La difusión de la literatura inglesa en España
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LA DIFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPANA por JOSE M. ALBER!CH «Quién mucho abarca, poco aprieta», dice el refrán, y sería absurdo por mi parte pretender cubrir en pocos minutos este vasto campo de la recepción de las letras inglesas en España1• Más bien quiero referirme brevemente a las dificultades que presenta dicho tema, en el estado actual de nuestros estudios literarios, y tal vez abogar por un ensanchamiento del campo. Quiero decir que los co ntactos literarios no adquieren pleno sentido si no se estudian en un contexto histórico más amplio, que sobrepase o rebase al de la literatura de creación; las influencias literarias están determinadas por el clima cultural de una época, y éste a su vez por ciertos condicionamientos políticos y hasta económicos. Ya sé que se debe evitar el peligro de ligar demasiado estrechamente la historia literaria a la historia económica. Todos hemos leído recientemente a algunos críticos españoles que afirmaban, con toda seriedad, que el héroe desaparece de la novela del siglo XX porque el empresario individualista del siglo anterior se vé ahora rebasado por los consorcios y los grandes trusts. Llevando este grotesto paralelismo a nuestro campo, podríamos decir que el interés creciente por la literatura comparada se debe al auge de las multinacionales. Todo esto es absurdo; pero no lo es, en cambio, tener en cuen ta otros fac tores de orden económico y social, como, por ejemplo, la evolución J. Discnación leída el 28 de enero de 1994. Se trata de la versión original y más extensa de un trabajo que apareció, traducido al italiano, en Storia della Civiltil l etteraria Spa¡¡110/a , diretta da Franco Meregalli, 2 vols .. Turín 1990; Il, págs. 1070- 79 .
50 JOSE M. ALBERlCH de los niveles de analfabetismo o los cambios en la producción y mercado de libros, factores éstos que parece mentira no se hayan te-· nido hasta hace muy poco en cuenta como puntales en lo s que debe - ría apoyarse la historia de la literatura; historia que es, al fin y al cabo, historia de Ja lectura. Comencemos por reflexionar que la historia de la literatura empie - za como disciplina académica en el siglo XIX; antes se estudiaba «retórica y poética», con un fin normativo, no descriptivo. Es decir, la historia literaria comienza a practicarse en la é poca en que los nacionalismos adquieren un carácter más virulento y exaltado, en la época en que España lucha por su independencia con tra Napoleón, en que Italia conquista su unidad y su emancipación del Papado y de Austria, en que Alemania se unifica, por no acordarnos de la formación de numerosas repúblicas en el continente americano. Es decir, la historia de la literatura nace bajo el signo del nacionalismo, y si al principio había eruditos que, como Sismondi o Hallam, abarcan el «Midi de J'Europe» o la Europa entera, pronto se imponen los libros sobre literaturas nacionales, como el de Ticknor. Si los patriotas liberales creen en la sobera nía popular, los intelectuales románticos creen en el Volksgeist, y Jo autóctono, lo nacional escueto y sin impurezas extrañas se convierte en la norma de valor máximo. Así tenemos a los eruditos que admiran a Cristóbal de Castillejo por haber resistido las innovaciones italianizantes de Garcilaso y Bo scán, o a lo s que, como Menéndez Pelayo, explican la decadencia de las letras españolas del siglo XVIII en función de su afrancesamiento3• El extranjerismo es pecado; el casticismo, virtud suprema. La llegada del Naturalismo a la escena cultural europea no trae ni mucho menos una visión más racional de las cosas; más bien refuerza el na ciona lismo romántico. Ese vago «espíritu» encarnado en cada país se trueca ahora en algo más material y aprehensible, el milieu, el paisaje, y ahí tenemos a Taine pontificando sobre el clima de los Países Bajos y su influencia en la pintura o al bueno de Unamuno explicando el «dogmatismo» de Calderón en función de la luz de Castilla y de las sombras duras que arroja. 2. Jean C.L. Simonde de Sismondi, De la lirtérature du Midi de l'Europe (1813); Henry Hallam. /ntr oduct io11 to the Literarure uf Europe in the XVth, XV/rh on d XVJ/tlr cellluries (183 7- 1839 ); George Ticknor, Hi st ory of Spanish Lirerature ( 1849). Co mo es sa bido, esta última es la primera historia verdaderamente general de la li teratura española. 3. Véase Hans Juretschke, E.<paña allle Francia (Madrid, 1940), págs. 71 -90.
