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¿Qué biografía para qué historia? Conversación con Isabel Burdiel y María Sierra (por Mónica Bolufer)

Burdiel, Isabel; Sierra Alonso, María; Bolufer, Mónica

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Preprint “¿Qué biografía para qué historia? Conversación con Isabel Burdiel y María Sierra (Mónica Bolufer)”, en Henar Gallego y Mónica Bolufer (eds): ¿Y ahora qué? Nuevos usos del género biográfico?, Barcelona, Icaria, 2016, pp. 19-35. ISABEL BURDIEL (UNIVERSITAT DE VALÈNCIA) MARIA SIERRA (UNIVERSIDAD DE SEVILLA) ¿Cómo entendéis la biografía en el trabajo histórico? ¿Como un género específico? ¿Una forma de hacer historia? IB: Como historiadora, para la cual la biografía es un instrumento analítico, no la concibo como un género específico (aunque desde otros ámbitos pueda plantearse así) sino como una perspectiva particular de abordar problemas de orden general – o incluso proponer problemas de orden general- a partir de estudios que se fijan en el potencial heurístico de experiencias individuales. El reto es cómo articular lo general y lo particular sin que lo segundo quede ahogado en lo primero y sin que la atención a lo individual pierda de vista lo colectivo. De hecho, anima a pensar de nuevo, de forma intensa, las relaciones de lo individual y lo colectivo, lo particular y lo general…la construcción histórica de esas mismas dicotomías. En todo caso, decir que Historia y Biografía se requieren mutuamente no tiene consecuencias metodológicas determinadas. Es, simplemente, el marco en el que comienza el debate sobre el cómo y el para qué. Existen varias formas de abordar los estudios biográficos, como existen varias formas de abordar lo que consideramos historia. Por todo ello quizás, como ha propuesto Sabina Loriga, deberíamos utilizar, más propiamente, el término de historia biográfica. MS: Utilizo como pie la fórmula propuesta por Isabel Burdiel al final de su respuesta: la historia biográfica es para mí la forma más interesante y productiva de pensar la biografía desde la investigación histórica. No entiendo, por tanto, la biografía como un género específico o un campo de estudio en sí mismo, sino, antes bien, como un enfoque y una vía de entrada en problemas históricos relevantes. En este sentido, la biografía es desde mi punto de vista una más de las herramientas de las que disponemos para nuestra tarea. Recuerdo bien la discusión mantenida hace años con un historiador al que admiro, Giovanni Levi, cuando presenté en una reunión mi primer trabajo biográfico: ante mi propuesta de emplear la biografía como un abordaje compatible con otros –historia cultural de la política y género, más exactamente-, buscando avanzar en problemas complejos para los que no encontraba respuestas satisfactorias desde otras ópticas, Levi me recriminó el uso del término “herramienta” para hablar de biografía. “Un kalashnikov también es una herramienta”, señaló sonriente, con su agudeza proverbial. Es cierto que algún tiempo después, al profundizar en las complejidades de la biografía en trabajos posteriores, entendí mejor su batalla por exigir determinadas implicaciones teóricas y metodológicas a las historias que se llaman a sí mismas biográficas. Pero también me di cuenta de que una metáfora –esa imagen impactante de un fusil de proverbial capacidad destructorasiempre esconde un engaño lógico, por muy brillante que sea (o, precisamente, a fuer de ser brillante). Sin pretender destruir el altar de ninguna advocación de Clio, hoy por hoy sigo manteniendo que la biografía no es para mí un género, una escuela o una genealogía epistemológica que obligue a determinados mandamientos, sino una forma de hacer historia que deviene particularmente potente gracias precisamente al entrecruzamiento con otros abordajes. Como herramienta implica, desde luego, opciones metodológicas y reflexiones sobre la filosofía de la historia; de hecho, se trata de un abordaje especialmente exigente a la hora de plantearse, como señala Isabel Burdiel, dicotomías historiográficas tan esenciales como la tensión entre lo individual y lo social. Pero, en mi opinión, la potencia heurística de la biografía –como la de cualquier forma de hacer historiase refuerza con el mestizaje y con el uso heterodoxo, artesanal, adecuado a cada caso e intención. Llegados a este punto y antes de matizar algunas de estas afirmaciones a través de las siguientes preguntas, he de decir que para mí la biografía es, antes que nada, historia social. Cuando se defiende, como suele suceder en historia de las mujeres (pero también en otras formas de historia), la justicia y la pertinencia de recuperar sujetos silenciados u oscurecidos por los relatos históricos más habituales, ¿cómo evitar una historia (biográfica o no) que se deslice hacia actitudes celebratorias o victimistas? IS: Ese problema no es privativo de la historia