Atenas, República imperial
Abstract
El presente texto intenta exponer los motivos de por qué Atenas, una vez convertida en Imperio, y pese a ciertas convulsiones internas, logró mantener viva la democracia en la ciudad. Es decir, de por qué a pesar del ejercicio de una dominación imperial en el exterior, que recurría a la violencia cuando era necesario incluso contra los propios aliados, la democracia ateniense subsistió: al principio, porque los éxitos facilitaron la integración de todas las clases sociales en el ámbito público; y luego porque, tras los fracasos, la clase más comprometida con ella, el demos, derrotó a quienes se oponían a la misma en el interior.
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ARTÍCULOS
9Atenas, República imperial Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 Atenas, República imperial Antonio Hermosa Andújar* Entre «escuela de la Hélade», como se ha llamado a Atenas desde la expresión puesta por Tucídides en boca de Pericles, y «ciudad tirana», como con idéntica frecuencia se la ha designado desde el mismo historiador, media un océano normativo en apariencia imposible de atravesar, el mismo que en la teoría parece escindir conceptualmente República e Imperio. Atenas, empero, contrariando la supuesta evidencia, fue una polis democrática (una politeia o república) con un imperio. Ya lo era cuando lo adquirió y lo siguió siendo cuando, tras haberlo perdido al caer derrotada en la Guerra del Peloponeso, recuperó más tarde íntegramente su autonomía y sólo parcialmente el imperio. Por lo demás, cuando hubo división entre la ciudadanía ateniense en torno a si mantenerlo o deshacerse de él, fueron siempre las clases altas las que optaron por el no (prefirieron la oligarquía a la democracia, pero la preferían más aún frente a la tiranía: y lo que menos querían era una tiranía con un imperio exterior). Atenas fue, en suma, una República imperial, y a explicar qué la mantuvo república mientras preservó el imperio dedicaremos este trabajo. Al respecto nos será útil recordar algunos de los pasos dados por Atenas para, de un lado, convertirse en democracia y, de otro, construir un imperio. El camino hacia la democracia tiene una piedra miliar en Solón, porque siendo su problema hacer entrar al demos en la sociedad, dominada por «el poder y la riqueza», fue su solución —aplicando la Justicia a ese contexto de dualismo social ontológico— equilibrar las partes. En esa tendencia hacia la isonomía, que pasaba por la abolición de la esclavitud por deudas aunque no por el reparto de la tierra, el demos pudo crear las condiciones para hacerse dueño de su destino. La redacción de nuevos códigos ampliaba al ámbito civil la común legislación antaño establecida por Dracón en el penal, aumentando así su libertad a la par que la igualdad frente a los nobles, pese a la aún incontestable supremacía de éstos. Por lo demás, la naturaleza de estas leyes, en virtud * Universidad de Sevilla, Facultad de Filosofía, C/ Camilo José Cela, s/n. 41018 Sevilla, Tel. 954 551 656. E-mail: [email protected]
10 Antonio Hermosa Andújar Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 de las cuales la comunidad se autogobernaba, así como su condición laica —pese a su creencia última en que toda justicia provenía de los dioses—, distanciándose claramente de las de un Hammurabi, que las daba a súbditos y en nombre de la divinidad, imprimían ya desde entonces a Grecia una genérica diferencia respecto de las culturas orientales. El sujeto social creado por Solón adquirió mayor peso político con el tirano Pisístrato, según nos recuerda Aristóteles mismo en su Constitución de los atenienses, pues si bien no parece ser cierto que gobernara voluntariamente sometido a las leyes , sí lo es que este aristócrata se desmarcó de los intereses de su clase con una política social tendente a sacar a los campesinos de la miseria y la explotación en la que vivían, confiriéndoles mayor seguridad económica y jurídica, además de una autonomía que, sin poner fin todavía a la condición privilegiada de los nobles, sí lo puso a su monopolio del poder y a su ejercicio arbitrario. Rescatar a la población campesina de su ostracismo social colectivo redundó, por tanto, en una mejora global de la condición política del pueblo, cuya libertad se consolidaba paulatinamente. Otro padre fundador de la democracia ateniense es Clístenes, aun cuando el significado de su obra se ha visto disminuido recientemente, y no sólo por quienes adjudican el principal mérito del asunto a Efialtes, sino por quienes, como J. Ober, se lo adjudican al propio pueblo ateniense tras su