Don Jacinto del Castillo y Doña Leonor de la Rosa :curiosa relacion
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en que se manifiestan los sucesos de don Jacinto del Castillo y doña Leonor, de la liosa. Refiérense los amores de estos y la violencia que hizo su padre para que se casase con otro, y lo demás que verá el lector. PRIMERA PARTE. Sagrada Virgen María, antorcha del cielo Empíreo, dame tu divina gracia pues de veras le lo pido, para que escribir acierte el caso mas peregrino que celebran los anales, ni en las historias se ha oido. Sucedió en la gran Coruña, el mejor puerto lucido que tiene al mar en su margen, de mil alabanzas digno. En esta ¡lustre ciudad nació de padres altivos doña Leonor dé la Rosa, á quien el Cielo propicio , se esmeró en dibujarla, para encanto de Cupido. Fué en estremo su belleza, que pasó á ser un prodigio, pues no hay hombre que la mire que no se quede rendido.
la casa de sus padres, ^cm el recato debido se crió, y apenas tuvo los quince abriles cumplidos» cuando amor tiró una flecha quedando herida del tiro, que la muger que es hermosa trae la desgracia consigo: pues bastó llamarse Rosa, que pocas rosas he visto que no mueran deshojadas á manos del precipicio. La causa fue un caballero, don Jacinto del Castillo, tan galan como bizarro, valiente como entendido. . Este dió en galantearla con fiestas y regocijos í la dama le corresponde con amorosos cariños, que enamorada y rendida estaba de don Jacinto, y con palabra de esposa á su amante satisfizo. Todas las noches se hablaban por un balcón, que testigo era de sus muchas penas, y como amantes tan finos, descansan uno con otro . repitiendo rail cariños. ^ Dejemos en este estado á Leonor y á Jacinto, gozándose en los coloqui^ que el amor trae consigo^- y paso, pues, á dar cuenl», y digo, que don Francisí« que era padre de esta^dama, ya tenia otros designios, y era dársela á un caballero, que era muy rico y su amigo, don Fernando de Contreras, que enamorado y rendido de la singular belleza, y encantado prodigio del hechizo de Leonor, determinóse y le dijo: señor don Francisco, yo como hombre, solicito” alcanzar favores vuestros, si merecen que lo altivo de la bellísima mano de Leonor, que tanto estimo, Con el renombre de esposa, suplicándolo os lo pido. Y don Franciscoi que estaba deseando aquello mismo, al momento se la ofrece, prometiéndole de fijo con ella dos mil ducados en plata y en oro fino. Quedóse así, y don Femando ^contento y agradecido; alegres se despidieron, y al momento don Francisco .;se partió para su casa, ^ dándolas cuenta y aviso á su muger y á su hija, muy alegremente dijo: ¿no sabes tú, Leonor, hija del corazón mió, ' corno te tengo casada, que será tu gusto y mió, con don Fernando”Contreras, hombre rico y bien nacido? Es noble, afable y discreto, como tú, Leonor,”lo has visto: solo aguardo tu respuesta para dársela al proviso. Y Leonor, como tenia las potencias y sentidos, el corazón, vida y alma en su amante don Jacinto, fue á responder y no pudo, que la fuerza de un delirio la traspuso en un desmayo, envuelta en un parasismo. Aquí el coral de sus labios en nieve se ha convertido. Apenas vuelta en su acuerdo, á Leonor su padre vido, volviendo segunda vez á tratar de lo que ha dicho: acaba, Leonor, acaba, responde á lo que te digo, porque don Fernando está idolatrando tu hechizo.
