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Recuerdos de juventud. Recuerdo de una gran amistad

Arana Cañedo-Argüelles, Juan

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Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 269 RECUERDOS DE JUVENTUD, RECUERDO DE UNA GRAN AMISTAD. Ángel d’Ors Lois (1951-2012) Juan Arana Universidad de Sevilla El título de este pequeño ensayo está inspirado en un memorable libro de Raïssa Maritain (Les Grandes Amitiés, Paris, Desclée de Brouwer, 1949), porque para evocar el principal valor y aliciente de la juventud nada como la amistad, la gran amistad: un sentimiento que tiene poco que ver con los beneficios obtenidos de la otra persona, ni tampoco con los gratos momentos pasados en su compañía, sino con el espectáculo de una vida que se despliega junto a la nuestra apuntando hacia arriba, en búsqueda de desafíos que valgan la pena, sacando en cierto modo de la nada su propio ser, haciendo alarde de algo que sólo en las primeras singladuras se da en estado casi químicamente puro: la libertad. En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges glosa y loa “una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo”. La amistad que tuve con Ángel d’Ors no llegó nunca a lo segundo, pero se atuvo estrictamente a lo primero. Me asombra comprobar, ahora que se ha ido, la escasa intimidad que hemos tenido, a pesar de que lo considero uno de los mejores amigos que he tenido nunca, y supongo que él pensaba más o menos lo mismo de su relación conmigo. Yo era un año más viejo que Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 270 él pero, por culpa del tiempo que me descaminé en el frustrado intento de estudiar Caminos, iba retrasado un curso en la carrera de Letras. Una cosa por la otra, nos sentíamos como hermanos sin relación de prelación, esto es, mellizos. La sección de filosofía de Pamplona no atravesaba su mejor momento cuando la visitamos como estudiantes y nos aburríamos bastante en las clases. Imposible admitir que se redujera a aquello la apasionante aventura del pensamiento, cuyo atractivo nos había ganado para siempre. Suplíamos por medio de conversaciones privadas y actividades extraacadémicas el escaso aliciente de lo que escuchábamos en las aulas. En aquella época (comienzos de los setenta) todos teníamos conciencia de vivir un tiempo crepuscular, que en España se acrecentaba por la imparable decadencia del vitalicio jefe del estado. La fiebre del 68 declinaba también: a todas luces se había tratado de una salida en falso. Algo nuevo nos aguardaba, sí, pero ¿qué? Las fórmulas que mal o bien habían servido a nuestros mayores caían a pedazos de puro decrépitas, pero las que se nos proponían como recambio estaban casi igualmente obsoletas. De manera que quizá no habría otro remedio que tomar en serio la optimista consigna de “inventar el futuro”. Dicho sea al margen de la presente historia y hablando pretenciosamente en nombre de toda mi generación, es lo que hemos intentado a lo largo de nuestras vidas, con resultados en general bien decepcionantes. Pero vuelvo a los años que compartí con Ángel, quien al morir me ha dejado huérfano de aquella mocedad vivida y saboreada con él. Hubo en la universidad que conocimos dos cosas que nos compensaron ampliamente de todo lo demás. Una era el “seminario contracultural”, desconcertante actividad semanal que organizaba para profesores y alumnos José María Martínez Doral, quien tenía a gala hablar lo menos posible, pre- Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 271 cisamente para conseguir tirarnos de la lengua a los que pasábamos por allí. Gracias a sus buenos oficios aprendimos a tratar de tú a tú con intelectuales que estaban muy, pero que muy por encima de nosotros, y que nos admitían en sus coloquios, no con el propósito de hacer patente su superioridad, sino con el fin de airear inquietudes, barruntos y perplejidades. Mi hija me explicó que cuando en su colegio