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Historia de la arqueología andaluza de 1860 a 1939 : en el marco vital de Luis Siret (1860-1934)

Beltrán Fortes, José

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1. Introducción Desde una perspectiva historiográfica es bastante significativo que el primer congreso que se llevó a cabo en nuestra comunidad autónoma andaluza a raíz del traspaso de competencias en materia de patrimonio histórico desde el estado español a la Junta de Andalucía, celebrado en Cuevas de Almanzora (Almería), en junio de 1984, bajo el patrocinio de la recién creada Dirección General de Bellas Artes de la Consejería de Cultura, así como del propio Ayuntamiento de Cuevas de Almanzora y la Diputación de Almería, tuviera como objetivo la realización de “una actualizada síntesis de la Prehistoria y Protohistoria en el sur Peninsular, tan rica en potencias arqueológico y tan necesitada de su investigación, conservación y divulgación” y que adoptara el formato de “Homenaje a Luis Siret (1934–1984)” (AA.VV., 1986). Es cierto que la muerte en el año 1934, en concreto el 7 de junio, del ingeniero–arqueólogo Luis Siret y Cels (Fig. 1), que había nacido en San Nicolás de Flandes, Bélgica, el 26 de agosto de 1860, redondeaba oportunamente una efemérides de diez lustros, pero la razón última radicaba en un generalizado reconocimiento por parte de los investigadores y de la Administración Pública hacia la figura del personaje y a su ímproba labor en la Arqueología andaluza en los largos decenios a caballo entre los siglos XIX y XX. Y una labor, sobre todo, pionera en la Prehistoria de Andalucía, porque debemos reconocer que realmente es el único exponente de esa Arqueología en Andalucía oriental durante bastantes decenios. Su labor sólo es comparable en ciertos niveles con la desarrollada por el asimismo arqueólogo de origen extranjero Jorge Bonsor (1855–1930) (Maier, 1999), en Andalucía occidental. Ello no debe sorprendernos ya que no existía en Andalucía una verdadera Arqueología prehistórica española en aquellos años, ni aún en España. Como es sabido, la docencia oficial de Prehistoria no se incorpora a la Universidad española –y sólo en la Central de Madrid– hasta el año 1922, cuando se creó la primera cátedra llamada de “Historia Primitiva del Hombre”, adscrita a la Facultad de Filosofía y Letras, y que fue ocupada hasta 1936 por el alemán Hugo Obermaier (1877–1946) (Blech, 2002: 107–113). Los hitos cronológicos que nos marcan la trayectoria vital de Luis Siret son, pues, 1860 y 1934, un período fecundo para la ciencia arqueológica en Europa y asimismo trascendental para la española. 2. La Arqueología andaluza desde 1860 a 1900 Durante la segunda mitad del siglo XIX, Europa había asistido al desarrollo de una Arqueología científica que se nutre del entramado universitario y de instituciones arqueológicas específicas y con importantes apoyos por parte de las potencias europeas en una traslación hacia esa órbita científica de planteamientos nacionalistas (para Francia ver Gran Aymerich, 2001) e imperialistas, con tintes racistas, que se plasman en ambientes coloniales (Trigger, 1992). España, perdida su condición de potencia mundial e inmersa asimismo en una profunda depresión cultural no forma parte de ese proceso. Por el contrario, será la presencia de arqueólogos europeos, de diversos ámbitos científicos, quienes impulsan los estudios arqueológicos en nuestro país. Frente a actitudes también con cierto sesgo “colonialista”, por ejemplo, Historia de la Arqueología andaluza de 1860 a 1936. En el marco vital de Luis Siret (1860-1934) José Beltrán Fortes ı Departamento de Prehistoria y Arqueología. Universidad de Sevilla. [email protected] Fig. 1 Luis Siret y Cels (1860-1934), según Grima 2001. 25 de prehistoriadores franceses que recelaban de la misma documentación arqueológica procedente de España, como ocurre en principio con Émile de Cartailhac en relación con las pinturas de Altamira, y de otros arqueólogos que eran encargados de obtener materiales para el Museo del Louvre, como Arthur Engel y, en parte también, Pierre Paris (Rouillard, 2002; Cressier y Moret, 2007). Figuras como los citados Jorge Bonsor o Luis Siret, que no procedían del academicismo de las potencias europeas, desarrollan una actividad arqueológica con un planteamiento diverso. Ello se demuestra en el hecho de que ambos permanecieran ya toda su vida en Andalucía y dedicaran denodados esfuerzos para investigar y difundir los resultados de su investigación, a la par que desarrollaban un constante y progresivo aprendizaje metodológico y científico, en relación con destacadas figuras de la Arqueología europea y, posteriormente, española, como asimismo se trata en esta sede en relación con la correspondencia epistolar de Luis Siret y el granadino Manuel Gómez–Moreno (1870–1970), que protagoniza la Arqueología española de los primeros decenios del siglo XX, junto a José Ramón Mélida (1856–1933) (Díaz–Andreu, 2004; Casado, 2006). 