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Ciudadanos, electores, representantes: discursos de inclusión y exclusión políticas en Perú y Ecuador (1860-1870).

Fernández Peña, Marta

Abstract

Este trabajo ofrece un análisis de la construcción de la ciudadanía y la representación política en Perú y en Ecuador durante la segunda mitad del siglo XIX, concretamente en torno a la década de 1860. Se inscribe, por tanto, en un período de consolidación de los regímenes liberales en América Latina y de mayor estabilidad política, lo que facilita el acercamiento a las estrategias legislativas y a las estructuras institucionales que dieron sustento a la vida parlamentaria. En este sentido, se presenta un análisis de historia política o, más bien, de historia de lo político, una noción más amplia del concepto que alberga componentes culturales. De modo que, desde el punto de vista metodológico, esta tesis se adhiere a la historia cultural de la política. La configuración y funcionamiento del Parlamento se sitúa como el punto de referencia fundamental en esta tesis, en la que resulta crucial el análisis del discurso, especialmente del discurso parlamentario. Los representantes parlamentarios fueron los encargados de elaborar, debatir y promulgar todo tipo de textos legislativos, que sentarían las bases del juego político. A su vez, fueron los responsables de diseñar el sistema electoral, del que saldrían electos los propios parlamentarios. En este proceso resultaba fundamental el desarrollo de los debates parlamentarios, especialmente aquellos que configuraban los contornos de la inclusión y la exclusión política. A partir de aquí, las élites políticas e intelectuales peruanas y ecuatorianas definieron diferentes categorías políticas, que dan título a esta tesis: ciudadanos, electores y representantes. Para acceder a cada una de estas categorías los propios parlamentarios tuvieron que delimitar una serie de requisitos, en los que entraban en juego aspectos como el territorio, el género o la raza, todos ellos elementos que se cruzan en esta investigación. Además, este trabajo inserta los casos de estudio señalados en un contexto geográfico más amplio, utilizando para ello una metodología comparativa y un enfoque transnacional que permite alcanzar varios niveles espaciales: el ámbito andino, el contexto iberoamericano y el espacio atlántico. La circulación de personas, ideas y modelos políticos influiría enormemente en la configuración de los sistemas representativos peruano y ecuatoriano objetos de este estudio. Así, esta investigación se interesa por los procesos de transferencias culturales, a la vez que por la especificidad de cada comunidad, apostando por traspasar las fronteras nacionales y fomentar el análisis transnacional.

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UNIVERSIDAD DE SEVILLA Facultad de Geografía e Historia Departamento de Historia Contemporánea TESIS DOCTORAL CIUDADANOS, ELECTORES, REPRESENTANTES: DISCURSOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN POLÍTICAS EN PERÚ Y ECUADOR (1860-1870) Memoria para optar al grado de Doctora presentada por: Marta Fernández Peña Bajo la dirección de: María Sierra Alonso Sevilla, 2018 2 Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quella* * No seas ladrón, no seas mentiroso, no seas ocioso. Este precepto inca ha sido la piedra angular de mi investigación: trabajo y honestidad. 3 ÍNDICE RESUMEN ....................................................................................................................... 6 ABSTRACT ..................................................................................................................... 7 AGRADECIMIENTOS .................................................................................................... 8 INTRODUCCIÓN .......................................................................................................... 10 Delimitación geográfica y temporal ....................................................................... 12 Opciones metodológicas ......................................................................................... 15 Un relato tripartito .................................................................................................. 28 Fuentes utilizadas .................................................................................................... 29 PARTE I. ESTRUCTURAS BÁSICAS PARA EL JUEGO POLÍTICO: ECONOMÍA, SOCIEDAD, TERRITORIO, LEGISLACIÓN .............................................................. 36 CAPÍTULO 1. UNA APROXIMACIÓN A LA SITUACIÓN POLÍTICA, SOCIAL, ECONÓMICA Y TERRITORIAL DE PERÚ Y ECUADOR A MEDIADOS DEL SIGLO XIX. ............................... 37 La evolución del sistema liberal a mediados del siglo XIX .................................... 38 El auge económico y el surgimiento de la burguesía comercial............................. 51 Estructura territorial y diferenciación regional ..................................................... 66 CAPÍTULO 2. EL PARLAMENTO: COMPOSICIÓN Y REGLAMENTO. .................................. 75 Composición de las Asambleas Constituyentes en Ecuador y en Perú durante la década de 1860........................................................................................................ 75 El funcionamiento interno de las Cámaras legislativas........................................ 103 CAPÍTULO 3. EL MARCO LEGISLATIVO NACIONAL ENTRE 1860-1870: CONSTITUCIONES Y SISTEMAS ELECTORALES. ........................................................................................... 111 La Constitución como fundamento básico del sistema político ............................ 112 ¿Diferentes sistemas electorales para diferentes sociedades? ............................. 121 Corrupción y fraude electorales ........................................................................... 134 PARTE II. CONSTRUYENDO EL LIBERALISMO: PRINCIPIOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN ............................................................................................................ 151 CAPÍTULO 4. EL PRINCIPIO DE REPRESENTACIÓN. ...................................................... 152 Liberalismo y representación ................................................................................ 153 ¿Representantes territoriales o representantes de la nación? .............................. 158 La representación nacional frente a otras instituciones: tensiones entre el poder legislativo y ejecutivo ............................................................................................ 176 CAPÍTULO 5. EL PRINCIPIO DE LIBERTAD Y SUS LÍMITES. ............................................ 181 Las libertades individuales básicas....................................................................... 186 Libertades de prensa, asociación y petición ......................................................... 196 La instrucción pública, ¿un derecho? ................................................................... 210 La ausencia de libertad religiosa .......................................................................... 215 4 CAPÍTULO 6. EL PRINCIPIO DE IGUALDAD................................................................... 220 Nacionales frente a extranjeros ............................................................................ 228 ¿Ciudadanía restringida o ciudadanía inclusiva? Diferentes concepciones de la ciudadanía en Perú y en Ecuador ......................................................................... 235 CAPÍTULO 7. EL PRINCIPIO DE ELECCIÓN: CRITERIOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN ANTE EL SUFRAGIO. ............................................................................................................. 251 Alfabetización ........................................................................................................ 257 Industria, oficio o profesión .................................................................................. 263 Propiedad o renta.................................................................................................. 265 Vecindad ................................................................................................................ 272 CAPÍTULO 8. EL PRINCIPIO DE DISTINCIÓN EN LA REPRESENTACIÓN PARLAMENTARIA: LOS ELEGIBLES. .......................................................................................................... 277 El representante prudente y sabio ......................................................................... 281 El representante patriota ...................................................................................... 284 El representante conocedor del territorio ............................................................. 286 El representante rico ............................................................................................. 293 Los requisitos no escritos: el representante capaz, trabajador y honrado ........... 297 Sobre incompatibilidades y dietas......................................................................... 302 CAPÍTULO 9. EL PRINCIPIO DE EXCLUSIÓN: LOS MÁRGENES DE LA CIUDADANÍA POLÍTICA. ................................................................................................................... 312 Los desarraigados ................................................................................................. 313 Los dependientes ................................................................................................... 318 Los incapaces ........................................................................................................ 334 PARTE III. PERÚ Y ECUADOR EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL: TENSIONES FRONTERIZAS, PROYECTOS COMUNES Y CIRCULACIÓN DE IDEAS .......................................................................................................................... 353 CAPÍTULO 10. EL MARCO POLÍTICO-TERRITORIAL AMERICANO: ENTRE LOS CONFLICTOS LIMÍTROFES Y EL PANAMERICANISMO. ....................................................................... 354 Definición de fronteras y conflictos limítrofes entre Perú y Ecuador .................. 355 La amenaza española como fomento del panamericanismo: relaciones latinoamericanas con el “viejo imperio” ............................................................. 362 Relaciones panamericanas: América Latina frente al “nuevo imperio” ............. 373 CAPÍTULO 11. TRANSFERENCIAS CULTURALES E INFLUENCIAS IDEOLÓGICAS ENTRE EUROPA Y AMÉRICA: EL ESPACIO ATLÁNTICO. ........................................................... 381 La búsqueda de modelos internacionales de representación política .................. 382 La tradición gaditana y el modelo español ........................................................... 389 Una mirada al norte del continente: Estados Unidos, entre la libertad y la esclavitud ............................................................................................................... 393 La evolución de la influencia francesa: de la Revolución Francesa al Segundo Imperio .................................................................................................................. 398 La defensa de lo propio: el liberalismo iberoamericano ...................................... 402 El papel de los viajeros ......................................................................................... 404 5 CONCLUSIONES ........................................................................................................ 413 CONCLUSIONS .......................................................................................................... 428 APÉNDICE PROSOPOGRÁFICO .............................................................................. 442 FUENTES ..................................................................................................................... 462 ARCHIVOS .................................................................................................................. 462 PRENSA ...................................................................................................................... 464 DOCUMENTOS LEGISLATIVOS Y TRATADOS INTERNACIONALES ................................. 465 TEXTOS IMPRESOS ...................................................................................................... 467 BIBLIOGRAFÍA .......................................................................................................... 470 6 RESUMEN Este trabajo ofrece un análisis de la construcción de la ciudadanía y la representación política en Perú y en Ecuador durante la segunda mitad del siglo XIX, concretamente en torno a la década de 1860. Se inscribe, por tanto, en un período de consolidación de los regímenes liberales en América Latina y de mayor estabilidad política, lo que facilita el acercamiento a las estrategias legislativas y a las estructuras institucionales que dieron sustento a la vida parlamentaria. En este sentido, se presenta un análisis de historia política o, más bien, de historia de lo político, una noción más amplia del concepto que alberga componentes culturales. De modo que, desde el punto de vista metodológico, esta tesis se adhiere a la historia cultural de la política. La configuración y funcionamiento del Parlamento se sitúa como el punto de referencia fundamental en esta tesis, en la que resulta crucial el análisis del discurso, especialmente del discurso parlamentario. Los representantes parlamentarios fueron los encargados de elaborar, debatir y promulgar todo tipo de textos legislativos, que sentarían las bases del juego político. A su vez, fueron los responsables de diseñar el sistema electoral, del que saldrían electos los propios parlamentarios. En este proceso resultaba fundamental el desarrollo de los debates parlamentarios, especialmente aquellos que configuraban los contornos de la inclusión y la exclusión política. A partir de aquí, las élites políticas e intelectuales peruanas y ecuatorianas definieron diferentes categorías políticas, que dan título a esta tesis: ciudadanos, electores y representantes. Para acceder a cada una de estas categorías los propios parlamentarios tuvieron que delimitar una serie de requisitos, en los que entraban en juego aspectos como el territorio, el género o la raza, todos ellos elementos que se cruzan en esta investigación. Además, este trabajo inserta los casos de estudio señalados en un contexto geográfico más amplio, utilizando para ello una metodología comparativa y un enfoque transnacional que permite alcanzar varios niveles espaciales: el ámbito andino, el contexto iberoamericano y el espacio atlántico. La circulación de personas, ideas y modelos políticos influiría enormemente en la configuración de los sistemas representativos peruano y ecuatoriano objetos de este estudio. Así, esta investigación se interesa por los procesos de transferencias culturales, a la vez que por la especificidad de cada comunidad, apostando por traspasar las fronteras nacionales y fomentar el análisis transnacional. 7 ABSTRACT This doctoral thesis offers an analysis of the construction of citizenship and political representation in Peru and Ecuador during the second half of the nineteenth century, specifically around the 1860s. Therefore, it fits into a period of consolidation of the liberal regimes in Latin America. This moment of greater political stability facilitates the approach to the legislative strategies and the institutional structures that gave support to parliamentary life. In this sense, it is presented an analysis of history of politics or, rather, the history of the political, a broader notion of the concept that contains cultural components. So, from the methodological point of view, this thesis adheres to the cultural history of politics. The configuration and functioning of Parliament is situated as the fundamental point of reference in this work, in which the analysis of discourse, especially parliamentary discourse, is crucial. The parliamentary representatives were in charge of elaborating, debating and enacting all kinds of legislative texts, which would lay the foundations of the political game. At the same time, they were responsible for designing the electoral system, in which the own parliamentarians would be elected. In this process, the development of parliamentary debates was fundamental, especially those that shaped the contours of political inclusion and exclusion. From this point, the Peruvian and Ecuadorian political and intellectual elites defined different political categories, which appear in the title of this thesis: citizens, electors and representatives. To access each of these categories, the parliamentarians had to delimit a series of requirements, related to some aspects that are intersected in this research, such as territory, gender or race. In addition, this work inserts the case studies above in a broader geographical context, using a comparative methodology and a transnational approach that allows reaching several spatial levels: the Andean area, the Ibero-American context and the Atlantic space. The circulation of people, ideas and political models would greatly influence the configuration of the Peruvian and Ecuadorian representative systems. Thus, this research is interested in the processes of cultural transfers, as well as in the specificity of each community, opting for transcending national borders and promoting transnational analysis. 8 AGRADECIMIENTOS El trabajo que aquí se presenta no habría sido posible sin el apoyo emocional, profesional y financiero de algunas personas e instituciones. Vayan para ellos mis más sinceros agradecimientos. Al Ministerio de Educación, que me concedió una Ayuda para la Formación de Profesorado Universitario (FPU), la cual me ha permitido dedicarme en exclusiva a la elaboración de esta investigación y compatibilizarla con la docencia universitaria. A la Universidad de Huelva, donde me formé, y a la Universidad de Sevilla, donde me he desarrollado profesionalmente. A mi directora de tesis, María Sierra, por creer en mí y por su asesoramiento generoso e incansable. Ella ha sido para mí guía y referente en lo profesional, aportando comentarios lúcidos y planteando líneas de reflexión cruciales para el buen desarrollo de este trabajo. Pero también ha sido un apoyo fundamental en lo personal: de ella he recibido sabios consejos y aliento en los momentos de mayor pesimismo. Trabajar bajo su dirección ha sido un aprendizaje constante. A los miembros del Departamento de Historia Contemporánea, que me han inspirado y alentado en la labor investigadora. Una mención especial se merecen, por un lado, su eterno director, José Leonardo Ruiz Sánchez, siempre preocupado por cuanto acontece en el Departamento, también por mí y mi trabajo; y por otro lado, mis compañeros doctorandos (Begoña, Santiago, Juan Ramón) con quienes he compartido los sentimientos y las experiencias de quienes se enfrentan en sus inicios a la carrera académica. A todos los profesores que tutorizaron mis estancias en el extranjero, por abrirme las puertas en sus ciudades y centros de trabajo: Juan Paz y Miño en Quito, Paul Rizo Patrón en Lima y Gregorio Alonso en Leeds. También a todos los profesionales – profesores, investigadores, archiverosque me ayudaron a recabar la información necesaria en archivos y bibliotecas. Mi tiempo en Quito, Lima y Leeds resultó muy productivo para esta investigación, pero también me ayudó a crecer personalmente. Gracias a todas las personas con las que compartí tan maravillosas experiencias en tierras extrañas, algunas de las cuales se han convertido en verdaderas amistades. 9 Algunos primeros avances de esta investigación han sido presentados en diferentes contextos científicos (congresos, jornadas, seminarios), en los que fueron sometidos a la observación y crítica de diferentes historiadores, cuyos comentarios han resultado muy productivos para mejorar algunos aspectos de la versión final de esta tesis. Por ello, quiero mostrar mi agradecimiento por los consejos e indicaciones propuestos, así como por las reflexiones suscitadas, a Manuel Andrés García, Marta Bonaudo, Nuria Tabanera, María Antonia Peña, Gabriella Chiaramonti o Eduardo Posada Carbó, entre otros. A mis amigos, que se han preocupado por mi estado anímico durante el desarrollo de este trabajo y han sido fundamentales en los momentos de desconexión y descanso. A mi familia, en el más extenso sentido de la palabra, por su apoyo incondicional y por celebrar cada éxito como propio. A mi pareja, por confiar siempre en mí, por ayudarme a mantener la motivación y la ilusión para no decaer y por facilitarme los momentos de trabajo en casa, convirtiendo nuestro hogar en un espacio adecuado a la concentración que requiere un trabajo de este tipo. A mi padre, pilar fundamental en mi vida, principalmente desde hace dos años y, por qué no decirlo, también mi mayor fan. Y, especialmente, a mi madre, que me apoyó desde el principio de esta aventura, y sé que ahora sigue haciéndolo desde donde esté. 16 discursos, las imágenes y las representaciones que los actores históricos elaboraron sobre los mismos. Por ello, debo mencionar en primer lugar que en este trabajo me acojo al concepto de lo político más que de la política, cuya distinción quedó expuesta de forma clarificadora en las palabras que pronunció Pierre Rosanvallon al inaugurar la cátedra de Historia moderna y contemporánea de lo político en el Collège de France en marzo de 2002: Referirse a lo político y no a la política es hablar del poder y de la ley, del Estado y de la nación, de la igualdad y de la justicia, de la identidad y de la diferencia, de la ciudadanía y de la civilidad, en suma, de todo aquello que constituye a la polis más allá del campo inmediato de la competencia partidaria por el ejercicio del poder, de la acción gubernamental del día a día y de la vida ordinaria de las instituciones 2 . Dentro de esta corriente historiográfica, en los últimos años ha ocupado un lugar fundamental el concepto de “cultura política”, introducido por Almond y Verba en su origen, pero profundamente reformulado y adaptado historiográficamente por autores como Berstein o Sirinelli 3 . Si bien este es un término caracterizado por la polisemia, algunos historiadores se han aventurado a dar ciertas definiciones sobre el mismo. Así, por ejemplo, María Sierra lo ha definido como una “cartografía mental” que “permite interpretar el sistema político bajo el que se vive y encontrar sentido a la acción política, para la que consecuentemente predispone (o inhibe)” 4 . En cualquier caso, todos los investigadores interesados por este enfoque confiesan la dificultad de llegar a una definición consensuada y global del concepto; pero, a la vez, insisten en la utilidad que la noción de “cultura política” tiene para el historiador como herramienta de trabajo. En este marco, debo resaltar la relevancia que para la historiografía española e iberoamericana ha tenido la Red Temática de Historia de las Culturas Políticas y las Identidades Contemporáneas (que funcionó entre 2008-2014), dedicada al análisis de los procesos de formación de las culturas políticas (a través de elementos como los 2 ROSANVALLON, Pierre: Por una historia conceptual de lo político, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 20. 3 ALMOND, Gabriel Abraham y VERBA, Sidney: “An Approach to Political Culture”, en ALMOND, G. A. y VERBA, S.: The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations, Princeton University Press, 1963; BERSTEIN, Serge: “La cultura política”, en RIOUX, Jean Pierre y SIRINELLI, Jean François: Para una historia cultural, México, Taurus, 1999, pp. 389-405; SIRINELLI, Jean François: “L’histoire politique et culturelle”, en RUANO BORBALAN, Jean Claude (coord.): L’histoire aujourd´hiu. Nouveaux objets de recherche. Courants et débats. Le métier d´historien, Auxerre, Éditions Sciences Humaines, 1999, pp. 157-164. 4 SIERRA, María: “La cultura política en el estudio del liberalismo y sus conceptos de representación”, en PÉREZ LEDESMA, Manuel y SIERRA, María (eds.): Culturas políticas: teoría e historia, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2010, pp. 233-261, esp. pp. 233-234. 17 fundamentos políticos y jurídicos o los discursos), los elementos básicos de las mismas (soberanía, representación, nación, etc.) y los espacios de circulación en los que se movieron (familia, opinión pública, sociabilidad…), a lo largo de los siglos XIX y XX en el contexto español y latinoamericano. El resultado de estas investigaciones ha quedado sintetizado en la publicación de una obra colectiva sobre las culturas políticas contemporáneas en España y América Latina 5 . Esta red ha puesto el foco de atención sobre diferentes culturas políticas: el liberalismo, el republicanismo, el caudillismo, el socialismo, el anarquismo y el antiliberalismo reaccionario, siendo la primera de ellas la que me interesa de manera específica en este trabajo. Así, algunos investigadores han tratado de aplicar el concepto de “cultura política” a los sistemas liberales de España y de algunos países de América Latina. Desde la historiografía española, además, se ha propuesto conectar el concepto de cultura política con la construcción de identidades nacionales 6 . Desde estas perspectivas, el trabajo que aquí se presenta sigue el camino historiográfico inaugurado por investigaciones precedentes y trata de aplicarlo a contextos espaciales diferentes: pretendo relacionar el estudio de los sistemas electorales y los textos constitucionales con los procesos de construcción de la ciudadanía y del poder político que tuvieron lugar en Perú y en Ecuador durante la segunda mitad del siglo XIX. Por tanto, este estudio presta especial atención a las cuestiones discursivas y simbólicas, a los imaginarios políticos y sociales que sustentaron las prácticas políticas llevadas a cabo. Pero pretende hacerlo de forma contextualizada, teniendo siempre en cuenta los marcos legales e institucionales, las coordenadas económico-sociales, las luchas por el poder, etc. de cada momento. En concreto, esta investigación se centra en tres elementos a través de los cuales se 5 VV.AA.: Historia de las culturas políticas en España y América Latina, Madrid, Marcial Pons- Ediciones de Historia, 2014-2016. Se trata de una obra colectiva publicada en seis volúmenes, cuatro de ellos dedicados a España y dos a América Latina: CABRERA, Miguel Ángel y PRO RUIZ, Juan (coords.): La creación de las culturas políticas modernas, 1808-1833, 2014; CRUZ ROMEO, María y SIERRA, María (coords.): La España liberal, 1833-1874, 2014; FORCADELL ÁLVAREZ, Carlos y SUÁREZ CORTINA, Manuel (coords.): La Restauración y la República, 1874-1936, 2015; SAZ, Ismael y PÉREZ LEDESMA, Manuel (coords.): Del franquismo a la democracia, 1936-2013, 2015; TABANERA, Nuria y BONAUDO, Marta (coords.): América Latina: de la independencia a la crisis del liberalismo, 1810-1930, 2016; CASAÚS ARZÚ, Marta Elena y MACLEOD, Morna (coords.): América Latina: entre el autoritarismo y la democratización, 1930-2012, 2016. Para esta investigación han resultado fundamentales, especialmente, los volúmenes I, II, y V. 6 En esta línea se encuentran, entre otros, los trabajos de SAZ CAMPOS, Ismael: “La historia de las culturas políticas en España (y el extraño caso del “nacionalismo español”)”, en PELLISTRANDI, Benoît y SIRINELLI, Jean-François: L’histoire culturelle en France et en Espagne, Madrid, Casa de Velázquez, 2008, pp. 215-234 y MIRALLES, Xavier Andreu: “Nacionalismo español y culturas políticas. El comienzo de una buena amistad”, Historia y Política, nº 34, 2015, pp. 355-381. 18 configuró el sistema representativo: un análisis sobre la legislación promulgada y los debates a los que dio lugar, una aproximación biográfica a los individuos que intervinieron en este proceso, y una reflexión sobre las interpretaciones y reelaboraciones discursivas que hicieron a partir de los principios teóricos del liberalismo. Por un lado, se atiende al estudio de la legislación promulgada en esta época – especialmente, pero no exclusivamente, constituciones y leyes electorales-, así como a los debates parlamentarios que le dieron forma. En este sentido, no se pone el foco exactamente en la legislación tal y como apareció finalmente redactada y promulgada, sino en los discursos parlamentarios que se opusieron, apoyaron o plantearon modificaciones a las propuestas legislativas, ya que a través de dichas alocuciones se pueden conocer algunos aspectos de las culturas políticas desde las que operaban los individuos que tomaron la palabra en el Parlamento. Por otro lado, pretendo inscribir las intervenciones parlamentarias en trayectorias personales concretas, con la aspiración de conocer mejor el marco de relaciones de poder en el que se formularon. Así, desde una perspectiva de análisis biográfico –o más bien, prosopográfico-, se trata de conocer el perfil de los individuos que intervinieron en el diseño del sistema político, asociándolos a determinadas corrientes ideológicas, partidos o clubes políticos, encuadramientos sociales, situaciones profesionales o circunstancias personales y familiares, para entender mejor sus posiciones en determinados debates políticos. Por tanto, considero la prosopografía como una herramienta muy útil para este trabajo 7 . Es por ello que se incluye al final de estas páginas un apéndice prosopográfico en el que se recoge tanto los nombres como breves recorridos biográficos de los actores históricos que protagonizaron la construcción de los sistemas representativos ecuatoriano y peruano, en concreto aquellos que más a menudo intervinieron en las asambleas parlamentarias y/o influyeron en la opinión pública a través de sus escritos (he optado por no incluir individuos de otras nacionalidades que en ocasiones aparecen también en el texto para no extender en demasía el anexo). Así, en este listado aparecen no solo representantes 7 La corriente biográfica y prosopográfica ha experimentado una revitalización en los últimos años, en buena medida debido a la reformulación de sus parámetros metodológicos en torno a la influencia de la historia cultural, las nuevas concepciones de lo político, la introducción de perspectivas de género y la colocación del análisis biográfico en dinámicas de redes, dando lugar a biografías colectivas. Una buena muestra de esta renovación de la biografía se encuentra en el dosier publicado en Ayer en 2014: BURDIEL, Isabel (coord.): “Los retos de la biografía”, Ayer, vol. 1, nº 93, 2014. 19 parlamentarios, sino también presidentes de la República, ministros, magistrados, militares, escritores o periodistas. Sin embargo, es preciso señalar que no todas las referencias biográficas cuentan con la misma extensión y profundidad, debido a la diversidad de sujetos que aquí se presenta: mientras que algunos de ellos han sido estudiados a fondo por parte de la historiografía –existiendo incluso algunas obras monográficas y biografías al respecto-, sobre otros solo he encontrado exiguas referencias en relación, por ejemplo, a su cargo como representante público. Esto explica, también, que en algunos de los casos ni siquiera aparezcan los datos sobre las fechas de nacimiento y defunción. Por último, en lo que es el núcleo argumental de esta tesis, me centro en el análisis de los discursos e imágenes que crearon dichos actores para llevar a cabo la práctica política. Por consiguiente, se presta atención a las categorías de inclusión y exclusión que las élites políticas construyeron para dar coherencia y legitimidad a un sistema liberal inclusivo basado, sin embargo, en concepciones sociopolíticas excluyentes. Los artífices de los sistemas liberales tuvieron que enfrentarse al reto de hacer compatible, por un lado, la inclusión de gran parte de la población en un nuevo sistema político necesitado por tanto de legitimidad, y por otro lado, la necesaria exclusión política de amplios sectores de la población. En este sentido, me interesan, entre otros, conceptos como representación, ciudadanía, inclusión, exclusión, libertad o igualdad, y sobre todo, qué significados tenían para las personas que los utilizaban para expresarse en el momento en el que los usaron. Es decir, “se trata de saber qué se quiere significar cuando se usan términos que nacieron en contextos diferentes al actual” 8 . Por ello, además de la cultura política y la prosopografía, una tercera aproximación metodológica de este trabajo es el análisis del discurso, dentro de una historia conceptual. Parto del convencimiento, planteado por historiadores como Reinhart Koselleck, de que el lenguaje no solo refleja la realidad, sino que también la construye. Así, me acojo a un tipo de narrativa crítica, según la clasificación que plantea Francisco Vázquez 9 . 8 OIENI, Vicente: “Notas para una historia conceptual de los discursos político”, Anales, nº 7-8, 2004- 2005, pp. 27-62, esp. p. 28. 9 KOSELLECK, Reinhart, BRUNNER, Otto y CONZE, Werner (eds.): Geschichtliche Grundbegriffe. Historisches Lexikon zur Politische-sozialen Sprache in Deutschland, Stuttgart, Klett-Cotta, 1972-1992; VÁZQUEZ GARCÍA, Francisco: “La controversia sobre historia y narración: un espectro epistemológico”, en CABRERA ACOSTA, Miguel Ángel y MCMAHON, Marie (coords.): La situación 20 La historia conceptual y el más específico análisis del discurso gozan de buena salud entre la historiografía actual, que en buena medida se ha dedicado a estudiar la influencia del lenguaje en la configuración de las culturas políticas –que representan el punto de unión entre el discurso y la práctica sociopolítica-. En palabras de Román Miguel, se trata de “entender qué condiciones discursivas han hecho posible que los agentes históricos hayan desarrollado unas prácticas sociales y no otras”. Por ello, resulta fundamental analizar las tramas simbólicas que configuran el imaginario social de un colectivo y lo lleva a actuar en un determinado sentido 10 . En lo que se refiere a América Latina, en esta línea de trabajo han resultado fundamentales para esta investigación las publicaciones del Proyecto Iberoamericano de Historia Conceptual – Iberconceptos-, especialmente su extenso Diccionario político y social del mundo iberoamericano, dirigido por Javier Fernández Sebastián y publicado en 2009 y 2014 en dos volúmenes 11 . En este contexto, las siguientes páginas fijan su atención en la definición de conceptos políticos claves para entender la imagen del liberalismo que las élites políticas e intelectuales peruanas y ecuatorianas de la segunda mitad del siglo XIX contribuyeron a crear a través de sus discursos. En concreto, en este trabajo reflexiono sobre los significados y la relación entre dos conceptos fundamentales: poder político y ciudadanía, y sobre cómo se configuró esta conexión a través de la idea de la representación parlamentaria, un vínculo en el que resultaban fundamentales los procesos electorales. Todos los sistemas políticos se han afanado en definir el alcance de estos dos conceptos. Para ello, han recurrido a diferentes estrategias relacionadas con la inclusión y la exclusión. Para la definición que en cada contexto se ha hecho de estos de la historia: ensayos de historiografía, 2002, pp. 84-110. CHARTIER, Roger: El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa Editorial, 1992. 10 MIGUEL GONZÁLEZ, Román: “Historia, discurso y prácticas sociales. Una contribución a los futuros debates sobre el republicanismo decimonónico y las culturas políticas”, Historia Contemporánea, nº 37, 2008, pp. 373-408, esp. p. 402. En esta línea debo destacar también los trabajos de CAPELLÁN DE MIGUEL, Gonzalo: “«El tiempo de las palabras». Recepción y desarrollos de la historia de los conceptos en España”, en SUÁREZ CORTINA, Manuel (coord.): Europa del sur y América Latina: perspectivas historiográficas, Madrid, Biblioteca Nueva, 2014, pp. 89-120 y “Los «momentos conceptuales»: una nueva herramienta para el estudio de la semántica histórica”, en FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier y CAPELLÁN DE MIGUEL, Gonzalo (coords.): Conceptos políticos, tiempo e historia: nuevos enfoques en historia conceptual, Santander-Madrid, Editorial de la Universidad de Cantabria-McGraw-Hill Interamericana de España, 2013, pp. 195-234. 11 FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier (dir.): Diccionario político y social del mundo iberoamericano. La era de las revoluciones, 1750-1850 [Iberconceptos I], Madrid, Fundación Carolina y Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009 y Diccionario político y social del mundo iberoamericano. Conceptos políticos fundamentales, 1770-1870 [Iberconceptos II], Madrid, Universidad del País Vasco y Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014. 21 y otros conceptos relacionados -como por ejemplo igualdad, libertad, nación, pueblo, democracia, etc.- resulta crucial examinar la elaboración y reelaboración de significados otorgados a los mismos a través de discursos políticos 12 . Así, entiendo los discursos como elementos capaces de transformar la realidad social y cultural y de otorgar significado a las prácticas políticas. En último lugar, desde que uno de mis objetivos es insertar el estudio de los casos concretos de Perú y Ecuador en contextos culturales más amplios, este trabajo utiliza una metodología de análisis comparativo y transnacional. Este enfoque fue inaugurado por Espagne y Werner en la década de los ochenta del siglo XX, autores que pusieron el acento en las transferencias culturales como objeto de estudio histórico 13 . A partir de entonces, esta corriente ha ido evolucionando hasta dar lugar a diferentes tendencias: historia global, cruzada, compartida, conectada o de redes, que, bajo diferentes acepciones, han permitido avanzar en un camino abierto inicialmente por la historia comparada 14 . Aunque estas denominaciones no se pueden entender como sinónimos, todos estos enfoques tienen un elemento en común: hacen hincapié en buscar los puntos de contacto entre diferentes contextos culturales, a través de elementos compartidos. Así, trasciende las fronteras nacionales y trata de elaborar conceptos y herramientas de alcance transnacional 15 . A su vez, esta metodología está relacionada con los campos de estudio de la historia de los intelectuales, de los escritores, de los exiliados políticos, de la emigración y de la movilidad de población en general, pues ponen el acento en los encuentros e intercambios entre los actores 12 Roland Anrup señala como “las piezas fundamentales del lenguaje político y social” los conceptos “ciudadanía”, “pueblo”, “sociedad civil” y “nación”. ANRUP, Roland: “Conceptos sociopolíticos fundamentales en América Latina. Una invitación a un nuevo campo de investigación”, Anales Nueva Época, nº 3-4, 2000-2001, pp. 271-282. 