Es noble y muy poderoso, como ya te he referido: te hará dueña de su hacienda, tendrás descanso y alivio: esto ha de ser por'la fuerza, si no quieres por cariño. Y remitiéndose al llanto, hechos sus ojos dos rios, desabrochando palabras, resueltamente le ha dicho: Padre y señor, don Fernando nunca fvie del gusto mió. ¿Qué importa que sea noble? ¿Qué implica que sea rico, si nunca han congeniado sus conceptos con los mios? Que don Fernando sea noble, también lo soy yo, padre mió; que sea dueño de su hacienda, Í ro soy la que me cautivo; a que por fuerza se casa, por interés de lo rico, no es muger, sino esclava que se vende en el guarismo de la ambiciosa codicia; esto, señor, es muy lijo. En cuanto á tomar estado, esto de darme marido, no ha de ser al gusto vuestro, ha de ser al gusto mió. Y pues es fuerza os declare como á padre, mí designio, yo tengo puesto mi afecto, el corazón y sentido, por mandato de mi amor, en don Jacinto del Castillo: con él tengo esposo á gusto, pues con el alma lo estimo. Viéndola el padre resuelta, furioso, ensoberbecido, asióla por los cabellos, ue eran hebras de oro fino, ándola golpes, y arrastrando la metió en su cuarto mismo: con un puñal en la mano, en viva rabia encendido, amenazóla de muerte, diciendo: haz lo que te digo, ó la vida rendirás al golpe de este cochillo. Viendo Leonor que en so pcého moraba el de don .Tacinlo, y que es fuerza peligrase én semejante conflicto, con un cauteloso engaño, dijo: padre y señor mió, ya me resuelvo á que sea don Fernando esposo mió. Con esto el padre, abrazóla contento y agradecido, dejándola; cuando al cabo de cuatro dias á cinco escribió doña Leonor un papel á don Jacinto, diciendo lo que la pasa, que la sacase al proviso; mas no fue tan en secreto, que lo cogió don Francisco: hallóla tan inconstante, según por lo contenido. Volvió otra vez indignado, y á dofía Leonor la dijo: mira, infame, este papel ue envías á don Jacinto, ncerróla, y dispusieron, que con Fernando al proviso, el vicario la casase por evitar un peligro, que en andando el dinero todo se halla convencido. Quisiera escribir aquí las lágrimas y suspiros, los sollozos, los lamentos, los pesares y los gritos, que la triste dama hacia, muy bien lo dice ello mismo. Sí el disimular su pena no le fuera tan precisó, reventára de dolor; mas volvióse en basilisco, cual víbora, cual serpiente, que con su veneno mismo antepone su venganza destruyendo á su enemigo. Tuvo lugar y escribió, diciéndole á don Jacinto:
4 € Esposo mío y seftor» dueño del alma querido, hoy mi padre de por fuerza, ¡coa harlo dolor lo digo! ¡GOQ qué peaailo refiero coa qué llanto lo escribo! oy me ha casado ¡ay de mí I hoy le perdí, dueño mió; de pesar, de esta graa pena^ las lágrimas hilo á hilo de mis ojos se desprenden; remediarlo no he podido. ¿Yo casada sin mi gusto? reviento solo en decirlo: ¿yo verme con otro dueño? po en brazos de mi enemigo? Ea, mueran los que causan tus disgustos y los mios: para esta noche le espero ; vendrás bien apercibido, que una criada avisada le entrará en el cuarto mió. Muera, muera don Fernando, pues mi padre lo ha qucr¡do¿ y nos iremos los dos, que en otro reino distinto, nos casaremos después, que ya tengo prevenidos muchos doblones y joyas, muchas sortijas y anillos. Esto, señor, le encarezco, no haya falta en lo que digo.* Todo aquel dia se estuvo el padre con los padrinos, trazando para la noche mil fiestas y regocijos,, y la cautelosa dama, al inocente marido, para encubrir su ponzoña: mostraba amor y cariño. Vino la noche, y con ella á la puerta don Jacinto bien prevenido de armas, Y la criada al proviso fe ha lomado de la mano y en un coártale ha metido^ sin que nadie reparára, y allí se quedé escondido,. llegó en fin ta inedia noche* se terminó el regocijo, todos los convidados sus casas se hablan ido. Entró Leonor en su cuarto, halló en él á don Jacinto, y allí trataron el cómo han de lograr su designio. Entró después don Fernando despojándose el vestido, ensando hallarse en los brazos e Leonor que tanto quiso, se halló en brazos de la muerte, porque salió don Jacinto y con dos recias puñaladas abrió al alma dos postigos, y revolcado en su sangre se quedó cadáver frió. Acuden los dos consuegros al alboroto y ruido, Í ' al soplo de dos pistolas as dos vidas han rendido; y saliéndose del cuarto encontró Leonor aun lio, diciendo: viles traidores, pagareis vuestro delito. Asió á Leonor de la ropa, ella con varonil brío e un fuerte carabinazo el corazón le ha partido; y saliéndose á la calle, allí montaron muy listos en un ligero caballo que lenian prevenido. Al estruendo y alboroto, pronto la justicia vino solicitando prenderlos; mas don Jacinto atrevido, con dos fuertes trabucazos derribó cuatro ministros con que franqueó la calle, y saliéndose al camino, dejan de correr y vuelan, huyendo de su peligro. Y en la segunda parle, según consta por escrito, diré el fio que tuvieron doña Leonor y don Jacinto.
