ALONSO, Cecilio, "Índices de Los Lunes de El Imparcial (1874-1933)". Marín Pérez, Encarna (col.). Madrid: Biblioteca Nacional, 2006. Premio de Bibliografía 2003, 2 tomos [Reseña]
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RESEÑAS DE LIBROS 306 RLit, 2008, enero-junio, vol. LXX, n.o 139, 239-353, ISSN: 0034-849X enorme y no cabía por los agujerillos de la reja de un confesonario, grandes para la humana voz, chicos, a su parecer, para el paso de ciertos delitos» (p. 327). La incapacidad de Amparo para afrontar con soltura situaciones comprometidas y su enojosa indecisión, factores ambos que precipitarán el desenlace de la tragedia, toman en Beta relieve más intenso: «Nada, nada –pensó, consolándose mucho con esto–, mañana voy a la iglesia, me confieso a Dios, y después... esto seguramente me dará fuerzas» (Alfa: p. 457) → «Nada, nada –pensó confortándose mucho con esto y llena de alborozo–, un día cualquiera, luego que me prepare bien, me confieso a Dios, y después... seguramente tendré un valor muy grande» (p. 327). Es excepcional la oportunidad que la reciente edición de Tormento brinda al lector para poder calibrar las estrategias de escritura aquilatadas por Galdós a lo largo de su prolífica carrera creativa. Pero las fisuras que los editores ponen al alcance del lector para el cotejo de las distintas redacciones saben al final a muy poco. Lo deseable sería poder contar algún día por lo menos con reproducciones facsimilares de Alfa y de Beta (que se hallan respectivamente en el recto y verso del manuscri- to depositado en la Biblioteca Nacional de Madrid), para lo que el investigador de hoy cuenta por aliados con el refinamiento de las técnicas informáticas y las campañas de digitalización de textos clásicos. JORDI CANALS ALONSO, Cecilio, Índices de Los Lunes de El Imparcial (1874-1933). Marín Pérez, Encarna (col.). Madrid: Biblioteca Nacional, 2006. Premio de Bibliografía 2003, 2 tomos. Cuando comienzan a ser una realidad magnos proyectos de hemerotecas digitales que nos permiten acceder a las páginas de revistas y diarios desde nuestra mesa de estudio (¡magias técnicas y encantamientos de la red de redes!), aún se echan en falta índices de publicaciones periódicas que no sólo faciliten referencias sino que, además, valoren y ponderen el alcance de lo comprendido en cada título. Después de los pioneros catálogos realizados o dirigidos por José Simón Díaz, se han ido sucediendo valiosos esfuerzos (M.ª Pilar Celma: Literatura y periodismo en las revistas del fin de siglo. Estudio e índices, 1888-1907, 1991; Juan Antonio Yeves: «La España Moderna». Catálogo de la Editorial. Índice de las revistas, 2002; Juan Miguel Sánchez Vigil: La Esfera. Ilustración Mundial, 2003) volcados fundamentalmente en la prensa literaria o miscelánea. Más arduo es el camino de los diarios de información tanto por la extensión de números como por su variopinto contenido. También con la coordinadión del citado Simón Díaz, el Seminario de Bibliografía Hispánica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid publicó en 1968 Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900): artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX (Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Miguel de Cervantes), un vaciado parcial de títulos tales como El Mundo, El Globo, El Imparcial, La Correspondencia de España, etc., que mantiene hoy su utilidad. A estos y otros empeños se suma ahora el de Cecilio Alonso, quien se adentra en El Imparcial (1867-1933), uno de los más conocidos y leídos rotativos españoles. Debo matizar lo escrito: en realidad no se trata de un índice íntegro del diario (labor imposible para un solo investigador y que necesitaría de un grupo de trabajo bien organizado, con una base de datos diseñada ad hoc y una mejor ficha catalográfica que no dejase fuera ninguna sección, incluida la gráfica), sino de los famosos Los Lunes de El Imparcial, suplemento cultural ideado por Isidoro Fernández Flórez, Fernanflor, que
