejemplo 10 de la inm ortal grandeza nos descubre la sombra del hermoso y puro velo? Que y o e n esa bell eza, que contemp lo, (aunque a mi f laca vista ofende y cub re) la inmensa busco, y voy s iguiendo al cielo. <SONETO LXVII> En sortijas y fl ores de oro ardiente, de perlas y rubíes coronad a, con herm osas figuras enlaz ada cercó mi Luz la bella y bl anca frente. 5 Los olores, que sie mbra el Orient e, y la ámbar; que en sus hebras fue sagra da, se movieron con la aura sosegada, cual en el manso mar el Sol luciente. E spíri tus de Amor en aquel fuego 10 armaron las sa etas y ca dena, y ardió el cruel herido, y preso el cuello. Yo, tra spasad o el pech o, quedé cieg o. mas fu e mucho mayor mi acerba pena; que en llama eterna me enredó el cabello . <SONETO LXIIX> Si int entas imitar mi Luz hermosa, te mplar, oh grande artífice, p ro cu ra en el c andor de nieve lla ma pura, y confund ir los lirios con la rosa. 5 Y será el c olo r d e ellos la amorosa terneza; que florece co n dulzura suavemente en su gentil fig ura, si la art e es para tanto p oderosa. Mezcla cínamo n egro y Sirio nardo, 10 casia, inciens o, en que cubre el rico nido, vivo el Arabio Fénix en s u muerte. Que, si no te a traviesa el duro dard o de su vista , dichoso y at revido dar p odrás muestra algu na de est a su erte. <SONETO LXIX > Cual d e oro era el cabello ens ortijado, y en mil varias lazadas di vidido; y cuanto e n más figuras esparcido , tanto de más centellas i lustrado. 5 Tal de luciente s hebras co ronado, Febo aparece en l lamas e ncendido ; tal discurre en el Polo esclarecido un ardiente c ometa arrebatado. Deb ajo el puro, propio y s util velo 10 Amor, Gracia, Val or, y la belleza templada e n nieve y púrpura se vía. Pen sara, qu e se ab rió esta vez el ciel o, y mostró su po der y su riqueza, si no fue ra la Luz de la alma mía. <SONETO LXX> En esta helada part e, do no en vía su agud o rayo el Sol a int ensa nieve; quiere A mor, que en aus encia el dolor lle ve siempre en sombra y h orror, y en luz d el día. 5 De estos ojo s el llant o se desvía jamás, y si de scanso u n tiempo breve; con soledad ll orosa pluvia llueve de ell os contino a la al ma triste mía. N o me ri nde mi mal, que en e l ya hecho 10 estoy a pade cer; mas v erme ausente y en una vida mue rta condenado . Do el fu ego me at orm enta en van o el pech o, do veo sin remedi o el bien pre sente para más confusió n de mi cuidad o. <SONETO LXXI > En va no error de dulce e ngaño espe ro, y en la esperanza de mi bien p orfío; y aunque veo acabar me , el des varío me inclina de l A mo r, adonde mue ro . 5 Ojos, d e mi dese o fin postr ero; sola o casión al alt o fu ror mío; abrid la luz; r omped el temor frí o; que m e derriba opreso en dol or fiero. Porque es mi pena tal, que tanta gloria 10 no cabe en ella; y pierdo el seso, cuando al m al, que no merezco, osando lleg o. Pue s venzo mi pasión con la memoria , y con la honra de saber, pe nando; que a Troya no encendió ta n bello fuego. <ELEGIA IX> E sta amorosa Luz s erena y bella, que en el usado curso a l a alma mía es etern o esplendor, y al cielo estr ella; E sta, que en s ombra oscura, en cl aro día 5 con el inmenso ardor me abrasa el pecho, quedando toda en sí nevada y f ría; De mi dolor, del grand e agravio hecho con su valor me paga, y aunque mue ro, me hallo en mi tormento satisfecho. 10 Amor me traj o el mal, y en él esper o volver al bien perdid o; y si esto niega, el sentid o acabó el dolor primer o. Surc o el áspero mar en noche cie ga, siguiend o po rfios o mi deseo; 15 que sin pa vo r al p iélago se en trega. Yo, que al fin naufraga r al triste ve o entre las al tas ondas; qué espe ranza buscar po dré al temor, c on que peleo? N o procu ro a mi daño seguranza 20 en la fortuna mía, ni pretendo mis cuitas mejorar en la mudanz a. Ni ya huyo , ni oso, n i defiendo mi alma d el peligro, ni me excuso del mal; que en mi cercana mue rte entien do. 25 Todo para mi pe na se dispuso , y lo debo, pue s di ocasión e n ello; su flecha cuando Amor al pecho puso. Mi osado orgullo, y mi lozano c uello, la razón y el gallardo pensamiento 30 quedaron enre dados de un cabe llo. N o sien te en el yu san o, oscur o asien to, los cien bra zos y cuerpo rela zado, Egeón con sus nudos más to rmento . L as t ren za s d e o ro c res po , ensortijado, 35 que, cual cometa ardiente , resplande cen, esparcidas con arte, o si n cuidado; De quien las tersas h ebras se enriquecen del radiante hij o de Latona, y en col or y bell eza s e en gran decen; 40 Juntas en r ico s ce rco s y co ron a, entre luc ientes pie dras anudadas, do mi impío Rey alegre s e corona; En sus herm osas vueltas y sag radas el corazó n llevaron , y herido 45 halló el error y muerte en sus lazadas. De allí quedé s ujeto y sin sent ido, si no para dolor, y de ale gría, en cuanto ama ndo viva, despe dido . C onmigo este mi afán y s uerte mía 50 temprano acabará con p ena indigna; que no dura en do lor luenga po rfía. Pue s co nsiente m i excelsa Luz divina, que cele bre la gloria d e s u no mbre, y al cu erpo humano el fuego su yo afina. 55 Hacer subl ime esp er o su r enombre, y que en sus fines última s la Aurora, y el n egro Melo y frío mar lo no m bre . Ens alce al verde Lauro en voz canora el tierno, dulce y amador Toscano 60 la belleza y el bie n, que humilde honora; Que yo canto, aunque el duro Amor tira no en mis entrañas fiero el odio incita, el v alo r de mi Lum bre soberano . Y si en mi pena y lástima infinita 65 se me c oncede esp acio de r epos o, su m emoria en el tiemp o será escrita. En tanto, a do alza Bet is deleitoso las verdes cañas y la ovosa frente de l puro vaso de cristal hermoso; 70 Y con llena, espum osa, alta corriente entra, donde Neptuno la anc ha y honda riber a ocupa y ciñe de Occide nte; En la rica, dorada y fértil onda haré los sacr os juegos en su gloria; 75 y que el coro de Náyades r esponda. Y al árbol gen eroso de victoria rendirá el ti erno Mirto, aunque mi canto por sí n o espera honrars e en tal mem oria. Cuanta s veces reí del blando llant o 80 de Laso; cuy o igual no sufre España; ni ti ene a quien vener e y precie t anto. Cualqu ier dolor de amor, cualquier hazaña, me pareci ó, y aquel t emor fingido ; que ahora siento bien su fuerza extraña. 85 Amor, que no compo rta u n atrevido y libertado pe cho, el arc o fiero torció, y al d esarmar dio un gran sonido. Pas ome e l cora zón, y con s ever o imperio me usur pó el dichoso estado, 90 en que ufano cui dé viv ir prime ro. Quedé siempre c ativo y sojuzga do de tales d os estrellas; que en el cielo a todas la be ldad han despoj ado. Y en la purpú rea red y rico velo 95 de la hermosa frente vi mi vida presa, sin esperar algún consuelo. Mas tal bien y tal honr a vi ofrecida a los trabajo s míos; que co ntento justamente la di por bie n perdida. 