“Regreso al ágora”. Cultura frente a política, y estudios culturales
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I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 1 “Regreso al ágora” Cultura frente a política, y estudios culturales María Luengo Cruz Universidad Carlos III de Madrid EJE TEMÁTICO: TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN PALABRAS CLAVE: ESTUDIOS CULTURALES, ANÁLISIS CULTURAL, SOCIOLOGÍA CULTURAL. Para que la cultura vuelva al ágora como actor e interlocutor social, es necesario que alguno de los que la ocupan le ceda un sitio. Xavier Bru de Sala La Vanguardia, 28 de octubre de 2006, p. 6 Introducción: la reivindicación de la cultura en la teoría de los medios Bajo el título “Regreso al ágora”, el escritor Xavier Bru de Sala reclamaba, hace poco, en un suplemento especial del periódico La Vanguardia, la vuelta de la cultura a la escena pública (el ágora o “plaza pública” de antaño). Evidentemente, este aplauso a la cultura supondría una pérdida de protagonismo de la política, los partidos y sus líderes. La entrada de nuevos actores, argumentaba este autor, enriquecería y normalizaría la sociedad, y redundaría en mayor altura y exigencia del debate político y social. Mantenía que el intento no era empresa fácil, pues, en su opinión, quienes se reparten el duopolio, partidos y medios, no están dispuestos a ceder protagonismo en el ágora. En el mejor de los casos —afirmaba Bru de Sala— los culturalistas acabarían imponiéndose, voces aún arrinconadas pero que ya se dejaban oír irían cobrando centralidad en la decisión de los asuntos públicos. Sin embargo, la cultura debería de cumplir una serie de condiciones con las cuales este autor concluía su apuesta por los culturalistas. Para los propósitos de este estudio interesa destacar dos. La primera, cobrar conciencia del valor propio, de lo insustituible que llega a ser la cultura. La segunda era la autonomía, la no dependencia de la cultura al poder.
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 2 Esta crítica periodística de lo que ocurre en la praxis ha tenido antes su correlato en la teoría. No en vano las ideas son propuestas de personas, que viven en un tiempo y lugar determinados, y no abstracciones flotantes que en nada se relacionan con las actuaciones concretas de la sociedad. En efecto, la reivindicación culturalista de Bru de Salas representa una de las posturas del debate teórico sobre los medios en las últimas décadas. Dicho debate se ha venido planteando en términos de reception studies frente a political economy en el contexto de la teoría crítica y los estudios culturales (Curran, Morley y Walkerdine, 1996). La polémica ha enfrentado cultura a política, acción a estructura; defensores de las condiciones culturales de la recepción a partidarios de la estructura institucional del medio. En la actualidad, el enfrentamiento parece haber cedido al encuentro de los contrincantes y al reconocimiento mutuo de hallazgos en uno y otro bando. Esta idea presenta la última compilación de trabajos en la línea (Curran y Morley, 2006). A nuestro modo de ver, el debate entre partidarios de los estudios de recepción y los seguidores de la economía política no sólo sigue vigente en este foro más cercano al terreno de la teoría mediática, sino que sigue manteniéndose y cobra todo su sentido en torno a la cuestión de la “autonomía de la cultura”, aún no resuelta por la propia tradición de los estudios culturales. El enfoque culturalista enmarca, por los demás, tanto el planteamiento de los estudios de recepción como los trabajos de economía política de los medios. Hace tiempo los estudios culturales se convirtieron en avales de la cultura. Su apuesta por la cultura respondió a una línea incipiente de análisis cultural que fue cobrando vigor dentro de la teoría social y cultural a mediados del siglo XX. Los estudios se han caracterizado por revalorizar la cultura frente a la estructura social. Sus defensores asumieron el giro hacia el idealismo que, mediado el siglo XX, motivó el surgimiento de nuevas perspectivas sociológicas en contraposición al racionalismo de la tradición funcionalista. Los autores que trabajan en esta línea apelan a la fuerza de los significados colectivos simbolizados en las manifestaciones de la cultura. La perspectiva nació en torno a 1950 con la creación de la Escuela británica de Birmingham. Fue una aproximación a los medios populares, no de masas. La Cultural Theory de Birminham (y, más concretamente, Raymond Williams en 1958), revisó el concepto de cultura de masas. Lo hizo con un tono y estilo eminentemente británico. Pero sus postulados no dejaron de tener alcance universal. La crítica moderna a la