13 WERNER, Michaël y ESPAGNE, Michel: “La construction d'une référence culturelle allemande en France: genèse et histoire (1750-1914)”, Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, vol. 42, nº 4, 1987, pp. 969-992. 14 Algunos trabajos de referencia sobre estas líneas metodológicas son: WERNER, Michaël y ZIMMERMANN, Bénédicte: “Penser l’histoire croisée: entre empirie et réflexivité”, Annales. Histoire, Sciences Sociales, nº 58, 2003, pp. 7-36; CONRAD, Sebastian, ECKERT, Andreas y FREITAG, Ulrike (coords.): Globalgeschichte: Theorien, Ansätze, Themen, Frankfurt, 2007; TESTOT, Laurent: Histoire global. Un nouveau regard sur le monde, Auxerre, Sciences Humaines Éditions, 2008; BERTRAND, Romain: “Historia global, historias conectadas, ¿un giro historiográfico?”, Prohistoria: historia, políticas de la historia, nº 24, 2015, pp. 3-20. 15 Para esta investigación ha resultado fundamental el estado de la cuestión sobre la historia transnacional planteado en SOLANAS BAGÜÉS, María José: “Transferencias culturales: origen, desarrollo y aplicación al estudio de la historia de la historiografía española”, en RÚJULA, Pedro y PEIRÓ, Ignacio (coords.): La historia en el presente. Actas del V Congreso de Historia Local de Aragón, Teruel, Instituto de Estudios Turolenses, 2007, pp. 379-392. 22 históricos 16 . Por tanto, como plantea Michel Bertrand, la historia conectada presenta una tensión entre lo macro y lo micro, ya que para analizar el marco global hay que descender hasta las historias locales e individuales de los actores que componen las redes 17 . Además, como señalan Martykánová y Peyrou, la historia transnacional resalta la relevancia de “la itinerancia, la circulación, los intercambios o los flujos” que tienen lugar en el ámbito económico, político o cultural 18 . Por su parte, la mayoría de los historiadores interesados en la historia transnacional -entre ellos, Carmen de la Guardia y Juan Pan-Montojo-, han señalado que este enfoque permite el “redescubrimiento de espacios supra y subnacionales”. No obstante, tampoco se trata de “relegar al olvido los estados nacionales” 19 . En este sentido, en mi investigación trato de combinar la mirada transnacional, que ofrece elementos comunes dentro de una realidad extensa y heterogénea, con las particularidades que presentan los estudios de casos concretos nacionales, e incluso con las especificidades que nos encontramos si descendemos hacia contextos geográficos, políticos y culturales más concretos –regionales o locales-. A pesar del avance historiográfico que ha supuesto la historia transnacional –que ha hecho que en la actualidad se convierta incluso en una “moda historiográfica” 20 -, algunos autores han señalado que esta perspectiva se ha centrado especialmente en la visión europea, norteamericana y asiática, dejando de lado, por tanto, el aporte 16 En esta perspectiva de estudiar los movimientos individuales para una mejor comprensión de la historia transnacional se encuentra la investigación de Juan Luis Simal, que se centra, en concreto, en el análisis de los exiliados políticos españoles en las primeras décadas del siglo XIX: SIMAL, Juan Luis: Emigrados. España y el exilio internacional, 1814-1834, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012. 17 Michel Bertrand señala la relevancia de los actores históricos que hacen posible la circulación de ideas y pone el foco especialmente en las redes sociales –familiares, de amistad, de negocio, etc.- que construyen. BERTRAND, Michel: “A propósito de la historia global: una reflexión historiográfica entre el Viejo y el Nuevo Mundo”, en Conferencia Inaugural del programa de Doctorado en Historia, Universidad de Sevilla, 21-10-2015. Para más información sobre el estudio de las redes de sociabilidad, véanse algunas obras de este autor: BERTRAND, Michel y LEMERCIER, Claire: “Introducción: ¿en qué punto se encuentra el análisis de redes en Historia?”, Redes: Revista hispana para el análisis de redes sociales, nº 21, 2011, pp. 1-12; BERTRAND, Michel: “De la familia a la red de sociabilidad”, Revista Digital de la Escuela de Historia, vol. 4, nº 6, 2012, pp. 47-80. 18 PEYROU, Florencia y MARTYKÁNOVÁ, Darina (eds.): “Presentación al dosier «La historia transnacional»”, Ayer, nº 94, 2014, pp. 13-22, esp. p. 14. 19 DE LA GUARDIA, Carmen y PAN-MONTOJO, Juan: “Reflexiones sobre una historia transnacional”, Studia Historica, nº 16, 1998, pp. 9-31. Akhil Gupta rechaza el papel hegemónico que las naciones tenían en la historiografía tradicional y habla de “estructuras de sentimiento”, que abarcan espacios mayores o menores que la nación. GUPTA, Akhil: “The Song of the Nonaligned World: Transnational Identities and the Reinscription of Space in Late Capitalism”, Cultural Anthropology, vol. 7, nº 1, 1992, pp. 63-79. 20 La mayoría de los historiadores que utilizan este enfoque han reconocido el carácter de “moda” que puede acompañar a la historia transnacional. Así, por ejemplo, María José Solanas da buena cuenta de la cantidad de grupos de estudio, seminarios, congresos y publicaciones que tienen como objeto de estudio las transferencias culturales. SOLANAS BAGÜÉS, María José: “Transferencias culturales: origen, desarrollo y aplicación…”, pp. 379-380. 23 latinoamericano al fenómeno global. Para tratar de paliar esta cuestión, algunos historiadores latinoamericanistas se han ocupado de estudiar las aportaciones de América Latina a la historia global 21 . En esta línea, por ejemplo, Juan Carlos Garavaglia y Juan Pro han resaltado la relevancia de incluir a América Latina en el relato historiográfico sobre la construcción del Estado, pues como ellos mismos señalan, existe “una común «omisión» de las ciencias sociales, cuyos modelos han sido construidos desde experiencias europeas o desde estudios comparativos entre casos europeos y asiáticos. América Latina ha sido poco más que una excepción, un «caso especial», cuando no ha desaparecido por completo de los principales conceptos teóricos del estado” 22 . Desde la perspectiva transnacional, y en relación a la importancia que otorgo al lenguaje como configurador de la realidad y no como mero reflejo de la misma, debo hacer algunas puntualizaciones terminológicas que se tienen en cuenta en este trabajo en relación a los contextos espaciales sobre los que trata. Esta investigación se inserta en un marco internacional en varios niveles: en primer lugar, parte de una comparación entre los casos nacionales de Perú y de Ecuador, dentro de un contexto andino; en segundo lugar, se amplía este marco espacial para enmarcar el análisis de las culturas políticas liberales y sus rasgos compartidos en todo el espacio iberoamericano, con especial mención a las conexiones entre ambos países andinos y España; en tercer lugar, se utiliza la más extensa noción de espacio atlántico para incluir el estudio de las transferencias culturales entre Perú y Ecuador y otras realidades, tanto europeas como, especialmente, el caso de Estados Unidos. En este último nivel, pretendo analizar las prácticas políticas y discursos compartidos que conectaron los modelos de representación liberal de distintos territorios a través de los viajes y encuentros de políticos e intelectuales. En primer lugar, por espacio andino se entiende un contexto geográfico concreto, definido por la cordillera de los Andes, en el que se desarrollan una serie de aspectos culturales y étnicos comunes. En este espacio se incluyen países como Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia o Venezuela. En esta investigación se presta especial atención a los dos primeros, y en concreto a las relaciones –divergentes o convergentes- 21 Cabe destacar en este sentido la obra recientemente publicada de RIOJAS, Carlos y RINKE, Stefan: Historia Global: Perspectivas y Tensiones, Stuttgart, Akademischer Verlag Stuttgart, 2017. 22 GARAVAGLIA, Juan Carlos y PRO RUIZ, Juan: Latin American Bureaucracy and the State Building Process (1780-1860), Newcastle upon Tyne, Cambridge Scholars Publishing, 2013, pp. 1-2. 24 que presentaron en torno a varios ejes: política internacional, relaciones fronterizas, trasvases culturales, imaginarios compartidos, proyectos comunes o acuerdos económicos, políticos o geoestratégicos. Considero que todo ello ayudará a responder algunos de los interrogantes que me planteo al inicio de esta investigación: ¿Construyeron dos países como Perú y Ecuador –similares en aspectos culturales y socialessistemas parlamentarios semejantes? ¿Hasta qué punto compartieron concepciones análogas sobre la ciudadanía y la representación política? ¿Cuáles fueron los principales puntos de divergencia entre ambos sistemas liberales y a qué se debían? En un segundo nivel, a lo largo de estas páginas frecuentemente me refiero al espacio iberoamericano, un contexto geográfico y cultural que comprende América Latina y la Península Ibérica. Entiendo que el espacio iberoamericano conformaba en la segunda mitad del siglo XIX un marco espacial de conjunto, en el que se repetían patrones culturales, en el que se desarrollaron procesos políticos parecidos, en el que circulaban ideas compartidas, y en el que se movieron los actores históricos traspasando las fronteras nacionales e incluso continentales. Por tanto, cuando en este trabajo hablo de espacio iberoamericano pretendo incluir a España y Portugal, mientras que si me refiero únicamente a América Latina utilizaré el concepto de “contexto latinoamericano” 23 . Dentro de este contexto, me interesa especialmente contemplar los procesos de trasvases culturales e ideológicos que se produjeron entre España, Perú y Ecuador, así como los rasgos comunes que definían a este espacio. Por ejemplo, cabe destacar en este sentido el papel preponderante que tenía la religión católica tanto en España como en América Latina 24 . Estoy convencida de que con la irrupción de la emancipación política de las repúblicas latinoamericanas no se cortaron todos los lazos que unían a la antigua metrópolis con sus antiguas colonias, sino que siguieron existiendo fuertes conexiones culturales entre España e Hispanoamérica, a pesar de que 23 Aunque las menciones a Portugal serán mucho menos frecuentes que las que se refieren a España, me resisto a utilizar la más exclusiva noción de “contexto hispanoamericano”, pues entiendo que también Portugal y sus antiguas colonias formaban parte del mismo marco cultural y compartían muchos elementos de la cultura política liberal que se desarrolló en Hispanoamérica. Sobre la diferenciación entre los términos Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica, Suramérica/Norteamérica, véase: MORALES MANZUR, Juan Carlos: “La unidad continental: desde las concepciones geopolíticas hasta los nuevos modelos alternativos de integración”, en VI Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, Quito, FLACSO, 2012. 24 En lo que se refiere a la preponderancia de la religión, algunos autores, como Jean-Pierre Bastian, extienden este espacio geopolítico a lo que se denomina como “latinidad”, concepto en el que se incluyen los países del sur de Europa y la América Central y del Sur. BASTIAN, Jean-Pierre: “Introducción: Aprender a descentrar la mirada sobre la modernidad religiosa”, en BASTIAN, J. P.: La modernidad religiosa: Europa latina y América Latina en perspectiva comparada, México, Fondo de Cultura Económica, 2001. 25 muchos de los liberales latinoamericanos del momento apostaron por fijar su atención en otras referencias políticas liberales que los alejasen de la herencia colonial. En este sentido, las estrategias políticas llevadas a cabo en Perú y en Ecuador durante la década de 1860 buscaron inspiración, en ocasiones, en otros sistemas políticos de los continentes europeo y americano. Por ello, en tercer lugar, esta investigación presta atención a un contexto geográfico y cultural más amplio: el espacio atlántico. Parto de la convicción de la existencia de trasvases e influencias políticas y culturales no solo entre España e Hispanoamérica, sino también entre el triángulo que forman Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. El análisis transnacional nos puede ayudar a entender cómo, en los territorios de ambos lados del Atlántico, los modelos de representación liberal compartieron numerosos elementos culturales, si bien es cierto que las peculiaridades locales de cada territorio produjeron distintas lecturas de dichos modelos, lo que dio lugar a diferentes plasmaciones institucionales. Así, considero que el espacio atlántico, en su conjunto, constituye un ámbito de intercambios culturales que sobrevivieron más allá de las rupturas diplomáticas, los distanciamientos institucionales y la distorsión de los tráficos económicos que trajeron consigo las independencias americanas; constituyendo, en definitiva “un mundo con rasgos comunes” 25 . La historia atlántica, como ha señalado Michel Bertrand, forma parte de la historia conectada, pero se limita a un espacio geográfico concreto: los territorios que desembocan en el Océano Atlántico; es decir, afecta a los continentes europeo, americano y africano 26 . El estudio de la historia atlántica fue introducido por la historiografía anglosajona, en la que sobresalen grandes especialistas como David Armitage o Bernard Bailyn 27 . De hecho, la obra de Bailyn puede ser considerada como el manifiesto de esta corriente historiográfica. En este sentido, destaca especialmente su aportación sobre la historia atlántica como un concepto de enorme utilidad historiográfica, y su afirmación acerca de que “la historia atlántica es mayor que la suma de sus partes”. Así, este autor entiende el estudio de la política como un elemento que no se reduce a los sistemas de gobierno nacionales. No obstante, también hay que 25 La expresión procede de SIMAL, Juan Luis: Exilio, liberalismo y republicanismo en el mundo atlántico hispano, 1814-1834, Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2011, p. 19. 26 BERTRAND, Michel: “A propósito de la historia global: una reflexión historiográfica entre el Viejo y el Nuevo Mundo”, en Conferencia Inaugural del programa de Doctorado en Historia, Universidad de Sevilla, 21-10-2015. 27 ARMITAGE, David y BRADDICK, Michael J. (eds.): The British Atlantic World, 1500-1800, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2002; BAILYN, Bernard: Atlantic History. Concept and Contours, Cambridge, Harvard University Press, 2005. 32 ecuatoriano ha sido la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, en la que se aloja no solo una gran cantidad de bibliografía de sumo interés para la historia de Ecuador, sino que en ella también su ubica un fondo histórico que contiene leyes y decretos desde 1830. Además de los recursos documentales situados en Perú y en Ecuador, ha resultado productiva la consulta de información en la Brotherton Library de la University of Leeds (Reino Unido), que alberga, por un lado, información bibliográfica –especialmente británicasobre América Latina, tanto decimonónica como de siglos posteriores y, por otro lado, documentación sobre las relaciones exteriores del subcontinente, a partir de los legajos de la Embajada Británica (British and Foreign State Papers). Por último, otros documentos relevantes se han obtenido de forma virtual, gracias a repositorios digitales –por ejemplo, la mayor parte de la legislación utilizada, alguna bibliografía contemporánea y escasas noticias de prensa tanto nacional como extranjera ha sido consultada de esta forma- y a bases de datos online - especialmente relevantes para obtener información sobre individuos concretos-. Me gustaría subrayar el peso que han tenido algunas concretas fuentes documentales en mi trabajo, especialmente dos de las mencionadas: los diarios de las sesiones parlamentarias (denominados Diarios de Debates en Perú y Actas de Sesiones en Ecuador) y la prensa del momento. De hecho, se puede calificar los diarios de sesiones como la fuente primaria principal de esta investigación y quiero, por tanto, resaltar su utilidad. Considero que se trata de un recurso muy valioso, pues en ellos es posible apreciar tres dimensiones discursivas que nos aproximan a los tres niveles de análisis planteados en este trabajo. Por un lado, permite analizar los debates parlamentarios suscitados en torno a la legislación que sería posteriormente aprobada y publicada y, mediante ellos, el respaldo y las objeciones con los que contó o las modificaciones que se hicieron en diferentes puntos desde su planteamiento hasta su redacción final. También se puede tener acceso a través de esta fuente a algunas propuestas de leyes que no llegaron a promulgarse, pero cuyo planteamiento y discusión resultan muy esclarecedores en torno a las diversas sensibilidades políticas de las que se componía el Parlamento. Por otro lado, un segundo objeto de análisis a cuyo primer acercamiento se puede acceder a través de esta fuente es el de los sujetos que expresaron o se posicionaron en relación a los discursos esgrimidos en las cámaras, mostrando con ello sus propias convicciones ideológicas u otras circunstancias 33 personales. En este sentido, la perspectiva biográfica puede ayudarnos a definir si los discursos vertidos en el Parlamento por ciertos individuos tuvieron realmente repercusión entre sus pares o no. Y, por último, utilizando como herramienta metodológica el análisis del discurso, esta fuente nos aproxima a la comprensión de los significados que los conceptos tenían en la elaboración de los imaginarios colectivos. Además, los diarios de sesiones permiten al historiador aproximarse al ambiente que se vivió en el Parlamento a lo largo de determinados debates. No obstante, en este punto cabría preguntarse: ¿hasta qué punto concuerda el documento escrito al que tiene acceso el investigador con lo que realmente se dijo en las cámaras parlamentarias? Evidentemente, no se puede confirmar de forma empírica lo que allí sucedía, pero las reproducciones de las sesiones parlamentarias ofrecen algunas pistas que pueden ser utilizadas en este análisis. Así, en esta investigación trato de prestar especial atención a ciertas palabras que a menudo aparecen entre paréntesis en los diarios de sesiones junto a los discursos de los oradores, y que dan una impresión más compleja y verosímil de lo ocurrido. En este sentido, la aparición de incisos como “aplausos”, “silbidos”, “murmullos” o “risas” ponen de manifiesto el efecto que determinados discursos tuvieron en los parlamentarios sentados en la Cámara, mientras que especificaciones del tipo “interrumpiendo”, “gritando” o “riendo” ponen el acento en la intencionalidad de los individuos que intervinieron en los debates o incluso en sus estados de ánimo. No hay que olvidar, en este punto, que los debates parlamentarios tenían un componente de teatralidad política, por lo que en ocasiones el uso de la mentira, la sobreactuación, la exageración, la provocación, la ironía, la sorna, la burla o la excesiva adulación dirigida a parlamentarios concretos o a la totalidad del Congreso formaba parte del juego político 32 . A pesar de la gran utilidad que concedo a los diarios de sesiones para mi investigación, y junto a las posibles limitaciones que conllevan y a las que me he referido, tengo que señalar también algunos de los problemas que he encontrado en torno al acceso a los mismos. Debo admitir que, pese a haber acudido a todos los archivos y bibliotecas anteriormente mencionados, no siempre ha sido posible localizar en ellos los ejemplares de las sesiones parlamentarias de toda la década objeto de mi 32 Agradezco en este punto las reflexiones suscitadas en el simposio “El poder en escena: debates parlamentarios en Latinoamérica, 1810-1910” del XVIII Congreso Internacional de AHILA En los márgenes de la historia tradicional. Nuevas miradas de América Latina desde el siglo XXI, celebrado en Valencia en septiembre de 2017, en el que intervinieron, entre otros, historiadores como Eduardo Posada Carbó, Gabriella Chiaramonti, Natalia Sobrevilla o Diego Molina. 34 estudio. De este modo, la Biblioteca del Congreso de la República de Lima no alberga las sesiones de 1866 y 1867; mientras que en el Archivo de la Función Legislativa de Quito no se encuentran los debates de 1862, 1866 y 1870. Estas ausencias, no obstante, se han podido solventar mediante la consulta de otro tipo de fuentes, como la prensa, en la que a menudo aparecían las transcripciones completas de las sesiones parlamentarias, pues, como se anunciaba en una editorial de El Peruano: Hubo un tiempo en que los más notables oradores y los más hábiles políticos veían perderse sus palabras en el estrecho recinto de las cámaras, sin un eco que las difundiera, como hoy, por todos los ángulos de la República, e hiciera conocer a los pueblos la manera como sus representantes llenaban su misión 33 . Por tanto, la prensa ha resultado ser una fuente complementaria idónea para colmar algunas de las lagunas planteadas por los diarios de sesiones. Sin embargo, también en la utilización de este material hay que hacer algunas precisiones, como por ejemplo, la pertinencia de tener en cuenta la orientación editorial de los periódicos. En este sentido, resulta significativo el caso de El Peruano, periódico oficial del gobierno de Perú, y cuya publicación trisemanal –lunes, miércoles y viernes-, por tanto, dependía del Consejo de Ministros, según una ley de 14 de noviembre de 1856. Así, esta publicación debía incluir “las leyes y resoluciones del Congreso, los decretos y resoluciones del Gobierno, los tratados públicos, las comunicaciones diplomáticas que sea necesario publicar, y en general todos los actos gubernativos”, así como “el despacho diario de los Tribunales” 34 . En este sentido, he encontrado en este periódico una buena fuente de información sobre todo asunto que emanara de los poderes públicos. Por su parte, el periódico oficial del gobierno ecuatoriano de García Moreno – que estuvo en el poder durante la mayor parte del tiempo que he estudiadoera El Nacional, que se publicaba una vez por semana, “con ocasionales interrupciones e irregularidades”, y contenía avisos y correspondencia oficiales, nuevas leyes y decretos, las decisiones del tribunal de cuentas y algunos editoriales 35 . Dada la imposibilidad de consultar toda la prensa peruana y ecuatoriana que circuló a lo largo de la década, me ha parecido interesante, sin embargo, seleccionar algunas de las publicaciones en función de ciertos criterios. En el caso de Perú, opté por 33 El Peruano, “La publicidad”, 24-6-1863. 34 El Peruano, “Aviso Oficial”, 3-1-1863. 35 Daba buena cuenta de ello el estadounidense Friedrich Hassaurek, que residió en Ecuador durante algunos años de la década de 1860. HASSAUREK, Friedrich: Four Years Among the Spanish-Americans, Londres, Sampson Low, Son and Marstron, 1868, p. 286. 35 una consulta en profundidad y en extensión –a lo largo de toda la década de 1860- de dos de los diarios más relevantes del momento: El Peruano, como periódico oficial del gobierno y, por tanto, como medio de traslación de sus convicciones políticas a la opinión pública, y El Comercio, debido a la impronta que este rotativo tenía –y aún tiene- en la sociedad peruana –al menos, entre los grupos sociales que sabían leer en aquel momento, que como veremos, representaban un pequeño porcentaje de la población total- y sobre todo, a la reproducción de muchas de las sesiones parlamentarias que se pueden encontrar entre sus páginas 36 . En lo que respecta a Ecuador, decidí obtener una muestra de algunas de las noticias más relevantes aparecidas en la prensa durante la década de los sesenta entre la multiplicidad de títulos que se ubicaban en la Hemeroteca de la Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit y en el Archivo Histórico del Ministerio de Cultura. Por último, debo hacer algunas indicaciones sobre determinados aspectos formales que se han tenido en cuenta a la hora de reproducir buena parte de la información extraída de las fuentes consultadas. Así, tengo que señalar que las citas literales han sido transcritas según la norma ortográfica actual con el objetivo de facilitar la lectura, si bien se ha respetado el resalte original de ciertas palabras a través del uso de cursivas o mayúsculas. Asimismo, las citas en inglés han sido traducidas al castellano por la autora. 36 Especialmente relevante ha sido la consulta del periódico El Comercio para cubrir el vacío que presentaba la Biblioteca del Congreso de la República en torno a los años 1866-1867, los cuales suponen un periodo de tiempo de gran relevancia en la historia política de Perú. 36 PARTE I. ESTRUCTURAS BÁSICAS PARA EL JUEGO POLÍTICO: ECONOMÍA, SOCIEDAD, TERRITORIO, LEGISLACIÓN PARTE I ESTRUCTURAS BÁSICAS PARA EL JUEGO POLÍTICO: ECONOMÍA, SOCIEDAD, TERRITORIO, LEGISLACIÓN 37 CAPÍTULO 1. UNA APROXIMACIÓN A LA SITUACIÓN POLÍTICA, SOCIAL, ECONÓMICA Y TERRITORIAL DE PERÚ Y ECUADOR A MEDIADOS DEL SIGLO XIX. Mi análisis sobre la construcción de la representación parlamentaria en Perú y en Ecuador se emplaza en la década de 1860, un período en el que en ambos países tuvieron lugar una serie de transformaciones en el ámbito político, social y económico que repercutirían también en el marco legislativo que se empezaba a dibujar en esta época. El sistema representativo pasaba entonces por una etapa de consolidación y desarrollo. Desde el punto de vista político, nos situamos en el comienzo de un período de mayor estabilidad, donde los elementos civiles adquirieron protagonismo sobre los aspectos militares. Aunque algunos de los principales líderes políticos del momento – como el peruano Ramón Castillaprocedían del estamento militar, lo cierto es que gobernaron a través de sistemas representativos en los que la Constitución era el pilar fundamental, y no mediante juntas militares. Como afirma Irurozqui, “el hecho de que una trayectoria profesional armada favoreciese a inicios de la República el desempeño de cargos de autoridad o que hubiera militares ocupando cargos de gobierno no equivalía ni a dominación militar ni a gobierno militar” 37 . A pesar de ello, en países como Perú el civilismo no se asentaría en el poder hasta la llegada a la presidencia de la República de Manuel Pardo en 1872 38 . Por otro lado, ambas naciones experimentaron un boom económico, al calor de la explotación de determinados productos - fundamentalmente, el guano en Perú y el cacao en Ecuador-, que ayudaría a colocar sus economías en el mercado internacional. Este auge estaba directamente relacionado con el surgimiento de unas élites comerciales y financieras que empezarían a ocupar un lugar preponderante en la estructura social, y que se irían diferenciando del resto de población en sus estilos de vida. Por último, la diversidad social y económica que caracterizaba a ambos países andinos tenía una estrecha relación con los aspectos geográficos. Así, desde la segunda mitad del siglo XIX se fue acentuando también una 37 IRUROZQUI, Marta: “Ciudadanía armada versus caudillismo. Tres historias bolivianas sobre violencia y ley constitucional, 1841-1875”, en TABANERA, Nuria y BONAUDO, Marta (coords.): Historia de las culturas políticas en España y América Latina. América Latina de la independencia a la crisis del liberalismo (1810-1930) [Historia de las culturas políticas en España y América Latina, vol. 5], Zaragoza-Madrid, Marcial Pons Historia y Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016, pp. 99-129, esp. p. 117. 38 Aunque el término no aparece en el Diccionario de la Real Academia Española, según el Diccionario Enciclopédico Español el civilismo, en contraposición al militarismo, es aquella doctrina política que defiende la toma del poder por parte de individuos pertenecientes a la esfera civil, dejando a los militares exclusivamente el poder militar. Es un término frecuentemente utilizado en la historia política de algunas naciones latinoamericanas. En concreto, en Perú este concepto hace referencia a la ideología del Partido Civil, fundado en 1871. 38 separación entre la población de las grandes ciudades situadas fundamentalmente en la costa y aquella que habitaba las zonas rurales del interior. En este capítulo, por tanto, voy a realizar un repaso de los aspectos característicos de Perú y de Ecuador en materia política, económica, social y territorial durante la segunda mitad del siglo XIX. Para llevarlo a cabo, se ha utilizado principalmente un corpus bibliográfico especializado en la historia peruana y ecuatoriana del momento, presentando así un estado de la cuestión historiográfica sobre el tema. No obstante, también se incluyen algunas referencias documentales propias, como ciertos pasquines políticos que circularon en la época e informaban sobre la situación política, artículos de prensa contemporánea, ensayos decimonónicos, correspondencia privada o algunas intervenciones parlamentarias. En definitiva, en estas páginas se trata de presentar el marco general en el que se implantó y desarrolló el sistema político liberal representativo que pretendo analizar en capítulos posteriores. La evolución del sistema liberal a mediados del siglo XIX Como he comentado, en ambos países, hacia la fecha de 1860-1861 se inició un período político diferente al que se había desarrollado anteriormente. En este momento, el sistema liberal representativo implantando desde la independencia de las repúblicas se fue consolidando, a través del desarrollo de una legislación que resultó ser la de mayor vigencia de la centuria –al menos, en el caso de Perú-, y que implantó los pilares básicos sobre los que se sustentaría el sistema político en la segunda mitad del siglo XIX. Medidas como la manumisión de los esclavos, la abolición del tributo indígena, la mejora de la educación pública o la amplitud de la libertad de prensa otorgaron el calificativo de “liberales” a los sistemas políticos instalados en estas fechas. No obstante, como se verá en las siguientes líneas, los elementos conservadores gozaron de un gran protagonismo en la mayor parte de la década de los sesenta tanto en Perú como en Ecuador 39 . 39 A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el ya consolidado sistema liberal se desgranó en varias tendencias ideológicas, que en América Latina quedarían representadas fundamentalmente en dos grupos: “liberales” –partidarios de un liberalismo más progresista y amplio- y “conservadores” –defensores de un liberalismo más moderado, con mayores restricciones y limitaciones-. No obstante, hay que dejar claro que ambas corrientes planteaban sistemas políticos modernos, en los que la Constitución, el Parlamento o los derechos individuales seguían constituyendo los pilares básicos. Trataré de forma más profunda esta bifurcación del liberalismo en Perú y en Ecuador a lo largo del próximo capítulo. 39 En lo que respecta a Perú, a partir de la segunda mitad del siglo XIX se dio paso a un sistema representativo liberal no democrático caracterizado por una mayor estabilidad política. Esto marcaba el comienzo de un nuevo período, que se diferenciaba de la etapa anterior definida por la preeminencia del caudillismo y por las frecuentes guerras civiles. En gran medida, esta nueva etapa estuvo protagonizada por un individuo, Ramón Castilla, que gobernó Perú entre 1844-1851 y 1854-1862. A pesar de su formación militar, Castilla poseía un profundo ideario republicano. Sus principios se basaban en el valor de la Constitución y de las leyes. Así, su deseo era acabar con las guerras civiles que asolaban el país en los años cuarenta, y conseguir la estabilidad política. De hecho, por primera vez desde la independencia, a partir de su mandato comenzaría un régimen político estable conocido como “Pax Andina” 40 . No obstante, también se trataba de un individuo pragmático, que pensaba que la consecución de dicho objetivo solo era posible mediante la creación de un ejército nacional fuerte y cohesionado. En su opinión, mientras se lograba la paz en Perú, el país debía ser regido por una junta de militares. En este sentido, confluían en la persona de Ramón Castilla su experiencia militar y sus principios republicanos y constitucionales. Todo esto le llevó a participar el 20 de mayo de 1843 en la revolución constitucionalista que se desató contra Manuel Ignacio Vivanco, al lado de su amigo y también militar Domingo Nieto. Durante este conflicto Castilla pudo demostrar sus habilidades como estratega militar y como político. Finalmente, los constitucionalistas triunfarían en la batalla de San Antonio (Arequipa). Resulta significativo que la victoria llegase precisamente en este lugar, pues uno de los objetivos de Castilla era integrar a las provincias periféricas en el Estado nacional. Procedente de Tarapacá, Castilla sentía una profunda desconfianza por las élites limeñas y su política. A su parecer, era precisamente en la capital donde nacía la desunión del país. Así, una vez que hubo triunfado en Arequipa, donde asumió el mando, su próximo objetivo era la ciudad de Lima. Finalmente, los constitucionalistas vencerían en Carmen Alto el 22 de junio de 1844. Vivanco huyó a Ecuador, mientras que Castilla asumía el cargo de Presidente de 40 FLINDELL KLARÉN, Peter: Peru. Society and nationhood in the Andes, New York-Oxford, Oxford University Press, 2000, pp. 162-163. 40 la República 41 . Se iniciaría así su primer gobierno, que duraría hasta 1851, y sería retomado posteriormente entre 1854 y 1862. En 1854 Ramón Castilla sustituyó a José Rufino Echenique como Presidente de la República peruana tras el triunfo de su “revolución liberal”. Como ha señalado Víctor Peralta, habitualmente la historiografía ha considerado este suceso como liberal porque en él participaron intelectuales liberales como Manuel Toribio Ureta, Pedro y José Gálvez o Domingo Elías. Además, se ha puesto el acento en la consecución de medidas avanzadas como la abolición del tributo indígena o la supresión de la esclavitud, ambos acontecimientos fechados en 1854 42 . De hecho, esta revolución liberal pretendía llevar a cabo las promesas que se venían realizando desde la independencia del país en 1821: “manumitir a los esclavos, abolir las «castas», y «liberar» a los indios del tributo” 43 . No obstante, algunos historiadores, como el mencionado Peralta, cuestionan el liberalismo de Castilla y de sus seguidores, y consideran que la denominada “revolución liberal” se trató más bien de una “guerra civil”: (…) el llamado ejército libertador liderado por el general Ramón Castilla apeló con éxito al principio liberal en la medida en que ello fue también acompañado de cooptaciones formales e informales de múltiples fuerzas e instituciones sociales y regionales que poco o nada tenían que ver con lo ideológico 44 . Comenzaba así el segundo mandato de Castilla, durante el cual, en 1856, se redactó un texto constitucional de tendencia liberal que, sin embargo, no convenció al Presidente, pues reducía el poder ejecutivo a favor del legislativo, cumpliendo así el principio liberal de limitar el presidencialismo. De hecho, la promulgación de esta Constitución, así como otras actuaciones de tendencia liberal que tuvieron lugar durante su segundo gobierno, produjeron el descontento entre los sectores de población más conservadores que habían apoyado a Castilla durante el conflicto, produciéndose diversos levantamientos contra el Presidente en algunas provincias como Arequipa o Moquegua 45 . Los años 1857 y 1858 se caracterizaron especialmente por “la coacción y la violencia en varias poblaciones de la República”, e incluso algunos documentos 41 MC EVOY, Carmen y RÉNIQUE, José Luis: Soldados de la República. Guerra, correspondencia y memoria en el Perú (1830-1844) [Tomo 2], Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú e Instituto Riva- Agüero, 2010, pp. 683-689. 42 PERALTA RUIZ, Víctor: “La guerra civil peruana de 1854. Los entresijos de una revolución”, Anuario de estudios americanos, vol. 70, nº 1, 2013, pp. 195-219, esp. p. 197. 43 THURNER, Mark: From two republics to one divided. Contradictions of Postcolonial Nationmaking in Andean Peru, Durham and London, Duke University Press, 1997, p. 44. 44 PERALTA RUIZ, Víctor: “La guerra civil peruana de 1854…”, p. 197. 45 Ibid., p. 217. 41 llegan a hablar de guerra civil 46 . Todo ello, sin embargo, terminaría con un nuevo triunfo de Castilla. En este contexto, en 1857 Castilla disolvió la Asamblea y convocó elecciones para formar un nuevo Congreso que redactara una Constitución más conservadora, alejándose desde este momento de los liberales y refugiándose en el ejército 47 . En 1858 se convocaron nuevas elecciones al Congreso, que dieron lugar a una Asamblea de corte conservador 48 . El nuevo Congreso, una vez instalado, realizaría algunas reformas de gran relevancia para el país, siendo la más importante de todas ellas la elaboración de un nuevo sistema normativo que se mantendría sin grandes variaciones hasta finales del siglo XIX, resultando así el marco normativo más estable de todo el Perú decimonónico. Así, del trabajo realizado por el Congreso de 1860 surgieron la Constitución de 1860 y la Ley Electoral de 1861. La Constitución de 1860, que seguía el modelo de la Constitución de los Estados Unidos de América, ha sido calificada por la historiografía como un texto profundamente conservador –es decir, se adscribía a la corriente más moderada del liberalismo-. En palabras de Graham H. Stuart, “el elemento conservador, aunque estaba dispuesto a aceptar algunos de los principios liberales de la Constitución de 1856, estaba decidido a hacer de la nueva ley orgánica un instrumento seguro para el gobierno” 49 . A partir de las elecciones de 1862, Castilla sería sustituido como Presidente de la República por Miguel de San Román. El 23 de octubre de 1862 Castilla se despedía de los peruanos con un discurso que comenzaba con las siguientes palabras: “Desciendo del alto puesto que vuestra libre voluntad me designó, con la conciencia tranquila y con la frente limpia de las feas manchas que deja tras sí el crimen” 50 . Por su parte, el gobierno de San Román duraría poco, pues falleció en abril de 1863. El encargado de sucederle fue Juan Antonio Pezet, hasta entonces Vicepresidente de la República. Este tuvo que hacer frente al problema surgido con España a raíz de la ocupación de las Islas de Chincha por parte de la flota española. En este contexto, el 2 de noviembre de 1865, 46 Archivo General de la Nación (en adelante, AGN), Ministerio de Gobierno y Obras Públicas, Cámaras Legislativas, Diputados de varias provincias, leg. O.L. 433, nº 359a, 7-5-1861. 