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Fases del proceso de creacion de una novela (Con "B " de Berta)

Trujillano Marín, Cristina

Abstract

El siguiente proyecto muestra loss pasos necesarios en el proceso de creación de una ficci6n que, en este caso, es una novela de género erotico-romántico. En él, se encuentran también los primeros siete capitulos completamente desarrollados, a través de los cuales pretendo ofrecer una imagen de lo que seria la novela al completo; ya que el resto del texto seguiria la misma linea que estas primeras páginas.

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FASES DEL PROCESO DE CREACION DE UNA NOVELA TFM Escritura Creativa C ris tina Trujillano Marin (Tutor: Miguel Nieto) Trabajo de Fin de Master Master de Escritura Creativa FCOM Fases del proceso de creacion de una novela (Con "B " de Berta) Alumno: Crisha Trujillano Tutor: Miguel Nieto El siguiente proyecto muestra 10s pasos rlecesarios en el proceso de creaci6n de ma ficci6n que, en este caso, es ma novela de gknero erotico-romhtico, En 61, se encue~ltran tambiCn 10s primeros siete capitulos completamente desarrollados, a travks de 10s cuales pretend0 ofrecer una imagen de lo que seria la novela a1 complete; ya que el resto del texto seguiria la misma linea que estas primeras piginas. Powered by TCPDF (www.tcpdf.org) Powered by TCPDF (www.tcpdf.org) Powered by TCPDF (www.tcpdf.org) 1 Novela: Con "B" de Berta MAYO 2017 1. Toda historia tiene un comienzo ¿Sabes lo que es ir a una entrevista de trabajo y encontrarte allí con tu ex-pareja, el chico que te dejó hace tan solo seis meses? Pues yo lo supe uno de los días más importantes de mi vida. Bueno, quizás no el más importante, pero sí el que desencadenaría un cambio radical en mi vida; de esos que dan hasta vértigo solo de pensarlo. Pues allí estaba yo, nerviosa, como era costumbre ya en todos mis castings ¡Ah! Porque no te he contado que mi sueño era ser actriz ¿Verdad? Pues sí, actriz de las que escogen proyectos que se salen de la norma y rompen esquemas. A decir verdad, ni siquiera tenía la mínima esperanza en ser la elegida en este casting, pero como decía Afri, mi amiga del alma y archienemiga vital a ratos, por probar no perdía nada. Como os he dicho antes, yo estaba nerviosa. Es decir, que no paraba de andar de un lado para otro dando vueltas en la sala de espera de la productora, que no medía más de diez metros cuadrados. Un espacio minúsculo y yo venga de aquí para allá todo el rato. Me miraba en el espejo, me retocaba el maquillaje, me colocaba bien la blusa y volvía a caminar de nuevo. De vez en cuando también miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas hasta que me di cuenta que, efectivamente, no pasaban las horas porque estaba roto y las agujas no se movían. Me convencí de que lo mejor era esperar sentada y creo que las otras dos aspirantes que llevaban todo el tiempo con su culos perfectos sin una pizca de celulitis pegados a sus respectivos sillones, me lo agradecieron. Abrí el bolso y rebusqué entre mis cosas con la idea de coger el móvil para distraerme un rato, pero aquello parecía el bolso de Mary Popins, el bolsillo de Doraemon y el armario de Narnia, todo junto. El neceser con el maquillaje, un peine de viaje, un cargador portátil (recargado al 100%, por supuesto), un espejito de mano, la cartera, unos snaks que mi madre siempre me obligaba a llevar, un paquete de pañuelos, crema hidratante, un frasquito de colonia de Loewe de muestra, un tampón, esmalte de uñas y ni rastro de mi móvil. Creo que la cara se me puso pálida de golpe porque estaba segurísima de haber salido de casa hablando por teléfono con mi padre, lo que significaba que si no estaba conmigo en ese momento, estaría en manos de cualquier zarrapastroso que no sabría cuidarlo con el mismo mimo que yo. Me puse de pie para buscar bien en los bolsillos de mi pantalón y las dos chicas me miraron intentando que no se les notara su desprecio absoluto hacia mi persona. Me senté rápidamente con las manos vacías. Ya estaba pensando en el rescate para quien encontrara mi maravilloso teléfono cuando recordé que mi bolso tenía una pequeña cremallera en la parte trasera. Si, el móvil estaba justo allí, donde yo lo había dejado hacía unos escasos 20 minutos. Puse el código de desbloqueo, abrí whatsapp y pulsé el último contacto con el que había hablado esa misma mañana. "Afri, si tú fueras director de casting qué me dirías?" 2 "Que me la chupes un rato a ver qué tal se te da. Así es como lo hacéis en el mundillo de la tele, no?" "Va, en serio, no seas burra. Estoy nerviosa y aquí hay dos tías buenísimas esperando también para el casting. No tengo nada que hacer" "Bueno, no te preocupes. Seguro que tú la chupas mejor que ellas" "África, de verdad... creo que esto no es para mí" "Que sí, tonta, si es lo que llevas soñando desde siempre. Relájate y verás cómo saben ver tu potencial." "Lo intentaré" "A lo mejor no te piden ni que se la chupes" "Ya, bueno " "Me vienes a buscar a la salida del curro y nos tomamos algo? Así me cuentas qué tal te ha ido" "Vale" "A las dos en el hall? Ponte guapa que te voy a llevar al mejor sitio de todo Madrid" "Así de guapa?" Pulsé el icono de enviar fotos hechas en el momento y me puse de pie colocándome frente a la puerta de espaldas a los otros dos pivonazos para que no me vieran hacer el ridículo. Enterré la barbilla todo lo que pude hacia mi garganta, coloqué mis paletas por encima de mi labio inferior y me concentré al máximo en ponerme bizca. Esa cara me salía de maravilla. Me sentía orgullosa del nivel de perfección que había alcanzado después de tantas fotos de entrenamiento enviadas a África, pero el destino quiso que todo mi orgullo se convirtiera de golpe en la más absoluta vergüenza cuando la puerta se abrió y vi salir a Jorge. Tan sonriente, tan guapo, tan... él. —¿Qué haces aquí?— Se acercó a mí para darme dos besos. —¿Que qué hago aquí? Eso me gustaría a mí saber, qué estaba haciendo allí. No tenía posibilidades ninguna, pero después de seis meses sin verle, tenía que fingir una seguridad en mí misma digna de haber superado perfectamente una ruptura sentimental. —Me presento al casting y... veo que tú también ¿No?—. Y se me escapó la risita tonta que soy incapaz de controlar cuando estoy nerviosa. —Sí, yo también. A ver si hay suerte. Nos quedamos los dos en silencio y hasta callado seguía estando guapo. Con esa piel morena que no se aclaraba ni en invierno, esos ojos negros y brillantes a juego con su pelo; y esa barba incipiente que me volvía completamente loca desde el día en el que lo conocí. —¿Te ha contestado ya África? —¿Qué? —A la foto que le acabas de enviar. Era para ella ¿No? -Maldito hijo de perra, qué bien me conocía y cómo me gustaba eso. Me estaba poniendo roja bermellón y no sabía si era por la vergüenza de que me hubiera visto o por lo sexy que me seguía pareciendo. —Ah, sí. Para África—. Sonreí algo nerviosa. 3 En ese momento se volvió a abrir la puerta y salió una señora de unos 50 años con pelo corto, gafas de pasta y un folio en la mano. Miró el papel detenidamente y comenzó a leer el siguiente nombre de la lista. —Berta Montes Salgado -Alzó la vista buscando respuesta. —¡Soy yo!—. Dije al mismo tiempo en el que el corazón se me ponía a mil. Salvada por la campana. —Adelante—. La mujer volvió a entrar en la habitación sin ni siquiera esperarme y yo le seguí tan rápido como pude. —Me alegro de verte. Y la puerta se cerró tras mi paso. Aquella mañana, África se había levantado de la cama con bastante tiempo de sobra como para no llegar tarde al trabajo y eso no era nada habitual en ella. Si por aquel entonces hubiéramos estado compartiendo piso, me habría preocupado muy seriamente al verla desayunar tan pronto, pero África vivía sola en un pequeño apartamento en el centro que había heredado su padre hacía tan sólo un año. Al principio no estaba del todo contenta con la casa, pero finalmente decidió mudarse, vaciarlo por completo y redecorarlo a su gusto. Ventajas de ser una niña rica... A mí me gustaba llamarla Lady o Condesa para enfadarla, pero lo cierto es que ya me hubiera gustado tener esas facilidades económicas. El hecho es que aquel día hacía seis meses que había comenzado a salir con Miguel y se moría de ganas por verle. Había planeado ir por la noche a cenar al "Shalakabula", un nuevo restaurante pijo y moderno de los que le gustaban a ella que acababa de abrir sus puertas en una de las zonas caras por las que yo ni me atrevo a pasar. Luego irían a casa de él, que les pillaba más cerca y tenía unas vistas impresionantes en la habitación desde las que se podía ver todo Madrid. Allí pasarían la noche haciendo el amor y prometiéndose toda esa serie de cursiladas que Afri decía últimamente, y despertarían abrazados, desnudos y sudorosos, como a ella le gustaba despertar. Y no es que África fuera una chica de planear bien las cosas, pero con Miguel era todo diferente. A decir verdad, había veces en las que me apetecía pegarle una buena hostia y preguntarle que qué cojones había hecho con mi amiga la loca del coño, pero África todavía no nos lo había presentado formalmente y yo soy muy de cuidar las primeras impresiones. El chico de seguridad que vigilaba la entrada del edificio donde se encontraban las oficinas de Premiere, la revista para la que trabajaba África, no pudo evitar su sorpresa al verla llegar tan pronto. —¿Pero qué ven mis ojos? ¿Ya son las 10 y media? —Muy gracioso, Óscar—. África le guiñó un ojo al mismo tiempo que le sacaba la lengua porque ante todo, mi amiga era coqueta. —Son exactamente las 09:43. Ni un minuto más, ni un minuto menos. —¿Y quién se ha tenido que morir para que llegues hoy tan pronto a trabajar? 