rebelión contra los espartanos: una rebelión que estaría en la base de todas las reformas democráticas subsiguientes y que sería encabezada por el propio pueblo sin líderes de la aristocracia (cosa ésta de la que la Revolución Francesa demostrará en su día que cabe su repetición). En esta visión, Clístenes ya no es el fundador de la democracia, pero sí continúa jugando un papel esencial: se le sitúa ante el pueblo como intérprete de la acción de la masa y como diseñador de instituciones en grado de enmarcar y estabilizar la nueva ideología. Entre sus logros quedan, en todo caso, la reforma administrativa que aumentó la conciencia de ateniense entre los habitantes de Atenas, así como otras medidas políticas —creación del Consejo (Bulé) de los quinientos, ley del ostracismo, juramento de los bouleutas, etc.— que, si no son ya democracia, la preparan. Por eso, cuando la batalla de Maratón acarree una nueva correlación de fuerzas en el interior de la ciudad, apuntando a la formación de un nuevo sujeto histórico-político, y la de Salamina refuerce aún más el poder del demos, que es dicho sujeto, las victorias sobre el enemigo persa tendrán la virtud no sólo de provocar «la irrupción de un cantón en la política mundial» (Meier), sino sobre todo la de retirar el velo que hasta entonces cubría a la diosa; esto es, de que el novum del advenimiento de la democracia sea, esta vez sí, un hecho en la historia universal. Más de cien años separan la elección de Solón como arconte (594) y la batalla de Salamina (480), el largo periplo de gestación de la democra-
11Atenas, República imperial Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 cia ateniense. Y muchos más pasarían antes de que Roma pusiera fin a la melancólica autonomía en la que aún sobrevivía en el siglo II, luego de la batalla de Queronea (338) y del posterior dominio macedón. El imperio, en cambio, duró mucho menos, pues si bien las expediciones atenienses por el Egeo y su afán por controlar el Helesponto se remontan a la época de Pisístrato, es decir, al siglo VI, no fue hasta dos años después de Salamina que se fundó la Liga Délica, y hasta 454 que el tesoro de la Liga se trasladó a Atenas, el hecho con el que convencionalmente se data el nacimien- to del imperio ateniense. Manifestaciones de imperio, con todo, las había habido desde mucho antes, quizá desde aproximadamente el año 465, cuando Atenas decide mantener la Liga aun habiéndose volatilizado aparentemente el motivo principal de su aparición —el peligro persa—. Lo que inspiraba la nueva alianza era un deseo de retorsión contra el antiguo enemigo persa, del que esperaban encontrar riqueza y fama, en lugar de su defensa contra él; pero ya antes se habían producido actos de fuerza contra antiguos aliados deseosos de abandonar la Liga, o contra otros griegos que no habían ayudado a los persas, sino sólo rechazado la ayuda de la misma. Así por ejemplo Naxos, que en 467 coqueteó con la primera ensoñación, fue asediada y, cuando se resistió, atacada: sus murallas fueron destruidas, su flota de guerra incautada y sus habitantes obligados a realizar sus aportes al tesoro de la Liga. Al respecto, Tucídides comentaría: «Naxos fue la primera ciudad aliada que fue subyugada en contra de lo establecido, pero después las demás, una tras otra, sufrieron la misma suerte» . Y, en efecto, por valernos de un solo ejemplo, poco después (465-463) sería el turno de Tasos. Melos, por su parte, corrió igual suerte por coquetear con la segunda ensoñación. Y otras muchas ciudades, antes y después, imitarían un destino decretado por el imperio hasta que los espartanos le pusieron fin derrotando a los atenienses en Egospótamos a finales de siglo (405). Durante todo ese lapso de tiempo, salvo el breve paréntesis de la primera revolución oligárquica (la segunda se produjo tras la derrota ateniense en la Guerra del Peloponeso, con el imperio ya en estado vegetativo, y el gobierno que le siguió, el de la oligarquía de los treinta, sobrevivió sólo un año y medio), de unos pocos meses de duración, el régimen imperante en Atenas fue el democrático. Y la democracia mostró al ejercerse la doble faz de Jano tanto en el exterior como en el interior, haciendo honor a lo que el mito de Prometeo había enseñado sobre la condición humana. Hacia fuera, combinó medidas de fuerza con otras de solidaridad con sus aliados; y hacia dentro, unas en las que resplandecía la concordia, con otras en las que ésta revelaba su condición necesariamente transitoria. Y, en ese largo periodo, resulta ocioso buscar la coincidencia temporal en el ejercicio soberano del poder hacia dentro y hacia
