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El terremoto de Lima en 1746: la utilización interesada de un desastre natural

Pérez-Mallaína Bueno, Pablo Emilio

Abstract

The object of this paper is not to make a detailed list of the events which took place during the earthquake that destroyed Lima in 1746. Its main intention is to ana1yze how the richest and most powerful sectors of the Limean society confronted that great catastrophe, and more concretely, how some of them took advantage of it for their own benefit. The reconstruction of the city and the destruction of the buildings which acted as guaranties for mortgages or loans would give rise to a huge number of conflicts, which let us to study the relationships among the privileged groups in the capital of Peru.

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La utilización interesada de un desastre natural. El terremoto de Lima en 1746 por Pablo E. Pérez Mallaína Abstract. - The object of this paper is not to make a detailed list of the events which took place during the earthquake that destroyed Lima in 1746. Its main intention is to analyze how the richest and most powerful sectors of the Limean society confronted that great catastrophe, and more concretely, how some of them took advantage of it for their own benefit. The reconstruction of the city and the destruction of the buildings which acted as guaranties for mortgages or loans would give rise to a huge number of conflicts, which let us to study the relationships among the privileged groups in the capital of Peru. Estudiar una catástrofe sísmica significa seguir una antigua tradición de los cronistas de Indias y, al mismo tiempo, realizar una aportación a una de las corrientes historiográficas más recientes y con más esperanzas de futuro. Los primeros historiadores del Nuevo Mundo y los más conocidos tratadistas de su geografía, desde Gonzalo Fernández de Oviedo, hasta José de Acosta o Antonio Vázquez de Espinosa, consideraron siempre que los grandes terremotos eran hechos dignos de ser guardados en la memoria colectiva. Por ello, describieron su frecuencia y su violencia; se espantaron con la cuantía de los daños y el número de víctimas; y discutieron sobre sus causas, las cuales, aunque solían basarse en razonamientos de los sabios grecolatinos, se impregnaban inevitablemente de sentimientos cristianos, para terminar convirtiendo a los temblores de tierra en "alguaciles de la justicia divina"1. A lo largo de la época colonial, autores mucho menos conocidos mandaron imprimir numerosos relatos sobre movimientos sísmicos desde una perspectiva que podríamos denominar como de "lecciones 1 José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Madrid 1987), p. 214. Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas 35 © Böhlau Verlag Köln/Weimar/Wien 1998 74 Pablo E. Pérez Mallaína entretenidas y curiosas". Las lecciones eran normalmente morales y este tipo de escritos no son exclusivos del fervor barroco, sino que llegán hasta bien entrado el siglo XIX2. Muy cercanos a ellos están los que aprovechaban la dramática coyuntura para relatar milagros y hechos portentosos3. Finalmente, no tan comunes, pero no menos interesantes, son los que utilizaban la catástrofe para realizar un descarado ejercicio de adulación al gobernante de turno y a sus denodados esfuerzos por mitigar daños y reconstruir edificios4. El cientifismo, triunfante desde mediados del siglo XIX, inicia una tendencia que llega hasta nuestros dias y que favorece la aparición de trabajos en los cuales se recopilan datos sobre la totalidad de los terremotos ocurridos en una región y se realizan antologías de relatos sobre los mismos. La intención es claramente práctica, pues se pretende con ello constituir una base de datos para que luego, geógrafos o geólogos puedan establecer mapas sísmicos con las zonas más activas y peligrosas, asi como los periodos, ritmos o frecuencias de las catástrofes. Los autores de este tipo de obras no tienen que ser historiadores, y entre ellos se cuentan geólogos5, ingenieros civiles6 y hasta políticos que llegaron a presidente de la república7. Cuando la recopilación de textos sobre antiguas catástrofes es el elemento prioritario de las obras, éstas, a pesar de que a veces mantiene 2 En 1748 se publicaba en Madrid uno de estos impresos donde se relataban las demostraciones de penitencia pública realizadas en Lima a raíz del terremoto de 1746: "Carta o diario que escribe don José Esteban de Llano y Zapata ...". Pero todavía en una fecha tan tardía como 1837 aparecía en México el libro de Carlos María Bustamante, Temblores de México y justas causas porque se hacen rogaciones públicas (México 1837). 3 José Cabezas, Historia prodigiosa de la admirable aparición y milagros portentosos de la imagen soberana de ... Nuestra Señora de Soterraría de Nieva, especialísima (sic) de truenos, rayos, centellas y terremotos (México 1748). 4 Entre los varios impresos que exaltaron extraordinariamente la figura del virrey don José Antonio Manso de Velasco puede citarse el titulado Noticia analítica y estado que tiene el puerto del Callao y la ciudad de lima a él año cumplido de sus desolación y ruina ... (Lima 1747). 5 Es el caso de Giovani Peraldo y Walter Montero y su obra: Temblores del periodo colonial de Costa Rica (Cartago 1994). 6 Esa fue la profesión de Teodoro Amerlinck, autor de: Sismos en la ciudad de México; ojeada histórica (México 1962). 