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La implantación territorial romana en la costa noroeste de Cádiz: el Lacus Ligustinus como eje vertebrador del poblamiento.

Rodríguez Mellado, Jesús

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A mi mad re Rosario. Allí donde estés, gracias por hac erme el hombre q ue soy. LA IMPLANTACIÓN TERRITORIAL ROM ANA EN LA COSTA NOROE STE DE CÁDIZ EL LACUS LIGUSTINUS COMO EJE VERTEBRA DOR DEL POBLAMIENT O JESÚS RODRÍGUEZ MEL LADO DIRECTOR ES: Dr. Enr ique García Vargas Dr. Pablo Garri do González Program a de doctorado “Investigació n en Arqueología H istórica” Departam ento de Prehistoria y Arqueología Departa mento de P rehistoria y Arqueología Universidad de Sevilla Universid ad de Se villa ÍNDICE DE CO NTENIDO S - Introducción - Agradecimientos - Capítulo I. Ob jetivos y context o general: m ar co geográfico e histórico de la Bah ía de Cádiz en época romana ………………………………………………………… 17 • La Cost a Noroeste de Cá diz: Objetivos, marco geográfico y estado actual de la cuestión.  Objetivos de la investigación  Transfor maciones en épo ca republicana  Transfor maciones en el Alto I mperio  Transfor maciones en l a Antigüedad Tardía  Aspectos constantes en todas las épocas (Hierro II, República, Alto y Bajo Imperios romanos)  Marco geográfico  L ímites del área de estud io  Aspecto geológicos  Carac terísti cas generales de la desembocadura d el Guadalquivir  Breve historia de las investigaciones: estado de la cuestión  Fuente s epigráficas y documentales  Fuente s arqueoló gicas  Breve contexto histórico de la Bahía de Cádiz en época romana  Gadir durante la conquista romana  L a Bahía de Cádiz bajo la república: César y la polít ica de los Balbos  L a Bahía de Cádiz en el Alto Imperio  L a Bahía de Cádiz en la Antigüedad Tardía - Capítulo II . Desarrollo metodológico ……………………………………………. 55 • Introducción: La información de partida • La prospección arqu eológica superficial  Estrategias y coberturas del terreno y variables de control  Sistema de registro y procesado de la información • Variables utilizadas en la Costa Noroeste de Cádiz  Variables locacionales  Variables formales o “histórico-arqueológicas”  Relación entre los grupos de variables 1 y 2  Variables complementari as: análisis de las rutas óptimas y ejes de poblamiento - Capítulo III. E videncias arqueológicas: las excavaciones ………………………. 77 • Chipiona  Avenida de Sevilla, 88  Avenida de Sevilla, 86  Humilladero  Villa de las Canteras  El Olivar • Rota  Base Naval de Rota - Capítulo IV. Catálogo de yaci m ientos arqueológicos ……………………….…. 171 • Propuesta de ordenamiento ti pológico  Ciudades  Aglomeraciones  Villae  Asentamientos agrícolas/granjas  Chozos/ caba ñas  Otros  Inciertos/indefinidos • Catálogo de yacimientos arqueológicos  Sanlúcar de Barrameda  Rota  Chipiona - Capítulo V. E l poblamiento del área de estudio a partir de l a evidencia global …………………………………………………………………………….... 403 • Introducción: problemas y lim itaciones • Tendencias generales del área de estudio  Evolución cronológica  Categoría funcionales  Relación entre categorías funcionales y tipos de su elo • Dinámicas comunes en la margen iz quierda d el río Guadalquivir: Costa Noroeste de Cádiz. - Capítulo VI. Resultados ob tenidos a partir del análi sis de variables ……….... 415 • Variables locacionales  Extracción y tabulación de los valores  Una aproximación a los resultados  Yacimientos que presen tan visibilidad y altitud relativa elevada  Yacimientos con alta accesibilidad  Yacimientos que no destacan en nin gunas d e l as variables consideradas  Líneas de visión o de intervisibi lidad: un complemento a las variables locacionales • Variables formales  Características generale s de los asenta mientos a partir de sus rasgos locacionales  Patrones ligados a la ubicación de los asentamientos  Siglo II a.C.  Siglo I a.C.  Siglo I d.C.  Siglo II d.C.  Siglo III d.C.  Siglo IV d.C.  Siglo V d.C.  Siglo VI d.C. • Análisis rutas óptimas  Principales rutas aisladas en el análisis  Relación de los y acimientos del área de estudio con las rutas óptimas  Resultados generales del área de estudio  Relación entre rutas y asentamientos. Primeras conclusiones  Análisis de las rutas óptimas: aspectos destacados  Un complemento a las rutas óptimas: los ejes de poblamiento - Capítulo VII. Discusión …………………………………………………….…… 451 • La Implantación roman a en la Costa Noroest e de C ádiz. Discusión de los resultados.  Los precedentes. La C osta Noroeste de Cádiz durante la II Edad del Hierro  Un síntoma de recuperación  El Santuario de Monte Algaida  El período republicano (ss. II-I a.C.)  Un territorio depe ndi ente de Hasta Regia  El sistema de poblamiento de los ss. I-II d.C.  La crisis del si glo III d.C.  Los siglos IV-V d.C.: la consolidación de un nuevo modelo  Los siglos VI-VII d.C. - Capítulo VIII. Conclusiones ……………………………………………………… 489 16 Agradecimientos “Si todo lo que he perdido y todo lo que he ganado, se lo debo a l a madre que a mí me ha parido , s e l o d ebo a la tierra donde yo he na cido, se lo debo a la gente que estuvo a mi lado, espero no ser nunca un desagradec ido” (J uan Car los Aragón Becerra). El presente trabajo ha sido p osible fundamentalmente gr acias a la colab oración, directa e indir ectamente, de un grupo de person as que han contribuido a su realización, e incluso a su finalización. En primer lu gar, estaré e ternamente agradecido a Francisco Riesco G arcía, uno de l os autores de las ca rtas arqueológicas qu e hemos revisado, ademá s de un amigo, quien, de forma desint eresada, me acompañó incesantemente todos los días de trabajo de campo, aportando además de su a yuda , sus conocimientos. A Enrique García Vargas, direc tor de este tra bajo y profesor del De partam ento de Prehistoria y Arqu eología de la Universi dad de Sevilla, por s us consejos, correcciones y por su a yuda en el estudio de los materiales arqueoló gicos. J amás tendré palabras para agradecerle todo. A Eduardo Ferrer Albel da, a Francisco J osé Ga rcía F ernández y a José L uis Escacena Carrasco, profesores d el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla, por la colaboración en el est udio de materiales. A mi otro tutor, P ablo Garrido González. A él le debo la formació n en prospecciones que poseo y el conocimiento y uso de los Sistemas de I n formación Geográfica. Ha sido un verdadero maestro para mí . Gracia s. Igualmente, también han colaborado en los trabajos de campo, de modo absolutamente desinteresado, m ás amigos y comp añeros, entre los que d ebo mencionar a Álvaro Gómez Peña, María de los Re y es Somé Salazar, Gabriel Carvajal Mateos, L ui s G. Pérez Aguilar, Enrique Ruiz Prieto y R ocío Guerra Megías. A mi pareja Rebeca López Macías. Sin su ay u da, apoyo, comprensión y á nimos en momentos de flaquezas no hubiera sido posible que este trabajo viera la luz. Por úl timo, debo mencionar el apo y o y comprens ión de mi familia, de mi padre José y , sobr e todo, de mi madre Rosario. A ella l e debo todo lo que so y , e n todo lo que me he convertido. A ti va dedicado este trabajo. A todos ellos, muchísimas gracias. CAPÍTULO I OBJETIVOS Y CO NTEXTO GENE RAL: MARCO GEOGRÁFI CO E HISTÓ RICO DE LA BAHÍA DE CÁDIZ EN ÉPOCA RO MANA 18 19 I.1. OBJET IVOS DE LA INVESTIGACIÓN El objetivo fundamental de este trabajo es el estudio y conocimiento de la implantación territorial romana en la Costa Noroeste de Cádiz, un sector poco estudiado y trabajado, lo que perm itiría el proce sado de un importante volumen de i nformación para la comprensión de esta región. Antes de desarrollar otros puntos de este capítulo creemos oportuno formular los objetivos específicos bas e de este estudio, y qu e serán a su vez l os que determinen l os límites espaciales y temporales que lo d efinen. Para ello nos planteamos l as siguientes cuestiones: • ¿Qué dinámica histó rica experimentó el río Guadalquivir desde los momentos previos a la conquista romana hasta la ex tinción del sistema político imperial? • ¿En qué momento y cóm o se hace palpable la presencia romana? • ¿Podríamos hablar de una implantación del modelo de villae entre principi os y mediados del siglo I a.C.? • ¿Cuál era la base económica de esta zona enclavad a entre el mar y el lago? • ¿Cómo s e ada ptaron las poblaciones indígenas a la nueva situación? • ¿Por qué la inex istencia de una ciudad en un enclave tan estratégico? (entendiendo como tal a aquella con un estatuto jurídico claro o que al m enos cumplieran l as característi cas descritas en el c apítulo IV pa ra esta ti pología) ¿De qué ciudad dependían? Los objetivos trazados son ambiciosos dada l a importancia estraté gica de la zona de estudio que tr ataremos, p ero necesarios debido a la carencia d e i nformación exist ente hasta el momento. Una vez plant eadas est as cuestiones, intentarem os dar respuesta a los cambios sufridos e n el paisaje de l Ba jo Gua dalquivir, en concreto de su actual de sembocadura, mediante puntos más específicos: 1. Transformaciones en época Repub licana: ¿Cuándo observamos cambio s respecto a la Edad del Hierro II ? P ara dar r espuesta a esta pr egunta p artimos de la hipót esis d e que no será al menos h asta principios- mediados del I a.C. cuando se observa un cambio pa lpable e n l os patrone s de asentamiento, explot ación de los re cursos, etc., ex istiendo, por t anto, una continuidad 20 con la fase anterior hasta estas fechas, ex plicado mu y bi en por la ausencia de importantes fundac iones, de m odo que lo más sensato es postul ar la continuidad del dominio y control de Hasta Regia sobre la zona propuesta , ciudad eminentemente indígena y con la que Rom a tendrá que actuar par a controlar l a entrada al gran l ago, vía comercial y de comunicación con las poblaciones del interior. 2. Transformaciones en el Alto I mper io: Será en el periodo augusteo, aunque con un pre cedente claro en época cesariana, cuando la bahía ga ditana sufra cambios sustanciales en el modelo de ocupa ción y ordenación de l territorio. No obstante, desconocemos de qué manera y en qué medida este m ovimiento afectó al área d e estudio propuesta. Igualmente, cabría plantearse si quedaría al margen o no de la municipalización flavia, y en su c aso, por qué. Desde el punto de vis ta económico, la m argen izqu ierda d e la d esembocadura del Guadalquivir estaba esencialmente li ga da a las ex plotaciones relacionadas con la agricultura y la p esca, esto úl timo refl ejado en los num erosos pequ eños alfares existentes con una producción de envases preem inentemente salazoneros. ¿ Por qué, como veremos adelant e (véase sección V III.1.3 capítulo V III), desaparecieron numerosas figl inae en el cambio de centuria entre el siglo I y II d.C.? ¿En qué medida afec tó la llamada crisis del si glo II d.C.? ¿Cuál era el sistema de expl otación y régimen de la propiedad en el Alto I mperio en la z ona propuesta? ¿Se constata un cambio en el tamaño, disposición y nú mero de los asentamientos? Por otro lado, ¿ex istía algún tipo de r elación comercial entre esta zona agríc ola- pesquera con las estrictamente mineras? ¿El colapso minero en el s iglo II d.C. (Chic, 2009; 20 05; 1991; Re ye s, 2007; 1991;) pudo afectar a la economía de la C osta Noroeste de Cádiz? ¿Cóm o y en q ué medida? 3. Transformaciones en la An tigüedad Tardía Si bien el presente trabajo privil egia el estudio de las pro fundas transformaciones acaecidas en el Alto Imperio, no podríamos entender al completo éste sin apreciar su desarrollo posterior. Para es ta época s e mantienen los mismos interrogantes que en el punto segundo: - S i para el siglo II d.C . planteába mos la posibil idad de que la crisis afectara de alguna manera las estructuras existentes hasta ese momento (especialmente las socio- 21 económicas), ¿cómo y d e qué m anera afectaría la más profunda c risis del siglo III ? ¿El cese completo de la ex plotación de las mi nas de Az nalcóllar y Riotin to (Garrido, 2011; Domergue, 1987; 1990; Hunt, 2003) acarreó al gún cambio en esta región? - Otra cuestión a resolver es: ¿Se constata en la desembocadura actual del Guadalquivir la progresiva concentración d e l a propiedad qu e s e atribuye a este período? ¿Existe un ca mbio en las formas de explotación de l a t ierra? ¿El modelo de villa m antiene l a mism a relevancia como sistema socioeconómico o po r e l contrario se constata algún tipo de cambio? Nuestra hi pótesis para el B ajo Imperio, como sucederá en zonas mineras del entorno (Amores, 2010, Amores e.p.; Gar rido 2011), se va a caracterizar por una re orientación económica (aunqu e pos iblemente de forma menos drástica), y con ella social, y, producto de ésta, por una reo rganización del territorio, donde muchos de los asentamientos desaparecerán. Una vez planteadas las p reguntas concretas, cu y as respuestas deseamos encontrar a partir del estudio arque ológico d e l a Costa Noroes te de Cádiz, donde se i nserta la ac tual desembocadura del Guad alquivir (antes parte del Lacus Ligustinus ), cree mos interesante tratar otros aspe ctos adicionales que superan la vi sión diacrónica propues ta supra , por tratarse precisamente de constantes que parecen mantenerse a lo largo del t iempo . 4. Aspectos constantes en todas las épocas (H ierro II, República, Alto y Bajo Imperio romanos). - El papel de Hasta Re gia: La s Mesa s de Asta, identificadas con la ciudad de Asta Regia , localizada a 11 km al noroeste de Jerez, en l a actual provinci a de Cádiz , se sitúa al pie de l a c abeza del est ero de su mismo nombre, el cual facili taba las pos ibil idades de comunicación de este enclave con otros por medio de la navega ción. Est á conformada por un conjunto de elevaciones cu ya cota más alt a alcanza los 81 metros sobre el niv el del mar, ocupando una e xt ensión de 357 ha. (Esteve, 1979: 9-10; N avarrete, 199 0: 32). Su papel viene marcado, i ndependientemente al pot encial arqueoló gico, por tratarse de una ciudad im portante e n la re gión c on un manifiesto protag onism o en el Hier ro II como cabeza d el conven tus de Hasta , punto de reunión y encuentro de lo s turdetanos (Chic, 1995; 1999a: 245), así como, con toda seguridad, por erigirse como centro articulador (or ga nizador y cont rolador) de un amplio territorio que, m u y pr obablemente, englobaría l a z ona pr esente d e estudio (P arodi, 2 012: 38) y en la que desempeñaría un 22 papel importante, al menos en el Hie rro II e ini cios de la presencia romana, el asentamiento de Ébora, del cual hablaremos más adelante. Por ello, es objetivo prioritario es conoc er de qué manera incidió este nú cleo en el desarrollo polít ico y socioeconómico de la actual C osta Nor oeste de Cádiz, y c ómo la presencia roman a afectó a este t erritorio, sob re to do con la desmembr ación a la que es sometida su territorio, por ejemplo, con la emancipación de la soberanía h astense (para ponerla bajo el domini o romano) de la Turris Lascutana mediante e l dec reto de Paulo Emilio (datado el 189 a.C.). ( CIL II, 5041) - El papel económico de la actual desembocadura del Guadalquivir en e l ámbito bético en particular y e n el mundo romano en general: Más allá de l as tendencias señaladas para cada época, resulta interesante co nocer la im portancia socioeconómica de esta comarca dentro de un contexto mucho más amplio, respondiendo a cuestiones como ¿ qué rol jugó la z ona referida de estudio como áre a inserta entre el mar y l a campiña? - R omanización de la desembocadura del Guadalqui vir y campiña (Costa Nor oeste de C ádiz). Una ve z dada respuestas a toda s la s c uestiones plante adas, cab ría preguntarnos ¿cómo valoramos el proceso de romanización de la desembocadura del Guadalquivir? ¿A qué modelo de romanización cabe adscribir l a zona descrita? ¿Cóm o se va comportando desd e la conquista a l a desa parición del estado rom ano? ¿De qué manera afecta a los asentamientos importantes, como por ejemplo Ébora? . I.2. EL MARCO GEOGRÁFICO I.2.1. Límites del área de estudio Antes de comenzar a h ablar d e los ras gos geográficos del á rea de estudio e s conveniente esp ecificar los l ímites espac iales que la conforman. De esta m anera , podemos decir que nu estra investigación se h a ce ntrado básicamente en l os m unicipios que constituyen la actual C osta Noroeste de Cádiz, es decir, Rota, Chipi ona, Sanlúcar de Barrameda y Trebujena, términos que, ex ceptuando Rota, se encuent ran e n, o cerca, de la actual desembocadura del Guadalquivir, antes Lacus L igustinus (Fig. 1.1). Dada la homogeneida d que presentan los referidos t érminos, con una orografía similar, dond e predominan las eleva ciones suav es, con suelos mu y parecidos y con la inserción de todos ellos en un ambiente marít imo, hemos vi sto conveniente n o hacer 23 diferenciación, al menos a priori , de disti ntas áreas. Debe recor darse adem ás que la total coherencia paisajís tica de este territ orio es tá por encima de cualquier límite administrativo moderno y, si bien hemos de optar por delimitar nuestra zo na de estudio en gran medida en bas e a aquéllos, no vemos por lo d emás nin guna nec esidad de subdividirla en otros sectores cu y a aparición sólo habría ge nerado una ma yor confusión. Fig. 1.1. Área de estudio: Cost a Noroeste de Cádiz De esta forma, la totalid ad de la superficie d e estudio, prospectada y su jeta a los análisis q ue mostraremos a lo largo de esta tesi s, ha sido de 360,2 Km 2 , l os cuales quedan repa rtidos de la siguiente m anera: 59,2 Km 2 Trebujena, 174,3 Km 2 S anlúcar de Barrameda, 32,9 Km 2 Chipiona y 69,2 Km 2 Rota. 24 I.2.2. Aspectos geológicos Una vez expuestos los límit es del área de estudio, creemos oportuno recoger en estas lí neas los principales rasgos geomorfológic os que lo conforma n (Fig. 1.2), aunque de forma pu ntual sean valorados tanto a nivel ge neral como p arcial en otros capítulos (cf. capítulos V y VI): TIPOS DE SUE LO TIPO GENÉ RICO POTENCIAL AGROLÓGICO USO PREFEREN TE Em balses, mar, río... - 1- Nulo Ninguno -Reg esoles éutricos -Reg esoles dístricos -Inclusiones de Arenosoles álbicos - Regosoles - Arenos oles - 2- - Medio -Bajo - Cere al, v id, cultivos arbóreos -Reg osoles éutricos - Xeros oles hápl icos - Litosol es - Regosoles - Xeros oles - Litosol es - 3- - Medio - Medio - Medieo - Cere al, v id, cultivos arbóreos - Pastoreo - Uso for estal, p astoreo -Reg osoles calcáreos -Cambisoles cálc icos con inclusiones de litosoles - Regosoles -Cambisoles - 4- - Medio - Cere al, v id, cultivos arbóreos - Arenos oles álb icos -Cambisoles húm i cos -Gleysoles dís tricos - Arenos oles - Ca m bisoles - Gleysoles - 5- - Baj o - Medio - Baj o - No cultivables. Uso forestal, pastos - Cult ivos arbó leos, dehesas - Pastoreo - Vert isoles péli cos - Rendzinas -Reg osoles calcáreos - Vert isoles - Rendzinas -Reg osoles - 6- - Ópti m o - Ópti m o - Medio - Cere ales, leg um inosas - Cere ales, leg um inosas - Cere al, v id, cultivos arbóreos - Vert isoles péli cos - Vert isoles c rómicos - Vert isoles - 7- - Ópti m o - Cere ales, leg um inosas - Vert isoles c rómicos -Cambisoles v érticos - Vert isoles - Ca m bisoles - 8- - Ópti m o - Medio - Cere ales, leg um inosas - Cult ivos arbór eos, dehesas. -Solonchaks tak i ricos y - Solonchaks - Baj o - No cultivables/Uso 25 gleicos - 9- forestas y pas tos - Luvisoles cróm i cos - Inclusi ones d e Cam bisoles cál cicos y litosoles - Luvisoles - Ca m bisoles - 10- - Medio - Medio - Cult ivos arbór eos, dehesa - Luvisoles cróm i cos y regosoles - Luvisoles - 11- - Medio - Cult ivos arbór eos, dehesa. -Luv isoles cál cicos - Luvisoles cróm i cos - Luvisoles gle icos Luvisoles - 12- - Medio - Cult ivos arbór eos, dehesa. -Planosoles m ólicos - Vert isoles péli cos - Phaeozems clacáreos y Rankers arenosos - Planosole s - Vert isoles - Phaeozems - 13- - Medio - Ópti m o - Medio - Pastos - Cere ales, leg um inosas - Pastos Tabla 1.1. Tipos de suelo y pot encial agrológico Estos datos geomorfológicos se basan en la cart ografía 1:400.000 del I n stituto Geográfico Nacional, lo s c uales han resultado esenciales para la realización de los análisis de variables descritos en el capítulo V I . Podría parecer a priori una escala excesivamente ampl ia, p ero dado que no estamos hablando de usos, sino de tipos de suelos, cuy a vari ación no es apreciable más que a nivel regional, la escala 1:400.000 no es inadecuada para reflejar las escasas variaciones locales que pueda experim entar. Asimismo, hemos decidido utilizar el m apa de t ipos de suelo , en l ugar de otras opciones como el m apa de usos , dado que p ensamos que utiliz ar un mapa de usos actuales del suelo para e valuar los usos potenciales en la Ant igüedad puede resultar un tanto presentista; sin embar go, utilizar el mapa de tipos de suelos, teniendo en cuenta las posibles varia ciones pro vocadas por erosiones y transportes, nos permite ver qué tipos morfológicos se dan y de qué manera serían pot encialmente ex plotables en época romana, ajustándonos a las posibilidades tecnológicas y organizativas de la época. Por ot ra parte, la graduación del potencial agrológico de los suelos se fundamenta en las estimaciones de l a FAO reco gidas po r M. D elgado (Del gado, 2008) y matizadas con apreciaciones d e J. Gorges (Gorges, 1979), qued ando de esta m anea sintetiz ado en la tabla expuesta (tabla 1.1) el potencial agrícola desde un punto de vist a de una actividad agropecuaria tradicional, no industrial (Garrido, 2011; Delgado, 2008). 