2.1 Antes de la presencia de Luis Siret en Andalucía: pioneros españoles de la Prehistoria andaluza La única Arqueología que se imparte en la España decimonónica –amén de la que también se contemplaba en Ateneos u otras instituciones de forma más esporádica, como ocurre en el Ateneo de Madrid– era la que, desde 1867, se daba en la Escuela de Diplomática de Madrid, con claros vínculos con la Real Academia de la Historia, para formar a los miembros del recién creado cuerpo de anticuarios, ampliando por aquel entonces el de bibliotecarios y archiveros que existía desde hacía una década (Peiró y Pasamar, 1996). Estos nuevos profesionales se dedicaban con exclusividad a ocupar los puestos de los museos arqueológicos, que por entonces empiezan a crearse en España, sobre todo tras la fundación del Museo Arqueológico Nacional de Madrid en 1867. Así, en Andalucía el Museo Arqueológico de Córdoba se creó en 1868, el de Granada en 1877 y el de Sevilla, mientras que el de Cádiz surge en 1887, tras la aparición del famoso sarcófago fenicio de tipo antropoide (López Rodríguez, 2002). La Prehistoria española del siglo XIX se concentra en la segunda mitad del siglo XIX y es llevada a cabo por pioneros, generalmente profesores universitarios de diversas especialidades y otros profesionales, entre los que destacan los ingenieros de minas –como el propio Luis Siret– (Puche, 2002), merced a la vinculación que la nueva disciplina arqueológica tenía con la Geología y, más en concreto, con la Estratigrafía (Ayarzagüena, 1992). Ingeniero de minas fue Guillermo Schulz (1800– 1877), de origen alemán, e interesado por la Prehistoria en las minas asturianas, y asimismo vinculado desde los comedios del siglo al también ingeniero de minas Casiano de Prado (1797–1866) (Puche, 2004), que posteriormente será el gran descubridor y excavador del yacimiento paleolítico de San Isidro de Madrid desde 1862, y que Luis Siret visitará el 8 de mayo de 1890 (Grima, 2001: XXXVI). Tampoco debe olvidarse que Juan Vilanova y Piera (1822–1893), que fuera catedrático de Geología y Paleontología de la Universidad Central desde 1853, asimismo tenía una formación científica adquirida en París, en la Escuela de Minas. De Vilanova debe destacarse que ocupó, en 1866, una cátedra de Prehistoria en el Ateneo de Madrid, donde se impartirá docencia hasta 1881 y donde se defenderá, por ejemplo, la existencia de períodos como el Mesolítico o el Calcolítico, criticado por prehistoriadores franceses, así como su vinculación a Andalucía, especialmente en la figura de José María Tubino (1834–1888) (AA.VV, 2009: 671–672) (Fig. 2), con quien asistió a los congresos internacional de Prehistoria de Londres y Norwich, en 1868, y de Copenhague, en 1869 (Vilanova y Tubino, 1871). Fueron los acontecimientos políticos promovidos a partir de la llamada Revolución de 1868 –ocho años después del nacimiento de Luis Siret– los que favorecieron en Andalucía el interés por las antigüedades prehistóricas, a merced del período de libertades que favoreció el auge de las corrientes krausistas y evolucionistas–darwinistas. De fondo siempre basculaba el tema de mayor controversia ideológica, que era el del origen del hombre. Desde las posiciones del catolicismo tradicionalista se pensaba en aquellos años que los testimonios prehistóricos y, en suma, la nueva disciplina de la Prehistoria, que se iba configurando de forma autónoma a la Arqueología, habían sido usados para atacar la revelación mesiánica. La Prehistoria tuvo originalmente su principal acogida entre sectores liberales y progresistas de la sociedad española, muchos de ellos de confesión krausista y tendencias evolucionistas, sobre todo, a lo largo del llamado Sexenio Democrático (1868–1874), y asimilando la nueva teoría transformista que tanto éxito tuvo tras la publicación de On the Origin of the Species de Charles Darwin. En Andalucía sobresalen especialmente dos figuras en el ámbito académico: en primer lugar, el gaditano Antonio Machado y Núñez (1812–1896), desde su cátedra de la Universidad de Sevilla Fig. 2. José María Tubino y Oliva (1833- 1888), según Belén 2002: fig. 1. 26 (Beltrán, 2004a: 132; Beltrán y Belén, 2007: 111–120; AA.VV., 2009: 403–404); y en segundo lugar, Rafael García Álvarez, a su vez catedrático de Historia Natural del Instituto de Segunda Enseñanza de Granada. Antonio Machado y Núñez (Fig. 3), en noviembre de 1846, tomó posesión como catedrático de Historia Natural en Sevilla, en la Facultad de Filosofía y Letras (sección de Ciencias Naturales), para la docencia de Zoología, Minerología y Geología, y destaca en su relación complementaria con la Prehistoria andaluza en dos facetas. Por un lado, por ser el creador, en 1850, de un Gabinete de Historia Natural en la Universidad de Sevilla con materiales traídos de su colección formada previamente en la Escuela de Medicina de Cádiz y con donaciones, compras y descubrimientos del propio Machado y su círculo, en el que se incluyeron materiales prehistóricos obtenidos en sus trabajos de prospección en el territorio. En efecto, el museo estaba dividido en tres secciones, de Mineralogía, de Petrología y de Paleontología, estando en esta última integrados los