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 3 cultura de masas estaba originando, no sólo en Gran Bretaña, sino también al otro lado del Atlántico, sobre todo a través de los teóricos de Frankfurt, una visión dominante de entender los medios de comunicación a la que se opuso Williams, que luego se proyectaría mundialmente en los estudios sobre comunicación y cultura popular al menos hasta tres décadas después. Frente a la crítica moderna de la cultura de masas que hicieron los teóricos de Frankfurt, los culturalistas británicos asumieron la cultura popular como objeto de estudio preferente de un proyecto que será, al tiempo, académico y de compromiso político con la izquierda. Como señaló J. Carey (1997), los estudios culturales ofrecían en su proyecto original la base para indagar acerca del hueco del lenguaje y el significado (dejado por la estructura político-económica) donde, según él, debería estudiarse la comunicación. El énfasis en la cultura no debería excluir cuestiones de poder y de conflicto social, al contrario, la noción de cultura ubicaba estos temas en un contexto más amplio. Desde esta óptica cabría así estudiar movimientos y relaciones sociales que se forman fuera de las estructuras de producción y consumo dominantes. En lo que sigue analizamos el enfoque culturalista. Éste se convirtió en alternativa sociológica a los modelos funcionalista y marxista de la cultura. Pero los estudios no terminaron de dar una respuesta a la “relativa autonomía” de un cultura y los medios populares condicionados, al final, por las fuerzas de poder económicopolíticas de nuestras sociedades contemporáneas. A partir de aquí, nos proponemos revitalizar este tipo de análisis y su aplicación a los medios en la línea de una “sociología cultural” (Alexander, 2003; Lamont, 2000; Spillman, 2002). La paradójica exclusión de la cultura en los estudios culturales La cuestión de la autonomía de la cultura respecto a las estructura de poder originó la perspectiva de los estudios culturales1. La inicial reivindicación de la cultura fue derivando hacia el poder de la estructura. Desde la formulación originaria del área que hizo R. William (1961), la propuesta realzó el significado cultural y, paradójicamente, insistió en la estructura social que determinaba dicho significado. Por un lado, la cultura constituía el ámbito de los significados, sentimientos y afectos 1 Para una lectura introductoria véase, por ejemplo, Grossberg (ed., 1992), Hall y otros (1996), During (ed., 1994), Gray y McGuidan (eds. 1993) o Ferguson y Golding (ed. 1998). Se trata sólo de una breve representación de la cantidad de ejemplares publicados antes, durante y después del llamado “boom” de los cultural studies con información sobre el nacimiento, institucionalización, desarrollo de la perspectiva y ejemplos de trabajos en el área.
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 4 sociales, experiencias humanas articuladas colectivamente en el arte, las costumbres o los relatos populares. La perspectiva del significado presuponía un enfoque idealista de la cultura popular. Por otro lado, la cultura reflejaba una estructura social e histórica, y derivaba hacia un presupuesto racionalista (Münch y Smelser, 1992). El conflicto entre cultura y estructura social, que Williams plantea pero no resuelve, estuvo también presente en las obras de Thompson y Hoggart. Era la reacción humanista del culturalismo contra una comprensión puramente materialista de la cultura. Los tres autores fueron deudores de un materialismo cultural en la línea de Antonio Gramsci. Estaban concienciados del poder que tenían las estructuras de producción para configurar el resto de la vida social y, por tanto, la cultura. La cultura —al igual que otras manifestaciones de la “superestructura”— era el reflejo de las fuerzas económicas. Aún así, ofrecía la posibilidad de mostrar las fisuras y contradicciones del sistema socio-político del capitalismo. Poner el acento en el poder de la cultura popular equivalía a representar a quienes se rebelaban contra el sistema. La cultura popular implicó una nueva actitud política ante las masas en la que éstas dejaban de ser consideradas objeto del capitalismo moderno para convertirse en sujeto