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Del vacío de la maternidad, la igualdad y la diferencia

Sau, Victoria

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©Universitat de Barcelona Del vacío de la maternidad, la igualdad y la diferencia Decir "vacío de la maternidad" es decir vacío de poder de decidir y gestionar, de tener influencia y de gozar de autoridad. Hace treinta o más años cuando un libro incluía en su título la pal abra "madre" o "maternidad" era lo más probable que en sus páginas se hablara de pre-mamás, de bebés y de cómo una mujer tenía que atender las necesidades de una criatura durante el primer o los primeros años de vida. Quién era esa mujer, que pensaba, que sentía, con quién se relacionaba, como había podido llegar a dibujar en su rostro esa angelical sonrisa que aparecía en la cubierta, nadie nos lo decía. El sujeto del libro, a pesar del título, era el bebé, y esa mujer, supuestamente su madre biológica, un simple medio para haberle puesto en el mundo y llevar a cabo la crianza. Consejos, órdenes, recomendaciones jalonaban el índice del libro en cuestión. A ella había que suponerla feliz sin fisuras. Nadie se preguntaba si era madre soltera y la habían echado de casa por ello; ni si ese bebé lo había tenido por "obligación", porque llevaba más de un año casada y la gente empezaba a murmurar si era estéril. O si era su tercer bebé porque los dos anteriores fueron niñas y el Victoria Sau* apellido del padre corría peligro de perderse. Tampoco si tenía suficiente dinero para su alimentación, ajuar, mob il iario y todo lo demás. Si no lo había ( ella) pasaría con menos. "Las madres, por los hijos, se sacan la comida de la boc a", se decía. "Con sangre de cebollas lo alimentaba" escribió en una "Nana ... " Miguel Hernández desde la cárcel. Tampoco interesaba sí había quedado con la salud malparada a causa del embarazo y/o el parto. ¿Era alcohólico su marido, le pegaba, estaba en paro, tenía una amante? ¡Quién lo sabe! Son cosas de la vida, cosas que pasan, ¿a qué viene hurgar en algo tan cotidiano, tan anodino por lo tanto? Lo importante es que el biberón esté limpio, la habitación aireada (¡pero si estaban realquilados y era un cuarto interior!), las sabanitas bordadas (ella iba a Cáritas a que le dieran alguna manta), e higiene, mucha higiene (agua corriente, calentador, ducha o bañera ¿tienen todos los habitantes de la tierra todo esto?). Pero la mística de la maternidad estaba ah í, en su invisibilidad. Por supuesto que en los siglos XVIII y XIX se había escrito sobre las mujeres-madre, pero eran libros de especialistas para especia- • Psicóloga. Profesora de la Universltat de Barcelona. 61 ©Universitat de Barcelona listas. Decían, entre otras cosas, que las mujeres debían cultivarse algo más "para" ser buenas educadoras de sus crías. Pe ro no debían cultivarse demasiado "para" que ello no interfiriese en su delicado sistema reproductivo. La infancia había sido considerada hasta entonces un subgénero de la humanidad, aunque implícitamente se contaba con que llegarían a la adultez en cantidad suficiente para cumplir con las funciones de guerreros, artesanos, esclavos, siervos de la gleba, prostitutas, verdugos, policías, y hasta científicos y aventureros con tal de que estuviesen al se rvicio de las minorías dominantes. Los úteros de las mujeres eran como un cuerno de la abundancia que, sin poner apenas esfuerzo en ello -salvo el de sus propias vidasproveían al género humano de más género humano, sin detenerse a pensar si va l ía la pena. Y ¿quiénes son las minorías dominantes? Aquellas estirpes de padres que cuentan con un Padre fundador sea en el terreno biológico - al principio las descendencias numerosas garantizan la propiedad y son buen indicador para el caudillaje, 1 como en el espiritual, castas sacerdotales- , el económico, político y otros. Se trasciende la descendencia de sangre a la del conjunto de Individuos que acatan la misma Ley de un mismo Padre, sea éste un Sumo sacerdote, un emperador, un monarca absoluto e incluso constitucional. En estos casos, el Padre colectivo pone dele- 1. La Biblía. Génesis, 15,6 y 17, 19·21. 