47 PERALTA RUIZ, Víctor: “La guerra civil peruana de 1854…”, p. 215. 48 ANDRÉS GARCÍA, Manuel: La construcción del poder: Estado, Nación e Identidades. La construcción del Estado Nacional en Perú y la marginación política indígena (siglo XIX), Zaragoza, Diputación de Zaragoza, 2002, p. 111. 49 STUART, Graham H.: The governmental system of Peru, Washington, Carnegie Institution of Washington, 1925, p. 14. 50 El Peruano, “El General Castilla a la Nación”, 25-10-1862. 48 buenas costumbres”; la continuidad del cobro de diezmos; o el derecho de la Santa Sede a erigir nuevas diócesis en el territorio ecuatoriano. Asimismo, durante este primer mandato de García Moreno tuvieron lugar importantes actuaciones en materia de política exterior, destacando la asistencia de Ecuador al Congreso Americano celebrado en Lima en 1864, con el objetivo de definir las fronteras entre los países latinoamericanos 74 . Entre 1865 y 1869 –un periodo conocido por la historiografía ecuatoriana como “Interregno”- se sucedieron en la Presidencia de Ecuador una serie de individuos –todos los cuales contaron con el apoyo de García Moreno siempre y cuando siguieran sus directrices-, que gobernaron durante plazos muy cortos: Rafael Carvajal (1865), Jerónimo Carrión (1865-1867), Pedro José de Arteta y Calisto (1867-1868) y Javier Espinosa (1868-1869). A pesar de que todos ellos siguieron con el programa político inaugurado en 1861, Ana Buriano señala que en esta etapa también podían encontrarse algunos aires de renovación: la amplitud de la libertad de prensa, la concesión de amnistías políticas, el apego a la legalidad o la búsqueda del centro ideológico fueron elementos característicos de los gobiernos que se sucedieron en estos años 75 . A partir del 29 de julio de 1869 se iniciaba el segundo mandato de García Moreno. Este periodo estaría regido por la Constitución de 1869 (conocida como la “Carta Negra”), en la que se reforzaba el elemento católico que caracterizaba la ideología de García Moreno, y por la ley de elecciones promulgada en el mismo año. Este segundo mandato estaría caracterizado por una progresiva centralización política, una mayor amplitud de las atribuciones del poder ejecutivo, una limitación de las libertades individuales y una enorme restricción del derecho a la ciudadanía, que quedaba limitado a los individuos que, entre otras cuestiones, profesaran la religión católica 76 . Además, en esta segunda legislatura tuvo lugar una importante obra educativa, así como una considerable atención a la construcción de infraestructuras, a la que hemos hecho referencia anteriormente. El periodo garciano concluiría el 6 de agosto de 1875 con el asesinato del Presidente al entrar en el Palacio de Gobierno (Palacio de Carondelet), a manos de 74 ROBALINO DÁVILA, Luis: Orígenes del Ecuador…. Profundizaremos en los objetivos y desarrollo de dicho congreso internacional en el capítulo 10. 75 BURIANO CASTRO, Ana: “Ecuador 1868: la frustración de una transición. Coyuntura electoral y prácticas políticas”, Secuencia, nº 86, 2013, pp. 77-109, esp. pp. 77-78. 76 PAREJA DIEZCANSECO, Alfredo: Historia del Ecuador…, p. 293. 49 Faustino Rayo, un colombiano que años antes había sido el hombre de confianza de García Moreno. Pareja Diezcanseco explicaba de la siguiente forma cómo tuvo lugar el asesinato: Cerca de las dos de la tarde del 6 de agosto de 1875, después de haber orado en la Catedral y de visitar la casa de su familia política, enderezó García Moreno sus pasos al Palacio. Acababa de subir las escaleras del atrio, cuando Faustino Rayo le atacó de un machetazo entre el cuello y la espalda. Manuel Cornejo le descerrajó un balazo en un hombro. Otro golpe de Rayo le rompió el brazo izquierdo por el codo y otro le despedazó la mano derecha. Su edecán fue sujeto de los brazos por los complotados. Pudo García Moreno correr hacia la puerta de Palacio, donde lo detuvo Andrade con un balazo. Volvióse dando voces. Vacilante, dio traspiés hasta caer de lo alto a la plaza. Bajó las escaleras Rayo, y alcanzó a la víctima, cuya cabeza macheteó como un poseído. Allí murió García Moreno con dieciocho heridas en el cuerpo 77 . Si bien es cierto que Rayo fue la mano ejecutora, las investigaciones posteriores determinaron que el asesinato realmente procedía de una conspiración ideada por un grupo de dirigentes “jóvenes, cultos y liberales”, en la que participaron numerosos individuos -incluso algunos miembros de su gobierno, como el general y Ministro de Relaciones Exteriores Francisco Javier Salazar- 78 . Estos “conspiradores” entendieron su actuación “no como asesinato, sino como revolución”, frente al férreo control político y social que estaba llevando a cabo el gobierno de García Moreno 79 . De hecho, Roberto Andrade, uno de los participantes en el complot, afirmaba años después, tratando de justificar su acción, que “el machete de Rayo no es otro que la antorcha de la libertad empuñada por todos los hombres justos de la tierra”. Por ello, veía la necesidad de publicar su libro, Seis de Agosto, o sea muerte de García Moreno, cuyo primer capítulo tenía el siguiente objetivo: Como para justificar una muerte a mano armada es necesario dar a conocer la vida del muerto, pongo por primer capítulo de esta obra un esbozo de los atentados de ese tirano espantable y los esfuerzos del pueblo ecuatoriano por quitarle la vida desde que se persuadió de su crueldad. Así la civilización 77 Ibid., p. 296. 78 Tanto los contemporáneos que escribieron sobre dicho acontecimiento como la historiografía posterior nos presentan una serie de nombres que se repiten como participantes en la conspiración que acabó con la vida de García Moreno, entre ellos: Manuel Cornejo Astorga, Manuel Polanco, Abelardo Moncayo, Juan Montalvo, Hipólito Moncayo o Juan Elías Borja. ANDRADE, Roberto: Seis de Agosto, o sea muerte de García Moreno, Portoviejo, Oficina Tipográfica del Colegio Olmedo, 1896. PAREJA DIEZCANSECO, Alfredo: Historia del Ecuador…, p. 296. 79 AGUILAR, Pedro: Refutación de «El Ecuador de 1825 a 1875» por Pedro Moncayo, Guayaquil, Imprenta Nacional, 1886, p. 26. 50 verá que era indispensable matarlo, y dirá que los conspiradores fuimos soldados de la Libertad y profundos amigos de los hombres 80 . El asesinato de García Moreno no resultaba extraño, pues a lo largo de todo su gobierno se habían sucedido constantes rebeliones contra su autoridad. Así, por ejemplo, el New York Times del 26 de enero de 1862 informaba de que había sido sofocada una revuelta en Perucho –el pueblo más pequeño del distrito de Quito-, la cual quedaba justificada de la siguiente manera: “La tiranía de Don García Moreno y el General Flores se hace sentir en las poblaciones más pequeñas y en los asuntos más insignificantes” 81 . De hecho, el propio García Moreno informaba a principios de 1870 a su amigo Manuel Andrade Marín, en una correspondencia privada, de un intento de asesinato hacia su persona que había fracasado: “Todos los rojos de la República han sabido que yo iba a ser asesinado, como lo prueban las noticias que los liberales hicieron circular en Loja” 82 . Tras el asesinato de García Moreno, el Ministro del Interior, Francisco Javier León, fue nombrado Encargado del Poder Ejecutivo. En diciembre de 1875 se convocaron elecciones presidenciales, campaña en la que surgieron varias candidaturas: por un lado, los conservadores barajaron algunos nombres como Francisco Javier Salazar, Luis Antonio Salazar, Rafael Carvajal, Vicente de Piedrahita, Julio Sáenz y Antonio Flores Jijón; por otro lado, los liberales también tenían sus propios candidatos, entre los que se encontraban Francisco J. Aguirre Abad y Antonio Borrero. Finalmente, volvieron al poder los liberales, siendo elegido Presidente Antonio Borrero (1875-1876) y posteriormente Ignacio de Veintemilla, que estaría en el poder hasta 1883, “con el decidido apoyo de los antiguos marcistas” 83 . ***** En resumen, se puede concluir que, desde el punto de vista político, en ambos países se produjo una evolución desde un liberalismo más radical en la década de los cincuenta -cuando tuvieron lugar medidas bastante avanzadas como la abolición de la esclavitud o del tributo indígena, como se verá a continuaciónhasta llegar a una etapa más moderada en la década de los sesenta, que finalizaría con un sistema bastante 80 ANDRADE, Roberto: Seis de Agosto…, p. IV y 1, respectivamente. 81 New York Times, “Ecuador”, 26-1-1862, p. 8. 82 AHMC, leg. JJC. 00393: Correspondencia perteneciente a García Moreno, 1859-1875, “Carta de Gabriel García Moreno a Manuel Andrade Marín”, 4-1-1870. 83 MAIGUASHCA, Juan: “El proceso de integración nacional en el Ecuador…”, p. 370. 51 conservador en la década siguiente, especialmente en el caso de Ecuador y su Carta Negra. Además, en ambos países hay que reseñar la impronta política que tuvieron dos individuos concretos: Ramón Castilla en Perú –a pesar de que su mandato acabó a comienzos de la década de los sesenta, su influencia se dejaría sentir mucho más allá- y Gabriel García Moreno en Ecuador. El auge económico y el surgimiento de la burguesía comercial Los cambios políticos que se perciben en la década de 1860 en ambos países andinos coincidieron con el surgimiento de una élite económica y social vinculada al comercio internacional y a las finanzas, que en ambos casos se situaba en territorios concretos. El surgimiento de esta élite económica no era casual, sino que se debía al auge de determinados productos -el guano en el caso de Perú, el cacao en el de Ecuadorque permitieron introducir a los dos países en el mercado internacional. En este sentido, Perú y Ecuador seguían una tendencia generalizada en los países de América Latina, especialmente los que tienen costas al Pacífico, que empezaron a integrarse en la economía internacional a través de la exportación de determinados productos, en un período en el que en Europa y Estados Unidos se estaba llevando a cabo la Segunda Revolución Industrial. Así, por ejemplo, cabe mencionar el caso de El Salvador y su producción de café 84 . En el caso de Perú, el período que transcurre desde mediados de los años cuarenta y el inicio de la guerra contra Chile (1879) se conoce como “la era del guano” porque se vio protagonizado por la explotación de este recurso. El guano era un abono muy apreciado para la agricultura por su alto contenido de nitrógeno, producido a partir de los excrementos de ciertas aves 85 . Perú llevó a cabo una gran producción de guano durante estos años debido a su abundancia en algunas de sus islas, siendo unas de las más importantes las Islas de Chincha. Por ello, cuando los buques españoles ocuparon 84 ACOSTA, Antonio: Los orígenes de la burguesía de El Salvador. El control sobre el café y el Estado. 1848-1890, Sevilla, Aconcagua Libros, 2014. 85 VELÁZQUEZ, Marcel: “Notas sobre discursos e imágenes de las elecciones en la República del Guano (1845-1872)”, en ALJOVÍN DE LOSADA, C. y LÓPEZ, S.: Historia de las elecciones en el Perú. Estudios sobre el gobierno representativo, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2005, pp. 265-299, esp. p. 266. 52 dichas islas en 1864, la República de Perú le declaró la guerra al Gobierno español, y reclamó la pronta retirada de su territorio y la reparación de su honor nacional 86 . Aunque el guano había estado presente en territorio peruano desde la época de los incas –quienes, de hecho, también lo utilizaron como fertilizante agrícola en su economía-, este recurso había caído en el olvido, “como gran parte del valioso conocimiento incaico de los Andes, durante la frenética destrucción de la conquista”, según apunta Peter Flindell 87 . El geógrafo inglés Clements Markham, quien realizó algunos viajes por los Andes en las décadas de 1850-1860, señalaba a través de sus escritos la importancia dada a este valioso recurso durante la época incaica: El gobierno ilustrado de los incas del Perú sabía bien cómo apreciar este valioso abono; fue muy utilizado a lo largo de su imperio y se dice que se infligía la pena de muerte a cualquiera que molestara a las aves durante la temporada de cría 88 . Sin embargo, parece que los peruanos de mediados del siglo XIX no tuvieron la misma capacidad para aprovechar el auge económico que produjo la explotación del guano. El redescubrimiento del potencial del guano por parte de los peruanos coincidió con un momento en el que en Europa se estaba desarrollando la Revolución Industrial. Por esta razón, el nitrógeno contenido en el guano se empezó a revalorizar, y Perú se convirtió en un país poseedor de un recurso altamente ambicionado por las principales potencias industriales. Sin embargo, frente a los intentos extranjeros de intervenir en este rico negocio, la burguesía peruana presionó al Estado para que legislara en favor de los nacionales. Así, en 1862 se dio una ley que “obliga(ba) al Estado a preferir en cualquier contrato a «hijos del país»”. En cualquier caso, la explotación y comercialización del guano, desde 1847, quedaría en manos privadas, pues en ese año se estableció un sistema de consignaciones por el cual el Estado encargaba todo el proceso guanero a empresarios particulares –en su mayoría peruanos, aunque también participaron algunos extranjeros-, que se quedaban con un porcentaje de los beneficios. Durante esta etapa, por tanto, “la burguesía peruana por medio de la Compañía de Consignación de Guano en el Extranjero logra que el negocio más lucrativo de Perú se 86 Biblioteca del Congreso de la República de Perú (en adelante, BCR), Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1864 ej. 2, 23/24-11-1864, pp. 669-673. 87 FLINDELL KLARÉN, Peter: Peru. Society and nationhood…, p. 158. 88 MARKHAM, Clements: Cuzco: a journey to the ancient capital of Peru, with an account of the history, language, literature, and antiquities of the Incas; and Lima: a visit to the capital and provinces of modern Peru, with a sketch of the viceregal government, history of the republic, and a review of the literature and society of Peru, Londres, Chapman and Hall, 1856, p. 38. 53 le entregue”. La época de privilegio de la burguesía peruana acabó con la firma del Contrato Dreyfus en 1869, por el cual el Ministro de Hacienda Nicolás de Piérola vendió buena parte de los recursos guaneros a la francesa Casa Dreyfus 89 . Este contrato trajo consigo fuertes protestas por parte de los empresarios peruanos, que acusaron al gobierno de haber firmado “la sentencia del despojo” y de haber llevado a cabo un atentado contra el pueblo del Perú 90 . En definitiva, el auge guanero acabó beneficiando exclusivamente a un sector socioeconómico concreto –la burguesía comercial-, mientras que para el Estado supuso una crisis financiera en la década de 1870. Lo que podía haber sido una buena oportunidad para el desarrollo económico de Perú, acabó sin embargo por agotarse en la década de 1870 debido a la mala gestión del Estado, la codicia de los empresarios, la corrupción y la sobreexplotación de un recurso finito “consumido por una pequeña élite en una orgía de importaciones de lujo” 91 . Finalmente, los beneficios económicos que podía traer consigo la explotación del guano no se supieron aprovechar de forma adecuada, ya que no se vieron transformadas las estructuras sociales y económicas, que siguieron perpetuando la herencia colonial. De hecho, las consecuencias nefastas del auge guanero fueron identificadas incluso por algunos viajeros que visitaron Perú durante estos años. Por ejemplo, el ya citado Clements Markham comentaba así sus impresiones: Un gobierno prudente hubiera considerado el monopolio del guano como una extraordinaria fuente de ingresos, y lo habría reservado para pagar la deuda interna y externa y para mejorar las obras públicas; pero parece que la mente de los peruanos se hubiera turbado con este maravilloso aumento de sus ingresos, y lo han derrochado con ruinosa y deshonesta imprudencia 92 . En la misma línea, el estadounidense Friedrich Hassaurek se sorprendía de que, a pesar de que las reservas de guano convertían a Perú en el país más rico de América Latina, para el año 1868 aún no se había construido un ferrocarril que comunicara a la 89 BONILLA, Heraclio: Guano y burguesía en el Perú. El contraste de la experiencia peruana con las economías de exportación del Ecuador y Bolivia, Quito, FLACSO, 1994 (1ª edición Instituto de Estudios Peruanos, 1974). La importancia que los hechos económicos tenían para la historia peruana de la segunda mitad del siglo XIX fue presentada por la “historia nueva” que se desarrolló en el país en las décadas de 1970-1990, y que tenía en Heraclio Bonilla uno de sus mayores exponentes. Este tipo de historiografía, sin embargo, es cuestionada por Ulrich Mücke, que pone el acento en el desarrollo de la cultura política peruana durante este periodo: MÜCKE, Ulrich: “El Congreso, las elecciones y la cultura política peruana antes de la Guerra con Chile”, en IRUROZQUI, Marta: La mirada esquiva. Reflexiones históricas sobre la interacción del Estado y la ciudadanía en los Andes (Bolivia, Ecuador y Perú), siglo XIX, Madrid, CSIC, 2005, pp. 261-284, esp. p. 263. 90 El Comercio, agosto-diciembre de 1869. 91 FLINDELL KLARÉN, Peter: Peru. Society and nationhood…, pp. 158-159. 92 MARKHAM, Clements: Travels in Peru and India. While superintending the collection of chinchona plants and seeds in South America, and their introduction into India, Londres, John Murray, 1862, p. 308. 54 capital con las tierras altas del interior, ni siquiera con “la capital de los antiguos Incas”. Así, este autor sentenciaba que “la riqueza del Perú ha demostrado ser una gran fuente de su miseria política”, debido a que “sus recursos fueron derrochados de manera imprudente por sus gobernantes” 93 . Pero también los propios peruanos eran conscientes de la situación a la que el boom guanero les estaba llevando. Así, un escritor de El Comercio ponía de manifiesto que “el huano, según el unánime sentir de los inteligentes, ha hecho y sigue haciendo nuestra desgracia, así como el caudal que se entrega al joven inexperto, hace su pérdida” 94 . Si en Perú se ha hecho referencia a la importancia del guano como elemento que consiguió introducir al país en los mercados internacionales, en el caso de Ecuador se debe mencionar otra materia prima cuya explotación económica fue creciendo vertiginosamente a lo largo del siglo XIX hasta llegar a un periodo culminante entre 1870 y 1920: el cacao. Esta etapa se conoce en la historiografía ecuatoriana como el “segundo boom cacaotero”, para diferenciarla de aquel primer periodo en el que había tenido lugar un auge económico semejante en torno a esta materia prima, entre mediados del siglo XVIII y 1820 95 . Por tanto, se podría afirmar que durante todo el siglo XIX Ecuador fue dependiente del cacao desde el punto de vista económico. Como señalan Daniel Baquero y José David Mieles, “en el siglo XIX el cacao se consolidó como el principal producto de exportación y la economía del país se construyó a su alrededor” 96 . A través del comercio del cacao, fundamentalmente, pero también de otros productos como el azúcar, el caucho, el banano o el café, Ecuador empezó a ocupar un lugar relevante como país exportador, siendo receptores de dichos productos las potencias industriales de Europa y América del Norte 97 . No obstante, como señala Paz y Miño, “la economía ecuatoriana se vinculó al mercado internacional en condiciones 93 HASSAUREK, Friedrich: Four Years Among the Spanish-Americans, Londres, Sampson Low, Son and Marstron, 1868, pp. 212-213. 94 El Comercio, “Los negocios del Gobierno”, 15-5-1861. 95 CONTRERAS CARRANZA, Carlos: “El boom del cacao”, en CONTRERAS CARRANZA, C.: El sector exportador de una economía colonial. La Costa del Ecuador entre 1760 y 1820, Quito, FLACSO y Abya-Yala, 1990, pp. 51-90. 96 BAQUERO MÉNDEZ, Daniel y MIELES LÓPEZ, José David: “Los «booms» en perspectiva: cacao y banano”, Foro Economía Ecuador. Revista de Análisis y Divulgación Científica de Economía y Empresa, 07-10-2014. Disponible en: http://foroeconomiaecuador.com/fee/los-booms-en-perspectiva-cacao- banano/ (consultado el 05/07/2017). 97 DE LA TORRE, Carlos y STRIFFLER, Steve (eds.): The Ecuador Reader. History, Culture, Politics, Durham and London, Duke University Press, 2008, p. 155. 55 subordinadas y las posibilidades de crecimiento dependieron de los ciclos de auge y caída de las ventas externas” 98 . Las exportaciones de cacao fueron especialmente importantes para la costa ecuatoriana, destacando las provincias de Los Ríos, Guayas, El Oro, Manabí y Esmeraldas. Esto trajo consigo un crecimiento de la población de esta región desde la década de los setenta, así como un mayor peso político en el contexto nacional 99 . El auge económico atraía a un gran número de población procedente de otras regiones del país que se trasladaban a Guayaquil en busca de trabajo, ahondando así este hecho en el contraste entre la Costa y la Sierra, “que había caracterizado la vida republicana de Ecuador desde su fundación” 100 . Si bien es cierto que el boom cacaotero permitió la construcción de grandes infraestructuras en Ecuador –hospitales, escuelas, líneas férreas o puertos-, también lo es que, al igual que ocurrió en Perú, el auge económico traería algunas consecuencias negativas. Así, en Ecuador el despilfarro dio lugar a una crisis financiera en 1874 101 . No obstante, los principales efectos del auge económico experimentado tanto en Perú como en Ecuador se podían observar fundamentalmente a nivel social. En torno al negocio del guano y del cacao fue surgiendo una élite económica vinculada a las finanzas, el comercio y la tierra, absolutamente dependiente de los mercados internacionales 102 . Esta nueva burguesía importó un estilo de vida a imitación de las burguesías europeas, basado en el lujo y la ostentación, lo que produjo un mayor distanciamiento entre este grupo social y el resto de la población. En palabras de Manuel Andrés, “frente al enriquecimiento de unos pocos, el resto de la población veía 98 PAZ Y MIÑO CEPEDA, Juan J.: “La época cacaotera en Ecuador”, en FERNÁNDEZ RUEDA, Sonia (comp.): El ferrocarril de Alfaro: el sueño de la integración, Quito, Corporación Editora Nacional, Taller de Estudios Históricos, 2008, pp. 51-61, esp. p. 52. Este artículo también se encuentra en Historia y Economía. Boletín del Taller de Historia Económica, nº 3, Quito, Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 2011. Disponible en: http://the.pazymino.com/bMar2011.html (consultado el 23/03/2018). 99 PINEO, Ronn; “Guayaquil and Coastal Ecuador during the Cacao Era”, en DE LA TORRE, Carlos y STRIFFLER, Steve (eds.): The Ecuador Reader…, pp. 136-147, esp. pp. 138, 140-144. Como veremos en el siguiente apartado, este proceso económico estaba totalmente relacionado con la disparidad territorial que caracterizaba a Ecuador, y que influía también en su proceso de construcción nacional. 100 PAZ Y MIÑO CEPEDA, Juan J.: “La época cacaotera en Ecuador”…, p. 51. 101 BURIANO CASTRO, Ana: “Tres momentos del discurso conservador ecuatoriano…”, p. 118. 102 ANDRÉS GARCÍA, Manuel: La construcción del poder…, pp. 112-113. En Perú, este grupo se organizaría en 1871 en torno al Partido Civil. 56 su situación cada día más deteriorada, creándose una polarización social que eclosionó en distintos movimientos populares (…)” 103 . En el caso de Ecuador, la élite comercial asentada en la costa, dependiente económicamente de las exportaciones de cacao y relacionada por tanto con el mercado internacional, se fue diferenciando de aquella antigua élite ubicada en el interior, fundamentalmente en Quito, consolidada en torno a la producción en las haciendas para un mercado local 104 . En líneas generales, la burguesía costera se identificaba en mayor medida con las ideas liberales, mientras que la élite social del interior era mucho más conservadora. Kim Clark explica esta diferencia apelando a la menor presencia de la Iglesia católica en las zonas costeras, donde había un número inferior de iglesias, conventos y monasterios, así como al interés de la burguesía enrolada en el comercio internacional por adoptar un sistema librecambista, libre de barreras aduaneras que pudieran suponer un impedimento a la circulación de sus productos 105 . No obstante, desde un punto de vista estructuralista y neo-marxista, Enrique Ayala afirma que la nueva burguesía comercial surgida en la costa en torno al comercio del cacao se alió con las antiguas élites terratenientes latifundistas serranas, renunciando así en buena medida a sus ideales liberales y modernizadores y dando lugar a un desarrollo capitalista reaccionario durante la etapa garciana 106 . En definitiva, Ayala habla de un “pacto histórico” entre liberalismo y latifundismo 107 . Cuando la burguesía costera alcanzó el suficiente poder económico, sin embargo, protagonizó una revolución contra el latifundismo serrano –la Revolución Liberal de 1895-, a partir de la cual Ecuador pasó de ser un “estado oligárquico terrateniente” a conformar un verdadero “estado liberal” 108 . 103 Ibid, p. 112. 104 Los grandes hacendados terratenientes habían conformado la élite económica principal tras la independencia, como señala BOTERO VILLEGAS, Luis Fernando: “Ecuador siglos XIX y XX. República, «construcción» del indio e imágenes contestadas”, Gazeta de Antropología, vol. 29, nº 1, 2013. Disponible en: http://www.gazeta-antropologia.es/?p=4172 (consultado el 21/03/2018). 105 CLARK, A. Kim: “Railway and Nation in Liberal Ecuador”, en DE LA TORRE, Carlos y STRIFFLER, Steve (eds.): The Ecuador Reader…, pp. 126-135, esp. pp. 126-127. 106 AYALA MORA, Enrique: Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, Quito, Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1978, pp. 113-122. 107 PAREDES RAMÍREZ, Willington: “La «Historia de la Revolución Liberal Ecuatoriana». Itinerario fundamental de la Nueva Historia”, Procesos. Revista ecuatoriana de historia, vol. 1, nº 7, 1995, pp. 118- 126, esp. p. 120. 108 La consideración de la burguesía como “clase nacional” conductora de este proceso, sin embargo, ha sido puesta en duda por varios autores, entre ellos: PAZ Y MIÑO CEPEDA, Juan J.: “Comentarios sobre la «Historia de la Revolución Liberal Ecuatoriana»”, Procesos. Revista ecuatoriana de historia, vol. 1, nº 7, 1995, pp. 111-117. 57 En lo que respecta a Perú, igualmente la élite social se situaba mayoritariamente en el litoral, especialmente en la capital, Lima, junto a otras grandes ciudades costeras. Esta élite vivía de cara al mercado internacional a través de las exportaciones de guano, mientras daba la espalda al resto del país –y a su poblaciónque se situaba al interior. Así, Mark Thurner afirma que “a medida que prosperaba la modernización de la élite costera, y mientras «faraónicos» proyectos eran desarrollados en sus salones, el opulento «Estado de Lima» se alejaba de las regiones de las tierras altas del interior” 109 . En la misma línea, Fredrick Pike señala que la burguesía costera, dedicada al mercado internacional, tenía más conocimientos sobre lo que sucedía en Londres, París, Roma o Nueva York que sobre los nativos que vivían en las zonas del interior de su propio país. En este sentido, por ejemplo, el parlamentario Lavalle daba muestras de este desconocimiento en uno de sus discursos: “Yo conozco, felizmente, mucho a los Estados Unidos: he viajado larga y detenidamente por ellos; el interior del Perú, he dicho otra vez, que no lo conozco, sino por las relaciones que me han hecho muchos de mis HH colegas” 110 . En buena medida, esto se explicaba por la carencia de buenas comunicaciones entre las diferentes regiones que caracterizaba a Perú aún en la segunda mitad del siglo XIX: “Un resultado de las dificultades del transporte es que la mayoría de ciudadanos que viven en Lima y otras ciudades de la costa donde los pudientes pueden disfrutar de todas las comodidades modernas, rara vez tienen la tentación de viajar dentro de su propio país” 111 . Por tanto, en ambos países se fue configurando, por un lado, una élite blanca, burguesa, dedicada a actividades comerciales, con cierto nivel de instrucción, que se localizaba en las principales ciudades –fundamentalmente en la zona costera y en las capitales-; mientras que, por otro lado, había grupos de población indígena, mayoritariamente analfabeta y dedicada a actividades agrícolas, que se concentraba principalmente en las regiones del interior del país. Además, entre ambos grupos de población existía una enorme diferencia en cuanto a su cultura política, ya que mientras que la nueva burguesía comercial, a medida que se relacionaba económica y culturalmente con Europa introducía también las ideas liberales, la mayoría del país seguía viviendo en un mundo arcaico. Como apuntan Carlos de la Torre y Steve 109 THURNER, Mark: From two republics to one divided…, p. 45. 110 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 28-9-1860, p. 313. 111 PIKE, Fredrick B.: The Modern History of Peru, London, Weidenfeld & Nicolson, 1967, pp. 3-4. 64 identificado con el ciudadano. Esta era una asociación que procedía de la Constitución de Cádiz, en la que se había establecido que el pago de impuestos era uno de los deberes a los que tenía que hacer frente el ciudadano, junto con la obediencia a las leyes, el respeto a las autoridades y la defensa de la patria. Por tanto, teóricamente, aquellos que estaban exentos de pagar impuestos quedarían también al margen de la ciudadanía 129 . En este sentido, durante el año 1867 se llevó a cabo un profundo debate parlamentario en el Congreso sobre la necesidad de reimplantar o mantener la supresión de este impuesto. Para muchos de los políticos e intelectuales del momento, entre ellos Manuel Pardo –líder del Partido Civil desde 1871-, “el único medio de oxigenar la economía del país y de restablecer los vasos comunicantes entre el Estado y los indios era el tributo” 130 . Es decir, volvía a estar presente la idea que había protagonizado el periodo 1826-1854: a través de esta contribución el indígena podía pasar a incluirse como un miembro más de la nación, ya que con sus impuestos ayudaba a sustentar el Estado. Por ello, el mantenimiento del tributo indígena se suponía fundamental para la integración del indio en el Estado nacional, siendo considerado un ciudadano más. La opinión de Pardo era compartida también por algunos representantes, como José Casimiro Ulloa –el cual, por cierto, tenía ancestros mestizos- o Francisco García Calderón. Sin embargo, cuando finalmente se realizó la votación en el Congreso triunfó la opción de suprimir el tributo indígena, por cincuenta y cinco votos frente a diecinueve. En buena parte esta resolución se podía explicar por el miedo a una posible guerra civil si se volvía a imponer un impuesto tan discriminatorio como este 131 . Así, la contribución fue definitivamente eliminada en la Constitución de 1867. Por su parte, Ecuador experimentó un proceso similar en relación al tributo indígena. Durante el período de la Gran Colombia, el tributo indígena fue suprimido por Bolívar en 1821. Aunque este era un recurso importante para el país, ya que representaba “el principal rubro del erario público”, al igual que aconteció en Perú con San Martín los grandes “libertadores” recurrieron a esta medida como una forma de desvincularse del anterior gobierno colonial y, teóricamente, conseguir la integración de 129 PAN-MONTOJO, Juan: “Ciudadanos y contribuyentes”, en PÉREZ LEDESMA, Manuel (dir.): De súbditos a ciudadanos. Una historia de la ciudadanía en España, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, pp. 483-520, esp. p. 484. 130 MC EVOY, Carmen: “Indio y Nación: una lectura política de la rebelión de Huancané (1866-1868)”, en MC EVOY, C.: Forjando la Nación. Ensayos sobre historia republicana, Lima-Sewanee, Pontificia Universidad Católica del Perú-The University of the South, 1999, pp. 61-118, esp. p. 101. 131 Ibid., pp. 102-103. 65 la población indígena en la nación, “con los mismos derechos y obligaciones que los demás ciudadanos”. Sin embargo, tras las quejas de los terratenientes de la sierra durante los siguientes años, en 1828 el impuesto volvía a ser reimplantado bajo el nuevo nombre de “Contribución Personal de Indígenas” 132 . En palabras de Silvia Palomeque, a partir de este momento “se abandona el proyecto general de ciudadanización de los indígenas” 133 . Este impuesto seguiría vigente hasta mediados de los años cincuenta. En 1843 hubo un intento por parte de Juan José Flores de extender la contribución a los blanco-mestizos. No obstante, una serie de revueltas -en Chambo, Licto, Punín, Guano, Cayambe, Cotacachi y Tabacundopor parte de un sector de población que consideraba este intento de imposición fiscal como algo degradante al equipararlos con los indios, impidió que finalmente pudiera establecerse 134 . En la segunda mitad del siglo XIX, el impuesto fue nuevamente suprimido en 1857, durante el gobierno de Urbina. A partir de entonces, la economía ecuatoriana pasaría a depender casi en exclusiva de las exportaciones de cacao. Con esta medida se pretendía, una vez más, extender la categoría de “ciudadano” a todos los ecuatorianos, haciéndoles partícipe de una misma nación. No obstante, Andrés Guerrero afirma que la realidad seguía mostrando la segregación étnica: Como no sabían hablar español, y mucho menos leerlo o escribirlo, la población previamente identificada como indígena permanecía, por definición, al margen de la ciudadanía plena. Para la ciudadanía del siglo XIX –esto es, adultos, hombres, letrados y ricos blanco-mestizos- lo impensado era prácticamente impensable, es decir, que los indios, personas a las que estaban acostumbrados a tratar como sus inferiores en casa, en el campo, en las calles y en los mercados, pudieran ser libres e iguales que los ciudadanos ecuatorianos 135 . Además, este autor incide en el hecho de que la supresión del tributo indígena, lejos de lograr la integración social de este grupo de población, supuso una pérdida de poder en el ámbito local y regional por parte de las autoridades étnicas. Hasta 1857, los 132 QUINTERO, Rafael y SILVA, Erika: Ecuador: una nación en ciernes, Quito, FLACSO y Abya Yala, 1991, pp. 40-41. 133 PALOMEQUE, Silvia: “La «ciudadanía» y el sistema de gobierno en los pueblos de Cuenca (Ecuador)”, en KÖNIG, Hans Joachim, PLATT, Tristan y LEWIS, Colin (coords.): Estado-nación, Comunidad Indígena, Industria. Tres debates al final del Milenio, Ridderkerk, AHILA, 2000, pp. 115- 141, esp. p. 136. 134 RAMÓN VALAREZO, Galo: “Relaciones interétnicas en la sierra norte: la diversa evolución de Cayambe y Otavalo en el tránsito a la República”, Procesos. Revista ecuatoriana de historia, nº 19, 2003, pp. 23-48, esp. p. 46. 135 GUERRERO, Andrés: “The Construction of a Ventriloquist’s Image: Liberal Discourse and the «Miserable Indian Race» in the Late Nineteenth Century”, en DE LA TORRE, Carlos y STRIFFLER, Steve (eds.): The Ecuador Reader…, pp. 103-116, esp. pp. 105-107. 66 caciques y los gobernadores de indios habían ejercido una importante función en relación al cobro de la contribución, ya que el nuevo estado los necesitaba para que ejercieran el papel de intermediarios ante la mayoría de población indígena. Sin embargo, desde 1857 los funcionarios blanco-mestizos (que ocupaban el cargo de tenientes políticos) se sobrepusieron a las autoridades étnicas, y las leyes del estado central a las leyes comunales 136 . En definitiva, nos encontramos con que en la segunda mitad del siglo XIX las diferencias socioeconómicas entre los peruanos y los ecuatorianos, desde un punto de vista socioeconómico y étnico, se fueron haciendo cada vez más notorias. A ello se unía la diferenciación regional, que jugaba un papel relevante en las condiciones económicas, sociales y culturales de la población. Estructura territorial y diferenciación regional Como se ha visto, la disparidad socioeconómica que caracterizó a ambos países a lo largo del siglo XIX a menudo estaba asociada a la diferenciación regional. Además, el concepto de representación que albergaban las élites parlamentarias dependía en gran medida de las características geográficas de cada país. Por ello, creo oportuno dedicar un último apartado de este capítulo a analizar la estructura territorial de Perú y Ecuador durante la segunda mitad del siglo XIX y su relación con el ámbito político, social y económico. A través de los textos constitucionales desarrollados en la década de 1860, ambos países quedaron estructurados en tres niveles en lo que respecta a su administración interior, si bien la nomenclatura y los cargos de dirección de cada uno de ellos variaban de un país a otro. Cada uno de estos cuerpos era bastante autónomo y contaba con sus propias autoridades, aunque en última instancia dependían del poder ejecutivo. Por tanto, la estructura territorial definida en los textos constitucionales de 1860-1861 ponía de manifiesto que no eran sistemas demasiado centralistas. En Perú, la Constitución de 1860 dividía la República en departamentos, que a su vez comprendían varias provincias, entre las cuales se hallaban diferentes distritos. Los departamentos se encontraban gobernados por prefectos, las provincias por subprefectos, y los distritos 136 GUERRERO, Andrés: “Curagas y tenientes políticos: la ley de la costumbre y la ley del estado (Otavalo 1830-1875)”, Revista Andina, nº 2, 1989, pp. 321-366. 