Doña María Coronel : (episodio del reinado de don Pedro el Cruel)
Full text
e - 2 ; ' ; .J e ñ .
LEYENDAS NACIONALES VYUVVIIIINW DOÑA MARIA CORONEL (EPISODIO DEL REINADO DE DON PEDRO EL CRUEL) POR D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ E MADRID LIBRERÍA DE SALVADOR SANCHEZ RUBIO Calle de Carretas, número 31
10 LEYENDAS NACIONALES, de que el rey persiga á muerte á esa raza de víboras que le dejó en herencia su buen padre, el señor don Alonso el Onceno. —¡Dos niños! —exclamó con acento SENS pero sonoro y puro, la dama. —Sí, es verdad; pero los traidores no son nunca niños; no son mas que traidores. —En la adolescencia no hay traicion, —insistió la dama; —porque tanto, como vos sabeis, amo al rey, me duele la locura de exterminio que de él se ha apoderado: dia llegará en que, espantados de él, hasta sus más apasionados amigos, hasta sus más leales vasallos, contra él se vuelvan; y no hay leon, por bravo que sea, que pueda resistir cercado y acosado por todas partes. —Bueno era su señoría cuando su madre y su tia, la reina viuda de Aragon, doña Leonor y don Juan Alfonso de Alburquerque, y los ii le llamaron á Toro. Él abrazó con las lágrimas en los ojos á los malditos hermanos que le dejó su padre, ensoberbecidos, acostumbrados al dominio, enriquecidos por el amor paternal, tan amigo de éllos como enemigo del primogénito, del noble rey don Pedro. Si éllos fueran leales y buenos hermanos, buena madre doña María, buena tia doña Leonor, buenos primos los infantes de Aragon, que tanto debian al rey, que en su corte los amparaba contra la saña de su hermano, el mal aragones, á quien llaman sus vasallos el del Puñal, no se hu-
Pe —Á DOÑA MARÍA CORONEL. DE biera irritado el rey ni matado hubiera á nadie, “ni venido, como vos decis, á la locura del exterminio. —Permitidme que os diga, Juan Diente, —res- -pondió la dama,—que vos sois un lobo, hijo de lobo, y que por instinto y por necesidad amais la sangre y el carnaje; y si vos amais tanto al rey, más que por lealtad, es porque el rey satisface, con las terribles sentencias que os manda ejecutar, vuestra sed de destruccion. — ¡Ira de Dios! —exclamó Juan Diente;—el rey me tiene hambriento. Cuando me dice: «Juan, vete con veinte ballesteros, con el señor Juan Fernandez de Hinestrosa y con sus lanzas á tal castillo, y cuando el señor Juan Fernandez de Hinestrosa don Diego García de Padilla le hayan entrado por fuerza de armas, si un tal, por ejemplo, don Alon= so Fernandez Coronel y sus escuderos ó valedo- ,res no han caido en la pelea, machácalos», yo digo al rey: «¿Y no más, señor? Lo que con Alonso Fernandez Coronel me manda hacer vuestra señoría, eso mismo habia que hacer con todos los ricos hombres y todos los prelados, y así viviriamos en paz, porque no habria quien revolviese el reino, y vos podríais ser rey sin contradiccion y haciendo el bien de Castilla.» ¡Ah! son unos miserables, doña Leila; vos lo habeis visto. Mató el rey en justicia al traidor, al rebelde señor de Aguilar, don Alonso Fernandez Coronel: Pusieron el grito en el cielo, apellidando ven=
12 LEYENDAS NACIONALES. ganza, doña Aldonza y doña María Coronel y sus maridos. 0 Escapáronse éstos, Alvar Perez de Guzman y don Juan de la Cerda, á Aragon, con sus mujeres, y juraron no volver sino con un ejército que venciese y matase al rey. Pero don Pedro el del Puñal, aunquelos acogió bien, no les dió cosa que compensase la pérdida de sus villas y castillos, que, por haberse desnaturado, habian entregado al rey, y su gracia imploraron y la mendigaron éllos, los soberbios, que tan airados se habian ido. ¿Qué hicieron, pues, mas que vender su venganza, 0, lo que es lo mismo, la sangre de Alonso Fernandez Coronel? Una vez repuestos en sus dominios, en sus honores, en sus preeminencias, por la generosidad del rey, criaron de nuevo traicion y coraje, se desmandaron, y escapó Alvar Perez de Guzman; y don Juan de la Cerda, que escapar no Bue bajo mi maza cayó. Pues ahi teneis á doña Aldonza Coronel, manceba enamorada del rey, que la sacó del convento de Santa Clara, donde se habia amparado, no pudiendo seguir á Aragon á su marido; y á doña María Coronel, la hija de don Alonso Fernandez, la viuda de don Juan dela Cerda, digna hermana de doña Aldonza, en su casa fuerte de Sevilla, con color de criarásus hijos y dentro de los mismos muros en que habita el rey, que enamorado la busca. ni AT AAA A
DOÑA MARÍA CORONEL. ls] Decid ahora que no son dos miserables, que la sangre y la desgracia de sus parientes no insultan, esas dos hermosas é ilustres señoras. —Entre las dos hermanas, —contestó doña Leila,—hay un abismo. Doña Aldonza es ligera, vana, antojadiza, y la ha enamorado el rey. Casáronla á su despecho con Alvar Perez de Guzman , que, como sabeis, vale muy poco para ser amado. El rey es hermoso, jóven, apasionado, audaz, brillante, y doña Aldonza ha sido cogida hasta las entrañas por el amor. Élla se ha olvidado de todo. Ella no ha visto que es el ludibrio de la corte. Élla ha satisfecho su antojo y pretendido satisfacer su ambicion, despreciándolo todo y haciéndose despreciar de todos, hasta del mismo rey, que no tardará en abandonarla, dándola alguna villa para que se consuele. ¡Cuán distinta su hermana doña María Coronel! No parecen hijas de un mismo padre y de una misma madre. Doña María es una santa. ¿No la veis con su-eterno luto, que hace resaltar su incomparable hermosura, encerrada en su casa como si estuviese en una ancha tumba, criando en el temor de Dios y en el honor á sus hijos, llo= rando siempre al muerto padre y al muerto marido, rogando por sus almas, pidiendo á Dios aparte de su infame locura á su hermana, sufrien-
A 14 "LEYENDAS NACIONALES. do pacientemente y con la fortaleza de la fe de los mártires las tenaces y ya rabiosas solicitudes del rey? —¿Santa decis? —exclamó con sarcástico desden Juan Diente.—¿Pues hay acaso en el mundo, ni la ha habido, ni la habrá, una mujer que tanto haya amado ó ame á un hombre como doña María Coronel ama al rey? — ¡Santa! —repitió doña Leila con acento profundo. —Pues cuando yo llamo á las puertas del templo de esa santa, —dijo Juan Diente,—se abren de par en par. - —Vais en nombre del rey, y doña Maria obedece. —Sí, es cierto, y cuando á élla me presento palidece, se la extravía la mirada, una angustia insoportable se apodera de élla, y con la voz trémula , no pudiendo ocultar su turbacion ni lo que en el alma la pasa, me dice: —¿Qué me quereis aún? Yo la doy el pergamino us el rey para élla me ha dado. Élla le lee. Se acongoja más y más. : Sin ser poderosa para evitarlo, los ojos se la llenan de lágrimas y me dice a el pergamino: —Decid, como siempre, al rey, que ni pueda, ni quiero, ni debo. AAA
A DOÑA MARÍA CORONEL, 15 Y esto me lo dice con la voz. triste y apagada, como quien apura el último esfuerzo. —Siempre encontrará fuerza en. su fe, —exclamó doña Leila.—Ya vereis cómo esa señora será la desesperacion del rey. ¡Que le ama! ¿Y quién no ama á don Pedro? Parece que por una maldi- - cion , y para castigo de todas las mujeres que le conocen y en las que él pone su mirada avarienta, ha determinado Dios que todas se enamoren de él, hasta la locura, y por todo pasen y á todo se avengan. El rey es encantador, hermoso, jóven, ardiente, apasionado. Tiene todo cuanto se necesita para impresionar á las mujeres. Es además rey; es además una brava fiera, que al arrojarse rendido, enamorado á los piés de una mujer, halaga su vanidad, excita su ambicion, conmueve todas esas pasiones extraordinarias que Dios ha puesto en el corazon de la mujer: el rey es un hermoso Satanas, dotado por Dios del poder de todas las tentaciones que á la mujer pierden. | Le ama, le ama doña María. Pero porque le ama, y á él no sucumbe ni sucumbirá jamás, porque se mantiene firme en la lucha de su deber con sus dd por eso la llamo santa. —¿Y por qué, —insistió el La Juan Diente,— vive tan cerca del peligro? ¿Por qué no muestra resentimiento ni saña alguna contra el señor que la mató el padre y el marido? ¿Por qué, si es santa
16 LEYENDAS NACIONALES. y altiva, está, no ya en la corte, sino ni áun en los reinos de su señoria? —No teneis vos bastantemente delicada el alma, Juan Diente, para comprender lo grande del alma deesa señora. No sería santa si no tuviese una gran rectitud, si no conociese perfectamente el valor y la esencia de la justicia. Don Alonso Fernandez Coronel, su padre, era un mal hombre, soberbio y tornadizo, atento sólo á su avaricia y á su soberbia, que al rey servía cuando el rey le acrecentaba, y que, insaciable siempre, á la primera negativa del rey á una nueva merced, contra el rey se volvia. Mandóle el rey depusiese las armas; se encerró en su villa y fortaleza de Aguilar, y frente hizo al rey y le obligó á combatirle en persona, y como era poderoso le entretuvo en una guerra de algunos meses, entorpeciendo al rey para la prosecucion de otras empresas. Á ballestazos y pedradas recibió el estandarte real, le desgarró; reo se hizo de alta traicion y lesa majestad divina y humana. Razon tuvo el rey para ajusticiarle, y doña María lo conoce harto bien, y aunque lo deplore, contra el rey no puede volverse. ¿Y quién era don Juan de la Cerda, su marido? : Otro traidor, otro infame, otro ingrato; debia al rey mercedes sin cuento, y como don Alonso Fernandez, incurrió en el crímen de alta traicion y lesa majestad. Doña Maria no puede ménos de reconocer la justicia con que el rey castigó á su marido. a
DOÑA MARÍA CORONEL, 157 —Era al fin su marido,—dijo Juan Diente,—el padre de sus hijos. —¡Ah! ¡Juan Diente, Juan Diente! Cuando se casa una mujer, como doña María se casó, por el mandato paterno; cuando se la casa con un hombre tal como don Juan de la Cerda, en el que nada halla que pueda hacerla tolerable su union con él; cuando esta union, en vez de ser una felicidad, es un martirio, una esclavitud, el luto y la agonía del alma, puede muy bien la ciega y poderosa naturaleza hacer madre por ese hombre á una esposa desventurada; pero el que un hombre sea el padre de los hijos de una mujer no es una razon para que esta mujer le ame; es el resultado de su esclavitud, del terrible é inexcusable cumplimiento de su deber. : —Complacida y feliz se mostraba doña María, — insistió Juan Diente,—cuando al lado de don Juan de la Cerda se mostraba. —Un martirio más y una grandeza más. Élla habia jurado con los labios, no con el alma, que no podia jurar lo imposible, amar á su marido, y por dignidad propia debia dar al mundo la apariencia del cumplimiento de lo que habia jurado. Doña María, casada y con hijos, era una virgen, porque la criatura humana es el alma, no el cuerpo, y doña María tenía el alma virgen de todo amor, de toda impureza. Por cualquier lado que considereis 4 doña María Coronel es admirable, santa, mártir. 2
18 LEYENDAS NACIONALES. Élla sabe bien que de élla se murmura viéndola en la corte del ajusticiador de su padre y de su marido, por retirada que esté. Podria desnaturarse por el fuero de los hijodalgos; pero es madre. Desnaturándose, sus hijos perderian sus grandes estados patrimoniales para ir á vivir de la limosna del rey de Aragon, ó del - de Navarra, 0 del de Portugal. Doña María no ha tenido mas que corazon de madre: doña María ha buscado al rey, se ha arrojado á sus plantas, le ha manifestado llorando que sus hijos no eran culpables ni debia hacérseles sufrir la pena de las culpas del padre y del abuelo; ha demandado, con la vehemencia del dolor y del amor materno, el levantamiento de la confiscacion de los estados patrimoniales de don Juan de la Cerda y de don Alonso Fernandez Coronel. Yo estaba allí. Yo lo veia y lo oia todo desde el acechadero secreto de la cámara del rey en el alcázar de Sevilla. Juan Diente, yo no he visto nada tan hermoso, tan poderoso, tan irresistible, como aquella jóven y noble señora, enlutada, arrojada á los piés del rey, presentándole sus pequeños, llorando por éllos, pidiendo para éllos el nombre y la hacienda de su padre y de su abuelo. Y esto con voz suplicante y dulce, reconociendo la justicia con que el rey habia castigado á aquellos caballeros. 0 Si
: : i DOÑA MARÍA CORONEL. 19 No podia darse más sacrificio. No podia llegar á más el amor de una madre. Y esto aumentaba de tal manera su hermosura que yo, que soy mujer, me estremecia, y comprendia el estremecimiento que cogia al rey de los piés á la cabeza, y su mirada absorta, y atónita, y avarienta y enloquecida de amor. Y cuando el rey alzó á doña María y lo que: le pedia la concedió, como la hubiera concedido todo cuanto poseja, y más que hubiera tenido necesidad de ganar, por un solo momento de amor, la madre, rechazando á la hija y á la esposa, besó, trasportada de agradecimiento, las manos del rey, y le dijo, con una voz que ahogaba los sollozos, inspirada: —¡Dios os libre, señor, de todos vuestros enemigos, y áun de vos mismo! Y el rey la dijo: —Amadme, y por vuestro amor me libertaré. —No puedo, no debo,—exclamó doña María. Pero no añadió lo que á vos os dice: —«No quiero.» —¡Me amareis! —exclamó el rey con violencia; —me amais ya. | —Si fuera cierta esa desgracia, señor,—con- _testó doña María,—yo sabria ser digna del nombre que llevo y de la proteccion de Dios, que' espero no me falte. Y volviendo á agradecer al rey, anegada_en lágrimas, lo que el rey por sus hijos habia hecho,
26 LEYENDAS NACIONALES. Pero don Pedro veia en éllos el crimen de ser hijos de doña Leonor de Guzman y hermanos de aquellos poderosos bastardos que de tal manera le habian combatido. Además de esto, la fiera se habia determinado ya en el rey don Pedro. Los desventurados niños fueron sentenciados. Doña Leila, de la cual diremos quién era más adelante, habia recibido la órden de ir con algunos ballesteros de maza al castillo de SAPUIGÍA á matar á los dos infantes. El caso era enorme, monstruoso. Se temia que ante tal monstruosidad se sublevase el alcaide de Carmona. Doña Leila habia llegado poco ántes del amanecer al lugar donde la hemos presentado, acompañada de feroces ballesteros del rey, y habia enviado un emisario á preguntar confidencial-. mente al alcaide si estaba dispuesto á obedecer las Órdenes del rey. El alcaide habia mirado por si, y ya sabemos su contestacion. Pero ántes de que llegase el emisario de doña. Leila habia llegado un escuadroncillo de lanzas y un capitan habia hecho señal con su bocina. Demandáronle quién era, y respondió: —Criado y mayordomo de la señora doña María Coronel y capitan de su mesnada, de órden del rey. Sabía todo el mundo que el rey estaba empe-
DOÑA MARÍA CORONEL.,' Z1 ñado por los amores de doña María Coronel como no lo habia estado por los de ninguna otra mujer. Las cosas más secretas de la corte van pasando de confidente en confidente, hasta que se hacen públicas, y cuando se hadón públicas están ya extraordinariamente alteradas. Empezaba á murmurarse, y esto era falso, que la hasta entónces incontrastable doña María Coronel recibia secretamente de noche en su casa al rey. Tan acogido corria este rumor que llegó á a oidos de doña Mánia de Padilla, que le creyó. Porque ¿qué mujer que ama á un hombre con la intensidad con que doña María de Padilla amaba al rey no cree que todas las otras mujeres han de amarle tambien? ¿Y no tenía el ejemplo de las numerosas aventuras amorosas de don Pedro? Sufrió con su grandeza de alma, sin quejarse, doña María de Padilla esta nueva rival, que élla suponia, engañada por maldicientes rumores, aunque sufrió más que por otras habia sufrido, más que por doña Aldonza, porque sabía bien cuánta era la extraordinaria alí de doña María Coronel. No preparó tan secretamente don Pedro el asesinato de sús dos hermanos menores que doña María, que tenía al lado del rey lo que podia llamarse una policía, no se apercibiese de ello.