del cambio social. La acepción de cultura popular y el ámbito de los estudios culturales que esta noción creó, respondieron, pues, a este planteamiento en el que la cultura se ponía a favor de una sociedad que, como diría Williams (1958), era vista como “masa”. Así, pues, un cambió de actitud diferenció a Williams del resto de la tradición de la crítica literaria inglesa de la cual procedía. El autor se opuso al arte de élite y emplazó la cultura en el extremo opuesto, en el lado de la sociedad. Revalorizó la cultura de masas, asignándole un nuevo nombre —“cultura popular”— y asimilándola a la sociedad. En su propuesta siguió persistiendo, sin embargo, el antagonismo moderno entre el arte de élite y la cultura de masas. Al final, terminó contraponiendo dialécticamente la cultura popular al “Arte”. El autor hizo un intento loable de superar las carencias de la tradición moderna de la que procedía, pero su propuesta se quedó a medio camino. Desde entonces el área de los estudios culturales se debatirá entre dos polos opuestos. Los estudios intentarán dar razón de una esfera cultural relativamente autónoma de la estructura social. Pero dicha autonomía será relativa, pues, inevitablemente, la esfera de la cultura popular ocupará un lugar diferente al del arte, vinculado a la estructura político-económica. En esta línea, los estudios culturales
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 5 llevarán a cabo una búsqueda de ideologías dominantes, escenarios de poder y de resistencia al poder. Los primeros trabajos2 realzaron esta dimensión cultural como, por ejemplo, la propia obra de Richard Hoggart, The Uses of Literature, los estudios sobre sub-culturas juveniles de postguerra agrupados bajo el título Resistence Through Rituals (1976) o los trabajos sobre revistas femeninas para adolescentes (McRobbie, 1975). En todos ellos las manifestaciones culturales creaban un espacio simbólico, un territorio común, autónomo, a través del cual los miembros del grupo se definían a sí mismos, identifican su relación con otras culturas grupales y respondían a conflictos y cambios sociales. Con todo, este énfasis en los aspectos culturales incorporó presupuestos también comunes a los trabajos que, a nuestro juicio, planteaban una actitud ambivalente respecto a dicha autonomía de la cultura o culturas populares. Primero, la cultura siempre presuponía un significado ideológico. Las culturas populares —magazines, estilos de música e indumentaria juveniles—, si bien ofrecían ciertos espacios desvinculados del orden social, no obstante, dichos espacios simbólicos cumplían una función preferentemente ideológica3. Segundo, esta función ideológica respondía a un proceso de producción o, mejor, de reproducción de culturas subordinadas (cultura femenina, subculturas juveniles, la cultura de la clase obrera). He aquí las fases del proceso, tal y como fueron planteadas por J. Clarke, S. Hall, T. Jefferson y B. Roberts en la introducción al libro que reúne aquellos primeros trabajos sobre sub-culturas (Hall y Jefferson ed., 1976). Dicho proceso respondía esencialmente a una comprensión materialista de la cultural en la línea de Antonio Gramsci (1955). La sociedad estaba formada por grupos que compartían determinadas condiciones materiales e históricas. Ello permitía cierto 2 Entre los autores más conocidos de la primera generación de Birmingham, figuran el propio Richard Horggat, Stuart Hall, Charlotte Brunston, Phil Cohen, Simon Frith, Paul Gilroy, Dick Hebdige, Dorothy Hobson, Angela McRobbie, David Morley o Paul Willis. Los trabajos fueron publicándose en la revista del centro, Working Papers in Cultural Studies (1966-1972). 3 “La función latente de la sub-cultura (culturas juveniles de la clase obrera) es ésta: expresar y resolver, aunque sea “mágicamente”, las contradicciones acalladas o no resueltas en la cultura de sus padres. Las sub-culturas procedentes de la cultura de los padres, generadas por ésta última, pueden ser consideradas como muchas variaciones de un tema central, esto es, la contradicción, en el nivel ideológico, entre el puritanismo tradicional de la clase obrera y la nueva ideología del consumo (...). Todas representan en sus maneras peculiares, un intento de retener elementos de cohesión social destruidos en la cultura de sus padres, y combinar estos con otros elementos seleccionados de otras fracciones de clases, simbolizando una u otra de las opciones confrontándolas” (Cohen, 1972, 23).
