La cárcel o el manicomio : estudio médico legal sobre la locura
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LA CÁRCEL o EL MANICOMIO ESTUDIO MÉDICO LEGAL SOBRE LA LOCURA POR D. VICTORIANO ¿ARRIDO Y SCU1N Médico en Carabanchel bajo CON UN PRÓLOGO DEL DOCTOR D. JOSÉ MARÍA ESQUERDO ADMINISTRACION CASA EDITORIAL DE DON JOSÉ MARÍA FAQUINETO 6, calle del Olivar, 6. 11.á.A. ARY D
Es propiedad del autor. Queda hecho el depósito que marca la ley. Imp. de Alvarez hermanos, Ronda de Atocha, 15.—Madrid.
A mis queridas hermanas Dolores, María, Jacoba y Paula. Bien sé que no necesitáis la dedicatoria de este modesto libro en testimonio de mi sincero cariño é inquebrantable afecto; pero siendo todo humano esf uerw una ofrenda que tiene sus altares predestinados en el templo, ya de la familia, ciel cariño, de la gratitud, de la admiración ó ciel bien público, y dada la humilde idea que tengo de este mi primer trabajo, creo que sólo vosotras habréis de aceptarlo corno si fuera el más valioso é inestimable presente de vuestro hermana, Vi oioziano.
PROLOGO LA CÁRCEL ó EL MANICOMIO es un precioso libro de propaganda que interesa por igual al médico y al jurisconsulto, y aunque en grado menor á todos los que sienten latir en su pecho un corazón amante de la irresponsabilidad efectiva del enajenado , frecuentemente vana promesa del Código penal, aun en las naciones más cultas. De la oportunidad con que ve la luz pública responde el hecho incontrovertible de no haberse preocupado jamás la opinión tan hondamente como en nuestros días de la suerte del loco procesado. Han contribuido poderosamente á este saludable movimiento la enormidad de los atentados, la condición da los agresores, el número ó calidad de las víctimas, la brillantez de los informes periciales y la divergencia lamentable entre los médicos y los magistrados.
- VII( — Consuela el ánimo del frenópata y enaltece la dignidad humana la contemplación de toda una sociedad apasionada. por el destino del mísero enajenado, que á su inmenso, sin igual infortunio, une la desgracia de haber cometido horrendos atentados. Este fenómeno, á la par que señala un progreso evidente, es prenda de piadosa solución, ¡que en asuntos tales lo que importa es conmover la opinión pública, dejando , al cumplimiento de leyes morales eternas que rigen la marcha progresiva de los pueblos el venturoso término de problema tan trascendental) Gloriosa campaña la de esa brillante pléyade de médicos, entre los cuales descuella por la grandeza y majestad de su hermosa figura mi sapientísimo maestro el doctor Mata, que en luminosos informes periciales, si no han conseguido arrebatar de las garras del verdugo á' sus desventurados locos, esparcieron, si, por todas las capas sociales, el germen de doctrinas humanitarias próximas á transformarse en fallos absolutorios en el seno de los tribunales. Los doctores Capdevila, Yáñez, Guerra, Sánchez, Alonso Martínez, Escribano, Bustamante, Simarro, Escuder, Vera y otros, merecen nuestra gratitud por lo dignamente que nos representaron en estrados. Son igualmente acreedores á un recuerdo afectuoso y entusiasta los que en la prensa médica y en la política, en ateneos y academias,
-- IX contribuyeron eficazmente á la resonancia de esos informes, y fuera en mí imperdonable injusticia callar el nombre de los doctores Pulido y Tolosa Latour, quienes con singular presteza acudían, el primero á las academias y revistas profesionales, y el segundo d la prensa política y literaria á robustecer, abrillantar y difundir los conceptos periciales. ¿Y á qué negarlo? La divergencia lamentable y contumaz disonancia entre médicos y magistrados aumenta el interés y apasionamiento del público, que sólo conoce los procesos de gran notoriedad. ¿Cómo no ha de sorprenderse la opinión del chocante fenómeno que ofrecen los magistrados y médicos en constante lucha, cuando se trata del dictamen pericial referente á la locura, mientras que marchamos de acuerdo y en natural armonía cuando el dictamen versa sobre otra enfermedad cualquiera, ya sea médica, ya quirúrgica? ¿Por qué si el perito afirma que tal herida es mortal de necesidad, que el embarazo O preñez alegado es real, que la muerte ha sobrevenido á consecuencia de la ingestión del fósforo ó del arsénico, etc., etc., es creído, y la sentencia se fundamenta en el dictamen médico, y si el mismo perito afirma la locura del procesado, lejos de conformarse los tribunales con ese juicio le contradicen? Hasta que nuevos hechos no vengan á borrar
la dolorosa impresión que dejaron en la opinión pública los procesos célebres de Garayo, Otero, Morillo, Galeote é Hilleraud, seguirá ésta creyendo que la magistratura practica una sistemática oposición al dictamen médico concerniente á la locura, y muy especialmente si el perito que informa es mentalista. Lejos de nosotros esa opinión, y á no menor distancia la comúnmente sustentada de que nos divide una cuestión de clases, pues reconocemos el progreso habido en un plazo maravillosamente breve, proclamamos, á pesar de ese tan evidente como engañoso fenómeno, que nuestras doctrinas se han abierto paso en los tribunales, y que, ni todos los médicos desgraciadamente profesan nuestra doctrina, ni todos los magistrados felizmente siguen aferrados á las vetustas creencias de que la locura es una enfermedad del alma que transforma groseramente las funciones mentales y que se bastan para diagnosticarla. Dadas estas nuestras convicciones, aconsejamos á la juventud médica, contra la opinión de muy ilustrados y queridísimos amigos nuestros, que persista en la línea de conducta se' guida hasta aquí, que acuda á los tribunales, dictaminando siempre según su conciencia less dicte, á pesar de los insultos que incesantemente nos lanzan los abogados fiscales. Consideren nuestros colegas que al esfuerzo propio debe el médico las conquistas hoy reali- a
- X I - nadas, que éstas desaparecerían si nosotros abandonásemos su custodia y defensa, mientras que de nuestra actitud pende el mayor prestigio de la frenopatía; que se extienda el ámbito de nuestros dominios y aumente el número de nuestros manumitidos. Se ofende á sí mismo y falta á sus compañeros, en primer término, el abogado fiscal que, irritado porque no concuerda con su opinión el dictamen del perito, se desata con denuestos y diatribas. Adviertan los jurisconsultos que el médico no activa espontáneamente, lo hace á petición de parte ó por mandato judicial, é incurre en evidente falta, que no quiero calificar, el que llama á su seno para que le ilustre ._. perito y no le guarda las debidas consi éx f ciones. j`t También nosotros nos hemos sentido druelmente lastimados por los recientes groseros ataques inferidos á compañeros nuestros; pero opinamos que el médico debe menospreciar todo linaje de injurias en aras de la santidad de su causa; el loco procesado es un eterno menor que por ministerio supremo de la naturaleza se nos confía; en holocausto de su redención debemos sacrificar hasta nuestra dignidad personal, ¡que en ocasiones enaltece y sublima al Hombre lo que mortifica y deprime al individuo! Hacemos fervientes votos, como el reputado autor de este libro, para que cese el desacuerdo y sea el perito mentalista á los magistrados el
- XVIII - las facultades digestivas, la diarrea ó el estreñimiento, la humedad ó sequedad de la piel, la frecuencia, concentración, intermitencia, etc. del pulso, la vacilación en la marcha, cierto embarazo y tremulación en la palabra, la dilatación o estrechez de la pupila, constituían y revelaban la locura ¿cómo es posible que persistieran en el inconcebible afán, en la inexplicable actitud en que todavía siguen los más 'de defender su idoneidad para juzgar del estado mental de un procesado? No, el día en que esta verdad inconcusa penetre en la conciencia de los tribunales, cesará el conflicto, y el dictamen pericial alcanzará en estrados el mismo valor que hoy positivamente obtiene en el seno de las familias, ya se refiera á un envenenamiento, á un parto, á una herida ó á un caso de enajenación mental. Aunque el autor de Lx CÁRCEL ó EL MANICOMIO trata magistralmente en su obra esta cuestión, la considero de tan capital importancia, que no huelgan, en verdad, algunos argumentos más en apoyo de su tesis. Dejemos sin refutar argumentos del jaez siguiente, enfáticamente formulados ante los tribunales: «no podemos aceptar las conclusiones de los médicos alienistas porque la frenopatía carece todavía de clasificación;» este argumento, tomado en el sentido literal, arguye supina ignorancia, puesto que son tantas las clasificaciones, que en otro tiempo, para fijarlas en la me-
-- XIX - moria de los alumnos, daba yo una clasificación en que aparecían agrupadas, según el principio (5 base á que obedecían; y si, por el contrario, se ha querido expresar, de acuerdo con la realidad, que eran muchas las clasificaciones, y por el hecho de ser tantas quedaba implícitamente reconocida la falta de solidez en su construcción, rechazaremos el valor del argumento fundándonos en que siendo esto achaque de todas las ciencias naturales, y aun las denominadas morales, existiendo diversidad de clasificaciones dentro de las ramas médicas que constituyen especialidad, y que, á pesar de este carácter común con la frenopatía, no se nos alcanza el por qué se presta asentimiento al dictamen del perito cuando el asunto se relaciona con la toxicología, con la cirugía y con la patología interna en general, haciendo exclusión extraña al tratarse de la medicina mental. ¿Es acaso por la razón que los hombres extraños á nuestras respectivas profesiones entrevén quienes afirman que dentro de la locura existe evidentemente rivalidad entre magistrados y médicos? Importa disipar esos recelos, y, al efecto, recordaremos de nuevo lo que tantas veces hemos dicho: que el médico perito debe limitarse á informar el estado mental del procesado, ni más ni menos, ni menos ni más. Toda deducción que acrezca el valor de este dictamen por su natural y lógica trascendencia al ulterior des-
-XX-- tino del procesado, está en la naturaleza de las cosas, no en el espíritu invasor del perito; rechazamos toda usurpación de atribuciones. Al desdén con que los tribunales reciben el dictamen pericial, so pretexto de que nuestra ciencia está en embrión, contestaremos con afirmaciones categóricas : el diagnóstico genérica de la locura es de tal certidumbre, que no recordamos un solo caso de los muchos que hemos visto en consulta que fuese objeto de divergencia entre los médicos consultados, y si en estrados desaparece esa uniformidad de opiniones,. es muy de temer que surja la divergencia de que algunos médicos olviden inconscientemente su exclusivo cometido, diagnosticar la enajenación ó salud mental del procesado sin tender la vista más allá; por un sentimiento de justicia nobilísimo puede el médico retroceder espantado ante la contemplación de la impunidad que lleva en pos de sí la declaración de loco en el autor de sangrienta hecatombe; como igualmente le puede aterrar la consideración de la infamante pena del patíbulo que sobre la familia y el procesado ha de recaer si le califica cuerdo; por esa considero peligroso prestar atención á otras consideraciones que no sean puramente científicas,. rigurosamente medicas. ¿Qué le importa al médico quede ó no impune un horrendo atentado? Recientemente la prensa francesa conmovió la opinión pública haciendo creer que en los manicomios se tenían secuestrados á hombres
- XXI - sanos; el ministro del Interior abrió una prolija información para descubrir la verdad; la Comisión central llamó á su seno á los periodistas Jourdan, Larcey y Héctor Malot, que más se hablan distinguido por la virulencia de sus ataques, y los tres, bajo diversos pretextos, eludieron la invitación, dando así la medida de su convicción y de su confianza en la causa de que se habían hecho adalides, como dice Tardieu. El resultado fué nulo, lo que equivale á decir que no se había registrado un solo error de diagnóstico, y que la moralidad de Ios médicos mentalistas franceses está á una altura tal, que no alcanzan á corromperles la degradación reinante. Para estimar en todo su valor la importancia de estos argumentos, precisa comprender que á la sociedad y á los tribunales sólo interesa el diagnóstico genérico, en manera alguna el de especies y variedades. Y si no tomaran á mala parte los jurisconsultos algunas reflexiones que se nos ocurren acerca de una variedad de locos judiciales de novísima creación ¡como que no está todavía registrada en frenopatía; como que es moderno descubrimiento importado por la sagacidad clínica de algunos fiscales!, daríamos de buen grado nuestro parecer, no sin llamarles previamente la atención hacia una duda, acaso hija de nuestra ignorancia. ¿Puede el magistrado establecer distinciones que no existen, y, sobre todo, que no establece el legislador?
xxll Finalmente, porque reconocemos el progreso incontrovertible de nuestras doctrinas habido en nuestros días, gracias á una insistente propaganda; lejos de aconsejar que abandonemos el campo como opinan muy estimados y distinguidos compañeros nuestros cuya dignidad se subleva ante lo improcedente de reiterados y groseros ataques, excitamos de todo corazón á los médicos mentalistas y á cuantos profesen doctrinas redentoras para el loco procesado que persistan en la misma línea de conducta, seguros de que ella. defenderá las conquistas realizadas y en plazono lejano aumentará el ámbito de nuestros dominios. Salgamos de este terreno que insensiblemente nos ha retenido más tiempo del conveniente á un prólogo, y demos una ligera idea de la distribución de la obra . El título del libro que tengo el honor de presentar no está dado á capricho; corresponde perfectamente á la solución final del problema _ que se debate en su aspecto mentidamente pavoroso. Bien saben nuestros adversarios que el miedo, el terror, cierran las puertas á todo progreso, y naturalmente anuncian el advenimiento de nuestras doctrinas con temerosos sacudi mientos y sangrientas hecatombes. Si aceptáis las conclusiones de la frenopatía moderna, abrid de par en par las puertas de las cárceles y presidios; ociosa sería toda refutación por cuanto ni la frenopatía moderna, ni el autor,
de este libro, ni nosotros, hemos afirmado jamás que padezca de enajenación mental todo procesado, y no digo todo criminal, porque desde luégo se excluyen estos conceptos; pero á decir verdad, no faltan gentes que reconocen de buen grado la locura de muchos procesados, pero se espantan ante la consideración de quedar inermes á merced de la furia del loco. No, nosotros no pretendemos que el loco agresivo vague libre llevando á todas partes su labor de destrucción; exceptuad la pena capital que no entra en nuestra terapéutica, que no forma parte de nuestro código farmacológico, y queda reducido el problema á la reclusión, que garantiza igualmente la integridad social, ora tenga lugar en una cárcel, ora en un manicomio, con una diferencia fundamental, y por cierto algo más previsora y de protección más eficaz que la práctica actual, tal es la de no dar de alta al procesado ínterin esté enfermo; esto es, mientras pueda en libertad ser un peligro para la familia y la sociedad. Interesa resolver el problema inspirándose no en nobles ó bastardos sentimientos, sino en la realidad de las cosas; aprovechar los ricos y sazonados frutos de la frenopatía, atemperarse á la experiencia, que dice todos los días con desconsoladora elocuencia que el loco no retrocede en su marcha devastadora ante la ejemplaridad del castigo; que el imbécil agresivo no se corrige por la aplicación de diversos sistemas cancela• rios, ni el vesánico suicida más fervientemente
- XXIV - religioso suspende el arma por el temor de incurrir en las penas del infierno. La aquiescencia universal de nuestras doctrinas reducirá considerablemente el número de atentados con el tiempo, y la reincidencia, lejos de estimarse como circunstancia agravante, ha de ser mirada como presunción de irresponsabilidad. Al calor de los hechos hanse forjado nuestras opiniones, y, aunque parezca inmodestia, nada aventuramos con asegurar que de ellas participarían nuestros lectores si aduciésemos aquí una parte de la gran copia de observaciones recogidas en nuestra práctica oficial y privada; ¡qué de atentados no hemos pronosticado reiteradamente en vano por desconocer las familias la seguridad con que el médico mentalista prevee las manifestaciones ulteriores del sujeto enfermo! Por vía de introducción consagra el autor de esta obra su primer capítulo á lamentarse del reducido y equivocado concepto jurídico en la apreciación de los delitos y aplicación consiguiente de las penas; dice que nuestro moderno sistema penal no responde al fin social de la pena, ni á la idea racional y científica del deli- to; mírase más el acto delincuente por lo que entraña de subversivo y atentatorio al orden social y á los sentimientos humanitarios que al móvil realmente causal del acto criminoso, debido, en su sentir, á la ignorancia de muchas causas que concurren y determinan la comisión
de actos penables. Desconocimiento sensiblo por cuanto en él estriba que por error jurídico sean conducidos infelices locos á extinguir sus días en infamantes presidios cuando debieron prolongar su vida al calor de tiernos cuidados en humanitario manicomio. Por lo que personalmente nos afecta, confesamos que huimos del cultivo de esta interesantísima rama del saber humano, como pudiéramos hacerlo de una deidad fascinadora que halagando nuestras inclinaciones nos alejase del ejercicio práctico de la frenopatía, y si en ocasiones, llevados de nuestro espíritu humanitario, nos hemos permitido decirles á los correccionalistas: mirad quo es vana la ciencia penal que no se funda en la experiencia; imitad nuestra conducta en la curación de las enfermedades; nosotros nos inspiramos para juzgar de un padecimiento en la enfermedad, en el enfermo y en las influencias exteriores; mirad que el delito, como el padecimiento, son eminentemente relativos; no hagáis de él un. ente y subsidiariamente de la pena, ^, A qué cerebro sano llegaréis á convencer de que se funda en la experiencia la penalidad de quince días asignada al que roba cinco duros porque no hubo mano mil, mientras que el ladrón de esos mil duros (porque dió con ellos) necesita dos arios de reclusión para corregirse de la tendencia al robo'? Se me ocurre á propósito de esto una duda que no he acertado jamás
- XXVI -- á disipar: Zsi á los que roban millones los juzgarán incorregibles, y por esa razón no los llevan á presidio? Además, hemos dicho en otra ocasión que la escuela correccionalista nos es simpática por el sentimiento de humanidad que la informa, y tememos su descrédito próximo porque quiere aplicar todos lo que sólo está indicado en un número muy reducido de ellos. Debidamente asesorada del médico mentalista y del antropólogo si queréis, que son distintos, aunque no se excluyen, se evitarían lamentables errores. En el capítulo segundo, 112édicos y psicólogos, se interna en el campo de nuestra discordancia explorando los fundamentos de ella, y al idealismo teológico ó metafísico de los jurisconsultos; á la doctrina en otro tiempo reinante, hoy casi en desuso, de que la locura es efecto de posesión satánica; á la creencia muy generalizada de cierta facultad única, poder regulador de las voliciones humanas; á la suposición de un libre albedrío, hace responsables de la divergencia habida entre jurisconsultos y médicos, quienes siguiendo rumbos opuestos, por cuanto el médico, fundando sus opiniones en la experiencia, menosprecia aquellos imaginarios motivos aceptando como evidente que los apetitos y repugnancia del hombre nacen y se originan por virtud de electividades orgánicas. Prosigue en el capítulo tercero estudiando el mismo tema y formula, fundado en observacio-
- XXVII - nes y experimentos, que el cerebro es el órgano de las facultades llamadas anímicas; que esta entraña es un conjunto de diversos órganos, á los cuales se les están encomendadas funciones distintas, como las del lenguaje, las perceptivas, las reflectivas, las motoras, etc., etc., que siquiera estén enlazadas por vínculos de solidaridad, pueden, sin embargo, desordenarse parcialmente, como acontece en aquellas neurosis, que unas veces se revelan con trastornos convulsivos y otras con delirios ó perversiones intelectuales, instintivas ó sentimentales. El capítulo cuarto, Sentidos, ilusiones y alucinaciones, es una verdadera cartilla de fisiología mental al alcance de todos los entendimientos, y como nosotros clasificamos LA CÁRCEL O EL MANICOMIO entre los libros de propaganda, y hemos reputado en otra esfera y ocasión meritoria la conducta de los amantes del progreso, que, por noble ansia de arrastrar en esa dirección á las muchedumbres, procuran colocarse á una distancia desde donde se les vea y se les oiga, sacrificando, ¡quien sabe!, si el brillo póstumo de su personalidad en aras de la eficacia, prefiriendo, á la usanza inglesa, un celemín de cebada en Castilla á una fanega en Utopia. Aplaudimos de todo corazón la factura de este capítulo. Expone la evidente acción que ciertas sustancias venenosas, medicinales ó alimenticias, ejercen sobre las funciones sensitivas, intelectuales,
- 2 los que engendran las perturbaciones del alma ó del sér espiritual. Anaxágoras, Pitágoras é Hipócrates asignan y localizan en el cerebro, no sólo el asiento de la inteligencia, sino el de las perturbaciones mentales. Las mismas causas reconocidamente provocadoras de locura son estudiadas y descritas por Areteo, Celio, Aureliano y otros eminentes observadores de los tiempos heroicos. Este último autor esboza las locuras súbitas ó espontáneas y transitorias y encarece el estudio de las influencias siderales y atmosféricas, así como el de la herencia, el abuso de los placeres genésicos, la embriaguez, la supresión de flujos ó hemorragias periódicas y la retropulsión de erupciones ó exantemas de la piel, el amor, la cólera, la superstición, vigilias prolongadas, heridas y golpes de la cabeza, como todo deseo largamente acariciado de gloria ó de fortuna, etc., etc. La clasificación de Galeno de las locuras en idiopáticas y simpáticas acusa un espíritu observador de primera fuerza; ella es la que inspira é informa nuestras modernas disquisiciones. La manía, la melancolía, los delirios parciales ó monomanías tan criticadas por los
3 -- hombres de ley y los doctores de derecho ad usura, se hallan tan admirablemente descritas por aquellos insignes maestros, que no necesitan corrección ni enmienda. El histerismo en toda su infinita variedad de aberraciones y de formas, la epilepsia, las locuras, degenerativas ó hereditarias, no han necesitado sino v ulga- `"Tizarse, universalizarse, para constituir hechos y doctrinas inconcusas. El desconocimiento de estas verdades aceptadas hoy en todo el mundo civilizado, la competencia negada á los médicos en la resolución de problemas tan trascendentales como el de decidir sobre la responsabilidad O irresponsabilidad en casos de locura, nos llevó, sin duda, más allá del límite propuesto, y acudirnos al palenque de la discusión, movidos por propio impulso, en defensa de la clase médica, sin que nos amilanara la parvedad de nuestras fuerzas y la insignificancia de nuestros conocimientos. Hicimos lo que el soldado que, inflamado por ardiente entusiasmo, abandona su puesto, rompe con la disciplina de la fila, y, siempre adelante, avanza, avanza esgrimiendo sus armas y salva la trinchera, salta el reducto y despliega impáL-
-- 4 -- vido y sereno ante los enemigos la bandera que sustenta. Y es que ante el cumplimiento de ineludibles deberes de profesión ó de conciencia, de humanidad ó de justicia, el hombre llega á transfigurarse y realizar hechos inadecuados á sus condiciones. Esta es la razón, el porqué unos cuantos artículos de periódicos, artículos casi siempre de polémica, de batalla, se convierten en libro, sin otros merecimientos que los que le prestan los alientos de cariñosas sugestiones, y en particular el prólogo suscrito por el eminente frenópata, mi sabio maestro, el doctor don José María Esgherdo, y que es como su fe de vida, como brillante solitario engarzado sobre anillo de dublé, como el sólo y único valor cotizable de cuanto sus páginas encierran.