28 LEYENDAS NACIONALES. Desconfiando de sí misma, que tan impotente habia sido para evitar la muerte del maestre. don Fadrique y de su primer escudero, tuvo el heroísmo de valerse de aquella misma doña María Coronel, que de tal manera, por el temor que la causaba, la hacia sufrir unos celos desconsolados. Así, pues, una noche, de incógnito, acompañada de algunos servidores leales, salió en litera por un postigo del alcázar y se fué á casa de doña María Coronel. Llamó á la puerta uno de los servidores, y cuando contestaron, dijo: —Tomad esta carta, que es menester que la lea en el momento vuestra señora. - Llevada la carta á doña María, leyó en élla lo siguiente: «Doña María de Padilla espera que doña María Coronel no se negará á recibirla.» Sintió algo que no puede explicarse doña María Coronel al leer esta carta. ¿Por qué aquella esposa secreta de don Pedro, aquella querida pública, la buscaba á élla? ¿Qué queria? ¿Iba á hacerla oir algun ineslificablo atrevimiento, algun desacato á su virtud, excitada por los celos? Doña María Coronel se apresuró á recibir á doña María de Padilla. - Bajó al mismo zaguan. Doña María de Padilla era una mujer extraor- A PESA a A A O A A
DOÑA MARÍA CORONEL. 29 dinaria, tanto por su hermosura como por su talento, tanto por su gran firmeza de carácter, por su manera de ver y cd tratar las cosas, como por su virtud. Juan Fernandez de Hinestrosa, su tio, hombre de gran valía, mañero y gran político, habia sabido captarse no sólo el aprecio, sino tambien el respeto del jóven rey don Pedro. Los Padillas, además, ocupaban por su linaje, por su fortuna y por su valor una gran posicion en Castilla. | Eran unos de tantos poderosos señores que se repartian con el rey el imperio, viniendo á ser pequeños reyes. No era la delicadeza una cosa en que se reparaba mucho en la Edad Media, cuando se contraponia á la ambicion. Y en verdad, ¿en qué época, ni áun en la presente, en que nos jactamos de haber llegado al colmo de la civilizacion y de la dignidad, al perfecto conocimiento del derecho, la ambicion ha reparado en delicadezas ni en honras? El fin justifica los medios. Éste ha sido un axioma reconocido siempre por los ambiciosos. . Doña María, sobrina de Juan Fernandez de Hinestrosa, hermana del poderoso don Diego Garcia de Padilla, era una jóven de cuatro años más de edad que el rey, y de una hermosura luciente, sencilla, tranquila, poética, irresistible.
EE 30 LEYENDAS NACIONALES. Pensaron Juan Fernandez y don Diego en que podia ser muy bien que, enamorado el rey de su sobrina y de su hermana, cen élla se casase. Esto era ántes del casamiento del rey don Pedro con la hija del duque de Borbon, sobrina del rey de Francia, doña Blanca. Hicieron Hinestrosa y Padilla que el rey don Pedro conociese á doña María. Y conocerse y amarse entrambos, como si sólo para amarse hubieran nacido, fué obra de un momento. Ai Antojadizo é impaciente el rey, pretendió lo que no era posible, tratándose de doña María de Padilla, sino de una manera legítima. Solicitó él. Se defendió sin enojo, pero de una manera al- - tiva, élla. Dictó condiciones, y el rey, llegado al paroxismo del amor, consintió en casarse con doña María de Padilla. El rey no se paraba en el precio que se ponia á sus deseos; y cuando por los buenos medios no podia obtener lo que le empeñaba, lo obtenia por medio de la violencia y á todo trance. Se determinó, por razones políticas, que habia bastantes para ello, que el casamiento fuese secreto; y hay que creer en él, como en aquellos tiempos se creyó, puesto que de él daban testimonio personas de tan alta excepcion y de tal representacion y valía como Juan Fernandez
DOÑA MARÍA CORONEL. 31 de Hinestrosa, don Diego Garcia de Padilla, maestre de Calatrava, Juan de Mayorga y el clérigo Juan Perez. "Tenian los parientes de la Padilla y Sus secua- Ces y valedores, que determinaban un partido muy fuerte, frenteá si otro no ménos fuerte partido, capitaneado por el viejo y poderoso don Juan Alfonso de Alburquerque, privado que habia sido del rey don Alonso el Onceno. Trataba entónces Alburquerque de'alvarse, como suele decirse, con el santo y la limosna, casando al rey con una princesa que tenía fama de hermosa y de discreta, y por medio de la cual Alburquerque creia llegar á lo supremo de su influencia sobre el rey. Esta princesa era doña Blanca de Borbon. Hinestrosa, Padilla y los de su bando habian ganado por la mano á Alburquerque, casando al rey con doña María. Pero se engañaron. Doña María obró por su cuenta. Expliquémonos. Doña María, altiva, más que por su rango por su virtud, no habia encontrado de quién enamorarse entre aquella nobleza podrida, atenta sólo á su medro y siempre dispuesta á la traicion, y tenía el alma vírgen y el corazon ansioso de amor. Arnó al rey con toda su alma, amor que comprendió tal cual era. Pretendió defenderse de aquel amor, y no pudo.
82 LEYENDAS NACIONALES. Cegó por el rey, y para arrojarse en sus brazos no exigió otra condicion que la de la satisfaccion ' y el reposo de su virtud. : Pidió ser la esposa, declarando que élla no podía ser jamás la manceba. . El rey, que no regateaba, consintió. Se hizo el casamiento; y cuando Juan Fernandez de Hinestrosa y don Diego de Padilla pretendieron que se publicase, doña María se opuso con toda su fuerza. La publicacion de aquel casamiento, en el AS do. en que entónces se encontraba la política en Castilla, hubiera comprometido gravemente al rey, y doña María, ántes que ambiciosa, era enamorada. Les salió muy mal su intriga áJuan Fernandez de Hinestrosa y á los Padillas, cuyo intento habia sido hacer reina de hecho y de derecho á doña María. La prudencia y el amor de ésta desbarató sus planes, y no obtuvieron otro resultado de aquella intriga que la influencia que les daba el ser parienta suya, y tan próxima, la mujer á quien adoraba el rey. Alburquerque y sus peratales tenian entónces un verdadero poder. Eran muchos y prepotentes. El reino clamaba por que el rey se casase, para obtener un heredero legítimo de la corona. 2
DOÑA MARÍA CORONEL. 33 Se daba entónces á esto una gran importancia, apesar de que el carácter de la monarquía en aquellos tiempos en todos los reinos de España era electivo, como lo prueban los juramentos que se hacian prestar á los reyes y la condicion á que éllos se obligaban, de mantener y cumplir' los fueros, libertades, buenos usos y costumbres de los reinos. La publicacion del casamiento del rey con doña María de Padilla hubiera producido una guerra civil, de funestísimos resultados para el rey don Pedro, dada la valía del bando de Alburquerque - y la altivez castellana, que pedia un principe heredero, y no así como quiera, aunque no se dijese, porque se suponia, sino habido en una prin- . cesa de sangre real. despecho, pues, de Hinestrosa, los Padillas y sus parciales, el casamiento de doña María con don Pedro permaneció secreto; y obligado el rey á - doblegarse á la prepotencia del bando acaudillado por Alburquerque, y aconsejado por el amor y por la prudencia de la noble y buena doña María de Padilla, dejó correr las negociaciones que habia entablado con el rey de Francia el poderoso Alburquerque para dar en matrimonio al rey don Pedro á doña Blanca de Borboñ. No podian darse sacrificio ni prudencia mayores que los de doña María de Padilla. Hizo á su marido doblegarse á las circuns- - tancias, y élla influyó con todo el encanto de su 3
cd 34 LEYENDAS NACIONALES. amor para que el rey sucumbiese á la razon dio tica, á la razon de Estado. No podia darse mayor heroísmo del amor al esposo y áun del amor á la patria. Élla, que no podia pasarse sin su don Pedro, porque de él estaba enamorada; élla, que no podia disimular su amor; él, que por otra parte no podia contenerse, produjeron una situacion deshonrosa para doña María, porque todo el mundo la creia la querida del rey, vendida á él por la ambicion. ¿Qué la importaba? Su conciencia estaba tranquila. Dios no podia pedirla cuentas sobre su virtud. El matrimonio habia santificado su amor. El derecho de sús hijos estaba asegurado. ¿Qué importaba lo que dijese el mundo? - - ¿Qué importaba que se la despreciase? Élla miraba ante todo al interes de su esposo, al interes de Castilla. Era cuanto sacrificio podia hacerse por la familia y por la patria. Se dejaron, pues, correr los sucesos necesarios. Hinestrosa y los Padillas hubieron de contentarse con la influencia que les daba la union de don Pedro con doña María, y el casamiento del rey con doña Blanca de Borbon se llevó á cabo. ¿Por qué consentia doña María la bigamia del rey? Esta bigamia era aparente. Apénas celebradas las bodas del rey con gran
DOÑA MARÍA CORONEL, 35 pompa en Valladolid, escapó, sin haber tenido género alguno de intimidad con su nueva desposada, El rey se encontraba en el período candente de su larga luna de miel con doña María de Padilla. Para él por entónces no existia, no podia existir otro amor ni otro deseo sino los que sentia por su secreta esposa. : El amor de ésta se sintió satisfecho. Pero su sentido político se alarmó. * El rey, siempre violento, indomable, se habia dejado conducir hasta cierto punto; pero, desamorado para todo lo que no fuese doña María, resistió con su indomable fuerza de voluntad la consumacion del sacrificio, infiriendo una grave ofensa á la princesa francesa, que de él se habia enamorado, y causando un gravísimo recelo á Alburquerque y á los de su bando. Los que extrañan los desastrosos sucesos de - doña Blanca de Borbon no han meditado bien. Doña Blanca era soberbia y vanidosa, como. francesa, y, recibida la injuria, eligió el peor camino que podia elegirse contra don Pedro. Se unió á doña María de Portugal, reina madre, Que habia dado en la bajeza de hacer causa comun con doña Leonor de Guzman , la manceba de su marido; á los bastardos hijos de doña Leonor, don Enrique, don Fradrique y don Tello; á la tia del rey, doña Leonor de Castilla, reina viuda de Aragon, y á sus hijos los infantes don Fernan-
492 LEYENDAS NACIONALES. Doña María Coronel hizo una profunda reverencia á doña María de Padilla, que ass con otra no ménos profunda. —Hacedme la honra de pasar, señora, á esta vuestra casa, —dijo doña María Barone: volviéndose hácia las anchas escaleras. —Yo soy la honrada, OS doña María de Padilla siguiendo á doña María Coronel. Se puso á nivel suyo y la dijo en voz baja y ardiente: —Necesito hablaros en secreto, y cuanto ántes, señora. Doña María Coronel se confirmó en su creencia de que se la venía encima una escena de celos. Pero, ¿por qué esquivarla? ¿Qué tenía élla que ver con los celos de la Padilla? - No pudo ménos de sorprenderse la Coronel cuando, encerrada con la Padilla en su camarin, ésta la dijo: —Vengo á buscaros, señora, para que salveis al rey de sí mismo; yo soy impotente. —¿Y qué género de poder creeis vos que tengo yo sobre el rey?—contestó la Coronel con altivez, con un desden profundo, pero sin tocar en la gro-. sería. -—En el momento en que nos encontramos, —dijo la Padilla,—no hay lugar para vaguedades; es necesario hablar claro, y presto. Volvió á alarmarse doña María Coronel por las
DOÑA MARÍA CORONEL. 43 intenciones que podia llevar doña María de Padilla. —Pues os confieso, señora, que no os comprendo,—dijo. ] - —El rey ha perdido la razon,—exclamó la Padilla,—no puede ser ménos que esto. Ayer, de una manera terrible, espantosa, mata á su hermano el maestre don Fadrique, que traidor le era, no hay que dudarlo, pero al que pudo castigar de Otro modo; sediento de sangre, furioso de odio, persigue hasta mi misma cámara á un desventurado escudero del maestre, y ante mis ojos le mata; hoy envía á esa formidable mujer, áesa doña Leila, su verdugo, al castillo de Carmona, para que mate á dos inocentes niños; se me avisa secretamente por esa misma doña Leila, ménos terrible que el rey: yo al rey exploro sagazmente, averiguo y:sé de su propia boca que ha decretado la muerte de todo el bando contrario, el exterminio de los bastardos, la muerte de doña Leonor de Guzman, la de su tia doña Leonor y áun la de su misma madre. En vano pretendo hacerle volver á la razon; en vano, señora, me arrojo á sus piés llorando; el rey está loco: le han irritado de tal manera que han hecho de él un leon bravo, que á la más leve provocacion despedaza. Y tenedme toda la compasion que querais, señora, pero yo le amo, le amo: le veo tan desatentado, y tal y tan temerariamente puesto en el peligro, que por su vida tiemblo. Acabarán por juntarse
44 LEYENDAS NACIONALES. todos contra él, y matarle. Y luégo, luégo, señora, la sangre me espanta; esos inocentes niños, esa reina desventurada, á quien han perdido los que de Francia la trajeron: los hermanos del rey... ¡Oh! ya, ya es demasiada la sangre de don Fadrique. Yo estoy desesperada, señora, y como sé que sois grande y buena, 4 buscaros vengo para que me ayudeis. No, no digo yo que vayais á buscar al rey, que le supliqueis: el rey, por vos empeñado, os impondria condiciones que vos no podeis aceptar por nada del mundo; ni, aunque vos llegáseis á esa inmensa magnanimidad, sería ya tiempo para la salvacion de esos inocentes;: doña Leila ha partido con la órden de muerte de los dos infantes; pero doña Leila me ha prometido detenerse á la vista del castillo de Carmona hasta que amanezca. Venid, señora, ayudadme; salvemos á los infantes, y luégo que sea lo que Dios quiera. —Sí, sí, os ayudo, os ayudo, —exclamó con vehemencia doña María Coronel, Y luégo, yendo á una puerta, dijo: —¡Hola! ¡Á mil. Acudió un paje. -—Al momento, al momento una litera grande y veinte escuderos á caballo, con el capitan Sancho Dávila. Hay que tener en cuenta que doña María Coronel era rica-hembra, señora de Aguilar y de Medinaceli, y de otras muchas villas y fortalezas, y A >
DOÑA MARÍA CORONEL. 45 que así en Aragon como en Castilla ejercia señorío, y tenía mesnada y guardia junto á su persona. -—Niáun siquiera, por. no perder tiempo, mudó de traje, adoptando otro más cómodo que sus amplios paños de luto para aquel pequeño viaje. Debian partir en el momento en que estuviese preparada la litera y armada y á caballo la escolta. La generosa alma de doña María Coronel se habia conmovido en el momento en que habia oido la pretension de doña María de Padilla. Además se la habia hecho esta extraordinaria- - mente simpática. Su hermosura, que podia, llamarse celeste, daba la idea de un alma pura y noble. ¿Cómo comprender que aquella conmovedora criatura afrontase serena la humillante posicion de amiga del rey, viviendo con él públicamente, y en su alcázar, con los llamados infantes sus hijos? Doña María Coronel era extraordinariamente impresionable, extraordinariamente expansiva. —Señora, —dijo, —despues de oiros se me ocurre el pensar que grandes razones habreis tenido, ó que loca os habreis vuelto, cuando, valiendo lo que valeis, teniendo el corazon que teneis, de tal manera al mundo os mostrais. —Mi amiga doña María Coronel, —dijo doña María de Padilla, —oidme, y no os ofendais porque yo amiga os llame: noble y honrada sois, y bien
46 LEYENDAS NACIUNALES, » se os puede confiar un secreto, secreto que voy á confiaros por lo mucho que deseo vuestra estimacion y vuestra amistad. Yo tengo el alma pura y limpia ante Dios, y si ante el mundo manchada aparece, es porque así conviene; yo soy la reina. Y pronunció estas palabras doña María, no como una manifestacion de soberbia, sino como una justificacion de su virtud. —¡La reina! —exclamó con alegría doña María Coronel, porque encontraba restaurada á sus ojos á aquella criatura que tan simpática la era. —¡Ah! ¡la reina! Y se acercó á élla y la cogió las manos. Doña María la abrazó. Reclinó sobre su hombro la cabeza y rompió á llorar. Pero contuvo sus lágrimas apénas brotaron. Doña María tenía un fuertísimo temple de alma. - Era una mujer de su tiempo, criada entre las armas, descendiente de rudos caballeros y en contacto con toda aquella noble epa de hierro. Más de una vez el motin armado HDI pasado rozándola sin que temblase, y obedeciendo al temperamento que en élla habia determinado su educacion, las lágrimas que Dios ha puesto en el corazon humano, y que necesariamente han de verterse por el sentimiento, la avergonzaban.
