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José Antonio Calderón Quijano. Semblanza Biográfica

Díaz-Trechuelo, Lourdes

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  99  JOSÉ ANTONIO CALDERÓN QUIJANO. SEMBLANZA BIOGRÁFICA. LOURDES DÍAZTRECHUELO EI 19 de abril de 1996, al cumplirse el primer aniversario de la muerte del Dr. D. José Antonio Calderón Quijano, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos le rindió homenaje dando su nombre a una nueva Aula, que entonces se inauguró con un exposición de las obras del mismo Dr. Calderón y de las que se publicaron en la Escuela durante los largos años de su fecundo mandato como Director. Con este motivo se pronunciaron entonces varios discursos conmemorativos, de los que "Temas Americanistas" ha querido reproducir el pronunciado por la Dra. Lourdes Díaz-Trechuelo trazando la semblanza del inolvidable maestro de americanistas. Sean mis primeras palabras para felicitar a la actual Dirección de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos por la iniciativa de dedicar este local al Dr. Calderón Quijano, tan vinculado a esta casa desde sus orígenes. Al honrar su memoria, la Escuela se honra a sí misma. En segundo lugar he de agradecer que se me haya invitado a pronunciar estas palabras. No tengo para ello otro título que el "privilegio" -entre comillas de ser casi la única superviviente de los primeros años de esta institución; declaro con toda sinceridad que me reconozco incapaz de trazar con acierto el perfil científico y humano del homenajeado como la ocasión lo requiere. Pero sinceramente agradezco la oportunidad que se me ofrece de reconocer públicamente mi deuda de gratitud con José Antonio. Él no fue mi maestro en el sentido académico, por razones obvias de cronología, pero lo considero como tal por lo mucho que me enseñó, más que con la palabra, con el ejemplo de su comportamiento en la vida. Nació la Escuela de Estudios Hispanoamericanos en septiembre de 1943 Y comenzó impartiendo cursos de Historia de América. Fui alumna de la primera promoción de Diplomados en Estudios Americanos, y José Antonio Calderón fue uno de mis profesores. Sus clases y las de Enrique Marco Dorta despertaron mi vocación americanista. Recuerdo muy bien que la Escuela funcionaba en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, en la calle Laraña, y tenía un local propio, llamémosle así, en una habitación situada a la izquierda de la entrada principal de la Universidad. En ella estaba la Biblioteca, cuyo fondo inicial fueron los libros del extinguido Centro de Estudios de Historia de América de la Universidad de Sevilla, que en su mayor parte eran los que trajo el Dr. Angulo Iñiguez de su viaje a México en 1934, adquiridos con el importe de la bolsa de viaje que le fue concedida, y   100  que luego donó al Centro. El mismo local era también secretaría y sala de profesores. Como por entonces el bibliotecario era el Dr. François Chevalier, más tarde ilustre americanista y profesor de la Sorbona, Guillermo Lohmann Villena, con su habitual buen humor, empezó a llamar al lugar "la taberna de Curro", nombre que hizo fortuna. Este fue el modesto comienzo de la institución que ahora nos alberga. Como todo lo grande, nació pequeña, pero su desarrollo fue rápido y a él contribuyó muy eficazmente José Antonio Calderón, entusiasta colaborador de don Vicente Rodríguez Casado desde los primeros momentos y plenamente identificado con sus proyectos americanistas, que además de la Escuela incluían la residencia de investigadores, primero en la Palmera y luego en esta casa, y la Universidad de La Rábida, que también empezó a funcionar en 1943. José Antonio Calderón fue secretario del primer curso de La Rábida, en unión de Florentino Pérez Embid. Ocupó este cargo hasta 1946 "por amor al arte", como todas las demás personas que intervinieron en la creación de aquella Universidad. Me consta que participó muy activamente en la elaboración del programa de ese primer curso, y su nombre figura continuadamente en la nómina de profesores desde 1944 a 1957, Y reaparece desde 1965 hasta 1973. En La Rábida fundó el llamado "club palangana", en el que daba clases de natación a los alumnos. En 1948 la Escuela se trasladó a este edificio, construido para albergar la Biblioteca Universitaria, que don Vicente consiguió fuese cedido por el Rectorado. En 1949 José Antonio Calderón obtuvo por oposición la cátedra de Historia de América de la Universidad de Barcelona, pero a los