12 Antonio Hermosa Andújar Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 fuera, una simetría mucho más fácil de hallar en nuestros prejuicios —morales e intelectuales— que en los hechos. ¿Por qué entonces la Atenas imperial nunca dejó de ser republicana? ¿Por qué los muchos y enormes conflictos y convulsiones producidos en Atenas al socaire de su política exterior no consiguieron afectar a este segundo novum —el de permanecer república siendo imperio—, al punto de convertirlo en un déjà-vu a escala menor de los imperios del Antiguo oriente y en un precedente de cuanto sucedería en Roma? Quizá el sujeto político inmanente a la democracia guarde buena parte del enigma, según veremos después. No obstante, en recargo de los imperios del Antiguo oriente hay que decir que nunca fueron democráticos, sino monarquías desde su fundación, en las que el deseo imperial era un gen transmitido hereditariamente; y en descargo de Roma, donde el populus sí participó desde muy pronto en la vida pública, hay que decir que el cambio de régimen tardó dos siglos en formalizarse, si aceptamos con Salustio que la crisis que terminó arrastrando consigo a la república empezó tras la victoria sobre Cartago; la expansión territorial, nos dice el ilustre historiador, no se acompaña del reforzamiento de la moralidad, en cuyo campo el bien y la virtud han perdido la batalla frente a la riqueza y el poder, razón por la cual Roma es más débil cuanto más grande. En realidad, la tentación imperial era un atributo de la fuerza, aspiración sentida en mayor o menor grado por todos los regímenes, habida cuenta de que en el mundo antiguo, incluido el grecorromano, se consideraba la guerra como un elemento más de la naturaleza, en la que no raramente se incluía desde el mismísimo sujeto individual hasta el orden cósmico. La mitología enseñaba al hombre griego cómo los dioses habían entablado descomunales batallas antes de que Zeus lograra imponer la pax divina entre ellos, y que eso se había logrado a cambio de implantarlas de manera permanente entre sus otrora invitados, los hombres. Y el filósofo, en ese punto, sólo era un adalid del mito en el mundo de la razón: Heráclito y Demócrito, por citar dos nombres cumbre, ya habían reconocido su presencia como un dato más en la vida antes de que Platón la incluyera entre los enemigos jurados de su neápolis y volviera a atribuirle carta de ciudadanía política en Las Leyes. Si prescindimos de todo su componente mecanicista, para atenernos sólo a su dimensión de acción activada por el ser humano, cabría decir que la guerra era un derecho de la naturaleza al que Atenas supo sacarle imperial partido, pues luego de fundar la Liga Délica al objeto de oponerse a las aspiraciones persas de invadir el conjunto de la Hélade y destruirla, supo instrumentar militarmente su victoria al servicio de otros intereses y transformarla en un medio para su engrandecimiento: para su riqueza y su gloria. La vieja moral heroica, de la que la aristocracia siguiera haciendo parte de sus señas de identidad, volvía una vez más a imponer sus fines a la voluntad del nuevo
13Atenas, República imperial Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 héroe, colectivo y abstracto, de la ciudad (un héroe al que Pericles elevaría al rango de deidad). La democracia, así, se declaraba heredera de la antigua y renovada moral y cultivaba su herencia. Herodoto, al considerar que la democracia trajo el imperio y el imperio trajo más democracia, puso sello a una extendida mentalidad. Semejante naturalidad de la guerra, que hacía del imperio una función del fuerte, nos obliga a desvincularla de un determinado régimen, esto es, a asociarla a cualquiera de ellos, dependiendo sólo de las circunstancias el que se activara la voluntad imperial, como nos enseña Tucídides en su desgarrador e instructivo diálogo entre los atenienses y los melios, cuando uno de los legados atenienses declara ante sus interlocutores que es un destino el que compele a quienes disponen de fuerza a usarla para reforzarla e imponer su voluntad a los débiles: un razonamiento terrible que, como señalará más tarde Demóstenes en su discurso En pro de los megalopolitas, erradica la justicia del ámbito de las relaciones internacionales tanto como la humanidad de las relaciones humanas, constituyendo el tributo normativo que la convivencia paga cuando la doctrina del nudo interés —vale decir: de la seguridad y autonomía de los Estados— campea en las relaciones entre ellos. Un razonamiento aquél, además, que homologa moralmente a verdugos y víctimas, exculpando a los agresores del ejercicio de