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De la prohibición al entusiasmo. Los festejos taurinos en el Cádiz de las Cortes

García Cárdenas, Carlos

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Revista de Estudios Taurinos N.º 39, Sevilla, 2016, págs. 45-68 DE LA PROHIBICIÓN AL ENTUSIASMO (LOS FESTEJOS TAURINOS EN EL CÁDIZ DE LAS CORTES) Carlos García Cárdenas* n una Descripción de Cádiz (Madrid, 1823), refiriéndose al carácter de sus habitantes, se cuenta que la gente «culta es agradable, franca y amable». En cambio, al pueblo llano se le califica de «grosero, aunque jocoso, muy vano, presumido, fanfarrón, amante de la ociosidad y las diversiones». Como en todas las generalizaciones, este comentario guarda una parte de verdad, aunque corre el riesgo de caer, obviamente, en el estereotipo. Sin embargo, en el capítulo de diversiones relativo a la vida de la ciudad en estos inicios del siglo XIX destacan tres de ellas por encima de las demás: el teatro, el carnaval y los festejos taurinos. Respecto a estos últimos, la afición taurina estuvo bastante arraigada desde tiempo atrás en Cádiz y localidades aledañas, cuyas plazas desde finales del siglo XVIII y principios del XIX serían testigos de muy buenos toreros, con dinastías de cierto renombre como los chiclaneros Cándido, el mestizo Lavi, El Gordito… Incluso en Cádiz se editó en 1796 La Tauromaquia o Arte de Torear (Imprenta Jiménez Carreño, calle Ancha 74), del legendario matador de toros José Delgado, alias Illo, que calificó su obra de «utilísima para los toreros de profesión, para los aficionados y toda clase de * Doctor en Ciencias de la Comunicación. E Carlos García Cárdenas 46 sujetos que gustan de los toros». Este libro supone un verdadero esfuerzo por dignificar y sentar los supuestos técnicos del toreo y marcó un estilo, sirviendo de canon a todas las tauromaquias que vendrían después. Precisamente, gracias al impuesto establecido sobre las corridas de toros, se pudo emprender obras tan importantes en Cádiz como las de la Alameda, la Escuela de Bellas Artes o el Hospicio. Fig. n.º 10.- Portada de La tauromaquia o Arte de torear de Pepe Illo. Todas las imagenes de este artículo han sido facilitadas por el autor del mismo. De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 47 PROS Y CONTRAS SOBRE UNA AFICIÓN MUY POPULAR Sin embargo, a pesar de dicha afición, lo cierto es que la fiesta de toros también encontró desde finales del siglo XVIII toda una corriente detractora, proveniente de determinados sectores ilustrados, que la contemplaban como una costumbre bárbara que nos alejaba visiblemente de Europa. Entre ellos figuraban el gaditano José Vargas Ponce o el asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos. También el polémico padre Alvarado, más conocido por el Filósofo Rancio, arremetería contra los toros con vehemencia: «Tengo a este espectáculo por bárbaro y sangriento, indigno de un pueblo culto, incompatible con la humanidad que la naturaleza nos inspira, y contrario a la caridad en que consiste toda ley. Digo pues, que debe quitarse y está bien quitado»(Fray Francisco Alvarado 1824: 106). Siguiendo precisamente esa línea, Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, suprimió los espectáculos taurinos por medio de la Real Cédula de 10 de febrero 1805, según resolución del Consejo de Castilla. Dicha Real Cédula no podía ser más expeditiva, habida cuenta de que la prohibición, tajante y definitiva, se hacía extensiva a todo el reino, sin ni siquiera hacer excepción de la misma Corte. En tal sentido se manifestaron el padre Sarmiento, Benito Jerónimo Feijoo, Melchor Gaspar de Jovellanos, José Vargas Ponce y José Cadalso. Precisamente este último se quejaba de que el público pagara dinero por ver un “espectáculo tan sangriento”, escribiendo a