RESEÑAS DE LIBROS 307 RLit, 2008, enero-junio, vol. LXX, n.o 139, 239-353, ISSN: 0034-849X llegó hasta los muchos lectores del periódico (más de cien mil) entre el 24 de abril de 1874 al 2 de mayo de 1933; un total de 2.516 números, con cabecera independiente, más otros 289, sin cabecera. Unos límites ciertamente muy amplios. El «aura mítica que adquirió como testigo de la denominada ‘Edad de Plata’ de la literatura y de la producción bibliográfica española», en expresión de Alonso, hacía necesarios estos índices, que intentan colmar las expectativas del interesado en esta época de la cultura. En el tomo I, y tras una precisa y pertinente introducción a la que volveré más adelante, se suceden varios índices que permiten acceder al documen- to desde distintas estrategias de búsqueda: el primero es un catálogo general ordenado cronológicamente, primordial en la medida en que el vaciado reconstruye la andadura del suplemento entrega a entrega, favoreciendo la reflexión particular del lector acerca del avance de las ideas literarias a través de sus colaboraciones, el cambio o sucesión de secciones fijas y colaboradores, o la pesquisa sobre la recepción de textos concretos. También se precisan las ilustraciones. Además de la información relativa al registro de cada número (a saber: fecha, páginas y descripción del contenido) se añaden, entre corchetes, notas que permiten identificar autores, géneros, libros citados y un breve resumen del contenido. En el caso de los adelantos de volúmenes de próxima publicación, se indica su primera edición. De los poemas se copia el primer verso y, entre paréntesis, el tipo métrico. En cuanto a las reseñas, se detallan los títulos objeto de comentario. Un vaciado exhaustivo y minucioso en fin. Una ficha documental completa que habrá que tener en cuenta en posteriores ensayos bibliográficos de este cariz. La variedad de secciones habrá dado muchos problemas a Cecilio Alonso en la necesidad de intentar diferenciar distintos géneros periodísticos de tan imprecisos y variables perfiles. Siguen en el tomo II los que son calificados como índices secundarios: onomástico de autores (tanto escritores como ilustradores), títulos (de artículos, mensajes publicitarios e imágenes), anticipos de novedades bibliográficas, crítica de libros, composiciones poéticas y reseñas teatrales y musicales. Como gran conocedor de la prensa e investigador avezado en este medio, Cecilio Alonso ha querido satisfacer las posibles vías de demanda en la búsqueda de los futuros consultores de su trabajo (hay, además, referencias cruzadas que ponen en relación los ítems de los varios índices). Sin embargo, se echa en falta un índice de materias que, por ejemplo, haga posible llegar hasta aquellos artículos en torno al Romancero, lectura y difusión de la literatura, la obra de John Ruskin o de Colette Willy, analizados en entradas de Felipe Aláiz («Fuenclara. El declive del Romancero», p. 1015), Román Salamero («Actualidad extranjera. Huelga del lectores», p. 552), Pedro González- Blanco («El sentimiento de la naturaleza en Ruskin», p. 581) y Luis Bello («Escenas de Molin Rouge, Colette Willy en Montmartre», p. 553), que, al no tratarse de reseñas no van referenciados en la lista correspondiente. Hay que repasar el catálogo completo para, de la misma manera, averiguar si hay alguna nota en torno a los Álvarez Quintero, Madrazo, el Quijote... Es evidente que este deseable índice (que habría sido más operativo incorporando al documento en papel un fichero de ordenador de búsqueda por palabras o una base de datos en igual sentido) habría enriquecido el trabajo bibliográfico por sus muchos matices. El coste de esta clase de ediciones, principal causa del retraso en la publicación desde la fecha de concesión del premio, aclara esta carencia. En las páginas preliminares del tomo I, Alonso destaca el valor de Los Lunes de El Imparcial en el contexto de los suplementos literarios y explica las etapas por las que pasa desde 1874 (cuando el proyecto de Isidoro Fernández Flórez sigue la
