Cicerón y la filosofía helenística (algunas reflexiones sobre la originalidad y las fuentes del pensamiento ciceroniano)
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«FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007. ISSN: 1132-3329 JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA (ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ORIGINALIDAD Y LAS FUENTES DEL PENSAMIENTO CICERONIANO) Seguramente porque la figura política de Marco Tulio Cicerón ha calado tan hondo que ha trascendido como pocas el tiempo en que se desenvolvió, su obra filosófica, al socaire de la fama, ha perdurado favorablemente aun a pesar de haber perdido en el camino algunos legajos valiosos. El nombre de Cicerón ha sido un salvoconducto poderoso gracias al cual tenemos hoy la posibilidad de saber un poco más de lo que, de otra manera, recibiríamos tan sólo un eco lejano y difuso. Sea nada más que por eso, debemos agradecer al ilustre orador que dedicara a la filosofía una parte considerable de su celebrada prosa. Cuestión bien distinta es valorar el contenido filosófico de lo que ha llegado hasta nosotros; aquí hay juicios distintos e incluso enfrentados. Algunos de ellos tienen probablemente tras de sí la animadversión o la admiración que produce todavía hoy la actividad política de Cicerón. En este sentido, fácil sería para nosotros señalar que su actividad filosófica merece por sí misma una valoración autónoma y diferenciada, pero nos hacemos cargo de que, por debajo de todo tipo de trabajos, se encuentra la figura, muy humana, que los realizó, y eso ejerce un poderoso influjo a la hora de valorar las distintas facetas de nuestro hombre. Además, estamos ante quien tiene por costumbre ofrecer de sí cumplida cuenta en todo cuanto escribe: sin entrar en la consideración de su correspondencia (habría que preguntarse cuántos hay, antiguos o modernos, que hayan podido, como Cicerón, legar casi íntegramente su correspondencia y hacerla perdurar a lo largo de los siglos), todos los prólogos de sus obras filosóficas contienen en mayor o menor medida noticias de la actualidad política y personal; es más, no debe obviarse que la costumbre del arpinate de introducir en sus obras un verdadero aluvión de datos históricos en-
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 116 cierra una cierta intencionalidad política, especialmente en unos momentos como los que se vivían cuando se escribieron las obras que van a centrar nuestro interés. Entre mayo del 45 a.C. y abril del año siguiente escribió Cicerón una buena parte de su producción filosófica. Los dos libros que componían la primera redacción de los Academica datan de mitad del mes de mayo, aunque esta obra sufrió otras dos redacciones, la última de las cuales se sitúa a finales del mes de junio; por otro lado, los tres libros del De natura deorum fueron editados durante los últimos días del mes de agosto, mientras que el De divinatione y el De fato fueron realizados en el período de tiempo comprendido entre febrero y abril, ya en el 44 a.C. Podemos decir sin temor a equivocarnos que hay en la historia pocas fechas tan ponderadas como las que acabamos de citar. Suponen, en el plano político, el cenit de Julio César, su asesinato y el inicio de la inestabilidad que tuvo como consecuencia aquel celebérrimo magnicidio. En marzo del 45 César había derrotado en Hispania a lo que quedaba del ejército de Pompeyo, en octubre fue recibido en Roma como ningún mortal lo había sido antes1, el senado decretó cincuenta días de oraciones por la victoria, le otorgó los títulos de imperator , padre de la patria y libertador. Poco después se celebró su quinto triunfo, y con este motivo César pagó de su bolsillo dos banquetes para el pueblo. Por otro lado, aunque había rechazado el título de cónsul sine collega , manejaba los hilos del poder sin dificultad, dado que tenía rendido a sus pies el senado, y su prestigio y magnetismo hacían de él una figura muy popular. Y, sin embargo, llegaron los Idus de marzo. En medio de su gloria, las pocas voluntades que en el senado le eran adversas, antes de apocarse definitivamente, tuvieron la fuerza suficiente para conjurarse y apuñalar al dictador. Los que creyeron recuperar así la libertad fueron pronto defraudados en sus deseos, dado que sobre el cuerpo ensangrentado de César se irguió la figura, menos brillante quizá, pero más siniestra, de Antonio, quien no tardaría en solicitar los mismos privilegios de su mentor. Y, mientras tanto, Cicerón, apartado de la vida pública, exonerado prácticamente de su actividad en los tribunales, pasa en lo personal durante estos meses unas circunstancias verdaderamente duras. En 1 Suet., Jul., 76.