10 a África le pareció que podía ser divertido y 9 años con una larga melena teñida de rubia porque mi anterior representante decía que así conseguiría más contratos en el mundo de la imagen y, aunque ya hacía algún tiempo que dejamos de trabajar juntos, tengo que reconocer que me encantaba tener este pelazo. Estar en la revista en la que trabajaba África siempre me hacía sentir extraña. Nunca he sido envidiosa y mucho menos para con mis amigas, así que me alegraba y enorgullecía el hecho de que una mis chuminas estuviera consiguiendo alcanzar su sueño. El problema llegaba cuando, dejando a un lado los sentimentalismos, me daba cuenta de que hacía años que yo no avanzaba en mi carrera y eso era algo por lo que no me sentía espacialmente bien. Suerte que en ese momento tenía un cigarro al que absorber toda su porquería y mezclarla con la mía para sentirme algo mejor. Menos por menos es más, ya se sabe. Me concentré en el humo que salía elegantemente de entre mis labios y, dado que acababa de encontrarme a mi ex hacía tan solo unas horas, me dediqué a pensar en todo lo que echaba de menos de él. Su sonrisa perfectamente ladeada, su tupé siempre bien peinado, su tono de piel morena envidiable incluso en invierno, su guiño de ojos con el que hacía detener mi mundo y el de todas las féminas de su alrededor. Un dato importante que deberías saber es que Jorge era modelo. Lo era antes y lo sigue siendo ahora porque, a pesar de los años, sigue estando bueno de la hostia. Tenía una figura y un saber estar que a mí, personalmente, me dejaba sin aliento. La tarde que me dejó era poco después de Navidad. En Madrid estaba nevando y todavía se podía hacer uso de la pista de patinaje sobre hielo que el ayuntamiento había instalado en Sol. Horas antes me había enviado un whatsapp diciéndome que necesitaba verme y yo, que sabía desde hacía tiempo que las cosas no iban del todo bien entre nosotros, preferí pensar que necesitaba verme como lo necesitan dos enamorados. Una vez allí y con mis pies dispuestos a sufrir durante un buen rato sobre aquellos patines alquilados, me dijo que había conocido a otra. Aquello me sentó fatal, pero no le culpo. No me fue infiel ni me engañó. Simplemente hacía tiempo que había dejado de quererme como hay que querer a una pareja y el golpe de realidad se lo llevó al conocer a Sara, una chica guapísima y simpática a más no poder. Durante mi primera noche estrenando soltería hicimos una quedada de Chuminas en el piso de Sandra para cotillear todas sus redes sociales y sacarle trapos sucios con los que poder sentirme mejor que ella, pero es que Sara era tan perfecta que yo no pude hacer otra cosa que alegrarme porque Jorge pudiera volver a ser tan feliz como lo era conmigo al principio. Tardé un tiempo en digerir las palabras de África: "Sara es esa clase de chica que siempre he soñado tener sin ni siquiera saber que lo quería. Sólo le falta tener un buen nardo entre las piernas." El caso es que hasta mi amiga del alma prefería a Sara antes que a mí y desde entonces solo era capaz de ver por la calle a parejas felices paseando cogidas de la mano, regalándose besos y haciéndose carantoñas; lo cual dificultaba aún más el periodo de adaptación a mi nuevo estado de soltería. O lo que es lo mismo, estar más sola que la una. 11 Ya prácticamente había superado esa etapa de odio hacia las personas que venían en pack de dos, pero aún así no podía evitar quedarme mirándolas un rato, anhelando esas muestras de cariño que se daban entre ellos y que yo, días atrás, tuve con Jorge. Como aquellos dos que estaba viendo en ese mismo momento en el aparcamiento de la revista. Al principio sólo se besaban y tonteaban el uno con el otro, pero poco a poco sus manos cogiendo más confianza y ya habían llegado a un punto en el que hasta yo misma me estaba excitando sólo de mirarlos. Él, que a pesar de no ser mi tipo de hombre ideal estaba de muy buen ver, apretaba fuerte a la chica entre sus brazos y la empujaba con su cadera contra uno de los coches haciendo que rozaran sus partes más sensibles. Una de sus grandes manos bajó por la cintura de ella y siguió descendiendo hasta agarrarle el culo con fuerza. Ella respondió subiendo sus dos piernas hasta rodear la cadera de aquel dios griego y yo no pude más que ruborizarme ante tal escena de sexo explícito ¿Es que pensaban montárselo allí mismo? Seguro que había un montón de cámaras de seguridad enfocándoles mientras ellos seguían a lo suyo. El hombre, rubio y con una planta asombrosamente masculina, cogió en brazos a la chica, haciendo que su espalda se despegara del coche girando sobre sí mismo para ser él quien permaneciera apoyado. Fue entonces cuando pude ver al fin la cara de la afortunada. África, cómo no. Apenas faltaban unas horas para la inauguración de la pastelería y a Sandra le parecía que todo aquello estaba hecho un desastre. Era uno de esos momentos en los que Sandra, la mujer valiente que no teme empezar de cero una y mil veces, la que podía con todo y más, sentía que había aspirado demasiado alto y no era capaz de seguir adelante con todo aquello. ¿Montar una pastelería con dulces caseros? ¿Es que se había vuelto loca? Necesitaba alguien que atendiera las mesas, alguien que le ayudara a cocinar, alguien que limpiara el estropicio que acabaría siendo la cocina cada día... Sacó de una pequeña cajita la llave que con tanto mimo guardaba y la utilizó para abrir la puerta de madera blanca que daba paso al local. Allí, las paredes de diferentes tonos pastel daban claridad al espacio, algo que Sandra siempre tuvo muy claro que necesitaría. La pared del fondo era su favorita. Era la única alicatada con loza de granito claro y estaba decorada haciendo un collage con diferentes utensilios que se utilizan a menudo en la repostería, tales como moldes, mangas pasteleras, rodillos, cortadores de fondant, y su favorito: Una hoja transfer de las que se colocan bajo los pasteles para decorarlos en la que las chicas y yo le habíamos escrito nuestras mejores palabras de ánimo. Todas sabíamos que Sandra era una chica fuerte, o al menos la vida le había hecho comportarse así. Acostumbrada a vivir en el pueblo de sus padres y a trabajar en la pastelería que ellos mismos regentaban, se casó con su novio de toda la vida al poco de cumplir 22 años. A veces pensaba que todo estaba yendo demasiado rápido, pero sabía que eso era lo que tenía que hacer. 12 Tras la boda, los pájaros que sobrevolaban su cabeza desde hacía tiempo no hicieron más que acentuarse y hacer más ruido. Ella no quería vivir para siempre en La Hiruela, que así se llamaba el pueblo en el que nació. No quería pasar las horas en una pastelería que no innovaba, que no crecía y que no experimentaba con nuevos sabores o texturas. Y lo peor de todo, cuando llegaba a casa, se sentía más relajada si aquel día su marido salía más tarde de trabajar y podía dedicarse un tiempo para sí misma en soledad. Un día, al levantarse por la mañana temprano, no podía parar de llorar. Llamó a sus padres y les dijo que no iría a trabajar. Se subió a su coche y condujo atravesando distintas pedanías hasta acabar en un pequeño hostal en el que decidió hospedarse aquella noche. Puso el móvil en silencio y no contestó a ninguna llamada, ni de sus padres, ni de su hermano, ni de su marido. Simplemente se tumbó en la cama mirando al techo mientras pensaba en cosas que pudieran hacerle feliz. Pensó en su perro, que ya no vivía con ella porque pertenecía a la casa familiar (aunque Sandra nunca tuvo ese sentimiento de posesión con sus animales); pensó también en su hermano, con el que había compartido tan buenos momentos desde que llegaron juntos al mundo y que ahora vivía en Londres con su futura esposa; y pensó en todas las creaciones y fracasos que salieron de sus manos durante su etapa de estudios en hostelería. Se dio cuenta entonces de que poco le quedaba de aquello que le hacía realmente dichosa y, con ideas locas de un futuro mejor, se acabó quedando dormida. Así, tras un año y medio de matrimonio, se divorció de forma amistosa con su marido, que al parecer tampoco era del todo feliz, y se mudó a Madrid para empezar de cero ganándose la vida como profesora en unos cursos de cocina con bastante renombre. Por eso todas sabíamos que Sandra era una mujer hecha a sí misma, que vivía la vida que había escogido vivir y que, por otro lado, nosotras éramos su único apoyo aquí en Madrid. Jamás nos perdonaría si alguna de nosotras faltaba a la inauguración. Contemplando con orgullo, pero también con miedo el local, decidió sentarse en el sofá que abarcaba el largo de una de las paredes cubierto con varios cojines de colores algo más oscuros. Era un local pequeño, pero acogedor. Soltó las bolsas en la mesita de madera gastada pintada de azul cian que tenía justo delante y se dirigió al mostrador que simulaba un carrito de chucherías enorme. Minuciosamente, comenzó a sacar de la nevera todas las tartas que había estado preparando el día anterior y a terminar de decorarlas para poder colocarlas en su sitio. Todo tenía que estar perfecto. —Eres perfecto.— África acarició el carnoso labio inferior de Miguel con su dedo índice y no pudo evitar relamerse mientras sentía el tacto de su boca. —Vámonos a mi casa—. Miguel apretó un poco más a África contra el coche en el que estaban apoyados y subió una de las manos hasta su pecho para apretarlo con fuerza mientras invadía su boca con la lengua. África gimió de placer, pero se acabó deshaciendo del beso dejando sus labios a escasos milímetros de distancia. Podían respirarse el uno al otro. —Tengo que terminar de trabajar. 