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Discurso leído en la solemne apertura de los estudios de la Universidad literaria de Oviedo : el día 1o de Octubre de 1857...

Anchoriz, José María (1813-1877); Universidad Literaria de Oviedo

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X.E1I)0 EN LA. SOLEMNE APERTURA DE LOS ESTUDIOS de la UNIVERSIDAD LITERARIA DE OVIEDO el «lia 1.® de octubre de I85S 1 , doctor en jurisprudencia y en letras, CATEDRÁTICO DE LITERATEA LATINA EN LA MISMA UNIVERSIDAD . socio (le la academia de arqueología etc. OVIEDO : IMPRENTA y LITOGRAFIA DE RRID, REGADERA Y COMP. CALLE CANONIGA, NUM. 6- 1857. ■ 'Vi ‘ 1 ' i T Sd at»i ÍIU. - írJTíM'i/. 3KJÚU<1% ¿.I ’ . ' • >' : ■ : :V.: :ri BIOGRAFÍA' Y JUICIO BE LAS OBRAS QUE ESCRIBIÓ EL ILUSTRISIMO Y REVERENDISIMO PADRE FRAY BENITO GERÓNIMO FEIJÓO BEL CONSEJO DE & MAESTRO GENERAL BE LA ORDEN BE SAN BENITO de la reteia de Valladolid. • , «Libros enirn ejus (Homeri) cum in manu sumimus, usque ad extreman syllabam suscipimus, et nescio quid magis requirimus.» (Dionysio de IIalicarnasso.) ILUSTRISIMO SEÑOR. Voy á recordaros las virtudes y la ciencia de un monje benedictino que, habiendo ejercido hace mas de un siglo el profesorado en esta escuela, ilustró con sus luces á la España entera, y murió aqui para vivir siempre su memo¬ ria. No había nacido en Asturias el Padre Fr. Benito Feijóo, pero vivió en ella cincuenta y cinco años, en ella es¬ cribió todas sus obras, y no quiso cambiar ni aun por la corte, este privilegiado suelo que le otorgó por adopción los derechos que correspondieran á sus predilectos hijos. En este sitio, desde esta misma cátedra brotaron de su boca raudales de elocuencia que bebieron ansiosos sus afor¬ tunados discípulos, y que forman una parte del precioso depósito de saber que ha sido trasmitido basta nuestros dias. Después de ese largo período vengo yo, forastero también, pero honrado* con ser vuestro compañero, á evo¬ car el grato recuerdo del que en mi infancia oi nombrar con respeto y adolescente leí con admiración. Si mas ver¬ sados que yo en todo linaje de estudios, y acaso mejor pe¬ netrados del espíritu que animó á Feijóo al escribir sus obras, y que la tradición os ha legado, hallaseis mal fun- dadas mis observaciones, confio en vuestra benevolencia que fijareis la atención solo en él, no viendo en mí sino al desvalido viajero en la república de las letras que lle¬ ga á poner una hoja en la fúnebre corona que vosotros colocaisteis sobre su sepulcro. Trazaré primero el cuadro de su vida, á fin de ocuparme luego en el exámen de sus escritos, valiéndome para aquel de la sucinta biografía es¬ crita por el conde do Gampomanes, de las noticias pu¬ blicadas por escritores asturianos y gallegos, y de las que debo á los monjes del colegio de San Vicente, ó del mo¬ nasterio de Samos, y á otras personas amantes de la ilus¬ tración. D. Benito Gerónimo Feijóo vió la primera luz el dia 8, de Octubre de 4676 eu Casdemiro, pequeña aldea de la parroquia de Santa María de ; Mélias, provincia de Oren¬ se, distante dos leguas de la capital. Fueron sus padres D. Antonio Feijóo» y Montenegro y Doña María de Puga, ambos de ilustre cuna, y ella rama del mismo tronco que San Rosendo , arzobispo, capitán general y fundador del monasterio de Celanova en Galicia (1). Si el amor filial no hizo á nuestro monje mirar por exagerado prisma las dotes de su padre, diólc el cielo alguna, que no pocos en¬ vidiaran, siendo tan feliz su memoria, (2) que casi pudie¬ ra competir con la de Séneca, (3) pues aprendía en una hora trescientos versos de Virgilio. Estudió la gramática latina en un año con perfección, y demostró ser bueno y fecundo poeta, dictando á veces dos y tres hojas de her¬ mosos versos. Desde muy joven indicó D„ Benito su voca- (1) Gándara, nobiliario, lib. 2, cap. 9 y 12. (2) Teatro crítico, t, 4.°, discurso 14. (3) Hanc (memoriam) aliquando in me íloruisse, ut non tantum ad usum sufliceret, sed in miraculum usque procederet, non negó. Nam ct dúo millia nominum recitata, quo ordine erant dicta reddebam, et ab bis qui ad audiendum praceptorem nostrum eonvenerant singulos versus á singulis datos, cum plures qqam ducenti eíficerentur, ab ultimo incipiens usque ad primum recitaban. (Marcus Annceus Seneca, controversia;, lib. 1.) ciou hacia el claustro, aunque á despecho de imprudentes consejeros que pretendieron recabar de su padre indebi¬ da resistencia, bajo el pretesto de sus superiores dotes para los estudios. Empeño vano, porque les contestó que esa era la causa para dedicarlo con mas gusto al servicio de Dios en el retiro de un monasterio. A los catorce años to¬ mó el hábito en el de San Julián de Samos de la orden de San Benito, y su perfecta inclinación y el acierto de su padre quedaron comprobados con setenta y cuatro años de vida monástica ejemplar, y con haber asegurado un año antes de morir que desde que vistió la cogulla, ni un solo instante habia vivido descontento con su estado. Indelebles han sido los recuerdos que en Samos dejó de sus talentos, y los hechos y anécdotas que con él tuvieron relación, corrían de boca en boca dentro y fuera del monasterio. Desde muy al principio demostró lo mal avenido que estaba con los duendes y fantasmas á que el vulgo crédulo da fᬠcil ascenso. Solia aparecerse una á los monjes, á tiempo que iban á coro á media noche, y aterrados con su pre¬ sencia, consultaron al P. Feijóo, quien les indicó los me¬ dios de ahuyentarla, idénticos á los que aconseja en sus cartas, y muy distintos de conjuros y exorcismos. Sin em¬ bargo,’no fueron adoptados, y los religiosos que hoy viven vieron una cruz en el claustro que su piedad hizo dibu¬ jar, á fm.de libertarse de tan maléfica influencia. Hechos sus estudios en Lerez y Salamanca, (4) y después de des¬ empeñar los cargos de pasante y lector de artes en Samos, vino en 1709 al colegio de San Vicente, donde fué nom¬ brado para el segundo de dichos cargos, (2) y en el mismo año recibió los grados de licenciado y doctor en sagrada teología. En el archivo de esta universidad se guarda cui¬ dadosamente el memorial que elevó al claustro solicitando (4) Carta 20, tomo 2.° y 51, tomo 4.