62 gados suyos en los lugares políticamente estratégicos y tambi én en la familia. Las mujeres, imprescindibles para el continuismo de la Paternidad, se convierten así en madres, hermanas, esposas. hijas, amantes o concubinas del padre de turno real, pero también simbólicamente del Padre fundador o su descendiente, bajo cuya Ley nacen, viven, se reproducen y mueren. La complejidad del tejido relacional es muy grande y crea una serie de intereses bastardos entre mujeres, entre mujeres y hombres, entre hombres, y entre jóvenes y adultos. Sólo los Padres se reconocen como iguales entre sí , lo mismo que los padres delegados, aunque ello no sea obstáculo, sino más bien al contrario, para que rivalicen entre sí , a menudo hasta la muerte (guerra). Y mientras, la infancia pasa a primer plano. La atención a las "madres para" de los dos últimos siglos, deja el lugar a la atención concentrada en las criaturas, de la mano de los nuevos profesionales, los "psi": psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas. Como dice Jane Swigart(1990) en The Myth of the bad mother, el interés por la infancia ha suplantado hasta tal punto el interés por la madre que no sabemos casi nada de ell a. A este propósito la autora narra un hecho que va más allá de la simple anécdota. Una psicoanalista famosa, Helen Deutsch, contemporánea de Freud, fue no sólo discípula suya sino que además fue psicoanalizada por él. Esta mu- ©Universitat de Barcelona jer, autora de una conocida obra en dos tomos sobre la Psicología de la mujer, en la que se muestra absolutamente fiel a las directrices de su maestro, escribió con el tiempo su autobiografía, y quizá para hacer verdad la fórmula analítica de que lo reprimido siempre vuelve, explica que durante su análisis con Freud nunca mencionó los penosos conflictos que experimentaba como madre. Había contratado a una nurse, madre sustituta, para cuidar de su bebé, al que ella amaba mucho pero podía dedicar poco tiempo. Esto tuvo lugar durante los dos primeros años de vida del hijo, en los que simultáneamente se producía su análisis. Ella calló este hecho y Freud no le preguntó nada al respecto, aunque H.D. piensa que él no quería darse por enterado de que una alumna tan bien dotada había renunciado a su rol materno para poder tener éxito en el mundo de los hombres, lo contrario de lo que recomendaba como divulgadora del pensamiento del maestro. (O quizá sólo se tratase de la "bella indiferencia" con que los y las psicoanalistas se posicionan ante los hechos más controvertidos). El caso es que la madre quedó doblemente escamoteada: la que usó de su libre albedrío para hacer compatibles su desarrollo profesional y su rol materno, y la a ratos madre sustituta con cuya cooperación se pudo llevar a cabo tal compatibilidad. También el siglo XIX fue prolijo en destacados libros sobre el matriarcado (Lafargue, Bachofen, Engels, Briffault entre otros), que pronto fueron tildados de poco 63 científicos y demagógicos por la ciencia oficial. Pero ¿acaso no significaban, en úl tima instancia, el deseo/necesidad de explicarse un mundo sin madre, dejado inerme a la velocidad de poder del Padre supremo? Es posible que el matriarcado fuera un espejismo, bien es verdad, pero aceptar que la humanidad se había puesto espontáneamente de pie con las madres indefensas y la Ley del Padre confeccionada a la medida del sexo masculino era pedirle demasiado a las gentes, por muy alienadas que estén. Así que, entre las "madres para" (simples medios para un fin ajeno a ellas mismas) y las madres Invisibles que traían hijos al mundo para ser recibidos por los Padres como un don (lo de la cigüeña y venir de París no era sólo por represión sexual sino para invisibilizar a la madre y que así no se la echara de menos), el "vacío" dejado por una maternidad ausente se me iba haciendo palpable, aunque hasta 1986 no le diera definitivamente este nombre, que luego sería el título de un libro en 1995. Por supuesto no soy la primera ni la única en haberse dado cuenta de que la maternidad no existe. El saber es acumulativo y yo reconozco deberle tanto a las autoras y autores que me han abierto los ojos, que me faltan palabras para darles las gracias. Simone de Beauvoir diciendo que los hombres arriesgan la vida mientras que las mujeres "sólo" la dan, me dió mucho que pensar. Pero sintonicé con Adrienne Rich que en 1976 ya se había ©Universitat de Barcelona cuestionado si podía llamarse realmente "ser madre" lo que una mujer hacía por otra, su hija, para