La edad de los hombres: ¿una era cristiana?
Abstract
A la luz de un análisis de las costumbres practicadas por la sociedad griega heroica, en la presente contribución se intenta esclarecer por qué la visión cristiana del mundo puede ser considerada paso fundamental hacia eso que Vico llama “Edad de los Hombres”
Full text
LA EDAD DE LOS HOMBRES: ¿UNA ERA CRISTIANA? Nora M. Matamoros Franco Ala luz de un análisis de las costumbres practicadas por la sociedad griega heroica, en la presente contribución se intenta esclarecer por qué la visión cristiana del mundo puede ser considerada paso fundamental hacia eso que Vico llama “Edad de los Hombres”. Palabras clave: Vico, edades históricas, cristianismo, humanidad, naturaleza humana, P. Vernant. This paper tries to explain –in the light of an analysis of customs practiced in the heroic Greek society– why the Christian conception of the world can be considered as a fundamental step towards what Vico calls the “Age of Men”. Keywords: Vico, historical ages, Christianity, humankind, human nature, P. Vernant. Es por todos conocida la división que Vico ofrece tanto para demostrar como para explicar el movimiento en la historia humana. De tres edades se trata. Edad de los Dioses, Edad de los Héroes, Edad de los Hombres. Muchos son los temas que, conforme a tales edades, pueden ser analizados y muchos son, también, los contextos en los que Vico da cuenta de la marcha que la humanidad ha recorrido y puede recorrer en función de ellas. “Estas tres unidades especiales [...] terminan en una unidad general, que es la unidad de la religión de una divinidad providente, que es la unidad del espíritu, que informa y da vida a este mundo de naciones.”1 En lo que sigue, empero, no habré de explicar el orden de su curso ni justificar el orden de causas y efectos sugerido por Vico para su comprensión. Antes bien, me interesa ofrecer una lectura nueva que no deja de ser arriesgada. A la luz de un análisis de las costumbres practicadas por la sociedad griega heroica intentaré esclarecer por qué la visión cristiana del mundo puede ser considerada paso fundamental a eso que Vico llama Edad de los Hombres y que, según él mismo, se caracteriza por: 1º) una naturaleza humana, es decir, inteligente, benigna, modesta y razonable, que reconoce con sus leyes la conciencia, la razón y el deber, 2º) costumbres oficiosas, 3º) un derecho humano, es decir, dictado por la razón humana completamente explicada, 4º) un gobierno humano en el que todos se igualan por las leyes y se consideran nacidos libres, 5º) una jurisprudencia que examina la verdad de los 131 ©Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005) Sevilla (España). ISSN 1130-7498 © Nora M. Matamoros Franco csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 131
hechos y doblega benignamente la razón de las leyes a todo lo que requiere la igualdad de las causas, 6º) una autoridad de consejo, 7º) juicios extraordinarios en los que señorea la verdad de los hechos; y 8º) tiempos civiles y modestos2. Por tanto, apoyada en Vernant, en lo que sigue ofreceré una caracterización de las costumbres que permiten descifrar el estatuto que la identidad personal alcanzó en el contexto de la vida heroica. Después haré lo propio con la visión cristiana del mundo. Así tendré oportunidad de esclarecer por qué entiendo que esta última se considera un paso importante a la Edad de los Hombres. 1. EL SISTEMA TOTÉMICO ¿UNA HERRAMIENTA PARA COMPRENDER LA SOCIEDAD GRIEGA HEROICA? ¿Tiene alguna utilidad comprender la razón de ser y el funcionamiento del sistema totémico cuando se intenta descifrar el estatuto que la identidad personal alcanzó en el contexto de la religión olímpica griega? Dicho de otra forma, ¿acaso la comprensión del sistema totémico ayuda a aclarar los contenidos, límites, valores y procedimientos adoptados por la visión mítica griega a la hora de dotar a la individualidad humana de cierto estatuto más o menos coherente y socialmente establecido? Aunque la vida social griega no puede ser comparada con el orden social totémico, entre uno y otro sistema social persevera una completa familiaridad. “Como todas las formas de comportamiento social humano se han desarrollado de una y otra forma a partir de otras más antiguas, el proceso que ha producido cualquiera de ellas es, por definición, un proceso selectivo [...]”