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 6 intercambio cultural entre unos grupos y otros, pero siempre dentro de un campo restringido de posibilidades. Las relaciones entre grupos se caracterizaban siempre por la desigualdad en términos de medios materiales, poder y estatus social. También las culturas grupales reflejaban esta jerarquía de “poder cultural”. La cultura de quienes poseían el poder se veía reafirmada y legitimada por encima de las otras culturas que se subordinaban a la dominante. La cultura expresaba directamente posiciones de poder. Explicitarlas era el cometido principal de los trabajos. La interpretación de las formas populares consistía en señalar el uso ideológico que se hacía de la cultura popular. Las clases dominantes y subordinadas poseían su propia cultura. Pero una cultura ascendía sobre otra en el ranking del poder cultural. Y el grupo de la cultura subordinada se interpretaba a sí mismo en los términos prescritos por la ideología dominante. En definitiva, se trataba de desvelar el proceso que Gramsci sintetizó en el concepto de hegemonía cultural y que los estudios culturales aplicaron al análisis de las formas populares (Bennett, 1986). En la década de los setenta, los estudios rotaron hacia el presupuesto racionalista bajo el impulso de Stuart Hall (1980). Dos objetivos incidieron en el poder de la estructura social sobre la cultura: el afán por descubrir la ideología oculta en las manifestaciones populares y el influjo del estructuralismo francés a través de R. Barthes (1977, 1986). Influencias posteriores a los años setenta hicieron pendular los análisis del texto al contexto. Varios trabajos se orientaron hacia el estudio de la recepción (Ang, 1989, Morley, 1992). Con ello, realzaron las otras dos lecturas negociadora y opositora a través de un análisis de corte etnográfico. La vuelta a la etnografía no fue neutra. De nuevo, presupuso un énfasis en la cultura. Estos estudios potenciaron la actividad cognitiva del público frente a la predeterminación ideológica del texto (Mattelart, 2004). Años después, Hall (1996) sugirió orientar los análisis hacia el estudio del “discurso”. El autor empleó el término en el sentido en el que Foucault definió las prácticas de poder o formaciones discursivas —“epistemes”— que determinaban los esquemas de pensamiento de un determinado periodo. Hall propuso entonces un análisis de los discursos populares como modo de desenmascarar las categorías mentales de nuestra época y, al hacerlo, determinar las estructuras de poder que las condicionaban. Las formas discursivas “posicionaban” o predisponían el conocimiento del espectador hacia una u otra interpretación del texto.
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 7 En los umbrales del XXI la realidad cultural se resistió, en fin, a la categorización en cultura capitalista y cultura obrera que se enfrentaba en oposición dialéctica. P. Bourdieu (1986) ha ofrecido una explicación de los gustos populares sustentada en otras variables distintas a la clase social. El prisma de lo popular se amplía. Los estudios sobre comunidades obreras han dado paso al análisis de otros grupos sociales. El trabajo de M. Gillespie, Television, Ethnicity, and Cultural Change (1995) ha planteado cuestiones sobre la construcción de las identidades sociales, diferentes a las viejas preguntas sobre culturas de clases o ideologías políticas. Una recopilación reciente de estudios sobre medios de comunicación —Cultural Theory & Media (Morley y Curran, eds.: 2006)— parece renovar la perspectiva de los estudios culturales con nuevos temas y objetivos de análisis. Cultura frente a política: la propuesta de la sociología cultural Desde sus orígenes, la escuela británica se identificó con una “sociología de la cultura” —en palabras de Wiliams (1961)— que Jeffrey C. Alexander reconoce, a su vez, como propuesta sociológica “débil” respecto a lo que este autor considera el programa “fuerte” de la “sociología cultural” (Alexander, 2003). La “sociología de la cultura” parte de una visión racionalista. La cultura es superestructura, ideología o variable dependiente de la estructura social. La razón de los significados culturales está fuera del propio dominio de la cultura. Dichos significados reflejan las variables “duras”, los factores materiales, “reales” del orden social. En esta línea de la sociología de la cultura, la escuela de Birmingham fue incapaz de abrir camino a la cultura más allá de la estructura. La perspectiva permaneció anclada en los límites ideológicos de su crítica a la cultura neoliberal. Al término de su camino, la cultura popular quedaba abocada a la manipulación ideológica más o menos directa. La “sociología cultural” adopta una postura idealista. La cultura es una dimensión, no una “cosa”; es una variable independiente que entreteje la estructura social desde dentro. Este reconocimiento tajante de la “autonomía cultural” respecto al poder social, político o económico, resulta básico para emprender un estudio cultural sólido. Desde aquí, los significados culturales revisten un poder simbólico capaz de dirigir el deseo de colectividades, decidir sobre las formas de organizar las instituciones, representar la sustancia moral de las leyes y, en definitiva, generar los significados y las motivaciones que subyacen en las variables “duras” de la “sociología de la cultura”: las fuerzas del poder tecnológico, político, económico, militar, etc. (Alexander, 2003).