32 seguir con el t emplo de J uno y el Monumentum Caepionis , y a en el m ar, situado sobre un promontorio o roca. Por último, cabe citar a Claudio Pt olomeo, quien en su Geographia hace referencia, como y a lo hiciera Estr abón, a la ciudad de Ébora ( II ,4,9). No obstante, no realiza ninguna mención a la Torre de Cepión o al templo situado en Sanlúca r (tal vez L a Algaida), por lo que podríamos pensar en la inex istencia o el abandono de funcionalidades de amb os ya en el siglo II d.C ., como así pare cen mostrar los datos arqueológicos (Ferrer, 2000; R odrígue z Mellado, 2010). En cuanto a los itinerar ios antiguos ( Itinerario de Antonino o el Anónimo de Rávena ), no hacen referencia alguna a vías principales en esta com arca (s ecundar í as sí debieron de existir), lo que se explica por la inexistencia de ciudades importantes (exceptuando Hasta o Nebrissa ), destacando peq ueñas aglomeraciones (con mayor o menor importancia) repartidas por todo el t erritorio, como la de Re gla (en Chipiona), Cortijo de la C añada (en Sanlúca r) o Casa del Machaca ( en Rota) entre otras (c f. capítulo IV). En definitiva, las fuentes antiguas poco tienen que añadir al conocimi ento histórico d irecto de la zona de estudio , a excepció n de algunas re ferencias mu y valiosas relativas a la navegabilidad del Lacus , los esteros, etc., ya referido supra . I.3.2. Fuentes arqueológicas Como indi cábamos en la Introducción, el conoc imiento arqueológico previo a este trabajo era mu y escaso, a menudo con las lógicas y explicables carencias propias de la metodología utiliz ada en di versas épo cas, lo que planteaba la necesidad de iniciar un a revisión sistemática con un trabajo de campo más ampl io. Más allá de l as r eferencias de los eruditos, que son b astantes, y d e las excavaciones puntuales con material romano en los diversos términos m unicipales que hemos referido con anterioridad, como la Vi lla de las Canteras (Ramos y R isco, 1983), El Oli var (Ramos, 2001; García Vargas y Ram os, 2004), Avda. de Sevilla nº 2 (Alarcón, 1991) o Avda. de Sevilla nº 86 ( Barreiro, 2009) en Chipiona; E l Dolmen del Hidalgo (Carriazo, 1975), Ébora (Carriazo, 1970) o Fábrica de Salazones ( Esteve, 1953) en Sanlúcar d e B arrameda, y l a Villa de l a Base de R ota (McClellan et al. , 2001; 2010), Depósito de án foras (López y Pérez, 1980) y Torre d e la M erced, Plaza Duque d e Nájera y Plaza de España (Reinoso y Gutiérrez, 2010) en Rota, que propor cionan una información esp ecífica y localiz ada, los trabajo s de campo r ealizados con el fin de 33 lograr un cono cimiento global d el pobl amiento r omano en esta comarca (así como de otros períodos), son, como recalcábamos arriba, es casos. La s prospecciones realizadas por María Luisa Lavado Florido en 1986 ( Carta Arqueológica de la margen iz quierda del Guadalquivir: Sanlúcar -Norte- y T rebujena ), y la efectuada po r F rancisco R iesco García e n 198 7 ( Carta Arqueol ógica de la desembocadura del Guadalqui vir: z ona Sur ), forman la bas e fundamental del conocimiento del poblamiento romano (entre otros m uchos períodos) en nuestra ár ea de estudio. Éstas respondían a un modelo o un concepto de la investigación de b ase de realización de cartas ar queológicas impulsado por el departamento de Prehistoria y Arqueología de la Univ ersidad de Sevilla entre los años 197 7 y 1989, cu y a fig u ra principal fue D. Manue l P ellicer Catalán, por entonces director del D epartamento (Rodríguez Mellado, 2 014). Aunque algunos aspec tos metodológicos han sido superados con el ti empo, es importante seña lar que la base y el punto de partida que éstas constituyen ha sido de vital im portancia pa ra la rea lización de este trabajo. Otro trabajo de interés fueron las prospecciones realizadas por M. Ponsich, centradas en época romana y publicadas en 1991, l o que resultaba un complemento a los trabajos de campo qu e le p recedían, aunque ca rentes, como los anteriores, d e información necesar ia p ara un anális is más completo d el poblamiento roma no en la comarca (c f. Introducción), sobre todo las tan nece sarias delimitaciones poligonales, que no sólo son im prescindibles desde el punto de vista administrativo, si no que aportan un dato acerca de la superficie del asentamiento esencial par a l a i nterpretación arqueológica. También merecen una mención específica las pro specciones r ealizadas en 1994 en los términos de Trebujena y S anlúcar po r F. Barrionuevo Contr eras, L. A guilar Molla y R . Gonz ález Rodríguez dentro del proyecto "Paleogeografía humana del extremo noroccidental de la provincia d e Cád iz. L os proc esos culturales desde el Neolítico a la época medieval. Formas de contacto y aculturación ", aunqu e los datos aportados y public ados hasta la fecha son escasos y d e poca ut ilidad para los objetivos de este trabajo (Rodríguez Mellado, 2014; Gómez Peña e t al. , 2014). Por último, señalar los datos actuales de los PGOU de R ota y Trebujena, los cuales, bien analizados, se nutren básicamente de l as cartas arqueoló gicas realiz adas por F. Riesco y por Mª. L. Lavado, pero mal tr asladados cartográficamente y p resentando 34 errores en las coorde nadas aportadas, así como la sobredimensión de alg uno s polígonos asignados a diversos y a cimientos. En conclusión, vemos có mo son mu y pocos los trabajos pr evios -arqueológicos e historiográficos- en la C osta Noroeste d e C ádiz, do nde las evidencias epigráficas y documentales son escasas, por lo que el peso ar gumental de este t rabajo deberá rec aer sobre todo en nuestros propios datos, con todo los riesgos que ello obviame nte conlleva. I.4. BREVE CONTEXT O HISTÓRICO DE LA BAHÍA DE CÁDIZ EN É POCA ROMANA A continuación analiz aremos de m anera diacrónica los asp ectos so ciales, políticos y ec onómicos de un área más amplia y mu y vinculada con el territorio d e estudio, si n olvid ar, claro está, los acontecimientos y devenires acae cidos a ni vel general en la Bética y en Hispania . I.4.1. GADIR DURANTE LA CONQUISTA ROMANA La presencia c artaginesa en la Península Ibé rica, producto de los resultados de la Prim era Guerra Púnica , su rápida ex pansión por ésta, la ex plotación de sus recursos minerales y la disponibi lidad de l os íberos como soldados, representaba para Roma una amenaza de p rimer orden, sobre todo por las ansias de v enganza qu e existí an en Cartago tras la derr ota en dicha guerra y l a consiguiente pérdida de sus posesiones de ultramar (Bonet y Ri bera, 2003: 79; Roldán, 2008:152-153). Roma, con grandes int erese s en la p enínsula, comenzaría pronto a aprovecharse de su victoria imponiendo deter minados tributos y acapara ndo l os recursos prioritarios para el estado. Las mi nas, como ejemplo más p recoz y paradigmático, pasarían a s er explotadas directamente por ella (Domergue, 1990) por lo que la necesidad de ex plotación originaría múltiples abusos. A esto se le uniría la obligación de las provincias a suministrar ce reales al gobernador (un 5% ), así como venderles anualment e de forma obli gatoria, al precio que éste estimara, l os cereales precisos para el mantenimiento del ejército de ocupación (Chic, 1984: 72) . Aunque Cádiz no tenía minas ni campos para producir c ereal, los romanos situarían en la ciudad, en contra de lo pactado , un praefectus para qu e recaudara tributos. Tra s l as quejas de los gaditanos al S enado, en el 199 a.C. se le retiraría el 35 exactor. Es posible que de esta manera las élit es ga ditanas quedasen cont entas con el nuevo orden y por eso s e mantuviesen al margen de los movimi entos independentistas que poco después se sucederían en la provincia de l a Ulterior. En e l 197 a.C. se fijan las dos provincias hispanas: la Cit erior con capital en Tarraco, y la Ult erior, en l a cual se inclu y e nuestra área de estudio, con capital en Corduba. Esto se tradujo en el aumento del númer o de pretores, aunque se suprimen los mandatos mi litares extraordinarios. Igualment e se redujo e l núm ero de tropas estables en la península por la necesidad de con centrar ma y or es efectivos en Grecia, donde se estaba librando una importante guerra contra el reino macedonio. En este contex to, sobre un ambiente de malestar generalizado, s e sublevaron algunos r e y es del Valle d el Guadalquivir, toda la región entre este río y el Guadiana y ciudades libiofenicias de la costa m editerránea c omo Malaka o S exi , po r lo que el pretor M. Hevio tuvo que pedir refuerzos a Roma. En el 196 a.C. Roma enviará 10.000 hom bres con los que consi gue al gunas victorias, pero no d ebieron ser suficientes al tener que enviar en el 195 a.C. al cónsul M. Porcio Catón junt o con dos legiones, 15.000 aliados latinos, 800 jinetes y 20 b arcos de guerra (Chic, 1984: 72). Mientras M. Porcio operaba en la Citerior, el pretor de ésta, junto al d e la Ulterior, conc entraban s us fuerzas en el sur pe ninsular en respu esta a la rebelión generalizada de la Turdenatia (para luchar con huestes sit uadas entre la desembocadura del Guadalquivir, el Guadalete y el B arbate, tierras dependientes de Asta ), cuyas ciudades se habían procurado la asistencia de un g ran número de mercenarios celtíberos (R oldán, 2013: 233) debi do a su esca sa c apacidad mi litar (Liv. 34,19,1-2). Éstos dificultarían al pretor Manlio en su acción, por l o qu e tuvo que acudir en su a y uda el propio Catón (Liv. 34,19 ,1). Cuando llegó, celtíberos y turdetanos tenían campamentos por separado, hecho que aprovechó Cató n para enviar tribunos militares a dialogar con los celtíberos y ofr ecerles tres condiciones a su elección: p asarse al bando romano y cobrar el doble de soldada que le ofrecían los turdetanos; marchar a sus casa con l a promesa de no tomar rep resalia por apo y ar al enemigo; o, en caso de querer gue rra, fij ar dí a y l ugar (Liv. 34, 19, 3 -7). Tras un dí a de deliberación no pudieron decidir ninguna cos a. Aunque fueron varios los i ntentos de provocación, viendo q ue para n ada s e m ovían los enemigos, Catón retornó hacia el Ebro con siete cohortes (Liv. 39,19,11). Aunque Roma dio por concluida la guerra (Chic, 1 987: 74), la lucha había de continuar. Así en el 194 a.C. P. Cornelio Escipión se enfrentar ía cerca de Carmona a 36 una banda de lusitanos, tal vez m erce narios, que saqueaban una región con trolada por Roma. Tras esta not icia, no ex iste información de esta zo na hasta el 189 a.C., donde el pretor L . Em ilio Paulo realiza un p acto (¿ hospiti um ?) con una p equeña comunidad libiofenicia, L ascuta . De esta manera, liberaba a los lascutanos de la servidumb re de Asta . Era una forma de castig ar a la ciudad astiense por ser una de las sublevadas ant e la presencia de Roma, cuy o territorio (según se ex trae del pac to de Emil io) era bastante extenso, en el cual incluimos, sin du da al guna , la zona d e estudio del presente trabajo. Por entonces L. Emilio luchaba contra los lusi tanos mercenarios de As ta . S in embargo, no s erá hasta el 187 a.C. cuando su sucesor, A. Atinio, los venza y conquiste l a ciudad ( Anales 39,21). Su caída no supuso el final de la resistencia, que sí ocurriría con l as acciones de T. Sempronio Grac o en el 179 a.C. co n la t oma de Munda y su avance po r el valle d el Genil y del Guadalhorece hasta Certi ma antes d e marchar al norte para concluir s u obra pa cificadora (Chic, 1987). Par a vigilar la z ona era necesario establecer otra base en el sur adem ás de la ya creada Itálica, en el valle del Guadalquivir; esta no era otra que Carteia , que guardaría l a cost a meridi onal y el estratégico Estre cho de Gibraltar. Además d e esto, el Senado quiso a cabar mediante algunas medidas con los abusos de los gobernantes y ex actores de impuestos que se llevaban buena parte de la moneda que al gunas c omuni dades comenzaban a emitir. De hecho, tal vez fruto de estas medidas, no habrá noticias s obre la zona hasta el 155 a.C. con el intento de bandas lusi tanas y v ettonas de pasar a África por ella, tal vez como mercenarios, en un momento en el que Rom a estaba llevando a cabo acciones of ensivas contra Cartago. La respuesta de Roma no se hará esperar y situará una base en C órdoba para rete ner a las bandas que bajaba n desde zonas del Guadiana al Guadalquivir, aunque no pudieron evitar el pas o de algunos grupos de soldados. En el 147 a.C. aparecerán de nuevo en la Turdetania bandas lusitanas al m ando de Viriato, quien, tras varios acontecimientos, será derrotado por el cón sul Quinto Servilio Cepión, personaje al que se l e atribu y e la construcción un faro en la entrada del Guadalquivir (Estrabón, III , 1,9), y en torno al cual sur giría la actual C hipiona. Por estas fechas Roma e xperimentaba una prof unda crisis int erna que había estallado tras los intentos re volucionarios de los Grac os (133-122 a.C.), a lo que se le añadió el problema de los socios itálicos, el de la ineficacia del ejército en sus mandos, composición, táctica y di sciplina, la politiz ación de la clase ecuestre, etc. 37 En el marco de las post eriores guerras civiles entre Sila y Mario se produce la huida de un gran número de populares desde Roma, entre ellos S ertorio, quien comienza un enfrentamiento particular contra los senatoriales que lo t raer á al sur de la p enínsula ibérica tras un buen n úmero de vicisitudes y enfrentamientos en el Magreb y el Mediterráneo. Sil a, marchó hacia Hispania, par a lo cual compró el derecho de paso por los Pirineos a las tribus cerre tanas del P erthus. Antes de ins talarse dejó a su lugarteniente y a 6.000 hombres en el p aso pirenaico p ara evitar la e ntrada de los posibles contingentes que mandara Sila. Esta primera e tapa acabará cuando se envíe a la península a Annio L us co con dos legiones en l a primavera del 81 a.C., derrotando al ejército de Sertorio sit uado en los Pirineos. Ante esta situación, Sertorio m archa a Carthago Nova , y desde allí t enía la intención de asentar se en Mauritania, pero al arribar en su costa, int entando aprovisionarse de a gua , fueron atacados por in dígenas, lo que les hiz o volver a los barcos. Luego intentará n anclar en la costa meridional hispana, pero volverán a embarcarse obli gados po r el gobernador silano d e la provinci a. Tras var ias aventuras más, cruzan el Estrecho de nuevo para toc ar t ierra en la desembo cadura del Guadalquivir, donde un marinero le ofrece buscar las islas Afortunada s, pero Sertorio renuncia y vuelve a Mauritania. En este momento los in díge nas de Tán ger s e habían rebelado contra s u re y, vasallo del re y de Maurit ania, a quien los piratas ofrecieron sus servicios. Sertorio, sin embargo, viendo en ello una ganancia ma yor, entr ó en trato con los i ndíg e nas, a los qu e incluyó en su ejército, y con los que venció a una gu arnición mandada por Sila par a el socorro del re y ezuelo. Los romanos vencidos se incluyeron en sus tropas, quienes participaron en el sitio de Tingis , que cayó en sus m anos. En este contexto, l os lusita nos que se habían levantado en rebelión contra Roma, se ponen en contacto c on Sertorio ofreciéndole el caudillaje. En el 80 a.C. pondría rumbo a Hispania, des embarcando en l as prox imidades de Baelo, donde estarían esperándoles las tropas lusitanas. P osteriormente, se dirigieron hacia el interior y , tras derrotar a Fufidio en las cercanías de Sevilla, mar charon hacia la Lusitania. No sabemos la postura d e l as comunidades de nuestra zona de estudio respecto a las acciones de Se rtorio, pero sí la de Cádiz, reacia a ell as al no favorecer sus i ntereses comerciales (Rodrí guez Neila, 1992: 33) y , sobre t odo, tras la renovación del tratado de alianza con Roma en el 78 a.C., donde se comprometía a ayudarla y soco rrer la en caso necesario. Como contrapartida, Roma s eguía reconociendo la autonom ía de los 38 foederati , por lo que no quedaban sometidos directamente a la l egislación romana, sino que en teoría podían tomar sólo aquellas le ye s que les int eresara y s eguir con sus propias normas cívicas (Chic, 1986). En este ambiente, entraría en jue go L . C ornelio Balbo, quien colaborarí a con Metelo y, sob re todo, co n Pompe y o M agno, ahora el nuevo l íder d e la fac ción optimate, enviándole víve res y num erar io para las trop as, hecho que Pompe yo no iba a olvidar en el futuro. Tanto es así, que por m edio de a la lex Gellia-Cor nelia ll eg ó a concederle la ciudadanía romana a aquellos que le h abían servido durante la guerra. Cor nelio Ba lbo y toda su f amilia fueron así beneficiarios de ello t ras una consult a del Magnus con su consejo, donde se pondrían sobr e la me sa los méritos acumulados po r el ga ditano durante la guerra sertoriana (Amela, 2001; Rodríguez Neila, 1992). Antes de profundizar en la fi gura d e los Balbos y , sobr e todo, en la de César (que trataremos en el siguiente apar tado), una v ez vistos los aspectos polí ticos de la conquista romana, es co nveniente exponer brevemente lo que supuso a nivel social y económico la presencia de Roma en nuestra zona de estudio. Así, di cha presencia no supuso una ruptura brusca, al menos a prior i , de las estructuras socioeconóm icas de los territorios a fectados, sino que se produciría una continuidad con unos mínimos cambios (Niveau y Blanco, 2007: 21 8; Roldán y Wulff, 2001: 560; Chaves et al., 1998: 1310). De esta forma, por ejemplo, los gaditanos y puebl os de su área d e influe ncia, conservarían sus propias instituciones, sus costumbres y su capacidad legislativa, así como el derecho de emitir moneda y a comerciar l ibremente ( López, 1991: 279; 1995 ; Koch, 1976: 193 y ss.; Marín, 1988: 11). Gozarían además de estas ventajas de orden jurídico-político, de dos importantes prerrogativas desde el punto de vista comercial, como era la inm unidad en el pago de la contrib ución territorial y la posibilidad de tener representante en la capital que pud iera defen der sus intereses, lo que traducido de otra manera supondría una reapertura d e los mercados del Mediterráneo (Rodríguez, 1980: 25; Frutos, 1982: 49). Observamos, p or tanto, que l os elementos itálicos en las estruc turas comerciales de la ciudad de Gadi r fueron mínimos al menos durante los dos primeros tercios del siglo II a.C . (Montero et al., 2004: 415), no encontrándose índices inequívocos de afección de s us pautas internas hasta final de la República (Rol dán y Wulff, 2001: 560). 39 Esta actitud de Roma se debía fundamentalmente a la escasa ex periencia en la ocupación de territorios tan a lejados, tratando por ello en Hispania de atene rse al estado de las cosas qu e encontraba, respetand o aquello que no se o ponía a sus intereses, y consolidando lo que le fa vorecía (Benda la, 1979: 40), y pena lizando severamente a q uienes se enfrentaran a ella, como ocurriría con H asta Regia , castigada por su resistencia a Roma con la pérdida de Lascuta ( López, 1994). No obstante, aunque parece que a priori la presencia romana no incidió de forma directa en un cambi o en el sustrato cultural, i ndirectamente sí lo haría, sobre todo en algunos ámbitos. En las alfarerías de la esfera comer cial de Cádiz observamos una continuidad en los establecimientos (Sáez y Díaz, 2002: 52; García Vargas, 2004a; 2008: 93), si bien c on un ligero cambio en los tipos de producción (Sáez, 2010: 3 07), pasando de l as t radicionales T-8.2.1. 1 y T-12.1.1.1/2 a l as T -9.1.1.1 y T- 7.4.3.3 en el sig lo I I a.C . (Montero et al . , 2004: 417). I gualmente se observa la producción de im itaciones de ánforas grecoitálicas 1 , cerámicas campanienses, de barniz rojo, etc. (Chaves et al., 1996: 1311; Monter o et al., 2004: 217; García Vargas, 2008: 95; García Fernández y García Vargas, 2010: 131; Bernal et al., 2013: 255- 356). La romaniz ación de las ánfora s, o mejor di cho, las primeras ánforas de tipología romana elaboradas en la Ulterior, no se producirán hasta mediados del siglo I a.C. (García Vargas, 2008: 9 5), fec ha en la cu al producciones como las ovoides gaditanas, las Dressel 7-11, L C67 y otras inunda n los mercados del Mediterráneo, si bien con algunas perdu raciones como la M añá C o derivadas de la M añá/Pascual A4 (Bernal, 2008: 275; L a góstena, 1 996: 151). Esto coincide con un ca mbio importante de los patrones de i mplantac ión ter ritorial de la i ndustria alfarera hacia formas de producción centradas en establecimientos dispersos en el ámbito rural (García Var gas, 2009) Es evidente qu e el fenómeno de las imitaciones parece responder tanto a la presencia efectiva de comerciantes romanos o i tálicos en la región, como a los intereses comerciales gaditanos (Ch ávez et al., 1998: 1307), que s upieron aprovechar las oportunidades que ofrecía a la expansión comercial la presen cia de tropas y personal administrativo romanos (García Vargas, 2009). 1 M uestra de ello pued e ver se p or ejemplo e n los hallaz gos T orre Alta o Per y J unquera, c on i mitaciones de grecoitálicas ta rdías. Exis ten evidencias al go más te mpranas de i mitaciones loc ales (s. III a.C.), halladas hasta ahora en contex tos de salad eros y necró polis. 40 No obstante, todo no serían cambios progresivos o perduración. En el reg i stro arqueológico se h a podid o observar el abandono de otros centros, como Torre Alta y la Milagrosa, cu yas p roducciones cesarían en el s iglo II a.C. o a prin cipios del I a.C. Aunque es un tema abierto a investigación y po co tratado, Bernal Casasol a (2008: 272) propone varios moti vos al descartarse epis odios violentos como incendios o destrucciones i ntencionales en ellos. Por ello, podría asociarse a la nueva política de explotación del territ orium de Gadir/Gades previo a su municipalización, así como a la necesidad de ad aptación a los mercados romanos (con envases “romanos”) y una elevada producción par a competir en los mercados del crec iente Mediter ráneo romano (Bernal, 2008: 272). Debido al fenómeno des crito, la alfarería ex perimentaría a su v ez una se rie de innovaciones en los talleres de la Bahía de Cádiz en torno a mitad del siglo II a.C., fundamentalmente en los tipos de hornos y combusti ón, de influencia claramente itálica (García Fernández y García Vargas, 2012: 30; Bernal, 2008: 273-275; Ber nal et al., 2004). Se incorporan por ejemplo hornos de pl anta cuadran gular o l os de parrilla prefabricada para algunas estructuras de combustión (Bernal, 2008: 274) En cuanto a la industria salazonera, li gada eviden temente a la alfarería, p arece que tampoco afectó de maner a importante la co nquista romana, sino qu e, lejos de acabar con estas actividades, s upuso un notable incremento de l as mismas (Lagóstena, 1994: 10). Aunque a lgunos centros desaparecen, como o curre e n El Puer to de Santa María (posiblemente con secuencia del abandono de Doña Blanca), la ma yoría de los establecimientos continú an con el mismo funcionamiento hasta m ediados del si glo I a.C., donde se comienz an a percibir cambios co mo consecuencia de la actuación de Julio César en l a Ult erior (García y F errer, 2001: 33; García Va rgas, 1997; Lagostena , 1996: 151; Niveau, 2001: 332). Un mismo esque ma qu e el planteado supra lo encontramos en lo referente al urbanismo, donde, de forma generalizada, existe una pervivencia en las formas de organización urbana ( Gonz ález Román, 2002: 16; Bendala, 2009: 419). En la Bética, un claro eje mplo de ello lo encontramos en las re cientes excavaciones de la antigua ciudad de Celti (Peñaflor, Sevilla), con una clara p erduración de las estructuras precedentes al menos hasta época altoimp erial (Keay et al. , 2010). Esta misma percepción puede extrapolarse a ot ras ciudades, como por eje mplo Carmo (Beltrán, 2001: 13 9-140; Lineros et al. , 2 012: 610; Rodà, 2009: 1 97), Carteia (Roldán et al. , 2001: 32-35; Bendala, 20 01: 47; Rodà, 2009: 197), Gades, Hispa lis , 41 etc. (Abad y Bendala, 1996: 18), donde se ob serva un continuum en el uso d e estructuras, al menos en los primeros años de la República, aunque la ma y orí a d e ellos s ufrirían paulatinamente cambios en la fisi onomía urbana produ cto de la introducción de edifici os principales en las necesidades que co mportaba la incorporación a l I m perio, tales como f oros, templ os, tea tros… (Abad y Bendala, 1996: 18). Esta continuidad no pose y ó un carácter ex cluyente, sino que el pr opio desarrollo de la conquista provocó allí donde la resistencia era ma y or, la desaparición de centros íberos (González R omán, 2002: 17). Podemos decir, por tan to, que el Estado romano aprovechó la estructura urbana ex istente (Benda la, 2003: 26-27), aunqu e no faltaron iniciativas propias y adaptación de algunas fórmulas que tendrá su punto álgido en época de Augusto. En conclusión, podr íamos hablar , por ta nto, de un pr oceso de a similación gradual y desigual a través los cambios observados en la bahía gaditana y s u entorno a lo larg o del siglo II a.C., y que se muestran más evidentes a partir d el siglo I a.C., pudiéndose dar por finaliz ada la eta pa en época augustea. II.2. L A BAHÍA DE CÁDIZ BAJO L A REPÚBLICA: CÉSAR Y LA POLÍTICA DE LOS B ALBOS. En el año 69 a.C. apa recería en el pl ano político de la P enínsula el j oven Cay o Julio César como cuestor de la Hispani a Ulterior a las órden es del pretor d e la misma provincia C. Antistius Vetus (Rodrígue z Neila, 19 92: 52). Al año siguiente continuaría desempeñando l a mism a función, tras la cu al regresaría a Roma. Estaba en cargado de recorrer las as ambleas provinciales con el fin de administ rar justicia en ellas (Ferreiro, 2008: 310). Posiblemente, tras su paso por Gades , entraría en contacto con los notables e in flu y e ntes d e la ciudad, entre ellos C ornelio Balbo ( Lomas, 2005: 110- 111; Novillo, 2011: 5 7), con quien entablaría una buena amistad. Ambos v erían en el otro el medio necesario para lograr su s objetivos y aspiraciones (Rodríguez Neila, 1992: 52-53). Tras el regreso de J ulio César a R oma no vol vería a Hispania hasta el 61 a.C., esta vez como gobernador de la Ulterior, en c alidad de pretor. Bajo sus aspiraciones, lograr el consulado, C ésar pensó que l a única m anera era ll egar a Roma envuelto en la gloria y el triunfo (Apiano, Bell. Civ. 2,8; Dión Casio 37, 52, 1 s.). L a Ulterior se l e 48 Calígula (37-41 d.C .), que retoma las líneas de Cé sar frente a las de Augusto o Tiberio, va a emprender numerosas acciones que tendrían i nfluencia en los intere ses comerciales de la costa gaditana. Esta no era otra que la su presión de la monarquía de Ptolomeo, rey cliente d e Mauritania y, por tan to, de t odo su reino, englobá ndose definitivamente en el im perio romano con el emperador Claudio (41 -45 d.C .), sucesor de Calígula. Para favorecer la gestión y pacificaci ón de la zona se elevarían a rango de colonia a Ti ngis y Lixu s , mientras qu e Volubilis y Bae lo pasaron a co nvertirse en municipios. Se pretendía, con toda probabilidad, def ender los intereses e conómicos que los romanos de la Bética, sob re todo de Cádiz , tenían en l a zona, así como proteger el paso estratégico del Estrecho de Gibraltar (Chic, 1984). Fig. 1.4. Principales enclaves salazoneros de la Bahía de Cádiz (Ex pósito, 2004:139) 49 De igual modo, la conquista de Britania pot enciaría aún m ás la política atlántica romana y con ello indirectamente los intereses gaditanos (Chic 2 004). Y es que la época de Claudio supone la etapa d e ma yor esplendor de C ádiz, donde florece su comercio, que da salida a productos agrícolas del interior, y las empresas pesqueras y auxi liares (salinas, alfares...), así como el desarroll o de elementos culturales. Con Nerón, en sus primeros años, cuando Burro y Séneca dirigían los asuntos del I mpe rio, l a posición estatal variaría, optando por una orientación de flacionaria que beneficiaba a la aristocracia terratenient e frente a la gente común, y entre ella a los comerciantes e industriales, fr enando la expansión económica. En este contex to, las costas gaditanas sufrirían una primera razzia mauritana, que agravó los problemas de la zona. En e l 62 d.C. Nerón to mará dire ctamente las riendas del Estado, vol viendo a una política de gastos y