° (2) Carta 22, tomo 2.* 4 la borla, y al pie tiene estampada su firma autógrafa, única que he podido hallar. No había trascurrido un año cuando obtuvo por oposición la cátedra del angélico Santo Tomás de esta escuela, ascendiendo por grados á las superiores hasta la de prima, de la que obtuvo su jubilación en 13 de Mayo de 1739. (1) Entre vosotros hay un benemérito profesor que pertenece á la familia del que desempeñó la honrosa tarea de reemplazar al P. Feijóo, cuando sus acha¬ ques ú otras causas le impedían la asistencia á la cátedra. Libre ya de la enseñanza, pudo dedicarse á la publicación de sus obras comenzada el año 1726 y concluida en 1760. Elias y su mérito universalmente reconocido le dieron den¬ tro de su orden la importancia de que era digno. Fue nom¬ brado maestro general con voto perpétuo en el capítulo, tres veces abad de su colegio, cuya dignidad le ofrecieron también los monasterios de Sanios y de San Martin de Ma¬ drid, (2) y habría alcanzado la altísima de prelado gene¬ ral, sino lo rehusara con insistencia, y á no mediar la con¬ sideración de que ese cargo podía entorpecer el curso de sus estudios. Se le dieron en cambio los honores, y bien puede afirmarse que la verdadera cabeza de la religión benedictina residía en Oviedo, no resolviéndose asunto nin¬ guno de gravedad sin consultarle. No escasearon las mues¬ tras honoríficas fuera de la religión. La real academia mé¬ dica de Sevilla le incluyó en el número de sus socios, y otras varias pretendieron conferirle análogas distinciones que su modestia se negó á aceptar. El rey D. Fernando YI le concedió los honores de su consejo en los términos mas (1) Existen también en el archivo una sobrecarta del consejo de 20 de Setiembre de •1750 mandando al claustro que informe sobre una solicitud del P. Feijóo para que se le per¬ mitiera hacer oposición á la cátedra de prima, á pesar de estar entonces jubilado de la de vísperas, una real provisión de 8 de Noviembre del mismo alio , accediendo á su pretensión, y otra en que se le concede jubilación de la de prima. (2) Teatro, tomo 5.° prólogo. lisonjeros, (1) y que demuestran el señalado aprecio que hacia de sus prendas D. Carlos III le honró con espresiones de suma benevolencia, y le hizo donación de un ejem¬ plar de las obras del Herculano. La fama de su mérito cundió de tal manera, que de todas partes acudían ó verle y escucharle. Entre otros, siete rústicos naturales de Aragón, de ese pais donde todo sen¬ timiento noble y generoso tiene cabida, vinieron al cole¬ gio pocos meses antes de su muerte, y suplicaron les per¬ mitiesen ver al Padre que, decían ellos, tenia tanta fama por su tierra. De esta suerte se repitieron en nuestro benedic¬ tino los escasos ejemplos de Tito Livio visitado por un gaditano que fue sin otro objeto á Roma, (2) según refiere Hiño el joven, y de Archistas Tarentino por Plutarco (3) Tan relevantes muestras de estimación general no fueron parte para levantar dentro de su alma el humo de la vanidad: siempre humilde, siempre modesto, decía a los que iban á visitarle de países lejanos que lo agradecía, pero que no comprendía el gusto que pudieran tener en verle, porque no era sino un hombre medio muerto y un saco de tierra. Jamás pretendió que su voto prevaleciese en el monasterio, ni en la universidad ; trató á todos con dulzura, y ni en su porte, ni en el adorno de su celda se distinguió de (1) La aprobación y aplauso, (lice la orden de S. M fecha 17 de Noviembre de 1748, que lian merecido á propios y estrafios en la república literaria las útiles y eruditas obras de vos el maestro Fr. Benito Feijóo, digno hijo de la religión benedictina, mueven mi real animo A hacer manifiesta mi gratitud A tan provechosos trabajos, y A que sea notorio el deseo que rae asiste de que continúen con igual acierto, para mayor lustre de mis vasallos. Por tanto he tenido A bien , conociéndoos acreedor al señalado titulo de mi consejo , conde¬ coraros con él, como mis gloriosos predecesores le dispensaron A los obispos de estos rei¬ nos , etc. (Archivo de esta Universidad.) (2) Nunquam legisli Gaditanum quendam Titi Livii nomine gloriaque commotum.ad visendum eum ab ultimo terrarum orbe veniisse , statimque ut viderat abiisse? (Epístola 3. a Nepoti, lib. 2.) (3) Sic Plato... Architam Tarentinum vidit, ut qui Athenis magister erat, et potcns, fieret peregrinus et discipulus, malens aliena verecunde dicere, quan sua impudenter ingercrc. (S. llieronymus, ¿pistola 2.° ad Paulinuin presbyterum.) ^ n mas alio grado el amor á la ilustración de sus semejantes. Nacido para procurar el bienestar de cuantos le rodeaban, ya que no le era dado desde su humilde celda, ni con la escasez de sus medios estender á larga distancia su bené¬ fica influencia, halló mas dilatada esfera aclarando sus in¬ teligencias, y disipando las nieblas que las ofuscaban, á fin dé que les hiriese de lleno la luz de la verdad. Escribió en castellano, siguiendo el consejo de Fr. Luis de León, (3) porque hablaba al vulgo, y necesitaba que este le comprendiese. Para conocer la importancia del servicio que prestó, tomemos en cuenta el estado de nuestra patria a principios del siglo XVIII en que comenzó su empresa. Poco habré menester decir sobre las ciencias naturales y esactas. Bas¬ tará abrir los libros que para su estudio se ponian en ma¬ nos de la juventud , y se comprenderá el deplorable estravío a que condujo la funesta manía de dar un carácter metafísico y de abstracción á lo que solo puede fundarse en la esperiencia. El ilustradísimo P. Deschales, al hablar del progreso de las matemáticas, esclamaba:« Q uisenim hodierna philosophi phisicce prmertim > inanitatem cequo animo tu - leritl » Hasta en la teología misma, apesar de que habían flo¬ recido en el siglo XVI un Lemos, un Molina y un Suarez, ingenios colosales, sus sucesores, muy distantes de su gran¬ deza , se empeñaron en debates ardientes sobre cuestiones ajenas á la ciencia, dando el triste espectáculo de sus aca¬ loradas discordias, al paso que en otras naciones debela¬ ban gloriosamente á los hereges, por sostener las sanas doctrinas sobre la tradición, la autoridad de la iglesia, la del romano pontífice, y sobre puntos controvertibles de la historia eclesiástica. Asi se descuidó el dogma por atender (3) .