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MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973)

Ríos Sierra, Jerónimo

Abstract

Este trabajo explora el concepto de guerrilla urbana del cual fue impulsor e innovador el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T), en Uruguay. Tras una prolija revisión del Archivo de Lucha Armada “David Cámpora” –ubicado en la Universidad de La República– y entrevistas en profundidad con destacados integrantes tupamaros, se analiza la evolución de este particular proyecto revolucionario. Se abordan cuestiones como los factores que influyeron en la adopción del planteamiento de la guerrilla urbana y las consecuencias y exigencias, internas y externas, de las que se acompañó. También se presentan las influencias, tensiones y contradicciones surgidas respecto al uso de la violencia, la disputa frente al Estado o la adaptación a unas circunstancias que cambiaron drásticamente en menos de una década – de una calidad de la democracia sin parangón en la región, a un régimen dictatorial de impronta militar. Todo lo anterior, sin perder de vista la dimensión geopolítica excepcional por la que transitó el continente latinoamericano, y en especial el Cono Sur, en los años 60 y 70 del pasado siglo XX.

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973)1 MLN-Tupamaros: genesis and evolution of the urban guerrilla (1962-1973) Jerónimo Ríos Sierra2 Universidad Rey Juan Carlos (España) ORCID: https://orcid.org/0000–0003–3574–0116 Recibido: 02-05-2022 Aceptado: 27-07-2022 Resumen Este trabajo explora el concepto de guerrilla urbana del cual fue impulsor e innovador el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T), en Uruguay. Tras una prolija revisión del Archivo de Lucha Armada “David Cámpora” –ubicado en la Universidad de La República– y entrevistas en profundidad con destacados integrantes tupamaros, se analiza la evolución de este particular proyecto revolucionario. Se abordan cuestiones como los factores que influyeron en la adopción del planteamiento de la guerrilla urbana y las consecuencias y exigencias, internas y externas, de las que se acompañó. También se presentan las influencias, tensiones y contradicciones surgidas respecto al uso de la violencia, la disputa frente al Estado o la adaptación a unas circunstancias que cambiaron drásticamente en menos de una década – de una calidad de la democracia sin parangón en la región, a un régimen dictatorial de impronta militar. Todo lo anterior, sin perder de vista la dimensión geopolítica excepcional por la que transitó el continente latinoamericano, y en especial el Cono Sur, en los años 60 y 70 del pasado siglo XX. Palabras-clave: Guerrilla Urbana, MLN-Tupamaros, Violencia Política, Uruguay. 1 Se agradecen los comentarios y evaluaciones recibidas a la primera versión de este manuscrito. 2 ( [email protected]). Estudiante del Programa de Doctorado en Humanidades: Lenguaje y Cultura de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid, España). Ha publicado 80 artículos científicos (50 de ellos indexados en Scopus y JCR) y ha colaborado con más de 40 capítulos en obras colectivas, además de escribir y coordinar un total de diez libros. Sus principales líneas de investigación son la violencia política y la construcción de paz en América Latina. Recientemente ha publicado en revistas como Geopolitics, Latin American Perspectives, Rationality and Society, Small Wars and Insurgencies, Journal of Strategic Security, Journal of Policing, Intelligence and Counter Terrorism o Journal of Iberian and Latin American Research, entre muchas otras. 436 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 Abstract This work explores the concept of urban guerrilla, which was promoted and innovated by National Liberation Movement – Tupamaros (MLN-T), in Uruguay. After a thorough review of the “David Cámpora” Archive of Armed Struggle –located at the University of the Republic– and in–depth interviews with prominent Tupamaro members, this article analyzes the evolution of this particular revolutionary project. These pages address issues such as the factors that influenced the adoption of the urban guerrilla approach and the consequences and demands, internal and external, that accompanied it. It also presents the influences, tensions and contradictions that have arisen regarding the use of violence, the dispute against the State or the adaptation to circumstances that have changed drastically in less than a decade – from a quality of democracy unparalleled in the region, to a dictatorial regime of military imprint. All of the above, without losing sight of the exceptional geopolitical dimension that the Latin American continent went through, and especially the Southern Cone, in the 60s and 70s of the last 20th century. Keywords: Urban Guerrilla, MLN-Tuapamaros, Political Violence, Uruguay 1. Introducción Este trabajo se adentra en uno de los conceptos que resultaron más novedosos en la concepción de la lucha revolucionaria surgida bajo la Guerra Fría en América Latina: la guerrilla urbana. Inspirada en diferentes prácticas de resistencias y lucha colonial surgidas desde los años 30 y 40 del siglo XX, especialmente la experiencia argelina3, la guerrilla urbana supuso una forma diametralmente opuesta a los postulados procedentes de Cuba tras 1959. Este modelo insurgente que eclosionaría en Uruguay a comienzos de la siguiente década, ante unas condiciones geográficas que nada tenían que ver con la isla caribeña, propuso una forma de disputa frente a la autoridad estatal inscrita, casi en su totalidad, en el espacio capitalino. Estas páginas invitan al análisis y reflexión de la apuesta revolucionaria del Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros4 (MLN-T). Aunque 3 Para muchos líderes tupamaros fue inspiradora La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontecorvo. Sirvió de aprendizaje para conocer de los errores y lecciones que dejó consigo la guerra de liberación finalizada en marzo de 1962. 4 El origen de la guerrilla urbana tiene lugar en 1963, bajo el nombre de Coordinador. Desde 1964 y 1965, se acuña el nombre de tupamaros en varias acciones de propaganda. A partir de 1966 se transforma la organización político-militar y, desde finales de 1966 y comienzos de 1967, se asumen las siglas MLN-T. A lo largo de este trabajo, de manera laxa, se utilizará el recurso de tales siglas para denominar comúnmente a los tupamaros. 