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 117 primer lugar, su hija Tulia, su dilectísima hija, fue repudiada por su esposo Dolabella estando embarazada; poco después, su matrimonio con Terencia naufragó después de treinta años de convivencia: los motivos son oscuros, aunque Plutarco se encarga de decirnos que Cicerón quería casarse otra vez para mejorar su maltrecha economía2. El caso es que esta segunda boda se produjo con una bella y rica muchacha, Publilia, de la que había sido tutor. Después de la boda pasó el inicio del año 45 en Roma esperando a que Tulia diera a luz. Tras el parto, marchó con ella y el bebé a Túsculo, su finca, en donde a mediados del mes de febrero Tulia falleció. El golpe fue durísimo. Una idea del estado de ánimo en que cayó Cicerón nos la ofrece la correspondencia dirigida a Ático poco después de la desgracia; en ella los tonos adquieren un patetismo inusitado, y la congoja, apenas comparable con la del exilio, sustituye por completo la cordial familiaridad con la que suele dirigirse a su íntimo amigo3. Presa de un dolor insoportable, se encierra en su villa de Astura. Nada le alivian los numerosos mensajes de condolencia que recibe. César le envía su pésame desde España, Ático intenta apuntalarle como puede el ánimo; no hay forma, Cicerón pasa el tiempo lamentándose… y escribiendo, escribiendo filosofía. No encuentra otra forma de calmar siquiera un ápice su tristeza, por eso escribe diariamente sin parar4, y, fruto de esta frenética actividad, tenemos en el período de tiempo comprendido entre febrero del 45 y noviembre del 44 un total de trece obras filosóficas intercaladas únicamente con las primeras Filípicas 5, que fueron compuestas durante septiembre del 44. Para valorar este ingente esfuerzo podemos acudir al prólogo del segundo libro del De divinatione 6. En los prólogos de sus obras7 suele Cicerón ofrecer gran número de noticias que comprenden un amplio espectro de temas: no es raro que se ofrezcan datos de la actualidad política, hecho que nos sirve para ubicar temporalmente la com2 Plut., Cic., 41. 3 Att., XII, 13; 14; 15; 16; 18. 4Ibid. 14. 5 Phil., I-IV. 6 Div., II, 1-4. 7 Sobre esta cuestión, ver M. Ruch, Le préambule dans les oeuvres philosophiques de Cicéron, París, 1956.
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 118 posición de sus obras. Pero también aparecen reflejadas circunstancias de su vida privada, entre las cuales tiene, como es de esperar, una especial relevancia la muerte de su hija. Conocemos igualmente a través de los prólogos su amplio abanico de amistades. Y, finalmente, en los prólogos Cicerón suele ofrecer una justificación de su reciente dedicación a la filosofía: en este sentido, observamos cómo repite una y otra vez que tras esta actividad particular hay un deseo de ser útil al Estado, pues considera que no hay mejor servicio a la patria que trasladar a las letras latinas una temática que hasta entonces había permanecido reservada únicamente al griego. Él no duda en arrogarse esta iniciativa, y guarda un extraño silencio respecto al De rerum natura de Lucrecio, obra cuya publicación corrió a su cargo8. A nosotros, no obstante, nos interesa especialmente el prólogo del segundo libro del De divinatione, pues en él Cicerón pasa revista a su obra filosófica realizada hasta ese momento y nos menciona la que pensaba ejecutar en breve. Tenemos pues la sucesión de obras comprendidas entre el Hortensio , que tanto impacto produjo en San Agustín y que se ha perdido desgraciadamente, y el De Fato; esto es, sin incluir las citadas obras, los cuatro libros de la última redacción de los Academica, los cinco libros del De Finibus , los cinco de las Tusculanae disputationes , los tres libros del De natura deorum , y los dos del De divinatione. Cicerón cita fuera de esta serie su Cato , un discurso hoy perdido en honor a Catón y realizado en el inicio del 45, su Consolatio , obra también perdida y redactada al poco de la muerte de Tulia, y su De senectute , que en el momento en que escribía el prólogo del que estamos hablando era sólo un proyecto: su materialización se produjo después del De fato , probablemente en julio del 45. Por otro lado, Cicerón no se olvida de citar su obra dedicada a la teoría oratoria, realizada en su totalidad antes del 44, y su De re publica así como su De legibus , obras datadas entre el 52 y el 51 a. C. Con esta obra Cicerón agota la totalidad de los temas filosóficos comprendidos en el canon atribuido por él en su origen a Platón, y que divide la filosofía en tres partes: 8 Ver la introducción de Eduardo Valentí a su edición de la obra lucreciana: Lucrecio, De la naturaleza, Madrid, 1983 (p. IX-XXIII).