convertirla en adaptativamente femenina, aunque esto lo hiciera por su bien. Y Gianini Belotti, en un capítulo de su libro Les femmes et les enfants d'abord (edición original en italiano, 1980) escribe que la madre es inaccesible, no una sino tantas veces como pretendemos acercarnos a ella con renovada ilusión, hasta que al final, se acaba buscando en un hombre lo que ella no nos dió. Y él no nos dará tampoco, por supuesto. ¿Es acaso la ausencia de lamadre la que empuja inexorablemente a una mayoría de mujeres a la heterosexualidad y al matrimonio? Lo cierto es que en 1981, en la primera edición del Diccionario ideológico feminista dije en la voz MADRE que esta figura de mujer venida a menos en el patriarcado "es indefinible por sí misma pues en cada tiempo y lugar son los hombres quienes deciden cómo ha de ser, cómo ha de actuar, qué debe hacer". En la voz HIJA tengo escrito que "la díada HIJA-madre fue separada, prohibida, rota a partir del matricidio original y el inicio del tabú del incesto a favor del sexo masculino". Y como corolario de lo anterior en la voz MATERNIDAD afirmé rotundamente que "la maternidad, en tanto que institución, no existe". Mientras que la PATERNIDAD es la "institución masculina que emana del pacto social entre hombres y en virtud de la cual todos y cada uno de ellos pueden teóricamente hacerse con los hijos de la mujer o mujeres que hayan adquirido por matrimonio. Y también con las no casadas en tan- to hayan señalado a un hombre como genitor de la criatura ... " (Estas definiciones, que he entresacado del texto completo del que forman parte en cada una de estas voces, se han conservado intactas en la segunda edición de 1989). Si la maternidad está subordinada a la Paternidad, esto quiere decir que lo masculino no tiene par, no tiene un igual diferente con el que dialogar, discutir y gestionar el mundo. Que el Padre subsume a la madre. Por esto en 1991 vine a decir que no podía haber ética de la maternidad sin Maternidad; y en 1994 definí esta pseudo-materni- dad como una impostura y a la madre como una impostora, bajo la fórmula [m ::: f (P)]. La madre está en función del Padre: no tiene un espacio real ni simbólico propio. El mundo gira sobre un eje masculino egocéntrico en cuyo torbellino ella se ve arrastrada. Por esto no es una Madre portadora ni de valores ni siquiera del feto que está en su seno pues que su seno no le pertenece. Funcionaria a las órdenes del Padre, es sencillamente una madre porteadora. Así que Fran,;:oise Collin, doctora en filosofía, escritora y profesora, en Les enfants des femmes ou assez momifié afirma que la madre es una invención del padre, puesta por el patriarcado para asegurar su perennidad, y la llama pmere (sic).2 2. LesCahiersduCrif17/18, Bruxelles 1977, pp. 34-35. 64 ©Universitat de Barcelona En un libro tan lúcido como inquietante cuya autora es Susanne Blaise podemos leer: "Habiendo eliminado la madre simbólica de la religión, del poder y de la cu ltura del lenguaje, ¿a quién pusieron los hombres en su lugar? A un fantasma de equivalente poder -aunque esta vez de un poder a su servicio- y que designaré con un término tomado de Gabrielle Rubín: La Fantasmadre."3 La Fantasmadre, viene a decirnos Blaise, ser ía la sustitución de la verdadera madre por los mitos más dispares sobre la misma: el hada y la bruja; la que puede dar todo el bien del mundo pero también todo el mal del mundo. Es Lilith y es Eva, madre de toda la humanidad. Se encuentra en el folklore, en los cuentos, y en el inconsciente colectivo, debidamente vehicu li zada por el terror masculino subsiguiente al matricicio primitivo. En '1991 Luisa Mu raro, filósofa, una de las mujeres más representativas del grupo ita li ano llamado Librería de Mujeres de Milán, publica El orden simbólico de la madre, libro que se inscribe en el pensamiento (feminista) de la diferencia. Murara acusa a los filósofos de haber silenciado, imitado y expoliado la potencia materna. Pero cifra la solución en amar a la madre, algo que no se nos ha enseñado a las hijas. Los hi jos varones, en cambio, son según esta autora criados en el amor de la madre, aunque ellos no se quieren dar por enterados y "aman a una madre muda". Quizá se refiera Muraro, aunque no encuentro donde lo diga abiertamente, a esa preferencia por los hijos varones que a