La implantación territorial romana en la costa noroeste de Cádiz: el Lacus Ligustinus como eje vertebrador del poblamiento.
Full text
A mi mad re Rosario.
Allí donde estés, gracias por hac erme el hombre q ue soy.
LA IMPLANTACIÓN
TERRITORIAL ROM ANA EN LA
COSTA NOROE STE DE CÁDIZ
EL LACUS LIGUSTINUS COMO EJE VERTEBRA DOR
DEL POBLAMIENT O
JESÚS RODRÍGUEZ MEL LADO
DIRECTOR ES:
Dr. Enr ique García Vargas
Dr. Pablo Garri do González
Program a de doctorado
“Investigació n en Arqueología H istórica”
Departam ento de Prehistoria y Arqueología
Departa mento de P rehistoria y Arqueología
Universidad de Sevilla
Universid ad de Se villa
ÍNDICE DE CO NTENIDO S
- Introducción
- Agradecimientos
- Capítulo I. Ob jetivos y context o general: m ar co geográfico e histórico de la Bah ía
de Cádiz en época romana …………………………………………………………
17
• La Cost a Noroeste de Cá diz: Objetivos, marco geográfico y estado actual de la
cuestión.
Objetivos de la investigación
Transfor maciones en épo ca republicana
Transfor maciones en el Alto I mperio
Transfor maciones en l a Antigüedad Tardía
Aspectos constantes en todas las épocas (Hierro II,
República, Alto y Bajo Imperios romanos)
Marco geográfico
L ímites del área de estud io
Aspecto geológicos
Carac terísti cas generales de la desembocadura d el
Guadalquivir
Breve historia de las investigaciones: estado de la cuestión
Fuente s epigráficas y documentales
Fuente s arqueoló gicas
Breve contexto histórico de la Bahía de Cádiz en época romana
Gadir durante la conquista romana
L a Bahía de Cádiz bajo la república: César y la polít ica de
los Balbos
L a Bahía de Cádiz en el Alto Imperio
L a Bahía de Cádiz en la Antigüedad Tardía
- Capítulo II . Desarrollo metodológico …………………………………………….
55
• Introducción: La información de partida
• La prospección arqu eológica superficial
Estrategias y coberturas del terreno y variables de control
Sistema de registro y procesado de la información
• Variables utilizadas en la Costa Noroeste de Cádiz
Variables locacionales
Variables formales o “histórico-arqueológicas”
Relación entre los grupos de variables 1 y 2
Variables complementari as: análisis de las rutas óptimas y ejes de
poblamiento
- Capítulo III. E videncias arqueológicas: las excavaciones ……………………….
77
• Chipiona
Avenida de Sevilla, 88
Avenida de Sevilla, 86
Humilladero
Villa de las Canteras
El Olivar
• Rota
Base Naval de Rota
- Capítulo IV. Catálogo de yaci m ientos arqueológicos ……………………….….
171
• Propuesta de ordenamiento ti pológico
Ciudades
Aglomeraciones
Villae
Asentamientos agrícolas/granjas
Chozos/ caba ñas
Otros
Inciertos/indefinidos
• Catálogo de yacimientos arqueológicos
Sanlúcar de Barrameda
Rota
Chipiona
- Capítulo V. E l poblamiento del área de estudio a partir de l a evidencia
global ……………………………………………………………………………....
403
• Introducción: problemas y lim itaciones
• Tendencias generales del área de estudio
Evolución cronológica
Categoría funcionales
Relación entre categorías funcionales y tipos de su elo
• Dinámicas comunes en la margen iz quierda d el río Guadalquivir: Costa
Noroeste de Cádiz.
- Capítulo VI. Resultados ob tenidos a partir del análi sis de variables ………....
415
• Variables locacionales
Extracción y tabulación de los valores
Una aproximación a los resultados
Yacimientos que presen tan visibilidad y altitud relativa
elevada
Yacimientos con alta accesibilidad
Yacimientos que no destacan en nin gunas d e l as variables
consideradas
Líneas de visión o de intervisibi lidad: un complemento a las variables
locacionales
• Variables formales
Características generale s de los asenta mientos a partir de sus rasgos
locacionales
Patrones ligados a la ubicación de los asentamientos
Siglo II a.C.
Siglo I a.C.
Siglo I d.C.
Siglo II d.C.
Siglo III d.C.
Siglo IV d.C.
Siglo V d.C.
Siglo VI d.C.
• Análisis rutas óptimas
Principales rutas aisladas en el análisis
Relación de los y acimientos del área de estudio con las rutas óptimas
Resultados generales del área de estudio
Relación entre rutas y asentamientos. Primeras conclusiones
Análisis de las rutas óptimas: aspectos destacados
Un complemento a las rutas óptimas: los ejes de poblamiento
- Capítulo VII. Discusión …………………………………………………….……
451
• La Implantación roman a en la Costa Noroest e de C ádiz. Discusión de los
resultados.
Los precedentes. La C osta Noroeste de Cádiz durante la II Edad del
Hierro
Un síntoma de recuperación
El Santuario de Monte Algaida
El período republicano (ss. II-I a.C.)
Un territorio depe ndi ente de Hasta Regia
El sistema de poblamiento de los ss. I-II d.C.
La crisis del si glo III d.C.
Los siglos IV-V d.C.: la consolidación de un nuevo modelo
Los siglos VI-VII d.C.
- Capítulo VIII. Conclusiones ………………………………………………………
489
16
Agradecimientos
“Si todo lo que he perdido y todo lo que he ganado, se lo debo a l a madre que a
mí me ha parido , s e l o d ebo a la tierra donde yo he na cido, se lo debo a la gente que
estuvo a mi lado, espero no ser nunca un desagradec ido” (J uan Car los Aragón
Becerra).
El presente trabajo ha sido p osible fundamentalmente gr acias a la colab oración,
directa e indir ectamente, de un grupo de person as que han contribuido a su realización,
e incluso a su finalización.
En primer lu gar, estaré e ternamente agradecido a Francisco Riesco G arcía, uno
de l os autores de las ca rtas arqueológicas qu e hemos revisado, ademá s de un amigo,
quien, de forma desint eresada, me acompañó incesantemente todos los días de trabajo
de campo, aportando además de su a yuda , sus conocimientos.
A Enrique García Vargas, direc tor de este tra bajo y profesor del De partam ento
de Prehistoria y Arqu eología de la Universi dad de Sevilla, por s us consejos,
correcciones y por su a yuda en el estudio de los materiales arqueoló gicos. J amás tendré
palabras para agradecerle todo.
A Eduardo Ferrer Albel da, a Francisco J osé Ga rcía F ernández y a José L uis
Escacena Carrasco, profesores d el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la
Universidad de Sevilla, por la colaboración en el est udio de materiales.
A mi otro tutor, P ablo Garrido González. A él le debo la formació n en
prospecciones que poseo y el conocimiento y uso de los Sistemas de I n formación
Geográfica. Ha sido un verdadero maestro para mí . Gracia s.
Igualmente, también han colaborado en los trabajos de campo, de modo
absolutamente desinteresado, m ás amigos y comp añeros, entre los que d ebo mencionar
a Álvaro Gómez Peña, María de los Re y es Somé Salazar, Gabriel Carvajal Mateos, L ui s
G. Pérez Aguilar, Enrique Ruiz Prieto y R ocío Guerra Megías.
A mi pareja Rebeca López Macías. Sin su ay u da, apoyo, comprensión y á nimos
en momentos de flaquezas no hubiera sido posible que este trabajo viera la luz.
Por úl timo, debo mencionar el apo y o y comprens ión de mi familia, de mi padre
José y , sobr e todo, de mi madre Rosario. A ella l e debo todo lo que so y , e n todo lo que
me he convertido. A ti va dedicado este trabajo.
A todos ellos, muchísimas gracias.
CAPÍTULO I
OBJETIVOS Y CO NTEXTO GENE RAL:
MARCO GEOGRÁFI CO E HISTÓ RICO DE
LA BAHÍA DE CÁDIZ EN ÉPOCA RO MANA
18
19
I.1. OBJET IVOS DE LA INVESTIGACIÓN
El objetivo fundamental de este trabajo es el estudio y conocimiento de la
implantación territorial romana en la Costa Noroeste de Cádiz, un sector poco estudiado
y trabajado, lo que perm itiría el proce sado de un importante volumen de i nformación
para la comprensión de esta región.
Antes de desarrollar otros puntos de este capítulo creemos oportuno formular los
objetivos específicos bas e de este estudio, y qu e serán a su vez l os que determinen l os
límites espaciales y temporales que lo d efinen. Para ello nos planteamos l as siguientes
cuestiones:
• ¿Qué dinámica histó rica experimentó el río Guadalquivir desde los momentos
previos a la conquista romana hasta la ex tinción del sistema político imperial?
• ¿En qué momento y cóm o se hace palpable la presencia romana?
• ¿Podríamos hablar de una implantación del modelo de villae entre principi os y
mediados del siglo I a.C.?
• ¿Cuál era la base económica de esta zona enclavad a entre el mar y el lago?
• ¿Cómo s e ada ptaron las poblaciones indígenas a la nueva situación?
• ¿Por qué la inex istencia de una ciudad en un enclave tan estratégico?
(entendiendo como tal a aquella con un estatuto jurídico claro o que al m enos
cumplieran l as característi cas descritas en el c apítulo IV pa ra esta ti pología) ¿De
qué ciudad dependían?
Los objetivos trazados son ambiciosos dada l a importancia estraté gica de la zona
de estudio que tr ataremos, p ero necesarios debido a la carencia d e i nformación exist ente
hasta el momento.
Una vez plant eadas est as cuestiones, intentarem os dar respuesta a los cambios
sufridos e n el paisaje de l Ba jo Gua dalquivir, en concreto de su actual de sembocadura,
mediante puntos más específicos:
1. Transformaciones en época Repub licana:
¿Cuándo observamos cambio s respecto a la Edad del Hierro II ? P ara dar r espuesta a
esta pr egunta p artimos de la hipót esis d e que no será al menos h asta principios-
mediados del I a.C. cuando se observa un cambio pa lpable e n l os patrone s de
asentamiento, explot ación de los re cursos, etc., ex istiendo, por t anto, una continuidad
20
con la fase anterior hasta estas fechas, ex plicado mu y bi en por la ausencia de
importantes fundac iones, de m odo que lo más sensato es postul ar la continuidad del
dominio y control de Hasta Regia sobre la zona propuesta , ciudad eminentemente
indígena y con la que Rom a tendrá que actuar par a controlar l a entrada al gran l ago, vía
comercial y de comunicación con las poblaciones del interior.
2. Transformaciones en el Alto I mper io:
Será en el periodo augusteo, aunque con un pre cedente claro en época cesariana,
cuando la bahía ga ditana sufra cambios sustanciales en el modelo de ocupa ción y
ordenación de l territorio. No obstante, desconocemos de qué manera y en qué medida
este m ovimiento afectó al área d e estudio propuesta. Igualmente, cabría plantearse si
quedaría al margen o no de la municipalización flavia, y en su c aso, por qué.
Desde el punto de vis ta económico, la m argen izqu ierda d e la d esembocadura del
Guadalquivir estaba esencialmente li ga da a las ex plotaciones relacionadas con la
agricultura y la p esca, esto úl timo refl ejado en los num erosos pequ eños alfares
existentes con una producción de envases preem inentemente salazoneros. ¿ Por qué,
como veremos adelant e (véase sección V III.1.3 capítulo V III), desaparecieron
numerosas figl inae en el cambio de centuria entre el siglo I y II d.C.? ¿En qué medida
afec tó la llamada crisis del si glo II d.C.? ¿Cuál era el sistema de expl otación y régimen
de la propiedad en el Alto I mperio en la z ona propuesta? ¿Se constata un cambio en el
tamaño, disposición y nú mero de los asentamientos?
Por otro lado, ¿ex istía algún tipo de r elación comercial entre esta zona agríc ola-
pesquera con las estrictamente mineras? ¿El colapso minero en el s iglo II d.C. (Chic,
2009; 20 05; 1991; Re ye s, 2007; 1991;) pudo afectar a la economía de la C osta Noroeste
de Cádiz? ¿Cóm o y en q ué medida?
3. Transformaciones en la An tigüedad Tardía
Si bien el presente trabajo privil egia el estudio de las pro fundas
transformaciones acaecidas en el Alto Imperio, no podríamos entender al completo éste
sin apreciar su desarrollo posterior. Para es ta época s e mantienen los mismos
interrogantes que en el punto segundo:
- S i para el siglo II d.C . planteába mos la posibil idad de que la crisis afectara de
alguna manera las estructuras existentes hasta ese momento (especialmente las socio-
21
económicas), ¿cómo y d e qué m anera afectaría la más profunda c risis del siglo III ? ¿El
cese completo de la ex plotación de las mi nas de Az nalcóllar y Riotin to (Garrido, 2011;
Domergue, 1987; 1990; Hunt, 2003) acarreó al gún cambio en esta región?
- Otra cuestión a resolver es: ¿Se constata en la desembocadura actual del
Guadalquivir la progresiva concentración d e l a propiedad qu e s e atribuye a este
período? ¿Existe un ca mbio en las formas de explotación de l a t ierra? ¿El modelo de
villa m antiene l a mism a relevancia como sistema socioeconómico o po r e l contrario se
constata algún tipo de cambio?
Nuestra hi pótesis para el B ajo Imperio, como sucederá en zonas mineras del entorno
(Amores, 2010, Amores e.p.; Gar rido 2011), se va a caracterizar por una re orientación
económica (aunqu e pos iblemente de forma menos drástica), y con ella social, y,
producto de ésta, por una reo rganización del territorio, donde muchos de los
asentamientos desaparecerán.
Una vez planteadas las p reguntas concretas, cu y as respuestas deseamos encontrar a
partir del estudio arque ológico d e l a Costa Noroes te de Cádiz, donde se i nserta la ac tual
desembocadura del Guad alquivir (antes parte del Lacus Ligustinus ), cree mos interesante
tratar otros aspe ctos adicionales que superan la vi sión diacrónica propues ta supra , por
tratarse precisamente de constantes que parecen mantenerse a lo largo del t iempo .
4. Aspectos constantes en todas las épocas (H ierro II, República, Alto y Bajo
Imperio romanos).
- El papel de Hasta Re gia: La s Mesa s de Asta, identificadas con la ciudad de Asta
Regia , localizada a 11 km al noroeste de Jerez, en l a actual provinci a de Cádiz , se sitúa
al pie de l a c abeza del est ero de su mismo nombre, el cual facili taba las pos ibil idades de
comunicación de este enclave con otros por medio de la navega ción. Est á conformada
por un conjunto de elevaciones cu ya cota más alt a alcanza los 81 metros sobre el niv el
del mar, ocupando una e xt ensión de 357 ha. (Esteve, 1979: 9-10; N avarrete, 199 0: 32).
Su papel viene marcado, i ndependientemente al pot encial arqueoló gico, por tratarse de
una ciudad im portante e n la re gión c on un manifiesto protag onism o en el Hier ro II
como cabeza d el conven tus de Hasta , punto de reunión y encuentro de lo s turdetanos
(Chic, 1995; 1999a: 245), así como, con toda seguridad, por erigirse como centro
articulador (or ga nizador y cont rolador) de un amplio territorio que, m u y pr obablemente,
englobaría l a z ona pr esente d e estudio (P arodi, 2 012: 38) y en la que desempeñaría un
22
papel importante, al menos en el Hie rro II e ini cios de la presencia romana, el
asentamiento de Ébora, del cual hablaremos más adelante.
Por ello, es objetivo prioritario es conoc er de qué manera incidió este nú cleo en el
desarrollo polít ico y socioeconómico de la actual C osta Nor oeste de Cádiz, y c ómo la
presencia roman a afectó a este t erritorio, sob re to do con la desmembr ación a la que es
sometida su territorio, por ejemplo, con la emancipación de la soberanía h astense (para
ponerla bajo el domini o romano) de la Turris Lascutana mediante e l dec reto de Paulo
Emilio (datado el 189 a.C.). ( CIL II, 5041)
- El papel económico de la actual desembocadura del Guadalquivir en e l ámbito
bético en particular y e n el mundo romano en general: Más allá de l as tendencias
señaladas para cada época, resulta interesante co nocer la im portancia socioeconómica
de esta comarca dentro de un contexto mucho más amplio, respondiendo a cuestiones
como ¿ qué rol jugó la z ona referida de estudio como áre a inserta entre el mar y l a
campiña?
- R omanización de la desembocadura del Guadalqui vir y campiña (Costa Nor oeste
de C ádiz). Una ve z dada respuestas a toda s la s c uestiones plante adas, cab ría
preguntarnos ¿cómo valoramos el proceso de romanización de la desembocadura del
Guadalquivir? ¿A qué modelo de romanización cabe adscribir l a zona descrita? ¿Cóm o
se va comportando desd e la conquista a l a desa parición del estado rom ano? ¿De qué
manera afecta a los asentamientos importantes, como por ejemplo Ébora? .
I.2. EL MARCO GEOGRÁFICO
I.2.1. Límites del área de estudio
Antes de comenzar a h ablar d e los ras gos geográficos del á rea de estudio e s
conveniente esp ecificar los l ímites espac iales que la conforman. De esta m anera ,
podemos decir que nu estra investigación se h a ce ntrado básicamente en l os m unicipios
que constituyen la actual C osta Noroeste de Cádiz, es decir, Rota, Chipi ona, Sanlúcar de
Barrameda y Trebujena, términos que, ex ceptuando Rota, se encuent ran e n, o cerca, de
la actual desembocadura del Guadalquivir, antes Lacus L igustinus (Fig. 1.1).
Dada la homogeneida d que presentan los referidos t érminos, con una orografía
similar, dond e predominan las eleva ciones suav es, con suelos mu y parecidos y con la
inserción de todos ellos en un ambiente marít imo, hemos vi sto conveniente n o hacer
23
diferenciación, al menos a priori , de disti ntas áreas. Debe recor darse adem ás que la total
coherencia paisajís tica de este territ orio es tá por encima de cualquier límite
administrativo moderno y, si bien hemos de optar por delimitar nuestra zo na de estudio
en gran medida en bas e a aquéllos, no vemos por lo d emás nin guna nec esidad de
subdividirla en otros sectores cu y a aparición sólo habría ge nerado una ma yor confusión.
Fig. 1.1. Área de estudio: Cost a Noroeste de Cádiz
De esta forma, la totalid ad de la superficie d e estudio, prospectada y su jeta a los
análisis q ue mostraremos a lo largo de esta tesi s, ha sido de 360,2 Km
2
, l os cuales
quedan repa rtidos de la siguiente m anera: 59,2 Km
2
Trebujena, 174,3 Km
2
S anlúcar de
Barrameda, 32,9 Km
2
Chipiona y 69,2 Km
2
Rota.
24
I.2.2. Aspectos geológicos
Una vez expuestos los límit es del área de estudio, creemos oportuno recoger en
estas lí neas los principales rasgos geomorfológic os que lo conforma n (Fig. 1.2), aunque
de forma pu ntual sean valorados tanto a nivel ge neral como p arcial en otros capítulos
(cf. capítulos V y VI):
TIPOS DE SUE LO
TIPO
GENÉ RICO
POTENCIAL
AGROLÓGICO
USO PREFEREN TE
Em balses, mar, río...
- 1-
Nulo
Ninguno
-Reg esoles éutricos
-Reg esoles dístricos
-Inclusiones de
Arenosoles álbicos
- Regosoles
- Arenos oles
- 2-
- Medio
-Bajo
- Cere al, v id, cultivos
arbóreos
-Reg osoles éutricos
- Xeros oles hápl icos
- Litosol es
- Regosoles
- Xeros oles
- Litosol es
- 3-
- Medio
- Medio
- Medieo
- Cere al, v id, cultivos
arbóreos
- Pastoreo
- Uso for estal, p astoreo
-Reg osoles calcáreos
-Cambisoles cálc icos con
inclusiones de litosoles
- Regosoles
-Cambisoles
- 4-
- Medio
- Cere al, v id, cultivos
arbóreos
- Arenos oles álb icos
-Cambisoles húm i cos
-Gleysoles dís tricos
- Arenos oles
- Ca m bisoles
- Gleysoles
- 5-
- Baj o
- Medio
- Baj o
- No cultivables. Uso
forestal, pastos
- Cult ivos arbó leos,
dehesas
- Pastoreo
- Vert isoles péli cos
- Rendzinas
-Reg osoles calcáreos
- Vert isoles
- Rendzinas
-Reg osoles
- 6-
- Ópti m o
- Ópti m o
- Medio
- Cere ales, leg um inosas
- Cere ales, leg um inosas
- Cere al, v id, cultivos
arbóreos
- Vert isoles péli cos
- Vert isoles c rómicos
- Vert isoles
- 7-
- Ópti m o
- Cere ales, leg um inosas
- Vert isoles c rómicos
-Cambisoles v érticos
- Vert isoles
- Ca m bisoles
- 8-
- Ópti m o
- Medio
- Cere ales, leg um inosas
- Cult ivos arbór eos,
dehesas.
-Solonchaks tak i ricos y - Solonchaks
- Baj o
- No cultivables/Uso
25
gleicos
- 9-
forestas y pas tos
- Luvisoles cróm i cos
- Inclusi ones d e
Cam bisoles cál cicos y
litosoles
- Luvisoles
- Ca m bisoles
- 10-
- Medio
- Medio
- Cult ivos arbór eos,
dehesa
- Luvisoles cróm i cos y
regosoles
- Luvisoles
- 11-
- Medio
- Cult ivos arbór eos,
dehesa.
-Luv isoles cál cicos
- Luvisoles cróm i cos
- Luvisoles gle icos
Luvisoles
- 12-
- Medio
- Cult ivos arbór eos,
dehesa.
-Planosoles m ólicos
- Vert isoles péli cos
- Phaeozems clacáreos y
Rankers arenosos
- Planosole s
- Vert isoles
- Phaeozems
- 13-
- Medio
- Ópti m o
- Medio
- Pastos
- Cere ales, leg um inosas
- Pastos
Tabla 1.1. Tipos de suelo y pot encial agrológico
Estos datos geomorfológicos se basan en la cart ografía 1:400.000 del I n stituto
Geográfico Nacional, lo s c uales han resultado esenciales para la realización de los
análisis de variables descritos en el capítulo V I . Podría parecer a priori una escala
excesivamente ampl ia, p ero dado que no estamos hablando de usos, sino de tipos de
suelos, cuy a vari ación no es apreciable más que a nivel regional, la escala 1:400.000 no
es inadecuada para reflejar las escasas variaciones locales que pueda experim entar.
Asimismo, hemos decidido utilizar el m apa de t ipos de suelo , en l ugar de otras
opciones como el m apa de usos , dado que p ensamos que utiliz ar un mapa de usos
actuales del suelo para e valuar los usos potenciales en la Ant igüedad puede resultar un
tanto presentista; sin embar go, utilizar el mapa de tipos de suelos, teniendo en cuenta las
posibles varia ciones pro vocadas por erosiones y transportes, nos permite ver qué tipos
morfológicos se dan y de qué manera serían pot encialmente ex plotables en época
romana, ajustándonos a las posibilidades tecnológicas y organizativas de la época.
Por ot ra parte, la graduación del potencial agrológico de los suelos se fundamenta en
las estimaciones de l a FAO reco gidas po r M. D elgado (Del gado, 2008) y matizadas con
apreciaciones d e J. Gorges (Gorges, 1979), qued ando de esta m anea sintetiz ado en la
tabla expuesta (tabla 1.1) el potencial agrícola desde un punto de vist a de una actividad
agropecuaria tradicional, no industrial (Garrido, 2011; Delgado, 2008).
32
seguir con el t emplo de J uno y el Monumentum Caepionis , y a en el m ar, situado sobre
un promontorio o roca.
Por último, cabe citar a Claudio Pt olomeo, quien en su Geographia hace referencia,
como y a lo hiciera Estr abón, a la ciudad de Ébora ( II ,4,9). No obstante, no realiza
ninguna mención a la Torre de Cepión o al templo situado en Sanlúca r (tal vez L a
Algaida), por lo que podríamos pensar en la inex istencia o el abandono de
funcionalidades de amb os ya en el siglo II d.C ., como así pare cen mostrar los datos
arqueológicos (Ferrer, 2000; R odrígue z Mellado, 2010).
En cuanto a los itinerar ios antiguos ( Itinerario de Antonino o el Anónimo de
Rávena ), no hacen referencia alguna a vías principales en esta com arca (s ecundar í as sí
debieron de existir), lo que se explica por la inexistencia de ciudades importantes
(exceptuando Hasta o Nebrissa ), destacando peq ueñas aglomeraciones (con mayor o
menor importancia) repartidas por todo el t erritorio, como la de Re gla (en Chipiona),
Cortijo de la C añada (en Sanlúca r) o Casa del Machaca ( en Rota) entre otras (c f.
capítulo IV).
En definitiva, las fuentes antiguas poco tienen que añadir al conocimi ento
histórico d irecto de la zona de estudio , a excepció n de algunas re ferencias mu y valiosas
relativas a la navegabilidad del Lacus , los esteros, etc., ya referido supra .
I.3.2. Fuentes arqueológicas
Como indi cábamos en la Introducción, el conoc imiento arqueológico previo a
este trabajo era mu y escaso, a menudo con las lógicas y explicables carencias propias de
la metodología utiliz ada en di versas épo cas, lo que planteaba la necesidad de iniciar un a
revisión sistemática con un trabajo de campo más ampl io.
Más allá de l as r eferencias de los eruditos, que son b astantes, y d e las
excavaciones puntuales con material romano en los diversos términos m unicipales que
hemos referido con anterioridad, como la Vi lla de las Canteras (Ramos y R isco, 1983),
El Oli var (Ramos, 2001; García Vargas y Ram os, 2004), Avda. de Sevilla nº 2
(Alarcón, 1991) o Avda. de Sevilla nº 86 ( Barreiro, 2009) en Chipiona; E l Dolmen del
Hidalgo (Carriazo, 1975), Ébora (Carriazo, 1970) o Fábrica de Salazones ( Esteve, 1953)
en Sanlúcar d e B arrameda, y l a Villa de l a Base de R ota (McClellan et al. , 2001; 2010),
Depósito de án foras (López y Pérez, 1980) y Torre d e la M erced, Plaza Duque d e
Nájera y Plaza de España (Reinoso y Gutiérrez, 2010) en Rota, que propor cionan una
información esp ecífica y localiz ada, los trabajo s de campo r ealizados con el fin de
33
lograr un cono cimiento global d el pobl amiento r omano en esta comarca (así como de
otros períodos), son, como recalcábamos arriba, es casos.