materiales de época prehistórica, procedentes, por ejemplo, de Alanís, en Llano Moreno, próximo a Cazalla, en la dehesa de San Nicolás del Puerto, y en la sierra del Cañuelo, en El Pedroso (Sevilla); de los términos de Usagre, Don Benito, Rivera y Zafra (Badajoz); mazos de minero de las antiguas explotaciones mineras de Los Silos, en Calañas (Huelva), algunos enviados por el ingeniero Recaredo de Garay, pionero de la Prehistoria onubense (Orihuela, 1999), y, finalmente, también se conservaban restos antropológicos de las excavaciones de Guillermo Macpherson en la cueva de la Mujer, de Granada (Macpherson, 1870– 1871; cfr. Beltrán y Belén, 2007: 12 y nota 75). Por otro lado, destaca Machado por su amplia defensa del evolucionismo y el darwinismo durante el período 1868–1874, aunque en el fondo intentando conciliar el darwinismo con la existencia del Creador, como exponente de un tipo de universitario progresista, comprometido con la situación política del momento, pero asimismo con el Catolicismo. Así, junto al asimismo catedrático de Filosofía de la Universidad hispalense Federico de Castro creó, en 1869, la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla, que se editó hasta el año de la Restauración de 1874 y constituyó el principal foro de expresión de las nuevas teorías anticreacionistas, con frecuentes artículos referidos al darwinismo y a la Prehistoria firmados por el propio Machado. Además participó, junto al mismo Federico de Castro, en la constitución de la Sociedad Antropológica de Sevilla de corta duración, entre 1871 y 1873, casi coincidente con el reinado de Amadeo I y donde los estudios de corte prehistórico se relacionaron con las teorías antropológicas (Aguilar, 1990: 62 y ss.; Aguilar, 2002; Aguilar, Arroyo, Fierro y Jordano, 2010). No obstante, la subida al trono de Alfonso XII y la reacción conservadora suprimió la libertad de cátedra e impuso un clima represor en la Universidad que culmina con la expulsión de los catedráticos progresistas en 1876 (“segunda cuestión universitaria”), no encontramos ya en los escritos posteriores de Machado la encendida defensa pública del darwinismo, así como el interés por la Prehistoria –entendida como campo de contrastación de las teorías evolucionistas– deja de estar presente en su producción escrita, dedicándose más hacia su campo original de la Geología o a la naciente Etnografía. Él no fue expulsado en 1875, pero significó el silencio de la que había sido la más activa voz en Andalucía en defensa del evolucionismo darwinista; más adelante lo vemos vocal de la Sociedad del Folklore Andaluz, que en 1881 se fundará asimismo en Sevilla y de la que fue el impulsor su propio hijo Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”, colaborando en la revista de la Sociedad con trabajos sobre Zoología, hasta su traslado como catedrático a la Universidad Central de Madrid en 1883 (Beltrán y Belén, 2007: 118–120). En Andalucía oriental la labor de difusión de la teoría transformista de sesgo darwinista recae en la figura del citado Rafael García Álvarez, catedrático de Historia Natural del Instituto de Segunda Enseñanza de Granada, aunque parte de sus escritos se inscriben también en los primeros años del reinado de Alfonso XII. Siendo director del citado centro en el curso académico 1872–1873 leyó el discurso de apertura de curso y defendió la nueva teoría transformista, a la vez que poco después fue autor de un manual de Fisiología para los estudiantes de Enseñanza Secundaria donde incluye la teoría darwinista, aunque sin citar a Darwin expresamente (García Álvarez, 1874), “señalando que en aquel momento se estaban llevando a cabo numerosos trabajos sobre la teoría del transformismo que defendían una metamorfosis lenta y graduada en el tiempo” (Puelles y Hernández, 2009: 81). En los años 1875 y 1876 editó varios artículos en la Revista de Andalucía, de Málaga, siendo también el introductor del darwinismo en esta ciudad, afirmando ya que “Darwin es una de esas inteligencias superiores, que abarcando en una penetrante mirada el conjunto de los hechos biológicos, formula en un corto número de leyes los principios fundamentales de la vida, tanto en su origen como en su desenvolvimiento ulterior…” (cit. en Granda, 1998: 27). Fig. 3. Antonio Machado y Núñez (1812- 1896), según Beltrán 2004a: 131. 27 Fig. 4. Manuel de Góngora (1822-1884), con piezas de su colección arqueológica, luego traspasada al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Foto: CSIC. 28 A la Universidad de Granada perteneció el que es autor de la primera monografía sobre la Prehistoria andaluza en sentido estricto, el almeriense Manuel de Góngora y Martínez (1822–1884), autor de las Antigüedades Prehistóricas de Andalucía (Madrid 1868) (Fig. 4), aunque se circunscribía a yacimientos de las provincias de Granada y Jaén, destacando especialmente sus importantes descubrimientos de la cueva de los Murciélagos de Albuñol (Granada) (Pastor y Pachón, 1991; AA.VV., 2009: 307–308). Desde 1860 ocupó oficialmente la cátedra de Historia Universal de la Universidad de Granada, hasta su muerte, y