.3 El pensamiento olímpico griego, al igual que en el sistema totémico, fue incapaz de pensar el individuo como ente separado de la comunidad. En efecto, dentro de una sociedad de la confrontación y la competición en pos de la gloria, en una sociedad del honor y la vergüenza, como lo fue la griega de la religión olímpica, el reconocimiento de la individualidad de cada sujeto dependía, como en el sistema totémico, de manera invariable de la mirada del otro. “Es en el ojo de quien se tiene enfrente, en el espejo que éste supone, donde uno se construye la imagen de sí mismo.”4 ¿Resulta ser entonces que, en el contexto de la religión olímpica, a la hora de dotar a la individualidad humana de cierto estatuto más o menos coherente y socialmente establecido, era fundamental, al igual que en el sistema totémico, la relación con el otro? A decir verdad, esta pregunta no puede ser contestada en sentido negativo. Con todo, esta coincidencia tiene salvedades; por ello, en lo que sigue es menester hacer algunas aclaraciones. En el sistema totémico cada individuo se definía directa o indirectamente por el vínculo que guardaba con todos los miembros de la tribu y la tribu, a su vez, frente a los otros clanes o grupos, conservaba su identidad por medio de reglas estrictas y muy limitativas. Pero, en el sistema totémico, el individuo sólo podía ser lo que era, es decir, uno distinto a cada cual, si se encontraba entre semejantes, es decir, entre otros individuos quienes, por compartir con él las mismas características, eran capaces de reconocer, admitir y acoger su individualidad, que siempre quedaba expresada por su relación con los demás. En cambio, en Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005)132 Nora M. Matamoros Franco csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 132
la sociedad griega, el rudimento en virtud del cual el individuo ganaba personalidad, afirmaba su mismidad y, por tanto, adquiría identidad no era su relación, nexo o parentesco con los demás, sino otro muy distinto. Se trata, en efecto, de la aprobación o desaprobación del grupo social como unidad compacta, como un continuum de mentalidad social. Por tanto, por medio de rivalidad y jactancias, la gente de la sociedad griega de la edad olímpica se infundía el sentimiento cotidiano de importancia que cada quien necesita para lograr que el reconocimiento de su propia individualidad se coloque más allá de la intimidad de la propia u otra conciencia. Así, códigos que permitían comparar los logros y las virtudes para opacar a los rivales fue el camino por el cual la sociedad griega de la edad olímpica pudo garantizar a sus miembros una buena conciencia orgánica del yo. Pero, a decir verdad, esta dinámica no se encuentra del todo alejada de la que, en su momento, privó en el sistema totémico. Aunque en el sistema totémico con la ayuda de contrapesos o, mejor dicho, complementos o, en todo caso, oponentes –porque, de otro modo, habría sido imposible abastecer de verdadera fuerza a la afirmación de la identidad individual parcialmente solucionada por el clan– fue factible procurar a cada individuo la posibilidad de, con otros, ser lo que en su identidad cada cual era, a fin de evitar que la posibilidad de materializar y vivir la propia individualidad se diluyera, el sistema totémico se preocupó y caracterizó por mantener y administrar tensiones y diferencias. Es que, según parece, cada clan lograba afirmar su identidad si y sólo si actuaba como complemento, es decir, como diverso u oponente, de los otros clanes. Por ello, bien puede decirse que cada clan llevaba a cabo una compensación, un resarcimiento de la identidad que cada grupo tenía resguardada en la colectiva identificación con su tótem particular. “Casi por todas partes la sociedad ofrece códigos para exaltarse a sí mismo, para jactarse, para humillar o sólo para superar sin palabras a los otros. Por ejemplo, mostrar logros superiores, aunque sólo sea una habilidad para las cosas comunes. Si Hocart afirma que el hombre no puede engendrarse a sí mismo, sino que debe obtener la vida de sus semejantes por medio del rito, nosotros queremos decir con más amplitud que el hombre no puede darse importancia a sí mismo; y la importancia, como veremos, es un problema igualmente vital para vivir: tener importancia es igual a ser perdurable, a tener vida.”5 Ahora bien, cuando la sociedad griega de la edad olímpica se dio a la tarea de fundar