«Porqué Tos quieren mas en latín? No dirán que por entenderlas mejor, ni harán tan de latinos que profesen entenderlo mas que á su lengua , ni es justo decir que por¬ que fueran entendidas de menos, por eso no las quisieran ver en romanee, porque es envi¬ dia no querer que el bien sea común á todos, y tanto mas fea cuanto el bien es mejor.» á las cuestiones escolásticas, y mientras esgrimían sus ar¬ mas unos contra otros los defensores de la fé católica, vol¬ vían la espalda al enemigo común que infatigable se iba in¬ troduciendo en el campo de la verdadera creencia. La me¬ dicina qué era en aquel tiempo? Otro campo en que cada cual contendiente se afiliaba en el bando que la casualidad ó su genio le deparaba, sin tener en cuenta los únicos fundamentos sobre que asienta,la observación y la esperiencia. En el derecho acontecía un fenómeno análogo: no hay sino leer los alegatos de aquel tiempo, y las defensas pronunciadas ante los tribunales. Fárrago inconexo de citas de autores sin orden ni concierto en su mayoría, de modo que el que mas largo catálogo exhibía, aquel tenia la razón de su parte: nada de juiciosas reflexiones, ningún dato his¬ tórico, ni aun de la misma legislación que, aclarando su origen, descubriese al propio tiempo los caminos por don¬ de había llegado á tomar asiento en los códigos. La ense¬ ñanza, en general, dada en lengua que no permitía á los maestros, por mal usada, la clara espresion de sus ideas, ni de consiguiente su recta inteligencia á los discípulos (1). El pulpito, no hay para que detenernos en demostrar su lastimoso estado. Quien haya leído los sermones de los que mayor fama alcanzaron, para uno tolerable, habrá ha¬ llado ciento en que á lo pedante se unía lo confuso, á la afectada sublimidad, las estravagancias y chocarrerías mas vituperables. Y si esto hacían los maestros de todas las ciencias, los guardianes de la salud y de los intereses so¬ ciales mas importantes, los intérpretes de la palabra del Se¬ ñor, qué suerte correría el desamparado vulgo? Errores eran sus mas estimadas creencias, la verdad muy escasas veces iluminaba su espíritu, y en agricultura, en las artes, (1) Por eso decían los cstranjeros con Barclay acerca de los espafioles: Veterem ac pe - ne barbaran in quwrendís scientüs rationem obtinent. u en el trato social, no veia mas que los delirios que su ciega imaginación le presentaba, ó que unos á otros enseñaban. En obsequio a la verdad hemos de reconocer que, si al¬ gún destello salió para alumbrar, aunque de tarde en tar¬ de , á nuestra oscurecida España, vino de los claustros. El P. Fr. Gerónimo de Salamanca se atrevió a decir que des¬ de que se movieron las disputas sobre ciencia media y físi¬ ca predeterminación, padeció aquella grave detrimento li¬ terario. Cuando el consejo exhortó á las universidades y á los sabios para que escribiesen cursos de todas las cien¬ cias , quién fué sino un capuchino el primero que se atrevió á denunciar los abusos? Cuánto padeció el P. Rivera por haber combatido los errores en que incurrió la universidad de Salamanca , el P. Isla por satirizar los defectos del pul¬ pito? Demos gracias á la Providencia de que entre nosotros se encendiese aquella luz dentro de los conventos, ó al me¬ nos por personas verdaderamente religiosas. Nada hubo de común entre nuestra regeneración intelectual y la de otros países harto desgraciados, porque si rompieron los lazos que ligaban los conocimientos humanos, pretendieron tam¬ bién romper otros indisolubles que nos enlazan al supremo Criador, y son esencial condición de nuestra existencia. En tan crítica situación vino al mundo de las letras Feijóo. Cervantes apareció cuando la maniática lectura de los libros de caballería hacia necesario un poder bastante fuer¬ te para desviar á los entendimientos de su necia inclina¬ ción. Feijóo en el tiempo que las preocupaciones vulgares habían dado carta de naturaleza al error, y desterrado la verdad. Aquel logró su propósito por medio del ridículo que nadie ha manejado con tanta habilidad, y quedaron ra¬ dicalmente curados los espíritus. Feijóo, sensible es decir¬ lo, no lo consiguió. Tiene el error tal ascendiente sobre nuestro corazón, cuando ha llegado á arraigarse profunda- 15 mente, y favorece nuestras propensiones á lo maravilloso, que nos volvemos contra el mismo que quiere sacarnos de él. Y como el vulgo no se compone solo de los ignoran¬ tes, sino también de los que en la sociedad tienen plaza de sabios, es muy común verlos á todos unidos en apretada falange, para resistir al que pretende desvanecer sus que¬ ridas preocupaciones. Por eso le llama el valeroso monje el Sr. Alcalá Galiano (1), mas valeroso que Cervantes, por que este no iba á destruir sino una grata ilusión, á cer¬ cenar el solaz propio de un rato de esparcimiento : aquel tenia que combatir los mas caros intereses. Cómo habían de reconocer los médicos que su ciencia era falible, mas falible que casi todas, por lo mismo que versa sobre obje¬ tos que no podemos estudiar bien, y los enfermos de creer muy espuestos á errores á los que hasta entonces miraran como oráculos, y de quienes aguardaban nada menos que la salud? Quién era capaz de convencer al hipócrita de su interes en la virtud, al avaro en el desprendimiento, al pretendido sabio de su ignorancia, á los ardientes escolás¬ ticos de la inutilidad de sus disputas, y de arrebatar al vulgo los objetos en que veia una virtud sobrenatural, y tantos milagros convertidos en delirios de su fantasía, ó en sucesos de la mas común esfera? Contra tan poderosos ele¬ mentos luchó, y al entrar en la lucha, su candor y buena fé le persuadirían de que con la razón podría traer á buen camino los estraviados entendimientos (2). No fue así: casi todos los ilusos cerraron los ojos, y armaron sus corifeos tan formidable cruzada, que cualquiera menos animoso hu¬ biera abandonado el campo. Se mantuvo firme en él, aunque ya fuese la edad, ya la índole aviesa de sus detractores, cal- (1) Historia general de España, (2) Al hablar de los aplausos que tributa el vulgo al que deGende hasta con furor sus preocupaciones dice: «Esta razón no seria bantante para retraerme del empeño, porque no me dominan los vulgares miedos que aterran á otros escritores.» (Teat. t. 5.