L A A N T I G U A Y LA NUEVA CIENCIA PENAL I El grave y trascendental problema de la responsabilidad penal, la filosofía del derecho, viene siendo objeto de estudios tan profundos y radicales en estos últimos tiempos, que médicos, legisladores, filósofos, teólogos y moralistas blanden sus armas en academias, ateneos, y aun convierten los estrados mismos de los tribunales en campo de controversias, de aceradas críticas y apasionados juicios, inspirados las más de las veces por espíritu de escuela y en defensa de sus comunes ideales, haciendo abstracción del móvil generoso y fecundo que á todos debe impulsarnos, cual es: reedificar sobre bases mas sólidas y justas la doctrina de la responsabilidad penal, procurar el mejoramiento de los criminales, redimirlo de la torpeza de sus pasiones y atender
6 _ a desarrollar en ellos motivos internos de acción social y racional. La antigua filosofía del derecho, la escuela clásica penal y la mayor parte de las legislaciones scn, según confesión de sus mismos adeptos, notoriamente defectuosas é inciertas en muchos puntos; los códigos tampoco pueden ser considerados como modelos de construcción lógica, de rigorismo científico y articulado cabal, hallándose, por otra parte, inspirados por un sentido ecléctico y un empirismo poco satisfactorio, y los encargados de interpretarlos dando frecuentes muestras de una intolerancia y exclusivismo que desdice en grado sumo de su elevada misión. Estas frases del catedrático de derecho penal de la universidad de Oviedo, Sr. Aramburu, concuerdan perfectamente con aquellas otras no menos expresivas y críticas del Sr. Giner, profesor de filosofía del derecho de la Universidad de Madrid, cuando dice «que el sentido jurídico dominante en gran parte de nuestra juventud es tan inseguro como poco libre y elevado, y tan vacías é insuficientes las doctrinas penales, que se hace imprescindible una esencial renovación en nuestras legislaciones crimina-
les, si es que pretendemos merecer elogios más bien que protestas por la iniquidad é injusticia que respiran nuestras instituciones, propias de tiempos bárbaros é inhumanos y nacidas de principios jurídicos que en si mismos difícilmente encontrarían hoy ya mantenedores.. Roéder dice que importa mucho ensanchar la brecha abierta al antiguo y anacrónico derecho penal, hacer que compenetren el espíritu de los jurisconsultos las modernas conquistas de la ciencia, romper las ligaduras de ideas rutinarias que sofocan y constriñen el sentido para el verdadero derecho y obscurecen la distinción entre lo tradicional y lo contemporáneo, si hemos de aspirar á formar juicios imparciales y desapasionados que respondan á lo que exigen de consuno los sentimientos de humanidad y los fueros de la justicia. Si leemos á Tarde nos dirá que es verdaderamente lastimoso y anómalo el actual sistema de enjuiciamiento, y nada tan irregular y desigual como los veredictos y condenas dictadas por los tribunales. Así vemos, dice, que en tiempos de turbulencia, de conmociones populares, de revolución, bastan las más insignificantes presunciones para fulminar una
-8 sentencia de deportación ó de muerte sobre un sospechoso, mientras que, por el contrario, en épocas de tranquilidad y de orden tanto se fuerzan las declaraciones y se aquilatan las pruebas, que aun á los mismos recidivistas no no se les condena sin la más cabal certidumbre. Nada, pues, tan variable como el grado de fe de que se hace depender la condenabilidad de las gentes, fe y convencimiento que varia de cero al infinito, de la simple sospecha á la evidencia, de la duda á la certidumbre. El concepto mismo del delito y de la pena tan variable en la vida de la humanidad y del derecho es para los partidarios de la doctrina histórica algo así como intangible é inmutable. Así vemos que hechos que izo deben ni pueden prestarse á coacción jurídica, como los derivados de la libertad, del pensamiento y de la conciencia, anteriores y superiores á toda humana legislación, constituyen para muchos una transgresión justiciable, una acción que viola normas sociales de importancia, y es que el espíritu teocrático que inspira é informa nuestras legislaciones les lleva á considerar y confundir el pecado con el delito, la pena con la expiación. •
-- 9 Todos estos errores y prejuicios nacen y se fundamentan en una idea absolutamente demostrable, en una ficción que ha sido y es la rémora del progreso en la existencia del libre albedrío, ese concepto metafísico que no puede servir ninguna deducción práctica. No, la libertad de nuestra voluntad, como criterio y norma para la mejor apreciación de las acciones humanas, no puede en manera alguna entenderse como plenamente absoluta, sino condicionada en su desarrollo y ejercicio por muchas y variadas influencias. ¿Pues qué, aun dada su existencia, hay nada tan mudable y vario como la determinación racional y libre de la voluntad? El libre albedrío es una facultad tan individual que su genuina y verdadera expresión es más bien la de una resultante de múltiples contradictorias ó concordantes influencias materiales sobre las que ningún poder espiritual ó inmaterial tiene acción correctora. Cambiad si no el tono de u n . individuo, apartadle de cuanto le condiciona en este ó aquel sentido, y habréis probablemente impreso á su organismo nuevas energías de acción. ¿Quién ignora que el hombre rudo, apasionado, borracho ó loco, es quien se
juzga más libre y dueño de sus acciones? La verdadera libertad humana no consiste- Di puede consistir en otra cosa, como dice Féré, (roe en enriquecerse con la mayor suma de motivos, á fin de que le sirvan de contrapeso y norma en todos los actos de su vida. hora bien; si el delito no es, como supone (y trataremos de demostrar) la escuela histórica del derecho, el abandono consciente de reglas de conducta enlazadas con el orden universal, sino como cree Roéder, la sefial efectiva de un estado que no arguye esencialmente libertad moral; si la doctrina de la responsabilidad penal sólo ha de fundamentarse en la existencia del libre albedrío, como pretende la escuela metafísica; si no hemos de admitir otras causas que las enumeradas en los códigos como provocadoras ó determinantes de delito; si hemos de someternos ciegamente á ese tradicionalismo, omnisciencia é incorruptibilidad de que se creen investidos magistrados y jueces, y obligados á aceptar como infalibles decisiones ó sentencias dictarlas, ora por el miedo, por el odio ó la ira y la animadversión hacia los criminales, ó por suspicacias, desconfianza ó ignorancia, con-
– 11 — miseración, ó bien como medio exclusivo d e defensa para la sociedad; si únicamente ha de atenderse á los intereses del Estado, al espíritu de escuela ó criterio jurídico y á la satisfacción de escrúpulos religiosos, menospreciando el criterio moral, los sentimientos racionales y humanos, y no viendo en el delincuente sino un simple objeto ó cosa sin clere cho, un menor de edad necesitado de tutela y de una segunda educación que despierte, guíe y fortifique su racionalidad en la justicia; si no hemos de rebasar nuestras aspiraciones más allá del actual sistema de enjuiciamiento, contentarnos con los medios represivos modernamente en uso y aceptar como buena la pretenciosa opinión de Regnault, Coste y otros en atención á la que basta ser hombre de buen juicio para discernir y resolver en casos de criminalidad y de locura; si hemos de vernos condenados, en suma, â vegetar en la menguada vida de la costumbre y la rutina, valdría más cortar los vuelos del pensamiento, cerrar los ojos á esos purísimos ideales de esperanza, de amor á la verdad y al infinito que, como luz de vida, nos esclarecen y alientan, y dejar que se consuma nuestra existen-
-18 Es por esos estudios anatomopatológicos, tan reconocidamente prácticos, pues que todos tienen por campo de labor cuarteles, penitenciarías, asilos, cárceles, prisiones y manicomios, por esa febril y noble actividad en inquirir datos, perseguir hechos y formular leyes calcadas en la comparación de los fenómenos psicológicos y antropométricos del hombre sano y del hombre enfermo, del honesto y del vicioso, á lo que se debe el actual movimiento y crítica del derecho, así en el concepto de las teorías penales como el de la doctrina de la imputabilidad basada en el libre albedrío y cuanto se relaciona con los procedimientos judiciales, habiendo para esperar que los nuevos horizontes que esclarecen el sentido jurídico, que lo que ayer se miraban como quimeras, utopias y delirios médicos conmuevan esos cerebros fosilizados en el tradicionalismo y que, sometidos á controversia y examen, se acepten como hechos de presunción y probabilidad cuando menos, en tanto que reiteradas y más minuciosas observaciones vengan á demostrar que las que se juzgaban como ingerencias bastardas no eran sino realidades intangibles.
-19-- Podriamos dispensarnos de hacer la salvedad en este punto de que la escuela frenopática no aspira ni pretende en manera alguna A . la infeudación de la doctrina penal y su dominio exclusivo. Nuestras pretensiones, con ser tan altas y legítimas, se limitan por hoy á escudriñar y conocer todos los factores del delito, afirmar ó negar la locura de un procesado y reclamar, en caso de enajenación evidente, la irresponsabilidad preceptuada por la ley. Es, merced á sus observaciones y trabajos, como prueba que la etiología de la criminalidad arranca en primer término de causas naturales, como la herencia neuropática ó cerebral, y de causas físicosociales, como el alcoholismo, el traumatismo, las intemperancias de todo género, la índole de la educación, estado civil y social, influjo climatológico, etc., etc. Y esa herencia patológica, germen fecundo de criminalidad y de locura, no la afirma en el sentido de una transmisión directa, similar y fatal, aunque se suelen dar muchos y frecuentes casos, sino en el de una predisposición con caracteres de probabilidad. El sentido común y la más vulgar experiencia nos enseria cuan fácilmente los rasgos i'ísi-
- 20 – cos, anomalías orgánicas y modos de ser enfermizos se propagan y difunden por la generación. ¿No vemos todos los días y á todas horas cómo de padres tuberculosos, herpéticos, reumáticos ó afectados de padecimientos nerviosos, nacen hijos con inminencia á la tisis, al escrofulismo, al reuma, á las neuropatias y á la enajenación? ¿A qué esa repugnancia, esas alarmas, ese espanto é incredulidad que choca contra la más incorrecta lógica, la de la herencia ó predisposición al vicio, al juego, á la embriaguez, á la, locura, al delito, en fin? Os aterra y negáis la causalidad de la herencia porque ésta no siempre aparece á vuestros ojos con los rasgos y matices de la mas cabal identidad; pues cometéis un gran error y error tremendo; la desemejanza en las formas no invalida la realidad del fondo; lo que pudiéramos llamar ley ó fase de transformación es lo que hace á vuestros ojos inaceptable ese determinismo, mientras que para nosotros constituye un principio ó ley de vida que nos permite, aun en presencia de enfermedades en apariencia incongruentes, reconstruir su parentesco y mancomunidad de origen. Por otra parte, la escuela alienista y antro-
- 21 -- pológica no afirma y sostiene, como creen l a . mayoría de los jurisconsultos, que basta un hecho ó manifestaciones aisladas para fallar en el sentido de la degeneración ó la herencia criminal, no; el médico no dice que á la simple vista de una mandíbula muy desarrollada, de una fisonomía asimétrica ó el pabellón auricular implantado en forma de asa, que en presencia de un labio leporino, hernias ó cualquier otro defecto, haya de clasificarse al suje- to que tales vicios de conformación presenta, como un degenerado, como un tipo teratológico; el médico, el alienista, , el antropólogo, no fallan nunca sino ante un conjunto de anomalías orgánicas y psíquicas que caen de lleno en el cuadro nosológico de las degeneraciones. Así , cuando nos hallamos frente frente de uno de esos desgraciados que lleva impreso en su organismo el sello de la miseria fisiológica, y en sus facultades intelectuales la marca de la defectuosidad, no dudamos en formular un veredicto de irresponsabilidad moral, aunque sí de responsabilidad legal, solicitando su secuestración en un asilo donde procurar su corrección y enmienda y poderlo restituir A la vida jurídica, social. Es justa-
-- 22 — mente en estos sujetos, por lo común reincidentes insensibles hacia los castigos y dotados de poco sentido moral, donde cae por su base la aplicación de esa teoría penal en boga, que quiere que á la gravedad del delito corresponda la intensidad de la pena; no, este criterio, como otros muchos que tienen su articulado en el Código, arguye una supina ignorancia; to que importa en todos estos casos es buscar ta garantía de la no repetición de sus viciosos y antijurídicos impulsos, por la privación de su libertad y el empleo de los medios adecuados. No es la llave, el cerrojo, el grillete y la cadena lo que habrán de reintegrarlo á la vida del derecho, sino un aprendizaje que desarrolle en él motivos internos y justos de acción. La creación de los manicomios penales en gran parte de Europa responde acertadamente á esa necesidad largo tiempo sentida y reclamada por los médicos. Nosotros, que no tardaremos también en ver cumplido ese ideal, nos vamos á permitir felicitar ardientemente al actual ministro de Gracia y Justicia, Sr. Alonso Martínez, por su fecunda y provechosa iniciativa en esta materia. ¡Lástima grande que proyecto tan eximio, en el que
- 23 — aparte de la enérgica condenación que en el se hace de nuestro actual sistema carcelario, que, como dice el ilustrado señor ministro, «ni por sus condiciones de local, ni por el sistema de vigilancia, ni por las escasas formalidades á que se sujetan la permanencia y salida de los reclusos han de ofrecer garantía á los intereses sociales,» lástima, decimos, se vea empañado por algunos defectos que creemos no tardarán en subsanarse, dada su altísima importancia! Haciendo abstracción de las causas en que fundamenta el Sr. Alonso Martinez la creación de estos asilos penales, bastante discutibles á nuestro modo de ver, vamos á h acernos cargo brevemente de la disposición contenida en el art. G.° del cap. 2.° «El tribunal sentenciador dispondrá la permanencia del penado en el establecimiento donde se halle si en él hubiese local y medios adecuados (!) para el tratamiento, y la enfermedad fuese de naturaleza transitoria é inofensiva, bien la traslación al manicomio judicial con carácter definitivo ó de mera observación. » En primer término, ya hemos visto, por lo que anteriormente nos ha referido el señor ministro, que las prisiones no tienen capacidad ni vigilan-
- 24 — cia ni ofrecen garantía de seguridad, y menos, por consiguiente, condiciones para el tratamiento de los enajenados. Después no se explica que diga que «cuando un penado se vea acometido de enfermedad transitoria (es decir, de alienación ó locura instantánea, locura que, como veremos, no admiten muchos de los jurisconsultos, aunque se halle demostrada y aceptada por los hombres de ciencia como un hecho incontrovertible, y tenga hoy más en su favor la respetable autoridad del senior ministro, lo que le enaltece grandemente) é inofensiva;» urge el que este último calificativo ó diagnóstico de tan dudosa apreciación desaparezca del decreto, para evitar torcidas interpretaciones, puesto que el manicomio se instaura para los clasificados como enfermos, y no es la prisión ni la cárcel el lugar apropiado para un loco. Basta además consultar las autorizadas opiniones de Dagonet, Legrand du Suite, Roussell, Mattetal y otros, para saber «que no es asunto tan fácil establecer sobre una base científica la distinción entre los enajenados peligrosos y los inofensivos;» la mayor parte de los accidentes, incendios, homicidios, agresiones y
9 5 - golpes, violaciones y atentados, son producidos por locos clasificados como inofensivos. M. Constaras indica asimismo que el mayor número de alienados criminales que lia tenido ocasión de examinar habían sido considerados antes de su crimen como enfermos poco peligrosos. Hacemos aquí punto por no juzgar este sitio á propósito para impugnar algunas otras disposiciones que la práctica habrá de dejar sin efecto. Otro de los prejuicios que la escuela penal en uso nos ofrece como deficiente y fecundo en yerros es el que resulta de su anticuado y rutinario sistema de enjuiciamiento. Una recta y sabia administración de justicia exige que las pruebas de la incriminación sean todo lo completas y absolutas posible; la imputabilidad no puede basarse en simples indicios y presunciones de delincuencia. No debe ni puede juzgarse de la delictuosidad de un individuo sospechoso de libertad moral sin un estudio y examen circunstanciado de sus condiciones físicas, afectivas é intelectuales. ¡Qué de errores y atentados jurídicos no dejan suponer esas estadísticas que, como la de
- 26 — Thompson, se ve que entre 5.432 criminales que ha observado durante largo tiempo 323 eran débiles de inteligencia ó han abocado á la locura al final de su condena, 580 imbéciles é idiotas, 57 epilépticos, 36 suicidas; en resumen, un 12 por 100 denunciando perturbaciones psíquicas más ó menos graduadas! Féré, médico de Bicc tre, cuenta que entre s.227 detenidos en las colonias penitenciarias, 2.573 presentaban anomalías orgánicas y psíquicas y descendían de familias que habían sufrido condenas. Entre nosotros sabemos, por confesión del señor ministro de Gracia y Justicia, que existen 12S, entre locos, epilépticos y afectados de neurosis con manifestaciones de trastorno mental, y cuya situación es más lamentable que lo que pudiera imaginarse, por cuanto el presidio es un medio funesto para esta clase de enfermos, viéndose retenidos indefinidamente en la prisión por la carencia de un procedimiento expeditivo. Hay además, y téngase presente que estos datos no expresan la triste realidad de los hechos, 207 enajenados exentos de responsabilidad por su evidente extravío, pero que vegetan en hospitales y manicomios, muchos de los
-- 27 — cuales son inmensamente más perjudiciales y funestos que la más inmunda cárcel. Y bien, con nuestros actuales sistemas de enjuiciamiento penal, donde contadas veces se acude á la intervención médica; con la funesta organización de nuestras cárceles y presidios, que son un plantel de vicios, de criminalidad y depravación; dada la ligereza y el poco acierto con que se aplican las penas, pues aun tiene sustentadores la máxima aquella de que «el loco por la pena es cuerdo, y .<á mayor delincuencia, mayor castigo.:> Con un cuerpo jurídico no muy instruido, inteligente y práctico en asuntos criminales; con la absurda creencia de que basta la privación. de la libertad para obtener la enmienda del delincuente, sin mirar que su corrección sólo puede recabarse por el influjo de una disciplica é higiene física y moral concordante con su individualidad. El hecho de estudiar el discernimiento y la conciencia del acto ejecutado, como criterio infalible de responsabilidad, omitiendo otros medios más seguros de convicción y certidumbre; el aceptar determinadas alteraciones de la inteligencia, sin tantas dudas ni re-
..^. rt 4 _,_ pe l a. Esto es á lo que aspira y por lo que trabaja la escuela frenopática, á limitar y restringir los confines de la responsabilidad en determinados casos, mal apreciados hasta lloy por la escuela clásica del derecho. Y no caben dilaciones, sino que urge rendirse ante la evidencia de los hechos. Existen, desgraciadamente, más, muchas más circunstancias que las enumeradas en el Código como provocadoras de delito, y entre éstas aparece como factor esencialísimo la herencia, causa no admitida por los legistas nt aun siquiera á titulo de predisponente, que para nosotros es sinónimo de atenuante; poco más aprecio asig-, p an al alcoholismo y á las neurosis clásicas; ponen en tela de juicio las locuras impulsiv as; niegan, por lo común, la locura moral, Y para lada tienen en cuenta las neurosis larvadas, muchas monomanías y el influjo del periodo menstrual, embarazo, parto y lactancia, traumatismos, desaparición repentina de vicios humorales, como otras tantas causas abonadas de desequilibrio y perturbación mental. A divulgar y hacer más apreciable esta, doctrina: he allí el objeto de nuestro modesto trabajo. s! .^' y11J¡'
ALIENISTAS Y METAFISICOS Las dos escuelas, doctrinas ó sistemas que dividen el campo de la magistratura y de la medicina, y de las que nos hemos ocupado anteriormente, llevan encarnada en su misma expresión la consecución de un objetivo común, satisfacer los altos y supremos intereses de la moralidad y la justicia. Mas ese objetivo que unos y otros pretenden realizar lo intentan con medios tan antinómicos como la cárcel y el manicomio, la afrenta ó la inocencia, la deshonra ó la absolución, el infamante patíbulo ó la caridad del asilo. Divorciado el derecho de la medicina, viviendo una vida de abstracciones, ontologías y quimeras, teniendo por único guía una metafísica subjetiva que no le deja ver sino ideas fundamentales, intuiciones universales, pre-
-36 existentes, innatas en la organización humana, las cuales informan y dirigen la gé - nesis y evolución del sér racional; en esos éxtasis de contemplación introspectiva, el legista ha creído encontrar el poder director y la clave del funcionalismo psíquico. ¡ Tremendo error! habéis abandonado el método sencillo, racional, positivo, el que consiste en pasar de lo simple á lo complejo, de lo concreto á lo abstracto, y creyendo llegar antes á las altas cimas, eterna aspiración humana, habéis tornado el atajo separándoos del camino trillado común, universal, el del análisis, el de la observación y la experimentación, por cuyas anchurosas y cómodas vías se desliza majestuoso el espíritu científico contemporáneo. Es por el estudio fisiológico, por un examen circunstanciado y una observación constante, como se ha llegado á entrever que así como en informe semilla se encierra delicada flor, y en repugnante larva brillante y voladera mariposa, así en el cerebro humano se encierra el espíritu, la conciencia, el alma, que crece, se agiganta y se transforma por la nutrición, por su adaptación, cada vez más
-37 íntima al medio ambiente, por el estímulo y la actividad. Y esa misma filosofía inductiva, experimental, es la que lea clasificado que lo que vosotros llam<íis categorías ó formas del entendimiento, no son sino facultades resultantes de la evolución org(ínica, facultades ó potencias que así pueden dormir el sueño de la muerte como desper t ar á la vida con toda la exuberancia y el esplendor del rey de los astros para alumbrará la humanidad en su marcha ignoscible, pero progresiva. El error de no haber considerado la locura como un hecho material, tangible, como una enfermedad corpórea; la absurda creencia de juzgar la enajenación como un eclipse total del entendimiento, corno un proceso anárquico y disolvente de todas las facultades ó manifestaciones anímicas , ha. contribuido en grau manera a apreciaciones y juicios, á preocupaciones y atentados jurídicos, en tiempos no lejanos, y que no vamos á recordar por ser de todos conocidos. Pasan ho y como verdades axiom Lticas en la ciencia, como cánones irrecusables, que el cerebro es el órgano del pensamiento; que del
- 33 — grado de su estructura y nutrición penden las más elevadas manifestaciones psíquicas; que es un conjunto de varios órganos ó centros funcionales que pueden actuar y actúan con frecuencia independientemente, sin la intervención de agentes ó entidades inmateriales, incorpóreas , espirituales; su integridad fisiológica, su jerarquía funcional es la consecuencia necesaria de sus antecedentes, producto de un lejano pasado; sus múltiples y maravillosas actitudes obedecen á la ley general del desenvolvimiento de los organismos; se vive antes que se piensa; es decir, primero es lo indeliberado, lo irreflexivo, lo inconsciente, el instinto antes que el sentimiento, el sentimiento antes que la reflexión, que lo deliberado, que lo voluntario. Eu suma, que «con nacer hombre y vivir sirvi6ndose de los cinco sentidos,» se adquieren esas facultades hiperconscientes que consolidan y capitalizan en el individuo las adquisiciones seculares de la raza y elevan á la naturaleza á la cúspide de su evolución. Al lado de estas verdades fundamentales, patrimonio común de la ciencia, existen otras que la sola analogía nos habría hecho aceptar
39 -- si los hechos y la observación de todos los días no las pusieran de manifiesto. En primer término, el cerebro enferma con g o enferman los demás órganos; causas morales y causas físicas lo desordenan y perturban; en su tra. ma orgánica lleva impreso el sello de su procedencia; estigmas de grandeza ó de pequeieez, de virtud ó de vicio, de razón ó de aui-- malidad, de genio ó de estupidez, ellas surgirán cuando estímulos adecuados soliciten sus manifestaciones. Ahora bien: ¿quién sino el médico, el fisiólogo, estudia, observa, analiza su desarrollo, sus acomodamientos, su funcionalidad normal ó patológica? ¿Quién sino el médico, y en particular el médico psicólogo ó frenópata. puede con más competencia afirmar ó negar en la generalidad de tos casos si se halla enfermo ó funciona con regularidad? ¿.Qué sabe el profano sobre la influencia que ejercen las abundantes pérdidas seminales como causa de desequilibrio, de perturbación mental? ¿Qué del período menstrual, la gestación, el puerperio; qué significan la anemia, la plétora, el alcoholismo, los traumatismos, las insolaciones, ni qué relación guardan, qué paren-
-40- tesco, tienen los afectos nerviosos, las conformaciones cefálicas y las enfermedades de los padres como fuente y matriz donde se incuban los gérmenes antisociales de los hijos? Al lado de estas verdades, en las que comulgan hoy todos los hombres de ciencia, vamos á resellar otras que constituyen como el Credo de la ciencia frenopática. La locura no es una enfermedad general del cerebro; reviste tantas formas como facultades instintivas, afectivas é intelectuales posee el hombre. Aun en la más amplia y universal desarmonía mental, aun en la más aterradora y visible incoherencia de las ideas y de los actos, en la más desordenada manía, hay siempre potencias ó manifestaciones anímicas integras, razonables, momentos de cordura, juicios y rasgos de ingenio verdaderamente admirables y sorprendentes; y así habría de suceder, pues de otra suerte el tratamiento y la curabilidad del loco serian imposibles. N i los errores de sentido, ni la incoherencia, ni el delirio, pueden invocarse corno síntomas patognomónicos característicos de la enajenación. Nuestros principios naturales, se ha dicho,
- 41 — son nuestros principios acostumbrados; á la manera que la adaptación desusada de una facultad mental ö el ejercicio exagerado de una volición psíquica convierte y transfigura el hombre en hábil artista, en un genio portentoso, admiración de sus contemporáneos, de igual modo puede convertirle en un visio nario, en un poseído, en un enajenado, por '." la débil estructura, por el desequilibrio, por f la instabilidad de sus centros nerviosos. De igual suerte, por falta de armonía, de engranaje, de subordinación de las partes al todo, cuando por causas que únicamente el fisiopatólogo indaga y explica, hay predominio de los instintos sobre los afectos, ó de éstos sobre las facultades reflectivas, el desorden, ßy1 la perturbaciön, la locura se manifiesta aislada, parcial, circunscrita á uno ú otro grupo, á una ú otra esfera de actividades. Y esto es de observación médica de todos los tiempos, de todos los países; la clínica nosocomial y el sentido común revelan harto á menudo que pueden existir y existen impulsos agresivos, violentos, indomables, con gran discernimien- to, con plena conciencia, con escaso ö ningún delirio, atentados que se realizan con preme -
- 42 — ditación, con todo el lujo de detalles, así en la comisión del delito como para eludir la acción de la justicia. No es, afortunadamente, allí donde la locura se atavía con las fúnebres galas del desorden, de la movilidad, de la incoherencia, del delirio, de las ilusiones y alucinaciones más extrai g as; allí donde hasta el más ignorante diagnostica y juzga, donde más son de temer los crímenes y los impulsos antisociales, pues la esplendidez de sus aberra• siones lleva aneja la vigilancia, la represión y los cuidados. Estas son las razones, los motivos, el fundamento del conflicto que surge siempre entre los médicos llamados á testificar ante los tribunales y Ios encargados de administrar justicia. De esto nace ese antagonismo profesional entre el hombre de ciencia experimental, positiva, de observación, y el hombre de hipótesis, de idealidades, de abstracciones. Las aberraciones de la conciencia no pueden estudiarse en la soledad del gabinete, ni ser aquilatadas por el criterio introspectivo; necesitan del vasto campo de la clínica, de la práctica del manicomio. ¡Cómo admirarse, por tanto, de que el médico, digno precursor de las ideas
- 43 — nuevas en todas las épocas, hable con vehemencia, discuta con apasionamiento y se muestre impaciente por el triunfo (le sus opiniones! Pues qué, ¿hay nada m ' is noble que la impaciencia por el triunfo de la justicia y del derecho? La humanidad debe á esas impaciencias y apasionamientos más que CL- lu fria imparcialidad y al alma de hielo de los magistrados, que arrojan á montones inmundas cárceles locos cargados de cadenas, y levantan patíbulos donde se decapita á infelices poseídos, á desgraciados deinonólatras. Es ciertamente de sentir que los jurisconsultos, dotados de un espíritu conciliador y no extralas conquistas modernas de la ciencia, fulminen cargos tan gratuitos, apreciaciones tan injustificadas como las de que el médico aparezca con g o el defensor del criminal y amparador del crimen. ¿,En qu6 puede fundamentarse la duda de la rectitud y la moralidad del perito facultativo, y á qué móviles han de obedecer sus claudicaciones y venalidades, que no les sean aplicables á los demás? ¿.^^ca so el criminal hava de ser menos temido en el manicomio que en la cárcel?... La invocación que hacen los lejistas de :<la facultad del tri-
50 — la vida humana, pero gozando de cierto grado de autonomía, de vida propia y, por último, que esos poderes selioriales autocráticos, llamados voluntad, razón, juicio, son entidades tan subordinadas, tributarios tan hulnil- (es, que cuando perturbaciones accidentales ó persistentes de los órganos de los sentidos ó de los demás centros nerviosos transmiten incitaciones periféricas falsas, esos cuerpos de-, liberadores adoptan á menudo, en vez de corregir, la ficción, fraternizan con ella y resuelven en concordancia con el agente incitador con toda la precisión, lógica y juicio de que son poseedoras; es decir, que esas que se lia. man augustas majestades de luz y de verdad se nos revelan con frecuencia corno las siervas sumisas del engaño y el error. No pretendemos seguramente negar que por el examen y el estudio interno, que por el método « posteriori ó sintético, no podernos darnos en gran parte cuenta de las actividades á manifestaciones que se desarrollan en el espíritu; pero esta labor resultaría infecunda sin la adopción del método cG priori, del análisis, de la observación de los hechos proclamados como primera y única fuente de verdad.