dádivas que favorecería a l as clases populares, e ini ciando una política cultural de heleniz ación del mundo romano para consolidar una monarquía de corte helenístico. Con la muerte de Nerón (año 68) varios g ene rales se disputaron el poder. L a Bética se vería amenazada de guerra y una legión, la X Gemina, tuvo que proteger el Estrecho de Gibraltar frente a las tropas mauritanas de Albino. Sería Vespasiano qui en ganar a la gue rra y reorganiz ara el Est ado. En Hispania concedería el derecho latino en el 73 d.C. a todas las comunidades urbanas, l o que supondría la participación de estos provinciales e n el nuevo ejército reformado. Con los Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano) se aprecia un intervencionismo econó mico dirig ido a asegurar el abastecimiento del e jército y la plebe romana, así como mantener activos sectores económicos como l as minas, fincas estatales y las redes de distribución para la Anno na (comercialización y t ransporte). Aunque la apariencia generalizada fuera l a d e de sarrollo económi co y progreso de las zonas productivas y distribuidoras, lo cierto es qu e el c ampo se iba d escapitalizando progresivamente y las ci udades c on unos gastos m ay ores, acumulaban cada vez más deudas (Chic, 1984; 2004). No obstante, la paz suf rió esca sos sobresaltos hast a el final del siglo II d.C., las comunicaciones se mantuvi eron seguras, y aunque iban cambiando l as formas políticas, ec onómicas y sociales ha cia una rí gida unidad y uniformidad, el tráfico s e mantuvo activo, y con cotas simil ares a l siglo anterior, aún a mediados del II d.C. 50 En el 172 d.C., bandas de moros pasaban el Es trecho y s aqueaban la provincia de la Bética. El emperador Marco Aurelio se hiz o cargo d el problema y e ncargó a C. Aufidio Victorino solucionarlo, qui en restableció la paz, aunque duraría po co (Lomas, 2005: 143). En el 175 d.C. se repitió el ataque, te niéndose que fortificar las ciudades más ex puestas a las incur siones, como por ejemplo C arteia (Roldán y W ulff, 2001: 163). Estos ataques pe rjudicaron notablemente la economía, ya por entonc es bastante maltrecha: finca s, industrias de salaz ón, alf ares y otros centros no p rotegidos fueron devastados y muchos nunca se recupe rarían. Los terratenientes y empresarios s e arruinaron. El campo se encontró descapitaliz ado en un momento donde e scaseaba la moneda, y dond e el fisco , con los gastos en defensa en los frentes más acuciantes del Danubio y Oriente, no podía a y ud ar (Chic, 1984). Con una crisis social, económica, política y m ilitar en aumento, el Es tado se vio obligado a i ncrementar su demanda de hombres y dineros, de la clase campesina fundamentalmente, que se veía arruinada paulatinamente y obligada a aba ndonar sus tierras o a pedir p réstamos que los hundían aún más, benef iciando a los poderosos. Este aumento d e hombres , funcionarios, impuesto s y el cansancio generaliz ado de la población obligó a Marc o Aurelio a disminui r el valor real de la m oneda para poder hacer f rente a l as necesidades más apremiantes, depreciación que Cómodo, aunque puso fin a l a g uerra, no pudo contener con sus gastos exagerados, lo que provocó el inicio de una política inf lacionista galopante que orig inó la subida del precio de los artículos de primera ne cesidad en el últim o tercio del siglo II d.C. También v olverá a reaparecer la piratería, sínt oma de la debili dad del estado romano, lo que empeoraría aún más la situación y co nllevó a una disminución de los circuitos comerciales. II.4. LA BAHÍA DE CÁDIZ EN LA ANTI GÜEDAD TARDÍA Con el final d e la pax romana , el colapso minero, el intervencionismo del Estado frente a las manos priva das que cada vez iban ad quiriendo mayor poder, las constantes guerras, las notables reestructuraciones en el aparato annonario, el cre cimiento del ejército, e l retroceso del sistema monetario (dev aluación de la moneda de oro) y el hundimiento ge neralizado del comercio (del Mediterráneo occidental y rut as atl ánticas), Gades , que ya h abía perd ido su función comercial, decayó rápidament e a l o largo de los siglos III y I V d.C., dejando de tener la imp ortancia geoestratégica de los siglos precedentes en el tr áfico marítimo de redistribución, quedando éste como un ce ntro portuario más entre los de su entorno (Villaverde, 1997: 411). 51 Avieno en su Ora Marítim a n os dice lo siguiente: Multa et opulens civitas/aedo vetusto, nunc eg ena, nunc brevis,/nunc destituta, nunc ruinarum ag ( g)er est./ Nos hic locorum praeter Hercul ea (m)/ solemnit aten vidi mus miri nihil (Grande y rica ciudad en tiempos pretéritos, ahora pobre, ahora pequeña, ahora abandonada, aho ra c ampo de ruinas. No vimos nada admirable en estos l uga res salvo la solemnidad de Hércules ( Or. Marítima , 270-272). Tal vez esta vi sión de d eca dencia extrema, como aseguran v arios autores, no fuera de l todo cierta, sino que se debiera al in suficiente cono cimiento del r egistro arqueológico y datos mal publicados ( Bernal, 2010: 200), así como a las i deas preconcebidas de Avieno, quien hall aría por el contrario l o que por entonces encontr aría en cualquier ciudad del litoral hispano del siglo IV d.C., una ciudad con una más que evidente transformación urbanística resp ecto a los cánones del Alto I m perio (Lagóstena, 1997: 268; Sillières, 1993: 147-148; Gutiérrez L lon et, 1993; Sanz Huesma, 2007). De hecho, las intervenciones arqueológicas realizadas e n Cádiz muestra n una vitalidad notable de la ciudad y nos hablan de la c onti nuidad de uso funerario del espacio extramuros hasta al m enos el siglo V d.C. (Bern al, 1997), de una ex tensión amplísim a de la necrópolis tardorromana, que para nada refleja una reducción drástica, la continuidad del templo d e Hércules Gaditanus y la constatación de hábitat en algunos lugares (como por ejempl o la Casa del Obispo o el Teatro R omano) hasta el s iglo V I o VII (Bernal, 2004; 2008; Bernal y García e.p.; Cobos et al. , 1996). Como decíamos, los hallazgos de la C asa del Obispo nos confirman que Gades estuvo abierta al tráfic o m arítimo durante los siglos III -V y part e del V I d.C., aunque ello no sig nificara que e xi stiese un floreciente c entro urbano de l qu e a ntaño había gozado, sino que h abía experimentado una gran retr acc ión. De esta m anera qu edarían básicamente z onas de dicadas fundamentalmente a tareas portuarias, actividades pesqueras y p roducción s alazonera (Padilla, 2008). Esta situa ción de desurbani zación, según A. Padilla, obligó a la oli garquía ga ditana a ma rcharse a otros lugares, donde podrían controlar sus intereses agropecuarios (Padill a, 2008: 366). Esta pérdida de importancia de Gades actuó en beneficio de Asido , que iría concentrando pro gre siva mente actividades admini strativas. Ha y qu e record ar, haciendo un pequeños inciso, que numerosas familias de la aristocracia gaditana se trasladaría n a Medina Sidonia definitivamente a lo larg o de los s iglos III y IV d.C., donde con anterioridad habían adqui rido tierras (como pudo también producirse en otras poblaciones de la z ona, como por ejempl o Hasta Regia , Saudo , Portus Ga ditanus , C eret 52 o la Turr is Caepionis ) y de sde donde podían gestionar sus propiedades (Padilla, 1990: 247-248). C onvertida en capital episcopal (gracias a que la aristocracia local, a nivel general, iban copando las dignidades eclesi ásticas -Garc ía Vargas, 2012: 241-), en un enclave fácilmente defendibl e, haría de Asido u na for tissima civitas que iría restando progresivamente la imp ortancia que había teni do Gades en momentos anteriores (Montero, 2009: 127), y d esde donde se controlaría un vasto territorio q ue comprendería, se gún la propuesta de A. Padilla (1990: 255), la costa y t ramo final del Guadalquivir, las sie rras de Gibalbín, Algodonales, Grazalema y el b ajo valle del Guadiano. En cuanto al hinterland de Cádiz , igual que en la propia ciudad, se aprecia cómo a partir del si glo II d.C. se produce una concentración de la propiedad fundiaria, que se extiende a otros ámbitos, como a las factorí as de salazones o las figlinae ( que se sumaron a aquellas abandon adas anteriormente - Lagóstena, 2 001a: 354: 2001b: 100-), fenómeno ori ginado por el empobrecimiento generalizado de amplias capas d e la población como consecuencia de la interrupción del principal sistema d e crecimiento económico del Imperio romano, la expansión t e rritorial (Padilla, 2008: 360). De esta manera la ma y oría de los establecimientos del entorno de Cádiz fueron abandonados en esta ce nturia, como por ejemplo el P arque Natural de San Fernando, que muestra sus últimos momentos de vida en torno al 250-320 d.C . (Bernal et al . 2003: 147-152) o las docenas de fi glinae de Puerto R eal, Puerto de Santa María o S an Fer nando, donde s ólo el 5% supera el si glo II d .C. (Bernal, 2008: 296), m ientras que los que funcionaron en el siglo III d.C. representaban al go menos d el 8% d e los ex istentes anterior mente (García Vargas, 2000: 121). La indus tria salazoner a s in embargo continuó durante el siglo III , IV y V d.C., aunque a niveles re ducidos y con fluctuaciones, sufriendo en el se gundo te rcio del siglo III d.C. una acentuación de la crisis que dará sí ntomas de recuperación en época d e Diocleciano ( Lagóstena, 2001a: 317). Los t ipos anfóricos elabo rados en la zona de la Bahía d e C ádiz y emple ados para su t ransporte entre la segunda mitad del sig lo II y principios del I II d.C. fueron la Dressel 14 y Puerto Real I - II, f abricadas mayoritariamente en la fi glina de Puente Melchor (García Var gas, 1998), m ientras que a partir de del si glo III al fi nal del s. V/ini cios V I d.C . las salsas y salazones se exportaron en Kea y V I, XV I, XX II y XX III , elaboradas, entre otros, en los alfares de Puente Melchor (García Vargas, 1998), Puente Grande y los Matagallares (Bernal, 2000). 53 El siglo V d.C. s upuso un descenso progre sivo de este género (fundamentalmente por la competencia de la p roducción m asiva af ricana), que s e agudizará en la p rimera mitad de dicha centu ria, situándose en los niveles inferiores alcanzados en el si glo III d.C., lo que conllevó a la redu cción d el número de factorías, abandonándose parte de las instalaciones por la falta de demanda entre mediados del siglo V y mediados del V I d.C. (Lagóstena, 2001). Lo m ismo ocurriría con la producción oleícola durante la segunda mita d del siglo III d.C . (que tien e su génesis en las confiscaciones antialbanistas y en las africanistas medidas seve rianas 3 ) y los si glos IV y V d.C., que pese a ello conti nuaría en el territorio m encionado, seg ún se ha atestiguado en el y a cimiento jerezano Vegas de Elvira I V (Barrionuevo, 1992), aunque con una pr oducción más r educida 4 . Ha y que recordar que la competencia del aceite africano (así como de otros p roductos : salazones, vajilla...) se fue haciendo cada vez más evid ente en el siglo IV d.C. a m edida que las extensas propiedades imperiales africanas fueron monopoliz ando el suministro de l a capital (Chic, 1995: 128) , lo que no implicó el c ese total de la producción béti ca, que seguiría l legando a R oma, s ino que se mantendrá en cantidades d ecrecientes hasta el siglo V d.C. (Padilla, 1989; 2 008). 3 Re m e sal, 1986 : 10 5. E n el siglo II I d. C., el a scenso d e la d inastía de lo s se veros coincide en Hispa nia con una nueva orien tación p olítica. Sep timio Severo, de origen africano, pr omocionaría la s provincias africanas d e Ma uritania Cae sar iensis y Mauritania Tingitana en ca lidad de abastece dora s de la Anno na , premiando de esta m anera a l os ter ratenientes q ue le habían ap oyado en s u ascenso al trono, mientras que perseguiría a aquello s q ue prestar on su a yuda a Clodio Albino confiscándo les sus tierras, y con e llo numerosos oli vares ubicados en la B ética ( Hist. Au g. vita Severi, 2 3) . Esto rep ercutió negativa mente a Gades e n tanto y en cua nto la aristocracia mercantil p erdió peso frente a los terr ateniente s africanos. 4 Lo que re specta a la Bética , s e sabe que el aceite bé tico se siguió exportando desde el seg undo c uarto del siglo III d .C. (For nell, 200 7) y continuó, por lo general, hast a los últi mos año s del siglo IV d.C. (Re mesal, 199 1: 3 55 ss ). Después de d icho p eríodo disminuyó la fab ricación local de ánforas y las expo rtaciones oleícolas, lo que queda de mostrado por la pobre dispersión d e ánforas Dr . 20 y 23 durante el siglo V d .C. y, sobr e tod o, el VI d.C., que es cuando co menzaron a incre mentarse la s i m porta ciones d e aceite africa no y oriental (Salad o et a l. , 20 00: 226). 54 CAPÍTULO I I DESARROLLO METO DOLÓGICO 56 57 En este capítulo abordaremos la metodología empleada durante el trabajo de campo desarrollado a l o largo de do s años, entre enero de 2010 y septiembre de 2012, cuyos resultados han sido fundamentales para la elaborac ión d e las variables que describiremos en los capítulo s V-VI. II.1. INTRODUCCIÓN: LA INFORMACIÓN DE PARTIDA La p rospección arqueológica superficial ha dejado de ser en los últimos años una mera herramienta de bús queda de y a cimientos apt os para excavar para ser un fin en sí misma (Garrido, 2011: 185), desarrollándose c ada vez más t écnica s pa ra conse guir nuevos resultados (Ruiz Zapatero, 1988: 34; 1996: 9; San Mi gue l, 1992: 36). No obstante, a pesar de ello, no existe una suficiente estandar ización metod ológica, sino que cada proyecto emplea la su y a, resultando casi i mposible comparar u nos con otros (Given, 2004). En el caso que nos concierne (como y a re ferimos en capítulos anteriores), la base metodoló gica que hemos empleado, tanto en el t rabajo d e campo c omo en los posteriores análisis de los datos ex traídos, es la misma que la aplicada por P. Garrido en su tesis doctoral (Garrido, 2011), y a que el fin últi mo, además de conocer la implantación y evolución del pobl amiento romano en nu estra área de estudio, es comparar la dinámica entre ambas zonas geo gráficas (desembocadura del Guadalquivir y valle del Guadiam ar) para observar concordancias y dive rgencias. Por ello, hemos evitado a la hora de r ealizar los análisis de variables hacer uso de los datos de l as prospecciones que nos precedían, optando por utiliz ar s ólo aquellos resultados obtenidos en nuestro propio trabajo de campo, sobre todo porque resultaba complicado comparar, como indi cábamos supr a , la información de prospecciones cu y os criterios metodológicos eran tan diferentes, con distinta int ensidad de cobertura, con care ncia de algunas re ferencias r elevantes (tipo de y a cimiento, poligonación...), etc., aun cuando lo hubiér amos intentando modelar, como indi ca Terrenato, para corre gir estas diferencias y poder abordarlos en conjunto (Terrenato, 2000; 2004). A pesar d e ello, esto no quiere decir que los datos de estos trabajos no ha yan s ido considera dos como datos de partida p ara el trabajo de campo, de modo que sí fueron recogidos y sistematizados en una base de d atos general ( Fig. 2.1), similar a la empleada pa ra el Guadiamar por P. Garrido (Garrido, 2011). 64 Fig. 2.6. Área de estudio con las zonas prospectadas 65 Fig. 2.7. Ubicación de los yacimientos estudiados 66 II.2.2. Sistema de registro y procesado de la infor mac ión Actualmente la prospección no ti ene como únic o fin la búsqueda tan sólo de y a cimi entos arqueológicos ( sites ), sino que consider a igual de importante todo el área “vacía” que los circunda, pues entiende qu e el ser humano exti ende su actividad por todas ellas, considerándose simpl emente focos de menor intensidad ( off-site) frente a otros de ma y o r actividad ( sites , y acimientos) ( Garrido, 2011; Ma y oral et al., 2009; Chapata et al. , 2003). P or tanto, resulta obvio p ensar que l as personas se ubican en lugares espe cíficos ( ya s ea temporal o estable) , y sin embargo su actividad no queda aislada en esos focos, sin o que, de alguna manera, la incidencia s obre el me dio es global (Anschuetz et al. , 2001: 156). Esta perspectiva ha d ado lugar a la elaboración de nu evos instrumentos de análisis como los mapas d e densidad o de visibili dad. Para hacer posible esta metodología es ne cesario recoger -o al menos, considerar- toda l a cerámi ca hallada durante la p rospección, lo cual, junto a los mapas de visi bilidad y de nsidad elaborados, resultan útiles par a sabe r qué es o no es un yacimiento, así como dist ing ui r focos de mayor o menor actividad (Ga rrido, 2011), mien tras que con el sistema tradicional, muchos restos dispersos (que podrían ser un fo co menor) serían consid erandos "ruido de fondo" y, por consiguiente, descartados o no re gistrados. No obstante, lo expuesto no deja de ser una ex posición ideal, pensada para medios materiales y h umanos que lo permitan; recursos, si endo realistas, c on los que no hemos contado en nu estras prosp ecc ion es, lo cual ha condicionado totalmente nuestra estrategia, por lo que hemos intentado buscar una sol ución de compromiso para abordar un volumen tan ampli o de información. P or tanto , la recogida de m ateriales era inviable y , de ese m odo, el registro off-si te , por lo que se optó por una solución intermedia, recoger en carto grafía aquellos puntos de actividad menor, don de hubiese un leve repunte de m aterial, pero no lo suficiente para considerarlos y acim iento en un sentido convencional. Otro problema, conse cuencia de lo anterior, era el intento de búsqueda de un método de acopio de información cuantitativa sin la necesidad de la recogida de materiales que nos perm itiera contabiliz ar el mat erial vis ible en superficie. El objetivo iba más allá de contrastar la ausencia/presencia de determinados tipos cerámicos (que podría hacerse con el mét odo convencional), sino qu e, por el contrario, per mitiera lograr 67 una aproxim ación a la p ropo rción real de elementos por cada yac imiento sin recoger el material (Garrido, 2011). De esta m anera, P. Garrido (2011) dis eñó unas fichas para prospecc iones intensivas (Fi g. 2.8) que de alg una forma solvent aba l os problemas referidos supra , y de las cuales nos nutrimos par a nuestro trabajo de campo, y a que, como hemos comentado en varias ocasiones, el fundamento o base metodológica del presente trab ajo es deudor del suyo. La ficha s e organiz a por grupos cronológicos, productivos y funcionales. La numeración que se obs erva a la derecha corresponde a valores absolutos con intervalos determinados a partir del quinto frag mento, llegado hasta el número 30, cifra más que elevada para conside rar u na alta pr esencia y representación de dicho ele mento. Est e sistema permite una aproxi mación a l as pro porcione s por tipo de material presentes en cada yac imiento (Garrido, 2011), así como un acercamiento, aunque im perfecto, a la importancia o tamaño del y acimiento por cada e tapa, aunque si no se maneja con cautela puede se r un ind icador engañoso. No obstante, si de al guna man era refleja la variabilidad cronológica en el sistema de registro, aun sólo hipotéticamente , no deja de ser un dato complementario de gran importancia. Por otro lado, aunque en l a ficha no aparezcan tipos concretos (podrí a s er una ficha interminable) no significa que ha ya s ido u n descuido, puesto que el hueco que existe entre el nom bre del producto c erámico y el comienzo de los números esta ba pensado para tal fin. De hecho, todos los frag mentos significa tivos que aportasen datos tipo-cronológicos fueron dibujados, pueden verse en el catálogo realiz ado en el capítulo IV. A pesar d e lo ex puesto, bien es cierto que el sistema presenta algunos inconvenientes: -En primer lugar, el cómput o pu ede tacharse de i nexacto, irreleva nte e, in cluso estadísticamente falso, crítica que asumi mos. S in embargo, con este método se ha buscado expresar t endencias en l os datos y no valores absolutos , porque somos conscientes de que la mu estra registrada es en gran parte aleatoria, así como el material en superficie no es la totalidad del exis tente en el ya cimiento. De cua lquier manera, estos índices aproximativos se c omplementaban con la dispersión de materiales en metros cuadrados ( Garrido, 2011 ), ya que t odos los sitios fueron poligonados. 68 Fig. 2.8. Ficha empleada durante las prospeccione s intensivas (Garrido, 2011) -Otro defecto es la cue sti ón de la utilización únicamente de material diagnó stico al que se limita este si stema de registro, pero ni el tiempo ni los objetivos, como ya indicamos supra , permitían trabajar con los "no diagnósticos". 69 II.3. VARIABLES UT ILIZA DAS EN LA COST A NOROESTE DE C ÁDIZ La ut ilización de los Sist emas de Información Geográfica (S IG) p ermite procesar gran cantid ad de información de form a rápid a y sencilla, obteniéndose en algunos casos i nformación que de ot ra maner a sería in abarcable. No obst ante, no basta con acopiar datos y sistematiz arlos sin más, sino que estos datos h ay que dotarlos de un significado, por lo que no han de desvincularse de la propia lógic a de la investi gación arqueológica (Parcero, 2000: 77-78). Asimis mo, los resultados que se obtengan no han de considerarse como "reconstructivos", pues pod ría ser pretencioso, sino comparativos de las condiciones relati vas de cada y a cimient o, lo que permiti ría, posteriormente, observar si los modelo s planteados s e asemejan a la realidad, así como cotejar similit udes y diferencias entre dist intos asentamientos (Parcero, 2000 ; Parcero y Fábrega, 2006, Garrido, 2011; Grau, 2006; Ma y oral, 2004). Para la realización de todas las operaciones y análisis se ha ut ilizado el programa de información geográfica ArcGis 9.2. La s variables cuantitativas se h an centrado sólo en los y acimientos prospectados y revisados por nosotros . A d iferencia de l os análi sis realizados por P . Garrido en su tesis (2011), en este c aso, como exp licamos en el capítulo 1.2.1, no hemos divi dido el área de estudio en varias zonas dada la homogeneidad d esde el pu nto de vista orográfico. Del mi smo modo, otro a specto que di ferencia e st a z ona del Guad alquivir de l a del Guadiamar es la ausencia, a pr iori , de y a cimientos menores a 500 m 2 , y decimos a priori porque aunque las prospecciones realizadas no dejan de s er intensivas, si es cierto que también han sido selectivas, es d ecir, se centraron en loc alizar, lim itar y georreferenciar aquellos yacimientos identificados por Lava do y Riesco en los años ochenta ( Lava do, 1986; Riesco, 1987), donde, d ebido a los medios y ti empo con los que contábamos, quedó numeroso terreno por reprospectar . La s variables aplicadas a nuestro estudio se agruparon en cuatro ca te gorías, lo que no descarta una interrelación entre ellas: 1. Variables locacionales: La elección de los f actores que se deben incluir en el anális is depende de cuáles de estos fueron importantes en la toma de decision es dentro de las sociedades estudiadas (Ebert, 2000; Krist , 2006; Magnin, 2013 ). En n uestro caso, hemos de cidido incluir 70 aquellas tanto de ti po topográfico como agrológico (Fábre gas, 2005; P arcero, 2000; Garrido, 2011). - Accesibilid ad: Entendida como el esfu erzo realizado por un individuo desde un punto concreto a ot ro (asenta miento-entorno o vi ceversa). Este tip o de mode lo se elabora mediante mapas de fricción (a partir de la rugosidad del terreno -pendiente s-) a tra vés de la fórmula i sotrópica F=p/10, donde P =pendiente e n % (Pa rcero y Fábrega, 2006: 76). Estas superficies de fricc ión están formadas por mallas regulares en las q ue el valor de cada c elda indica , mediante una codificación p reviamente esta blecida, el coste que implica atravesar dicha celda desde un punto de origen hacia las celdas ad yacente s. Por t anto, el término acce sibilidad se refiere a un cálculo basado e n dos componentes, la fricción (que re presenta la facil idad para recorrer el terreno) y la distancia (espacio que se recorre ent re dos determi nados luga res). No siempre la zona más cercana desde un punto debe ser siempre la más fácil o accesible, sino que dependerá de los diferen tes factores qu e puedan condic ionar el desplaza miento (López Romero, 2005). La m entablemente ca recemos de datos referentes a la ve ge tación, climatología, etc. del período de estudio para poder combinarlo s con el r esto de datos. N o obstante, sí hemos t enido en cuenta ot ros factores, como los cursos de agua. Dada la homoge neidad de los mism os, no han sido jerarquizados, aunque s í bl oqueados según su ut ilidad para dicho análisis, tal y como ocurrió con el Lacus Ligustinus . S e intentaba de esta manera modelizar el efecto l imitador del lago sobre el movimiento, por lo que se optó por bloquear las celdas corre spondientes al cauce, rec ibiendo un valor de 50, mientras que el resto de celdas presentaban un valor 0, lo que equivaldría a una pendient e de 37º. Este paso se re aliza para evitar que las rutas óptimas elaboradas p osteriormente sobre esta superficie ( infra ) se encajen sist emáticamente en esa s z onas, sobre todo los cur sos fluviales, sesgando totalmente los resultados. En definitiva, esta variable nos permite saber si primaron o no en el asentamiento aspectos defensivos, y a que la preponderancia topo gr áf ica sobre el entorno facilita enormemente la visibilidad sobre los terrenos circ undantes y, asimi smo, favorece la ina ccesibilidad física (García Sanju án et al ., 2006: 182; Llober a, 2001, García S ánchez, 2009). Asimism o, los mapas d e fricción permiten l a elaboración de isocronas, mediante las c uales se puede hallar la di stancia m áxima que, en función de la topografía (con los con dicionantes que li mitan el m ovimiento, como la orografía e 71 hidrografía, y a que la vegetac ión por e jemplo no se puede cuantificar debido a su condición de temporalidad), pu ede recorrer una persona en los intervalo s temporales que establezcamos, com o por ejemplo 15´, 30 ´y 45 ´ (Fábrega, 2 005: 129; Vázquez Mato, 2010; Garrido González, 2011). - Altitud re lativa: R elacionada con la anterior, intenta valorar l a relación altimétrica entre un asenta miento y su entorno, es decir, esta variable crea un índice que expresa la prominencia topo gráfica existente entre el yacimiento y l as zon as más bajas o más altas (según el caso) de s u m edio inmediato, lo cual nos permite t ener una idea de la percepción real del sitio y el predominio visua l que presenta respecto a su entorno cercano, el cual hemos c onsiderado en un r adio de 2 km (Parcero y Fábrega , 2005; Mayoral, 2004), estudiada no mediante un cómputo de la combina ción de la desviación típica de las cotas de la zona (Parcero, 2002), sino mediante fórmulas más sencillas:  Altitud relativa 1: Altitud absoluta del emplazamiento altitud máxima  Altitud relativa 2: Altitud absoluta del emplazamiento altitud mínima - Visibilid ad: En este estudi o haremos un uso del con cepto d e visibil idad que no debe ser confundido con el que se hace habitualmente e n términos de prospección, es decir, el mayor o menor gr ado de dificultad en la apreciación de los re stos arqueológ icos durante el desarrollo de la mi sma. En este caso, nos refe rimos a l a percepción visual, entendida a escala macro, como l a posi bilidad de ver y ser visto entre las diversas entidades arqueológicas dispersas en el territorio (Wheatle y y Gill ins, 2000: 3). En el caso de nuestro es tudio, el objetivo fundamental será pod er comprobar si la variable “visi bilidad” tiene influencia en la elección del lugar de as entamiento o, si por el contrario, no es relevante. Par a ello hemos graduado la visibilidad por intervalos de distancia: 2 km (cor ta-inmediata), 5 km (m edia) y 10 km (lar ga) , no sól o para graduar l a relación del yacimiento con su entor no productivo (Garrido, 2011), sino también par a las relaciones de inte rvisibilidad entre asentamientos (cf. capítulo VI ) , por lo que los y acimientos han sido jerarquizados e n función del número de y acimientos que ven y son vis tos por cada uno de ellos. 