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 119 «una de vita et moribus, altera de natura et rebus occultis, tertia de disserendo et quid verum, quid falsum, quid rectum in oratione pravumve, quid consentiens, quid repugnans esset indicando.»9 Se trata, pues, de la ética, protagonista, por ejemplo, del De finibus, de las Tusculanae Disputationes y del De officiis; sobre el tema de la lógica, que incluye en su seno la teoría del conocimiento, la retórica y la dialéctica, Cicerón construye un buen número de tratados de retórica: de ellos el más destacado de todos es el De oratore , redactado en tres libros y cuya fecha de composición nos lleva al 55 a.C.; no obstante, tiene especial interés para nosotros el diálogo que dedica a la teoría del conocimiento, los Academica , en donde se articulan dos doctrinas rivales sobre este particular, la de Antíoco y la de Carnéades. Finalmente, la física, que comprende en su seno también la teología, es tratada en las obras que tocan precisamente este tema y que, partiendo del De natura deorum , incluyen el De divinatione y el De fato. De todos modos, aunque éstos sean los temas centrales de sus diálogos, no son los únicos que se desarrollan; así, podemos observar en el primer libro del De finibus cómo Cicerón realiza una amplia digresión sobre la física epicúrea, y en el libro cuarto sobre la estoica; o podemos observar cómo en el De oratore , a pesar de ser una obra que gira en torno a la elocuencia, sin embargo contiene gran cantidad de referencias a la ética, y es que continuadamente se pone el acento en este obra en que no puede ser buen orador quien no es capaz de configurar sus discursos sobre una base filosófica firme10. En definitiva, la obra filosófica ciceroniana, sin entrar en la valoración de la calidad o la originalidad de su contenido, nos permite, por su variedad, conocer con más amplitud la filosofía griega posterior a Aristóteles, y asomarnos, a través de los ojos de este romano del siglo I a.C., al desarrollo de las doctrinas de las tres grandes escuelas que surcaron el helenismo y afrontaron con desigual suerte el complejo inicio de nuestra era. No hay duda de que hubiera sido preferible conocer de primera mano los textos completos de un Crisipo o un Panecio, de un Clitómaco o un Antíoco; y es claro que, si hubiéramos podido elegir, habríamos optado por leer aquel Perì kathékontos de Panecio, antes que conformarnos con conocer lo que dijo el filó9 Ac., I, 19. 10 De Or., I, 55.