LA DIFUSJON DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 51 Si ca da nación había de tener su Vo lksgeis t idio sincrático, resultaba inevitable el aislar y reforzar ciertas características a expensas de otras, que pasaban a un plano secundario como cosa espúrea o atípica. Así se decretó, por ejemplo, que la caracteristica principal de la literatura española era el realismo, lo cual relegaba al Gón gora de las So ledades y el Polifemo a un limbo de desprecio. Mesonero Romano s, en cambio, creía haber heredado el realismo de Cervantes y de Quevedo, por derecho de español, cuando en realidad su realis mo costumbrista venía de Addi son y Steele, a través de lo s franceses Mercier y De Jouy4• Y todavía en este siglo, González de Am ezúa, al seleccionar «novelas ejemplares» de Cervantes para Clásicos Castellanos, se fija en la s más «realistas», como «Rinconete y Cortadillo» o « La il ustre fregona», a expensas de las más «italianizantes» como « El amante liberal» o « La fuerza de la sangre». Siempre que tropiezo con alguien que es o ha si do profesor de Literatura Comparada en los Estados Unidos, le pregunto qu e cómo se enseña eso, y mi pregunta se debe, sencillamente, a que, para mí, toda literatura es literatura comparada. Si no se enseña co mo tal es por nuestra ignorancia o por la dificultad de operar co n cuatro o cinco idiomas sobre un mis mo grupo de a lumno s o de profesores. Si se pudiese contar, en efecto, con un dominio mediano de la s grandes lenguas romances, mas el inglés y el alemán, sería perfectamente posible (y no so lo posible, sino deseable) dar cursos sobre el Romanticismo o el Simbolismo a través de las frontera s, en vez de empeñarse en sostener esas abstracciones llamadas literatura española, inglesa o francesa, c omo si fuesen casas paredañas pero incomunicada s. Todos sabemos que literatura española es má s bien literatura en español, y qu e Ja Pardo Ba zán, pongamos por caso, debe más a Zola y Maupa ssa nt qu e a Cervantes o Lazarillo. Esta interdependencia se acentúa, es verdad, a partir del siglo XVIII, pero aún antes todas las literaturas europeas han tenido un enraizamiento común tan fuerte en el Cristianismo y en la Antigüedad Clásica que es mucho más exac- to hablar de variantes nacionales de este tronco úni co que de literaturas nacionales propiamente dichas. Las lenguas separan, la cultura une (y no quiero ocuparme ahora del griego y el latín, lenguas supuestamente muertas y que unían a todo el Occidente, pr ec isamente por servir a lo s do s elementos básicos de su cultura, el Cristianismo y la tr a- 4. Ver Gioconda Marún, «Apuntaciones sobre la influencia de Addison y Steele en Larra», en Hisp an ia , LXJV (198 1) , págs. 382-87.
52 JOSE M. ALBERICH dición clásica). Pero no se trata, pongamos por caso, de que la litera - tura española sea española por el significante y europea por el significado. El problema es mucho más complejo, ya que hay elementos del significado que son claramente nacionales (intencionalmente, mu - chas obras literarias versan sobre España y no otro país), y así mismo hay elementos del significante (tales como las formas literarias, el soneto, por ejemplo) que pueden pasar de un idioma a otro. Esto, tan sencillo, es una cosa que los críticos literarios no hemos entendido hasta hace poco. Los costumbristas, verbigracia, no dudaban de su españolismo a ultranza, ya que pintaban las majezas de los madrileños o los andaluces, pero es que hacían esto siguiendo unas pautas de cla - ro origen francés e inglés5• Por el contrario, cuando se trata de cos as pertenecientes a la lengua misma en que se escribe, el poeta no tiene más remedio que recurrir a la tradición nacional: los epítetos de la poesía neoclásica, por ejemplo, provienen de Herrera en su mayor parte, no de Boileau ni de Batteux, naturalmente6• El relativo desprestigio de la literatura comparada se debe a que sus cultivadores han ignorado a menudo estas nociones básicas. Y han pecado por los dos extremos, por exceso de nacionalismo y por exceso de cosmopolitismo. Respecto a lo primero, todos sabemos de un libro sobre Espronceda y Lord Byron en que se exponen, por separado, la vida y milagros de ambos autores, y se concluye que son muy distintos y que no tienen ca si nada que ver el uno con el otro. El criterio subyacente es que sería denigrante para un poeta español estar demasiado influido por otro extranjero. Los comparatistas de ingenuidad opuesta ven semejanzas e influencias misteriosas donde no ha podido haberlas por falta de medios de transmisión, es decir, ediciones as equibles en la lengua original o traducciones, contactos personales, etc. Muchos afirman taxativamente, por ejemplo, que el influjo del marqués de Sade en las Sonatas de Valle-Inclán fue grande, sin preguntarse siquiera cómo pudo Valle leer a Sade, cuando las ediciones de éste fueron rarísimas, carísimas y clandestinas durante todo el siglo XIX. Tratar de la recepción de la literatura inglesa en España es una empresa llena de dificultades casi insuperables, comenzando por lo 5. Hay un a cadena clarí si ma de imilaciones q ue va de la co lección tilula da Heads o/ the People or Portraits of the E 11 ¡¡/is h (Londres 18 40) a Le s Franrais pe ints par ewc·memes (184(}. 1842) y a Los españoles pintados pnr sí mismns (1843·18 44 ). Ver Margarita Ucelay da Cal. fo s espa1 ío · les pintados por sí mismos (Méxi co 1951 ). 6. Ver Gonzalo Sobejano. El epíteto en la lí rica es pa ñola (Madrid 19 70).
LA DlFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 53 incompleto de lo s datos que poseemos sobre las traducciones y su difusión, y continuando con q ue carecemos de suficientes estudios monográficos, que, o no se han hecho o se han hecho con criterios muy anticuados y superficiales. Por curioso que parezca, una de las obras que más luz arroja sobre el tema es un librito que no trata de literatura, y que se titula La enseñanza del inglés en España (1961), de Sofía Martín Gamero. Este librito nos va a servir de guía en los comienzos de nuestra aventura. Empieza la autora haciendo notar que, hasta bien entrado el siglo XVIII, el inglés era una lengua prácticamente desconocida en los países del continente europeo, y no solamente en España. Todavía en 1665 el Journal des Savants decía que la Royal Society de Londres publicaba obras muy interesantes, pero que , como tenía la mala costumbre de sacarlas en inglés, había pocos que las entendiesen. Si esto ocurría en la culta Francia en pleno siglo XVII, imaginemos lo que sería en el siglo XVI y antes. Durante mucho tiempo, los embajadores acreditados en Londres se sirvieron de intérpretes o hablaban latín, francés o italiano. El inglés era simplemente la lengua del pueblo, sin el respaldo de una tradición cultural prestigiosa como la del italiano, y por tanto un idioma que no interesaba a los eruditos ni a los diplomáticos extranjeros. Luis Vives y Erasmo se entendían en latín. Felipe II hablaba francés con su esposa María Tudor. A todos les parecía el inglés un idioma dificilísimo de aprender, sin reglas de ortografía ni pronunciación, y con una sintaxis enrevesada que no se parecía a la latina. Todavía Leandro Fernández de Moratín, a finales del siglo XVIII, la juzgaba una lengua «infernal». Las primeras gramáticas inglesas para extranjeros publicadas en Inglaterra en los siglos XVI y XVII ya revelan el deseo de combatir la opinión difundida en Europa según la cual el inglés es una lengua bárbara, confusa y difícil, y al final de su Defence of Poesy, Sir Philip Sidney se cuida de elogiar a la lengua inglesa, «que iguala a cualquier otra lengua en el mundo ... para exponer y declarar dulcemente y propiamente el concep- to del entendimiento», según la versión castellana de don Juan de Bustamante7• Pero nos estamos anticipando; hay que volver un poco más atrás. En la Edad Media, Inglaterra era para los españoles un país remotísimo y legendario. Mosén Diego de V al era da dos etimologías 7. Sofía Martín Gamcro, La enseñanza del in¡:lés en Esparia (Madrid 1961). págs. 9-11. 30. 41.