7 Presidente de Costa Rica fue Cleto Gónzalez Víquez, que en 1910 escribió: Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas en Costa Rica, 1608-1910. Hoy existe una nueva edición (Cartago 1994) realizada por la Editorial Tecnológica de Costa Rica. La utilización interesada de un desastre natural 75 su carácter de manuales prácticos de cómo comportarse durante el temblor8, se vuelven de gran utilidad para el historiador9. Con todo, el gran cambio historiográfico se ha producido muy recientemente, y más concretamante, a mediados de la pasada década. Gracias a él, el terremoto, y cualquier gran catástrofe natural, ha dejado de ser sólo un hecho histórico más o menos memorable, para convertirse en uno de los instrumentos de análisis de la sociedad. Dicho de otro modo: el estudio de como reacciona un determinado grupo humano ante una catástrofe natural se usa para obtener información de como es esa sociedad. Esta nueva perspectiva se debe a la confluencia de dos fenómenos. El primero va más allá de la dinámica de la ciencia histórica y tiene que ver con la renovada preocupación que las sociedades industrializadas de fines del siglo XX sienten por los problemas ecológicos y medioambientales. El ser humano se ha percatado de que es poseedor de una tecnología que, sin ser lo bastante poderosa para domesticar la naturaleza, sí resulta lo suficientemente agresiva como para acelerar cambios nocivos. Por ello, mientras escribo estas líneas (diciembre de 1997) se celebra en Kioto una convención mundial sobre el cambio climático y, por ello, también, fenómenos como la "lluvia àcida", el "efecto invernadero" o el "agujero en la capa de ozono", son temas frecuentes en la prensa diaria. Esta es una de las razones por las que los historiadores hemos renovado nuestro interés por la relación hombre-medio ambiente, y hemos lanzado nuestra mirada hacia atrás, para analizar cómo solucionaban nuestros antepasados los problemas causados por las fuerzas desatadas de la naturaleza. Este factor ha coincidido en el tiempo con otro puramente historiográfico. Desde los años 70 y gracias a la influencia benéfica de otras ciencias sociales, como la geografía humana o la antropología, los historiadores nos empeñamos en encontrar nuevos enfoques y perspectivas de análisis. Desde entonces, en vez de calificar una sociedad por los mecanismos que usaba para coronar a sus reyes o por sus sistemas 8 Este es el caso de la obra de Alberto Giesecke y Enrique Silgado, Terremotos en el Perú (Lima 1981). 9 Entre dichas recopilaciones pueden destacarse las obras de Ma Concepción Amerlinck, Relación histórica de los movimientos sísmicos en la ciudad de México. 1300-1900 (México 1986). Sobre los terremotos en Centroamérica, véase la obra de Lawrence H. Feldman, Mountains of Fire, Lands that shake (Culver City, Cal. 1993). La más reciente de ellas está coordinada por Virgina García Acosta y Gerardo Suárez Reynoso, Los sismos en la historia de México, Tomo I (México 1996). 76 Pablo E. Pérez Mallaína de producción, tratamos de conocerla, también, preguntándonos por sus miedos; por sus gozos; por sus formas de afrontar la muerte o de tratar a los niños. Uno de estos enfoques, quizá de los más recientes sea, precisamente, preguntarse por la manera en que las colectividades humanas afrontan las catástrofes naturales. La historiografía europea ha abordado la cuestión desde un punto de vista eminentemente teórico, realizando congresos y obras colectivas sobre las catástrofes naturales del pasado10. Sin embargo, los países iberoamericanos, castigados directamente por tremendos temblores, como el de México de 1985, han unido a la perspectiva puramente académica11 el análisis antropológico con un sentido práctico, y han dado lugar, además, a la aparición de publicaciones periódicas en las que se reúnen estudios capaces de paliar las consecuencias sociales de unas calamidades sufridas en sus propias carnes12. Esta breve introducción permite encuadrar mejor el trabajo que les presento seguidamente, el cual no es sino un aspecto de una investigación mucho más amplia que llevo a cabo desde hace un par de años sobre los terremotos sufridos por la ciudad de Lima durante la época colonial. El planteamiento básico consiste en intentar conocer un poco mejor los distintos grupos humanos que convivieron en la capital del Péra a través de analizar cómo se enfrentaron a las continuadas catástrofes símicas, especialmente a las dos terribles ocurridas en 1687 y 1745. Parto del principio de que acontecimientos tan dramáticos generan una documentación mucho más abundante que la normal, en la cual, además, se ponen de relieve tensiones y conflictos que habitualmente 10 Claude Albore Livadie (coord.), Tremblements de terre, éruptions volcaniques et vie des hommes dans la Campanie antique (Nápoles 1986). R. Gutdeutsch, Ch. Hammerl, I. Mayer, Κ. Vocelka, Erdbeben als historisches Ereignis. (Berlin 1987). Jean Delumeau et Yves Lequin (coordinadores), La malheur des temps. Histoire des fléaux et des calamités en France (Paris 1987). Histoires des catastrophes naturelles. Sources. Travaux Historiques n° 33. Paris, 1993. Bartolomé Bennassar (Coord.), Les catastrophes naturelles dans l'Europe médiévale et moderne (Toulouse 1996). " Virigina Garcia Acosta (coord.), Historia y desastres en América Latina (México 1996). 12 El terremoto de 1985 dio lugar a varios estudios realizados por equipos de antropólogos e historiadores agrupados en torno al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Terremoto y sociedad. (México 1987). Y volvió a temblar (México 1987). De la cama a la calle. Sismos y organización popular (México 1987). En 1992 se creó, tras una serie de encuentros en Costa Rica, la Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina, que desde 1993 publica en Lima con carácter semestral la revista: Desastres y sociedad. La utilización interesada de un desastre natural 77 no salen a la luz13. Muchas son las interrogantes que pretendo contestar: ¿Cómo se analizan las causas del desastre? ¿Cómo se aceptan y como se combaten sus efectos? ¿Cómo se trata de prevenir futuras desgracias? ¿Qué es lo qué más y lo qu menos duele de los daños sufridos? ¿Qué resentimientos y qué solidaridades desata o pone de manifiesto la desgracia? ¿Cómo se cuenta; cómo se trasmite y cómo se olvida? ¿A quién se castiga y a quién se premia por su comportamiento durante el desastre? Y finalmente: ¿Quién pierde? y ¿Quién se beneficia de la desgracia común?14. Esta última interrogante y referida concretamente a los grupos privilegiados de la sociedad limeña durante el terrible temblor acaecido el 28 de octubre de 1746, es el objetivo del presente artículo, el cual quiero sirva de muestra de la gran riqueza que el tema posee en su conjunto. Está basado en fuentes originales que proceden fundamentalmente del Archivo General de Indias de Sevilla, aunque, como es natural, para el conjunto de la investigación se están utilizando también otros archivos españoles y el Archivo General de la Nación de Lima. En los primeros días de noviembre de 1746, cuando apenas había pasado una semana de la gran catástrofe que arrasó completamente el presidio del Callao y produjo el derrumbe de multitud de edificios públicos y privados de Lima, las principales autoridades con sede en la capital se reunieron para planificar su reconstrucción. Ya que no podían impedir la repetición de tan trágicos sucesos, al menos darían las normas para que en la siguiente ocasión las víctimas fuesen las menos posibles. La actitud de la Junta de Tribunales presidida por el virrey, don José Antonio Manso de Velasco, y formada por los componentes de la Audiencia y los representantes del Tribunal de Cuentas y la Caja 13 "El acontecimiento es como un adoquín que se lanza a un charco y que hace salir de sus profundidades una especie de fondo cenagoso, que hace aparecer lo que bulle en el basamento de la vida", Georges Duby, Diálogos sobre la Historia. Conversaciones con Guy Lardreau (Madrid 1988), p. 59. 