su formación no naturalística, sino humanística se observa en el desarrollo de su obra, lo que fue en algunos aspectos duramente criticada por el citado Antonio Machado: “...para los geólogos y naturalistas que se ocupan con entusiasmo de estos trabajos, la obra del Sr. Góngora produce una impresión desagradable y un doloroso sentimiento; …absortos en la contemplación de la sencilla alfarería, olvidaron que hay una ciencia positiva, exacta, que investiga las capas de los terrenos para remontarse á su origen, que conoce por el estado de los huesos la mayor ó menor antigüedad… que distingue los que, perteneciendo á las razas humanas, difieren de las variedades actuales” (Machado, 1869: 37); y, de esa forma, “…imposibilitaron el conocimiento de la superposición de los objetos: y al ofrecerlos todos en conjunto, descritos aisladamente y representados con láminas, no pueden deducirse legítimas consecuencias de su antigüedad y colocación geológica, ó de su cronología positiva” (Machado, 1869: 38). Si bien debe contarse con una valoración más positiva, si lo vemos fuera del fragor del momento y desde una perspectiva histórica (Pastor y Pachón, 1991; Beltrán y Belén, 2007: 116–117). Fuera del ambiente académico hemos de destacar la figura ya citada de Francisco María Tubino, gran divulgador y entusiasta de la Prehistoria, director de la Revista de Bellas Artes (Rueda, 1991), así como excavador del dolmen de La Pastora, en Castilleja de Guzmán (Sevilla) (Belén, 2002). Durante el año 1872 impartió junto a su amigo el catedrático de Geología Juan Vilanova un curso en la Universidad de Sevilla sobre “Ciencia Prehistórica” (Ayarzagüena, 1992: 20). Aunque Tubino no pertenecía a la Universidad, fue un importante seguidor y divulgador de la nueva disciplina prehistórica hasta su muerte en Sevilla en 1888; así, podemos destacar sus conferencias en el Ateneo de Madrid, la publicación de varios folletos sobre “Los estudios prehistóricos” o sus diversas aportaciones en su Revista de Bellas Artes o en el periódico sevillano La Andalucía sobre estos temas (Belén, 2002). 2.2. Los dos decenios finiseculares del siglo XIX Con Alfonso XII el nuevo sistema político de la Restauración se consolidará desde el punto de vista político con la Constitución de 1876, que consagra un sistema bipartidista tutelado por el malagueño Antonio Cánovas del Castillo, pero supuso también en el campo de la Arqueología española el final de una fase y el inicio de otra, como no podía ser menos ante los nuevos planteamientos de los grupos dirigentes de la sociedad española, que viven un cierto momento de euforia y optimismo, favorecido por la bonanza económica y la normalidad política. El krausismo deja paso a un positivismo que triunfa ahora en toda Europa bajo el signo del desarrollo científico, pero que en España adquiere tintes de krauso–positivismo. En las últimas décadas del siglo XIX en Europa el paradigma evolucionista de interpretación del desarrollo cultural da paso a otro de planteamiento difusionista, más acorde con la ideología de la época, con la quiebra de la fe ilustrada en el progreso (Trigger, 1992: 146 y ss.). Ello asimismo afecta a la ciencia española de fines del siglo XIX y siglo XX, y hace que triunfen las tesis del difusionismo oriental en la Prehistoria –con excepciones como las de P. Bosch Gimpera–, revalorizando por ejemplo el componente fenicio, como se advierte en las interpretaciones del propio Siret (Arteaga, 1995). Según indicaba Mariano Ayarzagüena: “…a partir de 1880 creemos que se puede considerar que empieza una nueva etapa en los estudio prehistóricos españoles”, basado en tres hechos fundamentales: “a) En dicho año… por primera vez se adjudicaba a la época paleolítica unas pinturas rupestres, en este caso las de Altamira… b) En 1880 (19 al 29 de septiembre) se realiza el IX Congreso de Antropología y Arqueología Prehistóricas en Lisboa… que tuvo gran trascendencia y repercusión en España; c) Se empiezan a utilizar, de forma sistemática en España, las culturas del hoy llamado paleolítico Superior establecidas por Mortillet en los años 70.” (Ayarzagüena, 1991: 71). Es significativo, por ejemplo, que refiriéndose al desarrollo de la Arqueología prehistórica en Sevilla por aquellos años indique Carlos Cañal (1894: 7): “Nada ocurre digno de especial mención hasta el año 1880, en que el profesor de Geografía Histórica de la Universidad, D. Manuel Sales y Ferré, nombrado después para desempeñar la cátedra de Historia Universal, dio a la publicidad su Prehistoria y Origen de la Civilización, prestando con ello un verdadero servicio a la cultura patria, pues puso al alcance de todos los españoles aficionados a estos estudios los conocimientos que antes sólo eran privilegio de los doctos”. A ello habría que sumar asimismo la activa presencia de arqueólogos extranjeros en España y Andalucía –como se decía al principio–; y fue precisamente en torno a ese año de 1880 cuando comenzó la labor arqueológica de Luis Siret en Almería (Goberna 1986: 30–31). Sin embargo, ambos acontecimientos ponen en evidencia las diferencias entre la