los procedimientos para dotar a la individualidad humana de cierto estatuto más o menos coherente y socialmente establecido, lo hizo convencida de que «no puede existir ninguna conciencia de identidad sin ese otro en el que nos reflejamos y que se opone a nosotros haciéndonos frente”6. Por consiguiente, en la sociedad griega, como en el totemismo, “el sí mismo y el otro, la identidad y la alteridad van de la mano, constituyéndose recíprocamente”7. Con todo, en la sociedad totémica, la responsabilidad de mantener la identidad grupal o individual residía en el grupo. En la sociedad griega, en cambio, la responsabilidad de mantener la identidad aparenta residir en el individuo. Se trata, entonces, de una dinámica peculiar para mantener la identidad grupal que, para producir la importancia, la afirmación del yo ponía énfasis en las “cualidades personales”. Pero, por cuanto que las cualidades referidas eran sólo aquellas que se adecuaban al ideal social, colectivo, es el grupo quien, una vez más, dota de identidad al individuo; pero el grupo ya no entendido como el conglome- Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005) 133 La Edad de los Hombres: ¿Una era cristiana? csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 133
rado de individuos, sino como una representación colectiva o, lo que es lo mismo, como un conjunto de valores y fines que se ofrecen a los hombres que los viven y los interpretan. Por tanto, en la sociedad olímpica, si y sólo si las “cualidades personales” del individuo cumplían con las exigencias promovidas por el grupo, aquél adquiría importancia. Entonces, conquistar importancia en la sociedad griega de la religión olímpica significó para el individuo llegar a convertirse en una puesta en ejercicio del ideal social de comportamiento. Así, para adquirir identidad, era menester que el ser humano hiciera –como a su manera lo tuvo que hacer en su momento el ser humano de la sociedad totémica– un sacrificio. En la sociedad totémica, con el fin de que la propia individualidad, al traspasar las fronteras de la intimidad de cada conciencia particular, pudiese alcanzar una afirmación más efectiva, material o práctica, el sacrificio consistió en –al hacer como si entre el individuo y cualquier objeto de la naturaleza hubiera una equivalencia, una compatibilidad– ceder parte de la identidad, de la peculiaridad, de la inconmensurabilidad individual. En cambio, en la sociedad griega, para ser reconocido por el grupo, el sacrificio consistía en darse a la tarea de encarnar los ideales de vida colectivos. Una vez asumidos y encarnados esos valores al través de las “cualidades personales”, el individuo podía pasar a formar parte de la memoria colectiva y era recordado como uno que se distinguía en rango y en poder frente a todos los otros precisamente por haber decido defender y encarnar el ideal colectivo. Cabe preguntar, sin embargo, ¿dónde quedaba el individuo en todo este proceso? A decir verdad, solamente servía para materializar lo colectivo. En efecto, mientras más se apegaba el comportamiento de alguno al ideal colectivo, más posibilidades tenía éste de ser recordado, reconocido. Así, parece que la Grecia olímpica, a partir de una forma previa, es decir, el totemismo, construyó una muy innovadora forma de actuar social que hoy por hoy parece aún en vigencia8. Se trata, ciertamente, de la vida heroica. Así, sin rastrear de manera exhaustiva las líneas históricas que permiten ligar al totemismo con el esquema social de la vida heroica, pues esta tarea representaría una considerable desviación respecto de las metas más fundamentales de esta exposición, a partir de lo que se ha explicado hasta aquí es posible ubicar una estructura común a cada una de estas dos formas, temporales e históricas, de organización social. Se trata, en efecto, de un principio común de organización social y acción individual, a saber: el valor que cada existencia individual adquiere a partir del otro. Cierto, cada uno de estos dos sistemas ratifica este principio de modo peculiar y específico. No obstante, es indudable que, tanto en uno como en otro sistema, el principio aludido se encuentra administrado por la confrontación y la lucha. Es que, tanto en uno como en otro sistema, adquirir identidad entrañaba, de una u otra forma, enfrentarse, oponerse y, por tanto, buscar, por encima de cualquier cosa, salvaguardar la identidad