F SEGÜMDA. PARTE, que te dá cuenta como se embarcaron don Jacinto del Castillo y doña Leonor de la Rosa , y fueron apresados por unos corsarios que los llevaron á Argél, donde los condenaron d ser quemados* .Ya dije en la primera parte como va por el camino don Jacinto con Leonor, ambos de amor rendidos. Apenas el claro dia daba luz á los nacidos, del camino se apartaron, y entre unos ásperos riscos de una frondosa montaña se quedaron escondidos. Pidió Leonor en merced la conceda don Jacinto uardase la castidad, asta que el cielo divino les eche su bendición: esto, señor, os suplico, porque quiero me logréis no galan, sino marido, Y como hombre discreto lo concedió don Jacinto, que los generosos pechos saben vencerse á sí mismos. Llegó la noche y caminan; de la suerte que digo egaron hasta Bayona, que es puerto de mar muy rico, al tiempo que un mercader salía con su navio á la ciudad de Yenecia, con que ajustó don Jacinto el viaje, y se embarcaron con contento, y regocijo, haciéndose á la vela, surcando el mar cristalino; pero trajo la desgracia dos navios argelinos; los cercan por todas partes, con que apresan el navio, y después de aprisionados con cadenas y con grillos, dieron en Argél con ellos, y á pregón fueron vendidos.
6 k Jacinto y á Leonor Jos compró un moro muy rico, ei cual los presentó á Zaida por la estimación que hizo; es del rey de Argél hermana, hermosa como el sol mismo, la cual contenta y alegre recibió los dos cautivos. Estimó mucho el presente» y así que la turca vido Ja belleza de Leonor, lo bien dispuesta y el brío, la hizo dama de estrado; y viendo de don Jacinto lo galan y lo bizarro, lo discreto y lo entendido, le hizo su mayordomo. También juntamente hizo de que la arábiga lengua le enseñasen al proviso; tan buena cuenta le daba, cuidadoso y discusivo, que ya Zaida se abrasaba en amores del cautivo. Se quejaba una mañana á suS solas don Jacinto; pensando nadie le oia aquestas palabras dijo: Sagrada Virgen María, Madre del Verbo Divino, ten de mí misericordia; y si á tu santo servicio conviene el que yo padezca, f tadezca, que es gusto mib; luevan sobre mí trabajos, y los mas fuertes martirios que ha inventado la herejía, pues lo tengo merecido, Zaida que escuchando estaba los lamentos de Jacinto, entró con semblante alegre, diciendo, cristiano mió, ¿que tienes, que así te quejas lloroso y enternecido. Con humildad la responde: estoy pensando en el libro de mis trájicos sucesos, y en pensándole, me aflijo. Serás casado en tu tierra? unca, señora lo he sido. —Tendrás ^mor en España? —Es verdadtjue lo he tenido, pero ahora no le tengo, porque los conceptos mios están todos en Argél; este es el dolor que gimo. Y Zaida muy vergonzosa le dice: mira, cautivo, si tú olvidas á tu Dios y sigues la ley que sigo de mi profeta Mahoma, tú te casarás conmigo, gozarás muchas riquezas, y tendrás muchos cautivos; esto has de hacer no lo dudes, esto te está bien, Jacinto. *- £1 cual respondió muy triste, formando un grande suspiro: ¿cómo quieres que yo olvide á un Dios de gracia infinito, á un Dios que por su bondad quiso por su amor divino redimirme con su Sangre por librarme del abismo?, ¿ Cómo puedo ser ingrato á quien tanto bien me hizo? Calla, infame, no prosigas, que á no hacer lo que te digo, con la vida pagarás la vergüenza que reprimo. Deja, cristiano, tu ley, accede á lo que te digo, que el que sigue á Mahonn goza bienes infinitos; si no lo quieres hacer, tendrás el mayor castigo que se haya visto en Argél; y replicó don Jacinto; no dejaré yo mi Ley, esto fuera un barbarismo, aunque mil yidas tuviera que rendirte en sacrificio: la ley de Dios resplandezca, que Mahoma es un maldito; siguele, que irá tu alma á los profundos abismos.