13 —Soy tu jefe. Hoy las horas extra las haces en mi casa—. Sonrió —Si eso fueran horas extra ahora mismo me deberías una pasta—. África aflojó con una mano el nudo de la corbata de Miguel, desabrochó el primer botón de la camisa y lamió su cuello de abajo a arriba, culminando al llegar a la barbilla con una sonrisa de lo más pícara mientras miraba a los ojos de su chico. —¿Eres consciente de lo que me haces? —Llevas como media hora clavándomela en la pierna. Ambos sonrieron —Déjame que te invite a comer. —Hoy no puedo. He quedado ahora con Berta para ir a tomar algo. —Berta era... ¿La de los castings?— Su cara no mostraba demasiada seguridad. —¡Bingo! Algún día la conocerás, pero por ahora como premio te llevas un beso antes de que me vaya. África estaba dispuesta a marcharse ya cuando Miguel la volvió a coger de la cintura y la atrajo de nuevo. —No sé con qué clase de chicos acostumbras a estar, pero los besos se dan así. Subió una de sus manos hasta el cuello, que acarició levemente con el dorso de los dedos mientras acercaba su boca a la de ella y, enredando los dedos de la otra mano entre los mechones de África, le dio el beso más sensual que yo había visto hasta la fecha. —¿Nos vemos luego?— Miguel rozó su nariz con la de África en un gesto cariñoso mientras esperaba una respuesta. —Puede que te haga una visita cuando acabe con Berta, pero será una visita breve. Miguel tensó la mandíbula. —No quiero que seas mi puta, África. Quiero pasar tiempo contigo de verdad. —¿Es eso lo que crees que soy? ¿Tu puta?— África separó bruscamente su cuerpo del de Miguel y le miró a los ojos de forma desafiante. —Yo no he dicho eso—. Contestó serio. —Digo que quiero compartir cosas contigo y no sólo estar follando por las esquinas—. Su tono de voz se elevó. —Miguel, no voy a seguir con esto. No tengo por qué darte explicaciones de a dónde voy o dejo de ir. Tengo otros compromisos que atender y no voy a dejar de lado a mis amigas porque tú quieras tenerme a tu servicio, por muy jefe mío que seas. Esto no es el trabajo ¿Me oyes? Aquí los dos estamos en igualdad de condiciones. Se dio media vuelta y se marchó sin escuchar lo que Miguel tenía que decirle. Antes de que África se diera cuenta, volví a rodear rápidamente el edificio y me senté en las escaleras de la entrada para que no supiera que lo había estado viendo todo. Prefería que fuera ella quien me lo contase personalmente si es que quería hacerlo. —¿Llevas mucho tiempo ahí sentada? —No, no te preocupes—. Sonreí algo forzada. —¡Dame dos besos, anda!— Me cogió del codo de forma efusiva y me abrazó. —¿Qué tal el casting? 14 —Como siempre... da igual—. No quise ahondar demasiado en el tema. —Y dime ¿Dónde me vas a llevar esta vez? —Es una sorpresa. Sube al coche. África tenía un Mini rojo desde hacía unos meses. Cuando sus padres se lo regalaron por su cumpleaños me quise morir de la envidia, sinceramente. Yo llevaba años ahorrando para poder comprarme una motillo de segunda mano y a África le cae del cielo el coche que siempre quiso tener. La maldije durante los días posteriores, pero a decir verdad, ese coche era ya casi tan mío como suyo. Hasta tenía una copia de la llave en mi llavero por si lo necesitaba para alguna urgencia. Aquel Mini se acabó convirtiendo prácticamente en un miembro más del grupo. Era como la típica amiga que siempre estaba dispuesta a escuchar y había sido escenario de todo tipo de confesiones. Sentarse en ese coche era sinónimo de charla continua y por eso esta vez las dos nos sentíamos tan raras sin decir ni una sola palabra. Finalmente, como una de esas veces que necesitas estornudar y no lo puedes contener, abrí la boca. —¡¿De verdad te estás tirando a tu jefe?!— No sé qué se podía intuir más de mi tono, si la sorpresa de la noticia o la incredulidad de la inconsciencia que África estaba cometiendo. —¿Qué?— Me miró un segundo con los ojos abiertos como platos y volvió a dirigir la vista hacia la carretera apretando el volante con fuerza como cuando se pone nerviosa. —¿Por qué dices eso? ¿Quién te lo ha dicho? —He estado en el aparcamiento, África. Y suerte que os he visto desde lejos porque casi me ensarta un ojo con su polla. —No se lo digas a nadie—. Ella y su tono de súplica. No le podía decir que no. —¿Pero es que te has vuelto loca? ¿Sabes la de problemas que te puede traer esto?— Me giré hacia ella esperando una explicación lógica. —Ya, ya lo sé—. Se mordió el labio inferior con fuerza. —¡Joder!— Dio un golpe en el volante con la palma de la mano y me volvió a mirar aprovechando que se acababa de parar frente a un semáforo en rojo. —¿Crees que no lo sé? Es todo una montaña rusa, Berta. Estoy eufórica y acojonada al mismo tiempo. No sé cómo hablarle cuando estamos en el trabajo, no sé cómo reaccionar cuando están los compañeros delante, no sé cómo va a salir todo esto—. Una lágrima recorrió su mejilla. —¿Pero qué pasa si no lo intento? Ni siquiera puedo no intentarlo, no soy capaz. Coloqué la mano en su hombro y luego le sequé la mejilla con el dedo. —¿Sabes qué? En el fondo no me sorprende—. Sonreí y el semáforo se puso en verde. —En el colegio siempre te enamorabas de los profesores. Incluso llegaste a acostarte con aquel del curso de fotografía ¿No? El poder te pone. África soltó una sonora carcajada. —Eres imbécil. —¿Y ahora qué?— Dije algo más seria. —¿Qué pasa? —Que tenéis problemas que solucionar y no podéis dejar que os afecte en el trabajo. Él te puede putear mucho y estoy segura de que no le gustaría que yo fuese a cortarle los huevos. —¡Oh! Seguro que no... les tiene mucho aprecio ¿Sabes? 15 —¡Para! ¡No quiero saber más!— Me reí mientras colocaba las manos a ambos lados de la cabeza para taparme los oídos. —Dejemos de hablar de mis problemas entonces. Cuéntame cómo te ha ido en el casting—. Preguntó mientras aparcaba en un hueco que, para su suerte, era bastante espacioso. —Casi prefiero seguir hablando de los testículos de tu jefe—. Contesté algo desanimada. —Lo de siempre: tías buenas, secretarias antipáticas y gente falsa. No creo que me cojan. África puso el freno de mano y colocó su mano en mi pierna. —No te desanimes. Yo confío en ti. —¿Sabes quién más estaba allí? —¿Quién? ¿Algún famoso?— Preguntó ilusionada. —Jorge —¡¿Jorge?! ¿Qué Jorge?— Casi se le quedó la misma cara que a mí cuando le vi aparecer por la perta. —Mi Jorge —¿Y qué hiciste? —Interpretar el papel que mejor se me da últimamente: el de ex-novia que ya lo ha superado y es súper feliz con su nueva vida. —Vamos, Berta. Ya han pasado seis meses. Ningún tío merece tanto luto. Agaché la cabeza y al volver a levantarla me di cuenta de lo que había a nuestro alrededor. 16 3. Proposiciones A través de la luna del coche podía ver el escalón en el que tantas ocasiones había estado esperando a África, la tienda de maquillaje en la que solíamos dejarnos el dinero del mes y el bazar del chino Juan en el que otras tantas millones de veces habíamos comprado alcohol a altas horas de la madrugada. A nuestra derecha, aquel portal con columnas de mármol blanco vetado y una puerta de cristal con una grieta que había hecho África con su propia cabeza hacía un par de meses. —¿Me has traído a tu casa? ¿El mejor sitio de todo Madrid al que me ibas a llevar es tu casa?— Fingí decepción. África se quitó el cinturón de seguridad y salió del coche. —Calla y sígueme. Tengo algo que enseñarte. Cruzó la calle y casi me atropellan al intentar alcanzarle. Metió su llave en el portal y abrió la puerta, esta vez esperándome para que yo pasara antes. —Las zorras primero—. Dijo como siempre. A continuación pasó ella y cerró la puerta. Saludó al conserje y comenzó a subir las escaleras. —Afri, ascensor—. Supliqué desde abajo. —Con esa actitud nunca tendrás un culo como el mío—. Y qué culo tenía la muy asquerosa. —¡Vamos, que son sólo cuatro pisos! Llegué asfixiada a la puerta de su casa y me toqué un poco el culo a ver si aquel esfuerzo había dado algo de resultado, pero en realidad ya sabía la respuesta. Dejamos nuestros bolsos en el perchero de la entrada y fuimos directas a la cocina donde África comenzó a sacar lechuga, arándanos, piña, nueces... —Te voy a hacer la mejor ensalada que vas a probar de aquí a lo que te queda de vida ¿Por qué no vas a la habitación y traes algún vino? El que más te guste. Salí de la cocina, atravesé el salón y me dirigí a la segunda habitación del pasillo, la que África usaba para almacenar trastos (y botellas de vino). La sorpresa llegó cuando abrí la puerta y ya no había nada de eso. —¡Joder! ¡África, ven aquí enseguida! Hugo dejó un beso húmedo en el cuello de Carlota. —No es necesario que hagas eso. Sin ni siquiera mirarle a la cara, Carlota se bajó de la encimera sobre la que acababa de ser sacudida por uno de esos orgasmos demoledores y comenzó a vestirse. Hugo frunció el ceño —¿Por qué eres así? —¿Así cómo? —He hecho que te corras hace tan sólo un momento y de repente te molesta que te dé un beso en el cuello—. Rió incrédulo —¿Te das cuenta de que no tiene sentido? —Hugo, tengo trabajo que hacer—. Carlota terminó de abrocharse el botón del pantalón y se calzó las zapatillas Vans de imitación sin deshacer el nudo de los cordones. —Vístete y sal de aquí—. Cogió la camiseta de Hugo que había tirado al 17 suelo hacía un momento y se la devolvió presionándola con fuerza contra su abdomen. Hugo reaccionó al dolor encorvándose un poco. —Y hazme un favor. No vuelvas a buscarme. Carlota salió del almacén y cerró la puerta tras ella. El bar seguía estando vacío. Minutos después, Hugo salió por la misma puerta y volvió a sentarse en el mismo taburete de antes. —Te acabo de pedir expresamente que te marches ¿Por qué lo pones tan difícil?