437 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 inicialmente dicho planteamiento fue objeto de multitud de discusiones y propuestas, desde 1963-1964 es concebido como la única posibilidad para aspirar al sueño de la revolución social. Dicha apuesta alimentó las reticencias del Partido Comunista Uruguayo (PCU) y del propio Fidel Castro, toda vez que, en su fase de mayor protagonismo, entre 1968 y 1971, el MLN-T terminó atrayendo la atención de guerrillas como los Montoneros o el Ejército Revolucionario del Pueblo – Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRTERP), y de grupos terroristas como las Brigadas Rojas italianas o la Fracción del Ejército Rojo en Alemania. El recurso de la guerrilla urbana no fue claramente definido desde el inicio, ni estuvo exento de multitud de debates, tensiones y contradicciones. En la conformación primigenia del MLN-T, la renuencia por el marxismo–leninismo lo alejó del apoyo directo y sin condiciones de La Habana. Asimismo, la idea de guerrilla urbana se dotaba de cierta singularidad por su inicial rechazo al terrorismo y la prioridad de las acciones de propaganda, algunas en favor de los sectores más vulnerables de la estructura social montevideana. Lo anterior hizo de la apuesta urbana del MLN-T un acontecimiento casi excepcional que, sin embargo, fue transformándose por diferentes factores internos y externos, tanto del sistema político uruguayo, como por el contexto geopolítico que atravesaba el continente latinoamericano en la década de los sesenta y setenta. De todo esto dará buena cuenta este artículo, mostrando no sólo la evolución y transformación del concepto de guerrilla urbana, desde la óptica tupamara, sino en relación siempre con el modo de respuesta estatal. Una respuesta que, tras la llegada del presidente Jorge Pacheco Areco, en diciembre de 1967, paulatinamente va desdibujando el Estado de derecho, en un contexto de violencia política creciente, mayor militarismo y presiones de gobiernos como los de Brasil o Estados Unidos (Lessa, 2002). La vigencia de la guerrilla urbana en Uruguay apenas transcurrió a lo largo de una década (1962–1972), tras una derrota militar que, prácticamente, es evidente desde septiembre de 1972. Para ese entonces, buena parte de la estructura tupamara se encontraba en un exilio, que había transitado primero por Chile primero y después por Argentina (Aldrighi y Waksman, 2015), y que terminó apostando por un proyecto de convergencia guerrillera regional, la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR). Una iniciativa compartida con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia y el PRT-ERP argentino– que terminará siendo un fracaso (Marchesi, 2009) Este trabajo, por ende, problematiza y presenta los principales rasgos de un concepto de guerrilla urbana. Tras el marco teórico y el estado del arte se presenta el origen de la idea de guerrilla urbana, concebido mayormente entre 1962 y 1964, así como su inmediata evolución y algunas de las 438 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 implicaciones geopolíticas que supuso su adopción. Más tarde, se analizan los rasgos identitarios y organizativos que caracterizaron a los tupamaros como estructura armada. Primero, desde una etapa álgida que transcurre por la apuesta de la propaganda armada y hasta la asunción de los conceptos de vanguardia y foco guerrillero. Acto seguido, se aborda la derrota abrupta que experimentó el MLN-T, en parte, por la debilidad y el desdibujamiento de muchos de estos aspectos operativos, y también por un tipo de respuesta militar, violenta y exacerbada, que nunca previeron. Se finaliza con unas conclusiones que sirven de corolario y que reclaman nuevas rutas de análisis para un objeto de estudio que, aún hoy, ofrece múltiples posibilidades de análisis. Metodológicamente, este artículo es producto de una profunda revisión de documentación primaria elaborada por el MLN-T, disponible en el Archivo de Lucha Armada “David Cámpora” de la Universidad de La República, en Montevideo. De forma complementaria, se integran relatos provenientes de un total de veinte de entrevistas realizadas a destacados exintegrantes del MLNT entre finales del año 2021 y comienzos de 2022. Con sus testimonios se enriquece este estudio sobre un concepto de gran importancia en la circularidad de las ideas revolucionarias que tuvieron lugar en la América Latina de los años de la Guerra Fría (Ríos, 2022). 2. Marco teórico y estado del arte Según Rapoport (2004) –cuyo planteamiento es enriquecido, entre otros, por el trabajo de Martín y Rey (2012)– la oleada de estructuras insurgentes, de inspiración marxista–leninista y, en menor medida, de impronta maoísta, hacen parte de la tercera etapa revolucionaria de un total de cuatro estadios. Primero, el terrorismo anarquista (1880); después las luchas de liberación nacional y anticolonial (1920); en tercer lugar, la conocida como nueva izquierda surgida de estas guerrillas con aspiración revolucionaria inspiradas en la Unión Soviética y China (1960); y, finalmente, una cuarta etapa correspondida con el terrorismo de inspiración religiosa (1979) – inscrito mayormente en el yihadismo radical. En la mayor parte de las ocasiones, y de acuerdo con Cortina (2020), este fenómeno tiende a ser estudiado como una suma de agregados nacionales y experiencias insurreccionales que terminan reducidas a la dimensión estatal (Wickham-Crowley, 1991, 1992; Ríos y Azcona, 2019), o concebidas como un todo singular (Muller y Seligson, 1987; Wright, 1991; Waldmann, 1992). Más allá de la clara continentalidad del proyecto revolucionario latinoamericano, y aunque se proyecte desde diferentes expresiones, como Centroamérica, la 439 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 región andina o el Cono Sur, son de especial interés los trabajos que reivindican planteamientos teóricos internacionalistas o con perspectiva trasnacional. Al respecto, deben destacarse las aportaciones de Azcona y Re (2014, 2015), Oikión et al. (2014), Martín Álvarez y Rey (2016, 2018), Gracia (2018), Avilés et al. (2019), Kruijt et al. (2019), Marchesi (2019), Cortina (2017, 2020), Azcona y Madueño (2021), Harmer y Martín Álvarez (2021) o Ríos (2022). Todos, con diferentes perspectivas centradas en la circularidad de ideas y recursos, han renovado un modo de atender y entender el fenómeno insurgente latinoamericano desde la historia y la ciencia política. Así, debe partirse de la idea de que el concepto de guerrilla urbana que proponen los tupamaros es producto de influjos y representaciones que provienen del exterior y que terminan adaptadas a las particularidades internas de Uruguay (Ríos, 2021). Lejos de finalizar ahí, este planteamiento termina por proyectarse y servir de inspiración y referente para otros tantos grupos armados, latinoamericanos y europeos. Además, el contexto geopolítico, las presiones internacionales y las relaciones de vecindad marcarán la evolución misma del proyecto tupamaro, especialmente, entre 1970 y 1973. Tanto es así que, como se verá, la dimensión internacional (y la mirada multiescalar) debe ser necesariamente tenida en consideración, por el sentido mismo de proyección global del concepto de guerrilla urbana, y por la influencia del contexto regional y el marco de representaciones trasnacionales en el reclamo de la violencia y su respuesta por parte del Estado. Es por todo lo anterior que hay varios trabajos que, en el estudio de los tupamaros, centran su atención en elementos y factores que trascienden de la dimensión estatal, como proponen Lessa (2002), Aldrighi, y Waksman (2015), Aldrighi (2016) o Marchesi (2019). Un segundo elemento que centra el debate sobre el que incide este trabajo guarda relación con las coordenadas teóricas que sustantivan la idea de guerrilla urbana. A partir de un concepto más amplio, como es el de violencia política, resulta complejo ubicar a la idea de guerrilla urbana entre el continuum de guerrilla clásica y grupo terrorista. La concepción más conservadora, de circunscribir ambas expresiones de violencia bajo el paraguas común de la noción de insurgencia, supone una concreción mayor que la de violencia política (Jordán, 2008), pero es excesivamente generalista para dos tácticas y estrategias que, con semejanzas, son muy disímiles, incluso en lo que refiere al tipo de respuesta estatal (contrainsurgente o contraterrorista). Esta lógica híbrida puede tener más sentido en expresiones de insurgencia más propias del siglo XXI, como sucede en Iraq, Afganistán o Somalia (Metz y Millen, 2004), que respecto de las guerrillas latinoamericanas. 