100 De allí el soberbio y animoso intento oscuro de mi canto quedar pudo ; que solo di o lugar a mi t ormento; Y aquel ra yo de Júpit er sañudo; y los fier os Gigantes derr ibados; 105 principio de mis versos grande y rud o; Y el valor de Español es, olvidados finca ron; que pudier on en mi pena más mis nuevo s dolores y cuidado s. En tre armas y entre hierro mal resu ena 110 cansado, el n oble espíritu amoroso, del mal; que su so siego deso rdena. Dic hoso, quien en verso ge neroso celebra la s hazañas inm ortales, y el vig or y el esfuerz o valeroso. 115 O quien en las regi ones celestiales ter mina el vuelo, y de su cumbre mira la vanidad y cosas de mortales. Quien de una bella Luz ar de y suspi ra; quien se ve co ndenado al m al presente; 120 que de su pensam iento no reti ra, N o puede conte mplar al Sol luciente, ni ad mirar la virtud y el nombre ajeno; que Amor tanto repo so no consi ente. Basta el dolor, en que muriendo pe no, 125 s i cabe esta memoria en el m al mío, y de mi gloria aus ente el tiempo bu eno. Mas yo temo, que yace en horror frío (que el án imo es présago de su da ño) del olvido , en que tris te descon fío. 130 Fue siempr e a mi de seo Am or extrañ o, indució mi co ngoja y sentim iento , y me e ncubrió la sombra de mi engaño . Mas pues que desco nhorto el pens amiento , o siga olvido, o el desdén me hiera, 135 ya estoy hech o a cansar el sufri miento. Por do me lleva injust a suerte fiera, irá n con mig o s olos mi s e nojos, hasta el fin miserable, q ue me espera. Y siempre volveré los musti os ojos, 140 do nde quedó (y do yo quedar deseo ) mi gl oria, mi fortuna y mis despojos. Si d e ellos levantare algún trofeo mi Luz, espero ve r, que por ve n tura tier na s e muestr e y man sa a mi des eo. 145 No es de roca eng endrada alpestre y dura, es blanda y cortésmente p iadosa, y causa mi pasió n mi desvent ura. En color de sua ve y pura rosa, dulces ojos y angélica armon ía, 150 y noble trato y gracia d eleitosa. N o reina crueldad, ni s er podría, que en c elestial belleza se hallase des eo de la pen a y muer te mía. Si a los hond os estrechos me llevase 155 Amo r del Indo Oc éano, o pe rdido en la Afric ana arena m e abrasase; Fir me siempre estaría, no rendid o; que en pecho, m ás que fino dia mante, está fijo el cuidado y escu lpido. 160 Si puede se r, que Hiperió n levante primera luz d e España, y que el corr ien te Gang es no entr e en el g olfo res onante ; E sperar se p odrá; que al pech o ardiente oprima el frí o intenso de la n ieve, 165 o mitigue su fu ego vehem ente. La pluvia, que en mi faz contin o llueve, regalar pue de bien el d uro hielo, aunque a pretar su fuerza Aquil ón prue be. Gra cias humilde hago al alto cielo; 170 que , ya que me per dí en mi daño cie rto, mostró en mi tiempo esta mi Estrella al suelo. A mor, c uando e l pesad o cuerp o muerto mi espíritu deja re, a mi L uz bella presenta mi peligro descu bierto. 175 Qu e una lágrima pu ede sola de ella renovar me la gloria de la vida. dichosa, si tal bien hallase en ella! En tanto que m i suerte aborrecida me aqu eja, cantaré des amparado 180 mi presente for tuna y la perdida, de todas espe ranzas apart ado. <SONE TO LXXII. A Fernando Melende s de Cangas> Ya que nublosa som bra cubre y fr í o la blanca frent e de este monte alzado; y del gra ve Aquilón aliento helad o retarda el lento curso al hondo río; 5 Siento de ingr ata mano al pecho mío nieve arroj ada, y siento desmayado mi fueg o; y culpo mi d eseo osado, y de A mor el tirano señorío. Que por un vano bie n; que huye luego , 10 y me deja d olor eterno; pierdo de libertad amada la n obleza. Mas oh que aciert a mal, quien an da ciego! y el que cuida , Ferna ndo, ser más cuerdo, descubre en tal hazaña más flaqueza. <SONETO LXXIII> Canté quejas y afán de inj usta pe na; que padecí cuitoso y of endido, a todas las desdichas ofrecido, en que el Amor a un m ísero co ndena. 5 Fue el pre mio en tibia voluntad ajena dolor con esperanza, a d o perdido dese o m e inclinó, y al fin v encido traigo a fu erza arrastran do la cadena. Tú, a qu ien rinde n su gloria ins igne s ríos, 10 favorece, Tart eso padre, el canto; que tiern o y simple en honra tu ya espira. Que, si me dan lug ar los males míos; no s olo oirás de Amor g emido y llanto, más hazañas ; que Marte airado inspira. <SONETO LXXIV> La Hidra de a moroso pensamiento, que rota d el acero siemp re crece; contienda áspera a la al ma triste ofrece, rendida a la i mpía fuerza d el tormento. 5 Si del olvid o jus to y s entimien to 10 No veré yo mi Luz r es plande cien te, que esclar ezca en mis ojos, y el h ermos o ardor y crespos lazos de l a frente? Aún n o es grave este mal, que si penoso esperase de spués mudar ven tura, 15 y ver aquel s emblan te g eneros o; N o vendr ía a tener por de sventura la soledad; que muerta en quien bien am a, pierde en él su rigor la muerte oscura. Y tornaría aquella ardiente lla ma 20 con la vista a abrasarme en la pr esencia del fuego, en q ue mi alm a ausente inflama. Temo empero, que en es ta luenga a usenci a me desa mpare solo en el camino, y desfallezca al mal c on la paciencia. 25 El ci elo, que entre el cerco cristalino de sus astro s inte nta sostenella, claro día podrá tener contino. Se rá, si esparce mi luciente Estrella su esplen dor y su fuerza al f río suelo, 30 más dichosa la tierra y siempre bella; Más hermoso el pu rpúreo, abierto ciel o, pe ro yo más mezq uino y desdic hado, y entregado a pe rpetuo desco nsuelo . Qué corazón tendré en mi mal, cuitado ? 35 qué dureza habrá en mí, si yo no muero de terribl e dolor atravesad o? Tú Ánimo, présago l astimero de mi infel ice suerte , el cuerpo a l punto desnuda del sutil vigor l igero. 40 Que, como en el amor le fuiste j unto, just o es, q ue en tal e stre cho no te alej es de aquel di vino y celesti al trasunto. Y, ant es que el pes o in útil vel oz dej es, lleva d el muerto amante la memoria; 45 aunque tardando co n razón te quej es. Sien ta el mísero cuerp o alguna gloria, (si puede sentir bien he lado y frío) y tu g oza felice tu victoria. Mas oh dolor , oh e xt raño de sv a río , 50 quién me ofreció e ste mal de t riste muerte? de qué nace este vil recel o mío? E s de al ta y sobera na, etern a su erte esta mi s ola Lumbre de belleza, y el had o; opu esto a ell a, es p oco fuer te. 55 Tan rar a perfecci ón, tanta grandeza no sufre, c omo yo, mort al mudanza, es lueg o eterno su valor y alteza? Pero en el g olfo airado sin bonanza, donde se hall a nunca al gún sosie go; 60 y falta en el peligr o la e speranza, Se cansa y se fatiga el vital fuego, y desea arribar al rico as iento; do segura d esprecie el furor ciego. E sto es lo q ue re celo d escon tent o; 65 y p or que el corazó n jamás rendido , se des maya, y se muere el sufrimiento. Sie mpre cuidado tal cayó en olv ido, que si el te mor, que teng o, me hiri era, hallara Am or el paso def endido. 