colectiva e individual. “Cuando la naturaleza y la cultura se conciben como dos sistemas de diferencias, entre los cuales existe una analogía formal, es el carácter sistemático propio de cada dominio el que se encuentra colocado en primer plano. Los grupos sociales se distinguen unos de los otros; pero siguen siendo solidarios como partes del mismo todo...”9 He dicho que, en el sistema totémico, esa lucha parecía ser librada mediante estrictas reglas prohibitivas de relación y contacto. Por ello, a primera vista, parece casi imposible Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005)134 Nora M. Matamoros Franco csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 134
encontrar en el mundo griego de la edad olímpica la cohesión social establecida por el totemismo. Sin embargo, al tomar en cuenta que en las sociedades de castas “cada grupo ejerce una función especializada, indispensable a la colectividad en su conjunto y complementaria en las funciones atribuidas a los otros grupos”10, es factible establecer ciertas analogías entre las tribus totémicas y las sociedades de castas y, por tanto, sospechar que entre la sociedad totémica y la sociedad de castas de la época olímpica hay alguna semejanza. En efecto, así como los clanes, a partir de sus diferentes tótem, guardan entre sí una dependencia recíproca manifiesta, las sociedades de castas también lo hacen. No obstante, mientras que en las sociedades totémicas los seres humanos tenían el sentimiento muy vivo de una afinidad física y psicológica entre ellos y su tótem y de la obligación correspondiente a cada grupo de perpetuar un tipo de conducta”11, en la sociedad de castas, como lo fue la griega de la edad olímpica, el énfasis está puesto en algunas propiedades diferenciales concebidas como hereditarias. Por ello, en esta última el orden social se fundó bajo las diferencias que el mérito personal y el reconocimiento de éste por otros individuos generan en el interior del grupo. “Si se contemplan los grupos sociales, menos desde el punto de vista de sus relaciones recíprocas en la vida social, que cada uno por su cuenta, en relación a una realidad de orden diferente al sociológico, entonces se puede prever que el punto de vista de la diversidad se impondrá sobre el de la unidad. Cada grupo social tenderá a formar sistemas, ya no con los demás grupos sociales, sino con algunas propiedades diferenciales concebidas como hereditarias, y estos caracteres exclusivos de los grupos harán más frágil su articulación solidaria en el seno de la sociedad.”12 Mas, según testimonio de Becker, esa forma de complementaria reciprocidad entre individuos dable en el interior de los grupos también existió en las sociedades primitivas más igualitarias. “En las sociedades primitivas más igualitarias, aquellas cuya economía se basaba en la caza y en la recolección, no existía distinción de rango, y muy poca o ninguna autoridad de un individuo sobre los demás. Los bienes eran muy sencillos y no había una diferencia real en la riqueza; la propiedad se distribuía equitativamente. Sin embargo, hasta en este nivel individual se reconocían las diferencias y se establecía una distinción social real. Cuando existe poca o ninguna autoridad para ejercer coerción sobre los otros hay un gran campo para la influencia, y ésta surge de las cualidades personales: mayor habilidad para la caza y la guerra, para relacionarse con los espíritus del mundo invisible, o sencillamente tener fuerza y resistencia físicas. La misma vejez a menudo obtenía influencia.”13 Por tanto, el sistema de castas parece ya estar presente incluso en las sociedades más arcaicas. ¿Será, entonces, que no existe distinción alguna entre el sistema totémico y la sociedad de castas? Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005) 135 La Edad de los Hombres: ¿Una era cristiana? csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 135