de las mujeres, como bien apunta la pregunta. En este, y en otros casos, creo que la forma de evitar la auto/celebración o el victimismo es atender de forma rigurosa a los contextos de actuación de los agentes sociales, evitando el anacronismo que suele estar implícito tanto en la celebración como en el victimismo. Se trata de analizar el horizonte de experiencias y sentido, los lenguajes disponibles para la transgresión (o para el acomodo) en un momento y sociedad determinados, en unos contextos específicos que son los que nos pueden proporcionar las condiciones y las posibilidades para la victimización, para la asunción del papel de víctima y también para la emancipación. Esos contextos suelen ser varios y entrecruzados, dependiendo por supuesto del carácter más o menos abierto o complejo de las sociedades y los tiempos con los que tratamos. Los cruces contextuales son fundamentales porque son los que permiten comprender las diversidades de trayectorias posibles por parte de distintos individuos, su propia conformación como tales y, también, la necesidad de cuestionarles como sujetos unitarios y homogéneos. Creo que, como ocurre en otro tipo de aproximaciones, los peligros enunciados en la pregunta se conjuran o limitan atendiendo de forma rigurosa las categorías específicas del pasado y a cómo favorecen o limitan diversas posiciones o posibilidades de ser. MS: La pregunta plantea muy acertadamente un problema que supera el alcance de la historia biográfica, por un lado, y el campo de la historia de las mujeres, por otro. Pero en mi opinión se trata de un dilema que, a la vez de ser muy cierto, tiene algo falso. Es, en alguna medida, falso porque toda historia que recupera sujetos antes invisibilizados en las narrativas oficiales está obligada a ser una historia reivindicativa, que señale injusticias históricas e historiográficas: no hay posibilidad de romper el silencio al que los relatos hegemónicos han castigado a los colectivos marginalizados (obreros, esclavos, indígenas, mujeres…) si no se procede a dar corporeidad –histórica y actualal sujeto que ha sufrido ese “no ser” definido por la cultura dominante. Para poder introducir la historia de las mujeres en las agendas investigadoras, en los itinerarios docentes, en los relatos históricos… ha sido necesario crear conciencia e identidad colectiva, con sus símbolos, sus solidaridades, sus reivindicaciones y su celebraciones. J.W. Scott planteó de forma honesta y brillante los dilemas de la identidad desde la perspectiva del género. Sus reflexiones me están siendo una vez más de gran ayuda al plantearme recientemente un nuevo espacio de investigación: la historia de los gitanos y las gitanas. Más allá de que este colectivo sea abordable desde el género como herramienta historiográfica (o deba de ser, como todos, atravesado por el género), el dilema de la identidad colectiva –que es, a la vez, plataforma precisa para la acción y peligrosa jaula cosificadorase me plantea a cada paso. Se me plantea tanto al investigar e intentar contar la historia del sujeto más invisibilizado de todos los sujetos historiográficos imaginables desde la cultura occidental moderna, como al colaborar con asociaciones y activistas romaníes que conocen bien la necesidad imperiosa de contar con una identidad colectiva reconocible (desde dentro y desde fuera). Dicho esto, también es cierto que la historia victimista y celebratoria embota el potencial científico y cívico de nuestra disciplina. Una de las cosas que más inquieta, si te encuentras embarcada en una labor historiográfica que consideras tiene sentido político, es enfrentarte a historias de un victimismo tan cerrado que solo pueden generar lecturas a la defensiva. Aunque sean trabajos y relatos bienintencionados, solo producen ruido, un ruido que dificulta más que ayuda en la labor de análisis, denuncia y propuesta de actuaciones. La única vacuna que tenemos a nuestro alcance, creo, es la autovigilancia permanente. Ser muy exigentes preguntándonos cómo interviene en nuestro trabajo el lugar desde el que hablamos; cómo determina este lugar el quehacer historiográfico, en nuestro caso. Es algo que ayuda al esfuerzo de contextualización histórica que propone IB. Hay que ser cuidadosos/as atribuyendo intenciones, valorando límites o alcances de actuaciones, interpretando los discursos de los sujetos históricos que analizamos. Esto es posible solo si somos rigurosos con nosotros mismos/as como investigadoras: vigilar siempre nuestros juicios previos, para desmontarlos; repensar nuestro lenguaje, para ser conscientes de sus trampas; indagar en la genealogía de las categorías sociohistóricas que empleamos, para asumirlas o rechazarlas; abrir nuestra mirada a las lógicas y herramientas de otras disciplinas, para apreciar los supuestos de la propia… Nuestro principal enemigo es todo aquello que damos por supuesto, aquello que hemos