DOÑA MARÍA CORONEL. 47 Alzó la cabeza y dijo á doña María Coronel, recobrada ya su serenidad: —Si vos hubiérais sido libre, si el rey os hubiera enamorado, señora, si hubiérais soñado en él la felicidad de vuestra vida, el contento de vuestra alma, ¿qué hubiérais hecho? Las mejillas de doña María Coronel se coloraron ligeramente. Élla, como ya hemos dicho, á despecho suyo, amaba al rey con todo el amor de su alma vehemente, impresionable, amante, apasionada. —El rey hubiera sido mi esposo ó hubiera pasado,—contestó doña María Coronel. -—Pues bien, eso hice yo, señora: «Sed mi esposo ó no volvais á verme,—le dije; —doña María de Padilla os ama, pero no hay amor que pueda doblegarla á su vergiienza ante vos.» Y el rey se casó, señora; se casó secretamente conmigo, porque yo lo exigí, porque así convenia; que, de no, públicamente se hubiera casado, como públicamente se ha casado con esa doña Juana de Castro, que en Toro se llama reina. —¡Oh! sí, sí, —exclamó con acento opaco doña María Coronel; —verdaderamente el rey está loco. En aquel momento el capitan Sancho Dávila, armado ya de los piés á la cabeza, vino á decir ásu señora que la litera estaba dispuesta y los escuderos armados y á caballo. Un momento despues salian de la casa de doña
48 LEYENDAS NACIONALES. María Coronel ésta y Ena María de Padilla en una gran litera. No mucho despues, por una órden de doña María de Padilla, á quien todo el mundo conocia, se abria la puerta de Carmona, y litera y escuderos arrancaban rápidamente por el camino real. -
CAPÍTULO IV. EN QUE SE VE QUE UN ALCAIDE PUEDE SER MUY IMPRUDENTE DEJANDO ENTRAR EN SU ALCAIDÍA GENTE DE GUERRA. Por muy deprisa que habian ido, ya doña Leila con los ballesteros de maza habia llegado al lugar donde la hemos presentado, y habia enviado un emisario al alcaide del castillo llevando la órden _ del rey contra los infantes. | Doña Leila habia hecho esto no tanto para asegurarse de la obediencia del alcaide como para dar tiempo á que doña María de Padilla salvase, si pudiese, á aquellos dos desventurados. El emisario debia entretenerse todo lo que pudiese y engañar á Juan Diente y á los otros ballesteros con los cuales no se podia contar, porque 4 -
20 LEYENDAS NACIONALES. no tenian otra voluntad ni áun otra fe que la obediencia pasiva y feroz á los mandatos del rey. No podian darse sicarios más perfectos ni más en armonía con el carácter de aquel rey sanguinario y terrible. Y sin embargo, la daban de hidalgos y de buenos. ' Juan Diente, Rodrigo Diaz de Albarracin, Rodrigo Perez de Castro, Ferran Fortuñez y otros no hubieran consentido, sin tomar un terrible desagravio, que nadie hubiese puesto en duda su hidalguía y su honor. Eran unos terribles séres rojos, de aspecto siniestro, á la vista de los cuales se estremecia todo ' el mundo. Ellos eran la representacion de la formidable ira del rey don Pedro, ¿Y por qué habian éllos de avergonzarse ni de tener remordimientos por los servicios incondicionales que prestaban al rey? . Tales delicadezas, tales achaques de la conciencia no estaban en la manera de ser y de sentir de la gente de aquel tiempo. ¡ El rey era el rey, el señor absoluto de derecho divino , representante de Dios sobre la tierra, dueño de vidas y haciendas, cuya autoridad se basaba en este principio religioso : Pro me reges regnam. El rey podia hacer y deshacer en lo temporal como el Paj reyes, vicario de Dios en la
DOÑA MARÍA CORONEL, 51 tierra, podia hacer y deshacer, atar y desatar, tanto en lo temporal como en lo espiritual, autorizado por el principio Lo que tú desatares en la, tierra, desatado por mí será en el cielo, que caia sobre este otro principio general: Tu est Petrus, el supra hanc petram edificabo Ecclesia me: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. El principio autoritario, absoluto é incontrastable era el principio de gobierno de los tiempos medios. : | El rey, señor de los vasallos, los reyes, vasallos del Papa, obligados todos relativamente á la obediencia ciega, armado el rey contra sus súbditos con la cuchilla, el dogal y la confiscacion, entronizado el Papa sobre los reyes con su infalibilidad, su excomunion y su entredicho. | Los nobles resistiendo al rey 6 partiendo con él su tiranía. Los pueblos, esto es, el municipio, resistiendo el poder de los nobles. ' Los réyes rebelándose contra los Papas á cada ' paso, y amenazando al Papa, y declarándole más de una vez la guerra y persiguiendo con frecuen- Cia á muerte á.sus nuncios, apesar de toda la inmensa autoridad celeste y terrenal del Papa. Todo en lucha, todo en combustion, todo precipitado por un impulso misterioso y prepotente. Véase con detenimiento la historia de la Edad Media y se verá que nunca el progreso humano ha marchado con más rapidez,
58 LEYENDAS NACIONALES. con éllos venía y con sus ocho ballesteros en demanda del castillo. | —Venid, corred, volad,—exclamó el alcaide, que estaba jadeante y descompuesto;—he tenido la debilidad de dejar entrar en el castillo á las señoras doña María de Padilla y doña María Coronel, y con la gente de armas que han traido el castillo me toman para salvar á los infantes. Pesóla mucho 4 doña Leila que doña María Padilla y doña María Coronel hubiesen sido tan ' inadvertidas que no hubieran empezado por asegurar al alcaide, aunque para asegurarle hubiera sido necesario matarle, que hombre de gran valía era el señor Ferran de la Noguera. | Dada la situacion en que ya Leila se encontras ba, no habia otro medio que correr al socorro de los del castillo. ¿Qué gente de guerra habia llevado doña María de Padilla? ¿Sería bastante para resistir á los ocho ballesteros de maza, cada uno de los cuales valía tanto como una fiera) y á Sancho Nuño y ¿ los otros cuatro hombres de armas del servicio particular de doña Leila, que no les iban en zaga? —Adelante, y á la carrera, —habia dicho Leila, porque no podia decir otra cosa. Y habia puesto su caballo al galope y luégo al escape, tomando la vuelta de la poterna del castillo.
CAPÍTULO V. / DE CÓMO DOÑA MARÍA DE PADILLA Y DOÑA MARÍA CORONEL LLEVABAN POR EL MOMENTO LO MEJOR DE LA JORNADA. M Entretanto Sancho Dávila y sus veinte hombres habian metido mano de tal manera á los del castillo que el combate habia terminado muy poco despues de haber empezado. Mucho mejor armados los de doña María Coronel, habian caido sobre los otros, los habian acorralado en el callejon de la poterna y los habian rendido. Muchos de éllos habian escapado, esparciéndo- Se por el castillo. Pero, una vez dominados, no osaban mostrarse, temerosos de ser muertos.
60 LEYENDAS NACIONALES. Doña María de Padilla y doña Maria Coronel no perdieron el tiempo. Por uno de los prisioneros. se informaron del lugar donde estaban guardados los infantes. Fueron allá, acompañadas de algunos hombres de armas, y aunque no se tenian las llaves de la puerta, ésta fué forzada á golpes de hacha. Los pobres niños, que habian despertado despavoridos por el fragor del combate, estaban abrazados el uno al otro, mirando con terror á la puerta. Cuando vieron entrar á doña María de Padilla y á doña María Coronel, á quienes conocian demasiado, sonrieron llenos de alegría. Pero estaban tristes, desencajados, trémulos. —Pronto, pronto, —exclamó doña María de Padilla,—fuera. . | Y élla asió al mayor, mientras doña María Coronel asió de la mano al otro. Salieron. Bajaron á la plaza de armas. | La litera en que las dos damas habian ido era bastante grande. Entraron en élla los dos infantes. Los hombres de armas bajaron el puente y alzaron el rastrillo. Pero se vieron obligados á levantar de nuevo - el uno y á bajar el otro inmediatamente, porque vieron que por el repecho subian á la carrera Leila y sus trece hombres.
DOÑA MARÍA CORONEL. 61 El alcaide cabalgaba á la grupa de Sancho Nuño. —Pues, ¡poder de Dios! —dijo Leila, refrenando su caballo, cuando vió que el puente, caido un momento, habia vuelto á levantarse; —yo no sécómo vamos á entrar ahi. —¡Cómo!—exclamó Juan Diente, —¡como si en la villa no hubiera escalas, como si no hubiera hombres, como si por un pregon no pudiera mandarse, so pena de traicion al rey, nos acudan y amparen! Quedaos ahí, doña Leila, si así Os parece, que yo no me meto á daros órdenes; quedaos frente á la poterna, que yo con Albarracin y Castro en la villa me meto, y al alcalde compelo y gente reuno, y con élla podeis cercar el castillo, en tanto, que al rey se avisa, —Id, pues, señor Juan Diente, —dijo doña Leila, porque no podia decir otra cosa. Juan Diente, Rodrigo Perez de Castro y Rodrigo Diaz de, Albarracin:se encaminaron á la cercana puerta de la villa, y por élla:se metieron. Todo esto se habia. observado desde los adarves por Sancho Dávila, que como buen. capitan no se descuidaba. l Habia contado el número delos contrarios, y viendo que tres de éllos se habian metido en la: villa, ostensiblemente á buscar socorro, comprendiendo que no habia tiempo que perder, bajó del adarve de la poterna á la plaza de armas y manifestó á las dos damas su opinion de que sin pérdida x e
62 "LEYENDAS NACIONALES. de tiempo debia abandonarse el castillo, que la litera con seis hombres de armas escogidos se pusiese en marcha inmediatamente, en tanto que con él los otros catorce hombres caerian sobre los doce que ante la poterna del castillo estaban. —Sea como vos lo decis, —dijo doña María de Padilla, asi como doña María Coronel, mostrando la buena y valiente raza de donde venian; —franquéese la poterna y embistase con esa gente. Sancho Dávila escogió seis hombres para que resguardasen la litera en que iban las dos damas con los dos infantes, y él con los catorce hombres restantes, habiéndose calado el puente y alzado el rastrillo, rompió, con las adargas al pecho y las lanzas en ristre, contra doña Leila, Sancho Nuño, los cuatro hombres de armas y los cinco ballesteros de maza que allí habian quedado. No eran ni doña Leila ni los que la acompañaban gentes que pudiesen volver fácilmente riendas, no entónces, que el número de los que sobre éllos venian era igual al suyo con una muy leve diferencia, sino aunque hubiesen sido muchos más. Bajaba Sancho Dávila como una avalancha, y por un costado la litera se escurria á gran ae para ganar el camino real. Doña Leila parecia no haber visto que la litera con su escolta se esquivaba, y se mantenia á pié firme, embrazada la adarga y terciada la lanza, como para resistir el choque pe los. que venian en contra,
DOÑA MARÍA CORONEL. E 63 Pero uno de los bravos ballesteros que alli habian quedado, Gines Perez de Barrios, tan feroz, tan forzudo y tan bravo como Juan Diente, dijo al ver la litera que se escapaba: — ¡Cuerpo de mi abuela, que allí se nos escapan los infantes! Y sacó de traves su caballa y le espoleó. Los otros se fueron tras él. Leila hubo de seguirlos tambien, porque se habia quedado sola con-Sancho Nuño y sus cuatro jinetes, con los cuales no podia resistir el empuje de las lanzas, con las cuales se le venía encima Sancho Dávila. La accidentacion del terreno era de tal manera que Sancho Dávila se veia obligado á llegar al punto de donde habian partido, sesgando, Gines - Perez de Barrios, y tras él los otros, y por la delantera que les llevaban no podian llegar á tiempo de salvar la litera de la ruda acometida de un nú-- mero de lanzas doble que el que á: la litera res-, guardaba. Una vez puesta en aquella situacion extrema, nO habiendo podido evitar lo que acontecia, doña Leila se decidió. —He hecho todo cuanto me ha sido posible, —dijo;—para la primera vez que he sentido la piedad en el alma, no me ha ayudado la fortuna. - Y cerró con los de la litera. Los mozos que guiaban las mulas habian esca-
Pp 64 LEYENDAS NACIONALES. pado, incapaces de defenderse, puesto que iban desarmados. La litera se habia detenido, pues. Los seis hombres de armas de su resguardo no se habian entretenido á echar cuentas,'sino que habian salido bruscamente al encuentro de los que á la litera acometian. Resistieron el primer empuje. Dieron lugar á que Sancho Dávila llegase con los otros doce hombres, y-allí, en una explanada llana, entre el castillo y la puerta de la. villa, se trabó una encarnizada pelea de lobos contra lobos. Entretanto doña María de Padilla y doña María Coronel, siempre serenas, siempre valientes, habian salido de la litera y, llevando agarrados de las manos á los infantes, corrian hácia la villa. Algunos de los ballesteros, viendo las dos damas que con los dos jóvenes hácia la villa cor-. rian, pretendieron salirse de la pelea para alcánzarlos y alancear á los infantes: Pero el bravo Sancho Dávila, que á todo acudia, los habia atajado, obligándolos á: meterse otravez en el amasijo del combate, por decirlo asi. Sancho Dávila, por una hábil rnaniobra, se habia colocado entre la villa y los enemigos y les cortaba el paso. Entretanto doña María de Padilla y doña María Coronel habian llegado con los dos infantes á la cl Real de la villa. | |
DOÑA MARÍA CORONEL. 65 Habian corrido y se habian amparado en la iglesia, Allí se creyeron seguros. La iglesia de Carmona tenía privilegio de inmunidad. Estaba protegida por el Papa. Era muy posible que este respeto detuviese al rey don Pedro, y entretanto podia influirse con él, salvar á los dos niños. Juan Diente, Rodrigo Perez de Castro y Rodri- 80 Diaz de Albarracin se tiraban, como suele decirse, de las orejas. - Praian una cuestion agria. El alcalde, agarrado á su vara y protegido por Cuatro Ó seis mozos de labor, criados suyos, que estaban ballesta en mano, decia que él era allí el "ey, porque era el alcalde, y que todos los ballesteros de maza del mundo no eran quién para darle 4 €l órdenes ni “para compelerle á que mandase dar pregones y hacer leva entre los mora- : dores de la villa, y que no le tentasen la paciencia, que no trayendo éllos órden del rey alguna, acabarian, si se empeñaban, por dar lugar á que él diese con éllos en la cárcel. Decia Juan Diente, con una gran calma y una gran posesion de sí mismo, al alcalde, que no le tentase las barbas al diablo, que él con sus dos Compañeros eran lo muy bastante para volver al alcalde del revés y á sus mozos con sus ballestas, Y pegarle fuego á la villa de Alcalá. a
66 LEYENDAS NACIONALES. Y el alcalde replicaba: —Eso lo vamos á ver en el momento en que ; dá. mí se me acabe la paciencia. —Pues lo vamos á ver muy pronto, —dlecia Juan Diente, —porque ya tengo mi paciencia agarrada por el rabo y se me escurre. Y estando en esto entró uno y cortó la cuestion dando la noticia de que los dos infantes con doña María de Padilla y doña Maria Coronel se habian amparado con la inmunidad de la iglesia. —Pues á la puerta de la iglesia ,—dijo Juan Diente. Y sin despedirse del alcalde salió con sus compañeros. Pero se encontraron con que los caballos que habian dejado en el zaguan y las adargas y las lanzas no parecian. - El alcalde se habia preparado. En cuanto del zaguan habian salido los tres ballesteros, habia cerrado la puerta de enmedio, que era muy fuerte, y por la rejilla asomaba la punta de un venablo, amenazando atravesar de parte á parte al que se atreviese á acercarse. —Pues esto se reduce,—dijo tragando cólera Juan Diente, —á evitar un combate que es ya inútil, y más mediando dos damas que tanto pueden con el rey como doña María de Padilla y doña María Coronel, y que vayan á avisar á su señoría. Conmovíase entretanto el pueblo. El abad, el párroco, el vicario de las monjas,
e DOÑA MARÍA CORONEL, 67 los frailés benitos por una parte, y el concejo por Otra, se habian escandalizado al ver la negra rabia del rey contra dos inocentes, y habian excitado no sólo á los caballeros é hidalgos que en el pueblo habia, sino tambien á los pelones. Veíanse correr hombres ¿la plaza, armados cada cual como habia podido, llevando muchos de éllos por única arma un hierro enhastado en un palo. Y si estos hombres, que al pasar habian visto á los tres ballesteros que se encaminaban á la salida de la'villa, no habian caido sobre éllos y los habian preso, habia sido porque tal fama de demonios tenian los señores ballesteros de maza del rey don Pedro, que todos los esquivaban, como si Cada uno de éllos hubiera sido un monstruo voraz Ó la culebrá de la pradera de San Isidro, que en estos momentos aterra á las lavanderas del Man- Zanares. Añadíase á esto que los tres ballesteros iban apercibidos , con las manos apoyadas fuertemente en los pomos de las espadas y mirando hoscos á todos los que encontraban. Sus relucientes arneses de punta 'en blanco, sus largas barbas crespas, sus cotas de armas con el blason real, sus espadones y sus mazas de combate, colgadas del cinto, contribuian á aumentar este respeto. en Llegaron al lugar del combate. Este se mantenia encarnizado, sin ventaja por ninguna de las dos partes.