2. SISTEMA TOTÉMICO Y SOCIEDAD DE CASTAS Sin intentar siquiera “tratar de resumir los detalles teóricos de la amplia literatura sobre el desarrollo de los privilegios”14, sobre todo cuando hay muy poco acuerdo acerca de cuándo y cómo surgió exactamente la sociedad de clases, intentaré, en lo que sigue, postular un posible origen para ésta última. Explicaré, por tanto, por qué es dable considerar con Lévi-Strauss que los atributos de las castas y sus relaciones fueron codificados al modo de los grupos totémicos y, por tanto, postular, por mi parte, un paralelismo entre ambos a partir del cual sea posible reconocer un proceso selectivo y, de este modo, proponer que, así como en su momento la naturaleza sirvió como modelo y paradigma para la fundación del sistema totémico, éste último, a su vez fungió en esos mismos términos a la hora de dar origen a las sociedades de castas. Todo ello, claro está, con el fin de comprender más a ciencia cierta los contenidos, límites, valores y procedimientos adoptados por la sociedad griega de la edad olímpica a la hora de dotar a la individualidad humana de cierto estatuto más o menos coherente y socialmente establecido. Como señala Lévi-Strauss, para asegurar la existencia de un paralelismo entre un sistema de castas y un sistema totémico basta con concentrar la atención en la organización social, más que en las creencias y prácticas religiosas. En efecto, mientras que cada grupo totémico se arroga el control de una especie animal o vegetal para beneficio (complementariedad) de los demás grupos, las castas, a través de las especialidades funcionales en el interior de un solo grupo, hacen de otra forma lo mismo que el sistema de diferencias del totemismo. En efecto, ellas también ejercen una actividad distintiva e indispensable a la vida y al bienestar del grupo entero. “Sea como fuere, una casta de alfareros fabrica efectivamente vasijas, una casta de lavanderos lava realmente la ropa, una casta de barberos afeita...”15 Resulta, pues, que en una sociedad de castas, las ocupaciones constituyen “especies sociales” distintas. Por tanto, la división del trabajo y de la especialización profesional inspiraron a los hombres para establecer entre sí relaciones de complementariedad y de cooperación. “No existen más que dos modelos verdaderos de la diversidad concreta: uno, en el plano de la naturaleza, es la diversidad de las especies; el otro, en el plano de la cultura, es ofrecido por la diversidad de las funciones.”16 Mucho se puede especular respecto de las razones que llevaron a transformar el sistema totémico en un sistema de castas, donde lo que destaca son las “cualidades personales”. Con todo, me inclino a pensar que este cambio pudo llevarse a cabo por razones de sobrevivencia. En seguida explico por qué. Mientras que, según puedo ver, el sistema totémico tuvo su origen en la capacidad que el ser humano tiene para tener conciencia de su singularidad, para saber de sí, el sistema de castas, en mi opinión, surge de la conciencia de la muerte. El hombre es un animal que sabe que muere. “El hombre está literalmente dividido en dos partes: tiene conciencia de su singularidad espléndida, porque sobresale de la naturaleza con una majestad altiva. Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005)136 Nora M. Matamoros Franco csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 136
Sin embargo, regresa a la tierra, unos cuantos metros bajo la superficie, para pudrirse en el oscuro silencio y desaparecer para siempre. Éste es un problema terrorífico para sufrirlo y para vivir con él. Desde luego, los animales inferiores no sufren esta contradicción penosa porque carecen de identidad simbólica y de la conciencia de sí mismo que la acompaña. Sólo actúan y se mueven por reflejos, ya que son impulsados por sus instintos. Si hacen una pausa, sólo será una pausa física; en su interior son anónimos, y sus caras no tienen nombre. Ellos viven en un mundo sin tiempo, y palpitan, por decirlo así, en silencio. Por esto es tan sencillo matar a todo un rebaño de búfalos o de elefantes. Los animales no saben que la muerte se acerca, y continúan pastando plácidamente mientras otros animales mueren a su lado. Para tener conciencia de la muerte se requiere reflexionar, manejar conceptos, y los animales no tienen esa cualidad. Viven y desaparecen con la misma indiferencia: Unos cuantos minutos de temor, unos cuantos segundos de angustia, y todo termina. Pero vivir toda una vida con la idea de la muerte obsesionando nuestros sueños, aun en los días más felices, eso es diferente.”17 Y, ¿qué tiene que ver la conciencia de la muerte con el sistema de castas? ¿Qué relación guardan las “cualidades personales” con la necesidad de hacer distinciones entre individuos a partir del rango y el poder. Antes de responder a estas cuestiones es menester señalar un dato fundamental. En el capítulo anterior