—. Mantuvo la mirada desafiante al otro lado de la barra. —Cariño, relájate. Cualquiera diría que te acaban de echar un polvo ahí atrás—. Dijo inclinando la cabeza hacia la puerta del almacén. Carlota le agarro el cuello de la camiseta y lo atrajo hacia ella por encima de la barra. —Escúchame atentamente porque sólo te lo voy a decir una vez. Hemos echado un polvo. —Dos—. Interrumpió Hugo. —Dos polvos, está bien. Además de eso yo tengo una vida. Tengo un trabajo que atender. No te culpo a ti de mi falta de profesionalidad, pero no vuelvas a entrar aquí ¿Me oyes? Necesito este trabajo y no puedo permitirme abandonar mi puesto de trabajo para echar un triste polvo un almacén. —No ha sido un triste polvo, pero si pierdes el trabajo será porque este local está muerto ¿Quién ha entrado en todo el día? Vamos, Carlota, aquí no consume nadie—. Dijo apoyando los codos y las manos sobre la barra. —¿Crees que no lo sé? Mi jefe está pensando en despedir a un camarero ¿Qué crees que pasaría si viene y además de encontrarse el local vacío se da cuenta de que yo no estoy detrás de la barra atendiendo? —¿Y en lugar de quejarte por qué no haces algo para vender más? —¿Algo como qué? —No sé... ponte escote. A mí me has enseñado las tetas y ya me tienes como cliente fijo—. Bromeó. —No pienso ser el trozo de carne al que todos se quieran comer. —Pero alguna solución habrá. —Mira Hugo, te agradezco tu preocupación, pero no es asunto tuyo. Mis problemas me los como yo solita, gracias. —¡Espera! -Hugo saltó del taburete al suelo. —Tengo un grupo. Podríamos tocar algún día para atraer a la gente—. Una sonrisa le iluminó la cara. Era la primera vez que Carlota veía a tan Hugo entusiasmado. —¿Ahora resulta que eres cantante?— Empezaba a estar cansada de aquella conversación ¿Quién se creía que era para meterse en su vida? A penas le habían hecho falta un par de noches para saber cómo era. Con su pantalón pitillo vaquero, su camiseta gris y su camisa abierta de cuadros. Tatuajes por todas partes, pendientes en ambas orejas, séptum, y lengua. Barba de tres o cuatro días y el pelo castaño perfectamente recogido en un moño a la altura de la coronilla. Era el típico tío que conseguía a todas las chicas que quería y con ella no había sido diferente. Quizás por eso estaba tan molesta con él. Carlota siempre tuvo muy claro que su cuerpo era suyo y podía hacer 18 con él cuanto le apeteciera, pero le mataba de rabia ser tratada como una presa cuando en realidad ella ya se había fijado en él desde que lo vio entrar en el bar. Y ahora resultaba que también era cantante. Un motivo más para tener el ego subido. —No, yo toco el bajo. El cantante es mi amigo Lucas, Pablo toca la batería y Jon un poco de todo. —¿Y cómo os llamáis? ¿El increíble Hugo y su panda de tarados? —Vaya, ahora que lo dices sería un buen nombre muy fiel a la realidad—. Sonrió. —Lástima que no te conociera el día que lo decidimos. —Ya, seguro que me habrías hecho caso...— Y por alguna extraña razón, Carlota quería escuchar que sí, que le habría hecho caso sin pensárselo dos veces. —A las locas como tú hay que tenerlas contentas. Te habría dicho que es un nombre estupendo y luego habríamos escogido el nombre que tenemos ahora—. Hugo dio un trago a su cerveza, que ya apenas tenía fuerza. —¿Y cuál es ese nombre? —¡Acclaim! —¿Acclaim? —Deberías escucharnos tocar algún día. Tenemos algunas versiones de canciones que pasaron a la historia pero ahora nos estamos centrando más en componer nuestros propios temas. Al público le está gustando. A Carlota le pareció interesante el entusiasmo con el que Hugo hablaba de su grupo y sintió curiosidad por saber más de ellos. —Ven a vernos tocar esta noche. Si te gusta puedes comentárselo a tu jefe y quizás le parezca buena idea. Ya lo hemos hecho otras veces y da buenos resultados. —Está bien... iré a veros tocar, pero no iré sola. —¿No te fías de mí?—. Contestó riendo. —No —De acuerdo. A las siete empezamos la prueba de sonido y... —Iré a la hora a la que yo quiera ir—. Interrumpió Carlota. —Tú sólo mándame la ubicación. África corrió hacia mí con una sonrisa que le iluminaba la cara. —¿Me puedes explicar qué es esto? —Tu nueva habitación—. Contestó orgullosa. Y no se podía decir que no hubiese hecho un buen trabajo. Era la habitación blanca que yo siempre había soñado tener y de la que tantas veces habíamos hablado. Paredes blancas a excepción de una gris muy clara en la que se encontraba el cabecero de la cama justo en el centro. Una colcha blanca con muchos cojines de diferentes tamaños y tonos azules. Justo enfrente de la puerta, el gran ventanal que ocupaba casi toda la pared estaba cubierto por dos cortinas grises, una a cada lado, que llegaban hasta el suelo. En el techo, una lámpara esférica blanca hecha de papel y alambre; y en el suelo, una alfombra gris peludita en la que poder hacer la croqueta los días de invierno. Tenía una mesita de noche con forma de cubo, también blanco, a uno de los lados de la cama y; en la pared contraria, una cómoda de media altura con líneas sencillas y del mismo color. 19 En esa misma pared, justo delante de la cama, vi que había colocados diferentes marcos que combinaban muy bien unos con otros. Me acerqué a mirarlos todavía sin entender nada. —No puede ser—. Me llevé las manos a la boca aún más sorprendida. —¿Te gustan? No te imaginas lo que me ha costado encontrar todo esto. África había conseguido reunir algunas de las sesiones de fotos que había hecho para publicidad cuando era pequeña y las había colocado en orden cronológico bajo el lema "Step by step" que colgaba de un lazo azul enganchado a la pared de lado a lado. —África, no tengo palabras—. Me temblaba todo el cuerpo. —Ya sé que es una habitación pequeña, pero creo que es suficiente para... —No puedo aceptarlo—. Le interrumpí. —No tengo dinero para pagarte un alquiler, ni la luz, el agua, la comida... son muchos gastos. —Por eso no te preocupes—. Contestó sonriente. —La casa es mía, así que no necesito pedirte ningún alquiler para poder pagarla. Y de los gastos mensuales ya se encarga mi padre. De alguna forma tiene que compensar el poco tiempo que pasa con mi hermano y conmigo ¿No?—. Y volvió a sonreír, pero esta vez de aquella forma que suele hacer cuando algo le da pena pero no quiere que los demás lo sepan. —No me parece bien... Lo siento. No puedo vivir aquí gratis. —Puedes encargarte de la limpieza—. Contestó entusiasmada. —¿Ser tu asistenta?— Solté una carcajada —Ni la mayor de las mansiones me compensaría ir limpiando todas tus porquerías. —Tienes razón—. Admitió riéndose también. —La limpieza y el orden no son lo mío. —Además, la convivencia estropea muchas relaciones. Y te aseguro que tú y yo acabaríamos tirándonos de los pelos. —Mira Berta, te voy a ser sincera—. Se sentó en la cama y yo hice lo mismo. Su tono me creó un nudo en el estómago. —Creo que te has estancado. Llevas años sin avanzar, sin crecer profesionalmente y necesitas un cambio de vida. —Mi vida cambió cuando Jorge me dejó y aún así no me han salido trabajos. —Que Jorge te dejara sólo te sirvió como excusa para abandonarte más a ti misma ¿No te das cuenta? Necesitas un cambio de actitud, ver que sigues adelante, que tu vida se modifica. Necesitas salir de tu zona de confort o no vas a encontrar lo que estás buscando. —¿Y crees que por vivir aquí contigo me van a llover las ofertas? —Creo que por vivir aquí conmigo vas a mejorar tu actitud frente a la vida. Yo sabía que África tenía razón. Hacía años que me había acomodado al modelo de vida que llevaba aunque no fuera el que yo había soñado. Cuando mis padres se separaron, me sentí en la obligación de cuidar de mi madre para que no lo pasara mal. Poco antes, mi representante había decidido dejar de trabajar para mí y las ofertas de empleo fueron decayendo hasta no llegar ninguna. Gasté mis ahorros en el día a día, en viajes al extranjero, en regalos para Jorge... y cuando me dejó, me acomodé aún más en mi casa bajo la protección de mi madre. Había ido poniendo excusas para no tener que volar del nido y ahora delante de mis narices tenía una gran oportunidad para cambiar todo aquello. 26 comida e incluir la lectura en él, luego en el tipo de libros que más le solían gustar y finalmente sobre la importancia del tipo de literatura que a lo largo de la historia había logrado empoderar a las mujeres. Se les pasó el tiempo volando y cuando se dieron cuenta, tan sólo faltaban veinte minutos para la inauguración. Sandra estaba de los nervios y hasta una desconocida como Elena era capaz de verlo en sus ojos. —Si quieres te puedo ayudar. No sé mucho sobre repostería, pero aprendo rápido. —¿De verdad?— Preguntó Sandra con alivio. —Claro—. Y de nuevo esa sonrisa que hipnotizaba. —Muchísimas gracias... no sé cómo te lo voy a compensar pero te prometo que lo haré. —Me basta con que me prepares una de estas—. Dijo acercándose a las mesas repletas de tartas. —Tienen una pinta increíble. —Espero que los clientes piensen igual ¿Puedes ir sacando las bases de aquella nevera y llevármelas a la cocina de ahí atrás? Necesito que las desenvuelvas con cuidado y las trates con mucho mimo. —¡Oído cocina!— Elena imitó un saludo militar llevándose la mano a la sien y se dirigió corriendo a la nevera. Mientras, Sandra fue a la cocina a terminar de decorar todo lo que Elena le iba llevando. —Parece que hacemos buen equipo. —¿Nunca has pensado en dedicarte a la repostería? Me vendría muy bien tenerte por aquí. —Me tendrás por aquí muy a menudo, pero no ayudándote—- Rió. —Vendré algunas tardes con el portátil para escribir. Este sitio tiene algo que me inspira. —Me alegra que te guste. No te imaginas la de vueltas que le di al tema de la decoración ¿Me puedes pasar la lira?