14 Uno de los planteamientos teóricos más interesantes sobre cómo enfrentarse a este tipo de etudios lo proporciona Bernard Vincent en su trabajo, "Les tremblements de terre en Espagne et au Portugal", Les catastrophes naturelles dans l'Europe médiévale et moderne (Toulouse 1996), pp. 77-94. 78 Pablo E. Pérez Mallaína Real de Lima, se regía por los principios del "buen gobierno"15 y tendía a defender el "bien común" y el más noble de los intereses: el colectivo. El trauma producido por el temblor fue tal que se consideró muy seriamente la posibilidad de trasladar de lugar la capital, pero cuando el miedo se fue disipando, pareció conveniente pulsar la opinión del Cabildo Municipal y pedir informes técnicos al respecto. Como muestra de la modernidad de los tiempos, don José Antonio Manso de Velasco pidió parecer a un científico francés que ejercía entonces como catedrático de matemáticas en la Universidad de San Marcos; no se trataba de un cualquiera, sino de Louis Godin, miembro de la Academia de Ciencias de París y que había sido el promotor y director de la expedición geodésica al virreinato del Perú en la que participaron, entre otros, los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa16. Louis Godin desestimó la posibilidad de trasladar la ciudad, pues hacerlo significaba abandonar las infraestructuras urbanas, principalmente el puente sobre el Rimac y el sistema de canalizaciones, que, aunque dañados, eran reparables; por otra parte, mover la capital unas pocas leguas, o centenares de ellas, no aseguraba encontrar un emplazamiento a salvo de los terremotos, pues ese lugar, al menos en el Perú, no existía. El consejo de Godin era reconstruir la ciudad, pero hacerlo con paredes cuyo grosor fuese disminuyendo a medida que alcanzaban altura. Los techos estarían sostenidos por vigas de madera, pero los revestimientos de las partes más elevadas se realizarían a base de un entramado de cañas y barro que en el Perú se denominaba "quincha". Propugnaba también una ciudad plana con edificios de una sola planta, calles más anchas e iglesias de muros más bajos y que sustituyesen las torres por espadañas de madera, pues "... levantar torres en los templos es otra vez empezar a abrir sepulturas .. ."n. 15 Archivo General de Indias (desde ahora citado A. G. I.) Lima 511. El virrey al rey. Lima, 20/VI/1746: "... lo que pide el buen gobierno es aplicar providencias para que se reedifique la ciudad de modo que tengan resistencia los edificios y que, cuando la fiierza de los terremotos los derriben les quede [a los vecinos] donde meterse sin recelo ...". 16 Louis Godin (1704-1760) terminó sus días como profesor de la Academia de Guardiamarinas de Cádiz. Véase: Antonio Lafuente; Antonio Mazuecos, Los caballeros del punto fijo (Barcelona 1987), p. 61. A Godin se le atribuye una Descripción de la ciudad de Lima... con algunas reflexiones sobre la frecuencia de temblores... Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 11026. 17 A. G. I. Lima 511. Los informes de Godin están fechados el 14 y el 25 de noviembre de 1746. Uno de ellos fue recogido por Jorge Bernales Ballesteros en Lima la ciudad y sus monumentos (Sevilla 1972), pp. 304-308. La utilización interesada de un desastre natural 79 El científico francés comprendía que derribar todos los pisos altos y ensanchar las calles acrecentaría la necesidad de espacio, y más en una ciudad que se encontraba constreñida por un cinturón amurallado; sin embargo, Godin tenía fe en el progreso y, como los urbanistas del siglo XIX, proponía derribar las murallas. Era, desde luego, un idealista, y no sólo por esa última propuesta, sino por pretender que las familias menos numerosas vendiesen voluntariamente parte de su espacio a las constituidas por un mayor número de individuos. Cuando el Cabildo Secular analizó sus proyectos los consideró como un conjunto de ideas "bellísimas" pero de difícil ejecución. Con todo, el Ayuntamiento limeño apoyó dos planteamientos básicos del francés: la ciudad debería quedarse en su emplazamiento y todos los pisos altos debería ser derribados18. Con esos puntos de vista, la Junta de Tribunales, presidida por el virrey, dictó un auto el 9 de enero de 1747 en el que se decidía no trasladar la ciudad, pero, al mismo tiempo, se mandaba derribar todas las plantas superiores de las viviendas, debiendo quedar las casas particulares con altura no superior a cinco varas. Las iglesias se construirían sin torres y techos de madera, con paredes de hasta ocho varas y espadañas para las campanas, que sólo podrían sobresalir dos varas por encima de los muros. Las murallas no serían derribadas, ni las calles ganarían en anchura. Unicamente a los conventos se les autorizaba construir tapias de más de cinco varas, pero en ese caso deberían retranquearlas en la misma distancia que aumentasen de altura, advirtiéndose, además, que esa elevación extra no debía alcanzarse con adobes, sino con "quincha". Se trataba, sin duda, de una orden emitida en aras del bien común y en cuya promulgación el virrey decidió emplear todo el ritual que acompañaba a las decisiones importantes y que merecían ser transmitidas a los ciudadanos con la debida energía. De esta manera el bando se publicó "... a usanza de guerra ..." y se dieron quince días para que empezasen los derribos y tres meses para tener todos los trabajos concluidos. Con todo, el virrey, que todavía no había cumplido su segundo año al frente del gobierno, quizá sobrevaloró su capacidad real de mando o tal vez no se había percatado adecuadamente de que 18 Ibidem. Los informes del Cabildo Secular están fechados el 4/XII/1646y el 6/1/1647. 