he señalado que el pensamiento mítico se caracterizaba por ser incapaz de considerar la muerte como un fenómeno natural que obedece a leyes generales, pues, según dije, el pensamiento mítico concibió el cambio como metamorfosis. Por ello, afirmé que “la conciencia de la muerte” podía ser considerada un estadio posterior respecto de la actitud más originaria o primitiva que el ser humano hubiese tenido frente al mundo y estimé que saber que se muere es una adquisición postrera en la “historia de la subjetividad humana”. “Como la enfermedad, tampoco la muerte es nunca natural, sino debida a una causa mística. Un indio puede morir destrozado a golpes o porque tiene los huesos rotos, o extenuado por su avanzada edad, pero los demás no admitirán nunca que sus heridas o su ancianidad le hayan causado la muerte: buscarán ávidamente qué hechicero lo mató, y por qué motivo. Los primitivos ven la gravedad de las heridas y ven que la muerte les sigue inevitablemente, pero la verdadera causa de la muerte es mística. Las heridas no representas más que el modo como la causa mística consigue su atención.”18 Según comprendo, la razón por la que, desde un principio, la muerte no pudo ser vista como un fenómeno natural o, lo que es lo mismo, como obra de una ley, se encuentra en el hecho de que la mente primitiva tendió siempre a centrarse en la imagen actual y concreta. Supongo que el avance en la profunda observación de esos fenómenos particulares, de lo concreto, de lo viviente, permitió, poco a poco, producir o alcanzar la conciencia de la muerte, es decir, la conciencia de la destrucción, en lugar de la creencia en la transformación. Como, a decir verdad, no sabría explicar la razones que produjeron ese cambio, entonces sólo puedo anotar que, en virtud de la exhaustiva observación del acontecimiento particular que caracte- Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005) 137 La Edad de los Hombres: ¿Una era cristiana? csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 137
rizaba esa misma forma primitiva de pensar, el pensamiento abstracto fue ganando terreno hasta lograr la rectificación silenciosa del modo de pensar primitivo. Por tanto, supongo que, a través del acucioso examen, la exhaustiva comparación, fue posible al hombre primitivo llegar a alcanzar la conciencia de las leyes o esquemas generales que, entre otras cosas, dejan muy claro que “el hombre es un gusano y sirve de alimento a los gusanos”19. Esto quiere decir que sólo bajo el influjo de la cognición de la existencia de leyes generales fue dable reconocer el hecho de la muerte tal y como hoy en día lo comprendemos, a saber, como una ley que se cumple indefectiblemente. Y de la misma manera, supongo que la conciencia de la muerte es la razón de ser de la vida social organizada en castas. Es que, según puedo ver, la conciencia de la muerte hace resaltar de modo sorprendente el asunto de la sobrevivencia y, bajo ella, no pueden sino destacar los mejores y más fuertes. Dicho de otra forma, la conciencia de la muerte vuelve inaplazable la organización social a favor de la sobrevivencia conforme a la diversidad de “cualidades personales” bajo las cuales tienen lugar las múltiples funciones que cada miembro pudiese realizar a favor del clan. Ésta es la razón por la cual la vida social organizada en castas trabajó bajo el sistema de los privilegios y las distinciones. Por ello, antes afirmé que la sociedad de castas guarda similitud con la organización totémica. En efecto, mientras que cada grupo totémico se arroga el control de una especie animal o vegetal para beneficio (complementariedad) de los demás grupos, las castas, a través de las especialidades funcionales al interior de un solo grupo, hacen de otra forma lo mismo que el sistema de diferencias del totemismo. Se trata de poner al servicio del grupo las características individuales. Entonces, la conciencia de la muerte es lo que permite explicar o comprender el paso de una sociedad totémica a una sociedad de castas. Es que sólo tras la conciencia de la muerte es fundamental poner atención en la supervivencia, y la supervivencia, a su vez, exige poner interés en las características personales y, por tanto, premiar o distinguir a los más fuertes, a los más aptos. Mas, aunque por este hecho entre la sociedad de castas y el sistema totémico exista un gran paralelismo, también existe entre ellas grandes