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 120 sofo de Rodas a través de los dos primeros libros del De officiis ; es evidente, en fin, que nos hubiera gustado conocer más de la amplia obra perdida de Epicuro para, entre otras cosas, poder comprobar hacia dónde fluye esa cascada de imágenes en virtud de las cuales nuestra mente capta la naturaleza divina, según el libro primero del De natura deorum ; pero todo ello no debe servirnos para despreciar a Cicerón, más bien debemos ser conscientes de que sin aquel ingente esfuerzo por compilar y resumir, por traducir y acoplar al latín, con una prosa fluida y embellecida, habríamos perdido mucho de lo exiguo que nos ha llegado de la filosofía helenística. Pero no debemos olvidar que la obra filosófica de Cicerón tiene detractores. Se le acusa de falta de originalidad, de poca profundidad, se le acusa incluso de falta de claridad cuando se tocan asuntos de cierta complejidad. Se pone el acento en su amateurismo filosófico. Quizá el paroxismo de esta crítica lo encontramos en el ilustre historiador alemán Theodor Mommsen, quien, refiriéndose a la actividad creativa de Cicerón, afirma lo siguiente: «Tenía un temperamento de periodista en el peor sentido del término, riquísimo en palabras, como él mismo nos dice, pero inconcebiblemente pobre en ideas, y pocas disciplinas habría en que, con ayuda de unos pocos libros, no fuese capaz de componer deprisa y corriendo, con las artes del traductor o del compilador, un ensayo legible...Huelga decir que, considerado como hombre, este político y este literato no podía ser otra cosa que la superficialidad y el egoísmo en persona, recubiertos de un brillante y delgado barniz.»11 Esta crítica, por más que tenga tras de sí el poco aprecio que siente Mommsen por la variable posición política del arpinate, posee algunos elementos que deben hacernos pensar. Efectivamente, Cicerón se aplica con fruición a trasladar al latín las doctrinas filosóficas del estoicismo, del epicureísmo y de las distintas manifestaciones de la Academia; es cierto igualmente que no es todo lo sistemático que hubiese sido de desear, que el estilo y la composición son desiguales, y que encontramos lagunas que no siempre son atribuibles a la corrupción del tiempo. Mommsen tiene razón al señalar que estos es11 T. Mommsen, El mundo de los césares, traducción española de W. Roces, Méjico, 1945 (p. 740).
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 121 critos poseen como fuente unos pocos libros que sirven de guía. También es sorprendente el poco tiempo que dedica a ejecutar estas obras: en veinte meses compuso más de cinco obras filosóficas mayores y algunas otras menores. Su actividad debió de ser en algunos momentos verdaderamente febril: sólo escribiendo día y noche pudieron componerse, por ejemplo, los cinco libros del De finibus , obra cuya realización no debió ocuparle más de mes y medio; o los otros cinco de las Tusculanae disputationes , también realizados en poco más de un mes. Indudablemente, esta celeridad, admirable en sí misma si observamos con perspectiva su resultado, le privó de una cierta profundidad que se echa a faltar cuando le leemos. El mismo Cicerón se contradice a la hora de explicar la estrategia que sigue para componer sus escritos filosóficos. En una carta a Ático señala refiriéndose a ellos que no son más que transcripciones, que dan poco trabajo y que para su composición él sólo pone las palabras, de las que dice estar sobrado12. Sin embargo, en el De finibus afirma no reducirse a la función de simple traductor, sino que, exponiendo las doctrinas que aprueba, introduce sus propios pareceres y su capacidad narrativa13. ¿Con qué opinión debemos quedarnos? Es difícil saberlo: probablemente cuando se dirige a su amigo es menos solemne, más familiar, y, quizá por ello, más franco. No hay duda de que Cicerón traduce en gran medida: por doquier lo encontramos manifestando su cautela a la hora de buscar palabras y expresiones en latín que reflejen con más o menos exactitud los términos griegos. No hay duda tampoco de que él mismo se encarga en muchos casos de trasmitirnos los títulos de aquellas obras de las cuales se sirve. Pero no sólo traducción hay. Probablemente sí sea cierto que, cuando se trata de exponer la teoría, Cicerón apenas hace más que traducir al latín lo que lee en griego. Pero no proviene de la traducción la gran cantidad de ejemplos tomados de la historia, especialmente romana, con que están salpicados sus tratados. Por otro lado, la actividad de traducir no es en sí misma despreciable, sobre todo cuando se es, como ocurre con Cicerón, pionero absoluto. No es poco acoplar a una lengua distinta, que hasta ese momento, con la notable excepción de Lucrecio, no había acogido en su seno de forma 12 Att., XII, 52. 13 Fin., I, 6.