70 Si la p asión de la al ma consintiera, venciera es ta aflicción, que me at ormenta, y des can sado d e este afán viviera. Mas amo, y busc o, y hallo al fin mi afrenta, y sigo el an cho paso de mi daño; 75 por donde la ocasión me lo presenta. Nu eva Pena y T emor; Furor extraño; y v os, en q uien mi r ostro s e hu medece, Lágrimas ; Esperanza; Error y Engañ o, Porque el usado brío en mi fallece, 80 pu es en esta s ospecha no es toy ci erto? por qué el frío mis venas entorpece? S i es porque mu era ausen te, ya estoy muert o; después que mis dos luces me dejaro n con sole dad penando en el des ierto. 85 T odas las esperanzas me faltaron, y contra la fortuna de mi vida Amor y el cielo airados c onspiraron. Ella será tempran o mal perdida; que en ta n terri ble m al m uy poco pue de 90 la fuerza, qu e en sí tiene enflaquecida. S i Am or este d ese o me conced e; que, faltando primero d el aliento libre de est e pesar y afrenta que de; Daré por bueno yo mi apartamient o, 95 y, trist e sepultad o en es te ajen o campo, de scansaré de mi to rmento. Que mi Lucer o el esple ndor ser eno difundir á a mi túmulo dicho so, de eterna y nuev a lumbre si empre lleno. 100 Y ent onc es, con el vu elo g lor ios o, ilustrando la s ombra de Occidente, al ciel o se alzará victorio so. Saturn o frío, el i mpío Marte ardiente tendrán de sus clarísimas cent ellas 105 v irtud y luz más pur a y excele nte, y el cor o de las cándidas estrellas. <SONETO LXXXII> Un tiem po, aunque f ue breve, osé at revido, por ventura ate ndiend o la victoria, quejar y d e mi afán m ostrar la historia a quien m e trae en cieg o error perdido. 5 Ah ora, o con más lastima ofendido o ciert o de la falta de mi gloria, no hago de mis males más memoria; que si ya cieran solos en olvido. Pero el silenc io al fin no p uede tanto; 10 que en s ol edad no rompa, y, lo que impide su vista, es cribo del dolor forzado. C omienza el día, y doy principio al c anto y llanto; que en la noc he Amo r despide , y llant o y canto avivan mi cuid ado. <SONETO LXXXIII> In menso ardor de eterna herm o s ur a en vuestra dulc e faz se me aparece; y en mis entrañas arde, y siempre crec e con inmo rtal ince ndio virtud pura. 5 Con alteza y valo r vue stra figura sin igual en mi alma resplan dece; y pues ufa na sufre, bien me rec e algún c orto favor de su v entura. N o pued e ser mayor vuest ra bel leza; 10 y no es ya just o, que ceg uéis mis ojos, su flaca luz g astando en t anto fuego. Que si al pech o mostráis vuestra grandeza; muriendo en lla ma, no daré desp ojos, los que pu diera dar, viv iendo cie go. <SONETO LXXXIV> Mi pura Luz si olvida el fértil suelo, que Beti s enriqu ece en Occid ente; y abre las frías nubes c on ardiente ra yo, esparcie ndo en torno el rico velo; 5 El asiento más digno s erá el cielo al sacr o esplendor suyo r eluciente; y de allí con las llamas de su frente ro mperá el rigor duro al torpe hielo. O, y a que aun no se debe a la be lle z a 10 sin el riesg o de ausencia, será el grado propio el pecho, do ya ce obede cida. Que a tal valo r d el mundo la grand eza, o la alm a , en sus c entellas encendida, es de esta excelsa Luz lu gar sagrado. <SONETO LXX XV> Nu nca mi m al terrible sentiría, ni descans ar querr ía de mi pena; si cui dase t al vez, que mi sere na Luz alegre y suave me s ería. 5 Mas no sufre la indign a suerte mía esta gl oria, y de sí la apar ta ajena; y a r endir la esperanza me condena; porque osé, y di lugar a e sta osadía. Haga el cielo, que pi erda en meno r daño 10 la mem oria de aquel atrevimiento; que tuv e en ver mi afán no aborrecido; Cuánd o agradó a mi Bien, qu e e n dul ce e ngaño sufriese ufan o y ledo el mal, que siento. mas qué va le, a quien muere en tibio olvido? <SONETO LXXXVI. A C. M. de Figueroa> Cuando mi pecho ar dió en su dulce fuego, osé cantar, Mosquera , el mal que si ento; y diome al ti erno canto u fano aliento el S ol, en cuyo ardor estu ve cieg o. 5 Osé mostrar mi llanto en blando ru ego a quien a Amo r desprecia y su tormento; y el h umilde quejar de m i lamento me dio osadía, y dio esperan za luego. Ah ora , que la Luz yo pie rdo a usente, 10 y crece, mi dolor con su belleza; (notad el gran de error d e mi porfía) Lloro el pasado bien y el mal pres ente; y, puesto en soledad de mi t risteza, la esperanza me falta y la osadía. <CANCION VI> Can temos al S eñor, que en la llanura venció d el ancho mar al Trace fi ero. tú Di os de las bat allas, tú eres d iestra, salud y gl oria nuestra. 5 tú r ompiste las fuerzas y la dura frente d e Faraón, f eroz guerrer o. sus escogi dos Príncipe s cubri eron, los abismo s del mar, y desc endie ron, cual piedr a, en el profundo, y tu ira luego 10 los tragó, c omo arista seca el fuego. El soberbio Tirano, confiado en el grande aparat o de sus na ves; que de los nuestro s la cerviz cativ a y las man os aviva 15 al ministerio injusto de su estado, derribó con l os brazos suyos graves los cedr os más e xcelsos de la cima, y el árb ol; que más yerto se sublima, bebiendo ajenas aguas, y atrev ido 20 pisando el bando nuest ro y defend ido. Tembl aron los pe queños, con fundido s del i mpío furor suyo, alzó la frent e contra ti, Señor Dios, y con semblant e y con pe cho arrogante, 25 y los ar mados braz os extendidos movió el airado cuell o aquel p otente. cercó su corazó n de ardiente saña contra las dos Hesp erias, que el mar baña; porque en ti confiadas le resisten, 30 y de ar mas de tu fe y amor se visten. Di jo aquel insol ente y desdeño so; no c onocen mis iras estas tierras, y de mis padres los ilust res hechos ? o vali er on sus pe ch os 35 contra ell os con el H úngaro medros o, y de Dalmacia y Rodas en la s guerras? quién las pudo l ibrar? quién de sus ma nos pudo sal varlos de Austri a y los Germanos? podrá su Dios, podrá por suerte ah ora 40 guardallas de mi diest ra vencedora? Su Roma, temerosa y humillada, lo s c á nticos en lágrima s convierte. ella y sus hij os tristes mi ira esperan, cuando v enci dos m ueran. 