La s prospecciones realizadas por María Luisa Lavado Florido en 1986 ( Carta
Arqueológica de la margen iz quierda del Guadalquivir: Sanlúcar -Norte- y T rebujena ),
y la efectuada po r F rancisco R iesco García e n 198 7 ( Carta Arqueol ógica de la
desembocadura del Guadalqui vir: z ona Sur ), forman la bas e fundamental del
conocimiento del poblamiento romano (entre otros m uchos períodos) en nuestra ár ea de
estudio.
Éstas respondían a un modelo o un concepto de la investigación de b ase de
realización de cartas ar queológicas impulsado por el departamento de Prehistoria y
Arqueología de la Univ ersidad de Sevilla entre los años 197 7 y 1989, cu y a fig u ra
principal fue D. Manue l P ellicer Catalán, por entonces director del D epartamento
(Rodríguez Mellado, 2 014). Aunque algunos aspec tos metodológicos han sido
superados con el ti empo, es importante seña lar que la base y el punto de partida que
éstas constituyen ha sido de vital im portancia pa ra la rea lización de este trabajo.
Otro trabajo de interés fueron las prospecciones realizadas por M. Ponsich,
centradas en época romana y publicadas en 1991, l o que resultaba un complemento a los
trabajos de campo qu e le p recedían, aunque ca rentes, como los anteriores, d e
información necesar ia p ara un anális is más completo d el poblamiento roma no en la
comarca (c f. Introducción), sobre todo las tan nece sarias delimitaciones poligonales,
que no sólo son im prescindibles desde el punto de vista administrativo, si no que aportan
un dato acerca de la superficie del asentamiento esencial par a l a i nterpretación
arqueológica.
También merecen una mención específica las pro specciones r ealizadas en 1994
en los términos de Trebujena y S anlúcar po r F. Barrionuevo Contr eras, L. A guilar
Molla y R . Gonz ález Rodríguez dentro del proyecto "Paleogeografía humana del
extremo noroccidental de la provincia d e Cád iz. L os proc esos culturales desde el
Neolítico a la época medieval. Formas de contacto y aculturación ", aunqu e los datos
aportados y public ados hasta la fecha son escasos y d e poca ut ilidad para los objetivos
de este trabajo (Rodríguez Mellado, 2014; Gómez Peña e t al. , 2014).
Por último, señalar los datos actuales de los PGOU de R ota y Trebujena, los
cuales, bien analizados, se nutren básicamente de l as cartas arqueoló gicas realiz adas por
F. Riesco y por Mª. L. Lavado, pero mal tr asladados cartográficamente y p resentando
34
errores en las coorde nadas aportadas, así como la sobredimensión de alg uno s polígonos
asignados a diversos y a cimientos.
En conclusión, vemos có mo son mu y pocos los trabajos pr evios -arqueológicos e
historiográficos- en la C osta Noroeste d e C ádiz, do nde las evidencias epigráficas y
documentales son escasas, por lo que el peso ar gumental de este t rabajo deberá rec aer
sobre todo en nuestros propios datos, con todo los riesgos que ello obviame nte conlleva.
I.4. BREVE CONTEXT O HISTÓRICO DE LA BAHÍA DE CÁDIZ EN É POCA
ROMANA
A continuación analiz aremos de m anera diacrónica los asp ectos so ciales,
políticos y ec onómicos de un área más amplia y mu y vinculada con el territorio d e
estudio, si n olvid ar, claro está, los acontecimientos y devenires acae cidos a ni vel
general en la Bética y en Hispania .
I.4.1. GADIR DURANTE LA CONQUISTA ROMANA
La presencia c artaginesa en la Península Ibé rica, producto de los resultados de
la Prim era Guerra Púnica , su rápida ex pansión por ésta, la ex plotación de sus recursos
minerales y la disponibi lidad de l os íberos como soldados, representaba para Roma
una amenaza de p rimer orden, sobre todo por las ansias de v enganza qu e existí an en
Cartago tras la derr ota en dicha guerra y l a consiguiente pérdida de sus posesiones de
ultramar (Bonet y Ri bera, 2003: 79; Roldán, 2008:152-153).
Roma, con grandes int erese s en la p enínsula, comenzaría pronto a
aprovecharse de su victoria imponiendo deter minados tributos y acapara ndo l os
recursos prioritarios para el estado. Las mi nas, como ejemplo más p recoz y
paradigmático, pasarían a s er explotadas directamente por ella (Domergue, 1990) por
lo que la necesidad de ex plotación originaría múltiples abusos. A esto se le uniría la
obligación de las provincias a suministrar ce reales al gobernador (un 5% ), así como
venderles anualment e de forma obli gatoria, al precio que éste estimara, l os cereales
precisos para el mantenimiento del ejército de ocupación (Chic, 1984: 72) .
Aunque Cádiz no tenía minas ni campos para producir c ereal, los romanos
situarían en la ciudad, en contra de lo pactado , un praefectus para qu e recaudara
tributos. Tra s l as quejas de los gaditanos al S enado, en el 199 a.C. se le retiraría el
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exactor. Es posible que de esta manera las élit es ga ditanas quedasen cont entas con el
nuevo orden y por eso s e mantuviesen al margen de los movimi entos independentistas
que poco después se sucederían en la provincia de l a Ulterior.
En e l 197 a.C. se fijan las dos provincias hispanas: la Cit erior con capital en
Tarraco, y la Ult erior, en l a cual se inclu y e nuestra área de estudio, con capital en
Corduba. Esto se tradujo en el aumento del númer o de pretores, aunque se suprimen
los mandatos mi litares extraordinarios. Igualment e se redujo e l núm ero de tropas
estables en la península por la necesidad de con centrar ma y or es efectivos en Grecia,
donde se estaba librando una importante guerra contra el reino macedonio.
En este contex to, sobre un ambiente de malestar generalizado, s e sublevaron
algunos r e y es del Valle d el Guadalquivir, toda la región entre este río y el Guadiana y
ciudades libiofenicias de la costa m editerránea c omo Malaka o S exi , po r lo que el
pretor M. Hevio tuvo que pedir refuerzos a Roma. En el 196 a.C. Roma enviará
10.000 hom bres con los que consi gue al gunas victorias, pero no d ebieron ser
suficientes al tener que enviar en el 195 a.C. al cónsul M. Porcio Catón junt o con dos
legiones, 15.000 aliados latinos, 800 jinetes y 20 b arcos de guerra (Chic, 1984: 72).
Mientras M. Porcio operaba en la Citerior, el pretor de ésta, junto al d e la
Ulterior, conc entraban s us fuerzas en el sur pe ninsular en respu esta a la rebelión
generalizada de la Turdenatia (para luchar con huestes sit uadas entre la
desembocadura del Guadalquivir, el Guadalete y el B arbate, tierras dependientes de
Asta ), cuyas ciudades se habían procurado la asistencia de un g ran número de
mercenarios celtíberos (R oldán, 2013: 233) debi do a su esca sa c apacidad mi litar (Liv.
34,19,1-2). Éstos dificultarían al pretor Manlio en su acción, por l o qu e tuvo que
acudir en su a y uda el propio Catón (Liv. 34,19 ,1). Cuando llegó, celtíberos y
turdetanos tenían campamentos por separado, hecho que aprovechó Cató n para enviar
tribunos militares a dialogar con los celtíberos y ofr ecerles tres condiciones a su
elección: p asarse al bando romano y cobrar el doble de soldada que le ofrecían los
turdetanos; marchar a sus casa con l a promesa de no tomar rep resalia por apo y ar al
enemigo; o, en caso de querer gue rra, fij ar dí a y l ugar (Liv. 34, 19, 3 -7). Tras un dí a
de deliberación no pudieron decidir ninguna cos a. Aunque fueron varios los i ntentos
de provocación, viendo q ue para n ada s e m ovían los enemigos, Catón retornó hacia el
Ebro con siete cohortes (Liv. 39,19,11).
Aunque Roma dio por concluida la guerra (Chic, 1 987: 74), la lucha había de
continuar. Así en el 194 a.C. P. Cornelio Escipión se enfrentar ía cerca de Carmona a
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una banda de lusitanos, tal vez m erce narios, que saqueaban una región con trolada por
Roma. Tras esta not icia, no ex iste información de esta zo na hasta el 189 a.C., donde
el pretor L . Em ilio Paulo realiza un p acto (¿ hospiti um ?) con una p equeña comunidad
libiofenicia, L ascuta . De esta manera, liberaba a los lascutanos de la servidumb re de
Asta . Era una forma de castig ar a la ciudad astiense por ser una de las sublevadas ant e
la presencia de Roma, cuy o territorio (según se ex trae del pac to de Emil io) era
bastante extenso, en el cual incluimos, sin du da al guna , la zona d e estudio del
presente trabajo.
Por entonces L. Emilio luchaba contra los lusi tanos mercenarios de As ta . S in
embargo, no s erá hasta el 187 a.C. cuando su sucesor, A. Atinio, los venza y
conquiste l a ciudad ( Anales 39,21). Su caída no supuso el final de la resistencia, que
sí ocurriría con l as acciones de T. Sempronio Grac o en el 179 a.C. co n la t oma de
Munda y su avance po r el valle d el Genil y del Guadalhorece hasta Certi ma antes d e
marchar al norte para concluir s u obra pa cificadora (Chic, 1987). Par a vigilar la z ona
era necesario establecer otra base en el sur adem ás de la ya creada Itálica, en el valle
del Guadalquivir; esta no era otra que Carteia , que guardaría l a cost a meridi onal y el
estratégico Estre cho de Gibraltar. Además d e esto, el Senado quiso a cabar mediante
algunas medidas con los abusos de los gobernantes y ex actores de impuestos que se
llevaban buena parte de la moneda que al gunas c omuni dades comenzaban a emitir.
De hecho, tal vez fruto de estas medidas, no habrá noticias s obre la zona hasta
el 155 a.C. con el intento de bandas lusi tanas y v ettonas de pasar a África por ella, tal
vez como mercenarios, en un momento en el que Rom a estaba llevando a cabo
acciones of ensivas contra Cartago. La respuesta de Roma no se hará esperar y situará
una base en C órdoba para rete ner a las bandas que bajaba n desde zonas del Guadiana
al Guadalquivir, aunque no pudieron evitar el pas o de algunos grupos de soldados.
En el 147 a.C. aparecerán de nuevo en la Turdetania bandas lusitanas al m ando
de Viriato, quien, tras varios acontecimientos, será derrotado por el cón sul Quinto
Servilio Cepión, personaje al que se l e atribu y e la construcción un faro en la entrada
del Guadalquivir (Estrabón, III , 1,9), y en torno al cual sur giría la actual C hipiona.
Por estas fechas Roma e xperimentaba una prof unda crisis int erna que había
estallado tras los intentos re volucionarios de los Grac os (133-122 a.C.), a lo que se le
añadió el problema de los socios itálicos, el de la ineficacia del ejército en sus mandos,
composición, táctica y di sciplina, la politiz ación de la clase ecuestre, etc.
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En el marco de las post eriores guerras civiles entre Sila y Mario se produce la
huida de un gran número de populares desde Roma, entre ellos S ertorio, quien comienza
un enfrentamiento particular contra los senatoriales que lo t raer á al sur de la p enínsula
ibérica tras un buen n úmero de vicisitudes y enfrentamientos en el Magreb y el
Mediterráneo. Sil a, marchó hacia Hispania, par a lo cual compró el derecho de paso por
los Pirineos a las tribus cerre tanas del P erthus. Antes de ins talarse dejó a su
lugarteniente y a 6.000 hombres en el p aso pirenaico p ara evitar la e ntrada de los
posibles contingentes que mandara Sila.
Esta primera e tapa acabará cuando se envíe a la península a Annio L us co con dos
legiones en l a primavera del 81 a.C., derrotando al ejército de Sertorio sit uado en los
Pirineos. Ante esta situación, Sertorio m archa a Carthago Nova , y desde allí t enía la
intención de asentar se en Mauritania, pero al arribar en su costa, int entando
aprovisionarse de a gua , fueron atacados por in dígenas, lo que les hiz o volver a los
barcos. Luego intentará n anclar en la costa meridional hispana, pero volverán a
embarcarse obli gados po r el gobernador silano d e la provinci a. Tras var ias aventuras
más, cruzan el Estrecho de nuevo para toc ar t ierra en la desembo cadura del
Guadalquivir, donde un marinero le ofrece buscar las islas Afortunada s, pero Sertorio
renuncia y vuelve a Mauritania.
En este momento los in díge nas de Tán ger s e habían rebelado contra s u re y,
vasallo del re y de Maurit ania, a quien los piratas ofrecieron sus servicios. Sertorio, sin
embargo, viendo en ello una ganancia ma yor, entr ó en trato con los i ndíg e nas, a los qu e
incluyó en su ejército, y con los que venció a una gu arnición mandada por Sila par a el
socorro del re y ezuelo. Los romanos vencidos se incluyeron en sus tropas, quienes
participaron en el sitio de Tingis , que cayó en sus m anos.
En este contexto, l os lusita nos que se habían levantado en rebelión contra Roma,
se ponen en contacto c on Sertorio ofreciéndole el caudillaje. En el 80 a.C. pondría
rumbo a Hispania, des embarcando en l as prox imidades de Baelo, donde estarían
esperándoles las tropas lusitanas. P osteriormente, se dirigieron hacia el interior y , tras
derrotar a Fufidio en las cercanías de Sevilla, mar charon hacia la Lusitania.
No sabemos la postura d e l as comunidades de nuestra zona de estudio respecto a
las acciones de Se rtorio, pero sí la de Cádiz, reacia a ell as al no favorecer sus i ntereses
comerciales (Rodrí guez Neila, 1992: 33) y , sobre t odo, tras la renovación del tratado de
alianza con Roma en el 78 a.C., donde se comprometía a ayudarla y soco rrer la en caso
necesario. Como contrapartida, Roma s eguía reconociendo la autonom ía de los
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foederati , por lo que no quedaban sometidos directamente a la l egislación romana, sino
que en teoría podían tomar sólo aquellas le ye s que les int eresara y s eguir con sus
propias normas cívicas (Chic, 1986).
En este ambiente, entraría en jue go L . C ornelio Balbo, quien colaborarí a con
Metelo y, sob re todo, co n Pompe y o M agno, ahora el nuevo l íder d e la fac ción optimate,
enviándole víve res y num erar io para las trop as, hecho que Pompe yo no iba a olvidar en
el futuro. Tanto es así, que por m edio de a la lex Gellia-Cor nelia ll eg ó a concederle la
ciudadanía romana a aquellos que le h abían servido durante la guerra. Cor nelio Ba lbo y
toda su f amilia fueron así beneficiarios de ello t ras una consult a del Magnus con su
consejo, donde se pondrían sobr e la me sa los méritos acumulados po r el ga ditano
durante la guerra sertoriana (Amela, 2001; Rodríguez Neila, 1992).
Antes de profundizar en la fi gura d e los Balbos y , sobr e todo, en la de César
(que trataremos en el siguiente apar tado), una v ez vistos los aspectos polí ticos de la
conquista romana, es co nveniente exponer brevemente lo que supuso a nivel social y
económico la presencia de Roma en nuestra zona de estudio.
Así, di cha presencia no supuso una ruptura brusca, al menos a prior i , de las
estructuras socioeconóm icas de los territorios a fectados, sino que se produciría una
continuidad con unos mínimos cambios (Niveau y Blanco, 2007: 21 8; Roldán y Wulff,
2001: 560; Chaves et al., 1998: 1310).
De esta forma, por ejemplo, los gaditanos y puebl os de su área d e influe ncia,
conservarían sus propias instituciones, sus costumbres y su capacidad legislativa, así
como el derecho de emitir moneda y a comerciar l ibremente ( López, 1991: 279; 1995 ;
Koch, 1976: 193 y ss.; Marín, 1988: 11).
Gozarían además de estas ventajas de orden jurídico-político, de dos
importantes prerrogativas desde el punto de vista comercial, como era la inm unidad
en el pago de la contrib ución territorial y la posibilidad de tener representante en la
capital que pud iera defen der sus intereses, lo que traducido de otra manera supondría
una reapertura d e los mercados del Mediterráneo (Rodríguez, 1980: 25; Frutos, 1982:
49).
Observamos, p or tanto, que l os elementos itálicos en las estruc turas
comerciales de la ciudad de Gadi r fueron mínimos al menos durante los dos primeros
tercios del siglo II a.C . (Montero et al., 2004: 415), no encontrándose índices
inequívocos de afección de s us pautas internas hasta final de la República (Rol dán y
Wulff, 2001: 560).
39
Esta actitud de Roma se debía fundamentalmente a la escasa ex periencia en la
ocupación de territorios tan a lejados, tratando por ello en Hispania de atene rse al
estado de las cosas qu e encontraba, respetand o aquello que no se o ponía a sus
intereses, y consolidando lo que le fa vorecía (Benda la, 1979: 40), y pena lizando
severamente a q uienes se enfrentaran a ella, como ocurriría con H asta Regia ,
castigada por su resistencia a Roma con la pérdida de Lascuta ( López, 1994).
No obstante, aunque parece que a priori la presencia romana no incidió de
forma directa en un cambi o en el sustrato cultural, i ndirectamente sí lo haría, sobre
todo en algunos ámbitos. En las alfarerías de la esfera comer cial de Cádiz observamos
una continuidad en los establecimientos (Sáez y Díaz, 2002: 52; García Vargas,
2004a; 2008: 93), si bien c on un ligero cambio en los tipos de producción (Sáez,
2010: 3 07), pasando de l as t radicionales T-8.2.1. 1 y T-12.1.1.1/2 a l as T -9.1.1.1 y T-
7.4.3.3 en el sig lo I I a.C . (Montero et al . , 2004: 417). I gualmente se observa la
producción de im itaciones de ánforas grecoitálicas
1
, cerámicas campanienses, de
barniz rojo, etc. (Chaves et al., 1996: 1311; Monter o et al., 2004: 217; García Vargas,
2008: 95; García Fernández y García Vargas, 2010: 131; Bernal et al., 2013: 255-
356).
La romaniz ación de las ánfora s, o mejor di cho, las primeras ánforas de
tipología romana elaboradas en la Ulterior, no se producirán hasta mediados del siglo
I a.C. (García Vargas, 2008: 9 5), fec ha en la cu al producciones como las ovoides
gaditanas, las Dressel 7-11, L C67 y otras inunda n los mercados del Mediterráneo, si
bien con algunas perdu raciones como la M añá C o derivadas de la M añá/Pascual A4
(Bernal, 2008: 275; L a góstena, 1 996: 151). Esto coincide con un ca mbio importante
de los patrones de i mplantac ión ter ritorial de la i ndustria alfarera hacia formas de
producción centradas en establecimientos dispersos en el ámbito rural (García Var gas,
2009)
Es evidente qu e el fenómeno de las imitaciones parece responder tanto a la
presencia efectiva de comerciantes romanos o i tálicos en la región, como a los
intereses comerciales gaditanos (Ch ávez et al., 1998: 1307), que s upieron aprovechar
las oportunidades que ofrecía a la expansión comercial la presen cia de tropas y
personal administrativo romanos (García Vargas, 2009).
1
M uestra de ello pued e ver se p or ejemplo e n los hallaz gos T orre Alta o Per y J unquera, c on i mitaciones
de grecoitálicas ta rdías. Exis ten evidencias al go más te mpranas de i mitaciones loc ales (s. III a.C.),
halladas hasta ahora en contex tos de salad eros y necró polis.
40
No obstante, todo no serían cambios progresivos o perduración. En el reg i stro
arqueológico se h a podid o observar el abandono de otros centros, como Torre Alta y
la Milagrosa, cu yas p roducciones cesarían en el s iglo II a.C. o a prin cipios del I a.C.
Aunque es un tema abierto a investigación y po co tratado, Bernal Casasol a (2008:
272) propone varios moti vos al descartarse epis odios violentos como incendios o
destrucciones i ntencionales en ellos. Por ello, podría asociarse a la nueva política de
explotación del territ orium de Gadir/Gades previo a su municipalización, así como a
la necesidad de ad aptación a los mercados romanos (con envases “romanos”) y una
elevada producción par a competir en los mercados del crec iente Mediter ráneo romano
(Bernal, 2008: 272).
Debido al fenómeno des crito, la alfarería ex perimentaría a su v ez una se rie de
innovaciones en los talleres de la Bahía de Cádiz en torno a mitad del siglo II a.C.,
fundamentalmente en los tipos de hornos y combusti ón, de influencia claramente
itálica (García Fernández y García Vargas, 2012: 30; Bernal, 2008: 273-275; Ber nal et
al., 2004). Se incorporan por ejemplo hornos de pl anta cuadran gular o l os de parrilla
prefabricada para algunas estructuras de combustión (Bernal, 2008: 274)
En cuanto a la industria salazonera, li gada eviden temente a la alfarería, p arece
que tampoco afectó de maner a importante la co nquista romana, sino qu e, lejos de
acabar con estas actividades, s upuso un notable incremento de l as mismas (Lagóstena,
1994: 10). Aunque a lgunos centros desaparecen, como o curre e n El Puer to de Santa
María (posiblemente con secuencia del abandono de Doña Blanca), la ma yoría de los
establecimientos continú an con el mismo funcionamiento hasta m ediados del si glo I
a.C., donde se comienz an a percibir cambios co mo consecuencia de la actuación de
Julio César en l a Ult erior (García y F errer, 2001: 33; García Va rgas, 1997; Lagostena ,
1996: 151; Niveau, 2001: 332).
Un mismo esque ma qu e el planteado supra lo encontramos en lo referente al
urbanismo, donde, de forma generalizada, existe una pervivencia en las formas de
organización urbana ( Gonz ález Román, 2002: 16; Bendala, 2009: 419). En la Bética,
un claro eje mplo de ello lo encontramos en las re cientes excavaciones de la antigua
ciudad de Celti (Peñaflor, Sevilla), con una clara p erduración de las estructuras
precedentes al menos hasta época altoimp erial (Keay et al. , 2010).
Esta misma percepción puede extrapolarse a ot ras ciudades, como por eje mplo
Carmo (Beltrán, 2001: 13 9-140; Lineros et al. , 2 012: 610; Rodà, 2009: 1 97), Carteia
(Roldán et al. , 2001: 32-35; Bendala, 20 01: 47; Rodà, 2009: 197), Gades, Hispa lis ,
41
etc. (Abad y Bendala, 1996: 18), donde se ob serva un continuum en el uso d e
estructuras, al menos en los primeros años de la República, aunque la ma y orí a d e
ellos s ufrirían paulatinamente cambios en la fisi onomía urbana produ cto de la
introducción de edifici os principales en las necesidades que co mportaba la
incorporación a l I m perio, tales como f oros, templ os, tea tros… (Abad y Bendala,
1996: 18).
Esta continuidad no pose y ó un carácter ex cluyente, sino que el pr opio
desarrollo de la conquista provocó allí donde la resistencia era ma y or, la desaparición
de centros íberos (González R omán, 2002: 17).
Podemos decir, por tan to, que el Estado romano aprovechó la estructura
urbana ex istente (Benda la, 2003: 26-27), aunqu e no faltaron iniciativas propias y
adaptación de algunas fórmulas que tendrá su punto álgido en época de Augusto.
En conclusión, podr íamos hablar , por ta nto, de un pr oceso de a similación
gradual y desigual a través los cambios observados en la bahía gaditana y s u entorno a
lo larg o del siglo II a.C., y que se muestran más evidentes a partir d el siglo I a.C.,
pudiéndose dar por finaliz ada la eta pa en época augustea.
II.2. L A BAHÍA DE CÁDIZ BAJO L A REPÚBLICA: CÉSAR Y LA POLÍTICA
DE LOS B ALBOS.
En el año 69 a.C. apa recería en el pl ano político de la P enínsula el j oven Cay o
Julio César como cuestor de la Hispani a Ulterior a las órden es del pretor d e la misma
provincia C. Antistius Vetus (Rodrígue z Neila, 19 92: 52). Al año siguiente continuaría
desempeñando l a mism a función, tras la cu al regresaría a Roma. Estaba en cargado de
recorrer las as ambleas provinciales con el fin de administ rar justicia en ellas (Ferreiro,
2008: 310). Posiblemente, tras su paso por Gades , entraría en contacto con los
notables e in flu y e ntes d e la ciudad, entre ellos C ornelio Balbo ( Lomas, 2005: 110-
111; Novillo, 2011: 5 7), con quien entablaría una buena amistad. Ambos v erían en el
otro el medio necesario para lograr su s objetivos y aspiraciones (Rodríguez Neila,
1992: 52-53).
Tras el regreso de J ulio César a R oma no vol vería a Hispania hasta el 61 a.C.,
esta vez como gobernador de la Ulterior, en c alidad de pretor. Bajo sus aspiraciones,
lograr el consulado, C ésar pensó que l a única m anera era ll egar a Roma envuelto en la
gloria y el triunfo (Apiano, Bell. Civ. 2,8; Dión Casio 37, 52, 1 s.). L a Ulterior se l e
48
Calígula (37-41 d.C .), que retoma las líneas de Cé sar frente a las de Augusto o
Tiberio, va a emprender numerosas acciones que tendrían i nfluencia en los intere ses
comerciales de la costa gaditana. Esta no era otra que la su presión de la monarquía de
Ptolomeo, rey cliente d e Mauritania y, por tan to, de t odo su reino, englobá ndose
definitivamente en el im perio romano con el emperador Claudio (41 -45 d.C .), sucesor
de Calígula. Para favorecer la gestión y pacificaci ón de la zona se elevarían a rango de
colonia a Ti ngis y Lixu s , mientras qu e Volubilis y Bae lo pasaron a co nvertirse en
municipios. Se pretendía, con toda probabilidad, def ender los intereses e conómicos
que los romanos de la Bética, sob re todo de Cádiz , tenían en l a zona, así como
proteger el paso estratégico del Estrecho de Gibraltar (Chic, 1984).