440 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 Para Waldmann (1992), la diferencia nuclear entre guerrilla y grupo terrorista reposa en que para las guerrillas la violencia es instrumental, entendida como un medio para la derrota del Estado. Incluye como comunidades legitimadoras a amplios sectores poblacionales y dispone de un control territorial propio y definido, existiendo una posibilidad real de asumir el poder político–militar en manos del Estado. Por su parte, el terrorismo dispondría de la violencia en términos simbólico–comunicativos, con un apoyo social mucho más reducido, y generalmente, de sectores de clase media, además de una falta de control real y efectivo del territorio, y sin atisbo real de acceder al poder político por la vía armada. Así, la violencia opera como un fin en sí mismo, desde una correlación de fuerzas desfavorable, y con la máxima de entender que en el accionar terrorista el daño simbólico debe ser superior al material (Reinares, 1998), lo cual diferencia a los grupos terroristas europeos de las guerrillas de América Latina. Aparte, el contexto de disputa en esta región guarda relación con procesos políticos autoritarios, de ausencia democrática, a diferencia de una casuística europea, la cual es mayormente democrática cuando aparecen las experiencias terroristas a finales de los sesenta e inicios de los setenta (Sánchez-Cuenca, 2019). ¿Dónde quedaría la concepción de guerrilla urbana? Indudablemente, entre los arquetipos de guerrilla rural clásica y de grupo terrorista, la apuesta tupamara incorpora una mezcolanza de elementos que dificultan una posición inequívoca. La clandestinidad, la compartimentación de la seguridad y la importancia de las redes de apoyo urbano –a la vez que se descarta la dimensión rural–, se suman a una renuencia inicial al uso de la violencia, y su orientación, casi de manera exclusiva, sobre autoridades y agentes del Estado. Por tanto, la aspiración última de llegar al poder político y el uso instrumental de la violencia hacen poco equiparable al MLN-T frente a cualquier grupo terrorista, a pesar de ciertas similitudes instrumentales. A diferencia de algunas de las guerrillas más significativas de América Latina, su control del territorio nunca fue tal y las simpatías que pudo disponer entre la sociedad uruguaya, como se verá, fueron de más a menos. Este hecho, relacionado con el paso de una fase de propaganda, menos hostil, a otra de mayor confrontación armada, permite aseverar, no obstante, que la misma noción de guerrilla urbana es una acepción híbrida y polisémica que, bien puede gravitar hacia aspectos propios de la noción de guerrilla clásica, pero en ocasiones virar hacia los rasgos más característicos de las experiencias terroristas europeas. 441 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 3. Del Coordinador al MLN-T: los orígenes de la lucha armada en la ciudad, 1962-1967 El MLN-T encuentra su semilla embrionaria en las marchas azucareras que se producen en abril de 1962 en Uruguay (Merenson, 2010). El país, desde el año 1955, experimentó una profunda crisis económica, la cual se suma a una erosión importante de los partidos tradicionales y un malestar y agitación social especialmente relevante en el movimiento obrero, estudiantil y campesino (Caetano y Rilla, 2004). Al respecto, se produjeron importantes movilizaciones de los trabajadores azucareros del departamento de Artigas, en donde un joven Raúl Sendic, ya aparece como uno de sus principales líderes (Blixen, 2010). De entre diferentes movilizaciones sobre Montevideo, la de abril de 1962 es especialmente importante porque permite el encuentro de los azucareros de la UTAA con varias formaciones de izquierda y, en concreto, personas que a título individual conciben la necesidad de organizar una estructura que confronte, de algún modo, la autoridad erosionada del Estado. De esta circunstancia surge el Coordinador el cual, con menos de una veintena de integrantes, sirve de punto de encuentro para canalizar el malestar contra el establecimiento político y enarbolar la bandera de la revolución social (Duffau, 2008). Este Coordinador, de forma incipiente, entre 1963 y 1965, operó como un lugar de confluencia de diferentes trayectorias y militancias de izquierda, que comparten reflexión y debate en una vieja casa del barrio obrero de La Teja. Expresado de otro modo, es el punto de partida para discutir sobre cuál debe ser la orientación de un proyecto insurreccional en Uruguay. Así, se toma como punto de partida el robo de armas en el club de Tiro Suizo, el 31 de julio de 1963, y que si bien se trata de un acto tan esporádico como desorganizado (Ríos, 2021), servirá, entre otras cuestiones, para dar gran popularidad al nombre del futuro líder tupamaro Raúl Sendic. Desde entonces, la idea de guerrilla urbana gana enteros. Al principio de la andadura revolucionaria se plantearon todos los escenarios. Difícilmente era posible concebir un proyecto armado con las particularidades geográficas que ofrecía Uruguay –como posteriormente se reconocerá en el “Documento 1”, producido por los tupamaros en 1967. La decisión por integrar la luchar armada en clave urbana fue poco a poco madurando por unos desconocidos aún (proto)tupamaros, cuyas primeras acciones estaban motivadas por la acumulación de unos pocos recursos económicos y de armamento, y la necesidad de realizar acciones de propaganda en favor de los sectores más vulnerables. De esta manera tenían lugar el robo de alimentos en barrios marginales de Montevideo o acciones de reparto de dinero ante empresas 442 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 responsables de casos de corrupción. La única máxima era evitar el daño físico y la violencia desmedida. Sobre estos inicios, los futuros tupamaros, a la vez que reivindican la necesidad de actuar en clave urbana, escapan de todo tipo de etiquetas ideológicas, especialmente de la del marxismo–leninismo. Entienden que la prioridad era aglutinar esfuerzos al margen de