*, discurso 16)» 10 marón mas adelante el ardor hasta de la propia defensa, y le hicieron prorrumpir en sentidas quejas por lo mal que algunos correspondían á sus caritativos afanes. Pero la se¬ milla que esparció ha fructificado paulatinamente, y hoy que, ajenos á todo interes apasionado, nos hallamos á un siglo de distancia de esos debates, podemos examinar los hechos á la luz de la crítica imparcial, llevando en la mano la piedra de toque de la esperiencia. Esta es la que en inapelable juicio ha de fallar si fueron utopias y delirios de un innovador las opiniones que sustentó, ó si, mas cuerdo que sus contemporáneos, supo dar á la filosofía los fueros de la razón, á la medicina su verdadera importancia, á las opiniones comunes el lugar que mereciesen. La primera obra de Feijóo que ha llegado a mis manos es un sermón que predicó en esta catedral el dia 13 de Setiembre de 1717, en las fiestas celebradas con motivo de la traslación de la imágen de Nuestra Señora del Rey Cas¬ to á la capilla que se construyó con este nombre, y que existe impreso en la relación que de ellas se publicó. Si por esta primera muestra hubiera de juzgarse de su méri¬ to, no quedaría muy bien parado el autor, porque el esti¬ lo se hallaba contagiado del mal gusto dominante de la épo¬ ca, y al que hubo de pagar ineludible tributo; pero al lado de ese defecto resplandecen tantas bellezas, erudición tan sorprendente, tantos chistes y agudezas, que hacen olvidar¬ lo, y hasta amenizan su lectura. El principio, de notable, aunque no muy grato desenfado, dice asi: «No hay exhordio, señores, porque hay mucho que decir, y es menester despachar.» Solo teniendo en cuenta los dislates que en¬ tonces se oian en el púlpito cabe disculpar esa ruda fran¬ queza, asi como las frecuentes comparaciones que, sin ve¬ nir al caso, aduce su imaginación, con tanta violencia como ingenio. Es otra producción suya la respuesta dirigida en 17 nombre ajeno á un sacerdote acerca do los hechos que motivaron los procedimientos del obispo de Oviedo contra el prepósito del seminario de Contrueces, culpando al que los presentó bajo un aspecto falso, y que hizo recaer la providencia del prelado. Puede mirarse como un alegato que no desdeñaría el mejor de los letrados. La tercera, notable por no haber sido publicada, es un informe dado en 3 de Agosto de 1757 (1) acerca de la preferencia que debían tener los regulares graduados sobre los llamados manteistas, que eran los seglares, para la obtención de las cátedras. Este informe que quizá se elevaría al consejero director de esta escuela, ó al obispo de la diócesis, como juez en las oposiciones á cátedras, es indudablemente obra suya. Su estilo, sus ideas, el conocimiento de los objetos sobre que versa, la edad y carrera del que la estendió se adaptaban completamente á Feijóo. Ya se comprende que una obra de esta clase no prestaría suficiente motivo para ostentar sus dotes, y por otra parte era muy difícil que el interés de cuerpo no diera a la cuestión un colorido de apasionamiento. Lo tenia en electo, aunque poi lo demas estaba redactada con la naturalidad y fluidez que resaltan en todas sus obras. Otras escribió en prosa, asi como va¬ rias poesías ligeras en las que no nos detendremos, á fin de pasar al exámen de las de mayor importancia. Estas consisten en el teatro crítico y las cartas, impresas en tre¬ ce regulares volúmenes en 4. Constan de doscientas ochen¬ ta producciones entre discursos y cartas, de estension y profundidad muy diversas, y en que por lo regular las últimas se distinguen por la brevedad, y de consiguiente por tratarse en ellas mas someramente las materias. La variedad es prodigiosa, y apenas hay género alguno que no haya tenido conveniente colocación. El mayor numero (1) Existe en el archivo de esta Universidad. r 10 está destinado á combatir errores populares respecto á duendes, magia, zahories, milagros supuestos, astrología, energúmenos, eclipses y otros cien objetos y prácticas abusivas. Se ocupa muy señaladamente de la medicina, con¬ tra cuyos errores y empirismo entonces dominante ejerci¬ ta su ilustrada crítica: examina muchos y curiosos proble¬ mas de física, historia natural y matemáticas : discute árduos puntos sobre historia, administración y política: in¬ dica los vicios de la pública enseñanza que pocos mejor podían conocer, dedicado como estuvo á ella por espacio de treinta años dentro y fuera del claustro : y por fin se ocupa de otros ramos que fuera prolijo enumerar, como filología, música, geografía, y hasta, á fuer de galante, to¬ ma á su cargo la defensa de las mujeres. Fácilmente se advertirá, al tender la vista sobre este boceto de sus obras, que no era dable mostrase en todas igual profundidad de talento, la misma copia de erudición. Los hombres omnis¬ cios no existen, y el tratar toda clase de materias con igual ostensión solo es dado á las polianteas, donde muchos in¬ genios aportan el caudal de sus conocimientos. En espe¬ cial las cartas no versaron sobre asuntos elegidos por él, sino propuestos por otras personas á cuyas instancias no pudo menos de deferir. En medio de esa prodigiosa fecun¬ didad , qué erudición tan admirable, qué claridad, qué sol¬ tura, y sobre todo qué fuerza de convicción, y que amenidad! Bien puede asegurarse que hay pocas lecturas tan agrada¬ bles como la de Feijóo, y los hombres bastante justos para dar á cada tiempo lo que le pertenece, no podrán me¬ nos de confesar que, si hoy viviese, teniendo á la mano medios bastantes para recibir la doctrina de nuestro siglo, seria un portento de instrucción. He dicho que entre las preocupaciones que preferen¬ temente combatió se cuentan los duendes, magia, zahories 10 y otras de este jaez. Han sido de todos los países y de lo¬ dos los tiempos: lo son lioy, y acaso lo serán siempre. En qué pueblo no ha aparecido de cuando en cuando algún duende que turbara el sosiego de cierto barrio, ó el de to¬ dos los vecinos? Nuestro benedictino