Fig. 1.4. Principales enclaves salazoneros de la Bahía de Cádiz (Ex pósito, 2004:139)
49
De igual modo, la conquista de Britania pot enciaría aún m ás la política
atlántica romana y con ello indirectamente los intereses gaditanos (Chic 2 004). Y es
que la época de Claudio supone la etapa d e ma yor esplendor de C ádiz, donde florece
su comercio, que da salida a productos agrícolas del interior, y las empresas pesqueras
y auxi liares (salinas, alfares...), así como el desarroll o de elementos culturales.
Con Nerón, en sus primeros años, cuando Burro y Séneca dirigían los asuntos
del I mpe rio, l a posición estatal variaría, optando por una orientación de flacionaria que
beneficiaba a la aristocracia terratenient e frente a la gente común, y entre ella a los
comerciantes e industriales, fr enando la expansión económica. En este contex to, las
costas gaditanas sufrirían una primera razzia mauritana, que agravó los problemas de
la zona.
En e l 62 d.C. Nerón to mará dire ctamente las riendas del Estado, vol viendo a
una política de gastos y dádivas que favorecería a l as clases populares, e ini ciando una
política cultural de heleniz ación del mundo romano para consolidar una monarquía de
corte helenístico.
Con la muerte de Nerón (año 68) varios g ene rales se disputaron el poder. L a
Bética se vería amenazada de guerra y una legión, la X Gemina, tuvo que proteger el
Estrecho de Gibraltar frente a las tropas mauritanas de Albino.
Sería Vespasiano qui en ganar a la gue rra y reorganiz ara el Est ado. En Hispania
concedería el derecho latino en el 73 d.C. a todas las comunidades urbanas, l o que
supondría la participación de estos provinciales e n el nuevo ejército reformado.
Con los Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano) se aprecia un
intervencionismo econó mico dirig ido a asegurar el abastecimiento del e jército y la
plebe romana, así como mantener activos sectores económicos como l as minas, fincas
estatales y las redes de distribución para la Anno na (comercialización y t ransporte).
Aunque la apariencia generalizada fuera l a d e de sarrollo económi co y progreso de las
zonas productivas y distribuidoras, lo cierto es qu e el c ampo se iba d escapitalizando
progresivamente y las ci udades c on unos gastos m ay ores, acumulaban cada vez más
deudas (Chic, 1984; 2004).
No obstante, la paz suf rió esca sos sobresaltos hast a el final del siglo II d.C.,
las comunicaciones se mantuvi eron seguras, y aunque iban cambiando l as formas
políticas, ec onómicas y sociales ha cia una rí gida unidad y uniformidad, el tráfico s e
mantuvo activo, y con cotas simil ares a l siglo anterior, aún a mediados del II d.C.
50
En el 172 d.C., bandas de moros pasaban el Es trecho y s aqueaban la provincia
de la Bética. El emperador Marco Aurelio se hiz o cargo d el problema y e ncargó a C.
Aufidio Victorino solucionarlo, qui en restableció la paz, aunque duraría po co (Lomas,
2005: 143). En el 175 d.C. se repitió el ataque, te niéndose que fortificar las ciudades
más ex puestas a las incur siones, como por ejemplo C arteia (Roldán y W ulff, 2001:
163). Estos ataques pe rjudicaron notablemente la economía, ya por entonc es bastante
maltrecha: finca s, industrias de salaz ón, alf ares y otros centros no p rotegidos fueron
devastados y muchos nunca se recupe rarían. Los terratenientes y empresarios s e
arruinaron. El campo se encontró descapitaliz ado en un momento donde e scaseaba la
moneda, y dond e el fisco , con los gastos en defensa en los frentes más acuciantes del
Danubio y Oriente, no podía a y ud ar (Chic, 1984).
Con una crisis social, económica, política y m ilitar en aumento, el Es tado se
vio obligado a i ncrementar su demanda de hombres y dineros, de la clase campesina
fundamentalmente, que se veía arruinada paulatinamente y obligada a aba ndonar sus
tierras o a pedir p réstamos que los hundían aún más, benef iciando a los poderosos.
Este aumento d e hombres , funcionarios, impuesto s y el cansancio generaliz ado de la
población obligó a Marc o Aurelio a disminui r el valor real de la m oneda para poder
hacer f rente a l as necesidades más apremiantes, depreciación que Cómodo, aunque
puso fin a l a g uerra, no pudo contener con sus gastos exagerados, lo que provocó el
inicio de una política inf lacionista galopante que orig inó la subida del precio de los
artículos de primera ne cesidad en el últim o tercio del siglo II d.C. También v olverá a
reaparecer la piratería, sínt oma de la debili dad del estado romano, lo que empeoraría
aún más la situación y co nllevó a una disminución de los circuitos comerciales.
II.4. LA BAHÍA DE CÁDIZ EN LA ANTI GÜEDAD TARDÍA
Con el final d e la pax romana , el colapso minero, el intervencionismo del Estado
frente a las manos priva das que cada vez iban ad quiriendo mayor poder, las constantes
guerras, las notables reestructuraciones en el aparato annonario, el cre cimiento del
ejército, e l retroceso del sistema monetario (dev aluación de la moneda de oro) y el
hundimiento ge neralizado del comercio (del Mediterráneo occidental y rut as atl ánticas),
Gades , que ya h abía perd ido su función comercial, decayó rápidament e a l o largo de los
siglos III y I V d.C., dejando de tener la imp ortancia geoestratégica de los siglos
precedentes en el tr áfico marítimo de redistribución, quedando éste como un ce ntro
portuario más entre los de su entorno (Villaverde, 1997: 411).
51
Avieno en su Ora Marítim a n os dice lo siguiente: Multa et opulens civitas/aedo
vetusto, nunc eg ena, nunc brevis,/nunc destituta, nunc ruinarum ag ( g)er est./ Nos hic
locorum praeter Hercul ea (m)/ solemnit aten vidi mus miri nihil (Grande y rica ciudad en
tiempos pretéritos, ahora pobre, ahora pequeña, ahora abandonada, aho ra c ampo de
ruinas. No vimos nada admirable en estos l uga res salvo la solemnidad de Hércules ( Or.
Marítima , 270-272).
Tal vez esta vi sión de d eca dencia extrema, como aseguran v arios autores, no
fuera de l todo cierta, sino que se debiera al in suficiente cono cimiento del r egistro
arqueológico y datos mal publicados ( Bernal, 2010: 200), así como a las i deas
preconcebidas de Avieno, quien hall aría por el contrario l o que por entonces encontr aría
en cualquier ciudad del litoral hispano del siglo IV d.C., una ciudad con una más que
evidente transformación urbanística resp ecto a los cánones del Alto I m perio (Lagóstena,
1997: 268; Sillières, 1993: 147-148; Gutiérrez L lon et, 1993; Sanz Huesma, 2007). De
hecho, las intervenciones arqueológicas realizadas e n Cádiz muestra n una vitalidad
notable de la ciudad y nos hablan de la c onti nuidad de uso funerario del espacio
extramuros hasta al m enos el siglo V d.C. (Bern al, 1997), de una ex tensión amplísim a
de la necrópolis tardorromana, que para nada refleja una reducción drástica, la
continuidad del templo d e Hércules Gaditanus y la constatación de hábitat en algunos
lugares (como por ejempl o la Casa del Obispo o el Teatro R omano) hasta el s iglo V I o
VII (Bernal, 2004; 2008; Bernal y García e.p.; Cobos et al. , 1996).
Como decíamos, los hallazgos de la C asa del Obispo nos confirman que Gades
estuvo abierta al tráfic o m arítimo durante los siglos III -V y part e del V I d.C., aunque
ello no sig nificara que e xi stiese un floreciente c entro urbano de l qu e a ntaño había
gozado, sino que h abía experimentado una gran retr acc ión. De esta m anera qu edarían
básicamente z onas de dicadas fundamentalmente a tareas portuarias, actividades
pesqueras y p roducción s alazonera (Padilla, 2008). Esta situa ción de desurbani zación,
según A. Padilla, obligó a la oli garquía ga ditana a ma rcharse a otros lugares, donde
podrían controlar sus intereses agropecuarios (Padill a, 2008: 366).
Esta pérdida de importancia de Gades actuó en beneficio de Asido , que iría
concentrando pro gre siva mente actividades admini strativas. Ha y qu e record ar, haciendo
un pequeños inciso, que numerosas familias de la aristocracia gaditana se trasladaría n a
Medina Sidonia definitivamente a lo larg o de los s iglos III y IV d.C., donde con
anterioridad habían adqui rido tierras (como pudo también producirse en otras
poblaciones de la z ona, como por ejempl o Hasta Regia , Saudo , Portus Ga ditanus , C eret
52
o la Turr is Caepionis ) y de sde donde podían gestionar sus propiedades (Padilla, 1990:
247-248). C onvertida en capital episcopal (gracias a que la aristocracia local, a nivel
general, iban copando las dignidades eclesi ásticas -Garc ía Vargas, 2012: 241-), en un
enclave fácilmente defendibl e, haría de Asido u na for tissima civitas que iría restando
progresivamente la imp ortancia que había teni do Gades en momentos anteriores
(Montero, 2009: 127), y d esde donde se controlaría un vasto territorio q ue
comprendería, se gún la propuesta de A. Padilla (1990: 255), la costa y t ramo final del
Guadalquivir, las sie rras de Gibalbín, Algodonales, Grazalema y el b ajo valle del
Guadiano.
En cuanto al hinterland de Cádiz , igual que en la propia ciudad, se aprecia cómo
a partir del si glo II d.C. se produce una concentración de la propiedad fundiaria, que se
extiende a otros ámbitos, como a las factorí as de salazones o las figlinae ( que se
sumaron a aquellas abandon adas anteriormente - Lagóstena, 2 001a: 354: 2001b: 100-),
fenómeno ori ginado por el empobrecimiento generalizado de amplias capas d e la
población como consecuencia de la interrupción del principal sistema d e crecimiento
económico del Imperio romano, la expansión t e rritorial (Padilla, 2008: 360). De esta
manera la ma y oría de los establecimientos del entorno de Cádiz fueron abandonados en
esta ce nturia, como por ejemplo el P arque Natural de San Fernando, que muestra sus
últimos momentos de vida en torno al 250-320 d.C . (Bernal et al . 2003: 147-152) o las
docenas de fi glinae de Puerto R eal, Puerto de Santa María o S an Fer nando, donde s ólo
el 5% supera el si glo II d .C. (Bernal, 2008: 296), m ientras que los que funcionaron en el
siglo III d.C. representaban al go menos d el 8% d e los ex istentes anterior mente (García
Vargas, 2000: 121).
La indus tria salazoner a s in embargo continuó durante el siglo III , IV y V d.C.,
aunque a niveles re ducidos y con fluctuaciones, sufriendo en el se gundo te rcio del siglo
III d.C. una acentuación de la crisis que dará sí ntomas de recuperación en época d e
Diocleciano ( Lagóstena, 2001a: 317). Los t ipos anfóricos elabo rados en la zona de la
Bahía d e C ádiz y emple ados para su t ransporte entre la segunda mitad del sig lo II y
principios del I II d.C. fueron la Dressel 14 y Puerto Real I - II, f abricadas
mayoritariamente en la fi glina de Puente Melchor (García Var gas, 1998), m ientras que a
partir de del si glo III al fi nal del s. V/ini cios V I d.C . las salsas y salazones se exportaron
en Kea y V I, XV I, XX II y XX III , elaboradas, entre otros, en los alfares de Puente
Melchor (García Vargas, 1998), Puente Grande y los Matagallares (Bernal, 2000).
53
El siglo V d.C. s upuso un descenso progre sivo de este género
(fundamentalmente por la competencia de la p roducción m asiva af ricana), que s e
agudizará en la p rimera mitad de dicha centu ria, situándose en los niveles inferiores
alcanzados en el si glo III d.C., lo que conllevó a la redu cción d el número de factorías,
abandonándose parte de las instalaciones por la falta de demanda entre mediados del
siglo V y mediados del V I d.C. (Lagóstena, 2001).
Lo m ismo ocurriría con la producción oleícola durante la segunda mita d del
siglo III d.C . (que tien e su génesis en las confiscaciones antialbanistas y en las
africanistas medidas seve rianas
3
) y los si glos IV y V d.C., que pese a ello conti nuaría en
el territorio m encionado, seg ún se ha atestiguado en el y a cimiento jerezano Vegas de
Elvira I V (Barrionuevo, 1992), aunque con una pr oducción más r educida
4
. Ha y que
recordar que la competencia del aceite africano (así como de otros p roductos : salazones,
vajilla...) se fue haciendo cada vez más evid ente en el siglo IV d.C. a m edida que las
extensas propiedades imperiales africanas fueron monopoliz ando el suministro de l a
capital (Chic, 1995: 128) , lo que no implicó el c ese total de la producción béti ca, que
seguiría l legando a R oma, s ino que se mantendrá en cantidades d ecrecientes hasta el
siglo V d.C. (Padilla, 1989; 2 008).
3
Re m e sal, 1986 : 10 5. E n el siglo II I d. C., el a scenso d e la d inastía de lo s se veros coincide en Hispa nia
con una nueva orien tación p olítica. Sep timio Severo, de origen africano, pr omocionaría la s provincias
africanas d e Ma uritania Cae sar iensis y Mauritania Tingitana en ca lidad de abastece dora s de la Anno na ,
premiando de esta m anera a l os ter ratenientes q ue le habían ap oyado en s u ascenso al trono, mientras que
perseguiría a aquello s q ue prestar on su a yuda a Clodio Albino confiscándo les sus tierras, y con e llo
numerosos oli vares ubicados en la B ética ( Hist. Au g. vita Severi, 2 3) . Esto rep ercutió negativa mente a
Gades e n tanto y en cua nto la aristocracia mercantil p erdió peso frente a los terr ateniente s africanos.
4
Lo que re specta a la Bética , s e sabe que el aceite bé tico se siguió exportando desde el seg undo c uarto del
siglo III d .C. (For nell, 200 7) y continuó, por lo general, hast a los últi mos año s del siglo IV d.C. (Re mesal,
199 1: 3 55 ss ). Después de d icho p eríodo disminuyó la fab ricación local de ánforas y las expo rtaciones
oleícolas, lo que queda de mostrado por la pobre dispersión d e ánforas Dr . 20 y 23 durante el siglo V d .C.
y, sobr e tod o, el VI d.C., que es cuando co menzaron a incre mentarse la s i m porta ciones d e aceite africa no
y oriental (Salad o et a l. , 20 00: 226).
54
CAPÍTULO I I
DESARROLLO METO DOLÓGICO
56
57
En este capítulo abordaremos la metodología empleada durante el trabajo de
campo desarrollado a l o largo de do s años, entre enero de 2010 y septiembre de 2012,
cuyos resultados han sido fundamentales para la elaborac ión d e las variables que
describiremos en los capítulo s V-VI.
II.1. INTRODUCCIÓN: LA INFORMACIÓN DE PARTIDA
La p rospección arqueológica superficial ha dejado de ser en los últimos años una
mera herramienta de bús queda de y a cimientos apt os para excavar para ser un fin en sí
misma (Garrido, 2011: 185), desarrollándose c ada vez más t écnica s pa ra conse guir
nuevos resultados (Ruiz Zapatero, 1988: 34; 1996: 9; San Mi gue l, 1992: 36). No
obstante, a pesar de ello, no existe una suficiente estandar ización metod ológica, sino
que cada proyecto emplea la su y a, resultando casi i mposible comparar u nos con otros
(Given, 2004).
En el caso que nos concierne (como y a re ferimos en capítulos anteriores), la
base metodoló gica que hemos empleado, tanto en el t rabajo d e campo c omo en los
posteriores análisis de los datos ex traídos, es la misma que la aplicada por P. Garrido en
su tesis doctoral (Garrido, 2011), y a que el fin últi mo, además de conocer la
implantación y evolución del pobl amiento romano en nu estra área de estudio, es
comparar la dinámica entre ambas zonas geo gráficas (desembocadura del Guadalquivir
y valle del Guadiam ar) para observar concordancias y dive rgencias.
Por ello, hemos evitado a la hora de r ealizar los análisis de variables hacer uso
de los datos de l as prospecciones que nos precedían, optando por utiliz ar s ólo aquellos
resultados obtenidos en nuestro propio trabajo de campo, sobre todo porque resultaba
complicado comparar, como indi cábamos supr a , la información de prospecciones cu y os
criterios metodológicos eran tan diferentes, con distinta int ensidad de cobertura, con
care ncia de algunas re ferencias r elevantes (tipo de y a cimiento, poligonación...), etc.,
aun cuando lo hubiér amos intentando modelar, como indi ca Terrenato, para corre gir
estas diferencias y poder abordarlos en conjunto (Terrenato, 2000; 2004). A pesar d e
ello, esto no quiere decir que los datos de estos trabajos no ha yan s ido considera dos
como datos de partida p ara el trabajo de campo, de modo que sí fueron recogidos y
sistematizados en una base de d atos general ( Fig. 2.1), similar a la empleada pa ra el
Guadiamar por P. Garrido (Garrido, 2011).
64
Fig. 2.6. Área de estudio con las zonas prospectadas
65
Fig. 2.7. Ubicación de los yacimientos estudiados
66
II.2.2. Sistema de registro y procesado de la infor mac ión
Actualmente la prospección no ti ene como únic o fin la búsqueda tan sólo de
y a cimi entos arqueológicos ( sites ), sino que consider a igual de importante todo el área
“vacía” que los circunda, pues entiende qu e el ser humano exti ende su actividad por
todas ellas, considerándose simpl emente focos de menor intensidad ( off-site) frente a
otros de ma y o r actividad ( sites , y acimientos) ( Garrido, 2011; Ma y oral et al., 2009;
Chapata et al. , 2003). P or tanto, resulta obvio p ensar que l as personas se ubican en
lugares espe cíficos ( ya s ea temporal o estable) , y sin embargo su actividad no queda
aislada en esos focos, sin o que, de alguna manera, la incidencia s obre el me dio es global
(Anschuetz et al. , 2001: 156).
Esta perspectiva ha d ado lugar a la elaboración de nu evos instrumentos de
análisis como los mapas d e densidad o de visibili dad. Para hacer posible esta
metodología es ne cesario recoger -o al menos, considerar- toda l a cerámi ca hallada
durante la p rospección, lo cual, junto a los mapas de visi bilidad y de nsidad elaborados,
resultan útiles par a sabe r qué es o no es un yacimiento, así como dist ing ui r focos de
mayor o menor actividad (Ga rrido, 2011), mien tras que con el sistema tradicional,
muchos restos dispersos (que podrían ser un fo co menor) serían consid erandos "ruido de
fondo" y, por consiguiente, descartados o no re gistrados.
No obstante, lo expuesto no deja de ser una ex posición ideal, pensada para
medios materiales y h umanos que lo permitan; recursos, si endo realistas, c on los que no
hemos contado en nu estras prosp ecc ion es, lo cual ha condicionado totalmente nuestra
estrategia, por lo que hemos intentado buscar una sol ución de compromiso para abordar
un volumen tan ampli o de información. P or tanto , la recogida de m ateriales era inviable
y , de ese m odo, el registro off-si te , por lo que se optó por una solución intermedia,
recoger en carto grafía aquellos puntos de actividad menor, don de hubiese un leve
repunte de m aterial, pero no lo suficiente para considerarlos y acim iento en un sentido
convencional.
Otro problema, conse cuencia de lo anterior, era el intento de búsqueda de un
método de acopio de información cuantitativa sin la necesidad de la recogida de
materiales que nos perm itiera contabiliz ar el mat erial vis ible en superficie. El objetivo
iba más allá de contrastar la ausencia/presencia de determinados tipos cerámicos (que
podría hacerse con el mét odo convencional), sino qu e, por el contrario, per mitiera lograr
67
una aproxim ación a la p ropo rción real de elementos por cada yac imiento sin recoger el
material (Garrido, 2011).
De esta m anera, P. Garrido (2011) dis eñó unas fichas para prospecc iones
intensivas (Fi g. 2.8) que de alg una forma solvent aba l os problemas referidos supra , y de
las cuales nos nutrimos par a nuestro trabajo de campo, y a que, como hemos comentado
en varias ocasiones, el fundamento o base metodológica del presente trab ajo es deudor
del suyo.
La ficha s e organiz a por grupos cronológicos, productivos y funcionales. La
numeración que se obs erva a la derecha corresponde a valores absolutos con intervalos
determinados a partir del quinto frag mento, llegado hasta el número 30, cifra más que
elevada para conside rar u na alta pr esencia y representación de dicho ele mento. Est e
sistema permite una aproxi mación a l as pro porcione s por tipo de material presentes en
cada yac imiento (Garrido, 2011), así como un acercamiento, aunque im perfecto, a la
importancia o tamaño del y acimiento por cada e tapa, aunque si no se maneja con
cautela puede se r un ind icador engañoso. No obstante, si de al guna man era refleja la
variabilidad cronológica en el sistema de registro, aun sólo hipotéticamente , no deja de
ser un dato complementario de gran importancia.
Por otro lado, aunque en l a ficha no aparezcan tipos concretos (podrí a s er una
ficha interminable) no significa que ha ya s ido u n descuido, puesto que el hueco que
existe entre el nom bre del producto c erámico y el comienzo de los números esta ba
pensado para tal fin. De hecho, todos los frag mentos significa tivos que aportasen datos
tipo-cronológicos fueron dibujados, pueden verse en el catálogo realiz ado en el capítulo
IV.
A pesar d e lo ex puesto, bien es cierto que el sistema presenta algunos
inconvenientes:
-En primer lugar, el cómput o pu ede tacharse de i nexacto, irreleva nte e, in cluso
estadísticamente falso, crítica que asumi mos. S in embargo, con este método se ha
buscado expresar t endencias en l os datos y no valores absolutos , porque somos
conscientes de que la mu estra registrada es en gran parte aleatoria, así como el material
en superficie no es la totalidad del exis tente en el ya cimiento.
De cua lquier manera, estos índices aproximativos se c omplementaban con la
dispersión de materiales en metros cuadrados ( Garrido, 2011 ), ya que t odos los sitios
fueron poligonados.
68
Fig. 2.8. Ficha empleada durante las prospeccione s intensivas (Garrido, 2011)
-Otro defecto es la cue sti ón de la utilización únicamente de material diagnó stico
al que se limita este si stema de registro, pero ni el tiempo ni los objetivos, como ya
indicamos supra , permitían trabajar con los "no diagnósticos".
69
II.3. VARIABLES UT ILIZA DAS EN LA COST A NOROESTE DE C ÁDIZ
La ut ilización de los Sist emas de Información Geográfica (S IG) p ermite
procesar gran cantid ad de información de form a rápid a y sencilla, obteniéndose en
algunos casos i nformación que de ot ra maner a sería in abarcable. No obst ante, no basta
con acopiar datos y sistematiz arlos sin más, sino que estos datos h ay que dotarlos de un
significado, por lo que no han de desvincularse de la propia lógic a de la investi gación
arqueológica (Parcero, 2000: 77-78). Asimis mo, los resultados que se obtengan no han
de considerarse como "reconstructivos", pues pod ría ser pretencioso, sino comparativos
de las condiciones relati vas de cada y a cimient o, lo que permiti ría, posteriormente,
observar si los modelo s planteados s e asemejan a la realidad, así como cotejar
similit udes y diferencias entre dist intos asentamientos (Parcero, 2000 ; Parcero y
Fábrega, 2006, Garrido, 2011; Grau, 2006; Ma y oral, 2004).
Para la realización de todas las operaciones y análisis se ha ut ilizado el programa
de información geográfica ArcGis 9.2.
La s variables cuantitativas se h an centrado sólo en los y acimientos prospectados
y revisados por nosotros . A d iferencia de l os análi sis realizados por P . Garrido en su
tesis (2011), en este c aso, como exp licamos en el capítulo 1.2.1, no hemos divi dido el
área de estudio en varias zonas dada la homogeneidad d esde el pu nto de vista
orográfico.
Del mi smo modo, otro a specto que di ferencia e st a z ona del Guad alquivir de l a
del Guadiamar es la ausencia, a pr iori , de y a cimientos menores a 500 m
2
, y decimos a
priori porque aunque las prospecciones realizadas no dejan de s er intensivas, si es cierto
que también han sido selectivas, es d ecir, se centraron en loc alizar, lim itar y
georreferenciar aquellos yacimientos identificados por Lava do y Riesco en los años
ochenta ( Lava do, 1986; Riesco, 1987), donde, d ebido a los medios y ti empo con los que
contábamos, quedó numeroso terreno por reprospectar .
La s variables aplicadas a nuestro estudio se agruparon en cuatro ca te gorías, lo
que no descarta una interrelación entre ellas:
1. Variables locacionales:
La elección de los f actores que se deben incluir en el anális is depende de cuáles
de estos fueron importantes en la toma de decision es dentro de las sociedades estudiadas
(Ebert, 2000; Krist , 2006; Magnin, 2013 ). En n uestro caso, hemos de cidido incluir
70
aquellas tanto de ti po topográfico como agrológico (Fábre gas, 2005; P arcero, 2000;
Garrido, 2011).
- Accesibilid ad: Entendida como el esfu erzo realizado por un individuo desde un punto
concreto a ot ro (asenta miento-entorno o vi ceversa). Este tip o de mode lo se elabora
mediante mapas de fricción (a partir de la rugosidad del terreno -pendiente s-) a tra vés de
la fórmula i sotrópica F=p/10, donde P =pendiente e n % (Pa rcero y Fábrega, 2006: 76).
Estas superficies de fricc ión están formadas por mallas regulares en las q ue el valor de
cada c elda indica , mediante una codificación p reviamente esta blecida, el coste que
implica atravesar dicha celda desde un punto de origen hacia las celdas ad yacente s.
Por t anto, el término acce sibilidad se refiere a un cálculo basado e n dos
componentes, la fricción (que re presenta la facil idad para recorrer el terreno) y la
distancia (espacio que se recorre ent re dos determi nados luga res). No siempre la zona
más cercana desde un punto debe ser siempre la más fácil o accesible, sino que
dependerá de los diferen tes factores qu e puedan condic ionar el desplaza miento (López
Romero, 2005).
La m entablemente ca recemos de datos referentes a la ve ge tación, climatología,
etc. del período de estudio para poder combinarlo s con el r esto de datos. N o obstante, sí
hemos t enido en cuenta ot ros factores, como los cursos de agua. Dada la homoge neidad
de los mism os, no han sido jerarquizados, aunque s í bl oqueados según su ut ilidad para
dicho análisis, tal y como ocurrió con el Lacus Ligustinus . S e intentaba de esta manera
modelizar el efecto l imitador del lago sobre el movimiento, por lo que se optó por
bloquear las celdas corre spondientes al cauce, rec ibiendo un valor de 50, mientras que
el resto de celdas presentaban un valor 0, lo que equivaldría a una pendient e de 37º. Este
paso se re aliza para evitar que las rutas óptimas elaboradas p osteriormente sobre esta
superficie ( infra ) se encajen sist emáticamente en esa s z onas, sobre todo los cur sos
fluviales, sesgando totalmente los resultados.