72 - Potencial productivo de los suelos: Esta variable no hay que con fundirla con los usos del suelo que, como indicábamos anteriormente, está sujeta a la inherente condición de temporalidad (Vázquez Mato, 2010: 80), sino con el potencial productivo del espacio. El análisis de esta var iable está basado en una reclasificación de los suelos aptos para una explotación extensiva (con suelos ligeros y p endientes medias, donde este tipo de agricultura es de rendimientos constantes con cicl os de rotación complejos que pueden soportar dos cosechas anuales), intensiv a (con pendientes suaves y suelos profundos, basada en ciclos largos) o nula (con fuertes pendientes y s uelos li ge ros, d onde a pri ori cualquier práctica a grícola es impos ible) propuesta y a po r P arcero y Fábrega (2 006: 78- 79;) 3 . Para ello hemos empleado l os datos de la clasificación potencial de cali dades agrarias de M. D elgado ( Delgado, 2008), y qu e podemos ver en la tabla 1. 1 del capítulo I de este trabajo. Por otra parte, este m odelo, como y a referimos supra , opta por la introd ucción de la pontencialidad y relati vidad, con lo que la significación de esta v ariable no reside en la importancia o v era cidad absoluta del dato en sí, sino en su carácter mensurable y comparativo (Parcero y Fábrega, 2006; Ma y oral, 2004). Los resultados y valoración obtenidos serían uti lizados para combinars e con otras variables analizadas, como la visibi lidad o la accesibilidad, lo cual permitirá estimar cuánta cantidad de superficie por cada t ipo de suelo es acce si ble desde un asentamiento (po r isocr onas de 15, 30 y 45 minut os) o controlado vis ualmente (por radios de 2,5, 5 y 10 km ). Por últi mo, se realizó el test de X 2 (Chi cuadrado) en todos los yac imi entos revisados y localizados por nosot ros con el fin de comprobar si existía una relación robusta entre la funcionalidad asignada y el su elo donde se asentaban (Garr ido, 2011). 2. Variables formales o "histórico-arqueológicas": Una vez analizadas la s variables de carácter cuantitativo, es conve niente relacionarlas con datos f ormales ( arqueoló gic os) de los y acimientos. Además de la cronología, se considerarán los siguientes criterios cualitativos: - Tam año del asentamiento: Lejos de entrar en el debate acerca d e l a forma más correcta d e delimitar un y acimiento, al que y a se hizo una breve referencia en este 3 Véase ta mbién el trab ajo de B. X. Currás al r especto (Currás, 2014). 73 capítulo, como va riable decidimos re coger la del tamaño del asent amiento. Para la agrupación de c ada uno de ellos hemos t omado los intervalos propuestos por P. Garrido (Garrido, 2011), el cual los toma de los su geridos por M. Oria y E. García en la campiña de Marchena (Oria y Ga rcía, 2007) con al gunas matizaciones realizadas por V. M a y oral (Ma y oral, 2005):  Menores a 500 m 2 .  Entre 500 m 2 -1 ha.  Entre 1-5 ha.  Entre 5-10 ha.  May ores a 10 ha. - Atribu tos materiales y cronología: L a revisión de la tot alidad de los yacimientos localizados por L avado y Riesco en la década de los oche nta ( La vado, 198 6; Riesco, 1987) nos permitió un conocimiento profundo del asentamiento a partir de sus materiales y , por t anto, de su adscripción cronológica, los cu ales s e traslad aron a la b ase de datos. Asimismo nos permitió prescindir del baremo empleado por P. Garrido par a graduar los datos en fun ción de la " calidad" metodológica para asignar su cronología (Garrido, 2011), al d esechar aquella informació n no contrastada por n osotros en el trabajo de c ampo. De est a manera, con la i nclusión de este parámetro, se aportab a una perspectiva histórica a las tendencias mostradas por los datos (Fábregas, 2005). - Otros: Bajo este epígrafe se han querido reco ger todos aquellos datos que pudieran ayudar a la hora de o rientar el estudio de las va riables, como el topó nimo antiguo, el estatuto jurídico (si lo tuviera), las menciones en las fuentes, etc. 3. Relación entre los grupos de variables 1 y 2: Con las variables señala das a lo lar go de este capítulo, podemos proponer un modelo de implantación t erritorial en el área de estudio, dando una clasificac ión individual a cada uno de los 7 5 yacimientos considerados. Por otro lado, dada la carencia de asi gnación de tipología de los y acimien tos en los estudios que nos pre ceden ( Lava do, 1986; Riesco, 1987), exceptuand o l os t rabajos de M. Ponsich, que recog e algunos de lugares que revisamos (Ponsich, 1991), así como la carencia de ciertos m etadatos necesarios pa ra evaluar l a metodolo gía empleada, decidimos no realizar un análisis comparativo ent re ambos grupos d e datos. Del mismo 80 lado y otro de la parte donde está l a c alav era, que de ordi nar io se halla con todos lo s huesos mondos, en forma de un cuerpo hum ano. [ …] Hallamos una vez dos urnas de vidrio en un sepulcro, del tam año de dos o r cetas de media arroba cada u na ; éstas estaban en dos fundas de plom o cubiertas c on él; tenía la un a ha sta la m itad de un licor com o agua colorada que olía bien, que dijer on ser mirra destilada; y allí dentro estaba n los huesos de dos m anos y ot ros huesecillos que d ijeron se r del corazón. La otra u rna t e nía todos los huesos de l cuerpo a llí enterrados hechos pedaz os y quem ado s” (Carmona, 1635: 248- 249) . En otro pasaje anterior señala cómo en esas pla y as se hallaban: “(…) diversos y multiplicados cim ie ntos de pared es que descubre el m ar cuando anda de leva, lo cual junto c on algunos cúm ulos de pied r as de edif icios, s on irrefragables testigos de alg una f undac ión antiquísima que por all í hubo ; l a noticia investigada lo acredita, la vista lo discie rne, la considerac ión no lo repugna. Pocos días ha que c iertos m ercader es de Sevilla trajeron allí un gran matemático que alz ase fi gura para acert ar el lugar de que habían perdido el tino donde u na noche escondieron cierta cantidad de m oneda; y después de hab er el a strólog o (que t odo lo er a) h echo cu entas, no las di o buenas de sí, ni de su facult ad, aunq ue vino carg ado de libros; pues aunque por los dos días d i ez o doce hombres cav a ron aquellas playas por varias partes, en n i nguna hallaron la m on eda y en cas i todas descubrieron t an gruesos y f uertes fundamentos de edificio s que con picos no podían ro m perlos” (Carmona, 1635: 247). En 1694, según recoge Pedro de Madrazo (Madra zo, 1884), una fuerte tormenta que con desusad a furia azot ó la arenosa pla y a cercana al p romontorio de Regla, dejó al descubierto varios sepulc ros y monedas: “ Con tod os estos sepulcros hi cieron losa s para solar la iglesia de Regla” (Madrazo, 1884: 190). Tras más de un si glo sin testimonio s escritos, la Revista de Bellas Artes recoge en 1867 el hallazgo de una figura de cabeza de Venus, mencionando que destacaba por la corrección d e las l íneas y la pe rfección del modelado (Tubino, 1867). El 10 de marzo 1895 un furioso temporal hizo descubrir en un lecho de arena colindante al Sant uario de Nt ra. Sra. de Regla diversas sepulturas, llegándose a identificar hasta dos tipos: “Las primeras se componían de lastres de piedra, que varía su núm er o en cada sepultura, pero que en genera l s uelen ser cinco, f orm ando entre todas un verda dero cañón cerrado en c uyo f on do aparece constantem ente una tierra bla nca sobre la c ual descansa el cadáver. La tum ba, medida por l a Comisión de Monum en tos, pres enta las 81 siguientes dim ens iones: 2 m e tros d e largo, 0.27 metros en el pi e, 0.46 m e tros en la cabeza, altura del fondo 0.4 0 m etros. En la seg unda c lase, formadas d e m a mpostería, e s dec ir, p iedras de pe queñ as dimensiones y durí sim a a rgam asa , di ríase que t rataron de i m itar la figura de una n ave. El vano o hueco adopta la mism a forma que en la anterior, pero el fondo es una verdader a pared perfectam ente labrada y de tal suerte pul imentada al exterio r que parece destinada a adornarse con p i nturas. Del único d escubier to de esta clase só lo se conse rva el fondo. Llama l a atención que t odos l os sepulcros se hal len perfectam ente alineado s y que la posición de los cadáv er es que contienen sea siempre la misma: posic ión teni endo la cabeza al Occidente y a l Levante los pies” (Maier y Salas 2000: 103, CACA /9/7949//58(2)). Los mate riales arqueológi cos hallados en algunas tumbas (un cráneo, un p uñal y una llave), todas ellas carentes de inscripciones, fueron depositados en el M useo Arqueológico de Cádiz, aunque, por desgr acia, hasta a hora no han podi do ser localizados. Cuatro años d espués, en 1899, Bar tolomé Junquero informa del hallazgo en un antiguo pozo de una e norme c oncentración d e obje tos me tálicos en la pla y a de Re gla (204 kilos), especialmente de plomo, alguna s piezas trabajadas y con inscripciones dedicadas al dios J úpiter , además de una figura de Príapo alado (Engel, 1900: 14). Ya en el siglo XX, a lo lar go de los años, los hallazgos casuales en la zona se fueron sucediendo de manera regular, entre ellos destacan un vaso de terra sigillata Gá lica F orma 37 de Dragendorff (M artínez Muni lla 1949), los enterramientos pú nicos en "El Cuartelillo" (Ferná ndez-Ch icarr o, 1961; Tejera, 1979) o varias lápidas funerar ias con epigrafía (González, 198 2; Vives, 1942). La prensa también s e h aría eco los hallazgos d e restos óseos que tuvieron lugar de forma casual tras diversas remociones de terreno p ara la mejora d el saneamiento urbano (La Van guardia, 26/ 03/1960; A BC de Sevilla, 12/01/1979). De igual manera, s e han constatado varias esculturas marmór eas, p rocedent es de hallazgos casuales, de difícil identificación, aunq ue vinculadas al ámbi to de la escultura decorativa y la ideal o mitoló gic a (escultura erudit a), fechadas entre los siglos I y II d. C. III.1.1.2. Excavaciones Arqueológicas recientes Aparte de todos los a ntecedentes mencionados , es necesario ahora pasar a considerar la s evidencias referidas a actividades arqueológicas regladas desde los años 80 en adelante. Hasta la fecha se han realizado dos intervenciones arqueológicas de urgencia 82 en las inmediac iones del Santuario de R eg la y una actividad de i nvestigación puntua l muy reciente con fructíferos resultados ( infra ), resp ectivamente, en Avda. de Se villa 88 y 86 y en la Plaza del Humilladero (Fig. 3.1). Fig. 3.1. Ubicación de las intervenciones arqueológicas realiz adas en el entorno de Regla III.1.1.2.1. Avda. d e Sevi lla, 88 ( antiguo n úmero 2 ) En lo que respe cta a la pri mera de ellas (Avenida de Sevill a, 88), realizada e n 1991 por Francisco J . Alarcón Castellano (Alarcón, 1991), dio como resultado la aparic ión de una ne crópolis romana exclusivamente infantil da tada entre los sig los IV y V d.C., la cua l amortizaba un edificio fechado a mediados del siglo I d.C. (Alc ázar, 1991; Alcázar et al. 1994), cuya fun cionalidad parece s er la d e factoría de salaz ón. La reali zación de ocho sondeos mecánicos con el fin de comprobar la amplitud y ex tensión de l os restos que pudieran aparecer, demo stró la existencia de re stos de cerá mica romana y mu ros a una profundidad aproximada de -1,50 m en una parte del sol ar, los cuales estaba n cubiertos por ar ena volandera. En el resto d el solar, donde los sondeos fueron negativos, se bajó hasta los -2 y -2,5 metros . 83 Se pudieron identificar varios niveles: 1.- Construcción del edificio (primera mitad siglo I d.C.): L os m uros se constru y eron mediante zanjas de cimentación de 40 cm de pro fundidad, sobre la qu e se colocaba una torta de ca l pre via al alz ado con sillare jos de entre 20 y 30 cm trabados con cal y arena. El edificio primigenio se com ponía de tres estancias conformadas por cin co m uros (Fig. 3.2), cuyas dimensiones eran las siguientes: • Estancia 1: 6,58 x 9.80 m • Estancia 2: 4,40 x 5,20 m • Estancia 3: 1,80 x 6 x 1 x 6,10 m • Estancia 4 (incompleta): 6 x 2,35 x 1,40 m • Pileta (incompleta): 3,80 x 2,20 m Fig. 3.2. Plano de la prim era fase del e dificio ( elaboración propia a partir de Alarc ón, 1991) 84 En la e stancia 1, delimitada por los muros 1 y 2, se conservaba en el ángulo o puesto a estos muros los restos de un a pileta incompl eta de amplias dim ensiones, tal vez de salazones, per teneciente a una cetaria pa rcialmente documenta da, aunque no se desc artan otras funciones no industriales debido a la parc ialidad de los restos documentados y a unas evidencias arqueológicas nada claras (Expósito, 2004: 144). No obstante, la re ciente ex cavación de una parcela c olindante (Barreiro, 200 9 - ve r infra -) y el estudio detallado del material arqueológico procedente de dicha intervención (Herrera y Rodríguez, 20 14), refuerzan la hipótesis del carácter industrial de las estructuras – y del entorno inmediato-, r elacionadas muy probablemente c on actividades salazoneras. Así, s e documentan, a demás de otra pileta (Barreiro, 2009), diver sos elementos relacionados con la pesca (anzuelos, a gujas para coser redes, plomos…), dest acando entre ellos tres arpones de hier ro con cabeza de cuatro puntas, s in astil conservado, ut ilizados probablemente para la captura de peces de mediano-gran tamaño (Foto 1) 1 . Fot. 1. Imagen de los tres arpones hallados en la in tervención arqueológica de Avenida de Sevilla 86 1 Aclarar que es tos arp ones, aunque p roced en del b asurero d e la excavació n, que hemos d ata do en el siglo I d.C. ( Herrer a y Rodríg uez, 20 14), se encuentran actual mente en manos privadas, puesto q ue fueron recogido s d e la tier ra vertida de dicho verteder o en una par cela del término d e Chipiona pro piedad de lo s mismos pro motores de la ob ra tras la extracció n parcial d e éste de manera mecán ica. 85 2.- R emodelación de las estructuras (mediados-final siglo I d.C.): Se procede a la eliminación de los mu ros 4 y 5 para realiz ar dos n uevos (6 y 7) con el fin de reestructurar el e spacio (Fig. 3.3), quedando sin alterar la estancia 1 . La 2, no excavada en su t otalidad, presentaba una s dimensiones de 3,10 x 5,80 m. S e documentaron en la zona de uni ón e ntre los muros 6 y 3 dos pequeños canalillos de sección circular de 4 cm, cuya funcionalidad sería la evacuación de líquidos fuera del edificio. La estan cia 3 pr esentaba unas dimensiones de 4, 20 x 5,80 m. Al i gual q ue en la estancia 2, en el muro 7 se registraron dos canalill os como los anteriormente descritos. Fig. 3.3. Plano de la fase 2: reestructuración del ed ificio (elaboración propia a partir de Alarcón, 1991) En cuanto a los pavim entos, no se l ocalizaron, aunque en l a estancia 2 s e documentaron tres ladril los colocados en seco. Posibl emente, el expolio del m aterial constructivo tras su abandono supondría la desaparición de la solería del ed ificio. 3.- R eutilización del edificio como zona de ne crópolis (ss. IV -V d.C.): Se documentar on en total 22 ente rramientos de inhumación (Fig. 3.4; Fotograf ía 2), si endo 19 de ellos en 86 ánforas, uno con cubi erta a dos ag u as (T-20), otro en cista con sillare s (T-12) y uno en fosa si mple (T-16) (Alarcón, 1991; Alarc ón et al. , 1994). Respecto al primer tipo (en ánfora), fueron deposit ados directamente en l a arena. S e hallaban seccionadas trasversalmente para l a int roducción d el i ndividuo, uniéndose de n uevo una v ez introducido éste. En algunos casos, las uni ones se realizaban entes dos p artes inferiores o dos superiores del ánfora. La c ronología de estos enterramientos, e n función de la tipol ogía a nfórica en la que fueron deposit ados (Keay XXIII, Africana II y III fundamentalmente), se centra entre l os siglos IV y V d.C. Fot. 2. Vista general de los enterramientos ubicado s en la habitación 1 (Alarcón, 1991) Fot. 3. Detalle del enterramiento a dos aguas (Alar cón, 1991) 87 Fot. 4. Detalle del individuo de la tumba 20 (Alar cón, 1991) Fig. 3.4. Distribución de los enterramientos de la f ase III (elabora ción propia a par tir de Alarcón, 1991) 88 El enterramiento con cu bierta a dos aguas (Fotos 3 y 4) presentaba una cubierta compuesta por sillares de piedra ostionera y un ladrillo, que inclinados formaban la doble vertiente, estando calzadas con una piedra irre gular. La cista (F o tos 5 y 6), de 1,16 de largo x 0,5 m de ancho, se hall aba c onstrui da por medio de dos s illares en cada uno de sus laterales y uno en cada extremo, todo s de de distintos t amaños, los cu ales estaban calzados con piedras de menor tamaño. Por último, en el enter ramiento en fosa simple (F oto 7), el individuo fue depositado directamente sobre una fosa excavada en la arena. 4.- Reocupac ión del espacio (primera mitad del s. VI d.C.): Se reutilizan los restos de estructuras t odavía e xis te ntes. S e do cumentaron un hogar y r estos de muros de po ca entidad, así como el saqueo de varios muros de la fase anterior. Fot. 5. Detalle del enterramiento en cista (Alarcón, 199 1) 5. Ocupación en época almohade (siglo X II ): Se registró una capa de ti erra ne gra con material fechable en el siglo X II , aunqu e las remociones previas a los sondeos arqueológicos y a habí an destruido este nivel en gran parte, así como, probablemente, t odos los posteriores a esa fecha. 89 Fot. 6. Detalle de los individuos de la tumba 12 (A larcón, 1991) Fot. 7. Detalle de la tumba 16 (individuo de la izquierda) 4444 96 12 (selección) A1/A2/II/185 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/186 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/188 TSH I mi tación Conspectus 7 Finales I a.C. ½ s. I d.C. 12 (selección) A1/A2/II/189 TSG Drag . 19 1-50 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/190 TSG Drag . 37? 60-100 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/191 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/192 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/193 TSG Ritterling 8 15-30 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/194 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/197 TSG Ritterling 8 15-30 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/198 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/199 TSG Drag . 16 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/201 TSG Drag . 24/25 40-70 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/202 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/204 TSG Drag . 27 10-40 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/209 TSG Drag . 27 con labio grueso 10-40 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/212 TSG Drag . 27 10-40 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/215 TSG Drag . 17 1-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/222 TSG Drag . 27 10-40 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/223 TSG Drag . 35 60-160 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/232 TSG Drag . 36 60-160 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/236 TSG Drag . 18 15-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/262 TSG Drag . 24/25 60-160 d.C. 97 12 (selección) A1/A2/II/263 TSG Drag . 24/25 60-160 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/280 TSG Drag . 17 1-60 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/281 TSG Ritterling 9 (gr an tamaño) 15-70 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/285 TSG Ritterling 5? 5 a.C.-50 d.C. 12 (selección) A1/A2/II/333 Pare des finas forma 37 decoración rombos (9A) Siglo I d.C. CUADRÍCULA A1/B1 -ESCOMBRE RA ROMANA Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 16 A1/B1/II/2 Olla con borde plegado al ext erior con curvatura cóncava en la parte superior. Similar al tipo 3 de Vegas/grupo 31 de Luni S. I d.C. 16 A1/B1/II/4 TSI Conspectus 22/23 15 a.C.-15 d.C. 16 A1/B1/II/9 Vaso pared fina similar a la forma XXXV de Ma y et S. I d.C. CUADRÍCULA A2/B2-ESCOMBRE RA ROMANA SIG LO I D.C Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 17 A2/B2/II/2 (A1/A2/III) Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C. 17 A2/B2/II/3 Ánfora Dressel 7-11 (Casi ovoi de). Pasta gaditana Cambio de era 17 A2/B2/II/5 Ánfora Dressel 7-11 (Casi ovoi de). Pasta gaditana Cambio de era 17 A2/B2/II/7 Cazuela de borde engrosado ovalado ½ s. I d.C. - ½ s. II d.C . 