menudo se atribuye con razón a las madres. La autora no hace referencia a que las mujeres vienen "obligadas" a tener hijos varones para satisfacer el narcisismo del padre real y las necesidades de linaje que el orden patriarcal requiere, además de las de obreros, soldados y sacerdotes. No hay más que observar de pasada los diálogos de las mujeres con sus hijos varoncitos para darse cuenta de que continuamente les están remitiendo al padr e, osea que les hablan "por ventriloquía" como dice Fran c;oise Collin. Investigaciones realizadas en las nurseries de clínicas maternales y hospitales dan como resultado que a los bebés se les habla-las personas adultasde forma diferente según sean niña o niño, pero a la vez el padre lo hace de forma diferente de la madre y viceversa. Es decir, la madre ya está adiestrada para dirigirse de una manera diferencial a su bebé según sea varón o niña, y esta distinción 110 es genuina sino patriarcal y le viene impuesta desde la cultura establecida. Hay un libro de La Biblia que me espeluznó fuertemente cuando lo leí hace muchos años, y es el episodio de la muerte de los siete hermanos Macabeos y la madre mis- 3. El rapto de los orígenes ... , p. 483 y nota 126 en p. 686. El libro de Gabrielle Rubin se titula La Phantasmere o Les sources inconscientes de la mysoginie, Laffont, París, 1977. 65 ©Universitat de Barcelona ma al final. El rey quiere que reconozcan a Júpiter como su dios, y ellos en cambio son seguidores de la ley de Yavé. El primero de ellos se enfrenta diciendo: "Estamos prestos a morir antes que traspasar las patrias leyes."4 El joven a continuación es brutalmente mutilado y, todavía vivo, frito en aceite hirviendo. La misma suerte corren uno a uno los otros seis hermanos, siempre en presencia de la madre, de la cual dirá el texto lo siguiente: "Digna de eterna memoria se mostró la madre, que viendo morir en un solo día a sus siete hijos, lo soportaba animosa por la esperanza que tenía en Dios; y en su patria lengua los exhortaba llena de generosos sentimientos, dando fuerza varonil a sus palabras de mujer ... "5 Si la relación madre-hija está rota, es dolorosa y todo lo que venimos diciendo de la misma, de una u otra manera tantas de nosotras, la de la madre y el hijo es una auténtica mascarada. Mientras que la separación madre/hija mantiene en el tiempo el orden patriarcal -de ahí la necesidad de amar a la madre como revulsivo a que se refiere Murarala convencional relación madre-hijo recrea dicho orden a cada nueva maternidad individual y a cada generación. De la relación imposible con la madre a la que los mismos hombres se han condenado, se derivan a lo largo de sus vidas sufrimientos terribles que ellos aceptan como algo inherente a su condición de varones, y 4. Macabeos 11 , 7, 2. 5. lb., 7, 20·23. La cursiva es mía. 66 les impide tener relaciones humanas satisfactorias con su cóngenere, la mujer. Y precisamente porque es aceptado crea orden simbólico, añadiría Murara. Y se transmite incluso por la educación. Sólo que esta educación la ejerce la madre sobre hijos e hijas desde el primer día. No hay un período "materno" que dé lugar después a otro "paterno". En mayor o menor medida la madre es ya una persona "paternizada". Por otra parte, es excepcional que sea la madre únicamente la que se haga cargo de la crianza y educación de la(s) criatura(s). Algunas feministas reivindican la maternidad como algo propio, genuino, a no perder. Maria Xosé Oueizán ( 1995) exclama: "¿ Cómo nos van a quitar una maternidad que nunca tuvimos?" Si la madre es la "pmere" (Collin), la persona que provoca en las hijas la matrofobia (Rich), la Fantasmadre (Rubin) o la impostora [m = f (P)] (Sau), es que alguien la ha suprimido, la ha muerto o asesinado. Que el orden mundial no es explicable por el mito del parricidio primitivo que nos legó Freud, y que ha funcionado desde entonces gracias a su generosa divulgación entre las gentes ilustradas, no tiene que decírnoslo nadie, basta con leerlo (Totem y Tabú). De las propias filas del psicoanálisis salieron las voces discrepantes a las que, como suele ocurrir en estos casos, no se les prestó la debida importancia. El trabajo más antiguo y ©Universitat de Barcelona significativo en este sentido se remonta a 1944 y su autor es Gregory Zilboorg. En él se define e interpreta el concepto