su violencia contra los agredidos, cuya inocencia es así culpable de ser un mero trasunto de su impotencia, y sus deseos de neutralidad y paz los responsables directos de no haber estado en la parte justa en esa ocasión. La hegemonía forma parte del proceso natural impuesto a la voluntad desde el momento en que la guerra viene extrapolada desde la historia a la naturaleza. Semejante naturalidad de la guerra, en fin, hará que la paz tenga escasos portavoces, reclutados en las delgadas filas de una selecta y conservadora minoría intelectual, y que éstos siempre critiquen al pueblo a causa de sus ansias de poder y riqueza, ya sea mordazmente, como hizo en el siglo V Aristófanes en Los Acarnienses, o bien con melancólico desengaño, como Isócrates a mediados del siglo IV en Sobre la paz, contradiciendo cuanto él mismo había escrito unas pocas décadas antes en el Panegírico, en el que su apuesta por la formación de una federación panhelénica bajo el meritorio caudillaje de Atenas para luchar contra el «natural enemigo» persa, no era sino la justificación encubierta del nuevo imperialismo. A la paz unciría Isócrates el valor de la prosperidad, y a ésta un conjunto de bienes —la armonía exterior, la ausencia de peligros externos, la abundancia de bienes, la propia fama— antaño vinculados, salvo en el primer caso, a la existencia del imperio. La democracia ateniense, por decirlo con otras palabras, es en este punto tan sólo culpable de poder, es decir, de imponer su poder sobre voluntades
14 Antonio Hermosa Andújar Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 ajenas, lo que conlleva la terrible lección de que, en la escena internacional, es o puede ser un régimen como los demás, ni mejor ni peor que ellos. Separar los principios normativos por los que se rige en el ámbito interior respecto de su acción exterior, le es tan posible como, en ocasiones, necesario: lo cual comporta el hecho, nuevamente terrible, de que el cinismo, la doble moral, le es inmanente, pues la validez universal que atribuye a tales principios o no rebasa sus fronteras o, en el mejor de los casos, sólo se comparte con los aliados. Se entiende, pues, por qué el Jano de Atenas presenta en una cara un discurso como el de Pericles, donde el ateniense, de su parte, ensancha la especie humana al ser capaz de combinar cualidades —el valor y la razón, por ejemplo— en otros miembros contrapuestas; y la democracia, de la suya, el universo político, en el que acoge como miembros natos a la libertad, la igualdad, la justicia, el mérito, la palabra, etc. Y, en la otra cara, el hecho de la bárbara crueldad del poderoso que golpea con justificada violencia al débil en refrendo a su condición de carne de cañón. A fin de cuentas, creer que las democracias históricas no hayan podido construir un imperio en el exterior es razonar como si tampoco pudiera coexistir la libertad con la esclavitud, o aun con la sumisión de la mujer, en su interior. Ahora bien, con la naturalidad de la guerra se explica tan sólo que una democracia llegue a forjar un imperio, mas no que, con él, haya continuado siéndolo. Sigamos por tanto nuestro recuento de explicaciones. El imperio forjado, debe mantenerse. Y si bien esto, en la acción exterior, significa recurrir a la violencia y al terror, incluso contra los aliados según se ha visto, cuando sea menester, hacia dentro las cosas presentan su lado más amable. Hacia fuera, en efecto, supone instrumentar el propio imperio en aras de su preservación o, como dice Finley, valerse de él para la recaudación del tributo, la implantación de cleruquías, la ingerencia en los asuntos internos de otras polis, la supresión de la piratería, e igualmente para fines comerciales, como la explotación de la mano de obra extranjera o la adquisición de materias primas a bajo coste. No obstante, en su autopreservación, el imperio supo usar asimismo otras armas mucho más seductoras, mediante las cuales se atrajo la adhesión de sus dominios. Marshall Sahlins afirmó con razón al respecto que Atenas (como Bau, en la Polinesia) fueron «imperios de signos: de despliegue positivo de grandeza y cultura tanto como de ejemplos draconianos de violencia y terror». Y algunos efectos de tales signos positivos se rastrean en el apoyo incondicional otorgado a Atenas por algunos miembros de la Liga, pues incluso durante la circunstancia trágica de la derrota frente a Esparta, privada Atenas provisionalmente de la democracia y a más largo plazo del imperio, optaron por unir su destino al de aquélla en lugar de abandonarla a su suerte: he ahí, pues, una de las causas de la larga duración de aquél.