pocos meses, para el curso 1949-1950, era ya catedrático de la misma disciplina en Sevilla, donde comenzó un fecundo magisterio que sólo la muerte pudo interrumpir, pues aunque la jubilación administrativa le separó de la cátedra el 4 de marzo de 1986, no cesó en su labor de aconsejar y orientar a cuantos acudían a él, estando siempre a disposición de todos con extraordinaria generosidad. Al mismo tiempo que enseñaba en la Universidad tuvo en la Escuela múltiples cargos: jefe de publicaciones y de la Biblioteca, secretario de la institución y Director de esta casa durante veintidós años, en los que se realizaron importantes obras en este edificio. Las que yo recuerdo fueron la renovación del salón de lectura, dejándolo apto, como hoy está, para servir como sala de conferencias y de conciertos, y la construcción de dos plantas para despachos destinados a investigadores, colaboradores y becarios.   101  Una de las grandes tareas de José Antonio fue sin duda la dirección de la Biblioteca, a la que dedicó muchísimo tiempo. En los años que trabajé con él no recuerdo día en que no viniera a despachar la correspondencia y estudiar los asuntos pendientes. Hacía él mismo la clasificación de las obras ingresadas, de acuerdo con una tabla de materias que había elaborado y que ha probado su utilidad durante muchos años, e incluso la conserva todavía hoy, en la era de la informática. Además puso las bases del intercambio de publicaciones de la Escuela con otras instituciones y Universidades de América y de Europa, hasta el punto de que en aquellos años se llegó a conseguir que las dos terceras partes de las obras ingresadas procedieron del canje. José Antonio Calderón simultaneó estos trabajos con su labor universitaria, no solo como catedrático -de lo que luego hablaré-sino en multitud de cargos más o menos ingratos, que desempeñó siempre con ejemplar desinterés y espíritu de servicio, y en este campo una de sus grandes tareas fue sacar a las Facultades de Ciencias, Derecho y Filosofía y Letras del viejo edificio que fuera Casa Profesa de la Compañía de Jesús, para llevarlas a la Real Fábrica de Tabacos, construida en la primera mitad del siglo XVIII, y que se utilizaba como tal hasta que pasó a ser la sede de la Universidad. En esta empresa fueron decisivas, como escribe el profesor Jesús Arellano, "la capacidad y eficacia de gestión e influencia de José Antonio Calderón Quijano". Para la realización de los trabajos necesarios, se constituyó una Junta de Obras como organismo autónomo, cuya presidencia correspondía al Rector de la Universidad. José Antonio fue desde el principio secretario-administrador. Lo que legalmente le correspondía cobrar por esta función lo invirtió íntegro en fundar una escuela de Formación Profesional en el convento franciscano de Regla, en beneficio de su querida Chipiona. Cuando sucedió en el Rectorado de nuestra Universidad al Exmo. Sr. D. José Hernández Díaz, pasó a ser Presidente de la Junta de Obras. Fue nombrado Rector el 23 de diciembre de 1963 y durante casi ocho años desempeñó el cargo con gran acierto y con su acostumbrado equilibrio en tiempos muy difíciles para la comunidad universitaria. En los mismos años y de acuerdo con la legalidad entonces vigente fue Procurador en Cortes y Consejero Nacional de Educación, cargos anejos al de Rector, que sirvió con gran fidelidad. Su permanente disposición de entrega a la Universidad le llevó en varias ocasiones a cubrir huecos en las enseñanzas de la Facultad de Filosofía y Letras. Así en la década de los cincuenta estuvo encargado de la cátedra de Historia de los Descubrimientos Geográficos y   102  Geografía de América, que vacó en 1951 por traslado a Madrid del profesor Florentino Pérez Embid, otro de los primeros colaboradores de don Vicente. Este encargo lo desempeñó Calderón hasta que en 1959 ocupó la plaza en propiedad el Dr. Morales Padrón. Durante los años que el profesor Calderón Quijano rigió la Escuela se incorporaron al catálogo de sus ediciones unos 150 títulos, entre libros y publicaciones periódicas, como lo muestra la exposición que aquí se presenta. Sería injusto atribuirle a él en exclusiva esta actividad editorial, y no podemos dejar de recordar los nombres de don Antonio Muro Orejón y de Octavio Gil Munilla, ya fallecidos, y de Morales Padrón, que tantos años dirigió el Anuario de Estudios Americanos, llevándolo al cenit de su prestigio. Pero me consta que José Antonio Calderón, con gran entusiasmo y con su característico