lo -- 51 — Los fenómenos de la locura, las vivisecciones, los procesos morbosos del cerebro, el estudio de los distintos centros nerviosos, son estados de experimentación á los que debe subordinarse el entendimiento; ellos serán los puntos de mira de nuestras futuras disquisiciones, pues sin los resplandores que dif unden, el espíritu se nos aparecería como una inmensa nebulosa en espera del nuevo Herschell que nos diera la clave de su funcionalidad y actividad consciente. Es por los estudios fisiopatológicos por los que hemos llegado á averiguar que en el organismo humano hay un principio de acción, igigantesca incógnita! , superior á la voluntad del sujeto é independiente de esa misma voluntad. En las células de la región bulbaria (nudo vital) es donde se elaboran y dirigen todos los fenómenos de la vida visceral; en esa región tienen su templo las vestales que alimentan noche y dia el fuego sagrado de la vida; de ahí parte la orden, el impulso que obligara á nuestro corazón á latir por toda una existencia, y á los pulmones á metamor fosear el gas de la muerte por el oxígeno vivificador, por el gas de la vida. Y todo ese
-- 52 — maravilloso y sorprendente mecanismo sin la intervención de la personalidad consciente, por la sola virtualidad de las fuerzas auto-. máticas, por los atributos peculiares á la materia organizada, poder automático, involuntario, fatal, que tan gran papel desempeña en todos nuestros actos y determinaciones. Por los procesos morbosos y las vivisecciones hemos llegado igualmente á conocer que en la médula espinal y en el cerebro existen centros motores en los que una irritación experimental produce determinados movimientos. Así está en nuestra mano, ó es obra de la enfermedad, el que el sujeto ande siempre hacia adelante, bien hacia atrás, ora en sentido lateral ó describiendo movimientos circulares, movimientos no raros en algunos locos. Lesiones experimentales ó naturalmente morbosas de la médula, pueden sumir al individuo en la impotencia locomotriz y convertir sus masas musculares en un tejido gra s iento y sus miembros en la inmovilidad de la inercia. Luys os dirá que si practicáis una puntura en la región del cuarto ventriculo, llegaréis á, provocar erecciones del miembro viril hasta en los cadáveres. Los fenóme-
- 53 — nos convulsivos demuestran la existencia y la actividad autónoma de las intuiciones motoras; es decir, que existen centros de movimiento especiales que pueden obrar de un modo independiente cuando ocurren trastornos de la coordinación; recuérdese el caso de aquel niilo atacado de corea y dominado á intervalos por im deseo irresistible de trepar, á pesar de toda clase de obstáculos y prevenciones, y se tendrá una idea acabada de ese es - tado de anarquía en que pueden caer las células de las regiones motoras. Todos estos y otros muchos actos que omitimos referir son tan delirantes, tan involuntarios é inconscientes corno las ideas, excentricidades ó atentados de muchos locos, efectos desordenados de máquinas descompuestas. Es á esa actividad automática, por esa propiedad funcional de las células nerviosas, a la que se deben las conmociones de nuestra sensibilidad ante la representación de escenas patéticas conocidamente ficticias; de ella arrancan nuestras simpatías y repulsiones, nuestros apetitos y repugnancias, nuestras esperanz as y desesperaciones , nuestras inclinaciones , arrebatos é impulsos; cuando el individuo se
- 54 -- deja llevar de esas impresiones súbitas; cuando se siente arrastrado por el espontáneo y ciego impulso como locomotora sin freno, como buque sin timón, como río sin cauce; cuando la reflexión, por defictiente, débil ó enferma, no viene en auxilio de seres tan emocionables, con fundamento habremos de temer que la razón descarrile, naufrague ó se desborde; la observación de estos hechos es la que le ha llevado á afirmar á Baillarger, y con él á todos los médicos mentalistas, «que en el ejercicio involuntario de las facultades psicointelectuales es donde hay que buscar el origen de todos los delirios.» A la gran suma de actividades inconscientes, á la fosforescencia de la célula nerviosa, á esa potencialidad de reproducir percepciones, impresiones, imágenes, se deben nuestros ensueños, nuestras visiones, nuestras creaciones fantásticas, nuestros desvaríos, y constituye la demostración más palmaria de la libertad é independencia relativa de las facultades anímicas, revelando además por manera evidente que pudiendo acontecer, como aeon tece, el que durante la vigilia entre en acción esa actividad vibrátil, ese eretismo f un-
cional do células, ganglios ó centros nerviosos, subyuguen, avasallen las facultades re• flectivas ó moderadoras, y estalle el impulso, el arrebato, la locura, en fin, como término del con fl icto. otra cosa son las ilusiones y alucina, clones, sino representaciones sensoriales objetivas ó subjetivas que se itnhone n como irlagenes reales la convicción individual, y que cuando recaen en cerebros débiles, orgamsmos degenerados i1 Ileuropatícc ► s, abren brecha en el espíritu, y t r as ru d as y tenaces agitaciones, angustias inenai-rables, luchas titánicas, 6 bien sdbita y repentinamente invaden el campo de la razón, ^lls^l^illC4il, rinden y se enseeflarean de esos pocler(:s a.utocl'::i tit',os la voluntad, l a conciencia v e.^]. 1i1dá.N iCLllo, como L hoja impelida por el viento se ;1.)inc;ona A l a voz que le grita, la, visión que le persigue, al fantasma que le asedia y derrocha su morbosa energía en acciones correspondientes; es decir, que hiere, mata, incendia, destr u ye, comete lo Inds sac2'llego, lo fi e lds obsceno, si n conciencia unas veces, l) con discernimiento ^ ^ 1r ^ de brutal ^,n! ^ 4 - ` ^^ il , {^^^^.::^ mezcla ^^e ^1^tttci. ^.Cc .^:.L.iC,7 _ ^^ r^ • ,^ tl`I. s'tï d , :dor moral sólo encontrar: la calma
-56- cuando haya descargado los rayos de su desatentada y sanguinaria cólera? Cuantos han estudiado el sistema nervioso saben cu ín gráfica es la comparación eon un aparato telegráfico perfecto y acabado: todo lo que intercepta la llegada de las impresiones exteriores sensitivas á la estación central, hace infecundo el trabajo de transmisión y limitada, por tanto, su esfera de acción á determinados territorios orgánicos. En las perturbaciones periféricas del sistema nervioso, como las anestesias (insensibilidad de la piel al tacto), las incitaciones sensitivas no tienen resonancia en los ganglios sensoriales, por lo que se originan concepciones delirantes especiales, pérdida de la noción de la personalidad, desconocimiento del medio ambiente, causas numerosas de error, corregibles únicamente en parte, mediante el concurso de los demás sentidos. En la ataxia locomotriz, enfermedad de la médula espinal, se ve que el enfermo no puede andar, ni sabe la posición que ocupan sus miembros inferiores si no tiene los ojos fijos en ellos. Del mismo modo, cuando las células de las regiones centrales están trastornadas en su funcionalidad, en su
-5Î- - estructura, entran en erección, rompen los vínculos de solidaridad que las unen los restantes centros, y vense surgi r arrebatamientos, cometer actos extravagantes y proferir toda suerte de palabras de una manera irresistible é involuntaria. Durante la fase congestiva de la partilisis general, los enfermos ven elevarse, agigantarse su personalidad hasta creerse emperadores, reyes, papas ó Dios, Es probable que esas transfiguraciones, esos delirios de grandezas, esos cambios de la personalidad, sean motivados por la excesiva 'irrigación sanguínea de la masa cerebral, qua, determinando una nutrición exagerada, mantenga sus células en estado de tensión continua. Por el contrario, en los procesos isquémicos ó de profunda anemia del sensorio hay una languidez, una pasividad tal en las fuerzas mentales, un colapso tan manifiesto hacia cuanto les rodea, que la noción de la personalidad afecta la imagen de esas intensas nieblas del invierno que, tenues brumas al principio, 6, medida que se condensan, se convierten en tenebrosas sombras que oscurecen el luminar de la inteligencia. Eu los frecuentes casos (le locura instant1í-
-- 58 -- nea, en los accesos de furor de los epilépticos, de los crisiacos, en el somnambulismo, donde los individuos se entregan á escenas ridículas y extravagantes, á actos de sorprendente y maravillosa precisión, á singularidades y predicciones tenidas como sobrenaturales y milagrosas por el vulgo, ó bien á la ejecución de crímenes horrendos, no son, en suma, otra cosa que estados congestivos, fluxionarios de determinadas localidades nerviosas, coincidiendo con isquemias, anestesias parciales de otras zonas psíquicas, desórdenes de irrigación, trastornos nutritivos que dan lugar á esos eclipses de la conciencia y producen esos engendros de insensatez. En vano se procurará inquirir en estos procesos patológicos que reputados frenópatas denominan «enajenaciones inconscientes» la noción de la personalidad, ni la intervención de las más elevadas manifestaciones anímicas, el discernimiento, la conciencia, el yo; el asombro, la estupefacción, el espanto se apodera de esos desgraciados enfermos cuando a la anarquía mental de que han sido objeto sucede la calma, el orden y el imperio de la razón. .;^
-- 59 – Todas las enfermedades o procesos degenerativos de la médula espinal, una instabilidad nativa de su estructura intima, energías ó gastos no reparados por la nutrición y el reposo, una sangre insuficiente en cantidad ó calidad, desórdenes en la circulación, anemias ó fluxiones; la acción de ciertas sustancias, que, como la estricnina, hacen tan excitables los elementos nerviosos, ó como el curare, que deprimen su actividad hasta el agotamiento y la parálisis, irritaciones periféricas persistentes, suelen llegar á producir por simpatía ó acción refleja desde el espasmo y las convulsiones hasta la parálisis del corazón, refiriéndonos al dominio de la zona espinal. En vano será invocar aquí, en estos hechos patológicos, el papel regulador de las facultades conscientes, ni el omnímodo poder de la voluntad; las convulsiones, los calambres, las contracturas, la parálisis, los movimientos agitados delirantes de los coreicos, de los epilépticos y afectados de histerismo, no pueden ser reprimidos una vez que han estallado. Ni la voluntad más enérgica, ni el espíritu mejor cultivado tienen acción sobre esas funciones de la vicia orgánica, ni pueden impedir que
- 6G - más asquerosas é irritantes. A otros la vista de un limón O una sustancia ácida les produce dentera y hasta convulsiones parciales de la cara. Y es que los sentidos, la red nerviosa periférica, incapaz de adaptaciones apropiadas, hacen que los centros sensoriales á cuya jurisdicción están supeditados, arrastren una vida de aniquilamiento, de atrofia. A esas diferencias fisiológicas, naturales ó morbosas, se deben las desemejanzas en el carácter y las inclinaciones O excentricidades de los individuos. Que de la integridad de los sentidos arranca, en gran parte, el desarrollo de las facultades mentales y la modalidad de los -senti- inientos, es una verdad que no necesita demostración. Según D um.ont, entre 120 ciegos en quienes ha hecho observaciones, en 37 reconoció desórdenes intelectuales, hipocondría, manía, alucinaciones y demencia. No son menos frecuentes entre los sordos las perturbaciones psíquicas; en -unos y otros se observa cierta irascibilidad y propensión á la desconfianza, á la sospecha y la cólera. Sabido es cuán noablemente debilita la energía moral la cas-
- 67 - tración; nadie tan insociables, disimulados, envidiosos, cobardes, traidores y afeminados como los eunucos. Puede, por tanto, afirmarse en cierto modo que el barómetro de nuestra sensibilidad moral radica en el electo y resonancia que alcanzan en nosotros las impresiones sensitivas. Lo que tampoco admite duda, pues es una verdad de universal consentimiento, es que la transformación, la subconciencia, la psicogenia de las sensaciones en percepciones tiene lugar en los ganglios sensoriales, y, en último término, en los centros superiores del cerebro. Allí es donde se elaboran esas incitaciones de los sentidos, esos atributos de los cuerpos en ideas conscientes; allí se fijan y perpetúan como un recuerdo y una esperanza, y ora como respuesta á estímulos exteriores ó á voliciones psíquicas solicitadas, surgen impulsiones concomitantes de actos reflexivos, voluntarios, libres. Son, pues, los_ ganglios sensoriales 'tálamos ópticos, Luys y los centros motores `cuerpos estriados, Wundt como los hemisferios cerebrales, donde se capitalizan, avaloran y realizan nuestras adquisiciones y deseos; ellos son los maravillosos artífi-
- 68 – ces que transforman en ideas concretas, en atributos reales, en movimientos coordinados, lo que flota á nuestros sentidos como formas vagas indeterminadas. La realidad de este mecanismo mental es á todas luces evidente; mas, sin embargo, no podemos prescindir de conceder un gran papel á los órganos de los sentidos. Creernos que dichos órganos no funcionan como agentes puramentes estimuladores, mudos é indiferentes, no sólo en cuanto atañe al desenvolvimiento de la sensibilidad y la inteligencia, si que también á la produceibn de las ilusionss y alucinaciones. Pues qué, ano son los sentidos los que, bajo la influencia de una impresión cualquiera, exteriorizan cierta noción de placer de dolor, de fealdad ó de belleza, nociones derivadas de una acción primitivamente física? Cuán agradablemente no nos sentirnos al descansar después de un largo viaje; los movimientos y gritos de doloi que arranca el contacto de un cuerpo en combustión sobre nuestra piel; la oclusión instantánea é involuntaria de los párpados bajo la influencia de una luz muy viva; el bienestar que experimentamos ante la pers-
-- — pectiva de un paisaje henchido de luz y de colores; una vegetación exuberante; flores (í millares abriendo sus pétalos á las caricias del sol y . del aire; aves que exhalan en melodiosos arpegios el contento y la satisfacción de sus sensaciones, y que, mezclados con los suaves giros del viento, forman la más grata armonía en que puede extasiarse el humano espíritu. ¡De cuán distinto modo no es conmovida nuestra sensibilidad cuando la enfermedad ataca nuestros órganos, cuando el dolor nos aguijonea implacable y violento , cuando nuestro olfato todo lo rechaza, nuestro oído nada sopórta y nuestro gusto nos sume en las más extrañas y profundas aberraciones, causas todas que encallecen nuestra impresionabilidad, pervierten nuestros senti. mientos y entenebrecen nuestra razón! Véase cómo de la integridad del sistema nervioso, de un lento aprendizaje, por la repetición de sensaciones constantes y por la adaptación de las facultades mentales internas á las relaciones físicas externas, por esa ley orgánica que hace que toda función se perfeccione por el ejercicio, es á lo que debe-
- romos nuestros hábitos, disposiciones y conocimientos, que nos colocan en la cúspide de loa seres que habitan la tierra y hacemos sentir sobre cuanto nos rodea el influjo de nuestra superioridad. Por las razones y los argumentos hasta aquí expuestos puede asegurarse que tocamos al término de la demostración que nos habíamos impuesto, y es: que lo que aparece á. los sentidos corno forma de ley física, es para los órganos de la percepción, y aun para el sentido interno, la conciencia, forma de necesidad lógica, Wundt. Hay perturbación,. desorden en los sentidos: pues la razón 6 el espíritu pueden ser inducidos á error á despecho de su facultad correctora. Para no dejar resquicio alguno á la duda,. vamos á afirmar una véz más que las ilusiones y alucinác:ones son fenómenos psíquicoorgánicos, basados en la intervención de las facultades intelectuales y en los aparatos todos de la sensibilidad. Los sentidos reciben, absorben en masa las sensaciones; y los hemisferios y el sensorium particularizan y fijan la individualidad de forma, de extensión, de color, de sonido, de contacto, etc., de las im-
- 71 -- presiones; por tanto, las ilusiones y alucinaciones son sinónimas de errores de percepción; es decir, apreciaciones falsas de objetos reales (ilusiones), ó representaciones imaginarias sin estimulo aparente (alucinaciones). Aunque parece verdaderamente arbitraria é insostenible la afirmación que liemos hecho de que los trastornos y lesiones de los sentidos entran por algo en la génesis de las ilusiones y alucinaciones, no sólo como comprobación de ello, si que espoleados por la incertidumbre, la duda y la parvedad de nuestra opinión, vamos A transcribir algunos hechos que creemos lo confirman. No podríamos explicarnos de otro modo sino haciendo intervenir esos aparatos en la producción de las ilusiones y alucinaciones, corno á consecuencia de un enfriamiento se originan insensibilidad de la piel al tacto (anestesias), insensibilidad de la piel y las masas musculares al dolor (analgesia), impotencia locomotriz, etc., fenómenos que caracterizan las parálisis periféricas. Es bien sabido que compresiones, traumatismos y enfermedades del globo ocular dan lugar â deslumbramientos, trazos luminosos, redecillas coloreadas y
toda clase de fosfenos. En las lesiones del oído zumbidos y tintineos insoportables. Marc Donac cuenta que un sujeto de edad de cincuenta años, después de una grave enfermedad de la vista, se vió molestado largo tiempo por la alucinación ó ilusión de una ararla, espectros y sepulcros, cuyas perturbaciones se provocaba á voluntad con abrir el ojo izquierdo y cerrar el derecho, desapareciendo la ficción cuando ejecutaba lo contrario. Guepin refiere que una joven afectada de úlceras de la córnea, en el periodo álgido de su padecimiento, veía siempre á su lado izquierdo la imagen escultural de la Virgen. Luys menciona otro caso, tomado de Charbeyrón, no menos curioso y que demuestra cómo los sentidos pueden obrar á título de entidades provocadoras de ilusiones. Una mujer dedicada al oficio de costurera fué atacada de oftalmía sin abandonar, á pesar de eso, sus labores, únicas que le proporcionaban su sustento. Un día sorprendióse al contemplar que en su ocupación intervenían cuatro manos, cuatro agujas y cuatro costuras (síntoma que en medicina se le denomina diplopia); en los primeros momentos se daba cabal explicación de
. ., este fenómeno; pero más tarde, efecto sin duda de su gran debilidad, de ansiedades morales prolongadas, se imaginó que hacia realmente cuatro costuras á la vez, y que Dios, compadecido de su infortunio, obraba un milagro por ella. Análogas perturbaciones pueden sobrevenir en los demás sentidos, dando margen ficciones, errores corregibles mediante el concurso de las facultades anímicas, O sirviendo, por el contrario, de síntomas denunciadores de una enfermedad mental que avecina. Revélannos estos hechos: primero, que la localización y génesis de las ilusiones y alucinaciones sólo p ueden ser interpretadas y explicadas por la doble intervención de los sentidos y de las ideas; segundo, que las funciones intelectuales exigen, para su desarrollo y madurez, la integridad, el concurso y la subordinación de todo el consensus orgánico, pues los aparatos irás insignificantes pueden ser origen de infinitas y sensibles aberraciones; y, por último, quo no puede conferírsele al cerebro la alta prerrogativa de ser el regulador y centro de todas las funciones, de todas las manifestaciones humanas.
— — Sólo mediante la observación y la experi. Tentación es corno puede fundamentarse y cosechar ópimos frutos de verdadera ciencia; en el análisis de los hechos y en el estudio de los fenómenos, el espiritu humano ha de alcanzar la verdadera meta más que entregándose á arrobamientos, deliquios y masturbaciones psicológicas. Todo lo que en el orden fisiológico revela subordinación, equilibrio, estabilidad, armonía entre los diferentes aparatos 6 centros nerviosos, es insubordinación, incoherencia, anarquía en la esfera patológica. A órganos y funciones las más rudimentarias, las más humildes y modestas, al parecer, van encadenadas á menudo las más elevadas potencias intelectuales, y aun las concepciones deslumbradoras del genio. I I Al interrumpir . nuestro anterior artículo dejamos sentada la afirmación de que así corno una impresión física morbosa transportada al sensorium y diseminada en los centros superiores del cerebro podía traducirse en
movimientos desordenados, impulsiones irisó - l itas, en ideas delirantes y actos tumultuosos, involuntarios, irresponsables, del mismo modo un deseo, una volición irregular, anormal, enferma, actuando sobre los centros sensoriales .y los núcleos motores correspondientes, rompe la disciplina orgánica y pone en libertad el movimento en consonancia con la volición sentida. Antes de pasar adelante vamos á desvanecer una idea que, á manera de protesta, habrá surgido seguraiñente en el ánimo de nuestros lectores. Si bien dijimos que las ilusiones y alucinaciones son siempre el resultado de un sufrimiento y malestar del organismo, con frecuencia los precursores de una vesania, su existencia ni argu y e en absoluto la locura, ni es incompatible con la integridad de la razón. Son, ciertamente, esos fenómenos una brecha abierta al delirio; pero en tanto que la inteligencia es capaz de rectificarlos, mientras no se acompañen de incoherencia, perversián de los sentimientos, tendencias irresistibles á acciones depravadas, lesiones en las funciones de la vida de relacción y el las asimilatrices,
-- 82 - Unas veces esas luchas titáuicas se fraguan en las profundidades, en la soledad del pensamiento; no hay otro testigo de su anarquía mental que él mismo, ó bien la locura aparece á simple vista injertada en el árbol frondoso de la razón, y nadie duda, todos afirman, la realidad se impone y decide. La misma ley que preside en el estado fisiológico á la formación de nuestras ideas y juicios, la asociación, es á la que se debe que las ilusiones y alucinaciones tomen giros y evoluciones razonadas, pero morbosas. Así, si sufren física y moralmente, es porque expían faltas que han cometido; si se creen atormentados, lo tomarán como un castigo del cielo; se les persigue, es natural, corno que son los llamados, los escogidos para redimir la humanidad, y cambian sus ideas en esperanzas dilatadas, eu proyectos extraordinarios y quiméricos que transfiguran su personalidad, convirtiéndoles en invencibles capitanes, en sabios eminentes, en reformadores, reyes, papas ó enviados de Dios para regenerar el mundo y prepararlo al Apocalipsis. Es, pues, según las disposiciones de su forma mental como interpreta sus sensacio-
- — nes, y á la índole de su delirio a la que subordina sus ideas y sus actos. Cuando se cree destinado á la condenación eterna y á vivi entre los réprobos, sus frases irán iinpregnadas de un matiz Subido de perjuro y blasfemo, y sus acciones irán marcadas con el sello del furor, de la destrucción; z,es el estro genésico, visiones libidinosas, eróticas, las preponderantes?, pues sus pensamientos y actos revestirán el carácter más cínico, mis obsceno y de la más repugnante degradación, 11ltimas fases que revelan la sistematización de su delirio. Nada, en verdad, tan fecundo é interesante , en hechos instructivos como la vida nosocomial y el comercio diario con los locos. _Exis- te en muchos alucinados un fenómeno por demás curioso, que consiste en cierto estado de antagonismo, que si bien sume al individuo en acongojada y penosa situaciuin, es un factor poderoso que les impide á menudo franquear los linderos de la agresión. Es el fenómeno que llamaba Morel de la doble voz. En esas alucinaciones los enfermos se Menten compelidos á ejecutar una acción mala, mientras otra voz les intima á, abste-
- 84 — nerse de realizarla. Es una especie de desdoblamiento de la personalidad, el espíritu del bien y el espíritu del mal que se disputan l€, posesión del individuo. Situación angustiosa y terrible: ¿hay una voz que les concita al movimiento?, pues otra les ordena al reposo; i,su ángel malo, lascivo, travieso, les sugiereactos impuros, livianos, deshonestos?, pues su ángel bueno les conforta y estimula al bien; ¿vibra una impulsión agresora, disolvente o una tendencia razonable y sensata?, pues mandatos contrarios les determinarán á abstenerse ó consumar lo que más pese ensu ánimo, ó lo que esté más en concordancia con su estado intelectual y afectivo. El siguiente caso, tomado de Morel, dará una idea aproximada de esas alucinaciones de la doble voz. Trátase de una anciana soltera, dotada de- un carácter bello y apacible y muy religiosa. Habitualmente tranquila y cortés con todo el mundo, se entrega súbitamente á las más violentas excitaciones, llevándose sus manos al oído izquierdo, el cual se oprime y golpea. furiosamente; otras veces ríe con estrépito, se agita en todas direcciones, habla y ges-
--- 85 — ticula presa de una viva excitabilidad; en su oído izquierdo declara que hay un demonio que le hace proposiciones deshonestas; pero su buen ángel del oído derecho se encarga de responder y contenerla en limites prudentes. 'En estas circunstancias nos dice que puede permanecer neutra, es decir, que asiste corno simple espectadora á esos pugilatos alucinatorios. No así cuando el ángel bueno cede la victoria al demonio impuro; entonces su desesperación llega hasta el frenesí, se golpea sin piedad y vense estallar tendencias peligrosas al suicidio. Podríamos citar bastantes hechos de esta forma observados en el manicomio de nuestro respetable y querido maestro el Dr. Esquerdo, revelándose en todos ellos un. carác. ter tal de duda, de irresolución, de inconstancia, que no les deja perserverar en sus buenos propósitos. Otro de los rasgos salientes que ofrecen los alucinados es la correlación que existe entre sus alucinaciones y los trabajos ú ocupaciones ordinarias del espíritu: la alucinación es como si dijéramos la marca de fábrica. Los muy dados á prácticas religiosas,
- 86 — místicas, acusan visiones ó apariciones en concordancia con sus deseos sentimientos predilectos: ya son santos que los protegen, ángeles que les guardan ó vírgenes que les aseguran y prometen la bienandanza eterna; otros dicen que espíritus malignos les tientan y mortifican, pretendiendo apartarlos de su camino con las seducciones Inds halagüeñas, con las promesas más seductoras.. Los que se entregan ä libros de hechicería, encantamientos y saturnales sabáticas, sus alucinaciones rodarán entre apariciones de brujas, espectäculos de nigromancia y aque - lacres diabólicos. El que se ha alimentado con ejercicios espiritistas, de magnetismo y obras pornográficas, denunciará concepciones en armonía con los trabajos en que se ha delec ^ tado. Las ilusiones y alucinaciones no siempre implican la seguridad de un atentado á cortoplazo. Entre el que se arroja por una venta na creyendo que en su dintel le espera el carro de la gloria; entre el que poseedor de cuantiosos bienes los distribuye entre los pobres, porque Dios le ha ordenado se entregue g las privaciones, al sufrimiento, á la peni-
-- 87 — tencia; entre el que inInola bajo el peso de su error A su propia familia, á sus más caros amigos; entre el que toma un gesto, un movimiento, una frase, una caricia por dudas, sospechas, infidelidades, desconfianzas y odios y obra en consecuencia; entre la concepción alucinatoria y su realización correspondiente, median á veces largos periodos de tiempo que exigen, sin embargo, asidua y constante igilal^cia. Sorprende y admira los esfuerzos y recursos de que echan mano esos infortunados enfermos antes de rendirse á sus desatentados impulsos; años y arios de luchas increíbles; unos se entregan á juiciosos trabajos como refugio á sus funestas tentaciones; otros huyen la ocasión y el medio donde germinan sus incentivos; uno abandona su patria y su familia; otro se recluye en un manicomio ó se mutila un miembro creyendo así decapitar la idea que le tortura; otros recurren á los estimulantes, á las bebidas, para poner coto â su abatimiento y proporceionarse una pasajera alegría. ¡Infelices! Su exaltación es un préstamo usurario que precipitará su bancarrota física y moral; sus fantasmas y sus voces surgirán m ts impera-
tivas é implacables cuanto más derrochen sus energías, sus resistencias. Del estudio de estos hechos se desprende una enseflanza fecunda en resultados: primero, que el criterio de la responsabilidad no puede deducirse del poder cohibitivo empleado por el sujeto para enfrenar sus impulsos, pues en esos combates la observación nos dice que la impulsión insensata , convulsiva, al fi na l triunfa siempre del elemento reflexivo, de la entidad razón; segundo, que el alucinado puede obrar, y obra á menudo, movido por conmociones pasionales como el hombre cuerdo. Los celos, la envidia, la cólera, la venganza se encienden más fácilmente en una imaginación enferma; si aun el hombre de más reconocida instrucción es á veces juguete de ellas, ¡cuán más difícilmente no habrá de reprimirlos el hombre enajenado, aun conociendo el móvil que le guía y la delincuencia del acto que va á consumar! De todos modos, conste que no todos los alucinados, todos los visionarios han de verse indefectible y fatalmente arrastrados ä la agresión, al furor, pues, como dice Mauds-
- 89 - ley, muchos son demasiado medrosos de los dolores para ofenderse d sí mismos y demasiado faltos de resolución para herir á los demás. De cuanto llevarnos dicho hasta el presente vemos la fuerza con que se impone la necesidad de admitir que el origen de la causa de la locura puede tener lugar en otros órganos que en el cerebro, como son las que resultan de trastornos en los nervios y funciones del sistema ganglionar que preside á las funciones químicoorgánicas ó de la -vida vegetativa, ó alteraciones de la médula espinal y aparatos de los sentidos, los cu ales, si no pueden ser considerados como centros de actividad consciente, tienen una participación tan incontestable en las manifestaciones instintivas, intelectuales y afectivas, que así pueden reputarse como el crepúsculo que abre nuestros ojos á la luz y despierta nuestras energías á, la actividad, al trabajo, como pueden sumirnos por su aberración ó ausencia en la lobreguez de las sombras, en la noche eterna de la inconsciencia, en la inercia del no ser. ¿Quién, pues, más idóneo y competente que el médico para formar juicios y ^•
- 90 — resolver en casos de dudosa mentalidad? Nadie con más aptitud y suficiencia para aquilatar el influjo recíproco de lo físico sobre la moral, y nadie como él puede penetrar más desembarazadamente en los intrincados laberintos de la insensatez y descubrir sus causas provocadoras.