las niñas se ponían a jugar era frecuente que alguna de ellas trajera consigo su hermanita pequeña, que era tratada con maternal consideración por toda la pandilla. Esta figura (que barrunto menos frecuente entre los niños) recibe el nombre delicioso de “cascarón de huevo”. Pues bien, cascarones de huevo es lo que fuimos Ángel, yo y algunos más, lo que tuvo la virtud de enseñarnos, en primer lugar, que es mucho más apasionante escribir que leer y, en segundo lugar, que para escribir hay que meditar mucho y también leer sin tedio montañas de cosas, aunque con la condición de sacar algo en limpio, lo cual no es sencillo. Dije más arriba que hubo dos cosas que merecieron especialmente la pena en aquellos años. La segunda no era cosa, sino persona: Leonardo Polo Barrena, la figura más portentosa que hayamos conocido nunca. No fuimos alumnos suyos, porque en los cursos en que pudimos serlo padeció un surmenage mítico del que todos hablaban como si se tratara de un acontecimiento geológico. A decir del interesado sólo le quedaba viva una única neurona, que fue bautizada con el poco heroico nombre de “Obdulia”. Seguramente el síndrome obedeció a otras causas, pero en nuestro imaginario se debía exclusivamente al descomunal esfuerzo de pensar el ser y conseguir abandonar el “límite mental”, opaca denominación de ciertas operaciones intelectuales que considerábamos homologables a los doce trabajos de Hércules, ni más ni menos. El caso es que poco a poco consiguió superar, además del “límite”, Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 272 aquella postración y bajó como Zaratustra de la montaña, aunque prematuramente envejecido, lo que de modo paradójico le daba también cierto aspecto de recién nacido. Para nuestra sorpresa y alegría visitaba con asiduidad el seminario contracultural, donde lucía aquella calva reluciente, como si además de una sola neurona sólo hubiera sobrevivido una única circunvolución cerebral. Es un extremo que algunos de sus admiradores hemos copiado más tarde, conmigo, Juan García y Juanjo Padial como adelantados. Antes de sentarme con él en la mesa del seminario, lo conocí en una conferencia que impartió sobre algo relacionado con el marxismo. Los planteamientos usuales en los cursos eran concienzudamente doctrinales, y me sorprendió mucho que empezara contándonos cuáles habían sido sus lecturas de los autores de aquella escuela, lecturas que me parecieron tan caudalosas como el Amazonas. Luego, en lugar de exorcizarla con alguna refutación de inspiración aristotélica (como yo esperaba), buceó en su lógica interna para explorar virtualidades y también diagnosticar secretas quiebras. Animados por la esperanza de haber topado con un ejemplo de sabiduría oceánica, Ángel y yo decidimos asistir como oyentes a un curso suyo de Filosofía Moderna del que se beneficiaba la promoción que nos seguía con dos años de retraso. Polo era, como la lechuza de Minerva, ave crepuscular. Le costaba mucho remontar vuelo. Sus clases se parecían a las faenas de Curro Romero: uno nunca sabía con antelación si iban a merecer la pena o no. Sin embargo: ¡ah, cuando el maestro destapaba el tarrito de las esencias! Recuerdo que empezaban perezosamente, glosando el manual de Abbagnano. Los minutos corrían y aquello no acababa de arrancar. Difícil evitar la impresión de que se iba a pasar la hora entera templando la gaita. No obstante, cuando ya no quedaba más que un ratito, el instrumento empezaba a sonar. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 273 ¡Daba gusto oírlo entonces! Ninguno de los presentes quería aceptar el fin de semejante sinfonía, de manera que cuando el bedel asomaba la cabeza para anunciar la conclusión de la clase todos le acallábamos con gestos y siseos. Y es que, como dice Séneca, “sabrosísimas son las frutas últimas”. Si alguna vez he estado cerca de tener una revelación intelectual o cosa parecida ha sido en estos “fin de fiesta” polianos, cuando su pensamiento se elevaba a cumbres no holladas y los presentes teníamos la impresión de acompañarlo en su majestuoso batir de alas por la estratosfera filosófica. En particular, una conferencia suya sobre El concepto de tiempo en Nieztsche ha sido lo más memorable que haya escuchado nunca. Hablándolo luego con Ángel, ambos teníamos que reconocer que la magia de aquellos momentos obnubilaba un poco nuestro sentido crítico, porque una vez vueltos al planeta Tierra éramos incapaces de dar con la pista de despegue para repetir la experiencia. Dicho sea del modo más ramplón, el problema del límite mental resultaba, incluso para mis estrechas entendederas, clave. Detectar dicho límite, fundamental. Abandonarlo, imposible. Por mucho que nos empeñáramos, no podíamos seguirlo ni siquiera un poquito. El caso me recuerda la anécdota en que el cardenal de Polignac relata a un grupo de nobles la hazaña de Saint Dénis, cuando recién decapitado tomó su propia cabeza bajo el brazo y caminó de tal guisa diez o doce kilómetros. “¡Ah, monseñor! —replica la marquesa de Deffand— ¡Lo que verdaderamente cuesta en esas circunstancias es dar el primer paso…!” Lo mismo nos pasaba a nosotros: en cuanto pretendíamos abandonar el límite (según una fórmula autoadaptada, seguramente defectuosa) se cortaba el riego nutricio de nuestras cavilaciones y quedábamos varados en seco. Años después, cuando ya había entre nosotros una entrañable amistad, el propio Polo me lo certificó con aquella voz campanuda con Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 274 que reconvenía cariñosamente a sus íntimos: “¡Juan, Juan! ¡Lo que pasa es que eres un físico y estás demasiado pegado al suelo!” Así sería. Nunca pensé discutírselo. Yo era un físico y Ángel un lógico. Ambos estábamos tan anclados en nuestras disciplinas-fetiche que nos costaba lo indecible lanzarnos al vacío montados en el ala delta de la metafísica. No por ello admirábamos menos al común maestro, con el mismo respeto que el asceta siente por el místico cuando consigue liberarse de cualquier resentimiento por no haber sido favorecido con los mismos dones que él. En lo que a mí respecta, aunque nunca pudiera asomarme al panorama que presuntamente se divisa tras haber abandonado el límite, obtenía de las enseñanzas de Polo ganancias contantes y sonantes: era un auténtico genio (algún colega de la facultad lo rebajaba a “genialoide”, aunque en eso nunca pude ponerme de acuerdo con él) a la hora de deambular entre los bastidores de los sistemas filosóficos; descubría conexiones insospechadas entre conceptos alejados en el tiempo y el espacio mental; daba con claves perdidas que permitían descifrar de un solo golpe propuestas teóricas muy elaboradas; enderezaba las trayectorias más tortuosas; averiguaba a dónde conducían en último término principios solo a medias desarrollados por sus valedores… En definitiva Polo te enseñaba a ver el mundo del pensamiento no desde fuera, sino desde dentro. Consideré que eso era más que suficiente para elegirlo como maestro. Ángel pensaba lo mismo. Y urdimos una estrategia para sacar de él todo el provecho posible. Formamos una pequeña compañía con Fernando Múgica, que cursaba la carrera un par de años detrás de nosotros, y Mario Barrenechea, joven centroamericano que le servía informalmente como ayudante de investigación. Le invitamos un buen día a cenar y establecimos una rutina que, a la vista del éxito obtenido, repetimos varias veces. Recogíamos a Polo en su Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 275 casa y lo llevábamos a un asador en la carretera que va hacia el puerto de Velate. Ya en el propio vehículo comenzaba el lento in crescendo que presidía la velada: primero se hablaba de fútbol, deporte y temas afines. Una leyenda urbana pretendía que en sus años mozos nuestro invitado había practicado el boxeo y la veloz conducción de automóviles. Ya sentados a la mesa, el cerebro del magister había alcanzado un