45 Francia está con disc ordia quebrantada, y, en España amena za horrible muerte , quien honra de la Luna las banderas. y aquellas en la guer ra gente fieras ocupadas están en su defensa, 50 y aunque n o, quién hacer me puede ofens a? Lo s p ode rosos pue blos me obedecen, y el cuello co n su daño al yugo inclinan; y me dan, por salvarse, ya la mano, y s u val or e s va n o; 55 que sus luces cayendo se osc urecen. sus fuert es a la mu erte ya ca minan; sus vírgene s e stá n en c autiverio; su gloria ha vuelto al cetro d e mi imperio. del Nil o a Éufrat es fértil y Istr o frío, 60 cuanto el Sol alto mira, t odo es mío. Tú Señor, q ue no sufres, que tu gloria usurpe , quien su fuer z a o sa do est im a, prevaleciendo en vanid ad y en ira; este s oberbio mira; 65 que tus aras afea en su victoria. no dejes, que los tuyos así oprima; y en sus cuerp os, cruel, las fieras cebe; y en su espa rcida sang re el odio pruebe. que, hecho ya s u oprobrio , dice; dónde 70 el Dios d e es tos es tá? de qu ién s e escond e? Por la debida g loria de tu no mbre; por la justa venganza de tu gente; por aquel de l os míseros g emido, vuelve el bra zo tendido 75 c ontra e ste, q ue ab orrec e ya s er ho mbre; y las honras , que celas tú, c ons ient e; y tr es y cu atr o vec es el casti go esfuerza con rig or a tu ene migo ; y, la injuria a tu nombre c ometida, 80 sea el h ierro, contrari o de su vida. Levantó la c abeza el poderoso; que tant o odi o te tien e, en nuestr o estra go juntó e l c ons ejo; y contra no s pensaron, los que en él se hallaron. 85 v enid, dijeron ; y en el mar ondoso hagamos de su sangre un grande lago; deshag am os a est os d e la gente ; y en nombre de su CRISTO j unt ament e; y, dividie ndo de ello s los despo jos, 90 hár tens e en mu erte su ya nues tros ojos. Vinier on de A sia y p ortentosa Egito; los Árabes y leves Africa nos; y los que, Grecia, junta mal c on ellos, con l os e rgu id o s cu el lo s, 95 c on gra n poder y nú me ro infinito; y prom eter osaron c on sus man os en cender nuestr os fines ; y da r mu erte a nuestra juvent ud con hierro fu erte; nuestro s niños prender y las donce llas; 100 y la gloria m anchar y la luz de ellas. Ocuparon del piélago los senos, puesta en silencio y en temor la tierra, y cesaron los nuestros v alerosos, y calla ron dudosos; 105 hasta que, al fiero a rdor de Sarr ace no s, el Señ or eligiendo nue va guerra, se opuso el Jove n de Austr ia gene roso con el claro Españ ol y belicoso; que Dios no sufre ya, en Babe l cativa 110 que su Sion querida siem pre viva. Cual León a la presa apercebido, sin rec elo los impíos e speraban a los que, tú Señor , eras escudo; que el cora zón desnudo 115 de pav or, y d e f e y a mor vestid o, con celestial aliento confiaban. su s manos a l a guerra compusiste, y sus brazos fortísi mos pusiste, como el arco acerado, y con la espada 120 vibraste en su favor l a diestra armada. Turbár onse los gr andes, los robusto s rindié ronse tembla ndo y desm ayaron. y tú entreg aste, Dios, c omo la rueda , como la arista queda 125 al ímpetu d el viento a estos injustos; que mil huyendo de u no se pa smaron. cual fueg o abrasa selvas, cuya lla ma en las espesas cu mbres se derra ma; tal en tu ira y tempe stad seguis te, 130 y su faz de ignominia convertiste. Quebrantaste al cruel dragón, c ortando las alas de su cuerp o temer osas, y sus brazos terribles n o vencidos; que c on ho ndos gemidos 135 se retira a su cue va, do silbando tiembla con sus c ulebras vene nosas, lleno de miedo t orpe sus entra ñas, de tu León temiendo las h azañas; que, salie ndo de España, dio un rugido 140 que lo dejó asombrado y at urdido . H oy se vi er on l os ojos hu mill ad os del sublime varón y su grandeza, y tú solo, Señor, fuiste exaltado; que tu día es llega do, 145 Señ or de los ejér cito s ar ma dos, sobre la alta ce rviz y su du reza, sobre derecho s cedros y extendi dos, sobre empinad os montes y crecidos; sobre t orres y muros, y las nav es 150 de Tiro; que a los tuyo s fueron graves. Babil onia y Egito a medrentada te merá el fuego y la a sta violenta, y el h umo subirá a la luz del cielo; y faltos de co nsuelo, 155 co n rostro oscuro y sole dad turbada tus enemigos ll orarán su afrenta. mas tu G recia, concorde a la espe ranza Egicia, y gloria de su confianza, triste, que a ella pareces, n o temiendo 160 a Dios, y a tu remedio no atendi endo. Por qué, ingrata, tus hijas adornas te en adulteri o infame a una impía g ente; que dese aba profanar tus frutos; y c on oj os e nju tos 165 sus odio sos pasos imi taste, su aborr ecida vida y mal presente? Dios vengará sus iras e n tu muerte; que llega a tu cer viz c on diestra fuerte la aguda espada suya , quién, cuitada , 170 reprimirá su mano desatada? Mas tú fu erza del mar, tú ex celsa Tiro, que en tus naves estabas glo riosa; y el tér min o espan tabas de la tierra; y, si h acías guerra, 175 de tem or la cubrías con suspiro, como a cabaste, fiera y orgullosa? quién pensó a tu cabeza daño tanto? Dios, para convertir tu gloria en llanto; y derribar tus ínclitos y fuertes, 180 t e hizo per ecer con tanta s muert es. Llorad Na ves del ma r, que es d estruida vuest ra vana s obe rbia y pensamie nto. quién ya tendrá de ti lá stima alguna; tú, que sigues la Luna, 185 Asia adúltera, en vicios sumerg ida? quién mostrará un livi ano sentimiento? quién roga rá p or t i? q ue a Dios enciende tu ira, y la arr ogancia, que te ofende. y tu s vie jos del itos y mudanza 190 h a n vuelto contra ti a pedir v enganza. Lo s que vieren tus brazo s quebr antados, y de tus pinos i r el mar desnudo; que sus o ndas turbaro n y ll anura, vie ndo tu muerte oscur a, 195 dirán, de tus es tragos espantad os; quién contra la espanto sa tanto pudo? el Señ or, que m ostró su fu erte man o. por la fe de su Príncipe Cris tiano, y por el nombre Santo de su gloria 200 a su España concede esta vic toria. B endit a, Señor, sea tu grandeza ; que despué s de los daños padecido s, después de nue stras culpas y cast igo, ro mpiste al enemigo 205 de la antigua soberbi a la dureza. adórente, Señor tus escogi dos ; confiese, cuanto cerca el anch o cielo, tu nombre, oh nuestr o Dios, nues tro consuelo; y la cerviz rebel de, condenada, 210 perezca en b ravas lla mas abrasada. <SONETO LXXXVII. P or la Vitoria de Lepanto> H ondo Ponto, que bramas atronado con tumult o y terror, de l turbio seno saca el ros tro, de torpe miedo lleno; mira tu campo arder ensangrentado, 5 Y junt o en este c erco y enc ontrad o todo el Cristiano esfuerz o y Sarraceno; y, cubie rto de humo, y fuego y tr ueno, huir tembla ndo e l impí o queb rantado . C on