LOCOS QUE NO LOPA^tECF1 El tema con que encabezamos este artículo es de aquellos cuya sola enunciación bastan á despertar en la memoria una fecha de feliz recuerdo y un tiempo de gratas satisfacciones. Él sirvió de símbolo, de enseria á una brillante cainpafia realizada en nuestro país por el eminente médico frenópata doctor don José María Esquerdo. Sus conferencias sobre Preocupaciones reinantes acerca (le la locura, y sobre Locos que vo lo parecen, formaron época seguramente en la historia de la frenopatía moderna. en Espafia. Sus trabajos é informe sobre larayo (el Sacamantecas) y Otero» son, á no dudarlo, las más valiosas joyas engarzadas á sus timbres de pensador y á sus blasones de filántropo y humanitario.
- 98 — rece la germinación de esas potencias naturales y permanentes, pero incapaces de restringir ni alterar su fondo ni su esencia. y esto es tan evidente é incontrovertible, que sólo de ese principio, de esa ley inmutable, emergen las desemejanzas, las variedades y el carácter diferencial de los individuos. Do otro modo, concediendo á la educación únicamente y á las latitudes, climas, planes de instrucción y máximas de moral un poder absoluto é incontrastable, todos gozaríamos de condiciones, aptitudes y finalidad uniforme, no nos causarían asombro la fascinadora elocuencia de un Castelar, el estro poético de un Echegaray, la voz angelical de un Gaya-• rre, el pincel ó paleta de un Pradilla, el sentido musical de un Sarasate, ó la inconsecuencia y el empequeiiecimiento de nuestros hombres de Estado , si es que estas cualidades pueden ser nunca otra cosa que funestos ejemplos de repugnantes egoísmos. La evolución, el desarrollo y perfeccionamiento del sentido moral, es la resultante de una adaptación no interrumpida en la serie de las generaciones, á lo que denominamos justicia, bondad, virtud, belleza, utilidad co-
-;99 - ní^n, consentimiento universal en verdades y axiomas fundamentales. Constituyendo , por tanto, el sentimiento moral la base de la naturaleza esencial del individuo y de su potencia anímica, es notorio que uno de los primeros síntomas de enajenación inminente se traducirá por un trastorno de la vida afectiva, por un desequilibrio del tono emocional. Eso es justamente lo que se observa en el estudio de las frenopatías y lo que va á constituir el objeto actual de nuestras disquisiclones.
LOCUM 1I0RAL, Locum S IN DI:I,IILI() Con estos nombres se designa en psiquiatria un proceso morboso que ofrece todas las apariencias, para los profanos, de perfecta integridad mental, y de enajenación incontestable para el hombre de ciencia práctico, frenópata. No vamos d discutir en estos momentos si esta enfermedad, que comprende muchas variedades, debe incluírsela entre las locuras hereditarias, como quiere Morel, 6 reputarse como casos de imbecilidad moral, ti ejemplo de Maudsley, bien, siguiendo ^í Prichard, Campagne y otros, como una especie real é incontestable de enajenación. Dos variedades salientes comprende la Ilamada manía sin delirio por Pinel: la locura moral ó afectiva, propiamente dicha, y la locura instintiva 6 impulsiva. En la locura
-- 102 — afectiva, ó moral insanity, de Prichard, los enfermos revelan una perversión profunda de los llamados poderes activo ó moral, de las. afecciones, el carácter y los deseos; hay visible incongruencia entre sus actos y sus costumbres, entre sus intereses y su conducta, entre su razón y su manera de proceder. Aun aquellos de estos sujetos que han sido educados en los más severos principios de moral, de dulces sentimientos y rectos juicios, véselos arrastrados al desorden, á una conducta reprensible bajo el influjo ó en defecto de toda causa determinante. Es verdaderamente asombroso el considerar una perversidad absurda, incomprensible,. inaudita, coexistiendo con cierta lucidez intelectual y un discurrir sensato y razonable.. En esos enfermos las ideas conservan un lógico encadenamiento, sus juicios arguyen una pasmosa regularidad, su lenguaje es vivo y apasionado, su conversación no exenta á veces de interés y de ingenio; pero sus acciones están en chocante oposición con su lucidez mental. De aquí el que á menudo se tome como vicio lo que no es sino producto de enfermedad, pues que todos sus apetitos se sa-
- 103 — tisfacen sin la menor sensación de vergüenza y sin el menor pensamiento de prudencia. Cuando se pregunta ó son llamados á deponer los parientes, deudos ó allegados de uno de esos individuos atacados de locura razonadora, en vano procuraréis indagar algo que indique desorden en la inteligencia ó las ideas. Os contestarán que su enfermedad se exterioriza en sus actos, en su proceder, en su carácter y deseos. Os dirán que el sujeto ha experimentado un cambio brusco en su manera de ser. Él, que habitualmente era bueno, franco, generoso, se ha hecho tacazo, terco y disimulado; afectuoso con su familia y amigos, hoy se muestra descontento, desabrido; injuria, sospecha y maltrata aun á los más amados. Él, que hasta entonces fue casto, se trueca en deshonesto y licencioso; el económico en pródigo hasta el despilfarro; su exaltada actividad no le deja un instante de reposo, siempre en pos de proyectos extravagantes y ruinosos; el estado de eretismo mental que los domina, nada extraordinario para los ajenos y loco de atar para los que le rodean, es el que engendra, ora ideas de superioridad, pretensiones literarias, artísticas ó financieras
- 104 — que les lanzan á empresas comprometidas ó á derrochar en objetos de lujo, viajes y av entu cas quijotescas, sumas desproporcionadas á sus medios de existencia; ó bien impelidos por exaltaciones eróticas, ó siniestros presentimientos, ó infidelidades imaginarias, se entregan á las más enconadas venganzas, entablan demandas de divorcio, formulan atroces calumnias, cometen atentados contra la honestidad y purgan en cárceles y presidios condenas infamantes por delitos consumados en su estado de sin razón. Es esta la forma con que se inicia muy frecuentemente la parálisis general progresiva. Obsérvanse además en la locura sin delirio una multiplicidad de fases que varían hasta lo infinito, tipos que se confunden con los hombres cuerdos, apasionados y criminales. Estos sujetos entran y salen de los manicomios, de los tribunales y de las cárceles, mostrando en ese via crucis lo refractarios que son á las penas, á los castigos, á la disciplina y régimen hospitalario. Los hay que son refinadamente astutos é intrigantes; otros se dan á la codicia, al robo, á la agitación y la turbulencia, y se entregan á todos los caprichos,
- 105 á todos los movimientos de un corazón fogoso y desordenado. Buscan el e dinero porque él les permite franquear la cárcel donde su voluntad se agita estérilmente. Las resistencias les exaspéran; van tras las querellas y pendencias, pues la audacia, la fuerza, la violencia y la entequez de sus sentimientos morales les empujan á la agresión. Tienen cierta insensibilidad física para el dolor, como la tienen para el remordimiento; así que ni les contiene la amenaza ni la sangre les espanta. Sus amistades son fugaces, sus afecciones se disipan con la rapidez con que se creean; son los acompañantes obligados de sus aventuras los que lisonjean y aplauden sus hazañas, seres acaso no locos, pero sí rizas degradados y abyectos. A estos periodos de excitación, movilidad y gustos cambiantes, suceden otros en que viene la depresión, el desfallecimiento, temores quiméricos que les acosan y sumen en una vida de soledad, de hastío. En general son más dados á la cólera que al llanto; su sobreactividad más participa de los caracteres maníacos que melancólicos, aunque éstos últimos no dejan de presentarse con frecuencia, como
- 106 — acontece en las mujeres, debido á su existencia más pasiva, menos violenta y agitada. Unos y otros suelen dirigirse las más injustificadas sospechas, y rara vez se interesan por los hijos, los intereses, los negocios y ocupaciones; por el contrario, vese dominar á los transportes del cariño, á las solicitudes y atenciones, los castigos, la crueldad y el abandono más inhumanos. Las confidencias del hogar, los secretos de familia, son pavesas que la indiscreción disemina de casa en casa y de boca en boca. Su lenguaje afecta en genera l . un colorido de procaz y deshonesto; aman hasta el apasionamiento, calumnian y aborrecen hasta el crimen. Ni los excesos de todas clases les rinden ni enferman, 6 bien la más insignificante transgresión les amilana y postra. Son, en fin, una mezcla, un conjunto monstruoso de brumas y resplandores, de luces y de sombras, de bueno y de malo, de intemperancia y mesura, de virtud y de vicio; pero denunciando siempre como manifestacionessalientes los afectos, los impulsos, las ideas y los actos más personales, más egoístas, más antisociales, más disolventes. En algunos suelen encontrarse rasgos de
-- 1 0 — ingenio, aptitudes artísticas ó intelectuales no escasas; los hay escritores, poetas y aun que desempeñan cargos elevados: ¡infelices los que han de hallarse supeditados A su dirección! Otros se significan alguna vez por actos de filantropía y obras de caridad, pero son contados los individuos y las ocasiones. Esos desgraciados se amanceban con todas las utopias y todos los delirios de su época. Como en general tienen una gran fuerza de disimulo y son arteramente hipócritas, sorprende cuando se los examina en sociedad lo aseados y elegantes en el vestir, su cortesanía en el obrar, su pulcritud en la conversación,. su galantería y amaneramiento con las darnas,. su respeto con el anciano, sus ternezas y caricias eon los niños; pero todo es farsa, ficción, engaño, mentira. Para quien no tiene sino consideraciones en aquel instante, ha sido tal vez por la mañana objeto de sus burlas y calumnias; al que más lisonjea es al que más ha ofendido; su oficiosidad y sus atenciones con una mujer fueron antes difamación y afrenta. Se desenvuelve esta enfermedad muchas. veces á consecuencia de grandes choques morales, desgracias de familia, quebrantos de
- 114 — sas, abusa brutalmente contra el honor y la propiedad, se da á las bebidas y las pendencias, le es indiferente el escándalo, la reconvención o la amenaza y ama la holgura y la vagabundez? No , éste no es un loco , no es un enfermo; es un vicioso, es un sér al que sólo animan necesidades vegetativas, impulsos orgánicos, manifestaciones de la más baja animalidad, del más ínfimo rango histológico. No así cuando un hombre ó mujer de buena posición social, de regular ó elevada instrucción, de sentimientos religiosos , de un bello carácter, mesurado en sus costumbres, circunspecto y modesto, prudente y cuidadoso de sus negocios , atento y cortés con todo el mundo, bajo el influjo de causas poderosas físicas, morales ó fisiológicas se hace derrochador, blasfemo, grosero, terco, suspicaz, hablador, altivo y engreído, se entrega á actos inmorales, extravagantes y peligrosos, que suele moderar en público ó ante los extraíïos lo ruin, bajo 6 perverso de sus impulsos, mientras en la vida privada son un ultraje perenne á la virtud y la moral; cuando se los ve llegar en su insensatez emotiva hasta el crimen, sin otro interés de actuali-
- 115 — dad ó acaso de ultratumba que atraerse las miradas de las gentes ó el inconcebible propósito de ser ahorcado, decidme si esos casos no pueden considerarse como hechos inconcusos de locura razonadora, de locura moral, y constituir, por consiguiente, un atentado al sentido común, á la razón, á la ciencia, esa negativa, esa intolerancia en admitir, por parte de los tribunales, estas formas de perversión mental apreciables todos los días, en todos los tiempos y paises. Los siguientes casos prácticos que vamos á transcribir darán á nuestros ilustrados lectores una idea aproximada de lo que en medicina mental se conoce con el nombre de locura moral. B. A. Morel, en su obra T raité des maladies mentales, refiere el de una joven llamada Carlota P..., hija única de una madre rematadamente loca. Carlota, desde sus primeros años, revela las más funestas disposiciones á la travesura, al desorden y á actos notoriamente perturbadores y extravagantes. Su educación fué más bien la de un joven ardiente, dueño de dirigir á voluntad y entregarse al fuego de sus pasiones, que no la de
- 116 — una persona de su sexo y condición. Se entrega con deleite á los placeres de la caza erg compañía de su padre; gusta de las bebidas fuertes y de los licores más excitantes; vestida de hombre, ensilla los más fogosos caballos de la casa y se complace en excursiones peligrosas por montes y llanuras ; busca con predilección los ejercicios corporales que mayor destreza y esfuerzo exigen; en suma, la naturaleza parece haber equivocado su papel de artífice injertando en un organismo de mujer los alientos más varoniles. Casada á los veinte años, no tarda en invocar ridículos pretextos y absurdas suposiciones para abandonar a su marido y regresar al seno de su familia, ó refugiarse entre amigos ó desconocidos; acusa á los que la rodean de ofensas y malos tratamientos, finge cartas que imputa á personas distinguidas, pero que son obra suya, en las que se leen declaraciones amorosas ardientes , citas y devaneos insensatos. Se concibe que semejante conducta había de ser un poderoso elemento de perturbación y un germen fecundo de discordias y disgustos domésticos inacabables. Todos, sin embargo} esperan que esto tendrá término cuando Car-
- 117 — lota sea madre; mas no sucede así: esas organizaciones originariamente enfermas no se transforman ni por evoluciones fisiológicas corno la nubilidad, ni aun siquiera por la fe - cundación, que, cual ninguna otra, tan radicales cambios imprime al sér. Realizado felizmente el alumbramiento, Carlota no se interesa en nada por su hija; le es tan indiferent como si no formara parte de la familia, como si no fuera su propia encarnación; por el contrario, si alguna vez se ocupa de ella es para mortificarla y hacerla sufrir. Privada por su marido de todo gobierno y dirección, aun de los más insignificantes asuntos domésticos, ella sabe procurarse motivos y ocasiones de contraer deudas para satisfacer sus infinitos caprichos de coquetería y de viajes. En una de sus frecuentes correrías á París asiste á círculos y reuniones, traba amistad con escritores y poetas, celebridades contemporáneas, hombres de todas clases y mujeres intrigantes. Ella misma se hace escritora y publica poesías en cuyo estilo se reflejan las ideas y sentimientos de su espíritu, y que, á decir verdad, no hacen mucho honor á sus lectores y admiradores. Su esposo se decidió
- 118 — por fin á, poner coto á, esa vida de orgiástica insensatez, recluyéndola en un manicomio, lo que consiguió no sin grandes dificultades, pues sus respuestas lúcidas, su lenguaje correcto y sus juicios sensatos eran un serio obstáculo para su interdicción. Confiada á los cuidados de Morel, Carlota pasa largos períodos de tietupo en un estado de pereza indescriptible, de inactividad rayana con el estupor. Estos fenómenos alternan con otros de exaltación, desorden extremo en las ideas y los actos, proyectos quiméricos, recriminaciones inauditas contra su marido y su familia, y fatiga á todos, empleados, extraños y autoridades, con escritos é instancias, tratando de probar que no estaba loca y que su retención era un atentado á su personalidad. Otro de los contrastes salientes que ofrecía esta enferma era que después de haber delectado á un público numeroso con poesías, romances y novelas sáficas, de marcado tinte erótico, sus ideas cambian de pronto, surgen nuevos sentimientos en escena, y su lubricidad se trueca en un ardor y celo religioso que jamás había sentido. La segunda observación que vamos á men-
- 119 — cionar, tomada de la Patología de la inteligencia, de Maudsley, comprende otro caso de locura moral, el más extremado, el más saliente d e cuantos el referido autor ha tenido ocasión de ver. Trátase de un anciano de sesenta y nueve años, cuyos quince últimos de su vida han sido una constante y dolorosa peregrinación de asilo en asilo. De regular inteligencia, podía componer y redactar artículos y poesías muy aceptables, y era un ingenioso narrador de cuentos; no tenia ilusiones de ninguna clase, pero era el más molesto y desesperado de los mortales para producirlas; moralmente, su depravación era tremenda. Se daba al hurto y al robo con una gran habilidad, y en distintas ocasiones se escapó del asilo con maravillosa astucia. TJna vez en libertad, empeñaba lo robado é inventaba argucias y men tiras con tal tranquilidad y maña, que no pocos fueron víctimas de sus malévolas arterías, hasta que finalmente dió en manos de la policía, ó fue descubierto en un estado más infeliz y despreciable, en compañía de los más perdidos mortales de la parte más perdida de la ciudad. En la primera etapa de su carrera vesánica,
- 120 — que empezó á los cuarenta y ocho años, estuvo diferentes veces preso por ladrón; en el manicomio era uno de los enfermos más perturbadores é indisciplinados; concitaba á los demás al desorden; otras veces hacía excelentes indicaciones, y escribía admirables reglas para la buena dirección del establecimiento. Nadie más listo que a para descubrir y denunciar cualquier omisión ó abuso de los dependientes, pero ninguno tampoco más dispuesto para eludir la regularidad y el orden de la casa. Su lenguaje era de lo más abusivo, loco y blasfemo; se encolerizaba cuando se descubrían sus flaquezas ó se le reconvenía por sus perversas inclinaciones. Sus aptitudes artísticas para el dibujo las empleaba en pintar figuras obscenas de hombres y mujeres desnudos, que se deleitaba en enseñar á los demás enfermos. Era peligroso confiarle con las locas, pues había intentado tomarse indecentes libertades con. ellas. Con intervalos á veces de dos años, se volvia profundamente melancólico durante dos ó tres meses, rechazaba los alimentos y estaba tan loco como el que más del asilo. Esta última forma fué con la que se inició su locura
if! -- 121 — moral. Vamos á hacer mención de un tercer Baso de locura afectiva, no menos curioso que los anteriores, omitiendo detalles interesantísimos que la prudencia y el secreto médico nos impide relatar. Doña N. de N..., de edad de cincuenta y cuatro arios, casada, sin descendencia en ninguno de sus dos matrimonios, es, según referencias fidedignas, una mujer que nunca ha menstruado. Entre sus antecedentes hereditarios hay hechos de notoria enajenación. Hija única de padres que lograron, tras muchos afanes y sinsabores, una regular fortuna, su vida ha sido y es una no interrumpida carrera de extravagancias é insensateces. Dotada de una grau belleza física y un trato poco común de gentes , admira por las formas, elegancia y corrección de su palabra. Cuando se la trata por vez primera se siente uno prendado de su modestia, de su delicadeza, de su discreción. Viste con elegancia, parece interesarse por cualquier infortunio y es decididamente aficionada á prácticas religiosas. Nada en sus ademanes y lenguaje delata el fondo de sus pasiones dominantes ni
- 122 — la perversidad de sus sentimientos morales, dislocados á más no poder. A poco que se cultive su amistad y permitido algunas confidencias, no tarda uno en arrepentirse del afecto y tolerancia que se ha prodigado. Nadie más embustera, disimulada é hipócrita que ella , divulga vuestras indiscreciones é inventa lo que ni aun siquiera pudierais haber imaginado; se ríe de vuestros consejos , se burla de vuestros modales y ridiculidiza vuestras oficiosidades y atenciones : he ahí por qué nadie pretende su amistad y todos rehuyen su diabólico trato. Su esposo, que es una excelente persona, pero sin fuerza moral sobre ella, vive en continuo sobresalto; todo el interés, todo el cari Izo que revela en sociedad o ante los extralíos, sus explosiones de ternura para con él,. son engaño, ficción, mentira. Ella es su tormento constante; lo humilla hasta lo inconcebible, le echa de casa, le obliga á comer con los criados, á encerrarse en sus habita ciones días enteros, á no mudarse de ropa interior semanas y meses. En varias ocasiones ha tenido que escapar de ella, que le perseguía con un cuchillo; otra vez trató de
-- 123 — estrangularle, y lo hubiera realizado sin oportuno auxilio. Cuando él ha intentada poner coto á sus desmanes, no ha tardado en desistir, por los escándalos, las recriminaciones y calumnias contra él formuladas, llegando hasta decir que quiere asesinarla para entrar en posesión de sus bienes. Cualquier advenedizo, un criado que dure quince días en la casa, lo que es muy raro, pues para ella todos son torpes, groseros, sucios, mal educados, le hace su confidente y consejero, pues para todos tiene siempre abierta la exclusa de los secretos. Roba cuando puede y se ausenta de la casa pretextando citas y conferencias con obispos y personajes imaginarios. Su locuacidad es inaguantable, y á poco que se le preste atención, le es indiferente que sea en la calle, en la casa ó en la iglesia, os hablará de Francia, de Italia, del recibimiento con que la distinguió el Papa, de sus excursiones balnearias, no habiendo estación ó temporada que no tome aguas sulfurosas, atoadas, ferruginosas, alcalinas, de mar y de río, pero sin que permanezca en el mismo balnearia ni en el mismo punto más de cuatro ó seis
--- 226 -- riodo menstrual ó el embarazo. Acompana igualmente á muchos afectos nerviosos, epilepsia, histerismo, neuralgias, etc. Sorprende y causa admiración en tales casos la loca impulsión á beber, la irresistibilidad hacia el alcohol en sujetos que hasta entonces habianse revelado como sobrios, temperantes, metódicos, sensatos. Caracterizanse esos estados dipsonianiacos por un deseo ardiente, apasionado, que contrasta con los hábitos y costumbres anteriores, por presentarse antes después de ataques convulsivos en épocas determinadas, por crisis periódicas, por interm.itencias y remisiones a veces de meses y amos. Ya en este punto vamos á terminar lo relativo ä las locuras llamadas impulsivas, no sin sentar antes la idea de que esta vesaia, esta forma de enajenación, no es jamás protopática; constituye más bien un síntoma de una afección nerviosa que le sirve de substráctum ó base fundamental. En efecto, la dea impulsiva se presenta en todas las clases de locura, manía, hipocondría, demencia, parálisis general, así como en esos estados ordinariamente congénitos, imbecilidad é idio-
- 227 — tismo; se observa igualmente en los hijos de padres alienados, alcohólicos, neuropaticos, convulsivos y en ciertos estados fisiológicos, como la pubertad, la menstruación, el embarazo, etc. Así, pues, bajo el punto de vista científico, como bajo el punto de vista medicolegal, el acto ó la monomanía impulsiva no debe ser considerado sino como manifestación de una afección preexistente ó como legado hereditario que señala el principio de una degradación moral.