17 A2/B2/II/8 Posible imit ación de ca mpaniense del tipo 5/7. Principios del I a.C. al último tercio del siglo I a.C. 17 A2/B2/II/14 Tapadera recortado de pared de ánfora Romana indefinida 17 A2/B2/II/15 TSG Dra g. 30 40-110 d.C. 17 A2/B2/II/16 TSG Dra g. 35 60-160 d.C. CUADRÍCULA A-3. DERRUMBE ES TRUCTURA JUNTO A POZO DE HORMIGÓN Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 19 A3/III/8 Mortero con borde engrosado de sección redondeada Cambio de era – s. VI d.C. 98 CUADRÍCULA B2-DESMONTE PILET A Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 23 B2/II/2 Ánfora Haltern 70 Guadalquivir 20 a.C. - 70 d.C. 23 B2/II/3 Pivote de ánfora Dressel 9 ó 10. Pasta de Cádiz 25-75 d.C. CUADRÍCULA B2/C2-PILETA Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 24 B2/C2/III/1 Dolium S. I - II d.C. 24 B2/C2/III/3 Borde de jarra con pestaña al interior Fines de l s. I a.C. – mediados II d.C. 24 B2/C2/III/5 TSI Consp. R2.1 10 a.C. - 15 d.C. CUADRÍCULA C4-ARENAS CLARAS Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 31 C4/ I II/1 Ánfora Haltern 70. Pasta Guadalquivir Cambio de era 31 C4/ I II/2 Ánfora Fondo Dressel 1? CUADRÍCULA C4-FOS A SEPT. ATRAVIESA ESCOMBRERA Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 32 C4/ I II/6 TSG Drag. 18 15-60 d.C. BATACHE A- ESCOMBRE RA ROMANA Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 1 A/II /1 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C. 1 A/II /2 Dolium Siglo I d.C. 1 A/II /5 Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C. 1 A/II /6 Ánfora Dressel 2-4 Itálica o tarraconense Siglo I d.C. 1 A/II /7 Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C. 3.3 A/II /108 Marmorata Drag. 24/25 60-160 d.C. 4 A/II /85 TSG Drag. 15/17 Cambio de era- 60 d.C. BATACHE B-ES COMBRERA ROMA NA Nº DE BOLSA SIGNATURA TIP O LOGÍA CRONOLOGÍA 7 B/II/1 Dolium (Guadalquivir?) S. I - II d.C. 7 B/II/2 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C. 7 B/II/3 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C. 7 B/II/4 Ánfora Oberaden 83 Cambio de era 7 B/II/6 Pivote de ánfora Haltern 70 20 a.C. – 70 d.C. 8 B/II/12 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 99 8 B/II/13 TSG Drag. 27 10-40 d.C. 8 B/II/15 TSG Drag. 15/17 Cambio de era-60 d.C. 8 B/II/18 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 8 B/II/25 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 8 B/II/35 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 8 B/II/36 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 8 B/II/44 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 8 B/II/48 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 8 B/II/50 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 8 B/II/51 TSG Drag. 4/22 40-70 d.C. 8 B/II/52 TSG Drag. 18 15-60 d.C. BATACHE C, INV. 31370 Nº DE BOLSA SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA 12 C/ I I/1 Cazuela de borde engrosado ovalado ½ s. I d.C. - ½ s. II d.C . 12 C/ I I/2 Tapadera c on borde li geramente engrosado de sección redondeada Romana indefinida 12 C/ I I/6 Jarra con borde engrosado al interior formando una pestaña Fines del s. I a.C. – mediados II d.C. 12 C/ I I/7 Cazuela de borde engrosado horizontal Siglo I a.C. – siglo. I d.C. 12 C/ I I/8 Jarra con borde convexo Augustea – fines del siglo II d.C. 12 C/ I I/9 Olla con borde exvasado de sección redondeada, con pequeña acanaladura para apoyar una tapadera Romana indefinida 12 C/ I I/10 Olla con borde exvasado y asiento para la tapadera al interior. El cuello está ligeramente marcado. Sim ilar a algunas producciones tardorrepublicanas del Bajo Guadalquivir. I a.C. – cambio de Era. 12 C/ I I/11 Jarra con borde exvasado y engrosado Siglos I-II d.C. 12 C/ I I/12 Jarro con borde engrosado de sección redondeada. Siglo I-II d.C. 12 C/ I I/13 Cuenco hemisférico de borde redondeado indiferenciado Romano indefinido 12 C/ I I/14 Taza con borde ligeramente engrosado y exvasado, una carena marcada y decora ción a la ruedecilla sobre la ésta Mediados del s. I - mediados del s. II d.C. 12 C/ I I/15 Jarro con borde exvasado de sección redondeada y cuello estrecho Siglos I-II d.C. 100 12 C/ I I/17 Tapadera con borde engrosado redondeado Siglos I-II d.C. 12 C/ I I/21 Plato con pared curvada, borde redondeado, base plana y lig eramente cóncava. Presenta un perfil simi lar al de las producciones de barniz rojo pompeyano Luni 5. En cerámica común se documentan en Portugal y Mérida Siglo I d.C. 13 C/ I II /28 Ánfora Dressel 7-11 con marca 25-75 d.C. 13 C/ I II /29 Cuenco de borde indiferenciado redondeado Romana indefinida 13 C/ I II /30 Jarrita con borde engrosado de sección circular Siglo I d.C. 13 C/ I II /35 Tapadera Siglo I-II d.C. 13 C/ I II /53 Paredes finas forma 37 decoración a rombos (9a) Siglo I d.C. 13 C/ I II /68 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 13 C/ I II /69 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 13 C/ I II /70 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 13 C/ I II /71 TSG Drag. 27 40-80 d.C. 13 C/ I II /72 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 13 C/ I II /76 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 13 C/ I II /77 TSG Drag. 36 60-160 d.C. 13 C/ I II /78 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 13 C/ I II /79 TSH Drag. 15/17 Cambio de era- 60 d.C. 13 C/ I II /80 TSG Drag. 36 60-160 d.C. 13 C/ I II /84 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C. 13 C/ I II /88 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 13 C/ I II /98 TSG Drag. 15/17 ó 36 Cambio de era- 60 d.C. ó 60-160 d.C. 13 C/ I II /100 TSG Drag. 24/25 o 27 60-160 d.C. 13 C/ I II /113 TSG Drag. 37 60- 100 d.C. 13 C/ I II /114 TSG Drag. 30 ó 37 40- 110 d.C. ó 60- 100 d.C. 13 C/ I II /114 TSG Drag. 30 40-110 d.C. 13 C/ I II /122 TSG Drag. 18 15-60 d.C. 13 C/ I II /175 TSG Drag. 18 15-60 d.C. Tras un estudi o pormenoriz ado de la s pi ezas observamos que nos encontramos ante dos conjuntos bien difer enciados, uno que podemos situar en el cambio de e ra (15 a .C.-15 d.C.), bien r epresentado por las si gillatas itálicas o por las ánfor as ovoides (que ya so n casi 101 Dressel 7-11) o diversas Haltern 70, y, o tro, que corresponde al grues o del material estudiado, que iría entre el 25 y el 60 d.C. 102 103 104 105 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 128 ostionera y d e más de un metro de espesor . Estas singulares característi cas edilicias, unidas a los abundante s re stos de adobe y tapial q ue colmataban el interior d e la e stancia, llevó al equipo de excavación a la conclusión de que estos muros de pied ra cor responden a los zócalos de una estructura cu yo alz ado sería precisamente de tapial, apuntando la posibilidad de que fuese algún ti po de torre vigía o defensiva (Fig. 3.9 ). Esto tiene tanto más sentido por cuanto l a ho y Ex planada de Regl a formaba antes de los desmontes del siglo XX un i mportante promontorio que hasta enton ces domi naba el ent orno de la z ona, tanto marítimo como terrestre. P or fortuna, sí se pudo documentar bajo las estructuras cómo, para su construc ción, debido al t erreno irregular con el qu e s e encontraron, nivelaron y compactaron el terreno mediante una serie de rellenos de hasta un m etro de potencia, confirmando, por tanto, qu e se trat aba de una obra bien pl anificada y cuidadosamente ejecutada. En cuanto al material arqueológico, fue variado y abundante, destacando las cerá micas vidriadas, pint adas, candiles, jarro con pitorro, etc., típicos del periodo. Fig. 3.8. Retirada de la solería y hor mi gón de l so ndeo Bajo esa estructura, aparte del propio acondicionamiento del terreno para construirla, queda por confirmar mediante el e stud io ce rámico la existencia de una/s fases intermedias entre la et apa almohade y la tardo rromana, más allá de la ocupación o frecuentación esporádica del e mplazamiento, y a que e n todo caso no se h an documentado estructuras entre ambos periodos. 129 Fig. 3.9. Restos de la cimentación de un posible edificio o estancia En lo que respecta a l a et apa tardorromana (Fi gs. 3.32, 3.34 y 3.35), l o que nos encontramos en una gra n necrópolis con alta densi dad de enterramientos y una tipología variada de tumbas: en cista, en ánfora o en mensa . 2. Tumba en Cista (individ uo 1) A una profundidad de -2,12 metros bajo la rasante de la plaza actual, en e l perfil NE, comenzaron a aparecer l os primeros i ndicios de un enterramiento (Fig. 3.10). Se trataba de una cista realizada en pied ra ostionera con las p aredes de si llarejos y cubierta plana de losas del mismo mater ial con orientación E-W (Fig. 3.11). Sobre esa cubier ta, se dispuso un revoco o enlucido de opus signinum (Fig. 3.12). Esta estructura fue afectada por una nega tiva posterior que desmontó de f orma oblicua parte de las paredes y s eccionó al indivi duo que contenía a la altura de las clavículas (Fig. 3.13). A su vez, su construcción, como describiremos a continuación, había afectado a los restos de un subadul to enterra do con anterioridad. En cuanto a su cronología, se sitúa en el si glo V d.C. Fig. 3.10. Detalle del inicio de la tumba en cista 130 Fig. 3.11. Detalle de la fábrica de la cista que contenía al individuo 1 Fig. 3.12. Detalle del enlucido de opus signinum sobre la cubierta de losas Fig. 3.13. Detalle del individuo 1 y de la negativa que lo corta 131 2. Enterramiento preexistente cortado por la cista del in dividuo 1 Una vez retirado el indi viduo 1, bajo la cimentaci ón de la cista que lo cub ría (a - 2,70 m), encontr amos muy afectado un segundo individuo, en este ca so infanti l (F igs. 3.14 y 3.15 ), posiblemente con orientac ión, como el anterior, E-W, aunque la c onstrucción de la cista lo afectó notablemente e impi de afirmarlo con tot al certeza. En cuanto a su cronología, debido a que carece de aju ar, a partir d e criterios estratigráficos debe situarse entre principios y mediad os del siglo IV d.C. Fig. 3.14. De talle del indivi duo 2 bajo cimentación de la tumba 1 Fig. 3.15. De talle de la ub icación del individuo 2 bajo la cista posterior 132 3. Enterramiento infantil p osiblem ente en ánf ora (individu o 3) Cercano al perfil nort e, a u na cota de -2,71 metros, muy afectado y remov ido por la mi sma negativa que rom pe a la tumba número 1 (Fig. 3.13), h allamos los restos de un subadulto (Figs. 4.16 y 4.17), con ca si seguridad en origen e nterrado en ánfora por los numerosos fragmentos documentados a su alre de dor. En cuanto a su cron ología pa rece situarse en t orno al si glo I V d.C., una vez más, por cr iterios estratigráficos, al c arecer de ajuar. Fig. 3.16. Vista del individuo 3 y l a negativa que lo afectaba Fig. 3.17. Detalle de la osamenta del individuo 3 133 4. Resto del enterramien to del individuo 4 Alterada por una negativa, hallamos los restos óseos de un adulto, concretamente una tibia, un fémur, pa rte del esternón y fragmentos de la mandíbula sin conexión anatómica (Fig. 318 ), así como parte de l o que parece h aber sido su cubierta (Fig. 3.19). En cuanto a l a cronolo gía, a partir de criterios estratigráficos d ebe sit uarse en el siglo IV d.C. Fig. 3.18. Detalle de los restos del individuo 4 Fig. 3.19. Detalle de los posibles restos de la tumba del individuo 4 134 5. Enterramiento infantil en án fora con cubierta de tégula (individuo 5) En el perfil E, bajo una capa de a rena estéril de playa (la misma que la de l os individuos 2 y 3), hallamos un enterra miento infantil en ánfora con cubierta en tégula a modo de cist a, aunqu e d ebido a l a pr esión del terreno apa rentara en principio estar a dos aguas o a la c apuchina (Figs. 3.20 y 3.21 ). La t ipolo gía del r ecipiente co rresponde a un ánfora lusitan a Kea y XXIII, fechada en el primer t ercio del siglo I V d.C . É sta carecía de cuello y boca (Fi g. 3.22). En su interior, un subadulto de pocos meses cubierto por la tierra estéril de playa, que habría entrado por filtración (Fig. 3.23). Fig. 3.20. Detalle de la cubierta en tégula Fig. 3.21. Detalle de la cubierta y del ánfora 135 Fig. 3.22. Detalle del ánfora lusitana Kea y XX III Fig. 3.23. Detalle del individuo subadulto núm ero 5 136 6. Restos del enterramiento de los in dividuos 6 y 7 Afectados parcialmente por d os negativas, una moderna-contemporánea y otra medieval, encontramos a una cota de -2,23 metros restos de dos individuos adultos (Fig. 3.24), m uy alterados y removi dos, aunque uno de ellos, e l 6, se encontra ba en parte en conexión anatómica. L a a lteración de los enterram ientos impide s aber si tuvi eron alg ún tipo de cubrición en pied ra como s í se intuí a en el enterramiento número 4, aunque todo hace s uponer que debieron tenerla. En cuanto a la cronología, debido a la carencia de ajuar, deben situarse en función de la secuencia es tratigráfica en torno al sig lo V-V I d.C ., coetánea o poco posterior a la construcción de la mensa funeraria ( infra ). Fig. 3.24. Detalle de los individuos núm ero 6 y 7 7. Túmulo fu nerario en sigma (posible mensa ) (individuo 8) Se trata de un a estruct ura de forma lenticular-semicircular re alizada en opus signinum sobre una base de pi edras ostioneras irregulares y d e gran tamaño, a s u vez tendidas sobre una capa d e t ierra comp acta q ue cubría un e nterramiento en c ist a. Posee un cubeta en su eje central desti nada a las ofrendas o a llevar al gún tipo de mosaico o soporte epigráfico, tal y como se han documentado en ot ros yacimientos con este tipo d e enterramiento (Del Amo, 197 9) (Fig. 3.25 ). Se en cuentra afectada en su pa rte norte y su r por dos grandes negativas de época islámica (Fig. 3.26). 137 En c uanto al enterramiento en sí, éste consistía en una c ista sin sue lo rea lizada con paredes latericias y una cubierta compuesta po r cuatro grandes l osas d e pi edra ostione ra selladas con un espeso mortero de cal, el mi smo que al interior de la tumba enlucía los ladrillos de l as par edes; sus dimensiones e ran d e 2 metros de largo, 0,55 m de anc ho y 0.47 de pr ofundidad (Fig. 3.27). El individuo, que re posaba sobre un lecho d e pequeños c antos rodados tendidos direc tamente s obre el terreno nat ural y cubierto por tierra estéril de play a, correspondía al esquel eto de una m ujer de mediana ed ad (Fig. 3.28). Al i gua l que l os demás indivi duos, carecí a de ajua r, aunqu e est e tipo de estructura, po r la secuencia estratigráfica, d ebe situ arse entre finales d el siglo V y principios del VI d.C. Su orientación, como venía sucediendo en los demás enterramientos, es E-W. Este tipo de e nterramientos en mensa suele contener a un personaje de cie rta importancia en torno a l cual se articula la necrópolis: un santón local, un presbítero... ( santa o monja en nuestro caso) y siempr e, o al menos en los paralelos docum entados, cercanos a edificios de culto, como podría ser una basílica, baptisterio… (Sales, 200 1). Fig. 3.25. Detalle de la mensa, la tumba y l as negativas que la afectaban 144 Fig . 3.34. Planimetría de la fase tardorroma na) 145 Fig. 3.35. Detalle de las estructuras tardorromanas excavadas 146 III.1.2. VILLA DE LAS C ANTERAS El y acimiento fue l ocalizado a mediados de los añ os setenta por Ramos Mill án y Riesco Ga rcía (1983). Se si túa al borde d el m ar, e n un pequeño entrante d e terreno en la denominada Pla y a de l as Canteras, y a afectada con anterioridad a estos tr abajos por la erosión marina, y actual mente urbanizada, aunqu e deber co nservarse parte bajo el paseo marítimo y los jardines de la urbanización de Villablanca (Fig. 3.36). Fig. 3.36. Ubicación del yacimiento de La s Canteras (Ramos y Riesco, 1983) En este yacimiento s e real izaron dos tipos de trabajos: por un l ado se desarrollaron por los autores señalados supra prospecc iones arq ueológicas en dos frentes de atención, el área ocupa da por el y ac imiento y el talud donde afloraba el eje estra ti gráfico del registro arqueológico, los cual es dier on r esultados diferentes, ya que en el primero d e lo s c asos el 147 manto her báceo o los escombros de las constr ucciones recientes imposi bilitaban la visualización del registro material. No obstante, la limpieza de di cha parc ela facilitó la documentación de la planta conservada de una est ructura de habitación. En el segundo de los ca sos, la barranca formada por la erosión marina, y por entonces en constante t ransformación, dejaba ver un abundante aflor amiento del componente material: elementos constructivos , sedimento arqueoló gico, material cerá mico, etc. Otro de l os trab ajos l levados a c abo en e l y acimiento, e n est e c aso po r el e ntonces Arqueólogo de Urge ncias e I ntervenciones de la Provincia de Cádiz, L orenzo Perdigones, fue un pequeño sondeo arqueoló gic o realizado para verificar la ex istencia de un y a cimi ento arqueoló gico en el momento pre vio de s ufrir la transformación q ue reseñaremos infr a, que , según Ramos y Riesco (1983), no aportó datos más allá de los proporcionados por las prospecciones. III.1.2.1. Estru cturas El espacio estimado que o cupaba el asentamiento er a de unos 624 m², de los cuales 102 m ² (19%) se p erderían con la re gularización y ere cción de un muro de defensa para evitar la erosión marina. Esta pérdida se ría 1,25 veces superior al área eliminada por dicha erosión e n toda la dé cada anterior (82 m ²), y a su vez provocaría la desa pari ción de todas las estructuras vistas en perfil. La estructura recuperada re presentaba un a tendenc ia lineal o alargada en dir ección ENE-WSW, con algunas estancias la rgas y estrechas que ocupaba en 1 974 un área aproximada de 174 m², reducida a 57 m² a principios de los ochenta, pr esentando algunos muros cortados por la erosión marina. El muro denominado E (Fig . 3.37) representab a el eje principal del edificio, con una ma yor re gular idad que los demás mamp uestos y ma yor profund idad de su cimentación que otros muros trasversales asociad os (ej. muro B, Fig. 3.37). El aparejo ut ilizado en general consistía en ma mpuestos de piedra ost ionera trabados en barro rojizo, formando muros de 70-80 cm de anchura con cimentación con diversos grosores: 75-80 cm en los muros A, E, B (norte) y G, y 28 cm en los muros D y B (Sur) (Fig. 3.37). 148 Fig. 3.37. Planta de las estructuras de habitación del asentamiento romano r ecuperada desde 1974 (Elaboración propia a partir de Ramos y Riesco, 1983 ) En cuanto a la existenc ia de pavimentos, sólo se pudieron loca lizar escasos fragmentos de losetas cerámicas y opus signinum. El hall azgo en el NE d el talud litoral (entre lo s muros E y G; Fig . 3. 37) de fragmentos de cuadrantes de ladrillo y una ba sa de columna, permitió postular la existencia de una posible área columnada. III.1.2.2. Registro m aterial En cuanto al material do cumentado fue relativamente abundante y v ariado. En lo que r especta a la cerámica, presentaba diversas clases, tales como terra sigillata I tálica, Sudgálica e Hispánica, b arniz rojo tardío (im itaciones regionales d e sig illata ), paredes finas, lucernas, cerámica común… acompañado p or algunos f ragmentos de vidrio (Fig. 3.38-3.39). En cuanto a la c ronología del a sentamiento, f undamentándose en e l registro cerá mico do cumentado, abarca desde finales del siglo I a.C. a principios del II d.C. 149 Fig. 3.38. 1. Plato en TS I Consp. 20; 2. Cop a en TSI C onsp. 27; 3. Copa en TS I Consp. 27.1; 4. Bol en TSG Drag. 37; 5. Copa en TSG Dra g. 24/25; 6. Cuenco en parede s finas Maye t XXXV II (Dibujos a partir de Ramos y R iesco, 1983) 150 Fig. 3.39. 7. Vaso de pared vertical en TSG Drag. 30; 8. Caz uela Ostia II, Fig . 303 (Dibujos a partir de Ramos y Ri esco, 1983) III.1.3. EL OLI V AR Este yac imiento, ubicado a dos kilóm etros al este del a ctual casco urb ano de Chipiona (Fig. 3.40), es conocido desde p rinci pios del si glo XX por su potencial arqueológico. La primera referencia que exi ste la re aliza Pedro Barbadillo en su obra Alrededor de Tartessos. Los descubrimientos de la Algaida (1951), donde hace mención al hallazgo de un capitel, cerámica romana, de una noria y un aljibe. 151 Fig. 3.40. Ubicación del área intervenida en 2001 Posteriormente, l as p rospecciones arqueológicas superficiales de Ramos Millán (1981) y R iesco García ( 1987) aportaron una in gente información para el c onocimiento de este y acimiento, ob jeto de post eriores publi caciones (Lagóstena Barrios , 1996, 2001; García Vargas, 1998; Ramos Millán et al. , 2001; Ramos Millán y García Vargas, 2004). En el año 2001, debido a unas remociones ilegales en el terreno, se ll evó a cabo una excavación arqueológica de urgencia dirigida por Antonio Ramos M illán. El conocimiento previo de l a z onificación arqueológica realizada duran te las prospecciones referidas d e Ramos, contribuy ó a contex tualizar los hallazgos producidos y a pl antear las estrategias de actuación (Fig. 3.41). En él se identifica ron las diferentes partes del complejo vi llático, desde la z ona de residencia, la artesanal, poz os, albercas, norias, necrópolis, basurero, etc. La parcela intervenida (denominada Parcela A), de 0,477 ha , contendría, como se demostró, e l áre a de confección y horneado de ánforas (Fig. 3.42); es decir, la figlina . Como comentaremos más adelante en la fich a sob re el y acimi ento (cf. C apítulo IV) , nos encontramos a nte un a v illa con un complejo alfarero anex o, c u y a p erduración en el 152 tiempo (la figlina ) abarca desde el siglo I d.C. al I I d.C., m ientras que la del c omplejo agrícola tiene sus inicios en el siglo II a.C., documentándose su abandono e n el V d.C. Fig. 3.41. Zonificación arqueológica realizada por R amos Millán (Ramos, 1981) Su ubicación, en época romana, se realizó en una zona elevada y j unto a la ladera más pronunciada situada al suroeste, lo que perm itía l a construcción d e la s cámaras d e combustión en un suelo arcilloso y las praef urnia desde una ladera inmediata. Parte de este complejo se sitúa en l a Par cela B (Fig. 3.42 ), mu y afectada por el rebaje reciente del terreno, que provocaría el desm onte de dive rsas estru cturas, como piletas, muros de construc ciones, e tc., e n donde, a su vez, se e ncontraría originalmente e l vertedero cerámico. 153 Fig. 3.42. Nueva Zonificación Arqueológica a part ir de la ac tividad arqueol ógica de urgencia desarrollada en 2001 (Ramos et al. , 2001) En resumen, los trabajos desarrollados en la Parcela A constaron de varias fases: 1. Prospección arqueológic a i ntensiva : el terreno se d ividió en cuadrículas de 10 x 10 m etros y en un a ser ie de transects de do s metros de anchur a ( Fig. 3.43), señalizándose cada fragm ento hallado y recogiéndose en bolsas de forma individual, lo que p ermitió determinar qu e el ár ea de los hornos representaba el centro de la alfarería (Ramos et al. 2001). 2. Excavación arqueológi ca : Tras la fa se de prospe cción se procedió a rea li zar tres trincheras lon gitudinales allá donde había un regist ro material más numeroso y que coincidiría con los transects referidos. Éstas dieron como resultado la detección d e tres conjunt os estructurales: uno mer idional, con hornos, talle res y aljibe; otro central, con u na pileta; y uno último septentrional, c on edificio y aljib e (Ramos et al. , 2001). 256 LÁTIGO D E M ONTEAGUD O III TMSB -22 Cartografía: 1:10.000 (1047-41) Coordenadas UTM: ED1950 212261 / 4079894 Extensión ap roxim ada: 2,10 ha Cronología: Mitad-final del siglo I a.C. Funcionalidad : Granja Descripción: Lindando con el término m unicipal de Jerez de l a Frontera, este y a cimiento se sitúa en una pequ eña ele vación de unos 34 metros sobre el ni vel d el mar, sobre tie rras arcillosas de margas oscuras dedicadas en la actualidad al cultivo del cereal y girasol. Materiales: Se constata una g ran abundancia de restos cerámicos e n superf icie, en su may o ría almohades, con o s in vi driado, aunque la presencia romana se h ace notar co n la a parición 257 de tegulae y fr agmentos cerámicos r epublicanos, destacando lo s de Campaniense A, ánforas grecoitálicas y de Dressel 1. Yacimientos cercanos: - Cabeza Alcaide IV 950 m N - Cabeza Alcaide II 750 m NE Valoración: Aunque las evidencias para época romana republicana no son muy abundantes, posiblemente nos encontremos ante un pequeño a sentamiento agrícola o granja. Tendrá una vida muy corta, datándose en torno a la mitad-final del siglo I a.C. El ce rro no será de nuevo oc upado hasta época almohade, surgiendo una p equeña alquería que cumpliría la misma fun ción que el asentamiento anterior. Son abundantísimos los materiales que afloran de este período, con diversidad e n cuanto a su tipología y funcionalidad . Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Rodríg uez Mellado, 2012: 35 . 258 1. Ánfora grecoitálica; 2. Ánfora Dressel 1; 3. Plato en Campaniense A La mb. 5; 4. Ataifor melado con decoración en manganeso; 5. Pl ato con vedrío melado; 6. Ataifor con vedrío melado. 259 LOM A DE MAINA II TMSB -23 Cartografía: 1:10.000 (1047-32) Coordenadas UTM: ED1950 205375 / 4074024 Extensión ap roxim ada: 0,4 ha Cronología: ss. I -II d.C.; s. X II Funcionalidad : Granja Descripción: Se enc uentra situado en la falda s ur de la L om a de Maina, a 390 metros de uno de los entrantes del anti guo lago Ligustino. El sustrat o está formado por ma rgas blancas d e limos silíceos con radiolarios y di atomeas, a ctualmente dedicado al cultivo de la vid. Situado a 30 metros de altitud, su visibilidad es bastante limitada en todas sus direcciones. 