daba un solo reme¬ dio que consistía en un arma de fuego bien preparada, y es seguro que con él quedaría limpio el mundo de los en¬ cubridores de fraudes y de delitos. Nada diré de los ener¬ gúmenos que todos no conozcan bien. Los que hayan asis¬ tido á una de las reuniones en que con motivo de ciertas festividades se congregaban hace poco tiempo en un pun¬ to centenares de ellos, sabrán lo que puede en unos la malicia de aparentar lo que les conviene, y en otros una enfermedad puramente natural, elevada por sus interesa-' dos á la categoría de efectos producidos por el enemigo del linaje humano. Ya se entiende que, al hablar asi, dejo en su lugar la creencia en los que pueden ser verdaderos, porque la iglesia los reconoce, y ella es la guia de mi fé; pero los considero tan escasos, que, al lado de los muchí¬ simos falsos, apenas se perciben, y estos son los que com¬ bato. Qué necesitamos recurrir á tiempos pasados, ni á los energúmenos, para hallar sancionados por la opinión de ciudades enteras sucesos tan repugnantes como aquellos á la sana razón? Pensemos solo en el magnetismo. Tal vez vosotros habréis oido á algún embaidor persuadir á sus oyentes de la trasposición de los sentidos en el estado mag¬ nético, esto es, de que el conducto para trasmitir las im¬ presiones de los objetos esteriores se había cambiado, pa¬ sando al tacto el de la vista, á este el del oido, y verifi¬ cándose otras análogas trasformaciones. Y lo que es mas repugnante, haberles convencido de que existe un conoci¬ miento de lo que sucede á cien ó á mil leguas de distancia. Cabalmente el ritual romano para los exorcismos marca 20 esta adivinación como una de las señales de los verdadera¬ mente poseidos del espíritu satánico. A tal punto de abyec¬ ción llegan los entendimientos cuando, renunciando á la alta dignidad con que el supremo Hacedor les ha investi¬ do, desdeñan sus mas nobles prerogativas, y queman in¬ cienso ante el ídolo del error. No basta tampoco que se¬ mejantes estravíos se vistan con el manto de la ciencia; porque la ciencia no vence imposibles, ni el espectáculo de las admirables conquistas hechas en el terreno de los adelantamientos nos autoriza para creer lo que se opone á nuestra razón. También los zahories han tenido grande bo¬ ga en todos tiempos. Se concibe muy bien que el deseo de adquirir riquezas con poco trabajo persuadiera á los igno¬ rantes de la existencia de tesoros subterráneos; mas pare¬ ce increible, si la realidad no lo confirmase, que supusie¬ ran la penetración de su vista al través de las capas de la tierra, y que siendo esos adivinos de la clase mas pobre, enseñaran á los demas lo que harto necesitaban para sí mismos. Los saludadores, pretendiendo curar con la saliva, ó por otros medios, no han sido escasos. Yo he visto á uno ejecutar sus falsas artes, y cuando apercibidas de ta¬ maña supercheria las personas cultas, la hicieron pública, agitarse las masas populares á quienes convenció de que se le había arrebatado su maravilloso poder. Los sucesos inesplicables siempre han sido gratos al vulgo, porque los mira como un nivel que iguala su igno¬ rancia con los ordinarios fueros del saber. De aqui la mul¬ titud de milagros creídos sin exámen por la generalidad, y respetados aun por hombres ilustrados que huyen de la no¬ ta de impíos, si sujetan al crisol de las buenas doctrinas las creencias vulgares: como si á merced de cualquiera ce¬ rebro enfermizo, de un celo indiscreto, ó de manejos in¬ teresados hubiese dejado Dios la facultad de trastornar las 21 leyes de su obra. La doctrina celestial tiene por sí sola to¬ do el influjo que ha menester para conducirnos por el ca¬ mino de nuestras buenas acciones á la patria de los jus¬ tos. Los milagros verdaderos, los examinados y declarados tales por la iglesia son el mas fuerte testimonio de la san¬ tidad de nuestra fé; pero los milagros fingidos sirven de pretesto á los infieles para negarlos todos. Lo peor es que los errores no quedan limitados al vulgo cuya ignorancia tiene disculpa, sino que hallan cabida en los escritores, haciendo vano aprecio de cualesquiera rumores populares. Cree el docto lo que finge el vulgo, y después el vulgo cree lo que escribe el docto. Por eso el sapientísimo Mel¬ chor Cano (1) se duele amargamente, y en términos que no me atreveré á repetir, del daño que á nuestra religión causan tan fabulosas relaciones. Pero entre todos los falsos milagros que el P. Feijóo combatió, ninguno mas ardoro¬ samente que uno, el cual ya por suponerse verificado en este pais, ya por las circunstancias especiales que concur¬ rieron, merece que llame hacia él vuestra atención. Todos sabéis que á la distancia de cerca de tres leguas de Can¬ gas de Tinco hay en despoblado una ermita dedicada á San Luis, y poco visitada ordinariamente: solo el dia del Santo, el 19 de Agosto, se celebra la fiesta con tan gran¬ de concurso, que la iglesia se llena por completo. A mi¬ tad de función se observaba el estrado fenómeno de que en las vestiduras del sacerdote celebrante, algunas veces en el cáliz para la consagración, y en los altares, solian apa¬ recer algunas flores que ni el viento, ni otro medio natu¬ ral hubieran llevado á tales sitios. Las crédulas gentes tu¬ vieron su aparición por milagrosa, y varios autores nacio¬ nales y estranjeros la 'mencionaron en idéntico concepto Contra todos tomó la pluma el decidido monje, y demostró (i) Lib il de Locis Theologicis. 