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 8 La perspectiva de la sociología cultural observa la cultura como un proceso (Spillman, 2002). En este punto se aproxima al planteamiento de los estudios culturales. La cultura no es sólo una serie de prácticas, costumbres o hábitos sociales ni representa únicamente un conjunto de formas, artefactos o productos artísticos. Sin embargo, hacer “sociología cultural” requiere concebir dicho proceso como productor de significados, afectos, emociones e idealizaciones colectivas. Por el contrario, lo hemos advertido ya, una sociología de la cultura en la línea de los estudios culturales concibe el proceso cultural como reproducción de relaciones de poder. El presupuesto no racionalista de la sociología cultura propugna el método de la hermenéutica estructural (Alexander, 2003). Sólo este compromiso con una interpretación “densa” de los textos sociales, tal y como propugna C. Geertz (1990), hace justicia a la independencia cultural. El método contrasta con la descripción neomarxista de la cultura en términos de pseudo-valores, ideologías, normas, fetiches, y la lectura de la semiótica estructural predominante en el ámbito de los estudios culturales. La nueva perspectiva no ignora los factores materiales, ni los intereses de raza, nación, grupos políticos, demandas de la economía capitalista, etc. Ésta podría ser la primera objeción a plantear desde una sociología de la cultura. Desde la óptica de la sociología cultural cualquier acción, ya sea instrumental o reflexiva, se inserta en un horizonte de significado. También las instituciones contemplan siempre fundamentos ideales pese a que tengan un carácter más o menos impersonal o tecnócrata. La apuesta por la autonomía de la cultura y del estudio de los significados en sí mismos, no en relación a otras variantes, permite comprender las estructuras culturales en su complejidad y dar respuesta, por ejemplo, a cuestiones de violencia, dominación, exclusión o conflictos sociales. Pero esta explicación posterior requiere, antes, la apuesta clara por una consideración autónoma de la cultura. Frente a respuestas genéricas basadas en mecanismos de evasión y soluciones ilusorias al dilema de la libertad y la determinación (Hall y Jefferson, eds., 1976), la sociología cultural lleva a cabo una examen concreto de las manifestaciones culturales para, de acuerdo con Alexander, anclar el estudio de la cultura en la causalidad de la ciencia social mediante una clarificación detallada del modo en el que los significados interfieren en las acciones y en las instituciones.
I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 9 Aplicaciones de una sociología cultural encontramos en los estudios sociológicos del propio Alexander (2003, 2006) o de sociólogas como M. Lamont (1999, 2000) y N. Spillman (2002). En el ámbito de los medios quedaría por analizar toda una serie de trabajos que pueden adherirse a esta perspectiva de sociología cultural (Mukerji y Schudson, 1991; Schudson, 1995, 2006; Press, 2005). En cualquier caso, la sociología cultural queda planteada como propuesta abierta a nuevos trabajos de reflexión teórica y análisis de los medios. Conclusiones: la comunicación, junto a la cultura La tradición británica de los estudios culturales surgió de un intento de superar el racionalismo de las aproximaciones funcionalista y marxista a los medios. Sin embargo, su perspectiva crítico-ideológica ha seguido reafirmando la línea abierta por estos modelos precedentes. Los intereses políticos determinan el contenido hegemónico de los significados mediáticos. Decir que los medios son cultura equivale, desde esta visión, a confirmar la colonización del mundo de la comunicación por la política. El compromiso político está en la base de la actividad productora de los medios. Sus formas no se corresponden ya con los objetos de la cultura. En esta línea discurrieron los estudios culturales durante los años sesenta en los que la tradición fue haciéndose un hueco en los estudios de comunicación. Los análisis de esta primera generación entendieron los mensajes populares de los medios como significados reveladores de un conflicto de poderes entre clases. Desde aquí examinaron el ámbito de la comunicación como ejercicio del poder mediante una interpretación crítico-ideológica de sus formas. La crítica ideológica, más notable aún en los años setenta, se centró en mostrar cómo los medios se convertían en fórmulas eficaces de identificación simbólica con un individuo liberal, inmerso en un orden capitalista. Esta identidad se imponía en la Inglaterra de los años sesenta y setenta en formas de consumo masivo de medios. Pero los análisis trataron de separarse de un marxismo ortodoxo y concedieron a la comunicación cierta autonomía y “resistencia” frente al sistema dominante. La teoría que actualmente nutre a los estudios culturales consiste, precisamente, en una reducción de las formas de la cultura a hechos sociales. Los productos mediáticos son valorados socialmente desde causas externas al medio en sí. Los análisis asumen, de entrada, esta eliminación de la naturaleza cultural y artística de la comunicación. El fenómeno de los medios masivos es socioeconómico. Las formas