profundo mur murio la vic toria 10 mayor celebra; que ja más vio el cielo, y más dudosa y singular hazaña; Y di, que solo mereció la gloria; que tanto nom bre da a tu sacro sue lo, el Joven de Austria y el valor de España. <SON ETO L XXXI IX> Si trasformar pudiese mi figura, como el Ideo Júpite r s olí a ; en blanco Cisne vuelto ya sería, mirando de mi Leda la luz pura; 5 Y sin algún temo r de muerte osc ura en honra su ya el canto ensalzaría; su frente y bellos ojo s t ocaría, ensandeciend o ufano en tal v entura. Ma s en lucie nte plu via con vertido, 10 perdería el electro la fineza; si el velo esparce, suelto en rayos de oro. Pero, siendo en la fald a recogido, y junto al espl endo r de la belleza, ten dría el preci o del mayor tesor o. <SON ETO L XXXI X> Mi bello Sol, si v oy de vos ausente a parte extraña, do el dolor me ofende, y el fuego; que m i alma presa enc iende, en dulce ard or contino está pres ente; 5 Aunque el color p urpúreo de Orient e, do el S ol menor de vuest ra luz desciende, triste, y sin mi Luz bella, y siempre ausente. 5 Finj o y cuido tal vez estar presente alegre en el dichoso y fre sco puest o, y en la gloria me pierd o; que el molesto dolor de la alma apar ta este ac cidente. Nunca silencio y soledad o scura 10 pueden dar a quien ama tal cont ento, si no se ca mbiase la aleg ría. Poco en m emoria el bi en de a mor me dura, que aun en este ocios o ap artamien to no se afir ma en segura fa ntasía. <SONETO XCIV> Flaca Esperanza en todas mis porfías; Des eo van o en d esigu al tor ment o, y, inútil fru to del afán q ue siento, lágrimas sin d escanso, y ansias mías; 5 Sufrid, qu e una hora alegre e n tantos día s tri stes m erezca un tr iste descont ent o; y que pueda sentir tal vez co ntento la gloria de fingidas alegrías . N o es jus to no, que siempr e quebranta do 10 me oprima el mal; y me deshaga el pe cho nueva pena de a ntiguo desv arío. Mas oh que temo tanto el dul ce estado, que (como pe rdí al bien to do dere cho) abraz o ufano el grave d olor mío. <SONETO XCV> Huyo la blanda voz y el ti erno canto ; que en c eleste armonía espira y suena, de esta, de España luz, gentil Sirena, mas vuel vo al fin sujeto a l dulce encanto. 5 Bien sé, que este plac er acaba en llant o; que esto es i magen cierta de mi p ena, y Amor injust o siempre me co ndena; porque si rvo, y padezco y suf ro tanto. Ulises, que pudist e venturoso 10 surcar, seguro y sin temor del d año, el golfo de la bella Leuco sia; Cuánt o fueras más grande y vale ros o, si ten tar as perd erte en e ste engañ o, oyendo a la inmortal Sir ena mía. <CANCION VII> Ya bie n podrás ha rtar de tu crude za, Amor, en mi herido pech o el hierro; y tu rabia ensañar en mis entrañas. mas no podrás hacer, que mi dure za 5 dude ya mayor mal; ni en mi dest ierro que la venza e l temor de tus haza ñ as. son ta les tus e xtrañas leyes y co ndición; que ya no espero remedio , ni lo quiero . 10 antes ufano abrazo el daño todo de esta mi perdición; que el d olor fiero no da lugar al b ien en alg ún modo. véngate en mí, Cruel, que es toy des ie rto , en pena vivo si empr e, en g loria muerto. 15 N o deja respirar el golpe crudo al triste c orazón, ni deja al llanto; que quie bre su furor, antes los ojo s secos, y el rostro de pas ión desnudo fingen ledo s emblant e. pero cua nto 20 procuran enc errar de sus enojos, so n mí se ro s de s pojo s de obs tinación confusa y clara afren ta. quién ha brá, que consi enta tanto mal, y lo es conda en ciego olvido, 25 sin que me moria alguna d e él se si enta ? mas oh cuá nto es mejor, que e sté perdido en silenci o; pues cabe tal cuidad o solo en mi co razón desespera do. E s, c uanto pienso , lástima , es tormento . 30 el bien me cansa, aflige la alegría; que si n env idia en otra gente ve o. te mo el fa vor; procur o el descon tento ; reposo e n la muda nza esquiv a mía; y tan ajeno e stoy de buen des eo; 35 que olv idarme de seo de todo, lo que fue mi bien y glo ria. qué presta la m emoria, de perdido s contento s en un triste? qué pequeño triunfo, qué victo ria 40 tan corta, A mor, en ac abarme hubiste? hubiste, A mor, victoria d e tal suerte; que estoy, ve ncido al f in, más duro y fue rte. Los ojos abro, s olo a ver mi daño, y holg arme con él sin co nfianza; 45 pues desampar o ya sin ella el mi edo. y valgo tanto ya en el de sengaño; que, aunque me siento extr año de esperanza, como volver a ella nunca puedo , cobro ta nto denuedo; 50 que, si tal vez me acue rdo, que l a tuve, y c on ella sostu ve los males, qu e me dio tu mano fiera, cuando en más bi en con más favo r estuve; aborrezc o los días y prim era 55 ocasión; que me trajo al desvarío, y a lab o esta vent ura del mal m ío. El rayo de los tiern os ojos bell os; el c olo r d ulce y pura faz s erena; que m i sob erbia f rente quebran taro n, 60 el rico y ters o lazo de cabellos; que prendie ron mi alm a en su c adena; y mil trofeos de ella leva ntaron; y en tu templo co lgaron mis despoj os, Amor, ya p oca parte 65 serán, para estimarte. osa do pech o t en go y gen er oso; que se a treve a mos trars e, sin d udarte, contra rio de tu nombre pode roso. bien pue des revolve r e n guerra luego 70 contra mí el aire, el mar, la tie rra, el fueg o. Si, en cuantos, impío, ofen des, hay a lguno; que se esp ante de ver mi atrevimi ento; y teng a de mi pérdida re celo; crea; qu e mi dolor me fu e importuno ; 75 y que un desesperado pens amie nto se obliga mal a recibir c onsuelo. pero yo qué rece lo? que cont ra ti, oh cruel, oh mi enemigo pocas in jurias digo. 80 y pues lleg o en el daño a tanto extremo; que estoy solo e n estrecho si n amigo, esfuérzom e en el m al, y no lo temo; que no rehúye alguna desve ntura, quien tie ne tan perdi da la vent ura. <SONETO XCVI> Cual rociada Aurora en blanco velo de scubre el candor nuevo al claro día; cual sagrado lu cero, del Sol guía, sus ray os abre ufano al p uro cielo; 5 Cual Venus a honrar p arte el fértil suel o de Cipro, y va en her mosa compañía con ella Am or, las Gracia s y Alegría, que Céfiro las lleva en bl ando vuelo; Tal salisteis, mi Luz ser ena y bella, 10 al día y cielo y suelo dando gloria y aquist asteis de todo s los des pojos, Tendi ó a aquel pu nto Amor su red, y en ell a sus alas que mó preso; y la victori a rindió de la alma mía a vuestros ojos. <SONETO XCVII> S ol, que con a las de o ro v as luciente , y al Eur o tu primero ard or colora; mostrando al blan co cerco de la Aurora la fog osa corona y roja fr ente; 5 Cuando el ondoso claustro de Occident e entrares, donde reina alegre Flora; si la Luz, que este ausente aman te adora, vieres, lleva esta triste voz doliente. Des pués que vos de jé, mis bellos ojos, 10 y en puras perla s Hebras enlazadas, la noche os cureció al sereno día. El bien me falta, y sobran los enojos; y en h oras de tristeza m al contadas ningún lug ar me queda de alegría. <SONETO XCIIX> Tiemp o fue d e dol or, el que y o tuve sujeto a dura voluntad aj ena. Tiempo f ue, en que perdí mi grande pena; mas en perder más fiero mal sostuve. 