4 LEYENDAS NACIONALES. infantes, las atalayas harian señal, y de monte en monte correria la órden de vigilancia. Órden vaga si se quiere, indeterminada, porque - no podia ser de otra manera, pero que pondria en alarma á todos los alcaldes de la tierra, á los alcaides, á los merinos, y el rey tenía hartos servidores esparcidos en todo el reino y harto celosos, que, encontrando sospechosos á los A los detuviesen y los prendiesen. Se tuvo, pues, por más seguro la inmunidad de la iglesia que la fuga. Se dejaban correr los acontecimientos, y la Coronel y la Padilla esperaban, lo repetimos, que el rey, pasado el primero y terrible impulso de su cólera, desistiese de su atroz designio 'contra los infantes.
% CAPÍTULO VIL DE CÓMO EL REY SALIA AL FRENTE CUANDO AQUELLOS Á QUIENES SE ENCARGABA UNA EMPRESA NO PODIAN SALIR CON ÉLLA. Pero no contaban con la lealtad de una parte y con la ferocidad de la otra de doña Leila y de Juan Diente y los otros terribles ballesteros. Leila, como sabemos, habia hecho lo bastante y necesitaba cubrirse. Élla cr ela, como lo creian la Coronel y la Padilla, que los infantes estaban salvados. Juan Diente estaba en un estado de excitación indescribible. A Se le habia contrariado. Se le habia obligado á bajar la cabeza, y esto no lo podia sufrir el bravío ballestero.
76 LEYENDAS NACIONALES. Cuando le llamó doña Leila para enviarle recatadamente á Sevilla á dar al rey parte de lo que acontecia, antes de que hablase, Juan Diente la dijo: —Yo no sé para qué me llamais, señora; pero sinó es para que inmediatamente monte á caballo y me escape como pueda y vaya á decir al rey lo que sucede, os anuncio que sin órden vuestra lo haré por mí mismo; que en Alcalá hemos sufrido una afrenta, se nos ha combatido, se nos ha obligado á humillarnos, y esta humillacion á que esta- - mos sometidos es más del rey que nuestra, porque todos saben que con órdenes del rey hemos venido, y al resistirnos, al obligarnos á ceder, no es á nosotros á quienes se ha resistido y se ha obligado, sino al rey; por lo cual en delito de rebeldía, traicion y lesa majestad han incurrido el concejo y los prohombres de la villa de Alcalá, y áun el cura, el beneficiado, el sacristan y el monacillo. Conque veamos si es para que yo lleve el cuento de todo esto al rey para lo que me habeis llamado. —¿Pues para qué otra cosa pudiera ser?—contestó doña Leila.—Necesario es que el rey sepa lo que pasa. Asi, pues, ved cómo salis de Carmona y Os vais á Sevilla, que esto ha de ser cuanto ántes. —Ello es el caso,—contestó Juan Diente, —que será necesario que yo prescinda de mi caballo, que vigilados estamos, y con sólo que yo entrase en la cuadra para echarle la silla al bicho, ya habria quien fuese con el soplo y quien nos traje-
DOÑA MARÍA CORONEL. yy) se una tempestad de pelones armados y dispuestos á meternos mano. Así es que yo voy á esquivarme subrepticiamente saltando las bardas del corral de esta casa, que no son muy altas, saliendo por las solitarias calles, y por un postigo del muro de la villa y ganar el camino real, y ya sea á pié, ya en alguna caballería con que me tope, ponerme en Sevilla delante del rey y darle noticia de lo que sucede. —Pues id cuanto antes, señor yla Diente,— dijo doña Leila, —que ya veis que en descubierto estamos; el rey necesita muy poco para irritarse, y si toma lo que sucede en deservicio por nuestra parte, podemos pagar muy caras las costas. —Pues antes que eso, que las pague quien las debe, señora, y áno perder más tiempo; quedaos con Dios, que ya se verá lo que resulta del mensaje vuestro que voy á llevar al rey. Juan Diente se salió del aposento de doña Leila. Dió así como distraido una vuelta por la casa, aprovechó un momento en que nadie podia verle entrar en el corral, se metió en él, llegó á la tapia por el lugar que encontró más bajo, trepó con suma facilidad por sus asperezas y se dejó caer á una callejuela solitaria. Luégo, de callejuela en ao ganó la ronda interior del muro, y por un postigo situado al Norte se salió al campo y avanzó con paso rápido por un sendero. Juan Diente era fuerte.
78 LEYENDAS NACIONALES. Estaba acostumbrado á la fatiga, pero á la fatiga á caballo. - Lo de matar hormigas le fastidiaba soberanamente y sele hacian muy duras, más que por otra cosa, por impaciencia, las seis leguas que hay que recorrer desde Carmona á Sevilla. De improviso, avanzando por aquel sendero, oyó á derecha é izquierda el sonido de algunas esquilas que se dejaban oir de tiempo en tiempo y de una manera caracteristica, como si aquellas esquilas fuesen de bestias que pastaban. Y en verdad atravesaba aquel sendero por enmedio de la dehesa comunal. - Esparcidos acá y allá, entre el pasto, se veian algunos bueyes, algunas vacas, algunas cabras, algunas ovejas, y tal cual asno, tal cual caballejo. En éstos se fijó la atencion del ballestero. Pero todos estaban en pelo y sin cabezon ni nada por medio de lo cual pudiese guiárseles. Rebuscando al fin Juan Diente, encontró uno “que tenía una vieja jáquima y un lazo ronzal que no le impedia pastar, aunque con el extremo del ronzal aparecia trabado por las manos. Sin duda este jaco era inquieto y recien llevado de otra parte, y se le habia trabado para que no se escapase hácia su querencia. Llegóse á él Juan Diente, le destrabó, tomo el ramal y saltó sobre el Ana lomo del bicho, quedando en la figura más rara que darse puede, porque estaba en calzas y jubon de ante de los
DOÑA MARÍA CORONEL. 79 que se usaban para debajo del arnes, y cubria su cabeza con un casquete muy malo, una especie de birrete que llevaba siempre que salia de expedicion para cubrirse cuando se quitaba el yelmo. Aparecia, pues, Juan Diente escueto, ajustado, y á cierta distancia no parecia otra cosa sino un hombre desnudo, de color amarillo y puesto sobre el jaco, demacrado, árido al que podian contarse sin dificultad todos los huesos; venía 4 ser una especie de caricatura. Tenía por seguro Juan Diente que cuando entrase en Sevilla por la puerta de Carmona habian de rechiflarle los muchachos, siendo muy posible cayesen sobre él á pedradas. Pero ¿qué importaba? Era necesario servir al rey, y sobre todo tomar venganza del agravio que en Carmona se le habia hecho arrebatándole los infantes. Metió Juan Diente los talones, que eran sus espuelas, al jaco, y se encontró agradablemente sorprendido al ver que apesar de su demacracion el animalito era ardiente y fuerte. Habia partido á un medio trote, que muy pron- to se habia convertido en un trote largo, hácia el camino real, y con un vigor extraordinario. Oyóse entónces, saliendo de una arboleda inmediata, una voz robusta que gritaba: —¡Eh, don malsin ladron, dejad la hacienda ajena, que no estaba ahí para vos! Al oirse llamar ladron y alla; Juan Diente >
80 LEYENDAS NACIONALES. ardió todo en cólera, revolvió el caballo, buscó al que aquellas injurias contra él habia proferido, y viendo en los linderos de la arboleda á un zafio pastor, tiró del espadon que llevaba al costado y hácia el pastor arremetió con el caballo. Pero el rústico, desasiéndose la honda y poniendo en élla una piedra, sobre la cabeza volteó dos veces la honda y dejó ir la pedrada, que dió á Juan Diente, afortunadamente para él, en el hombro derecho», que á darle en la cabeza alli mismo y en un punto suelta su postrimer aliento nuestro ballestero. Sin embargo, tan violento fué el golpe que á punto estuvo Juan Diente de caer del caballo al suelo, y de tal manera, á consecuencia de la pedrada, se le crispó el brazo y se le entumecieron los dedos, que la espada se le cayó al suelo. Tal vez la intencion del pastor no habia sido otra que la de desarmarle y lo habia conseguido. Conoció Juan Diente que si le alcanzaba otra pedrada era hombre perdido, y rápido como el pensamiento revolvió de nuevo el caballo hácia el camino real y escapó lanzando al animal al grande escape. Sonó un nuevo chasquido y zumbó una nueva piedra. Pero como, previendo esto, al lanzar á toda carrera el jaco Juan Diente se tendió sobre él en el mismo punto en que el pastor despedia su segunda
DOÑA MARÍA CORONEL. 81 piedra, ésta pasó por encima del ballestero sin tocarle. | —Al diablo sinó me bajo tan á punto,—dijo Juan Diente, —que de seguro me mete esa maldita piedra en el colodrillo ese bruto. El caballo volaba. | Un nuevo chasquido se dejó oir. Pero ya Juan Diente, á causa de la maravillosa velocidad del jamelgo, estaba fuera del alcance de la piedra. El caballo no necesitaba ser dirigido. Parecia que corria á todo su placer hácia un lugar al que estaba aquerenciado. -—Sele abrian las carnes á Juan Diente sobre el afilado lomo de aquel abanto, ni más ni ménos que si hubiera estado sujeto á la prueba del tor- . mento que consistia en montar á un prójimo sobre un borriquete de madera, con grandes pesos colgados de los piés. Pero Juan Diente aguantaba por lealtad al rey y por la hincha de venganza, que, enfureciéndole, le descomponia el cuerpo. El jaco ganó el camino real y por él siguió hácia Sevilla poco ménos que desbocado, y con una tal ' velocidad que en ménos de tres horas, habiendo recorrido las seis largas leguas, se entró en Sevilla por la puerta de Carmona, haciendo sufrir á Juan Diente una rechifla que le soltaron algunos matachines del cercano matadero y la gente menuda y baldía que junto á la puerta se encontraba. 6
32 LEYENDAS NACIONALES, Dentro de la ciudad exclamaban los que no le - conocian, al verle pasar sobre el descarnado dlcho, lleno de esparavanes y sobrehuesos: —¿Quién será ese que tan gentilmente cabalga? Y algunos que le conocian decian al encontrarle: —¿De dónde diablos vendrá de esa manera. el señor Juan Diente? Pero cuando llegó al alcázar, el escándalo fué formidable. - Al verle en aquella disposicion los de la guardia, que eran todos de la piel del diablo, le dieron una grita formidable y arremetieron á él con fis- 'gas y pullas á tenerle la cabalgadura... —Y ya era tiempo,—exclamó Juan Diente, echando pié á tierra; —partido vengo por la mitad, que éste no es caballo, sino espada, Y sin entretenerse á más y. sin responder á las preguntas que le hacian, rompió por entre los que querian detenerle para preguntarle y se metió por el alcázar adentro, sin detenerse hasta que llegó á los aposentos del rey y á una cámara de éllos donde don Pedro apostrofaba duramente al judío Simuel Levi, su tesorero, que con la cabeza inclinada, las rodillas encorvadas y temblando todo, aguantaba la tempestad, Esta provenia de que, habiendo ido el rey á su tesorero le entregase inmediatamente tres cuentos de maravedises, el avaro tesorero,
DOÑA MARÍA CORONEL, 88 sin duda para sacar gran partido de la penuria real, habia respondido que en sus arcas no habia un solo maravedi. y € —¿Será, pues, necesario, —exclamó irritado el rey, —que yo os empeñe dos 6 tres villas con sus fortalezas, y os deje hacer y deshacer en éllas y cobrar pechos y alcabalas y picardías para que me deis lo que necesito? Pues mirad; don mala sangre, buitre insaciable, no sea que me canse y Os tome la cabeza y os confisque la hacienda que tan mal y tan en daño mio poseeis. —Descuartizaríame vuestra señoria,—contestó' con voz desfallecida, y apénas inteligible, don Si- 'Muel Levi, —y no tendria á la hora esos tres cuentos de maravedises que vuestra señoría me pide; sin tener en cuenta lo revuelto que anda todo y lo huido del dinero, que se ha marchado á las nubes. —Tal nube os echaré yo encima,—exclamó el rey, —que para escapar de élla habeis de llover Oro. : En esto andaban cuando, sin necesidad de que le anunciasen, porque tenía entrada libre en la Cámara del rey, entró Juan Diente. Reparó en él don Pedro, y le dijo: —Á punto me vienes y como llovido del cielo. Agárrame á este mal judío y apriétale la garganta, á ver si vomita tres cuentos de maravedises que me hacen falta. Juan Diente no necesitaba mucho.
90 IEYENDAS NACIONALES. armada y en son de castigo, todos se habian encogido de miedo y habian ido á esconderse en el fondo de sus hogares. Todos previan un suceso terrible. El rey, cuya cólera no amenguaba, avanzó con su caballo hasta la cerrada puerta de la iglesia, y con el regaton de su lanza dió en una de las robustas hojas tres poderosos golpes. La iglesia,.sin ser de las que estaban completamente fortalecidas, tenia algunas defensas, y su ingreso estaba en un muro almenado, flanqueado por dos robustas torres.redondas. Despues habia un patio ó atrio, en el fondo del cual se alzaba la fachada gótica del templo. «Unos cuantos hombres decididos y arrojados hubieran podido defender la iglesia. Y en verdad que en el patio de élla se encontraba al pié de su caballo el capitan Sancho Dávila de la mesnada de doña María Coronel. Pero estaban en actitud pacífica, apoyados en las lanzas y con las adargas pendientes de ME ar= zones. | Los tres golpes dados por el rey á la puerta. exterior de la iglesia resonaron de una manera fatídica. La segunda HERE estaba tambien cerrada. Al retumbar el llamamiento del rey, esta segunda puerta se abrió y aparecieron en una masa negra y cerrada los benedictinos del convento de Carmona, teniendo á su frente, revestido, con la
4 DOÑA MARÍA CORONEL. 91 custodia con la Sagrada Forma en el viril, á su abad mitrado. : Como no se hubiese respondido inmediatamente al llamamiento del rey, éste se volvió á los ocho ballesteros que con él estaban, esto es, á Juan Diente y á los otros que con él y con doña Leila habian ido á Alcalá. —Romped á golpes de maza esta puerta, —exclamó el rey,—y caed sobre los traidores que dentro halleis. Se encontraba el rey don Pedro en uno de sus más terribles paroxismos de cólera. Las mazas de armas, anchas por el lado de las cuchillas, esto es, como hachas, cayeron sobre la puerta. Á. los primeros golpes se oyó una voz robusta y serena, que dijo: —No forceis la puerta, voy á abrir. Era la voz de Sancho Dávila. Enmedio del grupo que formaba la comunidad de los benedictinos habia cinco personas extrañas á éllos, doña María de Padilla y doña María Coronel, que tenian asido cada una de la mano á uno de los infantes. , La otra persona era doña Leila, que hiblada calurosamente y argitia en vano con doña María de Padilla. —Se provoca una cosa horrible, —decia Leila, — un sacrilegio; —el rey no se detendrá ante” nada, pues le conoceis, señora; ha jurado el exterminio
92 LEYENDAS NACIONALES. de los bastardos; sería mucho más prudente escapar con los infantes, si es que hay por dónde escapar. —No, no,—decia doña María; el rey no pasará por encima de Su Divina Majestad, y si pasa yo me pondré ante él. Los pobres niños estaban yertos de espanto, y á no haberlos sostenido doña María de Padilla y doña María Coronel, no AQbiaran podido tenerse de pié. Entónces sonaron los tres violentos golpes del : llamamiento del rey. Pasó una oscilacion por la inmensa comunidad de los benedictinos, que se estrecharon en torno de los amenazados. Aparecia en los semblantes de todos éllos el noble valor de la fe y del cumplimiento del deber. Se mostraban graves y tranquilos. Al oir el llamamiento, doña Leila exclamó: —Es de todo punto necesario no aumentar la cólera del rey. Y se abrió paso y salió al atrio. Se detuvo enmedio de él, y á punto que retumbaban los primeros golpes.de hacha sobre la puerta, dijo 4 Sancho Dávila: —Id, y franquead la puerta, caballero. Entónces fué cuando Sancho Dávila, dejando su lanza contra su caballo, avanzó y anunció que iba á abrir. | Cesaron los golpes de hacha.