Con esto, Zaida indignada, salió fuera dando gritos: ¡ah de mis soldados, ola! ¡ah de mi guardia y ministros! Teñid, prendan ai instante á este cristiano atrevido, que quiso soberbio ó loco violentar el honor mió, lome mi hermano venganza de aqueste infame cautivo, que no es razón que se quede esta maldad sin castigo. A las voces acudieron, y prenden á don Jacinto, sin hacerle mas probanza que lo que la turcaóij’Oi le sentencian á quemar por blasfemo y por lascivo. Dejemos en la prisión entre cadenas y grillgs á don Jacinto, y pasemos á la dama que es preciso, porque en este mismo tiempo estaba el moro encendido en amores de Leonor, y que estaba |aa,pírdído trazando por mil maneras el rendirla á su apetito. Persuadióla muchas veces, mostrándose amante fino; pero la discreta dama nunca dió á su amor oido. Un día la cogió á solas, que la desgracia lo quiso, encerróla en un retrete, estas palabras la dijo: ermoslsima Leonor, . réraora de mis sentidos, ¿así desprecias á un rey, señor de tal poderío? Reniega de Dios, reniega, que haciendo lo que le digo, tendrás reinos y vasallos, joyas, diamantes, zafiros, pues siendo tu amante un rey lodo estará á tu servicio, y pues te tengo en parage que por imposible miro de mi te puedas librar, he de hacer el gusto mió; esto de ser por fuerza «i no quieres por cariño, que á no hacer lo que te mando seré tu fiero enemigo: ¿qué respondes, Leonor? ella suspirando dijo: so es cansarse en vano, y lo tengo á desvarío, el pedirme que reniegue del Señor que el cielo hizo. En cuanto á querer lograrme, esto, señor, bien lo afirmo que ha de ser muy imposible el alcanzarlo conmigo. Confieso que eres mi rey, y como rey, señor mió, la vida podrás quitarme, pero no el honor que estimo. Viendo el moro de Leonor la dureza con lo esquivo, fue á asirla y sujetarla; y ella viendo su peligro, sacó al r^oro do la cinta ( el affange damasquinó, • prosigue el moro en su intento, y ella resuelta le ha dicho: así defiendo mi honor, aun de los reyes lascivos; y con un fiero revés le dejó un brazo en un hilo. Viéndola el moro resuella y viéndose mal herido, comenzó á llamar á voces á su guardia, y luego vino. A esta homicida cristiana prendedla, soldados mios, y haced que rinda la vida entre crueles martirios: pues es su intento matarme con el mismo alfange mió! como en la inano le tiene, la comprueban el delito. Ven al rey que está mortal y con su sangre teñido: prendiéronla, y la llevaron 4 donde está don Jacinto.
8 De qne se vieron los dos ambos lloran hilo á hilo; Jacinto llora á Leonor, y Leonor llora á Jacinto, diciendo: esposo del alma, ya se cumple el gusto mió, ya estoy condenada á muerte, pues voy á morir contigo, y esto por guardar mi honor del rey, que lograrme quiso, y porque, no renegué de la ley de Jesucristo. Esta es la postrera vez que hemos de hablar, dueño raio, ya no nos veremos mas, pues nos espera el suplicio, y la muerte nos aparta, pues la suerte lo ha querido no nos veamos casados: y llorando se han pedido el uno al otro perdón, y se perdonaron finos: y abrazados tiernamente, se dicen enternecidos: ten ánimo, esposa mía, ten valor tú,*dueñb mío, ♦ que para Dios todo es nada, ya nuestro intento es cumplido. Sirva este abrazo de yugo. los suspiros de padrinos; sea nuestro amor las arras, nuestra firmeza .el anillo,- nuestras congojas la mano, las lágrimas, los testigos, el tálamo nuestras penas, la bendición los martirios, pues con martirios se curan yerros que hemos cometido. V á la siguiente mañana los infernales ministros' sacan á los dos amantes de donde estaban metidos, á cumplirles la sentencia en pago de sus delitos. Encima de un carro-malo venian apercibidos con dos palos hecha un aspa , y luego entre cuatro ó cinco á Leonor la desnudaron deshonestos y atrevidos, hasta que en carnes la dejan', enseñándola al gentío; Í c on tenazas ardie»ido >s inhumanos ministros, de sus delicadas carnes le van tirando pellizcos. Decia la triste dama ^: con dolor tan escesivo: jah! sea por la pasión, que padeció Jesucristo; alzó los ojos al cielo, y dijo: Dios y Señor mió, inmenso Rey de'la gloria, este afrentoso martirio, esta vida, estos tormentos, os ofrezco en sacrificio, en recompensa. Señor, de mis culpas y delitos. Del mismo modo llevaban por delante á don Jacinto, y'Je esta, manera ll^^arcn al incendio prevenido ^ Llegaron ensangrentados, y luego los homicidos ios juntan por las espaldas muy fuertemente ceñidos, al incendio los arrojan , y entrambos arrepentidos entre las llamas decian: inmenso Dios, infinito, misericordia, Señor, clemencia y perdón pedimos: en vuestras manos, gran Dios, nuestras almas os rendímos, y de esta suerte acabaron los dos amantes tan finos. Sirva de ejemplo á los padres que violentan á sus hijos, para que tomen estado, por el interés movidos. Madrid: 1854. Imprenta de D. Joaé Mares, calle de Relatore.*, núm. 17.