80 Pablo E. Pérez Mallaína su orden chocaba con los intereses de los propietarios de las casas de las ciudad y, más concretamente, con los más ricos de entre ellos, que eran los que podían permitirse construirse viviendas de varios pisos adornadas con balcones y celosías de madera. El conflicto estaba servido. Antes que acabase el mes de enero, un grupo de distinguidos miembros de la sociedad limeña se había organizado para oponerse a la orden del virrey. Lo encabezaban tres de las familias aristocráticas más conocidas: los marqueses de Torre Tagle, los condes de Torreblanca y los marqueses de Maenza. Primero fueron veinticinco los propietarios que formaron parte de dicho grupo y más adelante llegaron a ser cuarenta y uno19. Se habían buscado un procurador, Salvador Gerónimo de Portalanza, pero quien realmente escribía los memoriales que presentaron al virrey fue uno de los propietarios afectados, el doctor don Manuel de Silva y la Banda. Silva era catedrático de la Universidad de San Marcos, abogado en ejercicio, asesor del Cabildo Municipal, del que más tarde llegaría a ser procurador general20. Este personaje pondría su experiencia como abogado y su talento literario para defender los derechos de los ricos propietarios limeños en contra de las decisiones del gobierno virreinal y, como hemos de ver más adelante, también contra los intereses financieros de las órdenes religiosas. Su gran erudición, su brillante estilo barroco y el encendido trasfondo político que supo dar a sus escritos lo convirtieron en un eficaz adalid de los propietarios y en un quebradero de cabeza para el virrey. Cabe la duda de si los memoriales de Silva y la Banda representaban de manera general a los sectores económicamente poderosos de la sociedad limeña. Según los informes del Cabildo, las casas con pisos altos eran unas 300 y por ello el fiscal de la Audiencia consideraba escasos los apoyos de Silva21. Este contestaba que aunque sólo tuviese poderes firmados de medio centenar de vecinos, le apoyaban todos los dueños de grandes casas, las cuales, a pesar de constituir solamente el 10% de las 3.000 viviendas existentes en Lima, ocupaban un tercio del 19 A. G. I. Lima 511. Un primer poder firmado en Lima el 28/1/1747 incluía veinticinco nombres. Dos dias después, eran cuarenta y uno los propietarios de pisos altos que dirigían un memorial al virrey considerando insuficiente la rebaja de los censos que gravaban sus viviendas: A. G. I. Lima 509. Informe del relator del Consejo de Indias. 20 A. G. I. Lima 509. El Cabildo Municipal de Lima al rey. Lima, 14/ΠΙ/1748. 21 A. G. I. Lima 511. Informe del Cabildo Municipal. Lima, 7/II/1747. La utilización interesada de un desastre natural 81 espacio urbano y eran la residencia de las más ilustres y distinguidas familias de la capital22. La estrategia diseñada por Silva consistía en tratar de llevar el problema a la vía judicial para, de esta manera, iniciar un interminable baile de súplicas y apelaciones capaz de retrasar el derribo de las casas, dando tiempo para que se realizasen presiones ante las autoridades. El fiscal de la Audiencia recomendó no aceptar la súplica, pero el virrey no se atrevió a emplear una determinación tan drástica e impopular. Por su parte, los miembros del Cabildo Municipal se vieron atrapados en el dilema de defender los intereses de la totalidad de la población y, al mismo tiempo, responder a las expectativas del grupo social al que pertenecían; así que optaron por seguir defendiendo el derribo de los altos, pero recomendaron que se admitiese a trámite la apelación de los propietarios23. La estrategia de los dueños de casas con pisos altos fue finalmente aceptada y el asunto entró por los sosegados cauces de los procedimientos judiciales. Sus apoderados presentaron varios memoriales (tres en total, fechados entre febrero y mayo de 174724), que son un magnífico ejemplo para entender cómo veían su papel en la sociedad una buena parte de los ricos propietarios de las mejores casas de Lima. Los argumentos para impedir el derribo son de muy variado signo. Algunos resultan puramente técnicos y tienen que ver con la discusión del tipo de material más adecuado para reconstruir la ciudad. Según esto, las experiencias del terremoto de 1687 habían demostrado la peligrosidad de los pisos superiores construidos en adobe y habían puesto de moda su edificación a base de "quincha" enlucida y techos de madera. Silva se deshace en elogios de este sistema constructivo que, según él, había aguantado a la perfección el terremoto. En realidad es 22 Ibidem. Memorial al virrey firmado por el doctor don Manuel de Silva y la Banda y Salvador Gerónimo de Portalanza. Lima, 29/V/1747 23 Ibidem. Informe del Cabildo Municipal de Lima, 7/Π/1747. El Cabildo Municipal se vio en la obligación de explicar su ambigua postura en este asunto, indicando que recomendó admitir a trámite la súplica para evitar que los propietarios urbanos pudiesen luego aducir errores de procedimiento y para evitar "... que no quedasen los interesados con mayor escozor ...". 24 Ibidem. El primero está fechado el 30/1/1747. El segundo no tiene fecha, pero debió escribirse en los primeros días de febrero. El tercero, quizá el más interesante de todos, tiene cómo primer firmante a Silva y la Banda y está fechado en Lima el 29/V/1747. 