naturalizado e incorporado a nuestro sentido común. La inquietud y la inseguridad deben ser, en este sentido, bienvenidas, tanto al hacer historia de las mujeres como al hacer cualquier otra clase de historia. En vuestro propio trabajo, ¿cuándo comenzásteis a interesaros por la perspectiva biográfica, y por qué? ¿Qué posibilidades consideráis que ha aportado a vuestras investigaciones el hecho de incorporar ese enfoque? IB: Empecé a interesarme por la historia biográfica a partir de la historia política del liberalismo decimonónico cundo puede advertir, con no poca perplejidad, que esos burgueses y liberales que yo estudiaba no respondían a un patrón o modelo uniforme y que, además, cuando seguía la trayectoria de alguno de ellos, comprendía más, mejor y de forma más compleja qué significaba aquello del “liberalismo”, lo cual trastocaba o complicaba mis premisas iniciales y los relatos generales de los que disponía y que quería someter a prueba. A partir de ahí, de esas trayectorias más particulares, empecé a interesarme por la importancia, subterránea pero muy efectiva, que advertía que tenía la naturalización (siempre tensa) de las diferencias entre hombres y mujeres en la concepción del mundo y de sí mismo del liberalismo. Trabajé entonces sobre Mary Wollstonecraft y Mary Shelley y me di cuenta de que es imposible entender ninguna empresa intelectual si no se la relaciona con una empresa vital o, más bien, que vida y obra suelen formar parte de la misma “empresa”, de lo que denominé entonces el “anhelo biográfico”. Mi interés por el papel de la monarquía en la España de la postrevolución liberal me llevó a Isabel II como persona y como personaje, las condiciones de su fabricación cultural y política, su impacto en la evolución de la institución y las relaciones entre ésta y el mundo de los notables liberales, la importancia de las asunciones culturales del momento sobre el poder de las mujeres en relación con las formas de legitimación y deslegitimación culturales de la institución monárquica, etc. Con la perspectiva que da el tiempo, creo que aquel libro tenía una perspectiva biográfica múltiple que afectaba a muy diversos personajes de la Corte, y no sólo ni quizás fundamentalmente a Isabel II. La presencia individual (en el sentido estricto del término de “diferencial” y “actuante”) de su madre Mª Cristina de Borbón se impone en el relato y adquiere centralidad en el análisis, como se impuso en buena medida, y fue central, en la vida y construcción (incluida la proyección pública y los márgenes de acción) de ese personaje de Isabel II. Eso me lleva a la reflexión de si todos los sujetos históricos son igualmente “individuos” y de si es posible una biografía sobre un personaje paradójicamente tan poco individualizado, o al menos tan opaco en su individualización, como Isabel II Ahora estoy interesada en alguien que es casi el extremo opuesto. Alguien con una personalidad individual muy poderosa, muy compleja y con gran capacidad de acción sobre su propia vida. Ese alguien es Emilia Pardo Bazán, cuya trayectoria me atrae, además de por lo que acabo de decir, por su capacidad para convertirse en un caleidoscopio que arroja una luz particular, pero con resonancias generales, sobre las tensiones del momento clave de consolidación y crisis del liberalismo oligárquico en la España de la Restauración. Es decir, sobre algo que podría denominarse “la modernidad y sus descontentos”, no sólo desde punto de vista de su feminismo radical sino también de su posición política francamente elitista y autoritaria, a mi juicio más moderna de lo que se ha querido ver hasta el momento. Me ha obligado a enfrentarme a una pregunta que es en sí misma producto de esa modernidad conflictiva que se cuestiona continuamente a sí misma: ¿Se puede ser progresista y conservadora a la vez? ¿Se puede cuestionar, y cómo, los patrones convencionales respecto a que es ser progresista y conservador? ¿Qué posibilidades abre ese cuestionamiento y qué costes tiene? Es un mundo complicado y desconcertante el que abre Pardo Bazán si se atiende, como intento, a lo que Natalie Zemon Davis llamaba “categorías indígenas”. Me permite, además, abordar de nuevo un tema que siempre me ha interesado: las relaciones entre historia y literatura. Más exactamente, el papel de la literatura en la conformación de la esfera pública liberal. La biografía me permite hacerlo de una forma más precisa y al tiempo más compleja. De nuevo el reto es plantear problemas generales y ofrecer respuestas individuales que los iluminen con otra luz, desde otros “rincones” significativos. Intentar entender cómo veía el mundo Emilia Pardo Bazán y cómo quería (y podía o no) incidir en él, me está ayudando a ver el siglo XIX de otra manera, a hacerme otras preguntas, a cuestionar una y otra vez las explicaciones lineales, a asumir el vértigo de la contextualización casi infinita y de la