54 JOSE M. ALBERICH fantás ti cas de los nombres de este país (Gran Bretaña e Inglaterra), según las cuales uno proviene de un Bruto fugitivo de Troya (B rutania) y el otro de una princesa sajona llamada Anglia. Ambas etimologías proceden de la Hi storia Regum Britanniae de Geoffrey of Monmouth (+1154), difundida por Europa en una traducción francesa. En la crónica de Pero Niño se dice que «Angliaterra» significa «tierra de maravillas», por los prodigios que solía haber allí, y esta tradición fabulosa parece llegar por lo menos hasta Cervantes, que presenta a Inglaterra como país lleno de portent os en el Persiles. Lo curioso es que esta imagen parece ser enteramente de origen libresco; pues Inglaterra tenía frecuentes relaciones comerciales y políticas con España, y los españoles podían ver ingleses de carne y hueso en los puertos de la Península, en las grandes ferias como la de Medina del Campo, en las peregrinaciones a Santiago de Compostela , muy nutridas hasta el siglo XIV, o en los ejércitos del Prínc ipe Negro. No digamos en los muchos enlaces r ea les que hubo entre ambas casas reinantes. Todo ello no impedía que el país de donde procedían estos señores siguiese siendo un país fabuloso, y los ingleses mismos seres más quiméricos que reales8• El peso del mito e ra mucho mayor que el del testimonio de los sentidos, y sig ue siéndolo en nuestros tiempos. Si para el castellano del siglo XV un inglés era sobre todo el legendario Don Duardos del ciclo artúrico, para los ingleses que hoy dia van todos los veranos a Torremolinos, el español sigue siendo igualmente un ser mítico, un latino apasionado, cruel, tocador de guitarra s, etc. Aparte de la materia narrativa llamada del ciclo bretón, concerniente al rey Arturo y su corte, y que tal vez se originase en Bretaña misma y no en el Occidente de Inglaterra, lo que este país aporta a la cultura española medieval es poquísimo y consiste exclusivamente de cuatro obras: a) A principios del siglo XV se tradujo al castellano, del original latino escrito por el monje cisterciense Odo de Cheriton, que murió en 1247, el Libro de los gatos, que es una colección de 79 apólogos. b) También se traduce el Speculum La.icorum, obra de moral ascética atribuida a John Hoveden, bajo el título de Espéculo de los legos, que se escribe hacia 1455. c) La primera obra verdaderamente inglesa que se vierte al español es la colección en verso de historias amatorias llamada C onfessio Amantis, de John Gower ( + 1408), pero que no se vi erte directamente del inglés, sino de una redacción portu- 8. /bid., págs. 13-16.
LA DlFUSION DE LA LITERATURA INGL ESA EN ESPAÑA 55 guesa atribuída a un inglés, Roberto Payn , del séquito de Felipa de Láncaster. d) Finalmente, Los viajes fabulosos de Sir John Mandeville, traducidos ya en el siglo XV 9• Lo sorprendente es que en los siglos XVI y XVII, a pe sar de la invención y difusión de la imprenta, a pesar d el intenso intercambio literar io que se experimenta en casi todos los paí ses europeos, l as traduccion es del inglés siguen siendo escasísimas. Ma s de dos mil libros españoles se traducen al francés 10 antes de 1600 y la Inglaterra del siglo XVII ve ciertamente traducidas las obras cumbres de La literatura española, desde la Celestina a las obras de Quev e do , pero las versiones de obras inglesas al español son poquísima s, y algunas permanecen inéditas, como la ya citada Defence of Poesy de Sir Philip Sidney. Otras es tán hechas del latín, como la de la Utopia de Thomas More por Gerónimo Antonio de Medinilla, o la censura de Erasmo por Edward Lee. A es to hay que añadir la Vida de Mar(a Estuardo del dominico George Conn (vertida por Lope de Vega bajo el título de La corona trá¡:ica), la Historia de los amantes Argenis y Poliarco, de John Barclay (1582-1621), y algunos epigramas latinos de John O we n (1560?-1622?), el Marcial inglés 11 • Poquís imo. Martín Gamero considera esto «un curioso fenómeno cultural »: «España se desentiende de las actividades artísticas, literarias y lingüísticas de la Gran Bretaña, mientras que In glaterra se interesa vivamente por la cultura de la Peníns ula , imita, lee, traduce, edita, estudia castellano»12• Creo que este desequilibrio no resulta tan inexplicable si tenemos en cuenta que la proyección cultural de un país suele ir a la zaga de su importancia politico-militar. La difusión del francés en el siglo XVIII se debió en mucho a la política ag resiva de Luis XIV y al poderío militar de Francia. En el siglo XVI, la superpotencia era España, y no era fácil que los españoles se interesasen 9. /bid., págs. 20-22. Las marav ill as y extravagancias de Mandevi ll e (hech as visibles en numerosos grabados) pasaron al Jardín de flores curiosas de Antonio de Torqu ema da. "ª quien se deben atribu ir algunos de los prodigios y aberraciones que se leen en el Persil es y Se¡:ismunda de Cervantes» (W.J. Entwistle. «The Spanish Mandevillcs», en Mod ern Lan11uage Review, XVU (1922), págs. 251-57. 1 O. Según datos recogid os para su t es is doctoral inaca bada por nuestra ex-alumna Mrs. María Clark, actualmente en la Universidad de Oxford. 11. Martín Gamero. Oh . cit., págs. 115-18. Segú n R.O. Joncs («So rn e n otes on More's Uwpia », en Mod ern lanRUaRe Review, XLV ( 1950]. págs. 478-8 2) la difusión de la Utopía fue máxima y más influyente entre los erasmist as españoles. Cuando se tradujo, en cambio, en 1637, prologada por Quevedo, se vió sobre todo en el li bro de More un ataque contra la política de los Tudor. cosa que no era. 12. Mart ín Gamero . Ob. cit., pág. 25.