88 Pablo E. Pérez Mallaína financieras. Esta medida beneficiaba a la práctica totalidad de los dueños de fincas urbanas de Lima, pero también a la Real Hacienda y al Cabildo Municipal, que tenían sus rentas gravadas con censos. Por el contrario, existía un gran pequdicado: el Estado Eclesiástico y todas las obras asistenciales que dependían de él. Dentro del clero, el regular era el más afectado, pues los frailes y monjas, que no tenían una fuente de ingresos tan saneada como la que aportaban los diezmos, solían hacer de los censos el pilar central de sus economías. Es verdad que también las cajas de las comunidades indígneas37 y algunos mayorazgos se beneficiaban prestando dinero a cambio de rentas fijas, pero todas las fuentes están de acuerdo en la abrumadora mayoría de los censos eclesiásticos38. Para el clero la medida era un auténtico desastre, una especie de desamortización encubierta. Pero para muchos limeños el terremoto significaba una oportunidad de librarse de una parte importante de las deudas que los venían ahogando desde hacía centenares de años. Todos los contemporáneos, ya pertenezcan al bando de los prestamistas (censualistas) o de los deudores (censuatarios), estaban de acuerdo en calificar como de numerosísimos los censos existentes. Así, el defensor general de las obras pias del arzobispado afirmaba que "... en esta ciudad, donde aún no se encuentra casa sin el cargo de tres y cuatro entre capellanías, aniversarios y censos ... antes del terremoto no encontraba la más escrupulosa diligencia fincas libres sin gravar"39. Del mismo modo, el representante de los propietarios indicaba que "... en esta capital es igual el número de censos al de los habitadores y tan superior al de las casas, que las más tienen tres y cuatro censos .. ."40. Resulta difícil averiguar cuál era el monto total de los censos de Lima, pero para dar una referencia de la magnitud del problema basta decir que con ocasión del anterior gran terremoto, el de 1687, el Cabildo Municipal realizó una encuesta sobre el particular, obteniendo unas 37 Sobre este asunto puede consultar el capítulo cuarto de un reciente trabajo, Ronald Escobedo Mansilla, Las comunidades indígenas y la economía colonial peruana (Bilbao 1997). 38 A. G. I. Lima 509. Cuando el fiscal del Consejo de Indias analizó en años posteriores este asunto indicaba: "... siendo ciertamente el Estado Eclesiástico el mayor censualista o casi único interesado en materia de censos ..." Madrid, 4Λ/1754. 39 Ibidem. "Representación jurídica, alegato reverente que se hace por parte de las Religiones de esta noble capital ..." Lima, 1747. 40 Ibidem. "Alegación jurídica por parte de los vecinos dueños de casas de esta capital ..." Lima, 1748. La utilización interesada de un desastre natural 89 respuestas poco fiables (los principales de los censos se estimaron entre los seis y los doce millones de pesos), pero que indicaban claramente que se trataba de un asunto donde estaban en juego muchos millones de pesos41. Precisamente por ello, el clero comenzó a movilizar su tremenda capacidad de presión sobre las autoridades virreinales y Corte de Madrid. Los conventos de la capital dirigieron cartas directamente al rey, pero el encargado de abanderar la protesta de los clérigos ante el virrey sería el doctor don Antonio José Alvarez Ron, defensor general de las obras pías y promotor fiscal eclesiástico en funciones. De este personaje tendremos ocasión de hablar al final de este trabajo, pues llegó a ser catedrático de la Universidad de San Marcos, fiel amigo y colaborador del arzobispo de Lima, don Pedro Antonio de Barroeta, y feroz adversario del virrey, don José Antonio Manso de Velasco. Alvarez Ron envió desde febrero de 1747 sus memoriales de protesta ante la corte virreinal, pero convencido de que la propaganda es siempre heraldo de los triunfos, se decidió a resumir sus argumentos y pasarlos a la imprenta para que circulasen por toda Lima. El impreso firmado por él y fechado en 1747 es todo un ejemplo de la actitud del clero limeño en la encendida defensa de sus privilegios y sus bienes terrenales42. Leyendo dicho impreso no cabe duda que el clero se encontraba a la defensiva, sufriendo duros ataques de los más poderosos elementos laicos de la ciudad. Una de las acusaciones más dolorosas era la de que "... no hubiera cosa más peijudicial a la República, sino que las monjas, frailes y clérigos se levantasen con el dominio de las fincas con destrucción de los seculares a quienes tienen hechos tributarios en perjuicio de los hijos a quienes los bienes han de dar educación .. ,"43. Es decir, se achacaba a los religiosos lo peor e lo peor: poner en cuestión el porvenir de las nuevas generaciones; o como se suele decir de manera más teatral: quedarse con el pan de los hijos. Además, el que los laicos se considerasen "tibutarios" de los clérigos tenía una especial 41 A. G. I. Lima 87. Memorial e información de testigos hecha a petición del Cabildo Secular. Lima 5/V11/1688. Los grandes propietarios limeños, como don Santiago de Urdanegui, podían tener sus casas y fincas gravadas centenares de miles de pesos. Véase A. G. I. Escribanía de Cámara 519-A. Escritura de censo, Lima 23/IX/1690. 42 A. G. I. Lima 509. "Representación Jurídica, alegato reverente que se hace por parte de las Religiones de esta noble capital al E. S. don José Manso de Velasco ..." Lima, 1747. 43 Ibidem. 90 Pablo E. Pérez Mallaína connotación despectiva: en América, tributario se denominaba sólo a los indios, y desde este punto de vista, los religiosos estaban tratando a los seglares como a indígneas, lo cual no hacía sino darle un cierto tono de afrenta al puro daño económico. Alvarez Ron contestó con toda una batería de argumentos en defensa de la utilidad del clero en la sociedad. Recordó, desde luego, la vertiente espiritual, pues esos clérigos que se mantenían de los censos eran los que luego perdonaban los pecados, relevaban de los votos y promesas, y rogaban por las almas para que pudiesen abandonar lo más pronto posible los tormentos del Purgatorio. Pero además, el clero tenía un labor claramente asistencial y que no se circunscribía solamente a los pobres de solemnidad, pues, según él, las tres cuartas partes de la ciudad dependía económicamente de la ayuda de los religiosos: "¡Cuántos deben el adelantamiento a un deudo religioso que les protege sin tener otro auxilio que sus contribuciones! ¡De cuántas familias es asilo un eclesiástico pariente! ¡Qué doncellas, viudas y hombres pobres sólo vive de los aniversarios, capellanías y censos que se le asignan a sus consanguíneos! ¡Cuánto otro número de gente se mantiene de las pintanzas de las religiones; de lo que se distribuye en las porterías [de los conventos] ... de toda la ciudad, aun la cuarta parte no se costea de secularismo »44 Sin embargo, Álvarez Ron resaltaba otro beneficio no tan evidente: gracias a los principales de los censos muchos limeños se hacían ricos con el comercio. Esta afirmación que, por cierto, es confirmada por la correspondencia del propio virrey45, permite comprender que los censos cumplían un papel de "créditos blandos" a bajo interés (un máximo del 5%), capaces de fomentar muchas actividades económicas. Es verdad que los censos solían ser perpetuos, pero en ellos no había obligación de ir devolviendo partes del principal al mismo tiempo que los intereses, los cuales, además, eran muy bajos, pues en los mercados financieros se elevaban al 30%. Por todo ello, Álvarez Ron consideraba como sumamente injustas las acusaciones de que el Estado Eclesiástico era una rémora para la República y, sin poderlo o sin quererlo evitar, en su impreso terminan trasluciéndose el orgullo de un estamento de viejísimos privilegios, pero que cada vez veía más amenazada su posición: 44 Ibidem. 