tesón, se esforzó siempre por conseguir los medios económicos necesarios para la edición de cada obra, buscando con enorme empeño diversas fuentes de financiación. Maestro de americanistas Nuestro homenajeado fue maestro en el más noble sentido de esta palabra y por tal motivo muchos lo eligieron como director de sus memorias de licenciatura y de sus tesis de doctorado. Dirigió la primera memoria de licenciatura, vulgo tesina, que se presentó en la Sección de Historia de América de nuestra Universidad cuando se estableció este nuevo modo de obtener el grado, que vino a sustituir al examen de reválida que antes se hacía. Es autor de este trabajo Roberto Trigueros Bada y versa sobre "Las defensas estratégicas del río San Juan de Nicaragua", tema muy en consonancia con los que el profesor Calderón estaba investigando por cuenta propia. A esta tesina siguieron otras, hasta completar el número de treinta, casi todas publicadas por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos. También dirigió 17 tesis doctorales. Muchos de sus autores ocupan hoy puestos relevantes en el americanismo sevillano: Pedro Rubio Merino, Luis Navarro García, Bibiano Torres Ramírez, Javier Ortiz de la Tabla Ducasse, Ramón Serrera Contreras, Justina Sarabia Viejo, José Jesús Hernández Palomo, Antonia Heredia Herrera, Pablo Emilio Pérez Mallaina Bueno y Consuelo Varela. Cito por orden cronológico de obtención del grado de doctor y no quiero omitir los nombres de los fallecidos: José Joaquín Real Díaz, Francisco Canterla y Víctor Fernández Cano, a los que José Antonio tuvo gran afecto. Víctor murió dejando acabada su tesis doctoral, que no pudo leer y su maestro se preocupó de que se editara en 1973 Las defensas de Cádiz en la Edad Moderna. En la introducción traza un retrato   103  lleno de afecto de su malogrado discípulo y agradece a Justina Sarabia y a Pepe Hernández Palomo, que no conocieron a Víctor, el desinterés y entusiasmo que pusieron en su trabajo para hacer posible la edición. Si recordamos que hasta 1981 habían salido de la Sección de Historia de América de nuestra Universidad 48 doctores, el número de tesis dirigidas por el profesor Calderón Quijano significa que más del 35 % de los aspirantes al grado lo escogieron como director de sus trabajos. Quienes no hayan conocido a José Antonio pueden quizá extrañarse, pero quienes tuvimos el privilegio de tratarlo nos explicamos perfectamente esta preferencia, porque en él se unían a la extraordinaria competencia científica su gran afabilidad en el trato, su contagioso entusiasmo por la Historia de América y el enorme interés con que acogía y ayudaba siempre a sus discípulos, que convertía en sus amigos para toda la vida. Su amabilidad no le restaba exigencia a la hora de examinar. Fui ayudante de la Cátedra muchos años y pude presenciar aquellos larguísimos, interminables exámenes orales a los que sometía a los alumnos. Si no daban la talla, les ofrecía otras oportunidades antes de suspenderlos, porque lo que le importaba era que supieran el programa, y por eso los examinaba una y otra vez. En una ocasión dejó suspensa a una monja que estudiaba en una edad poco propicia para aprender. Esta religiosa falleció de muerte repentina al día siguiente y recuerdo el disgusto de José Antonio y su gran preocupación por lo que hubiera podido influir el suspenso en el fatal desenlace. Historiador de América y de Andalucía Imposible sería enumerar siquiera todos los trabajos debidos a la pluma de José Antonio Calderón Quijano. En 1942, antes incluso de ser licenciado en Letras, aunque ya lo era en Derecho, apareció su primer artículo en la Revista General de Marina, que trata del ataque de Vernon a Cartagena de Indias en 1741, Y poco después el dedicado al fuerte de San Fernando de Omoa, publicado en la Revista de Indias. Desde entonces hasta 1995, año de su muerte, nos ha dejado diez libros de investigación personal publicados y varios trabajos inéditos. Importante es también su labor como director de obras escritas por varios autores. Ejemplo de ello lo tenemos en los cuatro volúmenes de Los virreyes de Nueva España en los reinados de Carlos 111 y Carlos IV, y los dos de la Cartografía militar y marítima de Cádiz, que abarcan los años de 1513 a 1878 y contienen 759 figuras. En esta obra colaboran Justina Sarabia y José Hernández Palomo, y como una muestra más de su exquisita delicadeza y sensibilidad, José Antonio quiso que figurara como primer colaborador Víctor Fernández Cano.   104  Para la Cartografía escribió un estudio preliminar de 120 páginas, exhaustivo como todos sus trabajos. La obra histórica de Calderón se centra en estos temas: - Los establecimientos ingleses de Belice. - Las fortificaciones americanas y en particular las de Nueva España. - Cartografía de diversos lugares. - Emigración y toponimia andaluzas en América. - Estudios sobre Gibraltar, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda y Chipiona. El orden que sigo es también aproximadamente el de su atención sucesiva a estos temas. En el primer apartado se inscribe Belice, 1663 (?)