56 JOSE M. ALBERICH por los escritos de entonces oscuros ingleses, a no ser que estuviesen relacionados con un astro intelectual como Erasmo o con un nombre destacado en la defensa del catolicismo, como el de Thomas Mor e. La sospecha de herejía, por o tro lado, haría cada vez más inasequibles los libros que se escribían al norte del Canal de la Manch a. Me parece necesario insistir en que este desconocimiento de la s cosas inglesas por parte de los españoles no se debía tanto a ignorancia de la lengua como a falta de estímulos, falta de motivaciones cu lturales. Los españoles aprendían inglés cuando no tenían m ás remedio. Catalina de Aragón llegó a escribir su lengua adopti va con corrección. Los varios miles de mercaderes españoles residentes en Londres antes de Isabel 1 tenían que hablar inglés m ás o menos bien. El conde de Gondomar sabía inclinar a su favor al débil Jacobo 1 y ll egó a formar una bue na colección de libros ing le ses, que inclu ía un First Folio de Shakespeare. La infanta Maria, hermana de Felipe IV, empezó a estudiar inglés cuando se proyectó casarla con el Príncipe de Gales, pero dejó el aprendizaje tan pronto como se deshizo el compromiso 1 ~ . Es decir, la utilidad y el incentivo a escala mundial eran mu y limitados: solo existían en circunstancias muy concre ta s. Esto, a mi ver, explica la ausencia de traducciones. Cuando por fin la lengua y los libros ingleses comienzan a adquirir prestigio en la Península en el siglo XVIII, ello se debe sobre todo a que Inglate rr a empieza a destacar en el terreno del pensamiento y la investigación científica, de los descubrimientos técnicos, de la navegación y e xp loración geográfica, etc. No es Shakespeare el que llama la atención, pues sig ue prácticamente ignorado hasta el Romanticismo, sino Newton. La fama de la Royal Society de Londres como academia científica se adelanta a la de cualquier obra literaria, y en ella llegó a haber doce socios españoles, entre ellos el marino Jorge Juan y el naturalista Casimiro Gómez Ortega 14 • Es decir, el espíritu de Ja Ilustración, básicamente internacionalista y opuesto al chauvinismo, bu sca Ja hermandad de los científicos por encima de todas las divisiones políticas o religiosas. Uno de los anglófilos mas acérrimos de esta época es José Cadalso, hijo de una familia comerciante gaditana que tenía contactos mercantiles con Inglate rr a y militar que mue re en el gran sitio de Gibraltar. Cadalso decía que el objetivo del saber consiste 13. / bid ., págs. 27, 34-55, 102, 112. 14. N. Glcndinning, Influencia de la literatura inglesa en Esp aña en el s. XVIII, Cuadernos de la Catedra Fci jó o. n• 20, Oviedo 1968, pág. 25.
LA DIFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 57 en «hacerse lo s hombres más sociables comunicándose mutuamente las producciones de s us entendimientos, y unirse, digámo slo así, a pesar de los mares y las distancias» 15 • En este ambiente de apertura, aunque dominen la cultura y la lengua francesas, Inglaterra va adquiriendo un prestigio creciente, y no solame nte en el terreno de Ja té cnica ni de la ciencia. Permítaseme qu e cite aquí unas palabras proféticas del buen dominico irlandés P. Tomas Connelly, autor de una gramática inglesa para españoles y de un excelente diccionario de las dos lenguas, compilado por encargo de Carlos IV. Fijémonos en que el buen Connelly, a pesar de ser católico e irlandés, escribe lleno de orgullo: «La abundancia y variedad de escritos que ha producido la lengua inglesa en siglo y medio es increíble. H ay en este idioma diccionarios perfectísimos y particulares, univer sales, etimológicos y críticos de todas la s artes y ciencias ... obras de geografía, historias de todas las naciones, obras de medicina,... libros de política, comercio y economía; están en inglés todos los autores clásicos griegos y latinos traducidos y explicados magistralmente; hay en esta lengua una multitud grande de autores elegantes, así en verso como en prosa». Añade que el inglés es lengua importante para los comerciantes de todos los países, y que es el idioma de los nuevos Estados Unidos de América, «de suerte que promete ser la len gua universal de trato y comunicación de nación a nación»16• Buena profecía, a casi doscientos años de distancia. El prestigio científico y económico de Inglaterra trae de la mano la boga de algunos escritores de la época o anteriores, sobre todo poetas: Milton, Pope, Young, Gray, Thomson y Macpherson con su falso Ossian en las postrimerías del siglo. Entre los novelistas, sobre todo Richardson17, y entre los ensayistas, Addison y Steele, influyentes en el periodismo. El precep ti sta Hugh Blair ejerce un fuerte atractivo, en competencia con Batteux. Creo que las razones de tal selección, para nosotros curiosa, están en el gusto neoclásico de la época, que supervalora la poesía, y sobre todo la épica, sobre otros géneros (de ahí el pr estigio de Milton y Pope). Shakespeare sigue siendo demasiado «bárbaro y sanguinario», como le llamó Moratín. La novela es todavía un género inferior moralmente sospechoso, a menos que 15. /bid., pág. 52 . 16. Cit. por Manúi Gamero, pág. 168. 17. Se tradujo tambi én a Fielding y el Gulli>'er de Swift. Otros novelistas famosos como Dcfoe y Gold ,milh tuvieron que esperar hasta bien entrado el siglo XIX. Véase J.F. Montesinos. lmroduc· ción a una historia de la novela en España en el siglo XIX, (Madrid 1966), passim.
