Franquistas contra franquistas: luchas por el poder en la cúpula del régimen de Franco de Joan María Thomàs i Andreu; Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2016 [Reseña]
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RESEÑAS 619 Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 ción americana; los indígenas independentistas en el retrato de la pérdida de las colonias españolas; el negro y el marroquí rebelde en la representación del África colonial (así como nuevamente Inglaterra y Francia); el «extranjero», o «lo extranjerizable» en la construcción romántico folclórica y en la representación de la España ye-yé de los años 60, encarnados en los turistas norteamericanos o europeos. En suma, un trabajo bien estructurado, cuyo orden y claridad en la exposición hacen que la lectura sea cómoda y ágil, en el que la acertada selección de filmes otorga una enorme coherencia interna al conjunto de la obra permitiéndonos rastrear el mensaje nacionalista, la «idea de España» en la cinematografía durante el periodo, a través de lo que descubrimos continuidades y rupturas a lo largo de los casi cuarenta años de dictadura, lo que da cuenta de la resignificación continua de los procesos de construcción nacional, en concreto en el franquismo, cuya longevidad obligó a buscar cambiantes equilibrios de poder en función de, entre otros, el contexto internacional, lo que fue fundamental para su supervivencia a lo largo de los años. Sobre todo, nos encontramos ante una lectura estimulante, que hace del cine una importante herramienta para el estudio del pasado, en tanto fuente y agente de la historia, como un medio capaz no sólo de reflejar significados, sino también de generarlos. Mª Carmen Cánovas Ortega Universidad Autónoma de Madrid [email protected] thoMàS, Joan María, Franquistas contra franquistas. Luchas por el poder en la cúpula del régimen de Franco, Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2015, 317 págs., ISBN: 978-84-9992-556-1. Falange inició su andadura presentándose como una organización de patriotas contrarios a la democracia republicana y los partidos políticos que la sostenían, culpables según los falangistas de todos los males que aquejaban al país. Durante los años siguientes y hasta el 18 de julio los seguidores de José Antonio persiguieron sus fines sin conseguirlos, si bien en el transcurso de aquellos treinta y dos meses se convirtieron en un serio problema de orden público, que vino a sumarse a los ya existentes. Cuando el fracasado golpe de estado derivó en guerra civil, la Falange era irreconocible: desde el invierno y la primavera de 1936, decenas de miles de españoles habían arribado voluntariamente a sus filas; de tal manera que, en vísperas de aquella fecha, el partido de José Antonio, desde el punto de vista numérico y operativo, ya no se parecía en nada al pequeño grupúsculo que había echado a andar casi tres años atrás. Ahora bien, el crecimiento experimentado no había alterado lo más mínimo su plan primigenio de acabar con la República. Revista Hispania 262.indb 619 30/7/19 15:05
620 RESEÑAS Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 La avalancha de afiliaciones que siguió al inicio de la guerra convirtió a la Falange en un partido de masas y, por tanto, en una organización con un enorme potencial pues, no en vano, en el orden militar fue capaz de poner a más de 200.000 hombres al servicio de los «nacionales» (sin contar, por supuesto, a los falangistas que hicieron la guerra encuadrados en las filas del ejército regular de Franco). Otro detalle clave: el transcurso de la guerra también cambió a la Falange desde otro punto de vista. La cuestión queda como sigue. A medida que los sublevados fueron conquistando terreno se fue imponiendo la necesidad de gobernar a las poblaciones, empezando por los pueblos y aldeas y siguiendo por las ciudades y capitales que paulatinamente fueron cayendo en sus manos. Para comprender la complejidad del momento debemos sumar a la ecuación lo que ocurrió en Salamanca en abril de 1937. En efecto, como el propio autor nos demostró en una obra anterior, en aquellos días quedó claro que las élites falangistas no podrían imponerle sus planes políticos a Franco ni tampoco sustituirlo a corto o medio plazo. Lo que sucedió allí marcó para siempre el carácter auxiliar que acompañaría a la Falange durante las décadas siguientes. Pero más allá de los «Sucesos de Salamanca», en el bando sublevado siguió existiendo la necesidad de conformar cuadros políticos para controlar los territorios de los que hablaba antes. Fue ahí donde la Falange empezó a cobrar protagonismo y, además, por derecho propio. Y lo hizo a pesar de lo que había ocurrido en Salamanca, es decir, mientras la organización quedó controlada por arriba, las Falanges locales fueron conquistando por sus