67 por gobernadores. Asimismo, la Constitución contemplaba la instalación de tenientes gobernadores donde fuese necesario. En el caso de Ecuador, los tres niveles de administración en los que se dividía el país mediante la Constitución de 1861 eran las provincias, los cantones y las parroquias, dirigidos respectivamente por el gobernador, el jefe político y el teniente 137 . Además de esta estructuración formal, la realidad presentaba profundas diferencias entre las diversas regiones, que estaban relacionadas con la presencia de distintas situaciones socioeconómicas, y que afectaban a la organización política y al precario desarrollo de una conciencia nacional. Así, un fenómeno común a ambos países durante el siglo XIX fue el regionalismo. Desde la independencia, el territorio que actualmente forma parte de Ecuador se encontraba dividido en tres grandes provincias lideradas por tres ciudades principales: Guayaquil, en la costa; Quito, en la sierra norte; y Cuenca, en la sierra sur. Estas tres regiones presentaban grandes diferencias ya desde los primeros años del siglo XIX. Así, por ejemplo, mientras que Quito quería formar parte de Colombia, Guayaquil y Cuenca preferían anexionarse a Perú. Esto se debía a diferentes tradiciones históricas e intereses económicos que habían conectado en mayor medida a Quito con Bogotá y a Guayaquil y Cuenca con Lima. Finalmente, Guayaquil y Cuenca tuvieron que ceder en sus aspiraciones, hecho que quizás estuvo motivado por la temprana independencia acaecida en la República de Colombia desde 1819, mientras que en esta fecha Perú seguía estando en manos realistas. También existían discrepancias entre las tres regiones en cuanto a las actividades económicas que se llevaban a cabo y, por tanto, en cuanto al proyecto económico a instalar: librecambismo o proteccionismo. Por un lado, los incipientes comerciantes cacaoteros de Guayaquil apostaban por un sistema económico liberal que propiciara unas comunicaciones fluidas para favorecer el comercio de sus productos a través de su puerto. Por otro lado, los terratenientes de Quito y de Cuenca, anclados en una política económica colonial, pedían el “restablecimiento de la contribución indígena”, el “aumento de las tasas arancelarias”, así como el “apoyo a la religión católica y por tanto a su Iglesia”. Todo esto ponía de manifiesto que en los inicios del siglo XIX los líderes del movimiento independentista aún no tenían clara la 137 Constitución Política del Perú de 1860, Lima, 13-11-1860 (en adelante, Constitución peruana de 1860), artículo 111; Constitución de la República del Ecuador de 1861, Quito, 10-4-1861 (en adelante, Constitución ecuatoriana de 1861), artículo 94. 68 definición de las fronteras en los nuevos estados independientes. En este sentido, la historiografía ecuatoriana a menudo se ha cuestionado si el surgimiento del Estado del Ecuador no fue un “accidente geográfico”. No obstante, sí que existía un elemento en común entre las tres regiones: la presencia del latifundio y, por tanto, de grandes terratenientes que precisaban un gobierno fuerte que les asegurara el mantenimiento de “una dominación directa sobre la población indígena, esclava y campesina” 138 . Por otra parte, más allá de la sierra, al interior del continente, se situaban las conocidas como “provincias orientales”, la zona más deprimida de Ecuador, donde residía una población dispersa, en un gran porcentaje indígena. En Ecuador, la cuestión territorial suponía un problema de carácter nacional, ya que existían múltiples debates en torno a la delimitación de los territorios que formaban parte de la nación y de los ciudadanos que la componían. Así, entre las disposiciones comunes de la Constitución ecuatoriana de 1861 se establecía que “todos los lugares que por su aislamiento o distancias de las demás poblaciones, por su escaso vecindario o atrasada civilización” debían regirse por disposiciones especiales. Entre estos territorios se encontraban la provincia del Oriente -“regida por leyes especiales hasta que el aumento de su población y los progresos de su civilización le permitan gobernarse como las demás” - o el archipiélago de Galápagos 139 . Quito, la capital, era el lugar que concentraba un mayor número de población. Además, contenía a la mayor cantidad de población ilustrada del país, pues aquí se situaba la mayoría de colegios y universidades. Durante la época colonial, la élite social terrateniente había estado ubicada en este territorio. Sin embargo, como ya se ha visto, esta élite fue siendo desplazada desde el siglo XIX por la burguesía comercial asentada en la costa. También era la zona que albergaba un mayor número de iglesias y una mayor cantidad de población católica. En palabras de Ronn Pineo, “la religión, la educación y las artes pronto se centraron en Quito” 140 . Por su parte, Guayaquil, con una economía basada principalmente en la explotación cacaotera y el comercio internacional a través de los puertos, era el lugar donde se situaba en gran medida esa burguesía comercial y financiera a la que se ha hecho referencia en el apartado anterior. Era, por tanto, una zona de prosperidad 138 QUINTERO, Rafael y SILVA, Erika: Ecuador: una nación en ciernes…, pp. 38-44. 139 Constitución ecuatoriana de 1861, artículos 128 y 98, respectivamente. 140 PINEO, Ronn; “Guayaquil and Coastal Ecuador…”, p. 144. 69 económica, como relataba el New York Times: “El comercio en Guayaquil es muy próspero, todos los comerciantes hacen dinero” 141 . Al estar situado en uno de los márgenes del país, el territorio de Guayaquil siempre mostró un deseo de mayor autonomía política, frente al poder central ubicado en Quito. Así, los guayaquileños no estaban tan interesados en la política nacional como en conseguir beneficios para su propia región, lo que presentaba un grave problema para la consolidación del nacionalismo ecuatoriano. De hecho, si por algo se caracterizaba Ecuador era por su profundo regionalismo, un elemento que fue percibido incluso por algunos observadores foráneos, como el Ministro de Estados Unidos en Ecuador Friedrich Hassaurek: “En casi todos los países hispanos el espíritu del provincialismo reina de manera suprema. Lo mismo ocurre en Ecuador, mucho más, sin embargo, en la costa que en el interior” 142 . Las diferencias económicas, sociales y culturales entre Quito y Guayaquil eran notorias, así como las desavenencias entre sus habitantes. Por ello, los “blancos racistas” serranos criticaban la laxa religiosidad que imperaba en la costa, así como el mestizaje que se daba entre los “montuvios”, a los que se referían como “monos”. Por su parte, los costeños consideraban a los quiteños como “orgullosos y santurrones, y afirmaban que la piedad ostentosa de la sierra se forjaba con hipocresía” 143 . Por último, las provincias orientales, a menudo consideradas “bárbaras” o “incivilizadas” por los políticos ecuatorianos del momento, era una zona en gran parte desconocida. Como ya se ha comentado, en este territorio residía una población mayoritariamente indígena y analfabeta. Una de las soluciones que se plantearon desde el Estado para paliar estos inconvenientes pasaba por educar a la población iletrada, una tarea que en gran medida ejercieron las organizaciones católicas, en concreto los jesuitas. El diputado José Ignacio Ordóñez –el cual fue además obispo de Riobamba y arzobispo de Quitoexponía así la situación y la solución: “existiendo vastos lugares en estado de barbarie en la banda oriental de la cordillera, lugares en que se aumentaría la población y saldría esta de la barbarie mediante la predicación del evangelio por las misiones que iban a establecerse” 144 . Igualmente, el representante y también sacerdote Vicente Cuesta afirmaba la necesidad de que la Compañía de Jesús se encargara de 141 New York Times, “Ecuador”, 4-2-1861, p. 2. 142 HASSAUREK, Friedrich: Four Years Among…, p. 169. 143 PINEO, Ronn; “Guayaquil and Coastal Ecuador…”, p. 145. 144 Archivo de la Función Legislativa de Ecuador (en adelante, AFL), Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 3-6-1869, p. 98. 70 “civilizar” a las poblaciones que quedaban fuera de la nación (aunque teóricamente formaban parte de la misma): En balde decimos que los límites de nuestra República son desde el Océano hasta Tabatinga; estos límites solo existen en el mapa, puesto que la verdadera población ecuatoriana está circunscrita a las regiones andinas y a la costa del Pacífico. Las ricas regiones orientales, los grandiosos ríos que las atraviesan en todas direcciones, son aún vírgenes para nosotros. Desengañémonos pues, el interés particular no civilizará el Oriente, como no lo ha hecho hasta ahora, y preciso es dejar esta obra a la caridad cristiana (…). La Compañía de Jesús en el Oriente sería, además, la salvaguardia de la integridad territorial de la República 145 . El debate sobre la permisión de la entrada en el país a los jesuitas, con el objetivo fundamental de educar y civilizar a una gran cantidad de población que vivía en los márgenes de la alfabetización y, por tanto, del sistema político que se estaba construyendo, fue un tema bastante recurrente en Ecuador a lo largo de todo el siglo XIX. Por ello, en los capítulos 6 y 7 se profundizará en la relevancia que tenía el requisito de la alfabetización para obtener el derecho a la ciudadanía en Ecuador, así como en las medidas implementadas en la época garciana para extender la educación en la nación. En la misma línea que Cuesta, el representante Ramón Borrero aseguraba que la llegada de la Compañía de Jesús podía ayudar a que “se civilicen las hordas salvajes que habitan nuestras extensas regiones” 146 . Los discursos que hablaban de “civilizar” a las “hordas salvajes” tenían sentido en un momento en el que en todo el mundo occidental existía una idealización de la idea de progreso, un progreso tanto moral como tecnológico y material. La educación, por tanto, jugaba un papel esencial en el objetivo de aumentar el progreso de la civilización, un elemento que quedaba patente en el discurso de la comisión encargada de dirimir la idoneidad de la entrada de los jesuitas en Ecuador: Las misiones y la instrucción pública son las primeras y las más premiosas necesidades de nuestra República ecuatoriana (…) para salir del estado de postración en que se halla sumergida; lo que nuestros pueblos piden para ensanchar sus relaciones comerciales, dar vida a su industria y ponerse en la senda del progreso, lo que la humanidad exige en bien de nuestros infelices compatriotas que viven sumidos en las tinieblas de la ignorancia y del error, y lo que la santa religión predica en favor de los infieles que pueblan nuestros desiertos, insultas y foraces selvas a fin de que salgan de su ignorancia y de sus errores 147 . 145 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 6-2-1861, p. 164. 146 Ibid., p. 165. 147 Ibid., p. 158. 71 Evidentemente, esta parte de la población considerada ignorante y atrasada, a menudo asociada con la población indígena que vivía alejada de los principales núcleos urbanos, quedaría también al margen de la vida política. Los mismos legisladores blancos, burgueses e ilustrados, se encargaron de establecer mediante constituciones y leyes una serie de restricciones a la participación política de aquel gran sector de población. Por tanto, las diferencias territoriales repercutían en el modelo de sistema representativo que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XIX. Así, por ejemplo, el diputado Toribio Baltazar Mora proponía que el distrito de Quito, “que tiene una Universidad y más establecimientos literarios que los otros, debe naturalmente poseer mayor número de ciudadanos ilustrados, aptos para ejercer los derechos de la soberanía”, y por tanto, debía tener una mayor representación en el Parlamento 148 . También en Perú las diferencias territoriales, étnicas y socioeconómicas estaban relacionadas con la construcción de un determinado modelo político de representación parlamentaria. En este caso, existían profundas diferencias entre las grandes ciudades de la costa -entre las que cabe destacar la capital, Lima- y las zonas rurales del interior. De hecho, la diferenciación entre la costa y la sierra había sido una constante a lo largo de la historia de Perú e influía en la diversidad de su población, como puso de manifiesto el viajero Ephraim George Squier en 1877: Las características geográficas y topográficas de esta vasta región son singularmente marcadas y notables, y actuaron poderosamente sobre sus habitantes antiguos, como lo hacen en el presente. (…) La antigua población de Perú podía ser dividida entre la gente de la costa y la de la sierra, las principales características de cada una son determinadas por las condiciones físicas de la región en la que habitan 149 . Era fundamentalmente en la costa donde se situaba aquella burguesía dedicada a la explotación del guano y al comercio con Europa a través de los puertos. Además, en esta zona se situaban las principales escuelas y universidades, por lo que contaban con un mayor número de población ilustrada. Por otro lado, el interior era un territorio mucho más deprimido económicamente, con un mayor número de población indígena e iletrada, y con considerables problemas en la articulación del territorio debido a la carencia de infraestructuras. Al igual que sucedía en Ecuador, en ocasiones los representantes peruanos también se referían a la población que habitaba estos territorios 148 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 1-2-1861, p. 127. 149 SQUIER, Ephraim George: Peru: incidents of travel and exploration in the land of the Incas, Nueva York, Harper & Brothers Publishers, 1877, pp. 6-15. 72 como “bárbaros” o “salvajes”. Así, por ejemplo, en medio de la discusión sobre el número de diputados que debían elegirse en cada departamento según la ley electoral de 1861, el senador Francisco Alvarado Ortiz, representante de la Amazonía, aseguraba que “la provincia de Loreto tiene más de cincuenta mil habitantes, sin contar con los innumerables salvajes que la pueblan” 150 . En la década de los sesenta, el proyecto nacionalizador se dirigió casi en exclusiva a las zonas urbanas, dejando de lado los núcleos rurales. Lima y otras ciudades costeras fueron las únicas beneficiadas de la explotación guanera, mientras que el mundo rural quedaba al margen del desarrollo económico. Así, el auge guanero produjo, entre otros graves efectos, una fragmentación de la conciencia nacional, pues las diferencias económicas, sociales y culturales entre unas y otras zonas del país eran palpables. En palabras de Ulrich Mücke, y partiendo de los planteamientos de la historia nueva, cuando comienza la guerra con Chile en 1879, Perú no era “una nación moderna y unificada”, sino “un mosaico de muchos feudos precapitalistas con una clase burguesa en la capital” 151 . Además, desde este momento se produjo una fuerte emigración procedente de las zonas rurales del interior del país hacia las grandes ciudades, especialmente Lima. Esto repercutió en un crecimiento y consolidación de la capital peruana, que en los primeros años de la República “aún no había logrado consolidar su hegemonía sobre el resto del país” 152 . El proceso de emigración iniciado en la segunda mitad del siglo XIX y continuado a lo largo del siglo XX convertiría a Lima en una enorme ciudad inundada de suburbios marginales. La diversidad socioeconómica y territorial ejerció una profunda influencia en el modo en que los legisladores peruanos imaginaron el sistema político, lo que a menudo se reflejaba en los discursos parlamentarios. Así, por ejemplo, muchos de los representantes peruanos adujeron el atraso educativo de gran parte de la población peruana –especialmente de aquella que se situaba en las zonas del interiorpara justificar la necesidad de implantar un modelo de sistema electoral indirecto, como se verá con más detenimiento en el capítulo 3. Finalmente, estas características tuvieron 150 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-61, 20-12-1860, pp. 270- 273. 151 MÜCKE, Ulrich: “El Congreso, las elecciones y la cultura política peruana…”, pp. 261-284. 152 MÉNDEZ, Cecilia: “Tradiciones liberales en los Andes o la ciudadanía por las armas: campesinos y militares en la formación del Estado peruano”, en IRUROZQUI, Marta: La mirada esquiva…, pp. 125- 153, esp. p. 129. 73 una influencia directa en la exclusión política de ciertos sectores de población. En palabras de Mauricio Novoa, (…) si una experiencia burguesa existió en el Perú, entonces uno de sus fundamentos debería de encontrarse en la manera cómo un grupo de intelectuales, casi todos abogados, transformó el contenido de la soberanía de la nación en 1860-1900 para poder dividir a la población peruana en dos partes. Una parte urbana, educada y económicamente solvente, que participaba de las decisiones políticas, y otra rural, analfabeta y pobre con escasa, o ninguna participación política 153 . ***** En definitiva, se puede concluir que las profundas contradicciones socioeconómicas y geográficas que caracterizaban a ambos países en la segunda mitad del siglo XIX se traducían también en la administración territorial diseñada a través de sus textos constitucionales y en los debates parlamentarios en torno a la construcción del sistema representativo. El crecimiento desigual entre las grandes ciudades (fundamentalmente costeras) y las zonas rurales del interior coincidió con un momento en el que los grupos parlamentarias de ambos países estaban redefiniendo las bases del sistema representativo y del Estado-Nación. Así, a la hora de establecer un determinado modelo político los legisladores tuvieron en cuenta las diferencias no solo socioeconómicas, sino también territoriales y étnicas. Además, se puede afirmar que en ambos países andinos aparecía un fenómeno regionalista que impedía la formación de una verdadera conciencia nacional. En el caso de Ecuador, Ronn Pineo asegura que la presencia de los Andes en mitad de su territorio condicionó el surgimiento de profundas diferencias “en etnia, idioma, religiosidad y cultura” a uno y otro lado. Además, asegura que “la gente de la costa y de la sierra se han mirado con demasiada frecuencia con un sentimiento mutuo de sincero desprecio y oscura sospecha”. A ello se unía el precario sistema de comunicaciones internas, que imposibilitaba la movilidad de los ecuatorianos dentro de sus propias fronteras. Todo ello propiciaba que los ecuatorianos del siglo XIX 153 NOVOA, Mauricio: “La civitas inconclusa: ideas sobre la soberanía de la nación en 1860-1900”, en MC EVOY, Carmen: La experiencia burguesa en el Perú (1840-1940), Frankfurt-Madrid, Vervuert- Iberoamericana, 2004, pp. 267-284, esp. pp. 283-284. 80 algún economista (Vicente Salazar) y varios educadores que habían llegado a ser Rectores de diferentes colegios: Miguel Egas, Luciano Moral, Felipe Sarrade o Tomás Hermenegildo Noboa. Por último, aparecían también algunos militares –entre los que cabe señalar a Juan José Flores o a Francisco Eugenio Tamariz-, sacerdotes –Vicente Cuesta y Tomás Hermenegildo Noboa-, y varios individuos dedicados a la medicina – Miguel Egas, Manuel Villavicencio o Felipe Sarrade-. Esta Asamblea fue convocada por un gobierno que se entendía como de “salvación nacional”, tras un episodio de disgregación política y territorial en el que el mantenimiento de Ecuador como país unido e independiente había sido cuestionado. Esto explicaría, como señala Buriano, que los opositores al gobierno de García Moreno no se mostraran excesivamente combativos en el Parlamento. Así, existía una cierta unanimidad en la idea de la necesidad que tenía Ecuador de fomentar una integración nacional 166 . A pesar de que no existía una mayoría conservadora en lo que respecta a su adscripción ideológica, algunos de sus miembros habían participado en la formulación ideológica del conservadurismo ecuatoriano –como Felipe Sarrade o Juan León Mera-, mientras que otros llegaron a ejercer diferentes cargos en alguno de los gobiernos garcianos –Mariano Cueva, Vicente Salazar o Pedro José de Arteta, cuñado de Juan José Flores-. Además, había algunos individuos que, más allá de la convergencia ideológica, compartían también una estrecha amistad personal –por ejemplo, Miguel Egas, uno de los primeros en mostrarle su apoyo en 1859, o Luciano Moral, que llegó a ser Secretario de García Moreno en 1869- 167 . Sin embargo, la heterogeneidad ideológica de los miembros de la Convención Nacional trajo consigo algunas críticas por parte de la prensa. Así, El Industrial aseguraba que “en este cuerpo en que estribaban las esperanzas de la Patria, se nota desorden, perplejidad, deficiencia de instrucción sólida, carencia de ideas fijas, falta de un norte a donde dirigirse, de un sistema sea el que fuere y un no se qué que se parece a la anarquía (…)” 168 . De esta Asamblea Constituyente saldría la Constitución de 1861. No obstante, a la altura de 1869 este texto legislativo resultaba insuficiente, por lo que García Moreno decidió convocar una nueva Asamblea Constituyente, la cual elaboró otro texto constitucional: la Constitución de 1869, también conocida como Carta Negra. Esta 166 BURIANO CASTRO, Ana: “El constitucionalismo conservador ecuatoriano…”, pp. 74-75. 167 Para más información sobre cada uno de estos personajes –y sobre los que aparecerán en adelante-, véase el apéndice prosopográfico que se incluye al final de este trabajo. 168 El Industrial, nº 16, Quito, 7-2-1861. La cursiva es textual. 81 Constitución daba un mayor protagonismo a la religión católica –lo que incluso incidía en la posibilidad que tenían los ecuatorianos para acceder a los derechos políticos, como se verá en la segunda parte de esta tesis- y robusteció el poder del Presidente de la República ampliando sus atribuciones. La Convención Nacional, reunida en Quito, comenzó sus sesiones el día 16 de mayo de 1869, y estaba compuesta por los siguientes representantes (a los que se unía Víctor Laso como Secretario) 169 : CONVENCIÓN NACIONAL DE ECUADOR (1869) PROVINCIA DIPUTADOS Azuay Vicente Cuesta Vicente Salazar Rafael Borja Chimborazo José Ignacio Ordóñez Carlos Zambrano Pedro Lizarzaburu Guayaquil José Domingo Santistevan Jacinto Ignacio Caamaño Imbabura Rafael Carvajal (Presidente) Manuel Tobar Francisco A. Arboleda León Felipe Sarrade Pablo Herrera Ignacio del Alcázar Loja Manuel Eguiguren Juan Torres Pedro José Bustamante Los Ríos Tomás Hermenegildo Noboa Jacinto Ramón Muñoz Miguel Uquillas Manabí Francisco Javier Salazar José María Aragundi 169 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Acta de instalación de la Convención Nacional de 1869”, 16-5-1869. 82 Francisco J. Menéndez Pichincha Elías Laso (Vicepresidente) Julio Sáenz Roberto de Ascásubi Tungurahua Nicolás Martínez Pablo Bustamante Fuente: Constitución de 1869 y AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Acta de instalación de la Convención Nacional de 1869”, 16-5-1869. Como vemos, en esta segunda asamblea de la década participaron algunos miembros que ya lo habían hecho en 1861, como Pablo Herrera. Algunos de ellos siguieron siendo diputados por la misma provincia –como Felipe Sarrade o Tomás Hermenegildo Noboa-; mientras que otros representaban provincias diferentes o de nueva creación -como Vicente Cuesta o Vicente Salazar-. Sin embargo, la mayoría de los miembros del Parlamento de 1869 eran nombres nuevos, que no habían participado en la configuración de la anterior Constitución de 1861. Entre ellos, cabe destacar a José Ignacio Ordóñez, Pedro Lizarzaburu, Rafael Carvajal, Manuel Eguiguren, Miguel Uquillas, Francisco Javier Salazar y Nicolás Martínez, algunos de los individuos que tuvieron mayor protagonismo durante los debates parlamentarios de 1869. En cuanto a las profesiones a las que se dedicaban, nuevamente en esta asamblea destacaban los juristas, como Vicente Cuesta, Pedro Lizarzaburu, Rafael Carvajal, Elías Laso o Nicolás Martínez. A ellos se unían también algunos escritores –Pablo Herrera, Francisco Javier Salazar o Roberto de Ascásubi-, economistas –como Vicente Salazar-, profesores y rectores de universidad –Rafael Carvajal, Felipe Sarrade, Tomás Hermenegildo Noboa o Elías Laso-, y algún que otro médico –Felipe Sarrade-. Además, resulta significativo que en esta Asamblea aumentaba el número de militares –Pedro Lizarzaburu, Miguel Uquillas, Francisco Javier Salazar, Julio Sáenz- y, sobre todo, de religiosos, entre los que se contaban sacerdotes y obispos como Vicente Cuesta, José Ignacio Ordóñez, Tomás Hermenegildo Noboa o José María Aragundi. Con respecto a su adscripción ideológica, en este caso sí que aparecía una mayoría parlamentaria afín al proyecto conservador. De hecho, entre estos parlamentarios se encontraban algunos de los grandes exponentes del conservadurismo ecuatoriano, como José Ignacio Ordóñez, Felipe Sarrade, Tomás Hermenegildo Noboa 83 o Julio Sáenz. También cabe señalar los nombres de ciertos individuos que ocuparían puestos relevantes en los gobiernos garcianos, como Rafael Carvajal –Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores- o Francisco Javier Salazar –Ministro de Guerra-. Además, como señala Ana Buriano, a diferencia de 1861, en 1869 “pocos eran los valientes que se animaron a oponerse a los designios del líder conservador”. Hay que mencionar también que en esta asamblea había un menor número de diputados que en la de 1861, lo que, según ha acordado la historiografía, se debía a la necesidad de robustecer a los partidarios de García Moreno 170 . En definitiva, aunque los elementos conservadores estuvieron presentes en ambas asambleas, éstos ejercieron un papel protagonista en la Convención de 1869, donde el proyecto de modernidad católica ocupó un lugar principal y en la que hubo un menor espacio para la oposición. Esto explicaría, por ende, las diferencias existentes entre ambos textos constitucionales, como se verá en el siguiente capítulo. Al igual que sucedía en Ecuador, en el Perú de inicios de la década de 1860 existía una confrontación entre dos tendencias ideológicas principales: liberales y conservadores. O, como afirmaban los liberales: “Como en todas las naciones civilizadas, existen en el Perú luchando constantemente dos grandes partidos políticos: el uno que sostiene y defiende la dignidad y los derechos del hombre y de las sociedades y el otro que los coacta más o menos” 171 . Por su parte, los conservadores aseguraban que ellos también eran liberales, pues “todos aman la libertad, todos quieren el orden, todos desean el progreso”. Sin embargo, sí que encontraban una enorme diferencia entre su partido y el opuesto, al que consideraban como una simple facción que utilizaba la demagogia para atraer el apoyo de, especialmente, la población más joven: En el Perú lo que hay es un partido grande, poderoso, compuesto de todos los hombres honrados, inteligentes, morales y trabajadores que se le ha llamado con el nombre de «conservador» porque pretende conservar incólumes todos los más sagrados derechos del hombre y de la sociedad: la vida, la propiedad, el honor, la libertad, la familia, el trabajo, etc.; y una facción compuesta de cuatro demagogos ambiciosos que quieren inculcar todos esos derechos, para medrar a la sombra de la licencia y de la anarquía y que han logrado atraer a sus filas, por medio de falaces promesas y de redes artificiosas, a unos cuantos jóvenes incautos, víctimas de las nobles aspiraciones de sus almas y cuyas fuerzas intelectuales se explotan para 170 BURIANO CASTRO, Ana: “El constitucionalismo conservador ecuatoriano…”, pp. 72 y 75. 171 El Comercio, “Congreso. Proyectos contra la Constitución”, 10-7-1860. 84 hacerlos servir de cuartel de bastardas aspiraciones y de mezquinos y ruines deseos. Esa facción, que se engalana con el nombre de liberal es una facción anarquista y demagógica que no tiene más bandera que la bandera ROJA 172 . Estas palabras nos permiten aproximarnos a los significados que los términos “liberal” y “liberalismo” tenían para la élite política de la segunda mitad del siglo XIX. Ya desde la década de 1840, el filósofo alemán Heinrich Ahrens había afirmado que existían dos liberalismos: “un liberalismo negativo (…) y un liberalismo organizador” 173 , que en Perú, bajo la óptica de los conservadores, se identificaban con el partido liberal y el partido conservador, respectivamente. Así, los conservadores se reconocían a sí mismos como liberales “buenos”, a diferencia de aquellos liberales asociados al desorden y al anticlericalismo 174 . Además, en este punto debemos recordar que, aunque en los discursos políticos de la época se hablaba de “partido liberal” y de “partido conservador”, no existían aún organizaciones institucionalizadas y jerarquizadas con estas denominaciones que pudieran asemejarse a los partidos políticos tal y como los entendemos en la actualidad. Más bien se trataba de una manera de referirse a aquellos grupos de individuos que compartían una ideología similar. Hay que tener en cuenta que, a lo largo de todo el siglo XIX, la idea de “partido” tuvo connotaciones negativas, pues se consideraba contraria a la unidad nacional tan reivindicada, especialmente si nos referimos a unas naciones como las latinoamericanas, recién nacidas y, por tanto, necesitadas de legitimación 175 . Por ello, el término “partido” se utilizaba frecuentemente de forma despectiva, identificado con “facción”, lo que daba a entender que su proyecto solo se refería a una parte de la población, descuidando al resto y, por ende, al conjunto de la nación. Como explica Marta Bonaudo, “un sector mayoritario del mundo notabiliar articuló la soberanía a la voluntad nacional, postulando un concepto de la 172 El Comercio, “Congreso”, 11-7-1860. Se han mantenido las palabras en cursiva y las mayúsculas originales. 173 AHRENS, Heinrich: Curso de derecho natural o filosofía del Derecho con arreglo al estado de esta ciencia en Alemania [Tomo 2], Madrid, Boix, 1841, p. 11. Citado en RIVERA, Víctor Samuel: “Liberal/Liberalismo-Perú”, en FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier (dir.): Diccionario político y social del mundo iberoamericano. La era de las revoluciones, 1750-1850 [Iberconceptos I], Madrid, Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2009, pp. 808-823, esp. p. 819. 174 RIVERA, Víctor Samuel: “Liberal/Liberalismo-Perú”…, p. 819. 175 FERNÁNDEZ TORRES, Luis: “La transformación del lenguaje político: el concepto de partido (1810-1840)”, en NICOLÁS MARÍN, M. E. y GONZÁLEZ MARTÍNEZ, C.: Ayeres en discusión: temas clave de Historia Contemporánea hoy, Murcia, Universidad de Murcia, 2008, pp.757-775. Aunque este artículo se refiere al caso español, podemos hacer extensivas algunas de sus aportaciones, como la percepción negativa de toda división, a cualquiera de los regímenes liberales que se constituyeron en el siglo XIX. 85 representación política asentado en sujetos colectivos como el pueblo o la nación. Al encarnar en esas figuras el interés general, la noción de partido-parte se tornaba disruptiva e inaceptable para tan frágiles unidades” 176 . Aunque la década de los cincuenta fue bastante fértil en el surgimiento y consolidación de clubes electorales –como por ejemplo el Club Progresista-, los partidos políticos como tales solo empezarían a existir en Perú a partir de la década de los setenta, siendo el primero el Partido Civil de Manuel Pardo (1871); mientras que la creación del primer Partido Liberal como tal tendría que esperar a 1884 –si bien su vida fue bastante corta y de escasa importancia- 177 . No obstante, Ulrich Mücke afirma que el cambio que se observa en torno a la concepción de partido político en la década de 1870 “se debió principalmente a la existencia de partidos políticos en el Congreso” durante las décadas anteriores, especialmente entre 1850-1860 178 . En este sentido, había un grupo de individuos que desde 1856 empezaron a denominarse a sí mismos como “partido liberal”. Este grupo tenía como centro el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, y entre ellos destacaban algunos líderes como Hipólito Unanue, Francisco Javier Mariátegui, Javier Luna Pizarro, y los hermanos José y Pedro Gálvez 179 . Este partido liberal había sido el principal promotor de la redacción de la Constitución de 1856, tras el triunfo de la Revolución Liberal de 1854-1855 180 . Esta era una Constitución bastante avanzada en la que se incluía por primera vez, entre otras cuestiones, un sistema de elecciones directas, la abolición de la esclavitud, o el derecho de asociación. Desde entonces, este texto constitucional sería considerado la bandera emblema de los liberales; por tanto, para ellos suponía un deber “sostener esa sagrada y gloriosa enseña; congregándose en su torno para salvarla de las asechanzas y manejos egoístas y villanos de la turba conservadora” 181 . Sin embargo, los partidarios de esta Constitución se encontraron, desde julio de 1859, con un grupo político que ejercía una fuerte oposición, y que reclamaba la necesidad de reformar la Constitución. 176 BONAUDO, Marta: “Logias y partidos en la circulación y difusión de la(s) cultura(s) política(s) liberal(es) (1830/50-1890)”, en TABANERA, Nuria y BONAUDO, Marta (coords.): América Latina de la independencia a la crisis del liberalismo…, pp. 133-165, esp. p. 151. 177 RIVERA, Víctor Samuel: “Liberal/Liberalismo-Perú”…, pp. 808-809. 178 MÜCKE, Ulrich: “Los patrones de votación y el surgimiento de los partidos parlamentarios en el Congreso del Perú, 1860-1870”, Investigaciones Sociales, nº 13, 2004, pp. 111-133, esp. p. 113. 179 TUESTA SOLDEVILLA, Fernando: “Liberales y conservadores”, Polítika, 7-6-2008. Disponible en: http://blog.pucp.edu.pe/blog/fernandotuesta/2008/06/07/liberales-y-conservadores/ (consultado el 22/12/2017). 180 RIVERA, Víctor Samuel: “Liberal/Liberalismo-Perú”…, p. 808. 181 El Comercio, “Congreso. Proyectos contra la Constitución”, 10-7-1860. 86 Estos eran los conservadores, que se aglutinaban en torno al Convictorio San Carlos y, especialmente, en torno a la figura de su principal ideólogo: Bartolomé Herrera. Tal como se vio en el capítulo 1, en la década de 1860 el Presidente de la República Ramón Castilla, ante la amenaza liberal de menoscabar las atribuciones presidenciales, fue virando desde el liberalismo hacia el conservadurismo. En diciembre de 1859 se convocaron elecciones para conformar un nuevo Congreso Constituyente encargado de reformar el texto constitucional. En este contexto, los liberales eran partidarios de mantener en esencia el texto de 1856, mientras que los conservadores opinaban que la Constitución de 1856 solo había conducido al desastre y, por tanto, era necesaria su modificación para darle una mayor moderación. Así, hablaban de la Constitución de 1856 como “una ley impuesta por el fraude y el dolo hasta anegar al país en ríos de sangre”; por tanto, resultaba necesario “reorganizar de nuevo el país sobre bases sólidas y seguras, dándole leyes conforme a sus deseos, armónicas con su estado social y análogas a sus necesidades” 182 . Como venía siendo habitual en la historia electoral peruana, las elecciones parlamentarias de 1859 no estuvieron exentas de denuncias de fraudes y cuestionamientos sobre la limpieza de las mismas, como ponían de manifiesto algunos artículos recogidos en El Comercio: Llamase elecciones a la escandalosa farsa que el Perú entero ha visto practicar en los días 10 y siguientes de Diciembre de 1859; se llama Diputados a los individuos resultantes en esa farsa con mayoría de sufragios; y se llamará Congreso a la reunión farsante de esos Diputados de farsa. (…) ¡Elecciones! Para que los actos del pueblo lleven este nombre es necesario que haya legitimidad en el principio que los produjo y libertad en su realización 183 . Los días previos a la conformación de dicho Congreso fueron una vorágine para la opinión pública, que se preguntaba qué individuos lo compondrían, quién sería su presidente y, sobre todo, qué decisión se tomaría con respecto a la Constitución de 1856: “de su solución dependen la vida o la muerte de la Constitución y con ella el porvenir político del Perú”. Los liberales contaban con el apoyo intelectual de periodistas y escritores que, a través de la publicación de sus escritos, defendían el mantenimiento de la Constitución de 1856 y cuestionaban la legitimidad del Congreso Constituyente de 1860: “vamos a cerciorarnos si hay verdadera representación nacional, o un cónclave compuesto de obispos, generales, empleados del ejecutivo (…)”. 182 El Comercio, “Congreso”, 11-7-1860. 183 El Comercio, “Congreso de 1860”, 7-2-1860. La cursiva es textual. 87 Además, denunciaban la forma en la que los representantes que habían resultado electos querían “trucidar la Constitución, con apariencias de legalidad, y sustituirla con otra, fabricada en algún taller teocrático, o en el pomposo gabinete de algún secretario del feudalismo” 184 . Así, este grupo aseguraba que su objetivo era “defender la Constitución de 1856 de las clandestinas y pérfidas maquinaciones de sus enemigos en la reunión que con el nombre de Congreso va a desempeñar de hecho funciones legislativas”. Además, se preguntaban “¿con cuál título, con qué derecho osarán los legisladores de 1860 poner la mano sobre la Constitución de 1856? 185 Por su parte, los conservadores contestaban a esta pregunta tan solo un día después: “con el título que les ha conferido el pueblo, con los derechos que él les ha transmitido” 186 . Así, acusaban a los defensores de la Constitución de 1856 de no hacer otra cosa que insultar y calumniar a los representantes de 1860. Además, desde su posición aseguraban que la Constitución de 1856 era un texto “que limitado a consagrar utopías y a llenar miras esencialmente anárquicas, no tuvo en cuenta por nada la sociedad, entregándola por tanto al pernicioso absolutismo del ocaso”. En este sentido, desde su punto de vista se abría un objetivo fundamental para el Congreso de 1860 con respecto a la sociedad peruana: “sustraerla de este yugo y encaminarla hacia el perfeccionamiento que la está reservando” 187 . Finalmente, el Congreso Constituyente, reunido en una sola cámara con el objetivo de reformar la Constitución de 1856 y darle un tono más conservador, comenzó sus sesiones el día 28 de julio de 1860 –fecha conmemorativa de la independencia peruana-. Este Congreso estuvo presidido por el obispo de Arequipa, Bartolomé Herrera –a pesar de que durante los días previos se habían vertido en la prensa muchas opiniones contrarias a que un obispo participase en el Parlamento-, y quedó compuesto por los siguientes parlamentarios 188 : 184 El Comercio, “Congreso”, 5-7-1860. Este texto lo firma un grupo denominado “constitucionales”. La cursiva es textual. 