diferencias. Es que, según puedo ver, a diferencia de la sociedad totémica, la sociedad de castas se funda en la conciencia de la paradoja de la condición humana. Se trata, en efecto, de saber que, por virtud de la conciencia de su singularidad, el ser humano se encuentra apartado de la naturaleza; pero que, por encontrarse atado a un corazón que palpita, a un cuerpo que respira jadeando, a un cuerpo que envejecerá y morirá, también se encuentra atado a ella. “Ya he dicho que el hombre primitivo reconocía las diferencias de talento y de mérito y de alguna manera reconocida le concedía privilegios especiales. ¿Por qué? Obviamente estas cualidades contribuían a asegurar la vida y la perpetuación de la tribu. Las hazañas en los peligros de la caza y de la guerra eran especialmente cruciales. ¿Por qué? En estas actividades ciertos individuos podían singularizarse por sus habilidad para desafiar la muerte.”20 Por ello, a diferencia de la sociedad totémica, la sociedad de castas está del todo comprometida con asegurar a cada uno de sus miembros la sobrevivencia. “Esto nos enfrenta a la singular paradoja de la condición humana: el hombre desea sobrevivir como lo hace cualquier animal u organismo primitivo; Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005)138 Nora M. Matamoros Franco csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 138
es impulsado por el mismo anhelo de consumir, y convertir la energía, y de gozar continuamente de experiencias; pero el hombre carga un peso que ningún animal puede soportar: tiene conciencia de que su fin es inevitable, que su estómago desaparecerá.”21 Pues bien, dado que, tras la conciencia de la muerte, el ser humano no ha podido vivir en paz, desde entonces se ha dado a la tarea de encontrar dispositivos cada vez más eficaces para aliviar el temor a su fin último. Por ello, la sociedad de castas se vio en la necesidad de ofrecer a sus miembros la esperanza de una duración indefinida. “El hombre creó símbolos culturales que no envejecen ni decaen para aliviar su temor a su fin último, que le preocupa mucho, y para tener la esperanza de una duración indefinida. La cultura le ofrece al hombre un alter-orga- nismo más durable y poderoso que el que la naturaleza le ha dado.”22 A decir verdad, muchos y de muy diversa índole han sido los medios que el ser humano encontró para asegurar a los miembros de un grupo social la sobrevivencia. “Así el hombre asegura la expansión del significado de su vida ante las limitaciones reales de su cuerpo; el ‘yo inmortal’ puede tomar formas muy especiales, y la espiritualidad no es un simple reflejo del hambre y del temor, sino una expresión de la voluntad de vivir, un deseo ardiente de la criatura de ser tomada en cuenta, de ser importante en este planeta debido a que ha vivido, ha destacado, ha trabajado, ha sufrido y al fin muere.”23 Es que, a partir de la conciencia de la muerte, la cultura se encargó de encararla y, de una forma u otra, intentar encarnar la trascendencia. Por ello, la sociedad de castas se dio a la tarea de asegurar la perpetuación de sus miembros. Muchas son, a decir verdad, las sistematizaciones posibles para elevar a los hombres sobre la naturaleza y asegurarles que de alguna manera sus vidas son importantes en el universo. Pensemos, por ejemplo, en los ritos generadores. En ellos cada persona tiene un papel que desempeñar y, por considerarse parte de la renovación del universo, llega a sentirse realmente ennoblecido, engrandecido. “Tampoco podemos sentir la inmensa sensación de plenitud que sigue a esta contribución ritual: el individuo que realiza el rito permite que la vida continúe su marcha; contribuye al sostenimiento y a la renovación del universo. Si los ritos generan y redistribuyen el poder de la vida, entonces cada individuo es un generador de la vida. Así de importante puede sentirse una persona que ocupa un sitio ritual en la comunidad. Hasta el individuo más humilde es un creador cósmico. No podemos aceptar que la generación ritual de canguros de color café sea un asunto causal válido; pero el hombre primitivo recibe el efecto de su capacidad para generar la vida, y se siente ennoblecido, aunque esto pueda ser una ilusión.”24 Cuadernos sobre Vico 17-18 (2004-2005) 139 La Edad de los Hombres: ¿Una era cristiana? csv maqueta 17-18unica OK 16/12/05 09:57 Página 139
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