— Preguntó estirando el brazo. —¿El qué? —Aquello pequeño de allí—. Sandra señaló el objeto sobre una de las encimeras. —Sirve para cortar el fondant, entre otras cosas. —Ah, claro. Toma—. Elena lo cogió y lo colocó sobre su mano. —¿Quieres intentarlo tú? —¿Decorar los pasteles? No, no—. Dijo nerviosa. —Eso se lo dejo a la profesional. —Vamos, que el bizcocho no muerde y ya está todo cocinado. Sólo tienes que colocarlo en su sitio—. El rostro de Elena desprendía inseguridad. —Es como montar un mueble de Ikea. Mira, ven. Sandra cogió a Elena de la mano y la atrajo hacia ella colocándola frente al pastel. Le indicó que cogiera una plancha de fondant ya estirada y entre las dos la colocaron sobre el bizcocho. Le dieron forma y eliminaron arrugas y sobrantes hasta dejar la superficie completamente lisa. —¿Hola? ¿Hay alguien?— África entró en el local y dejó su bolso colgado en uno de los percheros. —¿Sandri? Sandra salió de la cocina y, tras ella, Elena. —¡África!— Las dos se abrazaron fuertemente. —¡Llegó el gran día! 27 —¡Sí! —Y para colmo he llegado antes que Berta. Espero que lo recuerdes siempre—. Dijo riendo. —Ella es Elena. Va a publicar un post sobre Petits Pechés en su blog y me ha estado ayudando un poco a preparar los últimos detalles. —¡Hola! ¡Eres súper morena! Me encanta tu tono de piel. —Gracias—. Fue lo único que supo contestar. —Piel morena. El talón de Aquiles de África—. Explicó Sandra. —No, lo digo en serio. Tienes un tono de piel precioso. Yo intento ponerme así de morena todos los veranos subiéndome a la azotea de casa, pero algunas nacemos blancas y blancas nos morimos. —Yo no voy mucho a tomar el sol, pero suelo tener este color durante todo el año. —No digas eso si no quieres entrar en su lista de las más odiadas. —¡Qué exagerada! Hacen falta más cosas para formar parte de esa lista. —¿Y qué me dices de la chica que trajo Carlota aquel día? —Preferiría no volver a hablar de ello—. Contestó girando la cara hacia otro lado. La siguiente en llegar fue Carlota, vestida con un peto vaquero negro sobre una camiseta verde botella de tirantes. Se había recogido el pelo en una trenza que descansaba sobre su hombro izquierdo y la había adornado con algunas flores pequeñitas que se había encontrado de camino a la pastelería. Carlota, como siempre, tan ella. Y por último llegué yo, un poco más tarde de lo normal, no voy a mentir. Aquel día estaba resultando demasiado. Demasiadas decisiones. Demasiadas emociones. Lo cierto es que había salido de casa hacía ya bastante rato, pero sentí la necesidad de respirar aire de verdad y en un impulso me fui en bici hasta la azotea del edificio Metrópolis, donde me tumbé en el suelo bocarriba dejando que el cielo me engullera. Sin duda aquel era mi sitio favorito de Madrid. Era mi vía de escape, mi lugar para pensar y, por supuesto, mi secreto mejor guardado. Ni siquiera África sabía de su existencia. Tan sólo la azotea y yo. Al llegar a la inauguración, mi cabeza estaba ya algo más ordenada y mi actitud mucho más positiva para que Sandra se sintiera lo más arropada posible. La vi ocupada preparando todo tipo de bebidas al mismo tiempo que servía porciones de tartas, todas ellas con muy buena pinta; de modo que preferí no ir a saludarle de momento para no hacerle perder un tiempo que no tenía. —Te has lucido, chata—. África se había acercado a mí con un Martini de fresa en la mano. —Lo siento—. Dije con cara de súplica. —¿Está muy enfadada? —Creo que no tiene tiempo ni para eso. —¿Y Carlota? ¿Ha llegado ya? 28 —Hoy no te salva ni Carlota. Lamento comunicarte que eres la última. Está ayudando a servir las mesas. Me asomé entre toda la gente que había asistido a la inauguración y la vi con una bandeja en una mano mientras limpiaba una de las mesas con la otra que le quedaba libre. A su lado, otra chica aguardaba para colocar dos porciones de tarta sobre aquella misma mesa. —¿Y esa quién es? —Tu nueva sustituta—. A África le gustaba hacer sangre y ya nos habíamos acostumbrado a ello. —¿Es amiga de Sandra? —Ha venido a entrevistarla para su blog y parece ser que han hecho buenas migas. —¿Y tú no ayudas?— Dije señalando su Martini. —Yo soy la que da buena imagen al local. Si la gente me ve consumiendo, ellos también se verán tentados a consumir. Es la parte más importante del negocio. Transcurrió algo más de media hora hasta que vi a Sandra menos atareada y fui a saludarle. Por suerte, como dijo África, no había tenido tiempo para enfadarse. Serví algunas mesas junto a Carlota mientras Afri se paseaba luciéndose entre los clientes con una copa en la mano, hasta que poco a poco el local se fue quedando vacío. Elena, la otra chica, se fue sobre las ocho de la tarde, cuando ya sólo quedaban tres mesas ocupadas y Sandra, Carlota, África y yo nos sentamos en la barra para celebrar nuestra propia inauguración. —Parece que todo ha salido muy bien ¿Verdad?— Dije ilusionada mientras abrazaba a Sandra. —Los pasteles han gustado muchísimo. —Pero voy a necesitar un camarero. No puedo estar pendiente de la cocina y las mesas a la vez ¿Te interesa?— Sandra miró a Carlota esperanzada. —Lo mío es la noche. No me veo sirviendo en un sitio tan cursi, con perdón. —No te preocupes—. Dijo Sandra sonriendo. —Y hablando de noche—. Interrumpió África. —Me tengo que ir a casa para acicalarme, que he quedado con Miguel para cenar. Ha estado todo genial, Sandri. —Se acercó y le abrazó. Luego me dio dos besos a mí y otros dos a Carlota. —¿Miguel? ¡Al menos ya sabemos su nombre! —Ya os contaré. A lo mejor encargo aquí el pastel para la boda—. Dijo riendo. Luego se dirigió a mí y me señaló. —Y tú, no digas ni una sola palabra. Todo a su debido tiempo. África se fue y las tres seguimos brindando. Por los éxitos, por la soltería, por la amistad e incluso por la madre de Sandra, que la parió con esa habilidad para la repostería. Mentiría si dijera que al cerrar la pastelería no estábamos ya todas algo contentas, embriagadas por el éxito de la inauguración y quizás por alguna copilla de más. —¿Y ahora qué? 29 —Un amigo me ha invitado a ver tocar a su grupo esta noche ¿Os apuntáis? —Suena bien, pero mañana voy a desayunar con mi antiguo representante y no quiero aparecer por allí con ojeras de mapache. —¡Yo me apunto! Nos despedimos con un abrazo y yo cogí un taxi hasta mi casa. Sandra y Carlota decidieron caminar para que les diera un poco el aire. El local donde tocaba el amigo de Carlota no estaba especialmente lejos, pero no era el típico pub en el que nosotras habríamos entrado. Una barra enorme formando una isleta en el centro de la habitación, barriles de cerveza por todas partes, poca luz y gente que parecía estar poco aseada. A decir verdad, puede que Carlota sí que hubiera estado allí más de una vez. En el pequeño escenario, un grupo formado por cuatro chicos tocaban un tema que no sonaba nada mal. Eres veneno, eres mi vicio. Te subes, te bajas, controlas mi control. Y dices que no, que no soy nada tuyo, pero a mí eso no me importa porque esta es mi canción. Tú eres mi canción. Las últimas notas sonaron en el bajo de uno de ellos y el público comenzó a aplaudir y a silbar como loco. —Muchas gracias, camaradas—. Dijo el cantante acercándose al pie de micro. Se secó el sudor de la frente con el brazo sin soltar aún la púa de su guitarra y el sector femenino suspiró. Llevaba una camisa vaquera completamente abierta dejando entrever algunos de sus tatuajes, unos pantalones negros tan apretados que podían pertenecer perfectamente a su novia en el caso de que la tuviera y unas zapatillas granate a juego con su guitarra eléctrica. —Siempre he pensado que lo importante en la vida no es vivir, sino saber que estás vivo. Que no importa cantar delante de cincuenta personas si no sé darme cuenta de la energía que me estáis dando. Me gusta saber que estoy vivo, que disfruto con vosotros y vosotros conmigo porque de eso va la vida ¿No? De crear un círculo de satisfacción múltiple. Así que venga, todo el mundo a desnudarse y a follar— . El público soltó una carcajada común. —No, hablando en serio. Follar es lo puto más. —¡Folla conmigo!— Se escuchó decir a una chica desde la barra. —Luego lo hablamos—. Contestó el cantante guiñándole un ojo entre risas. —El caso es que las películas nos han pintado el sexo como algo súper bonito, lleno de corazones, de bandas sonoras romanticonas... Pero yo creo que no. Yo creo que el sexo es sucio porque así es como debe ser. Porque, joder, el amor es sucio. El amor es llenarte de mierda hasta el cuello por la otra persona. Yo no me considero un tío romántico pero sé que para vivir hay que amar; y hay que amar pero bien, no de cualquier manera. La canción que viene ahora se titula "Hasta el cuello". Espero que os guste. Todos comenzaron a aplaudir y, de repente, el silencio dejando oír la melodía que desprendía aquella guitarra acompañada de una voz rasgada. —Vaya fucker. -Dijo Carlota. 30 —¿Es ese tu amigo?— Preguntó Sandra. —No, yo conozco a Hugo. Aquel que toca el bajo—. Y lo señaló para que su amiga supiera de quién hablaba. —Es muy de tu tipo—. Entonces abrió la boca sorprendida. —¡Te lo has tirado! —Sí, pero no es mi tipo. —Contestó Carlota fingiendo indiferencia. —¿Entonces por qué hemos venido? —Copas gratis, supongo. Cuatro canciones más tarde, el grupo se despidió de su público y se acercó a la barra a por unas cervezas, donde casualmente se encontraban Carlota y Sandra, o no tan casualmente como Sandra empezó a sospechar. —Qué sorpresa verte por aquí—. Hugo se acercó a Carlota y le dio dos besos que duraron unos segundos más de lo normal. —Pensé que no vendrías. —No tenía nada mejor que hacer—. Contestó Carlota. —Nada mejor que verme tocar. —Confiaba en que me invitaras a una copa. —Eso está hecho ¿No nos presentas? —Sí, claro. Ella es Sandra, una amiga. —Mucho gusto—. Ambos se saludaron con un formal apretón de manos. Sandra podía llegar a ser muy fría cuando quería. —También quiere una copa gratis. Hugo se rió y Sandra se tapó la cara avergonzada para dedicarle a continuación una mirada de reproche a su amiga. —Mira, te voy a presentar al grupo—. Hugo hizo un gesto con la mano a sus amigos para que se acercaran. —Ellos son Lucas, Jon y el pequeñajo de aquí es Pablo. —Gilipollas—. Le dijo este último. —Habéis estado muy bien—. Dijo Sandra. —Gracias, cariño. Nos debemos a nuestro público—. A Jon le gustaba fingir un poco de prepotencia cuando conocía a alguien para ocultar que en el fondo era un pedacito de pan muy fácil de lastimar. —¿Os apetece tomar algo?