28 ludios decretado en 12 de Abril de 1774 para el régi¬ men de nuestra Universidad, donde, al hablar de la facul¬ tad de artes, se señala para testo el Goudin, pero encar¬ gando, «que se aparten de la enseñanza todas las cuestio¬ nes supérfluas que descarta de los estudios fdosóficos el P. maestro Fr. Benito Gerónimo Feijóo, teniéndolo pre¬ sente los catedráticos, para que la juventud no malogre el tiempo en cuestiones ridiculas.» Pero si mereció la aprobación del monarca, en cambio atrajo las iras de dos escritores, el uno anónimo y el otro el P. Fornés, quienes publicaron aquel dos tomos, este uno en defensa de un autor combatido por Feijóo. Victrix causa Diis placuit, sed victa Catoni. El célebre Raymundo Lulio escribió una lógica con el título de Ars magna , en la que pretendió enseñar el buen orden de los conoci¬ mientos humanos bajo una forma que en su sentir era la mas adaptable para su completa adquisición. El método seguido consistía en una división á cuyas partes llamó alfa¬ beto, figuras, definiciones, reglas y otras hasta el número de trece. He leído con no escasa paciencia toda su obra, y me persuado firmemente de que tan est.raña ordenación del saber, lejos de contribuir á la ilustración de nuestra in¬ teligencia, únicamente sirve para oponer un nuevo obstᬠculo. El P. Feijóo se ocupó de él, solo de paso, indicando algún dato referente á su vida ; pero como pertenecía Lu¬ lio á la religión de San Francisco, la cual le considera como Santo, y en tal opinión le tienen los habitantes de Mallor¬ ca donde nació, se hirió la susceptibilidad de la orden, la cual salió en su defensa. No examinaré el fondo de su doctrina, pero puede sostenerse con fundamento la inuti¬ lidad de la ponderada arte magna para el estudio de las ciencias. Entre todos los variados ramos de que escribió núes- 59 1ro monje, de ninguno con mas calor, ni con mas afición que de medicina. Parece en él una pesadilla, pues son muchas las ocasiones en que comienza á hablar de otros objetos, é indeliberadamente incide en la medicina, como impulsado por una fuerza irresistible. ¿Qué mucho si esta¬ ba observando todos los dias los errores funestos abrazados por la opinión pública, y las consecuencias de los equivo¬ cados dictámenes y tenaces sistemas de sus profesores? Y no fue solo con sus consejos, sino también con su ejem¬ plo con lo que demostró lo falible de esa ciencia. Ya os he dicho de qué manera curó la fiebre de la que se vió acometido pocos meses antes de morir. En el prólogo del tomo 3.° ele sus cartas afirma que hacia treinta y seis años que no tomaba medicamento ninguno, conservando entonces, en la edad de setenta y cuatro, salud muy cabal. Otro tanto hacen algunos hombres de buen juicio que, des¬ pués de considerar la contradicción é insubsistencia de la mayor parte de los sistemas, y de haber estudiado su na¬ turaleza , se convierten en médicos de sí mismos, invocan¬ do muy escasas veces el ausilio de los que lo son de pro¬ fesión. Y si esto sucede hoy, ¿qué diremos de los tiempos en que él escribió? Hacíase entonces en seis años la car¬ rera, cuatro de teoría, dos de práctica al lado de un pro¬ fesor; pero la teoría no se crea que consistiera en el es¬ tudio de la estructura del cuerpo humano, y del ejercicio de sus funciones, tanto en el estado de salud, como en el patológico, sino en cuestiones las mas ridiculas , como si da enfermedad pertenece al predicamento de cualidad, ó al de relación, si su razón formal constitutiva es esta ó aquella, y otras semejantes. Y el caso es que el que sostenia con mayor tenacidad una de esas tesis, y envolvía, como decían, al adversario con la fuerza de sus silogis¬ mos, era reputado escelente facultativo, y le bastaba para 30 adquirir una colocación ventajosa. El P. Feijóo después de demostrar lo inconducente de dicho plan, propone el orden de los estudios que por una previsión fundada en su,rcctp juicio, ha venido á ser casi el mismo que hoy se sigue en las escuelas. Tuvo ademas á la vista los trabajos hechos en su tiempo por el doctísimo médico D. Martin Martinez, quien en una obra en dos tomos titulada Medici¬ na escéptica probó la incertidumbre de esta ciencia. Es verdad que el mismo Martinez le escribió una carta com¬ batiendo algunas de sus ideas; pero no versaba acerca de las mas importantes, porque en estas se hallaban entera¬ mente conformes, y asi lo reconoeian ambos. Tachábale de rebajar el prestigio de la carrera, de llevar aun mas allá que él la desconfianza, y de ser imposibles algunos de los medios que indicó para graduar la pericia de un médico. Con sumo acierto se defiende Feijóo ; admite la utilidad de la medicina, como no podia menos de admitirla, si bien cree que el camino para llegar á conocerla es el de la convic¬ ción de su incertidumbre. Las reglas que di ó para la elec¬ ción de profesor son muy notables. Que sea buen cristiano, porque asi se dedicará con mayor perseverancia al estudio de la facultad, considerando que ha de dar cuenta á Dios de sus descuidos : muy juicioso, y de temperamento no fácilmente impresionable : libre en abrazar el sistema que mas convenga á cada caso: parco en los remedios : en la observación atento; y que tenga en su favor la opinión de sus buenas curaciones. Entre dos médicos, uno que haga alarde de entendido, y que asegure la curación de la enfer¬ medad , y otro que dude, reconociendo la insuficiencia de sus medios, opta siempre por este. Acaso su desconfianza haya sido algo escesiva ; pero no puede negarse que Fei¬ jóo comprobó con clarísimas razones cuanto espuso, y ver¬ tió admirable erudición al examinar los sistemas médicos, su mutua contradicción, y la importancia del propio dic¬ tamen. Pretendió que la medicina girase sobre el eje inal¬ terable de la observación y la esperiencia, y combatió las funestas preocupaciones de adherirse á este ó al otro sis¬ tema, á tal ó cual autor, Quién presumiera entonces que andando el tiempo, habría de obtener considerable aplauso un sistema, el hidropático, muy conforme con el uso del agua que tan eficazmente recomendó? En otros muchos ramos ejercitó su bien cortada pluma, pero su admirable variedad, y los límites de un discurso que van estendiéndose demasiado, no me permiten exami¬ narlos con la detención que deseara. Muchos de sus escri¬ tos versan acerca de ciencias naturales y físico-matemáti¬ cas. Hoy son ya de escasa importancia, porque el progreso de los tiempos les ha dado tan rápido impulso, que se han trasformado por completo. El que no tenga presente lo que eran entonces entre nosotros, creerá atrasado al bene¬ dictino, porque hallará en él crasísimos errores. Mas el que ponga en cuenta su estado, lo que fueron nuestras au¬ las y nuestros sabios, le verá marchar al frente de la civi¬ lización española. No fue la luz, pero fue el precursor de ella. El docto americano D. Pedro de Peralta decía : «En la producción del Illmo. Fejióo