continuación estos versos: «¿Cuánto no se ha clamado con vehemencia sobre el combate bárbaro y funesto de los toros, como otros apellidos que yo diré, noble excelso?» Carlos García Cárdenas 48 En consecuencia, la vieja plaza llamada de San Roque, que se encontraba cerca de las Puertas de Tierra, se desmontó, poniéndose a la venta su madera para ser aprovechada en otros menesteres. No pudo ser más oportuno el Diario Mercantil de Cádiz, en clara sintonía con esta prohibición, al publicar estos versos: «Vas, tauricida, a la sangrienta arena, a la arena de horror que al hombre espanta donde su triunfo la barbarie canta, donde su miedo tu valor esytrena. Lidia, revuelve, y pincha, y desordena a la bestia fiera, y huya tu planta rápidamente con violencia tanta que al ave imites que protege al Sena. En tanto empero, si huir es vano, y el lucido alamar al aire brilla al cornuo impulso de animal tirano. Recibe el llanto que con fe sencilla, en el bárbaro circo gaditano vierten las torpes fembras de Castilla»2 En términos parecidos se expresaba desde Cádiz el autor que firma solamente con las siglas J.P.C: «Toros: es tiempo perdido Toros: mucha indiscreción Toros: mal envejecido Toros: escándalo ha sido Toros: perjuicio fatal Toros: sistema inmoral Toros: desorden, locura Toros: grave desventura Toros: diversión bestial» 2Diario Mercantil de Cádiz, 8 febrero 1813. De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 49 Pero la ciudad de Cádiz se resistió a la prohibición, exponiendo la necesidad de recaudar el dinero que fácilmente se conseguía con las corridas. Lo cierto es que, como nos dice el Conde de Maule, se pensó en construir otra plaza en sitio mejor, «volviendo a tener uso esta bárbara diversión, tan perjudicial a la labranza y al Estado».Con todo, no faltaron las voces que se siguieron posicionando a favor de la tauromaquia, pidiendo insistentemente la vuelta de las corridas de toros, argumentándose, de paso, que era una costumbre muy propia de los españoles, “sobrios y sufridos”,que nos diferenciaba claramente del resto de los europeos y de la que no había por qué avergonzanse: «decid a los ingleses que cesen en sus carreras de caballos, porque han sido ruina de muchas familias y se os reirán en la cara a carcajada»3. Hasta el abate Marchena, afrancesado e ilustrado, no oculta sus simpatías por las corridas de toros, entendiendo que no responden a «cierta rusticidad que por herencia nos dejó el godo y africano fiero», sino que, más bien, indican un valor intrépido que hubiera encantado precisamente a los padres de Europa, los griegos que armaron a Hércules y a Teseo contra el monstruo fiero. No sólo defiende la fiesta de toros, sino que arremete así contra los detractores ilustrados: «¿por qué ultrajáis por estas diversiones a la España, filósofos severos? Emplead vuestra hiel en otros vicios que más ocultos vierten el veneno que empozoña la vida y las costumbres». En este contexto, merece especial mención la conocida estancia en Cádiz de Lord Byron, que estuvo en la ciudad en 1809, manteniendo contacto con distinguidas familias gaditanas. 3Ibidem, 18 marzo 1813. Ramón Solís, (1958: 413) señala que aunque, a pesar de las dificultades, el pueblo hiciera todo lo posible durante el asedio porque hubiera festejos taurinos, resultaba complicado proveer a una ciudad sitiada de toros bravos. Carlos García Cárdenas 50 Ni que decir tiene que para un escritor extranjero, ávido por conocer las costumbres más peculiares de nuestro pueblo, las corridas de toros ejercían una especial fascinación, pareja a la desilusión que se llevó, pues por aquel entonces no tuvo oportunidad de presenciar ninguna. Por tanto, no tuvo más remedio que componer su relato taurino con las referencias que sus amigos gaditanos debieron apuntarle y de las que no estaría exenta la