ortodoxias ideológicas, alzaprimando un proyecto de orientación eminentemente nacional, popular y de inspiración socialista. De las acciones que el Coordinador despliega, entre 1963 y 1965, muchas de ellas terminan siendo fallidas, y dan lugar a varias detenciones que, por otro lado, contribuyen a modular el significado real de la guerrilla urbana y algunos de sus elementos más importantes, como la clandestinidad (Ríos, 2021). Será muy importante la circularidad de ideas y de diferentes figuras revolucionarias que llegan a la capital uruguaya en la primera mitad de los sesenta, dados los niveles de calidad democrática excepcionales en la región. Por Uruguay pasó el Che Guevara y, más tarde Régis Debray. La embajada cubana en Montevideo mantuvo conexiones con algunos proyectos revolucionarios que debían impulsarse tras el golpe de estado de 1964 sucedido en Brasil (Marchesi, 2019). Incluso, al Coordinador llegaron peronistas radicales que se reconvirtieron tras su paso por el grupo ultraderechista argentino Tacuara, además de remanentes de armas de la guerrilla argentina del EGP, derrotada en 1964 (Ríos, 2022). No se puede negar que en la concepción de guerrilla urbana hubo, en última instancia, una influencia del paso de armas, ideas revolucionarias y debates teóricos que, con base en lecciones aprendidas, experiencias regionales y adaptaciones a un excepcionalismo geográfico y político como era el uruguayo, terminaron por dar sentido a una idea de guerrilla en clave estrictamente urbana. Así lo expresa el extupamaro Carlos Caillabet: Lo que supone es que, como bien dijo el Che Guevara, Uruguay no estaban dadas las condiciones geográficas para desarrollar una guerrilla rural. Guevara cuando estuvo en Montevideo dijo que tampoco estaban dadas las condiciones políticas porque vivíamos en un régimen democrático en el sentido de que el Gobierno había sido elegido a través de elección. De ahí que los compañeros más viejos derivaran hacia desarrollar la guerrilla urbana, inspirándose, sobre todo, yo te diría, en el Frente de Liberación Argelino y en el Maquis francés. Ahí se empieza a desarrollar la guerrilla urbana, por las imposibilidades geográficas de un Uruguay que no tiene montañas, no tiene selvas y que es muy pequeño. (Carlos Caillabet, entrevista, Barcelona, 9 de noviembre de 2021). A partir de mediados de 1965, y tomando como punto de referencia todo el debate teórico y la elaboración de algunos documentos desde 1964 –especialmente por cuenta de Naviliat, Torres y Fernández Huidobro–, el Coordinador asume la necesidad de redefinirse (Marchesi, 2019). 443 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 Esto se materializa en una reunión que, a modo de cónclave, tiene lugar en el balneario de Parque de la Plata (Rey Tristán, 2005). Allí se depurarán los nombres y trayectorias que desean proseguir y escalar el proceso insurgente, frente a aquellos que no. También se fija una suerte de decálogo que caracteriza una noción de guerrilla urbana que, apenas dos años después, quedará plasmada en el “Documento 1”. Es decir, se asume la inevitabilidad de un proceso revolucionario cuya naturaleza es continental, de liberación nacional e inspiración socialista. Una empresa que demanda mayores niveles de organización, autogestión y centralismo, lo cual, inexorablemente, debe partir desde Montevideo, en colisión a los planteamientos guevaristas, favorables a la guerrilla rural (Guevara, 1960) y el foco revolucionario (Debray, 1967). En todo caso, desde 1965 e incluso antes, la denominación que acompaña a algunos de los actos de propaganda que impulsa el Coordinador asumen la firma de “tupamaros”, en tanto que las siglas MLN-T, en sentido estricto, no aparecen hasta finales de 1966 o comienzos de 1967. Estos primeros pasos también se circunscriben a la proclama “Ármate y Espera”, de modo que las acciones tienden a ser contadas y meticulosamente desarrolladas, tratando de reducir al máximo la precipitación. Paulatinamente, también se asentarán las bases organizativas de una estructura claramente vertical que, con el tiempo, funcionará a través de cuatro niveles –Convención Nacional, Comité Ejecutivo, Células y Células Periféricas– y tres principios rectores: 1) jerarquía con descentralización operativa; 2) seguridad y 3) adaptación a las circunstancias (Labrousse, 2009; Ríos, 2021). Es así como, desde los comienzos, más que una hoja de ruta claramente establecida, lo que hay es un marcado sentido instrumental, pragmático y adaptativo de un proyecto que, para inicios de de 1967, no llega al medio centenar de integrantes, pero que escapa de ortodoxias programáticas, tal y como reza la máxima tupamara: “La acción nos une, las palabras nos dividen” (Brum, 2016). Igualmente, la formación de las filas tupamaras en esta primera andadura estará mayormente conformada por personas de clase media, profesiones liberales y estudiantes –especialmente desde 1968–, aunque en todo momento está la motivación por sumar a sectores urbanos, obreros y de la pequeña burguesía y la intelectualidad (Lessa, 2002). Debe destacarse el profundo acervo nacionalista de los incipientes tupamaros. Estos aceptaban la tesis de la continentalidad, si bien, cuando en diciembre de 1966 están a punto de ser disueltos por un operativo policial que les obliga a asumir la clandestinidad a casi la totalidad de los integrantes, se les ofrece, desde el PCU y el MRO, la posibilidad de enrolarse en la guerrilla del Che en Bolivia. Esto es descartado de pleno por entender que la lucha revolucionaria sería en Uruguay o no sería. Tanto el partido dirigido por Arismendi, como el movimiento encabezado por Collazo, eran los principales 450 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 no incremento de la violencia política, queda fortalecido en el “Suplemento al Documento 1”. Publicado en enero de 1968, reconoce como “etapa superior de lucha” la necesidad inmediata de “instalación del foco armado operante, al menor plazo posible”. En otras palabras, estaba por llegar “una guerra a gran escala, no para el atentado o el petardo (…) la guerra de guerrillas prolongada significa crear muchas bases para la lucha armada urbana y crear zonas para la lucha rural (…) con un respaldo mínimo de población en la ciudad o en el campo”. Todo lo anterior volvía a quedar ratificado en el “Documento 5”, al afirmarse que “la toma del poder para la revolución socialista es el objetivo y la tarea estratégica del MLN. Para ello la lucha armada será el camino fundamental”. Es decir, la aspiración última era clara, tal y como se recoge en las Actas Tupamaras (1972: 9), dado que el objetivo básico era el de utilizar “la lucha guerrillera como lucha de hostigamiento” para “cambiar la correlación de fuerzas desfavorables en favorables con objetivos tácticos: crecer y debilitar al enemigo”. En el marco de este planteamiento es que el MLN-T, entre otros, pone en marcha cuatro planes que atraviesan una suerte dispar: el “Plan Hipopótamo”, el “Plan Satán”, el “Plan Collar” y el “Plan