En definitiva, esta variable nos permite saber si primaron o no en el
asentamiento aspectos defensivos, y a que la preponderancia topo gr áf ica sobre el
entorno facilita enormemente la visibilidad sobre los terrenos circ undantes y, asimi smo,
favorece la ina ccesibilidad física (García Sanju án et al ., 2006: 182; Llober a, 2001,
García S ánchez, 2009). Asimism o, los mapas d e fricción permiten l a elaboración de
isocronas, mediante las c uales se puede hallar la di stancia m áxima que, en función de la
topografía (con los con dicionantes que li mitan el m ovimiento, como la orografía e
71
hidrografía, y a que la vegetac ión por e jemplo no se puede cuantificar debido a su
condición de temporalidad), pu ede recorrer una persona en los intervalo s temporales
que establezcamos, com o por ejemplo 15´, 30 ´y 45 ´ (Fábrega, 2 005: 129; Vázquez
Mato, 2010; Garrido González, 2011).
- Altitud re lativa: R elacionada con la anterior, intenta valorar l a relación altimétrica
entre un asenta miento y su entorno, es decir, esta variable crea un índice que expresa la
prominencia topo gráfica existente entre el yacimiento y l as zon as más bajas o más altas
(según el caso) de s u m edio inmediato, lo cual nos permite t ener una idea de la
percepción real del sitio y el predominio visua l que presenta respecto a su entorno
cercano, el cual hemos c onsiderado en un r adio de 2 km (Parcero y Fábrega , 2005;
Mayoral, 2004), estudiada no mediante un cómputo de la combina ción de la desviación
típica de las cotas de la zona (Parcero, 2002), sino mediante fórmulas más sencillas:
Altitud relativa 1: Altitud absoluta del emplazamiento
altitud máxima
Altitud relativa 2: Altitud absoluta del emplazamiento
altitud mínima
- Visibilid ad:
En este estudi o haremos un uso del con cepto d e visibil idad que no debe
ser confundido con el que se hace habitualmente e n términos de prospección, es decir, el
mayor o menor gr ado de dificultad en la apreciación de los re stos arqueológ icos durante
el desarrollo de la mi sma. En este caso, nos refe rimos a l a percepción visual, entendida
a escala macro, como l a posi bilidad de ver y ser visto entre las diversas entidades
arqueológicas dispersas en el territorio (Wheatle y y Gill ins, 2000: 3).
En el caso de nuestro es tudio, el objetivo fundamental será pod er comprobar si
la variable “visi bilidad” tiene influencia en la elección del lugar de as entamiento o, si
por el contrario, no es relevante. Par a ello hemos graduado la visibilidad por intervalos
de distancia: 2 km (cor ta-inmediata), 5 km (m edia) y 10 km (lar ga) , no sól o para
graduar l a relación del yacimiento con su entor no productivo (Garrido, 2011), sino
también par a las relaciones de inte rvisibilidad entre asentamientos (cf. capítulo VI ) , por
lo que los y acimientos han sido jerarquizados e n función del número de y acimientos
que ven y son vis tos por cada uno de ellos.
72
- Potencial productivo de los suelos: Esta variable no hay que con fundirla con los usos
del suelo que, como indicábamos anteriormente, está sujeta a la inherente condición de
temporalidad (Vázquez Mato, 2010: 80), sino con el potencial productivo del espacio.
El análisis de esta var iable está basado en una reclasificación de los suelos aptos para
una explotación extensiva (con suelos ligeros y p endientes medias, donde este tipo de
agricultura es de rendimientos constantes con cicl os de rotación complejos que pueden
soportar dos cosechas anuales), intensiv a (con pendientes suaves y suelos profundos,
basada en ciclos largos) o nula (con fuertes pendientes y s uelos li ge ros, d onde a pri ori
cualquier práctica a grícola es impos ible) propuesta y a po r P arcero y Fábrega (2 006: 78-
79;)
3
.
Para ello hemos empleado l os datos de la clasificación potencial de cali dades
agrarias de M. D elgado ( Delgado, 2008), y qu e podemos ver en la tabla 1. 1 del capítulo
I de este trabajo.
Por otra parte, este m odelo, como y a referimos supra , opta por la introd ucción
de la pontencialidad y relati vidad, con lo que la significación de esta v ariable no reside
en la importancia o v era cidad absoluta del dato en sí, sino en su carácter mensurable y
comparativo (Parcero y Fábrega, 2006; Ma y oral, 2004).
Los resultados y valoración obtenidos serían uti lizados para combinars e con
otras variables analizadas, como la visibi lidad o la accesibilidad, lo cual permitirá
estimar cuánta cantidad de superficie por cada t ipo de suelo es acce si ble desde un
asentamiento (po r isocr onas de 15, 30 y 45 minut os) o controlado vis ualmente (por
radios de 2,5, 5 y 10 km ).
Por últi mo, se realizó el test de X
2
(Chi cuadrado) en todos los yac imi entos
revisados y localizados por nosot ros con el fin de comprobar si existía una relación
robusta entre la funcionalidad asignada y el su elo donde se asentaban (Garr ido, 2011).
2. Variables formales o "histórico-arqueológicas":
Una vez analizadas la s variables de carácter cuantitativo, es conve niente
relacionarlas con datos f ormales ( arqueoló gic os) de los y acimientos. Además de la
cronología, se considerarán los siguientes criterios cualitativos:
- Tam año del asentamiento: Lejos de entrar en el debate acerca d e l a forma más
correcta d e delimitar un y acimiento, al que y a se hizo una breve referencia en este
3
Véase ta mbién el trab ajo de B. X. Currás al r especto (Currás, 2014).
73
capítulo, como va riable decidimos re coger la del tamaño del asent amiento. Para la
agrupación de c ada uno de ellos hemos t omado los intervalos propuestos por P. Garrido
(Garrido, 2011), el cual los toma de los su geridos por M. Oria y E. García en la campiña
de Marchena (Oria y Ga rcía, 2007) con al gunas matizaciones realizadas por V. M a y oral
(Ma y oral, 2005):
Menores a 500 m
2
.
Entre 500 m
2
-1 ha.
Entre 1-5 ha.
Entre 5-10 ha.
May ores a 10 ha.
- Atribu tos materiales y cronología: L a revisión de la tot alidad de los yacimientos
localizados por L avado y Riesco en la década de los oche nta ( La vado, 198 6; Riesco,
1987) nos permitió un conocimiento profundo del asentamiento a partir de sus
materiales y , por t anto, de su adscripción cronológica, los cu ales s e traslad aron a la b ase
de datos. Asimismo nos permitió prescindir del baremo empleado por P. Garrido par a
graduar los datos en fun ción de la " calidad" metodológica para asignar su cronología
(Garrido, 2011), al d esechar aquella informació n no contrastada por n osotros en el
trabajo de c ampo. De est a manera, con la i nclusión de este parámetro, se aportab a una
perspectiva histórica a las tendencias mostradas por los datos (Fábregas, 2005).
- Otros: Bajo este epígrafe se han querido reco ger todos aquellos datos que pudieran
ayudar a la hora de o rientar el estudio de las va riables, como el topó nimo antiguo, el
estatuto jurídico (si lo tuviera), las menciones en las fuentes, etc.
3. Relación entre los grupos de variables 1 y 2:
Con las variables señala das a lo lar go de este capítulo, podemos proponer un
modelo de implantación t erritorial en el área de estudio, dando una clasificac ión
individual a cada uno de los 7 5 yacimientos considerados.
Por otro lado, dada la carencia de asi gnación de tipología de los y acimien tos en
los estudios que nos pre ceden ( Lava do, 1986; Riesco, 1987), exceptuand o l os t rabajos
de M. Ponsich, que recog e algunos de lugares que revisamos (Ponsich, 1991), así como
la carencia de ciertos m etadatos necesarios pa ra evaluar l a metodolo gía empleada,
decidimos no realizar un análisis comparativo ent re ambos grupos d e datos. Del mismo
80
lado y otro de la parte donde está l a c alav era, que de ordi nar io se halla con todos lo s
huesos mondos, en forma de un cuerpo hum ano. [ …] Hallamos una vez dos urnas de
vidrio en un sepulcro, del tam año de dos o r cetas de media arroba cada u na ; éstas estaban
en dos fundas de plom o cubiertas c on él; tenía la un a ha sta la m itad de un licor com o
agua colorada que olía bien, que dijer on ser mirra destilada; y allí dentro estaba n los
huesos de dos m anos y ot ros huesecillos que d ijeron se r del corazón. La otra u rna t e nía
todos los huesos de l cuerpo a llí enterrados hechos pedaz os y quem ado s” (Carmona,
1635: 248- 249) .
En otro pasaje anterior señala cómo en esas pla y as se hallaban:
“(…) diversos y multiplicados cim ie ntos de pared es que descubre el m ar cuando
anda de leva, lo cual junto c on algunos cúm ulos de pied r as de edif icios, s on irrefragables
testigos de alg una f undac ión antiquísima que por all í hubo ; l a noticia investigada lo
acredita, la vista lo discie rne, la considerac ión no lo repugna. Pocos días ha que c iertos
m ercader es de Sevilla trajeron allí un gran matemático que alz ase fi gura para acert ar el
lugar de que habían perdido el tino donde u na noche escondieron cierta cantidad de
m oneda; y después de hab er el a strólog o (que t odo lo er a) h echo cu entas, no las di o
buenas de sí, ni de su facult ad, aunq ue vino carg ado de libros; pues aunque por los dos
días d i ez o doce hombres cav a ron aquellas playas por varias partes, en n i nguna hallaron
la m on eda y en cas i todas descubrieron t an gruesos y f uertes fundamentos de edificio s
que con picos no podían ro m perlos” (Carmona, 1635: 247).
En 1694, según recoge Pedro de Madrazo (Madra zo, 1884), una fuerte tormenta
que con desusad a furia azot ó la arenosa pla y a cercana al p romontorio de Regla, dejó al
descubierto varios sepulc ros y monedas: “ Con tod os estos sepulcros hi cieron losa s para
solar la iglesia de Regla” (Madrazo, 1884: 190).
Tras más de un si glo sin testimonio s escritos, la Revista de Bellas Artes recoge en
1867 el hallazgo de una figura de cabeza de Venus, mencionando que destacaba por la
corrección d e las l íneas y la pe rfección del modelado (Tubino, 1867). El 10 de marzo 1895
un furioso temporal hizo descubrir en un lecho de arena colindante al Sant uario de Nt ra.
Sra. de Regla diversas sepulturas, llegándose a identificar hasta dos tipos:
“Las primeras se componían de lastres de piedra, que varía su núm er o en cada
sepultura, pero que en genera l s uelen ser cinco, f orm ando entre todas un verda dero
cañón cerrado en c uyo f on do aparece constantem ente una tierra bla nca sobre la c ual
descansa el cadáver. La tum ba, medida por l a Comisión de Monum en tos, pres enta las
81
siguientes dim ens iones: 2 m e tros d e largo, 0.27 metros en el pi e, 0.46 m e tros en la
cabeza, altura del fondo 0.4 0 m etros.
En la seg unda c lase, formadas d e m a mpostería, e s dec ir, p iedras de pe queñ as
dimensiones y durí sim a a rgam asa , di ríase que t rataron de i m itar la figura de una n ave.
El vano o hueco adopta la mism a forma que en la anterior, pero el fondo es una verdader a
pared perfectam ente labrada y de tal suerte pul imentada al exterio r que parece destinada
a adornarse con p i nturas. Del único d escubier to de esta clase só lo se conse rva el fondo.
Llama l a atención que t odos l os sepulcros se hal len perfectam ente alineado s y que
la posición de los cadáv er es que contienen sea siempre la misma: posic ión teni endo la
cabeza al Occidente y a l Levante los pies” (Maier y Salas 2000: 103,
CACA /9/7949//58(2)).
Los mate riales arqueológi cos hallados en algunas tumbas (un cráneo, un p uñal y
una llave), todas ellas carentes de inscripciones, fueron depositados en el M useo
Arqueológico de Cádiz, aunque, por desgr acia, hasta a hora no han podi do ser localizados.
Cuatro años d espués, en 1899, Bar tolomé Junquero informa del hallazgo en un
antiguo pozo de una e norme c oncentración d e obje tos me tálicos en la pla y a de Re gla (204
kilos), especialmente de plomo, alguna s piezas trabajadas y con inscripciones dedicadas
al dios J úpiter , además de una figura de Príapo alado (Engel, 1900: 14).
Ya en el siglo XX, a lo lar go de los años, los hallazgos casuales en la zona se fueron
sucediendo de manera regular, entre ellos destacan un vaso de terra sigillata Gá lica F orma
37 de Dragendorff (M artínez Muni lla 1949), los enterramientos pú nicos en "El
Cuartelillo" (Ferná ndez-Ch icarr o, 1961; Tejera, 1979) o varias lápidas funerar ias con
epigrafía (González, 198 2; Vives, 1942). La prensa también s e h aría eco los hallazgos d e
restos óseos que tuvieron lugar de forma casual tras diversas remociones de terreno p ara
la mejora d el saneamiento urbano (La Van guardia, 26/ 03/1960; A BC de Sevilla,
12/01/1979).
De igual manera, s e han constatado varias esculturas marmór eas, p rocedent es de
hallazgos casuales, de difícil identificación, aunq ue vinculadas al ámbi to de la escultura
decorativa y la ideal o mitoló gic a (escultura erudit a), fechadas entre los siglos I y II d. C.
III.1.1.2. Excavaciones Arqueológicas recientes
Aparte de todos los a ntecedentes mencionados , es necesario ahora pasar a
considerar la s evidencias referidas a actividades arqueológicas regladas desde los años 80
en adelante. Hasta la fecha se han realizado dos intervenciones arqueológicas de urgencia
82
en las inmediac iones del Santuario de R eg la y una actividad de i nvestigación puntua l muy
reciente con fructíferos resultados ( infra ), resp ectivamente, en Avda. de Se villa 88 y 86 y
en la Plaza del Humilladero (Fig. 3.1).
Fig. 3.1. Ubicación de las intervenciones arqueológicas realiz adas en el entorno de Regla
III.1.1.2.1. Avda. d e Sevi lla, 88 ( antiguo n úmero 2 )
En lo que respe cta a la pri mera de ellas (Avenida de Sevill a, 88), realizada e n 1991
por Francisco J . Alarcón Castellano (Alarcón, 1991), dio como resultado la aparic ión de
una ne crópolis romana exclusivamente infantil da tada entre los sig los IV y V d.C., la cua l
amortizaba un edificio fechado a mediados del siglo I d.C. (Alc ázar, 1991; Alcázar et al.
1994), cuya fun cionalidad parece s er la d e factoría de salaz ón. La reali zación de ocho
sondeos mecánicos con el fin de comprobar la amplitud y ex tensión de l os restos que
pudieran aparecer, demo stró la existencia de re stos de cerá mica romana y mu ros a una
profundidad aproximada de -1,50 m en una parte del sol ar, los cuales estaba n cubiertos
por ar ena volandera. En el resto d el solar, donde los sondeos fueron negativos, se bajó
hasta los -2 y -2,5 metros .
83
Se pudieron identificar varios niveles:
1.- Construcción del edificio (primera mitad siglo I d.C.): L os m uros se constru y eron
mediante zanjas de cimentación de 40 cm de pro fundidad, sobre la qu e se colocaba una
torta de ca l pre via al alz ado con sillare jos de entre 20 y 30 cm trabados con cal y arena. El
edificio primigenio se com ponía de tres estancias conformadas por cin co m uros (Fig. 3.2),
cuyas dimensiones eran las siguientes:
• Estancia 1: 6,58 x 9.80 m
• Estancia 2: 4,40 x 5,20 m
• Estancia 3: 1,80 x 6 x 1 x 6,10 m
• Estancia 4 (incompleta): 6 x 2,35 x 1,40 m
• Pileta (incompleta): 3,80 x 2,20 m
Fig. 3.2. Plano de la prim era fase del e dificio ( elaboración propia a partir de Alarc ón, 1991)
84
En la e stancia 1, delimitada por los muros 1 y 2, se conservaba en el ángulo o puesto
a estos muros los restos de un a pileta incompl eta de amplias dim ensiones, tal vez de
salazones, per teneciente a una cetaria pa rcialmente documenta da, aunque no se desc artan
otras funciones no industriales debido a la parc ialidad de los restos documentados y a unas
evidencias arqueológicas nada claras (Expósito, 2004: 144).
No obstante, la re ciente ex cavación de una parcela c olindante (Barreiro, 200 9 - ve r
infra -) y el estudio detallado del material arqueológico procedente de dicha intervención
(Herrera y Rodríguez, 20 14), refuerzan la hipótesis del carácter industrial de las estructuras
– y del entorno inmediato-, r elacionadas muy probablemente c on actividades salazoneras.
Así, s e documentan, a demás de otra pileta (Barreiro, 2009), diver sos elementos
relacionados con la pesca (anzuelos, a gujas para coser redes, plomos…), dest acando entre
ellos tres arpones de hier ro con cabeza de cuatro puntas, s in astil conservado, ut ilizados
probablemente para la captura de peces de mediano-gran tamaño (Foto 1)
1
.
Fot. 1. Imagen de los tres arpones hallados en la in tervención arqueológica de Avenida
de Sevilla 86
1
Aclarar que es tos arp ones, aunque p roced en del b asurero d e la excavació n, que hemos d ata do en el siglo I
d.C. ( Herrer a y Rodríg uez, 20 14), se encuentran actual mente en manos privadas, puesto q ue fueron
recogido s d e la tier ra vertida de dicho verteder o en una par cela del término d e Chipiona pro piedad de lo s
mismos pro motores de la ob ra tras la extracció n parcial d e éste de manera mecán ica.
85
2.- R emodelación de las estructuras (mediados-final siglo I d.C.): Se procede a la
eliminación de los mu ros 4 y 5 para realiz ar dos n uevos (6 y 7) con el fin de reestructurar
el e spacio (Fig. 3.3), quedando sin alterar la estancia 1 . La 2, no excavada en su t otalidad,
presentaba una s dimensiones de 3,10 x 5,80 m. S e documentaron en la zona de uni ón e ntre
los muros 6 y 3 dos pequeños canalillos de sección circular de 4 cm, cuya funcionalidad
sería la evacuación de líquidos fuera del edificio.
La estan cia 3 pr esentaba unas dimensiones de 4, 20 x 5,80 m. Al i gual q ue en la
estancia 2, en el muro 7 se registraron dos canalill os como los anteriormente descritos.
Fig. 3.3. Plano de la fase 2: reestructuración del ed ificio (elaboración propia a partir de
Alarcón, 1991)
En cuanto a los pavim entos, no se l ocalizaron, aunque en l a estancia 2 s e
documentaron tres ladril los colocados en seco. Posibl emente, el expolio del m aterial
constructivo tras su abandono supondría la desaparición de la solería del ed ificio.
3.- R eutilización del edificio como zona de ne crópolis (ss. IV -V d.C.): Se documentar on
en total 22 ente rramientos de inhumación (Fig. 3.4; Fotograf ía 2), si endo 19 de ellos en
86
ánforas, uno con cubi erta a dos ag u as (T-20), otro en cista con sillare s (T-12) y uno en
fosa si mple (T-16) (Alarcón, 1991; Alarc ón et al. , 1994). Respecto al primer tipo (en
ánfora), fueron deposit ados directamente en l a arena. S e hallaban seccionadas
trasversalmente para l a int roducción d el i ndividuo, uniéndose de n uevo una v ez
introducido éste. En algunos casos, las uni ones se realizaban entes dos p artes inferiores o
dos superiores del ánfora.
La c ronología de estos enterramientos, e n función de la tipol ogía a nfórica en la que
fueron deposit ados (Keay XXIII, Africana II y III fundamentalmente), se centra entre l os
siglos IV y V d.C.
Fot. 2. Vista general de los enterramientos ubicado s en la habitación 1 (Alarcón, 1991)
Fot. 3. Detalle del enterramiento a dos aguas (Alar cón, 1991)
87
Fot. 4. Detalle del individuo de la tumba 20 (Alar cón, 1991)
Fig. 3.4. Distribución de los enterramientos de la f ase III (elabora ción propia a par tir de
Alarcón, 1991)
88
El enterramiento con cu bierta a dos aguas (Fotos 3 y 4) presentaba una cubierta
compuesta por sillares de piedra ostionera y un ladrillo, que inclinados formaban la doble
vertiente, estando calzadas con una piedra irre gular.
La cista (F o tos 5 y 6), de 1,16 de largo x 0,5 m de ancho, se hall aba c onstrui da por
medio de dos s illares en cada uno de sus laterales y uno en cada extremo, todo s de de
distintos t amaños, los cu ales estaban calzados con piedras de menor tamaño.
Por último, en el enter ramiento en fosa simple (F oto 7), el individuo fue depositado
directamente sobre una fosa excavada en la arena.
4.- Reocupac ión del espacio (primera mitad del s. VI d.C.): Se reutilizan los restos de
estructuras t odavía e xis te ntes. S e do cumentaron un hogar y r estos de muros de po ca
entidad, así como el saqueo de varios muros de la fase anterior.
Fot. 5. Detalle del enterramiento en cista (Alarcón, 199 1)
5. Ocupación en época almohade (siglo X II ): Se registró una capa de ti erra ne gra con
material fechable en el siglo X II , aunqu e las remociones previas a los sondeos
arqueológicos y a habí an destruido este nivel en gran parte, así como, probablemente, t odos
los posteriores a esa fecha.
89
Fot. 6. Detalle de los individuos de la tumba 12 (A larcón, 1991)
Fot. 7. Detalle de la tumba 16 (individuo de la izquierda)
4444
96
12
(selección)
A1/A2/II/185 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/186 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/188 TSH I mi tación Conspectus 7 Finales I a.C. ½ s. I
d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/189 TSG Drag . 19 1-50 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/190 TSG Drag . 37? 60-100 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/191 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/192 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/193 TSG Ritterling 8 15-30 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/194 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/197 TSG Ritterling 8 15-30 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/198 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/199 TSG Drag . 16 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/201 TSG Drag . 24/25 40-70 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/202 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/204 TSG Drag . 27 10-40 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/209 TSG Drag . 27 con labio grueso 10-40 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/212 TSG Drag . 27 10-40 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/215 TSG Drag . 17 1-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/222 TSG Drag . 27 10-40 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/223 TSG Drag . 35 60-160 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/232 TSG Drag . 36 60-160 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/236 TSG Drag . 18 15-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/262 TSG Drag . 24/25 60-160 d.C.
97
12
(selección)
A1/A2/II/263 TSG Drag . 24/25 60-160 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/280 TSG Drag . 17 1-60 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/281 TSG Ritterling 9 (gr an tamaño) 15-70 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/285 TSG Ritterling 5? 5 a.C.-50 d.C.
12
(selección)
A1/A2/II/333 Pare des finas forma 37
decoración rombos (9A)
Siglo I d.C.
CUADRÍCULA A1/B1 -ESCOMBRE RA ROMANA
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
16 A1/B1/II/2 Olla con borde plegado al ext erior
con curvatura cóncava en la parte
superior. Similar al tipo 3 de
Vegas/grupo 31 de Luni
S. I d.C.
16 A1/B1/II/4 TSI Conspectus 22/23 15 a.C.-15 d.C.
16 A1/B1/II/9 Vaso pared fina similar a la forma
XXXV de Ma y et
S. I d.C.
CUADRÍCULA A2/B2-ESCOMBRE RA ROMANA SIG LO I D.C
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
17 A2/B2/II/2
(A1/A2/III)
Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C.
17 A2/B2/II/3 Ánfora Dressel 7-11 (Casi ovoi de).
Pasta gaditana
Cambio de era
17 A2/B2/II/5 Ánfora Dressel 7-11 (Casi ovoi de).
Pasta gaditana
Cambio de era
17 A2/B2/II/7 Cazuela de borde engrosado ovalado ½ s. I d.C. - ½ s.
II d.C .
17 A2/B2/II/8 Posible imit ación de ca mpaniense del
tipo 5/7.
Principios del I
a.C. al último
tercio del siglo I
a.C.
17 A2/B2/II/14 Tapadera recortado de pared de
ánfora
Romana
indefinida
17 A2/B2/II/15 TSG Dra g. 30 40-110 d.C.
17 A2/B2/II/16 TSG Dra g. 35 60-160 d.C.
CUADRÍCULA A-3. DERRUMBE ES TRUCTURA JUNTO A POZO DE
HORMIGÓN
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
19 A3/III/8 Mortero con borde engrosado de
sección redondeada
Cambio de era –
s. VI d.C.
98
CUADRÍCULA B2-DESMONTE PILET A
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
23 B2/II/2 Ánfora Haltern 70 Guadalquivir 20 a.C. - 70 d.C.
23 B2/II/3 Pivote de ánfora Dressel 9 ó 10. Pasta
de Cádiz
25-75 d.C.
CUADRÍCULA B2/C2-PILETA
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
24 B2/C2/III/1 Dolium S. I - II d.C.
24 B2/C2/III/3 Borde de jarra con pestaña al interior Fines de l s. I a.C.
– mediados II
d.C.
24 B2/C2/III/5 TSI Consp. R2.1 10 a.C. - 15 d.C.
CUADRÍCULA C4-ARENAS CLARAS
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
31 C4/ I II/1 Ánfora Haltern 70. Pasta
Guadalquivir
Cambio de era
31 C4/ I II/2 Ánfora Fondo Dressel 1?
CUADRÍCULA C4-FOS A SEPT. ATRAVIESA ESCOMBRERA
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
32 C4/ I II/6 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
BATACHE A- ESCOMBRE RA ROMANA
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
1 A/II /1 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C.
1 A/II /2 Dolium Siglo I d.C.
1 A/II /5 Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C.
1 A/II /6 Ánfora Dressel 2-4 Itálica o
tarraconense
Siglo I d.C.