— Preguntó Pablo a las chicas. —Yo una cerveza. —Yo otra. —Que sean tres— Dijo Hugo con voz más aguda de lo habitual. —Hoy te toca pagar a ti, Hugo—. Dijo Lucas, el cantante, mientras se reía. —Parecéis sacados de una boyband. —A Carlota le encantaba descubrir los puntos débiles de los hombres y no se le daba nada mal hacerlo. Por eso, al oír el comentario, los chicos sintieron la necesidad de defenderse. El resto de la noche transcurrió entre piques y bromas para demostrar cuál de todos era el más ingenioso. Mientras tanto, yo volvía a mi casa con la intención de haber llegado a alguna conclusión antes de acostarme. Había quedado para desayunar al día siguiente con Martín, mi antiguo representante, y aquello me hizo recordar asuntos pendientes del pasado que había decidido guardar en un cajón cerrado bajo llave. Recordé aquellos 31 años en los que no paraba de hacer sesiones para catálogos de ropa infantil, anuncios de juguetes e incluso llegué a pisar alguna que otra pasarela. A mí me encantaba mi trabajo a pesar de ser una niña y, gracias él, mis padres podían pagar algunas deudas y guardar el dinero que sobraba en una cuenta para mi futuro. Pero entonces todo se truncó. De la noche a la mañana, Martín dejó de trabajar conmigo sin darme explicaciones. Yo era todavía una niña y no entendía nada de aquel mundillo, pero él se había convertido en un segundo padre para mí. Recuerdo perfectamente aquel día en el que llegué del colegio con mi madre y me pidió que me sentara en el sofá con ella. Entonces me contó que ya no íbamos a ver a más Martín porque tenía otros trabajos que atender, pero que buscaríamos un nuevo representante que me tratara tan bien como él lo hacía. Yo comencé a llorar y patalear gritando tan fuerte como podía hasta que, una hora más tarde, mi padre llegó del trabajo y decidió que nunca más me llevarían a una sesión. Así, mis padres comenzaron una guerra entre ellos en la que mi futuro y mi niñez eran siempre los protagonistas, hasta que tres años después se separaron. Mi padre se fue de casa un par de semanas después de mi noveno cumpleaños y desde ese momento fueron muy pocas las veces que en casa se volvió a hablar de él. Se mudó a Toledo, donde le ofrecieron un trabajo mejor pagado y mi relación con él se redujo a ocasiones importantes como las navidades o su boda con una mujer a la que yo apenas conocía. Solía llamarme por teléfono todas las semanas y me decía lo mucho que me echaba de menos. Luego me pedía perdón por no estar conmigo y me recordaba que podía ir a visitarle siempre que quisiera. Con el paso de los años me acabé dando cuenta de que aquello eran puros formalismos, pero no me dolió porque ya me había acostumbrado a vivir sin él. Y así, sin darme cuenta, el taxi ya había parado en la puerta de mi casa. Pagué al taxista, salí del coche y subí las escaleras hasta llegar a mi piso. Cuando abrí la puerta, vi a mi madre en la cocina fregando la vajilla que había utilizado para cenar y sin ni siquiera saludar, le pregunté. —Mamá... ¿Por qué se fue Martín? 32 5. Las sorpresas no siempre son buenas África pasó por su casa para cambiarse de ropa antes de ir a recoger a Miguel. Aparcó su Mini rojo no demasiado lejos del portal, agradeciéndole al cosmos haber encontrado un hueco tan pronto sin haber tenido que llevarse 20 minutos dando vueltas y subió en el ascensor escribiéndole un mensaje a su novio para avisarle de que en una hora iría a buscarle. Metió la llave en la cerradura y le sorprendió que el cerrojo no estuviera bien cerrado, pero cuando abrió por fin la puerta y vio luz en la cocina, se asustó como nunca antes lo había hecho. —¿Quién hay ahí? ¡Tengo una navaja!— Gritó desesperada buscando algo a su alrededor con lo que poder defenderse. —¿Qué haces aquí tan pronto?— Miguel se asomó al marco de la puerta con un trapo de cocina en la mano. —¡Joder, Miki! ¡Qué susto!—África se llevó la mano al pecho y respiró profundamente intentando calmarse. —¿Estás cocinando? —Si... bueno. Intentándolo—. Contestó tímido mientras se quitaba el delantal negro que llevaba puesto y dejando al descubierto un pantalón vaquero oscuro y una camisa blanca remangada hasta la altura de los codos. El jodido Hércules descendido al mundo terrenal, pensó África al verlo. Se acercó a él y le besó dejando que la humedad de sus labios se mezclara. —Había reservado mesa en el Shalakabula ¿No te apetecía? —Sí—. Le volvió a besar, pero esta vez agarrando fuerte su cintura para acercarla más a él. —Pero hay cosas que me apetecen más y que no se pueden hacer en público. África sonrió coqueta y se separó de él entrando en la cocina para asomarse a los platos que su novio estaba cocinando. —¿Y bien, cuál es el menú? Miguel colocó una servilleta de tela en su antebrazo como si de un camarero se tratase y comenzó a hablar. —De entrante tenemos huevos negros rellenos de atún, surimi y gambas. El primer plato es una crema fría de manzana verde, aguacate y lima de menta; y de segundo, he hecho un salmón al horno con costra de mostaza y perejil. Todo ello acompañado de un Valley Pinot. —Buen vino. —El mejor—. Sonrió satisfecho. —¿Y de postre? —Espero que no lleguemos a los postres. —Mejor incluso que el vino. A África no le sorprendía aquel menú tan extravagante. Sabía que su novio era muy bueno en la cocina y al provenir de una familia adinerada, había desarrollado un paladar que no se conformaba con cualquier cosa. Lo que sí le sorprendió fue el hecho de que se hubiera puesto a cocinar, ya que, a pesar de que se le daba muy bien, no era algo que le gustara hacer. 33 —¿Y a qué se debe esta sorpresa? — Preguntó mientras le rodeaba el cuello con sus brazos para dejarle un leve beso en la barbilla. —Tengo una noticia que darte—. Contestó satisfecho. —¡¿HAS CONSEGUIDO LO DE JON KORTAJARENA?!— África sonrió ilusionada esperando oír un "sí" de aquellos labios que tanto le gustaban. —¿Pero cómo te has enterado?— Protestó él. —¿Eso es un sí?— Volvió a insistir África cada vez más impaciente. —Sí—. Respondió Miguel con la boca pequeña. —¡Sí! ¡Sí! ¡Ha dicho sí!— África no podía parar de saltar por toda la cocina a pesar de lo pequeña que era. Miguel se sentó en uno de los taburetes esperando que se calmara. —No debí habértelo dicho—. Bromeó. —Cariño—. África se sentó en el taburete de enfrente y cogió la mano de su novio por encima de la mesa. —Es hora de que hablemos sobre con qué otras personas podemos acostarnos sin que se considere infidelidad. Yo me pido a Jon Kortajarena ¿Y tú? —Estás de broma ¿No? —Es un tema que hay que tratar. Tengo que saber a qué atenerme si mañana me surge la ocasión. —África, esto no me está haciendo gracia—. El rostro de Miguel cambió de inmediato. África se levantó y rodeó la mesa hasta sentarse sobre una de las piernas de su novio. —Y no pienso separarme de ti en toda la sesión de fotos, así que no sé cómo piensas hacerlo. —¡Pero mira que te pones guapo cuando te enfadas! Sandra no estaba enfadada con Carlota, pero sí algo molesta. Se suponía que habían ido a aquel pub a seguir celebrando la inauguración de su nueva pastelería y más bien parecía que hubieran ido a ligar con los de la banda, lo cual a ella no le apetecía nada. —¿Carlota, nos podemos ir ya? Me duelen los pies. —Ay cariño, aguanta un poco ¡La noche no ha hecho más que empezar! Carlota estaba sentada entre Hugo y Pablo en el sillón del reservado. Ya se habían bebido más de cinco litros de cerveza entre los tres y ahora se habían pasado al Tequila, con el que parecía que se lo estaban pasando bastante bien. Hugo y Pablo lamían el cuello de Carlota, ella se lo llenaba de sal y luego lo volvían a lamer para beber después un trago y comerse una rodaja de limón. —Lo siento pero yo me voy ya a casa—. Sandra cogió su chaqueta vaquera y su bolso. —Nos vemos mañana. Carlota dijo adiós con la mano sin ni siquiera mirar a su amiga y Sandra salió a la puerta donde agradeció el poder respirar aire limpio. —¿Te vas ya? A su lado estaba Lucas, el cantante, que había salido a fumar un cigarro. —Sí, estoy cansada y mañana tengo que trabajar. —¿Quieres que te acerque? Tengo el coche aquí cerca. 34 —No te preocupes, pensaba coger un taxi—.Sandra sonrió educada.