185 El Comercio, “Congreso. Proyectos contra la Constitución”, 10-7-1860. 186 El Comercio, “Congreso”, 11-7-1860. 187 El Comercio, “Misión Legislativa”, 14-7-1860. 188 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Primera Sesión del Congreso”, leg. CID 328.85 C 1860, 28-7-1860, p. 1. 88 CONGRESO CONSTITUYENTE DE 1860 (PERÚ) PROVINCIA DIPUTADOS Abancay Mariano de Rozas (o Rosas) Andahuaylas Juan Francisco G. del Barco Pedro José Montes Angaraes José María Cavero Anta Justo del Mar Arequipa José Hermógenes Cornejo José María Pérez Franco Juan M. de Goyeneche y Gamio Arica Manuel Rafael de Belaúnde Aymaraes Juan Antonio Trelles Azángaro Santiago Riquelme Modesto Macedo Cajabamba Antonio Torres Calderón Cajamarca José Silva Santisteban José Santos Castañeda Juan del Carmen Delgado (Vicepresidente) Cajatambo Enrique de Mendiburu Bernardo Gamarra Calca Manuel Macedo Callao Lorenzo Sologuren 89 Camaná Evaristo Gómez Sánchez Canas Benigno la Torre Canchis José Gervasio Mercado Juan Centeno Cangallo Andrés Trujillo Manuel Olano Canta Juan Carrillo José Antonio García y García Cañete Mariano de Osma Juan de los Heros Carabaya Lucas Jara del Mar Castilla Pedro Díez Canseco Castrovirreyna Manuel Irigoyen (Secretario) Caylloma Miguel Abril Chachapoyas Miguel Garaycochea José Nicolás Hurtado Chancay Buenaventura Elguera Francisco de P. Romero Chiclayo Juan Manuel Romero Manuel Arizola Chota José Vicente González Pinillos Manuel Hoyos Osores 96 Aymaraes Antonio Segovia Mariano H. Zevallos Azángaro Santiago Riquelme J. A. Ponce Cajabamba Benito Casanova Cajamarca Segundo Bringas Washington La Rosa Cajatambo Antonio Salinas (hijo) Juan B. Salazar Callao Francisco Carassa Camaná José M. Piérola José María Químper Canas Hipólito Caballero Canchis Martín Álvarez Cangallo Lorenzo Saez Canta Juan Miguel Garrido Cañete Demetrio O’Higgins Carabaya Modesto Macedo Manuel Terán Caraz Hipólito Caballero Castilla Ignacio Garate 97 Castrovirreyna Andrés Álvarez Calderón Pedro Alejandrino del Solar Celendin Antonio Noya Cercado de Puno José Luis Quiñones Manuel Costas Chachapoyas José Nicolás Hurtado Chancay Manuel Argüelles Eleuterio Macedo Chiclayo Ramón Aspíllaga Chota Juan Francisco Pazos Joaquín Bernal J. del C. Guerrero Chucuito José Ramón Valdez Chumbivilcas J. Francisco de Cuba Condesuyos German Tejeda Convención Mariano Pio Cornejo Cotabambas Mariano Aguilar Huallaga Juan José Arrieta M. M. Gálvez Huamachuco Norberto J. Cisneros Huamalies José Manuel Helguera 98 Huancané José M. Lizares Huancavelica Mariano Loaiza Huancayo Francisco Cevallos Lorenzo García Huanta Miguel Montenegro Huanuco Manuel Cazorla Huaras Celso Bambaren Pedro J. Saavedra Huari Delfín Arana Augusto de Althaus Huarochirí José F. Canevaro Huaylas José Casimiro Ulloa Ica Carlos M. Elías Independencia Manuel Pérez Islay G. Emilio Rivera Jaén Juan Luna Jauja José Jacinto Ibarra Belisario Suárez La Mar José María Hernando La Unión Armando de la Fuente Lambayeque Ruperto Delgado 99 Lampa Federico Luna Agustín Pastor Lima Antonio Salinas (Presidente) Manuel Gonzales de la Cotera Pedro Paz Soldán Francisco Lazo Manuel Y. Polo Lucanas Ag. Reinaldo Chacaltana Luya Ambrosio Becerril Moquegua Ignacio Zapata Moyobamba Manuel María Pérez Otuzco Félix Jiménez Pacasmayo J. Bernardo Goyburu Paita Enrique Espinoza Pallasca José González Riego Juan Terry Parinacochas Raimundo Cuadra Paruro José Lucas Chaparro Pasco Antenor Rizo Patrón Nicanor González Ricardo Saavedra Pataz José Martín Cárdenas 100 Paucartambo Ramón Arechaga Francisco Garmendia Piura Federico Manrique Baltazar León y Seminario Pomabamba Faustino Meza Puno José Andrés Cossio Quispicanchi Carlos Santos Santa Pablo de Vivero Tacna Felipe Osorio Carlos Basadre Tarapacá José Morales Bermúdez Tarma Antonio Llavería Tayacaja Enrique Lara Trujillo Fernando Casós Urubamba José L. Figueroa Loaiza Yanke Manuel María Melgar Yauyos Juan de Dios Vivas Fuente: Constitución de 1867 Al igual que había sucedido en 1860, en 1867 la prensa se llenó de artículos tanto a favor como en contra de la reunión del Congreso que estaba teniendo lugar y, especialmente, de su objetivo de redactar una nueva constitución. Por un lado, los liberales celebraban la instalación de este Congreso, entendido como “una fuente de 101 esperanzas para la parte honrada y pacífica de la Nación” 194 . Por el contrario, los conservadores expresaban su rechazo hacia los parlamentarios sentados en la Cámara de la siguiente manera: “En algunos de sus miembros no puede ver la expresión genuina del voto popular; en otros verá la tacha de bastardía que deja una inmoral dualidad; y en ninguno de ellos, la cabeza alta y poderosa que domine la de sus compañeros y garantice al país la realización de los santos principios de la democracia”. Había que tener en cuenta, además, la situación que estaba atravesando Perú: la actitud del gobierno de Pezet ante la amenaza española a las Islas de Chincha se había encontrado con el rechazo de gran parte de la población, lo que sin duda había favorecido la llegada de Mariano Ignacio Prado al gobierno y la imposición de una Dictadura. En este contexto, la prensa afirmaba que, (…) cuando un país pasa por uno de estos cataclismos que echan por tierra todo lo existente, como sucede hoy en el Perú, y que emprende el trabajo de su reconstrucción, los encargados de él, reciben una plenipotencia absoluta del pueblo que delega en ellos todos sus derechos para que procedan a su voluntad 195 . A pesar de este giro liberal, la Constitución de 1867 estuvo poco tiempo vigente, pues su promulgación –el 29 de agosto de 1867- rápidamente fue contestada con una rebelión que partía de Arequipa en defensa de la restauración de la Constitución de 1860, y que pronto se extendió a todos los puntos del país, consiguiendo triunfar. Ya desde el inicio de las sesiones parlamentarias del Congreso Constituyente de 1867, éste había contado con el rechazo de buena parte de la opinión pública, especialmente entre los sectores más religiosos. Así, este grupo denunciaba “la hidra antirreligiosa” que se había asentado en la Asamblea 196 . Para satisfacción de los grupos conservadores, la Constitución de 1860 fue restablecida en enero de 1868 y conseguiría perdurar hasta 1920, resultando el texto legislativo más duradero de la historia constitucional peruana. En conclusión, se puede afirmar que la evolución que experimentaron las asambleas constituyentes en Ecuador y en Perú a lo largo de la década de 1860 resultaba disímil. Ecuador iniciaba la década con una asamblea en la que los elementos liberales tenían un espacio más amplio que en la asamblea conservadora que cerraba el período. Como se ha visto, esta evolución venía motivada por la coyuntura política que el país 194 El Comercio, “Congreso”, 15-2-1867. 195 El Comercio, “La Constituyente”, 14-2-1867. 196 El Comercio, “¿Presidirá Dios en el Congreso?”, 18-2-1867. 102 estaba viviendo en cada momento, así como por el ascenso progresivo del poder personal de García Moreno. Sin embargo, en Perú se observa un recorrido diferente: mientras que la década comenzó dando un fuerte protagonismo a los sectores más conservadores –en oposición a la trayectoria política anterior-, desde 1866 –y también en consonancia con los acontecimientos que estaba viviendo el país en aquel momento, en el que la independencia nacional estaba siendo cuestionada-, los grupos liberales se hicieron más fuertes, hasta llegar a tomar el poder en el Parlamento de 1867. No obstante, las medidas políticas emanadas de la Asamblea de 1867 estarían vigentes por poco tiempo, pues pronto el conservadurismo representado por la Constitución de 1860 volvía a hacerse con el poder. En cualquier caso, la mayor parte de los individuos que compusieron las asambleas constituyentes de Ecuador y de Perú durante la década de 1860 procedían de grupos sociales muy concretos, pertenecientes a las élites sociales y económicas. En muchos casos, provenían de familias cuyos diferentes componentes (padres, hermanos, primos o cuñados) se habían dedicado o se dedicaban también a la política. Entre las profesiones más comunes de los representantes se encontraban la de juristas y escritores, apareciendo también frecuentemente militares y religiosos –cuya presencia era más amplia en las asambleas de corte más conservador-. En definitiva, se trataba de hombres mayoritariamente blancos, burgueses, ilustrados y enriquecidos. Todos ellos se adscribían a las teorías intelectuales del liberalismo, si bien presentaron algunas diferencias de opinión a la hora de llevar a la práctica dichas ideas, lo cual dio lugar a fértiles debates parlamentarios, especialmente en los meses previos a la promulgación de los diferentes textos constitucionales. Sin embargo, había grupos sociales que no estaban representados en el Parlamento, como los campesinos o los artesanos, así como también se echaba en falta la presencia en el Congreso de los grupos étnicos mayoritarios. Esto se debía a que en la composición de la Asamblea entraba en juego el principio de distinción -al que se hará referencia en el capítulo 8-, por el cual se partía del convencimiento de la existencia de una diferencia fundamental y “natural” entre los representantes y el resto de la población. 103 El funcionamiento interno de las Cámaras legislativas Una vez que conocemos cómo se configuraron las diferentes asambleas que ejercieron el poder legislativo en Ecuador y en Perú durante la década de los sesenta, llega ahora el momento de atender también al modo de funcionamiento de las Cámaras. Para ello, resulta necesario acudir a los reglamentos de debates que regularon el modo de comportamiento de los representantes en las asambleas. Y es que, además de cumplir determinadas calidades personales como criterios de elegibilidad –a los cuales se atenderá en el capítulo 8-, los representantes debían seguir ciertas normas a la hora de ejercer su acción política en el Parlamento. En este sentido, el ecuatoriano Miguel Uquillas recordaba “la premiosa necesidad de formar o adoptar un reglamento que dirija los debates y organice el interior de las Cámaras” 197 . El correcto comportamiento de diputados y senadores quedaba fijado, para el caso de Perú, en el Reglamento interior de las Cámaras legislativas, que a pesar de que había sido promulgado en 1853, seguía vigente para el período que nos ocupa 198 . Por su parte, en el caso de Ecuador, tanto la Asamblea de 1861 como la de 1869 tuvieron que atenerse a las normas establecidas en el reglamento que rigió en la Convención de 1850, si bien cada una de ellas presentó algunas modificaciones 199 . Estos reglamentos, junto a otras disposiciones legislativas, establecían que los representantes debían concurrir obligatoriamente a las sesiones parlamentarias -que tendrían lugar diariamente, a excepción de los domingos y festivos-, pudiendo perder el derecho a dietas o incluso los derechos de ciudadanía si incumplían esta norma 200 . De hecho, el reglamento peruano incluso imponía la necesidad de pasar lista al comienzo de cada sesión, anotándose el nombre de los representantes que no estuvieran presentes para publicarlo posteriormente en los periódicos. Además, se establecía que si la ausencia de un representante se prolongaba por más de ocho días sin causa justificada, podían ser reemplazados temporalmente: aquí recaía la importancia de elegir diputados y senadores suplentes. No obstante, los discursos parlamentarios ponen de manifiesto que, aunque estaba mal considerado, el absentismo de muchos representantes de las Cámaras parlamentarias era una constante: “Desgraciadamente estamos tropezando 197 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 16-5-1869, p. 17. 198 AGN, Reglamento interior de las Cámaras legislativas, leg. 4-J 30, nº 1391, Lima, 26-8-1853. 199 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 11-1-1861, pp. 4-6; 16-5-1869, p. 17. 200 Reglamento interior de las Cámaras legislativas, Capítulo V: Diputados y Senadores, artículos 2-5; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 28; Constitución de la República del Ecuador de 1869, Quito, 11-8-1869 (en adelante, Constitución ecuatoriana de 1869), artículo 28. 104 todos los días con los inconvenientes que provienen de la inasistencia de algunos representantes”, afirmaba el peruano Rodríguez en 1868 201 . Un buen ejemplo se podía encontrar el 26 de abril de 1867, cuando la sesión parlamentaria tuvo que suspenderse porque no había el cuórum suficiente. Ante dicha situación, el Presidente del Congreso, junto a los representantes que sí habían asistido, enviaron el siguiente comunicado a todos los que habían faltado: Por orden del señor Presidente, y con acuerdo de los señores diputados presentes, tenemos el honor de dirigirnos a US. haciéndole presente, que por su inasistencia no ha habido sesión en la noche de hoy, a pesar de habérsele esperado hasta las nueve y media, causando con esta conducta la paralización de los trabajos parlamentarios 202 . Por situaciones como estas, el representante ecuatoriano Borrero exigía en 1864 que “debieran tomarse en consideración algunas excusas que varios diputados hacían para no concurrir a la presente legislatura extraordinaria, y examinar si tenían o no causales justas que impidieran su concurrencia, a fin de exigirles su responsabilidad en caso que no las tuvieran”. Entre estas excusas se encontraban, por ejemplo, el haber sido nombrado con otro cargo incompatible con la función pública –en cuyo caso había que estudiar detenidamente la fecha en la que esto había ocurrido-, o el encontrarse enfermo –si bien en este caso era necesario presentar documentos justificativos de al menos dos profesionales médicos- 203 . En Ecuador, a lo largo de toda la década de 1860 hubo largos debates sobre las excusas de diputados que no se presentaban en el Parlamento. Sobre este tema, el representante Moral afirmaba que “negarse a concurrir a las sesiones sin causa justa, y solo porque sus opiniones no están de acuerdo con el decreto de convocatoria o de elecciones, equivale a un acto de verdadera deserción” 204 . Así, la inasistencia de los parlamentarios a las Cámaras se consideraba un acto contrario al patriotismo del que debían dar muestras. De hecho, en este país se llegó a crear una “comisión de excusas y renuncias” para analizar los motivos aportados por aquellos representantes que no concurrían a las sesiones parlamentarias, y dirimir su aprobación o rechazo. Para ello, los miembros de la comisión tenían en consideración el artículo 106 de la Ley de 201 BCR, Diarios de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 DCO 1868 ej. 2, 5-8-1868, p. 31. El absentismo era también un asunto habitual en el Parlamento español de mediados del siglo XIX, como ha puesto de manifiesto LUJÁN, Oriol: “El síndrome del escaño vacío: absentismo y representación política en la España liberal de mediados del siglo XIX”, Revista de estudios políticos, nº 176, 2017, pp. 47-77. 202 El Comercio, “Congreso Constituyente”, 26-4-1867. 203 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 19-3-1864, pp. 4-5. 204 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 14-1-1861, p. 17. 105 elecciones de 1863, que establecía los supuestos en los que se permitía la ausencia de los representantes de las sesiones o incluso el rechazo de un cargo para el que habían sido elegidos. Entre ellos, se señalaban la “calamidad doméstica” –es decir, la muerte o enfermedad grave de los familiares cercanos-, el impedimento físico o el haber cumplido sesenta años 205 . Así, por ejemplo, en 1865 se rechazó el certificado médico presentado por el representante Miguel Salvador, ya que se entendía que su enfermedad no era “aguda ni continua, sino crónica” y además no estaba “comprobada sino por el dictamen de un solo facultativo” 206 . También en Perú era común, por parte de los diputados ausentes, la presentación de diferentes excusas que motivaban su incomparecencia en el Parlamento. Por ejemplo, el diputado Agustín González pedía en 1861 que se le ampliara la prórroga que ya le había sido concedida para gozar de unos días de licencia por encontrarse enfermo: No habiendo conseguido el completo restablecimiento de mi salud, por cuyo motivo la H. Cámara se dignó concederme licencia de treinta días que deben cumplirse dentro de poco, me dirijo a USS. para que deban hacerle presente esta circunstancia, a fin de que se digne también concederme una prórroga de veinte días, cuyo tiempo creo suficiente para ponerme en estado de regresar, y de incorporarme al H. cuerpo al cual tengo el honor de pertenecer 207 . Por su parte, el senador José Silva Santisteban, normalmente presente en los debates parlamentarios –de hecho era uno de los que más a menudo tomaba la palabra en las Cámaras-, se mostraba airado ante la publicación, a su parecer “indebida”, en el periódico El Comercio de una lista de representantes que no habían acudido a una sesión extraordinaria, entre la que se encontraba su nombre. Afirmaba que su inasistencia se debía a que ignoraba la convocatoria de dicha sesión extraordinaria, y añadía que “no hay obligación de concurrir a las sesiones extraordinarias sin previo aviso”, a no ser que se fuera a tratar un asunto grave o urgente, en cuyo caso “se hace llamar a los individuos de las Cámaras por medio de los ayudantes, que para eso se les paga gratificación de caballo”. Para finalizar, concluía su argumentación con las siguientes palabras: “En cinco años que llevo de Representante, no he faltado jamás a ninguna sesión ordinaria ni extraordinaria. ¿Podrán decir otro tanto los que han mandado publicar la lista?” 208 . 205 Ley ecuatoriana de elecciones de 1863, Quito, 23-10-1863, artículo 106. 206 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 6-9-1865, p. 8. 207 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-61, 5-1-1861, p. 329. 208 El Comercio, “Congreso”, 31-12-1864. 112 La Constitución como fundamento básico del sistema político Como ya se ha mencionado, el marco normativo básico venía determinado en cada caso por la redacción y promulgación de una constitución que sentara los pilares fundamentales del sistema representativo. En el caso de Perú, el 10 de noviembre de 1860, después de varios meses de intenso debate parlamentario sobre cada uno de sus artículos, los diputados firmaron una nueva constitución, que fue promulgada tres días más tarde, siendo Presidente de la República Ramón Castilla. Por su parte, en Ecuador el 10 de marzo de 1861 se redactó también un nuevo texto constitucional, que tampoco estuvo exento de polémicas parlamentarias previas, y que vería la luz un mes más tarde, el 10 de abril, siendo Presidente de la República Gabriel García Moreno. No obstante, hay que señalar que una de las diferencias principales entre los textos constitucionales que se establecieron en Perú y en Ecuador a comienzos de la década de los sesenta fue su perdurabilidad y vigencia. En el primer país, la Constitución de 1860 actuaría como el marco normativo básico de la segunda mitad del siglo XIX, ya que, como se mencionó en el capítulo anterior, estuvo vigente hasta 1920. Aunque el 29 de agosto de 1867 se redactó una nueva Constitución, esta solo estuvo en vigor durante unos pocos meses (hasta enero de 1868) 227 . Por tanto, se puede afirmar que el de 1860 fue el texto constitucional más duradero de todo el siglo XIX. Esto podía deberse a que el texto definitivo resultaba ser una fórmula de consenso entre varias tendencias, ya que uno de los objetivos de sus redactores había sido “interponerse entre las dos ideas dominantes”, entendidas como la de los defensores de la libertad y el progreso –los liberalesfrente a los valedores de la tradición y la religión –los conservadores- 228 . Por su parte, en Ecuador se produjo una mayor oscilación constitucional. Así, la Constitución ecuatoriana de 1861 sería sustituida en 1869, año que marcaba el inicio del segundo mandato de García Moreno, caracterizado por el protagonismo de la religión católica, elemento que podía apreciarse también en el nuevo texto legislativo. En Perú, la confección de la Constitución de 1860 venía a representar una nueva etapa desde el punto de vista legislativo, en consonancia con las transformaciones que se estaban produciendo en los ámbitos político, social y económico. Así, esta constitución se sustentaba en la ideología conservadora en el poder –cuyo principal artífice era Bartolomé Herrera y su plasmación práctica la acción política del Presidente 227 TAMARIZ LÚCAR, Domingo: Historia del poder… 228 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 17-9-1860, p. 230. 113 de la República Ramón Castilla- y en el favorecimiento del modelo corporativo en el que se basaba el “Estado Guanero” 229 . Por ello, aunque se trataba de una reforma de la anterior Constitución de 1856, en realidad el texto resultante incluía diferencias sustanciales con respecto al precedente, por ejemplo, en torno al sistema de sufragio. Esto se debía a que, como vimos en el capítulo anterior, en la Asamblea Constituyente de 1860 predominaron los elementos conservadores, mientras que la promulgación del texto de 1856 se había debido fundamentalmente a la labor político-ideológica que habían llevado a cabo los liberales. La Constitución de 1860, por tanto, venía a dar el pistoletazo de salida al desarrollo de una nueva etapa política y legislativa, que trataba de alejarse de la “anarquía” a la que había conducido la Constitución de 1856 –según la visión de las élites políticas conservadoras-, y pretendía erigirse en “salvadora de las instituciones y del orden público” 230 . El discurso de los legisladores que le dieron forma y de los representantes que se encargarían de llevar a cabo el cumplimiento de sus artículos se encontraba plagado de términos que hacían alusión al patriotismo, la estabilidad, la democracia, la prosperidad, la paz, los derechos, la armonía, etc. En esta línea se situaban las palabras pronunciadas por el Vicepresidente de la República, Juan Manuel del Mar (1805-1862), tras jurar la Constitución: He prestado con júbilo el juramento de obediencia a la Constitución, porque cumpliendo con la voluntad de los pueblos, habéis hecho la reforma con detenido estudio e imparcialidad procurando que las instituciones estén en armonía con la actual situación del país, y con los principios democráticos que profesan los peruanos. Una vez conocido el bien todos suspiran por poseerlo; y espero que la Constitución será aceptada con entusiasmo, para que la República se salve de las calamidades de la guerra civil y se logre la concordia que ha de afianzar la paz y abrir ancho campo al establecimiento del régimen representativo. Hermana la libertad con el orden, la justicia y demás garantías protectoras del ciudadano no serán ilusorias. Republicano de corazón y firmemente persuadido de que fuera de las leyes, no puede existir con honra la sociedad, prometo respetar y cumplir la Constitución; y como peruano felicito a los ilustrados Representantes del Congreso de 1860 que, animado del más puro patriotismo han fijado las bases para la prosperidad y bien estar de la patria 231 . 229 MC EVOY, Carmen: “Indio y Nación…”, p. 87. 230 El Comercio, “Mensaje que el Libertador Presidente de la República dirige a la Legislatura de 1860”, 29-7-1860; “Triunfo de los principios”, 4-8-1860. 231 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, 19-11-1860, p. 9. 114 El juramento de la Constitución era considerado un acto de tal relevancia por parte de los representantes peruanos, que se decidió fabricar medallas de oro y de plata para conmemorar a los diputados y senadores que en él participaron, responsables de la reforma del marco constitucional 232 . En lo que respecta a Ecuador, los representantes encargados de elaborar la Constitución de 1861 –que tomaba por base la anterior Constitución de 1852-, estaban igualmente convencidos del bien que este texto traería para el país, y esperaban acabar con la etapa anterior de crisis política, en la que el futuro de Ecuador como nación unida e independiente había sido seriamente cuestionado. Por ello, mediante el siguiente discurso planteaban los objetivos que los miembros de la comisión encargada de redactar el nuevo texto se habían marcado: (…) sus deseos solo se dirigen a contribuir de algún modo a mejorar las instituciones del país, a dar toda la respetabilidad e inviolabilidad posibles a las garantías sociales y a sacar al Ecuador del estado de postración y desmayo a que una prolongada serie de sufrimiento tiene reducido 233 . No obstante, como ya se ha mencionado, la Constitución ecuatoriana de 1861 no gozaría de tan amplia vigencia como su homóloga peruana. Así, en 1869 sería sustituida por un nuevo texto constitucional en el que se reforzaba el poder del gobierno y de la Iglesia católica. De hecho, en el discurso que realizó García Moreno para presentar el proyecto de Constitución ante la Convención Nacional afirmaba que estos eran los objetivos fundamentales de la nueva etapa política que se iniciaba en 1869: “dos objetos principales son los que he tenido en mira: el primero, poner en armonía nuestras instituciones políticas con nuestra creencia religiosa; y el segundo investir a la autoridad pública de la fuerza suficiente para resistir a los embates de la anarquía” 234 . Resulta interesante realizar un análisis de todas estas constituciones en la medida en que nos permitirá acercarnos a los elementos que definían la nación peruana y ecuatoriana desde el punto de vista de los parlamentarios que dieron forma a estos textos legislativos. Así, los textos normativos establecían los fundamentos básicos del 232 AGN, Poder Legislativo, Cámara de Senadores, leg. O.L. 425, nº13, 10-12-1860; Cámara de Diputados, leg. O.L. 425, nº 19, 13-12-1860. Una medalla de oro conmemorativa de la jura de la Constitución de 1860 se encuentra en la actualidad en la Sala de Platería del Museo Pedro de Osma de Lima. 233 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Presentación del Proyecto de Constitución de 1861”, 25-1-1861, p. 70. 234 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Acta de instalación”, 16-5-1869, p. 5. 115 sistema político que estaban construyendo: una nación unitaria, independiente, republicana y representativa. Los dos textos constitucionales que iniciaban el marco normativo básico en la década de 1860 en ambos países establecían que la nación era una, libre e independiente 235 . Los llamamientos a la unidad de la nación cobraban sentido en un contexto en el que, además de la construcción del sistema político representativo, se estaba llevando a cabo la consolidación del Estado-Nación. En el caso de Ecuador, de hecho, varios autores coinciden en señalar que es precisamente a partir del gobierno de García Moreno (iniciado con la Constitución de 1861) cuando se empezó a desarrollar el nacionalismo ecuatoriano 236 . No obstante, frente a lo señalado en las constituciones, la realidad resultaba muy distinta, ya que tanto Perú como Ecuador, como se ha comentado en el capítulo 1, se caracterizaban por una serie de contradicciones sociales, económicas y territoriales que sin duda conducían a una fragmentación de la conciencia nacional. A ello contribuyó un deplorable sistema de comunicaciones internas, que mantenían inconexas las zonas más deprimidas del interior. Por supuesto, no debemos olvidar la polémica que producía la presencia de un elevado porcentaje de población indígena que, no obstante, quedaba al margen del concepto de nación 237 . Todo ello ponía de manifiesto la existencia de una concepción orgánica de la nación, que se entendía como una asociación de cuerpos de menor tamaño, como la familia o la provincia 238 . Junto al concepto de unidad, la Constitución ecuatoriana de 1861 incluía también el término “indivisible” para definir la nación. El representante Vicente Cuesta (1830-1883) explicaba la aparición de este calificativo de la siguiente forma: “aunque consta de individuos, de provincias, etc., es una indivisible en cuanto al Poder Supremo y a las leyes generales”. Así, en su discurso primaba esa visión orgánica de la sociedad, ya que comparaba a la República con un cuerpo, que es uno e indivisible aunque tiene partes (cabeza, brazos, piernas, etc.). Además, este parlamentario señalaba que “la palabra «indivisible» encierra una garantía para la nación, pues de lo contrario una 235 Constitución peruana de 1860, artículos 2 y 3; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 2. 236 BURIANO CASTRO, Ana: “Tres momentos del discurso conservador ecuatoriano…”; MAIGUASHCA, Juan: “El proyecto garciano de modernidad católica…”. 237 ANDRÉS GARCÍA, Manuel: La construcción del poder…, p. 121. 238 GUERRA, François-Xavier: “El soberano y su reino. Reflexiones sobre la génesis del ciudadano en América Latina”, en SÁBATO, Hilda (ed.): Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina, México, Fondo de Cultura Económica-Colegio de México, 1997. 116 provincia podría separarse o independizarse, dividiéndose y fraccionándose de esta suerte la República” 239 . Desde luego, en la mente de este diputado se encontraba el problema del fuerte regionalismo que azotaba a Ecuador –y que amenazaba con la división en frecuentes ocasiones-, así como el nítido recuerdo de la fragmentación política y territorial recién experimentada en la crisis nacional de 1859-1860. Una vez más, por tanto, este alegato ponía de manifiesto la característica fragmentación territorial que definía no solo a Ecuador, sino a la mayoría de repúblicas latinoamericanas a lo largo del siglo XIX. Por su parte, la invocación a la libertad e independencia de la nación tampoco resultaba un aspecto trivial, ya que las repúblicas latinoamericanas prácticamente estaban estrenando su independencia. Para legitimar la existencia independiente de sus nuevas naciones, las élites políticas latinoamericanas idearon un discurso en el que la nación aparecía como un ente anterior a la emancipación política respecto a la metrópoli; no obstante, se encontraba sometida u oprimida por el “yugo español” 240 . El momento de la independencia, por tanto, resultaba fundamental en la narrativa histórica de cualquier país de América Latina. En la construcción de los nacionalismos latinoamericanos resultaba fundamental la conmemoración de ciertas fechas claves, batallas y personajes -los grandes próceres de la patria o “libertadores”-, que se convertían en mitos y en torno a los cuales se levantaban estatuas y monumentos, creando de esta forma un imaginario colectivo que hacía extensivos los principios nacionales a toda la sociedad. Todos estos elementos, además, ocupaban un espacio principal en la enseñanza de la historia patria de cada país 241 . En el caso de Perú se conmemoraba el 28 de julio de 1821, fecha en la que se obtuvo la independencia de la nación, gracias a la ejecución de batallas de gran relevancia como las de Junín o Ayacucho 242 . El propio Presidente de la República, Ramón Castilla, al haber participado en las guerras de independencia en su condición de mariscal, se intitulaba como “Libertador”. Por su parte, el Congreso de 1860 no quería que cayeran en el olvido los acontecimientos que hicieron posible la independencia de Perú, y para ello promulgó algunas leyes que ponían de relieve la importancia de tales 239 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 7-2-1861, p. 181. 240 A menudo aparecía la referencia al “yugo español” cuando se trataba el tema de la independencia. Un ejemplo en El Comercio, “Lima”, 12-1-1855. 241 HARWICH VALLENILLA, Nikita: “La historia patria”, en ANNINO, Antonio y GUERRA, François-Xavier (coords.): Inventando la nación. Iberoamérica. Siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 533-549. 242 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, 9-12-1860, p. 34. 117 sucesos, así como de los individuos que los hicieron posibles. Así, a pesar de que desde 1828 se habían venido dando diversas leyes que premiaban la labor de los soldados que participaron en las guerras de independencia, el Congreso de 1860 consideraba que estos reconocimientos habían perdido valor con el tiempo, puesto que otros militares habían obtenido los mismos premios por distintos servicios, incomparables al de obtener la independencia de la nación. Por ello, se decidió que “los veteranos de la Independencia calificados disfrutarán una tercera parte más de sueldo sobre el que gozan, como última recompensa que les otorga la nación (…), como un recuerdo indeleble de la memorable jornada de Ayacucho y justicia del Congreso del año de 1860” 243 . Resulta de gran interés observar cómo, de esta forma, el Congreso de 1860 se revestía de legitimidad, creando lazos de unión con los libertadores de la patria. En palabras de Nikita Harwich, “la patria se confundía con el régimen republicano que salió de su seno y que debía ser un parangón de probidad y de virtud cívica” 244 . El discurso que justificaba la promulgación de esta ley incluía la conmemoración de un día nacional, el establecimiento de una conexión entre la labor de los “héroes” con la que posteriormente realizaban los políticos republicanos, y un llamamiento a la “justicia”: Que las memorables batallas de Pichincha, Junín y Ayacucho y segundo sitio de Callao afianzaron para siempre la independencia del Perú, proclamando el día 28 de julio del año de 1821. Que los heroicos esfuerzos de aquellos que con denuedo combatieron al ejército español para conseguir la libertad del Sud-América, se hallan actualmente produciendo abundantes frutos para el porvenir del sistema Republicano, y es un acto de justicia el acordarles un premio en el último tercio de su vida 245 . En lo que respecta a Ecuador, también este país tenía sus fechas y batallas conmemorativas: en este caso, el proceso de independencia comenzó con la Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809, tuvo su punto álgido en la Revolución independentista de Guayaquil (9 de octubre de 1820), y culminó con la batalla del Pichincha (24 de mayo de 1822) 246 . Como señalaba el representante Tomás Hermenegildo Noboa (1805-1872), el 10 de agosto o el 24 de mayo, junto a otras fechas significativas como el 12 de octubre, eran unos “días de gloria nacional en los que 243 Ibid. 244 HARWICH VALLENILLA, Nikita: “La historia patria…”, p. 548. 245 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, 9-12-1860, p. 34. 246 PAZ Y MIÑO CEPEDA, Juan J.: “La Revolución de Quito y el proceso de independencia del Ecuador”, en PAZ Y MIÑO CEPEDA, J.: Quito en el Bicentenario del proceso de la Independencia del Ecuador, Quito, Ediciones Abya-Yala/Pontificia Universidad Católica del Ecuador/ADHILAC, 2014, pp. 29-66, esp. p. 29. 118 tienen lugar las fiestas, los bailes cívicos, y en los que se derrama por decirlo así el corazón” 247 . En concreto, la batalla del Pichincha guardaba tal relevancia en el imaginario de los legisladores ecuatorianos de mediados del siglo XIX, que en 1869 el representante Pedro Ignacio Lizarzaburu (1834-1902) proponía que “se ordene levantar un monumento, aunque sea modesto, que indique el lugar de la batalla de Pichincha”, ya que “no debía relegarse al olvido una batalla que fue tan importante para el tiempo de la independencia” 248 . Junto a este monumento, se solicitaba la “formación de un mausoleo en donde se conserven los restos del gran Mariscal de Ayacucho”, es decir, Antonio José de Sucre, el líder del ejército independentista, debido a que hasta entonces “los restos del general Sucre se conservaban en el convento de San Diego, y era justo darles una colocación que honrara la memoria de aquel general” 249 . Como vemos, al igual que ocurría en Perú, también en Ecuador algunos parlamentarios alzaron la voz en favor de realizar actos honoríficos para con los que habían protagonizado las guerras de independencia. Este era el caso también de Felipe Sarrade (1830-1878), que proponía levantar estatuas en honor de “los mártires que han sellado con su sangre la independencia de la Patria” 250 . Por otro lado, las constituciones de ambos países señalaron su decantación por un modelo político republicano. Así, en el caso de la Constitución ecuatoriana se especificaba que la nación no podía “ser patrimonio de ninguna familia ni persona”, mientras que el artículo 5 de la Constitución peruana señalaba que “nadie puede arrogarse el título de soberano” 251 . En este sentido, ambas naciones dejaban claro que renunciaban al sistema monárquico, siguiendo de esta forma la tendencia mayoritaria de los países latinoamericanos tras su independencia. Aunque no hubo grandes debates en torno a la forma de gobierno en el contexto latinoamericano, existieron algunas excepciones por parte de Brasil y México, países que presentaron algunos titubeos en 247 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 12-2-1861, p. 4. 248 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 24-7-1869, pp. 42-43. No obstante, parece ser que este monumento nunca llegó a construirse. RICHARD, Bernard: “Monumentos conmemorativos del Ecuador en el siglo XIX”, Bernard Richard Historien, 27-9-2014. Disponible en: http://bernard-richard- histoire.com/2014/09/27/monumentos-conmemerativos-del-ecuador-en-el-siglo-xix/ (consultado el 04/04/2017). 249 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 24-7-1869, pp. 42-43. No resultaba extraño que la propuesta procediera de Lizarzaburu, ya que éste era hijo de Ignacio José de Lizarzaburu y Benavides, considerado uno de los próceres de la independencia de Ecuador. 250 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 12-2-1861, pp. 10-11. 251 Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 2; Constitución peruana de 1860, artículo 5. También el artículo 3 de la Constitución ecuatoriana de 1869 incluía esta especificación. 