propios medios (es verdad que con la aquiescencia de los militares sublevados que eran los que tenían la última palabra) el poder local. Parece una paradoja; pero el caso es que fue así cómo empezaron los años del fascismo en tantos pueblos de España. Aquella conquista del poder local trajo consigo nuevos cambios en el seno de la organización falangista. En primer lugar, porque el acceso a los ayuntamientos fue mutando poco a poco aquel carácter antisistema que siempre había caracterizado a los falangistas; entendiendo por antisistema, obviamente, el hecho de que la organización siempre había aspirado a destruir las instituciones republicanas. Y, segundo, porque gracias a ese proceso los falangistas se convirtieron en un apoyo fundamental para los verdaderos dueños de la situación, toda vez que con sus cuadros políticos y su control de tantos pueblos y ciudades ayudaron a Franco a configurar política e institucionalmente su régimen. El afán antirrepublicano los había convertido en una «organización de gobierno». La historia de ese cambio fue sumamente interesante y es aquí dónde se inserta el libro que nos ocupa. La historia de un partido que no quería ser partido: así podríamos titular esta recensión. En efecto, aun habiendo sido derrotados en Salamanca, el proceso de acceso de los falangistas a las instituciones no se detuvo, haciendo posible que la antigua Falange antisistema se convirtiera en una organización con centenares de alcaldes, primero, y gobernadores civiles, más adelante. La guerra, por tanto, llenó de jerarcas las filas de la organización. A esto se le unió otro detalle no menos importante: desde abril de 1937 y gracias a la Unificación decretada por Franco, la Falange —ahora bajo el kilométrico nombre de Revista Hispania 262.indb 620 30/7/19 15:05
RESEÑAS 621 Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista— se convirtió en el único partido de la España «nacional». Los más puristas sostendrán que la Falange original dejó de existir aquel mes de abril de 1937; pero lo cierto fue que a ras de suelo los falangistas siguieron tan vivos como siempre. La razón la encontramos en el modo en el que se llevó a cabo la unificación decretada por Franco. En la mayor parte de la España sublevada fue una absorción violenta por parte de los falangistas, es decir, los camisas azules mandaron a los carlistas, políticamente hablando, a sus casas. Todo esto y el hecho ya comentado de que se convirtieran en una organización repleta de cargos políticos hizo que surgieran en el seno del ahora partido único las clásicas luchas de poder y las intrigas propias de todas las organizaciones políticas. Ellos nunca lo quisieron; pero el caso fue que acabaron convertidos en un partido político. Y aquel paso de movimiento a partido trajo consigo el que surgieran las diferencias políticas a las que me refería. En efecto, cuando los líderes de la Falange obligaron a Hedilla a enfrentarse con Franco (en contra de la opinión del montañés que, a pesar de sus humildes orígenes, fue el que, en mi opinión, mejor había leído el momento) no sólo revelaron una incapacidad manifiesta para valorar las verdaderas posibilidades de la Falange de hacerse con el control de la situación, sino que, además, le pusieron en bandeja a Franco la propia derrota de la Falange. El hecho de que hubieran puesto en la picota al sustituto de José Antonio y el que luego comprobaran el riesgo real de haber acabado ante un pelotón de fusilamiento hizo que los antaño levantiscos falangistas acabaran convertidos en dóciles jerarcas del franquismo. Lo cual, por otra parte, no evitó que en el seno de la Falange quedara un grupo de falangistas puros dispuestos a utilizar sus cargos y sus influencias en el seno del partido único para llevar a cabo sus ideales nacionalsindicalistas y, por supuesto, para seguir medrando dentro del régimen. Fue así cómo estallaron las polémicas internas y es aquí, por tanto, donde se activa el bisturí historiográfico al que Thomàs nos tiene acostumbrados. Como ya hiciera en su anterior libro sobre los sucesos de Salamanca —El gran golpe. El caso Hedilla o cómo Franco se quedó con Falange (2014)—, Thomàs ha vuelto en esta nueva ocasión a conseguir los sumarios judiciales en los que se sustanciaron aquellas luchas por el poder. Así, a través de esas páginas el autor nos va desgranando con precisión quirúrgica cómo fue aquel proceso de domesticación definitiva de la Falange. Pues, como se demuestra en el libro, no otra cosa fueron aquellas amputaciones hechas contra los más díscolos e independientes de la antigua Falange. En efecto, en las páginas del libro que nos ocupa Thomàs nos muestra con detalle y precisión el proceso político de imposición del mando y el cierre de filas, al final del cual nos vamos a encontrar con un partido único completamente controlado por el Caudillo. Lo que ocurrió, sin duda alguna, fue muy frustrante para muchos falangistas, hasta el punto de que algunos incluso llegaron a decir que se negaban a sumarse a aquel coro de «viudas inconsolables de la revolución» en el que se había convertido la Falange de Franco. Lamentos, en cualquier caso, Revista Hispania 262.indb 621 30/7/19 15:05