LOCURAS HEREDITARIAS Ó DEGENERATIVAS El asunto que nos ha ocupado brevemente en nuestro anterior artículo, el alcoholismo como causa de locura y factor esencialísimo de degeneración física y mental, nos lleva a proseguir nuestras disquisiciones en el vasto campo de las locuras llamadas hereditarias ó degenerativas. Desde los trabajos de Lauvergne, Ferrus, Morel y Thompson, la frenopatía adquirió vuelos tan gigantescos y descubrió horizontes tan amplios, que hoy aspira á ocupar un lugar preeminente en la solución de los problemas relativos á la criminalidad, á la responsabilidad y a la represión penal. El Congreso de antropología criminal recientemente celebrado en Roma (1885); los estudios de Ferri, Marro y Lombroso, basados
- 230 — en su mayor parte en la doctrina de la herencia, del atavismo, de la enfermedad, absorben lit ► v de tal modo la atención de jurisconsultos, médicos y legisladores, que no podemos sustraernos ti la corriente general que impregna l a manera de suave rocío el espíritu contemsîorA leo. Considérese la herencia como una conf liei) l etioló ica común para todas las formas de locura, como una causa que obra. únicamente A título de predis po nerte, ó bien como nu elemento p oderoso one p ermite constituir fs imprime ti la locera transmitida caracteres especiales, hasta el punto ` Se formar una entidad nosoiógica, una especie morbosa distinta y terminante, como afirman y sostienen los m•b.s ilustres rnenta!istas, es lo cierto, y la obervncióu diaria lo confirma, que el individuo hereda con sus estructuras, con sus órganos,. ,us modalidades fisiológicas. Es, por esas leyes (me rigen y dominan la gener. anión normal c. patológica, por la que el tísico procrea tïsisicos, el sexagenario productos poco viables, el imbécil imbéciles, y el hombre de morbosas t il)titudes cerebrales, de idiosincrasia ó temperamento vesánico, de degradación moral, seres en armonía con sus rasgos predominantes;
1./ J` - 231 - seres, en fin, enfermos, degenerados, viciosos, criminales, locos. La . reproducción del tipo, fatalidad de la herencia, no tiene lugar pre y de un modo absoluto; una serie de con-- diciones extraaas y aun no conocidas y se oponen Li la realización matem:Itica do esta ley biológica. Si estuviera en nuestra mano someter j, urL), selección rigurosa individuos afectados de p' .!oceses psicopAicos, de enfermedades Como sometemos duranto largas razas de caballos, de peiTos, do pichones, pollos, etc, quién duda quo llefrariamos Í ob, tener familias de idiotas, do imbCciles, de ladrones, de asesinos, do suicidas, de borrJel-ios, pues la enajenación mental , entrana la infecundidad O la debilitación del producto, y, per . . conslgmente, la extinción de la raza. La reproducción simiftir (5 las transformaT ciones morbosas quo renuevan y modiricau principio hereditario; la razón en virtud do L cual una neuralgia de los padres se transforma en la descendencia en rematada insensatez, una organización extremadamente egoista, desconfiada y suspicaz se trueca en locum; esas desemejanzas, esas incongruencias, esos
-- 232 -- hechos, en apariencia contradictorios, tienen una significación lógica: revelan un fondo común el desequilibrio, la degeneración de los centros nerviosos. Sucede aquí lo que con las enfermedades diatésicas ó constitucionales: una es la escrófula, y según que se asienta en la piel, en los ganglios, en las mucosas ó en los huesos, así varían y cambian sus manifestaciones fenomenales, ya produciendo erup - dones repugnantes en el dermis, infartos ganglionares, flujos purulentos ó tumores y caries de los huesos; pues siendo igualmente uno el sistema nervioso, y muchos los órganos que le componen, y variadas las funciones que desempeñan, las neuropatías variarán según que ocupen las zonas medulares, los centros sensoriales é instintivos y la región de los afectos y de las ideas, así surgirán actos incoordinados, tumultuosos, irresistibles, aberraciones de la percepción y de los apetitos, delirios de la idea y del sentimiento, o la incapacidad más absoluta para el pensar. En el caso presente, la desemejanza de función, las transformaciones neuropsicopáticas, nó atentan ni invalidan el principio hereditario, pues son hechos que caen dentro de un mismo or-
- 233 den y reconocen identidad de naturaleza: la variedad en la unidad: he ahí la ley de la vida. La observación, la clínica, el manicomio, nos hacen cosechar á diario ejemplos de esta índole, y nos demuestran que en toda familia donde el padre ó la madre se hallan bajo el peso de afecciones graves del cerebro O del sistema nervioso, estados de irritabilidad cerebroespinal, dados á los abusos é intemperancias de todos géneros, de fuertes pasiones y grandes miserias, puede vaticinarse la clase de capital que habrán de legar á su descendencia: originalidades, extravagancias, vicios, pasiones, neuropatías, tendencias criminales y locuras ciertas, y cuyos tipos ofrecen un sello especial, íntimo, característico, que permiten, aun en defecto de informaciones y antecedentes hereditarios, reconocer la marca de origen. Datos clínicos, indiscutibles, fenómenos somáticos y psíquicos, signos físicos é intelectuales constantes, caracterizan la gran familia de los hereditarios, de esos infortunados seres sobre quienes se han ido acumulando elementos morbosos en grande escala. Adivinaréis, por los rasgos y perfiles que les son comunes,
T^ T .. 1 y.r k. ‘ ) ^ 5 i • , ' !1 C.1 >..e .. ,; 1(.. } , T1 l i esos ^_h__.. • :?(^?i^^l'l.t:,,, etc., que -é ° `y ^ F — 234 — por la sintomatología de sus afectos, por la. evolución y marcha de sus enfermedades y la frecuente inutilidad de nuestros medios de tratamiento, el lazo fraternal que los une, la le- ^ ,;^11 d ` c lE^ d^ ' su ^.^ ^..^ l. n ^^ : . n , -^ .Fi.l^'a..i.Lc.^l i •^tcÁ.`^, ^_!:, filiación. Los Inds ilustres encarnan el movimiento ^ !¡]^i-.:^ ^1 'i; [ ' e .¿ ^ _i ,il^.1t^^.l^Jt3 C:^.LL Ct , s^ ^ , r i yy ^ ^^^^^,z C111 V ^- 1^}..%_.P ^ 1._7( 11la`''?._zil, Leo-rand de °Julie, ^ Y' r ^ ^ S V, ^,ii..lil`tr^•l, r, FCllrCL Sau- ^ ^ ci ,_ ^l' .. ^-;^} Yl ^^ ^^(^ '!1 ^^-^t-^ f• ^ montañas ^ ,C ` ncs dv ^^,.,.,^^_ ^; ^^^lz^ ,_. e^..:t^t ^ f<.,_. ^.__,,i_lt, ^z^.:^ ^ hacen oá^^^^^1.•l.:P_i..rr 111Lii7 (i^iCiirCA lus y espacios, ., ('S r1 v J t l + 1 ' ^^llo^ ^.,^^a E, >^):il, ^^^ ^^i^ ct_^ .^ n ^ r ^ l •n -} ¡ recinto `? }^^^ ^^ ^ ~;` 1} F} ç^O 1 t .,. ^^;._ nC^:.i^.i71C^.iií_^ ..1, que nuestra lll ^il^il..[l° l: ^j pequeñez nos r , ^ ^ ' ^z^. . es cm -^ aspiran ,L ^^::n^,^v l^;e(` i t^ ^i.^(^.. il^.,^ ^.t^:^:.^^°^<<.t, ^.^^:i1., ^ y l^L ^L^Jpi^c^n í , con i r. l,^ .^ 1 ^ } ;r:; ^ de ^ ^ , j ^, f„(^;^^ -t^I)^r^íU.^, ?t.jc ^ r' ; :I i1^^,^.,i_1 •A^^ .l.ó Íti;nol^atl^ ^ leyes, ^^ , ^ ^ ^^ social, . i una ciencia códigos, teyes, lnstitucioi -)n ß_1 , sólo pueden basarse e la evolución el olución il } i progr°e ,iva del hombre intelectual, físico y mora', todos ellos admiten y proclaman la doctrina que sustentamos. Los sujetos afectados de esta forma mental, de la locura hereditaria, revelan, desde los comienzos de su existencia, el triste legado que sobre ellos pesa. Apenas nitros, cuando aun la palabra, no ha desflorado sus labios, el más pequeño estímulo conmueve y solicita las inconstantes células de su sistema nervioso, y
Sr'^':' :.- ' ^ ;z T ^'` t; : ^Z' : î 7 ^ ,r ^• C^^l ._^ ^ ^ t2i_iCY ^ ^i liI-_u^t ct^_4^.) 1 i_tí i_: 3 { e F •;./ ^ ► — 235 - los centros medulares y motores se revuelve n . en espasmódica agitación d en reaccic)Ilcs •convulsiv as y el)ilel)tif'ormes. L o :7 Inoviiili!'Iit()C, irregLll;al cs y desordenados, Îvs gritos ^ r l l ala^.o s : ^ si:1 motivo , ^'^ ^ )íi1' i' i ll;itia'> ^ la c{)ii ; • a?lsiáia, (pie es en ell, 5 c ' l equivalente 4.1f,' ,! i ` 'Iil ^^ l i' r ^ - 'S> 7 ' en to d as las r:ises acci^.^cel^lt;(.'s ^i; ' sa existen- ^ 1!lli', II i. 1 ^ :a trastorno g41.'iL;'()-. !I.itL^`.}.^%1 .fii. t lfts, lli _ ' ^.)i ^ .. r ` ` e { C li?7f.'i ^'.i ` ^ ^il^^i.i.+>I'íÍ. ^^:(:ií ' li 1 ^ la s7i1^'I't^'.,;, maestro e l DI.". ^ •^ i ,-^ S:178 , , ,^, ^- , 1 • Q i.°, i:11 L [l tL3,^.^ r e^.^l: { (111tJ ,1 ;-Al 11 '.- .. ^. . ^.1 .. ^ . 1 110.N - 10 ) ,' ^ `.^ ._ (2 / .. i ^ i t ^ 'i _ :1.{._/ v ♦ oso ` ' v tt i).^l'y^c' ^ i`c.líá! t ^ •` i • r^ ^ ^^ ^ Ell • j 1 7 .^ll esea;^,^oí'C'tl..i' de la •\ 'ii.l_a, ^ °• ¡^ el -,(7•ít l1 fe ¡^ ¡^ ^1'^^^^^ 1 ^^^^ i i ' ^i^ ) f ' 7 ^ ;^i^l^.^ \_ ^^^ ^'^.^^•. 1 :il'.,Z^iE_R^^^) O^..S11^^^ 1J.i^..;^.i..`^•_^^L1.^.l.i)^'t _ ,^ ;:^^f ' e ;'.t:.i 1 ^1. f_'il. a`^ l: ic?(`;^1 r(^^^i? 10 l'r:'^t;i`^^1^r^c.il% l T " _iii l+.;,'r-^ ^^ ^ ^' ^ { ` 1 ^ un de sus fc.icLi'l,lá t l,..s cC.rí.,.l.'1.'(^.aic_ % t^^_át'r.^1^('^ ^ es La . . , - 1 ' 1 i I ^ 1«i c^.i e ^ ú t ^ ! ^ ^^ t ^ r ^ !_^ ' ^^ í 7' ^^ E Iï^Li.Ç'i. :ia +.^^• =1 ^_:: • _ _^^ z^^,t:.),.a^^.^:1(:^^i; ^.C^,í^O, 1^^- motora. L a s ilusiones ai E1C':i1^ï ^ Ioi;;'s 3 ^ , son raras en l:a. i ► lf°:.IIL{;i^^; ..ill ^?es^)^,^I'tai' ci_"i^.)i tc; acompail,:ido de llantos, error T te?'rc)r. s F^ s I^;;ii^): =-. sen- :,1^`^lQs, ve4', ti ,^^,.lc^r^is l^^l.s^111l+.itJ, 4Igilac16 11 sobresaltos, quo ni aun los padres l()^^;rail tranquilizar, demuestran cómo htiC ' , lll verse obsediados p or sensaciones subjetivas, fai>.tasliias y visiones t.trrtaríllcas. Con los progresos de l^.
- 242 — treza para el dibujo y la escultura, constituyendo esos que Félix Voisin denominaba genios parciales, pero que, como el ilustre compositor. Mozart, necesitan quien los dirija en cuanto emprenden, en la gestión de sus negocios, en el cumplimiento de las costumbres y deberes sociales, pues su incapacidad é imprevisión liaría inútiles sus portentosas aptitudes para aprovecharla á los fines de la vida. Este mismo predominio de facultades determinadas prueba que, así como ciertas regiones del encéfalo pueden hallarse en estado de raquitismo, de atrofia, en tanto que otras gozan de espléndida y exuberante vida, es insensato el combatir y rechazar la existencia de formas patológicas, como la imbecilidad moral, la locura instintiva, las monomanías y todas las variedades de enajenación parcial. La entequez de sus sentimientos y la ruindad de su inteligencia los lleva á cometer los mayores atentados con brutal .serenidad y cínica osadía. Cuando por los progresos de la edad alcanzan el desarrollo físico comple- to esos seres , niños por lo limitado de su entendimiento, pero con las pasiones violentas del hombre, se convierten en instrumentos
-2t3--- ciegos de las más viles sugestiones, y ejecutan crímenes y delitos cuya responsabilidad sólo debe alcanzar al que armó su mano y la movió á la acción. Los dos casos clínicos que voy á relatar, y de cuyos antecedentes de familia omito referencias interesantes, nos darán una idea aproximada de las numerosas variedades que pueden observarse en esa forma degenerativa llamada imbecilidad, y de cuán fácilmente incurrimos eu error cuando nos dejarnos guiar de superficialidades y apariencias. De edad provecta el uno, y joven el otro, ambos son, como vulgarmente se dice, personas bien nacidas. Su aspecto exterior revela al hombre elegante, culto, instruido, caballero, en fin. Holgada posición les ha permitido franquear el gran mundo y vivir rodeados de todo género de comodidades, coches, caballos, lacayos servilones, adulación, lisonja y mentidos respetos. Montan á caballo y dirigen un Boche con arte y maestría. Asisten á reuniones, tienen abono en los teatros, gozan de prestigio influencia, y viajan por seguir la corriente de la moda, ó como máquinas impulsadas en esta ó aquella dirección. Ninguno de los actos
- 244 de su vida responde á un fin humanitario',. colectivo ó social; si algunas veces el más anciano de nuestros enfermos realiza algo en beneficio ajeno, lo hace sin tener conciencia de lo que pide ó pretende; apoya las pretensiones de un canalla ó de un criminal con el mismo ardor y energía que las de un hombre probo y honrado. Su posición, el prestigio de su nombre y de su familia les ha llevado á altas posiciones oficiales, en las que no han dejado otra huella de su paso que la de su incapacidad é ineptitud. Todo esto constituye, sin embargo, para el común de las gentes, motivo de acatamiento, deferencias y serviles bajezas. Cuando se aquilata el móvil de sus acciones se penetra el fondo de su organización, y los estudiáis en la vida intima del hogar, ¡qué desencanto!, las que juzgabais bellas prendas de carácter se disipan como el humo al soplo de suave viento. Faltos de iniciativa, de espontaneidad, de afecciones, éste, el más joven, no tiene otro mentor y guía que su cochero; cambia de caballos á carruajes cuando éste le acomoda; come cuando se lo manda;, viaja cuando le conviene, y hay para sospe--
-4 -- 245 — -char que sus dos matrimonios han sido concertados por el fiel Caronte. Para lo único que se muestra voluntarioso, terco é ingobernable, es en el cumplimiento y satisfacción de sus ridículas excentricidades, de sus absurdas obsesiones, de sus ideas fijas. No podría dormir tranquilo si á la una ó á las dos de la noche no se trasladara d una posesión que tiene bastante distante de Madrid, con el plausible objeto de llevarle la cena á su querido gato, ó bien hacer una vulgar necesidad en tal cual sitio, no importa sea la que quiera la hora ó la estación del año. Puede creerse con funda - mento que acaso no ha sentido jamás el orgasmo genésico, la necesidad sexual, al observar su frialdad y su desprecio para con sus dos mujeres, y cuyo enlace, ó fué un hecho casual, ti obra de proyectos interesados. Su palabra es premiosa y dificil, su fisonomía huraña y agresiva, la mirada fija y carece de expresión. Su sensibilidad periférica está tan embotada, que con un sol canicular ó un frío siberiano le encontraréis siempre guiando su carruaje; su sensibilidad moral está, si cabe, menos desenvuelta. Un día que se trasladaba desde su posesión á la corte, el coche volcó en
-216 el camino; lesionado y maltrecho subió al pescante, continuando su ruta sin cuidarse para nada de la señora que quedaba tendida en medio de la carretera. Todos estos hechos, y otros más gráficos que callamos, le colocan seguramente en los últimos peldaños de la imbecilidad, y, sin embargo, para el común de las gentes es cuando más un sér raro, caprichoso, excéntrico. Nuestro otro enfermo tiene, por el contrario, una cultura intelectual no escasa; lee, escribe bien, habla de política y de asuntos varios con cierta corrección, h a . ocupado cargos públicos de elección popular;. designado para algunos Gobiernos de provin - cia, no ha llegado felizmente á desempeñarlos,. temerosa su familia del ridículo de sus inconveniencias é imprevisiones y torpezas. ¿Quéconfianza había de inspirar un hombre que ha dilapidado una gran fortuna en frivolidades y préstamos absurdos é irreintegrables, que j a- Tnbs ha podido cuidarse de la educación de sus hijos ni de la dirección de su casa y vastas propiedades, que tolera y disculpa graves faltas de sus criados y estalla en transportes de cólera por la más nimia contrariedad, como cambiar un objeto cualquiera de lugar ó sitio?'
• - 247 — Son verdaderamente notables las monomanías ó aberraciones de este sujeto; en una de las habitaciones de su casa tendrá coleccionadas puntas de cigarro desde hace más de veinte años, y cajones repletos de ceniza, hojas vegetales y cáscaras de naranja; con dificultad se logra penetrar allí ni pretender se limpien los muebles de la espesa capa de polvo que los cubre. Tal vez la idea vesánica de las cuantiosas riquezas que allí amontona le llevan d derrochar miles de pesetas en cada extracción de la lotería; asusta el contemplar el dinero quo representan tantos fajos de décimos y billetes como se ven apilados. Otra de las extravagancias que le dominan, y d las que no puede sustraerse, consiste en acercarse â las.mujeres y tocarles con la mano la voluminosa y esférica región donde los padres suelen castigar las faltas de sus hijos. Estos dos casos representan, corno ha podido verse, los dos grados extremos de la imbecilidad; el uno, que confina casi con el idiotismo; el otro, que se acerca y confunde con el hombre cuerdo y sensato; el más joven de ellos ha si g o preciso incapacitarlo civilmente; el otro, por mal entendidas consideraciones do
- 248 - familia, preocupaciones sociales y exagerados sentimentalismos, ha podido escapar á su interdicción, teniendo hoy que deplorar la insoportable carga de su creciente alelamiento, la pérdida de una gran fortuna y la perspectiva de un incierto porvenir para sus hijos. Aun cuando el idiotismo constituye la expresión más pronunciada de la más alta decadencia mental, esos infortunados seres, colocados en el último escalón de las degeneraciones de la especie humana, son los más genuinos y tristes representantes de las transmisiones hereditarias de mala naturaleza; pero aun dada su incontestable significación, ,cómo podríamos ocuparnos en un trabajo sumario como el que hemos emprendido, ni qué interés habríamos de recabar del estudio de esa variedad degenerativa, estigmatizada por signos siempre reconocibles, así en el orden físico como en el intelectual y moral? En esa eterna noche de la inteligencia, en ese perpetuo é irremediable estado de virginidad cerebral, en vano aguardaréis alumbramientos del espíritu ni esplendores de la razón; el hombre, sin alma que le anime, vegeta en los últimos confines de la animalidady
- 249 — vive en el más completo divorcio con el mundo y la naturaleza. Privados de toda iniciativa y espontaneidad intelectuales, faltos de sentido moral, sin la noción del mal y del bien, moviéndose en el limitado espacio de la existencia sensitiva, y cuando más revelando someras manifestaciones semiconscientes, desprovistos por lo común de toda percepción sensorial, con sentidos que no sienten, aunque aparezcan como perfectamente conformados, en esos seres el automatismo es la sola actividad de su vida orgánica; sus impresiones se verifican sin voluntad y sin conciencia; sus movimientos son reacciones apropiadas á la naturaleza de sus estímulos; organismos verdaderamente acéfalos, su sensorio, su cerebro está confinado en la médula, y tragan, respiran, excretan, digieren y se entregan al más brutal y desvergonzado onanisrno; viven y sienten, en fin, en virtud de esas propiedades que dirigen la actividad de la materia en la forma orgánica. Claro está que de seres tan completamente pasivos é irresponsables, en la más alta acepción de la palabra, fuera ocioso el ocuparnos; pues aun cuando alguna vez su inconsciente
-- '250 — impulsividad Ies lleva á cometer atentados sensibles, huelga la intervención de médicos y jurisconsultos en la apreciación de tales hechos; su contrahecha organización física, pequeñez de la circunferencia craniana (microcefalia), aplastamientos de esta cavidad, pequeñez de ángulo facial, prognatismo simple ó doble, asimetría de la cara, estrabismo, sordomudez y ausencia de otros sentidos, escaso desarrollo de los órganos genitales que producen la esterilidad, parálisis y contracturas, hernias y pies en forma de piña, y una fisonomía vaga, estuporosa, de alelamiento, revelan los perfiles más salientes de esos degenerados, nacidos para vivir por los cuidados de la sociedad y que son los testimonios vivos de un término fatal, irremediable, al que suelen conducir vicios, pasiones y miserias torpemente alimentadas por los generadores. Los fenómenos psíquicos que hemos asignado para la infancia, para los herederos de morbosas aptitudes cerebrales, se encuentran 17^^'is acentuados en los adultos, cou caracteres más expresivos y en mayor número; y si faltan esas manifestaciones, como sucede al-
- 251 — guna vez, es porque han tenido la fortuna deverse sometidos á una incubación incesante, una higiene y educación especiales que les ha permitido refrenar la perversión de sus instintos y la tendencia innata á la irregularidad y el desorden. La gran familia de los degenerados constituye un grupo tan numeroso y complejo, que sus matices se confunden insensiblemente como los rayos del espectro solar. El medio en que giran, la atmósfera en que viven, la cultura alcanzada imprimen tal variedad á. sus determinaciones, que es imposible abarcarlos en una descripción. Existen, sin ern_. bargo, vínculos de solidaridad, rasgos comunes y semejanzas que permiten reconocerlos en toda clase de circunstancias. Son ellos á. los que la opinión general ha clasificado como excéntricos, extravagantes, tercos, raros, caprichosos, estrafalarios, pueriles, aprensivos, pusil<ininies. Son los locos morales, los locos impulsivos, los imbéciles de quienes hemos hablado en párrafos precedentes; son, en fin, los maníacos razonadores, los afectados de locura parcial con ó sin delirio. En todos estos individuos, los trazos distintivos
'.258 - muestran que el horror al vacío 6 topofobia pueden constituir por sí solo un estado angustioso y patológico. Refiere este autor, copiándolo de Westphal, que un viajante de comercio se veía presa de gran ansiedad y temblor general cuantas veces tenía que atravesar una de las anchurosas plazas de Berlín; el lugar se presentaba (í su imaginación como si se tratase de una superficie de muchos kilómetros. Sus inquietudes disminuían ó desaparecían cuando leo abandonaba el contorno de las casas, le acompañaban otras personas (> podía apoyarse sobre un bastón. Cuenta el mismo autor la historia de un cura á quien una profunda agitación . é inquietud le dominaba en presencia de espacios no cubiertos; no podía atravesar los campos ni permanecer al aire libre sino buscando el abrigo de los tirboles ó cubriéndose con su paraguas, instrumento de su tranquilidad. Legrand de Sulle habla de un joven, teniente de infantería, asaltado por accesos de terror cuando atravesaba una plaza pública vestido de paisano; por el contrario, lo realizaba con paso firme cuando iba de uniforme y sable al lado. Análogas inquietudes y tor-
- 259 – mentos le afligían cuando se encontraba sobre una elevada colina ó una alta ventana. El elocuente y fecundo escritor médico, mi 'distinguido compañero y amigo D. Angel Pulido, habla de casos semejantes en su fo- -lleto sobre Conflictos entre la frenopatía y el Código. Entre los más interesantes refiere el de un amigo suyo, en el cual la agorofobia O topofobia, es decir, el horror al vacío, aparece como fenómeno predominante, de suerte que «no podía acercarse á un balcón, ni ascender escalera, ni ocupar palcos altos en los teatros, ni asomarse á torre alguna » sin que un grau miedo, un estremecimiento muscular general , atormentadora inquietud, violentas palpitaciones de corazón , palidez, descomposición del semblante, un sufrimiento horrible, inexplicable, una lucha titánica se apoderase de él, y dominado cada vez rnás por el vertiginoso impulso, sintiera vacilar sus miembros, oscurecerse su vista, entenebrecerse su razón y verse irresistiblemente compelido á buscar en el abismo el término á sus infortunios. Felizmente después de repetidos ataques una violenta crisis puso fin á su angustiosa situación.