64 JOSE M. ALBERICH nales o fiscales. Su influencia fue máxima durante el trienio liberal, y, curiosamente, es un ejemplo más de mediatización francesa, pues se ejerció a través de la traducción de J os Traités de Légi slation civile et pénale hecha por el ginebrino Etienne Dumont 34 • Ha sta Borrow se <lió cuenta de que en muchos pueblitos remotos de España había un a bo - gado o un alcalde benthamita, lo mismo que en la seg unda mitad del siglo habría un médico o boticario darwinista, pero la influen cia de Darwin fu e incomparablemente mayor que la de Bentham, y mucho más duradera. El tema es inmenso, constituyendo uno de lo s capítulos más importantes de la historia intelectual de Occidente. Ba s te apuntar aquí que las traducciones de Darwin al es pañol comenzaron en la década de los 70, con sólo 15 años de retraso respecto a Aleman ia y Francia (y digo sólo 15 años porque hay que compararlo con el caso de Shakespeare o de otros escritores, en que el retraso era cosa de medio siglo o más), pero la difusión de sus doctrinas comienza ya en la década anterior, siendo uno de sus pioneros el abuelo de los hermanos Machado, don Antonio Machado y Núñez, catedrático de His to - ria Natural en la Universidad de Sevilla 35 • Los reflejos del darwini smo son obvios, pero todavía poco estudiados, en la novela naturalista y en Ja «poesía de la duda», tan puesta de moda por Núñez de Arce y Bartrina, quienes también están emparentados más directamente con los «honest doubters» victorianos (el culpable es el mismo Darwin), como Tennyson y Browning. Herbert Spencer, el filósofo que ele va el transformismo al rango de sistema filosófico, pronto tuvo gran prestigio en España, y todas sus obras fueron traducidas, algunas de ellas editadas numerosas veces y en tiradas grandes. Las ramificaciones del darwinismo no siempre favorecieron los procesos democratizadores, pues si bien por un lado se le utilizaba como instrumento de lucha anticlerical, por otro lado contribuyó a formar una nueva ideología materialista pero reaccionaria, la que se llamó «darwinismo social» y que erigía el principio del «survival of the fittest» en axioma político. En este punto se hace indi sp ensa bl e mencionar, a unque brevísimamente, el impacto que algunos escritores norteam er icanos tuvieron en España durante el siglo XIX y después. Washington Irving, con sus Cuentos de la Alhambra, muy pronto traducidos3 6, 34. Ver Pedro Schwarz, «Thc influence of Jeremy Bentham in Spain, Portugal and Latin America». en lb e ria11 Studies. IV (1975), págs. 3-8. 35. Véase la antología de Diego Núñez, El danvi11ismo en España, Madrid J 977. 36. Ver A. Gallego Morell, «The Alhambra de Washington Jrving y sus traducciones es paño - las », en Revista Hispá11ica Moderna, XXVI (1960), págs. 136-42.
LA DIFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 65 contribuyó grandemente el orientalismo romántico de que se hicieron eco poetas tan populares como Arolas y Zorrilla, mientras Fenimore Cooper había iniciado la novela de aventuras exóticas, también muy del gusto romántico. De la influencia de Longfellow y Melville no se sabe mucho, aunque tuvo que existir, pero en cam bio Edgar Allan Poe, con sus misteriosos cuentos, fascinó a los post-románticos españoles, desde Alarcón, que le imitó en s us Narraciones inverosímiles, hasta Pío Baroja, pasando por Vicente Barrantes, Ros de Olano, Rosalía de Castro y el mismo Bécquer de las Leyendas. Su poesía, en cambio, tardó en difundirse, y cuando lo hi zo, ya en nuestro siglo, fue sobre todo por mediación de algunos modernistas hispanoamericanos que le habían traducido37• Al entrar en el siglo XX tenemos que adoptar otros criterios y otras orientaciones, pues hasta ahora hemos estado hablando de fenómenos minoritarios. La lectura era un privilegio de minorías. En los últimos 30 años del siglo pa sado, sin embargo, la sociedad española cambia profundamente, y entramos en el 1900 con fenómenos masivos que antes no existían, ta le s como la emigración del campo a las ciudades y de ciertas zonas a otras, como Cataluña, la industrialización de algunas regiones, la formación y crecimiento de los movimientos obreros. El analfabetismo disminuye y la producción editorial crece espectacularmente y seguirá creciendo sin pausa hasta la guerra civil38• Creo que el aumento en la producción de libros no se debe sólo a factores económicos y sociales, sino también a algo que se ha tenido poco en cuenta y que es la politización del país, la aparición de una combatividad y una virulencia políticas que no existían antes. Los movimientos obreros, sobre todo el socialismo, la radicalización de los partidos antes poco efectivos, como el republicano, todo esto favorece la producción de libros, porque los militantes de estos grupos quieren combatir a los poderes establecidos por todos los medios, y uno de ellos es la formación a largo plazo de lo que entonces se llama el «obrero consciente». El que España se convirtiera en el mejor mercado de las traduccio ne s de Zola a partir de 1880 no me parece se debe exclusivamente a razones literarias. Uno de los episodios interesantes de la difusión del darwini smo en nue s tro país es la acogida que tuvo por parte de l as progresistas má s radical es la obra de John William 37. Ver John E. Englekirk, Edgar A/Jan Poe in Hispanic Literature, New York 1972 [1934]. 38. Para este período resulta indispensable el bien documentado estudio de L. Femández Cifuentes, Teorla y mercado de la novela en España, Madrid 1982.