secular guasa, a tenor de lo que el buen literato inglés nos dejó escrito, donde se entremezclan datos verídicos con otros totalmente estrambóticos y nada acordes con la realidad de las corridas de entonces. En su poema Child Harold´s Pilgrimage nos narra, en las estancias 71 al 79, su peculiar visión de la lidia, con una curiosa mención al despeje de la plaza efectuado «por cuatro caballeros jóvenes, cubiertas las cabezas con un casco», que oprimen con sus espuelas de oro los ijares de sus soberbios caballos. No menos elocuente es su alusión al torero y al toro, pues el primero aparece vestido de brillante traje y con un magnífico manto, y el segundo recibe el rotundo calificativo de rey de las praderías (González Troyano, 2012: 168) CÁDIZ EN ESTADO DE SITIO Desde comienzos de febrero de 1810 hasta el 25 de agos- to de 1812, en que se levanta el cerco, la ciudad permanece sitiada. Aunque la amenaza fue constante y cerca de 470 granadas cayeron sobre Cádiz, pronto se vio que no se padecerían grandes estrecheces, ya que el avituallamiento por mar se encontraba expedito gracias a la ayuda de la flota inglesa, siempre vigilante, y a la inoperancia naval de los franceses. La Gaceta de la Regencia, con gran triunfalismo, no dejaba de recordar: «La abundancia de pan, vino, agua, carnes y pescados, arroz, aceite, legumbres, tocino y toda especie de comestibles para más de un año, sin necesidad de comer carne de caballo, galleta podrida, ni agua pasada». De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 51 Asimismo, se dispusieron los arbitrios pertinentes para atender a la manutención y armamento de los ejércitos4. Los esfuerzos de las autoridades gaditanas por cubrir, en la medida de lo posible, los gastos causados por la guerra se tradujeron en numerosas cargas e imposiciones, echándose de menos el dinero que se recaudaba por las corridas de toros y que tanto había aliviado el gasto público en años anteriores. Por muchas chirigotas y versillos con que se quiera disimular, lo cierto es que en los Fig. n.º 11.- Plaza de Toros. Maqueta de Cádiz 1779 (detalle) Museo de las Cortes, Cádiz. discursos hay un desagradable ruido de fondo: los cañonazos. Aunque no causaron muchas víctimas ni grandes destrozos físicos, lo cierto es que tuvieron un indudable efecto moral ante una población que quería seguir viviendo con su habitual ritmo. Tampoco faltaron las rogativas por el triunfo de los ejércitos ni el arrojo y desprendimiento de la población gaditana a la hora de defender su recinto (Vargas Ponce, 1818: 22). 4Gaceta de la Regencia, 13 marzo1810. Pero en los años de las Cortes no hay corridas de toros, aunque debemos pensar que se hizo todo lo posible para que estos espectáculos se dieran, en contra de la opinión, como ya hemos visto, de muchos de los intelectuales que ya desde mediados del siglo XVIII combatieron la fiesta taurina como perniciosa para la economía y para las costumbres, pues iba en detrimento de la agricultura, aparte de considerarse que atentaba a la sensibilidad y al buen gusto. Entre 1805 y 1813 se celebró en El Puerto alguna que otra novillada, generalmente benéfica y patriota, siempre con carácter de espectáculo único y al margen de toda contrata o concesión por una o varias temporadas. Es muy probable que, en honor del rey José I, se diera en algún festejo, pues en algún lugar este monarca, consciente de la poca popularidad de que gozaba entre el pueblo, restableció las corridas de toros como forma de granjearse la simpatía de los españoles. A tal efecto se tomaron las pertinentes medidas, comunicándose a los prefectos y demás autoridades de Andalucía que se facilitasen toros y toreros, accediendo a la llamada diestros tan populares como Jerónimo José Cándido, Juan Núñez Sentimientos, Curro Guillén…, los cuales acudirían a la