5 Tiempo fue de m i afrenta aquel , do estuv e atado y sin v alor en l a cadena. Tie mpo fu e, en qu e cerr é a la lu z ser ena los ojos , y en error pe rdido anduve. Tiempo es ya, que no duerman e n su engaño, 10 mis sentidos; y a es tiempo; q ue deshaga la razón mi porfía y de vaneo. Que ya no e s justo cono cer el da ño, y abrazar la ocasión; aun que en la llaga si empre ab ier ta respir e mi deseo. <SONETO XCIX> Ya que la grand e fe del am or mío, y el et erno dolor de mi tormento no puede n descubrir un sen timiento liviano en vuestro ingrato pecho frí o; 5 M os trad con más desdén mayo r desvío; porque con e l afán, que t rist e siento, o acab e en triste muer te el desc ontento, o huya este co nfuso desvarío . Antes , pues más no sufre el mal pr esente, 10 volved, fiera Ene miga de mi gloria, la dulce libert ad, que yo tenía. Porque de vos y a pi erdo os adament e sin esperanza alguna la m emoria. mas ay cómo me e ngaña esta os adía. <SONETO C> Bi en puede el vano error y la p orfía de mi ardient e deseo desfrena do llevarme en su furor arre batado, y oscurecerme el cie lo en c laro día ; 5 Que al fin la Luz serena, que me guía, la vista abre d e nuevo a mi cuidado; y de improv iso horror todo oc upado, repug no a la perdida suerte mía. R espi ro ya del impo rtuno pe so; 10 y, aunque no arro jo el yugo sac udido, no me oprime la fuerza d el tormento. Ni lib re canto ya, ni ll oro preso; ni sano, d e mi llaga, ni herid o, dudoso esto y en confus o sentimi ento. <SONETO CI> Ya comienza a mudar su faz el cielo sereno de mi s días no turbado; ya tornan a es trechar me m is c uidados; y A mor en fuego vuelve el tibio hielo. 5 Incauto en t antos daños alzo el vue lo de atrevid os deseo s no c ansad os; que van, en lo que siguen, ta n cebados ; que pierden al p eligro ya el recelo. Ufan o intento, débil e speranza 10 y pocas fuerzas hac en, qu e fallezca en medio d el camino la osadía. Cuand o trocare el caso esta mudanza; será, para qu e siempre e n mal padezca, quien yerra, y persevera en su porfía. <ELEGIA XII> Las quejas, y susp iro y llanto luen go de mi pasado daño , en tanto extremo descubran l a pasión, del mal que tengo . Presen te está el cruel dolor; que te mo, 5 y con migo no finca la esperanza; que de mi triste afán fue el bien supremo . Mis erables efe ctos d e muda nza, que roban de m i dulce prima vera las flores c on perpetua mal andanz a. 10 P erdida bien en otro tiempo fuera la vida, cuando lleno de alegría mi muerte más plañida s er pudiera. Pero en esta mezquin a suerte mía qué consu elo ten dré, si en tal estad o, 15 mi niebla oscureció a la luz d el día? Si yo me hubiera tanto recelado de peligros d e amor, con más paciencia sufriera es te dolor necesitado. Mas quien favorecid o en la presencia 20 estuvo siempre ; no esperó, a su gl oria que nuciera la fu erza de la ausencia. Antigu as ocasiones y memoria, y mis nuevos trabajos re presentan la esperada promesa de victoria. 25 L os bienes y los males más me afrentan; cuand o inquiero razón, para librarme de los lazo s de Amor, que me atorme ntan. Pue den mis pensami entos a nimarme; para m ostrar ausente s u frimiento, 30 no osando en el pe ligro conhort arme. N o se debe a mi grav e sentimi ento ya co mpasión alguna, an tes conviene un extraño l inaje de to rmento. En tanto mal n o sé, po r qué sostiene 35 mi espíritu la vida, ni si es just o, que en mísero temor se canse y pene . A mor me lleva ausente p or su gusto; para extremar en mí t oda crudeza, y obedezco po r fuerza el mando injusto . 40 Si mi pecho co nstante co n dureza se vio, sin confianza y osadía conocer á su ímpetu y brave za. N o doy l ugar al bien, en que me vía; después que , puesto solo en el desierto , 45 mi niebla oscureció a la luz d el día. Cuant o al dolor terrible ya estoy muerto; pero en la honr a de sufrir tan vivo, que a su rigor opo ngo el pecho abiert o. Quien me juzgó otro tiempo m uy e squivo, 50 no m e c ulpe, si estoy sin fuerza a lguna; que con el mal perdí el in tento altivo. Cúlpe me, si abrazar e esta importuna cuita en el corto espacio de mi vida, si otra v ez esperare en tal fo rtuna. 55 Y o tengo la esperanz a aborrecida, y tengo amor, y sé que no me engaño; pero no sé, e n qué parte en mí s e anida. N o sien te, qu ien n o sab e, que es el dañ o de amor d esesperado, cu al el mío, 60 revuelto en el h orror del desengañ o. N o espero, y am o; y huyo ya, y p orfío; y si b usc o pretex to a mi ven tura, es inútil , pues temo y desc onfío. N o se vio, cual la m ía, desventura; 65 mas, mirando a la causa, do procede; bien debid a al furor de t al locura. El te mor de no ver tan to en mí pu ede; que derriba m is va nos f undame ntos, y ver mi adversa sue rt e no c onced e. 70 Cuidé tene r seguros mis i ntentos, cuando e n mar sosegado nav egaba con próspe ra bonanza y fresc os viento s. Mas ensañose tempe stad tan brava ; que las cr espadas ondas de alegría 75 en altos montes de agua levantaba. C orrió fortuna allí la n ave mía: y, sin que me valiera con fianza, mi niebla oscureció a la l uz del día. Ya tarde pued o yo aguardar mudanza; 80 si no espero remedio, ni lo pido, ni me asegura A mor más esperanza. Tan mísero me v eo y confun dido, y rendido a l a pena; que impo sible será, cual yo, hallar otro p erdido. 