260 Materiales: El material de este y a cimiento sig ue la mism a di námica que Casa de Maina y Casa de Ma ina II , muy fragme ntado y de difíc il clasifica ción. De stacar los fragmentos de TSH y ARS-A, de cocina, así como de tegulae. Asimismo, enc ontramos re stos de c erámicas c on v idriados melados, como bordes de lebrillos y de cazuelas. Yacimientos cercanos: - Casa de Maina II 155 m S - Casa de Maina 150 m S - Casa de Neva 290 m S Valoración: A pesar d e presentar un a presencia moderada de cerámica romana, aunque como dijimos, m uy fr agmentadas, resulta difícil su clasificación funcional. Tal y como apuntamos en Casa de Maina II, pos iblemente fuera un asent amiento que junto a los demás fo rmara una pequ eña aglomeración ru ral, aunque no podemos cor roborarlo. De este modo, nos encontraríamos, analizando el poco material y su ex tensión, ante un asentamiento agrícola. En cuanto a su cronología, se inici aría en el si glo I d.C., finalizando la ocupación en el II d.C. Posteriormente se desarrollaría un asentamiento almohade. Estado de conservación: Regular. Bibli ogra fía: Rodríg uez Mellado, 2012: 36 261 1. Cuenco en ARS-A Hayes 9A 262 LOM A DE VENTOS ILLA I TM JF-24 Cartografía: 1:10.000 (1047-42) Coordenadas UTM: ED1950 208426 / 4075060 Extensión ap roxim ada: 2,7 ha Cronología: Calcolítico final/Bronce Inicial – Hierro II; s. II d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: En una de las elevaciones que forma l a Loma de Ventosilla, a 44 metros sobre el nivel mar, sobre un s ustrato de m argas blancas dedicadas ho y en día al cult ivo del cereal y del girasol, se emplaza di cho yacimiento. Se encuentra a poco más de 300 metros de las marismas (antiguo lago). La delimitación repr ese ntada la hemos tomado de la memoria realizada por Esperanza Mata 2 tras las prospecc iones que realiz ó con motivo de la insta lación de un 2 Los datos han sido extraído de la “Memoria de la p rospección arqueoló gica con sond eos estratigrá ficos en “ E l Olivillo”, Jerez de la Fr ontera (Cádiz)” depositad o en la Delegación Pro vincial d e Cádiz, sección de 263 parque eólico en la finc a El Olivillo (Jerez de la F rontera), y a que nos fue imposible prospectarlo debido a la situación en la que se encuentra el terreno, do nde el manto vegetal hacía inviable cualquier tipo de trabajo al presentar una visibilidad nula. Materiales: Como hemos comentado supra , nos fue imposible desarrollar las prospecciones debido a la nula visibilidad que p resentaba e l terr eno. No obstant e, pudimos ver a lgún que otro material en los perfiles y z ona alta de la elevación. De los materiales ex aminados pudimos comprobar varias f ases ocupacionales que a continuación ex pondremos, aunque sería pr eciso una nueva prosp ección. Así, documentamos la exist encia de cerámica a mano c alcolítica y del Bronce Fi nal. Unida a esta última fase, en contramos material orient alizante (Hierro I ) , que concuerda todo con lo que Lavado document a en sus prospecciones. No obstante, pu dimos observar a l a v ez varios fragmentos de cer ámica t urdetana a bandas y al go d e material rom ano, como un fragmento de opus signinum, de tegulae y TSH. Pero el grueso del material que representa el y a cimiento es i slámico, tal y como señala Esperanza Mata en su informe. Yacimientos cercanos: - Loma de Ventosilla II 500 m N Valoración: Nos encontraríamos ante un yacimiento que por e l material que hemos ex puesto tuvo una larga vida. La primera ocupa ción debió producirse e n el C alcolítico Final- Bronce Antiguo, continuando, posiblemente, hast a el Bronce Final. Será en esta última fase cuando se constate la llegada de material coloniz ador, que, sin necesidad de un hiatus temporal, continuaría ha sta época turdetana. Posteriormente se desa rrollaría algún tipo de asentamiento romano cuya cronología no h emos p odido precisar debido a l escaso m aterial hallad o, pudiéndose Arqueología, con el número d e exped iente A-89/01, a sí como del ar tículo realiza do en el Anuario Arqueológico de Andal ucía, III, 2004: 81-86. 264 señalar solamente que existi ría en el siglo II d.C., sin saber si comenzó con anterioridad ni cuando finalizó. La última fase ocupacion al se produce en époc a islámica, y aunque el material es abundante y d enota una cierta importancia, no podemos establecer ante qu é tipología de asentamiento nos encontramos. Estado de conservación: Parece ser que las obras efectuadas para la instalación de un aerogenerador no han afec t ado dem asiado a l yacimiento. No obstante, las continuas labores desarrolladas indican una l eve destrucción del mism o, por lo que hemos decidido cataloga rlo como regular. Observaciones: Este y acimiento, denom inado L o ma d e Ventos illa I po r Lavado Florid o, lo encontramos como Loma de Ventosilla III en la memoria de Esperanza Mata, y como Venta de l a Ventosilla en P onsich, quien señala la aparición de c erámica ibérica ad emás de la del Bronce. Bibli ogra fía: La vado, 1987: 229-234 Ponsich, 1991: 217 Mata Almonte, 2004: 81-86 Rodríguez Mellado, 2012: 24 265 LOM A DE LA VEN TOSILLA II TMJ F-25 Cartografía: 1:10.000 (1047-42) Coordenadas UTM: ED1950 208557 / 4075589 Extensión ap roxim ada: 4,8 ha Cronología: Bronce Final; ss. II a.C.-II d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: Este yac imiento se ubica sobre una de las elevaciones de L om a de Ventosilla, a una c ota superior respecto al nivel del mar de 34 metros, cu ya fo rmación está constituida por margas blanca s de limos silí ceos con radiolarios y diatomeas, dedicada actualmente al cultivo de plant as d e secano como el cere al o girasol. Se hallaba rode ado completamente por las antiguas orill as d el l ago Ligustino (ho y marismas), siendo su mayor distancia a ellas de 657 m, y la inferior de 193 m. 272 1. Fuente de paredes bajas incli nada con a lmagra roj a interior; 2. Cazuela bruñida; 3. Carrete o soporte bruñido; 4. Orza (Bronce Final); 5. Copa en ARS-D Hayes 99A; 6. Le brill o (s. XII). 273 7. Cazuela con decoración a costilla (s. XI-XII); 8. Ataifor con las superficies meladas (S. XII); 9. Cazuela melada (s.XII); 10. Ataifor con decoración en mang aneso; 11. J arra con decoración con trazos digitales verticales (s. X I -XII) 274 NORIETA GRANDE ( Cortij o de la Fuente) TMSB -27 Cartografía: 1:10.000 (1047-32) Coordenadas UTM: ED1950 204315 / 4075876 Extensión ap roxim ada: 0,6 ha Cronología: Calcolítico; Hierro I; ss. I- IV d.C.; x . XII Funcionalidad : Granja -alfar Descripción: Se encuentra ubicado so bre u na loma compuesta por arcillas y margas verdes y marrones os curos, cu ya alt itud máxima es de 20 m, dedicado al cultivo de seca no como el trigo o girasol, a no más de 100 metros de una de las orillas del anti guo lago. Materiales: No han sido mu y abundantes los m ateriales hallados en este y acimiento, no porque no existan, sin o básicamente por dos mot ivos: por un lado, el reciente arado del terreno ha dificultado una visió n total del m aterial en superficie y , por ot ro, por p roblemas con la propiedad, no pudimos prospectar adecuadamente el terreno. 275 En l as prospecciones precedentes realizadas por María Luisa La vado pa rece ser que los restos en superficies e ran abund antes, realizándose varios hallaz gos de importancia, que con anterioridad también se habí an producido: En 1978, con motivo de desmontes de tierras en el Co rtijo de la Fuente, comenzaron a salir a la lu z num erosos restos óseos humanos, lo que motivó la realización de una excavac ión de ur gencia en e l yacimiento (Corzo y Giles, 1978). Se trataba de una necrópolis medieval, sin sarc ófagos ni ajua r, con los individuos enterrados di rectame nte en la arena aprovechando una leve pendiente y orientados de oeste a este. En el reborde este d e esta finca se d etectó un al far romano (Chic, 1979: 11), aunque poco son los datos que tenemos sobre este descubrimiento. Aparecerá, además, a p rincipio de los años o chenta del siglo XX un ídol o cilíndrico que será estudiado por Caro Bellido y Pérez Tudela, aunque no s erá el único. La vado hallará varios más asociados a cerá mi cas y restos de tallas adscribibles al Calcolítico. Retomando las presentes prospecc iones, hemos podido constatar varios p eríodos ocupacionales en base al material cerámico hallad o, difer enciando entre los rea lizados a mano y a t orno. Los prim eros de ellos , muy fra gmentados y sin forma pr ecisa, parecen pertenecer al Calcolítico y al Bronce Final, estos últimos representados por ce rámicas bruñidas, que enlazarían con el Orientalizante (Hierro I), caracterizado por un fragmento de borde de urna con decoración a bandas rojas. Del mismo modo hallam os ce rámicas romana s, fundamentalmente fragmentos de ARS-D, un fragmento TS Lucente La mb. 37 y varios fragmentos de fallos de cocción. Finalmente, con seguri dad vinculado a l a ne crópolis, observamos al gunos fragmentos de cerámicas vidriadas, aunque ninguna forma dibujable. Yacimientos cercanos: - Norieta Chica 135 m S - Casa Merino 520 m SO - Frente Martín Miguel 800 m N - Ébora 1.682 m O - Evorilla 1.375 m NE 276 Valoración: Como hemos señalado supra , nos encontramos a nte un yacimiento q ue h a si do habitado en distintos períodos. La primera ocupación del lugar s e producirá en el Calcolítico con la creaci ón de un poblado de cierta im portancia, si n fortificar, con un a economía basada en la explotación agropecuaria y pesquera. No ha y mat erial que confirme una continuac ión poblacional desde el Calc olítico hasta e l Bronce F in al, f ech a en la que será de nuevo habitado, continuando hasta el Hierro I. Tras éste, sufrirá nu evamente una desocupación hasta finales del Alto I m perio, momento en el que se establecerá un pequeño alfar. No hemos podido v er l a fecha de abandono de dicha i ndustria, pero sí hemos l ogrado establec er la habitabil idad del lugar hasta el siglo IV d.C. Con casi toda probabilidad forme parte de Norieta Chica, al igual que en época almohade fuera la zona de necrópolis de este mismo y a cimiento. Estado de conservación: Regular-mal. Los alrededores del cortijo han sufrido varios desmontes de tierras, algunos d e los cuales sac aron a la luz los hallazgos arriba citados, lo que h a afectado al estado de conservación del yacimiento, además de la continua roturación del campo. Bibli ogra fía: Caro, 1985: 17-24 Chic, 1979: p. 11 Corzo y Gil , 1978: 59-61 La vado, 1987: 174-182 Ponsich, 1991: 202 Rodríguez Mellado, 2012: 27 277 1. Escudilla en ARS-D Ha y e s 59/67; 2. Cuenco en TS L ucente Lamb. 1/3; 3. Urna (s. VI a.C.) 278 PUNTA D EL ÁGUILA- EL TI ZNADO TM SB- 28 Cartografía: 1:10.000 (1047-33) Coordenadas UTM: ED1950 200703 / 4069241 Extensión ap roxim ada: 0,1 ha Cronología: ss. I a.C.-I d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: Se sitúa sobre una zona re lativamente llana, a un os 35 metros de altitud, sobre tierras albarizas hoy en erial. Materiales: Son relativamente escasos los restos hallados, aun que todos ellos corresponden a época rom ana. Entre el material constructivo observamos varios fr agmentos de tegulae y un fragmento de opus signinum . 279 El repertorio cerámico está constituido por fragmentos muy rodados, provocando en ocasiones que sea imposibl e su identificación. Deben resaltarse t an sólo varios fragmentos de cerámica de paredes finas y un bo rde de ánfora Lamboglia 2 y de dolium. Yacimientos cercanos: - Cerero II 300 m O - Cerero III 440 m O Valoración: Posiblemente nos encontremos ante lo que hemos denominado pequ eño asentamiento agrícola. En cuanto a su cronología es complicad o establecerla categóricamente dado e l po co material da table. No obstante, atendiendo tanto a l o constatado en l as pr esentes prospecciones como e n las precedentes (dond e se halló un fragmento d e TSG), pod emos intuir que se ini ciaría la ocupa ción a principios del si glo I a.C. perdurando hasta el I d.C. Estado de conservación: Regular. Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 283 Rodríguez Mellado, 2012: 28 280 RANCHO PERE ZGIL I TMSB -29 Cartografía: 1:10.000 (1047-33) Coordenadas UTM: ED1950 202640 / 4072160 Extensión ap roxim ada: 6,8 ha Cronología: Calcolítico; finales s. II a.C.-V d.C. Funcionalidad : Ag lomeración rural Descripción: Se ub ica sobre una elevación con una altura de 33 metros sobre el nivel del m ar, al norte del cortijo que le da nombre, ho y desaparecido. Aunque la concentración de materiales se localiza en lo alto del cerro, es casi i gua l de abund ante en las laderas del mismo. El sust rato sobre e l que se asienta está for mado por margas de limos silíceos con radiolarios y diatom eas (albariza), aprovechadas ho y en dí a para el cultivo de la vid. 281 Materiales: Los mate riales se localizan en una amplia superficie, encontrándose su ma y or concentración en la p arte más alta del cerr o. Aparecen f ragmentos cerámicos prehistóricos, protohistóricos e históricos. Los materiales más antiguos pertenecen al Calcol ítico, no pudiéndose dib ujar ni identificar ninguna forma debido al fraccionamiento tan ex tremo de los mis mos. El Bronce Final-H ierro I vi ene representado po r bor des de cazuela con decoración bruñida y e spatulada, así como u n fr agmento de bo rde d e ánfora de “s aco” identificada con la forma T-10.1.2.1 de Ramón y varios fragmentos amorfos de cerámica a bandas. Varios galbos de cerámicas a bandas rojas repr esentan al período turdetano, que tendrá una perduración hasta época romana. El repertorio cerámico de época romana es abundantísim o y variado funcionalmente, así como el constructivo, representado por tegulae, laterculi y ladrillos. Destacar también el h allazgo de ánf oras grec oi tálicas, Dressel 1 tipo Guadalquivir, Dressel 2-4 y 7-11, Halterm 70, Beltrán IIB y Kea y X III , d estinadas al transporte y almacenamiento de vin o, aceite y s alsas, así como de dolia para el almacena je de provisiones. Se puede n observar también fragmentos de Campanienses A , TSH , ARS- A, C y D, cerámicas comunes, de cocina, así c omo fragmentos de TS Lucente de la forma La mbo glia 37. Yacimientos cercanos: - Paganilla 340 m S - Cabezudos I 245 m N - Cabezudos II 635 m NE - Rancho Pérez-Gil III 380 m SE Valoración: La o cupación del ce rro se producirá en época c alcolítica y s e prolongar á hasta época romana, donde se conformará, según las características que prese nta tanto en 288 Estado de conservación: Regular. Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 297-300 1. Ánfora Dressel 2-4 del Guadalquivir; 2. Ánfora Dressel 7-11; 3. Ánfora Haltern 70; 4. Cuenco en ARS-A Hayes 8A 289 2. ROTA CAMPILLO I TMR-31 Cartografía: 1:10.000 (1061-31) Coordenadas UTM: ED1950 204432/4060065 Extensión ap roxim ada: 7,1 ha Cronología: ss. I -V d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máxima de 28 metros sobre el nivel de l mar, sobre un ce rro de luv isoles cálcicos dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el yacimiento. Materiales: El mater ial hallado en este y a cimiento es roman o e n su totalidad. En c uanto al constructivo hemos podido observar abundantes tegulae, ladrillos, pequeños sillares y 290 cuantiosas piedras tr abajadas t anto en ar enisca co mo en caliza, así como fragmentos de opus signinum . El repertorio cerámico es bastante profuso, pudiendo destacar dentro de las cerá micas de transporte las ánforas Dressel 7-11 o Dressel 20, así como de dol ium . Igualmente abundan los fragmentos de TSH, TS G, ARS A, C y D, común d e cocina, etc. Yacimientos cercanos: - Campillo II I 900 m N - Casa del Machaca 1.500 m NE Valoración: Nos encontramos ante una villa de un tamaño considerable que expl otaba los recursos a grícolas del ent orno. El comi enzo d e la ocupación del yacimiento se produciría en el sig l o I d.C ., pe rdurando h asta el siglo V d.C. El amplio repertorio tardorromano que hemos podido observar nos muestra cómo, al igual que sucede en la mayoría de los y a cimi entos romanos documentados, el asentamiento crecerá exponencialmente a partir del siglo III d.C. Estado de conservación: Regular-Mal. La ampli ación de la vía A491 h ace unos años afectó notable mente al yacimiento al cortarlo por la mitad. Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 67-68 Rodríguez Mellado, 2012: 56 291 1. Ánfora Dressel 20 ; 2. Ánfora Beltrán IIB; 3. Pivote de ánfora Dressel 2-4; 4. P lato en TSH forma 15/17.2; 5. Cazuela Lamb. 10ª; 6. P lato en ARS-A Hayes 3B 292 CAMPILLO III TMR-32 Cartografía: 1:10.000 (1061-31) Coordenadas UTM: ED1950 204321/4061006 Extensión ap roxim ada: 2,2 ha Cronología: Calcolítico-Hierro II; ss. II - III d.C . Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máxima de 14 metros sobre el nivel de l mar, sobre un ce rro de luv isoles cálcicos dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el yacimiento. Materiales: Eran en su ma y oría cer ámicos, pudiendo disti nguir los realizados a ma no y a torno, pertenecientes, respectivamente, a l Calcol ítico, Bronce, Bronce F inal-Hierro I , Hierro II, y al período rom ano. Destacan así los cu encos hemisféricos, cuencos carenados, vasos bitroncocónico, ánforas T-10.1.1.1, Mañá Pascual A4, P ellicer D, Haltern 70, Beltrán IIB o ánfora Tripolitana II. 293 Yacimientos cercanos: - Campillo I 900 m N - Casa del Machaca 450 m E Valoración: Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo, iniciándose en el C alcolítico y continuando durante el Bronce, Bronce Fin al-Hierr o I y Hierro II . Tras un l eve hiatus, se asentará en el luga r en e l siglo I d.C. una pequeña granja agrícola que perdurará, según los materiales, hasta el siglo III d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 70-73 Rodríguez Mellado, 2012: 50 294 CAPITANA I TMR-33 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 201413/4064158 Extensión ap roxim ada: 5 ha Cronología: ss. I a.C.-VI d.C. Funcionalidad : Villa-alfa r Descripción: A una cota máxima de 5 5 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado por ver tisoles crómicos y cambisoles vérticos de dicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el y a cimiento. Materiales: Eran en su totalidad cerámicos, concr etamente de época romana. D estacan ánfor as Dressel 7-11y Beltrán IIB , fallos de cocción, TS G, TSH, ARS-A, ARS-C y ARS-D, así como fragmentos de TS Lucente . El material constructivo es i gualmente abundante, entr e los que encontramos r estos de tegulae , ladillos , sillajeros o fragmentos de opus s igninum. 295 Yacimientos cercanos: - Regodón II 600 m E Valoración: Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo, concretamente ante una villa con alfar, qu e se inicia a finales del siglo I a.C., perdur ando hasta el siglo VI d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 78-79 Rodríguez Mellado, 2012: 46 296 1-3. Ánforas Dressel 7-11; 4. C opa en ARS-A forma Hayes. 9b; 5. Cuenco en ARS-D forma Hayes 99; 6. Cazuela Lamb. 10a; 7. Bol en TS Lucente forma La mb. 1/ 3 297 CASA BUENA TMR -34 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 201089/4067622 Extensión ap roxim ada: 12,6 ha Cronología: Calcolítico; ss. I - V d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máxima de 4 8 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado por planosolos mól icos, vertisoles pélicos, phaeozems calcá reos y ran kers arenosos dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el y a cimiento. Materiales: Se han distinguido tres m omentos crono-culturales distintos: el primero de ellos, representado por cerá mi cas realizadas a mano (cuenc os, vasos y platos), así como por varios lí ticos, entre los que destaca una hacha de pequeño tamaño realizada en arenisca, posiblemente votiva, y que se enmarca en el Calcolítico. L u ego, tras un hiatus , se produc e 304 cocción), Dre ssel 12, Beltrán IIB y l a forma T -7.3.2.2, así como cerámicas Campanienses A tardías, TSG, TSH, ARS-A, ARS-D o común de cocina. El material constructivo es igualmente abund ante, entre los que encontramos restos de t egulae , ladillos, s illajeros o fragmentos de opus signinum. Yacimientos cercanos: - Campillo II I 470 m S O - Campillo I 1.500 m S Valoración: Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo, concretamente ante un a aglomeración rural. Sabemos, por l os num erosos fragmentos de fallos de cocción de ánfo ras documentados, que ex iste en el área delimitad a una figlin a que de be de explotarse entre el sig lo I y I I d.C . En c uanto a la cr onología del y a cimiento, parece que se inicia a finales del si glo II/principios del I a.C., perdurando hasta el siglo VI d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 93-96 305 1. Vaso en Campaniense A forma Lamb. 33B; 2. Ánfora Dressel 1C gaditana; 3. Dressel 1C; 4. Ánfora T-7.3.2.2. 5. Ánfora Dressel 7 306 6-9. Ánforas Dressel 7-11; 10. Ánfora Dressel 12 307 11. Ánfora Dressel 20; 12. Cuenco en ARS-A Ha y e s 9A; 13. Escudilla en ARS-D Ha y es 61A; 14. Copa en ARS-D Ha y es 99 B 308 CEBOLL ARES III TMR-37 Cartografía: 1:10.000 (1047-24) Coordenadas UTM: ED1950 199860/4066952 Extensión ap roxim ada: 14,28 ha Cronología: ss. I a.C.-II d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máxima de 4 7 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado por ver tisoles crómicos y cambisoles vérticos de dicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el yacimiento. C omo recurso hídrico cercano se en cuentra Ar ro y o de la Vicaría, a 650 metros al O. Materiales: Eran en su totalidad c erámi cos, concr etamente de época romana. Se documentaron numerosos fr agmentos d e TSG, TSH y común. El material constructivo era i gualmente abundante, entre los que encontramos restos de tegul ae y fragmentos de opus signinum. 309 Yacimientos cercanos: - Monte Petri 200 m S E Valoración: Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una cronología que abarca desde el siglo I a.C. al II d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Rodríguez Mellado, 2012: 54 1. Ánfora Dressel 1; 2. Plato en TSH forma 18 310 CERRO DE LAS CABEZAS TMR-38 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 199860/4066952 Extensión ap roxim ada: 4,8 ha. Cronología: ss. V a.C.-I d.C.; s. VI d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota má xim a de 34 metros sobre e l nivel del mar, sob re la c ima y lad era d e un cerro formado por r eg osoles c alcáreos y c ambiso les cálcicos con i nclusiones de litosoles dedicado en la actualidad al cultivo de la vid, se encuentra el y aci miento. Materiales: Podemos di stinguir dos mom entos crono-culturales diferentes s egún el tipo de material documentado. Por un lado, el repertorio cerámico compuesto por ánforas t ipo T- 7.4.3.3, T-8.1.1.1, T-8.1.1.2, Pellicer D y Mañá A1, así como por cuencos, urnas o un Kalathos nos sitúa en el período púni co-turdetano. Por otro, án foras grecoitálicas, 311 ovoides, Dressel 1, Keay X III, cerámica común, lucernas, fragmentos de TS G y numerosos fragmentos de tégula, la ocupación romana. Yacimientos cercanos: - Meloneras I 360 m E - Meloneras II 630 m E - Regodón II 670 m SO Valoración: Nos encontr amos ante un ase ntamiento agrícola q ue inicia su andadura en e l siglo V a.C., prolon gá ndose hasta el s iglo I d.C. P osteriormente, t ras un hiatus , no volverá a ocuparse el lugar hasta el V I d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, 1987: 133-135 Rodríguez Mellado, 2012: 46 312 1-2. Ánforas T-7.4.3.3; 3. Ánfora Pellicer D; 4. Á nfora T-8.1.1.2; 5. Ánfora Mañá A1 313 6. Ánfora T-8.1.1.1; 7. Kalathos ; 8. Urna; 9. Cue nco; 10. Ánfora grecoitálica 320 los que enc ontramos restos de tegulae , ladrillos, si llarejos y fr agmentos de opus signinum. Yacimientos cercanos: - Cerro de las Cabezas 1.250 m O - Meloneras I 1 .150 m SO - Prado de los Potros 1.022 m S - El Queso 880 m N Valoración: Nos encontramos ante un asentamiento que hem os catalogado como vill a con alfar, ubicado actualmente entre los términos m unicipales de Rota y Pu erto de Santa María. En cuanto a su cronología, se si túa en la s eg unda mitad del siglo I d.C. Posteriormente se ocuparía de nuevo el lugar en el siglo V I d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, 1987: 175 Rodríguez Mellado, 2012: 51 321 1. Ánfora Dressel 7-11; 2. TSG Drag. 18; 3. Copa en ARS -D Haye s 78; 4. Escudilla en ARS-D Ha y es 104A 322 FONTANAR I TMR-42 Cartografía: 1:10.000 (1061-31) Coordenadas UTM: ED1950 203670/4063018 Extensión ap roxim ada: 0,66 ha Cronología: Bronce Final; romano indefinido Funcionalidad : Nec rópoli s Descripción: A una cota máx ima de 19 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana formada g eoló gicamente por vertisoles pélicos, re ndsinas y regosoles calcáreos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento. Materiales: Fueron fundamentalment e cerámicos, aunque de dist intos momentos cronológicos. Por un lado, documentamos c erámicas a mano, bruñidas la mayoría, como cazuelas u ollas; por otro lado, ya romanos, s ólo p udimos documentar una gran c antidad de tégulas. 323 Yacimientos cercanos: - Meloneras II 430 m N Valoración: Primeramente se desarrolla un pequeño poblad o en el Br once Final. Tras un hiatus , el lugar será utiliz ado (según nos relatan l as fuentes orales s obre div ersos hallazgos) como necrópolis y a en época romana (posiblemente del y acimiento Meloneras II ), con un a cronología, en principio, indeterminad a. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, 1987: 182-183 Rodríguez Mellado, 2012: 50 324 LAGUNETAS I TMR-43 Cartografía: 1:10.000 (1061-31) Coordenadas UTM: ED1950 200957/4062682 Extensión ap roxim ada: 1,24 ha Cronología: ss. I a.C.-III d.C. Funcionalidad : Villa-alfa r Descripción: A una cota máxima de 34 metros sobre el niv el del mar, sobre la p arte alta de un cerro formado geológicamente por vertisoles crómicos y cambisoles vérticos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento. Materiales: Destacan l as ánforas T-7.4.3.3, Dressel 1, Dressel 7-11, Beltrán IIB, Campanienses B, TSI, TS G, TS H, marmorata, ARS -C, dolia , fallos de cocción y comunes. En cuanto al material constructivo, eran abundantes las tegulae . 325 Yacimientos cercanos: - Espillaga II 1.115 m E Valoración: Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una cronología que abarca d esde el si glo I a.C. al III d.C . P osiblemente, dados los fallos de cocción, en época altoimperial se desarrollase en las inst alaciones un complejo alfarero. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, 1987: 202-203 Rodríguez Mellado, 2012: 47 326 1-2 Ánfora forma T-7.4.3.3; 3. Ánfora Dressel 7-11; 4. Bol en TSG Drag. 37 327 MELONERAS I TMR-44 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 203395/4064166 Extensión ap roxim ada: 3,6 ha Cronología: ss. I a.C.- IV/V d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máxima de 22 metros sobre el niv el del mar, sobre la p arte alta de un cerro for mado geológicamente por r egosoles calcáreos y ca mbisoles cálcicos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento. Materiales: Destacan las ánforas Dressel 7-11, Beltrán IIA y IIB, las cerámicas Campan ienses B, TS I, TSG, TSH, AR S-A, ARS-C, TS L ucente y comunes. En cu anto al material constructivo, eran abundantes las tegulae . Igualmente se registraron varios fragmentos de opus signinum . 328 Yacimientos cercanos: - Meloneras III 100 m E - Regodón II 674 m SO Valoración: Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una cronología que abarca desde el siglo I a.C. al IV/V d.C. Posiblemente, el y acimiento catalogado por Meloneras III forme parte de este c omplejo. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, 1987: 235-236 Rodríguez Mellado, 2012: 46 329 1. Ánfora Beltrán IIA; 2. Ánfora Beltrán IIB; 3. Ánfora Dressel 7-11; 4. Ca zuela forma La mb. 10 A; 5. Plato forma Drag. 15/17; 6. TSH forma 8; 7. Fuente en AR S-D Hayes 50; 8. Bol en TS Lucente forma Lamb. 1/3 336 MONTE PETRI TMR-47 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 200274/4066457 Extensión ap roxim ada: 4,2 ha Cronología: ss. VI a.C.-III a.C.; Finales siglo II a.C .-II d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máxima de 5 3 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado geológicamente por vertisoles cr ómicos y cambisoles vérticos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento. Materiales: Se han documentado tres momentos ocupacion ales distintos. En primer lugar, se ha re gistrado material perteneciente al Calcolítico-Bronce Inicial formado por urnas globulares y material lí tico. Por otro lado, cerámica identificada dentro de l o que se 337 denomina Orient alizante [Hierro I ] (cuencos, urna s...) y Turdetano [ Hierro II ] (urnas tipo Cruz del Negro) . Por último, se constata la presencia romana con el hallazgo de Campanienses B, ánforas Dressel I, Dre ss el 7-11, TSG, TSH, comunes, tégulas, opus signinum ... Yacimientos cercanos: - Cebollares III 200 m NO - Casa Buena 1.450 m NE Valoración: Nos encontramos ante un asentamiento agrícola (granja) con una l arga perduración en el tiempo, aunque con p equeños hiatus. L a primera ocupación se produciría a fin ales del Calcolítico-inicio del Bronce; tras ésta, no volverá a ser ocupado hasta el sig lo VI a.C., perdurando hasta e l I V-III a.C. A finales de l si glo II a.C. se desarrollaría una granja que se mantendrá hasta el siglo II d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 242 Rodríguez Mellado, 2012: 44 338 1. Vaso globular calcolítico; 2. Vaso (s. VI a.C.); 3. Urna tipo Cruz del Negro (siglo V- VI a.C.); 4. Ánfora Dressel 1; 5. Ánfora Dressel 7-11 339 PALACETE II TMR-48 Cartografía: 1:10.000 (1047-24) Coordenadas UTM: ED1950 197835/4066756 Extensión ap roxim ada: 1 ha Cronología: ss. I -II d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máx ima de 34 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana formada ge ológicamente por lu visoles cálcicos, luviso les crómicos y luvisol es g leicos dedicado en la actualidad al cultivo de vid, se encuentra el yacimiento. Materiales: Se identificaron los siguientes materiales: hacha pul imentada, TS G, TSH, ánfor a Dressel 7-11, fragmentos de opus signinum y abundante material constructi vo (tég ulas). 340 Yacimientos cercanos: - Casa de la Palma 700 m S Valoración: Nos enc ontramos en época romana ante un asenta m iento ag rí cola (g ranja) con una corta pervivencia, del siglo I d.C. al II d.C. No he mos podido c orroborar la presencia de ma teriales m ás anti guos como documenta Riesco García en 1987, como las urnas "tipo Cruz del Negro". Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 261-262 Rodríguez Mellado, 2012: 55 341 POEDO TMR-49 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 199830/4069470 Extensión ap roxim ada: 6 ha Cronología: ss. I a.C.-IV/V d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máx ima de 52 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana formada geológicamente por regosoles calcáreos y c ambisoles cálcicos con inclusiones de litosoles dedicado en la actualidad al cultivo de la vid, se encue ntra el yacimiento. Materiales: Todo el material documentado se encuadra d entro del período romano. Así, se documentaron C ampanienses B, ánforas Dr essel IIb, Dressel 7-11, TSG, TS H, ARS-A, 342 C y D, TS Lucente , dolia, cerámica común, de cocina, numerosos fragmentos de té gulas, ladrillos y opus si gninum. Yacimientos cercanos: - Torrebreva 1.240 m SO - Casa Buena 2.061 m SE Valoración: Nos encontr amos ante un villa con un a la rga p erduración en el tiempo, documentándose su inicio a principios del siglo I a.C., perdurando hasta el IV-V d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 281 Rodríguez Mellado, 2012: 53 343 1. Ánfora Dressel 1; 2. Ánfora...; 3. Ánfora Haltern 70; 4. Ánfora Dressel 7-11; 5. Copa en TSG forma Drag. 27 344 6. Escudilla en ARS-D Lamb. 59B; 7. Escudilla en AR S-D Lamb. 61A; 8 . Cazuela forma Lamb. 9A; 9. Cazuela forma Ha ye s 197 345 PRADO DE LOS POTROS TMR-50 Cartografía: 1:10.000 (1047-34) Coordenadas UTM: ED1950 204114/4063974 Extensión ap roxim ada: 0,42 ha Cronología: Bronce Final; s. I d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máx ima de 12 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana formada geológicamente por planosoles mólicos, vertisoles pélicos, phaeozems calcáre os y rankers arenosos dedicado en la actualidad a l cultivo de secano, s e e ncuentra el y a cimi ento. Materiales: Se i dentificaron escasos fragmentos de c erámica a mano con tratamiento br uñido, comunes romana, ánforas Dressel 7-11 y tégulas. 352 1-2. Ánforas T-7.4.3.3; 3. Ánfora Dressel 7/11; 4. Ánfora Dressel 1 353 RINCONES II TMR- 53 Cartografía: 1:10.000 (1047-24) Coordenadas UTM: ED1950 197626/4065525 Extensión ap roxim ada: 4,8 ha Cronología: Bronce; ss. I- II d.C. Funcionalidad : Villa-alfa r Descripción: A una cota máxi ma de 24 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera de un cerro for mado geológicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles gleícos de dicado en la ac tualidad al cultivo de secano, se encuentra el citado yacimiento. Materiales: Se documenta ron mater iales cor respondiente a dos momentos ocupacio nales distintos, representado, por un lado, por ce rámicas realizadas a mano (platos, ca zuelas) y varias hachas, ads cribibles al Bronce; por ot ro, f ra gmentos de f allos de cocción de ánf oras 354 Dressel 7-11, TSH, TSG, comunes, nume rosos fragmentos de té gulas y r estos de opus signinum . Yacimientos cercanos: - Casa de la Palma 500 m NE - Villar 245 m SE - Villarejo 560 m SE Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos cl asificado como villa con alfar, cu ya cronología abarca desde principios del siglo I d.C . hasta siglo II d.C. La producción de dicho alfar se centraba b ásicamente en el tipo denominado Dressel 7-11, destinado a las salazones. Anteriormente se desarrollaría en la Edad del Bro nce un poblado sin fortificar. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 313-315 Rodríguez Mellado, 2012: 45 355 1-2. Fallos de cocción de ánforas Dressel 7-11; 3. C uenco en TSG forma Herm. 25; 4. Copa en TSH forma 27 356 RINCONES V TMR-54 Cartografía: 1:10.000 (1047-24) Coordenadas UTM: ED1950 198489/4064566 Extensión ap roxim ada: 3,75 ha Cronología: ss. I – II d.C.; s. V I d.C . Funcionalidad : Villa-alfa r Descripción: A una cota máxi ma de 26 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yac i miento. Materiales: El material documentado e ra abundante. Destacan f ragmentos de TS I, TSG, TSH, ARS-A, ARS-D, ánforas t ipo Dressel 7-11, fallos de coc ción, cerámica com ún, etc. En cuanto al material constructivo, eran abundantes l as tég ulas. 357 Yacimientos cercanos: - Viña de las Cántaras 945 m O - Villar 667 m NO - Villarejo 330 m N Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos cl asificado como villa con alfar, cu ya cronología abarca desde principios del siglo I d .C. hasta el siglo II d.C . El alfa r, de producción de envases sa lazoneros (D ressel 7 -11) se centra en l a ép oca au gusto-tiberiana. Posteriormente, en el siglo V I d.C. volverá a ser ocupado. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 319 Rodríguez Mellado, 2012: 43 358 1. Ánfora Dressel 7-11; 2. Fallo de cocción de ánfora Dressel 7-11; 3. TSH forma 4; 4. Copa en TSG Drag. 27; 5. Plato en TSG Drag. 15/ 17; 6. Copa en TSG Drag. 24/25; 7. Copa en ARS-D Hayes 99B; 8. Imitación de cazuela Hayes 197 359 TORREBREVA TMR-55 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 198732/4068628 Extensión ap roxim ada: 9,2 ha Cronología: ss. I a.C.-III d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máxi ma de 55 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el y a cimi ento. Materiales: El material documentado era abundante. Desta can fragmentos de Campanienses B, TS I (Consp. 18, 20, 22), TSG, TS H, ARS-A, ARS -C, ánforas tipo Halter n 70, Ovoides , 360 cerá mica común, etc. En cua nto al material constructivo, eran copiosas las tég ul as y ladrillos. Yacimientos cercanos: - Abulagar 550 m O - Cerro Colón 900 m NO Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía abarca desde el siglo I a.C. hasta finales del siglo III d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 332-334 Rodríguez Mellado, 2012: 53 361 1. Ánfora Haltern 70; 2. Pivo te Haltern 70; 3. Plato en TSG Drag. 18; 4. Copa en TSG Drag. 24/25; 5. Cuenco en ARS-A Ha y es 9B; 6. Fuente en ARS-C Ha y es 50B (imitación) 368 (también f allos de cocción del mismo tipo de producción), cerámica común, etc. En cuanto al materi al constructivo, eran abun dantes las tégulas y l adrillos. Asimismo se registraron fragmentos de opus signinum . Yacimientos cercanos: - El Villar 142 m N - Rincones V 330 m SE - Rincones II 560 m NO Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía abarca desde finales del si glo II a .C. hast a finales del siglo I d.C. Será en el siglo I cuando se instale un pequeño alfa r que comienza a producir e nvases anfóricos tipo Dressel 7-11. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 348-349 Rodríguez Mellado, 2012: 48 369 1. Vaso en Campaniense A La mb. 31; 2. Pi vote de Dre ss el I ; 3. Ánfor a Dressel 2-4; 4. Ánfora Dressel 7-11 arcaica; 5. Ánfora Dressel 7- 11; 6. Pivote de ánfora Dressel 7-11 370 7. Ánfora Dressel 7-11; 8. Ánfora Oberaden 83 371 VIÑA DE LAS CÁNTARAS T MR-58 Cartografía: 1:10.000 (1047-24) Coordenadas UTM: ED1950 197272/ 4064282 Extensión ap roxim ada: 5,51 ha Cronología: ss. I a.C.-VI d.C. Funcionalidad : Ag lomeración rural Descripción: Se sitúa sobre una pequeña elevación a 18 m sobre el nivel del mar, sobre tierra s formadas por conglomerados y a reniscas muy carbonatados (“facies Ostionera”) dedicado en la actualidad al cultivo de secano. Materiales: Son abundantes l os fragmentos de vajill a fina o de semilujo (TSI , TS G, TSH, ARS-A, C y D y cerámi ca narbonense), al ig ual que los de mesa y cocina. No menos copiosos son los materiales relac ionados con el almacenaje, las ánforas y doli a , 372 sobresaliendo las primeras sobre las se gunda s, m ayoritariamente en sus f ormas Dressel 7-11 y Beltrán II B . El material constructivo est á representado fundame ntalmente por tegulae , ladrillos y opus signinum . Ig ualmente hemos podido observa r numerosos fallos de cocción c erámicos, l o que evidencia una actividad artesanal vinculada a una posible villa , un taller a lfarero o f iglina , cu y a producción s e centra al menos en la fabricación d e Dressel 7-11. Una pieza excepcional hall ada en este yacimiento fue un amuleto del dios Bes en pasta vítrea que, según el contex to arqueológico que lo rodea, se puede situar en época romana en torno al cambio de era (Gómez y Rodríg uez , 2012: 160). Yacimientos cercanos: - Rincones V 945 m E - Rincones II 1.050 m N - Villar 906 m NE - Villarejo 1.000 m NE Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía abarca desd e el si glo I a.C . hasta el VI d.C . Entre el siglo I y II d.C. se des arrollaría una figlina con la producción anfórica del tipo Dressel 7-11 (sin descartar otr as tipologías). Del mismo modo, al sur de la delimitación dada al asentamiento, tras un peque ño arroyo, pudimos localizar una zona de necrópolis. El a gostado d e los terrenos en los años setenta provocó la ruptura de diversas sepulturas y el e sparcimiento de los huesos que ellas contenían. Según información propor cionada por el propietario de los terrenos, existi rían dos tipos de enterramientos, unos realizados en cistas y otros en tégulas. Del primero de ellos parece que aún se conserva una sepultura, construida sobre una fosa delimitada con piedra os tionera cubierta por una gran losa. El sujeto se encontra ba en decúbito supino con orientación norte-sur ( pies-cabecera). I gnor amos el tipo de ajuar que contenía, por lo que no podemos precisar l a crono logía del mismo. El tipo de ritual empleado, la i nhumación, tampoco nos a y uda a ello. Sabemos que a finales del s . II d.C. se c onstata un cambio e n las costumbres funerarias e n la B ética, por lo que debe desarrollarse entre ese siglo y el V I d.C. (Gómez y R odríguez, 2014). 373 Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 350-353 Rodríguez Mellado, 2012: 43 Gómez y Rodríguez, 2014:147-165 374 1 . TS I Consp. 23.2; 2 . TSG Drag. 18; 3 . TSG Drag. 24/25; 4. TSG Drag. 27; 5 . TSG Drag. 37; 6. TSH Froma 37; 7. TS H Forma 27; 8 . ARS-A Ha y es 8A; 9-10 . ARS-A Ha y es 9A; 11 . ARS -A Hayes 3; 12. ARS-C Ha y es 50; 13 . Ha y e s 23B 375 14 . ARS-A/D Ha y es 6; 1 5 . ARS-D Ha ye s 59A; 16 . AR S-D Hayes 61A; 17 . ARS-D Ha y es 61 B,; 18 . ARS-D Ha ye s 99A; 19 . ARS-D Hayes 59A; 20 . Narbonense Lamb. 1/3; 21 . Hayes 197 376 22 . Ánfora T-7.4.3.3; 23 . Ánfora Dr. 7-11; 24 . Ánfora Beltrán II B; 25 . Ánfora Kea y III 377 3. CHIPIONA ABULAGAR TMCH-59 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 197855/ 4068755 Extensión ap roxim ada: 1 ha Cronología: ss. I a.C.-II d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máx ima de 3 3 metros sobre el ni vel del mar, sobr e una parte llana de un terreno formado ge oló gicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles crómic os y luvisoles gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el y a cimi ento. 384 7. Vaso de pared vertical en TSG Drag. 30; 8. Caz uela en cerámica común Vegas 6 385 CERRO COLÓN TMCH-61 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 197802/ 4069434 Extensión ap roxim ada: 1,7 ha Cronología: Calcolítico/ Bronce Inicial; ss. I a.C.- IV d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una c ota máx ima de 32 m etros sobre el nivel del mar, sobre una parte alta de un cerro formado geológicamente por l uvisoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisol es gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el y a cimi ento. Materiales: El material doc umentado era abundante. Destacan fr agmentos de TSG, TSH, ARS-A y C, común, ánforas Dressel I, tégula s y re stos de opus signinum . 386 Igualmente, pudimos observar fra gmentos de cerámica a mano atribui ble al Calcolítico-Bronce Inicial. Yacimientos cercanos: - Abulagar 600 m S - Torre Breva 900 m S E - Las Cruces 1.190 m SO Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía abarca desde principios del siglo I a.C. hasta el siglo I V d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 137 Rodríguez Mellado, 2012: 57 387 1. Ánfora Dressel 1; 2. Copa en TSG Dra g. 24/25; 3. Bol en TSG Drag. 37; 4. Cuenco en ARS-A Hayes 9B; 5. Fuente en ARS-C Ha ye s 50B; 6. Caz uela Lamb. 10A; 7. Cazuela Ha y es 197 388 LAS CRUCES TMCH-61 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 196690/ 4068761 Extensión ap roxim ada: 0,9 ha. Cronología: ss. I -II d.C. Funcionalidad : Granja Descripción: A una cota máxi ma de 17 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de la v id, se encuentra el y a cimiento. Materiales: El material documentado era en su tot alidad romano. Destacan f ragmentos de TSG, TSH, cerámica fin a, común, ánforas Dressel 7-11, Beltrán IIB, tégulas, ímbrices y ladrillos. 389 Yacimientos cercanos: - Abulagar 1.020 m S - Cerro Colón 1.190 m SO Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como g ranja, cu ya cron ología abarca desde el siglo I d.C. hasta el siglo II d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 148 Rodríguez Mellado, 2012: 57 390 1. Ánfora Beltrán IIB; 2. Ánfora Dressel 7-11; 3. C azuela Lamb. 10A 391 MONTIJO TMCH-62 Cartografía: 1:10.000 (1047-22) Coordenadas UTM: ED1950 195380/ 4072967 Extensión ap roxim ada: 0,05 ha Cronología: ss. II a.C.-II d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una cota máx ima de 9 metros sobre el nivel del mar, so bre un t erreno fo rmado geológicamente po r arenosoles álbicos, cambisol es húmicos y gle y s oles dístricos hoy utiliz ados para su expl otación como campin g, se encuentra el y acimiento. Debido a la erosión marina un alto porce ntaje d el y acimiento (probablemente más del 80%) ha desaparecido. Materiales: El material arqueológico documentado era abundante. De stacan fr agmentos de Campanienses A, B y C, TS I , TS G, TSH, pared es finas, común, ánforas Beltrán 85 y 392 Dressel 7 -11, así como num erosos restos de construcción (muros, tégulas, opus signinum ...). Yacimientos cercanos: - Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , con una cronolo gía que abarca desde el si glo II a.C. hasta el II d.C. La ex tensión de la mi sma tuvo que ser exponencialmente may o r, pero la erosión marina ha provocado l a desap arición de un gran porcentaje de la misma. Estado de conservación: Regular-Mala Bibli ogra fía: Riesco, 1987: 245-249 393 1. Plato en sigillata negra Consp. 1 ó 5; 2. Vaso en TSI Consp. 29.1; 3. C opa en TSI Consp. 14; 4. Copa en TS I C onsp. 22.1; 5. Plato en TS I C onsp. 20.1; 6. Cuenco en TSG Drag. 29C 400 RINCONMALILLO TMCH-64 Cartografía: 1:10.000 (1047-23) Coordenadas UTM: ED1950 194909/ 4069843 Extensión ap roxim ada: 0,76 ha Cronología: ss. I -VI d.C. Funcionalidad : Villa Descripción: A una c ota máxima de 16 metros s obre el nivel del mar, sobre un terreno for mado geológicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles c rómicos y luvisoles glé i cos dedicado actualmente al cultivo hortícola, se encuentra el y acimiento. Materiales: El material documentado ha sido en su totalidad cerámico, adscribible a un mismo período, el romano. Destacan fragmentos de TSG, TSH, ARS-A, ARS -C, ARS-D, TS 401 Lucente , ánforas Beltrá n IIB, Dressel 7 -11, cerámica común, etc. , así como una cantidad moderada de tégulas y op us signinum . Yacimientos cercanos: - Cerro Colón 1.840 m S Valoración: Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , con una cronolo gía que abarca desde el siglo I d.C . hasta el VI d.C. Estado de conservación: Regular Bibli ogra fía: Riesco García, F., 1987: 308-310 Rodríguez Mellado, 2012: 58 402 1. Ánfora Beltrán IIB; 2. Fuente en ARS-C Lamb. 50A; 3. Copa en ARS-C Ha y es 73; 4. Escudilla en ARS-D Hayes 61A; 5. Copa en ARS- D Hayes 78; 6. Escudilla en ARS-D Ha y es 104; 7. Bol en TS Lucente Lamb. 2/37 CAPÍTULO V EL POBLAMIE NT O DEL ÁREA DE ESTUDIO A P AR TIR DE LA E VIDENCIA GLOBAL 404 405 V .1. INTRODUCCIÓN: PROBLEMAS Y LIMIT ACIONES La elección de utiliz ar solamente los datos arqueo lógicos obtenidos por nosotros en campo, como ya h emos comentados en vari as ocasiones, nos permitió eliminar -o al menos, minimizar - aquellos problemas y limi taciones que se planteaba n al i ncluir la información tan di spar d e las prospecciones prec edentes, sobre todo en lo referido a la denominación o asignación tipológica que, a unque inexistente en algunos casos, podía variar radicalmente según el autor , imposibil itando cualquier estudio comparativo mínimamente riguroso. Del mism o modo, evitamos los problemas de rivados de la asi gnación del tamaño, en ocasiones no reflejado, o bien sobr edimensionado o insuficiente, lo que nos puso en guar dia s obre la fidelidad de este dato cuando la fuente lo espec ifica. Si bi en es cierto (rompiendo una lanza a favor de los trabajos prece dentes), que las co ndiciones del terreno y , por tanto, de l a visib ilidad de los materiales, pueden varia r mucho de un año para otro por diversas raz ones, como las roturaciones, cambio de explotación, etc., por lo que a v eces la calidad de estas desc ripciones no so n achacables al ri gor de los datos originales. Igualmente minimiz amos los problemas derivad os de la cr onolo gía, la c ual en ocasiones no era tan p recisa como debiera. No o bstante, debemos tene r muy en cuenta que la s periodizaciones y seriaciones tipológicas va n af inándose con el tiempo, de forma que las cronología s al uso han cambiado mu y significativamente desde los años ochenta a la actualidad. C on todo, salvando alg unas imprecisiones, la cr onología dada por l as fuentes anter iores, respaldada a veces co n dibujos y una descripción tipológica del material, e ra por l o g en eral bastante ajustada a la realidad. Aun así decidimos no tomarlo directamente como dato de referencia y optar por nuestra propi a datación, lo cual no q uiere de cir que no se t uviera mu y en cuenta el dato o riginal pu blicado, par a cotejarlo, valorarlo y tom ar una decisión final de cara a nuestro trab ajo. Por úl timo, se encuentr a el hecho, del que som os conscientes, de que un m ismo y a cimi ento de un mismo período (romano por ejemplo) puede sufrir a lo lar go de s u existencia cambios en cuanto a su funcionalidad y morfolo gía. Es decir , lo que pudo comenzar en el s iglo II a.C. como una sim ple granja, en el I d.C. ha pasado a transformarse en una vi lla y en el V d.C. en otra entidad t otalmente distinta. Est e problema resulta complicado de solucionar con u na simpl e prospección pedestre, sin 406 muestreos, ge ofísica o ex cavación. No obs tante, l a propuesta tipológica explicada en el capítulo anterior , bas ada en datos empíricos de trabajo de campo, sir ve como una aproximación a la realidad de lo que debió de s er , pero nunca l o consider aremos como algo axiomático o categórico. V .2. T ENDENCIAS GENERALE S DEL ÁREA DE ES TUDIO En esta sección, los datos ha n sido or ga nizados e n función de unos indicador es estadísticos básicos desde un punt o de vista eminentemente descriptivo, que es en suma el objetivo del presente capítulo, antes de abordar análisis más elaborados. 1. Evolución cronológica: Mediante el programa ArcGis se h an creado di ferentes capas (s hapefile ) de los ya cimientos por cronología. Aquellos con una l ar ga perduración contarán con varias capas para cada uno de lo s lapsos cronológicos estimados, tales como: s. I V a.C., s. III a.C., S. II a.C., s. I a.C., s. I d.C., s. II d.C., s. III d.C ., s. I V d.C., s. V d.C . y s. VI d.C. El resultado se re fleja en la gráfica 5.1, donde observamos una brusca subida del númer o de y a cimientos e n el tránsito de la República al Imper io, es decir , del s. I a.C. al I d.C. (+ 142%), seguidos de un inmediato estanc amiento en el siglo II d. C. (-6,66%) que antecede al rápido cola pso del siglo III ( -41,07%). En el si glo IV s e produce un moderado desce nso de poblamiento, -21,21%, que irá descendiendo paulatinamente hasta experimentar ot ra gra n bajada en los siglos V (-30,76%) y VI d.C . (-27,77%) Gráfica 5.1. Número total de yacimientos por períodos. 