número de revoluciones por minuto suficiente para pasar a temas de mayor enjundia: la economía nos ocupaba más o menos hasta el chuletón, y a los postres entrábamos a saco en temas políticos, que con el aroma del café y el humo del tabaco derivaban hacia la filosofía de la historia. Cuando nos echaban del local (hacia la una o así), regresábamos a Pamplona. Entonces empezaba lo bueno de verdad. Yo vivía solo en la buhardilla de un edificio aledaño a la calle Fuente del Hierro, un quinto piso sin ascensor. Allí desembocaba la patrulla y subía sigilosamente las escaleras para no despertar a los vecinos. Polo estaba ya a punto de caramelo y, para asegurar la jugada, yo reservaba para su exclusivo uso una botella de ginebra que servía de catalizador. Con la copa en la mano adquiría las trazas de Gandalf en El señor de los anillos, y nos dispensaba sus enseñanzas: física, biología, antropología, cibernética, ¡metafísica!... sin olvidar llegado el momento un epílogo teológico. Completamente derrotados a pesar del entusiasmo teorético, pugnábamos por no cerrar los ojos, mientras don Leonardo, más lúcido que nunca, se abandonaba a sus elucubraciones lleno de vigor, escapando sin duda alguna del límite y también de nuestra capacidad de seguirlo. Por fin, a eso de las siete de la mañana, lo dejábamos de nuevo en su casa y dedicábamos el resto de la jornada a recuperarnos. Tener un plato tan selecto en nuestro menú cotidiano no consiguió saciar el apetito de Ángel ni el mío. Nos propusimos conocer “otros aires” y du- Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 276 rante los cursos 72 y 73 aprovechamos cualquier oportunidad para hacer turismo académico: en cuanto teníamos noticia de un congreso o simposio, evaluábamos cuidadosamente su importancia, compatibilidad con las obligaciones escolares, distancia geográfica y coste. Si las cuentas salían, poníamos en marcha la expedición, acontecimiento que tuvo lugar media docena de ocasiones. Especial impacto alcanzaron las reuniones organizadas por la revista Teorema en Valencia, donde experimentábamos la estimulante sensación del gallo en corral ajeno. El prócer local, Garrido, ya se había desembarazado del marxismo y reinaba sin competencia la versión de la filosofía analítica más agresiva posible con la metafísica, auténtica bête noire del ideario profesado en aquellos predios. Allí descubrí (por desgracia demasiado tarde) que mi decisión de postergar el inglés al alemán y francés probablemente iba a resultar errónea. La hostilidad del medio (no nos atrevíamos a decir muy alto que veníamos de Navarra) hizo que nuestra (según la tipología borgesiana) amistad inglesa se estrechara. Siguió por supuesto ayuna de intimidades: nada de confesiones personales, ninguna toma de postura abierta en cuestiones tales como la religión, el otro sexo (yo acababa de ennoviarme con Marita y nunca le dije ni palabra del asunto) o la política. En cambio, febril y continua discusión —mañana, tarde y noche— sobre filosofía y filósofos, así como en lo referente a la coyuntura histórica presente, pasada y futura. Compartíamos habitación en las mugrientas pensiones consentidas por nuestros bolsillos, y cuando apagábamos la luz en modo alguno cesaba la pugna dialéctica: solo acababa con la implícita derrota del primero en dormirse (habitualmente yo). Descubrí, en efecto, que Ángel tenía una cabeza aún más dura que la mía (con serlo bastante) y una tenacidad rayana en la pertinacia. Jamás se ha dado el caso de dos personas que se hayan convencido menos una a otra después Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 277 de haberlo intentado tantas veces hasta la extenuación. El caso es que sólo estábamos de acuerdo en el fondo-fondo de los asuntos. En todo lo demás la discrepancia reinaba. A pesar, o quizá a causa de ello, lo pasábamos bomba. Considero que fue en aquellas desesperadas conversaciones donde se forjó nuestra ulterior trayectoria. Ángel optó