Corte incentivados más por los que suponemos buenos honorarios que por un súbito arrebato de satisfacer al nuevo Rey. Así Martínez Alfonso, respecto a la localidad de El Puerto de Santa María, nos dice que: «Nos consta, por referencias de cronistas e historiadores, que en otras ocasiones en que el rey francés intentó esta efectiva muestra de acercamiento el pueblo se abstuvo de pisar los graderíos de la plaza en cuestión. Acaso en El Puerto ocurriera lo mismo» (Martínez Alfonso, 1968: 303). No hubo, pues, oportunidad alguna en Cádiz de celebrar ningún tipo de festejos taurinos, por mucho que el pueblo lo deseara. Tan solo reseñar algún que otro intento de organizar un Carlos García Cárdenas 52 De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 53 espectáculo taurino, aunque comprendido dentro de otros menos específicos como las funciones de caballería, que contemplarían corridas de novillos. Sin embargo, aunque se optó por ellas, lo cierto es que nunca se celebraron5. Asimismo, aunque no guardan relación directa con las corridas de toros, también se dieron algunos espectáculos abiertos solo con caballos, tal y como podemos ver en el siguiente anuncio, en el que se combina el afán competitivo con el de confraternizar con los aliados ingleses: «Hoy 24 del corriente, a las 12 del día, habrá corrida de caballos en el campo inmediato al Cerro de los Mártires (Isla de León). Las carreras serán unas de caballos ingleses y otras por españoles»6 UN DEBATE DECISIVO EN LAS CORTES Las Cortes de Cádiz (1810-1813) llevaron a efecto una amplia labor legislativa, a través de una serie de ordenes y decretos, que culminarían con la promulgación de la Constitución de 1812, la primera de nuestra historia. Aunque se legisló sobre casi todo, las iniciativas más llamativas fueron el decreto de libertad de imprenta y la abolición de la Inquisición, pasando por el principio de soberanía nacional y la división de poderes, base de todo sistema constitucional. Fue entonces cuando la posibilidad de que volvieran a celebrase festejos taurinos, prohibidos aún oficialmente en España, se planteó en las Cortes, habida cuenta de la petición de un empresario gaditano, Francisco de la Iglesia Darrac, que solicitó de ellas el oportuno permiso para dar una serie de corridas de toros en Cádiz. Capitán de caballería, Iglesia Darrac había sido comisionado para requisar la mayor parte de los caballos utilizados por 5 Redactor General, 13 junio 1812. 6 Diario Mercantil de Cádiz, 24 septiembre 1810. 12 Arenga con que El Excmo. Sr. Capitán General de este plaza a S. M. y A. al desembarcar en nuestro puerto el 5 de septiembre de 1814. Cádiz, imprenta de Nicolás Gómez de Requena, Biblioteca de Temas Gaditanos 3/15. Santa, presenció el domingo 10 de abril una novillada. Sabemos que el Rey era un gran aficionado a las corridas de toros, siendo también ganadero, pues compró parte de la ganadería de reses bravas propiedad de Vicente Vázquez, fallecido en Sevilla el día 11 de febrero de 1830, y que luego se vendería a los Duques de Osuna y de Veragua. Aunque lo que más caracteriza a este rey desde el punto de vista taurino fue la creación de la primera Escuela de Tauromaquia, que se ubicó en Sevilla y cuyo director fue el legendario y ya anciano Pedro Romero, quien a sus setenta y seis años recibió su nombramiento del ministro López Ballesteros el 24 de junio de 1830, con el sueldo de 12.000 reales anuales. Dicha escuela, como escribiría posteriormente José María de Cossío, «fue un empeño de taurinos apasionados deseosos de prevenir los accidentes de la lidia con una enseñanza precautoria» (1997: 138) Por lo que a Cádiz respecta, a medio camino entre la cotidianiedad y las conmemoraciones puntuales, se seguirán dando festejos taurinos en estos años posteriores a las Cortes que irán hasta la