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 122 más o menos sistemática expresiones filosóficas, un apresto conceptual que llevaba ya muchos siglos desarrollándose en la cultura y la lengua griegas. Además, cuando esto se hace en una prosa fluida y elegante, con una perfección estilística que en algunos momentos es realmente insuperable, entonces no podemos permitirnos minusvalorar el trabajo del arpinate, aunque adolezca de falta de originalidad. En cuanto a las preferencias filosóficas de Cicerón, hemos de decir que, especialmente en los prólogos de sus obras, hallamos un buen número de pronunciamientos sobre este particular. Estos pronunciamientos sirven para manifestar su adhesión a la Academia Nueva y concretamente a su probabilismo: es, desde luego, la figura de Carnéades, conocida por Cicerón a través de los escritos de Clitómaco, la que tiene más peso en esta adhesión. Sin embargo, Cicerón conoció personalmente a Filón de Larisa, y quedó hondamente impresionado por él: su pensamiento y sus enseñanzas pudieron ser el acicate que provocara desde pronto la simpatía de Cicerón por los pensadores neoacadémicos. La formación filosófica de Cicerón es, no obstante, más amplia. Su interés por este estudio se manifestó tempranamente, y, al poco de acabar el período de tiempo en que prestó servicio militar, se entregó a las enseñanzas del citado Filón, quien por aquel entonces se hallaba en Roma exiliado, y del estoico Diodoto, alojado en su propia casa: con este último estudió dialéctica y se ejerció en la oratoria tanto latina como griega. Posteriormente, tras la defensa de Roscio, realizó un largo viaje de dos años por Grecia, Asia Menor y Rodas. En Atenas asistió a las lecciones de Antíoco, en la Academia. En Rodas conoció a Posidonio y tuvo oportunidad de escucharle. De modo que, a su vuelta a Roma en el 78 a.C. Cicerón, que contaba entonces con 28 años de edad, poseía una sólida formación retórica y filosófica. Ahora bien, embarcado en cuerpo y alma en su propio cursus honorum , habrían de pasar veintitrés años antes de que compusiera su primer tratado filosófico. Durante ese tiempo, según nos confiesa14, no dejó de leer y reflexionar. Es en su obra filosófica posterior a la muerte de su hija, donde se manifiesta más claramente aquella adhesión a la Academia Nueva. Observamos cómo en los prólogos confiesa y justifica que no ha 14 Nat. Deor., I, 6.
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 123 encontrado otra forma de pensamiento más adecuada a su forma de ver el mundo. Un botón de muestra de esto lo encontramos en el prólogo del libro primero del De natura deorum . Merece la pena ofrecer aquí ese texto en su integridad: «Qui autem requirunt quid quaque de re ipsi sentiamus, curiosas id faciunt quam necesse est; non enim tam auctoritatis in disputando quam rationis momenta quaerenda sunt. Quin etiam obest plerumque iis qui discere volunt auctoritas eorum qui se docere profitentur; desinunt enim suum iudicium adhibere, id habent ratum quod ab eo quem probant iudicatum vident. Nec vero probare soleo id quod de Pythagoreis accepimus, quos ferunt, si quid adfirmarent in disputando, cum ex eis quaereretur quare ita esset, respondere solitos “Ipse dixit”; “ ipse” autem erat Pythagoras: tantum opinio praeiudicata poterat, ut etiam sine ratione valeret auctoritas. Qui autem admirantur nos hanc potissimum disciplinam secutos, iis quattuor Academicis libris satis responsum videtur. Nec vero desertarum relictarumque rerum patrocinium suscepimus; non enim hominum interitu sententiae quoque occidunt, sed lucem auctoris fortasse desiderant; ut haec in philosophia ratio contra omnia disserendi nullamque rem aperte iudicandi profecta a Socrate, repetita ab Arcesila, confirmata a Carneade usque ad nostram viguit aetatem; quam nunc prope modum orbam esse in ipsa Graecia intellego. Quod non Academiae vitio sed tarditate hominum