0 1 0 2 0 3 0 4 0 5 0 6 0 7 0 N º de yac im ie n t o s 407 2. Categorías funcional es: Atendiendo a l as cate goría s funcionale s d escritas en el capítulo I V , el resultado sint etizado sería el qu e recogemos en la gráfica 5.2. En este caso, hemos decidido ut iliz ar sólo aquellos datos propiamente de época romana, pues las categorías adjudicadas son para este período, siendo conscientes del contrasentido que su pondría meter b ajo esta clasificación elementos datados en otras épocas (por ejemplo, la Eda d del Hi erro o el medievo), cuando debier on ser r ealidades bastante distintas. Eso no quiere decir qu e no puedan existir ciertas sim ilitudes morfológicas y productivas entre distintas etapas históricas, per o en todo caso, aquéllas deben ser valoradas siempre aparte y no en una exposi ción estadística de orde n meramente descriptivo elaborada bajo una perspectiva tipológica y funcional. En la gráfica 5.2 destacan claramente las granjas y vill ae , con un evidente predominio de las segundas sobre las primeras a partir del si glo I d.C. Ambas comienzan a decrecer paulatinamente a partir d el siglo II d.C. , estabilizándose en el III y IV , momento éste cuando i nician un nuevo descenso. Por l o que respecta a las aglomeraciones, tras un leve ascenso a p artir d el I a.C. se mantendrán estables hasta el siglo VI d.C. Después tenemos u na s erie de categorías en cierto modo particulares. La ciudad o el templo son t ipos muy singulares y sobr e todo contados a lo larg o del periodo considerado, d e modo que no es ex traño que se m antengan r elativamente e stables o con pocos cambios en términos cuantitativos, aun cuando cua litativamente las diferencias sí sean muy im portantes. Así, la úni ca ciudad identificada y citada por las fue ntes clásicas, Éboura , parece ser que poco después de la llegada romana, posiblemente por una estrategia en época de Augusto de eliminar la preeminencia de aquellos núcleos importantes y conflictivos en épo ca turdetana (como pasase con Hasta R egi a , de la que dependería Ébora con t oda seguridad), se iría convirtiendo poco a poco en u n asentamiento de otro ca rácter , de forma que nos obl iga a p asarla a otra categoría entre finales del I a.C.-pr in cipios I d.C., per diendo e sa hegemonía qu e tuvo e n períodos anteriores. En cuanto a los alfares, todos ellos con producciones básicamente d e ánforas de la famili a fo rmal de las Dressel 7-1 1 (salazoneras), tienen un co rto perí odo de vida, siglos I - II d.C., por lo que su reflejo en la gr áfi ca resulta poco significat ivo a si mple vista, aunque d e suma importanc ia. Este pico, aparentemente aislado, manifiesta la dinámica ex istente en la Bahía d e C ádiz en estas centurias, momento en el que se constata la may or cantid ad de alfares respecto a períodos anteriores (Chic, 2001a: 678), 408 posiblemente debido a un fuerte incremento d e la producción s alazonera, l a cual provocaría la intensificación de la producción alfarera, todo ell o en un período de auge económico y come rcial (Lag óst ena, 1996b). En el sig lo II d.C., tal vez motivada por la concentración de estas alf arerías (fenómeno que se a celera en esta centuria y se produce i gualmente en la propiedad fundiaria y las factorías salazonera s) y por la cri sis económica exis tente, se produce el abandono de estos centros que se sumaron a aquellos que habían ce sado su actividad y a en época flavia (Lagóstena, 2001a: 354: 2001b: 100). Lo mismo ocu rrirá con el templo El T esorillo, en Sanlúcar de B arrameda, iniciado en época protohi stórica y qu e perdurará, según los datos arqueoló gicos (Corzo y Blanco, 1983; Corz o, 1984; 2000; Ferrer Albeld a, 1995; 2000; Ruano, 1996), hasta el siglo I a.C. Gráfica 5.2. Cómputo global de y acimientos por categorías funcionales Si todos estos tipos los or ganizamos en grandes grupos en función de su capacidad de ag regar personas en un mismo asenta miento, podemos valorar a grandes rasgos las relaciones ent re hábitat a grupado (ci udades y aglomeracion es) y hábitat disperso ( villae y granjas), cu y os resultados pode mos ver en la gráfica 5.3. 409 Gráfica 5.3. Relación diacrónica entre tipos genéricos de hábitat Los datos globale s mu estran un claro predominio del hábitat d isperso en todas las épocas, con un crecimiento indiscutible entre los siglos II a.C.- II d.C ., m omento en el que descenderá paulatinamente hasta llegar al s iglo VI d.C. El problem a radica, como y a tratamos en el capítulo IV , en considerar o no l a villa como un mismo tipo de hábitat a lo lar go del tiempo, a pesar de saber que por regl a general a partir de fin ales del IV y principios del V son una realidad totalmente distint a y ti enden a co nvertirse en aglomeraciones m ucho ma y or es que sus homól oga s alt oimperiales. Así , de haberlas contabilizado como poblamiento agrupado, la p roporción de ésta a partir del sig lo IV d.C. hubiera s ido may or , mostrando un dominio incontestable del hábitat conce ntrado frente al dis perso en é poca tardoantigua, y al ertándonos contra l a si mplificación tipológica que, no obstante, a veces es necesaria por cuanto instrumental. La cuestión, al menos, es s er conscientes de ello, y pone r en valor que, p ese a lo reflejado en la gráfica 5.3, el pre dominio del hábit at conc entrado e s incontestable a partir del siglo V d.C., y con todo, la gráfica muestra que incluso sin apli car estas matizaciones tipológicas de las qu e hablamos, la tendencia a la c oncent ración es lo suficientemente marcada como para emerge r claramente en los datos. 3. Relación entre c ategorías funcionales y ti pos d e suelo: Un t ercer paso, diseñado para trascender li geramente la estadística me ramente descriptiva y aportar alguna información adicional que pudiera se r históricamente relevante, fue intentar establecer 501 territorio de Hasta como límit e oeste del mismo es una novedad relevante y que puede marcar una línea d e trabajo interesante , sobre todo porque se trataba de una propuesta no contrastada con datos arqueológicos hasta la realiz ación del presente tr abajo. VIII.3. COMP ARA TIV A CON OTRA ÁREA: E L V ALLE DEL GUADIAMAR Comentábamos en el ca p ítulo II que uno de los objetivos de este traba jo, además de conocer la implantación romana en la Costa Noroeste de Cádiz , era c omparar los resultados obtenidos con otra área cercana, como era el V alle del Guadiamar , pa ra comprobar po sibles simi litudes en el comportamiento poblacional, inclu yendo aquí los aspectos socioeconómic os. Para ello, como y a referimos, ut iliz amos la mi sma metodología y análisis empleados en dicha zona. La elección de esta comarca como espejo y base de un anális is comparativo no sólo es por haber s upuesto el principal modelo metodológico de referencia, sino porque el valle del Guadiamar se sitúa al norte del antiguo L ago Ligustino, y además m uestra claros rasgos de lo que P . Garrido denominaba una intervención im perialista directa del estado romano, al ser el valle una im portante z ona mi nera de pl ata y co bre en época romana (Garrido, 201 1). Es decir , no sólo el valle del Guadiamar se relacio na de forma espacial directa con nuestra área de estudio porque en aquella época aq uel río no era tributario del Gu adalqui vir , puesto que desagua ba directamente en el l ago, sino que además nos muestra un a zona que e s claramente intervenida por el poder rom ano y experimenta también un desarrollo agropecuario mu y important e, en este caso a partir de época de Au gusto. Así pues, desde el primer momento éramos consci entes de que nos en contrábamos, a priori, con dos áreas dist intas, al menos en l a base económica, estando una de ellas, la nuestra, orientada a la explotación agropecuaria y pesquer a, mientras qu e l a otra, la del Guadiamar , se d edicaba fundamentalmente a l a minerometalúrg ica, aunque ello no excluía, naturalmente, otros ti pos de explotaciones, y máxime cuando su territorio está conformado po r dis tintos medios geográficos (Garrido, 201 1). De este mo do podíamos intentar cotejar dos modelos de romanización en una misma provincia y en zonas además tan próx imas, por medio de una mis ma metodolo gía y pon iendo así de manifiesto las similit udes y diferencias entre una y otra, e intentar explicar el porqué. Dada esta variedad, en un principi o creímos co nveniente centrarnos en su z ona suroeste, aquella más cercana al antiguo estua rio del Guadalquivir , para pod er así 502 comparar la din ámica p oblacional en ambas o ri llas del Lacus L igustinus , la margen izquierda y la derecha. No obstante, la deficitaria información de partida de esta área (Garrido, 201 1) nos ha h echo plantearnos realizar dicho cot ejo a par tir de las t endencias generales del V alle del Guadiamar , sobre todo aqu ellas a las que P . Garrido conce dió un valor 3 y 4. La mul titud de yacimientos arqueológicos, y con ello de inform ación, hizo imposible la revisión de l 100% de los mism os. Para qu e los análisis fueran lo más objetivos posibl e, se realizó un baremo seg ún el tipo de intervención o intervenciones documentadas en ca d a ya cimiento y l a ca lidad científica de los mismos, conformándose de la siguiente manera (Garrido, 201 1: 327): - V alor 1. Prospec ción sin criterios metodológicos n i claros ni definidos. - V alor 2. Prospección con c riterios metodológicos c l aros y de finidos, convenientemente publicados y con estrategias bien fundamentadas. - V alor 3. Excavación o prospección sup erficial con técnicas no convencionales: muestreos, geofísicas, etc. - V alor 4: Y acimientos d onde confluyan prosp ección y excavación y cuyos resultados sean convergentes, es de cir , que confirmen la fun cionalidad y cronolo gía inicialmente asignada por la primera. Resulta curioso cómo, según v eremos, los datos d e valor 3-4, que v an más allá d e l a información obt enida en las prospec ciones, y po r tanto más cercana a la realidad, s e asemejan m uchísimo a los de nuestra á rea de e studio (presentan una sólida coincidencia), aun cuand o aquí se ha carecido de este tipo de i ntervenciones, al menos en lo que se refiere a muestreos, g eofísica, etc., l o que resalta el valor de nuestros datos. Es por ello por lo que nos centraremos en re alizar la referida c omparación de los resultados con esos valores a lo larg o de las sigui entes páginas. -Lo primero que observ amos es u na similitud en la evolución diacrónica de los asentamientos: crecimien to ex ponencial desde la R epública romana al siglo I d.C., leve descenso en el siglo II d.C .; bajada mu y acentuada en el si glo II I d.C. y co ntinuación de la caída, aunqu e menos acusad a , h asta el siglo V I d.C. Sól o podríamos aducir en nuestra área d e estudio lo referido a una proliferación mu cho más precoz del modelo tipo villa . 503 Pero hay un a difer encia que se ha ce e vident e si los analizamos por ca tegorías funcionales. Mientr as qu e en el valle d el Guadia mar las vill as y granjas se presentan similares en número en e l si glo I d.C., ex perimentando las primer as un lev e crecimiento en el s. II d.C. y un a caída brusc a d e amb as en e l III d.C., para estabiliz arse en el si glo IV d.C. antes de un nuevo descenso; en la Costa Noroeste d e Cádiz , por el contrario, desde el siglo I d.C. exist e una clara diferenciación cuantitativa entre ambas categorías, las cuales suf rirán un l eve des censo en el si glo II d.C ., centuri a que antecederá la hecatombe del siglo III d.C. A partir de entonces, se producirá un desce nso moderado durante las siguientes centurias. -En ambas z onas pred omina el h ábitat dispe rso ( villae , granjas y algunos asentamientos menores) sobre el hábit at a grupado (ciudades y a glomerac ion es), en todas l as épo cas. Ahora bien, con dos matices: u no, lo y a reiter adamente m encionado respecto a la relatividad del término villa como alg o referido a un pobl amiento agregado a partir del siglo III d.C . como mínimo; y dos, la im plantación d el modelo de villa parece atesti guarse en la Costa Noroeste de Cádiz a finales del siglo II a.C.-principios del I a.C., mucho antes del fenómeno villático d e época ces ariana, momento en el que comienza a rastrearse en el V alle de l Gu adiamar . -Otro dato a resaltar so n los resultados del T est de Chi 2 . En la zona del Guadiamar las categorías con una clara funcionalidad a graria (vil las, granjas y chozos) rechazan la hipótesis H0, es decir , la distribución de los asentamientos sobre los distintos tipos de suelo no es homog énea y proporcional a su cantidad, mientras que en la C osta Noroeste de Cádiz son precisamente estas categorías las qu e ac eptan H0. C uando a partir de este hecho s eñalamos qu e parece estar i ndicando algún tipo de reparto catastral u ordenado (cf. capítulo V), nos referimos a qu e est a se ncilla, y por tanto, robusta, prueba estadística, señala sin lugar a dudas que existe un patrón espacia l e n el cual la distribución de los asentamientos agrícolas es ho mogénea en el espacio, aun cuando no especifica de qué modelo se trata. -Una vez establecida esta cierta re gularidad e spacial en la distribución de los asentamientos, son los re sultados de las R utas Óptim as y ejes d e poblamie nto, m ás allá de l a di rección de los m ismos, los que pare cen apuntar d e form a generalizada en ambos casos a un sistema catastral o parcel ario regular , que podría estar relacionado con l a 504 deducción colonial de H asta . Esta red de ejes, rutas y asentamientos es p articularmente visible durante el siglo I a.C.-I d.C., y a que es el momento en que alcanz a una ma yor densidad. Muchas de estas rutas, tras la crisis del si glo III d .C. y el consiguiente descenso poblacional, tienden a desaparecer , lo que no significa que no c ontinuaran en activo. S i bien es cierto, que en los siglos V -VI d.C. ratifican el desmantelamiento definitivo del sistema de poblamiento antiguo. -Uno de los aná lisis realizados en ambos traba jos, que ser vía de complemento al de Rutas Óptimas, ha si do la ejecución de un test Kolmogor ov-Smirnof f sobre la relación entre rutas y asentamient os, no ya sobre los tipos agrológicos, el cual pe rmitía contrastar la hipótesis nula de que los asentamientos s e disponen de forma aleatoria r especto a las rutas óptim as, así como de un t est de corr elación entre distancias d e es as rutas y núm ero de asentamientos como suplemento al ejercicio anterior . Observamos a partir de l os resultados ge neral es cómo, a excepción de la c iudad, en el V a lle del Guadiamar las demá s categorías f u ncionales quedan alejad as del primer decil, es decir , di stantes de l as rutas principales, mientas que en la Costa Noroeste de Cádiz ocurre todo l o contrario. En el Guadi amar , po r tanto, pese a la enorme proliferación de asentamientos a par tir de Au gusto, existe una sólida preponde rancia urbana en l a jerarquía p oblacional que parece su bsistir de al guna forma a lo la rg o de todo el periodo contemplado. Sin embarg o, si lo analizamos por cronología sin distinción funcional, vemos cierta coincidencia, a l menos en las iteraciones de 31-40, donde la tendencia de la mayor ía de asentamientos es estar cerca de las rutas principales. En fin, en cuanto a los resultados del test K omogor ov-Sm irnoff , en el Guadiamar rara vez se acepta la hip ótesis nula (tan sól o en los s iglos III-V d.C .), mi entras que en nuestra zona de estudi o se rechaza prácticamente en t odas l as centurias, l o que quiere decir que dur ante ese i ntervalo de tiempo, la proporción de asent amientos por cada d ecil se ajusta ma y oritariame nte a lo pronosticado, confirmando una fuerte regularidad diacrónica en el sistema de poblamiento, por encima de las categorías funcionales específicas y las tendenci as sincrónicas particulares de cada momento. A modo de b alance, y s iguiendo lo que el propio autor c oncluía par a su zona de estudio (Garr ido, 201 1 ), podríamos incidir en d eterminados aspectos específicos que pueden explicar mejor las diferencias observadas entre ambos territorios: 505 -El valle del Guadiamar se configura como un paisaje mix to de int eracción entre minas-campiñas (Garrid o, 201 1), confi gurando p ara este autor un modelo específico d e romanización en el q ue ha profundizado ad emás posteriormente ( Garrido, 2012). Este modelo paisajístico se caracteriza por una relación directa entre la actividad mi nera del extremo norte del valle y las campiñas agrícolas d el sur , que experimentan un desarrollo de poblamiento intenso y mu y superior al de ot ras áreas del entorno, en buena medida como respuesta a las necesidades de abastecimiento de la cue nca minera de Aznalcóllar (Garrido, 201 1). En t odo caso, la peculia ridad del valle d el Guadiamar r especto a l a rib era sur d el Lacus L igustinus no sólo reside en esta relación ent re minas y campiñas, si no, más b ien, en el propio sistema de poblamiento de cuy as diferencias en las tend encias g enerales de los datos y a hemos hablado más arriba ( supra ). Ex isten, pues, ciertas anomalías en el poblamiento del valle, sobre todo en lo referido a la distribución y tipología de los asentamientos a grícolas, que apuntan, según su autor , a que exi stió un saltus o coto minero estatal en la mitad norte del valle -incluyendo así no s ólo las m in as sino una amplia área agríc ola de abastecimiento alrede do r- al m enos hasta época fl avia, cuando buena parte de este anti guo coto pudo p asar a m anos de los nu evos m unicipios de la comarca (Garrido, 201 1). Sea como fuer e, estos cotos mineros s e car acterizan por estar directamente gestionados por un proc urador imperial y , de ahí, por su extraterritorialidad (Chic, 2008b), es decir , no esta r adscritos a ninguna comunidad cívica, ni de de recho romano ni peregrino. Estos rasgos peculiares se t raducen en la existencia de grandes aglomeraciones sin estatuto urbano, así c omo de ex plotaciones a grícolas totalmente volcadas a la mina y con una di stribución claramente concentrada en lo s suelos má s fértiles y de mejore s r endimi entos (Garrido, 201 1). Aunque a partir de mediados del siglo I d.C . este coto p udo reducirse o incluso desaparecer , las inercia s territoriales heredadas de esta primera fas e, dejarían una marca especial en la comarca en siglos posteriores, al menos hasta los ss. I V -V d.C. (Garrido, 201 1). En resumen, para P . Garrido, el V a lle del Guad iamar es un modelo de lo que él denomina “romanizació n directa” , es decir , de una i ntervención directa del estado romano sobre una regi ón con recursos estratégicos (las minas), h asta el punto de reservarse un territorio de forma e x clusiva para su gestión y explotación, ajena al ordenamiento jurídico y territorial d el resto de l a provincia. La s im plicaciones de todo 506 ello se plasman en un m odelo de poblamiento específico y diverg ente respecto a l as comarcas de su entorno inmediato (Garrido, 201 1) . -En cuanto a la Costa Noroe ste, la cuestión cambia. No exist en en e sta zona ni recursos mineros estra t égicos ni nada similar que el estado romano pudiera esta r interesado en controlar directa mente. Esto ya de por sí explica bue na parte de las diferencias que hemos comentado ( supra ). Sin embar go, esto merece una reflexión adicional. Es cierto que no existe aquí la apropiación y re serva de una po rción del territorio par a el estado, un coto extraterritorial, pero sí s e da un a intervención m u y dir ecta del pod er romano, que a su vez se pl asma en unas características asimismo di verg entes respecto a las de ot ras zonas próximas. Hemos indicado como u na de las p rincipales l a p recoz implantación del modelo de villa en la comarca, así como la de su dist ribución homogénea y regular po r el territorio. De ahí se ha postulado la posible existencia de un parce lario geométrico, a ún por definir , pero posiblemente en r elación con la deducción colonial de Hasta Regia . P ues bien, adonde queremos llegar es a señalar cóm o el propio P . Garrido, al hablar de modelos de romanización directa e indirecta, i nclu y e entre los primeros l a intervención militar y la im posición a los venc idos de ci ertas refor m as territoriales, de la cual la colonia sería la opción más agresiva e intervencion ista (Garrido, 201 1). Pues, no nos en gañemos, una colonia impl ica el desposeimiento de tierras y de la posición polít ica de los conquistados a fav or de los conquistadores, de m anera que los locales son en gran medi da desplazados por los nuevos amos, s i bien e xi sten numerosos matices en los c uales no ha lug ar entrar ahora aqu í, y a que la colonia o el mu nicipio son dos formas jurídicas muy elaboradas que cambian a lo lar go de la historia de Roma tanto en su fondo como en sus formas. Sea como sea, en el caso de Hasta no sólo se busca el castigo y escar miento a la belicosa ciudad, sino so bre t odo contr olar de forma directa y con una población afín a Roma l os acc esos marítimos y fluviales al valle del Guadalquivir por el la go Ligustino, y , de p aso, dar salida a miles de veteran os a los q ue conceder tierras fuera de Italia y poner en expl otación una reg ión agrícola fértil, productiva y mu y bien co municada. Así pues, las difer encias entre el valle del Guadiam ar , a l norte del Lacus , y la Costa Noroeste, al sur del mismo, no residen tanto en que sean dos modelos de conquista y 507 romanización diferentes, como a dos modalidades de una misma pol ítica. Es verdad que el modelo de romaniz ación directa o indirecta, según las define su propio autor , puede parecer simplista si no se ex plica bien (Garrido, 2 01 1), pero lo cierto es qu e en este c aso estaríamos ante dos mod elos directos mu y claros, uno centr ado en un r ecurso mi nero estratégico (para ase gurar el ab astecimiento de metales pr eciosos par a acu ñar), y ot ro en un interés mil itar para consolidar un territorio recién conquistado en una z ona estratégica para el aseguramiento de todo el Bajo Guadalquivir . Como sie mpre, nada es sencillo ni la causa una sola, pero la huella de la i ntervención d irecta de l estado romano es en ambos c asos muy clara, sólo que por medio de dos estrategias dife ren tes que, a su vez, se plasman en el territorio cada una a su manera. VIII.4. LIMIT ACIONES Y PERSPECTIV AS D E FUTURO Comentábamos al ini cio de este trabajo que de bido a los medios disp onibles y cuestiones planteadas, éramos conscientes de l as limi taciones del mismo, pero que eran estas propias limit aciones las que m arcarían los objetivos futuros para la investigación de la comarca. Independientemente d e los errores qu e ha yamos podido cometer desde el punto de vista metodológico o de cualquier otro aspecto, creemos haber logrado d ar respuesta a la mayoría de las cu estiones planteadas en el capítulo I. No o bstante, ot ras han quedado abiertas, habiendo podid o plantear , como mucho, m eras hipótesis, por l o que se presenta la necesidad de seguir siendo investigados los siguientes puntos: -V eíamos gracias a los análisis de rut as ópti mas y ejes de poblamiento cómo los resultados de los mismos evidencia b an de algún modo alg ún tipo d e parcelario geométrico, aunque éstas se basan en una estim ación a partir de indicios en la org anización de este t erritorio, por l o que este pu nto queda abierto a nuevas propuestas que mejoren el conocimiento de la zona. -Dependencia del territorio estudiado de la colonia de Hasta Regia. Precisamente los análisi s referidos sup ra mostraban un a cl ara vinculación del t erritorio de estudio con Hasta Regia , a partir de una hipot ética centuriación de época cesariana, asociable al patrón regular comentad o supra . No obstante, este hecho ap enas si ha si do esbozado aquí, de forma que cr eemos necesario seguir profundiz ando en futuros estud ios que incidan en este aspecto para corroborar , o no, l o que hemos pl anteado. Ello requerirá 508 ampliar hacia el S y h acia el E el área estudi o, n o s ólo para documentar y poner al día los y acimientos conoci dos en aquellos sectores, sino también profundiz ar en l os elementos que aun ho y muestran unas resilien cias claras de las anti guas redes de poblamiento en formación (Robert, 2012). En definitiva, este trabajo aporta una i nformación que ha tratado de pone r orden y actualizar una evidencia con la que pode r seguir trabajando en un futuro en l as líneas que hemos dejado abiertas. BIBLIOGRA FÍA 516 ----- (1992a): Cuaternario Reciente, Holoc eno y Períodos Históricos del SW de Andalucía. Paleogeografía de me dios litorales y fluv io-litorales de los últimos 30.000 años . 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