119 relación a este tema 252 . No obstante, tanto Perú como Ecuador se acogieron a la tónica general y desde el principio de su emancipación se proclamaron como repúblicas. Las culturas políticas liberales de estos países, además, otorgaban a la forma republicana ciertos valores como la libertad. En este sentido, en un folleto ecuatoriano de 1861, titulado El triunfo de los principios sobre la barbarie, se podía leer: “Estamos en la época de la libertad (…), ya es tiempo que el espíritu republicano empiece a desarrollar sus virtudes” 253 . A ello se unía la existencia de una idea generalizada entre las élites intelectuales latinoamericanas por la cual se identificaba al continente americano con el sistema republicano –cuyo mayor ejemplo era Estados Unidos-, mientras que se asociaba a Europa con regímenes monárquicos; lo nuevo y lo viejo, el presente y el pasado. Entre los parlamentarios latinoamericanos de mediados del siglo XIX existía una creencia en el progreso y en la evolución positiva de la historia de la humanidad, cuyo fin último era la búsqueda de la felicidad. El final del progreso de la civilización lo representaba el sistema republicano, considerado más perfecto que la monarquía 254 . Frente a este sistema, la monarquía se relacionaba con el despotismo y con la herencia española de la que querían deshacerse las nuevas repúblicas latinoamericanas. Por tanto, existía un rechazo generalizado por parte de los parlamentarios hacia todo lo que tuviera que ver con este anticuado sistema político. No obstante, en ocasiones persistían algunos elementos propios de los sistemas monárquicos, que muchos de los convencidos republicanos criticaban. Por ejemplo, el otorgamiento de títulos nobiliarios era considerado por algunos intelectuales peruanos como una reminiscencia del pasado que, sin embargo, estaba muy presente en la segunda mitad del siglo XIX: El sistema republicano, que es el nuestro, aun cuando es bueno en su forma y en su esencia, está demasiado desacreditado, máxime entre nosotros, donde se conservan todavía los humos de la nobleza. (…) demasiado presenciamos que la sociedad está dividida en tres clases distintas: la 252 Sobre la etapa imperial de Brasil véase ROHLOFF DE MATTOS, Ilmar: “La experiencia del Imperio del Brasil”, en ANNINO, A. (coord.): Inventando la nación…, pp. 612-628. Para una visión general de la época de las independencias latinoamericanas, véanse las obras: ANNINO, Antonio (coord.): Inventando la nación…; ANNINO, Antonio, CASTRO LEIVA, Luis y GUERRA, François-Xavier: De los imperios a las naciones: Iberoamérica, Zaragoza, IberCaja, 1994; SOTO ARANGO, Diana (ed.): La construcción de la nación iberoamericana: siglos XIX a XXI, Tunja (Colombia), Centro de Investigación VENDIMIA, 2010. 253 AHMC, leg. ADQ.1.1.2: Recortes de prensa, folletos y pasquines, “El triunfo de los principios sobre la barbarie”, Quito, Imprenta de Manuel Rivadeneira, 12-3-1861. 254 Alianza Sur-Americana, Guayaquil, Imprenta y encuadernación de Calvo y Ca., 9-10-1868, p. 21. Sobre los binomios América-república y Europa-monarquía, véase el capítulo 10. 120 aristocracia, la democracia, y el bajo pueblo. Como sabemos también, los honores, títulos y condecoraciones, atributos especiales de la monarquía, se conservan entre nosotros todavía, y hasta el mismo Congreso nacional, cuerpo que representa la Soberanía popular, ha permitido a determinados individuos el uso de esos donativos, proscriptos y borrados del seno de toda asociación republicana 255 . En la misma línea, se desarrolló un fuerte debate en la Asamblea ecuatoriana en torno a un decreto que establecía el levantamiento de estatuas en conmemoración de la labor llevada a cabo por algunos miembros del gobierno anterior, lo que a ojos de algunos representantes, como Miguel Albornoz, se consideraba “más bien propio de las monarquías y nada conforme a las instituciones republicanas”. Sin embargo, otros representantes, como Daniel Salvador o Antonio Sanz, rebatieron la opinión de Albornoz mediante el siguiente argumento: Muy lejos de ser propio de las monarquías esta especie de premios, ellas son muy avaras en concederlos. Ellas levantan estatuas a sus reyes, o cuando más a sus más fieles servidores, pero en las Repúblicas, las estatuas han servido para perpetuar la memoria de los que han prestado grandes e importantes servicios a la patria 256 . Junto al término “republicano”, los textos constitucionales añadieron una serie de adjetivos que definían el sistema político a implantar en cada caso. Así, la Constitución peruana de 1860 especificaba que este sistema era “democrático, representativo, fundado en la unidad”. Por su parte, en Ecuador los adjetivos que lo definían eran: “popular, representativo, electivo, alternativo y responsable” 257 . Si en algo estaban de acuerdo ambos países, por tanto, era en establecer un régimen representativo 258 . Además, la elección de los representantes se convertía en un elemento principal en el sistema representativo, por lo que Ecuador incluía entre los calificativos que definían su sistema de gobierno el de “electivo”. En este sentido, junto a la promulgación de constituciones, los parlamentarios encargados de construir los sistemas representativos en la década de 1860 se apresuraron a redactar también leyes electorales 255 El Comercio, “La actualidad y el porvenir”, 23-6-1861. La cursiva es textual. Como señala Carmen Mc Evoy, la asociación entre el republicanismo y la “abolición de privilegios hereditarios” había sido una constante desde la independencia de Perú: MC EVOY, Carmen: “Forjando la Nación: usos y abusos del paradigma republicano”, en MC EVOY, C.: Forjando la Nación…, pp. 189-246, esp. p. 189. En este texto, Mc Evoy analiza el valor del republicanismo en Perú no solo como forma de gobierno, sino como universo ideológico, cultural y simbólico, que contó con grandes apoyos entre los peruanos decimonónicos. 256 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 12-1-1861, p. 9. 257 Constitución peruana de 1860, artículo 42; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 13. La Constitución ecuatoriana de 1869 repetiría los mismos calificativos, a excepción del término “popular”. Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 14. 258 Profundizaremos en la elección del sistema representativo por parte de las élites políticas peruanas y ecuatorianas en el siguiente capítulo. 121 que definieran cómo debería llevarse a cabo el proceso de selección de los representantes políticos y quiénes podían participar en ella. ¿Diferentes sistemas electorales para diferentes sociedades? En Perú, siguiendo el artículo 38 de la Constitución, el cual establecía que una ley posterior arreglaría el ejercicio del derecho al sufragio, el 17 de abril de 1861 fue promulgada una nueva ley orgánica de elecciones acorde a los planteamientos estipulados por el Congreso de 1860 y en sintonía con la Constitución que se acababa de proclamar. Los meses anteriores a dicha promulgación se caracterizaron por el continuo debate en el Parlamento sobre cada uno de los puntos del proyecto de ley electoral. La cuestión tenía tal relevancia, que las Cámaras de senadores y diputados se unieron para ello, constituyendo de esta forma el Congreso Pleno. Además, se acordó que éste no debería tratar otros asuntos hasta que la ley electoral fuera aprobada, pues se entendía como un asunto de máxima prioridad 259 . Esta ley electoral no sería reformada hasta 1896; si bien previamente, en 1892, se dio una ley municipal que alteraba en gran medida las condiciones de sufragio establecidas en 1861 260 . Por su parte, en Ecuador, el artículo 15 de la Constitución de 1861 también determinaba que las elecciones deberían realizarse en “los términos que señale la ley” 261 . Por ello, dos meses después de la promulgación de la carta fundamental, el 13 de junio de 1861, se promulgaba también una ley de elecciones. Pero al igual que ocurría en lo referente a las constituciones, las leyes electorales ecuatorianas también fueron más basculantes que las peruanas. Así, el 23 de octubre de 1863 tenía lugar la promulgación de una nueva ley de elecciones, que sería modificada mediante una ley adicional el 15 de abril de 1864. Por último, la llegada de un nuevo texto constitucional en 1869 vino acompañada también de una nueva ley en materia electoral publicada en el mismo año 262 . La ley de elecciones peruana de 1861 establecía un sistema de sufragio indirecto de dos grados. Así, el Título II de esta ley dejaba claro que “la elección (…) no podrá 259 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, del 12-12-1860 al 5- 1-1861, pp. 192-328. 260 Biblioteca Nacional del Perú (en adelante, BNP), Fondo Antiguo, Estudio comparativo de las leyes de elecciones de 1861 y del 17 de diciembre de 1892, leg. 343.51 P47 2925, Lima, 1892. 261 Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 15. 262 Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, Quito, 23-10-1863; Ley adicional a la de elecciones, Quito, 15-4-1864; Ley de elecciones ecuatoriana de 1869, Quito, 14-8-1869. 128 En el caso español, también se utilizó con frecuencia el argumento de la incapacidad del electorado para elegir a sus representantes como defensa del modelo indirecto de sufragio. No obstante, el ya citado Mario Navarro se mostró en contra de dicha afirmación, trayendo a colación el dilema planteado por John Stuart Mill: O el elector primario es incapaz de elegir un Diputado, pero es capaz de designar a quien lo elija en su nombre, y entonces la elección de segundo grado es completamente inútil, porque en tal caso bastaría que el elector se dirigiese privadamente a aquella persona de su confianza, consultándole a quien debe votar (…). O el elector primario quiere hacer una elección directa en favor de un determinado candidato, y entonces hace inútil el mecanismo de la doble elección (…) 280 . En tercer lugar, la cuestión del fraude en las elecciones era un elemento recurrente en los debates sobre este tema. Cada uno de los defensores de uno y otro sistema aseguraban que el que apoyaban era el proceso más transparente y ajeno a la intervención de las autoridades; no obstante, todos ellos daban por supuesto que éste era un elemento difícil de evitar y de eliminar. Por un lado, los defensores del sistema indirecto creían que el fraude electoral era más frecuente con la instalación del sufragio directo, pues la población que votaba en los colegios electorales parroquiales, debido a su escasa ilustración, era mucho más manipulable que los electores de provincia elegidos como “los mejores”. En este sentido, Ugarte afirmaba que las elecciones serían mucho menos fraudulentas con el sistema indirecto, en el que las autoridades, a su parecer, no podían influir tanto, y por ende prevalecería la voluntad del pueblo. En esta misma línea se situaba el diputado Juan Oviedo, que aseguraba una menor corrupción electoral con la utilización del sistema indirecto, ya que “mucho más fácil será comprar a las masas que a las personas elegidas para formar los Colegios, los que siempre debe suponerse son los más notables de las poblaciones” 281 . Además, este representante también hacía referencia al atraso educativo del pueblo peruano como impedimento para establecer el principio ideal de libertad, así como establecía una diferencia sustancial en cuanto a la madurez democrática de la capital y del resto del país. Por otro lado, los defensores del sistema directo también aseguraban que el modelo que apoyaban era el que dejaba menos puertas abiertas al fraude electoral. En primer lugar porque, en el modelo electoral indirecto, al haber un número menor de 280 NAVARRO AMANDI, Mario: Estudios sobre procedimiento electoral…, pp. 135-137. 281 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de ley electoral de 1861”, leg. CID 328.85 CO 1860-61, 13-12-1860, p. 220. 129 personas encargadas de hacer la elección final, era más fácil comprar esos votos, abriendo el camino a las prácticas fraudulentas. Además, como aseguraba el representante Manuel Gregorio León, con la instalación de un modelo de sufragio indirecto, “los desórdenes se duplicarían, pues a más de los que se practican para la elección de electores, tendríamos después las reuniones de estos, no menos arregladas de aquellos de manera que los escándalos vendrían unos tras otros, en manifiesto daño del país” 282 . En estas palabras se encontraba presente la idea de que la corrupción y el fraude electoral era algo imposible de evitar; por tanto, cuantos menos procesos electorales se celebrasen, menos oportunidades para el fraude habría. Así, existía una imagen bastante extendida entre los parlamentarios latinoamericanos, en la cual se asociaban las elecciones con el caos, la anarquía y el desorden. Sirvan como ejemplo las palabras del ecuatoriano Nicolás Martínez: “Multiplicar las elecciones en los gobiernos republicanos es multiplicar convulsiones fuertes con riesgo de perder la soberanía misma y la independencia” 283 . El mismo discurso era expresado por su compatriota Vicente Sanz, el cual afirmaba que “la palabra elecciones era sinónimo de revoluciones” 284 . Bajo estas premisas, desde una y otra posición los parlamentarios trataron de buscar ejemplos concretos de manipulación del sufragio en su propia historia electoral. Así, Evaristo Gómez Sánchez traía a colación lo sucedido en las elecciones de 1855, en las que se había seguido un modelo de sufragio directo: ¿Qué fue señores la elección de 55? ¿Quién no vio los tabladillos electorales convertidos en mercados? ¿Quién no sabe que al tabladillo de la capital de la República, mandaban los candidatos a sus agentes o corredores, quienes colocados lado a lado de las mesas compraban el sufragio de los manumisos y de los hombres perdidos y más abyectos, únicos electores que llegaban a las urnas, estipulaban el precio de su voto, y después de haberlo recibido y sufragado iban a otra parroquia a practicar lo mismo? Prosiguiendo con el discurso, el mismo diputado señalaba que: “No solo no eran los diputados emanados de tales elecciones, expresión del voto de los pueblos, sino que su nombramiento era el fruto impuro de un comercio indigno en que se compraba a peso de oro el derecho de ocupar un asiento en el Congreso” 285 . 282 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 17-9-1860, p. 228. 283 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 1-6-1869, p. 91. 284 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 4-2-1861, p. 142. 285 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 17-9-1860, p. 228. La cursiva es literal. 130 Frente a estos argumentos, los partidarios del modelo directo defendían que si este sistema había fallado anteriormente no había sido por culpa de la ley, sino de la intervención de las autoridades en las elecciones. Silva Santisteban aseguraba también que el sistema indirecto no impedía las “dualidades” y “trialidades” en las mesas electorales, es decir, la aparición de varios colegios electorales que funcionaban a la vez en una misma parroquia o provincia 286 : Las dualidades y tantos otros escándalos, ¿se cree que han emanado del voto directo? Ya veremos cuando se plantifique el indirecto, si esos males se remedian, o si completamente tocamos en el desengaño; veremos entonces que no está el mal en que el voto sea directo o indirecto, sino en otras causas; y veremos también, que en vez de curar la enfermedad radical, vamos a curar el síntoma 287 . En cualquier caso, como se podía apreciar en estas palabras, “el mal” no estaba en el modelo de sufragio en sí mismo, sino en una cultura política que validaba determinadas prácticas electorales fraudulentas con el objetivo de conseguir los resultados deseados. Así, la corrupción electoral era un elemento que había estado presente –y lo seguiría estando- en todos los procesos electorales celebrados en Perú a lo largo del siglo XIX, con independencia del modelo de sufragio que se utilizase. Como veremos en el siguiente apartado, la preocupación de los representantes por establecer unas elecciones limpias colisionaría a menudo con una realidad sembrada de continuos casos de manipulación electoral. Finalmente, el debate suscitado en el Parlamento peruano acabaría con el establecimiento de un sistema electoral indirecto de dos grados 288 . La primera de las votaciones tenía lugar en el colegio parroquial. En este nivel podían votar todos los ciudadanos que tuvieran derecho a sufragio, los cuales debían poseer una boleta de ciudadanía que les habría sido entregada por las juntas de registro cívico. Estos 286 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de ley electoral de 1861”, leg. CID 328.85 CO 1860-61, 13-12-1860, p. 219. Como advertía un texto de 1868, la palabra “dualidad”, “no la hallamos en el Diccionario de la lengua, ni la hemos visto usada en ningún otro país”. Sin embargo, este término aparecía de forma frecuente en las polémicas sobre el fraude en las elecciones peruanas. Así, debemos suponer que era una palabra singular del lenguaje de los políticos peruanos del siglo XIX, ya que al parecer solo en este país se daba dicho fenómeno: “el hecho de la duplicación de los representantes del pueblo es desconocido fuera del Perú, razón por la cual ha habido necesidad de buscar una palabra que representase la nueva idea”. El Peruano, “Organización del sufragio II”, 4-7-1868. 287 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 17-9-1860, p. 231. 288 El modelo electoral cambiaría a directo por un breve espacio de tiempo a partir del decreto que dio Mariano Ignacio Prado en 1866 y de la proclamación de la efímera Constitución de 1867, volviendo rápidamente al sistema indirecto con la reinstauración de la Constitución de 1860 tan solo unos meses después. GAMBOA BALBÍN, César L.: “¿Excepciones al modelo electoral gaditano?...”, p. 191. 131 sufragantes elegían una serie de electores, uno por cada 500 habitantes y uno por cada pueblo (aunque éste tuviera menos de 500 habitantes). Los individuos que podían ser seleccionados como electores debían poseer una serie de requisitos que quedaban establecidos en la ley electoral 289 . En el siguiente nivel, los electores se reunían en la capital de la provincia para llevar a cabo la elección que designaría a los representantes –diputados, senadores y Presidente de la República-. Además de los cargos centrales, los colegios electorales de provincia se encargaban de elegir también los cargos municipales, tales como los síndicos procuradores y otros agentes municipales. No obstante, se dejaba a una ley posterior -la ley de municipalidadesel establecimiento del número de miembros de que se debía componer el Consejo Municipal y las funciones de cada una de sus comisiones 290 . Si dirigimos la mirada ahora a Ecuador, si bien en este país se había redactado una ley electoral en 1861, esta fue sustituida por una nueva tan solo dos años más tarde, en 1863. Así, resulta significativo que se promulgasen dos leyes electorales dentro de una misma legislatura, durante la primera presidencia de Gabriel García Moreno (1861- 1865). Los legisladores que redactaron esta segunda ley de elecciones justificaban este cambio afirmando que uno de sus objetivos principales era “corregir los defectos y allanar las dificultades” que había supuesto la anterior ley de 1861 291 . A pesar de ello, ambas leyes electorales compartían el mismo modelo de sistema electoral, ya que este era una imposición constitucional, que mediante su artículo 15 decretaba el establecimiento de “elecciones populares por sufragio directo y secreto” 292 . Así, al contrario de lo sucedido en Perú, en Ecuador se estableció un sistema electoral directo para la elección de los representantes centrales (diputados, senadores, Presidente y Vicepresidente de la República), en el que podían participar todos los ciudadanos activos. Los miembros de la comisión encargada de elaborar el proyecto de constitución en 1861 habían decidido que ésta era la mejor opción para su sistema representativo, ya que consideraban que el sufragio directo y secreto “consultaba mejor la libertad del sufragio” y además estaban convencidos de que, de este modo, “los pueblos tomarán 289 Analizaré en profundidad las cualidades exigidas tanto a los sufragantes como a los electores en el capítulo 7. 290 Ley de elecciones peruana de 1861, Título II: De cómo ejercer el derecho de sufragio, Título III: De la formación de los Colegios parroquiales y Título VIII: Elección de Municipalidades y Agencias Municipales. 291 Ley de elecciones de 1863, Quito, 23 de octubre de 1863. 292 Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 15. 132 mayor interés y más especial cuidado en el nombramiento de sus gobernantes” 293 . Pero este no era un convencimiento exclusivo de los miembros de la comisión encargados de redactar la Constitución y la ley electoral, ya que en las cámaras parlamentarias ecuatorianas de la década de 1860 no encontramos voces contrarias a la mayoría que apostasen por un modelo de elección indirecto. Así, a diferencia de lo sucedido en el Parlamento peruano, en Ecuador no aparecieron grandes debates en torno al modelo de sistema electoral. La decisión de establecer un sufragio directo en el país era compartida, además, por buena parte de la opinión pública. En este sentido, El Primero de Mayo del 17 de diciembre de 1860 contenía un artículo en el que se afirmaba la conveniencia del modelo de elecciones directas: Cuando se les deja a los pueblos completa libertad para dirigirse por el camino que más les agrada, no se equivocan jamás en su elección, porque toman siempre el camino mejor y más corto; su destino será el que ellos elijan y el Gobierno no tendrá otra misión que la de presidir su marcha y quitar los obstáculos que le opongan los enemigos de la libertad y de la ventura nacional 294 . Sin embargo, el establecimiento de un sistema electoral directo suponía una innovación en el desarrollo electoral desde la independencia ecuatoriana, ya que desde la primera Constitución de Riobamba de 1830 hasta la de 1852, todos los textos constitucionales habían establecido un sufragio indirecto en diferentes niveles para la elección de los representantes. Solo la Constitución de 1843 había introducido el sufragio directo únicamente para elegir a los senadores, reservando la elección indirecta para los diputados 295 . No obstante, a partir de la Constitución de 1861 el sufragio directo y secreto sería la tónica general que seguiría el país en la segunda mitad del siglo XIX 296 . Así, la segunda carta fundamental de la década, la Constitución de 1869, también estableció un modelo de sufragio directo, aunque en este caso sí hubo algunos titubeos entre los parlamentarios. En concreto, a la hora de discutir el proyecto legislativo presentado se debatió acerca de la conveniencia de que los senadores suplentes fueran elegidos por los propios senadores, y no por elecciones populares. En contra de esta 293 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Presentación del Proyecto de Constitución de 1861”, 25-1-1861, pp. 69-70. 294 El Primero de Mayo, “Elecciones”, nº 38, Quito, 17-12-1860, p. 1. 295 Constitución de 1830, Título II: De las Elecciones; Constitución de 1835, Título V: De las Elecciones; Constitución de 1843, artículo 16 y artículo 22; Constitución de 1845, Título V: De las Elecciones; Constitución de 1851, Capítulo VI: De las Elecciones; Constitución de 1852, Título V: De las Elecciones. 296 Constitución de 1869, artículo 16; Constitución de 1878, artículo 21; Constitución de 1884, artículo 38; Constitución de 1897, artículo 40. 133 disposición se situaban representantes como Nicolás Martínez, Rafael Carvajal o Felipe Sarrade. Este último manifestaba: “ya la Constitución establecía el sufragio directo y daba esta facultad al pueblo, y no había razón para despojarlo, cuando la experiencia nos había manifestado con cuanto acierto había hecho uso de este derecho”. Sin embargo, también había posturas favorables al establecimiento de este inciso, que aportaban argumentos similares a los esbozados en Perú por parte de los defensores del sistema electoral indirecto. Por ejemplo, Javier Salazar opinaba que “ciertamente ofrecen mayores seguridades de acierto los Senadores, que serán los ciudadanos más respetables en quienes no es fácil influir como en las masas populares” 297 . Finalmente, este artículo no fue incluido ni en la Constitución de 1869 ni en la posterior ley electoral promulgada en el mismo año. Se validaba, por tanto, el sufragio directo en todas sus dimensiones. Frente a la polémica suscitada en Perú en torno a los niveles en los que debería dividirse el sufragio, lo esencial del sistema electoral ecuatoriano era la distinción que planteaba entre ciudadanos activos y pasivos, ya que solo los primeros eran los que tenían derecho a sufragio directo y secreto 298 . Al establecer un sistema de elecciones directas, los requisitos exigidos a los votantes en Ecuador debían ser mayores que en otras naciones. Por ello, el acceso a la ciudadanía activa venía delimitado en este país por una serie de condiciones muy restrictivas, entre las que se encontraba –desde 1830- el criterio de la alfabetización. La restricción de la ciudadanía desde el comienzo de la República permitió a Ecuador establecer un sistema de elecciones directas desde una fecha relativamente temprana: 1861. Frente a la estrategia de selección social llevada a cabo por Ecuador, en Perú se implantó un concepto de ciudadanía inclusiva, en la que cualquier peruano varón y mayor de edad podía ser considerado ciudadano, mientras que se reservaban mayores exigencias para acceder al sufragio 299 . En cualquier caso, ambos eran sistemas de sufragio limitados, en los que la elección de los representantes nacionales quedaba concentrada en un grupo reducido de población, bien fuera mediante un sistema de votación directa con requisitos muy altos para el sufragante, lo que impedía el acceso al voto a un gran porcentaje de población –el caso de Ecuador-; o 297 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Tercera discusión del proyecto de Constitución de 1869”, 29-5-1869, pp. 77-78. 298 Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, artículo 3. 299 La utilización de los términos “ciudadanía restringida” y “ciudadanía inclusiva” procede de: DEL ÁGUILA, Alicia: “Constituciones, ciudadanía y población indígena en los Andes, s. XIX: los casos de Bolivia, Ecuador y Perú”, Revista de Ciencia Política, nº 8, 2014, pp. 31-47. Profundizaré en la categorización de la ciudadanía tanto en Ecuador como en Perú en el capítulo 6. 134 bien fuera mediante un sistema de votación indirecta, en el que la participación política era bastante amplia en el primer nivel, mientras que las mayores exigencias de acceso al voto se reservaban para el segundo nivel, donde definitivamente se elegían a los representantes –el caso de Perú-. De un modo u otro, ambas estrategias electorales compartían el mismo objetivo: dejar en manos de “los mejores”, los más aptos, la gobernabilidad del país. La importancia de las elecciones en los primeros sistemas representativos era crucial, pues de este modo los gobiernos conseguían legitimarse. Por ello, la definición del alcance del sufragio –a la que se dedicará el capítulo 7- era un asunto tan importante para las élites políticas e intelectuales. Igualmente, resultaba trascendental garantizar la limpieza de los procesos electorales, una preocupación que aparecía de forma frecuente en los discursos políticos de todo el mundo occidental. Esto me lleva a hablar de la relación existente entre los sistemas electorales decimonónicos y la corrupción y el fraude electoral. Corrupción y fraude electorales A pesar de la diferencia principal en torno al modelo de sufragio –directo o indirecto-, los sistemas electorales instalados en Perú y en Ecuador durante la década de los sesenta no eran tan distintos entre sí. Tanto la ley electoral ecuatoriana de 1863 como la ley de elecciones peruana de 1861 establecían que serían los miembros de las Cámaras Legislativas los encargados de convocar las elecciones y, una vez concluidas, hacer el escrutinio de los votos obtenidos, para proclamar finalmente a los candidatos elegidos. Así, desde el poder legislativo se controlaba todo el proceso electoral. A la hora de calificar las actas electorales, la comisión seleccionada para ello debía estar muy atenta a la posible aparición de errores o fraudes. Como he comentado anteriormente, el peligro del fraude electoral era un elemento permanente en las culturas políticas del liberalismo. Por tanto, no resultaba insignificante el hecho de que en todas las leyes electorales que se sucedieron en ambos países a lo largo del siglo XIX se dedicara un apartado a señalar los “actos prohibidos en las elecciones”, las “garantías de los electores” o los casos en los que las elecciones podrían declararse nulas 300 . Según el senador peruano Silva Santisteban, lo que estos artículos pretendían era “garantizar la 300 Ley de elecciones peruana de 1861, Título IX: Actos prohibidos en las elecciones; Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, artículos 41-45, 96-101 y 109. 135 inmunidad del elector, que en ese acto es la misma que la de un Diputado, pues va a ejercer un derecho tan sagrado como el de elegir” 301 . La aparición de diversos artículos en las leyes electorales que trataban de evitar la corrupción y el fraude electoral ponía de manifiesto una aparente preocupación por parte de los representantes por asegurar la limpieza y la transparencia de los procesos electorales. Sin embargo, estos artículos no siempre se cumplían. Los representantes se consideraban los depositarios de la voluntad de concepciones abstractas como la nación o la ciudadanía, y por tanto, podían tomar las decisiones que afectaran al Estado en su nombre. En la legitimación de este sistema resultaban totalmente imprescindibles los procesos electorales: las elecciones en el siglo XIX latinoamericano se convirtieron en un elemento principal para otorgar legitimidad a los nuevos Estados, a la vez que funcionaban como un mecanismo que permitía la evolución del Antiguo Régimen a los gobiernos liberales basados en el concepto de representación. Por ello, buena parte del trabajo parlamentario durante la segunda mitad del siglo XIX se dedicó a la elaboración de leyes electorales que hacían especial hincapié en evitar la corrupción y el fraude. Unas elecciones transparentes eran la base para la legitimación de los representantes que salieran elegidos de ellas 302 . No obstante, en ocasiones para garantizar que llegaban al poder los individuos más idóneos resultaba necesaria la utilización de prácticas fraudulentas en los procesos electorales. Como afirma María Antonia Peña, “la mediación clientelar discriminativa y el recurso caciquil al fraude y a la violencia contribuían a mantener el poder en el seno de las élites” 303 . Por ello, los debates parlamentarios en torno a la corrupción y al fraude electoral fueron una constante en las asambleas representativas de todos los sistemas occidentales durante el siglo XIX. En concreto, en la década de 1860, tanto en Perú como en Ecuador, los debates en torno a este tema fueron muy frecuentes, y mostraban una preocupación que procedía de la etapa anterior, en la que la intervención de las autoridades políticas militarizadas en las elecciones había sido habitual. Así, Cecilia Méndez ha señalado que el período que transcurre entre 1820 y 1850 quedaba definido por dos elementos esenciales: la ruralización y la militarización del Estado. Durante estos años, el mundo rural era imprescindible para que un caudillo se asentara en el 301 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-61, 5-1-1861, pp. 325-328. 302 MANIN, Bernard: Los principios del gobierno representativo, Madrid, Alianza Editorial, 2017 (1ª edición 1998). 303 PEÑA GUERRERO, María Antonia: “Sufragio y representación en la Colombia liberal…”, pp. 8-10. 136 poder político a través de los ejércitos caudillistas formados fundamentalmente por campesinos. Los gobiernos que resultaban de estos procesos eran absolutamente inestables, por lo que el país vivía constantemente un estado de guerra civil 304 . En Perú, la ley de elecciones de 1861 tenía como uno de sus objetivos principales acabar con la intervención de las autoridades en la participación ciudadana a través del sufragio: El Congreso está en el deber de apartar de los pueblos todos los embarazos que los rodean. Al dictarles una nueva ley de elecciones, que sea concediéndoles el goce del verdadero derecho de sufragio, y asegurándoles la independencia en el uso de ese derecho. Que no se entrabe la libertad y que las elecciones puedan hacerse con toda regularidad; que la buena marcha de ellas no sea en fin turbada por la funesta injerencia del Poder Ejecutivo. Tiempo es ya, señores, de que los legisladores del Perú se ocupen de dar leyes perfectas; pero no para que como las que hasta hoy han dado, permanezcan en olvido o se quebranten, sino para que rijan y se cumplan 305 . Con este objetivo, esta ley dedicaba un apartado a los “actos prohibidos en las elecciones”. Entre ellos, se prohibía entrar en el lugar en el que se celebraban los comicios con todo tipo de armas, así como no se permitía detener a un votante durante el proceso electoral, a no ser que fuera hallado en “infraganti delito”. Esta última prohibición trataba de impedir la injerencia de las autoridades en la elección, pues frenaba la posibilidad de que éstas detuviesen a un individuo cuyo voto no conviniese hasta el final del proceso. En esta misma línea se situaban otros artículos que impedían la entrada en los colegios electorales a prefectos, subprefectos, gobernadores, tenientes gobernadores y agentes de policía. Por último, una serie de artículos pretendían evitar la falsificación de las actas electorales mediante la descripción de un exhaustivo proceso para llevar a cabo la redacción de las mismas, garantizando en todo caso su autenticidad 306 . Además, la legislación establecía la configuración de una comisión del Cuerpo Legislativo encargada de calificar los resultados electorales en busca de posibles errores o fraudes. Cuando se producía una actuación sospechosa de fraude electoral en un determinado colegio electoral, la comisión podía –incluso, debíadeclarar la nulidad 304 MÉNDEZ, Cecilia: “Tradiciones liberales en los Andes o la ciudadanía por las armas: campesinos y militares en la formación del Estado peruano”, en IRUROZQUI, M.: La mirada esquiva. Reflexiones históricas sobre la interacción del Estado y la ciudadanía en los Andes (Bolivia, Ecuador y Perú), siglo XIX, Madrid, CSIC, 2005, pp. 125-153. 305 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, 20-12-1860, p. 267. En este discurso se podía apreciar un elemento de tensión entre el poder legislativo y el ejecutivo, sobre el que profundizaré en el capítulo 4. 306 Ley de elecciones peruana de 1861, Título IX: Actos prohibidos en las elecciones. 137 de las elecciones efectuadas. No obstante, algunos parlamentarios aseguraban que podía haber algunas excepciones, cuando estos actos no eran de suma gravedad: En todo acto civil así como en todo acto político, hay nulidades que afectan la esencia de las cosas, y nulidades que afectan las ritualidades. La ley de elecciones ha querido que sea nulo todo acto en donde se encuentren infracciones, desde los primeros momentos de elegir, es decir desde el principio hasta el momento de su terminación (…); pero encontrar nulidad en las formulillas y ritualidades, en el modo de otorgar la copia certificada de un acta, en que está consignada la firma de todos los que concurren al colegio, es un escrúpulo muy grande, es un escrúpulo sin embargo que honra a los individuos de la comisión; pero el Congreso debe despreciar esas formulillas ante la consideración de que una provincia entera ha sufragado con entero cumplimiento de la ley; que no ha habido coacción; que no ha habido oposición ni contradicción de ningún género (…) 307 . A pesar de la declaración de intenciones de eliminar estos comportamientos, la corrupción, la violencia y el fraude seguirían caracterizando todos los procesos electorales del siglo XIX peruano. De hecho, la identificación de los procesos electorales con algún tipo de desorden público y con la intervención por parte de los poderes parecía un elemento asumido por las élites intelectuales: “las elecciones populares (…) han sido por desgracia entre nosotros la piedra del escándalo hace largo tiempo” 308 . Por ello, en este trabajo me planteo qué nivel de seguimiento tuvieron los artículos mencionados de la ley electoral en los comicios efectuados a lo largo de la década de 1860, y especialmente, qué visión del fraude electoral presentaron los representantes parlamentarios del momento. El análisis de las fuentes utilizadas, principalmente los diarios de debates y la prensa, permite afirmar que el incumplimiento de la ley electoral promulgada en 1861 sería una práctica bastante extendida. La primera oportunidad que tuvo la recién promulgada ley electoral para demostrar su eficacia o inoperancia fue en las elecciones municipales convocadas el 1 de junio de 1861. No obstante, en ellas ya empezaron las denuncias sobre fraude electoral. Concretamente, en las celebradas en Lima, la comisión calificadora señalaba la duplicidad –en el país andino denominada “dualidad”- de colegios electorales, algo que sería bastante frecuente en las elecciones que se sucedieron en Perú a lo largo del siglo XIX. Así, se denunciaba la constitución de una segunda mesa electoral que funcionaba de forma ilegal y en paralelo a la mesa oficial: 307 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1862, 13-8-1862, pp. 69-74. 308 El Peruano, “Editorial”, 5-11-1862. 