DOÑA MARÍA CORONEL. 93 Sancho Dávila descorrió, con una serenidad heroica, con un valor á toda prueba, el gruesísimo cerrojo que la puerta aseguraba. Enmedio del atrio aparecia esbelta, inmóvil, admirable, serena, impasible como una oititna doña Leila. En la puerta de la iglesia Seo el abad mitrado, con la custodia en las manos, al frente de sus monjes agrupados. Á la derecha se veian junto á sus caballos, en dos hileras, atentos y apoyados en sus largas lan- * zas, los veinte hombres de armas de doña María Coronel. Á la izquierda estaba la litera en que doña María Coronel y doña María Padilla habian ido. Cuando se abrió la puerta de par en par, impulsada violentamente por los ocho ballesteros, el rey, que delante de su estandarte, sus trompeteros y sus heraldos estaba, al ver á Sancho Dávila inmóvil, al otro lado del umbral, bajo la arcada y en una actitud respetuosa, enristró colérico su lanza y avanzó lentamente el caballo. Sancho Dávila se arrodilló. ¿Oraba, viendo llegada su última hora, ó acata- «ba al rey? Don Pedro continuó avanzando el caballo hasta ponerse al alcance de Sancho Dávila, y echó el brazo atras con el amago de un bote de lanza. Pero de improviso bajó el brazo, terció la lanza y dijo: ,
94 LEYENDAS NACIONALES. —Apartaos enhoramala, Sancho Dávila, y no me estorbeis el paso. Sancho Dávila se levantó y se apartó, alentando una esperanza, así como todos los que habian visto que habiendo el rey indicado su accion de Pe se habia contenido. Tal vez aquel terrible don Pedro, que nada - respetaba, se contenia ante Dios. El rey arrojó su lanza á uno de sus escuderos y echó pié á tierra. Entró en el atrio, y entró pasando junto á doña Leila, como si en élla no hubiese reparado. Llegó hasta el abad de los benedictinos, y una vez allí serarrodilló como en adoracion del Santisimo Sacramento. Luégo se alzó. ? —Padre,—dijo al abad con la voz trémula, aunque parecia pretendia hacerla serena,—Dios no está aquí por su voluntad, sino porque vos le traeis; lleváoslo, desapareced todos, entregadme -ádon Juan y don Pedro; yo soy el rey; ante ei rey la inmunidad eclesiástica se invalida; el rey representa á Dios sobre la tierra; el rey está investido por Dios con el supremo imperio y con el. absoluto ejercicio de la justicia. Reconoced al rey; no provoqueis su fuerza, porque si la provocais, vosotros respondereis ante Dios de lo que acontezca; yo no, puesto que os advierto. —Dios me manda proteger al débil y al desvalido,—contestó con la voz serena, pero timbrada -
DOÑA MABÍA CORONEL. 95 por un profundo dolor, el abad.—Vos, señor, sois un rey católico y no podeis desconocer que vuestro imperio termina alli donde empieza el imperio de Dios. Ved, señor, que con mudas voces de Justicia os está hablando el Santísimo Sacramen-= to, que en las manos tengo, y sobre vos volved y. ved que lo que nos mandais os entreguemos, son dos inocentes, dos niños, que en nada han podido ofenderos. —Retiraos, abad,—repitió el rey, cuya voz sonaba más trómula, más irritada, más incierta, más amenazadora; —retiraos, y no tenteis á Satanas. El abad no contestó. Pero avanzó hácia el rey, presentándole la cus. todia. Con él avanzaron algunos monjes. El rey retrocedió 4 medida que avanzó el abad, pero mirándole de una manera terrible, que sin* embargo el abad soportaba con un valor sereno, inmenso. Dejaba el rey ver á cada momento, de una manera más marcada, la convulsion que le agitaba. ¿Qué era lo que habia protegido primero á Sancho Dávila, despues al abad y á los monjes que le rodeaban? : 4 Sancho Dávila tenía al pecho la cota de armas con el blason de doña María Coronel. El rey no habia querido ensangrentarse con un Servidor de la magnífica mujer que le enloquecia de amor.”
96 LEYENDAS NACIONALES. En cuanto al respeto que mostraba al abad, ó más bien á Jesus Sacramentado, más que ae era astucia. El abad, formando un grupo con parte de su Palcidada se separaba de la puerta de la iglesia, en donde aparecia agrupado el resto de la comunidad. y El intento de don Pedro era evitar pasar sobre . el Santísimo Sacramento, flanqueando de repente el grupo al frente del cual estaba el abad, cuando éste se hubiese separado lo bastante del otro grupo que á la puerta de la iglesia se mostraba. Y seguia el rey retrocediendo á medida que lentamente el abad iba avanzando. De improviso el rey ganó el costado de aquel grupo y se colocó 4 retaguardia de él, y al frente del grupo que en la puerta de la iglesia aparecia. Juan Diente y los otros siete ballesteros de maza habian seguido cuatro por cada lado, ni más ni ménos que si hubiesen recibido una órden, el movimiento del rey, y se habian extendido á n= paldas de él. » El ejército sacerdotal habia sido cortado. En vano el abad, conociendo tarde su impremeditacion, pretendió volver. Fuan Diente, Rodrigo Diaz de Albarracin y Rodrigo Perez de Castro le cortaron el paso y á los religiosos que le circundaban. —Padres,—dijo el rey con la voz desentonada por la cólera, dirigiéndose á los benedictinos que
Y DOÑA MARÍA CORONEL, 97 estaban á la puerta de la iglesia más compactos á cada momento , no me obligueis 4 que pida al Papa Abdolacion por haber puesto las manos en vosotros. —¡Anatema, —exclamó en aquel momento el abad,—anatema, Señor, sobre el impío! Estas palabras, pronunciadas de una manera terrible por el abad, que las habia pronunciado con la fe de que Dios las oia, de que Dios las hacia suyas, causaron un efecto inexplicable en todos los que las oyeron. : -El capitan Sancho Dávila, los veinte hombres de armas de doña María Coronel, los monjes, doña María de Padilla, doña María Coronel, todos, á excepcion de los ocho ballesteros de maza y de doña Leila, sintieron un pavor frio que les heló el alma. Les pareció que la cólera de Dios relampagueaba ya en el espacio. : Los pobres niños amenazados, las dos nobles mujeres que los protegian y los tenian asidos alentaron una esperanza. Tal vez el rey se contendria. Tal vez los que alli estaban se interpondrian, no queriendo traer sobre sí por su aquiescencia la Cólera de Dios. Hubo un momento de pavoroso silencio. : En cuanto al rey, las valientes y terribles palabras del abad produjeron en él un efecto de todo punto contrario á la intencion, á la voluntad, á la fe del abad. 5
98 . [LEYENDAS NACIONALES. Su cólera se desbordó. Cegó. Una oleada de sangre subió á su cabeza. Sus ojos lo vieron todo rojo. La fiera irritada cedió 4 un impulso de acometividad, de destruccion. Don Pedro, descompuesto, pálido, con una palidez de muerte, se lanzó sobre el grupo de los monjes. Era alto, recio, forzudo, y la cólera centuplicaba su fuerza. , Los apartó de una manera si los arrolló, llegó adonde con los infantes estaban doña María Coronel y doña María de Padilla. Ambas damas se abrazaron entónces á¿ los infantes, y los cubrieron con sus cuerpos, y apénas si tuvieron tiempo para empezar una súplica. El rey asió, uno con cada mano, por los brazos á los dos desventurados jóvenes. Los arrastró fuera , llevándose por algun espacio tras sí á la Coronel y ála Padilla, que á los infantes estaban asidas. El primero que cayó, arrojado por don Pedro á sus maceros, fué el infante don Juan. —Matadlos, —exclamó el rey. El desventurado niño extendió los brazos como para contener las mazas que ya sobre él se levantaban. Pero ¿qué podia hacer el infeliz? Se habia puesto de rodillas.
DOÑA MARÍA CORONEL, 99 Inmediatamente un golpe de maza, recibido en la cabeza, le desplomó por tierra. Todas las mazas sobre él cayeron, y muy pronto no quedó mas que una masa sangrienta é inmóvil. Entretanto el rey habia arrojado al sombrío Sancho Nuño, el terrible agonizante, el infante don Pedro. Sancho Nuño se arrodilló. Se puso sobre él, y mientras le estrangulaba, rompia su pecho con las enormes y duras rodilleras de su armadura de punta en blanco. Todo esto habia sido instántaneo. En vano doña María Coronel y doña María de Padilla habian pretendido arrancar á los asesinos sus víctimas, exponiéndose á ser heridas tambien. En vano el abad habia acudido con el Santísimo Sacramento. A La obra de sangre y de exterminio se habia realizado en muy pocos segundos. En cuanto á Sancho Dávila y los veinte hombres de armas, no habian hecho otra cosa mas que temblar. Habian permanecido inmóviles, aunque estremecidos, asidos á los frenos de sus caballos, con las crispadas manos fuertemente apoyadas en sus lanzas, mirando despavoridos, pálidos y desencajados el horror que tenía lugar á pocos pasos de éllos. Entretanto, el estandarte real y los oficiales de
106 LEYENDAS NACIONALES. —Guárdeos Dios, señor,—contestó Sancho Dávila. —Esperad,—dijo el rey.—Yo no os he hecho nunca la más ligera merced. Os ereo leal; tomad por ahora, como en memoria mia. Y se quitó la cadena de oro de dobles eslabones que llevaba al cuello y la entregó á Sancho Dávila, —Gracias, señor, —dijo éste, siempre impasible;—y haciendo al rey una profunda reverencia, se retiró. Don Pedro sabía ser mañero cuando necesitaba serlo. Conocia demasiado á sus grandes súbditos, y sabía que el más leve favor real bastaba para ponerlos de su parte sin condiciones. Sancho Dávila habia sido prudente. Por más que se hubiese indignado y hubiese sublevado todos sus sentimientos el acto de horrible barbarie, de incalificable crueldad, el crimen horrendo que don Pedro habia perpetrado delante de sus ojos, por más que él hubiese sentido un vehementísimo impulso de sublevarse con su gente contra aquella tiranía, no habia perdido completamente la reflexion. Habia comprendido lo inútil de su esfuerzo, y que sólo lanzándose á un acto desésperado hubiera logrado traer sobre sí la muerte y comprometer á su señora, y habia permanecido, como se ha visto, mudo testigo con su gente de lo que habia acontecido.
s DUÑA MARÍA CORONEL. 107 El rey, pues, nada podia reprocharle, como no - fuese la breve lid que habia empeñado con los soldados leales, y Sancho Dávila habia sabido disculparse de la mejor manera posible. | Al rey le convenia tener al lado de doña María Coronel, en la propia casa de ésta, un servidor suyo, puesto de su parte por el interes del medro. Sancho Dávila habia sabido representar su papel. El rey, ántes de llegar 4 Carmona, desde el momento en que Juan Diente le avisó de lo que sucedia, puso en tortura su inteligencia para sacar en claro quién podia haber sido el que habia avisado á doña María de Padilla de su intento de matar á los infantes. Habíasele ocurrido siempre que no podia ser aquella persona otra que doña Leila. Pero no se avenia ¿ creerlo. Doña Leila tenía el alma feroz, el alma africana. Profesaba un odio 4 muerte á los cristianos, sin otra excepcion que el rey, á quien doña Leila amaba con una pasion terrible, sin condiciones. Para doña Leila la voluntad del rey era una ley, - y á él estaba sometida de una manara completa, abyecta, cuanto un sér humano puede someterse á otro. | Por esto á don Pedro se le hacia cosa recia creer que hubiese sido doña Leila la que á doña María de Padilla se habia ido con el cuento de la sentencia de los infantes. ¿Pero quién otro podia ser?
» 108 LEYENDAS NACIONALES. El rey volvió á sus cavilaciones cuando hubo despedido á Sancho Dávila. Al fin, decidiéndose, hizo llamará doña Leila, que á él se presentó serena, tranquila, sonriente, dejando ver en sus magníficos ojos negros un amor infinito. ;
CAPITULO X, EN QUE SE DICE QUIÉN ERA DOÑA LEILA. Digamos, ántes de continuar con los sucesos de esta verídica historia, quién doña Leila era. Cuatro años ántes, en una noche cerrada de invierno, de lluvia, truenos y ventisca, un capitan de la gente de guerra del adelantamientode Andalucía, llamado Gil Perez de Pazos, habiéndose acostado muy temprano y algo tomado de vino, soñó que la santísima Vírgen del Rosario se: le aparecia, para decirle que habia llegado la hora de que la villa y fortaleza mora de Alcalá, que ahora se llama la Real, cayese en poder de los cristianos, y que él era:el elegido para llevar á cabo la ardua empresa. Con tal fuerza soñó esto Gil Perez de Pazos
110 LEYENDAS NACIONALES. que se despertó despavorido, y, no conociendo el tránsito del sueño á la vigilia, por realidad tomó el sueño. Estaba en la villa de La Guardia, en la frontera de Jaen, sobre el reino moro de Granada. Vistióse apresuradamente. Se ciñó.su espada, se envolvió en su capa y, saliéndose de su posada, se fué á llamar á las puertas de todas las otras posadas de los jinetes de su compañía de caballos, y á todos les fué dando parte de la aparicion y de la revelacion que habia tenido, y de que se le habia encargado por la santa Virgen María que aquella empresa se hiciese secretamente y con sólo los hombres de armas de su compañía. . Creyéronle, porque en aquellos tiempos nadie podia dudar de la posibilidad de una tal revelacion y milagro. Y, excitados por su fe, y creyéndose favorecidos por la santa Madre de Dios, los cien hombres de armas de la compañía del señor Gil Perez _de Pazos encubertaron silenciosamente sus caballos, se armaron, cabalgaron, y uno á uno, sin faltar un solo hombre, y sin que se quedase el estandarte, se salieron por un portillo de la villa para ir á juntarse secretamente en el lugar señalado por su capitan, que era una hondonada entre dos Cerros. Al yolver aquel cerro y otros dos ó tres esta-
DOÑA MARÍA CORONEL. 111 ban ya en la línea divisoria de las tierras cristiana y mora. ¿ Habia entónces tregua, y el rey de Castilla se llevaba muy bien con el rey de Granada. Por consecuencia, el capitan Gil Perez de Pazos, rompiendo la tregua por su propia voluntad y capricho, desobedecia al rey don Pedro y se hacía merecedor de un terrible castigo. Pero como nadie podia dudar de que la soberanía y la autoridad de la Santísima Virgen eran incomparablemente superiores á la soberanía y á la autoridad del rey, y con la celeste proteccion contaban todos aquellos bravos hidalgos, se metieron sin empacho por las tierras del reino de - Granada, perfectamente convencidos de que ante éllos habian de desplomarse los fuertes muros del castillo casi fronterizo de Alcalá. Lo tempestuoso y lo lóbrego de la noche protegió su entrada. Los vigilantes de las torres de atalaya no habian podido verlos. Caminando toda la noche, hubieran podido lle-- gar al amanecer á la vista de Alcalá. Pero aconteció una casualidad. - El amor no reconoce obstáculo alguno, y ¿un á vencer los imposibles se lanza, y un moro jóven de una de las alquerías fronterizas estaba enamorado de una doncella mora residente en otra alquería inmediata, y contrariados estaban sus amores, porque la doncella en cuestion era e€s-
112 LEYENDAS NACIONALES. clava de un viejo arraez, enamorado de élla; con élla se entendia el mozo valiéndose de buenas mañas, y aquella noche aprovechaba la tormenta y la lobreguez para acercarse á la hermosísima Leila, porque Leila era aquella doncella. Yendo por su camino nuestro enamorado moro, pasos de muchos caballos oyó y crujir de arneses, sin que por esto se inquietase; porque como por una y otra parte se guardaba fielmente la tregua, supuso que aquella tropa que sentia sería una tropa de moros fronterizos. Así es que, cuando los encontró, los saludó con la frase consabida Aljandw' laj (Alabado sea Dios). Al oir aquel saludo en árabe puro, el señor Gil Perez de Pazos arremetió al bulto que tenía delante, y le dió un encuentro con la lanza de soslayo, hiriéndole en un hombro y exclamando al mismo tiempo: — ¡Santiago y Castilla! . Conoció entónces Almotamed, que así se llamaba el mancebo moro, que no con compatriotas suyos habia dado, sino con enemigos, y como, á causa de la oscuridad, el señor Gil Perez de Pazos no habia podido herirle mas que de soslayo, y no gravemente, y como el moro no fuese cojo ni manco, echó mano á su corvo yatagan, se recogió, se metió por entre lós caballos, desjarretó á dos ó tres y escapó á la carrera hácia la aldea donde moraba el arraez Jusef-ben-Kolva, y de cuya aldea se encontraba más cerca que de la suya.