-1821, que fue su tesis doctoral en Derecho. En torno a ella publicó una serie de artículos. En el segundo apartado figura otra obra fundamental: Historia de las fortificaciones en Nueva España, tesis de doctorado en Filosofía y Letras, cuya primera edición apareció en 1953 y que -cosa insólita en este género de obrasha tenido una segunda edición considerablemente aumentada y puesta al día, en 1984. Sobre cartografía americana tiene trabajos acerca de Veracruz, Campeche y Acapulco, así como la Cartografía histórica de Nueva Galicia, realizada por media docena de discípulos suyos predilectos y que lleva un Estudio Introductorio escrito con su habitual minuciosidad y rigor científico. En la década de los ochenta aparecen las primeras muestras de su interés por el tema de la emigración andaluza a América y por la toponimia del Nuevo Mundo. A las I Jornadas de Andalucía y América, celebradas en La Rábida por iniciativa del Dr. Bibiano Torres Ramírez, José Antonio llevó un estudio sobre "Andalucía y Sevilla en la emigración española a Indias durante el siglo XVI". En 1985 abrió una nueva línea de trabajo sobre la toponimia americana con la ponencia presentada al IV Congreso de Academias de Andalucía, y ampliando este estudio escribe un volumen de 377 páginas, aparecido en 1988 con el título de Toponimia española en el Nuevo   105  Mundo, a cuyo estudio preliminar incorpora un ensayo sobre "Vigencia del término Hispanoamérica" y una breve visión de la "Emigración española al Nuevo Mundo". Trabajos más concretos sobre el mismo tema son los dedicados a la toponimia castellano-aragonesa, la cordobesa y los "nombres geográficos sevillanos en el Nuevo Mundo". Por fin, las tierras gaditanas, desde Gibraltar hasta Cádiz, pasando por Sanlúcar de Barrameda y Chipiona, fueron bien conocidas y muy queridas por José Antonio Calderón, que al dedicar a su madre el discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría escribió estas palabras: "a mi madre, que me enseñó a conocer y amar estas tierras". Sin duda, su preferida era Chipiona, donde veraneó siempre y a donde se escapaba en cuanto podía, pero también mi pueblo, Sanlúcar de Barrameda, fue objeto de su afecto y sobre sus "fortificaciones y espadañas" publicó un precioso artículo en el Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, que me hizo el honor de dedicarme, como homenaje en mi jubilación de la cátedra universitaria. También dedicó especial interés al poema de Fr. Pedro Beltrán, "La Caridad Guzmana", que tanto habla de Sanlúcar, y se ocupó de la agricultura y de las especies marinas en aguas sanluqueñas. Para terminar este incompleto análisis de la labor historiográfica del profesor Calderón Quijano, haré notar que en los diez últimos años de su vida, lejos de disminuir, aumentó su ritmo de trabajo, lo que dice mucho de su bien probada laboriosidad. Perfil humano Soy consciente de que no he conseguido trazar adecuadamente el perfil científico de José Antonio Calderón Quijano. Vaya intentar ahora el "más difícil todavía": trazar su perfil humano, a sabiendas de que tampoco lo vaya lograr. Aunque mexicano, nacido en Puebla de los Ángeles, él se sentía y era un sevillano de pro. Amante de nuestras tradiciones y conocedor de todos los rincones de la ciudad, le gustaba ir a los conventos de clausura para los oficios de Semana Santa y era fervoroso cofrade de la Hermandad de Pasión, en la que salió todos los años mientras se lo permitieron sus fuerzas físicas. Conocía todos los secretos de nuestras cofradías y cada año acudía a los lugares estratégicos para verlas.   