se desempeñó este siglo de todo lo que estaba dehiendo á los siglos preceden¬ tes (4)/» El número escesivo de los dias festivos, perjudicial á la agricultura, á las artes, y hasta á la piedad misma, del que habían escrito Saavedra, Ustariz y Fernandez Navarrete, llamó vivamente su atención, y tanacertadq an¬ duvo al demostrarlo, que el gefe visible de la iglesia, el Papa Benedicto XIV lo reconoció, al hacer ostensiva á to¬ da la iglesia en virtud de las razones aducidas por Feijóo, (1) Lima fundada, t 2.” núm. 50. la medida adoptada para su reducción en España por el sínodo Tarraconense, y que habia aprobado la Santidad de Benedicto XIII. Un testimonio idéntico dió el mis¬ mo Pontífice respecto á la música de las iglesias, so¬ bre la cual espuso tan evidentes consideraciones, que en el breve espedido por Su Santidad para su refor¬ ma en los estados pontificios, cita hasta dos veces la doc¬ trina del reverendísimo benedictino (1). D. Manuel Ventu¬ ra de Figueroa, en carta dirigida á este, fecha 5 de Oc¬ tubre de 17 6o, repitió las frases que en la oración fúne¬ bre del referido Papa habia pronunciado Fr. Manuel Barre¬ ra'Narvaez, general de carmelitas, «fue S. S. apasionadísi¬ mo, decía, á ese grande hombre, honor de nuestra nación, el sapientísimo P. Feijóo, cuyo teatro crítico me dijo mu¬ chas veces que leia con gran gusto, y aun confesaba que aquel su tratado de la música de los templos le dió el úl¬ timo impulso para la reforma que hizo dentro de su estado.» Finalmente dió escelentes consejos para mejorar la agricul¬ tura, y para la creación de sus juntas, de organización anᬠloga á las que hoy existen; asi como el establecimiento de colonias en tiempo de Carlos III guarda relación con lo que sobre este punto dejó consignado en sus obras. Parecía natural que quien tantos beneficios habia dis¬ pensado á sus semejantes, no recibiera de ellos sino buena correspondencia. Pero no fue asi: tan pronto como vieron la luz sus primeros tomos, un torrente de escritos se des- (1) Recens scriptor, Benedictas Hierónymus Feijóo, raagister generalis ordinis Sancti Benedicti in Hispania, in suo theatro critico universali, sermone 14, pericia ct scicntia no¬ tarían musicarum innixus, rationem indicat qua redigi possent musiese ecclesiarum ad eum modum et rationem quae in ómnibus penitus esset theatrorum musicis concentibus dissimiiis. (Bullarium Papae Benedicti XIV, 19 Februari 1745, pap 9.) Et quidem quod ad instru¬ menta attinet quaein cclesiis permití possunt, Benedictas Hierónymus Feijóo in allégalo ser¬ mone organa aliaque instrumenta admitit, amoveíi autem vellct lyras tetracordas. Quoniam quum illae plectro tanguntur, armónicos quidem modos, edunt, sed adeo acutos , ut puerilem in nobis potius hilaritatem quam gravem erga sacra mysteria venerationcm animorumque intentionem excitent. (Ibid part. 11.) bordó, amenazando destruir sus mas bellos planes. Ya pre¬ vio la impugnación, y aun la anunció en el prólogo del primer tomo del teatro. Ni podía ser otra cosa. El que contradiga los errores del vulgo, y de los que pasan por sabios, hallará siempre viva resistencia, y aun persecu¬ ción; y acaso fue menester la generosa protección que Fer¬ nando VI y Carlos III le dispensaron para evitar mas amar¬ gos sinsabores : asi y todo no fueron leves los que pade¬ ció. Varios médicos se ensañaron contra él, y lo mismo hicieron otras personas,, volviendo por sus menoscabados intereses. Algunas hubo también á quienes azuzó esa pa¬ sión ruin, propia solo de almas tan viles como pequeñas, la envidia, raiz de infinitos males, carcoma de las virtudes, como la llama el envidiado Cervantes. No por eso deja¬ ban de conocer su mérito, sucediéndoles lo que á Guiller¬ mo de Nassau con el duque de Alba, quem palam oderant, clam admirabcintur. Asi es que ademas de las obras citadas anteriormente, salieron otras al estadio. La princi¬ pal fue la que escribió el F. Mañer con el título de An¬ titeatro crítico en cinco tomos. No le falta erudición, y enmienda bien algunos de los defectos de Feijóo, porque los cometió, y no cabía otra cosa en ningún autor, y me¬ nos en quien solia escribir calamo cúrrenle , y muchas veces sin libros. (1). Pero entre ciento que corrige, uno lo es en realidad, los demas cabilosidades suyas, mala in¬ teligencia, ó no mejor fé. Tributa frecuentemente mereci¬ do homenaje al saber, elogiando muchos discursos con le¬ ves modificaciones, otros sin restricción, y era tal el as¬ cendiente que Feijóo ejercía sobre todos los ánimos, que hasta los aprobantes de los tomos de aquel, se convirtie¬ ron en sus panegiristas. Andando el tiempo Mañer reco¬ noció la sin razón de sus ataques, rindió las armas, y fue (1) Teatro, t. 7.", aprobación 1/ uno de sus constantes apasionados. Otro de los adversarios mas tenaces fue Armesto. Faltábale para ser digno com¬ petidor lo que nunca es disculpable ni en la conversación ni en los escritos; faltábale urbanidad. Quiso ser mediador entre Feijóo, sus críticos, y apologistas, aunque con habi¬ lidad tan escasa, que no solo no merecía terciar en el de¬ bate, pero ni aun tomar en él una pequeña parte. Curio¬ so os el juicio que apropósito de Armesto hizo el Memo¬ rial de los literatos, periódico que se publicaba en aquel tiempo. «La impugnación del teatro crítico, decía, es una comedia tantas veces repetida, que aun estando muy bien representada, no dejará de causar molestia á sus oyentes. Aunque con grandes carteles, cada dia es menor el concur¬ so. La gente de buen gusto acudió la primera vez á la novedad, pero desengañada, se retiró al punto. En las guerras de Minerva, como en las de Marte, no siempre el que acomete puede lisonjearse con la esperanza del triun¬ fo (I).» Soto y Marne escribió dos lomos, otros dos el P. Antonio Pascual, uno el médico Bonamich, y otros va¬ rios se dieron á luz con muchos opúsculos sobre puntos especiales, de manera que no bajaron de ciento los volú¬ menes publicados acerca de las obras del P. Feijóo, inclu¬ yendo los suyos. A tal grado de acaloramiento llegó la con¬ tienda, que el rey D. Fernando VI, por su decreto de 23 de Junio de 1750, disponía lo que sigue : «Quiere S. M, «que tenga presente el consejo que, cuando el P. maestro «Feijóo ha merecido á S. M. tan noble declaración de lo «que le agradan sus escritos, no debe haber quien se alre- «va á impugnarlos, y mucho menos que por su consejo «se permita imprimirlos» Acto de intolerable despotismo, según le llama el Sr. Alcalá Galiano (2), en otra ocasión (O Memorial dolos literatos, t. 2.