Prehistoria europea y española de aquellos decenios. La obra de Sales y Ferré es una adaptación de las teorías predominantes en la escuela prehistórica francesa; una obra más teórica y sin un respaldo de arqueología de campo. Las publicaciones de Siret se basan en sus trabajos de campo y aportan novedades directas a la interpretación de las culturas prehistóricas del Sudeste peninsular. Es sabido que Luis Siret se licenció en la Universidad de Lovaina, en 1881, como “Ingenieur des Arts et Manufactures, du Genie civil et des Mines”, y ese mismo año se asentó ya en la provincia de Almería, en la zona de Sierra Almagrera, para asociarse en el trabajo de la explotación minera junto a su hermano Enrique Siret (1857–1934), asimismo ingeniero de minas, que se había trasladado años antes, en 1878 (Herguido, 1994). Enrique Siret ya había iniciado en 1880 trabajos de exploración arqueológica en algunos yacimientos, en una tarea a la que se sumó entusiásticamente el joven Luis tras su llegada al año siguiente, con sólo 21 años de edad por entonces y para el que “no cabe la menor duda de que su preparación arqueológica tenía fundamento” (Schubardt, 2001: XXII, nota 8). Si bien es desconocido dónde la adquirió y la experiencia arqueológica con que contaba realmente, aunque se citan investigadores que pudieron ser conocidos antes de su venida a España (Casanova, 1965), no debemos olvidar tampoco que la tradicional relación de los ingenieros a la arqueología prehistórica asimismo se constata en Europa (Puche, 2002). Los acontecimientos se sucedieron en aquellos pocos años y, tras el intenso trabajo de campo, los dos hermanos publican en Amberes, en 1887 –aunque Enrique había abandonado ya definitivamente España en el año anterior de 1886–, su importante obra Les Premiers Ages du Métal dans le Sud–Est de l’Espagne, que “se convirtió en una sensación de primer grado en el ámbito científico. De una calidad excepcional… fue galardonada en el mismo año con el Premio Martorell… la obra recibió una medalla de oro en la Exposición Mundial de Toulose en 1887 y otra en la de Barcelona de 1888… En 1890 se publicó en castellano bajo el título de «Las Primeras Edades del Metal en el Sudeste de España», de la misma excepcional calidad.” (Schubart, 2001: XXI–XXII). En aquellos años su relación científica más importante la tiene con Émile Cartailhac, como demuestra la relación epistolar, y al que acompaña a los congresos de Toulouse, Paris y de Orán, donde en 1888 conoce al asimismo francés Paul Pallary, con el que asimismo mantendrá correspondencia de interés (Grima, 2001: XXXII–XXXIII). Por el contrario, según le comunicaba en una carta de marzo de 1888 el propio Cartailhac, existía una manifiesta enemistad contra él por parte de Gabriel de Mortillet: “…Mortillet, sobre todo, está muy resentido con Vd. No me explico por qué… a Vd. se le reprochaba que comerciase con antigüedades y que esto podía vulnerar la sinceridad de sus escritos… Quizás haya 29 Fig. 5. Manuel Sales y Ferré (1843-1910). Óleo del Ateneo de Sevilla. 30 Vd. puesto en venta toda o parte de sus colecciones, ¿y qué? Mortillet también ha vendido la suya en América… Eso se hace todos los días y no tiene ninguna relación con el valor y la importancia de las excavaciones y las obras que las describen…” (Grima, 2001: XXXIII). En ese año de 1888 un museo estadounidense quiso comprar la colección en unas 500.000 pts, pero no se plasmó esa operación (Grima, 2001: XXX). Al año siguiente parte de las piezas recalan a Paris y, en 1898, Arthur Evans –con cuyo padre John se había carteado Luis Siret con motivo de tener aquél piezas arqueológicas de procedencia hispana en su colección (Grima, 2001: XXXIII)– compra otras para el Ashmolean Museum de Oxford, parte de las cuales serán intercambiadas en el siglo XX con el Museo universitario de Harvard; mientras que otras piezas recalarán en el Museo Arqueológico de Bruselas, en el Museo Británico, en la Real Academia de la Historia y en el Museo Arqueológico de Barcelona, antes de que en 1933, un año previo a su muerte, done lo que restaba al Estado español y se integre en los fondos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (Pellicer, 1986: 15). Posteriormente, desde 1890, inicia el trabajo para la elaboración de una nueva monografía, que titula La España Prehistórica y está ya terminada en 1892, aunque quedará inédita; se ha dicho que quizás por el hecho de haber iniciado en aquel mismo año sus excavaciones en Los Millares, por lo que “prefirió publicar un avance sucinto, incluyendo las nuevas aportaciones de Los Millares, y el resumen de algunas partes de su libro, sin incluir nada de lo relativo a Villaricos ni a las minas en la antigüedad.” (Grima, 2001: XL). La figura del citado Manuel Sales y Ferré (1843–1910) (Beltrán, 2004b; Beltrán y Belén, 2007: 120–126) (Fig. 5), catedrático desde 1874 de Geografía Histórica y, desde 1880, de Historia Universal en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, ilustra el desarrollo de la Prehistoria andaluza bajo el impulso de investigadores españoles. En su producción escrita de