144 elecciones “cuando hay señales de haber sido violados o falsificados los registros de firmas de electores o las urnas eleccionarias”. Además, al igual que en Perú, esta ley señalaba también la imposibilidad de acudir a las elecciones con armas 330 . Con esta disposición se pretendía evitar el frecuente uso de la violencia armada para influir en política. Pero esta no era una prohibición exclusiva de los sistemas políticos de ambos países andinos, sino que se repetía también en todas las leyes electorales europeas del momento -como sucedía en Francia, Italia o España-, aunque en la práctica casi siempre se incumplía 331 . Por otro lado, se prohibía la detención de cualquier sufragante, a no ser que hubiera cometido algún delito “que merezca pena corporal”. Además, la ley electoral de 1863 incluía un artículo que especificaba que ninguna autoridad podría “exigir oficial ni extraoficialmente, en público ni en privado, con amenazas o halagos, el sufragio de un elector” 332 . Al igual que en la ley electoral de 1863, en la de 1869 también aparecía un artículo encargado de señalar los casos en los que las elecciones serían anuladas. Además, se incluían otras disposiciones, como que “las autoridades y empleados públicos no podrán arrestar ni detener a ningún elector de primera clase los primeros días de votaciones (…)” o que “ninguna autoridad (…) podrá exigir (…) el sufragio de un elector de primera clase para candidato alguno”. Por último, también se añadía el tradicional artículo contra la presencia de armas en los procesos electorales, bajo pena de multa 333 . A pesar de los artículos recogidos en las leyes electorales ecuatorianas que mostraban una aparente preocupación de los legisladores porque se produjesen unas elecciones limpias, también en Ecuador se encontraron algunos casos de fraude electoral, incluso dentro del propio Parlamento. Esto es lo que ocurrió en enero de 1868, cuando el Congreso Extraordinario se reunió para nombrar a los arzobispos. Tras la votación efectuada por diputados y senadores se puso de manifiesto que había un mayor número de votos que de sufragantes. El representante Mestanza advirtió que esto podía deberse a un fraude o a una simple equivocación, si bien dejaba clara su postura al respecto: “siendo más probable lo primero”. Frente a estas acusaciones de fraude, Flores aseguraba que “nadie podía imputar a ninguno de los miembros de la representación 330 Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, artículos 96 y 109, respectivamente. 331 ZURITA, Rafael: “La definición normativa”, en SIERRA, M., PEÑA, M.A. y ZURITA, R.: Elegidos y elegibles. La representación parlamentaria en la cultura del liberalismo, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 269-299, esp. p. 298. 332 Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, artículos 42 y 44. 333 Ley de elecciones ecuatoriana de 1869, artículos 57, 77, 79 y 82. 145 nacional la mengua de dejarse coludirse, pues la dignidad de cada uno hacía imposible el fraude y las imposturas” 334 . Así, este representante ponía el acento en la honorabilidad que debía caracterizar a los miembros del poder legislativo, un aspecto que, como se verá en el capítulo 8, resultaba fundamental. Por su parte, también en 1868 los grupos adversos al gobierno del entonces presidente Javier Espinosa –el único presidente no conservador de la década de los sesentase encargaban de criticar la presencia de la corrupción electoral en Ecuador. En su discurso de investidura, Espinosa había asegurado que su gobierno debía “fiel acatamiento en el ciudadano al pleno ejercicio de su derecho de elegir los funcionarios nacionales” 335 . Sin embargo, sus opositores, utilizando la circulación de ciertos folletos políticos, llamaban la atención sobre la injerencia de las autoridades militares en los procesos electorales y el amedrentamiento que producían sobre el electorado, distorsionando así la voluntad popular: He ahí porque vosotros jóvenes ilustrados de la capital de la República, os veis actualmente perseguidos, vejados y calumniados por esa manga de soldados hambrientos, de empleados mercenarios, de esbirros asalariados que se ufanan de ostentar sus demasías en las mesas electorales, a presencia de un Gobierno que había prometido tantas garantías a la libertad del sufragio, y cuyas autoridades se lanzan con irritante escándalo en la arena eleccionaria, de donde huyen los tímidos sufragantes, rechazados por inicuas combinaciones (…) 336 . Como se puede apreciar en estas palabras, la intervención de las autoridades militares y gubernamentales en los procesos electorales, a través de la coacción, la amenaza o la violencia, era una preocupación constante en Ecuador. Y es que la intervención caciquil y la adulteración de las elecciones en este país eran una realidad, como se ponía de manifiesto en la correspondencia privada que Gabriel García Moreno mantuvo con algunos de sus colegas. Por ejemplo, en una carta escrita a Felipe Sarrade el 12 de diciembre de 1860, se congratulaba por los resultados de las elecciones con las siguientes palabras: “Las elecciones de Latacunga me reconcilian cordialmente con esa provincia de cuya capital he estado muy quejoso. Me alegro que al aceptar mis indicaciones hayan elegido los tres excelentes patriotas que indiqué. Mi misión está 334 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 11-1-1868, p. 79. 335 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Discurso de investidura del Presidente Javier Espinosa”, 20-1-1868, p. 85. 336 AHMC, leg. ADQ.1.1.2: Recortes de prensa, folletos y pasquines, “A la juventud”, Quito, Oficina tipográfica de F. Bermeo, por J. Mora 4-5-1868. 146 pues concluida” 337 . En octubre de 1869, García Moreno escribía a Manuel Andrade Marín con un encargo similar: Se acercan las elecciones. Deseo que el Gobernador, Ud., los amigos de La Esperanza, y comisiones de los otros cantones formen una lista y me la remitan oportunamente para aprobarla o reformarla, según sea justo. Por mí voto al Dr. Pedro González y Uds. verán los diputados principales. Los Senadores principales serían el excelente Dr. Francisco Javier León y el Sr. Zoilo Lara. Ojalá lea Ud. esta carta al Gobernador, a quien no alcanzo a escribir sobre esto 338 . Unos días después, García Moreno aceptaba la lista enviada por Manuel Andrade, a quien además “daba el gusto poniéndole de segundo suplente” 339 . Los resultados electorales estaban ya cocinados. Los casos expuestos, en los que los procesos electorales peruanos y ecuatorianos quedaban totalmente identificados con la manipulación, la intervención de autoridades y la violencia dan una imagen negativa de las elecciones decimonónicas en América Latina. De hecho, en el caso de Perú esta imagen fue favorecida por la obra de Jorge Basadre Elecciones y centralismo en el Perú, que sentó las bases de buena parte de la historiografía peruanista 340 . Así, el historiador Marcel Velázquez ha señalado algunas de las características principales de las elecciones peruanas en el período que transcurrió entre los años 1845-1872: “una apatía de las élites, racismo contra las comunidades subalternas, sobrevaloración de la agencia y la responsabilidad de los afroperuanos, ausencia de educación cívica entre los electores, espacios exclusivamente masculinos, la corrupción (ausencia de moral) y la violencia (ausencia de consenso)” 341 . No obstante, en los últimos años la visión sobre los procesos electorales en América Latina, particularmente desde la historiografía peruanista, está siendo revisada y reinterpretada. En primer lugar, hay que diferenciar lo que hoy entendemos por fraude de lo que significaba para la clase política peruana y ecuatoriana de la época 342 . Como 337 AHMC, leg. JJC. 00393: Correspondencia perteneciente a García Moreno, 1859-1875, “Carta de Gabriel García Moreno a Felipe Sarrade”, 12-12-1860. 338 AHMC, leg. JJC. 00393: Correspondencia perteneciente a García Moreno, 1859-1875, “Carta de Gabriel García Moreno a Manuel Andrade Marín”, 26-10-1869. 339 AHMC, leg. JJC. 00393: Correspondencia perteneciente a García Moreno, 1859-1875, “Carta de Gabriel García Moreno a Manuel Andrade Marín”, 9-11-1869. 340 BASADRE, Jorge: Elecciones y centralismo en el Perú. Apuntes para un esquema histórico, Lima, Centro de Investigaciones de la Universidad del Pacífico, 1980. 341 VELÁZQUEZ, Marcel: “Notas sobre discursos e imágenes de las elecciones…”, p. 299. 342 CHIARAMONTI, Gabriella: Ciudadanía y representación en el Perú…, pp. 21-23. 147 plantea Federica Morelli, “los procesos representativos (liberales) no estaban dominados, como los contemporáneos, por una óptica exclusivamente estatal, sino que estaban moldeados también por los valores y las prácticas de la sociedad”. Aquí entraban en juego los aspectos informales de las elecciones, que en ocasiones se calificaban como “ilícitos” 343 . La limitación de la participación ciudadana mediante prácticas corruptas y fraudulentas se trataba de una estrategia para asegurar que llegaban al poder los individuos más aptos para ser representantes, aquellos que poseían las calidades personales necesarias (riqueza, capacidad, independencia, etc.). No hay que olvidar que dejar el poder en manos de “los mejores” era el principal objetivo de la cultura política liberal. En este sentido, el fin justificaba los medios. En esta línea, Hilda Sábato asegura que “las prácticas electorales no habrían sido formas de ignorar o distorsionar las normas, sino más bien una manera de procesarlas en cada situación específica” 344 . En países como España, Chile o Argentina, en determinados momentos se habló de “legítimas influencias” para referirse a ciertas presiones sobre el electorado que estaban legalmente permitidas 345 . Por su parte, en el caso de Perú, José Ragas afirma que las prácticas electorales fraudulentas formaban “un complejo sistema que funcionó paralelamente con el régimen electoral indirecto” 346 . Esto era bastante frecuente en un sistema político en el que cobraban gran importancia las prácticas sociales heredadas del Antiguo Régimen, y en el que la política se articulaba en función de la localidad y de las relaciones personales. Así, las estructuras sociales tradicionales condicionaban en gran medida la práctica política de los primeros gobiernos representativos, como expone Gabriella Chiaramonti: Es necesario tener presente que si bien en este período de aprendizaje y experimentación los legisladores peruanos se inspiraban en las ideas, el 343 MORELLI, Federica: “Un neosincretismo político. Representación política y sociedad indígena durante el primer liberalismo hispanoamericano: el caso de la Audiencia de Quito (1813-1830)”, en KRÜGGELER, Thomas y MÜCKE, Ulrich: Muchas Hispanoaméricas. Antropología, historia y enfoques culturales en los estudios latinoamericanistas, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2001, pp. 151-165,esp. p. 155. 344 SÁBATO, Hilda: “La ciudadanía en el siglo XIX: nuevas perspectivas para el estudio del poder político en América Latina”, en KÖNIG, Hans Joachim, PLATT, Tristan y LEWIS, Colin (coords.): Estado-nación, Comunidad Indígena, Industria…, pp. 49-70, esp. p. 58. 345 BONAUDO, Marta: “Los dilemas del sufragio y la representación en Argentina durante el reformismo notabiliar finisecular”, Journal of Iberian and Latin American Research, vol. 20, nº 1, 2014, pp. 83-97, esp. pp. 91-93. 346 RAGAS ROJAS, José: “La distorsión de la voluntad. Corrupción y sufragio en Perú (1849-1851)”, en IRUROZQUI, M.: La mirada esquiva. Reflexiones históricas sobre la interacción del Estado y la ciudadanía en los Andes (Bolivia, Ecuador y Perú), siglo XIX, Madrid, CSIC, 2005, pp. 215-237. Sobre esta temática, el mismo autor cuenta con otro artículo: “Las urnas temibles. Elecciones, miedo y control en el Perú republicano (1810-1931)”, en ROSAS, C.: El miedo en la historia del Perú (ss.XVI-XX), Lima, PUCP y SIDEA, 2005, pp. 233-256. 148 lenguaje y las instituciones del constitucionalismo liberal, considerados como puntos de referencia cruciales, al mismo tiempo actuaban en estrecho contacto con una sociedad, de la cual ellos mismos formaban parte material y culturalmente, que se veía a sí misma en términos arraigadamente tradicionales 347 . Por otro lado, hay que señalar que, a pesar de que es cierto que las elecciones peruanas y ecuatorianas decimonónicas se caracterizaron por la violencia y el fraude, no podemos dejar de advertir que este hecho no solo se daba en América Latina, sino que era una característica básica de los primeros sistemas representativos en todo el mundo occidental. Por ejemplo, en países como España, Italia, Francia o Gran Bretaña también eran bastante frecuentes las influencias caciquiles y las prácticas clientelares 348 . En conexión con el punto anterior, el objetivo de garantizar el gobierno de los más aptos explicaría que la utilización de estrategias electorales actualmente entendidas como fraudulentas fuera un aspecto común a todos los procesos electorales decimonónicos, a una y otra orilla del Atlántico. Además, las nuevas corrientes historiográficas incluso han puesto de relieve la cara positiva del fraude electoral decimonónico señalándolo como la forma más pacífica que tenían los grupos de intereses para llegar al poder o la posibilidad que otorgaban a ciertos sectores de población para participar en política por primera vez. En opinión de Natalia Sobrevilla, las elecciones decimonónicas (y también las de buena parte del siglo XX), más que un acto democrático, fueron una forma de resolver los conflictos existentes entre las élites. Así, estos procesos estuvieron siempre asociados al fraude, a través de mecanismos clientelares y prácticas caciquiles similares a las que se dieron en Europa, y en concreto en España. De esta forma, los diferentes grupos de intereses de las élites trataban de llegar al poder de la manera más pacífica posible. El fraude electoral consistía entonces en una forma pacífica de resolver los conflictos, en vez de acudir a las armas 349 . Por su parte, Marta Irurozqui niega la utilidad del concepto “caudillismo”, como un concepto peyorativo asociado a la incapacidad de la cultura política latinoamericana para desarrollar sistemas políticos liberales y democráticos. Frente a este concepto tradicional, propone el de “ciudadanía armada”, según el cual la ciudadanía civil toma parte en la configuración del poder a través de las armas. Así, la violencia política no era algo contrario al sostenimiento del sistema político, sino más 347 CHIARAMONTI, Gabriella: Ciudadanía y representación en el Perú…, p. 218. 348 Ibid., pp. 20-21. 349 SOBREVILLA PEREA, Natalia: “Elecciones y conflicto en la historia del Perú”, Elecciones, vol. 10, nº 11, 2011, pp. 9-32. 149 bien un elemento que coadyuvaba a la participación política de amplios sectores de población. En el siglo XIX se entendía el término “democracia” como el derecho que tenía el pueblo a intervenir en los asuntos políticos, a través de estrategias como el derecho de petición, de asociación, de prensa o de sufragio (“democracia pacífica”) o a través de las armas (“democracia armada”) cuando era necesario 350 . Igualmente, Cecilia Méndez ha señalado que durante el período 1820-1850 la violencia asociada al poder político se encontraba íntimamente relacionada con la participación política del mundo rural 351 . Por último, cabría preguntarse por qué, si las elecciones eran prácticas elitistas y básicamente fraudulentas en su origen, los parlamentarios estaban sin embargo tan preocupados por el problema del fraude. Se trataba de una paradoja que afectaba a todos los sistemas representativos establecidos en el mundo occidental. Por un lado, era necesaria “la tipificación y sanción de los delitos en aras de la pureza electoral”, ya que resultaba fundamental legitimar a los electos. En este sentido, para el caso español Rafael Zurita señala: “Con objeto de que el representante electo gozase de plena legitimidad, derivada de un proceso electoral limpio, los liberales españoles pertrecharon sus proyectos de una detallada reglamentación que especificó los distintos pasos que debían seguir las elecciones y, en su caso, la definición de los delitos electorales” 352 . Este mismo cuidado de la legislación electoral, con la inclusión de una exhaustiva enumeración de los potenciales delitos electorales, aparecía también en Perú y en Ecuador, como ya se ha visto. Por otro lado, era prioritario asegurar que llegaban al poder los individuos idóneos para ocupar los puestos de representantes de la nación, por lo que a menudo las normas quedaban en papel mojado y aparecían numerosas actuaciones irregulares. Finalmente, los procesos electorales eran evaluados por una comisión formada por los propios representantes –esto se dio no solo en Perú y en Ecuador, sino también en Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Italia, Portugal o España-, la cual decidía la validez o nulidad de los mismos. Así, eran los propios parlamentarios los que legitimaban su elección, “cerrando así el círculo del proceso de representación política iniciado con la elaboración de la legislación electoral” 353 . En este sentido, 350 IRUROZQUI, Marta: La ciudadanía en debate en América Latina. Discusiones historiográficas y una propuesta teórica sobre el valor público de la infracción electoral, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2005; IRUROZQUI, Marta: “Ciudadanía armada versus caudillismo…”, pp. 99-129. 351 MÉNDEZ, Cecilia: “Tradiciones liberales en los Andes…”. 352 ZURITA, Rafael: “La definición normativa…”, p. 285 y 291. 353 Ibid., p. 299. 150 podemos cuestionar hasta qué punto el sistema representativo realmente representaba la voluntad de la nación. Por ello, en el próximo capítulo atenderé al análisis de las bases esenciales de la representación política. 151 PARTE II. CONSTRUYENDO EL LIBERALISMO: PRINCIPIOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN PARTE II CONSTRUYENDO EL LIBERALISMO: PRINCIPIOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN 152 CAPÍTULO 4. EL PRINCIPIO DE REPRESENTACIÓN. A lo largo de este capítulo me preguntaré, en primer lugar, acerca de los principios básicos del sistema representativo. ¿Cómo concebían la representación los parlamentarios peruanos y ecuatorianos de mediados del siglo XIX? ¿Qué relación tenía el sistema representativo con otros conceptos como democracia o soberanía? Partiendo de la teoría liberal propuesta en los textos canónicos de los intelectuales más afamados, los políticos peruanos y ecuatorianos acudieron a los ejemplos que ofrecían determinadas naciones en las que se habían implantado previamente sistemas representativos, para posteriormente hacerlo efectivo en sus propios países, combinando las teorías liberales con las experiencias preexistentes y las características propias de sus sociedades. Si bien en líneas generales la élite política e intelectual de Perú y Ecuador estaba de acuerdo en la idoneidad del sistema de representación parlamentaria, la polémica surgía a la hora de llevar a cabo dicha representación. ¿Cómo trasladar al Parlamento la representación de una sociedad heterogénea? ¿Quiénes podían ejercer la función de representar a la “nación”? ¿Quiénes debían ser representados? Para tratar de responder a estas preguntas resulta interesante acudir a los discursos parlamentarios mediante los que se discutieron los principios esenciales del gobierno representativo, así como a la legislación que finalmente le dio forma. Así, en segundo lugar se tratará de analizar los debates parlamentarios surgidos en torno al modelo de representación que debía implantarse en cada uno de estos países. Una vez definido el modelo de representación parlamentaria, entenderemos mejor el funcionamiento del poder legislativo en estos casos concretos. Sin embargo, desde que los sistemas liberales se adscribieron a la teoría de la separación de poderes, el Parlamento no era la única institución encargada de tomar decisiones políticas relevantes, sino que tenía que convivir también con el poder ejecutivo. A lo largo del siglo XIX, las tensiones entre ambos poderes fueron una constante en torno a la delimitación de las funciones de cada uno de ellos, un elemento que se analizará en el tercer apartado. 153 Liberalismo y representación En los sistemas políticos liberales la relación entre poder y ciudadanía se llevó a cabo a través de sistemas de representación. A principios del siglo XIX, la antigua idea de democracia procedente del mundo clásico, entendida como el gobierno directo del pueblo, fue quedando relegada por considerarse un sistema inviable, imposible de llevar a la práctica en sociedades complejas en constante crecimiento. Además, los recientes sucesos ocurridos en Francia durante la etapa jacobina de la Revolución Francesa, asociaban el concepto democracia con el caos y la anarquía 354 . Así, las élites políticas del contexto iberoamericano optaron por un sistema intermedio, liberal pero moderado, en el que se conservase el orden político y social: una “democracia representativa”. De este modo, por ejemplo, la Constitución peruana de 1860 incluía los calificativos “democrático” y “representativo” como dos de las características básicas del sistema de gobierno 355 . Como explica Gerardo Caetano, se trataba de conciliar dos términos – democracia y representaciónque habían sido considerados tradicionalmente incompatibles, e incluso antagónicos. De esta forma, “la adscripción rígida de la voz «democracia», asociada con el poder ilimitado del pueblo, podía dejar lugar a una visión de mayor moderación, en la que la representación implicara una suerte de atenuación «aristocrática» o elitista del «gobierno popular»” 356 . En los discursos políticos de la época a menudo aparecían tanto la palabra “democracia” como el término “representación” para hacer referencia al sistema político que se estaba desarrollando, si bien no era frecuente encontrar el concepto “democracia representativa”. En este sentido, debemos puntualizar que este término se utiliza sobre todo por parte de la historiografía, mientras que los contemporáneos se referían a su propio sistema político como una democracia basada en el sistema de representación parlamentaria. Cabe advertir también que existe una enorme diferencia entre lo que actualmente entendemos por democracia y lo que los contemporáneos del siglo XIX concebían como tal. Desde que obtuvieron su independencia política, las nuevas repúblicas latinoamericanas se ocuparon de instalar diferentes modelos de representación parlamentaria en los que, a 354 FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier: “Democracia”, en FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier y FUENTES, Juan Francisco (dirs.): Diccionario político y social del siglo XIX español, Madrid, Alianza, 2002, p. 216. 355 Constitución peruana de 1860, artículo 42. 356 CAETANO, Gerardo: “Itinerarios conceptuales de la voz «democracia» en Iberoamérica (1770- 1870)”, en FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier: Diccionario político y social del mundo iberoamericano. Conceptos políticos fundamentales, 1770-1870 [Iberconceptos II. Tomo II: Democracia], Madrid, Universidad del País Vasco y Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014, pp. 15-39, esp. p. 16. 256 además de ser ciudadano en ejercicio y tener derecho a sufragio, se establecían como requisitos obligatorios saber leer y escribir y ser natural o vecino de la parroquia 703 . Tal vez la mayor restricción de la ciudadanía en Ecuador –recordemos la exclusión de los no que sabían leer y escribirpodía explicar que la Constitución de 1861 estableciera elecciones directas, desviándose así de la norma general que siguieron el resto de constituciones latinoamericanas de la época 704 . A los criterios de mayoría de edad o estado civil casado y de literacidad exigidos para ser considerado ciudadano, se unía en este país el requisito de la residencia para obtener el derecho de sufragio: “Para ser sufragante se requiere ser ciudadano en ejercicio y vecino de la parroquia en que sufrague” 705 . Así, a los principios de madurez, responsabilidad, capacidad e independencia, se añadía ahora el arraigo territorial. La ley electoral ecuatoriana de 1863 establecía que, para saber quién poseía el derecho a la ciudadanía, y por tanto podía sufragar, la Municipalidad de cada cantón debía elaborar un registro de los individuos clasificados por la parroquia en la que residían, anotando también en dicho libro de registro los que se incluían por primera vez en el grupo -por cumplir la edad de veintiún años o por haberse avecindado en una parroquia perteneciente al cantón en cuestión- y los que se excluían del grupo -por muerte o por habérsele retirado o suspendido el derecho a la ciudadanía en uno de los casos que establecía la Constitución-. Para elaborar el libro de registro de los electores, era preciso contar antes con un listado proporcionado por el censo general elaborado por el gobernador provincial, en el que se recogían los datos de cada individuo: sexo, edad, estado, ocupación y si sabía leer y escribir 706 . A continuación, pasaré a analizar en mayor profundidad cada uno de los criterios en los que se pueden sintetizar los diferentes requisitos exigidos en Perú y en Ecuador para acceder al derecho al sufragio durante la década de 1860: alfabetización, industria, oficio o profesión, propiedad o renta y vecindad. 703 Ley de elecciones peruana de 1861, Título II: De cómo ejercer el derecho de sufragio. 704 GAMBOA BALBÍN, César L.: “¿Excepciones al modelo electoral gaditano?...”, pp. 169-200. 705 Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 16; Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 17. 706 Ley de elecciones ecuatoriana de 1863, artículos 6-7, 11. 257 Alfabetización El primero de los supuestos que permitían a un ciudadano peruano convertirse en votante era saber leer y escribir. La instrucción del sufragante era importante en la medida en la que le permitía ser menos manipulable de cara a las autoridades, pudiendo tomar sus propias decisiones. En este sentido, buena parte de la intelectualidad peruana estaba a favor de exigir este requisito para obtener el derecho a sufragio, como forma de asegurar la independencia del individuo y, a su vez, de garantizar el desarrollo de unas elecciones limpias: En la región de los principios no es ni puede ser ciudadano el que no sabe leer ni escribir, sea cual fuere su condición social; porque el que no ha recibido las primeras nociones del deber, ni podido comprender las obligaciones del estado civil, por carecer de la instrucción rudimental que para adquirir esos conocimientos se necesita, tiene que ser presa del más astuto, tiene que ser instrumento de ajena voluntad y al fin que convertirse en eco de los intereses del aspirante que con más sagacidad se presente para halagar el corazón humano, sin que la conciencia individual sea parte de la decisión 707 . No obstante, en el primer nivel del sistema electoral no se podía exigir la obligatoriedad del criterio de la literacidad, puesto que, como se vio en el capítulo 5, aún en la década de los sesenta gran parte de la población peruana continuaba siendo analfabeta. A pesar de que los intentos de imponer un sistema educativo se habían sucedido desde la independencia de Perú, en la segunda mitad del siglo XIX aún no se había establecido un programa coordinado y uniforme en todo el país que permitiera difundir la educación ni siquiera en sus niveles más primarios, por lo que muchas zonas del país, especialmente las que se encontraban en las sierras del interior, se encontraban muy atrasadas en cuanto a la instrucción, siendo la mayoría de su población analfabeta. La situación del país en cuanto a la educación quedaba retratada en la memoria que el Ministro de Instrucción presentó al Congreso en abril de 1861: Sensible es decirlo: en dos millones de habitantes que cuenta la Nación, puede asegurarse que la mitad no sabe leer ni escribir, y en nuestros indígenas del interior casi todos carecen de ese precioso bien, mediante el que podrían comprender sus verdaderos derechos, alcanzar la suma de felicidad posible y formar la ventura pública 708 . En el siguiente grado de elección, sin embargo, la alfabetización no era ya un requisito opcional, sino obligatorio, para los electores de provincia. En este segundo 707 El Peruano, “Las elecciones”, 21-10-1863. 708 El Peruano, “Memoria que el Ministro de Estado en el Despacho de Justicia, Instrucción y Beneficencia, presenta al Congreso Nacional de 1860”, 3-4-1861. 258 nivel del sistema electoral la capacidad cobraba especial relevancia. No en vano un proyecto de ley presentado en 1868 disponía que, junto a los requisitos introducidos en la ley electoral, los electores debían ser escogidos “entre los ciudadanos que por su probidad, inteligencia, posición social, fortuna, popularidad y por los empleos públicos o de Beneficencia que dignamente hubieren desempeñado, den garantías de fuerza, laboriosidad y amor al país” 709 . El nivel de ilustración, por tanto, se encontraba estrechamente relacionado con el nivel de riqueza, ya que solo aquéllos que disponían de determinados recursos podían contar con suficiente tiempo libre para dedicarse a la instrucción y, por supuesto, costeársela. Tanto la instrucción como la riqueza, a su vez, eran criterios que se presuponía garantizaban la independencia política del elector. Además, hay que tener en cuenta que los sistemas representativos que se instalaron en el siglo XIX se basaban en la idea de meritocracia, la cual sustituía la sangre y la herencia -criterios básicos de diferenciación en el sistema estamental del Antiguo Régimenpor las capacidades individuales, que regían el sistema republicano “estableciendo reglas fijas para juzgar a los hombres públicos, y castigarlos o premiarlos según sus méritos” 710 . En Perú, la polémica sobre el derecho al sufragio de los analfabetos –a menudo identificados con la población indígenafue una constante a lo largo de todo el siglo XIX, y tuvo uno de sus puntos álgidos en el debate suscitado en la década de los cuarenta entre el conservador Bartolomé Herrera y los liberales encabezados por Pedro Gálvez. En este momento predominaba en Perú una corriente conservadora en la que destacaba el clérigo Bartolomé Herrera, procedente del Colegio San Carlos y defensor de un gobierno dirigido por los individuos más ilustrados, que a menudo se identificaban con los propietarios. Así, a través del concepto de “soberanía de la inteligencia”, proponía la prohibición del sufragio a los analfabetos y, por consiguiente, de los indígenas. Por su parte, José y Pedro Gálvez, procedentes del Colegio Guadalupe, creían que no se podían traicionar los principios con los que se había fundado la República, entre ellos, el de la soberanía popular. De esta forma, afirmaban que era preciso conceder el derecho al sufragio también a la población indígena, para garantizar 709 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 DCO 1868 ej. 2, 6-8-1868, p. 34. 710 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Sesión preparatoria”, leg. CID 328.85 CO 1864 ej. 2, 28-7-1864, p. 2. 259 la verdadera “soberanía del pueblo”. De estas ideas liberales beberían los fundadores del Club Progresista, que comenzaría su andadura en la década de los cincuenta 711 . Si bien en un principio los indígenas participaban activamente en las elecciones, que partían de una concepción amplia del concepto de ciudadanía, a medida que transcurría el siglo XIX y se sucedían numerosos debates sobre la conveniencia o no de la participación de una población analfabeta, la presencia política de distintos sectores de la sociedad se fue reduciendo para finalmente concluir con la reforma electoral de 1896, en la que se decidió restringir el derecho al voto a los analfabetos. Como apunta Gabriella Chiaramonti en sus obras dedicadas a esta reforma, realmente lo que se pretendía con esta decisión era restringir el sufragio a la población indígena, en su mayoría analfabeta 712 . En cualquier caso, en Perú el criterio de la literacidad no fue uno de los más demandados, al menos hasta la reforma electoral de 1896 713 . No obstante, el caso ecuatoriano resultaba bastante diferente, pues el requisito de la alfabetización resultaba una exigencia para gozar del derecho a la ciudadanía –el cual daba acceso también al sufragio-. En este contexto, el debate sobre el requisito de la literacidad en relación al sufragio no tuvo lugar en Ecuador en la década de 1860, debido a que ya se había asentado como criterio básico para obtener la ciudadanía desde el primero de sus textos constitucionales. Desde la independencia de Ecuador se habían sucedido los intentos por implantar un sistema educativo en manos del Estado, uniforme a todo el país. En esta línea, en 1836 se promulgó el Decreto Orgánico de la Enseñanza Pública y en 1838 lo hizo el Decreto Reglamentario de Instrucción Pública 714 . Pese a ello, a la altura de 1861, 711 ANDRÉS GARCÍA, Manuel: La construcción del poder…, p. 104; RIVERA, Víctor Samuel: “Tras el incienso. El republicanismo reaccionario de Bartolomé Herrera”, Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, vol. 10, nº 20, 2008, pp. 194-214; CHIARAMONTI, Gabriella: “A propósito del debate Herrera-Gálvez de 1849: breves reflexiones sobre el sufragio de los indios analfabetos” en ALJOVÍN DE LOSADA, C. y LÓPEZ, S.: Historia de las elecciones en el Perú. Estudios sobre el gobierno representativo, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2005, pp. 325-358. 712 CHIARAMONTI, Gabriella: “Andes o nación: la reforma electoral de 1896 en Perú” en ANNINO, A.: Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX. De la formación del espacio político nacional, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995, pp. 315-346; “Construir el centro, redefinir al ciudadano: restricción del sufragio y reforma electoral en el Perú de finales del siglo XIX” en MALAMUD, C.: Legitimidad, representación y alternancia en España y América Latina: Las reformas electorales (1880-1930), México, Fondo de Cultura Económica-Colegio de México, 2000, pp. 230-261; Ciudadanía y representación en el Perú…. 713 RAGAS ROJAS, José: “Leer, escribir, votar…”, pp. 107-134. 714 SOASTI TOSCANO, Guadalupe: “La formación de los primeros ciudadanos ecuatorianos…”, pp. 168-171. 260 según el Ministro del Interior Pablo Herrera, la situación de la educación en Ecuador era la siguiente: “aún existía un 30% de escuelas privadas y la crisis de los colegios era bastante extendida” 715 . El gobierno de García Moreno, por tanto, tuvo que hacer frente al problema del extendido analfabetismo. Además, la educación pública se convirtió en un instrumento esencial para consolidar el Estado nacional que se estaba construyendo pues, como apunta Guadalupe Soasti, “en ella habría recaído la misión de transformar a los individuos en ciudadanos de la nueva República” 716 . Como afirma Pilar Muñoz, el ciudadano no era un sujeto que apareció de forma inmediata con el liberalismo, sino que era un “ente sociojurídico” que se debía construir; “en esta construcción desempeñará un papel fundamental la educación, y muy especialmente la educación primaria” 717 . Así, en Ecuador se llevó a cabo una reforma educativa que pretendía hacer extensiva la instrucción a un mayor número de población, si bien no sería hasta 1871 cuando, a través de una reforma legislativa, la educación primaria pasó a ser un elemento centralizado en manos del Estado 718 . En la investigación que ha realizado la historiadora Rosemarie Terán se pone de manifiesto que el sistema educativo que instaló García Moreno en Ecuador a partir de la década de los setenta del siglo XIX era un sistema bastante avanzado en comparación con otras repúblicas latinoamericanas e incluso europeas, ya que presentaba elementos tales como la generalización y unificación educativa en manos del Estado y la supresión de la enseñanza privada, y el establecimiento de la obligatoriedad junto con la gratuidad de la instrucción primaria – algo que en Francia no aparecería hasta 1881- 719 . Por su parte, Maiguashca afirma que García Moreno pretendía llevar a cabo una sociedad meritocrática, por lo que en su modelo educativo también se prestó atención a la educación de las niñas e incluso de los indígenas 720 . De este modo, al igual que ocurría en Perú, en Ecuador también existió una preocupación por “civilizar” a los indígenas a través de la extensión de la educación 721 . 715 TERÁN NAJAS, Rosemarie: La escolarización de la vida: el esfuerzo de construcción de la modernidad educativa en el Ecuador (1821-1921), Tesis doctoral, UNED, 2015, p. 77. 716 SOASTI TOSCANO, Guadalupe: “La formación de los primeros ciudadanos ecuatorianos…”, p. 157. 717 MUÑOZ LÓPEZ, Pilar: “La educación del ciudadano…”, p. 657. 718 TERÁN NAJAS, Rosemarie: La escolarización de la vida…, p. 78. 719 Ibid., pp. 79-81. 720 MAIGUASHCA, Juan: “El proyecto garciano de modernidad católica…”, p. 244. 721 SOASTI TOSCANO, Guadalupe: “Política, educación y ciudadanía en el Ecuador entre 1826 y 1835”, ponencia presentada en el V Congreso Iberoamericano de Historia de la Educación, Quito, 2001, pp. 14- 16. 261 Uno de los puntos clave del modelo educativo implantado en Ecuador durante el gobierno de García Moreno, especialmente en lo que se refería a la civilización de los “indios salvajes” 722 , fue la autorización de la entrada en el país de la Compañía de Jesús, con el objetivo fundamental de extender la instrucción hacia aquellas zonas en las que existía una mayoría de población analfabeta. Así, una vez más la Iglesia católica ejercería un papel importante durante el periodo garcianista, en este caso, a través del control de la educación. Esta decisión, sin embargo, no estuvo exenta de críticas por parte de algunos parlamentarios, que opinaban sobre la educación de los jesuitas que “no es nada conveniente para los niños, porque su máxima fundamental es el espionaje y delación, y mal pudiera formarse con semejantes principios el corazón de la juventud” 723 . La opinión mayoritaria en la Cámara, no obstante, coincidía con la del sacerdote y diputado Tomás Hermenegildo Noboa, que traía a colación algunos ejemplos del panorama internacional: En la Inglaterra protestante, en la Bélgica, Francia y España católicas, en los Estados Unidos de América en que no hay religión dominante, en todas partes, los primeros colegios, los de más nombradía, los que dan jóvenes más aprovechados en moralidad, ciencias y virtudes son los colegios de los jesuitas 724 . Algunos años más tarde, en 1866, el periódico El Sud-Americano recogía una crónica sobre los beneficios que había traído consigo la instalación de los jesuitas en el país. El periodista que escribía el texto había realizado una visita al Colegio Nacional, regentado por los jesuitas, y afirmaba sin lugar a dudas que estos “saben ser maestros”. Por este motivo, el autor felicitaba “a los reverendos jesuitas y a los padres de familia que les han confiado la educación de sus hijos” 725 . En definitiva, la mayor parte de la historiografía está de acuerdo en considerar que la etapa garcianista fue un periodo de fomento de la instrucción pública a todos los niveles. Como señala Alfredo Pareja, el gobierno de García Moreno se caracterizó por destinar buena parte del presupuesto a la educación –junto a las obras públicas-. Así, se consolidaron instituciones como la Biblioteca Nacional, el Conservatorio de Música o el Colegio Militar, se universalizó la gratuidad de la enseñanza primaria y, en general, 722 Esta era una de las denominaciones habituales con las que los parlamentarios nombraban a los indígenas que vivían en el analfabetismo, junto a otros apelativos como “bárbaros”, “incivilizados” o incluso “hordas salvajes”. AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 6-2-1861. 