1 A/II /7 Ánfora Beltrán IIB 25-75 d.C.
3.3 A/II /108 Marmorata Drag. 24/25 60-160 d.C.
4 A/II /85 TSG Drag. 15/17 Cambio de era-
60 d.C.
BATACHE B-ES COMBRERA ROMA NA
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA TIP O LOGÍA CRONOLOGÍA
7 B/II/1 Dolium (Guadalquivir?) S. I - II d.C.
7 B/II/2 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C.
7 B/II/3 Ánfora Dressel 7-11 25-75 d.C.
7 B/II/4 Ánfora Oberaden 83 Cambio de era
7 B/II/6 Pivote de ánfora Haltern 70 20 a.C. – 70 d.C.
8 B/II/12 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
99
8 B/II/13 TSG Drag. 27 10-40 d.C.
8 B/II/15 TSG Drag. 15/17 Cambio de era-60
d.C.
8 B/II/18 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
8 B/II/25 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
8 B/II/35 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
8 B/II/36 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
8 B/II/44 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
8 B/II/48 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
8 B/II/50 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
8 B/II/51 TSG Drag. 4/22 40-70 d.C.
8 B/II/52 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
BATACHE C, INV. 31370
Nº DE
BOLSA
SIGNATURA
TIPOLOGÍA CRONOLOGÍA
12 C/ I I/1 Cazuela de borde engrosado ovalado ½ s. I d.C. - ½ s.
II d.C .
12 C/ I I/2 Tapadera c on borde li geramente
engrosado de sección redondeada
Romana
indefinida
12 C/ I I/6 Jarra con borde engrosado al interior
formando una pestaña
Fines del s. I a.C.
– mediados II d.C.
12 C/ I I/7 Cazuela de borde engrosado
horizontal
Siglo I a.C. –
siglo. I d.C.
12 C/ I I/8 Jarra con borde convexo Augustea – fines
del siglo II d.C.
12 C/ I I/9 Olla con borde exvasado de sección
redondeada, con pequeña acanaladura
para apoyar una tapadera
Romana
indefinida
12 C/ I I/10 Olla con borde exvasado y asiento
para la tapadera al interior. El cuello
está ligeramente marcado. Sim ilar a
algunas producciones
tardorrepublicanas del Bajo
Guadalquivir.
I a.C. – cambio de
Era.
12 C/ I I/11 Jarra con borde exvasado y engrosado
Siglos I-II d.C.
12 C/ I I/12 Jarro con borde engrosado de sección
redondeada.
Siglo I-II d.C.
12 C/ I I/13 Cuenco hemisférico de borde
redondeado indiferenciado
Romano
indefinido
12 C/ I I/14 Taza con borde ligeramente
engrosado y exvasado, una carena
marcada y decora ción a la ruedecilla
sobre la ésta
Mediados del s. I -
mediados del s. II
d.C.
12 C/ I I/15 Jarro con borde exvasado de sección
redondeada y cuello estrecho
Siglos I-II d.C.
100
12 C/ I I/17 Tapadera con borde engrosado
redondeado
Siglos I-II d.C.
12 C/ I I/21 Plato con pared curvada, borde
redondeado, base plana y lig eramente
cóncava. Presenta un perfil simi lar al
de las producciones de barniz rojo
pompeyano Luni 5. En cerámica
común se documentan en Portugal y
Mérida
Siglo I d.C.
13 C/ I II /28 Ánfora Dressel 7-11 con marca 25-75 d.C.
13 C/ I II /29 Cuenco de borde indiferenciado
redondeado
Romana
indefinida
13 C/ I II /30 Jarrita con borde engrosado de
sección circular
Siglo I d.C.
13 C/ I II /35 Tapadera Siglo I-II d.C.
13 C/ I II /53 Paredes finas forma 37 decoración a
rombos (9a)
Siglo I d.C.
13 C/ I II /68 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
13 C/ I II /69 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
13 C/ I II /70 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
13 C/ I II /71 TSG Drag. 27 40-80 d.C.
13 C/ I II /72 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
13 C/ I II /76 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
13 C/ I II /77 TSG Drag. 36 60-160 d.C.
13 C/ I II /78 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
13 C/ I II /79 TSH Drag. 15/17 Cambio de era- 60
d.C.
13 C/ I II /80 TSG Drag. 36 60-160 d.C.
13 C/ I II /84 TSG Drag. 24/25 60-160 d.C.
13 C/ I II /88 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
13 C/ I II /98 TSG Drag. 15/17 ó 36 Cambio de era- 60
d.C. ó 60-160
d.C.
13 C/ I II /100 TSG Drag. 24/25 o 27 60-160 d.C.
13 C/ I II /113 TSG Drag. 37 60- 100 d.C.
13 C/ I II /114 TSG Drag. 30 ó 37 40- 110 d.C. ó 60-
100 d.C.
13 C/ I II /114 TSG Drag. 30 40-110 d.C.
13 C/ I II /122 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
13 C/ I II /175 TSG Drag. 18 15-60 d.C.
Tras un estudi o pormenoriz ado de la s pi ezas observamos que nos encontramos ante
dos conjuntos bien difer enciados, uno que podemos situar en el cambio de e ra (15 a .C.-15
d.C.), bien r epresentado por las si gillatas itálicas o por las ánfor as ovoides (que ya so n casi
101
Dressel 7-11) o diversas Haltern 70, y, o tro, que corresponde al grues o del material
estudiado, que iría entre el 25 y el 60 d.C.
102
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128
ostionera y d e más de un metro de espesor . Estas singulares característi cas edilicias, unidas
a los abundante s re stos de adobe y tapial q ue colmataban el interior d e la e stancia, llevó al
equipo de excavación a la conclusión de que estos muros de pied ra cor responden a los
zócalos de una estructura cu yo alz ado sería precisamente de tapial, apuntando la
posibilidad de que fuese algún ti po de torre vigía o defensiva (Fig. 3.9 ). Esto tiene tanto
más sentido por cuanto l a ho y Ex planada de Regl a formaba antes de los desmontes del
siglo XX un i mportante promontorio que hasta enton ces domi naba el ent orno de la z ona,
tanto marítimo como terrestre. P or fortuna, sí se pudo documentar bajo las estructuras
cómo, para su construc ción, debido al t erreno irregular con el qu e s e encontraron,
nivelaron y compactaron el terreno mediante una serie de rellenos de hasta un m etro de
potencia, confirmando, por tanto, qu e se trat aba de una obra bien pl anificada y
cuidadosamente ejecutada.
En cuanto al material arqueológico, fue variado y abundante, destacando las
cerá micas vidriadas, pint adas, candiles, jarro con pitorro, etc., típicos del periodo.
Fig. 3.8. Retirada de la solería y hor mi gón de l so ndeo
Bajo esa estructura, aparte del propio acondicionamiento del terreno para
construirla, queda por confirmar mediante el e stud io ce rámico la existencia de una/s fases
intermedias entre la et apa almohade y la tardo rromana, más allá de la ocupación o
frecuentación esporádica del e mplazamiento, y a que e n todo caso no se h an documentado
estructuras entre ambos periodos.
129
Fig. 3.9. Restos de la cimentación de un posible edificio o estancia
En lo que respecta a l a et apa tardorromana (Fi gs. 3.32, 3.34 y 3.35), l o que nos
encontramos en una gra n necrópolis con alta densi dad de enterramientos y una tipología
variada de tumbas: en cista, en ánfora o en mensa .
2. Tumba en Cista (individ uo 1)
A una profundidad de -2,12 metros bajo la rasante de la plaza actual, en e l perfil
NE, comenzaron a aparecer l os primeros i ndicios de un enterramiento (Fig. 3.10). Se
trataba de una cista realizada en pied ra ostionera con las p aredes de si llarejos y cubierta
plana de losas del mismo mater ial con orientación E-W (Fig. 3.11). Sobre esa cubier ta, se
dispuso un revoco o enlucido de opus signinum (Fig. 3.12). Esta estructura fue afectada
por una nega tiva posterior que desmontó de f orma oblicua parte de las paredes y s eccionó
al indivi duo que contenía a la altura de las clavículas (Fig. 3.13). A su vez, su construcción,
como describiremos a continuación, había afectado a los restos de un subadul to enterra do
con anterioridad. En cuanto a su cronología, se sitúa en el si glo V d.C.
Fig. 3.10. Detalle del inicio de la tumba en cista
130
Fig. 3.11. Detalle de la fábrica
de la cista que contenía al individuo 1
Fig. 3.12. Detalle del enlucido de opus signinum sobre la cubierta de losas
Fig. 3.13. Detalle del individuo 1 y de la negativa que lo corta
131
2. Enterramiento preexistente cortado por la cista del in dividuo 1
Una vez retirado el indi viduo 1, bajo la cimentaci ón de la cista que lo cub ría (a -
2,70 m), encontr amos muy afectado un segundo individuo, en este ca so infanti l (F igs. 3.14
y 3.15 ), posiblemente con orientac ión, como el anterior, E-W, aunque la c onstrucción de
la cista lo afectó notablemente e impi de afirmarlo con tot al certeza. En cuanto a su
cronología, debido a que carece de aju ar, a partir d e criterios estratigráficos debe situarse
entre principios y mediad os del siglo IV d.C.
Fig. 3.14. De talle del indivi duo 2 bajo cimentación de la tumba 1
Fig. 3.15. De talle de la ub icación del individuo 2 bajo la cista posterior
132
3. Enterramiento infantil p osiblem ente en ánf ora (individu o 3)
Cercano al perfil nort e, a u na cota de -2,71 metros, muy afectado y remov ido por
la mi sma negativa que rom pe a la tumba número 1 (Fig. 3.13), h allamos los restos de un
subadulto (Figs. 4.16 y 4.17), con ca si seguridad en origen e nterrado en ánfora por los
numerosos fragmentos documentados a su alre de dor. En cuanto a su cron ología pa rece
situarse en t orno al si glo I V d.C., una vez más, por cr iterios estratigráficos, al c arecer de
ajuar.
Fig. 3.16. Vista del individuo 3 y l a negativa que lo afectaba
Fig. 3.17. Detalle de la osamenta del individuo 3
133
4. Resto del enterramien to del individuo 4
Alterada por una negativa, hallamos los restos óseos de un adulto, concretamente
una tibia, un fémur, pa rte del esternón y fragmentos de la mandíbula sin conexión
anatómica (Fig. 318 ), así como parte de l o que parece h aber sido su cubierta (Fig. 3.19).
En cuanto a l a cronolo gía, a partir de criterios estratigráficos d ebe sit uarse en el siglo IV
d.C.
Fig. 3.18. Detalle de los restos del individuo 4
Fig. 3.19. Detalle de los posibles restos de la tumba del individuo 4
134
5. Enterramiento infantil en án fora con cubierta de tégula (individuo 5)
En el perfil E, bajo una capa de a rena estéril de playa (la misma que la de l os
individuos 2 y 3), hallamos un enterra miento infantil en ánfora con cubierta en tégula a
modo de cist a, aunqu e d ebido a l a pr esión del terreno apa rentara en principio estar a dos
aguas o a la c apuchina (Figs. 3.20 y 3.21 ). La t ipolo gía del r ecipiente co rresponde a un
ánfora lusitan a Kea y XXIII, fechada en el primer t ercio del siglo I V d.C . É sta carecía de
cuello y boca (Fi g. 3.22). En su interior, un subadulto de pocos meses cubierto por la tierra
estéril de playa, que habría entrado por filtración (Fig. 3.23).
Fig. 3.20. Detalle de la cubierta en tégula
Fig. 3.21. Detalle de la cubierta y del ánfora
135
Fig. 3.22. Detalle del ánfora lusitana Kea y XX III
Fig. 3.23. Detalle del individuo subadulto núm ero 5
136
6. Restos del enterramiento de los in dividuos 6 y 7
Afectados parcialmente por d os negativas, una moderna-contemporánea y otra
medieval, encontramos a una cota de -2,23 metros restos de dos individuos adultos (Fig.
3.24), m uy alterados y removi dos, aunque uno de ellos, e l 6, se encontra ba en parte en
conexión anatómica. L a a lteración de los enterram ientos impide s aber si tuvi eron alg ún
tipo de cubrición en pied ra como s í se intuí a en el enterramiento número 4, aunque todo
hace s uponer que debieron tenerla. En cuanto a la cronología, debido a la carencia de
ajuar, deben situarse en función de la secuencia es tratigráfica en torno al sig lo V-V I d.C .,
coetánea o poco posterior a la construcción de la mensa funeraria ( infra ).
Fig. 3.24. Detalle de los individuos núm ero 6 y 7
7. Túmulo fu nerario en sigma (posible mensa ) (individuo 8)
Se trata de un a estruct ura de forma lenticular-semicircular re alizada en opus
signinum sobre una base de pi edras ostioneras irregulares y d e gran tamaño, a s u vez
tendidas sobre una capa d e t ierra comp acta q ue cubría un e nterramiento en c ist a. Posee un
cubeta en su eje central desti nada a las ofrendas o a llevar al gún tipo de mosaico o soporte
epigráfico, tal y como se han documentado en ot ros yacimientos con este tipo d e
enterramiento (Del Amo, 197 9) (Fig. 3.25 ). Se en cuentra afectada en su pa rte norte y su r
por dos grandes negativas de época islámica (Fig. 3.26).
137
En c uanto al enterramiento en sí, éste consistía en una c ista sin sue lo rea lizada con
paredes latericias y una cubierta compuesta po r cuatro grandes l osas d e pi edra ostione ra
selladas con un espeso mortero de cal, el mi smo que al interior de la tumba enlucía los
ladrillos de l as par edes; sus dimensiones e ran d e 2 metros de largo, 0,55 m de anc ho y 0.47
de pr ofundidad (Fig. 3.27). El individuo, que re posaba sobre un lecho d e pequeños c antos
rodados tendidos direc tamente s obre el terreno nat ural y cubierto por tierra estéril de play a,
correspondía al esquel eto de una m ujer de mediana ed ad (Fig. 3.28). Al i gua l que l os
demás indivi duos, carecí a de ajua r, aunqu e est e tipo de estructura, po r la secuencia
estratigráfica, d ebe situ arse entre finales d el siglo V y principios del VI d.C. Su
orientación, como venía sucediendo en los demás enterramientos, es E-W.
Este tipo de e nterramientos en mensa suele contener a un personaje de cie rta
importancia en torno a l cual se articula la necrópolis: un santón local, un presbítero... ( santa
o monja en nuestro caso) y siempr e, o al menos en los paralelos docum entados, cercanos
a edificios de culto, como podría ser una basílica, baptisterio… (Sales, 200 1).
Fig. 3.25. Detalle de la mensa, la tumba y l as negativas que la afectaban
144
Fig . 3.34. Planimetría de la fase tardorroma na)
145
Fig. 3.35. Detalle de las estructuras tardorromanas excavadas
146
III.1.2. VILLA DE LAS C ANTERAS
El y acimiento fue l ocalizado a mediados de los añ os setenta por Ramos Mill án y
Riesco Ga rcía (1983). Se si túa al borde d el m ar, e n un pequeño entrante d e terreno en la
denominada Pla y a de l as Canteras, y a afectada con anterioridad a estos tr abajos por la
erosión marina, y actual mente urbanizada, aunqu e deber co nservarse parte bajo el paseo
marítimo y los jardines de la urbanización de Villablanca (Fig. 3.36).
Fig. 3.36. Ubicación del yacimiento de La s Canteras (Ramos y Riesco, 1983)
En este yacimiento s e real izaron dos tipos de trabajos: por un l ado se desarrollaron
por los autores señalados supra prospecc iones arq ueológicas en dos frentes de atención,
el área ocupa da por el y ac imiento y el talud donde afloraba el eje estra ti gráfico del registro
arqueológico, los cual es dier on r esultados diferentes, ya que en el primero d e lo s c asos el
147
manto her báceo o los escombros de las constr ucciones recientes imposi bilitaban la
visualización del registro material. No obstante, la limpieza de di cha parc ela facilitó la
documentación de la planta conservada de una est ructura de habitación.
En el segundo de los ca sos, la barranca formada por la erosión marina, y por
entonces en constante t ransformación, dejaba ver un abundante aflor amiento del
componente material: elementos constructivos , sedimento arqueoló gico, material
cerá mico, etc.
Otro de l os trab ajos l levados a c abo en e l y acimiento, e n est e c aso po r el e ntonces
Arqueólogo de Urge ncias e I ntervenciones de la Provincia de Cádiz, L orenzo Perdigones,
fue un pequeño sondeo arqueoló gic o realizado para verificar la ex istencia de un
y a cimi ento arqueoló gico en el momento pre vio de s ufrir la transformación q ue
reseñaremos infr a, que , según Ramos y Riesco (1983), no aportó datos más allá de los
proporcionados por las prospecciones.
III.1.2.1. Estru cturas
El espacio estimado que o cupaba el asentamiento er a de unos 624 m², de los cuales
102 m ² (19%) se p erderían con la re gularización y ere cción de un muro de defensa para
evitar la erosión marina. Esta pérdida se ría 1,25 veces superior al área eliminada por dicha
erosión e n toda la dé cada anterior (82 m ²), y a su vez provocaría la desa pari ción de todas
las estructuras vistas en perfil.
La estructura recuperada re presentaba un a tendenc ia lineal o alargada en dir ección
ENE-WSW, con algunas estancias la rgas y estrechas que ocupaba en 1 974 un área
aproximada de 174 m², reducida a 57 m² a principios de los ochenta, pr esentando algunos
muros cortados por la erosión marina.
El muro denominado E (Fig . 3.37) representab a el eje principal del edificio, con
una ma yor re gular idad que los demás mamp uestos y ma yor profund idad de su
cimentación que otros muros trasversales asociad os (ej. muro B, Fig. 3.37).
El aparejo ut ilizado en general consistía en ma mpuestos de piedra ost ionera
trabados en barro rojizo, formando muros de 70-80 cm de anchura con cimentación con
diversos grosores: 75-80 cm en los muros A, E, B (norte) y G, y 28 cm en los muros D y
B (Sur) (Fig. 3.37).
148
Fig. 3.37. Planta de las estructuras de habitación del asentamiento romano r ecuperada
desde 1974 (Elaboración propia a partir de Ramos y Riesco, 1983 )
En cuanto a la existenc ia de pavimentos, sólo se pudieron loca lizar escasos
fragmentos de losetas cerámicas y opus signinum.
El hall azgo en el NE d el talud litoral (entre lo s muros E y G; Fig . 3. 37) de
fragmentos de cuadrantes de ladrillo y una ba sa de columna, permitió postular la
existencia de una posible área columnada.
III.1.2.2. Registro m aterial
En cuanto al material do cumentado fue relativamente abundante y v ariado. En lo
que r especta a la cerámica, presentaba diversas clases, tales como terra sigillata I tálica,
Sudgálica e Hispánica, b arniz rojo tardío (im itaciones regionales d e sig illata ), paredes
finas, lucernas, cerámica común… acompañado p or algunos f ragmentos de vidrio (Fig.
3.38-3.39).
En cuanto a la c ronología del a sentamiento, f undamentándose en e l registro
cerá mico do cumentado, abarca desde finales del siglo I a.C. a principios del II d.C.
149
Fig. 3.38. 1. Plato en TS I Consp. 20; 2. Cop a en TSI C onsp. 27; 3. Copa en TS I Consp.
27.1; 4. Bol en TSG Drag. 37; 5. Copa en TSG Dra g. 24/25; 6. Cuenco en parede s finas
Maye t XXXV II (Dibujos a partir de Ramos y R iesco, 1983)
150
Fig. 3.39. 7. Vaso de pared vertical en TSG Drag. 30; 8. Caz uela Ostia II, Fig . 303
(Dibujos a partir de Ramos y Ri esco, 1983)
III.1.3. EL OLI V AR
Este yac imiento, ubicado a dos kilóm etros al este del a ctual casco urb ano de
Chipiona (Fig. 3.40), es conocido desde p rinci pios del si glo XX por su potencial
arqueológico. La primera referencia que exi ste la re aliza Pedro Barbadillo en su obra
Alrededor de Tartessos. Los descubrimientos de la Algaida (1951), donde hace mención
al hallazgo de un capitel, cerámica romana, de una noria y un aljibe.
151
Fig. 3.40. Ubicación del área intervenida en 2001
Posteriormente, l as p rospecciones arqueológicas superficiales de Ramos Millán
(1981) y R iesco García ( 1987) aportaron una in gente información para el c onocimiento
de este y acimiento, ob jeto de post eriores publi caciones (Lagóstena Barrios , 1996, 2001;
García Vargas, 1998; Ramos Millán et al. , 2001; Ramos Millán y García Vargas, 2004).
En el año 2001, debido a unas remociones ilegales en el terreno, se ll evó a cabo
una excavación arqueológica de urgencia dirigida por Antonio Ramos M illán.
El conocimiento previo de l a z onificación arqueológica realizada duran te las
prospecciones referidas d e Ramos, contribuy ó a contex tualizar los hallazgos producidos
y a pl antear las estrategias de actuación (Fig. 3.41). En él se identifica ron las diferentes
partes del complejo vi llático, desde la z ona de residencia, la artesanal, poz os, albercas,
norias, necrópolis, basurero, etc.
La parcela intervenida (denominada Parcela A), de 0,477 ha , contendría, como se
demostró, e l áre a de confección y horneado de ánforas (Fig. 3.42); es decir, la figlina .
Como comentaremos más adelante en la fich a sob re el y acimi ento (cf. C apítulo IV) , nos
encontramos a nte un a v illa con un complejo alfarero anex o, c u y a p erduración en el
152
tiempo (la figlina ) abarca desde el siglo I d.C. al I I d.C., m ientras que la del c omplejo
agrícola tiene sus inicios en el siglo II a.C., documentándose su abandono e n el V d.C.
Fig. 3.41. Zonificación arqueológica realizada por R amos Millán (Ramos, 1981)
Su ubicación, en época romana, se realizó en una zona elevada y j unto a la ladera
más pronunciada situada al suroeste, lo que perm itía l a construcción d e la s cámaras d e
combustión en un suelo arcilloso y las praef urnia desde una ladera inmediata.
Parte de este complejo se sitúa en l a Par cela B (Fig. 3.42 ), mu y afectada por el
rebaje reciente del terreno, que provocaría el desm onte de dive rsas estru cturas, como
piletas, muros de construc ciones, e tc., e n donde, a su vez, se e ncontraría originalmente e l
vertedero cerámico.
153
Fig. 3.42. Nueva Zonificación Arqueológica a part ir de la ac tividad arqueol ógica de
urgencia desarrollada en 2001 (Ramos et al. , 2001)
En resumen, los trabajos desarrollados en la Parcela A constaron de varias fases:
1. Prospección arqueológic a i ntensiva : el terreno se d ividió en cuadrículas de 10 x
10 m etros y en un a ser ie de transects de do s metros de anchur a ( Fig. 3.43),
señalizándose cada fragm ento hallado y recogiéndose en bolsas de forma
individual, lo que p ermitió determinar qu e el ár ea de los hornos representaba el
centro de la alfarería (Ramos et al. 2001).
2. Excavación arqueológi ca : Tras la fa se de prospe cción se procedió a rea li zar tres
trincheras lon gitudinales allá donde había un regist ro material más numeroso y
que coincidiría con los transects referidos. Éstas dieron como resultado la
detección d e tres conjunt os estructurales: uno mer idional, con hornos, talle res y
aljibe; otro central, con u na pileta; y uno último septentrional, c on edificio y aljib e
(Ramos et al. , 2001).
256
LÁTIGO D E M ONTEAGUD O III TMSB -22
Cartografía: 1:10.000 (1047-41)
Coordenadas UTM: ED1950 212261 / 4079894
Extensión ap roxim ada: 2,10 ha
Cronología: Mitad-final del siglo I a.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
Lindando con el término m unicipal de Jerez de l a Frontera, este y a cimiento se
sitúa en una pequ eña ele vación de unos 34 metros sobre el ni vel d el mar, sobre tie rras
arcillosas de margas oscuras dedicadas en la actualidad al cultivo del cereal y girasol.
Materiales:
Se constata una g ran abundancia de restos cerámicos e n superf icie, en su may o ría
almohades, con o s in vi driado, aunque la presencia romana se h ace notar co n la a parición
257
de tegulae y fr agmentos cerámicos r epublicanos, destacando lo s de Campaniense A,
ánforas grecoitálicas y de Dressel 1.
Yacimientos cercanos:
- Cabeza Alcaide IV 950 m N
- Cabeza Alcaide II 750 m NE
Valoración:
Aunque las evidencias para época romana republicana no son muy abundantes,
posiblemente nos encontremos ante un pequeño a sentamiento agrícola o granja. Tendrá
una vida muy corta, datándose en torno a la mitad-final del siglo I a.C.
El ce rro no será de nuevo oc upado hasta época almohade, surgiendo una p equeña
alquería que cumpliría la misma fun ción que el asentamiento anterior. Son
abundantísimos los materiales que afloran de este período, con diversidad e n cuanto a su
tipología y funcionalidad .
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Rodríg uez Mellado, 2012: 35
.
258
1. Ánfora grecoitálica; 2. Ánfora Dressel 1; 3. Plato en Campaniense A La mb. 5; 4.
Ataifor melado con decoración en manganeso; 5. Pl ato con vedrío melado; 6. Ataifor
con vedrío melado.
259
LOM A DE MAINA II TMSB -23
Cartografía: 1:10.000 (1047-32)
Coordenadas UTM: ED1950 205375 / 4074024
Extensión ap roxim ada: 0,4 ha
Cronología: ss. I -II d.C.; s. X II
Funcionalidad : Granja
Descripción:
Se enc uentra situado en la falda s ur de la L om a de Maina, a 390 metros de uno de
los entrantes del anti guo lago Ligustino. El sustrat o está formado por ma rgas blancas d e
limos silíceos con radiolarios y di atomeas, a ctualmente dedicado al cultivo de la vid.
Situado a 30 metros de altitud, su visibilidad es bastante limitada en todas sus direcciones.
260
Materiales:
El material de este y a cimiento sig ue la mism a di námica que Casa de Maina y Casa
de Ma ina II , muy fragme ntado y de difíc il clasifica ción. De stacar los fragmentos de TSH
y ARS-A, de cocina, así como de tegulae.
Asimismo, enc ontramos re stos de c erámicas c on v idriados melados, como bordes
de lebrillos y de cazuelas.