-- 260 — En todos estos estados de enajenación parcial el desorden de los sentimientos y una debilitación profunda de la voluntad son las facultades que podemos considerar como lesionadas y sin que del lado de la inteligencia observemos desorden, aberración, incoherencia ni delirio. La multiplicidad de estas obsesiones, de estas ideas fijas es incalculable. Ora es un sujeto atacado por la repetición irresistible de una cifra ó un nombre (aritomanía), corno aquel enfermo de que nos habla Legrand de Suite, el cual, en el instante de despedirse del eminente frenópata, se para y le dice: « doctor, usted tiene cuarenta y cuatro libros sobre esa mesa y siete botones en su chaleco. Dispénseme usted; pero no puedo resistir zi la tentación de contarlo y decirlo.» Este mismo in(lividno no puede entrar en ninguna parte sin que cuente el número de muebles, de objetos y vestidos del color que sean; cuando via ja os informará con completa exactitud de los ríos, arroyos y puentes que hay de una estación á otra, así como de la tela de que está vestido el vagón, de las franjas, flecos, y número de clavos que contiene. Otro no po-
-- 261 dria dormir tranquilo si antes no recordara una frase, una palabra oída en tal ó cual momento del día; su ansiedad es tanta, que antes agotará la paciencia de los que le rodean, ií hojeará un diccionario entero hasta encontrar la frase deseada, que renunciar (L su ridícula pero invencible impulsión. Aquí es uno que se ve obligado á escribir su mujer, autorizándola para la venta de una casa; cuando no bien terminado el escrito y faltando únicamente la rúbrica, se dispone á termivar, le asalta la más absoluta imposibilidad .de ejecutarlo; cien veces su mano se dirige sobre el papel, pero inutilmente; la voluntad inmoviliza los dedos y, como el sísifo de la _fábula, lucha, combate, se impacienta, golpea el suelo con los pies, y cuando parece más resuelto y decidido, nuevos desfallecimientos sofocan su deseo. Por último, después de tres cuartos de hora de lucha de desesperante agitación, la rúbrica fué hecha, si bien de un modo imperfecto. (Billot.) El eminente frenópata doctor Ezquerdo menc;ona un caso verdaderamente notable y extraño. Trátase de un médico militar con un trastorno mental tan limitado y poco co-
-262-- mún , que el síntoma dominante era el de - creerse uu hombre falto de cabeza (acefalia). Este médico le refiere al doctor Ezquerdo que «tras un período de excitación, durante el cual me sentía impelido á realizar atentados contrarios á mi conciencia, después de una lucha porfiada y cruel, caí en el colapso, y bajo el peso de esta situación surgió eu mí la idea de que tenía hueca la cabeza; más tarde que estaba desprovisto totalmente de ella; luégo he mirado con envidia á los demás, y hasta he sentido deseos de arrancársela: en esa calle, me decía, frente á la botica, hace poco he experimentado dicha impulsión.» (Conferencias sobre locos que no lo parecen, del doctor Ezquerdo.) Hechos de esta índole, de locura ó aberración parcial con int e gridad de la razón, con conciencia plena, manifestándose con intermitencia n"n periodicidad, dejando en los intervalos al sujeto - dueño de sus acciones y realizando á satisfacción todos sus deberes, sou hechos que podríamos multiplicar hasta el infinito, y que entrañan una gran importancia,. tanto bajo el punto de vista médico legal, como dei psicológico, pues ellos sou las mejo-
-- 263 – res pruebas de convicción de esa doctrina que afirma la multiplicidad de órganos cerebrales, y por ende la diversidad de funciones; ellos son la «física experimental del espíritu,» haciéndonos ver que al lado de una inteligencia cuerda, razonable, sensata, puede existir lesionado un sentimiento, pervertido un instinto (") profundamente debilitada la voluntad. La trascendencia de estas historias clínicas, acogidas comúnmente por los profanos con dudas y desconfianzas, juzgadas por los tribunales como expediente de irresponsabilidad y avaloradas por los médicos corno manifestaciones positivas de insanidad, de locura, de degeneración, nos fuerzan, aun á trueque de difusos, á insistir sobre tales hechos, describiendo algunos más. Tomamos de la obra Élude clin?que sur la jolie heréditaire de R. Saury la observación siguiente, recogida por M. Magnán: M. S..., de sesenta arios de edad, es un hombre de carácter irregular, inconstante y de costumbres reprensibles; ha disipado su fortuna sin objeto, y jamás ha podido entregarse á una ocupación continuada. Su abuelo paterno, reputado como original y extrava--
264 gante, había desheredado â uno de sus hijos en castigo por haber pretendido efectuar un mal casamiento. El padre de nuestro enfermo era un jugador apasionado; sirviendo en la armada llegó â alcanzar un alto empleo, y era respetado y temido por su valentía y arrojo. Un tío paterno falleció loco. Una hermana de M. padeció una manía postpuerperal y otra se halla recluida en una casa de salud. A los diez y ocho arios, M. S... sufre un acceso de melancolía que se prolong() clos meses. Muy dado d hábitos onanistas, no tarda en entregarse á la pederastia y A, actos de refinada y repugnante lujuria. Hasta la edad que hoy cuenta ha pasado por fases irregulares de depresión, seguidas en estos últimos años de ideas suicidas. En Abril de 1884, paseando por los Campos Elíseos de París, se encontró casualmente con un caballero á quien había conocido durante un viaje a Roma; después de saludarse y conversar largo rato se despiden, y á poco le asalta la idea de recordar el nombre de aquella persona; en vano invoca episodios del viaje, mortifica d su memoria y hace mil esfuerzos para conseguirlo; el nombre uo apa-
-- 265 — rece; ensaya variar el rumbo de su pensamiento y desechar la idea; pero inútil rnente; la necesidad sentida de recordar el nombre se impone irresistible é imperiosa. Inquieto, angustiado, con una gran constricción en el estómago, cubierta de sudor la cara, las manos frias y á punto de desfallecer, se rehace por un esfuerzo de la voluntad, y afligido, triste, desesperado, recorre á grandes pasos su habitación en un estado de ansiedad extremada. Quince días más tarde, hallándose en una tertulia, reconoce á un antiguo camarada á quien no había visto desde mucho tiempo; después de compartir largamente se separan, y una escena semejante á la descrita se reproduce. Hay que recordar el nombre del amigo, l acceso de onomatomanía surge instintivo, brusco, tenaz, implacable; todas sus facultades, todos sus pensamientos se han desvanecido; no queda sino la idea fija, la obsesión clara, la impulsión inconcebible de recordar d nombre; y como éste no aparece, llora, gime, se agita, se impacienta, presa de la más viva desesperación; recobra por fin la calma y la tranquilidad en el instante mismo que en
- 266 — el vasto registro de la memoria se da con la inscrioción del codiciado nombre. A partir desde entonces, nuestro enfermo sólo vive en continua aberración, constantemente preocupado del nombre de las personas con quien la casualidad le hace relacionarse, cocheros, comerciantes, abastecedores, etc. Su tranquilidad depende de escribir sobre hojas de papel el nombre de cuantos trata ó ve. Poco á poco, sin embargo, se ensancha el campo de su onomatomanía; desconocidos, los que cruzan la calle, los que pasan en carruaje, el nombre de cuantos viajeros pueda llevar un treu que ha visto un momento antes, lo más absurdo ó inconcebible de realizar le desola, le exaspera, le enfurece, y huye de los lugares concurridos, busca la soledad y se confina en el silencio de su morada. Al cabo de tres meses un nuevo tema viene á agregarse y atormentar su afligida existencia, la aritomanía. Es preciso que cuente cuanto se le sirve á la mesa, y escriba el nombre y el número de los trozos y bocados de pan, de viandas, las cucharadas de agua, de vino y de leche que va tomar. Para la leche, debe forzosamente contar el número de gotas
f - 267 — que tiene una cucharada y el de las cucharadas que contiene una taza. « , Por qué ese cálculo?» le decirnos, y él contesta: «no lo sé, conozco que es ridículo, pero no puedo resistirme á ejecutarlo.» Si se le sirve una pera., una manzana ó un tomate, no lo comerá sin antes haber contado el número de semillas ó pipas que encierra. Habiéndose un dia comido veinte cerezas, y como no encontrase más que diez y nuevo huesos, fué de ver la intranquilidad y desesperación que se apoderó de O. Busca por todas partes y revuelve todo para dar con el que le falta; palpa y desmenuza ansiosamente sus excrementos; azorado y febril pasa la noche en vela lamentándose de su desgracia, y después de muchas instancias y ruegos de la familia, consiente en acostarse y duerme algunas horas. Al despertar hace una evacuación, y más tarde otra, donde por fortuna encuentra el malhadado hueso. Sosegado y tranquilo, torna un bailo, se acuesta y pasa una buena noche. Ademes nuestro enfermo ofrece en determinados momentos, y sin causa apreciable, grandes estallidos de risa que no puede reprimir, ó, por el contrario, accesos de tristeza y
- 24 — ^ miento y el estupor de la demencia. Los trastornos sensoriales, alucinaciones ó ilusiones, faltan con frecuencia, en particular las primeras. En esas odiseas patológicas es d^ regla lo fugaz, vario proteiforme del delirio, se pasa (:e las formas agudas á las formas crónicas sin or..iei? I,i sucesión, como de la m_is clesespc,rada, y afl _ ictiva, etapa de esas situaciones en que la vida parece próxima d extinguirse tí remisiones, treguas y restahlecirllientos que a ,s3m.bran por lo instantáneo e imprevisto de su terminación. El sI- c;uiente hecho, que traducimos de la obra de (1), sintetiza, y refleja en grau manera izas rasgos Inds culminantes de las locuras ; iitelectua.les, ó locuras con delirio, de los de- <_;enerados. ?^I. 1, T ..., es un joven de veinticuatro años, Glue ha pasado por grandes penas y desgrac.ias de familia; desde los once á los diez y siete ha ido viendo desaparecer uno tras otro ^^ su madre, padre, y, por último, un hermano (1) La, traclizcci6n de este notabilisimo opúscnlo n o se fiará esperar, co n 10 que IlueStru queriai- y 1rT10 a m i go y resl:)etibie coml}aftero doctor D. Santiago h:i,quercío habrá prestado un valioso servicio a 1a. f'reuol:atia.
pequeño, al que amaba entrañablemente. Figuran entre sus antecedentes hereditarios patológicos, primero, una gran desigualdad de edades de sus progenitores; treinta y cuatro altos el padre y doce la madre tenían cuando contrajeron matrimonio. El primero era de un carácter inflexible, serio y metódico hasta la exageración; falleció á los sesenta arios á consecuencia de accidentes pulmonares M. Su madre, neurópata, es decir, de un temperamento prouunciada7.nente nervioso, es arrebatada por la tisis los treinta y ocho altos. U r na tía materna ha padecido en varias épocas de su vida desórdenes alucinatorios que han exigido un tratamiento médico. El hermano mayor las veintiséis años fué atacado de delirio, con ideas de persecución, las cuales llevan ya cinco años de fecha. Y, por ultimo, una hermana es afectada (le melancolia á la edad de diez y seis años. . Nuestro enfermo ejerce la profesión de abogado, en la, que ha adquirido reputación y :_éxitos halagüeños. No se advierten en él signo ?e aberración ó debilidad intelectual, y sus naturales aspiraciones son tan altas como undadas. Amable, cariñoso y tímido, reser-
— 276 — vado, quizás con exceso, sólo abandona su ín.. d1ole pasiva por el influjo de poderosos estímulos; su conformación física es excelente, á pesar de su predominio linfático y propensión al herpetismo. Desde niño hablase hecho notar por un carácter reservado y serio; hasta la edad de catorce años no empezaron á manifestarse sus tendencias melancólicas. Ama la soledad, desdeña las amistades de sus compañeros, de sus juegos y distracciones, se concentra y aísla más y más, y no tardan en aparecer fenóme nos más significativos é inquietantes. Un día cree oir la voz de un camarada implorando su socorro; otro, velando el lecho mortuorio de su joven hermano, le ha parecido que la efigie de un Santo Cristo le llama, le habla y le exhorta ^i la resignación y al sufrimiento. Estos accesos de tristeza y melancolía aumentan; se apar- y huye.de la sociedad, permaneciendo largas horas encerrado en sus habitaciones, presa del mayor desconsuelo, dominado por dolorosos pensamientos y sintiándose desalentado é impotente para la batalla por la vida. Esos transportes melancólicos no son continuos, alternan con períodos de vida normal.
- 277 — hasta el día que la enfermedad estalla con toda su pujanza. En Noviembre de 1882 contrae la sífilis, de la que cura con un tratamiento apropiado. Ocupábase por entonces en los trabajos para un concurso, y efecto de las fatigas y desvelos mentales surgen en Abril de 1883 las primeras. manifestaciones delirantes. Ved la historia de su locura elocuenteinente narrada por el mismo enfermo: «Acababa y a de pasar el mes de Abril de 1883, en S. de C..., adonde me había retirado para descansar de los laboriosos estudios á que poco antes me entregara. Desde hacía algún tiempo notaba en mí un fuerte decaimiento físico y moral , y al embarcarme á fines de este mes con dirección á la Habana, me hallé sorprendido por los extraños fenómenos que voy á relatar. PRIME R PE RÍono.— Ideas de persecución pol ética.—Contaba yo entre mis parientes un tío, ardiente partidario de la autonomía de la isla de Cuba, el cual, tras una briosa campaña de propaganda, había logrado excitar el entusiasmo de nuestros compatriotas y suscit ar contra él la hostilidad de los españoles.
— 278 — Pues por asociación de ideas, siento que asaltan á mi espíritu temores y recelos de que el capitHín del vapor y varios oficiales españoles proyectaban vengar sobre mi el odio hacia mi tío, cuya causa y conducta yo aplaudía con toda mi alma, libr(ndose de este modo de un futuro defensor de la causa cubana. Esta obsesi6n me produce horas de terrible angustia, insomnios y desconfianzas contra todos, idea que no puedo desechar por mós esfuerzos que hago. Llegamos al primer puerto de la travesiao. Los pasajeros conciertan una fiesta y las jóvenes que ella acuden me figuro que no son sino un reclamo para atraerme á tierra y una vez allí matarme secretamente. ;Qué noche tan terrible de insomnio y sobresaltos! No bien llega el día, pregunto si hay algún otro buque donde tomar pasaje y refugiarme para escapar á los peligros de que me creo rodeado. Una respuesta negativa me sume en la desesperación, y en este estado llegamos â Y..., puerto incómodo, sucio y habitado solamente por una guarnición militar. ¡Nuevas torturas! En la fisonomía y el aspec- to de los jefes y soldados que visitan el vapor
- 279 — me parece adivinar siniestras intenciones. Creyendo que es á mi á quien buscan y persiguen, y sin dar tiempo á reflexionar, abandono el vapor, y sin sombrero en la cabeza, sin equipaje y sin nada, tomo una lancha, sin reparar en dos jefes espaiioles que se encontraban en ella y á cuya presencia me juzgo como prisionero y conducido á la muerte. En aquel instante me asalta la idea de arrojarme al mar, afronto la situación v me resuelvo á llegar d tierra confiado en defenderme con una pistola que llevaba. Como alguien al desembarcar nie pregunta: «6Adón- de se va?» , yo le contesto como si fuera un prisionero: «Adonde usted quiera.» La villa adonde llego es bastante fea y de triste aspecto, como lo son los puertos militares, donde todo el mundo va armado. Perdida la esperanza y la tranquilidad, en una situación de alarma constante, y temiendo á cada paso un ataque imprevisto, entro en una casa de comidas, donde trabo conversación con varios guardias, los cuales me invitan á un paseo por los alrededores de la población. Salgo en unión de ellos, y á poco me entran sospechas, por algunas frases cambiadas entre mis acom-
- 280 - pailantes, de que el instante de mi muerte se aproxim a. ¿Cómo defenderme contra tantos? ;Cómo librarme de los suplicios que creía entrever? Sólo hay un medio: disparar sobre mí la tinica bala que tiene mi pistola, y así lo iago. ITerido caigo al suelo sin perder del todo el conocimiento, pues oigo cuanto se dice á mi lado, y cuyas palabras continuaba yo interpretando en el sentido doloroso y pesimista que me dominaba. Trasladado al hotel, no puedo conciliar el sueño en toda aquella noche, temiendo se me mate al quedarme dormido. Creyendo ver á cada momento lanzarse los asesinos sobre mí, la sola circunstancia de tener que abandonar el lecho para cambiar de alojamiento, y que yo interpreto como el instante para conducirme al cadalso, me produce una crisis de excitación muy violenta, que termina por abundantes lagrimas y suma postración. Por la tarde se me anuncia la llegada de unos de mis tíos; esto me infunde algún valor, pero no tardo en temblar por él y por mí. Una taza de caldo que me traen la rehuso, temiendo esté envenenado. Cuatro días después de mí accidente parti-
-231 .nos para C. de A... Estoy sumamente débil, inquieto y triste durante las dos horas que se tarda en el viaje, siempre obsediado por la idea de que nuestros enemigos nos acechan y persiguen. La herida me hace sufrir bastante. La bala, que rne había penetrado por el suelo de la boca, hablase implantado en el maxilar superior, al nivel del primero y segundo molar izquierdo, pero sin más graves accidentes. Operada la extracción, entré en una convale- Lencia pesada y sensible. La idea de la muerte no me abandona un solo momento. Cuando ribo las músicas militares que todos los domingos tocan frente la casa donde vivimos, ere figuro que es la fuerza que viene á pren derme para fusilarme. Algún tiempo después llega mi hermano con otro de mis tíos. Curado por completo de mi herida, partimos para S. de C... Mis aprensiones y temores pe r sisten todo el camino; pero la idea de que somos cuatro para defendernos me alienta y tranquiliza un tan- to, y esto hace menos tenaz mis interpretaciones delirantes, que llegan casi 6, desaparecer cuando me contemplo rodeado de mi familia. No tardan, sin embargo, en renovarse
- 282 - los mismos miedos é idénticos terrores. Deseando alejarme lo rus. s pronto de allí, á los diez días nos embarcamos para Europa. L T n mes se prolonga esta exacerbación. La presencia de militares en el vapor me exaspera 6 inquieta. Un. solo pasajero nos acompañaba. Nuevas sospechas de que el capitán del buque ha sido comprado para deshacerse de nosotros. Aquella primera noche es la má tremenda que recuerdo: corno el balanceo del buque era muy grande y todos nos habíamos mareado, yo juzgo e ,to, más que como un efecto natural, resultado de las maquinaciones de nuestros enemigos. A los dos ó tres días estas interpretaciones cambian de carácter; entonces, «el capitan y los marineros no son ya. nuestros perseguidores; per° enterados de lo que me había sucedido, sólo tratan de mortificarme burlándose de mí.» En esta convicción me abstraigo de cuanto me rodea y me hago indiferente á todo. Tras muchas reflexiones y conjeturas, ora, me creo realmente perseguido, cô bien lo considero todo á veces más como un juego que como una cosa. seria. Esta especie de calina señala la transición entre el primero y el segundo periodo.
283 — SEGUNDO PEItÍODO.---Persecucióf2 de mi ja. ^nilia.—Hemos hecho escala dos días en uta puerto. Durante la primera noche me veo atormentado por el pensamiento de que yo tengo deberes que llenar para con ini familia y la sociedad. Esto era bastante lógico, pero la naturaleza de estos deberes no lo era tanto. Creo que estoy en la obligación de casarme, y esta idea nace a la presencia de una joven que hacía el viaje en el mismo vapor, y hacia la cual yo no podía experimentar sino un amor fraternal. La primera tarde, al sentarnos en la mesa, reparo que entre ella y yo hay un asiento sin ocupar; yo, sin embargo, no me muevo de mi sitio y me parece comprender que mi tío y mi tía cambian palabras significativas sobre el recato y timidez de que doy muestras al no sentarme junto á ella. Paso una noche de amargura, y al día siguiente la interpretación se caracteriza por completo. Creo que mi tío sólo me habla por medio de símbolos y de signos. Pretendo adivinar el significado de sus menores gestos ó movimientos y, como rara vez lo logro, concluyo por invitarle á que se explique más claramen-
-- 290 -- van á emplear conmigo; mi tío y yo permaneceremos eternamente vivientes, pero mi existencia estará supeditada á la suya. El lo puede todo, todo lo gobierna; mi martirio será una cosa desconocida, inaudita, espantable. Él me hará invisible, y nadie será jamás testigo de los sufrimientos con que me atormente, etc. Por aquella noche mis ideas tornaron otro giro. Me figuro que estoy muerto, y que la venganza de mi tío se ejerce sobre mi haciéndome experimentar los suplicios del purgatorio ó del infierno. Todas mis impresiones é infortunios del viaje, tan. extraordinarias y martirizadoras, no son sino una pequefia parte de las que me quedan por pasar. Acompaflábame en calidad de criado un negro cuya misión consistía en no separarse absolutamente de mi lado; pues bien: yo le tomo por el demonio que acompaña á los condenados. La voz interior es la de Satán mismo que dice van á dar comienzo mis torturas. Ora creo sentir los pasos de mis asesinos, ó bien por las noches experimento vivas y fuertes sensaciones luminosas, como si me hallase en el infierno.
— 291 Fatigado de esto, me levanto un día exclamando: pues qué, ¿no he de poder librarme del poder demoniaco con sólo invocar el auxilio de Dios? Entonces una voz de un timbre indefinible, que yo me represento como bajada del cielo, resuena en mis oídos y me conforta y alienta á tomar la cruz y seguir las doctrinas de Jesucristo: Caigo de rodillas derramando abundantes lágrimas, y desaparecen por completo mis temores del infierno. Bajo esta nueva impresión siento que mi personalidad ha cambiado; soy un santo, y Dios me elige para formar parte de su Igle - sia. Esto ocurrió el día mismo que tomábamos el ferrocarril para M... Durante el trayecto, la voz no cesa de exhortarme é infundirme valor. Llego á creerme el Hijo de Dios, que ha descendido sobre la tierra para regenerar el mundo. La voz satánica no cesa, sin embargo, de atormentarme; pero es vencida siempre por la voz divina. Una vez en M..., las ideas de posesión demoniaca toman otra forma. Creo que mis parientes han concertado el vengar sobre mí el honor de mi familia. Confiado por la orn-
- 292 – nipotencia de que me juzgo revestido, é invocando con fervor y repetidamente la voz de Dios, mis temores disminuyen, y disfruto de relativa tranquilidad. Por algún tiempo las alucinaciones de la doble voz y otras dela vista, corvo centellas, llamaradas, etc., prosiguen obsediándonle con alguna tenacidad. Un día por fin llamo aparte á, mi tío y le ruego encarecidamente me exprese su voluntad formal acerca de nuestros asuntos de familia. Él me contesta entonces que no existe nada de lo que yo creo; que en lugar de tener enemigos, todo el mundo me estima y considera, no siendo cuanto me pasa sino el resultado de una enfermedad nerviosa. Esto me tranquiliza un tanto; pero no por eso dejo de seguir oyendo la voz angélica, ocupándome en lecturas religiosas y afirmándome en la idea de dedicarme á la vida sacerdotal. Por consejo de mis tíos me traslado á Pa ris á consultar con un médico, el cual, después de escuchado mi relato, me remite una obra de enfermedades mentales, aconseján dome lea en particular los capítulos sobre el delirio de persecuciones, las alucinaciones y la lipemanía religiosa. A seguida me explica.
^ -- 293 — las relaciones que existen entre esas enfermedades y los fenómenos por mí experimentados. Confieso que sufrí una gran sorpresa; pero no tardo en insistir en mis creencias personales, y pensando que algunos habían sido tratados como locos cuando en realidad podía conceptuárseles como personas inspiradas. Mi convencimiento de haber sido llamado por Dios á la vida religiosa y la resolución de cumplirlo era irrevocable. En ocasiones me pregunto si no seré yo el Antecristo. Unas y otras cosas engendran en mí tal confusión, que me lanzo en discursos sobre la armonía posible de las manifestaciones fisi., cas y morales, é imaginando que los pensa- . mientos religiosos podían muy bien traducirti e por trastornos cerebrales sin llegar á constituir verdaderas lesiones. Concluyo por rechazar enérgicamente la idea de abandonar la religión, á la vez que me someto á un tratramiento hidroterápico y la estancia en la campiña. (Septiembre de 1883.) En aquella vida de recogimiento me doy de lleno á la lectura y meditaciones religiosas. Mis interpretaciones delirantes continúan;
- 294 l as alucinaciones pierden de frecuencia y de intensidad. Tal resultado lo atribuyo al régimen y severidad de mi vida casi monacal,. con la que me prometo curar pronto. En ocasiones, ,por qué no decirlo?, me asaltan tremendas dudas en materia religiosa, pero procuro rechazarlas. Estoy persuadido que no recobraré mi tranquilidad mientras no cumpla rigurosamente todos los preceptos de la Iglesia. Leo con fervor y apasionamiento, y caigo á veces en éxtasis y deliquios que me hacen llorar de satisfacción. Otras, por el contrario, me siento poseído por Satán, pero confío en el poder de Dios. En la segunda mitad de Septiembre, una. gran transformación se opera en mis ideas, Comienzoá interrogarme sobre la realidad de mi vocación al sacerdocio. ^,No estaré verdaderamente enfermo, y en esta situación,. no seria imprudente y sacrílego persistir en mis inclinaciones? Se puede ser útil á Dios y la religión de varias maneras. Trabajemos, pero no sólo en religión, y me doy á la literatura, á la economía política, que todo es trabajar por el culto del Crucificado. Todavía otra fase en el mes de Octubre;
-- 295 — pero esta vez es una recaída. Pienso que mis tendencias á abandonar el sacerdocio son otras tantas tentaciones empleadas por e l . diablo, lo cual me angustia y atormenta. Este es el período de mayor agudeza en la enfermedad. Durante muchos días me veo azuzado, impelido por el deseo de recobrar mi libertad de acción y huir á ocultarme á un lugar ignorado de todos. Quiero consagrarme al ayuno y la oración, y formo el proyecto de partir para Lourdes en traje de peregrino y llevando una gruesa cadena á las priernas, así como hacer á pie los viajes á Roma y Jerusalén. Ocupado en los preparativos, advierto en uno de los muchos ratos que dedicaba á la lectura de los Evangelios una gran contradicción; tras ésta aparecen otras varias, y desanimado, incierto, de la verdad del dogma, trueco mis rezos y obras religiosas por la lectura de Renán y Espinosa. A partir de aquel momento, mi espíritu se metamorfoseó; la enfermedad se hace para mi una certidumbre, todos mis esfuerzos van á tender á. la curación; busco por doquiera argumentos contra los libros bíblicos, y razono el porqué
--296- de mis voces imaginarias, único fundamento de mi fe. Esa fase regeneradora había comenzado ^í operarse en la segunda quincena de Octubre. Las ideas delirantes y las alucinaciones se gresenta.n más de tarde en tarde y apenas me 1 causan impresión. Dos ó tres veces, en los primeros días de Noviembre, sufro algunos temores sobre mi indiferencia religiosa. Pero mejoría avanza. Dos nuevas recaídas he notado, aunque poco durables. Sé que mis voces no son otra cosa que alucinaciones que yo considero con calma, tranquilidad y sin ninguna inclinación piadosa; tengo, en suma, una mas clara conciencia de la vida.» Se observan en este enfermo, cuya historia completa puede leerse en Saury (Folie herédi- ¡aire), todos los síntomas que hemos señalado como privativos y característicos de los degenerados: multiplicidad de las formas delirantes, súbita aparición de la enfermedad, la integridad de la ia,=ón en medio del mayor desorden, la disminución de los accidentes y un :'ápido mejoramiento después de haber alcanzado las fases de cronicidad é incurabilidad de las locuras ordinarias. Largos períodos de
-- ;297 - remisión que alternan con agravaciones sensibles, pues un año más tarde se nos presenta co n el delirio de grandezas y accesos de manía furiosa, que d su vez terminan por una inesperada mejoría. II Es evidente que el problema de la herencia, de la transmisibilidad de los rasgos más salientes de la especie, como de la propagación de las enfermedades y defectos orgánicos é intelectuales, ofrece aún muchas cuestiones actualmente insolubles. Qué de dificultades no habránde surgir cuando se trata de obtener informes fidedignos en este sentido, que las familias rehusan, unas veces ya por respeto d la memoria de sus antepasa.- dos, ya para no cargar con un rescripto de impuridad, ora por ignorancia completa ô bien por ocultación deliberada, ofreciéndosenos corno hombres de honra inmaculada, de honor acrisolado y de moralidad intachable, seres en los que anidan las más viles pasiones, los mäs repugnantes apetitos y las más monstruosas aberraciones del espíritu, pero
-- 293 — que gracias á una gran fuerza de voluntad, á una energía y educación altamente represiva, logran sofocar y guardar ocultos sus pecaminosos pensamientos, sin otro testigo que su propia conciencia. De igual modo cuando la herencia se encuentra limitada á uno solo de los progenitores, siendo el otro por sus buenas condiciones físicas y morales un elemento capaz de neutralizar las malas cualidades de aquél, el producto no participará de una manera ostensible de la semilla patológica, revelándosenos en estos casos por fenómenos bastante atenuados. No así en la herencia acumulada. A mayor cantidad de factores degenerativos, mayor suma de efectos semejantes. Es en esos individuos donde se estereotipan de un modo fatal las tristes condiciones de la raza que les ha precedido; los estigmas psíquicos, los síntomas especiales, las manifestaciones intelectuales y afectivas, los trastornos nerviosos de que hemos hecho mención, denuncian su mancha original, la saturaciún morbosa; como estigmas físicos, anomalías y deformidades de la constitución (le que nos vamos á ocupar se exteriorizan y dibujan en ellos como otros tantos trazos
- 299 — acusadores de decadencia orgánica, de desviaciones fisiológicas. Entre los fenómenos de orden físico más frecuentes en estos sujetos, en los hereditarios, figuran en primer término los temperamentos tí organizaciones de predisposición enfermiza, linfatismo, escrofulismo, herpe tismo, todas las diátesis ó procesos discrásicos, neurosismo, artritis, cáncer, litiasis, si-- filis, etc.; todas las enfermedades que condicionan la evolución del sér en un sentido determinado, y que n.o atajadas en su marcha invasora concluyen por extinguirse con el aniquilamiento de las generaciones, Desde la imperfección más insignificante del más rudimentario tejido hasta la atrofia más considerable de la masa encefálica, del órgano del pensamiento ó la más informe monstruosidad, todo cabe observarse en esos desheredados del destino, en esos bastardos de la raza. Hay en el aspecto y conformación exterior de esos individuos, en general pálidos, cetrinos, demacrados, de escaso desarrollo muscular, de actitudes móviles, todo lo que nos habla de una decadencia anticipada, de
- 306 – parálisis infantiles, las heruiplegias y paraplegias, esclerosis medulares y procesos atrdficos. Es igualmente común encontrar trastornos y perturbaciones funcionales de otros órganos: el asma, el enfisema, accesos de dispnea, desarreglos de las funciones gastrointestinales, así como las perversiones más extraiias y repugnantes del sentido del gusto Es innegable que todos estos signos no tienen un valor decisivo ni han alcanzado una confirmación definitiva y terminante, lo cual se explica perfectísimamente. Las anomalías y deformidades, si unas veces son la expresión de disconformaciones y vicios de desenvolvimiento, marcas de degeneración, otras nacen de prácticas y costumbres populares, religiosas, de hábitos estéticos ridículos. Así vemos cabezas modeladas por una mala entendida belleza, en forma cuneiforme, prolongada, cuadrangular, aplastada sobre la frente, prognata, aplastada sobre los lados, geométricamente esférica, etc. ¡Quién puede, sin embargo, negar que esas formas, aun siendo un producto artificial, no ejerzan una influencia manifiesta como perturbado-
- 30; ras de las funciones animicas, como la ejercen todas las causas que obran mecánicamente sobre dicho órgano, golpes, traumatismos, compresiones, etc., y cuya acción sobre las ideas, sentimientos y carácter del individuo es tan incontestable y notoria! Pues qué, ¿ignora nadie que después de golpes, y fracturas, y conmociones violentas de la cavidad encefálica hanse visto sobrevenir cambios de la personalidad, hasta el punto que sujetos cariñosos, sociables, sinceros, castos y temperantes se han vuelto irritables, pendencieros, lujuriosos, borrachos, epilépticos y ma-- níacos? Además, el hecho de que seres de evidente filiación degenerativa no reflejan en parte ó en totalidad los caracteres asignados , no es una razón para negarles importancia en los casos en que su existencia se hace constar; pues es bien sabido que el apartamiento del medio y de las causas que condicionan y fomentan esas organizaciones profundamente asténicas, esos semilleros de extrañas locuras, conjuran á las veces su explosión, para reaparecer en la posteridad ó extinguirse en el transcurso de las generaciones.