723 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 6-2-1861, p. 168. 724 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, 6-2-1861, p. 179. 725 El Sud-Americano, “El Colegio Nacional”, nº 17, 18-7-1866. 262 “mucho se esmeró por la alfabetización”. Además, una de las características esenciales de este momento fue la atención prestada a la educación de las mujeres y de los indios. En este sentido, uno de los mayores logros de la etapa garciana fue “la creación de una escuela normal que preparó maestros indios”, así como la enorme preocupación por “las misiones colonizadoras del Oriente” 726 . Tal vez la mejora educativa que vivió Ecuador durante esta etapa podía explicar la instalación en este país de un sistema de elecciones directas en las que el criterio de la literacidad definía al sufragante. En conclusión, se puede afirmar que el requisito de la alfabetización estaba directamente relacionado con el objetivo de dejar fuera del juego político a un gran grupo de población indígena, mayoritariamente analfabeta. En el caso de Ecuador, esta exclusión política quedó establecida desde que se decretó la obligatoriedad de saber leer y escribir para obtener no solo el derecho a sufragio, sino también la ciudadanía, desde la Constitución de 1830. No obstante, como se ha visto, en Perú el debate en torno a la participación política de la población indígena fue mucho más denso a lo largo de todo el siglo XIX, concluyendo la centuria con la promulgación de una reforma electoral en 1896 que decretaba la obligatoriedad del criterio de la literacidad para obtener el derecho al sufragio y, por tanto, dejaba fuera de los procesos electorales a los indígenas. La alfabetización fue uno de los criterios utilizados frecuentemente en los sistemas liberales de toda América Latina como limitador de la participación política de la población. No obstante, a lo largo del contexto latinoamericano encontramos diferentes estrategias políticas en torno a este aspecto. Así, por ejemplo, el sistema electoral instalado en Chile resultaba similar al ecuatoriano en algunos elementos, pues en la Constitución chilena de 1833 –que prácticamente estuvo vigente a lo largo de todo el siglo, hasta su reformulación en 1891- el criterio de saber leer y escribir definía al “ciudadano activo”, es decir, aquel que tenía derecho a sufragio en un sistema electoral directo 727 . Por su parte, el caso brasileño resultaba muy parecido al peruano. En Brasil también se adoptó un sistema de sufragio indirecto en dos grados, que permitía establecer requisitos bastante laxos en el primer nivel, en el que se abría la participación política a un amplio porcentaje de población, mientras el segundo nivel de elección 726 PAREJA DIEZCANSECO, Alfredo: Historia del Ecuador…, pp. 294-295. 727 En realidad, el sistema de sufragio instalado en Chile resultaba más complejo que el ecuatoriano, pues el sufragio directo se circunscribía a la elección de diputados y cargos municipales, no siendo así para la elección de senadores y del presidente de la República. Además, en este país se sucedieron fértiles debates parlamentarios acerca del mantenimiento o suspensión del requisito de la literacidad para obtener el derecho al sufragio. ZURITA, Rafael: “Ecos de Europa: la representación parlamentaria en el Chile liberal del siglo XIX”, Journal of Iberian and Latin American Research, vol. 20, nº 1, 2014, pp. 98-110. 263 quedaba mucho más restringido. Así, en ambos casos la población analfabeta – identificada con la población indígena en Perú y negra en Brasilpudo participar del juego político a través del primer nivel de votación hasta finales de siglo, cuando se llevaron a cabo reformas electorales –en 1896 y en 1881, respectivamenteque restringieron el sufragio a los letrados 728 . Industria, oficio o profesión Otro de los criterios que barajaron los legisladores liberales del siglo XIX para conceder el derecho al sufragio fue el desempeño de un oficio o profesión. Tener una profesión era importante, pues de esta forma se consideraba que el ciudadano estaba colaborando con el bien común de la nación. Además, se daba por supuesto que los individuos que tenían una profesión poseían también cierta renta como para considerárseles independientes y, por tanto, menos manipulables ante el sufragio. Igualmente, a los individuos que ejercían una profesión se les suponía menos corruptibles. Así, el representante ecuatoriano Nicolás Martínez aseguraba que: “una propiedad y una industria útil hacen amar más a la patria y suponen probidad y juicio; sin ofrecer garantías de esta clase los hombres que carecen de propiedad y de profesión o industria, a quienes se podría ganar fácilmente con el aliciente de un empleo” 729 . En las palabras de Martínez se podían apreciar, al menos, dos calidades que poseía el hombre que ejercía un oficio: patriotismo (“hacen amar más a la patria”) y capacidad (“suponen probidad y juicio”). Evidentemente, dentro de este concepto no se incluían profesiones “dependientes”, como la de los sirvientes domésticos o los jornaleros. En este sentido, en la asamblea ecuatoriana se llegó a debatir sobre la posibilidad de que los jornaleros pudieran obtener el derecho a la ciudadanía y al sufragio. En este debate, el representante Antonio Muñoz afirmaba lo siguiente: 728 DOLHNIKOFF, Miriam: “Governo representativo e legislação eleitoral no Brasil do Século XIX”, Journal of Iberian and Latin American Research, vol. 20, nº 1, 2014, pp. 66-82; MALAMUD, Carlos: “Elecciones, partidos y ciudadanía: de la madurez a la crisis”, en AYALA MORA, Enrique y POSADA CARBÓ, Eduardo (eds.): Los proyectos nacionales latinoamericanos: sus instrumentos y articulación, 1870-1930 [Historia general de América Latina, Tomo VII], Madrid, UNESCO-Trotta, 2008, pp. 201- 228, esp. p. 215. 729 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1869”, 29-5-1869, p. 77. 264 Creo también sumamente importante que no goce de los derechos de ciudadanía el que se halla enteramente sujeto a la voluntad de otros, pues de este modo se garantiza la libertad del sufragio; porque el que se halla sujeto enteramente a otro, no hará sino lo que este le mande hacer. No por esto se crea tampoco que todo jornalero dependiente de otros deba ser privado de los derechos de ciudadanía, pues muy bien pueden tener toda la independencia necesaria para el efecto, y es por esto que la Ley debe concretarse tan solo respecto de aquellos que estén en calidad de domésticos, pues de otro modo se restringiría demasiado el derecho del sufragio 730 . Por su parte, Ramón Borrero proponía que, ya que se excluían de la ciudadanía los sirvientes domésticos y los jornaleros por su posible dependencia a la persona a la que servían, también se debería excluir “al militar que está sujeto a la influencia de su jefe y al eclesiástico que está sujeto a la de sus prelados y superiores” 731 . Por el contrario, las élites políticas liberales entendían que los individuos que no tenían trabajo eran vagos o “miembros muertos de la sociedad”; es decir, personas desinteresadas en el progreso de la nación y en la cosa pública. Frente al patriotismo y responsabilidad que se les suponía a los que ejercían una profesión, los que carecían de ella eran tachados de antipatriotas e irresponsables. Si no eran capaces de sostenerse a sí mismos, ¿cómo se les iba a delegar la importante función de participar en el sistema político a través de la elección de los representantes? Por tanto, de nada serviría concederles el derecho al sufragio, por lo que quedaban excluidos de la participación política. La posesión de este requisito se hacía especialmente relevante en Ecuador, donde la Constitución de 1861 establecería un sistema de elecciones directas. Por ello, este asunto generó un intenso debate entre los parlamentarios en los días previos a la promulgación de la carta magna. De este modo, el representante ecuatoriano Pedro José de Arteta aseguraba que “debe exigirse algún requisito para garantizar la independencia, pues un vagamundo, un hombre sin profesión ni industria, un pegoste de la sociedad, no puede tener amor a las instituciones”. Por ello, insistía en la necesidad de exigir criterios como “alguna propiedad, profesión o industria” para garantizar la autonomía del individuo en la toma de decisiones políticas, ya que si el individuo que iba a sufragar 730 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1861”, 1-2-1861, pp. 120-121. 731 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1861”, 31-1-1861, p. 119. Como se verá en el capítulo 9, las exclusiones políticas que concernían a los eclesiásticos y a los militares serían mucho más discutidas en las asambleas parlamentarias ecuatoriana y peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. 265 “no tiene medio alguno de subsistencia, si es un vago, no gozaría de independencia” 732 . Además, Muñoz señalaba que la adopción de este requisito no era una forma de restringir la participación política, sino más bien “un poderoso estímulo” para que cualquier individuo “asegure un medio decente de subsistir; pues que sabrá que no puede ejercer los importantes derechos de la ciudadanía sin tener una industria que le asegure la subsistencia” 733 . Sin embargo, a pesar del debate suscitado, ninguna de las constituciones de la década, ni tampoco la ley electoral de 1863, establecerían el criterio de la profesión como requisito imprescindible para obtener el derecho al sufragio. En el caso de Perú, por su parte, la Constitución de 1860 estipulaba la condición de ser jefe de taller como una de las opciones que tenía el ciudadano para obtener el derecho al voto en el primer nivel de votación 734 . Alicia del Águila llega a la conclusión de que el establecimiento de este requisito era una forma de restringir el sufragio a buena parte del colectivo de los artesanos, ya que solo se permitía el acceso al voto a los jefes de taller, es decir, “a los artesanos exitosos”. Como explica esta autora, “se dejaba atrás la fórmula más inclusiva de 1834, que permitía sufragar a las diferentes clases de artesanos”. Así, los artesanos, junto con los indígenas, serían los más afectados en cuanto a la restricción de su participación política a medida que avanzaba el siglo XIX 735 . Propiedad o renta En tercer lugar, un criterio que aparecía en la mayor parte de los debates parlamentarios del momento en todo el contexto occidental –si bien no siempre acabó implantándoseera el criterio económico, es decir, la tenencia de una propiedad o la posesión de una determinada renta para poder acceder al derecho al sufragio. A su vez, este criterio estaba en gran medida relacionado con los debates en torno al ejercicio de una profesión. La relevancia de la propiedad como requisito imprescindible del elector procedía del liberalismo anglosajón. Este resultaba un criterio primordial, pues muchos 732 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Debate sobre el Proyecto de Constitución de 1861”, 31-1-1861, pp. 116-119. 733 AFL, Actas de Sesiones del Congreso de Ecuador, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1861”, 1-2-1861, pp. 120-121. 734 Constitución peruana de 1860, artículo 38. 735 DEL ÁGUILA, Alicia: “Voto indígena y ciudadanía corporativa en el Perú, siglo XIX”, Elecciones, vol. 10, nº 11, 2011, pp. 91-117; “La «ciudadanía corporativa» en el Perú republicano (1834-1896)”, Hib: Revista de Historia Iberoamericana, vol. 4, nº 2, 2011, pp. 59-83. 272 capacidad económica era un criterio –directo o indirectopara garantizar el gobierno “de los mejores”. Sin embargo, con la implantación del sistema electoral indirecto se conseguía dar una apariencia de democracia solo formal, pues la mayoría del pueblo, incluyendo a la población indígena y analfabeta, podía ejercer su derecho a sufragio en las parroquias, mientras que las decisiones políticas de mayor relevancia se llevaban a cabo en el segundo nivel electoral. Como afirma Erika Pani, “se trataba de un sistema en el que muchos podían participar, pero eran pocos los que podían decidir” 756 . El modelo electoral indirecto fue bastante común en los sistemas políticos de América Latina durante el siglo XIX, pues se trataba de una forma de dar legitimidad a los nuevos estados nacionales, que necesitaban proveerse de un grupo de apoyo poblacional mayoritario. A su vez, se trataba de un mecanismo mediante el que ajustar los principios teóricos ilustrados del liberalismo a una realidad social que, en la mayoría de los casos, seguía estando muy marcada por el orden y la mentalidad estamental del Antiguo Régimen. En cualquier caso, ambos sistemas partían del principio de distinción, basado en la concepción de diferentes calidades personales para electores y elegibles –como se analizará en el siguiente capítulo-, y favorecían la constitución de un sistema político excluyente 757 . Vecindad Además de su relación con la capacidad y la independencia, la posesión de una propiedad era relevante por cuanto demostraba el enraizamiento del ciudadano. Frente a la desterritorialización que pregonaba la teoría intelectual del liberalismo, la mayoría de gobiernos representativos que se instalaron en esta época en Europa y América Latina consideraron como algo positivo, en la práctica, el arraigo territorial del ciudadano. La cultura política del liberalismo no concebía al individuo por sí mismo, sino formando parte de una determinada comunidad, estableciendo de esta forma líneas de continuidad con las formas de organización social, política y administrativa del Antiguo Régimen 758 . De hecho, ya se comentó en el capítulo anterior las sospechas que generaba el individuo errante o recién llegado a una comunidad. Había que distinguir, sin embargo, entre tres 756 PANI, Erika: “Misión imposible: la construcción de la representación política en México, siglo XIX”, Journal of Iberian and Latin American Research, vol. 20, nº 1, 2014, pp. 36-49. 757 PEÑA, María Antonia, SIERRA, María y ZURITA, Rafael: “Elegidos y elegibles. La construcción teórica de la representación parlamentaria…”. 758 PEÑA GUERRERO, María Antonia: “Sufragio y representación en la Colombia liberal…”, pp. 11-14. 273 tipos de relación con la tierra: naturaleza, vecindad y residencia. La primera condición era la de los individuos que habían nacido en una determinada parroquia o provincia. La vecindad incluía a los individuos que estaban empadronados en una determinada localidad a efectos administrativos y fiscales, aunque no hubiesen nacido en ella. Por último, eran residentes quienes se afincaban en un determinado lugar por un espacio de tiempo concreto 759 . Partiendo de estas premisas, en algunas de las asambleas latinoamericanas del momento otro de los requisitos que se puso sobre la mesa a la hora de decidir las calidades del ciudadano elector fue el de la residencia en la parroquia o provincia en la que sufragaba. En el caso peruano, aunque ésta no fue una exigencia para obtener el derecho al sufragio en el primer nivel de votación, sí que se exigió la obligatoriedad de ser natural o vecino de la provincia para los electores, aquellos individuos que debían elegir a través de sus votos a los representantes nacionales 760 . Además, hay que mencionar que el sistema electoral se organizaba en su primer nivel en torno a las parroquias, por lo que el marco territorial tenía un peso importante en el modo de llevar a cabo las elecciones y, por tanto, en la representación parlamentaria, como ponían de manifiesto los frecuentes debates parlamentarios desarrollados en torno al alcance de la representación política, algunos de los cuales se han analizado ya en el capítulo 4. En cuanto a Ecuador, junto al criterio de la literacidad, tanto la Constitución de 1861 como la de 1869 establecieron el requisito de ser vecino de la parroquia en la que se sufragase, como únicas calidades exigibles al sufragante 761 . No obstante, no he encontrado ningún debate sobre este aspecto en las cámaras parlamentarias. En resumen, se puede concluir que, de los tres niveles señalados más arribas en cuanto a la relación del individuo con la tierra, el más importante de todos era la vecindad, exigida para los ciudadanos-electores ecuatorianos y para los electores del segundo nivel de votación en Perú. La naturaleza solo indicaba el lugar de nacimiento, mientras que la residencia solo señalaba el lugar en el que se habitaba en un momento determinado. Sin embargo, la vecindad suponía algo más: la creación de lazos sociales con la comunidad –en la que se residía o en la que se había nacido- y, por tanto, la preocupación por sus necesidades e intereses. Por ello, este requisito sería exigido 759 SIERRA, María y PEÑA, María Antonia: “La construcción liberal de la representación política…”, pp. 187-192. 760 Ley de elecciones peruana de 1861, Título II. 761 Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 16; Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 17. 274 también para los representantes parlamentarios en algunos contextos nacionales, como se verá en el siguiente capítulo. ***** Como conclusión, se puede afirmar que las estrategias de selección social seguidas en Ecuador y en Perú fueron muy diferentes. Por un lado, en Ecuador no se exigió la obligatoriedad de requisitos como la propiedad, la renta o la profesión, debido a que el establecimiento del criterio de la alfabetización en torno al derecho a la ciudadanía ya actuaba como cortapisa a la participación política de un gran número de población. A pesar de ello, la relevancia de estos elementos, vinculados con la idea de independencia y responsabilidad, aparecieron constantemente en los discursos esgrimidos en las Cámaras. Por otro lado, en Perú se estableció un sistema mucho más amplio a la participación política en su primer nivel de elección, dando la posibilidad a obtener el sufragio a través de diferentes vías: alfabetización, profesión, propiedad o renta. No obstante, requisitos más estrictos se reservaban para los individuos que podían ejercer el derecho al sufragio en las provincias, los electores, que eran los que definitivamente elegían a los representantes. El establecimiento de estos criterios más específicos, sin embargo, no aparecía en la Constitución, sino que se dejaba a la elaboración de una ley de elecciones posterior: la ley electoral de 1861. De este modo, Perú seguía una tendencia observada en buena parte de América Latina, donde tras las independencias, se implantaron sistemas poco restrictivos en cuanto al derecho al voto, ya que se basaban en una concepción amplia de la ciudadanía, “que tendía a incluir a todos los varones adultos, libres, no dependientes, lo que lo acercaba más al citoyen de la Francia revolucionaria que al ciudadano propietario propuesto por Locke”. Sin embargo, los sistemas electorales se fueron haciendo más restrictivos durante las décadas de 1820 y 1830, caracterizadas por un giro conservador en algunos de los países. Fue en este momento cuando los criterios de propiedad y calificación adquirieron importancia como elementos limitadores del sufragio 762 . Con el transcurrir de la centuria, los criterios de exclusión ante el sufragio se fueron haciendo mucho más duros en algunos países, como por ejemplo en Perú, donde la reforma 762 SÁBATO, Hilda: “Introducción”…, pp. 19-20. 275 electoral de 1896 terminó legislando la obligatoriedad de la alfabetización para el sufragante. A pesar de que el sistema electoral instalado en Perú en la década de 1860 es considerado uno de los sistemas más inclusivos (al menos, en el primer nivel de votación), en 1868 el número total de ciudadanos que tenía derecho a sufragio en este país era de 5044, según el diario El Comercio, lo que suponía un 0,25% de la población total aproximadamente 763 . Además, la ley electoral peruana de 1861 negaba directamente el derecho a sufragio a una serie de individuos, por lo que este texto no solo se ocupó de configurar la inclusión ante el sufragio, sino también la exclusión. Entre ellos, se encontraban las autoridades gubernativas -dependientes del poder ejecutivo- y militares, los sirvientes domésticos y los mendigos 764 . Por un lado, se entendía que la intervención de las autoridades de cualquier tipo podía distorsionar la voluntad popular, mediante amenazas o coacciones. Además, supondría una intervención de cualquier otro poder en el desarrollo normal del poder legislativo, pues el fin último de los procesos electorales era diseñar el mapa de la representación parlamentaria. Por otro lado, la exclusión de los sirvientes domésticos y los mendigos quedaba justificada por el recurso a la necesidad de independencia del elector. Así, como ya se ha mencionado con anterioridad, se consideraba que estos individuos no eran independientes para tomar sus propias decisiones, pues su subsistencia dependía de otras personas. Por otro lado, el análisis de los debates parlamentarios suscitados en Perú y Ecuador en torno a los requisitos necesarios para gozar del derecho al sufragio ha permitido determinar que, en líneas generales, en la Asamblea peruana se dedicaron bastantes sesiones a debatir sobre el modelo de sufragio a instalar (directo o indirecto); mientras que en Ecuador esto quedaba bastante claro desde el principio –pues la Constitución ya definía un sistema de sufragio directo- y, sin embargo, resultaban más profusos los debates sobre cada uno de los requisitos para acceder a la ciudadanía y al sufragio. Así, por ejemplo, cabe destacar el amplio debate desarrollado en torno a los criterios de propiedad y renta en el Congreso de 1861. 763 El Comercio, 10-6-1868. Además, El Comercio del día 10-7-1860 nos da un dato de población total del país de dos millones de habitantes. Suponiendo que para el año 1868 esa población habría aumentado un poco, el porcentaje de población que tenía derecho a sufragio se situaría en torno al 0,25%. 764 Ley de elecciones peruana de 1861, artículo 2. Se prestará mayor atención a estas exclusiones políticas en el capítulo 9. 276 En cualquier caso, ambos modelos favorecían la constitución de un sistema político elitista y excluyente. En palabras de Roland Anrup: “Se reconocía que el fundamento del orden político no podía ser otro que la voluntad popular, pero se la mediatizaba mediante requisitos para ejercer el sufragio: una propiedad, saber leer y escribir, o con asambleas de distintos grados”. Al final, predominaba la idea de la desigualdad social –en buena medida relacionada con la situación de “ignorancia de las masas”- y, por tanto, la necesaria limitación en el acceso a los derechos políticos 765 . Lo que se encontraba de fondo era una idea de la política “dirigida desde arriba y con una participación tutelada” 766 . Por tanto, serían los legisladores los que determinarían los criterios que había que cumplir para poder gozar del derecho al sufragio y, en definitiva, participar del juego político. Como se verá a continuación, los principios de (des)igualdad y de (s)elección se complementaban con el principio de distinción, a través del cual se definía la diferenciación “natural” entre electores y elegibles. 765 ANRUP, Roland: “El Estado ecuatoriano decimonónico y el proceso de integración nacional”, Procesos: revista ecuatoriana de historia, nº 7, 1995, pp. 89-104, esp. p. 96. 766 PEÑA, María Antonia, SIERRA, María y ZURITA, Rafael: “Elegidos y elegibles. La construcción teórica…”, p. 483. 277 CAPÍTULO 8. EL PRINCIPIO DE DISTINCIÓN EN LA REPRESENTACIÓN PARLAMENTARIA: LOS ELEGIBLES. Uno de los elementos que mejor definía –y definela concepción de la representación en la cultura política del liberalismo era el principio de distinción, a través del cual era posible realizar una diferenciación entre electores y elegibles. Como se vio en los capítulos anteriores, la teoría política del liberalismo partía del convencimiento de la desigualdad humana y continuaba admitiendo el principio de división del trabajo en relación a las funciones sociales atribuidas a cada grupo social. Sin embargo, se rechazó la división social preponderante durante el Antiguo Régimen – bellatores, oratores, laboratores-, que ya no resultaba válida para la nueva sociedad del siglo XIX, y se crearon nuevas categorías que continuaban clasificando a los individuos en diferentes grupos, asignándoles distintas funciones: capaces e incapaces, representantes y representados, gobernantes y gobernados. En este sentido, el representante peruano Juan Oviedo recordaba que “no es lo mismo la función electoral que la función legislativa, función de interés social que debe ser ejercida por un cuerpo como el Congreso” 767 . Por tanto, se establecía una diferenciación entre los individuos que tenían derecho a sufragio y aquellos que, además, podían ejercer cargos de representación política. Además, el representante no solo ejercía una función diferente a la del elector, sino que también debía ser mejor que él. Recordemos aquí que el fin último del sistema representativo era garantizar el gobierno de “los mejores”. Así, el principio de distinción quedaba definido por Pierre Bourdieu como la superioridad social del gobernante 768 . Como señala Bernard Manin, “los representantes electos debían sobresalir respecto de la mayoría de sus electores en cuanto a riqueza, talento y virtud” 769 . Pero, ¿cómo garantizar que los representantes elegidos eran “los mejores”? En primer lugar, y como ya se ha visto en el capítulo 7, asegurando que el derecho a elegir (sufragio activo) quedaba restringido a los individuos más capaces, cuyo voto pudiera garantizar una correcta elección y, por tanto, una adecuada representación. En segundo lugar, mediante el establecimiento de determinados requisitos también para aquellos que podían presentarse como candidatos a los cargos de representación (sufragio pasivo). En definitiva, la representación parlamentaria quedaba reservada a aquellos individuos que 767 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, leg. CID 328.85 CO 1860-1861, p. 221. 768 BOURDIEU, Pierre: La distinción: criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1979. 769 MANIN, Bernard: Los principios del gobierno representativo…, p. 119. 278 pudieran demostrar la posesión de facultades como la capacidad, la independencia o la honorabilidad, todas ellas garantizadas, una vez más, a través de criterios como la edad, la nacionalidad, la renta o propiedad, la instrucción o incluso el modo de comportamiento en la esfera pública. María Antonia Peña habla así de las características básicas que debía poseer cualquier representante para ser elegido: “la concepción cultural que se tenía de la clase política seguía demandando de sus integrantes una ilustración demostrada, aptitud para el discurso, independencia de criterio y capacidad para convencer, conmover o persuadir al contrario”. En este sentido, el Parlamento se acababa convirtiendo en “un virtual escenario teatral” y los parlamentarios en “el reparto de lo que muchos consideraban ya una tragicomedia política” 770 . Tras amplios debates –como se vio en el capítulo 4-, muchos de los legisladores latinoamericanos del siglo XIX, entre ellos los de Perú y Ecuador, decidieron establecer un poder legislativo bicameral. Así, la función de representación política quedaría dividida en dos cargos principales: diputados y senadores. Al ser concebidas como dos cámaras con funciones políticas diferentes, para cada una de ellas los requisitos exigidos variaban, siendo mayores las restricciones para acceder al cargo de senador en todos los sistemas liberales. Si bien en el capítulo 4 se describió la forma en la que estos cargos serían elegidos, ahora me voy a detener en las calidades que se exigían para cada uno de ellos. Si nos centramos en los casos concretos de Perú y de Ecuador, debemos señalar que los requisitos que debían poseer diputados y senadores para obtener sendos cargos eran bastante similares en ambos países. Para ser diputado se requería ejercer la ciudadanía, tener una edad mínima de veinticinco años y poseer una renta mínima (de quinientos pesos en Perú y de trescientos en Ecuador) o ejercer una profesión científica. No obstante, con el transcurso de la década en Ecuador desaparecería el requisito de la renta o profesión. Además, en el caso de Perú se incluía ser peruano de nacimiento y ser natural de la provincia por la que era elegido –o, al menos, residir en ella desde hacía tres años-, quedando patente una vez más la relevancia del elemento territorial 771 . Por su parte, los requisitos para ser senador aumentaban en cierta medida: ejercer la ciudadanía, tener más de treinta y cinco años y poseer una renta mínima (mil 770 PEÑA GUERRERO, María Antonia: “Escritura y política en la España del siglo XIX”, en ROMEO, María Cruz y SIERRA, María (coords.): La España liberal…, pp. 163-188, esp. pp. 183-184. 771 Constitución peruana de 1860, artículo 47; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 25; Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 25. 279 pesos en el caso de Perú y quinientos en Ecuador) o ejercer una profesión científica. Para ser senador, en Perú se exigía también ser peruano de nacimiento, mientras que en Ecuador en 1861 se permitía acceder al cargo a los ecuatorianos naturalizados siempre y cuando llevaran más de cuatro años residiendo en el país. Esta posibilidad, sin embargo, no aparecía en la siguiente Constitución de 1869, donde el acceso a la senaduría se circunscribía únicamente a los ecuatorianos por nacimiento. Como vemos, el cargo de senador suponía un rango superior al de diputado, y por tanto eran mayores los requisitos exigidos para optar al mismo 772 . Algunos de los discursos políticos esgrimidos en el Parlamento peruano pueden dar una idea del modelo ideal de Senado que se estaba construyendo: “un Senado formado por personas dotadas en alto grado de inteligencia, moralidad y riqueza”, mientras que se pretendía impedir el acceso a tan alta institución “a la ineptitud, a la perversidad y a la indigencia” 773 . Por encima de los diputados y senadores se encontraba el cargo de Presidente de la República, por lo que los requisitos que se exigían para esta función pública resultaban aún más restrictivos. Así, en el caso de Ecuador ya no se permitía el acceso a este cargo para los ecuatorianos naturalizados, mientras que en Perú se exigían diez años de residencia en la República. Por lo demás, los individuos que desearan optar al cargo de Presidente en ambos países debían poseer calidades similares a las exigidas a los senadores, si bien en Perú no aparecía el requisito de poseer una renta mínima para este cargo 774 . A continuación se muestra un cuadro-resumen de los requisitos exigidos a los representantes parlamentarios y al Presidente de la República tanto en Perú como en Ecuador a lo largo de la década de 1860, en función de los datos aportados por los textos constitucionales que se sucedieron en dicho periodo. 772 Constitución peruana de 1860, artículo 49; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 20; Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 21. 773 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 18-9-1860, p. 242. 774 Constitución peruana de 1860, artículo 79; Constitución ecuatoriana de 1861, artículo 59; Constitución ecuatoriana de 1869, artículo 53. 280 PERÚ (Constitución de 1860) ECUADOR (Constitución de 1861) ECUADOR (Constitución de 1869) Diputado Peruano de nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 25 años. Natural del departamento o provincia, o residencia de tres años. Renta mínima (500 pesos) o profesor de alguna ciencia. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 25 años. Renta mínima (300 pesos) o profesión científica. Ecuatoriano. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 25 años. Senador Peruano de nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Renta mínima (1000 pesos) o profesor de alguna ciencia. Ecuatoriano por nacimiento o naturalización (con al menos cuatro años de residencia). Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Renta mínima (500 pesos) o profesión científica. Ecuatoriano por nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Renta mínima (500 pesos) o propiedad o profesión. Presidente de la República Peruano de nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Residencia en la República (mínimo 10 años). Ecuatoriano de nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Renta mínima (500 pesos) o profesión científica. Ecuatoriano por nacimiento. Ciudadano en ejercicio. Mayor de 35 años. Renta mínima (500 pesos) o propiedad o profesión. Elaboración propia a partir de los textos constitucionales. 281 En definitiva, se pueden condensar todos estos requisitos en cuatro criterios básicos: mayoría de edad, nacionalidad, vecindad y renta o profesión. A ellos se unirían otros criterios que no quedaban legislados en estos artículos constitucionales, pero que se encontraban presentes en la concepción del representante ideal, como la moralidad o la honradez de la que debían hacer gala todos los representantes. Posteriormente, pasaré a analizar cada uno de estos criterios en mayor profundidad. El representante prudente y sabio En todos los sistemas liberales la exigencia de una edad mínima para ejercer los cargos de representación política fue una constante. Además, partiendo del principio de distinción, esta edad mínima era siempre superior a la exigida a los electores, pues se suponía que la función política que iban a ejercer los representantes requería de calidades personales superiores. A través de este requisito, se pretendía garantizar una mayor prudencia y responsabilidad de los individuos sentados en las Cámaras. A su vez, la senectud se identificaba con una gran sabiduría y reflexión para tomar las decisiones correctas. Tanto en Perú como en Ecuador, a los representantes políticos se les exigía una determinada edad para acceder a los cargos. Esta edad se situaba, en ambos casos, en veinticinco años para los diputados y treinta y cinco para senadores y Presidente de la República. En este punto, hay que tener en cuenta que, para la sociedad del siglo XIX, un individuo de treinta y cinco años era una persona de edad avanzada, pues la esperanza de vida rondaba esa cifra. Por ello, no resulta extraño que a menudo los discursos parlamentarios se refiriesen al Senado como la cámara de la experiencia y la sabiduría, e incluso de la ancianidad. Aunque existía una edad mínima para poder optar tanto al cargo de diputado como al de senador, este era un requisito especialmente relevante en el segundo caso, para el cual se estimaban necesarias mayores cotas de madurez, prudencia y reflexión. De este modo, el representante peruano Pedro José Calderón afirmaba que eran requisitos fundamentales de los senadores “la experiencia y madurez que son necesarias 288 convertía en un aspecto esencial a la hora de redactar las leyes, como aseguraba Santisteban: “Toda ley debe estar fundada en la costumbre, en el modo de vivir de cada país, en sus hábitos especiales, en sus necesidades propias. De aquí, la consecuencia de que concurran al Cuerpo legislativo Representantes nacidos del pueblo” 794 . De alguna forma, la defensa del criterio de la vecindad para el representante suponía la traslación del patriotismo exigido en torno al criterio de la nacionalidad a un territorio mucho más concreto: la provincia. Por tanto, el diputado debía ser ante todo vecino del territorio al que representaba. Pero, como ha señalado Marta Irurozqui, el concepto de vecindad no tenía tanto que ver con el lugar de nacimiento, sino con la creación de lazos sociales con la comunidad. Así, el individuo “debía permanecer y formar parte activa de él [el municipio] mediante compromisos en su mantenimiento y mejora, ya que solo a través del cumplimiento de ese deber sería posible la construcción de lazos sociales que manifestasen la inserción del sujeto en una comunidad y adhesión a sus intereses” 795 . Sin embargo, el establecimiento del mínimo de tres años de residencia en la provincia contó con el rechazo de algunos representantes durante la discusión del proyecto constitucional, ya que lo consideraban un periodo de tiempo demasiado escaso, en el que resultaba imposible que el diputado pudiera conocer las necesidades del territorio en cuestión. Entre ellos se encontraba el ya mencionado Bieytes, que consideraba este inciso “injusto y contrario a los intereses de los representados”. En relación a ello, ponía el siguiente ejemplo: Supongamos por un instante, que un individuo cualquiera de tantos que llevan una vida errante, se avecinda accidentalmente en un pueblo de cualquier Departamento, bien huyendo de la acción judicial que lo persigue, o bien en busca de fortuna. Viene la época eleccionaria, y este individuo, aprovechando de la liberalidad del artículo que se discute, solicita el nombramiento de Representante que puede obtener, abusando de la sencillez del pueblo que eligió para vivir y adelantar, cansado de cometer maldades en la Provincia de su nacimiento. ¿Será este un verdadero Representante? ¿Merecerá ocupar el lugar destinado a la capacidad y a la honradez? 796 794 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 20-9-1860, p. 253. 795 IRUROZQUI, Marta: “De cómo el vecino hizo al ciudadano en Charcas y de cómo el ciudadano conservó al vecino en Bolivia, 1809-1830”, en RODRIGUEZ, Jaime E. (coord.): Revolución, independencia y las nuevas naciones de América, Madrid, Mapfre Tavera, 2005, pp. 451-484, esp. p. 458. 796 BCR, Diario de Debates del Congreso de Perú, “Debate sobre el proyecto de Constitución de 1860”, leg. CID 328.85 C 1860, 17-9-1860, p. 232. En este punto, resultaría conveniente recordar otras [Document text truncated for crawler view.]