Yacimientos cercanos:
- Casa de Maina II 155 m S
- Casa de Maina 150 m S
- Casa de Neva 290 m S
Valoración:
A pesar d e presentar un a presencia moderada de cerámica romana, aunque como
dijimos, m uy fr agmentadas, resulta difícil su clasificación funcional. Tal y como
apuntamos en Casa de Maina II, pos iblemente fuera un asent amiento que junto a los
demás fo rmara una pequ eña aglomeración ru ral, aunque no podemos cor roborarlo. De
este modo, nos encontraríamos, analizando el poco material y su ex tensión, ante un
asentamiento agrícola. En cuanto a su cronología, se inici aría en el si glo I d.C.,
finalizando la ocupación en el II d.C.
Posteriormente se desarrollaría un asentamiento almohade.
Estado de conservación:
Regular.
Bibli ogra fía:
Rodríg uez Mellado, 2012: 36
261
1. Cuenco en ARS-A Hayes 9A
262
LOM A DE VENTOS ILLA I TM JF-24
Cartografía: 1:10.000 (1047-42)
Coordenadas UTM: ED1950 208426 / 4075060
Extensión ap roxim ada: 2,7 ha
Cronología: Calcolítico final/Bronce Inicial – Hierro II; s. II d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
En una de las elevaciones que forma l a Loma de Ventosilla, a 44 metros sobre el
nivel mar, sobre un s ustrato de m argas blancas dedicadas ho y en día al cult ivo del cereal
y del girasol, se emplaza di cho yacimiento. Se encuentra a poco más de 300 metros de las
marismas (antiguo lago).
La delimitación repr ese ntada la hemos tomado de la memoria realizada por
Esperanza Mata
2
tras las prospecc iones que realiz ó con motivo de la insta lación de un
2
Los datos han sido extraído de la “Memoria de la p rospección arqueoló gica con sond eos estratigrá ficos
en “ E l Olivillo”, Jerez de la Fr ontera (Cádiz)” depositad o en la Delegación Pro vincial d e Cádiz, sección de
263
parque eólico en la finc a El Olivillo (Jerez de la F rontera), y a que nos fue imposible
prospectarlo debido a la situación en la que se encuentra el terreno, do nde el manto
vegetal hacía inviable cualquier tipo de trabajo al presentar una visibilidad nula.
Materiales:
Como hemos comentado supra , nos fue imposible desarrollar las prospecciones
debido a la nula visibilidad que p resentaba e l terr eno. No obstant e, pudimos ver a lgún
que otro material en los perfiles y z ona alta de la elevación.
De los materiales ex aminados pudimos comprobar varias f ases ocupacionales que
a continuación ex pondremos, aunque sería pr eciso una nueva prosp ección. Así,
documentamos la exist encia de cerámica a mano c alcolítica y del Bronce Fi nal. Unida a
esta última fase, en contramos material orient alizante (Hierro I ) , que concuerda todo con
lo que Lavado document a en sus prospecciones. No obstante, pu dimos observar a l a v ez
varios fragmentos de cer ámica t urdetana a bandas y al go d e material rom ano, como un
fragmento de opus signinum, de tegulae y TSH.
Pero el grueso del material que representa el y a cimiento es i slámico, tal y como
señala Esperanza Mata en su informe.
Yacimientos cercanos:
- Loma de Ventosilla II 500 m N
Valoración:
Nos encontraríamos ante un yacimiento que por e l material que hemos ex puesto
tuvo una larga vida. La primera ocupa ción debió producirse e n el C alcolítico Final-
Bronce Antiguo, continuando, posiblemente, hast a el Bronce Final.
Será en esta última fase cuando se constate la llegada de material coloniz ador,
que, sin necesidad de un hiatus temporal, continuaría ha sta época turdetana.
Posteriormente se desa rrollaría algún tipo de asentamiento romano cuya
cronología no h emos p odido precisar debido a l escaso m aterial hallad o, pudiéndose
Arqueología, con el número d e exped iente A-89/01, a sí como del ar tículo realiza do en el Anuario
Arqueológico de Andal ucía, III, 2004: 81-86.
264
señalar solamente que existi ría en el siglo II d.C., sin saber si comenzó con anterioridad
ni cuando finalizó.
La última fase ocupacion al se produce en époc a islámica, y aunque el material es
abundante y d enota una cierta importancia, no podemos establecer ante qu é tipología de
asentamiento nos encontramos.
Estado de conservación:
Parece ser que las obras efectuadas para la instalación de un aerogenerador no han
afec t ado dem asiado a l yacimiento. No obstante, las continuas labores desarrolladas
indican una l eve destrucción del mism o, por lo que hemos decidido cataloga rlo como
regular.
Observaciones:
Este y acimiento, denom inado L o ma d e Ventos illa I po r Lavado Florid o, lo
encontramos como Loma de Ventosilla III en la memoria de Esperanza Mata, y como
Venta de l a Ventosilla en P onsich, quien señala la aparición de c erámica ibérica ad emás
de la del Bronce.
Bibli ogra fía:
La vado, 1987: 229-234
Ponsich, 1991: 217
Mata Almonte, 2004: 81-86
Rodríguez Mellado, 2012: 24
265
LOM A DE LA VEN TOSILLA II TMJ F-25
Cartografía: 1:10.000 (1047-42)
Coordenadas UTM: ED1950 208557 / 4075589
Extensión ap roxim ada: 4,8 ha
Cronología: Bronce Final; ss. II a.C.-II d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
Este yac imiento se ubica sobre una de las elevaciones de L om a de Ventosilla, a
una c ota superior respecto al nivel del mar de 34 metros, cu ya fo rmación está constituida
por margas blanca s de limos silí ceos con radiolarios y diatomeas, dedicada actualmente
al cultivo de plant as d e secano como el cere al o girasol. Se hallaba rode ado
completamente por las antiguas orill as d el l ago Ligustino (ho y marismas), siendo su
mayor distancia a ellas de 657 m, y la inferior de 193 m.
272
1. Fuente de paredes bajas incli nada con a lmagra roj a interior; 2. Cazuela bruñida; 3.
Carrete o soporte bruñido; 4. Orza (Bronce Final); 5. Copa en ARS-D Hayes 99A; 6.
Le brill o (s. XII).
273
7. Cazuela con decoración a costilla (s. XI-XII); 8. Ataifor con las superficies meladas
(S. XII); 9. Cazuela melada (s.XII); 10. Ataifor con decoración en mang aneso; 11. J arra
con decoración con trazos digitales verticales (s. X I -XII)
274
NORIETA GRANDE ( Cortij o de la Fuente) TMSB -27
Cartografía: 1:10.000 (1047-32)
Coordenadas UTM: ED1950 204315 / 4075876
Extensión ap roxim ada: 0,6 ha
Cronología: Calcolítico; Hierro I; ss. I- IV d.C.; x . XII
Funcionalidad : Granja -alfar
Descripción:
Se encuentra ubicado so bre u na loma compuesta por arcillas y margas verdes y
marrones os curos, cu ya alt itud máxima es de 20 m, dedicado al cultivo de seca no como
el trigo o girasol, a no más de 100 metros de una de las orillas del anti guo lago.
Materiales:
No han sido mu y abundantes los m ateriales hallados en este y acimiento, no porque
no existan, sin o básicamente por dos mot ivos: por un lado, el reciente arado del terreno
ha dificultado una visió n total del m aterial en superficie y , por ot ro, por p roblemas con la
propiedad, no pudimos prospectar adecuadamente el terreno.
275
En l as prospecciones precedentes realizadas por María Luisa La vado pa rece ser
que los restos en superficies e ran abund antes, realizándose varios hallaz gos de
importancia, que con anterioridad también se habí an producido:
En 1978, con motivo de desmontes de tierras en el Co rtijo de la Fuente,
comenzaron a salir a la lu z num erosos restos óseos humanos, lo que motivó la realización
de una excavac ión de ur gencia en e l yacimiento (Corzo y Giles, 1978). Se trataba de una
necrópolis medieval, sin sarc ófagos ni ajua r, con los individuos enterrados di rectame nte
en la arena aprovechando una leve pendiente y orientados de oeste a este.
En el reborde este d e esta finca se d etectó un al far romano (Chic, 1979: 11),
aunque poco son los datos que tenemos sobre este descubrimiento.
Aparecerá, además, a p rincipio de los años o chenta del siglo XX un ídol o
cilíndrico que será estudiado por Caro Bellido y Pérez Tudela, aunque no s erá el único.
La vado hallará varios más asociados a cerá mi cas y restos de tallas adscribibles al
Calcolítico.
Retomando las presentes prospecc iones, hemos podido constatar varios p eríodos
ocupacionales en base al material cerámico hallad o, difer enciando entre los rea lizados a
mano y a t orno. Los prim eros de ellos , muy fra gmentados y sin forma pr ecisa, parecen
pertenecer al Calcolítico y al Bronce Final, estos últimos representados por ce rámicas
bruñidas, que enlazarían con el Orientalizante (Hierro I), caracterizado por un fragmento
de borde de urna con decoración a bandas rojas.
Del mismo modo hallam os ce rámicas romana s, fundamentalmente fragmentos de
ARS-D, un fragmento TS Lucente La mb. 37 y varios fragmentos de fallos de cocción.
Finalmente, con seguri dad vinculado a l a ne crópolis, observamos al gunos
fragmentos de cerámicas vidriadas, aunque ninguna forma dibujable.
Yacimientos cercanos:
- Norieta Chica 135 m S
- Casa Merino 520 m SO
- Frente Martín Miguel 800 m N
- Ébora 1.682 m O
- Evorilla 1.375 m NE
276
Valoración:
Como hemos señalado supra , nos encontramos a nte un yacimiento q ue h a si do
habitado en distintos períodos. La primera ocupación del lugar s e producirá en el
Calcolítico con la creaci ón de un poblado de cierta im portancia, si n fortificar, con un a
economía basada en la explotación agropecuaria y pesquera.
No ha y mat erial que confirme una continuac ión poblacional desde el Calc olítico
hasta e l Bronce F in al, f ech a en la que será de nuevo habitado, continuando hasta el Hierro
I. Tras éste, sufrirá nu evamente una desocupación hasta finales del Alto I m perio,
momento en el que se establecerá un pequeño alfar. No hemos podido v er l a fecha de
abandono de dicha i ndustria, pero sí hemos l ogrado establec er la habitabil idad del lugar
hasta el siglo IV d.C.
Con casi toda probabilidad forme parte de Norieta Chica, al igual que en época
almohade fuera la zona de necrópolis de este mismo y a cimiento.
Estado de conservación:
Regular-mal. Los alrededores del cortijo han sufrido varios desmontes de tierras,
algunos d e los cuales sac aron a la luz los hallazgos arriba citados, lo que h a afectado al
estado de conservación del yacimiento, además de la continua roturación del campo.
Bibli ogra fía:
Caro, 1985: 17-24
Chic, 1979: p. 11
Corzo y Gil , 1978: 59-61
La vado, 1987: 174-182
Ponsich, 1991: 202
Rodríguez Mellado, 2012: 27
277
1. Escudilla en ARS-D Ha y e s 59/67; 2. Cuenco en TS L ucente Lamb. 1/3; 3. Urna (s.
VI a.C.)
278
PUNTA D EL ÁGUILA- EL TI ZNADO TM SB- 28
Cartografía: 1:10.000 (1047-33)
Coordenadas UTM: ED1950 200703 / 4069241
Extensión ap roxim ada: 0,1 ha
Cronología: ss. I a.C.-I d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
Se sitúa sobre una zona re lativamente llana, a un os 35 metros de altitud, sobre
tierras albarizas hoy en erial.
Materiales:
Son relativamente escasos los restos hallados, aun que todos ellos corresponden a
época rom ana. Entre el material constructivo observamos varios fr agmentos de tegulae y
un fragmento de opus signinum .
279
El repertorio cerámico está constituido por fragmentos muy rodados, provocando
en ocasiones que sea imposibl e su identificación. Deben resaltarse t an sólo varios
fragmentos de cerámica de paredes finas y un bo rde de ánfora Lamboglia 2 y de dolium.
Yacimientos cercanos:
- Cerero II 300 m O
- Cerero III 440 m O
Valoración:
Posiblemente nos encontremos ante lo que hemos denominado pequ eño
asentamiento agrícola. En cuanto a su cronología es complicad o establecerla
categóricamente dado e l po co material da table. No obstante, atendiendo tanto a l o
constatado en l as pr esentes prospecciones como e n las precedentes (dond e se halló un
fragmento d e TSG), pod emos intuir que se ini ciaría la ocupa ción a principios del si glo I
a.C. perdurando hasta el I d.C.
Estado de conservación:
Regular.
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 283
Rodríguez Mellado, 2012: 28
280
RANCHO PERE ZGIL I TMSB -29
Cartografía: 1:10.000 (1047-33)
Coordenadas UTM: ED1950 202640 / 4072160
Extensión ap roxim ada: 6,8 ha
Cronología: Calcolítico; finales s. II a.C.-V d.C.
Funcionalidad : Ag lomeración rural
Descripción:
Se ub ica sobre una elevación con una altura de 33 metros sobre el nivel del m ar,
al norte del cortijo que le da nombre, ho y desaparecido. Aunque la concentración de
materiales se localiza en lo alto del cerro, es casi i gua l de abund ante en las laderas del
mismo. El sust rato sobre e l que se asienta está for mado por margas de limos silíceos con
radiolarios y diatom eas (albariza), aprovechadas ho y en dí a para el cultivo de la vid.
281
Materiales:
Los mate riales se localizan en una amplia superficie, encontrándose su ma y or
concentración en la p arte más alta del cerr o. Aparecen f ragmentos cerámicos
prehistóricos, protohistóricos e históricos.
Los materiales más antiguos pertenecen al Calcol ítico, no pudiéndose dib ujar ni
identificar ninguna forma debido al fraccionamiento tan ex tremo de los mis mos. El
Bronce Final-H ierro I vi ene representado po r bor des de cazuela con decoración bruñida
y e spatulada, así como u n fr agmento de bo rde d e ánfora de “s aco” identificada con la
forma T-10.1.2.1 de Ramón y varios fragmentos amorfos de cerámica a bandas.
Varios galbos de cerámicas a bandas rojas repr esentan al período turdetano, que
tendrá una perduración hasta época romana.
El repertorio cerámico de época romana es abundantísim o y variado
funcionalmente, así como el constructivo, representado por tegulae, laterculi y ladrillos.
Destacar también el h allazgo de ánf oras grec oi tálicas, Dressel 1 tipo Guadalquivir,
Dressel 2-4 y 7-11, Halterm 70, Beltrán IIB y Kea y X III , d estinadas al transporte y
almacenamiento de vin o, aceite y s alsas, así como de dolia para el almacena je de
provisiones.
Se puede n observar también fragmentos de Campanienses A , TSH , ARS- A, C y
D, cerámicas comunes, de cocina, así c omo fragmentos de TS Lucente de la forma
La mbo glia 37.
Yacimientos cercanos:
- Paganilla 340 m
S
- Cabezudos I 245 m
N
- Cabezudos II 635 m NE
- Rancho Pérez-Gil III
380 m
SE
Valoración:
La o cupación del ce rro se producirá en época c alcolítica y s e prolongar á hasta
época romana, donde se conformará, según las características que prese nta tanto en
288
Estado de conservación:
Regular.
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 297-300
1. Ánfora Dressel 2-4 del Guadalquivir; 2. Ánfora Dressel 7-11; 3. Ánfora Haltern 70;
4. Cuenco en ARS-A Hayes 8A
289
2. ROTA
CAMPILLO I TMR-31
Cartografía: 1:10.000 (1061-31)
Coordenadas UTM: ED1950 204432/4060065
Extensión ap roxim ada: 7,1 ha
Cronología: ss. I -V d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máxima de 28 metros sobre el nivel de l mar, sobre un ce rro de luv isoles
cálcicos dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
El mater ial hallado en este y a cimiento es roman o e n su totalidad. En c uanto al
constructivo hemos podido observar abundantes tegulae, ladrillos, pequeños sillares y
290
cuantiosas piedras tr abajadas t anto en ar enisca co mo en caliza, así como fragmentos de
opus signinum .
El repertorio cerámico es bastante profuso, pudiendo destacar dentro de las
cerá micas de transporte las ánforas Dressel 7-11 o Dressel 20, así como de dol ium .
Igualmente abundan los fragmentos de TSH, TS G, ARS A, C y D, común d e cocina, etc.
Yacimientos cercanos:
- Campillo II I 900 m N
- Casa del Machaca 1.500 m NE
Valoración:
Nos encontramos ante una villa de un tamaño considerable que expl otaba los
recursos a grícolas del ent orno. El comi enzo d e la ocupación del yacimiento se produciría
en el sig l o I d.C ., pe rdurando h asta el siglo V d.C. El amplio repertorio tardorromano que
hemos podido observar nos muestra cómo, al igual que sucede en la mayoría de los
y a cimi entos romanos documentados, el asentamiento crecerá exponencialmente a partir
del siglo III d.C.
Estado de conservación:
Regular-Mal. La ampli ación de la vía A491 h ace unos años afectó notable mente
al yacimiento al cortarlo por la mitad.
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 67-68
Rodríguez Mellado, 2012: 56
291
1. Ánfora Dressel 20 ; 2. Ánfora Beltrán IIB; 3. Pivote de ánfora Dressel 2-4; 4. P lato en
TSH forma 15/17.2; 5. Cazuela Lamb. 10ª; 6. P lato en ARS-A Hayes 3B
292
CAMPILLO III TMR-32
Cartografía: 1:10.000 (1061-31)
Coordenadas UTM: ED1950 204321/4061006
Extensión ap roxim ada: 2,2 ha
Cronología: Calcolítico-Hierro II; ss. II - III d.C .
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máxima de 14 metros sobre el nivel de l mar, sobre un ce rro de luv isoles
cálcicos dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Eran en su ma y oría cer ámicos, pudiendo disti nguir los realizados a ma no y a
torno, pertenecientes, respectivamente, a l Calcol ítico, Bronce, Bronce F inal-Hierro I ,
Hierro II, y al período rom ano. Destacan así los cu encos hemisféricos, cuencos carenados,
vasos bitroncocónico, ánforas T-10.1.1.1, Mañá Pascual A4, P ellicer D, Haltern 70,
Beltrán IIB o ánfora Tripolitana II.
293
Yacimientos cercanos:
- Campillo I 900 m N
- Casa del Machaca 450 m E
Valoración:
Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo,
iniciándose en el C alcolítico y continuando durante el Bronce, Bronce Fin al-Hierr o I y
Hierro II . Tras un l eve hiatus, se asentará en el luga r en e l siglo I d.C. una pequeña granja
agrícola que perdurará, según los materiales, hasta el siglo III d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 70-73
Rodríguez Mellado, 2012: 50
294
CAPITANA I TMR-33
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 201413/4064158
Extensión ap roxim ada: 5 ha
Cronología: ss. I a.C.-VI d.C.
Funcionalidad : Villa-alfa r
Descripción:
A una cota máxima de 5 5 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado
por ver tisoles crómicos y cambisoles vérticos de dicado en la actualidad al cultivo de
cereal, se encuentra el y a cimiento.
Materiales:
Eran en su totalidad cerámicos, concr etamente de época romana. D estacan ánfor as
Dressel 7-11y Beltrán IIB , fallos de cocción, TS G, TSH, ARS-A, ARS-C y ARS-D, así
como fragmentos de TS Lucente . El material constructivo es i gualmente abundante, entr e
los que encontramos r estos de tegulae , ladillos , sillajeros o fragmentos de opus s igninum.
295
Yacimientos cercanos:
- Regodón II 600 m E
Valoración:
Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo,
concretamente ante una villa con alfar, qu e se inicia a finales del siglo I a.C., perdur ando
hasta el siglo VI d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 78-79
Rodríguez Mellado, 2012: 46
296
1-3. Ánforas Dressel 7-11; 4. C opa en ARS-A forma Hayes. 9b; 5. Cuenco en ARS-D
forma Hayes 99; 6. Cazuela Lamb. 10a; 7. Bol en TS Lucente forma La mb. 1/ 3
297
CASA BUENA TMR -34
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 201089/4067622
Extensión ap roxim ada: 12,6 ha
Cronología: Calcolítico; ss. I - V d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máxima de 4 8 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado
por planosolos mól icos, vertisoles pélicos, phaeozems calcá reos y ran kers arenosos
dedicado en la actualidad al cultivo de cereal, se encuentra el y a cimiento.
Materiales:
Se han distinguido tres m omentos crono-culturales distintos: el primero de ellos,
representado por cerá mi cas realizadas a mano (cuenc os, vasos y platos), así como por
varios lí ticos, entre los que destaca una hacha de pequeño tamaño realizada en arenisca,
posiblemente votiva, y que se enmarca en el Calcolítico. L u ego, tras un hiatus , se produc e
304
cocción), Dre ssel 12, Beltrán IIB y l a forma T -7.3.2.2, así como cerámicas Campanienses
A tardías, TSG, TSH, ARS-A, ARS-D o común de cocina. El material constructivo es
igualmente abund ante, entre los que encontramos restos de t egulae , ladillos, s illajeros o
fragmentos de opus signinum.
Yacimientos cercanos:
- Campillo II I 470 m S O
- Campillo I 1.500 m S
Valoración:
Nos encontramos ante un asentamiento con una la rga perduración en el tiempo,
concretamente ante un a aglomeración rural. Sabemos, por l os num erosos fragmentos de
fallos de cocción de ánfo ras documentados, que ex iste en el área delimitad a una figlin a
que de be de explotarse entre el sig lo I y I I d.C . En c uanto a la cr onología del y a cimiento,
parece que se inicia a finales del si glo II/principios del I a.C., perdurando hasta el siglo
VI d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 93-96
305
1. Vaso en Campaniense A forma Lamb. 33B; 2. Ánfora Dressel 1C gaditana; 3.
Dressel 1C; 4. Ánfora T-7.3.2.2. 5. Ánfora Dressel 7
306
6-9. Ánforas Dressel 7-11; 10. Ánfora Dressel 12
307
11. Ánfora Dressel 20; 12. Cuenco en ARS-A Ha y e s 9A; 13. Escudilla en ARS-D
Ha y es 61A; 14. Copa en ARS-D Ha y es 99 B
308
CEBOLL ARES III TMR-37
Cartografía: 1:10.000 (1047-24)
Coordenadas UTM: ED1950 199860/4066952
Extensión ap roxim ada: 14,28 ha
Cronología: ss. I a.C.-II d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máxima de 4 7 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado
por ver tisoles crómicos y cambisoles vérticos de dicado en la actualidad al cultivo de
cereal, se encuentra el yacimiento. C omo recurso hídrico cercano se en cuentra Ar ro y o de
la Vicaría, a 650 metros al O.
Materiales:
Eran en su totalidad c erámi cos, concr etamente de época romana. Se documentaron
numerosos fr agmentos d e TSG, TSH y común. El material constructivo era i gualmente
abundante, entre los que encontramos restos de tegul ae y fragmentos de opus signinum.
309
Yacimientos cercanos:
- Monte Petri 200 m S E
Valoración:
Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una
cronología que abarca desde el siglo I a.C. al II d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Rodríguez Mellado, 2012: 54
1. Ánfora Dressel 1; 2. Plato en TSH forma 18
310
CERRO DE LAS CABEZAS TMR-38
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 199860/4066952
Extensión ap roxim ada: 4,8 ha.
Cronología: ss. V a.C.-I d.C.; s. VI d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota má xim a de 34 metros sobre e l nivel del mar, sob re la c ima y lad era d e
un cerro formado por r eg osoles c alcáreos y c ambiso les cálcicos con i nclusiones de
litosoles dedicado en la actualidad al cultivo de la vid, se encuentra el y aci miento.
Materiales:
Podemos di stinguir dos mom entos crono-culturales diferentes s egún el tipo de
material documentado. Por un lado, el repertorio cerámico compuesto por ánforas t ipo T-
7.4.3.3, T-8.1.1.1, T-8.1.1.2, Pellicer D y Mañá A1, así como por cuencos, urnas o un
Kalathos nos sitúa en el período púni co-turdetano. Por otro, án foras grecoitálicas,
311
ovoides, Dressel 1, Keay X III, cerámica común, lucernas, fragmentos de TS G y
numerosos fragmentos de tégula, la ocupación romana.
Yacimientos cercanos:
- Meloneras I 360 m
E
- Meloneras II
630 m
E
- Regodón II 670 m SO
Valoración:
Nos encontr amos ante un ase ntamiento agrícola q ue inicia su andadura en e l siglo
V a.C., prolon gá ndose hasta el s iglo I d.C. P osteriormente, t ras un hiatus , no volverá a
ocuparse el lugar hasta el V I d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, 1987: 133-135
Rodríguez Mellado, 2012: 46
312
1-2. Ánforas T-7.4.3.3; 3. Ánfora Pellicer D; 4. Á nfora T-8.1.1.2; 5. Ánfora Mañá A1
313
6. Ánfora T-8.1.1.1; 7. Kalathos ; 8. Urna; 9. Cue nco; 10. Ánfora grecoitálica
320
los que enc ontramos restos de tegulae , ladrillos, si llarejos y fr agmentos de opus signinum.
Yacimientos cercanos:
- Cerro de las Cabezas
1.250 m O
- Meloneras I 1 .150 m SO
- Prado de los Potros
1.022 m
S
- El Queso
880 m N
Valoración:
Nos encontramos ante un asentamiento que hem os catalogado como vill a con
alfar, ubicado actualmente entre los términos m unicipales de Rota y Pu erto de Santa
María. En cuanto a su cronología, se si túa en la s eg unda mitad del siglo I d.C.
Posteriormente se ocuparía de nuevo el lugar en el siglo V I d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, 1987: 175
Rodríguez Mellado, 2012: 51
321
1. Ánfora Dressel 7-11; 2. TSG Drag. 18; 3. Copa en ARS -D Haye s 78; 4. Escudilla en
ARS-D Ha y es 104A
322
FONTANAR I TMR-42
Cartografía: 1:10.000 (1061-31)
Coordenadas UTM: ED1950 203670/4063018
Extensión ap roxim ada: 0,66 ha
Cronología: Bronce Final; romano indefinido
Funcionalidad : Nec rópoli s
Descripción:
A una cota máx ima de 19 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana
formada g eoló gicamente por vertisoles pélicos, re ndsinas y regosoles calcáreos dedicado
en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Fueron fundamentalment e cerámicos, aunque de dist intos momentos
cronológicos. Por un lado, documentamos c erámicas a mano, bruñidas la mayoría, como
cazuelas u ollas; por otro lado, ya romanos, s ólo p udimos documentar una gran c antidad
de tégulas.