- 308 - Varias otras objeciones se han hecho contra la significación otorgada por los médicos - á estas manifestaciones y síntomas de los hereditarios. Así se ha dicho que tanto las enfermedades orgánicas corno los rasgos fisiog nomónicos, como las lesiones histológicas, podían en muchas circunstancias considerarse más como resultado de la vida intemperante- y viciosa de los sujetos que como fenómenes degenerativos, más efecto de su desarreglada y aventurera existencia que 'expresión de insanidad congénita; y hanse invocado al mismo tiempo los ya gastados argumentos de lesiones y tumores cerebrales qué no se habían revelado durante la vida por trastornos sensibles de lo moral ni de lo físico... En primer lugar, los rasgos que hemos descrito como propios de los degenerados se presentan en una gran parte de casos con el despertar de la vida orgánica y las funciones anímicas; esas anomalías y deformidades físicas vienen al inundo con el nuevo sér; nada hay en ellos de circunstancial ni contingente; su precoz evolución de ideas, sentimientos y perversas inclinaciones es anterior á la influencia del ejemplo, de la edu-
- 309 , cación , de la costumbre; los trazos f siognomónicos que ostenografian su . capacidad, .sus energías y tendencias, son la expresión de repetidos hábitos, de estados emocionales y deseos predominantes, actitudes y maneras que el hombre culto, instruido y de gran dominio sobre sí, logra reprimir en tan- to que la pasión ó el deseo es débil, pero que se revelan con caractéres constantes y definidos, ya en virtud de ingénita impulsividad junto á un menguado poder deliberativo. En estos sujetos las pasiones se modelan en los actos y el rostro con signos objetivos, determinados, sobre todo para un cierto número de hombres prácticos y sagaces en este géne- i a de observaciones. Hase objetado también que los datos y elementos antropométricos no pueden tomarse como factores de prueba, ni aun casi como meros indicios, cuando se sabe que leiones y enfermedades graves del cerebro pueden existir sin que se traduzcan por sintomas sensibles ni trastornos psíquicos apreciables, citándose con tal motivo las observaciones de Ferriar, Ogle y otros, en las que la autopsia puso de manifiesto la presencia de
- 310 — tumores, abscesos , cisticercos, etc., sin que nada durante la vida hiciera sospechar su existencia ni tales sujetos hubieran dado que pensar en perturbaciones de la inteligencia ni que hacer á la administración de justicia. Verdaderamente la objeción es tan burda y el argumento tan deleznable, que no merecería los honores de la discusión. Y la razón es obvia. No son las enfermedades de la masa encefálica las que determinan más frecuentemente desórdenes de la inteligencia ; los estados patológicos de sus membranas, de las meninges, esa envoltura é saco que encierra los vasos sanguíneos que nutren las circunvoluciones, son los que origin an grandes trastornos motores , sensitivos é intelectuales por los obstáculos que crean al abastecimiento de la sangre, que es el estimulante indispensable para la actividad cerebral. Por razón asimismo de la poca sensibilidad del encéfalo se explican igualmente su tolerancia y relativa inmunidad á focos morbosos crónicos, pues una compresión lenta y gradual más bien rechaza que destruye los órganos de transmisión, y sólo cuando los abscesos 6 tumores ocupan las regiones
- 311 — de la base y de los. grandes ganglios y capas medulares de los hemisferios, que son los centros de percepción é ideación cuando la estructura y circulación de esos centros se halle perturbada, será cuando surjan indefectiblemente trastornos del espíritu, indicios y síntomas inequívocos de enfermedad. Y, por último, el cerebro, como todos los órganos compuestos de dos mitades semejantes ó iguales, pulmones, ovarios, testes, etc. , sirven A están organizados para suplir las deficiencias y encomendar el trabajo fisiológico de la parte enferma á otros centros nerviosos de equivalencia funcional. De todas suertes, esos casos de afección intracraneal, en los que los enenfermos no acusan síntomas de mayor ó menor significación, como desórdenes f ugitivos de la memoria, de las ideas, de los aparatos sensorial y locomotor, van haciéndose tan raros y controvertibles, que siempre habrá más fundamento para no admitirlos que para dudar de aquellos otros en los que la autopsia ha venido á corroborar el dictamen _ médico que diagnosticaba como enfermo 6 loco los que la justicia humana condenaba al patíbulo , más que á purgar delitos á purgar
- 312 — tremendos errores de imposible reparación. ¿Quién no sabe de casos numerosos de sujetos condenados á la última pena y cuyos cerebros examinados después de la muerte han revelado lesiones incompatibles con un sano juicio, con una cabal razón? En la autopsia practicada sobre el asesino Menescloud, el doctor Chudzinski hace constar un reblandecimiento muy pronunciado de los lóbulos frontales y en el occipital, así como un espesamiento considerable de las membranas aracnoides y píamadre. Robin y Broca descubren en el no menos tristemente célebre Lemaire adherencias de la piamadre á la sustancia cerebral y derrame de exudados fibrinosos y estado hipertrófico de la duramadre. En Garayo (el Saeam.antecas,, decapitado como criminal y reputado por el doctor Ezquerdo como imbécil, y, por consiguiente, irresponsable, la autopsia practicada por el doctor Sierra y Val comprobó todos los vicios de conformación y la variedad de lesiones cerebrales propias de la imbecilidad, aumento de los diámetros verticales del cráneo d expensas del tintero posterior, adherencias de la duramadre al seno longi-
- 313 — tudinal superior, escaso desarrollo de las fosas anteriores frontales, gran desarrollo de la apófisis cristagalli, longitud extraordinaria del canal basilar que mide cinco centimetros. No hay simetría ni desarrollo entre las circunvoluciones de uno y otro hemisferio, hipertrofia y endurecimiento de la sustancia cerebral en unos puntos, disminución en el espesor de la capa cortical , pequerio tumor en el cuerpo estriado izquierdo, etc. Podríamos continuar transcribiendo hechos en que se han visto post mortem perfectamente comprobados los fallos y opiniones de los médicos, tan desatendidos por los tribunales, incompetentes cuando se trata de avalorar la significación real de determinados síntomas. Esos atentados jurídicos constituyen la vez un atentado contra la lógica. Pues qué, brd nadie, por torpe é ignorante que sea, que pretenda recabar de un daltónico la apreciación exacta de los colores, que exija de un :sujeto enfermo del corazón soporte toda clase de esfuerzos físicos y movimientos pasionales, y quieren , sin embargo, los hombres de ley que el afectado de reblandecimiento, esclerosis, hiperplasias y procesos irritativos y
- 314 — flegmásicos del cerebro, recoognoscibles siem• pre por manifestaciones apropiadas, no acuse irregularidades y aberraciones y una vida mental limitada insuficiente, enfermiza?... Mediten con detenimiento los hombres de ley estas ligeras consideraciones que reclaman suma circunspección cuando se trata de la apreciación de un delito, y no olviden que la aplicación injusta de las leyes no es la lanza de Aquiles, que curaba las heridas que producía; que la vara de la justicia no es el sándalo que perfuma aún el hacha que le hiere. Vamos á dar por terminado el punto referente á las locuras hereditarias llamando brevemente la atención hacia otras manifestaciones somáticas de incontestable significación y fácil aprecio. Es frecuente y común en los degenerados ó hereditarios el observar zonas anestésicas y analgésicas de la piel ó las mucosas, que así revelan la honda perversión de su sistema nervioso como preludian la inminencia de estallidos de insensibilidad moral y el peligro de atentados y agresiones horrendas. Ese embotamiento de la sensibilidad nos explica las horribles mutilaciones y los grandes
— 315 — destrozos á que se entregan algunos enajenados sin exhalar un grito ni dar muestras de sufrimiento alguno. Ráselos visto tragar objetos cortantes, cuchillos, piedras, cucharas, desgarrarse la boca, el pecho, el vientre con asombrosa impasibilidad y hasta con delectación. Lombroso, para no citar otros autores,. menciona el caso de un sujeto al que se le aplicaba un. hierro enrojecido á los testes;. otro, al que se le amputa una pierna; otro,. que se arranca la piel de la cara con un pe. dazo de vidrio, y, por último, uno que se desgarra los intestinos con el mango de una cuchara, asciende la escalera que conduce á su habitación, se acuesta y espira á poco sin dar un solo gemido y sin que los restantes individuos mostraran seriales de dolor, ni conmociones de la sensibilidad, á pesar de lo cruento de las lesiones ocasionadas. Esas regiones de insensibilidad al dolor (analgesia), al tacto (anestesia) ó al calor (termoanestesia), unas veces son muy limitadas, necesitándose práctica y hábito para descubrirlas;. otras, por el contrario, ocupan una vasta extensión; pero en uno y otro caso su existencia constituye uu signo de no despreciable valor..
- 322 - la atención, la piedad ó el interés de propios y extraños. Se imputa la locura alguna vez por personas venales, deudos ó parientes, interesados en incapacitar á un sujeto, ya para entrar en la posesión y administración de sus bienes , ó para que no retrotraigan donaciones , testamentos , contratos, etc., anteriormente ejecutados. La disimulación se practica por enfermos que esperan obtener la libertad, realizar algún negocio ó consumar un atentado. En todas estas circunstancias en que la honra, la vida y los intereses de la sociedad y del individuo se hallan seriamente ame nazados, se requieren para su esclarecimiento hombres eminentemente prácticos, clínicos que puedan descubrir el fraude, las imposturas, los disfraces y amaños, y hacer la luz en medio de esos estados caóticos que engendra la locura, situaciones que son á las veces como el lecho de Procusto de los médicos frenópatas. Ved lo que Wille de Bâl, una de las más grandes reputaciones de Suiza y Alemania, dice á propósito de la simulación: « En mi vasta práctica médicolegal no he encontrado un solo caso de desorden mental simulado en
--323- un hombre cuyo estado psíquico fuera realmente bueno. Los que han recurrido á eso género de superchería son individuos afectados de epilepsia, histeria , alcoholismo, seres neuropáticos o de fuerte predisposición hereditaria; de modo que su estado mental confina tanto con la enfermedad como con la salud moral. Participo, pues, de la opinión del mayor número de los alienistas, según la cual la simulación de la locura por una persona sana de espíritu debe ser considerada corno un becho raro y verdaderamente excepcional, Esto mismo dice bien á las claras cuán difícil h t de ser en ocasiones descubrir la simulación, por cuanto el simulador, á la vez que se entrega A manifestaciones delirantes, exageradas, grotescas y contrarias á la naturaleza, presenta indicios y señales propios de las inteligencias perturbadas. Esa mezcla de síntomas verdaderos y falsos, constituyen las formas de estado mental mixtas ó intermediarias entre la enfermedad y la salud. Esos casos deben hacer muy circunspectos á los magistrados y enseñarles cuántas precauciones deberán tornar para que la aplicación de las penas resulten verdaderamente equitativas.
- 324 Nada seria , en efecto , menos fundado que considerar esas tentativas de simulación como otras tantas circunstancias agravantes. Por paradógico que esto pueda parecer, es, por el contrario , muy justo considerar la simulación como motivo atenuante en favor del acusado. Hállase justificada esta manera de ver en el hecho observado entre los criminales,. pues los que de entre éstos intentan fingir la locura tienen ya el espíritu un tanto desarreglado, y los que gozan de integridad mental jamás recurren á ese expediente.» Por original y contraria que parezca esta doctrina á las ideas corrientes , reposa sobre un p unto de base científica la observación clínica, que es el fundamento de su defensa. Y, efectivamente, acontece así ; basta leer los procesos célebres donde se invoca la simulación para convencernos de que para hallar alguno con suficiente cultura y sutileza d e . ingenio para sostener su papel, en la inmensa mayoría son individuos dotados de defectos y anomalías psíquicas, neurópatas , degenerados; es decir, seres que llevan dentro de si mismos los gérmenes, los resplandores de la vesania ; seres, por tanto, que hacen muy du- ^,,
- 325 -- doso y perplejo el fallo de los médicos é incierta la aplicación racional de la pena. Las formas mentales más comúnmente simuladas ó fingidas son la manía, las variedades lipermaníacas con delirio de persecución, megalomanía ó delirios ambiciosos y de grandezas; las locuras religiosas, razonadoras, moral o impulsiva; la locura epilética, alcohólica, y la imbecilidad intelectual y afectiva ó moral. El somnambulismo suele invocarse igualmente alguna vez. De estas formas podríamos eliminar la manía , la imbecilidad y algunas otras como de imposible simulación. ¿Pues qué, es sólo por los gritos y las voces, por las gesticulaciones y las muecas, por extravagancias y actos de violencia, por cierta incoherencia de la palabra, por accesos de agitación y movilidad, por obstinaciones y terquedades, por la narracion de alucinaciones y visiones , por algunas resistencias al alimento y al sueño por lo que habremos de creer en una locura maníaca, en un estado de completa é incontestable aberración mental? No ciertamente; la verdadera manía tiene un sello que no se falsifica,
-- 326 — es moneda de libre circulación aun para el más ignorante. Como decía el gran trágico griego Eurípides, « el loco es todo locuras; su corazón, su cara, su boca, están siempre de acuerdo.» Ni el hambre los espolea, ni el sueño los abate, ni la agitación los rinde, ni la palabra los fatiga, ni el grito los enmude ce, ni esfuerzos, ni violencias, ni desnudez, ni amenazas les conmueven ni postran. En ese estado de exaltación, de movilidad, de palabrorrea, de delirio y de insomnio, sucé-- dense los días á los días, las semanas y aun los meses, y el maníaco es siempre el mismo, sucio, desgreñado, de fisonomía amenazado - ra, de actitudes agresivas, audaz, obsceno, blasfemo, profiriendo injurias contra todos, desconociendo á cuantos le rodean, y con la incongruencia más palmaria de sus ideas y sus actos. No existe una sola facultad en su entendimiento que no esté trastornada, ni órgano en su economía que funcione con regularidad. Cuanto hiere sus sentidos se torna en otros tantos estímulos delirantes. Su existencia en nada cambia porque vivan en la celda ó en comunidad. Esa general conflagración de todas las funciones, esa espan -
-- 327 — table anarquíaa del humano sér, no hay hombre que pueda simularla con acierto sin que su razón se despelie ó se confunda. Lo que hemos dicho de la manía pudiéramos hacerlo extensivo á casi todas las restantes formas de locura, pues que la actitud, la fisonomía, la palabra, el gesto, la coloración de la piel, el estado de la nutrición, la hebetud, el alelamiento, la indiferencia, la inmovilidad, el aspecto de concentración y de profunda pena, el lenguaje lastimero y su entonación pausada y débil, esos síntomas puramente exteriores que alternan con crisis de excitación general, movilidad exagerada, locuacidad incesante, agitación continua para caer á poco en accesos de panafobia, de sitiofobia, etc.; todas esas manifestaciones que denuncian al melancólico, y que un poco más acentuadas confinan con la demencia, no pueden ser jamás objeto de plagio hasta el punto de inducir á error. ¿Cómo han de surgir tampoco dudas en el Mínimo del médico llamado á deponer sobre el estado mental de un sujeto cuyo aspecto exterior es, ora de arrogante exaltación ó dt desconfianza y suspicacia, c1e c í ndida pueri--
- 328 – lidad 6 de aparente buena salud, que revela al mismo tiempo un ligero temblor general y limitado en particular á los labios y la lengua, embarazo y tremulación de la palabra, d.3sigualdad del diámetro de las pupilas y signos evidentes de fluxión cerebral? Todos estos fenómenos, esos rasgos y matices de inapreciable valor para el profano, constituyen para el médico las señales precursoras de aniquiladora enfermedad, la parálisis general progresiva de los enajenados. No son, pues, estas formas frenopáticas tan conocidas y características las que pueden ser pretextadas ó fingidas con éxito. La imbecilidad intelectual o moral, las locuras impulsivas, instantáneas ó transitorias, los delirios parciales ó monomanías, la locura epiléptica é histérica y la alcohólica, son las más frecuentemente excogitadas para la simulación. Por lo que respeta á la imbecilidad intelectual y moral ó simplemente afectiva, remitimos al lector al capitulo que hemos dedicado á su descripción. No negaremos que hay casos de imbecilidad rodeados de obstáculos y dificultades para un diagnóstico terminan-
-- 329 — te, porque la falta ó ausencia de cultura mental, el trabajo, las privaciones, la miseria, la intemperancia, los malos ejemplos, encallecen la fazón del mayor número y hacen que la humanidad, á pesar de la tan decantada civilización, viva todavía sometida á la ley de castas, y funda sobre la moral la responsabilidad social engendrando esas irritantes y arbitrarias responsabilidades, las mismas para el satisfecho y el harto que para el menesteroso y el hambriento, equiparando en moralidad y en deberes al sabio y al ignorante, al rico y al pobre, al senior y al siervo, al afortunado mortal y al mísero instrumento de su vanidad ó de sus apetitos. Sí; es una irritante injusticia la que resulta de la aplicación de las leyes al que es víctima de impulsos orgánicos, congénitos, al que obra por fatalidades .orgánicas adquiridas y al que se resuelve á la acción por abrumadoras é ineludibles fatalidades sociales. Donde no existe igualdad de aptitudes, de condiciones, de derechos, no exijáis comunidad de obligaciones ni deberes, pues podrá acontecer el que esas desheredadas muchedumbres lleguen á mirar la civilización como un engendro monstruoso de pri-
- 330 — vilegiados y busquen en el derrumbamiento de todo lo existente la igualdad y la justicia absolutas. En presencia de esos seres de aspecto in- {antil, semnialelado ó estúpido, de locución lenta y premiosa, de andar embarazoso y torpe, de fisonomía defectuosa y deformidades craneales , de infiel memoria y escasa comprensión y juicio, que tienen la indecisión por guía y la inutilidad por término; seres arteros, astutos, vengativos, cuyas obras y acciones están en desacuerdo con las costumbres y conveniencias sociales, tolerados en sociedad a fuerza de concesiones, de escasa noción del deber y de tan enteco discernimiento que ignoran el alcance y la moralidad de lo que pretenden, y ven con impasibilidad é indiferencia la desgracia ajena ó su propia ruina; seres que apenas si conservan del pasado reminiscencias ni enseñanzas provechosas, que viven al día y nada temen ni les preocupa, el porvenir, pues para ellos con g o si no existiera... Y siendo, corno es, la imbecilidad intelectual y afectiva una enfermedad de nacimiento, ú de los primeros arios de la vida, ú consecutiva d grandes traumatismos y afec-
4-- 331 — tos mentales, no es fácil de simular, pues deponen en contrario la conducta y existencia anterior del sujeto. iQuó defecto de inteligencia y del sentido moral no arguyen el hecho de aquel imbécil condenado por los tribunales como autor de ocho incendios sobre otras tantas casas de su pueblo, y que, al ser interrogado, contesta: «Así como se quemo la casa de mis padres, no comprendo por qué los demás vecinos del lugar no han de sufrir análogas consecuencias.» «Mi padre, decía otro desgraciado, murió en el patíbulo, y yo aspiro á ese género de muerte corno si fuera el acto Inds meritorio y loable.» Entre ciertas personas de las más humildes é ignorantes capas sociales hallamos ejemplos diarios de esa falta de sentido moral. La más insignificante apuesta, frases malsonantes ó un tanto depresivas, un sí ó un no, un más 6 un menos, bastan á hurgar el instinto de la agresión y la lucha, á provocar un estado de excitación afectiva que termina por atentados sangrientos y crímenes espantosos, único modo de rehabilitarse á los ojos de sus camaradas y enemigos. Esta impulsividad, casi siempre
- 333 – juzga corno enfermo y delirante al que tiene todas las apariencias del hombre sano y la estoica indiferencia de protervo criminal. II La descripción que antecede, y en la que liemos tratado de representar la génesis, desenvolvimiento, marcha y terminación de las monomanías ó delirios parciales, nos será suficiente en la mayoría de los casos, por no decir siempre, para diagnosticar la existencia real de la locura ó arrancar el antifaz de su ficción al que intentara pretextarla. No; la complejidad y versatilidad de los fenómenos de la enajenación son independientes de la voluntad, y, por lo tanto, no simulables; aun en los casos más embarazosos, un examen personal detenido, un estudio minucioso de las piezas del proceso y de las deposiciones de los testigos y un gran conocimiento de los antecedentes hereditarios y morales del suje- to, bastan á desenmascarar al simulador y esclarecer á la justicia en la rectitud de sus fallos y en la aplicación de las penas.