85 El afán, que padezc o, es insufrible; mas p or aquella Luz, do Amor florece, cuanto es más grave, me es más aplacible. F avor de la ventu ra n o mer ece, quien p or temor del mal del bien rehúye; 90 y al peligro su vida nunca ofrece. El suce so en mil casos v arios huye, cuando se pe sa más y conside ra, y toda la esperanza se de struye. A la entrada difícil y carrera 95 del am oro so y ciego lab erinto no aprove chó temer mi suerte fiera. A mor halló mi pech o en el procinto tan gallard o y sober bio; que no pudo s er más bravo el que rige a Delo y Cin to. 100 Mas vibrando sañoso el ray o crudo. te mblome e l corazón, y desmayado dej é caer medr oso el fu e rte es cudo. Allí, cuand o yo fui desamparado, fuera justa la muerte p or castigo; 1 05 pues perdí mi temor y mi c uidado . C onfío yo m i vida a m i enemigo; muéstrole la ocasión para mi p ena, y la mént ome d e él, co mo de amig o? Ya no daré raz ón tan cierta y buena, 110 que me excu se de afrenta en mi porfía; ni habrá ya a quien admire mi cadena. En soledad estoy sin al egría, y me asombra el do lor; porque en una hora mi niebla oscureció a la l uz del día. 115 Gi me conmigo el Sol , conmigo llora el H é sp ero , y l a No c he s e l am e nt a , y conmig o te quejas, r oja Aurora. Quién es tan olv idado, que co nsienta, y procure lugar p ara su muerte; 120 tom ando la ocas ión, que se pres enta? N o recelo el d olor del trance fuert e, sino que esto y ausente; y que, s i muero, n o puede ha ber memo ria de mi suer te. Si fu era piedra y o, si duro acero, 125 comportara mis ansias; mas (cuitado) n o tengo en tant o mal el pecho fier o. El ánimo en mis llamas abrasado, después de r oto el nud o, alzará el vuelo al trono, d onde está sacr ificado; 130 Yo qued ar é desi erto en este s uel o, premio digno a mi lástima p enosa, y lo espera, quien ve mi desc onsu elo. Tú, si bañare tu ribera ondosa, Tartesio Rí o, mi sepulcro; s uena, 135 hi riendo t riste en él con v oz quejo sa. Pue s no se condolec e de m i pena un pecho i ngrato, y si n amor, llo roso sus iras i mpías y mi mal resuena. Podrá ser, que, en la muer te ventur oso, 140 alcance claro n ombre y esc ogido de constant e amador y no dic hoso. Pero ya que m e veo al fin p artido, de mis b ellas estrellas desterrado, do no puedo , ni espero ser oí do; 145 Y que, a mole sta ausencia condenado , re lucho , contrastando al dolo r mío, protesto; que en m i mal no soy c ulpado; N o para atender bien; que en pecho frí o no cabe c ompasión de mal extrañ o, 150 ni admite Am or tan áspero desví o. Mas para no dar fuerzas al engaño , por donde me co nduce solo , ausente, con que pue da culparme en t anto daño. Y pues A m or mis lá sti mas consi ente, 155 no quiero yo vedar a mi memoria cosas; co n que mi pena se acrec iente. Los favores, que fu eron rica historia y dichoso s despojo s de alegría; los perdid os contentos de mi gloria 160 Sean trist e desdi cha y su erte mía, pues en s eguro y llan o y l edo estad o mi niebla oscureció a la l uz del día. Mas porque n o se ofe nda el bie n pasado; aunque es a gravio injus to al pensamie nto, 165 quiero el dol or por él sufrir doblado. Pero t engo tan ti erno el senti miento ; que m e enflaquece, y temo la caída; que mal s e pier de tan to laxa miento. El riesgo no me turba de la vida ; 170 que abandono el temor con el deseo , y la espera nza yace confundida. Bien puedo ya decir ; q ue no deseo, mas dud o la memoria; que persigue mi alma, a do mis bienes , triste, veo. 175 Amor qué bie n, o qué valo r consigue , trocando a cada paso m i tristeza? qué gloria de mal nuevo se le sigue? Si yo me viera rico y en grandeza; si estu viera rebelde y no vencido; 180 s i pudier a perder en mi po breza, Mostrara en mí la fuerza d e su olvido; vengara s u desdén; su airado pecho; y trajera contino perseg uido. Mas a quien olvida do ya y deshec ho 185 e stá de su furo r; a quien no sie nte; a quien llegar n o puede a más estrecho, Para qué lo mal trata? que ni ausente, ni preso y desde ñado , ni suje to ten go más que s entir, qu e me at orment e. 190 Si algún bien esperara, y o prometo, que d e gr ado esc ogiera e ste impor tuno dolor; que no permite e star secre to . Mis males cuento todos de uno en uno , El bien de mi d olor tan bien sufrid o es, pens ar que, cuan f iero me condena , tanto es mayor con él la gloria mía. <SONETO IV> Ojos, en quien mi espíritu respira tal vez, ardiend o en lúcidas cent ellas; ojos no, mas purísimas estrella s; rayos, que el Sol menor c eloso mira; 5 Rico puesto, a do sol o Amor espira, dichoso, en la s eternas luces bellas ; y sus lla mas afina, y tiem pla en ellas siempre fier o y cruel la a guda vira; N o alcanza no mbre alguno a la belleza 10 vuestra, y así no digo cuanto siento; que tanto bi en no cabe en vo z humana. Ba ste, que para osar a vuestra alteza, vos lla me; oh dulce caus a a mi torment o, ojos de mi Sirena soberan a. <SONETO V> C éfiro renovó en mi tierno pecho floridas ra mas de esperan za cierta, a mansa pluvia, a sol tem plado abierta, y todo se most raba en mi provec ho. 5 Cuando de hielo un crudo so plo hecho, de aquella par te de cal or desier t a, abate en tierra mi esper anza muerta, y el trabajo e n un punto fue de shecho. Quedó en el mism o pues to el hi elo f río, 10 que con el fuego en mi dol or cont iende; y vence alguna ve z, otra es ve ncido . De allí siempre te mí en el pe cho m í o la nieve, que aunque el fuego me defie nde, medroso e stoy del daño recibido . <SONETO VI> Salen mil pensamie ntos al enc uentro, cuando estoy mas ajeno, y pueden tanto; que apena de mis males me l eva nto , y doy en el peligro s iempre dentro. 5 Sin recelo mi afrenta sig o, y entro, osando ( oh ciego err or) para más llan to. alcanzo aunqu e me esfuerzo a valer cuanto a las mudanzas debo, en que me encu entr o. El esquivo dolor no es el que hace 10 la guerra, que padezco, de mi daño; que el mal no espan ta a quie n lo tie ne en uso. El bien, que espero y temo, me deshace; que yo sé bien por el ausente engaño juzg ar d e este pres ente el fin confu so. <ELEGIA I> Bi en d ebes escond er, sereno Ciel o, tus luces, y tej er de oscu ro mant o en torno lu eng amente el ancho vel o; Y España deshacerse e n mustio llanto, 5 y volver en un tr iste sen timient o siempre la dulce voz, y al egre canto; Y Betis remover de l hondo asie nto negras o ndas, crecie ndo el mar hinchado el c u rso d e su m íse ro l am e n to ; 10 Pues oh dolor, tarde temido, el hado pudo airado robar la luz hermosa al suelo ete rnamente despo jado . Perpetua sombra y niebla tenebr osa descon horte los pec hos, espant ados 15 de dureza tan áspera y llorosa. Acábense co n este los c uidado s; las cong ojas antiguas; y el gemid o por todo s los suceso s desdichados . El Sol de herm osura esclarecid o, 20 rayo de la divina hermosura yace en fría tiniebla oscurecido. Quien pudo ver la luz suav e y pura, clarísima Heliod ora, de tus ojos, nunca espe ró tan gra nde desventur a. 25 Las ricas hebras, lúcid os manojos de oro terso, sutil, y ens ortijado, son ya de muer te mís eros despoj os. V ese el dulce col or amortiguado, y sin vigor la bella y blan ca frente; 30 y queda el cuello apue sto derri bado. El blando trato; el corazón cl emente; la gracia gener osa y cort esía; la fe y modestia y la virtu d presente En trega un d esdichado, y cru el día 35 en duros braz os de la muerte fiera, cuando menos al miedo se de bía. E sta engañosa vida