66 JOSE M. ALBERICH Draper sobre los Conflictos entre la religión y la ciencia (1874), que se tradujo dos años después de su aparición y se reeditó en 1885 , 18 86 y 1888. A principios de este siglo la lanzaron Sempere y Maucci en amplias tiradas populares a una peseta. Contra es ta clase de inte nto s de minar la fé religiosa de las masas en nombre del progreso cien tífico escribió Unamuno su novela Amor y pedagogía (1902). Bl asco Ibáñez se arrogaba un papel subversivo no solamente como periodista y escritor, sino también como dueño de la editorial Prometeo, dedicada a la producción de grandes tiradas de libros en rústica y baratos. Ahora bien, una vez lanzados a la producción ma siva, los editores de izquierdas no se limitaron a imprimir o bra s propagandísticas, si no de todas clases. Prometeo publicó en traducción las obras principales de Shakespeare, y había una colección amarilla, creo que de Calleja, de libros baratísimos que se proponían popularizar las o br as maestras de la literatura universal, desde la Ilíada en adelante. La cultura estaba asociada con el progresis mo político. Los carcas, los reaccionarios, eran los que querían limitar el acceso a la lectura con libros como el del P. Ladr ón de Guevara (Novelistas malos y buenos). Creo que ésta es la primera vez que en España se produce, des de el punto de vis ta del lector, un embarras de richesse respecto a l as traducciones de obras extranjeras 39 • Sin que se pueda decir que es té traducido todo lo que uno desea, no cabe duda de que se puede el egir s egún los gustos y tendencias individuales. El lector de la era fernandina tenía que conformarse co n Walter Scott, Chateaubriand y poco má s. El de ahora tiene por primera vez un vasto repertorio en que escoger. Los escritores que saben inglés, como Unamuno, están apremiados y solicitados para traducir obras tan dispares como l os Principios de sociología de Herbert Spencer o la Revolución francesa de Carlyle. Rafael Cansinos Assens se puede ganar la vida tr aduciendo de cinco o seis idiomas. Pero esta misma abundancia hace el panorama m ás confuso y más difícil distinguir tendencias o corrientes específicas. La importación de libros extranjeros también ha crecido considerablemente. Cada uno lee lo que quiere. Entre los modernistas se pone de moda Ose ar Wilde, pero Unamuno pr efiere l ee r a oscuros teólogo s victoriano s y a sus poe ta s ing le ses in tradu cidos e intraducibles (Wordsworth, Blake, Shelley, Browning, muchos otros). 39. En 19 25, Ballesteros de Man os calculó que las traducciones de obras extranjeras llegaban a constitu ir un 80 % del me rcado literario español, incluido el teatro. V er L. Femández Ci fu eotcs, Ob . cit., pág. 285.
LA DIFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 67 Baroja lee asiduamente a Dickens en francés, y a novelis tas de aventuras como Rider Haggard, Mayne Reíd y Conan Doyle, pero también a Walter Scott, Fielding, Defoe. Juan Ramón Jiménez prefiere sus lecturas de Blake, Shelley y Yeats, y emprende, con la ayuda de su mujer Zenobia Camprubí, la traducción de algunos poemas de estos autores y del anglo-indio Rabindranath Tagore. Los dos grandes anglófilos, sin embargo, de la Generación del 98 son Unamuno y Baroja, y su anglofilia hay que ponerla en el contexto de un episodio intelectual que tiene lugar en los últimos años del siglo XIX y que Lily Litvak ha documentado muy bien en su libro Latinos y anglosajones (Barcelona, 1980), aunque sin ocuparse, por raro que parezca, ni de estos dos autores ni de Maeztu). Se trata de la polémica que entonces se desarrolla entre los intelectuales de toda Europa respecto a la supuesta inferioridad de las razas mediterráneas o latinas en relación con los pueblos germánicos y anglosajones del Norte de Europa. Estos pueblos nórdicos parecen haber aventajado a los latinos no sólo por su superioridad científica y técnica y por su eficiencia económica, sino también en lo artístico: ahí estaban Ja música de Wagner, el teatro de lbsen y la literatura simbolista de los belgas flamencos Maeterlinck y Verhaeren, modas artísticas que dominaban Ja Europa finisecular. En lo militar, la derrota de Francia en Sedan, la de Italia en Adua y la de España en Santiago de Cuba parecían dar la razón a los que creían que los países latinos habían entrado en irremediable decadencia. Al pangermanismo, basado en teorías de superioridad racial como las de Gobineau y Chamberlain, respondieron los pueblos del sur con un exacerbamiento de su «latinidad», de su conciencia de herederos de Roma, viento que hinchó las velas de escritores nietzscheanos como D'Annunzio, es decir, latinos que volvieron del revés el complejo de superioridad de Jos germánicos para aplicárselo a ellos mismos. Pero el latinismo se asoció a veces con el regionalismo y el federalismo, como ocurrió en Provenza y en Cataluña, donde Federico Mistral y Víctor Balaguer se convirtieron en la doble cabe za de una alianza cultural provenzal-catalana. Y el panorama se complica aún más con una tercera corriente nacionalista a ultranza que también saca fuerzas del latinismo y que produce en Francia el chauvinismo de Barres y Maurras y en España el tradicionalismo de Menéndez Pelayo o el antieuropeísmo tardío de Unamuno. Los que creían en la superioridad de los pueblos nórdicos no eran solamente los germanos y los anglosajones, sino muchos latinos tam-