RESEÑAS DE LIBROS 308 RLit, 2008, enero-junio, vol. LXX, n.o 139, 239-353, ISSN: 0034-849X inspiración de Eduardo Gasset y el krausismo) hasta 1930, cuando Los Lunes se modernizan para captar a nuevos lectores incluyendo ilustraciones y otras reformas tipográficas e inician un periodo de agotamiento entre 1931 y 1933. En este lapso Los Lunes sirvió como escaparate de la cultura española, haciéndose eco de polémicas y primicias literarias. Debemos a Cecilio Alonso otros trabajos acerca de la participación de algunos escritores en la prensa (Pío Baroja, Pérez de Ayala, Clarín...) y del nacimiento y carácter de distintos suplementos literarios de la época que acompañaron a los diarios La Época, El Liberal, El Día, La Correspondencia de España, El Pueblo, El Globo y El País, cuyos contenidos y cronología se recuerdan ahora en esta introducción a Los Lunes para que se aprecien mejor las rasgos peculiares de cada uno así como las coincidencias. Subrayo dos artículos de aconsejable consulta para el interesado en los estudios sobre prensa y literatura: «Confluencias generacionales. Algunas notas sobre prensa diaria y literatura entre la Restauración y la Regencia» (en L. Romero editor, El camino hacia el 98, Madrid, Visor / Fundación Duques de Soria, 1998) y «Textos efímeros del 98. Suplementos literarios de El Pueblo, El Imparcial, El Liberal y El País. Índices» (en J. C. Ara y J. C. Mainer editores, Los textos del 98, Valladolid, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2002); este último, como se indica en el título, incluye –además de un aviso para mareantes en las procelosas aguas de la prensa diaria finisecular– el vaciado de los suplementos citados, por lo que se constituye como el paso previo a los tomos que me ocupan ahora. El interés de la información que ofrecen los suplementos literarios es incuestionable. La importancia del documento periodístico en el estudio de la historia de la literatura es enorme y más a partir de 1874, cuando surge un nuevo e influyente tipo de periodismo al ritmo del progreso tecnológico y del crecimiento del número de lectores. Los escritores entendieron la oportunidad que este mercado suponía para la difusión de las letras y el pensamiento, y dieron a conocer sus obras en las páginas de revistas y diarios como El Imparcial (la literatura también se inscribe en las columnas del diario, no queda circunscrita únicamente a los suplementos) y sus Lunes. La Biblioteca Nacional lo ha visto claro y, al compás del camino emprendido en otros centros de investigación europeos y americanos, parece decidida a perseverar en el trabajo de digitalización de sus fondos periodísticos. El que haya concedido su Premio de Bibliografía a un ensayo centrado en esta materia abunda en ello. Confiemos en que los soportes informáticos y motores de búsqueda vayan perfeccionándose de forma paulatina y podamos por fin olvidar los tiempos grises y deprimentes de muchas hemerotecas que impiden el libre acceso al documento en papel con el deseo de preservarlo (algo solo en parte comprensible) y ofrecen al investigador como única vía microfilmes de pésima calidad que, por otra parte, hacen difícil la comprobación real de lo leído (por ejemplo, el verificar si estamos consultando números íntegros, no mutilados, de una determinada publicación, teniendo en cuenta que muchos van sin paginar). Nada digo sobre los problemas visuales que causa en el investigador la lectura a través de este medio a lo largo de horas y días (con la consiguiente desconfianza incluso acerca de lo que se está leyendo). Todo ensayo de bibliografía deviene en una suerte de acto de generosidad para con los investigadores, pues se constituye como sólido puntal o brújula para posteriores ensayos. En este sentido debemos agradecer a Cecilio Alonso los años invertidos en tejer y organizar el catálogo de Los Lunes de El Imparcial, así como el rigor con el que ha llevado a cabo el trabajo. MARTA PALENQUE