106  Su amor a todo lo sevillano le llevó a estudiar las espadañas de la ciudad, sobre las que publicó un libro muy bien documentado, como todos los suyos, e ilustrado con fotografías tomadas por él. La calidad de su obra histórica y la relevancia de sus actuaciones universitarias en los diversos cargos que ocupó son consecuencia de las múltiples cualidades humanas que poseía. José Antonio Calderón fue un "hombre de bien" en toda la extensión y contenido de este concepto, y a ello se sumaba una exquisita educación que hacía su trato sumamente agradable. Jamás le oí una palabra más alta que otra y nunca perdió el dominio sobre sí mismo, por muy incómoda que fuera la situación en que se hallara. Este perfecto equilibrio no era solo producto de su disciplina, sino de algo más íntimo y profundo. Hombre siempre leal, se le puede aplicar con toda justicia el verso que Jorge Manrique dedica a su padre: "¡Qué amigo de sus amigos!", pero no este otro: "¡Qué enemigo de enemigos!", porque él jamás los tuvo, nunca fue enemigo de nadie, aunque tuviera motivos humanos para serio. Siempre generoso en su entrega a los demás, y especialmente a sus alumnos y discípulos, les dio sin medida su tiempo, sus conocimientos, su ayuda en todos los aspectos. Eso explica que tantas y tantos lo escogieran para dirigir sus trabajos de licenciatura y doctorado, como ya vimos, y también el cariño que todos o casi todos le tuvieron y le conservan. En esta casa quedan todavía muchas personas que trabajaron con él. Por todo el personal de la Escuela se interesó siempre y les ayudó a promocionarse para conseguir puestos de trabajo de más alto nivel. Siempre actuó de acuerdo con los dictados de su conciencia, aunque esto le acarreara más de un disgusto en su vida profesional. Coincidimos en muchos tribunales de oposiciones de "las de antes", para la provisión de cátedras, adjuntías o plazas de colaboradores o investigadores del Consejo, y jamás le vi ceder ante ninguna presión, ni aceptar ningún compromiso. Hombre de carácter pacífico, difundía la paz a su alrededor y procuraba siempre unir, jamás separar. En los ambientes intelectuales en los que se movía, eran y son frecuentes las rencillas. Él siempre trataba de mediar y prefería pasar por alto cualquier falta de consideración a su persona, para no provocar roces.   107  Si en su vida profesional y pública fue ejemplar, tanto o más lo fue en su vida familiar. Lo recuerdo siempre pendiente de su madre, a la que atendía con el mayor cariño, lo mismo que a su mujer e hijos, y su amor a la familia no se limitaba a los más próximos, sino que se extendía a todos los que estaban ligados a él por lazos de sangre. Sinceramente humilde, modesto y sencillo, nunca se creía acreedor a honores y distinciones, y rechazó los homenajes que se le quisieron ofrecer con motivo de su jubilación como catedrático, pero no pudo evitar que sus abundantes méritos fueran reconocidos con recompensas que jamás buscó, como fueron las Grandes Cruces de las órdenes de Isabel la Católica, Alfonso el Sabio y del Mérito Civil, otorgadas por el Gobierno español. La República Italiana lo nombró Gran Oficial del Mérito, y Perú le concedió la Encomienda de la Orden del Mérito Civil. Fue Colaborador Honorario del Instituto "Gonzalo Fernández de Oviedo" del Conseja Superior de Investigaciones Científicas, y Socio de Mérito de la Real Sociedad Colombina Onubense. Cuando dejó la dirección de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, fue nombrado Director Honorario de la misma, en justo reconocimiento a los muchos años y esfuerzos que dedicó a impulsar esta institución. Las Academias sevillanas le abrieron sus puertas y fue miembro numerario de la de Buenas Letras y de la de Bellas Artes, cumpliendo con toda fidelidad sus deberes académicos, con una asistencia constante y con frecuentes trabajos y conferencias. Y lo mismo en la Hispano Americana de Cádiz y en la Provincial de Bellas Artes de aquella ciudad. Fue también miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, de la Panameña de la Historia y de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Es imposible recoger la inmensa labor de este hombre que consagró su vida a la docencia universitaria y a la investigación histórica. Me viene a la cabeza el verso de Antonio Machado: "Lleva quien deja y vive el que ha vivido". José Antonio Calderón dejó mucho, sembró a manos llenas, en total entrega, con su palabra, y mucho más con su ejemplo. Vivió intensamente su vida familiar y profesional y sobre todo su vida cristiana. Quedaría incompleto este mal trazado cuadro si no hiciera referencia a su fe católica, raíz fecunda de la que brotaban sus virtudes humanas y sobrenaturales. Una fe que él vivió hasta sus últimas consecuencias, sin ningún alarde y con total sencillez.