de "matricidioprimitivo". Esta muerte se traduce en la exclusión de la Madre del contrato social, que por esta razón es en adelante sólo masculino. En el siglo XIX Paul Lafargue en El matriarcado, ya nos hizo observar cómo en la tercera parte de La Orestiada, Las Euménides, la madre era negada para los siglos de los siglos al considerársela simple porteadora de la semilla masculina, y esto en el acto fundacional de un tribunal en Atenas que estaba destinado a ser paradigma de las democracias modernas. Muerta la Madre, sólo cabía la posibilidad de que las humanas y humanos naciéramos de Padre. Y así ha sido aunque resulte paradójico. El simbolismo del hombre dando a luz a sus criaturas necesita repetirse con la suficiente frecuencia para que siga siendo creíble. Para que lo simbólico y lo real se penetren mutuamente. Un recorrido antropológico sobre este hecho se encuentra en el libro de Zapperi L'homme enceint (cuyo original en italiano es de 1979). Celia Amorós, por su parte, insiste desde el punto de vista de los géneros en la división entre espacio público -"todos los varones y sólo los varones"- y el otro, aquel en que han quedado las mujeres, separadas de los hombres. De modo que una mujer, desde esta posición de excluída, es menos referente para otra mu- 6. Hongos hobbesianos ... , p. 61. 7. lb., p. 64. 67 jer, aunque éste fuera su propia hija, que el varón hegemónico de su medio familiar. La madre es para ella un referente ambivalente en cuanto que lo descubre como defectivo. "El varón habrá de morir simbólicamente a la vida natural -renegar de haber nacido de mujer- para re-nacer a una nueva vida, la verdaderamente digna de ser vivida por un hombre, que le será infundida por un varón -su maestro iniciáticoel parto simbólico que legitimará para ser inscrito en otro cuerpo, el cuerpo político, espacio engendrado en el movimiento mismo por el que los varones se arrancan de sus vínculos naturales a la vez que se traman a sí mismos como la red de pactos que constituye la textura misma de ese nuevo corpus."6 Y es el pensamiento del filósofo Hobbes, el que le sirve para dar títu lo al artícul o, quien le confirma una vez más lo que está diciendo. Dice Hobbes, citado por Amorós: "Consideremos que los hombres surgieran ahora de la tierra, y de repente, como los hongos, llegaran a su madurez plena, sin ningún tipo de compromiso mutuo." La visión de los hombres oomo hongos, dice Amorós, es una descripción última de la autonomía: "la negación de haber nacido de mujer libera al ego masculino del vínculo de dependencia más natural y más básico".7 Queda bastante claro que los hombres nacen de varón a través de un re-nacimiento que en algunas cu lturas se expresa en forma de ri- ©Universitat de Barcelona tuales específicos, mientras que en otras ha quedado diluido en formas abstractas y simbólicas, hechas de gestos y microconductas que se vehiculizan a través del género, tales como la agresividad sin objeto, ciertos comportamientos verbales y otras. Pero también las mujeres nacen de varón, puesto que no hay Madre propiamente dicha. Todo lo humano, y por ende lo no-humano, les pertenece: ese es el abuso de poder. Las mu jeres son de los hombres por patroními· co; incluso cuando no hay un padre real declarado la institución patriar· cal más próxima, en cuya cima en las sociedades modernas está el Estado, le da uno, sea el del abuelo materno, el del santo del día, o alguno de los prefabricados con esta sana intención. El Matronímico como lo llama Blaise, ha sido obliterado para poner en su lugar el Nombre del Padre. ¿Cómo podría tener y dar nombre la Madre si no existe? En tanto que hijas de Padre las mujeres son consideradas por éstos, subproductos, de utilidad exclusivamente práctica, al modo como Aristóteles definió el sexo femenino como un "defecto" del masculino, al que tendía siempre la naturaleza, pero que ésta, en su error, proporcionaba l os medios para que siguieran viniendo varones al mundo, lo que después de todo no dejaba de ser una ventaja. No obstante todo lo dicho hasta aquí ¿qué tenemos que hacer con esa mujer que nos ha dado, de grado o por tuerza, la vida? El repro· che permanente tampoco nos lleva muy lejos. Otra cosa es la crítica que nos informa y nos edifica. Al· gunas mujeres la consideran nega· tiva pero no es mi caso. El reproche