- 339 — Obsérvase asimismo un conjunto fenomenal tan expresivo en los afectados de locura alcohólica, que su verdadero diagnóstico no puede engendrar dudas en la apreciación de los casos. Una marcha incierta y vacilante, temblores generales ó parciales de los dedos y la lengua, diminución de la sensibilidad de la piel al dolor y al tacto, síntomas de coz - gestión cefálica, desórdenes funcionales en varios órganos, infidelidad de la memoria y del juicio, confusión de los recuerdos, lenti - tud en las concepciones, debilitación profunda de la sensibilidad afectiva, acusada por la indiferencia, impasibilidad y frescura respecto á su situación, ilusiones y alucinaciones de carácter terrorífico y accesos anteriores de violencia y furor instantáneo, junto co!1 los antecedentes de hábitos alcohólicos, estenografían y dan la clave de la enfermedad que nos ocupa. -Sin embargo, aquí, como en el mayor número de los afectos mentales, conviene examinar al sujeto lo más cerca po- -sible del hecho que dió origen á su procesamiento, pues gran parte de los síntomas que hemos descrito se amortiguan 6 desaparecen por influjo de la reclusión que lleva aneja la,
- 340 — privación del agente tóxico, de las bebidas alcohólicas. La epilepsia es una enfermedad pretextada ó simulada frecuentemente para eximirse de obligaciones, deberes, responsabilidades y castigos. La mayor ó menor repetición de los ataques, la forma de éstos (convulsiva, vertiginosa, psíquica), el ser diurna ó nocturna, y una grau habilidad y estudio por parte del que la finge, pueden en ocasiones oscurecer y demorar su conocimiento por algún tiempo, pero jamás ser causa de error. En primer lugar, el epiléptico verdadero tiene en general una fisonomía que le denuncia á los ojos del hombre práctico. Color plomizo de la piel, cara y cráneo casi sietnpre asimétricos; la mirada es hosca y atónita. Cuando se reconocen la lengua, labios, manos y piel, suelen descubrirse cicatrices de caídas ó mordeduras, fenómenos que rara vez ó nunca presenta el simulador. La forma de darles el ataque es también muy singular en los simuladores; en el epiléptico real la pérdida del conocimiento es instantánea, la caída brusca, sin que tomen las precauciones que el epiléptico fingido para evitar el golpe
-341 — consiguiente. La espuma de la boca se la producen con el uso del jabón, así corno la dila - tación pupilar con el empleo de la atropina y otras substancias. Los que son bien conocedores de la enfermedad , no dejan de presentar otras varias manifestaciones, como emisión de las orinas y aun de las heces fecales. Casi siempre caen en convulsión cuando sospechan son vigilados. A pesar de todo el artificio y maestría que puedan desplebar, el enmascaramiento se descubre siempre, pues hay síntomas inequívocos que están fuera de la voluntad, como es, en primer término, la elevación térmica central. Cuanto más intensos y repetidos sean los ataques, el termómetro aplicado á la axila ó al recto llega en ocasiones á marcar 40°, 41° y aun más. Charcot ha sido el primero que ha dado á conocer . este fenómeno tan característico y decisivo. No haremos mención de otros testimonios que pueden obtenerse del estado de inconsciencia absoluta en que caen los epilépticos, y en cuya situación revelan la más profunda insensibilidad al dolor, á los golpes y á los estimulantes y violencias de todos los géneros, pues creemos que los medios emplea-
-342 dos para afirmar ó negar la existencia positiva de un desorden mental no deben ser nunca ni ilícitos ni crueles. Otro síntoma al que el doctor Clouston ha dado un gran valor, consiste en alternativas de contracción y dilatación del iris, que persisten más de un minuto después que el sujeto ha recobrado el conocimiento, y este carácter se aprecia igualmente en las grandes crisis convulsi Vas como en los casos de pequeño mal (vértigo epiléptico). En los ataques de epilepsia nocturna ó en los de delirio ó furor convulsivo _ transitorio, los más difíciles de reconocer, el doctor Echeverría señala como fenómenos precursores la víspera del acceso el dicrotismo y aceleración del pulso, así como la elevación de l a temperatura central, en un grado por lo menos, en la forma convulsiva ó motora. Estemismo observador ha hecho ` constar también que después de los ataques nocturnos se encuentran en un 60 por 100 de los casos petequias sobre los párpados, frente, cuello y pecho. No siempre caracterizan las descargas epilépticas las convulsiones ni los vértigos. .E1
- 343 — epiléptico reconocidamente tal se nos presea ta á veces con ataques marcados por enrojecimiento y congestión de la cara, contracción. y dureza de los rasgos fisiognomónicos, expresión amenazadora, fijeza en la mirada, groseriedad, violencia y cinismo en el lenguaje, impulsiones instantáneas eróticas ó de furor contra todo. Al lado de estas manifestaciones, que contrastan con el simple vértigo ó inapreciable desvanecimiento; con esas fugaces y sencillas distracciones exentas de significación para el profano, pero tras de las cuales estallan los actos más inauditos y espantables, rara vez dejan de observarse cambios bruscos del humor y de los sentimientos, falsedad en las apreciaciones, recriminacio nes sin fundamento, cóleras y agresiones hacia las personas para las cuales mostraban antes suma afectuosidad; rasgos del carácter llamado epiléptico y que preludian la inminencia ó proximidad del acceso. Ademas. siendo, corno dijimos, esta clase de enfermos seres de tendencias viciosas é inclinaciones antisociales, su vida aparecerá esmaltada de brusquedades, apetitos, intemperancias y atentados de todas suertes. Todas esas for-
-- 344 — mas convulsivas é impulsivas tienen asimismo una manera gráfica de presentarse y terminar, verificándolo brusca y repentinamente, cayendo ora en profundo sueño, ó quejándose al despertar de pesadez y quebrantamiento general, oscurecimiento de la inteligencia y torpeza de la palabra, revelando otros síntomas no menos importantes, de que nos ocuparemos en breve. La forma especial como concluyen los referidos procesos morbosos tienen un valor tan decisivo, que no nos cansaremos de reiterar nuestras instancias para que en todos los asuntos criminales que asombran por la ferocidad de la ejecución, por el ensañamien- to y la crueldad de que se acompañan, por lo monstruoso é inconcebible del hecho, los médicos deban ser requeridos para examinar lo más inmediatamente posible al sujeto incriminado y dictaminar sobre su estado mental, elemento valioso que puede corregir grandes errores jurídicos. La locura suicida es otro de los medios á que suelen recurrir los simuladores. Aquí, como en la mayor parte de las enfermedades mentales, la comedia del atentado se repro-
343 - f4 enta en ocasión que se les mira ó puedan prestarles auxilio, y rara vez se causan heridas 6 daiio, ni toman sustancias venenosas en cantidad suficiente para consumar sus designios. Esta mese en sce!ne de disponer las cosas de modo que puedan ser socorridos, de procurarse poco mal y de divulgar a todas horas sus intentos, distingue al falso del verdadero loco, pues éste tiende por lo común ocultar su delirio, sabe imponerse silencio y encubrir los motivos de sus determinaciones. Del compendiado estudio que llevamos hecho resulta que cada variedad de locura imprime d la organización rasgos y signos exteriores que se hallan en intima relación con la naturaleza del padecimiento; pues bien, nuestra convicción ha de resaltar mAs clara y terminante analizando las manifesta- • ciones ideativas ó intelectuales, y su encarnación en actos, y que no están menos estrechamente unidas â la índole de la enfer medad. Toda concepción delirante surge de otra igual , ú la manera que una idea razonable engendra otra idea razonable. Por esa ley de asociación es por la que el enajenado piensa,
-- 346 - razona y obra con cierto orden y lógica. Si aun en el loco más incoherente y disparatado se obtienen respuestas acordes, ¿cuánto más sensatas y justas 110 habrán de recabarse del (lue tiene limitado el extravío de su inteligencia á determinadas facultades? Hablad á. lin monomaniaco de los asuntos ordinarios de la vida, discutid con él sobre las más variadas cuestiones, excepto las que engendraron y mantienen su delirio : siempre obtendréis razonamientos al nivel de su desarrolle intelectual. Las contestaciones del loco, aun circunscritas al punto de su delirio, podrán ser disparatadas y absurdas, pero contestará siempre: «¿Quién sois?» :< El rey de reyes; el señor del inundo.» ó bien: «El enviado de I)ios para regenerar la sociedad.» Si le preguntáis por los años que tiene, os contestará: «Seis mil;» ó podrá replicar que no tiene edad dada su creencia de la inmortalidad ó de. estar muerto. Y así variarán sus respuestas, según que tenga un delirio de grandezas, un delirio místico ó de cualquiera otra índole. Nada de esto se observa, generalmente, en los plagiarios 6 simuladores. Estos individuos chocan por los extremos:
-- 347 ó gesticuladores infatigables, ó silenciosos hasta el mutismo. Afectan extravagancias cuando se creen objeto de estudio, ó muestran indiferencia hacia cuanto les rodea; niegan con obstinación lo que se les imputa; ríele si les habláis de los castigos que les aguardan, ó se ponen furiosos si se les anuncia su próxi• ma libertad. Los hay que aparentan desconocer el valor de la moneda, no saben contar, ignoran el nombre y uso de ciertos metales y objetos. Algunos niegan el arte ó profesión que ejercían ; respecto á su vida de nada recuerdan, lo han olvidado todo. Cuando se trata de estrecharlos con preguntas y de hacer resaltar la contradicción y el desacuerdo de sus confesiones y respuestas, se encierran en porfiadas y rotundas negativas. Es frecuente oirles hablar de sus terribles pesadillas é insomnios, de las voces y apariciones de fantasmas y animales que van á devorarlos. Los hay que se encierran en una palabra á frase que pronuncian invariablemente, acompaf'iándola de gestos y movimientos extrafos y ridículos. Se sirven 6 utilizan la perífrasis para demostrar, como indica Marro, el estado de debilitación á imbecilidad y tor-
-- 354 — hicimos mención al ocuparnos de las neurosis convulsivas, y otros que citan Lasègue, Legrand de Sulle, Berthier y Falret, Hudeliet, Pic y Sans de Bourg, y Garimond; en todos ellos la locura sobreviene sin previo ataque de convulsión, vértigo ó desvanecimien- to; son las formas que Tonnini ha denominado de epilepsia mental, y otros designan con el nombre de delirio epiléptico. En estas variedades, los enfermos, lejos de olvidar los atentados cometidos, dan los detalles más claros y precisos, y aun discuten é Inventan los medios de disculparse. El diagnóstico en semejantes circunstancias es complicado y arduo; pero la vida anterior del sujeto ó la observación continuada no dejarán de esclarecer nuestras dudas cuando presenciemos los ataques vertiginosos y convulsivos de que son presa tales sujetos. Resumiendo; la sensatez, la cordura, la razón, no engendran nunca, hasta el extremo de inducir a error, concepciones delirantes, alucinaciones, quimeras, insensibilidades, ni esas aberraciones morales que mueven al enajenado á, inmolar gentes extrañas 6 personas las más queridas, y á acometer atenta-
- 355 – dos feroces, inconcebibles, espantables. El delirio no existe como fenómeno único y aislado de otras manifestaciones; la incoheren• -cia no llega, como ha dicho uno de los m6 s grandes alienistas de este siglo, Morel, hasta el punto de tergiversar completamente todas las nociones fundamentales que presiden á los actos intelectuales; el verdadero enajenado no confunde jamás lo que es imposible A la lógica, lo más extravagante de confundir; hay siempre en sus actos coordinación razonada. Por último, del paralelo y la comparación entre lo que piensa, dice y hace un individuo, y lo que ha pensado, dicho y hecho hasta entonces, resultará un criterio suficiente para discutir sobre la responsabilidad ó irresponsabilidad de un acusado. Además, el loco propiamente tal, el verdadero sistemático, defiende con ardor la realidad de sus ideas dominantes; los simuladores no rechazan, se complacen, por el contrario, en aceptar y afirmar más y más sus invenciones y ardides. La actitud, el color de la piel, la fisonomía, el gesto, el lenguaje, la entonación de la voz, • la palabra hablada o escrita, pueden suminis-
-356- trar datos de gran importancia para el diagnóstico de la enajenación. Basta á veces una simple mirada para adivinar, por el vigor, la firmeza, la movilidad, la energía, la arrogancia, una fuerte entonación de la voz, un estado turgescente de la piel, que nos hallamos en presencia de estados mentales de forma expansiva, exaltada; como la pusilanimidad, el embarazo, la indecisión, la vaguedad, una mirada fija, inquieta ó recelosa o triste y sin brillo; una palabra lenta, vacilante y débil; una coloración deslustrada de la piel, suciedad y desaseo, indiferencia y quietismo, hacen presentir estados de decaimiento psíquico ó fuertes pasiones concentradas. En esos matices , esos claroscuros , esos rasgos y perfiles que presentan las funciones de relación en el enajenado constituyen para un espiritu observador, para lo que se ha dado en llamar ojo clínico, golpe de vista, intuiciones y juicios no transmisibles al papel, pero que le conducen á formular una opinión allí donde el ignorante nada ve, nada aprecia, nada adivina. Esa especie de hábito, de instinto, de intuición, adquirido por la ob• servación y la practica hace del médico en.
- 357 — ocasiones algo como un sér sobrenatural y maravilloso que presiente los acontecimientos ó afirma un hecho que resultará evidente en contra de la pública opinión. Podríamos referir con este motivo casos curiosos de diagnóstico de impresión, como el del ilustre alienista Morel ante el tribunal de Munich, y otros no menos interesantes, pero, para no dilatar este punto , transcribiremos dos de la práctica del reputado frenópata doctor Ezquerdo. Con motivo del proceso Ga - rayo (el Saca»tantecas), alguien hubo de argumentar, significándole al referido alienista cuán autorizadas y valiosas eran las opiniones de alguno de las médicos que estaban por la responsabilidad del acusado, por la integridad mental de Garayo; tanto llegaron á importunarle y mortificarle con ese argumento, que hubo de replicar: «Pues bien, esa opinión que estimáis tan alta carece para mí de valor, es la opinión de un desgraciado enfermo.» [In año más tarde, aquel á quien consideraban como un reputado y distinguido médico en Vitoria, ingresaba rematadamente loco en el establecimiento del doctor Ezquerdo. En el pasado año, en una visita que hizo
-- 359 - 6 los principales manicomios de Francia, el director de uno de los asilos, un distinguido médico , queriendo sorprenderle ó aquilatar su reconocida suficiencia, su gran autoridad eu este ramo de la medicina, le presentó á un sujeto, diciéndole: «Doctor, vea usted uno de los casos más curiosos é interesantes de delirio de persecución.» «Ciertamente, contestó el doctor Ezquerdo, que es muy curioso; 'pera yo no dudaría en suscribir su integridad mental y abrirle las puertas del asilo. » Efectivamente, el tal sujeto no era un enajenado, sino uno de los empleados de la casa. Recuerdo también, entre los muchos casos que pudiera mencionar en este sentido, uno en que. fui testigo presencial hace ya algunos años. Acompañaba yo con frecuencia al doctor Ezquerdo en calidad de discípulo y amigo. Tomamos un carruaje en la plaza de Antón Martín, dimos al cochero las señas, y dos veces durante el trayecto paró el carruaje para preguntarnos el punto adonde nos dirigíamos: esa amnesia, ese olvido, esa pérdida de la memoria, á la vez que una desigual forma de las pupilas ú irregularidad de sus diámetros, le hizo exclamar á Ezquerdo: «Ese
- 359 — pobre hombre está, loco.» Cuatro meses más tarde ingresaba en el departamento de enajenados del Hospital Provincial de Madrid, y cuya sala visitaba por entonces nuestro respetable y querido maestro. De cuanto llevamos expuesto resulta que no es suficiente para formular una opinión y resolver sobre la responsabilidad ó irresponsabilidad de un sujeto el sentido común, ni un estudio superficial del asunto, ni el criterio exclusivamente psicológico ó jurídico; se requiere un examen detenido y circunstanciado, y que comprenda y abarque la constitución física, fisiológica, intelectual y moral del individuo. Procediendo de otro modo nos exponemos á sensibles errores y á confundir un individuo digno de conmiseración y lástima con un despreciable criminal, con un feroz asesino.
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LA FRENOPATÍA Y EL CÓDIGO Los conflictos que surgen d diario entre la frenopatía y el Código, entre la ..;iencia médica y el dogma jurídico, emanan del carácter y forma de inmutabilidad que los legistas pretenden dar d la ley, lo cual se halla en abierta oposición con el incesante descubrimiento de verdades científicas, con la natural y progresiva renovación de preceptos seculares. Los tiempos que alcanzamos son tiempos de depuración y de análisis; el error de hoy es acaso la verdad de mañana; la esfera de nuestra actividad se dilata y ensancha de tal suerte, que ciencias ayer empíricas alcanzan hoy la sanción de doctrinas incontestadas. Así la astronomía se reconstituye y lo - gra el valor de la ciencia exacta con la prodi-
- 362 — giosa y potente ayuda del telescopio y del espectro solar, que nos ponen en comunicación. con la pluralidad de los mundos, y nos dan la clave de su composición; merced á balanzas de extraordinaria y exquisita sensibilidad tocamos la precisión numérica; el microscopio nos hace descubrir infinitas y maravillosas especies vivientes; el galvanómetro nos hace presentir y adivinar problemas hasta ahora ignorados sobre las funciones de los nervios; con el vapor, no sólo imprimimos vida á la materia inerte, si que sus moléculas gaseosas, cual espíritus alados, abrevian el tiempo, acortan las distancias, y junto con la electricidad forman los hilos misteriosos que hacen palpitar al unísono el corazón y el pensamiento de todos los hombres que pueblan la tierra: la física, la mecánica y la química nos proveen de auxiliares poderosos que nos permiten taladrar la montaña de granito, cruzándola de fantásticas y atrevidas galerías; á unir en estrecho y amoroso himeneo las aguas de apartados mares; llevar la luz a los abismos; dominar con el globo los espacios; arrancar de las entrañas del suelo agua, luz, calor y vida, y así, cada vez más
363 agigantada y ennoblecida la existencia individual y humana, ensefloreándose del planeta que habita, impulsada por el vigoroso aliento del ansia inextinguible del saber, se abisma en la inmensidad de los mundos para conocer lo mejor y poseerlo, que no de otro modo alcanza su redención el hombre que por la santa plegaria del trabajo. El espíritu teológico é idealista, el olvido injustificado de antiguas verdades, el apartamiento de la observación natural, de la realidad de los hechos, el no concretarse á lo fenomenal y tangible, descarrió de tal suerte las inteligencias, que el mundo llegó á considerar al loco, ora como una víctima de la cólera de los dioses, ya como un inspirado, ya como un poseido; reverenciado por unas gentes, objeto de escarnio y burla para otras, fuese arrastrando una penosa y lamentable existencia, ya cuando bufón y juglar en los palacios, ya cuando mirado como selvática fiera era aherrojado en inmundos calabozos ó condenado por hechicero, brujo y demonólatra á los horribles suplicios que inventara el fanatismo y alimentase la ignorancia. Necesitóse de un gran valor, de una temeri-
pas de su cama, obstruye con cal la cerradura de la puerta y cubre los dedos de un idiota compañero de asilo con la misma masa, para hacer que recaigan sobre él las sospechas. Otro, queriendo burlarse y dar un. chasco A los enfermeros, quita los tornillos que ujetan las puertas de una habitación, y en efecto, al ir 6, abrirlas, éstas se vienen al suelo, lo que hace prorrumpir en estrepitosa risa A nuestro enfermo. Otro prepara su fuga con tal artificio é ingenio, que soborna á su guardián haciéndole ver lo arbitrario é injusto usto de su reclusión; le induce á la huida prometiéndole una pensión vitalicia, y con tal sensatez discurre, con tal naturalidad y entimiento le habla, que después de algún tiempo acaba por convencerle y ambos escapan del establecimiento. En la casa de locos de Valladolid, un asilado, cansado de ver lo infructuoso de sus instancias, súplicas y denuncias à las autoridades para que se le ponga en libertad, finge durante una larga temporada la más perfecta calma y tranquilidad. Todo hace creer en una inesperada mejoría: conflansele, por tanto, algunos cargos, y un día huye del establecimiento, se dirige A la es
- 371 -..- -ación para tomar el ferrocarril; pero pensândolo mejor, y temiendo ser allí descubierto, se encamina á la inmediata, y hace el viaje para Madrid, pero baj. adose en Pozuelo sin pagar el treu. Trua vez en la corte, se presenta á un comerciante amigo, disculp<índose al pedirle dinero, diciendo que era tanta su impaciencia por regresar al seno de su familia, que desde que recibió el alta no ha podido aguardar á que le remitiesen fondos para el viaje. Pretexta toner que hacer utas visitas, y al cruzar por la Puerta del S 3l se dirige á unos agentes del orden público preguntándoles dónde estaba la casa de locos; por algunas incoherencias y frases escapadas se le retiene V y encierra, siendo á los pocos días reinstaladlo en su antiguo asilo. Vamos á citar la historia de otro, donde al lado de una de las más terribles y destructoras formas mentales aparece el espíritu de venganza y de premeditación en toda su desnudez. Trátase de un paralitico general. Este sujeto tenía la costumbre de apropiarse las prendas de vestir de los demás enfermos. Un día que se había puesto la capa de uno de sus compañeros de infortunio, otro enajenado
- 372 — hubo de reconvenirle por sus malas costumbres y darle un bofetón. No se olvidó de aquella ofensa nuestro enfermo. Tres meses habían transcurrido, y un dia que el director salía del establecimiento le llama y dice: «Doctor, aguárdese usted un momento.» Su ofensor era uno de esos locos siempre e n acecho de evadirse del asilo ; conocedor el ofendido de semejante propensión, había preparado un hoyo bastante capaz para dar paso ä una persona; y dirigiéndose á su contrario, le invita á la huida, diciéndole: «Mira, por ahí puedes marcharte.» Visto y puesto en práctica fué todo uno; y cuando tenía metida la cabeza y parte del cuerpo, saca el paralítico un pequeño junco y le hubiera propinado una paliza sin la oportuna intervención de los enfermeros. Cuesta trabajo el pensar que aquel enfermo, con un cerebro reblandecido y hecho papilla, y cuya vida se extinguía por instantes, pudiera meditar, discernir y proce- (ter de tal manera. Esto mismo nos enseña que el loco puede obrar por otros móviles que los que arrancan de su tema delirante; puede ser compelido al delito por celos, envidia, cólera, odio, venganza; pueden inspirar y dirigir sus
_ 3 7 3 — actos impulsos 'ruines bastardos, venales, viciosos, circunstancias, en suma, que ball hecho el que algunos médicos hayan llegado á admitir que en ocasiones deba aplicarse al sujeto una responsabilidad parcial atenuada. Vamos á terminar la exposición de casos clínicos, omitiendo la referencia de otros más interesantes que el secreto médico nos impide relatar. Sabernos de un epiléptico, de tendencias homicidas, que, temeroso de que un día pueda dar muerte á su mujer, á la que adora entrafiablemente, se encierra en su habitación durante la noche y no hay medio, pretexto ni artificio de que no eche mano para conjurar su funesto y criminal designio. Hay para sorprenderse de la astucia y el ingenio desplegados en la invención de un instrumento con el que sujeta y esposa los pulgares de sus manos, así corno de la candidez, inocencia y tranquilidad que le sugiere el referido aparato. ¡Feliz él mientras la idea permanezca al estado subjetivo, platónico, y su voluntad le permita domeñar su obsesión espantable! Pero ¡quién dudará de la inutilidad del medio el día que estalle vigoroso y enérgico el impulso parricida!
-- :,74 — Creemos suficientes los hechos transcritos para que se comprenda cuán deficiente é ilógico, cuán falso es el principio de que la voluntad, la intención, la conciencia y el discernimiento sean la piedra angular y el criterio infalible en los asuntos criminales. No, esto no basta, y el senor presidente del Tribunal Supremo, y con él la inmensa mayoría de los jurisconsultos, deben pensar en que existen otros fundamentos de apreciación m s racionales y positivos. No, no es suficiente el considerar la intención en su estado de simplicidad, de aislamiento, pues en la mayor parte ele los locos, el acto en si es un fenómeno puramente automático, sin que puedan invocarse el lado grosero, interesado, de satisfacci6n material, como en aquel que realiza el delito sobre un desconocido, hacia el que no mueven ni los malos instintos del acometedor, ni odio, venganzas, ofensas do ningún género, ni provocaciones de ninguna naturaleza; cuando ningún móvil pasional sirve de provocador, de estimulo, hay para suponer que la razón del que ejecuta no se halla en estado de cabal ponderación; y con más motivo aún si el sujeto incriminado no
acusa ni pena, ni disgusto, ni remordimiento y se muestra indiferente á su reclusión y al castigo. i,Qué idea de lucro, de venganza, puede perseguirse allí donde se atenta contra la propia vida, contra la propia honra, eon tra los seres más queridos, ni qué goces ni satisfacciones personales cuando se ac u la sir usar ni utilizarse de l a cosa robada, cuando se cohabita con cadaveres ó se consuman. hasta con fruición los m ís repugnantes actos de bestialidad ó de antropofagia*? Por otra parte, en no pocas ocasiones la intención suele ir Inds allá del propósito, si:n que esto signifique mayores y amas evidentes, fundamentos de res p onsabilidad, El erotómano arrostra por todo género de violencia ^. tropelías que las circunstancias reclaman para satisfacer la .irlesistibilidad de sus impulsos gen sitos; el atacado de persecuciones, el delirante místico, el suicida falto do valor para darse la muerte, suelen realizar sus atentados contra personas hacia las que no les movía animadversión alguna, ya para hacer intervenir á la justicia, que no lea pues to correctivo á sus frecuentes quejas y acusaciones, y a para atraer sobre c. los la atc i
-37G- ción pública ú para hacerse merecedores de un castigo que ponga término á su insoportable existencia. Aqui es un afectado de locura religiosa, que después de haber incendiado un templo en cumplimiento á un mandato de la Divinidad, se apodera de insignificantes objetos con que testimoniar la ejecución del acto. Otro, viendo lo inútil de sus tentativas de evasión, prende fuego al establecimiento para aprovecharse de la confusión y el desorden y escapar del asilo. Un alienado homicida pretexta una enfermedad de la pierna, y en tanto que el médico palpa y reconoce el miembro, en el que nada se observa, el loco le hunde unas tijeras en el corazón y le produce la muerte. Confesamos y reconocemos que existen casos donde no faltan motivos para dudar y decidirse á dar una solución satisfactoria y pronta, como en aquellos en los cuales los individuos incriminados parecen en posesión de todas sus facultades. Cuesta, en verdad, trabajo concebir la falta de resistencia'y el dejar de oponerse una vez n s con todas sus fuerzas á la ejecución de un pensamiento delincuente. Pero ésta es la locura. Injusticia-
-377-- ble, pueril y hasta objeto de burla y chacota mientras la idea morbosa no se exterioriza ni sale del campo individual ó familiar, contenida, ora por el sentimiento de la vergüenza, del pudor, de la propia estimación, por la pusilanimidad de naturaleza, por el influjo de ciertos sentimientos religiosos que sirven de antagonismo á sus funestos pensamientos, por el temor á las leyes , y á las veces, por una intervención extraía y ordinariamente fortuita que les detiene sobre el puente de un acto terrible en sus consecuencias; pero un día, cansado y rendido de batallar, el impulso loco se impone, ahoga y sofoca las facultades deliberadora s, oscurece la conciencia y el acto se cumple fatal é irremediablemente. Tal vez no se encuentra otra forma de desvarío y aberración mental como esta de la locura razonadora, la locura por reflexión, en la que los enfermos asisten como espectadores desesperados al desencadenar de las escenas más fantásticas y tremendas, de los Ines horribles atentados, sin haber perdido la nocion de la personalidad, atarazados por las reprobaciones de la conciencia y las protestas de todos los sentimientos y afectos,
— 3;8 — sin que nada baste 6, conjurar el deshecho huracan de sus pasiones ni la tiranfa de sus ileas delirantes; algo semejante al piloto que sin timón ni brújula no puede encauzar n i. dirigir la desmantelada nave en medio del tormentoso mar. La perplejidad y las dificultades aumentan cuando se ve 6, esos mismos individuos, una ve:: consumado el delito, presentarse la autoridad haciendo francas y explícitas confesiones, mostrándose tristes, apesadumbrados, taciturnos y como arrepentidos del acto; y es que el aislamiento, el despertar de la conciencia y (1 impulso satisfecho descargan sus estados de misantropta; pero transcurridos unos días, veremos cambiar su situación ó ideas; tratan de justificar lo hecho por razón de disensiones, disgustos y contrariedades, ó bien se animan , se exaltan e inventan al parecer fábulas que sirvan de excusa a su crimen. Todo esto, que suele tomarse como manifestaciones de simulación, indica todo lo contrario; basta con interrogarlos y constreñirlos sobre el desacuerdo que resulta de sus varias declaraciones para apreciar que esos nuevos argumentos, iris que supercherías, son nue-
i i i ) — vas ideas delirantes que se abren plaza en su cerebro; más que medios de defensa y descargo son síntomas palmarios de aberración mental, giros naturales de su lesión, Lo que decimos del discernimiento, de la voluntad y la intención puede aplicarse igualmente ß:I , la fuga, al alejamiento del lugar del crimen; esto carece de significación en mu chos casos y no deben tomarse como circuns tancias de cargo contra el sujeto; consumado el crimen, viene el despertar de lr razón, y en.. tonces, 6 se apartan y huyen de sus vícti,nas, ó, corno el epiléptico, elimbécil y el idiota algunos afectados de locura persecutoria y mí s tica, se acuestan v duermen indiferentemente al lado .le ellas. No puede tampoco tomarse como piedra, de toque la airs(ncia de arrepentimiento , la impasibilidad los anatemas y amonestaciones, la meonmoviiida.d de que suelen dar muestras algunos. Hay no pocos locos que se dejan arrestar con la calma de tr.n inocente, asisten indiferentess á la narrAción del crimen ante la misma víctima y aun al teatro de su tragedia. Todas esas manifestaciones acusan un profundo estupor de las faculte des afecti