°, art. 19. (2) Historia de España, t. 5.* que cu aquella, cuando se empleaba en proteger la cien¬ cia contra la desatada rabiosa furia de la ignorancia, empe¬ ñada en concitar contra el desterrador de preocupaciones las pasiones populares. No de otra manera, habiendo Archimodes votado al agua en Sicilia, con levísimo esfuerzo, un buque de tamaño desusado, contra el general dictámen, prohibió Ilieron que nadie criticase los planes de aquel sabio. Salieron también á la palestra para defenderle muy entendidos escritores. El mas ardoroso de lodos fue el P. Fr. Antonio Sarmiento, maestro general de su religión, y uno de los censores del primer tomo del teatro. Había¬ se fijado un anónimo cartel de monomaquía contra él y contra Feijóo, desafiándolos a que sostuvieran sus doctri¬ nas, y nadie en verdad mas digno de aceptar reto tan ar¬ rogante. Defendióle con tanto acierto, y con tal copia de datos y de razones, que no sé que deba estudiarse mas, si la obra defendida, ó la del apologista. Rico venero de eru¬ dición, nada queda por dilucidar, y las citas están tan fiel¬ mente comprobadas, que invitó á cuantos quisieran para que acudiesen á él, porque las tenia registradas todas. Allí se dice que á los seis años de publicarse el tomo l.°, ya se habían hecho cuatro ediciones, y tres del 2.° y del 3.°, y vendídose dos mil doscientos cincuenta ejemplares del 4.° que acababa de darse á luz, teniendo que reimprimirse por quinta vez el l.° Quince ediciones cuenta Sempcr y Guarinos haberse hecho de las obras de Feijóo en 1780 (4), y considerando que el último tomo hacia solo veinte y seis años que se habia publicado, con dificultad podrá recordarse una obra que haya merecido aceptación tan universal. Y digo universal, porque muy pronto fue tradu¬ cida al francés, al portugués, y al italiano en Roma y Yenecia. El abate Franconi en la dedicatoria de su traducción (1) Biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, t. 5.* al último de dichos idiomas, después de llamarle eruditísi¬ mo, refiere que lia merecido la aprobación de los literatos de varias naciones, especialmente en Roma (1). El mismo Feijóo tuvo que salir á la defensa de sus obras en la que tituló ilustración apologética, respondiendo al antiteatro del P. Mañer. Fuerza es reconocer que no lo hizo con la tem¬ planza que correspondía á su educación y á la bondad de la causa que sostenía. Da rienda suelta al resentimiento, y convierte amenudo en dicterios lo que solo debieran ser ra¬ zones. Verdad es que, sin provocación de su parte, ha¬ bía sido maltratado, y que San Pablo encarga la energía en la defensa cuando uno se ve injustamente acometido (2), pero siempre debe conciliarse con la moderación. Algunos la culparon de vano y jactancioso, y después de haber leído con cuidado sus obras no he hallado sino constantes pruebas de su modestia. En la antigüedad cuando los es¬ critores eran impulsados por la buena fé, casi todos hicie¬ ron su propio elogio, porque se creía lícito al hombre emi¬ nente pensar muy elevado de sí mismo, y nada ofensivo el publicarlo. La falsa modestia de nuevos tiempos ha he¬ cho que parezcan humillarse los que tal vez abrigan en su corazón el sentimiento de una vana presunción. Unicamen¬ te en un escrito, en la carta 33 del tomo l.°, se igualó á los grandes ingenios. Habíasele tachado de. inventor de voces castellanas, y al defenderse de este cargo, alega que los talentos vulgares se detienen ante esa consideración, pero que el genio aprovecha cuanto se le presenta á mano, sabiendo hacer el uso que solo á él es permitido. No iré tan lejos en cuanto á esa libertad como plugo al ilustre (1) All celebre theatro crítico dell eruditísimo Feijóo que á meritata 1‘aprobazione é il plauso di tutta non solamente la Spagna come dalle mole impresioni di esso falle puo vedersi, ma di quei litterati ancora di altre nazioni, é specialmcntc di liorna. (T. l.° tradu¬ cido, dedicatoria.) (-) Epístola 2.' ad Corinthios. monje, aunque da tan. solidas razones en defensa de ella, que son clara muestra de sus conocimientos filológicos, y en prueba de su acierto bastará decir que casi todas las voces de dicha clase recibieron después el cuño marcado por el uso, único árbitro de su legitimidad. Táchósele igualmente de cometer algunos galicismos, y no faltan com¬ probantes de este aserto. También en ellos asi como en los italianismos incurrió el inmortal Cervantes, y Cicerón en no pocos helenismos, porque cuando se ha leido ó habla¬ do en una lengua, difícil es, sino imposible, precaverse de ciertos giros y aun palabras, adoptadas, por no advertir su origen. Los testimonios que pudieran invocarse en su favor son muy numerosos : ya os he indicado algunos. Pero no pa¬ saré en silencio dos cartas laudatorias que le dirigieron los cardenales Cicnfuegos y Querini, español el uno, italiano el otro. Decíale aquel desde Roma con fecha 27 de Junio de 1733 entre otras cosas : «Los talentos de V. R. son tan grandes, que parece habérselos Dios comunicado á fin de quitar la vanidad á los ingenios de su siglo,.... ya se considere su erudición casi infinita, ya una indecible gra¬ cia.... Y aunque todo esto admira mucho, me causan mas alta admiración su modestia y su humildad.» Querini desde Rrescia, cuya silla metropolitana ocupaba, le escribió «que hacia grande estimación de su talento verdaderamente ad¬ mirable en el arte crítico, y asi mismo en otras ciencias mas sublimes.» Muchos estranjeros é infinitos españoles le dirigieron las mas lisonjeras cartas; bastara decir que con ellas podían formarse tres ó cuatro volúmenes (1), pero su modestia rehusó la publicación, aunque á ello le insti¬ gaban sus apasionados. Entre ellas son notables la de Mr. Royer, médico de cámara del rey de Francia, quien hizo (1) Tomo 5.* aprobación 4. s , carta .22, t. 4.*