lisonjera, desiert a y en confuso error perdida, despu és d e tant o mal q u é bien esp era? 40 Con esta triste y últi ma partida es dulce vida ya la a marga muerte, y a marga muerte ya la d ulce vida. Ningún caso tan áspe ro, o tan fuer te estrago, y ni ngún ímpe tu sañoso 45 del Cielo; que contrasta nuestra su erte , Pue de; aunque, quebrant ando proc eloso, arranque gruesos muros bien trabados, y se confunda e l orbe temero so, R endir los corazones le vantados; 50 que el valor gl orioso los alienta, entre p eligros mil nunca turbados. Mas esta , q ue en emiga se pr esenta , y deshace cru el con i mpía m an o la verd e flor, indigna de esta afrenta; 55 Al más exce lso pecho, y sobrehumano desnuda de la usada fort aleza; que cont ra su rigor se opone e n vano. Terrible mal, per o común tristeza; que desbarata la ambici ón profana, 60 freno de vanas p ompas y grand eza. C ontra esta furia, rígid a tirana solo finc a un reparo no ofendido; que es la ardiente virtud y soberana. R ompa el Cielo, en mil rayos enc endido, 65 y con pa vor horr í son o ca yend o, se d espeda ce en h órrido es tampid o; Tal es, que este fu ror y horror tremendo, y cuanto co nspirare por su daño , rendido a nte ella queda rá gimiendo. 70 Bien pu ede al h om bre cieg o y de ella extrañ o, enflaquecer, y su memoria in justa acabar del olvido en lento engañ o; Mas nunca podrá habe r victoria justa de quien se ap art a, y singular contino 75 sigue y alcanza al bien con gloria A ugusta. Dichoso, aquel espíritu divino; que la alta frente descub rió se gur o, sin te mer el común pelig ro indigno; Y al estrellado claustro y ardor puro 80 encumbró el fá cil vuelo en paz, purgado de corteza mortal y erro r oscuro. Si a mor de la virtud jamás cansado ; si piedad; si corazó n honesto; si sufrim iento, ape nas enseñado ; 85 Y si ánimo humi llado , y bien dis puesto ; si trabajo s de inmenso sent imiento; si a santas obras pecho fi rme y puesto, Pueden d e es te apar ta do, y g ra ve asien to colocarte, oh sin par bella Heliodora, 90 e n l os gi r os de et ern o movi mien t o; Tú serás en el Ciel o nueva Aurora, ant es luci ente S ol; q ue mu estre al día la riqueza y valor, que en ti atesora. Y cuan do la desnu da noche fr ía 95 oscurezca el fulgor, serás Lucero; que descubra en su horror serena vía. Y vien do el c ol or t uyo ve rdadero , variado en la púrp ura y l a nieve, y el oro, que igual nunca vio el Ibero; 100 Dirá; quien te mirare, si osar debe en tant o mal; ingrato a tu belleza, el i mpío ha do a tanto bie n se atr eve. Tú j amá s des cansast e en la es trech eza; que tu alma ofe ndía, y padeciste 105 dolor, y siempre afane s y tristeza. Ni quiso el claro O limpo, ni pudis te ya esperar más trabajos, y dejaste alegre al Cielo todo, a Españ a triste. C ontigo arrebatado n os llevaste 110 e l deseo de amor ho nesto y santo, con el qu e en n uestr os pec hos in flamas te. Yo canté tu valor, y ahora can to el pre mio merecido de t u gloria, aunque a la voz impide e l tierno llan to . 115 Mas en mí no des maya la mem oria de tu virtud, de quien el tibio Olvi do desespere gan ar ja más victoria; Y veo, que es el llanto mal perdid o; porque des cansas libre ya, y s egura, 120 y la ocasión de mi dolor olvi do. N o podía tu in mensa hermosura; tu valor; t u divino ente ndimiento contento s osegar en sombra osc ura; Y des deñando, e l duro ligame nto 125 desla zas te; y en le ve vu elo suel ta pisas el c erco eterio y fir me asiento. Si pu edes reno varte alguna vuelta la m emoria del suelo despreciado, en dichosa alegría y bien envuelta; 130 Da esfuerzo a este mi espíritu cuitado; para sufrir la a cerba y lu enga pena, de esta vida la lástima y cuida do. Que ya de la esperanza s e enajena , ya su intent o engañado y er ror siente; 135 y en tor mento moles to se c ondena . Que e n tu honra incli nado el O ccidente; el frío Ebro ; el Tajo caudalos os vener ará este día hu mild emente. Y Betis , que con tigo fue dicho so, 140 pe ro ya desdi chado que te pier de, y triste, y sin el ancho cu rso ondoso; En medio de su f értil campo verde hará, qu e el coro todo se levante d e Ninfas; q ue con dulce vo z concuerde ; 145 Y meti end o en el p iéla go de A tlante la frente po r su abierto y hondo seno con ímpet u extendido resonante; Dará ocasión; que el mar de peñas lleno, alce el cant o en tu gloria, rod e a ndo 150 s us bandas , de otra alguna v oz ajeno; Has ta que el clar o son multiplicando, en tre, volvi endo el pas o, en el Eg eo, en el últi mo Euxino reparando. Yo, si el Ciel o, pres ent e a mi d eseo , 155 no corta el hilo frágil de esta vida, y al can to aspira espíritu Febeo; E spero, tu m emoria esclarecida hacer insigne ejemplo de la Fama, prenda sol o a mis lágrimas debida, 160 Y quien o ír pudiere de t u llama viva el pur o esplendor, y la b ellez a; que, por cuanto el Sol ce rca, se derrama; Culpará d e sus had os la dureza; que l e neg ó ad mirar en e ste suel o 165 la luz excelsa de íncli ta grand eza. Al ma dichosa, tú, que el alto Cielo enriqueces alegre, y gloriosa te cubres de purpúreo y sutil v elo; Vuel ve a mirar a España lasti mo sa 170 e n tu partida ; que de bien y ajena, yace en t erreno afecto c ongojosa. E sta triste ribera, d e afán llena, que vio des parecer su blanca A urora; con mus tio v erso m urmurando s uena. 175 La sub lime y bellísim a Heliodora, roto el cansad o y grave p eso frío, abrasada en la eterna lu z; que adora, es tutela d el sacro, Hesp erio Río. <CANCION I. A don A lo nso Perez de Guzm an Duque de Medi na> Prín cipe excel so, a quien el hondo seno por su luc iente curso y exte ndido el sacr o, padre Océano, i nclinado ofrec e, de resp eto h umild e lleno, 5 en el corri ente estr echo celebra do el tributo debido; si del Dirceo Cisne esclar ecido la v oz grande y sonora e l alto canto, y de Cir ra el aliento en mí inspirara; 10 yo nunca las h azañas ensalzara de aquel que cau só en Troya último l lanto; ni el que o fendi do t anto de la sañ osa Juno, limpió en guerra de fieras y tiranos la anc ha tierra. 15 An tes pensara, alzand o osado el vuelo por la in mensa región de vuestra gloria; sin perder el dichoso atr evimiento, entre los pur os astros q ue orna el Cielo, con cercos de lumbroso mov imiento, 20 vuestra insig ne memo ria entrelazar, negando la v ictoria del claro nom bre al Tiempo desde ñoso. mas aunque el valor vuestro, y su grandeza no adm i t e n de mis v ersos la rudeza; 25 y d e Ícar o el s uceso p eli groso me vue lva te mer os o, y el riesg o, a que me obligo, atento veo; [Document text truncated for crawler view.]