68 JOSE M. ALBERICH bién que se pasan, como si dijéramos, al campo contrario y vocean la que ellos creen irremediable decadencia del Mediodía (creo que en todo esto entra una concepción biologista de las culturas que proviene del darwinismo). Gabriel Alomar, por ejemplo, quiere salvar a Cataluña decidiendo que ésta es una región de población aria, lo cual explicaría su industrialización y su activismo, mientras que la inercia del resto de España se debería a una herencia «bereber o semita». No muy distinto es lo que piensa a este respecto Baroja, para quien lo «latino» está en franca decadencia, y merecidamente; él, Baroja, como vasco, escaparía a este destino por sus características étnicas centroeuropeas y la tardía romanización de su región nativa40. Tanto Alomar como Baroja acusan al Catolicismo de haber moldeado el carácter «dogmático y estacionario» de los latinos. Para el escritor cata lán , en cambio, el protestantismo ha tenido la virtud de suscitar en los anglosajones el espíritu crítico y el individualismo, mientras que Baroja rechaza todo el Cristianismo, protestante o no, como una herencia semítica debilitante. Uno de los libros más influyentes a fines del siglo pasado fue el de Edmond Demolins, En quoi consiste la superiorité des Anglosaxons (1897), traducido al español por Santiago Alba (1899) y reeditado tres veces hasta 1904. De este libro proviene la creencia, aceptada luego por muchos españoles como Alomar, Altamira y los noventaiochistas, de que la enseñanza en los países latinos es rutinaria y pedante, basada en los libros y en la ley, mientras que los anglosajones preparaban a los niños «para la vida» y no simplemente para ocupar puestos burocráticos. Esta idea es fervorosamente acogida, al menos durante cier- to tiempo, por Baroja, quien envía al protagonista de la feria de los discretos a una «public school» inglesa, de la cual vuelve endurecido contra las adversidades y hecho un maquiavélico sin escrúpulos. El mismo Azorín, tan admirador de todo lo francés, declara que la educación de liceo es oficinesca y enervante comparada con el valor fortalecedor de la personalidad que distingue a la inglesa 40 • Muchos otros españoles de esa generación parecen haber pensado lo mismo. En este punto quisiera hac er un inciso sobre la muy comentada anglofilia de la Institución Libre de Enseñanza, que creo se ha exagerado grandemente. Aunque la admiración por el sistema educativo inglés fuese tan grande como se ha dicho en los mentores de la Ins- 40. Ver «Los ingles es en la obra de Pío Baroja», en J. Alberich, Los i1111l eses, etc .. págs. 121 - 42.
LA DIFUSION DE LA LITERATURA IN G LESA EN ESPAÑA 69 titución (Giner, Cossío, Jiménez Fraud) no creo que su semejanza con Oxbridge y las «public sc hools» fuese más que superlicial. Esta se mejan za era sobre todo una cuestión de formas, no de contenido s: una relación más íntima y personal entre profesor y alumno, fomento de los deportes, un sistema parecido al col egia l, un gusto por los jardines y las tazas de té, pero muy poco má s. Ni nguno de los establecimientos de la Institución pr acticó el método pedagógico de la brutalidad reglamentada que se usaba en las «public schools», y si algún defec- to grave tenía la Institución era un respeto supersticioso y beato por la cultura que distaba mucho del filistei smo de la tradición ingle sa . De acuerdo con el krausismo que le había dado origen y siguiendo el ejemplo de Ortega, los institucionistas pu sieron sus ojos en Al emania como fuente de saberes. En lingüística, en psicología, en filosofía, los intelectuales españoles de la época se orientaron hacia la escuela de Marburgo, Wundt, la fenomenología de Hu sse rl, el existencialismo de Martín Heidegger. Ha sta Ramiro de Ma ez tu, durante su época de residencia en Inglaterra, se desplazaba a Alemania para completar su educación filosófica. En la Inglaterra de los comienzos del siglo XX la escena cultural era tan provinciana como en España y dependiente a su vez de las modas francesas y alemanas. Pero no lo había sido siempre. La Inglaterra victoriana había producido pensadores de gran talla internacional como John Stuart Mili, Herbert Spencer y John Ruskin, los tres muy leídos en España. El americano William James también tuvo influjo sobre los escritores del fin de siglo. Contra este fondo de la polémi ca latino-germánica es interesante cómo destaca Thomas Carlyle, cuyo tratadito On Heroes se tradujo al castellano en 1892-93 y debió convertir se en lectura bastante divulgada entre los noventaiochistas, pu es aparece citado con frecuencia por Azorin, Baroja, Maeztu y, por supues to , Unamuno41• Salaverría «se las daba de pequeño Carlyle», según Pío Baroja. Y era natural que la idea del héroe carlyleano fuese acogida con entusiasmo por una generación que se hacía de la postración de España su primer problema, y que, diagnosticando la abulia como uno de los males bá sicos del país, buscaba desesperadamente un Mesías, un salvador. En este contexto de la anglofilia noventaiochesca hay que situar la visión de Inglaterra que tienen algunos escritores como país nórdico, productor de unas formas de vida y de una literatura que resultan se- 41. Ver «Unamuno y Carl yl e», en Carlos Clavería, Temas de Unamuno (Madrid 195 3), págs. 9-58.