la primera época tiene una gran importancia los intereses prehistóricos, en el marco de sus estudios sobre el hombre primitivo, como se refleja en sus obras: Prehistoria y Origen de la Civilización. Tomo Primero. Edad Paleolítica (Sevilla 1880), El hombre primitivo y las tradiciones orientales. La ciencia y la religión. Conferencias dadas en el Ateneo Hispalense (Sevilla 1881), Compendio de Historia Universal. Edad Prehistórica y Período Oriental (Madrid 1883). Precisamente ese interés determinante por el desarrollo humano hará que derive, ya en los años finales de su etapa sevillana, hacia planteamientos más puramente sociológicos, trasladándose finalmente a la Universidad Central de Madrid para ocupar la primera cátedra de Sociología en 1898 (Núñez Encabo, 1976). Si en principio todavía se alinea dentro de las corrientes krausistas, en la corriente mantenida especialmente por Federico de Castro en la Universidad, junto al que crea un Ateneo Hispalense (en 1879), ya a principios de la nueva década deriva hacia posturas de carácter positivista, o más bien krausopositivista, como queda en evidencia en el planteamiento de sus escritos, donde destaca su idea del progreso continuo del hombre, constatada desde los momentos más antiguos de los tiempos prehistóricos, como ley general de la vida. Así, afirmaba, por ejemplo, que “…dándonos á conocer de esta suerte el desarrollo de la vida humana hasta aquí, la Prehistoria y la Historia nos suministran sólida base para conocer la naturaleza del hombre, el destino de la humanidad terrena y cuál deba ser la regla de nuestra vida” (Sales, 1880: XXI–XXII). Fundó un nuevo Ateneo y Sociedad Excursionista de Sevilla, en 1887, donde se realizaban conferencias, cursos y excursiones de interés arqueológico y etnográfico. Sales no era propiamente un prehistoriador, ya que su interés no era tanto la caracterización de los elementos de la cultura material prehistórica, cuanto la identificación de las culturas correspondientes y el desarrollo del hombre y la sociedad, por lo que asimismo se hacían necesarios estudios antropológicos, paleontológicos o geológicos, aunque defendiendo que la Prehistoria debía ser “…el estudio de la evolución material del hombre antes de la historia, dejando aparte su desarrollo moral é intelectual, del que se tiende á formar otra ciencia con el nombre de origen de la civilización” (Sales, 1880: XXII). Un problema importante es que la Prehistoria española carecía de una estructura adecuada en la Universidad que sirviera de mimbre para el desarrollo de la disciplina, estos intereses por la Prehistoria tuvieron sólo una continuidad fugaz, de la mano de los dos discípulos, pero en el marco del citado Ateneo, Feliciano Candau Pizarro (1864–¿?) y Carlos Cañal Migolla (1876–1938), quienes escribieron en el año de 1894 sendas monografías sobre estudios prehistóricos de la provincia de Sevilla, que fueron premiadas ex aequo por el Ateneo y publicadas ese mismo año: Prehistoria de la Provincia de Sevilla, de Candau, y Sevilla Prehistórica. Yacimientos prehistóricos de la provincia de Sevilla, de Cañal (Beltrán y Belén, 2007: 126 y ss.), aunque en ambos casos fue feroz la crítica de Jorge Bonsor a estos trabajos (Maier, 1999: 109ss.) lo que demuestra la diferencia establecida ya en estos momentos finiseculares entre los planteamientos arqueológicos seguidos por especialistas como Jorge Bonsor o Luis Siret y estos pioneros españoles que, a pesar de su entrega, pecaban de graves deficiencias metodológicas, siendo su dedicación a la Prehistoria un simple hecho coyuntural (Beltrán y Belén, 2007: 134–135). Candau se incorporó como profesor a la Universidad Hispalense pero no volvió a dedicarse a los estudios prehistóricos; también Cañal abandonó prácticamente los intereses prehistóricos a partir de 1894. No obstante, el triunfo de la Prehistoria era imparable de la mano de los arqueólogos extranjeros, que transmitían de primera mano al panorama español los avances de sus respectivas escuelas, a la par que dieron a conocer a 31 la investigación europea una realidad hasta entonces poco conocida. Para Pellicer “…tres arqueólogos franceses contribuían también con Siret a fijar los fundamentos de la arqueología hispana, Emile de Cartailhac con su gran obra Les ages préhistoriques de l’Espagne et Portugal, editada en 1886, un año antes de la gran obra de los Siret; Pierre Paris, con su trabajo Essai sur l’art et l’industrie de l’Espagne primitive, de 1904, y E. Albertini con su estudio Fouilles d’Elche, de 1906, quien defenderá, unánime con L. Siret, y frente a P. Paris, las fechas tardías de la cerámica ibérica”. (Pellicer, 1986: 13). Además, en apoyo de la nueva disciplina prehistórica asimismo se unen otros intereses ideológicos. Atemperado dentro de los límites del positivismo historicista y de la actividad de prehistoriadores católicos el problema que había supuesto la controversia del origen del hombre y su contrastación arqueológica en momentos anteriores, se busca desde ciertos sectores católicos y conservadores la aceptación de la Prehistoria como disciplina científica