pluralidad de tiempos y miradas que pueden habitar un momento histórico, o un proceso histórico que creíamos más unitario y “coherente”. MS: Mi historia es semejante a la de IB en su punto de partida: me especialicé en una historia política que se interesaba por lo que, en un sentido amplio, podríamos llamar los fundamentos sociales del poder, indagando en sus claves económicas y culturales. Ya desde el análisis del clientelismo en la Restauración y luego del liberalismo decimonónico, me fui orientando hacia una historia cultural de lo político que encontró en el concepto de cultura política una vía de entrada productiva para abordar algunos porqués que se quedaban sin respuesta desde otros enfoques. Hubo un momento en el que el enfoque de género, y de forma aún más concreta el estudio de la masculinidad, se convirtieron en algo fundamental para poder seguir avanzando, para profundizar en los sótanos culturales más profundos de las actitudes políticas. Al plantearme el papel de la virilidad en la construcción de la política liberal, recurrí a la ayuda generosa de Nerea Aresti, siempre dispuesta a entrar en el debate y a prestar consejo. E instalada en esta encrucijada de enfoques –historia cultural de la política y género-, fue cuando encontré en la biografía una fórmula tan rica como difícil (por compleja) para seguir avanzando, no ya solo a través de los problemas que me habían animado en principio, sino también para descubrir otras inquietudes historiográficas apenas avistadas antes. Llegada a este punto, la colaboración con el equipo coordinado por IB (las reuniones y publicaciones de la Red Europea de Teoría y Práctica de la Biografía) me enriqueció enormemente. Siempre he admirado la capacidad de la propia IB para adentrarse con valentía en ese “vértigo” contextualizador constante al que se refiere, y de allegar respuestas-preguntas que iluminan desde muchos ángulos inéditos problemas siempre relevantes, en mi opinión. El atrevimiento de no mantenerse como investigadora en caminos trillados y darse, por el contrario, el lujo de cambiar la posición observadora y el instrumental utilizado, puede resultar “castigado” con una inquietud espistemológica tan infinita, me temo, como el vértigo del que habla Isabel. Si empecé a trabajar la biografía desde la historia política y de género, la figura del poetadiputado-embajador Gabriel Tassara (1817-1875) me hizo añadir un nuevo elemento a la caja de herramientas que habría de emplear en el futuro: la historia de las emociones. Si el reto era profundizar en la construcción cultural de referencias interiorizadas como subjetivas que son fundamentales para explicar las actitudes políticas, la propuesta de entender las emociones como un producto histórico, Por último, la biografía –o la historia atenta a los márgenes de acción de los individuos, mujeres y hombres, como enuncia la pregunta (entiendo que incluyendo de forma implícita la atención igualmente a los marcos que permiten o limitan esa acción)- lleva consigo, a poco que se practique con sensibilidad intelectual, una reflexión sobre el objeto –los objetosde lo que consideramos y construimos como conocimiento histórico. En este sentido, como bien señala IB, la biografía, exigentemente ejecutada, obliga a una higiene epistemológica fundamental: al mostrar la contingencia y la discontinuidad de una vida, de cualquier experiencia vital, remite al carácter abierto que tenemos que reconocer en toda existencia humana; también a las del pasado, que hemos convertido en objeto de estudio y hemos calificado, clasificado y explicado, atribuyéndonos el papel de demiurgo-científico social. Uno de los dilemas que más me interesan en la actualidad es el de cómo continuar haciendo investigación histórica sin seguir contribuyendo a la cosificación de nuestros objetos de estudio. Así, Thomas Acton reflexionaba, a propósito de su labor como promotor de los estudios romaníes, sobre la paradoja de convertirse en experto con autoridad reconocida (incluso judicialmente) para determinar sobre una identidad que se había esforzado durante toda su carrera en estudiar (y desmontar) como un constructo histórico. Da bastante dolores de cabeza, pero me parece urgente contribuir a la deconstrucción de la autoridad del historiador/la historiadora. En algunos espacios de trabajo, los que tienen que ver con colectivos históricamente marginados para los que se pretende un lugar de visibilidad y el derecho a la memoria histórica, hay que resistirse a colaborar ingenuamente en la definición de “objetos” que son, ante todo, “sujetos”: sujetos de su propia historia a los que no podemos dar voz y a los que es preciso reconocer la capacidad epistemológica de narrar su pasado. La historia de las mujeres sabe de todo ello y puede contribuir desde su experiencia científica y política a la historia emergente de otros grupos sociales históricamente marginados.