arbitror contigisse; nam si singulas disciplinas percipere magnum est, quanto maius omnis? quod facere iis necesse est quibus propositum est veri reperiendi causa et contra omnis philosophos et pro omnibus dicere. Cuius rei tantae tamque difficilis facultatem consecutum esse me non profiteor, secutum esse prae me fero. Nec tamen fieri potest ut qui hac ratione philosophentur ii nihil habeant quod sequantur. Dictum est omnino de hac re alio loco diligentius, sed quia nimis indociles quidam tardique sunt admonendi videntur saepius. Non enim sumus ii quibus nihil verum esse videatur, sed ii qui omnibus veris falsa quaedam adiuneta esse dicamus tanta similitudine ut in iis nulla insit certa iudicandi et adsentiendi nota. Ex quo exstitit illud, multa esse probabilia, quae quamquam non perciperentur, tamen, quia visum quendam haberent insignem et inlustrem iis sapientis vita regeretur.»15 15 «No obstante, quienes preguntan cuál es mi parecer acerca de este tema, hacen gala de ser más curiosos de lo que es necesario; a través de la discusión no se ha de buscar tanto el refuerzo de la autoridad propia como el de la argumentación: es más, generalmente la autoridad de los que se dedican a la enseñanza perjudica a aquellos que se ofrecen para instruirse; dejan, en efecto, de utilizar su juicio, dan por ratificado aquello que ven juzgado por aquel a quien aprueban. Ciertamente, no es mi costumbre tener aprecio por aquellas prácticas que hemos recibido de los pitagóricos, quienes, si a lo largo de la
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 130 buena la conexión lógica de estas proposiciones, entonces debe aplicarse sistemáticamente; y, si hacemos esto, nos encontramos con silogismos como el siguiente: «Si dicis te mentiri verumque dicis, mentiris; dicis autem te mentiri verumque dicis; mentiris igitur.»25 Los estoicos respondían que debe exceptuarse este tipo de silogismos ya que resultan inexplicables. Ahora bien, continúa Carnéades, si estas proposiciones son inexplicables y no existe ningún criterio para saber si son o no verdaderas, ¿debemos considerar también que tiene excepciones aquella definición estoica del enunciado en la cual éste se identificaba con una proposición que es verdadera o falsa?26. Contra la dialéctica estoica va también el sôrités : ¿con cuánto añadido o quitado es rico o pobre un individuo? ¿Tres son pocos o muchos? La dialéctica, dice Carnéades, no puede fijar el límite distintivo entre las cualidades opuestas, pues la naturaleza no nos provee del conocimiento de los límites, por lo cual no podemos determinar en qué momento debemos detenernos27. Esto es quizá lo más reseñable del contenido de los Academica . En cuanto a los otros textos cabe decirse que en ellos somos testigos del método escéptico en acción . En los Academica , Cicerón ha expuesto el fundamento último de ese método: la concepción de que no hay nada que podamos considerar verdadero a ciencia cierta, y de que en realidad el conocimiento sólo puede aspirar a ser más probable y más verosímil, de modo que el amor a la verdad se convierte en un procedimiento continuado e inconformista de investigación imparcial y desapasionada. Sobre este fondo, especialmente en los trabajos que dedica posteriormente a la teología, somos testigos de un Cicerón que, ya sea él mismo, ya por boca de otros personajes, discute las distintas doctrinas que se ofrecen en torno a la naturaleza de los dioses, a la adivinación y, finalmente, a la predestinación fatal y el libre albedrío. Resta decir algunas palabras sobre la repercusión posterior de la obra filosófica de Cicerón, en especial de la que ejecutó después de la muerte de su hija Tulia. A este respecto, no tenemos por más que citar las palabras de Anthony A. Long, que en las páginas finales de su ya célebre tratado La filosofía helenística señala que la influencia 25 Acad., II, 96. 26 Ibid., II, 91. 27 Ibid., II, 92.