n DOÑA MARÍA CORONEL, 113 Corria el moro como una exhalacion. Llegó á la aldea. Llamó á la mezquita. Despertó al faqui. Se metió, cuando abrieron en la mezquita, que era la casa más fuerte del pueblo, y no pudiendo ya sostenerse, por la mucha sangre que habia perdido, comunicó al faquí que los cristianos rompian la tregua y se metian por las tierras de Granada. Se llamó al kadi. Se armaron apresuradamente los hombres de la aldea, y en lo alto del alminar ó torre de la mezquita lució muy pronto una llamarada, á la que siguieron otras dos. Era la señal de alarma. Inmediatamente en los repechos de Sierra Elvira, en las cumbres de Moclin de Parapanda é Illora, que eran las atalayas más inmediatas, lucieron las tres llamaradas, y acá y allá, á lo largo de la vega, sobre las colinas, las llamaradas se repitieron. : Allá á lo léjos,se las vió arder tambien en las colinas de Granada, sobre la alcazaba Kadima y sobre las Torres Bermejas. Se oyó además un zumbido lejano que se repetia sin intermision. y Era el sonido de la campana de la Vela de la alcazaba de la Alhambra, que tocaba á rebato. Por la falda de Sierra Nevade-se habian exten- : 8
114 LEYENDAS NACIONALES. dido las fogatas, habian dado la vuelta, y tambien sobre las cumbres de la áspera Alpujarra lució la señal de guerra. No habian pasado dos horas desde la primera señal, y ya el rey de Granada y todos sus capitanes de todas las villas y castillos de su reino estaban de pié, armados de punta en blanco, preparados á la pelea, y corredores salian de Granada en todas direcciones, para averiguar por dónde el reino era acometido. Y todo esto bajo la tempestad y envuelto en la sombra. . La locura de Gil Perez de Pazos estaba ya á punto de producir sus funestas consecuencias, Estaban perdidos él y cien bravos hidalgos. Pero como llevaban llena la cabeza de aquello de la proteccion de María Santísima, en vez de hacerles volver riendas para ganar la frontera cuan rápidamente les fuera posible, al ver los fuegos de guerra que por todas partes, acá y allá, brotaban entre la sombra, se crecieron y allá se fueron al punto más cercano donde aquellos fuegos lucian,que era la aldea del arraez y al mismo tiempo kadí Jusef-ben-Kolva. Por muy bravos que fuesen los moros de los caseríos, eran pocos y no pudieron resistir la brava acometida de los cien ¡jinetes del Capua - Pazos. La aldea fué incendiada, y los que se habian refugiado en la mezquita, cercados y combatidos y
DOÑA MARÍA CORONEL, :115 amenazados por el incendio, se rindieron á condicion de que se les guárdasen las vidas. Tomólos cautivos el capitan Gil Perez de Pazos. Apoderóse de las reses que en la aldea habia, y sus jinetes cargaron de botin sus caballos. Esta intemperancia, que en muchas ocasiones habia tenido malos resultados, no podia ménos de tenerlos tambien entónces. La funesta ansia del botin dió ocasion á que, como otras veces, embarazados con él los soldados, no pudieran pelear como era necesario. De una multitud de aldeas inmediatas, que el reino de Granada estaba entónces pobladisimo, acudió una considerable morisma á pié y á caballo, que dió de rebato sobre los castellanos, y cercándolos y acorralándolos dieron de éllos sangriento fin y remate, sin tomar uno ávida, salvos algunos que enmedio del tumulto, viendo que la Santísima Virgen los: desamparaba, escaparon á uña de caballo protegidos por la oscuridad. Fué 'uno de éstos el temerario é imprudente Gil Perez de Pazos, que sinó fué el primero en - escapar, no fué de los últimos. Pero no escapó solo. Porque llevaba sobre el arzon, cogida por la cintura, una magnífica mora. - Y no iba sana esta mora, que un ballestazo escapado de entre los mismos moros la habia herido bajo la clavícula izquierda, y por la sangre que habia perdido se habia desangrado; que de otro
122 LEYENDAS NACIONALES. Miró profundamente el ballestero á Leila. —¿Y qué diré yo luégo al rey si me acompañais, - señora, y Os acontece una desgracia? —¿No habeis hablado de las panteras de mi patria? dijo Leila. —Si, por cierto, señora. —Pues bien, yo soy como éllas. Juan Diente pretendió disuadirla. Pero Leila se obstinó. | Llegó hasta exigir, hasta mandar; y como Juan Diente sabía bien que doña Leila tenía una gran influencia sobre el rey, no se atrevió á contrariar la voluntad de doña Leila. Ésta habia tomado la cuestion con empeño. Aquella misma noche, al mediar, cuando todo era sombra y silencio, cuando por las desiertas calles no pasaba un alma, dos bultos fueron á. ocultarse en un soportal al principio de la calle de Mesones. Aquellos dos bultos eran el uno Leila, el otro Juan Diente. Leila iba con traje de hombre y envuelta en su gran manto. | Lo requeria la noche, que era muy fria. Llevaba una cota de malla, un capacete, un broquel y una espada y una maza de armas. Ni más ni ménos que Juan Diente. Éste habia procurado á Leila el traje y las armas. / Leila se sentia bastante feroz, bastante fuerte
DGÑA MARÍA CORONEL. 123 para dar á don Pedro una gran muestra del valor y de la fuerza que en élla se alentaban, y que indudablemente debia ser para don Fedra un nuevo encanto, Á aquella aventura la llevaba su amor. Temia llegase un dia en que don Pedro la abandonase por completo y se creyese libre de toda obligacion procurándola una subsistencia cómoda. Leila necesitaba, pues, atraer de nuevo al rey. Lo arrostraba todo, aunque en realidad no hacía un gran sacrificio, porque era brava. Las mujeres cuando son bravas y están dotadas de fuerzas físicas, como Leila, aventajan á los hombres más bravos y son más terribles que éllos. No tuvieron que esperar mucho tiempo. Á los pocos minutos de haberse puesto en acecho se oyó el murmullo de las voces de dos hombres que se acercaban hablando con gran interes. - Pasaron, en fin, por delante del soportal en el que estaban ocultos Juan Diente y Leila. —Éllos son, —dijo Juán Diente cuando hubieron pasado;—no podemos perder un momento: yo me voy sobre el de la derecha, sobre el más alto, el más fuerte; idos vos sobre el de la izquierda. Y se salió del soportal, desnudando la espada. Leila desnudó la suya y siguió al ballestero. Los otros dos iban algo delante y descuidados. En otra ocasion, Juan Diente se hubiera dejado de miramientos de decoro y, acompañado por
z 124 LEYENDAS NACIONALES. alguno de sus camaradas, hubiera caido á golpe de maza, sobre seguro, y por la espalda, sobre aquellos dos hombres. Pero tenía un testigo que era mucha cosa del rey, y Juan Diente quiso lucirse. Á más de esto, le habia excitado en gran manera la brava determinacion de Leila, y le habia acometido una insoportable comezon de ver lo que Leila era capaz de hacer. —En todo caso, —dijo para sí el bravo ballestero,—si vemos que hay necesidad de ello apretaremos los puños, nos quedaremos con toda la racion y sacaremos del paso 4 doña Leila, que no quiero yo pagar la locura de esta señora con las costas que el rey me cargaria si élla pereciese en este lance. Al acabar Juan Viente su razonamiento mental - Megó á los dos, que iban descuidados, que nada habian sentido, tan recatado habia sido el avance , del ballestero y de Leila, y dió un cintarazo en la espalda al hombre que iba á la derecha, ppodtl dose rápidamente frente á él. Aquel hombre, de tal manera injuriado, que un cintarazo es siempre una injuria, no debia ser ni flojo ni manco, porque echó rápidamente al aire la espada y se fué colérico hácia Juan Diente. Iba 4 ayudarle su compañero, el de la izquierda, cuando reparó en que otro bulto le acometia bravamente, y se vió obligado á atender á SU propia defensa.
IIS DOÑA MARÍA CORONEL. 125 Quien le acometia era Leila. Entretanto Juan Diente, que era muy bravo, muy fuerte y muy diestro, habia: dado tan buena - cuenta del enemigo que ante sí tenía que á los primeros envites le tendió por tierra á consecuencia de un formidable tajo, con que le hendió la cabeza. —Así caen todos los que son traidores al rey, —exclamó Juan Diente al ver por tierra á aquel hombre, que despues de haber caido no se movia. El tajo que le habia echado por tierra habia sido concluyente. El ballestero entónces' se volvió hácia Leila y el otro hombre, que peleaban á corta distancia, —Pues ¡vive Dios! —exclamó Juan Diente, —que esta-señora vale mucho más de lo que yo creia, y que no hay necesidad de ayudarla. Se lleva al otro por delante como si fuera una pluma, y har- to se conoce que si no le ha matado ya es porque se entretiene con él. Habia algo de esto. Leila habia sido educada de una manera brava en África, como si hubiera sido un hombre. Jineteaba admirablemente. Jugaba la lanza y la azagaya y usaba de la espada con una maestría y una fuerza prodigiosa. Se llevaba en efecto por delante al otro hombre, que no era sin embargo lerdo ni cobarde. Leila habia podido matarle más de una vez. Pero se habia propuesto desarmarle y ren-
126 LEYENDAS NACIONALES. dirle, lo que se le hacía un tanto difícil, por la bravura y la destreza del contrario. Hubo un momento en que, viéndose éste cogido entre la pared y su enemigo, hizo un poderoso esfuerzo, y de tal manera que Juan Diente, que era muy conocedor, no vió muy claro de parte de quién estaba la ventaja, y temeroso de que si le acontecia una desgracia á doña Leila el rey le cobrase con exceso la responsabilidad en que habia incurrido, á ayudar á doña Leila se fué. Pero ésta, que le sintió y que estaba sobrexcitada y embravecida, de una manera rápida, con un . movimiento tan imprevisto como el de la mano de un gato, le hizo una advertencia de hecho, á fin de que no se mezclase en su negocio. Y esta advertencia fué meterle un cintarazo que le alcanzó en el lado derecho de la cara, y con tal violencia que Juan Diente vió todas las estrellas del firmamento, quedando aturdido por algunos segundos. Al mismo tiempo Leila, recogiéndose y esforzando todo su vigor y todo su valor, cayó sobre su enemigo tan violentamente y de una manera tan segura que le atravesó de parte á parte. Á este tiempo, es decir, con intervalo de algunos segundos entre el golpe y la erupcion de cólera que del corazon se le subió á la cabeza al ballestero al sentirse de tal manera tratado, repues- to ya, pero acrecida la cólera, sin reparar en la valía que para don Pedro tenía Leila, sin aten-
DOÑA MARÍA CORONEL, 127 der mas que á la injuria que ésta le habia hecho sentir, rabiando de coraje, se lanzó sobre élla con el alma negra y sedienta de sangre. Pero se encontró con que Leila á cada estocada y ¿cada tajo que le paraba le daba un cintarazo con una prontitud y una destreza desesperantes, y áun con que le decia riendo á cada impío golpe éstas ó semejantes palabras: —Vamos, señor Juan Diente, vos os habeis empeñado en que yo os dé una leccion: la letra con sangre entra; haceos atras, hermano, y cesad, para que yo deje de sacudiros, que me va dando pena. Esto embravecia de una manera inconmensurable, absurda, al señor Juan Diente, que rugia y bramaba y echaba por aquella boca sapos y culebras, y apretaba más y más los puños, sin conseguir otra cosa que recibir más y más cintarazos, y dados de muy buena voluntad y con tal energía que el membrudo, el atlético Juan Diente , molido, mareado, aturdido, embriagado, más bien enloquecido por la cólera, desfalleció, le acometió una laxitud á la que no pudo resistir y una especie de calambre, de espasmo, que le cogió de los piés ála cabeza, y vino al suelo sin poderse valer. Leila se llegó á él y le dijo: —Mi buen Juan Diente, manos blancas no ofenden. —Pero dañan, ¡vive Dios! —exclamó el ballestero; —que me habeis puesto que se me puede comer con cuchara.
128 LEYENDAS NACIONALES. —Eso os convencerá, —dijo Leila, —de que yo sirvo para cualquier empeño de honra tanto como cualquiera de vuestros camaradas. —No sé yo cuál de mis camaradas, —dijó incorporándose con pena Juan Diente, —hubiera podido ponerme á mí como vos me habeis puesto. Yo os admiro y os reverencio, señora mia, y perdonad si contra vos me he ido, que cuando'senti el primer cintarazo que me metísteis toda mi reflexion se la comió la cólera. 0 —Pues dad gracias á Dios de que en vez de cintarazo no fuese un tajo, que no lo contaríais, y acabad de levantaros y tened mi brazo y volvámonos á mi casa, á fin de que mis dueñasos bizmen, que bien lo habeis menester. —Pues créolo, —dijo Juan Diente; —estoy como si me hubiera encontrado con una pantera, y celébrolo aunque me cueste mucho dolor en el cuerpo y mucha mortificacion en el alma, porque cuando su señoría sepa de qué manera tan completa me habeis zurrado la badana á mi, como sinó: dijéramos nada, á Juan Diente, os vaá poner sobre su corona; y no embargante el que contra vos por irritacion me haya puesto, sabed, doña Leila, que yo os estimo mucho. En fin, Juan Diente se apoyó en el brazo de Leila, y para casa de ésta se fueron y en élla en traron. Entregó Leila á sus dueñas y dos de sus rodrigones á Juan Diente, para que le cuidasen; y
DOÑA MARÍA CORONEL, 129 quedóse sola en su retrete y con el traje de hombre que se habia puesto, que no se quitó otra cosa que el capacete y la coracina. Á poco llegó un paje y la anunció que el rey acababa de entrar en la casa, y Leila salió á recibir á don Pedro. Aparecia éste pensativo y distraido, como habiendo ido allí más por miramiento que por amor. Extrañóse al ver á Leila en traje de hombre y ceñida al costado una buena espada. —¿Qué es esto, amiga mia?—la dijo; —¿en qué aventura Os habeis metido ú os vais meter? —Yo estoy siempre ansiosa de serviros, señor, — contestó Leila; —y habiendo sabido que vos habiais mandado á vuestro ballestero Juan Diente que con uno de sus compañeros se fuese á la calle de Mesones y esperase á que por allí pasasen unos caballeros, contra los cuales estábais airado, y los matasen, yo acompañé á Juan Diente, en vez de cualquier otro de sus compañeros. Esperamos. Pasaron. Nos fuimos tras éllos. Los acemetimos espada contra espada. Juan Diente despachó al uno y yo arreglé á dos. —¡Cómo! Yo no habia sentenciado mas que á dos; pero si otro á los sentenciados . se arrimó, bien muerto está, que arrimándose á éllos no debia ser muy mi amigo. —Tan vuestro amigo es, señor, que si en dl- 9
130 LEYENDAS NACIONALES. guien fiais en este mundo es en él,—dijo Leila. —Pues no sé, no sé,—dijo el rey, —quién puede ser ese caballero en quien yo confie, porque hoy no hay en Castilla un solo caballero en que pueda fiarse. - —Decid en vez de caballero ballestero, y habreis dicho lo cierto. —¿Pues cuál de mis ballesteros, —exclamó el rey, —puede ir mano 4 mano con traidores que yo he sentenciado? —No iba, señor, con éllos, sino contra éllos, porque este ballestero es Juan Diente. —¡Cómo! ¿Vos habeis matado faz á faz 4 Juan Diente? —exclamó con asombro el rey. —No, no, señor, —dijo Leila; —ha sido algo mu- - cho mejor que eso; le he dado una tunda. | —¡Vos una tunda á Juan Diente! Ved lo que decís, amiga mia. —Una tunda tal, —dijo Leila,—que ya tiene para rascarse quince dias y para estar dolorido un mes y para no andar derecho mes y medio. En fin, allá está en un lecho, y los servidores que habeis puesto á mi lado se ocupan en bizmarle. —Ya,—dijo el rey;—el leal Juan Diente, que por ser vos cosa mia se ha dejado zurrar. —0s equivocais, señor, que si me descuido me mata, que estaba el hombre soberbio y de rabia no vela. —¡Vos á Juan Diente! - —Yo.