45 Ibidem. Don José Manso de Velasco al rey. Lima, l/VII/1748: "... los nobles y personas de caudal... mantienen sus casas con censos, por la mayor utilidad que logran con sus caudales en el comercio ...". La utilización interesada de un desastre natural 91 "No se puede considerar a los eclesiásticos sin su inmunidad; la prueba es que aun ellos no pueden renunciar a su fuero ... ¿Quién ha dicho, ni puede decir que la utilidad de la República se deba anteponer al favor de la Religión? ... en la Italia tiene la Iglesia Estados y ciudades y no porque son de la Iglesia son repúblicas menos políticas y regladas. En los primeros siglos del cristianismo no había bienes particulares; todo era común y a arbitrio de la Iglesia .. ,"44. Pero desgraciadamente para los deseos de Álvarez Ron, todo ya no estaba al arbitrio de la Iglesia. También los propietarios de viviendas de Lima se sabían organizar y comenzaron por contrarrestar el impreso del clero con otro mucho mayor en extensión y que aparece firmado por del doctor don Miguel de Valdivieso y Torrejón, asesor del Cabildo Municipal y catedrático de Código de la Universidad de San Marcos47. Su forma de ver el asunto no podía estar más clara: "No hay cosa más útil a la República que los patrimonios de los ciudadanos, ni cosa más odiosa que los censos". Los argumentos de los propietarios de casas se centraban en tachar de usura a los clérigos que, una vez destruida una propiedad, pretendiesen seguir cobrando los intereses; idea ésta que había tenido el apoyo de un papa santificado por la Iglesia: Pio V (1566-1572). Se trataba de una vieja polémica fundada en la difusa caracterización jurídica de los censos. El problema de fondo era que los religiosos no podían dedicarse abiertamente a labores de prestamistas, o como se decía entonces a "comprar plata con plata" o "el dinero mayor con el menor". Por eso se había construido la ficción de que el censo no era un préstamo, sino la compra de una renta fija consignada sobre un bien capaz de producir frutos. Ahora bien, si esa propiedad se destruía, la obligación de pagar la renta también debía cesar, pues de lo contrario quedaría al descubierto la verdadera naturaleza del censo. Éste constituía, pues, una especie de celosía construida mediante hábiles e intricados entramados jurídicos que servía para mitigar la claridad de las actividades financieras del clero. Los terremotos derribaban, entre otras cosas, ese entramado y ponían a la vista una realidad que provocaba conflictos. El enfrentamiento entre elementos tan poderosos de la sociedad no podía menos de preocupar al virrey, que escribió al rey indicándole que 46 Ibidem. 47 Ibidem. "Alegación jurídica por parte de los vecinos dueños de casas de esta capital .". Lima, 1748. 92 Pablo E. Pérez Mallaína "... entre las desgracias padecidas en esta capital con el terremoto de 28 de octubre pueden contarse la inquietud entre los censualistas y censuatarios .. ,"48. El supremo mandatario colonial intentó mediar en el conflicto y decidió tratar de nuevo el asunto en el Real Acuerdo. Allí pudo comprobar que los oidores, que habían promovido y apoyado con ardor el auto de 10 de enero de 1747, eran interesados en la cuestión, pues todos menos dos tenían sus casas gravadas con censos y aun éstos no estaban libres porque los tenían sus parientes49. Por todo ello, Manso de Velasco, para poder tener otros elementos de juicio, organizó una junta especial secreta compuesta por varios eclesiásticos y asesores de su entera confianza50. El informe no estuvo listo hasta el 18 de marzo de 1748 y, con él en su poder, convocó de nuevo a la Audiencia. Los oidores no consideraron que debía hacerse ningún cambio en los ya dispuesto, y Manso de Velasco tuvo entonces que acudir a su suprema potestad gubernativa. En un auto fechado el 10 de junio de 1748, decidió que la cuestión debía solucionarla el rey y, al mismo tiempo que enviaba todo el expediente a Madrid, moderó provisionalmente las concesiones a los propietarios urbanos. Los intereses que anteriormente bajaban del cinco al dos o al uno por ciento, quedarían en el tres o en el dos por ciento, según los censos fueran redimibles o no redimibles. Con todo, lo más importante es que se derogaba la bajada automática y general de los principales a la mitad. A partir de ese momento se vería caso por caso y sólo se reducirían si el valor en que había quedado la propiedad era inferior al monto total de los principales de los censos, y en esa misma proporción. Este nuevo auto del virrey cayó como una auténtica bomba entre los ricos limeños, que ya se veían con sus deudas reducidas a la mitad, fueran los que fuesen los daños recibidos por sus casas. Curiosamente, los mismos propietarios, que antes se habían opuesto a que el virrey tirase los pisos altos por considerarlos en perfecto estado, 48 Ibidem. Don José Manso de Velasco al rey. Lima, 1 ATI/1748. 49 Ibidem. Como ha demostrado Guillermo Lohmann, en esos años la Audiencia de Lima se encontraba formada por un número abrumadoramente mayoritario de oidores criollos, y especialmente peruanos, que como es logico, aunque no fuese legal, estaban perfectamente integrados en las redes de intereses locales. Véase: Guillermo Lohmann Villena, Los ministros de la Audiencia de Lima (Sevilla 1974). 