—Gracias. —No, en serio, no me importa. Estoy harto de este sitio. —Está bien. No me viene mal ahorrar un poco—. Bromeó Sandra miró una vez más a Lucas. Era un chico alto y delgado, aunque durante la actuación había visto unos abdominales bien definidos bajo su camisa abierta. Tenía la piel morena y el pelo castaño oscuro compuesto por mechones largos y desordenados. Sus ojos color miel destacaban claros en su rostro, al igual que sus labios gruesos y rosados rodeados por una barba incipiente de varios días. Quizás su intención era acompañarla a casa, subir a tomarse con ella la última copa y echar un polvo si se dejaba, pero hacía tiempo que a Sandra ya no le apetecían esas cosas y al pensarlo se prometió a sí misma que aquello no pasaría. Fueron caminando hasta el coche de Lucas, que estaba aparcado un par de calles más abajo y por el camino se fueron conociendo un poco más. Descubrieron que los dos habían tenido una única relación larga en su vida, que los dos vivían muy cerca y que a los dos les encantaba escuchar vinilos de Tracy Chapman con una copa de vino en la mano; así que cuando Sandra se quiso dar cuenta, ya estaba en casa de Lucas con la chaqueta colgada en el perchero, a punto de sentarse en el sofá y con los primeros acordes de Fast car inundando sus oídos. —Ponte cómoda. Ahora traigo el vino. Sandra se sentó y cruzó las piernas. Aquella casa parecía un museo de la música bastante descuidado. El salón era pequeño con decoración principalmente industrial. Paredes gris oscuro llenas de ilustraciones y representaciones de los grandes grupos de la historia de la música, lámparas de metal, algunos muebles negros y otros de madera de ébano, casi negros también. El sofá en el que ella se había sentado era de piel marrón, pero estaba tan gastado que debía tener ya muchos años. Frente a ella, una mesita baja redonda de metal con algunos folios escritos a mano y llenos de garabatos, un par de pufs a su derecha, y en la pared en la que suele haber una televisión, Lucas tenía una pizarra blanca con algunos versos y anotaciones de lo que Sandra dedujo que serían sus próximas canciones. Tras el sofá había otro pequeño espacio con el techo inclinado. Esa zona estaba acomodada con dos sillones y algunos pufs más, a cada cual más desgastado que el anterior. En la esquina se encontraba una estructura hecha con palés de madera en la que reposaba el tocadiscos que estaba sonando y varias guitarras colocadas debajo. Al fondo, una estantería llena de vinilos y algún que otro libro. —Puedes levantarte a mirar si quieres. —Perdona—. Contestó Sandra avergonzada al ver que había sido cazada cotilleando la habitación desde el sofá. —No quería... —No te preocupes, en serio—. Lucas le tendió una copa de vino y se quedó con otra para él. —Mira, ven—. Caminó hacia la estantería y sacó una revista antigua. Sandra le siguió. —¡Madre mía! ¿Pero esto cuántos años tiene? Era una revista en cuya portada aparecía Tracy Chapan que además incluía un reportaje sobre su música en el interior. 35 —Es de 1968. Mi padre la trajo de Nueva York. Él fue quien me enseñó a amar la música—. Contestó con un poco de melancolía. —Entonces debe ser tu fan número uno ¿No?— Dijo Sandra con un tono más animado. —Murió hace ya seis años. No llegó a verme subido a un escenario de forma profesional. —Vaya... lo siento. Soy una metepatas—. Sandra agarró su copa con las dos manos. Aquella situación le incomodaba demasiado. —No pasa nada—. Respondió Lucas con una sonrisa triste. —Sé que estaría orgulloso de mí. —Entonces brindemos por él—. Sandra alzó la copa esperando una buena reacción por parte de aquel chico al que acababa de conocer. —Brindemos. Las dos copas chocaron y un silencio de varios segundos inundó la habitación. —Oye, no soy como piensas ¿Vale?— Lucas caminó hacia el sofá, se sentó y dejó su copa en la mesita que tenía delante. —Yo no...— Sandra le siguió y se sentó a su lado. —No te he traído aquí para que veas mis guitarras, contarte mis penas y acabar echándote un polvo. Simplemente me apetecía seguir charlando contigo un poco más, pero puedes irte cuando quieras. —¿A qué viene esto? —Estás incómoda aquí, te lo noto. Sé que es porque piensas que espero una recompensa a cambio del vino, pero no es así. —Vale, está bien—. Sandra apoyó su mano sobre el hombro de Lucas. — Empecemos de cero ¿Vale? Como si acabáramos de llegar—. Bebió un trago de su copa y sonrió. Lucas volvió a coger su copa, se acomodó en el sofá y puso los pies sobre la mesa. Por la sonrisa de medio lado que esbozó, pareció que le había gustado la idea y que estaba dispuesto a seguir hablando toda la noche. —Así que hoy has abierto una panadería ¿No? —Una pastelería—. Corrigió Sandra. —¿Te gusta cocinar desde hace mucho? —Casi desde pequeña. Mis padres tienen un restaurante muy pequeñito en el pueblo y mi abuela se encargaba de hacer los postres. Yo siempre andaba por ahí en medio probándolo todo e intentando ayudar para no aburrirme, pero era mi abuela la que me ofrecía ser su pinche; así que al final me aficioné a la pastelería. —¿Y qué tal ha ido esa inauguración? ¿Mucha gente? —Hoy casi todo eran amigos. Prefería tener un primer contacto con gente que fuera de confianza. Ya sabes, para pulir los fallos sin perder posible clientela. —Es una buena estrategia. —¿Y tú? ¡Eres el cantante de un grupo! Algo tendrás que contar—. Sandra se giró hacia él en el sofá. —No te creas... soy un tío muy normal—. Y siempre había algo de melancolía en sus palabras. 42 hombres a la vez en su interior y aunque le resultaba un poco incómodo, poco a poco su cuerpo se fue haciendo a esa sensación que le hacía pedir más. La vajilla y los cubiertos estaban todavía en la mesa. La botella de vino, vacía. Yo no entendía mucho del tema pero todo parecía haber costado bastante caro. Me recordó a aquella noche que Jorge desfiló en una pasarela por primera vez. No era un evento importante, pero a nosotros nos pareció un paso gigante en su carrera y nos bebimos una botella de vino para celebrarlo. Jorge se empecinó en comprar el más caro de la bodega y no nos quedó dinero ni para una habitación de hotel, así que nos la bebimos a morro sentados en un banco del parque de al lado de mi casa mientras nos contábamos nuestros sueños y confiábamos en que algún día triunfaríamos. Aquella noche prometimos casarnos algún día, pero nunca más lo volvimos a hablar. La mano de África sosteniendo la mía me hizo volver a la realidad. Una realidad que se tornaba más bien en pesadilla y me aprisionaba el pecho hasta dejarme sin respiración. —Toma, bebe un poco de agua—. Me dijo mientras me ofrecía un vaso. Lo cogí con manos temblorosas y bebí un sorbo. No me entraba más. —Me he ido de casa—. Conseguí decir. —¿De verdad?—. África abrió los ojos como platos. —Sí. Bueno... no lo sé—. Los nervios no me dejaban pensar con claridad. —A ver, cariño—. Se sentó un poco más cerca de mí y pasó su brazo sobre mis hombros para abrazarme. —Relájate y dime qué ha pasado. —Mi madre le ponía los cuernos a mi padre—. Hice una pausa. —¡No me jodas! —Con mi representante. —¡LA MADRE DEL CORDERO!—. África se puso de pie mientras se llevaba las manos a la cabeza. —¿Me lo estás diciendo en serio? —Por eso mis padres se divorciaron y Martín dejó de trabajar conmigo. La puerta del fondo se abrió y Miguel salió de la habitación de África. Esta vez, con ropa. Y no le sentaba nada mal. —Perdón—. Dijo con voz tímida. —Yo me marcho ya para que podáis... hablar de vuestras cosas—. Sonrió. Ahora entendía perfectamente por qué África estaba tan enganchada a él. —No, no, no—. Me levanté rápidamente del sofá. —Soy yo quien se va. Vosotros estabais aquí de celebración y yo... —Berta, tú te quedas—. Me interrumpió África, que agarró mi mano y tiró de ella haciéndome sentar de nuevo. —Y tú—.Se dirigió a Miguel. —A ti te veo mañana en la oficina... Lo siento. Volví a repetir que era yo quien debía irse. Había recurrido a África sin pensar que podía tener otros planes, pero ahora que lo veía con mis propios ojos, no hacía falta decir quién sobraba en la ecuación. Miguel me pidió que no me marchara. No quería que África dejara de lado a sus amigas por su culpa y al final llegamos a un acuerdo en el que los tres nos quedábamos 43 allí, contando anécdotas que avergonzaran a África mientras bebíamos todo el alcohol que nuestro cuerpo pudiera soportar. Y así fue como descubrí que sólo durante la primera semana de trabajo de mi mejor amiga, hizo un agujero con un paraguas en el techo de escayola de la oficina, entró sin querer (o eso dice ella) en el vestuario masculino en el que el equipo olímpico de waterpolo se estaba preparando para una sesión fotográfica y se comió el almuerzo de uno de los jefes que guardaba en la neverita del staff pensando que estaba allí para todos. 44 7. Amanece, que no es poco El día siguiente amaneció con el cielo despejado, aunque algunas nubes pequeñitas tapaban el sol durante un breve periodo de tiempo, hasta que pasaban de largo y no volvían a molestar. Al abrir los ojos me sentí un poco extraña. Era la primera vez que dormía en aquella habitación, pero no sabía si me tendría que acabar acostumbrando a ella, porque... ¿Era cierto todo lo que había vivido la noche anterior? Estiré el brazo hasta la mesita de noche con la esperanza que estuviera allí mi móvil, pero lo único que conseguí fue tirar al suelo una copa de vino que, por suerte, estaba ya vacía. Un fuerte dolor de cabeza me sacudió de golpe y me tapé hasta arriba con el edredón. Descubrí que allí debajo podría vivir de forma confortable sin tener que preocuparme por los problemas del exterior, pero unos suaves golpes en la puerta rompieron mi burbuja de ensoñación. —Berti ¿Estás despierta?— Al otro lado de la puerta, África traía consigo un aroma a café de lo más delicioso. —No. África abrió la puerta, dejó una bandeja sobre la cómoda y subió un poco la persiana para que entrara la luz. —Te he traído el desayuno. Café y tostadas; aunque si prefieres fruta, creo que tengo por ahí un par de manzanas. —Quiero aguacates. Las dos nos reímos al recordar la anécdota de los aguacates. Puede que algún día os la cuente. África se metió conmigo en la cama, se tapó también hasta arriba con el edredón y me abrazó por detrás sin decir nada. Tampoco hacía falta. —Me gusta para ti. Miguel.— Sentí el aliento de su sonrisa en mi nuca. —Es muy majo. África se encogió de hombros. —Me hace muy feliz. —Sí, ya lo vi ayer cuando llegué— Dije entre risas. África se levantó de un salto quedándose de rodillas sobre el colchón mientras hacía que nos destapáramos. —Te ordeno que borres esa imagen de tu retina. —Me señaló con el dedo. —¿Por qué?