revolución de 1820 y que la historiografía conoce como la primera etapa absolutista de Fernando VII. Fueron momentos difíciles, pues la crisis económica, que se había estado haciendo notar en la ciudad desde principios de siglo, se fue acentuando ahora con los brotes independentistas de la América Hispana. En 1816, con ocasión de la estancia en Cádiz de las Infantas María Isabel y María Francisca de Asís, futuras esposas de Fernando VII y de su hermano Carlos, el gobernador, marqués de Castelldosrius, aprovechó su discurso de bienvenida para poner de relieve la delicada situación económica de la ciudad, pidiendo, de paso, «medidas urgentes para evitar la ruina que amenaza a este desgraciadísimo comercio»12 Con todo, no parece que Carlos García Cárdenas 60 De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 61 estas circunstancias adversas infuyeran en los ánimos de los gaditanos a la hora de acudir a los festejos taurinos. Así, en el Diario Mercantil de 19 de mayo de 1817, se puede leer que, coincidiendo con el vigésimo cumpleaños de la segunda esposa del Rey, la portuguesa Maria Isabel de Braganza (moriría un año después), se dio una corrida de ocho toros en las que intervinieron los matadores Curro Guillén, Antonio Ruiz El Sombrerero y, Fig. n.º 14.- Diario Mercantil de Cádiz, 19 mayo 1817. como medio espada, Juan León. La crónica señala el esmerado adorno de la plaza y la actuación de una banda de música, así como la quema de un vistoso árbol de fuego. Llama la atención el que la crónica concluyera con la observación de que «escaseando los buenos perros para los toros que lo merezcan, en lugar de ellos se pondrán banderillas de fuego al estilo de Madrid y Sevilla». Curiosamente Antonio Ruiz, que entonces ya descol- Carlos García Cárdenas 62 laba como matador tras destacar previamente como banderillero y buen peón de brega, se erigiría en la gran figura del toreo tras la trágica muerte de Curro Guillén en 1820. Otro tanto ocurrió el 20 de octubre de ese mismo año, cuando con ocasión de otro cumpleaños, esta vez del rey, se lidiaron ocho toros correspondientes a las divisas de Rafael Gallardo, Blas Mauriño y Manuel de Silva, repitiendo cartel Antonio Ruiz junto con el rondeño Manuel Lara y Luis Ruiz, hermano del primero, como media espada. Según Cossío, este último debió ser mediano matador, y sus faenas suscitaban, en efecto, la indignación y el tumulto (Ibidem: t.II, 720). Finalmente, 1817 concluirá con un festejo poco usual a tenor de sus características, en buena medida ajenas a los cánones al uso. En una fecha tan poco taurina como el 7 de diciembre se lidiaron dos novillos embolados, uno de ellos en lidia ordinaria y el otro para diversión de cuantos aficionados quisieran saltar al ruedo. Sin embargo, lo que más llama la atención de dicho festejo es la lucha entre un oso de año y medio y un perro, cruce de lobo y mastín13. Por su parte, la temporada taurina de 1818 se abrirá el 25 de enero con otra novillada en la que compartirían cartel los picadores Doblado, de Jerez, Corbacho y Miguez, ambos de Sevilla, y Juan Mateo, de Vejer. Como banderilleros figurarán los gaditanos José García El Platero y Francisco Ezpeleta. De los ochos astados, el último se destinaría también para diversión de los aficionados. Esta crónica nos ofrece, como dato original, el precio de las entradas, que oscilarán entre los 16 reales de la más cara a los 4 de la más barata. Con motivo del cuarto aniversario del regreso de Fernando VII de Francia (“vuelta de su cautiverio”, según la prensa, donde había permanecido retenido por Napoleón durante toda la Guerra de la Independencia, el 24 de marzo se dio una 13 Diario Mercantil de Cádiz, 7 diciembre 1817. De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 63 corrida de toros en la que alternaron los gaditanos José