323
Yacimientos cercanos:
- Meloneras II 430 m N
Valoración:
Primeramente se desarrolla un pequeño poblad o en el Br once Final. Tras un
hiatus , el lugar será utiliz ado (según nos relatan l as fuentes orales s obre div ersos
hallazgos) como necrópolis y a en época romana (posiblemente del y acimiento Meloneras
II ), con un a cronología, en principio, indeterminad a.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, 1987: 182-183
Rodríguez Mellado, 2012: 50
324
LAGUNETAS I TMR-43
Cartografía: 1:10.000 (1061-31)
Coordenadas UTM: ED1950 200957/4062682
Extensión ap roxim ada: 1,24 ha
Cronología: ss. I a.C.-III d.C.
Funcionalidad : Villa-alfa r
Descripción:
A una cota máxima de 34 metros sobre el niv el del mar, sobre la p arte alta de un
cerro formado geológicamente por vertisoles crómicos y cambisoles vérticos dedicado en
la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Destacan l as ánforas T-7.4.3.3, Dressel 1, Dressel 7-11, Beltrán IIB,
Campanienses B, TSI, TS G, TS H, marmorata, ARS -C, dolia , fallos de cocción y
comunes. En cuanto al material constructivo, eran abundantes las tegulae .
325
Yacimientos cercanos:
- Espillaga II 1.115 m E
Valoración:
Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una
cronología que abarca d esde el si glo I a.C. al III d.C . P osiblemente, dados los fallos de
cocción, en época altoimperial se desarrollase en las inst alaciones un complejo alfarero.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, 1987: 202-203
Rodríguez Mellado, 2012: 47
326
1-2 Ánfora forma T-7.4.3.3; 3. Ánfora Dressel 7-11; 4. Bol en TSG Drag. 37
327
MELONERAS I TMR-44
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 203395/4064166
Extensión ap roxim ada: 3,6 ha
Cronología: ss. I a.C.- IV/V d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máxima de 22 metros sobre el niv el del mar, sobre la p arte alta de un
cerro for mado geológicamente por r egosoles calcáreos y ca mbisoles cálcicos dedicado en
la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Destacan las ánforas Dressel 7-11, Beltrán IIA y IIB, las cerámicas Campan ienses
B, TS I, TSG, TSH, AR S-A, ARS-C, TS L ucente y comunes. En cu anto al material
constructivo, eran abundantes las tegulae . Igualmente se registraron varios fragmentos de
opus signinum .
328
Yacimientos cercanos:
- Meloneras III 100 m
E
- Regodón II 674 m SO
Valoración:
Nos enc ontramos ante un asentamiento que he mos clasificado como v illa , con una
cronología que abarca desde el siglo I a.C. al IV/V d.C. Posiblemente, el y acimiento
catalogado por Meloneras III forme parte de este c omplejo.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, 1987: 235-236
Rodríguez Mellado, 2012: 46
329
1. Ánfora Beltrán IIA; 2. Ánfora Beltrán IIB; 3. Ánfora Dressel 7-11; 4. Ca zuela forma
La mb. 10 A; 5. Plato forma Drag. 15/17; 6. TSH forma 8; 7. Fuente en AR S-D Hayes
50; 8. Bol en TS Lucente forma Lamb. 1/3
336
MONTE PETRI TMR-47
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 200274/4066457
Extensión ap roxim ada: 4,2 ha
Cronología: ss. VI a.C.-III a.C.; Finales siglo II a.C .-II d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máxima de 5 3 metros sobre el nivel del mar, sobr e un cerro formado
geológicamente por vertisoles cr ómicos y cambisoles vérticos dedicado en la actualidad
al cultivo de secano, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Se han documentado tres momentos ocupacion ales distintos. En primer lugar, se
ha re gistrado material perteneciente al Calcolítico-Bronce Inicial formado por urnas
globulares y material lí tico. Por otro lado, cerámica identificada dentro de l o que se
337
denomina Orient alizante [Hierro I ] (cuencos, urna s...) y Turdetano [ Hierro II ] (urnas tipo
Cruz del Negro) . Por último, se constata la presencia romana con el hallazgo de
Campanienses B, ánforas Dressel I, Dre ss el 7-11, TSG, TSH, comunes, tégulas, opus
signinum ...
Yacimientos cercanos:
- Cebollares III
200 m NO
- Casa Buena 1.450 m NE
Valoración:
Nos encontramos ante un asentamiento agrícola (granja) con una l arga
perduración en el tiempo, aunque con p equeños hiatus. L a primera ocupación se
produciría a fin ales del Calcolítico-inicio del Bronce; tras ésta, no volverá a ser ocupado
hasta el sig lo VI a.C., perdurando hasta e l I V-III a.C. A finales de l si glo II a.C. se
desarrollaría una granja que se mantendrá hasta el siglo II d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 242
Rodríguez Mellado, 2012: 44
338
1. Vaso globular calcolítico; 2. Vaso (s. VI a.C.); 3. Urna tipo Cruz del Negro (siglo V-
VI a.C.); 4. Ánfora Dressel 1; 5. Ánfora Dressel 7-11
339
PALACETE II TMR-48
Cartografía: 1:10.000 (1047-24)
Coordenadas UTM: ED1950 197835/4066756
Extensión ap roxim ada: 1 ha
Cronología: ss. I -II d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máx ima de 34 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana
formada ge ológicamente por lu visoles cálcicos, luviso les crómicos y luvisol es g leicos
dedicado en la actualidad al cultivo de vid, se encuentra el yacimiento.
Materiales:
Se identificaron los siguientes materiales: hacha pul imentada, TS G, TSH, ánfor a
Dressel 7-11, fragmentos de opus signinum y abundante material constructi vo (tég ulas).
340
Yacimientos cercanos:
- Casa de la Palma 700 m S
Valoración:
Nos enc ontramos en época romana ante un asenta m iento ag rí cola (g ranja) con una
corta pervivencia, del siglo I d.C. al II d.C.
No he mos podido c orroborar la presencia de ma teriales m ás anti guos como
documenta Riesco García en 1987, como las urnas "tipo Cruz del Negro".
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 261-262
Rodríguez Mellado, 2012: 55
341
POEDO TMR-49
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 199830/4069470
Extensión ap roxim ada: 6 ha
Cronología: ss. I a.C.-IV/V d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máx ima de 52 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana
formada geológicamente por regosoles calcáreos y c ambisoles cálcicos con inclusiones
de litosoles dedicado en la actualidad al cultivo de la vid, se encue ntra el yacimiento.
Materiales:
Todo el material documentado se encuadra d entro del período romano. Así, se
documentaron C ampanienses B, ánforas Dr essel IIb, Dressel 7-11, TSG, TS H, ARS-A,
342
C y D, TS Lucente , dolia, cerámica común, de cocina, numerosos fragmentos de té gulas,
ladrillos y opus si gninum.
Yacimientos cercanos:
- Torrebreva 1.240 m SO
- Casa Buena 2.061 m SE
Valoración:
Nos encontr amos ante un villa con un a la rga p erduración en el tiempo,
documentándose su inicio a principios del siglo I a.C., perdurando hasta el IV-V d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 281
Rodríguez Mellado, 2012: 53
343
1. Ánfora Dressel 1; 2. Ánfora...; 3. Ánfora Haltern 70; 4. Ánfora Dressel 7-11; 5. Copa
en TSG forma Drag. 27
344
6. Escudilla en ARS-D Lamb. 59B; 7. Escudilla en AR S-D Lamb. 61A; 8 . Cazuela
forma Lamb. 9A; 9. Cazuela forma Ha ye s 197
345
PRADO DE LOS POTROS TMR-50
Cartografía: 1:10.000 (1047-34)
Coordenadas UTM: ED1950 204114/4063974
Extensión ap roxim ada: 0,42 ha
Cronología: Bronce Final; s. I d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máx ima de 12 metros sobre el nivel del mar, sobre una z ona llana
formada geológicamente por planosoles mólicos, vertisoles pélicos, phaeozems calcáre os
y rankers arenosos dedicado en la actualidad a l cultivo de secano, s e e ncuentra el
y a cimi ento.
Materiales:
Se i dentificaron escasos fragmentos de c erámica a mano con tratamiento br uñido,
comunes romana, ánforas Dressel 7-11 y tégulas.
352
1-2. Ánforas T-7.4.3.3; 3. Ánfora Dressel 7/11; 4. Ánfora Dressel 1
353
RINCONES II TMR- 53
Cartografía: 1:10.000 (1047-24)
Coordenadas UTM: ED1950 197626/4065525
Extensión ap roxim ada: 4,8 ha
Cronología: Bronce; ss. I- II d.C.
Funcionalidad : Villa-alfa r
Descripción:
A una cota máxi ma de 24 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera
de un cerro for mado geológicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles
gleícos de dicado en la ac tualidad al cultivo de secano, se encuentra el citado yacimiento.
Materiales:
Se documenta ron mater iales cor respondiente a dos momentos ocupacio nales
distintos, representado, por un lado, por ce rámicas realizadas a mano (platos, ca zuelas) y
varias hachas, ads cribibles al Bronce; por ot ro, f ra gmentos de f allos de cocción de ánf oras
354
Dressel 7-11, TSH, TSG, comunes, nume rosos fragmentos de té gulas y r estos de opus
signinum .
Yacimientos cercanos:
- Casa de la Palma 500 m NE
- Villar 245 m SE
- Villarejo 560 m SE
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos cl asificado como villa con alfar, cu ya
cronología abarca desde principios del siglo I d.C . hasta siglo II d.C. La producción de
dicho alfar se centraba b ásicamente en el tipo denominado Dressel 7-11, destinado a las
salazones.
Anteriormente se desarrollaría en la Edad del Bro nce un poblado sin fortificar.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 313-315
Rodríguez Mellado, 2012: 45
355
1-2. Fallos de cocción de ánforas Dressel 7-11; 3. C uenco en TSG forma Herm. 25; 4.
Copa en TSH forma 27
356
RINCONES V TMR-54
Cartografía: 1:10.000 (1047-24)
Coordenadas UTM: ED1950 198489/4064566
Extensión ap roxim ada: 3,75 ha
Cronología: ss. I – II d.C.; s. V I d.C .
Funcionalidad : Villa-alfa r
Descripción:
A una cota máxi ma de 26 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera
de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles
gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano, se encuentra el yac i miento.
Materiales:
El material documentado e ra abundante. Destacan f ragmentos de TS I, TSG, TSH,
ARS-A, ARS-D, ánforas t ipo Dressel 7-11, fallos de coc ción, cerámica com ún, etc. En
cuanto al material constructivo, eran abundantes l as tég ulas.
357
Yacimientos cercanos:
- Viña de las Cántaras 945 m O
- Villar 667 m NO
- Villarejo 330 m N
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos cl asificado como villa con alfar, cu ya
cronología abarca desde principios del siglo I d .C. hasta el siglo II d.C . El alfa r, de
producción de envases sa lazoneros (D ressel 7 -11) se centra en l a ép oca au gusto-tiberiana.
Posteriormente, en el siglo V I d.C. volverá a ser ocupado.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 319
Rodríguez Mellado, 2012: 43
358
1. Ánfora Dressel 7-11; 2. Fallo de cocción de ánfora Dressel 7-11; 3. TSH forma 4; 4.
Copa en TSG Drag. 27; 5. Plato en TSG Drag. 15/ 17; 6. Copa en TSG Drag. 24/25; 7.
Copa en ARS-D Hayes 99B; 8. Imitación de cazuela Hayes 197
359
TORREBREVA TMR-55
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 198732/4068628
Extensión ap roxim ada: 9,2 ha
Cronología: ss. I a.C.-III d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máxi ma de 55 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera
de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles
gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el
y a cimi ento.
Materiales:
El material documentado era abundante. Desta can fragmentos de Campanienses
B, TS I (Consp. 18, 20, 22), TSG, TS H, ARS-A, ARS -C, ánforas tipo Halter n 70, Ovoides ,
360
cerá mica común, etc. En cua nto al material constructivo, eran copiosas las tég ul as y
ladrillos.
Yacimientos cercanos:
- Abulagar 550 m
O
- Cerro Colón 900 m NO
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía
abarca desde el siglo I a.C. hasta finales del siglo III d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 332-334
Rodríguez Mellado, 2012: 53
361
1. Ánfora Haltern 70; 2. Pivo te Haltern 70; 3. Plato en TSG Drag. 18; 4. Copa en TSG
Drag. 24/25; 5. Cuenco en ARS-A Ha y es 9B; 6. Fuente en ARS-C Ha y es 50B
(imitación)
368
(también f allos de cocción del mismo tipo de producción), cerámica común, etc. En
cuanto al materi al constructivo, eran abun dantes las tégulas y l adrillos. Asimismo se
registraron fragmentos de opus signinum .
Yacimientos cercanos:
- El Villar 142 m
N
- Rincones V 330 m
SE
- Rincones II
560 m NO
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía
abarca desde finales del si glo II a .C. hast a finales del siglo I d.C. Será en el siglo I cuando
se instale un pequeño alfa r que comienza a producir e nvases anfóricos tipo Dressel 7-11.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 348-349
Rodríguez Mellado, 2012: 48
369
1. Vaso en Campaniense A La mb. 31; 2. Pi vote de Dre ss el I ; 3. Ánfor a Dressel 2-4; 4.
Ánfora Dressel 7-11 arcaica; 5. Ánfora Dressel 7- 11; 6. Pivote de ánfora Dressel 7-11
370
7. Ánfora Dressel 7-11; 8. Ánfora Oberaden 83
371
VIÑA DE LAS CÁNTARAS T MR-58
Cartografía: 1:10.000 (1047-24)
Coordenadas UTM: ED1950 197272/
4064282
Extensión ap roxim ada: 5,51 ha
Cronología: ss. I a.C.-VI d.C.
Funcionalidad : Ag lomeración rural
Descripción:
Se sitúa sobre una pequeña elevación a 18 m sobre el nivel del mar, sobre tierra s
formadas por conglomerados y a reniscas muy carbonatados (“facies Ostionera”)
dedicado en la actualidad al cultivo de secano.
Materiales:
Son abundantes l os fragmentos de vajill a fina o de semilujo (TSI , TS G, TSH,
ARS-A, C y D y cerámi ca narbonense), al ig ual que los de mesa y cocina. No menos
copiosos son los materiales relac ionados con el almacenaje, las ánforas y doli a ,
372
sobresaliendo las primeras sobre las se gunda s, m ayoritariamente en sus f ormas Dressel
7-11 y Beltrán II B . El material constructivo est á representado fundame ntalmente por
tegulae , ladrillos y opus signinum . Ig ualmente hemos podido observa r numerosos fallos
de cocción c erámicos, l o que evidencia una actividad artesanal vinculada a una posible
villa , un taller a lfarero o f iglina , cu y a producción s e centra al menos en la fabricación d e
Dressel 7-11.
Una pieza excepcional hall ada en este yacimiento fue un amuleto del dios Bes en
pasta vítrea que, según el contex to arqueológico que lo rodea, se puede situar en época
romana en torno al cambio de era (Gómez y Rodríg uez , 2012: 160).
Yacimientos cercanos:
- Rincones V 945 m E
- Rincones II 1.050 m N
- Villar 906 m NE
- Villarejo 1.000 m NE
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía
abarca desd e el si glo I a.C . hasta el VI d.C . Entre el siglo I y II d.C. se des arrollaría una
figlina con la producción anfórica del tipo Dressel 7-11 (sin descartar otr as tipologías).
Del mismo modo, al sur de la delimitación dada al asentamiento, tras un peque ño
arroyo, pudimos localizar una zona de necrópolis. El a gostado d e los terrenos en los años
setenta provocó la ruptura de diversas sepulturas y el e sparcimiento de los huesos que
ellas contenían. Según información propor cionada por el propietario de los terrenos,
existi rían dos tipos de enterramientos, unos realizados en cistas y otros en tégulas. Del
primero de ellos parece que aún se conserva una sepultura, construida sobre una fosa
delimitada con piedra os tionera cubierta por una gran losa. El sujeto se encontra ba en
decúbito supino con orientación norte-sur ( pies-cabecera). I gnor amos el tipo de ajuar que
contenía, por lo que no podemos precisar l a crono logía del mismo. El tipo de ritual
empleado, la i nhumación, tampoco nos a y uda a ello. Sabemos que a finales del s . II d.C.
se c onstata un cambio e n las costumbres funerarias e n la B ética, por lo que debe
desarrollarse entre ese siglo y el V I d.C. (Gómez y R odríguez, 2014).
373
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 350-353
Rodríguez Mellado, 2012: 43
Gómez y Rodríguez, 2014:147-165
374
1 . TS I Consp. 23.2; 2 . TSG Drag. 18; 3 . TSG Drag. 24/25; 4. TSG Drag. 27; 5 . TSG
Drag. 37; 6. TSH Froma 37; 7. TS H Forma 27; 8 . ARS-A Ha y es 8A; 9-10 . ARS-A
Ha y es 9A; 11 . ARS -A Hayes 3; 12. ARS-C Ha y es 50; 13 . Ha y e s 23B
375
14 . ARS-A/D Ha y es 6; 1 5 . ARS-D Ha ye s 59A; 16 . AR S-D Hayes 61A; 17 . ARS-D
Ha y es 61 B,; 18 . ARS-D Ha ye s 99A; 19 . ARS-D Hayes 59A; 20 . Narbonense Lamb.
1/3; 21 . Hayes 197
376
22 . Ánfora T-7.4.3.3; 23 . Ánfora Dr. 7-11; 24 . Ánfora Beltrán II B; 25 . Ánfora Kea y III
377
3. CHIPIONA
ABULAGAR TMCH-59
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 197855/
4068755
Extensión ap roxim ada: 1 ha
Cronología: ss. I a.C.-II d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máx ima de 3 3 metros sobre el ni vel del mar, sobr e una parte llana de
un terreno formado ge oló gicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles crómic os y luvisoles
gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el
y a cimi ento.
384
7. Vaso de pared vertical en TSG Drag. 30; 8. Caz uela en cerámica común Vegas 6
385
CERRO COLÓN TMCH-61
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 197802/
4069434
Extensión ap roxim ada: 1,7 ha
Cronología: Calcolítico/ Bronce Inicial; ss. I a.C.- IV d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una c ota máx ima de 32 m etros sobre el nivel del mar, sobre una parte alta de un
cerro formado geológicamente por l uvisoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisol es
gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de secano y regadío, se encuentra el
y a cimi ento.
Materiales:
El material doc umentado era abundante. Destacan fr agmentos de TSG, TSH,
ARS-A y C, común, ánforas Dressel I, tégula s y re stos de opus signinum .
386
Igualmente, pudimos observar fra gmentos de cerámica a mano atribui ble al
Calcolítico-Bronce Inicial.
Yacimientos cercanos:
- Abulagar 600 m
S
- Torre Breva
900 m S E
- Las Cruces
1.190 m SO
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , cu y a crono logía
abarca desde principios del siglo I a.C. hasta el siglo I V d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 137
Rodríguez Mellado, 2012: 57
387
1. Ánfora Dressel 1; 2. Copa en TSG Dra g. 24/25; 3. Bol en TSG Drag. 37; 4. Cuenco
en ARS-A Hayes 9B; 5. Fuente en ARS-C Ha ye s 50B; 6. Caz uela Lamb. 10A; 7.
Cazuela Ha y es 197
388
LAS CRUCES TMCH-61
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 196690/
4068761
Extensión ap roxim ada: 0,9 ha.
Cronología: ss. I -II d.C.
Funcionalidad : Granja
Descripción:
A una cota máxi ma de 17 m etros sobre el nivel del mar, sobre la parte alta y l adera
de un cerro formado geológicamente por luv isoles cálcicos, luvisoles crómicos y luvisoles
gleícos dedicado en la actualidad al cultivo de la v id, se encuentra el y a cimiento.
Materiales:
El material documentado era en su tot alidad romano. Destacan f ragmentos de
TSG, TSH, cerámica fin a, común, ánforas Dressel 7-11, Beltrán IIB, tégulas, ímbrices y
ladrillos.
389
Yacimientos cercanos:
- Abulagar 1.020 m S
- Cerro Colón 1.190 m SO
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como g ranja, cu ya cron ología
abarca desde el siglo I d.C. hasta el siglo II d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 148
Rodríguez Mellado, 2012: 57
390
1. Ánfora Beltrán IIB; 2. Ánfora Dressel 7-11; 3. C azuela Lamb. 10A
391
MONTIJO TMCH-62
Cartografía: 1:10.000 (1047-22)
Coordenadas UTM: ED1950 195380/
4072967
Extensión ap roxim ada: 0,05 ha
Cronología: ss. II a.C.-II d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una cota máx ima de 9 metros sobre el nivel del mar, so bre un t erreno fo rmado
geológicamente po r arenosoles álbicos, cambisol es húmicos y gle y s oles dístricos hoy
utiliz ados para su expl otación como campin g, se encuentra el y acimiento. Debido a la
erosión marina un alto porce ntaje d el y acimiento (probablemente más del 80%) ha
desaparecido.
Materiales:
El material arqueológico documentado era abundante. De stacan fr agmentos de
Campanienses A, B y C, TS I , TS G, TSH, pared es finas, común, ánforas Beltrán 85 y
392
Dressel 7 -11, así como num erosos restos de construcción (muros, tégulas, opus
signinum ...).
Yacimientos cercanos:
-
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , con una cronolo gía
que abarca desde el si glo II a.C. hasta el II d.C. La ex tensión de la mi sma tuvo que ser
exponencialmente may o r, pero la erosión marina ha provocado l a desap arición de un gran
porcentaje de la misma.
Estado de conservación:
Regular-Mala
Bibli ogra fía:
Riesco, 1987: 245-249
393
1. Plato en sigillata negra Consp. 1 ó 5; 2. Vaso en TSI Consp. 29.1; 3. C opa en TSI
Consp. 14; 4. Copa en TS I C onsp. 22.1; 5. Plato en TS I C onsp. 20.1; 6. Cuenco en TSG
Drag. 29C
400
RINCONMALILLO TMCH-64
Cartografía: 1:10.000 (1047-23)
Coordenadas UTM: ED1950 194909/
4069843
Extensión ap roxim ada: 0,76 ha
Cronología: ss. I -VI d.C.
Funcionalidad : Villa
Descripción:
A una c ota máxima de 16 metros s obre el nivel del mar, sobre un terreno for mado
geológicamente por luvisoles cálcicos, luvisoles c rómicos y luvisoles glé i cos dedicado
actualmente al cultivo hortícola, se encuentra el y acimiento.
Materiales:
El material documentado ha sido en su totalidad cerámico, adscribible a un mismo
período, el romano. Destacan fragmentos de TSG, TSH, ARS-A, ARS -C, ARS-D, TS
401
Lucente , ánforas Beltrá n IIB, Dressel 7 -11, cerámica común, etc. , así como una cantidad
moderada de tégulas y op us signinum .
Yacimientos cercanos:
- Cerro Colón 1.840 m S
Valoración:
Nos encontramos ante lo que hemos clasificado como villa , con una cronolo gía
que abarca desde el siglo I d.C . hasta el VI d.C.
Estado de conservación:
Regular
Bibli ogra fía:
Riesco García, F., 1987: 308-310
Rodríguez Mellado, 2012: 58
402
1. Ánfora Beltrán IIB; 2. Fuente en ARS-C Lamb. 50A; 3. Copa en ARS-C Ha y es 73; 4.
Escudilla en ARS-D Hayes 61A; 5. Copa en ARS- D Hayes 78; 6. Escudilla en ARS-D
Ha y es 104; 7. Bol en TS Lucente Lamb. 2/37
CAPÍTULO V
EL POBLAMIE NT O DEL ÁREA DE ESTUDIO
A P AR TIR DE LA E VIDENCIA GLOBAL
404
405
V .1. INTRODUCCIÓN: PROBLEMAS Y LIMIT ACIONES
La elección de utiliz ar solamente los datos arqueo lógicos obtenidos por nosotros
en campo, como ya h emos comentados en vari as ocasiones, nos permitió eliminar -o al
menos, minimizar - aquellos problemas y limi taciones que se planteaba n al i ncluir la
información tan di spar d e las prospecciones prec edentes, sobre todo en lo referido a la
denominación o asignación tipológica que, a unque inexistente en algunos casos, podía
variar radicalmente según el autor , imposibil itando cualquier estudio comparativo
mínimamente riguroso.
Del mism o modo, evitamos los problemas de rivados de la asi gnación del
tamaño, en ocasiones no reflejado, o bien sobr edimensionado o insuficiente, lo que nos
puso en guar dia s obre la fidelidad de este dato cuando la fuente lo espec ifica. Si bi en es
cierto (rompiendo una lanza a favor de los trabajos prece dentes), que las co ndiciones del
terreno y , por tanto, de l a visib ilidad de los materiales, pueden varia r mucho de un año
para otro por diversas raz ones, como las roturaciones, cambio de explotación, etc., por
lo que a v eces la calidad de estas desc ripciones no so n achacables al ri gor de los datos
originales.
Igualmente minimiz amos los problemas derivad os de la cr onolo gía, la c ual en
ocasiones no era tan p recisa como debiera. No o bstante, debemos tene r muy en cuenta
que la s periodizaciones y seriaciones tipológicas va n af inándose con el tiempo, de
forma que las cronología s al uso han cambiado mu y significativamente desde los años
ochenta a la actualidad. C on todo, salvando alg unas imprecisiones, la cr onología dada
por l as fuentes anter iores, respaldada a veces co n dibujos y una descripción tipológica
del material, e ra por l o g en eral bastante ajustada a la realidad. Aun así decidimos no
tomarlo directamente como dato de referencia y optar por nuestra propi a datación, lo
cual no q uiere de cir que no se t uviera mu y en cuenta el dato o riginal pu blicado, par a
cotejarlo, valorarlo y tom ar una decisión final de cara a nuestro trab ajo.