50 A. G. I. Lima 509. La junta estuvo compuesta por don Fernando Sota, que fue obispo electo de Tucumán, pero ejercía como canónigo de Lima; el jesuíta Baltasar de Moneada, que había sido provincial de la Compañía en Quito y don Francisco Hervoso, tesorero de La Plata y asesor del virrey. La utilización interesada de un desastre natural 93 ahora mostraban a Lima como la capital universal de la desolación y la destrucción, y como en el asunto de los derribos la presión que ejercieron hizo cambiar de opinión al virrey, pensaron que conocían el camino para volver a intentarlo. Lo primero era organizarse y buscarse un representante, aunque en esto no se detuvieron mucho tiempo, pues les servía el mismo que tan eficaz se había mostrado en la anterior disputa con el virrey: me refiero, desde luego, al doctor don Manuel de Silva y la Banda. Sin embargo, había una diferencia importante: esta vez Silva no iba a actuar como un simple abogado, sino que, seguramente como prueba del apoyo y reconocimiento de los vecinos, el Cabildo Municipal lo había nombrado primero su asesor, y más tarde su procurador general51. En el plan de los propietarios de casa se ve la mano de Silva, la estrategia es idéntica a la seguida en el asunto de los pisos altos, sólo que ahora se ejecutará con mayor claridad y desde el apoyo institucional que proporcionaba el Cabildo. El 4 de julio de 1748, sólo tres días después de que el virrey firmase una carta pidiendo a Madrid una solución definitiva para el conflicto, 47 vecinos de Lima, "... los primeros en distinción y calidad .. ."52, enviaron un memorial al Cabildo Municipal en el que le reprochaban la escasa contundencia con la que eran defendidos sus intereses y, por ello, solicitaban la convocatoria de un Cabildo Abierto. Silva era el protagonista de las sesiones del Cabildo. Suya fue la idea de que no se accediese a convocar el Cabildo Abierto, pero, a cambio, el Concejo Municipal apoyaría con ligeras modificaciones la petición de los vecinos, la cual sería transmitida al virrey en forma de consulta. Al mismo tiempo, consiguió que el Cabildo le encargase redactar un escrito que se daría a la imprenta para que cada vecino pudiese guardar en su casa los argumentos contra los beneficiarios de los censos y quienes los apoyaban, es decir, el virrey y sus asesores. La idea, explícitamente expresada por el procurador general era convertir al Cabildo en "... la voz del Pueblo ...", ejerciendo las veces de mediador entre los ciudadanos y el poder del virrey53. 51 Ibidem. El poder del Cabildo nombrándolo su procurador tiene fecha de 6/V/1748. 52 Ibidem. Así los describía Silva y la Banda en un escrito que el virrey prohibió que se terminase de imprimir. 53 Ibidem. En el escrito que no llegó a imprimirse, Silva comentaba que la misión del Cabildo era "... reducir a un órgano la voz del Pueblo ..." y que su pretensión era "... ponerse en medio para guardarle a cada uno su justicia ...". 94 Pablo E. Pérez Mallaína Tanto en la Consulta, eviada el mismo día 4 de julio, como en el escrito que se pretendía imprimir, se vierten frases muy duras contra la pretensión del virrey de ejercer el poder supremo y se le recuerda que, sin el consentimiento del pueblo, sus decisiones "... no tienen fuerza de ley, ni de sentencia, sino de consejo ..."; pero, además, junto a las advertencias se dejan traslucir las amenazas: "... un príncipe en que se compite la benignidad y justificación, no es necesario que oiga el grito, y sobra con que perciba la congoja; ni para darle el debido culto a la justicia ha menester el calor de la multitud que lo solicita .. ,"54 En el texto anterior, se encubre la crítica bajo un legerísima adulación. Ésta es aquí como un brillante velo de seda, colorista, pero lo suficientemente sutil para poder entrever debajo las rudas formas de la amenaza. Una traducción a lenguaje más llano sería: un príncipe, si es benigno y justo, debe saber intuir los deseos de su pueblo antes de que sus congojas se transformen en gritos. Si no lo hace, no será ni benigno ni justo y entonces deberá enfrentarse a la fuerza incontrolable de una masa acalorada. Esto fue suficiente para el virrey, que quería todo menos ver convertido al Cabildo en una fuerza de mediación. Si esto hubiese ocurrido se habría quebrado el arduo trabajo de sus antecesores, gracias al cual el Cabildo se había transformado en un organismo cuya dedicación principal era la organización de festejos públicos55. Por ello Manso de Velasco actuó con energía: uno de los alcaldes del crimen fue comisionado para averiguar si la pretensión de los 47 vecinos era constitutiva del delito de conspiración y por auto de 12 de julio de 1748 ordenó suspender la impresión del escrito de Silva, que, todavía a medio imprimir, fue retirado y enviado a España como prueba. Esto fue suficiente. El Cabildo desautorizó a su procurador general, y los propietarios no insistieron en su pretensión de convocar el Cabildo Abierto. Manuel de Silva y la Banda, que a pesar de todo seguía siendo procurador del Cabildo, se tuvo que contentar con enviar al rey algunas cartas en las que expresaba un durísimo resentimiento contra el clero regular, que debía reflejar el parecer de la mayoría de los 54 Ibidem. 55 Archivo General de la Nación (Lima). Cabildos. Varios n° 2. En este legajo puede verse como, en esos años, una parte importantísima de las rentas eran destinadas a la organización de festejos. La utilización interesada de un desastre natural 95 ricos propietarios limeños. Éstos, al fin y al cabo, constituían ese 25% de la población (según los datos de Alvarez Ron) que no se veían beneficiados directamente por las actividades asistenciales de la Iglesia, ya que la comida no la obtenían en las porterías de los conventos, ni su salud se restablecía en hospitales públicos. Sin embargo, sí veían como los frailes se apropiaban cada vez más del suelo urbano y sentían como los censos se convertían en un dogal cada vez más apretado. No es de extrañar que Silva pidiese al rey en sus últimas cartas que no se crease ningún convento más "... porque no sólo hay bastantes, sino sobran muchos ..." y que considerase al crecido número de religiosos y a su forzosa castidad responsables de la disminución de los sectores más nobles de la sociedad y de que el Perú quedase cada vez más "... en poder de una chusma licenciosa .. ."56. Al mismo tiempo, para Silva, los asesores eclesiásticos del virrey eran los inductores de unas actuaciones que habían parecido "intolerables" al pueblo. Manso de Velasco es presentado como imposibilitado, por su condición de militar, para comprender las sútiles redes en las que le envolvían los clérigos y como incapaz, por ser hombre de acendrada fe, de resistirse a los intereses eclesiásticos57. Más o menos, el grito de procurador del