GarcíaEl Platero y Ezpeleta, y los hermanos Ruiz, Manuel y Antonio, ambos de Sevilla, con la particularidad de que estos nombres se repetirán, sin solución de continuidad en los meses siguientes. Otros nombres, como los de los picadores Orellana, de Jerez, y Míguez, de Sevilla, se unirán a aquellos, junto con las ganaderías de Zulueta (Cabezas de San Juan) y de Teresa Montero y Rafael Cabeza, ambos de Medina Sidonia. A partir de septiembre aparecerán nuevos nombres junto a los anteriormente mencionados, como los matadores sevillanos Juan García El Quemado y Manuel Montero El Habanero, aunque de este último nos queda la duda de si fue más bien el Habanero Legítimo, natural de Rota, que toreó hasta 1827, haciendo constar en los carteles (aunque no es el caso aquí) su particularidad de estoquear con la mano izquierda (Cossío, 1997: 603). Como medios espadas figurarán Ramírez, de Cádiz, Fig. n.º 15.- Diario Mercantil de Cádiz, 25 de enero 1818. Carlos García Cárdenas 64 y Rafael Bénítez, El Panadero, de El Puerto de Santa María, y como nuevos ganaderos, las hierros de Alcalá del Río y del Conde de Vistahermosa. El 10 de mayo se dio otra novillada, esta vez a beneficio del Hospital de Mujeres, haciéndose notar en la crónica taurina que figuraba como ajena a la programación del empresario, ya que «no perteneciendo esta función de novillos al dueño de la plaza y siendo los precios diferentes, no tendrán uso de los boletines de abono para las corridas de toros de muerte». Esta apostilla, aunque en principio no es más que una mera aclaración respecto al normal desarrollo del abono, sí nos ofrece significativas diferencias a la hora de calificar las corridas de novillos y las de toros propiamente dichas14. Conforme la temporada taurina de 1818 vaya acabando se volverá a las novilladas populares, con toros embolados, participación de los aficionados y precios muy asequibles. Como novedad destaquemos que en los carteles figurará una mujer, “La célebre Rosa de Córdoba”, natural de Utrera, y de la que no hemos podido conseguir más información, así como los nombres de algunos de estos aficionados, como los chiclaneros Francisco Luna y Francisco de Paula Giráldez, que alternaron en el último festejo del año, que se dio el 13 de diciembre. La nueva temporada de 1819 empezó relativamente tarde, el 5 de julio, y se prolongó hasta el 27 de diciembre con un total de cinco corridas de toros en las que alternaron los ya consabidos El Platero y El Sombrerero y como medios espadas Ezpeleta, El Habanero y el Panadero15. La explicación a esta caída en el número de festejos, tal vez haya que encontrarla por partida doble, tanto en la crisis económica, como en la gran ines- 14 Diario Mercantil de Cádiz, 11 mayo 1818. 15 «Era este diestro un acomodado propietario del Puerto, donde su familia tenía un importante horno de pan. Las noticias sobre su vida son escasas y no muy seguras, aunque según la tradición oral su familia siempre se opuso a su afición taurina». (Boto Arnau, 2001: 243). De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 65 tabilidad política, con una gran contestación liberal a la política absolutista de Fernando VII y con las inquietantes noticias que llegaban de América en su proceso independentista. La primera referencia taurina nos llega el 1 de julio a través del Diario Mercantil, con el siguiente anuncio: Fig. n.º 16.