DOÑA MARÍA CORONEL. 131 —¿Espada contra espada? —Sí, señor, espada contra espada y á muerte; sólo que yo he sido generosa, y en vez de matarle, como maté al que me tocó en parte, me contenté con darle una vuelta de cintarazos, y tan buena ha sido que no le ha quedado parte en el cuerpo sin golpe, y de buena ley; y perdonad, señor, que yo os hable de esto, que parece jactancia de fanfarron. Pero vos me vais olvidando, me vais despreciando, y ya que la poca hermosura que yo pueda tener y el mucho amor que 0s tengo no me sirvan para que me ameis como yo quisiera ser amada, he querido hacer algo por lo que podais estimarme. —¿Y el pobre Juan Diente ha pagado la costa? —exclamó el rey, que tenía los ojos dilatados.— Asombroso, amiga mia, asombroso. Mirad que yo no conozco á nadie, como no sea yo, que espada contra espada, ni lanza contra lanza, pueda tenerse á pié ni á caballo combatiéndose con Juan Diente. —Pues ahi teneis á vuestro invencible hecho un estropajo. —Permitidme, amiga mia, que vaya á verle, á convencerme por mi mismo de lo que me habeis dicho; que hubiéralo visto y me hubiera parecido Un sueño. | —Pues venid, señor, voy á guiar. Doña Leila llevó al rey al aposento en que se encontraba, harto dolorido, el aporreado Juan Diente.
138 LEYENDAS NACIONALES. pella, el que una vez y otra y siempre se mete en el peligro temerariamente, acaba por perecer cuando ménos lo espera. ¿Qué quereis? Yo os amo, yo soy desventurada porque veo que correis á vuestra perdicion. He querido evitar que espanteis á vuestros reinos con la inútil sangre de esos dos niños, y conociendo el corazon de doña María de Padilla, la he buscado para que á salvar á esos niños viniese; élla, no fiando bastante en sí misma, ha buscado noblemente 4 una mujer que es hoy * para vos una inmensidad, doña María Coronel. Ambas han venido impulsadas por su caridad y por el amor que os tienen. —¡Por el amor que me tienen!—exclamó el: rey, interrumpiendo bruscamente á Leila. ¿Pues quién os ha dicho á vos que doña María Coronel me ama? —Si hay un grande amor desventurado en el mundo,— dijo con acento opaco Leila, —es el amor en que por vos doña María Coronel se abrasa. —Mirad que os engañais, — dijo anhelante el rey. —Una mujer como yo cuando juzga á otra mujer no se engaña. Pero ¿qué os va en que doña María Coronel os ame? Mirad, si yo anhelara venganza por el casi menosprecio con que mirais mi amor, me tendria por vengada al ver lo imposible, no del empeño, sino de la pasion del alma que por la hermosa y noble doña María Coronel sentis. ¡Ah! No, no teneis que decirmelo; yo sé, bien á
A DOÑA MARÍA CORONEL, 139 despecho mio, que el amor que á doña María de Padilla teneis, el que os embriagó y aún os embriaga por doña Aldonza Coronel, son nada en comparacion con lo que os enloquece, os irrita, os empeña, os martiriza el amor imposible que por doña María Coronel sentís. —Y si élla me ama, ¿por qué ha de ser imposible la satisfaccion de mi amor?—dijo el rey, que en nada reparaba, que de tal manera hablaba de su amor á otras mujeres, á una mujer que de él estaba enamorada hasta el delirio y el crimen. —Señor,—dijo tranquilamente Leila, pero con la voz opaca y triste,—vos no sabeis hasta qué punto imposible, milagroso, puede llegar la fuerza de un alma pura: doña María Coronel os lo hará conocer. : —Doña María Coronel me aborrece, —exclamó el rey; —vos os engañais; vos pretendeis engañarme, aunque no lo creo, cuando decís que doña María Coronel por mí siente un amor tan grande como no le ha habido sobre la tierra. Sí, os engañais, lo repito; élla me aborrece; élla ansia venganza por la muerte de su traidor padre, de su traidor marido. Si élla continúa en la corte, si hipócritamente afecta una lealtad mentida, es por el interes de sus hijos, por su interes propio, porque los estados de Medinaceli, que en Aragon tiene, no son lo bastante para sostener su rango de rica hembra. —Mirad, señor, que estais juzgando por vues-
140 LEYENDAS NACIONALES. tro propio corazon el corazon de doña María Coronel, y hé aquí el error; el corazon de doña María Coronel está muy léjos de parecerse al vuestro. | —Pues si nuestros dos corazones no se parecen, ¿cómo puede amarme? —Pues ved ahi, señor; cuando de amor se trata, no se ve mas que el amor; el amor es un misterio inexplicable. ¿Qué es el amor? ¿por qué se ama, por qué se aborrece? ¿Lo sabeis vos? Decidmelo, y os lo agradeceré, porque yo no sé lo que es el amor, como no sea porque le siento; y por qué le siento por vos yo no puedo explicármelo. ¿Cómo yo, altiva hasta la locura, puedo amar á. quien me desprecia? Sin embargo, le amo, me someto á su voluntad, y el mismo martirio de estos mis amores desventurados es para mí un placer, porque ese martirio me le causais vos. No, no; el amor se siente, pero no se explica; el amor es un misterio; todo lo más que yo puedo deciros acerca del amor es esto: el amor es la ins la locura del alma. . —Pues si doña María ha caido en esa locura, ¿cómo resistirá á élla? —Por el milagro de la fe, por la gracia de Dios, que asiste álos que en Dios tienen una fe ciega. —Vaguedades, —exclamó el rey.—¡La gracia de Dios! ¡Ah! ¿Y por qué Dios no nos envía algo - de su gracia para que podamos llevar algo mejor nuestra horrenda vida de combate? -
DOÑA MARÍA CORONEL. 91 —La gracia de Dios no baja mas que á los mártires, —dijo Leila. —¡Cómo se conoce que andais entre frailes! — dijo el rey don Pedro, que era un tanto escéptico. —Los frailes me buscan para cristianarme,— dijo Leila,—y yo los oigo y los recibo porque así, engañándolos, los vigilo; y ya por medio de éllos, y sin que éllos lo entiendan, he descubierto algunas conspiraciones; háilos además entre éllos que son muy santos, cuya palabra se insinúa y convence. Instruida me tienen ya lo bastante, y - dentro de poco nos bautizaremos, señor; y puesto que tanto os gusta el nombre de María, María nos llamaremos; esto es si vuestra señoría no quiere que muramos por haberle deservido, trayendo tan inútilmente al castillo de Carmona á las nobles, altas y poderosas señoras doña María de Padilla y doña María Coronel. —Dejadme, dejadme en paz,—dijo el rey, que habia caido en una distraccion profunda;—yo no puedo volverme contra vos; yo no puedo hacer nada contra vos; volveos, pues, con Sancho y con los mismos ballesteros con quienes vinísteis, á Sevilla y á vuestra casa; yo iré á veros esta noche y á deciros si es cierto que doña María Coronel me ama, Ó si os habeis engañado; que doña María Coronel no es ni una santa ni una mártir. —Dios tenga piedad de élla y de vos,—dijo Leila. Y salió, din ie od
142 : LEYENDAS NACIONALES. —¡Que me ama! ¡que me ama la Coronel! —exclamó el rey.—Si, sí, es posible. ¡Ah! ¡si eso fuera verdad, yo sería un Dios! Y don Pedro, demudado, anhelante, se fué al aposento donde estaba detenida como presa doña Maria Coronel.
CAPITULO XIL LA INMENSA VALENTÍA DE LA VIRTUD DE DOÑA MARÍA CORONEL. Doña María Coronel recibió al rey severa, gra- ve, triste, pero tranquila, cuanto podia estarlo por la impresion horrenda que en élla habia causado el espantoso crímen del rey. Don Pedro temblaba de los piés á la cabeza. Se conocia harto claro la poderosa, la monstruosa impresion que la hermosura, el ser entero y, sobre todo, la heroica virtud de doña María Coronel, causaban en su alma, en su sangre. Habia, sin embargo, en doña María Coronel algo que subordinaba á élla á don Pedro, que Je hacía ante élla débil y cobarde. Y como la debilidad y la cobardía no eran ciertamente componentes del carácter del rey don
144 LEYENDAS NACIONALES. Pedro, al sentirse de tal manera contenido ante doña María Coronel se irritaba, y una lucha sorda, potente, formidable, se libraba en su alma y estremecia su cuerpo. Era de temer la explosion del carácter terrible, de la terrible voluntariedad, de la exuberancia de vida, del exceso de las pasiones, en el rey don Pedro. Doña María lo comprendia todo esto. Se encontraba sola en la ancha y magnífica cámara árabe dela torre de honor ó del homenaje del castillo de Carmona, con aquella fiera que no reconocia el límite del deber, y para contener á la cual en el desbordamiento de sus pasiones no habia freno bastante. No tenía en torno suyo Hada que la defendiese, ni áun un arma con que herirse para salvarse de una profanacion de su honra, de una violencia sobre su dignidad y su virtud. Aparecia, sin embargo, tranquila, y lo estaba realmente. Confiaba con una fe ciega en Dios, y esta fe en Dios, esta certidumbre de que Dios no permitiría fuese insultada, humillada, deshonrada, reducida á la última de las desesperaciones, producia aquella su tranquilidad fortísima, que LOS alrey y le contenia. Si habia algo en doña María que no respondiese á su profunda tranquilidad, era una expresion de detalle, por decirlo así, una expresion de pena que'
DOÑA MARÍA CORONEL. : 145 aparecia en élla por el inmediato y terrible recuerdo, cómo ya hemos dicho, de la horrible carnicetía de los dosinfantes, que estaba aún delante de sus ojos, como en el momento en que aconteció. Y no era la pena de doña María solamente por aquel horror, sino también por ser el rey don Pedro quien aquel horror habia causado. Leila no se habia engañado. Doña María Coronel amaba al rey. Le amaba con toda la fuerza de su alma extraordinaria, con una pasion de los sentidos, que la avergonzaba, humillándola, aterrándola. Pasion voraz que la combatia, de cuya razon élla no queria darse cuenta, y que apesar de élla, en élla se acusaba clara y terminante. La atraia la hermosura del rey, porque el rey para doña María era hermosísimo y estaba trasfigurado por su imaginacion, que élla no podia contener por más que lo procuraba. La lucha era horrible. El desfallecimiento sobrevenia con mucha fre- Cuencia despues del combate de la pasion. La tentacion redoblaba sus ataques, y d veces doña María, próxima á sucumbir, lo arrostraba todo, enlanguidecia en el sentimiento sensual que Por el rey experimentaba, y acreciendo la tentacion llegaba casi al punto de olvidarse de todo y de decidirse á gozar de una felicidad del infierno, Sacrificando á élla su dignidad, su virtud, su alma. Pero estas breves oleadas de la pasion no logra- 10
- 146 LEYENDAS NACIONALES. ban nunca pasar por encima de la virtud de doña María. - En los momentos en que, fatigada, ala la asaltaba la idea de olvidarse de dnd su virtud, que parecia anulada, se rehacía, ganaba omnipotente el terreno perdido, y doña María, la valiente doña María, exclamaba: : —;¡Nunca! ¡jamás! ¡muerta ántes! Y se arrojaba á los piés del altar y pasaba largas noches en oracion y penitencia y recurria á su confesor haciéndole conocer los dolores desu alma, * y en fuerza de voluntad y de virtud lograba recobrar un tanto de calma dolorosa como el que, afligido por una terrible dolencia crónica, siente algo de alivio. ¡ Doña Maria no comprendia lo que por élla pasaba. ¿Por qué amaba á aquel hombre, en quien encontraba todos los repugnantes vicios, todas las terribles pasiones de un demonio? - En aquellos tiempos no podia explicarse sino de una manera absurda y supersticiosa lo que ahora nos explicamos á causa de los progresivos adelantos de la ciencia fisiológica y psicológica. Entónces, cuando un sér se sentia atraido por otro de una manera irresistible, apesar de su conciencia y de su voluntad, se atribuia esto 4 hechizo, se hablaba de bebedizos y sortilegios, se echaba la culpa al mal de ojo, y se buscaba un fraile 6 á un saludador práctico en el arte de echar los
- DOÑA MARÍA CORONEL. 147 demonios fuera del cuerpo de que se habian apoderado. : ' Hoy conocemos la ley de las atracciones, de las repulsiones, y sinó razonamos aúw las múltiples influencias fisicas y morales á que estamos sujetos, las conocemos por la presencia de los fenómenos. La ciencia del espíritu es para nosotros aún Oscurísima, y en la misma oscuridad nos' encontramos respecto á la misteriosa influencia del espíritu sobre la materia y de la materia sobre el espiritu. No conocemos la razon de la relacion trascendental que existe entre la materia y el espíritu, y la más misteriosa aún del sér perecedero .con lo infinito, de lo transitorio con lo inmutable, de lo relativo con lo absoluto. Y no tenemos otro medio que reconocer, respetar y cumplir hasta el punto que nos sea posible los grandes preceptos revelados por la moral eterna, inconcusa, incuestionable. - De esa sola manera podemos obtener la conciencia del cumplimiento de nuestro deber respec- to á lo relativo y ¿lo absoluto, como si dijéramos, ¿los hombres y á Dios, para obtener á lo ménos, á costa del martirio, la inefable paz de la con- Ciencia. ' No se nos diga que sermoneamos. Estamos delineando un gran carácter, y Para — hacerle comprender necesitamos elevarnos á con-
250 LEYENDAS NACIONALES. para sí que su buen primo le menospreciaba, puesto que con él no habia contado en manera alguna para tener á los hijos de doña María Coronel, que en su reino de Aragon estaban bajo su proteccion, y que en buena política él no podia tolerar este menosprecio, porque tolerándole se desprestigiaba y parecia como que temia al rey de Castilla, envió á don Pedro Ruiz de Azagra, su primo, como rico-hombre y hombre bueno de Aragon, armado hasta los dientes y soberbio hasta siete codos por encima de la cabeza, á pedir al rey don Pedro de Castilla, no sólo la devolucion de los hijos de doña María Coronel, sino una satisfaccion por el robo de eilos que gentes suyas en Aragon habian hecho. Contestó el rey don Pedro que él no habia tenido ni áun ánimo de ofender y menospreciar al otro rey don Pedro, su muy querido primo; que la cuestion nada tenía de política; que sobre las tierras de-Aragou no se habia desplegado el estandarte real de Castilla ni habia entrado armado de parte suya ningun castellano; que aquello habia: sido puramente una cuestion particular, un robo de personas cometido en Aragon por castellanos; que estaba muy léjos de desconocer que ésta habia sido una infraccion de las leyes aragonesas, y por consecuencia un delito, por lo cual estaba dispuesto á entregar á la justicia de Aragon á los que en tal delito habian incurrido , siempre que se supiese quiénes habian sido. ul ar ce 7 A a A a PQ WEI AN
e DOÑA MARÍA CORONEL. 251 Añadió que él, apoderándose de las personas de los dos niños, y teniéndolos presos en su alcázar, estaba perfertamente dentro de su derecho, porque éllos eran sus vasallos naturales, y además con señorío en su reino. Y como el rey don Pedro se mostrase muy benévolo y muy afectuoso con el soberbio don Pedro Ruiz de Azagra, y le pasase con una gran maestría la mano por el lomo, como suele decirse, y á vueltas de las demandas de que el aragones venía encargado se hablase como por incidencia de cosas que convenian en gran manera á los dos egregios primos, don Pedro el Cruel y don Pedro el del Puñal, aconteció que el otro don Pedro Ruiz de Azagra, que era un poco ménos rey que los otros dos, 4 Aragon se fué, y á Zaragoza, donde su señor se encontraba. Y tales y tan buenas cosas le relató de lo que habia hablado con el rey don Pedro de Castilla que el rey don Pedro de Aragon encontró utilitario, necesario y áun oportunisimo callarse respecto á los hijos de doña Maria Coronel, y por no dejar de ser ceremonioso y cumplido, envió á ésta un noble correo con una carta, diciéndola en sustancia que la reclamacion de sus hijos podria ser ocasionada á una guerra entre Aragon y Castilla, guerra en ninguna manera conveniente y Oportuna, y que por lo mismo la suplicaba le perdonase si en aquel negocio levantaba mano, y otra cosa no hacia; pero asegurándola su gran disgusto
252 LEYENDAS NACIONALES. y su profundo sentimiento por mo poder valerla en aquel negocio. Contestó cortésmente doña María Coronel que élla no queria que por élla ni por sus hijos sé librase una sangrienta guerra entre dos príncipes cristianos, con grande y dolorosa efusion de sangre entre sus vasallos, todo en beneficio de los infieles enemigos de Dios, que vivian aún sobre el territorio de España en las partes de Granada. Doña María Coronel habia ya confiado su amparo y el de sus hijos á la misericordia de Dios, y continuaba en silencio sin reclamar nada al rey, orando dia y noche, aumentando lo penoso, lo terrible de sus ejercicios, y orando y llorando por élla, y por élla entregándose, y por sus hijos, á crudas y terribles penitencias, todas las religiosas de Santa Ines. Doña Maria agonizaba. | Pasaron por élla cuantas vacilaciones, cuantas tentaciones pueden afligir al pobre corazon humano. Combatia poderosamente en su alma su amor de madre, y en su corazon aquel otro amor maldito que hácia el rey la empujaba. | Momentos habia en que doña María, llegando casi á la desesperacion, habia estado á punto de salir del convento, de arrojar sus tocas de viuda, de engalanarse con brocados y joyas, de llamar al rey, y cerrando los ojos á todo, sucumbiendo á aquella tentacion que de tal manera la afligia,
DOÑA MARÍA CORONEL. 253 abrirle los brazos, satisfacer sú candente amor y salvar á sus hijos. Pero de estas momentáneas vacilaciones se levantaba pura, radiante de virtud, formidable de fuerza doña María Coronel. ; Hacía callar aquella pasion vergonzosa, reunia todo su valor para resistir á la idea de la desgracia y áun del exterminio de sus hijos, y exclamaba: —No, no; ántes muertos que avergonzados por la ruindad y la vileza de su madre. Y así pasaba agonizando un tiempo que para élla era una eternidad de penas doña María. Sólo se atrevió á probar un medio, y este medio fué llamar á doña María Padilla de una manera secreta, y de una manera secreta doña María de Padilla fué á verla al convento. Pero todo se redujo á que doña María de Padilla llorase con élla y la prometiese hacer cuanto estuviese de su parte para arrancar, de la ma-. nera que pudiese, del poder del rey á los dos niños. Doña María Coronel alentó una dudosa esperanza, Confiaba en la virtud de la Padilla y en su gran corazon, y no la parecia imposible encontrase un medio para salvar á aquellas dos pobres, desvalidas y amadas criaturas. Pero pasaron muchos dias sin que ninguna no- - ticia favorable llegase á doña Maria Coronel.