y la lamentación, el victimismo, sí que nos debilitan. En mi libro de 1995 El vacío de la maternidad, dedico un capítulo a La reconcilia· ción. No las justifica -porque si las justificara yo no estaría escribiendo lo que ahora escribopero ellas tampoco tuvieron Madre. Ese es el paradigma: cada mujer no tiene Madre incluida su propia madre. "Es por esto que como dice F. Collin (1977) la resurrecci ón de la mujer es la derrota de la pmere. Dicho de otra manera, liberarse la mujer es, en sentido retroactivo, liberar a la madre, el mayor acto de amor que puede darse. Po rque la propia liberación índ ica que la madre-fun- ci ón -del-Padre no ganó la partida, de modo que quien la ganó fue la huérfana que habla en ella, la mu· jer sin más."ª La reconciliación, por cierto, es la tercera fase de la dialéctica de Hegel y viene después de la dif e· renciación. Mi formación de base, pero, es la Psicología, un poco me· nos la Historia, y el resto lecturas libres. Me doy cuenta de que la mayoría de autoras que se inclinan por el paradigma de la diferencia la explican en clave psicoanalítica. Personalmente, por imperativo cultural, uso o discuto conceptos del psicoaná li sis, pero no lo utilizo como clave de bóveda de mi teoría. La Psicología, más allá de los especialistas, ha sido ec li psada en parte por la popularización que a. El vaclo de la Maternidad, 1995, p. 111. 68 ©Universitat de Barcelona Freud ha tenido durante un siglo por parte de sus discípulos y adeptos; un siglo en el que las mujeres no nos hemos visto favorecidas precisamente por sus presupuestos. La Psicología también es patriarcal, como todo discurso que está dentro de un orden, pero a mí me ha dado las herramientas necesarias y suficientes para entender el patriarcado y salirme, por lo tan- to , de él y poderlo estudiar en perspectiva. La Psicología se vio obligada a tomar el género como obje- to de estudio puesto que las diferencias formales entre niñas y niños, hombres y mujeres, estaban ahí, en una realidad que no se podía obviar. Se empieza por el dimorfismo sexual y se sigue con la inteligencia y la personalidad. En 1903 Hellen Thompson hace un estudio y dice que por más que se igualen edades, nivel cultural, etc. las experiencias que han tenido los individuos de uno y otro sexo son tan distintas que no se pueden homologar los resultados. Se habla todavía de "diferencias sexuales" pero al mismo tiempo de "masculinidad" y "feminidad" como en el caso de un test de esta índole, un clásico en la materia, que data de 1936. 9 El género y sus diferencias se aprecia en el lenguaje -simbóli- co-, en el sistema de representaciones -simbolismo ps icosocial-, en la representación mental de las cognicion es -psicología cognitiva-, etc. El estudio del género ha dado mucho juego al feminismo y lo seguirá dando mientras no se extinga del todo el patriarcado. Incluso la teoría de los roles, un subgénero del género, nos enseñó cómo los correspondientes a la relación entre hombres y mujeres (cfr: esposo/a) eran complementarios y no independientes -d i ferentescomo ejercer de pastora o de bombero. Quebrantar roles, además, es una necesidad social, un motor. Por esto en 1988 pude presentar un trabajo en el que entre las características del género figuraba la de estar jerarquizado -lugar común en Psicología-y la de ser vinculante -aqu í ya daba un paso más. Dlcho trabajo lo incorporé a la segunda edición del Diccionario en 1989, bajo la voz GÉNERO. A la psicología del género -gra- cias a la cual se practican en el área occidental psicoterapias liberadoras para las mujeres-corres- ponde el esquema de la página siguiente (Cuadro 1) . Lo biológico, maximizado; lo psicológico subordinado a las necesidades del Padre; y lo social, prohibido. Y el conjunto, el esquema al completo, diseñado y normalizado por el orden patriarcal. (La mayor parte de autoras feministas están de acuerdo con estos tres parámetros). Otra ventaja del género es la de ser una categoría de análisis extrapolable a otros conjuntos o agregados sociales que no sean las mujeres y los hombres propiamente dichos, conservando la carga simbólica que opera sobre éstos. Algo así quise decir, quizá de forma demasiado breve, en mi artículo Feminismo: la revolución total (1983) . Sirvan de 9. Sus autores son un psicólogo y una psicóloga: Terman y Miles. 69