Tatú”8. El “Plan Hipopótamo”9 era el complemento perfecto a lo recogido en el recién referido “Documento 5”. De acuerdo con la propia documentación tupamara, en un archivo fechado en 1971, este plan aspiraba a consolidar prácticas que ya se habían desarrollado en el pasado, como en la toma del municipio de Pando, el 8 de octubre de 1969. Se trataba de preparar planes y tareas en aras de crear una situación de insurrección generalizada. Las instrucciones hablan de concentrar locales, materiales y personas para, de forma simultánea, impulsar acciones concatenadas que van desde el apoderamiento de vehículos y cortes de luz, hasta la toma de edificios y centros de comunicación. Todo, a la vez que se debía pensar en realizar acciones de hostigamiento sobre infraestructuras críticas, puestos policiales e, incluso, establecimientos carcelarios de diversos barrios de Montevideo. El Documento “Material de Discusión”, de diciembre de 1971, transcurría por los mismos derroteros. La violencia quedaba consagrada como algo necesario en la disputa frente al Estado, de manera que se reconocen cuatro niveles de accionar violento: 1) acción directa de apoyo a conflictos gremiales y movimientos de masas; 2) operaciones de comando con finalidad propagandística; 3) operaciones militares contra objetivos y fuerzas para su desgaste y consecución de derrotas parciales; 4) operaciones militares de 8 Estos planes no son simultáneos, pero sí se inscriben en una clara lógica relacional. 9 Según Jorge Zabalza (2016: 131), este plan fue diseñado en la cárcel durante las semanas previas a la fuga de 1971. Las urgencias de la situación impidieron la discusión en profundidad de la propuesta de Fernández Huidobro. 451 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 entidad, encaminadas a la destrucción parcial o total del enemigo. En todo caso, este plan, en la práctica resultó inviable por las consecuencias del acto de violencia del 14 de abril de 1972 –que se verá con posterioridad– y que deja patente la verdadera debilidad del MLN-T. Un segundo instrumento que destacar fue el “Plan Satán”. Aunque éste contribuyó a dar mucha visibilidad a la guerrilla urbana, también propició mayores presiones en su contra dentro del plano geopolítico regional. Se trataba de actuar en contra extranjeros que “representaban” la injerencia económica y política frente a la cual se justificaba la revolución continental en clave socialista. El 31 de julio de 1970, se produce el secuestro de Dan Mitrione, quien, proveniente de Estados Unidos, sirvió de asesor a la Policía uruguaya, incluso para optimizar el desarrollo de interrogatorios y torturas10. Igualmente, ese mismo día se produjo la captura de Aloysio Días Gomide, cónsul y primer secretario de la embajada de Brasil en Uruguay –además del fallido secuestro de Gordon Jones, segundo secretario de la embajada estadounidense. Días más tarde, el 7 de agosto, tuvo lugar el rapto del experto agrícola estadounidense, Claude Fly, si bien el punto más importante de este tipo de secuestros se produjo con el caso de Geoffrey Jackson, embajador del Reino Unido en Uruguay, el 8 de enero de 1971 –los tupamaros tenían intención, igualmente, de secuestrar a los embajadores de Argentina y Francia. Este tipo de acciones generaron un gran estruendo político y mediático. El asesinato de Mitrione, aparte de la conmoción en una sociedad ajena al exceso de la violencia política, contribuyó a cambiar la percepción y la imagen de los tupamaros ciertos sectores. Producto de las capturas, las embajadas de Estados Unidos y de Brasil pasaron a tener una interlocución y una posición de presión mucho mayor sobre el gobierno de Pacheco, erosionándose las relaciones geopolíticas y, de un modo u otro, facilitando el paso hacia una respuesta de naturaleza militar frente a la amenaza insurgente. En todo caso, los tupamaros no serían conscientes de las consecuencias que, en realidad, generaban estos secuestros, como afirma el extupamaro Marcelo Estefanell: Tratábamos de cumplir objetivos sin prever las consecuencias. Así nos pasó con Mitrione. El único objetivo era la libertad de nuestros presos políticos. No había más objetivo que ese. Sin embargo, las repercusiones las veíamos después. No éramos un buen jugador de ajedrez, que prevé lo que va a pasar 24 jugadas después. A lo sumo preveíamos 2–3 jugadas después. (Marcelo Estefanell, entrevista, Montevideo, 25 de febrero de 2022). 10 Sobre la figura de Mitrione no existe consenso alguno. El dirigente tupamaro Jorge Manera, llegó a reconocer que el secuestro de Mitrione se debió a que su presencia se consideraba “injerencia extranjera”. Trabajos posteriores, como los de Butazzoni o Díez de Medina cuestionan el vínculo con la CIA, tal y como han aseverado, entre otros, Hevia Cosculluela o Carlos Núñez. 452 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 En la mayoría de los casos, las liberaciones precedieron al pago de importantes cantidades de dinero, toda vez que el gobierno uruguayo nunca intercedió a ningún tipo de negociación, al entender que se trataba de puro chantaje. El 21 de febrero de 1971 se liberaría a Días Gomide, el 2 de marzo a Claude Fly, y el 9 de septiembre a Jackson. Así, cuando el MLN-T está a punto de ser derrotado y la conocida como “cárcel del pueblo”, ubicada en la calle Juan Paullier 1192, cae en manos de la fuerza pública uruguaya, el 27 de mayo de 1972, allí únicamente se encontraban Ulysses Pereira –secuestrado por segunda vez– y el exministro de Ganadería, Carlos Frick. En algunas entrevistas, el dirigente tupamaro, Mauricio Ronsecof, ha reconocido que con tales secuestros la intención era la de conseguir el canje de la liberación de 150 presos e, incluso, la eventual caída del gobierno de Pacheco. Empero, la realidad es que tales aspiraciones quedarían truncadas mucho antes, con el operativo policial que se produce el 7 de agosto de 1970. Ese día, en el apartamento de la Calle Almería 4630 de Montevideo, es detenida la cúpula dirigente del MLN-T: Raúl Sendic, Jorge Candán, Raúl Bidegain y Efraín Martínez Platero, siendo el único dirigente no capturado es Lucas Mansilla. Este hecho es importante porque, para algunos como Martínez Platero, contribuye a escalar la violencia en contra de la esencia misma de lo que, hasta entonces, representaba el MLN-T: Con posterioridad a esto inician los incendios. Llega el terrorismo, que fue una forma de tratar de decir, “bueno, estamos vivos todavía”. Una reacción hasta estúpida y facilonga por parte de la gente que quedó en la dirección del MLN. Yo caí junto a Raúl, Candán y Bidegain. Todos los miembros viejos, que tenía las cosas muy claras. Después de ese golpe llegó la gente con otra forma de ver el MLN. (Efraín Martínez Platero, entrevista, Montevideo, 11 de noviembre de 2021). El tercer y cuarto conjunto de acciones que mejor evocan la fuerza revolucionaria a la que aspiraban los tupamaros fueron el “Plan Tatú” y el “Plan Collar” –ambos diseñados en la cárcel, antes de la gran fuga de septiembre de 1971. La