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 131 de Cicerón en la baja antigüedad y en tiempos más recientes es un aspecto importante de la tradición clásica28. Por otra parte, el profesor Herrero Llorente en la introducción a su edición en castellano del De finibus, más allá de los muchos defectos que encuentra en la obra filosófica ciceroniana, apunta un mérito en el haber del arpinate, y es el de haber colmado en cierta forma la profunda laguna que sin ella existiría en nuestro conocimiento de la filosofía antigua. Nosotros queremos distinguir un doble aspecto en la influencia póstuma del Cicerón filosófico. Por un lado, y tal como señala Herrero Llorente, su obra nos permite conocer mucho de la filosofía antigua, y en concreto de la que se desarrolla tras el deceso de Alejandro Magno y de su tutor Aristóteles. Por otro lado, el esfuerzo de Cicerón por generar casi de la nada una terminología filosófica en latín permitirá más tarde que la filosofía, un producto originalmente oriental, penetrara en el occidente europeo y conformara aquí una tradición secular que nos transporta desde los comienzos de nuestra era hasta la época moderna. Respecto a lo primero hay que poner el acento en una cosa: sin el legado de Cicerón, poco habría sido, muy poco, lo que podríamos conocer de la Academia Nueva, y, más en concreto, de la figura de Carnéades. Respecto a este filósofo V. Brochard afirma lo siguiente: «Un examen imparcial de lo que conocemos testifica que a lo menos que fue un poderosos espíritu. Desde Aristóteles hasta Plotino, Grecia no lo tuvo más grande; sólo Crisipo podría disputarle la palma, y si nos remitiéramos a la opinión de la mayor parte de los antiguos, es a Carnéades a quien pertenecería.»29 Basta hacer un breve recorrido por las numerosas páginas que el especialista francés dedica a Carnéades para darnos cuenta de la escasez de fuentes con las que contamos para conocer el pensamiento de este filósofo. Básicamente se reducen a cuatro: por orden cronológico tenemos primeramente a Cicerón, luego tenemos las obras de Plutarco y de Sexto Empírico, autores ambos que florecieron en la transi28 Anthony A. Long, La filosofía helenística, traducción de P. Jordán de Urries, Madrid, 1987. 29 Victor Brochard, Los escépticos griegos, traducción al castellano de Vicente Quinteros, Buenos Aires, 1945 (p. 153).
CICERÓN Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 132 ción entre el siglo I y el II d.C., y finalmente contamos con Diógenes Laercio, figura ya del siglo III d.C. Ante este panorama debemos ponderar la importancia de la fuente ciceroniana en dos aspectos, ambos relacionados. Primeramente es temporalmente el más cercano a Carnéades: tanto es así que fue testigo directo de la bifurcación que sufrió la Academia con Filón y Antíoco. En segundo lugar, tiene acceso directo a la obra del discípulo de Carnéades, Clitómaco, quien se encargó en una extensa obra de dejar por escrito las opiniones de su maestro. En esto, sin embargo, debemos emparejar a Cicerón con Sexto Empírico, y probablemente con Plutarco, según se puede observar en su Adversus Colotem. Ahora bien, el hecho de que sean ésas las fuentes con que contamos en la actualidad no significa que hayan estado siempre al alcance de la mano. Hoy sabemos que la obra de Sexto Empírico, el que trata con más profundidad la filosofía de Carnéades junto con el mismo Cicerón, permaneció en la oscuridad durante la práctica totalidad de la Edad Media, y que no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVI cuando fue publicada y conocida.30. Hasta entonces el único contacto con el escepticismo académico y, por consiguiente, con Carnéades, viene casi exclusivamente de la mano de Cicerón31. Pero, además, la obra de Cicerón no sólo ha servido para trasladar a la cultura europea occidental el legado de la filosofía neoacadémica. El estoicismo y el epicureísmo también deben mucho a Cicerón. Y especialmente el primero, porque obras como el De finibus , las Tusculanae disputationes , el De officiis o incluso el libro segundo del De natura deorum han servido para trasladarnos las doctrinas de estoicos como Panecio o Posidonio, pensadores de los que no hemos recibido ninguna obra de primera mano, y de los que se sirvió ampliamente Cicerón. En definitiva, podemos afirmar que la influencia de Cicerón sirvió para mantener viva durante mucho tiempo la llama de la filosofía. Su figura, junto con la de Séneca, sobresalió por encima de las demás 30 Sobre este particular ver el magnífico libro de Richard H. Popkin Historia del escepticismo desde Erasmo hasta Spinoza, traducción al castellano de J.J. Utrilla, México, 1983 (p. 44 y ss.). 31 La influencia de Cicerón en la baja Edad Media y en los albores de la modernidad ha sido estudiada por Charles B. Schmitt en su obra Cicero scepticus: a study of the influence of the "Academica" in the renaissance, La Haya, 1972.
JOSÉ MANUEL GARCÍA VALVERDE «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 5, 2007 ISSN: 1132-3329 133 durante un largo período de tiempo, y supuso en buena parte de la Edad Media uno de los pocos puntos de contacto con la cultura antigua. Siendo esto así, debemos afirmar que allanó el camino para cuando la filosofía, en los albores de la modernidad, estuvo preparada para beber otra vez de fuentes originales.