por el rigor, la intransigencia, la minuciosidad, focalizó su atención en unas pocas cuestiones cruciales, y priorizó la genealogía de las ideas y el análisis de la transformación histórica de los problemas. Ocioso añadir que mis preferencias eran diametralmente opuestas, pues me atraía más la amplitud que la profundidad, la topología del pensamiento que su diacronía, y pensaba (aún lo pienso) que los grandes descarrilamientos no se han producido por deslices terminológicos o errores conceptuales, sino, simplemente, por no haber acertado a resolver mejor los grandes enigmas que a todos acongojan. Una de las ventajas de no tener que decirlo todo era que tampoco estábamos obligados a confesar las dudas que a veces nos asaltaban sobre nuestras respectivas posturas. Pero era indudable que a los dos agradaba la idea de tener cerca alguien con opiniones contrastantes. Éramos navarros de nacimiento o adopción y sabíamos que sin frontón no hay modo de jugar a la pelota. La más gozosa y memorable de todas aquellas excursiones fue la que nos llevó en 1973 a Madrid para asistir al IV Simposio Internacional de la Ciencia del Hombre, organizada por el doctor Arasa y la revista Folia Humanística, con asistencia de príncipes, ministros, premios Nobel y toda clase de peces gordos. Una vez consumada la deserción de las autoridades tras el acto inaugural, descubrimos que éramos los participantes más jóvenes y que el siguiente en edad no cumpliría ya los 60. Tanta celebridad era agasajada en todas partes, pero quién más, quien menos, todos estaban achacosos y algu- Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 284 los dos que no iba a ser el caso, pero la convención implícita de dejar en otras manos el futuro, tuvo la virtud de liberarnos de cualquier tono lamentoso y poder aprovechar aquel último rato para una nueva discusión filosófica, otra singladura más por el mar del conocer que tanto amábamos. De las tres o cuatro horas que estuve con él no llegaron a diez los minutos gastados en el parte médico. Enseguida empezó a contarme su investigación en curso sobre Aristóteles, la nueva interpretación que había ido forjando a partir de una lectura muy original del Peri hermeneias. Especulamos sobre hasta qué punto eso podría suponer una novedad en los estudios sobre el Estagirita, y cómo la errónea interpretación admitida había influido en la evolución de la escolástica a lo largo de los siglos. Yo estaba ocupado en mi “epistemología del riesgo” y lo que dijo me encendió una pequeña bombilla. ¿Acaso Aristóteles había distinguido, como pensaba por mi parte debía hacerse, entre la necesidad objetiva del conocimiento y la contingencia subjetiva de un conocimiento en sí mismo necesario? “Sí —corroboró Ángel—. Hay textos muy explícitos en ese sentido. No los tengo a mano, pero te los haré llegar…” Ni enfermedad, ni zarandajas. Allí estábamos los dos como antaño en las pensiones de Valencia, discutiendo sin parar, aunque esta vez por primera vez casi de acuerdo. Cuando me despedí de él, podía más la alegría de haber avanzado un poco más en nuestras indagaciones que cualquier sentimiento morboso. Un par de días después recibí puntualmente su último mensaje: Querido Juan: Sentí mucho que tu visita fuese tan breve y que no pudiésemos conversar más despacio sobre la cuestión que me planteabas. El pasaje de Segundos Analíticos al que me refería y que en ese momento no encontré es el final del capítulo 9 del libro I (76a 26-31). Ayer me hicieron el PET-TAC; me darán los resultados el día 4… Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 2, 2013. ISSN: 2254-9668 285 Un abrazo Ángel Estoy seguro de que mi amigo desaprobaría como una falta de estética que yo ahora agregara más comentarios y colofones. Simplemente afirmo que había sabido vivir cada día de su vida como si fuese el último y ello le permitió, en efecto, disfrutar plenamente hasta el final los que estuvo aquí abajo. Juan Arana [email protected]