premisa que subyacía para su impulso nunca terminó por materializarse, pues dentro de la aspiración de movilizar e integrar a las masas populares, hubo sectores que nunca terminaron de simpatizar con los tupamaros. Tal fue el caso de los sectores rurales y de la población del interior, sobre las que actuaban ambos planes. El Collar tenía como propósito ofrecer cobertura y protección a los integrantes tupamaros en zonas costeras y en ciudades cercanas a la capital. Por su parte, el Tatú, justificado en un documento no datado, titulado “Breve Fundamentación de la Necesidad de Instalar un Segundo Frente”, destacaba la importancia de trasladar la lucha armada a las zonas rurales del interior. Uno y otro, se concebían, de algún modo, como instrumentos para dar cabida 453 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 a la lógica expansiva de recursos y militantes, aunque en realidad su puesta en marcha llegó poco antes del advenimiento de la derrota y cuando la gran mayoría de los militantes se encuentran presos. De ambas iniciativas, el “Plan Tatú” supuso un mayor fracaso. Las columnas del interior siempre arguyeron la falta de respaldo, en cuanto a dinero, recursos y armas, y las escasas acciones que llevaron a cabo, por ejemplo, sobre puestos policiales de Paysandú, se hicieron de manera desorganizada. A esto se añadían otras falencias como la inadecuación al medio, las dificultades ambientales, la escasa formación de los integrantes tupamaros y la eficacia misma de la respuesta estatal –a lo que se debía sumar el acto de violencia injustificada que supuso el asesinato del peón rural, Pascasio Báez, el 21 de diciembre de 1971. Así, deben ser consideradas las siguientes palabras del exdirigente tupamaro Héctor Amodio: El MLN se desbarranca cuando empieza a pensar en abandonar la lucha urbana y crear condiciones objetivas falsas a través del Plan Tatú. Esto es, crear una infraestructura artificial creyendo que sería indetectable, cosa que la práctica demostró que era un fallo tremendo, pese a que es un tema que se discutió durante muchos meses en Punta Carretas. Se hablaba de las dificultades de la intendencia de esos grupos. que iban a permanecer aislados en el campo. Ellos decían que no, que se iban a autoabastecer, y precisamente la práctica demostró que los escasos intentos de autoabastecimiento llevaban a detección de los grupos (Héctor Amodio, entrevista, Madrid, 20 de septiembre de 2021).). En lo que respecta al “Plan Collar”, éste fue liderado por Leonel Martínez Platero, bajo la intención de rodear Montevideo en un radio de 70 kilómetros y establecer conexiones con la capital, a efectos de desconcentrar el activismo capitalino y penetrar en sectores de población diferentes a los de la capital. Allí se debían ubicar berretines, para la guarda de armamento, y promover el activismo de legales y simpatizantes. Sin embargo, su fracaso operativo fue similar al del Tatú, con una salvedad: gracias a su mejor planificación, buena parte de la estructura del plan sirvió de salvoconducto para, aprovechando la mixtura de un espacio que integraba núcleos urbanos junto a balnearios de temporada, ofrecer salidas a militantes tupamaros una vez que se consuma la caída de la estructura armada, a finales de 1972. A modo de corolario, son ilustrativas las palabras del destacado tupamaro, Jorge Zabalza o de Horacio Sanguinetti: La violencia desde abajo no es militarismo, no es una estrategia militar sino política. Se hace política con las armas para acumular fuerza, para que la gente entienda. Se acumulan fuerzas para llegar a una situación insurreccional en la que cual el pueblo organizado tiene las armas y es capaz de asaltar el poder. La guerrilla está en un segundo plano. Nosotros lo hicimos al revés y 454 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 ese fue nuestro pecado. Llegó un momento en el que pusimos por delante las necesidades del aparato guerrillero y pensábamos que la insurrección sería una operación militar desarrollada por el aparato guerrillero (Jorge Zabalza, entrevista, Montevideo, 11 de noviembre de 2021). La premisa básica de teoría es la guerra de guerrillas, que golpeando a través de un foco llegas a tomar el poder, entonces. Eso va en contra de cualquier teoría insurreccional, pues si vos no te ganas al pueblo no puedes hacer nada. Y, bueno, eso fue realmente lo que pasó. Ellos tenían la teoría de amenazar al poder, de formar el doble poder. Pero eso se dice fácil. En realidad, lo tienes que hacer con política, no solo militarmente, golpeando y golpeando, como sucede desde enero del 72. Todo fue demasiado cortoplacista. (Horacio Sanguinetti, entrevista personal, Montevideo, 10 de diciembre de 2021). 6. De la indestructibilidad a la derrota: el fin del MLN-T, 1972-1973 Hasta bien entrado 1971, en el MLN-T había un importante grado de convicción de que su eventual derrota militar era, cuando menos improbable. Basta leer el “Documento 3”, de 1968; el artículo publicado en Al Rojo Vivo, a comienzos de 1969; o el Correo Tupamaro del 8 de octubre de 1971, cuando transcurrido un mes desde la conocida fuga de Punta Carretas11, los tupamaros reconocen concentrar “la admiración y el respeto del mundo”. Tres días de producirse dicha fuga, se expide en Montevideo el Decreto 566/71, y por el cual, a partir de ese momento, los militares asumen “la conducción de la lucha antisubversiva”. Asimismo, pocos meses después, y unos días antes de la muerte violenta de Pascasio Báez, el 17 de diciembre de 1971 se aprueba la creación de la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y del Estado Mayor Conjunto. Un organismo cuyo cometido fundamental es la elaboración del marco de acción doctrinal en materia de seguridad y defensa. Desde 1970, habían comenzado a darse importantes cambios que, hacia finales de 1971, ganarían enteros en la lucha contra la guerrilla urbana. Esto, optimizando los recursos en materia de inteligencia o comunicaciones, o haciendo valer instrumentos altamente represivos favorecidos por instancias como el Servicio de Inteligencia de la Defensa o el Órgano Coordinado de Operaciones Antisubversivas (OCOA) (Valiñas, 1996, en Lessa, 2002; Caetano, 2011). Los tupamaros estaban plenamente informados de tales cambios, aunque no había una posición unánime con respecto a cómo actuar frente a las Fuerzas Militares. Todavía en 1971, muchos tupamaros dudaban de que, verdaderamente, el Ejército pudiera asumir la lucha contrainsurgente. Otros, todo lo contrario, se creían capaces de persuadir a estos a su causa revolucionaria. En el plano 11 El 6 de septiembre de 1971, se fugaron del penal de Punta Carretas 106 dirigentes y militantes del MLN-T, en compañía de cinco presos comunes. 