y la necesidad de su estudio, con el objetivo de adecuar la fe cristiana y la tradición bíblica con los nuevos conocimientos. La enseñanza no universitaria seguía siendo también un campo de batalla. En Málaga, Cesáreo Martínez, catedrático de Historia Natural en el Instituto de Enseñanzas Medias, publica unos apuntes para los alumnos en el curso 1880/1881 donde se incluye un apéndice sobre el “transformismo” (Granada, 1998: 53–54). Todavía en 1891 su colega en el Instituto de Granada, el citado Rafael García Álvarez, dio a la imprenta en Granada un nuevo manual sobre Historia Natural para estudiantes de Enseñanza Secundaria en que defendía renovadamente las teorías darwinistas (García Álvarez, 1891). Por el contrario, en Sevilla, el presbítero Manuel de la Peña y Fernández, catedrático de Griego y Hebreo y de Arqueología Cristiana en el Seminario de San Isidoro y San Francisco Javier de Sevilla, publica para los seminaristas un Manual de Arqueología Prehistórica (Sevilla, 1890), precedido de nociones preliminares de Arqueología general, Geología y Paleontología y seguido de cinco cuadros sinópticos de arquitectura cristiana y de dos vocabularios para la debida inteligencia de las voces técnicas y en el prólogo indica que sigue las recomendaciones del hasta hacía poco arzobispo hispalense Ceferino González, intentando aunar la tradición bíblica y los nuevos conocimientos científicos (Beltrán y Belén, 2007: 134). Precisamente en octubre de 1892 se celebra en Sevilla el III Congreso Católico Nacional, en cuyas conclusiones se plasmaron las ideas que había defendido el cardenal Ceferino González, siendo especialmente significativo el punto 5º: “Conviene promover los estudios prehistóricos en las Universidades… a fin de contrarrestar en los centros oficiales de enseñanza la perniciosa influencia de la propaganda anticristiana” (cfr. Maier, 2003: 109–110). Es significativo que al año siguiente saliera editado, dentro de la serie de Historia de España que publicaba la Real Academia de la Historia bajo la coordinación del gran político de la Restauración, el malagueño Antonio Cánovas del Castillo, que entonces dirigía la institución, un volumen sobre Geología y Protohistoria Ibéricas (Madrid, 1893), escrito por Juan de Dios de la Rada y Delgado, anticuario del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, y Juan Vilanova, prehistoriador de clara confesión católica. 3. De 1900 a 1936 Motivado ideológicamente por el desastre del 98 y el intento serio de regeneracionismo nacional se producirán importantes cambios en la Arqueología española de los inicios del nuevo siglo XX, que le dan un renovado planteamiento (Díaz–Andreu, 1997; Beltrán, 2008a; 2008b), en un marco más general que afecta a importantes facetas de la vida española del nuevo siglo XX, aunque la ausencia de cambios estructurales de índole socioeconómico dejan un cáncer latente que ocasionará la Guerra Civil años después. En primer lugar, en 1900 los estudios de Arqueología, Epigrafía y Numismática se trasladan desde la Escuela de Diplomática a la Universidad Central, en la que sobresale José Ramón Mélida y, posteriormente, Antonio García y Bellido, con lo que, a medio plazo, se creaban las bases para un posible desarrollo de la disciplina en el adecuado medio universitario, aunque ello ocurre en principio sólo en la universidad madrileña. El Real Decreto de 18 de abril de 1900 había creado un nuevo Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con una específica Dirección General de Bellas Artes, que tutelará a partir de ahora los temas relativos al patrimonio histórico–artístico, mermando el papel de las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes y de las Comisiones de Monumentos Histórico–Artísticos. Así, en 7 de julio de 1911 la nueva Ley de Excavaciones y Antigüedades, establecía por vez primera en España el marco jurídico “estableciendo las reglas a que han de someterse las excavaciones arqueológicas, artísticas y científicas y la conservación de las ruinas y antigüedades”, que fue luego desarrollada en su “Reglamento para la aplicación de la Ley” (1 de marzo de 1912), cuando se creó, asimismo, la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades (JSEA), que regulará a partir de ahora las excavaciones arqueológicas oficiales hasta el año 1933, en que será sustituida por la Junta Superior del Tesoro Artístico (JSTA) (1933–1939). Por otro lado, sorprende el hecho de que los excavadores españoles autorizados por el Estado serían propietarios de los materiales exhumados (art. 15 del Reglamento de 1912) y los directores extranjeros lo eran de aquellos materiales que aparecieran duplicados (art. 19 del Reglamento de 1912), lo que da idea de un cierto concepto trasnochado de las antigüedades. Se impone como requisito para realizar la inspección de las excavaciones ser académico, o del cuerpo de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos, 32 o jefe de museo o catedrático de Universidad o de otro cuerpo docente con asignaturas relacionadas con la Arqueología (art. 40 del Reglamento de 1912) (Yáñez, 1997: 428). Acorde