622 RESEÑAS Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 que jamás se tradujeron en ningún pulso serio contra el Caudillo. Porque si bien en el libro se recogen los pormenores de aquellas luchas de franquistas contra franquistas, lo cierto es que la imagen final que se obtiene cuando se llega a la última página es la de una organización cuyos jerarcas se fueron apretando sin darse cuenta, con cada pugna y polémica que protagonizaron, la soga que tenían en su cuello y que Franco sostenía con mano firme. En efecto, a través de los diferentes capítulos, Thomàs nos disecciona lo que ocurrió y, gracias a ello, el lector puede a su vez valorar cómo fueron las maniobras políticas de aquellos que acabaron defenestrados. Jerarcas apartados, ciertamente, porque jugaron sus cartas sin darse cuenta de que en la España de Franco no había ninguna partida más allá de la ficticia que pasaba por sus cabezas. Falangistas miopes que intentaron conquistar cotas de poder más allá de las que les había concedido el Caudillo, sin haber medido antes cuáles eran sus verdaderas posibilidades para salir con éxito. Y lo que fue peor para ellos: ni hicieron lo anterior ni tampoco calcularon las consecuencias que depararían sus acciones. Para ilustrar lo que acabo de exponer vamos a pensar en el caso y en la trayectoria de Sancho Dávila. Fundador de la Falange andaluza, íntimo amigo y colaborador de José Antonio, un hombre importante en la primera Falange, cuando volvió a la Sevilla de Queipo (tras haber permanecido oculto en zona republicana) intentó recuperar el control de una organización que había mutado en su ausencia. En ese intento por volver a lo que fue durante la República es dónde debemos enmarcar su papel en los sucesos de Salamanca. Pues bien, cuando fueron derrotados y, sobre todo, cuando vio en qué condiciones había quedado Hedilla comprendió que no tenía ninguna posibilidad real de convertirse en un hombre fuerte de la nueva España. Eso fue lo que a la postre le permitió vivir las décadas siguientes como un jerarca (sometido) en la España de Franco. Pero los protagonistas de este libro no hicieron esto y sí todo lo contrario. Como los legitimistas de la Falange antes de los sucesos de Salamanca, jugaron sus cartas; en ocasiones, incluso, movilizando a decenas de miles de hombres a través de desfiles y concentraciones, como los que tuvieron lugar el 18 de julio de 1940. Qué duda cabe que sacar a tantísima gente a la calle aquel día constituyó un gran triunfo, sobre todo si no perdemos de vista el hecho de que la Falange por entonces ya había entrado en crisis en la España rural. Pero en ese mérito estaba implícito el espejismo en el que vivían aquellos ilusos, firmemente convencidos de que podían echarle un pulso al régimen de Franco. La realidad era que en aquella España había poderosos que no soportaban los desfiles plebiscitarios de aquella organización. Y es que la defenestración política de Gerardo Salvador Merino o los sucesos que tuvieron lugar en Begoña y el cómo se resolvieron al final fueron la perfecta demostración de que, en la España del Caudillo, el fascismo nunca tuvo la sartén por el mango. Y dio igual que Merino fuera un joven condecorado con una Laureada colectiva o que los falangistas de Begoña se sintieran atropellados por cómo el régimen resolvió aquellos sucesos, porque lo cierto y verdad es que un pulso político se gana o se pierde. Y Revista Hispania 262.indb 622 30/7/19 15:05
RESEÑAS 623 Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 ellos lo perdieron. Así, el hecho de que el propio Gerardo Salvador Merino escribiera un largo escrito expresando sus pareceres acerca de lo que había sucedido demostraba cuán lejos estaba de comprender lo que era aquella España salida de la guerra. Según él, lo que se estaba dilucidando era «nada menos que la existencia y la virtualidad política de la Falange». Se equivocaba: aquello ya había quedado claro en Salamanca. Por aquel entonces de lo que se trataba era de comprender la realidad tan aplastante del momento. Una realidad que él y decenas de miles de falangistas como él habían contribuido a forjar con su esfuerzo: la de una España arbitraria en la que muchos, incluidos los falangistas que desfilan por las páginas de este libro, comprobaron lo duro que era estar al dictado de los que tenían la sartén por el mango. José Antonio Parejo Fernández Universidad de Sevilla [email protected] Revista Hispania 262.indb 623 30/7/19 15:05