455 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 más práctico, especialmente, desde comienzos de 1972, predominaba la línea de hostigamiento –encabezada por Eleuterio Fernández Huidobro. Así, en conocido como Plan 72, aprobado en febrero de ese año, sería el promotor de los acontecimientos del 14 de abril y el 18 de mayo que, en realidad, precipitan la respuesta militar contra los tupamaros y su ulterior derrota. Por otro lado, había posiciones que, más convencidas de un inmediato marco de derrota, reconocían la necesidad de entablar un proceso de negociación, con concesiones recíprocas, que dieran cierto oxígeno a la estructura del MLN-T. Aunque ya el “Documento 1”, de 1967, evocaba el rasgo golpista del Ejército uruguayo –en ese momento, algo sobredimensionado–, es en el “Documento 5”, de 1970, en donde mejor se calibra el paulatino cambio de posiciones del estamento militar, coadyuvado por el contexto geopolítico y ciertas presiones provenientes del exterior. Desde diciembre de 1971, que gana enteros la respuesta militar en la lucha contra los tupamaros, el país queda sumido en un contexto de violencia creciente. A ello contribuye, aparte de lo anterior, el incremento de recursos y efectivos movilizados. Algunos como González Guyer et al. (2008: 32) llegan a afirmar que si bien, en 1960 existían alrededor de 12.800 efectivos militares, para el año 1976 estos superaban los 36.000. Hasta ese momento, la respuesta del MLN-T habían priorizado a la Policía, por entender que acumulaba mayores fisuras y contradicciones, aun cuando testimonios posteriores, como el de Eleuterio Fernández Huidobro, con el paso de los años, terminaron por reconocer, de manera un tanto forzada, que la Policía y no el Ejército estuvo a punto de asestar una derrota prematura a la guerrilla urbana, allá por 1967 (Lessa, 1996). En cualquier caso, cuando las Fuerzas Armadas ocupan el centro de la preocupación tupamara y comienzan a darse los primeros golpes a la guerrilla urbana, tal y como recoge el “Documento Río Janeiro”, de finales de julio de 1972. En él se termina admitiendo el advenimiento de una derrota, con un lenguaje mucho menos optimista que en cualquier otro documento tupamaro12. Así lo relata el exdirigente tupamaro, Luis Nieto, al ser entrevistado: Mitrione era un policía que vino como asesor de la policía aquí, que haya tenido influencia en la formación del Escuadrón de la Muerte. Seguramente, sí, porque murieron varios policías. Pero el Ejército fue otra cosa. Yo creo que cuando se soltó la metodología sobre cómo combatirnos, la formación de esos oficiales no era la de los oficiales de policía. Ahí nosotros nos vimos enfrentados a otro tipo de gente, que no le hacía ascos a molerte a palos, a matarte, a hacer lo que fuera, lo tenían mucho más claro. Pero también tenían mucho más clara esa concepción de qué es un foco guerrillero y qué es una retaguardia. Nosotros no la llegamos a comprender, la dinámica, la cantidad de gente que se acercaba al MLN y que había que encuadrarla y había que meterla en algún lugar paramilitar. (Luis Nieto, entrevista, Montevideo, 25 de febrero de 2022). 12 Este documento fue amablemente facilitado por Alfonso Lessa –quien apoyó sobremanera la realización de este trabajo. 456 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 Un ejemplo de hacia dónde debía dirigirse la respuesta tupamara se encuentra en el Memorando I–30/72, microfilmado y firmado por las siglas Maf, que a todas luces son de alguien que perteneció a la fuerza pública. Según este documento, citado por Lessa (2002), la prioridad de las acciones tupamaras debía encaminarse a golpear a la Marina, y en concreto al SID y al Servicio de Inteligencia Naval, por ser el cuerpo más elitista, reaccionario y represivo de las Fuerzas Militares. La Fuerza Aérea era concebida como golpista e, incluso, enfrentada con Bordaberry; toda vez que en el Ejército había una facción golpista y otra mayormente democrática y constitucional. Hasta la llegada del mes de abril de 1972, los tupamaros habían sido responsables de 38 muertes violentas, sobre todo, una vez que se producen los asesinatos, en 1970, de Dan Mitrione y del comisario Héctor Morán. A partir de ahí, el grueso de las muertes violentes ocasionadas serían funcionarios policiales y carcelarios, además de algunos civiles y particulares, crecen notablemente, como se detalla en las Actas Tupamaras de 1972. En cualquier caso, ninguno de los más de 300 juzgados por su militancia tupamara, lo había sido por comisión de homicidio violento. Algo que cambiaría a partir de abril de 1972. El 14 de abril, a las 8:00am, fueron asesinados en Montevideo el subcomisario Óscar Delega y el agente Carlos Leites, aparte del agente Facundo Goñi, inicialmente herido de gravedad y posteriormente muerte por la severidad de las heridas. Una hora más tarde, fue asesinado el capitán de corbeta, Ernesto Motto, y a las 11:00am, igualmente, resultó muertos por un operativo tupamaro, el exsubsecretario del Interior, Armando Costa y Lara. Al margen hubo otros heridos y algunas acciones fallidas, como la dirigida contra Miguel Sofía; todas bajo el motivo de la supuesta colaboración con el cuerpo parapolicial del “Escuadrón de la Muerte”. La respuesta no fue menos cruenta y el inspector Víctor Castiglioni, haciendo uso de los instrumentos de inteligencia de los que disponía la fuerza pública, lanzó dos operativos para intervenir apartamentos clandestinos tupamaros. Uno, ubicado en la calle Amazonas, en donde resultan muertos Luis Martirena y su esposa, Ivette González. El segundo, en la calle Pérez Gomar, en donde la Policía mata a tres destacados tupamaros: Alberto Candán Grajales, Gabriel Schroeder y Armando Blanco Katras, además de a Horacio Rovira Griecco, que les daba cobijo. El día acabaría con la captura, en un berretín, de David Cámpora y Eleuterio Fernández Huidobro, además de con la muerte del tupamaro Jorge Gropp, abatido en una acción frustrada de otra calle de Montevideo. El segundo acontecimiento trágico, que precipita el fin de los tupamaros y la respuesta sin limitaciones de los militares uruguayos se produjo el 18 de mayo de 1972, coincidente con el Día del Ejército. Un comando tupamaro mató a cuatro soldados rasos, pertenecientes al Batallón de Infantería Blindado Nº 13, quienes custodiaban la casa del general del Ejército, Florencio Gravina. La 457 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 versión tupamara trató de exculpar los acontecimientos, arguyendo un fuego cruzado iniciado por un militar francotirador, en tanto que el único objetivo de aquel operativo siempre fue Gravina. Tanto una como otra acción, tal y como se adelantaba, hicieron parte del llamado “Plan 72”, aprobado en febrero de ese mismo año, con el propósito de enfrentar al Ejército, primero con acciones puntuales (Plan Mosquito), y después con acciones mucho más contundentes (Plan Hipólito). Especialmente, en la mira estaba actuar en contra del “Escuadrón de la Muerte”. La realidad de las capacidades tupamaras era otra bien diferente a la concebida por los dirigentes tupamaros. Para ese momento la gran parte de la estructura había sido detenida y desarticulada. Los datos de la respuesta militar y policial hablan por sí solos. Tres cuartas partes de las Fuerzas Militares habían sido movilizadas, coadyuvadas por grupos