Cabildo vendría a ser: ¡viva el rey, muera el mal gobierno de un virrey convertido en marioneta de los religiosos! Ahora bien, ¿era en realidad don José Antonio Manso de Velasco un títere en manos de los curas?. Sinceramente hay que decir que no. Seguramente sería un cristiano convencido y, desde luego, atemperó, con su auto de 10 de junio de 1748, el acoso que los propietarios limeños habían puesto a los bienes eclesiásticos. Sin embargo, eso no debe hacer olvidar que los intereses bajaron y que, para casos de extrema ruina, existía la posibilidad de reducir los principales. En realidad Manso de Velasco hizo lo que se esperaba de un buen gobernante colonial: equilibrar las fuerzas encontradas de los intereses locales en beneficio de los de la Corona. Aunque el fiscal del Consejo de Indias afirmase que un virrey "... puede todo lo que no le está prohibido .. ."58, lo cierto es que era imposible gobernar enfrentándose frontalmente contra los deseos de los más ricos y poderosos. Si éstos le negaban su apoyo, al virrey le quedaba poco más que su guardia de 56 A. G. I. Lima 509. Don Manuel de Silva y La Banda al rey. Lima, 12/VIII/1748. 57 Ibidem. Lima 22/Vm/1748. 58 Ibidem. Informe del fiscal del Consejo de Indias. Madrid, 4/1/1754. 96 Pablo E. Pérez Mallaína alabarderos, y con ella difícilmente se controlaba un reino tan extenso como el Perú. La prueba más palpable de que el virrey no no era un pepele en manos del estamento eclesiástico es que supo aprovechar perfectamente la coyuntura del terremoto para librar a la Real Hacienda de una parte de la presión que sobre sus rentas ejercían también los censos. Eso es precisamente lo que denunciaron ante el rey las abadesas de tres conventos de Lima (Recoletas Agustinas de Nuestra Señora del Prado; Santa Clara y Bernardas de la Santísima Trinidad59). No era la primera vez que los virreyes trataban de rebajar los intereses de la carga que pesaba sobre las rentas reales y el mismo don José Antonio Manso de Velasco ya había hecho algún intento de convencer a las monjas en fechas anteriores, pero el desastre ocurrido en 1746 le dio la excusa perfecta, tal y como expresaba la abadesa de las Recoletas Agustinas: "... Con la ruina volvió a instar la pretensión del virrey valiéndose de la estrecha necesidad de los conventos y monasterios diciéndoles que no pagaría cantidad alguna si no consentían en la rebaja, con lo que ha conseguido que algunos monasterios, oprimidos de la necesidad, han consentido ... y aun así sólo les han dado una parte y no el todo que se ofreció .. ,"60. Las monjas defendieron con energía sus derechos y le recordaron al rey que sus rentas reales no habían sufrido especiales daños por el temblor y que, por lo tanto, aplicarles la rebaja general de intereses a sus censos era una injusticia notoria. Lo que no decían las monjitas era que sus censos se habían instituido hacía mucho tiempo, concretamente en los años críticos para la monarquía como fueron los cercanos a 1640. Por entonces, siete conventos de monjas de Lima habían prestado al rey una cantidad cercana al medio millón de pesos61, pero teniendo en cuenta que los intereses eran del 5%, en más de un siglo transcurrido desde la imposición del censo los conventos habían recibido cinco veces más de lo que invirtieron. ¡No era mal negocio para unas mujeres retiradas del mundo!. Todo el grueso expediente ocasionados por la disputa de los censos fue enviado a Madrid por el virrey, acompañándolo por una carta fechada el l/VII/1748. Llegados a la Corte, los documentos comenzaron 59 Ibidem. Las cartas de los tres conventos están fechadas en Lima el 30/IX/1747; 6/XII/1747y 30/1/1748. 60 Ibidem. Doña Josefa Tomasa de San Pedro al rey. Lima, 30/IX/1747. 61 Ibidem. Los tres conventos que protestaron ante el rey habían prestado a Felipe IV las sumas de 80.540 pesos; 104.530 pesos y 60.000 pesos, respectivamente. La utilización interesada de un desastre natural 97 una serie de idas y venidas por las oficinas gubernamentales. Recibidos inicialmente en el Consejo, fueron enviados en 1749 a la "vía reservada". Desde allí el marqués de la Ensenada los devolvió al Consejo en 1751, el cual los remitió para informe del fiscal. La Resolución final no se produjo hasta 1754, en que una Consulta del Consejo, que, con algunas matizaciones, fue definitivamente aprobada por el rey62. En dicha resolución final se confirmó la bajada general de los intereses de los censos y se ampliaron los años de carencia de dos a cuatro; por el contrario, se prohibió que los principales sufriesen alguna merma. El Consejo, a pesar de la petición del fiscal, no estimó conveniente dar mayor relevancia a la acusación de conspiración de los vecinos de Lima encabezados por el procurador Manuel de Silva y La Banda, al que, sin embargo, no le fueron aceptadas ni sus acusaciones, ni ninguna de sus peticiones y sugerencias, salvo una: aquélla que advertía de las graves consecuencias de seguir fundando conventos en Lima. En este mismo sentido y a pesar de las recomendaciones del Consejo, el rey no excluyó de la rebaja general de intereses a los censos que las monjas poseían sobre rentas de la Real Hacienda. En todos estos detalles parece difícil no entrever un cierto malestar en las más altas esferas del gobierno contra determinadas actitudes de las órdenes religiosas, el cual terminaría por cristalizar durante el reinado siguiente en la disolución de la más poderosa y organizada de entre ellas: la Compañía de Jesús. Aunque el espacio de este artículo no permite tratar en profundidad más temas, me gustaría advertir que la utilización del terremoto de 1746 como instrumento de las tensiones sociales no se reduce sólo a las cuestiones relacionadas con la reconstrucción de la ciudad o la rebaja de los censos. Hubo muchos interesesados en demostrar que tras el terremoto de 1746 se produciría una gran "esterilidad" en las cosechas de trigo de los valles de Lima, ya que así había ocurrido tras la gran catástrofe de 1687. El oidor don Pedro José Bravo de Lagunas en su largo tratado sobre las ventajas de la producción triguera peruana frente a la importación de trigo chileno, apunta que los intereses económicos de los navieros y panaderos peruanos y de los productores chilenos se escondían tras 62 A. G. I. Lima 352. Consulta del Consejo de Indias. Madrid 7/X/1754.