- Diario Mercantil, 1 de julio 1919. Como noticia destacable señalemos la cogida del Sombrerero el 19 de julio, debiendo El Panadero matar los restantes toros suyos. Finalmente, con la llegada de 1820, asistimos a una nueva etapa en la historiografía española, pues el 7 de marzo el rey, ante las presiones de los militares que habían protagonizado desde 1814 varios pronunciamientos, decidió jurar la Constitución de 1812, inaugurando así el llamado Trienio Liberal (1820-1823). Implantado ya el nuevo régimen, el 8 de abril se dio un primer festejo taurino y, posteriormente, el 23 del mismo mes, se volvió a celebrar una nueva corrida, estando anunciada la siguiente para el l de mayo. Sin embargo, esta última fue suspendida momentáneamente, «en razón a que habiendo reconocido la plaza los arquitectos y alarifes necesita una corta reparación para su completa seguridad».Así pues, el 3 de mayo se celebró esta aplazada corrida que, al parecer, fue la última que se dio durante el Trienio, a tenor del desgraciado accidente que se produjo. Asistían al festejo Riego, Quiroga, López Baño.., Carlos García Cárdenas 66 esto es, la plana mayor del Ejército de la Isla, como popularmente se le conocía, cuando se derrumbaron un buen número de andanadas de la plaza, provocándose, a continuación, un pánico general que hizo que la gente se precipitara al ruedo, atropellándose unos a otros, en medio de la natural confusión. El historiador gaditano Adolfo de Castro cuenta que días antes se habían recibido anónimos que aseguraban que la plaza estaba en un estado ruinoso, razón por la cual se había decidido el aplazamiento de la corrida, a fin de que se pudiera revisar mejor el recinto. Como hipótesis más probable de lo ocurrido, se apuntaba el excesivo número de personas congregadas, pues «había ocupado el ámbito de la plaza una tercera parte más de gente de la que podía tener»16. Se señaló que aparte de las numerosas heridas y contusiones, había habido personas muertas, dato éste que se contradice con la información dada por el Diario Mercantil, que no recoge muerte alguna17. Fueron detenidos los responsables, Torcuato Benjumeda, arquitecto municipal, y sus alarifes, aunque bien poco pudo demostrarse en su contra. Todo ello, sin olvidar que la opinión pública, desde el primer momento del proceso, se puso de parte de los encausados. Es evidente que el convencimiento generalizado de la sobrecarga humana de la plaza pesó por encima de todas las conjeturas, de forma tal que en el juicio fallado el día 13 de septiembre los acusados fueron absueltos y restablecidos en sus funciones. El propio Torcuato Benjumeda, en carta pública, agradeció la confianza que desde el primer momento se le dispensó por parte de los gaditanos. Poco después, pidió su admisión como arquitecto mayor de la ciudad que, naturalmente, le fue aceptada. 17 Historia de Cádiz y su provincia (desde l8l4 hasta el día), Cádiz edic. l982, t.II, pág. 214. 18 Diario Mercantil de Cádiz, 5 mayo l820. Véase también Solís, Ramón (1971): Historia del periodismo gaditano, Cádiz, págs. l53-l55. De la prohibición al entusiasmo (los festejos taurinos en el Cádiz... 67 Con este incidente terminó, de raíz, la aventura taurina gaditana del Trienio. En el carnaval de 1822 hubo incluso un piadoso recuerdo al ya clausurado recinto taurino, celebrándose al efecto un funeral por la plaza de toros el domingo de piñata. Carlos García Cárdenas 68 BIBLIOGRAFÍA Alvarado, Fray Francisco (El Filósofo Rancio) (1824): Cartas Críticas, Madrid. Boto Arnau, Guillermo (2001): Cádiz, origen del toreo a pie, Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos. Cossío, José María de (edición de1997): Los Toros. Tratado técnico e histórico, Madrid Espasa Calpe. García León, José María (2012): Los Diputados Doceañistas, Cádiz, Quorum Editores. González Troyano, Alberto (2012): “Cádiz y la constitución del toreo moderno”, en Ramos Santana, Alberto: Ocio y vida doméstica en el Cádiz de las Cortes, Cádiz, Diputación Provincial. Martínez Alfonso, Manuel (1968): Plaza Real. ¡Toros en el Puerto!, El Puerto de Santa María. Solís, Ramón (1958): El Cádiz de las Cortes, Madrid. Vargas Ponce, José (1818): Servicios de Cádiz desde MDCCCVIII a MDCCCXVI, Cádiz, Imprenta de la Misericordia.