15Atenas, República imperial Res publica, 21, 2009, pp. 9-20 En el interior, en cambio, al menos durante el siglo V, las tensiones fueron por lo general menos fieras. El lugar común de la naturalidad de la guerra en la conciencia de los individuos les hizo desterrar de antemano la idea de liberarse del imperio como paso previo a liberarse de aquélla. Por si eso fuera poco, a reforzar su alta aceptación por la población contribuyó el constituir una fuente de beneficios para la mayoría de la misma: no sólo para las oligarquías dominantes, como en Roma, y no sólo, tampoco, para su contrapartida popular, a la que daba empleo como remeros en las naves. También las clases altas extrajeron de él algo más que fama y poder, es decir, ganancias económicas que consolidaban su prestigio y reforzaban su posición. Asimismo, los cargos públicos fueron retribuidos. De este modo, los beneficios generales aportados por el imperio contribuían a paliar la cuota de males inherentes a las guerras, a saber: las muertes, la destrucción de tierras y otros bienes, el envío de guarniciones, una cierta economía de guerra, que llevó a distinguir entre «intereses comerciales» e «intereses de importación» (Finley), etc. Máxime, insistimos, cuando se sabía que la desaparición de aquél no entrañaba la de ésta. Había igualmente otro elemento de capital importancia en la aceptación del Imperio por parte de los ciudadanos de Atenas, y era el modo en que ejercía su hegemonía. Al ser marítimo en lugar de territorial, no se esforzó, si bien no renunciara del todo, por tomar posesión física de los territorios dominados, al contrario de los imperios de conquista, como Roma o los imperios coloniales modernos; antes bien, se decantó por ejercer su hegemonía imperial de modo que no implicase soberanía material; como vuelve a recordarnos Sahlins, los pueblos que le estaban sometidos le eran tributarios en lo económico y dependientes en lo político, pero siguieron gozando desde el punto de vista administrativo de una amplia o incluso total independencia. Es decir, Atenas los dominaba sin gobernarlos directamente. Todo ello aligeraba notablemente los costes de mantenimiento: los económicos desde luego, mas también los sociales y militares. E incluso facilitaba la sumisión, ya que no la adhesión, de los sometidos. Y todo ello, como es lógico, aportaba ventajas al conjunto del sistema político, no sólo al miembro que, por su papel en el funcionamiento de la flota, acabara ejerciendo la supremacía política frente a los demás y ocupara un lugar central en la toma de decisiones: el demos. Que el demos, la parte social del término democracia, domine sobre la cosa democrática y ejerza el krathós en la misma parece en principio algo lógico; que sea él, y no los aristoì ni los plutoì, no siempre coincidentes, es consustancial a un régimen que nació precisamente para darles voz a los hasta entonces seres anónimos que poblaban los restantes regímenes políticos, del mismo modo que la República romana tenía a gala distinguir a sus dos sujetos políticos ontológicamente constitutivos en su