70 JOSE M. ALBERICH ductoras para el es pañol precisamente por ser nórdicas, por tener cie rto atractivo romántico, nebulos o, que ellos creen falta a la cultura latina. Se podría pensar que es una recurrencia del síndrome de O ss ian. Tanto Baroja como Unamuno gustan de divagar e incluso teorizar sobre es ta distinción entre lo nórdico y lo meridional42• La mente nórdica es más penetrante, más profunda, más matizada, más humorística, más sentimental, más imaginativa, en una palabra, más ricamente humana que la latina. «La gracia la tina casi no es gracia», dice un personaje de Baroja, quien contrapone así a lo s dos h om bres representativos de las dos culturas en pugna: «El latino, en general, tiende a la retórica y a la elocuencia, es exageradamente socia bl e y considera la burla y el humor como un insulto. El germano, y sobre todo el anglosajón, de una vida interior, y se burlan a veces de sí mismos y de sus preoc upaciones con un a carcajada pánica. De aquí nace el humorismo en la literatura y el clown en el circo». Unamuno también considera el humorismo, inexistente según él en los pu eblos meridionales, la dimensión más valiosa de la literatura inglesa, y trata de inspirarse en ella como modelo de su razonar paradójico y contradictorio. Swift y Carlyle son sus adm irado s maestros. Tal vez estas t eorías antropológico-culturales resultan hoy día p oc o convincentes -s us propios autores ll egaron a desengañarse de e ll as- y sin embargo no cabe duda de qu e fueron en su tiempo un estímulo intelectual, una fuerza viva que contribuyó a la creación de algunas páginas admirables, y que por tanto merecen ser tenidas en cuenta históricamente. Salvador de Madariaga atribuye gran importancia a la marcha de Maeztu a Londres en 1905 como correspon sa l de tres periódicos españoles. Segun él, ello indica que París había dejado de ser el centro informativo y cultural del mundo, que de allí en adelante la prensa se interesaría también por el punto de vista de Londres, de Berlín y de Roma, es decir, que se rompería el monopolio francés y la dependencia cultural de España con respecto a Francia ya no sería total. Poco después, en 1907, marchó también a Lond res Ramón Pérez de Ayala, quien empezó a informar a través del Imparcial sobre la actualidad literaria inglesa. Madariaga mi smo sería un importante enlace entre la vida intelectu al española y el mundo anglosajón. Estos tres escritores constituyen sin duda casos egregios de anglofilia, con resultados be- 42 . Ver «El mito de lo nórdico y lo anglosajón en Baroja». en J. Alberich, Los ingleses. etc .. págs. 145-57 y, del mismo au1or, « La literatura inglesa bajo tres símbolos unamunianos: el hombre. la niebla y el humor», en la pop ularidad de Don Juan Teno ri o, págs. 13 -24.
LA DIFUSION DE LA LITERATURA INGLESA EN ESPAÑA 71 neficiosos para la vida cultural hispana, pero son también, como los emigrados de 1823, casos atípicos, a caballo entre dos lenguas y dos mundos, difícilmente representativos del país en que nacieron43• Respecto a la influencia de las letras ing le sas en los españoles de los primeros cuarenta años de este siglo, sabemos que existe, y que es una consecuencia de la explosión editorial a que nos hemos referido hace poco, pero es difícil trazarle líne as direct ri ces o tendencias claramente distinguibles. El teatro simbolis ta de John Millington Synge influye en Lorca, mientras Cemuda descubre un concepto nuev o de la poesía en Y eats y Eliot. Algunos gustan del teatro de Bemard Shaw, o de la ciencia-ficción de H.G. Well s. Virginia Woolf y James Joyce se hacen apreciar por la generación de Dáma so Alonso, pero aun más, después de la guerra civil, por los jóvenes autores de la ll amada «novela social». Lo mismo se puede decir de lo s americanos John Dos Passos, Em est Hemingway y William Faulkner. La no vela de es te último, Santuario (1931) fue traducida antes de la guerra por Lino Novás Calvo, lo que le consiguió lectores as iduos entre esa generación (Suárez Carreño, José María Alfaro, Luis Rosales, Torrente Ballester) y un a influencia casi cierta en el prim er Cela del Pascual Duart e, así como la devoción de otros novelistas más jó ve nes 44 • Y así sucesivamente. El tema de la influencia ingl esa en l as letras actuales se ha hecho de tal magnitud que requeriría un trabajo de equipo, y de equipo grande, pues es ahora, con una producción editorial elevada, un conocimiento del inglés mucho más extendido, y una coyuntura en la que España se sitúa como el segundo país del mundo en la publicación de traducciones, cuando realmente se puede hablar de un impacto considerable de las letras inglesas. 43. Ver Salvador de Madariaga, Spain (Londres 1930). págs. 145 y sigs.; Vicente Marrcro, Mae:tu (Madrid 1955), págs. 195-3 57 y R. Pérez de Ayala, Tributo a Inglaterra, Madrid 1 963. 44. He aq uí, un poco al azar, algunas orientaciones bibliográficas sobre este vas to te ma : Susana C. Sa las. «Synge y García L orca », en R ev ista Hispánica Moderna, XXVII (1961 ), pá gs. 12 8- 37; César A. Molina, « Las p rim er as traduc ci on es españolas del U/ises•, en lnsu/a ( 1984), n• 447, págs. 1 y 1 4; A.M. Co hn, «T hc Spani sh translati on oí A Portrait of the Arti stas a Young M an• , en Révue de Lw érature Comparée, XXXVI (1963). págs . 405-09; J. García Lora, «Virg inia Woolf y Azorín», en lnsula (1957), n° 1 31, págs . 9 y 1 2; Bem Dietz, «Luis Ce mu da, trad uc t or de poes ía inglesa y alemana»; en Cuade rn os Hispanoamericanos (1979), n• 350, págs. 283-99; Octavio Paz, «La pa labra edi fi cant e• (sobre Cemuda y los poetas ingleses), en Papeles de Son Armadans (oct. 1964), n• 103. págs. 41-82; Maria E. Brav o, « Los parientes fau lkn erianos de Pa sc ual Duart e•, en Nu eva Estafeta ( 1982), n• 50, págs. 39-49.