— Me giré hacia ella. —Estabas muy guapa. —Cállate— Se tapó la cara con las manos avergonzada. —Te sienta muy bien cabalgar desnuda sobre tu macho—. No podía parar de reír. África cogió la almohada y comenzó a darme con ella mientras se reía conmigo. —Te digo que pares—. Insistió. —Una jodida diosa a lomos de su... —África me obligó a callar tapándome la boca justo cuando Miguel aparecía por la puerta. —¿Se puede?— Tenía mi móvil en la mano y no paraba de vibrar. —Te está llamando tu madre. 45 Carlota también se despertó con dolor de cabeza, pero fue por la resaca más que por cualquier otra preocupación. Estaba desnuda y pegajosa a causa de todo el vodka derramado por su cuerpo la noche anterior y todavía había momentos en los que las paredes del local de ensayo le daban vueltas. Una arcada le vino de golpe, pero supo controlarla a tiempo. —Buenos días—Dijo casi en un susurro con la boca pastosa. —Buenos días— Pablo también estaba desnudo, en el mismo sofá, pero con la cabeza apoyada en el lado contrario. Sus piernas descansaban enredadas entre ellas y en cuanto sintieron el tacto del otro, Carlota se encogió y Pablo posó los pies en el suelo para levantarse. —¿Y Hugo?— Carlota intentó desviar la atención. Pablo se encogió de hombros. —Se habrá ido ya—. Contestó finalmente. Ambos se quedaron unos segundos en silencio. —¿Te apetece desayunar? —¿Qué tienes? Pablo caminó hacia la nevera y la abrió. Miró en su interior torciendo el gesto y, sin cerrarla, contestó. —Cerveza. —Vístete, que hoy invito yo. Sandra se despertó sola en su cama de dos por dos metros, como ya era habitual; aunque esta mañana estaba más contenta que de costumbre. La inauguración de la pastelería había sido todo un éxito y por la noche tuvo la oportunidad de disfrutar de una buena charla acompañada de música y vino. Todavía estaba un poco molesta por la actitud de Carlota en el pub, pero ya todas estaban acostumbradas a su "libertad" y habían aprendido a pasar por alto ese tipo de cosas. Se preparó el café y unas tostadas con aceite y sal, se sentó en la silla junto a la mesa de la cocina y comenzó a calcular las ganancias de la inauguración mientras desayunaba. Su móvil comenzó a sonar mientras hacía el balance de las bebidas. Número desconocido. Puso el manos libres y siguió tecleando en su calculadora. —¿Quién es? —Buenos días—. Sandra supo identificar su voz al momento y sonrió. —Soy Elena, la chica del blog de ayer. —Hola, Elena ¿Qué tal? Espero que no me llames pare decirme que te sentaron mal mis pasteles—. Bromeó. —No, no— Dijo Elena riéndose. —Tus pasteles estaban riquísimos. Algún día me tendrás que decir el secreto de tus recetas. —Eso es información confidencial. Hace falta más que una entrada en tu blog para poder conseguirla. Elena se volvió a reír. —De eso mismo quería hablarte. Acabo de terminar el borrador de la entrada sobre Petits Pechés y me gustaría que la leyeras antes de publicarla por si prefieres cambiar algo. 46 —¡Vaya, muchas gracias!— Contestó Sandra sorprendida. —Claro, me encantaría poder leerla. —Entonces te paso el enlace por Whatsapp y le echas un vistazo cuando puedas. Ambas se despidieron y al minuto, Sandra estaba leyendo la primera opinión sobre su cocina en un medio de comunicación. —Vamos, Berta, verás como Jon Kortajarena te alegra el día. África tiraba de mi brazo intentando obligarme a entrar en la redacción de la revista para la que trabajaba y a mí lo único que me apetecía era volver a la cama. Ya había anulado mi cita para desayunar con Martín, hacia el cual tenía sentimientos encontrados desde que descubrí que había sido el amante de mi madre durante dos años. Lo único que me quedaba por hacer era seguir durmiendo y no despertar jamás. —Vas lista si crees que te voy a dejar todo el día hecha un trapo ¡Hola Óscar!— África saludó al armario empotrado que vigilaba la puerta del edificio y yo hice un gesto con la cabeza con la esperanza de que también pareciera un saludo. —¡Corre, que tu jefe ha llegado hace un rato! Para mantener las apariencias, África y Miguel entraban siempre a horas diferentes aunque hubieran pasado la noche juntos y esa mañana él se había ido bastante temprano para dejarnos intimidad a África y a mí. El edificio en el que trabajaba África me encantaba. Era muy espacioso y con un aspecto minimalista que prácticamente parecía de una exposición de arte de las que no te atreves a tocar nada. Era la tercera vez que entraba en las oficinas y siempre me hacía sentir como pez fuera del agua. En cambio, a África, se le notaba que ese era su sitio. Sin soltarme del brazo, atravesó la recepción, subió las escaleras, recorrió el pasillo, pasó la máquina de café y me sentó en su silla. —Espérame aquí. No tardo—. Y se fue. Caminó hasta la puerta blanca de madera situada al otro lado de la estancia, golpeó dos veces con los nudillos y entró. Al otro lado de la puerta, Miguel se levantaba de la silla para recibirla. —¿Donde está Jon? ¿Ha llegado ya?— África daba pequeños saltitos mientras aplaudía. —Shhh—. Miguel sonreía de medio lado caminando hasta África para dejarle un beso en la sien. —¿Qué tal está Berta? ¿Ha hablado con su madre? —Le ha dicho que se queda unos días en casa y poco más. Se siente engañada y en parte la entiendo. —Claro —Y ahora que sacas el tema de Berta...— Miguel se apoyó sobre su mesa sabiendo de antemano que su chica tramaba algo. —Le he dicho que podría asistir a la sesión de Jon Kortajarena.— Terminó de decir todo de una vez, como si así el impacto fuera menor. —¿Cómo?— Miguel arqueó las cejas incrédulo. —Está aquí, en la oficina. Más concretamente, sentada en mi mesa. 47 —África, no puedes traer a la oficina a quien te dé la gana. Y menos para una sesión de fotos. —Pero no es cualquier persona. ¡Es Berta! —Me sorprende que estés siendo tan poco profesional.— Miguel apretó la mandíbula. —Me estoy jugando la credibilidad ante la directiva porque confío en tu capacidad como fotógrafa, pero parece que a ti eso te da igual. —No voy a ser peor fotógrafa porque Berta esté al lado mirando. —Pero esto es tu trabajo, África, no un lugar de recreo donde traerte a tus amiguitas. —¿Todo esto es porque te molesta que se quede en casa? —Esto no tiene nada que ver ¿Es que no lo entiendes? Deja de mezclar las cosas. —Y volvemos a lo de siempre, Miguel. ¿Cómo hago para no mezclarlo todo? ¿Cómo hago para que no me afecte en el trabajo el hecho de que estoy enamorada de mi jefe? ¿Cómo hago para ser tan fría? ¡Enséñame a hacerlo tan bien como tú porque yo no sé! —África.— Miguel se irguió y rodeó la mesa hasta sentarse en su silla. —Sal de mi despacho. —¿Así solucionas los problemas? —África, no te lo voy a repetir. Por favor. —Vamos, sal de ahí—. Carlota se reía como una niña pequeña. —Se supone que la camarera soy yo. Detrás de la barra, Pablo hacía malabares algo torpes con dos vasos de chupito. —Yo también fui camarero. —¿En serio?— Preguntó Carlota sorprendida. —La verdad es que no, pero lo disimulo muy bien, ¿A que sí? —Va, déjame a mí que como llegue mi jefe y te vea ahí me mata. Carlota se situó tras la barra junto a Pablo y le dio un pequeño empujón con la cadera para que se apartara. Pablo sonrió. —Deberías dejarme hacer mi famoso cóctel. —¿A las doce de la mañana? —A cualquier hora. —¿Y qué lleva?— Carlota, como siempre, intentaba aprender y absorber toda la información de su alrededor. —Eso lo sabrás cuando lo pruebes. Pablo no ensució demasiado y su mejunje, aunque extraño, estaba delicioso. Me gustaría deciros los ingredientes que llevaba, pero a día de hoy, la receta sigue siendo un secreto casi universal. —¿Dónde aprendiste a hacerlo? —¿Quieres la verdad o la historia adornada? —Siempre la verdad. 48 —Es el resultado de una larga noche de borrachera en la que se nos estaba acabando todo el alcohol y empecé a mezclar los restos de las botellas que me iba encontrando. —¿Y al día siguiente todavía te acordabas de todo lo que habías echado? Pablo soltó una carcajada. —Al día siguiente no me acordaba ni de mi nombre. —Entonces es imposible que sigas poniéndole exactamente lo mismo que aquel día. —Subestimas el poder de Acclaim—. Pablo se apoyó sobre la barra con una pose chulesca mientras Carlota le daba otro sorbo a la bebida. —La invención del famoso "Ass elixir" se remonta a una fiesta celebrada en el local de ensayo. El mismo en el que hemos... Ambos miraron hacia otro lado intentando evadir el tema. Estaban incómodos pero querían aparentar normalidad. —El caso es que allí ya nos han entrado a robar alguna que otra vez y por eso tenemos cámaras de seguridad con las que pudimos ver... —¡¿Tenéis cámaras de seguridad?! ¡¿En el local?! — Interrumpió Carlota con cara de terror. Pablo se dio cuenta entonces de que todo lo ocurrido la noche anterior había sido grabado. —¡Mierda!— Fue lo único que supo decir mientras se llevaba las manos a la cabeza. —¿Quién tiene acceso a esas grabaciones? —Pues... el grupo, la empresa de seguridad y el dueño del local. —Entonces tú puedes deshacerte de ellas ¿Verdad?— La desesperación de Carlota se hacía latente en su voz. —Me temo que no—. Pablo contestó algo temeroso por la reacción que Carlota pudiera tener. —¿Cómo que no? Tú eres miembro del grupo. Tienes acceso a ese vídeo, me lo acabas de decir—. Sonaba cada vez más desesperada. —Nosotros tenemos una copia, pero el original se lo queda la empresa de seguridad. —¿Y qué podemos hacer? Esas imágenes no pueden llegar a manos de cualquiera—. Y esta vez, su desesperación menguaba para dar paso a la súplica. —Por favor. —Voy a llamar a Hugo.