parapoliciales y excesos de todo tipo, especialmente relacionados con la tortura. Igualmente, entre enero y septiembre de 1972 habían muerto 62 tupamaros, y habían sido detenidos, entre 2.500 y 3.000 militantes. Se estima que se incautaron 300 ametralladoras, 900 armas largas, 200 armas cortas y 400 kilogramos de explosivos, además de 40.000 municiones y otros tantos equipos de sanidad o comunicaciones (Valiñas, 1996: 68, en Lessa, 2002). Cuestión aparte, el 27 de mayo se desmonta, como se señalaba previamente, la “Cárcel del Pueblo”, y el 10 de septiembre es detenido Raúl Sendic, lo que consuma la derrota tupamara en Uruguay. En el plano exterior, 400 tupamaros –agitados por Whitelaw, De Lucía o Alemañy– mantenían, hacia finales de 1972, algún tipo de aspiración por regresar a Uruguay, desde Buenos Aires13. El golpe de Estado en Chile y la involución democrática hasta el golpe de 1976, tuvieron como trasfondo el intento de convergencia guerrilla de la JCR. Allí, el MLN-T, como el resto de los grupos involucrados, a excepción del PRT-ERP, mantuvo una posición secundaria. Es cierto que se obtuvieron recursos económicos de algunos operativos y secuestros realizados de manera conjunta, pero, en cualquier caso, totalmente alejados de un proyecto insurreccional de calado. Sea como fuere, cuando se diseña la JCR, internamente, el MLN-T estaba muy debilitado, y el advenimiento del golpe contra Bordaberry resultó disipando cualquier intención de retorno a Montevideo. A lo anterior, había que sumar, las discrepancias internas, especialmente, entre la guerrilla trotskista argentina y el MIR chileno, y el propio proceso de fractura ideológica de los tupamaros, que termina por consumarse entre 1973 y 1974. El viraje hacia el marxismo–leninismo de buena parte de la dirección del MLN-T coincidía con el escepticismo cubano, y también del comunismo europeo, al proyecto que proponía la Junta. Así, y 13 A tal efecto, es lectura obligada, para comprender cómo se valoraba la militancia tupamara en el exilio, el trabajo de Aldrighi, C. (2009). 458 Jerónimo Ríos Sierra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 especialmente, tras la incautación de armas al MLN-T, en Montevideo, en mayo de 1974, cualquier viso revolucionario termina por desaparecer y el papel de la JCR, hasta su definitiva disolución, se redujo a labores de apoyo, protección, propaganda y auxilio al exilio. Serán los años del auge de los autoritarismos y la consolidación del Plan Cóndor sobre el Cono Sur (Markarian, 2011). 7. Conclusiones La guerrilla urbana de los tupamaros consiguió innovar en los planteamientos tácticos y estratégicos que, hasta mediados de la década de los sesenta, habían sido acuñados en América Latina. Tomando a la ciudad como centro de disputa, pusieron en valor una forma diferente de confrontar a la autoridad estatal. En esencia, el planteamiento de la guerrilla urbana colisionaba con las ideas acuñadas en la Cuba revolucionaria, de manera que la innovación, la improvisación, la adaptación y el aprendizaje paulatino, fueron elementos que van madurando la esencia de esta guerrilla, entre 1963 y 1970. Tal y como se ha podido observar, este proceso no fue fácil, y a la vez que se sirvió de lecciones aprendidas y experiencias revolucionarias surgidas en el continente, desarrolló elementos autónomos y propios que dejaron consigo no pocos debates y contradicciones. La renuencia al marxismo–leninismo y al empleo de la violencia o la meticulosidad de las acciones siempre fueron objeto de importantes tensiones. Tal vez, se puede afirmar que el recurso de dicha violencia, inexorablemente, antes o después, debía llegar a la propuesta revolucionaria tupamara. Empero, llegó sin la madurez ni la interiorización de lo que ello suponía, para una sociedad alejada por completo de los niveles de violencia de otros lugares del continente, pero tampoco sin los recursos ni las capacidades para enfrentar a un Estado como el uruguayo. Un Estado que hacia 1970 empezó a fortalecer notablemente sus Fuerzas Armadas y que hacia 1972 se encontraba fuertemente militarizado y a las puertas de un golpe de Estado. En dicha respuesta, el abuso, la tortura, el paramilitarismo y todo tipo de excesos estuvieron presentes a la hora de materializar una derrota a los tupamaros que apenas duró unos meses. A la vez, el MLN-T parece que vivió una fractura entre lo que sucedía en Uruguay y lo que se vivía en el exilio. Asimismo, hubo una segunda fractura, entre la cúpula dirigente, paulatinamente desmantelada desde 1970, y la nueva hornada de integrantes que abrazaban planteamientos más militaristas que políticos, pero también más impulsivos que moderados, aunque es algo sobre lo que seguir investigando. Esto, porque a tenor de los hechos recogidos y la documentación existente, pareciera que buena parte de estas rupturas internas y del fracaso generalizado, es responsabilidad de la cúpula dirigente que, desde 459 MLN-Tupamaros: génesis y evolución de la guerrilla urbana (1962-1973) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 50. Segundo cuatrimestre de 2022. Pp. 435-463. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i50.18 finales de 1971, considera viable la derrota militar del Estado. Finalmente, no se puede obviar la imposibilidad real que los tupamaros tuvieron para materializar su idea de foco guerrillero. La ciudadanía, que inicialmente vio con simpatía a los tupamaros, sobre todo, hasta 1970, terminó por desmarcarse de sus postulados. El MLN-T, desde entonces radicalizó sus planteamientos, pero sin los recursos suficientes como para escalar una violencia que se tornó tan irreflexiva como inservible. Por si fuera poco, los años de mayor militarismo, auge de los autoritarismos y despliegue del Plan Cóndor estaban por llegar para imposibilitar cualquier atisbo revolucionario. Aun con todo, lo sucedió en Uruguay sirvió para influir y promover prácticas de emulación en grupos latinoamericanos, como los Montoneros o el PRT-ERP, pero también en grupos terroristas como las Brigadas Rojas o la Fracción del Ejército Rojo alemán. Sin duda, los tupamaros tuvieron más que ver con los primeros que con los segundos, aun cuando, como se ha podido observar muchos de los elementos asociados al empleo de la violencia, lejos de ser inmutables, fueron evolucionando en función de las circunstancias del momento. Circunstancias, que también en el ámbito externo, a través de presiones militares y políticas y de afectaciones del orden geopolítico, permiten entender el cómo se sucedieron los acontecimientos en Uruguay, especialmente, entre 1970 y 1973. Queda señalar cómo, renovaciones disciplinares en el estudio de las guerrillas latinoamericanas, y novedosos planteamientos que escapan de la escala de análisis estatal, conjugan visiones y perspectivas que, sumado a las fuentes orales aún existentes, y a la gran cantidad de archivos disponibles, muchos por descubrir, ofrecen innumerables posibilidades para seguir abordando un objeto de estudio que está lejos de agotarse.