254 LEYENSHAS NACIONALES. Al fin una noche volvió á entrar secretamente en el convento de Santa Ines doña María de Padilla y manifestó á doña María Coronel que inútilmente habia procurado salvar á los dos niños". Estaban éstos de tal manera guardados, hasta tal punto eran leales al rey los que los guardaban, que no podia alentarse esperanza alguna. —En vano, —añudió doña Mina caño roto por todo y he suplicado al rey no incurra en la tiranía de hacer sufrir á inocentes las consecuencias de sus empeños. El rey no me ha oido, y como yo haya insistido se ha salido de mi presencia, diciéndome: Si vos insistis en esto, hareis que tema el veros; yo sé por qué guardo á los hijos de doña María Coronel. -La Padilla, despues de esta triste manifestacion, salió del convento con el corazon oprimido y temiéndolo todo por sí misma, porque suponia que su amor de madre sería superior en doña María Coronel á su virtud, la obligaria á sucumbir al rey, y esto podia hacer que el rey por doña María Coronel lo olvidase todo y la lanzase á élla á la desgracia, á la desesperacion y á la muerte. Apurado este único recurso por doña María Coronel y esperado en vano, se resignó ya completamente á su martirio y á la desgracia horrible de sus hijos. : Todo habia que temerlo de la pasion del rey al sentirse impotente contra doña María Coronel. ep”
DOÑA MARÍA CORONEL. 255 Y los sufrimientos de ésta crecian. Los niños estaban admirablemente tratados en el alcázar. Sobre éllos caia como un reflejo el delirante amor que por su madre sentia el rey don Pedro. _Pero éste hacía correr por medio de sus servidores noticias crueles, que llegaban álos oidos de doña María Coronel, y la desolaban, la aniquilaban, la hacian experimentar los sufrimientos indecibles de un martirio sin nombre. Se decia que los-niños no tenian ni áun lecho en que dormir; que se les alimentaba mal; que se les maltrataba; que se les hacía cargar con pesos superiores á sus fuerzas, y cuando se rendian á la fatiga volvia á maltratárseles. El alma de doña María se sentia desgarrar, morder, despedazar por un monstruo horrible, y sin embargo se mantenia en su entereza y no suplicaba. Tenía la seguridad de que sus súplicas serian inútiles. Sabía, sin tener acerca de ello la menor duda, que su infamia sería el único medio de la salvacion de sus hijos. Un dia se la presentó su mayordomo. Venía pálido, consternado, y no acertaba á hablar. q Doña María experimentó el dolor de los dolores, el martirio de los martirios. Creyó que lo que conmovia de tal manera á su
256 LEYENDAS NACIONALES. mayordomo no era otra cosa que la catástrofe de sus hijos. —Hablad, hablad,—exclamó anhelante doña María; decidmelo todo, que estoy preparada á todo; en último caso, si éllos han muerto yo los seguiré. —Muertos no, señora, —contestó el mayordomo,—pero sí enfermos y en gravísimo peligro. - —El rey dará cuenta á Dios de lo que hace,— exclamó doña María, rompiendo á llorar de una manera desconsolada y terrible. Y tras esto la tomó un desmayo del cual no volvió sino para quedar muy enferma, postrada sobre la desnuda tarima que la servía de lecho. - Y sin embargo no recurrió al rey. Su salud se quebrantaba. Eran ya terribles la palidez de su semblante y la lucidez de sus Ojos. : Parecia como que en éllos se reflejaba ya un principio de locura. _ Canas anticipadas aparecian entre sus rubios. cabellos. Su actitud erguida habia desnitcolias y se la veia doblegada bajo un peso insoportable. Su aliento era un perpetuo gemido, y á pesar de todo esto su hermosura crecia, espiritualizada - por el martirio, dejando ver, 6, mejor dicho, sentir el efluvio de su alma imcomparable, dotada de todas las bellezas de la virtud. ¿Y qué otra cosa más que sufrir podia doña Maria?
DOÑA MARÍA CORONEL. 297 ¿Cómo cumplir con los deberes de madre salvando á sus hijos, si para salvarlos la era necesario faltar á aquellos mismos deberes? ' La situacion de doña María no podia ser más. irresoluble. Don Pedro extremaba para con élla una tiranía odiosa, infame, la más repugnante de las tiranías. Habia sonado para élla la hora del martirio y para sus hijos la de la e Aa y doña María no sucumbia. Esto embravecia, irritaba, desesperaba al rey de una manera indecible, y su amor crecia, crecia hasta lo incalculable. Habian pasado seis meses desde que los hijos de doña María estaban en poder del rey sin que el rey hiciese oir ninguna nueva solicitud á doña María, y sin que doña María exigiese ni áun suplicase nada al rey. Don Pedro llegó hasta los últimos límites de la bajeza, $ hizo que doña Maria creyese que su hija habia muerto, y. que su hijo no debia tardar en seguir á su hermana. Entónces doña María tomó una resolucion definitiva, una resolucion desesperada, y salió del convento, se fué á su casa, y llamó costureras y joyeros. | Arrojó sus tocas de viuda y se la vió.con escándalo en Sevilla luciendo su hermosura, trasfigurada por el sufrimiento, y ostentando un lujo inusitado; presentándose alli donde todas las damas 17
258 LEYENDAS NACIONALES. sus iguales se presentaban; en todas partes, menos en el alcázar. Ni podia ser esto, ni ninguna dama de linaje en el alcázar entraba, puesto que no habia reina. Porque áun cuando doña María de Padilla secretamente lo fuese, no se sabía, ni áun se barruntaba por lo profundo del secreto, y por una manceba del rey más favorecida que otras se la tenía. Sabíase en Sevilla que los hijos de doña María Coronel estaban en poder del rey, y áun se aseguraba que la niña habia muerto. Se escandalizaba, pues, todo el mundo de _la salida del convento de doña María Coronel y de aquel su fausto desvergonzado, si se tenía en cuenta, no ya sólo la muerte de su padre y de su marido, sino la reciente de su hija, y el peligro de muerte en que su hijo se encontraba. Doña María habia creido que en el momento en que el rey supiese que del convento habia salido, que sus tocas de luto habia arrojado y que en todas partes se presentaba, como si nada la importase la desgracia de sus hijos, iría á verla, creyéndola enloquecida ya, sometida á su voluntad y sin otro amor que el suyo. | Alentado habia don Pedro una ardiente esperanza á la que habia sonreido teniendo por seguro su triunfo. Para él era indudable que doña María Coronel se habia rendido al fin á su amor, y que si no le llamaba era por un resto de dignidad.
DOÑA MARÍA CORONEL. 259 Creia que por su amor doña María Coronel hasta de sus hijos se habia olvidado. En una palabra, que estaba ya completamente loca de enamorada. Pasaron cuatro dias desde que doña María Coronel se dió á luz de nuevo, extraviando el juicio de todo el mundo por su extraña conducta; cuatro dias que para élla fueron una eternidad; cuatro dias en que acudió á la iglesia y á los lugares á donde acudian las damas, haciendo maravillosos esfuerzos para resistir de pié la fiebre que la devoraba, comprimiendo en su corazon las lágrimas para que el llanto no escaldase sus ojos y dejase en éllos sus señales, Y el rey esperaba que élla le llamase. No pretendia verla, y el cuidado que doña María por aquel su hijo vivo, que segun élla creia le quedaba, aumentaba de momento en raomento. Al fin no pudo resistir más y llamó al rey. El rey dió por segura la felicidad de su amor, y se presentó espléndidamente engalanado y embellecido por su esperanza de amor á doña María.
268 LEYENDAS NACIONALES. por el terror que el rey les causaba, en torno de aquel grupo terrible. ¡Mi bijo, mi hijo! murmuraba doña María, agitándose convulsiva en los brazos del rey, que la sostenia. —Vuestros hijos, —exclamó el rey con acento desesperado, —vuestros hijos están sanos y salvos; no les falta nada mas que la libertad, y van á tenerla. Pero vos, vos... ¡Dios AS Y el rey lloraba. —¡Ah! ¡mis hijos, mis hijos sanos y salvos! ¡Que los vea, que los vea yo ántes de morir, pero pronto, pronto, señor, porque siento la muerte! El rey entregó doña María á sus doncellas, que la pusieron en el lecho. Entre tanto el rey se paseaba convulso, terrible, desesperado, por la cámara. Llegó su médico moro Jacub, lumbrera de la ciencia, y su pronóstico fué terrible. —El aceite hirviendo la ha matado; y si viviera, viviria de una manera terrible. Pero no, no puede vivir, y sa muerte será lenta, horrible, causada por una inflamacion del establo: El rey sintió algo terrible en lo íntimo de su ser. —¡Ah!—exclamó, —¡la mártir! ¡la santa! Y habia un terrible acento de blasfemia en estas palabras. Sucedió 4 poco una escena conmovedora. El rey don Pedro, conmovido por tanta gran-
DOÑA MARÍA CORONEL, 269 deza, vencido por élla, habia Hecho venir á los dos niños. La infeliz doña María los palpaba. Queria verlos, y no podia. Queria besarlos, y su boca, contraida por la accion del hirviente aceite, no producia el beso. El rey, aterrado al fin por tanto horror, huyó. Tres dias vivió doña María despues de su accion heroica, tres dias de horrible martirio. Al fin, y Habiendo cumplido sus últimos deberes religiosos, murió rodeada de sus leales servidores, y teniendo al lado á su hermana doña Aldonza, atraida y convertida por tanta grandeza, por tanta virtud. $n —Aprende en mi ejemplo, —dijo doña María, — y arrepiéntete de no haber hecho como yo; todo, todo ántes que la infamia; todo, todo ántes que vender el alma á un amor perecedero, á un amor repugnante; todo por nuestro honor, por el honor de nuestro esposo, por el nombre de nuestros hijos y por lo que debemos á Dios, que nos ha dado un alma inmortal. Y ahora, no sólo porque Dios te perdone, sino por amor mio, hermana, sé la madre de mis pobres huérfanos. : Estas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar, con gran pena y con toda la veham jencia de su alma, doña María Coronel. a FIN.
ÍNDICE. Táginas CAPÍTULO PRIMERO.—En que dos extraños personajes tienen una grave conversacion. ..........o.o.. . Car. II. —Algo sobre doña María de Padilla y sobre los sucesos de aquel tiempo... ER ICAA CAP. MII.—De cómo doña Mira Coronel supo, con grata sorpresa, que doña María de Padilla era digna de sú-respeto y de Sami ladies goles do ad de Car. IV.—En que se ve que un PIES puede ser muy imprudente dejando entrar en su alcaidía gente de ES PR A E RN o CAP. V.—De cómo doña Mari ía de Padilla y doña María Coronel llevaban por el momento lo mejor de la jor- DA Aver te AA O A A E A Car. VI.—De cómo doña María Coronel y doña María de Padilla creyeron haber salvado á los infantes.... Cap. VIL.—De cómo el rey salia al frente cuando aquellos á quienes se encargaba una empresa no podian salir COMAUAATA tNa COAON CAP. VII. —De cómo no habia nada que pudiese conteneral rey:don Pou can o CAP. IX.—En que se ve que el rey, á pesar de lo terrible de su carácter, sabía ser mañero cuando le convenia..... O YE aio a a Car. X.—En que se dice quién era doña Leila........ 49 59 75 87 402 109
H 6) 2% - 8 12 ÍNDICE. Páginas Cap. XI.—Hasta qué punto Leila conocia al rey don Pedro SA AS A AMO A ER . o... CAP. XII.—La inmensa valentía de la virtud de doña MA Cor RE CAP. XIL.—De CÓMO ELO momentos en que la grandeza del alma humana se hace sentir en las fieras..... CAP. XIV.—En que el rey don Pedro se retrata á sí SO o IS O Ao CAP. XV.—De cómo Leila sabía pescar con red..... 54 Cap. XVI.—En que se ve de qué manera trágica acaban los propósitos de Leila........ A ER E Car. XVIL.—Lo que pueden hacer en un protervo la hermosura, la dulzura, la virtud y la caridad ...... CAP. XVIT.—En que doña María produce un milagro 1 A TS IR ADE DICE ESPE CAP. XIX.—De cómo, á pesar del terrible carácter del rey, podia éste sentirse alguna vez dominado por la grandeza de una situacion............... a CAP. XX.—De cómo el amor no puede ocultarse á pesar de toda la fuerza de la virtud................. CAP. XXI.—De cómo Juan Diente se convirtió y suconversion vino á ser funesta á doña María Coronel.... CAP. XXIL.—Hasta dónde llegaba la fuerza del alma de Sea Mmaria: GOCOND SL, - ateos seso poio a A Cap. XXIN.—En que se ve hasta dónde puede llegar el herólismo de la Virtud... .... conoces... AAA 434 1443 452
E