Por úl timo, se encuentr a el hecho, del que som os conscientes, de que un m ismo
y a cimi ento de un mismo período (romano por ejemplo) puede sufrir a lo lar go de s u
existencia cambios en cuanto a su funcionalidad y morfolo gía. Es decir , lo que pudo
comenzar en el s iglo II a.C. como una sim ple granja, en el I d.C. ha pasado a
transformarse en una vi lla y en el V d.C. en otra entidad t otalmente distinta. Est e
problema resulta complicado de solucionar con u na simpl e prospección pedestre, sin
406
muestreos, ge ofísica o ex cavación. No obs tante, l a propuesta tipológica explicada en el
capítulo anterior , bas ada en datos empíricos de trabajo de campo, sir ve como una
aproximación a la realidad de lo que debió de s er , pero nunca l o consider aremos como
algo axiomático o categórico.
V .2. T ENDENCIAS GENERALE S DEL ÁREA DE ES TUDIO
En esta sección, los datos ha n sido or ga nizados e n función de unos indicador es
estadísticos básicos desde un punt o de vista eminentemente descriptivo, que es en suma
el objetivo del presente capítulo, antes de abordar análisis más elaborados.
1. Evolución cronológica: Mediante el programa ArcGis se h an creado di ferentes capas
(s hapefile ) de los ya cimientos por cronología. Aquellos con una l ar ga perduración
contarán con varias capas para cada uno de lo s lapsos cronológicos estimados, tales
como: s. I V a.C., s. III a.C., S. II a.C., s. I a.C., s. I d.C., s. II d.C., s. III d.C ., s. I V d.C.,
s. V d.C . y s. VI d.C. El resultado se re fleja en la gráfica 5.1, donde observamos una
brusca subida del númer o de y a cimientos e n el tránsito de la República al Imper io, es
decir , del s. I a.C. al I d.C. (+ 142%), seguidos de un inmediato estanc amiento en el
siglo II d. C. (-6,66%) que antecede al rápido cola pso del siglo III ( -41,07%). En el si glo
IV s e produce un moderado desce nso de poblamiento, -21,21%, que irá descendiendo
paulatinamente hasta experimentar ot ra gra n bajada en los siglos V (-30,76%) y VI d.C .
(-27,77%)
Gráfica 5.1. Número total de yacimientos por períodos.
0
1 0
2 0
3 0
4 0
5 0
6 0
7 0
N º de yac im ie n t o s
407
2. Categorías funcional es: Atendiendo a l as cate goría s funcionale s d escritas en el
capítulo I V , el resultado sint etizado sería el qu e recogemos en la gráfica 5.2. En este
caso, hemos decidido ut iliz ar sólo aquellos datos propiamente de época romana, pues
las categorías adjudicadas son para este período, siendo conscientes del contrasentido
que su pondría meter b ajo esta clasificación elementos datados en otras épocas (por
ejemplo, la Eda d del Hi erro o el medievo), cuando debier on ser r ealidades bastante
distintas. Eso no quiere decir qu e no puedan existir ciertas sim ilitudes morfológicas y
productivas entre distintas etapas históricas, per o en todo caso, aquéllas deben ser
valoradas siempre aparte y no en una exposi ción estadística de orde n meramente
descriptivo elaborada bajo una perspectiva tipológica y funcional.
En la gráfica 5.2 destacan claramente las granjas y vill ae , con un evidente
predominio de las segundas sobre las primeras a partir del si glo I d.C. Ambas
comienzan a decrecer paulatinamente a partir d el siglo II d.C. , estabilizándose en el III y
IV , momento éste cuando i nician un nuevo descenso.
Por l o que respecta a las aglomeraciones, tras un leve ascenso a p artir d el I a.C.
se mantendrán estables hasta el siglo VI d.C.
Después tenemos u na s erie de categorías en cierto modo particulares. La ciudad
o el templo son t ipos muy singulares y sobr e todo contados a lo larg o del periodo
considerado, d e modo que no es ex traño que se m antengan r elativamente e stables o con
pocos cambios en términos cuantitativos, aun cuando cua litativamente las diferencias sí
sean muy im portantes. Así, la úni ca ciudad identificada y citada por las fue ntes clásicas,
Éboura , parece ser que poco después de la llegada romana, posiblemente por una
estrategia en época de Augusto de eliminar la preeminencia de aquellos núcleos
importantes y conflictivos en épo ca turdetana (como pasase con Hasta R egi a , de la que
dependería Ébora con t oda seguridad), se iría convirtiendo poco a poco en u n
asentamiento de otro ca rácter , de forma que nos obl iga a p asarla a otra categoría entre
finales del I a.C.-pr in cipios I d.C., per diendo e sa hegemonía qu e tuvo e n períodos
anteriores.
En cuanto a los alfares, todos ellos con producciones básicamente d e ánforas de
la famili a fo rmal de las Dressel 7-1 1 (salazoneras), tienen un co rto perí odo de vida,
siglos I - II d.C., por lo que su reflejo en la gr áfi ca resulta poco significat ivo a si mple
vista, aunque d e suma importanc ia. Este pico, aparentemente aislado, manifiesta la
dinámica ex istente en la Bahía d e C ádiz en estas centurias, momento en el que se
constata la may or cantid ad de alfares respecto a períodos anteriores (Chic, 2001a: 678),
408
posiblemente debido a un fuerte incremento d e la producción s alazonera, l a cual
provocaría la intensificación de la producción alfarera, todo ell o en un período de auge
económico y come rcial (Lag óst ena, 1996b).
En el sig lo II d.C., tal vez motivada por la concentración de estas alf arerías
(fenómeno que se a celera en esta centuria y se produce i gualmente en la propiedad
fundiaria y las factorías salazonera s) y por la cri sis económica exis tente, se produce el
abandono de estos centros que se sumaron a aquellos que habían ce sado su actividad y a
en época flavia (Lagóstena, 2001a: 354: 2001b: 100).
Lo mismo ocu rrirá con el templo El T esorillo, en Sanlúcar de B arrameda,
iniciado en época protohi stórica y qu e perdurará, según los datos arqueoló gicos (Corzo
y Blanco, 1983; Corz o, 1984; 2000; Ferrer Albeld a, 1995; 2000; Ruano, 1996), hasta el
siglo I a.C.
Gráfica 5.2. Cómputo global de y acimientos por categorías funcionales
Si todos estos tipos los or ganizamos en grandes grupos en función de su
capacidad de ag regar personas en un mismo asenta miento, podemos valorar a grandes
rasgos las relaciones ent re hábitat a grupado (ci udades y aglomeracion es) y hábitat
disperso ( villae y granjas), cu y os resultados pode mos ver en la gráfica 5.3.
409
Gráfica 5.3. Relación diacrónica entre tipos genéricos de hábitat
Los datos globale s mu estran un claro predominio del hábitat d isperso en todas
las épocas, con un crecimiento indiscutible entre los siglos II a.C.- II d.C ., m omento en
el que descenderá paulatinamente hasta llegar al s iglo VI d.C. El problem a radica, como
y a tratamos en el capítulo IV , en considerar o no l a villa como un mismo tipo de hábitat
a lo lar go del tiempo, a pesar de saber que por regl a general a partir de fin ales del IV y
principios del V son una realidad totalmente distint a y ti enden a co nvertirse en
aglomeraciones m ucho ma y or es que sus homól oga s alt oimperiales. Así , de haberlas
contabilizado como poblamiento agrupado, la p roporción de ésta a partir del sig lo IV
d.C. hubiera s ido may or , mostrando un dominio incontestable del hábitat conce ntrado
frente al dis perso en é poca tardoantigua, y al ertándonos contra l a si mplificación
tipológica que, no obstante, a veces es necesaria por cuanto instrumental.
La cuestión, al menos, es s er conscientes de ello, y pone r en valor que, p ese a lo
reflejado en la gráfica 5.3, el pre dominio del hábit at conc entrado e s incontestable a
partir del siglo V d.C., y con todo, la gráfica muestra que incluso sin apli car estas
matizaciones tipológicas de las qu e hablamos, la tendencia a la c oncent ración es lo
suficientemente marcada como para emerge r claramente en los datos.
3. Relación entre c ategorías funcionales y ti pos d e suelo: Un t ercer paso, diseñado para
trascender li geramente la estadística me ramente descriptiva y aportar alguna
información adicional que pudiera se r históricamente relevante, fue intentar establecer
501
territorio de Hasta como límit e oeste del mismo es una novedad relevante y que puede
marcar una línea d e trabajo interesante , sobre todo porque se trataba de una propuesta
no contrastada con datos arqueológicos hasta la realiz ación del presente tr abajo.
VIII.3. COMP ARA TIV A CON OTRA ÁREA: E L V ALLE DEL GUADIAMAR
Comentábamos en el ca p ítulo II que uno de los objetivos de este traba jo, además de
conocer la implantación romana en la Costa Noroeste de Cádiz , era c omparar los
resultados obtenidos con otra área cercana, como era el V alle del Guadiamar , pa ra
comprobar po sibles simi litudes en el comportamiento poblacional, inclu yendo aquí los
aspectos socioeconómic os. Para ello, como y a referimos, ut iliz amos la mi sma
metodología y análisis empleados en dicha zona.
La elección de esta comarca como espejo y base de un anális is comparativo no sólo
es por haber s upuesto el principal modelo metodológico de referencia, sino porque el
valle del Guadiamar se sitúa al norte del antiguo L ago Ligustino, y además m uestra
claros rasgos de lo que P . Garrido denominaba una intervención im perialista directa del
estado romano, al ser el valle una im portante z ona mi nera de pl ata y co bre en época
romana (Garrido, 201 1). Es decir , no sólo el valle del Guadiamar se relacio na de forma
espacial directa con nuestra área de estudio porque en aquella época aq uel río no era
tributario del Gu adalqui vir , puesto que desagua ba directamente en el l ago, sino que
además nos muestra un a zona que e s claramente intervenida por el poder rom ano y
experimenta también un desarrollo agropecuario mu y important e, en este caso a partir
de época de Au gusto.
Así pues, desde el primer momento éramos consci entes de que nos en contrábamos, a
priori, con dos áreas dist intas, al menos en l a base económica, estando una de ellas, la
nuestra, orientada a la explotación agropecuaria y pesquer a, mientras qu e l a otra, la del
Guadiamar , se d edicaba fundamentalmente a l a minerometalúrg ica, aunque ello no
excluía, naturalmente, otros ti pos de explotaciones, y máxime cuando su territorio está
conformado po r dis tintos medios geográficos (Garrido, 201 1). De este mo do podíamos
intentar cotejar dos modelos de romanización en una misma provincia y en zonas
además tan próx imas, por medio de una mis ma metodolo gía y pon iendo así de
manifiesto las similit udes y diferencias entre una y otra, e intentar explicar el porqué.
Dada esta variedad, en un principi o creímos co nveniente centrarnos en su z ona
suroeste, aquella más cercana al antiguo estua rio del Guadalquivir , para pod er así
502
comparar la din ámica p oblacional en ambas o ri llas del Lacus L igustinus , la margen
izquierda y la derecha. No obstante, la deficitaria información de partida de esta área
(Garrido, 201 1) nos ha h echo plantearnos realizar dicho cot ejo a par tir de las t endencias
generales del V alle del Guadiamar , sobre todo aqu ellas a las que P . Garrido conce dió un
valor 3 y 4. La mul titud de yacimientos arqueológicos, y con ello de inform ación, hizo
imposible la revisión de l 100% de los mism os. Para qu e los análisis fueran lo más
objetivos posibl e, se realizó un baremo seg ún el tipo de intervención o intervenciones
documentadas en ca d a ya cimiento y l a ca lidad científica de los mismos, conformándose
de la siguiente manera (Garrido, 201 1: 327):
- V alor 1. Prospec ción sin criterios metodológicos n i claros ni definidos.
- V alor 2. Prospección con c riterios metodológicos c l aros y de finidos,
convenientemente publicados y con estrategias bien fundamentadas.
- V alor 3. Excavación o prospección sup erficial con técnicas no convencionales:
muestreos, geofísicas, etc.
- V alor 4: Y acimientos d onde confluyan prosp ección y excavación y cuyos
resultados sean convergentes, es de cir , que confirmen la fun cionalidad y cronolo gía
inicialmente asignada por la primera.
Resulta curioso cómo, según v eremos, los datos d e valor 3-4, que v an más allá d e l a
información obt enida en las prospec ciones, y po r tanto más cercana a la realidad, s e
asemejan m uchísimo a los de nuestra á rea de e studio (presentan una sólida
coincidencia), aun cuand o aquí se ha carecido de este tipo de i ntervenciones, al menos
en lo que se refiere a muestreos, g eofísica, etc., l o que resalta el valor de nuestros datos.
Es por ello por lo que nos centraremos en re alizar la referida c omparación de los
resultados con esos valores a lo larg o de las sigui entes páginas.
-Lo primero que observ amos es u na similitud en la evolución diacrónica de los
asentamientos: crecimien to ex ponencial desde la R epública romana al siglo I d.C., leve
descenso en el siglo II d.C .; bajada mu y acentuada en el si glo II I d.C. y co ntinuación de
la caída, aunqu e menos acusad a , h asta el siglo V I d.C. Sól o podríamos aducir en nuestra
área d e estudio lo referido a una proliferación mu cho más precoz del modelo tipo villa .
503
Pero hay un a difer encia que se ha ce e vident e si los analizamos por ca tegorías
funcionales. Mientr as qu e en el valle d el Guadia mar las vill as y granjas se presentan
similares en número en e l si glo I d.C., ex perimentando las primer as un lev e crecimiento
en el s. II d.C. y un a caída brusc a d e amb as en e l III d.C., para estabiliz arse en el si glo
IV d.C. antes de un nuevo descenso; en la Costa Noroeste d e Cádiz , por el contrario,
desde el siglo I d.C. exist e una clara diferenciación cuantitativa entre ambas categorías,
las cuales suf rirán un l eve des censo en el si glo II d.C ., centuri a que antecederá la
hecatombe del siglo III d.C. A partir de entonces, se producirá un desce nso moderado
durante las siguientes centurias.
-En ambas z onas pred omina el h ábitat dispe rso ( villae , granjas y algunos
asentamientos menores) sobre el hábit at a grupado (ciudades y a glomerac ion es), en
todas l as épo cas. Ahora bien, con dos matices: u no, lo y a reiter adamente m encionado
respecto a la relatividad del término villa como alg o referido a un pobl amiento agregado
a partir del siglo III d.C . como mínimo; y dos, la im plantación d el modelo de villa
parece atesti guarse en la Costa Noroeste de Cádiz a finales del siglo II a.C.-principios
del I a.C., mucho antes del fenómeno villático d e época ces ariana, momento en el que
comienza a rastrearse en el V alle de l Gu adiamar .
-Otro dato a resaltar so n los resultados del T est de Chi
2
. En la zona del Guadiamar
las categorías con una clara funcionalidad a graria (vil las, granjas y chozos) rechazan la
hipótesis H0, es decir , la distribución de los asentamientos sobre los distintos tipos de
suelo no es homog énea y proporcional a su cantidad, mientras que en la C osta Noroeste
de Cádiz son precisamente estas categorías las qu e ac eptan H0. C uando a partir de este
hecho s eñalamos qu e parece estar i ndicando algún tipo de reparto catastral u ordenado
(cf. capítulo V), nos referimos a qu e est a se ncilla, y por tanto, robusta, prueba
estadística, señala sin lugar a dudas que existe un patrón espacia l e n el cual la
distribución de los asentamientos agrícolas es ho mogénea en el espacio, aun cuando no
especifica de qué modelo se trata.
-Una vez establecida esta cierta re gularidad e spacial en la distribución de los
asentamientos, son los re sultados de las R utas Óptim as y ejes d e poblamie nto, m ás allá
de l a di rección de los m ismos, los que pare cen apuntar d e form a generalizada en ambos
casos a un sistema catastral o parcel ario regular , que podría estar relacionado con l a
504
deducción colonial de H asta . Esta red de ejes, rutas y asentamientos es p articularmente
visible durante el siglo I a.C.-I d.C., y a que es el momento en que alcanz a una ma yor
densidad. Muchas de estas rutas, tras la crisis del si glo III d .C. y el consiguiente
descenso poblacional, tienden a desaparecer , lo que no significa que no c ontinuaran en
activo. S i bien es cierto, que en los siglos V -VI d.C. ratifican el desmantelamiento
definitivo del sistema de poblamiento antiguo.
-Uno de los aná lisis realizados en ambos traba jos, que ser vía de complemento al de
Rutas Óptimas, ha si do la ejecución de un test Kolmogor ov-Smirnof f sobre la relación
entre rutas y asentamient os, no ya sobre los tipos agrológicos, el cual pe rmitía contrastar
la hipótesis nula de que los asentamientos s e disponen de forma aleatoria r especto a las
rutas óptim as, así como de un t est de corr elación entre distancias d e es as rutas y núm ero
de asentamientos como suplemento al ejercicio anterior .
Observamos a partir de l os resultados ge neral es cómo, a excepción de la c iudad, en
el V a lle del Guadiamar las demá s categorías f u ncionales quedan alejad as del primer
decil, es decir , di stantes de l as rutas principales, mientas que en la Costa Noroeste de
Cádiz ocurre todo l o contrario. En el Guadi amar , po r tanto, pese a la enorme
proliferación de asentamientos a par tir de Au gusto, existe una sólida preponde rancia
urbana en l a jerarquía p oblacional que parece su bsistir de al guna forma a lo la rg o de
todo el periodo contemplado.
Sin embarg o, si lo analizamos por cronología sin distinción funcional, vemos cierta
coincidencia, a l menos en las iteraciones de 31-40, donde la tendencia de la mayor ía de
asentamientos es estar cerca de las rutas principales.
En fin, en cuanto a los resultados del test K omogor ov-Sm irnoff , en el Guadiamar
rara vez se acepta la hip ótesis nula (tan sól o en los s iglos III-V d.C .), mi entras que en
nuestra zona de estudi o se rechaza prácticamente en t odas l as centurias, l o que quiere
decir que dur ante ese i ntervalo de tiempo, la proporción de asent amientos por cada d ecil
se ajusta ma y oritariame nte a lo pronosticado, confirmando una fuerte regularidad
diacrónica en el sistema de poblamiento, por encima de las categorías funcionales
específicas y las tendenci as sincrónicas particulares de cada momento.
A modo de b alance, y s iguiendo lo que el propio autor c oncluía par a su zona de
estudio (Garr ido, 201 1 ), podríamos incidir en d eterminados aspectos específicos que
pueden explicar mejor las diferencias observadas entre ambos territorios:
505
-El valle del Guadiamar se configura como un paisaje mix to de int eracción entre
minas-campiñas (Garrid o, 201 1), confi gurando p ara este autor un modelo específico d e
romanización en el q ue ha profundizado ad emás posteriormente ( Garrido, 2012). Este
modelo paisajístico se caracteriza por una relación directa entre la actividad mi nera del
extremo norte del valle y las campiñas agrícolas d el sur , que experimentan un desarrollo
de poblamiento intenso y mu y superior al de ot ras áreas del entorno, en buena medida
como respuesta a las necesidades de abastecimiento de la cue nca minera de Aznalcóllar
(Garrido, 201 1).
En t odo caso, la peculia ridad del valle d el Guadiamar r especto a l a rib era sur d el
Lacus L igustinus no sólo reside en esta relación ent re minas y campiñas, si no, más b ien,
en el propio sistema de poblamiento de cuy as diferencias en las tend encias g enerales de
los datos y a hemos hablado más arriba ( supra ). Ex isten, pues, ciertas anomalías en el
poblamiento del valle, sobre todo en lo referido a la distribución y tipología de los
asentamientos a grícolas, que apuntan, según su autor , a que exi stió un saltus o coto
minero estatal en la mitad norte del valle -incluyendo así no s ólo las m in as sino una
amplia área agríc ola de abastecimiento alrede do r- al m enos hasta época fl avia, cuando
buena parte de este anti guo coto pudo p asar a m anos de los nu evos m unicipios de la
comarca (Garrido, 201 1).
Sea como fuer e, estos cotos mineros s e car acterizan por estar directamente
gestionados por un proc urador imperial y , de ahí, por su extraterritorialidad (Chic,
2008b), es decir , no esta r adscritos a ninguna comunidad cívica, ni de de recho romano
ni peregrino. Estos rasgos peculiares se t raducen en la existencia de grandes
aglomeraciones sin estatuto urbano, así c omo de ex plotaciones a grícolas totalmente
volcadas a la mina y con una di stribución claramente concentrada en lo s suelos má s
fértiles y de mejore s r endimi entos (Garrido, 201 1). Aunque a partir de mediados del
siglo I d.C . este coto p udo reducirse o incluso desaparecer , las inercia s territoriales
heredadas de esta primera fas e, dejarían una marca especial en la comarca en siglos
posteriores, al menos hasta los ss. I V -V d.C. (Garrido, 201 1).
En resumen, para P . Garrido, el V a lle del Guad iamar es un modelo de lo que él
denomina “romanizació n directa” , es decir , de una i ntervención directa del estado
romano sobre una regi ón con recursos estratégicos (las minas), h asta el punto de
reservarse un territorio de forma e x clusiva para su gestión y explotación, ajena al
ordenamiento jurídico y territorial d el resto de l a provincia. La s im plicaciones de todo
506
ello se plasman en un m odelo de poblamiento específico y diverg ente respecto a l as
comarcas de su entorno inmediato (Garrido, 201 1) .
-En cuanto a la Costa Noroe ste, la cuestión cambia. No exist en en e sta zona ni
recursos mineros estra t égicos ni nada similar que el estado romano pudiera esta r
interesado en controlar directa mente. Esto ya de por sí explica bue na parte de las
diferencias que hemos comentado ( supra ).
Sin embar go, esto merece una reflexión adicional. Es cierto que no existe aquí la
apropiación y re serva de una po rción del territorio par a el estado, un coto
extraterritorial, pero sí s e da un a intervención m u y dir ecta del pod er romano, que a su
vez se pl asma en unas características asimismo di verg entes respecto a las de ot ras zonas
próximas.
Hemos indicado como u na de las p rincipales l a p recoz implantación del modelo de
villa en la comarca, así como la de su dist ribución homogénea y regular po r el territorio.
De ahí se ha postulado la posible existencia de un parce lario geométrico, a ún por
definir , pero posiblemente en r elación con la deducción colonial de Hasta Regia . P ues
bien, adonde queremos llegar es a señalar cóm o el propio P . Garrido, al hablar de
modelos de romanización directa e indirecta, i nclu y e entre los primeros l a intervención
militar y la im posición a los venc idos de ci ertas refor m as territoriales, de la cual la
colonia sería la opción más agresiva e intervencion ista (Garrido, 201 1).
Pues, no nos en gañemos, una colonia impl ica el desposeimiento de tierras y de la
posición polít ica de los conquistados a fav or de los conquistadores, de m anera que los
locales son en gran medi da desplazados por los nuevos amos, s i bien e xi sten numerosos
matices en los c uales no ha lug ar entrar ahora aqu í, y a que la colonia o el mu nicipio son
dos formas jurídicas muy elaboradas que cambian a lo lar go de la historia de Roma
tanto en su fondo como en sus formas. Sea como sea, en el caso de Hasta no sólo se
busca el castigo y escar miento a la belicosa ciudad, sino so bre t odo contr olar de forma
directa y con una población afín a Roma l os acc esos marítimos y fluviales al valle del
Guadalquivir por el la go Ligustino, y , de p aso, dar salida a miles de veteran os a los q ue
conceder tierras fuera de Italia y poner en expl otación una reg ión agrícola fértil,
productiva y mu y bien co municada.
Así pues, las difer encias entre el valle del Guadiam ar , a l norte del Lacus , y la Costa
Noroeste, al sur del mismo, no residen tanto en que sean dos modelos de conquista y
507
romanización diferentes, como a dos modalidades de una misma pol ítica. Es verdad que
el modelo de romaniz ación directa o indirecta, según las define su propio autor , puede
parecer simplista si no se ex plica bien (Garrido, 2 01 1), pero lo cierto es qu e en este c aso
estaríamos ante dos mod elos directos mu y claros, uno centr ado en un r ecurso mi nero
estratégico (para ase gurar el ab astecimiento de metales pr eciosos par a acu ñar), y ot ro en
un interés mil itar para consolidar un territorio recién conquistado en una z ona
estratégica para el aseguramiento de todo el Bajo Guadalquivir . Como sie mpre, nada es
sencillo ni la causa una sola, pero la huella de la i ntervención d irecta de l estado romano
es en ambos c asos muy clara, sólo que por medio de dos estrategias dife ren tes que, a su
vez, se plasman en el territorio cada una a su manera.
VIII.4. LIMIT ACIONES Y PERSPECTIV AS D E FUTURO
Comentábamos al ini cio de este trabajo que de bido a los medios disp onibles y
cuestiones planteadas, éramos conscientes de l as limi taciones del mismo, pero que eran
estas propias limit aciones las que m arcarían los objetivos futuros para la investigación
de la comarca.
Independientemente d e los errores qu e ha yamos podido cometer desde el punto de
vista metodológico o de cualquier otro aspecto, creemos haber logrado d ar respuesta a la
mayoría de las cu estiones planteadas en el capítulo I. No o bstante, ot ras han quedado
abiertas, habiendo podid o plantear , como mucho, m eras hipótesis, por l o que se presenta
la necesidad de seguir siendo investigados los siguientes puntos:
-V eíamos gracias a los análisis de rut as ópti mas y ejes de poblamiento cómo los
resultados de los mismos evidencia b an de algún modo alg ún tipo d e parcelario
geométrico, aunque éstas se basan en una estim ación a partir de indicios en la
org anización de este t erritorio, por l o que este pu nto queda abierto a nuevas propuestas
que mejoren el conocimiento de la zona.
-Dependencia del territorio estudiado de la colonia de Hasta Regia. Precisamente
los análisi s referidos sup ra mostraban un a cl ara vinculación del t erritorio de estudio con
Hasta Regia , a partir de una hipot ética centuriación de época cesariana, asociable al
patrón regular comentad o supra . No obstante, este hecho ap enas si ha si do esbozado
aquí, de forma que cr eemos necesario seguir profundiz ando en futuros estud ios que
incidan en este aspecto para corroborar , o no, l o que hemos pl anteado. Ello requerirá
508
ampliar hacia el S y h acia el E el área estudi o, n o s ólo para documentar y poner al día
los y acimientos conoci dos en aquellos sectores, sino también profundiz ar en l os
elementos que aun ho y muestran unas resilien cias claras de las anti guas redes de
poblamiento en formación (Robert, 2012).
En definitiva, este trabajo aporta una i nformación que ha tratado de pone r orden y
actualizar una evidencia con la que pode r seguir trabajando en un futuro en l as líneas
que hemos dejado abiertas.
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