con la nueva filosofía, los resultados de los trabajos arqueológicos se publicarán, desde 1912, en una serie oficial de Informes y Memorias de la Junta Superior de Antigüedades y Excavaciones, que llegará a publicar ciento treinta y seis memorias hasta su desaparición con la Guerra Civil. Ello no supone, sin embargo, la adopción de una metodología científica tal como hoy la entendemos, sino que en su mayor parte las excavaciones seguían siendo descubrimientos de restos arquitectónicos y piezas, para los que no se tenían en cuenta en general la posición que ocupaban o la interpretación de la estratigrafía arqueológica, generando elementos de patrimonio mueble para los museos que habían sido creados algunos años antes. Para ese período de 1912 a 1939 Díaz– Andreu refiere que en relación a los directores de las excavaciones oficiales aprobadas y subvencionadas por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades: “La composición social del grupo de arqueólogos a los que la JSEA concede un permiso de excavación es muy variada. Hasta donde los datos biográficos… llegan, un 38,9% (23) trabajan como arqueólogos profesionales (es decir, aquellos que lo hacen en museos [23,7%] o universidades [13,5%] e incluyendo a Cabré [1,7%], a quien se le podría definir como el primer arqueólogo de gestión de la arqueología española), un 15,2% (9) son profesores de enseñanza primaria y secundaria, 8,5% (5) nobles sin profesión definida, 6,8% (4) personas incluidas en el clero y sin otra profesión definida, geólogos (6,8%), archiveros y bibliotecarios (5,1%), arquitectos (5,1%), abogados (3,4%), ingenieros (3,4%) y otros (pintor, militar, farmacéutico y oficial telegrafista), con un 1,7% cada uno. Esta lista de oficios aumentaría creo que sustancialmente si se lograra averiguar el de las otras 120 personas (67% del total) que pidieron permiso de excavación sobre las que la historia de la arqueología nunca ha reparado…” (Díaz–Andreu, 1997: 408–409). Entre los más favorecidos se cuenta Enrique de Aguilera y Gamboa (1845–1922), marqués de Cerralbo, aunque nunca solicitó una subvención y que era desde ese mismo año de 1912 primer presidente de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, como se dirá. De forma paralela, en 1907, bajo el fugaz gobierno liberal del marqués de la Vega de Armijo y la influencia ideológica de personas formadas en la Institución Libre de Enseñanza, se va a crear la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, organismo sobre el que basculó el proceso de modernización de la ciencia española (Sánchez Ron, 1988), mediante la formación de una elite de investigadores españoles formados en la ciencia extranjera y en las escuelas y teorías predominantes. Los principales arqueólogos españoles reciben becas de larga duración para la formación de arqueólogos –junto a otros muchos científicos– en las escuelas europeas, especialmente Alemania (Díaz–Andreu, 1995; 1996) y Francia. Además, en Roma se crea en 1910 la Escuela Española de Historia y Arqueología. La Junta tendrá competencias directas en materia arqueológica desde ese mismo año de 1910, mediante la sección de Arqueología del Instituto de Estudios Históricos, que estuvo bajo la dirección del granadino Manuel Gómez–Moreno (Fig. 6), lo que dio lugar a una segunda escuela arqueológica en competencia con la universitaria dirigida por Mélida, catedrático desde 1912 (Díaz–Andreu, 2004; Casado, 2006). No obstante, en ambos casos la dedicación de tales estudios no tenía como objetivo la Arqueología prehistórica, por lo que, en 1912, en el marco de la Junta de Ampliación de Estudio y con sede en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, según el modelo del Instituto de Paleontología Humana de Paris, pero para contrarrestar “la conquista de la España prehistórica para la Ciencia francesa”, como dijera Eduardo Hernández–Pacheco, y que pasó a estar dirigida inicialmente por el marqués de Cerralbo hasta su muerte en 1922, en que fue sustituido por el citado Hernández–Pacheco. Fue virulento el enfrentamiento con Henri Breuil, el máximo representante de la Prehistoria francesa en España y miembro del Instituto parisino, aunque se intentó contrarrestar con la incorporación del prehistoriador alemán Hugo Obermaier –hasta 1922– y el arqueólogo Juan Cabré, antiguo colaborador del abate francés y enfrentado ahora a él en el campo del estudio de la pintura prehistórica. El ascenso como director de Hernández–Pacheco, catedrático de la Facultad de Ciencias, asimismo supuso a la larga el enfrentamiento con Obermaier, que en 1922 pasa a ser en la Universidad Central el primer catedrático de Prehistoria en España, aunque su cátedra, titulada de Historia Primitiva del Hombre, se adscribió a la Facultad de Filosofía y Letras y no a la de Ciencias, a pesar de que la nueva disciplina había tenido tradicionalmente una orientación naturalística más que humanística. Ello se debió en el fondo a intereses personales en un marco Fig. 6. Manuel Gómez-Moreno Martínez (1870- 1970). Óleo de J. M. López Mezquita (1928), Hispanic Society of America, New York. 33